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CRISTIANISMO
ANTE

LA FILOSOFÍA, LA MORAL
Y

LA HISTORIA.
POR ANTONIO LLANO.

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CRISTIANISMO ANTE LA FILOSOFÍA, LA MORAL Y LA HISTORIA.

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CRISTIANISMO
ANTE LA FILOSOFÍA, LA MORAL Y LA HISTORIA. I. EXISTENCIA DE DIOS. ____________________ 1. La palabra dios ha tenido siempre diversos significados, y antes de entrar en los detalles de nuestro asunto, conviene que advirtamos en qué sentido la tomamos. Se ha dado el nombre de dios, ya á un animal temible por su ferocidad, ya á otro bruto notable por su escasez u otra propiedad digna de atención; unas veces al espíritu de un difunto, al protector imaginario de un pueblo ó al soberano de una tribu ó imperio; otras á la inteligencia que preside á tal ó cual fenómeno natural ó á determinados ramos de los negocios humanos. De estas concepciones, que pertenecen á la infancia de la inteligencia, nada tenemos que decir, pues la idea de Dios que hoy se tiene entre las naciones civilizadas, es de un carácter más general y abstracto. Hoy, en virtud de un proceso de generalización que se ha ido desarrollando durante muchos siglos, se da el nombre de Dios al creador y mantenedor del universo y de sus leyes. La doctrina que afirma y defiende la existencia de este ser se llama deísmo. El ateísmo niega tal existencia. El panteísmo solo se diferencia del ateismo en que aquél considera el universo como un ser consciente; mas ambos niegan la creación. Las expresiones de algunos panteístas, de que el universo es Dios, y que el universo se creó á sí mismo, son una deplorable confusión de términos; pues cualquiera comprende que una cosa no puede crearse á sí misma. Se dice de algo que ha sido creado cuando hubo un tiempo en que no existía; y decir que el universo se creó á sí mismo, es decir que en mi tiempo no existía, y que, no existiendo, se creó á sí mismo. Por consiguiente, solo admitimos dos escuelas que se ocupan del origen del universo: la escuela deísta y la escuela atea; y entendemos por Dios un ser independiente del universo, por el cual éste ha sido creado. Nuestro objeto presente es el resolver este problema: ¿Puede el entendimiento humano tener certidumbre acerca de la existencia de Dios? Si analizamos las condiciones de dicha certidumbre y los fundamentos de la creencia en una Causa Primaria; si, independientemente de las preocupaciones heredadas de nuestros antepasados y patronizadas por nuestra educación, nos damos al estudio imparcial de esta cuestión filosófica; si tratamos de hacer el análisis de acuerdo con las leyes de nuestro pensamiento como nos las presenta 2
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3 la experiencia, sin perdernos en un laberinto de palabras sin sentido y frases ininteligibles,—entonces hallaremos que la respuesta á aquella pregunta debe ser negativa. En términos más claros, decimos que La existencia de Dios no puede ser demostrada por el hombre. Requiere esta aserción una prueba, la cual no puede ser sino una refutación de las que se han dado en favor del deísmo. Dejando de lado las ideas y la parcialidad religiosas, vamos á hacer un breve examen de las principales demostraciones que se han dado para establecer la existencia del (Criador y el fenómeno de la creación. No trataremos de si creer en Dios es un hecho conveniente ó pernicioso: solo trataremos de si tal creencia tiene algún fundamento sólido. No gustamos, como otros, de amoldar nuestras ideas á nuestro egoísmo, ni aun á la conveniencia del género humano: gústanos más el descubrir la verdad, si bien ella es á veces amarga y doloroso. 2. El argumento primero es el argumento de causalidad, que puede formularse así: Todo fenómeno que se presenta en el mundo tiene su causa: es decir, todos los hechos particulares que nos rodean son efectos de otros hechos anteriores. Tomemos mi hecho cualquiera, x\ x tiene su causa, y; y tiene la suya, u; u tiene la suya, z, etc., etc. Siguiendo esta cadena de causas y efectos, y remontándonos de causa en causa, tendremos que llegar á un principio, á una causa generadora de las demás y que no es efecto de otra, pues que no se comprende que la cadena sea infinita. Ese principio, esa primera causa, es Dios. La investigación de las causas de los fenómenos naturales es un hecho ligado estrechamente con todos los procesos del pensamiento, y es de suponer que el hombre, desde tiempos remotos, haya tratado siempre de explicarse los fenómenos que le rodean, atribuyéndolos á la acción de causas reales ó imaginarias, naturales ó sobrenaturales. Sin duda la idea de seres sobrehumanos tuvo su origen en esta tendencia de nuestras facultades, ayudada por el temor y el interés de la propia conservación. El salvaje que vivía en medio de los ataques de sus semejantes, y en continua lucha con ellos y los brutos, se veía á menudo privado de su alimento, ó estropeado y amenazado de muerte por seres animados como él, y él á su vez era capaz de arrasar el campo enemigo y llevar la destrucción con la fuerza de su brazo y los dictados de su escasa inteligencia. De tales experiencias, fácil le era deducir que el rayo que incendiaba su choza, el huracán que barría los bosques, y demás agentes que se le oponían en el curso de su vida, eran también seres animados, ó efectos de seres animados semejantes á él, aunque de superior inteligencia y de mayor poder, puesto que le era 3
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4 imposible hacerles frente. Atribuyó, pues, un carácter sobrehumano á cada fenómeno, y sobre todo á aquellos que parecían hacerle guerra, y se dio á aplacar sus dioses con sacrificios, súplicas y demás muestras de humillación con que el esclavo implora el favor de su señor. Tal fue, probablemente, el origen de la idea de Dios, nacida de la aplicación de la ley de causalidad por una inteligencia incapaz de toda generalización. O quizá, como cree Spencer, el poder del más fuerte de la tribu, elegido y reconocido siempre como jefe, engendró la idea de naturalezas superiores, no solo en cantidad, mas también en calidad, á las cuales se asignó el gobierno de los varios fenómenos. Poco á poco se han ido explicando, por causas físicas, los sucesos que antes parecían inexplicables sin la ayuda de seres superiores; y hoy, cuando se presenta un nuevo hecho, cuando se descubre un nuevo fenómeno, nuestro empeño es descubrir su causa natural, pues la experiencia nos ha mostrado que en la mayoría de los casos somos capaces de hallarla. Mas siempre nos vemos obligados á reconocer la causa de todo hecho como otro hecho existente en el mundo material en que vivimos; y al pensar en el universo en que estas causas se hallan y del cual hacen parte, nos ocurre preguntar: ¿De dónde viene este universo que nos rodea? Si somos capaces de hallar una causa á todo cambio, á toda transformación, ¿no seremos también capaces de hallar el agente de que depende el gran conjunto en que estos cambios se verifican? Hemos dicho ya que á esta cuestión se dan dos respuestas distintas y opuestas: la respuesta ateísta y la deísta. Los deístas, apoyándose en el argumento citado antes, han dado una contestación afirmativa. Ellos han dicho que puesto que todo fenómeno ha tenido una causa, el universo, que es en sí un “gran fenómeno, debe también tenerla; que, puesto que ninguno de los seres conocidos existe por sí mismo, el universo debe estar sujeto á la misma ley, y que él, por tanto, debe haber tenido un principio y una causa. Veamos si la conclusión se deduce de las premisas, es decir, si del conocimiento que tenemos de las causas y los efectos puede inducirse que la materia haya sido creada. Toda causa que conocemos es material, es un estado particular de la materia. La causa de la electricidad desarrollada en una sustancia, es el frotamiento, la combinación química, la influencia de otro cuerpo electrizado, etc. La causa de la formación de las imágenes es la reflexión ó refracción de la luz. La causa de la oscuridad de la noche es el movimiento de rotación de la tierra. La causa de la formación de la hulla es la descomposición de las sustancias vegetales en virtud de las leyes de afinidad química. Todas estas cansas son del orden puramente material ó físico: son estados, atributos ó modos de ser de la materia. Igual cosa 4
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5 puede decirse de los fenómenos intelectuales. Todo lo que pasa en la inteligencia es producido por impresiones que hacen en ella los fenómenos que nos rodean. La sensibilidad es una impresión directa, es decir, una intuición; la memoria consiste en el recuerdo de hechos que hemos sentido; el juicio es una relación, una comparación establecida entre dos ideas que se sienten; el deseo es un efecto del juicio formado sobre tal ó cual cosa; la imaginación es una combinación del juicio y la memoria. Nuestras ideas dependen de nuestra organización física, y están sujetas á los cambios y las leyes de los medios y las circunstancias exteriores, á las condiciones del mundo en que vivimos, y al desarrollo y decadencia de nuestro cuerpo. El pensamiento sigue las leyes que regulan la evolución de los organismos, aun la ley de herencia; y si se recorre la escala zoológica, desde los animales más imperfectos hasta los mamíferos superiores, se verá que las transiciones son imperceptibles, y que la serie puede considerarse como continua. Un salto brusco parece tener lugar al pasar al hombre, cuya civilización revela una grande inteligencia; mas este vacío aparente queda llenado cuando se incluyen en la serie el hombre primitivo y el salvaje de nuestros tiempos, y, sobre todo, cuando se estudia el desarrollo paulatino del individuo desde la cuna hasta el sepulcro; desarrollo en que el pensamiento es continuamente una función proporcional al estado de perfección del organismo. Este solo hecho es suficiente á probar que la inteligencia depende de los órganos materiales; que el pensamiento es una manifestación de una combinación material, y que el alma, lejos de ser “el ser sensiente”, es la propiedad de pensar inherente al organismo. Del análisis precedente deducimos que todos los fenómenos que hemos citado tienen su causa conocida dentro del universo; y como igual cosa puede decirse de los demás, llegamos por inducción á la siguiente proposición general:
“Todo fenómeno, es decir, todo hecho particular tiene su causa. Esa causa se halla siempre dentro del universo.”

Pero ¿qué es lo que nosotros conocemos como fenómenos? Únicamente conocemos la materia y sus cambios. Nosotros no conocemos causas que no sean materiales, ni conocemos causas que produzcan materia. Cuando decimos que conocemos la causa de un fenómeno, tratamos solo de un modo nuevo bajo el cual se presenta algo que ya existía, es decir, tratamos solo de explicar una transformación de la materia; mas la experiencia nos demuestra que la producción y aniquilamiento de las sustancias, son hechos que nunca se verifican. Así, la ley de causalidad se refiere á cambios, no á creaciones. Por tanto, de que todos los hechos del mundo tengan causa, es decir, de que todo cambio en la materia sea debido á un agente (material también), no se deduce que la materia haya sido sacada de la nada. Las dos cosas son enteramente distintas; las 5
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6 dos proposiciones no tienen entre sí relación ninguna, y, por consiguiente, la una nunca puede ser consecuencia de la otra. Habiéndonos alejado, aunque no sin objeto, del argumento que sentamos al principio, lo repetiremos aquí para examinarlo luego: Cuando se toma un fenómeno cualquiera, pronto puede hallársele una causa, que es efecto de otra, y ésta es efecto de una, tercera; y por mas lejos que nos remontemos en la serie del tiempo, nos es imposible hallar una causa que no sea efecto de otra; y, como la serie no puede concebirse como infinita, hemos de detenernos en algún hecho que, sin haber sido producido por otro, haya dado origen á todos los demás. Ese primer hecho es Dios. Mas en la cadena de causas y efectos, cada causa, como hemos observado ya, es un hecho material, y si hay algún punto en donde debamos detenernos, debe ser también en algún hecho material, pues en nuestra escala de inducción no tenemos derecho á saltar brusca y arbitrariamente de lo material, que es el objeto de nuestras experiencias, á lo inmaterial, que no tiene con ellas relación alguna. Puesto que de las causas secundarias se trata de inducir una causa primaria, ésta sería un estado de la materia, como son las causas secundarias de que se induce. Llégase, pues, á la conclusión de que la materia, en virtud de sus propiedades, y quizá en un estado especial desconocido para nosotros, ha dado origen á los fenómenos universales: ó mejor dicho, que la materia encierra en sí misma los elementos necesarios para sus propias trasformaciones. Es claro, pues, que de la causalidad no puede concluirse la existencia de un criador de la materia. Además, como antes se dijo, todos los hechos que reconocemos como efectos son hechos particulares que existen en el mundo y tienen en él su causa. Como sobre estos hechos hemos observado y experimentado, estamos autorizados para inducir que
“Todo lo existente en el mundo, tiene su causa en el mundo.”

Pero, si se considera el universo en conjunto, ya es distinto. Podemos pensar que ésta ó la otra apariencia de la materia tenga ésta ó aquella causa; mas pensar en una causa del mundo es suponer que éste no existía antes y que fue sacado de la nada. Esto no puede inducirse de la ley de causalidad, que solo habla de principios y causas de atributos, no de sustancias. Inducir es generalizar. Generalizar es ascender en una escala de hechos semejantes. La relación de causa á efecto, la ley de causalidad, es una condición de la materia, existe en la materia 6
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7 misma, y no puede concebirse sino en un mundo material, puesto que una causa es siempre, en ultimo análisis, una fuerza que produce un cambio en un cuerpo material. Ahora bien, este carácter de necesaria dependencia que se observa en los fenómenos físicos, y que nosotros admitimos, nos enseña que nada empieza sin que antes haya habido un cuerpo que determine la existencia de ese algo. De consiguiente, la ley de causalidad niega todo hecho, todo fenómeno, donde no hay cuerpos presentes. El concepto de creación, según esto, es un hecho extraño á los sucesos del mundo fenomenal, y no puede tener su fundamento en la inducción de causalidad. Para inducir una cosa se necesita conocer por experiencia alguna cosa semejante de que la primera se pueda inducir. Ahora bien, la creación de materia es un hecho completamente distinto é independiente de todo cuanto nosotros conocemos. ¿Cómo, pues, vamos á inducir tal creación, si no hay de dónde inducirla? En cuanto á los que dicen: “No hay efecto sin causa; el universo es efecto, luego tiene la suya,” incurren en un detestable círculo vicioso. Efecto es todo lo que tiene causa. Decir que el universo es efecto, es suponer de antemano que tiene causa, y eso es precisamente lo que se trata de demostrar. Ni vale decir que todo lo que existe es efecto, pues, siguiendo este razonamiento, Dios debería serlo igualmente, lo que es absurdo. La necesidad de causa solo se presenta donde hay comienzo de existencia, y mientras no se pruebe que el mundo ha tenido un comienzo, no hay por qué asignarle causa. Algo debe haber sin principio ni fin, y no hay más razón para creer que ese algo sea Dios que para creer que ese algo sea el universo material. Cierto es que no se concibe la existencia incausada del universo; pero ni se comprende mejor la existencia incausada del Criador. Además, sabemos que el mundo existe, y, puesto que algo debe haber eterno, el mundo puede ser ese algo; al paso que de Dios no tenemos ni aun la certidumbre de su existencia. Y si á todo esto se agrega la imposibilidad de concebir la creación de la materia, se comprenderá que el deísmo presenta mayores dificultades y más hipótesis absurdas que el ateísmo. Se pone con frecuencia el ejemplo de un reloj comparado con el mundo, para concluir que, así como el reloj no puede existir sin relojero, el mundo no puede existir sin Dios. Un relojero no hace la materia que le sirve para fabricar el reloj. Por tanto, de que éste ú otro artista haga una obra cualquiera, es decir, arregle convenientemente ciertos materiales ya existentes, no se deduce que la materia haya sido sacada de la nada. Parece menos absurda la conclusión de que el universo está dispuesto y gobernado por una inteligencia. Pero ni aun esta conclusión es legítima. En efecto, ¿por qué no se concibe la existencia del orden universal sin un regulador? Dicen que, por cuanto el universo es obra tan 7
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8 perfecta, tiene que serlo de una potencia inteligente. El argumento se puede volver contra el deísta. ¿Qué cosa más perfecta, más admirable que un Dios dotado de infinita inteligencia? Y porque Dios es perfecto, ¿dirá el deísta que debe tener causa? De seguro que no. Y si admite la perfección incausada en Dios, ¿por qué no la admite en el universo? También debe advertirse que semejante modo de razonar es un sofisma nacido de la tendencia que se halla siempre en el hombre á amoldar la naturaleza á las disposiciones y cualidades humanas. “El rayo es un agente de destrucción,” dice el salvaje; “la destrucción entre nosotros es efecto de las hostilidades de la guerra; luego el rayo es efecto de una inteligencia enemiga ó irritada.” El hombre culto, á quien el desarrollo ha guiado á la concepción de ciertas nociones que él llama orden y perfección, se imagina que estos términos, en vez de ser relativos y limitados á la raza humana, son absolutos y aplicables á todo el universo. “El orden y la armonía,” dice, “son en la sociedad el fruto de la más elevada inteligencia; en el universo hay orden y armonía; luego el universo es el efecto de una grande inteligencia.” Admítese que el salvaje se engaña en su razonamiento; mas nuestros filósofos siguen el mismo método, y, sin embargo, proclaman la legitimidad de sus conclusiones. Vese por lo que precede que el deísmo no puede apoyarse en la ley de causalidad. Dicha ley se refiere solo al mundo corpóreo, y donde falta la materia toda ley queda eliminada. La inducción es un método científico, y lo sobrenatural está fuera de la esfera de toda ciencia y, por tanto, de todo conocimiento. 3. Los metafísicos han dado otra demostración de la existencia de Dios, apoyándose en las relaciones y condiciones de lo contingente y lo necesario. Contingente es todo hecho que puede dejar de existir, y que tiene en otro la razón de su existencia. La luz de una bujía es un hecho contingente, porque puede dejar de existir, lo que sucede cuando cesa la combinación química, que es su razón de ser. Necesario es un hecho que no puede dejar de existir y que tiene en sí mismo la razón de su existencia. Para los deístas. Dios es un hecho necesario; para los ateos, lo es el universo. Veamos el argumento deísta fundado en estos hechos. Balmes lo formula así en su Filosofía Elemental, Cáp. III de la Teodicea:

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9 “Existe algo, cuando menos nosotros: aunque el mundo corpóreo fuese una ilusión, nuestra propia existencia sería una realidad. Si existe algo, es preciso que algo haya existido siempre; porque si fingimos que no haya nada absolutamente, no podrá haber nunca nada; pues lo que comenzase á ser no podría salir de sí mismo ni de otro, por suponerse que no hay nada, y de la pura nada, nada puede salir. Luego hay algún ser que ha existido siempre. Este ser no tiene en otro la razón de su existencia; es absolutamente necesario; porque si no lo fuese, sería contingente, esto es, podría haber existido ó no existido; así pues, no habría más razón para su existencia que para su no existencia. Esta existencia no ha podido menos de haberla, luego la no existencia es imposible; luego hay un ser cuya no existencia implica contradicción y que por consiguiente tiene en su esencia la razón de su existencia. Este ser necesario no somos nosotros; pues que sabemos por experiencia que hace poco no existíamos: nuestra memoria no se extiende más allá de unos cortos años; no son nuestros semejantes, por la misma razón; no es tampoco el mundo corpóreo, en el cual no hallamos ningún carácter de necesidad, antes por el contrario lo vemos sujeto de continuo á mudanzas de todas clases. Luego hay un ser necesario que no es ni nosotros ni el mundo corpóreo; y como éstos, por lo mismo que son contingentes, han de tener en otro la razón de su existencia, y esta razón no puede hallarse en otro ser contingente, pues que él á su vez la tiene en otro, resulta que así el mundo corpóreo como el alma humana, tienen la razón de su existencia en un ser necesario, distinto de ellos. Un ser necesario, causa del mundo, es Dios; luego Dios existe.” Supone Balmes que el mundo es contingente, porque continuamente lo vemos cambiar. Pero él y los de su escuela deberían advertir que lo contingente no es la materia misma, sino algunas de sus propiedades. Es cierto que el oxigeno puede existir en combinación con el hidrógeno, con el cloro ó con el fósforo, ó no existir combinado con ningún otro cuerpo. El estado de combinación es, pues, contingente. ¿Pero podrá dejar de existir el oxigeno? De ninguna manera. La química, aplicando la balanza en sus experimentos, prueba que ningún elemento se destruye, que ni un átomo se pierde. Descompuestos 9 gramos de agua por medio del voltámetro, parece que el agua ha desaparecido completamente; pero si los dos hilos de la pila se introducen en dos tubos invertidos, y después de la operación se pesan estos dos tubos, ellos pesarán más que antes del experimento; el peso del uno habrá aumentado en 8 gramos, y el del otro en 1, que sumados dan 9, peso del agua empleada. Luego la materia no ha desaparecido: únicamente ha cambiado de forma. Fundados en experimentos de esta clase, han llegado los químicos á esta gran conclusión: “Nada se pierde, nada se crea en la naturaleza.” Así, pues, no hay razón ninguna para afirmar que la materia sea contingente. Esto equivaldría á decir que puede dejar de existir, lo cual está en contradicción con la ciencia. Es absurdo sacar tal conclusión del camino de sus atributos, para admitir como ser necesario un Dios que también cambia. Y 9
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10 decimos que cambia, porque, según los deístas, hubo un tiempo en que el mundo no existía. Dios no tenía entonces el deseo de crearlo; cuando lo creó, hubo, por tanto, un cambio en su voluntad. Y no vale decir que el deseo lo tenía Dios de toda eternidad; aunque así fuese, hubo un momento en que ese deseo determinó la voluntad, y éste fue ya un cambio, puesto que antes la determinación no existía. Si, pues, la materia es contingente porque cambia, por la misma razón debe serlo Dios, y entonces no es Dios. 4. Trae Balmes1 otra prueba de la existencia de Dios, consistente en la conformidad de todos los hombres en lo relativo á ciertas verdades. La esencia del argumento es ésta: “Todos los hombres están de acuerdo en ciertos hechos. Por ejemplo, todos tienen la idea de que dos y dos son cuatro; de que un círculo no puede ser cuadrado; de que el diámetro es mayor que el radio, etc. Luego hay ciertas ideas que se imponen á la razón humana; y como la razón no las adquiere por sí misma, preciso es que haya un ser que la ilumine. Ese ser es Dios.” Tal es el argumento. Si las ideas acerca de ciertas cosas fueran suministradas por Dios, todos las tendríamos desde el principio de nuestra vida. El hecho de que tengamos que aprender por el estudio que los diámetros de un círculo son iguales, prueba que tal idea no existía en nosotros, es decir, que no nos ha sido dada por un ser superior. Presenta este argumento, cuando se le analiza de cerca, un aspecto tan superficial, y aun tan ridículo, que es extraño el verlo patronizado por hombres que gozan de fama como pensadores. La idea, por ejemplo, de que un círculo no puede ser cuadrado, está en la naturaleza de las cosas, y depende de las propiedades que nos hacen distinguir unas de otras, sin necesidad de inspiraciones sobrehumanas. Un círculo hace una impresión en el alma distinta de la que hace un cuadrado, y, por tanto, las dos impresiones no pueden ser confundidas. Tanto valdría decir que tenemos por inspiración la idea de que un colibrí no puede ser un cocodrilo, ni un hombre puede ser un tiburón.

Creemos haber leído el argumento en Balmes; mas no estamos seguros: tal vez haya sido en otro antor: pero, de todos modos estamos seguros de haberlo leído.
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11 5. Veamos ahora el argumento teleológico. Teleología es la doctrina que sostiene la finalidad, es decir, la predestinación de todo lo existente. Según esta, doctrina, todas las cosas han sido creadas para cierto fin. El animal tiene patas, es decir, las ha recibido, con el fin de que se mueva; ha recibido oídos para oír, ojos para ver, etc. Todos esos órganos han sido creados para desempeñar las funciones dichas. La demostración teleológica de la existencia de Dios se formula así: “En el mundo se observa un orden admirable, una perfección casi completa. Los seres organizados están dotados de órganos tan perfectos, que no puede suponerse que estos sean obra de la naturaleza. Es evidente que estos órganos han sido creados con un fin premeditado, pues se les ve llenar tan admirablemente sus funciones. Luego hay algún ser que ha arreglado convenientemente la materia para ciertos fines. Ese ser es Dios.” Del argumento no puede deducirse que Dios haya creado el mundo; sus defensores no concluyen sino que lo ha ordenado. En efecto, Bouillet dice que el argumento “nos conduce á la concepción de una inteligencia ordenadora del mundo, pero no á la de un Dios todo-poderoso, creador de la materia.” Y Voltaire, que también defendía el deísmo: “Mi sola razón me prueba la existencia de un ser que ha arreglado la materia de este mundo; pero mi razón es impotente para probarme que él haya creado esta materia, que la haya sacado de la nada.” Como antes hemos observado, las ideas de perfección y orden son puramente relativas. Llamamos perfectos aquellos fenómenos que se verifican con la regularidad, las relaciones y el enlace que en los negocios humanos producen resultados que satisfacen nuestras tendencias ó las propiedades de nuestro pensamiento. Levantase el sol en el Oriente y sigue su curso al Occidente (en apariencia) con regularidad matemática, y si alguna desviación experimenta, esta desviación es también regular, y puede ser determinada con toda precisión. Giran las estrellas (aparentemente) alrededor del eje del mundo, y el telescopio puede en un momento dado señalar el punto en donde se halla cualquiera de ellas, aunque invisible, y seguirla luego hasta su aparición en el horizonte. Sucédense las estaciones de año en año y de siglo en siglo, dando tiempo al mundo vegetal y al animal para el cumplimiento de sus funciones y la satisfacción de sus necesidades. Asciende y desciende la marea dos veces en veinticuatro horas, con un retardo diario que permite anunciar con exactitud las horas de su mayor y su menor elevación. Estos y otros sucesos despiertan la admiración en el ánimo, que al ver los hechos sucederse tan regular y convenientemente, concluye, tomando sus propias ideas y sensaciones como 11
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12 criterio de inducción, que esos hechos son obra de una inteligencia superior, puesto que concuerdan tan bien con la nuestra. Mas, ya que se quiere juzgar el universo según nuestras impresiones, permítasenos examinar el otro lado de la cuestión: el agua del mar, que hace una parte de la tierra inhabitable para los seres superiores, cubre las tres cuartas partes de su superficie, que podría estar poblada por razas emprendedoras; los grandes huracanes inutilizan vastos territorios cubriéndolos con las arenas de la playa, llevan por doquiera la destrucción de los mismos cuerpos que se van desarrollando de acuerdo con las leyes de regularidad y perfección, y llenan el alma del pobre viajero de espanto y de terror antes de sepultarlo desapiadadamente; viven los seres organizados en continua lucha y en guerra sin tregua, y la vida de unos depende de la muerte y el sufrimiento de otros, sin que sea posible evitar esta ley de eterna desolación; destruye un volcán en un día lo que se ha formado en varios siglos, y el desarrollo de un fenómeno cualquiera es interrumpido bruscamente por un terremoto ó una inundación. El mismo criterio que nos muestra la perfección de los primeros hechos, nos muestra que los últimos son imperfectos, y puesto que el hombre puede concebir un universo con mejores leyes que el presente, el argumento de perfección queda desvanecido. Además, según dijimos antes, la perfección del universo no sería más sorprendente que la perfección del Criador, y si el uno requiriera causa, también el otro la habría menester. Advirtamos, sin embargo, que nosotros no admitimos el criterio citado antes; pero creemos que todo es orden, en el sentido de que todo está sujeto á ley,—así el brillar de las estrellas como las epidemias y las plagas; pues creemos que la naturaleza es ciega y sigue su curso sin consideraciones por nuestros deseos, nuestros conceptos ni nuestra conveniencia. Mas el deísta, al atribuir á las cosas del universo una causa inteligente, no puede aceptar como perfectos los fenómenos que no están conformes con la inteligencia, á no ser que admita la limitación del poder creador y su incapacidad para arreglar los acontecimientos de una manera mejor. Trataremos ahora de la parte del argumento que hace referencia á los seres organizados, especialmente á los seres del reino animal. Cierto es que cada órgano llena sus funciones admirablemente, y que todo organismo es una máquina donde de continuo se están verificando fenómenos que ayudan á mantenerlo y desarrollarlo; mas también lo es que los elementos de destrucción son abundantes; y el desarrollo de un cáncer, la propagación de una epidemia como el cólera ó la lepra, las enfermedades de todas clases, y demás agentes de muerte prematura, prueban que el organismo es imperfecto para sustraerse al dominio de estos males; y puesto que el hombre es capaz de descubrir estas imperfecciones, la Causa Primaria, que no las ha eliminado, es, ó inferior á la inteligencia del hombre, por no haberlas previsto, ó impotente para remediarlas, y ambos conceptos son incompatibles con la idea de un Ser Supremo. Los 12
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13 órganos que tan cumplidamente llenan sus funciones, se convierten á menudo en órganos inútiles ó en asiento de enfermedades dolorosas y destructivas: el tullido de nacimiento, el ciego, el sordo, disponen de órganos que no llenan fin ninguno; y la formación de una catarata ó de una úlcera, no solo hace los órganos inútiles, sino perjudiciales. Se dirá que éstos son estados anormales y excepcionales; mas estas excepciones no dejan por eso de ser hechos que desdicen de toda perfección, especialmente cuando se considera que su ocurrencia es en extremo frecuente. Se dirá también que la disposición del universo y de sus cuerpos es superior á toda obra de la inteligencia humana, y que es presunción el criticar lo que ni aun podemos comprender. Es cierto que, comparado con las obras del hombre, el universo es infinitamente perfecto; mas, comparado con las obras del Ser Supremo que el pensamiento ha forjado, son deficientes. Y si el hombre no tiene derecho de criticar los defectos de la creación, debe también guardar silencio sobre sus grandiosidades. El golpe más fuerte que se ha dado á la teología es el descubrimiento de órganos rudimentarios hecho en los organismos. Los órganos rudimentarios son aquéllos que no prestan ninguna utilidad al ser que los posee, como las mamilas en los animales machos. Generalmente estos órganos, por falta de uso, están muy poco desarrollados y en el curso de la evolución de la especie desaparecen por atrofia. La ciencia que trata de los órganos rudimentarios se llama Disteleología. Véanse algunos ejemplos tomados de autores competentes y respetables. En las aves se encuentra un tercer párpado, que les es de suma utilidad para cubrir completamente el globo del ojo. Aunque menos desarrollado, se halla también en varios animales inferiores. En los mamíferos superiores, sobre todo en el hombre, se le encuentra en estado rudimentario, es decir, sin función ninguna. Por tanto, es un órgano enteramente inútil. “Numerosos embriones de rumiantes, entre otros los de los rumiantes domésticos, poseen en la mandíbula superior, en el espesor del hueso intermaxilar, dientes incisivos cuya erupción ó salida no se verifica jamás, y que, por lo tanto, no tienen ninguna utilidad. Los embriones de muchos cetáceos (ballenas), que más tarde tendrán ballenas en vez de dientes, tienen antes del nacimiento, cuando les es absolutamente imposible comer, mandíbulas provistas de dientes, que jamás han de funcionar.” (Ernesto Hæckel, Historia de la Creación Natural.) 13
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14 El hombre no mueve nunca el pabellón de la oreja, porque no tiene necesidad de hacerlo. Sin embargo, hay músculos propios para efectuar estos movimientos. Tales músculos son órganos rudimentarios, restos, según la teoría darviniana, de los mismos músculos que en estado completo de desarrollo existieron en nuestros antepasados animales, y que, por falta de uso, se han atrofiado. “Entre los más notables ejemplos de órganos rudimentarios,” dice Hæckel en la obra ya citada, “conviene mencionar los ojos que no ven, que tienen muchos animales que viven en las tinieblas, ya en cavernas, ya debajo de la tierra. Los ojos existen y frecuentemente están muy desarrollados, pero aparecen cubiertos con una membrana dispuesta de tal manera, que ningún rayo de luz puede penetrar en ellos, y por tanto, que jamás podrán ver estos ojos, sin función posible, los poseen muchos animales subterráneos; por ejemplo, muchas especies de topos, ratones ciegos, serpientes, lagartos, anfibios (Proteus Cecilia), peces, y también muchos animales invertebrados, cuya vida se pasa en las tinieblas; multitud de escarabajos, crustáceos, caracoles, gusanos, etc., etc.” Hay hombres que tienen algunas perforaciones en el húmero, y hay otros que no las tienen; luego esas perforaciones son rudimentarias, inútiles, puesto que el organismo puede vivir sin ellas. Muchísimos otros ejemplos podrían ponerse; pero con los ya citados es bastante. De la existencia de dichos órganos se deduce que en la creación de los seres no hay tal conformidad con un fin dado; puesto que aquéllos no llenan fin ninguno; y no queda otra explicación racional sino la que da la teoría evolucionista, según la cual el desarrollo de un órgano, como el de un individuo, es proporcional á la actividad de sus funciones. “Reflexionando sobre los órganos rudimentarios,” dice Darwin en su Origen de las Especies, ― “todo el mundo tiene que llenarse de asombro; porque el mismo poder razonador que nos dice que la mayoría de los órganos y partes están exquisitamente adaptados á ciertos propósitos, nos dice con igual claridad que estos órganos rudimentarios ó atrofiados son imperfectos é inútiles. En las obras de historia natural, se dice generalmente de los órganos rudimentarios, que han sido creados ‘por la simetría’ ó ‘para completar el plan de la naturaleza’; pero esto no es una explicación, y sí solamente volver á repetir que existe el hecho. Es además una incongruencia: así, el boa constrictor tiene rudimentos de miembros traseros y de una pelvis, y si se dice que estos huesos han sido conservados ‘para completar el plan de la naturaleza’, ¿por qué, como pregunta el profesor 14
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15 Weismann, no los han conservado otras culebras que no poseen ni aun un vestigio de estos mismos huesos?” 6. Vamos á ver otra prueba que se da de la existencia de Dios. Es el consentimiento de todos los pueblos, la conformidad de todos acerca de tal hecho “Todos los hombres creen en Dios”, dice el deísta, “luego Dios existe”. Observemos primeramente que el punto de partida de este argumento es enteramente falso. No todos los pueblos tienen idea de un Ser Supremo. Las observaciones de muchísimos viajeros demuestran que ha habido y hay razas humanas que no tienen el menor conocimiento del Criador. Sobre este punto léase en la obra de Büchner, Fuerza y Materia, el capítulo que lleva por título: La Idea de Dios, en donde se encontrarán muchos datos que vienen en apoyo de lo dicho. Véase también la obra de Julien Vinson, Les Religions Actuelles, chap. I. “Poseemos pruebas numerosas” dice Darwin, “que nos han suministrado, no viajeros de paso, sino hombres que han vivido largo tiempo entre los salvajes, de que ha existido y existe aun un gran número de pueblos que no creen en uno ni en varios dioses, y que ni siquiera tienen en su lengua una palabra que exprese la Divinidad”. Los ejemplos que pudieran ponerse serían muchos, pero es inútil hacerlo, habiendo indicado en dónde se les encuentra en abundancia. Además, si analizamos con alguna profundidad lo que los antiguos y los salvajes han llamado dioses, veremos que es imposible hallar en ellos la verdadera creencia en Dios, dando á esta palabra el sentido moderno. Sostiene el deísmo que Dios existe independientemente del universo; que ha sacado la materia de la nada y establecido las leyes que regulan el mundo. Una ojeada sobre las creencias de la antigüedad nos mostrará cuán lejos estaban los antiguos de ser deístas en este sentido. Los antiguos chinos, indios, griegos y romanos tuvieron como primeros dioses las almas de sus antepasados, á quienes divinizaron. Por consiguiente, cada familia tenía los suyos, á los cuales adoraba con exclusión de todos los demás: estaba prohibido á los miembros de una familia el adorar los dioses de otra. Observa de Coulanges que se deificaba tan solo á los hombres porque se creía que únicamente el hombre posee el germen de la generación, y la generación era

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16 para los viejos pueblos un hecho tan misterioso como es la creación para nosotros. De la familia los dioses pasaron á la ciudad. Cada ciudad tenía los suyos, á los cuales ofrecía comidas y bebidas, en cambio de prosperidad y protección. Cuando dos ejércitos iban á combatir, se veían en medio de ellos las estatuas de sus dioses, sus adivinos y oráculos. Esta costumbre fue conservada por mucho tiempo entre los germanos, como lo refiere Tácito en su obra sobre las costumbres de estos bárbaros. Los dioses quedaban incluidos en los tratados de paz, y hasta “se les podía hacer prisioneros”. Para tomar una ciudad había necesidad, antes de todo, de hacer salir de ella á los dioses que la protegían, para lo cual había fórmulas especiales, como la de los romanos, que era ésta: “Tú, oh grandísimo, que tienes bajo tu protección esta ciudad, te suplico, te adoro, te pido como gracia que la abandones, así como á su pueblo; que dejes sus templos, esos sagrados lugares, y habiéndote alejado de ellos, vengas á Roma, á mí y á los míos. Si así lo hicieres, yo fundaré un templo en honor tuyo.” A estas fórmulas los sitiados oponían otras, y á veces, temiendo que sus dioses se desertasen ó fueran robados, los encadenaban y los ocultaban al enemigo. Véase por estos hechos, si lo que los antiguos tenían era verdaderamente idea de Dios. Ni á ellos se les ocurrió jamás decir que la materia había sido sacada de la nada. Los egipcios, por ejemplo, adoraban al sol bajo el nombre de Osiris, que bajaba á la tierra en forma del buey Apis, nacido de una vaca por la accion misteriosa de aquel astro. Tal era la religión del pueblo, con muchas otras farsas, pero sin decir que el mundo había sido creado. Belo, dios de los caldeos, sacó al hombre y á los animales de su sangre, lo que prueba que la materia ya existía, y que, por tanto, no hubo creación. Pero se contesta que todas estas creencias, por vagas é imperfectas que sean, manifiestan que el hombre tiene siempre aunque no sea sino un presentimiento de la existencia de Dios.

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17 Ahora bien, esta idea es inspirada por Dios mismo ó es adquirida por hombre. Lo primero no es admisible, porque si Dios hubiera comunicado hombre la idea de su existencia, todos los espíritus concebirían á Dios de misma manera; todos serían deístas, y no hubiera entonces disputas desavenencias, que solo provienen de los diferentes estados de conciencia. el al la ni

Si la idea de Dios es adquirida por el hombre, tal idea no prueba su existencia. En efecto, es muy natural el buscar causa á todo fenómeno, y, como los antiguos eran bastante ignorantes en las ciencias, ellos no conocían las causas naturales; y viendo que muchas cosas eran hechas por la inteligencia humana, creían también que los hechos que pasaban en torno de ellos, como el viento, el rayo, eran también obra de otras inteligencias. Por eso tuvieron dios de los vientos, dios del trueno, dios de la lluvia, dios de los ríos, dios de la luz y muchos otros, cuyas vidas y hazañas forman el tema de la mitología. Esto no es propiamente deísmo, ni esto prueba que Dios existe. Lo que prueba es el grande atraso intelectual de los primeros tiempos históricos. Y ni aun los grandes filósofos de la antigüedad tenían idea de la creación. Táles de Mileto admitía una inteligencia ordenadora de la materia; pero á ésta la creía eterna. Según él, la inteligencia sin la materia no podría existir; pues, no teniendo sobre qué obrar, sería inactiva. Anaximandro, discípulo de Táles, era ateo. Al decir de este filósofo, la vida es causada por la accion del calor solar sobre la tierra. El hombre viene por evolución de un pez, en lugar de haber sido creado. Anaxágoras creía en Dios como principio del movimiento universal, pero no como creador. “Falsamente creen los griegos,” decía, “que algo tiene un principio ó un fin de existencia, pues nada empieza á existir, nada se destruye.” Jenófanes, del Siglo VI antes de Jesús, creía en la eternidad de la materia. Para él la creación es imposible. “Si alguna cosa ha sido hecha,” dice, “lo ha sido de lo que existía ó de lo que no existía. Lo segundo es imposible, porque nada puede hacerse de la nada. Lo primero lo es también, pues, si la cosa existía de antemano, no ha podido ser hecha.” Contra las ideas antropomórficas que se tenían en su tiempo acerca de los dioses, se expresa así: “El atribuir á la Divinidad los sentimientos y pasiones del hombre, es blasfemar.” Para él, la Divinidad es el principio inteligente del universo sensible. Leucipo y Demócrito, del siglo V antes de la era vulgar, fundadores de la gran teoría de los átomos, creían que la materia es eterna é indestructible, que únicamente cambia de formas, pero que nunca desaparece. 17
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18 Zenón el estoico era panteísta. Este gran filósofo reconocía que para el entendimiento humano es imposible el conocimiento íntimo de las cosas. Según él, los fenómenos universales forman un eterno círculo, en donde todo se repite en virtud de leyes necesarias, que gobiernan aun á Dios, la esencia suprema del universo. Según Platón, la materia y Dios son coeternos. También Aristóteles admitía la eternidad de la materia. Muestran estos hechos que el deísmo no fue obra de la antigüedad. Era natural que en aquellos tiempos remotos se tratase de resolver el gran problema del universo, como se trata ahora. Pero los hombres de entonces no llegaron á la concepción de la creación. Casi todos explicaron el mundo por el sistema de las emanaciones, que es el panteísmo. La teoría deísta es relativamente nueva. Sin embargo, supongamos que todos los pueblos hayan tenido, en todo tiempo, la idea de que el universo fue sacado de la nada por Dios. ¿Se deduce de aquí que Dios existe? Antes de que Copérnico sentase su doctrina, á causa de la cual fue anatematizado por el catolicismo; antes de que Galileo la comprobase con sus descubrimientos astronómicos, por lo cual fue aprisionado y severamente castigado por la corte católica de Roma; antes de eso, todos los hombres creían que el sol giraba alrededor de la tierra y que la tierra era el centro del mundo, como lo enseñaba el Génesis. ¿Y por que todos los hombres creían esto, habría de ser esto una verdad? Antes de los experimentos hechos por los árabes, del descubrimiento de América y del viaje de Magallanes, se creía que la tierra es una superficie plana.2 ¿Y tal creencia general probaba acaso que la tierra es realmente plana? ¿Es este un criterio científico? Millares de ejemplos semejantes pueden ponerse, de los cuales se deduce evidentemente que la común creencia de los hombres nada prueba sobre la existencia o no existencia de un hecho dado.

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Había, sin embargo, algunas excepciones á esta creencia general.

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19 “El que un millón de personas sostengan un error,” dice Pelletan, “No quiere decir que este error sea una verdad. Esto no prueba sino que el error se ha repetido un millón de veces.” Creemos que con las razones anteriores queda completamente desvanecido el argumento que se funda en la conformidad universal acerca de la creencia en un Ser Supremo, conformidad que realmente no existe; pero que, aun suponiéndola, ninguna consecuencia favorable al deísmo podría sacarse de ella. 7. Nos proponemos ahora examinar otra gran dificultad con que tropieza el ateísta, y que es, en nuestro concepto, la mayor de todas. Hemos ventilado ya la cuestión en parte, pero el argumento es de tal magnitud, que debemos exponerlo aquí de una manera completa, aun á riesgo de incurrir en algunas repeticiones. Si el universo es eterno, debe concebirse como inmutatable. Un fenómeno no se verifica hoy, sino mañana, porque todo fenómeno requiere cierto tiempo, durante el cual las circunstancias ó causas de que depende, llegan al estado de producirlo; pero en un tiempo pasado de infinita duración, todo intervalo de tiempo, por grande que sea, ha trascurrido ya, y, por tanto, todo fenómeno ha tenido el tiempo requerido para su verificación, ó, en otros términos, todo fenómeno se debe haber verificado. Mas esta conclusión envuelve la misma dificultad que el punto de partida. Decir que un fenómeno se ha verificado, es suponer un momento en que el hecho tuvo lugar, y ese momento, no importa cuán lejos esté de nosotros, es el límite de una serie de tiempo necesaria para el desarrollo de las causas productoras del hecho; y aquí el mismo obstáculo de antes vuelve á presentarse, pues no se concibe que, después de un tiempo infinito en que la fuerza y la materia han existido, se llegue á un momento dado en que un cambio tiene lugar, siendo así que todas las circunstancias necesarias para ese cambio deben haber existido antes, puesto que la duración no tiene límites. Hoy empieza á existir un fenómeno, A, cuya causa es B. Si A no existía antes, B tampoco existía, pues que la sola presencia de B envuelve la existencia A. La no existencia de B antes indica que se requería el transcurso de cierto tiempo antes de que B existiese. ¿Pero cómo es que un tiempo de infinita duración, que envuelve en sí todo intervalo, no envuelve igualmente en sí todo fenómeno? Y si seguimos en el mismo camino, seremos conducidos á creer que en un universo eterno no puede haber cambio ninguno, pues que todo cambio requiere limitación de tiempo, lo que es contrario á la idea de eternidad. Nuestras ideas acerca de los hechos que se verifican en torno de nosotros envuelven la idea de tiempo limitado y, por tanto, de un comienzo ó principio. Todo hecho, todo cambio, encierra la misma idea, y cuando decimos que tal ó cual cosa sucederá 19
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20 hoy ó mañana, es porque tenemos conocimiento de que tal otra cosa, que ha empezado á obrar en cierto tiempo, y ha obrado durante cierto tiempo, producirá su efecto en un tiempo determinado. La idea de cambio indica, pues, necesariamente la idea de tiempo limitado, y, en consecuencia, la idea de principio ó nacimiento. El hombre no concibe cambios en un tiempo sin límites, pues tal concepción está fuera de la esfera del conocimiento humano. De esto parece deducirse que, vista la mutabilidad del universo, su existencia eterna es imposible; y la creación es la consecuencia natural de tal imposibilidad. Y, puesto que ha habido una creación, ha habido un Dios. Veamos ahora si la conclusión es legítima y si la nueva hipótesis destruye la dificultad. Puesto que la Causa Primaria debe ser eterna, condición sin la cual no sería causa primaria, ella debe ser igualmente inmutable, conclusión á que se llega siguiendo el mismo razonamiento que hemos empleado antes con respecto al universo. Ahora bien, la creación de éste supone un cambio en la potencia creadora, puesto que ella no existía como tal antes del fenómeno de la creación. Hubo, pues, un momento en que la fuerza primaria creó el mundo, y de ese momento hasta nosotros, el tiempo, por largo que sea, es finito. Pero ¿por qué ese momento? ¿Por qué ese cambio? ¿Por qué esa limitación del tiempo? Puesto que la causa es eterna, no hay razón porqué obre solo en un momento dado. Si el mundo fue creado hoy ¿por qué no lo fué ayer? En la eternidad no hay diferencia de tiempo, y lo que existe hoy, puede haber existido también ayer, no habiendo más razón para éste que para aquel momento de existencia, ambos llenando las mismas condiciones. Se dirá que estamos tratando la cuestión como un fenómeno físico, sujeto á las leyes inevitables del tiempo; pero que la creación es un fenómeno producido por una voluntad libre, que puede haber fijado un tiempo para su acto. Mas el hecho de haber determinado la voluntad á ejecutar el acto, es un cambio, visto que tal determinación ó tal voluntad no existía antes. Y este cambio, como los otros, cuando se asocia en la conciencia á la idea de eternidad, no solo implica incomprensibilidad, pero contradicción. Por donde se ve que la idea de un Criador no destruye nuestra dificultad, y lo único que hace es llevarla á un ser más abstracto y, por tanto, más incomprensible. Puede contestarse á esta idea de inmutabilidad, con la hipótesis de eterna repetición fenomenal, que consiste en la creencia de que los fenómenos universales forman un eterno círculo, en donde A produce á B, B á C, C á D, . . . P á Q, Q á A, A á B, B á. C, . . . . Pá Q, Q á A, y así sucesivamente de toda eternidad. 20
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21 Esta es una hipótesis posible y probable, y hace más concebible la eternidad del mundo. Pero es solo una hipótesis. Zenón, Marco Aurelio y los otros estoicos, así como otros filósofos antiguos, la aceptaban como una ley de la naturaleza. También puede creerse que el número de cambios en el universo es infinito y la sucesión de éstos es eterna. Esto, no es imposible, pero incomprensible. 8. Vamos ahora á tratar la cuestión en un terreno más abstracto, aunque más árido. Sabemos que existimos, puesto que sentimos. Sentimos porque hay un universo que nos rodea, en cuyo medio vivimos, y cuya existencia es un postulado. Pero ¿por qué hay un universo? ¿Cuál es su razón de ser? ¿Tiene en sí mismo la razón de su existencia ó la tiene en una fuerza extraña? ¿Ha existido siempre ó hubo un tiempo en que no existía? ¿Es eterno y necesario ó es puramente contingente? A estas preguntas el deísta contesta terminantemente: “La materia no existe de toda eternidad. Tiene una causa extraña, que es Dios, el cual la ha sacado de la nada, es decir, la ha creado.” Mas, ¿qué derecho tenemos para afirmar esta proposición? ¿De qué premisas puede concluirse que la materia ha sido creada? Al considerar el universo en su conjunto, nos vemos en la imposibilidad de comprender su existencia, y quedamos satisfechos cuando le atribuímos un principio y le damos una causa, sin cuidarnos de lo que sobre ella pueda decirse ó pensarse. Es cierto que no se comprende claramente la existencia de la materia por sí misma; mas ¿se comprende que Dios exista por sí mismo? La dificultad no está en el sujeto, sino en el atributo, y si no se entiende la existencia por sí de la materia, no es porque se trate de la materia, sino porque se trata de existencia por sí, atributo tan incomprensible en un ser material como en un ser espiritual; tan misterioso si se le aplica al universo como si se le aplica á la Causa Primaria. Si la materia no puede encerrar en su esencia los elementos y condiciones de su propia existencia, ¿por qué puede Dios tener en sí mismo las condiciones de la suya? Si las leyes del universo requieren un poder superior que las establezca y las mantenga, ¿por qué los actos de Dios sí pueden existir sin una causa superior que los disponga y los regule? Si la materia tiene que ser condicionada, subordinada y dependiente, ¿por qué Dios no tiene que serlo? ¿Por qué El puede ser absoluto é independiente, y la materia no puede gozar de estos atributos? Si es preciso que 21
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22 la materia haya tenido un principio y que tenga un fin, ¿por qué puede Dios existir sin principio y sin fin? Si Dios explica el misterio del universo, ¿qué ó quién explica el misterio de Dios? En una palabra, si Dios ha creado la materia, ¿qué ó quién ha creado á Dios? Se ha ideado la hipótesis deísta para descifrar el enigma, y se cree haber resuelto el problema. Pero con esto no se ha hecho sino plantear el problema en un sujeto extraño. Tan imposible nos es explicarnos la existencia de la Causa Primaria como nos es explicarnos la de la materia. Toda dificultad que hallamos en la materia se halla igualmente en la Causa Primaria. Toda pregunta que se hace sobre la materia, puede igualmente hacerse sobre la Causa Primaria. Se desecha la existencia por sí del universo, porque no se entiende, y se asigna esta existencia al Criador, sin tener en cuenta que aquí se presenta la misma imposibilidad de concepción. Además, los límites de nuestro pensamiento no deben servirnos de criterio en nuestras investigaciones, y nuestra incapacidad para explicarnos un hecho no prueba que ese hecho sea imposible, tanto menos cuanto sabemos que la esencia de las cosas nos es desconocida. El que nosotros no entendamos la eternidad del universo no indica que ella sea imposible; ni debemos caer en la contradicción de asumir una Causa en que hallamos la misma incomprensibilidad que tratamos de evitar. 9. Analizaremos ahora sucintamente algunos de los atributos que se dan á la Causa Primaria. Hácense á, menudo los dos razonamientos siguientes: 1° La Causa Primaria debe ser infinita; pues, á no serlo, estaría limitada de toda eternidad por algo; ese algo no sería, pues, efecto de la Causa Primaria, la cual, por consiguiente, no sería causa de todo lo que existe, lo que implica contradicción con la idea que de ella se tiene. 2° La Causa Primaria debe ser omnipotente; pues, si no lo fuera, su poder estaría limitado por algo, y ese algo sería entonces superior ó igual á la Causa Primaria, ó no dependería de ella, lo que es también absurdo. 1° Hay indudablemente un error en decir que una cosa, es finita cuando está limitada por algo, y que el límite de una cosa es su punto de contacto ó de separación con otra cosa. Una cosa es finita cuando no se halla sino en un espacio determinado, es decir, cuando hay un término de la misma cosa más allá del cual ella no existe, y el límite es el punto en que cesa su presencia. Por tanto, un ser finito puede existir con algo que lo limite ó sin nada que determine esta condición. Se dirá entonces que el espacio limitaría un ser finito donde no existiera otra cosa, y que en este caso existirían dos cosas, y si una de ellas fuera Dios, la otra (el espacio) no sería efecto de Dios, que debe ser causa de todo lo 22
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23 existente. Esta sutileza de considerar el espacio como algo ha dado origen á muchos sofismas; mas el espacio y la nada son la misma cosa, pues cuando suponemos que todo el universo quede aniquilado, es decir, cuando tratamos de pensar en la nada, la idea de espacio queda siempre en el ánimo. Por tanto, decir que el espacio es un algo limitando la Causa Primaria, es decir que la Causa Primaria existe sola, y que, por consiguiente, nada hay fuera de ella que sea independiente de ella. Así, pues, es posible que la Causa Primaria sea finita. Por otra parte, la Causa Primaria, siendo infinita, no podría existir al mismo tiempo que el universo, pues éste la limitaría, lo que es contradictorio. Se dirá que la Causa Primaria es un ente espiritual, que no está sujeto á la ley de impenetrabilidad ni puede ser limitado por la materia. Mas he aquí que esto es aun más contradictorio: un ser inmaterial es una negación. Nosotros tenemos idea de la materia y sus propiedades, y ni aun estas últimas, podemos concebir separadas de los cuerpos á que pertenecen. Dícese con frecuencia que la facultad de abstraer consiste en separar, en el ánimo, las propiedades de los seres y concebirlas por sí solas. Este es un error: el hombre no posee tal facultad. Cuando pensamos en blancura, por fuerza hemos de concebir algo blanco, si queremos tener alguna idea; de otro modo, toda idea de lo blanco es imposible. Ahora bien, si ni aun los atributos de la materia son concebibles por sí solos, ¿cómo concebir la negación de toda materia y de todo atributo material, y asignar á tal existencia las propiedades y condiciones de una verdadera entidad? Cuando hacemos un esfuerzo para imaginar esto, la idea de espacio vacío, ó de nada, se presenta irresistible, aunque vagamente, á nuestro entendimiento; pero por más esfuerzos que hagamos, nos es imposible poblar este espacio con un ser inmaterial, un espíritu. Fuera de esto, ¿cómo concebir este ser abstracto produciendo el universo corpóreo? ¿Cómo explicar la relación de causalidad entre dos entidades completamente heterogéneas? Ningún fenómeno puede concebirse sino como la accion de un cuerpo sobre otro, visto que la idea de fuerza—sin la cual ningún cambio puede comprenderse —es inseparable de la idea de materia; y tratar de concebir una fuerza activa existente por sí sola, es atentar un hecho contrario á la experiencia y á la naturaleza del pensamiento, y sería como tratar de concebir los atributos de los cuerpos existiendo independientemente y sin relación con éstos. Abstracciones tan intrincadas pueden expresarse verbalmente, pero jamás existieron en la conciencia como verdaderas ideas. Podría argüirse que la espiritualidad de la Causa Primaria, aunque incomprensible, puede ser real, puesto que la incomprensibilidad de un hecho no es razón para negar su realidad. Esto sería quizá razonable, si la espiritualidad tuviese algún carácter de necesidad ó algún fundamento en la naturaleza de las cosas: mas, lejos de esto, la doctrina de la espiritualidad es una hipótesis, una creación del pensamiento (ó mejor dicho del lenguaje); carece de toda base experimental; aumenta la dificultad de la explicación de todo fenómeno; es insuficiente para aclarar la relación de 23
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24 causa á efecto; es contradictoria y choca con toda ley de la inteligencia. Consiguientemente, fuera de ser incomprensible (carácter que debe tenerse en cuenta en las creaciones del pensamiento), está destituida de todo lo que pudiera hacernos aceptarla; y, en suma, si se analiza la cuestión de cerca, un espíritu viene á reducirse á una palabra. 2° El mismo razonamiento que hemos usado al tratar de lo infinito, se aplica al atributo de la omnipotencia. La limitación de poder no es necesariamente la consecuencia de algo exterior á la Causa Primaria; pues ella, existiendo sola y por sí misma, puede ser de tal naturaleza que sus facultades no puedan traspasar cierto límite, es decir, su constitución puede ser tal, que solo le permita ejecutar ó disponer ciertos hechos. Puede la Causa Primaria haber producido el universo como mejor pudo ó quiso, y no es contradictorio el que no haya podido ó querido hacerlo mas perfecto. De una manera semejante pueden tratarse los atributos de infinita bondad, infinita sabiduría y demás que se atribuyen á la Causa Primaria, supuesta su existencia. En fin, terminaremos este análisis con unas pocas expresiones de Mansel (citado por Spencer en sus Primeros Principios, parte primera, que trata de lo Incognoscible, cap. II, n° 13): “Puesto que los conceptos fundamentales de la teología racional,” dice este autor, “se destruyen mutuamente, el mismo antagonismo existirá en sus aplicaciones especiales. ¿Cómo, por ejemplo, la omnipotencia lo puede todo, y no puede obrar mal, en virtud de su bondad infinita? ¿Cómo la justicia infinita castiga inexorablemente á todo pecador, y la misericordia infinita perdona al culpable? ¿Cómo la sabiduría infinita conoce todo lo futuro, y la libertad infinita puede hacerlo y evitarlo todo? ¿Cómo, en fin, la existencia del mal es compatible con la de un ser infinitamente perfecto? Porque, si Dios quiere el mal, no es infinitamente bueno; y, si no lo quiere, su voluntad es cohibida y su esfera de acción limitada, puesto que el mal se realiza.” Visto que los atributos de Dios no pueden ser infinitos, parece más probable y racional, ya que se quiere admitir un ser superior, el creer que el universo está dispuesto por seres inteligentes como el hombre, aunque de mayor inteligencia, mas sin ser por esto ni dioses ni creadores de la materia. —á la manera que el hombre hace y regula una máquina, sin ser por ello infinito, si bien tal parecerá á los animalillos microscópicos que pasan su existencia en las diversas partes del mecanismo. Esto, por supuesto, es solo una fantasía; mas es una concepción 24
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25 superior al deísmo, pues no presenta ningún carácter de imposibilidad ni de contradicción. Creemos haber logrado demostrar lo que nos proponíamos, á saber: La existencia de Dios no puede ser demostrada por el hombre. Visto que tal demostración es imposible, y que la creencia en una causa superior no allana ninguna dificultad, parécenos el ateismo más razonable que el deísmo. Ciertamente la doctrina ateísta deja muchos puntos inexplicados, y presenta algunos hechos inconcebibles; mas el sistema de la creación, que adolece de las mismas flaquezas, no desvanece ningún obstáculo ni resuelve ningún problema, y no hace sino alejar el misterio; pero el misterio existe siempre, y aun con mayores proporciones que antes. Se ha dicho á menudo que la existencia de Dios, aunque incomprensible para la razón humana, es una hipótesis necesaria que se impone al pensamiento. A esto diremos que una hipótesis solo se acepta cuando explica y aclara todos los fenómenos que se le atribuyen. La hipótesis del éter da la explicación de los fenómenos físicos, sin presentar obstáculos ni contradicciones insuperables, y he ahí porqué han tenido á bien los hombres de ciencia el recibirla. Igual cosa sucede con la teoría atómica, que es el fundamento de las investigaciones y leyes químicas3. Mas no es este el caso con la hipótesis deísta, la cual, lejos de resolver el problema, lo plantea idénticamente en un ser abstracto y de suyo incomprensible. Varias cosas presenta el mundo que el hombre no entiende, y para entenderlas se ha dado en asignarles una causa extramundana; mas—observando que esas mismas cosas que en el mundo son incomprensibles, se presentan con el mismo carácter de incomprensibilidad en la Causa Primaria—y teniendo en cuenta que de ésta no poseemos ningún conocimiento, pero que, antes bien, hemos de imaginarla como un conjunto de propiedades contradictorias—parécenos la hipótesis de la creación una hipótesis gratuita, que ni ayuda al progreso ni aclara el gran misterio. El ateísmo, aunque mirado con horror por la mayoría de las gentes, tiene, en nuestro concepto, un carácter más científico. Queremos, sin embargo, sustraernos á la acusación de presunción y pedantería que pueda lanzársenos, por negarlo que grandes pensadores han aceptado como una verdad casi axiomática. La investigación de las causas primeras, así como el estudio de la esencia íntima de los cuerpos, ú ontogenia, se halla fuera de la esfera de nuestra inteligencia; y al afirmar que nuestras facultades, en su estado actual, son impotentes para descubrir una Potencia Criadora, lejos de engreírnos
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Estas hipótesis presentan, sin d1uln, algunos obstáculos, y quizás llegue algún día á abandonárselas; mas hasta ahora se reconocen como las más probables.

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26 con nuestra sabiduría, reconocemos nuestra ignorancia absoluta, y la incompetencia del entendimiento para sondear lo incognoscible. Puede la investigación científica llevarnos á una época remota en que la tierra era una esfera ígnea, y las leyes de mecánica y enfriamiento nos enseñan el proceso de su cambio de forma y su solidificación paulatina. Más lejos aun vemos una masa gaseosa, una nébula de extensión incalculable, que en virtud de las leyes de la fuerza centrífuga, la gravitación y las fuerzas moleculares, ha llegado á trasformarse en el sistema solar. Ni es improbable que en un tiempo aun más remoto el universo entero haya estado en esta condición gaseosa, formando una especie de caos infinito. La ciencia, ó la hipótesis científica, se detiene en este punto; mas siempre queda la curiosidad persistente en el ánimo de saber qué existía antes. Lo que se llama generalmente la nébula primitiva no puede en realidad haber sido el primer estado de la materia, pues su transformación en el estado actual implica necesariamente cambios, evoluciones y procesos anteriores, sin los cuales no hubiera habido absolutamente ninguna diferenciación. El primer impulso dado á la materia gaseosa debe haber sido efecto de un fenómeno ó de una serie de fenómenos anteriores. ¿Cuáles fueron estos fenómenos? ¿Cuál fue esta primera fuerza? Aquí nuestras facultades llegan al límite, y la cándida respuesta del hombre pensador es la confesión de su ignorancia y de su incapacidad para resolver el problema. El deísta introduce una fuerza extraña, un Criador, para salvar la dificultad. Puede este Criador existir, puesto que no hay hechos imposibles, excepto el ser y no ser al mismo tiempo; mas los medios de que en la actualidad dispone nuestra inteligencia; los principios de nuestro razonamiento y la crítica científica del tiempo presente, son aun inadecuados para establecer dicha existencia como un hecho probado. Y á juzgar por los progresos lentos, ó más bien nulos, que la humanidad histórica ha hecho en este ramo de investigaciones, parece muy probable que el problema quede para siempre insoluble. La ciencia moderna es puramente experimental: aun las funciones misteriosas de la conciencia han venido á reducirse á experimentos fisiológicos. Toda teoría ó hipótesis que no puede comprobarse experimentalmente como un hecho, ó inducirse de una serie de efectos que la experiencia nos está mostrando como provenientes del agente hipotético, carece de toda probabilidad científica y, por tanto, de los requisitos necesarios para su aceptación como una verdad, ó un criterio filosófico.

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27 II. DIOS SEGÚN EL ANTIGUO TESTAMENTO. ___________________ 1. Puesto que la existencia de un Ser Supremo, aun bajo el punto de vista abstracto de la teología racional ó metafísica, no es susceptible de una demostración científica, bien pudiéramos prescindir de entrar en el análisis de un dios personal, que de hecho queda incluido en la discusión del capítulo anterior. Sin embargo, la íntima unión que existe (al menos en el ánimo de los cristianos modernos) entre las enseñanzas de Jesús y las tradiciones hebreas, en que Jehová desempeña un papel tan importante, nos induce á presentar aquí un bosquejo de este dios nacional. Además, este estudio es de suma trascendencia, pues envuelve grandes problemas de moral, y, sobre todo, nos pone en capacidad de juzgar si los libros del judaísmo encierran las revelaciones hechas al linaje humano por el mismo Hacedor. Con debido respeto, vamos á averiguar si el Jehová de los hebreos puede, siquiera con remotísimos visos de probabilidad, tomarse por la Causa Primaria que predican hoy los filósofos, y que los cristianos aceptan; si sus acciones, sus cualidades y su naturaleza coinciden con las ideas que hoy se tienen del Ser Único é Increado, y si sus preceptos, sus ejemplos y sus inclinaciones, pueden racionalmente tomarse por modelo de las leyes morales. Tiene el Antiguo Testamento gran valor y muchos méritos, si se le considera como documento histórico y obra de la antigüedad; y en este sentido el crítico debe ser más considerado y comedido, como lo es con las leyendas persas, indias y caldeas. Mas una vez que se proclama su alcurnia divina y se insiste en imponerlo como guía moral en nuestro tiempo, sus enseñanzas deben tratarse como “si fuesen dadas en la actualidad, y juzgarse bajo el punto de vista de la civilización actual. Nuestra exposición será tan breve cuanto sea posible, pues aun nos quedan cosas de mayor importancia que debemos discutir en estos ensayos. 2. Todos los pueblos que han alcanzado apenas un estado imperfecto de civilización, se distinguen por sus ideas antropomórficas de la Divinidad. Revestido con nuestras facultades, nuestras pasiones y aun nuestra estampa, viene á ser el Criador una copia de su propia criatura; y cuanto más escaso es el ánimo de un pueblo, tanto más cercanos y familiares supone los objetos de su devoción. Cupo tal vez á la descendencia de Abraham el gozar de favores que la Suprema Equidad no creyó conveniente otorgar á las otras naciones; mas aquella raza privilegiada, al tratar de desentrañar los misterios del mundo invisible, no parece haber hecho ningún progreso sobre sus contemporáneos; y el dios judío no pasó de ser un hombre poderoso. 27
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28 “Hagamos el hombre á nuestra imagen y semejanza,” dice Dios (ó los dioses). “Y crió Dios al hombre á su imagen.” (Génesis, I, 26-27). Estas palabras implican que el Criador tiene una forma, no solo material, sino humana; y si se tratase de una fábula griega, admitiríase, sin discusión, que el más grosero antropomorfismo está encerrado en ellas. Mas las cavilaciones cristianas han descubierto en aquel pasaje un sentido oculto y alegórico, y se ha dicho que el texto hace referencia, no al cuerpo, sino al espíritu. El sentido, según Scio y los otros agotadores, es éste: “Animemos al hombre de un espíritu semejante al nuestro,” ó “Hagamos al hombre y démosle un espíritu semejante al nuestro.” Contra esta interpretación nos ocurren varias objeciones: 1a. El texto es claro y terminante, y el cambiar las palabras y el significado de un documento histórico es una bastardía que la crítica ni aprueba ni permite. 2a. Si la interpretación dicha explica lo de la semejanza, deja aun pendiente lo de la imagen. Un espíritu no tiene imagen, y una imagen no puede hacerse sino de un cuerpo material. 3a. El texto no puede hacer referencia al espíritu, pues éste le fue comunicado al hombre después de que Dios lo había hecho á su imagen. (Véase Génesis, más abajo). “Dios crió al hombre inexterminable, y lo hizo á la imagen de su semejanza; mas por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo.” (Sabiduría, II, 23-24). Nótese: 1ro Se habla aquí, como en el Génesis, de la semejanza entre la imagen del hombre y la imagen de Dios, es decir, se da á éste un cuerpo material; 2do La expresión, “mas por la envidia del diablo”, etc. prueba que lo inexterminable era el cuerpo, que quedó sujeto á muerte tras la caída del primer hombre. Ni vale decir que esta muerte quiere decir condenación, pues, si así fuese, inexterminable debería significar incondenable, sinonimia que carece de toda racionalidad. Aun hay mas: Dios, al maldecir á Adán, no le habla de su condenación, ni de las penas eternas, desconocidas en absoluto en los libros “mosaicos”: su sentencia es decididamente contra el cuerpo: “De la tierra fuiste hecho. Polvo eres, y al polvo volverás.” (Gen., III, 19). Esta sola expresión, y el silencio completo que el Pentateuco guarda con respecto al espíritu del hombre y á la vida futura, son más que suficientes para probar que Dios, al hablar de “la imagen de su semejanza,” no tuvo nunca la menor mira espiritualista. “Todo el que derramare sangre humana, será derramada su sangre; porque á imagen de Dios es hecho el hombre.” (Gen., IX, 6.). No es el hecho de que el hombre sea obra de Dios lo que constituye el delito del homicidio; sino el hecho de que el hombre es la imagen del Criador; y como al dar muerte á otro no se ataca el alma, sino el cuerpo, parece evidente que es á éste á lo que hacen referencia las palabras citadas, y difícilmente puede orillarse la conclusión de que Dios tiene una figura corporal como la nuestra.

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29 Requiere siempre el cuerpo la satisfacción de sus necesidades, y en lo antiguo se vio siempre á los dioses acosados por nuestras flaquezas é incomodidades; y este rasgo característico, que viene á comprobar el tan repetido concepto de que “el hombre ha hecho á Dios á su imagen,” no deja de aparecer á menudo en los libros hebreos. “Si tuviere hambre,” dice el Señor Dios á su pueblo, “no te lo diré; porque mía es la redondez de la tierra, y su plenitud.” (Salmo XLIX, 12). Cuando en el capítulo I del Génesis leemos que “el espíritu de Dios era llevado sobre las aguas,” no podemos eludir la idea de un dios físico, especialmente si recordamos que la palabra espíritu significa viento, soplo ó aire, sentido que casi siempre tuvo en la antigüedad. 3. Si de la forma pasamos á las acciones, veremos aun más marcada la idea antropomórfica que el mismo Hacedor estampó en el volumen infalible de sus revelaciones. Según el relato bíblico, Adán y Eva, después del delito de su desobediencia, se llenaron de vergüenza y arrepentimiento, y habiendo oído la voz airada del Señor, “que se paseaba en el Paraíso Al Aire DespuÉs Del Medio Día, escondióse Adán y su mujer. Y llamó el Señor Dios á Adán, y le dijo: ¿En dónde estás?” (Gen., III, 8-9). Luego los arrojó del Edén, ”y delante del Paraíso puso querubines, y espada que arrojaba llamas, y andaba alrededor para guardar el camino del árbol de la vida.” (Gen., III 24). Véase aquí á Dios como un hombre que ignora los sucesos que han de pasar y los que están pasando; que, incapaz de penetrar las intenciones y conocer las tendencias de sus propias criaturas, les manda, por vía de experimento, un tentador que ponga á prueba su virtud y obediencia; y que, viendo la debilidad de su propia obra, reniega de ella y la maldice. Ni deja de ser extraño el ver al Ser Supremo, que todo lo abarca y cuya presencia se extiende á todas partes, buscando á los cuitados pecadores, y luego armando contra ellos á sus ángeles, mientras él se pasea haciendo el humilde papel de centinela, temeroso de alguna sorpresa. La salida á tomar el aire después del medio día nos muestra un patriarca venerable disfrutando de un rato de ociosidad.—Hállase en esta narración la huella del espíritu infantil de la humanidad histórica, y sirve de grande enseñanza al ánimo pensador, pues indica cómo va marchando el hombre en su viaje de la civilización; mas cuando semejantes niñerías se proclaman actualmente como inspiraciones de la Divinidad, incluyéndolas en el código moral del linaje humano, como artículos de fe indispensables para la salvación, puede quizá excusarse al incrédido su sonrisa sarcástica; ni puede culparse al infiel que se desentienda de alcanzar la felicidad inefable reservada á los seguidores de credo tan peregrino.

