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La Iglesia y los laicos

Alberto Simons Camino, S.J.

No vamos a reflexionar sobre lo que la Iglesia debe ser y hacer, por esto sería
demasiado amplio, sino sobre lo que nosotros como Iglesia sí podemos intentar ser y
hacer, aquí y ahora en América Latina.

Se constata en nuestra sociedad, sobre todo entre los más jóvenes, actitudes de
búsqueda auténtica de algo valioso que pueda dar verdadero sentido a sus vidas, más allá
de lo que les ofrece el sistema actual: su referencia es en gran medida la Iglesia dada su
extensa presencia en nuestro pueblo y siendo, todavía, la institución que cuenta con la
mayor credibilidad.

Se presenta pues un gran reto a la Iglesia y a nosotros, respecto a cómo hacer


creíble y válido en la actualidad nuestro mensaje, de tal manera que sea una respuesta real
desde el Evangelio a aquello que están buscando nuestros pueblos y que constituye una
llamada y exigencia de Dios a la Iglesia y a la Compañía. Nos hace falta dar testimonio de
una Iglesia cercana, en sintonía con el mundo, con la gente y sus problemas. Una Iglesia
más servidora y más coherente con lo que predica; y esto es válido para toda la Iglesia, no
sólo para la jerarquía.

A partir de ello hay, a mi parecer, una gran tarea que consiste en redescubrir un
nuevo estilo de vida y compromiso propios del cristiano y de la Iglesia como tal, para
nuestro mundo y la realidad de Latinoamérica en la actualidad, porque en nuestra sociedad
se da, en buena parte, hay que reconocerlo, un divorcio entre una fe supuesta (“sociedad
occidental y cristiana”) y la vida real de esa sociedad que es, muchas veces,
escandalosamente antievangélica e inhumana dados los signos de corrupción, amoralidad,
desmoralización, injusticia y finalmente de muerte que se dan en ella. Esto constituye sobre
todo para nosotros un cuestionamiento especial, dado nuestro compromiso con el servicio
de la fe y la promoción de la justicia que nos proponemos.

La tarea cristiana está en y la fe lograr la coherencia entre la vida cotidiana, para


que la religión no aparezca como algo sobreañadido a la vida, sino dinamizando esa vida.
La Iglesia debe estar al servicio de ello, pues el cristianismo no es un conjunto de creencias
o de prácticas sino una nueva y diferente manera de ser y de vivir. Por eso, antes de pensar
en tareas concretas habría que visualizar con claridad esa gran tarea prioritaria en su
conjunto.

De forma más específica, la Christifideles Laici refiriéndose a los laicos dice: “En
su existencia no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida
‘espiritual’, por otra la denominada vida ‘secular’, es decir, la vida de familia, del trabajo,
de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura.” Y recuerda que el
Concilio Vaticano II señala que “La separación entre la fe y la vida diaria de muchos debe

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ser considerado - dice el Papa - como uno de los más graves errores de nuestra época” y
añade: “Por eso he afirmado que una fe que no se hace cultura, es una fe ‘no plenamente
acogida , no enteramente pensada, no fielmente vivida.’” En relación con la Compañía, el
padre Kolvenbach les decía a los laicos en 1998: “En nuestra misión tiene que resonar toda
la llamada de la Iglesia Latinoamericana en Santo Domingo, cuando invita a todos los
cristianos a comprometerse en una ‘nueva evangelización’, en una comprometida
‘promoción humana’ y en la inspiración de una ‘cultura cristiana’ que encarne, en nuestro
mundo, valores verdaderamente humanos. Así es como los laicos tiene un protagonismo
especial que los jesuitas queremos acompañar y servir.”

Esto conlleva hacer creíble y válido en la actualidad el mensaje cristiano


creando juntos para ello nuevos estilos de vida y compromiso encarnados y cuestionantes
de nuestra cultura; se trata de encontrar una inspiración desde el Evangelio a las
necesidades del mundo y de los hombres de hoy. Es el llamado a ser sal de la tierra y luz
del mundo.

Por ello resulta cada vez más necesario acertar con un proceso de construcción de
Iglesia capaz de hacer posible la vivencia de una fe personalizada y experimentada, acogida
e inculturada, de tal manera que pueda ser vivida con sentido de misión.

Creo que cuando nosotros como Iglesia, nos “compremos el pleito” de los
hombres y mujeres, de nuestros países en concreto, con sus problemas, necesidades,
búsquedas y esperanzas, logrando que en medio de ello y del conjunto de sus vidas
descubran su sentido y la presencia actuante y benéfica del Señor. Esto significa salir del
individualismo y la indiferencia tan vigente en nuestras sociedades. No es posible, por
ejemplo, que nuestros colegios y universidades formen profesionales exitosos en
sociedades fracasadas.

