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CAPÍTULO PRIMERO EL CONOCIMIENTO “NO SIENTAS MIEDO”
CONÓCETE A TI MISMO… y no dejes que la pasión se apodere de tu alma Marina “Conócete a ti mismo y conocerás al Universo y a los Dioses” Oráculo de Delfos Eres sólo una apariencia y no lo que aparentas ser” Epicteto “Personalmente creo que al menos existe un problema [...] que interesa a todos los Hombres que piensan: el de comprender el mundo, a nosotros mismos y nuestros conocimientos en cuanto a que ellos son partes integrales del mundo mismo”. Karl Popper Sagrado es todo aquello que es merecedor de un excepcional respeto. ¿No somos usted, los demás seres Humanos y yo “seres de excepcional respeto”? ¿No somos acaso seres sagrados? Olvídese de lo demás por un rato y pregúntese ¿Se respeta a sí mismo? Quizá me responda de inmediato “Sí, sí me respeto”. Eso está bien, pero piense con detenimiento y escriba la respuesta a las siguientes preguntas: ¿Se conoce a sí mismo? No me refiero a si alguna vez ha hecho una lista de sus cualidades, me refiero a si sabe cómo piensa, cómo es su forma de conocer, si conoce su propia naturaleza, si conoce cómo fabrica sus propios personajes, cómo termina creyendo que ellos son usted mismo y cómo muchos de los rasgos de esos personajes terminan siendo parte de su carácter, es decir, de esos aspectos de su conducta que han cristalizado y se han transformado en programas rígidos que día a día labran su destino. Se ha preguntado ¿qué hace en este mundo? ¿Qué tiene que ver ese mundo exterior con usted? ¿Qué hay de su mundo interno? ¿Cómo lo considera? ¿En qué consiste? ¿Para qué le sirve ese mundo interno? ¿Cómo usa su mundo interno? ¿Cómo le afecta esa relación? ¿Cómo se relaciona consigo mismo? ¿Se cuida? ¿Cómo se cuida? ¿Vive o simplemente pasa por la vida y mata el tiempo como si el pasado fuera el presente? ¿Vive amando o se deja morir en la rutina diaria y por todo el miedo que nos ha inculcado la cultura como una forma natural de existir? ¿Cómo es su relación con el mundo exterior? ¿Podría responder a todas estas preguntas con claridad? Uno no se respeta y se ama de verdad, en serio, con toda la responsabilidad del caso, si uno ignora su propia naturaleza, es decir, si uno se limita a “conocer los rasgos de personalidad” como algo irremediablemente incambiable, se identifica con ellos y se apega a ellos diciendo: “Yo soy así”; y desconoce las infinitas posibilidades de ser/siendo, si desconoce todas sus

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potencialidades, cómo desarrollarlas y usarlas, si hace caso omiso al poder de su pensamiento, si se empeña en que no puede vivir una vida más digna y no puede percibir el mundo más allá de lo que ha habituado a sus sentidos y los condicionamientos sociales. El mandato del Oráculo de Delfos consiste precisamente en el mandato de conocernos. En conocernos de veras. Todos creemos que nos conocemos de verdad, pero ¿es eso cierto? Usted podría creer que se conoce lo suficiente, de modo que podría preguntarme: ¿Para qué quiero saber más de mí mismo? ¿Eso no complicaría más mi vida? Conocerse uno mismo no es un lujo, es algo de vital importancia para su vida. Ignorarse a uno mismo, desconocerse, en buena medida favorece el que contribuyamos a crear nuestro propio sufrimiento, a que inconscientemente hagamos sufrir a quienes más amamos y no queremos hacerles daño; a que nosotros mismos levantemos barreras que nos impiden lograr nuestras metas (Sills, 2004); nos hace ciegos ante nuestras debilidades; nos incapacita en cuanto a la posibilidad de que explotemos al máximo de forma positiva nuestros aspectos más fuertes, los cuales pueden, por nuestra ignorancia terminar convirtiéndose en conductas contraproducentes… ¿Se conoce a sí mismo? y, por ende, ¿se respeta? Una forma sencilla para conocerse es preguntarse: ¿Cómo es su relación con los demás? Básicamente ¿con cuál aspecto de sí mismo se relaciona usted con los demás, con la imagen que quiere dar de sí mismo o con quien de verdad usted es/siendo? Si su respuesta a cómo es su relación con los demás es: “con su personalidad”, es decir con una imagen que ha creado de sí mismo ante los demás; entonces su relación tiende a ser superficial, está vinculada a la máscara, al disfraz, que presentamos ante los demás para mantener una cierta apariencia, se miente a sí mismo. Jugamos entonces a la importancia personal y a la imagen que queremos mantener de nosotros mismos. Es muy probable que usted tienda a evaluar a los demás y, en función de ello, tienda a aceptarlos o a rechazarlos, lo cual es un reflejo o una proyección de sus relaciones consigo mismo. Ello significa que no se respeta, o bien, no ha entendido quien es en verdad y/o no se acepta como es, y que en lugar de expresar y desarrollar su propia individualidad, sigue los caminos de lo que usted cree que debería ser. Eso es signo de que no se da cuenta del valor intrínseco que usted posee como Ser Humano. Si su respuesta es: “desde su esencia”; quiere decir que usted se abre a las posibilidades del ser/siendo, que se relaciona sincera y profundamente, que usted se involucra con el otro, que es capaz de mantener relaciones significativas y que usted se respeta y respeta al otro. Nuestra esencia y nuestra conducta no son dos cosas distintas e independientes. Son una unidad. Sin embargo, al interponer entre nuestra esencia y nuestras acciones nuestras ideas, creencias, actitudes…; no sólo ignoramos nuestra esencia y generamos conductas contraproducentes, sino que nos escindimos y actuamos sobre la base de lo que creemos que somos o de lo que creemos que deberíamos ser como si así fuéramos en verdad.

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Es muy distinto actuar desde nuestra esencia, que hacerlo desde lo que pensamos que somos, quisiéramos o nos imponen que deberíamos ser. Actuar desde nuestra esencia es actuar fluidamente como una unidad de alma, cuerpo, emociones, inteligencia..., mientras que actuar desde nuestras creencias es hacerlo desde alguno o algunos de los aspectos que nos integran. Es actuar sobre la base de reglas, prejuicios, expectativas, intereses…, que con frecuencia no coinciden con lo que en realidad es nuestra naturaleza. Actuar desde nuestra esencia no tiene nada que ver con la importancia intelectual que nos asignamos, con nuestra propia imagen, con nuestro egoísmo, con nuestra manera de pensar, con los condicionamientos sociales, con las formalidades... No. Es un actuar con amplitud de visión, sabiendo que estamos haciendo lo justo, lo correcto. No hay juicio, hay aceptación, un saber que actuar de cierto modo es lo justo. En este sentido, no tratamos de cambiarnos ni de cambiar a los demás según nuestras creencias. Hay respeto. En lugar de obligar a los demás a hacer algo, los invitamos a que vean por sí mismos qué ocurriría si actuaran de manera diferente, qué ocurriría si se atrevieran a ver el mundo de otra forma, si pensaran de otro manera. Al actuar desde nuestras esencias no tenemos motivos para sentir miedo, y como no lo sentimos, no ocupamos nuestro tiempo y energía en filtrar nuestra relación a través de ideas, creencias, reglas, normas, críticas, control, defensas... Nuestras mentes dejan de ocuparse de trivialidades. Al actuar sin temor, actuamos con seguridad en armonía con el Universo y no nos afanamos en demostrar nada. Hacemos lo que hay que hacer, lo que nos dice nuestra naturaleza, nuestro auténtico Yo porque es lo justo. Entonces, dejamos de mentirnos, de engañarnos, de compararnos..., no porque ello sea malo, sino porque sabemos que al mentirnos, engañarnos, compararnos… dejamos de fluir y nos volvemos rígidos y poco asertivos. Actuar desde nuestro Yo superior, sin interposiciones, sin velos, exige saber qué es el conocimiento, cómo conocemos, cómo elaboramos los conocimientos, cuál es su significado, su utilidad, su valor, pues de otro modo y sin saberlo, podríamos estar desarrollando un mundo de ilusiones sobre lo que somos y es nuestro mundo. Implica observarnos con seriedad, prestar mucha atención a cómo pensamos y actuamos sin mentirnos. La psicología nos ayuda a conocernos, tanto en el sentido de lo que somos en esencia como en el sentido de ayudarnos a descubrir todos los velos que interponemos entre nuestra esencia y nuestra conducta, sin embargo, también debemos ser concientes de cómo los psicólogos como seres humanos que son elaboran los conocimientos, qué entienden por conocimientos, qué uso le dan, cuál es su vinculación con la vida social, política, religiosa..., pues sin esos parámetros la psicología se convierte en dogma. Al conocernos auténticamente podremos entender qué quería decir San Pablo al afirmar: “Sois como dioses”. ¿Conocerse a sí mismo?

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Usted podría decirme que ya se conoce a sí mismo y que no necesita tomarse el trabajo de seguir ahondando en ello. Eso es lo que típicamente dice una persona que considera que vive su vida más o menos bien, tranquila, con problemas menores…, o que no quiere ver su situación. Se dirá, entonces: “Siendo así, ¿para qué quiero indagar más?”. Suele ser en tiempos de crisis cuando las personas se “revisan a sí mismas”. Pero ¿se revisan verdaderamente o revisan sólo aquellos aspectos mínimos indispensables para disminuir su angustia? La “certeza”, la “sensación” de conocernos es muy fuerte. Día a día mantenemos las mismas rutinas, reaccionamos de las mismas maneras, manifestamos las mismas actitudes, reforzamos más nuestra manera de pensar, percibir y sentir el mundo y a nosotros mismos…; de modo que solemos hacer la siguiente deducción: “Si, según me recuerdo a mí mismo, me parezco al que fui ayer, antes de ayer y así retrospectivamente, debe ser que ese soy yo, que yo soy así, por lo tanto, me conozco y quizá no tenga remedio, así seré siempre”. Pero en realidad: “¿No será que nos convertimos en lo que nos empeñamos en recordar, en aquello que creemos ser, quizá para tener una sensación de estabilidad y seguridad psicológica?”. Una aproximación al concepto de conocimiento Si usted o yo vamos a emprender el camino de conocernos, es necesario que nos preguntemos ¿qué es el conocimiento?, que nos preguntemos: ¿Qué es conocer? ¿Cómo estamos conociendo en la actualidad? ¿Hay maneras de conocer distintas a las planteadas por el método científico? ¿Hay formas válidas de conocer?... Voy a tratar de dar una definición aproximada del conocimiento. Y digo voy a tratar, porque para nosotros los seres humanos, el conocimiento es, sobre todo, un enigma. No es un ente, un algo, un objeto concreto fácil de observar y manipular. Como dice Mario Bunge (1981), no hay una entidad que podamos considerar como el conocimiento en sí mismo. Es por ello que se suele hablar de los conocimientos acerca de y sobre algo. A pesar de que “sabemos” que existe, que es uno con nosotros, lo utilizamos y es un “algo” muy importante en nuestras vidas, es muy difícil definir porque es imposible hallar en la naturaleza o en nuestro interior una entidad material y concreta a la cual podamos identificar y llamar “conocimiento”. En realidad, al hablar del conocimiento estamos sustantivando al verbo conocer de igual modo que lo hacemos con el verbo amar y la palabra amor. Como señala Edgar Morin (1989b) «Nuestro conocimiento, aunque es algo muy íntimo y familiar en nuestro interior, se convierte en algo extraño apenas intentamos conocerlo» (p. 15). No obstante lo anterior, una aproximación al concepto de conocimiento podría ser: “El conocimiento es un proceso activo en el cual interviene nuestra conciencia, la cual, sobre la base de la forma como nos hemos programado para pensar y sobre el espejo o trasfondo de nuestra memoria, damos forma a la

