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Abajo del escenario

Juan Sebastián Molina Serna

Todos los hechos narrados en éste libro son reales. Los nombres de los protagonistas han sido cambiados y varias de las situaciones sufrieron unas modificaciones o adiciones por parte del autor.

Este libro en su edición impresa cuenta con un empaque especial, cinco postales y dos calcomanías. Si usted es de los nostálgicos del papel, que quiere tenerlo entre sus manos, cuesta $15.000 y se entrega a domicilio. Solo tiene que escribir a juansems@hotmail.com. Si no, disfrútelo, compártalo y comente si fue o no de su agrado.

A Danii y Paola por la paciencia.

Para cuando lo conocí, todo lo que yo había imaginado que era él, cambió totalmente. Era músico de una de las bandas más representativas de Primavera y aunque mi gusto por el grupo venía de tiempos anteriores -mi profesor de guitarra es el guitarrista líder-, fue sólo cuando lo conocí a él y empecé a despertar una atracción personal que la banda se metió aún más en mi corazón. Corría el seis de julio de éste año lleno de tantas cosas que no se si describirlo como bueno o malo, yo estaba tranquila con mi mejor amiga y mi profesor, a quien de cariño le digo “Prodigio”. Cuando ambos nos presentaron, él con su sonrisa iluminó esa monotonía que antes me estaba aturdiendo. -Mucho gusto, Andrés- dijo. -Mucho Gusto, Paula- respondí. Ese día el show que dieron fue espectacular, tocaban al lado de Los Glad, una banda reggae reconocida en todo el mundo y ellos, por ser la banda más representativa de la ciudad, fueron los privilegiados para abrirles el concierto. Cuando acabaron nos fuimos a tomar unas cervezas en el Parque de la Iniciación, allá estuve con ellos

hasta entrada la noche, cuando entre mirada y mirada, Andrés mostraba un gusto por mi que era especialmente retribuido, pues desde hacía mucho tiempo me había atraído y verlo me parecía una manera de alumbrar días en los que no quería absolutamente nada. Cada cerveza era una razón más para mirarnos entre toda la gente que nos acompañaba para departir y celebrar el logro de tocar antes que Los Glad y haber creado el mejor ambiente para que ellos se presentaran. La despedida de ese día fue simple, un beso en la mejilla, pero que me hizo sonrojar y pensar toda la noche; tuve sueños con él y me imaginé cosas respecto de sus sonrisas, aunque creía que tal vez todo podría ser imposible.

1.
“Andrés quiere agregarte como amigo”. Esa fue la frase que me recibió al otro día del gran concierto de Los Glad, pensando quién podría ser, pero con esos nervios de presentir quién era, acepté la solicitud. De repente en mi mensajero apareció la cara de él, tocando el instrumento que interpreta muy bien. Me habló sin más. Se volvió a presentar y me confesó que hizo hasta lo imposible por conseguir mi correo, para poder hablarme a diario. El saludo fue un hola que parecía querer salirse de la pantalla, una cara feliz y demasiado sonriente. Me sonrojé y me sentí un poco idiota al pensar que había captado su atención con un par de sonrisas la noche anterior. Pero lo mejor era que la expresión de alegría no desaparecía de mi rostro. Me habló de su vida, del tiempo que llevaba tocando el instrumento que interpretaba en la banda donde era compañero de El Prodigio; me di cuenta que había egresado del mismo colegio que yo, solo que lo hizo años antes. Me contó cómo había sido su vida en general, la cual había transcurrido en Santa Gema, un corregimiento a las afueras de Primavera. La cantidad de veces que me hizo sonreír en la hora que pudimos hablar fue increíble, finalmente me tuve

que ir para clase y dejarlo ahí fue hasta difícil, pues iba a pensar en él y en su actitud al conocerme, la cual me había gustado mucho y lo hizo más atractivo aún, porque pensé que aunque él pudiera tener a muchas por su fama, me había escogido a mi. De ahí en adelante empezamos a hablar a diario, nos contábamos lo que hacíamos en el día, cómo nos había ido en el estudio, cuántos trabajos teníamos para el día siguiente. Eran conversaciones agradables, que muchas veces nos consumían el tiempo y que en varios casos terminaron con la llegada de la madrugada.

2.
Las conversaciones cada vez fueron más intensas, tanto en el tiempo de duración como en las cosas de las cuales charlábamos; de hacerlo sobre el estudio pasamos a tratar temas sexuales, desde como nos gustaba, hasta las fantasías más extrañas que podríamos tener. Ahí se demostró tanto la confianza que él había obtenido conmigo, como la que yo me había ganado, pese a que muchas veces él me advirtió que eso era difícil; fue en ese momento cuando después de una leve y candente conversación, decidió invitarme a un ensayo de su grupo, a los que yo ya había asistido, pero que no me generaban más allá de un buen momento de esparcimiento y que en esta ocasión me despertaba algo de nerviosismo pues ya mi interés por la banda había pasado de ser musical a algo netamente físico.

3.
Llegué al sitio de ensayo acompañado de El Prodigio, quien vivía a pocas cuadras de mi casa, nos sentamos en el mueble de la sala a esperar que llegaran los demás. El primero en arribar fue él, que llegó con una sonrisa y acompañado del piano que siempre tenía que llevar a los ensayos; luego uno a uno fueron llegando los músicos, hasta completar la formación de la banda. En el lugar estaban además otras cuatro chicas y dos chicos con quienes yo iba a disfrutar de un concierto que podría decirse, era privado. Entramos en la sala de ensayo, el aire acondicionado nos golpeó con su frío y la sensación de frescura que yo sentí me hizo tomar un poco de ese artificial aire para dejarlo llegar hasta mis pulmones. Me senté al lado de El Prodigio, quien sacó su guitarra del estuche y se paro a mi lado a afinar, mientras que Andrés sacó su piano y lo puso en la base frente a mi, su gran sonrisa me alumbró en ese instante en que sus ojos se encontraron con los míos, nos sostuvimos la mirada un par de segundos, luego me guiñó el ojo y me sonrió pícaramente; unas

mariposas se me alborotaron en el estómago y me hicieron erizar la parte posterior del cuello, mientras en mi interior me imaginaba acercándome a él, tomándolo de las manos y dándole un profundo beso que disfruté y luego me devolvió a la sala de ensayo, donde todo estaba por comenzar ya que los instrumentos habían sido afinados. El ensayo duró poco más de dos horas, tocaron las canciones de su disco, una a una las disfruté y las canté, mientras Andrés vigilaba mi actitud y sonreía o me guiñaba el ojo cada que nuestras miradas se encontraban en el aire nuevamente. Salimos de la habitación de ensayo y nos volvimos a sentar en los muebles de la sala de estar, ellos, a descansar y a conversar un poco.

