La estetización de la política y la politización de la estética en Jacques Derrida Lugo, Hector Ariel UNNE (Argentina

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Los marcos, los límites-ilimitados, los márgenes, las fronteras, son cuestiones que han ocupado gran parte de los textos de Jacques Derrida. La vinculación de lo estético y lo político no sería extraña, ni lo estético ni lo político, cada uno por su lado, no se ocuparían de cuestiones alejadas que no entrarían en relación. Para Derrida, el límite entre ambos es problemático y cada uno estaría en una profunda relación con el otro. La propuesta filosófica de Derrida es netamente política desde sus inicios, hasta sus últimos escritos, aunque en muchas ocasiones pareciera que tocara temas que se alejan del ámbito de lo político. Lo estético no escapa a la estrategia deconstructiva de Derrida pero siempre, desde una mirada política. En el trabajo, se analizará la visión de Mouffe sobre lo político y la vinculación con la propuesta derridiana. Por otro lado, se abordará la teoría lacaniana sobre el sujeto, relacionando con la representación y la identidad. Con todo esto se busca profundizar esta relación-tensión entre lo político y lo estético para obtener elementos que permitan hacerla más inteligible y otorgar claves para la comprensión de ella en la actualidad.

Marcos de la política y la estética Derrida es un pensador que lleva al extremo los límites, que fuerza las fronteras, que expande los márgenes, que flexibiliza los marcos. Su pensamiento, de poder situarlo, se sitúa en un sin-(sitio), en zonas aledañas para pensar la excentricidad. Para deconstruir el discurso hegemónico que se sostiene en una época determinada y por qué son dejados de lado o acallados otros.

Derrida plantea la cuestión de los marcos1, y sostiene que tradicionalmente los marcos son los que delimitan entre el afuera y el adentro de la obra de arte, para saber con certeza, hasta donde se debe ver algo como una obra de arte y donde no. Los marcos brindan seguridad, ya no es necesario que un experto diga dónde comienza una obra o dónde termina, sino que ya cada uno puede saberlo por contar con los marcos. Pero ¿el marco, el encuadre, pertenecen a la obra? ¿Ellos no serían la obra? ¿Y sin ellos se sabría dónde comienza y termina la obra? Pero si son necesarios para saber el lugar donde termina la obra, ¿estarían dentro o fuera de la obra? Si están por fuera no serían la obra y si dentro serían la obra, pero si es la última opción ¿puede un marco ser una obra de arte? Derrida cuestiona a la tradición, que se busca el querer decir de una obra de arte, se busca interpretar el sentido de esa obra. Toda obra tiene que tener un sentido, tiene que decir algo y se lo tiene que poder interpretar. “…interrogar el querer decir de toda obra considerada de arte, aun cuando su forma no sea el decir.”2 Los marcos se inscriben un gesto profundamente político, que es la delimitación de lo que es algo y lo que ya deja de serlo. Los marcos se relación con el poder de la exclusión. Con el poder del saber, en tanto que diferencia lo que una cosa es y lo que no es. Al decir que hay obras que no son arte, ya se procede desde una supuesto saber que sería saber lo que es arte y lo que no es, y todo esto son gestos políticos. Por ejemplo, cuando desde un gobierno se promulgan la creación de obras de arte, nunca se refieren a cualquier forma artística, sino que deben ser determinadas obras de arte que se adecuen con el gusto, las ideologías, la forma de gobierno, etc. Se promueven las producciones artísticas, pero estas siempre están enmarcadas. Derrida sostiene que si se trata de saber lo que es arte y lo que queda por fuera, lo que marca el límite entre el interior y el exterior de la obra de arte, entonces se debe dar un “discurso sobre el marco”3. Lo fundamental, que demarca el límite preciso entre lo que es arte y lo que no es, según la tradición, ha sido dejado de lado. Derrida adelanta esta crítica que lo que debería ser un límite preciso para excluir o incluir, es algo difuso y no tratado. Si con tanto tesón se buscaba o se creía poder diferenciar entre obras de arte y las que no lo son4, se debería haber centrado en los límites, en tratar los marcos, los
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Cfr. DERRIDA, Jacques. La verdad en pintura. Trad. María Cecilia González y Dardo Scavino. Buenos Aires, Paidós, 2001. Especialmente Párergon. 2 Ibíd. p. 33 3 Ibíd. p. 57 4 Cfr. HEIDEGGER, Martin. Caminos de bosque. Trads. Helena Cortés y Arturo Leyte. Madrid, Alianza, 1995. Especialmente El origen de la obra de arte.