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información que recibimos a través de nuestros sentidos, convirtiéndola en algo significativo según nuestros valores”. La tarea de conocerse Conócete a ti mismo y no dejes que la pasión se apodere de tu alma José Antonio Marina No podemos ser tan ingenuos y creer que para conocer y conocernos sólo bastan nuestros sentidos y la manera como hemos aprendido a ver y a pensar. No somos capaces de vivir el aquí y el ahora inmediatos. Siempre transcurre un micro intervalo de tiempo entre lo que captamos a través de nuestros sentidos y la sensación de estar viviendo el aquí y el ahora. Durante ese micro intervalo de tiempo toda la información que hemos captado a través de nuestros sentidos es contrastada con los contenidos de nuestra memoria y elaborada a partir de ellos, es decir, a partir de nuestras experiencias, creencias, condicionamientos, actitudes, prejuicios…; de modo que lo nuevo, lo captado hace pocos microsegundos, se vuelve información vieja y deformada, que convierte el ahora en pasado, el ayer en hoy, las ilusiones en realidad. Lo anterior significa que no captamos la realidad tal cual es. Hay un pequeño engaño que no nos deja conocer quiénes somos en verdad, pues en el momento de intentar “vernos” y “conocernos” teñimos el conocernos con el estado emocional actual, lo que nos han enseñado que es la naturaleza humana, lo que piensan y creemos que piensan los demás de nosotros, por el convencimiento de que somos así … Conocernos en serio, de verdad, entonces no es tarea fácil porque entre otras cosas recurrimos siempre a los mismos patrones de observación, sentimientos, emociones, pensamientos…, es decir, siempre estamos recurriendo a los modelos rígidos que están en la trastienda de nuestros recuerdos, lo cual significa que hemos permitido que estos sean invariablemente la base sobre la cual construimos lo que creemos ser. Y aquí hay algo interesante: “pensar en que “somos” significa que nos vemos como seres “terminados”, que ya estamos hechos…”, cuando en verdad somos seres/siendo, somos seres cambiantes como todo en el Universo, de modo que estamos negando nuestra flexibilidad, que estamos negando nuestras posibilidades de percibir, sentir, pensar... de manera distinta. La tarea de conocerse, además, nos da miedo, nos da pánico, porque representa desmontar todos los personajes que nos hemos inventado que somos y quedarnos sin piso, de modo que conciente o inconscientemente nos haremos “trampa” para no llegar allí y quedarnos sin el “vestuario de…”; el cual aparentemente nos proporciona seguridad psicológica. Es típico que sólo lleguemos a “vernos de verdad”, “que veamos la realidad” y tengamos la “sensación de quedarnos sin piso y que no existe piso” cuando la vida, la experiencia, nos confrontan, pues suele ser uno de los pocos momentos que por las mismas evidencias se nos caen a pedacitos todas y cada una de nuestras “verdades” intelectuales. Son momentos de crisis, momentos cumbre

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de cuestionamientos que la psicología y la psiquiatría oficial han llamado momentos de enfermedad, momentos patológicos, porque sencillamente hemos roto con el consenso social, con las creencias... En realidad, se trata de momentos de “oportunidad”, momentos de encontrarnos, reconciliarnos con nosotros mismos y vivir en armonía con nuestra naturaleza y el Universo. Otro momento excepcional en que las personas suelen tener la oportunidad de “verse” es el del camino de la transformación espiritual, el camino esotérico, místico; que suele estar vinculado erróneamente a la religión. Erróneamente porque estas a través de su dogmatismo imponen lo que suponen que somos y/o debemos ser. A esas personas que se hallan en una búsqueda espiritual, la única forma socialmente aceptada de mirarse, si bien no las calificamos de “enfermas”, las solemos ver como raras. Las miramos con recelo y las solemos evitar otorgándoles el mote de “santonas” o “santurronas”. En verdad hacemos todo esto, calificar a unos de enfermos y a otros de santurrones, porque creemos que lo normal es ser “ciegos” y lo “anormal” tener una conciencia libre de los acuerdos sociales, de expectativas, prejuicios… Para más, tristemente, la psiquiatría y la psicología oficial suelen adoptar el punto de vista de la persona. Esta perspectiva no trasciende al individuo, sino que lo ve como a una máquina integrada por piezas aisladas entre sí, siendo la consecuencia el que apenas “comenzamos a vernos”, se nos impele a tapar lo que ciertamente somos/siendo, lo cual nos induce a construir nuevos personajes ficticios. Lo normal debería ser “el desmontar los personajes ficticios que hemos montado sobre nuestro ser/siendo” para conocernos y conociéndonos poder ser dueños a conciencia de nuestras posibilidades, es decir, adueñarnos de nuestra flexibilidad y abandonar la rigidez de la cristalización. En realidad, lo natural es “ser siendo” de manera flexible, con infinidad de posibilidades, no el ser rígidos siguiendo las pautas sociales aceptadas, lo cual está vinculado a la manipulación y al control social como iremos viendo más adelante. La tarea de conocernos a nosotros mismos es necesaria y exige una preparación. Esta preparación comienza con el “cuidarse a sí mismo”, lo que, a su vez, involucra indispensablemente el amarse a sí mismo, es decir, el reconocerse como ser capaz, el respetar nuestra propia naturaleza, el valorarnos al tener fe y creer en nosotros mismos (auto-estima). Es dar un vuelco y partir desde nuestro propio interior y no partir del afuera, de lo que nos dicen que debemos ser y hacer. Todo el proceso de preparación al conocimiento de sí mismo, el encuentro consigo mismo y las consiguientes transformaciones derivadas de ello constituyen la verdadera espiritualidad, el auténtico desarrollo y evolución espiritual. En este sentido podemos adoptar como una definición temporal de lo que es la espiritualidad, la enunciada por Michael Foucault (2004):

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“…, creo que podríamos llamar “espiritualidad” a la búsqueda, la práctica, la experiencia por las cuales el sujeto efectúa en sí mismo las transformaciones necesarias para tener acceso a la verdad (p.33). Según el marco tradicional, conocerse a sí mismo sólo es posible de lograr si pertenecemos a una secta, a un grupo religioso…, pero ello no es cierto, en lo concerniente a las sectas y a la mayoría de las religiones nos enfrentamos a lo que actualmente se conoce como lavado de cerebro, a un control de nuestra voluntad, que no es otra cosa que el sacarnos del marco de referencia que viene limitando nuestras vidas para adoptar uno ¿nuevo?, el cual, también limita nuestras vidas con el aparente fin de “liberarnos”. Finalmente, existe una tercera forma de conocernos, social y oficialmente aceptada: “la promesa de la ciencia”; es decir, la de conocernos a través de la psicología y la psiquiatría. Pero estas en sus formas tradicionales, también, suelen buscar el control de la voluntad de la persona y el mantenimiento del estatus económico, político-militar. Todo ello, sin embargo, viene siendo puesto al descubierto y hoy día se abren frente a nosotros nuevos paradigmas como el paradigma cuántico/relativista, los cuales conciben lo material y lo espiritual como una unidad indivisible. Consideran al Universo como un mundo de posibilidades en el cual, nosotros somos una posibilidad con millones de posibilidades. Bajo esa concepción de la unidad material/espiritual, (materia/energía, si prefiere llamar a esta unidad de otra manera), es necesaria nuestra preparación para conocernos, la cual debe partir de la “inquietud por nosotros mismos” y del hecho de que no somos seres pasivos, seres a los que nos pasan cosas, seres condenados por el destino o por un Dios “barbudo” que nos observa; sino que somos en verdad seres creadores que podemos construir nuestro futuro. Hace falta nuestra voluntad para conocernos, hace falta disciplina, una autodisciplina creada desde la creación misma de nuestro propio auto-gobierno. Desde la toma de decisiones es que seremos libres. La libertad no está en las leyes que hablan de nuestros derechos cívicos, radica en el conocernos, en el cómo usamos el pensamiento… “La libertad de conciencia sólo adquiere su legitimidad total cuando esa conciencia se compromete a buscar la verdad, a escuchar argumentos ajenos, atender a razones, y rendirse valientemente a la evidencia, aunque vaya en su contra… Sin esta contrapartida, el derecho a la libertad de conciencia puede convertirse en protector de la obstinación y el fanatismo” (Marina, 2005, p. 163). La verdad "Los hombres no piden la verdad. Sólo quieren que se les disfrace la mentira."(Louis Dumur, escritor suizo, 1863-1933).