4.
Cuando nos fuimos del sitio de ensayo El Prodigio y yo, lo hicimos como acostumbrábamos, caminando, así mismo como llegamos antes de que empezara el, solo que cuando estábamos cercanos a doblar la esquina, escuchamos un grito de Andrés que quería que lo esperáramos. -Yo los acompaño- dijo. -No, relájate- le dijo El Prodigio. -No, es para guardar el piano en tu casa- repuso y empezó a caminar, mientras me tomaba de la mano para acosarnos. El Prodigio me miró extrañado, pero conociendo la situación que estábamos atravesando Andrés y yo, siguió caminando como si nada; cuando llegamos a su casa, yo me despedí, Andrés le entregó el piano a Juan, así se llama El Prodigio, le dijo que lo guardara y se quedó conmigo. -¿Cómo se te ocurre seguir sola hasta tu casa?preguntó. -Pues, es lo que siempre hacemos él y yo cada que voy a un ensayo- le dije. -Entonces ya que estas conmigo, eso se acabó. -¿Perdón? ¿Estoy contigo? ¿Hace cuanto? -Es un decir nada más.

Yo me quedé pensativa por un instante pues era increíble que él estuviera diciendo eso.

5.
Llegamos a mi casa, eran algo así como las ocho de la noche. -Gracias por traerme hasta acá- le dije. -Igual, no es nada.- respondió. -¿Quieres tomar algo? -Está bien. La sonrisa que se le escapaba de la boca, no podía compararse con los nervios y el vértigo que me producía estar a solas con él. Entré hasta la cocina, abrí la nevera, serví un par de gaseosas y salí con ellas. -Gracias- dijo. -De nada- respondí sonriente. -¿Y qué tal te pareció el ensayo?- me preguntó tratando de romper el hielo. -Me gustó, aunque nunca he sido muy amiga de los ensayos y menos de estar presente en lo que a una agrupación se refiere. Ya que me parece que son momentos muy íntimos para hacer correcciones y que al hacerlo con publico se pueden ocultar o simplemente obviar. Él sonrió, miró su reloj y me abrazó. A mi en el interior me había gustado ese abrazo, pero poca fue

la importancia que le di, porque me pareció que era demasiado respecto de lo que llevábamos hablando. -Está tarde- le dije. -Si, pero tranquilízate, no hay problema. A mi me preocupaba que él se quedara hasta tan tarde en mi casa porque mi madre es originaria de su pueblo y sabía que después de las nueve de la noche no había transporte para allá. -Está bien, me tranquilizaré- le dije- pero prométeme que no te dejarás coger de la noche. -No, igual no entiendo por qué tu preocupación. -Es simple, es que mi mamá es de allá y tengo familia que aun vive en el pueblo. -Entiendo- respondió con una sonrisa pícara- y ¿Qué familia es? -Una tía. -¿Vive por donde? -Cerca al parque, por la heladería. -Ah si, ya se donde, vive a unas cuadras de mi casa, ¿Cuándo vas a ir a visitarme? -No sé. -Pues si quieres, cuando vayas te doy la primera clase de piano. Porque según me dijo Juan, quieres aprender a tocarlo. -Ese cambio me gusta, puedo llamar a mi tía para ir a amanecer allá y así podemos empezar con mis clases.

Él sonrió. Yo miré el reloj, era sábado, y a las nueve y media de la noche ya no había transporte para su casa. -¿Ya viste la hora?- le pregunté en tono de regaño. -Si, ¿Por?- preguntó. -Porque en serio está muy tarde y no quiero que te pase algo buscando como irte para tu casa. -Tranquila que no voy a dormir en mi casa. -Y entonces ¿Dónde? -Relájate, más bien escucha una canción que me gusta mucho- me dijo cambiando de tema. Tomé el audífono en las manos, lo puse en mi oído y dejé que la música me impregnara y llenara el cuerpo. Unas ganas de bailar, de tomarle la mano y salir con él a danzar bajo la lluvia me abordaron. Los ojos se me habían cerrado inconcientemente y por eso imaginar se me había hecho más fácil. La canción terminó, yo cogí los vasos en los que habíamos tomado la gaseosa y entré a mi casa sonriente, pues me hice a la idea de que él me dedicó la canción. Volví a mirar el reloj, eran las diez treinta de la noche, me preocupé aun más, volví a salir donde él y lo encontré hablando por celular. Cuando colgó, me sonrió. -Me tengo que ir- me dijo.

-Yo también venía a decirte que estaba tarde, pero ¿para donde vas? -Para la Villa Primaveral. -¿Y eso?- le pregunté. -A encontrarme con unos amigos. -Y ¿Dónde vas a dormir? -Donde mi novia, ella también va para la Villa. Me dio un beso en la mejilla y se fue.

6.
Ese beso que me dio fue el más insípido que he sentido. Lo vi alejarse tres pasos, pero con rabia me giré y me mal dije. -Así son todos y más los músicos. Empiezan por adornarle a uno las cosas, la vida, le sonríen, se ganan el corazón y cuando obtienen lo que querían, lo dejan por ahí tirado, pero ¿Cómo es esa decepción que siento, si no ha pasado nada? Tal vez solo quiere conocerme o está mal con su novia. ¿Cómo se llamará? ¿Sabrá de mi o estará igual de engañada que yo? Pero ¿por qué hago reclamos de engaños si entre los dos no ha pasado nada? No se, tal vez simplemente estoy decepcionada de él, pero más de mi por pendeja, por ilusa, por dejarme endulzar el oído con sandeces como la de estar con él, con eso de no volver a estar sola. Llegué al baño, me miré al espejo, me cepillé los dientes y vi como una lágrima fue recorriéndome la cara. Me mojé para calmar el llanto y sobre todo la rabia, me puse el pijama, abracé a Pedro Luis, mi oso de peluche, y entre maldición y maldición fui quedándome dormida.

