Antología de la prosa rumana

Selección y traducción de MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS

Prefacio......................................................................................................................................................................3 Titus Popovici La sed........................................................................................................................................................................9 George Călinescu Un desconocido.......................................................................................................................................................19 Valeriu Emil Galan Los Razeshi.............................................................................................................................................................31 Nicutza Tanase Un hombre bueno como el pan...............................................................................................................................44 Marín Preda Los Morometzi........................................................................................................................................................55 Camil Petrescu Las diagonales de un testamento.............................................................................................................................65 Suto Andras Demeter Stegaru hace don de su vida.....................................................................................................................79 Mihail Sadoveanu El vengador de los pobres.......................................................................................................................................89 Ion Agirbiceanu La Fefeleaga............................................................................................................................................................95 Dumitru Radu Popescu El espantapájaros...................................................................................................................................................100 Teodor Mazilu Barriada.................................................................................................................................................................113 Xaharia Stancu El tiempo de las lilas.............................................................................................................................................119 Eusebiu Camilar La sonrisa..............................................................................................................................................................126 Francis Munteanu Un pedazo de pan..................................................................................................................................................130 Fanus Neagu Más allá de las arenas............................................................................................................................................138 Ioan Lancranjan Los cordovanos.....................................................................................................................................................142 Aurel Mihale Una lágrima (Relato de un comandante de batallón)............................................................................................156 Nicolae Vetea Una alegría............................................................................................................................................................165 Pop Simeon Pasca, el boyardo...................................................................................................................................................172 Geo Bogza El fin de Iacob Onisia............................................................................................................................................184 Mihail Beniuc El tren blindado.....................................................................................................................................................196 Istvan Nagy Una victoria...........................................................................................................................................................209 Eugen Barbu La señorita Aurica.................................................................................................................................................217

PREFACIO
La prosa rumana tiene una sólida tradición, que se inicia con sus cuentistas. El primer prosista rumano fue Neculce, cronista moldavo del siglo XVIII. Neculce era un viejo boyardo que registró los acontecimientos históricos de su tiempo, narrándolos minuciosamente, pero también, participando en los sucesos que recogía, a veces, con suspiros y lágrimas derramadas a lo largo de su relato: "¡Oh, mi desgraciado país! ¡Oh, Moldavia, qué singulares amos has tenido, y qué triste suerte te ha deparado ese reparto!" El gusto de la narración subjetiva, que obedece a un ceremonial determinado, y presupone un auditorio agrupado alrededor del "cuentista", inicia su relato con las formas tradicionales, se interrumpe de tanto en tanto, para retener la atención de su público; es una fórmula que se mantiene aún en nuestros días. Y de estos cuentistas es Mihail Sadoveanu (1880-1961), a quien se debe el más bello monumento de la prosa rumana del siglo XX. Su obra tan vasta es una cadena de relatos a cual más seductores. El volumen titulado La Posada de Ancutza es un verdadero Decameron moldavo. Más que el lugar en que se detenían o se reposaban los viajeros, La Posada de Ancutza es el símbolo de un ¡alto! en el correr del tiempo. En aquel mundo en que los pobres eran tratados sin ninguna piedad y sometidos a los más crueles castigos, las horas pasadas en la Posada de Ancutza debían llenar las almas de esa dulce melancolía de los relatos que allí se escuchaban. Allí reinaba una especie de exaltada alegría, a menudo interrumpida por un velo de tristeza. En la sucesión de esos relatos, placenteros o sombríos, pintorescos o graves, Sadoveanu nos hace accesible ese fondo de poesía que es la expresión más auténtica del carácter nacional, alegría apacible enternecida por los recuerdos, pero ensombrecida por el dolor de un pueblo oprimido con todo el peso de lo que significaba esa opresión todavía en los comienzos del siglo XX. Otra tradición en estrecha relación con el cuento escrito, era la del relato oral. La prosa rumana alcanza su punto más culminante en la segunda mitad del siglo XIX, con Creanga y Caragiale. Uno y otro han sido los inimitables maestros de la trascripción del hablar corriente. Los Momentos y Esbozos de Caragiale fueron fácilmente adaptables al teatro, mientras que los Recuerdos de Creanga son como un amplio monólogo, de invención verbal inagotable, especie de fablar rabelesiano, que se nutre no sólo en las fuentes clásicas, sino en la erudición no menos rica del folklore. El relato, el cuento y el ensayo ocupan un lugar preponderante en la prosa rumana, mientras que la novela alcanzará su desarrollo mucho más tarde, después de la primera guerra mundial. Un notable conocedor del fenómeno literario rumano, el crítico Mihail Ralea, explicaba este proceso literario, por la ausencia de una preparación folklórica y por una evolución social que se había detenido como consecuencia de las relaciones semifeudales que se mantuvieron hasta el siglo XX. Ralea dice que "la novela se desarrolla partiendo de la epoyeya y que Las Canciones de Gesta dan comienzo a la novela de caballería. La literatura rumana no conoce la epopeya, sino sólo la balada, es decir, una poesía épica de menor envergadura, más pobre en acontecimientos y personajes, y también menos complicada. Cuando la gran epopeya modernizada se transforma en novela, la balada y la poesía épica de menor dimensión se transforman en el cuento". Y Mihail Ralea hace notar también que mientras "la novela narra la vida y los estados anímicos de los individuos más típicos, las individualidades públicas forman parte de la historia y la mitología. Por lo mismo la novela no puede hacer su aparición sino en una sociedad altamente diferenciada en la que cada hombre constituye, a su manera, una individualidad".

Cuando se dieron las condiciones sociales necesarias, el retardo se recuperó rápidamente. En muy pocos años la novelística rumana ha recorrido todas las etapas de este género, y con tal rapidez que otro eminente crítico, G. Calinescu, se mostraba inquieto de su prematuro desarrollo. En efecto, antes de haber producido un número suficiente de obras de creación, la prosa rumana se dejaba ya tentar por el análisis. Antes de abarcar todos los niveles de la sociedad, se intelectualiza y se interesa más en la vida psíquica que en la vida social. Por eso Calinescu se preguntaba, en 1938, ¿cómo era posible que los novelistas rumanos sin haber sido balzacianos, ni dostoievskianos, ni flaubertianos, habían pasado a ser proustianos? Tal vez era una excesiva severidad la de esta crítica, pero lo cierto es que en el momento en que la prosa rumana tiende a ampliar su registro, se hace visible en ella la perturbadora influencia de las corrientes modernistas. Pero el realismo continuará predominando. El realismo es también una tradición en la prosa rumana. Es la fidelidad a la verdad de la vida, y es por esto el credo de los creadores modernos. Liviu Rebreanu (1885-1944), César Petrescu (1877-1955), Camil Petrescu (1882-1955), I. Teodoreanu (1896-1953), G. Calinescu (1900-1965), así como muchos otros escritores de talento anteriores a la guerra, tales como Bratescu-Voinesti (1868-1946), Jean Bart (18741933), Gala Galaction (1879-1961), I. Agirbiceanu (1882-1963) y G. Braescu (1871-1949) fueron todos realistas. Hasta el más ardiente defensor de las tendencias literarias modernistas, Eugen Lovinescu, se inclinó ante una tradición tan viva y reconoció que el estudio del objeto y el subjetivismo llevado al exceso eran los principios más opuestos a las tendencias naturales de la poesía épica. Es preciso agregar que bajo la acción de diversas corrientes, unas tradicionalistas y otras modernistas, la prosa rumana se agrupa en dos compartimientos distintos, el del mundo campesino y el del ambiente ciudadano. Una y otra logran dar una imagen de la realidad que la inspira, conservando los rasgos del medio respectivo. Bastará recordar cómo el proceso de diferenciación social del campesinado no fue comprendido en todas sus implicaciones, y que éstas escaparon, en parte, al mismo Rebreanu, que había escrutado con mirada implacable todo el mundo de la aldea. En cambio el proletariado ocupó un lugar muy secundario en la literatura consagrada a la ciudad, cuya tendencia más evidente era la de disolver el universo del trabajador y del obrero en una realidad barroca y amorfa confinada siempre en los barrios periféricos. Los prejuicios tenaces de los medios llamados "cultos", que ignoraban la lucha por el pan cotidiano, sólo conocían esos problemas de conciencia que inspiraba toda esa literatura de análisis, cuya influencia fue sin duda negativa sobre la prosa rumana. De estas premisas, sumariamente expuestas, nacería esta "nueva novela", llamada a reflejar un mundo de profunda transformación revolucionaria que día a día iría cambiando. La nueva literatura rumana se apoyaba en una experiencia seria pero incompleta. Por lo mismo, es importante destacar que no hubo una ruptura entre las diferentes generaciones de escritores y que, por el contrario, éstas se completaron mutuamente. Esta antología reúne a algunos autores consagrados ya antes del 23 de agosto de 1944, como Mihail Sadoveanu, uno de los más grandes prosistas rumanos, Camil Petrescu pionero de la novela moderna rumana, Ion Agirbiceanu, prosista fecundo y pintor eximio de la realidad rumana anterior a la primera guerra mundial y al período comprendido entre las dos grandes guerras. También debemos citar a Istvan Nagy, el primer escritor rumano de lengua húngara que esboza en la literatura anterior a la guerra algunos aspectos de la vida del proletariado, cosa que pocos escritores han logrado hacer. Y, finalmente, entre aquellos

autores que realizaron una obra muy importante antes de la liberación citaremos a G. Calinescu, a Zaharia Stancu, a Geo Bogza y a Eusebiu Camilar. En otro grupo, entre los más jóvenes, citaremos a Marin Preda, Eugen Barbu, Titus Popovici, Aurel Mihale, Francis Munteanu, V. Em. Galan y Suto Andras, quienes se han destacado después de la Liberación, pero que conocieron de cerca la realidad del antiguo régimen en los años que vieron la dominación fascista y, más tarde, su derrota. Finalmente, un grupo de escritores más jóvenes como D. R. Popescu, Fanus Neagu, Teodor Mazilu, Simion Pop, Niclae Velea, Ion Lancrajan, Nicuta Tanase y otros, para quienes la guerra es sólo el recuerdo de una época terrible y sombría hundida en la bruma, una etapa nefasta que devoró su infancia. El testimonio de estos jóvenes confiere, sin duda, una feliz diversidad a la prosa rumana. Una de las preocupaciones esenciales de esta literatura realista, que se apoya en una concepción revolucionaria de la vida, es su preocupación por "demistificar" radicalmente el mundo que los rodea, tratando de expresar verídicamente su realidad. Esa es la obra que emprendieron en primer término los escritores de la generación anterior, quienes retomaron los temas que ya habían tratado en sus obras anteriores, pero abordándolos desde un ángulo más comprensivo. Mihail Sadoveanu fue el primero en abrir ese camino y su obra posterior a la Liberación es mucho más que una sucesión de páginas admirables: es el complemento de esa gran epopeya que este poeta de los ciclos naturales ha dedicado a la vida del pueblo rumano, a través de los siglos y al drama del alma campesina patriarcal; empeñada en defender su integridad moral de la influencia nefasta de esa relación social que sólo fundaba su poder en la riqueza. Así se inaugura en la prosa rumana ese diálogo dramático de muchos escritores con su obra anterior. De Vlahutza a Camil Petrescu la prosa rumana conoció toda una literatura consagrada al intelectual incapaz de adaptarse al orden burgués, porque quería mantenerse fiel a su misión. Muchos escritores habían tratado estos temas como si el mal viniera sólo de un lado. Consecuente con el espíritu que anima toda su obra, "tanta lucidez y tanto drama", Camil Petrescu aclara estos problemas, mostrando con implacable realismo que el drama tenía raíces más profundas. El intelectual había sido mutilado psíquicamente. Bajo su miseria exterior, se complacía en esa expresión trágica, tanto como en su decadencia interior. Esos temas reaparecen en los escritores de la joven generación. Eugen Barbu en su novela "El tanque de agua" y Titus Popovici en su novela "El extranjero", llevan ese dilema hasta la tensión trágica de la época de la barbarie fascista y de la guerra, mientras que T. Mazilu en sus esbozos satíricos denuncia las falsas sutilezas, el temor de parecer simple y la pretendida complejidad del alma, invocada como justificación a todas las formas de cobardía moral y oponiéndolas a las normas de una ética socialista. La aldea será otro de los temas en que esta nueva literatura atacará resueltamente los mitos consagrados. Y también allí tendrá que vencer los prejuicios profundamente enraizados. Ya la literatura realista y crítica de ese período que se extiende entre las dos guerras se había empeñado en destruir las imágenes idílicas con que una escuela tradicionalista adornaba la realidad de la vida rural, pero su acción había quedado inconclusa. Cantor de la amargura que esconde la costra verde de una nuez, la de los pastos del Baragan y la que asoma a los ojos de esos esclavos de la tierra, Zaharia Stancu asumió esa dura tarea de revelación en su novela "Los pies desnudos". Antes que él ningún prosista rumano había hecho una pintura tan terrible de ese infierno rural visto desde adentro y de ese campesino de la planicie danubiana, víctima, en los comienzos de este siglo, de una explotación tan feroz, destinado inexorablemente a una indescriptible miseria y a las más increíbles vejaciones. En ese universo que Stancu reconstruye con alucinante minuciosidad no hay lugar para las relaciones humanas idílicas: todo se mantiene bajo el signo implacable y

cruel de la penosa lucha por la existencia, y como en "Las lilas", episodio de su novela "Las raíces son amargas", volvemos a encontrar al personaje principal de "Los pies desnudos", cuya misma sensibilidad se acoraza en su rudeza. La vida cotidiana en la ciudad en las vísperas de la segunda guerra mundial está descrita con una veracidad implacable en la novela de Marin Preda "Los Morometes". La pintura del ambiente rural de Marin Preda termina por completo con esa imagen convencional que anteriormente daban las novelas. El prejuicio de la pretendida sequedad del alma campesina, recibe en esta novela su golpe de gracia. Esta obra es una sucesión de sondeos psicológicos que nos revelan las complejas reacciones morales, y con absoluta objetividad, con un realismo duro e implacable, cae también la ilusoria independencia del pequeño propietario rural, y como hace el aprendizaje de esa dura experiencia vital cuando intenta defender sus bienes contra el mundo del dinero, con disimulo permanente y desdoblamiento moral. Este libro recuerda dos obras célebres, con temas similares: "Las viñas de ira", de Steinbeck, y "El camino del tabaco", de Caldwell. Pero destruir los mitos que deformaban la imagen del mundo no es el único objeto de la prosa rumana contemporánea. Ella se empeña también en descifrar la significación que para cada individuo tienen los acontecimientos históricos que han transformado la vida social del país. Lo que establece una relación entre estas dos preocupaciones —aparte de las perspectivas nuevas que ofrece la interpretación materialista-dialéctica de la historia— es el interés por el combate que entablan los elementos más avanzados de la sociedad, en la época del terror fascista. Evidentemente es en el pasado literario donde deben buscarse los orígenes de la transformación revolucionaria de las letras rumanas. ¿Cuál fue la semilla que pudo producir, en el orden humano, la cosecha de 1944? El tema de la lucha contra el fascismo, del movimiento subterráneo que logró organizar las mejores fuerzas del pueblo para llevarlo a la victoria, interesó a los escritores rumanos como un aspecto particularmente revelador de las realidades contemporáneas. La novela del poeta Beniuc "La desaparición del hombre simple" es una de las obras consagradas a este tema, que se caracteriza por su autenticidad, por la atmósfera verídica de los grupos intelectuales que estaban en contacto con el movimiento revolucionario, el mundo de los hombres que se vieron obligados a caminar sobre el filo del cuchillo, según la expresión del autor, y que debieron desdoblar su vivir cotidiano en pleno día con la lucha oculta contra la dictadura de Antonescu. El mismo tema ha sido abordado desde distinto ángulo por Istvan Nagy en sus cuentos cortos y por Eugen Barbu en su novela "La ruta del Norte". A estos temas se ligaba también el análisis de las grandes transformaciones sociales de ese tiempo, análisis que fue ahondado por la nueva literatura rumana. El testimonio más autorizado lo ofrecen los escritores que vivieron ese proceso interior. Así como Marin Preda analiza las reacciones del alma campesina, Eugen Barbu reconstruye la vida de los barrios obreros en sus relatos "El huevo del pato" y "La comida del domingo". Cuando el pueblo conquistó el poder y creó los moldes de una vida nueva, una conducta bien diversa se impone a los hombres que accederán a una escala superior, porque sin ella no tendría objeto el esfuerzo consagrado a la edificación de esa pléyade de jóvenes escritores. La mayoría de ellos han trabajado en diversas redacciones de revistas, periódicos, etc., recorrido el país, visitado las fábricas socialistas y las explotaciones agrícolas colectivas y del Estado. Muchos de ellos han trabajado en las grandes usinas de Salva-Viseru, de Bumbesti-Livezeni o de Bicaz. Conocen de cerca ese mundo de los edificadores del socialismo. La vida de los centros industriales recientemente construidos les es familiar, así como los de las aldeas recientemente colectivizadas. Muchos han salido de esos centros y de esas aldeas. Por lo tanto, lo que caracteriza a sus obras es que ellas arrancan de una realidad socialista, y es en relación con esa realidad que ellos examinarán los problemas corrientes de la existencia. El

valor moral de las acciones humanas adquiere una excepcional importancia en escritores como D. R. Popescu, T. Mazilu, Fanus Neagu, N. Velea, Simion Pop y muchos otros. Existe una literatura de los grandes acontecimientos contemporáneos, y su modelo en el género es la novela de Titus Popovici "La sed". Su tema principal son las grandes transformaciones sociales. El autor se propuso escribir el acto inédito que la historia ha agregado al antiguo "drama de la tierra", la liquidación del latifundio por una reforma agraria efectuada por la revolución y la conquista del poder por las masas trabajadoras. Los relatos que contiene el volumen "Noches de fiebre", de Aurel Mihale, tratan los episodios de la lucha por la liberación del territorio nacional y el aplastamiento definitivo de las tropas hitlerianas. En la reconstrucción de esos acontecimientos capitales, en la historia contemporánea de Rumania han dado la medida de su talento, prosistas como Eusebiu Camilar ("La bruma"), Istvan Nagy ("Alta tensión"), V. E. Galán ("Baragan"), F. Munteanu ("La ciudad sobre el Mures" y "Las estatuas nunca ríen"). Las novelas que se inspiran directamente en los acontecimientos contemporáneos son novelas sobre la injusta guerra, la nacionalización, la constitución de las primeras unidades agrícolas socialistas, la industrialización, etcétera. Otra serie de cuentos y relatos de los prosistas de la más joven generación escrutan la vida individual de aquellos que deben cumplir esas tareas y continuarlas, construyendo esa edificación del mundo nuevo. ¿Qué mecanismo interior regirá su estructura? Son interrogantes a los que debe responder el escritor joven y sus obras no carecerán de diversidad, la misma diversidad de los tipos humanos que quieren estudiar. Sobre un terreno en parte elaborado por Marin Preda, uno de los más jóvenes, N. Velea, se interesa en estudiar los caracteres reservados, que llevan en sí todo el peso de un pasado de humillaciones. Sus personajes deben superar sus reticencias, sus angustias, su desconfianza, sus desfallecimientos y tratar de cicatrizar las profundas heridas morales, a veces incurables. T. Mazilu se siente atraído por el proceso de racionalización de la vida afectiva, por una comprensión inteligente de la necesidad que preside toda acción humana. Esa filosofía simple y humana revelará la falsedad de las pretendidas sutilezas psicológicas, su artificial complejidad, de donde nace esa extraordinaria capacidad para denunciar la impostura moral. D. R. Popescu y Fanus Neagu, más cercanos a Barbu, prefieren los caracteres voluntariosos e impulsivos, las individualidades más originales y marcadas. Las manifestaciones de sus personajes nos revelan su actitud frente a la vida. Sucede frecuentemente que en ellos un estado anímico depende del íntimo contacto con la naturaleza, porque sus almas son instrumentos sensibles a las variaciones del paisaje cuya sola contemplación engendra disposiciones morales determinadas, La prosa rumana actual se distingue por una notable variedad de estilos y técnicas. Ya se trate de relatar un hecho, describir una situación, analizar reacciones síquicas o, simplemente, sugerirlas con una actitud o con un acto, desarrollando el hilo de la acción en cada caso, cada autor tendrá su modo particular. El arte de la narración, la frase que capta la atención, la que arranca de la realidad inmediata para transportar al lector al mundo de la ficción, ese arte tiene un cultor en Eusebiu Camilar, poseedor de una prosa cincelada que se explaya en amplios períodos siguiendo una eufonía determinada. La tradición sadoveanesca de la narración encuentra sus continuadores en V. E. Galán y también en Ion Lancrajan. En cambio, en Zaharia Stancu la subjetividad es una de las características de su prosa, que se armoniza como un poema. La frase construida desaparece y la narración se convierte en un monólogo apasionado, en el que el autor vive las escenas que evoca. Su lirismo es tan intenso y directo que con la simple repetición de las palabras, cuando quiere subrayar una circunstancia particular, logra efectos sorprendentes. No menos original es la técnica narrativa de Stancu, que se desarrolla sin plan preestablecido, espontánea, ligando episodios y

personajes a través de los meandros caprichosos de su memoria, con inagotable poder creativo. Siguiendo este modelo, con la misma forma monologada están construidos los relatos de Nicuta Tanase. Lírica es también la prosa de Geo Bogza, pero con una fórmula distinta. Este escritor adopta una visión poética particular contemplando el mundo bajo una perspectiva poco común, que podríamos llamar geológica. Lo que nos parece revestido de eternidad, el cuadro geográfico con sus montañas, sus ríos, sus llanuras, se convierte en Bogza en materia cambiante sujeta a transformaciones. Lo cotidiano adquiere dimensiones sensacionales. Geo Bogza describe una muchacha comiendo una manzana como podría describir un acontecimiento cósmico. La electrificación de una aldea simboliza para él la lucha del hombre contra las tinieblas ancestrales. Sus audaces hipérboles se despliegan en una retórica sabia, como en pliegues majestuosos. La frase, con su forma arquitectural, evoca todo un decorado de vastos espacios, explanadas, portales, escalinatas, en un estilo grave y solemne que recuerda a Lautréamont. Camil Petrescu es un analista. Luchó toda su vida contra los vanos ornamentos del estilo. Su prosa desdeña todo lo que puede dañar a la autenticidad, a la trascripción directa y lapidaria. También Marin Preda es analista, pero con los medios de una prosa objetiva. Su técnica es la de la narración libre y directa, con la que se empeña en dar la visión subjetiva de un hecho, tal y como este hecho se refleja en la conciencia del personaje respectivo. Sus modelos son Dostoievsky y Faulkner. La fórmula narrativa de este último parece atraerlo, pero no por sus bruscos y frecuentes cambios de perspectiva. Marin Preda usa con mesura la técnica faulkneriana, adaptándola de una manera muy original a sus propias preocupaciones. Esta misma vía es la que sigue N. Velea. Eugen Barbu prefiere una prosa nerviosa, que registra los hechos como un montaje cinematográfico. No desdeña la atmósfera específica, pero evidencia toda su poesía valiéndose del epíteto y de un sentimiento vivo de los colores y de los perfumes. También recurre Barbu al monólogo interior a la manera de Hemingway. La prosa de Fanus Neagu, más cercana a la de Barbu, le da mayor importancia a la sensibilidad. Neagu se revela como un excelente pintor de ambientes. En una dirección paralela D. R. Popescu procede por recortes, como si reconstruyera un film de la vida interior, erigiendo ciertos elementos del relato al rango de símbolos, lo que confiere a su texto una nota poética muy original. F. Munteanu cultiva un género de narración objetiva y relata con un tono frío y decepcionado los acontecimientos más o menos atroces que le ha tocado vivir. La prosa de Titus Popovici proviene del arte vigoroso de Liviu Rebreanu, de su don de evocar el alma de las muchedumbres. Hacia el mismo género de reconstrucción objetiva y sobria, atento a todo movimiento, tiende también la prosa de Aurel Mihale. Pero son los textos reunidos en esta antología los que revelarán mejor al lector las particularidades de cada escritor. O. S. CROHMALNICEANU

TITUS POPOVICI LA SED
Toda esa tarde se paseó de un lado a otro del patio sin encontrar reposo, y ya en la noche dijo de repente a Ana, su mujer: —¿Qué dirías si nos marcháramos a América? —¿A dónde? —gritó Ana aterrada—. Que Dios nos preserve, querido Mihai. ¿Pero qué te está pasando? —En Arad conversé con algunas gentes que decían que pagan el viaje hasta allá y que una vez en América puede uno tener toda la tierra que quiera para trabajarla. —¿Pero cómo dejar nuestra aldea? —preguntó Ana, poniéndose seria—. ¿Ir hasta el fin del mundo? —Muchas gentes se han ido... —Eso es cosa de ellos... Mihai no volvió a hablar de partir, pero cada vez parecía más preocupado. Echaba cuentas: la mitad de lo que habían ganado durante el año se lo llevaba el diablo, pues tenía que pagar el carro que estropeó, la multa por haberse puesto a pescar donde estaba prohibido y, además, Miklos lo había acusado de haber lesionado a un caballo a quien había golpeado en una pierna con el mango de la horquilla porque era mañoso. Por otra parte, Mihai se daba cuenta que las personas que antes lo estimaban ahora lo miraban de reojo, y en la taberna, cuando se sentaba en alguna de sus mesas, todos callaban y le daban a entender que molestaba. Lo despreciaban como a lo más bajo del pueblo. En los primeros días del mes de mayo su mujer dio a luz un niño, al que bautizaron con el nombre de Todor. No había nadie que pudiera cuidar del niño en la casa, así que la madre debía quedarse y ya no pudo ir al trabajo. No hallando qué hacer Mihai escribió a su hermano, que era comerciante en Hungría, pidiéndole que le enviara alguna ayuda, pues de otra suerte no le quedaría más camino que ahorcarse. Mihai esperaba que Iosif, su hermano, le diera prestado algún dinero con que comprar uno o dos arpantes de tierra. Meses después recibió la respuesta. Su hermano le aconsejaba que vinieran a Tisa, donde él y su mujer podrían entrar como sirvientes en el dominio del conde Bornemisza Aladar. Mihai y Ana leyeron tantas veces la carta, que casi la sabían de memoria. Se les apretaba el corazón, pero no veían otra salida. Ana estaba nuevamente embarazada y Mihai quería esperar a que ella diera a luz, pero Ana se oponía. —No nos quedaremos más aquí. Si se trata de que seamos sirvientes, es mejor serlo en tierra extraña. Por lo menos allá nadie se burlará de nosotros. Ana veía claramente que Mihai estaba poseído por un terror mortal cuando ya debían tomar la decisión final. Trataba de alentarlo, lo que en verdad hacía sabiendo cuan difícil era decirle: —No vamos a quedar allí para siempre, querido Mihai... regresaremos con mucho dinero... Hungría no es América... Nuestros hijos tendrán una vida mejor y envejeceremos al lado de ellos. Escríbele a Iosif que iremos... ¿Me escuchas? No aplaces más la respuesta. Mihai la contemplaba asombrado. No la reconocía. Toda ella se había como endurecido, sus ojos negros brillaban rara vez y sólo cuando se encolerizaba. —¡No pongas más objeciones! ¡Les vamos a demostrar de lo que somos capaces, qué diablos! Mihai no sabía que unos días antes, al regresar del pozo, Ana había encontrado a Miklos. Era todavía muy altanero, aunque ya había envejecido, se había puesto calvo y los bigotes le

colgaban de las narices como lana sin cardas. Miklos se detuvo, puso los brazos en jarra y se echó a reír mostrando sus dientes carcomidos y manchados de tabaco. —¡Hola, mujer! Estás flaca como una tabla y ¿de nuevo encinta? Bien se ve que tu marido te monta seguido... Si no hubieras sido tan tonta hoy serías una dama... Ana le lanzó insultos a él y a su madre y lo amenazó con quebrarle el cántaro en la cabeza. —¡Gritas como un degollado, que Dios te castigue! Al llegar a su casa, después de haber acostado a Todor, Ana tomó un espejo y fue hasta la ventana para mirarse la cara, con la piel curtida por los vientos. Dos hondas y tempranas arrugas entre las cejas. Tuvo la impresión de que algo se acababa de quebrar en ella. En otro tiempo era una muchacha alegre y sin preocupaciones. Bailaba la ronda como si flotara y ahora, de repente, sin haber conocido alegría alguna, se veía arrugada, fea y vieja. En ese momento odió y blasfemó contra Mihai, Todor y al que ahora sentía de nuevo removerse en su vientre. Casi en seguida, asustada, Ana cayó de rodillas y pidió a Dios que le perdonara sus blasfemias. Mihai se había ido al bosque a robar leña y hasta verle regresar no tuvo sosiego. ¡Señor, si lo llegan a sorprender! O peor, si el guardabosque lo fusila. Por eso, tan pronto como lo sintió llegar corrió a encontrarlo como antaño. Mihai venía tan cansado que apenas se sostenía sobre sus piernas. —¿No te agarraron? —preguntó. —¡Qué agarren a su madre! La leña la dejé en casa de Bitusita, al final del pueblo. Mañana en la noche iré a buscarla. No sabía cómo agasajarlo, pero al fin, aunque sin ganas, cogió el mejor gallo, le retorció el pescuezo y le preparó una buena sopa. Luego fue hasta la taberna con tres huevos y regresó con un paquete de tabaco y una botella de aguardiente comprada a crédito. Después sentose al lado de Mihai para verlo comer. Tenía tanta hambre que apenas hablaba. Ella pensó: "¡Qué fuerte es, y sin embargo estamos a punto de morirnos de hambre!" Ella tosió y le dijo con tono de mando: —Hombre, siéntate y escribe a Iosif. Nos vamos... —Bueno, bueno... —refunfuñó él—. Después de tu parto... —No te preocupes por mí, ya te lo he dicho. Sabes, prefiero escribirle yo. Ana había sido una buena alumna. Sabía escribir, leer y cantar en la iglesia. Le gustaba a menudo sentarse frente a una hoja de papel, tallar una pluma de ganso y escribir su nombre de soltera: Ardeleanu Ana. Después, su nombre de mujer casada: Mot- Ana. Algunas semanas más tarde, cuando Ana estaba ya en su séptimo mes, recibieron la noticia de que Iosif les había encontrado trabajo en los dominios del conde Bornemisza, en el distrito de Szolnok, cerca de Tisa. Al principio Mihai sólo sería nombrado porquerizo, hasta que diera pruebas de qué capacidad tenía. "El muy estimado conde es bueno como el pan —escribía Iosif—. Cuando quiere a una gente es muy bondadoso. Ustedes han tomado una buena decisión. Yo mismo regresaré a la aldea dentro de uno o dos años. Escríbanme cuándo vienen, porque el mes próximo debo ir a Szolnok y volveré a hablar de ustedes. Vuestro afectísimo hermano y cuñado, Mot- Iosif." Comenzaron a vender lo poco que poseían, pensando que Iosif, sin duda, los ayudaría al principio. Mihai bajó tablas del granero para construir dos grandes baúles, donde guardaron todos sus trastos. Cada noche la casa se llenaba de vecinos que venían a despedirse y que se asombraban del valor que tenía para abandonar la aldea y su miseria e irse a otra parte. Una noche, el mismo Miklos vino a verlos. Estaba un poco bebido y se emocionaba fácilmente. —¿Así que ustedes se van para Hungría?... Y bien, quién sabe... En cuanto a mí, mis huesos se pudrirán en esta maldita aldea. Al darse cuenta de que Mihai lo miraba con malos ojos, se acercó vacilante y le dijo:

—¡No te enojes, muchacho, qué diablos!... Lo que hubo pasó... Que Dios castigue al que recuerda todavía eso... Aquí te traigo algunas cosas. No puedes irte a Hungría casi desnudo como estás. Toma un traje mío que tal vez te quede estrecho, pero eso no importa... Lo que hace falta es que no vayas haraposo... Y arrojó sobre la mesa un paquete de ropas envueltas en periódicos. Mihai vio rojo. Apretó los puños, pero en ese mismo momento, cuando iba a mandarlo al diablo, Ana sonrió, se inclinó ante él todo lo que le permitía su gran vientre y dijo: —Le agradecemos, Sr. Miklos, le agradecemos mucho. —No hay de qué —suspiró Miklos—. Ya verán si la vida de los mayordomos que deben mandar a los sirvientes es fácil. Eso era lo que yo creía cuando vine aquí. Yo pensaba que iba a juntar dinero, iba a regresar a mi casa y a comprar tierras. Y levantando la mano, de la que pendía su látigo, exclamó: —¡Vean, esto es lo que me ha quedado!... Esto y el odio de los hombres... Un buen día me van a degollar. Ahora, buen viaje y que Dios los ayude. Al marcharse, Mihai se quedó largo rato en medio de la habitación con la cabeza inclinada. De pronto enrojeció y dirigiéndose hacia donde estaba Ana, sin pronunciar una sola palabra, le dio una bofetada. Ella se apoyó contra el muro, observándolo con ojos asustados. Mihai la volvió a abofetear. Entonces ella se precipitó sobre él y apoyando sus dos manos contra su pecho lo lanzó lejos, con insospechada fuerza y violencia. —No vuelvas a pretender levantar la mano contra mí porque te abro la cabeza, ¿me oyes? ¿O es que te crees un señor? Alégrate de que haya estado borracho y te haya traído un traje para que tengas con que vestirte. —Mujer... —¡Qué mujer! Y no me vuelvas a pegar, ¿me oyes? ¡Jamás en la vida! Todor, despertado de su sueño, empezó a chillar asustado. —¡Cállate, porque descuelgo el látigo del clavo y te cae a ti también!... ¡Acuéstense y duérmanse! Sin decir una sola palabra, Mihai se deslizó bajo las sábanas. Más tarde, cuando Ana vino a la cama, él le dijo, mirando las vigas del techo: —No te enojes, mujer. —¿Por qué? —dijo ella asombrada y suspirando. —Porque te pegué... —Duérmete, eso no importa. Se marcharon una semana después, acompañados por toda la aldea, que los compadecía. Al pasar frente a la iglesia detuvieron la carreta, descendieron y se arrodillaron en el polvo del camino. Mihai no sabía cómo deshacerse del nudo que le apretaba la garganta, y de reojo observaba a su mujer. Pero la cara de Ana era como de piedra, y sus labios secos murmuraron casi sin voz: —Padre nuestro que estás en los cielos... Cuando la aldea quedó lejos, Mihai ya no pudo dominarse. Saltó de la carreta y haciendo señas a su cuñado de continuar el camino se echó en la zanja a llorar. Un rato después el chirriar de la carreta se dejó de oír. Entonces se levantó y se puso a seguirla, arrastrando los pies. Tres años después habían olvidado la terrible pobreza del pasado. En el dominio, los intendentes, los guardianes y los porquerizos robaban cuanto podían. Sólo los campesinos llevaban una vida muy dura, pero eso no le importaba a Ana. Lo que ella quería era juntar mucho dinero y regresar a su aldea a comprar tierras. Poseían un gran baúl de encino, al que le hicieron doble fondo. Allí guardaban los paquetes de billetes de banco y los rollos de luises

de oro, junto con una gran pistola, y encima los vestidos y toda clase de trastos. Por la noche, cuando Mihai regresaba de sus ocupaciones, se encerraban los dos en la habitación del fondo y contaban su dinero... —Eso vale nueve arpantes y medio de tierra de la mejor de Grinduri —decía Ana, frunciendo el entrecejo. —Sí Ana, sí... Mihai estaba cada vez más contento. Todo el mundo lo estimaba porque se portaba bien con las gentes. Se vestía correctamente: llevaba una chaqueta negra, un ancho cinturón de cuero con botones de plata, botas altas, flexibles, y la camisa blanca como la nieve. Pero látigo no tenía, ni quiso procurárselo. Cuando debía revisar el ganado pedía el látigo prestado a uno de sus subordinados. A menudo venía a su casa el contralor, un hombre gordo, redondo y sin barba, con unos pelos duros a guisa de bigote, igual que los de un gato, o de un pastor protestante. Una vez cada tres meses, Mihai iba al castillo a rendir cuentas. El capitán Bornemisza lo estimaba por su carácter obstinado y a menudo lo provocaba para ver cómo respondía. ("Este hombre, querida, tiene una cierta elegancia, algo de distinguido —decía a su hermana, una solterona que vivía en el culto a un novio muerto hacía quince años a raíz de la caída de un caballo durante las maniobras imperiales—. Buena raza la de estos valaquos...") —¿Por qué regresar a la aldea —decía extrañado el pastor protestante—. ¿Acaso no están bien aquí? ¿No tienen un buen empleo? —Somos rumanos —respondía Mihai con altanería. —Claro, ya lo sabemos. La sangre no se transforma en agua —murmuraba el pastor, molesto. A veces, en las noches, Ana se reía de repente, no pudiendo hacerse a la idea de que ya no eran pobres. Y entonces decía a su marido: —¿Ves tú lo que hubiera sido si no nos venimos para acá? —Hemos tenido mucha suerte con Iosif, respondía Mihai, enojado por aquella alegría desvergonzada, que podía acarrearles mala suerte. ¿Crees tú que cualquiera hubiera podido llegar como nosotros? Su Alteza está endeudado hasta la coronilla con los comerciantes donde Iosif trabaja... Es por eso que nos ha aceptado para quedar bien con ellos. —Eso crees tú, respondió Ana fastidiada. Las gentes trabajadoras hacen fortuna en cualquier parte... Solo los ociosos perecen. Mihai refunfuñaba y callaba. No le gustaba contrariarla, sabiendo que con Ana era la de nunca acabar. Ella había cambiado tanto que a veces creía no reconocerla; a pesar de que no se le veía tan marchita, envejecida. Mihai, por el contrario, tenía cada vez mejor aspecto, era fornido, alto con grandes ojos verdes, los bigotes recortados a la moda de la ciudad, con sus anchos hombros a la espalda recta como una tabla. Muchas veces, al verlo a caballo, la señorita Bornemisza pensó, sin darse cuenta de que cometía un sacrilegio, que así exactamente montaba su novio Ghyczi Lehel, ese novio al que le estuvo destinada la muerte de un héroe. Y Ana, viendo como las mujeres, la esposa del pastor, la hija mayor del contralor, volvían los ojos cuando Mihai pasaba, no se preocupaba, sin embargo, en lo más mínimo. En el baúl se seguía juntando dinero y cada día más dinero. Un día dijo Ana: —Mihai, creo que debemos depositar este dinero en el banco. Pregunta a alguien que sepa cual es un buen banco. A ella no le gustaba mucho que el dinero estuviera fuera de su casa y el carnet que recibieron de Allami Bank le parecía una cosa sin ningún valor, pero había oído contar de tantos asesinatos y asaltos cometidos en las llanuras húngaras, que tuvo miedo de que fuera a caer en manos de algunos bandidos el producto de tantos años de trabajo. Sus hijas habían crecido:

Anutza ya estaba en cuarto grado de primaria, Emilia en el primero y además Ana tenía quien le ayudara en los quehaceres de la casa. Dejó el trabajo doméstico a cargo de las muchachas y ella se puso a engordar gansos, pavos y cuatro vacas. Mandaba la leche a la ciudad juntamente con los productos del dominio. Ana vestía siempre trajes de telas muy resistentes para que no se desgarraran. Cada centavo era bien administrado y el único lugar en que ellos "reinaban" era en la mesa. Comían bien, mucho y durante las comidas les estaba a los hijos prohibido pronunciar una sola palabra, cuando lo hacían los golpeaba con el envés de una cuchara en la boca. Año tras año decidían que la primavera próxima partirían hacia su aldea. Pero no se resolvían a abandonar esa buena vida, a pesar de que impacientemente esperaban llegar a ser dueños de sus tierras. Mihai dejaba a su mujer tomar la decisión, aunque de tiempo en tiempo se sentía poseído por un deseo irresistible de regresar a su pueblo. Ana no protestaba cuando a veces regresaba totalmente ebrio, dispuesto a escandalizar. Entonces lo dejaba refunfuñar cuanto quería, hasta que Mihai se iba a la orilla del Tisa, donde se sentaba sobre una piedra y viendo el curso tranquilo del agua, canturreaba entre lágrimas: Hoja verde del ciruelo me gustaría partir, oír mi caballo al trote, y el ruido de mi carreta... Regresaba y se quedaba dormido en el vestíbulo o en el umbral y al día siguiente se despertaba con un terrible dolor de cabeza y malhumorado decía a Ana: —¡Mujer, ya es tiempo de regresar a nuestra aldea! Al menos no querrás que nos entierren aquí... Los hijos crecían. Todor fue sorprendido por su madre en la caballeriza con una sirvienta, y le dio como correctivo una buena latigueada. Anutza, la mayor, era fea, taciturna y trabajadora, en cambio Emilia mostraba veleidades de señorita y golpeaba el suelo con el pie, sobre todo frente a Mihai su padre, que no sabía como contentarla. —Callate, Emilia, hija, que no te oiga tu madre... La semana próxima te traeré de Pesta lo que quieras. —No se dice Pesta, sino Budapest, le corregía ella. No hay manera de que se refinen un poco. En 1912 Ana volvió a quedar encinta. Por primera vez se sintió madre de verdad. Mihai, avergonzado, pensaba que no era conveniente tener hijos a su edad y cuando el capitán Bornemisza lo felicitó hubiera querido que la tierra se abriera y lo tragara. El niño que nació, rubio y con ojos azules fue bautizado con el nombre de Pavel, aunque Ana comenzó a llamarlo en húngaro Palli. Los otros hijos como que dejaron de existir para ella y ya nada le importaba saber que Todor estaba ligado a alguna muchacha, y cuando iba a la ciudad compraba las más bellas cosas para Palli y no sentía más alegría ni más orgullo que cuando oía decir a la mujer del administrador: —Es como hijo de un conde, que Dios se lo conserve. La guerra estalló cuando Pavel cumplió dos años. Al principio las gentes no se dieron cuenta de qué se trataba. Se oía decir que los servios, esos enfurecidos, habían matado a un hijo del emperador y su mujer. Las órdenes empezaron a llegar y las tropas en uniformes grises partían hacia el frente cantando: Ya pueden esperar, perros de Serbia la Hertzegovina no será de ustedes...

Pero un año más tarde, raras eran las familias que no habían recibido un papel bordeado de negro con el emblema de la casa de Austria. Un día llegó la orden de que se tocaran las campanas de todas las iglesias para celebrar la gran victoria de la ocupación de Belgrado por las tropas austríacas y húngaras. Pero poco más tarde se oyó decir que los servios habían expulsado a los soldados del emperador y ahogado a éstos en el Sara. Todor, que acababa de cumplir diez y ocho años, fue llamado a las armas. Mihai lo llevó con su carreta a la estación y lloró al separarse de él. Después de hacer tres meses de instrucción militar en Cluj, Todor les escribió que partiría para el frente. Ana preparó una canasta con alimentos y fue a verlo. Cluj era como un hormiguero de gentes de todas las edades, desde el muchachón barbilampiño hasta el viejo achacoso, todos enfundados en uniformes grises y gastados. Con gran dificultad, Ana pudo comprar en la ciudad guantes y medias de lana para Todor, porque su regimiento partía hacia Rusia. Tuvo que quedarse seis días en Cluj, pero habló muy poco con su hijo. La angustiaba el temor que adivinaba en sus ojos: lo veía contener las lágrimas con dificultad y hacer esfuerzos para no abrazarse a su pecho, impotente. Y por eso mismo ella se vio obligada a hablarle siempre con tono severo. Cuando se dijeron adiós, Todor le dijo sonriendo con amargura: —Madre, usted sí que hubiera podido ser un buen sargento... Cuando volvió a la casa todos los trabajos domésticos cayeron sobre sus hombros. Mihai estaba todo el tiempo ausente en sus trabajos. El capitán Bornemisza no marchó hacia el frente, porque sufría de reumatismo. Pero siempre vestía el uniforme militar, ceñía la espada y quiso introducir en el dominio una disciplina de cuartel. Una de las noches en que Mihai estuvo ausente, Ana oyó en el patio extraños ruidos y el gruñido de los cerdos. Las muchachas que se despertaron asustadas, la miraban con los ojos casi de fuera, y Emilia se puso a gritar: —¡Son los gitanos que han llegado... nos van a matar! —Cierra esa boca, le dijo Ana, y abriendo el baúl en que guardaba el dinero, sacó la pistola, vistió un abrigo de su marido y salió de la casa: —¿Quién va? gritó ella enronqueciendo la voz, lo que no era del todo necesario, porque tenía una voz hombruna. Sin esperar la respuesta, disparó. La pesada pistola no tembló en sus manos. Alguien lanzó un grito agudo, prolongado. —¿Quién anda allí?..., y volvió a disparar. Se escuchó el ruido de pasos y el chirriar de un carro. Ana se precipitó a la habitación de los porquerizos y los despertó con insultos terribles. —Durmiendo... ustedes durmiendo..., gotosos... y los ladrones entre los cerdos... —¿Y qué cree usted, comadre Ana, que vamos a levantarnos para que nos maten por los cerdos del conde? —Arriba, vayan a juntarlos, porque se han escapado.... Se había convertido en una mujer autoritaria, sin nada dulce en su carácter. Cuando quería acariciar a Pavel lo hacía a escondidas, como si temiera que al ser sorprendida así, le perdieran el respeto. A Pavel todo le estaba permitido, desde revolcarse en el barro con sus trajes nuevos de terciopelo, romper los vidrios, subirse a los árboles y pelearse con cualquiera, seguro que el que osara levantar la mano contra él lo pasaría muy mal. El mismo día en que supieron que Rumania entraba a la guerra, recibieron un papel bordeado de luto. Todor había desaparecido en un combate en Galicia. Mihai estalló en sollozos, golpeándose la cabeza contra la mesa. También Ana lloró y durante dos días no le dirigió la palabra a nadie. Un hombre de la aldea vecina que regresó tres meses más tarde, les contó como se había librado la batalla. Los cosacos se precipitaron gritando, silbando, agitando sus espadas, blandiendo sus lanzas y barriendo todo a su paso, Todor Mot, que estaba tumbado boca abajo en la primera línea, se levantó con la cabeza desnuda, lanzó su fusil y alzó los brazos. Fue

todo lo que el vecino alcanzó a ver, porque la avalancha de los caballos lo envolvió. Apenas sintió el aliento cálido de un caballo levantándose sobre sus patas traseras, oyó un silbido y en el mismo instante sintió un dolor inmenso, y su brazo que saltaba a lo lejos separado del codo. Según él, Todor no había sido muerto por los cosacos, era posible que estuviera prisionero. Después vinieron momentos más difíciles. Todo el mundo estaba contra los rumanos, y hasta el capitán Bornemisza ya no trataba a Mihai con amistad, aunque lo necesitaba. Ese invierno Iosif vino a visitarlos. Había envejecido y parecía un señor. Les dijo que sabía de un hotel que se vendía cerca de la estación de Dobritzin. —Sería un negocio excelente... la estación está a dos pasos y los marchantes constituirían su clientela... Lo podríamos comprar juntos, porque yo también he puesto de lado algún dinerito... —¿Pero, cómo nos vamos a quedar entre los húngaros? —exclamó Mihai, colérico como nadie lo había visto hasta entonces—. ¡Ya estoy harto! ¿No lo ves? ¡Mis hijos apenas saben el rumano! ¡Ya estoy harto! Y se volvió hacia Ana con rabia. ¿Tú no te sacias nunca, pensarás comprar todo el país rumano? En cuanto a mí, ya he comido bastante el pan amargo del extranjero. —¡La verdad es que no ha sido tan amargo!, exclamó Iosif con indulgencia. ¿O piensas que es mejor ser pobre en tu aldea? —Ya lo creo. Lo mejor hubiera sido no haber venido nunca acá... —Déjalo en paz, Iosif, —dijo Ana, mirándolo con desprecio—. Son cosas que le dan cada tanto... no se da cuenta de lo que dice... Pretende que está harto de la buena vida... ¡Quiere ir a emborracharse en la taberna de Lunca con todos esos ociosos! En cuanto a la compra, ya reflexionaremos... dejemos un poco a ver como van las cosas... —Si alguien no lo compra antes que nosotros..., porque el negocio es muy bueno... —No tenemos nada que reflexionar, dijo Mihai levantándose como si estuviera a punto de lanzarse contra ellos. Volveremos a nuestra casa a Lunca. Desde ese día ya no pensó más que en el regreso. El fin de la guerra se acercaba. Se supo que los alemanes habían pedido la paz a los franceses y a los ingleses. Fue entonces cuando estalló la revolución en Hungría... Mihai se fue a Szolnok para sacar su dinero del banco. La ciudad estaba casi desierta, los negocios saqueados, las calles sucias, las gentes haraposas y asustadas. Cuando vio el edificio del banco se le heló el corazón: estaba perforado de balas, con los vidrios rotos, con las maderas de las ventanas destrozadas. En lugar del gordo director, con su barba blanca y sedosa, Mihai encontró a un hombre flaco, tembloroso y aburrido, el cual, después de mirar y considerar con desprecio la libreta, le dijo que en seguida le traería todo el dinero. —Discúlpenos, dijo Mihai inclinándose, nosotros no somos de aquí, tenemos que volver a nuestra tierra... —Y qué... —Que quisiera que usted me devolviera las piezas de oro que yo he depositado... El hombre del banco daba la impresión de que iba a estallar de tanto reír. De sus ojos descoloridos; corrían lágrimas, golpeábase las manos, y se inclinaba sobre el escritorio, como un gusano. —Desde el tiempo de su Majestad Francisco José, no había oído un chiste semejante... ¿Oro?... ¿Oro?... Le voy a dar, señor Mot, dos bolsas de billetes, con ellos podrá encender su pipa hasta el día de su muerte, venga... Mihai lo siguió sin comprender nada. Recién cuando miró ante él un volcán de billetes de banco, de esos que no tenían ya ningún valor, se dio cuenta de lo que había sucedido. Se lanzó contra aquel hombrecito alegre que estaba frente a él, quiso estrangularlo, lloró, estuvo a punto de arrodillarse. El otro se sintió apiadado:

—Y bien, amigo, ¿usted no lo sabía? Las grandes familias históricas, señor Mot, no tienen ni un centavo. Las tradiciones húngaras se han desmoronado. La conversión... la conversión... —¡Yo estaba en la Pusta, no podía saberlo, gimió Mihai... en la Pusta! Vino la guerra... después la revolución ... pero yo no podía saber lo que pasaba, señor... querido señor... Hace diecisiete años trabajo, penando, he sido sirviente... —Lo siento sinceramente, pero no puedo hacer nada... Se vio en la calle con los fajos de billetes de banco bajo el brazo. Eran centenares de millones, con los cuales apenas hubiera podido comprar una vaca flaca. Entró en una taberna, se puso a beber y a medida que su cabeza se envolvía en neblinas, sintió una paz mortal que lo anestesiaba. No supo cómo regresó a su casa. Un hombre de la aldea lo recogió en el mercado y lo echó en una carreta. Durante todo el camino Mihai estuvo acostado de espaldas, mirando el cielo azul de primavera. Cuando Ana lo vio se asustó. Lo tomó por los brazos y lo transportó a la casa. Mihai se dejó acostar en la cama y mucho más tarde apenas balbuceó: —Tendremos que regresar a nuestra tierra como salimos. No tenemos ni un centavo... —¿Cómo? —rugió Ana, precipitándose sobre él, pero Mihai se había dormido. Desde aquel día empezaron a esconderse el uno del otro. Cuando Mihai regresaba a almorzar, Ana estaba en el fondo del patio. Por la noche, aquél dormía en el granero. En la casa las muchachas caminaban sin hacer ruido, como si hubiera un muerto en la habitación. Durante la noche, se acostaban juntas en la misma cama y juntas lloraban por sus sueños desmoronados. Ana les oyó y tomando una escoba de tras la puerta, precipitóse sobre ellas, y las golpeó hasta que no pudo más, en seguida se emborrachó con aguardiente. El capitán Bornemisza, que constituía para ellos su última esperanza, regresó de Budapest y, en lugar de recompensar en alguna forma lo que ellos habían hecho, salvarle la fortuna, llamó a Mihai y le dijo que hiciera sus maletas y se marchara. Él también estaba arruinado, pobre como un ratón de iglesia y pensaba vender su hacienda a un industrial, y esperar la resurrección del Dios de los húngaros... —Habrías hecho mejor quedándote en tu aldea, Mot... Allá han hecho ya la reforma agraria. Ayer mismo conversé en el café Pretzlel con el conde Szecheny de Satu Mare... Llegó a Budapest con sólo lo que tenía puesto... Ustedes, los rumanos, han sido más inteligentes, porque si no también los hubieran quemado... Imagínate ... En Budapest me han tomado como rehén, si no... —¡Que Dios acabe con todos ustedes!, gritó Mihai con una voz aguda casi infantil. Y corrió a lo largo de la orilla del Tisa, buscando un lugar donde ahogarse. Mis hijos ya son grandes y podrán ganarse el pan, pensó. Fue allí que lo encontró Ana. Se sentó a su lado con el mentón apoyado en las rodillas. Sin verle los ojos, hablaba como si se dirigiera al agua. —Oye Mihai, lo que se perdió se perdió para siempre ... Tenemos tres vacas, seis cerdos bien gordos, muebles ... Venderemos todo eso y compraremos la tierra que podemos obtener... No te amargues más... Todavía, gracias a Dios, nos quedan fuerzas... En enero de 1920 regresaron a su aldea, a su antigua casa. Las muchachas lloraron cuando iban dejando tras de ellas el Tisa, de ondas menudas, la Pusta, la casa donde habían crecido, el patio desierto con su verja que brillaba en la luz cruda del sol frío, el castillo medio destruido por los obuses, de donde los sirvientes sacaban los muebles y las pertenencias del capitán Bornemisza. En Arad vendieron su ganado y los muebles innecesarios y así reunieron algún dinero. Mihai no demostraba ninguna alegría al regresar a su aldea y su corazón no se conmovió cuando miró la torre de la iglesia alzarse entre los viejos castaños. Pasaron en la carreta por el camino, seguidos por las miradas curiosas de los aldeanos, que ya no los reconocían, y se dirigieron hacia la orilla del Tisa. Cuando divisaron su antigua casa, abandonada, con sus

ventanas cubiertas de planchas de madera podrida, con el techo destruido por las lluvias, las nieves y los calores tórridos, con los cercados en los que habían crecido hierbas altas, Emilia escondió su cara entre las manos y se echó a llorar a gritos. Ana le dio una sonora bofetada. —¿No es una vergüenza que yo y tu padre trabajemos como trabajamos para que tú estés así llorando? ¡Deja de llorar! Con el poco dinero que obtuvieron compraron un lote de cuatro arpantes de tierra a un gitano, Creitzar, que lo había recibido por la antigua ley de reforma agraria, de antiguo dominio del archiduque.... El gitano había regresado del frente del Piave, un poco trastornado, caminaba siempre dando órdenes y lanzando palabrotas en alemán. Mihai, aconsejado por Ana, se dirigió a las autoridades para que le dieran otros cuatro arpantes de tierra de la propiedad del conde, como indemnización por Todor, su hijo, que había muerto en la guerra. Pero las tierras de ese dominio que no habían sido repartidas, unos cuatrocientos arpantes, habían sido adquiridos por el barón Romulus Popp de Zerind, para sustraerlos a la iglesia católica, que quiso apropiárselos. Con el dinero que les quedó, Ana y Mihai repararon la casa. El carpintero de la aldea, que era un poco pariente de ellos, no les cobró mucho. Se sentían con todo un poco extranjeros en aquella aldea. Sus conocidos habían muerto desde hacía tiempo. A Miklos lo sacaron un día de invierno, helado, del lecho del río. Ana no se quejaba de nada. Pintó la casa de azul, limpió el patio arrancando la maleza, aró la tierra en el huerto, sacó las malas hierbas y plantó legumbres, y hasta consiguió tener algunas aves. Mihai, en cambio, se había vuelto perezoso. No quería hacer nada y cuando emprendía algún trabajo pasaba en él horas enteras sin terminarlo. Tampoco quería salir a trabajar al campo, con el pretexto de que sentía dolores en el corazón. A Dumitru, un hermano menor de Mihai, Ana hizo creer que no habían regresado de Hungría enteramente pobres, como decían en la aldea, pero que no podían vender los tesoros que de allá habían traído, sacados de la casa del conde durante la revolución. Dumitru era un buen hombre, que nunca había tenido mucha suerte. Su mujer había muerto tuberculosa, unos seis meses antes y le había dejado un niño de dos años, Mitru. Vivían en la misma callejuela que Ana, en una vieja y destartalada casucha, cerca del barrio de los gitanos. Ana le aconsejó mudarse con ellos para que la criatura estuviera mejor cuidada. Pero todo eso escondía la intención de que Dumitru la ayudara en los trabajos, porque Mihai seguía sin querer ocuparse de nada. Languidecía horas enteras sentado en un banco del jardín, debajo de un manzano, con una biblia en las manos, sin leerla, contemplando indolente el curso del río, las nubes o la cresta azul verdosa del horizonte, y los últimos árboles de aquel bosque secular de antaño. Así pasaba, sin darse cuenta del tiempo, hasta que algún dolor en el pecho le atravesaba como un puñal y las lágrimas brotaban de sus ojos. Ana soportó todo durante un tiempo, después empezó a hacerle reproches severos. Mihai la miraba con sus ojos verdes, ahora descoloridos, y le contestaba algún desvarío: —No me perturbes... lloro con mi corazón a Todor, que ya no está entre vivos, sino junto al Señor... Asustada, Ana lo dejaba tranquilo. Fue una suerte para ella encontrar a Dumitru, que era un hombre bueno, que nunca protestaba por nada, aunque trabajaba de la mañana a la noche gratuitamente, en espera de una recompensa. Ana tenía tantos quebraderos de cabeza: Emilia seguía estudiando en la Escuela Normal, y sólo le faltaban tres años para poder trabajar como maestra de escuela. Anutza se había empleado en las oficinas del ferrocarril y esperaba poderse comprar con su salario lo necesario para su boda. Pavel estaba inscrito en el liceo comercial, en el primer curso. Emilia estudiaba bien y dos veces por mes le escribía, contándole de las alabanzas que hacían de ella los profesores, prediciéndole un bello porvenir. Pero a Pavel la escuela no le gustaba. Ana iba todos los meses a ver al director, que repetía siempre los mismos informes:

—No es un muchacho tonto... Es más bien inteligente... Pero no se lo que tiene... Toda la escuela junta no me da tanto trabajo como su hijo... Háblele usted, hágale ver cuántos sacrificios le cuesta hacer de él un hombre, tal vez a usted la escuche... Si no... yo no podré soportarlo en mi escuela. Ana callaba, apretaba los dientes y pensaba: "Dios te castigue a ti... lo que sucede es que no quieres que los muchachos pobres estudien en tu escuela..." Sólo se sentía feliz cuando Pavel volvía a la casa para las vacaciones. Entonces no sabía como agasajarlo, le hacía todos los gustos y no lo sermoneaba ni siquiera cuando lo sorprendía fumando. "No vale la pena, pensaba, todos los hombres fuman". A veces recordaba también a Todor y pagaba unas misas al cura Pinteriu para que su hijo reposara en paz en aquellas lejanas tierras. Trataba de evocar su imagen, pero en sus ojos sólo se dibujaba la figura de un niño pequeño, taciturno, callado, que no había siquiera tomado gusto a la vida. Hubiera deseado saber que estaba por lo menos enterrado en el cementerio de la aldea donde reposaban sus familiares. Emilia estaba ya en el último año de la Escuela Normal, cuando durante las vacaciones de Pascua, Ana oyó de pronto una noche los estertores de Mihai que se debatía en el sueño. Se levantó, recogiendo sus cabellos grises, tanteando en la oscuridad en busca de su pañuelo. —Ana..., gemía Mihai .. no sé lo que me pasa... —Te torturas con tantos pensamientos..., murmuró ella... Apártalos. Ya ves... vamos viviendo nosotros también... —Para qué..., murmuró él. Un sudor frío lo cubrió de pronto. Trató de incorporarse, sin conseguirlo. Ana, dijo avergonzado, quisiera ir al retrete... pero no puedo... —Espera, dijo Ana y se vistió rápidamente. Prendió la lámpara, con el cuidado de bajarle la mecha, para que Pavel y las muchachas que dormían en la otra habitación, no se despertaran. Anutza también había vuelto de vacaciones ese mismo día. —Apóyate en mí... —Eres fuerte como un hombre, Ana... Salieron fuera, vacilantes. Mihai miró en su rededor, después hacia lo alto. En el cielo una luna redonda corría entre las nubes. Temblando dijo: —Volvamos a la casa, entremos, tengo mucho frío... —Sí, está un poco fresco... vamos... —Quisiera fumar un cigarrillo... Ella se esforzaba por sostenerlo. Era pesado, como la arcilla. Lo acostó sobre el lecho, luego le alcanzó la caja de tabaco y el papel de cigarrillos. Los dedos de Mihai temblaban. No pudo armar el pitillo. —Déjame que yo te lo haga, dijo ella. Derramas el tabaco y es caro. Le alcanzó el cigarrillo ya hecho, pero Mihai ya no respondía. Respiraba penosamente. Trató de decir algo, articulando algunas palabras. —Ana, para que demonios hemos penado... nosotros ... tanto... Se empañó su mirada. Un como cartílago helado se extendió sobre su corazón y quedó inmóvil. Ana le cerró los ojos. Encendió un cirio, lo colocó entre sus dedos, que empezaban a enfriarse. Se calzó las botas, corrió a buscar a Dumitru y juntos, esa misma noche, lo lavaron, le cortaron la barba, le pusieron un traje nuevo, y encendieron dos grandes cirios adornados con cinta azul, que habían guardado desde el bautismo de Pavel. Cuando todo estuvo listo, pasó a la pieza vecina y despertó a sus hijas: —Levántense, Ana y Emilia, su padre ha muerto...

GEORGE CĂLINESCU Un desconocido
¿Qué sentimientos experimentaba el señor Nicu Electoru cuando, sentado en el cabriolet al lado del Profesor Adam Celareanu, hacía chasquear el látigo sobre el anca de dos caballos blancos tirando del coche que se deslizaba sobre la ruta, bajo una luna llena, enorme y roja, como un plato de cobre recién retirado de las brasas? El Profesor Adam Celareanu, al contrario de su compañero de ruta, parecía encantado con el espectáculo de aquella noche de luna, que contemplaba ensimismado y que sin duda habría puesto en peligro el equilibrio del cabriolet, si fuera él el conductor. Aunque en gira electoral y apasionadamente preocupado por los problemas políticos, amaba la naturaleza y se emocionaba con lo bello y lo sublime. Su mímica expresaba todos los matices de esa admiración. Su mirada se tornaba a veces hacia el señor Nicu Electoru, en la esperanza de encontrar una afinidad con sus sentimientos. Pero el señor Nicu era impasible, no manifestaba ni entusiasmo ni reserva, ni alegría, ni tristeza, sólo la atención reposada en las riendas que manejaba con una sonrisa cortés. De pronto, mientras el Profesor se planteaba la cuestión de averiguar si en los valles lunares crecería alguna vegetación, como los sicómoros, los pinos o los nenúfares, un brusco salto lo sacó de su asiento. Y por poco vuelca el coche. El conductor le hizo observar respetuosamente que la ruta era muy quebrada y Adam Celareanu tuvo que volver de sus sueños. —¿Por qué será tan malo el camino? Nicu Electoru describió unos círculos en el aire con su látigo fustigando los caballos, y dijo simplemente: —Los campesinos rehúsan hacer el trabajo gratis. Cada uno se va por su lado, buscando trabajo remunerado. Celareanu recordó un discurso pronunciado por un jefe del Partido Liberal, cuando anduvo en gira de propaganda por las cabezas departamentales, en víspera de las elecciones de 1907. Aquel personaje, con gesto grandioso, pasando sus dedos entre sus cabellos aleonados, que dejaba crecer imitando a Barbu Delavrancea1 exclamaba: —Nos ocuparemos, antes que nada, de las vías de comunicación, factor esencial del desarrollo de la economía nacional y del bienestar del pueblo rumano. El petróleo y los cereales, esos dos importantes productos de Rumania, para ser transportados necesitan caminos, vías férreas, puertos. Atravesaremos la Rumania entera con rutas más perdurables que la Vía Apia. Los campesinos perdidos en el fondo inexplorado de las montañas, podrán venir a las ciudades para vender sus productos. Centenares de miles de brazos, hoy sin empleo, encontrarán trabajo, y así los campesinos, esa clase tan castigada, podrán ganar su existencia honestamente y reconstruir sus hogares. Después de esa tirada inspirada, el orador bebió un trago en su gran vaso de agua, lanzando una mirada de satisfacción al frente y a los costados, como si realmente se encontrara en el cruce de dos rutas monumentales, recientemente pavimentadas. Poco tiempo después llegó un hombre de Estado, miembro del Partido Conservador, quien con la misma vehemencia que el primero, agitando sus bigotes, que según la moda de aquellos tiempos le crecían como dos tirabuzones bajo la nariz, divulgó cosas terribles. —Desde lo alto de esta tribuna, yo le pregunto al señor Sturza qué han hecho los liberales para establecer una relación estable entre los campesinos y las ciudades, entre Rumania y los
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Escritor clásico rumano, autor de cuentos y dramas.

mercados extranjeros, que adquieren nuestros productos, qué han hecho para utilizar la mano de obra de nuestro país. Yo me permito plantear este interrogante... El orador calló un instante, como si la respuesta pudiera caer del cielo, y como no llegara, continuó: —Los liberales hacen una pura demagogia, prometiendo montes y maravillas. Quieren hacernos pasar a nosotros, a la clase que protege las tradiciones y los tesoros de nuestra nación, como causantes de los infortunios de los campesinos. Con su concepción simplista, los campesinos verán caer del cielo el maná celeste, el día en que las propiedades de los boyardos se les repartan. Personalmente acepto esta solución, si el mismo Partido Liberal, en el seno del cual figuran tantos grandes terratenientes, cuyos nombres por discreción no quiero divulgar, lo acepta. (Vivos aplausos. Se grita: ¡Sturza, Bratiano!). En realidad, señores, debo decirles una verdad: no existe bastante tierra laborable para contentar a todo el mundo, por lo tanto, fatalmente, la prosperidad del país debe estar en manos de una clase restringida e histórica, que posee los medios de realizar en forma moderna su explotación. Decidme si un campesino puede permitirse comprar una segadora mecánica, una 'Victoria Drill'... Esta última frase produjo un efecto indescriptible en la sala llena de terratenientes y de fuertes granjeros... Ante ese argumento irresistible aplaudieron largamente con sus dedos regordetes, llenos de anillos de oro. —A mi entender, continuó el orador, retorciendo las puntas de sus bigotes, la solución reside en el empleo de la mano de obra en las canteras de la construcción nacional. Necesitamos instalaciones portuarias, silos, puentes, vías férreas, rutas... ¿Qué se ha hecho para todo esto y cómo se ha hecho?... Apenas conseguimos liberarnos de las concesiones extranjeras que gravaban ferrocarriles y pensamos en someter de nuevo nuestros recursos nacionales al capital extranjero... Adam Celareanu, que había escuchado los discursos citados, admitía las verdades expresadas por cada orador, consideradas parcialmente parecían indiscutibles, pero que sentía viciadas por un sofisma esencial, que no alcanzaba a descifrar. Esos bellos discursos tenían sólo un efecto de gran desfile, y terminaban siempre en el mismo restaurante con un banquete en que se servía champagne Pommery de Rheims, y para alentar la industria nacional, vino Rhein seco de Azuga. Se realizaban al mismo tiempo algunas demostraciones prácticas. Los liberales desparramaban canto rodado a lo largo del camino departamental y hacían pasar sobre él una aplanadora. En nombre del Partido Conservador, el más grande propietario local, cuyo dominio cubría dos aldeas enteras, ofrecía un espectáculo a su costa, haciendo reparar la ruta comunal, con hombres que él pagaba y recubriéndola a su vez de montículos de piedrín. Cuando las elecciones terminaban, las cosas quedaban así. Era una ruta electoral como ésta la que hizo saltar de su asiento en el cabriolet al señor Nicu Electoru. Los dos viajeros atravesaron las aldeas de Mireasa, Gavana, Bivoli, Birca, anunciadas en voz baja por el señor Nicu, a la luz de ese crepúsculo lunar, cruzando por entre cortinas de acacias. Las chozas miserables de las aldeas, apenas se destacaban sobre el fondo sombrío de los campos. Contagiado por la melancolía del ambiente, las meditaciones del Profesor Adam Celareanu se vieron bruscamente interrumpidas cuando, al asomar a la aldea casi invisible de Plosca, un clamor caótico se elevó como un concierto lúgubre de ladridos de perros. —¿Qué sucede?... preguntó Celareanu, en mi vida oí ladrar tantos perros juntos... —Y bien, explicó simplemente el señor Nicu Electoru. Esta aldea fue incendiada y está hoy casi desierta. Sus habitantes fueron en gran parte fusilados, cuando la rebelión del año pasado (1907), otros huyeron fuera por temor o por falta de tierra. Los perros que han quedado acá, aúllan a su gusto en los patios vacíos y se alimentan a la buena de Dios. En la aldea de Ghebosi, un espectáculo feérico lo sacó de sus meditaciones. Bajo el claro de luna, en una vasta extensión del paisaje, a un lado y otro de la ruta, se formaban pantanos

en una ordenación ingeniosa, que parecía creada por un arquitecto hidráulico. El Profesor, lleno de entusiasmo, pensó en los más célebres trabajos de ingeniería hidráulica. El gran pantano estaba formado por una infinidad de pequeños charcos circulares alrededor de los que crecían hierbas, que parecían juncos. Reflejada en esos innumerables lagos redondos, la luna se multiplicaba milagrosamente en decenas de planetas. De cerca y de lejos se oía el croar de las ranas, cuyos sonidos de flauta se mezclaban al canto de las cigarras, formando un delicioso concierto, muy del agrado de Adam Celareanu. —Ignoraba que existieran estos parajes... un estanque... casi un parque... según lo que veo... ¿será un dominio?... —No, replicó el señor Electoru, cuando la sublevación del año pasado, la resistencia fue aquí particularmente encarnizada, y la artillería, para destruir las chozas, labró tan profundamente la tierra con los obuses, que cavó en ellas estos enormes huecos... más tarde las lluvias los anegaron... Adam Celareanu tembló como si un hielo glacial lo hubiera alcanzado. Cuando pudo recuperar su equilibrio interior, se echó a reflexionar de esta manera: —Gastamos una energía extraordinaria para destruir los monumentos y exterminar a los hombres, el arte del ingeniero se emplea para fabricar cañones, logramos milagros de organización para alimentar ejércitos de combate, y no podemos, sin embargo, pavimentar una ruta ni alimentar una población apacible. En la estructura social debe existir un vicio que hay que descubrir y remediar. Al llegar a la aldea de Cruntzi, detuvieron al cabriolet frente a una taberna para dar un respiro a los caballos. A pesar de ser día de trabajo, un gran número de hombres, a los cuales era difícil calcularles la edad, dado que todos llevaban barbas hirsutas en sus caras extenuadas, y miradas apagadas, ocupaban las mesas, llenas de pequeñas copas. Entre ellos se hallaba una mujer que tenía en los brazos una criatura, a la que, para calmarla, le daba de tanto en tanto pequeños sorbos de tzuica. A la luz vacilante del fuego que ardía frente a la puerta, el grupo parecía animado de una alegría extraña, vecina al sarcasmo. Adam Celareanu les dio las buenas noches y tomó asiento cerca de ellos durante unos instantes. Cuando, con toda discreción preguntó a la mujer si no creía que su hijito lloraba de hambre, un campesino le respondió en lugar de la madre: —¿Con qué podrá alimentarlo ella, mi buen señor? No tiene leche y por cierto que por aquí no hay ni buen pan, ni bizcochos. Aquí no hay más que aguardiente. Adam Celareanu le sugirió que con el dinero que gastaban en alcohol podían comprar otro alimento más apropiado. Adivinando su pensamiento, los campesinos se pusieron a informarle más a fondo. —Vea usted, señor, nosotros no tenemos un solo centavo en la bolsa. Bebemos tzuica porque nos la dan al crédito y la pagamos con nuestro trabajo, y de este modo engañamos el hambre. Según estos hombres la taberna pertenecía al señor del lugar que la alquilaba al cabaretero, quien a su vez pagaba el alquiler con el trabajo de esos clientes que tomaban aguardiente al crédito. Uno de ellos, el más joven, plantándose su bonete sobre los ojos, se puso a recitar un estribillo que definía cual era la situación alimenticia en aquella aldea de Cruntzi: Vamos bajo un cielo... a vender el carro y los bueyes sembremos en el bosque... uvas secas y repollos.

En ese momento, al claror de la luna avivado por el reflejo de las llamas, apareció una figura extravagante. Una vieja mujer que vestía una falda atada a la cintura con una tira de cuero y cuyos cabellos blancos, hirsutos y desatados, eran cortos para una mujer. Algo así como el rey Lear, la cual se puso a golpear el suelo con sus pies, ejecutando ella sola una sirba y profiriendo gritos agudos: ¡Hi, hi, hi, hi, Hi, hi, hi, hi! Danzando con indecencia demoníaca, aproximóse al pozo, cuyo brocal de troncos era muy bajo, y cuyo balancín mantenía suspendido sobre su cabeza, igual que una cuerda de horca, el gancho al final del cual estaba atado el balde. —Escucha, gritó un viejo... cuidado, no se vaya a caer de nuevo al pozo... —Si cayera, observó la mujer que daba de beber tzuica a la criatura, tanto mejor para ella... —¿Es una loca?, preguntó Celareanu. —Tiene pelagra, señor, respondió su vecino de mesa. Adam Celareanu repasó en la memoria otros puntos sobre los cuales habían insistido de manera idéntica, en sus discursos electorales, el corifeo de la melena hirsuta y su adversario conservador, el hombre con los bigotes a lo Cyrano de Bergerac: —La salud de la clase campesina es un problema que examinaremos con todo el cuidado que merece. La miseria fisiológica de los aldeanos debe ser combatida con una alimentación abundante y racional. Por medio de los bancos populares, levantaremos el nivel de vida de las aldeas, poniendo a disposición de los campesinos los créditos que necesiten para cultivar sus tierras de modo más científico y abundar así sus ingresos. No nos detendremos ante ningún sacrificio... etc… Al llegar a Scoarta, los dos viajeros se vieron obligados a detenerse de nuevo, para apretar una de las ruedas del carruaje, que se había aflojado. Mientras se hacía el trabajo, Adam Celareanu penetró en aquella casa campesina a la que las paredes exteriores, blanqueadas con cal, le daban un aspecto cuidado. Al entrar, lo golpeo el insoportable olor que se sentía en la habitación, demasiado reducida para el número de personas que vivían en ella. No contenía más que una tabla ladera recubierta de manojos de juncos colocados a lo largo del muro de cada lado de la chimenea. Sobre el armazón de la cama estaba acostado un viejo y su mujer, un hijo y la nuera, otro hijo más joven, la hijita de la joven pareja y un muchachito. Una lámpara de petróleo, colocada sobre una pequeña mesa, alumbraba esta especie de asilo nocturno. Cuando Celareanu penetró en la habitación, conducido por un hombre de cierta edad, otro de los hijos del viejo que dormía en el granero, el anciano y el hijo casado, se incorporaron al borde de la cama, posando en tierra sus pies desnudos, que con timidez encogían y extendían separando los dedos. Celareanu se sentó sobre un banco. Fue entonces cuando escuchó un débil gemido y vio que el muchacho rodaba la cabeza de un lado y de otro, como afiebrado. —¿Qué tiene el niño?, preguntó. —Señor —respondió la madre, junto a la cual estaba acostada la criatura—, tiene fiebre, con temblores cuando llega la noche, y languidece así todo el día. Hace dos años que está así. Se pone peor en otoño, en invierno parece mejorar un poco. —¿No lo hizo ver por un médico? ¿No hay aquí un médico comunal? —Sí, hay uno, del lado de Moara-Saraca, dijo el padre del chico, interviniendo en la conversación. Pero no pasa nunca por acá. No tendría mucho que ganar con gente tan pobre como nosotros. Antes de las elecciones llegó un señor, un diputado, que decía ser médico.

Anduvo de casa en casa, cuando vio a nuestro chico nos dijo que tenía la fiebre de los pantanos. Hasta nos dio unos pesos para comprar medicinas. La vieja intervino: —Como podía ser fiebre de pantanos, si por aquí no hay pantanos. El padre del chico, con un poco más de respeto por la ciencia, no le dio la razón a la vieja. —No compramos los medicamentos. No teníamos el dinero necesario ni los medios para ir hasta la ciudad, Además, el diputado nos dijo que los remedios no tendrían ningún efecto, ningún resultado, si el chico no estaba bien alimentado. Nos aconsejó a todos que comiéramos carne y pan blanco... y al decir esto rió con amargura. La gente de por aquí sólo comemos un hervido de maíz, señor. Algunas veces maíz cocido bajo la ceniza, otras, un poco de verdura, según la estación. En cuanto a la carne, no la hemos probado desde el día de nuestro casamiento. —No sé lo que puede tener, añadió la madre, completando la frase de su marido. Tiene siempre el vientre hinchado y algo que se le retuerce por dentro, como si tuviera serpientes en todo el cuerpecito. Dios quiera que no sea eso. —Baja, pequeño, para que el señor te vea... —la madre empujando la carpeta que le servía de frazada, bajó de la cama y al hacerlo se vio que estaba encinta. Hizo descender al chico y con un movimiento brusco le arrancó la camisa de tela gruesa, toda remendada y demasiado corta para él. Ante este espectáculo, Adam Celareanu se sintió profundamente emocionado. El chico tenía los brazos y las piernas descarnadas, flacas como palillos, el pecho revelaba de una manera brutal la caja torácica, unos grandes ojos negros que miraban espantados, los labios cenizos, sólo su vientre era redondo e inflado como un odre. —Deben darle quinina, les aconsejó Adam Celareanu. Yo se la enviaré de la ciudad. —¿Será usted también diputado?, preguntó la madre. Celareanu, intimidado por lo que parecía una ironía hacia él, respondió evasivamente. —No, es decir sí, tal vez.. El viejo, que hasta entonces, como reflexionando, movía y apartaba los dedos de los pies, escupió en el suelo y expresó su opinión: —Para qué darle quinina, de qué le serviría quinina... nosotros sabemos bien de donde viene su mal... hay otros remedios para eso... —Cuéntale al señor, como sucedió, le dijo la vieja como alentándolo... —Bueno, siguió el viejo, le voy a contar... hay gentes muy malas en este mundo... Tenemos un vecino que juntó unos pesos, haciendo acarreos, yendo de un lado a otro por el país, aprendió a cocer ladrillos. Fabricó un horno para cocer sus propios ladrillos y se puso a construir una casa de ladrillos como en la ciudad. —Era su mujer quien lo instaba a hacerlo así... —adujo la madre del niño. —Ya lo creo, admitió el viejo. Usted sabe que las casas de ladrillo son malsanas. Las casas deben ser hechas con adobe, mezclando estiércol de vaca con tierra, para dar calor. Los ladrillos son muy pesados para la tierra. Cuando el vecino estaba haciendo su casa, la mezcla no cuajaba y se desmoronaba. Y sabe lo que se le ocurrió a ese mal hombre, conquistar a nuestro pequeño Tilica, y por un pedazo de pan lo hacía quedarse frente al muro en pleno sol, hasta que consiguió enmurar su sombra. Desde entonces nuestro muchachito va de mal en peor y se comprende, porque le ahogó el alma. Ante esta obtusa y nefasta superstición, Adam Celareanu creyó inútil replicar. Además, en ese momento, Nicu Electoru le invitaba a subir al cabriolet. Celareanu recordó que los oradores, tanto conservadores como liberales, en vísperas de elecciones hacían cuestión de honor el prometer más cultura para las aldeas, por medio de escuelas, de bibliotecas populares, de conferencias "para que el pueblo rumano, liberado del oscurantismo, pueda marchar por la vida luminosa de la civilización".

Es el momento de explicar como Adam Celareanu efectuaba aquel viaje en cabriolet al lado del señor Nicu Electoru. Después de haber hecho estudios en el extranjero, Celareanu fue nombrado profesor de ciencias en un liceo de provincia. Su padre también había sido profesor. Por lo tanto sin ningún lazo con la vida campesina. En cuanto a su nombre, Celareanu, provenía de Celarean, por una modificación que trataba de distinguirlo de los muchos miembros de su numerosa familia que habitaba la ciudad. Cuando se produjo la sublevación de 1907, Celareanu tenía casi cuarenta años. Era un hombre honesto, soltero, que había vivido siempre sólo con sus libros, y el acontecimiento lo sorprendió. Habituado al método exacto de las ciencias, hizo su propia encuesta sobre la situación, sin dejarse influenciar por consideraciones ni opiniones interesadas. Sus conclusiones fueron aterradoras. Según su juicio, allí donde la inmensa mayoría de la población productiva vivía en terrible miseria, sin ninguna posibilidad de hacerse escuchar, el país iba a la catástrofe. No disponiendo de una suficiente documentación política, llegó a dos conclusiones sacadas de la naturaleza misma de los hechos. Primero: que en lugar de apuntar cañones sobre los campesinos, lo más natural era dejarlos expresarse libremente y decidir de la organización de Estado, es decir darles el voto universal. Y en segundo lugar, el problema agrario. Cualquiera que fuera la solución, la desigualdad de fortunas en favor de un puñado de grandes terratenientes, le pareció muy precaria. Era preciso que la tierra perteneciera a los campesinos. En resumen, su programa mínimo era: otorgar a los campesinos el derecho de expresarse libremente y darles la propiedad de la tierra. Celareanu constató que otros intelectuales pensaban como él y afirmó su fe en sus conclusiones. En una conferencia pública, que se realizó en su ciudad natal, Celareanu tuvo un suceso inesperado. Se reveló orador. Apartándose de la sentimentalidad elocuente de moda en la época, habló basándose en datos precisos. Presentó una imagen perturbadora de la situación. Le pidieron que repitiera su conferencia; cosa extraña, la sala estaba llena por terratenientes y granjeros. Siempre los mismos, que escuchaban, sin mucho entusiasmo, unos incrédulos y otros preocupados, pero que aplaudían todos con una sonrisa untuosa entre los labios, a fin de estar a diapasón con el resto de la sala. Celareanu publicó varios artículos en un diario democrático independiente de la capital. No sin constatar, con cierta extrañeza, que se suprimían cuidadosamente en ellos, las alusiones a los hombres políticos más hostiles a la idea de la reforma. Los jefes de las dos organizaciones políticas de su ciudad natal le hicieron algunas proposiciones. Indeciso, Celareanu partió para Bucarest y solicitó audiencia a un personaje que pasaba por ser un líder socialista. Este socialista, cuyo valet usaba un chaleco gris rayado, poseía una mansión en la calle Polona, que era una verdadera capilla, dado el número excesivo de iconos, de veladores y de incensarios colgados de los muros, encima de divanes cubiertos de tapices de karamanie y de Rumania. Un estetismo eclectivo y pesado caracterizaba el interior de la residencia de este demócrata. Cuando Celareanu pasó al escritorio, se encontró en presencia de un hombre pequeño, delgaducho y rubio, con cabellos y barbas muy ondulados, en apariencia naturales, de tez delicada y mejillas rosadas. Vestía con rebuscamiento. Enarbolaba una enorme corbata de plastrón, pinchada con un alfiler que lucía trébol de perlas, corbata que cubría todo el espacio que dejaba libre su chaleco. Las manos del demócrata eran pequeñas y pálidas, con largas uñas, ligeramente amarillentas. Parecía este hombre una flor de invernadero cultivada a temperatura de calorífero. Fue sobre todo su manera de hablar, con la punta de los labios, arrastrando las erres, lo que más desorientó a Celareanu. Tenía la impresión de que en una asamblea de masas, la voz de ese pálido demócrata debía zumbar como el vuelo de una mosca. En realidad no encontró ningún nexo entre la clase trabajadora y este presunto socialista, a quien se imaginaba agonizando por una gota de grasa que un mecánico hubiera dejado caer por error

en su corbata. En verdad, el tal demócrata era un aristócrata decadente, propietario de un vasto dominio, que constituía la dote de su mujer. A pesar de su afectación, este antiguo jefe del Partido Socialista, que se había separado del partido y formaba grupo aparte, habló a Celareanu de una manera simple y afable. Dijo que por el momento la lucha por la causa del socialismo parecía imposible. En espera de una coyuntura favorable, los viejos partidos manejaban la situación, y sólo dentro de sus moldes un demócrata podía abrirse camino y hacerse escuchar. Si hubiera que elegir entre los dos partidos, estaba convencido que el programa del Partido Conservador, aun de aquel que había surgido de la ruptura de Take Ionescu en 1907, no podía tener ninguna popularidad. En cuanto al Partido Liberal, cuyo jefe Sturza, enfermo y desacreditado, sería inevitablemente reemplazado, y se vería obligado por la fuerza de los acontecimientos a sostener nuevas ideas. Sincero o no, este partido podía ofrecer a un hombre con ideas avanzadas una plataforma provisoria. El ex socialista de barba rizada consideró inútil llamar la atención al Profesor sobre los obstáculos que la tiranía del jefe del partido habría opuesto a toda veleidad de cisma. Celareanu tuvo la debilidad de dejarse convencer, y cuando un representante del Partido Liberal le propuso lanzar su candidatura en el tercer colegio electoral, en una elección parcial, para un acta de diputado, que había quedado vacante por un deceso, en la elección que iba a realizarse en noviembre de 1908, Celareanu aceptó, creyendo que desde lo alto de la tribuna parlamentaria podía dirigirse al país entero. Así fue entregado en seguida a la vigilancia de Nicu Electoru. Éste tuvo por misión de asegurar la popularidad del nuevo candidato, en el departamento en que se realizarían las elecciones, que no era el departamento natal de Celareanu, y debía poner, además, a su disposición todos los medios materiales que pudieran ser útiles para su campaña electoral. En lo que se refiere a Nicu Electoru, el estado civil de este personaje era de lo más oscuro. Efectivamente se llamaba Nicu, nombre al que se agregó un otro, ignorado por sus conciudadanos, que lo llamaban Nicu Electoru, a causa de su función esencial, que era la de asegurar la elección de los candidatos de ambos partidos, liberales o conservadores, según fuera el caso. Los diarios políticos lo nombraban humorísticamente: señor Maternicu, haciendo alusión a sus incontestables dones diplomáticos. Su primera profesión parece haber sido de abogado, sin título. Nadie lo oyó nunca defender un pleito, aunque una numerosa clientela franqueaba el umbral de su casa. Probablemente, el señor Nicu era un hombre de muchas relaciones y gozaba de una autoridad excepcional, resolviendo todo proceso en forma directa, hablaba con los jueces y entregaba los asuntos por un porcentaje a abogados de menor importancia. Para dar una idea de la autoridad del señor Nicu bastará decir que un día el tren expreso lo esperó una hora y media en la estación, porque el Elector debía llevar importantes novedades a su jefe en Bucarest. Nicu podía entrar a todas partes y a cualquier hora, no sólo en su distrito, sino en Bucarest, con los ministros y los jefes políticos de todos los partidos. El Primer Ministro, cuando él anunciaba su visita, no se permitía hacer esperar a un personaje tan delicado. Y lo recibía sin más tardanza. Pero Nicu Electoru no se envanecía por estas muestras de consideración, se conservaba modesto, reservado, cortés, y saludaba siempre con su eterno "Mis respetos", pronunciado sin servilismo. En Pociovalistea, Nicu Electoru, Adam Celareanu y el alcalde se dirigieron al centro de la ciudad, donde se encontraban las casas más importantes. Una de éstas daba directamente sobre la calle, y tenía un cartel metálico en el que se podía leer "La Fraternidad - Banco popular". Frente a la escuela, una muchedumbre de campesinos, hombres y mujeres, casi todos de bastante edad y muy haraposos, se apretujaban gritando: —¡Que nos dejen entrar, señor diputado! El alcalde gritó de pronto con voz brutal y autoritaria:

—¿Por qué se han juntado aquí tan temprano? ¿No tienen nada que hacer? Vuelvan a sus ocupaciones... Un gendarme se lanzó furioso contra la muchedumbre y empezó a repartir golpes a un lado y otro, como si se tratara de una tropilla de bueyes. Las mujeres fueron las más audaces. —Vete al diablo, porquería, ¿con qué derecho nos estás golpeando? Celareanu, que deseaba dirigir un discurso a los campesinos, quedó muy sorprendido con la actitud del alcalde y le pidió una explicación. —¿Por qué no les permite entrar, señor alcalde? Yo he venido acá precisamente a hablar con ellos. El alcalde frunció las cejas y su boca tomó su habitual gesto de desagrado, mientras que el señor Nicu Electoru, silencioso, se retorcía las puntas de sus mostachos, imitando así al orador del Partido Conservador, gesto que en él, para los que lo conocían bien, era prueba de profunda meditación y decisiones impenetrables. —Tenemos orden de prohibir los aglomeramientos..., respondió el alcalde con cierto acento de burla. Y además, no son las mujeres las que van a votar por usted, sino los delegados. Entonces, para qué perder tiempo... —Pero es que yo deseo conversar con el pueblo..., insistió Adam Celareanu con fogosa ingenuidad. El alcalde frunció la nariz y el señor Nicu Electoru retorció más sus mostachos. Afuera, los campesinos se armaron de valor. —Que la banca nos dé prestado dinero, señor, para comprar maíz, reclamó uno entre ellos. Otro gritó: —Que nos reduzcan una parte de los intereses. Estamos muy pobres. —Nosotros también tenemos derecho a nuestra porción de madera, gritó una mujer. Esa última reclamación no fue bien comprendida por Adam Celareanu, el cual ignoraba cómo andaban las cosas en esa región. La localidad de Pociovalistea estaba situada en el norte del departamento, en una región montañosa y forestal. Algunas familias de la aldea tenían grandes propiedades forestales. Así Sterie Pociovalisteanu, el abuelo del alcalde, era dueño de millares de hectáreas de bosque, en las montañas, sin contar con otras propiedades en el valle, y por eso, figuraba entre los más ricos terratenientes de la región. Otros parientes del alcalde acaparaban también gran parte de la tierra del departamento. Sostenido por los grandes bancos de la capital, el Banco Popular efectuaba operaciones en toda la zona, aumentando el capital de la empresa forastera, que producía sobre todo madera de construcción, y acordaba préstamos mínimos a los campesinos, haciéndolos después perseguir por deudas y obligándolos a emplearse en los aserraderos, por un vil pago. Y he ahí por qué las mujeres exigían su ración de madera. El conflicto sobre la entrada de los campesinos al edificio de la escuela fue solucionado por el alcalde en un abrir y cerrar de ojos. Ordenó que los campesinos entrarían por la puerta de atrás. El gendarme se puso a empujarlos violentamente hacia allí, mientras Celareanu y sus acompañantes penetraban al local. En una de las salas de clases, sentado sobre los bancos de los alumnos, mirábase un público bastante reducido. De los que estaban afuera, ninguno apareció... Todo no había sido sino una simple maniobra. Los campesinos sin duda fueron conminados a irse a sus casas. Celareanu se extrañó del aspecto de los asistentes. Había dos tipos de hombres muy distintos desde el punto de vista físico y de la vestimenta. Los unos gruesos, corpulentos, altos, de buen color, vestidos con trajes de campesinos de paño blanco bordados con pasamanerías, como los postillones, los otros llevaban una chaqueta negra sobre la camisa visible, las barbas revueltas cortadas a tijera de manera irregular, la piel tostada, pero todos sin excepción tenían ojos pequeños como el alcalde. Eran los pociovalisteanos y los Arzoi, los ricachos de la aldea que apenas sabían leer, pero que eran muy hábiles para el manejo de los negocios. En la primera fila de las bancas estaba sentado el abuelo del alcalde,

Sterie Pociovalisteanu, reconocible por un tic nervioso que le hacía apretar sin cesar los labios. Septuagenario, con cabellos blancos como la nieve, tenía signos evidentes de arteroesclerosis, respiraba con dificultad, pero escuchaba poniendo mucha atención. En sus dedos brillaban anillos de oro macizo. Sterie era conservador, su nieto, el alcalde, era liberal. En cuanto a los otros miembros de las familias pociovalisteanu y Arzoi se repartían los cargos, unos conservadores, otros liberales, y continuaban siendo, en familia, los amos de la situación bajo cualquier régimen. Hacer propaganda electoral entre esas gentes era cosa imposible, pero Adam Celareanu lo ignoraba. Allí todo se decidía en un círculo cerrado. Un pociovalisteanu era el delegado que votaba en el tercer colegio electoral, en nombre de la comuna. Cuando empezó su discurso, Celareanu se dirigió a ellos, poseedores de centenares, millares de hectáreas, habiéndoles de los sufrimientos seculares del campesinado. Les aseguró que gente de bien pensar se habían hecho cargo de ese estado de cosas, y que era absolutamente necesario dar la tierra a los campesinos, así como el derecho al voto directo y universal. La asistencia escuchaba en un silencio impenetrable. Sin dar ningún signo de impaciencia o desaprobación. Pero tampoco de entusiasmo. El viejo Sterie movía sin cesar la boca, como si una mosca lo picara, se rascó una vez la cabeza y cuando alguno de los otros aplaudió, golpeó una contra otra las palmas de sus manos largas y nudosas. Inclusive se aproximó a darle la mano a Celareanu cuando bajó de la tribuna, y éste creyó estrechar entre las suyas la mano de una estatua gigante. A decir verdad, los pociovalisteanos y Arzoi no se dejaban asustar por simples palabras y cuando el gobierno al cual apoyaban les daba orden, escuchaban al que llegaba, a sabiendas de que los políticos tienen la costumbre de emplear palabras ampulosas. Pero los campesinos que habían escuchado a través de un vidrio roto de la ventana que daba sobre la huerta de la escuela, hicieron correr la voz entre aquellos que constituían realmente la aldea, es decir los menesterosos, lo que habían retenido del discurso de Adam Celareanu. —Nos van a dar leña del bosque... van a repartir la tierra... dicen que han dado orden de anular los intereses ... —No solamente los intereses, también el capital, agregó otro. Esta conversación fue sorprendida por los pociovalisteanos y los Arzoi en el momento en que abandonaban el edificio de la escuela. El alcalde, con el cuello anudado con un cordón con borlas, frunció la nariz, mientras el señor Nicu Electoru atormentaba su bigote. Adam Celareanu había dado un paso en falso... Los caballos fueron enganchados al cabriolet ofrecido por Sterie Pociovalisteanu, quien se mostró muy amable. Respirando con dificultad sondeaba cada palabra de los asistentes. Celareanu y Nicu Electoru se encaminaron al dominio del príncipe Vlad Mircea Negrescu. Este candidato del Partido Conservador pretendía descender, en línea directa, de Negru Voda y que por este hecho estaba emparentado a las más notables familias de la nobleza. El príncipe recibió a Celareanu con una extrema amabilidad. Una dama con un tocado en forma de campana acompañaba al príncipe sentado en un canapé. Los esfuerzos de este Vlad Mircea Negrescu para mostrarse amistoso, encontraban un obstáculo en la dificultad con que se expresaba en rumano. En la conversación anodina que siguió, discutieron de la naturaleza, del paisaje, y Celareanu, habiendo hecho algunas comparaciones con otros lugares, puso en descubierto la fantástica ignorancia del príncipe en lo tocante a la geografía del país. Para salvar la situación, la dama sentada en el canapé, que era madame Farfara, cuyos talentos de genealogista se mostraron evidentes, habló sin darse tregua y con un cierto cinismo: —Querido señor Celareanu, conservadores o liberales, ¿no son acaso la misma cosa? Voy a darle un ejemplo, para que usted sepa bien a qué atenerse. El príncipe, por su madre es un Rucareanu, su tío por el lado de su madre era el padre del jefe de la organización del Partido Liberal, el señor Rucareanu. En consecuencia es primo hermano del príncipe. El dominio de

Scoarta limita con el dominio de Dobritza, propiedad de Rucareanu, y los dos antes formaban una sola propiedad. Por lo tanto, liberales o conservadores estamos emparentados unos con otros, y todos somos propietarios. Usted, que es ahora candidato del Partido Liberal, está sostenido por el sobrino del príncipe, el senador Rucareanu. Y tomando las cosas muy en serio e indisponiéndose con los conservadores, usted conseguirá disgustar a los liberales, lo que no hace sino comprometer su hermosa carrera. Le digo esto, para que sea usted un poco más filósofo. Cuando volvieron a subir al cabriolet, Celareanu preguntó, un poco irritado, al señor Nicu Electoru: —¿Por qué teníamos absolutamente que hacer esta visita?... Y Electoru, mientras con su látigo trazaba espirales sobre los caballos, pronunció, sin entonación especial y con un cierto humor, del que parecía no darse cabal cuenta: —¡Parlamentarismo inglés! Después de aquel viaje electoral, el señor Nicu Electoru estuvo muy ocupado. Recibió y envió telegramas. Se ausentó a menudo. Y guardó a Adam Celareanu en una especie de cautividad, en su casa, so pretexto que era demasiado apresurado abandonar la ciudad y peligroso mostrarse en las calles de las aldeas, a causa de los agentes del Partido Conservador, que no andaban nunca sin sus cachiporras y que eran capaces —¡Dios nos preserve!— de cometer un crimen. Como Celareanu no parecía muy convencido, el señor Nicu lo llevó un día en cabriolet y a la entrada de la primera aldea que se llamaba Riioasa fueron detenidos por un gendarme, que les interpeló: —¿A dónde van? —Tenemos algo que hacer en la aldea, respondió candorosamente el señor Nicu. —Es prohibido, dijo el gendarme, hay epizootia... —Epizootia es una enfermedad de los animales, ¿acaso pueden contagiarse los hombres? —Tal vez sí, dijo el Gendarme. No estoy seguro, pero tengo órdenes y las ejecuto. —¿Y en qué otras aldeas hay epizootia?, insistió el señor Nicu en tono conciliador. —Eh... un poco en todas partes, en el departamento, respondió el gendarme, guiñando el ojo. Nicu Electoru capituló con extraña rapidez e hizo dar media vuelta al cabriolet. La cautividad más o menos voluntaria del señor Adam Celareanu se vio animada por la presencia de Liza, la encantadora hija del señor Nicu. Era una jovencita de unos dieciséis años, de cintura muy fina, siempre apretada en un estrecho delantal. Sus cabellos, de un rubio ceniciento, muy sedosos, le caían por las espaldas, detenidos por sobre las orejas con una cinta. Liza planeaba como una mariposa de lujo en aquella casa, cuyo estilo estaba muy poco de acuerdo a su persona. Vestida con delantal blanco, que le subía hasta el mentón, se sentaba en una mesa y efectuaba con una seriedad muy cómica, que la hacía sacar la lengua, una operación muy extraña a los ojos de Celareanu, que la observaba. Frente a ella, sobre la mesa se hallaba una gran cantidad de billetes de banco absolutamente nuevos. Con la ayuda de una regla, Liza dividía cada billete en partes iguales, y con una tijera los cortaba en dos, siguiendo la línea trazada en el medio. Era en ese momento de gran atención cuando ella sacaba la lengua. Colocaba una de las mitades del billete sobre un lado de la mesa y la otra mitad del otro lado. Después anotaba en un cuaderno, con su más cuidadosa escritura, la serie del billete, y sin duda también un nombre propio. Celareanu, intrigado por la riqueza del señor Nicu, nunca supo qué sentido dar a esa operación. El hecho es que antes de las elecciones el señor Nicu Electoru distribuía a cada elector la mitad de un billete de banco, y esperaba el final de las elecciones para entregarle la otra mitad, según la serie y las indicaciones del registro, siempre que el interesado hubiera votado siguiendo las indicaciones recibidas.