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30 Cuando, pasadas las nueve primeras plagas de Egipto, Faraón obstinado se negaba á dar la libertad á Israel, Dios resolvió tomar una medida extrema, y salir en persona á media noche á asesinar todos los primogénitos egipcios, tanto humanos como irracionales. Como los hebreos debían ser excluidos de tan edificante carnicería, el Señor les ordenó que tiñesen sus puertas con sangre de cordero, para poderlos distinguir (á media noche). (Éxodo, XII). Otro ejemplo de lo que quizá pudiéramos llamar ignorancia divina se presenta en la ejecución de Sodoma y las otras cuatro ciudades. “El grito de Sodoma y de Gomorra,” dice la Canea Primaria de todo lo que existe, “se ha acrecentado, y su pecado se ha agravado con exceso. Descenderé y veré si el clamor que ha llegado hasta mí lo han colmado con la obra; ó si no es así, para saberlo.” (Gen, XVIII, 2021). Al ver la ira del Criador, y su resolución de destruir á los sodomitas, Abraham lo aconseja paternalmente, diciéndole que, si hay algunos justos, no debe hacerlos perecer con los pecadores. El Ser Supremo tiene á bien recibir el consejo, y promete hacer serias averiguaciones sobre el asunto. (Ibid, 22 y sig.). 4. En viniendo á predecir sucesos futuros, dejó Dios de prevenir las grandes revoluciones humanas, que van desquiciando imperios, trasplantando naciones y anonadando razas enteras. Con un estilo presumido y altanero, que quizá podrá disculparse por nacer del extremado patriotismo, se ponen en la boca de Jehová alabanzas inmerecidas y promesas imposibles, que el tiempo se ha encargado, de desmentir, y la Iglesia de interpretar. “He dado también habitación fija á mi pueblo de Israel,” dice el texto, “en la cual se arraigará y permanecerá, y de donde no será jamás removido; ni los hijos de la iniquidad le oprimirán como antes.” (1 Paralipómenos, XVII, 9). “La nación y el reino que á tí no sirviere, perecerá Y mamarás leche de las naciones, y serás amamantada por el pecho de los reyes.” “No se oirá más hablar de iniquidad en tu tierra, ni habrá estrago ni quebrantamiento en tus términos, y ocupará la salud tus muros, y tus puertas la alabanza.”(Isaías, LX, 12,16, 18, refiriéndose á Jerusalén). Estas y otras tantas expresiones, sugeridas por el orgullo nacional, mal podrían avenirse con la verdad, ni hubieran sido pronunciadas tan terminantemente por un espíritu conocedor y previsivo, cuando el pueblo hebreo estaba rodeado de pueblos belicosos, educados al ruido de las armas. Aun estaba pregonando su íntima unión con el Eterno, y poniendo en boca de Jehová arengas y amenazas contra sus enemigos, cuando empezó á sufrir irreparables descalabros. Muchos pueblos de poca monta lo redujeron á vergonzosa esclavitud; cayó luego en poder de los asirlos, los griegos, los egipcios, los seleúcidas y los romanos; y finalmente, tras la toma de Jerusalén en tiempo del emperador Adriano (año 135), los descendientes de Abraham se dispersaron por doquiera. Hales cabido el odio, á veces merecido, de la raza humana; los sectarios de Jesús Nazareno, á 30
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31 quien ellos enclavaron en un madero de ignominia, han saboreado en sus sucesores el piadoso placer de la venganza; míralos el mundo con repugnancia y sospecha, y sus lugares sacrosantos yacen desolados bajo el despotismo de la cimitarra. Sucesos tan tristes están probando que las promesas del texto no han tenido muy buen cumplimiento; y aunque algunos, como Spinoza, han admitido la posibilidad de que el pueblo judío se reorganice y se haga poderoso, esta suposición no deja de ser en extremo aventurada, y sus seguidores están expuestos á sufrir un doloroso desengaño. 5. Como consecuencia de la ignorancia divina, vienen luego los errores é injusticias de que el Ser Supremo tiene que arrepentirse, bien así como un hombre irreflexivo al descubrir las faltas que cometió, las consecuencias funestas que no previó, y las anomalías que mezcló en sus acciones. La espina del remordimiento, tan aguda y tan punzante, parece no haber dejado en paz ni aun al Todopoderoso. El arrepentimiento del Altísimo nos deja perplejos, pues descubrimos en este sentimiento varias contradicciones con los atributos divinos: 1°. El arrepentimiento es una pena, un sentimiento de tristeza, que desdice de la infinita felicidad de Dios; 2°. Solo cabe arrepentimiento donde ha habido un error, y quien comete un error no es infinitamente sabio; 3° Quien se arrepiente de sus obras está reconociendo que ellas debieron hacerse de otra manera, lo que indica, ó falta de saber, ó falta de poder en el momento en que se hicieron; etc., etc. Cavilando Dios sobre la perversidad humana en tiempo del diluvio, y observando “que todos los pensamientos del corazón eran inclinados al mal en todo tiempo, arrepintióse de haber hecho al hombre en la tierra.” (Gen., VI, 5-6). Lejos de destruir su obra de una manera pacífica, y hacer un nuevo ensayo, como los dioses de Centro América, Jehová apeló á un medio violento, y en su cólera vinieron á quedar envueltos aun los brutos y las plantas, que se vieron obligados á compartir con el hombre la responsabilidad de su pecado. Tras escoger unos pocos que hallaron misericordia y se salvaron en el arca, el Señor diluvió cuarenta días y cuarenta noches: subió el agua á las cumbres del Chimborazo y el Himalaya, y toda ánima viviente quedó raída de la haz de la tierra. Pasado ya el suceso, el Ser Supremo se arrepintió de haber tomado una medida tan extrema, notando que, puesto que “el sentido y el pensamiento del corazón humanos son propensos al mal desde su juventud,” el hombre no es en realidad culpable; y en tales circunstancias promete no volverlo á castigar tan severamente. (Gen., VIII, 21).

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32 Funestas son las equivocaciones de los hombres; mas nunca llegaron hasta anonadar toda la raza. Ni se sinceraría á un soberano que, creando á sus súbditos, se irritase contra ellos y los castigase con rigor porque él mismo no los había creado mejores. Ni menos querría nadie aprobar el que un potentado, disponiendo del oro á igual del lodo, escogiese el último para formar el corazón de sus siervos. Y si tal se dice de los hombres, ¿qué se diría de una Divinidad que así procediese? Guardó Dios su promesa de dejar impunes las liviandades y flaquezas de los hombres: con ojo indiferente mira las acechanzas que el crimen pone á la virtud incauta; las lágrimas de la orfandad, el hambre del menesteroso, el grito del esclavo y la agonía del náufrago, no alcanzan á interrumpir su felicidad imperturbable. Impunemente se entregó Israel al asesinato y al saqueo, dio rienda suelta á sus pasiones y apetitos, y acabó por crucificar á su Hacedor Omnipotente, viéndolo, con regocijo bárbaro, fenecer en el Gólgota, con ignominia, en medio de dos facinerosos. No fue raro el que los siervos del Señor le hiciesen desistir de sus proyectos, aconsejándole y explicándole las disposiciones que debía tomar en éstas ó aquellas circunstancias; y el ejemplo de Abraham no es el único de un espíritu humano superior al Espíritu Divino. Mientras Moisés está en el Sinaí recibiendo las Tablas de la Ley, Aarón, sumo sacerdote, consiente en fabricar al pueblo un becerro de oro para que sirva de objeto á su adoración. Israel se prosterna ante el simulacro, y en el ardor de su devoción llega hasta á olvidar á su Dios, no obstante los favores innumerables que le debe, los milagros portentosos que ha presenciado, y las otras pruebas que Jehová había condescendido á darles, para hacerles comprender que era el Dios de los dioses. Irritado con infidelidad tan notoria, llega á prometer, en un rapto de cólera, que exterminará á toda la nación de los culpables; pero pide luego consejo á Moisés, que le disuade de propósito tan sanguinario, y lo induce á revocar su decreto y sustituirlo por otro de perdón. La Causa Primaria, omnipotente, infinita, é inmutable, acepta con sumisión el consejo de su siervo. Mas Moisés, al descender y contemplar á sus súbditos de hinojos ante el ídolo, se encoleriza hasta lo sumo, y olvidando la orden del Señor (ó talvez recordando que el Señor se doblegaba á su voluntad), llama á los hijos de Leví y les dice: “Id, y volved de puerta á puerta por medio del campamento, y cada uno mate á su hermano, y amigo, y cercano. E hicieron los hijos de Leví conforme á las palabras de Moisés, y perecieron en aquel día como veintitrés mil hombres.” (Éxodo, XXXIII). El texto no explica porqué Aarón, sumo sacerdote, artífice del becerro de oro, escapó de matanza tan horrorosa.

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33 Cuando en los libros modernos de teología y metafísica leemos que Dios es el Ser Supremo, omnipotente, omnisciente, absoluto, independiente, incomprensible, inmutable, etc., ¿podremos legítimamente afirmar que tal es el Dios de la Biblia? Los pensadores cristianos, que ni aceptan el sentido literal de sus libros, ni se resuelven á abandonarlos, se esfuerzan sin cesar en dar á cada versículo un significado alegórico, y forzando más y más el texto, han convertido el estudio de los documentos hebreos en un arte más complicado y dificultoso que el de las leyes y el derecho. El sabio y el teólogo, aunque dándose la espalda, marchan siempre juntos: cuando el sabio descubre un nuevo fenómeno, ó una ley de la naturaleza, el teólogo descubre una metáfora ó una profecía en el Génesis, el Éxodo ó el Deuteronomio. Sin embargo, el estudiante de historia sabe á qué atenerse, y no sin justicia puede preguntar: Si así bastardeamos los hechos que la antigüedad judía nos ha legado en los libros de sus jefes y profetas, y si nos resistimos con obstinación á ver en sus creencias religiosas el dedo de una mitología naciente, ¿qué títulos nos quedan para tratar de patrañas los oráculos griegos, las adivinaciones ó las relaciones íntimas, á veces impuras, entre los dioses y los hombres de las otras naciones? Asombro nos causa el pensar que aquel Dios que los israelitas trataban con tamaña ligereza, induciéndolo á cambiar á cada paso sus decretos, fuese el Ser Único, criador y mantenedor del universo. Llegó David, en su extremada familiaridad, á reprenderlo con alguna aspereza, diciéndole: “Levántate: ¿por qué te duermes? (Salmo XLIII, 23); mientras en otras partes se habla de Dios como quien habla de un hombre cualquiera: “Y despertóse el Señor como quien duerme; como un valiente después de haber bebido mucho vino.” (Salmo LXXVII, 65). 6. Aunque hoy algunos han hecho de la religión la base de la ética, es preciso convenir en que la moral derivada de los mandamientos, ejemplos y acciones de Jehová no se armoniza con los dictados de la razón, ni con las concepciones morales que han necesitado más de cuarenta siglos para llegar á su estado actual de desarrollo. El saqueo y el asesinato eran los mayores placeres de los antiguos, distinguiéndose solo la pagana Grecia por sus ideas de gloria é inmortalidad; y los dioses, que siempre participaron de las pasiones humanas, estaban apadrinando los atropellos más escandalosos, las violaciones más repugnantes, y el desprecio más completo de la virtud y la justicia. No dejó el Dios de Israel de seguir la corriente de los tiempos; y al envalentonar á su pueblo contra sus enemigos, se esmera en recordarle el botín y en despertar su desenfreno y su lujuria. En los libros de la Ley no asoman ni las más ligeras nociones acerca de placeres morales ni espirituales. La inmortalidad del alma, reconocida hoy como una verdad de tanto tomo, no fue inculcada por Dios á su pueblo escogido: todas sus amenazas y promesas hacen referencia á esta vida (la única que se vivía en 33
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34 aquellos tiempos), y sus galardones están mostrando su materialismo, y á veces su materialidad. A los que quieran cumplir la Ley dice el Señor: “Perseguiréis á vuestros enemigos, y caerán delante de vosotros.” (Véase Levítico, XXVI, 3-8). Al enumerar las penas que están reservadas á los pecadores, les dice que el cielo no lloverá, que la tierra será estéril, que serán reducidos á la servidumbre por sus enemigos vencedores, y otras calamidades semejantes, entre las cuales el único rasgo moral que puede hallarse es la amenaza de que la conciencia atormentará al violador de la Ley. (Deuter., XXXIII. —Levít., XXVI, 26). En vano buscamos una huella de la creencia en las penas y recompensas de ultratumba; pues el Omnipotente había reservado esta verdad augusta para que fuese descubierta y promulgada por los vencedores y los destructores de su raza favorecida. Con menosprecio de todas las demás naciones, escogió Dios al pueblo hebreo para poner en sus manos los tesoros de su bondad y su justicia. Sacólo de Egipto en medio de milagros y portentos; le estuvo mostrando en el desierto el camino de una tierra fértil que manaba leche y miel, y, asumiendo un aire paternal, estaba siempre atento á satisfacer las necesidades, y aun los caprichos, de sus criaturas predilectas; mientras el resto del linaje humano, abandonado á la merced de sus propias fuerzas, se preparaba á sufrir la guerra á degüello que la Causa Primaria había decretado contra él, con el objeto de que la descendencia de Abraham se multiplicase hasta el numero de las arenas de la mar. “Se apegó muy estrechamente el Señor con tus padres,” dice Moisés á su nación, “y amólos, y escogió su linaje después de ellos, esto es, á vosotros, de entre todas las gentes.” (Deut., X, 15).”¿Qué nación hay tan grande que tenga á Dios tan cercano, como el Dios nuestro,”? etc. (Ibid., IV, 7). “¿Qué nación hay sobre la tierra, como el pueblo de Israel, por cuyo amor fuese Dios á rescatársela por pueblo, y darle nombre, y hacer en su favor á la vista de tu pueblo, que sacaste de la esclavitud de Egipto, grandiosidades y prodigios terribles, contra su tierra, su gente y su Dios?” (2 Reyes, VII, 23). “Con ninguna nación hizo tal cosa, y no les manifestó sus juicios.” (Salmo CXLVII, 20). El mayor placer del hebreo no consistió en tener á Dios tan á la mano: su mayor placer se cifraba en ver que el Criador había excluido de sus favores á las otras naciones. El argumento de Spinoza es el fruto de un ánimo generoso y humanitario; mas estas virtudes, que hacen tan bella la vida de este apóstata del credo de sus mayores, no tocaron jamás el corazón de piedra de sus antepasados. “Por el hecho de haberse” (Dios) “mostrado igualmente favorable á los otros pueblos,” dice el afamado panteísta, “no les hubiera sido” (á los hebreos) “menos propicio, ni las leyes que les dio hubieran sido menos justas, ni ellos menos sabios, ni los milagros de Dios testimonios más brillantes de su poder, si él los hubiese hecho también en favor de las otras naciones. En fin, los hebreos 34
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35 hubieran estado igualmente obligados á honrar á Dios, si Dios hubiese extendido igualmente estos dones á todos los demás hombres.” (Traité Theologico-politique, ch. III). ¿Habrá necesidad de añadir que el Dios que así procedía no puede ser el Dios infinitamente justo y equitativo de la metafísica moderna? Llevó Jehová su celo hasta la crueldad, y no esquivó el papel odioso de déspota inhumano, por mostrar su predilección y su favoritismo. Temiendo que Faraón cediese á la primera orden de Moisés y dejase libre á Israel, y que entonces Moisés no tuviese ocasión de desplegar sus facultades milagrosas, el Señor interviene en los sentimientos del rey: toca su corazón para hacerlo terco y obstinado; hace entonces que Moisés y Aarón cubran la tierra de plagas y desolación, y, finalmente, saca á su pueblo en procesión triunfal por el mismo fondo del océano, cuyas aguas sepultan luego á sus perseguidores. He aquí las palabras de Dios á su siervo, al mandarlo contra Faraón: “Yo endureceré su corazón, y no dejará ir al pueblo.” (Véase Éxodo, IV). Sin embargo, de paso sea dicho, los milagros de aquellos caudillos no son de mucho peso, pues el mismo libro nos dice que los hechiceros del rey eran capaces, “por sus encantamientos,” de reproducir la mayor parte de las maravillas producidas por Moisés y Aarón. (Éxodo, VII-VIII). Ocurre aquí una justa pregunta: ¿Por qué escogió Dios á Abraham y su posteridad de entre todos los pueblos de la tierra? M estudiante cándido de la historia antigua se ve obligado á reconocer que el pueblo de Israel no descolló jamás por su pureza, por su moral ni su talento; que fué siempre corrompido, indómito y desmandado; que nunca desperdició ocasión de violar, censurar ó reformar los mandatos y disposiciones de su Dios, á quien abandonó á menudo por los simulacros de los idólatras; que la civilización antigua no le debió el más mínimo auxilio; que ningún bien hizo á los demás hombres, que lo conocieron solo por su egoísmo empedernido, y que este egoísmo le acarreó el epíteto de enemigo del linaje humano, que Tácito extendió más tarde á los sectarios de Jesús. Era la Grecia una nación pagana; mas brillaron allí las ciencias y las artes; estuvieron las leyes inculcando en el ánimo los sentimientos de la igualdad y la libertad; y la mano de la filosofía iba delineando las bellezas atractivas de la virtud y la dignidad del hombre. Grande es, á la verdad, el abismo entre griegos é israelitas, y aquéllos, lejos de ir á estudiar las leyes y la moral entre los escogidos del Señor, se encaminaban á la India, la Persia y el Egipto, lo que explica Lactancio diciendo que “la Providencia los apartó con deliberado designio de esta vía, para que no adquiriesen el conocimiento de la verdad, porque no había llegado el tiempo de que la religión del Dios verdadero fuese conocida de todas las naciones.” Esta “piadosa necedad” deja aun pendiente la cuestión de saber porqué un pueblo gentil é idólatra sobrepujó en todo sentido al pueblo escogido del Señor, depositario de la única religión verdadera. 35
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36 Aun podemos hacer otra observación: Que los otros hombres se descarriasen del buen camino, bien se comprende, pues de intento los dejó Dios abandonados á sus propias fuerzas, y es un hecho reconocido entre los fieles que el hombre nada puede sin la gracia divina (aunque ésta es una doctrina más moderna); pero que gente que el Señor ha escogido y en cuya presencia se está mostrando á cada instante, diluviando favores y portentos; que esta gente se aventure á contrariar las leyes de su Dios y á dudar de su poder, parecería indicar una estupidez inaudita, si la voz más calmada de la razón no nos estuviese diciendo que las recitaciones del Volumen Santo son productos de una imaginación entusiasta y de un ánimo interesado. 7. La costumbre de castigar el delito del culpable en la persona del inocente, y de dejar siempre impune al delincuente á quien la fortuna alzó á la gloria y al poderío, nos impiden reconocer en Jehová el atributo de la justicia. Cabe á toda la raza humana el llevar estampada en su frente la maldición lanzada contra el primer hombre; y la inocencia de la cuna está empañada con el lunar del pecado original. Quedó Aarón salvo tras haber fabricado un simulacro para la idolatría del pueblo; y David, cuya inhumanidad excedió la de los déspotas más salvajes y villanos, estuvo siempre disfrutando del amor del Criador. Reconveníale Jehová dulcemente por sus desmanes horrorosos; y le impuso como gran castigo la prohibición de edificar el Templo; mas dio esta gloria á Salomón, fruto bastardo de un adulterio infame, y que tampoco descolló nunca por su benevolencia ni dulzura. (1 Paralip., XXII, 8. —2 Paralip., X,4). Vino tras la muerte de Saúl una grande hambre que diezmó la nación hebrea por tres años consecutivos, y como David consultase á Dios sobre la causa de esta calamidad pública, Jehová contestó que aquel azote era el castigo impuesto al pueblo por el delito que Saúl había cometido exterminando á Gabaón. Dirígese entonces David á los gabaonistas, y les ofrece lo que deseen como una satisfacción por el crimen del rey difunto, y ellos contestan que quieren siete descendientes de éste para crucificarlos. David accede gustoso á la demanda, y el horroroso espectáculo de siete inocentes puestos en cruz calma al punto la cólera divina. “Ejecutado así todo lo dispuesto por el rey,” dice el texto, “se mostró después Dios propicio con la tierra“(2 Reyes, XXI). Irrítase el Señor porque David hace el censo de Israel, y, dejando al rey intacto, aunque él era el único autor del delito (ya que quiso darse este nombre á una medida de utilidad), envía una peste en que perecen setenta mil personas inocentes. (Véase 2 Reyes, XXIV).

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37 Tales eran las prácticas de Jehová, á despecho de la letra de la Ley, que dice: “No se hará sufrir á los padres por os hijos ni á los hijos por sus padres, sino que cada uno morirá por su pecado.” (Deuter., XXIV, 16). Descúbrense en este laberinto de contradicciones la conciencia escasa y el dedo ensangrentado del bárbaro; pero nunca el ánimo esclarecido de una Providencia equitativa y justa. 8. El robo, costumbre más bien meritoria que denigrante á los ojos de un pueblo incivilizado, fue enseñado á Israel por la misma boca que proclamó el Decálogo. “Cuando saliéreis” (de Egipto), “no saldréis vacíos; sino que cada cual pedirá á su vecina, y á su huésped, alhajas de plata y de oro, y ropas; y las pondréis sobre vuestros hijos é hijas, y despojareis á Egipto.” (Éxodo, III, 21-22) La venganza, placer y móvil del guerrero inculto y desmandado, se hace conspicua entre los atributos de Jehová. “El Dios de las venganzas es el Señor.” (Salmo XCIII, 1). “Conozcan los madianitas que sois sus enemigos, y heridlos;4 porque ellos también os han tratado enemigamente.” (Números, XXV, 17-18). El pudor no descolló jamás entre los timbres de Israel, y el Criador parece haber prestado poca atención á los deslices de sus súbditos. Entregó Judith su cuerpo á Holoférnes y se da con él á toda clase de placeres deleitosos y sensuales, con el patriótico propósito de asesinarlo alevosamente. (Véase Judith, todo el libro). Abraham é Isaac, modelos tan esclarecidos, venden sin escrúpulo los favores de sus esposas, acosados por el temor y olvidando bajo su influencia la dignidad y el decoro (si es que entre aquella gente se conoció esto). (Gen., XII, 1119; XX; XXVI). Y Lot, el único hombre justo de Sodoma, pasó dos noches de orgía é incesto con sus propias hijas. (Ibid., XIX, 30-38). La lascivia, apetito indomable del bruto, no escaseó en Israel, y un solo ejemplo bastará para horrorizar á cualquier lector humanitario. Tras una gran batalla en que los israelitas vencen al pueblo de Madián, los vencedores entran en los campos enemigos degollando á diestra y siniestra, saqueando y desolando, y dando rienda suelta á todo el desenfreno de que es capaz un pueblo rústico y fanático. Como las mujeres y los niños fuesen traídos cautivos ante Moisés, este santo varón, poseído de piadosísima ira, exclama: “¿Porqué habéis reservado5 á las mujeres? . . . Matad, pues, á todos cuantos varones hubiere, y aun también á los niños, y degollad las mujeres que en coito conocieron á hombre. Mas reservaos solo las muchachas y todas las doncellas”!! (Núm., XXXI). No está por demás el observar, con toda sumisión, que Moisés era el oráculo de Dios.

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“Esto es, matadlos.” (Scio). “Esto es, dejado con vida.” (Scio).

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38 9. El gusto de Jehová por la sangre y la matanza empieza ya á descubrirse en los castigos que imponía á su propio pueblo favorito. Viene Coré devotamente á ofrecer fuego al Señor, tratando de abolir los privilegios y el monopolio de los levitas, y Dios castiga su intento temerario haciéndolo tragar de la tierra con doscientos cincuenta de sus seguidores; y como otros murmurasen contra esta pena ejemplar, al punto cayó fuego del cielo que devoró catorce mil setecientos descontentos. (Núm., XVI). Veinticuatro mil fueron heridos de muerte repentina por haber seguido, quizá bajo la influencia irresistible del amor, los ritos idólatras de las mujeres moabitas. (Núm., XXV) Pierden los israelitas el arca del Señor en un combate contra los filisteos, y al recobrarla, algunos inopinadamente se acercaron á ver el interior de este venerable santuario, irreverencia que fue castigada con cincuenta mil muertes repentinas. (1 Reyes, VI, 19). Permítasenos preguntar: 1ro. ¿Era el arca suficientemente grande para que cincuenta mil hebreos se asomasen á ella al tiempo? 2do. ¿Por qué esta severidad de Dios con su propio pueblo, mientras permitió que los filisteos arrebatasen y escarneciesen el arca sacrosanta? Pasando á otros pueblos, el amor de la sangre se va haciendo más manifiesto. Al hablar á Israel sobre las gentes que sucumbieran á su paso, la Infinita Clemencia da sus órdenes en estos términos horrorosos: “Las pasarás á cuchillo sin dejar uno solo. No harás alianza con ellas, ni tendrás compasión de ellas… Derribad sus altares, y quebrad sus estatuas, y quemad sus esculturas.” (Deut., VII, 2, 5). “Cuando hubiereis pasado el Jordán, entrando en la tierra de Canaán, destruid á todos los moradores de aquella tierra: quebrad los títulos” (esto es, los monumentos de la idolatría), “y desmenuzad las estatuas, y asolad los altos” (lugares sagrados), “limpiando la tierra para habitar en ella, porque yo os la he dado en posesión…. Mas si no quisiereis matar á los moradores de la tierra, los que quedaren serán para vosotros como clavos en los ojos, y lanzas en los costados, y se os opondrán en la tierra de vuestra morada, y todo lo que tenía pensado hacer con ellos, haré con vosotros.” (Núm., XXXIII)6 Fácilmente puede el lector imaginar qué clase de guerra harían los hebreos, equipados con órdenes y preceptos tan inhumanos. El derecho odioso de conquista, y el exterminio y la guerra á muerte, vinieron así á sincerarse, por ser los mandamientos del Todo-Poderoso. Horrible sería el ir desmenuzando y exhibiendo cuantos crímenes se cometieron en el nombre y por orden de Dios, pues ni la sangre inocente, ni la violación y el desenfreno, presentan cuadros atractivos á la vista; y aquí solo citaremos unos pocos ejemplos. —Salió Sehón, rey de Hesbón, á defender su patria, invadida por los favoritos del Señor, que,
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“Amad á vuestros enemigos, haced bien á los que os aborrecen, y rogad por los que os persiguen y calumnian.” (Mateo, V, 44).

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39 poniendo en ejecución la voluntad de su Dios, iban invadiendo y desolando las tierras de las naciones más inofensivas. Vencida quedó la hueste de Sehon en Jasa, y Moisés, el vencedor, se apoderó de sus ciudades, dando muerte á hombres, mujeres y niños. “Desde Aroer, que está sobre la ribera del torrente de Arnon, ciudad que está situada en el valle, hasta Galaad. No hubo aldea ni ciudad que escapara de nuestras manos: todas nos las entregó el Señor Dios nuestro.” Luego vino el combate con Og, rey de Basán, y Dios dio orden á Moisés de “tratarle como á Sehon.” Vencido Og, sesenta ciudades fueron arrasadas y sus habitantes piadosamente degollados. (Véase Deut., II-III). Las hazañas del afamado Josué presentan otro cúmulo de asesinatos y perversidades. Cuando las murallas de Jericó cayeron milagrosamente al son de las trompetas, los hebreos entraron en la ciudad y “pasaron á cuchillo á todos cuantos había en ella, hombres, mujeres, niños y viejos: matando hasta los bueyes, y las ovejas y los asnos.” Ocupó luego Josué la ciudad de Hai, cuyos habitantes hizo degollar y cuyo rey puso en cruz, ejecutado lo cual, redujo la población á pavesas. También tomó á Maceda, Lebna, Láchis, Eglon, Ebron y Dabir, cuyos campos dejó desolados y cuyos habitantes pasó á cuchillo. Ningún rey escapó, y todos tuvieron la suerte del rey de Hai, esto es, fueron devotamente crucificados por el vencedor sañudo, que repitió en otras partes los mismos excesos de ruindad y salvajismo. (Véase la relación detallada de estas atrocidades en el libro de Josué, VI-XI). Puede que asome en algún ánimo ligero é irreflexivo la objeción de que estos crímenes eran la obra de los hombres y no de Dios. Mas recuérdese: 1ro. Que las máximas sanguinarias dadas al pueblo, y que ya hemos apuntado, no solo permitían, pero prescribían estos desacatos; 2do. Que con frecuencia el Señor los ponderaba como hazañas gloriosas, y se indignaba cuando no se cometían; 3ro. Que los perpetradores de tamañas infamias eran, no solo los escogidos, pero los íntimos confidentes de Jehová. Sin embargo, aun podemos ir más adelante. Hoy muchos fieles se contentan con ofrecer tantos rosarios ó avemarías á la Virgen, á San José ó á otro héroe, o con quemar unas cuantas velas de cera y adornar los toscos bustos de sus patronos con idolillos diminutos, en cambio de favores mundanos y alivio de calamidades. Esta es una necedad inocente. Cosas más sustanciales ofrecían los hebreos á su Dios: sus promesas eran de sangre, y el Señor las aceptaba gustoso. —Puso Arad, rey cananeo, en completa derrota las huestes comandadas por el Dios de los Ejércitos; “mas Israel obligándose con voto al Señor, dijo: Si entregares á ese pueblo en mi mano, destruiré sus ciudades. Y oyó el Señor los ruegos de Israel, y le entregó el cananeo, al cual él pasó á cuchillo, destruyendo sus ciudades.” (Num., XXI, 1-3). 39
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40 10. Asomó con frecuencia allá en la antigüedad un espíritu generoso y decente, y no es raro encontrar casos como el de Alejandro y la esposa del rey Darío, especialmente si se estudia la historia de la Grecia. Conduélese el rey de Epiro al contemplar su hijo ternezuelo en los brazos del gran Temístocles, y perdona generosamente la vida al vencedor de Salamina. Si Jérjes había insultado bajamente á Leonídas, haciendo poner en cruz el cadáver de este héroe espartano, Pausanias se había negado á vengar tamaña ofensa con la profanación del cadáver de Mardonio, tras el triunfo de los griegos en Platea. Mas no era la casta judía de la talla de la gente griega, ni su Dios conceptuaba la generosidad ni la compasión como virtudes, sino como flaquezas.—Manda el Señor á Saúl que destruya cuanto encuentre entre los amalecitas, y que extermine toda ánima viviente, hombres, mujeres, niños y animales. Cumplió Saúl la orden; mas, apiadado de Agag, rey de Amalee, le otorgó la vida. Enciéndese el Señor en ira por trasgresión tan excusable, y aun tan meritoria, y llamando á Samuel, le dice: “Pésame de haber hecho rey á Saúl.” Samuel, más devoto y sumiso, aunque menos humano, hace traer á su presencia al desventurado Agag, “y le hizo pedazos delante del Señor.” (Véase 1 Reyes, XV). Ni es este el único ejemplo que presenta Israel de ofrecer á su Dios sacrificios humanos. Jefté inmoló al Señor su propia hija, su hija única (Jueces, XI), y Josías, en Samaria, “degolló todos los sacerdotes de las alturas, que estaban allí encargados de los altares, y quemó sobre estos altares huesos humanos.” (4 Reyes, XXIII, 19-20,1. Además, todas estas carnicerías, estas matanzas sin piedad ni tregua, ¿no eran verdaderos sacrificios de hombres inmolados á Jehová? Otro ejemplo de la ferocidad de que vamos tratando se presenta en la muerte de Acab, rey de Israel. Venció este caudillo á Benadad, rey de Siria, en un combate ocurrido cerca de la ciudad de Afec. Benadad, temeroso, estaba oculto dentro de los muros, cuando “le dijeron sus criados: Nosotros hemos oído decir que los reyes de la casa de Israel son clementes: vistámonos, pues, de sacos, con sogas al cuello, y presentémonos así al rey de Israel, que tal vez nos salvará las vidas.” En efecto, Benadad se presenta á Acab, que compadecido lo perdona. Tal acción se llamaría humanitaria entre cualquiera gente medianamente civilizada, y el asesinato del rendido suplicante se considera entre nosotros como una villanía; mas no eran éstos los sentimientos del Señor, que castigó la debilidad de Acab con muerte súbita. (3 Reyes, XX). 11. Tal cual vez como que relampagueó en el ánimo de algún escritor sagrado la idea de que la carnicería se aviene mal con los atributos divinos de bondad y de justicia. Cuando David proyectaba levantar un templo á la memoria del Altísimo, éste le dice, en tono reprensivo: “Has derramado mucha sangre, y has hecho muchas guerras; no podrás edificar casa á mi nombre, habiendo derramado tanta sangre delante de mí.” (1 Paralip., XXII, 8). Sobre estar tales palabras en contradicción con los preceptos sanguinarios dados 40
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41 por Jehová, no deja de parecer extraño el ver á David castigado tan blandamente, si se recuerda que este rey dejó las páginas del Testamento ennegrecidas con sus crímenes horrorosos; y sobre todo, cuando se comparan sus desmanes y su desenfreno con las faltas de aquellos desventurados que fueron condenados á muerte violenta por haberse asomado al arca, ó haber con devoción ofrecido al Señor fuego sagrado, ó haber cedido á las caricias de una mujer extranjera, ó haber perdonado la vida á un suplicante. Mas parece que Jehová, á semejanza del vulgo, se deslumbraba con el brillo de las armas victoriosas, y daba su apoyo á quien mejor esgrimía la espada, sin pararse en sutilezas de honor y de virtud. Fue Jeroboam II siempre perverso á los ojos de Dios, siguiendo las maldades de Jeroboam I; mas fue fuerte su brazo, y el Señor lo escogió para sustituir á Israel las ciudades de Emath y Damasco, y lo hizo (pues no quieren los fieles que digamos que él se hizo) uno de los reyes más dichosos de Israel. (4 Reyes, XIV). La historia justiciera ha estampado sobre la memoria de David los epítetos infamantes de adúltero, asesino y traidor, y su entraña empedernida bien pudiera parangonarse con la de un bárbaro escita. Tras cometer adulterio con Bethsabé, mujer de Urías, hace sacrificar al esposo burlado, y en recompensa de estas crueldades y lascivia, el Señor hace que de aquella prostituta nazca el sabio Salomón, “el amado de Dios.” (2 Reyes, XI-XIV). Un solo ejemplo bastará para dar al lector una idea de la inhumanidad del afamado rey. Después de un largo sitio, la ciudad de Rabath cayó en manos de David, el cual, “trayendo al pueblo de ella, lo aserró, é hizo pasar sobre ellos narrias con hierros; y los partió con cuchillos, y los traspasó á semejanza de ladrillos. Así lo hizo con todas las ciudades de los hijos de Amón.” (2 Reyes, XII). En fin, tanto los sentimientos del rey como los de su Dios, están descubiertos en la oración terrible de David en el Salmo CIX. Al hablar de su enemigo personal, dice á Jehová: “Pon sobre él una mano malvada, y haz que Satanás esté á su diestra. Cuando se le juzgue, sea condenado; y que su oración se haga pecado. Sean cortos sus días, y tome otro su empleo. Sean huérfanos sus hijos, sea viuda su mujer. Sean sus hijos siempre vagamundos, y mendiguen, y busquen el pan fuera de sus hogares desolados… Nadie tenga misericordia para con él, ni favorezca nadie sus hijos en la orfandad. Agótese su generación, y en la generación siguiente bórrese el nombre de ellos. Recuérdese su iniquidad ante el Señor, y no se borre el pecado de su madre.”7 Tales eran los timbres del rey David; y si Jehová se mostró alguna vez un tanto indignado contra tales escándalos, nunca impuso grave pena á su siervo poderoso, mas le aplicó siempre “vara de hombres,” como dijo también que trataría á Salomón. Pueden algunos alabar y ensalzar á estos hombres, y, para mayor desvergüenza, contar entre los méritos de Jesús el descender de tan
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“Amad á vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, y rogad por los que os persiguen y calumnian.” (Mateo, V, 44).

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42 insignes asesinos. Otro es el juicio de la historia, en cuyas páginas se han de ver los crímenes del malvado al lado de las hazañas del héroe. 12. En fin, advertiremos que los hebreos, aunque adoradores de un solo Dios, Jehová, no eran monoteístas, en el sentido estricto de esta palabra. La verdadera traducción del primer versículo del Génesis, es: “Al principio los dioses hicieron el cielo y la tierra,” ó según otros, “los dioses hizo (“les dieux fit,” en francés). La relación bíblica así traducida no deja de llamar la atención por su semejanza con la cosmogomonía fenicia, en que Dios se sirvió de algunos compañeros en la obra de la creación. “He aquí que Adán se ha vuelto como uno de nosotros” dice Dios (ó los dioses). (Gen., III, 22). “Parecería,” dice Voltaire, “que los judíos admiraban en un principio varios dioses. Es difícil saber lo que ellos entendían por la palabra Dios, Eloim8. Algunos comentadores han pretendido que las palabras uno de nosotros, denotan la Trinidad; pero indudablemente en la Biblia no se trata de la Trinidad. La Trinidad no es un compuesto de varios dioses: es el mismo Dios triple; y nunca los judíos oyeron hablar de un Dios en tres personas.”(Dict. Philos., art. Genèse) A menudo hace el texto alusión á varios dioses, y parece que Jehová haya sido una especie de Júpiter nacional, más bien que el Dios único. Así, Esther exclama: “Dame firmeza, Señor rey de los dioses.” (Esther, XIV, 12). También se lee: “El Dios de los dioses, el Señor habló.” (Salmo, XLIX, 1). “No hay semejante á ti entre los dioses Señor.” (Salmo, LXXXV, 8). Es evidente que los hebreos, á semejanza de los otros pueblos de la antigüedad, reconocían la existencia de dioses extranjeros, y solo consideraban el suyo como el dios particular de ellos y sus antepasados. Esto aparece de los hechos siguientes: 1ro. Jefté dice al rey de Amón: “¿No es verdad que te es debido todo lo que posee tu Dios Chámos? Vendrá á ser pues posesión nuestra lo que el Señor Dios nuestro ganó con la victoria.” (Jueces, XI, 24). Aquí no solo se reconoce la existencia del dios Chámos, sino también su derecho de conquista. 2do. Jacob hace un voto diciendo: “Si fuere Dios conmigo, y guardare el camino por el que yo ando, y me diere pan para comer, y vestido para vestir, y volviere felizmente á casa de mi padre, —el Señor será mi Dios.” (Gen. XXVIII, 20-21). Se

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Eloim, o Elohim, es, dice Max Müller, el plural de Eloha, nombre de la Divinidad en muchos pueblos antiguos. Empléase á menudo Eloim seguido del verbo en singular [“los dioses hizo”], lo que unos explican por una construcción especial del lenguaje, y otros diciendo que en el curso del tiempo Eloim llegó á hacerse singular y á denotar un solo Dios. [Max Müller, Hist. de las Relig., t. II, pp. 256 y sig.].

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43 trata aquí de un protector á quien se adopta bajo ciertas condiciones, como un sirviente se pone á la orden del mejor amo9. Puede objetarse con las mismas palabras del texto, que dice: “El Señor él mismo es Dios, y no hay otro sino él.” (Deut., IV, 35). Sin embargo, este modo de expresión es solo una manera de indicar la superioridad de Jehová. Ejemplos de esta clase abundan en otros pasajes. Así, los soldados de Holoférnes, en sus amenazas de destruir á Israel, dicen: “Para que sepa toda la gente que Nabucodonosor es el dios de la tierra, y no hay otro fuera de él.” (Judith, V, 29). Esto es únicamente para poner de manifiesto el gran poder de Nabucodonosor, que sus soldados no consideraban en realidad como el único dios de la tierra, ni como el único rey de la tierra, aunque sí como el más poderoso. 13. Breve ha sido este ensayo, mas suficiente para permitirnos llegar á conclusiones definitivas. Sin temor de equivocarnos podemos afirmar que los cristianos modernos cometen una grande inconsecuencia cuando predican la espiritualidad del Criador en el nombre de un Dios que positivamente declaró que era corporal y de una forma semejante á la nuestra; cuando hacen provenir la caridad de un Dios que ordenó y patrocinó el saqueo, el exterminio y la venganza; cuando presentan como la fuente de la misericordia un Dios que tuvo la matanza, las torturas y la desolación por deleites favoritos; cuando derivan la justicia de un Dios que voluntariamente abandonó la mayor parte del género humano y se ligó con unos pocos hombres para degollar á los demás; cuando hablan de la rectitud y la virtud en el nombre de un Dios cuyos mayores favoritos fueron malhechores y asesinos; cuando proclaman la bondad infinita, el poder infinito, la sabiduría infinita y la felicidad infinita de un Dios que condenó al primer hombre por las imperfecciones de que el mismo Dios era responsable— que vengó en la posteridad inocente el delito del primer pecador—que ignoraba las disposiciones y tendencias de sus criaturas, y aun sus acciones y sus habitaciones—que se arrepentía de sus hechos y juraba no volver á imponer castigos injustos—que se encendía en cólera, se desesperaba y apelaba al consejo de sus siervos; cuando enseñan la espiritualidad y la inmortalidad del alma en el nombre de una religión materialista; y, en fin, cuando nos imponen como norma obligatoria de conciencia un libro que nadie leería sin ruborizarse en presencia de sus hijas ó hermanas.

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Para mayores detalles véase la obra citada de Max Müller, en el art. El Monoteísmo Semítico; y J. Vinson, Les Religions Actuelles, oh. II.

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44 He aquí, pues, nuestras conclusiones: 1ª. El gran fundamento del cristianismo, como el de otras religiones, á saber: la existencia de un Ser Supremo, no es un hecho demostrado por la filosofía; 2ª. Los caracteres antropomórficos, tanto físicos como morales é intelectuales, del Dios del cristianismo, nos conducen á considerarlo como la creación de un pueblo inculto y en un estado infantil de desarrollo, y la real existencia de ese Dios es de todo punto insostenible; 3ª. Por consiguiente, El cristianismo no tiene su fundamento en la filosofía. Al formular esta conclusión, hablamos del cristianismo como sistema de teodicea ó de teología racional. Aunque ni Jesús ni sus discípulos pretendieron ser filósofos ni teólogos, la esencia de su doctrina se halla en la creencia en un poder sobrenatural, fuente de las inspiraciones y facultades milagrosas de que vemos dotados al Maestro y á los apóstoles. Y si bien es cierto que ni aquél ni éstos entraron nunca en pormenores detallados sobre las cualidades del Padre, el hecho de que ellos eran judíos, y las repetidas declaraciones de Jesús de que él vino á cumplir la Ley y los profetas, nos están mostrando su fe implícita en el Dios de los hebreos que hemos estado discutiendo.

III. LAS ENSEÑANZAS DEL CRISTIANISMO.
1. Visto que el punto de partida, el origen de las revelaciones sobrenaturales del cristianismo, se desvanece ante el análisis, es inútil tratar de las manifestaciones especiales del poder sobrehumano, como las profecías, las inspiraciones y los milagros. Destruidos los cimientos, todo el edificio legendario se desploma necesariamente. Queda, sin embargo, un refugio al defensor del cristianismo: la ética. Esta parte de la doctrina, sin duda la más importante, merece un estudio detenido y concienzudo, tanto más cuanto la extremada devoción está atribuyendo á la moral cristiana muchas prendas que en realidad no le pertenecen, pues que no se hallan en los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles ni las Epístolas de los primeros propagadores de la fe.

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45 Tiene, pues, por objeto este capítulo el estudio de los preceptos morales y sociales que se hallan en el Nuevo Testamento10, prescindiendo de la autenticidad de los libros que los contienen, así como del rango que corresponde á Jesús en la historia. Son muchos del parecer que este hombre famoso es solo un mito ideado por la fantasía de imaginaciones soñadoras ó por el sordio interés de las pasiones religiosas; otros lo colocan entre los grandes moralistas que vio la antigüedad, y opinan que, así como de éstos se contaron proezas y portentos, también vino la admiración, si no el celo, á fabricar prodigios que adornasen la peregrina existencia del Cristo entre los hombres; mientras que los fieles, embelesados con las recitaciones evangélicas y fortalecidos con los progresos de la metafísica, lo han encumbrado hasta el trono de Dios, y lo predican como una de las tres personas de la augusta Trinidad. Se conforman los evangelistas con imaginar al Hijo Unigénito tañendo el arpa de los escogidos ante el trono del Padre; mas pareció luego más digno de su fama esclarecida el que él y el Padre fuesen uno mismo, como Jesús lo había dicho en metáfora; y así, tras acaloradísima contienda, los santos doctores votaron que el hijo de José y María, ambos vírgenes, era el propio Dios Criador de la tierra y el firmamento. Vino un milagrillo á comprobar este voto ya infalible, y el hecho quedó perfectamente establecido; al paso que Arrio pagó quizá con su vida la osadía extemporánea de haber negado al Hijo el carácter del Padre, imaginando que los lazos de parentesco son los mismos en el cielo que en la tierra. No es imposible, ni aun improbable, que haya habido un reformador judío llamado Jesús, nacido en Bethlehem ó en Nazareth; mas el celo y la malicia han venido, en el curso de las disputas y rivalidades teológicas, á bastardear todo documento histórico; y el principio del cristianismo, de suyo incógnito, se ha envuelto en tinieblas tan insondables, que aun la existencia del héroe ha venido á hacerse sospechosa. Los fragmentos que constituyen el Nuevo Testamento lanzan muy poca luz sobre este punto: 1° Por ser incompletos, anónimos y de autenticidad muy discutible; 2° por ser de una época incierta, probablemente muy posterior á los sucesos á que se refieren; 3° por ser la obra de personas en quienes el espíritu de partido debió engendrar la parcialidad; y 4° por ser una colección de escritos de diversos autores, cuyas contradicciones frecuentes son inconciliables.

) El Nuevo Testamento está dividido en 27 libros, a saber: 1. Evangelio de Mateo, 2. Evang. de Marcos; 3. Evang. de Lucas; 4. Evang. de Juan; 5. Hechos de los Apóstoles; 6., 7., 8., 9., 10., 11, 12, 13, 14,15, 16. 17, 18 y 19. Epístolas de Pablo, a saber ― á los Romanos, 1 y 2 á los Corintios, á los Galatas, á los Efesios, á los Filipenses, á los Colosenses, 1 y 2 á los Tesalonicenses, 1 y 2 á Timoteo, á Tito, á Flemón, á los Hebreos; 20. Epíst. de Santiago; 21, 22. 1 y 2 Epíst. de Pedro; 23, 24, 25.1, 2 y 3 Epíst. de Juan; 26. Epist. de Judas; 27. Apocalipsis o Revelación de Juan.
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46 No nos incumbe aquí hacer un análisis de estos defectos y anomalías; mas, en vista de ellos, advertiremos: 1° Cuando hacemos referencia á uno de los libros, diciendo, por ejemplo, Evangelio “de Juan,” seguimos el uso adoptado, sin hacernos cómplices en el delito de atribuir obras á quien probablemente no pertenecen; 2° Cuando hablamos de Jesús y de sus actos, tratamos á menudo de identificarnos con el Evangelista, sin que esto indique que nuestras ideas sean las mismas que las suyas. En fin, no trataremos de máximas ni dogmas establecidos por otros escritores, ni por papas ni concilios, sino únicamente de las enseñanzas del texto á que hemos aludido. 2. Descuella ante todo el ascetismo como fundamento y carácter dominante de la moral cristiana. Prescribieron el Maestro y los Apóstoles el desprecio completo de las cosas de este mundo; la indiferencia, ó más bien el odio, por todo lo que es terreno y humano; la supresión de todo bienestar, como contrario á la salvación; y el amor del dolor y las miserias de una existencia llena de contrariedades y amarguras. Las calamidades y el tormento del creyente vinieron á ser sus timbres más valederos; sus deleites fueron otros tantos cerrojos que le vedaban el traspasar la puerta de la dicha eterna; y llegó aquel desafuero hasta proscribir los afectos más caros del corazón, los elementos más inocentes de nuestra felicidad y los medios más legítimos de nuestro adelanto. El egoísmo, basado en la esperanza de una existencia futura, vino á ser el único móvil de las acciones del cristiano: su propia salvación se declaró el solo objeto de sus anhelos; sus intereses se refirieron á un mundo lejano, con exclusión de los intereses de éste; y el amor de la familia, el afán del trabajo, el cuidado de su persona, el tributo pagado á sus difuntos deudos, y otros sentimientos humanos ó humanitarios, fueron arrancados de su pecho, como trabas opuestas al fin supremo y único. El estudio, las ciencias, las artes, el progreso, que son elementos y tendencias de los pueblos civilizados, no recibieron nunca una palabra de aprobación de boca de Jesús; antes bien, fueron denunciados como tentaciones mundanas que abren camino á la eterna condenación. ¿Qué valen estos devaneos de nuestra razón microscópica, y á qué pueden conducirnos, sino al orgullo y la soberbia, que irritan al Todo-Poderoso? ¿Qué vale esta vida miserable; qué sus halagos y sus atractivos; sus ilusiones y aspiraciones, que son otras tantas manifestaciones groseras de la carne? Plugo al Altísimo que nuestra existencia terrenal fuese una cadena de tentaciones no interrumpidas; que el pecado hallase los atractivos casi invencibles del placer y el deleite, y que la virtud consistiese en domar todas las inclinaciones del cuerpo, el corazón y la inteligencia. El hombre, con la cruz del dolor sobre sus hombros, contrariando todas las tendencias de su organización, violando todas las leyes de su naturaleza, y abandonando las obligaciones que exige la sociedad en que vive, debe destinar su vida presente á ganar con las 46
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47 gotas de su sangre la entrada en el gremio de los justos. Tal es el fondo, la base de la ética cristiana. He aquí las palabras del texto: 1° Contra las afecciones y lazos de familia. —“Cualquiera que dejare casa, ó hermanos, ó padre, ó madre, ó mujer, ó hijos, ó tierras, por mi nombre, recibirá ciento por uno, y poseerá la vida eterna.” (Mateo, XIX, 29; Marcos, X, 29-30; Lucas, XVIII, 29-30). “Si alguno viene á mí, y no aborrece á su padre, y madre, y mujer, é hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su vida, no puede ser mi discípulo.” (Luc., XIV, 26). “No penséis que vine á meter paz sobre la tierra; no vine á meter paz, sino espada; porque vine á separar al hombre de su padre; y á la hija, de su madre; y á la nuera, de su suegra. El que ama á padre, ó á madre, más que á mi, no es digno de mí; y el que ama á su hijo, ó á su hija, más que á mí, no es digno de mí.” (Mat., X, 34-37; Lúc., XII, 51-53). A uno de sus discípulos que deseaba ir á enterrar á su padre antes de seguir á Jesús, éste se lo impide diciendo: “Sígueme, y deja que los muertos” (es decir, los condenados) “entierren á los muertos.” (Mat., VIII, 21-22). 2° Contra la actividad y el trabajo, y en apoyo de la desidia. —“No andéis afanados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis. Considerad cómo crecen los lirios del campo: no trabajan, ni hilan. No os acongojéis pues diciendo: ¿Qué comeremos, ó qué beberemos, ó con qué nos cubriremos? Porque los gentiles se afanan por estas cosas, y vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de todas ellas. No andéis cuidadosos por el día de mañana.” (Mat., VI, 25 y sig.; Luc., XII, 22 y sig.). Pablo es menos exagerado, mas su alabanza del abandono es también marcada: “No tengáis solicitud de cosa alguna, mas con mucha oración y ruegos, con hacimiento de gracias, sean manifiestas vuestras peticiones delante de Dios.” (Filipenses, IV, 6). “Teniendo, pues, con qué sustentarnos, y con qué cubrirnos, contentémonos con esto.” (Timoteo, VI, 8). 3° Contra el mundo y sus comodidades; contra el cuerpo y los placeres, y en apoyo de la mortificación. —“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese á sí mismo, y tome su cruz, y sígame.” (Mat., XXVI, 24). “Quien ama su alma la perderá; y quien aborrece su alma en este mundo, para vida eterna la guarda”. (Juan, XII, 25). “¡Ay de vosotros los ricos, porque tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros los que estáis hartos, porque tendréis hambre ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y llorareis! ¡Ay de vosotros, cuando os bendijeren los hombres!” (Lúc., VI, 24-26). “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo que es suyo; mas porque no sois del mundo, antes yo os escogí del mundo, por eso os aborrece el mundo” (Juan, XV, 19). “No queráis amar al mundo, ni las cosas que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, la caridad del Padre no está con él; porque todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de carne, y concupiscencia de ojos, y soberbia de vida, la cual no es del Padre, sino del mundo.” (1 Juan, II, 15-16). “Ninguno 47
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48 que milita para Dios se embaraza en los negocios del siglo, á fin de agradar á aquel á quien se alista.” (2 Timoteo, II, 4). “Cualquiera que quisiere ser amigo de este siglo, se constituye en enemigo de Dios.” (Santiago, IV, 4). “Yo me deleito en la ley de Dios, según el hombre interior; mas veo otra ley en mis miembros, que contradice á la ley de mi voluntad, y me lleva esclavo á la ley del pecado, que está en mis miembros. . . . Yo mismo con el espíritu sirvo á la ley de Dios, y con la carne á la ley del pecado.” (Romanos, VII, 22-25). “Andad en espíritu, y no cumpliréis los deseos de la carne. Porque la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; porque estas cosas son contrarias entre sí.” (Gálatas, V, 1617. —Las palabras en itálicas son para hacer resaltar más el contraste y la oposición entre el cuerpo y el alma, de que más adelante hablaremos) “Castigo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre.” (1 Corintios, IX, 27). 4° Contra el uso de la propiedad y en favor del proletarismo. —“Cualquiera de vosotros que no renuncia á todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.” (Lúc., XIV, 33). “No poseáis oro, ni plata, ni dinero en vuestras alforjas, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón, porque digno es el trabajador de su alimento.” (Mat., X 910; Lúc., IX, 3-4; X, 4 y sig.; Marc., VI, 7 y sig. —Marcos difiere un poco). Para alcanzar el reino de los cielos, no es suficiente practicar la virtud: es preciso ser pobre. (Véase Mat., XIX, 16 y sig.; Márc., X, 18-21; Luc., XVIII, 20 y sig.). 5° Contra la sabiduría y la investigación filosófica. —“La sabiduría de este mundo es locura delante de Dios, por cuanto escrito está: Yo prenderé á los sabios en la astucia de ellos. Y otra vez: El Señor conoce los pensamientos de los sabios, que son vanos.” (1 Cor., III, 19-20; I, 18 y sig.; II, 1 y sig.). “Por la gracia que me ha sido dada, digo á todos los que están entre vosotros, que no sepan más de lo que conviene saber, sino que sepan con templanza.” (Rom., XII, 3). “Estad sobre aviso, que ninguno os engañe con filosofías y vanos sofismas, según la tradición de los hombres, según los elementos del mundo, y no según Cristo.” (Colos., II, 8). ¿Cuál es la consecuencia necesaria de tales enseñanzas? Sin los lazos de familia, que son el fundamento de toda sociedad; sin el hábito del trabajo, que es el elemento necesario de todo progreso; sin el amor de la propiedad, la dicha, el saber ni ninguna otra cosa perteneciente á este mundo, es decir, sin el interés de mejorar su condición, ya haría siglos que el hombre habría desaparecido de la superficie de la tierra. Por otra parte, ¿cómo pueden aquellas máximas ascéticas despertar ó mantener en nosotros el amor de la vida en sociedad, que no tiene más objeto que disminuir nuestras privaciones y nuestras penas, y aumentar nuestro bienestar presente? Puesto que el mundo y las cosas de los hombres son vanidades, locuras y soberbia pecaminosa, no queda al creyente otro camino que separarse de sus semejantes, abrazar la vida solitaria, y aguardar en el retiro el galardón de su piedad. Entra aquí otro elemento, otro móvil, á saber: la felicidad 48
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49 futura. De ésta trataremos luego más detenidamente. Ahora conviene que examinemos los fundamentos del ascetismo bajo un punto de vista científico; estudio tanto más importante cuanto, aun fuera del cristianismo y las otras religiones reveladas, el antinaturalismo ascético es considerado por muchos como la expresión más grandiosa de la virtud, y la moral estoica, promulgada por Zenón en el Pórtico, y patronizada por filósofos y Césares, se mira aun como el dechado de la perfección. Entre los pueblos salvajes, y en las sociedades poco civilizadas, las concepciones morales están en íntima relación con las concepciones religiosas y políticas; y el temor del castigo impuesto por un jefe despótico, ó de la venganza de un dios tiránico, es el único freno moral que guía al hombre en el ejercicio de sus facultades. Las prohibiciones del déspota tienen, sin embargo, su fundamento en la naturaleza de las cosas; y al condenar el robo, el homicidio y otros crímenes, lo hace por motivos de conveniencia y utilidad, pues la misma constitución del hombre, y el carácter de los medios que le rodean donde quiera que se halle, le están mostrando el utilitarismo como el único criterio de sus acciones. Pero el sentimiento poderoso del temor, y el hábito de la servidumbre, van engendrando en los súbditos la idea de que sus actos son buenos ó malos, no según los resultados, sino según la voluntad del jefe. Por consiguiente, la obediencia absoluta llega á tomarse por guía de la moral; y esta obediencia, extendida, como dice Spencer, del jefe vivo al espíritu del jefe ya difunto, da origen á la moral como sentimiento religioso. El poder sin límites de dios y jefe hacen de sus siervos esclavos sin voluntad propia, autómatas cuyos actos deben responder al mandato ajeno. El egoísmo del tirano está de continuo exigiendo de sus dependientes grandes sacrificios y una abnegación extrema; y en el curso del tiempo, el hombre, perdiendo de vista el origen de estos sacrificios, viene á convencerse de que sus privaciones y sufrimientos son las mayores ofrendas que puede hacer á su soberano divino—deidad antropomórfica y grosera, llena de las pasiones y de las pequeñeces de un salvaje inculto. Este sentimiento de sujeción y privación se ha ido trasmitiendo de raza en raza. Asumiendo diferentes aspectos, y modificado por nuevas y variadas condiciones de existencia, ha aparecido en todos los períodos de la humanidad histórica. La idea vulgar de un espíritu humano divinizado se ha ido trocando por la de un dios nacional, un Padre del linaje humano y un Ser Supremo; el freno del terror se ha cambiado (al menos en el lenguaje) por el móvil más humano del amor y la piedad; y el déspota empedernido ha tomado el aspecto de la benevolencia y la compasión. Mas aun queda en el ánimo religioso la huella del sistema primitivo: aun se considera que la moral consiste en la obediencia á un ser sobrenatural, cuya voluntad nos ha sido revelada; que nuestras privaciones son fuente de felicidad para ese ser sobrehumano; que nuestros placeres son hechos de importancia 49
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50 secundaria, ó enteramente despreciables, y que nuestra dicha es en lo general opuesta á la voluntad divina. El cristianismo expresó patentemente estas ideas al proclamar que las cosas del mundo son una obstrucción en el sendero de la moral y un impedimento para la salvación. Pero hoy el hombre busca el fundamento de las leyes morales en las leyes generales del mundo orgánico y en la misma naturaleza de las cosas. El hombre es un animal sujeto á las mismas condiciones de existencia que los seres que aun se hallan en un estado inferior de desarrollo. El instinto (tómese esta palabra en el sentido que se quiera) de la propia conservación, y la tendencia al mantenimiento de los órganos corporales en el pleno ejercicio de sus funciones, son leyes ineludibles, y cuando estas leyes se desatienden, el ser sucumbe forzosamente en la lucha por la vida. El individuo no podría existir, ó tendría una vida muy corta, si no tomase todas las medidas á su alcance para hacerse vigoroso y capaz de resistir la oposición de los otros seres vivientes y de los elementos físicos. El descuido del cuerpo iría minando sus diferentes partes; la reproducción de la especie sería trabajosa y tardía, y las imperfecciones de los padres, trasmitidas á sus hijos por la ley de herencia, acabarían por anonadar toda la especie. Ni puede el hombre consagrarse con provecho á las acciones que puedan redundar en favor de sus semejantes, mientras su propio organismo esté debilitado y sus funciones vitales en un estado anormal; y si la experiencia parece mostrarnos algunas excepciones á esta regla, esas excepciones no han sido ni serán nunca numerosas, fuera de que es evidente que los individuos que las forman producirían mayor bien si se hallasen en completa salud y en el pleno ejercicio de sus facultades corporales. Si Pascal, en vez de abrazar el ascetismo, hubiera respetado en sí mismo las leyes de la vida animal, el mundo quizá le debería más de lo que le debe.—La naturaleza nos está, pues, mostrando, que el primer deber del hombre es para consigo mismo, y que quien descuida su propia existencia, escasamente puede llegar á ser útil á la sociedad; ó, al menos, puede decirse con alguna aproximación, que su utilidad es proporcional á su salud y su vigor físico (en cada individuo, se entiende). Aun hay más. La idea de que el cuerpo y el alma son entidades separadas é independientes, y que las afecciones morales son del dominio exclusivo del espíritu, ha conducido á la creencia de que los actos puramente biológicos son indiferentes á la moral, y que la mayoría de los actos corporales son opuestos á ella. Y puesto que el cuerpo y los sentidos son sin duda los medios más poderosos de que el organismo se vale para proporcionarse sus mayores placeres, se ha anatematizado y excluido del mundo moral, no solo el cuerpo, sino todas las sensaciones agradables que él nos proporciona. De aquí el odio al mundo objetivo predicado por las religiones ascéticas, y la idea de que las cosas 50
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51 terrenas, es decir, los objetos materiales (sin excluir al hombre, considerado físicamente) deben ser despreciables á los ojos del hombre virtuoso. Las observaciones más familiares nos ponen de manifiesto el error en que nos hallamos al considerar las funciones mentales como independientes de las funciones orgánicas. Poco importa que el alma sea un ser espiritual, una sustancia etérea, ó simplemente una propiedad ó un conjunto de propiedades del sistema nervioso. Como quiera que sea, la experiencia comprueba el hecho de que los fenómenos del pensamiento y las operaciones del cuerpo están estrechamente ligados por las relaciones de causa á efecto. Un temor extremado acelera la palpitación del corazón, produce contracciones musculares involuntarias, y origina el temblor característico que nos hace distinguir aquella emoción. Un pesar intenso excita las glándulas lacrimales, da á la fisonomía una apariencia melancólica, destruye ó disminuye el apetito, y á veces induce una fiebre tenaz que acaba con la muerte del paciente. Spencer cita un experimento de Claude Bernard, en que un perro era el objeto de sus observaciones: cuando el fisiologista regañaba al animal, ó lo contristaba de alguna otra manera, la secreción de las bilis se detenía; mas en mostrándole la comida ó acariciándolo, la secreción continuaba normalmente. Sabido es que el ejercicio continuo de la inteligencia debilita y abate el cuerpo, y después de un día de trabajo mental no interrumpido, el menor esfuerzo físico se hace dificultoso. Recíprocamente. Cuando el cuerpo está debilitado por una mala alimentación, por una larga abstinencia, ó por continuas vigilias, el ánimo está aletargado, ó en un estado de actividad anormal, como en el caso de las alucinaciones. Un ejercicio fuerte ataca las facultades intelectuales de tal modo, que aun puede acarrear la pérdida de la memoria. Bain cita el ejemplo de un viajero que, después de una marcha penosa y llena de privaciones, olvidó el alemán, que antes hablaba; mas después de haber descansado y tomado algún alimento, volvió á hablar este idioma con facilidad. Una enfermedad es á veces la causa de un cambio de ideas, y un mero cólico puede convertir al cristianismo el ateo más desaforado. Todos sabemos la íntima relación que hay entre el cerebro y el pensamiento: por regla general, los cerebros de los grandes pensadores son notables por su peso y su desarrollo: mientras por término medio el cerebro de un hombre cualquiera pesa 49 onzas, el de Cuvier pesaba 64. El cerebro de un loco adolece siempre de algún defecto anatómico, y el de un idiota puede estar reducido al peso de ocho ó nueve onzas. Los efectos de los desórdenes cerebrales sobre el ánimo son muy numerosos, y un golpe en la cabeza no solo puede trastornar el juicio, sino restablecerlo (Bain). En resumen, cualesquiera que sean los hechos mentales que estudiemos, nos es imposible desconocer su dependencia de las condiciones del organismo material. 51
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52 Por tanto, ningún sistema de moral que empieza por cortar el lazo de unión entre los fenómenos biológicos y los sicológicos puede aceptarse como un sistema científico basado en las leyes de la naturaleza. Es imposible el investigar las propiedades del alma humana sin tener en cuenta las funciones del cuerpo que le sirve de órgano; ni se puede, moralmente hablando, despreciar las acciones corporales, puesto que de ellas dependen las acciones mentales. Luego si se quiere formar un espíritu recto y despejado, es preciso al mismo tiempo tener el organismo en completa salud y en el ejercicio normal de sus funciones fisiológicas. Es un hecho reconocido universalmente que las personas robustas y alentadas son de un carácter dulce, jovial y humanitario; mientras los inválidos viven siempre con el humor agriado y áspero. Se dirá, sin embargo, que es suficiente satisfacer las necesidades urgentes del cuerpo; pero que los placeres superfluos son inmorales, ó al menos inútiles (lo primero, según el cristianismo). A juzgar por el código cristiano, debemos entender por placeres superfinos el uso de las riquezas en diversiones y espectáculos, el teatro, los buenos vestidos, las comidas regaladas, las habitaciones cómodas y espaciosas, etc., etc., fuera de las relaciones sexuales y otros hechos de mayor importancia. De estas últimas trataremos después. De las afecciones de famila, la costumbre del trabajo y otras prácticas y tendencias humanas semejantes, condenadas por Cristo, es inútil hablar, pues basta mencionar los versículos del texto para que se reconozca su inmoralidad axiomática. Cosa distinta sucede en cuanto á los placeres materiales, que aun entre la gente despreocupada se miran siempre de reojo; y nada hay que más aterrorice á un hombre, aun al libertino, que el ser tachado de sibarita ó epicúreo. Mas ¿qué es lo que el hombre se propone sobre la tierra, ó cuál es el objeto de su existencia? Como los otros seres animados, el hombre se propone siempre el mejoramiento de su condición. Esta es una ley que gobierna todos los seres orgánicos, y los que no la siguen sucumben en la lucha por la vida. Entonces el problema, como lo plantea con razón Spencer, es éste: ¿Son los placeres un obstáculo ó un auxiliar en la prosecución de aquel fin? ¿Conducen á disminuir el radio de la actividad vital ó á aumentarlo? ¿Á destruir la vida ó á mantenerla? En el primer caso, son inmorales y perniciosos; en el segundo, son útiles y morales. La respuesta, en un sentido general, es la siguiente: Todos los séres capaces de sentir huyen siempre de las impresiones dolorosas y buscan y conservan aquellos objetos que les causan placer. Si el placer fuese nocivo á la existencia, dichos séres, en vez de progresar y ascender en la escala de los organismos, irían degenerando y acabarían por desaparecer. El hecho de que los individuos y las especies realmente evolucionan y se perfeccionan bajo el impulso de aquella tendencia innegable, está mostrando la relación necesaria que existe entre las 52
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53 sensaciones agradables y el mantenimiento de la vida. (Spencer, Principies of Psychology, §§ 124, 125.―The Data of Ethics, § 33). En viniendo á casos especiales, los ejemplos son familiares y abundantes. Todos sabemos los efectos provechosos de una buena comida seguida de un paseo por el campo en compañía de amigos ó parientes. En esta ociosidad relativa, los órganos digestivos trabajan normalmente sin interrupción; cuanto mejor haya sido la comida, tanto más se rehabilitan los tejidos gastados: el ánimo se despierta y se fortalece, al mismo tiempo que el cuerpo recupera sus pérdidas, y en poco tiempo el individuo se siente enteramente nuevo, no solo por el aumento de su capacidad para trabajar física y moralmente, sino también por su buen humor y sus buenos sentimientos. Las distracciones del teatro, las reuniones sociales, y demás pasatiempos, producen un efecto semejante. Las enfermedades se mitigan, y á veces desaparecen, bajo la influencia de un placer intenso: Spencer alude al hecho de que muchas personas dispépticas pueden, en medio de un banquete ó en una reunión festiva, digerir alimentos que nunca digieren cuando comen solas; y el mismo autor repite lo que todo el mundo sabe: que para muchos enfermos no hay medicina mejor que la felicidad. Aun nos parece inútil hacer hincapié en estas verdades axiomáticas, siendo así que aun la generalidad de los cristianos de hoy las reconocen como innegables. Sin embargo, no debe perderse de vista que nuestro estudio no se refiere al cristianismo moderno, sino á las máximas del Nuevo Testamento. Es, pues, evidente que el primer fundamento, la gran base de la moral cristiana, á saber: el ascetismo y la condenación de los placeres de esta vida, carece de un carácter científico. Aun más: el ascetismo es opuesto á las leyes naturales y necesarias que regulan nuestra existencia, y en vez de contribuir al progreso de la especie, tiende á su destrucción. El dolor y el placer, de cualquier clase que sean, son los únicos móviles de las acciones humanas; y una doctrina que desconoce este gran criterio no puede menos de ser deleznable, pues en las cosas de la vida, como en las cosas del mundo físico, nada puede ser estable si no se funda en las condiciones y relaciones naturales. Ni vale decir que el mundo ha estado progresando durante veinte siglos bajo el dominio de la moral cristiana. Este es un error: las máximas de Cristo no se han puesto nunca en práctica en todos sus pormenores; los solitarios de los primeros siglos fueron los únicos que se aproximaron al modelo, y los efectos de esta tentativa infructuosa, así como su historia, nos muestran los malos resultados de la doctrina ascética, como veremos en el capítulo siguiente. Tratando la cuestión bajo el punto de vista sentimental, ¿es justo que el hombre se prive de su bienestar y sus placeres, cuando el disfrutar de ellos no produce ningún mal á sus semejantes? ¿Por qué hemos de vivir corno esclavos, 53
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54 desdeñando el uso de las cosas que la naturaleza nos presenta para disminuir nuestras penas y aumentar nuestra felicidad? ¿Qué mal se le hace al prójimo cuando se come bien, se va al teatro, se canta y se baila? ¿Puede la Omnipotencia ofenderse porque sus hijos tratan de engrandecer la vida, haciéndola amena y atractiva? ¿Por qué maldecir á los que ríen y gozan, y querer hacer de la humanidad un rebaño de siervos tiranizados por un Déspota eterno? ¿Porqué querer sustituir el aspecto cadavérico del monje á la sonrisa de la alegría, y el continuo martirio del penitente á los placeres inofensivos que todo el universo está brindando? ¿Qué beneficio puede sacar el Criador de mantener á sus criaturas en un suplicio constante? Finalmente, ¿qué se propone el cristianismo al apartarnos del bullicio del mundo y de la vida activa de la sociedad? ¿Qué recompensa nos da por el sacrificio que exige de nosotros? A estas últimas preguntas se contestaron aire de triunfo, que la fe cristiana nos revela la gran verdad de la inmortalidad del alma; que Jesús enseñó cómo ganar un buen puesto en la otra ribera de la existencia, y que, mostrando al hombre su degradación, su miseria y la nulidad de sus placeres, le abrió las puertas de la bienaventuranza eterna.11 Este asunto merece que lo estudiemos con alguna detención. 3. Sencillas eran las ideas de los primeros hombres sobre la vida de ultratumba, y la concepción de un ente inmaterial desprendido del cuerpo para ascender al cielo ó hundirse en el abismo de los réprobos, no asoma en sus sectas ni doctrinas. Los progresos de la metafísica hicieron pronto necesario el atacar este problema peliagudo, y cada pensador dio al mundo el resultado de sus investigaciones. El genio inventivo de la imaginación, en sus primeras tentativas á definir el alma humana, revela aun la insuficiencia de su poder; y un cuerpecillo aéreo y tenue, un agregado de átomos ó un torbellino de fuego, fue lo más á que alcanzaron los grandes sabios de la antigua Grecia, dejando á sus sucesores la gloria de descubrir la perfecta separación del ánimo y el cuerpo. Llevó Platón el idealismo á un extremo inaccesible á la conciencia: se propuso apear el Misterio de su trono; y como resultado de sus esfuerzos dejó á la posteridad un sistema de teorías que aun abisman á los espíritus más esclarecidos. Unos pocos filósofos siguieron repitiendo sus palabras; pero la mayoría de los hombres, incapaces de recorrer tan intrincado laberinto, permanecieron en las escuelas de aspiraciones más modestas; y como es
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“Ciegos somos,” dice Pascal, “si no nos reconocemos llenos de soberbia, de ambición, de concupiscencia, de debilidad, de miseria y de injusticia. ¿Y qué se puede pensar de un hombre que, conociendo estos males, no quiere ser libertado de ellos?... ¿Qué podemos, pues, tener, sino estimación por una religión que conoce tan bien los defectos del hombre, y deseo de la verdad de una religión que promete remedios tan deseables?” [Pensées, XI, 11, éd. Havet],

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55 prudente el sospechar que ni el mismo Platón entendía sus propios descubrimientos, pues que se hallan en oposición á las leyes del pensamiento humano, bien se puede excusar á los que se alejaban de abstracciones y concepciones tan extrañas. Los primeros cristianos se conformaron con un Dios material á la imagen del hombre; y mientras algunos, como Tertuliano, asignaron al espíritu una materia ligera, otros orillaban del todo la cuestión, alegando que en la otra vida cada cual llevaría el mismo cuerpo que había estado viajando por la tierra. Ni dejó el materialismo de hallar apoyo eficaz en las armas y el brazo secular; y el espiritualismo de Orígenes causó tal arrebato entre los monjes de Nitria, que el patriarca de Alejandría, para calmar el motín de tan celosos antropomorfistas, se vio obligado á declarar que el Criador es la imagen cabal de su criatura. En cuanto á Cristo y los Apóstoles, observaremos que nunca pretendieron ser filósofos ni metafísicos; y si hoy los fieles se complacen en imaginar las almas de los justos entonando sus cánticos al Altísimo, y las de los réprobos ardiendo de continuo en las llamaradas del abismo, pueden tomar su dogma de otra parte, pero no de las enseñanzas del Nuevo Testamento. No se trata en él de la naturaleza del alma ni de su destino, y rara vez se la menciona. Ni su espiritualidad ni su inmortalidad son proclamadas en el texto, ni siquiera su existencia independiente. El dogma de la vida futura se reduce á la resurrección del cuerpo á la venida del Salvador en los aires. Jesús anunció su venida á juzgar á los hombres según sus obras y su fe, y á dar, entonces, á cada cual su merecido. Antes de esta ocurrencia, llamada juicio final ó fin del mundo, es de suponer que los difuntos permanecerán en un completo anonadamiento, pues ni el Maestro ni los Apóstoles hablan de la existencia del alma en el tiempo intermedio. Los primeros cristianos, guiados por las palabras de Jesús, aguardaban el espectáculo final y la gloriosa resurrección con impaciencia, imaginando que habría de suceder esto en aquellos días. Esta esperanza se ha renovado de tiempo en tiempo, y algunos espíritus entusiastas han predicho la fecha del portentoso acaecimiento; mas las fechas han llegado y pasado, sin que la experiencia del desengaño desanime á otros profetas. Las palabras del texto son claras y terminantes, y autorizan el concepto que hemos emitido sobre la verdadera doctrina cristiana con respecto á la vida futura: “Si como hombre lidié yo con las bestias de Éfeso,” dice Pablo, “¿qué me aprovecha, si no resucitan los muertos? Comamos y bebamos, que mañana moriremos.” (1 Corintios, XV, 32). “El Señor sabe librar de tentaciones á los justos, y reservar los malos para que sean atormentados en el día del juicio.” (2 Pedro, II, 9). “Cuando apareciere Cristo, que es nuestra vida, entonces también vosotros apareceréis con él en gloria.” (Colosenses, III, 4). “Todo el que no os recibiere,” 55
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56 dice Jesús á sus discípulos, “ni oyere vuestras palabras, al salir fuera de la casa, ó de la ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies. En verdad os digo, que será más tolerable á la tierra de los de Sodoma, y de Gomorra, en el día del juicio, que á aquella ciudad.” (Mat., X, 14-15; XI, 22-24). “Cuando viniere el Hijo del Hombre (Jesús) en su majestad, y todos los ángeles con él, se sentará entonces sobre el trono de su majestad, y serán todas las gentes ayuntadas ante él, y apartará los unos de los otros… Entonces dirá el Rey” (Jesús) “á los que estarán á su derecha: Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el establecimiento del mundo… Entonces dirá también á los que estarán á la izquierda: Apartaos de mí malditos al fuego eterno, que está aparejado para el diablo y para sus ángeles.” (Mat., XXV, 31 y sig.; 2 Tes. I, 7 y sig.). ”Quien se afrentare de mí y de mis palabras,” dice Jesús, “en medio de esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre también se afrentará de él cuando viniere en la gloria de su Padre acompañado de los santos ángeles.” (Marcos, VIII, 38). “Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna, y yo le resucitare en el último día.” (Juan, VI, 40). “El Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces dará á cada uno según sus obras.” (Mat., XVI, 26-27). “El mismo Señor con mandato, y con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán los primeros. Después nosotros, los que vivimos, los que quedamos aquí, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes.” (1 Tesal. IV, 15-16). Véase, pues, que todas las penas y recompensas están reservadas para el día del juicio; y de seguro que, á ser el alma inmortal por sí sola; á tener nuestro espíritu algún destino en ultratumba inmediatamente después de la muerte, el texto hablara de este punto capital en términos que pusiesen al descubierto nuestro porvenir. Mas, según las doctrinas cristianas, en el otro mundo no se hallan sino aquéllos que han tenido la dicha de no perecer ó el privilegio de haber sido resucitados de antemano.12 Los demás difuntos yacen verdaderamente muertos, y deben aguardar el grande espectáculo final. Por otra parte, como ya hemos dicho, este espectáculo se esperaba de un momento á otro, y Pablo creía que tendría lugar antes de su muerte. (Véase la última cita que hemos hecho. También Mat., XVI, 28, y Santiago, V, 7-8).