7.
Al despertar al otro día, sentí como el tedio de un domingo me abrazaba con todo lo que lo caracteriza. Eran las doce del medio día cuando abrí los ojos y el sol que golpeaba contra la terraza de mi casa y elevaba su temperatura al máximo, me hacía sudar. Me miré al espejo, encontré frente a mí, una Paula de ojos hinchados, de una palidez que no caracteriza mi morena piel y un desaliento que ya podía darme a entender como sería el resto del día. Prendí el computador. Mientras cargaba todo, saludé a mi mamá, fui a la cocina, abrí la nevera y cogí un té helado. El calor se fue disipando poco a poco con el recorrer del líquido por mi garganta, sentí como me refrescaba totalmente, hasta el punto de erizarme. Al abrir el mensajero, lo encontré ahí conectado, una ola de rabia y desazón me empezó a abordar pero no iba a llorarlo más, de hecho aun me preguntaba por qué había derramado lágrimas por él la noche anterior.

8.
-Hola- apareció en la pantalla que tenía en frente. -Hola- Respondí con esa rabia que me producía que él fuera tan cínico. Luego de un tiempo de silencio volvió a sonarme el computador. -¿Cómo estás? -Bien- Secó mi respuesta. Tomé otro sorbo del té y empecé a organizar mi habitación. -¿Qué te pasa?- preguntó. -Nada, ¿Por qué?- le respondí con un aire grosero en mí, pero que seguro por la pantalla no se notó. -Es que hoy estas menos habladora que siempre y se me hace raro. -No es raro, tranquilízate. -Está bien- respondió no muy convencido- ¿Y qué vas a hacer hoy? -Nada, en mi casa haciendo pereza. -¿Puedo ir para que salgamos a comer un helado? -No. -¿Por qué? -Porque no quiero. -En serio que tienes algo y no quieres decirlo. -Y ¿por qué se te metió eso en la cabeza?

-Porque cada cosa que te pregunto me la respondes con tres piedras en la mano. -Es que ¿como quieres que te responda? -Si ves. -¿Si veo qué? -¿Te parece poco que estés prácticamente coqueteando conmigo cuando tu novia te hace ensayando con la banda? -¿Te dio rabia que tuviera novia?- preguntó. -No, no fue eso, sino que me pareció muy mal que la hayas ocultado, es que prácticamente le estabas poniendo los cachos conmigo -¿Por qué piensas eso? -Mira Andrés, es que se me nota todo lo que me interesas. -Pero es que igual. Las cosas con Ana no están bien. -¿Quién es Ana?- le pregunté, algo totalmente obvio. -Mi novia, que anoche cuando saliste y estaba hablando por celular, era con ella, que quería arreglar las cosas. -Entiendo y ¿Cómo les fue? -Pues ahí medio arreglamos las cosas pero no le deparo futuro. -Bueno, ojala todo salga bien. Cerré la sesión y apagué el computador, me tiré en la cama, prendí el televisor y ahí pasé el resto del domingo.

9.
El celular que reposaba sobre la cama al lado mío, repicó, vibró y quedó en silencio, un mensaje se asomaba en la pantalla. “Te pido disculpas si de pronto no fui claro al expresarte lo que siento, pero es que estoy confundido y no sé qué hacer. Sonríe y discúlpame. Andrés” Una sonrisa ingenua se escapó de mi rostro. Lo disculpaba, pero igual seguía odiándolo por mentiroso. Solté el celular luego de haber leído el mensaje, con rudeza dio giros por la cama hasta acercarse al borde. Se detuvo, lo volví a tomar, quise responderle, pero el orgullo no me dejó, ese pensamiento que me decía que era un mentiroso, que si ocultó algo al principio era posible que lo hiciera luego, me lo impidió.

10.
Estaba durmiendo tranquilamente, aun no se qué soñaba, lo que aseguro es que un timbre empezó a sonar, llamando al principio muy suave y tranquilo y luego haciéndose cada vez más intenso. Me desperté, el timbre volvió a sonar, me paré, miré el reloj, eran las siete y media de la mañana, el timbre siguió sonando, mientras caminé recorriendo el pasillo, vi que en casa no había nadie, habían salido temprano. Miré por el ojo de la puerta, ahí estaba Andrés, esperando a ver quien le abría, volvió a timbrar. Apenada abrí. -Hola- me saludó. -Hola, ¿Qué haces acá?- le pregunté. -Salí de clase y vine a hablar contigo. Me entregó un par de girasoles y una caja de Ferrero, las dos cosas que más me gustan. En ese momento creo que cualquier rezago de la rabia se fue a pique, mi corazón palpitó fuertemente, mi cuerpo se abalanzó sobre él y mis brazos lo rodearon.

Ahí, aferrada a él sentí como su cuerpo temblaba, su aliento recostado contra mi cuello me hizo erizar, me tomó el rostro con sus dos manos, mi estomago vibró, las mariposas se alborotaron, revolotearon en mi interior, me miró a los ojos, se acercó, cuando estuvo a punto de rozarme los labios, siguió hasta mi oído y en él me susurró un perdóname, que me movió todo. -Si- le respondí. Lo invité a entrar, descargó el bolso en la sala y se sentó. -¿Ya desayunaste?- le pregunté. -No, acabo de salir de clase y debo volver a las diez. -Yo también- le dije- si quieres, desayunamos y luego vamos a la universidad juntos. -Está bien. Fuimos a la cocina, entré, saqué un par de huevos, el paquete de jamón y la leche. -Creo que éste fin de semana voy a visitarte- le dije. -Me parece muy bien- dijo. Seguimos cocinando, desayunamos y luego de que yo me bañé, salimos juntos para la universidad.

11.
Ésa semana todo cambió, él se preocupaba más por mi, estábamos cada vez mejor, con su novia las cosas empeoraban o al menos eso era lo que me decía. Yo fui olvidando poco a poco lo que había pasado y simplemente me dedicaba a escucharlo, pese a que no le creía mucho lo que me decía, varias veces me había hecho sonrojar con sus ocurrencias, sus frases y sus declaraciones.

12.
Llegué a Santa Gema, a la casa de mi tía, el calor que azotaba esos días era tremendo, no más era bañarse y salir del baño para estar nuevamente sudando. Así que el sudor que me bañó llegando, me obligó a entrar derecho a la ducha. Me desvestí, mi tía me había servido un refresco bien helado con el que entré al baño. Abrí la ducha y sentí como las gotas de agua fría iban recorriéndome de a poco, pensaba en él, en qué haríamos, qué hablaríamos, ¿hablaríamos?, nuestra relación estaba avanzando niveles, él me encantaba, yo creo que a él también le generaba cierta atracción, pero no nos atrevíamos a confesarla, o al menos a hacerla concreta, igual Ana aún hacía parte de su vida. Cerré la ducha, me sequé poco a poco mientras iba saboreando el refresco que tenía en el baño conmigo.