Otra cosa extraña que pudo observar Celareanu fue que una noche un grupo de gente montada a caballo hizo irrupción a gran trote en el inmenso patio de la casa. La suave Liza, a la luz de una linterna de jardín, distribuía bajo un gran pino, según las indicaciones del registro, las mitades de los billetes de banco a los hombres que habían bajado del caballo, y que esperaban con el gorro en la mano. Era un espectáculo a la vez terrorífico y gracioso, digno de Arkansas, en la época de los pioneros. Adam Celareanu creyó oír la voz del señor Nicu que decía a los hombres: —Entonces, está comprendido. En el momento dado, todo el mundo debe votar por el príncipe. Es la orden del jefe. A Celareanu le pareció quizás no había oído bien a causa de la distancia en la que se encontraba. Le parecía imposible que el jefe liberal diera órdenes y distribuyera dinero para sostener la elección del candidato conservador. La partida de aquellos hombres también fue impresionante. Espoleando los caballos, franquearon en marcha el portal ampliamente abierto y lanzaron un grito de entusiasmo dirigido a la diáfana y sonriente Liza, cuyos cabellos rubios flotando ligeramente al soplo de la brisa de la tarde tenían reflejos plateados. Con aire satisfecho, el señor Nicu entró en la casa. Calmó en parte la sospecha de Celareanu, que no podía concebir semejante infamia. A la mañana siguiente Celareanu encontró a Liza, muy ocupada en engrasar, cantando como una muchacha del "Far-West", un gran revólver con tambor, que sostenía difícilmente en sus manos blancas y delicadas. El profesor empezaba a perder la paciencia, cuando un acontecimiento inesperado precipitó el desenlace. Al hospital local trajeron un hombre agonizante, que había viajado clandestinamente entre los ejes del tren, que lo había arrastrado y deshecho entre las ruedas. En las boqueadas de la muerte, guardaba todavía alguna lucidez, y con los ojos agrandados por el espanto trataba de decir algo: —¿Cómo te llamas?, le gritaba el enfermero, para establecer la ficha de ingreso. El moribundo hizo un esfuerzo desesperado para responder. —¿De qué aldea eres? —Celaru..., consiguió murmurar la víctima, que expiró en ese instante. —Es de Celaru, explicó otro enfermero. Existía en efecto una aldea del nombre de Celaru, en el departamento. Cuando el acta de defunción fue levantada, con la negligencia acostumbrada entonces, el empleado comprendió que el muerto se llamaba Celareanu. En la ciudad se desparramó la noticia de la muerte de Adam Celareanu. Cuando el señor Nicu Electoru fue interrogado, bajó la cabeza en signo de dolor, y así un día, mientras el profesor conversaba con la preciosa Liza, oyó resonar una marcha fúnebre tocada por una fanfarria. Cuando trató de acercarse a la ventana, Liza, tapándose los oídos con las manos, le dijo que no fuera, so pretexto de que ella no podía soportar a "los muertos". Sin embargo Celareanu, que había llegado hasta la ventana, alcanzó a echar una mirada hacia la calle, y divisó al señor Nicu Electoru, que con la cabeza descubierta seguía el féretro, en compañía de otras personas de apariencia modesta. El coche fúnebre llevaba en dos letras, frescamente pintadas, las iniciales "A. C", y sobre la cinta de una corona de flores artificiales se leía: "A. Celareanu - con profundo dolor". El Profesor saltó en el aire. Recordó haber leído alguna vez la leyenda de Alejandro I, quien en Taganrog, en 1825, simuló su propio entierro, para transformarse en el monje Fedor Kusmitch. Después se tranquilizó un poco suponiendo que se trataba de una similitud de nombre, y hasta concibió la idea de una trampa hecha por sus adversarios, pero —se dijo— no era posible que Nicu Electoru fuera cómplice de ellos. Cuando Nicu volvió a casa, interrogado acuciosamente, respondió con reticencia que un hombre llamado Celareanu había muerto en el hospital y que venía de asistir a su entierro, porque lo conocía personalmente.

Celareanu opinó que para evitar un malentendido, era su deber publicar una aclaración en los diarios locales y aparecer en público. El señor Nicu se puso pensativo. Pon fin consintió, solicitando un lapso para efectuar los preparativos necesarios. Tres días después partieron en cabriolet en dirección a Vai-de-Ei. La ruta atravesaba un bosque profundo. Hacia la mitad del camino vieron surgir ante ellos una veintena de hombres montados sobre caballos robustos que rodearon el cabriolet y lo detuvieron. El señor Nicu Electoru consiguió, no se supo cómo, esconderse y escapar. —Se nos ha escapado, gritó uno de los hombres, riendo y descargando al aire su revólver. —Tanto peor, déjenlo correr..., dijo otro con indiferencia. Estos individuos estaban vestidos como campesinos, y llevaban todos, no la camisa blanca, sino una especie de traje de gruesa lana y gorro de piel. Celareanu tuvo la fugitiva impresión que se parecían mucho a los hombres a caballo que apercibió en el patio, en la casa del señor Nicu Electoru. —Y tú, ¿quién eres?... ¿que andas buscando en estos parajes?, preguntó uno de aquellos hombres. —Soy yo quien debo preguntarles quiénes son ustedes para detener a la gente en los caminos. ¿Representan ustedes alguna autoridad? —Oye, tú, dijo el hombre, echando hacia atrás su gorro de piel, si fuéramos unos haiducs, unos bandidos como los de antes, qué dirías... bájate rápido de esa percha... Los hombres tomaron a Celareanu, lo desvistieron, le quitaron todos sus papeles y lo vistieron con un traje exacto al de ellos, poniéndole después un bonete de piel en la cabeza. Lo mantuvieron así, custodiándolo, mientras ellos se mantenían echados sobre el pasto. De pronto uno de ellos gritó: —¡A caballo, muchachos... llegan los gendarmes!... En efecto, dos gendarmes llegaban sin mucho apuro, guiados por el señor Nicu Electoru. Los bandidos, sin demostrar mucha prisa, montaron sus caballos y se alejaron por el camino, haciendo temblar la tierra bajo los cascos de sus cabalgaduras. Celareanu, con su disfraz de haiduc, quedó atontado en medio del camino. —Arriba las manos... en nombre de la ley le intimamos que se rinda..., gritó uno de los gendarmes, mientras el otro disparó su fusil al aire. No comprendiendo nada de todo esto, Celareanu se quedó inmóvil, con los brazos colgando. Entre tanto, Nicu Electoru, oculto detrás de un árbol, sacaba del bolsillo trasero de su pantalón el gran revólver con tambor, el mismo que la encantadora Liza había engrasado, y en el mismo momento en que los gendarmes descargaban de nuevo sus carabinas en el aire, él apuntó al corazón de Celareanu, que al disparo cayó fulminado. Los gendarmes, ayudados por el señor Nicu Electoru, que no parecía reconocer a Celareanu, registraron a la víctima sin encontrar ningún papel sobre ella. —No tiene ninguna identidad, dijo uno de los gendarmes. Después de una sumaria encuesta, el "bandido" fue provisoriamente enterrado en el cementerio de la aldea, inscribiéndose sobre su cruz: "DESCONOCIDO". En las elecciones que tuvieron lugar poco después, en las que el Partido Liberal no presentó ningún candidato, los liberales, por el señor Nicu Electoru, votaron por el candidato conservador no disidente, en la persona del príncipe Vlad Mircea Negrescu, descendiente de Negru Voda.

VALERIU EMIL GALAN Los Razeshi
Empecé a trabajar con Iosub Prisacaru, en Jassy, el año 46. Era carretero, tenía un carro y tres buenos caballos y vivía en una caballeriza de un cochero que estaba sin trabajo... Prisacaru trabajaba mucho... sobre todo de noche; era ya el segundo año de aquella sequía, y el hambre golpeaba en todas las puertas... la época del mercado negro, de las largas colas en los negocios y la terrible inflación de la post-guerra se iniciaba... Los comerciantes jugaban a la gallina ciega con los inspectores del Control económico, y para esconder sus mercancías las trasladaban de un lado a otro... Por eso Prisacaru no podía quejarse, sus negocios andaban bien. Yo le servía para todo trabajo. Me daba de comer, un rincón donde dormir (a su lado en la caballeriza) y, de tiempo en tiempo, algún harapo con que cubrirme. Tenía apenas 19 años, y nadie en el mundo. Durante siete meses, bien contados, trabajé en su carro, en Jassy, desde el otoño hasta la primavera. Y, sin embargo, si después de todo ese tiempo me hubieran preguntado qué clase de hombre era ese Iosub, mi patrón, no hubiera sabido qué contestar. De él sólo sabía su nombre. Si era de esa ciudad, si tenía en alguna parte una casa o una familia, ni la más remota idea. Además, nunca traté de averiguarlo. Tuvo que llegar la primavera. Empezaron las cigüeñas a parpar por encima de la ciudad, durante tres noches seguidas... noches en que yo me levantaba quejicoso, y en las que oía que Iosub a mi lado también se quejaba para que me diera cuenta de que mi amo debía ser un campesino como yo. Tampoco sabía en aquella época que también en eso de quejarse dormido, cada campesino tiene su modo de hacerlo. Cuando, unos días después, lo vi hacer sus paquetes (el granero de la caballeriza, que estaba lleno de bolsas y bultos, permanecía siempre cerrado con llave), yo no le pregunté adonde íbamos. Me parecía saberlo. Él tampoco me preguntó si quería seguirlo. Debía saber que lo haría. Deteniéndonos de tanto en tanto, vagamos así hasta un viernes por la noche. El carro estaba totalmente cargado y nos obligaba a seguirlo al paso. Pero los caminos eran buenos, secos y el espesor del polvo casi de un palmo, cosa rara en el principio del mes de abril. Los campos aparecían, por todas partes, quemados, desiertos, tristes y resecos como la piedra. A medida que la ciudad se perdía, cada vez más lejos detrás nuestro, a días y noches de camino... la sequía me pareció una bestia feroz que nos clavaba sus garras en la garganta, y sentía a veces el impulso de pedir socorro. En cuanto a Iosub, ya no se parecía a sí mismo. Desde el lunes hasta el viernes, apenas si me dio algunas órdenes, más bien con gestos que con palabras: "¡Dales de beber!... ¡Desátalos!... ¡Detente!... ¡Traba al caballo gris!... ¡Engancha!..." Muy raras veces subía al carro y cuando lo hacía era por corto tiempo, sólo cuando el sueño lo vencía. Con un encarnizamiento extraño en él, o por lo menos a la idea que yo me había hecho de él, iba así durante horas enteras, incansable, al lado de los caballos. Caminaba maquinalmente, balanceándose sobre sus largas piernas arqueadas, un poco rígidas, y hasta los caballos, que en los últimos meses casi no lo veían, acomodaban sin embargo su paso al

suyo, sólo al de él. Era inútil que yo les tirara de las riendas o hiciera chasquear el látigo, nada lograba. Iosub podía haberse lanzado a un precipicio, que ellos lo hubieran seguido. De noche no cerraba ojo, cualquiera que fuera el lugar donde nos detuviéramos, una aldea, una vieja cabaña abandonada, o bajo las estrellas en pleno campo. Los caballos mascaban su pienso, yo dormía y él pasaba la noche dando vueltas alrededor del carro, con las manos en la cintura. Se diría torturado por quién sabe qué pensamientos y rendido de tanto en tanto lanzaba un "¡Hum!" profundo, arrancado de lo hondo de sus entrañas, como para limpiarse el gaznate antes de lanzar un sermón o vomitar alguna palabrota que finalmente se la guardaba para sí. De golpe los caballos dejaban de mascar, los tres a la vez, y resoplando por las narices, como quien husmea la cercanía de los lobos, tornaban la cabeza medrosos hacia el patrón... yo me despertaba a mi vez sobresaltado. .. "Lo que eres tú vas a llegar a tu casa y a tu tierra tanto como yo me voy a casar. Quizás se te haya metido en la cabeza la idea de suprimir a alguien...", me decía yo para mis adentros. En Jassy, cuando lo observaba más atentamente, sólo descubría en sus rasgos el sufrimiento impotente y estúpida codicia. Me recordaba a un borrego rojo que tenía mi abuelo paterno, una bestia que estaba siempre con hambre y que la sarna envejeció antes de tiempo... Iosub tenía una cara alargada, barbilampiña y surcada por tales arrugas que uno se preguntaba, al verlo, si no dormía con la cabeza metida dentro de un bozal que le taladraba la piel durante la noche. La nariz recta, afilada, cortante, vuelta hacia arriba, nacía en un par de cejas cobrizas, arqueadas hacia abajo hasta las mejillas, encima de dos ojitos pequeños, lavados y casi siempre como bañados por una bruma. Recogía su labio inferior, cubierto siempre de erupciones, y una pequeña excrescencia de carne blanca le servía para empujar bajo el labio superior, cuyas comisuras caían tristemente sobre un ancho mentón aplastado. Pero a esa hora su aspecto había cambiado. Sus ojos se miraban más claros y su labio inferior, consiguiendo por fin sobrepasar y juntarse con el superior, le daban un aire de obstinación orgullosa, demente, dispuesta a sobreponerse a todo en este mundo. "¡Qué moneda falsa!", me decía para mí, y "¡cómo puede ocultar tan bien su carácter!..." Un vago sentimiento de temor me invadía a veces,.. como quien no sabe contra quién ni de qué lado defenderse... me daban ganas de salir corriendo... Aún hoy me pregunto por qué no lo dejé y por qué lo seguía tan dócilmente igual que sus caballos... Sin duda no era un campesino como yo... El viernes, después de cinco días de marcha, nos acercamos a una aldea más grande con dos iglesias: Borza. Nos acercamos solamente, pero no entramos. Abandonando el camino, nos metimos por un sendero estrecho y quebrado, tan poco frecuentado que los cardos del año anterior estaban aún en pie uno junto al otro, sin que nadie los hollara. Al anochecer, el sendero nos hizo desembocar en una aldea pequeña que parecía haber sido creada para tragarse todos los caminos de la tierra. Más bien que aldea, era un caserío. Veintitrés casas esparcidas, agazapadas al pie de la colina, y todas orientadas no hacia el sol, sino hacia el río Prut, cuyas aguas brillaban en el horizonte a menos de dos kilómetros de distancia. No había ni siquiera verjas. Las antiguas huertas, con los árboles de troncos oscuros, nudosos, torcidos y agrietados, se esforzaban, más mal que bien, por ocultar las casas con sus follajes tiñosos, sus brotes tardíos, que empezaban a amarillar. Esas casas, construidas sobre altos basamentos de piedra, fueron en otros tiempos morada de los razeshi. En épocas lejanas, cuando aún no estaba tendido el puente sobre el Prut, y cuando los razeshi de esa región pasaban su existencia al servicio de los príncipes de Suceava, defendiéndolos, y gozaban de su favor, guardaban los vados y por esto les llamaban los razeshi del viejo vado. En aquellos entonces poseían hasta su iglesia, cuyos cimientos de

piedra blanca yacían allí desde más de trescientos años, lavados por las lluvias, como osamentas en lo alto de un cementerio... Los habitantes del lugar atribuían sus desdichas a un temblor de tierra, a consecuencia del cual todo el vado surgió del lecho del río y se transformó en una isla pedregosa, rodeada por torbellinos de agua. Del antiguo esplendor de la aldea de antaño sólo quedaban visibles unos cuarenta basamentos, que no llegaron a recubrir las veintitrés casas, reconstruidas quién sabe cuántas veces y hechas de adobe, de madera o simplemente de junco. Amarillentas, sin blanquear, esas casas de los habitantes del vado se pudrían de pie, igual que hongos inútiles, apoyadas sobre algunos de los viejos sillares. Eran miserables viviendas a las que había que subir con escaleras de acacia sin descortezar, como suben las gallinas a un gallinero. Los que no servían simplemente de cantera de piedra para construir algún pozo, eran azotados por los vientos que iban amontonando tierra entre las junturas de las lozas, mientras que en las crestas baldías la mala hierba hundía sus raíces, crecía y secábase un año tras otro. Pero todas estas cosas las fui viendo y comprendiendo poco a poco. En aquel momento no sabía de los razeshi más que lo que me habían enseñado en la escuela y aun eso ya lo tenía olvidado... Un tropel de ideas me asaltaba cuando llevaba los caballos en seguimiento de Iosub. Pero que yo hubiera podido quedarme en aquellos lugares, eso nunca lo imaginé. Algunas siluetas más ásperas, más desecadas, más miserables que en otras partes aparecieron por entre esos sillares de antiguas casas, como sobre los muros de una fortaleza, haciendo visera con la mano abierta, y nos miraban, sin mucha curiosidad y sin querer tampoco acercarse a nosotros. Dos perros muertos de hambre nos escoltaron durante algún tiempo, acompañándonos con sus ladridos roncos y quejosos. Después, nos dejaron seguir adelante por nuestro camino en paz. Iosub iba impasible como de costumbre, con la mirada fija ante él. Viéndole encaminarse hacia una de esas casas (la tercera a la derecha, a la entrada de la aldea), creí que iba a pedir hospitalidad por algunas horas. Me hizo señas de que le siguiera. La casa aquella estaba más destartalada que las otras y se miraba como deshabitada. Apenas si unas diez gallinas picoteaban por aquí y por allá los cardones resecos del patio. Un gallito negro moteado de blanco, de cuero desplumado, encaramado sobre el basamento en ruinas, nos observaba desde su puesto y saludó con un kikirikí cansado y lúgubre. Detuve el carro en el medio del patio, interrogando a Iosub con la mirada. Pero él no se preocupaba mucho de mí. Vi venir hacia nosotros una mujer que corría ágilmente a través de la huerta. Era casi una vieja, de cabellos rojizos como él, con la cara alargada como la suya, pero cuyos grandes ojos azules disimulaban el parecido que pudiera tener con su hermano. —¿Has regresado?..., la oí murmurar, cuando estuvo a sólo dos o tres pasos de Iosub. Y se detuvo sin saber qué hacer ni qué decir. —¿Dónde están?, le preguntó él con rudeza, señalando el candado de la puerta. —Bueno, es que..., murmuró la buena mujer, suspirando, no ha quedado ninguno de los tuyos... no hay nadie desde hace mucho tiempo... —Ya sé, pero te hablo de la llave. ¿Fuiste tú quien tuvo la idea de cerrar la puerta? Asustada, la pobre mujer arrugaba y desarrugaba su pañuelo bajo el mentón. —Aquí está... Iosub tomó la llave y lanzó una mirada de enojo a la casa. —¿Y la escalera? ¿Ustedes la habrán quemado? —¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué malo te has vuelto!, dijo ella con un largo suspiro. ¡Qué sé yo quién ha podido tomar esa escalera! Y lo siguió con un aire apenado. ¡Dios mío!, ¡qué tiempo has elegido para volver, qué tiempo! ¡Dios mío!, ¡qué tiempo!

Como si se complaciera en los temores y lamentos de la mujer, Iosub se volvió hacia ella y dijo: —¿Qué te han hecho a ti los tiempos? —¿Pero no ves? Esta sequía que quema la tierra hasta las entrañas... —¡Hum! ¡Hum!..., rezongó Iosub limpiándose el galillo, entre burlón y altanero, asustando a los caballos y sobresaltándome a mí, mientras que su hermana seguía allí con la boca abierta de asombro. En ese momento le soltó su discurso: "Estos no son tiempos para cualquiera ... el que consiga fabricar pan este otoño estará seguro de hacerse rico, le pone Dios la mano sobre la cabeza para toda la vida. El pan va a costar muy caro. Habrá hambre, me oyes. Bastará llevar una carretada de pan a Jassy y la venderás a peso de oro y aún más... va a haber hambre, María... te das cuenta, hambre..." Y repetía "va a haber hambre" con ojos alegres, con satisfacción, como podía haber dicho "volverá el paraíso a la tierra". Agregó, como para terminar: —¿No comprendes?... ¿Qué más te hace falta para entender?... A mí me causaba espanto y la náusea me subía a la garganta a la idea de que unos pocos días antes en Jassy, cuando pasaban las cigüeñas, Iosub había husmeado con su nariz y con sus huesos, al mismo tiempo que yo, la llegada de la primavera, y por eso en Jassy hablaba en voz alta, y gemía en sus sueños... Por eso, nada más que por eso... —Esto ya no es tierra... es pura piedra, es pura piedra dura como la roca, dijo su hermana. —Pues de esta piedra habrá que sacar el pan, sí, de esta piedra, de la misma roca. Sólo que habrá que ser un hombre de veras, no una... —Para sacar pan habrá que sembrarlo. —¡Siémbralo! —¿Dónde, en la piedra? —Sí, en la piedra... —¿Y cómo?... ¿con qué? —Con las bestias y con lo que haga falta, ¿me oyes? Yo sembraré un caballo y cosecharé este año mismo... una caballería... ¡Eh, pobres gentes! Su hermana estaba como petrificada y lo observaba con los ojos asustados de la que ve a un loco... —¡Dios mío! ¡Dios mío! Pero Iosub ya no la escuchaba. La casa estaba edificada en una pendiente, de tal modo que del lado de la calle, tomando el antiguo sillar, se levantaba a un metro y medio sobre el nivel del suelo, del otro lado no era más alta que una prispa. Rodeando la casa, escalaron los dos los viejos muros, espantando de paso al gallo, que bajó aleteando a unirse con las gallinas. Los sillares, mucho más anchos que el muro de la última cabaña, plantada sobre uno de sus rincones, se prolongaban al exterior y formaban un escalón ancho de tres o cuatro cuartas. Iosub Prisacaru cruzó el umbral y se acercó a la puerta que estaba con candado. Luego hizo girar la llave. Penetró en el interior seguido de su hermana. En cuanto a mí, me había puesto a desenganchar los caballos. Después, apoyado en el balancín, me dejé arrastrar por mis pensamientos. "Así que esa era la casa de Iosub. El hogar de mi amo, que en otro tiempo debió tener mujer e hijos. Pero ellos ya no existían. ¿A dónde se habrían ido? ¿Dónde estarían? ¿Muy lejos? Tal vez en el cementerio. Y él, Iosub, ¿cuándo había abandonado la aldea? ¿Y por qué la abandonaría? ¿Y por qué volvía ahora? Por cierto que aquí no podían esperarle muchas alegrías. Y tampoco a mí, seguramente... ¿Para qué necesitaba un criado, pensaría enriquecerse efectivamente?... Eso habría sido más fácil en Jassy... Y si él vivió en esta aldea, aquí, ¿por qué la gente lo vio pasar como a un extraño?... ¿Por qué nadie le hizo el menor gesto?..."

Todos estos pensamientos giraban en mi cabeza y me decía que lo más prudente, para mí, era volver sobre mis talones y regresar tranquilamente a Jassy. De pronto, sintiendo que alguien se movía a mi lado, me desperté sobresaltado y me incorporé de golpe. Al lado mío, a tres pasos apenas, estaba una muchacha. Como yo permanecía inmóvil, ella tampoco me había visto. Ahora nos miramos asustados el uno y el otro. —Vine a buscar mis gallinas, dijo ella tendiendo los brazos hacia el patio. Han tomado la costumbre de venir aquí cuando no había nadie, y ahora... Tenía unos dieciocho años, vestida de ropa que daba lástima, con los pies descalzos, muy delgada, pero realmente bonita. Mientras yo me puse a hablarle, ella miraba de soslayo mi caballo, el carro... y la puerta de la casa donde Iosub se había encerrado con su hermana... y de tanto en tanto me observaba también a mí con aire cargado de sospechas, y más bien hostil. —¿Es usted de aquí, de la aldea? Después de lo que me había dicho, que venía a buscar sus gallinas, mi pregunta debió parecerle tonta. —No, de París..., dijo la muchacha riendo y mirando los caballos. Después, como armándose de coraje, empezó a considerarme con más detenimiento. Eso me puso incómodo. —Se ve por sus zapatos que usted es de París —dije con tono gruñón mirando sus pies desnudos, de finos tobillos de piel tostada. Ella ni siquiera me escuchaba. Seguía absorta en los caballos. Decididamente le interesaban más que yo. —¿Son de Prisac?, me preguntó con aire desafiante. La manera de decir "Prisac", simplemente, en lugar de Prisacaru me hizo el efecto de que ese era un apodo despectivo. Contento de que ella no se molestara por mi broma respecto a "sus" zapatos, le contesté que sí, con la cabeza. Los caballos pertenecían a Iosub. En cuanto al mote, no lo tomé en cuenta. —¿Él los habrá comprado, Prisac?..., dijo la muchacha con aire incrédulo. —Los tenía antes, contesté yo alzándome de hombros. —¡Nunca los tuvo! ¡Los habrá robado! ¡Y el carro también!, murmuró ella para sí, con profunda convicción... Me di cuenta que ella le tenía verdadera inquina, pero en lugar de decirme todo lo que pensaba se puso a dar vuelta al patio para juntar sus gallinas. Era ágil y viva. Espantó a las diez gallinas hacia la puerta vecina a la de Iosub (donde tal vez ella habitaba) y, viendo que yo la seguía con la mirada, se volvió hacia mí, endulzando la voz: —¿Y a ti, dónde te encontró?, me preguntó mirándome fijamente. —En Jassy... —¿Por qué te trajo? —Trabajo para él..., respondí, esforzándome por parecer indiferente y con el aire burlón del que ha visto mucho en su vida. Cuando él decidió partir de Jassy yo me vine con él. Hablaba pausadamente, seguro de mí mismo, como un hombre, pero esto no parecía agradarle mucho. Ella espiaba todo el tiempo hacia la casa, como si estuviera sobre ascuas. —¿Viniste solo con él? Contesté con gesto afirmativo. —¿Y ella se queda allá? Esperó una respuesta, suspendida de mis labios. —¿Ella? ¿Quién es ella? La muchacha se mordió los labios, a punto de estallar en sollozos, pero se contuvo. —Él ha debido echarla, entonces... Parecía adivinar lo que habría podido sucederle a aquella mujer, así como había adivinado el origen de esos caballos y del carro. "Quién sabe si no la asesinó como a la otra".

Con las lágrimas que le goteaban de los ojos, fue de un lado a otro persiguiendo a las gallinas, y me dejó sumido en la mayor inquietud. Después de habérselas llevado un poco más lejos, volvió hacia donde yo estaba, con los ojos enrojecidos, pero más tranquila. —Dime, ¿tú no estás de acuerdo con él?, ¿verdad?, dijo rápidamente, en gran secreto, casi pegándose a mí. No sé lo que en mí pasó en ese momento. Sentí que ella quería saber si yo era solidario con Iosub o con ella. Y me di cuenta, aunque no sabía nada de él, ni siquiera quién era, ni quién era ella, que yo estaba de su parte, y sólo por ella. —¡Déjame en paz con tu Prisac!, trabajo con él, eso es todo. ¡Santas pascuas!... El resto no me importa, me sale sobrando el Prisac.... Dije todo esto con un tono duro, fuerte, y sentí que me había puesto rojo como un cangrejo hervido. Y no me explicaba por qué. No encontraba las palabras que buscaba para decirle que sólo ella me importaba, y ¡cuanto!... Y en el "Prisac" puso tanto odio y desprecio como ella misma. Mi respuesta le agradó. Sintiendo que empezaba a gustarle, me sentí más atraído por ella. —¿Cómo te llamas?, me preguntó en voz baja y apresurada. —Ion... Ion Dohotaru... —Yo me llamo Anitza Puscasu. ¿Qué edad tienes tú? —Cerca de veinte años... Pero como no quería mentirle, agregué en seguida... diecinueve dentro de un mes... —Yo tengo dieciocho, dijo ella. Mira, yo vivo allá, siguió hablando, mostrándome entre los árboles la casa hacia donde había encaminado las gallinas, una casa muy parecida a la de Iosub. Ahora me escapo, no quiero que Iosub me sorprenda aquí. ¿Desde cuándo lo conoces? —Desde el año pasado en octubre... —¿Ya estaba solo entonces?... —Sí, solo... Atando cabos de lo que antes había oído decir a la hermana de Iosub, traté de explicarle, más que todo para hacer durar nuestro encuentro. —Parece que su mujer se quedó acá en la aldea. Así cuando yo lo conocí estaba solo. Pero ahora, según oí decir, su mujer "no existe más", se debe haber muerto. —¡Ya lo creo! Como que se ahorcó, dijo Anitza, con aire furioso. La primera que la vio fui yo. Había venido a buscar mis gallinas, como ahora... Dios mío, el grito que lancé. Y no quisieron ni siquiera enterrarla en el cementerio... Y él, Prisac, cuando se fue... y dices que estaba solo cuando le conociste... bueno.. mi madre huyó con él... ¡Sí, con Prisac! De todos modos es mejor que lo sepas por mí, porque él te lo hubiera contado... y ya que te vas a quedar aquí con él... sólo que para decir verdad ella no "huyó" con él, ella "se fue" con él... Hablaba observándome con el rabo del ojo y era evidente que me habría declarado la guerra si hubiera sorprendido en mí el menor gesto de duda o de burla, pero eso no podía sucederme, había visto tantas cosas en mi vida... —Y tu madre, ¿qué fue entonces de ella?, le pregunté. Anitza lanzó de nuevo una mirada hacia la puerta y después de observarme empezó a hablar, decidida a contarme toda la historia. —Hizo bien en no venir; en su lugar yo tampoco habría vuelto, ¡son tantos los chismes que corren sobre ella, aquí! Pone carne de gallina, pero son todas mentiras, ¿sabes?, no debes creer ninguna de esas cosas, no creerás nada de eso, ¿verdad?... Hice un gesto negativo. —Mamá debió pedir a alguien que le escribiera una carta para mí, ¿no te parece? El correo trae cualquier carta, ¿no es así? Aunque uno haya abandonado la aldea, puede mandar, sus cartas, ¿verdad?

—Por supuesto que sí, ya lo creo..., dije maquinalmente, tratando de ocultarle que yo tampoco era muy enterado del asunto del correo y de las cartas. —¿Por qué no me escribiría? Seguramente Prisac le impidió hacerlo, ¿verdad? —Y ahora, dije yo saltando las barreras, si tu padre echa mano sobre Prisac.. . —Yo no tengo padre, y además..., respirando a pleno pulmón soltó una confidencia como si fuera la más terrible de las confesiones. Mi padre era de Borza, no era razeshi. Sin duda ella esperó ver que yo me mostrara asombrado, y no comprendió mi indiferencia por lo que había dicho. La verdad es que tampoco yo comprendía nada. Qué cosa extraña podía haber en todo eso. —Al mes de haberse instalado aquí, lo obligaron a incorporarse al ejército... por un pedido... y murió lejos, a manos de Prisac, él también... Prisac era sargento... se dice sargento, ¿verdad? Sí, sargento sanitario... ¿comprendes ahora?... Pondría mis dos manos en el fuego de que fue Prisac quien lo mató... No sé cómo, tal vez lo envenenó... no tuvimos nunca ninguna prueba, pero mamá me lo dijo, y después cuando yo vine al mundo ¿sabes lo que se puso a contar?... Yo balbuceé un sí, sí... para no parecer demasiado tonto. Felizmente que ella no se dio cuenta. —Refirió a quien quiso oírlo que yo era una bastarda, que era hija suya... ¡yo, de Prisac!... —Bah, le respondí yo silbando, eso no es cierto. Se ve de lejos que tú no eres su hija. Un tipo tan feo como él. Ella siguió hablando, sin poner asunto a mis palabras: —¿Quieres que te diga la verdad? Mi madre no huyó con Prisac. Ella se fue con él para averiguar sobre la muerte de mi padre. Por eso se fue. ¿Tú no crees que yo habría hecho lo mismo si hubiera estado en su lugar? El corazón se me rompía al pensar en esto, pero estaba seguro mirando el fuego que brillaba en sus ojos que, en efecto, ella habría ido con Prisac al mismo infierno, sin dejarle paz, hasta conseguir que le dijera toda la verdad. —Y mi madre debió de haberlo averiguado todo —me dijo Anitza— y por eso no regresó. Él ha debido impedírselo. No se lo qué pudo hacerle, pero pondría las manos en el fuego a que le hizo la vida imposible para que huyera o la mató... ¿Qué crees tú? Y para convencerme tomó mis manos con sus manos tibias... Yo sentí que perdía la cabeza... —Puedes creerme —siguió ella—, Prisac es un asesino, pero no mata como todos los asesinos... Al oír ruido en la casa cortó su frase y salió corriendo tras un pollo. Como de lejos viera que nadie salía, volvió de nuevo hacia mí, pero enojada. —Si te quedas con él, terminará contigo como con los otros. Yo sé porque te lo digo. Y si alguien te viene con el cuento de que yo soy hija de Prisac, que Prisac obligó a mi madre a cederle, que yo no soy la hija de mi verdadero padre, ¿me oyes? ¡ni una palabra! Porque si creyeras un tanto así —y me hizo un signo con su pequeña uña roída y carcomida— nunca pondrás los pies en mi casa, y si me encuentras en alguna parte, en el camino o en el campo, no te dirigiré la palabra. Téntelo por dicho. Y en seguida desapareció entre los árboles, enojada, en persecución de las gallinas. Yo me quedé clavado en el suelo, conteniendo el deseo de gritar mi alegría. Aturdido, empecé a dar vueltas alrededor de los caballos sin lograr poner orden en mis ideas... Olvidé todo lo que me había contado... hasta lo poco que me fue dable comprender... Y me habría puesto loco de alegría si no me hubiera torturado el pensamiento de que me había comportado torpemente y que ella se escapó porque yo la aburría... no porque ella tuviera miedo de Prisac...

Iosub y su hermana no se quedaron más tiempo dentro de la casa. Él salió primero. Bajó una escalera. Nadie la había quemado. Su hermana la guardó en alguna parte y se olvidó donde. Iosub la colocó en su lugar. Bajó al patio y me ordenó que subiera a la casa todo el bazar que estaba en el carro. Tuvo que decírmelo dos veces para que yo entendiera de que se trataba. —¿Qué pasa? —me dijo rudamente, no porque quisiera discutir conmigo sino porque seguía hablando en el tono con que había discutido todo el tiempo con su hermana—. ¿Estás aplastado? —Aplastado no sería nada —contesté, paseando mis ojos por el patio desierto—. ¡Sólo que temo que vayamos a reventar en medio de la riqueza en que se nada por aquí! Por toda respuesta Iosub estiró su mentón y saltando al carro me lanzó la primera bolsa derecho a la nuca. Con los sacos y los bultos trepé por la escalera, mientras él seguía riñendo con su hermana. —No seas empecinado, escucha lo que te digo. Pasa a saludar a la gente... —ella hubiera querido que fueras de casa en casa—. Si no es así, nadie cruzará el umbral de tu puerta. ¿Cómo podrás vivir? Cargaba los fardos sobre mi espalda, los transportaba, los descargaba y paraba la oreja. Empecé a comprender que si en la aldea le habían hecho una acogida tan fría a Iosub era porque a los ojos de todos pasaba por ser un granuja y un asesino. Pero su hermana María insistía en la esperanza de que si él visitaba a los vecinos y trataba de disculparse, le harían de nuevo su lugar entre todos. Pero Iosub no quería ni oír hablar de eso. —Cuando regrese Zamfir ven a consultarlo... Oye, escucha lo que te digo, es tu cuñado y es hombre muy escuchado en la aldea. —Entonces que él venga a buscarme —dijo Iosub con terquedad. La sola mención de su cuñado la ponía fuera de si. Eso era evidente—. Que venga él a encontrarme primero, ya los otros seguirán su camino. Vendrán después. Y con tono amenazante siguió gritando: —Mejor que los de la aldea vengan detrás de él que sin él, porque lo que es él vendrá de todos modos, puedes estar segura. Y si no es así —continuó, aumentando el tono de enojo— me zurro en la aldea. En cuanto a tí, me puedo también olvidar que soy tu hermano... y olvidarme de la aldea, como en el año 40. Asustados, los caballos resoplaron, porque mientras Iosub hablaba saltó fuera del carro, con un golpe de hombro echó abajo varias bolsas y dejó al descubierto cuatro grandes "bidones" de gasolina. ¿En qué momento los subió y colocó allí? No tenía yo la menor idea. En Jassy no estaban guardados en la caballeriza, pero se notaba por las manchas de herrumbre y la pintura descascarada que habían estado mucho tiempo enterrados. Eran unos bidones militares del tipo de los usados por los alemanes, uno de cuyos lados se reemplazó por una pequeña lámina de hojalata que se ajustaba a lo que había sido el dispositivo del cierre con un candado. Iosub agarró uno de los bidones con aire furioso. Tumbó por tierra los otros tres, sosteniendo en la mano el cuarto, con movimiento muy vivo, lo que probaba su larga práctica para manejarlos. Luego, casi en seguida, abrió la puertecilla y metió la mano ante la mirada asombrada de su hermana. Dentro había mucho dinero. Billetes de mil, de dos mil y de cinco mil. Billetes rosados y azules, arrugados unos contra otros, que aun cuando Iosub gritaba y sacudía el bidón no conseguía hacerlos caer por tierra. —¡Míralos! —chillaba como con maligno placer al contemplar los ojos espantados de su hermana—. Puedo comprar toda la aldea si se me da la gana, y prenderle fuego de punta a

punta. Y que tú Zamfir no se ponga a llevarme la contra, porque lo deshago y pago por sus pedazos... ¿Me entiendes? ¡Ve a decírselo!... Debo aclarar que yo no comprendía bien a qué venía todo esto. La verdad, nunca supe lo que era tener dinero, nunca pude hacerme a la idea de lo que era poseerlo. Más bien, había conocido siempre lo que era no tenerlo. Para mí los que lo tenían eran los comerciantes, los que vendían en los mercados de Jassy y que llevaban sus bolsas repletas de monedas. Conocí bien aquel mundo que nadaba en la inflación y sus consecuencias, y no me lo podía imaginar de otro modo. Para mí, las monedas o su sonido eran la misma cosa. No me explicaba porqué Iosub se daba tantos aires blandiendo esos bidones frente a su hermana. En ese instante una mujer pasó junto a nosotros empujando una novilla que marchaba como dormida. La mujer caminaba muy rígida, con la cabeza levantada. Mirando de soslayo donde estábamos, fingía arreglarse el pañolón, y a medida que alcanzaba a oír lo que se hablaba acortaba el paso, como dispuesta a detenerse y mirar abiertamente. Al percibirla, María, que contemplaba con ojos espantados los puños con billetes que exhibía Iosub, tuvo algo así como un impulso de correr a taparle los ojos para que no viera, la muy indiscreta. Trabajo perdido, porque Iosub gritaba más fuerte y blandía en el aire su bidón cargado de dinero, con la evidente intención de que lo vieran. —¡Déjala que mire, que todo el mundo sepa, que se llenen los ojos!... Avergonzada y asustada, la pobre mujer salió corriendo y gritando detrás de la novilla que se alejaba. ¿Qué gritaba? Tampoco ella lo sabía. María quedóse allí, temblando de temor. —El mercado negro le dio bastante para ganar —dije yo con aire indiferente, mirándolo con desprecio, a manera de hacerle bajar un poco los humos a Iosub mas que con el deseo de explicarle a su hermana—. Ha traficado, su carro le ha permitido ganar, su caballo también y que decir mi... Cada vez más aturdida, la pobre mujer, volviendo su cara hacia mí como quien no entiende nada de lo que está pasando, después de mirarme, paseaba sus ojos por el bidón abierto que su hermano mantenía en alto y los otros tres que estaban por el suelo. Si su infeliz hermana no comprendía nada, menos entendía yo. Ni ella ni yo podíamos imaginar cuáles eran las intenciones de Iosub. Él si sabía muy bien que ni su hermana ni la gente de la aldea estaba al tanto de lo bajo que había caído el dinero en los últimos años. —¡La muy idiota —gritaba Iosub haciendo un gesto hacia la casa, refiriéndose a su mujer — se ahorcó como una imbécil que era! Hoy, si no se hubiera ahorcado, sería una gran dama. En cuanto a esta otra —señalaba hacia la casa de Anitza, donde yo la he dejado— ahora será una dama, y lo será para siempre hasta el fin de sus días. Y si no fuera así, es que no lo merecería y no que yo no lo hubiera querido. En cuanto a Nicu, Mitru y Calina —continuó gritando y señalando de nuevo su casa y hablando, sin duda, de sus hijos—, esos tendrán que volver del mismo modo que se fueron. Si los perdono, la fortuna les caerá del cielo. ¡Mi fortuna, entiendes! A condición, eso sí, de que yo los perdone, aunque quizá no los perdonaré, voy a adoptar a este (este, era yo)... y le dejaré mi fortuna. ¡Me oyes! Cansado de tanto vociferar, continuó: —María —dijo con la voz más calmada, casi enternecida—, nunca nadie, ni vivos ni muertos, juntaron tanto dinero en nuestra familia como el que ha juntado tu hermano en dos años. A mi parecer, Iosub no fingía; en todo caso, ya no fingía más. Ahora, él mismo se maravillaba contemplando sus bidones con los ojos de par en par, como si los viera a través de los ojos asombrados de su hermana. Hablaba con un aire seguro de sí mismo, tanto que en cierto momento me pregunté qué es lo qué Iosub iría a comprar con todo ese dinero... Mas, como no veía muy claro todo esto, lancé una palabrota y me dejé llevar por el pensamiento...

—Hermano, hermano —decía con voz quejumbrosa la vieja—, debieras ir a buscar a Zamfir, en cuanto regrese. Es tu cuñado y gente importante en la aldea. Él te dirá lo qué tienes que hacer. Pero estas palabras no hicieron más que desencadenar un nuevo ataque de furor en Iosub. —¿Ir a buscar a Zamfir? ¿Yo?... Cuando se me de la gana de verlo, vendrá bien sumiso a buscarme. Tu Zamfir me vendrá a lamer las botas. ¡Sus consejos se los puede guardar para él y limpiarse con ellos!... Ya verás cuando yo me digne hacerle un gesto de que venga. ¡Aunque tal vez no me interese verlo! ¡Vete a decírselo, a escribírselo, para que esté bien enterado, pues no querré verlo! ¿Qué esperas? ¡Vete a decírselo! Dale esto de mi parte, y que si quiere que venga. Pero a rendirme pleitesía. Iosub deslizó en las manos de su hermana algunos billetes de mil. Retrocediendo paso a paso, María escondió el dinero en su pecho y se alejó apabullada. Iosub pareció olvidarla en ese mismo instante. Cerró la tapa del bidón y lo colocó bajo la escalera, junto a los otros tres bidones. —¿Tienes un cuchillo? —me dijo, acercándose. No entendía nada de lo que estaba pasando. Todo me daba vueltas en la cabeza... Anitza... Esta curiosa aldea, que parecía pertenecer a otros tiempos... Iosub, del que no sabía qué pensar... Y esa cantidad de dinero... Había allí demasiado para que eso no valiera nada, pero al mismo tiempo me parecía que no había bastante para que valiera algo... Me palpó los bolsillos, encontró el cuchillo, lo tomó, y guardándoselo me hizo señas de que siguiera cargando los bultos. Cuando terminé de descargarlos, la tarde caía. En los bultos había trigo, maíz, harina de trigo y de maíz, unos cuarenta panes resecos, viejos; una caja de huevos, una horma de queso, una bolsita llena de fósforos, unos en sus cajas y otros sueltos; sal gruesa y sal fina, cinco rejas de arados, ocho cuchillas y una vertedera… y otro montón de cajas que yo no tenía idea de lo qué podían contener. Ningún otro bidón, aparte de los cuatro que él había descargado personalmente. Apenas hubo tiempo de subir todo eso al interior que ya la noche caía. La casa no tenía más que una pieza, la puerta que se abría hacia el exterior y una ventana no más grande que una mano. Techo, no tuvo tal vez nunca. Por encima del horno, una viga angosta y podrida se había quebrado, arrastrando con ella el techo de cañas. Por eso las lluvias carcomieron hasta los ladrillos del horno, y no solo el revoque. Cuando se levantaba la cabeza se podían ver las estrellas. En el interior, muy poco más de lo que Iosub trajo de Jassy. Una cama larga hecha con cueros de cabra, una caja de madera podrida, que apenas traté de mover sus tablas se deshizo en mis manos; un caldero, unas escudillas, cucharas de madera y un arado herrumbrado, que Iosub sacó fuera y se puso a repararlo a la luz de la linterna colgada del carro. Sin decir una palabra, sin preguntar nada, lo ayudaba con rabia. De tanto en tanto lanzaba una mirada hacia la casa de Anitza; mi esperanza era que alguna de sus ventanas se iluminara entre los árboles. Esperanza perdida. Ninguna luz se encendió en la aldea. Hacia la medianoche, después de terminado el arreglo del arado, Iosub me hizo señas de que entrara. Me dio un pedazo de pan, una cebolla y un poco de sal y me indicó en que rincón del lecho debía acostarme. —Prefiero dormir fuera —le dije. —Es lo mismo dormir aquí adentro —y me mostró el cielo, que se veía por el techo agujereado. Después de lo cual salió, cerrando con violencia la puerta y echándole llave. Le oí agregar: —Te abriré mañana por la mañana...

Me pareció ridículo su encierro. Si quería salir, podía hacerlo saltando por el agujero del techo. Iosub se quedó junto al umbral. Esperaba, sin duda, que yo le reclamara o pidiera explicaciones. Pero en vez de eso, me limité a gritarle: —Ese cuento de la "adopción" lo puede guardar para los hijos del diablo, ¿me oye? —y me eché a reír intencionadamente. Iosub esperó todavía un instante, pero cuando se dio cuenta de que por nada en el mundo le habría yo preguntado la razón por la cual me encerraba, se limpió el gaznate con dos ¡hum! ¡hum!... que despertaron a lo lejos los ladridos de un perro, y bajó al patio. En cuanto a mí, me tumbé como estaba sobre el lecho y me puse a comer mi pan, contemplando las estrellas que titilaban. Me veía hablando con Anitza, simulando indiferencia y una cierta socarronería, como debe hacerlo un muchacho, y la miraba riéndose con sus pequeños dientes blancos, riendo como Iosub... Así la veía yo en la imaginación... Afuera, Iosub, en carne y hueso, siguió dando vueltas algún tiempo. Después apagó la linterna, y en la oscuridad se le oía arreglar algo. De tanto en tanto, se escuchaba el choque de los bidones. "Está cuidando su dinero este tipo, dije yo como si hablara con Anitza. Dormirá sobre ellos... Espera un poco, ¿oyes?... No todos están llenos, hay uno que suena a hueco... ¡Qué zorro este Prisac! ¿Verdad? ¿Quieres que te diga una cosa? ¡Me ha encerrado aquí porque me tiene miedo!..." Afuera, Prisac seguía moviéndose de un lado para otro. Escuché los resoplidos de los caballos, luego una exclamación de esfuerzo y el trote de un caballo... Me precipité a la ventana. En el patio no quedaban más que dos caballos. Iosub había partido en el tercero. ¿Qué le daría por encerrarme? Me deja con todo su dinero en medio del patio, me encierra y se va; mañana es capaz de acusarme de que le he robado o que he colocado diarios en lugar de sus billetes. Quiere decir que tal vez él... Me precipité hacia la puerta. No estaba cerrada, simuló echar una vuelta de llave. En cuanto a los bidones, habían desaparecido. Se los ha llevado. Ahora comprendo: tenía temor de que yo presenciara donde los iba a esconder. Los habrá ido a enterrar en alguna parte... Pero a mí su dinero no me daba ni frío ni calor... ¿Y el cuchillo? Me lo quitó también por miedo a que lo degollara y le robara sus billetes... La idea de que Iosub, en su interior, me tuviera miedo, me quitó toda razón para temerle. Tomé una manta gruesa y me acosté en el carro. Ya tarde, cuando la luna se levantaba, creí ver a la distancia la casa de Anitza. No era más que una idea, pero para mí ya era bastante... A la mañana siguiente Iosub vino a despertarme. El día pintaba al horizonte. No me preguntó por qué había desobedecido su orden y estaba durmiendo en el carro. Por mi parte, tampoco averigüé qué había hecho con sus bidones. Sabíamos tanto uno como el otro que estas preguntas no nos llevarían a ninguna parte. Cargué cuatro bolsas en el carro. Metí en una caja diez panes y los huevos que Iosub había hecho cocer. Tomé un poco de sal y una piqueta. ¿A dónde iríamos?... Traté de adivinar. ¿A la feria?... Vi que Iosub cargaba el arado, pero me parecía increíble que fuéramos a la labranza. Él guiaba los caballos, no yo. Hicimos un alto junto a un pozo. El día apenas clareaba. Y a lo lejos, el sol doraba los contornos de algunas nubéculas. En el pozo había una mujer en camisa. El agua debía estar muy profunda y la cuerda era corta. De modo que la mujer, inclinándose con gran esfuerzo por sobre el brocal, dejaba ver

sus piernas hasta las rodillas, mientras que la brisa pegaba la camisa al cuerpo, dibujando sus formas juveniles. Los dos la mirábamos. Iosub y yo, cada uno con sus propios pensamientos. Cuando ella se retiró del pozo y se volvió hacia nosotros, tuvo tal sobresalto, el sobresalto de la que ve un aparecido. Era Anitza. Yo le sonreí, pero ella no me vio. No despegaba sus ojos de Iosub, quien, bajando del carro, se le aproximó con un balde en la mano y el látigo bajo el otro brazo. —¿Quién eres tú, bonita? —le dijo con el desparpajo de la gente de avería. Inmovilizada, Anitza lo miraba como a una bestia salvaje. —Dime quién eres —le dijo acercando la mano con gesto desvergonzado—. ¡Qué lindos pechitos! ¿Cuándo crecieron, dime? No me acuerdo haberte visto con ellos. De un salto me lanzé del carro, con una de las varas del arado en las manos. Anitza se puso a salvo y Iosub se contentó con meterle la extremidad de su látigo por el escote de la camisa y tirar con toda su fuerza. Pero la camisa resistió. Por el espacio de un segundo alcanzó a percibir el seno de la muchacha, que temblaba y se debatía fuera de su nido, pero en el mismo instante oí chasquear el mango del látigo que con una sola mano Anitza acababa de quebrar en dos, lanzando a la cara de Iosub los pedazos. Cuando éste, riendo, levantó el brazo para protegerse, ella le lanzó un balde de agua a la cabeza. —¿Quién eres, diablita? Espera, yo te voy a enseñar... —dijo Iosub, mientras retrocedía saltando en un pie y en otro para sacudir el agua de sus pantalones. Con las mandíbulas crispadas, apretando con una mano la camisa sobre su pecho y con la otra balanceando el balde vacío con aire amenazante, Anitza lo observaba reteniendo el aliento. —¿No quieres decirme quién eres? Por la gruesa tela de la camisa, un hilito de sangre apareció sobre el seno. El látigo, que tenía en la extremidad un fierro en forma de gancho, le había herido las carnes. —¿Quién eres, diablita? —repitió Iosub, tratando nuevamente de acercarse a tocar el cuerpo de la muchacha—. Bueno, aunque no te guste, vendré un día de estos a meter mis narices por allí. Yo estaba a su espalda, dispuesto a lanzarme sobre él. Sintiendo mi presencia, se volvió bruscamente. —¿Qué haces tú aquí? Lo hubiera deshecho en ese instante, si no hubiera escuchado a Anitza murmurarme: —Déjalo... Parecía segura de que yo la obedecería y, tranquilizada en cuanto a mí, se tornó hacia Iosub: —¿Qué has hecho de Sevastitza, Prisac? Su voz temblaba, no de temor, sino de cólera. —Te permites llamarme por mi apodo, ¿verdad? —dijo Iosub estallando en una carcajada, y como si no hubiera oído más que el "Prisac". Después, dándose cuenta de que no había nada que temer, dijo gruñón y sacudiendo el agua de sus pantalones: ¡Ah, si, bonita, búrlate de mí! Pero ya echaré un lazo sobre tí... —¿Dónde está Sevastitza, Prisac? —repitió Anitza—. Yo soy la hija de Sevastitza... ¿Qué has hecho de mi madre, Prisac? —Ah, si... —Sí, escúchame bien, Prisac. Tú crees que mi madre no me ha escrito... Te equivocas... ¡Me escribió todo! ¡Sí, todo! Recibí su carta por correo... Un sombra pasó por la cara de Iosub. Después de haber leído lo que esa sombra significaba sobre esa cara, Anitza se alejó sin apuro. Al cabo de un instante, se volvió:

—No recibí ninguna carta —dijo ella—, pero te traicionaste. Y luego, dirigiéndose hacia mí: Y en cuanto a ti, gran tonto, también se cobrará tu pellejo Prisac... —¡Arrastrada! —escuché que gruñía Prisac. De un salto me acerqué a ella: —Anitza... —¿Qué pasa? —Escucha, Anitza... —Se cobrará tu pellejo, te prevengo. Me da lástima por ti. —Anitza, es por ti que me quedo a su lado. Si no estuvieras tú aquí... —no me animé a decir nada más, fijos mis ojos en su camisita manchada de rojo—. ¿Es profunda la herida? Ella volvió la cabeza con aire indiferente, como si no le diera importancia. Me miró un instante a los ojos, hondamente, y después se alejó. Iosub, sentado sobre el brocal del pozo, se secaba sus zapatones mojados. —Coloca esa vara en su lugar —gruñó al verme junto a él—. Vamos a hacer beber a los caballos un poco más lejos... Levanta también el pedazo de látigo. Ya encontraremos donde ponerle un mango nuevo... El sol enrojecía el horizonte cuando salimos de la aldea. Íbamos uno al lado del otro, en silencio... Un silencio lleno de odio... Más reflexionaba y menos alcanzaba a comprender por qué Anitza había sacudido la cabeza con aire indiferente... ¿por qué no le importaba su herida? o ¿por qué yo le había dicho que sólo por ella me quedaba junto a Iosub?...

NICUTZA TANASE Un hombre bueno como el pan
Subido sobre el techo de la casa de Vrabete, se divisa todo nuestro barrio. Desde allí se contemplan no solamente las casas, sino lo que cada gente tiene en su patio. Si por casualidad alguien poseyera gallinas, se las miraría también, pero chiquitas. Viendo bien, se alcanza a descubrir la charca que hay frente a nuestra casa. Y qué charca, grande como un día sin pan. Si le habrán llovido injurias a nuestro alcalde por culpa de esa charca. Y sobre todo en otoño, cuando la gente tiene que hacer provisión de leña, y los carreteros deben dar una gran vuelta en su camino para no atascarse en esa charca. Los patos y los gansos de Vrabete y de Stanescu pasan su vida allí. Vistos desde el techo, no son más grandes que una paloma, y hasta más pequeños. ¡Qué alta es la casa de Vrabete! Desde allí se puede ver nuestra casa, un poco inclinada de costado, tal como es. Bueno, en nuestro barrio todas las casas son un poco inclinadas de costado, como si fueran a caerse. La de Albastroiu, y la de Albanas, y la del guardia caminero, y así mismo la del abuelo Nicolae, el mozo de cordel, en fin, todas, ¡qué! Pero no hay que temer, no se caerán. La gente cuida de evitarlo. Apenas descubren una rajadura un poco grande, van de un lado a otro hasta conseguir algunas vigas. Con esas vigas sostienen los muros. Mi padre dice que esas largas vigas se llaman puntales. Y si no me creen, no tienen más que subir sobre la casa de Vrabete y verán esos puntales en casi todas las casas. Un día de tantos subí hasta allí con mi padre. ¡Qué cosa hermosa! Y si quieren saber qué iba yo a hacer sobre ese techo, les diré. Mi padre iba a coger unas goteras. Nuestra casa, ah, eso sí, no tiene goteras. ¡Lo cómodo sería que tuviera una! Mamá no tendría entonces que molestarse tanto para juntar el agua de la lluvia. Simplemente pondría un caldero o una cubeta bajo la gotera y en seguida estaría llena. Ustedes no saben qué buena es el agua de lluvia para lavar la ropa y para bañarse. Mamá dice que contiene soda y que con el dinero que economiza en la soda puede comprar otra cosa. Si alguna vez suben sobre la casa de Vrabete, hay que tener cuidado de no mirar hacia abajo. Les puede dar el vértigo y venirse de cabeza, ¡Dios les guarde! y romperse la cara. El que se cae de allí ya está arreglado. Peor si tiene la mala suerte de caer sobre el asfalto que está frente a la casa. Porque ese Vrabete, todo hasta el patio está cubierto de asfalto, y eso que en nuestro barrio no hay mucho asfalto. Se puede contar con los dedos donde hay. Papá dice que en la ciudad todos los patios son asfaltados, y hasta las calles. Para mí, le dije, eso no es bueno, porque se quema uno los pies. Papá se rió y me dijo que en la ciudad la gente no anda con los pies descalzos. Si es así, está bueno. En la ciudad pueden tener asfalto, desde el momento que tienen zapatos. Vrabete, como Vrabete que es, tiene zapatos y asfalto ¡tanto mejor para él! Cuando a veces no está en su casa, jugamos a las tapitas frente a su negocio, sobre el asfalto, porque eso sí, hay que decir: se juega mejor sobre el asfalto que sobre el piso de tierra, porque es más pianito, más unido. Parece que Motoroi también quiere hacerse construir una casa grande. Hasta dicen que ya encargó los ladrillos y que le habló al viejo Costica, el marmolero, para que le haga una linda placa de mármol con su nombre y una fecha. Exactamente como la que le hizo a Vrabete. Vieron ustedes, la que está sobre la casa de Vrabete y que tiene escrito encima: "Propietario Vrabete Pompiliu, primera piedra, 19 de julio de 1937, bendición, 26 de febrero de 1938". Imagínense, los albañiles trabajaron cerca de un año. Si Motoroi pone ahora la primera piedra, de aquí a un año vamos a tener otra gran casa en el barrio. ¡Qué suerte la nuestra!,

¿verdad? Va a parecer más lindo nuestro barrio, porque no querrán ustedes que haya siempre casuchas, cobachas, ¡nada más que cobachas! Ahora, hasta los perros se han habituado a las casas grandes. Papá cuenta que cuando construyeron la casa de Vrabete todos los perros del barrio se juntaron enfrente y empezaron a ladrar, a ladrar, como cuando pasan los que hacen bailar al oso. Hay que decir que los perros era la primera vez en su vida que miraban una casa igual. Hay que decir, también, que en nuestro barrio hay la mar de perros. Cada quien tiene uno o dos en su patio, ya que no se pueden tener otros animales, se contenta uno con perros. A las otras bestias hay que darles de comer. Los perros comen lo que encuentran en la fosa de las basuras. Juraría que ustedes no conocen nuestra fosa de basura. Veinte o treinta veces más grande y más ancha que la casa de Vrabete, dicen que antes había allí un estanque con peces. Pero se secó y es que nadie lo cuidaba, pero en esa fosa se encuentran cosas nunca vistas. Es un verdadero pozo del tesoro para nosotros. También, cuando les diga de donde vienen esas basuras, van a comprender. En esa fosa echan las basuras de la ciudad. ¡Sí, sí, como lo oyen, de la ciudad! Allí se puede encontrar lo que se quiera: zapatos viejos y no tan viejos. Los de mamá están mucho más usados y los guarda para ir a la ciudad. Porque no se debe ir a la ciudad sin zapatos. Los chicos todavía pasan, pero las personas grandes no. Como les decía, en la fosa hay una de zapatos. ¡Cuantos se quieran! Sólo que no hay medio de ponérselos. Nadie se los puede poner. Son tan llenos de adornitos, y con unos talones altos y finos, que parecen zancos. De la fosa sacamos nuestras tapitas para jugar. Son tapitas de botellas de cerveza. Las traen en cantidad de la ciudad en la basura. ¡Cuánta cerveza deben beber en la ciudad! En nuestro barrio no se bebe tanto. Aplastamos las tapitas con una piedra o con un martillo y listas para jugar con ellas. En la fosa se encuentran también botones y toda clase de cajillas de cigarrillos. ¡Ah!, vale la pena que me oigan. Les contaré cómo se juega con los paquetes vacíos de cigarrillos. Es un juego divertidísimo. Un paquete de "Nacionales" o de "Marasesti" valen un punto. Los "Carpati" valen dos "Nacionales". A veces se encuentran también paquetes de lujo. Los "Tomis", los "Virginia". Los "Tomis" valen veinte puntos. Los "Virginia" también. Los "Reales" valen veinticinco puntos. ¡Por algo son reales! Cuando los camiones de vialidad llegan cargados de basura, los chicos y los perros se precipitan al foso. Las personas grandes también, porque se encuentran muchos pedazos de pan blanco y de brioches. En nuestro barrio no se hacen brioches más que para Navidad y para Pascuas. ¿Cómo hará, digo yo, la gente de la ciudad, para tener todo el tiempo pan blanco y brioche? Deben tener muchas fiestas de Navidad y muchas Pascuas, digo yo. Cuantas, no podría decirles. El viejo Tudose, que es nuestro amigo, y que trabaja en un camión de vialidad, cuenta que la gente de las casas donde él recoge las basuras, son gordos y sonrosados, como Vrabete, Montoroi y Agaton, nuestro pope. A esos él los conoce bien. Ustedes no quisieran conocerlos. Son los grandes "bonetes" de nuestro barrio. ¡Qué suerte tener este foso de basuras! Se encuentran a veces cosas interesantes, y esto se lo debemos a nuestro alcalde. Imagínense. No son basuras cualquieras. Son basuras que vienen de la ciudad. Y todavía algunos se atreven a decir que nuestro alcalde no hace nada por nosotros. Pero eso sí, no se les vaya a ocurrir venir a nuestro barrio cuando llueve, porque se arrepentirían. En la época de lluvias es mejor renunciar. Cuando llueve, hasta Damián, el cobrador de impuestos, el tambor y el gendarme que lo acompañan renuncian a venir a nuestra casa. Y si morirse es malo, en tiempo de lluvia es peor. El pope Agaton por nada del mundo se molestaría en ir hasta la fosa a pie. Exigiría un coche. Y ningún cochero arriesga su coche en el barro de nuestro barrio. ¡No es tan tonto! Tendría que ponerle cuatro bestias para sacarlo de los atolladeros. Y todo esto se paga, y muy caro, por cierto. Y el dinero entre los pobres, como dice mi papá, es tan fácil hallarlo como conejos en una iglesia. Me olvidaba contarles una cosa. Si ustedes no son de nuestro barrio y lo quieren visitar, hay que pasar primero por el puesto de gendarmería, de Rizoiu. Si no, pueden tener muchos líos. Sí, en el barrio hay un puesto de gendarmería. No una comisaría. Porque nosotros somos

una barriada. Y las barriadas no tienen vigilantes. Si Rizoiu los pesca, antes de averiguar de qué se trata, ¡les da una de esas palizas! ¡Este terrible Rizoiu! Éste sí que los deja molidos a palos. Es famoso por eso. Y más ahora, desde que lo han nombrado suboficial. Se ha puesto más malo. Entonces, ya saben lo que tienen que hacer; antes de penetrar a nuestro barrio hay que presentarse en la gendarmería, sino por más copetudo que se sea, no se evita la paliza. Porque Rizoiu dice que vienen a espiar ¡y está prohibido espiar! Rizoiu lo prohíbe, porque él ha recibido órdenes que vienen de arriba. Y las órdenes, no se discuten. Se ejecutan. Así lo dice él. Apuesto lo que ustedes quieran a que no conocen a Motoroi. Motoroi es nuestro panadero. Un buen hombre, bueno como el pan que vende. —No se encuentra mucha gente como Motoroi, dice mi mamá. —Y eso es verdad, que no se encuentra mucha gente así, contesta mi papá. —Dígase lo que se diga, Grigore, Motoroi es un buen hombre. —¿Un buen hombre? —Sí, un buen hombre. —Vamos, vamos, no es mejor que los otros. No sé lo que mi padre tiene contra él. Pero no lo soporta. Yo más bien pienso como mi mamá. Motoroi es un buen hombre. Para que vean, les voy a contar esto. Cuando paso frente a la panadería y huelo el olor del pan caliente, me detengo frente a la vidriera y miro para dentro. Motoroi, en cuanto me ve, me hace señas. —Entra, Trajano, me dice. Entro. —Buenos días, abuelo Motoroi. —Salud, Trajano. ¿Tienes hambre, chico? ¿Quieres media luna? —Tengo hambre, abuelo Motoroi, y quisiera una media luna. —Toma entonces una. Y me da una media luna tostadita. —Pero yo no tengo dinero, le digo. —¿Y acaso yo te pregunté si tenías dinero? —No, usted no me preguntó. —Entonces tómala. Tu papá me pagará cuando pueda. Y por supuesto que la tomo, como decir que no. Son famosas las medias lunas que hacen los panaderos de Motoroi. Tiene muchos obreros en su panadería. Trabajan de la mañana a la noche. También tiene muchas preocupaciones, el pobre hombre. Creen ustedes que es fácil llevar las cuentas y dirigir una gran panadería. Y lo que es Motoroi, eso sí, las cuentas las lleva bien. Y por eso no pierde nunca. Vende pan y compra tierras. ¡Y qué cantidad de terrenos los que ya tiene! Campos y campos, a perderse de vista. Y eso también le acarrea preocupaciones. La tierra hay que trabajarla. Se dan ustedes cuenta ¡cómo es de complicado todo esto! Para ser justos, hay que reconocer que eso es lo que se llama un hombre. No es como los otros. Si quieren convencerse pasen por el negocio de Vrabete, nuestro alcalde, sin darle los buenos días y sin quitarse el sombrero, y verán lo que les pasa. Papá lo ensayó una vez. —Eh ¡Grigore!, le gritó Vrabete, ¿en qué andas pensando que pasas delante de tus superiores y no dices ni siquiera buenos días? Eso lo vas a pagar, te lo advierto. Mi papá apretó los dientes sin decir nada. ¿Qué podría decir? Era un superior. Pues bien, Motoroi en cambio es muy diferente. No se da esos aires. No, es él quien se adelanta a saludar. Si le responden, bueno, y si no, no le da importancia. Motoroi no se enoja por nada. Desde que yo lo conozco nunca le he visto enojado. Y da crédito a cualquiera. Sin fijarse a quien y sin regatear.

—¿Qué sería de nosotros, dice mi madre, si Motoroi no fuera tan comprensivo? Mi padre no responde. Motoroi además tiene muy buen corazón. Jamás va a una casa a molestar por lo que se le debe. Motoroi tiene un libro de cuentas enorme y tiene gente que le debe en cada calle. Nosotros también figuramos en su libro. El día de pago de los ferrocarrileros, en nuestro barrio casi todos son del ferrocarril, se ve a Motoroi ir de casa en casa, con la cartera llena de dinero. También se detiene en la nuestra. —Buenos días, señora Grigore. La señora Grigore es mi mamá. Es así como Motoroi se dirige a mi madre, y a todas las mujeres en general. —Buenos días, señor Motoroi, responde mi madre. —¿Señora Grigore, puede abonarme algo a cuenta? Mi madre mira el dinero que mi padre ha traído. Lo cuenta, lo vuelve a contar otra vez. Y lo puede contar diez veces, sin que aumente. —Señor Motoroi, le retuvieron parte de su paga a Grigore y no podré abonarle gran cosa. No se moleste, pero comprenda que no puedo darle más. —Eso no importa, señora Grigore. Cuando no se puede, no se puede. No se preocupe, todo tiene arreglo. Y no vale la pena que se aflija por tan poco. Hay que esperar. Con la ayuda del Altísimo, estoy seguro que la próxima vez le darán todo su sueldo y entonces me abonará más. —¡Que Dios lo proteja, señor Motoroi! ¡También yo hago votos por la salud de Motoroi! En plan de broma, él me toma por la punta de la nariz y me pregunta: —¿Y qué vas a ser tú, Trajano, cuando seas grande? —Mecánico, señor Motoroi. —Ah, muy bien, ¿pero te gusta la mecánica? —Sí, ya lo creo, señor Motoroi. —Señora Grigore, cuando piensan ponerlo a aprender. —Más adelante. Ahora no lo aceptan, es muy chico, solo tiene siete años. —¡Siete años, ya tan grande! Espero que le de muchas satisfacciones. —Muchas gracias, señor Motoroi. Yo también le daba las gracias. —Señora Grigore, hay que ponerlo a aprender, ya lo creo. Un buen oficio es como tener oro en lingotes. Y todo esto se lo cuento para que vean como Motoroi piensa en nosotros. Después de pagarle a Motoroi, mamá se fue a la ciudad y compró tela gruesa para dos camisas. Una para mi padre y otra para mí. Tendré una camisa nueva, ¡habrá que verme entonces! —¡Grigore, compré tela para hacerles una camisa a cada uno de ustedes! Le anunciaba alegremente a mi padre al regresar del trabajo. —¿Y de dónde has sacado el dinero?, refunfuñaba mi padre. —No le pagué toda la cuenta al panadero. —¿Cuánto le diste? —La mitad. Quedó la mitad de este mes, que se agregará a nuestra vieja deuda. —Debías pagarle todo. Si no, la cuenta sube y no vamos a salir jamás de ella. —Por eso Motoroi no nos va a cortar la cabeza, es como la providencia. Él sabe bien que no tenemos medios. —¿Qué te da por hacer esos elogios de él?

—Óyeme, Grigore, hay ricos y ricos... Trata, por ejemplo, de pedirle dinero prestado a Stanescu o a Vrabete y de no pagárselo a tiempo. Se pondrían a gritar y son capaces de llevarte a los tribunales. Motoroi no es de esos. Pregúntale a Trajano que dijo: "No tenga cuidado, pagará otra vez". Nosotros, los chicos del barrio queremos mucho a Motoroi. Cuando, por casualidad, pasamos por su huerta, les juego por mi cabeza que no encontrarán una sola rama quebrada, y al contrario, si ven los árboles de Stanescu, de Vrabete o del pope Agaton, todas las ramas están caídas. Cuando cae la noche, nosotros nos metemos en la huerta de Motoroi y comemos todas las frutas que se nos da la gana y hasta nos llenamos los bolsillos, pero jamás le quebramos una rama. Tampoco nos divertimos tirándole piedras a sus árboles. ¡En cambio, hay que ver como dejamos las otras huertas! ¡Y lo tienen merecido! Por lo que a mí me toca, les arrancaría todos los árboles. ¡Son tan malos! Las quincenas pasan una tras otra y el Altísimo, como dice Motoroi, nunca quiere que mi padre gane un poco más. Ya llega la Navidad y nosotros no tenemos ni un cerdo, y la deuda con Motoroi ha aumentado. —¡Qué importa que aumente!, dice Motoroi. Ustedes no me van a estafar, son gente de muy buen corazón. No se aflija, señora Grigore. —Eso dice usted, pero como no me voy a afligir, señor Motoroi, cuando veo como crece nuestra deuda. —¡La deuda, siempre la deuda! Hablemos de otra cosa, señora Grigore. ¿No necesita un poco de harina, para hacer la torta de Navidad, señora Grigore? Le puedo dar cinco kilos. —Le tomaré dos kilos pasado mañana, cuando Grigore haya cobrado su quincena. —Pero no hablemos de dinero, señora Grigore. Llévese la bolsa de harina. Son bolsitas que tienen alrededor de cinco kilos. Y veo que tampoco tienen ustedes un cerdo. Entre, venga a elegir un cerdito. Porque debo decirles que Motoroi también vende cerdos. —No se haga mala sangre, señora Grigore, todavía me quedan tres. Y no se preocupe por el dinero, me pagará cuando pueda, sino es ahora, será el año entrante, no corre prisa. ¡Hay que decir que esa sí que fue una verdadera Navidad! Salchichas, hongos con repollo, brioches, mi padre trajo dos litros de vino. ¡Qué lindo es vivir entre gente así! —Papá, yo quisiera ir con las bandas que van de casa en casa, cantando los villancicos. —Anda, Trajano. Pero ten cuidado que no vayan a morderte los perros. —Sí, sí papá, tendré cuidado. —Pero ¿vas a ir solo? —¡No! —No dejen de llevar bastones. —Seguro. Tomamos los bastones, más grandes y gruesos que nosotros. Veremos si los perros se atreven a acercársenos. —¿A casa de quién vamos, Badulescu? —A la casa de todo el mundo, Trajano. Fuimos de casa en casa. "Buen día padre Noel ¿qué nos puede usted ofrecer?" Y así, por pobre que la gente sea, todo cristiano obsequia una o dos monedas. En algunas casas dan nueces. El último año logré reunir más de cien nueces. Alguna vez ¿comieron ustedes nueces con pan? Es lo más rico del mundo. —Trajano, pienso que deberíamos ir a casa del alcalde. Tal vez allí nos darán alguna cosa muy buena.

—Vamos, Badulescu. —Abre la verja, Trajano. Habría que haber sido mago para poder abrirla. Lo menos le había puesto treinta y seis candados, Vrabete. —Badulescu... —¿Qué te sucede, Trajano? —¿Si le hiciéramos una buena jugada al alcalde? —De acuerdo. —¿Y que le podríamos hacer? —Vamos a sacarle la puerta de sus gonces. Metimos nuestros gruesos bastones bajo la puerta, que saltó de sus quicios. La cerradura también saltó, arrastramos la puerta hasta la mitad de la calle y el alcalde salió. —¡Desgraciados, bandidos! Y corrió tras nuestro, en camisón, pero sólo hasta la salida de su casa. Hacía demasiado frío y no estaba habituado a las noches heladas. —Vamos a la casa del abuelo Nicolae, el mozo de cordel. —¿Recibe usted al viejo Noel? El abuelo Nicolae levantó la mecha de su lámpara. —Vamos, vamos, muchachos. Le cantamos y nos dio una moneda a cada uno. —Les doy todo lo que tengo. —Muchas gracias, abuelo Nicolae. En casa de Stanescu, la entrada estaba también arrancada. —¿Qué le hacemos a éste, Mitica? —Vamos a gritarle cosas feas. —Eso es muy poco. —Tendríamos que cubrirle la puerta con alquitrán. —¿Y de dónde sacamos el alquitrán? —En casa del abuelo David, el cochero, he visto que hay. El abuelo David no vivía muy lejos. Todo parecía salirnos bien. Valdría la pena de que vieran lo que hicimos. Era para morirse de risa. ¡Lo que va a decir Stanescu cuando vea su puerta embadurnada! ¡Qué diga lo que diga! Ya dice bastante cuando la puerta no está embadurnada. Si no son olvidadizos, se acordarán de que en el barrio existe un hombre bueno como el pan, Motoroi, el panadero. —¿Recibe usted al viejo Noel?, preguntamos. No tuvo necesidad de levantar la mecha de su lámpara, porque hacía tiempo que estaba levantada. —Entren chiquillos, pasen, nos dijo. ¿Han visto ustedes alguna vez una mesa que canta? Si no saben lo que es una mesa que canta, vayan a casa de Motoroi y la verán. Es la maravilla de las maravillas. Es de no creerlo, aunque uno lo está viendo. Eso me pasó a mí mientras la miraba con mis propios ojos. ¿Y creerán ustedes que delante de esa mesa que cantaba iba yo a acordarme de mis canciones de Navidad? Se me olvidaron todas. Sólo miraba la mesa con los ojos abiertos, como nunca en mi vida. —¿Y que es esta mesa, abuelo Motoroi? El panadero me tomó de la nariz y me dijo: —No es una mesa, Trajano, es un piano. —¿Cómo dice que se llama? —Un piano.

Motoroi se echó a reír. Alrededor de él todo el mundo reía. La señorita Jiji, que es la que toca el piano, como le llaman, rió también. Ellos reían y nosotros no dejábamos de observar el piano y el armario. ¡Y qué armario! No se hacen una idea... ¡Sólo de espejos! En cuanto a la estufa, era tan grande como el armario. Toda hecha de ladrillos coloreados que brillaban. Todo brillaba en casa de Motoroi. La cama, las mesitas a los lados de la cama. —Denle unos postres a estos chicos, dijo Motoroi. Y nos dieron toda clase de pasteles negros. No nos llamaron la atención, no los comimos. —Coman, coman, insistió Motoroi. Ustedes pueden no creerme, pero nunca en mi vida había comido una cosa parecida. Eran formidables los tales pasteles negros. —¿También querrán un poquito de vino? Hay que darles vino, ordenó Motoroi. Y bebimos vino... ¡cuánto vino tiene Motoroi!, se diría que es dueño de una taberna. —¡Buen año y buena salud, señor Motoroi! —Pónganle algunas medias lunas en la bolsa. Vamos, abran esas bolsas muchachos... pero ¿por qué me miran así? Ya ven ustedes como pasaron las cosas en casa de Motoroi, no es como en las casas de los otros. Él sí que nos recibió como un buen cristiano. Y nos ha convidado con tan ricas cosas. Claro, hay que decir que él tiene con qué. ¡Dios lo ha querido así! pero también él lo merece. ¡Es un buen hombre! ¡El buen Dios sabe lo que hace! ¡Cómo se habrá podido equivocar en favorecer a los demás! Ésos no merecerían siquiera vivir. La lástima es que ustedes no hubieran podido entrar también en la casa de Motoroi. Hubieran visto que nuestro barrio no es como parece. Con puras casas pobres, la fosa de las basuras, barriales, y paredes apuntadas con vigas. Es una verdadera lástima que no nos hayan acompañado. Pasó la Navidad y llegó el verano. Del cerdo, ni los restos, lo terminamos todo. Claro, un segundo crédito no hubiera estado demás. Pero, pasada la Navidad, en nuestra casa no se hablaba más que de dinero. En cuanto se para la oreja, se oye: Papa. —¿Qué vamos a hacer, mujer? Mamá —¿Qué haremos, Dios mío? Papá —¡Es ya demasiado grande! Mamá —Sí, es un poco grande. Pero tal vez no saben ustedes de que se trata. ¿Qué es la que es demasiado grande? La deuda. La deuda que tenemos con Motoroi ha crecido. Papá —Habrá que vender algo. Mamá —¿Qué podemos vender? Papá —Realmente, no veo que podamos vender. Mama —Pagaremos poco a poco. Papá —Habrá que apretarse más el cinturón. Por suerte que las gentes tienen a veces eso que se llama fortuna. Nosotros tenemos la suerte de que el panadero sea tan buen hombre. Y así fue como él mismo nos dijo lo que debíamos hacer para pagar nuestra deuda. —¿Por qué se mortifica tanto, señor Grigore? Es una cosa de nada. Usted me debe apenas mil ochocientos leis. Yo le doy doscientos leis más y usted me firma un pagaré sobre esta casa. De cualquier modo usted no se la va a llevar al otro mundo... Usted habitará aquí todo el tiempo que quiera y yo no le cobraré un alquiler muy alto. Yo ya veo que usted no tiene muchos medios. Choquemos y véngase a tomar un trago. Dónde anda Trajano, para que lo mandemos a buscar uno o dos litros de vino. —Estoy aquí, señor Motoroi.

Y yo me acerco. Estoy a punto de besarlo. Pero mi padre me saca de allí y me empuja hacia la cama. —¿Cómo es eso que le dé la casa, señor Motoroi? Es lo único que poseemos ¿y usted quiere quitárnosla? —¿Pero que va a hacer usted con ella? ¿Se la va a llevar al otro mundo? —¿Y usted señor Motoroi? cuánto más tiene, más quiere tener. ¿Acaso en su tumba va a haber más espacio que en la nuestra? Motoroi reflexiona, consulta su registro, hace cuentas, escribe algo, y dice por fin: —Si es así, señor Grigore, la cosa cambia. Usted ve cuantas obligaciones tengo yo. Cuanta gente a quien dar de comer. La panadería, las gentes que trabajan la tierra... Usted tiene un salario, y eso le basta. En cuanto al alquiler, nos hubiéramos podido entender. Ya se lo he dicho, señor Grigore, de todos modos usted acabará por venderla. Si no es a mí, será a algún otro, porqué usted ya ve, usted me debe mil ochocientos leis y yo también tengo necesidad de dinero. ¿Qué sería de mí si cada uno de mis clientes me debiera mil ochocientos leis? Reflexione un poco, señor Grigore. ¿Me quedaría comiendo sandías? Qué querrá decir eso de "viviría comiendo sandías". Nunca lo había oído decir. Pero yo bien hubiera querido ir alguna vez a un jardín lleno de sandías. A mí me gusta tanto la sandía con pan. Cuando mi padre cobra, a veces trae dos. Y como un buen pedazo, pero nunca me parece bastante. Pero qué imbécil seré yo. Motoroi está discutiendo con papá y yo pensando en las sandías. —Yo no puedo darle mi casa, señor Motoroi. Yo tengo un hijo chico y un salario muy bajo. —¿Qué puedo decirle yo? Usted ya sabe que a mí no me gustan las discusiones. Yo soy así, señor Grigore. Prefiero que las gentes se entiendan. Y no quiero disgustarme con usted. Sea sensato y fírmeme este pagaré. Así por lo menos tendré una garantía. Yo me precipité para ver cómo era un pagaré. Un papel blanco. Fue todo lo que pude ver, porque mi padre me empujó de nuevo hacia la cama. Y mamá, ¿saben lo que ella hacía? ¿Dónde estaba? Dónde podía estar, en la pieza con nosotros. Miraba a ratos a Motoroi y a ratos a papá. Y lloraba. ¿Por qué lloraría así? No me parecía que había motivo para llorar tanto. Pero mi padre rechinaba los dientes, los rechina siempre que está muy enojado. Reflexionaba. Miraba a todos lados, en la habitación, como buscando algo que hubiera podido venderse. Pero no encontraba nada. Vender la cama, quien se la iba a comprar. Ni siquiera como leña para el fuego. Era de puro pino y el pino no vale nada. Arde en un abrir y cerrar de ojos y chilla cuando arde. Vender el armario. No debía valer ni quinientos leis con todos nuestros trajes dentro. ¿Qué podía hacer mi padre? Acabó por aceptar. Motoroi, después de decir "choquémosla", me llamó: —Trajano, ve al negocio de Vrabete y tráenos dos litros de vino. Le dirás que es para mí, para que te de el que no está bautizado. Yo me fui de una corrida. —Señor Vrabete, déme dos litros de vino. —¿Qué pasa? ¿Están de fiesta en tu casa? —Oh, ya lo creo... —Toma, dame el dinero... —Tiene que darme del que no está bautizado, es para el señor Motoroi... —Para Motoroi, dice Vrabete, asombrado. ¿Qué está haciendo Motoroi en tu casa? Justo lo que yo pensaba. Cambió el vino y me dio dos botellas sacadas directamente del barril. Ya somos alguien... bebemos buen vino... no tenemos deuda... ya no se hablará más de eso... tenemos dinero... dos mil leis y nos permiten que sigamos viviendo en la casa, el alquiler lo pagaremos cuando podamos... como buena vida es una buena vida... qué buen corazón tiene el señor Motoroi... es bueno como un pan de Dios... a mí me dio dos leis...

además de los dos mil y todavía el vino... Creen ustedes que me los volverá a quitar... nunca en la vida... haré lo que quiera con esos dos leis... Ahora somos felices... Es así como llega la felicidad en la vida. Cuando uno menos la espera. Tenemos dos mil leis, en la casa, una verdadera fortuna... somos unos ricachos... unos ricachones... Toda la vida sentirán no haber estado en nuestro barrio en aquel día. Hubieran visto una cosa nunca vista. ¡Un automóvil! Sí, habré visto automóviles yo ¡Pero como aquel, nunca! Tampoco se vio nunca en nuestro barrio nada parecido. Les apuesto cualquier cosa. Veinte tapitas, si quieren. Que no han visto nunca un auto como ése. Brillaba más que la estufa de Motoroi, con eso les digo todo. Esa estufa que vimos cuando estuvimos en su casa a cantarle para Navidad. Tenía adelante como un águila y el interior era todo de terciopelo. Aunque se deshagan la cabeza hoy, mañana y todo el año, no adivinarían donde se detuvo este automóvil. Y a quien traía... Cuando se lo diga, se quedarán con la boca abierta. Traía a mi papá... Como lo oyen, a mi papá... tan cierto como que estoy aquí... Cuando el coche se detuvo frente a nuestra puerta, y los vecinos vieron bajar a mi padre, no acababan de santiguarse. Había que oírlos. Se habrá vendido a los boyardos Grigore. —¡Pero qué suerte, qué suertudo este Grigore! —Se va a terminar la miseria para él... qué coche... —¿Se habrá vuelto soplón?... Soplón, no sé bien lo que quiere decir. Si me hubieran visto correr cuando me di cuenta que el coche se paraba frente a nuestra puerta. Mi padre estaba ya en la casa. Yo me quedé mirando el automóvil y después me fui hasta la casa de Nicusor. —Eh, viejo, qué me dices, el coche no se paró frente a tu casa... —Qué más da. Mi padre también va a venir en automóvil. La mamá de Nicusor, cuando me vio hablando con su hijo, se puso a gritar: —¡Sal de allí! ¡Vete a tu casa! Ya no la puedo soportar a la madre de Nicusor, desde un día que me tiró de las orejas, y que me dijo que yo le enseñaba a su hijo hacer diabluras. Imagínense, como si necesitara que le enseñara alguien a saltar la verja de la huerta del pope Agaton. ¡Si la salta mejor que yo! —¿Me oyes? Vete a tu casa No quiero que Nicusor juegue con el hijo de un soplón. De nuevo soplón. ¿Qué significaría soplón? Me encamino hacia mi casa. Mamá está llorando ¿Por qué llorara? Porque por una vez hemos tenido suerte, papá se ha vuelto boyardo. Porque, como ustedes saben, sólo los boyardos regresan en coche a su casa. Tanto mejor para nosotros, porque a los boyardos no les falta nada, y tampoco a nosotros nos faltará. —¿Por qué lloras, mamá? ¿Por qué papá se ha vuelto boyardo? Mamá me acaricia los cabellos. —Eres muy chico, Trajano. Ella llora más desconsoladamente. Solloza. Desde que nos hemos librado de aquella deuda y que nos dieron dinero, mi mamá llora todo el tiempo. Casi todos los días. Pero ahora, sí que yo no entiendo porqué... No es nada bueno ser tan pobre, pero parecería que tampoco es bueno eso de volver en coche a su casa... ¿Qué será bueno entonces? Voy a preguntárselo a mi padre. Papá está acostado. Él me ha contado que los boyardos están siempre descansando y que se hacen servir. Está mirando el techo. ¿Qué verá en el techo? Yo también miro, pero no veo otra cosa más que las resquebrajaduras. Tal vez en ellas papá está descubriendo algo. —¿Cómo estás, papá? Mi padre se vuelve hacia mí, me acaricia los cabellos. Suspira y gime dolorosamente.

—¿Es verdad papá que ese coche te va a traer todos los días? Mi padre sonríe con una amarga sonrisa. Después se queja de nuevo. —¿Los soplones, papá, regresan todos los días en coche a sus casas? ¿Y tú también eres un soplón, papá? ¿Pero qué quiere decir, qué es eso de soplón? —¿Soplón? —Sí. —¿Y quien te ha dicho que yo soy un soplón? —Todos los que te vieron llegar en el coche. Decían: "Grigore se debe haber hecho soplón. Se habrá vendido a los boyardos". Mi padre bajó la cabeza. Dijo algo en voz baja, pero tan quedito que no alcancé a comprender. Y después, alzando la voz: —Mira, Trajano. ¡Mira como me he vendido a los boyardos! Sacó el brazo debajo de las frazadas. Estaba vendado. Estaba cortado a la altura del codo. La sangre empapaba los vendajes. —¿Sufres, papaíto? —Sí, mucho, Trajano. Gemía, suspiraba y contemplaba el techo. Siempre con la vista fijada en sus resquebrajaduras. —Vete a jugar, Trajano. —¿Tendrás que regresar al trabajo, papá? —Si me aceptaran... Vete, Trajano, vete a jugar. Puso su mano sobre mi cabeza. Me miró con los ojos llenos de lágrimas. Yo también me eché a llorar. En nuestra casa todos lloran. Salí fuera. Las mujeres estaban todavía en la calle, en la esquina. También ellas tenían los ojos llenos de lágrimas. Hablaban entre ellas y lloraban. Lágrimas... lágrimas en todas partes... Fue así como supe que mi padre no era un soplón sino un manco. —¡El pobre, que va a ser de él! —Le darán alguna pensión, o tal vez nada... —¿Y el muchachito? —Se morirá de hambre. —Los estropean y después los dejan en la calle... Esos miserables. La mamá de Nicusor me mira. —Vete Trajano. Juega con Nicusor. ¡No! No tengo el ánimo para juegos... Papá estuvo acostado varios días. Como los boyardos, sin hacer nada... Su brazo le duele mucho. De tanto en tanto va a casa del médico. Le cambian el vendaje y le ponen un medicamento para que no se infecte la herida. ¡Eso es todo lo que faltaba! Mamá se va a lavar a casa de unos y otros. Lava, plancha, limpia las cocinas con soda y llora todo el tiempo. Desde hace unos días tose mucho en las noches. Y no duerme, se pasa las noches tosiendo. —Vete a ver un médico, le dice mi padre. —¿Gastar dinero en eso? Y sigue tosiendo... Pero no quiere ir al médico por no gastar dinero en cosas inútiles. Yo no sé porque no quiere tocar el dinero. Trata de economizar para poder comprar otra casita, sostenida por estacas, naturalmente... Las casas sin esos apuntalamientos son muy caras, se necesitaría mucho dinero para comprarlas. A veces, cuando se va a lavar, me lleva con ella. Así yo le alcanzo el agua. A ella le cuesta mucho acarrear el agua. Hasta parecería que sus espaldas se hubieran curvado. Y tose mucho durante el día también.

Nunca he visto que la mujer de Vrabete fuera a lavar a las casas ajenas. Ni siquiera lava su propia ropa. Mamá se va a lavar. ¡Si, es así! —¿Por qué dices tú, papá, que las preocupaciones nunca acaban en la casa de los pobres? ¿Por qué solamente en las casas de los pobres? Mi padre no me contesta. Lo dejo tranquilo, para no molestarlo. Ya está bastante enojado siempre, sin que yo le de motivos. ¿Por qué no le arrancan el brazo a Vrabete?, ése podría estarse en su casa sin hacer nada. ¡Tiene con que vivir! Pero, ¿cómo podría perder su brazo? Acaso nunca ha trabajado duro como mi papá... En las prensas... Si al menos le pudieran sacar un brazo a ése, se lo merecería... y no sólo los brazos, sino la cabeza... Díganme una cosa. ¿Ustedes han tenido alguna vez zapatos nuevos? ¿Y trajes nuevos? Yo los tuve cuando era muy chiquito. Después, cuando crecí, nunca más me compraron nada nuevo. Llevo los trajes viejos de mi papá, que se arreglan para mí. ¿Saben quién me los arregla? La señora Chari, es una griega que sabe coser. Ella sólo trabaja con cosas viejas y nunca le falta trabajo, porque no cobra muy caro. Es una buena mujer. Dice que ni siquiera sabría trabajar en algo nuevo. Que le daría miedo arruinar la tela. Y, además, ¿acaso hay alguien que se pueda comprar una tela en nuestro barrio? Sí... ¿tal vez Damián, el perceptor de rentas? ¿Rizoiu, el oficial de gendarmería? ¿Vrabete?, ¿Motoroi?, ¿Stanescu? ¿el pope Agaton? esos ya lo creo... Pero yo no hablo de ellos. Me refiero a la gente del barrio... y entre ésos les dejo jugar a salta burro sobre mi espalda, si me pueden decir un nombre. En cambio, si van a mirar un poco al mercado del tío Lázaro, el día de pago de los ferrocarrileros. Ya verían qué cantidad de gente de nuestro barrio está allí. Compran trajes, zapatos, para los grandes y los chicos. También papá compra allí sus trajes "ya bastante domesticados". Y cuando ya no va quedando nada de ellos, entonces, la señora Chari los transforma para mi medida. ¡Ah, pero si ustedes vieran como juegan los hijos de los ricos de nuestro barrio! ¡Se quedarían pasmados si los vieran! ¿Creen ustedes que ellos juegan a la rayuela? ¿A las chapitas? ¿Al hueso o a los botones? ¿O con una pelota hecha de trapos viejos? ¡Nunca en la vida! Ellos tienen otros juegos. Bicicletas. Sí, como lo están oyendo, bicicletas. No tan grandes como la del oficial de gendarmería, más pequeñas, bicicletas a su medida. ¡Y monopatines! ¡Corren ellos que es de verlos! Los más chiquitos tienen baldecitos de colores, palas, rastrillitos, cañones, soldaditos de plomo, y otra cantidad de juguetes. Si vinieran sólo una vez frente al negocio de Vrabete, sobre el asfalto, ya verían. Pero les aconsejo que se tapen los oídos, porque en seguida oirían gritar: —¡Ya están aquí, estos descalzos, andrajosos! —¡Salgan de aquí, porquerías! ¡Váyanse a jugar en otra parte! Los descalzos, los andrajosos, las porquerías, somos nosotros. Aunque me lavaran con toda el agua del Dimbovitza y tomara un baño todos los días, para ellos siempre sería un asqueroso. Y todavía eso es lo que dicen cuando están de buen humor. Porque si no, gritan: "¡miserables!", "¡muertos de hambre!"..., y Dios sabe cuantas cosas más. Claro, ellos no son "muertos de hambre". Están bien rellenos. Hasta más no poder. Nosotros, por la noche, comemos la comida del día siguiente, y al día siguiente, retardamos la comida del almuerzo hasta la noche. Pero, sin embargo, no podemos decir que "morimos de hambre", porque ya les he contado que hay gente que tienen suerte, a pesar de todo. Nosotros, por ejemplo, tenemos la suerte que el brazo de papá empieza a curarse y que mamá puede trabajar. ¡Por eso no morimos de hambre...!

MARÍN PREDA Los Morometzi
Durante muchas semanas, las aldeas de la llanura quedaron desiertas. Empezaba a hacer calor al levantarse el sol, y aunque algunas veces, durante la noche, el cielo se cubría de nubes, al día siguiente las nubes desaparecían y dejaban límpidas las profundidades del azul del cielo para el ardor incesante y agotador de los días de verano. En esa época en que las bestias arañan la tierra ansiosas de un poco de frescor, o se lanzan atolondradas buscando el amparo de una sombra, la vida de los hombres abandona la aldea y se traslada al campo, bajo el sol implacable de la llanura. Los carros enfilan la ruta antes de perderse el lucero del alba. Los hombres que van a los campos atraviesan las tierras por innumerables caminos y senderos, donde las ruedas de los carros crujen. Por aquí, por allá, se alzan las voces, con tono excepcionalmente humano, azuzando a las bestias para acelerar la marcha. La mañana se baña en una claridad blanquecina, y en la aldea resuena todavía el canto de los gallos. El hombre se levanta, engancha los caballos, despierta a sus hijos, y se da prisa dentro del cercado. No hay nada especial que hacer. La partida en ese primer día de la cosecha parece ser una cosa normal y, sin embargo, el carro y los caballos esperan desde hace largo tiempo frente a la casa. El hombre y sus hijos están listos. Y la hoz y el barrilito lleno de agua fresca colocados en el carro, así como la comida que ha sido preparada la víspera. ¿Porqué, se pregunta uno, está el carro hace tanto tiempo allí? El hombre da vueltas en un mismo lugar, lanza una mirada a la huerta, atraviesa el patio, entra en la casa, llama a la mujer sin razón ninguna, simplemente para preguntarle si ha puesto la comida en el carro. Ella le responde enojada que hace rato que la comida está allí, pero el marido no la oye, no la escucha, sale con aire grave, apresurado, preocupado, se diría que ha sucedido algo, no se sabe qué, que algo de importancia se le ha olvidado. Se acerca al carro, busca las hoces, que están cuidadosamente alineadas entre los ponchos que acolchonan el lateral. Cuenta cuántas son las hoces, verifica si están afiladas, pone todo a un lado para revisar también las marmitas llenas de sopa de hierba y de mamaliga humeante. Tapa todo rápidamente, como si les desagradara ver que estaba todo en orden. Pasa junto a los caballos, que esperan tranquilamente con el belfo caído, y cuando el hombre se acerca, una de las bestias lanza un profundo suspiro. Examina los arneses, toma las riendas, arregla los bozales, ajusta el cabezal y luego afloja el freno. En ese mismo instante, la mujer desde el umbral dice gritando furiosa: "¿Qué es lo que esperas? ¿...No has acabado de dar vueltas alrededor del carro? ¿Hasta cuándo vas a estar embelesado? ¡Vamos, decídanse a partir...!" Pero el carro no se mueve. Algo acaso se olvidaba. "Ah, sí... es preciso que venga el chico con nosotros", dice el hombre con voz grave, acercándose al lecho instalado sobre la prispa. Allí, entre las mantas duerme un niño de cinco a seis años. Todos esos ruidos fuertes y prolongados no lo han sacado de su sueño. Duerme con respiración tranquila, hundido en profundo reposo. "¡Levántate, ven con nosotros a la colina...!" La mujer empieza a gritar: "Deja al niño tranquilo..." Lo va a necesitar ella para preparar la comida de las gallinas, para cortar las hierbas para la sopa, traer tal o tal cosa, llevar la comida a mediodía. El hombre no le hace caso. Piensa que se las arreglará sola. El muchacho debe venir al campo para echar las espigas en los surcos, cuidar los caballos y aprender a manejar la hoz. La mujer discute, pero el hombre no la escucha. Saca las mantas que cubren a la criatura que continúa durmiendo, pasa la mano alrededor de su frágil cintura y lo toma en brazos. Lo lleva así hasta el carro y lo instala sobre las otras mantas y trapos que allí se amontonan. El chico se despierta, pero

vuelve a dormirse en seguida. "Ya está. ¡Nos vamos!. .., grita el hombre... ¡eh, tú, abre la puerta! ¡sube al carro! ¡mira dentro del cajón si no falta nada! ¿El barrilito está allí? ¿Y tú, mujer, dónde estás? ¿Has puesto la comida en el carro?..." La puerta cochera se abre prontamente, como si el patio se deslizara sobre la ruta, o la ruta penetrara en el patio por la abertura de la puerta. El carro se pone en movimiento con ruido sordo y franquea la pasarela. Ya en el camino, se detiene todavía una vez y lanza una última mirada. A veces se puede olvidar algo. La mujer, que ha encontrado la cosa olvidada, un pedazo de queso, una cebolla, un huevo, una cuchara, o peor todavía, la sal, corre para alcanzarles todo esto a los segadores. Sobre todo si han olvidado la sal, el trapo blanco en que está la sal. La mujer corre como una loca, atraviesa el cercado y se precipita hacia el carro. El hombre abre y cierra los puños, jura y amenaza con castigarla, pero la mujer no le teme. Coloca el paquetito con la sal en el canasto de la comida y le reprocha al hombre que haya demorado tanto en largarse con tantos preparativos; no es extraño que le haga perder la cabeza. Por todos lados, por todas las calles y senderos salen de la aldea los carros, y antes que se levante el sol, las casas quedan vacías, sin vida, las calles desiertas, mientras que el silencio y el calor se instalan como amos absolutos, durante semanas y semanas. El carro recorre el campo y se acerca a la extremidad del terreno. Durante todo el tiempo que dura la marcha, los hombres no hablan entre ellos. Conducen en silencio sus caballos. Un carro tras de otro, sin mirarse, con una prisa tranquila, porque en ese momento nada tiene importancia, sino el pensamiento dirigido a ese pedazo de tierra donde el trigo tal vez ya ha crecido y madurado. El sol empieza a apuntar. La llanura se despeja de los velos blanquecinos de la neblina y del rocío que la cubrían y su extensión palpita en una inmensidad de fuego que quema los ojos y el cuerpo del hombre y lo arranca de su propio ser, le quita todas las preocupaciones aplastantes y agotadoras, como quien se reconstruye bajo una nueva forma. Las flores azules de la chicorea, con los pétalos de un azul más puro que la profundidad del cielo, aparecen de tanto en tanto al borde de los senderos estrechos, y el viento ligero de la mañana da al trigo la ondulación del mar, y la alondra que escapa entre las espigas sube recto hacia el cielo profundo y luminoso, y las temblorosas codornices, y las cigüeñas de marcha acompasada, y la flor amarilla de las espigas del trigo que no ha madurado se expanden en el aire y los caminos que dejan la aldea lejos, hacia atrás, y las hierbas tupidas al borde de los senderos, entre los cardos cuyas flores inmanta el ojo a la distancia, todo sale con vigor de la vida del campo y penetra en el hombre, subyugándolo. Él trata de captar este espejismo, guardarlo para siempre en su interior y, como no lo consigue, fustiga sus caballos con el látigo airado y se precipita hacia la tierra en que crece el trigo. Las bestias detienen el paso, resoplan y rehúsan trotar. Un potrillo relincha a lo lejos y otro relincho inquieto le responde. El potrillo que ha quedado atrás corre, ágilmente, con las crines al viento, salta y golpea sus cascos no más grandes que los puños de un niño y se lanza imitando el galope de los caballos. El hombre ríe entonces suavemente. Desaparece su obsesión. Una alegría tranquila, casi inadvertida para él, pero luminosa y eterna como el cielo, lo penetra y se transparenta en su cara. Cuando llega al límite del terreno, el hombre baja del carro, desata los caballos. Los chicos se apoderan de las hoces y comienzan a dar vueltas alrededor de los linderos cubiertos de hierba del terreno sembrado. Todo parece estar en orden y empezará la faena, pero se repite la escena de la casa. Un tiempo pasará sin que la actividad comience. Todos se detienen frente al trigal, midiendo con los ojos su extensión, de cara al sol, con la hoz en la mano, cambian una o dos palabras, como para hacer algo, pero sin decidirse a empezar. Se disputan por las hoces. Cada uno quiere tomar la mejor. La más afilada. La más nueva. El mayor se la quitara al más chico, éste a su vez cambiara la suya con el más pequeño, y al chiquitín le

tocara la más usada, lo que le obligara a arrancar los tallos en vez de segarlos. Entonces la tirara furiosamente al suelo y se echara a llorar. La siega dura varios días, y durante todo este tiempo el niño se torturará con ese utensilio usado que ya no sirve para nada. Amenaza con no trabajar, pero nadie lo toma en serio. "¡Vamos, decídanse a empezar!, el sol ya está muy alto...", grita el hombre impaciente, pero los niños no le escuchan, parecen esperar algo. Uno de ellos arranca una espiga. La deshace entre sus dedos. Sopla para separar la vaina. Echa los granos en su boca y habla del trigo de los vecinos, y se burla de los que no han llegado todavía al campo. Se tiran por tierra, luchan tomándose por la nunca y tironeándose, pero no empiezan el trabajo. El hombre se acerca a ellos y grita de nuevo: "¡Están locos!" El mayor ríe a carcajadas y dice a sus hermanos: "Padre hoy sí que está lleno de energía..." Los muchachos no dejan de reír. Ellos van a hacer lo más fuerte en el trabajo. Una vez que hayan empezado ya no habrá tiempo de hablar ni bromear. Por eso ríen ahora tan ruidosamente, porque durante estos minutos de espera tratan de recordar un pasado, de preparar un trabajo agotador. En ese instante prolongado, el más activo de ellos empieza a medir con su paso las porciones de tierra en que cada uno deberá trabajar hasta el fin. El padre no entra en esta cuenta. A él le tocará ligar las gavillas y hacer los manojos. Una vez que miden, el más decidido comienza a cortar las espigas y a tirarlas a puñados detrás suyo. En toda la extensión de la llanura, los hombres penetran en el corazón de las espigas. La siega ha empezado. El sol sube lentamente en el cielo, tan lentamente como el hombre avanza en el interior de su campo, casi doblado en dos, durante una hora, sin atreverse a mirar detrás suyo. Cuando el segador endereza su espalda dolorida cierra los ojos. Espera que su caminar obstinado de caracol lo habrá alejado mucho de su punto de partida. Aquel que es más débil no puede dominarse, de tiempo en tiempo se vuelve y mide la distancia recorrida. Cuanto más se vuelve y más mira, menos fácil le es inclinarse sobre las raíces de las espigas. A veces, el segador golpea sobre la tierra con la punta de su hoz rebelde y maldice, maldice el calor insoportable del sol, entra en el campo de maíz, arranca las hojas verdes del maizal para rodearse la cintura o envolverse la cabeza, pero allí donde hay muchos niños, el padre, que debe cerrar el bache y ata las gavillas, usa también palabras punzantes e irónicas: "Atención, oye tú, cuidado... no me escuchan... cuidado, el terreno te corre..." o bien con falsa bonhomía y falsa compasión: "Reposa un poco tú..." Otras veces el hombre, quitándose el sombrero, saluda simulando cortesía al que mira hacia tras, y luego sigue atando sus gavillas. En ciertos casos el segador hace el trabajo con más alivio, pero cuando todos están comiendo, el aludido traga con más dificultad, los bocados se le quedan en la garganta, porque sabe que sus hermanos se burlarán de él. "No se por qué, pero toda la mañana he pensado en Badea Modan", empieza diciendo el padre con aire misterioso. Los chicos, interesados por la voz inquieta, escuchan con gravedad. "Badea Modan, dice el hombre, debía estar colocado en medio de la llanura del Baragan, sonando la corneta antes de la siega, para llamar a la gente a la alcaldía. Personalmente le di ese consejo: Oye, Modan, el diablo debiera llevarse al que no dice las cosas tal como son. Tú debías reunir a la gente en la alcaldía unos días antes de la siega..." "No, me dijo, los que tengan necesidad de alguna cosa me vendrán a buscar a mi casa". "Pero es que las gentes a veces no saben ¡Modan! ¿Cómo quieres tú que sepan que no hay nadie como tú en todas las aldeas de los alrededores? Él me respondió: "Los que tengan necesidad de mí lo sabrán..." Yo reflexionaba en eso ayer, y me decía: "Habrá que mandarlo o no mandarlo... si yo lo envío , tendré que darle a Modan un harnero lleno de harina de maíz. Porque, naturalmente, no hace las cosas por sus lindos ojos, Modan. Pero, por otra parte, uno se dice ¿qué vale un harnero lleno de harina de maíz? ¿Valdrá la pena de darle a Modan un harnero de harina de maíz por una ayuda de él?" "¿Pero por qué papá?", pregunta uno de los muchachos, que no entendía nada de estas alusiones. ¿"Cómo por qué?", grita el hombre fingiendo encolerizarse porque el chico no comprende de qué se trata. "¿Cómo por qué?, no les he dicho, acaso, no les he dicho que me preguntaba todo el tiempo si sería bueno o no enviar al más perezoso a casa de

Modan..." "Pero ¿para hacer qué, papá?" Al oír esta pregunta el hombre se enoja más y hace una bolita con la mamaliga entre los dedos y la arroja con gesto indiferente. Después, en el colmo del estupor, sigue diciendo: "¿Cómo, ustedes no saben que Modan tiene la habilidad de operar la pereza? ¿No saben que en su casa tiene instrumentos que le permiten arrancarle la pereza a la gente?" Ante esa salida inesperada, los chicos abren espantados los ojos, porque siguen sin comprender de qué se trata. De pronto, entienden, y entonces se ríen, se carcajean, se desgañitan, se revuelcan en el suelo sin dejar de reír. El segador perezoso ha enrojecido. Pero ríe también, a pesar suyo. O simula reírse. Todo esto le pasa a gente que tiene mucho que cosechar, a los que tienen sementeras de más de tres harpantes. La mayoría de los campesinos desearía que la cosecha sobre su pedazo de tierra no tuviera fin, por eso trabajan lenta y cuidadosamente. Cortan los tallos lo más bajo posible, recogen cada espiga. Detrás de ellos, el rastrojo queda como un cepillo usado. Por haberse detenido mucho tiempo en la cosecha, la mayoría adquiere la reputación de haraganes. Los hombres que poseían lotes enteros, como los Morometzi y Dumitru Nae, se mofan de ellos, haciéndoles preguntas insidiosas como ésta: "Dime, ¿a ti te falta mucho tiempo para terminar tu cosecha?" Los lotes de los Morometzi tenían a sus costados vecinos de ese tipo y los otros dos límites se ubicaban entre el dominio de Marica y el terreno de la iglesia. Moromete recorría lentamente el rastrojo en todos sentidos y pasaba a menudo por los lotes de sus vecinos. Se detenía a atar los haces, se llevaba la mano a la frente y se quedaba así más de un minuto. Después llamaba a su vecino con un grito fuerte y prolongado, como si aquél se encontrara a kilómetros de allí: "Ola, Voicu..." Voicu Radoy no respondía. Se miraba moverse su espalda entre las raíces del trigo. Después de un tiempo se incorporaba, miraba a su vecino, y preguntaba con la mayor naturalidad y en voz baja, como si Moromete estuviera a su lado: "¿Qué me quieres?..." Moromete preguntaba entonces con un grito más estridente que el primero: "¿Cuánto te falta para terminar la cosecha?" Voicu Radoy se inclinaba de nuevo hacia la raíz de las espigas sin responder. Entonces Moromete atravesaba el rastrojo y se dirigía hacia él. El tiempo que ponía en llegar hasta allí hubiera sido bastante para echar un sueñito, a pesar de que del vecino sólo lo separaban unos cincuenta metros. Moromete daba un paso, se detenía, arrancaba una espiga que había escapado al cuidado de sus hijos. La sostenía en su mano, la observaba, hacía mil cálculos e hipótesis sobre esta espiga. ¿Quién había cosechado por aquí? Ah, sí, fue Nila. Nila, cuando una cigüeña pase por este lugar, dile que te ayude a recoger las espigas. Nila, con las mejillas encendidas, se volvía hacia su padre. Lo miraba mientras se enjugaba el sudor de la frente y no contestaba. Volvía después a inclinarse y se apresuraba en su labor, para no quedarse atrás de los otros. Moromete, con la espiga del trigo en la mano, se volvía hacia un lado y otro, contemplaba un haz, hundía la espiga en los manojos y seguía adelante con paso acompasado, cuidando que no lo picaran las espinas de los rastrojos. Su pie desnudo tanteaba antes de posarse, buscando un lugar para sus dedos, y recién entonces daba el paso. Después de un rato se detenía. Hacía calor. El aire quemaba. Los rayos del sol dardeaban sobre las cabezas con la fuerza de una hoguera gigantesca que estuviera ardiendo muy cerca, a sólo algunos metros por encima de la cabeza de los segadores. Moromete miraba a los lejos, atajándose la luz con una mano sobre los ojos, mientras pensaba: "¡Ay, viejo, esto quema!... se cocina uno aquí... se revienta..." Luego, levantando la voz: "Voicu, ¿qué haremos con este sol?... quema tanto que podríamos encender un cigarrillo. Su vecino no levantó la cabeza ni respondió. Moromete se le acercaba paso a paso con un avance lento, pero seguro. De tanto en tanto se paraba, deshacía entre sus dedos un terrón de tierra y lo miraba con aire pensativo. En el sitio de donde levantó el terrón la tierra era negra y grasosa. Un gusano se retorcía tratando de desaparecer en el agujero. Con la uña de su dedo nudoso Moromete lo aplastó, murmurando: "Suciedad, querías quedarte en el fresco, ¿verdad? Después de la cosecha habrá que hacer una buena labranza por aquí.