La mayoría de los primeros ortodoxos creían que, á los seis mil años de la creación del mundo, “Cristo, con el bando triunfante de santos y escogidos que habían escapado á la muerte o sido resucitados milagrosamente, reinaría sobro la tierra hasta el tiempo fijado para la resurrección final y general.” Este reino temporal debía durar mil años [doctrina de Millenium]. [Gibbon’s History of Christianty, II: Decad. y Ruina, XV]. ¿Dónde estaban los muertos?

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57 La necesidad de la resurrección del cuerpo antes de ascender á la mansión de los justos, da lugar á imaginar un cielo material, en donde los caracteres físicos de nuestro ser son indispensables. Vienen en apoyo de nuestra creencia las representaciones del Hijo sentado á la diestra del Padre tras su ascensión en cuerpo y alma; las visiones inauditas del idiota que escribió el Apocalipsis; la esperanza de Pedro de que el Señor nos dará “cielos nuevos y tierra nueva” tras el juicio; el dicho de Pablo de que Jesús “reformará nuestro cuerpo abatido, para hacerlo conforme á su cuerpo glorioso,” y, sobre todo, el testimonio infalible del apóstol San Judas, que refiere como el famoso arcángel Miguel y el pérfido Satán se disputaban el cuerpo del gran Moisés. (Ep. de Judas, 9). Aclarada la doctrina, veamos cómo se obtiene un puesto entre los escogidos. Observaremos primeramente que el celo por conquistar el cielo excluye, según el cristianismo, todo amor á nuestra vida terrestre, y por tanto, toda tendencia al progreso, á la felicidad y al mejoramiento de la raza. Cifradas nuestras esperanzas tan solo en lo que ha de venir, nos es menester desdeñar todo bien presente, considerar las leyes de nuestra organización como la obra de Satán, y, entregados á la oración y al ayuno, apartarnos de las cosas mundanas, atormentar el cuerpo, que es nuestro enemigo, y aguardar en este estado de perfección la recompensa á que nos hace acreedores tan piadoso abandono. “Castigo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre,” dice Pablo. (1 Cor., IX, 27). “¿Quién me librará de este miserable?” decía más tarde el famoso Orígenes, hablando de la prisión que encarcelaba su espíritu ansioso de volar al seno de Abraham. Si en ello se piensa, se observará que estas ideas son contradictorias con la creencia en un Criador justo y poderoso; pues no se concibe que el Ser Supremo nos haya dado un cuerpo sujeto á leyes que lo arrastran á la eterna condenación, ni una razón que busca siempre la dicha, que es el lazo de Lucifer. ¿Para qué sirven nuestra inteligencia, nuestros adelantos, descubrimiet1tos é invenciones, sino para mejorar nuestra condición y disminuir nuestras privaciones? Mas, si las privaciones físicas conducen al Paraíso, claro está que nuestra inteligencia, nuestros adelantos, descubrimientos é invenciones son un obstáculo á nuestra salvación, y, por tanto, la máxima de la Edad Media de que “la ignorancia es la madre de la piedad,” es una legítima interpretación de las enseñanzas cristianas. Aun el vivir en sociedad viene á hacerse peligroso, y más nos valdría el que cada cual habitase en un astro distinto, ajeno á todo conocimiento del prójimo, y saboreando el sin igual placer de la penitencia y el suicidio lento.

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58 ¿Son éstas las nociones de una moral pura? ¿Puede concebirse que el Dios infinitamente bueno que creó nuestra organización castigue los actos que de ésta se desprenden? ¿Es posible que el Padre Universal se resienta porque sus hijos busquen el ser felices sobre la tierra? ¿Puede creerse que Dios, infinitamente dichoso, creó al hombre con el objeto de gozarse en su infortunio? Ni vale decir que éste es un infortunio pasajero, pues ¿quién se goza en contemplar el dolor de otro, aunque sea solo por un segundo? ¿No nos dio Dios el cuerpo y el alma? ¿Somos nosotros responsables por las necesidades del uno y las aspiraciones de la otra? ¿Por qué nos creó Dios, o nos redujo á este estado de imperfección? ¿Y porqué exige nuestras lágrimas en este mundo antes de darnos la gloria en el venidero? ¿Quién es el que alaba á un padre que, queriendo hacer un regalo á su hijo, lo prepare con doscientos azotes gratuitos? Si nuestro bienestar está reservado para otra vida, ¿por qué no nos creó Dios en esa otra vida desde un principio? ¿Y el mal porqué existe? ¿Y Satanás porqué existe, y porqué hemos de ser nosotros las víctimas de su perversidad? ¿Para qué arrojarnos sobre la tierra, expuestos á toda clase de tentaciones y siempre marchando sobre el borde del abismo? ¿Quién es responsable de estos hechos, el hombre, microbio impotente, ó el Hacedor Todopoderoso? Como la fe cristiana no responde satisfactoriamente á estas preguntas, su enseñanza de sacrificar la vida presente por una existencia lejana é incierta, carece de todo fundamento, y su ascetismo, como ya lo hemos dicho, peca contra las nociones más triviales de la moral, que mandan la conservación y el avance de la sociedad sobre la tierra. Por tanto, es racional concluir que su ponderada doctrina de inmortalidad, vistas las condiciones requeridas para la salvación, es más dañosa que útil á nuestra raza. Más digno del hombre civilizado es el tratar de mejorar siempre su condición y la de sus semejantes, y buscar los medios de hacerse dichoso, sin dañar á su prójimo. Y puesto que las nociones de eterna justicia, de eterna bondad y de eterna sabiduría son contradictorias, la razón parece estarnos enseñando que nuestra vida es un fenómeno de la naturaleza indiferente, y que nuestro derecho es el sacar de ella cuantas ventajas nos permitan sus leyes, y que la violación de estas leyes, lejos de ser virtud grandiosa, es un sacrificio infructuoso y perjudicial, así al individuo como á la raza. “Mi reino no es de este mundo,” dice Jesús. (Juan, XVIII, 36). “Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra.” (Col., III, 2). “No atendiendo nosotros á las cosas que se ven, sino á las que no se ven. Porque las cosas que se ven son temporales; mas las que no se ven son eternas.” (2 Cor., IV, 18). “Es menester obedecer á Dios antes que á los hombres.” (Hechos, V, 29).

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59 Siempre el mismo afán por lanzarse en busca de lo celestial, con detrimento de cuanto es mundano. Esta no es la clase de gente que puede regir los negocios de nuestra vida, pues que aun no hemos dejado de sentir como criaturas humanas, y en tal virtud deseamos tener quién nos enseñe á vivir en este mundo, y no en el venidero. Ni necesitamos aquí reyes cuyo reino sea de ultratumba, pues aun no hemos llegado á esa región, y los que allá gobiernan pueden entenderse con nosotros luego que al Criador le plazca que perezca nuestra actual existencia. La moral tiene por objeto las relaciones entre los individuos de la especie humana, “aquí y ahora;” por consiguiente, las máximas y enseñanzas que se refieren á la vida futura son, por su misma naturaleza, independientes de la moral. Más aun: ellas son contrarias á la moral, pues ordenan el desdén de lo que es el solo objeto de ésta, á saber: la tranquilidad y el bienestar del individuo y de la sociedad. Este es un hecho importante que es preciso tener siempre presente, y no debe culpársenos si lo repetimos á menudo. Tampoco cabe el aceptar el precepto de que es menester obedecer á Dios antes que á los hombres; porque, como Dios no se ha dignado revelarnos sus mandatos directamente,13 cada cual imagina obedecerlos á su modo, resultando de aquí una gran diversidad de opiniones; y si cada individuo obrase según las suyas, la anarquía vendría bien pronto á ser el galardón de nuestra piedad. Cuadra mejor á la civilización el que todo miembro de la raza obedezca á las leyes naturales y humanas y viva como un hombre, que el privilegio de vivir como un ángel le vendrá con el tiempo.

Sobre el valor de lo que los cristianos entienden por revelación, he aquí lo que dice Thomas Paine: “Nadie dudará ó disputará al Todopoderoso la facultad de dar tal comunicación, si el lo tuviere á bien. Mas aun admitiendo, para el caso, que algo haya sido revelado a cierta persona, y no á ninguna otra, esta es una revolución á aquella persona solamente. Cuando ésta refiere el hecho á una segunda persona, la segunda á una tercera, la tercera á una cuarta, y así sucesivamente, tal hecho deja de ser una revelación á todas esas personas. Solo es revelación para la primera persona; para las otras es dicho de oídas, y, en consecuencia, no están obligadas a creer. “El llamar revelación lo que nos viene por segunda mano, ya sea verbalmente, ya por escrito, es una contradicción en los términos y en las ideas. La revelación está necesariamente limitada á la primera comunicación; después, es solo una relación de algo que esa persona [á quien se ha hecho la revelación] dice haber sido revelación que se le hizo; y aunque ella se vea obligada á creer, no me incumbe aquí el creer de la misma manera; porque no fue revelación hecha á mí, y yo solo poseo para mi creencia la palabra del hombre que dice que la revelación le fue hecha á él.” [Age of Reason, part I].
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60 Analizando con más profundidad la idea cristiana de la dicha futura, hallaremos aun la oposición entre esta doctrina y las conclusiones de la ética moderna. Como un preparativo á la felicidad de ultratumba, el cristianismo reduce la vida actual á un estado secundario, cuyo solo objeto es empezar á poner al hombre en relación con el Criador. De aquí se deduce obviamente que nuestro primer deber es para con Dios; que nuestra vida debe consagrarse exclusivamente á su servicio, y que el criterio de nuestras acciones debe ser la voluntad divina. Esta es aun la vieja idea de los pueblos incultos, de que la moral consiste en obedecer las órdenes de un poder sobrehumano, ante el cual nuestros placeres aparecen como delitos, pues el rato que gastamos divirtiéndonos, deberíamos emplearlo sirviendo á nuestro soberano celestial. Pero la ciencia de la moral no reconoce relaciones entre Dios y el hombre: ella se ocupa de los actos humanos en sus relaciones mutuas, y su criterio es puramente utilitarista. Un acto es bueno si contribuye á la felicidad de la especie; en el caso contrario, es malo. El principio de que autoridad no es razón es absoluto, y el criterio de nuestras acciones está en las consecuencias de esas acciones, y no en la aprobación ó desaprobación que les dé ó les haya dado una entidad imaginaria. Un día, una hora, un minuto, empleado en servir á Dios, quedaría mejor empleado en el servicio de los hombres; y una vida que se consume en ejercicios piadosos es enteramente inútil al género humano. El hombre vive en sociedad por su propia conveniencia, pues la ayuda de sus semejantes contribuye á alargar y á mejorar su vida; pero cada individuo, por lo mismo que recibe estos favores de los otros, está obligado á retornarlos. De aquí nace que nuestros deberes no son solo para con nosotros mismos, sino también para con nuestros prójimos. Fuera de esto, la raza Iramana no tiene obligaciones para con ningún otro ser á quien nada debe y de quien nada puede esperar. Cuanto el hombre ha conseguido, lo ha conseguido por sus propias fuerzas; luego sus deberes no pueden ser sino para consigo mismo y para con los individuos de su especie, que han cooperado al desarrollo general. De la animalidad más ínfima, se ha ido elevando por grados insensibles, á través de penalidades indecibles y siglos innumerables: su estado actual de civilización lo debe á su trabajo y á una lucha no interrumpida con los elementos y los otros seres vivientes; cada una de sus conquistas le ha costado el sudor de su frente y la sangre de sus venas; y la experiencia de muchos centenares de años le ha mostrado que nada le viene de una fuente extramundana. ¿Quién, pues, tiene derecho á privarlo de lo que él ha ganado por sí solo? ¿Qué deberes puede tener el hombre para con un ser que ninguna parte toma en las acciones humanas? ¿Porqué ha de sacrificar su vida, ó siquiera una parte de su vida, en servicio de un ser á quien nada debe? Se dirá que la recompensa de este servicio está en el cielo. Pero esta no es una respuesta científica. La vida futura, con sus premios y castigos, es una hipótesis que no puede apoyarse en la observación y la experiencia, y el criterio de las leyes morales requiere un fundamento más sólido que una hipótesis metafísica, Por 60
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61 otra parte, aun admitida la existencia de un Ser Supremo, es evidente: 1° que ese Ser Supremo nada hace ni ha hecho por la humanidad 2° a fortíori, que la humanidad nada puede hacer por él; y 3° que él no necesita nuestros servicios ni tiene derecho á ellos. Es, pues, claro que, por lo menos, el hombre no tiene la obligación de consagrarse al servicio del Criador. Mas, si no tiene la obligación, ¿tiene el derecho? La respuesta á esta pregunta es afirmativa, pero condicionada: el hombre tiene el derecho natural de consagrarse al servicio divino, como tiene el derecho de suicidarse; pero en tal caso pierde el derecho de vivir en la compañía de sus semejantes, que se han asociado con él bajo la condición de que él los ayude y contribuya con ellos al bienestar general. Mas se dirá que es posible servir á Dios y á los hombres al mismo tiempo. Séalo ó no lo sea, ésta no es la moral cristiana. Las palabras del Testamento son terminantes en su exclusivismo: “A nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra; porque uno es vuestro Padre, que está en los cielos; ni os llaméis maestros, porque uno es vuestro Maestro, el Cristo.” (Mat., XXIII, 810). “Cristo murió por todos, para que los que viven no vivan ya para sí, sino para aquél, que murió por ellos, y resucitó.” (2 Cor., V, 15). Recuérdense las máximas contra los quehaceres del mundo, que antes hemos apuntado, y, sobre todo, que el primer mandamiento es amar á Dios sobre todas las cosas. Observa con razón Feuerbach que Dios es todo para el cristiano: su salvación está en Dios; sus deberes morales son para con Dios; sus semejantes no le son necesarios, ni él á ellos; la cultura, el mundo y el roce social le son inútiles; y aun sus deberes para con el prójimo, en vez de tener por objeto el bien del prójimo, no tienen más objeto que la gloria y la alabanza de Dios. (Evans’ Feuerbach’s Essence of Christianity, ch. XVII, pp. 160-61). Estas doctrinas, y las condiciones de ascetismo requeridas para ganar la dicha eterna, conducen irremediablemente al aislamiento monacal, y es evidente que los monjes de los primeros siglos son los únicos que se han aproximado un poco á la perfección evangélica, y que el deseo de alcanzar esta perfección fue la única causa de la vida monástica. “El monaquismo,” dice Feuerbach, “debe derivarse del cristianismo: fue el efecto necesario de la creencia en el cielo que el cristianismo prometió á la humanidad. Donde la vida celestial es una verdad, la vida terrestre es una mentira; donde la imaginación es todo, la realidad es nada. Para el que cree en una vida celestial eterna, la vida presente pierde su valor—ó más bien, ha perdido ya su valor: la creencia en la vida celestial es la creencia en la insignificancia y la nulidad de esta vida… Porque ¿qué son todas las cosas de aquí abajo comparadas con las glorias de la vida celestial?—Es verdad que la calidad de esa vida depende de la calidad, de la condición moral de ésta; mas la moral misma es determinada por la fe en la vida eterna. La moral que corresponde á la vida supra-terrestre es simplemente la supresión del mundo, la negación de esta vida: y el testimonio práctico de esta 61
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62 separación espiritual es la vida monástica.” (Ibid., pp. 161-2). Se comprenderán mejor las conclusiones de Feuerbach, si á cada una de sus premisas agregamos la máxima fundamental del cristianismo, á saber: que para alcanzar la dicha eterna es preciso sacrificar la dicha presente. 4. Aun exige el Testamento otra condición para otorgar á sus seguidores las ventajas de la vida futura: la fe. El cielo del cristianismo no está reservado á los que solo practican la virtud, ni á los que solo hacen profesión de pobreza y abstinencia del mundo. Fuera de esto, y antes de esto, es preciso creer para ser salvo. Mas ¿qué se entiende por creer, ó por fe? Como aparece de los versículos que citaremos luego, la fe consiste en creer, sin discusión y sin examen, que Jesús es el Cristo; que padeció, murió y resucitó en beneficio del linaje humano; que sus palabras son infalibles ó inspiradas; que sus milagros son testimonios de su misión divina, y, en fin, que él es el camino, y el único camino, de la salvación. Esta creencia asegura á los fieles la felicidad del porvenir y sirve de medida al grado de su moralidad; mientras los duros epítetos de depravados y raza de víboras se reservan para los infieles, fuera de las indecibles torturas á que estarán sujetos en la otra vida. He ahí otro criterio moral. Mas en nuestras concepciones actuales de moral no entran las creencias religiosas como requisito indispensable. El reconocimiento casi universal de la libertad de conciencia es una declaración implícita de que la moral es independiente de toda religión, de toda fe, y en lo general, de toda ceremonia. Hoy no se considera que deba juzgarse á un hombre por lo que cree, sino por lo que hace. La moral—por lo menos en lo que hace referencia á la sociedad—tiene siempre en cuenta la voluntad del individuo; y puesto que nuestras creencias son independientes de esa voluntad, ellas no constituyen por sí mismas, ni pueden constituir, virtudes ni crímenes. Por otra parte, la negación de cuestiones sobrenaturales es un hecho inofensivo y de que ninguna consecuencia perniciosa para la organización social puede deducirse. ¿Por ventura la negación de un milagro, la duda de una narración maravillosa, ó el desprecio de una ceremonia del culto, puede conducirnos á odiar á nuestros semejantes, á maltratar ó abandonar nuestra familia, á asesinar á nuestro vecino ó á usurpar la propiedad ajena? Justos fueron Solón, Confucio, Arístides, Sócrates y muchos otros grandes genios que vio lucir la antigüedad, sin que sus resplandores fuesen el reflejo de la fe cristiana. Es suficiente al hombre el amar á su prójimo y el practicar el bien. Quien así procede, merece sin duda el aprecio de sus semejantes; ni puede el deísta negar á la Omnipotencia la facultad de comprender este principio axiomático. Cabe un fondo de bondad en el corazón del ateo, y la hiel de la perversidad envenena con frecuencia el pecho más devoto. Nos está mostrando la historia que los bienhechores de la humanidad no han sido en lo general los 62
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63 más creyentes; y la lección fría que nos da la experiencia de diez y nueve siglos es más que suficiente para vencer todo argumento. No que todos los libros del texto exijan la fe como único requisito para la salvación, pues á veces se leen máximas que recomiendan el acompañarla de buenas obras; y la Epístola de Santiago se hace acreedora á nuestro respeto por sus repetidas disposiciones de no olvidar la práctica de la virtud por las teorías de la mera creencia.14 Mas la condición de esta creencia, el criterio de la fe, se halla siempre presente. Pero antes de continuar conviene que citemos los preceptos relativos á este punto: “El que creyere, y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere será condenado.” (Mar., XVI, 16; Juan, III, 18). “El que cree en el Hijo, tiene vida eterna; mas el que no da crédito al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.” (Juan, III, 36). “El que oye mi palabra, y cree á aquél que me envió, tiene vida eterna, y no viene á juicio; mas pasó de muerte á vida.” (Ibid. V, 24). “Esta es la obra de Dios, que creáis en aquél que él envió.” (Ibid., VI, 29). “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su vientre correrán ríos de agua viva.” (Ibid., VII, 38). “Si no creyereis que yo soy, moriréis en vuestro pecado.” (Ibid., VIII, 24). “Bienaventurados los que no vieron, y creyeron.” (Ibid., XX, 29). “Si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo.” (Romanos, X, 9). “Cualquiera que confesare que Jesús es el hijo de Dios, Dios está en él, y él en Dios.” (1 Juan, IV, 15). Jesús, al otorgar sus favores milagrosos á los necesitados, no exigía sino que creyesen en que él tenía facultades sobrenaturales. Así vemos que cuando tres ciegos vinieron á él rogándole que les abriera los ojos, él les dijo: “¿Creéis que puedo hacer esto á vosotros? Ellos dijeron: Sí, Señor. Entonces tocó sus ojos diciendo: Según vuestra fe os sea hecho. Y fueron abiertos sus ojos.” (Mat., IX, 27 y sig.). A otro ciego le dice: “¿Qué quieres que te haga? Y el ciego le dijo: Maestro, que vea. Y Jesús le dijo: Anda, tu fe te ha salvado. Y luego vió.” (Mar., X, 49-52). En todas sus acciones, resurrecciones y demás milagros, hace siempre alusión á la gran virtud de la fe, y nada más común que expresiones como éstas: “Hija, tu fe te ha salvado.” (Lúc., VIII, 48). “No temas, cree tan solamente.” (Ibid., 50).

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Véase también 1 Pedro, I, 5 y sig.; 1 Juan, II, 2 y sig. Pablo también habla en algunas partes de las buenas obras; mas su mayor celo es por la fe.

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64 Sirve la fe como una gran palanca para todas las cosas, ya divinas, ya humanas, y al que cree le son dadas facultades nunca vistas. “Si puedes creer, todas las cosas son posibles para el que cree.” (Mar., IX, 22). “Si tuviereis fe, cuanto un grano de mostaza diréis á este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible.” (Mat., XXVII, 19). Viendo el asombro de sus discípulos cuando Jesús maldijo y secó la higuera, el Maestro les dice: “En verdad os digo, que si tuviereis fe, y no dudareis, no tan solamente haréis esto de la higuera; mas aun si dijereis á este monte: Levántate y échate en la mar, será hecho; y todas las cosas que pidiereis, creyendo, las tendréis.” (Mat., XXI, 21-22). Vese que Cristo, antes de hacer patentes sus facultades y otorgar sus mercedes, exigía una fe ciega, semejante á la que se requiere en las operaciones del mesmerismo. Pero ¿por qué exigir la creencia de antemano? ¿No vino Jesús á matar el pecado, “á salvar lo que había perecido”? ¿Por qué, pues, no se dirigió á los que no creían, para convertirlos y salvarlos? ¿Qué se adelanta con instruir al que ya sabe, en ayudar al que nada necesita (hablamos en sentido espiritual), en llamar al cielo á quien ya lo posee, teniendo la fe, que es el camino? Aun tratando la cuestión bajo el punto de vista del deísmo, ¿puede ser un delito á los ojos de Dios el que el hombre no crea en dogmas que la razón rechaza? Si Dios nos dio la inteligencia, ¿podrá castigarnos por pensar de acuerdo con ella? ¿Hemos de sufrir penas eternas por sentir en conformidad con las leyes de nuestra conciencia, de que nosotros no somos responsables? Y si la fe es necesaria para la salvación, ¿porqué no nos da Dios la facultad de comprender sus revelaciones, ó al menos un instinto innato que nos guíe en nuestra creencia? ¿Por qué nos exige Dios que creamos ciegamente en una doctrina incomprensible, contradictoria, antinatural15, y nos da al mismo tiempo una razón que nos muestra estas anomalías? Si es preciso creer para salvarnos, y si Dios conoce nuestros pensamientos é inclinaciones, ¿por qué no cambia los pensamientos é inclinaciones del incrédulo? Si la incredulidad es un mal, ¿por qué Dios no la destruye? Si no es un mal, ¿por qué la condena? Si la fe es por sí misma un bien, ¿porqué no la da Dios á todos los hombres? Si no es un bien, ¿por qué la erige en criterio de la moral? ¿Y qué mal puede sufrir el Todo-Poderoso porque un hombre niegue un dogma, en tanto que no olvide la práctica de la virtud y sus deberes para con el prójimo?

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“Es el corazón el que siente á Dios, y no la razón,” dice Pascal. “He aquí lo que es la fe: Dios sensible al corazón, no á la razón [Pensees XXTV, 5]. Y también; “La sola religión contra la naturaleza, contra el sentido común, contra nuestros placeres, es la sola que haya existido siempre.” [Id., XI, 9], El piadoso Pascal habla aquí con referencia á la religión cristiana.

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65 Respóndese, sin embargo, que la virtud no consiste solamente en servir á los hombres, sino en servir á Dios en primer lugar, y luego, si el tiempo nos alcanza, servir también á ellos. Y como el primer mandamiento dice: “Amarás á Dios sobre todas las cosas,” preciso es creer lo que él ha revelado para aprender á amarlo y á servirle. Ante este argumento debemos confesar nuestra impotencia; pues no alcanzamos á comprender cómo el hombre, átomo imperceptible é incapaz de valerse á sí mismo, pueda prestar servicio alguno al Supremo Hacedor. Creemos y sabemos que el hombre puede ayudar á la dicha del hombre, y en esto consiste lo que nosotros llamamos virtud; pero el mantener ó disturbar, el agregar ó quitar un ápice á la felicidad del infinitamente dichoso, es más de lo que cabe en nuestra razón. La doctrina de salvación por fe produce aun otro resultado pernicioso, cual es el de matar toda tendencia á la investigación y todo amor á la crítica filosófica. El creyente debe someter su razón á los preceptos del Maestro y los Apóstoles, aceptarlos como verdades infalibles, y cuidarse de entrar en el análisis de lo que está creyendo. Aun más: el Apóstol reconoce explícitamente la oposición entre la fe y la sabiduría del mundo; insiste en que los misterios de la religión y la ciencia de los hombres son dos caminos divergentes; se enorgullece de que sus palabras son dogmáticas, en vez de ser científicas, y prohíbe á los fieles el que se mezclen en disputas teológicas—borrando así de un plumazo el derecho de la libertad de conciencia. “No me envió Cristo á bautizar, sino á predicar el Evangelio; no en sabiduría de palabras, para que no sea hecha vana la cruz de Cristo. Porque la palabra de la cruz á la verdad locura es para los que perecen.... Porque escrito está: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé la prudencia de los prudentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escriba? ¿Dónde el escudriñador de este siglo? ¿No hizo Dios loco el saber de este mundo? Y así por cuanto en la sabiduría de Dios no conoció el mundo á Dios por la sabiduría, quiso Dios hacer salvos á los que creyesen en él por la locura de la predicación. Puesto que los judíos piden milagros, y los griegos buscan sabiduría; mas nosotros predicamos á Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos, y locura para los gentiles.... Pues lo que parece loco en Dios, es más sabio que los hombres, y lo que parece flaco en Dios, es más fuerte que los hombres.” (1 Corin., I, 17 y sig.). “Y mi conversación, y mi predicación, no fue en palabras persuasivas de humano saber, sino en demostración de espíritu y de virtud, para que vuestra fe no consistiese en sabiduría de hombres, sino en virtud de Dios.” (Ibid., II, 4-5). “Evita las pláticas vanas y profanas, porque sirven mucho para la impiedad.” (2 Tim., II., 16; 1 Tim., VI: 20). “Si alguno enseña de otra manera, y no abraza las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y aquella doctrina que es conforme á la piedad, soberbio es, nada sabe, mas antes flaquea sobre cuestiones y contiendas de palabras, de donde se originan envidias, rencillas, blasfemias, sospechas 65
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66 malas, altercaciones de hombres perversos de entendimiento, y que están privados de la verdad, creyendo que la piedad es una granjería.” (1 Tim., VI, 3-5; I, 3 y sig.; Tito, III, 9). Ante esta doctrina de absoluta sujeción y de ciega creencia, la duda asume los caracteres de un delito horrendo; la discusión viene á ser una tentativa impía de un ánimo ensoberbecido, y la crítica queda marcada con el baldón del pecado. He aquí otro conflicto entre las enseñanzas cristianas y las concepciones de nuestra civilización. La investigación es la gloria de los dos últimos siglos; distíngüese tanto más el hombre cuanto mayores son sus esfuerzos por adquirir la sabiduría de este mundo, y el impulso dado á la humanidad en este siglo y el precedente ha dejado por el suelo las barreras sagradas de la teología dogmática. Los mismos libros santos de Israel, las recitaciones evangélicas y las Epístolas apostólicas han ido apareciendo sucesivamente ante la crítica racionalista, y los mandatos absolutos de un credo obsoleto han sido colocados entre los partos de una civilización embrionaria. Ni se limita Pablo á condenar el ejercicio de la razón como una violación de las máximas del nuevo sistema. Fuera de esta defensa del servilismo intelectual, las ideas del Apóstol sobre la fe y la gracia son notables por sus tendencias injustas, destructivas y antisociales, y deben ser denunciadas como contrarias á las leyes más obvias de la moral. Según él, quien se salva se salva por gracia, y “no por obra.” (Rom., XI, 6). Las leyes antiguas dadas por el mismo Dios, deben quedar abolidas ante la ley de Cristo; ningún mérito hay en conformarse á las obligaciones sociales, y el único medio de salvación es la creencia en el Mesías. No basta guardar los preceptos de justicia: es preciso creer y echar de lado toda ordenanza distinta de la nueva ley. “Y que ninguno en la ley sea justificado delante de Dios, es manifiesto, porque el justo vive de la fe.” (Gálatas, III, 11. Léase, para lo que hemos dicho, todo el contenido de esta Epístola). Ninguno se salva tan solo por obras, “para que nadie se gloríe.” (Efesios, II, 9). Es decir, nuestras buenas acciones no nos dan derecho á ninguna satisfacción, y tan solo por la gracia de Dios nos es dado alcanzar la vida eterna, no por el bien en que hayamos empleado nuestra peregrinación terrenal. ¿Y cómo puede ser de otra manera? Enseña Pablo que Dios endurece el corazón de los unos y usa misericordia con los otros, siguiendo únicamente su voluntad absoluta (Rom., IX, 17 y sig.); y, por tanto, legítimo es concluir que el hombre no tiene derecho á la vanagloria que pudieran despertar en él sus buenas obras y sentimientos, pues que esto es todo movido por la Suprema Voluntad; mas, si esta conclusión es lógica, también lo es la de que, según la enseñanza del Apóstol, el hombre malo no es responsable por su maldad, ya que al Hacedor le plugo endurecer su corazón. Sin duda, estas blasfemias no hacen mucho honor á las virtudes del Todopoderoso, ni ningún bien á las instituciones morales de los hombres, que deben estar basadas en la rectitud y la equidad. Mas la concepción 66
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67 de la justicia tiene que estar viciada en una religión cuyo primer dogma es el asesinato de un hombre inmaculado para la redención de nuestra raza. 5. El cristianismo reconoce como su causa, ó su razón de ser, la caída del hombre y la regeneración de la humanidad en la sangre del Salvador. Plagadas las criaturas de Dios con la peste del pecado; agobiadas bajo el peso de sus maldades; sumiéndose sin cesar en el fango del vicio y la impureza; alejándose del camino de la rectitud y dando entrada en su corazón al veneno de la perversidad, é impotentes para remediar por sí mismas estas calamidades notorias, preciso era que el Altísimo interviniese é interpusiese su sabiduría en favor de sus hijos. El delito se iba acrecentando: imperaba la degradación universal; y Dios, la Soberana Justicia, determinó lavar tamañas manchas con la sangre de su Hijo muy Amado. Nació, pues, Jesús, en Bethlehem, hombre justo, sin mancilla, y consagrado por el Ser Supremo para sufrir los tormentos más inauditos y la muerte más oprobiosa en beneficio del linaje humano. Tras haber sobrellevado ultrajes, azotes, y demás pruebas á que le sometió su Padre, cargó su cruz al Gólgota, y allí enclavado, expuesto al escarnio de sus enemigos, abandonado de sus amigos, abatido por dolores indecibles y sumido en profundísima tristeza, exhaló su ultimo aliento en medio de dos malvados, que fueron sus compañeros en aquel trance postrimero. Se pondera esta tragedia como una muestra del poder y la bondad del Omnipotente, y se alaba su benignidad y su justicia, al proclamar como dechado de perfección una religión que se ha edificado sobre tales sucesos. Mas ¿cómo concebir que un Dios sabio y clemente, al ver la corrupción de los hombres, escoja al mejor de ellos para atormentarlo y clavarlo en un madero de infamia? ¿Cómo puede ser que la Eterna Bondad guste de un sacrificio tan sangriento y horrible, y lo juzgue necesario para la salvación de sus criaturas? ¿Cómo Dios, que es sabio hasta lo infinito, al par que poderoso, no pudo idear un medio menos bárbaro para redimirnos de nuestros pecados, sin verter la sangre del inocente, que es el crimen de los crímenes? ¿No es éste un ejemplo excesivamente inmoral? ¿Y qué redención es ésta, que exige que los mismos hombres que van á ser purificados, agreguen á sus culpas la perversidad odiosa de crucificar á su Libertador, con menguada ingratitud y maldad inaudita? Porque si Jesús vino á salvar á algunos con su pasión y muerte, preciso era que hubiese otros destinados á perpetrar el horrendo sacrificio y á remachar así los grillos de su eterna condenación. ¿Es esto equitativo? ¿Es esto excusable, ó siquiera racional? Y si se considera que por espacio de quince siglos el mundo cristiano sobrepujó en iniquidad al mundo antiguo, ¿no viene á duplicarse nuestro horror por aquel asesinato infructuoso? ¿Son éstas las leyes de la justicia? A la verdad, semejantes desatinos no pueden menos de mirarse como insensatos, y el sincero adorador de 67
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68 Dios debería rechazar como blasfemias estos cargos ruines hechos á su Omnipotencia. Nos ha cabido á los pobres mortales la desgracia de ser la continua presa del demonio, y todos nuestros pecados y calamidades nos vienen de este terrible tentador. ¿Por qué le da Dios el poder de obrar maldad? Dice el Apóstol que “apareció el Hijo de Dios para deshacer las obras del diablo.” (1 Juan, III, 8). ¿Mas qué necesidad tenía Dios de aquel drama terrible para vencer á su adversario? ¿Por qué no destruyó á Lucifer, pues que su poder es sin límites? ¿Y es justo y moral que el Ser Supremo, dejando impune á este monstruo del abismo, haya escogido á un santo para sacrificarlo por motivo de las maldades del monarca infernal? ¿Acaso debe el justo pagar por el pecador? ¿Acaso el castigo del inocente debe enmendar las abominaciones del malvado? “Si los inventores de este cuento,” dice Thomas Paine, “lo relataran en opuesto sentido, es decir, si hubiesen representado al Todopoderoso obligando á Satanás á exhibirse por sí mismo en una cruz, bajo la figura de una serpiente, como un castigo por su nueva trasgresión, el cuento hubiera sido menos absurdo, menos contradictorio. Mas, en vez de esto, se hace triunfar al trasgresor y caer al Todopoderoso.” (Age of Reason, part I). Además, ¿es un hecho laudable el enseñar que el hombre es un ser degenerado, siempre llevando sobre su frente, como Caín, la marca de la perversidad, y que de sí nada puede salir sino impureza, y que no tiene más medio de levantarse que el apoyarse en la muleta de la fe? ¿No es esto matar nuestro orgullo personal, insultar nuestra dignidad, proscribir el progreso y la confianza en nuestras propias fuerzas? Por fortuna, nuestros modernos cristianos, aunque ponderan y alaban el Sagrado Libro, no se atienen en todo á sus enseñanzas (ni aun á las buenas); que, de otra manera, hoy estaríamos disfrutando las delicias del salvajismo, rodeados de la luz celestial, es cierto, pero en lo demás al nivel de los brutos; y esto si el exceso piadoso no hubiera acabado ya con la raza, dejando la tierra á las bestias, y agregando unas pocas voces al coro amenísimo de los ángeles y querubines. “Si la sangre de los machos de cabrío y de los toros, y la ceniza esparcida de la ternera, santifica á los inmundos para purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual por Espíritu Santo se ofreció á sí mismo sin mancilla á Dios, limpiará nuestra conciencia de obras de muerte, para servir al Dios vivo? Y por esto es mediador de un nuevo testamento; para que interviniendo la muerte para expiación de aquellas prevaricaciones que había debajo del primer testamento, reciban la promesa de la herencia eterna los que han sido llamados. Porque donde hay testamento, necesario es que intervenga la muerte del testador. Porque el testamento no tiene fuerza sino por la muerte; de otra manera 68
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69 no vale, mientras que vive el que hizo el testamento. Y por eso ni aun el primero fue celebrado sin sangre, porque Moisés, habiendo leído á todo el pueblo el mandamiento de la Ley, tomando sangre de becerros, y de machos de cabrío, con agua, y con lana bermeja, y con hisopo, roció el mismo libro, y también á todo el pueblo, diciendo: Esta es la sangre del testamento que Dios os ha mandado. Y roció con sangre el tabernáculo, y todos los vasos del ministerio. Y casi todas las cosas según la ley se purifican con sangre; y sin efusión de sangre no hay remisión. Y así es necesario que las figuras de las cosas celestiales sean purificadas con tales cosas; mas las mismas cosas celestiales con víctimas mejores que éstas.” (Hebreos, IX, 13-23). ”Habéis sido rescatados de vuestra vana conversación, que recibisteis de vuestros padres, no por oro, ni por plata (que son cosas perecederas) sino por la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero inmaculado y sin mancilla, predestinado en verdad ya antes del establecimiento del mundo,” etc. (1 Pedro, I, 18-20). Claro está en tales palabras el fondo de la nueva ley: calmar la cólera de Dios dándole á oler los vapores de la sangre que humea para su satisfacción y deleite. A semejanza del Dios judío, el Dios cristiano se representa aquí como animado por los más horrosos sentimientos de crueldad. En las diversas religiones antiguas, se ofrecían corderos y palomas en holocausto á los dioses, ya para apaciguar su ira, ora para implorar su protección. Los hebreos y otros pueblos salvajes inmolaban sus hijos propios ó los prisioneros de guerra: Jefté sacrificó á Jehová su hija única; Samuel descuartizó á Agag “delante del Señor;” y muchas otras víctimas eran destinadas á objeto tan meritorio, según las distintas circunstancias y costumbres. El cristianismo escogió una víctima más egregia: un hombre puro é inocente, libertador del humano linaje, remedio de nuestros males y camino de nuestra salvación. Fundada la moral cristiana en este asesinato escandaloso, ¿qué justicia puede esperarse de doctrina tan contraria á toda noción justa? Ya el Dios de la equidad había escogido á los hebreos para que se gozasen en el amor del Señor y se ufanasen empedernidamente con el abandono de los otros pueblos. Echó Jehová en olvido sus obligaciones paternales, y prendado de no sabemos qué méritos de los hijos de Abraham, los disparó desde las orillas del Nilo á la Tierra Santa de Promisión, encargándose personalmente de suministrarles el alimento, darles de beber en los ardientes arenales y abrirles el camino, aniquilando á los poseedores de los países, que salían á la defensa de su propiedad y sus hogares. Mas el cristianismo fue aun más lejos, sentando la doctrina de la predestinación, que enseña que Dios ha escogido algunos privilegiados para el goce sin fin, mientras que á otros ha dejado en las manos “del que tienta,” para que vayan á sufrir tormentos sempiteluos. Sandias eran las 69
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70 pretensiones de los hebreos, que aun bajo el azote de sus vencedores tuvieron la sencillez de imaginarse predilectos de Jehová sobre la tierra; y como la idea de inmortalidad no llegó nunca á iluminar sus espíritus cerriles, bien podía mirarse con desprecio su locura de predominio, que se extendía, á lo más, á unos cortos años, que son la duración de nuestra actual existencia. Pero cuando los propagadores de la nueva fe proclamaron con tono dogmático la condenación eterna de la mayoría de los hombres, y el encumbramiento al reino celestial de unos pocos que el Señor creó con el solo objeto de aumentar su coro, entonces se echó abajo toda ley de justicia y equidad (si es que hemos de juzgar de las cosas divinas según el modelo de nuestras nociones imperfectas de moral). Aun el egoísmo va más adelante, y viene el texto á pintarnos á Dios diluviando milagros y maravillas en presencia de los fieles, á quienes instruye y fortalece con amor paterno; mientras se niega á dar pruebas á los incrédulos, alejándolos deliberadamente del buen camino, para que se hundan á derretirse en las mazmorras de Satanás. “Ninguno puede venir á mí, si no le fuere dado de mi Padre,” dice Jesús. (Juan, VI, 66). No obstante que Pablo se ha distinguido como uno de los más terribles perseguidores de los fieles, el Señor personalmente se le aparece y luego lo convierte, diciéndole por boca de Ananás: “El Dios de nuestros padres te ha predestinado para que conocieses su voluntad, y vieses al Justo, y oyeses la voz de su boca.” (Hechos, XXII, 14).16 El mismo Pablo, hablando de su misión, dice: “Cuando plugo á aquél que me destinó desde el vientre dé mi madre, y me llamó por su gracia para revelar á su Hijo por mí,” etc. (Gálatas, I, 15-16). “Bendito el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en bienes celestiales en Cristo, así como nos eligió en él mismo antes del establecimiento del mundo, para que fuésemos santos, y sin mancilla delante de él en caridad. El que nos predestinó para adoptarnos en hijos por Jesucristo en sí mismo, según el propósito de su voluntad, para loor y gloria de su gracia, por la cual nos ha hecho agradables en su Amado Hijo, en el que tenemos la redención por su sangre, la remisión de los pecados, según las riquezas de su gracia, la cual ha
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La elección de Pablo la explica Mosheim de esta manera: “Todos estos apóstoles eran hombres sin educación, y absolutamente ignorantes en letra y filosofía; y, sin embargo, en la infancia de la Iglesia cristiana se necesitaba al menos un defensor del Evangelio, que versado en las artes del saber, fuese capaz de combatir á los doctores judíos y a los filósofos paganos con sus propias armas. A este fin, el mismo Jesús, por una extraordinaria voz del cielo, llamó á su servicio un treceavo apóstol, cuyo nombre era Saulo (después Pablo) y cuyos conocimientos, tanto en el saber de los griegos como de los judíos, era de gran consideración.”(Maclaine’s Mosheim’s Eclesiastical History, cent. I, part I, cb. IV, 4). Esta es una explicación puramente humana, bajo el punto de vista de la utilidad; mas ¿acaso esto enmienda la injusticia? ¿Por qué no dio Jesús ciencia á un fiel, en vez de convertir un sabio perverso? ¿O porqué no convirtió á otros incrédulos? ¿Quizá porque no los había menester?

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71 abundado en nosotros copiosamente en toda sabiduría é inteligencia, para hacernos conocer el sacramento de su voluntad, según su beneplácito. ... En el cual” (en Cristo) “fuimos también llamados por suerte, predestinados según el decreto de aquél que obra todas las cosas, según el consejo de su voluntad.” (Efesios, I, 3, etc.). “Aunque” (Jesús) “había hecho en presencia de ellos” (el pueblo) “tantos milagros, no creían en él, para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dijo: Señor, ¿quién ha creído á nuestro dicho? ¿Y á quién ha sido revelado el brazo del Señor? Por esto no podían creer, porque dijo Isaías en otro lugar: Les cegó los ojos, y les endureció el corazón, Para que no vean de los ojos, ni entiendan de corazón, y Se Conviertan y Los Sane.” (Juan, XII, 37-40). Dice Jesús á los discípulos: “A vosotros es dado saber el misterio del reino de Dios; mas á los otros por parábolas, para que viendo no vean, y oyendo no entiendan." (Lúc., VIII, 10). “A vosotros es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas á ellos no les es dado; porque al que tiene, se le dará, y tendrá más; mas al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo por parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden.” (Mat., XIII, 11-15). “A los que están fuera” (de la fe) “todo se les trata por parábolas.... No sea que alguna vez se conviertan, y les sean perdonados sus pecados.” (Már., IV, 11-12). “Y sin parábolas no les hablaba; mas cuando estaba aparte con sus discípulos, se lo declaraba todo.” (Ibid., IV, 34). “Pues qué? Lo que buscaba Israel, esto no lo alcanzó; mas los escogidos lo alcanzaron; v los demás fueron cegados. Así como está escrito: Les dio Dios espíritu de remordimiento, ojos para que no vean, y orejas para que no oigan. (Romanos, XI, 7-8). ¿Es ésta la religión que vino á salvar toda la raza humana? ¿Es ésta la mano que se extendió generosa á los caídos? ¿Pueden estas enseñanzas servir de base á las leyes de los hombres? Cierto es que en otras partes se lee: “El Hijo del Hombre vino á buscar y á salvar lo que había perecido.” (Lúc., XIX, 10). “Quiere” (Jesús) “que todos los hombres sean salvos, y que vengan al conocimiento de la verdad.” (1 Timoteo, II, 4). ¿Mas qué valen estas palabras contradictorias y pomposas, en presencia de las máximas terminantes que hemos apuntado, secundadas por los actos del mismo Maestro y practicadas por él durante todo el curso de su pretendida predicación? ¿Cuál es el valor de los preceptos “No matarás,” “No hurtarás,” dados por Moisés, mientras halaga al pueblo con el botín de los vencidos y le azuza al degüello desapiadado de brutos y racionales? Aunque los versículos anteriores son claros, es muy probable que un ánimo fiel, en sus cavilaciones, llegue á encontrar, aun á despecho de la verdad, alguna explicación ó interpretación que pueda eximir al Omnipotente del gravísimo cargo de injusticia. Mas los pasajes que citamos á continuación son tan terminantes y explícitos, que de puro claros hacen inútil todo comentario y excluyen la necesidad de una interpretación ortodoxa. Sin temor y sin rodeos, Pablo declara que el Dios de la infinita bondad es el autor del mal y la impureza; 71
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72 que con toda deliberación ha creado á los inicuos y los malvados: que por su beneplácito, y para desplegar su poder sin límites, ha puesto en el corazón del pecador la hiel de la corrupción; que, siguiendo su mera voluntad, ha escogido criminales para otorgarles sus favores y la dicha eterna; que al elegir á un hombre para darle la verdadera religión y la gracia divina, el Señor no tiene en cuenta las acciones de ese hombre; que el negar al Ser Supremo el derecho de crear un hombre depravado, es como negar al artista el derecho de hacer un vaso de barro, frágil y repugnante; y finalmente, que aunque estos hechos del Criador parecen opuestos á la razón, el tratar de escudriñar los misterios de la divina voluntad es una blasfemia. “Porque dice la Escritura á Faraón: Para esto mismo te levanté, para mostrar en ti mi poder, y que sea anunciado mi nombre por toda la tierra. —Luego tiene “(Dios) “misericordia del que quiere, y al que quiere endurece.— Pero me dirás: ¿Pues de qué se queja? porque ¿quién resiste á su voluntad?.—¡Oh, hombre! ¿Quién eres tú, para altercar con Dios? ¿Por ventura dirá el vaso de barro al que lo labró: porqué me hiciste así? ¿O no tiene potestad el alfarero de hacer de una misma masa un vaso para honor y otro para ignominia? Y que, si queriendo Dios mostrar su ira, y hacer manifiesto su poder, sufrió con mucha paciencia los vasos de ira, aparejados para muerte, á fin de mostrar las riquezas de su gloria sobre los vasos de misericordia, que preparó para gloria.” (Romanos, IX, 17-23). “Nos libró” (Dios), “y llamó con su santa vocación, no según nuestras obras, sino según su propósito y gracia.” (2 Tim, I, 9). “Porque nosotros en algún tiempo éramos también necios, incrédulos descaminados, esclavos de varios afectos y deleites, viviendo en malicia, y en envidia, aborrecibles y aborreciéndonos los unos á los otros mas cuando apareció la bondad del Salvador nuestro Dios; y su amor para con los hombres, no por obra de justicia que hubiésemos hecho nosotros, mas según su misericordia nos hizo salvos,” etc. (Tito, III, 3-5). Semejantes á las arbitrariedades cometidas “para que se cumpliesen las profecías,” son aquéllas que tienen por objeto poner á las claras el poder de Dios, á quien ya desde el tiempo de Faraón se había hecho cómplice en tamañas violaciones de la equidad y la justicia. —“Y al pasar Jesús vio un hombre ciego de nacimiento: y le preguntaron sus discípulos: Maestro, ¿quién peco, éste ó sus padres, para haber nacido ciego? Respondió Jesús: Ni éste pecó, ni sus padres; mas para que las obras de Dios se manifestasen en el” es decir, para que Jesús tuviese ocasión de curarlo milagrosamente, como lo hizo. (Juan, IX, 1-7). En su oración dice el Maestro, hablando de los discípulos: “Guardé á los que me diste, y no pereció” (se condenó) “ninguno de ellos, sino el hijo de perdición” (Judas) “para que se cumpliese la Escritura.” (Juan, XVII, 12).

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73 Pasando de la letra escrita á las acciones del Salvador y sus discípulos, no podemos menos de descubrir en ellas una parcialidad y un espíritu de partido que están por doquiera empañando la suavidad y la dulzura de estos dechados de moralidad y perfección; y parece que el código cristiano haya sido más bien el reglamento de una pequeña asociación privilegiada (ó al menos engreída) que un conjunto de preceptos para la raza humana. La falta de fe, delito tan peligroso como horrendo, castigó siempre Jesús con sentencia inapelable de eterna condenación; mas este decreto solo se extendía á los que no se contaban en el número de sus seguidores: con impunidad podían los discípulos dudar y argüir, y el Maestro se contentaba con imponerles, por todo castigo, una ligera reconvención, ó quizá algún improperio más ó menos áspero, sin excluirlos, sin embargo, del gremio de los bienaventurados. Pero el escriba ó el fariseo que llegaba á sospechar la verdad de aquellas enseñanzas misteriosas, quedaba irremisiblemente inscrito en el libro de los réprobos, y en el juicio final había de hundirse en el abismo á sufrir eternas é indecibles torturas. Ni se comprende la justicia de procedimientos tan opuestos, pues la voluntad divina, al negarse deliberadamente á abrir los ojos de aquellos judíos reacios, parece estarnos indicando que al mismo tiempo los excluía de toda responsabilidad; porque ¿cómo aguardar que fuesen justos, es decir, creyentes, si el Padre Celestial había dispuesto de toda eternidad que no lo fuesen? Mas los discípulos, iniciados por el Hijo en los misterios del Padre, no tenían la menor excusa que disculpase su incredulidad, á no ser la estrechez natural de sus ánimos escasos. —La muerte de Herodes nos está enseñando que la justicia infinita no había aun olvidado el método cruel de castigar á sus criaturas. Discurría el rey en cierta ocasión en presencia de sus súbditos, y como ellos alabasen su sabiduría atribuyéndola á inspiración divina, “al punto le hirió el Ángel del Señor, por cuanto no había dado la honra á Dios, y comido de gusanos expiró.” (Hechos, XII, 21-23). A sus discípulos trató siempre el Señor de distinto modo, y aun en el caso de Pedro, que, quizá con alguna1 ingratitud, se avino á renegar de su Divino Maestro, unas pocas lagrimillas fueron suficientes para lavar la mancha; y la posteridad ha agregado más á su grandeza, encumbrándolo al solio de la Santa Iglesia como el primer Pontífice, venido á Roma á exhalar su vida por los fieles, á ejemplo del Divino Redentor. 6. La intolerancia y el fanatismo fueron siempre naturalismos arreos del espíritu cristiano, y el derecho sagrado de la libertad de conciencia ha sido una penosa conquista hecha á precio de millares de víctimas y torrentes de sangre. Declararon los emperadores romanos guerra al cristianismo, no tanto por cuestiones religiosas cuanto por cuestiones legales y de gobierno, pues el exclusivismo de los nuevos sectarios fulminaba sin cesar contra las leyes y costumbres establecidas, y mientras se negaban á amparar la civilización moribunda, se deleitaban con los infortunios de sus enemigos paganos. Mas 73
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74 aquéllos que gimieron bajo el yugo de Nerón ó se embelesaron con la corona inestimable del martirio, estaban reservados á saborear el placer de la venganza, y al cambiar el banquillo de los acusados por el sillón de la dictadura, se dieron con regocijo á ejercer el papel de inquisidores y verdugos. Observa Gibbon que, mientras la persecución imperial fue la obra del legislador calmado y juicioso, la persecución cristiana fue la obra del fanatismo desmandado—diferencia que se explica con las palabras de Duruy, á saber: que los unos estaban defendiendo la sociedad y la patria, al paso que los otros se empeñaban en defender la religión. Los unos obraban como patriotas; los otros, como fanáticos. En presencia de tales hechos ocurre preguntar: ¿Es la persecución un precepto cristiano? ¿Hallase en el Nuevo Testamento la intolerancia extremada que en el nombre de Dios ha anegado el mundo en la sangre de hombres inocentes? Ciertamente que no encontramos aquí aquellas órdenes sangrientas de degüello y asesinato que plagan el código de la Vieja Ley; mas el desprecio y el odio contra los incrédulos, y la doctrina de exclusivismo que se hallan en los Evangelios y las Epístolas, son más que suficientes para encender el encarnizamiento de los fieles y atizar las llamaradas de la Inquisición. “Todo aquél,” dice Jesús, “que me confesare delante de los hombres, lo confesaré yo también delante de mi padre, que está en los cielos; y el que me negare delante de los hombres, lo negaré yo también delante de mi padre, que está en los cielos.” (Mat., X, 32-33). ¿Pensáis que soy venido á poner paz en la tierra? Os digo que no, sino división; porque de aquí en adelante estarán cinco en una casa divididos, los tres contra los dos, y los dos contra los tres. Estarán divididos el padre contra el hijo, y el hijo contra su padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera, y la nuera contra su suegra;” (Luc., XII, 51-53). “Sin mí no podéis hacer nada. El que no estuviere en mí, será echado fuera, así como el sarmiento, y se secará, y lo cogerán, y lo meterán en el fuego, y arderá.” (Juan, XV, 5-6). “El que no es conmigo, contra mí es; y el que no allega conmigo, esparce” (Mat., XII, 30). “Si alguno os predicare fuera de lo que habéis recibido, sea anatema.” (Gal., I, 9). “Si alguno no ama á nuestro Señor Jesucristo, sea excomulgado, perpetuamente execrable.” (1 Cor., XVI, 22). “No traigáis yugo con los infieles; porque ¿qué comunicación tiene la justicia con la injusticia? ¿Qué parte tiene el fiel con el infiel?” (2 Cor., VI, 14-15). “Huye del hombre hereje, después de la primera y segunda corrección, sabiendo que el que es tal, está pervertido, y peca, siendo condenado por su propio juicio.” (Tito, III, 10-11). ¿Quién es mentiroso, sino aquél que niega que Jesús es el Cristo? Este tal es el Anti-Cristo, que niega al Padre y al Hijo.” (Juan, II, 22). “Todo el que se aparta, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene á Dios; el que persevera en la doctrina, éste tiene al Padre, y al Hijo. Si alguno viene á vosotros, y no hace profesión de esta doctrina, no le recibáis en casa, ni le saludéis.” (2 Juan, 9-10). El 74
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75 lenguaje de Jesús fue siempre violento é insultante contra los infieles, á los cuales rara vez hizo referencia sin llamarlos hipócritas, serpientes y, sobre todo, “raza de víboras”; y mientras ellos legítimamente le pedían pruebas de su divina misión, él los despedía cubiertos de anatemas, improperios y agravios. Las palabras de “amad á vuestros enemigos, y rogad por los que os persiguen y calumnian,” no fueron nunca practicadas por el Maestro, ni encontramos en él esa dulzura y misericordia que hoy quiere atribuirse á su doctrina17. “Vosotros sois hijos del diablo, y queréis cumplir los deseos de vuestros padres.” (Juan, VIII, 44). Tal es el modo de dirigirse á gente infeliz, que, si no ha creído, es porque Jesús se ha negado á hacerse entender de ellos y á darles pruebas de la infalibilidad de su palabra. Pronto los Apóstoles empezaron á obrar de acuerdo con estas máximas intolerantes y poco generosas. Había fenecido el Maestro, y como siempre sucede que los servidores de un hombre de influencia se engríen á la muerte del que los alzó del polvo, los herederos de las virtudes milagrosas que adornaron á su bienhechor, contemplaron con placer piadoso su papel de pescadores trocado en el de árbitros del humano linaje. Mansos habían sido en vida del Salvador, conformándose con implorar un puestecillo en el cielo á la diestra del Verbo, ú otras aspiraciones inofensivas. Tuvieron luego poder, y lo emplearon como correspondía á espíritus montaraces encaramados al trono. —Un varón por nombre Ananías y su mujer Sáphira vendieron cuanto poseían, y como solo diesen una parte del precio á los Apóstoles, el famoso Pedro los hirió con mortal anatema, deleitándose al verlos expirar á sus plantas. (Hechos, V, 1-10). Pablo privó de la vista á Elymas el Mago, porque aconsejaba á un procónsul que no abrazase la fe cristiana; y al decretar el Santo este castigo ejemplar, habla así al blasfemo: “¡Oh lleno de todo engaño y de toda astucia, hijo del diablo, enemigo de toda justicia!” (Hechos, XIII, 6-11). Ni es maravilla que el procónsul, aterrorizado con tan inhumano argumento, se convirtiese al punto. 7. La igualdad de los hombres, es decir, la igual distribución de derechos y obligaciones, es una de las más elevadas concepciones del entendimiento humano, y el practicar esta doctrina justa es mostrar un alto grado de desarrollo moral. Pertenece solo á los tiempos modernos el haber abolido los privilegios de castas, riquezas, religiones y nacionalidades, pues la antigüedad no llegó nunca á resolver este importantísimo problema de acuerdo con las exigencias de la equidad y la benevolencia. Vino el cristianismo á establecer la igualdad de los
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Léanse en el capítulo XXIII de Mat. y en el XI de Lucas los insultos que injustamente disparó Jesús contra los fariseos, los escribas y los doctores. Un fariseo lo invitó á comer con él, y tan solo porque pensaba en su interior qué razón tendría Jesús para no lavarse las manos, éste aprovechó la coyuntura para afear á su huésped y sus secuaces todas sus perversidades é hipocresías; lo cual, fuera de revelar poca mansedumbre, señala una grande ingratitud.

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76 fieles delante de Dios, y al admitir en su seno al esclavo y al mendigo, tendió la mano al caído y ofreció un bálsamo á las llagas del infortunado. Sin más condición que el abrazar la fe del Salvador, el oprimido que llevaba una existencia inferior á la del bruto, pudo alimentar la esperanza halagüeña de que, al echarse en el regazo de Cristo, su nombre sería inscrito en el Libro de la Vida, en que no figuraban ni las riquezas ni el poder, pero solo la fe de los destinados á la eterna dicha. Las distinciones que en este mundo condenaban á la mayoría de los hombres á vegetar en el servilismo y á sufrir el azote y la crueldad de los déspotas, quedaban eliminadas ante el tribunal de la eterna justicia, y el pobre esclavo iba á disfrutar placer más puro y duradero que el de su terrestre opresor. Estas doctrinas, que revelan un grande amor por el menesteroso, son dignas de acatamiento y de respeto, pues que ellas tienden á levantar el infeliz de la desesperación y darle las alas de la esperanza. Quizá Jesús, siendo pobre y desvalido, fue obligado por las circunstancias á darse á la defensa de sus compañeros en el infortunio; mas, prescindiendo aquí de sus motivos y dejando de lado su carácter, le tributamos el homenaje que merece quien alza la voz en favor del desgraciado. Las lágrimas de los que sufren encuentran rara vez quién las enjugue, y el que se consagra á llenar este deber arduo y meritorio, se hace acreedor al tributo del agradecimiento. Han llamado algunos al predicador de Galilea disturbador vulgar, y lo han comparado á los comunistas franceses, á los socialistas y á los anarquistas de Chicago. Este cargo tiene su fondo de verdad; mas el hombre humanitario debe reconocer que la voz de Jesús, como la voz del comunista, es el grito de angustia que el dolor arranca á los labios de los desventurados, y que el veneno de odio y destrucción no es la creación de una entraña empedernida; que son las lágrimas del infortunio emponzoñadas por la hiel de profundísima amargura. “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos.” (Mat., V, 5-6). “Venid á mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os aliviaré.” (Mat., XI, 28). “Destronó á los poderosos y ensalzó á los humildes. Hinchió de bienes á los hambrientos, y á los ricos dejó vacíos.” (Lúe., I, 52-3). “Hermanos míos, no queráis poner la fe de la gloria de Nuestro Señor Jesucristo en acepción de personas— ¿Por ventura no ha elegido Dios á los pobres de este mundo para ser ricos en fe, y herederos del reino que prometió á los que le aman?.... Si tenéis acepción de personas, cometeréis pecado.” Santiago, II, 1, 5, 9). ¿Por ventura Dios es solamente de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? Sí por cierto, es también de los gentiles; porque en verdad un solo Dios es, que por la fe justifica la circuncisión, y por la fe el prepucio.” (Rom., III, 29-30). “Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, estáis revestidos de Cristo. No

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77 hay judío, ni griego: no hay siervo, ni libre: no hay macho, ni hembra; porque todos vosotros sois uno en Jesucristo.” (Gal, III, 27-28)18 Sin aceptar completamente las primeras de las máximas anteriores, debemos advertir que ellas revelan una gran virtud, á saber: la compasión por aquéllos que la suerte alejó de las dichas terrenales. Se nos ocurren, sin embargo, algunas objeciones: 1ª. El requisito indispensable de la fe, que obliga á los hombres á abrazar las creencias cristianas antes de ser considerados dignos de disfrutar del derecho de igualdad ante Dios. Esta condición viene á convertir el cielo en un lugar prometido, no á los justos y á los buenos, sino á los creyentes, y da lugar á los principios de intolerancia que ya hemos mencionado. Además, el que pretenda ascender al Paraíso Eterno, debe sacrificar aquí abajo su razón y su entendimiento—sacrificio, á la verdad, insignificante para un esclavo ó para un pescador rústico. 2ª. Al declarar Jesús su amor por las víctimas de la fortuna, usó de expresiones violentas contra las riquezas y las comodidades de la vida, y aunque creemos muy legítimos sus reproches contra los opresores de los pobres,
Estas ideas de proselitismo universal que se hallan en los libros atribuidos á Pablo, no son las mismas ideas de Jesús, que se mostró menos generoso en este punto. Su doctrina y su predicación fueron exclusivamente para los judíos, y puede tachársele con razón de haber defendido la creencia de que las mercedes de Dios debían llover tan solo sobre, los descendientes de Abraham. “No vayáis á camino de gentiles” dice á los Apóstoles, “ni entréis en las ciudades de los samaritanos; mas id antes á las ovejas que perecieron de la casa de Israel.” (Mat., X, 5-6). A la mujer siro-fenicia que le pide un favor, se lo niega al pronto, diciéndole: “Deja primero hartarse los hijos” [los judíos], “porque no es bien tomar el pan de los hijos y echarlo á los perros” [á los extranjeros]. “No soy enviado sino á las ovejas que perecieron de la casa de Israel.” [Mat., XV, 2426; Már., VII, 23]. “El ministerio de Jesús estaba confinado á los judíos,” dice Mosheim uno de los historiadores cristianos más ilustres; “ni permitió, mientras permaneció sobre la tierra, que sus Apóstoles ni sus discípulos extendiesen sus trabajos más allá de este pueblo distinguido.” (Machline’s Mosheim’s Ecc. Hist., cent. I, part I, ch. III. seot. VII). También debemos agregar que el celo atribuido á Pablo por hacer fieles es tal, que se leen en sus epístolas máximas de hipocresía y de falsía que desdicen mucho de su sinceridad. Ni pudo el Apóstol sacudir la preocupación del favoritismo de Israel, y así dice que Dios dio la fe á los gentiles para estimular á los judíos, y á éstos hizo incrédulos para mostrar luego su misericordia con ellos. “Porque Dios encerró todas las cosas en incredulidad, para usar con todos de misericordia. ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, é impenetrables sus caminos!” Los judíos son ramas “naturales” del árbol de salvación; mientras que los gentiles son ramas “de acebuche”, ingeridas “contra natura” en buen olivo, es decir, en el árbol de la fe, por la gracia de Dios. (Romanos, XI).—El doctor Lardner, en su famosa obra Credibility of the Gospel History [Lardner’s Works, London, 1815, vol. III, pp. 163-4], cita en favor de la universalidad de la doctrina de Jesús, los pasajes siguientes de Mateo; XXVIII, 19; V-VII; XV, 10-20; I, 21; II; III, 9; VIII, 10-12; XX, 1-16 ; XXI, 33-46; XXII, 1-14 ; XV, 21-28; X1 II; XXVI, 13, 28 ; XX, 28. Podemos agregar Lucas, II, 30-32, y otros pasajes semejantes. Sin embargo, aun perseveramos en la opinión de Mosheim, que está más en armonía con todo el tenor de la doctrina, y apoyada por palabras terminantes de Jesús. Un hecho muy sugestivo es que los doce Apóstoles se sentarán en doce sillas para juzgar las doce tribus de Israel. (Mat. XIX, 28; Luc., XXII, 30).
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78 no opinamos que su odio por todos los que no eran infelices pueda bajo ningún concepto sincerarse. 3ª. La enseñanza de que la miseria en este mundo es suficiente para que Dios dé en el otro la dicha á los creyentes, estimula al abandono de las cosas que tienden al aumento de nuestra felicidad presente. 4ª. Por tanto, Jesús, en vez de dar un bálsamo efectivo para curar la llaga, ayudó con su doctrina de resignación ascética al empeoramiento de la condición que quiso remediar. Proclamó, pues, el cristianismo19 la igualdad de los fieles delante del Señor; mas no la igualdad de todos los hombres sobre la tierra, que es la doctrina de la civilización moderna. La desigualdad de condiciones y, sobre todo, la plaga abominable de la esclavitud, lejos de ser abolidas por la nueva Ley, son reforzadas con énfasis, si bien es cierto que se aconsejan á los señores el tratar con humanidad á sus siervos. Estas enseñanzas se encuentran en las Epístolas de Pablo y Pedro, donde también se inculca la vieja creencia de que los gobiernos vienen de Dios, dando así la sanción divina á los abusos de la teocracia.— “Siervos, obedeced á vuestros señores temporales con temor y con respeto, en sencillez de vuestro corazón, como á Cristo.” (Efes., VI, 5). “Todos los siervos que están bajo de yugo, estimen á sus señores por dignos de toda honra, para que el nombre del Señor y su doctrina no sea blasfemada.” (1 Tim., VI, 1). “Que los siervos sean obedientes á sus señores, dándoles gusto en todo, no respondones.” (Tito, II, 9). “Toda alma esté sometida á las potestades superiores; porque no hay poder, sino de Dios; y las que son, de Dios son ordenadas. Por lo cual el que resiste á la potestad, resiste á la ordenación de Dios, y los que le resisten, ellos mismos atraen á sí la condenación.” (Rom., XIII, 1-2). “Someteos pues á toda humana criatura, y esto por Dios: ya sea al rey, como soberano que es; ya sea á los gobernadores, como enviados por él para tomar venganza de los malhechores, y ya para alabanza de los buenos. . . . Siervos, sed obedientes á los señores con todo temor, no tan solamente á los buenos, y moderados, sino aun á los de recia condición. Porque esta es gracia, si alguno por respeto á Dios sufre molestias, padeciendo injustamente.” (1 Pedro, II, 14-19). 8. Uno de los principales problemas de la vida social es el que hace referencia á la posición, derechos y obligaciones de la mujer. Se consideró en lo general en la antigüedad que la mujer era incompetente para el desempeño de las funciones más importantes de la vida, y vino á hacerse de ella una esclava sujeta á mil privaciones y obligada á soportar el peso de grandes injusticias. Las leyes y costumbres de los viejos pueblos, emanadas de ánimos rústicos, avezados á los
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O, mejor dicho, Pablo, o los escritos que se le atribuyen. Las expresiones, “El que entre vosotros quiera ser primero, sea vuestro siervo” (Mat., XX, 27), etc., se refieren á la asociación de los discípulos, no al linaje humano.

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79 achaques de la servidumbre, están por doquiera pregonando la inferioridad del bello sexo, ora como necesidad intrínseca de su constitución, ó ya como un anatema indeleble lanzado por el mismo Criador. Sujeta en su infancia á la voluntad absoluta del padre, y en su mocedad y su vejez al despotismo del marido, la compañera del hombre no vislumbró jamás los resplandores de la libertad. Su mano, que hoy se conquista con tantas fórmulas y estrategias, no pasó de ser una mera mercancía; ni es preciso hablar de los dictados de su corazón, que por ley y costumbre debían ceder al mandato inapelable de sus padres y tutores. Unas pocas monedas, ó algunas armas y un corcel guerrero, venían á ser el precio de una esposa; y el otro cónyuge, si el capricho ó el hastío se lo exigían, la cedía sin empacho á un soberano ó amigo, ó la alquilaba á la sensualidad de un postor de fortuna. En Atenas su condición vino á ser menos humillante; mas la exclusión continua en el hogar doméstico, donde pasaba sus días en hilar, tejer y tomar cuidado de los esclavos, la privaba de toda libertad y de todo entretenimiento; y la prohibición de sentarse á la mesa en presencia de personas extrañas, da la medida de su papel inferior y secundario. Podía la cortesana competir con sus paisanos en el ejercicio de sus derechos, dirigir el espíritu de un Pericles y excitar la admiración de un Sócrates, sin que su profesión tiznase su carácter en un pueblo en que el libre amor no estaba expuesto á la acritud de la censura; mas la esposa y la madre de familia, al aceptar el lazo del matrimonio, quedaban para siempre amarradas y perdían su autonomía por completo. La condición de la mujer en Roma imperial llegó al maximum de la perfección antigua. Poco á poco cayeron en el olvido la absoluta autoridad paterna y el derecho de vida y muerte del esposo; las viejas fórmulas del matrimonio de confarreatío, coemtio y usus quedaron abolidas, y sustituidas por la mera voluntad de los cónyuges. Disfrutó la esposa, y aun abusó, de sus haberes independientemente; llegó á ser mirada con gran consideración y con respeto; y el acatamiento de que la matrona romana se hizo digna la ha hecho tomar por modelo de la dignidad femenina. Mas ni en Roma ni en Atenas se reconoció la universalidad de todos los derechos humanos, especialmente los políticos. Encumbráronse al solio de los Césares mujeres disolutas y fanáticas encarnizadas, á quienes la fortuna arrojó al mundo envueltas en la púrpura, si ya no fue que el capricho de un soberano quiso cubrirlas con su manto imperial. Pero ejemplos como éstos, que se han visto en todas edades y países, no indican el reconocimiento de los derechos políticos de la mujer, pues son excepciones nacidas de circunstancias muy raras. Cosa semejante sucede en nuestros días, y mientras nadie se para á disputar los derechos de una emperatriz ó de una reina, se sigue repitiendo que solo el varón debe regir los negocios públicos de las naciones. Doctrina á la verdad inhumana y poco generosa, fundada solo en viejas preocupaciones y en las exageraciones modernas del recato mujeril. No es ésta la 79
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80 ocasión de discutir un punto de tanta importancia, pues el lugar ínfimo que el cristianismo asigna á la mujer en la vida privada, es suficiente para descubrir la inhumanidad de esta doctrina, sin necesidad de entrar en el análisis de un problema complicado á que se han dado tantas y tan distintas soluciones. Mientras el hombre trae á la mano los deberes domésticos de una esposa; el recato, el pudor y el decoro, que han de ser sinónimos de seclusión y recogimiento; la inferioridad física y aun intelectual del bello sexo; la lucha por la vida, y otros argumentos (perdónesenos el abuso de esta palabra),—la mujer alega que ella es un ente racional como su consorte, y que en justicia debe disfrutar de los mismos derechos ; que ella no está excluida de las cargas ni contribuciones impuestas por los gobernantes, y que por tanto debe tener participación en la elección de esos gobernantes; que su inteligencia y sus capacidades mentales no son inferiores á las de un negro ó un bozal inculto; que sus obligaciones domésticas no excluyen el ejercicio de sus facultades en cuestiones de interés público, como el trabajo diario del marido no excluye el ejercicio de las suyas; que su moralidad y sus sentimientos son por lo general superiores á los de sus rivales; que su pudor y su recato no consisten en ignorar los procedimientos y las leyes á que se la hace estar sujeta, ni en estarse encerrada bajo llave mientras otros van á imponerle lo que ella no ha aprobado; que su voluntad debe consultarse en cuestiones que se relacionan con el bienestar y la felicidad de su sexo; que la declaración de que todos los hombres nacen iguales y con iguales títulos para labrarse su bienestar es una mentira, mientras se excluya de ella á la mitad del linaje humano; que la racionalidad está exigiendo que á quien se le imponen deberes y obligaciones debe igualmente concedérsele algunos derechos; y que, en fin, el monopolio que el hombre ha hecho de las funciones públicas es un resto de la vieja tiranía del más fuerte sobre el más débil. ¿Cuál es, pues, la enseñanza cristiana con respecto á la posición de la mujer? ¿Ha encontrado la mujer algún amparo, algún apoyo en la ley sagrada, mejor de lo que ya le habían reconocido los profanos? ¿Ha venido acaso el cristianismo, con sus tendencias generosas y humanitarias, á levantar este ser infortunado del fango de la servidumbre? Una triste negativa es la obligada respuesta á estas preguntas, si hemos de juzgar con algún candor de las palabras del texto. Una sujeción humillante, por causa de su incapacidad para juzgar y obrar por sí misma; una inferioridad indeleble, puesto que viene de la mano de Dios; una resignación sin límites á su desventurada condición; una vergüenza sempiterna por haber sido la causa de la caída de Adán en el Paraíso Terrenal20—tales son las sentencias que el cristianismo ha formulado para la compañera del hombre. Hizo Dios á éste para honra de su Omnipotencia; mas á ella la formó sólo para honra
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“La mujer que no vive como una Eva arrepentida y doliente,” dice Tertuliano, “esta ya muerta y condenada. Sus joyas son la pompa de sus funerales.”