márgenes, pero no hay tratamiento adecuado de estos, desde la visión tradicional, porque no hay límites rígidos. Los marcos son accesorios, ornamento, inesenciales, son párerga. “Un párergon se ubica contra, al lado y además del ergon, del trabajo hecho, del hecho, de la obra, pero no es ajeno, afecta el interior de la operación y coopera con él desde cierto afuera. Ni simplemente afuera, ni simplemente adentro.”5 Derrida marca la paradoja del párergon que está dentro y fuera a un mismo tiempo, pero también ni dentro ni fuera. Se sitúa en ese límite-ilimitado. Se lo considera como accesorio pero sin él la obra carecería de sentido, paradójicamente. “Lo que los constituye como párerga, no es simplemente su exterioridad de excedente, sino el lazo estructural interno que los fija a la falta en el interior del ergon. Y esta falta sería constitutiva de la unidad misma del ergon. Sin esta falta, el ergon no necesitaría del párergon.”6 La centralidad de la obra se sustenta en los párerga, en lo dejado al margen, pero que hace a la obra, sin él la obra no se sería lo que es, sin él no se distinguiría, la obra, de lo que no es ella. La tradición al intentar dejar al margen, al excluir, busca borrar la preponderancia de lo que consideraba aledaño, sin embargo, es imposible que la centralidad, cobre fuerza, sin la presencia de lo externo. Pero la deconstrucción, por un lado, no exalta la importancia de los márgenes para enmarcar, sino que es un gesto político el hecho de prestar atención en lo que se deja al margen; por otro lado, tampoco aspira a la desaparición de todo margen. Esto que podría parecer contradictorio, son un mismo e indisociable gesto deconstructivo.7 Trasladando esto al campo de lo político, se puede apreciar la importancia de extender hasta bordes insospechados los límites de las concepciones tradicionales de política, para poder adentrarse realmente en lo político. Para ello se plantea la cuestión desde Chantal Mouffe, que sostiene una postura agonista de lo político, donde lo fundamental es la relación-tensión entre adversarios y es ésta relación la que posibilita la democracia y no como determinados autores, entre ellos Jürgen Habermas, que el sostenimiento de la democracia se daría con la eliminación de los adversarios y con ellos los conflictos, que se resolverían con alcanzar el consenso
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Óp. Cit. DERRIDA, Jacques. La verdad en pintura. p. 65 Ibíd. p. 70 7 Cfr. Ibíd. p. 84

universal, por intermedio del diálogo. Sostener esto es simple y llanamente eliminar lo propio de la democracia, como es entendida por Mouffe. Para comprender la postura de Mouffe, es necesario iniciar por la diferencia que realiza entre “lo político” y la política. “…“lo político” como la dimensión de antagonismo que considero constitutiva de las sociedades humanas, mientras que entiendo a “la política” como el conjunto de prácticas e instituciones a través de las cuales se crea un determinado orden, organizando la coexistencia humana en el contexto de la conflictividad derivada de lo político.”8 Se trata de “lo político” como sustento de “la política”. Lo político es el ámbito de las reflexiones sobre la política, pero ambos “campos” son fundamentales e indisociables para alcanzar una visión novedosa sobre las propuestas en lo político que se intentan plasmar en la política. A entender de Mouffe, la mayor dificultad con la que se enfrenta la actual democracia reside en la incapacidad de la propuesta racionalista de comprender que es crucial la existencia de puntos divergentes para la existencia del pluralismo democrático y que todo intento de eliminación del mismo atenta directamente contra la constitución de la democracia. El antagonismo, es “el” rasgo troncal para el mantenimiento de la democracia. El consenso racional al que aspira Habermas, no puede integrar a todos, ya que siempre se verán personas excluidas en ciertas decisiones. La decisión, como la comprenden Derrida y Mouffe, es el momento de lo indecidible, el momento de la locura, donde se decide y cada decisión trae consigo exclusión de aquellos que no han sido incluidos en esa decisión. Al decidir, al aspirar a la justicia, siempre se sería justo con algunos, e injusto con otros. La democracia por venir es un comprometerse con la promesa de una democracia que ““puede llegar a advenir””9, y no que habrá una futura democracia. Derrida sostiene que eso no es utopía, pues ocurre aquí y ahora, es apertura al futuro. La deconstrucción posibilita que se tome en consideración que no se puede alcanzar un consenso absoluto, es decir, que toda decisión10 trae implícita una exclusión; por ello la deconstrucción
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MOUFFE, Chantal. En torno a lo político. Trad. Soledad Laclau, Buenos Aires, F.C.E., 2007. p. 16 Cfr. DERRIDA, Jacques y ROUDINESCO, Élisabeth. Y mañana, qué… Trad. Víctor Goldstein. Buenos Aires, F.C.E., 2003. p.161 10 Cfr. DERRIDA, Jacques. Fuerza de ley. El “fundamento místico de la autoridad”. Trads. Adolfo Baberá y Patricio Peñalver Gómez. Madrid, Tecnos, 2008. 2ª ed.