Prosiguió su camino, entrando en un campo de maíz, pero de pronto recordó algo y se dijo a sí mismo, con tono de desagrado: "Voy a tener que volverme, olvidé algo..." Regresó hasta el carro para buscar tabaco. Su vecino no tenía. Y vaciló un rato en decidirse si debía tomar también una dosis para aquél. Finalmente la tomó y se puso en marcha. Iba muy paso a paso, cuando, de pronto, se detuvo bruscamente, inmovilizado por una voz aguda e implacable. Una de sus hijas interrumpió el trabajo y lo interpelaba. "Vamos, papá, ata estas espigas, pronto será de noche... qué haces paseándote todo el tiempo, dando vueltas como un huevo en un caldero..." Moromete contestó de mal humor, con falsa cólera. "¿Por qué gritas así? Me asustaste. ¿No voy a poder fumar un cigarrillo acaso?" "Al diablo con tus cigarrillos, las espigas se secan y tú te la pasas rondando a saber qué..." Pero Moromete no la escuchaba y seguía su expedición hacia el terreno del vecino. Aquel año, durante la cosecha, Moromete no tuvo ninguna razón para no ser como era siempre, es decir un hombre que trabaja sin angustia, olvidándose de todo y perdiéndose en interminables contemplaciones en los rastrojos. Lejos estaba de sospechar que Paraschiv pensaba que esta sería la última cosecha que iba a realizar, y menos aún que Paraschiv proyectaba aliviar el hogar paterno no solamente de los terneros y los caballos, sino de una parte de la cosecha. Por el contrario, Moromete constataba que sus cálculos se cumplían más allá de sus mismas esperanzas y que su apreciación de la mañana había sido justa, cuando al despertarse previo una cosecha particularmente abundante. ¿Por qué podía tener temor? No comprendía, es cierto, la razón por la cual Paraschiv, en lugar de regocijarse al ver que el trigo no había sido nunca tan bello desde que tuviera memoria, se mostraba desganado y cosechaba como si llevara el peso de un yugo sobre la nuca. De hecho, puesto que la cosecha era tan buena, al llegar el otoño debía casarse como todo joven de su edad, pero tal vez no encontraba una muchacha que le conviniera, es decir que poseyera bastante tierra. Tal vez era esa la causa de su mal humor. Por lo menos, así lo suponía Moromete. Nicolaie, en cambio, sin aparente razón desbordaba de alegría. Las muchachas también se habían resignado a que se llevaran los carneros, y la madre no cesaba de alabar a Dios por el maná celeste que comía, como ella llamaba al trigo que el cielo le había deparado. Como siempre Moromete se las arregló más o menos al atar las espigas, y cuando al cabo de varias horas el sol estuvo en lo alto y pegaba más fuerte sobre la nuca del hombre, éste plantó tranquilamente su hoz en una mata de trigo y determinó descansar, diciéndose con una voz que parecía una amenaza: "Ya me voy de aquí", y tranquilamente se dirigió hacia el carro donde estaba su tricota y su tabaco. Y en seguida enfiló hacia el campo del vecino. Sus hijos lo vieron primero irse hacia un lado, pero después constataron que estaba del lado opuesto, y cuando todos se dispusieron a comer, habla desaparecido, y no se supo hacia dónde. Tuvieron que llamarlo a voces varias veces. Nicolaie se subió sobre la caja del carro y gritó con todas sus fuerzas: "¡Papá!..." "¿Qué quieres?", respondió de pronto Moromete. Estaba allí, muy cerca, con su vecino, sentado en el suelo, y las espigas lo ocultaban. Las muchachas bajaron la comida del carro y tendieron un toldo de junco para dar sombra. La madre encendió el fuego e hizo calentar una gran marmita llena de habichuelas hervidas. A la claridad del día, el fuego de las pajas crepitaba, y sus llamas eran unas amarillas, otras blancas, como el aire vivo de la mañana. Las mujeres se equivocaban y se quemaban las manos en las llamaradas invisibles. Esperando la comida, Paraschiv y Nila se tumbaron boca abajo a la sombra del carro. La cara de Nila se miraba más grande y congestionada por el calor. Daba la sensación de enfermo, como si tuviera fiebre y sufriera en silencio sus pensamientos confusos.

"No hay nada que hacer, dijo Moromete, acercándose al carro. Voicu dice que esto no es nada todavía, que hay que esperar a mediodía, cuando el sol esté sobre nuestra cabeza. Nos va a derretir..." En lo alto del carro Nicolaie balaba como un cordero: "Bájate, te has trepado allí para que las gentes te vean", le dijo su hermana mayor... "Déjalo tranquilo, ha trabajado mucho...", lo defendió su padre, sentándose a la sombra del toldo. "En la escuela se porta muy bien, hasta ha obtenido un primer premio, y aquí no lo hace tan mal", añadió, alabándolo, Moromete. "Pero, papá, lloriqueó Nicolaie, no comprendiendo que se trataba de alabarlo, me porté muy bien en la escuela, y aquí he cosechado bien. Ilinca puede decirlo..." "Ya lo creo, los has aprendido bien y sostienes tu hoz como una cigüeña." "A comer...", dijo la madre colocando la fuente de habichuelas a la sombra del toldo. Moromete miró la cacerola. No le habían dicho que las habichuelas habían sido retiradas del fuego hace un instante. Una película se formó sobre su superficie como si estuvieran enfriándose. Paraschiv y Nila salieron de bajo el carro y se acercaron a la olla. Moromete tomó un pedazo de mamaliga, lo hundió en el plato de habichuelas y distraídamente se lo llevó a la boca. En el mismo instante todo su cuerpo se puso rígido, con la cara muy roja y las lágrimas le saltaron por sus ojos, pero en lugar de beber un sorbo de agua para aplacar su quemadura, se contuvo y se volvió a sus hijas. "¿Por qué no han calentado estas habichuelas?", dijo con aire distraído y expresión impenetrable. No habló en voz muy alta, así que la madre que sacaba unas cebollas del cajón del carro no lo oyó, y no pudo por lo tanto contestarle que acababa de retirar la cacerola del fuego. "Ves, mamá, ¿qué estás haciendo allí?", preguntó Tita. "Y tú Nicolaie déjate de echarte sobre mi espalda... quédate tranquilo, lástima que no puedes estar bumben..." "¿Qué quiere decir bumben?", dijo Moromete sorprendido. "Quería decir que Nicolaie estaría mejor si estuviera enfermo, enrollado como una bola, con el pandero al aire." Paraschiv parecía estar solo. Sin esperar a que todos estuvieran sentados, tomó como su padre un pedazo de mamaliga y se sirvió copiosamente las habichuelas. En el mismo instante Moromete fijó los ojos en él con atención. Paraschiv, voraz y aturdido, tragó de un solo golpe un gran bocado, y de inmediato un estupor indecible se pintó en su cara y lanzó un alarido de dolor. "Toma Paraschiv, bebe un poco de agua", dijo Moromete extendiéndole el barrilito. "¿Te has quemado...?" "Figúrate, yo creí que estaba frío", dijo él, ingenuamente. Con ojos brillantes Nicolaie miraba a su padre y a Paraschiv. La madre no comprendía nada de lo que estaba pasando. "¿Qué es lo que tú creías que estaba frío?" "Esas habichuelas...", dijo Moromete. "Acabo de retirarlas del fuego...", gritó la madre. Las muchachas se ahogaban de risa y Nicolaie entendió por fin, echándose a reír delirante de gozo y mostrando a Paraschiv con el dedo. Éste, gesticulando, bebiendo agua, volvió de pronto el barrilito y lanzó a Nicolaie una bofetada con toda la mano, pero éste no sintió el dolor, porque la cólera de su hermano le hacía gracia. Aun Nila se retorcía de risa. "Sólo tienes tonterías en la cabeza...", dijo la madre, con aire enojado, sin mirar a su marido. "No te podías callar... No sólo no has trabajado nada hoy, sino, además, no es serio lo que haces." "Pero ¿qué es lo que he dicho?", exclamó Moromete con aire inocente, desencadenando de nuevo las risas que se habían calmado. "Yo vi las habichuelas y cuando las vi, vi que no

humeaban y creí que estaban frías. Por eso pregunté por qué no las habían calentado... ¿Cómo podía saber que estaban hirvientes?..." Tita, que apenas había retomado su aire serio, tragó un bocado de mamaliga y estalló de nuevo en risas, ahogándose, con la cara roja. Su madre le dio un pescozón, al tiempo de decirle: "¿No tienes vergüenza...?" Todos callaron y continuaron comiendo en silencio. "Voicu Radoy, dijo de pronto Moromete, viene a cosechar por la mañana, no muy temprano, porque en la mañana es agradable dormir y no es agradable madrugar, y además hay tiempo durante el resto del día. Cuando detiene su carro y desciende, contempla largamente su terreno y dice: ¡Buenos días, tierrita!, y la tierra responde: ¡Gracias por tu deseo, Voicu! Después de haberla mirado largamente, Voicu pregunta: ¿Me empezaré a ocupar de ti, tierrita?... "¿Y la tierra qué le contesta, papá?", preguntó Hinca, viendo que su padre no se apresuraba a dar la respuesta... "Qué querías que le conteste... no iba a discutir con Voicu, ¿verdad? Simplemente le dijo: Me puedes dejar como estoy y regresar a tu casa." Moromete no era del todo justo al hablar así. A su vecino le gustaba trabajar, pero le apenaba la idea de que ventas sucesivas habían disminuido su lote. Cada vez que, al bajar de su carro, miraba lo que le restaba de tierra, se quedaba pensativo, sin decidirse a empezar la faena. "Hace unos quince años hubo una gran hambruna, lo recuerdo como si fuera ayer. Voicu llegaba con su carro y en su carro su mujer, siguió contando Moromete, después de un silencio. Era entonces un hombre vigoroso y no jorobado como está ahora... ¡Ah, pobre viejo!, añadió Moromete, recordándolo. Tiempo de perros aquella época. El sol subía en el horizonte, pero aunque fuera mediodía, no teníamos nada que comer. Comíamos una vez por día y aún... Escucha, me decía mi mujer, la madre de ustedes, dos o tres días después de la cosecha, comamos algo, ya no puedo más. Yo comería, le respondí, pero qué haremos después, de aquí a la noche. Voicu también contemplaba el cielo, pero no fue sino mucho más tarde cuando supimos que ni él ni su mujer no tenían nada que comer. Un día, en el momento de sentarnos a comer, yo le dije: "Ven a comer con nosotros, Voicu". Le dije, sin darme cuenta, por decir algo, y Voicu debió responderme como se hace en esos casos: "No, gracias, yo ya he comido." Pero, en vez de eso callaba. "Oye, dije yo espantado a la madre de ustedes, ¿crees que Voicu tendrá la intención de comer con nosotros y por eso se calla?, y ella me respondió: "No te preocupes, él no vendrá, sabe bien que cuando uno quiere invitar a alguien a comer insiste por lo menos tres veces. "No repetí mi invitación, pero eso no cambió las cosas, aunque lo había invitado una sola vez, Voicu plantó su hoz y me respondió al cabo de un momento: "Aceptaría comer un bocado con ustedes." Cuando lo oí me corrió frío por la espalda. Era una mala pasada. Creíamos que tendría con qué comer y que vendría solamente a juntar su comida con la nuestra, para que así le alcanzara hasta la noche. La verdad es que nosotros teníamos en todo y por todo un poco de mamaliga, no más grande que la mitad de un puño. Todavía ahora Voicu se ríe cuando se acuerda. "No creo que le dé mucha gana de reír recordando eso, porque la verdad es que aquel año tuvo que vender tres harpantes de tierra y nosotros mismos nos vimos obligados a vender un harpante." Como se hablaba de ese harpante que se había vendido para que no murieran de hambre Paraschiv, Nila y Achim las muchachas recordaron que su padre les prometió poner a su nombre y al de su madre la casa paterna y la huerta, pero hasta ese día no había cumplido su promesa. "No vamos a recordar ahora historias que no vienen al caso, ni de bueyes volando, dijo la mayor con una voz intencionada y lanzando una mirada rencorosa a Paraschiv.

"Puesto que tenemos vacas, por qué no hablar de bueyes", contestó bromeando Paraschiv, con un relámpago de satisfacción en la mirada al pronunciar la palabra vaca. Altanera, la muchacha no contestó nada, pero se alejó del carro a descansar un poco más lejos, bajo una enramada. Castigaba así a su madre obligándola a levantar sola los restos de la comida, pero la madre lo hizo con la mayor naturalidad, mientras los otros se acostaban cada uno por su lado. Sólo Nicolaie no se sentía fatigado, y cuando su madre cerró el cofre del carro y buscó también un lugar en la sombra para descansar, él la siguió. Nicolaie había recibido una reprimenda por la culpa de Bisisica, y ahora le caía otra en la espalda. Intimidado, no se atrevió a hablar. No sabía cómo llamar la atención de su madre. Rehusaba ella escucharlo, y menos aún comprenderlo. "Mamá, mamá...", insistía, caminando detrás de ella, y cuando a su vez la madre se tendió en la tierra para reposar a la sombra de una enramada, él se sentó junto a ella y de nuevo insistió suavemente. Un gran silencio se extendía sobre el campo. Todo parecía aplastado por el calor, inmóvil. Acurrucado cerca de su madre, Nicolaie murmuró con una voz a la que la voluntad y el temor a la vez daban tanta pureza, que ella no pudo resistirse a abrir los ojos: "¿Qué quieres, hijito?...", le preguntó, rota de fatiga. "¿Por qué me llamas, y por qué no reposas un poco tú también?..." Nicolaie volvió hacia ella sus ojos despabilados, llenos de esperanza y de inquietud... "¿Le has hablado a papá?", preguntó a su madre con una voz tímida y como angustiado por el temor de que no hubiera escuchado su ruego. "Sí, le hablé, Nicolaie, ya le hablé, pero déjame tranquila ahora. Vete un poco más lejos...", le suplicó sabiendo que no hallaría cómo resistir al ruego de este hijo. "Vete un poco más lejos, déjame descansar..." Nicolaie no se alejó, y ella no pudo reposar. El muchacho se mantenía a su lado, acurrucado, con el cuerpo de costado y la cabeza inclinada hacia el rastrojo. "Me voy a ir, te prometo que me voy a ir, pero ruega a papá que me lo permita", volvió él a insistir, rascando con los dedos la tierra recalentada. "Dile, mamá, que yo he sido el primero de la clase, a pesar de que no voy todos los días a la escuela y si papá acepta, no le costará nada. Estudiaré mucho, ya verás. Obtendré una beca, y además, mamá, ¿qué haré yo todo el invierno en la casa? Cuando vuelva para las vacaciones cosecharé con ustedes. Sólo estaré ausente primavera y otoño, y aun en otoño, durante las labranzas, yo no hago gran cosa, y en la primavera, en la época del vinaje, el año escolar está ya casi terminado. Y cuando haya que empezar a cavar, yo ya estaré aquí de vuelta, sin que cueste nada, mamá, en ocho años..." Nicolaie no miraba ya el rastrojo, sino miraba a su madre, repitiéndole en voz baja, con pasión devoradora: "Mamá, en ocho años yo también sería maestro de escuela, y entonces..." "¿Qué es lo que estás contando, Nicolaie?", gritó de pronto la hermana mayor, y el chico se quedó sobresaltado ante esa voz cortante e implacable. "Espera un poco que ahora mismo yo voy a hacerte pope, y así no necesitas ser maestro...", dijo Hinca, que estaba cerca. Las dos hermanas habían oído toda la conversación, pero Nicolaie no se sublevó como otras veces. Ellas eran malas y tenían mucha influencia. El chico comprendió que le sería imposible conseguir nada sin su anuencia. "No me retes así, Hinca", le suplicó, y la muchacha se extrañó de que el chico hosco en otros tiempos, se hubiera suavizado tanto. Entonces lo miró con altanería, pero con cierta benevolencia. "¿Un tonto como tú pretende ser maestro?" "¡Cállate, Hinca? ¿Por qué lo tratas de tonto?", dijo la madre con enojo. "¿Acaso no he sido el primero de la clase?", insistió Nicolaie.

"¿Y eso qué prueba...?" "Oigan ustedes, ¿se reposa o no?", gritó Moromete, que estaba acostado cerca del carro. Nicolaie tenía un aire tan triste, que daba pena verlo. Cuando recomenzó el trabajo, Moromete, intrigado, preguntó en voz baja a la madre qué le había dicho el chico. Él no había olvidado la historia del primer premio, y el acceso de fiebre. La emoción que se había apoderado de él en aquellos días dejó en su corazón una huella profunda. Había en todo eso algo incomprensible. No podía escapar a un sentimiento de culpabilidad, que se insinuaba cada vez que veía los grandes ojos ardientes y la cara morena y pálida del muchacho. Se sentía Moromete tanto más fastidiado, cuanto que él hacía lo que creía mejor. Evitaba hacerlo trabajar demasiado, y el chico estaba siempre bien alimentado. Entonces a qué se podrían atribuir esas fiebres que lo atormentaban. La madre le dijo cuál era la idea del muchacho y Moromete se echó a reír. "¿Es cierto, Nicolaie, que por eso estás triste? Tranquilízate. Haremos de ti un maestro y aun un pope, si tú quieres..." "Pero...", dijo Nicolaie con un mohín, casi a punto de llorar. "Puedes creerme, es mejor ser pope, le dijo su padre consolándolo. Comerás siempre el pastel de los muertos y las mujeres te llenarán los bolsillos de dinero para que digas misas..." Las muchachas se echaron a reír y dijeron al chico que pusiera un toldo sobre las espigas. Paraschiv dijo bromeando: "Nicolaie, si eres capaz de volverte maestro, responde a esta pregunta: ¿Qué cubre al gato?... si lo sabes, podrás ser maestro", dijo Paraschiv. "Dejen tranquilo a ese chico...", intervino el padre, pero no cesaron de molestarlo, se burlaban de él, y cuando Nicolaie, sentado en tierra, ocultó su cara entre sus brazos cruzados, las muchachas volvieron a gritarle porque no había extendido los toldos. Pero él no se movió. Los otros todos quedaron estupefactos al oír, al escuchar un sollozo desgarrador e inesperado. Su confianza burlada, su deseo pisoteado atormentaban al chico, el cual, con sus desesperados sollozos, acusaba a los demás. Entonces todos se enojaron contra él y le ordenaron que se levantara. La madre protestó e hizo callar a las hijas. El padre, acercándose a Nicolaie, lo tomó por el brazo. El chico quiso desprenderse de su mano, pero su padre lo levantó en vilo, como se alza un ave por el ala. Lo obligó a mantenerse de pie. Al mismo tiempo le explicaba que era malo eso de llorar como un tonto que no sabe de bromas. "Déjame", dijo el muchacho arrancándose furiosamente de la mano de su padre, y se dirigió a través del rastrojo en dirección al camino. "Con que es así...", dijo Moromete y ordenó a una de las muchachas que lo alcanzara y le diera unos buenos golpes. Hinca partió decidida a traerlo de las orejas, pero cuando iba a tomarlo, Nicolaie le dio cerca de los ojos un golpe que la hizo chillar. "Que los perros te coman el corazón"..., le gritó Nicolaie, tirándole de los cabellos. "¿Pero qué le pasa a ese muchacho?", se asombró el padre, tratando de dominar su cólera. "Déjalo tranquilo, Hinca. Vuelve tú y que él se vaya..." Lo dejaron tranquilo, pero Nicolaie no se dio por vencido; a una cierta distancia se sentó en el suelo con la cabeza entre las rodillas. Las horas pasaban, sin que cambiara de lugar. A mediodía, cuando todos se reunieron para el almuerzo, Nicolaie no se levantó, ni vino a comer con los demás. Esta vez Moromete se enojó de veras. Fue hacia donde estaba el muchacho y le preguntó: "En realidad, Nicolaie, ¿qué es lo que quieres?... ¿Quieres ir a la escuela?... ¿pero pretendes irte ahora mismo, hoy?... ¿no te habrás vuelto loco?, ¿No?..., y se santiguó diciendo: "Vienes en el carro con todos por la mañana, te pones a cosechar como un buen chico, aprendes a manejar la hoz, y de pronto la idea de ir a la escuela te asalta, de irte inmediatamente, ¿ahora quieres ir...?"

"Te dije antes de ayer lo que me había dicho el señor Teodoresco de la beca, y no me has contestado nada..." "Si fueras un muchacho sensato, yo te querría más, respondió el padre. Un chico inteligente dice una vez lo que tiene que decir, pero no lo está repitiendo todo el tiempo. Ya me lo has dicho una vez y basta..." Era casi una promesa. En todo caso su padre le había dejado comprender que en la familia no sólo era Paraschiv, Nila y Achim, el banco y la propiedad los que ocupaban el pensamiento de su padre, ahora se preocuparía también por Nicolaie.

CAMIL PETRESCU Las diagonales de un testamento
Estaba casado hacía dos años y medio con una compañera de facultad y sospechaba que ella me era infiel. ¿Con qué ánimo podía presentarme a los exámenes? Pasaba la mayor parte de mi tiempo espiándola, vigilando a sus amistades, tratando de resolver los complicados problemas que me planteaba la interpretación de cada uno de sus gestos, ya fuera el color de un traje, o el simple hecho de haberme enterado, por casualidad, que pensaba visitar a alguna de sus tías... Sufría de un mal intolerable, que sólo se nutre de su propia substancia. Sin recursos, nos enamoramos después de entrevistas cada vez más frecuentes en las salas de la universidad y largos paseos a pie por todos los barrios asfaltados de Bucarest, que eran en aquella época precisamente los más solitarios de la ciudad. Algún tiempo después de nuestro matrimonio, que fue en cierto modo secreto, murió un tío mío. Era un hombre muy rico y su fortuna, dividida entre sus cinco herederos, representó para cada uno de nosotros un cambio fundamental en nuestra situación social. En verdad, decir que aquel matrimonio fue "secreto" era más bien un eufemismo, puesto que siendo yo mayor de edad, ninguna persona de mi familia podía oponerse a mi decisión. Mi madre, que vivía difícilmente, con mis hermanas, de la exigua pensión que le había quedado a la muerte de mi padre, no creo que me hubiera impedido hacer un casamiento de amor, a pesar de que precisamente aquellos que se han casado por amor tratan de convencer a sus hijos de que no deben hacer lo mismo. En cuanto a mis parientes más cercanos, sólo tenía dos tíos, hermanos de mi padre. El mayor, inmensamente rico, era tremendamente avaro, y se había desinteresado totalmente de nosotros, por temor, sin duda, de que un día pudiera enternecerse y se viera obligado a prestarnos ayuda. El otro, que era diputado, con fama de hombre muy espiritual y de excelente orador, parece ser que un buen día se permitió una broma pesada sobre mi madre, llamándola "viuda heredera", y ese dicho la hirió profundamente, no sólo porque ella creyó ver en ello una alusión a la complicada herencia que había dejado mi padre, sino también por el ridículo de tal apelación. Eso determinó que durante años ya no tuvimos con él ninguna relación. Por eso, al decir "matrimonio secreto", me refiero más bien al hecho que, aunque casados civilmente, no habíamos fundado, realmente, un hogar, esperando uno y otro tener ambos nuestros títulos universitarios para hacerlo. Evidentemente, con los quinientos miserables leis que ganaba como empleado en el Senado, en un puestito que había obtenido gracias a un amigo de mi padre, no hubiéramos podido vivir. Por eso sólo figurábamos como "novios". Era una situación muy delicada, pero habíamos llegado a ella por el temperamento apasionado de mi mujer. Ella seguía viviendo en casa de una tía, donde también residía como pensionista una compañera de estudios, que me presentó a la que sería mi mujer, y que al principio me gustó mucho más que ella, porque era morena, y mi tipo no eran las rubias. Pero he ahí que me había casado con la rubia, lo que dejó por cierto muy indiferente a su amiga. Había tanta juventud, tanta fragilidad, tanta liviandad en ese cuerpecito rubio, tanta generosidad en sus ojos azules, que fue ella quien triunfó. Nuestras largas conversaciones en el pequeño salón, donde los mullidos sillones desaparecían bajo un amontonamiento de almohadones, se habían convertido para mí, mucho más tarde, es cierto, en una necesidad espiritual. Esta muchacha era para mí una causa permanente de asombro.

Desparramaba a su alrededor una inagotable bondad. Ella sola realizaba todos los trabajos de que debía ocuparse su tía, que era institutriz, gastaba lo poco que poseía en hacer regalos a sus amigos, y cuando su compañera estuvo enferma, la cuidó durante dos meses como una verdadera hermana de la caridad, con una devoción sin límites y una abnegación de adolescente. Mientras que yo trataba de ocultar nuestro amor, ella se empeñaba en ostentarlo con orgullo, y aunque eso contrariaba mi modo de ser, empecé a sentirme halagado por la admiración que despertaba en mis compañeros el hecho de que yo fuera amado apasionadamente por una de las estudiantes más bonitas. Perturbar tan hondamente a una mujer deseada por todos, ser tan necesario a su existencia, eran sentimientos que afianzaban el juego íntimo de mi personalidad. Y creo que de ese sentimiento de orgullo nació mi amor por ella. Hasta entonces, las bellas morenas que pasaban en sus coches lujosos me atraían con la voluptuosidad a la cual parecían convidar a todo hombre que se encontraba a su paso, y en la que yo también habría podido participar —¿quién sabe?— en otras circunstancias. La verdad es que yo amaba a mi mujer por el placer que le daba y por la alegría inigualable que le había hecho saborear al sentirme yo mismo deseado, por ser yo también una fuente de voluptuosidad. Arrastrando todo en una especie de vértigo, este amor crecía incomparable, como florecían cada año en mayo las corolas salvajes de las lilas. Sus grandes ojos azules, vivos, como preguntas de cristal, la impaciencia de su cuerpo joven, su boca siempre húmeda y fresca, y esa inteligencia que parecía brotar no sólo de la cabeza, sino del corazón, eran en realidad un espectáculo maravilloso. Todos sus camaradas la adoraban. Muchachos y muchachas. En nuestra vida de estudiantes, todo lo embellecía su presencia. Realizaba todas las cosas con pasión. Algunos de sus triunfos eran milagrosos. Cuando empecé a estudiar la filosofía de los tiempos modernos, sobre todo el problema del espacio y el tiempo, comprendí que era necesario hacer un curso de matemáticas superiores con un erudito profesor de reputación europea. Pues bien, ella que no seguía sino cursos de francés y de rumano, que odiaba las matemáticas, en las que había sacado siempre notas muy bajas, me acompañaba, sin embargo, para no apartarse de mi lado y durante una hora cada semana, seria y quieta como una imagen, escuchaba los arduos principios del cálculo diferencial. Lo más extraordinario era que, aunque realmente no comprendiera nada de los elementos profundos de ese curso, planteaba problemas sorprendentes sobre ciertos detalles (y con qué pasión). Tampoco faltó nunca al curso de la enciclopedia de la filosofía, donde aprendió muchas cosas nuevas sobre la vida celular. Por otra parte, pronto debimos empezar a vivir juntos, porque ya no podíamos permanecer separados uno del otro ni siquiera unas horas. Nuestro hogar era un verdadero nido de bohemios, abierto siempre a los amigos jóvenes y donde se daban reuniones improvisadas, desbordantes de alegría y sorpresas. El gusto de ofrecer "una comida" asumía las proporciones de un acontecimiento que exigía hacer preparativos durante toda una semana. Una tarde pasada en las ferias, las vueltas en los caballitos de madera, y el vaso de cerveza fresca, acompañado de maíz tostado, todo eso era para nosotros una orgía. La alegría de mi mujer cuando, con motivo del aniversario de alguno de nuestros amigos, le preparaba a escondidas algún regalito, era más grande que la del obsequiado cuando lo recibía. Ese fue, sin duda, el tiempo más feliz de nuestros años de casados. Hacia la fecha de San Demetrio, mi tío, el rico viejo avaro, ofrecía una comida a todos sus parientes. Allí se encontraban su otro hermano, acompañado de su mujer y su hijo, mi madre, mi hermana mayor con su marido, mi hermana menor, que todavía no era casada, y yo con mi mujer. ¿Quién habría faltado a ese almuerzo anual, cuando tan bellas esperanzas de herencia estaban en juego?

El tío Take vivía en la calle Dionisia, en una antigua casa amplia como un cuartel, donde nunca recibía a nadie, más avaro y más encerrado desde que había empezado a sentirse enfermo. Ocupaba una única pieza de la casa, que le servía a la vez de escritorio, de alcoba y comedor, por economizar la luz y también la calefacción, pues era muy friolento. El viejo Gligore lo cuidaba, y su mujer Tudora hacía de cocinera y sirvienta. La mesa estaba esta vez tendida en el grande y alhajado comedor, como en los días de la juventud de mi tío. Un como lujo polvoriento y apagado: el mobiliario cubierto de un barniz marrón, descascarado en algunos sitios, las sillas altas y frías. El tío Take, con un chal en los hombros, presidía aquella comida, pero más que comer nos observaba. El sólo podía comer papas sin sal y macarrones al horno. Su hermano, el diputado, como convenía a un hombre espiritual y mundano, hacía gala de su verba graciosa. Mi madre, que no podía soportarlo y que tenía de él una pésima opinión, no se divertía con sus bromas. En verdad, se decía de él que era muy mala lengua y por eso más valía ser su amigo que su enemigo. Era uno de los raros miembros del partido liberal que gozaba de la simpatía, no sólo de la oposición, sino de la prensa, ya fuera democrática o socialista, porque no era "sectario". No tenía opiniones exclusivas, era perezosamente escéptico, indiferente, amable y conciliador en cuanto a principios. Sin ser lo que se llama un político popular, se consideraba como una de esas figuras bucarestinas llamadas "intelectuales de raza". —¿Qué me dices, Nae?, preguntó el tío Take. ¿Qué es lo que se cuenta por allí? ¿Entráis en la guerra o no entráis? No comprendimos muy bien si ese "entráis", dicho en vez de "entramos", significaba que el viejo descargaba sobre el partido liberal la responsabilidad total de decidir la guerra o la paz, o si había usado la segunda persona porque él ya se consideraba como muerto. —Take, ¿para qué vamos a entrar en esa guerra, puesto que podemos recuperar la Transilvania sin lanzarnos a ella? Usted se da cuenta (el diputado no tuteaba a su hermano, porque era quince años mayor que él), ¿qué situación formidable sería para Rumania en el momento en que, al firmarse la paz, presentáramos nuestra exigencia, respaldados por un ejército intacto de ochocientos mil hombres? ¿Quién sería tan temerario para rehusar darnos satisfacción? Por cierto que no serían las Potencias, que mutuamente destruidas a lo largo de la lucha, se hallarían en el último grado de agotamiento. Ionel Bratianu conoce bien estas cosas. No en balde es jefe de partido. Por mi parte tengo confianza en la buena estrella de Rumania... y creo además que en política nada bueno puede hacerse sin tener confianza. —¿Entonces? —Entonces, nos mantendremos con nuestro ejército en pie y esperaremos. El respeto que todos sentían por el tío Take era impresionante. Cada cual trataba de halagarlo, adivinar sus intenciones. En aquel momento era verdaderamente el jefe de la familia, seco, moreno, bigotudo. Pero no habría asegurado que el diputado no fuera a permitirse, a costilla nuestra, alguna expresión irónica, que habría hecho reír al viejo tío. Tengo la impresión que ni uno ni otro quisieron mucho a mi padre. Para ellos, que habían logrado hacer fortuna, su hermano careció siempre de espíritu práctico y seriedad. Profesor universitario, secretario general, publicista distinguido, mi padre, después de una vida muy agitada, había muerto joven, dejando un pequeño haber y muchas deudas. Sus hermanos no le perdonaron nunca que se casara con una muchacha pobre, y creo que tampoco a mí me perdonaban mi matrimonio, dada la condescendencia distante con la cual aceptaron a mi mujer. Hacia el final de la comida la conversación recayó sobre mi padre... El diputado, como tío galante, preguntó a mi esposa si ella seguía los cursos de filosofía. No sé por qué, tal vez por timidez, o queriendo insinuar que me acompañaba a esos cursos, respondió afirmativamente.

—¡Ah sí!, dijo él, esbozando una sonrisa, ¿los dos estudian filosofía?, acentuando las sílabras de esta palabra. —Sí... —Curioso... curioso... Por lo común es el amor quien lleva a la filosofía... y a qué filosofía..., agregó más irónico. Pero ustedes veo que han hecho el camino en sentido inverso, la filosofía los ha llevado al amor. Pronunciaba la palabra "amor" frunciendo los labios, como si se tratara del nombre de la pasta para limpiar los cobres, que se vendía bajo este rótulo. Todos se echaron a reír, y más cuando percibieron que el tío Take se divertía. —Lo que les deseo sinceramente es que no regresen muy pronto a la filosofía. Sería muy doloroso. No te quedaría más que volverte hacia la política, como hizo tu padre, nuestro pobre Cornelio, el cual, si no me equivoco, era él también hombre muy ducho en filosofías. Y volviéndose con sus mejillas infladas, bien afeitadas, hacia la cara desecada del viejo: Vea, Take, diga usted lo que quiera, es dar prueba de una ingenuidad deliciosa imaginarse que se puede enderezar un país. Yo hervía en cólera. Me era penoso oír hablar de mi padre con tal ligereza, pero también debía estar yo paralizado por el mismo sentimiento de temor que poseía a los demás frente a aquel tío, del cual dependía nuestro porvenir. —Ya lo creo, dilapidaba su sueldo de profesor universitario en la publicación de folletitos, gruñó con acritud el viejo ricachón, a quien cualquier gasto caía mal, aunque los que gastaran fueran los demás, y aún después de tanto tiempo. —Sobre este punto, Take, yo no estoy de acuerdo con usted. Cornelio era un entusiasta, un apasionado, y diciendo esto, el diputado se acariciaba grave e irónicamente la solapa de su saco. Firmaba un artículo de diario con el mismo entusiasmo que firmaba una póliza. A mí me gustan y me han gustado siempre los apasionados... a distancia... a distancia, bien entendido. Por ejemplo, debo decirle que por nada del mundo hubiera querido ser hijo de un apasionado... Cada vez que pronunciaba la palabra "apasionado" parecía subrayarla con sonrisitas suspicaces, con gran alegría del viejo ingeniero y empresario que pasó su vida entera haciendo números. Por mi parte, observaba a mi mujer, como pidiéndole perdón de todo eso, y ella me sonreía, exhortándome a tener paciencia. —Debo decir que no he conocido nunca a un hombre con tan poco sentido del dinero, afirmó el viejo. ¿Sabes tú por qué pasó varios meses sin dirigirme la palabra? Voy a contarles por qué. En esa época publicaba un diariucho cualquiera. No sé siquiera cómo se llamaba, y me envió un ejemplar. Yo no hubiera gastado tiempo en leerlo, se imaginan. Las tonterías que él podía estampar allí no era cosa que pudiera interesarme. —Oh, Take, perdón, no puede decir que las tonterías que sostenía Cornelio no eran divertidas... y el diputado, sirviéndose lentamente el vino, con ademán calculado, agregó sonriendo perdidamente: En cuanto a mí, esas discusiones de principios me divertían enormemente... —Claro, era un papel que podía tener alguna utilidad. Gligore envolvía mis zapatos cuando los llevaba al zapatero. Un buen día me llega un aviso de la administración invitándome, ni más ni menos, a pagar el abono. Creí que se trataba de una broma. Al cabo de un mes otro aviso. Esta vez me excedí y di orden de rechazar el diario y devolverlo al remitente. Algún tiempo más tarde me encontré con Cornelio. ¿Por qué, me preguntó, no has pagado la suscripción? ¿Qué suscripción? Cómo, la suscripción del diario... ¡Y por qué la habría de pagar!, ¿acaso yo te lo había pedido? Me lo enviabas porque te dio la gana. No quisiste mandármelo más, santas pascuas. Y por culpa de esta historia se pasó medio año sin

hablarme. Hay que decir que era como Esteban el Grande, "de un temperamento pronto a la cólera", como decían los cronistas. Mi madre y mis hermanas se contentaban con sonreír, pero los demás estallaron de risa ante esta comparación, que encontraron, por lo visto, muy espiritual, en tanto que a mí me parecía perfectamente estúpida. La comida era de una riqueza sorprendente, pero a pesar de eso los convidados comían poco, por temor de dar una mala impresión al tío. —Ya ves tú, Esteban, si tu padre hubiera sido más sensato, si no hubiera tirado el dinero por la ventana, les habría dejado a ustedes con qué vivir más cómodamente (es decir, que aunque siempre fingía ignorarlo, sabía que vivíamos con muchas necesidades). Pero tú eres el vivo retrato de tu padre. La prueba que también tú te has casado por amor. —Querido tío —le contesté, no pudiendo contener mi indignación por más tiempo— debo decirle que yo me he hecho a la idea de que mi padre no amasó una fortuna y que no habría de dejarnos ninguna herencia. Y también sé que las herencias no siempre son cosas sin peligro. En la mayoría de los casos, el padre que deja muchos bienes a sus hijos también les transmite las cualidades gracias a las cuales pudo hacer fortuna: una cara bien dura de esas que nunca enrojecen por nada, la capacidad de soportar las mayores humillaciones, y un estómago de esos que saben digerir hasta los huevos podridos. Y algo más, parte de la fealdad de la mujer con quien se casó por su dinero, y ciertamente una espina dorsal flexible como un junco, siempre que el raquitismo de la esposa no lo hubiera dotado también de alguna joroba, rígida como un tronco. Toda herencia es, dígase lo que se diga, un bloque. Yo sabía, y todos los demás también, a quién había hecho alusión con mis palabras. Ellas produjeron una consternación general. Seco y tostado, el tío Take pareció más seco aún. Se reconcentró en sí mismo, sin pronunciar una sola palabra. El único casi gozoso era el tío Nae, el diputado, a quien precisamente me había referido al hablar así, porque se había casado con una mujer feísima, y tenía un hijo espantoso. Pero mis palabras debieron alegrarlo porque por lo menos ya me veía desheredado y tal vez no sólo a mí, sino también a todos los míos. Hasta mi madre y mis hermanas, aunque se trataba de salir en defensa de mi padre, no parecían sentirse muy cómodas. En cambio, frente a mí, vi los ojos húmedos de emoción y admiración de mi mujer, sonriéndome como con la promesa de un beso. Solos, nosotros, por nuestra entera decisión, arriesgábamos una herencia por defender la memoria de un hombre, y mi mujercita una vez más daba pruebas de un total desinterés. El diputado, desde ese momento, extremó su celo en demostraciones de amistad hacia su hermano mayor, para dejar bien claro que él tampoco se solidarizaba con una actitud tan insolente, que no era sino una prueba más de que nada podía hacerse con ese digno hijo de su hermano Cornelio. Pero todas sus zalamerías fueron vanas. El viejo avaro seguía sombrío. Se levantó de la mesa apenas había terminado la comida, nos tendió glacialmente la mano para que se la besáramos los más jóvenes, y a los mayores les dio la punta de sus dedos secos. Apenas salimos a la calle, el diputado, que estaba lívido, desencadenando su furia, se precipitó sobre mí, dispuesto a saltarme al cuello. —¡Buena la has hecho! ¡Es inaudito, has perdido la cabeza! ¿Cómo te has atrevido? ¡Nosotros estábamos allí sin saber por qué punta de la madeja tomar a ese viejo maniático, y tú sales con una de las tuyas y pones los pies en el plato! Yo lo miraba tranquilamente a los ojos. —Yo no tengo ninguna explicación que darle. —¿Pero qué piensa usted, jovencito? Sepa que usted no está solo en este asunto. O acaso ignora que este viejo es asaltado todo el día por una serie de embaucadores... ¿Espera usted que deje su fortuna a alguna escuela, a algún hospital, o a cualquier otra cosa? ¿Y si nos deshereda a todos, qué le parece?

En esta explosión de pánico nada quedaba del hombre distinguido, famoso por su refinamiento y su espiritualidad. Se lamentaba, alzando los brazos como en una invocación. —¡Qué "gaffe"!, ¡qué "gaffe"! Tomé del brazo a mi esposa y volviéndome hacia él, le dije: —Le ruego considerar que yo hablo como me da la gana, hablo de la cuerda cuando quiero y peor para aquel que tiene un ahorcado en su casa. En todo caso, no pienso continuar esta conversación, sino cuando usted haya buscado en el diccionario la definición exacta de la palabra "gaffe" (era evidente que desconocía el sentido de ese término, que presupone la ausencia de toda intención de molestar o zaherir a alguien). Era ya cerca de la medianoche y el cielo estaba claro y sereno como en las más bellas noches de otoño. Al llegar a la esquina de la calle Batiste, sin preocuparse de los transeúntes, mi mujercita me dio con sus labios frescos y dulces el beso que me prometió en la mesa del tío Take. Pero además lo prolongó para que pasara por él toda la admiración de su alma enternecida. Veinte días más tarde, el tío Take era conducido con gran pompa al cementerio por los miembros de la familia. Pero ninguno de ellos estaba muy tranquilo. El que parecía más contento era el diputado, que me golpeaba afectuosamente la espalda. —No sé, jovencito, si debo presentarle ya los agradecimientos de toda la parentela. Habrá que esperar a que tomemos conocimiento del testamento. Pero no cabe duda de que eres un tipo formidable. Y presentándome a un grupo de viejos señores, vestidos de negro, que acompañaban a su última morada al amigo a quien sin duda no veían desde hacía mucho tiempo, lo hizo en estos términos: "Señores, a la edad de ustedes, no les aconsejo invitarlo a su mesa. Es un espécimen que no erra el tiro, ¡se los aseguro!" Algunos sonrieron: "¡Este Nae es incorregible!" En cuanto a mí, me asqueaba a tal punto que me costaba dirigirle siquiera la palabra. —Si el testamento es bueno, siguió diciendo, será preciso que registres tu sistema. Pero, la verdad, todavía temo que no nos reserve alguna sorpresa. En efecto, el testamento contenía una sorpresa. Por un codicilo fechado el 27 de octubre, yo heredaba una parte doble a cualquiera de los demás herederos. El espiritual diputado no sabía qué pensar, tanto más cuanto que el testamento comportaba otra medida en favor mío, que a su entender lo lesionaba considerablemente: la fortuna del difunto aparecía dividida por después de una serie de legados particulares en tres partes, de las cuales dos nos correspondían a nosotros y sólo una a él. Entre esos legados especiales, se citaba una casa en las puertas de París, que el tío, después de haber habitado un tiempo, terminó por comprar. Como sucede siempre, apenas conocido el contenido del testamento, mi madre y mis hermanas se hicieron un deber de llorar al generoso testador. Y toda la casa se llenó de un concierto de lamentaciones. "¡Pobre tío! ¡Qué mal lo conocíamos! ¡Juntaba el dinero para nosotros!" A pesar de todo eso, yo no pude entrar en posesión de toda la parte que me correspondía. El tío Nae descubrió, después de algunos días de meditación, que el testamento había sido mal interpretado. Discutimos al respecto, ásperamente, pero él se mostró inflexible. —Veamos, tío, ¿en qué se funda usted para creer que el testamento ha sido mal interpretado? —Léelo y tú verás. —Precisamente, veo... y todo me parece lo más claro. Hay dos cláusulas que nos conciernen, ¿no es verdad? Leámoslas juntos. —Eso es, leámoslas. Y pasándose las manos por los cabellos, con la mirada lejana, sus gruesas mejillas parecían más infladas que de costumbre.

"Una vez que se hayan repartido los legados particulares, el resto será repartido en tres partes. Dos de esas partes irán a la familia de mi hermano Cornelio Georghidiu y una a la familia de mi hermano Nicolae Georghidiu. A su vez, esas partes serán repartidas según la ley, la primera a mi cuñada y a sus hijos, la otra por mitades una a Nicolae y otra a su hijo." Todo esto es bien claro, ¿verdad? —Sí, ya lo creo que es claro, ¿por qué no habría de serlo? —Pero ahora lee el codicilo. Y con aire preocupado se rascaba nerviosamente la palma de la mano con su lapicera. "Yo dejo especialmente a mi sobrino preferido Esteban mi casa situada en el número 119 bis de la Avenida Dumesnil, en París, con su parque, la biblioteca y todo lo que contiene, para que la posea y goce de ella en recuerdo mío." —¡Ya ves, ya ves! —¿Cómo ya ves?, tío. Dejo "especialmente"... lea usted, "especialmente"... a mi sobrino "preferido". —Precisamente..., y sus ojos verdes como perdidos no miraban a nadie, pero todo lo observaban con asombro. —Eso significa que el tío Take me ha hecho un legado particular. —Ah, ¡no!, ¡no! ¡En absoluto! Eso no es un legado particular. Eso es lo que tú quisieras que fuere, un legado particular... pero no, no lo es... Yo lo siento mucho, pero lo escrito está escrito. Golpeaba la mesa con la punta de sus dedos, con fastidio y respiraba penosamente, mientras se sacudían las bolsas que se habían formado bajo sus ojos turbios, sus mejillas regordetas, lívidas, repitiendo como una letanía: —¡No, no... no! ¡No sé de dónde has sacado eso! Hasta entonces yo no me indignaba contra él, seguro de que no había comprendido el asunto. Por eso yo insistía pacientemente. —Veamos tío... aquí está escrito "Yo lego especialmente..." —Bueno, sí, está escrito... Frunciendo su boca de labios gruesos, espesos, deformados por la ira, no dejaba de golpear con los dedos la mesa como sobre un tambor. —¿Está escrito aquí "a mi sobrino preferido Esteban"? —Bueno, sí, también eso está escrito... —¿Y no dice más arriba que los legados particulares serán deducidos del total? —Eso puede estar escrito, pero aquí no se trata de un legado particular. Y como para dejar bien sentado que no pensaba volver sobre ese tema, cambiaba la lapicera de lugar, sobre la mesa, con gesto enérgico. Toda la familia estaba tan sorprendida como yo mismo de la actitud del tío Nae. Pero, por fin, tío, diga, ¿cuál es, según su criterio, la razón de haber dictado ese codicilo? Se había vuelto como un paquete de nervios empecinados, completamente distinto del filósofo indiferente y despreocupado, cortés, que se mostraba en sociedad. Temblaba de la cabeza a los pies como una espada tendida por una mano sacudida por el temor. —El codicilo quiere decir simplemente que, en la parte que te corresponde, está comprendida la casa de la avenida Dumesnil. Y no por cierto que ella sea un legado adicional. Me quedé asombrado. Pero, en verdad, no me sentía colérico. —¿Cómo va a ser eso, tío? si está escrito: "dejo especialmente", es decir: "dejo en particular..." —Justamente, justamente, porque está escrito "especialmente" ... si no estuviera escrita la palabra "especialmente" tú tendrías razón. Mi madre, mis hermanas y todos los que estaban presentes en esa discusión se sorprendieron grandemente de esta nueva interpretación, y yo creo que cada uno en su fuero interno debía decir: "Por algo este Nae pasa por ser un tipo tan listo."

Cuanto más se agitaba (temblando de inquietud, sin que yo pudiera explicarme bien por qué, puesto que ninguna decisión podía ser tomada en aquel momento), yo me sentía más tranquilo. Yo pensaba que siempre había sabido defender mis intereses con voluntad y habilidad, pero nunca con pasión ni con pánico. —¿Y cuál es, según usted, la razón por la cual el tío Take me deja heredero de su casa en París? —Muy sencilla, quería que tú la conservaras en recuerdo suyo... está escrito, ¿no lo has leído?, y señalaba con un gesto vago la copia del testamento. —Bueno, de acuerdo... eso sería decir que no me la deja con el derecho de disponer lo que más me convenga, sino que me impone guardar y cuidar esa casa por fuerza. Pero, como esa casa representa casi la mitad de la parte de los demás, ¿no me quedaría a mí, puesto que ella no puede darme ninguna renta? —Eso ya no es cuenta nuestra —y seguía mirando furiosamente el piso—, pero es indudable que si él ha puesto esa palabra "especialmente" —y al decirlo apoyaba sobre la palabra, como para darle una intención particular— es que quería que esa casa cayera dentro de la parte que te corresponde, precisamente porque tú eras su preferido. Yo me eché a reír. —¡Vaya una manera de favorecer a su preferido, quitándole la mitad de la parte que debía corresponderle! —Eso, eso no es cosa que nos interese. Todo lo que yo sé es que para que las cosas se partan de ese modo yo estoy dispuesto a iniciar un proceso. Era preciso reconocer que el deseo de mi tío Take de expresar su última voluntad agregando aquel "especialmente" daba lugar a una confusión. Lo que por otra parte no podía sorprenderme, porque yo no ignoraba que la excesiva precisión engendra muchas veces la confusión y que esa es precisamente una de las rarezas de la lógica. Muchas veces he pensado que Kant recurría a una extrema precisión intencionalmente, y que eso es lo que lo hace tan difícil de leerlo. El diputado parecía cada vez más poseído por la angustia y la ira. Iba y venía a través de la habitación, agitado, invocando sin ton ni son su desinterés, su honor, su espíritu de sacrificio... Parecía presa de una desesperación que resultaba casi penosa para los demás. Yo lo observaba con calma, como un sujeto digno de estudio, y en verdad no me sentía perturbado por la amenaza de perder más de medio millón oro, aunque me daba cuenta de lo que eso podía representar en mi vida. En ese instante el tío Nae semejaba al filósofo escéptico y desprendido de todo, indiferente e incapaz de tomar en serio ni una catástrofe, ni un drama, tal como lo conocían los lectores de los cotidianos, tan lejos como puede semejar la foto de un pasaporte a un retrato retocado que una actriz dedica a sus admiradores. Algunos días más tarde, él iniciaba la acción judicial. Entonces tuve una nueva amargura, al ver que mi madre y mis hermanas pasaban de su lado y emprendían juicios paralelos contra mí. Pero no fue esa la última sorpresa que iba a depararme el testamento. Mi mujercita, con sus grandes ojos azules y cándidos, intervino en la discusión con una violencia y una irritación de la que nunca la hubiera creído capaz. Se indignaba, replicaba, amenazaba, con un aire de madurez que en cierto modo me asombró. —Querida, te lo ruego, no te mezcles en todo esto, déjame arreglarlo a mí solo. Ella me miró con asombro, pálida de indignación. —¿Pero no te das cuenta que están tratando de estafarte ... porque tú eres demasiado bueno? Yo hubiera deseado que ella siguiera siendo, por encima de estas discusiones vulgares, delicada, femenina, frágil, un pequeño ser que necesita protección. Hubiera deseado no verla nunca bajo esta otra faz, enérgica, interesada.

—Soy yo quien no te comprendo, me decía. En la Universidad te enfrentas a todo el mundo, te apasionas para sostener que alguna célula por allí muere o no muere... Y cuando se trata de enfrentar a estas gentes que te quieren expoliar, te vuelves blando como una pluma. Una profunda tristeza me invadía, al darme cuenta que aun esta mujer, que yo creía ser mi alma gemela, no pudiera comprender que se podía luchar brazo a brazo por el triunfo de una idea y sentir al mismo tiempo la repugnancia de mezclarse en esas viles querellas por una suma de dinero, cualquiera que fuera la importancia de ésta, que no era posible abrirse camino a codazos entre tanto pícaro y tramposo. Sólo más tarde supe que la obstinación, el sarcasmo implacable con que yo defendía mis opiniones, esa intolerancia intelectual me habían conquistado la fama de ser terriblemente malo. Y que mis adversarios, juzgándome con su misma medida, se decían: "Si es tan ferozmente apasionado cuando disputa por cosas que no representan ningún interés material, ¡qué no será capaz de hacer cuando se trate de ellas!" Consulté a dos miembros, entre los más renombrados, del tribunal de justicia, quienes me afirmaron, uno y otro, que el derecho estaba de mi parte y que ganaría sin duda el proceso. Entre tanto, todos los miembros de mi familia, de acuerdo con mi tío, con el fin de justificar al menos a sus propios ojos su actitud hacia mí, decían que yo era egoísta, codicioso, deshonesto y contaban anécdotas de mi vida que podían corroborar esas afirmaciones. Cuarenta días después de la muerte de mi tío, debimos reunimos para el oficio de réquiem, y durante la ceremonia apenas cambiamos las frías palabras que exigían las circunstancias. Al salir de la iglesia, me acerqué a decirles que aceptaba su proposición. Aunque la diferencia para mí era considerable, esa parte repartida entre todos los herederos resultaba bien pequeña. Sin embargo, en cuanto les anuncié mi decisión, estallaron en explosiones de alegría que me parecieron desprovistas de toda decencia. Todos, inclusive mi tío, me estrecharon en sus brazos, me besaron, casi llorando de alegría, y me aseguraron que siempre me habían considerado un hombre de buen corazón y no dudaron de ese gesto que nunca olvidarían... Descorazonado, inerte como un muñeco soporté sin inmutarme los besos de aquellos labios falsos, y ellos exultantes de satisfacción ni siquiera se apercibieron del asco que me inspiraban. Yo creo que eran en ese momento tan sinceros como cuando me habían calumniado. Un viejo refrán afirma que "aquel que quiere ahogar a su perro, lo acusa de estar rabioso". Y yo pensaba que sería más justo decir que "aquel que quiere ahogar a su perro empieza por convencerse de que está rabioso". La verdad: es un gran error creer que en los seres mediocres la inteligencia pueda ir más allá de sus intereses. En eso Bergson está en lo cierto, sin duda alguna; la inteligencia no fue en su origen sino una cosa práctica, un instrumento de adaptación al medio, una manera de defender sus intereses. Y eso ha seguido siendo, hasta nuestros días, la mayoría de los hombres. Éstos no comprenden sino lo que les conviene comprender. Lo que se opone a sus intereses, se opone también fundamentalmente a su inteligencia. Excepto un número ínfimo de seres perversos —si existen realmente—, nadie puede hacer mal si su inteligencia no lo concibe. Pero sucede que esta inteligencia es un consejero extremadamente servil, en la gente no evolucionada, y ella, como cortesana mezquina, justifica cualquier cosa. El lobo cree sinceramente que el cordero ensucia el agua que va a beber, y el déspota que hace masacrar a millares de hombres, actúa de ese modo porque está cruelmente convencido que sin esa draconeana medida él sería el asesinado. En todo esto pensaba, cuando alrededor mío la familia que me rodeaba se excedía en elogios sobre mi persona. El diputado nos invitó a todos a un banquete de reconciliación. Cuando mi mujer se enteró de mi decisión, se mostró inconsolable y desde entonces odió a mi parentela más que antes. Su actitud estaba dictada, en gran parte, por su afecto hacia mí, y, sin

embargo, hubiera deseado que procediera de otro modo. No sin resistirse, aceptó la invitación al banquete del tío Nae. Fue una grande y penosa fiesta de familia. Hubo flores en la mesa, regalitos bajo las servilletas, un vulgar juego de botones de puño de camisa para mí, una pulsera barata para mi mujer, cosas que no podían causarnos el menor halago, porque no eran expresión de ningún sentimiento afectivo, sino una oculta y mal disimulada artimaña. El diputado estaba de muy buen humor y sus bromas desencadenaban ruidosas explosiones de alegría en los demás, Aunque no había logrado tener más que una vaga licenciatura de Derecho, poseía, sin embargo, una regular fortuna, debida en parte a la dote de su mujer —una casa y un viñedo en Buzau—, y en parte a la política, porque figuraba en varios consejos de administración. Tenía, además, la reputación de ser un espíritu muy realista, de los que no pelean con molinos de viento. Era un día de una espantosa tormenta de nieve, que bloqueaba las calles, detenía la circulación de los tranvías y golpeaba las ventanas. Dentro de la casa, el ambiente era agradable y tibio, abundante la iluminación, en las copas burbujeaba el champagne, el placer de los invitados aumentaba con la sensación de encontrarse en un sitio lleno de confort y de perfecta hospitalidad. Al terminar la comida, mi tío, que seguía jugando el papel de amable anfitrión, nos llevó, a mi cuñado y a mí, hacia su escritorio, y ordenó que allí nos sirvieran el café y licores. —Vamos a quedarnos por aquí, dijo... hay demasiado olor a calzón de mujer por allá. A mí no me agradó la frase, pero esa era la clase de lenguaje que hacía furor en el mundo político y en los salones de Bucarest. Se dejó caer pesadamente en un sillón de cuero y, después de encender un enorme cigarro habano, dijo: —Veamos un poco lo que ustedes piensan hacer con el dinero que han heredado. Mi cuñado, sorprendido por este brusco ataque, no supo qué responder. —No sé todavía, veremos... —En todo caso, confíenmelo a mí, yo se lo guardaré. Me sentí sumergido en un desagrado insoportable. Tenía para mí que aquella aparente teatral bonhomía ocultaba intenciones bien precisas. Como siguiéramos bebiendo a pequeños sorbos nuestros licores, sin tomar en cuenta su proposición, se decidió a entrar de lleno en los detalles. —Tengo una usina metalúrgica... —Vea, tío, yo pensaba... —¿Qué es lo que pensabas? Yo te conozco, porque te he visto actuar, no tienes un ápice de sentido práctico, vas a perder todo lo que has heredado (sin duda se decía para sí: "mejor que todo quede en la familia"). Con tu famosa filosofía no serás capaz de enriquecerte, ni harás nunca nada que valga la pena con tu Kant y tu Schopenhauer. Cuando se trata de dinero hay que ser más sagaz que ellos. Mi cuñado sonreía divertido, mientras yo observaba sus anchas espaldas. —Vea, tío, yo no tengo intención de enredarme en negocios. Creo que con lo que voy a recibir tendré con qué vivir modestamente. —iNo digas tonterías!, y sus ojos verdes brillaban. Nunca se tiene bastante. Tú no sabes nada de la vida. ¿Cómo crees tú que se debe mantener una mujer como la tuya? ¿Con las medias de algodón que hasta ahora le has comprado? Esta manera de mezclar a mi mujer con todas las demás me era insoportable. Yo la conocía y sabía que para ella esas bagatelas no tenían la menor importancia, que con su belleza hubiera podido procurarse una vida de lujo como desean otras mujeres, pero había elegido ser mi compañera. Yo la imaginaba siempre como una mujer capaz de imponerse, por

adhesión a mí, muchos sacrificios, y no una de esas que dejan a su marido por un par de medias. Mi tío, adivinando mis vacilaciones, cambió de tono: —Y además... hay muchas otras cuestiones... Ya verán que yo me preocupo más y mejor que ustedes mismos de sus intereses... Y dirigiéndose hacia la mucama, a quien había llamado para reclamarle si lo que había servido era café o algún otro líquido de dudosa procedencia, continuó la conversación sin inmutarse: —Pensaba en ustedes... porque precisamente no sabemos cuándo nos declararemos en guerra... —¿Cree usted que podamos entrar en guerra?, preguntó mi cuñado con inquietud, sabiendo que mi tío precisamente pertenecía a un partido que auspiciaba la neutralidad de Rumania en el conflicto europeo. —No se sabe nada todavía, pero podría suceder hoy o mañana... podría también suceder que se decidiera no entrar, ¿quién sabe? Pero de cualquier modo hay que tomar precauciones. Y precisamente uno de ustedes dos podría ser movilizado en la misma ciudad como jefe de la empresa ¿Qué te parece? ¿No dices nada? Vamos, señor filósofo, ¿qué te parecería quedar en la ciudad en vez de ir a luchar al frente de batalla? La verdad era que yo no deseaba que entráramos en esa guerra, pero ni por un instante podía concebir la idea de quedar movilizado en la retaguardia. —Yo no quisiera quedarme como un emboscado... El tío se levantó, nervioso, con los labios apretados en señal de profundo desprecio: —Escucha, jovencito, ¿tú crees que puedes hacerme tragar a mí semejantes patrañas? ¿Que tú quieres pelear en el frente? Esas son cosas que puedes contárselas a tu filósofo Kant, ¡tal vez él te crea! ¡Pero yo no! Y salió indignado de la habitación, dirigiéndose al comedor donde estaban los demás. Mi cuñado y yo quedamos un rato hablando de los trenes bloqueados por la nieve, de la lucha en Occidente... pero ambos teníamos la sensación de que nuestro pensamiento estaba en otra cosa. Mi mujer y yo hubiéramos preferido instalarnos en París o en Berlín, ciudad que me atraía más por mis estudios de filosofía. Pero no era cuestión, por el momento, de planear un viaje al extranjero, ya que la guerra había hecho regresar al país a muchos de nuestros músicos, artistas, estudiantes, y también a algunos vividores vagabundos que desde hacía ya muchos años residían en el exterior. Para nosotros, por el momento, todo cambio se redujo a trasladarnos a un bello departamento que habíamos alquilado en el barrio de Tei. Era una residencia amplia, bien conservada, que amueblamos bonitamente, aunque la mitad de nuestra herencia quedaba inmovilizada en París. Teníamos un hermoso dormitorio, con un cuarto de baño revestido de mosaicos claros, un saloncito para mi esposa, un escritorio para mí, y el arreglo de todas esas habitaciones nos mantuvo ocupados casi dos semanas. Era para mí un inefable regocijo verla asombrada por este brusco cambio; contemplaba "su comedor" con la alegría de una rubia y apasionada niña. Algunos días después de la conversación con el tío Nae, yo le conté sin darle mayor importancia, y como algo desmesurado, la propuesta del tío diputado. Con gran sorpresa para mí, en lugar de burlarse de ella, se puso muy seria. La idea de invertir nuestro dinero en esos negocios le pareció del mayor interés. Y fue así como acepté la proposición del tío Nae. Tan grande era la reputación de mi tío como financista y hombre de espíritu práctico que, aunque lo sabíamos peligroso por su falta de escrúpulos, decidimos reunir un millón y medio o tal vez dos en toda la familia para poder presentarnos a la licitación de una usina metalúrgica, propiedad de un francés que debía regresar a su país para formar parte de un

contingente en servicio de guerra... Eso habíalo obligado a liquidar urgentemente su usina, ya que no tenía suficiente confianza en su administrador. La usina, rodeada de un amplio terreno, situado en las cercanías de una estación ferroviaria, poseía inclusive una línea auxiliar que la unía a sus talleres, y eso hacía elevar su costo por lo menos a unos tres millones de leis. Pero el tío Nae estaba seguro de que podría comprar todo por un millón y medio. "Yo he hecho muy bien mis cálculos", decía. Pero sus cálculos fueron temerarios. Un concurrente, extremadamente peligroso, apareció en la persona de un tal Tanase Vasilescu Luminararu, cuyo último apellido debía derivar probablemente de su antiguo oficio de fabricante o vendedor de cirios, que después se convirtió en fabricante de objetos de cobre, y más tarde, según decían, de campanas. Los dos adversarios sabían que uno y otro eran rivales peligrosos y una lucha implacable comenzó entre ellos. —Óyeme, Luminararu, ¿cómo te atreves, con lo sucio que eres, a enturbiarme el agua? —Pero, señor Nae, ¡son cosas del comercio! Usted es negociante y yo soy negociante. ¡Qué culpa tengo yo si los negocios son así!, le contestó Luminararu, con la mirada oculta tras los vidrios negros de sus gafas. Mi tío, como ya lo hemos visto, era un hombre sin piedad cuando se trataba de defender sus intereses. Toda su fuerza entraba en acción como una fiera atacada. Sabía que su reputación de lengua viperina lo hacía temible y abusaba de ella, como esos animales que segregan, para defenderse, un líquido pegajoso y nauseabundo. Así que pasó a amenazas directas. —¡Te comerás las uñas, Luminararu! ¡Golpearás la cabeza contra las paredes, si pretendes ponerte en mi camino! —¡Me he visto en otras más difíciles, señor Nae! —Vendrás a implorarme de rodillas y te haré besar la mano de mis sirvientes. Luminararu ofreció dos millones quinientos mil leis, y mi tío, aunque sabía que la usina valía por lo menos cuatro millones, no disputó la oferta, se detuvo. En la Cámara rieron muchos del fracaso del diputado. Por una vez podían burlarse de él. Luminararu le envió al club una carta de visita, en la cual le aseguraba, con tono protector, su buena voluntad para otra oportunidad. Veinte días más tarde, exactamente, Luminararu venía a llorar a casa del hábil diputado, implorándole de que no lo arruinara, prometiendo, jurando por su honor, suplicando en nombre de sus hijos, y muchas cosas más... Imprudente y descuidado, Luminararu, después de haber entregado un millón y medio de leis esperó los últimos días del término legal de un mes para efectuar el último pago. El diputado estaba al acecho y el último día, el mismo sábado, hizo un embargo en el banco sobre la cuenta de Luminararu por un suma de cien mil leis. Esta maniobra inmovilizó el total del haber disponible y Luminararu ya no tuvo tiempo de liberar su cuenta. Si la licitación de la usina se anulaba, perdería el millón y medio que tenía entregado, pues anulaba el derecho de presentarse a una nueva licitación. Eso era, de parte de mi tío, una infamia a la cual, según su manera de ser, daría la apariencia de una broma, de una apuesta ganada. Su infortunado adversario tuvo que consentir en vestir el delantal blanco y el chaleco rayado del sirviente y servir un refresco a los invitados de Nae Gheorghidiu, con el cual firmó después un contrato de sociedad. Cuando tomamos posesión de la fábrica, se decidió que Luminararu, ayudado por mi cuñado, sería el director técnico. "Comprendes, me explicó mi tío, he matado dos pájaros de un tiro, tenemos la fábrica y, además, un especialista". En cuanto a mí, él me nombró, por pura fórmula, en la dirección de la oficina comercial. Al principio, Tanase Vasilescu Luminararu me hizo muy buena impresión. Con sus eternos anteojos negros, su secretario que no se separaba de él ni un paso, inspeccionaba, vigilaba, empleaba, despedía, hacía todo en la

fábrica, como un colaborador inapreciable. Lo que yo admiraba más era el cuidado meticuloso con que controlaba al contador y la paciencia que empleaba al examinar las columnas de cifras, ayudado por sus lentes de siete dioptrías, de los cuales se servía sólo para trabajar. Llevaba, además, en todos sus bolsillos, anteojos de repuesto. Más tarde supe que era un jugador de carreras de caballos, apasionado, muy conocido en ese mundo que se mueve en los hipódromos. Los aficionados de las tribunas esperaban ver a qué caballo él apostaba para orientar su jugada. Siendo muy rico, en la primavera siguiente ya había comprado un stud de caballos. Hacia fines de febrero, mi tío empezó a dar en su casa recepciones, a las que invitaba a sus colegas del Parlamento, a los banqueros y a otras personalidades influyentes. Como era natural, en vista de la prosperidad de la empresa, las mujeres más jóvenes y bonitas de la familia se repartían con habilidad, de manera de estar colocadas junto a aquellas personas cuya benevolencia convenía conquistar. Las familiaridades que los invitados se permitían con ellas se toleraban, tomándolas como finas atenciones, amabilidades, galanterías. El mismo diputado alentaba estas actitudes, creando una atmósfera apropiada, con su lenguaje atrevido. Inútil decir que mi mujer constituía el más precioso atractivo. Todo esto me ponía fuera de mí, indignándome. En la tercera de estas grandes comidas perdí la paciencia. Cuando pasábamos al comedor el tío Nae, con el pretexto de ofrecer el brazo a mi esposa, le rodeó paternalmente los hombros y como por inadvertencia le tocó los senos. Con un aire complaciente insinuaba al viejo secretario general, junto al que ella iba a estar sentada, que también él podía permitirse las mismas libertades. En cuanto a mi mujer, siempre apasionada por los negocios, por lo menos platónicamente, como un mirón sin dinero ante las mesas de bacará, parecía no darse cuenta de todos estos manejos, o no darles importancia, entrando en el juego de mi tío, con una buena voluntad que me contrariaba sobremanera. Hacia la mitad de la comida los convidados se volvieron más expansivos. Las bromas se entrecruzaban y se brindaba sin ton ni son. El secretario general, que empezó por extender el brazo sobre la silla que ocupaba mi esposa, se inclinó hacia ella para deslizarle al oído alguna broma, instante que aprovechó para poner su mano sobre el brazo de su amable vecina y terminó por abrazar por momentos el respaldo de su silla. Mi tío, que parecía encantado de la marcha de las cosas, en parte para demostrar su reconocimiento a mi mujer y en parte para realzar su valor, le palmeó amablemente la mejilla, como si se tratara de una niñita. Ella le sonrió afectuosamente, pues, a decir verdad, este tío desde hacía tiempo ya no le era antipático, pero él, en ese preciso instante, sintió mis ojos clavados sobre su persona. Me miró y se perturbó. Nadie entre los comensales se percibió de esto en medio de ese estrepitoso ambiente de placer, cargado de flores y sensualidad. Hasta el fin de la comida se mantuvo entre nosotros un cruzarse de miradas como un duelo mudo. Al día siguiente vino a buscarme a mi escritorio, visiblemente cortado, y me preguntó con mueca despreciativa: —¿Qué te pasaba anoche que me hacías semejantes caras? ¡Santo Dios! ¡Si te hubieras visto! ¡Gesticulabas como un mono! ¡Los otros también tienen mujeres! ¡Te imaginas que iban a tumbar a la tuya allí, sobre la mesa! Como de costumbre, había usado la palabra más cruda. Estuve a punto de abofetearlo, pero el respeto familiar que guardaba todavía hacia él, desde el tiempo en que de niño debía besarle la mano, refrenó mi impulso. Me contenté con no ir más a esos ágapes e impedir que mi mujer asistiera. No ignoraba, debo decirlo, que no pocas gentes consideran esas actividades muy naturales, y que en la mayor parte de los casos las mujeres saben que no van a ceder nada más que su sonrisa, un rozar de manos y algún otro contacto bajo la mesa. Pero a mí esos procedimientos me producían un profundo desagrado. Eran más denigrantes que una desembozada prostitución, por el hecho de agregar a ese juego turbio el engaño, la trampa, para no emplear la expresión más vulgar. Me repugnaba obtener el más insignificante favor gracias a la belleza

condescendiente de mi mujer, aunque no fuera más que un lugar en un compartimiento del tren, porque tenía la sensación de tener que tragar una droga aceitosa. Estoy, en cambio, persuadido que ella no le daba la menor importancia a los manejos de mi tío, puesto que una vez terminada las discusiones de negocios era la primera en sugerir, con un gesto de aburrimiento, que volviéramos a casa, donde se apresuraba a tenderse desnuda sobre la cama, o aun sobre la alfombra, bella y elástica como una gata. A pesar de todo, el negocio de la usina fue desastroso. En primer lugar, porque el antiguo propietario, que sabía dirigir su empresa, así como uno de sus ingenieros, también francés, debieron partir. Sin ellos, todo empezó a marchar de mal en peor. Toda la energía de Luminararu y la obstinación inflexible de mí tío —y en eso de obstinación inflexible era sin igual cuando sus intereses estaban en juego—, se desgastaron en vano. Para colmo de males, la excesiva severidad de Luminararu nos privó de uno de los contramaestres, tal vez el mejor, quien declaró que por nada del mundo se quedaría una hora más a las órdenes de "semejante majadero" que no conocía nada del negocio, y se marchó golpeando la puerta.

SUTO ANDRAS Demeter Stegaru hace don de su vida
Era en la entrada del otoño de 1944, la noche del 6 de setiembre, en la llanura de Transilvania. Sobre el camino polvoriento flanqueado de acacias bajas y espinosas y de matorrales de endrino, que lleva hacia los pantanos de Bodok, iba el viejo Demeter Stegaru, escoltado por dos gendarmes, que llevaban sendas plumas de gallos en sus sobreros. Los pies descalzos y la espalda encorvada del infeliz campesino contrastaban con los dos que lo escoltaban, calzados con botas y llevando el fusil al hombro. Hacía un cuarto de hora que caminaban así, los soldados con el paso mesurado de hombres acostumbrados a las largas marchas, Demeter, con andar cansado e incierto, trastrabillando penosamente, dirigía sus miradas tan pronto hacia su escolta como hacia los lados del sendero. Por otra parte, el pobre hombre no iba en estado de poderse mantener en línea recta y los gendarmes lo empujaban hacia la derecha o la izquierda, para que siguiera en medio del camino, con órdenes breves y duras. No quería que lo vieran escoltado así. Por eso hubiera preferido la gran ruta. Por donde iba había casas, iba y venía gente y a Demeter le parecía que las ventanas le hacían guiños al pasar él, como si tuvieran que transmitirle signos misteriosos. Se devanaba la cabeza y no alcanzaba a comprender por qué diablos lo llevaban hacia los pantanos de Bodok. ¡Tanto sufrió en su vida este hombre y conoció tan pocas alegrías, casi siempre ensombrecidas por muchos sinsabores! Sin embargo, logró salir a flote en los años más duros, pero esto que ahora le sucedía escapaba a su entendimiento. Varias veces trató de que le explicaran por qué lo llevaban: "No podrían decirme... para que yo sepa..." "Camina, sin comentarios... camina... y no te rompas la cabeza..." Esa era siempre la respuesta. Por lo menos la del soldado más joven, cuyos cabellos rubios y la voz gruñona no armonizaba con sus ojos azules como de niño. Demeter empezaba a exasperarse: "¿Qué es esto de camina y no te rompas la cabeza...? ¿Cómo no quieren que pregunte? ¡Ya los quisiera ver a ustedes en mi lugar y que yo tuviera el fusil en mis manos! ¿Es que ustedes no tratarían de averiguar qué pasa?... Camina, camina... Esa es una tontería que ningún hombre razonable debe pronunciar en estas circunstancias. .." Apostrofaba a los gendarmes con el pensamiento, mientras continuaba avanzando sumiso, como le ordenaban. Era una noche fresca, de luna llena. Sobre las praderas que se extendían a la derecha del camino brillaban las gotas de rocío y más lejos, hacia el horizonte, por encima del valle que separa las colinas, se extendía una bruma dorada. Del otro lado de los juncos, sobre la carretera, los camiones militares pasaban con gran estruendo sobre sus ruedas pesadas, en dirección a Ludus, donde los horthystas, partidarios del dictador fascista húngaro Horthy, sostenidos por los alemanes, mantenían todavía el frente. A la izquierda del camino, los rectángulos regulares de los viñedos se extendían sobre las colinas arcinosas. En las huertas, como si nada tuvieran ellos que ver con la guerra, maduraban los ciruelos y las uvas, y su aroma llegaba hasta el camino. —Las uvas empiezan a madurar, dijo Demeter volviéndose tímidamente hacia los que lo escoltaban. Los gendarmes no le respondieron. ¡Qué diablos! También ellos veían que estábamos en otoño y que los frutales se coloreaban. Demeter era un buen hombre, pero con pocas luces. Se comprendía que al hacer alusión a las uvas no había tenido ninguna intención, a ciencia cierta él tampoco sabía por qué dijo, aquello. Quizás porque quiso romper el hielo

que lo separaba de esos dos hombres que caminaban a sus costados. Encontrar algún tema en que sus pensamientos pudieran coincidir; pero no obtuvo ninguna respuesta. Los gendarmes, por lo visto, no estaban dispuestos a establecer amistad con él. Fue mucho después cuando uno de los soldados le ordenó: ¡Párate allí, Demeter, y siéntate al borde del foso, pero no te muevas de allí porque te puede ir mal!... El hombre se sentó sobre la hierba que el fresco de la noche humedecía. Se enjugó el sudor que perlaba su frente, mientras aquéllos, que no le quitaban los ojos de encima, cuchicheaban entre ellos, como diciéndose lo qué tenían que hacer. Demeter se asombró de nuevo, preguntándose cómo demonios resultó mezclado en esa campaña de Transilvania del Norte. Aquella mañana, a las 8 en punto, se oyó el tableteo de tres ametralladoras. La guerra, que hasta entonces se libraba en alguna región lejana, de pronto irrumpió hasta los alrededores de la aldea. Demeter estaba sentado en el banco del patio de la Alcaldía, era guardia rural y, además, como ocupación secundaria, oficiaba de campanero de la iglesia calvinista. Tranquilamente esperaba órdenes, rascándose la planta de los pies. ¡Qué bueno estar así, bajo los tibios rayos del sol matinal! El traquetear de las ametralladoras, que se oyó de pronto resonar en Feldioara, sembró el pánico. Los campesinos abandonaron los campos e hicieron irrupción en la aldea. Los que pasaban frente a la alcaldía preguntaban a Demeter: "¿Qué diablos sucede?... ¿Quiénes son los que se van y quiénes los que llegan?..." Era natural que la gente considerara que él, como representante de la autoridad, debía saber el motivo de los disparos que se escuchaban. Pero Demeter, pobre de él, estaba tan asustado como los demás, y no hallaba respuesta a su pregunta. Corrió a despertar apuradamente al señor secretario de la alcaldía, quien, con un pijama color yema de huevo, sin afeitarse, con los ojos lagañosos, apareció en la ventana y quedó escuchando los disparos. Todo ese tiempo, Demeter lo recordaba ahora lúcidamente, como si estuviera sucediendo. Se mantuvo un poco aparte, recibiendo en plena cara el olor acre de la cama deshecha que se escapaba por la ventana abierta. Durante un largo rato guardó respetuosamente silencio, después se animó a preguntar: —¿Qué será todo esto, señor secretario?... —¿Esto? Esto me parece malo, ¡eh!... Muy malo... En ese momento, el cabo de la gendarmería, un borracho ventripotente, asomó en la esquina de una callecita, llevando una bandera enrollada en su asta. —¡Demeter! gritó el cabo. —A la orden... —Te andaba buscando... A ti te andaba buscando... Demeter lanzó una mirada interrogadora hacia el secretario y después a su alrededor, como si creyera de que podía haber otro guardia rural en el patio de la chancelería. Le parecía muy extraño oírse llamar en medio de la batahola que se había desencadenado y tuvo como un presentimiento de que un nombre pronunciado en tales momentos de dura prueba, puede fácilmente adquirir una triste y peligrosa notoriedad. Demeter se sintió golpeado por un ventarrón que le iba a sacar del anonimato y a arrastrarlo como una hoja en la tormenta por toda la aldea. —Anda, que te están llamando, le dijo el secretario. El cabo de la gendarmería desplegó la bandera, que se puso a flamear en lo alto del asta. Demeter frotó sobre el suelo los pies que le picaban y observó, preso de gran temor, que todo había quedado en su sitio: el secretario con sus ojos lagañosos en la ventana, las gentes en sus casas, las acacias sólidamente plantadas al borde del camino. Pero él, Demeter, iba a tener que alejarse del amparo de la alcaldía. Miró atontado esa bandera desplegada que simbolizaba, por decir así, la audacia, mientras que sobre la cara del cabo de la gendarmería no podía leerse sino el temor. —Enarbólala inmediatamente en la torre de la iglesia.

—¿Por qué, jefe? —Porque presté juramento al rey y no voy a permitir que la bandera del país quede tirada en un rincón. Y no te alces de hombros, porque estamos en guerra y te fusilo como a un perro. Todavía le parecía ahora oír las vociferaciones del cabo de gendarmería resonándole en las orejas. Escuchaba también el crepitar de las ametralladoras y cuando cerraba los ojos veía, como en un sueño confuso, todo lo sucedido en aquel día memorable. Cuando izó la bandera, su mujer, María, que estaba frente a la puerta con sus manos regordetas cruzadas sobre el vientre, levantando hacia el cielo su cara triste, esa cara que había sido tan linda en otro tiempo, le gritó: —Cuidado, no vayas a caerte por la ventana... Siempre, cuando Demeter se inclinaba en la ventana de la torre, desde donde podía ver el techo de su casa y se divertía observando el juego amoroso de las palomas, su mujer le gritaba la misma cosa: "Cuidado, no te caigas por la ventana..." Tantas veces escuchó esas palabras que hasta olvidó su sentido. Sólo quedaba una especie de melodía familiar que ascendía hacia él todas las veces que trepaba al campanario. Más tarde, las ametralladoras, cuyo crepitar se había oído desde Feldioara, callaron. En el gran silencio que siguió, la vida pareció recomenzar. Desde lo alto de la torre se alcanzaba a oír a la mujer del secretario lamentarse junto a la carreta enganchada a dos caballos que acababa de llegar hasta allí para evacuar a los que no podían permanecer en el lugar. Demeter escuchaba también la voz de su mujer que llamaba: "Pío!... ¡Pío!... ¡Pío!... a sus pollitos diseminados por el jardín para que los soldados extranjeros que estaban por llegar no hicieran su agosto... ¡Pío!... ¡Pío!... ¡Pío!... ¡Qué melodiosa era la voz de su Mariska!... Como le gustaba escucharla... antes, por cierto, no ahora que nuevamente el tiroteo estallaba del lado de Feldioara... Sobre la ruta, los guardias fronterizos rumanos galopaban hacia la pequeña ciudad vecina. Demeter bajó lentamente de la torre. Dejó abierta la pesada puerta de encima de la iglesia, para no arriesgarse a que alguien lo llamara para pedirle las llaves, si fuera necesario. Se daba cuenta que había actuado muy a la ligera. Pero, ¿qué podía hacer él, cuando el cabo de gendarmería se ajetreaba alrededor de la carreta detenida frente a la alcaldía? La mujer de Demeter le preguntó a su marido si los cañonazos podían echar abajo las casas, en caso de que tiraran sobre la aldea. —Si les caen encima, ya lo creo que las van a deshacer, respondió Demeter. Pero pienso que los cañones no van a disparar. Los guardias fronterizos han escapado, y tengo la impresión que se han unido a los rusos sobre la orilla del Mures. Allí van a hacerle frente a los alemanes. No se dieron cuenta que un poco más tarde un pelotón de soldados "horthystas" se juntó, precisamente, al pie de la torre de la iglesia. El mocetón que parecía ser el comandante miró indignado la bandera. Después dio una orden a uno de los soldados, que rápidamente desapareció por la puerta de la iglesia. Demeter y su mujer se encerraron en su casa, corrieron la cortinita grande como un pañuelo y por la ranura que dejaron espiaban a los soldados que estaban junto a la iglesia. —¿Qué querrán hacer? preguntó la mujer, en voz baja. —Parece que quieren cambiar la bandera, contestó Demeter. —Claro, ¡tú no debiste haberla puesto! —Pero, si me lo ordenaron... En la ventana de la torre un soldado de infantería, de espaldas muy anchas, con el casco en la cabeza, hizo su aparición. Apoyándose con las dos manos sobre el marco de la ventana, lanzó una mirada por encima de toda la aldea, como si se preparara a echar un sermón. Después sacudió el asta fuertemente adherida a su base. Inclinando la cabeza, empezó en seguida a buscar en sus bolsillos un cuchillo, para cortar la cuerda, sin duda. Demeter vio que se dibujaba en la cara del mocetón una amplia sonrisa de satisfacción: tal vez se veía

realizando el gesto heroico que el pobre soñó tantas veces durante el combate. Pero en ese instante un tiro de fusil partió del lado de Feldioara, en los alrededores del cementerio. Un solo tiro. El soldado de Horthy vaciló, llevándose las manos al corazón, y se desplomó al borde de la ventana. —¡Lo han herido! exclamó Mariska, santiguándose. —¡Ay, sí, Dios mío! Los brazos del soldado pendían por la abertura, como queriendo abrazar a alguien que se encontraba abajo. Un tiroteo nutrido se desencadenó. Al atardecer, cuando se comprobó que los soldados del mismo ejército se exterminaban recíprocamente, detuvieron a Demeter. Él había enarbolado la bandera y él era el culpable de ese enredo. Su interrogatorio no duró más que diez minutos, pero fue suficiente para que le dieran nueve bofetadas. Por fin, le lanzaron este insulto a la cara: "¡Tú, que pretendes ser húngaro, te has puesto al servicio del cabo rumano y has causado la muerte de tantos soldados húngaros!" "Llévenlo", sonó la orden en cuanto terminaron el interrogatorio. "Condúcenos al juncal de Bodok". "¿Es lejos?". "No, no es muy lejos", contestó el campanero. Mientras no la obligaron a alejarse, su mujer lo siguió. Al principio ella no dejaba de lamentarse, tropezando en el borde del camino y preguntando sin cesar a su marido, con una voz cada vez más angustiada: "¿Dónde vas, Demeter? ¿Dónde vas?". Después, cuando los gendarmes la obligaron a apartarse de la ruta, ella corría a través de las huertas, parándose de puerta en puerta, y desde allí seguía preguntando: "¿Dónde vas? ¿Dónde vas, Demeter?". Hubiera querido desdoblarse en centenares y millares de mujeres, que se escalonaran a lo largo del camino por donde iba a pasar Demeter, hasta que su marido saliera de la aldea. Durante un tiempo le pareció al campanero que veía a su mujer delante de la puerta de cada huerto. La última casa de la aldea era la de Pavel Costan; la puertecita, con cerco de ramazones, estaba abierta, pero no se veía ya a Mariska. Ya no apareció allí para preguntarle una vez más: "¿Dónde vas, Demeter?". A partir de aquel momento, el hombre empezó a avanzar en medio de un silencio aterrador. No se oía más que el ruido de las botas de los dos gendarmes que lo escoltaban. Hasta que uno de ellos lo interpeló: —Oye, Demeter, te podemos perdonar y dentro de una media hora podrías estar de regreso en tu casa, acostado al lado de tu mujer... ¿La quieres mucho, verdad? —Por favor, señores, ¡ya soy viejo! ... —¿Y eso qué importa? dijo uno de los soldados, lanzándole una mirada intencionada y soltando una carcajada. Después, seriamente: Como íbamos diciendo, podrás regresar a tu casa, ¿lo oyes? —Ya sería tiempo, porque está cayendo la noche, contestó el campanero. —Si... nosotros tenemos orden de fusilarte, ¡sábelo! Un buen rato pasó antes de que Demeter se diera cuenta del alcance que tenían esas palabras. De momento, sólo fue un golpe en sus tímpanos. Comprendió que podían graciarlo, y que lo dejarían volver a la casa, que se libraría, con sólo aquellos nueve bofetones que recibió. Se miraba llegando a la puerta de su hogar, pasando su mano por la cara maltratada, y diciendo a su mujer: "Aquí estoy de regreso. ¡Y tú me preguntabas a dónde iba... a donde me llevaba el maldito viento!... Esperaba oír tu voz en cada puerta y a veces te veía en ellas, pero, ¿qué podía contestarte?... Hubiera querido ser otro, un extraño, para que no sufrieras por mí... Pensamos los dos en la muerte y la muerte pasó tan cerca de nosotros... No llores más, ya estoy de regreso. Me fui y volví... Nunca tuve mucha suerte en la vida, pero ahora ya ves, ellos me han dejado volver... y estoy aquí, junto a tí. Me alegro que no hubieras llegado hasta la puerta de Pavel Costan. Me hubiera desesperado verte allí, en el momento en que me iba a alejar hacia el otro mundo... Dame una taza de leche caliente y una toalla mojada para hacerme una compresa en la cara. No llores más. Esta será nuestra última prueba... ¿Qué otra

cosa me podría pasar? ¡Ya he sufrido tanto!... Desde ahora en adelante vamos a vivir nosotros también, y es posible que con un poco de alegría. Dime francamente, ¿pensabas que era yo quien llamaba a la puerta? —Vamos, vamos, Demeter... Ármate de coraje indicándonos un rumano de la aldea para que lo fusilemos en tu lugar. —¿Cómo en mi lugar? —En lugar tuyo, porque si no te fusilamos a tí. Demeter sintió que la sangre se le helaba en las venas. —Pero ustedes bromean, sin duda, dijo él con una sonrisa forzada. —¡Vamos! Decídete a indicarnos un rumano que fusilaremos en tu lugar. —Pero, ¿a quién les puedo indicar, señores? —Al que colocó la bandera... —Pero fui yo quien la colocó... —Escucha, viejo: nos haces una declaración diciendo que no fuiste tú quien puso la bandera, sino un rumano. Uno cualquiera, y nosotros nos arreglamos para que sirva de ejemplo a los demás, ¿comprendes? —Pero, ¿a quién indicar? ¡Desgraciado de mí! gimió Demeter... —Al que sea tu "mejor enemigo", soltó el gendarme, riendo encantado de su broma. Demeter tocó sus pantalones empapados de rocío, se frotó la frente ensombrecida por sus pensamientos, con los brazos colgando, mirando atontado alrededor suyo, cruzando y descruzando un pie sobre el otro. —Y bien Demeter... "Demeter", su nombre resonó exactamente como esa mañana. De pronto, en forma extraña, con la misma manera de apoyar las sílabas que tanto le asustó en aquel momento. —Ya no sé a quién indicarles... Anonadado por la libertad que le ofrecían y la trampa que le tendían, pero más que nada por la visión repugnante del precio de esa libertad, quedóse como petrificado y miraba con espanto al gendarme que le había dado un plazo de tres minutos para reflexionar. Yendo hacia la aldea, Demeter se sintió rodeado de caras que sin aparentar que sospechaban lo que le estaba pasando y los pensamientos que giraban en su cabeza, aparecían y desaparecían por aquí y por allá. Dos vecinos, recostados en sus verjas, contemplaban el sol que empezaba a levantarse. Al verlo, lo saludaban con un "Buen día, abuelo Demeter". Kocsis Karoly estaba sentado en su carreta, mascando una galleta y, de tiempo en tiempo, una enorme cebolla, con cuyo tallo golpeaba de tanto en tanto, como un látigo, el anca de su vaca. —¿Dónde llevas la bandera? —¡Tengo orden de ponerla en la torre... y la pongo! Frente a la iglesia, un grupo de chiquillos que se entretenían en tirar contra el muro unos botones grises de metal, que rebotaban muy lejos, abrieron desmesuradamente los ojos cuando el campanero los hizo salir de allí. —Esta es la casa de Dios, no un lugar para jugar así. ¡Si el señor pastor los encuentra aquí, les tirará de las orejas! Por la mañana, cuando iba al oficio de la iglesia vio venir hacia él a la hija de Budur Ion, una muchacha de veinte años, que corría mostrando sus dientes blancos como piedras preciosas, y le dijo, sonriendo: —Traigo brasas para que hagamos buñuelos, porque llegó mi novio. Demeter la siguió largo rato con los ojos y un pensamiento le atravesó la mente, como un relámpago. Pobre Anicutza, hace cuatro años que espera que su novio vuelva del frente. Un antiguo dolor invadió de nuevo a Demeter: ¡A mí no me esperó nadie nunca! ¡Ni siquiera un

mes!... Pero, ya estoy diciendo de nuevo tonterías más grandes que yo. ¡Qué viejo imbécil soy, sufro cuando veo tanta fidelidad... a los otros! Anicutza avivaba las brasas con su delantal rojo para que no se apagaran, y atravesó la calle riendo. Tenía que hacer buñuelos para su novio. Aquella mañana Anicutza era la personificación de la felicidad. Sobre el pentagrama luminoso que formaban los hilos telegráficos las golondrinas, como pequeñas notas negras, se alineaban en lo alto. La mujer del zapatero, llevando bajo el brazo dos pares de botas a las que les habían renovado las suelas, contemplaba con melancolía a las golondrinas. "¿Se prepararán a partir? Ellas solas saben lo que complotan. ¡Quién puede adivinarlo!". Demeter reveía en la imaginación las últimas caras que le habían impresionado y se detenía en ellas para no ver la otra, la otra cara, a la que se aferraba desesperadamente, en el instante en que, seguido de los gendarmes, regresaba a la aldea. Se detuvo en la primera casa, pero no se atrevió a levantar los ojos hasta ella. Estaba paralizado por el pensamiento de que nunca sus ojos habían tenido tan espantoso poder. No había nadie en el mundo, fuera de su Mariska, a quien el buen Demeter se habría atrevido a mirar frunciendo las cejas. —¿Quién vive acá? —Pavel Costan... —¿Es aquí que habita, como quien diría, tu "mejor enemigo"? Demeter bajó la cabeza, apretando los dientes. Sabía que Pavel no estaba en su casa, que había ido a las colinas para cuidar las viñas. El más joven de los gendarmes golpeó la verja con la culata de su fusil, mientras el otro pateaba la puerta con el talón de su bota. Los perros, en los alrededores, empezaron a ladrar. Más lejos, en la tercera casa, se oía a una mujer que cantaba para adormecer a su niño. Una lámpara de petróleo se apagó allí bruscamente. La ventana de Pavel Costan no estaba alumbrada. —Pavel Costan, ¡preséntate! En la abertura de la puerta apareció la joven nuera del guardián de los viñedos. —No está en casa, murmuró ella asustada. —Acércate un poco aquí, le dijo el más viejo de los soldados. La mujer se adelantó hasta el umbral. Tenía las espaldas desnudas y sus cabellos negros, que caían sobre su camisa blanca de cáñamo, la cubrían hasta el talle. —No está en la casa... —Veamos, dijo el soldado, que deseaba contemplar a la mujer más de cerca. —Camina, Demeter, ordenó el gendarme menos amable, aquel a quien las mujeres, indudablemente, no le interesaban. —Ya lo encontraremos nosotros, al otro Pavel Costan, porque aquí... ya entendimos... Las casas de la aldea se dispersaban a todo lo largo, al pie de las colinas desnudas. Era evidente que la extremada estrechez de esos lugares y no un espíritu de buena organización las había encaramado sobre esos sitios escarpados. Tras las precarias cercas no se miraba alma viviente a causa del tiroteo que se escuchó aquella mañana. Ninguna luz brillaba y sólo los huertos bien cuidados, el heno cortado, los senderos limpios, que se insinuaban y se entrecruzaban, así como las bestias que rumiaban apaciblemente en los patios, traicionaban la presencia del hombre en esos parajes. Demeter seguía su camino con resignación. Los gendarmes tardaron en darse cuenta que los estaba haciendo girar en redondo. Dos veces pasaron frente a su propia casa, la puerta estaba cerrada. "¿Por dónde me andará buscando mi mujer?". Le pasó por la cabeza que dando vueltas continuamente, así, acabarían por encontrarla. En cierto momento le pareció que la gente se reunía a su alrededor y trataba de liberarlo. Otras, creía ver sombras que se movían al borde del camino y que esas sombras tomaban forma humana, lo llamaban y le

abrían los brazos. Una esperanza, que renacía sin cesar, lo alejaba cada vez más de la casa de Costan, aquella casa a la que nunca había entrado. En lo más profundo de su conciencia, allí donde el mentirse a sí mismo no puede anular el deseo de vivir, se daba cuenta con más evidencia que un afán cada vez más violento lo animaba. "¡Debemos volver a la casa de Pavel Costan! Allí está mi salvación. ¡Allí mi acción puede encontrar una excusa!". Las sombras juguetonas tomaban apariencias humanas y se volvían inmóviles cuando él las contemplaba con insistencia. Pero la esperanza volaba hacia lejanías sin regreso... Hacia la medianoche los perros habían dejado de ladrar, el silencio y la indiferencia infinita del mundo aplastaban definitivamente al desgraciado campanero. —Oye tú, viejo, ¿hasta cuándo piensas hacernos caminar? le preguntó uno de los gendarmes. —Un poco más, solamente. Iremos hasta la iglesia rumana. —¿Y a casa de quién vamos a ir? —Hay uno allí que yo conozco... Al lado de la iglesia rumana habita Mihai Tolocan, el campanero. Hasta ayer (¡Oh, qué lejos está ya el ayer!), ellos bromeaban juntos, se complacían en mezclar los carillones de las dos torres. Allí la mayor parte de los habitantes eran rumanos. En cada puerta se hubieran podido detener y elegir a su gusto: amigos y enemigos. Pero, ¿cómo hubiera podido él hacerlo así? ¿Qué excusa encontrar para justificar el haber designado a alguien? "Toda mi vida reflexioné y pensé qué podría yo hacerte a tí, Pavel Costan, porque cualquier cosa que yo hiciera contra tí, las gentes me darían la razón. Pero quien necesite todavía una excusa, ¡hela aquí! Yo doy mi vida, te dejo el peso de mis recuerdos, trata de olvidar. Te dejo mis orejas para que escuches tú también lo que yo he tenido que oír. Y procura tragarte a tu vez, con mi garganta, el cáliz que tuve apurar yo por tu culpa y por Mariska. A ella la perdoné porque estaba loco, la amaba. Mis cabellos eran como el cáñamo, los tuyos como el ébano. Tus ojos lanzaban destellos y las mujeres, bien lo sabes, son capaces de vender su alma al diablo por un hombre guapo. Pero después, cuando ellas ya han escarmentado, se las oye suspirar por un poco de bondad y entonces rescatan sus faltas con la bondad del marido. Pero como te lo podría perdonar a tí, que sabías, sabías que Mariska me había prometido ser mi mujer y ya éramos novios." Los gendarmes comenzaron a darse cuenta de pronto que Demeter se burlaba de ellos. Al principio su cólera fue violenta, después empezaron a mofarse de su temor y lo dejaron que siguiera deambulando. —¿Dónde estará el famoso coraje del húngaro? ¡Dinos, Demeter! Pero el campanero no escuchaba más que sus voces interiores y su memoria hacía renacer con pavorosa precisión los pensamientos más lejanos, aquellos que precisamente por ser indignos, no se pueden olvidar. "Yo te quiero Demeter, no hay en el mundo un hombre mejor que tú. Me caso contigo porque sé que me tratarás siempre con bondad. No tienes nada que te de valor a los ojos de una mujer. Pero estaré orgullosa de ti, de tu nobleza..." "¡Oh, tú, mujer! ¿Qué pecados habrás cometido para que me halagues con tales palabras? Te miraba como se mira al sol, al divino sol, pero tú en secreto pensabas en Costan y ahora que tu madre no quiere oír hablar de él te consuelas con mi bondad..." "El amor pasa, la bondad queda..." "¿Quedará verdaderamente?... ¡Bueno, que sea como tú quieras. Voy a trabajar al ferrocarril y cuando regrese nos casaremos!" Heridas desde hacía mucho tiempo olvidadas le desgarraban ahora el pecho: el dolor que sentía en todo su ser era justamente el que podía servirle de excusa y sin embargo la injusticia con la cual iba a castigar a Costan, le asaltaba constantemente. Cuando Pavel Costan raptó a Mariska, o mejor dicho cuando Mariska huyó con Pavel Costan, los borrachos de la familia de la muchacha se precipitaron con bastones para separarlos. La madre de Mariska puso el grito

en el cielo, el padre fue inflexible, no daría a su hija ni un pedazo de pan. El odio comenzó a infiltrarse entre los dos jóvenes, tanto más que los dos sacerdotes volvían siempre a la carga: ¿A qué religión pertenecería el niño que podía nacer, a quién iba a obedecer, en qué lengua iba a aprender el alfabeto?" El prisionero, seguido de los gendarmes, marchaba ahora por la aldea a obscuras, en dirección a la casa de Pavel Costan. Cuando ya estaban en su proximidad Demeter torció bruscamente por un camino lateral. —Y bien, Demeter, gruñó el gendarme, ¡ha llegado el momento de acabar con este jueguito...! —Vean, van a ver, hay uno que habita por aquí... El campanero golpeó en la ventana de un violinista tzigano. —Volvió Hojoy de repartir el petróleo. Podría decirme dónde está su hermano menor... —Oye, Demeter, te has vuelto muy audaz. Nos estás haciendo caminar por nada. "Dicen que los hago caminar por nada. Sí, es verdad, porque tengo piedad de ti, Pavel, aunque mi corazón se rompa. ¿Pero tú, has tenido tú alguna vez piedad de mí? Yo encontré a Mariska en el camino aquella tarde, hace ya mucho tiempo, cuando tú la devolvías a su casa. Lloraba, pero aun así te defendía. Decía que tú habías pedido perdón... Y que la habías devuelto a su casa porque él ya no podía soportar las maldiciones de su madre. Óyeme bien lo que te digo: el que no escucha a sus padres prueba que no los quiere de verdad. Para que tú la llevaras a tu cama, ella había sido muy buena hija, ¿verdad? Y todavía fui yo quien corrió a buscar siete meses después a la partera, ya casado con ella, borrando el pasado para evitar la vergüenza. Hasta que punto las mujeres pueden ser viles e implacables cuando han caído en las redes y se debaten para librarse de ellas. Yo no decía nada y ella pensaba que yo era tan tonto que no sabía al final de cuantos meses debe nacer un niño. Cuando dio a luz, la partera dijo para despintar: Debe haber levantado alguna cosa muy pesada y por eso el niño nace antes de tiempo (una criatura con los ojos negros y los cabellos color de ébano). "Demeter mira a tu hijo, ha salido a su abuelo". Y no había allí ninguna mujer cuya cara no reflejara la burla, y todas me tomaban por un estúpido. Las desvergonzadas llegaban hasta a hacer elogios de mi persona. Pero yo leía en los ojos de Mariska como en un libro. Ella estaba acostada en la cama, me miraba y lloraba. Y cuando se dio cuenta que yo no me precipitaba sobre ella para golpearla, que no la castigaba, que no quebraba todo lo que había en la casa, rompió a llorar de veras. Yo salí al umbral de la puerta, invadido por más piedad que cólera." Demeter se dio cuenta que no había nada que hacer entre los tziganos. Que era inútil que se paseara bajo sus ventanas obscuras y que en vano golpearía también en sus vidrios. De pronto lo asaltó una buena idea. ¿Si llevara a los gendarmes conmigo hasta las viñas, y una vez llegado allí, huyera por entre los matorrales? Podrían disparar sobre él, aunque tal vez no llegaran a herirlo. De noche no es fácil acertar un tiro a alguien que huye entre los matorrales. Eso le paso por la mente durante un rato y así fraguó una cantidad de proyectos de fuga. Pero a pesar de sus invenciones fabulosas terminaba por verse tendido entre las cepas de viñas con el cuerpo acribillado de balas. Caminaba ahora sobre una colina, cubierta de álamos cuyas hojas susurraban con el viento. Más abajo, cerca del camino que lleva hacia los pantanos, se veía la casa de Pavel Costan. Algo tintineó en el bolsillo del gendarme, después se oyó claramente: —Vamos, dame esa pata, ¡Húngaro valiente! Y se encontró con las esposas puestas. —Así no causaremos molestias, en el caso que te dé por escapar. Y además creo, viejo, que ya es tiempo de acabar...