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81 del varón; y de aquí nace el abismo entre la mujer y el hombre, que es semejante al que existe entre este y su Criador. “Las mujeres callen en las iglesias, porque no les es dado hablar, sino que estén sujetas, como también lo dice la Ley. Y si quieren aprender alguna cosa, pregunten en casa á sus maridos; porque indecente cosa es á una mujer hablar en la iglesia.” (1 Cor., XIV, 34-35). “Cada uno de por sí ame á su mujer como á sí mismo; y la mujer reverencie á su marido.” (Efes., V, 33). “La mujer aprenda en silencio con toda sujeción; pues yo no permito á la mujer que enseñe, ni tenga señorío sobre el marido, sino que esté en silencio. Porque Adán fue formado el primero, y después Eva; y Adán no fue engañado; mas la mujer fue engañada en prevaricación. Esto no obstante, se salvará por los hijos que dará al mundo, si permaneciere en fe, y caridad, y en santidad y modestia.” (1 Tim., II, 11-15). La mujer, al orar, debe cubrir su cabeza; mas “el varón en verdad no debe cubrir su cabeza, porque es imagen y gloria de Dios; mas la mujer es gloria del varón. Porque no fue hecho el varón de la mujer, sino la mujer del varón. Porque no fue criado el varón por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varon.” (1 Cor., XI, 4-9). “Las mujeres estén sujetas á sus maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia,” etc. (Efes., V, 22-23). 9. El matrimonio, que es el lazo más fuerte de la sociedad y la fuente más pura de nuestro bienestar, es tenido en poco por el Apóstol Pablo, quien lleva su despego hasta aconsejar el celibato como virtud egregia. La naturaleza ha impuesto á los seres organizados la ley de la reproducción como una necesidad de su existencia; y en el reino animal, las relaciones sexuales, movidas por las pasiones más indomables y acompañadas de los placeres más intensos, se hacen actos indispensables á que el organismo no puede sustraerse. Si el hombre, en el curso de su evolución moral, ha llegado á avergonzarse del acto que debería ser el más sagrado de su vida, lo debe á las preocupaciones del pesimismo religioso, que siempre miró con horror el ejercicio de todas las funciones corporales; y la condenación y restricción de los deleites sexuales, que han hecho de ellos una fruta prohibida y peligrosa, lejos de ir al mejoramiento de la raza, han engendrado la corrupción, el engaño y la taimada hipocresía. Ni puede esperarse otra cosa, pues, mientras se haga del género humano una excepción del reino animal, nuestros preceptos y teorías tienen que estar en pugna con los hechos, que están siempre sujetos á los dictados de la naturaleza y resguardados por una sanción que el hombre no puede revocar. Sabias son las disposiciones naturales: los seres inferiores, que nosotros llamamos brutos, llenan sus obligaciones, satisfacen sus apetitos con medida, sin que el desenfreno sensual llegue jamás á dominarlos ni á hacerse el solo objeto de su existencia; y si entre nosotros se puede observar una disposición contraria, ella proviene sin duda de los lazos, impedimentos y censuras que la sociedad ha venido estableciendo. Comprendían 81
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82 los antiguos la importancia de la unión conyugal, y si algunas veces se desvirtuó su valor moral considerándola como un medio de dar soldados á la patria, al menos no se la degradó al nivel de elemento peligroso de eterna perdición. Puede el piadoso celibatario traer á la memoria la virginidad de los sacerdotes egipcios, la castidad de los ascetas indios y de unos pocos bárbaros de Tracia; los preceptos de Pitágoras y la institución de las vestales, la violación de cuyos votos las dejaba expuestas al castigo cruelísimo de ser sepultadas vivas. Ni faltaron personajes de alto rango que, alegando diversos, y aun opuestos motivos, torciesen con los enemigos del comercio sexual de los seres humanos. Habla Plinio el Viejo de los favores que la fortuna está brindando al hombre soltero; mofase Juvenal del candor de aquéllos que creen en la bondad y fidelidad del sexo débil, y el censor Metelo exclama apasionadamente: “Romanos, si nos fuese posible vivir sin mujeres, evitaríamos un grande estorbo.” Más racional es la objeción de Táles de Mileto, quien preguntado de Solón porqué no acepta el himeneo, le contesta que la muerte de un hijo es una gota amarga que él no quiere probar. Mas estas excepciones son bien raras, y ni el pueblo ni los legisladores se mostraron jamás adictos al celibato. Severas eran las leyes y costumbres contra los célibes, y mientras la matrona romana disfrutaba de una veneración legítima, el joven de Esparta rehusaba con altivez su asiento al anciano solterón. Pero el cristianismo se propuso arrancar del corazón todo sentimiento y matar en la carne todo apetito y todo placer. Ni puede esperarse que una religión que ha arrinconado y escarnecido los afectos de un hijo y de una madre, incurra en la debilidad de patrocinar los actos groseros y sensuales de los cónyuges. No prohíbe la nueva Ley el matrimonio; pero lo vilipendia: no proscribe la abstinencia absoluta; pero la ensalza y aconseja. La vida futura, el anhelo del creyente, está caracterizada por la ausencia de los lazos carnales, y en ella “ni se casarán, ni serán dados en casamiento, sino que serán como ángeles de Dios en el cielo.” (Mat. XXII, 30; Mar., XII, 25; Luc., XX, 34 y sig.). La observación de Feuerbach no carece de su racionalidad, á saber: que, puesto que el matrimonio está excluído del cielo, y el cielo es el ideal del cristiano, el matrimonio es opuesto al cristianismo. (Véase Feuerbach’s Essence of Christianity, pp. 164-169). Ni es esto todo: la mutilación que destrona al hombre del solio de su dignidad, y mata en él toda virilidad masculina, logró la aprobación del egregio Maestro que se apeó del cielo á reparar las villanías de Satanás. “Hay castrados que así nacieron del vientre de su madre; y hay castrados que lo fueron por los hombres; y hay castrados que á sí mismos se castraron por amor del reino de los cielos. El que pueda ser capaz, séalo.” (Mat., XX, 12).

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83 Insiste Pablo en las ventajas del celibato, y al dar sus razones para permitir el matrimonio, entra en pormenores íntimos que, con todo el respeto debido al santo Apóstol, no podemos menos de calificar de desvergüenzas. Aun á riesgo de ofender el oído de nuestros lectores (preparado ya sin duda por el versículo anterior), ponemos á continuación su discurso inspirado: “Bueno sería á un hombre no tocar mujer; mas por evitar la fornicación, cada uno tenga su mujer, y cada una tenga su marido.... No os defraudéis el uno al otro, sino de acuerdo por algún tiempo, para dedicaros á la oración, y de nuevo volved á cohabitar, por que no os tiente Satanás por vuestra incontinencia. Mas esto digo por indulgencia, no por mandato. Digo también á los solteros y á las viudas, que les es bueno si permanecen así, como también yo. Mas si no tienen don de continencia, cásense, porque más vale casarse que abrasarse. . . . ¿Estás ligado á mujer? No busques soltura. ¿Estás libre de mujer? No busques mujer El que está sin mujer, está cuidadoso de las cosas que son del Señor cómo ha de agradar á Dios; mas el que está con mujer, está afanado en las cosas del mundo, cómo ha de dar gusto á su mujer, y anda dividido. Y la mujer soltera, y la virgen, piensa en las cosas del Señor, para ser santa de cuerpo y alma; mas la que es casada, piensa en las cosas que son del mundo, y cómo agradar al marido.... El que casa á su virgen, hace bien; y el que no la casa hace mejor.” (1 Cor., VII). Dos justísimas observaciones podemos hacer sobre estas máximas de tan acendrada pureza: 1ª. El lector candoroso no puede menos de advertir que el Apóstol, sin condenar en absoluto la institución del matrimonio, la considera como un mal que sirve solo para remediar el mal aun mayor de las relaciones ilícitas, y que ocupando el corazón de los cónyuges con mutuas afecciones y cuidados, viene á privar á Dios de la mitad de sus alabanzas. La vida conyugal no es una fuente de legítimos goces, ni una escuela de grandes virtudes, ni la miniatura de la vida social; sino un remedio contra las tentaciones, y, como todo remedio, productor de grandes desarreglos y calamidades. El amor sexual no es una ley del organismo, ó es á lo más una ley grosera de la carne, pero antagonista de la pureza del alma. “Más vale casarse que abrasarse.” Palabras tan claras nos están descubriendo el sentimiento de su autor inspirado: en la alternativa de dos males, el del infierno y el de una esposa, venga el más leve de la esposa, que, si es un grande impedimento para nuestros deberes religiosos, no nos llevará necesariamente á los suplicios eternos. Mal podremos, pues, acusar á los ilustres institutores del monaquismo de haber bastardeado ó entendido mal las expresiones del escritor sagrado; pues es indudable que éste da la preferencia al celibato. Ni son éstas nuestras ideas originales, ni el fruto de una predisposición contra la fe cristiana: 83
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84 en las líneas anteriores hemos estado repitiendo los comentarios de Tertuliano en su epístola á su esposa. 2ª. Alega Pablo contra el hombre casado la división de su corazón entre su mujer y su Criador, siendo así que solo el Hacedor es digno de nuestros servicios y nuestros pensamientos. Inútil es repetir aquí lo que ya hemos dicho: que la moral, como ciencia, no reconoce obligaciones del hombre para con Dios, sino únicamente del hombre para con el hombre. Por otra parte, servir á nuestra esposa, y andar cuidadosos por su felicidad, son virtudes de carácter tan axiomático, que los cristianos de hoy en día, lejos de aceptar el texto literal de la Epístola apostólica, están echando el resto por acomodarlo á los dictados de la razón y de la humanidad. El hombre que vive para su esposa cumple con un deber que la misma naturaleza le está imponiendo; satisface un placer que tiene por resultado la conservación de la especie; aumenta su felicidad, la de su compañera, la de su familia y la de su patria. ¿Qué más se puede exigir de él? ¿ó quién tiene derecho á exigir de él otra cosa? ¿Quién tiene derecho á condenar lo que contribuye á la dicha del individuo y á la tranquilidad de la sociedad? No solo es justo que el hombre divida su corazón entre su mujer y su Criador: aun hay más: es justo que la mujer sea el único objeto de nuestros afectos, con exclusión del Criador. Ni podemos aceptar la idea irreverente, por no decir blasfema, de que el Ser Supremo pueda encenderse en celos contra una esposa tierna que goza inocentemente del merecido amor de su consorte. Aunque el matrimonio no es considerado como delito, es tratado con desprecio é inscrito en la lista de las tentaciones; mientras se hace una acción meritoria el contrariar las leyes sabias de la naturaleza, sustrayendo al hombre á las afecciones que más llevadera hacen la vida. Mas esto no colmaba las aspiraciones del ascetismo refinado, y la Iglesia puso una zarza más en el camino ya espinoso del Paraíso, prohibiendo, por inspiración del infalible Paráclito, el matrimonio á sus santos sacerdotes. Puede argüir el infiel, quizá con malicia, pero no sin razón, que esta disposición está encontrada con las palabras también inspiradas del Apóstol, que no escrupulizó el que los ministros del Verbo aceptasen las caricias matrimoniales. (Tito, I, 6; 1 Tim., III, 12). Mas no se para la autoridad en estos devaneos, y menos cuando la mayoría de los fieles, con envidiable mansedumbre, han venido á conformarse con creer lo que se les ordena, sin echarse á morir por saber qué es lo que están creyendo ni quién es quien lo está enseñando—humilde sumisión que fulgura en el cielo esplendoroso de la moral cristiana.

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85 10. Se alaba á menudo el espíritu de dulzura, humildad y modestia que inspiró los preceptos del Testamento; y si bien es preciso reconocer que muchas de sus máximas son grandes hasta la sublimidad, debemos también advertir que son contradichas por otras de más peso, y por las acciones del Maestro y sus discípulos; fuera de que aquellos aforismos que hacen de la humildad un servilismo degradante, no pueden mirarse sino como ofensas á nuestro orgullo personal y decoro. “No resistas al mal; antes si alguno te hiriere en la mejilla derecha, párale también la otra; y á aquél que quiere ponerte á pleito y tomarte la túnica, déjale también la capa; y al que te precisare á ir cargado mil pasos, ve con él otros dos mil mas.... Amad á vuestros enemigos; haced bien á los que os aborrecen, y rogad por los que os persiguen y calumnian.” (Mat., V, 39-41,44). Expresiones de esta laya se encuentran á menudo en los Evangelios y las Epístolas, y son tenidas en grande estima entre los fieles. ¿Mas son tales máximas la sincera interpretación de las leyes de la naturaleza humana, ó pueden promulgarse como de algún valor para el cuerpo social? Por desgracia, la mayoría de los hombres no son mansos, y si fuésemos á poner en práctica aquellas teorías de fingida humildad, pronto los perversos se aprovecharían de nuestra cristiana paciencia para hacerse dueños de nuestros bienes y cabalgar sobre nosotros, haciendo de los justos esclavos miserables, y disfrutando ellos impunemente los frutos de su mala entraña. Las leyes se han hecho con el objeto de asegurarnos el ejercicio de nuestros derechos y castigar á los perturbadores de la felicidad pública ó privada. Mas si nuestra modestia ha de llegar hasta gozarnos y alegrarnos cuando se nos maltrate y robe; si es un hecho que tales sufrimientos abren camino al cielo, ¿para qué leyes? ¿para qué gobiernos? En una palabra, ¿para qué sociedad? El amor propio es uno de los caracteres distintivos del hombre digno, y nuestro pundonor es fuente de legítimo respeto y estima merecida. Son el engreimiento y la soberbia pasiones bajas; mas no debe confundírselas con el orgullo personal y el cuidado que cada uno debe tener de su honra. Quien permite que impunemente se le abofetee y se le despoje de sus bienes, pronto estará maduro para el despotismo de los malos; y, perdiendo toda vergüenza y todo coraje, se prestará á los abusos de los perversos, á la risa de la multitud y al desprecio de las personas sensatas. Fuera de estas consecuencias individuales, la doctrina que vamos tratando prepara los pueblos para el yugo de los déspotas, y, matando en el hombre el valor y el decoro, producirá una chusma de esclavos serviles, atentos solo á sus soñadas dichas de ultratumba, mientras ven con indiferencia, ó quizá con regocijo, sus derechos de seres humanos pisoteados y escarnecidos. Por otra parte, estas máximas de extremada humillación son, como observa 85
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86 Volney, contrarias al precepto cristiano, “Amarás á tu prójimo como a ti mismo; pues si hemos de permitir que el prójimo abuse de nosotros, le amaremos más que á nosotros mismos. Aun hay más: la moral moderna, que tiende sin cesar á ponerse en armonía con los principios de la libertad y la independencia, no solo reconoce el derecho, sino que impone el deber de resistencia á la opresión y á la tiranía. La fuerza bruta, la violencia y las medidas más extremas ―todo es permitido contra los opresores del hombre. Estamos seguros de que ningún cristiano, o quizá uno que otro, negará la legitimidad moral de las guerras de independencia que han emancipado las naciones americanas; mas al mismo tiempo es evidente que, según la moral cristiana, la sujeción hubiera sido una virtud, y la insurrección fue un pecado; y si los héroes de América hubieran sido verdaderos cristianos, hoy estaría el continente en poder de los déspotas europeos. “Amad á vuestros enemigos.” ¿Es esto posible? ¿Quién es el que ama á quien ha usurpado su propiedad, ultrajado su honra, maltratado su cuerpo, oprimido su pensamiento ó mancillado su hogar? ¿Es éste un estímulo para la virtud y el buen comportamiento? Si el malvado ha de gozar de nuestro amor, al par del hombre recto, ¿qué vale practicar el bien, ó cuál es nuestro aliciente para cumplir nuestros deberes para con el prójimo? Puede contestarse, á la verdad, que nuestro galardón grande es en el cielo, ó que el perverso sufrirá su castigo en el infierno; y ésta es ciertamente la idea cristiana, pues Pablo dice en alguna parte que solo á Dios toca la venganza de las injurias; mas aquí el terreno es resbaladizo, como que no todos prestan mucha atención á esos juicios lejanos é inciertos, y la sociedad necesita sanciones más eficaces; que, de otro modo, imposibles serían la tranquilidad pública y el progreso humano. Entiéndase, sin embargo, que nosotros no confundimos la censura moral con el odio y la venganza, ni el derecho de defensa propia con el atropello de las represalias; y mientras queremos que se exponga á los malvados al juicio público y que cada cual resista los ultrajes que insultan su decoro, queremos también dar la mano al enemigo en desgracia y perdonar al ofensor arrepentido. Admiramos las acciones de verdadera paciencia y que muestran un corazón generoso, en tanto que no tiendan á alimentar la maleza del servilismo. Refiere Plutarco que Pericles sufrió sin distraerse de sus quehaceres los insultos que por todo un día estuvo prodigándole un truhán, y que al anochecer, llegando á su casa seguido por su implacable agresor, mandó á uno de sus sirvientes con una luz á acompañar á este hombre á su casa. También Licurgo, á quien el jóven Alcandro ha sacado un ojo con su bastón, hace que se le entregue al delincuente, y obligándolo á vivir con él, lo convierte en “un hombre lleno de sabiduría y de moderación.” Alabamos estos actos individuales, y los hemos puesto como ejemplos, para que no se crea que, al atacar la enseñanza cristiana, elogiamos la 86
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87 venganza y el odio. Mas cuando se proclama como ley absoluta, “A nadie resistáis; ¡someteos á toda humana criatura; amad á vuestros enemigos,” cualquier lector juicioso puede ver la diferencia que media de estos mandamientos á la clemencia desplegada en ocasiones por grandes hombres y países. En pocas palabras, nuestra doctrina se resume en estos términos: Perdonar los agravios que puedan despreciarse sin menoscabo de nuestra honra ni de nuestra seguridad. En cuanto al amor del enemigo, fuera mejor no tenerlos; y ya que los tengamos, podemos perdonarlos; el amarlos ú odiarlos no depende de nuestra voluntad, y es inútil dar ordenanzas sobre los sentimientos. Veamos ahora si el mismo Jesús puso en práctica lo que iba predicando. Cierto es que cuando uno de los ministros de Anás le dio una bofetada, á causa de la respuesta que había dado al pontífice, Jesús contestó humildemente: “Si he hablado mal, da testimonio del mal; mas si bien, ¿porqué me hieres?” (Juan, XVIII, 23). Lejos de censurar estas palabras sublimes, hallamos en ellas, no solo un fondo de verdadera resignación en el infortunio, pero también un reproche contra la fuerza bruta y un llamamiento á la razón calmada. También el Maestro ordena á Pedro el envainar su espada y el abstenerse de toda resistencia contra los que iban con Judas Iscariote. (Ibid., 11). Pero en estos casos la sujeción era, no solo prudente, sino necesaria; pues carecía Jesús de los medios de defensa, hallándose rodeado de enemigos que le sobrepujaban tanto más cuanto sus discípulos—si se exceptúa el supuesto arranque de Simón Pedro—no descollaron nunca por su bravura ni su fidelidad. Cosa distinta hizo el Mesías cuando tuvo el poder de zaherir á sus contrarios, y mientras unas veces se deshacía en insultos contra los príncipes y fariseos, otras se gozaba en cerrar el entendimiento de los incrédulos para que no creyesen, y fuesen condenados al eterno suplicio. Ya se ufana con las penas reservadas á sus despreciadores, ya toma el látigo para arrojarlos del templo del Señor; ora gusta de ser bañado en ungüento, lujo que aun sus discípulos censuran, alegando que más valdría vender aquel óleo valioso para dar de comer á los necesitados (Mat., XXVI, 6-13);21 ora lleva su saña hasta maldecir el vegetal inanimado que no se somete á sus caprichos antinaturales (Ibid., XXI, 9). Pudieran multiplicarse los ejemplos, que van mostrando á las claras la verdad popular de que del dicho al hecho hay un gran trecho. Tampoco podemos aceptar la máxima de que el estar satisfechos cuando hemos sido buenos y rectos es orgullo pecaminoso, mientras es gran virtud el humillarnos á confesar nuestras faltas delante de Dios. Se ve esto en el ejemplo del fariseo y el publicano. “Dos hombres subieron al templo á orar, el uno fariseo, y el otro publicano. El fariseo, estando en pié, oraba en su interior de esta
21

El ungüento podría haberse vendido por más de trescientos denarios. (Mar., XIV, 5). Un denario es como quince centavos.

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88 manera: Dios, gracias te doy por que no soy como otros hombres, robadores, injustos, adúlteros, así como este publicano. Ayuno dos veces á la semana; doy diezmos de todo lo que poseo. —Mas el publicano, estando lejos, no osaba ni aun alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho, diciendo: Dios, muéstrate propicio á mí pecador. —Os digo,” dice Jesús, “que éste, y no aquél, descendió justificado á su casa; porque todo hombre que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.” (Luc., XVIII, 10-14). ¿Es esto moral y justo? ¿Fue un acto de orgullo el del fariseo, que con humildad daba á Dios la honra y lo bendecía por sus dones? ¿No tiene cada cual derecho de regocijarse al ver que ni el crimen ni el vicio han invadido su corazón? ¿Qué tiene de más la rectitud que la perversidad, sino el dar al hombre recto una satisfacción y una tranquilidad que el perverso no posee? Mas, siguiendo las viejas preocupaciones que hacen de Dios un déspota y del hombre un esclavo, vino el cristianismo á pintar la abyección y el humillamiento como más satisfactorios á los ojos del Ser Supremo que la misma virtud y la pureza de corazón. 11. Quedan aun algunas máximas y prácticas poco sabias sobre diversos asuntos, que pondremos aquí juntas, y á las cuales consagraremos tan poco tiempo como nos sea posible: Odio contra las riquezas. —“Más fácil cosa es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de los cielos.” (Mat., XIX, 24). Jesús manda á los ricos que vendan cuanto posean, den el precio á los pobres, y lo sigan. (Már., X, 21). “Vended lo que poseéis, y dad limosna.” (Luc., XII, 33). Aprobamos el que se mande al rico el socorrer al pobre, y condenamos la avaricia de los capitalistas y el abuso que por lo general hacen de sus riquezas, á las cuales se apegan con ahínco grosero; mas si cada uno ha de vender su propiedad y dar el dinero á los necesitados, ¿qué fuente de trabajo puede quedar? Esto alcanzaría para comer por algún tiempo, mas luego la escasez sería completa. Además, tal modo de fortalecer la fe es un golpe dado á la sociedad y al progreso, que están basados en el derecho de propiedad. Superstición. —“Sanad-enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, lanzad demonios,” son las instrucciones del Maestro al enviar á sus discípulos á predicar el Evangelio. “¿Enferma alguno entre vosotros? Llame á los presbíteros de la Iglesia, y oren sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor; y la oración de la fe salvará al enfermo, y le aliviará el Señor, y si tuviere pecados, le serán perdonados.” (Santiago, V, 14-15). La Edad Media ha mostrado el fruto de estas supercherías y otras de posterior invención. No ha fenecido aun la fe en la eficacia de las oraciones fervorosas; mas es de advertir que ni los fieles más refinados se desentienden de acudir á los métodos humanos, cuando la ayuda celestial no desciende oportunamente: y el médico, el escalpelo, el ácido fénico y 88
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89 el cloroformo no dejan de tener su popularidad en el rebaño del Redentor. Las leyes de la naturaleza se imponen y se hacen respetar, y su violación trae siempre la más inevitable de todas las censuras. La convicción de que la salud del cuerpo y la prosperidad en la vida se alcanzan por medio de unciones y oraciones, llenó la Europa cristiana de pobreza, miseria é inmundicia; y, matando el espíritu emprendedor y varonil de romanos y griegos, bastardeó el ideal de la existencia, postró al hombre á las plantas de un eterno Déspota, y borró del pensamiento la idea noble y ennoblecedora de que la humanidad puede por sí misma hacer frente á los contratiempos de la vida. Mas en los tiempos de la predicación cristiana era más obvio el descargar toda calamidad sobre la malicia de un genio perverso, y el agradecer toda ventura á su rival Omnipotente, que el desentrañar los misterios patológicos y fisiológicos de nuestra frágil materia. Un achaque tenaz, ó una dolencia crónica, sin falta debía ser la expresión de un demonio encarnado en el paciente; ni podía haber remedio más eficaz que el exorcismo de un varón santo y amigo del Altísimo. Jesús halló aquí campo fecundo para desplegar su poder divino, y sus proezas de mayor quilate están siempre relacionadas con la expulsión de algún diablo malvado. Ni se detenía á escrupulizar sobre puntos de caridad ni de justicia; y en una ocasión echó dos mil demonios del cuerpo de un poseído, y los envió á dos mil puercos, que se ahogaron en la mar, precipitados allí por las sacudidas de los enemigos infernales. Semejante acto, tan estupendo cuanto poco benévolo, cuyas consecuencias fueron el tormento de los pobres brutos y la ruina de sus propietarios, excitó un grande y fundado temor entre los moradores de la tierra, que vinieron á rogar al Redentor que se fuese á milagrear á otra parte. (Már., IV, 34). No es maravilla que los pueblos humildes y sencillos se negasen á recibir un Salvador cuya misión ellos no comprendían, y que se anunciaba por prodigios tan alarmantes para la tranquilidad de hombres y bestias. No queremos aquí hablar de esa cafila de milagros que inundan el Libro Santo, y que tanto empañan su brillante fama; mas recordaremos el reino de Satán, personaje tan importante para los teólogos cuanto pernicioso para la tranquilidad del creyente. Sábese que todas nuestras desventuras son la obra de aquel enemigo implacable, y no da un paso nuestra planta incierta, sin que el monstruo esté cavando un abismo para precipitarnos. “El diablo vuestro adversario anda como león rugiendo en rededor de vosotros, buscando á quién tragar,” dice Pedro. (Ep. I, V, 8). Hállase el texto lleno de esta superstición dañosa; y para colmo de confusión, se hace que Dios permita las tentaciones, si bien poniéndoles un límite. “Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados más allá de vuestras fuerzas; antes hará que saquéis provecho de la misma tentación, para que podáis perseverar.” [I Cor., X, 10J. —La monstruosa idea de esta monarquía del mal, que Dios tolera, y la eternidad de los suplicios por faltas que Dios no ha querido remediar, echan abajo toda noción de la benevolencia y contradicen la 89
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90 misericordia y dulzura atribuidas al Ser Supremo. Ya lo hemos dicho, mas no está por demás el repetir las preguntas: ¿Por qué no destruye Dios á Satanás? ¿Por qué le da el poder de convertir el mundo en un teatro de iniquidad sempiterna? ¿No es una blasfemia el suponer que el Criador se complace en este juego infame, y que las almas desventuradas que ceden á la tentación que él mismo atiza, han de ir á arder por siempre en los profundos infiernos? Por otra parte, ¿es justo el imponer al delincuente un suplicio sin fin por un pecadillo que á nadie daña, como la negación de un milagro ú otra maravilla? ¿Y cuál es el objeto de las penas de ultratumba? Las leyes de los hombres imponen penas con el objeto de asegurar el bienestar de la sociedad, no con el objeto exclusivo de atormentar al violador de los derechos humanos. Mas ¿qué provecho resulta de tener un espíritu sufriendo sin tregua ni fin? ¿No se asemeja esto más á la vil venganza que á otra cosa alguna? Contéstase, sin embargo, que las miras de Dios son incomprensibles, y que sus obras no deben juzgarse según nuestro criterio reducido; “pues lo que parece loco en Dios, es más sabio que los hombres: y lo que parece flaco en Dios, es más fuerte que los hombres.” [1 Cor., I, 25]. Semejante doctrina es contraria á las ideas religiosas, que continuamente están representando á Dios lleno de cualidades humanas llevadas á un alto grado de perfección; pero al hallarse los fieles en un predicamento peliagudo, echan mano de aquel expediente, que con tal facilidad pone un fin á toda objeción. Egoísmo.—Es un hecho indudable que nuestros actos voluntarios son tan solo manifestaciones de nuestro interés, y van siempre precedidos de un juicio sobre las penas ó placeres que puedan producirnos. Difícil es desentrañar las causas de ciertas disposiciones humanas, como los afectos de familia, que son quizá á menudo el fruto de la herencia; mas estas investigaciones son del dominio de la psicología, la antropología y otros ramos del análisis científico, mientras la moral se conforma con aceptar los hechos tales cuales la naturaleza los presenta. La doctrina del interés y la utilidad ha sido ya anatematizada por los fieles, y desde Epicuro á Helvecio, Volney y Bentham, sus defensores han sido inscritos en las listas de Satanás. Sin embargo, la contumelia de un dogmatismo absoluto no ha podido aun borrar en el ánimo del hombre lo que existe en él como una ley ineludible y un elemento necesario para el mantenimiento de su existencia. No proclama el utilitarismo el culto de la glotonería, la embriaguez y los apetitos desenfrenados—acusación que con más malicia que justicia se le ha hecho frecuentemente. La doctrina de la utilidad sostiene que el hombre no vino á la vida por su propia voluntad; que, al hallarse en ella, sus sentimientos lo impelen á proporcionarse sensaciones agradables y á alejarse siempre de las desagradables; que la analogía le está mostrando que estas tendencias son el carácter distintivo del mundo animal; que cumpliendo con ellas los seres sensibles se multiplican y desarrollan, y que, menospreciándolas ó tratando de contrariarlas, el individuo y la especie degeneran, y la vida se hace una carga 90
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91 insoportable. En el curso del tiempo, los placeres intelectuales y morales han llegado á ser poderosos móviles de la virtud; y el utilitarista, al prometer á los justos premios dignos, respeto y acatamiento en la sociedad, é inmortalidad de nombre y fama, hace de la rectitud una práctica atractiva y da á los buenos un estímulo, mostrándoles la recompensa de sus acciones meritorias. “La gloria,” dice Salustio, “es el pábulo de la prudencia; quitada aquélla, la virtud es de suyo amarga y árida.” Ni es racional ni justo el pretender privar al hombre de su placer legítimo; pues ¿qué mal puede emanar de la felicidad y el bienestar? Aun hay más: el utilitarismo es la expresión más fiel del amor á la humanidad: su moto es: “El bien público,” y su máxima fundamental, que los intereses individuales deben sacrificarse á los intereses de la especie. Pero en todo esto va envuelta una aserción implícita que no puede armonizar con las ideas religiosas, cual es la de que los anhelos del hombre deben cifrarse en su felicidad presente. Para rechazar esta proposición es preciso demostrar: 1° que existe un Ser Supremo; 2° que ese Ser Supremo está en relación con los hechos humanos; 3° que ese Ser Supremo nos ha revelado su voluntad; 4° que ese Ser Supremo ha condenado la felicidad como opuesta á la moral; y 5° que ese Ser Supremo tiene derecho á imponernos una ley que la humanidad rechaza. O bien, tratando la cuestión bajo otro punto de vista, es preciso probar: 1° que hay una existencia futura en que el hombre está bajo la dirección inmediata del Criador; 2° que el Criador ha hecho esta vida de abajo con el solo propósito de atormentar ó probar á sus criaturas; 3° que el Criador no da la dicha futura al que haya disfrutado la dicha presente; 4° que el Dios que se goza con nuestro infortunio en la vida actual cambiará sus sentimientos en la otra vida; y 5° que la vida presente no tiene más objeto que el preparar al hombre para la vida que viene. Mientras estas proposiciones no se demuestren, el utilitarismo no puede ceder su puesto al pesimismo religioso. La doctrina cristiana desterró del pensamiento todo interés mundano; mas, como el egoísmo es en último análisis el fundamento y móvil único de toda acción humana (y aun divina), la nueva Ley lo llevó á un mundo lejano y misterioso, en que los lazos de la sociedad no existen, y en donde cada cual, por sí solo, disfruta un placer sin fin, independientemente de sus semejantes. Este placer futuro es el mejor estímulo del cristiano, que en su vida no se propone otra cosa que su propia salvación. Pueden leerse á cada paso en el texto las promesas de inmortalidad é inefable deleite hechas á los fieles que abandonen sus deberes sociales y contraríen las leyes de la naturaleza. ¿Es esto progresivo? El utilitarismo enseña que nuestros deberes son para con nosotros mismos y para con el prójimo, y que la práctica del bien y el debido ejercicio de nuestras facultades nos darán grandes ventajas sobre la tierra—doctrina que sin duda promueve la fraternidad de los hombres y el perfeccionamiento de su condición. También previene que nadie tiene derecho á disfrutar una buena vida si no 91
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92 coopera al bienestar de los otros. El cristianismo enseña que el primer deber del hombre es para con Dios; que las cosas del mundo y los negocios humanos nada valen; y que todo creyente no debe tener más mira que su propio placer en ultratumba, el cual se consigue desdeñando cuanto es halagüeño y agradable en este valle de lágrimas, es decir, menospreciando toda civilización y todo adelanto. 12. Tales son las doctrinas cristianas, que creemos haber expuesto con sinceridad; y, para evitar que se nos tache de exageradores ó calumniadores, como es la usanza, hemos ido copiando fielmente las palabras del Santo Volumen, aun á riesgo de hacernos pesados y fastidiosos. Ni sería completa nuestra exposicion, si nos abstuviésemos de reproducir y analizar aquellos aforismos sublimes y de grandeza innegable que brillan en el texto sagrado; y el lector los encontrará en uno de los párrafos siguientes. Por desgracia, pocas personas leen el Nuevo Testamento, y la mayoría de los devotos se conforman con beber la miel que mana de los labios de los ministros del culto admitido. Cuidadosos son éstos, cuando se ataca su doctrina, de exponerla con tiento; y mientras recuerdan el amor del prójimo y la caridad, se abstienen de penetrar en el fondo y la parte esencial de su enseñanza. Los que los escuchan, embelesados con estas virtudes tan dignas de aprecio, amen de algunos milagrillos que las adornan y sazonan, se imaginan que ellas forman el conjunto de la moral cristiana. De aquí nace que este sistema tenga partidarios numerosos, especialmente entre aquellas personas humildes que no nacieron para las ciencias ni las letras. Al ver, pues, la gran popularidad de la nueva Ley, y las alabanzas que se le prodigan, es racional y justo analizarla, ver si su fama es usurpada ó legítima, y si lo que le es peculiar es lo que la cristiandad le está atribuyendo. El ascetismo no puede mirarse hoy como un elemento del progreso ni como una virtud excelsa. El organismo social requiere la cooperación de todos los individuos, y proponiéndose la felicidad presente por único fin, no puede aceptar en sus máximas leyes dogmáticas que solo tienden á la felicidad futura y se ocupan de otro mundo y otra existencia. La vida se reconoce hoy como un fenómeno natural, complejo y variado, en que el mal y el bien se alternan y se suceden según la ley de causalidad, independientemente de toda voluntad extramundana. Está en nuestro poder el modificar, variar ó producir las causas, y con ellas las consecuencias que nos afectan directa ó indirectamente. El hombre ha aprendido por experiencia que su actividad y la de sus semejantes es el único remedio contra sus desventuras, y que este remedio, haciendo la vida más dichosa y más atractiva, debe estar siempre en operación. Pero el cristianismo, que considera la vida como un anatema y una desgracia irremediable, se 92
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93 consuela con la esperanza de un placer futuro; y puesto que este placer no exige la cooperación de sus semejantes, ellos vienen más bien á serle un estorbo que un auxilio. Disfrázase á veces esta forma suprema del egoísmo con el pretexto baladí de “servir á Dios”: y el Apóstol declara que “ninguno de nosotros para sí vive, y ninguno para sí muere; porque si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Y así, que vivamos, que muramos, del Señor somos.” (Rom., XIV, 7-8). ¿No sería más virtuoso y meritorio el vivir para la raza humana, que el vivir para el Criador? ¿Qué puede hacer el hombre, microscópico gusanillo, según lo pinta el pincel teológico, por el Ser Omnipotente, criador, poseedor y regulador de la tierra y de los cielos? A él nada le falta; mas á nuestros hermanos los abaten las necesidades y los afligen las privaciones; por ende fácil es concluir que la vida empleada en “servir á Dios” es estéril é inútil; mientras que la que se pasa en el servicio de los hombres da siempre su cosecha. Y en suma, ¿qué se entiende por servir á Dios? Sin duda el Criador, siendo eterno é infinito en todos sus atributos, no puede recibir servicio ninguno de nosotros. Aquel servicio no puede, pues, redundar en favor de Dios, sino en favor del servidor. Así, cuando se dice que un hombre está sirviendo á Dios, debe entenderse que está sirviéndose á sí mismo. Puede quizá disculparse el ascetismo predicado por Jesús y sus primeros seguidores, si se advierte que en aquellos días, cuando Tiberio, Caligula, Claudio y Nerón empuñaban el cetro del mundo, y los gobernadores de provincia empleaban á menudo su poder en la opresión y los abusos, mientras los infelices sufrían con frecuencia la suerte de las bestias, ningún aliciente podía tener para ellos esta vida terrestre, llena de penalidades y miserias. Hállase aquí una de las razones por las cuales el cristianismo encontró sus primeros sectarios entre esta gente desamparada é ínfima, que veía al fin abrirse un horizonte ante sus ojos angustiados. Pero también el Cristo, al enseñar sus doctrinas, erigió la desventura en virtud, y lejos de contribuir al mejoramiento de tan deplorables circunstancias, halagó el interés de los oprimidos, prometiendo solo á ellos el inestimable galardón. Vése, pues, que el egoísmo es la raíz en que se entronca el árbol de la cristiandad, y esto solo bastaría para que los fieles no fuesen tan violentos en sus ataques contra el utilitarismo. En los tiempos actuales, al menos en los países civilizados, aquel ascetismo, nacido de la desesperación, tiene poco ó ningún fundamento; de donde nace que la mayor parte de los “cristianos” de hoy en día No Son Cristianos. El poder y otras causas han cambiado casi por completo el sistema sentado por Jesús; mas se repite su nombre, y con esto los fieles quedan satisfechos de que el cristianismo aun existe. Además, se han dividido siempre los sectarios en dos grandes clases: unos han seguido las máximas ascéticas; otros, más apegados al poder, se han dado á la persecución y á la opresión, siguiendo las máximas de intolerancia. Los 93
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94 primeros han bastardeado comúnmente su intento, y mientras allá en tiempos remotos se veía al ermitaño pasar su vida en la soledad como un loco, pronto las ermitas y monasterios se cuajaron de una chusma de fanáticos tan desaforados y violentos, que las legiones veteranas del Imperio temían más su crueldad y su saña que la ferocidad de los mismos bárbaros del Asia y del Norte de Europa. 13. La doctrina injusta de salvación por la fe; la doctrina más injusta aun de que plugo al Criador sacrificar á un inocente por las transgresiones de Satanás, dejando á éste impune; el odio contra las personas acomodadas, que quizá pueda en algunos casos tacharse de envidia; la proscripción del trabajo, del progreso, de la felicidad terrestre, de las afecciones de familia, de los deberes sociales; la humillación servil, y el desprecio del amor propio y de la honra personal; las máximas en defensa de la esclavitud y en apoyo de la teocracia; el rebajamiento de la mujer; la preferencia del celibato á la virtud del matrimonio; los terrores del infierno, y el poder abrumador dado al diablo sobre nuestra pobre debilidad; la desconfianza que el hombre debe tener de sus propias fuerzas, y el deber de aguardarlo todo de arriba; la idea ofensiva de que el hombre es un ente degradado, incapaz de todo bien, y que solo por la gracia de Dios puede llegar á ser algo; la intolerancia con aquéllos á quienes la luz celestial no ha querido mostrar el camino de la rectitud; la blasfemia de que debe servirse á los intereses de Dios primero que á los intereses de los hombres; el egoísmo, la superstición, el odio teológico—tales son las enseñanzas de moral cristiana y las prácticas puestas en uso por sus beneméritos fundadores y campeones. 14. Clámase á menudo que nuestra civilización se debe al cristianismo, y á quien osa negar esta verdad axiomática, según se la llama, le están reservados multitud de improperios, insultos y amenazas en esta vida, amen del “llanto y el crujir de dientes” de la otra. “Una cuadrilla de criaturas miserables é irreflexivas,” dice el piadoso Mosheim, “tratan con negligencia, y á veces con desprecio, la religión de Jesús, sin considerar que á ésta deben todo el bien de que con tanta ingratitud disfrutan.” El cargo de ingratitud pudiera, con justicia, volverse contra los cristianos, especialmente contra los católicos; pues ellos, aprovechándose de la tolerancia que se les concede, crecen, se multiplican, atrapan el poder, y se dan entonces á remachar los grillos del despotismo y la opresión, escogiendo por sus víctimas los defensores de aquellas leyes á cuya sombra ha podido alzarse la maleza del fanatismo. Ni insultos ni agravios pueden servir como argumento; y es preciso ver si las acusaciones hechas á los incrédulos emanan de la realidad, ó si son calumnias engendradas por el encono y la parcialidad de los devotos.

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95 ¿Qué debe, pues, la civilización al cristianismo? ¿Acaso la caridad y el amor del prójimo? Mas ¿cómo es posible conciliar esta virtud con las máximas intolerantes promulgadas por el Maestro y sus secuaces? “Si alguno os predicare fuera de lo que habéis recibido, sea anatema.” Si alguno no ama á Nuestro Señor Jesucristo, sea excomulgado, perpetuamente execrable.” “Si alguno viene á vosotros, y no hace profesión de esta doctrina, no le recibáis en casa, ni le saludéis.” ¿No son estos preceptos contrarios á todo amor, á toda benevolencia? ¿Ignoraban los escritores sagrados que la mayoría de los hombres difieren en puntos de religión, y que basar la caridad sobre la común creencia es darle un cimiento reducido y deleznable? ¿Pueden acaso las doctrinas dadas á la asociación cristiana conducir á la creencia de que todos somos hermanos y que con todos debemos usar compasión y dulzura? ¿No hay millones de budistas, brahmanistas, mahometanos, libre pensadores, que, no solo son hombres como nosotros, mas que á menudo enseñan y practican lo que es recto y justo? ¿No son éstos nuestros prójimos? Según el cristianismo, no deben serlo. Pues en efecto, ¿qué cristiano sincero puede sentir amor por quien anda en los senderos de Lucifer, alzado soberbiamente contra los mandatos de su Criador? Puesto que nada hay más abominable á los ojos de Dios que el hombre, incrédulo, ¿no se deduce que debe también serlo á los ojos del devoto creyente? “No le recibáis en casa, ni le saludéis.” Estas consecuencias son ineludibles, y la persecución que de ellas se desprende tiene su nacimiento en el fondo de la nueva Ley. Cuando la convicción de que el hereje y el libre pensador son monstruos de perversidad se ha aposentado en nuestro pecho, el odio y la animosidad vienen á matar todo sentimiento generoso y toda inclinación humanitaria. Hase apelado á los expedientes del poder, la corrupción de costumbres, la ambición y otros factores, para descargar al Evangelio de la responsabilidad de los asesinatos y persecuciones, alegando que el sistema cristiano es un sistema de dulzura y mansedumbre. Por más que aquellas cosas hayan ayudado á los escándalos y villanías que se han perpetrado en el nombre de Dios, la causa primaria debe buscarse en la raíz de la doctrina, cuyo exclusivismo es la verdadera fuente del caudal de veneno que ha inundado el mundo. No es escaso encontrar entre los persecutores más celosos, gentes de honor, generosidad, caridad y buen comportamiento en la vida privada; mas estas cualidades se desvanecen cuando el inquisidor sañudo recuerda los mandatos terminantes de su código. Las máximas, “Ama á tu prójimo,” “Ama á tu enemigo,” quedan borradas por la misma mano que, tras estamparlas en el corazón del hombre, viene á estampar en seguida los sentimientos de intolerancia contra los que se alejan del credo requerido para ingresar en la fraternidad privilegiada. No hay para que andarnos matando buscando causas soñadas á las persecuciones: sin duda hay causas secundarias, que las atizan y enardecen; mas la gran causa es una cuestión de alta trascendencia: la negación 95
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96 de la libertad religiosa. Mientras la religión intervenga en los pensamientos y en las acciones que solo tocan al individuo, no puede menos de haber persecuciones. (Hablamos de la religión como sistema moral y social, no como sentimiento). Y un credo que fomenta y patrocina el fanatismo, no llegará nunca á inspirar en el corazón los afectos de la caridad y la fraternidad universales, que se oponen diametralmente á las distinciones de sectas y doctrinas. ¿Ni qué amor puede esperarse de quien odia á su padre, á su madre, su propio cuerpo, su vida y, en una palabra, todos los lazos que lo sujetan á este valle de lágrimas? ¿Qué generosidad puede germinar en el pecho del adusto solitario, cuyo ahínco es la eliminación de su propia dicha terrenal? Recelábase César de Casio y Bruto, mientras se desentendía de Antonio y Dolabela, alegando que aquéllos eran pálidos, flacos y de aspecto taciturno; al paso que en éstos abundaba la salud del cuerpo. Cosa semejante puede decirse de los monjes, que, alejados de todo trato humano, gastaban sus días en el martirio y la destrucción de sus propias personas; y la experiencia ha mostrado que el odio encarnizado, el arrebato y la dureza de entraña, son los frutos de tan singular piedad. Cierto es que á menudo los primeros cristianos clamaron por tolerancia. “Es de derecho humano,” dice Tertuliano, “que cada cual adore lo que le plazca, y es contrario á la religión el forzar la religión.” Mas tal es siempre el rumbo de las minorías, pues de otro modo les sería imposible ó dificultoso arraigar sus ideas en el ánimo de los hombres. Pronto los que antes gemían por el suelo fueron ensalzados al solio del Imperio. Tuvieron poder, y entonces las teorías fueron puestas en práctica; y las ambiciones de los diversos sectarios, sus intereses de oro ó nombradía, y su odio implacable, tanto de las varias sectas entre sí como de todas contra el paganismo, dieron principio á una carrera de crímenes y escándalos que nunca hasta entonces habían manchado las páginas de la historia. Encaramóse el cristianismo al trono; ciñóse la diadema de los Césares, considerada ya más ilustre que la corona de espinas del Salvador; chocáronse las sectas encontradas, saturadas con el veneno del rencor y capitaneadas por lo común por espíritus empedernidos; chispeó el odio; encendióse la hoguera....Y hoy pueden aun verse los nubarrones de aquella oscuridad de doce siglos. Trató Juliano de poner un límite al despotismo religioso, antes de que se extendiese á mucho; mas una flecha del campamento de Sapor de Persia puso fin á la carrera del joven filósofo, y mientras los fieles se deleitaban relatando como un ángel del Señor había dirigido el dardo fatal, volvían á sentarse en el trono que sus antepasados habían pretendido desdeñar. Divididos andaban los bandos, y ahora que el paganismo estaba muerto, los sectarios de Jesús se dieron á perseguirse entre sí con un frenesí que rayaba en salvajismo. “Las bestias 96
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97 feroces,” dice Amiano Marcelino, “no son más crueles con el hombre que los cristianos son encarnizados los unos contra los otros.” Consagráronse los nuevos amos, desde el principio de su poderío, á establecer los puntos más esenciales y peliagudos de su doctrina; y las decisiones de cuestiones sagradas promulgadas en los concilios bajo el despotismo del emperador y las legiones, y á menudo en medio de torrentes de sangre, desórdenes y alborotos nunca vistos, van mostrando que poco se amoldaban estos litigantes feroces á las máximas del ascetismo, ni mucho menos á los mandatos de la caridad. Mas diráse que éstos, y otros desacatos, no tienen su apoyo en las máximas del Testamento. Es cierto que ni la ambición desalada, ni la aspiración á altos destinos temporales, se desprenden de las enseñanzas del texto; pero son consecuencias inevitables del poder otorgado á unos sobre los otros; de la facultad dada á los propagadores de la fe de dominar el curso de los sucesos naturales y celestiales; en una palabra, de la pretendida intimidad entre los campeones del nuevo credo y el Omnipotente. Pueden estas patrañas haber sido inofensivas, y aun sinceras, en su origen; mas la experiencia ha ido demostrando que el poder depositado en minorías privilegiadas, pronto se convierte en abuso y atropello. Y, de todos modos, la persecución y el fanatismo son los hijos legítimos y necesarios del exclusivismo cristiano. Hemos hecho hincapié en este punto interesante, porque comúnmente se atribuye al cristianismo una mansedumbre y un grande amor al prójimo que no le pertenecen, pues si hay algunas palabras en apoyo de estos sentimientos, hay otras en su contra, que, por desgracia, se han mostrado más eficaces. 15. ¿Debe la civilización al Testamento la libertad y la igualdad? “Someteos á toda humana criatura, y esto por Dios.” Toda alma esté sometida á las potestades superiores, porque no hay poder, sino de Dios.” ¿Se le deben el amor de la familia, los halagos del matrimonio, las virtudes del hogar? “Si alguno viene á mí, y no aborrece á su padre, y madre, no puede ser mi discípulo.” ¿Estás libre de mujer? No busques mujer.” ¿Se le debe la emancipación de la compañera del hombre? “La mujer aprenda en silencio con toda sujeción.” “Adán no fue engañado; mas la mujer fue engañada en prevaricación.” ¿Se le deben el progreso, el amor del trabajo, la actividad física é intelectual? “Considerad cómo crecen los lirios del campo: no trabajan, ni hilan.” “No andéis cuidadosos por el día de mañana.” 97
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98 ¿Se le deben las comodidades de la vida? “No andéis apurados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis.” “Si alguno ama el mundo, la caridad del Padre no está con él.” ¿Se le deben la ciencia y la filosofía? “La sabiduría de este mundo es locura delante de Dios.” “No sepáis más de lo que conviene saber.” Estas son consideraciones puramente teóricas, por decirlo así, basadas en los mismos versículos del Libro Sagrado, y que no pueden eludirse. Si ahora pasamos á las lecciones de la experiencia, encontraremos numerosas enseñanzas que corroboran nuestras aserciones. Mas este examen requeriría una larga disertación histórica, y aquí solo observaremos que por espacio de doce siglos, cuando el poder del cristianismo era supremo, la Europa no vio sino degradación, ignorancia, barbarie, pobreza y salvajismo; y que, como se ha dicho á menudo, casi no ha habido paso que el progreso haya dado á que los sectarios de Jesús no se hayan opuesto en el nombre de Dios y de su religión. “Al examinar las pretensiones de estos teoristas,” dice Felix Oswald, “el investigador imparcial no puede desdeñar las siguientes objeciones: 1. Que el nacimiento de la fe cristiana coincide con la puesta de la gran civilización del mediodía de Europa; 2. Que el zenith de su poder coincide con la densa noche de la barbarie de la Media Edad; 3. Que la declinación de su influencia coincide con el oriente de la civilización septentrional de Europa; 4. Que todas las victorias principales de la libertad y de la ciencia se han llevado á efecto á despecho de la Iglesia, á despecho de sus mayores esfuerzos para impedir ó disminuir el triunfo de aquéllas; que solamente en consecuencia de la futilidad de estos esfuerzos, las herejías de una edad han llegado á ser las verdades evidentes de la siguiente, de tal manera que el cristianismo ha marchado siempre á la retaguardia de la civilización; 7. Que entre las naciones contemporáneas del mundo cristiano, las más escépticas son las más civilizadas, al paso que las más ortodoxas son las más atrasadas en libertad, industria y conocimientos.” Sin embargo, en el “cristianismo” (?) romano entran muchos factores extraños, cuyo deslinde ha ocupado volúmenes enteros de los eruditos. Las consecuencias del cristianismo puro se hallan en el monaquismo primitivo práctica voluntaria y estricta de las enseñanzas del Mesías y los Apóstoles. Este asunto instructivo, que nosotros consideramos como “El Cristianismo ante la Historia,” formará el tema del próximo capítulo.

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99 16. ¿Es, pues, el Nuevo Testamento el modelo por excelencia de las leyes morales, ó un repositorio de farsas groseras y sentencias envilecedoras? Solo la ceguedad de una fe extrema puede inspirar la convicción de lo primero; y la malicia de un ánimo prevenido, la aserción de lo segundo. Muy repetidamente hemos observado que el carácter exclusivista é intolerante del cristianismo hace de su Ley un reglamento especial para los fieles, más bien que un código universal; pero en el seno de los creyentes se practicaron, de acuerdo con las prescripciones del Maestro y sus sucesores, virtudes grandiosas y sublimes, que en el curso de la civilización se han extendido á todo el linaje humano. El socorro del menesteroso, la dulzura y la benevolencia, la pureza del corazón, la rectitud de la conciencia, las palabras sin mancilla, y las obras caritativas, eran otras tantas obligaciones de los hermanos cristianos, como de sus predecesores budistas y esenianos. El movimiento progresivo de la humanidad ha despojado estos nobles sentimientos de su manto religioso: el ascetismo y la intolerancia, que los restringían y los contradecían, se han hecho obsoletos; la superstición y la credulidad, que los oscurecían, se han disipado; las relaciones del hombre con seres sobrenaturales, que los desvirtuaban, se han trocado por las relaciones de las criaturas vivientes entre sí y con el universo material—único criterio de la moral moderna. Pero toca á los fundadores del cristianismo, quienesquiera que hayan sido, el haber formulado muchos de los principios más excelentes que con el andar del tiempo han dado tanto vuelo á la civilización y tanto ensanche á nuestras facultades. ¿Se dirá acaso que nos estamos contradiciendo? Unos pocos ejemplos y explicaciones bastarán para contestar esta pregunta y desvanecer la acusación. “Todo lo que queréis que los hombres hagan con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos.” (Mat., VII, 12) _ “No adulterarás: no matarás: no hurtarás: no dirás falso testimonio: no codiciarás. Y si hay algún otro mandamiento, se comprende sumariamente en esta palabra: Amarás á tu prójimo como á ti mismo. El amor del prójimo no obra mal, y así la caridad es el cumplimiento de la Ley.” (Rom. XIII, 9-10). “Toda la Ley se resume en una palabra: Amarás á tu prójimo como á tí mismo.” (Gál., V, 14). “El amor sea sin fingimiento: aborreciendo lo malo, aplicándoos á lo bueno; amándoos recíprocamente con amor fraternal; adelantándoos para honraros los unos á los otros; en hacer bien nada perezosos; en la esperanza gozosos, en la tribulación sufridos Gozaos con los que gozan; llorad con los que lloran, sintiendo entre vosotros una misma cosa; procurando bienes no solo delante de 99
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100 Dios, sino también delante de los hombres. Si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber.» (Rom., XII, 9-20). “¿Qué aprovechará, hermanos míos, á uno que dice que tiene fe, si no tiene obras? ¿Por ventura podrá la fe salvarlo? Y si un hermano, ó una hermana, estuvieren desnudos, y les faltare el alimento cotidiano, y les dijere alguno de vosotros: Id en paz, calentaos y hartaos, y no les diereis lo que han menester para el cuerpo, ¿qué les aprovechará? Así también la fe, si no tiene obras, muerta es en sí misma.” (Santiago, II, 14-17). “No increpes al anciano; mas amonéstale como á padre; á los jóvenes, como á hermanos; á las ancianas, como á madres y á las jovencitas, como á hermanas, con toda castidad.” (Instrucciones de Pablo á Timoteo sobre el desempeño de su ministerio. —1 Tim. V, 1-2). ¿Quién puede negar la grandeza y la moralidad de estos preceptos, y de otros muchos de igual ó mayor importancia? Ni nadie que haya leído la historia de los primeros fieles dejará de reconocer con cuánto anhelo se empeñaban en socorrer á sus hermanos infortunados, á sus pobres, á sus viudas y á sus ancianos. ¿Le debe, pues, nuestra civilización al cristianismo el amor del prójimo, la caridad, la benevolencia? La civilización le debe esto á Jesús y á los Apóstoles (quienesquiera que sean las personas representadas por estos nombres), pero no al cristianismo. Es decir, Jesús y los Apóstoles ordenaron el ejercido de aquellas virtudes entre los hermanos; pero esto no constituye la religión cristiana: fuera de los preceptos que acabamos de citar, hay otros de exclusivismo22 y ascetismo que los privan de la mitad de sus efectos y los contradicen: el que abraza el cristianismo como religión, tiene que ceñirse á muchos otros mandatos v condiciones que se suponen de origen divino. Mas el libre pensador, que lee el Testamento ó escucha su exposición con el único objeto de sacar de él lo que es bueno, y rechazar lo que es malo, se apodera de aquellas máximas, las hace extensivas á la raza humana, las despoja del requisito de la fe en lo sobrenatural, las desprende del código en que se las halla, y las convierte en principios de utilidad universal. Jesús dijo á sus discípulos: “Vosotros todos sois iguales, todos hermanos.” ¿Es ésta la proclamación de la igualdad humana? No; porque también dijo: “No resistáis al mal.” “Someteos á toda humana criatura.” El cristiano no puede aceptar la primera máxima como absoluta: pues está condicionada, y aun anulada, por las otras dos. El libre pensador, que no reconoce autoridad, toma la

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“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis caridad entre vosotros.” [Juan, XIII, 35].

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101 una y rechaza las otras; es decir, empezando por no ser cristiano, saca del código cristiano lo que conviene á la civilización y á la moral. Estos ejemplos explican nuestra contradicción aparente. Cuando decimos que el mundo nada debe al cristianismo, hablamos del sistema completo de religión y moral sentado por el Salvador y sus sucesores. Semejante sistema, mezclando en deplorable confusión la virtud con la superstición y el fanatismo, no pudo hacer descollar aquélla ni hacerla aparecer como el punto cardinal. Repetimos que una cosa es Jesús y otra el cristianismo. La mejor ilustración de esta distinción se encuentra en la historia de Europa desde Constantino Magno hasta Luis XVI. ¿No se estuvieron repitiendo por 18 siglos las máximas de caridad, compasión y benevolencia, amen de la fraternidad universal? ¿No son estas mismas máximas las que se reconocen hoy día como las más benéficas? ¿No son estas las verdades más axiomáticas de nuestro siglo? ¿Por qué no produjeron ningún resultado en el curso de 18 centurias? Únicamente porque se las asociaba á un credo que las contradecía y las hacía imposibles. Preciso era aislarlas del Libro Sagrado, rechazar su origen divino y su relación necesaria con un dogmatismo pernicioso, para que fuesen de alguna utilidad práctica. Sin embargo, la humanidad las debe á los fundadores del cristianismo hayan éstos sido budistas ó esenianos. Y aquí se presenta otro ejemplo instructivo: los budistas y los esenianos se negaban á recibir entre ellos esclavos y guerreros. La condenación de la esclavitud y la fuerza bruta es uno de los axiomas de nuestro tiempo; mas ¿es preciso por eso que seamos budistas o esenianos? 17. El lector imparcial puede ahora formar juicio sobre el cristianismo evangélico y las enseñanzas apostólicas. Anda el nombre de Jesús de boca en boca, y su imagen ha trocado en el ánimo devoto la corona de espinas por la aureola resplandeciente de la eterna gloria; mientras el renombre de los Apóstoles, encabezados por Pablo de Cilicia y Simón Pedro, se esparce con veneración en el rebaño de los fieles. Adórase á Jesús como á Dios mismo, ya que la sabiduría metafísica ha descubierto en un hombre común los caracteres distintivos de su Criador; y en virtud de esta extraña confusión, hace cubierto al Mesías con el escudo de inviolabilidad del Ser Supremo, y quien osa oponerse á las enseñanzas cristianas es al punto inscrito en la lista del diablo, como blasfemo y soberbio. En cuanto á nosotros, ya que plugo al Criador el que nos abrumase la soberbia, nos consuela la certidumbre de que tamaña desventura no ha sido nuestra falta, no habiéndonos creado á nosotros mismos. Si nuestros sufrimientos en la vida venidera han de ser fuente purísima de regocijo para los justos que disfrutan el placer indecible de presenciar el infortunio de los réprobos, quédanos la satisfacción de no haber apoyado jamás un sistema de moral tan contrario á los sentimientos del corazón humano. Y si el mismo Dios ha de ser nuestro verdugo, vendrá aun á calmarse nuestra pena con la sincera convicción de que, en nuestra 101
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102 pequeñez microscópica, no se desarrolló nunca la entraña empedernida de verdugo tan implacable y tan sañudo. La ola de la libertad ha barrido ya la sanción legal á que antes estaban sometidas las prácticas, las ideas, y aun los pensamientos más íntimos relacionados con la religión. Mas la sanción social es aun el arma del expirante dogmatismo; y el crimen del pensador que osa asomarse á los arcanos inefables, y dudar de las verdades estampadas en el catecismo de sus mayores, si no lleva al calabozo ni á la hoguera, despierta en el ánimo fiel un odio implacable y un pavor invencible. Aquellos cristianos humildes y sencillos, cuyo deber es amar á su prójimo y rogar por su enemigo, tienen para el incrédulo tan solo el vilipiendo, el insulto y el escarnio. La mansedumbre que el Maestro estuvo enseñando no parece ablandar sus corazones adustos; ni les permite su fervor piadoso el sentir amor por quien se ensoberbece contra el Omnipotente, el cual, al fenecer en el Calvario, aguardaba que Satanás quedaría por siempre encadenado en los profundos abismos.

IV. Del Monaquismo Cristiano
EN SUS PRIMEROS TIEMPOS(a) 1. El gusto por la soledad, y el desprecio de las cosas del mundo, son de origen muy antiguo; y la reducción de este sentimiento á una práctica religiosa se halla en la India desde tiempos anteriores á Buda. El afán por desentrañar las causas de nuestros infortunios y los agentes del mal ha aguijoneado el ánimo del hombre en todas edades y países, desde que la inteligencia se dio á cavilar sobre problemas metafísicos. Con debida humildad, ha reconocido nuestra casta su dependencia de un Poder Omnipotente, cuyos atributos de eterna bondad é infinita misericordia se están mostrando en las mercedes que de continuo nos otorga. Tras reconocer estas verdades axiomáticas, preciso es buscar la causa de nuestros quebrantos fuera de aquella inefable Deidad; pues no cabe imaginar al Ser Supremo patronizando el sufrimiento de sus propias criaturas. Orillando la blasfemia de que el Criador es incapaz de reprimir el mal, se ha echado el hombre la carga de la responsabilidad sobre sus hombros: dióle el Hacedor una voluntad libre para escoger el camino de la virtud ó el del vicio, y si sus tendencias impuras lo han extraviado del sendero de la felicidad, debe culparse á sí mismo por las consecuencias dolorosas de su elección incauta. Puede el infiel argüir que estas tendencias son la obra del Omnipotente, autor de nuestros sentimientos; que nuestro albedrío no nos llevaría á la perdición, si los deseos culpables hubieran sido eliminados de nuestra naturaleza; que nosotros no 102
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103 creamos los objetos que nos arrastran al vicio, ni les dimos sus propiedades tentadoras; que el mismo hecho de que se nos haya dado libertad para escoger entre el bien y el mal, supone la existencia del mal, ó su necesidad como una parte de nuestra propia existencia; y que esta lucha arriesgada entre nuestras pasiones y nuestros deberes es una tragedia que, sin aprovechar al Eterno Padre, llena nuestra vida de angustias y peligros. Pero el ánimo superior del religioso le hace mirar tales razonamientos como tentativas infructuosas de un microbillo que se revela contra su Autor; y, con sumiso respeto, el piadoso creyente se confiesa responsable de las calamidades que lo abruman. El cuerpo vive siempre pidiendo la satisfacción de sus apetitos y desviando el alma de la vía de la virtud, y es, por consiguiente, el tronco de la liviandad y la corrupción. Poseídos del más absoluto panteísmo, sentaron los indios la doctrina de que el alma humana es solo una emanación del Alma Universal, una chispa del Luminar Eterno y Único. Asume, al unirse al cuerpo, una existencia individual, y queda dotada de una actividad que, engendrando sus pasiones y deseos, la está arrastrando sin cesar al mal y á la desgracia. Su bien supremo se viene, pues, á vincular en el abandono del cuerpo y su reabsorción en el Gran Todo, donde, libre ya de los lazos carnales, gozará del reposo y la inacción más completa. El hombre, en su peregrinación sobre la tierra, debe empezar á prepararse para alcanzar aquella felicidad tan grande: ejercitándose en el desprecio de las cosas del mundo objetivo, debe darse á la meditación, concentrar sus pensamientos en sí mismo, é ir matando toda su actividad, para obtener así el supremo fin. ________________
(a) Era nuestro intento el presentar en este capítulo un bosquejo de la vida monástica en los tiempos antiguos y en la Edad Media, hasta el establecimiento del jesuitismo, y por esto nos adelantamos á veces en el orden cronológico: mas, no alcanzándonos el tiempo ni el espacio, nos hemos ceñido con especialidad á lo que pudiéramos llamarla edad de oro de las instituciones monásticas. Para seguridad del lector, y para referirlo a obras más extensas sobre el asunto, hemos ido citando cuidadosamente los autores de que tomamos nuestros hechos; fuera de que siempre se hace sospechosa una narración que no va acompañada de referencias á documentos originales o á autoras respetables y conocidos. Cuando citamos varios en la misma nota, no siempre debe inferirse que todos dicen lo mismo, sino que nuestra exposición es una combinación de sus diversas narraciones. En fin, haremos una advertencia con relación á Gibbon: este autor no dividió sus capítulos en parágrafos; pero nosotros hemos puesto un número á cada párrafo; de suerte que, cuando decimos, por ejemplo, “Gibbon, X, 3,” queremos decir, “cap. X, párrafo 3”: el lector debe contar los párrafos, que no están numerados.

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104 Halló Buda estas ideas ya arraigadas en el ánimo de sus contemporáneos: las miserias de la vida le inspiraron el odio de las aspiraciones terrenas: estuvo contemplando en el espejo del desengaño la pequeñez é instabilidad de nuestros placeres; y, convencido de que la actividad del mundo era inútil y perniciosa, se retiró á la soledad á buscar en el éxtasis y la penitencia un bálsamo que sirviese de remedio eficaz á las calamidades de la raza humana. Confirmó lo que ya sus predecesores habían descubierto, y proclamó la doctrina de que, tras una vida contemplativa, penitente y austera, pasada en profundas meditaciones, el santo entra en el Nirvana ó anonadamiento completo, donde, despojado de todo deseo y de toda aspiración, queda para siempre libre de los reveses que su actividad le acarrea sobre la tierra. Desconsolador puede parecer este cuadro á los ojos del piadoso espiritualista; mas cuando el ánimo ha llegado á convencerse de que vida y desventura son voces sinónimas, natural es que prefiera la indiferencia de la nada á las penalidades de la existencia. —Propagóse pronto este sistema sombrío y pesimista por los países orientales, penetrando tan lejos hacia el Occidente, que algunos han tomado á Jesús por un misionero de las doctrinas promulgadas en Cachemira por Buda Chakyamouni.23 Puesto que el cuerpo nos está siempre seduciendo á los placeres y al comercio del mundo, que son tan incompatibles con la inacción en que el alma debe tener clavados sus anhelos, los ascetas brahmanistas y budistas se dieron á domarlo valerosamente, imponiéndole cruelísimas mortificaciones para tenerlo en continua sujeción. La penitencia, bajo las formas distintas del maltrato, el ayuno y las vigilias, se llamó á combatir las tendencias é inclinaciones naturales; y una lucha tenaz entre el espíritu y su armazón terrestre condujo á la invención de los martirios más inhumanos para subyugar el cuerpo y destruir sus pasiones. Al prescribir Manú las reglas que conducen á una santidad encumbrada, manda que el santo, desprendido de todo lazo terrenal, se interne en la soledad á dominar los sentidos y vencer los apetitos. Debe allí arrastrarse sobre el vientre, como los reptiles; permanecer por doce horas en puntillas, ó conservar siempre la misma postura, obligado, sin embargo, á purificarse con el agua del baño tres veces cada día. Un fuego ardiente en su derredor, y un vestido mojado, aquél para el verano, para el invierno éste, vienen á completar el cuadro de estas virtudes esclarecidas.24 Semejantes preceptos no quedaron como letra muerta en las

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Véanse las doctrinas brahmanistas y budistas en J. Vinson. Les Religions Actuelles, chaps. II-III, y en J. W. Draper, Intellectual Development of Europe, rev’d edition of 1875. ch. III, vol. I, pp. 5675. La vida de Buda puede leerse también en Max Müller. Ensayo sobre la híist. de las Relig., y en Spence Hardy’s Manual of Budhism, ch. Vil. Sobre las probabilidades de que el cristianismo baya originado del budismo. véase F. L. Oswald, The Secret of the East, pp. 122-139, 6 el periódico de Boston. The Arena, Jan. 1891.

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105 páginas de un libro; y las prácticas de diferentes edades están mostrando que su autor conocía el ánimo sombrío y las tendencias monacales de sus paisanos. Pasaba el asceta la vida en el ejercicio de la penitencia más extrema: dormía poco y sin otro lecho que la tierra; renunciaba á toda diversión y á todo lazo de familia; escogía para su morada una celdilla estrecha ó una caverna pavorosa; y allí veía transcurrir los días y las noches, entregado á la meditación de los sagrados Vedas. Cuidábase de cortarse las uñas ó la barba, y se alimentaba de frutas y raíces, ó de un poco de arroz que aprontaba la caridad. Mas á menudo, en sus ayunos, se abstenía de probar alimento por varios días, se sometía á una dieta de agua tibia, ó comía tan solo el excremento de las vacas. Un hábito andrajoso, ó el cuero de una bestia, debía satisfacer la necesidad del abrigo; y un bordón, un jarro para beber agua y un plato para mendigar, completan los haberes que la ley permite al penitente. El absoluto aislamiento y el profundo silencio ha de ir atando en él toda afección y todo apego; ni llega á merecer la inmortalidad mientras no esté exento de todo amor y de todo odio. Llegado á este período de suma perfección, puede echar á andar sin descanso ni tregua, hasta que su cuerpo desfallezca y deje el alma libre para reabsorberse en el Alma Universal.25 Algunos de estos héroes se encerraban en una caja de hierro, y, suspendidos de un árbol, pasaban su existencia en tan peregrino retiro; ó bien le hacían dos agujeros para los pies y uno para la cabeza, de suerte que, mientras les era posible el andar, no se lo era el reclinarse ni sentarse. Cerraban otros las manos y dejaban que las uñas creciesen hasta encarnarse en las palmas; ó, ensartados por la espalda con un gancho, se colgaban sobre la llamarada de una hoguera.26 Su abstinencia era severísima, como hemos ya notado, y con cuidado escrupuloso rechazaban el uso de la carne, pues el gran Manu había puesto este artículo en el número de las prohibiciones.27 Valíales semejante abnegación la mayor estima entre los fieles: medíase el mérito de un santo por los años de su retiro, y llegó su fama de pureza á tan alto grado, que aun el tocarlo venía á hacerse un sacrilegio.28

G. Bühler, The Laws of Manu, VI, 22-3 [t. XXV de Max Müller’s Sacred Books of the East, Oxford, 1886].--JacolIiot, Manou, Moïse, Mahomet. 235.—H. Ruffner, The Fathers of the Desert, ch. II, vol. I, pp. 24-5 25 Ruffner, vol. I, pp. 26-9, 40, 42.― Bühler, VI, 6, 25-26, 29-31, 41, 52, 60,80.—Jacollíot, pp. 232, 23fi, 240, 244, 235, 238. 26 PU. Schaff, Hist. of the Christian Church, N. Y., 1884, vol. III, p. 32, pp. 168-69. “They put iron buckles on their privy parts to preserve their chastity,” [Ruffuer, I. 44]
24 27

Bühler, VI, 13 y sig.—Jacolliot, pp. 233-34.—Speuce Hardy, Eastern Monachism, oh IX, p. 101. Aun se privan los creyentes en la metempsicosis de comer carne, pues creen que todo animal está animado por el alma de un hombre que ha muerto. Ruffner, vol. I, p. 25.