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Repetidas veces he mencionado la palabra “verdad”, pero, ¿qué es la verdad? De manera semejante a la palabra conocimiento, la verdad no es algo palpable, no es algo concreto que uno pueda identificar de igual manera que identificamos un objeto. Para más, se trata de una abstracción cuyo significado ha cambiado a través de los tiempos y que varía y adquiere matices según las culturas y contextos, llegando al extremo de que en el ámbito militar, de la economía, la religión y la política se nos dicen mentiras como si fueran verdades absolutas y eternas supuestamente por nuestro bien o el de la sociedad. En esos sectores se ha creado un fenómeno que lingüísticamente ha sido bautizado como “Lenguaje colateral”, el cual suele atribuir un significado contrario o falso a situaciones y hechos: “Guerra justa, pacificación, bombas inteligentes…”. Se trata de justificaciones que sirven para “fabricar consentimientos y moldear nuestra percepción del mundo que nos rodea” (Collins y Glover, 2003, p. 18). Es el caso del neolenguaje de los gobiernos de USA e Israel, los cuales, por ejemplo, hablan de crímenes ilegales y “crímenes legales”: “Si un ciudadano común asesina a una persona es un crimen ilegal, pero si el FBI o la CIA asesinan a un presidente porque no se acoge a los lineamientos de su política externa o los soldados israelitas asesinan a niños palestinos a sangre fría, se habla de crímenes legales, porque “se trata de la lucha contra el terrorismo” o “porque se trata de un asunto de seguridad de estado”. ¡Claro que la “verdad” es importante en el ámbito de la filosofía y la ciencia!, pero más importante lo es en la vida cotidiana, por nuestra seguridad personal y porque sobre su base tomamos decisiones y guiamos nuestras acciones individual y colectivamente. La verdad, además, es importante para nuestras relaciones interpersonales, pues la confianza se apoya en la verdad y lo es, desde luego, para poder llegar a conocernos. María Moliner (1982) en su “Diccionario del uso del Español” nos dice que la palabra “verdad” deriva del latín véritas, derivada de “verus” o verdadero y que significa: “Cualidad de una expresión o representación que corresponde a una cosa que existe o la expresa o representa tal como es”. En todo caso la idea de verdad consiste en que exista una coincidencia, una aproximación, entre aquello que pienso y digo y las cosas como son. No es posible representar con exactitud los objetos, hechos y situaciones. Sí, es fácil afirmar con verdad: “esto es una alfombra” porque es algo muy concreto; pero es difícil no ser subjetivo, poder decir “toda la verdad”, cuando tratamos de explicar un hecho o cuando hablamos de una situación en la cual estamos emocionalmente involucrados ya que en la imagen que formamos de estos involucramos un sentido, un orden, una intención, y un conjunto de valores. Como afirma Paul Watzlawick (1990), tiene más sentido hablar de verdad cuando descompongo en su partes integrantes una máquina y doy explicaciones, y ello a pesar de que puedan existir opiniones diversas, que cuando hablo de las relaciones entre los seres humanos, porque al hablar de la máquina hablamos de cosas concretas, de modo que puedo decir: “Tal pieza

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tiene tal forma, tales dimensiones, tal color, tiene X composición química…”; mientras que al hablar de las relaciones humanas no puedo dejar de referirme a convencionalismos, no dejo de atribuirle un sentido, un significado, un valor, una intención a las explicaciones que dé sobre ella. Además, del paso de observar algo, a su percepción y posterior recuerdo o comunicación ocurre algo como lo que sucede con una cámara digital de muy alta resolución: la imagen obtenida es fiel a una parte de la imagen, pero siempre cambian, aunque ligeramente, los colores, las luces, las formas…; por ello, se suele hablar del grado de veracidad de lo que pensamos y comunicamos. En nuestras vidas particulares para conocernos, comprendernos y comprender a los demás y a nuestro mundo es muy importante tener en cuenta que no es necesario ser un mentiroso compulsivo para que estemos equivocados y la verdad que creamos y expresamos no sea tal. Nuestro cerebro puede darle “tal realidad” a las cosas, apoyada con frecuencia con algunas explicaciones que elaboramos, que podemos estar haciendo algo, que podemos estar viendo algo con nuestros propios ojos y negar su existencia convencidos de que se trata de lo que afirmamos como verdad. Si una persona no recuerda haber estado en un cierto lugar y afirma que nunca ha estado allí, no lo dice porque sea mentirosa, lo dice porque no lo recuerda. La memoria juega, pues, un papel importante en esto de la verdad. De hecho, filtramos todas las sensaciones e información que captamos a través de nuestros recuerdos; y los recuerdos no sólo están formados por experiencias, sino también por cosas que hemos aprendido por imitación, por ideas, teorías, doctrinas, explicaciones…, las cuales conforman el sistema de creencias sociales e individuales. Un científico, de buena fe, puede hacer apreciaciones sobre algo creyendo que está en lo cierto, pero puede estar equivocado al tratar de entender las cosas según la teoría que profesa y/o al dejar por fuera información que la teoría no contempla. Los psicoanalistas, por ejemplo, le dan mucha importancia a la niñez y obvian generalmente o no le dan tanta importancia a las experiencias recientes, de manera que si un adolescente asiste a consulta porque ha sido traumática para él la muerte reciente de uno de sus progenitores, tenderá a interpretar su dolor y su angustia en términos de su infancia y no de lo que la muerte representa en el ahora. Solemos suponer que algo es verdadero porque nuestra representación o imagen de la realidad tiene cierta adecuación con la misma, olvidando que la realidad es una construcción mental, de aquí que con frecuencia incurrimos en un grave error: “… en el cual todos estamos atrapados, la suposición de que una construcción de la realidad suficientemente adecuada nos da la certeza de que el mundo realmente es así, y de esta manera, que la certeza y la seguridad definitiva han sido alcanzadas” (Watzlawick, 1990, p. 107). Watzlawick (1990) nos dice que las consecuencias de este error son graves, pues

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“nos impulsan a declarar como equivocadas (y eventualmente a combatir) todas las construcciones de la realidad diferentes a las nuestras, impidiendo tener en cuenta consideraciones alternativas de la realidad cuando nuestra imagen del mundo es anacrónica y, por lo tanto, cada vez menos adecuada…” (p. 107) Es el caso de las religiones, partidos políticos, sistemas económicos… que pueden incluso llevar a los más fanáticos a producir una guerra civil, a que se rompan relaciones padres e hijos, parejas, amigos…: “porque mi ideología política es la única verdadera y las demás son una amenaza”. Es lo que nos suele suceder cuando educamos a nuestros hijos o tratamos de enseñar a los alumnos y tratamos de imponer “nuestra realidad”. A partir de lo anterior, podemos deducir que la verdad depende del observador, de su capacidad de observación, de su apertura mental, de su preparación para ello, de su capacidad de concentración, de los parámetros que usa tanto para observar como para llegar a conclusiones, de su memoria... en fin, podemos decir que la verdad, entonces, no sólo es relativa al observador, sino que, además, es auto-referencial. Para darle un poco de orden al problema de la verdad, cómo entenderla y cómo hacer uso de ella en nuestra vida cotidiana, podemos valernos de las divisiones bastante claras que ha hecho José Antonio Marina. Marina (2005) habla de la existencia de verdades “privadas”. Se trata de nuestras verdades individuales, aquellas que por su objeto, por la experiencia en que se fundan y la imposibilidad de universalizar su evidencia, quedan reducidas a nuestro mundo interior, a nuestra subjetividad, a nuestras propias conclusiones. Son afirmaciones como las que hacemos acerca de nuestros miedos, nuestras angustias, nuestra posición ante la vida, el amarnos o el odiarnos y la manera de tratarnos. Marina habla de verdades “privadas colectivas”, son “verdades” que no pueden universalizarse, pero que son compartidas colectivamente, tales como las creencias acerca de la política, cómo debería ser un gobernante, qué es un partido político, qué es la democracia, la libertad, la igualdad…. “Son verdades comunes, participadas, pero sólo por un grupo, cuyo consenso fortalece las fes particulares” (Marina, 2005, p. 164). Y, finalmente, habla de verdades “universales”, que son intersubjetivas. Se trata de “evidencias suficientemente corroboradas, al alcance teórico de todas las personas” (p. 164). Sin embargo, aclara Marina (2005): “Una teoría no es verdadera porque la admitan los científicos, sino que los científicos la admiten porque la consideran verdadera (p. 165). Para nuestro propio consumo y para fines prácticos, podemos tener presentes las divisiones que hace Marina sobre la veracidad de las cosas y, al mismo tiempo, tener en cuenta la existencia de verdades que aquí llamaré principios. Un principio es algo así como aquellas ideas primeras, básicas a partir de las cuales modelamos todas nuestras conductas y que se convierten para nosotros en reglas reales y constantes.

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Hay principios que se basan en las clases de verdad mencionadas por Marina (2005), que son subjetivas, relativas, contextuales, pero hay verdades o principios que por su constancia y realidad no varían. La ley de gravedad es válida en cualquier parte del Universo; si no aprendo a observarme y a mantener la atención prolongadamente sobre mí, difícilmente me conoceré; lo que haga en el presente definirá mi vida futura. Para conocer los principios universales, aquellas leyes naturales que son evidentes, constantes e irrebatibles y convertirlas en principios de vida no hace falta “estar loco”, sufrir una crisis, convertirse en un santo que se recluye en una montaña, meterse en un asram o un monasterio o convertirse en un fanático científico. Hay que hacer un esfuerzo, el mismo esfuerzo o más que el que hemos utilizado para crear las “ilusiones” fuente de nuestros sufrimientos. Comencemos, pues, por hacer el esfuerzo de oír, de escuchar con apertura, dejando atrás, en lo posible, el vetusto arcón de las ideas que consideramos verdades eternas e inmutables sobre el cual se reflejan y filtran nuestras experiencias actuales. El conocimiento es “como” un mapa Desde la Antigüedad muchos filósofos se plantearon la existencia de una verdad absoluta e inalterable. Pero el problema siempre ha sido cómo alcanzar tal clase de conocimiento. El planteamiento de dicho problema fue preludio de la confrontación en el siglo XIX entre las ciencias “exactas” o “duras” como la física y las ciencias “blandas” o sociales como la antropología o la psicología; siempre marginadas por su “más obvia subjetividad”. Kant fue uno de los primeros filósofos en darse cuenta de que el conocimiento no es más que una construcción mental. En realidad, por lo que hemos logrado saber, no experimentamos “las cosas como son en sí mismas”, sino que experimentamos representaciones de ellas como si fueran reales (Truett, 1992). Nosotros no experimentamos la esencia de las cosas, sino la elaboración mental de las sensaciones captadas por nuestros sentidos, es decir, que lo que llamamos y vivimos como experiencia viene a ser el resultado de pensar o mejor dicho, de cómo hemos programado nuestra manera de pensar, por ende, hablamos de apariencias, no de los hechos reales, de la “realidad real”. En función de lo anterior, podemos decir de una manera metafórica que el conocimiento es una representación o especie de mapa del mundo. El conocimiento es semejante a un mapa porque refleja de forma organizada y coincide hasta cierto punto con una versión cercana a la realidad, pero, “no es la realidad misma”, de allí que no debemos confundir el mapa con el territorio. El mapa de Venezuela es una representación gráfica y ordenada de un espacio específico del globo terrestre, pero no es en sí el territorio mismo. Un mapa de Venezuela en cierto modo nos proporciona una imagen aproximada de algunas de las apariencias del territorio venezolano con ciertas limitaciones, pues al contrastarlo con el territorio, el mapa refleja su forma hasta donde lo permite la