¡Estos no son hombres sino diablos! pensó Demeter mirándolos con ojos espantados. Diablos encarnados que pueden ver lo que pasa en el cerebro de un hombre y escuchar sus pensamientos. Cada vez le era más doloroso y más difícil caminar, y esa impotencia le hizo sentir que se le apretaba la garganta y que las lágrimas le inundaban la cara. "Yo te quiero Demeter, porque no hay en el mundo un hombre más bueno que tú". Pero yo no quería ser bueno, tomé a mi cuidado el hijo del otro, lo cuidé y lo hacía saltar sobre mis rodillas tanto que los encajes de su gorrita flotaban en el aire. El ayudante del alcalde me dijo una vez que me vio llevando al chico sobre mis hombros: "¡Eh! Demeter, ¿qué es lo que llevas ahí? "¿No lo ve? Tengo un ala y creo que dentro de un año crecerá la otra". "Ah, no viejo, esa ala no es tuya, es de Pavlica Costan". ¡Cuánto se rieron de eso! ¿Qué te parece Costan? ¡Cuántas veces se rieron en mis narices cuando me oyeron decir: "Es mi muchachito!" Cuando yo decía: "Obligaron a la muchacha a huir con ese belatre..." se burlaban de mi. Si hablaba de festejar un noviazgo se sonreían tocándose con el codo. Pero cuando pronunciaba la palabra "Amor", entonces era de oírlos "claro, tú no puedes ignorar... ¿verdad Demeter?" ¡Yo sé, yo sé! Y cómo no saberlo que el verdadero amor es aquel que se lleva con sufrimiento en el corazón. Pero la infidelidad, esa, no se perdona de ningún modo. Y sin embargo yo amaba a Mariska a pesar de su infidelidad. Mientras que tú... ¿Podría yo saber lo que hay en tu alma? Tal vez, que si fuéramos los dos a una feria donde se vendiera el amor y el sufrimiento y yo pudiera hurgar dentro de tu alforja, tal vez entonces me apiadara de tu desgracia. Pero hasta ahora no he conocido más que el dolor, ése con el que yo mismo me torturo..." Tal vez no fueron ustedes dos los que decidieron que las cosas pasaran así... tal vez ustedes se sintieron atraídos uno hacia el otro, sin quererlo, por ese mismo parecido que hay entre ustedes y que los acerca. Tal vez... existe una ley, que nadie vio nunca escrita en negro sobre blanco, que hace que la belleza sea atraída por la belleza, sin tomar en cuenta ni los sentimientos, ni la fidelidad... En alguna parte estará escrito que cada mujer tiene derecho a dos hombres, uno que le haga perder la cabeza y otro a quien ella haga perder la cabeza y los sentidos todos... Y será así que la mujer no pueda vivir sin esas dos cosas... Pero recuerda lo que me dijiste cuando te reproché el que hubieras huido con Mariska: "Una muchacha pertenece a aquel a quien se somete". Y debe ser así, puesto que no fue con ayuda de los gendarmes que la tomaste. Después... te pusiste la gorra hacia el otro lado y le dijiste adiós. Desbordando de furor, clavé mi cuchillo en la madera de tu puerta, pero te dejé partir sano y salvo. Y sin embargo, había venido decidido a matarte. Tampoco me vengué en el chico. Recuerdo que la mujer del boticario de la aldea quemaba las manitos de la criatura que éste había tenido con otra mujer... Por eso tal vez el secretario de la alcaldía me decía siempre: "¡Qué alma de Dios eres, Demeter!" Yo soportaba todo sin chistar. Pero ha llegado el momento en que podrías pagar un poco por toda la amargura que me has causado..." Frente a la casa de Pavel Costan, los gendarmes se detuvieron. Un halo de luz que caía sobre el patio desde la ventana los hizo pararse. Demeter también se detuvo. Nunca había entrado a la casa de Pavel, aunque a menudo deseó hacerlo, para ver aquella habitación en la cual Mariska había reinado, algunos días, como dueña y señora... Quería ver la lámpara que ella había encendido y apagado y el espejo delante del cual había peinado sus cabellos. "Sí, debe ser así... una muchacha es de aquél que logra someterla... Yo me había ido a quebrar piedras en las vías férreas para tener con qué comprarle su anillo... pero ella no pensaba sino en obedecerte a ti... Es verdad también, que el chico murió durante aquella epidemia, pero si no hubiera sido por mí, esa muchacha hubiera quedado como una rama desgarrada del árbol... mientras que tú casaste a tus hijos, tienes una nuera y una mujer resplandeciente de salud..."

Un perro de largo pelaje ladraba junto a ellos y sacudía la verja furioso. El mayor de los dos gendarmes, que pensaba, sin duda en la mujer de los largos cabellos, cubierta con la camisa blanca, y las piernas bien torneadas, empujó la portezuela. No era la suerte de Demeter lo que le interesaba sino la muchacha: —¿Viste sus senos? Son como melones..., murmuró al otro. —Entra Demeter, "¿tu amigo" está en casa? —Las mujeres se preparan para cocer el pan, por eso se han levantado, dijo el prisionero, mientras sentía alumbrarse en él una vaga esperanza, en ese momento desesperado... Pavel Costan debe andar por las viñas... Estará sentado frente a la cabaña, vigilando. El tiempo pasa tan lentamente, pero ya asoma el día y con la luz todo parece menos negro. Dentro de la casa se oía llorar a un niño. "Debe tener la edad que tendría mi Ionica, a quien las malas lenguas llamaban más bien Pavlica". El ayudante del alcalde le había preguntado, lanzando una mirada intencionada al secretario: "¡Eh Demeter... ¿tienes todavía tabaco?... ¿pero dónde perdiste tus alas? ¿Veo que ya no las llevas." Y yo pensaba, si tuviera alas, volaría lejos, a algún lugar donde los hombres se entendieran entre ellos, donde los hombres fueran más humanos. ¿Qué les ha hecho esta criatura, por qué se empeñan en que yo lo malquiera. Sin duda que si fuera uno de esos ricachos ustedes no se burlarían de mí con tanta saña..." Entraron al patio. Los gendarmes tiraron sobre el perro que se lanzó furioso contra esa gente extraña, y en el silencio que siguió a ese disparo, los llantos del niño volvieron a oírse más nítidamente. La casucha era exactamente igual a la de Demeter. Se la había imaginado muy diferente, y sin embargo no se extrañó cuando la vio. Un olor de encierro y de humo les golpeó las narices. Como entrara antes que los gendarmes, vio primero a la mujer de Pavel Costan. Estaba acurrucada junto al fuego y le ponía ramitas quebradas con sus manos temblorosas, nudosas y amoratadas por el trabajo. La muchacha más joven, con las mejillas encendidas por el temor, estaba sentada en el borde de la cama dando el pecho al niño. Sus grandes ojos negros se fijaron interrogadores sobre el campanero, al único que conocía entre los que habían entrado a la casa. Frente a la mesa, a la débil luz de la lámpara, extenuado por las largas caminatas y la falta de sueño, Pavel Costan estaba sentado allí. En su cara la vejez marcaba profundos surcos. Fijaba él también sus ojos despavoridos sobre Demeter, mientras la vieja cerca de la puerta del horno, buscando un refugio, lo miraba también con ojos espantados. En el fogón el fuego crepitaba, las ramillas se encendían y las llamas empezaban a lanzar su canción. —¿Pavel Costan está en la casa?, preguntó el campanero. —No, no está en casa, respondió la vieja con una voz temblorosa. Se volvió de espaldas bruscamente como para atizar el fuego. —Si no está, no está, dijo Demeter, y salió sin agregar una palabra. Los tres hombres marchaban ahora por los sembrados, en las huertas, y sentían de nuevo el olor de las frutas maduras. La luna todavía no se había puesto y las suaves colinas de Transilvania se perdían a lo lejos en el horizonte, bañadas por la bruma. —Apresura el paso, Demeter. Tengo la impresión que te has vendido a los valaquios. El pobre hombre ya no quiso responder. El pacto estaba roto, y por ese hecho toda relación entre él y los que le seguían, también se había quebrado. Pero cuando salió de su sueño, se sintió dominado por el imperativo más fuerte de su naturaleza íntima, y tuvo el sentimiento que a pesar de todo había escapado a algo muy grave... En el recodo del camino, cuando bordeaban los altos muros de caña que despedían olor de cáñamo podrido, lanzó todavía una mirada hacia la aldea, que se divisaba apenas, envuelta en un sudario de neblina azulosa.

MIHAIL SADOVEANU El vengador de los pobres
Quitándose la zamarra, un hombre corpulento dejó el pértigo en que estaba sentado, y con andar balanceado se acercó á la luz del fogón. En su modo de andar, lentamente, como quien va segando, se adivinaba su condición de pastor. Pero también por su capuchón, y su bonete de piel de carnero, su ancho cinturón de cuero brillante, y sobre todo su camisa áspera, lavada con suero. Empuñaba un largo bastón. Sus pequeños ojos se veían apenas bajo la amplia frente y las pestañas que los sombreaban. Usaba largos cabellos crespos, engrasados con manteca, y su barba parecía cortada a filo de guadaña. —Y bien he oído todo... pero todo esto no eran más que historias para divertir, dijo con su gruesa voz. Me gustaría oírle contar su aventura a ese tipo flaco que está ahí. Por su manera de referirse al viajante, se deducía que se trataba de un hombre rudo. Hasta ese momento yo no lo había ni siquiera visto, a pesar de que estuvo todo el tiempo ahí, sin pronunciar una palabra. Callaba, absorto en su bebida, y de pronto se animó a hablar, como si quisiera distraerse. Tiró con la mano izquierda el botijo en que bebía por encima de las llamas. Al chocar el botijo se oyó como un lamento en las tinieblas, luego se rompió y enmudeció, terminando así su destino. —Vean a uno que no volverá a probar el vino, dijo el pastor con aire burlón, y a quien no volveré a ver hasta que también yo me haya convertido en tierra para botijos. A los que no me conocen quiero decirles que vengo de Rarau —un lugar que no está muy lejos— y que poseo por allí, con otros compañeros, una linda majada de ovejas y cabañas llenas de buenos quesos y leche cuajada, así como algunas chozas que desbordan de almohadones de cuero y casacas de piel de cordero. Me llamo Constantin Motzoc. Por si hay quien quiera saberlo, puedo decirle que me dirijo hacia una aldea de las riberas del Siret por saber si una persona que me toca por la sangre, una hermana a quien no he vuelto a ver desde que era joven, anda todavía por este mundo. Si ya no viviera, regresaré a mis ovejas, a mis compañeros de trabajo y a mi tristeza, en lo alto de la montaña, allí donde el viento nunca se aplaca, como las penas del hombre. Sin embargo, a veces me dan ganas de reír, cuando recuerdo a un amigo que me aconsejó que si pasaba por la Posada de Ancutza no dejara de beber un jarro de vino o dos, hasta que viera turbio, pero que nunca contara a nadie lo que le sucedió en estos parajes. Y todo lo que sufrió en aquella ocasión. Solo que después de haber bebido tanto vino de este botijo, me costará trabajo acordarme de su aventura. —¿Qué aventura? preguntó, como de costumbre, el viajante Ionitza. —Una aventura, amigo, la aventura de alguien que fue para mí como un hermano. Vamos, gitanos, templen sus violines y acompañen, porque voy a entonar una canción en honor del gran Vasile. Aquel hombre fuera de la ley. Y después, si todos están de acuerdo, les contaré la historia... si no también puedo guardármela... Y después de carraspear con una voz aguda, inesperada en un hombre tan corpulento, escuchen dijo: El que es joven y valiente va de noche por el campo, sin fusil que lo defienda,

sin cinturón ni garrote, sólo confiado en sus manos... Me dieron ganas de reír al escuchar esta voz tan aguda y me hizo gracia, porque un hombre de vino alegre me cae siempre bien. Él dejó de cantar y descubrió sus dientes en una sonrisa más huraña que amable. Y ahora, cállense ustedes, cuervos, dirigiéndose a los gitanos con una voz tonante, y sobre todo escondan sus violines bajo el ala. Voy a referirles, con el permiso de ustedes, la historia de que les hablaba, y apuesto que si no les gusta pueden no volverme a llamar por mi nombre. Sombrío, observando fijamente el perfil oscuro de la posada, se apoyó con el bastón bajo el brazo y volviéndose hacia nosotros paseó sus ojos a la redonda, sin vernos, porque su mirada de pronto se hundió en tiempos lejanos. De todos nosotros, solo el viajante Ionitza lo observaba de soslayo con una mezcla de impaciencia y de desdén, porque de improviso se había visto cortada la palabra por un simple hombre del pueblo cuando él se proponía contar cosas importantes. El pastor no lo tomó en cuenta, ya que poco le importaban semejantes conveniencias. —Como les iba diciendo, dijo con un sonreír lejano de hombre solitario. En verdad las cosas que voy a contarles, preferiría interpretarlas con mi flauta, pero esto no es posible. Hablaré, pues, como pueda. Aquel amigo mío vivía en la aldea de Fierbintzi, en las orillas del Siret, y en aquel tiempo el señor de aquel lugar era un cierto boyardo que respondía al nombre de Raducan el Tuerto. Ese boyardo, hombre todavía joven y viudo, se entretenía de tiempo en tiempo en cortejar a la mujer de algún campesino, cosa que a nosotros nos hacía reír, y hasta cierto punto se nos antojaba divertido. Sólo que, un día le tocó a mi amigo ser víctima de la misma malaventura, y eso ya no le causó ninguna gracia. Las comadres complacientes le susurraron que su mujer, Hinca, había sido invitada por el boyardo a su mansión. —¿Será posible, Dios mío? dijo mi amigo, sorprendido. —Todo lo que hay de más posible, hasta volvió a la casa con un pañuelo nuevo color rojo como el fuego. Mi amigo sintió que un pelo de perro con rabia le crecía en la espalda. Abandonó sobre el camino, frente a la posada, su trineo cargado de bolsas, dejó su látigo entre los cuernos de los bueyes y tomó su hachuela de bajo el toldo. Con los ojos inyectados de sangre precipitóse a su casa y con un golpe de hombro hundió la puerta. Tomando a su mujer por el cuello, se puso a gritar: —¿Dónde has estado? ¡Dime dónde has estado, o te despedazo a golpes de hacha! —No estuve en ninguna parte, ¿qué te pasa, te has vuelto loco? —¡Dime dónde has estado o te degüello! ¿Dónde está ese pañuelo rojo? —¿Qué pañuelo? ¿Has bebido, maridito? ¿O te has dormido en la carreta y has soñado? Él no cesaba de vociferar, y ella se defendía como un ahogado, esquivaba los golpes, agitaba las manos y gritaba. El hombre la tomó por las trenzas y le golpeó la cabeza contra la chimenea, pero nada pudo sacar de sus labios. —¡Estrangúlame! ¡Mátame! ¡Soy inocente! La fatiga venció el brazo de mi amigo. La vio llorar, y una inmensa amargura lo invadió también a él. —¡Qué desgracia, Hinca, dijo, que desgracia la nuestra, qué somos tan miserables! Hace apenas cuatro años que nos casamos, el día de nuestros esponsales los albaricoques frente a nuestra casa estaban en flor, y ahora sus flores se han agotado y mi corazón está helado. Yo te quería tanto, y te creí fiel, pero me has engañado ingratamente. La mujer juró por las pupilas de sus ojos, por la tumba de su madre, que ella no sabía de que la acusaba. Limpió su boca manchada de sangre y abrazó a su marido. Lo calmó y le aconsejó que fuera a buscar su trineo y sus bueyes. Y cuando él se dirigió a traerlos, ella se

cubrió la cabeza con el pañuelo rojo y se escapó hacia el fondo del huerto, por un sendero que llevaba a la mansión del boyardo. Nuestro hombre llevó su trineo y fue a descargar sus bolsas en las granjas del dominio. Después se dirigió hacia la mansión, para hacer inscribir su entrega con el mayordomo. En lugar de éste, el boyardo apareció sobre la terraza. Le hizo señas con la mano y una burlona sonrisa en los labios, —Eh, tú, acércate por acá... —Aquí estoy a sus órdenes, señor... —Di, especie de pagano, gritó el boyardo, ¿por qué te has puesto a castigar así a tu mujer, qué te pasa? Al principio mi amigo no sabía que pensar, no comprendía. —No me pasa nada... ¿pero cómo sabe usted eso, y por qué tiene usted que mezclarse de lo que pasa entre un campesino y su mujer? No había acabado de hablar cuando Raducan el Tuerto le cruzó la cara con una bofetada fulminante. Mi amigo cerró los ojos, sin comprender todavía de qué se trataba. Pero cuando los abrió, miró en una ventana a Hinca, su mujer, adornada con el pañuelo rojo, y todo lo comprendió. Se echó a gritar fuera de sí. Quiso acabar con sus días. Tirarse de cabeza al fondo del pozo. Pero no tuvo tiempo. El boyardo había tomado su látigo, que estaba tras la puerta de entrada, y le golpeó la nuca, y, con la tralla del látigo le cruzó los ojos, como si hubiera querido marcarlo con fuego. El hombre trató de esquivarse a derecha e izquierda, jadeaba, la sangre le corría por la boca, giró sobre sí mismo, y bajó las escaleras huyendo, pero abajo los sirvientes del boyardo lo cogieron por los brazos. Se defendió con sus puños. Se les zafó y se precipitó sobre el boyardo vociferando. Raducan el Tuerto lo azotó de nuevo, con su látigo, y guiñando su único ojo, reía. —Eh, eh, ustedes, no lo dejen escapar. Está rabioso. Ha querido estrangular a su mujer. Los sirvientes saltaron sobre él y lo sujetaron. Lo apalearon hasta agotar sus fuerzas y después lo dejaron partir. Tres días estuvo en la cama mordiendo las tablas de su camastro. Después mi amigo tuvo una noche la idea de saltar el muro de la mansión para buscar a su mujer. La espió por las dependencias de servicio, hasta que la divisó. Entonces se lanzó sobre ella, aullando, para desgarrarle la garganta con sus uñas. Desde su habitación, el boyardo oyó los gritos y salió con su puñal. Frente a tanta audacia, Raducan, como amo y señor absoluto que era, frunció el entrecejo y ordenó a los boyeros de agarrar a mi amigo y darle su merecido. Le ataron las manos a la espalda y le amordazaron para ahogar sus gritos. Y durante toda la noche lo tuvieron con la cabeza pasada a través de un emparrillado, con el cuello apretado por ramas de mimbre trenzado. Los perros lo mordían por todos lados, y al amanecer fue el frío de la Epifanía. No comprendo como no se murió. Al día siguiente, como viera el boyardo que seguía con la mirada llena de odio, Raducan ordenó que lo sacaran de allí y que lo llevaran a latigazos hasta el molino, molino que se halla abajo en la ladera. Allí los sirvientes lo descalzaron, le levantaron los pantalones hasta la rodilla, y lo hundieron en el bebedero del molino hasta las pantorrillas para que sintiera las garras del hielo y no osara proferir amenazas contra el amo. Después de eso, mi amigo pasó otras muchas pruebas, como se usaba entonces en los dominios de los poderosos. Lo encerraron en un cabaña cerca del fuego, para que se calentara, las piernas en un cepo para impedirle que huyera, sujeto con una cadena de muchos kilos. Llenaron de humo la choza y pulverizaron las brasas con pimientos rojos machacados. Tosiendo y escupiendo sangre, soportó tantas torturas, porque no fue voluntad de Dios que muriera, sino que soportara en este mundo todos los suplicios del diablo. Así pasaron las cosas, honrados cristianos, hace ya treinta años. Mi amigo no puso la frente en el polvo, aunque hubiera sido mejor para él. Tuvo que tragarse su rabia y quedó

inválido por mucho tiempo. Cuando pudo arrastrarse abandonó la aldea para siempre. Atravesó las aguas del río Moldova y las del Bistritza, y trepó hacia los altos pastajes de Rarau. Allí, en la montaña, bajo las ramas de los pinos, con los ojos perdidos como un loco reveía lo ocurrido, en un torbellino de llamas y sangre, con su corazón lacerado por garras de acero. Gemía y se retorcía, sin poder recuperar sus fuerzas. Trabajó con los pastores largos años, hasta que un día él también poseyó ovejas y carneros y aprendió la manera de vivir en esas alturas solitarias. Fue así como una noche de primavera, este mi amigo oyó la voz del gran Vasile, que cantaba bajo la bóveda del bosque la misma canción que yo les canté hace un rato. Cuando Vasile apareció frente a su choza, mi amigo comprendió que se trataba de un hombre fuera de la ley, errando por los caminos. Lo vio tal y como era, fuerte y gallardo, con la mirada sombría, y lo recibió amistosamente porque su canto lo había seducido. Cuando supo que se llamaba Vasile se regocijó. Su nombre era famoso en toda la región y su brazo hacía temblar a los señores de la llanura. En aquel tiempo Vasile el grande vivía al acecho en las rutas y exigía tributos, haciendo las veces de "aduanero". —Dígnese entrar, hermano Vasile, acérquese a mi fuego, dijo mi amigo. He oído hablar de usted y me siento feliz de acogerlo y de ofrecerle lo que Dios en su misericordia me ha querido conceder. Su alazán tendrá buen heno. Y encontraré una buena frazada de lana para que duerma cómodamente esta noche. El bandolero lo escuchaba complacido. Puso pie en tierra frente a la choza y poco después eran ya buenos amigos. Vasile le contó su vida, y mi amigo relató al bandolero la aventura de su mujer y del boyardo. Ante este relato, el gran Vasile se encolerizó a tal punto que se arrancó el gorro y lo estrelló en el suelo. —Después de lo que me acabas de contar, no puedes ser mi amigo, has mamado leche de coneja y te has vuelto cobarde. —¿Qué podía yo hacer, hermano Vasile?, interrogó el desdichado. —Eso yo te lo podría enseñar... Esas fueron sus palabras frente a la choza, cerca del fuego, y mientras bebían juntos aguardiente de arándano, le enseñó muchas cosas útiles. —Debes saber, dijo el bandolero, que no existe la fidelidad en la mujer. Por mí, se decirte que desde que impongo mi ley en los caminos aprendí a leer en los corazones. Fue por causa de una como la tuya, que los gendarmes me tiraron una bala a la pierna izquierda y ahora como ves, rengueo. La mujer es como Dios la ha hecho, pérfida como el agua, efímera como las flores, por eso yo las injurio y después las perdono. Pero no dejo nunca de castigar, de dar su merecido, a aquel que me ha golpeado, o al que me ha ofendido. Tú debes hacerlo también, para que el veneno que hay en ti no te ahogue. —Es cierto. Estoy lleno de hiel, le confesó mi amigo. Quisiera ser tu esclavo, hermano Vasile, pero enséñame el modo de curarme de este fuego que me abrasa. A fuerza de contar, el pastor se había entusiasmado, agitaba la cabeza y los brazos a la luz rojiza del fuego. Su voz había perdido su tono habitual. Hablaba casi a gritos, como si estuviera solo. Todos lo escuchábamos con atención, y hasta el viajante Ionitza parecía haber olvidado su disgusto. —Y como les voy contando, dijo Constantin Motzoc, el gran Vasile explicó a mi amigo lo que debía hacer. "Deja durante una semana tus ovejas al cuidado de tus compañeros. Deja la quesería y los perros para que te los cuiden. Toma solamente tu caballo y dos quesos, para

tener con que comer. Bajaremos los dos, como honrados mercaderes, hasta las orillas del Bistritza, después llegaremos hasta el Siret, para conocer la aldea donde sucedió lo que me has contado. Cuando el bandolero habló así, seguro y alegre, el corazón de mi amigo se sintió estremecer de dolor y de esperanza. Dejando sus bienes al cuidado de sus compañeros abandonó los pastajes y las pinadas, las fuentes frescas y las praderas, y, montando su caballo, descendió con el bandolero a la llanura, donde viven los hombres. Nadie los reconoció. Cabalgaban como dos buenos comerciantes, y llegaron por las orillas del Siret, hasta la aldea de Fierbintzi, alimentándose de queso y de pan duro y bebiendo el agua de los pozos de cigüeñal. La mañana de un jueves, día de la santa fiesta de la Ascensión, aparecieron sobre el camino real, frente a la iglesia, a la hora en que los fieles salen de la misa. En ese momento, entre la muchedumbre, mi amigo reconoció a Raducan el Tuerto. Sintió que una bestia se debatía en él, pero se contuvo y dijo: —Hermano Vasile, he allí a mi amo, el que tan bueno ha sido para mí... —¿Realmente?, dijo el bandolero. Muy bien... Después, con una voz de trueno dijo alzándose sobre los estribos. —¡Deteneos, buena gente!" La gente se detuvo. —Cristianos y buena gente, vociferó Vasile el grande, quedaos tranquilos y en paz, no tengo nada contra vosotros. Debéis saber que soy Vasile, el gran bandolero. Todos conocen mi nombre y han oído hablar de mis hazañas. Llevamos pistolas y a nadie tememos y además mis hombres montan guardia cerca de aquí. Hubo un murmullo entre los asistentes y la gente se apartó con respeto. Cuando el boyardo levantó su barba por encima del cuello de su abrigo, en su único ojo brilló un relámpago de espanto cuando reconoció a mi amigo. —Hemos venido aquí a hacernos justicia, según una antigua costumbre. Porque hasta el Día del Juicio Final, el Juicio de Dios, no podremos hacernos escuchar aquí abajo ni por los jueces, ni por el Consejo del príncipe. Por eso tenemos que hacernos justicia por nosotros mismos, por la fuerza de nuestros brazos. Te perdonamos lo de la mujer, ilustre señor, pero por lo que hemos sufrido, con la cabeza entre los postes de la empalizada, temblando con los tobillos en el agua helada del molino, con los pies en el cepo, con los ojos quemados por el humo de los pimientos, casi vomitando el alma; nos apaleaste hasta la sangre, nos arrancaste las uñas, volcaste veneno en nosotros por el resto de nuestros días, porque cada día lo recordábamos todo; no encontramos calma ni justicia en ninguna parte, por eso venimos aquí a arreglar esa cuenta, señor. Cuando Raducan el Tuerto comprendió, abrió desorbitadamente su único ojo, se echó a gritar llamando a los campesinos, a sus sirvientes, quiso huir a derecha e izquierda, huir hacia adelante, pero el bandolero y mi amigo, le cerraban el camino con el pecho de sus cabalgaduras, y lo tumbaron al suelo. Pusieron pie en tierra y lo ultimaron a cuchilladas. Mi amigo se quedó allí hasta que vio la sangre del boyardo formar un gran charco en el polvo. Cuando el hombre cesó de gemir y exhaló su último suspiro, lo empujó con la punta de la bota para darle vuelta, dejándolo con la cara al aire, su único ojo abierto hacia el cielo. Ninguno entre los que presenciaban aquello, dijo una palabra. Todos asistieron espantados a ese acto de justicia. Así se hizo. Cerca del muerto depositaran, mi amigo y el bandolero, para la santa iglesia, una pequeña bolsa con ocho monedas de oro, todo lo que llevaban en sus cintos.

Después, bajo un cielo sin nubes, donde el sol brillaba con reflejos primaverales, montaron sus cabalgaduras y, saliendo de la aldea, desaparecieron por caminos escondidos y se remontaron de nuevo hacia el verde eterno de la gran floresta. Cuando terminó su historia, el pastor exhaló, mirando las llamas, la amargura que persistía en su corazón. Nos lanzó una turbia mirada y ante nuestro silencio, hizo un gesto como queriendo sonreír, sentado sobre su zamarra, lejos de toda luz y alegría. Y se perdió de nuevo en sus pensamientos llenos de tristeza, como las nieblas de su montaña.

ION AGIRBICEANU La Fefeleaga
Al despuntar el alba se le encontraba por el camino tirando su caballo por el ronzal. Estampa de mujer alta, flaca, con la cara comida de cicatrices de viruelas, quemada al sol y al viento. Marchaba a pasos pesados haciendo resonar sus botas de cuero seco, duro y arrugado. El caballo la seguía, el cuello tendido, moviendo penosamente sus corvejones óseos. Sobre su lomo profundamente arqueado llevaba dos cuévanos. Cuando éstos se levantaban un poco, se percibían en el lomo del animal dos mataduras color terroso. El caballo era blanco, pero bajo los cuévanos, esas dos placas sin pelo y endurecidas mostraban las cicatrices de las mataduras causadas por los fardos. Marchaba detrás de la mujer, adormecido parecía por el ruido monótono de las botas. No volvía su enorme cabeza ni a un lado ni a otro. En cuanto a la mujer, sin ocuparse de él, avanzaba y avanzaba dejando caer de vez en vez, como hablando con ella misma: "¡Uju, Bator!" Así desfilaban los dos a lo largo de las callejuelas de la población, para trepar en seguida el sendero que subía a la Colina de las Minas, y desaparecer sobre la abrupta ladera, del otro lado de la colina. El sendero se estrechaba al descender el costado pedregoso y la mujer no cesaba de repetir con la voz calmada: "¡Uju, viejo Bator! ¡No te apures, viejo, no nos están persiguiendo los tártaros!" Pero Bator se desancaba y al tomar la inclinada pendiente, sus huesos parecían que iban a dislocarse, en tal forma asomaban a través de su piel como si buscaran por donde salir de su cuerpo viejo y cansado, mientras los cuévanos vacíos se balanceaban de aquí para allá, como queriendo desatarse de la pequeña montura de madera a la que iban atados. Los cascos delanteros de Bator se apoyaban fuertemente al suelo y sus párpados caían y se levantaban de continuo sobre las dos heridas blancuzcas que le quedaban de los ojos, como si levantara una piel negra que recubriera luces desde hace mucho tiempo apagadas. Al llegar al valle, se detiene cerca de montones de piedra triturada, saca de uno de los cuévanos una pala de madera, la llena de piedras y se pone a cargar. El caballo se inclina tan pronto de un costado como de otro, según el lado en que la mujer carga las piedras en uno u otro de los cuévanos. Una vez que estos están llenos, retornan y suben lentamente la cuesta. De paso encuentra muchachos que, encaramados sobre sus monturas sobre pequeños caballos, lanzan gritos de alegría. Ellos también van a cargar piedra. Saludan a la mujer y siguen su camino. "¡Buena suerte, hijitos!", contesta la mujer tirando con fuerza del ronzal. Los caballos jóvenes relinchan, llamándose unos a otros, mientras Bator sube penosamente, la cabeza baja, sin oír nada, ni siquiera el ruido de las botas de la mujer. Con el casco tantea el terreno, ya conoce donde hay repechos más difíciles de trepar. Allí reúne sus fuerzas, exhala un resoplido húmedo y fuerte por sus anchas narices, que la edad había arrugado. "¡Uju, despacio, pobre Bator, descansemos, no nos vienen persiguiendo los tártaros...!" El caballo se detiene contento y resopla, mientras la mujer arregla los cuévanos. Empujando hacia el fondo las piedras que están para caerse, mira hacia adelante: ¿cuánto habrá hasta la cumbre?... Y en esa forma, haciendo pequeños descansos y dándose ánimos, llegan a la cima. A partir de allí el camino es más fácil. Una vez en la población, la piedra se descarga hoy en casa de unos, mañana en casa de otros, aunque a veces, semanas y semanas en una misma casa. Esta mujer se llama María, pero toda la gente, por burlarse de ella, la apodan "La Fefeleaga". Los jóvenes de la aldea la conocieron siempre así: tirando de su caballo por el ronzal y acarreando piedra para una u otra parte. ¡Qué cantidades de oro se habrían podido

sacar de la piedra que Bator transportó en sus lomos! Pero María jamás se detuvo en esas cuentas, aunque, a menudo, mientras Bator escalaba penosamente la cuesta, exclamaba: "Con toda la piedra que este pobre ha cargado se podría hacer una colina como ésta..." Por cada carga de piedra recibía diez cruceri... Cuando el camino se hallaba en buen estado, se podían hacer hasta cinco o seis viajes. Esto le representaba alrededor de tres zlots por semana. Ella pensaba: "A pesar de todo, podemos vivir con eso..." En vida de su marido, Dinu, ella estaba mejor. La llamaban entonces María de Dinu. Y en ese tiempo, María de Dinu ya trabajaba a la par de Bator, mientras Dinu penaba en la mina, perforando la roca y haciéndola saltar con dinamita, como todos los mineros. Por ese trabajo ganaba de tres a cuatro zlots por semana. Tuvieron cinco hijos. Chicos enfermizos. Tenían con que alimentarlos, pero siempre estaban enclenques. Dinu tosía y tosía. Cada vez que volvía de la mina, empapado y cubierto de lodo, tosía y no dejaba de injuriar a sus hijos. Los detestaba por endebles. La mujer los defendía, acariciándolos y besándoles las mejillas arrugadas que se descascaraban dejando caer un polvo como de harina. —Pero, hombre, déjalos tranquilos, ¿qué se puede exigir de ellos a esa edad? Se fortificarán el día que tengan que empezar a trabajar, decía la mujer. —¡Al diablo! ¡Jamás llegarán a ser hombres!, respondía con despecho. Y, con todo fue Dinu el que murió primero. Su mujer le lloró todo lo más que pudo, pero no podía dar rienda suelta a su dolor, por que con el entierro de su marido gastó hasta el último centavo. Bator, que descansó durante tres días, hasta que enterraron a Dinu, estuvo a punto de anquilosarse. La mujer se dio cuenta que ahora el único sostén era aquel gran caballo blanco, aunque estaba tan flaco que se le podían contar los huesos. La población siguió siendo como era en vida de Dinu. Las gentes se dedicaban a sus trabajos como si nada hubiera sucedido. Cuando vieron a María tirando a Bator por el ronzal al día siguiente del entierro de su marido, un hombre dijo, por maldad sin duda: "¡Oh, miren a la Fefeleaga!" Y así se la siguió llamando desde entonces. Nunca tuvo confianza en los hombres y jamás les pidió ayuda. Sólo confiaba en la voluntad del Altísimo y ahora, después de la muerte de Dinu, no confiaba sino en Bator. En el instante mismo en que su marido cerró los ojos, cuando ella salió al patio gritando: "¡Desgraciada de mí!", sintió que los hombres que llegarían a ver al muerto no le traerían ningún auxilio, y que sólo debía contar con ese gran caballo blanco que, atado a un poste, mascaba tranquilamente su heno. Mientras el muerto estuvo en la casa, cada vez que la "Fefeleaga" salía, le parecía escuchar a Bator que mientras movía la cabeza y mascaba su freno, le decía: "Sí, sí, sí... haremos lo que podamos..." Y fue así como, arrastrando sus pesadas botas a través de las callejuelas del poblado y a Bator por el ronzal, durante todo el día, empezó poco a poco a olvidarse de Dinu. No es que ella pensara en otro. Hacía mucho tiempo que no concebía más que un solo modo de vivir, trabajar penosamente toda una semana para tener con que comprar el domingo los cereales y las legumbres para la casa. Y eso, ella se consideraba bastante fuerte para hacerlo mientras tuviera a Bator a su lado. Tal vez en otro tiempo, ya muy lejano, algunas ideas halagüeñas la hubieran perturbado, que durante su juventud su corazón pudo estremecerse, penetrado de suave tibieza... Pero cuando comprendió que estaba obligada a cumplir ese duro trabajo y que nunca más podría evitarlo, supo también que para una infeliz mujer como ella, el sueño de una existencia mejor era solo espejismo y niñería que sólo servirían para hacerle la vida mucho más dura. Dos o tres hombres le aconsejaron que se volviera a casar. —¿Por qué quedarse viuda?, vas a envejecer y ya nadie querrá casarse contigo. —¡Al diablo con el casamiento! —contestó la Fefeleaga, mirando con hostilidad a esas gentes que, sin embargo, sólo querían su bien.

Entonces bajaba la cabeza y tirando a Bator por el ronzal: "¡Arre, arre, mi viejo Bator! ¡arre!"... y seguía su camino, dejando vagar sus pensamientos. ¿En qué pensaba? no podría decirlo, porque una sola idea la atenaceaba: ¡Qué dura era la vida! y aunque quisiera apartar ese pensamiento volvía a interrogarse: "¿Para qué viene el hombre al mundo?" Nunca pudo hallar una respuesta a su muda pregunta y entonces se contentaba con alzarse de hombros. Se fastidiaba contra ella misma, de la insistencia de ese dilema, renovado tantas veces. Y algunas mañanas cuando arreglaba los cuévanos sobre el lomo del caballo, se le ocurría que también Bator pensaba en lo mismo, y que si no fuera ciego, la interrogaría con la mirada, haciéndole la misma pregunta. Después de cinco años de viudez sólo le quedaron dos hijos, un muchacho y una niña. Tres habían muerto. Los tres antes de cumplir quince años, como si al llegar a esa edad, sus vidas encontraran el dintel de una puerta, se golpearan en él y se quebraran la cabeza. Las gentes de la aldea pensaban que era casi una bendición de la providencia, y que la muerte de esos hijos le harían la vida más fácil. Pero ella no lo sentía así. Y aunque los muchachos eran grandes, también eran enfermizos y no podían trabajar. A uno lo puso a servir en una casa, pero sus patrones lo despacharon pronto, pretextando que era muy débil. Por ello, la Fefeleaga no consiguió nunca alegrarse de que murieran ni tampoco pudo nunca confiar a nadie su dolor. Y nadie hubiera podido imaginar al verla, que había un muerto en su casa, salvo por dos indicios: que dos o tres días antes de la muerte de alguno de sus hijos Bator descansaba atado a su poste, mascando heno, y porque al día siguiente del entierro la Fefeleaga partía antes del alba, atravesando las callejuelas de la aldea tirando de Bator por el ronzal. Sin embargo, mientras la muerte estaba en la casa, ella salía a menudo al patio, se acercaba al caballo y le preguntaba: "¿Cómo estás tú, mi pobre Bator?" Y el caballo osudo sacudía su gran cabeza, como si quisiera responderle: "Qué podemos hacer, el mundo es así..." Y Bator tenía razón. Así estaba hecho el mundo. La "Fefeleaga" también pensaba así, cada vez que uno de sus hijos se moría y su casa iba quedando más vacía. El domingo más que los otros días, su corazón se agrandaba de amargura. Era el día que tenía que recibir la paga por el trabajo que ella y Bator habían hecho durante toda la semana. Y los ricos sabiéndola sola, le pagaban cuando querían, y nunca lo que era debido. De tal modo que siempre le quedaban a deber en todas partes. Las gentes que la empleaban estaban seguras que ella volvería a trabajar a la semana siguiente, por que ¿qué otra cosa podían hacer ella y Bator? Y también calculaban que la "Fefeleaga", cabeza floja de mujer, acabaría entre una semana y otra por olvidarse de la deuda. Ella no olvidaba nada, pero cuando veía que un hombre podía ser tan ávido que le regateara su jornal, se callaba y no volvía a cobrarle, pero se leía en su cara el desprecio que se transparentaba en una sonrisa de mofa. Y era extraño ver una sonrisa en esa cara de mejillas terrosas, carcomidas por la viruela, que semejaban empedrados grises sobre los que innumerables gotas de lluvia que al caer dejaran su rastro. Rara vez iba a la iglesia, porque ese día lo empleaba en cobrar sus cuentas. Tampoco las gentes ricas de la aldea iban a la iglesia. Pasaban su tiempo bebiendo cerveza en la taberna. La "Fefeleaga" no asistía a la iglesia, pero la vista de esos hombres que bebían, gastando las escasas sumas que le debían a ella, le inspiraba desprecio, y era entonces cuando ella, tan miserable, sentía confusamente que valía más que ellos, y que era más buena cristiana. Y algunas veces, muy raras, cuando alguno tardaba meses en pagarle, ella le soltaba abiertamente lo que pensaba. "Qué soy yo, nada, pero a mi nadie me maldice, nadie desea que Dios me castigue, mientras a usted le maldice toda la aldea..." Y desde ese momento, aunque el ricacho quisiera pagarle más de lo que le debía, ella no se lo aceptaba. Regresaba a su casa, echaba un puñado de heno a su caballo y le preguntaba: "¿Qué te parece, Bator, mi pobre Bator?" El animal, mientras comía el heno, sacudía la cabeza como diciendo: "Sí, sí, así son las gentes..."

Ella trabajaba sin descanso toda la semana, sin apercibirse que el tiempo pasaba, hablando con Bator, como si el alma de su marido Dinu hubiera encarnado en el caballo. Para ella el tiempo sólo se medía por los días que transcurrían entre la muerte de un hijo hasta que el siguiente cerraba los ojos. Finalmente no le quedó más que una hija, una sola, y según sus cálculos hacía tres años que se había ido el último. La mujer y el caballo envejecían. A ella se le miraban los cabellos grises como vellón de oveja, profundas arrugas se marcaban en su cara agujereada por la viruela. Su mentón puntiagudo, curvo, parecía querer juntarse con su boca hundida. El caballo estaba más flaco. Las dos placas terrosas que los cuévanos recubrían, se agrandaban, mientras que en el lomo y en las costillas su pelo era más ralo, y cada vez más ralo. Su labio inferior pendía como atraído hacia el suelo por un peso invisible. Las mujeres del pueblo, las más viejas, trataron de darle algunos consejos. Debería hacer esto, lo otro. Acudir a la ayuda de algún sortilegio, pues era extraño que sus hijos murieran uno después de otro y todos a la misma edad. Pero la Fefeleaga no creía ni en el diablo ni en ningún otro poder oculto. Las mujeres se persignaban ante tanta incredulidad, pero a ella no le importaba: "¡No, mujer no los llevo al hechicero! El diablo es el hombre malo e injusto. ¡Ése es el diablo!..." Y rehusaba acudir a la ayuda de sortilegios y encantamientos. Rechazó todos esos consejos y cuatro años, dos meses y trece días después de la muerte de su último hijo, la pequeña, la última que había quedado, cerró también los ojos para siempre. Y nuevamente la víspera de cumplir los quince años. Murió como los otros tres, sin haber estado enferma. La piel de su cara no se escamaba como antes. Y solo estuvo dos semanas en la cama. Cuando esta última hija dejó de existir, la Fefeleaga no se lo comunicó a nadie ese día. Apenas su hija cerró los ojos, colocó un pequeño cirio en un candelero. Luego salió al patio, desató a Bator, tiró fuertemente del ronzal y lo condujo a la granja repleta de heno, donde lo dejó en libertad. Nada le dijo, pero cuando alzó los ojos y los fijó en aquella cabeza blanca, se dio cuenta que sus párpados se habían levantado sin un parpadeo sobre el vacío de sus ojos. Jamás aquellas dos heridas blancuzcas le parecieron tan hondas y tan aterradoras. La Fefeleaga entró en la casa, sentóse en un cofre de pino y allí se quedó todo el día como transformada en un pedazo de madera. No lloró, no se lamentó, no besó a su hijita. Allí quedóse inmóvil, con la cabeza entre las palmas de sus manos callosas, con un nudo que ya conocía y que ahora la ahogaba. Y siempre la misma pregunta: "¿Para qué viene el hombre al mundo?" Esta vez no se alzó de hombros y sus pensamientos confusos se negaron a darle una respuesta. Lo que veía nítidamente era la vida que había arrastrado tirando primero del ronzal de un caballo negro y después del de Bator. Reveía la Colina de las Minas, abrupta, erizada de rocas aceradas, que apuntaban hacia el cielo como colmillos de gigantes. Reveía también el sendero trajinado y sobre el sendero a la Fefeleaga, arrastrando a Bator. Contaba como en un sueño cuántas veces habían franqueado juntos la colina y calculaba cuantas cargas de piedra transportó durante cuarenta y cinco años. Luego sus pensamientos volaban hacia los domingos pasados. Cuantas veces había ido a la Iglesia y cuantas faltó a misa. Cuanto dinero había ganado y cuanto le habían quedado debiendo, recordando a aquellos con quienes había discutido por el pago. Y después reveía a Bator que seguía entrechocando sus huesos, y percibía el sonido de las herraduras a punto de desclavarse de los cascos. Se lo imaginaba deslomándose bajo el peso que llevaba al ir trepando la Colonia de las Minas y apoyándose en las patas delanteras para bajar las cuestas. Ella lo veía y oía cuando se detenía para decirle: "¡Despacio Bator, mi pobre Bator! Descansemos, los tártaros no nos vienen persiguiendo". En seguida lentamente, penosamente trataba de calcular el número de años pasados entre cada uno de sus muertos, desde la muerte de su marido hasta la de su hijita. Un número interminable de años. Con todo ese largo camino recorrido ¡Santo Cielo! habría podido llegar hasta el confín del mundo.

Pero el fin de aquella caminata había llegado. Por primera vez sintió que ya no tenía ninguna razón para esforzarse. Fue preciso que sus hijos murieran uno tras otro para comprender ¡por qué había ella penado tanto! Pero ahora, que Paunitza yacía allí con un pequeño cirio en la cabecera, la Fefeleaga comprendió que había sido por sus hijos; por ellos se había atormentado a lo largo de toda su vida, y sólo ella sabía ¡cuánto había sufrido! Y no por el trabajo. En verdad no le había sido tan penoso. Siempre trabajó con gusto. Sino por ellos, por los cinco, después por cuatro, después por dos y al último por una sola. Dos minúsculas lágrimas, como cabecitas de alfiler, mojaron sus ojos secos. Al anochecer se dirigió a casa del campanero y del pope, diciéndose: "Voy a darles una última fatiga, por la última alma que saldrá de mi casa." A la mañana siguiente fue hacia la granja, tomó a Bator por la brida y se puso en camino. El caballo tiraba de su mano, tratando de dirigirse hacia el lugar en que lo esperaban los dos cuévanos. Pero la Fefeleaga lo retuvo. "Espera Bator, espera pobre viejo, no cargarás más piedras sobre tu lomo. ¡Eso terminó!" Y trató de llevarlo hacia la salida. El caballo, sintiendo que no llevaba ningún peso sobre el lomo, se detuvo en la puerta. "¡Uju, Bator... mi viejo Bator, mi querido Bator! No vamos al trabajo ahora, no..." Y la Fefeleaga lo condujo hacia el mercado para venderlo. "Mamá quiere comprar una corona y un velo blanco como la leche para su hijita, porqué Paunitza se murió, ella también murió, ¡mi viejo Bator!" Y sus ojos se humedecieron de lágrimas por segunda vez. Tirando de Bator que la seguía, sin dejar de hablarle, llegó al pueblo y lo vendió por lo que le dieron. Bator sintió de inmediato que una mano extraña le tomaba el ronzal. Husmeó a su nuevo patrón y volviendo la cabeza en dirección de la Fefeleaga, relinchó por primera vez, después de un silencio que había durado años. Nuevamente y por tercera vez los ojos de la pobre mujer se colmaron de lágrimas y en un relámpago comprendió el pecado que cometía separándose de aquel animal que la había ayudado toda su vida. Pero ¡qué otra cosa podía hacer! ¿De qué le habría servido en adelante Bator? ¡Además, ella no habría soportado su presencia! Ya que el viejo caballo le recordaría el largo desfile de sus muertos. ¡Sí, de sus muertos! ya que ahora ella estaba segura de que sólo había trabajado para ellos. Comprendió que si había llegado a amar a Bator como a un ser humano, fue porque le ayudó a alimentar a sus hijos. También se dio cuenta que en aquel caballo blanco y enflaquecido había amado a sus hijos. Y ahora la última ayuda también le llegaba de Bator. Sin él, Paunitza no habría tenido ni féretro pintado, ni corona de casada, ni velo blanco. Cuando la Fefeleaga terminó sus compras, ya el caballo estaba atado a un poste en una estrecha calle. Ella corrió a acariciarle el pescuezo. El caballo relinchó por segunda vez. "Bator, mi viejo, mi querido Bator, perdóname... Para ti será mejor... Me voy... Tengo que dejarte, pero debo llegar pronto a vestir a Paunitza. .." Y encorvada, arrastrando sus pesadas botas sobre la acera, la Fefeleaga se puso a buscar un carro que fuera a su aldea, para que la ayudara a llevar todos los adornos mortuorios adquiridos con lo que habían pagado por Bator.

DUMITRU RADU POPESCU El espantapájaros
Pasaba en la claridad de aquella mañana con la sensación lúcida que si eso no se lograba sería la muerte. Pero el buen éxito era seguro, debía serlo. La luz era fuerte, enceguecedora. Se veían las piedras en el lecho del río. por donde corría el agua, cuando no era tiempo de sequía. Piedras que semejaban huesos redondeados, rótulas, o cráneos disecados por el calor. Su bicicleta avanzaba perezosamente por la ribera hacia el puente. El reloj de la catedral dejó oír dos campanadas. Las dos de la tarde. Controló la hora en su reloj de pulsera. Exactamente las dos de la tarde. Vio a su derecha un jardín abandonado. Nadie cuidaba de él. Se amontonaban hojas y ramas del año anterior. Del lado opuesto del camino, donde comenzaba el campo de maíz también abandonado y sin carpir, contempló la caricatura de un ogro, un espantapájaros que habían hecho los chicos, para sus juegos, con una calabaza amarilla a guisa de cabeza, con ojos, boca y nariz calados con una navaja, para darle figura humana, y sobre la cabeza, mejor dicho sobre la calabaza, puesto de través un viejo sombrero de paja agujereado. Unas bolsas de arpillera servían de pantalón, y de traje unos trapos viejos. Una vieja capa le colgaba de los hombros. Las estacas sostenían en cruz estos oropeles. A una cierta distancia, visto desde el camino, el espantapájaros era grotesco hasta dar risa. Lo examinó un rato trazando círculos y más círculos con la bicicleta, que al ir girando levantaba nubes de polvo sobre el camino. Después partió pedaleando despacio y silbando. El sol dardeaba y el verano parecía hecho de arcilla quemante. El aire pesaba, ahogante, pero él no lo sentía. Llevaba camisa blanca con mangas cortas, desprendida casi hacia la cintura y cuyos faldones, al modo campesino, salían de sus pantalones. Pedaleaba con los pies desnudos, porque sus zapatos iban guardados en el saco de cuero del portaequipaje. Había dado toda la vuelta a la aldea. Todo estaba calculado en detalle, pero tenía que esperar que fueran las cinco en punto. Cuando llegó cerca del puente, se dio cuenta que tenía sed. El puente era muy ancho. En realidad eran dos puentes, uno para el tráfico de carretera, el otro para la vía férrea. Los separaba un pequeño espacio, aunque de lejos se miraba como un solo cuerpo, y la gente decía: el puente. En el puente empezaba y terminaba el pueblo. Al llegar allí bajó de su bicicleta y se dirigió hacia la bomba de agua. La apoyó como pudo y abrió el grifo, pero no salió agua. Los centinelas que custodiaban el puente sonrieron, sabiendo que la bomba estaba seca. A menudo pasaba por allí en su bicicleta, casi todos los días, pero nunca antes había tenido sed. Escupió, metió los faldones de su camisa en el pantalón y sacó los zapatos del portaequipaje, como exhibiéndolos. Los centinelas rieron al verlo calzarse. Cada vez que venía de nadar, de la parte alta del río, donde en una gran poza se arregazaba el agua, al llegar al puente se calzaba sentado sobre la hierba, para no entrar descalzo al pueblo, y que lo fueran a ver sin zapatos las gentes amigas. Los centinelas sabían todo esto. Sabían también que después de calzarse se peinaría, pasándose los dedos por los cabellos. También ese día lo hizo antes de saltar sobre su bicicleta y entrar a la ciudad silbando. Las calles estaban desiertas. De tiempo en tiempo resonaban las botas con paso marcial. Tomó por la calle de la Unión hasta la iglesia ortodoxa. Allí se miraba más gente. En las calles del centro era necesario tocar el timbre para no llevarse por delante a los peatones. Dejó su bicicleta en el patio interior del edificio y subió al primer piso. La campanilla no sonaba. Golpeó cinco veces en la puerta, después cinco veces más. Ella vino a abrirle. Estaba

vestida con un peinador oscuro, demasiado largo, sin duda el de su madre. Calló hasta que lo vio, sentado, lanzar un suspiro de alivio. —Dame un vaso de agua, por favor... Ella le trajo una jarrita llena y él la apuró de un trago. —Gracias... dijo él, devolviéndosela, ¿qué hacías? —Estudiaba mi lección de historia... —Ah, ja, dijo él riendo. Ella había sido reprobada en el examen de historia y el verano tocaba a su fin. Pronto sería el otoño. Había que estudiar duro. —¿Y tú, cómo vas tú?... —Me paseaba en bicicleta... —Y tuviste sed, y subiste aquí para beber un vaso de agua. —No, vine a ver lo que hacías. —Estudiaba historia. Mira. Le muestra el libro abierto en el capítulo de Bismarck. Tenía grandes ojos y el peinador dejaba a descubierto sus hombros jóvenes y frescos. Sus ojos eran azules y él sonrió recordando que se llamaba Ioana. Hubiera preferido que se llamara Viorica, como en su pueblo se llama a las violetas. Aunque su nombre científico es "viola-odorata". "Cuantas tonterías pienso", se dijo. Y la contempló largamente. Pero ella no lo notó. Sacó del armario el aparato de radio, desató el mantel que le servía de estuche y lo conectó. Pero el aparato no dio ningún sonido, ni siquiera en sordina, como estaba permitido. En el patio se oía a los chicos jugar golpeándose las manos, bajo un gran castaño cuya sombra redonda lo llenaba casi íntegramente. Los chicos habían perdido el hábito de la siesta y se les oía cantar golpeándose rítmicamente las manos. Se me perdió el pañuelito, mamá me castigará, pagaré con un besito al que me diga: aquí está... —¿Por qué no marchará esta radio?, dijo ella manipulando los botones. —Yo qué sé, estará descompuesta... —No, no está descompuesta, dijo ella, examinándola por todos lados. A él no le hacía gracia oír música, pero quería escuchar las últimas noticias. La habitación se encontraba en el fondo del departamento, de modo que la radio no se escucharía desde el corredor. Pero a ella le gustaba la música. Tal vez por, eso no lo llamaba por su nombre, sino que le había puesto el sobrenombre de Beethoven, porque tenía, según ella, un oído musical poco común. Era una simple opinión, pero él no la contradijo nunca, recordaba que en alguna parte había leído que la admiración era muchas veces una prueba de amor. Le gustaba que lo llamara Beethoven. A lo lejos se oyeron sonar dos tiros. Los chicos continuaban jugando y golpeándose las manos. Él los contempló por la ventana. Ángela, la hija del sastre que vivía en el tercer piso, dirigía a los otros chicos cómicamente, en espera del turno de entrar en la danza. —Beethoven, dijo ella, mira por favor qué le pasa a esta radio, no anda. Él revisó las lámparas, los hilos. Todo andaba bien. En ese instante se le heló el corazón. Recordó que pronto serían las cinco. —¿Qué tienes?, preguntó ella. —No tengo nada, contestó él... —Pero te has puesto pálido, dijo ella, colocándole la mano sobre la frente. Nunca le había tocado la frente, y él se despertó como de un sueño y una sonrisa asomó a sus labios. —Has estado mucho tiempo en el sol, tal vez sea una insolación... —No, dijo él, te ha parecido que estaba pálido...

Los chicos seguían jugando, despreocupados, como si nada hubiera cambiado sobre la superficie de la tierra. El castaño desparramaba su sombra y el sol proseguía su ruta, como siempre, y ellos golpeaban sus manecitas. Ahora podía reconocer sus voces. —¿En qué piensas? —Esa es la voz de Sanda, ¿la oyes? Y esa otra, la de ese sapito de Marin, es él quien grita, es increíble cuánto puede gritar. —Es tan atrevido... —¿No te gusta? —Claro que sí, es el que me gusta más de todos. Él nunca había sido atrevido. Ni siquiera ahora se animaba a serlo. No sabía cómo serlo. ¿Qué hacer? ¿Tomarle la mano como en el cine, o besarla? Ella lo intimidaba. Hasta temía mirarla de frente. Mientras ella fue hacia la cocina, quedóse escuchando el ruido de sus pasos, el golpeteo de sus zapatillas. Tal vez no las volvería a escuchar nunca más. Pero le quedaban dos horas. Todo el tiempo que aun podía estar junto a ella. Dos horas. A las cinco podía caer prisionero o no salir bien en su misión, o alcanzar su cometido y que lo mataran al huir, o que lo capturaran. Lo cierto es que en cualquier caso serían implacables. Pero él estaba convencido que todo debía pasar exactamente como se había planeado. Instante por instante. Debía vivir, sí, debía vivir para esperarla a ella a la puerta del liceo, el día de su examen. Ellos no le perdonarían. Lo torturarían, prometiéndole el perdón si confesaba todo. Pero él no hablaría. Cumpliría su misión punto por punto. Si no, después de la tortura, de cualquier modo lo fusilarían. Pero para estar seguro de que no dejaría escapar ni una palabra, ni una sola, había cosido en el cuello de su camisa unos granos de veneno. Del lado izquierdo, para poderlo alcanzar con sus labios si le ataban las manos. Lo que más le atemorizaba era hablar en sueños, después que lo torturaran. Sólo él sabía el secreto del cuello de su camisa, pero estaba convencido que cada segundo de tiempo iba a transcurrir como estaba previsto, uno después del otro. De pronto recordó por qué la radio no marchaba. Se inclinó. Le puso una conexión. En seguida se dejó oír una melodía oriental. —¿Qué tenía?, gritó ella desde la cocina, con voz alegre. —Nada, contestó él riendo. —Bájale el tono. —Ya está. —Ahora ven acá que quiero enseñarte una cosa... —No puedo ir. —¿Por qué? —Porque soy la tierra. —¿Qué es eso de ser la tierra? —Pues es así. Soy la tierra. Si me muevo de aquí la radio deja de funcionar. Se habían olvidado de hacer la conexión a tierra, sin lo cual la radio permanecía muda. Las gentes de la casa habían escondido el aparato largo tiempo, a veces en el sótano y a veces en el granero. Y perdieron el hábito de escucharlo. Aun ahora lo oían muy rara vez. Se tenía miedo. Así se había perdido el hilo de conexión a tierra, que era lo que le faltaba. ¡Ah! cómo le hubiera gustado a ella escuchar música al lado de él, para olvidar lo que sucedía en el pueblo, y también el libro abierto en el capítulo de Bismarck. Regresó trayendo en los brazos un gatito blanco. —No sé con qué nombre bautizarlo, dijo ella. Y era ese gatito lo que quería enseñarle en la cocina, para que lo viera en su pequeña canasta, bajo la hornalla.

—¿Verdad que es bonito? —Sí, es precioso. El gatito tenía una cinta alrededor del cuello y realmente era lindísimo. Pero a él le pareció aún mejor al verlo en los brazos de ella. —Acércate... —Imposible, ya te dije que soy la tierra, sonrió él. La verdad, no podía alejarse y dejar de servir de contacto. La radio se habría callado instantáneamente. Ella amaba tanto la música que él no podía abandonar su puesto, en el que se mantuvo inmóvil. Entonces ella se acercó y le tendió al gatito para que le acariciara la piel blanca y sedosa. —Te quedas allí como si fueras el polo, se diría que de veras te crees el polo norte de la tierra. O el polo sur,añadió ella, alzando los hombros, como si dudara de haber encontrado la palabra exacta. Dime si he dicho una tontería, se inquietó después y quedó muy seria. —No. —¿Lo dices por ser amable? —Bueno, si prefieres, acepto que has dicho una tontería. —Qué malo eres. O mejor dicho, tratas de ser malo. Ya ves, eso era lo que yo pensaba: eres uno de los polos y la antena es el otro polo en el mundo. En eso pensaba al decirte eso que tú llamas mi tontería. Dos polos sin los cuales no se puede escuchar música. Pero te propongo que corras el dial. Esa música turca es verdaderamente insoportable. Todas las emisoras transmitían noticias sobre la situación en el frente de batalla. Sólo las emisoras de Turquía transmitían programas musicales. —Los alemanes se retiran hacia el Noroeste... —Nuestros ejércitos... —Los soviéticos... Pero todo lo que la radio decía, él ya lo había escuchado en el pueblo. Los alemanes aún se encontraban en aquel lugar. Pero mañana o pasado debían abandonarlo. Algunos ya se habían marchado. Otros volvían. Reinaba una gran confusión. La radio de Turquía continuaba su emisión de música oriental. Se entretuvo en acariciar al gatito. No dijo una palabra del tren de prisioneros. Ni de ninguna otra cosa. Tampoco habló del puente. —Beethoven, ¿te gusta la historia? A mí me desagrada terriblemente. Es tan difícil. ¡Tantas fechas! ¡Tantos emperadores, imperios, dinastías, y las guerras, y los reyes, y las reinas, y los años, y los meses, y los días! Realmente son muchos. Yo los detesto. —Pero a pesar de todo eso tienes que estudiarla, si no quieres que te aplacen en los exámenes de otoño. —No, no me reprobarán, no quiero que me reprueben. —Es una cuestión de voluntad, pero lo principal es saber. Y si la estudias bien no tendrás que repetir otra vez el curso. No hay que repetir nunca una materia, eso es verdad. Derrumbóse el viejo puente, Vino el agua y lo arrastró, Otro haremos río abajo Más hermoso digo yo... Callaron para escuchar. Ellos también habían cantado cuando eran niños aquella canción. Él bostezó disimuladamente, sintiendo que la fatiga se apoderaba de su cuerpo, todo, centímetro por centímetro. Como si lo hubieran apaleado. Los ojos le quemaban, entrecerrándosele de sueño. El corazón también le dolía. Qué vivo lo sentía del lado izquierdo. Y escuchaba sus latidos rápidos e intensos, como los golpes de una campana sumergida. Aun en aquel momento de reposo, la fatiga lo quebraba y le daba una sed

inapagable. Pidió otro vaso de agua, sin lograr calmar su fuego interior. Consultando de nuevo su reloj, constató que su mano temblaba, con breves sacudimientos. Toda ilusión era vana. Tenía miedo. Para disimular el temblor de su mano la alargó hacia el gatito, esforzándose por fijar su atención en la piel blanca y sedosa. Pero eran otros sus pensamientos. —¿Quieres prestarme tu reloj? Ella le tendió su puño para hacerle ver que lo tenía puesto. —¿Marcha bien? ¿Es exacto? —Ayer lo puse en hora.. Son dos buenos relojes porque ambos marcan la misma hora. —¿Puedes prestármelo hasta mañana?... —¿El reloj? —Sí, quiero verificar si el mío marcha bien. Y hubiera podido tomarle la mano y después el brazo y ayudarla a desprendérselo. Pero no hizo nada. —Toma, dijo ella, entregándoselo. Él tomó delicademente la correa, evitando tocarle los dedos a ella y se lo puso en el puño izquierdo al lado de su reloj. Luego comparó los minuteros. Marchaban al unísono. Como no los oía se los pegó a la oreja para escucharlos. Palpitaban igual que su corazón. Diferentes, pero al mismo ritmo. El suyo golpeaba más sordamente. —¿Tienes alguna cita?, preguntó ella. Y no quieres llegar tarde si tu reloj atrasara. Tienes razón, no hay que hacer esperar a las chicas. ¿No es verdad que tienes una cita con alguna muchacha? —Sí. —Lo adiviné. Y la verdad que no era muy difícil. Todo muchacho en esas circunstancias se preocupa por llegar a tiempo. Pero no te has preguntado ¿qué sucede si ella no llega? —A decir de verdad, no deseo que ella llegue. Yo quisiera llegar a la cita y que ella no estuviera, que se hubiera perdido en el camino. —¡Qué divertido eres, por Dios!, acotó ella con una risa forzada, para darle a entender que no le importaba que tuviera esa cita, pues efectivamente de qué otra cosa podía tratarse sino de un encuentro sentimental. Por otra parte él jamás le había dicho una palabra de amor. Parecían desconfiarse mutuamente. Se contentaban con ser sólo buenos amigos. Por su parte, ella tampoco le había hecho ninguna confesión ni dado a comprender nada que pudiera echar a perder esa amistad. Si él, pensaba ella, no tuviera otro sentimiento para mí, después de una confesión de mi parte, nuestra amistad no podía seguir. Y la verdad es que ella apreciaba tanto su condición de amigo, que prefería siempre callar a correr el peligro de perderlo. Ahora lamentaba haber mencionado esa cita que la apenaba y en la que en realidad ella no creía, aunque la irritaba que él no la hubiera negado. —¿Es bonita?, no pudo evitar de preguntarle. —Es muy fea. No creo que llegue a la cita. —¿Por qué supones eso? —Porque no es a ella a quien yo espero. Y yo no cité a esa chica. —¿Entonces cómo sabes que ella va a llegar? —Pudiera ser que sucediera como una coincidencia estúpida. Nada es imposible hoy. Puedes encontrar en cualquier momento lo que menos esperas. El brazalete del reloj de ella conservaba su calor. Era en su muñeca como un apretón de mano permanente. Como si ella misma lo tuviera tomado de la mano. Le había pedido el reloj, temeroso de cualquier retardo. La operación de las cinco de la tarde estaba calculada al segundo. Si por un absurdo cualquiera su reloj fallaba, el otro, el de ella vendría en su auxilio. Sin esa precisión en el tiempo, podía echarse a perder todo. La muerte era una cuestión de segundos. El resultado de la operación también. Y también de sangre fría, bien entendido. En cuanto a las convicciones, para él este problema ya no se

planteaba. Lo había aceptado. Y el veneno que llevaba en su camisa, no era por temor de él mismo, no, sino por temor a un momento de debilidad. —No lo vayas a perder. Es un regalo de mi padre, le advirtió ella. —No tengas cuidado, ¿cómo podría perderlo o descomponerlo? Sobre la mesa, cerca de la ventana, estaba el retrato de su padre. Era todo lo que quedaba de él, una foto. Después de las cinco de la tarde, quizás también de él sólo quedaría una fotografía colocada en el rincón de una mesa. ¡Qué ridículo! ¡Cómo es posible existir o dejar de existir! Pasar en un instante más allá de lo que uno era antes. —No existe ninguna muchacha, ni ninguna cita, confesó él, para no dejarla en la duda. Palabra de honor, agregó, solemne, enderezándose. Y ella le creyó. —Te pedí el reloj para que nuestras horas sean parecidas, para que estén cerca, unidas... Como en los cuentos, dijo sonriendo, temeroso de haber puesto demasiado énfasis en sus palabras. —No tengo ningún encuentro sentimental, repitió, a sabiendas que era inútil decirle. Insistió porque quería dejarle un recuerdo agradable, si debía llegar a ser un recuerdo. No tenía ninguna otra cosa que darle, al irse, nada más que un recuerdo agradable. No era el momento de hablar de amor, ni el lugar. Y además era demasiado tarde. —Mira, me olvidaba, dijo como alegrándose... En verdad, lo había olvidado. Le traía en el portafolio su herbario. Eso podía ser un recuerdo. Él le daba mucho valor, porque adoraba las ciencias naturales. Se acordaba de cada lugar donde había encontrado esas plantas y esas flores. —Te dejo mi herbario. Yo sé que te gusta mirarlo. Ya no lo necesito, ya no estoy en edad de esas cosas... Él se lo alcanzó, con sus cubiertas de cartón azul. Ella lo tomó y con un lápiz rojo, sobre la primera página escribió: Beethoven. —Estoy encantada, dijo enrojeciendo y hojeándolo. Trigo leyó ella en la primera etiqueta: triticum vulgare... Contemplaba la ramita de trigo pálida y pensaba que la mina era de explosión retardada. Estallaría en el momento exacto en que él hubiera flaqueado el codo del río y se ocultara en la boca del desagüe municipal. —La dalia, descifró ella: dahlia variabilis... Una vez colocada la mina debe alejarse, rápidamente, corriendo por sobre las piedras. Eso es fácil. El lecho del río está seco. —Repollo, dijo ella riendo, brassica-oleracea... Tendrá que pasar el puente como si fuera de paseo. Todos los días a las cinco en punto lo pasaba en dirección al molino. Cuando él llegue al medio del puente los otros harán fuego sobre los centinelas, desde los dos extremos a la vez. Se vio deslizándose a lo largo de uno de los pilares y de nuevo tuvo sed. Le parecía que tenía la mina entre las manos. Le quemaban los labios... —Crisantemos, zanahorias... has puesto todo sin ningún orden, Beethoven... ¿me escuchas?... ¿me oyes?... Te decía que todo está mezclado, sin ningún orden... —Era... tal vez... que... —Mira el musgo de este árbol, qué verde magnífico... ¿verdad? ¡Qué verde más tierno! ¿Dónde lo encontraste? —En el bosquecito de la Piedra Antigua. Es un musgo muy joven y de un verde extraño en efecto. —¡Mira una fresa!, fragaria-elatior... las hojas tienen nervaduras casi plateadas... ¿Te gustan las fresas?

—Mucho y las frambuesas también... Mira, hay una planta de frambuesa, ¡qué largas raíces!... —Y las papas ¡qué grotescas son!... nada lindas cuando son tan disecadas... —Todas las plantas son bellas cuando están verdes... ¿Qué puedes esperar de una papa muerta y seca? Solanum Tuberosum. Perdió todo aroma, toda distinción, como una mala hierba cualquiera, estúpido, ¿verdad? —No, tu herbario es precioso. ¡Mira qué bello el girasol! Helianthus annuus... Él se echó a reír feliz de que a ella le gustara su herbario, tanto como a él. Las plantas fueron bien escogidas, durante la floración, en el momento en que son más bellas, coloreadas, revelando ya la potencia del fruto por dentro. Durante la floración todas las plantas tienen más gracia, pensaba él. —¡Oh, mira la violeta!, viola odorata... —Y el perejil, y el castaño, y el cerezo, prunus cerasus, ¡qué finos sépalos! Todas las flores de los jardines parecían haber hecho irrupción en la pieza y el aire olía a primavera. Estaban sentados uno al lado del otro frente a la mesa y giraban con impaciencia las páginas. —El narciso de las nieves, como un cascabel con sus pétalos blancos tan abiertos, como dibujados. Y este apio, opium graveolensi. Examinaban cada flor del herbario y todas las sombras se habían borrado de sus caras, reemplazadas por una amplia sonrisa; había olvidado completamente que se acercaban las cinco de la tarde. —Y el membrillo... Cydonia vulgaris. ¿Te gusta el membrillo, Beethoven? —Ya lo creo, sobre todo cocido en vino. ¿Los has comido en otoño cocidos en vino? —No. —Mira, se me hace agua la boca de sólo pensarlo. Y qué aroma, y qué sabor. Uno se emborracha al comerlos... —Yo comí membrillos cocidos en ceniza. También te puedo enseñar Beethoven. Se hace un gran fuego con pequeños carbones y pones los membrillos entre la ceniza, donde el fuego no los quema y los dejas allí hasta que están cocidos. Se ponen negros y su cascara revienta a veces. Se comen tal cual. No puedo decirte cómo son de ricos. No hay nada mejor, Beethoven. Se podría vivir mil años así. Mil años, y la vida sería bella, como en el paraíso. ¿Verdad, Beethoven? Con membrillos cocidos, pero prefiero creer que son mejores preparados en vino. Este otoño los comeremos, cocidos en ceniza y en vino. Pero, mira, también tienes ajo... —Sí, y también cebolla, y porro... con que darle gusto a un vendedor de legumbres... y perejil... el perejil da gusto a todas las comidas, pero también cuando está fresco, a la huerta. —Mira, también la melilota, melilothus albus... —Y el cardillo, eraxacum officinale. Pero a éste ¿por qué no le has escrito su nombre? —No tuve tiempo. Algunas las recogí hace muy poco. Muchas no tienen nombre, porque yo no lo conozco... Complétalas tú. Ninguna debe quedar sin nombre. —Yo buscaré también sus nombres en latín, aseguró ella, pero tiene todavía algunas hojas en blanco. Buscaré plantas para llenarlas. Será un herbario famoso. No lo vas a reconocer cuando lo veas de nuevo. —Oh, sí, lo reconoceré, yo sé en qué lugar encontré las flores y cuando las veo en el herbario, me veo como en el día en que las descubrí. Me veo con todos mis días... me acuerdo de todo, de todo lo que hice, cuando las veo. Es como si me viera a mí mismo, como si me encontrara. ¿Por qué te ríes? —Pues por eso, porque me lo das, dijo ella riendo todavía. ¿Cómo pudiste dármelo? —Ya te lo he dicho, porque ya estoy grande...

Ella lo miró a los ojos. Estaba segura ahora de que la amaba. Si no, no le hubiera dado el herbario. No se da una cosa así a una simple amiga. No, no, se decía ella, mil veces no. Él le había hecho don de todos sus días, con todo... con su amor... tenía que ser así... —Beethoven... —¿Qué sucede? —Nada... nada... sólo dije tu nombre. Ella recordaba cómo se habían conocido. Una tarde, casi al caer la noche. Volvía de casa de una compañera de escuela. Habían estudiado juntas la lección de historia, sin entenderla bien. Ella no tenía memoria para las fechas, de modo que todo le resultaba incomprensible. Y el profesor tenía la manía de la contabilidad histórica. En la calle ella había oído gritos, golpes; de lejos unos individuos parecían pelear. Unos policías arrastraban a dos o tres hombres y querían hacerlos entrar en una puerta cochera. Tal vez eran borrachos, pensó y siguió su camino. Las luces de la calle estaban prendidas, pero alumbraban pálidamente, en el atardecer. El sonar de los pitos de los policías se entrecruzaban como líneas negras. Ella apresuró el paso, atemorizada. Era época de guerra y los paseos por las tardes estaban prohibidos. En el momento en que llegó a la puerta de la casa y empezó a subir la escalera, la puerta se abrió rápidamente, y alguien entró. Tuvo mucho miedo, sería tal vez un ladrón. En el pasillo no había ninguna lamparilla encendida y la luz del día agonizante le daba un aspecto lúgubre. Se apresuró más. El recién llegado la alcanzó en el primer piso y le preguntó si la casa tenía alguna otra salida. No, no tenía. Hubiera pasado de largo, pero el desconocido estaba cubierto de sangre, como si tuviera una máscara sobre la cara. Toda la cara cubierta de sangre. Sólo los ojos se veían de otro color y revelaban su juventud. Ella se quedó como paralizada, con la garganta apretada, sin saber qué hacer. En ese instante sintió que no podría estudiar medicina, como era su ambición. En la calle los silbidos de los pitos policiales parecían acercarse. Sus ojos se llenaron de espanto. Entonces de pronto, armada de coraje, tomó al desconocido de la mano como si fuera un niño. Quería protegerlo, defenderlo como una madre. Los silbatos desgarraban el aire y sus oídos. Se arrancó el pañolón blanco que cubría sus cabellos y lo aplicó sobre esa cara terrible, para secarle la sangre, para no mirarla, o para ocultarla. Subieron algunos escalones seguidos por los estridentes silbatos, como si fueran sabuesos furibundos. Los pitazos entraron por la puerta del edificio y todas las escaleras, hasta el último piso, parecían temblar. Mientras que delante de su puerta buscaba la llave con mano febril y temblorosa, con la otra había arrancado el pañuelo de la cara del herido y apoyaba contra su pecho esa cara sangrante para ocultarla mejor. Cuando entraron al departamento, los pasos empezaban a oírse en la escalera. Dio vuelta a la llave y quedó inmóvil sin respirar. De nuevo apretó la cabeza contra ella, tanto para imponerle silencio como para transmitirle su propio coraje. Cuando los ruidos cesaron, se miraron agotados y se dejaron caer sobre las sillas de la cocina. Entonces por primera vez vio su sonrisa. Vacilante, lo miró. Sonriendo siempre, él la observaba. Entonces ella miró su blusa; sobre el lado izquierdo, sobre su seno, se dibujaban grandes manchas rojas, contrastando con otras marcas blancas, que parecían una boca, la nariz, el mentón. La cara sangrante había quedado retratada en la blusa inmaculada. Las marcas de los labios, de los ojos y de la nariz eran las más visibles. Otras se veían del lado derecho y también en el pañuelo, pero en éste era como una pasta roja confusa, salvo la marca de los ojos. Ella a su vez sonrió y corrió a cambiarse. Y desde entonces nunca había lavado esa blusa, ni ese pañuelo, ni nunca tuvo intención de hacerlo. Todavía se veían los rasgos de un color bermellón, que poco a poco empalidecían. Colocó la mano sobre el herbario y pensó que la blusa iba a perpetuar su cara, la cara de aquella noche para siempre. Aunque un día se disgustaran. Entonces, mirándolo le dijo: —Beethoven, ¿llegaremos a disgustarnos algún día? —Qué sé yo... —¿Pero quién lo sabrá entonces?...

—Pero no, nunca nos disgustaremos... Por qué nos habríamos de pelear, dijo entonces él rápidamente. Te invito el domingo para que vayamos al cine. —Y si te dijera que no, ¿discutiríamos, nos pelearíamos por eso? Él calló. Tenso, como si acabara de perder algo. Reinaba un silencio de muerte, y él escuchaba el tic-tac de los dos relojes, cada segundo con más fuerza, mas ensordecedor. El tiempo corría y él lo había olvidado. Fijó las pupilas en los cuadrantes. Era la hora de actuar... Abre tu pequeña oreja y adivina, adivina, quién te llama por tu nombre, anda y dilo sin dudar... Oyó la cantinela de los niños. Se interpelaban pasando y repasando uno a uno detrás del castaño, en el patio vecino. —Marin... —Ángela... No supiste adivinar, te quedas en tu lugar... Ambos escuchaban la canción infantil y los segundos que marcaban los relojes llenaban la habitación. Conocían todas las voces de esos chicos que jugaban. —Nicu. —No es él. —Vasile. —No es él. Nicu, Viorica, Ángela, Vasile, Viorica... Pasaban uno después de otro detrás del castaño. Y la canción continuaba, continuaba el juego... María falseaba tan bien su voz, que ninguno de los otros podía reconocerla. Pero él la distinguía, a pesar de todo, por haberla escuchado muchas veces desde esa misma habitación. Él la miró, le hizo con la cabeza un gesto, señalando el patio donde los niños jugaban. —Qué lindo día... Qué tontería la que había dicho... pero había que decir algo. Y era imposible negarlo. El tiempo era en verdad magnífico. El cielo de un azul intenso. —Debo marcharme, dijo él. Y se dirigió hacia la puerta, caminando de espaldas, para no perderla de vista en ese pequeño tramo mientras se alejaba. Los labios de ella, rojos, juveniles, jamás habían sido oprimidos contra los suyos y quizás no la besaría nunca, si se marchaba así. Dio todavía algunos pasos hacia la puerta. Adivinaba la forma de sus senos, y bajo ellos parecía visible su respiración. Y si ahora se iba, no volvería a oír jamás, con su oreja apoyada sobre esos senos, cómo era su respirar. Los segundos golpeaban en los relojes de su muñeca al irse acercando a la puerta. ¿Quién te llama por tu nombre? Anda y dilo sin dudar... Pero a él quién lo llamaba, se preguntó. ¿Quién lo llamaba? Hubiera sido tan fácil quedarse ahí. Escapar al peligro. Ahí con ella no corría ningún riesgo... Ahí con ella, la vida. Ella lo llamaba y él la oía... Y si se iba, lo seguiría llamando a lo lejos... Sonrió. ¡Qué tontería imaginar que la muerte pudiera llamarlo también! ¡Qué tontería sin nombre! Nadie lo llamaba. Simplemente tenía que estar allá a las cinco de la tarde. —¿Por qué te sonríes?, le preguntó ella. —Por nada... —¿Vendrás mañana al cine?

—Sí, pero antes pasa tú por acá. —Pasaré y te diré cuál es el nombre de la película. —Te esperaré... Él le tomó la mano por primera vez desde que se conocieron. Quedóse en suspenso, una mano tan ligera, tan pequeña... Le examinó la palma... era tan infantil, casi sin líneas, salvo tres, muy visibles. Estuvo tentado de acariciarse con ella la cara, pero no se atrevió. Los segundos lo llamaban vibrantes, perentorios. Levantó la cabeza y la miró en los ojos, lleno de tristeza. ¿La volvería a ver? ¡Qué tontería! Y para darse valor se echó a reír. —Entonces será hasta mañana... Y besó la palma de su mano largamente. Le besó las tres líneas visibles y fue como un beso dado a toda su vida. Eran las tres líneas de la vida o el destino, como lo explican las gitanas que dicen la buenaventura. Quemaban las palmas de su mano y él sintió que toda ella vibraba. Salió. Y una vez afuera se dirigió en bicicleta hacia la calle de la Unión. Se detuvo en el número siete y sobre el umbral cambió su bolsón con un hombre que le esperaba allí. Luego se lanzó pedaleando hacia el puente, contando los segundos. Todo parecía ir sobre ruedas. Él llevaba la mina en el bolsón que colgaba de su espalda. Le parecía tan liviana. No pensaba. Pedaleaba y silbaba como si fuera dando un paseo. Pensó en ella. El invierno pasado se habían paseado en sus bicicletas por el puente, por el camino y por pleno campo. Una nube de nieve los había envuelto. Los copos que caían espesos, blancos y algodonosos, los iban cubriendo. Caminaban juntos en la nube blanca, mirándose mientras pedaleaban perezosamente. Los copos se amontonaban sobre sus hombros y sus espaldas, los vestían de blanco y cubrían sus timones y sus manos. Pero no se pegaban en sus caras. Se derretían resbalando suavemente por sus mejillas. Calentados ambos por el largo paseo, les parecía que los copos ni siquiera los tocaban, porque se disolvían al acercarse a ellos. Tenían las mejillas rojas y reían. De tiempo en tiempo él abría la boca para tragarse uno de esos copos, lo que a ella le hacía mucha gracia. Llegaron al puente, nevados como dos viejos Noeles, salvo sus caras. En ese instante le pareció a él que estaba aun más enamorado de ella. Tal vez por causa de la nieve. Los copos blancos seguían cayendo espesos y pesados sobre sus bicicletas, y ellos, uno al lado del otro, reían. Hablaron del Sahara. Ella tuvo que presentar una composición de geografía y nada se le había ocurrido, porque no le gustaba ese tema. Cuando miraba el Sahara sobre un mapa se entristecía y cuando le tocó ese tema de composición no pudo describir la inmensidad arenosa, la vida estéril, la falta de verdura en esa tierra sin vida. Cómo era posible describir eso con belleza, para obtener una buena nota, si era un tema que no le gustaba. El desierto. Para ella el Sahara no existía y no tenía sentido aprender lo que era ese desierto sin vida, sin hombres, sin plantas, sin agua. Y esta ausencia lo devastaba todo. Él trató inútilmente de explicarle que el Sahara no era más que una región abandonada por el hombre, que todos los desiertos son engañosos, que el agua existe en todas partes, como la vida, y que nadie puede acabar con ella. El Sahara probablemente en tiempos lejanos se había transformado en desierto por una causa desconocida. Pero el agua existía. Él había leído. ¿Dónde? No recordaba. ¡Que inmensas capas de agua yacen bajo los desiertos! El hombre debía reanimarlos. Hacer surgir esa riqueza oculta y recrear la vegetación, el suelo mismo. Todo depende de la obra del hombre, le decía él. Donde él penetra aparecen la floresta, los pájaros que cantan y otras especies vivientes. El desierto mata, dijo ella. Y él protestó. Los desiertos no existen más que en la superficie por un tiempo. La tierra está llena de agua y el agua es vida, siempre es vida como en los cuentos de hadas. Los copos continuaban cayendo y de pronto ella confesó que lamentaba no haber escrito así su composición. No había reflexionado. No había podido imaginar que el hombre estaba en posibilidades de vencer cualquier desierto, cualquier Sahara, que esas arenas de África no eran eternas, que el agua vendría a devolverles la vida. —Tendré un dos en la composición, suspiró...

—Tal vez te pongan tres, por no haber escrito... —Beethoven, no te burles de mí, me dan ganas de pegarte... Él se echó a reír. Le pareció gracioso que ella pudiera pegarle. Las calles estaban desiertas, como las de una ciudad presa de la peste. El pueblo daba la sensación de estar muerto, salvo los grupos de militares alemanes que iban y venían con paso apresurado. No tenían tiempo de pasearse como antes. Algo se había achicado. La ciudad o el tiempo. A lo lejos se oían por aquí y por allá explosiones de obuses. El frente de batalla se acercaba. Tal vez mañana bien temprano los rumanos entrarían en la ciudad. Por eso los alemanes no podían pasearse tranquilamente por las calles. Marchaban con paso rígido, rápido y desigual. Él los miraba al pasar desde lo alto de su bicicleta, constatando con sorpresa que los alemanes no eran tan rubios, como pretendían serlo. Llegó frente al liceo de "Sincai", su liceo. Sin detenerse vio a aquellos con los que tenía cita. No eran muchos, pero bastarían. Debían llegar al puente, antes que él, tomando derecho por la calle Eminescu. El puente no era muy grande. Pero lo importante era hacerlo saltar, había que volarlo. En ese caso, los alemanes no podrían retirarse de la ciudad cómodamente, como por una puerta abierta de par en par. No podrían tampoco hacer partir el tren con los prisioneros y el fin de los alemanes se aproximaría. Los relojes batían al unísono. Sus tiempos estaban ligados. Los segundos corrían enlazados. Al final de la calle, el puente de cemento, y junto a él, paralelo, negro, el puente metálico de la vía férrea. Al acercarse al puente le pareció que se agrandaba, tan alto como nunca antes lo viera. En los dos extremos del puente, los centinelas estaban en su puesto, dos en cada lado. Y al salir del puente, un poco más lejos, otros centinelas patrullaban en sentido inverso. Sobre todo el ancho de la calle, ni un ser viviente. Pero él sabía bien que en esa casa de la esquina, en el granero, alguien lo espiaba. Y también más lejos, en la casa del herrero. Los herreros estaban del otro lado del río. Cuando las carretas llegaban de las aldeas, ellos herraban a los caballos y componían las ruedas. Pero desde que había estallado la guerra ya casi no trabajaban y muchos de ellos podrían, tal vez, haber caído en el frente. Pero ahora ya no debía pensar en nada, ni en los herreros, ni siquiera en ella. Debía estar atento. Y no tener miedo. Hizo con la bicicleta una vuelta a la entrada del puente, después empezó a acercarse más, pedaleando suavemente. Todo parecía muy fácil. Pero sentía en sus espaldas un peso que no era sólo el de la mina que cargaba. Al llegar a la mitad del puente oyó el primer tiro. Abandonó en seguida la bicicleta al borde del camino, casi arrojándola. Un nutrido fuego se oía en los dos extremos del puente. Descendió deslizándose a lo largo de uno de los pilares, pasó bajo el puente de la ferrovía, colocó en su base la mina en el bolsón y encendió la mecha. Los tiros de fusil habían cesado. Seguramente habían muerto a los centinelas. Se echó a correr, saltando por sobre las piedras del río seco, hacia el codo por donde salía la boca de las cloacas. Llegó allí, se escondió, espió. El olor pestilente que se desprendía, lo ahogó. Escupió. Pero se ahogaba. Tenía la boca amarga y empezó a vomitar, mientras escuchaba la explosión. Fue espantoso, tan cerca, como si se hubiera producido en la misma desembocadura del desagüe de las cloacas, que repetía en sus caños el eco, sordo, siniestro. Y él siguió vomitando una bilis negra, amarga. Después todo quedó en silencio, y trepando fuera del desagüe pudo ver el puente quebrado en dos, despedazado, destruido. Echó a correr lo más ligero que pudo, tal como estaba previsto. Penetró en el campo de maíz. El aire lo reanimó, sintió que ya no tenía la boca tan amarga. Recién entonces pensó en su bicicleta. Oyó las motocicletas de los alemanes, y algunos tiros dispersos. Arrancó con un gesto brusco el cuello de su camisa y lo tiró lejos. Sobre el camino tres motocicletas se lanzaban ruidosamente más allá del puente. ¿Tal vez pensaban alcanzarlo, creerían que había huido en automóvil? ¿Qué otra cosa podían creer?, se preguntó desabotonando su camisa hasta la

cintura. Mientras corría por el campo de maíz sintió los arañazos de los cardos secos sobre sus piernas. De sus rodillas despellejadas manaba, roja, la sangre. Otras tres motocicletas pasaron, y poco después otras tres. Había llegado cerca del espantapájaros, en el huerto abandonado. En el camino todo parecía tranquilo, pero de pronto oyó pasos entre el maíz. Y diálogos en alemán. Le seguían la pista. Esconderse entre el maíz era ahora peligroso. En ese instante le vino la idea de disimularse disfrazándose con los harapos del espantapájaros, hasta que sus perseguidores se alejaran. No había ninguna otra salida. Supo quedarse inmóvil apoyado sobre los leños cruzados y contemplar desde, ese abrigo, tranquilamente, el pánico de los alemanes a su alrededor. La idea lo alentó. Aguzó el oído. Los soldados se acercaban. Con sólo unos pasos estuvo junto al espantapájaros. Por sobre sus pantalones se puso las viejas bolsas del muñeco, la capa haraposa sobre sus espaldas y metió su cabeza en la inmensa calabaza. Abrió los brazos apoyándolos sobre el travesaño perpendicular al poste que servía de tronco y estaba clavado en tierra. Y se quedó inmóvil, parado. Vio a los alemanes enloquecidos, ahogándose, seguir su persecución. Husmeaban por aquí, por allá, hacia la ciudad, en los alrededores del puente, apretados en sus uniformes, sofocándose con grotescas gesticulaciones, como en una película muda. Unos llevaban en las cabezas los cascos de hierro, grotescos y grandes como bacinicas. Los miraba y el aire le parecía más ligero. Les había cortado el camino a los alemanes. Su inútil hormiguear le hacía recordar el pánico de las ratas en el patio del molino que estaba junto al río. El verano anterior se había instalado allí con el hijo del mecánico, para leer en paz y sosiego. Pero hacia el mediodía el patio abandonado que estaba detrás del molino se llenó de ratas. Era un patio rodeado por un muro de piedra, y cuando el hijo del mecánico corrió a tapar el agujero del molino por donde entraban las ratas, asistió al más espantoso espectáculo que le fuera dado ver. Las ratas, presas de pánico, se precipitaban hacia los agujeros tapados, volvían atrás, trataban de trepar los muros, con saltos desesperados, chocando unas contra otras, enceguecidas, lanzando chillidos siniestros, mordiéndose. Encerradas, con sus largas colas, se atropellaban de un rincón a otro, sin poderse salvar. Hubieran tenido que tener alas para escapar de allí. El pánico de los alemanes en este momento le recordaba aquella derrota. Tenían motocicletas y algunos de ellos eran rubios. Pero habían olvidado su marcha arrogante y su mirada desdeñosa. Les habían cortado el camino, y parecían desnudos, a pesar de sus uniformes apretados y de sus cascos. Parecían desnudos y flacos y repugnantes con todo su miedo. Ya el tiempo no los protegía. El tiempo huía ante ellos, dejándolos como suspendidos entre la tierra y el cielo. Por los agujeros de los ojos de la calabaza hueca podía mirar la ruta y se echó a reír solo, feliz del acto cumplido. Cuando era niño muchas veces se disfrazó de espantapájaros, pero sin pensar en montar la guardia en medio de la huerta. Cubierto por la calabaza no sentía sobre su cabeza los rayos del sol. Qué buen sombrero, pensó. De nuevo tres motociclistas se lanzaron sobre la ruta. Podrían pasar mil, sin que adivinaran su presencia. La recordó a ella y la cita del cine para el domingo. Le declararía su amor. Juró decírselo. Se prometió a sí mismo decirle: "Te amo." Sólo eso le diría. "Te amo." Era todo. Se pasearía con ella por la tarde, cerca de la fábrica de porcelana. Allí, bajo los tilos y los castaños, nadie podría verlos y tal vez que... De pronto sintió que se ahogaba. La calabaza lo sofocaba. Por su frente, por sus mejillas corrían chorros de sudor espeso y salobre. ¿Tal vez se iría a morir? ¿Si lo hubieran fusilado en el puente? ¿Cómo pudo pasar con tanta calma cerca de los centinelas? Ahora empezó a sentir temor de lo que hubiera podido sucederle. Recién ahora. Le castañeteaban los dientes. Se sentía agotado y empapado en sudor. Un sudor que corría por su frente, su espalda, sus piernas, y tembló de frío. Volvió en sí al cabo de un cierto tiempo. Se sintió mejor. Su febril excitación se calmaba. El sol debía ya estar bajo, sobre el poniente, pues miraba la sombra del

espantapájaros —su sombra— extenderse sobre la tierra. Su cabeza enorme. Una verdadera cabeza de sultán. Y largos brazos extendidos, brazos de crucificado. Las motocicletas de los alemanes volvían hacia la ciudad lentamente. Sus búsquedas habían sido vanas. Él escuchaba el doble latido de sus relojes. Hubiera querido sonarse la nariz, pero no podía hacer el menor gesto, pues temió que algún pasante lo percibiera desde el camino. Su sombra se alargaba, agrandándose hacia lo alto como un sable. Y avanzaba pegada a la tierra, como el agua. Las motocicletas parecían haber terminado su ronda. Casi anochecía cuando pasó la última, llena de polvo. Venían en ella dos alemanes que hablaban en alta voz. Cuando estuvieron en un montículo del camino, el que iba sentado atrás hizo señas al que iba manejando para que se detuviera. Atravesó el foso y se puso a orinar en la hierba frente al sol. El otro lo imitó. En el aire ligero y tranquilo de la tarde podía oírlos, tanto más cuanto que sus orejas, acostumbradas al ruido del motor, les hacía hablar muy alto. Había aprendido alemán en el liceo. No mucho, pero bastante para comprender que hablaban de la lluvia. ¿Lloverá mañana?, preguntaba el pasajero a su camarada. Éste contestó que no sabía, que no sufría de esos reumatismos anunciadores del cambio de tiempo. La broma los divirtió a los dos. Después abotonaron sus pantalones. En ese instante, el pasajero se fijó en el espantapájaros. Lo mostró con su índice y se echó a reír a carcajadas. Después dijo él al mecánico: "No serías capaz de acertarle en la cabeza, ni con cuatro balas." "Claro que sí", respondió el otro. "Seguro que no", dijo el primero, "porque tu mano, por haber conducido la motocicleta, debe estar temblorosa". "Chócala", dijo el mecánico. "Por cinco botellas de cerveza.". Y sacó su revólver. La primera bala silbó en el maizal. Después, él se sintió invadido por un gran calor. Nada más. Pero en seguida de nuevo, la misma sensación cálida. Y de pronto el cielo se abatió, pegado a la tierra como si el mundo se cerrara. Sintió correr algo como agua sobre él y cerca de él. Vio agrandarse los repollos de la huerta, verdes, vio florecer el jardín. Se agarró con una mano a la tierra, y le pareció que entraba toda en su palma. —¡Beethoven!, oyó... Sintió hambre. Los tomates crecían, gordos y maduros, y los ajíes también, así como los pepinos largos y verdes, y el coliflor carnoso, y el perejil... ¡qué bueno era, Dios mío, sentir el perfume del perejil en flor!... Abre tu pequeña oreja y adivina, adivina... ¿quién te llama por tu nombre? Anda y dilo sin dudar... Oía la canción y miraba la carita de ella que lo contemplaba: —Beethoven... La motocicleta se había alejado hacía largo rato. Su palma apretaba la tierra fuertemente. No oía nada. Nada más que los dos relojes latiendo al unísono, el suyo, el de ella, el de ella, el suyo... los segundos dobles se marcaban lentos y seguros en el silencio que reinaba y seguían llevando adelante el tiempo... el tiempo de ella y el tiempo de él...