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106 Parecidas, si bien no tan extremadas, eran las prácticas budistas; mas los discípulos de Gotama organizaron el sistema monástico cenobítico. Desprendíase el penitente de todos sus haberes, abandonaba su familia, y vistiendo el uniforme de la comunidad, se retiraba al monasterio que servía de morada á otros ascetas. Cuéntanse entre sus costumbres el afeitarse todo el cuerpo, el alimentarse de arroz, frutas y yerbas, y el reunirse á comer en común, llamados por el repique de una campana.29 La puerta del asilo sagrado estaba siempre abierta al devoto creyente, sin distinción de castas; mientras entre los sectarios de Brahma la carrera de la santidad era el monopolio de los grandes. El esclavo y el soldado formaban, sin embargo, dos excepciones á esta absoluta democracia, de que también estaban excluidos los menores de edad, los criminales, los leprosos y los hermafroditas.30 Las relaciones sexuales, que tanto han preocupado á los ascetas de todas las edades, quedaban desterradas del seno de una hermandad budista; mas, como no amarraba al solitario el voto de perpetuidad, su celibato y abstinencia se reducían tan solo á los años de su retiro.31 2. Tales eran las ideas morales de aquellos religiosos antiguos, derivadas de una filosofía naturalista, y, sin embargo, en pugna abierta con las leyes de la naturaleza. Quieren algunos que el movimiento intelectual de los griegos sea una mera oleada de la civilización del Hindostan; mas los datos en que se funda esta hipótesis son tan inciertos, y presentan un campo tan extenso y tan variado, que el establecerlo como un hecho histórico ó el rechazarlo como una invención, requieren mayores conocimientos de los que nosotros poseemos. Pero, sea que la comunicación entre los pueblos haya dado lugar á la copia de los sistemas filosóficos, ó que el espíritu humano marche siempre por los mismos senderos, es de advertir que grandes teorías, como la emanación panteísta y el atomismo, son comunes á indios y griegos.32 Entre estas semejanzas se ha contado el ascetismo,

29

Ruffner, I, 43.

Spence Hardy, Eastern monach. cli. IV, p. 17. Eugene Burnouf, Inlr. á l'histoire du Budhisme Indien, pp. 247, 299, 2e. éd. El cenobitismo budista se formó muy paulatinamente, y, como el cristiano, empezó con la vida ermita, (Véase Burnouf, pp. 253-7).
30

Spence Hardy, ch. VI, p. 50. Según las leyes de Manu, el religioso brahmanista debe casarse y tener hijos antes de dejar el mundo. (Ibid.). Véase también Bühler, VI, 1-2, 36, y Jac., pp. 231-2. 32 Véase en H. Ritter’s History of Ancient Philosophy (trad, de A. J. W. Morrison) una larga, erudito y agradable disertación sobre el origen de la filosofía griega, que el antor no cree haber sido traída de la India. En cuanto al panteísmo, dice: “Tendencias panteístas se encuentran dondequiera hay religión y filosofía, aun entre los isleños del mar del Sur.” (Book II, ch. III, vol. I, pp. 129-165). La cuestión del origen de los pueblos indo-germanos es muy discutida, y hoy algunos sabios, como Huxley, colocan su cuna en Europa, más bien que en Asia. Aun suponiendo el origen asiático, como lo hace Max Müller, no es de creerse que en tiempo de las emigraciones existiese ningún sistema difluido de filosofía.
31

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107 y se ha hecho servir á los filósofos de Grecia como un eslabón entre los monjas budistas y los solitarios cristianos del siglo IV. Dícese que Orfeo y sus contemporáneos consideraban el cuerpo como una prisión del alma, una mansión de castigo por sus delitos anteriores, y que, según él, la penitencia es el único recurso á que ella puede apelar para lavar sus faltas.33 El hombre, según Heraclio de Éfeso, es una emanación del eterno principio (el fuego) que se mueve con infinita velocidad en las regiones del cielo. La trasformarían de este agente en objetos terrestres es una degeneración, pues viene así á quedar privado de su grande actividad. Las cosas de este mundo son, pues, ruines y bajas: y el alma debe su imperfección á su unión con el cuerpo, “que debe despreciarse como más vil que el estiércol.” “El mismo nacimiento del hombre es una calamidad,” dice, y en todo su sistema va derramando el odio contra las cosas que los hombres apetecen en la vida.34 Se habla también del carácter de impureza dado por Platón á la materia, y del despego de Sócrates, los estoicos y los cínicos; pero estas escuelas eran de moral práctica: estudiaban las relaciones entre los hombres y sus hechos, y no se encumbraban á las alturas del misticismo. Cáese, pues, de su peso que enseñanzas tan terrenas no podrían formar el ánimo contemplativo de un asceta cristiano. Las doctrinas pitagóricas van poniendo á las claras la educación oriental de su maestro; mas la vida de Pitágoras está envuelta en una oscuridad tan densa, que escasamente puede hablarse de él con la certidumbre de los hechos históricos. Soslayábanse los pitagóricos al ojo del público; practicaban sus ceremonias y daban sus enseñanzas bajo el velo secreto de la masonería; y aun hasta hoy han dejado al mundo sumido en conjeturas sobre muchas de sus ideas y sus prácticas. Vivían en común, como los monjes. Recordando que el alma es una emanación de la Divinidad, y que el cuerpo es un saco grosero, practicaban la mortificación y la abstinencia como grandes virtudes; rehusaban el uso de carne y vino, y soportaban con placer el hambre, la sed y demás privaciones, pues era su máxima que “el paciente no debe desminuir, pero antes aumentar su carga.” Requeríase del candidato que aspiraba á contarse entre estos “amantes de la sabiduría” un noviciado de dos á cinco años. Examinábase al bisoño sobre su carácter, sus pasiones y su método de vida: se le ordenaba prestar una sumisión
Ruffner’s Fathers of the Desert, vol. I, p. 130. Orfeo vivió cerca de ocho siglos antes de Jesús. Este personaje, sin embargo, parece no ser más que un mito.
33 34

Ritter’s Hist. Anc. Phil., b. III, ch. VI, vol. I, pp. 250-1.—Ruffner. vol. I. 11. 180. —Dícese que Heraclio, que ocupaba un puesto público, se vio sometido á tales contrariedades é injusticias, que, huyendo del mundo, se retiró á la soledad, donde vivía de frutas y raíces. Puede inferirse de aquí que el desengaño tuvo sobre su sistema la influencia que se ha atribuido á las doctrinas indias. Algunos lo hacen discípulo de Buda, aunque no se avienen bien la actividad de Heraclio y el reposo de Gotama.

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108 completa, y, al prohibirle el uso de la palabra, se le vedaba el expresar sus dudas ó escrúpulos; debía, con todo rendimiento, creer en las enseñanzas dogmáticas del maestro; resignarse á la más completa pobreza, á los trabajos forzados y aun al escarnio y menosprecio—métodos seguros de poner á prueba su paciencia. Tras estos ensayos, quedaba admitido en el seno de la comunidad: podía contemplar el rostro imponente del gran filósofo, exponer sus dudas y discutir con toda libertad. —No pasaban los pitagóricos la vida ociosamente, pues se daban al estudio de la física, la moral, la política y la música, sin olvidar por eso el baño y los ejercicios saludables del gimnasio. Débeles la Geometría su teorema más importante, y en sus concepciones astronómicas habían llegado á adelantarse á Copérnico, descubriendo, ó quizá inventando, la teoría heliocéntrica.35 A principios de la era vulgar renació el ascetismo pitagórico con Apolonio de Tyana. Habiendo recibido, según se dice, sus enseñanzas de un viejo pitagórico y de un indio, y conocido las costumbres orientales (pues viajó á Egipto, á Persia y á la India), se dio á promulgar el despego de las cosas terrenas. Absteníase de carne y vino, y rechazaba el matrimonio; andaba siempre descalzo, ni se avino jamás al lujo de cortarse el pelo. Cuanto es terreno es impuro á los ojos del Criador, y el legítimo objeto del odio de los hombres.36 3. La comunicación con los pueblos lejanos del Oriente se iba haciendo común, y el misticismo de los indios fue calando gradualmente en el ánimo griego. El odio á la materia, y la creencia en su vileza, llegaron á tomar posesión de una, gran parte de los espíritus filosóficos, y el desprecio del cuerpo, y su sumisión á penosas maceraciones, fueron la consecuencia de tales teorías. La ignorancia de las leyes orgánicas, y de la mutua dependencia entre las funciones del cuerpo y las operaciones mentales, dio origen á una distinción dualista entre el cuerpo y el alma; y como las necesidades y flaquezas de aquél no siempre se avienen con las aspiraciones más elevadas de ésta, se dio á la materia un carácter de indeleble ruindad, que la vino á, convertir en el lodo embotador de nuestras facultades.

Diógenes Laërtius, Pitágoras,—Enfield’s Hist. of Phil., Loudon, 1840, b. II, ch. XII, sec. I, pp. 217-20.—Ritter, b. IV, ch. II, vol. I, p. 416.—Draper’s Intellectual Development, ch. IV, vol. I, pp. 111. &c. —Ritter observa que el hecho de que los pitagóricos poseyesen sus bienes en común no parece probable, pues hay ejemplos de muchos de ellos que poseían riquezas privadas. Diógenes Laërtius dice que Pitágoras ordenó que se grabase sobre su tumba el enunciado de su gran teorema (que el cuadrado de la hipotenusa es igual á la suma de los cuadrados de los catetos). Cosa semejante ordenó Arquímedes, en cuyo sepulcro sus amigos esculpieron un cilindro circunscrito a una esfera, simbolizando la relación de estos dos sólidos (3 á 2), descubierta por el geómetra. (Plutarco, Marcelo, 17).
35 36

Ritter, b. XII, ch. VII, vol, IV, pp. 479, 482-3, 485.

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109 Considérala Filón tan impura, que Dios, al modelarla para formar el mundo, se abstuvo de tocarla, para no mancharse; y aun la Infinita Omnipotencia fue incapaz de destruir en ella esta impureza intrínseca, que parece hacer parte de su naturaleza.37 El cuerpo es un fardo; el placer y la gloria son objetos de vilipendio para el hombre virtuoso. La soledad nos aleja del vicio, y mejor es permanecer en nuestra casa que enrolarnos en los negocios del mundo. Suficiente es comer lo puramente necesario para vivir; vestir con humildad, y dormir sobre la yerba, al amparo de los árboles y con la cabeza reclinada sobre una roca.38 Forma Filón una excepción entre los filósofos, pues su sistema moral no proviene tanto de principios filosóficos cuanto de las enseñanzas esenianas, que él parece haber recibido y que está siempre alabando y ponderando, mientras se lamenta de haber abandonado la vida austera y meditativa. El verdadero pesimismo y el misticismo filosóficos se hallan en su apogeo en la escuela neoplatónica de Alejandría. Tras estudiar con Amonio Saccas, emprendió Plotino, en el siglo III, un viaje al Oriente con el emperador Gordiano. Regresó en posesión de las máximas y prácticas indias, y en su escuela de Roma empezó á promulgar sus teorías. Enseñó á despreciar la vida, el matrimonio, la sociedad y la patria. Con desden, ó tal vez con odio, miraba las necesidades corporales; se alimentaba escasamente, absteniéndose siempre de carne; se privaba del sueño á menudo; y, entregado á la meditación más profunda, miraba con indiferencia todo el mundo objetivo, mientras se embebía en sus contemplaciones con tal concentración de ánimo, que lograba desprenderse del cuerpo y elevarse al mundo trascendental. Aunque médico, rehusaba aplicar medicina alguna á sus achaques, que consideraba como castigos á que el alma era acreedora por sus faltas pasadas; se negaba á que se pintase su estampa y á que se recordase el día de su nacimiento. Murió extenuado por el exceso de su penitencia; mas sucedióle su discípulo Pórfiro, quien, en su arrebato contra el cuerpo, quiso una ocasión suicidarse, para desprenderse de un saco tan grosero.39— Extendióse pronto este sistema, que

37Ritter, 38

b. XII, ch. VII, vol, IV, pp. 433, 445.

Ruffner, vol I, pp. 152-4. — Sin embargo. Filón, que se retiró varias veces a la soledad, declara que ningún provecho le resultó de ello (Neander, I, 82). estas doctrinas neo-platónicas en Draper’s Int. Dev., ch. VII, vol. I, pp. 211, etc.; Enfleld’s Hist. Phil., b. III, eh. II, sec. IV, y Ruffner, vol. I, pp. 185-7. — En sus hondas contemplaciones, cuando el éxtasis era completo, llegaban los místicos á desprenderse enteramente del mundo y á trasportarse á la presencia de la Divinidad. Pórfiro y Plotino habían contemplado cara á cara al Supremo Hacedor, y el divino Jámblico descolló por sus milagros estupendos y su familiaridad con los misterios de la teurgia. Si el éxtasis no era completo, los demonios venían á turbar el

39Véanse

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110 llegó hasta arropar el retoño naciente del cristianismo; y su influencia pudiera considerarse como la causa del monaquismo cristiano, á no ser por razones que apuntaremos luego. 4. Hemos pasado en revista el ascetismo oriental y el de los filósofos griegos, como una introducción necesaria al objeto que nos ocupa; tanto más cuanto (á nuestro parecer con injusticia) se han atribuido las locuras de los monjes á las influencias de la filosofía. Andaba ésta degenerada y reducida á la superstición y al pesimismo más irracional; no obstante, el torrente arrollador de la penitencia monacal emanó de otra fuente. Pero, para poder comparar y juzgar las doctrinas y los hechos, debemos, ante todo, exponer la historia primitiva del monaquismo cristiano, y entonces trataremos de asignarle su verdadera causa. 5. Cerca de dos siglos40 antes de la era cristiana, se distinguía ya hacia el poniente del mar Muerto una secta judía, cuyo origen problemático ha ejercitado hasta lo sumo la paciencia de los críticos, y cuya fama ha sido conservada en los escritos de Plinio, Filón y el historiador Josefo. Conócese en la historia con el nombre de fraternidad eseniana, y de ella, probablemente, emanó el raudal del cristianismo. Tomando algunas de sus ideas de los pueblos vecinos, echaron los esenianos las raíces del ascetismo, de donde luego creció el árbol que arropó bajo su sombra las comarcas más florecientes de la tierra, así como los arenales del desierto y las selvas vírgenes del Occidente. Creyendo que la verdadera religión consiste en una existencia contemplativa y austera, sustraíanse estos sectarios á los lazos sociales para morar en la soledad, donde, libres aun de los afectos del matrimonio, que ellos proscribían ó desdeñaban, se entregaban á la penitencia, al silencio y á la mortificación, convencidos de que en esto, y en la contemplación de las cosas divinas, venía á cifrarse la virtud por excelencia. Aceptaban algunos, sin embargo, las caricias de una esposa, mas con el objeto exclusivo de conservar la especie, y no para satisfacer una necesidad humana, ni cumplir con una ley de la naturaleza, que el asceta refinado consideró siempre como apetitos vulgares.41 Era, no obstante, el celibato el estado más común; y Plinio, que llama á los esenianos “los compañeros de las palmas,” se admira de ver cómo se perpetúa aquella sociedad en que nadie nace; pero él mismo explica esta aparente anomalía, diciendo que el hastío del mundo y los reveses de la fortuna van
espíritu. La descripción que Plotino hace del éxtasis puedo verse en Ritter, b. XIII, ch. I, vol. IV, pp. 545-6.
40

Josefo, Antigüedades Judaicas, I. XII, c. IX, 9.—Torrey’s Neander’s Hist. of the Church, edition in 9 vols., rev’d by Rev. A. J. W. Morrison, vol. I, p. 59.

41

Maclnine’s Mosheim’s Ecclesiastical History. century I. part. I, ch II, 9. — Josefo, Guerras de los Judíos, 1. II, c. VIII, 2, 13.-—Dice Josefo que los esenianos no confiaban en la fidelidad de la mujer.

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111 dando nuevos miembros á la secta.42 Mas, si por maravilla tenían hijos en la carne, ponían grande esmero en formar los del espíritu, educando los niños ajenos en sus doctrinas austeras.43 Los trabajos amenos de la agricultura, que tan bien se avienen con una naturaleza pacífica y calmada, eran su favorita ocupación, sin ser por eso la única; pues, mientras los unos se daban á criar abejas y ganado, otros cultivaban la medicina é instruían la juventud. Su tesoro era común, y constaba de las ganancias adquiridas con la industria y de los bienes de los que abrazaban la secta. Vendíanse los productos de su trabajo, y el curador repartía el precio entre los hermanos según las necesidades de cada uno.44 Elevados sobre el nivel de sus contemporáneos, condenaban la guerra y la esclavitud; pero, si es verdad que ningún esclavo podía ingresar en la hermandad, había en ella una distinción de clases, en que unos miembros se consideraban manchados con el mero contacto de los otros.45 Evitaban los incircuncisos con piadoso escrúpulo, y consideraban la mujer como un ser impuro, pues el pecado de Eva parece haber encendido en la conciencia humana un rencor inextinguible. Nada llevaban consigo en sus viajes, excepto algunas armas para defenderse de los salteadores. En su completo comunismo, la propiedad individual venía á quedar eliminada, y un hermano podía entrar y hospedarse en la casa de otro, aun sin conocerlo ni pedir su consentimiento.46 El bisoño, en su noviciado de tres años, prometía, bajo solemne juramento (único caso en que entre ellos se juraba) el practicar la piedad y la justicia; el no hacer mal á nadie, ni aun por mandato ajeno; el someterse á las autoridades, puesto que todo gobierno viene de Dios; el portarse con humildad en los empleos, y otras cosas tocantes á la moral y al ceremonial de la hermandad.47 La preexistencia y la inmortalidad del alma; el fatalismo y la predestinación, y las penas y recompensas futuras, eran los distintivos de su profesión de fe religiosa.48 La pureza, así del alma como del cuerpo, era uno de los cuidados más
Plinio, Hist. Nat., V, 17. Josefo, Guerras, I. II, c. VIII. 2.

42

43

Josefo, Guerras, 1. II, c. VIII, 2. ― Filón, en su tratado Todo hombre virtuoso debe ser libre, 12. —Neander, vol. I, p. 62. 45 Josefo, Id, 10—Los esenianos no tenían criados, sosteniendo que “esta distinción es contraria á las leyes de la naturaleza.” [Filón. loc. cit. — Josefo, Ant., 1. XVIII, c. I, 5. — Basnage, Histoire des Juifs, 1. II, ch. XX, 22].
44 46

Josefo, Guerras, Id. II, c. VIII, 4. —Philo, loc. cit. Josefo, Guerras, cap. citado, 7. Compárese Basnage, Hist. des Juifs, 1. II, ch. XX, 25. Josefo, Id., 11; Ant., 1. XIII, c. V, 9; 1. XVIII, c. I, 5, Basnage, en varios pasajes del cap. citado.

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112 escrupulosos de los esenianos: se bañaban á menudo en agua fría para purificarse: se abstenían de todo alimento que viniese de manos extrañas, y aun se negaban á visitar el templo que había sido la gloria de sus mayores.49 Todo litigio de importancia era sometido á un consejo de ciento, cuyas decisiones eran inapelables. La expulsión castigaba las ofensas graves, y el culpable, habiendo jurado en su noviciado no volver á probar otro alimento que el de los hermanos, fenecía, como la bestia, comiendo hojas y yerbas. A veces, sin embargo, la compasión tocaba el corazón de aquellos ascetas adustos, y el infortunado criminal era de nuevo recibido entre sus caritativos compañeros.50 (Sin faltar al respeto debido al historiador, nos es permitido dudar que un criminal aun guardase heroísmo suficiente para rendir su vida conforme á las reglas de una sociedad que lo había excluido de su seno). En su desden por los placeres y el lujo, condenaban el comercio, temerosos, además, de la avaricia y la mala, fe que por lo común andan mezcladas con aquella profesión. Los artículos que son imprescindibles para el uso personal, eran fabricados en el mismo seno de la hermandad; pero los instrumentos de guerra, como antagonistas de sus máximas y prácticas pacíficas, quedaban de hecho excluidos de su industria.51 Ambos historiadores atestiguan la humanidad y la mansedumbre de los esenianos; y entre sus timbres descuellan el amor mutuo, la caridad y la compasión.52

49 50

Josefo, Guerras, c. cit., 8; Ant., 1. XVIII, c. I, 5. Neander, vol. I, pp. 66, 68.

Josefo, Guerras, cap. citado, 8. —Advertiremos que, aunque la mayoría de los esenianos moraban en los campos de Siria y el Egipto, otros vivían en las ciudades y aun desempeñaban puestos públicos (Neander). Todos tenían a Moisés en grandísima estima. Guardaban el sábado tan escrupulosamente, que ayunaban el viernes, para no manchar aquel día con el desempeño de las funciones naturales (Basnage, cap. cit., 19, 22) Como todo asceta, se avergonzaban de vivir en conformidad con la naturaleza, y, teniendo una veneración especial por la luz (doctrinas persas), trataban de ocultar sus acciones corporales, ejecutándolas en una oscuridad natural o artificial. En la traducción inglesa de Josefo leemos: “They” [the Essenes] “dig a small pit, a foot deep, with a paddle and covering themselves round with their garment, that they may not affront the divine rays of light, they case themselves into that pit; and even this they do only in the more lonely places, which they choose out for this purpose: and although this easement of the body be natural, yet it is a rule with them to wash themselves after it, as if it was a defilement to them.” [Wars, b. II, ch. VIII, 9]. Eran muy supersticiosos, y había entre ellos muchos profetas y adivinos. Josefo observa que sus profecías rara vez dejaban de cumplirse. Philo, loc. cit. Philo, loc. cit. —Josefo, Guerras, cap. cit., 2, 6.

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113 Los terapeutas, que habitaban sobre todo en las vecindades del lago Mariótis, en Egipto, formaban otra secta de judíos ascéticos, ó bien, según el sentir de muchos, una división de la asociación eseniana. Sus austeridades eran rigorosas: vivían retirados en celdillas humildes, entregados á la meditación de las cosas divinas, cuando su piedad les permitía distraer algunos ratos á la oración ferviente. Poseídos de un profundo desprecio por el cuerpo y sus necesidades, ayunaban á menudo, se alimentaban de pan y agua, y, avergonzados de ofender la luz con el desempeño de las funciones naturales, tomaban su escaso alimento tan solo en las sombras de la noche.53 6. Preparado estaba el terreno por estas sectas, que ya arrancaban la virtud de su suelo nativo, que es la familia de los entes racionales, para llevarla á la soledad del desierto y encumbrarla sobre las tendencias de nuestra organización. Nació el cristianismo, cuyo origen, aunque envuelto en una densa oscuridad, parece haber estado en relación íntima con las doctrinas esenianas; promulgó la nueva secta un código de moral en que el disgusto del mundo y la desesperación de alcanzar el bien sobre la tierra van descollando á cada paso; y, como el infortunio está siempre listo para aceptar el primer remedio que se le presente, fuera de que el egoísmo es imperecedero en el corazón humano, pronto, se llenó el mundo de ascetas desaforados, que, dejando la actividad y los afanes de la sociedad, se internaban en el desierto á echar el resto por aniquilar todo placer corpóreo, imaginando que con esto se abrían camino á la dicha sempiterna.

Neander, History of the Church, Vol. I, p. 84. —Eusebio, en el libro II, cap. XVII [cap. XVI de otras ediciones], de su Historia Eclesiástica, reproduce la descripción de los terapeutas hecha por Filón el Judío en su obra De la Vida Contemplativa. Esta obra, sin embargo, es de dudosa autenticidad.—No puede menos de sorprenderse el lector al ver la gran semejanza entre esenianos, terapeutas y cristianos, y teniendo en cuenta que al menos los esenianos precedieron al cristianismo, quizá se excusará la sospecha de que el Salvador se dignó tomar sus doctrinas de los hombres que vino á redimir. En cuanto á los terapeutas, Eusebio los cree ascetas cristianos. Los argumentos de Helyot en favor de esta hipótesis son demasiado débiles. Sostiene este antor que los terapeutas se formaron en Egipto con las predicaciones de San Marcos, en el siglo I, y que fueron los padres del monaquismo. [Véase su Hist. des Ordres Monast., Paris, 1714, Dissert. Prelim.]. Los argumentos en contra son expuestos enérgica, clara y eruditamente por Basnage en su Híst. des Juifs, 1. II, chs. XXI—XXIII. No obstante, esta disensión se apoya en la obra de Filón de que hemos hablado, cuya autenticidad no es generalmente admitida. Algunos críticos modernos han tratado de defender á Eusebio, aunque rechazando la autenticidad de la obra en cuestión; y teniendo en cuenta la semejanza entre los monjes primitivos y la descripción de los terapeutas, han concluido que éstos eran realmente monjes cristianos. Aunque no somos versados en estas cosas de antigüedades, se nos ocurra la pregunta: ¿No es posible que los terapeutas, siendo judíos, hayan originado el monaquismo cristiano, y aun el mismo cristianismo?
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114 El código espiritual del Salvador había abolido todo goce terreno, lanzado su divino anatema contra todo conato por el bienestar presente, y condenado cuantas acciones no conducen en línea recta á la bienaventuranza. Desde su infancia se dividió la Iglesia entre los fieles comunes y los ascetas. Los más rígidos seguidores de las enseñanzas del Maestro llegaron á destacarse entre sus hermanos como los modelos perfectos de la pureza evangélica, y emplearon su ingenio y su agudeza en el vilipendio de las flaquezas humanas más inocentes, que pudieran parecer excusables al ánimo de un filósofo. Los placeres de esta vida, y los esfuerzos para mejorar las condiciones de nuestra actual existencia, eran objetos de menosprecio á los ojos de unos misántropos adustos, cuyo mayor anhelo se cifraba en salir cuanto antes de este valle de lágrimas.54 La patria del cristiano se elevó de la tierra al cielo; se hizo del mundo la cárcel más estrecha de su espíritu, ó el campo arriesgado donde Satanás lo está siempre retando con sus infinitas tentaciones; ni es maravilla que el ferviente devoto, al pintarse en su imaginación los deleites inefables de ultratumba, se considerase como un forastero entre sus semejantes.55 Los libros de su Ley Sagrada, así como los escritos de aquellos ínclitos que la posteridad agradecida ha recompensado con el reverente título de Padres, estaban mostrándole la oposición entre las cosas terrenas y las celestiales; advirtiéndole el peligro de consagrarse á los negocios presentes, recordándole que nadie puede servir á dos señores; abriéndole los ojos á la nulidad de la bienandanza de aquí abajo, y exhortándole al deseo de la muerte, puesto que el vivir es un grande infortunio, y el creyente, cuanto más pronto fenezca, tanto más acorta el plazo de su recepción en el Paraíso—su legítima patria.56 Espaciábanse los Padres en la condenación de las costumbres paganas, y evitaban, como cosas ajenas al supremo fin, las juntas, las diversiones y los pasatiempos de un pueblo reacio que se desentendía de abrazar la fe del Salvador.57 Justo es que, después de las fatigas del trabajo, el hombre de bien se solace con el teatro ó la lectura, ó acuda á otro medio inocente de hacer esta vida llevadera. Mas tamaño epicureismo, que tan natural aparecía á aquellos gentiles, atentos solo á los cuidados presentes y al bien de la República, lastimaba el pecho
“Solo una cosa nos importa en esta vida, y es el salir de ella pronto.” [Tertuliano, Apologético, 41].
54 55

Cipriano, De la Mortandad, 4, 26.

Cipriano, Del Vestido de las Vírgenes, 7; De la Mortandad, 26. — Clemente Romano [?], Epíst. II, 5-6.
56 57

“Mas, como aquellos en quienes todo anhelo por los honores y la gloria está muerto, ningún aliciente nos urge á tomar parte en vuestras asambleas públicas; ni hay nada más extraño á nosotros que los negocios del Estado.” [Tertuliano, Apologet., 38].

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115 sensible de los nuevos sectarios, cuyo ideal se vinculaba en abrirse camino al trono del Excelso, despreciando, ó escarneciendo, las leyes y obligaciones humanas. Con piadoso arrebato fulminaban contra las representaciones teatrales, las comodidades del cuerpo y las diversiones inofensivas, mientras hacían de los partos más sublimes de la antigüedad, el aborto de los genios tentadores. La humanidad, que nos manda la indulgencia con nuestro prójimo, podía haber inspirado en corazones tan adustos un sentimiento de compasión para con sus hermanos menos afortunados, ó más ciegos; pero lejos de incurrir en esta debilidad excusable, se fortalecían más y más con el estudio de sus libros infalibles: ni cabía en su ánimo melancólico la idea de que el hombre puede, sin faltar á la moral, disfrutar de los bienes que no dañan ni empañan. Con espíritu draconiano, reconocían solo el ascetismo y la sensualidad desenfrenada: todo recreo venía á ser un deleite grosero, y toda atracción á los sentidos, un lazo del artificioso Lucifer (que, no obstante, había quedado postrado á los pies del Redentor). El teatro, aquella pintura cabal de las costumbres, y continua censura de los vicios, era á lo más una infame é indecente idolatría.58 El mismo Satanás había sugerido á los actores el uso de zapatos altos, para mofarse de las palabras de Cristo, que “nadie puede agregar un codo á su estatura.”59 Van asomando entre los pecados horrendos las canciones amorosas,60 que han sido siempre el encanto de los amantes; los collares de perlas, las aretas, las mejillas y el pelo teñidos; el cabello peinado con esmero,61 y sobre todo, los vestidos elegantes y los adornos con que el capricho femenino se ha deleitado en todas las edades, y que el docto Cipriano deja solo para las actrices y rameras.62 Los ejercicios del gimnasio, que fortalecen los miembros y guardan la salud del cuerpo, quizá pudieran excluirse del número de las culpas espantosas, por ser tan provechosos como inofensivos; mas bajo estas apariencias engañadoras, la penetración de los nuevos Apóstoles descubrió las tendencias impías á mejorar la creación del Omnipotente.63 Se enorgullecía la vieja Grecia de sus obras maestras, y la
Tertul., De los Espectáculos, 10,17. —Cipriano, Epíst. LX (en la edición inglesa de Ante-Nicene Christian Library).
58 59

Tertul., Espectác., 23. Cipriano, Sobre el Vestido de las Vírgenes, 11.

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Ibid., 14-16. —Tertuliano, Sobre el Vestido de las Mujeres, I, 2, 8; II, 7, 5. —Este doctor humanitario ordena á las mujeres el vestirse humildemente, en memoria de la vileza que han heredado de Eva. La mujer fue la causa de que el hombre--la imagen del Criador—se entregase á la. perversidad; la fuente de la degradación humana, y aun la cansa de que el mismo Cristo tuviese que bajar del Cielo á perecer sobre la cruz [Ibid., 1,1]. Cip., Del Vest. Vírg., 12. Tert. Espec., 18.

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116 posteridad, que hoy apenas recuerda el nombre del “fogoso africano,” guarda los nombres de Fídias y Praxíteles con veneración y gratitud. A los ojos del implacable verdugo de nuestros recreos, aquellos grandes hombres, lejos de recibir la sublimidad y grandeza de su genio de manos del Criador, las hubieron de Su enemigo, que— conociendo nuestra inclinación á la belleza—se valió de este ardid para apartar la humanidad del amor de su Señor.64 En los primeros siglos del cristianismo, sus doctores de más encumbrada jerarquía se declararon abogados de la completa pobreza, de la austeridad y de la abstinencia más cabales. Llegó su afán por la bienaventuranza hasta desentrañar los misterios inefables de la vida eterna, y fueron asignando diversos rangos en el Paraíso á los diversos creyentes, según la intensidad de su fe y el ardor de su celo. Mientras se dignaban conceder el galardón de la gloria al feligrés que seguía los preceptos del Testamento, encumbraban á mayor santidad, y daban el mejor puesto en el cielo, á aquéllos que, fuera de los preceptos, se amoldaban á los consejos y ejemplos de Cristo y los Apóstoles; puesto que el servidor que hace lo que se le manda, poco más vale á los ojos de su amo; al paso que el que agrega algo de su parte se hace, acreedor á mayor distinción y recompensa.65 El ayuno, las privaciones y, sobre todo, la abstinencia de las relaciones sexuales, aparecieron como grandes timbres del devoto. Hacía la Iglesia alarde de sus vírgenes de ambos sexos, que en el curso de su vida guardaban inviolable el tesoro de su castidad.66 Aveníanse algunos, siguiendo el ejemplo de los esenianos, á abrazar la vida conyugal, con el objeto exclusivo de conservar la especie;67 mas otros, de virtud más acendrada, afirmaban que el Hacedor, al dar nacimiento al Cristo de una virgen, había demostrado que la propagación de

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Una breve, pero aguda y amena, descripción del ascetismo de los primeros cristianos, puede verse en Gibbon’s Hist. of Christianity II, 31, y sig., pp. 157, y sig. [cap. XV de la Decadencia y Ruina]. El cap. X de Hist. of Christianity, que á menudo citaremos, corresponde al XXXVII de la Dec. y Ruina. Acuella obra contiene todo lo que en esta se relaciona con el cristianismo. Sea esta la ocasión de advertir que el estilo enérgico, majestuoso y ameno de Gibbon, unido á su grande erudición, ha valido á su historia la reputación de obra sin igual ni rival. La traducción española de Mor de Fuentes no es un dechado de fidelidad. Schaff, Hist. Christian Church, vol. II, § 105, pp. 393-5.

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Schaff, vol. II, § 107. p. 399. —Desde el siglo I era común la práctica de la virginidad, si podemos dar crédito a Ignacio de Antioquía, que manda á los celibatarios el no hacer ostentación de su virtud [Ep. á Policarpo, 5]. Dionisio, obispo de Corinto, escribe á otro de Creta diciéndole que no imponga el celibato á sus feligreses como una obligación (Eusebio, Hist. Ecl., IV, 23).
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Tales eran las ideas de Atenágoras, Minucio Félix y Justino Mártir en el siglo II. Muchos doctores calificaban el segundo matrimonio de adulterio. Véase H. C. Lea’s Sacerdotal Celibacy, 2d. ed., ch. II.

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117 nuestra raza no requiere las relaciones groseras del matrimonio.68 El gran Orígenes, que amaba, más el cielo que su dignidad de hombre, puso fin á todo peligro deshaciéndose para siempre del tentador terrible; ni fue su celo el único ejemplo de esta interpretación literal de las palabras del Maestro.69 El celibato llegó á mirarse como presea de subidísimo valor, y la virtud heroica de la castidad se hizo tan acreedora al encomio de los fieles, cuanto es difícil el encadenar la pasión más arrebatadora del pecho humano. Las damas cristianas que, subyugando las tendencias naturales, consagraban su virginidad al Redentor, eran resplandecientes luminares de la Iglesia. Llámalas Cipriano “la flor de la semilla eclesiástica,” “la imagen de la santidad de Dios,” y “la porción más ilustre del rebaño de Cristo,” y les asigna, como premio de su valor innegable, el segundo puesto en la mansión de la felicidad eterna, reservando el primero á los mártires.70 Mas al lado de estas grandezas debe el historiador advertir, que las mismas reprensiones de los Padres están poniendo á las claras que el frágil vaso de aquella gran virtud se hacía pedazos con más frecuencia que se conservaba, y que á menudo la virgen, que no lo era, abusaba de este dictado honorífico para encubrir bajo el manto de su decantada santidad sus placeres ilícitos y la satisfacción de su lascivia; ni se horrorizaba de acudir al infanticidio para mantener ilesa la fama de su continencia.71 Bajo el pretexto de resistir á la tentación, y obtener el triunfo en una lucha más arriesgada, vivían muchas vírgenes con eclesiásticos de alta jerarquía, o con otros santos ascetas: y en la noche, el mismo lecho daba descanso á la doncella y al célibe, que se preciaban de su mutua indiferencia en circunstancias tan tentadoras. Prácticas de esta laya, tan contrarias á la moral más simple, cuanto más á la pureza cristiana, llamaron

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Justino Mártir, según Schaff, vol. II, §107, p. 400.

Eusebio, Hist. Ecl., VI, 8—El mismo historiador habla del eunuco Melito, Obispo de Sardis. (Ibíd, V, 2i). La práctica de mutilarse por el reino de Dios no era escasa, y Justino Mártir parece haberla aprobado. Aun se habla de una secta que hacía prosélitos forzados inflingiéndoles esta cruel mutilación. (Véase Lea’ Sacerdotal Celibacy, ch. II, p. 40). Sobre este asunto pueden verse también las notas del traductos ingles, de Eusebio [Rev. A. C. Me Giffert]. Las palabras del Evangelio son: “Hay castrados que ásí mismos se castran por el reino de los cielos. El que pueda ser capaz, séalo.” [Mateo, XIX, 12]. 70 Cipriano, Sobre el Vestido de las Vírgenes, 3, 21, 23. —Compárese Ruffner, vol. I, pp. 226 9. — Tertuliano, aunque casado, aboga enérgicamente por el celibato. Según él, las palabras de Pablo, “Más vale casarse que abrasarse,” muestran á las claras que el matrimonio no está, permitido sino como una necesidad, para evitar las tentaciones, y que no es sino el menor de dos males; es decir, que entre el mal de condenarse y el de casarse, éste es el menos; y que puesto que el Apóstol habla en estos términos tan palpables en contra del matrimonio, es claro que el celibato es el verdadero camino de la virtud. “Felices los que lleguen á imitar a Pablo!” concluye el docto asceta. (A su Esposa, I, 3).
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Tal es el testimonio de Tertuliano, según Lea. (Sacerd. Celib., ch. II, p. 42).

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118 pronto la atención de la Iglesia, y Cipriano, Jerónimo y varios concilios tuvieron que intervenir para suprimir aquella solapada corrupción.72 Solo un paso hay de este ascetismo extremado á la vida monástica, y los devotos de mayor fervor echaron pronto de lado todo escrúpulo y se despidieron para siempre del mundo y sus engaños.73 Parece probable que la vida austera de la soledad se haya practicado en Egipto desde tiempos muy antiguos; pero es solo en el siglo IV cuando este nuevo método de practicar la virtud se hace prominente, y es entonces, a á fines del III, cuando empieza la historia segura del monaquismo cristiano. Difícil es narrarla con certidumbre, pues los datos que hoy quedan son casi todos suministrados por escritores y controversistas eclesiásticos, que parecen haber tenido la verdad en poco, desconocido los deberes más sagrados del historiador, é ignorado que sus escritos debían someterse á la crítica y al fallo de la postereridad. Al relatar las vidas de los santos, apuntaremos lo que de ellos se escribió y se dijo, lo cual, aunque careciendo á veces de toda realidad histórica, muestra el carácter de la época, las tendencias del espíritu, el criterio de la virtud y la concepción de la moral. 7. Contábase que un tal San Pablo de Tebaida, denunciado á las autoridades por su cuñado bajo la persecución de Decio, se retiró al desierto en busca de la paz que le negaba el mundo, y habiéndose albergado en una caverna, á la sombra de una palma, se apegó á vida tan tranquila, se dio á la práctica de la penitencia, y fue el primer modelo de la perfección religiosa.74 El hecho, sin embargo, es

Cipriano, Epist. LXI.—Moshein’s Eccl. Hist., cent. III, part II, ch. II, 6. - Schaff, vol. II, § 107, pp. 402-3. —Ruffner, I, 231 3.—Cipriano se espacia al pintar los abrazos y los besos de los culpables que duermen en el mismo lecho, y manda que se someta el cuerpo de las vírgenes á un examen minucioso, (lbid.). Reprende á las vírgenes por usar vestidos lujosos, joyas y coloretes, y, sobre todo, por frecuentar los baños mixtos, donde desnudas, y en presencia de hombres desnudos [tales son las expresiones del Santo] se exponen a perder su modestia. [Véase Cipriano, Del Vestido de las Vírg., sobre todo 14-16, 19-20]. Observa Lea que esta última falta es tanto mas censurable cuanto estaba prohibida por las Constituciones Apostólicas. [Sacerd. Celib, p. 41, note].
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No debe entenderse que el odio al matrimonio, y los otros distintivos de los ascetas fuesen universalmente aceptados por los cristianos. Algunos, como Clemente Alejandrino, son más racionales y moderados. Clemente aboga por el matrimonio y las afecciones de familia, y al dar reglas para las acciones de la vida práctica—el modo de usar el anillo de hablar, de reír, de comer, &c. —se muestra muy superior a Cipriano y Tertuliano (Véase su Pedagogo. Tambien Hastie’s Luthardt’s Hist. of Chr. Ethics, part I, pp. 131-41, y Neander’s Hist. of the Church, vol. I, pp. 3869).
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Fleury, Histoire Ecelesiastique, Paris, 1840, livre VI, n. 48. Encyclopædia Britannica, s. v. Monachism. Véase tambien “English Churchman,” en su nota á Gibbon’s Hist. of Chr., X, 3, pp. 564-5.
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119 discutido,75 y las autoridades más respetables .dan á Antonio la gloria de la prioridad entre los santos solitarios. Nació este héroe famoso en el año 251 de nuestra era, en el Alto Egipto. Aun niño, se entregaba á menudo á cavilar sobre la pobreza ejemplar de los Apóstoles, y habiendo en varias ocasiones oído las diatribas del Evangelio contra los ricos, y los consejos que nos mandan el no preocuparnos por el día de mañana, imaginó el devoto mancebo que las palabras divinas eran dirigidas á él personalmente. Repartió sus riquezas entre los pobres; abandonó á su hermana, á quien encerró en un colegio de vírgenes; y, tras acción tan meritoria, se retiró á la vida angélica de la soledad. Fácilmente se amoldaba su disposición á este género de existencia, pues su fe ardorosa en las máximas cristianas, y su espíritu indolente, que le hacía mirar con odio el trabajo y las fatigas del mundo, lo habían preparado para emprender el viaje en busca de su celeste galardón. Nunca lo preocupó el estudio, y, temeroso de contaminarse con el roce de sus compañeros, se negó, cuando niño, á asistir á la escuela.76 Así vemos un hombre inculto, que ni siquiera disfrutó del poder leer ni escribir, rivalizando en fama con los genios más ilustres de la antigüedad.77 Pasaba á menudo la noche sin pegar los ojos; comía, por lo general, una vez al día, mas con frecuencia llevaba
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Véase Neander’s Hist. Chur., vol. III, y. 324.—Había, sin duda, muchos solitarios antes de Antonio, que él buscaba “Como la abeja busca las flores” [Atanasio, Vida de Antonio, 3, en Ruffner, vol. I, eh. XIV]; mas el caso especial de Pablo, con sus pormenores y particularidades, es tanto más increíble cuanto Atanasio no lo menciona. Muchos cristianos, huyendo de la persecución bajo Decio, se fueron de las ciudades al desierto, y de algunos no se volvió á tener noticia. [Eusebio, Hist. Ecl., VI, 42]. Probablemente se hicieron ermitaños. Por lo demás, aun suponiendo el cuento de Pablo como un hecho histórico, este personaje ninguna influencia tuvo, pues la Providencia lo guardó olvidado del mundo, dice Tillemont, y cuando Dios descubrió á Antonio “este tesoro,” el tesoro estaba á punto de morir, mientras Antonio era ya famoso. La Vida de Pablo, por Jerónimo, puede leerse en Ruffner’s Fathers of the Desert. ch. XVI, vol. II. — Según Helyot, los monjes se sucedían en Egipto desde el tiempo de los terapeutas—tiempo de San Marcos. [Hist. des Ordres Monastiques, 1. I, pp. 67-8]. Atanasio, Vida de Antonio, 2.

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Fleury, Hist. Eccles., VIII, 6. —Atanasio dice (Vida Ant.. 3) que Antonio leía con mucha atención, y con tal provecho, que más tarde su memoria le servía de libro. Mas el mismo autor dice (Ibid.. 19): “Es una maravilla el ver cuán prudente y agudo era Antonio, si se considera que nunca aprendió á leer.” Tillemont, sin más fundamento que el primer pasaje de Atanasio, cree que Antonio podía leer y escribir en su lengua nativa, (Memoires Ecclesiastiques, Paris, 1700, t. VII, pp 666). Nosotros aceptamos el segundo pasaje, como que se acuerda mejor con la índole del santo fuera de que aun del primero aparece que este monje en su retiro no leía ni escribía; lo que confirma Evagrio, quien refiere que un filósofo preguntó á Antonio cómo podía pasar sin libros, a lo que éste contestó que la creación era su libro. (Sócrates, Hist. Ecles., IV, 23). Pero aun hay más: Atanasio refiere que Constantino escribió á Antonio una carta, que Antonio hizo que se la leyeran, y que dictó una contestación (Atan., 20).
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120 su virtud hasta pasar cuatro soles sin probar alimento; su comida se reducía á un poco de pan, que el santo probaba tan solo en la noche; dormía en el duro suelo, ó bien se permitía el lujo de una esterilla; y con esto estaba mostrando al orbe la práctica de su doctrina, según la cual el comer, el dormir y la satisfacción de las otras necesidades del cuerpo, son acciones vergonzosas, mientras nuestros anhelos deben cifrarse en los cuidados del alma, que excluyen todo contacto mundano.78 Ansioso de hacerse digno de la aprobación divina, escogió primero un sepulcro para su alojamiento: establecióse en tan humilde albergue, y un amigo, ó quizá un admirador (que la amistad fue siempre escasa entre monjes de alto rango), le llevaba diariamente su dieta reducida. Pero los demonios, que nunca gustaron de estos triunfos de la piedad, lo atacaron con saña digna de mejor causa, y lo aporrearon y estropearon de tal suerte, que le dejaron tendido por el suelo, exánime y sin que diese señal alguna de vida. Tras experiencias semejantes, se retiró á las ruinas de un castillo, cuyos moradores—horrorosas culebras—cedieron cortésmente su guarida al héroe; y el pasajero admirado podía escuchar en el interior el estrépito y la gritería de los genios malignos, que se desalaban por vencer un enemigo tan resuelto.79 Rodeábanle, sin embargo, multitud de admiradores, que él instruía y que se esparcían como solitarios por aquellas regiones; mas, fatigado con tanta actividad, avanzó en el desierto y estableció su última morada en el monte Colzim, á tres jornadas del Nilo. Aunque indiferente á las cosas del mundo, mostrábase celoso por el mantenimiento de la fe ortodoxa, y, abandonando su delicioso retiro, se presentó en Alejandría en defensa del credo de Nícea. Dícese con orgullo que aun los paganos admiraban aquel patriarca centenario; que los enfermos se agolpaban en derredor de su persona, ansiosos de tocar sus vestidos, con la fe que en otro tiempo se había tenido en las facultades del Redentor; que su nombre común era el hombre de Dios, y que, finalmente, convirtió en los pocos días de su morada en la ciudad más incrédulos que se convertían de ordinario en el curso de un año.80

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Atanasio, 5. —Fleury, VIII, 7: IX, 19. —Tanto se ruborizaba al verse obligado á comer, que lo hacía siempre de noche y en la soledad, y á veces, de vergüenza, se negaba á comer en la compañía de sus amigos. [Atan., 13.—Tillemont, t. VII, pp. 112-13]. Atan., 6-8.—Fleury, VIII, 7,15.— Neander, vol. III, pp. 327-30. Atan., 9, 14, 18. —La vida de Antonio puede leerse en extenso en los pasajes citados de Fleury, y 1. XI, 41; en Tillemont [t. VII, art. S. Antoine]; en Helyot [Hist. Ord. Mon., Ire partie, ch. II], y en Neander, vol. III, pp. 324 y sig., fuera de Atanasio, que es la fuente. Neander es el único que revela algún sentido común. —Advertiremos, sin embargo, que la autenticidad de la obra de Atanasio es muy discutida. (Véase Weingarten, en Schaff’s Herzog’s Encyc. of Relig. Knowledge, s. v. Monastery). Por demás está el decir que nuestra narración no tiene otro objeto que el exponer el contenido de las novelas y romances que la profesión monástica inspiró á unos cuantos fieles llamados historiadores y biógrafos, sin entrar en la crítica de estas farsas piadosas, en donde la historia y la verdad han cedido su puesto al sagrado entusiasmo de la devoción.

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121 8. Daba Antonio sus enseñanzas á sus admiradores, y prescribía el sistema de vida á que debían someterse los innumerables solitarios cuyas celdas se iban multiplicando, los cuales voluntariamente reconocían como su jefe aquel varón ilustre. Aunque se dice que dio reglas á varios monjes, y algunos lo consideran como el autor de la vida monástica en comunidad, nada queda de él, y, probablemente, los que seguían sus enseñanzas lo hacían impelidos por su admiración siempre en aumento, sin que existiera entre ellos ningún lazo ni regla reconocida como norma obligatoria. Toca á Pacomio el honor de haber establecido el cenobitismo, reuniendo los monjes en monasterios y dándoles una regla austera.81 Conviene referir algo de su vida y costumbres, que tanto ayudan á engrandecer sus preceptos, dando más alto timbre á sus seráficas enseñanzas, mayor autoridad á sus palabras, y, sobre todo, un carácter más misterioso y sorprendente al afamado campeón. Tras dejar el servicio militar, á principios del siglo IV, se consagró este ilustre á la vida solitaria, y estando en el retiro de Tabena, isla del Nilo, oyó una voz de arriba que le ordenaba permanecer allí, mientras un ángel bajaba del cielo trayéndole las tablas de la ley monástica.82 Ni era indigno el santo de privilegio tan inaudito, pues merecía por sus virtudes la aprobación, si no de los hombres sensatos, al menos del Supremo Hacedor, que en aquellos tiempos medía la dignidad humana por las lágrimas y gotas de sangre derramadas para destruir el cuerpo que El mismo había creado á su imagen. Pacomio usaba siempre un cilicio; pasó quince años sin acostarse, cediendo apenas algunas veces á la fatiga para sentarse en la mitad de su celda, lejos de las paredes, para no incurrir en la sensualidad de recostarse; veíanlo noches enteras orando fervorosamente con los brazos en cruz,83 y, para evitar todo riesgo de sacrificar su castidad, se negaba aun á mirar un rostro femenino, sin exceptuar de tan prudente costumbre ni

81 Dividíanse los monjes en tres clases principales: los ermitaños vivían aislados en celdas, cuevas, cisternas y otras habitaciones igualmente adecuadas á su penitencia; los anacoretas vagaban por los despoblados, huyendo la vista de sus semejantes y alimentándose de yerbas y raíces; los cenobitas formaban comunidades bajo la dirección de un padre o abad. [Mosheim, cent. IV, part. II, cb. III, 14]. Sin embargo, las palabras ermitaño y anacoreta se usan á menudo como sinónimas. —El origen del cenobitismo es generalmente atribuido á Pacomio; otros, sin embargo, dan esta gloria á Amón de Nitria. Los que quieran engolfarse en esta investigación trascendental, pueden leer las bases de la primera opinión en Tillemont (t. VII, pp. 104.176-7, 679); las de la segunda, en Helyot [Hist Ord. Mon., t, I. pp. 36. etc].

Fleury, Hist. Ecc., X, 8. —Tillemont trae una larga digresión sobre el tema instructivo de si Pacomio recibió su Regla de un ángel. Sus investigaciones lo hacen inclinarse a la negativa, [t. VII, pp. 672-82], 83 Fleury, X, 8. — Tillemont, t. VII, p. 175. —El santo pasó una vez cuarenta días sin dormir, pues había pedido á Dios que lo eximiese del sueño, para luchar sin tregua contra los enemigos infernales.
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122 siquiera á su propia hermana.84 En cambio de estos sacrificios, le otorgó el cielo facultades especiales: andaba impunemente en medio de escorpiones y culebras; jineteaba enormes cocodrilos que lo trasportaban de un lado á otro del río;85 hablaba idiomas que nunca había estudiado; gozaba del don de profecía, y, como el Salvador, arrojaba demonios y curaba á los que solo tocaban su capucha.86 9. Imponía la Regla de Pacomio un noviciado de tres años, durante los cuales el novicio debía aprender algunas oraciones y partes de las Sagradas Escrituras. Las pruebas más rigorosas ponían de manifiesto su paciencia: era su deber, como el de los discípulos del Hijo del Hombre, desprenderse de toda propiedad, puesto que difícil cosa es para el rico el entrar en el reino de los cielos. Se le obligaba á permanecer por diez días como suplicante fuera del monasterio, arrojándose á los pies de cuantos monjes se le presentaban; y éstos, para fortalecer más su humildad evangélica, lo escarnecían y lo rechazaban con dureza.87 La Congregación estaba dividida en monasterios, y éstos en casas ó familias. Administraba los negocios del monasterio un Superior; un Prevoste era el jefe de cada familia, y el título de abad, ó Padre, se reservó al jefe de toda la hermandad.88 Un Ecónomo manejaba los bienes del tesoro común, y un Procurador hacía las compras y las ventas. Como les era preciso subsistir, aunque con poco podían satisfacer esta necesidad grosera, se consagraban los monjes al trabajo para ganar la vida, prestarse ayuda mutua y ejercer la caridad: ya se ocupaban en los trabajos del refectorio, la cocina y otros quehaceres domésticos, sirviendo los unos, en turnos sucesivos, de criados á los otros; ya cultivaban sus jardines, se ejercitaban en la sastrería y la carpintería, ó bien empleaban el tiempo en hacer esteras, canastos, sandalias y otras obras del ingenio humano. Mas, si sus miembros corporales estaban ocupados en estas tareas puramente terrenas, sus ánimos fervientes vivían en esferas más altas, por medio de la oración continua. Un navío bajaba por el Nilo á Alejandría á vender los productos de la orden, los cuales, si no descollaban como maravillas del arte, bien como la obra de quien tenía su espíritu enclavado en cosas de mayor entidad, poseían el valor superior que les comunicaba el mero toque de aquellas manos santas. El 13 de Agosto se

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Fleury, XV, 60, 61.—Tillemont, t. VII, p. 196. Fleury, X, 8.

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Fleury, XV, 61. —Tillemont, pp. 211--224. —Pacomio murió a mediados del siglo IV, á los 57 años de edad. Tillemont, Mem. Eccles., t. VII, pp. 181-2 Tillemont, t. VII, p. 179.

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123 reunía una asamblea de los mayores dignatarios, con el encargo de revisar las cuentas, reemplazar empleados y arreglar las diferencias de los hermanos; y por esto último, tal día estaba destinado al perdón mutuo y al regocijo general.89 El recluso, al ingresar en el seno de aquella comunidad seráfica, renunciaba al libre ejercicio de su voluntad: con ciega sumisión obedecía las órdenes de un superior despótico, y, con humildad cristiana, soportaba en silencio los azotes, y aun bofetadas, á que lo hacían acreedor sus culpas. La más crasa ignorancia guardaba su espíritu devoto contra toda aspiración á la independencia, reduciéndose su sabiduría á las máximas desconsoladoras de la Escritura, que, mostrándole el mundo como el dominio del tirano infernal, y la obediencia como el timbre más granado del creyente, lo sumían más y más en el servilismo, borrando de su pecho las nociones soberbias de libertad y decoro. El silencio era su estado normal: durante las horas de trabajo, debía abstenerse del uso pecaminoso de la palabra, y cuando por maravilla se le permitía el servirse de este don celestial, había de ser para repetir los portentos de los Libros Sagrados.90 Ni era la poca edad una objeción para abrazar aquellas ordenanzas crueles; y el niño que entraba en el monasterio aprendía pronto, si no con el auxilio de su corta inteligencia, por el medio más eficaz de los azotes, que el cielo no se obtiene sin renunciar á los placeres de esta tierra.91 Los cuidados y exigencias del cuerpo fueron siempre deleites indecentes á los ojos del recluso sincero, y el ceder un ápice á este “fiel compañero” del alma se le hacía un gran cargo de conciencia. Los monjes de Pacomio comían “poco y rara vez.” La carne estaba excluida de su mesa frugal; se privaban por lo común de alimentos cocidos, y los más piadosos se daban por satisfechos con un poquillo de pan y una pequeña ración de agua; pues consideraban la sal, el aceite y los vegetales como un lujo. Reuníanse á comer en profundísimo silencio, y, para no distraerse de sus hondas meditaciones, con la cabeza envuelta en una capucha que los hacía “inaccesibles.” Guardaba cada monje los ojos enclavados en su plato, sin osar mirar lo que los otros comían ó de qué se abstenían; y en necesitando alguna cosa, un golpecilllo sobre la mesa anunciaba su deseo para que la palabra no turbase tan majestuoso silencio.92

89

Ibid. pp. 177-80.

90

Ibid., pp. 190-91. —Debemos advertir que, aunque los hechos históricos los tomamos del piadoso Tillemont, no así el modo de expresarlos que él quizá consideraría como blasfemias. Ibid., pp., 181-2.

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Tillemont, t. VII, pp.185-87. —Véanse también Fleury, XV, 58, Neander, vol. III. pp. 334. etc., y la Encyclopædia-Britannica, s. v. Monachism.

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124 El religioso que por casualidad se dignaba recibir la visita de sus parientes, debía hacerlo en presencia de un vigilante inmaculado. Si la necesidad lo obligaba á ir al lecho de su madre moribunda, iba con él un espía, atento á que el infortunado no probase alimento sino en la casa de un eclesiástico, y solo aquello que hubiera comido en el claustro.93 Pacomio, al negarse á ver á su hermana, la recompensó con ventaja, haciéndola superiora de un convento vecino, que él fundó, con reglas semejantes á las de Tabena. Sucedía á veces que un recluso deseaba pagar una visita á su hermana en el monasterio femenino; y para evitar todo riesgo, se despachaba con él un testigo intachable: en presencia de este atalaya, la priora y otras ayudantes, los dos hermanos se veían “con toda modestia,” sin que aun se les permitiese el regalarse ninguna prenda de su amor fraternal.94 10. Entusiasmados con el ejemplo y las enseñanzas de estos mártires venerables, se deshacían los cristianos por abrazar vida tan pura, y pronto hormigueó por el Este una chusma de idiotas y perezosos, que, con menosprecio de las leyes naturales y sociales, avanzaban en la soledad á ganar con su locura la bendición divina y los aplausos de la muchedumbre. El famoso Hilarión, discípulo de Antonio, visitó á este modelo; prendóse de sus timbres; se fue á Palestina, su patria; buscó una guarida arenosa, en la vecindad de Gaza, y rodeado á su pesar de admiradores, se convirtió en el propagador del monaquismo en aquella comarca ejemplo—tanto más meritorio cuanto el santo, al trasladarse á un lugar despoblado en que el mero vivir fuera una penitencia, se hallaba aun en la mañana de la vida, contando tan solo quince otoños.95 Introdujo Eustato de Sebasta el nuevo método en el Ponto y Patagonia; Basilio, hombre de luces, lo extendió, con su regla especial, en las costas del Euxino; Atanasio y Zenón “según se dice,” en Italia, donde ayudó á su aceptación la pluma de Jerónimo.96 Atanasio había conocido á Antonio, cuya biografía escribió con el celo de un admirador, y había visitado los varios monasterios de Egipto. Al presentarse en Roma con algunos ejemplares del desierto, causó al pronto horror y desprecio, dice Gibbon; mas luego estos sentimientos cedieron á la veneración y al aplauso entusiasta. Los palacios y quintas de los senadores y las matronas de la ciudad eterna, las ruinas de los grandes templos, y aun el Poro, vinieron á albergar
Tillemont, t. VII, pp. 188-89. Ibid. pp. 196-7.-Fleury, XV, 60.

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Fleury, X, 9; XIII, 37.—Neander, vol. III, p. 333.—Gibbon, X, 4, p. 567.—La Vida de Hilarión, por Jerónimo, puede verse en Ruffner’s Fath. Des., ch. XVII, vol. II. El extenso relato de esta sublime existencia se halla también en Tillemont, t. VII, pp. 564, etc—Nació de padres paganos, “como una rosa nacida de un espinoso arbusto,” dice Jerónimo [Vid. Hil., 2]. Lecky, European Morals, New York, 1889, vol. II, p. 106.

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125 bandadas de convertidos á la profesión ascética. “Martín de Tours, soldado, ermitaño, obispo y santo, estableció los monasterios de Galia; dos mil de sus discípulos lo acompañaron á su tumba; y su elocuente historiador desafía los desiertos de la Tebaida á producir, en un clima más favorable, un campeón de igual virtud.”97 Desde Irlanda hasta Etiopía, y desde la Galia á las extremidades del Ponto, cubrieron el Imperio los apóstoles del antinaturalismo; y el cuidado de las cosas humanas, las virtudes sociales, el amor á la patria, y demás timbres de que en un principio se enorgullecía el ciudadano romano, huían del pecho devoto, cuyo ideal de la grandeza de alma se había trocado en un andrajoso anacoreta ó un ermitaño cadavérico. Van los historiadores eclesiásticos enumerando monjes y monasterios sin cuento, y sus listas interminables, si carecen quizá del atributo de la veracidad, muestran al menos la formidable extensión de la profesión monástica. Se dice que Pacomio comandaba 7,000 monjes; “que en los días de San Jerónimo cerca de 50,000 se reunían algunas veces en las fiestas de Pascua”; que un solo abad del siglo IV gobernaba 5,000 en el desierto de Nitria; que Serapio era abad de 10,000, Antonio de 5,000, y que otros lugares y monasterios daban cosechas abundantes, cuya enumeración sería suficiente para templar el fervor del devoto y despertar el hastío y el desprecio en un ánimo racional.98 Blasonaba la ciudad de Oxirinco de su panal divino, contando 20,000 machos y 10,000 hembras, que (no sabemos si por falta de lugar ó por llevar su virtud á un alto grado) moraban á veces sobre las puertas y los muros, dando ya un ejemplo, aunque imperfecto, de la famosa “penitencia aérea” que inmortalizó á Simeón Estilita. “Día y noche,” copian Fleury y Helyot con satisfacción piadosa, “se oían resonar allí las alabanzas de Dios por todas partes.” Llegóse hasta creer que el número de monjes egipcios era igual al del resto de la población, “y la posteridad podría repetir el dicho, que en lo antiguo se había aplicado á los animales del mismo país, que en Egipto era menos difícil el encontrar un Dios que un hombre.”99 11. Hemos visto á los discípulos de Antonio é Hilarión siguiendo el ejemplo de sus maestros y tomando como norma las prácticas de solitarios tan famosos. Tras la Regla de Pacomio, estableciéronse otras en Asia y Europa; mas descuellan

Gibbon's Hist. of Christianity, X, 4, pp. 567-8, and note by “English Churchman.” Como hemos observado en otra parte, la autenticidad de la Vida de Antonio está aun en tela de juicio; y el viaje de Atanasio á Roma con algunos monjes de Egipto es considerado por muchos como, una fábula. 98 Lecky’s European Morals, vol. II, p. 105.—Fleury, XX, 9.
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Gibbon, X, 3, p. 566.—Fleury, XX. 9. El número de religiosos en Egipto, á fines del siglo IV, ascendía á más de 100,000, según se dice (Fleury, ib.)- Bajo las instrucciones de Antonio, “el Egipto se convirtió en un paraíso poblado por una infinidad de ángeles,” según leemos en el devoto Tillemont. [VII, p. 109].

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126 todas por su tendencia á la humildad y al abatimiento; ni había contradicción en que los monjes del mismo monasterio siguiesen las ordenanzas de diversos autores.100 La Regla de Basilio vino al fin á ser el modelo de los solitarios orientales, y la de Benedicto, dada á principios del siglo VI, se hizo la norma en Occidente. Puede el ojo malicioso del incrédulo descubrir en estas instituciones la esclavitud y la abyección más denigrante; la degradación de las leyes de la naturaleza al nivel de delitos ofensivos á los ojos de Dios; y una sentencia de muerte contra la dignidad del hombre. El sensual epicúreo puede advertir que el cuerpo, lejos de ser nuestro enemigo implacable, divide sus pesares y sus goces con el alma, y que un cuerpo robusto, bien alimentado y en completo ejercicio de sus funciones fisiológicas, es la mejor morada para un espíritu enérgico, un ánimo sereno y una inteligencia esclarecida; que nuestras tendencias naturales y los placeres inocentes no perjudican á nuestro prójimo, ni pueden ofender la pureza del Omnipotente, que hizo al hombre á Su imagen, y que la Divina Voluntad, al mandarnos crecer y multiplicarnos, no lo hizo con la intención de que esquivásemos la vista y el roce de nuestros semejantes. Mas estos son devaneos inspirados por el genio maligno del tentador, que va por doquiera derramando su ponzoña: claras son las palabras inapelables de la Nueva Ley dada á nuestro linaje desde el principio de la reparación humana; y allí van asomando la absoluta sujeción, el rendimiento sin límites, el desprecio del mundo, y la fe en la nulidad de esta vida, como el camino más seguro á la dicha sempiterna. 12. La Regla de Benedicto, ó San Benito, que ejerció tan grande influencia en las épocas más oscuras del espíritu humano, se hace acreedora, por su fama, ya que no por su valor intrínseco, á que la expongamos con algunos detalles. Cuéntanse de este santo maravillas inauditas, y su vida, llena de ocurrencias más ó menos disparatadas, no sorprenderá mucho á quien se haya familiarizado con las biografías de los patronos más esclarecidos de la Iglesia. Nació en Italia en el año 480, y aun niño, lo enviaron sus padres á estudiar en Roma, al cuidado de una ama. El mozo, que se sentía arrastrado á la soledad por aquel instinto que tan á menudo se hizo notorio en estos ánimos destinados á la grandeza, y embelesado al escuchar las maravillas de los monjes de Oriente, desamparó á su ama y se retiró á las cercanías de Subiaco. Cúpole allí la fortuna de hallar al monje Romanos, cuyo monasterio estaba separado de una cueva por un grandísimo peñón. Alojóse Benito en esta cueva, y el abad caritativo le descolgaba diariamente su escaso alimento atado á una cuerda. En la oscuridad de su guarida, una campanilla anunciaba al penitente del lugar donde caía

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Enc. Brit., s. v. Monach.

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127 aquella comida frugal. Ya famoso por tan heroica existencia, se le nombró abad de un monasterio vecino. Con la repugnancia debida á su humildad, aceptó este puesto honorífico; mas la severidad de sus reglas inspiró algunas tentativas contra su vida, pues los monjes no gustaban ya de virtud tan acendrada. Huyó de nuevo á la vida solitaria, que, por otra parte, cuadraba mejor á su genio. Pronto empezó á aumentarse más y más su celebridad, y cuando halló suficiente número de admiradores, estableció varios monasterios en diversos lugares, y se retiró al fin al monte Cassino, donde fundó la Orden Benedictina, cuya fama aun resuena por el mundo cristiano.101 Su Regla, aunque dada solo como una preparación para la carrera monástica, está destilando el narcótico del servilismo, y será propia quizá para alcanzar el cielo, pero nó para cultivar ni esclarecer el ánimo, ni mucho menos para encender en el pecho la llama de la libertad. La obediencia al abad debe ser absoluta, aunque sus órdenes pequen contra la moral ó el buen juicio; ni le es permitido al subalterno el pararse á discriminar las disposiciones de un superior despótico, siendo la murmuración una ofensa gravísima. El voto de estabilidad es inviolable, y el cuitado que una vez ha traspasado las puertas del convento, debe terminar en él sus días. Puede, sin embargo, ser expulsado del claustro, cuando el aislamiento y los azotes son insuficientes correctivos contra sus desvíos. Mas la ignominia que un mundo piadoso adhería al que se había hecho merecedor á la expulsión, hacía de este castigo la espina más aguda en el corazón del infortunado. El monje debe siempre dormir vestido, guardar silencio ó hablar poco, como el espartano, y leer obras religiosas, bajo la inspección de un vigilante, que está siempre atento á que cada cual esté estudiando. Considerando que “la ociosidad es un enemigo del alma,” la Regla prescribe el trabajo manual; pero, para evitar toda ambición, ó quizá para matar todo interés y todo genio industrial, ordena que los productos se vendan á un precio inferior al de los artículos semejantes en el mercado. Los domingos deben consagrarse á la lectura sin interrupción; y el forastero, al visitar un monasterio de esta laya, podría preguntar si se hallaba entre hombres, entre niños de escuela ó en un asilo de locos rematados. El poseer, el dar ó el recibir, requieren la intervención del abad, que todo lo abarca en su despotismo arrollador, teniendo aun la facultad de dar á un monje el regalo que es enviado á otro. Al entrar en la cofradía, el novicio debe deshacerse de sus bienes en favor de los pobres, ó entregarlos al monasterio. Ni aun las cartas de una madre que llora en el abandono la deserción de su hijo, ni los mensajes de otros seres queridos, que tanto mitigan la amargura de una vida aislada, están exentos del examen escrupuloso del amo. Ordénase á las víctimas de este sistema melancólico el acusarse cada hora de sus faltas, el marchar con la cabeza inclinada y los ojos clavados en la tierra, y “estar siempre en tal estado de
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Neander, vol. III, pp. 370-2.

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128 ánimo como si fuesen momentáneamente á comparecer ante el temido tribunal de Dios.” Prohíbe San Benito el que se coma la carne de cuadrúpedos, mas se aviene á que sus monjes coman aves y peces; y aunque con repugnancia, les concede un poco de vino diario. Un silencio profundo ha de reinar en el refectorio, interrumpido apenas por la voz pausada de un lector edificante. Requiérese el permiso del superior para hablar á un extraño; y el monje que por casualidad sale del monasterio, debe callarse sobre lo que ha visto ú oído afuera, y al mismo tiempo suplicar á los hermanos que rueguen por el perdón de los deslices que quizá, aun sin conciencia de ello, haya cometido en el mundo profano. El probar alimento fuera del claustro sin el consentimiento del superior; el atrasarse en las horas de comer ó en las determinadas para la oración, y el murmurar contra las órdenes del abad, son delitos de alta trascendencia. Poseen, sin embargo, los reclusos la facultad de nombrar y deponer su jefe, y reemplazarlo por un abad de otra comunidad ó el obispo de la diócesis.102 El lector que no haya sondeado las profundidades de la historia eclesiástica, puede quizá asombrarse al ver aquel servilismo grosero promulgado apenas como una preparación; mas, cuando se recuerda la perfección de ermitaños y anacoretas, debemos confesar que Benedicto, ó al menos su Regla, se hallaba muy por debajo de esos modelos beneméritos. El ascetismo se hace la norma más segura; el apocamiento la prenda más valedera; y la tendencia á matar la libertad del hombre, atribuyendo á la obediencia los caracteres de virtud preclara, descuella en toda ordenanza religiosa. Hierve en el fondo de la humildad cristiana la ponzoña de la esclavitud; ni deja el egoísmo de asomarse á la superficie de una doctrina de caridad universal; mientras la intolerancia monástica va salpicando las máximas de la más rendida mansedumbre. Había introducido Basilio la moda de los votos, y el papa Gregorio, llamado Santo y Grande, condenó á prisión vitalicia á los desertores del convento,103 como si el hombre estuviese obligado á ir al cielo contra su voluntad. 13. La Regla de San Colomban, un irlandés del siglo VI, debe mencionarse entre los partos del genio. Nació este bozal en Irlanda en 560; estuvo ejercitándose en la mortificación en el los claustro de Bancor, y luégo, siguiendo el ejemplo de Abraham, resolvió irse á morar en tierra extraña, escogiendo la Galia para honrarla con sus enseñanzas y monasterios. El y sus discípulos vivían de yerbas y cortezas, y el santo, que gustaba poco de la sociabilidad, se enterró una ocasión en una caverna, echó de ella á otra bestia que la poseía, y escogió así la habitación de un oso para su retiro.104 Su Regla no es inferior á sus virtudes: castiga con seis
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Enc. Brít., s. v Monach. — Neander’s Hist. of the Church, vol. III, pp. 373-5 Enc. Brít., s. v Monach. Fleury, XXXV, 9.