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misma representación. Un mapa de Venezuela refleja y destaca algunos de sus aspectos reales, como sus ríos y montañas, y refleja y destaca otros ficticios o creados, como su división geopolítica. De manera similar, el conocimiento es una representación compleja, tanto de lo existente en el mundo como de nuestra relación con él y con nosotros mismos, pero no es un buen espejo, pues no refleja las imágenes con tanta precisión. En ningún momento refleja una imagen perfecta y exacta de las cosas, aunque sí, en ocasiones, cercana y bastante aproximada a ellas. Sin embargo, en nuestra cotidianidad, y no pocas veces los científicos, es típico que estemos convencidos de que los mapas intelectuales que usamos representan con precisión la realidad misma, de cómo son o deberían ser las cosas, y a través de ellos interpretamos todas nuestras experiencias. Es importante, entonces, que tomemos conciencia de su existencia en nosotros, pues a partir de ellos adoptamos actitudes, tomamos decisiones, nos tratamos y tratamos a los demás… En modo similar a un mapa, la representación organizada que conforma el conocimiento incluye, tanto aspectos reales de las cosas como invenciones o aspectos convencionales que nos ayudan a explorar, comprender y explicar, tanto el mundo como las relaciones que mantenemos con él y con nosotros mismos. Equiparando los mapas con el conocimiento, igual que podemos dibujar mapas sobre el globo terráqueo, continentes, países, ciudades y pueblos, a través del lenguaje representamos los conocimientos que tenemos acerca del Universo, la materia, los animales, las plantas y el ser Humano en sus diversos aspectos. Así como ningún mapa es una representación completa y definitiva de la realidad, tampoco lo es conocimiento alguno. Los mapas y los conocimientos son, por una parte, una elaboración de selecciones de algunos aspectos de la realidad acorde con un fin u objetivo perseguido, lo cual implica incluir aquellos aspectos que consideramos más relevantes y excluir aquellos que pensamos que lo son menos; y, por otra, son descripciones que varían en el tiempo al variar la realidad física y sociocultural. Una teoría psicológica que destaque los aspectos “mecánicos” de la conducta del Hombre sistemáticamente excluirá los aspectos dinámicos y cualitativos de ésta. La forma mecanicista actual de “mirar” al Hombre no es la misma de hace apenas dos décadas y, lo más probable es que dicha concepción variará en el futuro y de cultura a cultura según sus propias maneras de ver y entender el mundo. El conocimiento es un proceso activo El conocimiento ha sido definido como un proceso activo de la psyche humana referido al acto de conocer (Villoro, 1982) y como producto de dicha actividad. No nacemos con conocimientos, así como tampoco nacemos con una forma o manera específica de conocer. Ambas cosas son aprendidas. En otras palabras no nacemos con un hard-ware (cerebro) que contiene información ya elaborada

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o que venga programado con la manera de producir conocimiento. Nacemos con un cerebro integrado por 15 mil millones de neuronas, que debido a la experiencia y a la actividad psíquica comienzan a formar conexiones entre las cuales se hallan aquellas involucradas con la manera de conocer (soft-ware). El conocimiento es una invención que deriva de nuestra conciencia, de nuestra capacidad de atención y concentración y de la forma como nos programamos para pensar, lo cual implica que conocer es una actividad, un esfuerzo, un proceso… y que entre nosotros y el mundo hay una distancia. Como proceso, el conocimiento es una actividad que implica observar, recordar, comparar, analizar, establecer criterios, ordenar, organizar las ideas..., hasta que creamos y conformamos una imagen determinada y significativa de la realidad a la cual podemos llamar conocimiento. Indistintamente de cómo sea el Universo en sí, siempre empleamos nuestros sentidos para conocerlo, explorarlo, delimitarlo. De la inmensa cantidad de posibles impresiones sensibles que nos proporciona el Universo, sólo estamos en capacidad de percibir una pequeña parte de él. Esta pequeña parte del Universo, captada por nuestros sentidos, es filtrada por nuestra experiencia única, cultura, lenguaje, creencias, valores, suposiciones, intereses, fines, expectativas...; y luego de haberla filtrado, la ordenamos y organizamos en un todo significativo, es decir, la conformamos en un algo que posee sentido acorde con nuestros intereses y valores. Ello nos indica que cada uno de nosotros posee una noción, un conocimiento, un mapa particular de la realidad, que más que una simple representación, reflejo o mapa de la realidad, representa una manera particular de ordenar el mundo que de otro modo nos parecería sin sentido, caótico, sin reglas… Debo aclarar que si bien es cierto que cada uno de nosotros elabora sus propios mapas de la realidad, ello no implica que necesariamente entre nuestros propios mapas y los mapas de las demás personas dejen de existir numerosos puntos de coincidencia. Nuestros mapas privados son diferentes, pero no suelen serlo al punto de ser tan extremadamente diferentes que no nos podamos entender. Por otra parte, aunque de forma crítica, debemos mirar con buenos ojos las diferencias entre nuestros mapas y los de las demás personas, ya que nos brindan tanto la oportunidad de mirar el mundo desde otras perspectivas como de poder llegar a nuevas conclusiones e interpretaciones. Su realidad no es exactamente igual a la mía, ni la mía a la suya, pero ello no niega nuestros puntos de coincidencia, así como tampoco niega la posibilidad de que nuestras divergencias puedan ser complementarias y enriquecedoras. Psicología del conocimiento El conocimiento es una fuerza modeladora. Una de las fuerzas más poderosas que orientan nuestros actos es el conocimiento. La razón de ello es que el conocimiento no es simple información acerca de las cosas, un “algo” invisible que metemos, borramos, recuperamos, comprimimos, organizamos,

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reorganizamos...; es más bien como un mapa que contiene muchas indicaciones. Su fuerza, su poder y, por qué no, su magia, reside en que el conocimiento, además de contener información, contiene “instrucciones”, “reglas”, “pautas”, “normas”, “criterios”, “principios”, “patrones”, “modelos”, “medidas”, “imágenes”…; las cuales, explícita o implícitamente, se entretejen y vinculan en cada uno de nuestros pequeños y grandes actos de la vida. Desde la Antigüedad, los sabios conocían el poder orientador y, a la vez, modelador del conocimiento sobre nosotros. El Buda lo expresó en estos términos: “El Hombre es lo que piensa” y, desde luego, según sean nuestros pensamientos nuestra vida puede ser un infierno o placentera. Epicteto (1997) reconoció este mismo hecho y lo expresó en su “Arte de vivir” afirmando: “Lo que realmente nos atemoriza y desconsuela no son los acontecimientos en sí mismos, sino la forma como pensamos en ellos. No son las cosas las que nos perturban, sino la forma como interpretamos su importancia” (p. 23). Las palabras del Buda y de Epicteto nos invitan a reflexionar sobre la capacidad de influencia que tienen tanto nuestra forma de pensar como el conocimiento mismo en nuestras vidas. Ello nos advierte sobre la necesidad de ser críticos ante estos. No importa si los conocimientos que adquirimos están vinculados a las Matemáticas, la Psicología, la Astronomía, la Astrología, la Religión, la Política o la Economía; si los aceptamos sin más, acríticamente, nuestro cerebro los tomará y adoptará como ciertos y los utilizará en todas sus actividades como instrucciones que siempre de algún modo estarán dándole forma a nuestras vidas. En principio, el conocimiento debe sernos útil como instrumento o medio para conocer el Universo y para conocernos. Por esta razón, no sólo es necesario saber qué es el conocimiento, sino además, saber cómo elaboramos el conocimiento, qué hacemos con él, cómo nos afecta y cuál es el significado que le atribuimos en nuestras vidas. De otro modo, a pesar de todos los libros que hayamos podido leer y memorizar, no seremos más que individuos extraviados en la neblina de millones y millones de pequeñas letras pululando en nuestras mentes. Nos identificamos con los conocimientos Seguramente podrá recordar muchas ocasiones en las cuales usted ha defendido a capa y espada sus ideas, al extremo de enojarse y llegar a romper una amistad convencido de que usted tenía la verdad en sus manos. Entre los científicos también observamos con frecuencia agrias discusiones sobre cuál es la única teoría verdadera. Ello se debe en buena medida a que los seres Humanos, sin advertirlo, tenemos la tendencia a convertir los conocimientos en

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un aspecto íntimo de nosotros mismos, llegamos, incluso, a convertirlos inconscientemente en lo que creemos que somos. Generalmente nos identificamos con ciertos conocimientos, los convertimos en una parte indivisible de nosotros y hablamos de ellos sin darnos cuenta de que estamos hablando de nuestras propias creaciones e invenciones sobre lo que es la realidad. Para más, les damos mucha importancia porque a través de los conocimientos logramos darle un cierto orden y un sentido a nuestras vidas: “nuestro sentido o interpretación de cómo son o deberían ser las cosas”. De este modo, los conocimientos se hacen una unidad con nosotros, pasan a formar parte de nuestros egos o imágenes personales, se convierten en un aspecto indisoluble de nuestras personalidades y, no pocas veces, para nosotros suelen volverse más reales que la realidad misma. Por lo regular, nos convencemos de que la realidad es como la hemos razonado y que no puede ser de otra forma. Nadie defiende una teoría científica o una creencia cualquiera sea esta si no cree en ella, si no la hecho suya y está convencido de que es verdadera. El conocimiento nos da la sensación de certidumbre y seguridad Muchas veces, tanto el común de las personas como los científicos, defienden con vigor sus ideas porque ellas les proporcionan un cierto grado de certidumbre acerca de las cosas, y la certidumbre, a su vez, les provee de una cierta seguridad psicológica y confianza en sí mismos. Como explicaciones, además, los conocimientos dan la sensación de poder, control y capacidad para manipular el mundo. Para la mayoría de nosotros seres Humanos, los conocimientos se han convertido en un aspecto vital de nuestro equilibrio psicológico. De hecho, dedicamos tanto tiempo a su adquisición y elaboración que podríamos decir que nos hemos vuelto adictos a ellos. El grave problema es qué fuentes de conocimientos son más accesibles, a qué fuentes de conocimiento y a qué tipo de conocimientos nos hemos vuelto adictos. Supuestamente nos hallamos en la era de la información y los conocimientos, de la libertad de pensamiento, la libertad de información y el libre acceso a la información y a los conocimientos. Eso dice la propaganda, pero no es así. La omnipresencia de los medios de información de masas se auto-censuran y modelan nuestra realidad. En manos de los grandes consorcios y corporaciones como los fabricantes de armas, la industria de los fármacos, alimentos chatarra…; se dan el lujo de que los medios elaboren realidades a conveniencia y modelen la opinión pública (Ignacio Ramonet, 2001; Del Grosso, 2004). Usted no compra los libros que existen y usted quiere, usted compra los libros que deciden importar las editoriales e importadoras de libros. Los seres Humanos tenemos la tendencia a elaborar explicaciones para casi cualquier cosa y cuando nos encontramos ante algo que nos parece inexplicable, solemos sentirnos perturbados, confusos e impotentes. En particular, nos producen mucho dolor aquellas situaciones que no sabemos