13.
Cuando terminé de vestirme tomé el teléfono, tecleé y su madre me contestó; luego de preguntarme por mi vida y todo lo que en ella acontecía, me pasó a Andrés. -Hola- lo saludé yo. -Hola, ¿Cómo estás?- me dijo. -Bien, recién bañada. -¿Y eso? -Es que en Santa Gema hace demasiado calor. -¿Estás acá?- me preguntó asombrado. -Si y quiero que nos veamos para que me des la primera clase. -Está bien. Entonces veámonos en la heladería de la esquina del parque. -¿Dónde venden las frutas? -Si, ahí.

14.
Llegué al parque a las tres como había acordado con él, llevaba en mis manos una gaseosa y en mi pecho una emoción que no podía describir, el sol sobre mí estaba cada vez más intenso y Andrés no llegaba. Tuvieron que pasar quince minutos desde la hora en la que habíamos quedado de encontrarnos, cuando en la esquina contraria a la que yo estaba, apareció. Su sonrisa resplandecía con el sol y su piel, con una mezcla entre el rojo que produce el sol y su blanco característico, lo hacían ver totalmente hermoso. Me paré rápidamente, corrí hacia él y de un brinco lo abracé como si no lo hubiera visto en años. Él sonrió, me saludó con un hola dulce, y que mis oídos saborearon hasta el hastío. Me besó, en ese sitio donde la boca empieza a ser mejilla y no deja de ser boca. A mi me recorrieron mil hormigas que fueron bajando por mi columna y se convirtieron en mariposas en mi estomago. Me tomó de la mano y me fue guiando poco a poco hacia su casa. Mientras caminábamos, él se detenía haciendo estaciones que aprovechaba para

contarme anécdotas de su infancia, yo sonreía, me sentía alguien muy importante en su vida como para que me contara sobre su niñez, aunque también pese a la alegría que me producía, llegó ese sentimiento de rabia que me hacía decirme que no era la primera y que no sería la ultima a la que le contara eso.

15.
Llegamos a su casa y su mamá nos recibió con una sonrisa y un vaso de jugo de tomate. Entramos, me fue mostrando la casa, y como lo había hecho con cada tramo del camino, también me contó anécdotas de cada sitio. Subimos al segundo piso, abrió una puerta gruesa y entramos al estudio de grabación que tenía en su casa, prendió el piano y me pidió que me sentara; mientras iba por un libro de enseñanza para principiantes. Cuando volvió, empezó seriamente con lo que fue mi primera y única clase de piano. Durante dos horas, estuvimos en son del instrumento, él con su paciencia, yo, con mi terquedad. La loción que usaba me iba inundando de a poco el cuerpo y mezclada con el calor que iba creciendo cada vez más, jugaba lentamente con la excitación de ambos, además cuando él me corregía los errores, me cubría con sus brazos, sus labios rozaban mi oreja y su aliento me recorría el cuello haciéndome sentir cada vez mejor.

16.
La clase había terminado, pero mi visita apenas comenzaba. Empezamos por hablar de su banda, luego de música y poco a poco fuimos desandando temas. Escribimos canciones, contamos chistes, cantamos canciones y finalmente terminamos hablando de Ana. Su mamá nos sirvió la comida, nos la llevó al estudio y mientras comimos, seguimos ocupados del tema de su novia. Aunque él ya no la sintiera como tal, me contó su tristeza, lo poco que disfrutaba estar con ella ahora, lo imposible que le era darle gusto y cómo la distancia y la actitud de ella llevaron a que el deterioro se fuera comiendo lo que quedaba de amor y terminara acabándolos y convirtiéndolos en eso que más temían, unos esclavos de la monotonía, donde ya solo se encontraban para tener sexo y eso que ya no era lo más placentero que al menos Andrés, encontraba. Así fuimos haciendo correr la noche, yo le conté historias de mi vida y mis decepciones, le hablé de mis padres y mi hermano, de mi sobrina, mi cuñada,

los viajes que había hecho, poco a poco esa noche se fue convirtiendo en madrugada y para cuando lo notamos, eran las cuatro de un domingo que había empezado de la mejor manera que tal vez pude haber deseado.

17.
El fin de semana terminó y él siguió cada vez más cariñoso ese domingo. Pasamos la tarde juntos, comimos helado y seguimos con nuestras interminables conversaciones. Mi papá llegó por mí a Santa Gema y yo me iba con tristeza por volver a la ciudad donde lo tendría lejos, pero con alegría por ese tiempo que vivimos juntos. Me despedí de mi prima, mi tía y de él, prometiéndole volver lo más pronto posible.

18.
En el camino a casa, papá me contó que se iría de viaje con mamá a un crucero por el mar caribe y que se ausentarían una semana. Yo en mi cabeza simplemente pensaba en lo que podría pasar si Andrés llegaba a ir a casa durante ese tiempo. Seguí escuchando a papá que se iba regando cada vez más en recomendaciones y precauciones, respecto a lo que pudiera pasar con Andrés. -Ese muchacho está muy interesado en ti- me dijo. -¿Si? ¿Por qué lo dices?- le pregunté. -Por las visitas que te hace, por la forma como te mira y además por la despedida que tuvieron puedo asegurar que a ti también te interesa. Pero cuidado Paula, uno no sabe que intensiones pueda tener. -Tranquilo papi, que igual no creo que pase nada. -Igual, no está de más prevenir Paula.

19.
Apenas llegué a casa me conecté al mensajero, Andrés estaba ahí. Su saludo fue un icono enviándome un beso, yo solté una sonrisa y lo saludé tranquila, dándole la noticia del viaje de mis padres. Un aire de alegría y malicia lo debió inundar, porque respondió rápidamente y demasiado entusiasmado. -¿A que horas voy entonces?- preguntó. -Y es que ¿Quién dijo que yo quería que vinieras?le respondí irónicamente. -¿No?, yo supuse que me habías contado con la intención de que fuera a tu casa. -Pues no- le dije para desilusionarlo, pero en mi interior era lo que más anhelaba. -Está bien- me dijo- ¿Sabes qué? -¿Qué?- respondí. -Posiblemente acabe las cosas con Ana, ya no aguanto más, de hecho me hizo el reclamo de por qué no había ido este fin de semana a visitarla y ya en medio de mi cansancio de ella, estuve a punto de decirle todo lo que me producía, lo aburrido que estaba y esa necesidad de estar solo que me aborda. -Ah, ¿Es que quieres estar solo?- le pregunté.