TEODOR MAZILU Barriada
Cada vez que descubría un medio fácil, fácil y poco honesto, de practicar el sistema D. Fanica se extrañaba al ver que los otros no lo aprovechaban. "¿Por qué demonios serán tan tontos?", se decía Fanica, no por maldad, sino por una especie de ingenuidad infantil. "¿Para qué hacer la cola cuando uno puede conseguir pan sin hacerla?" No, eso Fanica no podía comprenderlo. Había rogado a la señora Marioara, que le diera prestado al menorcito de sus hijos, una beba de seis meses, y era así como obtenía el pan sin hacer la cola. En todo eso había también un poco de suerte. Era justo la hora en que la criatura tenía costumbre de que le dieran de mamar, lo que la hacía berrear y debatirse. La gente se apiadaba y dejaba que Fanica obtuviera su pan sin seguir el turno. —Llévala pronto con tu madre para que le dé el pecho. Marioara también salía beneficiada: Fanica le compraba un pan para ella, sin hacer la cola. Fanica se alejaba corriendo, llevando en sus brazos a la criatura que gritaba y se debatía entre los pañales sueltos. Fanica sintió que algo húmedo le mojó la palma de las manos. Abrió la puerta de una patada y arrojó a la criatura en los brazos de Marioara, lanzando un suspiro de alivio. —Tome su criatura, muchas gracias, señora Marioara... Comprendiendo lo que pasaba ésta le trajo un poco de agua en una palangana. —Es tan chiquita... qué quiere..., dijo ella con una sonrisa, alcanzándole una toalla. Fanica volvió a su casa con aire triunfante. Había sacado las dos puntas del pan y las roía mascando con apetito su cascara caliente y dorada. Después de tal victoria, esa recompensa era bien merecida. "Por lo pronto, a papá, se dijo para tranquilizarse, no le gusta la cáscara." En la mesa él peleaba siempre por la costra del pan con Daditza, su hermana, a la que también le gustaba. Colocó orgullosamente el pan sobre la mesa. Vitzu, el padre, sonrió contento. Raditza lo besó en las mejillas. Tomó el pan y lo puso en el aparador. Notó que faltaban las dos puntas, pero no se enojó. Esta vez, Fanica merecía haberlas comido. Estaba en su derecho. —Cuéntame lo que pasó, preguntó su padre, dirigiéndose a Fanica, mientras sacaba la bolsa de tabaco y liaba un cigarrillo. Cuando alguien tenía buen éxito en algo, a Vitzu le gustaba conocer los detalles. Dinos ¿cómo te las arreglaste? ¿Fué larga la cola? ¿Nadie pretendió quitarte el turno? —Ya lo creo, qué cola..., exclamó Fanica jactancioso. —Larga, ¿pero cómo cuántas personas había? Danos más detalles. —Y, llegaba hasta el negocio del vendedor de semillas, y en doble fila... había gentes que habían venido desde el negocio de Gaghel, porque allí ya se había acabado el pan. Vitzu escuchaba a su hijo con respeto. Éste había conseguido pan y para ello tuvo que sufrir, sin duda. Soportar los empujones. Le parecía que su hijo tenía por qué estar orgulloso y hasta tener derecho de exagerar un poco. Si insistía en que le contara cómo lo había logrado, era precisamente para que el muchacho se sintiera a sus anchas y se alabara un poco, y también porque quería recompensarlo de los empujones que debió soportar. —Nadie te quitó el sitio... te mantuviste firme, ¿eh?, le preguntó su padre riendo. Es que tú eres fuerte, muchacho. .. no me extraña que hayas aguantado.

—Si yo no hubiera sido vivo, si no se me hubiera ocurrido ir con la Nunutza de la señora María, ¡claro que jamás habría traído el pan!, replicó Fanica, y sus ojos brillaron de tal manera que Vitzu se sintió horrorizado... La beba gritaba y se debatía. Entonces las gentes dijeron: "déjenlo tomar su pan... no ven que su hermanita está llorando de hambre..." Fanica estaba orgulloso de su hazaña, y reía encantado de haberse burlado de toda esa gente. Pero los ojos de su padre tomaron de pronto un brillo metálico, como un dolor insoportable le recorrió todo el cuerpo. Kaditza también miraba a su hermano con desprecio. Fanica comprendió que sucedía algo muy grave. Temiendo recibir una bofetada, se escondió detrás de su hermana. Ésta, con toda calma, dio un paso hacia un lado, y Fanica volvió a encontrarse frente a frente con su padre. —¡Nanica! ¡Nanica!, defiéndeme, gimió Fanica corriendo detrás de su hermana, para que ésta lo protegiera, confiando en su bondad. Pero en ese momento detestaba la indiferencia de Raditza. Ella se pone siempre del lado de papá, por eso está siempre tan tranquila. —No ves que papá no te castiga, dijo Raditza con desprecio. No te ha hecho nada, ¿no? Espera al menos que te dé una buena para empezar a gritar..., dijo Raditza, a quien la jeremiqueada de su hermano la exasperaba. Cuando hayas recibido un golpe tendrás el derecho de gritar y no antes. Tú haces siempre las cosas al revés. —Vamos, especie de vivo... cómo era eso de que llevaste a Nunutza contigo, dijo el padre, con aire benevolente, como si estuviera dispuesto a escuchar de nuevo la historia. Pero bajo esa aparente calma, su cólera era tan evidente que Fanica tembló y no contestó nada. Esperaba que su hermana viniera en su socorro, pero ella seguía tranquilamente limpiando los vasos. —Con que te callas, ¿eh?, dijo el padre, y volviéndose hacia Raditza, añadió: tráeme la correa... Pero no la había en la casa. En caso de necesidad se pedía prestada a los vecinos. Raditza abrió la ventana e inclinándose hacia afuera, gritó bien fuerte: —Señor Ichin, por favor, préstenos su correa... Ichin la tiró por encima de la empalizada. Raditza, ágilmente, la recogió en el aire. Fanica estaba horrorizado de la calma con que se desarrollaban todos esos preparativos. —Trae la correa... —Tómala, papá... Vitzu hizo restallar la correa en el aire: —Vamos, cuéntanos cómo te las arreglaste, dijo el padre, invitando a Fanica a volver a contar todo con detalles. ¿Qué creían las gentes que era Nunutza? De miedo Fanica respondía sollozante sin quitar los ojos de su padre ni de la correa. —Creyeron que Nunutza era mi hermanita... —No, cuéntalo como lo contaste, no así..., dijo Vitzu con la cara sombría y con el mismo reflejo metálico en la mirada. Quiero oír una vez más esa historia. Temiendo ser castigado, Fanica se refugió en un rincón. —¡No me castigues, papá, no lo volveré a hacer!... —¡No te estoy castigando—, dijo decididamente Vitzu, disgustado por los lloriqueos del muchacho y tiró la correa a los pies de Fanica, para demostrarle que después de tanto quejarse ya no valía la pena de que le pegara. —¡Eres demasiado miedoso!, cuando dejes de gimotear, entonces te castigaré... pero eso será después... cuando no estés gritando de miedo... y vengas a decirme: "Papá, ya no tiemblo, puedes castigarme..." No sé a quién has salido, miedoso como eres... Después, dirigiéndose a Raditza: —¡Raditza, trae el pan! ¡Dáselo que se llene la panza con él! Todo el mundo hace cola para obtener un pedazo de pan... menos este señorito, este vivo... ¡Éste, que para no hacer la cola toma en brazos a Nunutza! Eso será lo que te enseñan en la escuela, ¿verdad?

Raditza trajo el pan y lo puso con violencia frente a su hermano. —¡Ahí lo tienes, hártate! Fanica, sentado delante del pan, lloraba amargamente. —¡Tómalo y cómelo hasta acabártelo! ¡Que no quede ni una miga! ¡Lo habrás merecido! ¡Porque para eso has sido tan vivo, y tendrás que comértelo todo! Amedrentado, Fanica tomó un pedazo de pan y se lo llevó a la boca. —¡Bravo, bravo! ¡Buen apetito! No era la primera vez que Vitzu se quejaba de la conducta de Fanica. Se entendía mejor con Raditza que con él. No le gustaba la forma de proceder del muchacho, que a medida que crecía iba tomando malas costumbres. Un día Vitzu lo sorprendió contando un montón de moneditas que había traído de la iglesia. Le encolerizó, sobre todo, ver el respeto religioso con que el muchacho juntaba las monedas en pilas de cinco y diez centavos. —¡Vean, vean la pasión con que las acomoda! ¡No las estés contando con tanto cuidado... desprecia un poco más el dinero!... Esto disgustó más al padre de Fanica que la aventura con Nunutza en la cola de la panadería. Pero esta vez tampoco lo castigó, dados los berridos que Fanica lanzó para alertar a todo el barrio. —Así que ahora este nuestro personaje se dedica a los negocios, este avivado... Tal vez el señor quiere hacerse comerciante, vivir a costillas de los demás... Pero, ¿de dónde heredaste esta forma de ser?, me pregunto. Vitzu supo de dónde sacaba Fanica esas monedas. A la entrada de la iglesia, en el lugar en que el padre de Ciresica vendía los cirios, los panes benditos, las estampas y los libros piadosos, Fanica obtuvo un rincón en la extremidad de una mesa y allí se instaló. Valiéndose del lápiz tinto de su padre, y utilizando las hojas de un cuaderno cortadas en pequeños cuadrados, del tamaño de las que se emplean para los acathistes, Fanica escribía los acathistes para las viejas que no sabían escribir y se hacía pagar su trabajo. El acathista donde la persona devota ponía solamente los nombres de los miembros de su familia, de los vivos y los muertos, se pagaba más barato. Por el contrario, los acathistes en los que se pedía a Santa Filotea que otorgara una gracia costaban el doble. Fanica mojaba la punta del lápiz tinto con la lengua y escribía con firmeza los pedidos. El padre Dumitru, que estaba perdiendo la vista, si la escritura no era muy clara dejaba caer ese acathista y pasaba a otro. Se había corrido la voz entre las viejas que Fanica escribía con letra fuerte y clara y que al padre Dumitru le gustaba la manera como Fanica los escribía. Escribir un acathista no era cosa fácil, menos para Fanica que lo hacía concienzudamente, pues no se contentaba con escribir lo que las viejecitas le dictaban, sino que las ayudaba a no olvidarse de tal o cual pariente, a enunciar claramente sus inquietudes, sus miserias y a buscar un santo o santa a quien dirigirle su petición. El dinero de los acathistas era cosa sagrada. Las viejas no lo utilizaban para nada, ni siquiera para comprar pan. Se habrían privado de todo antes de no tener el domingo por la mañana con que pagar el perdón de sus pecados. No tener dinero para los acafhistas significaba la mayor indigencia. Lo que más apenaba a Vitzu era ver que a medida que Fanica demostraba más inteligencia, tomaba mal camino. Más comprendía la vida y peor se portaba. Las malas costumbres de Fanica lo afligían dado que en ellas Vitzu no veía que fueran simples errores, sino una concepción poco honesta de la vida, que el muchacho había adquirido desde muy pequeño, conducta en la que persistía. Fanica miraba por sobre el hombro a su padre y a su hermana, convencido que él había comprendido la vida mejor que ellos, que su padre y su hermana no sabían ver lo que él, desde hacía algún tiempo, había entendido. Su padre lo aburría con sus eternos regaños. Raditza lo fastidiaba por su manera de ser, tomando siempre el partido de su padre.

La pobreza que lo rodeaba hizo nacer en él un gran desprecio por todos los que se resignaban a vivir así. Y eso había impulsado a Fanica a trazarse un plan de conducta que estaba decidido a cumplir hasta el final. Por lo pronto había resuelto que él se marcharía del barrio de Baba-Lica y se trasladaría a vivir al centro. Cierto día acompañó a Raditza a casa de la señora Consejera, donde su hermana lavaba la ropa, y Fanica permanecía al lado de ella para acompañarla. Era el tiempo en que todavía se entendía bien con Raditza y ella lo llevaba a todas partes. Pero aquel día Fanica había penetrado a un mundo desconocido, a un mundo que acabó por turbarlo. Por extraño que esto pueda parecer, el desprecio con que fueron recibidos en la casa del Consejero impresionó muy bien a Fanica. Ese desprecio soberano, esa indiferencia glacial eran para él el testimonio de un modo de vida envidiable. Descubrió el olor especial de aquella casa, la fría tranquilidad que en ella reinaba, el aire distraído con el cual la señora Consejera entró a la lavandería y preguntó a Raditza quién era ese chico que la acompañaba. Raditza contestó con orgullo que era su hermano, pero Fanica se sintió molesto al oír esa respuesta. De inmediato se sintió más al lado de la señora, gustándole ese modo frío e indiferente. —¡Ah, sí!... me lo imaginaba, dijo la señora con aire displicente. Después lo acarició — ¡oh, apenas, muy poco!— con la mano cubierta de pequitas y de anillos. A Fanica le encantó aquella caricia fría, indiferente. También le gustó la forma como la señora Consejera, así como de paso, había hecho una observación a Raditza sobre la manera de lavar las servilletas. A los catorce años, Fanica comprendió que una vida ociosa, con mutilaciones sentimentales va siempre acompañada de indiferencia. Pero las consecuencias de una vida semejante sobre el plano moral, no la hacían verla con malos ojos, por el contrario, Fanica aceptaba los riesgos que implicaba vivir de ese modo. —Chica, ¿cuántas veces tendré que repetirte la forma en que debes lavar las servilletas? Estas arrogantes palabras de la señora sonaron magníficamente en los oídos de Fanica, que comenzaba a soñar con ser él también algún día alguien que habitara en una mansión vasta y severa, de altas puertas, donde nadie se atreviese a hablar en voz alta y sobre todo en la que nadie dijera lo que piensa. La sinceridad brutal de su padre y de Raditza lo horripilaban. Él habría querido ver a su alrededor sólo gente como la de aquella casa, con aire de hastío, que no dice sino cosas agradables, superficiales, sin importancia, y habría querido vivir en un mundo donde se discutiera como él oyó que se discutía en casa de la señora Consejera: "¡Ah! ¡qué buena cara tienes hoy!..." "Tengo una jaqueca atroz..." "Anoche no pegué los ojos..." "Me dio dolor de cabeza aquel cognac..." "Muy, muy interesante lo que usted dice ahora", lo que no evitó que el que esto había dicho no supiera explicar en qué consistía lo interesante... Fanica soñaba ya casarse con una dama rica y bella... pero que no sería su primer amor... su primer amor tenía que ser otro. Su futura esposa antes de conocerlo debía haber tenido también una pasión devoradora por un estudiante pobre, relación que habría terminado mal a causa de la diferencia de situación... Fanica imaginaba ya ver al padre de la joven enamorada del estudiante entrar al cuarto de ella para recordarle las obligaciones que le imponía el rango de su familia en la sociedad. —¡No puedes casarte con un estudiante estúpido, que no tiene ni con qué comprarse zapatos! ¡Ah, pero yo te comprendo, yo también fui joven!... Fanica soñaba con ilusión, en la forma con que la joven muchacha de la alta sociedad fue obligada a sacrificar su amor en aras del deber. —El señor Fanica es un joven brillante, le diría el padre a la joven para consolarla. Un muchacho de gran porvenir y me ha dado a entender que sería feliz en cualquier momento...

En sus planes de arribismo, una mujer que no lo amara y se casara con él por interés tenía que jugar un gran papel. Fanica, con una sonrisa de satisfacción dibujada en los labios, imaginaba que su mujer no lo amaría, pero lo fingiría con gracia y perfidia. Pero, bien entendido, ella lo engañaría... "Con su mejor amigo, con el hombre de su confianza...", agregaba Fanica con un tono lleno de voluptuosidad, temeroso de olvidarse de este detalle capital. —"¡Cómo podía olvidárseme eso, se preguntaba Fanica aterrorizado. Ella tendrá que engañarme con mi mejor amigo y yo no me enteraré de nada!" Fanica agregaba a sus sueños, con la más perfecta facilidad, una serie de desgracias a sucederle, no solamente por su ingenuidad de muchacho, sino porque estaba convencido que esa clase de infortunios son el privilegio de las gentes de la sociedad encopetada. Agregando a sus sueños una serie de sufrimientos, de traiciones, de divorcios, Fanica tenía más que nunca la sensación de que el imaginar todas esas cosas lo acercaban más al final tan ambicionado. Evitar esas desgracias hubiera significado que también se resignaba a seguir llevando la vida simple de las gentes de su barrio. Fanica se veía en el cuarto de su esposa, teniendo con ella una explicación fría y cortés, sin que él ni ella levantaran la voz, y llegarían a la conclusión que por el interés de la educación de sus hijos era mejor continuar viviendo juntos, para así también salvar las apariencias. Entrando en su despacho, Fanica escribiría a su amigo, el amante de su mujer, una carta en la que le diría que no le guardaba rencor, carta que mandaría con el valet y con la orden precisa de entregársela sin tardanza, en propias manos. ...Tendría dos hijos, un niño y una niña. El chico llevaría anteojos y la chica tendría la piel amarillenta y la nariz puntiaguda. Ambos serían caprichosos, dejarían la comida en los platos, mostrándose siempre impertinentes y poco dispuestos a escuchar sus consejos. Los vería de tiempo en tiempo y sólo unos pocos instantes. Discutiría con ellos un poco, muy poco, una vez por semana y eso sólo mientras la gobernanta los esperaba, dando a entender que los chicos iban a llegar muy tarde al espectáculo. El varón sería un mal alumno, sobre todo en matemáticas, y Fanica se vería obligado a hacer gestiones con un pariente de su mujer, funcionario en el ministerio, para que el director del liceo ayudara en secreto a que su hijo saliera aprobado en los exámenes. La chica caería enferma con pleuresía y Fanica haría venir de Austria los mejores médicos, mientras su esposa, sin preocuparse ni lo más mínimo de la enfermedad de su hija, continuaría su vida de festines y orgías como si la enferma fuera una extraña... Cuando la niña hubiera crecido convertida ya en una señorita se enamoraría de un joven sin situación y sin fortuna lo que haría que Fanica la echara de la casa y la desheredara. "¡Saliste a tu madre!...", le gritaría fuera de sí. El joven enamorado de su hija vendría a buscarlo, para tratar de convencerlo. Fanica lo escucharía con aire distraído, fumando un habano: "Joven, le diría, ¡vaya usted primero a hacerse una situación!" Y en ese tiempo Fanica se enamoraría de una artista de music-hall, mala y vulgar, tonta y viciosa, que lo obligaría a vender la mitad de sus propiedades. —Si no me compras el diamante que vi en casa de ese joyero, te abandonaré, avaro asqueroso, le gritaría ella, y toda la alta sociedad se haría lenguas de su vida libertina, comentando: "¡Se ha encaprichado con una artista de cabaret que le está despilfarrando su fortuna!", dirían las gentes. De los libros y las revistas que había leído, Fanica había sacado como conclusión que las gentes distinguidas mueren siempre en un accidente de automóvil. Y él también debía morir así. A los 55 años, en viaje hacia Viena, él debía morir en un estúpido accidente automovilístico. Su mujer llevaría luto, lloraría inagotablemente, pero contenta en el fondo de

haberse librado de él. Un representante de la familia real —sí, nada menos— vendría a presentarle sus sinceras condolencias a la viuda inconsolable. Pero una terrible duda asaltaba a Fanica cuando forjaba sus planes para el porvenir: ¿lograría morir a los 55 años en un estúpido accidente de automóvil?

XAHARIA STANCU El tiempo de las lilas
Jadeante y apoyándome en mi bastón subí el terraplén del ferrocarril y la colina. Y apoyándome en mi bastón y siempre jadeante volví a descender. —Se le ve muy sofocado, me dijo Cuculetz. Parece que hubiera estado uncido a un yugo. —¡Ay, sí! Estoy jadeante. He estado uncido a muchos yugos. —Yo me siento liviano como un pájaro. Podría subir y bajar mil veces sin sentirme nunca fatigado. —Yo tampoco me fatigaba cuando tenía tu edad. —¿Hace mucho tiempo de eso? —Más bien... —Y cuando yo sea viejo como usted, ¿usted andará todavía por este mundo? —Sin duda que no, Cuculetz. El chico lanzó un suspiro y murmuró: —¡Qué pena me da! —¿Y por qué te da pena? —Por qué... No sé explicar por qué... Pero me da mucha pena. —A mí no... ya ves tú... Me parece que ya he vivido bastante... Cuando llegamos frente a la puerta, los parientes que nos acompañaban nos desearon buenas noches a mí y a mi hermana. —Nos veremos mañana... —No, mañana no, contestó ella. No ven que está muy fatigado. Mañana deberá descansar... —Si te parece... Se marchan cada uno por su lado. Cuculetz también se va. Con paso menudo y firme, su puntiagudo gorro de piel echado hacia la nuca, su bastoncito bajo el brazo. Da la impresión de que el mundo entero le pertenece. Tal vez es así. Por encima de la aldea, en la inmensidad se ven brillar las estrellas. —Come algo y acuéstate, me aconseja mi hermana. El viaje ha debido cansarte. —El viaje... Sólo el viaje. Sobre la prispa2, cerca de la entrada, una mujer está apoyada contra el muro. Inmóvil, como petrificada. Espera. Mi hermana le pregunta: —¿Eres tú, Filimona? —Soy yo, sí... Vine para... —Será mejor que regreses mañana... Es decir, no, mañana, no. Pasado mañana. Mi hermano... Yo digo a mi hermana: —¡Déjala! Ya que ha venido... Hagámosla entrar. De todas maneras no me dormiré antes del alba. Hace ya muchos años que el sueño no empoza mis ojos antes de amanecer. —Alguien te habrá echado una maldición, para que hayas perdido el sueño, dice Filimona. —Es posible. —Pero no he sido yo. Es preciso que lo sepas, yo no te he maldecido.
2

Prispa: terraja, cubierta en el frente de las casas campesinas.

Apoyo mi bastón contra la pared, en un rincón. Me saco el sombrero, el sobretodo. Y me siento sobre la cama. La habitación está bien caldeada, iluminada. Filimona se sienta en una silla. Está calzada con unas botas militares, muy usadas. Una falda negra y negro también el chal que le cubre la cabeza y los hombros. Mi hermana la observa de soslayo. Si no temiera enojarme, la despediría. Filimona me dice: —Si hubiera habido en aquel tiempo tanta luz en la casa, habrías podido leer la noche entera. Durante la luna llena, en los días de verano, leías bajo su claridad. —Es cierto, leía a la luz de la luna... ¡qué buena vista tenía entonces!... —¿Y ahora ya no la tienes... ? —No... ya no... Ahora uso anteojos. Un tren pasa. Toda la casa se sacude. Los vidrios trepidan un instante. Mi hermana me dice: —Voy a poner la mesa. Mi marido no tardará en regresar del trabajo. Me quedo solo con Filimona. Mis ojos no se apartan de las botas que calza. —¿Estás mirando mis botas? Las uso en invierno. Eran de mi hijo... del menor... de Floritchel... Habrás de saber... que a los otros dos, yo no pude enterrarlos. Uno murió no sé dónde, en Rusia. Y el otro cayó en Hungría3. A Floritchel lo mandaron a casa, pero sin piernas. En realidad no lo mandaron. Me llamaron a que yo fuera al hospital, en Turnu, para que lo fuera a ver y a traerlo. Fui hasta allí con la carreta de bueyes. Llené el carro de heno fresco y fui hacia allá. Desuncí los bueyes frente al hospital y entré. El hospital tiene un patio muy grande, con acacias y bajo las acacias unos bancos. Allí estaban sentados algunos soldados convalecientes tomando el sol, como las hormigas. —¿A quién busca, madre? —A mi hijo... a mi hijo menor... —¿Cómo se llama? —Floritchel Lazu. —¡Ah! Sí, Lazu... Vaya a ver en la sala grande... —¿Cómo hago para llegar hasta allí? —Espere. Yo voy a mostrarle el camino. Dejó el banco y, saltando en un pie, el soldado me indicó de qué lado estaba la sala grande. —Es allí... Entre y lo va a encontrar. Sí, lo encontré. Tendido en una de las camas, pálido, como de cera. —¿Cómo te sientes, hijo? —Bien, madre... Su cuerpo estaba cubierto por las mantas. Un joven médico se acercó. —¿Es usted la madre de Lazu? —Su madre, si... —Puede llevárselo a su casa. ¿Vino con un carro o con una carreta? —Con la carreta. —Está bien. Puede uncir los bueyes, nosotros le vamos a llevar a su hijo. Uncí los bueyes. Un enfermero lo trajo sobre sus espaldas y lo acostó en la carreta, sobre el heno. Otro bajó sus bártulos, en un bolsón. —Dime, Oprea, preguntó mi hijo al enfermero, ¿pusiste también mis botas en el bolsón? —Si, las puse. Pero hubieras hecho mejor en dejármelas. ¿Para qué te van a servir esas botas? —Quiero regalárselas a mi madre. Para que no ande con los pies descalzos en el barro.
3

Después del 23 de agosto de 1944, las tropas rumanas atacaron a las tropas hitlerianas, persiguiéndolas hasta Hungría y Checoslovaquia.

Lo traje a la casa. En el hospital le habían dado unos anchos patines de madera. Se empujaba curvado sobre ellos con las manos, se arrastraba y saltaba como una langosta. Pero yo me regocijaba de tenerlo a mi lado, aun así, lisiado, sin piernas. ¡Dios del cielo! ¡Lisiado, lisiado! ¡Pero era tan joven! Se juntó con mi nuera, la viuda de Mielu... —¡Es un gran pecado, Floritchel!... ¡Un gran pecado, hijo! Era la esposa de tu hermano. Hasta tiene tres hijos de él... Tres hijos... —No es pecado. Mi hermano ha muerto. Y no puede importarle nada. —Pero, Floritchel, vas a ser el hazmerreír de toda la aldea... ¿Qué podía yo hacer? Aguantar la vergüenza. Juntaba algunas monedas en la casa y se arrastraba hasta la taberna. Bebía. Se querellaba con las gentes. También con los gendarmes. "Pavos, pavos inflados, ustedes son jóvenes, jóvenes, ¿por qué no van también ustedes a la guerra? ¿Por qué no van, para que sepan lo que es tener las piernas arrancadas por los cañones rusos? Una noche no regresó. Lo esperamos. Lo buscamos. Al amanecer lo encontramos entre los matorrales, al borde del río. Con la cabeza deshecha a garrotazos. Mi nuera, la viuda de Mielu, se largó también. Oí decir que se había empleado como sirvienta en una casa de Bucarest. Me dejó la carga de sus criaturas para que los cuidara, los educara. Los eduqué. Pero fue todo muy duro y difícil... Mientras tanto llega mi cuñado, Samintza, el herrero. Tiene la piel morena, los ojos azules, el bigote corto, manos grandes y gruesos dedos. —Bienvenido a nuestra casa, cuñado, me dijo. —Me alegra verlo bueno. —¿Tú no vienes a la mesa? me pregunta mi hermana. —No tengo hambre. Voy a charlar todavía un rato con Filimona. —Charlando con Filimona y fumando... ¿Cómo vas a tener hambre? —Sí, fumo mucho. No me he podido curar de ese hábito. Miré a Filimona. Ella también me observó. Sus manos se habían encallecido y arrugado. Su frente surcada de pliegues, sus mejillas hundidas. Sólo sus labios seguían siendo carnosos. Pero el viento los había azulado. —Hace calor, me dijo. Se quitó el chal. Lo puso a su lado en el respaldo de la silla. Sólo sus cabellos parecían cubiertos por un halo de sombra. Son negras las sombras. —Sí, hace calor, contesté. —Has llenado la pieza de humo. —Sí, siempre lleno de humo las habitaciones. —¿Recuerdas? Cuando la primera guerra regresaste a la aldea por una semana. —Sí, me acuerdo... —Era en primavera, recalcó Filimona. —Cierto, era en primavera. —Las lilas empezaban a florecer. —Sí, me parece recordar, las lilas florecían... —Te fuiste y no volviste a escribirme. —Es verdad. No te escribí. No volví a escribirte. —Ni una línea. —Sí, Fili, ni una línea. —Caí enferma... Pero no te preocupes, no caí enferma porque no me hubieras escrito. Comprendía que en esa gran ciudad, toda de piedra, no tendrías tiempo de escribirme. —La verdad, Fili, es que no tenía tiempo.

—Yo misma no sabía de qué estaba enferma. Me había transformado en otro ser, no me reconocía. Como si no perteneciera a este mundo, sólo quería alejarme, caminar siempre hacia adelante, frente a mí... ¿Recuerdas todavía a Bondar? —¿Qué Bondar? —Bondar, el gendarme... —¡Ah, sí! ¿Ese rubio, grande? —Sí, el mismo. Precisamente terminaba en esa época su servicio militar. Volvía a su casa. Vivía en una aldea de los alrededores de Pitesti. Me prometió casarse conmigo... Me pidió que me fuera con él. Y me fui. No sentía ninguna alegría de vivir en estos lugares. Ya no amaba ni los campos, ni la colina. Hasta la casa de mis padres me disgustaba. Hice a escondidas un atado con mis cosas. Y una tarde tomé el tren con Bondar. Pasada la medianoche llegamos a Pitesti. —Hay que bajar aquí, me dijo. Iremos a dormir al hotel hasta que amanezca. —Pero no me tocarás. —No te tocaré. Por la mañana saldremos para mi aldea. Y allí nos casaremos. Me llevó al hotel. Una pocilga sospechosa, cercana a la estación. ¡Desgracia de desgracias! ¡Todo lo que tuve que sufrir!... ¡Dios mío! ¡Mas me hubiera valido morirme! —¡Desgraciadamente, Fili, el hombre no muere cuando quiere morirse! Nos vamos de este mundo sólo cuando nos llega la hora... —Algunos se van cuando quieren. Puede ponerse fin a los días... ¡Y no es tan difícil! ¡Una cuerda anudada en el cuello! Yo también lo pensé, pero tuve miedo. Y después reflexioné que ni siquiera era lindo... Que los extraños te encontraran colgada de una viga, con la lengua hinchada, fuera de la boca... —La verdad, Fili, no es muy lindo... —La muerte debe llegar de todos modos, me dije. —Es verdad, Fili, la muerte llega para todos... Filimona pesa mis palabras. Su cara se ensombrece y la oigo murmurar: —Pero tú, ¿por qué estás tan abatido? ¿Acaso no has llegado a ser alguien importante? ¿Qué te falta? Enciendo un cigarrillo. Aspiro profundamente el humo amargo y cálido. Me río a más no poder... Me levanto y empiezo a caminar por la habitación, con las manos a la espalda. En ese instante mi hermana se acerca con una fuente. —Cómo me alegra oírte reír... Quién sabe que tonterías te está contando esta locuela de Filimona... Filimona también rie. —Le he contado los chistes que corren en la aldea de boca en boca, dijo. —Ya me lo imaginaba, exclama mi hermana. Después añade: Les he traído algo para que pellizquen. Y una botella de vino, para que se alegren. Ustedes dos, si mal no recuerdo, gustaban el uno del otro, en otros tiempos... —¡Bah! dijo Filimona. ¡Habladurías! Mi hermana se aleja. Su herrero la espera en la habitación vecina. Probamos la carne asada y el pan blanco, tan sabroso, que se hacía en la casa, y también el vino. Filimona se limpia la boca con el reverso de la mano. —Oye, ¿sabes que es la primera vez que comemos juntos, tú y yo? —No había pensado en eso. Pero sí, tienes razón, Fili. Lleno el vaso de Filimona. Y lleno también el mío. —Buena suerte, Fili. —Buena para tí. Me sorprendo vaciando el vaso de un sorbo. Y me oigo decir:

—Bebamos otro, Fili... Las paredes de la habitación tambalean un instante. Entre los iconos, San Jorge parecía mirarnos con ojos desorbitados. Y también la Santa Virgen y el niño que llevaba en los brazos. —Tú me preguntas, Fili, si me falta algo. No me falta nada, nada, ¿me oyes? ¡No me falta nada, soy feliz... feliz! Filimona me corta la palabra: —Pues no lo pareces. Realmente no pareces feliz, ni mucho menos... —Pues bien, le respondo. Tal vez eso no se ve. Pero sábelo: soy feliz... feliz... —Bueno, cuando llegamos al hotel Bondar pidió vino y encurtidos. Comí con él. Bebí también. Sabes que era bastante ingenua... —Sí, lo recuerdo, Fili... —Y bien, borracha como estaba, hizo de mí lo que quiso. Me desperté ya de día. Estaba sola. Bondar se había ido. Recogí mis bártulos. Bajé a buscar al portero y le pregunté: —¿No vio, por casualidad, al hombre con quien llegué anoche? —Si, muchacha. Pagó y se fue quién sabe dónde. —¿Y yo qué podré hacer? —¿De dónde eres tú? —De... Estallé en sollozos. —No llores, me dijo el portero. Las lágrimas en estos casos no sirven de nada. —¿Qué hacer? ¿Qué hacer? —¡Esto le ha pasado a muchas! Tú harás como las otras. Habla con el patrón, con el señor Fotache. Justamente allí viene... Era un hombre calvo, ventrudo, el que bajaba la escalera. Tenía unos grandes mostachos caídos. —¿Qué tiene esta criatura? —¿Qué quiere que tenga, señor Fotache? Un pillo la ha traído aquí la noche pasada y la ha abandonado. Yo creo que tal vez ella pudiera quedarse aquí... El señor Fotache me midió con la mirada, se retorció los bigotes y dijo: —Bueno... tal vez sí... No tiene mala figura... Bien vestida podría gustar... Está bien de cuerpo y muy fresca... Yo me puse a gemir y a llorar de nuevo. —¡Llama a la patrona! ordenó el señor Fotache al portero. La señora Clara era seca como un clavo, con la nariz larga y afilada. —¿Cree que valdrá la pena que la dejemos aquí? preguntó el señor Fotache. —¡Extra! ¡Extra!... exclamó la señora Clara. Sólo que tendré que perder bastante tiempo para ocuparme de ella, señor Fotache. No creo que ella sepa mucho de este asunto y nuestros clientes son pretenciosos. El joven boyardo Georgel, el boyardo Costakel... sin hablar de esa ruina del Prefecto... —Podría lavar las escaleras, dije apresuradamente, arreglar las habitaciones, barrer el patio... —¡No tenemos patio! gruñó el señor Fotache. —¡Ah, Dios mío! ¡Dios mío! ¡Para qué contarte todo eso!... —Es cierto, Fili, para qué contármelo. Las paredes ya no giraban alrededor mío. San Jorge no miraba con los ojos de par en par, tampoco la Virgen, y menos el niño regordete que llevaba en sus brazos. —Al cabo de un mes conseguí fugarme. Superé mi despecho y volví a mi casa. —Te han deshonrado, me dijo mi madre. Has hecho de nosotros la burla de la aldea. ¿Quién querrá casarse contigo?

—Algún buen cristiano aparecerá... —¿Y apareció? —Una semana más tarde fui pedida en matrimonio por Onu Lazu, el loquito, y lo acepté. —Ya no eres virgen, me dijo cuando estuve en su casa. —Ya no lo soy... —¿Y por qué no lo eres? —¿Acaso no lo sabes? Bondar... —¿Nadie más que Bondar? Callé. Se lanzó sobre mi con toda la fuerza de sus puños y me molió a golpes. Cinco años viví con él. ¿Comprendes? ¡Cinco años! En cinco años se me acercó tres veces. Le di tres hijos varones. Dios llamó a Onu Lazu. Después... Quedó callada, mirándome con sus grandes ojos negros que ahora parecían disecados en el fondo de sus órbitas. Toma un bocado de asado y lo muerde, así como un pedazo de pan. —¡Qué buen asado! me dice, y también el pan... ¡Qué pan tan sabroso hace tu hermana! —Sí, sabe hacerlo. Pero también el trigo debe haber sido cuidadosamente molido y el tzest4 calentado a punto. —Ya lo creo. Para que el pan sea bueno, todo tiene que estar muy bien preparado... Pero tú, dime, ¿cómo te fue a tí? —Bien, magníficamente bien. ¿No te lo han contado? —Sí, ya lo creo. Todo se sabe. —¿Y no me ves? —Sí, ya lo creo, te veo, y no me canso de mirarte. Veo que te apoyas sobre un bastón. —Sí, me apoyo algunas veces. Cuando la fatiga se apodera de mí. Con paso lento mi hermana vuelve a entrar en la habitación. —Les traigo otra botella de vino. Parece que van a seguir conversando. —Sí. Así pensamos, le contesto. —Entonces los dejo. Mi Samintza quiere acostarse. —Buenas noches. Vaso tras vaso bebemos. Filimona me dice: —¡Buena suerte!... ¡Buena suerte!... Me levanto y brindo con ella. —¡Buena suerte, Fili! —La suerte mía, no se la deseo a mi peor enemigo. Un tren pasa. Las ventanas trepidan de nuevo. —Medianoche... murmura Filimona. Observo mi reloj. —Sí, Fili, medianoche... —Una sola vez la medianoche nos sorprendió a nosotros dos hablando, dice ella. —Sí, Fili, una sola vez... —Me voy, tal vez quieres dormir... —Quisiera acompañarte... —¿Para qué? Conozco bien el camino. Pero, en fin, si tú quieres... Toma su chal. Se cubre la cabeza. Lo aprieta sobre sus hombros. Apoyándome en mi bastón, cojeando por las callejuelas de la aldea, voy al lado de Filimona. Sobre nosotros el cielo sigue alto y color de mar, tachonado de estrellas que fulgen, todas encendidas. Filimona adivina mis pensamientos. —Es verdad... El mismo cielo encima de nosotros... Las mismas estrellas... Todo como entonces... Y... ¿te das cuenta?... Bajo nuestros pies, la misma tierra... —El cielo no envejece, Fili.
4

Especie de campana de tierra seca con que se cubre la pasta para cocerla en el horno.

—La tierra tampoco... Pasamos frente a un gran edificio nuevo. La luna inunda sus ventanas y las hace brillar. Yo pregunto: —¿De quién es esta casa, Fili? No la reconozco... —No es una casa. Es la escuela. No puedes reconocerla porque ha sido construida el año pasado. Después cruzamos a lo largo de un cercado. En el medio, la misma casa de antes, con su techo puntiagudo. —Allí creció Trancalie, le digo. —¿Trancalie? No lo has olvidado... —No... —Ahora la casa la habita un tal Lungu, de Stanicut. Se casó con la hija menor de Trancalie. —¿Y Trancalie? —¿Él? Ya está allá, bajo la colina, junto a la vieja iglesia. Un perro despierto salta por encima del cerco y se pone a ladrarnos, mientras da vueltas amenazadoras alrededor nuestro. Yo me defiendo con mi bastón. Filimona lo aparta. El sabueso reconoce su voz. Se tranquiliza y vuelve a su casucha. —Ya llegamos. —¿Es aquella tu puerta? —¡Aquella! Siempre la misma... La luna se había levantado muy alto. El cielo era de un azul esfumado. Mi cabeza me llamea. Comprimo mis sienes entre ambas manos. Las aprieto con todas mis fuerzas, cada vez más, y digo: —Fili, me parece que las lilas han florecido. —Sí, han florecido, me contesta ella. Han florecido, anoche. Dime, ¿ahora te das cuenta? —Si, recién ahora, Fili. La tomo entre mis brazos. Ella se junta a mí. Levanto su cara. Y muerdo con hambre, largamente, sus labios carnosos, amargos. El cielo se columpia. Las estrellas también. La luna... y hasta la tierra se columpian... Filimona se arranca de mis brazos y escucho su voz que me murmura: —¡Tonto! ¿Qué sentido tiene todo esto ahora? —Ningún sentido, Fili, ningún sentido. La puerta se abre. Vuelve a cerrarse. Vagueo al azar por la aldea. Los perros no me conocen y ladran a mi paso. Otros se lanzan sobre mí. Entonces me detengo. Me detengo y me defiendo con mi bastón.

EUSEBIU CAMILAR La sonrisa
Con su capote cuidadosamente abotonado sobre el gran pan redondo que apretaba contra su pecho, el artillero de porte macizo, que marchaba a la cabeza del pelotón, dijo como si fuésemos a lanzarnos al ataque: —¡Adelante, muchachos! ¡Síganme! Y se lanzó en la tormenta, gimiendo... ¿o cantando? No podía saberse. Las trombas de nieve que lo envolvieron lo hicieron girar sobre sí mismo, como si lo hubieran golpeado, y casi sin retomar aliento, con un grito de dolor, siguió andando. —¡Miren! dijo de pronto uno de los soldados de infantería. ¡Lo que más temía! Una bestia con pelo grisáceo había surgido frente a nosotros. —¡Los lobos! gritó alguien despavorido. —Al punto en que hemos llegado... dijo otro. Apresurábamos el paso, avanzando con la espalda inclinada, en medio de la oscuridad y de la tormenta. La claridad incierta de la aurora nos encontró cubiertos por la nieve, junto a un muro derruido. El artillero ya no respondió a nuestro llamado. Nos levantamos sacudiendo la nieve que nos cubría. En el suelo, extendido, el artillero ya no se movía, pero las puntas de los clavos podían verse en las gruesas suelas de sus botas. Nos quitamos los cascos silenciosamente. —¿Y su pan? preguntó alguien al cabo de un instante. —¡No se preocupen! dijo el de infantería, bruscamente. El gran pan redondo hacía una abultada joroba bajo su capote. —¡Pero eso no es justo! protestó una voz. ¿Alguien tiene todavía pan? —¡Vaya una pregunta! respondimos los demás. —Hay que repartir esto, infantes, ¿de acuerdo? —¡Eso jamás! dijo el de infantería. ¡Sea como sea tengo que aguantar hasta que vuelva a la casa! A la casa... Qué extrañas nos parecieron esas palabras. .. Veíamos de pronto, como en sueños, la aldea en que habíamos nacido, con sus casitas blancas... —Que se lo guarde, dijo uno. —Eso sí que no, saltó otro. ¡A la casa!... —¡No se los doy! gruñó el de infantería. Luego, en él preciso momento en que nos echábamos sobre él, cambió bruscamente de actitud. Sacando la bola de pan de bajo su capote se puso a cortarlo en gruesas rebanadas, con su bayoneta, rezongando, con los labios amoratados por el frío. —¡Tomen! ¡Tomen! ¡Tomen y coman por el reposo del alma del artillero! Al sentir en las narices el olor agrio del pan recordé de pronto los campos distantes, los hornos en que se cocía, tan lejanos, y la cara familiar de mi madre. Yo reveía el huerto, con su manzano delante, la casa, el pozo con su flecha, y un deseo ardiente de vida me envolvió. Nos tumbamos todos, los once, al abrigo de un edificio en ruinas, y nos quedamos dormidos. Cuando desperté no vi a nadie, pero en seguida el de infantería salió de detrás de un pedazo de muro: —¡Vamos, arriba! ¡Muévete! Partimos en silencio y así caminamos todo el día.

—¡Vas a creer que estoy loco! me dijo, hacia el atardecer, mi compañero, con una voz llena de miedo. ¡Por todos los santos! ¡Mira! Esa bestia sigue rondando alrededor nuestro. ¿La ves tú? Sentí que los cabellos se erizaban bajo mi casco. Justo, frente a nosotros, un lobo, acostado de panza, nos observaba, meneando de rato en rato su cola espesa. —¿Un lobo eso? dije de pronto. ¿Pero no ves que agita la cola en signo de amistad? —¡Qué amistad! Espera, tengo todavía granadas en mi morral. Y el de infantería lanzó una granada defensiva. —Ya saltó. ¡Estará en el cielo con los santos! dijo con una risa forzada. En el mismo instante un aullido breve, quejoso, se escuchó detrás de nosotros. Levanté el brazo y lo agité en dirección de la bestia. Como si sólo hubiese esperado esa seña, el perro vino hacia nosotros, con la cabeza baja, estremecido de alegría. Se acostó dócilmente a mis pies, se levantó y se volvió a acostar, pero cuando mi mano tocó su hocico tibio lanzó un alarido. Después volvió a husmearnos a uno y a otro, iba del de infantería a mí, contemplándonos con sus ojos suplicantes. —¿No tendrá uno de ustedes, hermanitos, un pedazo de pan? parecía pedirnos. —¿Pan? me asombré yo. No nos sigas. ¿De dónde quieres que saquemos pan? Pero la pobre bestia se estremecía cada vez más contenta, frotándose contra mi pierna, y yo sentía la garganta apretada al verlo tender su hocico hacia mi mano como mendigando una caricia. —¿Quieres que te hagamos arrumacos, verdad? ¡Bueno, vete! Y nos pusimos de nuevo en camino, sin mirar hacia atrás. —¡Pero no! ¡Pero no! ¡Yo no les pido pan! parecía decirnos todo su ser, contemplándonos cuando un poco más lejos hicimos alto, después de una larga marcha, y volvimos a verlo frente a nosotros. ¿Pan? ¡Yo sé que tampoco ustedes tienen pan! Sólo quiero una sonrisa, un poco de ternura... Hombres, ¿dónde está vuestra sonrisa? parecía preguntarnos con sus ojos cargados de tristeza y de reproche. La pobre bestia rengueaba, como si quisiera atraer nuestra atención sobre su pata delantera, que colgaba inerte y blanda, cubierta por la sangre que se había coagulado. Me sentí invadido por una inmensa piedad. —¡Perdónenme si los importuno! suplicaba con su mirada. Yo no los molestaré, pero déjenme que los siga. ¡Estoy tan solo! Después el animal cerró los ojos fuertemente y lanzó sobre los parajes desiertos un alarido desesperado. Lo dejamos dormido, con el hocico entre las patas, gimiendo en su sueño, con el cuerpo agitado por bruscos temblores que lo sacudían. Cuando volvimos a hacer alto, encontramos de nuevo al perro que nos esperaba. —Entonces me aceptan... acéptenme; ¿puedo quedarme con ustedes? parecía implorar. Estaba allí, con el hocico entre las patas, paradas las orejas y nos escrutaba sucesivamente, primero al de infantería y después a mí. Había enflaquecido visiblemente y su hocico se veía afilado, el pelo más ralo, pero todo lo que quedaba de vida se concentraba en sus ojos, que se veían encendidos con una llama intensa. De rato en rato nos miraba fijamente, como espiando en nosotros un signo de amistad y compasión, esperando una palabra cariñosa o una señal para que se acercara. Debió leer en mis ojos la piedad que me inspiraba, porque de pronto lo vi quedarse más tranquilo, como si fuera a aproximárseme. Yo volví a tomar mi aire severo. —¡Parecería que no estamos más que nosotros en el mundo!, gruñí. ¿Por qué nos sigue precisamente a nosotros? —Es cierto, dijo el de infantería. ¿Por qué demonios, precisamente a nosotros? Emprendimos de nuevo la marcha, apurando el paso. El perro se adormiló de nuevo, gemía suavemente. Me sentí como liberado de un peso. Permitirle que nos siguiera era

arrancarlo de los sitios familiares, exponerlo a peligros desconocidos, a un sin fin de amenazas. Decididamente ese perro y su suerte se volvían un problema de conciencia. ¡No, no debíamos dejarnos enternecer! Por fin dije a mi compañero: —Si al menos estuviéramos seguros de que vamos a llegar a nuestras casas, sería diferente... Pero así como vamos ¿de qué serviría quererlo llevar? Contrólate, infante, que yo no te vea sonreírle, ¿comprendes? Levantamos los cuellos de nuestros capotes y reanudamos la marcha. Yo estaba firmemente decidido a no volverme atrás. Cuando llegaba la noche, nos detuvimos en un vallado donde se veían, bajo la nieve, piernas rígidas y cascos de soldados. Dando la espalda a los muertos nos dejamos caer sobre el suelo helado, durante unos instantes, cuando de pronto el perro reapareció. Tumbado de panza nos miraba. En sus ojos velados por una tristeza infinita, me leía una muda imploración y un leve reproche: —¡Perdonen que los hayas seguido! ¿Pero por qué me echan de su lado? Ustedes parecen sensibles y buenos, yo lo sé, y sus corazones como el mío conocen la tristeza y la angustia. ¡Hombres, yo estoy tan sólo! ¿Por qué me niegan su sonrisa? —¡Quieres irte! ¡Vamos fuera!, gruñí yo, y el de infantería agregó: —¡Por todos los diablos, ya estoy harto de esta sucia bestia! El perro no se movió, parecía pesar nuestras palabras, como si quisiera adivinar cual de nosotros disimulaba bajo tanta rudeza un mejor corazón. Escrutó largamente la cara del de infantería tratando de leer en sus ojos, después su mirada se pegó obstinadamente a mí. —Es inútil que quieran fingir, me decían sus ojos velados de tristeza. Estás fingiendo, yo lo sé. Te cuesta detener tu mano que quisiera acariciarme, haces un esfuerzo para no sonreír... ¿Por qué? —¡Fuera de aquí, le grité, arrojándole un terrón de nieve. —Sea... decían sus ojos, mientras se sacudía la nieve. Golpéame si quieres, pero sabe que luego lo vas a lamentar ... —¡Este animalucho! parece que lee mis pensamientos, masculló el de infantería levantándose. Le voy a tener que tirar otra granada... —Hagan como quieran... decía con la mirada la bestia... Pero después... ya verán... —¡Déjala!, dije yo a mi compañero. ¡Y apurémonos! Cuando de nuevo lo vimos aparecer, el pobre perro se arrastraba apenas, gimiendo débilmente. Sus ojos habían perdido todo su brillo. —¡Yo les había dicho que se iban a arrepentir de haberme echado!, nos decía su mirada. Pero ya que esa es la voluntad, sea, ya no los seguiré más, pero ustedes no se lo van a perdonar, el remordimiento los va a torturar... —¡Déjanos en paz!, gruñí yo. ¡Qué piensas que puedes encontrar donde nos va a llevar nuestra negra suerte! ¡Vete! —Vamos, vamos... respondía su mirada cargada de reproche. ¿Tienen coraje de echar a un desgraciado? Los míos, los hombres a quienes yo di mi corazón y en los que puse toda mi fe, fueron exterminados por el fuego y las balas, ya no tengo a nadie en el mundo... Con el hocico apoyado en sus patas me miraba fijamente, parando de tanto tanto en tanto las orejas. —¡Vamos, déjate enternecer... sonríeme! ¡Sonríeme una vez!... porqué yo no puedo vivir sin esa sonrisa, sin la amistad de los hombres. ¿Es acaso tan difícil, entenderme? Si tenemos que morir, podemos morir juntos, pero no me dejen solo... —¡A otra cosa! dije yo brutalmente, pero en realidad estaba a punto de acariciarlo, de apoyar su cabeza contra mi pecho y apretarlo calurosamente; el nudo amargo que me apretaba la garganta había desaparecido de pronto y con los ojos llenos de lágrimas dije suavemente: —Que el diablo te lleve, pobre viejo...

En ese precisa instante surgieron tropas por todos lados y la plaza se vio invadida por la infantería y los cañones. La artillería tronaba a lo lejos y las explosiones desgarraban el aire. Lo ven... lo ven... ahora es demasiado tarde... demasiado tarde... decía la mirada aterrorizada, desesperada del perro. Las explosiones más cercanas sacudieron la tierra, las ametralladoras crepitaban, las balas silbaban. Escuché un alarido breve, seguido de unos lamentos desgarradores. Muchos años pasaron después, pero yo veo todavía ante mí la muda interrogación de aquella mirada cargada de reproche. —¿Hombres, dónde está vuestra sonrisa?

FRANCIS MUNTEANU Un pedazo de pan
I
—¿Quién es el timonel de la barcaza 65-13? —Soy yo... —Tome el diario de abordo y sígame. El hombre que estaba frente a mí hablaba con tal autoridad que obedecí, aunque él no pertenecía al comando del puerto. Tomé el libro de abordo y lo seguí dócilmente. No fue sino cuando habíamos pasado de largo por la agencia de navegación que me animé a interrogar: —¿A dónde vamos? —Ya lo sabrá más tarde. Sublevándome, le dije: —Pero, después de todo... ¿quién es usted?... El hombre sonrió irónicamente y me mostró una placa redonda prendida en el reverso de su solapa. —Policía fluvial... Aunque la verdad es que no me desconcierto fácilmente, el ver la placa me hizo estremecer. Alguien me había delatado, sin duda. Desde hacía algún tiempo abundaban los soplones en las barcazas del Danubio. Y hasta era raro que no me hubieran arrestado antes. Pero me preguntaba qué podía justificar mi arresto. ¿Habrían averiguado algo de ese vagón de uvas secas malbaratado en Orehobo? Era poco probable. Todo se hizo en la noche y si hubieran tenido la menor sospecha habrían echado mano sobre mi persona en la primera escala. ¿O tal vez se enteraron de mi entredicho con el timonel del "Riet", con el cual rehusé compartir el dinero del barril de petróleo vendido bajo cuerda? Pero no, el timonel no podía denunciarme, porque él era cómplice y se habría metido en el mismo embrollo al hacerlo. ¿O quizás, sería por la paca de tabaco subtilizada en Sistovo, que me arrestaban? Era la hipótesis más plausible. El aduanero no quedó muy contento con las dos mil lebas que le deslicé, y amenazó con denunciarme. Pero de esto hacía ya más de un año, y esos señores de la policía seguramente no iban a dejar sin esclarecer el asunto tanto tiempo. A menos que fuera por el barrilito de rhum. No, tampoco podía ser por eso. Habrían revisado mi camarote. Entonces ¿por qué diablos me arrestarían? Al pasar frente a los imponentes edificios de D. D. S. G. (Sociedad de Navegación), y el Comando del puerto, el local ocupado por la Policía fluvial tenía el humilde aspecto de una casa de guardabarrera abandonada. Sin la placa de esmalte colocada sobre la puerta de encina maciza, y sin el centinela en armas que se mantenía a la entrada, nadie le habría prestado atención. Pero la gente evitaba pasar frente a ella. La pesada puerta de roble se cerró detrás de mí, con un ruido seco. —Siéntese... Me senté en una silla e inspeccioné con la mirada la habitación modestamente amueblada. Además de la mesa frente a la cual estaba sentado, y otras dos sillas desparejas, había en ella un armario, un clasificador, y los retratos de Horthy y de Hitler. —¿Es usted de origen rumano?

—Sí... —¿Desde cuándo está usted en Hungría? —Desde 1940... Extrañé de que no me interrogaran sobre asuntos más comprometedores. Después de todo, tal vez me había alarmado sin motivo. Emtonces pregunté de igual a igual: —¿Podría saber por qué estoy aquí? Tenemos que levar anclas y tengo muchas cosas todavía que hacer a bordo. —Ya no volverás allí... Fue como un mazazo. Tomé la actitud digna de un hombre lesionado en sus derechos. Le ruego tomar nota que soy ciudadano rumano. Me quejaré a la Embajada. —Realmente..., dijo el policía cambiando de tono. Ya veo que me amenazas. Muy bien, joven, ¡descálzate!... Creyendo haber oído mal, pasmado, me incliné hacia él. —No comprendí lo que usted me dijo... —¿Te haces el sordo? Descálzate... ¿Qué idea estaría maquinando? Me incliné y comencé a descalzarme, despacio, para ganar tiempo. En vano intentaba coordinar mis ideas y observaba el piso con un aire estúpido, como si de allí pudiera venir mi salvación. —Coloca los zapatos sobre la mesa. Indudablemente se burlaba de mí. Estuve a punto de soltarle que a su broma le faltaba gracia, pero me arrepentí a tiempo. ¿Por qué me obligaba a poner mis zapatos sobre la mesa? Lo miraba tratando de adivinar alguna sonrisa en su gesto que pudiera tranquilizarme, pero, al contrario, su cara era dura y severa. No me quedaba sino cumplir su orden, lo que hice, esbozando con gran esfuerzo una sonrisa. Satisfecho, el agente de la Policía fluvial, se puso a recorrer la habitación, cuatro pasos a la derecha, cuatro a la izquierda. Lo seguí algún tiempo con la mirada, después me absorbí en la contemplación de mis zapatos. Unos zapatos negros que había conseguido en Bratislava, contra veinte paquetes de cigarrillos. En Viena me habrían costado cinco paquetes y un cuarto de rhum. ¿Por qué me había ordenado que los pusiera sobre la mesa? No podía ser mas que una broma. Una broma pesada, en todo caso... Lo cierto es que yo no las tenía todas conmigo. Trataba de persuadirme de que era a causa de mis zapatos, diciéndome que un hombre descalzo pierde personalidad. Cruzaba un pie sobre otro. ¿Por qué diablos me puse medias agujereadas justamente esa mañana? El policía continuaba paseándose. Hubiera preferido que me hiciera preguntas, en lugar de dejarme que me atormentara en esa situación ridicula. Un auto se detuvo frente a la casa. Se me ocurrió que venían a buscarme. Ocultando mal mi inquietud, traté de tranquilizarme. "Por que iban a venir precisamente a buscarme a mí? ¿Y para llevarme a dónde?..." La puerta se abrió y un joven oficial, con una cara adornada por un pequeño bigote rubio, a lo Clark Gable, apareció en el umbral. Saludó militarmente, me midió con la mirada y observó mis zapatos sobre la mesa. Creí ver en sus rasgos el esbozo de una sonrisa, pero se contuvo. Yo estaba cada vez más angustiado, preso de todas mis dudas e inquietudes. —¿De quién son estos zapatos?, preguntó el oficial frunciendo el entrecejo. —Míos..., dije yo tímidamente, y miré al policía fluvial esperando que él explicara. —¿Suyos?, vociferó el teniente. ¿Dónde cree que está usted? En Valaquia, tal vez... y sin darme tiempo a que me justificara, me dio un par de bofetadas, gritando: ¿Ha venido aquí para colocar sus zapatos sobre la mesa? Con asco barrió los zapatos y me miró como se ve a un asesino. Cálcese...

II

En cuanto se cerró la puerta del sótano en que me arrojaron, me apoyé contra las paredes que chorreaban agua de tan húmedas, y cerré los ojos para acostumbrarme a la oscuridad. Antes de volverlos a abrir, constaté dos cosas: primeramente que hacía mucho calor, y segundo que había paja bajo mis pies. —Ya se trajeron a otro, dijo junto a mí una voz aguda. Abrí los ojos lo más que pude, pero nada distinguí. El hombre que acababa de hablar encendió un fósforo y me alumbró la cara. —Un muchacho, constató con tono poco contento. Otro individuo se incorporó en la sombra: —¿Por qué te trajeron?, me preguntó. —No sé por qué..., le contesté. —¿Eres rumano? —Sí. —Entonces, no debes dudar porqué. La llama del fósforo lanzó un último reflejo luminoso antes de apagarse y caer todos de nuevo en la negrura de la sombra. —¿Y ustedes? ¿Por qué están ustedes aquí?, pregunté curioso. —¿No has leído los periódicos? —No. Soy marinero y llegué de Budapest anoche. Hace quince días que no leo los periódicos. —¡Si es así, se explica! Hace una semana que Rumania se puso al lado de Rusia. ¿Comprendes ahora? Por eso nos han arrestado. ¿Di, muchacho, no tendrás algo que comer? —Absolutamente nada. —Eso está malo. Hace dos días que no probamos bocado. Desde el fondo del sótano una voz somnolienta protestó, poniendo fin a nuestra charla. —¡Cállense de una vez! ¡Acuéstense y duerman!, así no tendrán hambre. Yo estuve todavía durante un rato pegado a la pared, después, inclinándome, amontoné la paja como para hacerme una cucheta. Se habían calmado mis zozobras, lamentaba solamente no haber podido ver a los míos. Casi siempre cuando llegaba a Budapest, lo primero que hacía era correr a mi casa, pero esta vez cuando llegué tuve tanto que hacer que no me quedó tiempo ni para comer. Tuve que estar en la barra, sin relevo, y quedé tan extenuado, que no tuve ganas de vestirme y bajar a tierra. En la mañana me despertaron para participar en la maniobra, después en el acostaje y me fue imposible ir hasta mi casa. Sin contar que por todo esto, no probé bocado. ¿Pero por qué diablos no me preparé algo? Ah, sí, ya me acuerdo, yo esperaba terminar mi faena antes de mediodía, y pensé bajar a almorzar en un restaurante. Pensar que si hubiera bajado un cuarto de hora antes, el soldado de la Policía fluvial no me hubiera encontrado a bordo... Al diablo con el pensar que... Al anochecer empecé a sentir hambre. Si no hubiera sabido que mis compañeros no habían comido nada desde hacía dos días, no me habría empezado a trabajar la cabeza con esa idea. Pero desde que lo supe, un hambre canina tomaba en mí proporciones desmesuradas. En la tarde del segundo día, la puerta del sótano se abrió, y nos vimos arrastrados a un patio rodeado por un muro de piedra. —La prisión militar..., me susurró mi vecino cuando nos alinearon por orden de estatura. El mismo oficialito de bigote rubio nos dio algunas explicaciones: —Toda tentativa de evasión es castigada con pena de muerte. —¡Denos de comer!, gritó alguien. —Comerán cuando lleguen... —¿A dónde nos llevan? —¡Ya lo sabrán, banda de traidores!...

III
Nos embarcaron en unos camiones cuidadosamente cerrados, y nos llevaron a la estación de apartadero, donde fuimos amontonados en grupos de treinta hombres, en vagones de carga. Salvo que hacía un calor ahogante y que teníamos hambre, estábamos mejor que en el sótano. Al menos veíamos claro y sabíamos que alguna escudilla de comida nos esperaría al final del viaje. El vagón en el que yo viajaba era viejo y carcomido, los restos de tabla y aserrín desparramados indicaban que antes de llevarnos allí había servido para transportar madera. Me apresuré, antes que a los demás se les ocurriera, a juntar una cantidad de aserrín para hacerme un colchón en que dormir durante la noche. Entre tanto el tren rodaba y ya no se escuchaba más que el chirriar obsesionante y monótono de las ruedas. Alguien empezó a entonar una canción en que se hablaba de un cierto Gheorghitza, locamente enamorado de una cierta Marioara, morena con labios rojos y pulposos. Mi vecino, un viejo con la cabeza rapada, dormitaba con los ojos entre abiertos, o frotándose nerviosamente las manos, cuya fineza llamó mi atención. Las contemplé largo rato tratando de adivinar su identidad. Levantó varias veces los ojos hacia mí, pero sintiéndose observado volvía la cabeza y miraba hacia otra parte. Finalmente se inclinó hacia donde yo estaba y me preguntó con aire tímido: —¿De dónde es usted, señor? Tenía un acento judío característico. Seguro de no equivocarme, le interrogué a mi vez: —¿Es usted judío? Al oír mi pregunta se encogió temeroso y poniendo un dedo sobre sus labios: —¡Chist! me dijo, podrían oírlo, cállese, le suplico... Media hora más tarde sabía todo sobre él. Mi vecino era rabino de algún lugar cerca de Sighet. Estaba feliz de haber sido arrestado como rumano y no como judío, y me imploró que no lo traicionara. Yo se lo prometí. Durante todo el día siguiente no se habló más que de comidas. Alguien se puso a explicar como se preparaban los repollos rellenos en la región de Timis-Torontal, mientras que otro declaraba a quien quería escucharle, que su mujer era la mejor cocinera de Transylvania. Un zapatero húngaro, de los alrededores de Cluj, que a causa de la lentitud burocrática no había podido obtener la ciudadanía húngara, se lanzó a blasfemar furiosamente y empezó a socavar el piso del vagón. Dos hombres, fogosos y enérgicos, húngaros como él, lo ayudaron y al cabo de algunas horas consiguieron despegar una tabla, justo por encima del eje trasero. Esperamos impacientemente la noche. El rabino temía que la evasión de alguno tuviera consecuencias funestas para los que no se atrevieran a arriesgarse en la aventura. Dos campos opuestos se formaron. Uno por y otro contra la evasión. Hacia las dos de la madrugada, un ataque aéreo obligó al convoy a detenerse en pleno campo. El zapatero se precipitó hacia la abertura hecha en el piso: —¿Quién me sigue? Tres hombres solamente se unieron a él y se deslizaron bajo el vagón. —¿Usted también se va?, me preguntó el rabino con inquietud. —Sí. —¿Me permitirá ir con usted? —Si usted quiere... El bombardeo duró cerca de tres cuartos de hora. Ocultos bajo el vagón, entre los rieles, esperábamos la partida del tren. Nuestro único temor era que el centinela, sin duda instalado en el estribo del vagón, nos descubriera y diera la voz de alarma. El rabino temblaba como una hoja. Me arrastré hasta él y le aconsejé que volviera a subir.

—Usted es judío, le dije, si lo toman es algo muy grave. Y aunque consiga escapar, ¿qué podrá hacer? Ser prisionero rumano es cien veces mejor para usted que estar libre. Después de algunos minutos de reflexión, el rabino escuchó mis razones. Me apretó la mano y volvió a subir al vagón. Estaba convencido de que mi consejo era prudente. Se oían dar las órdenes de partir, cuando vi a mi rabino reaparecer en la abertura del vagón. —¡Señor! ¡Señor!... —¿Qué hay?, pregunté asustado. —Quisiera agradecerle su consejo. Tome, me dijo, tendiéndome un paquetito envuelto en un pañuelo. Es un pedazo de pan. Le será muy útil. Tomé el paquete emocionado, con agradecimiento, pero el rabino continuaba inclinado sobre el agujero. ¿Qué esperaría? —Quiero darle un consejo, señor: no coma el pan, guárdelo el mayor tiempo posible. Sabiendo que lleva un pedazo de pan, soportará mejor el hambre. Dios sabe hasta cuándo no hallará comida. Y guárdelo envuelto, así no se tentará. Así lo tuve guardado yo. El tren partió y ya no tuve tiempo de agradecerle. Me tendí sobre el suelo aterrorizado ante la idea de que me descubrieran. Pero el tren se alejó, sin que nada sucediera. No me atreví a levantarme sino cuando se perdió el ruido de las ruedas. Las bombas habían caído no lejos de allí y las llamas rojas de un incendio subían hacia el cielo. —¿De qué lado iremos? preguntó alguien. —Cada uno hacia un lado, en direcciones diferentes, decidió el zapatero. Si vamos en grupo llamaríamos la atención. El zapatero y otro hombre partieron a lo largo de la vía férrea, mientras que otros dos se dirigieron hacia un pequeño bosque que se extendía a nuestra izquierda. Quedé un buen rato indeciso, sobre uno de los durmientes, lamentando haber aconsejado al rabino que siguiera viaje, porque si él se quedara, yo no estaría tan solo. Pronto los pasos de mis compañeros se perdieron a lo lejos y un silencio extraño reinó alrededor mío. Tenía temor. Con paso incierto me encaminé, contra mi voluntad, hacia la ciudad bombardeada. Por un momento, estuve a punto de volverme atrás, acercándome a los hombres que habían tomado la dirección del bosque, pero era demasiado oscuro y temí no encontrarlos. El hambre me torturaba. Tenía la boca seca y me zumbaban los oídos. Al cerrar los ojos miraba formarse sobre la pantalla de mis párpados pequeños círculos coloreados que crecían y se achicaban como pompas de jabón. Me acordé del pan del rabino y palpé el paquete en mi bolsillo. No podía estar más duro. Sabe Dios durante cuanto tiempo el viejo había guardado en reserva ese pedazo de pan seco, y me preparaba a comerlo cuando me acordé de su consejo. Tenía razón. Él era, por otra parte, el único de mis compañeros a quienes nunca oí quejarse del hambre y eso, sin duda, gracias a ese pedazo de pan que guardaba con él. Había tenido la energía de no tocarlo, y ¿no sería yo capaz de hacer otro tanto? ¡Vamos, ya lo creo! Guardé el paquete y me puse en camino con paso firme, decidido a entrar en la primera casa que hallara para apagar mi hambre. Al alba recién llegué a las cercanías de la ciudad bombardeada. Apenas me separaban de ellas doscientos metros cuando vi venir hacia mí una compañía de soldados en traje de campaña. Tuve apenas tiempo de esconderme detrás de unos arbustos. Como si lo hubieran hecho expresamente, al llegar a la altura de mi escondrijo, los soldados abandonaron la carretera y se dirigieron a campo traviesa en dirección a donde yo estaba. No lejos de mi escondite, el oficial se puso a dar órdenes de mando, y los hombres se aprestaron a sus ejercicios. Durante cinco largas horas temblé detrás de esos arbustos, arrastrándome por el suelo, cada vez que creía que podían verme. Además, tenía tanta hambre, que en cierto momento pensé dirigirme hacia los soldados y pedirles un poco de comida. Felizmente, renunciaba a tiempo.

Por fin, a eso del mediodía la compañía se puso en fila y se dirigió hacia la ciudad. Esperé que se alejaran y tomé el mismo camino. Al aproximarme a la barrera de la ciudad, dos gendarmes empenachados ambulaban con su fusil en el hombro. Me acurruqué en un foso del camino esperando que desaparecieran. Vana esperanza. Los gendarmes patrullaban sobre un recorrido de un centenar de metros, controlando a todos los que salían o entraban a la ciudad. En cuanto a papeles de identidad, yo no llevaba conmigo más que mi libreta de marinero y el carnet de los salarios de la Agencia de Navegación. Al cabo de algunas horas, los gendarmes en vez de alejarse, recibieron refuerzo. Evidentemente, yo no podía pensar en entrar a la ciudad ni tampoco en abandonar mi escondrijo. Debía esperar la noche para eclipsarme. Me arrepentía de no haber seguido al zapatero. Lo imaginaba bien comido y repantigado, a esa hora, en una buena cama de sábanas inmaculadas. El camino de regreso hasta la vía férrea me pareció interminable. Hacia media noche me dejé caer, muerto de fatiga, al pie de un árbol, resuelto a comerme el pan del rabino. Pero, después de reflexionar bien, decidí esperar hasta el día siguiente, seguro de que el sueño me haría olvidar el hambre. Me tendí en el suelo y dormí como un tronco. Soñé que iba a bordo de un barco cuya cantina desbordaba de cosas exquisitas. Después, que yo era cocinero de un gran restaurante y probaba todos los platos. Me desperté, con el sol en los ojos. Tenía hambre y sed tuve sin embargo bastante fuerza de voluntad para no desanudar el pañuelo del rabino, decidido a no abrirlo hasta llegar a las vías del ferrocarril. Caminaba lentamente con las manos en los bolsillos, palpando de tanto en tanto mi pedazo de pan. Casi después de mediodía llegué al lugar de donde había salido la víspera. Caminaba por la vía férrea, a grandes trancos, saltando de un durmiente a otro. Al cabo de un rato, fatigado de ese ejercicio, me entretuve en caminar sobre uno de los rieles recalentado, jugando a mantenerme en equilibrio sobre él. Me disponía a comer el pedazo de pan, dudando si hacerlo mientras caminaba o sentado debajo de algún árbol, cuando un ferrocarrilero apareció en el horizonte. Mi primer impulso fue esconderme, pero el hombre me incitó a esperar. Cuando el hombre estuvo a una cincuentena de metros, me preguntó: —¿Evadido? Yo incliné la cabeza afirmativamente. —En ese caso, escape lo más rápido posible. Han sorprendido a dos como usted la noche pasada y los han fusilado. Uno de ellos llevaba un camisa roja, de cuadros. Sentí que mis piernas flaqueaban: ¡el zapatero! ¡Felizmente yo no me había ido con ellos! —Está bien, alcancé a murmurar, pero al menos déme algo que comer. —No llevo nada conmigo. Yo mismo me extrañaba de que me detuviera con esas insistencias en vez de huir a toda carrera. —Búsqueme algo en el puesto del guarda barrera, yo lo esperaré allí. Hace varios días que no pruebo un bocado. —Imposible... hay dos soldados allí en el puesto. Si quiere salvar su pellejo, vayase lo antes posible. Como si el sentimiento del peligro se hubiera apagado en mí, y como indiferente pregunté todavía: —Dígame por lo menos ¿dónde estoy? —Cerca de Esztergom, pero le aconsejo que no entre a la ciudad. Está llena de alemanes, y la están evacuando. Tomé hacia la izquierda, donde se veía un bosquecito. Lloraba casi de despecho, me sublevaba la idea de morir de hambre, como una rata, ¡a los veinte años! El sol, como fuerte inquina, me clavaba sus dardos ardientes. Empapado de sudor, y tan agotado, que tuve intenciones de tumbarme sobre el suelo y no levantarme más. Entonces, irónicamente, me dije: Si tengo que morir, por lo menos moriré a la sombra.

Cuando llegué junto al macizo de árboles, saqué el paquete de rabino del bolsillo. Pero al verlo el estómago se me contrajo y tragué saliva. Estaba convencido que sin ese pedazo de pan me hubiera sido imposible soportar tanto tiempo. Me habría precipitado a pedirle algo que comer aun a un soldado alemán, y habría tenido la suerte del zapatero. ¡No!, por nada en el mundo había que tocar ese pedazo de pan. Era la única cosa que me ayudaba a resistir. Me incorporé y ¡en marcha! ¡No había tiempo que perder! Volví a guardar mi paquete en el bolsillo, palpándolo de rato en rato, para asegurarme que estaba allí. Sentía por momentos que todo esto no era sino una pesadilla de la que podía despertarme y me encontraría de nuevo en mi cabina a bordo de mi barcaza. Después de algunas horas de marcha, percibí, hacia el lindero del bosque, las casas de una granja. Me dirigí hacia allí, pensando que había llegado al final de mi calvario. Iba a llamar a alguien cuando en ese preciso instante descubrí unos camiones militares estacionados bajo los árboles. Apreté las mandíbulas, toqué mis bolsillos y me alejé de la granja. Al anochecer, desemboqué sobre la carretera principal. "Suceda lo que suceda", me dije, indiferente a todo. En ese instante saqué mi paquete decidido a comerlo, costara lo que costara; no había fuerza en el mundo que pudiera evitarlo. Y estaba desanudando el pañuelo cuando ecuché a mi espalda que alguien claxonaba furiosamente. Era un automóvil particular. Guardé rápidamente en mi bolsillo el pan, y haciendo gestos con los brazos traté de que el coche se detuviera. En efecto se detuvo cerca de donde estaba, pero tuve la desagradable sorpresa de ver que en el timón iba un soldado alemán. Sólo eso me faltaba... ¡Tanto peor! Me acerqué tranquilamente al automóvil, sorprendido yo mismo de no sentir ningún miedo. —Soy marinero del D. D. S. G. le dije al conductor exhibiéndole mi documento, y quisiera ir a Budapest. El soldado me hizo seña de que subiera. Sentado al lado del chofer olvidé por un instante el hambre, pero pronto mi estómago se volvió a sublevar. Pero no convenía que el soldado se diera cuenta de que estaba hambriento, pues eso le habría hecho sospechar algo. Traté de no adormecerme. El alba pintaba el cielo cuando llegamos a Budapest. Entrando al centro de la ciudad, pedí al chofer que se detuviera, le agradecí y tomé el camino de mi casa. Por vergüenza no me puse a devorar el pan en plena calle. Me parecía, no sé por qué, que un hombre hambriento llama la atención de las gentes. Me contenté con palpar una vez más en mi bolsa el paquetito, dando gracias mentalmente al rabino. Él me había salvado, y sabe Dios lo que habría sido de mí sin ese pedazo de pan. Cerca de mi domicilio, me detuvo una patrulla militar. Sentí que la sangre me subía a la cara y callé por temor a bostezar. —Sus documentos, me exigió el gordo oficial. Yo saqué mi libreta de marinero y se la entregue. —¡Matrose! El ayudante hojeó la libreta alemana y se volvió hacia sus hombres. —Déjelo pasar, es un alemán. Felizmente, yo no había pronunciado ni una palabra. Lo saludé con rigidez de autómata alemán y me aleje. Al entrar a mi casa no tuve fuerzas para contestar a todas las preguntas que me hacía mi mujer. Me dejé caer en un diván, pero no lograba dormirme. Los olores que llegaban de la cocina me hacían cosquillas en las narices. De repente me acordé del pan del judío. Extraje de mi bolsillo el pequeño paquete y lo desaté sonriendo. —Toma, le dije a mi mujer, ¡esto me salvó la vida! —¿Un pañuelo sucio? ¿Qué es lo que hay adentro? —Un pedazo de pan.

De pronto la habitación empezó a dar vueltas alrededor mío y no veía sino el pedazo de madera que cayó del pañuelo. —¡Gracias rabino, gracias!

FANUS NEAGU Más allá de las arenas
Corría el año de la terrible sequía de 1946... Desde hacía cuatro días, Sustero no tenía ni una pizca de tabaco... hasta que una tarde, desesperado por fumar, arrancó un puñado de hojas de hiedra, de las ramas resecas que revestían el muro de la casa, las aplastó entre los dedos y llenó con ellas su pipa. Tenía los ojos hinchados de sueño porque aunque era más de mediodía, acababa de salir de la cama. "¡Demonios!" pensó, "se pierde uno la noche en un velorio y después se necesitan dos días para recuperarse". Ni su mujer, ni su suegra, ni sus hijos estaban en la casa. "Deben haber ido a buscar algo que comer, pensó, y andarán dispersos por la aldea." Salió al camino, flaco, bajito, con la camisa colgándole fuera de los pantalones. Sentía unos deseos locos de comerse una planta de lechuga... mientras dormía soñó que su huerta había reverdecido como en los buenos años. Después hacía ya dos veranos que duraba esa terrible sequía y nunca se despertaba sin que se le repitiera ese deseo... un deseo de comer algo inalcanzable... "Se diría que los sueños nacen en el estómago, pensaba, y que suben a morir a nuestra boca. Casi sería mejor que el hombre no soñara..." —¡Eh, tú, Sustero, déjame echar una pitada, una sola! Era el chantre de la aldea, quien lo interpelaba. La gente decía que el hambre lo había trastornado. Se pasaba el día entero al borde de un foso, con los pies doblados, mascando cuando podía un pedazo de accedera, contemplando el cielo sin nubes, repitiendo invariablemente las mismas palabras de un libro de oraciones: "Oh, tu señor que duermes en un bosque de laureles..." —¡Ve viejo, no es tabaco! le contestó Sustero, es una mala hierba y rasca el gaznate. Y se quedó mirando a lo lejos sobre el camino... Una mujer frente a la alcaldía recogía boñigas en una carretilla, para adobar la terraza de tierra removida de la casa. Bajo la acacia cerca del puente blanqueado de cal, un perro se sacudía las pulgas. En la casa del herrero estaban herrando un caballo. El viento traía un olor de cascos quemados. Sustero se dirigió lentamente hacia el rincón del cercado y empezó a descender hacia el río. Se detuvo frente a las hondonadas, por las que en el pasado bajaba el agua hasta su huerta. Ahora estaban resecas. Hasta el fango que había en el fondo se había secado y la tierra se veía cuarteada. Todo el lecho del río se extendía a lo lejos como una gigantesca oruga grisácea. Sólo la arena y las manchas amarillentas de la gleba endurecida brillaban bajo el sol. Raíces podridas colgaban del paredón pedregoso del lecho del río que daba sobre la aldea. En la ribera opuesta, hacia la pradera, el euforbio se veía enroscado y seco por el calor. Sobre un montículo de tierra, cerca de un matorral espinoso y negro, saltó una marmota. A lo lejos, sobre la cima lejana, se veía un hombre a caballo. Arañando la tierra con el pie, Sustero marcó una cruz, la observó un rato y se puso a reír... Cuando era niño, creía que donde uno grababa una cruz sobre la tierra, debajo borboteaba una fuente... ¡Tonterías de juventud! Todos los años en la primera semana de primavera iba a los prados con una azada para arrancar narcisos de las nieves. Ahora le parecía verlos: blancos entre sus hojitas, como dos gotas de leche derramadas de un jarro, y él precipitándose para cogerlos todos. Su madre le decía cuando lo veía partir: "Cuantos narcisos de las nieves recojas, tantos serán nuestra pollada..." Y él lo creía...

El jinete que apercibió a lo lejos sobre la colina se acercaba a la aldea en desenfrenado galope. "Está loco, pensó Sustero, haciéndole señas con las manos, si sigue en ese tren va a matar al caballo antes de llegar al puente." Pero el jinete, al verlo, dirigió su cabalgadura hacia él y haciéndole señas hacia atrás con los brazos le gritó que el arroyo bajaba... —Llovió en la montaña y el río baja... ¡El Buzeu está bajando!... Sustero sintió por un instante que había perdido la razón, no alcanzaba a comprender las palabras que escuchaba y tardó unos minutos en volver en sí, mientras el otro ya estaba bien lejos, perdiéndose entre las arcadas del puente pintado de rojo y desapareciendo en la lejanía como un fantasma, entre el chisporroteo del agua de los muertos. Sustero se sentó, examinó un largo rato, con la mirada afiebrada el alto lecho del río a lo largo de la ribera que subía y le pareció sentir el frescor del agua que bajaba de la montaña y que le golpeaba la cara. Recién entonces saltó la hondonada y fue a toda carrera hacia el puente, trepando hasta lo alto, acesozó con la respiración en un hilo. Una manga de su camisa, empapada de sudor, colgaba arrancada de su hombro, suspendida a su puño como un vendaje deshecho. La arrancó y la tiró lejos. En ese momento el chantre se le acercó, defendiéndose de las moscas con una rama de acacia. —¡Oye, chantre, le gritó Sustero, el río está bajando! Voy a poner la barca en el agua y a limpiar las hondonadas. Dentro de una semana comeremos lechugas! Media hora después, Sustero había sacado la barca del cobertizo y la arrastraba sobre el polvo de la callejuela, hasta la otra ribera del arroyo. En ese tiempo las campanas de la iglesia se pusieron a sonar. ¡Din! ¡Don! ¡Din! ¡Don!, hace la pequeña, ¡Ban! ¡Ban!, hace la grande... ¡No era que llamaran al Ángelus! Sólo sonaban el Ángelus cuando había gran asamblea religiosa. Toda la aldea corrió al borde del río cuando las campanas se echaron a sonar. Los hombres lanzábanse sobre los montones de tierra que tapaban la entrada de las fosas y hondonadas y con picos y palas las deshacían. Las mujeres no bajan... Ellas se han reunido en un bosquecillo obscuro sobre la ladera, rodeadas de sus hijos, porque las aguas en su violenta crecida podrían arrastrarlos para siempre. Se tiene esa creencia que el agua cuando se arranca de la montaña y desciende hacia el valle, va empujada por un viento maligno como ese que hiela la tierra, y los hombres se espantan de antemano, como bestias indefensas cuando sienten que el pesado invierno se acerca. Dos de entre ellas han hecho rodar una gran piedra, grande como un tronco, para que esté en la orilla donde lavaran la ropa. Más lejos, un viejo tiende sus anzuelos con largas cuerdas y los ata á un poste que se halla al borde del río. De cada anzuelo queda colgando un gusano de tierra, como cebo. En otra parte, una muchacha se peina, deshechos sus cabellos castaños bajo la luz del sol, y entona una melancólica canción, triste como un lamento. Los hombres no se detienen un momento, mientras trabajan se recojen los pantalones por encima de sus rodillas, para no mojarlos cuando el agua llegue. Es todo lo que poseen; esas ropas con que están vestidos, sus otros harapos ya los han cambiado tiempo ha, por un poco de harina de maíz, a los kulaks y a los molineros de las aldeas de la montaña alta. Cuando ha terminado de limpiar su fosa, Sustero va a casa de su vecino a pedirle un poco de tabaco. Le dieron tanto que tenía con que llenar dos veces por lo menos su pipa. Detrás de él estaba el chantre. Sustero le dejó echar unas pitadas, después se alejó, caminando sobre el borde del lecho del río, tirando de su camisa para cubrirse el brazo desnudo quemado por el sol. Cuando vio al viejo que ponía sus anzuelos, rojo de cólera le gritó que los quitara, sólo conseguiría asustar a los peces, el primer día. —¡Basta, ya entendí, no grites tanto!, le dijo tranquilamente el viejo. En vez de vociferar piensa que los peces vienen sólo con la creciente. El río tendrá que llegar hasta el Siret y recién después los peces vendrán por aquí. —Tienes razón, se excusó Sustero, lo había olvidado, puedes dejar tus anzuelos.

—Sí, los dejo, agregó el viejo, quien sabe, puede que algún tonto caiga. En este foso pesqué una vez un siluro tan grande como un cerdo. —Bueno, ponte al trabajo y sácalos, volvió a replicar Sustero, de nuevo exaltado. ¡Basta de discusiones! Empezaba a anochecer. El sol desaparecía en el horizonte. Las gentes, siempre al borde del río, esperaban, pero empezaban a impacientarse. En algunos lugares las mujeres habían encendido fogatas. Anochecía. Los hombres interrogaron a Sustero: —¿Por qué no baja el río? ¿por qué no vemos el agua? —No la vemos, dijo Sustero, sentado en el borde de su barca, pero podemos oírla. ¡Peguen la oreja a la tierra y escuchen! Cinco hombres se tendieron en seguida sobre el suelo. Sustero ordenó a las mujeres que callaran, su charla impedía oír, y se tiró junto a los cinco. Nada... La tierra, profundamente reseca, permanecía silenciosa. Las grandes piedras no tienen voz. Los que estaban de pie esperaban rígidos, inmóviles, los ojos brillantes, parecían salírseles de las órbitas. Sus barbas azuladas por el frío, como una mermelada de ciruelas, les daba un aspecto temible. Sustero se incorporó lentamente. —Hace un rato se oía, murmuró. Era como un gruñido que venía de lejos... De pronto una idea le pasó por la mente. Esperen, dijo, quien sabe si los molineros de las aldeas del norte no nos hayan cortado el agua. Esos ladrones de molineros se habrán reunido para cavar grandes fosas y el agua debe correr ahora en sus estanques. No llegará aquí con nosotros ni dentro de una semana, si no vamos a exigírsela. Los hombres se observaban uno a otro en silencio. Sustero parecía tener razón. Recordaron que los molineros les habían creado cada año dificultades con el agua. —Nos compraron nuestras ropas viejas por nada, nos dejaron desnudos, dijo Sustero, y ahora nos cortan el agua. Abandonaron las herramientas que habían traído con ellos y se precipitaron a tomar sus caballos. Debían hacer bajar el agua, que si no iban todos a perecer. En menos de un cuarto de hora se formó una caravana de veinte jinetes. Los que quedaron sobre las riberas, les gritaron que llevaran con ellos hachas y picas. Imaginaban que iban a tener que pelear. Sustero apresuró el caballo espoleándolo y la caravana montada se puso en marcha, dispersos al principio, y después apretándose como una unidad de caballería en espera de la señal de ataque. El camino era difícil. Los cascos se hundían en la arena. Un caballo tropezó y relinchó. Su jinete le dio un golpe en la cabeza. Frente a ellos la luna se alzaba, amarillenta y arrugada como la cara de una vieja mujer. La arena de tan seca echaba chispas. El camino, blanqueado como de nácar, parecía terminar en la luna. O tal vez era la luna la que bajaba a hundirse en el fondo del lecho seco del arroyo. Sustero seguía a la cabeza de la caravana. Las aldeas situadas al norte estaban muy lejanas. Para llegar a la más próxima, aun yendo directamente, se precisaba una hora. Los jinetes no se apartaban de la ribera, siguiendo un camino lleno de vueltas. No llevaban recorrida la mitad de la distancia, cuando dos caballos, agotados de fatiga, debilitados por el hambre, cayeron y cerraron los ojos para siempre. Los jinetes se detuvieron y los arrastraron hasta depositarlos en la orilla. —Quítenles el cuero aquí mismo, dijo Sustero a sus dueños, pero no dejen caer sus carroñas abajo, para no ensuciar el agua que va a venir. La tropa menos numerosa avanzó lentamente bajo el alto e implacable cielo azul, llevando frente a ellos, sobre la cresta de una colina desnuda, la cara de la luna. A derecha e izquierda no se veía ninguna luz. La llanura exhalaba un aliento cálido, después del ardiente calor de la hoguera del día, que hacía transpirar a los caballos a tal punto que podía recogerse la espuma de sus ancas, con la palma de la mano. Los jinetes los espoleaban persistentemente; a veces, además, les golpeaban suavemente sobre el hocico,

otras los azuzaban con gruñidos, sin faltar los que les azotaban las ancas con los cabos de las picas. Llegaron al primer molino, construido sobre una pequeña colina desierta. El estanque cavado frente a él estaba vacío. Continuaron su camino. Pensaron que el agua había sido cortada más arriba. Algunos de ellos, unos siete, descabalgaron y se echaron a caminar a pie al lado de sus caballos. Los que marchaban adelante, al darse cuenta que los habían perdido, empezaron a trotar hasta llegar a un rincón de la costa del río, donde empezaba un bosque de álamos extendido en una estrecha lengua de tierra. Más lejos Sustero detuvo bruscamente su caballo, pequeño y peludo, y empezó a echar cuentas. Junto a él estaba la mitad del grupo y hasta la aldea vecina, según sus cálculos, debían cabalgar todavía una hora, sino más. Poco antes de medianoche, el grupo de jinetes llegó al segundo molino. Lo divisaron desde lejos. Estaba oculto entre viejos sauces, con su techo puntiagudo cubierto de tejas. A un lado, sobre un talud, una casa con falsas ventanas. Una multitud de patos cruzó por encima de ellos chillando y se perdió en la llanura. —Vienen del estanque, gritó Sustero, se han estado bañando allí hasta ahora. Los hombres colocaron sus caballos uno junto a otro y apretaron las hachas sobre sus pechos. El lecho del río torcía bruscamente hacia la derecha, para regresar, una centena de pasos más lejos, hacia la izquierda, atravesando la pradera. Todos echaron sus caballos al galope sobre la ribera abrupta hasta llegar a la exclusa, donde se apearon. El estanque, como el anterior, estaba vacío, y las acequias llenas de tierra hasta la mitad. Ni una gota de agua alrededor. Ellos no podían dar crédito a sus ojos. Vacilantes, atravesaron el puente que llevaba al molino. Un ternero, acostado sobre el sendero, balaba dormido. Un perro ladró desde la casa del molino. Oyeron también una tos seca, ahogada. Y el ruido de los cerrojos. El dueño de casa se había asustado. Los tomaba por ladrones. Volvieron a montar sus caballos, sin pronunciar una sola palabra. Sustero fue el primero en romper el silencio: —No son éstos los que han cortado el agua, dijo. Sino más arriba, en los otros molinos. Es allí que hay que ir. Cuatro jinetes jóvenes se destacaron del grupo y se detuvieron en la parte baja de la desembocadura. Sus hachas les colgaban de la cintura. Los otros acompañaron a Sustero, hasta un lugar en que el lecho del río se extendía recto hacia adelante, como una lengua de tiza que no tenía fin. Estos también al llegar aquí lo abandonaron. Sustero no los llamó. Miraba la luna que se iba perdiendo detrás de la cresta de la misma colina, levantó el brazo desnudo y golpeó con las bridas el pescuezo del caballo. Seguía oliendo frente a él, cada vez más arriba, la frescura del agua.

IOAN LANCRANJAN Los cordovanos
Aquella noche que me traje a Parasca del campo, después de habernos unido, sin cura y sin bendición, sin consultar a nuestras padres, o algún miembro de nuestras familias, llovía a torrentes. Cuando me encaminaba hacia Bulza, no había señales de que fuera a llover, ni siquiera más tarde, al tomar el camino acompañado por Parasca. La lluvia nos sorprendió cuando nos acercábamos a Gura Chipazului. La verdad que caminábamos lentamente, deteniéndonos a cada tramo, para mirarnos o para conversar. De pronto un trueno tremendo estalló por algún lado encima de nuestras cabezas. Otros siguieron después, como en fila, en una especie de carrera tonante, encarnizada, jadeante. Y las gotas de la lluvia empezaron a trepidar como balines sobre toda la extensión de los campos. Lotru vino a nuestro encuentro y se puso a dar vueltas alrededor nuestro, ladrando, como obligándonos a apresurar el paso para escapar a la lluvia. Pero nosotros no nos preocupábamos ni de sus ladridos, ni del aguacero. Nos cobijamos un poco bajo el abrigo de lana burda de Parasca y seguimos andando así, arrebujados bajo ese pequeño techo movible. Pero cuando sentimos que la lluvia nos penetraba por todos lados, apartarnos el abrigo —fue Parasca quien tuvo esa idea— y seguimos avanzando sin prisa y sin cuidado, bajo el agua, apretados uno contra otro, hombro con hombro. Por encima de nuestras cabezas, los truenos y los relámpagos estallaban y parecían perseguirse y entrecruzarse. Las tinieblas vacilaban y se desgarraban sin cesar, crepitantes y temblorosas, como una inmensa ola en el seno de la cual se debatían torrentes invisibles. Por delante y por detrás nuestro, del lado de los montes más altos, se percibían de tanto en tanto, a la breve luz de un relámpago, un tramo de tierra, algún árbol solitario o el rincón de algún viñedo. Más abajo, sobre el camino, se deslizaban espumosos, arrastrando el barro, los arroyos que formaba la lluvia sobre la tierra y las basuras. Todo parecía correr, vacilar, el campo todo, el universo entero. Pero era una lluvia buena, tibia y apacible. Yo la sentía deslizarse por mis mejillas y sobre mis manos, y tenía deseos de abrir la boca y tragar el agua dulce que caía del cielo. Un hilo líquido penetró bajo el esparadrapo que cubría una herida, detrás de mi oreja, como acariciándola. "No es nada, me dije, una o dos veces, ahora que ella está a mi lado, todo será más fácil..." Hubiera querido preguntarle a Parasca dónde prefería que fuéramos, si a nuestra casa o a casa de tía Onitza. Pero, después de muchas vacilaciones, renuncié. "De qué sirve ahora preguntárselo", pensé. "De cualquier modo irá conmigo, adonde yo la lleve." La apreté más contra mi cuerpo, para sentirla más cerca, y también para sentirme yo mismo más tranquilo y confiado. Parasca se abandonaba a mi abrazo con una ligera sonrisa, que no pude adivinar si me estaba dirigida a mí o a la lluvia. Hasta el final del camino no pronunció una sola palabra. Siguió muda en la casa. Sólo se dejó caer sobre una banqueta, con un profundo suspiro de alivio, como alguien que se ha fatigado en un largo camino. Se sacó el pañolón y sacudió dos veces la cabeza, como para despertar los rizos juguetones de sus cabellos, que caían sobre su frente. Sin duda no lo hizo adrede, pero yo sentí en aquel momento un dulce y perturbador estremecimiento. Hubiera querido ofrecerle algo que comer, pero no había nada en la casa. Recorrí inútilmente toda la habitación; entonces volví a su lado y me senté junto a ella en la banqueta. Y fue en ese preciso instante en que me di cuenta que algo había cambiado en ella,

y que su frente y sus mejillas, y sus manos, y hasta su escote, por lo menos en la parte que dejaba descubierto la blusa, tenían un color cobrizo a la débil luz de la lámpara. Que los rizos luminosos y movedizos eran más frescos y más vivos que nunca. "¡Todo saldrá bien!", balbuceé. "Ahora, que está a mi lado, junto a mí, todo será diferente..." Ya no recuerdo cuántas veces repetí esa frase en la noche de nuestro regreso, después de haber apagado la lámpara, y volví a repetirlo después por muchas noches y muchos días más. Lo repetía siempre con la misma alegria, con la misma satisfacción que aquella vez al regresar del servicio militar. Pero de pronto... "Es imposible...", pensaba... "Ahora..." Pero de inmediato me arrepentía y bruscamente volvía a murmurar en mis adentros: "¡Es imposible... sí, imposible... es demasiado hermoso para que pueda durar!" Mis gentes ya no volvieron a buscarme, después de haberse llevado todo lo que pudieron sacar de la casa; apenas si quedaron los ladrillos. Pero tampoco dejaron de molestarnos. ¡Qué no inventaron, qué de cuentos no desparramaron en la aldea sobre nosotros, visitando de tanto en tanto a los vecinos, como para que no los olvidáramos del todo! Yo los observaba y esperaba, acariciando la cabeza de Parasca, como en otros tiempos, y murmurando, como entonces, las mismas palabras dulces y perturbadoras: "Es imposible... sí, imposible... ¡Es demasiado bello para que pueda durar!" Un año pasó así entre la calma y la incertidumbre. Después, cuando volvió la primavera y tuvimos que retornar al trabajo de los campos, los altercados y los desafíos recomenzaron cada vez con más acritud. Viendo que no podían salirse con la suya en procesos judiciales, mis gentes se lanzaron contra mí con furia renovada. En unos pocos días habían arrancado todas las siembras y deshecho los labrantíos en los pedazos de tierra que había ocupado y que me pertenecían. ¿Qué podía hacer yo? Entré en las tierras de ellos y, como de costumbre —porque eso se había convertido en una costumbre—, arranqué y di vueltas todos los sembrados. No podía quedarme con los brazos cruzados, me veía obligado a defender la tierra que había ocupado y de la que había tomado posesión. Empecé por hacerles decir con un vecino —ellos seguían viviendo en casa de los Mentu— que se quedaran tranquilos y me dejaran en paz, para evitar que las cosas pasaran a mayores. Pero lejos de calmarse, venían a llevarse los ladrillos, los de mi casa, por el deseo malsano de verme desnudo y miserable. Una mañana llegaron al despuntar el alba. Estábamos todavía acostados, semidormidos, uno al lado del otro. Parasca, con los ojos cerrados y los brazos cruzados bajo la cabeza. Soñaba y sonreía —quién sabe a quién podía ella sonreír en sueños, en aquel entonces—, tal vez a ella misma, con su aire sereno y confiado. Yo estaba allí, a su lado, el brazo derecho colgando fuera de la cama, y los ojos clavados en el techo. Me preguntaba cómo empezar aquel día, qué podía hacer, a dónde ir, si a buscar trabajo o quedarme en la casa junto a ella. Al oír afuera tanto ruido, me sobresalté, pero no hice ningún movimiento para no asustar a Parasca. Seguí escuchando, pero cuando Lotru se puso a ladrar, salté rápidamente del lecho y tomé mi garrote. En ese instante Parasca abrió los ojos y me preguntó qué sucedía. Sin responderle, y sin siquiera echar una mirada hacia atrás, salí al patio y miré a mi alrededor. Al primero que descubrí fue a mi hermano Simión. Estaba junto a la puerta, tratando de abrirla, para que pudieran entrar los demás. Me lancé sobre él y, antes que pudiera reaccionar, le asesté un golpe con el garrote. Simión se sobresaltó, vaciló sobre sus piernas. Yo retrocedí unos pasos, entonces escapó hacia la calle. Pero Lotru lo alcanzó y le saltó a la espalda. Simión se volvió y clavó su cuchillo en una pata del animal. El perro herido gimió y soltó la presa. Simión quiso escapar, pero yo me precipité sobre él y le lancé otro garrotazo en las piernas. Lina, su mujer, empezó a lamentarse en plena calle.