Por otra parte, la Iglesia tendrá que desclericalizarse pues se comprenderá que su
labor principal recae sobre sobre los laicos; que las actividades “sacras” no pueden servir
para escapar de la realidad, esconderla o ser mero consuelo frente a ella, sino ser signos y
símbolos de la presencia de Dios en la vida y la realidad, lo cual es también la misma
Iglesia.

En este sentido es fundamental la promoción del laicado y de la mujer adultos en


la fe y responsables en la Iglesia. De allí la importancia de la formación de los laicos y su
incorporación plena a la actividad de la Iglesia, de tal manera que la vida de los laicos y sus
problemas sean considerados tareas eclesiales. Esto incluye de forma preponderante su
preparación y formación en política, la defensa de los derechos humanos, la democracia, el
estado de derecho, etc. A los laicos les corresponde un papel fundamental en la Iglesia
porque son ustedes los que encarnan la salvación en el mundo. Esto es necesario para que la
Iglesia de este siglo sea, como plantea el Papa, la Iglesia de los laicos.

La Iglesia puede constituirse en nuestro continente como factor substancial de


integración y de solidaridad en la actualidad, dada la fracturación de nuestra sociedad, el
individualismo y, por otra parte, la necesidad de ir encontrando una identidad común con
respeto de la diversidad cultural. Es necesario crear una actitud y espíritu inclusivos en

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lugar de la tendencia exclusiva que se viene promoviendo a diferentes niveles. La Iglesia
puede ayudar a visualizar y tomar conciencia que los problemas más serios y profundos de
nuestro país nos unen a todos y posibilitan una acción y esfuerzos conjuntos. Para ello es
necesario crear causes de participación e integración, pudiendo la misma Iglesia un ser uno
de ellos de forma significativa. Se trata de promover la unidad en la pluralidad y riqueza de
nuestra diversidad cultural evitando que la globalización, que tiene aspectos muy positivos,
arrase con esa riqueza.

Este aspecto tiene una especial relevancia en el grave momento actual que vivimos
en que por la acción demencial desatada por el terrorismo en los Estados Unidos, vemos no
sólo amenazada la paz mundial sino que hay el peligro de que nos sintamos arrastrados a
una especie de psicosis defensiva y agresiva que a la vez que cree más distancias y barreras
entre los seres humanos y países, con exacerbación de los nacionalismo, racismos y
fanatismos ya existentes. Tenemos, más bien, que tomar conciencia de la vulnerabilidad en
que todos nos encontramos, aún el país más grande del mundo, frente a la cual no tiene
eficacia ninguna arma por poderosa que sea sino la toma de conciencia de la
interdependencia en la que tanto para el bien como para el mal nos encontramos y que no
ganamos nada generando más violencia sino que tenemos que general una cultura de paz
y solidaridad, únicas defensas eficaces respecto a la amenaza que enfrentamos. Por eso
tiene especial actualidad el propósito de la Compañía de fomentar el dialogo intercultural
interreligioso en el mundo.

Un problema particular que nos ha dejado un determinado proceder político y


medios de comunicación similares en los últimos años, es el cinismo en el orden ético y
moral; el engaño y la mentira han sido considerados como parte del actuar socio -político y
de la propaganda periodística. Las consecuencias las padecemos ahora y nos cabe la tarea
de hacer prevalecer la verdad y honestidad en el actuar como valores fundamentales. Se
dejaron atrás los principios básicos de la ética para actuar como en las épocas de barbarie:
justificando los medios por los fines. El Bien Común quedó relegado frente a la búsqueda
del interés propio. Ante un cuadro del poder planteado en estos términos, la
desmoralización ciudadana creció día a día pues el ser humano quedó convertido en un
instrumento del poder político avocado a sus propios fines. Confiemos en que esta
indecencia ética y moral haya actuado sobre nuestra realidad política como un revulsivo y
que nos empuje hacia una reacción cívica, moral y política.

A este respecto es importante lo que decía el Padre General de la Compañía de Jesús


aquí en el Perú el año 1998: “La globalización como tal no implica una connotación
negativa; más bien ofrece inmensas posibilidades para el desarrollo de la humanidad.
Pero cuando no se respetan los valores más fundamentales de la persona humana - como
ocurre en el campo económico con la absolutización del libre mercado-, la globalización
resulta verdaderamente nefasta. Conocemos los efectos de las políticas neoliberales
concentración de la riqueza, exclusión, ahondamiento de las diferencias entre ricos y
pobres, exacerbación del individualismo, competitividad desmedida, ausencia de
consideraciones éticas y valorales.”. Más adelante añade: La búsqueda de eficiencia y
resultados, otra característica del esquema actual, no puede hacernos perder de vista el
porque y el para qué del conocimiento, de la ciencia, de la técnica, de la economía, de la
vida humana. Donde no se respeta la vida humana, Dios está ausente.”