-No, pero es el pretexto más común cuando uno no sabe que más decir. -Y entonces ¿Qué quieres hacer? -Nada, dedicarme a ti totalmente. Entonces ¿A qué horas voy?- volvió a preguntarme. -No se, porque tengo que salir al centro- respondí. -Ah bueno, entonces nos vemos el martes. -Está bien. Cerré el mensajero con una sonrisa y la satisfacción de esas palabras que me había dicho, ¡Quería dedicarse a mí!

20.
Llegué a su casa, me miró a los ojos, se me acercó y me besó; me dio un beso profundo a ojos cerrados, de esos que sin mirar nada, ves el fondo del alma. Me invitó a pasar, estaba solo, entramos derecho al estudio, el calor que hacía adentro era infernal, él se quitó la camisa para estar más cómodo y empezó a explicarme lo que seguía con nuestra clase. Poco a poco el calor fue subiendo, yo sentada frente al piano, él parado tras de mi, su sudor oliendo a una mezcla de su perfume natural con uno artificial. Se acercó a corregirme, pero en vez de juntarse sus manos con las teclas del piano, se fueron acercando de a poco a mi camisa, se metieron lentamente bajo ella y en un ataque de su cuerpo me besó el cuello, lentamente, recorriéndolo todo, desde donde se junta con la clavícula, hasta donde se vuelve mentón. A mi se me erizó todo y fui buscando de un impulso su boca, esa de la que tenía sed hace un tiempo. Me sumergí en sus labios, mientras sus manos fueron subiendo mi camisa hasta que la perdí y quedé con el brassier expuesto. Mientras nuestros cuerpos se juntaban y se iban jactando de excitación, la ropa fue volando; uno a uno los pantalones de ambos hicieron parte de la

decoración del suelo, mi brassier fue arrancado por su mano en una rápida maniobra, me acostó en el tapete, me besó poco a poco, mientras su mano iba surcando entre mi tanga y de a poco la iba quitando mientras recorría mis piernas guiando con los dedos el hilo que las bordeaba hasta sacarlas por completo. Me miró, fue bajando poco a poco con sus labios, empezó por ese cuello que ya conocía muy bien y que había besado durante seis minutos, bajó y jugueteó con mis senos, disfrutando de la excitación que me producía, siguió su camino; en mi abdomen su lengua me hizo erizar tanto que un gemido salió de mi interior, él lo disfrutó, cosa que lo hizo apresurarse en su camino, me abrió las piernas, las puso sobre sus hombros, se fue acercando, su respiración me estremecía al sentirla cerca de mi sexo, poco a poco fue avanzando su cara, su boca me rozó las piernas, cuando se sumergió en mí y quiso hacerme sentir eso que según él no había sentido, desperté.

21.
Desperté deseando que ese sueño hubiera sido realidad, pero no, me paré, mis padres estaban a punto de salir a su viaje, me despedí, las lágrimas en los ojos de mamá me causaban gracia, pero era de entenderse; era la primera vez en mucho tiempo que nos dejaba solos a mi hermano y a mi, aunque prácticamente era a mi a quien dejaba sola, porque mi hermano vivía más que todo con la novia, que estaba en embarazo. La tranquilicé y le pedí que lo disfrutara bastante, ella se despidió con las recomendaciones que acostumbra, me dio un beso y cerró la puerta. Me bañé, esa semana eran las fiestas en la universidad, así que no era obligación asistir, por eso decidí ir al centro a comprar algunas cosas, aprovechando que estaba temprano y el flujo de gente es muy poco a esas horas.

22.
Compré un par de vestidos, unos dulces, ropa interior y unos audífonos que necesitaba, tomé el metro para mi casa y cuando estaba en el vagón buscando donde sentarme, me taparon los ojos, me besaron el cuello y me quitaron los audífonos de los oídos. Volteé, ahí estaba Andrés tras de mi, con esa sonrisa que tanto me gustaba, lo besé en la mejilla y le sonreí. Nos saludamos como si fuéramos algo más que un par de amigos, nos tomamos de la mano y conversamos; le conté mi sueño, pese a mi incredulidad, él me contó que había tenido el mismo sueño justo la noche anterior. Sonrisas van, sonrisas vienen, como no habíamos almorzado, me invitó a hacerlo y luego se ofreció para llevarme a mi casa. Cuando almorzamos, yo le cambié el rumbo y lo invité a cine, él aceptó.

23.
Entramos a la película, no compramos golosinas porque recién habíamos almorzado, era tal vez una manera de alargar lo que posiblemente ya sabíamos que iba a ocurrir. Nos sentamos y en vez de ver la película, empezamos a conversar por iniciativa de él. -¿Sabes algo?- me dijo. -¿Qué?- le pregunté. -Terminé con Ana. -¿Y eso? -Ya te lo había dicho, me cansé, no se, es como inexplicable pero fue lo mejor que pude hacer. -¿Pero no te duele? -Ni un poco- respondió demasiado seguro, de hecho creo que nunca lo había oído tan seguro. -¿Y si ella quisiera volver, mira que tuvieron una relación muy larga, tiene que haber algo de cariño? -No, y no quiero hablar más del tema, más bien ¿por qué no hablamos de nosotros? A mi se me removió todo dentro, me tomó por sorpresa, otra vez, como se estaba volviendo costumbre, las mariposas revolotearon alto dentro de mi estomago, haciéndome pensar en si ese nosotros, sí podía ser real.

No respondí. Volteé mi cara y con ese gesto lo invité a ver la película que apenas iba a comenzar.

24.
La película había comenzado y yo como era costumbre me quité los zapatos, me quedé en medias para sentirme más libre. Él a mi lado me seguía más a mí que a la película. Empecé a mover el pie suavemente por su pierna, poco a poco éste se fue metiendo entre la bota de su pantalón, la película avanzaba, yo seguía tranquila, él no decía nada. De pronto un suspiro y un movimiento de su espalda me hicieron mirarlo, mi pie entre su bota y su cara de excitación, que me encontré al voltear fue increíble. Él se acercó, me tomó la cara y me besó. Su lengua hizo eso que hacía tiempo yo venía deseando. Seguí hurgando con mis pies entre la bota de su pantalón, el cinema estaba solo para nosotros dos, él gimió, mi mano ya estaba surcando su pecho y estaba acariciándolo a más no poder. Él se atrevió y también empezó a recorrerme el cuerpo, su mano se coló entre mi sostén y la sensación de placer que me generó me hizo sonrojar, aunque nunca paró de besarme, de hecho en ningún momento abrió los

ojos, porque al menos yo por mi lado, no fui capaz de cerrarlos. Cada caricia que me daba era como si quisiera fundirse en mi y llenarme toda, como si nunca lo hubiera hecho, pero con la delicadeza que solo él podía lograr. Sus dedos siguieron recorriéndome, la espalda, el pecho, todo estaba a su disposición, cuando empezó a bajar del ombligo y a desabrocharme el pantalón, lo paré. -¿Qué pasa?- me preguntó. -¡Qué este no es el lugar! -Pero si estamos solos y no creo que llegue alguien. Ya habían pasado cerca de cuarenta minutos desde el momento que la película empezó. -Pues no,-le dije- si quieres, vamos a mi casa, acuérdate que mis padres están de viaje y mi hermano no es preocupación porque está con la novia en casa de ella toda la semana. -Está bien- respondió.