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129 azotes las expresiones mi libro, mi capa, mis zapatos,105 pues los Apóstoles habían desconocido las nociones soberbias de mió y tuyo. A veces, por mayores faltas, se dan doscientos azotes al delincuente, si bien se mitiga tan humillante castigo con la limitación humanitaria de no dar más de veinticinco á la vez. El silencio y la repetición de un cierto número de salmos son penitencias frecuentes, usándose las alabanzas de Dios, no ya como las bendiciones de un corazón piadoso, sino como el martirio de un pecador convicto. No quiere Colomban que se coma demasiado, y una comida diaria, consistente en unas pocas legumbres con pan y yerbas, es lo más que permite para el sostenimiento del fardo corporal. El no pedir nuevo trabajo tan luego como se haya terminado el que se tenga; el hacer lo que no se ha ordenado, y el dormir en una casa donde hay mujeres, son culpas espantosas. El monje debe estar siempre alerta contra las tentaciones del demonio; y si se le ocurre coger una cuchara, una lámpara u otro objeto, debe ante todo hacer la señal de la cruz, como medida de precaución.106 14. Mas, para podernos formar una idea del monaquismo y su influencia, no basta exponer sus reglas aisladamente, como no basta el mostrar la constitución escrita de un país para enseñar sus méritos y faltas. La superstición más grosera y la más degradante corrupción se van mezclando á la humillación y rendimiento en la historia monástica; pero antes de entrar en la pintura de cuadros tan desconsoladores, conviene que hablemos de las virtudes de los monjes, apuntando las prácticas de los reclusos más ilustres, y los méritos que les han valido el calificativo de santos. Nos enseñará esta descripción cuál es el criterio moral entre los fieles, cuál la vía de la santidad y la perfección, y sobre todo, cuáles los frutos del credo promulgado por Jesús Nazareno y los Apóstoles. Podía el pasajero admirado contemplar al monje oriental, con su rostro uraño, la cabeza rapada, su hábito andrajoso que dejaba desnudos brazos y piernas, y sus pies expuestos al calor de la arena ardiente, moviéndose con dificultad ayudado por un tosco bordón. Vivían los religiosos en celdillas humildes, donde una estera les servía de lecho, y un rollo de papiro, que en el día era su asiento de trabajo, venía á servirles de almohada por la noche. Sus trabajos eran sencillos, para no distraer el ánimo de los deberes de la oración. Nunca los preocupó mucho el vestido, como que el Salvador había condenado estos afanes pueriles: un capote de pieles de cabra ú otra bestia, ó bien el hábito de la naturaleza, era suficiente para cubrir el cuerpo, aunque algunos, aspirando á mayor aislamiento, se arropaban de pies á cabeza en su tosco traje, dejando apenas tres agujeros para los ojos y la boca. Reuníanse para comer, como ya hemos dicho, con el rostro cubierto y en profundo silencio. Los discípulos de Antonio y los de Pacomio se
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Gibbon, X, 9; note Fleury, XXXV, 10.

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130 abstenían de probar carne, y se conformaban, por todo alimento, con doce onzas de bizcocho al día. Dos veces se juntaban para orar en común; y el celador, cuando veía por las estrellas que era llegada la hora del rezo nocturno, hacía resonar su trompeta, que, interrumpiendo la paz del sueño, advertía á los penitentes de su deber de cantar las alabanzas del Supremo Hacedor.107 Considera Mosheim como una vergüenza esta degradación de la cristiandad, y llama á los miembros de las comunidades religiosas “una chusma de perezosos mortales.”108 “Un maniático repugnante, sórdido y extenuado,” dice Lecky, “sin conocimiento, sin patriotismo, sin afectos naturales, entregado de por vida á una rutina de infructuosas y atroces torturas, despavorido ante los fantasmas horribles de su cerebro delirante, había llegado á ser el ideal de las naciones que conocieron los escritos de Platón y Cicerón, y las vidas de Catón y Sócrates.”109 La tierra, que el mismo Dios formó para la morada del hombre, y el cuerpo, en que el Criador se dignó encender la llama de la vida, eran á los ojos del monje como dos grandes prisiones, ó como los grillos más pesados del espíritu.110 El placer, por inocente que fuese, se le hacía delito horrendo, y las penitencias más descabelladas venían á ser sus triunfos más floridos. Algunos santos de Mesopotamia, en su arrebato por encumbrarse á la cúspide de la perfección, echaron de lado toda racionalidad: huyeron de la compañía de sus semejantes á vivir con las fieras de la selva; y hombres y mujeres vagaban desnudos entonando las alabanzas del Omnipotente. En llegando la hora de comer, segaban un poco de yerba, y en la inocente compañía de los rebaños, satisfacían
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Gibbon, X, 7-8, 12, pp. 573-5, 578.—Fleury, XX, 6, 8.—Helyot, Ire part., ch. I.―El retrato de Antonio en Helyot es mi viejo gordo, de rostro sereno, abundante y hermosa barba, vestido de pieles de cabra y con un gorro puntiagudo de cuero de oveja.― Los pies descalzos, y la mano izquierda apoyada en su bordón, el Santo lee [?]. El retrato del monje de, Pacomio es una mezcla de payaso y salteador que poca idea da de su santidad. —Los monjes de Egipto andaban siempre descalzos y tenían, instrumentos especiales para sacarse las espinas de los pies. [Tillemontt. VII, p. 183]. Cent. IV, part II, ch. III, 13.

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“A hideous, sordid, and emaciated maniac, without knowledge, without patriotism, without natural affection, passing his life in a long routine of useless and atrocious self-torture, and quailing before the ghastly phantoms of his delirious brain, had become the ideal of the nations which had known the writings of Plato and Cicero and the lives of Socrates and Cato.” (Lecky’s European Morals, vol. II, p. 107).
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Dice Agustín, refiriendo el diálogo con su madre: “Bien sabéis. Señor, que aquel día nos iba pareciendo mas vil y despreciable este mundo con todos sus deleites.” Y la madre, Santa Mónica, da gracias á Dios por ver á su hijo “en el número y clase de aquellos que, despreciando toda felicidad terrena, se dedican totalmente á Su servicio” (de Dios). (Confesiones, 1. IX, c. X).
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131 el hambre con alimento tan humilde. Espanto les causaba la vista del hombre, y al divisando un ente racional, corrían á ocultarse en la profundidad del bosque. Ni es maravilla que el crédulo historiador nos asegure que aquellos anacoretas llegasen á asumir caracteres físicos y menéales que los diferenciaban de los otros hombres, trasformándose literalmente en bestias.111 Incumbe á nuestra devoción el creer que San Macario de Alejandría estuvo siete años sin probar ningún alimento cocinado; que por tres años vivió de cuatro ó cinco onzas de pan; que pasó á la intemperie veinte días con sus noches, para habituarse á dominar el sueño; que en el monasterio de Pacomio dejó pasmados á los ascetas más desaforados, permaneciendo durante los cuarenta días de cuaresma de pié en un rincón, sin cambiar de postura, alimentándose solo los domingos con unas pocas hojas de col, y esto para huir la vanidad; y que, finalmente, Pacomio, viendo la humillación de sus monjes ante el ejemplo de rival tan formidable, tuvo que rogarle que se retirase.112 Por seis meses durmió en un lodazal, y por igual tiempo se expuso desnudo á la furia de los insectos del desierto de Scétis, “que no son menos grandes que avispas, y tienen aguijones tan penetrantes, que ni la piel del jabalí está al amparo de sus picaduras.”113 Cargaba siempre ochenta libras de hierro, quizá recordando que el Mesías llevó su cruz al Calvario. San Eusebio, su discípulo, quiso avanzar más en el sendero de la virtud: aumentó su carga hasta seis arrobas, y vivió tres años en una cisterna seca. San Sabino vivía de maíz podrido. San Besarion estuvo cuarenta años sin acostarse.114 San Amón jamás vio su propio cuerpo, y Dídimo estuvo noventa años sin hablar á nadie.115 La maceración iba desfigurando y consumiendo el cuerpo del solitario, y Evagrio, tras comparar los monjes á los ángeles, dice con admiración que sus piadosas torturas los hacen asemejarse á difuntos desenterrados y expuestos sobre la superficie de la tierra.116 Visitó Casiano á Cheremon de Egipto, que había
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Evagrio, Hist. Ecl., I, 21.—Sózomen, Hist. Ecl., VI, 33. Fleury, XVI, 37. — Tillemont, t. VIII, pp. 630-32.

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Tillemont, t. VIII, p. 633. —Cuando, después de penitencia tan peregrina, trajeron al santo al monasterio, los monjes lo creyeron atacado por la lepra, según eran sus úlceras y pústulas. Los sabios no están de acuerdo sobre la causa de este arrebato heroico: unos dicen que, habiendo matado una vez un mosquito, se arrepintió de haberse vengado, y expuso mi cuerpo para que los mosquitos se vengasen á su turno; otros, que por huir de la fornicación; otros, que por haber sido excomulgado por Macario de Egipto. —Véase también Helyot, Ire part., ch. X V. Lecky’s Eur. Mor., vol. II, p. 108.—Tillemont, t. VIII, p. 486. Sócrates, Hist. Ecl., IV, 23.

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132 pasado la edad de una centuria, y cuyo cuerpo, abatido por la vejez y la penitencia, estaba tan encorvado, que el venerable patriarca se veía obligado á andar sobre las manos, al mismo tiempo que en medio de suspiros se lamentaba de dejarse vencer así por las leyes naturales.117 San Hilarión, el dechado de los monjes de Siria, se cuidaba, como los terapeutas, de ofender la luz del sol con la satisfacción del hambre, y comía sus quince higos en la noche; á ejemplo del Bautista y los santos egipcios, usaba un vestido de pieles, que conservaba encima hasta que se deshacía; no olvidó nunca la virtud del cilicio; se cortaba el pelo tan solo una vez al año, y construyó su celdilla tan diminuta, que apenas doblegándose podía entrar en ella, y que parecía “más como un sepulcro que como una habitación,” dice el biógrafo.118 De un tal Doroteo se cuenta que nunca durmió voluntariamente, sino que continuaba en sus tareas hasta que los ojos de por sí se cerraban, pues era su máxima favorita que un buen monje, como un ángel, debe prescindir de la necesidad carnal del sueño; al paso que Estéban, amigo del divino Antonio, trabajaba tranquilamente mientras un cirujano le amputaba una pierna.119 La soledad no era la única aspiración del monje: un paraje desolado y ardiente, un desierto malsano, ó un desnudo peñasco, cuadraba mejor á su piadoso celo. Las montañas áridas de Nitria, y el despoblado arenoso de Scétis, aquéllas como á dos, éste como á seis, jornadas de la ciudad de Alejandría, dieron asilo á los reclusos más granados de los primeros siglos, y la esterilidad de un suelo caldeado por los rayos de un sol abrasador, fue compensada con ventaja por la nombradía que le dieron habitantes tan ilustres. Amón fundó los monasterios de Nitria, y aun disputa á Pacomio el honor de haber instituído la vida cenobítica. En el curso de unos pocos años, cinco mil monjes poblaron aquellas soledades, y extendieron por el mundo la fama de su santidad. Su alimento, como el de otros ermitaños, consistía en pan y agua; dormían sentados; ponían una gran distancia entre sus celdas, y se abstenían de visitarse. Reuníanse, sin embargo, los sábados y los domingos en el

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Evagrio, Hist. Ecl., I, 21. Fleury, XX, 3.

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Jerónimo, Vida Hil., 4, 9-10, en Ruffner, ch. XVII, vol. II.—“The most perfect hermits are supposed to have passed many days without food, many nights without sleep, and many years without speaking; and glorious was the man [I abuse that name] who contrived any cell, or seat, of a peculiar construction, which might expose him in the most inconvenient posture, to the inclemency of the seasons.” [Gibbon, X, 13, p. 580]. Teodoreto admira la ingenuidad de un monje que inventó una celdilla con el techo tan bajo, que el mismo tenía que estar siempre inclinado; y de otro refiere, con mayor alabanza, que vivió por diez años en un cilindro de dos codos de ancho y uno de alto, colgado de un parapeto. [Philotheus, en Ruffner, vol. II, pp. 226, 228].
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Sózomen, Hist. Ecl., VI, 29.

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133 templo, para dar en común gracias á la Providencia por Sus infinitas mercedes.120 Macario de Egipto, llamado el Grande, se alojó en el desierto horroroso de Scétis, morada de mosquitos, zancudos y otras alimañas, y pronto una infinidad de penitentes siguieron el ejemplo de este modelo incomparable. Macario comía solo una vez á la semana, mas no sin haber pesado antes rigorosamente su poquillo de pan y medido con escrúpulo su porción de agua fétida; ni sintió jamás el lecho el peso de su cuerpo, pues, recostado á una muralla, pegaba los ojos por unas pocas horas, y con esto satisfacía las urgentes necesidades del sueño y el reposo.121 Retirados del mundo y sumidos en sus cavilaciones lúgubres, derramaban los monjes lágrimas copiosísimas, convencidos de que el reconocer y el lamentar la desgracia de haber nacido, les había de valer la buena voluntad del Salvador, cuya pasión tomaban por el modelo de la vida. Suspiros, quejas y sollozos parecen haber formado virtudes especiales, y aquellos cuitados se imaginaban que la risa era una sensualidad pecaminosa. Era tal el llorar de San Arsenio, que al fin se le cayeron los párpados; y durante sus horas de trabajo tenía que usar un paño sobre el pecho, para recoger el diluvio de sus lágrimas. San Abraham lloraba diariamente; San Juan se deshizo en llanto una ocasión que vio á un hermano riendo; y San Jerónimo, el grande oráculo, observa, con más sandez que racionalidad, que Cristo no conoció la risa,122 cualidad grandiosa que descuella en el catálogo de las virtudes de Martín de Tours.123 San Besarion, que vagaba por las soledades medio desnudo, se llegaba contrito y deshecho en llanto á los monasterios; se negaba á traspasar el umbral, como indigno de tanto honor, y al recibir un mendrugo de pan que se le diese, se bañaba en lágrimas y lanzaba alaridos horrorosos.124

120 Sózomen, Hist. Ecl., VI, 31. —Tillemont, t. VII, pp. 53, &c. —Cuando algún monje dejaba de asistir a la iglesia, se sabía por ello que se hallaba enfermo, y entonces los hermanos iban uno por uno á visitarlo y á cuidarlo. A veces el paciente moría antes que se supiese su enfermedad, y quedaba insepulto hasta el sábado siguiente.

Sócrates, Hist. Ecl., IV, 23.—Tillemont, t. VIII, pp. 579, 583. — Macario y Amón eran contemporáneos de Pacomio. La justicia exige que Tillemont advierta que este Macario era llamado el Grande; solo por su mayor antigüedad, pues Macario de Alejandría no le era inferior en sus virtudes ni en el don de los milagros 122 Lecky, pp. 114-15, note.
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Sulpicio Severo, Vida de Martín, 7, en Ruffner, eli. XIX, vol. II.

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Tillemont, t. VIII, p. 486. —El gran Macario ordenaba el llanto como requisito indispensable para alcanzar la perfección. Según Basilio, el creyente no debe reír, porque el Evangelio condena á los que ahora ríen. (Véase Lucas, VI, 24-6).

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134 15. Encaprichados en agradar á Dios por todos los medios repugnantes á los hombres, miraban los religiosos más acendrados el aseo y la decencia, no solo con desdén, mas aun con odio; y por demás está el decir que la higiene era uno de los enemigos del alma á los ojos de una gente que concentraba todo esfuerzo en la destrucción y degradación del cuerpo.125 La Regla de Tabena prohibía el uso del baño;126 y en el clima ardiente del Egipto, tamaña penitencia era tanto más meritoria cuanto el calor está pidiendo constantemente el agua, fuera de que la inmundicia es por sí sola suficiente á hacer la vida un fardo. Había en la Alta Tebaida un monasterio de mujeres, “famosas por sus virtudes,” dice Fleury: usaban un cilicio en todo el cuerpo; ayunaban por dos ó tres días; rechazaban el uso de toda medicina, pues consideraban las enfermedades como celestes bendiciones; y miraban con tal horror el agua, que aun se negaban á lavarse los pies.127 Entre los timbres de Martín de Tours, menciona su biógrafo el amor á la suciedad,128 y Atanasio admira el que Antonio no se lavase nunca, y el que jamás se mojase los pies, á no ser por una necesidad imperiosa.129 San Pomen se los lavaba solo en su vejez, y, como los otros monjes lo censurasen por desliz tan notorio, se defendía diciendo que él había aprendido, no á matar el cuerpo, sino las pasiones —palabras á la verdad extrañas en boca de un dechado. San Abraham no se lavó pies ni cara por espacio de cincuenta años, y, quizá por maravilla sobrenatural, su rostro era hermoso y reflejaba la pureza de su alma. “Nuestros padres,” decía el abad Alejandro, lamentando la relajación de su tiempo, “nunca se lavaron la cara, y nosotros frecuentamos los baños públicos!” Accedió alguna vez la Providencia á hacer brotar un manantial, para la satisfacción imprescindible de la sed; mas, al ver que los monjes se entregaban á

125 Preguntado un famoso solitario cuál era el deber de un monje. contestó con estas cuatro palabras, que encierran todas las virtudes monacales: “Hacerse violencia en todo.” (Tillemont, t. VIII, p. 589). Antonio, que sin duda era poco versado en psicología y fisiología, decía que “el ánimo se fortalece debilitando los placeres del cuerpo.” (Atan., 5). Puesto que aun las moscas y las hormigas, dice, están provistas de ojos, bien puede el hombre despreciar estos órganos materiales, y conformarse con la luz celestial. (Till., t. VII, p. 130). “¿Hasta cuándo permaneceré envuelto en este fango?” decía Gregorio Nazianzeno. “No hay cosa más despreciable que el hombre.” (Duruy, Hist. des Romains, ch. CVII, t. Vil). San Hilarión llamaba su cuerpo “mi asno,” y lo sometía á toda clase de privaciones y mortificaciones para impedirle que “cocease.” (Jerónimo, Vid. Hil., 5). —Con toda sumisión y con debido respeto, puede el lector recordar que Dios hizo al hombre a Su imagen. [Génesis, I, 26-27]. 104. Gibbon, X, 7, p, 574. 126

Gibbon, X,7, pag. 574. Fleury, XX, 9. Sulpicio Severo, Vid. Mar.,3. Vid. Ant., 13, 21.

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135 refrescarse con el baño, secó la fuente; y el abad supo, por esta severa advertencia, que la Causa Primaria está siempre atenta á que se cumplan los mandatos de Su Regla angélica.130 San Basilio y su amigo Gregorio Nazianzeno, nombran el desaseo entre las virtudes del monje, al par de los ayunos, las vigilias, el llanto, los suspiros y otras grandiosidades.131 “Los vestidos sucios,” dice Jerónimo, “son señales de un ánimo puro. Un saco andrajoso muestra un santo desprecio del mundo.”132 Quizá se disculpará el asombro del incrédulo al leer que el mismo Hornero hubiera sido incompetente para describir prendas tan meritorias!133 16. El amor es posible tan solo en un ente social; quien se aleja de la sociedad y evita con escrúpulo el contacto de sus semejantes, va matando en sí mismo toda afección y toda tendencia humanitaria; ni cabe aquel sentimiento tierno en el pecho desabrido de quien ha llegado á mirar el mundo y sus encantos como las añagazas del protervo enemigo del linaje humano. El egoísmo fue siempre el móvil del monje; y puesto que el mismo Redentor había despreciado á su madre y hermanos,134 se encontraba en ejemplo tan ilustre una excusa para tratar con dureza los seres que son más queridos al hombre civilizado. Ordenó Jesús el abandono de padre y madre por la gloria celeste; rompió los lazos más sagrados de la sociedad, y dio al través con los sentimientos más nobles del corazón;135 y los santos de mayor renombre, que siempre tomaron á pecho el ajustarse á las ordenanzas del Evangelio, estaban avezados á mirar con indiferencia las lágrimas de una madre anciana y desvalida, á escuchar sin conmoverse las súplicas de una esposa tierna, y á desdeñar con entraña empedernida el hambre de un hijo abandonado á la mendicidad. Los cuidados del hogar y los afectos de familia, fuentes tan puras de los placeres más intensos y legítimos, aparecían á los ojos del recluso como lazos artificiosos del demonio; y como su propia salvación era el único objeto de su vida asquerosa, denunciaba como pecados los deberes que la ley, la razón y la naturaleza imponen á los hombres. El recuerdo de su hermana huérfana y desamparada;136 el justo y humanitario deseo de ir á
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Lecky’s Eur. Mor., vol. II, pp. 110-11. Ruffner’s Fath. of the Des. vol. II, pp. 209-300. Ibid, p. 83 note. lll. Sulpicio Severo, Vid. Mart. 7. Mateo, XII, 47-50. Mat., XIX, 29; Marc., X, 29-30- Lúc., XVIII, 29-30; XIV. 26—y muchos otros pasajes. Atanasio, Vid. Ant., 4.

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136 socorrer á su madre viuda y moribunda;137 el anhelo generoso de salir de la soledad á enseñar la doctrina de la salvación á su familia aun sumida en el fango del paganismo,138 ó á socorrer á un pobre infeliz139—eran otros tantos pensamientos impuros, sugeridos por el protervo Satanás, que en esto, al menos, se mostró muy superior á sus rivales.140 El matrimonio, que Pablo había escarnecido en sus epístolas,141 llegó á hacerse un delito horrendo. San Amón se vanagloriaba de haber inducido á su mujer á guardar la virginidad por diez y ocho años, aun antes que el santo se retirase del mundo; pero el calificativo de vírgenes premió el heroísmo de los cónyuges.142 Entrándole á uno de estos montaraces el desafuero por la vida seráfica del desierto, madre, esposa é hijos eran para él letra muerta, y quedaban llorando la deserción del piadoso ingrato, ó bien, siguiendo su ejemplo, se consagraban también al servicio del Criador.143 Si se objetaba á los monjes que su celibato anonadaría la especie humana, contestaban, quizá con regocijo, que nunca

Jerónimo, Mateo, 3, en Ruffner, ch. XVIII. Sulpicio Severo, Diálogo 7,15. en Ruffner, ch. XXI. Cuenta este ilustre historiador que un oficial pagano se convirtió y se hizo monje famoso: “poderoso en ayunos, conspicuo en humildad, ti firme en fe;” mas reflexionando que mejor le serla ir a convertir su familia que salvarse él solo, se encaminó á un monasterio vecino á consultar el parecer de los monjes. Los religiosos lo censuran, el abad lo reprende; y como el cuitado se obstinase en irse á su hogar, un demonio furioso se apoderó de él, convirtiéndolo en un loco tan feroz, que por dos años hubo que tenerlo encadenado. Pasado este tiempo, regresó á su celda con toda humildad, habiendo aprendido por experiencia que la caridad no se ejerce impunemente.
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Tillemont. t. VII, pp. 637-38.

“Es la astucia del diablo,” dice Basilio, “el conservar vivo en el animo del monje el recuerdo de sus padres y parientes.” (Spence Hardy East. Monach., ch. VI, p. 58).
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1 Cor., VII.

Sózomen, I, 14. — Sócrates, IV, 23. —Fleury, X, 6. —Las narraciones de Sózomen y Sócrates difieren un poco.
142 143

Refiere Agustín de dos oficiales del emperador que, habiendo salido á pasear, dieron con una habitación de religiosos en que hallaron la Vida del divino Antonio. Empezó á leerla uno de ellos, y su admiración y pasmo crecieron á tal punto, que al instante se determinó á abrazar la profesión monacal, diciendo á su compañero que puesto que en este mundo lo más á que podían llegar era á la amistad del emperador, y esto a través de muchas fatigas é incertidumbres, mientras que la de Dios podía obtenerse con facilidad y en un momento, que estaba resuelto á dejar el mundo y hacerse siervo del Señor. “El otro respondió que quería serle compañero en tan digna servidumbre, y en recibir el gran premio que le corresponde.” [Nótense en todo esto los móviles del egoísmo y la pereza]. Las esposas de estos convertidos siguieron su ejemplo, y consagraron á Dios “su virginidad” dice el santo. (Confesiones, VIII, e. VII).

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137 faltarían pecadores que se diesen al deber grosero de conservar la raza; y Jerónimo observa que, si bien el matrimonio puebla la tierra, la virginidad llena el cielo.144 Theónas, abandonando á su esposa, se retiró á un monasterio; y aunque esta acción cruel despierta la indignación en todo hombre humanitario, Dios mostró su aprobación dando al santo el poder de hacer milagros.145 Evagrio, al recibir cartas de su madre, las arrojaba al fuego, temeroso de pensar demasiado en los seres queridos de este mundo.146 Un mocillo de pocos años que había abrasado los votos, fue herido de muerte por la mano de Dios, por haber ido á visitar á sus padres; y para que la cólera divina se hiciese más perentoria, la tierra, que da gustosa reposo á nuestro cuerpo tras las miserias de la vida, rechazó el cadáver de aquel hijo afectuoso. Esto lo refiere San Gregorio el Grande.147 Aun llegó á decirse de una monja que estuvo tres días en el purgatorio por haber amado en demasía á la madre que le dio el ser.148 Indujo Jerónimo á Paula á que, cambiando el título de madre por el de suegra de Dios, consagrase la virginidad de su hija, abandonase á su hijo recién nacido, y se retirase á la vida monástica.149 La santa, que siempre aspiró á morir en la mendicidad, repartió su patrimonio en donaciones y limosnas, y al morir, sólo sus deudas dejó á sus herederos.150 Este mismo Apóstol del ascetismo, exhortando á Heliodoro á que abrace el monaquismo, le recuerda que Cristo dijo que el que ama á su padre más que á El perderá su alma, y le aconseja el despreciar las lágrimas de su desconsolada madre, la desesperación de su padre, y las súplicas de los que dependen de él para su subsistencia. “En esto no hay más piedad que la crueldad,” dice el adusto seductor.151 Mientras Jerónimo

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Draper’s Int. Dev., ch. XIV, vol. I. p. 427. Fleury, XX, 6.

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Lecky, p. 125. Lecky, p. 135. 148 Ibid.
146 147 149

Gibbon, X, 5, p. 570.

Lecky, p. 133. Acusóse á Jerónimo de haber causado la muerte á Placilla, bija de Paula, con sus rigorosas penitencias, Esto lo hizo odiar tanto en Roma, que á la muerte del papa Dámaso, cuyo secretario era, se vio obligado á huir al Oriente. Allí lo siguió la fiel Paula, quien fundo un convento cu Bethlhem, mientras el santo establecía un monasterio en la vecindad de la población. [Enc. Britt., s. v. Monach.].
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138 reprende á Paula la debilidad de llorar sobre el cadáver de su hija, Santa Melania se llena de contento por haber perdido en el mismo día su marido y sus dos hijos, y va contrita á dar gracias al Salvador por haberla dejado más libre para servirle.152 Ni valía que algunos hombres de importancia se opusiesen á esta degradación, pues la fama de los que desamparaban el hogar era más que suficiente para equilibrar las censuras de unos pocos hombres sensatos; y predicadores del tenor de Ambrosio proclamaban, al deslindar los méritos de la santidad, que hay una virtud especial en abrazar la vida monástica contra la voluntad de padre y esposo. Vino Justiniano á apoyar estas máximas cristianas, y prohibió á los padres el oponerse al retiro de sus hijos y el desheredarlos por su deserción del hogar doméstico.153 17. La mujer, que es para el hombre civilizado el tipo de las más puras afecciones y de los más dulces sentimientos, era el enemigo proverbial de los santos. Algunos de estos bozales se negaban á mirar, ó se empeñaban en despreciar, aun á sus parientas más próximas. Ya hemos visto el ejemplo de Pacomio, que rehusó el ver á su hermana. San Pior, monje de Antonio, se presentó á la suya con los ojos cerrados, para no incurrir en el placer de verla, ó quizá para evitar todo apetito.154 Contaba San Juan de Licópolis entre sus virtudes el no haber contemplado un rostro femenino por espacio de 48 años; y San Arsenio se horrorizaba en presencia de la compañera del hombre.155 En una ocasión un monje viajaba con su madre—“lo que en sí mismo era una circunstancia de las
Véase el horroroso pasaje de Jerónimo en Lecky, vol. II, 1ip. 134—5, y en Sshaff, vol. III, § 41, p. 209. “El amor de Dios y el temor del infierno,” dice el santo, “rompen con facilidad los lazos del hogar.” Lo primero no pasa de una figura de retórica.
151 152

Durny, Hist. des Rom., ch. CVII, t. VII.

Código Justiniano, 1. I, tít, III, ley 42, § 1 (trad. franc. de Tissot). Esta es la ley 56 de Godefroy. —Lecky, vol. II, p, 132—San Agustín, San Basilio, y, por una contradicción, el mismo San Jerónimo, se oponen á que los esposos abracen la vida solitaria, á no ser con mutuo consentimiento, y Gregorio el Grande escribió contra la ley opuesta de Justiniano. [Bingham, Antiquities of the Christian Church, b. VII. ch. III, 3]. Dícese que la voz de Ambrosio era tan poderosa, que las madres tenían que encerrar á sus bijas, de temor de que el santo las sedujese á la soledad. 154 Pior, al abrazar la vida monástica, juró no volver á ver á sus parientes. Su madre y su padre moribundos no fueron bastante á hacerle quebrantar su piadoso juramento; mas, como Antonio le ordenase que fuese á ver á su hermana, el santo, para cumplir con el deber de la obediencia, sin romper su promesa, se dirigió á su hogar, donde reinaba la tristeza de la orfandad: llamó á la puerta, permitió, con los ojos cerrados, que su hermana lo contemplase por algunos minutos, y luego regresó á sus deberes piadosos. [Sózomen, VI, 29. —Tillemont, t. VIII pp. 569-71].
153 155

Lecky, pp. 120-21.

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139 más raras,” observa Lecky—y como tuviesen que cruzar un torrente, el hijo, en la alternativa de dejar á su madre ó pasarla en los brazos, se resolvió generosamente á lo último, pero no antes de haberse aforrado las manos en paños, temeroso de que, al tocarla, se podía “perturbar el equilibrio de su naturaleza.”156 Guardábanse los monjes de Scétis de hablar á sus hermanas, excepto á una gran distancia, cuanto más grande tanto más prudente.157 La Regla de Basilio prohíbe el hablar á una mujer, y aun el mirarla, á no ser en casos inevitables;158 é Isidoro de Pelusium aconseja el no dirigir la palabra al bello sexo, y ya que se haga, que sea con los ojos enclavados en la tierra.159 18. Para terminar la narración de estas virtudes excelsas, referiremos brevemente la vida de Simeón Estilita, que las practicó todas en grado superlativo, y se granjeó la reverencia del mundo antiguo y de la Iglesia moderna. Fue su principio humilde, como el de tantos grandes hombres que de la más baja estirpe se han encumbrado á la cúspide de la gloria: aun niño, se consagraba á la profesión inocente de apacentar ovejas; mas en cierta ocasión oyó repetir las promesas que hizo el Mesías á los que lloran, así como sus amenazas á los que ríen; y preparado con tan bellas lecciones, al mismo tiempo que por los consejos de un viejo que le estaba mostrando el ayuno, la oración y la pobreza como los mejores antídotos contra el veneno de la perversidad, se fugó del hogar doméstico, hizo morir á su padre de pena, y empezó á recorrer monasterios y á practicar la virtud. En el segundo en que estuvo se hizo ya notorio por la rigidez de sus ayunos, pues, mientras los monjes comían cada dos días, él solo se alimentaba dos veces por semana. Envolviese en una cuerda que apretó hasta hacerla penetarar en sus carnes, que fueron al punto ulceradas; y su repugnante fetidez, en lugar de su rigorosa austeridad, fue quizá el legítimo motivo de su expulsión del monasterio. Retiróse á morar en una cisterna ocupada por demonios (habitación siempre apetecible para un monje), de donde más tarde lo sacaron con un lazo. Por tres años vivió en la soledad cerca de Antioquía, y allí hizo una vez que le tapiasen la puerta, ansioso, sin duda, de terminar existencia tan amarga. Salvado de esta tentativa de tan singular suicidio, siguió su carrera incomparable; y, para imitar los ejemplos ilustres de Moisés y Elías, ayunaba cada año por cuarenta soles. Tras ensayar varias columnas de diversas dimensiones, se encaramó al fin á un pilar elevadísimo, de cuya cumbre hizo su

156

Ibid. pp. 127-8, donde pueden verse otros ejemplos. Tillemont, t. VIII, p. 580. vol. III, § 32, p. 171.

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158Schaff, 159

Ruffner, vol. II. p. 297.

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140 devota residencia. Allí trepado, indiferente al sol abrasador y al rigor del invierno, pasó los últimos treinta años de su vida “celestial.” Ni es maravilla que, ya tan próximo al cielo, tomase por realidad lo que fué solo un ardid de Lucifer: presentóse el tentador bajo una forma angélica, y ofreció al penitente un asiento en un carro de fuego. Simeón, creyendo que se iba á renovar en él el arrebato del profeta Elías, alzó el pié para ascender; mas la visión se desvaneció, y Satanás castigó aquella vanidad ulcerando la pierna del santo. Sirvióle esto, sin embargo, de coyuntura para lavar la misma falta, pues por un año se estuvo sosteniendo sobre el pié sano. Encargábase su biógrafo Antonio de recoger los gusanos que caían al suelo y volverlos á colocar en la llaga, mientras el héroe los recibía diciéndoles: “Comed lo que Dios os ha dado.” “Su ocupación ordinaria era la oración,” dice Fleury: unas veces en pié y braciabierto, otras doblegándose hasta tocar los pies con la frente—lo que explican algunos diciendo que, por los muchos ayunos, su vientre se había sumido. Dícese que un espectador llegó á contar mil cuatrocientas de estas curiosas venias, y que fatigado con tan interminable numeración, desistió de seguir la cuenta. El alimento de Simeón era escaso y solo una vez á la semana daba á su cuerpo glorioso la comida que todo nombre requiere diariamente; mas en cuaresma se abstenía por completo de satisfacer la grosera necesidad del hambre. El rostro de una mujer era para él la encarnación del diablo; y la muerte de su madre forma una escena especial en este drama piadoso. Quiso ella penetrar en el corral en que el mártir alzó su columna, deseosa de ver á su afamado hijo; pero ni las lágrimas, ni los lamentos, ni las súplicas, ni la gratitud, fueron bastantes á mover la entraría del asceta. Expiró allí la madre desesperada; y Simeón; en quien un cuerpo inanimado no infundía ya el pánico que antes le había inspirado una pobre anciana, salió con dignidad, pronunció algunas oraciones sobre el cadáver, y luego, “en medio de los murmullos de admiración de sus discípulos, el santo matricida volvió á sus devociones.” La fama de un ejemplar de tanto tomo se extendió pronto por doquiera, desde la Bretaña hasta los desiertos de Arabia y Etiopía; y galos, armenios, persas, bretones, etíopes y escitas venían contritos á recibir la bendición del penitente, que, por otra parte, era de fácil acceso, dice Fleury. Cuéntase que en Roma cada tienda mantenía en la puerta la imagen del héroe;160 que los bárbaros y paganos corrían á él por millaradas, gritando maldiciones contra sus dioses, quebrando sus ídolos, y prosternándose á recibir el bautismo; que el emperador se disfrazó para venir á visitarlo; que las reinas de Arabia y Persia exaltaban sus virtudes; que los bárbaros se disputaban á brazo armado su puesto al pié del pilar famoso, y que, en fin, Simeón murió viernes, como Jesús, y estuvo, ya un cadáver, inclinado por tres días, antes de que su discípulo Antonio descubriese que se
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“Théodoret témoigne l’ avoir ouî dire.” [Fleury].

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141 había extinguido la llama de vida tan ejemplar y productiva. Trasladáronse sus restos á Antioquía, y, como era de esperar, desplegaron luego las propiedades milagrosas inherentes á los huesos de todos estos bienhechores de la humanidad.161 19. Los demonios desempeñaron siempre un gran papel en la historia eclesiástica, y los laureles de un santo deben, para mayor realce, llevar inscrito el nombre de alguna victoria sobre el enemigo infernal. Resistencias heroicas, encuentros y batallas encarnizadas, arremetidas y aventuras quijotescas, en que el diablo hace siempre la parte odiosa de tentador, mientras el santo asume los caracteres de Quijote, forman el tema de innumerables descripciones, y suministran datos inagotables al piadoso admirador y defensor del pesimismo. Las continuas vigilias, que iban irremediablemente debilitando el sistema nervioso; el temor constante de caer en las garras del monstruo de los infiernos; el remordimiento de crímenes reales ó imaginarios; las mortificaciones insensatas, y el aislamiento en un paraje yermo, cuya melancolía iba acrecentando más y más los pensamientos lúgubres y los terrores del solitario— daban campo á los trabajos más fantásticos de la imaginación. El cerebro, abatido por un tratamiento tan irracional, forjaba fácilmente fantasmas horrorosos, que el monje, en su crasa ignorancia y en su superstición grosera, tomaba naturalmente por indisputables realidades. Tenía siempre entre ojos la imagen de su protervo adversario, y estando convencido de que el Criador había hecho del mundo el dominio de una infinidad de genios malignos, veía en el aire que respiraba y en los objetos que le rodeaban vestiglos de las formas y proporciones más diversas y espantosas, y en las cosas más inofensivas hallaba siempre el lazo tendido por su implacable enemigo. Cuando se estudian los efectos de una larga dieta, observa un fisiologista, y las creaciones de un cerebro enfermo, no es maravilla el que los fieles del siglo VI se viesen en la necesidad de fundar un hospital para los santos que por completo habían perdido el juicio.162

161

El relato anterior lo tomamos de Teodoreto. Philotheus (en Ruffner. ch. XXIV). Puede verse también Fleury, XXÍX, 7-9, 18; Lecky, vol. II. pp. 111-12, 130-31, y Gibbon,-X, 14-15, pp. 580-82. — Tuvo Simeón algunos imitadores, todos los cuales eran llamados estilitas, ó santos de las columnas. Su número ascendió á unos siete. Alipio, obispo de Andrinópolis, renunció el obispado y vivió sobre un pilar por setenta años, rodeado de un coro de vírgenes y monjes, que alternaban día y noche para cantar salmos con el piadoso penitente. (Bingham’s Antiquities, b. VII, ub. II, 5). —El lenguaje del piadoso Mosheim contra estos “ejemplos de supersticioso frenesí que degradaron aquella edad”, es más duro de lo que puede sufrir un católico [Ecc. Hist., cent. V, part II, ch. III, 12]. —Simeón vivió como 70 años, y murió como en 460. Draper’s Intel, Devel., oh. XIV, vol. I, pp. 427-29. —Véanse también Gibbon, X, 12, p. 579, y Lecky, vol. II, pp. 116-18.

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142 Presentábase el diablo al indefenso solitario, ya como una fiera amenazante, ya como un venerable anciano, y aun á veces, quizá con alguna irreverencia, asumía la forma celestial de un ángel ó el semblante humilde y sereno del mismo Redentor;163 pero su disfraz más común, al par que el más eficaz, fue siempre la forma femenina—lo que está mostrando que la llama del amor podía encubrirse, pero no extinguirse, en aquellos corazones encallecidos. Con admiración piadosa podemos considerar el valor de tantos ermitaños, que cara á cara se las habían con el más artificioso rival. Deshacíanse los diablos unas veces en carcajadas estrepitosas, otras venían á secretear en las orejas del monje; ya tomaban el hábito de un religioso, y daban á sus palabras (pues Dios no privó del habla á su enemigo) el acento compungido del santo más devoto, al mismo tiempo que citaban con exactitud las Escrituras; ó bien despertaban al soñoliento recluso para sus oraciones, y cantaban con él salmos al Omnipotente.164 Ni les estaba negado el don de los milagros, pues, con la misma facilidad con que inspiraban un pensamiento impuro, desarrollaban una fiebre tenaz165 ó hacían hablar á un difunto.166 Acometiéronle á Antonio el Grande (llámalo así Sózomen), cuando moraba en el sepulcro de que había hecho su guarida, centenares de demonios bajo las formas de las fieras más bravías: ya el uno le mostraba el aguijón de un escorpión; ya el otro se alistaba á enclavar en el paciente los agudos colmillos de una culebra horrible; mientras otros, en forma de leones y panteras, lanzaban bramidos espantosos, y haciendo temblar la tierra con sus manotadas, amenazaban descuartizar al horripilado atleta.167 En la historia de San Benito
163 A Martín de Tours se le apareció Satanás bajo la forma de Cristo; mas como el santo descubriese el engaño, el fantasma se desvaneció. [S. Severo, Vid. Mart., 6). La adición del biógrafo, de que esto se lo refirió el mismo Martín, deja al lector perplejo, no sabiendo si apear á Severo del trono de los historiadores, ó negar al dechado la honradez ó el juicio cabal. 164

Atanasio, Vid. Ant., 11. —En una descripción tan minuciosa como ridícula, cuenta Antonio [ó su biógrafo] cómo distinguir los diablos de los ángeles. [Ibid, 12]. Tillemont, t. VII, p. 209, refiere el caso de Pacomio.

165

Tillemont, t. VIII, p. 598, —El don de profecía lo explica Atanasio diciendo que los demonios tienen un cuerpecillo muy tenue, que les permite moverse con mucha rapidez, y anunciar en países lejanos un viaje, etc., de que se han informado directamente.
166

Como es costumbre terminar toda novela con un incidente que favorezca al héroe, se dice que Antonio, en este trance tan horroroso, alzó los ojos al cielo; que el techo de la celda desapareció, y que el santo vio al Redentor. “¿En dónde estabas, Señor?” le dice con tono quejumbroso, y quizá como un reproche, que debemos excusar en circunstancias tan apuradas. “Yo estaba aquí,” le responde la Causa Primaría; “pero quería ser espectador de tu valor. Puesto que has resistido, te asistiré siempre y te haré célebre sobre toda la tierra.”—En su marcha hacia el castillo, el diablo lo
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143 aparece el diablo unas veces como un pájaro enorme, otras como una joven seductora; y el santo, para sustraerse á estas tentaciones, se echaba á rodar sobre un lecho de espinas.168 Cuéntase de un monje ejemplar á quien Satanás se presentó bajo el disfraz de una hermosa doncella, y como él, arrebatado en un arranque de amor, tratase de estrecharla en los brazos, el vestiglo se desvaneció, y al punto se oyó un coro de demonios, que á carcajadas celebraban su triunfo. Tuvo el infortunado el buen sentido de abandonar la soledad, disgustado con experiencias tan crueles.169 Vio Macario el egipcio un enjambre de diablos que, en forma de moscas, se apeñuscaban en torno de un monje fervoroso, mientras un ángel, afiladísima espada en su celeste mano, luchaba contra ellos con denuedo inaudito.170 A Antonio, cuyas aventuras instructivas vivirán por siempre en el ánimo de la posteridad, vino á tentarlo el adversario, remedando un monstruo con cuerpo de hombre y piernas de asno. En este trance urgentísimo, el santo declara en alta voz que él es servidor de Jesucristo; y al mero son de estas palabras mágicas, huyó el vestiglo con tanta prisa, que se quebró la nuca.171 Más afortunados, ó al menos más ensalzados por la credulidad, eran otros héroes, á quienes el diablo, cansado de sus infructuosas tentativas, llegaba al fin á mirar con temor y con respeto. Habituados estaban los dos Macarios,172 Martín173 y otros ilustres, á conversar familiarísimamente con los mensajeros de Lucifer, que con rendimiento y sumisión revelaban á estos varones ejemplares el estado íntimo de las conciencias de los hermanos, sacando á luz sus cavilaciones y pensamientos recónditos. Tenemos el testimonio del historiador Paladio para creer que Macario de Alejandría se dirigió una ocasión á visitar un jardín de demonios, que habían escogido un cementerio pagano para su alojamiento, aguardando estar, en aquel retiro, amparados contra sus rivales; que los demonios le salieron al encuentro, suplicándole que no los fuese á atormentar en su soledad, y que el buen penitente, accediendo con generoso espíritu á los ruegos de sus enemigos, se conformó con tomar un paseo en torno de la morada de los réprobos, y luego regresó tranquilamente á su celda.174
tentó presentándole oro y plata; pero Antonio, habituado ya á estos lances, siguió su marcha, imperturbable. (Véanse Fleury, VIII, 7, 15; X, 6; y Atanasio, 7-8, 15).
168

Lecky, p. 119, note.—Draper, vol. I, p. 435. Lecky, p. 119

169

Till., t. VIII, p. 594. 149. Atanasio, 14. 172 Tillemont, t. VIII, pp. 597-8, 639-41.
170 171 173

S. Severo, Vid. Mar; 6.

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20. Resistían algunos de estos zafios las tentaciones más extraordinarias con valor heroico, en lo que les iba nada menos que la dicha eterna, pues ya Antonio, autoridad tan respetable por sus virtudes como por su experiencia, había sentado la máxima de que “sin la tentación nadie puede entrar en el reino de los cielos.”175 Otros, sin embargo, menos valerosos, ó quizá menos entusiastas, perdían pronto la chaveta, y al llegar á un estado de locura “reconocida,” eran albergados en el hospital de locos, en donde, á la verdad, todos ellos hubieran podido ser llevados, sin temor de encontrar en tal caterva un hombre cuerdo. El suicidio, que es el recurso postrimero del desesperado, venía á menudo á calmar las angustias de estas víctimas, que apelaban á tal medio, ya como á martirio meritorio, ya como á medicina final para sus calamidades. Laméntase el mismo Pacomio de que algunos, de sus monjes se echan á rodar por precipicios, o ponen fin á sus días por algún otro medio violento, apelando á veces al hierro.176 Acometióle á uno de sus discípulos el diablo bajo la forma de una mujer encantadora: cedió el desventurado á los impulsos de una pasión violenta, que cuanto más esclavizada se hacía más impetuosa. Roto quedó el cristal de su castidad, y el infeliz recluso, espoleado por el remordimiento, cruzó el desierto, llegó á una población y se arrojó en un horno.177 Monjes y monjas, en el lóbrego retiro del claustro, meditaban con afán sobre su suerte futura, y la excitación que producen en el alma estos pensamientos, de suyo pavorosos, los arrastraban á un delirio extremo: ensoberbecíanse los unos hasta renegar de su Criador; mientras otros se declaraban del todo incompetentes para alcanzar la dicha eterna: y, si á esta desesperación se agrega el despotismo de un abad adusto, el hombre justiciero debe excusar aquéllos que, cansados de una lid tan cruel, llamaban la muerte en su auxilio.178 De algunos se refiere que, para evitar las tentaciones, se entregaban sin cesar al sueño;179 sin embargo, la desidia y la indolencia explicarán mejor este hábito, que ni depende de la voluntad ni se aviene con la inquietud de un espíritu lleno de terrores. El trabajo y el ejercicio del cuerpo despejan y despiertan el ánimo; mas Pacomio había ordenado que, aun durante
Till., t. VIII, pp. 634-36.—Fleury refiere, con el estilo empalagoso que caracteriza su historia, las aventuras fabulosas de Isidoro, los dos Macarios y otros dechados, que, habiendo sido desterrados de Alejandría, llegaron á una isla habitada por demonios, los cuales vinieron á rendir homenaje á los reclusos, confesándose vencidos, reconociendo la grandeza de Jesucristo, &c. &c. [Fleury, XVI, 36]. Véanse también Sózomen, VI, 20, y Tul., t. VIII, pp. 609-13.
174 175

Neander’s Hist. of the Church., vol. III, p. 332. Neander, vol. III, p. 337.

176

Lecky, p. 118. Véase Neander, vol. VII, pp. 331-2, note, 179 Neander, vol. III, p. 344, note.
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145 sus quehaceres y paseos, el monje estuviese cavilando sobre los misterios de la vida futura. Basilio ordena que las ocupaciones del religioso sean ligeras, para que vayan siempre acompañadas de la oración ferviente.180 Martín de Tours abolió el trabajo en su decantada cofradía.181 Una calma profunda, un éxtasis neoplatónico, vino á ser la mayor aspiración de un gran número de penitentes. Tapábanse algunos los oídos al salir de su celdilla, y un entusiasta, interrumpido en sus hondas reflexiones por la música de un pobre pasajero, hizo pagar con la vida al violador de su silencio.182 21. Deleitábase la multitud con las virtudes nunca vistas de los monjes; cada fiel estaba convencido de que aquellos modelos, que aun en medio del mundo habían roto con las cosas terrenas, se hallaban de antemano dotados de un poder absoluto sobre las leyes de la naturaleza; y los antiguos héroes, desde Moisés hasta el mismo Redentor, no saldrían gananciosos si se comparasen sus hazañas milagrosas con las proezas de los héroes más esclarecidos. Cosas comunes eran entre éstos el arrojar los demonios más frenéticos;183 el curar toda clase de

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Neander, vol. III, p. 355. 1 S. Severo, Vid. Mart., 3.

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182 Lecky, vol. II, p. 125, note. —Fleury censura la conversación como fuente de murmuraciones, tentaciones y otros peligros, y opina que mejor le es al religioso el salir á dar un paseo solo y en silencio. (Discours sur les Religieux, 12, en el tomo VI, p. 126, de Hist. Ecel.). 183

Cansado suponemos ya al lector con la relación de innumerables sandeces y fábulas que, como dice Gibbon, carecen aun de la belleza que da la poesía á sus creaciones fantásticas. Mas es nuestro objeto el hacer ver los frutos de una moral pesimista y supersticiosa, y cuanto más lóbrego y despreciable sea este laberinto, tanto más instructivas serán sus enseñanzas. Por no llenar más nuestro texto de consejas groseras, ponemos por vía denota algunos ejemplos de la más ridícula superstición, reinante entre los primeros cristianos con relación á los genios infernales. La convicción de que los demonios tomaban posesión de algunos mortales para atormentarlos es de origen antiquísimo, y por todas partes está manchando las páginas de los Evangelios. Encontraron aquí ancho campo los solitarios [ó sus crédulos biógrafos] para desplegar sus facultades milagrosas. —Hilarión curó á una mujer poseída de un diablo que un mágico había traído desde Egipto para atormentarla; y, como ni la bestia más inofensiva estaba al abrigo de estos ángeles malvados, el mismo santo exorcizó el diablo de un camello. (Jerónimo, Vid Hil.,21,23.—Véase el ridículo diálogo entre el santo y el demonio).—En cierta ocasión le trajeron á Pablo el Simple, discípulo de Antonio, un endemoniado para que le espantase el enemigo. El santo ordena al demonio que deje á aquel hombre al punto. El demonio rehúsa obedecer. Pablo toma su piel de cabra y azota con ella al poseído. Aun el diablo resiste, blasfemando é insultando al penitente. Entonces Pablo lo amenaza diciéndole que, si no se marcha cuanto antes, pondrá de ello la queja á Jesucristo, Como el genio aun se obstinase, el santo se trepa á una roca, y expuesto á los rayos del sol más abrasador, dice á Jesucristo que allí permanecerá sin comer ni beber hasta morirse de hambre, si su súplica no es satisfecha. Jesucristo cede, y el diablo, bajo la forma de un dragón de setenta codos, se arrastró hacia el Mar Rojo,

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146 dolencias; el hacer brotar un manantial en un suelo seco y arenoso, y el ver á sus amigos arrebatados por los aires á la mansión de la bienaventuranza.184 Profetizaba Antonio en medio de sollozos, suspiros, desmayos y temblores, como la sibila; recibía avisos en sueños, y marchaba á regiones ignotas guiado por un centauro.185 Anacoretas centenarios, que nunca se habían conocido, se saludaban por sus nombres, sin la necesidad engorrosa de una presentación.186 Resucitaban muertos, ó bien, sin tomarse esta molestia, se encaminaban á un sepulcro á dialogar con un cadáver.187 Ni acaba aquí la lista de sus hazañas portentosas y sublimes: un andrajito de sus hábitos,188 ó una carta enviada á un doliente,189 ponía fin á todo achaque; con un poquillo de saliva abrían los ojos del ciego;190 curaban la lepra con un beso;191 y, burlando los afanes de Satanás, y
diciendo: ‘Me voy, me voy, me voy. Dejo á este hombre, y jamás me volveré á acercar á él.” (Tillemont, t. VII, pp. 148-9). —“Un grand solitaire nommé Moyse s’estant une fois emporté en quelques paroles aigres contre l’ Abbé Maccaire, pour soutenir un sentiment dont il estoit prevenu, fut aussitost possedé par un demon si cruel, qu’ il luy faisoit jetter ses excremens par la bouche: mais Maccaire s’estant jetté a terre pour prier pour luy, obtint a l’ heure mesme sa delivrance.” [Ibid., t. VIII, p. 605]. —Añadamos á estas maravillas que uno de los Macarios curó á una mujer á quien un mágico había convertido en yegua. [Ibid., pp. 603-4].
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“The favorites of heaven were accustomed to cure inveterate diseases with a touch, a word, or a distant message, and to expel the most obstinate dæmons from the souls or bodies which they possessed. They familiarly accosted, or imperiously commanded, the lions and serpents of the desert; infused vegetation into a sapless trunk; suspended iron on the surface of the water; passed the Nile on the back of a crocodile, and refreshed themselves in a fiery furnace.” (Gibbon, X, 15, p. 582). Atanasio, 20. —Jerónimo, Vida de Pablo. —Fleury, X, 6; X 11,9.Leckey, vol. II, p. 147.

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Véase el cuento de Antonio y Pablo el Ermita (un mito) en Jerónimo (Vid. Pab.), en Fleury (XII, 16) y en Lecky (pp. 157-8). Pablo advirtió á Antonio que iba á morir; Antonio lo vio ascender al cielo: dos leones cavaron su tumba; luego vinieron á que Antonio los bendijese, y se marcharon. Por su parta, Antonio, al regresar á su celda, llevó consigo, como inestimable reliquia, la túnica de hojas de Pablo, y desde entonces la usaba en las grandes solemnidades.

Macario el Grande resucitó tres muertos, uno de ellos para convencer á un hereje que no creía en la resurrección. [Fleury, XVI, 37], El mismo santo entabló una conversación con un difunto ya enterrado. Ibid., XIII, 38. Véase también Tillemont, t. VIII, pp. 599-603J. —San Cuthbert resucitó un pájaro.—Martín de Tours resucitó dos muertos. [Severo, Vid. Mart.,3]. El presuntuoso biógrafo se muestra ignorante de la historia de los monjes de Oriente, cuando dice que ellos nunca dieron la vida á los difuntos, como Martín. [Ibid. 1, 17].
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Severo. Martin, 5. Severo, Dial. I, 14. Jerónimo, Vid. Hilar., 15

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147 contraviniendo á los decretos inmutables del Altísimo, sacaban una alma del infierno.192 Como el Mesías, leían las conciencias ajenas;193 descubrían las pasiones por el olfato;194 se imponían de los negocios de ultratumba;195 cargaban, sin el menor contratiempo, un puñado de brasas en el seno;196 y, á ejemplo del inmortal Josué, paraban el luminar del día en su carrera.197 Las bestias más bravías les temían ó los amaban, cavaban sus sepulturas ó cargaban su equipaje,198 pedían humildemente su bendición, ó renunciaban en su presencia á los instintos más naturales de un bruto. Cabalgaba Jesús un humilde jumentillo; mas los piadosos reclusos jineteaban, ya un cocodrilo del Nilo, ya una bestia marina de la Mancha. Cuervos les llevaban el alimento; y otros irracionales, agradecidos por las mercedes que un santo se dignaba otorgarles, pagaban el servicio con una piel ó un poco de lana para el hábito de su bienhechor.199 22. Una pregunta que naturalmente ocurrirá al lector que haya tenido la paciencia de recorrer este oscuro laberinto es la siguiente: ¿Cuál fue la causa de este desafuero por el ascetismo, y de dónde nació esta sublevación frenética contra las leyes de la naturaleza? Han buscado algunos la respuesta en las enseñanzas de los viejos filósofos y en las máximas orientales promulgadas por los neoplatónicos. Cree Mosheim que el cristianismo no se hubiera rebajado á nivel tan vergonzoso, á no ser por la antigua creencia de que, “para alcanzar una verdadera felicidad y comunión con Dios, era necesario que el alma se separase del cuerpo, aun aquí abajo, y que el cuerpo fuese mortificado y macerado con tal propósito.”200 Por respetable que sea la opinión de este historiador ilustre, no nos
Severo, Martin, 5. Tillemont, t. VIII, p. 603. 193 Till., t. VII, p. 150. 194 . Jerónimo Vid. Hil, 28. —San Felipe Neri distinguía por el olor las personas castas de las no castas. El amor del Señor agrandó tanto su corazón, que Dios tuvo que quebrarle dos costillas. (Ruffner, vol. II, pp. 43-4, note).
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Atanasio, Antonio, 17. Sózomen, Hist. Ecl, VI, 28. Tillemont, t. VIII, p. 488.

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El lector que tenga la paciencia de leer á Evagrio, puede ver la ridícula aventura de un monje que indujo á un león á llevarle el equipaje- (Hist. Ecl., IV, 7).

Véanse otros ejemplos de esta amistad entre los monjes y sus semejantes en S. Severo (Dial. I, 8-9), Schaff (vol. III,) 34, pp. 177-8U y Lecky [pp. 168-70]. Una hiena juró á San Macario de Alejandría no volver a comer ovejas. Igual promesa hizo un lobo á San Francisco. Las aves se reunían á escuchar las arengas de este santo, y los peces gustaban de oír las de Antonio de Padua. (Lecky, p. 172).
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148 parece que se amolde á los hechos; pues los filósofos llegaban á sus conclusiones como á las soluciones de enmarañados problemas metafísicos, y eran, por lo general, grandes pensadores; pero ¿qué sabían de filosofía los anacoretas y monjes de mayor renombre, entre cuyos méritos se cuenta su ignorancia crasa? Tal cual santo, como Basilio y Jerónimo, era familiar con las abstracciones de los pensadores paganos; mas la caterva de héroes que se habían elevado al pináculo de la fama por sus austeridades insensatas, empezando por el primero y más notorio ejemplar, que fue Antonio, se gloriaban de no saber leer ni escribir, y toda su sabiduría se cifraba en algunos pasajes bíblicos, que aprendían de oídas. En ánimos tan rústicos no podían germinar las semillas de la filosofía, ni aun sus abrojos.201 Pueden las extravagancias de los filósofos místicos haber tenido alguna influencia entre los cristianos de luces, muchos de los cuales abrazaron la escuela alejandrina; ni debemos olvidar los herejes gnósticos, que, en su dualismo zoroástrico, derivaban la vileza de la materia de sus teorías metafísicas, según las cuales el mundo y el cuerpo del hombre fueron la obra de los enemigos del Ser Supremo.202 Pero ellos no hubieran abrazado el cristianismo, si no hubieran visto en él la divina expresión de sus máximas pesimistas y el apoyo de sus austeridades. Asoman en varios herejes ascetas, como Mánes,203 Marción y Taciano,204 algunos destellos de racionalidad, ó al menos aspiraciones á la investigación metafísica; mas el bozal Montánus, un frigio idiota, carecía de todo conocimiento. Imbuyóse en las enseñanzas del Mesías; anuncióse como el divino Paráclito; enseñó la mortificación y la abstinencia más extraordinarias; condenó la decencia y el buen gusto de una sociedad culta, y desterró del seno del cristianismo la filosofía, las ciencias y las artes.205 Ni puede el cargo de corruptores de la Nueva Ley, en este respecto, arrojarse á los filósofos neoplatónicos; pues el ascetismo cristiano empezó antes de la fundación de la
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Mosheim’s Eccl. Hist., cent. IV, part II, ch. III, 13.—Véanse en el mismo autor (cent. II, pt. II, ch. I, 7-12) las doctrinas e influencia de la escuela neo-platónica, fundada por Amonio Sáccas, yá la cual pertenecían Orígenes y otros cristianos.

Adviértase que aquí no tratamos de descubrir la causa primaria del monaquismo, que quizá puede hallarse en las cavilaciones de los filósofos de la India. Por degeneraciones sucesivas, la filosofía puede llegar al estado más grosero. Pero aquí tratamos de determinar las causas inmediatas, y descubrir las fuentes en que el monje cristiano bebía sus ideas descabelladas. 202 Mosheim, cent. II, part II, ch. V, 6.
201 203

Ibid. cent. III, part II, oh. V, 2-10. —Véanse las aventuras de Mánes en Sócrates, Hist. Ecl., I, 22.

Mosheim, cent II, part II, ch. V, 7, 9.—Las historias interesantes de Taciano y Marción y sus escuelas se hallan extensamente en Neander, vol. II, pp. 125 y sig.
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Mosheim, cent. II, part II, ch. V, 23.

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149 escuela mística,206 y aun se ha llegado á creer que, en el curso de una rivalidad abierta, los discípulos de Amonio plagiaron las reglas austeras de los discípulos de Jesús.207 Los devaneos de los metafísicos no asomaron nunca en el ánimo inculto de los anacoretas más encumbrados, cuya ignorancia los alejaba de estas disputas y elucubraciones baladíes; y la aserción de Mosheim, de que Pablo, el primer ermita, huyó al desierto impelido por las ideas metafísicas, quizá excusará la sonrisa de un lector reflexivo. La mera coincidencia cronológica de las locuras de los monjes y los delirios de los místicos no nos autoriza á ligar aquéllas y éstos en el concepto de causalidad. Puede admitirse una influencia indirecta de las máximas filosóficas sobre el ánimo de los fieles, pues las causas de las acciones humanas son siempre complejas y mezcladas; mas el punto de partida, la honda raíz del desafuero monacal, no se encuentra en el suelo del paganismo. Hemos expuesto en el capítulo precedente las máximas pesimistas puestas en boga por el Testamento, y ellas son, en nuestro concepto, la causa de la degradación de los monjes. Ni el cuidado del cuerpo, ni los afanes del trabajo, ni la actividad de la vida social, ni las virtudes del hogar, ni el amor de la libertad y la independencia, ni el decoro y la dignidad valían nada á los ojos del Salvador. Su reino no era de este mundo, en donde todo es corrupción, soberbia, venalidad y orgullo; sus consejos hacen siempre referencia á una existencia futura, sin cuidarse por la dicha terrestre, que es un grande obstáculo para la salvación; su odio contra las riquezas, los placeres y las comodidades mundanas, descuella por doquiera; y todo su sistema se reduce al desprecio absoluto de todo bienestar presente. Quien lee con atención los Evangelios y las Epístolas no se admirará de que los fieles, cuya sutileza no había llegado aun á dar al texto interpretaciones bastardas, se desalasen por la vida monástica y se redujesen á la condición más deplorable. La virtud de la pobreza implica el odio al trabajo, fuera de que aun éste recibió el explícito anatema del Maestro. La convicción de que nuestro primer deber—nuestro único deber —es para con Dios, engendra la indiferencia para con el prójimo. El premio de inmortalidad asignado á los que abandonan el hogar por el Redentor, necesariamente lleva al desprecio de los lazos de familia y á la creencia de que nuestros parientes solo pueden servirnos como estorbos. Y el cristiano ardoroso, que en vano trataba de deshacerse de todas estas tentaciones y sacudir estos grillos, mientras se hallaba en medio de sus semejantes, encontró

Ibid., ch. III, 11-14. Sin embargo, es curioso el ver cuánto hincapié hace este autor en la influencia neo-platónica.
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Enfield’s Hist. of Phil., b. III, oh. II, sec. IV. Algunos creen con Eusebio que Amonio Sáccas era cristiano desde su niñez, y que nunca apostató la fe de Jesús; y, en este supuesto, no es improbable que las máximas evangélicas hayan ayudado á su misticismo.

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150 en la soledad el único medio de amoldar su vida á los preceptos que estaba leyendo ú oyendo. Ya hemos visto á Antonio y Simeón desertar del hogar doméstico inducidos por las enseñanzas evangélicas; y al lado de estos santos pudieran ponerse otros muchos de gran fama por sus virtudes, es decir, por sus sandeces y locura.208 Alegaban de continuo las palabras y el ejemplo de Jesús; daban á veces á sus discursos un sentido más vulgar que el mismo sentido literal, y aun se abstenían de ciertos alimentos, recordando las torturas del Hijo del Hombre.209 Amón, al inducir á su esposa á guardar la joya de su virginidad, no le habló de Pórfiro, Sáccas ni Plotino, pero le leyó la Epístola de Pablo á los Corintios.210 Convencidos estaban los solitarios de que, al retirarse á la vida de la soledad y la pobreza, desdeñando el mundo para ajustarse á las prescripciones cristianas, se estaban abriendo la puerta estrecha de la felicidad celestial. “Cada prosélito,” dice Gibbon, “que traspasaba el umbral de un monasterio, estaba persuadido de que iba hollando la pendiente espinosa de la dicha sempiterna.”211 Los cuadros lóbregos, los ejemplos de amargas desgracias y tribulaciones, y los aforismos pesimistas de las Escrituras, estaban siempre patentes en el espíritu del monje. Ni dejan los grandes maestros de reconocer el Tomo cristiano como el modelo de las virtudes monásticas. San Basilio y San Nilo declaran la superioridad del Nuevo sobre el Viejo Testamento, y aconsejan su lectura como más conducente á la compunción.212 Cuenta Fleury el monaquismo entre los frutos más granados del cristianismo, y exclama con orgullo: “Ninguno que conozca el espíritu del Evangelio puede dudar que la profesión religiosa sea de institución divina, puesto que ella consiste esencialmente en la práctica de dos consejos de Jesucristo, renunciando al matrimonio y á los bienes temporales, y abrazando la continencia perfecta y la pobreza. Esto es lo que vemos ejecutado por San Antonio, San Pacomio y los otros monjes de Egipto reconocidos por la
Vagaba S. Besarion medio desmido y siempre con el Evangelio bajo el brazo, para leer en él, dice Tillemont, los preceptos que tan perfectamente practicaba (t. VIII, p. 486). Hilarión, en leyendo á Lúc. [XIV, 33]. se deshizo de su propiedad; y si trabajaba, era tan solo por obedecer el precepto de Pablo de que el que no trabaje no coma. (Jerónimo, Hil., 3, 5).
208

Una vez que Pacomio mezcló aceite con las yerbas que comía de ordinario y ofreció este manjar lujoso á San Palemón, éste se negó a aceptarlo y, bañado en lágrimas, exclamó que puesto que Nuestro Señor había sido crucificado, él no se resolvía á comer aceite [Fleury, X. 8].— San Etienne, del siglo VII, vivía en el agujero de una roca, expuesto á los rigores del sol y el agua; y preguntado que porqué moraba en habitación tan estrecha, contestó que porque estrecho es el camino que conduce al cielo. (Ibid., XLIII, 32). 210 Sócrates, IV, 23.
209 211

Gibbon, X, 5. Mabillon, Etudes Monastiques, lime, partic, ch. II.

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151 antigüedad por los más perfectos de todos, y que por consiguiente deben servir de modelos en todos los siglos á aquéllos que quieran restablecer la perfección religiosa.”213 Mabillon asigna como causa de la vida monástica “el deseo de seguir á Jesucristo, abandonando todas las cosas.” “Las palabras de San Pedro que leemos en el Evangelio, He aquí que todo lo hemos dejado por seguirte; esas palabras, digo, han poblado los desiertos y los claustros de solitarios, como lo ha observado San Bernardo.”214 Es, pues, un hecho histórico que el cristianismo, y no la filosofía mística, engendró la vida del convento. Mas como siempre ha sucedido que la Escritura se presta á apoyar doctrinas opuestas, algunos santos y reclusos, como Crisóstomo y el monje Joviniano, del siglo IV, atacaban las exageraciones de los solitarios, alegando contra ellos varios ejemplos y preceptos de ambos Testamentos. Aducía Crisóstomo algunos pasajes bíblicos que atestiguan la santidad de hombres casados; y contra el despego del anacoreta, recordaba el amor del prójimo, denunciando, con justicia, la inutilidad y el egoísmo de aquéllos que, huyendo del seno de la Iglesia, se iban con sus virtudes á morar en las cuevas de las montañas, indiferentes á la suerte de sus hermanos.215 Joviniano, por su parte, decía que la verdadera pureza está en el corazón; que el casado y el hombre de mundo pueden ser tan dignos cristianos como el monje; que el bautismo da la misma redención á viudas, esposas y vírgenes; que las comidas no diferencian á los hombres; que la Escritura no proscribe el matrimonio ni prescribe el ayuno; que el Hijo del Hombre fue acusado de glotón y de amigo de pecadores y publicanos; que concurrió á las bodas de Caná y escogió el vino como un símbolo sagrado; que las mortificaciones no forman una virtud cristiana, pues que también se las practica entre los paganos; y que, Dios, al crear los animales de que el hombre se sustenta, lo hizo con el objeto exclusivo de que el hombre los comiese, y que el privarse de carne es suponer con impiedad que el Criador formó los irracionales inútilmente. Tuvo Joviniano algunos seguidores en éstas y otras doctrinas teológicas; mas se le condenó, se le

“Quiconque connoít l’esprit de l’evangile ne peut douter que la profession religieuse ne soit d’institution divine, puisqu’ elle consiste essentiellement a pratiquer deux conseils de JésusChrist, en renonçant au mariage et aux biens temporels et embrassant la continence parfaite el la pauvreté. C’est ce que nous voyons exécuté par Saint Antoine, Saint Piicóme et les autres moines d’Egypte reconnus par l’antiquité pour les plus parfaits de tous, et qui par conséqueut doivent servir de modeles dans tous les siècles a ceux qui voudront ramener la perfection religieuse.” [Fleury, Discours sur les Relujieux, 1, t. VI, p. 115, de la Hist. Ecc].
213

Mabillon, Étud. Monast., Ire part. ch. I. —Casiano aun creía que la disciplina monástica era la regla de los primeros discípulos. “Es indudable,” dice Tillemont, “que los verdaderos religiosos se propusieron siempre por modelo la primera iglesia de Jerusalén,” (Hem. Ecc., t. VII, p. 102). 215 Neander, vol. III, pp. 379-80.
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152 desterró, y las plumas de Ambrosio y de Jerónimo salieron á defender la Iglesia contra tales herejías.216 A su turno, los monjes refinados traían á la memoria los ejemplos de Elías, Eliseo y el Bautista; alegaban la virginidad de María y la del mismo Jesús; y para responder á la objeción de que Pedro y otros Apóstoles habían vivido la vida conyugal, entraban en pormenores recónditos, desentrañaban los secretos más íntimos, y afirmaban, como hechos muy notorios, que los santos Apóstoles nunca tuvieron intimidad con sus esposas desde que abrazaron la fe del Salvador.217 Sin necesidad de fatigar demasiado su cacúmen, hubieran podido decir que, si el Mesías se mezclaba con la muchedumbre, él no andaba buscando con esto su propia salvación; y, sobre todo, hubieran podido citar las palabras del texto contra el matrimonio y las afecciones de familia, y aquellas máximas grandiosas que hacen del abandono y la pereza las prendas más valederas ante el trono del Eterno Padre.218 23. Lejos, pues, de hallar una explicación al despego de los monjes en las máximas de los filósofos, hallamos los modelos que van siguiendo y los preceptos á que se van amoldando en el código cristiano. Podían los santos, como observa Gibbon, competir en el desprecio de la vida con los estoicos más cabales; y esta comparación, que se ha hecho á menudo, nos induce á presentar un bosquejo de la moral del Pórtico, que quizá no dejará de dar alguna instrucción y proporcionar algún recreo.

216

Neander, vol.III, pp. 381-84, 390-91.—Mosheim, cent. II, part II, ch. III, 22. Lecky, vol. II, p. 104.

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218 Véase el capítulo anterior.― Ruffner [chs. X-XI] trata de refutar los argumentos de Bellarmine, y demostrar—con poco éxito—que el cristianismo es opuesto al ascetismo. —Schaff [vol. III, § 31, pp. 161-2] repite, con alguna retórica, los argumentos de Joviniano y Clemente Alejandrino. Dice que Elías, Elíseo y Juan Bautista son casos excepcionales, cuyas virtudes no se promulgaron como norma. También objeta que el ejemplo de Cristo en cuanto al celibato no viene al caso: 1ro. porque la Iglesia era su esposa [parece increíble que se haya dado á esta metáfora un sentido tan literal]; 2do. porque, siendo superior á todo ser humano, mal podría haber hallado una mujer digna del él (olvida el crítico que Cristo, como hombre, no difería de los demás de su especie); 3ro. porque es imposible concebir á Jesús en el ejercicio de las funciones matrimoniales (lo cual es reconocer claramente la vileza del matrimonio). [Schaff. vol. II, § 107, p 397]. Creemos haber demostrado como un hecho histórico que el Testamento fue la causa del monaquismo. La cuestión de si los monjes se engañaban en su interpretación (cosa que no creemos) la referimos á nuestro capítulo anterior. Aunque alguna vez asoma una tal cual excepción aparente [véase 1 Tito, IV], el tono general de la doctrina es esencialmente pesimista y ascético. “Le Christianisme,” dice Duruy, “maudissant la chair, condamnait la vie a n’étre qu’ une préparation a la mort. Cette doctrine fit les moines” [Hist. des Rom., ch. CVII, t. Vil].

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153 El fruncido entrecejo de Zenón, y la sequedad de su semblante,219 están revelando los sentimientos de un corazón encallecido. Las enseñanzas que promulgó en Aténas fueron esparciéndose entre sus admiradores, avezados ya á la rigidez de Antístenes y Diógenes; ascendieron de la esclavitud al trono, y doblegaron á su influjo la cerviz de los Césares de mayor y más merecida nombradía. Dos principios dominantes descuellan en la ética del viejo y el nuevo estoicismo, á saber: que la verdadera felicidad consiste en el ejercicio de la virtud, y que la virtud se cifra en vivir de acuerdo con la naturaleza. Expresiones tan bellas se ganan pronto el favor de quien no sondea las interioridades de lo que ellas significaban en boca de Zenón y sus discípulos; mas nuestro juicio va por fuerza cambiando cuando vamos descubriendo el alcance de aquellas dos máximas fundamentales. Reconociendo la verdad innegable de que cuanto ocurre en el universo son fenómenos naturales inevitables, regulados por una fuerza irresistible, la secta estoica aconseja la resignación y la paciencia, y la más completa sumisión á los decretos del destino. Puesto que los sucesos y las cosas del mundo objetivo son independientes de nuestra voluntad, debemos mirarlos con indiferencia, no adhiriéndonos á ellos como á verdaderos bienes, ni esquivándolos como males; y la violación de esta regla nos expondrá á encontrar grandes obstáculos y á sufrir dolorosos desengaños. Pero nuestras opiniones, nuestros deseos y demás condiciones de nuestro pensamiento, siendo dependientes de nuestra voluntad y sujetas á nuestro albedrío, han de ser los únicos cuidados del alma, la única fuente de su felicidad ó su desgracia.220 El bien está en la virtud, el mal en el vicio; aquélla es la única dicha—concepción subjetiva, independiente del mundo corpóreo; el vicio es la única desdicha. El dolor, las prisiones, la ignominia, la calumnia y los insultos, no pueden afectar el espíritu del sabio, pues, siendo hechos ajenos á su voluntad, deben serle perfectamente indiferentes, como el placer, la abundancia, los honores y la nombradía: cosas como éstas, que nuestro pensamiento no puede alterar, no son bienes ni males.221 El hombre, aislado y encerrado dentro de sí mismo, es feliz cuando el valor, la veracidad, la rectitud, la justicia y otras virtudes se han convertido en el solo objeto de su existencia. El cuerpo es cosa despreciable— un cadáver que el alma cautiva va arrastrando consigo; un puñado de lodo y

Diógenes Laertius, Zenon, 18. Epicteto, Máximes, 5-8, 36, 73. 152 (trad. franc. de Dacier, en la Bibliotheque Nationale.)— Marco Aurelio, Pensees, 1. V, 33 (trad. franc. de A. Pierron, 3e éd.). “Loco eres si quieres que tus hijos, tu mujer y tus amigos vivan por siempre: porque esto es querer que las cosas que no dependen de tí dependan de tí.” (Epicteto, 151.
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Epicteto, Max., 234, 296. —El argumento de Epicuro sobre el bien y el mal, y la impotencia del Criador para suprimir el último, ó su falta de bondad al permitirlo, encuentra una refutación—la única posible—en el dicho de Marco, que el dolor, la infamia, la gloria y el placer no son bienes ni males, puesto que el justo y el malvado los reciben indistintamente. (Pensees, II, 11).