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explicar porque de alguna manera creemos y tenemos la sensación de que nos hallamos a la deriva ante ellas. El anuncio inesperado de haber sido despedidos o el aumento de la inflación nos producen mucho sufrimiento y la sensación de desamparo, de no saber qué hacer. Es entonces cuando, para suplir nuestra ignorancia, inventamos explicaciones lógicas y plausibles, cuyo objetivo es poder calmarnos temporalmente. Queremos saber el motivo, la razón, el por qué algo tenía que suceder de cierto modo. El desconocimiento de las causas, la ignorancia, nos produce dolor, una sensación de impotencia, nos da miedo, nos pone en contacto con una realidad que con frecuencia nos negamos a aceptar: “el hecho de que este Universo en el cual vivimos es como es, y que entre las pocas cosas sobre las cuales podemos estar seguros, está el hecho de que formamos parte indisoluble de la incertidumbre del continuo fluir y transformación del Universo”. Por otra parte, no nos aferramos tanto a las teorías, hipótesis, ideas, creencias..., porque en esencia sean “verdaderas”, sino porque consideramos que tienen que ser verdaderas: “tienen que ser así”, algo que nos pasa con excesiva frecuencia respecto a las ideas religiosas y políticas. No pueden ser distintas, no podemos estar equivocados porque en el fondo sentimos miedo de que las cosas puedan ser diferentes. Con frecuencia, saber que nos hemos equivocado nos desilusiona, nos da la impresión de que el mundo se nos ha derrumbado, y entonces sentimos que hemos sido tontos, que hemos perdido nuestro tiempo... En el fondo no nos importa tanto el grado de veracidad intrínseca de nuestros conocimientos como la seguridad psicológica que nos proporcionan. Los conocimientos parecen darnos cierta tranquilidad En nuestra cultura los conocimientos se han transformado en una forma de acallar nuestra angustia existencial y evadir una realidad consistente en que la mayor parte de las cosas son un enigma para nosotros, de darnos una falsa seguridad psicológica ante el aparente desorden del Universo, su vacío, nuestra incertidumbre y, al mismo hecho de que podemos dar a nuestras vidas un gran número de posibilidades. Más aún, los conocimientos se han transformado en una forma de acallar la angustia generada por los manejos “psicóticos” de la vida política, económica, religiosa y militar para controlar nuestra voluntad y a través de ellos salvar las apariencias de que todo está bien, de que siempre se actúa sobre la base de la libertad, la justicia y la democracia. Aunque los conocimientos nos impresionan como un medio eficaz de obtener paz y seguridad, lo anterior nos indica que son usados y manipulados como armas eficaces para mantener ideologías y dogmas en beneficio de unos pocos. Aunque ninguna explicación o razón puede cambiar o modificar las circunstancias antecedentes o presentes, y aunque ninguna de ellas tenga nada que ver con los hechos, en nuestra imaginación, ellas nos brindan, al menos temporalmente, cierta calma.

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Particularmente, no cultivamos los conocimientos psicológicos con la idea de conocernos, tener mejores relaciones, ser más cultos o ayudar a los demás. Por lo regular, nuestra intención es buscar explicaciones sobre por qué nos comportamos de cierto modo para justificarnos y, muchas veces, para rotular al otro y valorarlo. Con frecuencia también lo hacemos para saber si el otro está loco o para convencernos de que estamos sanos; a veces, para saber qué debemos corregir, para desarrollar ciertas habilidades, para hallar fórmulas, para controlar y manipular a los demás. Parece que hasta que el agua no nos llega al cuello no se nos ocurre asomarnos a nuestro interior para poder saber quiénes somos y así poder ser los timoneles de ese magnífico navío que constituye nuestras vidas. En general de forma positiva, podemos usar los conocimientos psicológicos para poder hacernos dueños de nuestras vidas y para fines nobles como el ayudar a los demás a convertirse en seres autónomos, felices y autorrealizados. Nuestra dificultad de modificar y cambiar nuestros conocimientos El cerebro tiene la tendencia a operar en una dirección particular, y esa dirección es la indicada tanto por nuestros conocimientos acumulados como por nuestra manera de pensar, es decir, por las reglas de pensamiento que utilizamos. Ello nos suele llevar a la formación de rutinas y hábitos difíciles de modificar, pues, por una parte, no estamos dispuestos a abandonar la seguridad emocional del puerto donde nos hallamos y, por otra, porque nuestra manera selectiva de pensar y de percibir, por decirlo así, nos llevan a acumular algunas pruebas favorables a nuestra creencia de que el mundo “es así” y no de otra manera. Más aún, la certidumbre de que el mundo es de la manera que afirmamos que es, la seguridad de que “es así”, también deriva del hecho de que al actuar sobre la base de los conocimientos adquiridos, observamos que estos nos conducen con cierta frecuencia al logro de aquello que nos hemos propuesto, y ello, a pesar de que los mismos puedan ser parcial o totalmente falsos. En el caso particular de los científicos, también ellos tienen enormes dificultades de abandonar las viejas ideas para asumir otras nuevas y congruentes con la evolución de los hallazgos científicos. Normalmente, los científicos prefieren la familiaridad y comodidad de las viejas ideas, y ven como una amenaza para su propio equilibrio psicológico y prestigio personal la presencia de ideas que puedan poner en duda cuanto han venido haciendo hasta el momento. A no ser, claro, que las ideas que sigan sean tan desastrosas que no los conduzcan a ninguna parte o, a menos, que prevean grandes compensaciones. Como asevera David Bohm (1988) en los científicos, la tendencia a aferrarse a las viejas ideas se intensifica por el hecho de que la estructura tácita de las ideas “está inseparablemente entretejida con toda la red de la ciencia y con sus instituciones de las que depende la seguridad profesional de todo

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científico. El resultado es que hay siempre una fuerte presión contra cualquier investigador que amenace con «estrellar el barco»” (p. 33).

El conocimiento como producto de la actividad individual y colectiva Los conocimientos actuales de la humanidad no son una simple acumulación de datos e información. Ellos tienen una forma, un orden, una organización, que es el resultado de la experiencia y el pensamiento individual y colectivo de los millones de hombres y mujeres que han vivido a través de los tiempos en diferentes culturas. Individualmente, de entre todas las posibles impresiones sensibles que nos ofrece el Universo, sólo advertimos conscientemente aquellas que son vitales para nuestra supervivencia, aquellas que despiertan nuestro interés y todas aquellas que contengan conceptos que las acojan. Una vez que hemos centrado nuestra atención sobre las impresiones sensibles seleccionadas, éstas se ven modificadas inmediatamente, por una parte, debido al funcionamiento natural de la corteza de los hemisferios cerebrales izquierdo y derecho, por otra parte, debido a las instrucciones conscientes e inconscientes que previamente hemos dado a nuestro cerebro sobre qué hacer y cómo elaborar la información y, por otra parte, debido al nivel de concentración mantenido durante todo el proceso de conocer. Al prestar atención sobre algo, lo hacemos selectivamente y con diversos grados de concentración. Ello significa que entre las impresiones sensoriales, algunas son captadas con mayor claridad y precisión que otras y que dejamos de lado muchas otras. Una vez que las impresiones sensoriales llegan al cerebro, éstas son procesadas sobre la base de las respectivas especializaciones de la corteza cerebral izquierda y derecha, de forma simultánea, interactiva y complementaria, hasta convertir la información en un todo significativo. Según el modelo teórico que maneja actualmente la ciencia, la corteza del hemisferio cerebral izquierdo, primero, descompone la información en fragmentos. Luego elabora los datos desde una perspectiva única, y siguiendo secuencias lineales, los convierte en representaciones lógicas y semánticas con ayuda del lenguaje digital, es decir, mediante signos, palabras y números. Mientras tanto, simultáneamente, la corteza del hemisferio cerebral derecho toma la información en forma global, la elabora desde distintas perspectivas, dándole muchas formas, y las convierte en imágenes que solemos representar mediante dibujos, metáforas y cualidades. La corteza del hemisferio cerebral izquierdo nos proporciona una visión, tanto de algunos detalles del mundo como de algunas de sus relaciones, y sobre esta base, inmediatamente, construye teorías y explicaciones (Gazzaniga, 1985). En tanto que, por su parte, la corteza del hemisferio cerebral derecho nos permite una visión global de las situaciones y objetos desde todas las perspectivas posibles, manteniendo, para expresarlo de algún modo, una actitud contemplativa (Del Grosso, 1988).

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En realidad, el cerebro no determina si algo es cierto o falso, real o irreal, objetivo o subjetivo, relevante o irrelevante. Somos nosotros quienes le proporcionamos al cerebro las instrucciones de clasificación, valor y manejo de la información, y dichas instrucciones dependen tanto de la experiencia individual como de la influencia cultural y el objetivo que tengamos en mente. Si damos al cerebro información falsa como si fuera cierta, él la procesará como verdadera y no como falsa. Las instrucciones que damos al cerebro para elaborar la información derivan de la combinación tanto de factores culturales como de factores individuales. Aunque cabría suponer que el resultado final de la elaboración de las impresiones sensoriales es un resultado equilibrado entre la actividad funcional de la corteza del hemisferio cerebral izquierdo y derecho, ello no es así, ya que cada persona, por diferentes razones, desarrolla más la capacidad de elaborar la información de una manera que de otra. Así, podemos encontrar personas que piensan preferentemente mediante imágenes visuales globales, mientras otras prefieren hacerlo de forma analítica, utilizando palabras, números o signos. La tendencia a pensar y elaborar la información de un modo u de otro, depende, entre otros factores, de la influencia cultural y de la propia experiencia personal. En Occidente preferimos pensar de forma analítica, valiéndonos de palabras precisas, delimitadoras, clasificadoras. En Oriente, culturalmente, la tendencia es a pensar en términos globales, empleando ideogramas y símbolos que proporcionen imágenes amplias de lo que se desea pensar y expresar. Estas tendencias, desde luego, se combinan con las experiencias particulares de cada uno, de su necesidad de aprobación y aceptación, del dominio de su idioma, de los resultados logrados a través de una u otra forma de pensar, de su capacidad de concentración... Las descripciones anteriores nos proporcionan un breve bosquejo de la manera en que cada individuo procesa la información. Sin embargo, para que la humanidad llegara a desarrollar los conocimientos que ha alcanzado en estos momentos, ha sido necesario el concurso colectivo de muchos individuos en el devenir de los siglos. Ningún individuo aislado, por sí mismo, hubiera podido llegar al producto tan refinado de nuestros conocimientos actuales. Ha sido mediante el intercambio social de las impresiones finales de cada individualidad a través de los tiempos, lo que nos ha permitido llegar al conocimiento actual. Un conocimiento que no puede ser más que consensual, y que seguirá evolucionando como lo ha venido haciendo hasta ahora. Resumiendo, el conocimiento es el resultado de un proceso complejo, derivado de la constante actividad individual y colectiva de la humanidad, a través de los siglos. Como tal, es el producto cambiante de la compleja red de relaciones entre innumerables factores de cuyas combinaciones pueden surgir innumerables mapas de la realidad. Mapas imperfectos que pueden poseer diversos grados de precisión, veracidad y fidelidad respecto a la realidad. Algunas características de los conocimientos