25.
Salimos de la película sin importar que no hubiera terminado, caminábamos tomados de la mano, me besaba cada momento que podía, su sonrisa me alegraba el camino. -Y entonces un nosotros ¿Cómo sería?- le pregunté. -¿Cómo sería? ¿Cómo así?- respondió él con una pregunta. -Te explico, si tu relación con Ana no funcionó, o bueno, te aburrió, fue por la distancia; si estás conmigo podrías sufrir de lo mismo porque la distancia sería la misma. -Pues si, pero en este momento lo que siento por vos rebasa lo que pude haber sentido por Ana, tu me produces mariposas en el estomago con solo oírte por teléfono, igual podemos intentarlo y si no funciona, podemos dejarlo así. Además preocupémonos por vivir el momento, que el futuro lo podemos ir construyendo de a poco. -Está bienLos argumentos que me daba, me producían seguridad por lo realista que era, porque pensar que me enamorara y no tuviera un buen final, solamente viviendo el amor yo, me llenaban de inseguridad.

Seguimos caminando, mi casa era a pocas cuadras del cinema.

26.
Llegamos a mi casa, entramos, saludé y el espeso silencio me respondió con el eco de mi voz que debió resonar en toda la casa y al no encontrar receptor, decidió volver a mi. Él se sentó en el computador mientras yo iba por un par de gaseosas para calmar la sed. Cuando volví, me senté a su lado, él puso la mano en mi pierna y empezó a acariciarla de arriba abajo, mientras me iba mostrando unos equipos que iba a comprar para hacer su propio estudio de grabación profesional. Su mano se detuvo, él volteó su cara, me miró y se fue acercando, yo incliné mi rostro hacia él y dejé que mi lengua se encargara de fundirse en las aguas de su boca hasta chocar con la lengua que tanto me había provocado siempre. Sus manos empezaron a recorrer mis brazos, él se puso de pie y yo me paré frente a él, lo abracé profundamente y sentí como sus manos volvían a incursionar en mi camisa. Esas manos de dedos largos, delicados como lo son las de los pianistas, recorrieron mi torso, luego

siguieron con los costados y finalmente sus uñas llegaron a acariciar mi espalda produciéndome una sensación de excitación que me hizo intensificar los besos que le daba; su boca se detuvo, me sonrió, su lengua mojó sus labios y procedió a secarlos en mi cuello. No lo detuve, su sonrisa por mi éxtasis demostraba el placer que le daba tenerme así para él. Su boca siguió bajando, se topó con la tela de mi camisa y su lengua penetró por el cuello de ésta, mojando la parte alta de mi pecho. Sentí como unas hormigas bajaban rápidamente desde mi coronilla y anidaban afuera de los dedos de los pies. Lo hacían una y otra vez como si hubieran encontrado esa fuente de alimento que les proveería todo el invierno. Siguió bajando, con sus labios me mordía la camiseta, su mano estaba a punto de encontrarse con su boca, cuando lo hizo sentí ese fulgor de mariposas que recorría mi vientre, donde al fin, mano y boca, se encontraron y él descansó. Sus manos me quitaron el brassier y su lengua fue recorriéndome la piel, su cabeza estaba bajo mi camisa que iba subiendo al ritmo que se acercaba a mis senos, la lengua me mojaba, la espalda se me arqueaba, los poros se erizaban y él no se detenía, saboreaba, disfrutaba cada centímetro de mi piel, que poco a poco iba descubriendo. Llegó a mis senos, empezó lamiendo la parte baja y fue

subiendo, recorrió la aureola del pezón, mi lívido iba creciendo cada vez mas, dí un primero, pero profundo gemido, él me miró, sonrió y posó su lengua por fin en el pezón, la humedad me hizo sentir un frío que me recorrió y se detuvo en mi vientre, donde se posó durante un rato, siguió recorriéndome, pasó al otro seno que había estado ocupado por su mano, empezó a besarlo, sonó el timbre.

27.
-¿Quién podría ser?- me pregunté. Él se había detenido, su rostro se había llenado de sorpresa y miedo, mi celular empezó a sonar, miré la pantalla, era mi papá, el timbre volvió a sonar. -Aló, ¿Papá?- contesté el celular al tiempo que iba pasando del estudio a la sala para abrir la puerta -Ábrenos, el vuelo se retrasó y salimos mañana- dijo papá al otro lado. Abrí la puerta, saludé a mis padres, Andrés siguió sentado en el computador, buscando equipos para su estudio. El clima se había complicado por eso el vuelo no había podido salir, a mis padres les ofrecieron dormir en un hotel hasta el otro día, pero viendo que no habían dejado la ciudad, decidieron dormir en casa. Andrés comió esa noche con nosotros, siguió comentándole la idea del estudio a mi papá y poco a poco me fue involucrando en ella. A las ocho de la noche se fue, se despidió con un beso en la mejilla para que mi papá no sospechara y al oído me dijo que volvería al otro día.