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154 podredumbre.222 La vida misma es un punto imperceptible en el cuadro infinito de la naturaleza; y nuestras aspiraciones, nuestros placeres y nuestros méritos, son devaneos de un segundo—humo que se desvanece, nombres que pronto sepultará el olvido. Alejandro, César, Adriano, Sócrates y Homero se han convertido en polvo. ¿A qué aspirar á la gloria, al poderío, á la admiración de nuestros semejantes ó á la inmortalidad de nuestra fama? Todo en el mundo es vanidad de vanidades—exhalaciones que brillan y se apagan por siempre en una noche eterna.223 En medio de estas miserias notorias, no queda al sabio otro amparo que la filosofía, la cual le enseña á vivir en la virtud y la justicia, sin mas aspiración que el bien público; y le descubre que el secreto de la felicidad no está en poseer, sino en no desear.224 Tales son las enseñanzas de la escuela estoica, cuyas consecuencias pueden anticiparse. La humanidad no movió nunca el espíritu rígido de los viejos maestros del Pórtico, y si sus sucesores mitigaron un poco la dureza de la doctrina, no dejaron de abrazar muchas de sus máximas empedernidas. La ternura y las afecciones caben difícilmente en el ánimo de quien tiene siempre la nulidad de la vida en sus labios. Tiznóse la compasión como flaqueza; tomó la aflicción el nombre de debilidad ó cobardía, y las lágrimas derramadas sobre el cadáver de un hijo llegaron á mirarse como un testimonio de menguado apocamiento.225 Rayó la exageración en un extremo draconiano: eliminóse la línea imperceptible entre el vicio y la virtud, y se puso en su lugar un abismo

222 Mareo Aurelio, Pens., IV, 41 ; II, 2; III, 3.― Sin embargo, esto no implica un odio desaforado contra el cuerpo, ni el amor del abandono y la inmundicia. Marco Aurelio alaba el cuidado que Antonino tenía de su cuerpo, agregando que su salud era siempre completa, y que rara vez necesitó los auxilios de un médico. (Pens., I, 16). Epicteto condena fuertemente el desaseo y el abandono del cuerpo, y dice que el discípulo que viene á escucharlo bien vestido y aseado, le hace al pronto una impresión favorable, pues quien ama el aseo ama la belleza y gusta de la virtud. “Si quieres ser desaseado y hediondo, goza solo de tu suciedad; pero deja la población, vete a un desierto, y no envenenes á tus amigos y vecinos.” (Max. 259, 260). 223

Marco Aur., Pens., 11,17; IV, 33, y muchos otros pasajes. “La duración de todas las cosas es igualmente corta; pero tú temes, y todo lo deseas, como si todo debiera ser eterno. Bien pronto tu también cerrarás los ojos; bien pronto otro llorará sobre el que te haya llevado al sepulcro.” (Ibid., X, 34). Epicteto, Max. 126.—Mar. Aur., Pens., III, 12.

224 225

Epicteto previene al sabio que su virtud no le permite conmoverse al ver las lágrimas de un huérfano. (Max. 354). También observa que, puesto que nadie es inmortal, es un acto irracional el llorar á nuestros hijos. (Max. 359-60). —“Epicteto decía que, al abrazar á un hijo, debemos siempre repetir: Tú morirás quizás mañana.” (Mar. Aur., Pens., XI, 34) —Puede recordarse la respuesta de Jenofonte al recibir la noticia de que su hijo había muerto en un combate: “Ya yo sabía que le había engendrado para que muriese.”

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155 impasable; el código estoico desconoció toda gradación de delitos; proclamó todas las faltas, aun las más ligeras, como violaciones horrendas de las leyes morales; y, ajeno de toda conmiseración, no consideró ningún castigo como demasiado cruel ó inhumano.226 Sin embargo, asoman en Marco y Epicteto algunos destellos luminosos, que dejan ver en el uno el ejemplo intachable de Antonino, y en el otro las lecciones provechosas de la esclavitud. La fraternidad universal y el amor del prójimo;227 la dulzura y la conmiseración para con el ofensor; 228el reconocimiento de la virtud y el mérito, independientemente de castas y genealogías,229 y el odio de la venganza ruin,230 están mostrando sentimientos más generosos y humanitarios. Ni se olvidó el amor del enemigo,231 que descuella entre los timbres más ponderados del cristianismo. No es nuestro objeto el analizar aquí los fundamentos de la ética que hemos estado exponiendo, y dejamos al lector la decisión de si las leyes de la naturaleza excluyen nuestros sentimientos; si el hombre ha sido hecho para vivir (intelectualmente) consigo mismo, sujeto á sí mismo, y con la facultad de sustraerse al mundo objetivo; si el bien y el mal son cualidades subjetivas, dependientes solo del yo y sujetas á nuestra voluntad; si la naturaleza no ha hecho del placer (no del desenfreno) un incentivo para la virtud, y si la virtud es una entidad ó concepción metafísica, en vez de una relación entre el ser racional y el mundo que le rodea. Tras presentar el lado lóbrego y sombrío del estoicismo, que es su punto de semejanza con el ascetismo cristiano, la justicia demanda que expongamos sus ventajas y sus méritos. Nos engañaríamos al imaginar, lo que talvez parece

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Diógenes Laertius, Zenón, 64, 65. —“Así como una vara debe ser derecha ó torcida, un hombre debe ser justo o injusto; ni puede ser más justo que justo, ni más injusto que injusto.” (Ibid, 65). — Marco Aurelio y Epicteto no se adhirieron á este principio extremado. Epict., Max. 177.—Mar. Aur., Pens., X, 1; XII, 26. Epict., Max. 265, 266.—Mar. Aur., Pens., I, 7; V, 22 ; VI, 27; Vil, 26; VI, 9. “La nobleza del hombre viene de la virtud, y no del nacimiento.” [Epict., Max. 56].

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230 Epict., Max. 267-81. 283. “Mejor es perdonar que vengarse, porque lo uno es efecto de una naturaleza dulce y humana, y lo otro de una naturaleza feroz y brutal.” [Epict. Max. 282]. “La mejor manera de vengarnos es el no hacernos semejantes a los malvados.” [Mar. Aur., Pens., VI, 6]. La naturaleza “ha dado la dulzura contra la ingratitud, y una virtud contra cada vicio.” (Ibid., IX, 42). 231

Nuestro enemigo, como cualquier otro hombre, es nuestro prójimo, y debemos amarlo. (Mar. Aur., VII, 22).

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156 deducirse de sus máximas, que la moral del Pórtico tiende á hacer del hombre un misántropo ó un enemigo de su prójimo, y que su fatalismo nos está arrastrando al abandono y la desidia. El reconocimiento de todo hecho como un fenómeno de la naturaleza, ó como un eslabón de la cadena infinita de causas y efectos; y la convicción de qué el hombre es una parte del Gran Todo, sujeto, como lo otros seres animados é inanimados, á los cambios y á las trasformaciones universales, engendraron un sentimiento de resignación varonil, que, si á veces tocó en el servilismo,232 excluye la flaqueza y el apocamiento. “Todo lo que te place, oh Mundo! pláceme también á mí,” exclama Marco Aurelio. “Nada que es para ti en sazón es para mí prematuro ni tardío. Todo lo que me traen las horas es para mí un fruto sabroso, oh Naturaleza! Todo viene de ti; todo está en ti; todo vuelve hacia ti.”233 La idea de que la sociedad es un conjunto en que cada individuo desempeña el papel de una parte subordinada, y que los hombres naturalmente deben vivir con sus semejantes y consagrar á ellos su existencia, estaba manteniendo vivo el ideal del patriotismo.234 El sabio debe pasar su vida en el desempeño de los negocios públicos; tener siempre presente la felicidad de la comunidad en que vive, y estar convencido de que nada puede dañarle ni aprovecharle, excepto aquellas cosas que dañan ó aprovechan á sus conciudadanos.235 Desentendiéndose de los misterios de ultratumba, mató el estoicismo el terror supersticioso de la muerte, proclamando el fin de la vida como un fenómeno natural y necesario; como una parte ó complemento de la misma vida; como una transformación de la materia eterna,236 que no debemos

He aquí una máxima de Epicteto que puede competir con las enseñanzas cristianas del más absoluto rendimiento: “Al que me ha dicho injurias, le doy gracias por no haberme aporreado; si me ha aporreado, le doy gracias por no haberme herido; si me ha herido, le doy gracias por no haberme matado.” (Max. 269).
232 233

Mar. Aur. Pens., IV, 23.

Dióg. Laer., Zenón, 64. “El hombre sabio no vivirá en la soledad, porque por naturaleza es sociable y práctico.” [Ibid,]. Arístides, Epaminondas y Licurgo no han sido llamados, el uno JUSTO, el otro LIBERTADOR y el otro DIOS, porque fuesen ricos y tuviesen muchos esclavos, sino porque, aunque pobres, pusieron la Grecia en libertad” (Epict., Max. 138). Marco Aurelio enseña el sacrificio del bien particular al bien público (Pens., VIII, 12), y declara que el hombre ha nacido para obrar el bien; que tal es su naturaleza, y que pedir un premio para la virtud es como querer premiar los pies por que andan, o los ojos porque ven. (Ibid., IX, 42). Véase también V, 16; VII, 54; VIII, 12, 34, 59. y muchos otros pasajes en que se hace del bien de la sociedad el primer deber—el único deber—del hombre virtuoso.
234

Mar. Aur., Pens., V, 22; X, 33. “Lo que no es útil al enjambre no es útil á la abeja.” (Ibíd., VI, 54). 236 Todo cambio es una transformación de la materia universal, que ni aumenta ni disminuye. Los seres nacen, envejecen y mueren; y de sus restos la naturaleza saca a luz nuevos cuerpos, compuestos de los idénticos elementos y sujetos á las mismas leyes. Lo que hoy existe ha existido
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157 temer ni despreciar, y á la cual debemos someternos sin desesperación. “Yo no soy la eternidad,” dice Epicteto; “soy un hombre, una parte del todo, como una hora es una parte del día. Una hora viene, y pasa: yo vengo, y paso también: la manera de pasar es indiferente; ya sea por la fiebre ó por el agua, todo es igual.”237 “Tú has subsistido como parte de un todo,” dice Marco. “Tú te absorberás en el ser que te ha producido, ó, más bien, su poder generador volverá á tomarte, en virtud de un cambio.—Muchos granos de incienso están destinados al mismo altar: el uno cae al fuego más pronto; el otro cae luego; mas ninguna es la diferencia.”238 “Es preciso partir de la vida con resignación, como la oliva madura cae bendiciendo la tierra que la nutre, y dando gracias al árbol que la ha producido.”239 La servidumbre, que quizá pudiera deducirse de algunas de las máximas estoicas, queda atajada por la virtud del patriotismo; puede el suicidio venir en ayuda de quien ve obstruido el camino de la rectitud,240 y los ejemplos de Bruto y Trasca nos están mostrando la interpretación de esta máxima en favor de la libertad. Mal haríamos en creer que el estoicismo se puso en práctica entre sus partidarios más decididos. Como el cristianismo, aquel sistema rígido no pasó de un ideal, pues nuestro débil organismo no podrá nunca separarse del medio en que vive, ni esquivar los dictados ineludibles de las leyes universales. Sin duda los filósofos del Pórtico proclamaron como principio fundamental la armonía entre la virtud y la naturaleza; mas quizá se excuse á quien objete que ellos no supieron interpretar las condiciones naturales de nuestra vida y nuestras acciones; ni es maravilla que Epicteto declarase que, aunque veía muchas máximas estoicas, no veía estoicos en ninguna parte, cuando definía el estoico como “un hombre que en la enfermedad, se encuentra feliz; que en el peligro, se encuentra feliz; que despreciado y calumniado, se encuentra feliz.”241 El mismo Zenón aconseja el suicidio en caso de enfermedad incurable, mutilación ó pena

y existirá siempre; y los fenómenos naturales forman un círculo donde todo se repite eternamente. [Mar. Aur., Pens., IV, 36, 46; V, 4, 13: VII, 13,15, y muchos otros pasajes].
237

Max. 36. Pens., IV, 14-15. 217. Ibid., IV, 48. Mar. Aur., Pens., V, 29; VIII, 47; X, 8. Max. 225.

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158 insufrible,242 y aun se refiere que este maestro se estranguló por haberse dislocado un dedo.243 Expuestos los dos lados de la moral estoica, puede hacerse su comparación con las enseñanzas y prácticas del monaquismo cristiano. El estoico considera el dolor como un hecho indiferente: ni lo busca con ansia, ni le huye con temor; si no hace de él un mal, tampoco lo pondera como un bien, ni mucho menos como una virtud; el mundo no es á sus ojos el teatro de la impureza y la degradación, sino la obra perfecta de la naturaleza, sostenida por sus sabias leyes;—el monje se complace en la voluntaria maceración del cuerpo; reniega del mundo con rabia frenética; proclama la vida como una maldición y una calamidad, y el dolor como egregia virtud, atribuyendo al Omnipotente los crueles sentimientos de un verdugo implacable. El estoico está lleno de brío varonil, de confianza en sus propias fuerzas, y de respeto por sí mismo; concede al hombre el poder de obrar el bien y marchar en el camino de la justicia sin más auxilio que su inteligencia, y hace de la virtud una ley del universo;— el monje pinta el linaje humano como una raza vil y degenerada, desespera de sus propias fuerzas, y abandonando el ejercicio de su energía vital, espera en la inacción las disposiciones del Altísimo; mientras hace consistir la virtud en la tortura, la humillación y el servilismo. El estoico es un ser sociable, abnegado y patriota, cuyos anhelos están siempre vinculados en el bien público; — el monje huye de sus semejantes, es indiferente á la suerte de sus hermanos, y no tiene más pensamiento que el de su propia salvación. Si ambos se desentienden de los atractivos de este mundo, sus móviles son muy diferentes, y conducen á dos prácticas de vida distintas y opuestas en absoluto. Si queremos medir el espacio que separa al monje del filósofo estoico, nos es suficiente comparar los Pensamientos de Antonino el Filósofo con la Imitación de Jesucristo de Thomas á Kempis. Marchaban los solitarios sobre las huellas de los viejos profetas; — los estoicos, que ni siquiera conocieron los nombres de los escogidos del Señor, tenían en Marco y Epicteto sus mejores modelos, los cuales, si no disfrutaron de la intimidad del Ser Supremo, dejaron al menos en el corazón de los hombres justos un sentimiento de profunda admiración y gratitud.244

Diog. Laer., Zenon, 66. Dióg. Laer., Zenon. 244 Las doctrinas filosóficas, físicas y morales del estoicismo, así como la vida de Zenón, pueden leerse en Diógenes Laërtius, Zenón; en Draper’s Int. Devel., vol. I; en Enfield’s Hist. Phil., b. II, ch. X, sec. I, y en casi cualquiera otra historia de la filosofía.
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159 24. ¿Cuál fue la influencia de los dechados de virtud cristiana, que tan estrechamente se ciñeron á las enseñanzas del Cristo? ¿Cuáles fueron los frutos de estos vegetales marchitos? ¿Qué les deben la civilización, la moral y la dicha humana? El egoísmo más empedernido fue siempre el único móvil del solitario; la salvación de su alma ocupaba sin cesar su espíritu montaraz245; sus semejantes le eran un estorbo, y el abandonarlos le cuadraba mejor que el ayudarlos. Envanecíase el ermitaño con su soledad y aislamiento: lamentaban Antonio é Hilarión el verse rodeados de admiradores y discípulos, y Benedicto se negaba á salir de su agujero para, servir á sus hermanos. La adustez del recluso estaba probando que la acusación del musulmán, de que la moral cristiana “es una moral misantrópica, antisocial, que engendra en los hombres el disgusto de la vida y de la sociedad, y tiende solo á hacer ermitaños y celibatarios,” no es solo la calumnia maliciosa de una secta rival.246 Oraban los penitentes por la salvación de toda criatura, alegan Agustín y Crisóstomo;247 mas este servicio es por desgracia poco eficaz en los negocios humanos, en que talvez valen más los esfuerzos del brío varonil que las oraciones fervientes de un corazón piadoso. Ni es de suponer que el cuitado ermitaño, empeñado sin cesar en una lucha á muerte con Satanás, hallase mucho tiempo para encomendar á sus hermanos al amor del Excelso. Feneció con el cristianismo el amor á la libertad; apagóse la chispa del patriotismo, y el bien público vino á ser el objeto de la indiferencia, cuando no del odio, de los fieles. El monaquismo, con sus reglas despóticas, mató todo anhelo por la independencia, el decoro y la dignidad. El rendimiento más servil, los castigos más humillantes, y el comunismo más consumado, al remover los cimientos, iban desmoronando el edificio de la racionalidad. Ni pueden máximas tan serviles formar un espíritu libre ni un ciudadano útil á la patria. El aspecto sumiso y aterrorizado del esclavo figura entre los timbres del buen monje; su voluntad, sus acciones, y aun sus pensamientos, dice Gibbon, están pautados por
“L’objet de leur instituto” [des religieux] “étoit de travailler a leur salut particulier, soit en conservant l’innocence, soit en réparant les désordres de leur vie passée par une pénitence sériense.” [Fleury, Discours sur les Religieux, 2, t. VI, p. 117 de l’Hist. Ecc.]. “Ils se cachoient aux hommes autaut qu’ ils ponvoient, ne cherehant que a plaire a Dieu.” [Fleury, Disc. sur l’Hist. des Six Premiers Siecles, 3, t. II, p. 713 de l’Hist Ecc.). Basilio de Cesárea y Nilo, que eran hombres de algunas luces, acusaban á los anacoretas de un egoísmo irracional. Dice Nilo que el solitario que se retira del mundo para no ser incomodado por sus semejantes, en nada se diferencia del bruto, que está siempre tranquilo, mientras el hombre no excita su cólera. [Neander’s Hist. Chur., vol. III pp. 349-50, and note]. Volney‘s Ruines, ch. XXIII.
245 246

Volney‘s Ruines, ch. XXIII. Neander, vol. III, p. 352.

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160 una regla inflexible ó por los caprichos de un superior tiránico. La abyección, bajo el nombre de la virtud de la obediencia, era el primer deber del religioso; y el abad, cuyo corazón encallecido no palpitó nunca á los impulsos de la compasión ni la ternura, asumía, con orgullo, el carácter de déspota inhumano. Penitencias inauditas, insultos y menosprecio, bofetadas248 y azotes, eran los precios de la dicha sempiterna; y el monje que con más resignación soportaba estas crueldades, sonaba con más ruido en el mundo de la cristiandad. Con toda sumisión á las órdenes de su superior, se aprestaba á coser y descoser su hábito, volverlo á coser y descoser de nuevo; á vaciar el agua de un estanque,249 ó á tallar su celdilla en una roca escueta.250 Se le mandaba sembrar un varejón en un arenal, y regarlo día y noche por tres años, trayendo el agua de una gran distancia, hasta verlo reverdecer como un hermoso arbusto;251 entrar calmadamente en un horno252 ó arrojar en él su hijo único; presenciar con indiferencia tormentos indecibles impuestos á su hijo ternezuelo, y echarlo luego, sin lanzar una queja ni verter una lágrima, en un rió profundo.253 Aun las acciones naturales del comer y el dormir, y el ejercicio generoso de la caridad, requerían una licencia previa; y esta obediencia sin límites á la voluntad ajena era la mayor presea de los monjes de Oriente.254 El menor desvío de la disciplina se hacía acreedor á rigorosísimos castigos;255 y, en suma, cuando leemos que los muertos deben ser el modelo del monje,256 podemos prescindir de ir más adelante en este lodazal embotador.
En una comunidad uno de los hermanos se demoró un poco con un plato, sobre lo cual “el abad Pablo le dio una bofetada que se oyó de muy lejos; mas el joven no murmuró, no cambió de color, no perdió nada de su modestia; y todos los asistentes fueron con ello extremadamente edificados” [Fleury, XX, 5].
248 249

Tillemont, t. VII, p. 146.

Ibid. t. VIII, pp. 592-3. Sulp. Sev., Dial. I, 13. —El arbusto se conservó en el monasterio como una prueba de los frutos de la obediencia.
250 251

Ibid., 12. —Sin embargo, la Causa Primaria, atenta siempre á estos hechos trascendentales, interponía sus virtudes milagrosas en algunos trances de este jaez.
252 253

Lecky, vol. II, pp. 133-4. Sulp. Sev., Dial. I, 5.—Tillemont, t. VII, p. 191.—Ruffner, vol. II, p. 299.

254

La Regla de Pacomio mandaba que los monjes luciesen una estera diaria, y a un hermano que hizo dos, lo reprendió el abad severísimamente por su vanidad; lo obligó á marchar siempre detrás de los otros, cargando sus dos esteras ¿implorando misericordia por su soberbia; y luego lo encerró en una celda por cinco meses, privado de comunicación y sometido á una dieta de pan y agua. (Tillemont, t, VII, pp. 202-3).
255

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25. No descollaron los santos por sus conocimientos; pero el velo de su ignorancia se ha convertido, con el andar del tiempo, en manto de acendradísima pureza; y la voz de la admiracion los ha elevado sobre personas de verdadero mérito. Aquellos hombres humildes y sencillos, que compartían su provechosa existencia con las reces de la selva y con las alimañas del desierto, han llegado á mirarse como los tipos más perfectos de moral; y con orgullo que manifiesta más piedad que buen sentido, se ha hecho alarde de que su saber, aunque profundo, no se cifraba, como el de los griegos, en el conocimiento de la astronomía, la geometría y las leyes de la naturaleza.257 Ciencias tan terrenas nunca conquistaron el espíritu contemplativo de reclusos tan inmaculados; fuera de que, no poseyendo las artes de leer y escribir,258 les era más obvio el aprender de oídas unas cuantas plegarias y algunos salmos edificantes, que engolfarse á desentrañar las leyes de los astros ó los principios de las matemáticas. Ni debe olvidarse que el Excelso, en su bondad infinita, premiaba la abnegación de sus servidores con los dones envidiables de la profecía y los milagros. Estas prendas habían llegado á ser las mayores preseas á los ojos del pueblo convertido á la religión del Mesías; y el poeta que hubiera conquistado la corona en los juegos olímpicos, ó el filósofo á quien la gratitud de un pueblo culto hubiera levantado monumentos y estatuas, debía ahora resignarse á ser el aborto de los mismos infiernos. Por maravilla centelleó la luz de la razón en el ánimo tenebroso de un monje; ni vino el afán por la sabiduría á atosigarlo en su modesto albergue. El amor á las letras, que caracteriza al hombre, recibió el anatema de los más encumbrados solitarios. Con desprecio rechaza Antonio, ó su biógrafo, el ejercicio del intelecto, alegando que sus devaneos son inútiles, pues la fe, y solo la fe, puede guiar al hombre por él buen camino;259 mientras que Sulpicio Severo declara que los
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Macario de Egipto, instruyendo á un bisoño, le aconsejaba el imitar la indiferencia de los difuntos. (Tul., t. VIII, p. 5901. —Sobre esta obediencia servil véase también Gibbon, X, 6, pp. 57173. Fleury, sur l’Hist. des Six Premiers Síecles, 3, t. II de l’Hist. Ecc. p. 713.
258

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Entre otros ejemplos, pueden citarse el de Antonio, de cuya santa ignorancia hemos hablado ya; el de Or, famoso por sus milagros y virtudes, y abad de varios monasterios de Tebaida, quien no sabía leer [Sózomen, VI, 28 ; Ruffner, vol. II, p. 191]: el de Apolonio de Seélis, que nunca aprendió á escribir [Sózomen, VI, 29]; el de Martín de Tours Severo, Vid. Mar., Vil], y el de Pambo [Sócrates, IV, 23; Till., t. VIII, p. 445], que no necesitaron de la lectura para ascender a la cumbre de la grandeza. Pambo aprendió un salmo de oídas, y gastó 19 años tratando de ponerlo en práctica. —Los monjes egipcios, dice Sózomen, creían que debían trasmitirse sus vidas y hazañas por tradición verba] —quizá observa Jortin, porque no sabían leer.
259

Atanasio, 19. —Antonio “ni poseía ni admiraba el saber.” [Sózomen. I, 13].

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162 estudios y la literatura son cosas huecas y vacías, como que el deber del creyente “es el buscar vida eterna, más bien que eterna fama.”260 Los escritos de aquellos autores antiguos que aun instruyen y deleitan al género humano, apenas sirvieron para encender el odio de una gente que veía en la sabiduría del paganismo las blasfemias y desatinos que Lucifer está siempre poniendo en las mientes de sus víctimas. Gregorio Nazianzeno, que adquirió las ciencias profanas antes de retirarse á la soledad, declara que la única utilidad que de ellas ha sacado es el “poderlas abandonar por Jesucristo;” y que, desde que se consagró al estudio edificante del Tomo Infalible, se llenó de un profundísimo disgusto por lo que en su juventud había aprendido.261 Había, á la verdad, en los monasterios de Oriente algunas bibliotecas, y con frecuencia el Superior reunía á los hermanos para platicarles sobre algún tema especial de la Sagrada Biblia; lo que ha guiado algunos historiadores á ponderar el amor al estudio y la sabiduría de los reclusos;262 pero, si se considera que sus libros se reducían á las Escrituras,263 se comprenderá que sus conocimientos no podían ascender á mucho. Ni eran los monjes críticos ni pensadores que osasen entrar en un análisis científico y lanzar alguna luz sobre el oscuro Volumen de las Divinas Revelaciones: ya de antemano habían doblegado la cerviz al dulce yugo de la fe, y aprendían un salmo, una profecía ó una parábola, como el niño aprende sus oraciones, sin detenerse á meditar ni dar lugar al discernimiento.264

Prólogo de la Vida de Martín. Sin embargo, este humilde escritor, á quien la piedad ha encasquetado el dictado de Salustio de la Cristiandad, con gran menoscabo para la reputación de Salustio Crispo, se deleita al relatar que su Vida de Martín pronto penetró en Roma donde se la prefería á todo otro libro (triste prueba de la decadencia romana); que en Alejandría muchos la sabían de memoria, y que los monjes de los desiertos mas lejanos se edificaban con lectura tan amena. [Dial. I, 16]. A Severo se le reveló en una visión la muerte de Martín: el santo se le apareció vestido de blanco, el rostro radiante como un luminar, y los ojos como dos estrellas, trayendo bajo el brazo la famosa Biografía. (Ep. de Severo al Diácono Aurelio, en Ruffner, ch. XX).
260 261 262 263 264

Mabillon, Études Monastiques, ler part., ch. I. Ibid., chs. II, VI. Tillemont, t. VII, p. 191.

San Pablo el Simple, el más famoso discípulo de Antonio, preguntó una vez al maestro si Cristo era anterior a los profetas. Antonio, avergonzado, le hizo señas que se callase. (Tillemont, t. VII, pp. 146-7).

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163 La observación de Jerónimo, de que, tras lo conferencia del abad, los monjes lloraban á torrentes,265 nos da quizá alguna idea de aquel sistema de cultivar las ‘ciencias’ santas. Puede aun el celoso historiador aducir los altos destinos á que la admiración pública elevaba á menudo á los egregios solitarios: con fingida repugnancia salían de sus guaridas á ocupar la silla de un obispado lucrativo, á dar decretos infalibles en los más ruidosos concilios, ó á representar la persona del Sumo Pontífice romano; y cargos tan delicados requerían, sin duda, una gran porción de conocimientos, una inteligencia profunda y un ánimo esclarecido.266 Triste es el ver frustrado este argumento, al parecer lúcido é irrefutable; pero la experiencia de aquellos tiempos nos enseña que los más ilustres no fueron siempre los más populares; y la imparcialidad histórica nos obliga á advertir, que muchos de los obispos que concurrieron á los concilios de Éfeso y Calcedonia, eran incapaces, como Carlomagno y otros grandes hombres, de escribir su firma sobre los documentos que encerraban el testimonio de su infalibilidad.267 Asoman, sin duda, algunas excepciones, y entre ellas es de mencionarse el gran Jerónimo, que empleaba á los religiosos en copiar á Cicerón y se daba á veces á explicar á Virgilio. No obstante, el clamor que se alzó contra él por el desliz de ocuparse en tareas tan ajenas á la perfección evangélica,268 confirma la regla general de que aquellos ínclitos eran poco amantes del saber y la pulidez. Tillemont confiesa candorosamente que “se encontraban muy pocos santos en quienes Dios hubiese juntado los talentos exteriores de la elocuencia y de la ciencia con la gracia de la profecía y los milagros. Estos son dones que la Providencia ha separado casi siempre.269 Mal puede avenirse la racionalidad de un espíritu ilustrado con el lóbrego ideal que un recluso montaraz se formaba de la existencia. Bien preparado estaba un idiota, como Antonio el Grande, para marchar por la cuesta del cielo con su cruz al hombro; pero los ánimos esclarecidos aceptaban por maravilla este yugo. El solitario Nestéros decía á Casiano, con tono quejumbroso, que la lectura de los poetas y autores profanos hacía grande estrago entre los monjes.270 Previniendo efectos tan desastrosos,
265

Bingham’s Antiquities, b. VII, ch. III, 17. Mabillon, Etudes Monastiques, ler. part., chs. III, V, XV.

266

Jortin, Rem. on Eec. Hist., II, 417—según Hallam, Middle Ages, II, 467, note. Aunque Jerónimo, á pesar de sus esfuerzos y promesas, no pudo dominar su amor á las letras, abogaba enérgicamente contra ellas. En su Epístola á Eustaquio, dice: “¿Qué tienen que ver entre sí la luz y las tinieblas, Cristo y Belial (2 Cor, VI, 14), los Salmos y Horacio, los Evangelios y Virgilio, los Apóstoles y Cicerón? No podemos tomar el cáliz del Señor y el del demonio al misino tiempo.” [Schaff, vol. III, § 41, p. 207. —Ruffner, vol. II, p. 71].
267 268 269

Lecky, pp. 115-16, y note.

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164 apelaron los superiores á la enseñanza de las leyendas y oraciones bíblicas, que tanto ayudan á mantener ilesa la majestad de la superstición y el rendimiento: debía el monje, al dejar su trabajo y trasladarse de un lugar á otro, meditar sobre alguno de los pasajes divinos;271 con fabulosas facultades y paciencia indecible, aprendieron varios de memoria toda la Santa Biblia, desde el alpha hasta la omega;272 y Basilio, Nilo el Viejo é Isidoro de Pelusium, ordenan que el recluso, al engolfarse en las Escrituras, se despida para siempre de los escritos peligrosos de los paganos.273 “El trabajo es más propio que el estudio para conservar la humildad,” dice Fleury, y alega, como una de las causas de la relajación monacal en Occidente, el que los monjes se diesen al cultivo de las letras, á distinción de los antiguos modelos, cuya sencillez no les permitía entrar en los devaneos de libros y escritores, pues, no sabiendo leer ni escribir, estaban escudados contra la tentación pecaminosa de ilustrarse.274 Los autores gentiles eran por lo general el terror de los santos, y más tarde, cuando los religiosos empezaron á dignarse pasar los ojos sobre sus escritos, tenían siempre presente la semejanza entre el pagano y el bruto: los monjes de algunos monasterios, al pedir las obras de Horacio ó de Virgilio, se arañaban las orejas como perros, para mostrar esta semejanza por el sistema objetivo275— acción más propia de un payaso que de un ente angelical. Cuando Gregorio de Nisa se dio á cultivar el arte inofensivo de la retórica, el hecho se consideró “tan extraordinario y escandaloso, que todo el mundo censuró su conducta como vergonzosa, no solo para él” (el santo), “sino también para todo el gremio eclesiástico y para toda la religión.”276 Sin embargo, el mismo historiador que nos ha legado estas líneas, se enorgullece al enumerar las lumbreras encendidas en el
270

Fleury, XX, 3. Tillemont, t. VII, p. 191. Bingham’s Antiq., b, VII, oh. III, 17. Mabillon, ler. part., XV

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Fleury, t, VI, pp. 119-20, Disc., 6; y t. IV, p. 149, Disc., 22. —El concilio de Rheims prohibió á los reclusos el estudio de la abogacía y el de la medicina. —Dice también Fleury que, puesto que “un monje no busca sino el olvidar el mundo y el ser olvidado de él,” las artes, las ciencias, el profesorado y los negocios públicos son fuentes de relajación. Lleva este devoto campeón su celo hasta proscribir la conversación, que tiende á las tentaciones, las murmuraciones y otros pecados, como lo prueban las confesiones; y agrego que mejor es tomar un paseo para descansar que buscar la compañía del prójimo. [T. VI, pp. 125-6, Disc., 12].
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Lecky, vol. II, p. 203. Mabillon, ler. part., ch., I.

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165 foco de los primeros monasterios. Sózomen, al hablar de los partos literarios de San Efraín de Siria, los pone por encima de las producciones más grandiosas de la vieja Grecia;277 y Teodoreto, á quien la verdad no llegó nunca á cautivar, nos habla de un idiota siríaco cuya lógica era superior á la de Aristóteles.278 La posteridad, que en su obstinación é ingratitud se ha negado hasta á saber si hubo un Efraín, un Nilo ó un Isidoro, lee aun con deleite las obras de Homero, Heródoto y Jenofonte. 26. Hemos estado hablando de los modelos del monaquismo, narrando sus virtudes, y estudiando sus motivos y las causas de su despego. Mas la mayoría de los monjes eran de otro tenor: sus intereses eran más tangibles, sus prácticas menos espirituales y su pureza menos límpida. Tomábanse en los primeros monasterios algunas precauciones con el objeto de impedir que se mezclasen con los santos hombres de conducta equívoca ó de carácter bajo. Antes de la admisión, se interrogaba al candidato sobre su vida y su estado; se le preguntaba si era libre y si podía disponer de su persona y haberes; si venía por su propio gusto, y no huyendo de la justicia por algún delito, y si estaba resuelto á renunciar á su propiedad.279 Sometíasele luego á un noviciado de tres años, y después de ensayos penosos y crueles, que hacían patente su resignación y su paciencia, se le daba entrada en la comunidad, con lo cual quedaba plantado en la senda estrecha y escabrosa que conduce al seno de Abraham. Duró poco esta institución volandera: las donaciones vinieron á hacer del trabajo manual una carga inútil; los superiores, enrolados en el torbellino de las disputas y rivalidades, fueron desentendiéndose más y más de su despotismo claustral; cundió la riqueza; degeneró la virtud; usurpó el vicio el solio de la santidad; fue la avaricia deslizándose en el corazón del recluso; el mundo, de que el anacoreta andaba huyendo, vino á serle más agradable cuando su vanidad y su amor propio fueron halagados por la voz de la lisonja; y así llegó el monaquismo á hacerse una profesión, tras honorable, lucrativa en este mundo y en el ótro. Cundió una chusma de esclavos á repletar los monasterios; y el criminal, el desidioso y el timorato encontraban siempre abiertas las puertas de aquellos asilos inviolables. El contribuyente escapaba allí la carga de los impuestos; y el soldado que se aterrorizaba con las fatigas y peligros del campamento, iba á escudarse tras las paredes del santuario, donde la rigidez de

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Sózomen, III, 16. Ruffner, vol. II, p. 227. Neander, vol. III, p. 336.—-Enc. Brít. s. v. Monach.

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166 la disciplina se iba echando en olvido.280 El esposo burlado, en cuyo corazón estaba hirviendo la amarga hiel del desengaño;281 el forajido que andaba huyendo de la justicia;282 el amante de una mujer ajena, amenazado por la legítima venganza del marido,283 y el asesino que había pasado sus días en la ruin profesión del salteador, y cuya conciencia sentía el aguijón del remordimiento284—apelaban á la vida solitaria como á un bálsamo que cicatrizase sus heridas ó un baño bendito que lavase sus manchas.285 El esclavo, cuya existencia era un continuo martirio, acudía contento á disfrutar de una vida ociosa y apoltronada, y se desquitaba de sus pasadas calamidades, vegetando en la más completa inacción, entregado al comer y al dormir. Pasaba así sus años apaciblemente; llegaba á una edad patriarcal, y fenecía luego con la tranquilidad del bruto.286 Otros moraban en las orillas de arroyos cristalinos, sombreados por las palmeras, y respirando el ambiente perfumado de sus bellos jardines.287 Nilo é Isidoro se quejan de que aguateros, pastores y forajidos llegaban á ser abades y fundadores de monasterios;288 y Agustín nos informa que la mayoría de los monjes de África eran esclavos ó jornaleros, agregando que la pereza les era una

Lecky, vol. II, pp. 103-4.—Gibbon, X, 5, pp. 570-1. Este último dice: “Whole legions were buried in these religious sanctuaries; and the same cause which relieved the distress of individuals, impaired the strength and fortitude of the empire.” Muchos se retiraban al desierto para no pagar las contribuciones. [Sulp. Severo, Dial. 1, 2].
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Tal fué el caso de San Pablo el Simple, que, desesperado por la infidelidad de su mujer, se retiró al desierto, dejando el manejo de sus hijos á la adúltera esposa. (Sózomen, I, 13. — Tillemont, t. VII, pp. 144 5). ¿Qué le importaba la suerte de su familia, en tanto que él conquistase su arpa celestial para cantar por los siglos de los siglos?
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Caso de uno de los Macarios, perseguido por la autoridad por homicida. El historiador dice que el homicidio fue involuntario (Sózomen, VI, 29); mas en tal caso el homicida nada tenía que temer. Esto se refiere de Evagrio. [Sózomen, VI, 30]. Moisés de Nitria, famoso por su gran santidad. (Sózomen, VI, 39).

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En la Edad Media los conventos estaban llenos de tahúres arruinados, criminales, inválidos, despechados, &c. [Neander, vol. VII, pp. 323-326]. 286 Las instituciones monásticas prohíben la recepción del esclavo sin el consentimiento del amo; mas la ley de Justiniano derogó estas disposiciones. En los tres años de noviciado, el amo podía reclamar al esclavo, si el esclavo había sido ladrón; pasado el noviciado, el esclavo quedaba ya libre, aun cuando hubiese sido un facineroso, pues “la naturaleza del hombre siendo siempre inclinada al mal,” dice la ley, el noviciado lo ha redimido. (Novela V, c. II, §§ 1-2).
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Lecky, vol. II. p. 114. Neander, vol. III, p. 359.

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167 tentación naturalísima.289 Desertaban los funcionarios públicos sus oficios; abandonaban sus obligaciones, y se enterraban en los monasterios á satisfacer las inclinaciones de una naturaleza desidiosa. Ni puede el hombre justiciero censurar la ley de los emperadores Valentiniano y Valente, quienes, en vista de las continuas deserciones, ordenan que aquéllos que tomando la piedad por pretexto, van á juntarse á los monjes para disfrutar de su pereza (tal es la dura expresión de la ley), vuelvan á prestar los servicios que deben á la patria, so pena de la expropiación de sus bienes.290 Las persecuciones religiosas y los desórdenes políticos, que hacían de la vida un drama tan agitado y un juego tan incierto, sin duda estarían empujando algunas víctimas al retiro seguro del claustro, paradero de muchos magnates, que, según el testimonio de Nilo, dejaban los honores efímeros del mundo, “bien por su propio gusto ú obligados por el infortunio.”291 27. La fama de los primeros santos los encumbró hasta la adoración de una grey supersticiosa; se escuchaban con asombro los portentos del anacoreta, y se quedaba suspenso el ánimo al contemplar las mercedes que la Providencia derramaba sobre los mártires voluntarios que con tanto rigor se daban al servicio del Padre Universal. Volaban á la humilde celdilla de un monje andrajoso los enfermos en busca de una medicina celestial que calmase sus dolencias; los poseídos á que se les espantase el diablo, y las mujeres desposadas á que el recluso las hiciese fecundas. Introducíanse los renombrados ascetas en el seno del hogar á prestar sus servicios espirituales á familias devotas, y eran mirados con aquella reverencia y respeto que siempre imponen la virtud y el genio, sobre todo si los ilumina la divina chispa de la profecía.292 Engríese fácilmente un espíritu cerril con un don real ó imaginario, y si la lisonja viene á endulzar los oídos del que lo disfruta, se alza á una altura nominal que, si despierta el sarcasmo de un hombre culto, abate el ánimo del timorato y supersticioso.
Neander vol. III, p. 368 Fleury, XX, 34.—Ruffner, vol. II, pp. 301-2.—Habla también el santo de aquellos monjes que, so pretexto de ir á ver á algún pariente en un país lejano, andaban mendigando y vendiendo reliquias.
289

Tillemont, t. VIII, p. 608.—Ruffner. vol. II, p. 309.—Tras la muerte de Valentiniano. Valente dio una ley obligando a los monjes á servir de soldados. (Till, t. VIII, pp. 609-10.—Bingham’s Antiq., b. VII, ch. 111, 1).
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Neander, vol. III, p. 354. Neander, vol. III, pp. 353-4.—Lo que más admira Jerónimo en Hilarión, es la resistencia a la vanidad, pues se veía siempre rodeado de clérigos, obispos, mujeres (“una gran tentación”) y magistrados. El santo, al contemplar su grandeza, lloraba de pesar y huía de sus semejantes. (Jerónimo, Hilarión, 29-30). Un caso análogo puede verse en Severo, Dial- I, 14. —La humildad de estos dechados no fue la norma de sus sucesores.
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168 Martín de Tours, aquel santo cerrero, llegó hasta imaginarse que un bozal de su orden era superior al mismo emperador.293 Aunque Pacomio se había opuesto á que sus monjes ocupasen ningún rango eclesiástico294 pronto empezó á creerse que esos dechados de piedad eran los llamados á empuñar el cetro de la Iglesia; pues quien se había desprendido de haberes y familia, siguiendo los preceptos y la práctica de los Apóstoles, se hallaba ya en sazón para guiar á sus hermanos por la senda espinosa, y abrirles la estrechísima puerta, que conduce á la patria del Reparador. Llegaron, pues, los monasterios á ser el mejor granero de dignatarios; á menudo “el remiso ermitaño era arrancado de su celda y sentado en el trono episcopal en medio de las aclamaciones del pueblo: los monasterios de Egipto, Galia y el Oriente suministraron una sucesión de santos y obispos; y la ambición pronto descubrió la vía secreta que encaminaba á la posesión de riquezas y honores”295 Ni era la falta de rebaño un obstáculo para la ordenación de un monje popular; y el mundo presenció el curioso espectáculo de obispos honorarios, hechos tales únicamente para premiar su rectitud, aunque sin darles ninguna ciudad ni hacerlos abandonar sus soledades.296 Habían empezado los primeros ermitaños por renegar del mundo y sus halagos, quizá porque el mundo los trataba con menosprecio, y se hace siempre obvio el desdeñar aquello que, aunque se envidia, no se puede alcanzar. Pero sus sucesores, amados ya y reverenciados por un pueblo piadoso, empezaron á gustar de las cosas del siglo, ya más amenas y apetecibles: tocó la adulación la cuerda delicadísima de la vanidad; contempló el monje gozoso su elevación y predominio, y, sin dejar su capote, asumió un puesto en los negocios humanos; luchó á brazo armado y con denuedo por una silla episcopal, y aun á veces empuñó sin escrúpulo el hacha de los asesinos. Ni podía esperarse otra cosa; pues se hallaba plantado sobre el andamio de la superstición, que llega á ser el más alto trono en las épocas de ignorancia y fanatismo.

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Sulpicio Severo, Martin, 6.—Mosheim, cent. V, pt. II, ch. II, 7.

Fleury, XV, 59, ―Véase, sobre la ordenación de los monjes primitivos, Bingham, b. VII, ch. II, 78, de que aparece que, no obstante las disposiciones contrarias, los monasterios fueron focos de funcionarios eclesiásticos casi desde su origen.
294

Gibbon, X, 5, p. 569. —“Y sepan todos los hermanos que aquéllos que viven como deben vivir los monjes, no solo serán guiados al cielo por el Señor, sino que también El los hará ilustres en toda la tierra, por más que se oculten en las profundidades del desierto.” (Atanasio, Ant. 21). — Casi todos los discípulos de Martín pararon en obispos, “porque ¿qué ciudad ó iglesia podría menos de desear que sus pastores fuesen del monasterio de Martín?” (Severo, Martín, 3). 296 Sózomen, VI, 34.—A veces dizque se les ordenaba contra su voluntad.
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169 28. Con tantos elementos impuros en su seno, se convirtió la profesión monástica, no solo en vergüenza para la raza humana, sino también en un enemigo alarmante y en una amenaza contra la moral y tranquilidad pública. Aun no era pasada una centuria desde que Antonio y Pacomio habían fenecido en medio de la austeridad penitencial, cuando ya la corrupción de sus discípulos se había hecho un proverbio.297 Clavaban algunos todos sus anhelos en la satisfacción de su apetito, y, á diferencia de sus mayores, viajaban de monasterio en monasterio, averiguando dónde era la mesa más surtida y más sabrosa;298 y otros (tales son los testimonios de Casiano y Jerónimo) abrazaban la vida solitaria para aumentar sus posesiones, y daban escándalo en toda la cristiandad con el séquito de sus sirvientes.299 Afanábanse los santos, no ya tanto por conquistar el amor del Redentor, cuanto por atraer á la comunidad personas de riquezas y alto rango, que dejasen fama y, sobre todo, haberes á la cofradía. Arrancaban el padre al hijo, el esposo á la mujer desvalida, y la madre á la criatura que acababa de ver la luz; acudían sin reparo á las arterías más recónditas, y trocando su hábito de solitarios por el de pedagogos, se introducían en el hogar doméstico, esquivando con esto las sospechas de un padre ó de un marido.300 Hacíanse así á prosélitos que, al traspasar las puertas del santuario,

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Mosheim, cent. V, pt. II, oli. II, 7. Ruffner, vol. II, pp. 293-6. Ruffner, vol. II, p. 311.

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Ruffner, vol. II, p. 311. 278. Sózomen, III, 14. —Lecky, vol. II, p. 103. —Gibbon, X, 5, p. 570. — Sobre la seducción y las intrigas de los monjes, hay, en la citada pagina de Gibbon, una nota de Guizot que dice: “Tales abusos estaban prohibidos por los primeros estatutos que regularon la organización de los monasterios. De una pareja de desposados, el uno no podía abrazar la vida monástica sin el consentimiento del otro. (Bas. Reg. maj. qu. 12). Un menor de edad no era admitido sin el consentimiento de sus padres. (Ib.qu. 15; Conc. Gangr. c. 16). El permiso del poseedor debía ser obtenido antes de que un esclavo pudiese unirse á la fraternidad. Mas el emperador Justiniano suprimió estas limitaciones, y permitió que esclavos, niños y esposas, se recibiesen en los monasterios, aun contra la voluntad de sus amos, padres y esposos. [Novell. 5, c. 2; Cod. Just., 1. I. t. III, leg. 53,55.].” —El segundo concilio de Toledo dice que los niños que sus padres han enviado al claustro, deben instruirse en la profesión basta los 18 años, y entonces dejarlos escocer el mundo ó el retiro. El cuarto concilio de Toledo [año 633] derogó esta ley, obligando á tales niños á permanecer de por vida en el monasterio. [Bingham’s Antiq., b. VII, ch. III, 5]. —Las leyes de León y Artemio ordenan que el esclavo no se admita contra la voluntad de su señor, y que, si abandona el monasterio, vuelva á caer bajo el yugo. [Cód. Just., 1. I. t. III, ley35— Tissot], Cosa semejante ordenan el concilio de Calcedonia y el emperador Valentiniano. [Bingham, c. cit., 2]. —En la Media Edad, muchas familias enviaban sus hijos al convento para sustraerse á la obligación de cuidarlos y mantenerlos. [Neander, vol. VII, 323-4]. Aun entre los modelos antiguos se trasluce la aversión á las obligaciones sociales y el temor de las fatigas de la vida sobrellevadas por el bien ajeno. Amón, induciendo á su mujer á la virginidad, le recuerda
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170 depositaban su fortuna en el tesoro de la hermandad. Crecía la riqueza; se abandonaba el trabajo, y se daba pábulo á la ociosidad y á las pasiones rastreras. Aceptaban los monjes grandes sumas que pretendían dedicar al socorro de los necesitados; mas Zózimo observa con razón que, por socorrer á los mendigos, estos benévolos maestros habían reducido el mundo á la mendicidad. Altivos eran además, y ni la gratitud podía ablandarlos, pues conceptuaban que el dinero depositado en sus manos, se entregaba, no á ellos, sino al Eterno Padre. La piadosa Melania, al regalar á Pambo su plato de 300 libras de plata, le advertía del subido valor del regalo. “Si me lo diérais á mí,” contestó el modelo con indiferencia, “bien haríais en notificarme su valor; mas si lo dais al Dios que pesa las montañas, callaos.”301 La desalada avaricia de estos ínclitos recibió un grande impulso de la pluma del emperador Justiniano. Decretó el rey teólogo que los bienes del novicio pertenecían de derecho á la comunidad, y los hijos de aquellos reclusos que en la vida secular se habían unido á una esposa, quedaban, al cubrirlos la sombra de la orfandad, privados de las tres cuartas partes de su herencia legítima, que pasaba á las manos de unos hombres piadosos y caritativos, cuyo primer voto era vivir y fenecer en la pobreza que había enseñado el Reparador de la raza humana.302 El cuitado que en el oscurantismo de un convento veía relucir la luz de la independencia, y quería volver á vivir en el mundo la vida de un ente racional, estaba sometido á severos castigos; y, puesto que por su culpa debía una satisfacción á Dios (habla así la ley), sus bienes debían quedar entre sus compañeros, que, mas constantes, se resignaban á terminar sus días en el regazo de la soledad.”303 Enseñó Jesús la abstinencia, la humildad y el abatimiento servil; siguieron y exageraron sus ordenanzas los monjes más encumbrados, y luego los otros continuaron repitiendo que la vida monástica era la práctica cabal de las doctrinas evangélicas. Creía esto la muchedumbre ciega, y como la profesión se entroncaba allá con revelaciones y milagros, bien escudado estaba el nuevo epicúreo al amparo de las tradiciones, que tenía siempre en sus labios, aunque en su corazón no podía germinar la virtud de sus mayores. Llegó á ser apetecible el manto de los nuevos filósofos (Zózomen no se avergüenza de dar á los santos este título humilde); pues, como observa Juan Crisóstomo, “un monje es el más rico, el más libre, el más poderoso, el más acatado de todos los hombres.”304 Los sucesos iban mostrando que estas palabras podían aplicarse en el sentido literal, y que las máximas de Cristo y sus
los dolores del parto y las incomodidades que los hijos acarrean, y luego le pondera la tranquilidad y el sosiego de una vida casta. [Sócrates, Hist. Rel., IV, 23]. Gibbon, X, 10, pp. 576-7.—Fleury, XVIII, 4. Novela V, c. V. 303 Novela V. cs. IV, VI Bingham, b. VII, ch. III, 24.
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Fleury, XIX, 8.

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171 Apóstoles se habían convertido en una máscara para encubrir las pasiones más viles y los motivos más denigrantes.”305 En tan deplorable estado, los monasterios, que antes habían sido el asilo de unos pobres locos, daban amparo a una caterva de esclavos, criminales, ambiciosos y disputadores. Sin duda, más de un infortunado halló en el claustro un alivio para sus amarguras, y más de un hambriento recibió en ellos el pan—obras benévolas que el historiador debe relatar y que la posteridad debe recordar con gratitud. Mas aun el ejercicio de la caridad está tiznado con el baldón del fanatismo. Esta virtud no consistía, á los ojos del ferviente religioso, en ayudar á todos sus semejantes, en dar la mano á todos los caídos, ni en socorrer á todos los necesitados. El odio á la herejía paralizaba en su corazón los sentimientos superiores de la humanidad: Antonio306 y Pacomio307 aborrecían de muerte á todo hereje, los rechazaban de su presencia con dureza, y aconsejaban á sus discípulos que no se mezclasen con ellos, ni aun para orar al Omnipotente: tales eran las instrucciones del divino Antonio en sus momentos postrimeros.308 El gran Jerónimo, cuyo nombre anda aun en boca de la fama, fundó un hospital en Bethlehem; pero tuvo la piadosa precaución de excluir de su recinto á cuantos no abrazasen las doctrinas de la Iglesia,309 declarando así que el dolor y la angustia del hereje no tocan la cuerda de la compasión en el pecho de un castizo ortodoxo. 29. Pueden preverse las consecuencias de las prácticas y enseñanzas monásticas. La virtud, que para el griego y el romano se cifraba en una alma varonil, enamorada del deber, y rebosando de patriotismo, consistía ahora en el abandono de patria, amigos y parientes, para vegetar en la inacción y la pereza. Habían comprendido los antiguos las relaciones íntimas entre el cuerpo y el ánimo, y los ejercicios del gimnasio estaban siempre formando una raza vigorosa, ardiente, pronta al sacrificio por la libertad y á comprar con su sangre la independencia del suelo que la sustentaba. Para el monje, el cuerpo era, no solo un fardo, mas un enemigo peligrosísimo, y el ayuno, la maceración y la abstinencia eran los mejores recursos para hacerlo ligero. Plantóse la virtud en

“I have somewhere heard or read the frank confession of a Benedictine Abbot: ‘My vow of poverty has given me a hundred thousand crowns a year; my vow of obedience has raised me to the rank of a sovereign prince’—I forget the consequences of his vow of chastity.” (Gibbon, X, 10, note, p. 577)
305 306

Atanasio, 18.—Till., t. VII, pp, 119-20. Till., t. VII, p. 206. Atan., Ant. Schaff, vol. III, § 41, p. 212.

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172 oposición á la humanidad; encaróse la moral con la naturaleza, y una muchedumbre de montaraces broncos y cerriles, llegó á ser ante la nueva religión un coro de ángeles. La misantropía iba matando el amor á la sociabilidad, y engendrando un anhelo frenético por la vida aislada y brutal de los irracionales.310 Madre, esposa, hijos y amigos llegaron á ser palabras vanas; el hogar vino á hacerse una cadena; el prójimo, un estorbo; el mundo, una hebra sobre el abismo horrendo; la vida, un combate sin tregua contra el genio infernal; la virtud, un suicidio; el hombre, un esclavo, y Dios, un verdugo sempiterno. La ignorancia y la credulidad se dan siempre la mano, y hacen del cerebro un campo fecundo para la maleza de la superstición. Distinguiéronse los monjes por sus leyendas y consejas, sus fábulas groseras y sus tradiciones descabelladas; y como el ejercicio de sus reverenciadas virtudes los había hecho la porción más acatada del gremio eclesiástico, estos achaques iban invadiendo y corrompiendo los ánimos de toda la familia cristiana. La idolatría, que los primeros fieles habían condenado con sus acciones y escritos, y cuya supresión costó la sangre de los mártires, revivió en la lobreguez de los claustros; y la adoración de las imágenes halló sus defensores más celosos entre los sucesores de Antonio, Pacomio é Hilarión. Elevaron esta ceremonia sobre los verdaderos deberes que impone la moral al ente civilizado, y un abad, al aconsejar á su inferior indeciso, declara, en tono dogmático, que mejor le es al monje el frecuentar todo burdel y visitar á todas las prostitutas, que dejar de adorar las imágenes del Cristo y su bendita Madre.311 Un antropomorfismo vulgar manchaba aun más las concepciones teológicas de los ascetas: daban á la Divinidad las formas y los caracteres del hombre, arguyendo, no sin algún vislumbre de razón, las palabras del Génesis, que la criatura fue hecha á la imagen del Criador; y Serapion, aquel modelo benemérito de Nitria, se anegó en lágrimas cuando llegó á convencerse de que el Hacedor carecía de un cuerpo como el nuestro.312 La intolerancia, que anda siempre con el fanatismo, hervía por doquiera en esos pechos adustos. Ya se considere al asceta desfalleciendo en medio de sus austeridades, ya al monje glotón y sibarita, todos se daban la mano para marchar contra los incrédulos; todos encendían la antorcha del incendiario en la hoguera del Sinaí, y afilaban el puñal del asesino en las piedras en que el Excelso estampó su ley sagrada. Parece una paradoja, y causa asombro, el que una gente que había renunciado á las cosas efímeras del mundo, alborotase un poderoso imperio, y se disparase por el

“Justa cosa es que los hombres, que desean aventajarse á los demás vivientes, procuren con el mayor empeño no pasar la vida en silencio como las bestias, á quienes Naturaleza crió inclinadas á la tierra, y siervas de su vientre.” (Salustio. Catilina, 1). 311 Gibbon, XIV, 12, p. 744 [cap. XLIX Dec. y Rui],
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Gibbon, XIII, 5, p. 637 (cap. XLVII Dec. y Rui).—Fleury, XXI, 1.

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173 orbe quebrando ídolos, arrasando templos y degollando herejes. Pero sus arrebatos y desórdenes nos están revelando que allá en su interior, donde quizá la compasión y la humanidad estaban muertas, ardía aun la llama de una ambición sin límites. Con temible ferocidad atacaban las poblaciones indefensas; ni vacilaban en acudir al fuego para lograr sus fines; y, con las manos empapadas en la sangre de un obispo rival, ascendían al episcopado que usurpaban. Por millaradas salían de sus guaridas á intervenir en los negocios del gobierno secular; á mano armada arrebataban al juez el homicida sentenciado á muerte; bastardeaban y anulaban los decretos de la justicia; y en sus excesos, obligaron á los emperadores á prohibirles salir de sus pocilgas á perturbar la tranquilidad del Imperio.313 “Hay una raza,” dice Eunapio, “llamada de monjes, hombres sin duda en la forma, pero cerdos en vida, que practican y permiten cosas abominables. Cualquiera que viste un manto negro, y no se avergüenza de un traje inmundo, y presenta un rostro sucio á la vista del público, obtiene una autoridad tiránica.”314 El patriotismo, orgullo de griegos y romanos, quedó postrado á los pies de los nuevos santos y doctores. La carrera de las armas, tan agitada y á veces tan cruel, de hecho estaba vedada á los discípulos del Nazareno. Las flaquezas humanas han hecho de la guerra un recurso necesario y único en aquellos casos en que se trata de defender la integridad, la independencia y la libertad de un pueblo. Pero el cristiano no tiene patria aquí en la tierra; la divina Jerusalén no se conquista en las batallas de este mundo; el verdadero fiel pone sus miras tan solo en la felicidad celeste; y la profesión militar, con sus matanzas y su idolatría, le está prohibida de una manera ineludible y perentoria.315 Otros doctos, menos vehementes, ó talvez menos francos, ó más precavidos, reconocían la obligación de socorrer á la patria en peligro y contribuir al bien de la comunidad; pero para orillar el servicio militar, que ellos rechazaban, discurrían sobre los grandes servicios que el rebaño de Cristo prestaba al Imperio con sus oraciones, sus

Cód. Just., 1. I, tit. IV, ley 5 (7 de Godefroy). —Bingham’s Antiq., b. Vil, cu. III. 21.—Ruffner, vol. II, i1i1. 305-7.
313

Rev. J. White, Eighteen Christian Centuries, cent. V, p. 115. — Gibbon, p. 552. —Véase en el primero (pp. 115-6) una pintura enérgica, aunque concisa, del vergonzoso estado de la Iglesia.— Por falta de lugar nos abstenemos de narrar las tragedias de los monjes en sus persecuciones sangrientas y sus desmanes. Como dos ejemplos citaremos la guerra entre Cirilo de Alejandría y el prefecto Orestes, que tuvo por resultado el asesinato de Hipatía (Sócrates, VII, 13-15; Gibbon, XIII, 9-10: Ruffner, II, 306-7), y el escándalo de los monjes de Egipto, sublevados contra Teófilo, porque éste opinaba con Orígenes que Dios no tenía figura de hombre. [Sócrates, VI, 7; Sózomen, VIII, 11; Fleury XXI,1]. 315 Tertuliano, Idolatría, e. 19; De Corona, 11, 13.
314

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174 virtudes y su propaganda.316 Los monjes, cuyos ojos estaban enclavados en la figura augusta del Salvador allá á la diestra de Su Padre, se daban sí á aniquilar herejes, á conquistar á fuego y sangre un sillón eclesiástico ó la privanza de un soberano,317 ó á componer grandísimos tomos de hojarascosa controversia; mas nunca se echaron á morir por la defensa de la expirante civilización, acometida por doquiera por salvajes bravíos. Al decir, “un hombre muy bueno,” observa Lecky, un romano hubiera imaginado un patriota ó un ciudadano ilustre; un cristiano hubiera entendido un asceta, cuanto más despegado, tanto más benemérito.318 30. Tales fueron los frutos de aquel luminar divino que estaba centelleando desde el Gólgota. Predicó Jesús el pesimismo; selló su enseñanza con su sangre….. Y causa tristeza el ver que los seguidores de un Maestro que llegó á sentarse en el mismo trono del Supremo Hacedor, desesperasen de toda redención aquí en la tierra, y no hallasen más bálsamo á la llaga de la existencia que el lodo de los irracionales. FIN.

316

Orígenes, según Neander, vol. I, p. 377.

317 “Ils” [les moines] “parviurent jusqn’ a opprimer le clergé seculier meme; ils occuperent tous les grands sieges, et exclurent peu a peu tous les ecclésiastiques de l’episcopate.” “Aucune affaire d’ Etat, aucune paix, aucunc guerre, aucune trève, aucune négociation, aucun mariage, ne se traitárent que par le ministére des moines; les conseils du prince en furent remplis, les assamblées de la nation presque toutes composeés.” [Mostesquieu, Grandeur et Décadence des Romains, ch. XXII]. 318

Véase Lecky, vol. II, pp. 137-142.

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175 APÉNDICE. I. LA CASUALIDAD, LA PROVIDENCIA Y LA LEY. PROFESIÓN DE FE DEL ATEÍSTA. 1. La palabra casualidad es de uso frecuente, y por una extensión ó interpretación indebida, ha llegado hasta hacerse el fundamento de un sistema de razonar, y el arma de ataque usada por algunos deístas contra sus adversarios en opiniones. En el lenguaje común se dice de un hecho que es casual cuando es inesperado, es decir, cuando ocurre al parecer en contradicción con otros hechos que nos parecían más probables y de cuya existencia creíamos estar seguros. Una casualidad es, pues, un hecho producido por causas que no hemos descubierto ó previsto, y que comúnmente se realiza cuando, á juzgar por los antecedentes que nos son conocidos, ó bien por caracteres de probabilidad, un hecho distinto debería verificarse. Dase, sin embargo, á la palabra un sentido distinto, y se habla de casualidades como de sucesos sin causa; lo que da origen á una gran confusión, especialmente en los ánimos poco habituados al estudio y al raciocinio. — En el universo nada se verifica sin causa, es decir, nada empieza á existir sin que antes haya habido un hecho que, en virtud de alguna ley (á menudo desconocida) dé origen al hecho en cuestión. Por consiguiente, la casualidad, en el sentido vulgar de esta palabra, es solo una voz, que no representa ninguna realidad y que debe suprimirse en toda investigación ó discusión científica. Nuestras facultades son en extremo limitadas, y con frecuencia nos vemos en presencia de hechos que no aguardábamos y de cuyas causas no teníamos el menor conocimiento. La vida está llena de desengaños; la sociedad marcha á veces por senderos en apariencia opuestos á toda ley y á todo buen sentido; y de continuo estamos viendo que nuestras esperanzas y nuestras profecías son desmentidas por los fenómenos que en realidad se verifican. Mas al mismo tiempo la experiencia nos va mostrando que algunas causas, primeramente desconocidas, y cuyos efectos eran al parecer casuales, han sido descubiertas por el hombre; que en muchos casos nos hemos familiarizado tanto con causas ignoradas antes, que aun nos asombra el considerar que nuestros antepasados no las conociesen; y que el estudio atento de la naturaleza conduce á la conclusión de que, donde las causas no se presentan al observador, no es porque no existan, sino porque el método de observación empleado es insuficiente, ó bien porque la investigación de la verdadera causa es superior al estado actual de nuestra inteligencia. Indúcese de estas experiencias la ley de causalidad, que se formula así: Todo cambio en el mundo que nos rodea es la consecuencia de un cambio anterior.

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176 Una causa es un hecho que da origen á otro hecho, el cual se dice ser efecto de esa causa. Cuando decimos de una cosa que ha tenido principio, debemos suponerla como un efecto, y no podemos concebirla sin la existencia de una causa. Mas si se dice que un hecho existe sin principio, se afirma que existe sin causa, es decir, por sí mismo; ó, en otros términos, aquello es afirmar que el hecho no es efecto. 2. Acúsase á menudo al ateo de sostener que el mundo fue hecho por casualidad y está gobernado por el acaso (palabra á que se da el mismo sentido que á la expresión casualidad). En nuestro concepto, esta acusación está desposeída de todo fundamento, como vamos á verlo. En primer lugar, la casualidad no es una realidad, un hecho que exista independientemente del pensamiento: es una concepción del espíritu, ó, más bien, una forma del lenguaje; y desde luego se comprende que lo que carece de toda objetividad no puede asignarse como la causa ni el origen del universo sensible. En segundo lugar, ni el ateo ni ningún hombre de alguna cultura admite la existencia de hechos casuales, que implica una contradicción con las nociones más simples de la lógica y los datos más elementales que nos suministran la observación y la experiencia. En fin, el ateo sostiene, ó cree, que el mundo no ha sido hecho, y es absurdo el atribuirle la creencia de que el mundo ha sido hecho por la casualidad. El que cree que el universo fue creado, está obligado á creer en Dios, pues alguien ó algo debe haberlo creado, siendo así que la materia no podría salir de la nada por sí misma, sin razón, sin causa, sin ley. Mas la opinión del ateo es que el universo no ha tenido principio ni tendrá fin, es decir, que ha existido y existirá siempre. La materia es eterna—tal es la profesión de fe del ateísta. En cuanto al gobierno del universo, ninguna persona de mediana educación lo atribuye á la casualidad ó al acaso. La íntima unión de los fenómenos del mundo; sus relaciones de coexistencia ó sucesión, y las condiciones de su mutua dependencia, nos llevan á la conclusión de que la materia está sujeta á leyes que le son inherentes y que forman una parte de su misma constitución. Pero se dirá que con esto nada hemos avanzado. Decir que un hecho se verifica en virtud de tal ó cual ley, es repetir, en otras palabras, que el hecho se verifica; mas esto no explica la verdadera razón ó causa del fenómeno. Cuando, tratando de explicar las perturbaciones de un planeta producidas por la presencia de otro, decimos que los cuerpos se atraen en razón directa de sus masas é inversa del cuadrado de sus distancias, estamos repitiendo lo mismo que tratamos de descifrar; pues la cuestión es: ¿porqué los cuerpos obedecen á esta tendencia? Contestar con la ley de Newton no es resolver el problema, porque la respuesta encierra la misma incógnita. En nuestro sentir, esta dificultad no tiene más respuesta que la siguiente: La experiencia nos enseña que cuando dos fenómenos de cierta naturaleza se suceden, los dos están ligados por una relación necesaria, cuya 176
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177 verdadera esencia puede ser desconocida para nosotros, pero que sin embargo afecta nuestra conciencia y nos obliga á admitirla como un hecho real, aunque incomprensible. Puesto que cuantas veces hemos observado los cuerpos hemos visto que ellos se atraen según las circunstancias antes enunciadas, estamos autorizados para concluir que la materia de que esos cuerpos están compuestos se halla dotada de propiedades que dan lugar á los fenómenos dichos. Una ley es la expresión de una experiencia generalizada; la ley expresa simplemente la relación entre los hechos sin tratar de explicar la causa final de esa relación. Esto es lo más á que nuestra inteligencia puede aspirar. Ni la introducción de un Poder Supremo aclara el misterio: ya se admita que la materia posee ciertas propiedades, de toda eternidad; ya se afirme que esas propiedades le han sido comunicadas, ellas son tan inexplicables en el un caso como en el otro. ¿Y qué es la materia en sí misma? ¿Cuál es su esencia, su naturaleza? ¿Qué es la fuerza? ¿Qué relación existe entre la fuerza y la materia? ¿Es la fuerza una propiedad de la materia, ó es la materia tan solo una manifestación de la fuerza? ¿Existen dos hechos—fuerza y materia—ó existe solo un grande hecho que se hace sensible bajo dos aspectos diferentes? Preguntas de esta clase han ocupado el ánimo de los metafísicos por más de veinte siglos, y las respuestas han llenado volúmenes, cuya lectura es más para embotar el espíritu que para esclarecerlo. La presunción del hombre de escudriñarlo y saberlo todo no le ha permitido confesarse vencido, y las abstracciones y elucubraciones más abstrusas, que á veces rayan en el delirio, han sido el fruto insustancial de sus esfuerzos. La ciencia de hoy es más modesta y más medida: reconociendo la experiencia como su único criterio, se desentiende de penetrar aquellos misterios inescrutables; ni se avergüenza de confesar su ignorancia y su impotencia. Ella conoce los efectos de las propiedades de los cuerpos, y admitiendo que cada efecto debe tener una causa, da á ésta un nombre, sin pretender entrar en la investigación de su esencia. La causa de la atracción se llama gravitación, pero la razón de ser de esta condición de la materia nos es desconocida. Ni nada nos sirve escribir, razonar y divagar: puesto que el hecho no puede someterse á la, experiencia, la conclusión es siempre la misma: No se sabe. Es un error el creer que la filosofía se ocupa de la naturaleza íntima de las cosas, de la esencia del alma, de la investigación de las causas primarias y finales, y otros devaneos semejantes. De esto trataba la metafísica de los viejos filósofos; pero esto no es ciencia, y sí solamente un embrollo de palabras. La ontogenia, ó estudio de la sustancia ó esencia, es tan ajena al conocimiento como los razonamientos sobre el origen y el fin del universo. ¿Qué sabe el hombre de esas cosas? ¿Es una humillación confesar nuestra ignorancia? Y aun cuando así sea, ¿puede lavarse esta humillación con una multitud de frases y palabras sin sentido? La conciencia tiene su círculo de 177
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178 luz, en el cual puede ver, estudiar, analizar y aprender. Más allá de ese círculo está la sombra. Por lejos que vamos en la investigación científica, siempre queda algo que no se sabe ni se entiende. Conocemos las leyes del movimiento, del equilibrio, del frotamiento, (?) de la gravitación. ¿Cuál es la causa de todo esto? La fuerza. Pero ¿qué es la fuerza? ¿Cómo obra, ó en qué consiste? ¿Es posible, ó concebible, que obre á través del vacío, al ejercer su acción de átomo á átomo, sin medio de trasmisión? O bien, como dicen los metafísicos, ¿es posible que un átomo obre en donde no está? ¿Y qué es lo que hace que un átomo esté poseído de las fuerzas de atracción y repulsión, ó en qué consiste esa misteriosa propiedad del átomo que lo mantiene siempre en relación con los otros para formarlos cuerpos? ¿Y qué es el átomo en sí mismo? ¿ Cómo concebir una masa indivisible, sin poros, infinitamente pequeña, dotada de propiedades infinitas que dan origen á los grandes fenómenos universales? ¿Porqué hay átomos diferentes de otros, ó porqué los unos no obran como los otros? ¿O es el átomo un centro de fuerzas, inmaterial é inextenso, como afirman algunos? Mas ¿qué idea puede formarse nuestro entendimiento de un foco de energía y actividad donde faltan la materia y el espacio?—Todas estas cuestiones son insolubles, y cuando tratamos de buscarles solución, lo único á que llegamos es á un abismo de dudas y contradicciones en donde nadie se entiende á sí mismo ni entiende á los demás. Hallar una nueva ley, descubrir un principio, conducen, no á la solución del problema, sino á la simplificación de la ecuación. “Aunque logremos reducir la ecuación á sus menores términos, no por eso estamos en capacidad de determinar la incógnita; por el contrario, entonces se hace más manifiesto que la incógnita no puede hallarse nunca.” (Spencer). Sin embargo, nosotros conocemos algo que llamamos materia, y algo que causa ciertos fenómenos y que llamamos fuerza, la cual, para el objeto de nuestros estudios, podemos considerar como ‘una propiedad de la materia.’ Sin tratar de penetrar lo inescrutable, y aceptando las cosas como se presentan á nuestros sentidos, tenemos dos grandes hechos, tan inseparables en la naturaleza como en el pensamiento, —fuerza y materia. Estas dos palabras representan dos ideas claras y distintas, mientras no se pretenda entrar en el mismo fondo de las cosas. 3. La experiencia comprueba que la imposibilidad de crear materia no es mayor que la imposibilidad de anonadarla. Pueden cambiar las formas, los colores, las propiedades físicas ó químicas de los cuerpos; pero (en cuanto nosotros podemos juzgar) la materia que los constituye permanece siempre la misma en cantidad, sin perder ni aumentar su masa. El carbón que se ve desaparecer en los hogares es conservado en la atmósfera en forma de bióxido de carbono (antes llamado ácido carbónico), siendo la combustión tan solo una combinación del carbón con 178
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179 el oxigeno del aire. Bajo la influencia de los rayos solares, este óxido es descompuesto por las plantas, que, obrando como aparatos de reducción, dejan en libertad el oxigeno y se asimilan el carbono, elemento principal de sus tejidos, el cual puede volver al mismo hogar de donde había salido, sin haber perdido un átomo. El agua que se ve desaparecer de una vasija, irá á condensarse en forma de nubes, para caer luego á la tierra como lluvia. Las plantas de que el reino animal se alimenta, son descompuestas, asimiladas y trasformadas en tejidos musculares, óseos ó nerviosos, que á su vez van á formar las diferentes partes del cuerpo del hombre, siendo más tarde devueltas á la tierra y á la atmósfera, y de nuevo asimilados por los vegetales; y en este círculo eterno cada átomo conserva siempre su individualidad: si desaparece de un cuerpo, debe entrar en otro, quizá con funciones distintas, pero siempre el mismo átomo. Tan familiares son los ejemplos de transformación de la materia, que nos parece inútil insistir demasiado sobre el asunto. Queremos, sin embargo, hacer algunas observaciones que quizá no estarán por demás. ¿Cuál es nuestro criterio al afirmar la indestructibilidad de la materia? ¿Cuál es el medio de que nos valemos para hacer constar su presencia? Al descomponer algunos cuerpos por medio de los reactivos químicos ó de los agentes físicos, notamos á veces ciertos cambios que se manifiestan claramente á la vista ó al olfato. Una solución amoniacal, calentada con una solución de potasa, despide vapores de amoniaco que al punto se distinguen por su olor característico. Un pedazo de cobre, al desaparecer en el ácido clorhídrico, colora la solución de un verde intenso. Estos hechos muestran que la materia está presente, aunque en un nuevo estado. Mas aquí solo tenemos una prueba cualitativa, y lo que necesitamos es una medida exacta de la cantidad de materia antes y después de cualquier fenómeno de composición ó descomposición. Por otra parte, en la mayoría de los casos somos incapaces de descubrir, con el mero auxilio de la observación, la presencia de cuerpos materiales; y entonces debemos recurrir al experimento. El agua, descompuesta en sus dos elementos gaseosos, no nos presenta signo ninguno de que la materia continué existiendo; pues tanto el oxigeno como el hidrógeno son incoloros, intangibles, y carecen por sí mismos de toda propiedad capaz de afectar nuestros sentidos. Podemos, á la verdad, descubrir su presencia, ya por medio del manómetro, que marca su presión, ya por la combustión ú otro medio análogo. Mas ¿cómo determinar la cantidad exacta de materia? El único medio es reducir el problema á la medida de las fuerzas, y valernos del peso de los cuerpos para determinar su cantidad de materia, es decir, lo que comúnmente se entiende por su masa. Pesada el agua antes de su descomposición, y sus elementos después del fenómeno, los dos pesos son idénticos, lo que nos induce á concluir que la cantidad de materia es siempre la misma. Pero algunos objetan que el peso de un cuerpo es simplemente una relación; que dicho peso depende de la atracción mutua entre el cuerpo y la tierra, la cual cambia en distintos 179
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180 lugares, disminuyendo del polo al ecuador, según la ley de Newton, y que, mientras la cantidad de materia permanece invariable, su medida (el peso) puede reducirse casi á cero, cuando se aleja el cuerpo de la superficie de la tierra. En vista de esta objeción, la mecánica racional define la masa, no como la cantidad de materia existente en un cuerpo, sino como “una cantidad proporcional á la fuerza libre que se requiere para producir un cambio en el movimiento del cuerpo, en un intervalo de tiempo dado.” (Prof. Rankine). Así definida, la masa de un cuerpo es constante, como su cantidad de materia, y puede servir para hacer constar la presencia de ésta, puesto que la experiencia comprueba que las dos son directamente proporcionales entre sí.319 De suerte que si la masa de un cuerpo es la misma que la de sus elementos, podemos concluir que la cantidad de materia permanece constante. Aun sin entrar en estos análisis minuciosos, que quizá no son familiares á todos, es suficiente decir que, puesto que el peso de un cuerpo (en el mismo lugar) depende de su cantidad de materia, es claro que mientras el uno permanezca invariable, la otra debe permanecer también invariable. La indestructibilidad de la materia conduce á la creencia en su eternidad, y es de suponer que, puesto que á cualquier procedimiento que se la someta, su cantidad queda intacta, no ha podido ser creada, ni podrá ser nunca anonadada. Dícese, no obstante, que el poder humano es limitado; que nuestros medios de investigación son relativamente escasos; que las conclusiones científicas no deben extenderse más allá del dominio experimental, y que por tanto, es

La expresión simbólica de la definición matemática de la masa es la siguiente: si F es una fuerza constante, a la aceleración [cambio de velocidad en la unidad de tiempo] que esa fuerza imprime al cuerpo, y m le masa del cuerpo, se tiene la fórmula:
319

F= m a. Si en vez de F se pone el peso, P, del cuerpo, y en vez de a la aceleración ó intensidad de la gravedad, g (un poco más de 32 pies generalmente), entonces se tendrá: P=mg ; de donde

Puesto que P y g varían proporcionalmente entre sí, m es constante.