exige poner en práctica constantemente la pluralidad y la democracia. Elegir es excluir y por lo tanto, jamás se logrará una decisión óptima en el terreno político, ello lleva que continuamente la democracia exija, que siempre esté por venir y nunca se dé de una manera satisfactoria. Todo consenso se establecería como un momento de estabilidad, de lo que es por esencia inestable. Esa es la “hiperpolitización” de la deconstrucción, no se puede llegar a resolver la indecidibilidad de todas y cada una de las decisiones que se adoptan.11 La democracia que siempre está por venir, exige que se la replantee a cada instante, es decir que cuando se realiza, a la vez se autodestruye, exigiendo su replanteo una y otra vez, sin poder eliminar la indecidibilidad y sin dejar de democratizar. Derrida y Mouffe desbordan las rígidas estructuras de lo político y lo estético, quiebran los márgenes estrechos, realizan un giro a lo forma tradicional de interpretar lo estético y lo político, exigen un replanteamiento de estas cuestiones.

Representación e Identificación Derrida12 se cuestiona si es que realmente se sabe de lo que se habla cuando se habla de representación. Cuando se dice representar, ¿Qué es lo que se representa? ¿Quién representa a quién? ¿Qué lleva a representa a otro? ¿Por qué se delega el poder de decisión y se envía a un representante? ¿Puede alguien, realmente, representar a otro? Con estas preguntas, no me refiero a legitimidad o ilegitimidad, sino que lo planteo desde un punto de vista filosófico. Ya que los representantes del pueblo están amparados en la legalidad de los medios para alcanzar el lugar que ocupan. Pero más allá de esto, se puede sostener que alguien representa o que es representado por otro. En política, se puede decir que alguien representa a otro porque esa fue una decisión, donde se delega el poder de representarse a uno mismo, en otro. En estética, se habla de representación, como cuando una pintura es la representación de la realidad, cuando una obra de teatro es representada, etc. Se representa lo que no está y a la vez, está presente
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Cfr. DERRIDA, Jacques. Notas sobre desconstrucción y pragmatismo. En: “Desconstrucción y pragmatismo”. Trads. Marcos Mayer e Inés M. Pousadela. Buenos Aires, Paidós, 1998. pp. 164-169 12 Inicio mis reflexiones desde la lectura de este texto, pero no sigo detenidamente el mismo, ya que ello implicaría mayor tiempo y espacio, los cuales excederían los propósitos del presente escrito. Cfr. DERRIDA, Jacques. La desconstrucción en las fronteras de la filosofía. Trad. Patricio Peñalver. Barcelona, Paidós, 1989. pp. 77-78