—¡Socorro!, ¡socorro!, ¡buenas gentes! Sáquenlo de aquí, lo va a matar...! ¡Gran Dios, lo va a matar, el miserable! ¡Socorro! ¡Al asesino! ¡Sáquenlo de aquí! ¡Entren en el patio!... ¡Vinimos a llevarnos nuestros ladrillos y este bandido, este pícaro! ¡Socorro, vecinos! ¡Vengan a sacarnos de aquí! ¡Sálvenlo...! Parasca apareció en ese momento, asustada, sin comprender. —¿Qué pasa, Lae? ¿Quién está allí? —Toma la horquilla y está atenta para que no me caigan por la espalda, del lado del jardín... Llévate a Lotru contigo... —¡Bueno! ¡Vamos... Lotru... a ellos!... El viejo y un tío de Lina habían saltado el cercado de los vecinos con la intención de sorprenderme por la espalda, pero Parasca se lo impidió, lanzándoles piedras los detuvo, ayudada por el perro. A mi vez, yo tenía a Simión acorralado en el patio y le asestaba golpes con mi garrote en las piernas y en la espalda. Simión no decía ni una palabra. Daba brincos y no sabía cómo hacer para llegar a la empalizada. A cada golpe de garrote saltaba y gesticulaba. En un momento estuve a punto de tumbarlo, pero en ese instante una piedra lanzada desde la calle me alcanzó. Vacilé y erré el golpe. Simión trepó sobre un montón de basura y saltó a la calle. —¡Parasca!, grité, ¡deja la horquilla y ven aquí! ¡Tráeme la escalera, está en la terraza... vamos, ligero, apresúrate! ... Parasca me alcanzó la escalera con movimientos rígidos, mirándome con ojos interrogadores. Estaba asustada y triste. Sobre todo triste. —¿No sería mejor dejarlos, Lae?... Iremos a casa de tu tía... Vamos y acabemos de una vez... Si llegan a volver... Si regresan... Vamos, te ruego, y acabemos con esto... —¡Puedes irtes tú, si quieres!, le respondí secamente. Si no, quédate junto a mí. Harías mejor en estar atenta al lado del jardín, para que no vuelvan por allí. Llama al perro. Parasca se alejó de nuevo hacia el jardín con Lotru, yo apoyé la escalera contra un montón de ladrillos y trepé, abrí un hueco en el techo, para moverme cómodamente, y desde allí observé lo que pasaba en la calle. Al principio tuve temor. Eran numerosos. Vecinos y parientes de Chimu se agitaban en la calle, vociferando y amenazándome con romperme la cabeza y matarme. Pero yo me dominé, coloqué la horquilla en el suelo, junto a mí y me armé de un ladrillo para estar preparado. —¡Ustedes no me van a desalojar de aquí, salvo que me arrastren por la calle junto con los ladrillos! ¡Qué se han creído! ¡Qué van a salirse con la suya! ¡Ustedes prepararon el golpe, espiándome, y ahora quieren volver a las andadas! ¡Son peor que una jauría que se lanza al asalto! ¡Montón de canallas, ladrones, vagos!... ¡Vengan! ¡Acerqúense, si se animan! Los dejé acercarse hasta el cerco, para tenerlos más a mi alcance. Sin perder tiempo empecé a lanzarles los ladrillos uno tras otro, al azar. Empuñaba los ladrillos y los arrojaba violentamente contra ellos. Alcancé a algunos, a los que se acercaban, a sus carros y a sus bestias, a todo lo que veía moverse frente a mí. —¡No ataques a las bestias!, me gritó Chimu, el hijo de Mentu, esforzándose por poner a salvo su carro. ¡No tires más, vas a estropearlas, a lisiarlas!... ¡Cálmate de una vez!... ¡Estás trepado allí y has empezado a atacarnos! ¡Espérate un poco y verás!... Sin responderles una palabra, esperé con un ladrillo en la mano. Después, en el momento preciso, me volví y lancé con fuerza el ladrillazo. Chimu esquivó el golpe, pero el ladrillo dio contra un buey que estaba hacia afuera, y chocó contra uno de sus cuernos, arrastrándolo con él, en medio de la polvareda, como si fuera una bola de barro. El buey, presa de pavor, se echó a temblar. —Pobre..., murmuré a pesar mío, se le ha roto el cuerno con médula y todo, y ahora... Aparté mis ojos del animal, para no ver cómo sacudía la cabeza, como queriendo calmar su dolor y evitar el contacto pegajoso, cálido y familiar de la sangre. Luego me incliné y tomé

otro ladrillo, acercándome más hacia la calle. Ellos vociferaban y gritaban en los patios y en las puertas de los vecinos, como si fuera yo quien los hubiera invadido con carros y animales. Mi cuñada, sobre todo, chillaba más fuerte. Iba y venía en la calle, como loca. —¡Santo Dios, buena gente!, decía sin cesar, con las manos en las caderas, inclinándose de tanto en tanto, como para depositar algo en tierra, como si estuviera poniendo huevos. ¡Santo Dios, buena gente! ¡Qué desgracia! ¡Nuestras pobres bestias!... ¡Y nuestros carros!... ¡Sáquenlos de allí! ¡Sáquenlos de allí! ¡O corren peligro de que los haga polvo! ¡Miren, todo salpicado de sangre! ¡Miren, buena gente! ¡Chimu, ve y sácalo de allí, de su alcance! ¡Llama a los gendarmes!... ¡Gran Dios! ¡Buena gente! ¡Gran Dios!... El viejo y el tío de Lina salieron a la calle. Se aproximaron para tratar de alejar los carros del cerco. Yo me detuve y esperé, blandiendo siempre un ladrillo y dispuesto a lanzarlo. Mi padre se acercó con precaución, tomó nuestras vacas por el cabestro y las quiso arrastrar hasta el medio del camino. En ese momento me izé sobre la punta de los pies y lancé de nuevo, con rabia, otro ladrillo, como no sería capaz de hacerlo ahora. El proyectil apenas le rozó el hombro, pero le hizo inclinarse y bajar el brazo. —¡¡¡Aja... con que sí!, dijo alejándose. ¡Me golpeas, lanzándome mis propios ladrillos a la cabeza! ¡Has echado mano sobre lo que me pertenece a mí! ¡Bueno, ya verás! ¡Ahora vas a tener tu merecido! Del otro lado del valle una carraca gimió largamente en la lejanía. El sol empezaba a levantarse detrás del lago. La aldea se aclaraba y se despertaba poco a poco, como bañada por un resplandor encantado. En nuestro patio, todo había vuelto a la calma. Lotru callaba, mientras Parasca refunfuñaba. "No debí mezclarla en este lío, me decía, hice mal en haberla traído aquí, pude esperar un poco... sí... hasta que hubiera terminado con estos tipos... Tal vez me apresuré demasiado y ella, quién sabe, quizás lo está lamentando." Sentado sobre los ladrillos, en camisa y calzoncillos, como había salido de la casa, sin cinturón y la cabeza desnuda, los cabellos desgreñados que caían en desorden sobre las heridas que me habían hecho el año anterior, y una de las que volvía a supurar desde hacía un mes. Esperaba y me mantenía alerta, dispuesto a todo. Era un domingo, las gentes estaban en sus casas y ahora nos miraban y se preguntaban entre ellas qué había sucedido y por qué tanto escándalo. —Ay, han vuelto a empezar..., decían las gentes. —De nuevo la misma querella... —Y ese Lae, ¿por qué no es más conciliador?... —¡Ahora tiene una mujer y una familia!... —¡Como que eso importa! —¡Viven como incrédulos!... —¡Como paganos! —¡Como animales!... La gente discutía y se agitaba, pero después tornaban a sus quehaceres. Sólo mis gentes no abandonaban el lugar, ni querían calmarse. En cierto momento se reunieron en lo alto de la calle, después de lo cual empezaron de nuevo a chillar a quién mejor. Lina gritaba más fuerte que todos y me insultaba, tratándome de gitano y de cosas peores. Corría y se ajetreaba, soltando espuma de rabia por la boca. Me señalaba con su dedo, para que todos me conocieran y me vieran. —¡Véanlo, buenas gentes!, gritaba desgañitándose. ¡Mírenlo sobre esos ladrillos! ¡A ese ladrón! ¡A esa porquería! ¡A ese vagabundo! Te juntaste con una jovencita, ¿verdad? ¿Y la otra, y la viuda... qué vas a hacer con ella? ¿Cómo vas a contentarlas a las dos? Y, mientras así decía, Lina temblaba, como su madre, esa vieja arpía avara, que se comía las uñas, y que habría sido capaz de meter en el horno, en lugar de pan, la defecación que

escondía atrás de la casa. El viejo, junto a Simión y a Chimu, y los otros se mantenían un poco apartados. Habían vuelto a sus conciliábulos y me miraban y señalaban con el dedo, como si yo fuera un bandido. "Tal vez se van a ir, pensé..., habrán renunciado y me dejarán en paz." Pero no los perdía de vista desde mi montón de ladrillos. Esperaba saber qué iban a hacer. Pero, por lo visto, no tenían la intención de marcharse como llegaron, con las manos vacías. Simión y Chimu se murmuraban algo. Después volvieron a subir la calle. —"¿A dónde diablos irán?" Coloqué el ladrillo a mi lado y crucé los brazos sobre el pecho. "¿Qué irán a buscar?... ¿Refuerzo?... ¿Al resto de la familia, como si no fueran ya bastante numerosos?... Si realmente deciden... ¡Pero ya pueden gritar desde los techos que son ellos los atacados! ¡Bandidos!" La batahola se había calmado un poco en la calle. Lina alejóse hacia el puente para reunirse con su hermano Chimu y secretearle algo. Los otros se dispersaron durante un tiempo y, apartando sus bestias, daban la impresión que esperaban algo. "Por lo que veo, no están pensando en irse, me dije. Esperan algo. ¿Pero qué diablos estarán esperando?..." El sol subía lentamente por el cielo blanquecino y lejano, mientras la aldea se despertaba alegre, bañada en la luz pura de la mañana. Unos breves sonidos de campana se oyeron en la iglesia, seguidos de los bordonazos ruidosos y entrecortados de la toaca. Se llamaba a los fieles a la misa y algunos se encaminaban ya hacia la iglesia. Del otro lado del valle se escuchaban los gritos de una mujer, que discutía con alguien, quizás con una vecina. Al lado de mi casa, en la de Mila, la mujer de Sivu, lloraba un niño. Y en la de enfrente, la casa de Nicodim, el hijo de Doroapta, las puertas permanecían cerradas y el patio desierto. No se miraba más que al perro que la guardaba y que no quiso quedarse con los Tecan en Curatur. En casa de Ana Clement, la viuda, se miraba salir humo a través del techo, como los vapores que se alzan de la tierra después de la lluvia. Ana estaba en su casa y encendía el fuego en el vestíbulo de la entrada, cuidando de no mostrarse, para no arriesgar un encuentro con los Mentu. El viejo, mi padre, seguía sentado cerca del pozo, en una gran piedra. Maldecía y se removía, sin prisa, tranquilamente. Me maldecía por no haberlo dejado llevarse sus bienes. Por haberlo desalojado y obligado a buscar asilo en casa de los Mentu. Yo lo miraba desde lo alto de mis ladrillos, como a una basura. Sus palabrotas no alcanzaban a llegar donde yo estaba. Trataba de oír lo que decía Parasca. La pobrecita estaba llena de temor. Ella no estaba acostumbrada a estos percances de familia y me suplicaba que bajara de la escalera para que no nos vieran así. No sabía qué responderle, ni cómo apaciguarla. "¡Esperaré a que se vayan!, me decía. Después bajaré y la consolaré... Trataré de tranquilizarla." Lina había bajado de nuevo hasta el valle y la veía interpelando a los vecinos, aferrada a sus puertas. Llamó primero a Mila, la mujer de Sivu, y como allí nadie le respondiera, volvióse hacia la casa de Ana, la viuda de Clement, y empezó a decirle a gritos: —Y tú, ¿por qué te quedas allí encerrada? ¡Hija del diablo! ¡Ven a ver un poco a este menesteroso con quien te hartaste de nuestros huevos y nuestro tocino y nuestro vino! ¡Ven a ver a la otra que ha traído a su casa, para refocilarse con ella en los buenos ratos!... A ti te debe guardar para los malos... ¡Ven a verlo asentando su trasero en lo que no le pertenece! ¡Sobre nuestros ladrillos! ... ¡Oyes, arrastrada... hija de mala madre!... Parasca entró y cerró la puerta. Ana, la viuda, salió de su casa, corrió hasta la cochera y regresó a la calle, blandiendo un látigo. Se lanzó sobre mi cuñada y, sin pronunciar una sola palabra, empezó a descargarle latigazos en las piernas. Muda, fuera de sí, varias veces... hasta que Lina salió huyendo y chillando. —¡Socorro! ¡Socorro!... ¡La marimacho!... ¡La arrastrada! ... ¡La buscona!...

Sus gentes se le acercaron, con su madre a la cabeza. Ana había vuelto a su patio y echó el cerrojo a la puerta. Pero Lina seguía lamentándose y gritando. Se revolcaba en el polvo del camino y chillaba hasta desgañitarse. —¡Santo cielo! ¡En dónde vine a meterme... dónde me han traído...! ¡Ella, esta marimacho, esta perdida, se permite apalearme! ¡Y ustedes allí se quedan viendo como unos imbéciles!... Mientras Lina gritaba, la toaca de la iglesia seguía llamando, vibrando sus sones en la distancia infinita, como sin prisa. La toaca y la luz resplandeciente de esa mañana de sol, unidas a las lamentaciones que parecían saturar el aire primaveral y puro, todo como un inmenso rumor, temblaba y resonaba en mí como el rumor de las olas en una concha marina. Me sentía muy inquieto. Sabía que Parasca estaba allí, muy cerca mío, y eso aumentaba mi desasosiego. En un momento dado, pensé bajar el promontorio de ladrillos y entrar a la casa, para ver qué hacía. Tenía la impresión de escuchar sus sollozos ahogados. Puse un pie en la escalera, para descender, pero en ese mismo instante un ronco y largo clamor resonó en el fondo de la callejuela. —Hijita mía... mi criatura, exclamaba una voz de mujer. Mi pequeña Parasca... ¿Qué te has hecho?... ¿Dónde has ido a parar?... ¿Qué haces? ¡Ven, Parasca, sal de ahí dentro! Parasca, ¿no me oyes? ¡Santo Dios!, ¿qué has hecho? ¡Mis cabellos se han blanqueado y mi corazón está cada día más negro! Parasca, ¿no me escuchas?... ¡Sal de ahí y regresa a nuestra casa!... ¡No puedes quedarte aquí!... Lina y su madre y las demás gentes de la familia se acercaron y se echaron a reír a carcajadas, Anisca, la mujer de Bulacu, mi suegra, se detuvo bajo el muro donde yo estaba y se puso a injuriarme, a maldecirme, porque había deshonrado a su hija, la había raptado de sus campos para traerla aquí, a mi casa, sin su consentimiento. —¡Hombre de mal corazón... impío... pagano... la has traído aquí a este desierto, a esta miseria! No tienes con qué vestirla, ni con qué darle de comer... La has deshonrado... la has perdido... ¡Y ni siquiera te preocupas de mí, maldito! ¡Maldito! ¡Ojalá todos los rayos caigan sobre tu casa y que nada quede de ella!... La gente se agitaba de nuevo en la calle, mientras que en la casa se oían sollozos ahogados. Los hombres y las mujeres que iban hacia la iglesia se detenían en el camino, cuchicheaban entre ellos y se alejaban despacio, como con cierto temor. —¡Habría que calmarlos!, decían algunos... Dispersarlos ... —¡Por lo menos hoy... que es un día sagrado! —¡Ya lo creo, debíamos hacer eso! —¡Después de todo son gentes que vivieron antes como Dios manda! —¡Eran gente unida, solidaria como pocas! —¡Se diría que el mismo diablo se les ha metido dentro ahora!... —¡Qué encarnizamiento... qué odio! —¡Cómo pueden insultarse así!... Viendo que yo no respondía nada, Anisca, mi suegra, terminó por callar. Pero antes de alejarse me dijo todavía alguna maldición, prediciendo mi suerte y mi perdición..., y después siguió camino arriba por la calle, mezclando lamentaciones, plegarias y maldiciones. "Ahora, tal vez se van a dispersar, me dije..., éstos también se irán. Y cuando se hayan alejado, bajaré para tranquilizar y consolar a Parasca, para conversar con ella. Ella no tiene culpa de todo esto... la pobrecita... y debe estar tan apenada... Claro, yo debía haber..." Puse el pie en la escalera para descender y entrar a la casa, pero me detuve y volví a trepar rápidamente al montículo de ladrillos para ver y oír lo que sucedía en la calle. Una gran baraúnda se oía más lejos, hacia el lado de la casa de Cula Hapalestra. El señor Baduta, jefe de la gendarmería, con dos gendarmes, el señor Titus Colceriu Goazariu y mi hermano Simión bajaban por la calle, precedidos por Chimu. Caminaban en silencio, y Chimu llevaba

un aire arrogante. En ese momento Nica, la esposa de Indreiu, salió al umbral de la puerta y le gritó que regresara, pero él hizo como que no la oía. ¡Señor! Era poderoso Chimu Mentu. Seguía siendo alcalde y eso lo envalentonaba, sobre todo después que Indreiu Susan había sido transferido a la jefatura del departamento. Debió ser reemplazado por Mitru, pero éste, que debía tomar su puesto, se resistió. Mitru, con los estudios terminados, no quería oír hablar de la alcaldía, repitiendo, sin cesar, que no le pasaba por la mente ser colega de Ion Miclean y del señor Titus Goazariu, antiguo secretario de la misma alcaldía. Mitru cada día estaba más amargado, después de la gran desgracia que le dejó sin hogar y sin familia. En esa época vivía en casa de la tía Onitza, en Daianesti —yo fui quien lo llevó allí, para que tuviera un refugio—, trabajaba donde podía y algunas noches esperaba hasta tarde en la casa de Ana Clement, y no pocas veces en la taberna de la cooperativa. Pero no era hombre muy comunicativo, y cada vez que encontraba a Chimu Mentu, le advertía que evitara seguir jugando con fuego, pero Chimu se burlaba de él y decía, a quien quería oírle, que le faltaba un tornillo, y que al fin de cuentas eran las gentes de bien y respetables como él las llamadas a ocuparse de los negocios de la alcaldía. "Éstos son los que se llaman gentes respetables. Estos canallas... pensaba yo, mientras montaba guardia y los miraba llegarse hacia mí... éstos, que se burlan de las personas decentes... se hacen ayudar por la autoridad y por gente a sueldo... cuando rapté a Parasca de la boda, procedieron del mismo modo. Y ahora quieren repetir la hazaña. Se imaginan que todo les está permitido... Y ese Chimu Mentu... y el tal Titus Colceriu Goazariu, han entrado en el partido y no dejan de hablar, aturden con sus palabrerío, pero hacen lo que se les da la gana..." Seguía en el mismo lugar inmóvil, tenso, con todos mis músculos alerta, mientras ellos se acercaban. En previsión me armé de nuevo con un ladrillo, el más duro, y avancé, dispuesto a tirárselo a la cabeza. Pero ellos parecían no tomarme en cuenta. Chimu Mentu se detuvo junto al pozo, invitando a los otros a que se acercaran con sus carros. La calle estaba llena de gente, que se había detenido, hombres y mujeres que iban a la iglesia a rezar, a pedir algo al buen Dios: un pedazo de tierra o algún castigo para alguien, pariente o vecino. Alguno sugirió a la madre de Parasca que debía volver atrás y la vieja Anisca recomenzaba sus lamentos, mientras que de la casa me llegaban unos sollozos que yo conocía bien, los de Parasca. "¡Y ésta, me decía yo, me ha plantado aquí solo, y se encierra en la casa! ¡Lo extraño es que no se hubiera ido!... Como la otra vez, cuando la rapté de la boda... ¡Que el diablo se la lleve a ella y a la que la parió!..." —¡Vamos! ¡Apresúrense!..., gritó Chimu, para que lo oyeran todos. ¡No lo maltraten! ¡No le digan nada! ¡El señor Badutza está con nosotros! ¡Y toda la gente! ¡Tenemos todos los testigos que sean necesarios! ¡Vamos, acerquen los carros a la puerta y entren! ¡Y recojamos, entre tanto, estos ladrillos que son nuestros!... No respondí a las palabras de Chimu. Esperé que se acercaran, el viejo, Lina, la madre y otros parientes, y me puse a tirarles ladrillazos a la cabeza, al que le cayera, sin ver a quién. Esto los enfureció a todos. Gritaban y proferían injurias. El jefe de la gendarmería sacó su arma y dio orden a los dos soldados que me bajaran, me arrestaran y me llevaran al puesto de gendarmes rurales. —¡Santo Dios!, gritaba Lina, ¡Santo Dios! ¡Vean, buenas gentes! ¡Nos ha estropeado nuestros bueyes y deshecho todos nuestros ladrillos. El señor Titus Colceriu Goazariu trepó sobre un montículo de piedras y empezó a clamar él también. —¡Éste está loco!, gritaba, extendiendo el brazo, ¡to-to-to-totalmente loco! ¡No-no-no hay que to-to-tomarle en se-se-se-serio!...

Viendo que no me intimidaban ni él, ni sus gendarmes, se puso a injuriarme y amenazarme. —¡Ya verás quién soy yo, hijo de mala perra! ¡Te voy a llevar amarrado como una salchicha! ¡Te voy a enseñar a vivir! El jefe de la gendarmería, Titus Goazariu, y Chimu Mentu me mandaban a todos los diablos, sin cansarse de proferir amenazas y maldiciones. —¡Qué el fuego del infierno lo queme y lo devore! ¡Deshonró a mi pobre hija, este vagabundo, que le ha hecho perder la cabeza! La madre de Lina alentaba a Anisca Bulacu, chillando a coro con ella. —¡Tienes razón, Anisca! Desde que apareció este miserable, terminó la armonía en que vivía esta gente! ¡Dios es testigo de lo bien que se entendían! Y ahora están portándose como gitanos. No pueden ni siquiera disponer de lo que les pertenece, ni poner los pies por esta calle. Ya ves, Anisca, cómo se van a instalar aquí con todas estas amenazas. Lina, ¿dónde estás? ¡Vamos, vamos a la alcadía, a levantar un acta para dejar constancia de que se niega a dejarnos tomar lo que nos pertenece! ¡Ven con nosotros, Anisca!... Los otros escucharon a la vieja y empezaron a reunirse en lo alto de la calle, más allá de la casa de Ana Clement. Después se alejaron, cuchicheando y consultándose. Solté el ladrillo que me quedaba en la mano y miré con lástima todos los pedazos deshechos que se habían amontonado en la calle. Cerca del cerco se podían ver, como negros andrajos, la sangre que saltó de la cabeza del buey a quien alcanzó mi ladrillazo. No quedaban ni rastros del cuerno. "Se lo habrán llevado con ellos o lo tirarían por allí... el pobre buey, ¡cómo sacudía la cabeza!..." Mila, la mujer de Sivu, se acercó a buscar agua al pozo y me preguntó algo. Nada le contesté. Ni siquiera la miré. Sólo examiné por última vez la calle y, alcanzando con la punta del pie la escalera, bajé lentamente al patio. Me dejé caer sobre la paja húmeda de rocío. Lotru daba vueltas alrededor mío, con la lengua afuera, jadeante. Después se echó a mi lado, sobre la paja. En el interior de la casa, Parasca no paraba de rezongar. Le pedí que saliera al patio, pero ni siquiera se dignó contestarme. Viendo que no salía, fui a buscarla. —De modo que estás arrepentida, ¿no?, le reclamé con voz ruda... —Yo, me respondió ella, secándose los ojos, ¿arrepentida de qué? —¡De haber venido aquí! —¡Si fuera así, no hubiera venido, Lae! —¿Por qué lloras, entonces? ¿Por qué te escondes en la casa? —Eso es otra cosa, Lae, murmuró, y yo me dije en mi fuero interno: "pensaba consolarla y me he puesto a sermonearla..." —¿Cómo, otra cosa?, le pregunté, con una voz más tranquila, sentándome al lado del fogón. —No podría decírtelo, pero cuando los vi venir a todos, tuve asco y me entré aquí, descorazonada, para no ver ni oír a nadie... Pensé que era mejor que nos fuéramos... La tía Eleonora, de Curaturi, lo decía también... Y el tío Zaharia también pensaba que era mejor abandonar todo, ya que con ellos era imposible entendernos. Y él, precisamente... Me volví, encendí un cigarrillo y empecé de nuevo a gritarle, sin comprender bien lo que me empujaba a hacerlo. —¿Te acuerdas de lo que me decías de tu tío, cuando viniste a encontrarme en el campo? —Sí, me acuerdo, Lae. Te dije que él nos ayudaría, pero veo que me he equivocado. No sé qué le pasó a él y tampoco mi tía comprende por qué él no quiere mezclarse en nuestros asuntos. Dice que su tiempo pasó, que está viejo, y que no tiene fuerzas...

—Todos dicen una cosa, Parasca, pero piensan otra... De modo que si quieres que nos entendamos nosotros dos, no me hables más de irnos y cederles. No me iré de aquí, ni los dejaré entrar en mi casa. —No digo, ni diré que te vayas, Lae... Pero qué quieres, me pregunto si para nosotros no sería mejor irnos, para desajustarles sus enredos. Y eso no porque yo tenga miedo, aunque es difícil, si supieras qué difícil es, a veces me encolerizo, no comprendo qué es lo que quieren, no les basta haber llevado todo lo que había aquí, qué más quieren... y mi madre, arrancándose el pelo y lamentándose... parecía una chiflada. No traté de tranquilizar a Parasca. Dejé que desahogara su ira contra mis enemigos, que ahora eran también los suyos. Un poco más tarde, cuando la vi más calmada, salimos los dos al patio, arreglamos una especie de techo provisorio para el establo y cubrimos los ladrillos con los restos de paja que habían quedado cerca de la granja. Después seguí vigilante, a fin de evitar que los míos volvieran a llevarse lo que quedaba, los ladrillos y el resto. Finalmente, muy a pesar mío, tuve que ir con el arado más allá de Bulza. Le pedí a Alexandru Ghirau que me diera prestados los bueyes y partí bien temprano para que nadie se apercibiera. Todo fue inútil. Se entraron y en pleno día vinieron con una multitud de carros, cargaron los ladrillos y se los llevaron. Hicieron tres viajes, y en el cuarto echaron abajo los muros del establo. Acarrearon con todo lo que pudieron. En esa forma se burlaban de mí, me hacían rabiar y me demostraban que no me tenían miedo. "Ah, con que es así..., me dije, al ver lo que habían hecho..., ustedes no quieren dejarme en paz... se han pegado a mí como la brea... bueno... no importa... el que ría último reirá mejor... qué es lo que se han figurado... Santo Dios... ustedes no dejan en paz a la gente... se lanzan una y otra vez sobre ella, como lobos... tomando, robando lo que se les da la gana, sin miramientos... Me pasé así una semana, refunfuñando y maldiciendo. Un buen día vi a Simión que pasaba con su carreta por la calle. Iba a buscar pedregullo al río. Corté hacia el camino y lo detuve. Saltó de la carreta con el hacha en la mano. Parasca se apareció entonces, desunció a la vaca que se encontraba afuera y la hizo entrar al patio a latigazos. Yo llevé la carreta un poco más lejos, para que Simión no tuviera temor de acercarse. Y lo dejé irse. Simión se acercó, cogió el yugo y se marchó jadeando cuesta arriba, y resoplando cuando descendía. Era bastante. Les quedaban dos vacas, además de los terneros, y todo lo que se habían llevado de mi casa. Pero, a pesar de eso, era él quien más se quejaba y hablaba en todas partes de que me iba a acusar ante la justicia, y mil otras amenazas. Eso me obligaba a permanecer siempre alerta y vigilante, porque seguían persiguiéndome constantemente. El maíz que había plantado más allá de Bulza, lo carpí una y otra vez, pero no pude cosecharlo. Una noche me lo segaron de raíz hasta el último tallo. No supe quién. Una mujer que trabajaba en lo de Sandor, me dijo que había visto a alguien al claro de luna que con una hoz segaba mi maíz, y que corría de un extremo al otro del campo arrastrando su hoz. Al día siguiente el maíz apareció tumbado sobre la tierra, cortado de raíz. Pero no hubo caso de que me dijera quién lo hizo, para no sembrar más cizaña, me decía. Como si no hubiera ya bastante cizaña y las cosas no hubieran llegado al último extremo. Ya no tenía ni casa, ni bienes, ni nada. La vaca que les había quitado, la tenia encerrada en el patio, bajo la lluvia, amarrada a un poste. No estaba seguro de nada y no podía contar con nada. Cuando sembraba, nunca estaba seguro de poder cosechar. Alguien, nunca supe bien si fue Simión o Chimu, prendió fuego al trigo que sembré en un medio arpante que poseía cerca de Balatuci. Y lo hicieron de noche. Cuando, en la mañana, fui a buscar mi trigo, no encontré ni una espiga. Sólo había montoncitos de cenizas blanquecinas. El viento que soplaba las arrastraba como una nube sobre los rastrojos. Volví con las manos vacías, maldiciendo y furioso. Todo iba de mal en peor, aunque trabajaba sin descanso. Había perdido conciencia del tiempo, ya no sabía cuándo era sábado

ni domingo. Andaba por la aldea con una barba de varios días, con el garrote en la mano y Lotru pegado a mis talones. Hablaba solo. Cuando iba por los caminos, me sorprendía murmurando: "No, no es posible que les deje los terrenos que ocupo... Tampoco los dejaré acercarse a mi patio... Los voy a sorprender en alguna vuelta del camino a uno tras otro y les voy a enseñar cómo se pelea contra alguien... Truenos del infierno... ¿pero qué se figuran?" Vivía furioso y no cesaba de maldecir. El odio crecía en mi pecho y a veces tenía deseos de tomar la tierra sobre mis hombros y tirarla lejos para que ya nadie supiera nada de ella, ni del mundo de hormigas que araña su costra y se fatiga para poder vivir mejor en ese fugaz y efímero chispazo de tiempo que es la vida. Pero ellos, mi padre, Lina, Simión y los otros, no hacían caso de mis maldiciones y se ocupaban de sus trabajos. Empezaron a construir una nueva granja, sobre un terreno que pertenecía a Lina, en Laburi. Todo les era fácil. Tenían ladrillos, madera, todo lo necesario. Sólo yo no tenia nada. Sólo yo era perseguido, torturado. Las heridas que tenía en la cabeza habían curado, pero una de ellas se había puesto a supurar. Me había golpeado en ese mismo lugar, sobre la cicatriz, un día durante la primavera, y desde entonces todo había empeorado, al mismo tiempo que aquella vieja herida. La doctora de Balgrad, la misma que me había curado el día que mis padres se apalearon, me decía cada vez que iba a hacerme cambiar el vendaje, que debía internarme en un hospital. Pero nunca tenía tiempo para hacerlo. Sentía el olor del pus que espumaba en la herida y alrededor de ella, y en cualquier lugar que me encontraba, a cualquier parte donde fuera, sentía de nuevo en mi cerebro la mordedura de las malas hierbas que cubrían mi cabeza cuando pude incorporarme aquel día en el campo, cerca de Obreja. Me daba mucha pena ver sufrir a Parasca, y tenía la impresión de que la llevaba en peso sobre mis espaldas. La veía enflaquecer y consumirse como una vela. No decía nada. No se quejaba. No chistaba; se contenía en lo pasible, aunque le era muy difícil. Pero yo seguía su sufrimiento. De noche me quedaba horas enteras mirando el techo. Ella en sueños suspiraba, llamaba a su madre, me llamaba a mí, y a veces sollozaba suavemente. Nunca le hablé de aquellas noches. Me era imposible. Eran demasiado duras y negras. Durante el día las cosas, mal que bien, andaban. Pero las noches eran espantosas. De día trabajábamos los dos en la casa o bien en casa de Alexandru Ghirau, o en casa de Ion Carbune, o bien con mi padrino Avram Marmazau. Hablábamos y eso nos ayudaba a olvidar. A veces, cuando me veía muy triste, Parasca se acercaba a mí, y empezaba a contarme cómo sería nuestra casa, más tarde, cuando termináramos con todo esto. —El establo, me decía, lo construiremos en el mismo lugar donde ustedes tenían el suyo... lo construiremos un poco más grande, para que entren nuestros bueyes, porque los tendremos seguramente... y la casa la haremos más cerca de la calle, como las hacen ahora, y le pondremos grandes ventanas dobles, y adornaremos las vigas con estuco... en las ventanas pondremos flores y afuera haremos con una canasta una cuna para el bebé, y cuando vuelvas del trabajo en la tarde... En esos instantes en que Parasca desgranaba todos sus proyectos, una alegría áspera y amarga invadía mi corazón. La escuchaba un rato y luego le murmuraba alguna broma, para calmarla. A mi risa seca, Parasca respondía después de callar, reía también, pero sentía que en nuestras risas se deslizaba un crujido sordo, como la arena aplastada por ruedas pesadas. No estábamos casados por la ley y pasábamos como unos descreídos a los ojos de las gentes de la aldea. El pope Ilarie Zaborina aludió a nosotros en un sermón frente al altar. Por otra parte, la madre de Parasca no terminaba con sus maldiciones, sus sortilegios, sus ensalmos. La vieja se mostraba cada vez más furiosa. Los de Sighis habían renunciado a la boda. El imbécil de pie plano y pata de oso había abandonado la partida. Se dio la sentencia, el casamiento fue disuelto y Parasca quedó libre. Hubiéramos podido casarnos, pero el pope Ilarie Zaborina no

quiso hacerlo. Y el secretario de la alcaldía, el señor Titus Goazariu, no quiso recibir nuestras actas. Nos dijo que debíamos esperar. Nosotros esperábamos, arrastrando nuestra miseria. Vivíamos al día como los bohemios, hambrientos y aplastados por las privaciones. Una tarde, cuando yo volvía del trabajo, Parasca vino a mi encuentro. Estaba llorosa y furiosa. Había encontrado a Lina en la aldea y le dio gran trabajo desprenderse de ella y de todas las suciedades que le espetaba. Trató de responderle, pero ella no poseía ese lenguaje. Cuando hallaba una verdad que decirle, Lina le había lanzado diez insultos en fila. —¡Ramera!, gritaba mi cuñada, ¡que el fuego te devore!... ¡Que todos los diablos te tengan sobre su parrilla! !Te haces la mosca muerta y estás dispuesta a todas las infamias para robarnos nuestros bienes y servírtelos como en un plato! ¡Arrastrada, desvergonzada, porquería, especie de mosca muerta, ya verás!... ¡La vas a ver dura en esa hondonada donde vivieron los Cordovanos!... ¡Vas a vivir sobre la paja, infeliz!... Parasca quiso seguir su camino, pero le fue imposible. Lina se pegó a su paso, vociferando y señalándola con el dedo. —Parecía poseída por el diablo, Lae, decía Parasca jadeante, había que oírla, gritaba, insultaba, se tiraba la ropa y se golpeaba con los puños como una loca. Me gritaba que nos iba a hacer echar de la aldea a los dos y bien pronto... Pero ¿qué es lo que les pasa? ¿Qué es lo que quieren, por fin? ¿Qué es lo que se propone esta zorra de Lina... vernos reventar... pensé que si me callaba todo acabaría, pero fue peor, me engañé... maldito sea... hasta la gente dice que nunca ha visto nada semejante... tal vez hubo antes querellas y riñas, por la tierra, por la fortuna... maldita sea... pero nunca hasta ese punto... jamás... La verdad es que yo me pregunto siempre si no sería mejor... "No, yo no debí mezclarla en este avispero", me digo de nuevo con pena y con cólera, "debí haberle evitado todo esto, no mezclarla; no es culpa suya todo este asunto..." Pero en seguida me arrepentí, pensando para mí como alucinado... "Y yo, ¿cuál es mi falta, cuál es mi pecado y contra quién?... ¿Por qué he de vivir siempre en guardia, con la cabeza en llamas... ¿Por qué debo llevar en mi cabeza estos cardos?... ¿Y por qué, al fin de cuentas, ella no ha de compartir mi suerte?..." No encontraba respuesta a mis preguntas ni a las de Parasca. Pero no teníamos tiempo para detenernos en eso en aquella época. Tenía tantas preocupaciones. Cuidarme y defenderme siempre. Me era imposible dar un paso, uno solo, sin encontrarme con mi gente, con la familia de Simión, con la de Mentu. A ellos todo les era más fácil, porque eran numerosos y poderosos en la aldea. Chimu Mentu continuaba siendo alcalde, a pesar de todas las murmuraciones y Simión era agente agrícola y arreglaba como se le daba la gana los planes de cultivo y las entregas obligatorias. —No importa, Lae, me dijo un día Nica Indreiu, cuando nos encontramos junto al pozo y le conté cómo iban las cosas. No te preocupes, esto va a terminar pronto. Déjalos que se agiten, que desparramen todos sus chismes... Nosotros nunca tendremos miedo de ellos... No te digo más que eso... Nica me contó todo lo que su marido había hecho para hacer revocar a Chimu Mentu. —Debe haber alguien en la prefectura, Lae, me dijo ella, y además no había aquí ninguna persona a quien poner en su lugar. Por nada del mundo quiso aceptar Mitru. A Gligor no se le podía nombrar, porque tiene su servicio y no hubiera tenido tiempo de ocuparse de los asuntos de la alcaldía. Entonces ¿a quién?... ¿A Ion Miclean o a Alexandru Ghirau? Claro que ellos hubieran querido. Pero eso es harina de otro costal, como diría Indreiu... Pero ahora la cosa marcha. ¡Mitru ha aceptado! Quién sabe por qué no quiso aceptar antes. Siempre se mantenía apartado, desde que se quedó solo. No quería saber nada de nada. Ni siquiera a Indreiu escuchó. Sólo hablaba y se dejaba guiar por Secuiu. Se pasaba el tiempo maldiciendo. Pero ahora bruscamente cambió. Dice que pondrá orden en la aldea. Pero los ricachones y los

orgullosos, que explotaron a la gente durante años, lo toman a broma y se burlan de él: "Oyen eso, el hijo de muerto de hambre quiere ser alcalde de la aldea"... Los ricos y los orgullosos, como Iionu Carbune e Ironim, cuando se dieron cuenta que era imposible mantener a Chimu en su puesto, habrían preferido nombrar a Alexandru Ghirau, que también es miembro del partido, como Mitru y los otros, después de la fusión a que se llegó en este invierno. Indudablemente que Alexandru es un hombre limpio y no se ha comprometido en cosas turbias ni durante la reforma, ni después. Pero Indreiu Susan, el herrero, no quiso oír hablar de Alexandru. "Este tipo se nos va a escurrir entre los dedos como una anguila, dijo, no, no, éste no puede ser... O nombramos a Mitru Ispas, o bien a Gligor Habetiug... Se ha dicho que el que reciba la alcaldía, así lo han dicho en la prefectura, debía tener prestigio en toda la aldea, para que así pudiera cumplir su misión, y por este prestigio Chimu Mentu ha sido mantenido en la jefatura y no por ser más inteligente que Mitru. En cuanto a honestidad, ¡no hay comparación! —Después de todas estas discusiones, siguió diciendo Nica Indreiu, con la voz alegre, igual que si el acento de su hablar tuviera parte en el triunfo, todos se pusieron de acuerdo para nombrar a Mitru, el hijo de "Muerto de Hambre". Eso también resultó como nosotros queríamos, nosotros... como tenía que ser, en buena ley, y todo será ahora así en adelante... Les ha sonado su hora a esos ricachos, a esos canallas, a esos aprovechadores, a esos bandidos... "Tal vez, pensaba yo en mis adentros, tal vez sea así, pero eso no mejorará mi situación... Suceda lo que suceda, soy yo el que debe poner orden en sus cosas, nadie vendrá nunca a tomarnos de la mano para darnos el lugar que nos corresponde y ofrecernos de comer y de beber... hay que menearse para conseguir lo que nos pertenece. ¡Esa es la única ley!... Que hayan sacado a Chimu es algo mejor, porque eso les hará bajar un poco la cabeza a los míos... ¡malditos sean!, y tal vez también yo pueda vivir con más calma y tranquilidad"... Llené los baldes de agua y cambié de tema, preguntándole cómo andaba. —Bien, Lae, me contestó, no me puedo quejar. Sobre todo después que Indreiu ha vuelto, estoy más tranquila. A veces temo por él. Sobre todo cuando se va a trabajar a la ciudad... Aparte de eso, qué te puedo decir, ya tú lo ves. Nica calló, enrojeciendo ligeramente. Estaba en su sexto u octavo mes de embarazo y esperaba pacientemente el parto. Se intimidaba porque la gente de nuestra calle, las mujeres sobre todo, le gastaban bromas. "Se ve bien que tu marido volvió, ¿verdad, Nica?", decían. Nica no se molestaba. Se contentaba con sonreír y seguía su trabajo. Ella se ocupaba de Indreiu y de sus hijos, de los que había tenido y de los que iban llegando ahora, uno tras otro. Por eso mismo le gastaban bromas. A los cuatro que había tenido antes de la guerra, se agregaban cuatro otros que vinieron después, con un año de intervalo. Los primeros más fuertes y desarrollados. Los últimos más pequeños. "Trabajan por grupos; éstos —decían las mujeres—, el primer grupo, de antes de la guerra; el segundo, el de la nueva época. Este Indreiu sabe lo que hace..." Indreiu no se molestaba con estas comidillas. Él se ocupaba de su casa y de la buena marcha de los asuntos de la alcaldía. "Estos dos sí que tienen una vida, me dije cuando Nica se alejó con los baldes llenos. Han vivido siempre en buena armonía, se han sostenido uno al otro, y no han querido echar mano de lo que no les pertenecía... y ella lo esperó como a un dios... cuando regresó estuvo a su lado siempre, sin quejarse, sin vacilaciones, y ahora, continúan igual..." Regresé a mi casa apurado, como si se me hubiera olvidado algo muy importante. —No, no es posible que no salgamos adelante, Parasca, le dije en seguida que entré al vestíbulo. ¡Absolutamente imposible! A condición de que seamos fuertes y estemos unidos uno al lado del otro, como algunos han vivido...

Intenté contarle algo sobre Nica e Indreiu, para alentarla y apaciguarla, pero ella no me escuchó. Eché en una vasija el cuchillo y la papa que estaba pelando, se acercó a soplar el fuego, para impedir que humeara. Yo coloqué la marmita cerca del fuego y me senté en el umbral, para que el humo no me diera en los ojos. —Ya me doy cuenta que algo te trabaja por dentro, dije a Parasca, más bien por dar salida a mi idea. ¡Seguramente que te arrepientes de algo, y te preguntas si has elegido bien...! Parasca se volvió hacia mí con los ojos inflamados por el humo y la cólera. —A mí no me trabaja nada, Lae, pero mírame un poco, estoy vestida con harapos, como una bohemia... —Precisamente, dije yo con una voz ahogada, si te hubieras ido a otra parte, con el otro que tiene mejor situación... Ella se quedó cortada un instante, mientras en mi interior continué mascullando mis ideas. "No he debido decirle nada. Después de todo no es culpa suya." —Si hubiera querido ir a donde tú piensas, Lae, dijo más suavemente, con una voz lejana, hubiera ido... —No es demasiado tarde, ya lo sabes... volví a contestar por agredirla. ¡Ese buen mozo de Sighis habría estado muy contento! Parasca vino a sentarse a mi lado, en el umbral de la puerta. —Ya veo que tienes ganas de pelear hoy, me dijo ella poco después, con reproche, pero sin ningún temor en la voz. Yo te hablo de una cosa y tú me sueltas una cantidad de tonterías, me hablas de este majadero con patas de oro y de qué sé yo cuántas cosas más. Tú me tienes rencor, quieres descargar tu rabia en mí. La otra vez también. Cuando ellos atacaron aquí, hiciste la misma cosa, descargaste tu cólera sobre mí, te pusiste a vociferar. No sé por qué lo has hecho, porque yo cuando vine aquí me decidí con todo mi corazón y para siempre. Debías haber comprendido eso tú mismo. —Sí, lo comprendí, le dije, sin mirarla a los ojos... —Entonces, ¿a qué vienen todas estas tonterías? En lugar de hablarme suavemente, se diría que tratas de amargarme más. Creí que eso había terminado, pero estás irritado y furioso contra todo el mundo, no solamente contra los tuyos... "No debía haberle hablado así, me dije, tranquilizado y a la vez disgustado contra mí mismo. Está aquí conmigo, y no por un día o dos... Y yo me pongo a mortificarla como un idiota..." —Aun de noche cuando duermes, cuando sueñas, sigues maldiciendo e injuriando, me dijo ella, con más reproche en la voz. Te juro que me has dado miedo algunas veces. Ahora, por ejemplo, te alteraste sin razón... —¿Cómo sin razón?... Traía una idea en la cabeza cuando llegué. Quería decirte que debíamos vivir toda nuestra vida como vivieron y continúan viviendo Indreiu y Nica, y tú me hablas de trapos y me dices que estás vestida como una bohemia... —Al diablo todos estos trapos, dijo ella, aplacada y tranquila. No te molestes más. Ve a acostarte un rato, mientras acabo de preparar la comida. ¡Oh, Lae, Lae, qué gran loco eres!" "A pesar de todo, ella no está todavía tranquila, me dije, después de echarme sobre la cama. Sólo lo aparenta para que no nos peleemos... Aunque tal vez ella quedó más contenta cuando le hablé de Indreiu y de Nica... no... no creo... está inquieta desde que han vuelto a empezar todas estas riñas. ¡Maldito sea!"... Me quedé así hasta el momento en que sentí que ella se acercaba al lecho e hice como que dormía... Sonreí en mis adentros cuando sentí que sus labios se posaban sobre mis ojos, pero me quedé inmóvil hasta que ella me sacudió varias veces; entonces me levanté y me senté a la mesa, sobre el umbral, en el vestíbulo... "Tal vez sería bueno que fuera a buscar a Mitru... ahora que es alcalde podría darme una mano, darme un certificado, citar a mis gentes a la alcaldía y hacerles saber que de ahora en adelante..." La idea me pareció buena. Me levanté en seguida para dirigirme a la aldea ... Le

dije a Parasca que iba a buscar un carro para transportar el heno de la costa del lago, al atardecer o bien durante la noche, porque de día era difícil encontrar carros y bestias, toda la gente estaba en pleno trabajo y los necesitaba... "Por otra parte es lo que voy a hacer, me dije, no bien salí al patio, pero antes voy a hablar con Mitru..." Me encaminé hacia Daianesti, con paso apresurado y confiado, seguro que con la idea de acudir a Mitru acabarían los líos con mi gente. "Es imposible que eso no se haga, casi pronuncié las palabras, si Mitru quiere, bastará que me dé un empujoncito..." —¡Salud, viejo!, me dijo Mitru alegremente cuando me vio. Ven, que te quiero decir algo. —Ya sé lo que me vas a decir, le repliqué, siguiéndole. —¿Qué es lo que sabes?, me preguntó Mitru, cuando entramos en la habitación del frente, que daba sobre la calle, donde vivía. Le dije que había oído contar que lo iban a hacer alcalde en lugar de Chimu Mentu, pero en vez de alegrarse, vi que fruncía el entrecejo. La tía Onitza apareció entonces, con una botella de aguardiente. —Lae, me dijo, dile que no se vaya de aquí, que se quede aquí, porque este descabellado quiere pasarse a vivir a la alcaldía, en una celda, lo que nadie en el mundo haría. Porque ha sido nombrado alcalde, ya no cabe en sí de gozo, este tonto... No hace más que hablar de lo que va a hacer, y decir cómo va a trabajar... esas son cosas suyas, yo no tengo nada en contra, pero querría que se quedara aquí, porque me he habituado a su compañía como si fuera mi hijo... Te juro que tengo la impresión de que es como de mi familia... —Bien, tía Onitza, se lo diré, para que ya no la fastidie más...

AUREL MIHALE Una lágrima (Relato de un comandante de batallón)
Ese día de que les hablo era aún de noche, cuando ocupamos las posiciones de otro batallón que había sido diezmado. No quedó alma viva que me pudiera entregar el sector: oficiales y suboficiales, todos habían caído, del primero al último. Los pocos hombres que quedaron bajo las órdenes de un puñado de sargentos y de cabos, estaban de tal manera aterrorizados que hubo que evacuarlos a la retaguardia. Esa lluvia de llamas y de hierro desencadenada por los alemanes, que en vano trataron aquéllos de atravesar, los había casi enloquecido. Era apenas el alba cuando hice avanzar, una a una, las compañías al borde de la floresta hacía ese claro del bosque. Al amanecer debíamos levantarnos para el ataque, pero los alemanes en las casamatas husmearon nuestra presencia y su fuego crepitaba por ráfagas, diezmando los rangos de aquellos que, no pudiendo soportar más la humedad y el barro de su agujero, se ponían de rodillas. Así esperamos que se levantara el día, de mal humor, sintiendo crecer en nosotros una irritación amarga y pesada. La oscuridad persistía todavía bajo las frondas glaciales de la floresta, cuando nos lanzamos al asalto. Los soldados eran presa de una agitación salvaje, cercana a la desesperación y la demencia. Desde el primer ataque fueron mucho más numerosos los que caían mordiendo el suelo, escupiendo tierra y sangre mezcladas. Después nos lanzamos de nuevo, cada vez más encarnizadamente, en filas más apretadas, martillando, golpeando al enemigo. Pero cada oleada se perdía apenas unos pasos más adelante, diezmada por el fuego empecinado de las ametralladoras alemanas, o destruida por las explosiones de las minas... Traté de lanzar asaltos más seguidos, para ganar siete u ocho brazadas por compañía, y de esa manera empujar a los primeros rangos lo más cerca posible de las alambradas. Pero no hubo caso. Las compañías se entremezclaban y todas sobre una misma línea se detenían en una confusión de cuerpos destrozados. Sólo cuando el tiroteo de los alemanes cesó pude darme cuenta del sobresalto de los sobrevivientes. Los hombres se arrastraban por el barro y la nieve derretida, como espectros negros, buscando un agujero más profundo, más protegido de las balas, o febrilmente se ponían a cavar alguno. Durante todo este tiempo yo perdí el contacto con la artillería y volví a desencadenar el estruendo de nuestro bombardeo. En algunos instantes, éste dominó de nuevo las casamatas y las alambradas, sacudiendo la tierra con espantosas convulsiones. Cuando el bombardeo terminó, lancé una vez más la compañía al ataque, pero una vez más fueron diezmados. Al llegar la tarde, después de un día entero de ataques ininterrumpidos, estábamos más o menos a unos doscientos metros de las casamatas alemanas, en una tronera desbordante de cañones y ametralladoras. También nosotros nos quedamos detenidos, como el anterior batallón que nos había precedido en este ataque, justo al borde del terreno minado. Frente a nosotros, en las alambradas, hasta las casamatas dispuestas como ajedrez, se extendía realmente la ribera de la muerte. "Estoy haciendo una verdadera carnicería con mis hombres, para nada...", me dije, y di orden de detener el ataque. Era evidente que no podíamos llegar a las casamatas en esta forma. A la caída de la tarde pedí a la artillería que bombardeara con intensidad la línea de casamatas, y replegué mis compañías agotadas al abrigo del bosque. En ese momento, la calma siniestra de aquella noche asolada por el viento y la nieve derretida, cuando una oscuridad de sepulcro bañó como un agua negra la floresta y los frentes de batalla, solamente

entonces estallaron los lamentos de dolor en nuestras filas. Decenas de muertos y de heridos quedaron tendidos a la vera del campo minado. Los gemidos de los heridos, incapaces de tener paciencia hasta la vuelta de los camilleros, comunicaban a las profundidades del bosque un escalofrío siniestro. Pasé entre los soldados dispersados bajo los árboles, con los ojos fijos en el suelo. Mi dolor no tenía limites. No sólo estaban agotados, sus corazones estaban destrozados, aplastados todos bajo un silencio de plomo. La mayoría yacían sentados bajo los árboles, apoyados contra los troncos, en una espera muda, temerosa. A veces, algunos de ellos pasaban de un grupo a otro con un cigarrillo oculto en el hueco de la mano, o un grueso paquete de tabaco salvado de la humedad. Otros permanecían acurrucados bajo los toldos sostenidos por las bayonetas, para protegerse del viento y de la nieve. Se desentumecían y secaban al calor de sus cuerpos y de sus alientos. Levantando las telas de las carpas, se miraba a la luz de sus cigarrillos el vapor que salía de sus capotes calentados con sus propios cuerpos. Yo callaba, sabiendo que había que dejar pasar un cierto tiempo antes que esos hombres se convencieran que habían escapado realmente a ese infierno. Hubiera querido decirles alguna palabra, alguna frase de aliento o de consuelo, pero no encontré nada que pudiera calmar su estado. Ellos mismos evitaban hablar, y abatidos buscaban la calma y la soledad del bosque. Entristecido me dirigí hacia una cañada, donde se había reunido a los heridos. La noche anterior, antes de abrir fuego, tuve una viva discusión con el teniente de reserva Manolache, que justamente esa tarde cayó a la cabeza de su compañía. Era un buen oficial y yo lamenté mucho separarme de él con una discusión. Lo encontré tendido en una camilla, esperando el regreso de las carretas que transportaban los heridos hasta las ambulancias. Me arrodillé junto a él y le pasé la palma de mi mano húmeda por su frente que ardía con la fiebre de los heridos. De inmediato abrió los ojos, me reconoció, quiso levantar su mano hasta la mía. Estaba contento de que hubiera venido a verlo. Sin embargo, aun en ese momento, hizo alusión a nuestra discusión de aquella mañana. —Usted debe reconocer que yo tenía razón..., murmuró con la voz entrecortada... usted es oficial de carrera y sabe muy bien que no se puede atacar así una línea fortificada. Yo le dije que nuestra situación es muy difícil... nuestro ejército está extenuado después de todos estos años de guerra inútil y del otro lado, al Este... A pesar de mi defensa, se acodó sobre la camilla y se puso a balbucear de nuevo, tosiendo y esforzándose: —Sin embargo, este ejército agotado ha encontrado la fuerza de sublevarse y de volver armas contra los alemanes. Tuvo el coraje de empezar una nueva guerra, de batirse en Transilvania, en Budapest, en la Tatra y continuará batiéndose hasta que Hitler sea vencido... de esto estoy seguro... ¿Y dónde hemos encontrado esta fuerza?... dejó escapar un gemido... Usted sabe dónde... en nuestro amor del suelo patrio y de la libertad... Son grandes palabras, ya lo sé, y temo pronunciarlas ahora, porque ya han sido arrastradas en el barro, tan manchadas... pero hoy los que antes las usaron han perdido su fuerza... ¡Ah!, gimió, tal vez llegue a salvarme... entonces le mostraré al Estado Mayor y a esos señores que... Sus palabras quedaron ahogadas por un acceso de tos... "¡Qué niño eres, pensé, acariciándole la frente... qué podrás lograr tú... acaso nadie puede remediar esta situación... Sí, él tiene razón... hacemos la guerra y nuestra retaguardia está torpedeada por aquellos que no la quieren, pero el ejército es el ejército, y suceda lo que suceda, hay que combatir..." —Estamos hambrientos y en harapos, prosiguió dolorosamente Manolache... el armamento es un disparate, envejecido y usado, ha sido utilizado antes por decenas de otras gentes que han caído... faltan las municiones... los cañones y las granadas envían tres o cuatro proyectiles por la mañana y después callan... nosotros mismos no tenemos bastantes cartuchos... estoy seguro que usted no ha olvidado cómo en la cota 1080 atacamos a la

bayoneta para apropiarnos solamente de los cartuchos de los alemanes..., me dijo en un soplo, apoyándose de nuevo sobre los codos... Un nuevo acceso de tos lo sofocó, sacudiendo toda la camilla; yo hice que se recostara, posando mis manos sobre sus hombros, para que callara, pero sacudiendo la cabeza con empecinamiento, se levantó una vez más. —¡Es un crimen hacer la guerra así, murmuró perturbado, y menos con los alemanes! Ellos nos barren en el camino de las casamatas... se lanzan sobre nosotros con sus "tigres" o "panteras", que sacuden la tierra... son capaces de tirar con una ametralladora o con un cañón contra un solo hombre... allá en la costa 1080 tenían por cada uno de nosotros un faustpatrone... y nosotros nos penamos con chopos herrumbrados y los carros recubiertos de esteras a guisa de prelat, en el pecho descubierto de nuestros soldados reposan nuestras esperanzas... —¡Y aún así los vencemos!... —Vencemos..., repitió con voz ahogada, pero clara, los vencemos y los venceremos hasta el final... ¡pero al precio de qué sacrificios! Los camilleros se inclinaron y lo levantaron. Yo le acompañé algunos pasos, estrechando calurosamente la mano del teniente. Después quedé con la mirada fija detrás de él, la espalda inclinada, aplastado por el silencio glacial que reinaba en el bosque. Mis pasos me llevaron inconscientemente al P. C. del regimiento. Fue allí, en el momento de penetrar en el refugio, que vi que mi agente de enlace no se me había separado ni un paso. Penetré allí con el mentón sobre el pecho, como si llevara sobre mis hombros todo el silencio y la oscuridad que reinaba afuera. El comandante del regimiento, hombre alto y delgado, de cara huesuda y ojos brillantes, hundidos en las órbitas, con aspecto enfermizo, me miró en silencio y me cedió lugar sobre el banco en que estaba sentado. Al darse cuenta del peso inconmensurable de mi tristeza, me dejó en paz. Pero llamó a su ordenanza y le pidió dos tés, bien cargados de ron. Después se encogió más, bajo su capote de tela gruesa y continuó hojeando los papeles. Pronto nos trajeron el té y el ron. Al beberlo entré en calor, tanto que tuve la impresión que la sangre me quemaba las venas. —Entonces, ¿no podemos más?, me interrogó el coronel desconcertado. —Sí, no podemos más, mi coronel, respondí con voz inexpresiva, pero firme. No podemos permitirnos volver a empezar... Si usted da la orden, atacaremos. Yo iré solo si es preciso... Pero todo será en vano... no podremos llegar a las casamatas... El coronel se levantó y se puso a caminar de un lado a otro del refugio, estrecho como una caja, silencioso, con paso lento y mesurado, el capote sobre las espaldas. —Yo le comprendo..., murmuró, pero no nos queda otro camino... es preciso hacerlo... —Sí, hay que hacerlo..., bulbuceé impotente, pero debemos intentar algo... cambiar el plan de la maniobra ... pedir refuerzo... tropas especiales... —¿A quién?, me dijo, deteniéndose y volviéndose hacia mí, como espantado de mi ignorancia... ¿A quién pedirlo y dónde?... Comprendí que al final de cuentas éramos nosotros los que debíamos perforar esas líneas de comunicaciones. Pero cuando iba a retirarme, él me detuvo y gritó al telefonista que llamara al comandante de la compañía de pioneros... —Tratemos de formar un pelotón de ataque, dijo develándome su pensamiento. Y de nuevo nos quedamos callados los dos. Sentí que el coronel también dudaba del buen éxito de esta nueva tentativa, pero que en su fuero interno no lo quería confesar. El comandante de la compañía de pioneros, joven subteniente, de cutis lechoso y aterciopelado, como el de una jovencita, probablemente de la última promoción de oficiales, bajó rápidamente la escalera del refugio, pasó la tela que servía de cortina a la entrada, hizo el saludo militar. —¿Los efectos de la compañía?, preguntó el coronel.

—Un oficial, dos suboficiales y veintinueve soldados, respondió el subteniente, también muy lacónico. —¡Hum!, exclamó el coronel, con la voz colérica e impotente ... Vea cuáles son nuestros efectivos de guerra... No nos queda otro camino, gruñó como excusándose. Es aquí que la línea de fortificaciones debe ser perforada. ¡Forme un pelotón de choque de quince hombres, bajo las órdenes de un suboficial, y póngalo a disposición del comandante... esta misma noche! Regresé al bosque, a mi batallón, todavía más perturbado. Temía que este nuevo sacrificio fuera igualmente inútil. Iba inconsciente, caminando de frente en el barro y en los charcos, deslizándome a veces, con la cara arañada por la llovizna y el soplo glacial del viento. En lo alto un silencio de muerte, que con el viento se hacía más espantoso, y el bosque que gruñía sordamente, hundido en las tinieblas de esa noche infernal. En un momento dado mi agente de enlace tuvo que detenerme y mostrarme el camino que serpenteaba entre las frondas, porque me había extraviado a través del bosque y me encaminaba hacia el sitio en que se encontraban los alemanes. "¿Qué hacer con ese pelotón de choque?", pensé. "¿Qué es un pelotón de choque?... Un puñado de hombres que tratan al precio de su vida de forzar al enemigo, en un relámpago, en un lugar determinado, para abrir una brecha a las unidades que vienen detrás... ¿Y cuáles son las ventajas? Que caen menos hombres... Con pérdidas insignificantes se puede a veces ganar una batalla muy dura... Y veamos, por ejemplo, en lugar de los doscientos muertos y heridos que hemos dejado frente a esos fortines, apenas hubiéramos perdido veinte hombres... ¿La desventaja?... Esos hombres están destinados a la muerte, a una muerte segura... puede suceder también que sus tentativas fracasen y entonces se pierde diez veces seguidas veinte hombres y el resultado es el mismo..." Afuera, la lluvia dejaba filtrar un murmullo ahogado dentro de las ramajes del refugio. El viento llevaba a lo lejos el lamento del bosque, como un sombrío presagio de muerte. "Tiene razón Manolache,.., esta guerra es la guerra de los que quieren salvarse a todo precio de los alemanes y que en su país las cosas vayan de otra manera de lo que han ido hasta ahora... Los otros, los oficiales simpatizantes con los alemanes, politiqueros de Bucarest, no han querido y no quieren esta guerra. Por ejemplo, nuestro coronel, delante del cual podría uno arrodillarse como ante el icono de la conciencia, que está aquí vomitando sus pulmones, mientras que millares de oficiales hormiguean emboscados en la retaguardia, llenando hojas de papel..." Yo me dormí así, roto de fatiga, asaltado por diversos pensamientos... Cuando me desperté, alguien desde afuera me llamaba, murmurando en voz baja. —Déjelo descansar..., dijo la voz de mi agente, apenas se acaba de dormir... Oí las objeciones de los otros soldados agrupados junto al refugio de ramas del telefonista. —Déjenlo descansar, gruñó uno de ellos, inquieto..., nosotros ya estamos habituados a la lluvia, al barro, esta es nuestra vida... pero él... —Se ha dormido con el estómago vacío, profirió la voz de mi agente. Ese cuchicheo hizo subir hasta mi corazón perturbado un flujo de sangre caliente. ¿Y por qué ocultarlo? Mis ojos se llenaron de lágrimas... Tendí el brazo hacia el telefonista, que yo sabía que estaba totalmente extenuado, allí a mi lado, pero no pude alcanzar ni a él ni al teléfono... "Salió para dejarme dormir solo", supuse... y una vez más me convencí de la bondad sin límites de mis soldados, de la profundidad y la pureza de sus corazones honestos. Allá en el frente comprendí sus inocentes errores de anteguerra y mi corazón quedó ligado para siempre a la suerte de ellos... Me mantuve en este abrigo de ramajes, con los ojos abiertos en la oscuridad. Me sentía bastante bien en este camastro, bajo las mantas. En el vapor cálido que salía de mis ropas

húmedas me dejé adormilar... pero la discusión que venía de afuera me hizo comprender que los pioneros habían llegado y que era su propio comandante en persona el que me reclamaba. Iba a levantarme cuando sus palabras me clavaron en mi sitio, alargado, con los oídos atentos. —Claro... ahora sí..., dijo con sorna un soldado, con ustedes quince que han llegado, seguramente que vamos a derrotar a los "boches"... —¡No!, objetó uno de los pioneros, nosotros no vamos a batirnos, vamos simplemente a abrir una brecha, para que ustedes puedan pasar del otro lado de las casamatas ... —¡Ah, ah!..., afirmó el otro, ya lo comprendo, ustedes se van a contentar con hacer saltar las casamatas, eso es todo... ¡había que decirlo, viejo!... Un estallido de risa ahogada en el hueco de las manos me llegó del otro lado del refugio. Después de dar unas vueltas en mi cama, para desentumecerme, oí a los soldados que decían: —¡Tal vez ustedes están en connivencia con los alemanes para que los dejen pasar!... Y cuando hayan forzado las casamatas no se olviden de hacernos una seña con la mano... ¡Eh, ustedes, compañeros! ¡Vengan también, que los esperamos! De nuevo percibí la risa amarga de los soldados. —Dime, exclamó uno de ellos, ¿qué piensas, crees que tendrán la fuerza necesaria? Los pioneros no contestaron nada. La risa de los soldados se perdió arrastrada por el viento que soplaba a través de los ramajes... "Los soldados también se dan cuenta de la inutilidad de esta tentativa...", pensé yo inquieto. Pero sabía que los pioneros hacen a veces verdaderos milagros. El silencio fue pasajero. —¿Qué traen ustedes allí?, preguntó uno de ellos. —Tolite... —¿Qué hacen con ella? —¡Se las damos a comer a los fortines!, bromeó un pionero. —Véanme eso, dijo otro soldado, simulando gran asombro, ¿y les gusta? —Les encanta... comen hasta reventar... —Pero ¿quién los conducirá hasta ellos? —¿Quién?... nosotros... —¿A pie?... —No, arrastrándonos sobre el vientre... La risa de los soldados se oyó más fuerte. Unos gritaban que mejor sería no gastar la "tolite" en las casamatas, sino más bien untarles el ombligo para hacerles cosquillas y tal vez reventar de risa a los alemanes... Otros, que mejor sería ir bajo tierra y surgir de pronto frente a los "boches", para darles un susto... Otros se incorporaron en sus huecos: "Creímos que éstos habían venido para enseñarnos a hacer bien las cosas..." Uno de ellos, fastidiado, les dijo: —Eh, decidme un poco, viejo, ¿ustedes saben con qué se mascan esas casamatas? —Sí, lo sabemos, respondió con calma uno de los pioneros. —Con sangre... —No, nosotros no las mascamos con sangre... no nos gusta eso... las mascamos con humo y con pólvora... Yo fui presa también de una risa convulsiva bajo las mantas. El buen humor de los soldados había espantado mis pensamientos sombríos y me había devuelto la tranquilidad. Así fue como pude verdaderamente dormirme y despertarme al alba, sacudido por el comandante del pelotón de choque. Afuera la lluvia había cesado, el viento descendía de la montaña en torbellinos furiosos, el bosque envuelto en la tormenta lanzaba gemidos prolongados, y de tiempo en tiempo se escuchaba el tranquido siniestro de los pinos desgajados, presa de convulsiones dolorosas, sin

fin. La oscuridad se disipaba, como dispersada por el viento, pero se refugiaba todavía bajo los árboles. El cielo de plomo, el horizonte brumoso y sombrío, siempre lluvioso... Llevé conmigo al comandante del pelotón de choque, y nos deslizamos hasta uno de los puestos de acecho, situado al borde del claro. La compañía y el pelotón de choque se acercaron también. Yo y el sargento jefe entramos en un hoyo oculto por ramas olorosas de pino y sacamos nuestros anteojos de larga vista. Desde allí pudimos observar cómodamente el claro del bosque, los campos de minas, las redes de alambre y las líneas de fortines, ocultos bajo los árboles. Busqué una buena vía de acceso para el pelotón de choque y el lugar más adecuado para operar una penetración. Pero el sargento jefe no dejaba de dar vueltas alrededor mío nervioso, murmurando descontento. "Por allí, no está bien..." Después pasamos a otros puestos de acecho. Nos detuvimos finalmente en un lugar que nos pareció más conveniente. Allí el claro era más estrecho que en cualquier otra parte. Cortado también por una pequeña hondonada. Los campos de minas más removidos, las alambradas melladas y los bordes de los fortines un poco más elevados. Decidí que se desencadenaría el ataque después del desayuno, a fin de dar tiempo a las gentes del pelotón para prepararse. Pero al cabo de unos minutos, el sargento vino a hacerme saber que todo estaba dispuesto y que si no tenía nada en contra, preferían atacar al alba. Ciertamente era mejor, y para evitar a los hombres una tan larga tensión, acepté febrilmente. Empujé a dos compañías y a todas las ametralladoras del batallón detrás de esos quince hombres. Frente a nosotros había tres casamatas agrupadas en una hondonada. Los campos de minas y las alambradas bajas y apretadas. Hice avanzar el P. C. del batallón hasta los primeros rangos de los fusileros, detrás de los pioneros; tender hilos telefónicos hasta allí y agrupar a los agentes y a los telefonistas. Durante el intervalo que precedió al ataque, reanimé el corazón ansioso de los pioneros. Permanecían allí, ocultos en sus agujeros, cubiertos de agujas de pino, con las granadas, con los fusiles ametralladoras y la "tolite" al alcance de la mano. Uno de ellos mascaba tranquilamente un bizcocho, escuchando sombrío las profundidades del bosque custodiado por los fortines alemanes. Otro estaba acostado de espaldas y seguía con la mirada el temblor de la arboleda. Más lejos, alguien cantaba, oculto en el fondo de un agujero, por encima del cual se balanceaban las ramas... "¿Qué sucede?, me pregunté yo, ¿será indiferencia? ... ¿Una aceptación absurda frente a la muerte? ... No, me repliqué de inmediato a mí mismo, la guerra me ha enseñado a conocer más a fondo el alma de mis soldados... Mueren tan simplemente como viven..." En el mismo momento en que cantaba, se incorporó sobre un codo al borde del agujero, susurrándole al que seguía con la mirada el temblor de los pinos. —Eh, paisa, dame un cigarrillo... —Espera, te lo daré después, refunfuñó el otro, enojado. .. El ataque del pelotón de choque debía comenzar con el bombardeo de la artillería. El sargento jefe, un moreno seguro de sí, muy calmado, pidió regular personalmente el tiro de los cañones. Le mandé un aparato de teléfono al borde del claro. Las primeras explosiones estallaron en medio de los fortines, como si lanzaran humo sobre los últimos restos de oscuridad. El bombardeo reunió en una sola confusión los campos de minas, las alambradas y las casamatas... los estallidos de obuses eran más espaciados, para medir su fuerza y regular la posición del tiro, cuando de pronto los cañones concentraron su fuego sobre los campos de minas y las alambradas, con estallidos más seguidos, interrumpidos sin merced. Decenas de bocas de fuego martillaban una estrecha porción de algunos centenares de metros de tierra, vomitando volutas de llamas y de hierro, que rodaban avanzando hacia los fortines.

Entre las explosiones se oía el traqueteo de las minas alcanzadas y se veían los postes de las alambradas volar en pedazos. Una espesa nube de humo y de polvo que flotaba por encima del claro era empujada por el viento hacia las casamatas. Un gruñido espantoso y prolongado sacudió la floresta de los pinos fulminados por las explosiones, acompañando su caída de craquidos siniestros. Convulsionada, la tierra proyectaba en el aire inmensas masas de barro, que a veces ocultaban la línea de los fortines. No sé por qué, en un momento dado escaseó el tiro de la artillería. Las explosiones se hicieron más espaciadas y dispersas. Entonces llegó hasta mí el rugido feroz del sargento jefe, que vociferaba en el teléfono: —Hablaremos después del ataque, mi capitán... sí, después del ataque... ¡pero por el momento dispare usted un millar de obuses sobre los fortines! Si no detengo el ataque y voy hacia usted con mi pelotón de choque. Déjeme, usted me pondrá frente al muro mañana ... mañana vendré yo mismo si no dejo aquí mi pellejo... pero por el momento mande disparar, dispare, las municiones de mañana y las de pasado mañana, ponga una cortina de proyectiles. Tiro escalonado, sin perdón para las casamatas... Recién entonces comprendí verdaderamente en qué entrevero implacable se encontraban encerrados los pioneros. Y, sin darme cuenta, tomé el teléfono y lancé una seguidilla de insultos al capitán de artillería. El bombardeo se desplazó hacia los fortines y redobló tupidamente el crepitar del menudo granizo. Desencadené yo también el fuego de las ametralladoras y los lanzagranadas. Por decenas, como presos de locura, martillaban las alambradas y los muros de los tres fortines. El coronel nos había enviado la batería de los carros antitanques, cuyos proyectiles encendían nubes de humo hacia las casamatas. En un breve instante, toda esa parte del frente alemán quedó literalmente ahogado por ese torrente en torbellinos de fuego mortífero. Entonces, los pioneros enterrados en los agujeros más avanzados, lanzaron sus granadas fumígenas en el claro. Una cortina de humo espesa, negra, pestilente, como grasa sucia, recubrió totalmente el claro. Entre nuestras líneas y las de los alemanes, ese humo parecía una ola inmensa de pesada oscuridad empujada por el viento hacia los fortines. Pegada al suelo, tan densa, no se distinguían ya ni las alambradas ni los muros de cemento ennegrecidos, ni los relámpagos zigzagueantes de las explosiones. El desplazamiento de esta humareda espantó a los alemanes, pero de pronto su frente pareció salir de su somnolencia y respondió con un tiroteo espantoso de cañones y ametralladoras. Pero a causa del humo su tiro era ciego, cayendo al azar en el claro o en la floresta en la cual estábamos. Durante largo tiempo los tres fortines quedaron encerrados bajo esos estampidos de hervidero de infierno. Y poco a poco, arrastrándose como reptiles, los pioneros se deslizaron uno a uno en ese antro condenado. Iban ordenados de cinco en cinco, frente a cada fortín, cada uno con un fusil ametralladora frente a sí, una pistola en el cuello y granadas en las manos. Algunos arrastraban con ellos largas pértigas con pedazos de "tolite" para perforar las alambradas. Otros la emprendían con enormes tijeras para cortar los hilos, llevando morrales llenos de granadas. Detrás de ellos venían el sargento jefe con los tres soldados restantes, que llevaban bajo el brazo la carga de "tolite" destinada a los fortines. El campo minado estaba profundamente agujereado por las explosiones. Los pioneros se arrastraban y saltaban de un agujero al otro, como meteoros. Pronto desaparecieron en esa nube de humo. Yo detuve entonces el fuego de las ametralladoras y pedí a la artillería que alargara el tiro. Cañones y lanzagranadas martillaron las posiciones alemanas por detrás de los fortines. Nosotros estábamos al borde de los agujeros, con el aliento en suspenso y el oído alerta en dirección de las casamatas. Las ametralladoras de los alemanes petardeaban furiosamente, buscando las sombras de los pioneros cubiertos por la humareda. Esos instantes me parecieron interminables. Esperé con los nervios excitados al vivo las primeras explosiones de los pioneros... y de pronto una secuela de violentas explosiones sacudió el bosque, la tierra, haciendo girar sobre

sí mismas a las nubes. Por encima de esas volutas negras aparecieron un instante, volando en el aire, los postes de las alambradas... "¡Han perforado las líneas!", pensé yo aliviado, y salí con dos compañeros al borde de la floresta dispuesto al asalto. "Siguieron momentos más opresivos, más interminables. Yo calculaba, ansiosamente, los minutos necesarios para cortar las alambradas y me repetía: "¡Ya está, ya está...!" Pero los fortines no volaban... "Tal vez los pioneros han caído en el ataque..." me dije espantado. Y de nuevo pasaron unos instantes como vacíos de vida... Hasta que oí la trepidación mantenida de tres fusiles ametralladoras... Pude comprender así que los pioneros golpeaban de cerca las troneras de las casamatas, desde donde los alemanes disparaban enloquecidos... Un instante más tarde, los fusiles ametralladoras callaron... nada más que un instante... un silencio extraordinario se abatió sobre la nube de humo. Me sequé el sudor que perlaba mi frente y me arrastré impacientemente a los primeros rangos de fusileros... esa espera devorante los había quebrado también a ellos... una petrificación sorda, nerviosa, los inmovilizó al borde de sus agujeros, con una mirada glauca lanzada hacia las líneas alemanas... y justo en ese momento la nube de humo fue encendida por una explosión formidable que pareció partir en dos la tierra. Muchos pinos gigantescos se desplomaron en un estruendo de truenos, envueltos en la polvareda pedrosa que se alzó por encima de las nubes... Después otras dos explosiones estallaron, una tras otra, más terribles, más estremecedoras... Otros pinos se arrancaron de cuajo y otras nubes de polvo blanco se mezclaron a la humareda de tinta... Los cañones y ametralladoras de los alemanes callaron... Un silencio espantoso cayó sobre el claro del bosque oscurecido... Me arrastré por la tierra con mis uñas y me mantuve de rodillas dispuesto a huir... "¿Por qué el cohete no se habrá disparado?...", me pregunté asustado... el suboficial que debía lanzar un cohete blanco para señalarnos que la vía estaba abierta, y que podíamos lanzarnos al asalto... "El cohete..." "El cohete..." "El cohete...", murmuraba yo, pero la claridad blancuzca del cohete no se elevaba mucho por encima de las nubes de humo... el silencio se ahondaba frente a nosotros más profundo que antes del primer día del mundo... fue entonces cuando oí del otro lado del bosque, por detrás de las casamatas, el grito de asalto de los alemanes: "¡Yuriiiii!"... " ¡Yuriiiii!"..." ¡Yuriiiii!"... Su respuesta había estallado. Una respuesta no coordinada de las armas automáticas y las granadas... "¡Ellos se lanzan por la brecha!", me dije yo... ya no esperé el cohete... me incorporé y blandiendo mi fusil ametralladora al extremo de mi brazo hice una señal en dirección de las casamatas... —¡Síganme, muchachos! ¡Adelante!... Frente a nosotros el humo se disipaba. Las alambradas aparecieron de pronto muy cerca, desgarradas en largos trechos, muy cerca unos de otros, que los pioneros habían abierto... Un poco más lejos una bala me atravesó el pie izquierdo y rodé por tierra... pero como una ola incontenible los soldados pasaron cerca de mí, con rugidos salvajes, como poseídos por una verdadera locura furiosa... A lo lejos, entre los escombros de las tres casamatas, la ola de nuestros soldados se encontró con los alemanes, que se habían lanzado para cerrar la brecha... En el cuerpo a cuerpo que siguió fue imposible tirar... con sus garras, con sus dientes, con sus bayonetas, con las culatas de los fusiles, los nuestros entraron en lucha con los alemanes y no se detuvieron hasta que los vieron completamente aplastados a sus pies. A los sobrevivientes los persiguieron hasta muy lejos, en las profundidades del bosque... Los otros batallones, apostados desde hacía días y días frente a los fortines, nos siguieron. A mediodía toda esta línea fortificada había sido destruida y el frente alemán de Dobra-Niva, desplomado. Cuando los camilleros llegaron y me alzaron, pedí que me llevaran primero a las casamatas... De esas pequeñas fortalezas grises, liliputienses y cuadradas, no quedaban más

que pedazos de muros y una polvareda blancuzca de piedra... Pero los pioneros del pelotón de choque habían caído todos, hasta el último... En ese infierno encontraron la muerte... Me incorporé en la camilla, tratando de distinguir sus cuerpos entre tantos otros. Todos los soldados habían caído alrededor de las casamatas ... Pero imposible... No pude ni siquiera encontrar el cuerpo del suboficial que debía lanzar el cohete blanco. Una amargura angustiosa me apretó la garganta. Tenía el corazón vacío, bruscamente exangüe. Una lágrima ardiente, irrefrenable se deslizó por mi mejilla. Más que nada, me dolía hasta sublevarme, la muerte de esos pioneros anónimos, de los que no habían quedado ni los restos.

NICOLAE VETEA Una alegría
Era sobre todo en verano, en los domingos por la tarde, cuando la maestra de escuela Genoveva Pantzurlescu tomaba, como ella se complacía en decir, conciencia de sí misma. Sacaba fuera la cama, bajo el techo cubierto de la terraza, buscando el frescor de la tarde. Desde el interior de la casa llegaba el ronquido de su marido, que prefería hacer la siesta allí. Genoveva, con las manos apoyadas en la balaustrada de la terraza, escuchaba el zumbido suave de las abejas que entraban y salían de las colmenas suspendidas allí mismo, así como el cacareo monótono y perezoso de los gansos, que dormían en la arena del patio. Permanecía allí, inmóvil, observando a los pollitos ya crecidos que se adormecían, estirando el pescuezo hacia el suelo, bajo la sombra minúscula de los pimientos de la huerta, y se divertía en la contemplación de todas estas cosas domésticas. También con el gato que pasaba corriendo por la cocina, asustando a los gansos y a las gallinas, y que acababa por asustarse él mismo del barullo de éstos y se escondía entonces, erizada su pelambre, detrás de un montón de madera. El espectáculo de estas cosas la invadía de una dulce paz, como en los días de su infancia. Hubiera querido ocultar su cabeza bajo las sábanas, acurrucarse allí, reteniendo el aliento, sin pensar en nada. Entonces ya no miraba lo que pasaba en el patio, pero quedaba meditando en algo, en ese algo que se entretejía delicadamente y sin ruido, como una nube, un vapor sobre su cabeza, algo que significaba paz, tranquilidad, seguridad. Sobre todo eso: seguridad. Entonces alzaba la vista hacia el alto álamo blanco como para pedirle su consentimiento. Ese árbol grande y plateado frente a su puerta influía, acentuándolo o debilitándolo, ese sentimiento de seguridad y de tranquilidad de sus divagaciones. Hacía tiempo, siempre en aquellas siestas en que ella tomaba conciencia de sí misma, que comprendió por qué este álamo frente a la puerta de su casa decidía de todo, y por qué era un eco de todas sus inquietudes y sus satisfacciones. Ese álamo era un poco más grande que todos los árboles vecinos. Se alzaba orgulloso y plateado por encima de todos los otros. A veces, en aquellos domingos del verano, parecía temblar, como inquieto de tener que afrontar, solo, él que era el más alto, los rudos vientos del otoño y las tormentas de nieve del invierno. Ese orgullo altanero del álamo hablaba a la maestra de todas sus angustias, las del presente y sobre todo de las de su pasada juventud. De aquellas de la época en que, de regreso a su aldea, terminados sus estudios en la Escuela Normal, los hijos de las gentes principales, cuando ella les hacía hacer ejercicios de gramática, la mayoría tomaba por tema el "pala del horno", sobrenombre con que designaban a su padre las gentes del lugar. Se decía que nunca había habido en su mesa una polenta bastante grande para cubrir una pala de horno. También ella había sentido ese orgullo inquieto del hombre que camina en punta de pies, un poco más alto que los demás, pero que debe temer a cada instante que alguien, algún traidor, pudiera venir a subírsele sobre los hombros, o a empujarlo para hacerle bajar al nivel de los de abajo. Esta inseguridad se prolongó a través de los años, aun después que se casó con un maestro, y que se fuera a vivir a la casa de éste, en una aldea vecina de Cozia, donde establecieron su hogar. Innumerables traslados y suspensiones injustificadas habían ayudado a prolongar esa sensación de inseguridad. Y sin embargo había una razón para que las cosas sucedieran así: ellos sólo se ocupaban de su escuela y de su hogar, nunca se mezclaban en política, esa política de aquellas tiempos

que les deba temor. Los partidos que llegaban al poder cambiaban a menudo, y con cada cambio también cambiaban los maestros honestos, que no se plegaban a sus intereses. Por eso, en aquella tarde de verano, bajo el suave viento que soplaba, haciendo temblar inquieto al viejo álamo, ese temblor le recordaba sus angustias de la juventud. Algunas veces, en esas mismas tardes de los domingos, no soplaba una brisa. Las hojas redondas e inmóviles del álamo parecían hojuelas de plata prendidas a las ramas por hilos invisibles. En esos atardeceres, Genoveva Pantzurlescu miraba sus pollitos somnolientos, con el cuello alargado hacia el suelo, bajo la sombra de los pimientos, y escuchaba el zumbido de las abejas entrando y saliendo de las colmenas. Miraba también el álamo inmóvil y se sentía invadida por una sensación de estabilidad que le proporcionaba una alegría plácida, dorada, dulce como la miel. Quedaba recostada sobre el lecho, bajo el alero de la terraza, pero en vez de recostar la cabeza en las almohadas, se mantenía apoyada en los codos, espantando con las manos una mosca imaginaria sobre su frente y balbuceando con voz apagada y semidormida: "Quién nos puede asegurar... Nadie podría asegurar... Nadie puede estar seguro..." Y volvía a espantar de su frente la imaginaria mosca, como si entre sus dedos quisiera coger esa seguridad que la poseía y que sentía dominarla. Así se dormía... Genoveva hacía mucho tiempo que se había acostumbrado a no vivir plenamente sus alegrías. Las sopesaba, las dosaba. No las dejaba, como un viejo hábito, originado en los tormentos e inquietudes que en el pasado la asaltaban día tras día, apoderarse enteramente de su ser. Las detenía, sin razón, apartándolas lejos, tal vez frente a la puerta, tal vez más lejos, y ellas se quedaban así un poco arvenenadas por un dejo de desconfianza y excesiva previsión. Sólo así las aceptaba. Entonces sus alegrías ya no se parecían en nada a ese torbellino vertiginoso de su juventud, ese que nos hace olvidar toda otra cosa, pero que, en cambio, aunque fuera engañoso, una vez que había pasado no era seguido de ese desmoronarse doloroso del pasado. Así, por ejemplo, dos años antes, cuando su hijo entró a la Facultad de Agronomía. El muchacho se llamaba Savu, terminó sus estudios en una escuela media de una pequeña ciudad de la región y fue nombrado técnico en una explotación agrícola. Ella contaba a las otras maestras, que se enorgullecían de sus hijos recibidos de ingenieros o médicos, que Savu estaba haciendo un curso de tres años de especialización y que después tendría derecho a ingresar a la Universidad. Tres años más tarde, el muchacho pasó sus exámenes de admisión y se recibió. Ella se regocijó. ¿Cómo no alegrarse? Había esperado ansiosamente ese momento, dudando un poco, porque pensaba que si la suerte era adversa, la decepción no la sorprendería dolorosamente como antes. —Vamos, hijito, le había dicho. Yo comprendo. Se debe pastar la hierba conocida. Sin duda que tú estás bien preparado, pero el programa puede ser difícil... Si te vieras obligado a detenerte en medio camino... En cambio aquí tienes un salario aceptable, y además estarás en casa con nosotros... O bien cuando su hijo volvía de vacaciones. Al día siguiente de su llegada iba a casa de un vecino a pedirle que degollara un pollo (al muchacho le daba pena hacerlo él mismo). Cuando el vecino había dejado caer el golpe de hacha, le decía: —Ya la veo más tranquila, señora (los campesinos la llamaban Señora, como lo hacían cuando iban todavía a la escuela). Ahora tiene a su muchacho en casa. Y ella contestaba: —Es verdad, Mite, no digo que no, ¿pero acaso podemos decir que esto sea una alegría? Apenas va a quedarse quince días, porque debe volver para sus prácticas. Apenas si tenemos tiempo de ver si su cara es la misma que conocemos, cuando ya se ha marchado de nuevo. Así, la maestra Genoveva Pantzurlescu dosaba sus propias alegrías.

Pero sucedió aquella primavera un acontecimiento que le hizo perder el hábito de controlarse. La maestra sufría de reumatismo. En cuanto empezó el invierno, solicitó del grupo médico competente que le permitiera ir a una estación climática durante el verano. Cuando llegó la primavera le contestaron que el turno había sido cedido a otra persona. Entonces ella se dirigió a la seccional de enseñanza con todos los certificados que probaban el estado precario de su salud, pero los que debían decidir el otorgamiento de los lugares se alzaron de hombros: esos asuntos debía resolverlos el grupo sindical del centro escolar. Ofendida, Genoveva Pantzurlescu pidió que le dieran su retiro. Le faltaban algunos años para tener derecho legal a la jubilación, pero en vista del expediente médico... Y su pedido fue aprobado. La resolución la hirió profundamente. Pensaba que las autoridades de la seccional debían haber comprendido que su solicitud había sido presentada por puro despecho contra la decisión del grupo escolar. Pero el señor Manea, jefe de la sección, que por aquel entonces estaba muy fatigado, se limitó a hojear su expediente, sin decir palabra. Se informó del pedido, agregó a la nota los certificados médicos, como pensando en otra cosa, seguro de que recibiría una solución favorable. Genoveva Pantzurlescu salió al corredor y se arrinconó en el fondo, donde había junto a una salivadera un jarrón con flores, y estuvo a punto de echarse a llorar de despecho. El hecho de que el grupo sindical le había otorgado el sitio en la estación termal, la calmó un poco. Cuando regresó de Sovata, veinte días después, mientras esperaba la salida del autobús de la R.A.T.A., que hacía el camino desde la ciudad hasta su aldea, pasó como de costumbre por la seccional. Había olvidado completamente el asunto de su jubilación, y cuando Manea, ya de mejor humor, la interpeló con un ruidoso: "¡Ah, ah!, aquí tenemos a nuestra jubilada", se avergonzó. Volvió a hacer otra petición, explicando que como después del tratamiento médico se sentía más apta para regresar al trabajo escolar... Manea le dijo que la resolución dependería ahora de la decisión del comité regional. Antes de partir, la maestra encargó a una sobrina suya, Marioara Lambescu, que era inspectora y trabajaba en la región, que le comunicara cualquier resolución por telegrama dirigido a la explotación agrícola, no bien tuviera alguna noticia. Ella ya no podría ir a la seccional, la ciudad quedaba lejos. Así llegó un domingo y se acercaba la fiesta de fin de año sin haber tenido ninguna respuesta. Esa mañana de junio, el matrimonio Pantzurlescu se había levantado temprano como de costumbre. Se veía frente a la casa la colina de Pelin, que los rayos del sol cortaban en dos en aquella hora matinal. Como en verano siempre dejaban las puertas abiertas, se miraba el espectáculo desde el interior de la habitación. El despertar del matrimonio no era de aquellos que cortaran intempestivamente el sueño o los sueños, y en esa alegría tranquila de cada mañana se conservaba el ritual de los despertares de juventud. Ella se levantaba primero, miraba las agujas del despertador y los rayos del sol. —¡Vamos, muchacho! ¿Qué hacemos? Eso no quería decir que necesariamente hubiera que levantarse, sino que el hombre tenía algo especial que hacer, lo recordara y se vistiera. El maestro no respondía, gruñía algunas palabras y se volvía hacia el otro lado. Durante un rato "remoloneaban", como ella decía. Volvían a dormitar y luego se despertaban pensando en algo que debían hacer durante el día, quedándose un rato más en la cama. Entonces era ella quien decía:

—¿Qué hacemos Dandule, nos levantamos? Durante el día, por una timidez inexplicable, nunca se llamaban por sus nombres, y cuando debían hacerlo, lo hacían como era costumbre hacerlo: "marido", "mujer". Ahora ya estaban completamente despiertos, pero no se hablaban ni se levantaban. Dejaban recíprocamente que se evaporara de sus cabezas esa como bruma que los mantenía sumergidos en los sueños de la noche. En aquel momento la maestra de pronto recordaba su papel de dueña de casa y mirando las agujas del reloj, que marcaban ya las seis y media de la mañana, decía: —¡Vamos, son ya las seis y media! ¡Levántate! Tenemos un montón de cosas que hacer. Y se levantaban. El hombre se dedicaba a las tareas que le incumbían: cuidar las bestias, cortar la leña, y la mujer preparaba el desayuno y dejaba sobre el horno el almuerzo de mediodía. Después daba de comer a las gallinas. Mientras el maestro dejaba a las bestias en el fondo de la caballeriza, pasaba junto a su mujer, ocupada en el gallinero, y le decía como si ella no lo supiera: —No te olvides que tenemos que ir a la escuela. ¡Apresúrate! Él era director, pero seguía siendo sobre todo maestro. Entraba a la casa, ponía al día sus cuadernos de asistencia, o bien revisaba su correspondencia. Cuando terminaba estas tareas, volvía a ver a su mujer, que todavía no terminaba con sus tareas en el gallinero, y exclamaba irritado, dirigiéndose a un interlocutor invisible: —Vean cómo se entretiene, justamente hoy que podría llegar la inspección. Y luego, con la mayor calma y tono muy serio: —Di, mujer, ¿no piensas ir a la escuela... tú? Después entraba a la casa, se ponía el traje de dar clase, tomaba las hojas de asistencia y se detenía en lo alto de la escalera de piedra. El reloj marcaba las siete y media, cuando le decía: —¡Yo me voy!..., simplemente "yo me voy", con un tono breve, para que su mujer comprendiera, con todas las palabras no expresadas, que estaba fastidiado de su retraso. Llegaba hasta el pequeño puente, en que se detenía para hablar con las gentes que iban a su trabajo, esperando que su mujer lo llamara para el desayuno. Ella bien sabía que no iba a alejarse por un rapto de cólera. Desayunarían y saldrían juntos. Llegarían siempre a tiempo. La escuela quedaba muy cerca. Aquella mañana de fin de junio todo ese ritual del despertarse y de la partida para la escuela se desarrolló exactamente como de costumbre, tal vez más estrictamente. Uno y otro se esforzaban en hacer que se desarrollara exactamente de la misma manera, a fin de que el acontecimiento insólito y para decir mejor, tonto, el último día de clases de la maestra, no asumiera la importancia que reclamaba, y sobre todo que no los pusiera incómodos, en una situación de no saber qué decir. Una sola parte del ritual falló. Cuando el maestro fastidiado dijo "yo me voy", su mujer no lo llamó para que desayunara, y él se fue solo a la escuela sin esperar. Un poco más tarde la maestra salió a su vez. Fue una especie de entendimiento tácito. Si hubieran salido juntos, habrían tenido que hablar de la jubilación, y eso exigía grandes frases, las que habían perdido el hábito de usarlas desde el tiempo en que eran jóvenes. Se habrían sentido avergonzados, empleándolas ahora. Cuando la maestra llegó a la escuela, la clase y el corredor estaban llenos de gente. Las coronas que los alumnos habían trenzado despedían el aroma de las flores del campo y del azahar. La fiesta empezó en seguida. Fueron primero las poesías recitadas por los niños, con la mirada fijada en un retrato de Tudor Vladimirescu, colgado en el muro de enfrente. Después los coros dirigidos por maestras, con gestos largos y fatigados. Siguió una pequeña escenificación, después de lo cual cayó la cortina confeccionada con sábanas. Colocaron una tribuna y el director leyó el discurso escolar. Sin ninguna transición continuó diciendo:

"Compañeros y queridos amigos: este día es para nosotros diferente de todos los otros. Recogéis el fruto de un año del trabajo de vuestros hijos, pero es también un día diferente de todos los otros para nuestra escuela. La compañera Genoveva Pantzurlescu, que durante tantos años trabajó con nosotros..." Habló durante un rato. La maestra estaba detrás de la cortina y lo escuchaba. No le gustó la manera de hablar de su marido. Asumía ante la gente una dignidad fría. Sus mejillas parecían de madera y las palabras caían huecas, lentamente cortadas como hacha sobre una plancha de madera. De pronto ella se encontró sola frente a la sala, perdida en sus pensamientos; no había observado que los chicos que la rodeaban habían salido de la escena, ni que habían levantado la cortina, ni cuándo la levantaron. Se produjo un silencio incómodo para todos. La maestra tiraba las mangas de su saco de lana, y sonreía. Se dio cuenta que era una sonrisa forzada y fuera de lugar, pero sonreía para mantener firmes los músculos de su cara. Si los distendiera, se echaría a llorar. Habría deseado hacer reverencias como hacen los niños cuando han acabado de recitar sus poesías. Y al final la hizo. Fue como si a lo largo de todos esos años de trabajo ella no hubiera hecho otra cosa que recitar una larga poesía, y ahora se inclinaba esperando los aplausos. Pero nadie aplaudió. Los hombres tosían y se arreglaban sus chalecos, como si recién hubieran notado que se les deslizaban hacia atrás. Las mujeres anudaban maquinalmente, bajo el mantón, las puntas de sus pañuelos. Felizmente Spirica, el hijo de Ghica Negust, subió sobre la escena con un ramo de flores en la mano y le dijo ofreciéndoselo: —A quien tanto se ha sacrificado por nuestra colectividad... Su voz se apagó, ahogada por los aplausos de los campesinos. Sin darse bien cuenta de lo que hacía, la maestra besó a Spirica sobre ambas mejillas. Había sido su alumno. Terminó los cursos de la escuela primaria una decena de años antes. En la escuela dio prueba de gran habilidad manual. Ahora era conductor de tractores en la explotación agrícola, y nadie supo en qué fábrica había obtenido la sirena que colocó a su tractor y que hacía silbar a horas fijas en la aldea. Su última hazaña, de la que todo el mundo hablaba, era un aparato que marchaba con aguardiente de ciruela. No se sabía bien qué era y tampoco él explicaba de qué se trataba. Tal vez le faltaba completar algunos detalles. Cuando el acto terminó, la maestra se dirigió al patio. Su marido le dijo que se quedaría todavía un rato en la escuela y le pidió que regresara sola. La maestra se marchó. Cuando llegó a su casa, sentóse en el lecho que estaba en la terraza, se sacó los zapatos y extendió una manta sobre sus piernas. No podía dormir. Oyó cuando su marido entró. Éste se fue a la cocina, donde se detuvo un momento. Después volvió a la terraza, colocó las manos sobre el borde del lecho y sabiendo que su mujer no dormía, dijo: —Voy a ver a mi hermana al otro lado del río. Hace mucho tiempo que no la he visto, y la extraño... La maestra no respondió. Se dio vuelta descontenta en la cama. Él le había hablado suavemente, como a una enferma. Siguió agitándose en el lecho hasta que oyó el escape de la motocicleta de Spirica. Éste tenía una bicicleta a la que había adaptado un pequeño motor sobre el portaequipaje. Y sabe Dios por qué había pintado el timón de amarillo. Los domingos se paseaba en motocicleta, sin rumbo preciso. Sin duda tendría alguna razón para enorgullecerse. Llevaba en la oreja un lápiz amarillo con una goma en la punta. En seguida oyó ella que llamaban a la puerta cochera. Vio a Spirica, quien le dijo que fuera a la explotación agrícola, a la casa de la compañera Puiu, que tenía algo que comunicarle. Dicho esto, montó en su motocicleta que había dejado apoyada en una morera, en la calle, sin parar el motor. Si lo detenía, el motor no volvía a ponerse en marcha tan fácilmente.