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Una consecuencia generalizada de la situación actual en nuestro continente es la
pérdida de fe y confianza de las personas en sí mismas, en lo otros y en las instituciones. La
capacidad de soñar en la solución de los problemas básicos se ha perdido. Algunos llaman a
eso pragmatismo pero parece más bien desesperanza. En este contexto, reconstruir la
confiabilidad y confianza mutua, comunicar de forma vital motivos para creer, esperar y
amar; la defensa por parte de la Iglesia, según su larga tradición, de la dignidad del ser
humano y la promoción del respeto de unas personas por otras, tienen una significación y
urgencia muy especial.

Por otra parte, se hace necesario pasar pedagógicamente de una fe heredada y


tradicional a una fe personalizada y vivida; de una religión masificada a una fe propuesta y
ofrecida como Buena Nueva para los hombres y mujeres de nuestros pueblos. La verdadera
pertenencia a la Iglesia se alimenta de la experiencia personal del encuentro con Jesucristo.

El servicio de la fe en el anuncio de la buena nueva del Evangelio, como nos lo


indican repetidamente las últimas Congregaciones Generales de los jesuitas, implica la
promoción de la justicia en la búsqueda del Bien Común en nuestras sociedades. Esta es
la dimensión política que la misma Iglesia se atribuye y a la cual no puede renunciar
aunque le implique persecuciones o pérdida de prestigio, como ha sucedido en toda su
historia. Jesús evitó lúcidamente el terreno de la política partidaria o como búsqueda de
poder, pero no se desentendió de su sociedad, ni rehuyó ningún compromiso con el bien
concreto de los hombres, lo cual lo llevó a tener conflictos con todas las autoridades de su
sociedad incluidas las religiosas.

Nos hace falta como Iglesia una vena más profética, más libre, más valiente, más
cercana a los problemas de la gente y no tan cerrada en los problemas eclesiásticos, de tal
manera que “los gozos y esperanzas de los hombres” sean gozos y esperanzas de la Iglesia.
Es necesario que se vea de forma transparente que la Iglesia no defiende sus propios
beneficios e intereses sino el bien común de nuestro pueblo, y que se constituye como la
voz de los que no tienen voz.

En este sentido ustedes como laicos y la Compañía pueden y deben aportar análisis
y reflexión de altura a nivel del continente, juntamente con propuestas válidas,
discretamente ofrecidas, pero que tengan vigencia y puedan ser aplicadas.

El Papa en su Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial de la Paz el 1 de


enero de 1999, decía:

“Cada ciudadano tiene el derecho a participar en la vida de la propia


comunidad. Esta es una convicción generalmente compartida hoy en día. No
obstante, este derecho se desvanece cuando el proceso democrático pierde su
eficacia a causa del favoritismo y los fenómenos de corrupción, los cuales no
solamente impiden la legítima participación en la gestión del poder, sino que
obstaculizan el acceso mismo a un disfrute equitativo de los bienes y servicios
comunes. Incluso las elecciones pueden ser manipuladas con el fin de asegurar la
victoria de ciertos partidos o personas. Se trata de una ofensa a la democracia que

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comporta consecuencias muy serias, puesto que los ciudadanos, además del
derecho, tienen también la responsabilidad de participar; cuando se les impide
esto, pierden la esperanza de poder intervenir eficazmente y se abandonan a una
actitud de indiferencia pasiva. De este modo, se hace prácticamente imposible el
desarrollo de un sistema democrático (n° 6)

Finalmente, es necesario que devolvamos el prestigio y la dignidad que la política


y la gestión del bien público deben tener. En este sentido es muy bella e inspiradora la
forma que tenía Hannah Arent, esa gran pensadora alemana, de considerar a la política
como el amor y cuidado del mundo por encima del interés propio. Por ello Juan Pablo II
advierte que “(...) la difundida opinión de que la política sea un lugar de necesario peligro
moral no justifica lo más mínimo ni la ausencia ni el escepticismo de los cristianos en
relación con la cosa pública (...). Juntamente, todos y cada uno, somos destinatarios y
protagonistas de la política. (...) para que todos seamos verdaderamente responsables de
todos.”(Chistifideles Laici n. 42)