Pavimento Por Dalila Douceca Yo no quería obsesionarme con ella.

Uno conoce sus debilidades y se hace lo que se puede. No fui yo aunque nadie me crea. Fue el destino quien la puso en el centro de mi cabeza. Los escritores que había conocido me habían decepcionado por pusilánimes, bajos, cobardes y chismosos de un mundillo intelectual. Los imagino con rolos y chancletas matándose las liendres en los jardines de la UNEAC. También es cierto que tengo amigos escritores muy buenos pero no soy fan de ellos. Los leí después de conocerlos. Así no vale. El caso es que me cayó un cuento suyo en las manos y me lo devoré dos veces seguidas. Sentí que la literatura se restituía y los rolos y chancletas pasaban a mejor vida. No me gusta que la ficción se vuelva personal, el precio de la realidad es alto cuando la imaginación se vuelve tangible. Por eso, cuando me prestaron una de sus novelas con dedicatoria de su puño y letra, temí. Temí porque los caminos del azar son inhóspitos para las mentes débiles como la mía. Los accidentes se sucedieron apabullantes. Descubrí que nacimos en la misma cuadra. Yo me fui y ella se quedó. Tengo cada columna de su solar retratada en la retina y las dos entradas perfectamente pintadas en la memoria. No sé por qué supe dónde vivía. Luego llegaron los detalles siniestros, los peores, los que levantan ese sentimiento tan terrenal y poco decente que es la lujuria. Supe que era bella, puta, mala o maligna, que estaba enferma, loca y que no salía de su casa desde hacía años. ¿Quién no sale de su casa en La Habana? Me moría de envidia. Ya me las había agenciado para no salir del país, sin embargo una fuerza superior me precipitaba contra las aceras hirvientes del barrio. Me leí todo lo que pude. Viví la pesadilla de sus personajes más enfermos, me sentía el hilo de realidad entre sus líneas, el cuerpo que no supuso para sus creaciones. Me imaginaba que iba a fumigarle el cuarto como una inspectora de mosquitos, o como una mandadera que le llevaba el pan todas las mañanas. Ojalá mi fantaseo terminara así, ella congelada como el más especial de mis fantasmas aunque con carnet de identidad. La había sublimado y podía vivir con ello. Lo inesperado fue que la realidad superara al ideal. ¿Cómo se supone que uno lidie con semejante contradicción?

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Los días pasaban lánguidos y yo les inyectaba vida tratando de encontrar otra novela suya que no aparecía por ningún lugar. De haber nacido en el siglo XIX no habría recibido aquel correo, yo seguiría viva y ella muerta. Una pena para el hombre no tener la posibilidad de predeterminar ciertas condiciones al nacer. Claro que miento. La culpa fue mía. Contra todo pronóstico me respondió a un spam de esos que mando por toneladas y hasta me dio las gracias. No lo calculé. Mi ideal se volvió virtual y me aterré. Estábamos subiendo los escalones de la realidad de dos en dos. Yo no quería pero al igual que salgo de mi casa a insolarme, aceleré todo el proceso y terminé escribiéndole una carta de dos páginas que redacté tres veces. Un mes después nos tomamos el primer café. A mí no me bajaba por la garganta, temblaba tanto que por un instante auguré una burla. Ella comentaba de política, un tema tan cómodo como el clima en mi país. Supongo que trataba de ser amable. Yo adivinaba el tiempo que faltaría para meter la cabeza debajo de su saya mientras respondía con monosílabos a asuntos de debacle nacional. No sé cómo me las agencié para despertarme con una sonrisa entre sus tetas. El resto prefiero no contarlo. Yo perdidamente enamorada y ella perdidamente sola. A pesar de la mierda circundante me gustaba vivir. No tenía detalles del otro lado así que me limitaba a aprovechar este. Nuestra convivencia fue tan plácida como la muerte, salvo mis arranques de ira y sus depresiones fui feliz, según el canon. Con mi tendencia a la inmovilidad sentí que había al fin encontrado mi lugar en su cuerpo y no me importó si ella estaba de paso o no. Quizás la lógica indique lo contrario. Pero no sé lo que oí primero, si el rebote del cuerpo contra el pavimento o mi nombre cuesta abajo cinco pisos. Caminé hasta el borde del alero y vi mi ser en otra piel sin oxígeno. Como no quería que muriésemos, actué de acuerdo a las leyes de la mecánica humana: vecino médico, carro, hospital. Nació otra vez, según dijeron los enfermeros. Pensaba que despertaría mi álter ego y no mi amante, o mejor, mi amada. En ese momento no reconocí mi desliz. La policía me interrogó una única vez y a pesar de que yo insistí en accidente, ellos marcaron

suicidio. Probablemente les fue muy difícil imaginar el arrepentimiento entre el tercer
y el primer piso. Estaba convencida que ella habría descubierto el sentido de la vida en la caída, o sea, mi sentido de la vida, y me había llamado aterrorizada. Ahora sé que fue para castigarme. 2

La cuidé muy bien. A cuenta gotas llegaron los amigos, familiares, vecinos, maestros, admiradores, en fin, los de-más. Uno a uno desfilaron por delante de mí y me rindieron como si fuera una reina y no una sobreviviente. La vida no iba tan mal, ella soñaba y yo me ocupaba de los asuntos de la vigilia. Mientras organizaba mi residencia indefinida en el portal abandonado de un pabellón del Calixto García, vigilaba con premura que mi otra yo no tuviera mal puesta la manguera del neumotórax, que el fémur de su muslo quedara en el lugar preciso y que el sangramiento digestivo por estrés posttraumático fuera controlado antes de volverse hemorragia. Además, mataba cucarachas y orinaba en un pomo de refresco. Un día despertó y todo, absolutamente todo el universo, se puso patas arriba salvo un detalle: yo seguía respetando la ley de la gravedad. Para empezar no se acordaba de mí, ¿cómo podía? Desgarrada, vislumbré la anulación de mi álter ego. Le salvé la vida y en agradecimiento me hacía visitas estrafalarias a las tres de la tarde: Me gusta caminar, es bueno para la recuperación- y yo con lágrimas en los ojos me fumaba un cigarro tras otro ante su mirada recriminadora: Eres muy joven, no deberías fumar.

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Me molestó el mediocre final de nuestra historia. Tenía que existir la posibilidad de volver a tomar las riendas. Para nuestra cita de una vez al mes lo planeé todo con cautela, no fuera que la desconocida sospechara mis intenciones. Escogí el mediodía para que el cielo azul del Caribe opacara los instintos. Preparé el café y me acomodé en el marco de la ventana. Con dulzura inicié nuestra insípida charla: A partir de hoy todo volverá a ser como antes, no te asustes- dije y me lancé al vacío.

No grité su nombre. No me dio tiempo.

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