La maestra apenas se calzó sus zapatos, cuando el hijo de Petre Odrisca, alumno de tercer grado, entró corriendo al patio. Casi sin aliento, el chico le dijo que su padre lo había enviado, que en la explotación agrícola había una carta... que... usted... enseñara... la clase una... y cuarta... Le palpitaban las sienes y los ojos le brillaban agrandados, como si fueran a salirse de sus órbitas. La maestra empezó a comprender de qué se trataba, y le agarró un tal temblor que sus manos no podían hacer entrar la cinta en los ojales de los zapatos. Invitó al chico a que entrara en su casa, para convidarle con una compota de ciruela y no lo sermoneó cuando manchó el mantel limpio colocado sobre la mesa. Le acarició distraídamente la cabeza, con los cabellos cortados al rape, y sintió que poco a poco una gran alegría la invadía, una alegría como no había tenido otra desde hacía mucho tiempo. Como de costumbre, se sintió tentada de dosificar su gusto, guardando una parte de su gozo para toda eventualidad, pero entonces comprendió que la alegría actual era tan grande y tan perfecta, que ella no podía contenerse, a fin de ver que era seguro y cierto, y que no lo era. Entonces pensó que en día domingo nadie podía enviarle un telegrama y que esa coincidencia tenía algo de irreal. Descubrió decenas de posibilidades para que fuera real, y su alegría, desvanecida por un instante, volvió a renacer. Pero ya no entera. Mientras se esforzaba en calzarse el otro pie, muchas gentes pasaron junto a su puerta y le indicaron que debía ir a la explotación agrícola. Algunas de esas gentes pertenecían a la aldea de Nucet, que empezaba justamente en la casa de la maestra. Otros eran del pueblo de la parte situada en el valle. Después de golpear en la puerta del patio, hacían algunos pasos hacia lo alto de la colina y volvían a bajar. La maestra comprendió que esas gentes sólo habían venido a anunciarle la buena nueva y eso hizo renacer en ella la alegría, esta vez sin retaceos. Ella no sentía ya la necesidad de dosificarla. Sin saber por qué, cambió de traje. En camino a la explotación encontró a algunas gentes que quisieron darle la noticia. Ella se dirigió al escritorio en que se encontraban los teléfonos, y Puiu, la telefonista, cuando la vio, se levantó intimidada, mordiéndose el labio inferior. La maestra esperó de pronto una mala noticia, destruyendo todo lo que antes la llenara de alegría. Sin abandonar el picaporte de la puerta, se apoyó y se puso a leer maquinalmente un letrero que había sobre el muro de enfrente, sin escuchar lo que la muchacha le decía. Leyó el letrero varias veces, repiténdolo de memoria, modulándolo con los labios. Eso la calmó. Entonces preguntó a la tefonista qué le había dicho. La muchacha repitió, siempre con timidez, que había recibido el telegrama tres semanas antes, el mismo día en que salió de vacaciones y que en el aturdimiento de la partida olvidó enviárselo. Y ahora, al regresar, cuando oyó a las gentes hablar de las fiestas y de la jubilación de la maestra, ella les comunicó lo del telegrama, y envió a Spirica a llamarla, extraña de que no le hubieran ya dado la noticia en la dirección seccional. Ella le entregó el telegrama. La maestra lo leyó. No dijo nada a la muchacha y salió cerrando la puerta con una lentitud desacostumbrada. Ya en camino, respondía brevemente, sin detenerse, a las preguntas que los aldeanos le hacían con cierta curiosidad. Tampoco se detuvo cuando Zenovia, mujer de Tile Pitzurca, la paró en el camino. Le puso la mano frente a la boca y le dijo con fingido asombro: —¿Cómo que no la he visto, señorita?... ¿Pasó ya por los teléfonos?... Entonces usted ya sabe... es lo que yo pensaba, ya ve usted... ¿nuestra señorita nos iba a abandonar?... ¿Pero entonces quién iba a enseñar a leer a nuestros muchachos? Zenovia había sido en su juventud amiga de la maestra, a quien seguía llamándola "señorita", pero no se hablaban desde hacía varios años, desde que había sido creada la explotación colectiva. En vísperas de este acontecimiento, Tile recibió una herencia, y ni él ni

su mujer quisieron entrar con sus bienes en la explotación colectiva. La casualidad quiso que Tile y Zenovia perteneciesen al "sector" —como lo llamaba Dandu— en que la maestra debía enseñar a la gente el beneficio que significaba aquella explotación. Cuando fue a casa de ellos y les explicó el porqué y el cómo de la cosa, Zenovia le cerró la puerta en las narices y le habló a través de la cerca. Le dijo que si osaba volver con semejantes proposiciones, era capaz de beberse un tonel de vino para emborracharse y armarse de coraje y arrancarle el rodete en medio de la calle, y que si trataba de hablar de eso a Tile, la acusaría de ser una intrigante, aunque fuera una mujer de edad. Cuando la maestra volvió, Zenovia le repitió las mismas palabras, gritándole de tal manera que la gente se detenía y reunía alrededor. Finalmente, un año más tarde, ellos entraron voluntariamente en la explotación colectiva, pero desde entonces la maestra nunca volvió a dirigirle la palabra a Zenovia. Y he aquí que ahora venía, después de haberse evitado durante años, y le hablaba alegremente de esto y de lo otro, con la mayor naturalidad. De hecho en sus últimas palabras había balbuceado "que nuestra 'señorita' no nos va a abandonar..." Estas palabras encerraban una amabilidad disimulada, como si Zenovia no quisiera recordar lo que había sucedido entre ellas. Pero nada de esto enojó a la maestra. Las palabras de Zenovia le recordaron sus bromas de muchacha en la juventud. Contemplando la cara iluminada de esta mujer, la maestra comprendió por qué no había podido dosificar su alegría en ese día. Era una alegría que no le pertenecía a ella solamente. Era la alegría de todos. A decir verdad, era su propia alegría, pero reflejada en la de los demás. Ella se regocijaba de la alegría de los otros. Retomó su camino, apoyando suavemente la planta de los pies en el suelo. No para comprobar si el reumatismo la hacía sufrir todavía. Ya no sufría. Caminaba así porque ahora comprendía que se identificaba con ese andar apacible, con la planta de los pies bien posados en la tierra, lentamente, bien segura. Cuando llegó a la casa, se detuvo ante el álamo blanco. Éste temblaba como otras veces. Asustado de elevarse por encima de los otros árboles vecinos. La inquietud del álamo le recordó de nuevo la inseguridad de antaño, la inseguridad del hombre que debía caminar sobre la punta de los pies. Sintió lástima por el álamo blanco, como hubiera sentido lástima por un hombre abandonado, sin defensa. Recogió un poco de bosta de vaca y la aplicó sobre los lugares en que la corteza del tronco había sido lastimada por algún carnero hambriento.

POP SIMEON Pasca, el boyardo
Pasca el Boyardo no era como todos. Sus hectáreas le produjeron muy bien durante dos años seguidos. Pasca se construyó una casa nueva. El Estado le dio un préstamo con muy bajo interés. Una casita de tres piezas. Ciertamente que tuvo que tirar al diablo por la cola y hacer maravillas, y un buen día hasta pudo comprarse un caballo. O mejor dicho, una yegua. Una yegua negra. Aunque ya tenía nombre, la volvió a bautizar con el de "Estrellita". Pacientemente consiguió comprarse la carreta. Hoy una rueda, mañana un eje, después un timón, hecho de madera sacada durante la noche del bosque, hasta que un día se vio, por fin, encaramado en una carreta que era suya. Pasca el Boyardo era ya alguien. Solomía, su mujer, había echado carnes, con el cuerpo más bello que en su primera juventud, tan bello y hermoso que invitaba a su hombre a amores sin fin. A él también se le habían revestido los huesos de músculos duros y elásticos. Y sangre abundante corría en sus venas, adelgazadas por la antigua pobreza. Había transformado su campo en melonero. Esa tierra arenosa daba melones y sandías de toda clase, con jugosos turquestanes muy azucarados. Pasca sentíase contento. No vivía más que para su nueva ocupación, de la que se había vuelto un esclavo. Ligado a la tierra, era suya, nada más que suya, ya que fructificaba para él, para él solo, para Pasca el Boyardo, convertido en propietario y cultivador de melones. Sentado en cuclillas en la orilla del Somes, dibujaba con su larga pipa cifras sobre la arena, y sacaba sus cálculos. "Digamos que obtienes quinientos melones, y que los vendes a unos tres leis la pieza. ¿Cuántos pesos te guardarás en la bolsa, Pasca el Boyardo?" Para mejor sacar cuentas, escribía sus cálculos en la arena. Y cuando veía que se había equivocado, borraba todo y empezaba de nuevo, hasta que la cabeza le daba vueltas. La explotación agrícola colectiva nació aquel otoño de 1951, sin Pasca. En la primavera siguiente, una veintena de otras familias se inscribieron en ella. Cada año nuevas familias se iban inscribiendo, unas después de otras. Sólo Pasca el Boyardo permanecía apartado, solitario, en medio de sus melones. El temor del comienzo ya había pasado, y el amor de la propiedad le inculcaba a través del tiempo una especie de tenacidad contenida y un contento de sí mismo que le daba gran seguridad. Por segunda vez solicitó un préstamo al Estado, pero sin éxito. Tú te has empecinado en otro camino, Pasca el Boyardo, le dijeron. No podemos ayudar a los que quieren convertirse en kulaks. Al oír aquello, salió echando maldiciones. Poco después los acontecimientos iban a inquietarlo de nuevo. Y más duramente que antes. En el distrito, la colectivización se ampliaba. El oía, sentía, veía cómo la comuna avanzaba hacia el socialismo. Todo el distrito, toda la región. Mañana o más tarde sería todo el país. ¡Pero Pasca poseía ahora su melonera a orillas del Somes. Apenas empezaba a tomarle gusto al dinero. Ese día esperaba a la gente de la aldea, dispuesto a hacerle frente, a cualquier precio. ...Y vinieron. Están aquí en su patio. Pasca frente a ellos, completamente perdido. No sabiendo qué decirles. Tiene la impresión de estar desnudo. Y así les lanza las primeras palabras que le vienen a la boca. Brevemente, sin muchas vueltas: —Escuchen, no se empeñen, pueden decir lo que quieran, yo no me inscribo en la colectiva.

Por encima de la cerca percibe a su vecino Iacos en su jardín. Pasca toma valor y logra enfurecerse solo. Grita adrede para que escuche el vecino lo que Pasca el Boyardo se permite decir: —Oye, ese que pretende enseñarme a ser inteligente. No, yo no me inscribo. Aunque traigan a todo el distrito para explicarme. Ya lo he dicho. Los gritos de Pasca el Boyardo no asombran a los cinco campesinos visitantes, tanto como él se esperaba. Tampoco se apuran por marcharse. Lo saben un poco alocado, como leche hervida. Han venido a verlo decididos a perdonarle sus malas maneras y a mostrarse pacientes, lo más pacientes posible: —No te pongas nervioso, Pasca, le dice su cuñado Pavel Curta. Mejor que te muestres prudente como una serpiente. —Tú no eres nuestro enemigo, Pasca, estás hecho de otra pasta, eso es todo, ¿verdad?, interviene David Calman, el herrero de la colectiva. —Estoy hecho tal vez de otra pasta, David, pero no metas tus narices en mis asuntos. Vuelve a tu martillo y a tu fuelle, ocúpate mejor de herraduras y de las rejas de los arados. El tiempo de la labranza va a comenzar y vas a tener buena cara si no has cumplido tu plan, ¡amigo! Pavel Curta hizo señas al herrero de que no le contestara. Pero éste respondió a pesar de todo: —Puedo reparar también tu arado, si quieres, tiene una rueda rota y la reja averiada. Apenas me llevaría medio día de trabajo. —¡No te molestes por mí! —Amigo Pasca, a mí una sola cosa me enoja contigo, empezó diciendo loan Big, un hombre joven, con aspecto muy vivaz, famoso por sus salidas, sus dicharachos y sus sentencias. —¿Y por qué estás enojado tú conmigo?, quiso saber Pasca. —Porque no tienes una hija con la que pueda casarme, respondió loan Big. —¡Cállate, mocoso!, eres todavía demasiado joven para pensar en eso. —Bueno, no digo nada, no digo nada, como la nuez en su cáscara, pero la edad no se mide con vara ni se corta con tijeras, tampoco hay que esperar que maduren los guijarros. Y con su permiso, ya tengo veintiún años. —Y yo que creía que eras todavía miembro de la juventud trabajadora. —¡Claro que lo soy!, amigo Pasca. —¿Y todavía no te han echado a pesar de tu mala lengua y de tus trapisondas? —La lengua no tiene hueso y debe adaptarse a los pensamientos, amigo Pasca, y la vida sin bromas ni fiestas es como comida sin sal. —Esas son historias para adormecer criaturas, loan. No trates de emborracharme con agua fría. ¡Yo sé bien adonde quieres llevarme con tus dicharachos! Al final de cuentas, ¡déjense de astucias! —Claro, somos astutos, aprueba loan Big. E incluso, mal intencionados, porque queremos que el pan sea lo más fresco posible, los hombres lo más libres posible, las mujeres lo más jóvenes que sea posible, y el vino más viejo. Estos son nuestros defectos. Pasca iba perdiendo paciencia. —Déjame en paz con tus zalamerías, respondió impacientado. No eres bastante vivo para hacerme caer en tus redes. —Esa es una verdad, aprobó loan Big. Es poco decir, eso de mis redes. ¿Mejor será que te degüelle con mi fusil, o que te fusile con mi cuchillo?, contestó todavía loan Big. Pero se daba cuenta de que estaba predicando en el desierto, y decidió callar. Por decir algo, pidió un poco de agua. —Tengo la garganta seca de haber hablado tan...

—Vete a la fuente, respondió de mal modo Pasca, cortante. —Tú te quedas solo fuera de la colectiva, Pasca, tú y los kulaks, ensayó todavía decir Petre Curta, el vicepresidente. En ese momento David Kalman, y después Víctor Cotut, un jefe de equipo, que hasta ese momento no habían pronunciado palabra, vinieron en su apoyo: —Ioasca Boboton se ha hecho construir una casa, ¿es verdad o no? —Y Hebe, el cojo, ¿no se compró una motocicleta? —¡Y qué cosechas traen las gentes a sus casas cada año! —Y dinero con qué comprarse trajes en la ciudad, y muebles. —Tú mismo, tú hacías elogios de los colectivistas hace una semana, mientras bailabas en la boda del contador. ¿O es que ya lo has olvidado? ¿O tal vez decías eso para quedar bien con él, por adulonería? Pasca se estremece. Su orgullo se revela. Sus ojos verdes, como los de un gato, echan chispas. —¿Adulonería, dices?, pregunta con una voz ronca. —De otro modo no se comprende que hubieras cambiado de manera de pensar en tan pocos días. O tal vez estabas simplemente borracho. —¿Qué les importa a ustedes como estaba yo? Yo no tengo que rendirles cuenta, yo hago lo que se me da la gana. ¡No me importa un bledo de ustedes!, dijo jactancioso. —De nosotros tal vez, ¿pero de los demás, de las gentes con quienes vives? —¡De ellos también! ¡No me importa un bledo de nadie!, respondió Pasca, temblando de cólera. Entonces Petre Curta le respondió con la mayor calma: —La mayor parte de las gentes de por aquí han sido muy pobres, tú lo sabes bien, Pasca. El Estado democrático les ha dado tierras para que puedan vivir mejor. Tú mismo has recibido tu parte. —¿Y eso te molesta a tí?, estalló Pasca, provocante. —Debieras conducirte como un hombre que ha sufrido en otro tiempo, debieras darte cuenta que el partido sólo quisiera ayudarte y que tú también debieras ayudar al partido en su lucha, en vez de burlarte y de fraternizar con Dragomir el kulak. —¿Qué, yo fraternizo con Dragomir? ¿De dónde has sacado eso? Y además, basta, yo puedo fraternizar con quien yo quiera. No tengo que pedirles permiso, exclama Pasca el Boyardo, vociferando como si lo degollaran. —¡Le has tomado gusto al dinero, al comercio, y eso te ha vuelto malo, esa es la verdad! He llegado a preguntarme si en realidad no estás mereciendo el mote que te dieron las gentes antes, por burlarse: Pasca, el Boyardo. Ahora sería mejor decirte Pasca el Kulak. ¡Cuidado que de verdad no te transformes en eso! —En lo que yo me transforme, no les puede importar a ustedes y escupo sobre todos los motes que me den. —Ya veremos hasta cuándo..., replicó Pavel Curta. Te estás robando el gorro a ti mismo, eso es lo que haces. Oye, te voy a hacer unas preguntas: ¿crees que nuestro Estado te va a permitir tus tonterías mucho tiempo? Yo te puedo asegurar que no. ¿Quieres un ejemplo? El Estado no te ha querido dar un préstamo, la sequía te ha caído encima y tu comercio de melones está por el suelo. Estás quemando la madera de tu cerca, andas con los pies descalzos en pleno mes de noviembre, y tu yegua, ¿no la estás oyendo?, relincha de hambre. Está flaca como desprendida de los íconos. Podrías amarrarla al pie de un hongo. Palabra, yo no la querría, aunque me la llevaras a la colectiva. —¡Eso no lo verás, hijo de perra!, alcanzó a gritar Pasca, con voz más ronca. ¡No te verás en ese espejo, te lo juro!

Y al decir esto, Pasca corrió hacia la caballeriza, sacó la yegua, saltó en ella sin estribos, salió por la puerta grande azuzándola con una cuerda. Los cinco campesinos sorprendidos lo vieron alejarse, como si de pronto le hubieran entrado ganas de cabalgar. Pasca galopaba como un poseído. Desde la callecita lo vieron salir de la aldea, agitándose en el horizonte como un poste negro sacudido por los vientos. Después lo perdieron de vista entre las nubes de polvo que se levantaban entre los saucedales del Somes. Pasca el Boyardo llegó al Valle del Molino, a la casa de Vasile Cotoz, con su yegua sudando a gruesas gotas. Echó pie a tierra sofocado, sin dar ni siquiera los buenos días. —Te traje la yegua, dijo a Vasile Cotoz, entregándole las riendas. —Gracias, amigo Pasca, respondió éste. ¿Pero no decía usted que no quería venderla? —Cambié de parecer. —¿Y cuánto quiere por ella?, preguntó Vasile Cotoz, examinando al animal agotado por la carrera, con ojo de crítico y conocedor. —¡Lo que quieras darme!, respondió Pasca, destanteado. —¿Pero por qué así, amigo Pasca? —No me preguntes nada. —Un negocio no se hace sin regatear, eso no tiene sentido, protestó Vasile Cotoz. No tiene gracia si uno no discute el precio y si no se bebe un trago cuando se ha llegado a un acuerdo. —Escucha, ¿quieres la yegua o no la quieres? —Yo la quería, ya lo creo, la prueba es que hace un año que ando atrás suyo para que me la venda. —¡Entonces, tómala, ya no hay nada que hablar! —Eso es fácil decir. —Escucha, ya te he dicho, dame por ella lo que quieras. Si no puedes pagarme ahora, no importa, yo puedo esperar, no estoy apurado. —No se trata de dinero. —¿Y de qué, entonces? —De la situación. —¿De qué situación? —Pues de esa, que ahora no me viene bien tu yegua. —¿Y por qué? —Porque me inscribí en la colectiva. —¡Basta! ¡Que el diablo te lleve, especie de asno apaleado!, exclamó Pasca, maldiciendo como si el otro le hubiera echado una serpiente en el pecho. Pasca salta sobre su yegua. Pero en lugar de tomar por el camino, corta por los campos, sofocado. No quiere encontrar a nadie. Castiga al pobre animal en la cabeza con la cuerda, gritándole: "Ahora tenemos esto. Ni Vasile Cotoz te quiere. Te daba por tres veces nada, y ni aún así te quiere. ¡Te tendré que echar a los perros!, ¿me oyes?, ¡a los perros, a los perros, a los perros!", asesta más golpes a la pobre bestia, como si se complaciera en hacerlo. La yegua tropieza en un atascadero, dobla las patas y Pasca salta como en un vuelo planeado de la montura. Furioso, se levanta, y la castiga hasta que le faltan las fuerzas. Luego vuelve a montarla y la azuza de nuevo. En su mano la cuerda, como una serpiente, silba cada vez que cae sobre el lomo de la bestia o que ésta parece retardar el paso, entonces el látigo cae en lugares precisos, entre las patas, donde más puede dolerle el castigo. Un vapor agrio del sudor del animal lo excita cada vez más, y Pasca le da talonazos en el vientre gritándole como un poseído: "¡Te voy a tirar a los perros, a los perros, a los perros!" La yegua vuelve a caer, pero esta vez ya no se levanta. Relincha desesperadamente, tiembla, golpea con las patas en el suelo endurecido por la sequía. Asustado, como si hubiera

recuperado la conciencia, Pasca se arrodilla, toma entre sus manos la cabeza del pobre animal... Pero ya es tarde. Por sus ollares brota una espuma sanguinolenta, después su cuello negro, largo y delgado, se inclina lentamente y cae sobre la tierra. La yegua de Pasca el Boyardo ha muerto en el campo tranquilo y desierto, bajo la caricia de un viento otoñal. Pasca el Boyardo, con la cabeza y los pies desnudos, corre a través de la rastrojera. Llega al borde del camino. Una de las mangas de su chaqueta está manchada de sangre. Trata de limpiarla, pero se enreda en sus propios movimientos. Se saca la chaqueta y la tira en una zanja, para no ver esa mancha roja sobre la manga. Alguien le da los buenos días. Pasca lo mira con aire atontado. Tuerce la boca, queriendo decir algo, pero no sale ningún sonido de su garganta. Cuando llega a la casa, entra en el patio afelpando el paso con aire sospechoso, como si no estuviera en su propia casa. Va a la fuente y hunde la cabeza en el balde lleno de agua. En ese momento recuerda que tiene sed, inclina de nuevo la cabeza y bebe ávidamente, como una bestia. En la callejuela, los campesinos pasan en grupos. Uno de entre ellos, Pavel Curta, le grita con voz agria, por encima de la verja: —¡Has hecho una cosa bien sucia! ¡Recuérdalo! ¡Recuérdalo! Pasca el Boyardo saca la cabeza del balde para oír lo que el otro le dice. Escucha, con la mirada perdida en él vacío, después vuelve a hundir la cabeza en el balde. Pasca tiene sed... Pasca el Boyardo está sentado sobre el piso de la veranda. A su lado un gran brocal donde hunde sucesivamente la mano para sacar un pepino en vinagre preparado por Solomía. Lo come sin darse cuenta que está mojando su camisa. En sus ojos verdes brilla una luz apagada y fría. Desde ayer su nariz parece haberse puesto más afilada, su barba gris ha crecido más de la cuenta, y tiene el aspecto de un sabio con la cara petrificada. Pero sabio, Pasca no lo es en absoluto, bien al contrario. Hasta los chicos se burlan de su prudencia. "Está loco", dicen las gentes, y sin hacerle mucho caso, cuando van a sus ocupaciones. A él le parece sentir que llega desde el campo el olor dulzón de la yegua, y le da náusea. Vomita. Los perros del vecino rondan alrededor suyo. Pasca va a la fuente, hunde su cabeza en el balde, muerde un pepino, el jugo le chorrea por el pecho, las semillas blancas se le pegan en las narices, en el mentón. —Hace mucho viento, Simion, grita Solomía. Entra en casa. Pasca ya ha sentido que hace mucho viento. El mes de noviembre llega sobre el Somes, duro, con sus heladas rápidas y sus vientos ligeros. Los campos desnudos, fatigados, hacen parecer más triste ese otoño transilvano. De la tierra morena, revuelta por los arados, suben en el aire perfumes violentos que empañan el cielo violáceo, de vidrio. Ese horno inmenso donde, desde la primavera hasta el verano, ha madurado el pan de los trabajadores, se enfría lentamente. Allá había maíz, aquí trigo bigotudo. Durante los meses apacibles de primavera, las manadas de ovejas pasaron por aquí, yendo hacia el sur, pastando la hierba tierna de los prados que bordean el Somes, después volvieron a regresar durante el otoño, remontando hacia el norte, para mascar una vez más la hierba de los prados con sus dientes menudos. Muy cerca de ese lugar, en el campo, había una pequeña fuente donde venían a abrevarse un centenar de vacas manchadas. En el calor tórrido de una tarde de verano, el agua barrosa, salobre, sabía a paraíso. Ahora la fuente estaba seca. El vaquero de la aldea ha sacado la cubeta de madera y tapado el brocal con tablas de encino, clavadas con buenos clavos de siete pulgadas. Hasta la primavera, cuando brote la hierba tierna, nadie tendrá necesidad del agua de la fuente de pastaje. Las ruedas de las carretas livianas, ni los cascos de los caballos no levantarán el polvo en los caminos. Mañana o pasado mañana el viento norte va a soplar como enfurecido, llenando el campo de sus alaridos, recubriendo los caminos y las aldeas de copos de nieve, venidos del fin del mundo. Así todo

pasará según las leyes buenas y sabias de la naturaleza. La vida se recogerá como en un lecho en las aldeas diseminadas sobre la costa del río, entre los muros de las casitas, en el olor de las zamarras, en el aguardiente, y los campos quedarán desiertos, bajo el azote de las lluvias y los vientos, los montones de nieve acumulados como una sábana y el silencio del invierno. Después de los trabajos del verano, los campesinos viven en un apacible y dulce descanso, cuando las gentes han terminado sus tareas, contentos del trabajo concluido. Es también tiempo en que los campos fatigados gozan de ese reposo que la tierra necesita. Caerán del cielo, como mariposas blancas y perezosas, los primeros copos de nieve... —Hay mucho trajín en la aldea, Simion, dice una vez más Solomía. Pasca el Boyardo también lo sabe: hay trajín en la aldea. La calma habitual no ha llegado, las gentes están agitadas. ¿Pero cómo podía ser de otro modo? Las gentes no pueden estar tranquilas. Hasta el reposo natural de los campos ha tardado en llegar. Ese mes de noviembre no se parece a ningún otro noviembre transilvano. Las aldeas del Somes están ganadas por la fiebre de la colectivización. Los camiones ruedan sin cesar sobre los caminos polvorientos, las carretas más livianas se cruzan y entrecruzan rodando al trote de sus pequeños caballos. Hundidos en sus chalecos forrados, los campesinos de Iadara, de Curtinus, de Apa se van por los campos, instaurando un nuevo orden de cosas en todas partes. Un ejército de ingenieros miden los campos desde los bordes del Somes, con sus metros, o con sus pasos, para convertir esa multitud de pequeñas parcelas en los futuros grandes dominios de las explotaciones agrícolas colectivas. El rechinar de las cadenas arrastradas de un campo a otro desaparece bajo el ruido de los tractores que trazan anchos surcos, a lo largo de kilómetros. Las sombrías bandadas de cornejas descienden unas tras otras sobre las tierras, en cuanto se detienen los trabajos, en busca de gusanos. De algunas cuevas destruidas por el acero de los arados, surgen espantadas ratas grises, que huyen y desaparecen sobre los campos. En los prados los caballos se juntan en tropillas y husmean nerviosamente, parando las orejas. —Todor, el hijo de Luschiu, nuestro primo hermano, viene de asistir a una de las sesiones. Para Pasca el Boyardo eso no es una novedad. Él sabe que las gentes asisten a esas reuniones. Entusiasmados por el ardor de esos cambios extraordinarios, los campesinos se ocupan de un montón de cosas, en las cuales no se interesaban. En el centro cultural, tienen también reuniones apasionadas en plena noche, hasta el alba o en el crepúsculo. Hablan cinco, diez, todos a la vez. La mayoría de ellos no tienen el hábito de esas reuniones. Están asombrados de oír pronunciar palabras nuevas, expresiones que aun ayer ignoraban, como: "en el espíritu de los principios", "para el problema", "lo justo", "lo erróneo", "la hydrocultura" (esa última palabra, sobre todo, corre de boca en boca). Sí, los campesinos no tenían el hábito de estas reuniones, pero bien pronto se habitúan a ellas. Se sienten contentos de sus nuevos hábitos. Orgullosos, rivalizan en el empleo de esas palabras recién aprendidas, como quien por primera vez ve nuevas piezas de moneda. Inclinados sobre sus mesas, los niños en edad escolar escriben pedidos de inscripción, trazando cada palabra con aplicación, en gruesos caracteres de trazos redondos. Sus padres deambulan a través de las habitaciones, dictándoles lentamente, con voz ronca, mezclando las expresiones: "Yo, Todor de Luschin", o bien "Yo, Big Inau, de la colina", o "Yo Santa Pista, del molino", o "Yo, Ghirita Gheorghe de Discu, propietario de doscientas cincuenta aras y cinco arpantes de tierra, de una yegua, de un caballo Isabel y de una marrana que está preñada, pido ser recibido..." A veces se enredan en esas telas de araña de las palabras, y entonces maldicen, y vuelven a empezar desde el principio. A veces la pluma deja una mancha de tinta en el papel y entonces el chico sale corriendo hacia el negocio o almacén de

la aldea, despierta al vendedor y tendiéndole cinco céntimos por la ventana, le dice: "Mi papá necesita otra hoja de papel." —Ya ves, la mujer de Ciciri ha perdido la cabeza, degolló a su carnero, y ahora lo está cociendo en el horno, anuncia Solomía. ¿Qué me dices de eso, Simion? Para Pasca no es un secreto que algunas mujeres de Iadara han perdido completamente la cabeza, todo lo que sucede y sobre todo lo que va a suceder les ha perturbado el espíritu. La emoción de lo desconocido se ha infiltrado en sus corazones. Ellas escrutan las caras imperturbables de los hombres, tratando de descifrarles los pensamientos. Tal vez por eso se muestran tan atentas, benévolas. Matan sus pollos, sus gallinas, los carneros, como si se tratara de una boda. Pero sus maridos, ellos, comen muy poco. Se sientan frente a las escudillas sin pronunciar una sola palabra. Fuman, piden a sus mujeres aguardiente y ajo. Aguardiente, ajo, chucrut, chucrut, ajo, aguardiente... Se levantan después, haciendo sonar los huesos. Se pasean por los patios, en las caballerizas, en los campos. Se diría que están ebrios. Ebrios del aguardiente que han bebido, no, sino de tanto rumiar sus pensamientos. A veces un cierto sentimentalismo se apodera de ellos y los hace aparecer ingenuos, como niños. Salen cien veces de la casa para acariciar a sus vacas, hablar a sus caballos. El Ion de Gheorghe pone en el comedero el mejor forraje y avena amarilla como el sol. Se pasan la mitad de la noche escuchando cómo las bestias mastican sus piensos perfumados, escuchando a los caballos rumiar la avena. Después se apresuran a encender uno de esos faroles para las tormentas, porque piensan que ya es hora de ir al consejo popular, para tener todavía una reunión. Pasca el Boyardo no va a ninguna parte. Permanece sentado sobre el tapete en su veranda, sacando los pepinos del frasco. Los come con placer, porque han sido preparados en vinagre, por Solomía. Las semillitas se le quedan prendidas en su barba hirsuta. Se las limpia con el reverso de la manga. ¡Qué hacer!, siempre pasa así cuando uno come pepinos. Nieva. El invierno del año 60 encontró a Pasca enfermo. Ni los médicos, ni los polvos del farmacéutico, ni los ensalmos podían curarlo. Nada le hacía bien, ni los huevos de codornices comprados en el mercado y guardados durante nueve días enteros bajo el brazo, ni el humo de pelambre de lobo echado en los carbones encendidos, ni el jugo de la mil hoja que se hace hervir al alba en el cruce de los caminos. La enfermedad de Pasca el Boyardo es una enfermedad con crisis de furor, y otras locuras, una enfermedad hasta ayer desconocida. Las noches, sobre todo, le dan terror. Las noches de invierno, largas, blancas, interminables. Sus pensamientos lo torturan, lo angustian. Cuando, por fin, consigue apartarlos de su mente, otros vienen a reemplazarlos. Se da vueltas en la cama, se levanta, mira por la ventana. La luna brilla, posada como una lechuza sobre el cigoñal de la fuente. Una sábana de nieve cubre los campos. En la casa el gato ronronea junto al horno. Solomía duerme como un niño. Pasca enciende un cigarrillo. A través de las paredes cree escuchar a la yegua que relincha. "Tal vez se aburre", piensa. "Vamos, Estrellita, no te preocupes, este es tal vez el último invierno que estarás sola. Mañana, pasado mañana, la primavera próxima, entonces tal vez..." ¿Qué es lo que pasará en la primavera próxima? Pasca el Boyardo ya no tiene caballo. A través del muro oye las ratas que se mueven entre la paja de la caballeriza. Sus pensamientos lo asaltan de nuevo, como pájaros invisibles... Los mismos, siempre los mismos... A veces se oye algún lobo que baja del bosque. La aldea se alborota, frente al peligro. —¡El lobo!, ¡el lobo!, gritan los campesinos.

El lobo regresa o a veces también es muerto por los colectivistas. Entonces las gentes se echan a reír, y la vida retoma su ritmo habitual. ¿Qué puede hacer en todo eso Pasca el Boyardo? Reflexiona... El tren pasa una vez por día. Silba. La aldea se conmueve. Las gentes ponen en hora sus viejos relojes, heredados de sus padres. Son las tres. Pasca el Boyardo no marca la hora en su reloj. Posee un viejo reloj de pulsera, comprado de ocasión en Satu Mare. Hay que darle cuerda sólo cada dos días. Marcha como se le da la gana, pero marcha de todos modos. Pasca el Boyardo no se ocupa mucho de su reloj. ¿Para qué? Reflexiona... La noche cae pronto, anochece a las cinco de la tarde. Los campesinos comen apuradamente, luego se van a la "sede" para aprender "técnica agraria". Tienen allí un agrónomo, el agrónomo de la aldea. Los jóvenes se van al hogar cultural a pellizcar a las muchachas en los rincones, a leer los periódicos, a jugar al ajedrez, a escuchar las últimas noticias sobre el satélite. Pero Pasca el Boyardo ¿por qué va a gastar petróleo por nada? Él se acuesta. Él no va a escuchar la radio. Él tiene una radio en la cabeza. Peor que esa que camina con electricidad. No puede conciliar el sueño. Sus pensamientos dan vueltas y muele sus ideas como un molino descompuesto. ¿Sus pensamientos? ¿Qué pensamientos? Los mismos de ayer, de antes de ayer, de toda la semana. —¿No duermes Simion?, pregunta Solomía. —No, reflexiono, contesta Pasca. Enciende un cigarrillo. Toda la casa parece ahora invadida por sus pensamientos. Los ve como hilos de humo, como el humo de su cigarrillo. Lo apaga. Se levanta, mira por la ventana. La luna está siempre allí y la lechuza sigue sobre el cigoñal de la fuente. Un manto blanco cubre los campos. El gato sigue ronroneando junto al fuego. Solomía se ha dormido como un niño. Pasca se sorprende de pronto discutiendo con el Estado: "Buenos días, muchacho. ¿Cómo te va? ¿Estás bueno?", pregunta el Estado. "Bueno, gracias, pero bastante pobre." "¿Pero pobre todavía?", indaga el Estado extrañado. "Sin embargo yo te he dado la tierra y otros derechos. Pero tú ¿qué es lo que has hecho?" "Comercio con melones, y espero que eso no te disguste. Pero he oído decir que me has dado otras buenas cosas. Yo creía que yo era un hombre... ¿Pero tú Estado, cómo estás?..." "Yo bien. Pero tú ¿por qué te has quedado apartado? En el año 45 te sublevaste, estabas ansioso de justicia. Ahora, me das la impresión de que no estás tan entusiasmado, al contrario. ¿Por qué no te inscribes?" "¿Dónde inscribirme, Estado?" "¡En el socialismo, hombre!" "Prefiero esperar todavía un poco." "¿Y por qué prefieres esperar?" "Para enraizarme mejor, amigo. Apenas he empezado a sentirme cómodo. Tú debes comprenderme también, no es cosa de brujerías." Pero se diría que el Estado es testarudo y no quiere comprender, absolutamente, al antiguo proletario agrícola. Entoces Pasca interrumpe su amistad con él. Otras veces se complace en imaginar que él es colectivista y que debe conducirse como tal. "¡Quítame a Cozma Filimon de mi brigada, o soy capaz de despellejarlo vivo!" ¡Comprendido, camarada Vicepresidente! Hace como si gritara golpeando con el puño sobre la vieja mesa de billar que el Vice-Presidente ha transformado en escritorio. Pavel Curta no parece emocionarse mucho y exige precisiones: —"¿Pero qué es lo que ha hecho Cozma?"

"Ha volcado una carreta de heno con las ruedas al aire en medio mismo del camino, explica Pasca furioso. El mal no sería tan grande salvo que hoy es miércoles y que la gente va a la feria de Satu Mare. Los campesinos individuales se acercan y no esperan más que una ocasión para burlarse de nosotros. Como si ellos fueran capaces de comprender que no hay manada sin oveja sarnosa. Puros envidiosos, hablantines. Pero hay que tomarlos de manera muy política. En cuanto a Cozma Filimon yo te digo que hay que mandarlo a recoger chauchas con las viejas..." —¿Qué es lo que te ha dado por levantarte así en plena noche, pregunta Solomía, asombrada, y con razón, viendo que su marido se pone las botas y el bonete puntudo en la cabeza. —Tengo que hacer... —¿Pero qué es lo que tienes que hacer, marido?, pregunta la mujer, que no comprende de qué se trata. —Juraría que ese vagabundo de Corolian Vasii ha venido a montar la guardia borracho como un cerdo, y que está vendiendo a bolsas llenas el girasol de la colectiva. .. —¿Pero a ti qué te importa? ¿Acaso es de tu brigada? ..., parece decir Solomía burlona. Ocúpate de tus asuntos, a ti no se te paga con nada de trabajo para hacer de vigilante... —Eres una gansa y de concepciones atrasadas, responde Pasca el Boyardo, furioso. Después sale, llevando consigo una horquilla... "Te adornas, mujer, más que la sede del distrito", exclama Pasca el Boyardo, por bromear, paseando a su mujer por todos los negocios de Baia Mare, la ciudad más importante de la región. Pero en el fondo eso le gustaba, pues, aunque era un poco huraño, tenía a ese respecto sus ideas. Frente a un mostrador de sedas se encontró cara a cara con un vendedor bajito, calvo, cubierto de pecas. Éste le inspiró confianza, y Pasca le abrió su corazón: "Quiero vestir a mi mujer como una dama, por favor... esas pobres gentes de las casuchas de rija (no sé si usted ha estado alguna vez por allí), se fijan en la manera en que va vestida la mujer de un colectivista..." "Pero yo le pregunto a usted francamente, ¿nos habremos vuelto boyardos?, dijo, ahora que se permitía gritar en plena asamblea general. ¿Tenemos acaso demasiado dinero? ¿Se creerá que nadie ha leído los documentos del congreso? Debemos encontrar nuevos medios de administrarnos. El partido nos enseña sin cesar a meternos en la cabeza palabras tales como "recursos propios", "ramas anexas" y otro sin número de cosas, tratando de borrar las diferencias entre las ciudades y los campos. Yo soy un tipo medio, y yo les propongo. El agua se encuentra a dos pasos de aquí. Con un poquito de inteligencia, algunas buenas trabajadoras, se podría hacer una huerta en regla, con pimientos, repollos y lechugas." "Y melones", exclamó alguien... "Vaya por los melones...", aprobó Pasca el Boyardo. ¿Qué dices tú de esto, Solomía? ¿Lo hacemos? —¿Decías algo, Simión?, preguntó la mujer asombrada, bruscamente arrancada de su sueño apacible y ligero. Devuelto a la realidad, Pasca el Boyardo murmuró algo en voz alta: —¿Qué? ¿qué? No, nada, Solomía... Duerme... y la tomó en sus brazos para tranquilizarla. Sí, Pasca el Boyardo estaba enfermo. Le pasaban por la cabeza mil fantasías. La mañana lo encontraba en los campos. Salía en camisa y en calzoncillo y caminaba a grandes zancadas, hasta el Somes, arrastrando detrás suyo los cordones de los zapatos. Daba algunos pasos, se inclinaba, palpaba la tierra con la palma de la mano. Con la cabeza desnuda,

el cuello abierto, Pasca observaba, escuchaba nacer la nueva estación. De lejos llegaba una brisa tibia, que se expandía por el campo. La sábana blanca de la nieve se desgarraba como un trapo viejo. En los prados se oía quebrarse en mil pedazos la nieve invernal. El hielo crujía sobre las aguas del Somes. Solomía asoma al umbral de la casa y le grita: —¡Hace mucho frío, Simion!, ¿qué estás haciendo allí? ¡Vamos, vuelve a la casa! Pasca el Boyardo, extrañado por aquellos gritos, levanta las manos al cielo diciendo: —Solomía, no ves que la primavera está llegando... Plantado sobre sus piernas, Pasca el Boyardo reza, se despide de algo. Dios sabe de qué. De lejos parece una gran estatua blanca surgida en medio de los campos. Resbalando por las colinas, la nieve derretida se desliza, formando pequeños cursos de agua. Deslizándose a los pies del hombre estos riachos largos y elásticos acarician la tierra con un abrazo largo tiempo deseado. Pasca el Boyardo se pasea por los campos, como atontado. Se inclina, palpa la tierra, se vuelve a levantar, y, como si hubiera hecho un gran descubrimiento, grita con toda su fuerza: —Solomía, ¿no estás viendo que ha llegado la primavera? Afiebradamente Pasca se viste. En la veranda percibe los arneses de la yegua. Los repara en dos o tres puntos y los pone a secar al sol. Saca la carreta al medio del patio. A falta de grasa para engrasar los ejes, se sirve del sebo destinado al jabón. Entra en la caballeriza. Hace mucho frío. Un potrillito de siete u ocho meses, es demasiado pequeño para calentar una caballeriza. Pasca saca el potrillo al sol, en el patio. Es un alazán con pelo largo, y muy poco avispado, porque ha crecido sin su madre. Pasca lo cepilla. Lo frota cuidadosamente con un pedazo de lona. Después le ajusta una de las riendas de la yegua, para ponerla a su medida. Llama a su mujer, le da las riendas y toma el timón de la carreta. —¡Nos podrían haber llamado una vez más!, dice Pasca en voz alta. Solomía no responde, por temor a decir algo que no le agrade. Pasca saca la carreta sobre el camino. Detrás de él, va Solomía tirando del pequeño alazán. La carreta hace mucho ruido sobre la ruta empedrada. Pasca tira de las lanzas con las mandíbulas apretadas, los ojos bajos para no darse cuenta de la gente de la aldea que sale a mirarlo y que adivina a donde va. Por decir algo, grita a Solomía: —Más ligero, mujer, más ligero... el sol se está levantando. .. Las pezuñas sin herraduras del potrillito resuenan con pequeños golpes rápidos y regulares. A Pasca le complace escucharlos. Se detiene frente a la entrada de la colectiva, mira el arco que está sobre el portal. Lee la inscripción en letras rojas, como para estar seguro de no equivocarse: "EXPLOTACIÓN AGRÍCOLA COLECTIVA FURNICA, ALDEA DE IADURA". Cuando llegan al patio abandona en cualquier lugar la carreta, ata al potrillito a un pilar de la veranda, ve a un hombre vestido con un largo sobretodo forrado, probablemente es el guardián, —Busco al vicepresidente, le dice con voz seca, anudando uno de los lazos de sus zapatos para parecer dueño de si. —El presidente es más importante, le observa el guardián. —Yo quiero ver al vicepresidente, ¿me has comprendido o no?, replica Pasca el Boyardo, con tono áspero, volviéndole la espalda. Pasca el Boyardo y Pavel Curta se entienden en seguida, sin palabras inútiles. Sólo con las miradas. Ni reproches sin fin, ni lamentos profundos. —¡Aquí estoy!, dijo Pasca, simplemente.

Fueron los ojos castaños de Curta los que respondieron primero, después sus labios: —Bien hecho, Simion... —Escribe la solicitud, tú, que has ido más tiempo a la escuela, ordena Pasca a su mujer. Pavel te ayudará. Después de todo, te hizo la corte en otro tiempo... Los dos hombres se echaron a reír, pero Pasca el Boyardo está muy apurado. Empuja la carreta bajo la cochera, y conduce el potrillo de siete meses a la más calentada de las caballerizas. El inspector zootécnico llama a Pavel Curta aparte y le dice: —¿Qué quieres que hagamos con su potrillo? Es tierno y está tan flaco que da miedo. ¿Para qué nos lo has traído? Debe de estar aturdido. Habría hecho mejor dejándolo en su casa. No nos va a traer más que molestias. Es apenas más grande que un cabro. —No tienes una pizca de táctica en la mollera, lo sermonea Curta en voz baja. —¿De qué? —Si fuera por ti, ya le habrías ido a decir de golpe y porrazo que su potrillo no vale nada. ¿No te has preguntado, siquiera, cómo Pasca el Boyardo tomaría la cosa? Simplemente le romperías el corazón. —¿Y después? ¿Acaso no lo merece? —Esa es otra historia. Dando el potrillo a la colectiva, Pasca expresa, estoy seguro, su arrepentimiento por las tonterías que ha hecho y que la aldea no ha olvidado todavía. —¿Qué trabajo me vas a encargar?, interrumpe Pasca el Boyardo, acercándose. Yo de discusiones estoy harto. —Por el momento vas a ir a trabajar en la cribadora, responde Pavel Curta por decir algo. En la granja están sacando las semillas de girasol. Pasca se va a hacia allí. —Habrá que dejarla un poco al sol, opina, tomando algunos granos en la palma de la mano. Está todavía húmeda. Es fácil ver, seguro que a causa de la humedad de los muros. ¿Qué les parece? Los dos o tres hombres que se hallan cerca de la cribadora son de la misma opinión de Pasca, como si éste hubiera estado con ellos desde que el mundo es mundo, y hablan con él con la mayor naturalidad. —Habrá que sacarle la tela al camión y poner las semillas a secar... —Podríamos encargar a algún chico que las removiera... —Y espantara a los gorriones... Mediodía llega pronto, pero Pasca no regresa a la casa. Solomía le ha traído su almuerzo. Se sienta sobre una bolsa al lado de los otros. Cada uno come lo que tiene. Él, tocino con cebolla, y papas cocidas en su cáscara. —No tiene muy buen diente Pasca el Boyardo, dice Hebe, uno de los trabajadores. —Te equivocas, replica Pasca, y para que le crean muestra sus dientes blancos como marfil. —¿Y por qué estás en guerra con el pan?, pregunta Hebe curioso. No te debe faltar trigo... —Ya lo creo, aprueba Pasca, pero no tengo a nadie a quien pedirle un caballo para llevarlo hasta el molino. —Pídelo a la colectiva, responde Hebe, fastidiado de ver que Pasca no ha sido capaz de pensar eso por sí mismo. Vean eso, ¡para él todo es un problema!, exclama perplejo, tomando su pala. Pasca el Boyardo se estremece. Piensa que eso sería una buena idea. Pero renuncia a ella. "¡No, yo no tengo el derecho de acariciar las crines de un caballo, mientras viva...!", decide en su interior, y se acerca a tomar la manivela de la cribadora. Da vuelta a la rueda y el viento limpia las semillas de girasol... El tiempo pasa rápido. La luna se levanta.

Una carreta cruza la ruta al trote de fuertes caballos. Pasca los azuza con una voz dulce: —¡Ale, ale..., chicos! Ustedes no van a reventar... Un viejo transilvano lleva su trigo al molino...

GEO BOGZA El fin de Iacob Onisia
La Navidad había llegado a todo el valle del Jiu; desde Lonea hasta Lupeni se celebraba esa fiesta inmensa y triste, que para muchos no era una fiesta. Una calma, una calma profunda, casi pesada, se extendía sobre los caseríos de los mineros. En todas partes se detenían las ruedas, todo se inmovilizaba y quedaba sepultado bajo un profundo silencio. Hacia la media noche, el último tren pasó por la estación y no volvió a oírse ni siquiera un silbido. Tampoco la sirena lanzó su lamento a las diez de la noche, ni a las cuatro de la mañana. Hacia el alba, la neblina empezaba a disiparse, y una luz fría y vidriosa inundó el valle, y el cielo y la tierra parecían ser un solo bloque de hielo, cuya transparencia dejaba ver los caseríos como hundiéndose en el fondo de un océano, que al envolverlos en sus nieves, iba poco a poco petrificándolos. La Navidad, con su inmovilidad total, había empujado hacia el norte a todo el valle y lo convertía en una región polar. Todo parecía estático, inmovilizado hasta la eternidad. ¿Quién podría moverse? ¿Quién se atrevería a romper aquel gigantesco bloque de hielo? Fue entonces, en esa inmensidad inmutable, que un cuerpo humano se desplomó en el vacío, desde doscientos metros de altura, y se oyó por todas partes un grito espantoso, que desgarraba el aire en todo el ámbito a la redonda. Las puertas se abrieron, las gentes se asomaron a las ventanas y el valle del Jiu se puso en movimiento. Poco después, los teléfonos empezaron a sonar con furia en las oficinas de la Dirección de Minas, en los escritorios de la Inspectoría Minera de Petrosani. —Señor ingeniero, en Dilja un hombre ha caído del teleférico y ha muerto. Así empezaba en aquella mañana de Navidad, la primera comunicación telefónica del valle del Jiu. Era algo que salía de lo habitual, algo increíble, porque hasta el mismo inspector en Jefe de las minas abría sus ojos asombrados y repetía incesantemente en el receptor: "¡Pero no es posible, es imposible!" ¿Qué podía ser imposible en ese valle donde sucedían tantas desgracias? El ingeniero repetía que no era posible que un hombre cayera del teleférico precisamente esa mañana, porque el teleférico no marchaba desde la noche anterior. —Acaba de caer, señor ingeniero, en este preciso instante, repetía con obstinación otra voz ronca, desde el otro extremo del hilo, anunciando la desgracia. Entonces llamaron a la estación del teleférico de Aninoasa, después de Petrila, después a las líneas centrales y al puesto de gendarmería. En el valle del Jiu, los teléfonos sonaban por todas partes, incansablemente. Las gentes que se preparaban a gozar de un día de reposo y de tranquilidad oían el zumbido prolongado de los timbres telefónicos y todos sentían que su sonido no era habitual y que algo trágico anunciaba. Tendían las manos hacia los auriculares y escuchaban estupefactos repetirse mil veces en el receptor: "¡No es posible! ¡es imposible!" El ingeniero jefe de Aninoasa, a quien le estaba encomendado la marcha del teleférico, se había ido a Vulcan, y en su búsqueda se despacharon los ecos sonoros de las campanillas eléctricas de los teléfonos, que llamaban, llamaban y se oían en todas partes, hasta lograr encontrarlo. También él escuchó y respondió como los demás, pero aún con, más energía: "¡Es imposible! El teleférico no funciona desde ayer por la tarde!"

—El hombre está muerto en el valle, en Dilja, ha caído esta misma mañana, acaba de morir... Toda la nieve está salpicada con su sangre... Entonces todos parecían tener ante sus ojos ese cuadro horrible, y lo sentían como una realidad que no podía negarse. Pero una duda asaltaba a unos y otros, esa duda que se planteaba, corría por los hilos telefónicos, entre las montañas, hacia la estación del teleférico de Dilja: "¿Cómo? ¿Cómo había podido suceder?" Nadie pudo dar una respuesta. En todos los lugares donde se oyeron los llamados, donde los teléfonos sonaron. En los escritorios, en las casas de los ingenieros, en las centrales de las líneas teleféricas, en la entrada de las minas, en todas partes, los que llegaban, los que a su vez mandaban a otros, siempre la misma pregunta, el mismo interrogante. Era la Navidad, la calma inmensa y profunda reinaba en todo el valle, pero los teléfonos parecían quebrantar la quietud que reinaba en el aire y en los corazones de las gentes. Cada quien era llamado una y dos veces, de dos o tres lugares diferentes, y a su vez llamaba otras tantas, como en un bosque en el que cien personas se buscaran unas a otras, despertando ecos por todas partes. Pero todos seguían en sus habitaciones bien calentadas que no se resolvían a abandonar, mientras en las montañas cubiertas de nieve yacía aquel hombre despedazado, y todos sólo desde lejos trataban de averiguar por qué había muerto en aquella mañana de Navidad, serena e inmutable. —Que algunos hombres vengan a ponerlo en una camilla y que lo lleven, no es posible dejarlo allí donde los lobos vendrían a devorarlo... llaman de nuevo... repetía al final del hilo telefónico la misma voz ronca, que un rato antes había despertado a todos, sólo que ahora apenas podía articular las palabras. De nuevo sonaban los teléfonos, llamando al equipo de socorro de Petrila. Eran las diez menos cuarto cuando el maestro de Aninoasa llegó a la plaza de Petrosani, donde ya muchas personas se hallaban reunidas. Y al solo acercarse a uno de los grupos se le oyó gritar bruscamente, gesticulando con los brazos: —¡Ay, amigos! Una gran desgracia ha sucedido en Dilja. Una cosa espantosa. Yo la he visto con mis propios ojos. Y eso no precisaba jurarlo. Porque sus ojos agrandados por el espanto estaban descoloridos como su cara, no sólo helada del frío sino lívida como la de un muerto. "¡Nunca vi un hombre tan pálido en un día tan helado!", decían los que lo encontraron aquella mañana. Tenía la muerte en la mirada, helada y blanca como un fantasma. El maestro de Aninoasa había sido testigo ocular de la desgracia acaecida aquella mañana. Y fue así como se pudo saber lo que en vano trataban de averiguar todos aquellos que con los teléfonos se interrogaban unos a otros. En ese momento volvieron a sonar las llamadas. Y en la Inspección de la Mina el teléfono se oyó por décima vez. —Sí, le escucho. Sí, estaba en el vagón del andarivel y trató de salir. Pero, por todos los santos, ¿qué estaría haciendo allí? —Trató de deslizarse por el cable sosteniéndose con las manos... sí... comprendo... Y fue así como en aquella mañana del día de Navidad el inspector jefe de las minas de Petrosani emprendió una investigación sobre el más extraño y el más trágico de los accidentes que hubiera sucedido nunca en el valle del Jiu. Todo lo que sigue es el relato fiel de lo sucedido, tal como fue reconstituido y como se halla consignado en el legajo de la investigación.

Dos trineos partieron aquella mañana de la Dirección de las Minas, cargados con gentes arropadas en gruesos sobretodos negros, entre los que se destacaba el capote kaki del gendarme. Al mismo tiempo los de Petrila partieron con una camilla, cortando camino por las colinas. El maestro de Aninoasa regresó también en trineo hacia el lugar donde había vivido momentos tan espantosos. Por sus centenas y centenas de chimeneas las casas de la colonia de mineros humeaban apaciblemente. Al principio el sol les daba de frente en la cara, y era casi una sensación agradable. El Paring aparecía en todo lo ancho del horizonte, como una sola masa, de brillo que enceguecía. El sol caía sobre sus crestas cubiertas de nieve, y sus tres picos más altos se elevaban hacia el cielo, como tres soberbias pirámides de luz. Sólo los macizos que daban hacia el sur permanecían en la sombra, y parecían como sumergidos en una ligera bruma azulada. Hacia el oeste, en cambio, todo resplandecía. Avanzaron cierto tiempo en esa dirección. Los cascabeles de los trineos sonaban armoniosamente y calmaban en las gentes la nerviosidad que le habían causado las llamadas del teléfono. Con ese ruido que les zumbaba todavía en la cabeza, el ritmo alegre y ligero de los cascabeles era como una capa de nieve suave que todo lo recubría. En un momento dado el frío los sorprendió. Los trineos doblaron el recodo del camino y se deslizaron por un estrecho valle hacia el norte. El pico de una colina ocultaba al sol, y en la sombra el frío aumentaba tanto que todos se apretujaron en sus abrigos. —Hizo veinte grados bajo cero esta noche, dijo una voz en uno de los trineos. Y todos parecieron sentir más frío. Pero el norte hacia donde se dirigían asomaba bañado de luz. En esa dirección el sol lanzaba sus dardos sobre las montañas, y no sólo, sobre las cumbres sino sobre las faldas, desde arriba hasta lo más hondo, haciendo escintilar los bloques de piedras, como un vasto imperio de blancura vuelto hacia el sur. Los trineos, sin embargo, se deslizaban al pie de las colinas, entre la sombra y el frío, y sus ocupantes apenas sacaban de vez en cuando las cabezas fuera de los cuellos levantados de sus abrigos para observar melancólicos y desconfiados la luz blanca que veían ante sí. Llegaron así a la altura de Petrosani, pero del otro lado de la montaña, y avanzaron siempre subiendo. Alguno de ellos, levantando la vista, pudo ver en lo alto destacándose sobre el fondo blanco de la montaña un punto negro suspendido sobre el abismo. Parecía un águila detenida, inmovilizada en su vuelo, acechando su presa. Era un vagoncito de la línea del teleférico. En seguida otro se dejó ver suspendido sobre el abismo, y a medida que el trineo avanzaba, esos como dos pájaros se desplazaban sobre el fondo inmaculado de las montañas, deslizándose sin cesar, hasta el momento en que se proyectaban sobre la inmensidad azul y calma del cielo. No se veía ni una nube. Cuando los trineos llegaron a encontrarse debajo de ellos, de un lado ,y otro del valle, sobre las crestas, se divisaron dos altos pilastres de hierro, cuyas cimas estaban enlazadas por encima del abismo por cuatro cables de acero, en una altura que parecía más allá de los límites del mundo. En lo alto, como en la bóveda de un circo donde se balancean los trapecios, en el reino de la audacia y la locura, los hombres veían esos dos puntos negros y volvían a recordar lo que los había traído hasta allí, y ese recuerdo los hacía estremecer. Por un sendero estrecho, escalaron a pie la ladera oeste. No había allí camino para los trineos y había que andar a pie, para llegar hasta el lado opuesto. Caminaban a buen paso. Ya no se oía el tintineo de las sonajas, sino sólo el crepitar seco de la nieve. Por momentos, ésta crujía bajo los pies con el ruido de una tela que se rasga. Frente a ellos el pilón crecía cada vez más, dejando ver como en una radiografía cada vez más claramente, las barras de hierro de que estaba formado. Era difícil trepar. Todos habían entrado en calor y jadeaban. De pronto alguien dijo: —¡En estas trepadas por más frío que haga, acaba uno por transpirar!

Algo vibró dolorosamente entonces, como un presentimiento indefinible, en el corazón de aquellos seis hombres que trepaban la montaña. Como si los pájaros que se acechaban desde hacía mucho tiempo en la altura, se hubieran de pronto encontrado frente a frente, golpeando sus oídos con el roce de sus alas, como un llamado inquietante. Si el ingeniero jefe se hubiera deslizado en ese preciso instante en la nieve, y se hubiera podido quedar allí inmóvil meditando, hubiera visto venir haciá él a un hombre con los brazos y las piernas quebradas, la cara sucia de carbón, de sangre y de nieve, que le habría murmurado en el oído: "¡Sí, en estas trepadas, por más frío que haga, se suda de todos modos!" Y los dos pájaros habrían tomado una cara y un nombre conocido. Sin querer, uno de estos hombres había pronunciado la frase que explicaba el extraño acontecimiento y los otros temblaron como sacudidos por un triste presentimiento. Veinticuatro horas antes, esta misma frase había sido dicha en ese mismo lugar por el hombre que ahora yacía aplastado del otro lado de la montaña. "En estas trepadas puede hacer todo el frío que se quiera, pero acaba uno por sudar." Y en verdad estaba empapado de sudor, su pecho y su espalda, aunque sólo había recorrido la mitad del camino que llevaba a Petrosani. Desde allí hasta Petrila faltaban todavía tres kilómetros, siguiendo el curso del Jiu. Desde Aninoasa hasta Petrosani había tres valles profundos y tres altas colinas que pasar, bordeando las montañas. El sendero las travesaba a las tres, hundiéndose en los profundos valles, remontando sobre las crestas y volviendo a bajar. No era posible imaginar un tormento peor que llegar, con gran esfuerzo, a la cima de una colina y ver que había que bajar del otro lado, para volver a subir penosamente, con una rabia sorda que oprimía el pecho. "¡Es un verdadero castigo!", murmuraba aquel hombre. Y recordaba que efectivamente estaba cumpliendo un castigo. Pero no se avergonzaba. El mismo ingeniero en jefe le había puesto la mano en el hombro cuando le dijo: "¡Onisia, usted debe comprender!" Y él había comprendido. En dos meses el mundo no se acaba. Y no se arrepintió en aquel momento. Era el otoño, en la época en que se fabrica el aguardiente. Un día hermoso había llegado al segundo cambio de equipo tambaleándose un poco, es decir, la verdad es que se tambaleaba bastante. No lo dejaron bajar a la mina. Pero él se debatió y entró por la fuerza en la caja del ascensor. Fue inútil que que después lo llamaran desde la superficie. ¿Acaso no había sucedido nada? Absolutamente nada. Todos debieron reconocer que no le sucedió nada. Se dirigió al frente de abataje sin discutir con nadie, trabajó tranquilamente y hasta había llenado un vagón más que la norma. Pero, a pesar de todo, fue castigado. Ni el capataz de servicio, ni el primer capataz, ni el jefe de los mineros, ni el ingeniero, nadie quiso castigarlo. Todos conocían bien a Iacob Onisia. Pero el ingeniero jefe era un timorato: "Hay que informar a Bucarest, a la Dirección General", había dicho. "¿Pero para qué informar a la Dirección General?", le preguntó el jefe del sector. "Usted es joven, no tiene experiencia de la vida. Imagínese que otro día, algún otro quiera hacer lo mismo y que suceda algo malo. Querrán imponerle un castigo. Entonces irá a reclamar a Bucarest diciendo que a Onisia no se le castigó por la misma falta. ¿Y si los superiores preguntan por qué no se castigó a Onisia?... Es mejor escribir lo sucedido a Bucarest, para estar a cubierto de cualquier cosa." Y fue así como se comunicó a Bucarest lo sucedido, aclarando que Iacob Onisia era uno de los mejores mineros de Aninoasa, que trabajaba allí desde hacía diecisiete años, y que no merecía ningún castigo. Al cabo de dos semanas la respuesta llegó de Bucarest. Onisia debe ser castigado. Será transferido a Petrila por dos meses. Todos lo lamentaron y le dijeron, palmeándole la espalda: "Tú tienes que comprender, Onisia..."

Y así empezó a purgar su pena el primero de noviembre. Desde Aninoasa a Petrila hay seis kilómetros en línea recta, yendo por el cable del teleférico. Los vagoncitos cargados de carbón hacen el recorrido en media hora, pero yendo a pie por sobre las colinas se necesitan cerca de tres horas. Su mujer y sus hijos dormían en la casa cuando las sirenas, a las cuatro y media, empezaban y despertaban a las gentes, y él estaba ya en la segunda colina. Apenas eran las seis cuando llegaba a Petrila y debía comenzar su trabajo. Eso duraba desde hacía siete semanas. Había estado trabajando en cada uno de los turnos. Ahora estaba en el segundo: entraba a las dos de la tarde y salía a las diez de la noche. Pero unos pocos días más y terminarían sus tormentos. Felizmente faltaba poco porque ya no daba más. El camino era difícil. Había deshecho un par de zapatones. Y tenía la sensación que durante toda su vida, por lejos que fuera su recuerdo, no había hecho otra cosa que subir y bajar cuestas. Sobre su cabeza los vagoncitos del teleférico pasaban sin cesar de ida y de vuelta, como grandes pájaros negros. Y él caminando sin cesar, ya sobre la cima, ya en lo profundo de un valle. Cuando empezó era todavía otoño. De los abedules caían las hojas amarillentas y se desparramaban como pequeños cirios a lo largo de las colinas. Si se hubiera tratado de un simple paseo, quien sabe si no hubiera sido bello. El monte Paring se alzaba siempre ante sus ojos, sombrío en su base y con sus cimas cubiertas de nieve. Allá arriba ya había llegado el invierno, y sobre las colinas asoleadas del Dilja las gentes llevaban todavía a pastar sus ganados. Dos semanas más tarde, las lluvias empezaron a caer y el sendero se llenó de barro. El camino se hizo más difícil. Onisia luchaba con las colinas, y sentía su pecho arder de cólera pensando en aquellos señores de Bucarest. "¡Qué lo transfieran por dos meses a Petrila!" ¡Cómo podían saber ellos dónde estaba Aninoasa y dónde quedaba Petrila! Si al menos vinieran alguna vez por aquí, y tuvieran que andar por el barro, a las tres de la mañana como fantasmas, ¡otro gallo les cantaría! Pero después la cosa empeoró. Las lluvias se enfriaron y llegó el tiempo de los chaparrones. ¡Si al menos le hubieran permitido tomar el teleférico!... Pero nadie tenía el derecho de subir en él. Sólo el contralor de las líneas subía una vez cada día, encaramado en el vagoncito rojo por encima del abismo, como un inmenso murciélago de alas desplegadas. Una semana antes de San Nicolás, en esa época en que estaba de servicio en el segundo turno, empezó una gran tormenta y tres días después todo quedó cubierto de nieve. A veces nevaba durante toda la noche, pero en la mañana las gentes de Dilja abrían un camino. Necesitaban dinero para festejar la Navidad y se los veía constantemente en el camino de Aninoasa a Petrosani, cargando sus bolsas de manzanas o algún cerdito. Cuando Onisia llegó a Petrila aquel día, algunas viejas, viudas, estaban en la puerta de la mina y vendían a los hombres del primer turno, que salían, las sorcovas, las ramas adornadas con flores artificiales y las cintas con que los niños desean feliz año, en el día de Año Nuevo. Onisia entró al patio, pero en ese instante recordó a sus hijos, regresó y compró una sorcova. La sirena empezó a aullar largamente. Se apresuró a entrar en la mina. Un gran brasero de hierro, lleno de brasas ardía al aire libre, y frente a él una muchacha con pantalones se calentaba las manos. Cuando pasó a su lado le sonrió y le dijo: "¡Buena suerte!" Al verlo llegar con la sorcova en la mano, los que estaban en la boca del socavón empezaron a burlarse de él: —¡Oye, Onisia, si te metes con ella al abataje, bonita la vas a sacar al salir! —¿Onisia, la traes para desearle buen año a los caballos?

Pero él dejó la sorcova en la superficie, confiándosela a uno de los niños mineros. En el corte, había encontrado como ayudante a un campesino de Cimpa, con el que se entendía bien en el trabajo. Juntos llegaban a sacar catorce vagonetas. Pero ese día toda la mina no hablaba más que de vino, de salchichas, y del asado de cerdo. Onisia había matado a su cerdo tres días antes. El vino pensaba comprarlo la mañana siguiente en Aninoasa. Tenían frente a ellos sólo el muro de carbón negro y duro, pero en su pensamiento veían sin cesar pasar los trozos de carne roja, tal y como la miraban en las casas en los días de fiesta, y ese pensamiento les ayudaba a manejar los martillos con renovado ardor, casi con furia. Los grandes terrones de carbón caían a sus pies. Sólo los caballos que diariamente eran bien alimentados, gordos y tranquilos, tiraban de las vagonetas, sin compartir la impaciencia de aquellos hombres. Ni aun el más viejo de aquellos animales, que conocía, sin embargo, muchos secretos de las minas, y por lo mismo tenía ya presentimientos, podía adivinar que aquella mañana de Navidad iban a gratificarles a todos con dos días de reposo, en las caballerizas. Pero para hacer bien el trabajo y para que nada enojoso sucediera en los dos días siguientes, hacia las cinco, los hombres detuvieron los martillos del corte, empuñaron sus hachas y se dedicaron al trabajo del sostén. Al final del turno, los cortes estaban revestidos de una serie de tablas blancas, nuevas, bien ajustadas en todas partes. La vena de carbón ya no era visible y se olía a pino fresco. La mina podía quedar sola durante dos días, y pasar también ella, tranquilamente la noche de Navidad. En el patio, a la luz de las lámparas eléctricas, se veía nevar a menudos copos. Los mineros se encaminaron hacia la salida, un poco encorvados, como sombras. Cada uno llevaba un leño redondo bajo el brazo o sobre el hombro. Y se separaron deseándose buena suerte, hasta que Onisia quedó solo. Entonces apresuró el paso. Franqueó el Jiu por el puente del ferrocarril y se puso a trepar hacia el caserío minero de Bucovina. En la obscuridad se oían las vagonetas del teleférico que pasaban y se oían tintinear sobre los carriles. Esta noche será la quinta vez, pensaba Onisia. Sólo que hacía más frío que nunca y sin duda haría un frío tremendo en lo alto. Pero eso era preferible a recorrer todas esas colinas... Cuatro veces Onisia había regresado a Aninoasa en teleférico, furtivamente, en la oscuridad, y lo haría una vez más. Nadie se daría cuenta de nada, y él pasaría sobre los profundos valles en línea recta, como un pájaro, sin tener que subir y bajar las cuestas. Pasaba por encima de ellas y las contemplaba desde lo alto, con rabia y alegría a la vez, como a enemigos mortales, reducidos a la impotencia. Los valles se torcían en la hondura, como innobles dragones que hubieran querido torturarlo todavía, pero que ya no podían llegar hasta él. Cuándo pasaba encima de ellos en el teleférico, sentía como si les clavara una lanza en la garganta, como un San Jorge aplastando al dragón, con su caballo. Iacob Onisia se dirigió hacia el caserío de Bucovina, entre las dos filas de casas donde brillaban luces y donde las gentes debían estar haciendo sus preparativos para festejar la Navidad. Frente a cada una de estas casas manchas negras en forma de borregos o de otros raros animales marcaban la nieve del camino, allí donde las mujeres habían derramado las aguas servidas de sus bateas. Pero en su casa, ahora el piso debía estar bien lavado y todo debía oler a fiesta. Las vagonetas tintineaban sin cesar en el aire, cuando se deslizaban sobre el caserío. En alguna parte sobre las colinas los chicos irían de puerta en puerta, cantando villancicos de Navidad. Furtivamente, como un gato, Onisia escaló la torre de madera que estaba cerca de la cabecera de la línea. Llegó a lo alto del tablero, por donde las vagonetas pasaban lentamente,

una tras otra, como pasan los vagones por las estaciones cuando el tren arranca, y se izó hasta lo alto. Miró varias veces hacia la cabina iluminada del guardián, dejó pasar dos vagonetas, y cuando se acercó la tercera, echó dentro de ella el hacha, la sorcova y, sosteniéndose fuertemente con las dos manos por el borde metálico, trepó dentro. Tanteó entonces las paredes con los zapatos y descubrió un leño. Rápidamente se sentó sobre él. Abajo, junto a la cabina del guardián, un perro se puso a ladrar. Onisia ocultó su cabeza entre sus hombros, y se apretujó en el fondo de la vagoneta. ¿Quién podía verlo allí? La vagoneta se deslizaba casi aérea por encima de la tierra, en dirección a Aninoasa. Una hora después estaría en su casa. Los que imaginaron el paraíso y contaron sus visiones no tuvieron mucha imaginación. Este pensamiento lo asaltaba cada vez, desde los primeros instantes, cuando feliz se sentía arrastrado en el aire por la vagoneta. El paraíso debía ser algo así como ir en teleférico, por encima de las colinas y los valles profundos, sin cansancio ni trabajo. Atrás quedaba Petrila con sus decenas de luces, que se iban desvaneciendo en la oscuridad como los Siete Cabritos en el firmamento. Pero un instante más tarde, cuando se encontró sobre Petrosani, el mundo desbordaba de luces en una visión de ensueño, que nadie podía imaginar. Con la sorcova en la mano, Onisia se puso a contemplar ese feérico espectáculo. Hasta perderse de vista, la tierra era un mar de brasas de mil fuegos chisporroteantes. Centenares y centenares de luces, en miríadas de fuegos fatuos escintilaban en la noche, hasta el pie de las montañas. En medio de la ciudad, ellas parecían agruparse tan apretadamente que apenas podían separarse una de otra. Era como un torbellino innumerable de ampollas luminosas de todas clases, como un mar humano en día de feria. Algunas más altas se alzaban sobre las otras, como un hombre solitario que no quisiera mezclarse a la multitud. Un poco más atrás venían aquellas que parecían ordenadas en filas, muy rectas, en las calles de los caseríos mineros. Y más lejos, se hacían cada vez más raras, hasta perderse en la lejanía de la noche. En medio de este océano de luces, dividido en dos partes, se arrastraba en lo hondo un ancho río oscuro. Pero sobre ese fondo negro como el alquitrán se veían también de tanto en tanto unos puntitos luminosos, rojos o verdes, como luciérnagas enfermas, agonizantes. Era la estación del ferrocarril con una veintena de líneas férreas, y entre ellas la nieve, recubierta de polvo y escoria, donde todo parecía más negro que las tinieblas de la noche. Desde la ciudad subía por bocanadas un murmullo como de enjambre de abejas, que hubieran descubierto alguna flor muy azucarada, y se hubieran lanzado a sorber toda su miel. Por encima de este océano de luces, la vagoneta arrastraba a Onisia suavemente hacia Aninoasa. Poco a poco, las vagonetas empezaron a hundirse imperceptiblemente en la noche, como un mundo entero que se deslizara hacia las profundidades. El cable del teleférico tiraba de las vagonetas insensiblemente hacia lo alto de la primera colina. Hacia el norte se distinguían en la oscuridad las montañas cubiertas de nieve que se iban acercando solitarias cada vez más, casi como si estuvieran al alcance de la mano. Cuando se halló en lo más alto, en el límite del primer macizo, Petrosani era todavía visible mirando hacia atrás, como en el fondo de un océano, con sus luces fundiéndose todas en una sola, grande y fría amarada. Una de las cabezas de la línea se acercaba y Onisia se achicó aun más en el fondo de la vagoneta para evitar que lo vieran. Entonces se dio cuenta de que estaba transido de frío y se arrebujó más sobre sí mismo, acurrucándose contra la pared de madera, para resguardarse de las mordeduras del frío. Por encima de la meseta desierta y helada, la vagoneta se deslizaba en los pilares de hierro, como un fantasma. Después llegó el primero de los tres profundos valles. Los cables del teleférico franqueaban el precipicio sin ningún punto de apoyo, en una curva ligera, y las vagonetas los recorrían, suspendidas sobre el abismo, en plena oscuridad. Al llegar al lado opuesto, se

apoyaban un instante en el fuerte pilastre, como si quisieran reponer sus fuerzas, para lanzarse nuevamente sobre el segundo de los Valles, que era el más profundo. En el fondo apenas se distinguían algunos débiles puntitos luminosos, las casas de la aldea de Dilja. La vagoneta, en su marcha aérea, pasó sobre ella, avanzando tranquilamente durante un corto tiempo y de pronto se inmovilizó. El chirrido de las ruedas deslizándose sobre los cables se detuvo, y todo quedó sumido en un profundo silencio. Debían ser apenas las diez y media, Onisia se arrebujó en el fondo de la vagoneta y esperó. Hundió sus puños en los bolsillos, pero quedaban apenas cubiertos por el borde de las mangas demasiado cortas; en la piel que tenía al descubierto sentía el frío cortante como si tuviera las manos presas en esposas de hielo. Desde allí el dolor que le causaba subía por entre sus mangas a lo largo del antebrazo hasta el codo, donde el dolor se hacía más violento, y él trató de aliviarlo apretando sus brazos con fuerza contra sus costillas. Ahora pensaba que tal vez hubiera sido mejor partir a pie, con ese frío. Pero también no hubiera podido llegar a su casa sino a media noche. Y eso siempre que tuviera la suerte de que no soplara viento. Sin duda, la vagoneta iba a ponerse en marcha en seguida. Con gran trabajo consiguió enrollar un pitillo y lo encendió. El cigarrillo se estaba consumiendo y la vagoneta no se ponía en marcha. Entonces, en el momento en que lanzaba las últimas bocanadas de humo, el desastre se produjo. Fue como si una chispa hubiera prendido el fuego, y todo quedara en un instante destruido. Como sucede en las minas cuando arde el metano. Los rieles de las vagonetas se arrancan del suelo y se retuercen en el aire. Los hombres muertos llenan las galerías, con las ropas y los cabellos chamuscados. Y a veces también el cadáver carbonizado de algún caballo, que interrumpe la vía. Desde el momento en que había subido al teleférico el metano se había ido infiltrando en él y de pronto hacía explosión. De tal manera, que todo quedó destruido. Hubiera podido no suceder nada. Pero la chispa había saltado. Ahora no quedaban ya más que escombros humeantes. ¿Cuándo un hombre pudo hacerse más daño con un solo pensamiento? Acababa de asaltarle una idea simplemente: Mañana es día de Navidad. El teleférico no partirá más. Estará detenido durante dos días. Y este pensamiento, unido al otro, lo atravesó como un rayo fuluminante, desencadenando la catástrofe. Era el metano que había hecho explosión y en un instante todo quedaba destruido. Porque lo que sucedió en él fue como una explosión, cuando comprendió en un relámpago que era prisionero del vacío, de la noche y del frío glacial. Sufrió terriblemente. Los ojos se le helaron de espanto, y contempló el mundo bien diversamente, como un terrible enemigo, cargado de perfidia, y revivió toda la historia desde aquel instante en que se había embriagado, en aquel otoño, y le pareció monstruosa la trampa en que había caído. Todos debían estar ahora en sus casas, bien abrigados. Las minas y las instalaciones se hallaban desiertas. Durante dos días y dos noches nada se movería allí, y él, suspendido en esa vagoneta sobre el abismo, iba a morir de hambre y de frío. Tuvo impulso de gritar. Pero fue un lobo el que aulló en el fondo del valle, junto a la floresta de Dilja. ¡Qué lentos iban a deslizarse ahora los instantes! ¡Y qué iba a ser de él! Como los rescatados cuando salen del fondo de las galerías titubeando sobre sus piernas, con sus lámparas apagadas y sus ropas desgarradas, así empezaron a imponerse a su espíritu sus pensamientos, que le atormentaban sin cesar con su aguijón implacable, dándole la evidencia de catástrofe. Pero, por violentos que fueran, esos sufrimientos de su espíritu palidecieron cuando dos sensaciones precisas se apoderaron de todo su cuerpo, como dos demonios implacables, que hundieran en sus carnes sus lanzas aceradas. Tenía hambre. Tenía frío. Cada vez más, sin ninguna defensa, y se sintió preso de sufrimientos atroces. Casi sin fuerzas. Entonces por encima del monte Paring la luna se alzó.

Y aquel hombre, en el instante de su agonía, vio ante sus ojos un espectáculo feérico. Las lágrimas corrieron de sus ojos y se deslizaron por sus mejillas rugosas helándose sobre ellas. "Señor, no me abandones, señor...", murmuraron sus labios cuando miró con la muerte en el alma el espectáculo grandioso que se desplegaba ante sus ojos. Las sombras alargadas de las montañas se pusieron en movimiento, deslizándose sobre la tierra, con la lentitud de un temblor que sacudiera al mundo. Grandes masas de tinieblas se movían sobre la nieve, girando sobre sí mismas, tratando de alcanzarse, solemnes como diosas. En este instante, sobre las cimas las montañas brillaban como incendiadas. Llamas blancas, escintilantes reflejaban el azul del cielo y danzaban sobre las crestas frías e irreales. Silenciosamente, la luna se deslizaba sobre la extensión helada de un firmamento de cristal. Hacia el norte, las montañas tenían forma de gigantescos templos de mármol blanco. "¡Señor, no me abandones, señor!, murmuró otra vez en una plegaria maquinal, con el pensamiento y los labios, aquel hombre suspendido encima del abismo. Entonces ese paisaje polar, donde se movían las grandes sombras de las montañas, se animó bruscamente y una esperanza alumbró en el alma de Iacob Onisia. Esperanza irreal como las luces que danzaban sobre las montañas, sin ninguna relación con la pesada balanza del destino que acababa de caer sobre su pecho, sobre su vida, y el corazón de ese minero de Aninoasa. Como todos los años, como si fuera una tradición, los lobos penetraron una vez más, en la víspera de Navidad, en aquel caserío de Dilja. Había allí algunos rediles de ovejas. Al principio se sintieron sólo ruidos sordos. Después, bruscamente los perros se echaron a ladrar en un coro desesperado y espantoso. Un instante más tarde todas las puertas se abrieron, y mientras que en el interior de las casas las mujeres subían la llama de las lámparas, los hombres salían gritando. Tomando sus horquillas y sus estacas se precipitaron hacia donde estaban los rebaños, con los pies desnudos sobre la nieve. La lucha parecía entablarse en una de las extremidades de la aldehuela. Los hombres gritaban allí más fuerte que en ninguna parte, excitándose los unos a los otros, y los perros se precipitaban mezclando sus ladridos. Manchas negras se deslizaban como fantasmas sobre la nieve. Los lobos se habían apoderado de alguna oveja y trataban de arrastrarla con ellos hacia el bosque. Varias veces unas pequeñas llamas rojizas brillaron, y las detonaciones de los fusiles despertaron ecos de valle en valle. Suspendido encima del abismo, Iacob Onisia miró lo que sucedía, al principio con esperanza, después como un espectáculo que venía de otro mundo. ¿Qué podía importarle eso a él? Allá abajo, los hombres tocaban el suelo con sus pies, y podían batirse con los lobos. ¡Felices ellos! Les envió con el pensamiento mensajes desesperados. "Hermanos, no me dejéis morir aquí... hermanos, no me dejéis morir aquí... hermanos..." Pero de su garganta contraída no salía una sola palabra. ¿Quién podía escucharlo?... Abajo, el barullo de los ladridos se calmó, probablemente las bestias salvajes habían huido. Solo hacia él, grandes lobos venían por el espacio. Se preparaban a desgarrarlo, pero él no podría ni siquiera sentir el calor de su sangre brotando de sus venas. Estaba helado hasta la médula de los huesos. Su gorro de piel, gastado, pero todavía con buen uso, que siempre le había dado calor, ahora le parecía transparente como una hoja de papel de cigarrillos. Pero cuando se lo sacó para hundir en él sus puños apretados y calentarlos un poco, sintió su frente ceñida por un círculo que lo quemaba como el vitriolo, y rápidamente volvió a ponerse el gorro. En sus gruesos zapatos, sus pies estaban rígidos por el frío, como troncos. Tenía hambre. Un hambre profunda y negra que le robaba las fuerzas. En lo más profundo de sus entrañas sintió un vacío atroz, torturante, más doloroso que el abismo que se abría ante él. Abajo, en la oscuridad del bosque, los lobos despedazarían la oveja y se hartarían. ¡Felices ellos también! Y todos los que tenían sus pies sobre en el suelo. ¡Qué felices eran! Sólo él

estaba suspendido entre el cielo y la tierra, rodeado por todas partes de olas de frío que le mordían sin piedad, pero su agonía iba a ser larga, larga todavía, y mezclada a vanas ilusiones. Muchas veces aguzó el oído, con el corazón justamente invadido por una esperanza fulgurante, con la impresión de que la vagoneta se ponía en marcha. Tal vez el teleférico sólo estaba descompuesto. Tal vez iba a volver a funcionar. Con estos pensamientos, llamaradas enceguecedoras, iluminaban su espíritu, echando sobre el mundo la luz habitual: se veía en su casa, en su habitación bien cálida, sobre el piso lavado con agua de jabón. Pero el teleférico continuaba inmóvil. Quieto en la masa negra de la noche y el frío glacial. Si hubieran sabido en Aninoasa que él estaba allí, tal vez lo ponen en marcha, pero que diría el ingeniero jefe. Sin duda iba a darle otro castigo. Millares de pensamientos y caras conocidas pasaban por su espíritu en un entrecruzarse de imágenes: su ayudante de Petrila, su mujer, el ingeniero en jefe, los niños, el tabernero de Aninoasa, los pastores de Dilja, todos aparecían ante él, en la vagoneta, y cada uno le hablaba sermoneándolo o aconsejándolo, y después se desvanecían en la noche. Golpeóse con el leño que estaba en el fondo de la vagoneta, y la idea de que podía salvarse fue formándose difícilmente en su mente helada. Sostuvo de pie el trozo de madera y empezó a hacerlo volar en pedazos. El hacha sonaba dura sobre el tronco helado. Le dio un golpe más fuerte y lo partió en dos. Bajo los rayos de la luna parecía viéndolo manejar el hacha, un hombre dedicado a su trabajo, sólo que ese hombre estaba allí, en esa altura, sin ningún lazo con el mundo. Con las manos entumecidas encendió un primer fósforo, bajo las astillas de madera, pero el fósforo se apagó sin lograr encenderlas. Impaciente prendió otro y lo sostuvo hasta que también éste se consumió, hasta que la llamita casi rozó sus dedos, pero las astillas no se encendían. Entonces tomó la sorcova y con un tercer fósforo la quemó. Las flores de papel llamearon una después de otra, retorciendo sus pétalos y él trató de colocarlas bajo las astillas, que por fin empezaron a llamear. Debía ser cerca de la una de la noche, tal vez un poco más. La luna había pasado ya la cresta blanca del Paring, sobre las sombrías florestas de las colinas de Suduc. Las grandes sombras de las montañas se desplazaban sin cesar sobre el blancor de las nieves. Otras sombras aparecían ahora, más pequeñas, temblorosas, efímeras, revelando la existencia del hombre y su drama, en el imperio silencioso de la noche y de la nieve. Sobre las paredes de la vagoneta, la silueta de Iacob Onisia se proyectaba hasta medio cuerpo, pero sus espaldas y su cabeza emergían de sus bordes y sus contornos indistintos y desmesurados, como los de un gigante, se perdían en la noche. Tal vez esta silueta llegaba hasta las columnas blancas de las montañas del norte, hacia donde se encontraba la antigua Sarmisegetuza. Iacob Onisia era el último dacio que en esos lugares ancestrales pasaba la noche bajo las estrellas, al descubierto, a la luz de las llamas de un fuego de pinos. Pero entre los millones de hombres, que en esos dos mil años dolorosos pasaron la noche en esas soledades sin más compañía que el fuego, ninguno fue más torturado, más infeliz que él. En Dilja vivía un viejo pastor, que había quedado medio loco porque, en tiempos del imperio de los Hasburgo, los gendarmes lo apalearon duramente. Cuando al día siguiente supo de la desgracia acaecida, contaba que después de la aparición de los lobos, al tercer canto del gallo, él había salido fuera de su choza y quedó mudo espanto por lo que vio. Entre las altas cimas de las montañas, a una gran altura, vio con sus propios ojos una visión del infierno. En lo alto, entre las tinieblas de la noche, un gran fuego de alquitrán, como el que arde para los condenados, y que se ve en las pinturas de las iglesias. Llamas rojas y chispas y entre ellas un hombre retorciéndose hacia todos lados. Asustado por esa visión demoníaca, justo en

la Nochebuena, entró a su cabaña, santiguándose. Pero después, mirando por la ventana, vio que las llamas se apagaban, y que poco a poco aquel brasero de alquitrán se perdía en la oscuridad. El maestro de Aninoasa, cuya esposa había muerto de parto ese mismo otoño, había sido invitado por el cura de Petrosani para pasar la Navidad en su casa, y como también quería escuchar la misa, había partido muy temprano. Hacía un frío seco, áspero, implacable. Trepó la primera colina, después la segunda, y bajaba al valle del Dilja, por un sendero en que todavía estaban frescas las huellas de la batalla que se había librado durante la noche. La nieve pisoteada, y sobre ella manojos de pelambres. Y también manchas de sangre, que conmovieron su corazón. El recuerdo del hospital, tan blanco como la nieve y donde también se veían manchas rojas, estaba vivo y doloroso en su memoria. Para alejarse de ese espectáculo, levantó los ojos al cielo y de pronto divisó una cosa extraordinaria. En lo alto sobre el cable del teleférico, un hombre estaba montado sobre el borde de la vagoneta y miraba hacia abajo como sondeando la profundidad del abismo. ¿Qué buscaba allí? ¿Qué pensaría hacer? Pero no tuvo tiempo de interrogarse. Clavado en el suelo, vio con estupor que el hombre de la vagoneta, después de reflexionar un instante, se colgó del cable, y sus piernas quedaron pendientes en en el vacío. Otro instante de vacilación y empezó a avanzar sostenido por la fuerza de sus puños. Sin aliento, conmovido como nunca recordaba haberlo estado en su vida, con la sangre helada en las venas por el terror, el maestro comprendió de lo que se trataba. Ese hombre quería abandonar la vagoneta y avanzar a lo largo del cable, hasta llegar al pilastre que estaba asentado en lo alto de la colina. Debía recorrer unos cuarenta metros. El maestro lo observaba a punto de desvanecerse. Sobre el fondo azul del cielo, la vagoneta y el hombre formaban ahora, en la altura, dos manchas bien distintas. La sombra negra y estirada del cuerpo humano se alejaba lentamente. Cuando desprendía una mano para adelantar, el cuerpo se desequilibraba y parecía que iba a desprenderse del cable que lo sostenía. Entonces rápidamente el hombre volvía a tomarlo con la otra mano. Después volvía a avanzar, en el aire, como si quisiera atrapar un pájaro, más rápidamente cada vez, volvía a tomarlo con las dos manos para no quedar colgado de una sola. Como si lo ayudaran a avanzar, sus piernas se balanceaban en el aire, sin cesar. Pero como un nadador fatigado que se ve todavía lejos de la costa, sus brazos empezaban a desplazarse cada vez con más dificultad. Tal vez sólo se había alejado diez metros de la vagoneta. Pero el tiempo en que quedaba inmóvil, sosteniéndose con las dos manos, para reponer sus fuerzas, se hacía cada vez más largo. En un momento dado alargó una mano para avanzar, pero volvió a colgarse del mismo lugar. Todo su cuerpo sacudido por un temblor, castañeteándole los dientes, el maestro observaba horrorizado. En lo alto aquel hombre colgado del cable ya no tenía fuerzas para avanzar. Se mantenía agarrado con las dos manos, pero siempre en el mismo lugar, mientras que sus piernas se balanceaban en el vacío, como en la agonía. El maestro sintió que su corazón latía tan violentamente dentro de su pecho, que le subía hasta la garganta una oleada de sangre caliente. El terrible instante del desenlace no tardó en llegar. Un pájaro pasó volando cerca del cable del teleférico y tal vez el hombre pudo todavía verlo pasar, y su ultimo pensamiento debió ser: "¡Ah, si yo tuviera alas!" En ese preciso instante sus manos se desprendieron y cayó. Hendía el aire, girando, estirando las piernas y los brazos. El maestro sintió que todo su cuerpo, desde el cráneo hasta los pies, había sido traspasado por aquella caída.

Era el día de Navidad. Cuando los que partieron de Petrosani alcanzaron la cima de la colina, vieron abajo en el valle del Dilja, sobre la sábana blanca de la nieve, a muchas gentes que se movían lentamente. Los que salieron de Petrila con la camilla habían llegado también allí y esperaban. El lugar en que el hombre cayó de la vagoneta era el mismo que los lobos recorrieron huyendo hacia el bosque, y allí habían quedado rastros de la batalla nocturna: pelambres y manchas de sangre. Al caer el hombre, como una pesada piedra, hizo saltar la nieve hacia todos lados y se aplastó sobre ella. Estaba deshecho como un montón de carne, de huesos, de ropas, le nieve embebida de sangre y de polvo, todo en un bloque de diferente color, doloroso de ver. Sus fuertes puños, que habían sostenido toda su vida, pero que no pudieron sostenerlo ahora, estaban hinchados, amoratados y despellejados. Su cara intacta, vuelta hacia el cielo. Con los ojos abiertos y helados contemplaba la altura desde la que había caído. Toda su lucha había concluido. Esos valles que lo torturaron todo el otoño, y que había atravesado después en teleférico, como dragones en cuyas gargantas trataba de clavar su lanza, tomaban ahora la más atroz de las revanchas. En la más profunda de sus hondanadas yacía su cuerpo. En lo alto se veía la vagoneta de la que había caído, suspendida como un extraño pájaro negro. De un lado y otro se alzaban los pilastres de hierro a alturas que daban vértigo. Las gentes de Petrila se acercaron con palas para remover la nieve. El cortejo fúnebre atravesó Aninoasa hacia mediodía, seguido desde todas las ventanas por las caras sombrías y tristes de los habitantes. Todos conocían a Iacob Onisia, y su muerte espantosa en aquel día de Navidad los conmovía profundamente. En la cocina de la casa del muerto, que el féretro debió atravesar para entrar a la habitación, el cerdo preparado días antes estaba cortado en trozos, frente al bebedero. Las criaturas lloraban de pie. La mujer del muerto gritaba su dolor, mesándose los cabellos. Las gentes que estaban dentro se descubrieron cuando llegó la comitiva, pero todas las caras parecían dominadas, más que por recogimiento, por un sentimiento sombrío, por una protesta, muda y dolorosa. Uno más entre ellos que acababa de morir súbitamente, injustamente... Dos días más tarde, cuando el teleférico volvió a ponerse en marcha y revisaron las vagonetas, en el fondo de aquella en la que Iacob Onisia había hecho su último viaje, encontraron el hacha y la sorcova medio quemada, con el resto de las flores arrugadas y ennegrecidas por el carbón.

MIHAIL BENIUC El tren blindado
—¡Tío Novac! ¡Tío Novac! Un "blindado" llegó a Savirsin hoy a las seis... Todo recubierto de acero. No se le ve nada, salvo los agujeros por donde salen los fusiles, las ametralladoras y los cañones. Los soldados entran por debajo y pertenecen todos a la guardia roja. —¿Y qué hacías tú en la estación? —Los chicos nos fuimos todos para allá. Oímos decir que mañana vendrán los aviones. Les han dejado ya un lugar sobre el pasto, en el prado que está del lado de Teuz. —Ya tenemos con qué alegrarnos... —Ahora sí que van a liquidar a todas las demás guardias. A la negra, a la amarilla, y sobre todo a la blanca. Eso han dicho... —No sé cómo sabes tú todas esas cosas... —¿Y tú, tío, por qué no te inscribes en alguna guardia? —Si te crees que volví sano y salvo de la guerra para eso. —Pero hay muchos que se inscriben... —Ya sé, pero yo no seré de esos... —Ay, si yo tuviera dieciocho años, o al menos deciséis, me hubiera inscrito en la guardia roja... —Ya lo creo, como que veo que has cosido un botón recubierto de tela roja sobre el gorro que te di. ¿Eres un bolchevique, o qué? —Yo estoy del lado de la revolución... —Sería mejor que te pusieras del lado de tu horquilla, y que te fueras al establo con ella, y que tomaras los baldes para ir a buscar agua al río. Harías mejor en ocuparte de eso, Avram, en vez de estarte ocupando de política. Deja esas cosas para los otros que son más instruidos que nosotros. Lo único que yo pido es que me dejen tranquilo. No quiero mezclarme en estas cosas, aunque me ofrecieran el oro y el moro. El que hablaba con Avram era el tío Novac y esto sucedía durante una triste noche de noviembre del año 1918, a la luz vacilante de una lámpara de petróleo que empezaba a apagarse, junto a una marmita en que hervía una sopa de papas humeante preparada por la tía Virvoara. Después que los soldados llegaron del frente, y sobre todo después que el ejército rojo con su comando y su tren blindado se instalaron en la aldea, Avram y Marcus habían perdido completamente la cabeza. No hacían trabajo alguno en la casa. Se olvidaban de llevar a pastar a la vaca, de recoger por la noche los gansos que estaban en el valle, de limpiar el chiquero, de barrer el sábado por la noche el aden, y de ir a buscar agua al río con los baldes y los cántaros. Estos trabajos le incumbían a Avram, en cuanto a los Braunfeld no tenían tales problemas. La madre de Marcus no poseía ni vaca, ni cerdo, ni gansos. En toda su vida no habían comido ganso más que una vez. En vida de Braunfeld. Una vez que éste ganó algún dinero colocando tejas en la iglesia ortodoxa de rito griego. Pero, en cambio, los Protap no eran tan totalmente desposeídos. —¡Lleva a Marcus contigo y vete a recoger los gansos!, ¡el diablo los junta a ustedes! Acompáñale Marcus, y cuando vuelvan les daré a los dos un pedazo de grasa con pan.

No esperaban más que eso. Eran famosos los costrones de pan sobre los cuales se extendía grasa salada y un poco de pimienta. Sobre todo cuando se había corrido todo el día junto al río, o en el bosque, o como ahora, cuando se había perdido el tiempo dando vueltas alrededor del tren blindado, que no partió a la batalla, como sucedía a menudo, a lo largo de la vía férrea, en dirección de las montañas, para regresar solamente a proveerse de municiones y reemplazar los hombres caídos en los ataques. Cuando el tren blindado se encontraba en la estación, Avram y Marcus pasaban allí todo el tiempo, ayudando sobre todo al cocinero, si había que pelar papas. Éste los consideraba sus ayudantes, y los nombraba, mitad en serio, mitad en broma, el "Camarada Avram" y el "Camarada Marcus". Y ellos le daban mucha importancia a esta manera de llamarlos. Pero sabían hacer otras cosas además de pelar papas: manejaban correctamente un fusil Mannlicher, conocían la ametralladora Schwartzlose. Y aun el cañón 7,5. En cuanto a las granadas de mano, las hubieran podido lanzar en cualquier momento, si se les hubiera permitido hacerlo. Pero nadie se lo permitía. A lo sumo podían tirar de tanto en tanto un disparo de fusil en el aire, u observar por las mirillas. A veces sucedía que el teniente Angyal y aun el jefe del tren, Sabau, los mandaba de vuelta a su casa. —Vamos, muchachos, regresen a sus casas. No es lugar para ustedes éste. Hay que esperar que les crezcan los bigotes. —¿Por qué no nos deja entrar en la guardia roja?, preguntó un día Marcus al teniente. —Si ustedes tuvieran una amiguita estaría de acuerdo. Un soldado sin amiguita, eso no se ha visto nunca. —¿Por qué?, preguntó Avram, que hacía la corte a una chica de la escuela, pero que no sabía si el teniente, "el camarada teniente", como lo llamaba, no se estaba burlando de él. —Eso es absolutamente necesario, si no, ¿quién iba a llorarte si cayeras en el frente de batalla? —Yo sí, tengo novia, dijo Marcus inflando el pecho orgullosamente. Pensaba en la hija del guarda forestal, Olga, al lado de la cual quiso colocarse un día que los muchachos bailaban la ronda en el patio de la escuela, pero ella lo miró con cara hosca y le dijo: "Vete de aquí, estás muy sucio..." ¿Sabrá ella preparar la paprica?, preguntó el oficial por divertirse. —¿Y de qué le iba a servir eso?, contestó Avram a su vez. Hay bastante gulach en la marmita del cocinero. —A veces hay, ¿pero los días en que no hay? —Se comen bizcochos... —Y también se dispara sobre el enemigo, agregó Marcus, para indicar que él también podía ser útil, no sólo comiendo bizcochos y gulach cuando lo hay. —¡Bravo, muchacho!, un día haremos de ustedes dos buenos soldados. Sabau, dales unos bizcochos. Tal vez un día de estos los vamos a aceptar en la guardia roja, pero déjenme pensarlo más. Según la idea que Marcus se hacía del enemigo, éste debía ser negro, hablar una lengua incomprensible y comerse a los niños. En el tren blindado, entre los simples soldados, había hombres jóvenes que tomaban en serio a los muchachos. Les explicaban el manejo de las armas, y hasta les contaban algo de política. Así, el marinero Zoltan Killik, el mecánico de la locomotora del tren blindado, que antes había sido mecánico de un barco del Adriático, y el artillero Culaie Ursar, hombre joven de piel oscura, grande como un oso, hermoso y fuerte, originario de Pecica. Entre sus amigos, los muchachos contaban también a Todor Matiut, el granadero, hijo de un jornalero que trabajaba en la cantera de piedra de su aldea, y Iochka Bas, el fogonero. Matiut les enseñó a lanzar granadas de mano, pero no de las verdaderas, granadas sin disparador, y Bas les explicó por qué había sido muerto el zar de Rusia, y cómo Lenin había

hecho la revolución. Porque Iochka Bas tenía alguna instrucción, había frecuentado gimnasio durante cuatro años. Un marinero explicó a los muchachos por qué ningún hijo de familia rica, ni rumano, ni húngaro, ni de ninguna otra nacionalidad, no se inscribía en la guardia roja, y por qué "los señores", ya fueran húngaros o rumanos, habían abandonado la ciudad y por qué había que repartir las tierras de los barones y de los condes. Eso no interesaba, por otra parte, a nadie más que a Avram, quien deseaba fervientemente que su tío Novac poseyera más tierra de la que tenía. Pero el que les demostraba más amistad era Culaie Ursar. Fue él en cierto modo quien les descubrió durante una batalla entre alumnos en la calle de la aldea, donde se entremezclaban, como en las clases, húngaros y rumanos. Los gorros y los cascos militares de sus padres, que los hijos llevaban ahora, rodaron en el polvo de la calle. Uno agarraba al otro por los cabellos y éste a su vez lo tiraba de las orejas y lo sacudía con rabia. Dos muchachos rodaban por tierra, llevando alternativamente las de ganar o perder, y se escupían a la cara. Otros se lanzaban puñetazos y patadas, furiosos. Era ciertamente una batalla en regla, acompañada de alaridos, gritos, llantos, insultos y se levantaba tanta polvareda alrededor de los beligerantes, que casi no se les veía. Culaie Ursar deambula en la calle, sin rumbo preciso, orgulloso de sus pantalones negros y de sus polainas de cuero amarillo, con la casaca austríaca, Fedgrau, bien apretada con el cinturón; sólo estaba armado con un revólver, que se veía en su cintura sobre la cadera derecha, y con un puñal Sturmmesser a la izquierda. Su quepis estaba adornado con un geranio, al costado, además de la escarapela, igualmente roja, que llevaba asegurada en el frente. Era un día tibio y agradable de primavera y Culaie fumaba plácidamente un grueso cigarro. Sonrió contemplando la pelea de los muchachos y se detuvo. Su primer pensamiento fue dejarlos pelear, y contemplar el espectáculo, pero como uno u otro llorara, apoyando la mano sobre un ojo empavonado o sobre una boca sangrando, y que más de uno se tanteaba las costillas en el lugar en que lo había golpeado el zapato de su adversario, o los chichones de la cabeza, Culaie se decidió a intervenir... —¡Vamos, banda de ganapanes! ¿Qué sucede? ¡Párense o les hago fuego! Asustados, los muchachos trataron de escapar cada uno por su lado, pero viendo que él había sacado su revólver se detuvieron como petrificados. —No se escapen, puede disparar..., se decían unos a otros. —Los voy a matar a todos y nuestro cocinero los va a echar en su gulach. Trataba de aparentar que estaba furioso, lo que no era difícil con su voz de trueno y sus ojos negros, que parecían echar chispas. Pero en seguida guardó el revólver en la cartuchera, gesto que tuvo el don de tranquilizar a los muchachos. —¿Qué es todo este escándalo?, les preguntó con una voz más suave. ¿Es esto lo que les enseñan en la escuela? —No, respondieron algunos tímidamente. —Entonces de qué se trata. Quiero saberlo... Marcus, que tenía más valor que los otros, se acercó con la cabeza alta y comenzó a dar explicaciones, mientras Avram se aproximaba a Marcus, pero con los ojos bajos. De pronto, los muchachos se pusieron a hablar todos al mismo tiempo, que los rumanos, que los húngaros, que quiénes eran los más fuertes del mundo... Culaie Ursar no tuvo paciencia de escuchar todas las tonterías que decían. —Silencio todos..., ordenó, y después, dirigiéndose a Avram: tú, ¿dónde está tu padre? —No ha vuelto de América, trabaja en una fábrica de automóviles. —¿Cuánta tierra tienen? —Tres arpantes...