en la representación de lo que está ausente. Se representa lo que se ausenta. La representación cumple su función, representando lo que no está. La representación es traer al presente lo que ya no es. En política, se puede apreciar la importancia de la representación, ya que el representado se da en la representación del representante, pero el primer no está y está en esa representación a un mismo tiempo. Derrida plantea la cuestión de lo que no es posible representar, lo irrepresentable y lo irrepresentado.13 Se intentaría una representación de lo irrepresentable, ya que no daría una representación en plenitud. Toda representación es una representación deficiente.14 Trasladando esta cuestión al ámbito de lo político podríamos realizar las siguientes preguntas: ¿Qué lugar ocuparían? ¿Dónde se los situaría? ¿Cómo saber de ellos, si nadie los representa? ¿Cómo representarlos, si no eligieron ser representador por nadie? Cuestiones estas que atañen muy de cerca a lo político. Las personas que están por fuera de la sociedad por no pertenecer al sistema de producción, de consumo, de política, etc. Las personas que no están representadas porque a nadie interesa representarlas, porque ellas, quizás, no desean ser representadas por nadie. Esa gran cantidad de personas por no tener una forma de representación son excluidas de la participación en las decisiones que se toman y las que las afectan. Esta gran masa se halla descreída de las representaciones, se halla exentas de toda motivación en participar en algo que considera no la atañe. Se mueve en un nivel en el que la representación o identidad han perdido todo interés. En este sentido se podría hacer una analogía, salvando todas las diferencias con lo que Karl Marx llamaba el lumpemproletariado15, estos colaboran en la eternización de la clase dominante en el poder (burguesía, para Marx), ya que no tienen conciencia política. Para los detentadores del poder es una comodidad contar con esa masa amorfa que colabora, con su desinterés, en la perduración de ellos en el poder. Pero por otro lado, los que están dentro del andamiaje social y que poseen representantes, no son representados en plenitud, ya que el representante nunca representa totalmente al representado. La paradoja de esto es que los que no tienen

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Ibíd. pp. 118-120 Cfr. DERRIDA, Jacques. Glas. Paris, Galilée, 1974. Existe una traducción, de unos extractos, de C. De Peretti y L. Ferrero, Anthropos. Revista de Documentación Científica de la Cultura, Barcelona, Suplementos 32, Mayo 1992. 15 Cfr. MARX, Karl. El 18 de brumario de Luis Bonaparte. Trad. Elisa Chuliá Rodrigo. Madrid, Alianza Editorial, 2003. Cap. V

representantes no están representados, pero los que tienen quien los represente, tampoco alcanzan a ser representados. Es posible observar esto en las continuas muestras de insatisfacción de los representados hacia sus representantes. En política, esto es algo que se puede ver cotidianamente. En estética, es un lugar común, el hecho que al apreciar una obra, no se vea la representación de la realidad que se dice representar. Pero también en la representación que siente con personas que representan un ideal estético, pero los que se sienten representados en ese ideal, no lo pueden alcanzar. Se produce así una representación que no representa. Relacionado con el tema de la representación, surge la cuestión de la identidad. No se halla representación o esta nunca es plena, porque no hay un sentimiento de identidad con aquello o aquel que los representa. Al producirse una representación no representativa, se busca constantemente algo con que identificarse, quien o que los identifique. Pero la identidad es una tarea imposible, ya que esta nunca se produce de una forma plena. Es por ello, que Lacan16, siguiéndolo a Freud17, va a hablar de identificación y no de identidad. La identidad nunca se produce, sino que se da un proceso constante e interminable de identificación. Ya que el sujeto para Lacan es un sujeto signado por la falta y esta última que por siempre lo conducirá buscar identificarse pero nunca alcanzará esa anhelada identidad. Pero al estar signado por esa falta el sujeto nunca dejará de buscar esa identidad que no logrará. Sólo hay identificación y nunca identidad. Este sujeto que siempre buscará la identidad, pero esta nunca será alcanzada, por ser su condición misma la imposibilidad. Hasta cierto punto esto es un lugar de coincidencia entre Derrida y Lacan, pero solamente hasta cierto punto.18 Lacan al sostener que el sujeto no es idéntico a sí mismo, no es un ego consciente, como ya lo postulara Freud, ¿qué hay, en el lugar de ese sujeto que se sostenía desde la modernidad? Lo “esencial” en el sujeto no se da en el ámbito de la representación, ni
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Cfr. LACAN, Jacques. EL Seminario III. Las Psicosis. Trad. Juan Luis Delmont-Mauri y Diana Silvia Rabinovich. Buenos Aires, Paidós, 2010. pp. 333-352 17 Cfr. FREUD, Sigmund. Psicología de las masas y análisis del yo. Aquí Freud analiza la identificación que se produce en el lazo social con los demás, con el grupo y de este último, con el líder. También Cfr. LACLAU, Ernesto. La razón populista. Trad. Soledad Laclau. Buenos Aires, FCE, 2008. pp. 75-88 18 Cfr. ŽIŽEK, Slavoj. Porque no saben lo que hacen. El goce como un factor político. Buenos Aires, Paidós, 2006. p. 133