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1. La primera característica de los conocimientos es que no son objetos concretos, sino abstracciones. 2. El acto de conocer y su producto, son inseparables. Por ende, podemos entender el conocimiento de dos maneras: la primera, vinculada a la actividad mental individual y colectiva del ser Humano; y la segunda, como producto de esa actividad que puede ser resumida como una representación organizada o mapa de nuestra actividad cognoscitiva. 3. Los conocimientos conforman un conjunto de actividades complejas, imposibles de ser reducidos a nociones como la información, las teorías, las descripciones, las percepciones o a la actividad cerebral, y a nuestras relaciones con los demás. No hay conocimiento sin seres Humanos en relación que usen sus capacidades cognitivas. Los conocimientos sólo pueden desarrollarse en el contexto de una cultura con un cierto grado de desarrollo de su lenguaje, con un cierto cúmulo de conocimientos y con ciertos criterios de veracidad (Morin, 1989b). 4. Los conocimientos sobre algo pueden variar en cuanto a su precisión, en cuanto a su profundidad y en cuanto a su veracidad, lo cual está muy vinculado, tanto a la naturaleza y complejidad del objeto como a las limitaciones, habilidades, necesidades, objetivos e intereses de quien conoce. Mientras más concreto y sencillo un objeto, más fácil de conocer, en tanto que mientras más complejo y abstracto sea este, mayores son las dificultades para conocerlo, como nos ocurre al tratar de abordar y conocer la mente consciente, la personalidad, las motivaciones, la inteligencia o las emociones. Más aún, nuestras limitaciones, habilidades para conocer, necesidades, intereses y objetivos, alteran el grado de profundidad y de veracidad del conocimiento porque ello conduce a un modo de conocer que fragmenta y es selectivo, alejándonos así de la posibilidad de conocer el conocimiento, conocernos a nosotros mismos y al mundo. 5. Podemos clasificar los conocimientos según ellos estén dirigidos a establecer la esencia de las cosas: ¿qué son las cosas?; o a describir sus apariencias: ¿Cuáles son sus rasgos externos esenciales? ¿Cómo funcionan? 6. Los conocimientos obedecen a la forma de obtener y procesar las sensaciones que el Universo nos proporciona de sí mismo en términos de nuestras limitaciones sensoriales y nuestra capacidad de elaborarlas. Cada manera específica de percibir y pensar conlleva a una representación, un orden, una organización y una perspectiva diferente del Universo, que influye sobre nuestras relaciones con nosotros mismos, con nuestros congéneres y con el ambiente. 7. Cada manera de captar las sensaciones y de elaborarlas como conocimientos está vinculada a un tipo de lógica y lenguaje específicos. Según la lógica y el

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lenguaje empleados, el mundo nos puede proporcionar la impresión de que este es una unidad o un sin fin de dualidades y fragmentos y, por ende, de teorías verdaderas o falsas, compatibles o incompatibles entre sí… 8. Los conocimientos nos proporcionan la base que nos permite desarrollar una concepción o teoría acerca de nosotros mismos y del mundo. Nos proporciona también un medio para racionalizar y justificar nuestra forma de percibir, pensar y actuar, sobre la cual orientamos y apoyamos nuestras decisiones y acciones. El conocimiento no es algo que está almacenado en nuestra memoria, esperando pasiva y pacientemente a que nosotros hagamos uso de él. Los conocimientos son tremendamente activos, y si no tenemos consciencia de ellos, es fácil que seamos moldeados tanto por sus contenidos como por sus aspectos conativos, es decir, por las normas tácitas de conducta implícitas en ellos. En este sentido, el conocimiento puede convertir nuestras acciones en automatismos, pues al hacerse presente en el cerebro de manera consciente o inconsciente una idea cualquiera, esta se convierte en instrucciones que son seguidas sin crítica alguna. 9. En algún momento de nuestras vidas, debido a la manera automática como los usamos, los conocimientos terminan por convencernos de que son la realidad misma, pero “no hay que confundir el mapa con la realidad”. Los conocimientos de tipo ordinario o de sentido común Cuando pensamos en el conocimiento ordinario o de sentido común, se podría llegar a creer que se trata de un bazar turco de ideas desorganizadas y con escaso valor, sobre todo si lo comparamos con el conocimiento científico al que tanto se ha idealizado como conocimiento sistematizado. Yo soy partidario de pensar que tanto el conocimiento científico como el ordinario comparten los mismos rasgos, sólo que lo hacen en diversos grados, es decir, que no podemos verlos como opuestos o antagónicos. Hace veinte años comencé a trabajar sobre las posibles diferencias entre ambos y confieso que durante mucho tiempo traté de verlos como dos cosas totalmente distintas, sólo para darme cuenta de que las diferencias entre ambos son mayormente sutiles y una cuestión de grados. En ambos tipos de conocimiento siempre están presentes nociones, conceptos, ideas, información... No dejan de participar la percepción, la representación, el reconocimiento, la conceptualización, los objetivos, los intereses, las expectativas, el juicio, el razonamiento, la lógica, la observación, la experiencia, el lenguaje, la cultura, las explicaciones, el análisis, la síntesis, la inducción y la deducción, lo verificado y lo no verificado, las hipótesis, las suposiciones, la consciencia, la mente, las estrategias cognoscitivas, el problema de la verdad, la intuición, las emociones, la rutina, el descuido, las actitudes... Le invito, entonces, a considerar esta clasificación del conocimiento con apertura y de modo constructivo, más que como base para tomar partido por alguno de los dos tipos de conocimiento.

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El conocimiento ordinario o de sentido común, es denominado así porque es de esperar que cualquier persona lo posea: “el fuego puede dar calor o quemar”, “el miedo puede anular las capacidades de una persona”. Sus contenidos se han ido desarrollando a lo largo de la vida y experiencia histórico-social del Hombre y abarca desde ideas muy precisas —”¿cómo hilar y tejer?”—, hasta ideas ambiguas —”el tiempo es la clave del éxito”—. Desde conocimientos técnicos y científicos —”explicaciones sobre los efectos de ciertos medicamentos, manejo de cálculos matemáticos básicos”— hasta supersticiones —”el zumbido en los oídos puede ser presagio de cosas muy malas si no se recita el alfabeto rápidamente; las píldoras y las cápsulas deben llevar ciertos colores”—. Desde ideas muy abstractas, como las vinculadas a Dios, la vida y la muerte, hasta ideas concretas de tipo práctico como la manera de pegar mejor un piso de madera. Las situaciones de la vida cotidiana exigen tener alguna idea o concepción más o menos sistematizada de la realidad a fin de orientarnos en ella: “cómo se hacen las cosas”; tomar decisiones y actuar así con cierta seguridad y efectividad. Por ello, el conocimiento de sentido común abarca los temas más variados de la naturaleza y de la vida material y espiritual del Hombre y, además de expresar una filosofía y un estilo de vida de vida, también es un conocimiento práctico. De no ser así, desconoceríamos cómo cuidarnos a nosotros mismos, cómo comportarnos en nuestras relaciones con los demás, cómo desarrollar y mantener relaciones interpersonales más o menos satisfactorias. Tampoco podríamos prever las consecuencias inmediatas y posteriores de muchos de nuestros actos; o prever el advenimiento y las consecuencias de los fenómenos naturales. En forma simplificada, podemos concebir el conocimiento ordinario como un cuerpo muy amplio y complejo de saberes, teorías, hipótesis, ideas, creencias, nociones..., ordenado y sistematizado según el consenso cultural, el cual es producto de la observación, la experiencia, una cierta manera de pensar, la reflexión y la imaginación de los miembros de cada cultura a través de los tiempos. Aunque el conocimiento de sentido común posee una cierta organización, un ordenamiento y coherencia muy acorde con la idiosincrasia y la manera cultural del pensamiento colectivo, este tiende a ser menos riguroso que el conocimiento científico en el sentido de que, con frecuencia, las personas no evalúan los criterios sobre cómo se conoce y cómo se organiza la información. Tal vez ello se debe a su efectividad y practicidad, al mismo hecho de que normalmente es transmitido de forma oral; y al hecho de que todo conocimiento adquirido tiende a formar parte integral de nosotros y lo sentimos como verdades obvias que no necesitan mayor reflexión y contrastación. Como afirma Wartofsky (1973), el que el conocimiento ordinario esté integrado por un conjunto de verdades familiares y ubicuas, poco articuladas entre sí con miras a la reflexión crítica, se debe a lo arraigados que se hallan en nuestro pensamiento, lenguaje y conducta, dándonos la impresión de que son verdades obvias.