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181 imposible tener certidumbre absoluta de que la materia sea indestructible. A esto contestarémos: 1° La certidumbre absoluta no se extiende nunca más allá de nuestra propia existencia; en consecuencia, todas nuestras opiniones están basadas tan solo sobre condiciones de mayor ó menor probabilidad. Aun nos es imposible demostrar rigorosamente que existe el mundo que nos rodea, puesto que los ensueños y las ilusiones nos muestran que existe al menos la posibilidad de que nuestros juicios sean erróneos en este sentido, y que quizá estemos tomando por realidades objetivas las meras modificaciones ó cambios de nuestra propia conciencia. La resistencia á la voluntad persistente, de que habla Tracy, no puede ser un criterio absoluto, puesto que el juicio de esa resistencia puede ser erróneo; ó, en términos más claros, nuestro pensamiento puede imaginar una resistencia donde ella no existe en realidad: en un ensueño, podemos sentir que las cadenas se oponen á nuestra voluntad persistente de salir de una prisión; un loco quiere moverse, pero está seguro de que hay algo que lo detiene y que resiste á su voluntad. ¿Qué seguridad podemos tener de que nuestros juicios comunes no sean de la misma especie? Así también, un hecho científico, como el efecto de un veneno, puede establecerse como un hecho general, ó una ley muy probable, puesto que está comprobado por numerosas experiencias; mas el tener aquí una certidumbre absoluta es imposible, porque nosotros no conocemos ni todos los fenómenos naturales ni la esencia de las cosas. Cuando afirmamos que un eclipse tendrá lugar en una época determinada, suponemos que el curso de la naturaleza seguirá como ha venido presentándose hasta ahora. Pero ¿podemos estar absolutamente ciertos de que ello será así? Sin duda numerosas experiencias nos han mostrado que la luna, el sol y la tierra participan de movimientos relativos que se repiten sin cesar, y sobre los cuales podemos fundar nuestras conclusiones por medio del cálculo. Estas conclusiones son en extremo probables, y nosotros las llamamos seguras. Mas en rigor, hay siempre una posibilidad de que estemos errados. Así, pues, de nada puede nadie estar absolutamente cierto, excepto de su propia existencia, que su propia conciencia le revela y le hace sentir. 2° Sin embargo, en las investigaciones humanas se deja de lado tanto rigorismo, que aun se tizna de ridículo; se sienta como postulado la existencia de los cuerpos, y se toman como seguros los hechos que se presentan con todos los caracteres de evidencia que (en maestro concepto) son suficientes para establecer su realidad. De suerte que cuando hablamos de leyes y principios como de hechos eternos, indicamos solo un alto grado de probabilidad en la constancia de los sucesos naturales—lo único á que puede aspirar el hombre. Las experiencias repetidas hacen muy probable que nuestras predicciones científicas se realicen, y además nos llevan á la creencia de que la materia está siempre sometida á las mismas leyes. Este es el punto de partida de toda investigación y de todo 181
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182 análisis; si las leyes del mundo objetivo no fuesen inmutables, no tendríamos sobre qué basar nuestros juicios ó nuestras inducciones, y todo el mundo intelectual sería una oscuridad y un caos. 3° Por tanto, aunque es imposible tener certidumbre absoluta de que la materia sea increada é indestructible, todas las probabilidades están en favor de esta creencia, y si de otros hechos decimos estar seguros, no hay por qué no lo digamos también de éste. La creencia contraria no tiene en su favor ningún dato experimental, y se apoya tan solo en la imposibilidad de concebir la eternidad de la materia; pero la creación y la eternidad del Criador son igualmente inconcebibles. También se dice que es imposible demostrar la proposición negativa de que la materia no puede anonadarse. A esto contestarémos con un ejemplo. Nadie puede demostrar que sea imposible que un hombre entre en un aposento por el agujero de la cerradura; sin embargo, el hecho es muy improbable, y hoy nadie se prestaría á creerlo. 4. La fuerza, ó la energía, sin la cual la materia no podría existir, debe, como ésta, ser indestructible y eterna. Fácilmente se ve la claridad de la proposición enunciada así en abstracto; mas cuando venimos á los hechos y fuerzas particulares, es distinto. Las trasformaciones de la fuerza no son tan familiares como las de la materia. Parece que aquélla produce sus efectos, y se anonada luego; pero el estudio más detenido de los fenómenos físicos nos enseña que el caso es diferente, como vamos á verlo. La teoría de Mayer y Joule, conocida con el nombre de teoría mecánica del calor, fue la primera expresión de la gran ley de la transformación de la energía. Según esta teoría, el calor (admitido hoy como una forma de movimiento molecular vibratorio) y la fuerza mecánica son mutuamente convertibles, en proporciones definidas. La experiencia comprueba tales conclusiones. Si en un cilindro sumergido en el agua se comprime el aire por medio de un pistón, ó se aumenta por medio de una máquina de compresión (el volumen quedando constante), se observa un aumento de temperatura en el agua, que indica el mismo cambio en el aire del cilindro, y que se hace constar por medio del termómetro ó el galvanómetro. Por otra parte, éste no es sino un ejemplo de un hecho más general, cual es el de que un aumento en la densidad de un cuerpo va siempre acompañado de un aumento correspondiente en su temperatura. Si el aire del cilindro ejerce una presión de cuatro atmósferas, por ejemplo, y sobre el pistón se pone un peso de tres, el pistón permanecerá estacionario, puesto que la presión del aire es igual á una atmósfera. Entonces el agua adquiere la misma temperatura del aire comprimido. Si ahora se quita el peso del pistón, el aire interior lo impele hacia fuera, hasta que las presiones interna y externa se equilibran, aquélla disminuyendo siempre á medida que el pistón se va 182
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183 desalojando. Observando ahora el agua, se nota que su temperatura, y por tanto, la del aire interior, ha disminuido considerablemente. ¿Se ha anonadado, pues, una parte del calor, es decir, ha desaparecido por completo una parte de la energía del cuerpo gaseoso? La teoría mecánica explica el fenómeno diciendo que el calor que ha desaparecido como temperatura, se ha trasmutado en la fuerza mecánica requerida para desalojar el pistón. Esto, sin embargo, es aun de un carácter elemental, pues todavía no tenemos una expresión numérica que represente en términos definidos la relación entre las dos clases de energía; pero luego veremos que esta relación puede determinarse por medio de la experiencia. Recíprocamente, la fuerza mecánica productora de movimiento puede convertirse en calor sensible. Así, cuando una bala de cañón entra en el casco de un buque, la fuerza que le imprimía el movimiento y que, al parecer, se ha aniquilado, se halla bajo forma de calor en la bala misma, que está ahora en un estado incandescente. Un pedazo de plomo colocado sobre un yunque y golpeado con un martillo, acaba por fundirse, á consecuencia de la conversión del trabajo mecánico en calor. En una arma de fuego, como un rifle, la fuerza mecánica aplicada á la cápsula, se convierte en calor que inflama la pólvora; este calor se trasforma en la fuerza expansiva que impele la bala, y si la bala encuentra con un objeto resistente, se calienta hasta fundirse, lo que indica que la fuerza que le había sido comunicada se ha trasmutado de nuevo en calor sensible. El poder motor perdido en las máquinas á consecuencia del frotamiento, no está perdido ó anonadado por completo, como puede hacerse constar observando que dondequiera hay frotamiento, hay un aumento correspondiente de temperatura, ó conversión de energía mecánica en calor. Puesto que el calor y la fuerza mecánica son mutuamente transformables, debe haber cierta relación numérica entre el calor desaparecido y el trabajo mecánico producido por tal desaparición, ó entre el trabajo que desaparece y el calor que se produce. Esto es lo que comprueba la experiencia. Cierta cantidad de trabajo es siempre equivalente á un grado centígrado de temperatura. Tal cantidad es lo que se designa con el nombre de equivalente mecánico del calor, el cual fue hallado por Joule y lo ha sido después por muchos otros. El equivalente mecánico es cerca de 420 kilográmetros, lo que significa que la fuerza requerida para elevar la temperatura del agua en un grado centígrado, es la misma que se necesita para levantar un kilogramo á una altura de 420 metros, ó 420 kilogramos á una altura de un metro; ó lo que es lo mismo, que un kilogramo de agua, al caer de una altura de 420 metros, aumenta, si su velocidad se detiene repentinamente, su temperatura en un grado centígrado.

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184 Podemos aun citar algunos ejemplos del fenómeno que nos ocupa. Hay una ley de física sobre la fusión de los cuerpos, que se expresa así: “Todo cuerpo permanece á la misma temperatura, desde que empieza á fundirse hasta que la fusión es completa, no importa á cuánto calor esté sujeto.” Así, un pedazo de nieve empieza á fundirse á cero grados centígrados, sensiblemente, y aun cuando esté sujeto á un calor de cien grados, la temperatura de la nieve fundida no pasa de cero grados antes de que la fusión sea completa. ¿En dónde está la cantidad de calor que se está produciendo en el horno, y que el termómetro en el agua no marca? Observaremos que en los líquidos hay una fuerza de repulsión molecular mayor que en los sólidos. Para convertir un cuerpo sólido en un líquido, se necesita, pues, una fuerza que tienda á separar las moléculas del cuerpo sólido y mantenerlas en el estado de separación que constituye el cuerpo líquido. Es en esta fuerza mecánica en lo que el calor gastado ha venido á convertirse en el fenómeno de fusión de que tratamos, y en virtud de esta conversión, el calor no se manifiesta como tal mientras haya algún trabajo mecánico que hacer. Cuando la fusión es completa, la nieve, ya convertida en agua, empieza á subir en temperatura, hasta el punto de evaporación, en que se verifican fenómenos semejantes á los de fusión. En la solidificación de los cuerpos el fenómeno es contrario, y, en vez de pérdida, se nota aumento de calor, lo que es debido á que la fuerza repulsiva intermolecular desaparece como tal y se desprende en forma de calor, dando esto origen á la aproximación de las moléculas y, por tanto, á la solidificación del cuerpo. Fenómenos análogos se verifican en la vaporización de los líquidos y condensación de los gases. Por estos hechos se ve que, cuando nos parece que el calor ó el trabajo han desaparecido, lo que realmente ha tenido lugar ha sido una transformación, no una destrucción. Mas no es esto todo. No solo el calor se trasforma en trabajo mecánico, y recíprocamente, sino que todas las fuerzas de la naturaleza se ven trasformarse las unas en las otras. Doquiera una de ellas desaparece, otra aparece al punto, como se observa, por ejemplo, en las máquinas. La fuerza de afinidad química es á menudo trasformada en calor, luz y electricidad, especialmente en el primero de estos agentes, como se nota en las combinaciones. La energía química se ve transformada en electricidad en las pilas; esta electricidad puede ser trasmutada en calor, el cual á su vez es susceptible de descomponer otros cuerpos y dar así origen á nueva electricidad, 184
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185 luz, magnetismo. De esto tenemos ejemplos todos los días en la luz y en los motores eléctricos, en el electro-imán, el termo-galvanómetro. etc. La luz se ve convertida en energía química en el fenómeno de absorción de las plantas, que descomponen, bajo la acción de aquel agente, el ácido carbónico y el agua, apropiándose el carbono y el hidrógeno, y dejando el oxigeno en libertad. La fotografía prueba que en estos casos hay realmente una desaparición ó absorción de luz. La luz y el calor solares, á que directa ó indirectamente se deben todos los fenómenos biológicos, se ven convertidos en el organismo en afinidad química, en electricidad dinámica ó estática, movimientos mecánicos de todas clases, etc., etc. Ni parece que las funciones mentales estén excluidas de esta gran ley de transformación; pues que nunca se verifica un acto de conciencia que no dé lugar á cambios físicos ó químicos en el organismo, cambios tanto más grandes cuanto más intenso es el esfuerzo del ánimo ó más fuerte la impresión recibida por el alma. Aun cuando la complejidad de éstos y de muchos otros hechos, así como la imperfección de nuestros métodos de observación, hacen imposible el determinar la relación exacta entre la energía que desaparece y la que empieza, es de notar que hay al menos entre ellas una proporcionalidad directa, y la analogía nos lleva á concluir que las dos son idénticas en cantidad, ó, empleando el lenguaje de la mecánica, que la energía gastada es siempre igual al trabajo producido. La fuerza, pues, de cualquier clase que sea y en cualesquiera circunstancias que obre, nunca desaparece. Si desaparece como calor, aparecerá como energía mecánica, luz, electricidad; si desaparece como afinidad química, aparecerá como electricidad, calor, luz. Así, “el calor desarrollado en la combustión del carbón en la economía doméstica, fue en su origen luz del sol apropiada por las plantas en los tiempos geológicos secundarios, y almacenada por indecibles edades.” (Draper). (No debe perderse de vista que la luz, el calor y la electricidad son hoy considerados como movimientos vibratorios). Estos hechos conducen á la gran conclusión de que la fuerza, como la materia, es indestructible y eterna. A juzgar por los datos que la experiencia nos presenta, la misma cantidad de fuerza que existe hoy ha existido y existirá siempre. “Rien ne se perd, rien ne se crée, quand il s’agit de mouvement comme lorsqu’ il s’agit de matiére,” dice Daguin. (“Nada se pierde, nada se crea, cuando se trata de movimiento como cuando se trata de materia”). Esta es además una necesidad que se impone al pensamiento, sin la cual el equilibrio universal sería del todo imposible. Sin duda la experiencia, en el estado actual de nuestros conocimientos, es insuficiente para establecer la indestructibilidad de la energía con el mismo grado de exactitud que la indestructibilidad de la materia; pero cuantas veces es posible experimentar, y hasta donde la experiencia puede llegar, los resultados comprueban siempre la alta probabilidad de aquella proposición; 185
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186 fuera de que todos los fenómenos que nos son conocidos parecen implicarla y comprobarla. Así que, sin ser propiamente un teorema, es algo más que un postulado. 5. Hay, pues, dos grandes hechos eternos—la fuerza y la materia. Por otra parte, el estudio constante de los seres del universo nos está mostrando en ellos propiedades y tendencias que los caracterizan y distinguen, y que al parecer hacen parte de su propia esencia. Sus relaciones mutuas y los efectos que los unos producen sobre los otros parecen depender de propiedades inherentes á la materia, independientemente de toda voluntad extraña y de todo agente inmaterial. Aun suponiendo que la materia haya sido creada, la acción posterior de la Potencia Creadora no se revela en ninguna parte de la naturaleza. Hasta donde el hombre puede juzgar, su inteligencia no le permite descubrir la acción directa y constante de un Regulador. La dependencia mutua de los fenómenos se atribuye á las propiedades de los cuerpos, cuya acción recíproca, que la experiencia nos suministra, es luego generalizada por nuestro pensamiento en la forma de principios ó leyes. La constancia de estas leyes es un postulado indispensable para todos los ramos de las ciencias y los negocios humanos: lo que llamamos leyes naturales nunca hemos visto cambiar; y es muy probable que ellas sean eternas é inmutables: de otro modo, imposible nos sería tener confianza ó estar seguros de nada. De aquí la conclusión de que el universo está gobernado por la ley, no por la casualidad ni por la Providencia. Aun hay más: puesto que todas las probabilidades tienden á demostrar que la materia y la fuerza han existido siempre, no es de suponer que las leyes naturales hayan sido establecidas por una potencia extra-mundana, sino que han existido y existirán también siempre, como constituyentes necesarios del universo material. Tan común es la creencia en la constancia de las leyes de la naturaleza, que aun el devoto creyente amolda su vida á los dictados de la experiencia más á menudo que á sus esperanzas religiosas y á su confianza en la intervención de fuerzas sobrenaturales. Hay, no obstante, una, tendencia á separar al hombre del resto del universo; á considerarlo como un ser privilegiado sobremanera; á colocarlo en íntimas relaciones con un Ser Supremo, y á colmarlo de dones extraordinarios; mientras se le reserva un porvenir misterioso distinto del que espera á los otros organismos que viven sobre la tierra. Imagínase que, como reza el Génesis, el universo fue hecho para él, que él es la perfección de la creación, y que Dios está ahí para satisfacer sus caprichos. Estos son restos de las viejas teorías antropocéntrica y geocéntrica, que hacen de la tierra el centro de todo lo creado y del hombre el rey de todo lo existente. Todo lo que nos rodea fue creado por Dios para gusto y deleite de la raza humana: el sol es únicamente la lámpara del día; la luna y las estrellas, lámparas de la noche. El Criador gobierna a su antojo, y 186
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187 hace ó deshace según el beneplácito de su voluntad. La ley es desconocida. La naturaleza es una especie de juguete del Ser Supremo. Muchas de estas niñerías han ido desapareciendo del ánimo de los hombres cultos. Con Copérnico, Galileo, Kepler y Newton cayó el error geocéntrico, cediendo su puesto al sistema heliocéntrico, que hace del sol el centro de nuestro sistema. Las repetidas experiencias y los continuos descubrimientos han conducido á la concepción de que el universo físico está gobernado por leyes que dependen de las propiedades inherentes á la materia. El gobierno del mundo físico por medio de una Providencia sobrenatural es cuestión del pasado: la Providencia ha desaparecido ante la ley; y hoy nadie (ni aun los fieles más apegados á sus creencias) trata de explicar ningún fenómeno físico sino por medio de una ley natural. Cosa distinta sucede cuando se trata de explicar un fenómeno psicológico, sociológico ó antropológico; y en cuanto está relacionado con el hombre, aun quiere verse el dedo de la Providencia en vez de la ciega necesidad de la ley. Mas ¿hay en realidad algo que nos autorice á establecer esta excepción en favor del hombre? ¿Puede nuestra experiencia enseñarnos que los acontecimientos humanos obedecen á una Voluntad Providencial? ¿Cuáles son los datos de que se puede concluir que el hombre no está sujeto á las leyes del universo físico? Prescindiendo aquí del origen del hombre, vamos á analizar los puntos más característicos de su desarrollo, sus relaciones con el mundo externo, y sus facultades mentales, para tratar de ver si en todo eso-hallamos la Providencia ó la ley. 1° La leyenda bíblica de que el hombre fue creado en un estado perfecto es tan opuesta á los descubrimientos de la paleontología, que hoy ningún hombre serio, sea cristiano ó ateo, la toma en su sentido literal: el ateo y el libre pensador la rechazan como una fábula grosera, mientras el cristiano se devana los sesos tratando de buscarle una interpretación figurada. Ambos bandos admiten el estado salvaje y casi animal del hombre primitivo. Los viejos instrumentos de piedra y bronce, y los toscos utensilios de que nuestros antepasados se servían, nos están revelando la inteligencia imperfecta de un salvaje en lucha continua con los brutos, pero de ninguna manera la mano de una Providencia paternal. De aquel estado á las sociedades de la historia primitiva, la transición es lenta, y en el mismo período histórico los pueblos se nos presentan como grandes organismos que se van desarrollando conforme á las mismas leyes que observamos en el mundo físico; es decir, paulatinamente y a través de largas edades é innumerables vicisitudes. Cada conquista de la civilización ha sido el fruto de una lucha más ó menos arriesgada y penosa, de un esfuerzo más ó menos intenso, según haya sido el fin propuesto. La historia no nos presenta 187
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188 ningún ejemplo de un cambio brusco ó providencial. La independencia no ha nacido sino después de muchos siglos de vasallaje; la libertad ha sucedido á muchas edades de esclavitud; la civilización ha sucedido á la barbarie. ¿En dónde está aquí la mano de la Providencia? El desarrollo del sistema planetario y de la tierra que habitamos se atribuye de buena gana á las leyes físicas. ¿No es nuestro desarrollo de un carácter semejante, y al parecer movido por los mismos agentes? El hombre no posee nada que no deba á sus propios esfuerzos, á las condiciones del medio en que vive y á las relaciones que lo ponen en comunicación con el mundo que le rodea. ¿Qué necesidad hay, pues, de introducir una Providencia en los negocios humanos? Aun hay más: si hay un Ser Supremo que interviene en nuestros asuntos, ¿para qué se vale ese Ser Supremo de tanto tiempo, tantos cambios y tantas contrariedades? ¿Por qué nos ha dado á nosotros la libertad y á nuestros antepasados la esclavitud? ¿Por qué nos ha dado á nosotros la civilización y á nuestros antepasados la barbarie? Se dirá que aun el Ser Supremo se vale de las leyes de la naturaleza para alcanzar sus fines. En tal caso, el gobierno providencial del universo y de nuestra raza desaparece por completo, pues es inútil y contradictorio mezclar la ley y la Providencia, una de las cuales es suficiente. Se dirá aun que todas las leyes universales fueron creadas ó establecidas por el Criador, que las ha dejado seguir su curso por sí mismas. Pero aquí no tratamos de saber cuál fue el origen de las cosas, sino de saber cómo existen las cosas actualmente; y á juzgar por los datos que la experiencia nos suministra, la diestra del Omnipotente no asoma en ninguna parte en los acontecimientos humanos. 2° Es indudable que el hombre es el más desarrollado de los seres vivientes; el que con mayor facilidad se amolda á los medios externos y el que dispone de más elementos para oponerse á la naturaleza. Pero esto no prueba que lo deba á una voluntad protectora. La superioridad del hombre no es absoluta, sino relativa: el hombre no es un ser perfecto. El mundo que le rodea limita su esfera de acción, como la de los otros seres. Cierto es que esta esfera es de mayor radio en el hombre: pero entre el hombre y el mono, por ejemplo, hay menos diferencia que entre el mono y la ostra. Antes de la aparición del hombre, los grandes cuadrúpedos hoy extinguidos eran los reyes de la creación. ¿Sería legítimo atribuir su superioridad á una protección providencial? Siempre que haya seres orgánicos, por fuerza ha de haber alguna especie superior á las demás; pero esto no prueba que esta especie sea el objeto de un cuidado especial. Ni basta decir que la diferencia entre el hombre y el resto del reino animal excede toda otra diferencia entre las diversas especies animales. Volviendo al ejemplo de antes, las ventajas de que disfruta el mono comparado con la ostra son infinitamente mayores que las que disfruta el hombre salvaje comparado con el mono. Fuera de esto, el hombre está sujeto á las mismas necesidades que los otros animales; su constitución anatómica no presenta ninguna superioridad absoluta; sus 188
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189 propiedades orgánicas son las mismas que las propiedades orgánicas de los brutos; los elementos tienen sobre él el mismo efecto que sobre ellos; su desarrollo es semejante al de ellos; su vida empieza, sigue su curso y acaba luego como la de ellos; en una palabra, la única conclusión que la experiencia comprueba es que el hombre es el animal superior de la tierra, lo cual no implica que su vida esté bajo la inmediata dirección de una Providencia. 3° Las mismas observaciones se aplican á la superioridad intelectual del hombre, que es puramente relativa. Mas aquí entran las ideas morales, el sentimiento religioso, la idea de Dios y otros caracteres que se cree hacer de nuestra raza un reino separado y privilegiado. Muchos volúmenes se han llenado discutiendo esta grave cuestión; mas, en nuestro humilde concepto, la solución no requiere tanto tiempo ni trabajo. Es innegable que las ideas morales y religiosas son una función directa del grado de civilización de los pueblos, ó un efecto de desarrollo individual y social: la lentitud con que los conceptos morales y religiosos van cambiando y amoldándose á las nuevas circunstancias, nos muestran una ley de evolución natural, pero no un acto de la Providencia. Si la Providencia formara nuestras ideas ó nos las inspirara, no habría diversos modos de pensar, á no ser que hubiera diversas Providencias. ¿Cómo se explica que el salvaje se enorgullezca de matar á su padre, y el hombre civilizado se aterrorice ante tal crimen, si las ideas morales son inspiradas por la Providencia? ¿ Cómo se explica que el salvaje sacrifique víctimas humanas á su dios, convencido de que su dios gusta de la carnicería, y el hombre civilizado se subleve contra una noción tan grosera de la Divinidad, si las ideas religiosas son inspiradas por la Providencia? Pero si se admite que nuestras ideas dependen de nuestra organización y de las leyes naturales, estas diferencias se explican fácilmente por las diferencias de desarrollo. Todo tiende á probar que el hombre es hijo de las circunstancias y que, por tanto, está sujeto á la ley, como todos los otros seres orgánicos. La teoría ó leyenda bíblica, de que Dios crió al hombre á su imagen y semejanza para que gozase de las bellezas de la creación no parece hallar mucho apoyo en los hechos que nos son conocidos hoy. En primer lugar, la naturaleza produjo, muchas de esas bellezas antes de que el hombre apareciese, pues él y la tierra no son contemporáneos; de las cuatro grandes épocas geológicas, más de tres y media pasaron sin que el hombre viniese á disfrutar de las producciones naturales. En segundo lugar, el negro de Cafrería, el salvaje de Australia y el indio de Patagonia ó Groenlandia, son seres que tienen poca probabilidad de haber sido hechos para reyes del orbe, ni parece que pertenezcan á una raza que el Señor llamó su obra perfecta. Y el hombre primitivo, en su idiotez y brutalidad, quizá no llegó nunca á sospechar que la tierra era su palacio y los globos del 189
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190 firmamento sus juguetes. Ideas de esta clase pueden, sin duda, ser edificantes; pero el análisis científico requiere un poco más de seriedad.

6. Veamos ahora de una manera sintética cuáles son nuestras conclusiones. La indestructibilidad de la fuerza y la materia conducen á la concepción de su duración eterna, y, por tanto, á la creencia de que no han tenido principio ni tendrán fin; es decir, á la negación de la creación del mundo. La continua observación de los fenómenos en su precisión matemática y su sucesión no interrumpida; la verificación de ciertos hechos siempre que los medios presentan ciertas condiciones, que son las condiciones de existencia, ó factores ó causas de esos hechos; y la ciega impasibilidad con que todo fenómeno se verifica en torno de nosotros, nos llevan á la conclusión de que el mundo, en virtud de propiedades que son inherentes á la materia de que está compuesto, se halla sujeto á leyes universales provenientes de esas mismas propiedades y que hacen parte esencial de la existencia de la materia misma. La casualidad y la Providencia quedan destronadas ante esta concepción física del mundo. Cuál sea la esencia de esas leyes y su razón de ser, no lo sabemos, como tampoco sabemos nada de la materia ni de la fuerza en sí mismas. Mas se preguntará si la eternidad de las leyes universales es concebible, y si es posible tener alguna idea de la eternidad, ó existencia sin principio, del universo. Sin duda la contestación es negativa; pero esta negación no autoriza la introducción de un Criador, cuya existencia sin principio ni causa es igualmente inconcebible. La eternidad es una idea que no cabe en la conciencia, sea cual fuere el ser eterno. Sin embargo, aunque el ánimo, por motivo de su cortedad, no puede pensar en la eternidad propiamente, ni entenderla, bien comprende que algo debe ser eterno; que algo hay que no ha tenido principio; pues que la no existencia es imposible, y dar un principio ó comienzo á todo lo que existe, sería suponer que hubo un tiempo en que nada ni nadie existía, lo que es absurdo, pues en ese caso nada ni nadie existiría hoy, siendo evidente que de la nada no puede haber salido algo. Ex nihilo nihil fit—de la nada no sale nada, como dicen los metafísicos. En conclusión, citaremos las palabras de Draper sobre las relaciones de los seres orgánicos con los medios externos, relaciones que nos están mostrando el gobierno ciego de la ley, en vez del cuidado paternal de la Providencia:

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191 “¿Acaso no existe relación alguna entre el desierto abrasador y los hábitos de las tribus nómades que alzan en él sus tiendas—entre la fértil llanura y los rebaños y la vida pastoral—entre las fortalezas de la montaña y el valor que tan á menudo las ha defendido—entre el mar y e1 hábito de las aventuras? ¿No se fundan en realidad todas nuestras esperanzas de la estabilidad de las instituciones sociales sobre la creencia en la estabilidad de las condiciones físicas externas? Desde el tiempo de Bodin, que hace cerca de trescientos años publicó su obra De Republica, estos principios han sido perfectamente reconocidos: que las leyes de la naturaleza no pueden subordinarse á la voluntad del hombre, y que el gobierno debe adoptarse al clima. Fueron estas cosas las que lo indujeron á él á la conclusión de que la fuerza es el mejor medio en las naciones del Norte; la razón, en las del centro; y la superstición, en las del Sur. “En el mes de Marzo el sol cruza el ecuador, derramando sus rayos más abundantemente sobre nuestro hemisferio boreal, y llevando tras sí una ola de verdura que se extiende hacia el polo. La exuberancia es proporcional al brillo local. El reino animal experimenta á su turno varios cambios. Impulsadas, ó atraídas por el calor, las aves de paso empiezan su migración anual, guardando parejas con el desarrollo vegetal de la tierra. Cuando el verano va declinando, este avance regular de luz y vida es sucedido por un retroceso regular, y á su turno el hemisferio austral presenta los mismos gloriosos fenómenos. Cada año la vida de la tierra vibra; ya se ve una vitalidad exuberante, ya la desolación. Mas ¿cuál es la causa de todo esto? La causa es puramente mecánica: el eje de rotación de la tierra está inclinado al plano de su órbita de revolución al rededor del sol. “Que este maravilloso fenómeno y su explicación sea una lección para nosotros: que grabe profundamente en nuestros ánimos la importancia de los agentes y las leyes físicas, que intervienen en la vida y en la muerte del hombre tanto personal como socialmente. Los acontecimientos externos están entretejidos con nuestra constitución, y sus periodicidades crean periodicidades en nosotros. El día y la noche están asociados á nuestra vigilia y á nuestro sueño; el verano y el invierno nos obligan á exhibir ciclos en nuestra vida. “Los que han prestado alguna atención al asunto, han establecido desde hace mucho tiempo que la posibilidad de la existencia humana sobre la tierra depende de condiciones de un orden puramente material. Puesto que la vida puede mantenerse apenas entre estrechos límites de temperatura, es preciso que nuestro planeta se halle á una distancia media definida del centro de la luz y el calor— del sol; y que la forma de su órbita sea tan poco excéntrica que se aproxime considerablemente á un círculo. Si su masa fuese mayor ó menor de lo que es, el peso de las cosas animadas é inanimadas sobre su superficie no sería el mismo; pero el peso absoluto es uno de los elementos primarios de la construcción 191
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192 orgánica. Un cambio en el tiempo de su rotación diurna, al afectar la duración del día y de la noche, debe al punto ir seguido de una correspondiente modificación de las periodicidades del sistema nervioso de los animales. Un cambio en su traslación alrededor del sol, como que determina la duración del año, daría igualmente lugar á un efecto notable. Si el año fuese más corto, viviríamos más rápidamente y moriríamos más pronto. “En la economía presente de nuestro globo, los agentes naturales se consideran como los medios de orden y gobierno. Por medio del calor se efectúan el arreglo y la distribución de las tribus vegetales; las plantas y los animales se equilibran por medio de sus mutuas relaciones con el aire atmosférico, de suerte que ninguno de los dos puede asumir la superioridad. Considerando la magnitud de esta condición, y su necesidad para la vida general, podría parecer digna de la incesante intervención divina; sin embargo, se realiza automáticamente. “La misma observación se aplica á la vida orgánica del pasado. La condensación del vapor del aire, y su inclusión en los estratos, constituyen la época principal en la vida orgánica de la tierra, haciendo posible la aparición de tribus animales de sangre caliente y de mayor inteligencia. Ese grande acontecimiento se efectuó por la influencia de los rayos del sol. Y de la misma manera que tales influencias han estado así en conexión con la aparición de organismos, han tenido también parte en las extinciones. De los millares de especies extinguidas, es indudable que cada una ha desaparecido á causa del advenimiento de condiciones materiales incompatibles con su conservación. Aun ahora, una caída de media docena de grados en la temperatura media de cualquiera latitud, ocasionaría la extinción de las formas de los climas más cálidos, y el advenimiento de las de los climas más fríos. Un oscurecimiento de los rayos del sol por unos pocos años acarrearía por necesidad una redistribución de plantas y animales sobre toda la superficie de la tierra; muchas especies desaparecerían por completo, y en todas partes se verían nacer otras nuevas.…. “Por tanto, cuando notamos estas sucesiones regulares no debemos desde luego mirarlas como el fruto de una intervención directa, ó de la sabia predestinación de un agente voluntario: debemos antes considerar hasta dónde dependen de condiciones mundanas ó materiales, enlazadas en una serie definida y necesaria; teniendo siempre presente el importante principio de que una sucesión regular de fenómenos inorgánicos envuelve por fuerza una progresión regular y correspondiente de la vida orgánica.” (Intel. Develop. of Europe, ch. I).

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193 II. FRAGMENTOS DE “LA IMITACION DE JESUCRISTO. ‘‘

Después de las Sagradas Escrituras, “La Imitacion de Jesucristo” ha ocupado el primer rango entre las lecturas edificantes de los fieles, desde su aparición en el siglo XV. Tras la invención de la imprenta, veinte ediciones vieron la luz en el curso de quince años; más de un millar se han fabricado luego, y cuantos idiomas conoce la cristiandad han traducido repetidas veces este monumento imperecedero, que está pregonando la piedad de su autor. La honra de haberlo dado al mundo se disputa entre benedictinos y agustinos; pero el juicio más general parece estar en favor de los últimos. Thomas á Kempis, un prusiano nacido en Kempen en el último cuarto del siglo XIV, y sub-prior de un convento agustino en los Países Bajos, se hizo notar siempre por su odio al contacto del mundo y á la compañía del prójimo; retrayéndose á la vista de sus semejantes, pasó sus días en la meditación y el estudio de los libros santos; dio á luz los partos de sus reflexiones en varios volúmenes, que (al decir de los que los han hojeado) no descuellan como maravillas del arte ni de la inteligencia; y al fenecer, dejó entre sus hermanos la fama de una santidad acrisolada. Descubrióse luego la incomparable “Imitacion,” y la cristiandad ha convenido en dar la gloria de su composición á aquel monje piadoso, de cuya vida ejemplar parece ser el libro un retrato fidedigno. La popularidad de esta obra tiene un significado trascendental, pues indica que el pesimismo es la interpretación aceptada de las doctrinas evangélicas, y que aquéllos que ven en el cristianismo un sistema melancólico y desconsolador no están bastardeando las palabras del Divino Maestro. El mundo viene á ser el proverbial valle de lágrimas, teatro de las tentaciones y perversidades de Lucifer, foco de corrupción, de degradación y de ruindad. Mientras el hombre viva sobre este planeta, su suerte es gemir y lamentar sus calamidades, maldecirse á sí mismo y renegar de su infame y prostituida naturaleza. En vana es buscar un alivio á nuestros sufrimientos aquí abajo, pues el pecado nos condena á ser una caterva corrompida, y nuestro cuerpo tiende siempre á la liviandad y á sumirse en el fango; ni es nuestro derecho el buscar consuelo á nuestros males, pues el Salvador proclamó las torturas y las tribulaciones como el único medio de alcanzar la vida sempiterna. Cuanto el hombre más se humille y más se abata, 193
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194 tanto más digno se hace de recibir su galardón en los cielos. Sus aspiraciones son orgullo y soberbia; el ejercicio de su razón es una horrenda blasfemia; su voluntad debe estar siempre sometida a la voluntad ajena, sin murmuración y con todo rendimiento. ¿Qué importa que se la esclavice, que se le ultraje, que se le escarnezca ó que se le menosprecie? ¿No fue así como Cristo pasó los días de su misión divina? ¿No ordenó Cristo la paciencia y la no resistencia? ¿Acaso Cristo habló de la libertad ó de la felicidad terrestre? Nuestros semejantes no han sido hechos con el objeto de ocupar nuestro corazón ni nuestros pensamientos. El amor del hombre debe pertenecer á Dios, y solo á Dios. El Señor es un Dios celoso, que no permitirá que el corazón de sus siervos esté dividido entre El y Sus criaturas. El amor del prójimo es una cadena y un estorbo. La compañía de nuestros hermanos es peligrosa, y la soledad es más agradable á los ojos de Dios. Nuestros semejantes son embusteros, instables é hipócritas: sus palabras no merecen crédito; y los primeros enemigos del hombre deben ser los miembros de su propio hogar. ¿Cómo confiar en una raza degenerada y perversa? Por el contrario, cuando nos separamos de un amigo, cuando perdemos un ser querido y cuando nos vemos libres de toda humana compañía, debemos dar gracias al Excelso por dejarnos más desahogados y en mejor capacidad para entregarnos á nuestros deberes piadosos. Solo Dios es digno de nuestro amor y nuestra consideración: lo demás son voces vanas, ó lazos del protervo Satanás, que está siempre alejándonos del buen sendero por medio de sus tentaciones y artificios. He ahí el ideal que el cristianismo genuino nos da de la existencia. Ya hemos citado los versículos del Infalible Tomo. Ahora presentaremos algunos fragmentos de ese otro tomo, que, si no infalible, se considera como el máximum de perfección á que la flaqueza humana ha llegado sin la ayuda directa é inmediata del Supremo Hacedor. 1. Vileza del mundo. —Ascetismo. —El amor de Dios excluye todo otro sentimiento. “Vanidad de vanidades, y todo vanidad, excepto el amar á Dios y el servir á El solo. “Esta es la mayor sabiduría, empeñarse en alcanzar el reino de los cielos despreciando este mundo. “Así que es vanidad buscar riquezas que perecen, y confiar en ellas. También es vanidad solicitar honores y ascender á un alto rango.

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195 “Trata, pues, de alejar tu corazón del amor de las cosas visibles, y vuélvete hacia las cosas invisibles.” (Libro I, cap. 1). “El verdadero sabio es aquél que, para ganar á Cristo, mira las cosas terrenas como estiércol. Y solo aquél es buen conocedor que hace la voluntad de Dios y renuncia, á su propia voluntad.” (I, 3). “Si quieres hallarte en tu verdadero puesto, y hacer algún progreso, considérate como un desterrado, un forastero sobre la tierra. “El que busca algo fuera de Dios, y la salvación de su alma, nada encontrará sino tribulaciones y amarguras.” (I, 17). “Guárdate siempre como un peregrino y un extranjero en la tierra, á quien no pertenecen los negocios de este mundo.” (I, 23). “Aprende á morir para el mundo, para que puedas empezar á vivir con Cristo. “Aprende á despreciar todas las cosas, para que entonces puedas ir libremente á Cristo. “Castiga ahora tu cuerpo con la penitencia, para que entonces puedas estar seguro.” (I, 23). “¿Porqué miras en tu derredor aquí abajo, puesto que éste no es el lugar de tu reposo? Tu morada debe ser en el cielo; y todas las cosas de la tierra deben mirarse apenas como de paso.” (II, 1). “Deja que todas las cosas transitorias sigan su camino; busca tú las cosas eternas. ¿Qué son todas las cosas temporales, sino engañosas? ¿Y qué te aprovecharán todas las cosas creadas, si eres abandonado de tu Criador? Renuncia, pues, á todas las cosas terrenas, y hazte agradable á tu Criador, y fiel á El, para que puedas asegurarte la verdadera felicidad.” (III, 1). “Hay otros que iluminados en su entendimiento, y purificados en sus afecciones, siempre se afanan por las cosas eternas, oyen hablar con repugnancia de las cosas del mundo, y se lamentan de estar sujetos á las necesidades de la naturaleza; y éstos sienten lo que en ellos habla el espíritu de la verdad. Porque les enseña á despreciar las cosas de la tierra y á amar las cosas celestiales; á desdeñar el mundo, y á estar día y noche suspirando por el cielo.” (111,4).

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196 “En verdad es una miseria vivir sobre la tierra. Cuanto más espiritual anhela ser un hombre, tanto más amarga se le hace esta vida presente; porque entiende mejor y ve con mas claridad los defectos de la corrupción humana. Porque comer, beber, velar, dormir, reposar, trabajar, y estar sujeto á otras necesidades de la naturaleza, es en verdad una gran miseria y aflicción para el devoto, que desea estar libre y exento de pecado. Porque el hombre interior se ve abatido en este mundo por las necesidades del cuerpo.” (I, 22). “He aquí que el comer, el beber y el vestir, y los demás requisitos para el sostenimiento del cuerpo, son cargas para el espíritu fervoroso.” (III, 26). “Un buen hombre siempre encuentra bastante causa para gemir y llorar. “Porque, ora piense en sí mismo, ora recuerde á su vecino, sabe que ningún hombre vive sin tribulaciones; y cuanto más profundamente piensa en sí mismo, tanto más se entristece." (I, 21). “Mas ¡ay de aquéllos que ignoran su propia miseria! Y peor para aquéllos que aman esta vida miserable y corruptible.” (I, 22). “Bienaventurado el que siempre tiene la hora de la muerte ante sus ojos, y cada día se prepara á morir. “Si alguna vez has visto morir á un hombre, piensa en que también tú debes seguir el mismo camino. “En la mañana piensa en que no verás la noche, y en la noche no te prometas la mañana.” (I, 23). “Mientras llevemos con nosotros este frágil cuerpo, no podremos estar sin mancilla, ni vivir sin hastío y amargura.” (1,22). “Pues de seguro que si hubiese habido algo mejor y de más utilidad para la salvación del hombre, que el sufrir, Cristo sin duda lo hubiera enseñado de palabra y con ejemplo. Porque él manifiestamente exhorta, tanto á los discípulos que lo seguían, como á todos los que deseasen seguirlo, á cargar la cruz, diciendo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese á sí mismo, y tome su cruz, y sígame.” (II, 12).

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197 “Ah! ¿qué vida es ésta, en donde las tribulaciones y las miserias nunca faltan; en donde todas las cosas están llenas de engaños y enemigos? “¿Y cómo puede amarse una vida que encierra tanta amargura, sujeta á tantas calamidades y miserias? “¿Cómo puede llamarse vida, puesto que engendra tantas muertes y plagas?” (III, 20). 2. Vileza e impotencia del hombre. “Aquél á quien el don de la gracia ha enseñado, y á quien el azote de la privación de este don ha instruído, no osará atribuirse nada bueno á sí mismo, pero más bien reconocerá su desnudez y su pobreza. “Da á Dios lo que es de Dios, y toma para ti lo que es tuyo; es decir, tributa á Dios agradecimiento por su gracia; mas piensa que cuanta falta hay es tuya solamente, y el digno castigo de tu culpa.” (II, 10). “A la verdad esto puedo pensar y decir: Señor, yo no soy nada; yo nada puedo hacer; nada hay en mí que sea bueno; pero en todo me falta algo, y tiendo sin cesar á la nulidad.” (III, 40). “Solo soy digno de ser azotado y castigado por haberte ofendido grandemente y con frecuencia; y por haber pecado gravemente en muchas cosas. “De suerte que, en justicia, no merezco ni el menor consuelo. “¿A qué me han hecho acreedor mis pecados, sino al infierno y al fuego eterno? En verdad confieso que soy digno de todo escarnio y menosprecio; ni es propio que se me cuente entre tus devotos servidores. Y aunque el oír esto es en mi contra, quiero por la verdad confesar contra mí mismo mis pecados, para que más fácilmente pueda hacerme digno de obtener tu clemencia.” (III, 52). “Sabe, sin embargo,” (el Señor es quien habla) “que tú no puedes hacer lo suficiente para esta preparación” (para la comunión) “por el mérito de lo que tú hagas, aun cuando te preparases por todo un año seguidamente y sin pensar en otra cosa.

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198 “Mas solo por mi bondad y gracia se te permite acercarte á mi mesa; como si un mendigo fuese invitado á la comida de un opulento, y no tuviese nada con qué retornar sus beneficios, excepto el humillarse y darle gracias.” (IV, 12). 3. Contra la sociabilidad. —Misantropía. “Vano es quien pone su confianza en hombres ó en criaturas.” (I, 7). “Desea la intimidad de solo Dios, y huye de la amistad de los hombres. “Debemos usar de caridad para con todos; mas la intimidad no conviene.” (I, 8). “Los mayores santos esquivaban la compañía de los hombres en cuanto podían, prefiriendo vivir con Dios secretamente.” (I, 20). “Cuando un hombre ha llegado al punto de no buscar consuelo en ninguna criatura, entonces comienza por primera vez á tener el gusto perfecto de Dios; y así mismo estará del todo satisfecho, acontézcale lo que quiera.” (I, 25). “Nada sea para ti grande, excelso ni agradable, sino lo que es puramente Dios ó se refiere á Dios. “Considera vano todo consuelo que encuentras en las cosas creadas. “Una alma que ama á Dios, desprecia todas las cosas inferiores á Dios.” (II, 5). “Rehusar el alivio proveniente de cualquiera criatura, es un signo de gran pureza y de confianza interior.” (II, 6). “El que se apega á las criaturas, caerá con lo que vacila; el que abraza á Jesús permanecerá firme por siempre. “Tu amado” (Jesús) “es tal, que no aceptará lo que pertenece á otro; mas quiere tu corazón para él solo, y sentarse como rey en su propio trono. “Si tú supieras libertarte por completo de toda criatura, pronto Jesús vendría á morar en tí.” (II, 7).

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199 “No quieras que nadie ponga en ti su corazón, ni te dejes llevar por el amor de nadie; mas que Jesús more en ti y en todo hombre recto.” (II, 8). “Aprende también á separarte de algún amigo querido y necesario, por el amor de Dios. “Ni te aflijas en tu corazón cuando un amigo te abandone, sabiendo que todos hemos de partir, tarde ó temprano.” (II, 9). “Todo humano consuelo es vano y de corta duración. “Que esta sea tu satisfacción: estar siempre pronto á prescindir de todo consuelo humano.” (III, 16). “Busca la verdadera paz, no en la tierra; pero en el cielo; no en los hombres ni en las otras cosas creadas, pero solo en Dios.” (III, 35). “Debes hallarte tan muerto á las afecciones de los hombres queridos, que desees, en cuanto sea posible para ti, estar sin ninguna compañía. “Cuando tú diriges la vista á las criaturas, la vista del Criador se aleja de ti.” (III, 42). “Por otra parte” (el Señor es quien habla), “todos los hombres son embusteros, volubles, instables y expuestos á errar, sobre todo en palabras; de suerte que apenas si podemos creer ni aun aquello que en apariencia suena bien. “¡Con qué sabiduría” (habla el santo) “nos adviertes el cuidarnos de los hombres, y que los enemigos del hombre deben ser los de su propio hogar, y que á nadie debemos creer cuando dice: Hete aquí, ó Hete allí!” (III, 45). “Hijo” (habla el Señor), “preciosa es mi gracia; ni consiente que se la mezcle con las cosas de afuera ni con los consuelos terrenos. “Busca para tí un lugar secreto; gusta de morar solo contigo mismo; no busques la conversación de nadie; mas vierte á Dios tu devota oración, para que puedas mantener la compunción de tu ánimo y la pureza de tu conciencia. “Considera todo el mundo como nada; prefiere dar tu tiempo á Dios, y no á las cosas del siglo. “Porque no puedes tener tiempo para mí y para tu deleite en las cosas transitorias. 199
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200 “Tú debes alejarte de tus amigos, y de aquéllos que te son queridos, y guardar para ti tus pensamientos, lejos de todo consuelo temporal. “Así el bienaventurado Apóstol Pedro ruega á los fieles de Cristo que vivan como extranjeros y peregrinos en el mundo. “¡Oh, qué confianza tan grande tendrá en la hora de la muerte aquél que no está ligado por ninguna afección á las cosas de este mundo!” (III, 53). 4. Contra la razón, el saber y el libre examen. “Abstente de un gran deseo de saber; porque en éste se encuentra mucha distracción y mucho engaño. “Los doctos están siempre deseando parecer y ser llamados sabios. “Muchas cosas hay cuyo conocimiento es de poco ó de ningún valor para el alma. “Y muy incauto es el que atiende á otras cosas excepto las que sirven para su salvación.” (I, 2). “Hijo, en muchas cosas te conviene ser ignorante, y considerarte como muerto en la tierra, y como aquél para quien todo el mundo está crucificado.” (III, 54). “Hijo, cuídate de disputar sobre altas cuestiones, ó sobre los juicios ocultos de Dios; porqué este hombre es dejado así, y á aquel otro se le eleva á tan alta gracia, ó porqué esta persona sufre tanta aflicción y á esa otra se le exalta tan alto. “Estas cosas exceden el poder del hombre; ni hay razón ni discurso capaz de desentrañar los juicios de Dios. “Cuando pues el enemigo te sugiera estas cosas, ú oigas á los curiosos penetrando en ellas, responde con las palabras del profeta: Justo eres, Señor, y recto tu juicio. “Y también: Verdaderos los juicios del Señor, y en sí mismos justificados. “Mis juicios son para temerse, no para investigarse; incomprensibles para el humano entendimiento.” (III, 58). porque son

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201 “Debes cuidarte de un examen curioso é inútil de este profundísimo sacramento” (la Eucaristía), “si no quieres hundirte en el abismo de la duda.” “Quien de muy cerca escudriña su majestad, por su gloria será abrumado. “Dios puede hacer más de lo que el hombre puede comprender. “Una piadosa y humilde investigación de la verdad es permisible, y es siempre de enseñarse; la que busca sin cesar el marchar en las sanas decisiones de los Padres” “¡Oh, bendita sencillez, que deja los senderos difíciles de la disputa, para andar por la vía clara y segura de los mandamientos de Dios! “Muchos han perdido la devoción mientras se empeñaban en penetrar cosas demasiado altas. “Fe se requiere de ti, y una vida sin mancha; no alteza de entendimiento, ni la profundidad de los juicios de Dios. “Si no entiendes ni comprendes aquellas cosas que se hallan debajo de tí, ¿cómo puedes comprender las cosas que se hallan por encima de tí? “Sométete á Dios, y humilla tu sentido á la fe; y la luz del conocimiento te será dada, en cuanto sea de necesidad y provecho para tí. “No estés ansioso, ni disputes con tus pensamientos, ni respondas á las dudas que el diablo sugiere; mas cree las palabras de Dios; cree á sus santos y profetas, y el enemigo malo huirá de tu lado.” (IV, 18). “La razón humana es débil, y puede ser engañada; mas la verdadera fe no puede ser engañada. “Toda razón y todo escrutinio deben ir tras la fe, y no ir antes ni debilitarla.” (IV, 18).

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202 5. Rendimiento y Servilismo. “Gran cosa es para el hombre el vivir en la obediencia, bajo un superior, y sin ser dueño de sí mismo. “Por mucho que te afanes, nunca encontrarás el reposo sino en la humilde sujeción al gobierno de un superior. “Aun cuando tu opinión sea buena, si por el amor de Dios conviene que la abandones por la de otro, esto será para tí más provechoso.” (I, 9). “Si un hombre no se somete libre y voluntariamente á su superior, este es un signo de que su carne no le está completamente sujeta, sino que á menudo se rebela y murmura. “Aprende pues á estar tú mismo sujeto á tu superior, si quieres subyugar tu propia carne. “De todas veras debes despreciarte á tí mismo, si quieres prevalecer sobre la carne y la sangre. “Porque aun tienes un amor desordenado por tí mismo, por eso temes entregarte enteramente á la voluntad ajena. “Mas ¿qué viene á ser si tú, que eres polvo y nulidad, te sometes al hombre por el amor de Dios, cuando Yo, el Todopoderoso y el Altísimo, que crié todas las cosas de la nada, con humildad me sometí al hombre por tu causa? “Me hice el más humilde y el más bajo de los hombres para que tú pudieses por mi humildad vencer tu orgullo. “Aprende á obedecer, oh polvo; aprende á humillarte, oh arcilla, y doblégate bajo los piés de todos los hombres! “Aprende á contrariar tu voluntad, y á entregarte á toda sujeción. “Muéstrate celoso contra tí mismo; no consientas que more en tí el hinchado orgullo; pero muéstrate tan sumiso y tan pequeño, que todos puedan hollarte y pisotearte como el lodo de las calles.” (III, 13). 202
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203 “Hijo, que tu anhelo sea siempre hacer la voluntad ajena más bien que la tuya. Busca siempre el lugar más ínfimo, y trata de estar bajo la autoridad de todos.” (III, 23). “Por tanto, doblégate con humildad bajo las manos de todos, y no te cuides de saber quién dijo u ordenó esto. “Mas que tu anhelo sea siempre el trabajar de buena gana en el cumplimiento de lo que tu superior, tu inferior ó tu igual demande ó desee de tí.” (III, 49). III. Franciscanos Y Dominicanos. La popularidad de los monjes de Occidente llegó á hacerlos los amos de la cristiandad; y puesto que el mandar y el gozar tienen siempre cierto halago para la debilidad humana, muchos religiosos andaban más tras las riquezas y el poderío que tras la perfección evangélica. El convento vino á ser el asilo de los desamparados, el refugio del criminal y el tesoro inagotable del hombre de tono y lujo. El soberano apeado de su trono iba con humildad á vestir el hábito del monje; el asesino y el ladrón contribuían con su mala entraña y con sus arterías á la multiplicación de los haberes del monasterio; las familias desidiosas enviaban allí sus hijos con grandes sumas de dinero, y muchos malvados, al expirar, vestían el traje de alguna hermandad, para que su alma disfrutase de las oraciones de los penitentes, dejándoles al mismo tiempo su fortuna. En varias comunidades el abad se iba á viajar y á disipar las rentas de los hermanos, mientras éstos se disparaban por la vecindad saqueando y arruinando á los moradores. Los sirvientes se quejaban del maltrato y la opresión á que los sujetaban sus santos amos; ni faltó un tal cual caso de homicidio perpetrado por aquellas manos inmaculadas. Los mismos obispos se quejaban de que los monjes vivían beodos y entregados á toda clase de desórdenes y arrebatos; pero el papa, que los empleaba como instrumentos de sus extorsiones, se desentendía de estos clamores. En los tiempos antiguos los reclusos habían estado sometidos al obispo de la diócesis; mas el Pontífice fué poco á poco eximiéndolos de este yugo y tomándolos bajo su protección directa. El concubinato del clero estaba extendido por doquiera; y aun fué preciso que los concilios prohibiesen á los eclesiásticos el vivir con sus madrea y parientas, pues su virtud no estaba á prueba de la sospecha legítima de relaciones incestuosas. Los religiosos de ambos sexos seguían la corriente de los tiempos: monjes y monjas pasaban su vida bajo el mismo techo, y su desenfreno llegó á arrancar á Savanarola la expresión de que la monja no igualaba en moralidad á la ramera. Los Santos Padres de la Ciudad Eterna adolecían del general achaque, y no escasearon prostitutas y concubinas 203
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204 empuñando el cetro de la Iglesia y sentando en la silla de San Pedro á los frutos bastardos de sus amores con el Vicario de Jesucristo. En medio de estos desórdenes aparecían muy á menudo reformadores de alguna virtud, que se proponían restablecer la antigua disciplina monástica. Cada reformador fundó una nueva orden; mas, con el andar del tiempo, el vicio y el desenfreno se iban introduciendo en las recientes cofradías—prueba palpable de que la sagrada religión del Salvador no es por sí sola suficiente á matar la perversidad del corazón humano. A tal punto llegó la confusión y multiplicación de las órdenes religiosas, que Inocencio III prohibió en el concilio Laterano de 1215 el que se fundasen nuevas comunidades. Sin embargo, este decreto iba pronto á evadirse en favor de las dos hermandades que sonaron con más ruido en los vaivenes eclesiásticos de la Media Edad. Domingo de Guzmán y Francisco de Asís estaban destinados por la Providencia para desempeñar papeles de suprema importancia. Domingo nació en una aldea de Castilla en el año 1170, y desde su juventud se dio al estudio de la filosofía y las sagradas ciencias. La caridad y el fanatismo se traslucieron desde temprano en el joven héroe: vendió sus libros y su ajuar para dar de comer á los necesitados, y luego se disparó por el Sur de Francia predicando el Evangelio y convirtiendo herejes. Los albigenses del Languedoc habían caído en el abismo de las blasfemias más horrendas; y con la negación del purgatorio, de la eficacia de la confesión y de la autoridad de los pontífices y obispos, estaban provocando la justa ira de la iglesia ortodoxa. Deleitábanse allá los trovadores pintando en sus endechas los desacatos y amores de los sacerdotes del Señor; censuraban el lujo exorbitante y la arrogancia de los ministros del Dios de la pobreza; y la corrupción del clero llegó á ser tan notoria, que aun la gente sencilla tenía como un proverbio que la carrera eclesiástica era una de las deshonras más envilecedoras. Domingo, siguiendo el ejemplo del obispo de su diócesis, se consagró á reformar el clero y á predicar la sencillez y la modestia; mas los habitantes, siempre sospechosos, le arrojaban lodo, le ponían colas de paja y lo convertían en el objeto de sus mayores diversiones. El santo apeló á las lágrimas y á los suspiros; más tarde á los milagros; pero aquellos herejes obstinados veían sin conmoverse los escritos de Domingo permanecer intactos en medio de las llamas. En circunstancias tan apremiantes se dirigió al Pontífice Inocencio III, á quien indujo á predicar una cruzada, cuyo mando se confió á Simón de Montfort; y mientras este adalid se preparaba á su misión, el Papa entonaba con Domingo un sagrado cántico: “Devastaréis todo campo; mataréis á todo ser humano. Herid, y no ahorréis. Colmada está la medida de su iniquidad; y la bendición de la Iglesia reposa sobre vuestras cabezas.” Estos campeones hallaron apoyo en Luis VIII y 204
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205 Luis IX de Francia, y un instrumento en la Santa Inquisición, fundada á instigaciones del caritativo Domingo. El asesinato y el saqueo sembraron por doquiera la desolación en la tierra sentenciada; el abad de Citeaux se quejaba de que solo le había cabido la suerte de degollar 20,000 herejes; y así enmudecieron la poesía, los cantos y las leyendas del Languedoc. Domingo obtuvo de Inocencio la aprobación de la orden dominicana, cuyo calificativo de hermanos predicadores está mostrando el objeto de su institución. Más tarde Honorio III ratificó en debida forma el decreto de su antecesor. En vista de la corrupción proverbial del clero regular, Domingo se propuso reformarlo radicalmente, y anunció al mundo que sus hermanos se ceñirían con exactitud á las máximas y preceptos evangélicos. Desposeídos de toda propiedad y de toda renta, era el deber de los nuevos monjes recorrer la tierra enseñando á los pueblos la Ley promulgada por el Reparador y sus santos Apóstoles. En tarea tan ardua, pero tan meritoria, halló el santo un compañero, cuyas miras, aunque más humildes, no eran menos laudables. Francisco, nacido en Assisi de Umbría, en 1182, fué en su juventud un mozo desordenado y corrompido. Una violenta enfermedad le hizo cambiar (ó perder) el juicio, y lo convirtió en un visionario lleno de ardor y de entusiasmo por la humildad cristiana. Sus extravagancias lo expusieron á la risa del público y á los azotes de su padre; le acarrearon el calificativo de loco, y amargaron la existencia de sus deudos; pero el dictado de santo ha compensado con ventaja estas calamidades, siempre inherentes á nuestra débil máquina. Para no deber nada á su padre, Francisco se despojó de sus vestidos, y corrió desnudo á ocultarse en la profundidad de un bosque, cantando, por supuesto, salmos edificantes. Más tarde se fué á servir á los leprosos, á quienes lavaba los piés, besando al mismo tiempo sus úlceras. Habiendo oído las palabras del Evangelio de San Mateo (X, 910), arrojó sus zapatos y su bastón y se dio á seguir literalmente las enseñanzas del Maestro. Sus predicaciones le dieron algunos discípulos, y más tarde los papas Inocencio y Honorio dieron su aprobación á la orden franciscana, que por modestia se llamó de los hermanos menores. La gratitud de la devoción no olvidó el trasmitir á la posteridad las hazañas milagrosas de estos dos santos inmortales. Con una oracioncilla infundían la vida á un cadáver, exorcizaban un demonio ó arrancaban y restituían la nariz de una monja. Los fieles los redujeron casi á la desnudez, arrancando pedazos de sus hábitos, que conservaban como inestimables reliquias; con ardoroso entusiasmo besaban las huellas que iban marcando las pisadas de los dos ilustres, y en llegando á tocar sus cuerpos inmaculados, ya daban gracias al Excelso por merced tan envidiable. Domingo feneció en Bohemia; su tumba se convirtió al punto en el término de las peregrinaciones de la cristiandad, y su cadáver, tras 205
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206 doce años de sepultura, fué exhumado con gran pompa, llenándose todo el mundo de asombro al oler el exquisito perfume que se desprendía del esqueleto venerando. Suerte más encumbrada tocó al humilde Francisco, cuyas virtudes le valieron el que el Padre Celestial lo asemejase á Su Divino Hijo. En el año 1224, dos años antes de su ascenso al cielo, oyó el penitente, en medio de sus oraciones, una voz misteriosa que le ordenaba abrir las Escrituras por tres veces. Tres veces las abrió, y tres veces halló el relato de la pasión. Pensando estaba el santo que este aviso implicaba que sus sufrimientos no habían terminado aun, cuando se le apareció un serafín volando con seis alas y trayendo en sus manos un crucifijo. Agitado con tal aparición, empezó á descubrir en sus propias manos algo como las marcas de grandes clavos; descubrió luego las cabezas y las puntas dobladas; y más tarde se le abrió la llaga del costado, que á menudo manaba sangre y agua. San Buenaventura dice que el papa Alejandro IV declaró haber visto estas estigmatas. También las vieron varios cardenales y otras personas piadosas. El santo trataba de ocultar marcas tan honoríficas, pues siempre se hizo notar por su modestia; mas no le fué posible, y aun la llaga del costado fué descubierta por sus íntimos. Pasados algunos días, los clavos de los pies crecieron tanto, que Francisco no podía andar, y había que trasportarlo en brazos. En fin, al perecer, su cuerpo era una, armazón de huesos y pellejo, lo que, fuera de su paciencia sin igual, lo hacía semejante al santo Job. La cristiandad, disgustada con los desacatos del clero y de las órdenes religiosas, recibió á los mendicantes con los brazos abiertos. Renunciando á toda posesión y aun á todo asilo, los nuevos apóstoles viajaban por doquiera enseñando la palabra de la salvación. Con indiferencia soportaban en sus viajes el rigor del invierno y el sol quemante del estío; comían gozosos un mendruguillo de pan que se les diese, ó sufrían con resignación las negativas de los opulentos; y arrimados á una puerta ó albergados en una choza humilde, se desentendían de la inclemencia y del hambre durante la noche, como durante el día. Pronto llegó virtud tan acendrada á recoger sus frutos. El pueblo se apresuraba á confesar sus pecados á los nuevos predicadores, y embelesado con sus sermones edificantes, menospreciaba á los obispos y al clero secular. Hizo la adulación ancho surco en el corazón de aquellos mendigos ignorantes y fanáticos; la soberbia apeó á la humildad, la ambición mató la abnegación, y en menos de un siglo las ordenanzas de Francisco y Domingo se habían convertido en letra muerta. Los pontífices, conocedores de la grande influencia de los frailes, los emplearon como su gran palanca. Los frailes pintaban al sucesor de San Pedro como un Dios en la tierra, y el papa recompensaba esta devoción con favores incomparables. Pronto aquéllos que habían empezado mendigando un pan y durmiendo á la intemperie, se albergaron en suntuosísimos edificios, 206
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207 monopolizaron la venta de indulgencias, y arrebataron á los obispos los derechos de los funerales y los testamentos. Tras ruidosa querella, se apoderaron de la enseñanza de la juventud en la grande universidad de Paris. En las cortes eran grandes empleados, confesores y embajadores; en el Vaticano ascendieron á la secretaría de la Santa Sede, y en todas partes se entronizaron. Inocencio IV trató de restringir sus abusos; mas pereció enhoramala el atrevido papa, y este castigo divino estaba mostrando perentoriamente que el Señor no permitía que sus favoritos fuesen molestados con impunidad. En el siglo XIV el clero de Inglaterra se quejó del gran poder de los mendicantes, echándoles en cara sus edificios y librerías lujosas, su excesiva pereza y su falta de caridad, culpas que antes había censurado el mismo Buenaventura, á pesar de ser un devoto franciscano; mas Inocencio terció con los frailes, y en 1358 dio una bula prohibiendo á los obispos ingleses el que se mezclasen en los monopolios de sus escogidos. Domingo, al expirar, había declarado solemnemente su virginidad; pero sus sucesores no imitaron su heroico ejemplo. El desenfreno de los frailes, y su afición al bello sexo, corrían parejas con su poder y su fama, y uno de ellos predicaba á sus feligreses que la monja que se rendía á un religioso iba mejor librada que la que entregaba sus favores á un hombre del siglo. ¿Es, pues, la moral cristiana suficiente para arrancar del pecho humano el monstruo de la perversidad? Para terminar, relataremos uno de los fraudes más escandalosos de la historia eclesiástica, que ilustra las prácticas y procederes de los frailes, así como la credulidad y superstición de la Media Edad. Disputaban franciscanos y dominicanos, en el siglo XVI, la cuestión interesantísima de si la Madre de Dios había nacido con pecado original ó sin esta mancha hereditaria. Los franciscanos, más piadosos, sostenían que la Virgen había venido al mundo sin mancilla; mas no se avenían los dominicanos á este modo de interpretar la historia. La idea franciscana, que cuadra mejor á la ignorancia de una grey idiota, halló acogida popular entre los fieles, que tiznaron á los otros de blasfemos. Para recuperar el favor perdido, los dominicanos de Berna escogieron á uno de sus monjes, llamado Jetzer, para hacerlo servir como instrumento divino. En la soledad de la noche, un fraile disfrazado se aparece á Jetzer en su celdilla, echando llamas por las narices y rodeado de perros aullando lastimosamente. Dice al aterrorizado hermano que es el espíritu de un dominicano matado en Paris por haber abandonado el hábito, y que actualmente está sufriendo las penas del purgatorio. Decía esto la aparición en medio de horribles alaridos, é hizo prometer á Jetze que haría lo que se le ordenase para salvar aquella ánima de tormentos tan inauditos. Dice luego el fantasma que su salvación requiere que toda la orden se azote por ocho días y que durante la misa 207
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208 Jetzer se tienda por el suelo con los brazos en cruz; después le promete el amor de María, y que la noche siguiente volverá á verlo acompañado de otros dos espíritus. Contó esto el infortunado al otro día, lo que le valió gran popularidad y reverencia; y los monjes, tras anunciar el suceso desde el púlpito, se avinieron á darse los azotes ordenados. Aparecióse luego el prior á Jetzer acompañado de dos diablos, y después siguió repitiendo estas visitas, tomando ya el hábito de Santa Bárbara, ya el del gran Bernardo ú otro difunto ilustre. Hablaba el prior de las grandezas dominicanas y del amor especial que la Madre de Dios tenía á la orden de Domingo, y al mismo tiempo declaraba que la Santa Virgen, el mejor de todos los testigos, confesaba haber sido engendrada con pecado original, condenando á los adversarios de este dogma á las torturas del purgatorio. Al fin tomó la aparición las vestiduras de la misma Virgen, y presentándose á Jetzer rodeada de angelillos, confirmó la creencia en su pecado original; y luego, como una prueba del amor de su Hijo, le prometió cubrirlo con cinco heridas semejantes á las de Cristo. Toma entonces la Virgen la mano del desventurado y la atraviesa con un clavo, para dar principio á distinción tan honorífica, aunque tan dolorosa. La noche siguiente la Virgen narcotizó á Jetzer y los monjes le acomodaron las otras cuatro heridas. Estas grandiosidades restablecieron la fama de la orden; mas por desgracia el mismo Jetzer descubrió el fraude, y en su legítima indignación estuvo á punto de dar muerte á la Virgen. Los monjes trataron de envenenarlo, pero el veneno falló por cinco veces, y Jetzer se presentó en Roma con su queja. Tras algunas averiguaciones, cuatro dominicanos expiraron en la hoguera, como castigo merecidísimo de su picardía (año 1509). FIN DEL APÉNDICE

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