28.
Era martes ya, mis padres habían salido muy temprano, tanto que cuando desperté ya no estaban. Eran las nueve de la mañana, tomé algo de jugo y decidí meterme a bañar para evitar que Andrés si llegaba temprano, me volviera a ver en pijama. Puse música a todo volumen y me fui desvistiendo. Abrí la ducha, sentí el agua recorriéndome y lo disfruté al máximo, como siempre lo hacía, solo que hoy no estaba papá para acosarme para que saliera rápido. Terminé de bañarme, me sequé, me puse la toalla. Sonó el timbre. Me asomé por la ventana, era él, le abrí, sonrió por verme en toalla, cerró la puerta y me dio un beso. Ese beso fue profundo, largo, erizador. Él soltó su bolso sobre el sofá y siguió besándome, yo lo abrazaba, metí mis manos en su camisa, recorría su espalda y sentía como se erizaba también. Poco a poco fue dejando de lado mi boca y recorrió mi cuello, yo seguía recorriéndole el torso con mis manos, la toalla se me cayó, él lo notó, yo no, lo

besaba profundamente, sintiéndolo. Puso sus manos en mis senos, su boca se fue acercando y me besó los pezones, simplemente profundo, yo me ericé, me arqueé y fui sintiendo como su mano derecha iba llegando a mi entrepierna que estaba húmeda de tanto sentirlo, sus dedos se fueron abriendo camino y terminaron atravesando esa barrera que me separaba de ese éxtasis total que tanto quería sentir hace tiempo, solté un gemido, lo fui desvistiendo poco a poco; su excitación se marcaba en los boxers que saque y nos dejó uno frente a otro desnudos. Lo toqué, lo puse en mi boca, lo recorrí con mis labios, él también hizo lo mismo, me llevó a la cama cargada y allí fue cuando ya, enfermos de deseo, delirantes por eso que queríamos hacer hace tanto tiempo, nos fundimos el uno en el otro, él dentro de mí. Gemíamos, sudábamos, nos besábamos, descansamos.

29.
El bolso que había traído contenía ropa para toda la semana. Así fue, se quedó en mi casa hasta el sábado, los días fueron mejorando, cada uno fue más intenso que el otro, dijo que me amaba, que nunca me dejaría y luego de esas palabras volvía a besarme, a sumergirse en mí, a perderse en ese placer profundo que yo le producía. Yo lo amaba, ya podía gritarlo a los cuatro vientos sin temerle a nada. El sábado cuando se fue, un halo de tristeza me abordó, me prometió volver al otro día y hacerlo constantemente, además de vernos en la universidad.

El domingo mis padres volvieron, yo estaba feliz, las cosas que él me había dicho se estaban materializando Ese domingo él no apareció, me hizo falta, el lunes ni siquiera llamó, al martes fui a buscarlo a su casa, lo encontré con Ana, se estaban besando, él ni cuenta se dio, yo volví a maldecirme, por haberle creído lo que me decía, pero sobre todo por haberme enamorado. Al miércoles volvió a llamarme, me dijo que me extrañaba, que me quería mucho, que estaba dispuesto a seguir conmigo, que fue la mejor semana de toda su vida. -¿Si? Tal vez eso mismo le dijiste a Ana ayer mientras la besabas- le dije, luego le colgué el teléfono y no volví a saber de él.

MANCHAS

1.
El tan inesperado o tal vez esperado tres de noviembre había llegado con un leve pestañear de sus ojos, no se dio cuenta cuando ocurrió; ahora no era sino que se cumpliera lo que Céfora, la bruja del pueblo le había dicho. Aunque había sido algo demasiado inesperado y difícil de interpretar, tal vez esperó encontrar la mancha que ella le dijo que iba a haber en su casa éste día. Se miró al espejo, miraba con recelo la figura que se abría paso ante sus ojos, por entre el rastro de mugre que han podido dejar tantas cepilladas de dientes a las carreras, hoy, con veintiocho años, Jaime no era el mismo de hace unos años, encontró la primera mancha que había hecho en su piel, marcaba con tinta negra una fecha que separaba los números del año, mes y día con guiones, recuerdo de la primera vez que estuvo en la cárcel durante una larga temporada, fueron tal vez los seis meses más difíciles de su vida, estuvo junto con ladrones, violadores y asesinos en el mismo patio, él simplemente acusado de sospecha en el crimen de una niña que ni conoció. La niña fue encontrada en su casa, manchada de sangre, con su vestido hecho trizas, mirando ese

horizonte blanco, negro y hasta confuso que miran las victimas de asesinato y violación, con aún la mancha que marcaron las lágrimas al caer por sus mejillas, además que en su vestido fue encontrada una mancha de semen que según las indicaciones médicas y las investigaciones realizadas por los criminalistas, eran de restos de los fluidos sexuales de Jaime. La niña, tenía nueve años cumplidos, era rubia, con su cabello ensortijado como lo dictó alguna vez Andersen en su “Ricitos de oro y los tres osos”, vestido a cuadros azules y blancos, medias blancas con boleros y zapatillas negras bien lustradas, además de un sombrero blanco que hacía juego con su vestido, ya que tenía un listón azul que lo amarraba. Era sonriente, juguetona, de mejillas ruborizadas y tez blanca, con los dientes de una mordida perfecta, pequeños pero demasiado coquetos, tal vez era difícil encontrar hoy en día una niña con los dientes tan bien puestos y no sería necesario ponerles frenos, tal vez la moda de los odontólogos de la época. Respondía al nombre de Isabel y lo hacía fundiéndose en una mirada azul profundo, que hacía a cualquiera sumergirse en ella y sonreírle así como ella lo hacía constantemente.

2.
Jaime, nunca conoció a Isabel y la recordaba perfectamente como la vio en esa foto que el abogado de la familia de ella le había mostrado el día del juicio y aun seguía preguntándose cómo fue a parar su semen a una escena de crimen, de algo estaba seguro siempre era que los niños lo único que le inspiraban era ternura, y realmente ¿por qué quería hacerle algo a una niña que nunca vio en su vida? Además, Isabel el día que la vio en esa foto lo único que le inspiró fue tranquilidad.

3.
Jaime sigue frente al espejo y mira como las manchas que mezclan oxido, agua y crema dental siguen acorralando el centro plateado e impiden cada vez ver más. En medio de todo eso encuentra el nombre de Isabel convertido también en una mancha de su cuerpo, tal vez solo queriendo recordarla como ése pasado que lo condenó a su soledad. En su casa, que realmente es una habitación de dos por tres metros cuadrados encuentra en la humedad de la pared blanca, un negro recuerdo, una mujer que vivió junto a él durante muchos meses pero que partió de su vida el día que supo lo de Isabel, acusándolo ella también del asesinato, hizo que todo en él se derrumbara, pues era tal vez la única persona en quien confiaba y de quien esperaba un apoyo total, pero no, fue simplemente que se marchó y él nunca más volvió a saber de ella.