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Cuando una persona piensa que la unión de su familia depende de la buena comunicación entre sus miembros, por lo regular, carece de criterios o no tiene claro en qué consiste verdaderamente la comunicación. De allí que muchas personas consideren que comunicarse es contarse todo, sin importar mucho la manera de hacerlo, sin tener en cuenta la situación, los contenidos, a quién los comunica y cómo podría afectar al otro “el saberlo todo”. En una familia, la madre puede creer que la verdadera comunicación con sus hijos es contarles todos sus problemas conyugales, sin darse cuenta de que en realidad no se está comunicando, sino que más bien podría estar desahogándose, haciendo catarsis, tratando de ganar apoyo en contra de su pareja… La madre antes citada pudo haber hecho suya la creencia de que “contarse todo mantiene unida la familia” a partir de experiencias relatadas por familiares, de alguna lectura o de una experiencia casual y, a partir de allí, haber generalizado. Ahora bien, esto no significa que las personas por el sólo hecho de que hayan leído algo, se lo hayan contado o hayan tenido una experiencia significativa, adopten de una vez y para siempre un determinado conocimiento. Las personas suelen someter a prueba el conocimiento ordinario, pero lo característico es que lo hagan en algunas ocasiones, sin ninguna o escasa planificación, y que sus observaciones sean selectivas, esto es, que sólo presten atención a aquellos hechos que tienden a “comprobar” sus creencias y expectativas. Con frecuencia, cuando las personas tratan de verificar la validez de sus ideas, lo hacen sobre la creencia de que sólo uno o dos factores son determinantes de las situaciones, no consideran aquellos factores que son realmente relevantes y no toman en cuenta el contexto global de las situaciones que utilizan para tratar de verificar la validez de sus creencias. Así, es frecuente que los docentes crean que la indisciplina en el aula de clase se debe en gran parte a que los niños no han sido bien educados en sus casas, y no tienen en cuenta su manera de relacionarse con los niños ante situaciones específicas. Cuando las personas creen haber confirmado suficientemente la veracidad de sus ideas y creencias, es frecuente que las conviertan en verdades indudables e inmutables a través del tiempo, razón por la cual, ni vuelven a someterlas a prueba, ni se les ocurre que pueda haber otros factores que pudieran influir en el grado de veracidad de sus creencias actuales. Quien suele actuar así puede tomar cualquier observación sobre sus creencias como una ofensa personal o como insensatez. Ello suele hacerlas resistentes a cambiar sus ideas y conductas, máxime cuando la persona tiene la impresión de que ello puede amenazar su seguridad psicológica: “¿por qué no habría de contarle a mis hijos los problemas íntimos que tengo con mi marido? ¿Qué tiene de malo? ¿No es mejor que estén enterados de todo?”. El conocimiento ordinario se ha formado lenta y cuidadosamente durante miles de años. Su formación ha implicado la selección y condensación de los millones de experiencias y aprendizajes de los miembros de la cultura a lo largo del tiempo. También ha implicado una combinación de observación casual o espontánea y observación cuidadosa, planificada y con objetivos precisos. En ocasiones, dichos conocimientos son sometidos a prueba mediante

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la experimentación no rigurosa, pero no suele ser la norma y, cuando se hace, las personas, sin saberlo, pueden emplear métodos de poca precisión en comparación a los utilizados en muchos casos por los científicos. Del largo y lento proceso de aprendizaje y formulación de conocimientos, el Hombre ha logrado grandes progresos que han servido en ciertos momentos como punto de partida a los conocimientos científicos. Así, el Hombre desde sus primeros tiempos como agricultor, ha mantenido el conocimiento de sembrar en el momento en que la Luna está en la fase de cuarto creciente. Ello porque ha observado que la semilla se pudre o los frutos son efímeros cuando siembra en algunas de las fases distintas a esta. Parte del conocimiento ordinario, mientras sigue su proceso de elaboración, es adquirido desde la perspectiva del momento histórico que vive cada sociedad, así como del nivel de desarrollo y manejo de su lenguaje, de sus experiencias de conjunto, suposiciones, intereses, valores, creencias, temores, expectativas..., lo cual, a veces, suele conferirle bastante rigidez y, no pocas veces, escasa validez y confiabilidad. Para elaborar, desarrollar, reflexionar, ordenar y estructurar de forma más o menos sistemática el conocimiento ordinario, el Hombre ha recurrido al sentido común, a la lógica cotidiana y al ensayo y error, empleando esencialmente su capacidad reflexiva e imaginación, desarrollando y utilizado, además, un sistema de fonemas, símbolos, signos y conceptos que se refieren a distintas clases de objetos y situaciones que expresan diferentes formas de concebir el mundo o partes de él. El conocimiento ordinario, además de su vasta variedad de contenidos, también contiene muchas normas, pues incluye una serie de reglas de comportamiento. Una porción de las reglas, particularmente las que regulan la conducta social informal, no posee otros fundamentos que el de las convenciones, y son expresadas en forma de generalizaciones. No indican cuándo o cómo usarlas de manera precisa, pero se mantienen y son utilizadas durante cierto tiempo porque suelen facilitar las relaciones, ayudan, tanto a enfrentar una gran diversidad de situaciones, como a resolver ciertos problemas. En la vida social de relación es frecuente que el modo de emplear las normas contenidas en el conocimiento ordinario quede a discreción de la persona que lo utiliza, lo cual suele ser ventajoso para ella y para los demás, pues confiere flexibilidad al comportamiento. Una norma informal que observamos en casi todas partes del mundo es la de ponerse en fila ante los cajeros de los bancos, norma que regularmente es utilizada de manera flexible, pues contiene al mismo tiempo excepciones como darle preferencia a las mujeres embarazadas, a personas con algún impedimento físico... En casos como ese, el cajero, o quien se encargue de hacer cumplir la norma, evalúa cada situación particular y toma una decisión. Por lo general, no son muy claros los límites acerca de cuando sí o cuando no hacer cumplir la norma ni de qué manera, pero se confía en el buen juicio de quien debe tomar las decisiones al respecto. Hay reglas, resultado de la experiencia social, que las personas convierten en una suerte de leyes que deben seguirse sin discusión, ya que están convencidas

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de que son verdades incuestionables. Muchas personas, por ejemplo, tienen la tendencia a seguir y a transmitir reglas sin saber el por qué de estas ni cuándo deben ser aplicadas, de manera que se limitan a seguir las reglas aprendidas de forma indiscriminada. Es por ello que al internalizar en distintas oportunidades diversas máximas que son contradictorias y se refieren a situaciones semejantes, estas se convierten en paradojas que nos paralizan. Un día, nuestro padre nos dice: “no confíes en nadie. Ni siquiera en Dios”, y en otro momento, nos alienta a confiar en él: “confía en mí. Puedes contármelo todo como a un amigo”. Desde luego, cuando el conocimiento ordinario es objeto de reflexión y crítica adquiere un alto valor y puede ser utilizado de forma discriminada y según las circunstancias. Normalmente, el conocimiento ordinario es eficaz y suele sostener su validez y confiabilidad cuando se mantienen constantes las condiciones en que previamente han sido exitosas, sobre todo en situaciones no sociales, como lo pueden ser la manera de conservar los alimentos, de sembrar, de curtir pieles, prever ante la inminencia de las lluvias, arreglar algo, curar las enfermedades del ganado..., pero suele caducar, carecer de valor adaptativo y perder su validez, confiabilidad y eficacia en las situaciones psicológicas individuales y sociales, en particular, debido a que la cultura, los seres Humanos y el medio ambiente, evolucionamos más rápidamente que el conocimiento ordinario o de sentido común. Así, seguramente, la mayor parte de los conocimientos que usaron nuestros padres para educarnos ya han perdido su vigencia en la actualidad. Sobre la eficacia del conocimiento ordinario, cabe añadir que este también suele perder su poder porque las personas frecuentemente desconocen las razones de su éxito (Nagel, 1981). Parte del conocimiento ordinario contiene ideas supersticiosas como una forma de lograr cierto grado de seguridad psicológica, tal como se observa en algunas personas que dicen haber tenido suerte hasta ahora en esto y aquello, y para no espantarla, tocan madera, o lo que hacen algunos estudiantes, escribir todos los exámenes con el mismo lápiz porque este, supuestamente, le ha ayudado a obtener buenas notas. En estos casos, las personas transfieren su seguridad y capacidad de logro a algún objeto en vez de confiar en ellas mismas. Así como podemos conseguir ideas imprecisas, normas ambiguas o ideas supersticiosas entre los contenidos del conocimiento ordinario, también podemos hallar una gran sabiduría, la cual, generalmente está contenida en proverbios y dichos populares como el siguiente: “hay que hacer las cosas con esmero y amor para que salgan bien”, “hay que saber esperar el momento propicio para decir las cosas”. Algunos de los contenidos del conocimiento ordinario son deliberadamente distorsionados, dogmáticos, indiscutibles e incuestionables, como ocurre con las ideas políticas y religiosas. Sin embargo, según Wartofsky (1973) el conocimiento ordinario en muchos aspectos «no es tan invariable ni tan universal como para no cambiar según los entornos y períodos históricos. El sentido común de una generación resulta ser, a veces, el sin sentido de la generación siguiente» (p. 91). Hace apenas cuatro generaciones, las personas

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que se casaban creían que dicha condición debía ser mantenida hasta la muerte debido a convicciones religiosas, sin importar ni analizar sus consecuencias para el grupo familiar. Sólo debía cumplirse con dicha promesa adquirida en el momento de contraer matrimonio religioso. Hoy día, por el contrario, hay muchos quienes no piensan así y evalúan el divorcio como una decisión y una acción más positiva que el mantener un matrimonio conflictivo y nocivo para sus miembros por motivos religiosos. Los conocimientos científicos Entre nuestras tendencias está la de clasificar y comparar las cosas tal como estoy haciendo yo aquí con el conocimiento, tendencia a la cual debemos estar atentos, ya que las clasificaciones suelen conducirnos a valorar y a enjuiciar, para luego tomar partido e inclinarnos en alguna dirección. En nuestra situación particular, usted o yo fácilmente podríamos tomar partido por el conocimiento ordinario o por el conocimiento científico sin llegar a pensar que ambos son necesarios y tienen su momento propicio para ser utilizados. Traigo esto a colación porque hay quienes al adquirir conocimientos científicos desprecian el conocimiento ordinario y ven a quienes no lo han adquirido o no lo comparten con cierto desdén. Lo mismo hacen quienes toman partido por el conocimiento de sentido común: “¡Baah! El conocimiento científico es una sarta de complicaciones que enredan la vida”. Como producto acabado de la actividad cognoscitiva y en términos generales, los conocimientos científicos, en su globalidad, hacen referencia al mundo de los fenómenos (de los fantasmas como decían los griegos) o de las apariencias, es decir, de la conducta o de las manifestaciones externas de las cosas, el ¿cómo? Hoy día, la mayor parte de dichos conocimientos se refieren esencialmente a la physis o materia y están desligados de la Filosofía y de la Metafísica, lo cual le ha restado mucho a la ciencia en cuanto a su capacidad para reflexionar sobre sus contenidos, mermando, así mismo, su capacidad de renovación. Lo que le da el carácter y la cualidad de científico al conjunto de conocimientos así llamado, es la manera específica de obtenerlos y ordenarlos según los criterios y el consenso de la comunidad científica: “el método científico”; razón por la cual suele definírselo como el cuerpo de enunciados, proposiciones y postulados basados en el método científico. El conocimiento científico se refiere al conjunto de las representaciones, mapas o teorías particulares elaboradas a partir del método científico, los cuales, a decir verdad, como el conocimiento ordinario, suelen ser representaciones que poseen una coherencia interna en lo que respecta a los diversos mapas individuales, pero no necesariamente en cuanto al conjunto global de ellos. Así, si uno estudia una teoría psicológica cualquiera, como el conductismo, puede observar una perfecta coherencia interna entre sus presupuestos, pero si uno intenta vincularlo a otra teoría psicológica, como pudiera ser la Gestalt, a pesar de sus aciertos, uno no halla la manera de relacionarlas, de establecer puentes entre ambas teorías, ya que ambas fueron construidas con principios lógicos del tipo todo o nada. Así, mientras que el