siquiera si esta es de sí mismo. El sujeto se estructura en base a la escisión, a la Spaltung propuesta por Freud.19 Esto es fundamental para comprender el ámbito de lo político, ya que en él, siempre se buscará la identidad por parte de los representados con aquellos que los representan, pero esto será una empresa imposible desde el origen. Y justamente es esto lo que mantiene a lo político vivo y en constante movimiento. Stavrakakis se expresa de la siguiente manera: “La identidad sólo es posible como una identidad fracasada; sigue siendo deseable justamente porque es esencialmente imposible. Esta imposibilidad constitutiva es la que, al hacer imposible la identidad completa, hace posible la identificación, si no necesaria.”20 De producirse la identidad y la representación plenas, lo político desaparece. La noidentidad y la no-representación, posibilitan que se hable de ese proceso de identificación y de representación constante. La imposibilidad de alcanzarlas es lo que las hace posibles. El sujeto signado por la falta busca una representación e identificarse con algo en lo político, en lo social, para paliar esa falta, que no desaparecerá jamás, que retornará una y otra vez, para recordarle su presencia-ausencia e instigarlo a una búsqueda interminable.

Co-(i)mplicación de la estética y la política Derrida al someter a lo político y a lo estético al poder de la deconstrucción, hace ineludible pensar sobre los bordes, límites, márgenes, los que están adentro, los que participan, lo que se ve, y un mismo tiempo, los desbordes, lo ilimitado, lo fuera de margen, los hors-d´œuvre21, los que están afuera, los que jamás participan, lo que se oculta. Derrida violenta los marcos de las obras, para pensar dónde termina y dónde comienza una obra de arte. Como todo arte está politizado, entendiendo lo político como lo sostiene Mouffe, desde el momento que toda expresión artística quiere expresar algo y
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Cfr. STAVRAKAKIS, Yannis. Lacan y lo político. Trad. Luis Barbieri y Martín Valiente. Buenos Aires, Prometeo, 2007. pp. 35-37 20 Ibíd. p. 55 21 Óp. Cit. DERRIDA, Jacques. La verdad en pintura. p. 65

esto se da en lo político. No se puede pensar una obra desligada de lo político. Y una obra siempre estaría en una relación agonística con lo que busca representar o transmitir. Pero representar plenamente lo representado es algo que jamás se producirá, como veíamos con Derrida, por ello esta representación será siempre imposible, pero es justamente esta imposibilidad lo que lleva a la búsqueda continua e incansable de representación. Estas representaciones en el ámbito de la política, primordialmente, no se producen, porque la identificación estará por siempre truncada en ese sujeto escindido, como lo vimos con Lacan. Por esto, el sujeto siempre estará en una constante identificación, que es un proceso interminable, pero nunca en una identidad completa. Todo esto permite pensar en la propuesta derridiana de la democracia por venir como esa construcción en la que se encuentra cada uno de nosotros en este momento y a la cual jamás la alcanzaremos, sino que es un desafío constante para mantener viva a la democracia, que siempre está arribando. En Derrida las fronteras entre lo estético y lo político, son problemáticas. No se puede definir tajantemente donde comienza lo estético y donde lo político. Derrida enseña que donde queremos marcar límites, entre lo estético y lo político en este caso, siempre surgirá el problema que no podremos deslindar plenamente dónde se está dentro y dónde fuera. Existe una estetización de la política (no de lo político), ya que se introducen estrategias estéticas en la política, para mostrar ciertas cosas como más agradables. Asimismo, la estética se politizó, ya que muchas cuestiones relacionados con lo estético, tiene un origen claramente político. Para no concluir, desde la deconstrucción derridiana, podemos ver que se produce una estetización de la política y una politización de la estética en la actualidad y que los límites entre ellas se hallan co-(i)mplicados.