4.
Continúa parado frente al espejo y ante la corrosión que se lo sigue comiendo, encuentra la mancha que marca el nombre de su amada, Mariana, cursiva, negra y plagada de estrellas, y tal vez empezó a recordar. Con la cabeza entre las piernas y mirando al suelo, con ganas de no volver a sentirse como una basura, rechazado por su novia al ser un asesino, mira como todo el suelo está plagado de rojo, manchado desde el techo, ese techo marcado por las tejas cafés que se abren paso hacia el cielo y que se unen en una estalagmita que lo apuñala con fervor, las paredes anteriormente verde claro, que es el color favorito de mariana y el cuerpo de ella, acostado en la cama doble que habían comprado con el dinero de la indemnización que le dio el estado al declararlo inocente.

5.
Apenas salió de la cárcel lo único que hizo fue llamarla, si, pese al espaldarazo que ella le dio el día que supo que estaba sindicado del asesinato de Isabel, la llamó y la invitó para recordar gratos momentos, igual, no tenía a quién más llamar. Luego de unas tres o cuatro copas de vino, jamón y queso, que era lo que acostumbraban comer, la invitó a que volvieran a casa, ella accedió y él pensó en qué hacer para volver a revivir eso que sentía por ella, eso que sintió en la cárcel y que lo impulsó a llamarla apenas salió. Llegaron a la casa, la puerta comida por el oxido, que sonaba desde el momento en que se le introducía la llave, la guió con la mano, ella accedió. La miró a los ojos, ella quiso besarlo, pero él la ignoró. -Nunca fuiste a visitarme- le dijo. -Es cierto, pero estaba llena de rabia, no creí en tu inocencia.- respondió ella. -Y si tu no confiabas en mi inocencia, imagina el resto del planeta.

-Tienes razón. Por eso debemos retomar nuestro tiempo y volver a empezar.

6.
Él pasó su mano por la cintura de ella, la aferró a su cuerpo y le mojó los labios con la lengua, poco a poco fue abriéndose camino entre los dientes, hasta tocarle la lengua, poco a poco fue sintiendo como tanto tiempo podría tener la recompensa que estaba esperando. Metió la mano entre la blusa blanca que ella llevaba puesta, empezó a subir desde la espalda baja hasta que llegó a los hombros, ella le quitó la camiseta, el calor iba subiendo. La miró a los ojos, di que me amas, le gritó, ella repitió lo que él le había dicho, simplemente no he podido amar a nadie más. Su blusa blanca fue cayendo de a poco, luego él se dirigió al pantalón, lo desabrochó, se lo sacó y la dejó vestida solamente por una tanga que resaltaba esa figura que pese a la edad seguía igual a la época de su juventud. Luego de un tiempo, la miró a los ojos, la siguió besando, cada vez más profundamente, le fue quitando la tanga y cuando ya estaba listo a penetrarla lo hizo. Empezó suave y poco a poco fue aumentando la velocidad, sintió como la piel se rasgó cuando lo hizo por primera vez, era difícil seguir con el movimiento, ya que la punta del cuchillo estaba casi roma y el filo de éste se había perdido con la falta de uso. Pero

poco a poco, pudo sentir como el cuerpo de ella, se iba despojando de su energía ante la imponencia de su fuerza y su odio.

7.
Volvió otra vez en sí y ahora entendió por qué Mariana hacía parte de una de las manchas de su piel, se alejó del espejo y fue a la cocina, se sirvió un café, esperando tal vez que le viniera a la memoria algo más que pudiera decirle qué había pasado con Isabel, pero seriamente no supo qué era. ¿Salir? No quería salir, simplemente por el miedo a que la mancha que Céfora le había dicho que aparecería ese día, fuera una de sangre, de su propia sangre, por eso, tal vez se refugió en su casa, para evitar eso. Pero recordó también las palabras de la bruja. “El día que aparezca la mancha, no podrás hacer nada para evitarlo” Se sentó en la cama, frente al espejo, siguió mirando y tratando de recordar por qué apareció el rastro de su semen en las ropas de Isabel, miró su demacrado cuerpo y entendió que tal vez éste tenía algo qué decirle. Se puso de pie, la mancha de la fecha, se estaba haciendo cada vez más grande, y ahora se estaba poniendo ilegible. Algo pasó por su cabeza y se vio, en una casa de puertas blancas y ventanales inmensos, parado enfrente, al lado de su camioneta

modelo cincuenta y cuatro, que había heredado de su padre y que le servía para hacer viajes de carga.

8.
Tenía que entregar unas frutas en esa casa, tocó al timbre y una niña se asomó por la ventana de la puerta, era rubia, vestido a cuadros azules y blancos, un sombrero blanco atado con un listón azul, zapatillas negras, unas mejillas ruborizadas y cabello rizado. El horror de Jaime al estar viendo en el espejo, su figura y la de Isabel encontrándose por primera vez en su memoria, lo estaba aterrorizando. Siguió rememorando y encontró que al tocar la puerta, la niña nunca quiso recibir las frutas, pues nunca nadie en su casa las había pedido, así que decidió entrar a la fuerza, rompió el vidrio con su camiseta, tomó a la niña del cuello, diciéndole que no le haría nada, que simplemente quería entregarle las frutas, pero la niña gritaba y gritaba, desgraciadamente, estaba sola. Jaime, la tomó y poco a poco fue adueñándose de su vestido, sintió como su cuerpo iba logrando una excitación de tener de manera tan accesible la juventud y ternura sexual de una niña entre sus manos, así que poco a poco, fue tomándola, despojándola de sus vestiduras, para finalmente acabar haciéndole el amor, aunque para ese momento, la niña que había hecho esfuerzos para zafarse de las manos de él, ya había muerto

estrangulada en sus manos; fue allí cuando Jaime, finalizando su orgasmo y mientras sentía como el cuerpo se le arqueaba, los ojos se le cerraban y de su boca salía un alarido que confundiría con la más temible bestia, optó por eyacular fuera del cuerpo de la niña y no encontró donde más limpiarse que el vestido de ella. Si fui yo, si fui yo, gritaba Jaime, ahora que el horror de verse asesinar, tanto a su amada, como a la niña por la cual había peleado su inocencia, lo estaba acechando. Miró el espejo, que cada vez era más oxido que espejo, miró la mancha que se había hecho grande, esa ilegible y pudo distinguir un tercer nombre escrito con tinta en su piel por encima de la fecha que le serviría de remembranza de su pasado. La insignia que seguía en su espalda, decía ese último nombre, ése que lo llevó a tomar el cuchillo y manchar con la sangre de su cuello el suelo de su habitación. Además del recuerdo que quedaría para siempre. Simplemente un nombre y una fecha. JAIME GONZALEZ 3 DE MAYO DE 1967- 3 DE NOVIEMBRE DE 2009.

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