—¿Y cuántas personas son en tu casa? —Cinco... —Malo. Muy poca tierra. Y tú, pelirrojo, ¿qué es tu padre? —Muerto... —¿Y qué era cuando vivía? —Hojalatero… —¿Cuántos son en tu casa? —Ocho, con mamá, nueve... —¿Y por quién tomaban partido?, dijo dirigiéndose a los dos amigos, mientras que los otros muchachos, a quienes la conversación ya no les interesó, se alejaron por las calles de la aldea. —Por nadie, dijo Avram. —Por los pobres, dijo Marcus. —¿Contra quién peleaban ustedes hace un rato? —Contra todos... —Vengan por aquí, muchachos, dijo él amistosamente: escúchenme bien, esto es lo que deben saber ustedes: es preciso que los llamados señores no sigan mandando y que los pobres no sean explotados... a todos según la justicia, y según su trabajo. ¿Comprendido? —Comprendido, dijeron los que no se habían alejado. —Cada uno de ustedes debe repetir esto en sus casas... ¿de acuerdo? —De acuerdo... —Bueno, pueden irse... Ustedes dos, ¿cómo dijeron que se llamaban? —Avram Protap... —Marcus Braunfeld... —¿Han comido algo hoy, ustedes? Los chicos callaron. —Vengan conmigo. Culaie tomó a los muchachos por la mano y atravesaron así toda la aldea, siguiendo la gran ruta hasta la estación. El hombre caminaba orgullosamente, como si los dos muchachos fueran sus hijos. Cuando llegaron a la estación, los condujo a la cocina y murmuró algunas palabras al oído del cocinero. Éste desapareció y regresó en seguida trayendo dos escudillas que llenó de gulach con carne de cordero y papas, que sacó de una gran cacerola. Cortó en dos un pan, instaló a los dos muchachos en la punta de la mesa sobre la cual estaba trabajando, y les acercó un banco. —Vamos, muchachos, siéntense aquí y coman algo. Sin cumplimiento, coman como soldados. —Vamos, coman, dijo Culaie a su vez, con la voz amistosa. Les acariciaba los cabellos, y los veía removerse en el banco, tomar tímidamente las cucharas, y luego comer como hambrientos y morder los pedazos de pan negro, bastante duros y agrios. Después de los primeros bocados, empezaron a tragar con gran apetito el gulach, bien grasoso y aromático, preparado con cebolla y pimiento rojo. El frente parecía acercarse, a juzgar por la concentración de tropas en la aldea, por los batallones y compañías que partían, y por algunas unidades diezmadas que se retiraban, pero no se sabía mucho de lo que de cierto hubiera, sólo un va y viene incesante. La situación cambió de pronto. En uno solo día. En algunas horas. —Vete hasta Vapirini, querido, dijo la tía Virvoara a Avram, busca al tío Novac, que está escondido del lado de Guravaii y dile que no regrese hoy a la casa, porque los soldados están

recogiendo caballos. Toma esta bolsa de provisiones y llévale, y le dirás que no están muy tranquilas las cosas por aquí, que están buscando armas en todas partes, y que el cañón se oye muy cerca. ¿Oyes los cañonazos? —Cómo no oírlos, dijo Avram, pero Marcus vendrá conmigo. —Ya lo creo, puede acompañarte. Así no tendrás miedo en el camino. Esperen que les dé unas tartinas de grasa y algunas nueces. Ella no debió hacer eso, porque era Viernes Santo y gran cuaresma. "Dios me perdone por esta vez...", se dijo la tía Virvoara. —No queremos que Salomón venga con nosotros. —Sí, yo voy... —¡Tú te vas a ir al diablo!, le gritó su madre. ¡Ya te voy a arreglar yo!... —Dame una moneda... para comprarme un poco de azúcar y entonces no voy... —Sí, te la voy a comprar, dijo la madre con una voz más suave, al ver que se dejaba convencer. —¿Seguro que me comprarás? —Ya lo creo que te compraré. Y ustedes dos en marcha... Marcus y Avram se pusieron alegremente en camino. Corrieron buena parte de la ruta para llegar más pronto. Cuando se iban acercando, disminuyeron el paso, porque la hierba era muy alta. Además debieron pasar por Valea Starpa, donde las aguas del río y de los arroyos habían desbordado con las grandes lluvias caídas en las montañas. Penetraron en los juncales, entre las espadañas y los helechos, y desde allí entre los bosques de sauces retorcidos y deshojados, de álamos tan altos como el campanario de la iglesia, de manzanos salvajes, de moreras, de ciruelos, de viburnos, de trepadoras casi todas sin follaje, hundiéndose en los pozos y en las zanjas, de donde era difícil salir. Les costó mucho encontrar al tío Novac, junto a un fuego de ramitas, sobre el cual había colocado un viejo tronco de olmo que las grandes aguas sacaron del fondo del río y que sin duda había estado enterrado por centenares y tal vez millares de años. El viejo tronco estaba seco y ardía bien. Al lado del tío, la carreta con el capote militar colgado de un adral, y un bolsón pendiente de un gancho. Allí, el tío Novac guardaba su pan, una botella de aceite de cabalaza, dos o tres cebollas, y la sal anudada en un trapo. —Te traemos algo de comer, dijo Avram, porque no debes volver a casa. Están recogiendo los caballos, y además, ¿oyes cómo tira la artillería de montaña? —Vamos... vamos... esa es artillería de campaña, con municiones de 7 y medio y 15 centímetros. Ya pueden tirar. Tiran hacia las montañas, en el valle del Cris. De allí va a venir el desastre... —Y los caballos ¿dónde están? —Aquí, en una hondonada. Ni Dios los encontraría si los buscara. Y ustedes traten de no asustarse cuando empiece el baile de verdad. —¿Qué baile?, preguntó Avram. —Ya verán cuando los franceses lleguen... —Los nuestros van a ser más fuertes... —Vamos, Marcus, no te alabes de ser bolchevique... —Y ahora váyanse... deslícense a lo largo del valle... Tú Avram conoces el camino... vayan directamente a la casa... que el diablo no los vaya a tentar hacia el tren blindado... ¿Comprendido?... ¿Me entienden? —Sí, sí, dijeron los muchachos..., despidiéndose y perdiéndose entre los matorrales y el espesor del saucedal. —Cuántas cosas sabe este viejo, dijo Marcus... —Pero no hay que creer todo lo que él cuenta, respondió Avram. —Dicen que es un viejo muy vivo...

Apuraron el paso, tropezando a cada momento. Finalmente, con las piernas y las caras arañadas, siguieron a lo largo de la vía férrea, corriendo siempre, no en dirección de la aldea esta vez, sino de la estación, porque el tren blindado acababa de llegar, y habían oído desde lejos su sordo traqueteo. Por allí, los muchachos encontraron a Culaie. —Chicos, rápido a la casa. Van a suceder cosas muy feas hoy. —Tío Culaie, ¿no podríamos quedarnos?, preguntó Marcus. En los ojos de Avram se leía el mismo interrogante. —Por nada del mundo... Allí los dejó, apurado él también, pero los muchachos empezaron a dar vueltas en ese hormiguero devastado, donde había soldados, trenes que iban y venían, maniobraban y se preparaban a partir, pero no hacia el frente. En ese momento el cocinero les dio de nuevo el trabajo de pelar papas. Estaba un poco achispado y canturreaba en voz baja. Los chicos pensaron en el buen tiempo, en aquellos días en que Culaie les tocaba el violín y que bailaban la sirba o la batuta rumana, hasta el momento en que él también se entusiasmaba y empezaba a castañetear los dedos, cantando y balanceando su cuerpo fornido y taconeando el suelo con tanta fuerza que hacía temblar los muros. De pronto Petru Ristea llegó a la cocina. Era un primo de Avram, enrolado en la guardia roja, pero se decía que él había estado en relación con "los señores", y con los oficiales escondidos en la montaña, y que se había inscrito en la guardia roja sólo para lavar las sospechas que pesaban sobre él. Pero todo esto era pura habladuría. —Vamos, muchachos, dijo al ver a Avram y Marcus, ¿qué hacen aquí? Los voy a llevar en seguida a sus casas. —¿Tú?, preguntó el cocinero, con un ojo entrecerrado, dejando de cortar la carne. —¡Barril de alcohol! ¿Qué tienes que estarme mirando así?... Cuidado, no te vayan a arreglar los nuestros... ¿tal vez que andas con ganas de volver al bosque y ver al teniente Neantru? Era una alusión a los oficiales que él había ayudado a huir a la montaña. —¡Nb es a ti a quien tengo que dar cuenta de lo que tenga ganas de ver, maldito borracho! —¿Dónde está Petru Ristea? —Aquí, gritó éste, volviéndose hacia la puerta, por la abertura de la cual un soldado introdujo la cabeza. —Ven a transportar las cajas, debemos subirlas a los trenes... —¿Pero qué haremos con estos dos chicos? Uno es mi sobrino, y hubiera querido llevarlo a la aldea... —A la aldea y más lejos..., dijo el cocinero riendo y dando un mordisco a una salchicha que estaba en un estante junto a una botella de aguardiente. Ristea no tuvo mas remedio que seguir al soldado que lo vino a buscar. De pronto se oyó una gran detonación, cuyo estrépito se prolongó largo rato. —¡Hip!, exclamó el cocinero como si tuviera hipo... ¡Hijos de perra! ¡Esto no está bueno! Rápido, muchachos, tomen estas cosas y síganme ligero hacia el vagón. Vamos a empezar tantas veces como sea preciso para acabar nuestro trabajo. —Pero qué pasa, preguntó Avram. —Ya van a verlo en seguida... Al salir Avram, que tenía las manos cargadas de salchichas, y Marcus, que llevaba grandes atados de cebolla y ajos, mientras que el cocinero transportaba una bolsa sobre cada hombro y un canastón lleno de macarrones, tomado con los dientes, se dieron cuenta que todo el mundo se apresuraba a subir a los vagones, unos según un orden establecido, otros al azar, mientras a lo lejos, en la aldea, se oía el fuego a ras de las ametralladoras, fusiles y carabinas.

El teniente Angyal, que mandaba el tren blindado, salió rápidamente de su puesto de comando, ajustándose el cinturón del sable. —Pensábamos que vendrían del sur. Y hete aquí que llegan del Este, dijo al pasar, sonriendo a otro oficial. Los trenes partían uno después de otro a todo vapor. Los soldados destinados hacia el sur y hacia el sudeste, recibieron orden de retirarse y de ocupar posiciones a lo largo de la vía férrea, detrás de los terraplenes, haciendo frente al este, de donde llegaba el tiroteo. Los hombres corrían hacia todos lados, lanzando maldiciones, con fusiles en las manos, ametralladoras en las espaldas, en los hombros o en los brazos. Algunos cañones llegaban, tirados por caballos a quienes los artilleros azuzaban a golpes de látigo para ponerlos más pronto en batería. Los artilleros, apostados detrás de la vía férrea, maldecían a los trenes que les impedían hacer fuego tupido. De hecho, la armada había sido sorprendida de flanco. Cuando los puestos situados sobre las colinas, al este de la estación, notaron el avance de los soldados rumanos, con los cascos franceses de acero, ya fue tarde. —¡Allí están los rumanos!, tuvieron apenas tiempo de gritar, en plena retirada, los que no habían caído bajo sus balas, o en un combate desesperado a la bayoneta. Esa era la razón por la cual todo el mundo estaba apurado por trepar a los vagones. Muchos soldados que no entraban en los trenes, recibieron orden de tomar posiciones defensivas, mientras que el tren blindado, en una prolongada maniobra, cubriría su retirada. En medio de aquella confusión, nadie prestó la menor atención a los chicos. Al principio ellos sentíanse felices, pero después empezaron a tener miedo, al comenzar a silbar las balas en torno suyo. Los trenes habían partido. Solo quedaba en la estación el tren blindado y los hombres que lo ocupaban. —¿Qué andan haciendo ustedes? No se fueron... ¿y por qué?..., ¿por qué no se fueron cuando les dije que se marcharan?... Pobres desgraciados... Era Culaie el que, al fijarse en ellos, se precipitó y tomándolos por los hombros, les miraba a la cara. —¿Tienen miedo? —No, gritó Avram decidido. —Yo tampoco, se asoció Marcus a la afirmación de su amigo. Pero no era cierto. Sus voces temblaban. —¿Qué están haciendo aquí estos cabritos?, preguntó al pasar el jefe del tren, Sabau. —Han perdido la cabra, respondió Culaie. No sé qué hacer, por pequeños que sean una bala puede alcanzarlos. —¡Qué imprudentes!... llévalos rápidamente al tren blindado. A mi vagón... no vamos a dejar que los hagan carne picada, gritó Sabau, precipitándose en seguida a responder a un llamado del teniente Angyal. Culaie hizo entrar a los muchachos por debajo del vagón y los instaló en un rincón sobre una caja de municiones. —Quédense aquí y no se muevan... acá no hay nada que temer. —Nosotros no tememos nada, dijeron los chicos, con la voz firme. Desde el lugar en que estaban, los disparos se oían menos. Los soldados entraron a su vez y ocuparon las posiciones de tiro. Los unos con las ametralladoras, los otros con fusiles. En el mismo vagón se encontraba un cañón, junto al que estaba apostado Matiut y otros dos soldados dispuestos a tirar. Matiut era artillero desde hacía poco tiempo. Casi de inmediato, el teniente Angyal subió también al vagón y sus ojos cayeron en seguida sobre los dos chicos. —¿Quién ha hecho subir a estas criaturas al vagón? ¿Quién se ha atrevido?, vociferó rojo de ira. Había encontrado sobre quien descargar sus nervios, sobre los chicos. —Fui yo, dijo tranquilamente Culaie, apostado junto a su ametralladora. —¿Tú? ¡Condenado imbécil... Te haré íusilar... No, te voy a matar aquí, de inmediato!..., y sacó su revólver de la cartuchera...

En ese momento vio que se le enfrentaba Sabau, con su corpulencia de toro, y decía: —Soy yo quien ha dado la orden... —¡Especie de bandido!... ¿Crees que no te puedo matar a ti también? —Como "el señor teniente" quiera, respondió Sabau perfectamente calmo, sin siquiera prestañear. Pero había dicho "el señor teniente", recalcando de tal modo las palabras, que Angyal bajó su revólver y se lo guardó en el cinto. —¡Que el diablo se los lleve!... les caerá sobre la conciencia, es un crimen que han cometido... tomar a dos criaturas con ustedes, cuando saben cómo vamos a acabar todos... Se marchó furioso al otro extremo del vagón. Mirando su reloj parecía contar con el pensamiento algo, removiendo al mismo tiempo los labios. Sabau se acariciaba el bigote rubio. Era el único que tenía bigote. De pronto, con un ruido ensordecedor, el tren se puso en movimiento arrastrándose pesadamente sobre la vía férrea. Cuando las primeras ráfagas de proyectiles chocaron contra los vagones blindados del tren, las armas de los soldados que se hallaban en el interior empezaron a disparar sin detenerse. Pero las detonaciones no se oían, sino repercutiendo del exterior, por las troneras por donde pasaban los cañones de las armas. El estruendo era incesante. Poco a poco el vagón se llenó de humo, a causa de las cápsulas de los cartuchos que arrojaban dentro los fusiles automáticos, y que continuaban despidiendo humo, vacíos, en la banda de tela de las ametralladoras. El aire era de pólvora. El tren rodó un tiempo, pero luego se detuvo. En seguida echó marcha atrás, para de nuevo avanzar después. Los soldados sudaban a fuerza de disparar y recargar sus fusiles. Las ametralladoras parecían máquinas de coser en las que se introducían las bandas de tela que contenían los cartuchos. Culaie movía su ametralladora de un punto a otro. El cañón de Matiut aullaba de tiempo tiempo, como un perro en la lejanía. Los dos chicos, espantados al principio por el ruido de las detonaciones y por todo lo que miraban alrededor de ellos, terminaron por calmarse, y empezaron a darse ánimo uno al otro: —Ahora también nosotros estamos en la guerra, dijo Marcus. —¡Ah, si el tío Culaie nos quisiera dar prestada un ratito su ametralladora! Pero no se atrevían a pedírsela. Angyal se acercó a ellos, los acarició y les sonrió. —¿Tienen miedo? —Oh, no, dijeron al mismo tiempo. —¡Bravo!, los felicitó el teniente, y les dio a tomar una bebida que llevaba en un tanquecito de cinc. Los chicos hicieron un gesto. Era rhum. —¡Cuando llueve como ahora, esta bebida es excelente!, dijo el oficial, y se marchó porque debía seguir, desde una mirilla, el desarrollo del combate y dar las órdenes a la locomotora, a la que estaba enganchado el vagón. Las órdenes se transmitían por un tubo de caucho espeso que comunicaba directamente con el marino Killik, mecánico del convoy. De repente, el tren se detuvo, porque la locomotora había lanzado de pronto una señal de alarma. La vía férrea se hallaba interrumpida. "¡Los hombres del primer vagón, afuera!", ordenó Angyal. Los soldados salieron armados de granadas y ametralladoras. En menos de media hora, los rieles fueron reemplazados y el tren se puso en marcha. Pero ya el combate no pudo sostenerse. Entre los soldados que quedaron en tierra para constituir la retaguardia, algunos consiguieron salvarse, en la medida en que pudieron atravesar el Cris, desbordado por las lluvias primaverales, lo que era arriesgado para los que no sabían nadar.

La batalla se libraba del otro lado de la vía férrea; era la prueba de que los adversarios habían tomado contacto con los soldados que se retiraban y que la suerte de éstos no dejaba lugar a duda. A unos quince kilómetros de la anterior parada Killik frenó, sin preguntar su opinión a Angyal. Habían hecho saltar el puente que atravesaba el Cris. Cuando Angyal descendió y salió de debajo del vagón, enloquecido de rabia, con el revólver en la mano, encontró a Killik muerto. Se había suicidado disparándose un tiro en la boca. La bala le salió por la nuca. Se hubiera podido encontrar otro mecánico, Matiut mismo había trabajado cierto tiempo en la locomotora, pero el puente sobre el Cris no podía ser reparado. Angyal ordenó que todo el mundo bajara del tren y se preparara a la retirada. Formó una retaguardia, compuesta sobre todo por ametralladoristas. Entre éstos se encontraba Culaie, el tzingano. Durante ese tiempo, nadie paraba mientes en los chicos. Éstos, aterrorizados, se tenían de la mano y lloraban. ¿Quién iba a estar para ocuparse de ellos? Sólo Culaie se detuvo, después de salir del vagón, y entregó a Avram su violín, encerrado en una caja de madera negra. —Toma, debes cuidarlo... si yo muero, es tuyo... Marcus se apoderó de una carabina y sentóse detrás de Culaie, el cual había tomado una ametralladora de reserva del tren y la había colocado en batería detrás del terraplén en la vía férrea, cerca de un pequeño puente de cemento, desde donde podía dominar los alrededores. —Deja esa carabina tranquila, gritó Culaie a Marcus. Los soldados con cascos avanzaban a saltos, molestados por el fuego de ametralladoras y fusiles. "Los franceses...", dijo Avram enloquecido, mirando a Marcus. Todor Matiut vino a despedirse de Culaie, pues su cañón ya no funcionaba, y no tenía cómo desmontarlo. Todor apretó a los chicos contra su pecho y los besó en las dos mejillas. Las lágrimas manaban de sus ojos... —Bueno, muchachos, dijo Culaie, si ustedes siguen una línea recta que parte de mi nuca hasta el otro lado de los sauces que ven allá, encontrarán un arroyo no muy ancho. No es el Cris. ¿Comprendieron? —Sí, dijo Marcus. —Van derecho en esa dirección y apúrense... —¿Pero por qué?, preguntó Avram. —Porque ya no tienen nada que hacer aquí... —Es que nosotros queremos quedarnos contigo... —Váyanse... no van a tener ni un cirio que prenderme cuando llegue el momento. Hagan lo que les dije. Y de tanto en tanto miren hacia atrás, para ver si están bien en la línea de mi cabeza. Mientras ustedes vean mis espaldas todo va a andar bien, porque estarán protegidos por el fuego de la ametralladora. —Pero es que queremos quedarnos contigo..., lloriqueó Avram. —Silencio... ustedes van a ir donde yo les digo... En marcha... Adelante... ¿Entendido?... Paso de carrera... La voz de Culaie era fuerte y ronca. No los miraba siquiera, atento para apuntar hacia los adversarios que se acercaban, se echaban por tierra, se levantaban y volvían a acercarse. Era como un mar avanzando sus olas enturbiadas, lanzándose contra un dique, que frente al asalto de las ondas no ofrecería más obstáculo que el umbral de una puerta para el paso de un hombre. Los chicos se alejaron sin haberse siquiera podido despedir de Culaie, que disparaba sin cesar una banda de cartuchos tras otra. En su apuro, Avram se olvidó el violín. Quiso volver atrás, pero Marcus se lo impidió.

Los chicos corrían cada vez más ligero y penetraron en un matorral en la proximidad de un pantano. Al alba se separaron después de haber pasado la noche temblando de frío y de miedo, acurrucados uno contra el otro, en una anfractuosidad del terreno, entre las raíces de los árboles, escuchando, hasta que cayó la noche, a los soldados que pasaban cerca, jadeantes, maldiciendo, los disparos de fuego incesante, y los gritos desgarradores que de tanto en tanto hendían el aire. Sentían el espanto como un cuchillo que les penetraba en las carnes. No pegaron los ojos en toda la noche. Además, un herido gimió no lejos de allí, hasta el alba, pidiendo con una voz que era como un quejido: "Agua.. agua... agua..." Los chicos no se animaron a salir de su escondrijo. Además, tal vez no lo hubieran encontrado. Pero sobre todo los paralizaba el miedo. —No hemos sido muy valientes, dijo Marcus. —Pero ahora ya no somos niños... —Tienes razón Avram, cuando se ha visto lo que nosotros hemos visto, ya no se sienten las cosas como las sienten los otros niños, pero la verdad es que tampoco somos hombres... —Debemos convertirnos en hombres como Culaie... —¿Y morir como él? Estaban seguros que su amigo había muerto. —Tal vez... Pero... yo pensaba en otra cosa... ¿Te acuerdas de lo que nos dijo el día que nos peleábamos en la calle? —No lo olvidaré nunca. Yo quiero ser un hombre como él... ¿Sabes lo que voy a hacer? Voy a irme a Arad, allí tengo un tío que es cerrajero en la fábrica "Astra", quiero aprender un oficio, vivir entre hombres como Culaie y ganar dinero para ayudar a los míos. Se dieron un apretón de manos como dos hombres. Marcus se puso en camino a lo largo de la vía férrea, en dirección a la ciudad. Avram debía regresar a la aldea por el camino vecinal. Uno se iba hacia lugares desconocidos, el otro regresaba a su punto de partida. Pero cuando atravesaban el campo cubierto de muertos todavía sangrantes y lívidos, no pudieron reprimir el deseo de hacer un desvío para pasar por el lugar donde había caído su amigo Culaie. Allí le encontraron junto a su ametralladora, con la cara contra la tierra. Alguien le había quitado los zapatos y las polainas. También el violín había desaparecido. Con los pies desnudos, la cabeza descubierta, porque al caer se le había caído el casco, parecía dormir después de un duro trabajo en el campo. El viento jugaba con sus cabellos negros y espesos. Una alondra subía a lo alto cantando, en el mismo momento en que el sol aparecía tras la cresta de una colina. Marcus miró a su alrededor, tratando de encontrar algunas flores, pero no las había. Tomó entonces unas delgadas ramas de sauce, cubiertas de brotes y las colocó alrededor de la cabeza de Culaie. Después sacó la bayoneta de su vaina y la clavó entre las frescas ramas que cubrían el casco de Culaie. Miraron una vez más en silencio a su amigo y se separaron calladamente. Era un Sábado de Pascuas. Recién entonces Avram empezó a pensar en su madre, en el tío Novac, que tal vez también había sido muerto, en su escondrijo, con sus caballos, y recordó también a Salomón y a Sultana. "Mamá en este momento debe estar haciendo panes redondos y pintando los huevos, aunque creo que no tendrá mucho ánimo para estas cosas. ¡Cuánta pena he podido causarle!", se dijo con amargo remordimiento. Los soldados desfilaban sin cesar por la ancha ruta, unos a pie, otros en carros, después se vieron columnas de caballería y una batería tras otra, cañones de todos calibres tirados por fuertes caballos que hacían temblar la tierra con sus cascos. Nadie se fijaba en Avram. Pero su corazón latía aceleradamente. Lo sentía golpear contra sus costillas como un martillo que un herrero usara sobre el yunque y el hierro caliente.

De pronto recordó que llevaba en su gorra una escarapela roja. Se la arrancó rápidamente y la guardó en el bolsillo. Un poco más lejos la enterró al borde de la ruta. Estaba un poco avergonzado de hacer esto, pero pensó que no le quedaba más remedio. Nadie en la larga fila de soldados cansados y apresurados se había fijado en su escarapela roja, ni en lo que él hacía. Los soldados que pasaban hablaban rumano entre ellos. Por lo tanto no eran franceses. Avram sintió una alegría inexplicable, pero al mismo tiempo se le oprimía el corazón. Eran hombres como los de su aldea, que debían tener sus mismas preocupaciones, pensar en la tierra que les habían prometido dar después que la guerra terminara. Pasó la noche en una parva de heno, olvidada desde hacía mucho tiempo, y volvió a ponerse en marcha al amanecer. No se detuvo hasta que llegó cerca de unas hayas, donde llenó sus bolsillos con vainas, pensando que tendría al menos algo que mascar en el camino, porque el hambre empezaba a atenacearlo. Era un día hermoso, tibio y soleado. Sobre la carretera se veían de tanto en tanto grupos de soldados o carretas. El grueso de las tropas ya había pasado. En el camino encontró una fuente que servía de abrevadero, a juzgar por la pila llena de agua fresca y por los rastros de cascos de caballos en la tierra. Avram se lavó la cara para refrescarse un poco, bebió golosamente en las palmas de sus manos el agua que caía a pequeños chorros y desbordaba en la pila hecha con un tronco de álamo vaciado. De pronto vio venir hacia donde él estaba un carro, y su primer pensamiento fue escapar, pero se detuvo: "Tal vez quiera dejarme subir", pensó, viendo desde lejos que no venía en él más que un hombre solo, un campesino que dormitaba, mientras los caballos cansados iban al paso. Recién en ese momento Avram pensó que le dolían los pies. Esperó, y de pronto se sobresaltó. "¿Será posible que sea él? Sin embargo, me parece que reconozco los caballos. Ese que tiene una pelota en la frente, es nuestro César. ¿Pero qué andarán haciendo por aquí nuestros caballos?'" Esperó a que el carro estuviera más cerca. Sí, era él: —¡Tío Novac! El carretero se sobresaltó y maquinalmente tiró de las riendas, sin comprender bien lo que sucedía. De pronto reconoció a Avram. —¿Eres tú, Avram? ¿Cómo has llegado por aquí, pequeño? Vente, sube aquí a mi lado. Ya en camino, tío y sobrino se contaron uno a otro sus aventuras. Ninguno de los dos había regresado a la casa desde el momento en que los chicos fueron a buscarlo en su escondite con los caballos ocultos en el matorral. Allí los soldados lo descubrieron al atardecer y lo obligaron a llevarlos hasta donde el diablo perdió el poncho, del otro lado de Pincota. —¿Y Marcus, tu amigo, dónde quedó?, preguntó el tío Novac. —Se fue hacia la ciudad. —¿Cómo es eso, para ir a correr mundo? —Para correr mundo... Después de un rato, el sobrino preguntó al tío: —¿Crees tú, tío, que todo estará tranquilo ahora? —No sé qué decir... Al encuentro de ellos venía a toda velocidad un coche. Sobre el asiento un soldado conducía dos hermosos caballos, negros como cuervos, con manchas blancas en las patas. Su pelaje brillante, y gordos como melones. —¡Qué bellos animales!, exclamó el tío Novac, y quiso mantenerse a la izquierda para dejar pasar el "coche de los señores", que tomaba el medio del camino. Pero no se sabe por qué el cochero torció también hacia la derecha, de tal manera que el tío Novac perdió la cabeza y hubiera ido sin duda a chocar contra el coche, si al tiempo no hubiera tirado fuertemente de las riendas. —Ala... César... Picolo...

El coche militar se detuvo y descendió de él un oficial con monóculo, con una capa en la espalda. —¡Imbécil!... ¿te mantienes a la izquierda para chocar con mi coche? El tío Novac, que había saltado al mismo tiempo del carro, se mantenía firme ante el oficial: —Señor, así nos enseñaron que debíamos hacerlo, en la séptima división del tren de equipajes de la Armada Imperial y Real, que debíamos colocarnos siempre a la izquierda. Eso era cierto. En el Imperio Austro-Húngaro los vehículos circulaban a la izquierda, pero sólo en las grandes rutas y en los caminos vecinales. En los demás lugares cada uno hacía lo que le parecía. El oficial se acercó y sin decir agua va, lanzó al tío Novac dos fuertes bofetadas, cuyo ruido hizo que los caballos pararan las orejas, tanto los que tiraban del coche como los que arrastraban la rústica carreta. —¡Bolchevique infeliz!..., agregó el oficial. Luego subió al coche y los caballos excitados por la voz del soldado partieron a todo galope. El tío Novac se sentó sobre la tabla colocada en el ladral de su carro, y con su sobrino retomó la ruta en dirección de las montañas. Avram miraba a su tío con el rabo del ojo. Habría querido decirle algo, le daba lástima ver cómo corría el llanto por las mejillas del viejo. Finalmente, contemplándole la cara enrojecida por las bofetadas y mojada de llanto, se decidió a decirle: —¿Tiene dolor, tío Novac?... —No, tengo vergüenza... Avram calló. Y no hablaron más hasta aproximarse a la aldea. Llegados a Cornesti, donde el tren blindado se había detenido, encontraron a Mitru Matiut, con una picota en el hombro. Lo invitaron a subir al carro. Y no fue sino entonces que Avram se dio cuenta de la vuelta que había dado, en medio de su susto, para llegar de la vía férrea al camino vecinal. Se había perdido en medio de los campos en labranza, entre las aldeas. Mitru Matiut era también un obrero pobre. Había hecho la guerra aunque tenía la edad de su tío Novac, es decir, casi cincuenta años. —¿Vas a trabajar el día de Pascua?, le preguntó el tío Novac. —Fui a enterrar a los muertos. Todos los pobres de la aldea fueron obligados a cavar fosas. —Y bien, dijo el tío Novac... —Fui a enterrar a mi hijo Todor... No lo habrías reconocido. Una granada le arrancó la cara. Estaba desnudo. Lo reconocí por el cinturón que llevaba en el pantalón, que se lo había tejido su madre, mi pobre Viroana. Y ahora cómo decirle a esta mujer que enterré a su hijo, el día de la resurrección de Cristo. Avram, que había visto tantas cosas y ya no era un niño, escuchaba con los oídos atentos. Por encima de la aldea, como todos los otros días, el sol se ocultaba llevando consigo las alegrías a medias o enteramente desmentidas, mientras caía la tarde. Quién había combatido y contra quién... Avram no lo comprendía muy bien en aquel tiempo, pero sentía solamente que un mundo había sido reemplazado por otro, que el país era ahora conducido por un rey y ya no por un emperador. Entre esos dos mundos, un tercero pudo nacer, pero no nació. ¿Habría sido mejor o peor? Avram no se daba cuenta en esa época. Fue mucho más tarde cuando empezó a hacerse una idea del mundo, que los recuerdos de entonces se despertaron en él y empezaron a tomar un sentido preciso en la lenta evolución del hombre que no había olvidado nunca de dónde partió, pero comprendió el sentido de esos recuerdos cuando el ejército rumano, más poderoso y numeroso, junto a los ejércitos soviéticos triunfantes, pasaron por esos mismos lugares realizando por fin el sueño que se había incubado un cuarto de siglo antes. Avram Protap, soldado bajo la bandera de la

liberación, tuvo el sentimiento poderoso y claro que su pueblo, con los patriotas a la cabeza, no sólo se harían justicia a sí mismos, sino igualmente a sus vecinos, al pueblo húngaro, oprimido también, al pueblo checoslovaco, aplastado bajo tantos sufrimientos durante el terror hitlerista. Pasando por los territorios liberados, junto a los cementerios, que los ejércitos habían dejado a su paso, y donde yacía lo mejor de sus soldados, Avram pensó que quizás su tumba podría ser cavada en la llanura húngara o en las montañas Tatra, mientras que las tropas avanzaban desafiando el fuego y la muerte. Pero ya no lo lamentaba.

ISTVAN NAGY Una victoria
Entremos allí. Al llegar, una tromba de polvo resinoso, amarillento, de sabor amargo nos envuelve, como si estuviéramos en un molino. Telas de arañas grises cuelgan del techo. Todo parece envejecido, gris. Desde los basamentos de las máquinas pintadas de negro, hasta los rayos del sol que se filtran por los vidrios de las ventanas con rejas. Un polvo blancuzco enharina a los obreros inclinados sobre sus máquinas, pero no son molineros, son carpinteros, y no es grano lo que ellos desmenuzan, sino madera con la que alimentan sus máquinas. Ellas devoran cada día el equivalente de una pequeña floresta de pinares y suministran las tablas que, bien trabajadas, se transformarán en marcos de ventanas, de puertas, que sólo tendrán que ser ajustadas y encoladas en los talleres vecinos. El contramaestre Mihaylks, el abuelo Mihaylks, como lo llaman familiarmente, es el guardián y el protector titular de las máquinas, la nodriza, le dicen los obreros. Se le ve ir de una a otra, aguzando el oído para controlar los ruidos cambiantes. Conoce el significado de la menor variación en cada motor y percibe en seguida cuál está siendo forzado. Es el responsable de nueve máquinas. Piensa en ellas aun de noche, temiendo sin cesar que pueda sucederles algo. Conoce el punto débil de cada motor. El resorte que debe ser reemplazado, la correa de transmisión que hay que componer o acortar. Defiende sus máquinas y sería capaz de pelear por ellas. Podría llegar al crimen por una garlopa mellada. Aparte de sus máquinas, el abuelo Mihaylks es un hombre bonachón. En las reuniones apenas si se oye su voz. En su casa nunca regaña a sus hijos y nunca los castiga. Pero en lo que toca a sus máquinas es implacable. No tolera que las maltraten. Quisiera ver salir de las garlopas mecánicas tablas tan lisas que ya no necesitaran pulimiento, que de inmediato pudieran ser pintadas y barnizadas. Cuánta economía de tiempo y papel esmerilado, a condición, desde luego, que el abuelo Mihaylks realizara su sueño. ¿Pero qué sucede con esas desdichadas tablas? Basta que un cribador o un aserrador descuidado, llegado de afuera, ponga sus zapatos llenos de arena sobre alguna de ellas, para que ya en la máquina la madera melle la cuchilla. Sin contar con los entorpecimientos causados por la guerra. Hace cuatro años que terminó en esa región, pero aún hoy se sienten sus consecuencias. Cuando se empieza a cepillar o aserrar una pieza de madera sin defecto aparente, de pronto el acero del cepillo lanza una chispa, o la hoja de la cuchilla se rompe, debido a una astilla de granada o un pedacito de plomo incrustado en la madera: esos bárbaros hitlerianos cribaban de balas los árboles durante su retirada. Mihaylks previene constantemente a los aserradores: —¡Ojo, ojo, Peter Kese... cuidado con las balas! Hace las mismas recomendaciones a los manipuladores, pero éstos no son cuidadosos, además no tienen tiempo de examinar y de sacudir bien la madera destinada a las máquinas, dado que los aserradores, Peter Kese sobre todo, trabajan a un ritmo cada vez más endiablado y apenas si los manipuladores pueden seguirlos. Pero, además, ¿por qué tanta prisa? De todos modos nunca alcanzarán a vencer al equipo de Dezso Balint. Desde que ese Balint, con su aire tranquilo, imaginó ese aparato de dibujo, su equipo está a la cabeza de todas las emulaciones. Construyó un tablero, una especie de mesa provista de un bastidor móvil alrededor de un eje, y en ese bastidor fijó doce cuchillas de acero. Basta un simple movimiento de brazo para que el instrumento marque de una sola

vez, sobre el marco de la ventana, el lugar de dos muescas y dos espigas. Antes había que dibujar esas marcas con lápiz, de tal modo que la nueva invención permite ganar mucho tiempo, sin contar la economía de lápiz, a lo que se agrega que el trabajo es mucho más preciso. El obrero que antes tenía que hacer este trabajo, ahora se puede emplear en la perforadora número 2. Desde entonces el banderín rojo de los ganadores en la campaña de emulación socialista flota encima de la cabeza de Balint. Fijado sobre un travesaño, luce en medio de un torbellino de polvo, o mejor dicho luciría, porque el polvo de las aserradoras lo ha recubierto. Hora tras hora se va poniendo blanco, pero Balint lo sacude también hora tras hora, y lo limpia del aserrín que se va depositado encima, y de nuevo el banderín rojo flamea a los ojos de los obreros, que cortan los troncos y transportan la madera aserrada en tablas. Es a la vez una advertencia estimulante, que les recuerda que están en la cola de la competencia. En verdad, los equipos que trabajan en las perforadoras, en las escopladoras y en los "chassis" han sido citados en los diarios como sobresalientes en el trabajo por pieza. Y su paga se ha acrecido. Dezso Balint tuvo también una prima importante e invitó a todo su equipo a festejar el acontecimiento. Desde entonces se ha moderado un poco el tren de producción, porque llegan fácilmente a utilizar toda la cantidad de material que le está asignado, mientras que el grupo de los aserradores y los obreros auxiliares se desloman tratando de alcanzarlos. Aunque el trabajo está juiciosamente repartido, no consiguen inventar algo que les permita mejorar su rendimiento. Para hacerlos rabiar, Egyed Joska tiene el maligno placer de cantarles de tanto en tanto: —Qué quieren hacerle, muchachos, para eso se necesita seso, y eso es lo que les falta. Cuando lo oyen, los aserradores se ponen furiosos. ¡Pobre Peter Kese! Antes de la invención de Balint pasaba por ser el mejor obrero del taller. Conocía su oficio y ahora tiene que soportar tal afrenta. "Esperen, ya van a ver...", dice, y se le ven temblar los músculos de su cara flaca y angulosa, pero no agrega una palabra más. Sus compañeros hacen lo mismo que él y se apresuran uno tras otro en una persecución silenciosa. Quisieran poder sepultar el tablero de Balint bajo un montón de tablas y de planchas. Hacen, en su trabajo, todo lo que es humanamente posible. El primer hombre del equipo viene a la carrera hacia la aserradora circular, con un largo madero sobre la espalda, como una minúscula hormiga llevando un fósforo. Con un gesto preciso, el segundo hombre, Peter Kese, toma el madero por un extremo y lo corta en seis trozos de igual longitud, que caen con un ruido sordo sobre el piso de hormigón. El hombrecito que los transporta arriesga a cada instante la mano entre las pedazos que caen. Pero ese hombre pequeñito, que para tener aire más viril se ha dejado crecer un bigote de gato, es rápido como un hurón y sin desfallecer un instante recoge los tacos al vuelo y los lleva a la carrera a la segunda aserradora, máquina que los corta a lo largo. El que maneja la segunda aserradora, está hundido en el aserrín hasta media pierna. Su gorra, sus espaldas, sus cejas enmarañadas, todo está cubierto de una espesa capa de polvo. Éste es el que da más trabajo al abuelo Mihaylks: masacra, destroza literalmente las sierras. El disco de la sierra que la velocidad hace casi invisible se detiene frecuentemente, y cada vez la correa resinosa patina sobre el eje humeante. Un quinto hombre transporta las tablas a la devastadora de Borza Janos y regresa apresuradamente a la sierra. El aserrín llena sus zapatos. Le penetra por boca y narices. Estornuda violentamente, pero no tiene tiempo de sonarse. Las dos primeras máquinas vomitan sobre él sus piezas de madera. La tercera empuja las suyas, y el montón sube sin cesar. Y Peter Kese le grita: —¡Mueve tus piernas, hermano! Dentro de poco no se te va a ver, bajo el montón de material. Un vozarrón resuena en el amplio espacio del taller. Los hombres de Balint guiñan el ojo. Ellos no necesitan apurarse ni que los apuren. Entre ellos todo marcha como sobre ruedas. Su tarea es tanto más fácil cuanto que no están enceguecidos por el aserrín y la viruta, como el

recogedor de la cepilladora. Este pobre hombre inútilmente se baja la visera de la gorra sobre los ojos y se abotona la camisa hasta el mentón. Las pequeñas astillas de la madera, mezcladas al polvo, se introducen por el cuello cerrado, se le deslizan por el pecho, se le acumulan en la cintura y le carcomen la piel como una sarna. Y le llegan algunas veces hasta la boca. Los cilindros de la cepilladora lanzan sin cesar tablas de igual espesor. Si no se sacaran a tiempo de la pila que forman, ésta se desmoronaría sobre las piezas que van saliendo. La máquina se detendría. El motor se pondría a golpear y en seguida el abuelo Mihaylks correría blasfemando hasta perforar los tímpanos. —¿Qué hacen, asesinos? ¡No tienen piedad de esa pobre máquina! ¡Creen que ella no siente! Si arruinan ese motor, los mato. Gritaba mucho menos en otro tiempo. Ellos tampoco se preocupaban cuando las máquinas se paraban. A veces las descomponían ellos mismos, para poder descansar un cuartito de hora, que aprovechaban para fumar un cigarrillo en los watter, mientras el mecánico, echando maldiciones, tenía que aceitar los cojinetes recalentados. Después de todo sólo recuperaban un poco de la plusvalía que la casa Binder e hijos les trampeaba. Hoy, al entrar a la sala de máquinas, la mirada es atraída por un aviso en grandes letras: "Participamos en la EMULACIÓN SOCIALISTA". Los recogedores corrían de una máquina a otra. Cuando una esquirla se incrustaba en la palma de su mano, no se entretenían como antes en sacarla despaciosamente con la punta de su cortaplumas. A menos que la esquirla hubiera penetrado en la carne viva, ellos esperaban la pausa de mediodía o bien de la noche, soportando pacientemente el dolor. No tenían tiempo. Estaban empeñados en ese concurso y todos sabían lo que eso quería decir. Peter Kese les había ya explicado bien de qué se trataba. Peter Kese pasó sus vacaciones en Sovata, y lo que cuenta de Sovata y los alrededores es increíble. Allí el pueblo laborioso se baña en el lago. No como en el tiempo de los señores, en que sólo las mujeres de los fabricantes y otros haraganes de la misma especie se zambullían. Las cuatro semanas que Kese pasó en Sovata fue un encantamiento que sobrepasa todo lo que se pueda imaginar. Es una antesala del mañana, explica Peter Kese, regocijándose. Pero Samor Borza se complace en molestarlo. Quién sabe si el año que viene Balint no te desaloje también del lago de Sovata... —A mí, jamás..., exclama Kese, y una oleada de sangre colorea su cara pálida. Mientras habla, ha empujado un madero bajo la cuchilla con tal violencia que el abuelo Mihaylks viene a toda carrera con los brazos al cielo. —¡No vayas a estropear tu máquina, Peter! Si la correa se rompe es una catástrofe. ¡Qué gente, Dios mío, qué gente! La competencia dura ya dos semanas, sin que el equipe de Kese hubiera conseguido sobrepasar al equipo de Balint, hecho invencible por el famoso aparato de dibujar. Sólo una innovación permitiría superarlo, ¿pero cuál? Esa idea obsesiona a Peter Kese de día y de noche, pero inútilmente inspecciona con la mirada ansiosa el taller y las máquinas. Nada se le ocurre. Lee en las caras extenuadas de sus compañeros, y calcula por su propia fatiga, que no podrán seguir mucho tiempo en ese ritmo. Tampoco las máquinas resistirían. Y sin embargo Peter Kese se obstina en querer tentar lo imposible. Cuando se acerca el mediodía, Denes Kiss, el hombrecito de bigotes de gato, corre con su carga de madera sobre la espalda, y de pronto se lleva la manos a los ojos titubeando como, un borracho: —¡Socorro!, compañero Borza. ¡Tengo algo en el ojo, no veo nada! —Ahora sí que la competencia está perdida, gruñe Borza, dejando su máquina.

Lleva a Kiss cerca de una ventana, se limpia bien las manos, saca un pañuelo, lo sacude, retuerce una punta y empieza a explorar el ojo de Kiss, éste parpadea y las lágrimas corren por sus mejillas, dejando huellas en el polvo que las cubre. —Y bien, ¿qué hacen allí?, dice con impaciencia Feri Beke, que espera frente a su cepilladora. Tiene las sienes blancas, aun cuando está limpio, pero lo siguen llamando Feri, y el abuelo Mihaylks lo llama "Mi pequeño Feri". Volviéndose a los dos hombres chilla: —No tengo nada que echarle a mi máquina, Janos. Con una mano empuña encolerizado la manivela y con la otra desembriaga el motor. Y se va a trabajar a la desgastadora. Arrancándose del montón de desechos de madera, su ayudante aprovecha para tomar aliento. Se sacude el aserrín acumulado en su cintura y, juntando un montón de viruta, se deja caer encima. Por el momento no hay nada que hacer. El trabajo está organizado en tal forma que si uno de ellos se para, todas las máquinas se inmovilizan. Borza empleó más de un cuarto de hora para extraer del ojo de Kiss una minúscula astilla de madera. Mientras tanto el equipo de Balint tuvo también que detenerse por falta de material, mientras que los maderos se amontonaban cerca de la sierra de Kese, quien a su vez se vio obligado a parar su máquina hasta que llegaran a sacar la madera aserrada que lo estorbaba. Maldecía y juraba. Cuántas veces él había reclamado al sindicato la necesidad de proporcionarles anteojos protectores a los obreros. Volvería a dirigirse a la directiva sindical, y si era necesario a la regional del partido para que se tomaran las medidas indispensables. ¿Cómo podría llamarse a eso una emulación socialista? Sus refunfuños se perdían en el ruido de las máquinas que retomaron su ritmo. Hasta tarde en la noche, en que se logró recuperar el retardo provocado por el accidente. Al día siguiente, los hombres de Kese, descansados y más decididos aún, retomaron el trabajo con la esperanza de poder ganarle el primer lugar al equipo de Balint. Al cabo de una media hora tres cepilladoras tuvieron sus cuchillas dañadas por esquirlas de piedras traidoramente incrustadas en la madera. Borza hubiera querido seguir, pero el abuelo Mihaylks detuvo el motor. —¿Hubieras tenido el coraje de trabajar con una cuchilla mellada? ¿A ti no te importa que los "chassis" salgan de nuestras manos con dos burletes gruesos como dos morcillas? No, no, muchachos, no sólo ustedes cuentan. También yo tomo parte en la emulación. Y recordando lo que había oído en las sesiones, agregó con tono sentencioso: ¡Ustedes jamás piensan en la calidad, compañeros! Se empleó una media hora en reemplazar las cuchillas deterioradas, y durante ese tiempo nuevamente se detuvo todo el taller. Se engrasaban los cojinetes aunque no hubiera necesidad. Joska Egied aprovechó este respiro para reclamar a los aserradores por su falta de cuidado en el control y cepillado de las tablas. Peter Kese se mordía los labios. Sabía bien que era a él a quien se dirigían esos reclamos, pero si se hubieran puesto a buscar granos de arena con una lupa, esto haría que perdiera más terreno su equipo frente al de Balint, lo que le alejaría la posibilidad de poder reconquistar el ansiado banderín. Tenía que conquistarlo aunque fuera a costa de su vida. Si no lo lograba esta semana, lo que ya parecía imposible, la semana siguiente tendría que inventar algo a cualquier precio. Durante la pausa de mediodía, observó con inquietud que los hombres de Balint concertaban algo en voz baja. Quizás preparan alguna otra innovación, se dijo. Así lo hicieron cuando el invento del aparato de dibujar. Sin duda, Balint está imaginando una nueva innovación. Encaramados sobre los troncos, el equipo de Balint estaba reunido a su alrededor. Sin duda hablaba de una innovación a sus hombres, mientras comía como siempre tomates o

pepinos, pues era vegetariano. Pero esta vez la innovación que imaginaba Balint iba destinada a las aserradoras. Balint había visto la víspera una película soviética en la que el carbón de las minas era transportado con la ayuda de un especie de transportador móvil. Esa idea, ¿por qué no iba a ser aplicable a sus máquinas? Habría que instalar un deslizador delante de las aserradoras. Las piezas de madera se encaminarían en esa forma, de la primera sierra circular a la primera cepilladora, sin ninguna operación manual, lo que permitiría liberar de una vez cuatro hombres. Uno de éstos podría entonces emplearse en la desvastadora, mientras que los otros limpiarían los troncos de la arena. En esta forma se evitaría mellar las sierras y por lo tanto no habría paros en el trabajo, ni las astillas de madera saltarían a los ojos de los trabajadores, provocando menos accidentes. De un golpe, el sueño del abuelo Mihaylks se encontraría realizado, pues ya no serían deterioradas, sus sierras. —Su sueño, seguramente, retrucó Marton Hiedeg, un obrero largo como un día sin pan, que trabajaba en la escopladora. Pero no hay que olvidar, agregó, que con esa innovación el equipo de Kese tomará tal avance que pronto seremos sobrepasados y ni el mismo Dios podrá vencerlos. Y diciendo esto sus ojos se tornaron amenazantes. —No hay que olvidar, tampoco, que la bandera de la emulación la perderíamos, adujo Karoly Sos. —¿Para qué romperse la cabeza, compañero Balint?, exclamó con buen humor Joska Egyed, al que por la forma de su cara le llamaban "cabeza de tártaro". Si usted les construye ese deslizador, ellos nos van a llevar por delante, y ya tenemos bastante trabajo para mantenernos en el primer lugar con las perforadores. —No se preocupen, yo inventaré alguna otra cosa para nuestro equipo, dijo Balint, en tono conciliador, mientras mordía una mitad de tomate, saboreado por él como el más delicioso pedazo de carne asada. Lanzó en seguida una mirada de soslayo hacia el equipo de Peter Kese y exclamó: —¡Pobres, miren en qué estado están! ¡No se les puede dejar así! Sin contar con que están muy atrás nuestro. Sí, ya tengo hecho el dibujo para ellos. —Mejor sería comenzar por hacer uno para nosotros y después ocuparse de ellos, reclamó Egyed. Balint lo miró irritado. —Quieres discutir a todo precio, dijo Balint levantándose. Hay que pensar, además, que nosotros mismos nos hacemos daño si no los ayudamos. Sin esperar más, se apeó del tronco donde estaba sentado y balanceando su pesado cuerpo se dirigió por entre los trozos de madera hacia donde estaban Peter Kese y sus compañeros. Sentados a la sombra sobre una gran pila, como si lo hubieran hecho adrede, todos comían salchichones cortándolos con sus navajas en gruesas rodajas. Balint se detuvo frente a Kese y viéndolo comer así le aconsejó: —Deberías agregarle un poco de cebolla a tu salchichón. —Dejamos el forraje para los rumiantes, replicó Kese con aire de burla. Balint, como todo vegetariano, estaba acostumbrado a estas bromas pesadas y no se disgustó. Luego, se puso a explicar tranquilamente el proyecto que había concebido. Era de una simplicidad que a cualquiera hubiera dejado estupefacto y, al enunciar la idea del deslizador, hizo que los aserradores abrieran enormes ojos y que se quedaron paralizados con los cuchillos en el aire, olvidándose de cortar o tragar el salchichón. El rostro pálido de Kese se enrojeció. Inmediatamente había comprendido las ventajas del proyecto, pero lo ahogaba la idea de que a ninguno de ellos se le hubiera ocurrido aquella solución y se preguntaba si todos estaban, en verdad, desprovistos a tal punto de inteligencia y que sólo Balint era capaz de inventar cosas. Será nuevamente de él de quien hablarán los periódicos y una vez más será él el que embolsará la prima, un pobre diablo que no vive más que de tomates y pepinos,

mientras que sus tres hijos comen carne todos los días. Lo mordía la envidia. Una luz alumbró sus ojos grises y a pesar de eso exclamó: —Su innovación viene muy tarde, compañero Balint. Y como requiriendo la aprobación de los trabajadores de su equipo continuó: Hace mucho tiempo que nosotros habíamos pensado en un dispositivo igual, y justamente esta noche pensábamos hablar de ese asunto al director del taller y al abuelo Mihaylks. Balint palideció. Escrutó las caras embadurnadas de polvo y aserrín. Ante su asombro y sus miradas confundidas, comprendió que Kese mentía descaradamente. Esperó un momento a que los obreros desaprobaran lo dicho por aquel impostor, porque la verdad, le repugnaba tener que ser él mismo quien defendiera su idea. No le gustaba discutir y menos cuando la discusión podía degenerar en una disputa seria. Tironeaba maquinalmente su blusón, pues la verdad es que no tenía condiciones de orador. Si es así, dijo desalentado, me alegro que hayan tenido ustedes la misma idea. Después de todo no se trata de nada trascendental, sino de una simple deslizadora. Lo que urge es que ustedes pongan manos a la obra, y en lo que les pueda ayudar cuenten conmigo. —Nosotros podemos arreglarnos solos, interrumpió Kese, con voz ronca, en la que se adivinaba una secreta aprehensión. Balint ya no tuvo más qué decir, quedóse un instante indeciso y después se retiró sin prisa. Los aserradores rodearon a Kese, mirándole con reproche. —¿Fuiste tú en verdad quien tuvo primero esa idea?, le preguntaron. Kese, que un momento antes estaba casi arrepentido de su audacia, se sintió picado en lo vivo por la desconfianza de sus compañeros y respondió con brusquedad: —¿Y por qué no podía yo tenerla? ¡Vaya una cosa! Todos sabemos que es necesario cambiar nuestras máquinas, esta noche nos quedaremos trabajando y mañana tendremos los deslizadores instalados. Janos Borza observó incrédulo: —Si es así ¿por qué nunca nos habías hablado antes de esa idea? y diciendo esto terminó de limpiar el cuchillo para deslizarlo en su bolsa, —Yo quería hablarles precisamente hoy..., respondió Kese, mirando hacia el equipo de Balint, donde discutían acaloradamente. Balint había referido a sus compañeros la acogida que acababa de hacerle Kese, y ese era el motivo de la discusión entre ellos. Se negaban a creer que Kese fuera capaz de inventar algo y trataban a Balint de gallina mojada, reprochándole el que se hubiera dejado ganar la partida sin decir nada. Bien se ve que se alimenta de verduras, que tiene sangre de nabos en las venas. Balint recibía los reproches sin contestar. Se decía a sí mismo que en su cabeza bullían muchas ideas y que por eso no debía alarmarse de que la gente le robara alguna y se vistiera de méritos con ella. ¿De qué le serviría a Kese haber hecho aquello? Balint meditaba en ese momento un gran proyecto, estaba imaginando una máquina universal para el trabajo de la madera, máquina que ejecutaría sucesivamente todas las operaciones: corte y cepillado de las tablas, perforaciones, montaje y pulido de los chassis. En su casa pasaba la mayor parte del tiempo dedicado al estudio y preparación de su proyecto y que llegara el día en que la industria del país estuviera más avanzada, para poder echar fuera todas las viejas máquinas. Ese día, él realizaría su plan. ¿Por qué ponerse a hacerle la guerra a Meter Kese? La única curiosidad era saber ¿cómo iba a realizar la deslizadora? Kese buscó al abuelo Mihaylks para exponerle la idea y pedirle su ayuda. Él mismo no era un obrero calificado, además le faltaba experiencia en esa materia. El abuelo Mihaylks lo escuchó atentamente. Las puntas brillantes de cinco capuchones de lápices salían del bolsillo

de su blusón como si ellos también escucharan. El mecánica que había en Mihaylks despertó y, lanzando la gorra al suelo, exclamó: ¡Qué idea feliz Peter, que gran idea! Vamos enseguida a ponerla en práctica. Déjeme hacer a mí. Lo esencial en todo esto es la idea, lo demás viene solo. En ese mismo momento se pusieron manos a la obra y trabajaron toda la noche. Kese no esperaba que Balint vinera a pasar la noche con ellos. Al principio éste se conformó con verlos trabajar, esperando que le pidieran consejo. Pero en seguida no pudo soportar y empezó a hacerles sugestiones a cuales más útiles. A la mañana siguiente todas las máquinas estaban ya conectadas con deslizadores y no formaban sino una sola cadena, una sola máquina. Los obreros quedaron disponibles, uno fue destinado para ayudar a Borza en la desvastadora, en tanto que otro, provisto de un cepillo metálico, se encargó de sacudir los granos de arena que ponen en peligro las sierras y de inspeccionar cuidadosamente cada pieza de madera a fin de ver que no tuvieran esquirlas de piedra. Sobre las deslizadoras la madera corría que daba gusto. Los obreros de los talleres vecinos vinieron a admirar la maravilla. El comité de la fábrica fue convocado para esa misma noche a una reunión, en la que iba a entregar a Kese el banderín de la emulación. El abuelo Mihaylks no acababa de felicitar y estrujar la mano de Kese. Lo que más le halagaba, es que con aquella invención se había cumplido su sueño, que las tablas que salían de las máquinas fueran nítidas y pulidas como un espejo. Pero aparte del abuelo Mihaylks, ningún otro de los obreros del taller felicitó a Kese, ni siquiera los de su propio equipo. Las felicitaciones no le habrían dado satisfacción, dado que él tenía sobre su conciencia el peso de que la invención no era suya, tuvo el mismo sentimiento que cuando niño iba al examen de fin de año con los zapatos de tacones altos de su madre, para no llegar a la escuela descalzo frente a sus compañeros que iban todos bien calzados. Su remordimiento e inquietudes aumentaron al ir llegando la noche. Se presentaron algunos reporteros para entrevistarlo y fotografiarlo; Kese se ocultaba tras de una pila de tablas y no se atrevía a mostrarse a los obreros que llegaban de otros talleres a ver su invento. El sudor bañaba su frente, cada vez más abundante y más frío. Sentía cólera contra Balint. ¿Por qué se dejó robar la idea, ese hombre? Y no se explicaba porqué, para colmar la medida, Balint había venido a darle una mano en la construcción de la deslizadora. ¿Lo haría por hacer méritos? ¿Por demostrar a los otros que él no es como todos, que para él lo importante era el triunfo y mejoramiento del taller, del país, y lo demás no contaba? "¿Seré yo capaz de hacer otro tanto? Sería yo capaz de dejarle a Balint el lugar de preferencia?", se preguntaba, y se contestaba con cólera: "No, yo no sería capaz, por nada de este mundo". Resueltamente salió de su escondite, apartó a los obreros que lo buscaban y se dirigió directamente al presidente del comité de la usina, que estaba reunido con los otros miembros. Se recoge las mangas del chaleco roído y le llama desde la puerta: —Compañero Kadar, le dijo, quiero pedirle una cosa: que no pronuncie mi nombre en esta reunión, o bien, caso que lo pronunciara, que sea para decir que yo no soy más que un ladrón. Me marcho y no volverán ustedes a oír hablar de mí. Sandor Kadar no podía crer lo que oía, al escuchar a Kese que, venciéndose a sí mismo, revelaba esta desagradable historia. —A buena hora viene usted. Cómo vamos a salir de ésta, hemos anunciado su nombre en todas partes, y el comité regional ya está enterado. —Si es así, hay que rectificar compañero Kadar, hay que rectificar aunque yo me rompa la cabeza, gritó Peter Kese. —Eso no, alzó la voz a su turno Kadar. No dejaríamos que usted se rompiera la cabeza. Felizmente que usted rectificó a tiempo, déjeme ahora. Vamos a la reunión. Nos están esperando.

Y diciendo esto, Kadar salió con paso decidido. Montó sobre una pila de troncos y reunió con un gesto a los obreros que esperaban que se declarara abierta la reunión y después de un breve preámbulo, abordó él así el asunto. —Compañeros, dijo levantando la voz, debo anunciar a ustedes que Peter Kese ha desmentido hace un momento la noticia según la cual era el el autor de la innovación en las aserradoras. Él simplemente ayudó a la realización. La idea inicial —y Kadar tendió el brazo hacia los obreros mudos de asombro— la idea fundamental pertenece a Dezso Balint. Pero el honor de esta nueva realización no le corresponde solo a él, sino a lodos los de la sala de máquinas. Cada uno se esforzó en la obra, unos atrajeron a otros y es así como la idea de Balint pudo dar sus frutos. En efecto, el principal mérito corresponde a nuestro Partido, que lucha porque nosotros podamos gozar de plena libertad en innovaciones como ésta. Los aplausos entusiastas de los obreros cubrieron estas palabras. Kadar continuó hablando unos momentos, en tanto que en la cabeza de Peter Kese todo se confundía. Estaba allí con la cara inclinada, el aire sombrío, sin moverse de la entrada del taller, pues no se había dado cuenta que la reunión acababa de terminar. Bruscamente salió de su postración al ver delante suyo a Balint que lo abrazaba calurosamente, en tanto sus compañeros de la sala de máquinas le tomaban las manos. Todos tenían las caras alegres, los ojos amigos y le dirigían palabras alentadoras. El más entusiasta era Joska Egyed. Apartando a los otros y tomando la mano de Kese gritó alegremente: —¡Qué gran tipo Peter, lo que acabas de hacer vale tanto como la victoria del compañero Balint!

EUGEN BARBU La señorita Aurica
Cuando el paseante llegaba más allá de la Estación del Norte, sobre su mano derecha, yendo hacia el barrio de los ferrocarrileros, al llegar frente a la iglesia de San Miguel, podía leer sin dificultad, entre los carteles de metal herrumbrado, uno que había sido pintado antaño, en letras blancas, sobre una puerta destartalada: "Trajes de Novia" "AU CHIC ELEGANT", Propietaria: Auria Cirlan. La tienda, con tres escalones muy gastados, tenía una vitrina sucia, donde dormían dos perros disecados. El pelo de estos animales se había puesto ralo con los años y no tenían ya el aspecto que debieron tener en otro tiempo, cuando los niños que vagabundeaban por la Calea Grivitza quedaban paralizados de espanto frente a sus ojos de vidrio negro. Se habría podido jurar que eran ojos de animales vivos, pero ahora, sus pieles ralas no asustaban a nadie. Durante la primavera, una hedentina de cosas viejas se escapaba por la puerta abierta del negocio, pero como los que pasaban, apresurados, no eran curiosos, sólo el vendedor de periódicos y la clientela de la patrona sabían lo que pasaba más allá del umbral de madera carcomida que habían franqueado casi todos los casados de los barrios cercanos. Gica Hauhau, cuando llegaba a la Calea Grivitza a eso de las siete de la mañana, buscaba entre sus paquetes, y sacaba "Los Jueves", una revista delgada, al tiempo de gritar con familiaridad de viejo proveedor: —¡Señorita! ¡Señorita! ¿Dónde está, señorita? Como nadie le respondía, subía las gradas y entraba a tientas en el negocio a oscuras. Tanto en invierno como en verano, las persianas de madera colgaban sobre el frente para evitar que el sol decolorara los trajes que vestían los maniquíes, o quemara los finos velos de novia hechos en tul de Luxemburgo. Las cucarachas asustadas escapaban de los pies del vendedor de periódicos y en la oscuridad aquél escuchaba una voz aguda de mujer que llegaba desde el fondo de la tienda: —¡Aquí estoy, Gica!, ¿has venido? La señorita Aurica se hallaba ya delante de su máquina de coser, rígida y laboriosa, desde las seis de la mañana, hora en que se le iba el sueño. Detenía la rueda de hierro y dejaba acercarse al "Emperador de Grivitza". Como siempre Gica Hau-hau, asaltado por un miedo inexplicable, se apuraba a salir del negocio "AU CHIC ELEGANT". La patrona tenía la cara pálida de una muerta y los cabellos descoloridos, melena que recogía con cintas amarillas. Su boca ajada, sus labios delgados de mujer que se había vuelto agria, ensayaban a sonreír, pero todo se transformaba en un rictus y el vendedor de periódicos no pensaba más que en escapar. Un tufo de papas podridas reinaba en la vieja habitación y daba náuseas a su sensible estómago de borracho. Por suerte, la señorita Aurica jamás salía de su cuarto, pues los plieges de su traje habrían removido la hedentina encerrada allí. La propietaria del negocio de trajes de novia hacía allí mismo su comida y allí dormía. Usaba también una pequeña habitación contigua, donde nadie había entrado y cuya puerta estaba siempre oculta por una cortina que llegaba hasta el suelo. Se oía detrás, el ruido de un líquido que debía hervir sobre un calentador a petróleo. La señorita Aurica Cirlan no compraba al vendedor de periódicos más que "La Revista Ilustrada", que aparecía una vez por semana, y también, para no ocultar nada, el periódico "Gaceta Matrimonial", del señor Ionica Pará, que contenía cientos de anuncios matrimoniales. No era un secreto para nadie que ella quería casarse, y en la época en que este relato

comienza, cualquiera le habría dado cincuenta años, cuando sólo tenía treinta y nueve. Explicaba, a quien quería escucharla, que ella no había tenido suerte, que jamás conoció un hombre, porque quería llegar al altar pura como las lágrimas. Ella ganaba su subsistencia y vivía de lo que le daba de ganar la confección de trajes de novia. Al principio amaba su oficio. Era joven, alegre y se sentía a gusto al cruzar el umbral de su puerta. En lugar de los perros tenía en su vitrina, años antes, dos jardineras llenas de flores. Las persianas no se mantenían bajas todo el día, como párpados de ojos muertos. La señorita Aurica siempre había usado vestidos largos, pero desde hacía un tiempo había empezado a acortarlos y usaba sólo telas estampadas. No le caían bien, pero ella no se daba cuenta de ello. A decir verdad, su clientela ya no estaba contenta con sus confecciones. Y eso que se trataba de clientela muy modesta. Las muchachas de Cutarida, de Filantropía, de Bucurestii-Noi y de otros barrios periféricos venían a su negocio atraídas por el rótulo "AU CHIC ELEGANT". Desde hacía algunos años, la señorita Aurica trabajaba con desgano. La vida y las preocupaciones la habían agriado. Siempre deseó casarse con un hombre que tuviera una buena situación, pero tuvo que rechazar a dos pretendientes que le habían gustado, porque tenían oficios poco brillantes. Ella habría querido casarse con un empleado de banco o un contador, pero sólo le aparecieron empleaditos del ferrocarril, dispuesto a llevarla al altar de la iglesia San Miguel. Y ahora se arrepentía, pero como dice el refrán: el muerto no vuelve de la tumba. Los anuncios que ella ponía en el periódico del señor Iónica Pará le habían tragado mucho dinero. El único resultado hasta ahora era que desde hacía algún tiempo estaba en correspondencia con muchos desconocidos. Se daba cuenta que éstos no habían sido atraídos por la cara que mostraba la fotografía, hecha en "Foto-Martisor", sino por la mentira del propietario del periódico "Gaceta Matrimonial", que había agregado al texto sobrio del anuncio: "Señora seria, poseyendo negocio, desea casarse con señor serio, entre dos edades, funcionario, renta mensual cuatro mil leis". Algunos se presentaron a su dirección, pero nunca regresaron. La señorita Aurica consultaba a menudo su espejo gastado, y éste le mentía reflejándole una imagen en la que ella encontraba restos de belleza. Desde hacía algún tiempo había empezado a levantar la voz a algunas clientas, a hacer las pruebas con desgano, los trajes eran demasiado largos o demasiado cortos, caían adelante o subían mucho al costado. Algunas clientas eran bastante tontas para no verlo, eso era asunto suyo, pero la mayoría, aunque muy jóvenes, se daban cuenta y protestaban contra la señorita Aurica. Ésta discutía con ellas, y hasta las amenazaba con llamar a la policía, pero no lo hacía. Se limitaba a hacer el trabajo de nuevo, pero también eso era costoso. Se decía de ella que era mala y poco a poco las muchachas de Cutarida, de Filantropía, la evitaban. Todavía vestía de tanto en tanto a alguna comerciante —no con traje de bodas, indudablemente—, le hacía sólo un traje serio, sin pliegues ni festones, un traje recto como una tabla. La esposa de Enache Domnisor, ella por ejemplo, estaba muy contenta con el trabajo de la señorita Aurica y decía a quien quería escucharla: —¡Ya está lejos el tiempo en que tenía algo que mostrar! Ahora sólo necesito lo necesario para ir a la iglesia. La señorita Aurica conseguía así asegurar su existencia, pero lo que la mortificaba más eran los perceptores de rentas y la espera de un marido que ya no se presentaba. Y para que ustedes comprendan mejor qué persona era la propietaria del negocio de trajes de novia "AU CHIC ELEGANT", basta decir que una mañana disputó con Gica Hau-hau, quien tuvo una idea extraordinaria: —Dígame, señorita Aurica, por qué no me compra también "Cuerpo y Alma", le dijo sacando de su paquete de revistas una en cuya tapa se miraba una muchacha en traje de Eva.

Al principio la mujer no daba crédito a sus ojos. Luego tiró la revista lejos de ella, como si ese vagabundo le hubiera puesto un carbón ardiente en las manos. —¿Cree usted, señor Gica, que yo soy una de esas mujeres? Si el "Emperador" hubiera podido distinguir en la penumbra, habría visto la cara de la señorita roja de vergüenza. De pie, con aire digno, buscó dinero en el bolsillo de la bata que vestía. Tendió un billete al vagabundo con un gesto ofendido, diciéndole: —¡Tome! "¡He hecho una tontería!, se dijo Gica para sí. Ésta ya no sabe lo que es la vida..." Y salió de la habitación en punta de pie. Pero el incidente había sido olvidado, y la patrona del negocio de trajes de novia esperaba cada mañana a ese tonto, le pagaba el diario y "La Revista Ilustrada". Cuando él se iba, se volvía a encontrar sola. A ratos no soportaba la pieza fría, ese olor a rancio, esa oscuridad y todos esos maniquíes inmovilizados alrededor de ella. Caminaba por el negocio, alrededor del mostrador, bajo el cual los trajes viejos se amontonaban en desorden. Tenía la marcha vacilante de las personas enfermas. El suelo de cemento del negocio le desencadenó un reumatismo, pero no eran los dolores de sus piernas los que la hacían sufrir más. Se miraba a menudo en el espejo. Sus cabellos empezaban a blanquear en las sienes y se vio obligada a constatar que estaba muy pálida. Bajo sus ojos, la piel comenzaba a formarle bolsas. Cuando reía, lo que sucedía rara vez, mostraba sus dientes amarillos, y en su azules ojos muertos, azul para blanquear ropa sucia, como decía la mujer de Domnisor, se leía un temor inconfesable. Sus manos temblaban un poco y levantaba con sus dedos flacos las mechas de los cabellos que le caían sobre las orejas. Después de una larga contemplación, muda y preocupada, ella se volvía hacia los maniquíes con sus trajes de novia, arreglaba las coronas de cera sobre sus cabezas redondas y sin rasgos, como calaveras desenterradas. Se sobresaltaba, un instante, cuando una corriente invisible que pasaba bajo la puerta movía suavemente los pliegues de los trajes de sus muñecas de paja. Pero en seguida volvía al trabajo. Volvía a oírse el ruido de su máquina de coser funcionando hasta el mediodía, cuando los vendedores ambulantes de legumbres, que venían de Oltenia, irrumpían en la Grivitza con sus canastos cargados de tomates. La patrona del negocio de trajes para novias se asomaba a su puerta y discutía los precios con los vendedores, que ofrecían comestibles con qué preparar su almuerzo. Después de una comida apresurada se extendía sobre el lecho duro, cuyas sábanas se cambiaban dos veces por mes, para hacer economía, porque las hacía lavar fuera, único lujo que se permitía, y reposaba su cabeza sobre las almohadas, engañando su fatiga hasta las cuatro de la tarde. Cuando escuchaba el ruido acostumbrado de los comerciantes que levantaban sus persianas, ella se refrescaba rápidamente en su lavatorio azul, siempre en su mismo lugar, detrás de la puerta, con un poco de agua, ni muy fría ni muy caliente, para no arrugarse la piel. Después se empolvaba un poco y volvía a sentarse en su máquina de coser, sin abandonar el trabajo hasta las nueve de la noche. Esa monotonía de los días de trabajo, se interrumpía los viernes por las tardes, cuando la señorita Aurica levantaba la vista de los vestidos y miraba hacia el otro lado de la calle. La calle de Grivitza, de costumbre llena de gente, parecía respirar. Los paseantes eran pocos y se dirigían a sus casas, mientras que bajo el pórtico de la iglesia de San Miguel llegaban algunas mujeres viejas con cirios encendidos en las manos. Franqueaban una tras otra la entrada de piedra baja, del sagrado recinto. En ese estrecho pasaje, mendigos y menesterosos tendían la mano y suplicaban una limosna, llegando hasta la puerta del negocio de la señorita Aurica. Ella también ese día abandonaba el trabajo mucho antes, se vestía y atravesaba rápidamente la calle. Años antes, no se supo nunca quién, había dicho a la dueña de la casa de modas "AU CHIC ELEGANT", que ella poseía una hermosa voz, y desde aquel entonces ella cantaba en

el coro de la Iglesia San Miguel. Ella amaba la paz de ese lugar sagrado y la dulce voz del sacerdote leyendo las interminables letanías: "¡Señor danos salud, dad la salud a Lenutza y a todos los nuestros! ¡Señor haz que Georghe encuentre trabajo y la alegría vuelva a nuestros hijos! ¡Señor otorga reposo al tío Dumitru y enfermedades a nuestros enemigos"... Cada diez minutos el coro cantaba "¡Loado sea el Señor!" y el sacerdote repetía: "A Anicutza, aquí presente, que triunfe en la vida, a Gica buenas notas en sus estudios, a Sandu que encuentre trabajo..." A eso de las diez de la noche la iglesia quedaba vacía y la señorita Aurica cruzaba la calle, abría el candado que cerraba la puerta de su negocio, y se hallaba de nuevo en medio de ese olor rancio que ya no percibía siquiera, porque a menudo, quebrada por la fatiga y sin gusto de vivir, se acostaba muchas veces sin comer. El domingo, era distinto. Ese día tan esperado empezaba más tarde porque en Grivitza nadie, salvo algunos comerciantes rapaces, no alzaban las persianas. Y cuando las campanas de San Miguel sonaban, sus campanadas espaciadas, la patrona de "AU CHIC ELEGANT" se despertaba atontada y perezosa, y ese día contra su modo habitual, demoraba casi una hora en vestirse, sobre todo en invierno, cuando se ponía una sobre otras varias faldas, cuidadosamente cosidas y minuciosamente planchadas. Encima de sus medias de seda, de marca "Adesgo-extra", brillantes y transparentes, la señorita Aurica calzaba sus zoquetes confeccionados al crochet para protegerse del frío y evitar un resfrío, ¡Dios nos preserve!, porque en la iglesia había muchas corrientes de aire. Después calzaba sus botas negras, forradas de lana, una invención suya. Todavía conservaba en los cabellos los bigoudis con los cuales había dormido durrante la noche, para tener el pelo bien ondulado al día siguiente, y con el vestido oliendo todavía a almidón empezaba a peinarse. Los cabellos de la señorita Aurica no tenían un color bien definido, una cabellera muerta, casi siempre oculta por los sombreros cargados de flores, de pájaros minúsculos, de largos pinches terminados en bolitas brillantes, todo ese atuendo que le había valido el apodo de "Señora Cuchillo", como la llamaban los changadores que la veían pasar cuando se dirigía a las oficinas del periódico "Gaceta Matrimonial" el día sábado, a la hora del almuerzo, para pagar con anticipación el abono y el costo de sus anuncios matrimoniales. La dueña del "CHIC ELEGANT" se daba bien cuenta que sus cabellos eran resecos y los untaba con brillantinas —"también ellos necesitan grasas", se decía— tal como había leído en el Almanaque de "La Revista Ilustrada" de 1932, comprado a Gica Hau-hau en aquél principio de año. Después de alisar sus cabellos, tarea que exigía un tiempo largo, empezaba el examen de su semblante, cansado. Había poca luz en el negocio y la señorita Aurica encendía una lamparita de 25 bujías, cubierta por un cono de cartón con los bordes chamuscados por el calor, y entonces, en el espejismo verdoso de su espejo que los años habían estropeado, se reflejaba una cara aparentemente más joven, algo así como una imagen espectral, con los ojos cansados. Contemplaba sus párpados hinchados, indicio de alguna deficiencia hepática (por eso en cada comida bebía tres cucharaditas de un líquido de color rojo vivo comprado en la farmacia Esculapio, de la calle Buzesti, que nadie podía asegurar que no fuera algún tónico). Tomaba luego un poco de vaselina con la punta de sus dedos del fondo de un pote, y trataba de reparar o mejorar lo que el maquillaje podía mejorar en su cara. Sonreía entonces con forzada sonrisa, como lo había visto hacer a las actrices en el cinematógrafo o en alguna fotografía —con una sonrisa enigmática—, la sonrisa sueca, tan alabada por los periodistas, y entonces parecía decirse: "Qué mujer sería yo si tuviera un poco de audacia, si me atreviera a marcar mis labios con un poco de rojo violeta y mis pómulos con polvos rosados, para dar más relieve a mis mejillas, como se aconseja en los anuncios de publicidad del periódico «Gaceta Matrimonial»".

¿Pero cómo atreverse a embadurnarse la cara don todos esos cosméticos cuando se debe atravesar a las nueve de la mañana el umbral de la iglesia de San Miguel, donde el maestro del coro espera a sus doce integrantes? La señorita Aurica renuncia con pena a comprar la cajita de polvos, el rouge de labios, por temor de que se hagan comentarios desagradables sobre su persona. Después del peinado y del minucioso examen frente al espejo, queda por hacer una última inspección: su toilette. Ya entonces se oyen sonar las campanas. Sus sones graves atraviesan las ventanas y las persianas de Grivitza para recordar a los pecadores que deben venir a la iglesia a encender los cirios por sus muertos, y rogar por el perdón de los pecados cometidos durante la semana. El domingo la señorita Aurica no barre su casa, porque eso sería pecado. Tampoco enciende el fuego, por temor de encontrar su negocio en cenizas, como ha pasado a otros cuando regresan a sus casas los días de fiesta, pero antes de salir hace todavía una última ronda, entre los maniquíes rígidos, parados en su mismo lugar. Cada uno de ellos tiene un nombre, y a menudo ella les habla como si fueran mujeres de carne y hueso: —¿Qué piensas tú, Margot, crees que me casaré este año? Margot es el maniquí que está a la izquierda de la puerta de entrada, ese que parece siempre un poco inclinado porque es el más viejo, y se diría que saluda graciosamente a alguien invisible, escondido en algún rincón del negocio. Margot calla, pero la señorita Aurica contesta a sus réplicas que sólo ella escucha: —¿Qué dices tú? ¿Crees que en febrero?, gracias Margot... Después de haber consultado a esa primera novia, pasa a la segunda y finalmente a aquellas cuyos trajes se ven recubiertos por una espesa capa de polvo. Los maniquíes hombres llevan bonitos nombres, sacados de los libros que había leído al correr de los años. El que da el brazo, siempre anquilosado, a Margot, se llama Gerardo; el que está en el fondo del negocio, Dogoberto. La segunda de las novias se llama simplemente Aurica, porque lleva el traje que la dueña pensaba vestir el día que se uniera al elegido de su corazón, en la ceremonia de la iglesia San Miguel, del otro lado de la calle. Cuando ha terminado la inspección de los maniquíes, la señorita Aurica hace también la inspección de los perros embalsamados, de pelo ralo, que están frente a las vidrieras, y que la contemplan con sus ojos inmóviles. Ella tira cariñosamente de sus orejas muertas, diciéndoles: "¡Pórtense bien! Su mamucha va a ausentarse. ¿A dónde voy? ¡Cómo que son muy curiosos!, ¿verdad? Pues voy a la iglesia. ¿A dónde podría ir? ¿Acaso yo corro como otras tras los hombres?... ¡Claro qué no!... ¡Pórtense bien!, ¿prometido?"... Los animales ven indiferentes la salida de su patrona. Después de haber cerrado la puerta con doble vuelta de llave, y guardado cuidadosamente la llave en su bolsa roída, la señorita Aurica detenía su mirada sobre la calle Grivitza. Las persianas de los negocios estaban bajas. Por aquí, por allá, se percibía la luz mortecina de una bombilla, que intencionalmente se había dejado alumbrada para alejar a los ladrones. Los barrenderos de calles pasaban con sus largas escobas de junco y se golpeaban con el codo, al decir: —Atención, cuidado, apártense, dejen campo a la señora.. . Esas palabras agradaban a la señorita Aurica, y ella sonreía. Atravesaba la calle de los comerciantes, con mucho cuidado de que no la atropellara algún automóvil o algún tranvía. Y al entrar al patio de la iglesia, su paso se volvía solemne. Los mendigos la conocían y la saludaban. Para ellos ella había guardado, ya la víspera, las monedas cuidadosamente apartadas en los días de la semana: todas de dos centavos. —¡Que Dios la bendiga y le dé salud y felicidad!, le decían éstos en alta voz. Bajo la bóveda fría del pórtico de piedra ardían los cirios. Olía a cera derretida, y el humo la hacía lagrimear. Se santiguaba antes de entrar. Las viejas devotas de Grivitza se agrupaban

en el coro. Después venían las lloronas y el sacristán controlaba si todos los candelabros tenían sus respectivos cirios. Se escuchaba el chirridito del incensario balanceado por el chantre. La señorita Aurica subía la pequeña escalera de caracol que conducía al balcón donde se reunía el coro. Era siempre la primera en llegar. Los bancos oscuros brillaban apenas en la semioscuridad. Las partituras en los pupitres, y sobre la que correspondía al jefe del coral se veía también la pequeña Varita. La señorita Aurica se sacaba el sombrero, lo escondía en algún rincón, se quitaba el abrigo, lo colgaba en algún perchero disimulado en los nichos. Durante una decena de minutos contemplaba el altar con sus íconos dorados sobre los cuales trepidaba la luz de los cirios. Un Cristo de cara afilada la miraba fija y largamente. Cada domingo, la señorita Aurica le dirigía la misma plegaria: "Dios mío, perdona mis pecados y dame salud, dame la felicidad y un marido para que nos multipliquemos. Ayúdame, Señor..." Entretanto empezaban a llegar los demás: mujeres de distinta edad, algunas se parecían a la señorita Aurica, como dos forzados se parecen después de muchos años de cárcel, y unos seis hombres, de aspecto respetable, casados, que habían dejado en casa a sus mujeres. Dos entre ellos se jactaban de haber cantado en la ópera, en su juventud, y la señorita Aurica les creía. El señor Damián Ionesco, vicedirector del Servicio de Estadística, le agradaba mucho, aunque había oído contar que a éste le gustaba mucho el alcohol. Durante algunos meses trató de trabar amistad con él, pero él bromeaba un poco pesadamente como para hacerla caer. Después, cuando supo que era casado y tenía dos niños, no volvió a mirarlo. El matrimonio es una cosa sagrada y nunca habría ella tomado el marido de otra mujer. Cuando la misa empezaba, la señorita Aurica olvidaba todo. En la parte baja sucedían cosas fascinantes que la maravillaban. La iglesia se llenaba de gente. Todos los comerciantes de Grivitza llegaban a San Miguel para probar a su clientela que eran creyentes y rezaban a Dios. Quien los hubiera visto desde lo alto, por la primera vez, habría creído que eran muy devotos. Pero, a la dueña de la tienda "AU CHIC ELEGANT" nada se le escapaba y era por cierto a ella que podían dirigirse todos aquellos que querían conocer la historia viva de Grivitza. Hacía veinte años que habitaba esa calle de los comerciantes, desde el día en que compró su negocio, y conocía la fecha de todos los casamientos y de todos los bautismos que se habían realizado en San Miguel. Si el registro de la alcaldía se hubiera perdido, la señorita Aurica hubiera podido decir de memoria todo lo que en ello se había anotado. Cuando el coro no entonaba las respuestas al chantre o al pope, las doce personas que estaban en el coro podían ver todo lo que sucedía en las sillas reservadas que se alineaban frente al altar. La señorita Aurica tenía registro de contralto, y se sentaba siempre en la primera fila a la derecha. Desde ese lugar sombrío nada escapaba a su curiosa avidez. Sabía de memoria el texto de las respuestas al chantre y no ponía mayor atención en repetirlas. Después de tantos años, podía entonar con su bonita voz, exactamente en el momento preciso: "¡Señor ten piedad de nosotros! ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Loado sea él..." A la izquierda entre los dos tramos, estaba la señora Domnisor, la madre de los Domnisor, grande como un gendarme y con una boca fría y delgada como la hoja de un cuchillo, siempre apretando los labios como si temiera dejar escapar algún secreto. Ella se sentaba en su banco, esculpido por un ebanista de Buzesti, apoyada la nuca en la placa de esmalte en que podía leerse con letras negras esta inscripción: "Familia Domnisor". Dos asientos llevaban la misma inscripción, el que ocupaba la señora Domnisor y el de su marido. Los otros miembros de la familia, su nuera Domnica, Vasile, el hijo menor del comerciante, y Dumitru, el marido de Domnica, llegaban más tarde y quedaban mezcládos a la multitud frente al altar. La vieja oía la misa durante tres horas, rígida, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, pero nada escapaba a su ojo frío, inquisidor. Se santiguaba ostentosamente e inclinaba la cabeza con solemnidad. Cuando escuchaba el coro, con expresión de éxtasis, sonrería con tal beatitud que daban impulsos de besarle las manos.

Detrás de ella, los demás comerciantes de Grivitza llegaban uno tras otro en orden, con sus respectivas mujeres: Nicolae Curcurman, el ferretero, Manole Dulamitza, su enemigo, Ilie Arghir, Herghelegiu, los talabarteros, los mercaderes de telas, los sastres y el sombrerero Marin Baluna, que era de los más devotos. Todos se mantenían inmóviles bajo el coro de la iglesia de San Miguel, desde las diez de la mañana hasta mediodía, escuchando al pope y persignándose con unción. Llevaban no pocos pecados sobre su conciencia, lo que no era un secreto para nadie. Estaba también allí el peluquero Sandu Adam y los relojeros de Buzesti, como si todos se hubieran dado cita en el mismo lugar. Sólo faltaba el fotógrafo Nae Stambuliu, que tenía muchos clientes el día domingo, así cuando reinaba silencio en la iglesia podía escucharse su vozarrón que llegaba desde la Estación del Norte: "¡Una fotografía artística, señores oficiales! ¡Una fotografía artística!..." Otras veces decía: "¡Quieto! ¡Sonría, para que la foto sea mejor!" Examinando atentamente, la señorita Aurica descubría otros ausentes. Por ejemplo faltaba Iotici, el vecino de Haim, el comerciante en telas de algodón —se puso a averiguar más tarde que era penitente— y también faltaba el señor Ionica Pará, el patrón del periódico "Gaceta Matrimonial", que se mantenía muy atareado el domingo por la mañana hasta pasado el mediodía, porque era la hora en que las solteronas se presentaban a su pequeño despacho, en el piso alto del Hotel Dinicu, para pagar sus abonos. Pero todos los presentes bastaban como tema para el espíritu inquisidor y severo de la señorita Aurica: y se ensañaba con ellos uno por uno. Empezando por los Domnisor. Hay que verlos. ¡Cómo si no tuvieron nada adulterado en sus familias! Todo Grivitza sabía y hablaba de eso, y ella misma, que muy a menudo visitaba a Elena, estaba enterada de que había allí algo bien sucio. Los viejos se habían puesto de acuerdo durante cuatro años. La señora Domnisor, madre, le había contado como Enache la pidió en matrimonio a sus padres sin preocuparse de que eso fuera o no de su agrado. Se trataba simplemente de reunir las fortunas de ambos comerciantes para redondear un patrimonio. Y en esa clase de asuntos los hijos no tienen voz ni voto, los hombres deciden. A la muchacha se la llama sólo para presentarle a su novio: ya establecido que lo será, así se trate de un tuerto, de un rengo, o de cualquier otra cosa, ella deberá obedecer. Y así se casaron los Domnisor. Tuvieron dos hijos, que ahora eran hombres. Casaron a Dumitru con Domnica, la hija del dueño de un restaurant. Tampoco la muchacha quería a su marido pero no tuvo más remedio que obedecer. Se adornó con una corona de azahares y entró a formar parte de la familia Domnisor, justo cuando los negocios andaban bastante mal y parecía que sólo esa alianza podría salvar a la familia de la quiebra. Con la dote de la hija del propietario del restaurante "La Rueda del Mundo", se restableció la situación y todo entró en perfecto orden. O mejor dicho habría entrado en perfecto orden si Dumitru no bebiera tanto. Las gentes decían que no se llevaba bien con Domnica y hasta que era impotente, pero cuando la señorita Aurica oía tales palabras se alejaba para que sus castos oídos no se ruborizaran. El segundo de los hijos de Domnisor, Vasilio, era un mujeriego, a decir de todos. Había seguido estudios en la escuela de comercio, no en el seminario, como Dumitru, y sabía como hablar a las muchachas. Estaba soltero y era lo que se llama un "buen partido". Buen mozo y alto, se parecía a su padre, también él alto como pilar de iglesia, y daba gusto mirarlo desde el balcón del coro, cuando se inclinaba y lanzaba alrededor suyo miradas burlonas. Usaba bigotitos rubios, encima de una boca de expresión perversa, y sus ojos —¡Dios nos preserve de esos ojos!— eran como dos carbones encendidos. Miraba a su cuñada Domnica como si quisiera comérsela con los ojos. La señorita Aurica sabía que tenía por amante a una tal Evantia, antigua mujer de un oficial superior, una mujer mundana que había viajado al extranjero, que vivía junto al Dimbovitza, en la calle del Jardín de Caballada, y al decir de las gentes era ese el nido de sus

amores. Algunos comerciantes de Grivitza se hacían lenguas y la dueña del negocio "AU CHIC ELEGANT" había oído —¿cómo no oírlo?— lo que se murmuraba sobre las orgías del joven Domnisor. Se decía que en casa de su amante los hombres bebían el champagne en los zapatos de las mujeres, y mil cosas más. Pero la calle de los comerciantes tenía muchas maneras de hacer pasto de las actualidades. Allí estaba, por ejemplo, Hergheleanu, capital 500.000, como se podía leer en el rótulo negro de su negocio. ¡Qué mala hierba ese también! Había heredado de su padre y gastado el dinero a paladas. Después se calmó y se casó con una jovencita. Las cosas anduvieron bien un tiempo, después, no se supo porqué, todo se echó a perder y se comentaba que había asesinado a Mariora —así se llamaba su mujer—, poniéndole vidrio picado en la comida, porque supo que ella era la amante de un oficial. La policía investigó, pero el asunto no tuvo largas. La silla número 7, al lado derecho, era la del viejo Dila, dueño de una agencia de apuestas en las carreras de caballos. También éste tenía su historia. Se decía que había hecho adoptar a su hija, enterrada desde hacía mucho tiempo, por un tío lejano. Era una verdadera vergüenza. A la señorita Aurica el asunto le daba náuseas cada vez que se acordaba. El tío de la muchacha se interesaba mucho en ella y nunca se supo bien claro qué hubo entre ellos. El hecho es que se decía que Dila había renunciado a sus derechos paternales con miras a la herencia. El tío era muy rico y pensaba que haría a su hija única heredera. Y así lo hizo, pero se contaba que después de su muerte se supo que todo lo que le había dejado era una concesión a perpetuidad en el cementerio de Sfinta Vineri. Detrás de la silla de Dila, se sentaba la señora Anna, dueña de una casa de tolerancia, con quince pupilas, cerca de la estación. Los comerciantes la evitaban en la calle y en la iglesia, fingiendo no verla. Ella asistía a la misa con la cabeza baja, y algunas mujeres contaban que ella lloraba durante la celebración, con abundantes lágrimas, como puños, sin duda para lavar con ellas los pecados que tenía sobre su conciencia. Desde lo alto del balcón, la señorita Aurica veía mejor que nadie. ¡Por cierto que la señora Ana no lloraba lágrimas como puños! Ella debía burlarse del desprecio de los comerciantes. ¡Sabía mejor que nadie lo que cada uno valía! Muchos hacían irrupción en su casa pasada la media noche, para pedirle muchachas, aunque tenían mujer e hijos en su casa, porque así son los hombres, malos sujetos, granujas, necesitan cambiar de mujeres de vez en cuando. La señora Anna venía a la iglesia para que la viera el pope, a quien ella pagaba misas secretas que sólo ellos conocían, y evitaba así que la atemorizara, denunciándola como a esas gentes sin ocupaciones condenadas por Dios. Pero cada vez que la señorita Aurica veía a esa humilde pecadora sentada en su silla, la hubiera querido tomar de un brazo, arrastrarla a la plaza, frente a la estación, para quemarla viva o rociarla con agua hirviendo. Cada domingo, el decano de los viejos de Grivitza, el padre Take Dudau, que tenía ciento catorce años, hacía su aparición en la entrada de la iglesia a eso de las once. Era un hombre pequeño, con ojos de mirada malévola, con trajes gastados. Caminaba lentamente por el medio de la iglesia, lanzando miradas a derecha e izquierda. La señorita Aurica sabía porque venía aquél a la iglesia de San Miguel. Buscaba a sus hijos desde hacía meses, uno de noventa años y el otro de noventa y tres, con los cuales estaba en proceso porque decía él que no lo mantenían como la ley los obligaba a hacerlo. Si los encontraba en la iglesia (y eso había sucedido dos veces, porque también ellos eran muy devotos), los ponía en ridículo. Una vez la señorita Aurica oyó su voz cerca del altar, mientras el pope predicaba: —¿Padre, es justo que mis hijos aquí presentes no se ocupen de su progenitor? El sermón fue interrumpido y se armó un gran escándalo. ¡Qué vergüenza! Los viejos hijos de Take Dudau abandonaron rápidamente la iglesia y pasaron por la puerta seguidos de su padre, que les gritaba. —¡Pásenme mi pensión alimenticia! ¡No les he pedido gran cosa! ¡Cien leis a cada uno!...

Los muchachos, si se les podía llamar todavía así, tenían también como pensión de vejez unos trescientos leis por mes, vivían muy estirados, y tenían que apelar también a sus hijos nietos, porque la familia del veterano contaba veintitrés hijas e hijos, nietos y biznietos. Take Dudau vivía no lejos de Buzesti, en casa de una de sus hijas, que tenía ochenta y tres años. El viejo había perdido los dientes, pero oía muy bien y bebía firme. Después de la misa, era común encontrarlo en el mostrador de Domnisor, donde consumía a crédito, a menos que lo invitara algún parroquiano a quien él contaba como era Bucarest cien años antes. Se decía que él expresaba su pasión a una mujer de ciento nueve años, con la que de tiempo en tiempo se le miraba pasear por las calles más retiradas. Pero volvamos a la señorita Aurica y a sus pensamientos domingueros. Cuando terminaba la misa, después de pasar una vez más entre la fila de mendigos, la dueña de "AU CHIC ELEGANT" hacía un corto paseo, el único que se permitía. Pasaba frente a los negocios con las persianas bajas, evitando la entrada de los cafés, para los que no había domingos ni días de fiesta, por temor de que la interpelara algún borracho, y llegaba un poco más lejos del cinematógrafo "Lia". En primavera, cuando hacía buen tiempo, bebía un vaso de jarabe con soda bajo los toldos abigarrados de los vendedores de limonada, y cuando el tiempo era malo, en otoño o en invierno, entraba a la confitería "Sambila", se sentaba frente a una mesa y pedía un pastel con nata; cuando su monedero estaba bien provisto se permitía hasta dos pasteles, porque había leído en "La Revista Ilustrada" que la nata daba una hermosa piel. Los domingos eran los días más aburridos. No podía trabajar, porque guardaba las fiestas. Después de comer una sopa preparada el sábado y calentada en el calentador a gas, ella permanecía una hora en la cama mirando el techo. Quería pensar en algo, pero no lo conseguía. Escuchaba afuera el ruido de los tranvías que pasaban de tanto en tanto. Casi extrañaba los días de trabajo, en que las gentes corrían a sus ocupaciones y la calle estaba llena de una muchedumbre ruidosa. Cuando se fatigaba de permanecer alargada en la cama, porque no se trataba de dormir, hasta en la noche padecía de insomnio, hojeaba las revistas compradas a Gica Hau-hau, o discutía con sus maniquíes. A veces le parecía que Gerardo sonreía irónicamente. Ella giraba alrededor del maniquí, furiosa: —¿No te parezco linda, verdad? ¿Por eso me estás mirando? ¡Ya lo creo! Yo trabajo. ¡Yo no soy una de esas arrastradas que van a las confiterías para hacerse toquetear bajo las mesas! La sola palabra "toquetear" la horrorizaba y la hacía llorar. Escondía su cara en la almohada, y sacudía el lecho presa de rabia. —¿Mamá, por qué no me llamas a tu lado?, suplicaba a ese ser invisible. Cuando se despertaba tenía los ojos hinchados y se asomaba al espejo con temor. Entonces miraba al otro maniquí, a Dogoberto, y le preguntaba con dulzura: —¿Qué me dices, querido, que no llore más? Ya sé, eso me arruina los ojos y el marido que me espera desea que yo sea bella... ¡Gracias, gracias, querido, tú piensas siempre en mí! Se levantaba y miraba el reloj. Era cerca de las seis de la tarde. Empezaban a celebrarse los matrimonios en el templo de San Miguel. La tienda estaba sombría. Encendía entonces la pequeña lámpara eléctrica, y toda la pieza parecía algo irreal. En el espejo opaco, la señorita Aurica veía el ligero movimiento de los trajes en los maniquíes. Sus novias parecían bailar. Se vestía febrilmente, y al partir retaba a Margot y a Aurica, a las maniquíes: "Ustedes, mujerzuelas. ¿Cuándo se calmarán? Un día de éstos les voy a dar una lección. Las quemaré, entienden, las quemaré..." Salía a la calle y atravesaba de nuevo Grivitza. En las gradas de la iglesia de San Miguel los curiosos y los parientes de los novios se apresuraban. Muchas veces ella se detuvo sobre esas gradas, imaginándose cómo sería cuando ella también tuviera un novio. Los hombres vestidos de negro esperaban cerca de la puerta. Estaban muy perfumados y hablaban en voz alta con los parientes. En la calle se oía el ruido de los carruajes. Los jóvenes bajaban los estribos llevando flores. Tendían los ramos, besaban las manos de las novias y levantaban los

velos de tul de Luxemburgo, muchos de los cuales habían sido codiciados por ella. En ese instante la señorita Aurica cerraba los ojos para no ver más. Después empezaba la ceremonia del casamiento. La ronda, mano en la mano, alrededor del pope, y el coro que entonaba cantos en el balcón. A veces, cuando ella pensaba que nadie la veía, la señorita Aurica enjugaba furtivamente una lágrima. Ya más tarde, hacia las ocho u ocho y media de la noche, cuando no quedaba en la iglesia más que el hombre que ordenaba los cirios, la patrona del negocio de trajes de novia "AU CHIC ELEGANT" descendía del balcón del coro por la oscura escalera en tirabuzón. —Buenas noches, le decía Petrea, el tonto, mientras recogía los restos de cera. ¿Usted no se había ido? —No, no me había ido... —Estuvo linda, ¿verdad? —Muy linda, abuelo Petrea... —¿Y cuándo haremos su boda? El viejo parecía burlarse de ella. La señorita Aurica hacía fuerza para retener sus lágrimas y le contestaba suavemente: —Pronto... pronto... Recogía los ramilletes abandonados sobre las sillas. Los tomaba como cosa sagrada, respirando su perfume y diciéndose para sí: —Éste tal vez me traerá suerte...