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conductismo concibe que la conducta puede ser estudiada a partir de sus elementos aislados, los gestaltistas piensan que la conducta sólo puede ser estudiada de forma holística, ya que tienen por principio que el todo es más que la suma de las partes. Como todo conocimiento, el conocimiento científico es producto de la actividad humana individual y colectiva, es decir, depende de la manera natural como los seres Humanos percibimos los estímulos, la manera natural como trabaja la corteza cerebral del hemisferio izquierdo y derecho, las instrucciones que le damos al cerebro sobre cómo elaborar la información, así como la influencia del lenguaje, los valores sociales, las creencias, intereses y expectativas. Además, todo conocimiento en sí es auto-referencial, lo cual conduce a innumerables paradojas, sobre todo en el ámbito de las ciencias del Hombre (Von Foerster, 1990). Como cualquier otro conocimiento, también persigue el objetivo de alcanzar la seguridad psicológica y, desde luego, también física, ya que nos proveen de explicaciones y un cierto control y predictibilidad de los eventos. Es muy importante tener en cuenta y no olvidar que los conocimientos científicos son elaborados por seres Humanos y que ellos sólo existen y perviven en nosotros, ya que es muy frecuente que al despersonalizarlos a través de expresiones como la ciencia y el conocimiento científico, muchos científicos pretenden darle un matiz de objetividad absoluta del cual carecen. El conocimiento científico no se desarrolla en todo momento de forma gradual y acumulativa, a partir de un único método universal, es decir, de un solo método aplicable a cualquier objeto de estudio independientemente de su naturaleza. El conocimiento científico también se produce a saltos, de manera discontinua, a veces lentamente, a veces de forma muy rápida. A veces se retoman viejas ideas, en ocasiones se rechazan ideas que se tenían por ciertas, en otras se reorganizan los conocimientos... y, en cuanto al método, en realidad no hay tal cosa como un método universal de investigación el cual debe ser seguido linealmente paso a paso. Lo usual y lo correcto es que los investigadores desarrollen métodos cónsonos con la naturaleza de los objetos que estudian. Así, mientras es correcto utilizar el método experimental para indagar sobre el comportamiento de un metal ante el oxígeno, no lo es para conocer la opinión de las personas respecto a algo. Si los conocimientos científicos fueran el producto de una actividad lineal y acumulativa, la ciencia habría avanzado muy poco, ya que de ese modo el pensamiento pierde su capacidad imaginativa y creativa, limitándose a seguir rutinas que dificultan la posibilidad de percibir y pensar las cosas desde otras perspectivas. Como señaló Einstein: “Uno debe permitir al teórico su imaginación, pues no hay otra forma posible de alcanzar el objetivo. En cualquier caso, no es una imaginación sin propósito sino una búsqueda de las posibilidades lógicamente más simples y sus consecuencias” (cit. por Holton, p. 262).

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El conocimiento científico puede originarse a partir del conocimiento ordinario, la observación casual, el conocimiento científico existente, la intuición, la imaginación, la formulación de una pregunta o un interrogante de investigación, la experiencia frecuente con determinados aspectos de un objeto hasta que este llega a aclararse o comprenderse correctamente (Feyerabend, 1981) o una combinación de ellos. A partir de estas fuentes o sus combinaciones, los investigadores suelen seguir procedimientos inductivos, deductivos o inferencial-matemáticos, en la búsqueda de datos confiables. La evolución del conocimiento científico es, además, sensible a… y producto de ciertas condiciones favorables para su desarrollo como pueden ser las que brindan el grado de avance de la tecnología de los instrumentos científicos y los principios cognoscitivos compartidos por la comunidad científica. La explicación de las enfermedades producidas por los virus y las bacterias no fue posible hasta la invención del microscopio, el cual permitió percibir a estos seres, saber sobre su comportamiento en nuestro organismo y su asociación con ciertas enfermedades, y convencer así a la comunidad científica sobre su existencia. El conocimiento científico se encuentra enmarcado por las necesidades e ideas de una época y de una sociedad (Sabino, 1984). Así, el conocimiento científico relacionado con la medicina ha estado asociado a lo largo de la historia de la Humanidad con la necesidad de prevenir y curar eficazmente las enfermedades, pero el modo de concebir la enfermedad, curarla y prevenirla, ha estado asociado, entre otros aspectos, a la vida político-social-religiosa, al sentido de la vida, al concepto del Hombre y su naturaleza, a la visión científica de la realidad, al desarrollo de ciencias afines y a la estructura mental de cada época, su cultura, su economía, su visión política y religiosa. Es por ello que a lo largo de la historia de la Humanidad hallamos diferentes modos de considerar la salud, la enfermedad y la manera de sanar. Desde la Antigüedad hasta la Edad Media se pensó que la enfermedad era un castigo de Dios o de los dioses o que era el producto de un exceso o déficit de los “humores” corporales, a lo que se sumaba el hecho de no estimar la vida terrenal. En el Renacimiento es cuando la enfermedad se reconoce esencialmente como un mal físico que debe erradicarse para prolongar la vida en la tierra, y es el momento en el cual la vida empieza a ser valorada y estimada con mayor intensidad (Hayward, 1956; Laín, 1978). Finalmente, no ha sido sino hasta fecha reciente que los médicos han venido considerando que la mayoría de las enfermedades tienen un trasfondo psicológico. El conocimiento científico no es objetivo, sólo tiende a serlo, pues como comenté antes, todo conocimiento es una representación o mapa de la realidad elaborado por seres Humanos, y como tal depende, entre otros aspectos, de la capacidad de nuestros sensoreceptores para percibir los estímulos, las instrucciones que damos al cerebro para procesar la información, los intereses particulares, expectativas propias..., algo a lo cual no escapa ningún científico. Además, como ha señalado Morin (1989):

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«Todo conocimiento, incluso el más físico, sufre una determinación sociológica. En toda ciencia, incluso en la más física, hay una dimensión antropo-social. De golpe, la realidad antropo-social se proyecta e inscribe en el corazón de la ciencia física. Pero es evidente que permanece aislada, rodeada de un cordón sanitario. Ninguna ciencia ha querido conocer la categoría más objetiva del conocimiento: la del que conoce. Ninguna ciencia ha querido conocer su origen cultural. Ninguna ciencia ha querido reconocer su naturaleza humana» (p. 14). Debemos reconocer, entonces, y tener siempre presente que el conocimiento es un fenómeno antropo-social y que quienes dedican sus vidas a la obtención de conocimientos científicos no pueden desligarse totalmente, entre otras cosas, del conocimiento ordinario ni de la forma de pensar como fueron educados y se formaron durante sus respectivas carreras como investigadores. Tampoco se puede hacer a un lado la euforia y la sensación de poder y seguridad que brinda el conocimiento, amén de que los científicos saben que ponen en juego su prestigio, aceptación y reconocimiento ante la comunidad científica, y menos aún, pueden evitar que sus instrumentos introduzcan algunos errores y distorsiones. Por mucha publicidad que se haga sobre la actitud objetiva de los investigadores, es realmente difícil que los científicos logren abstraerse completamente de las influencias religiosas, políticas, militares y económicas del momento histórico-social que viven. Serían máquinas insensibles si lo hicieran. Sin embargo, y no obstante lo anterior, debemos reconocer los esfuerzos de muchos investigadores por hacer más veraces y confiables los conocimientos científicos, porque entre otras cosas, una vez que han tomado consciencia y considerado los factores que podrían hacerlos dudosos o poco confiables, someten estos a una crítica rigurosa e intentan corregir los errores y encontrar la manera de que reflejen lo mejor posible la realidad del Universo. Proceso, este último, al que se le conoce como intersubjetividad. Así, los principios cognoscitivos que un terapeuta de familia comparte en un cierto momento de su vida acerca de la influencia de la comunicación en las relaciones familiares, los ha adquirido a través de sus propias experiencias familiares de origen y actual; de su formación profesional, en la cual han influido sus propias creencias, la cultura en la cual ha vivido, los libros y revistas científicas que ha estudiado, los profesores que le enseñaron, las conversaciones con sus colegas, el enfoque o enfoques que aprendió, la manera que lo adoptó según su personalidad, la práctica sistemática de su profesión y, en algunos casos, cuanto aprende del saber escuchar a sus pacientes. Si se trata de un buen terapeuta e investigador, por lo regular, no aceptará a priori todo lo que le digan sus sentidos, sus creencias, su cultura, la literatura científica, los profesores, sus colegas y las familias, sino que en lo posible contrastará sus conocimientos con la realidad que le ofrece cada una de las familias consultantes.

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Así, el terapeuta familiar, ante una proposición como: “la unión de la familia depende de la buena comunicación de sus miembros”, adoptará una posición crítica ante los conocimientos adquiridos y los contrastará sistemáticamente con cada caso que trate, sin excluir ninguno o tratar de que el comportamiento de las familias encaje con su enfoque. Al hacerlo de este modo, lo más probable es que reformule la proposición de la cual partió, que defina a través de conductas observables qué significa buena comunicación y unión, que especifique cuál tipo de comunicación la genera o no, y los posibles tipos de conflictos que pueden generarse. De igual forma, el terapeuta de familia no considerará que la comunicación es el único factor determinante de la unión familiar, también tomará en cuenta otros factores relevantes como la intervención de los suegros en las decisiones familiares, los ingresos familiares, la calidad de los intercambios afectivos, el tipo de trabajo que efectúan los padres, el ambiente laboral... Por otra parte, los conocimientos científicos tienden a ser mucho más precisos que los ordinarios, lo cual se pone en evidencia por el menor margen de error en sus predicciones. Tiende a estar exento de contradicciones y ambigüedades por el empleo de conceptos definidos con la mayor precisión posible. Con relación a la exactitud del lenguaje científico y sus conceptos, el lector debe tener presente que se trata sólo de una tendencia y que en muchas ocasiones, este es tan ambiguo como el lenguaje y los conceptos del conocimiento ordinario. Ejemplos de ello son los conceptos de hipnosis, mente, consciencia, personalidad, madurez... y, en buena medida, las teorías de la motivación, las emociones y la personalidad. A la precisión de los conceptos se une el uso de un metalenguaje de un alto nivel de abstracción, elaboración y claridad, el cual contribuye a aumentar la posibilidad de expresar los conocimientos científicos con mayor exactitud, es decir, de expresarlos en forma más definida y concreta. Estos metalenguajes son comunicaciones que usan signos paralelos al de las palabras, y que además ayudan a comunicar acerca de la comunicación. Esto da a los científicos cierto grado de seguridad, por una parte, respecto a estar realmente estudiando aquello que se proponen y, por otra, de que en el momento de comunicarse se están refiriendo al mismo objeto de la misma manera y desde la misma perspectiva. La claridad del lenguaje científico es importante para la comprensión total y profundización del conocimiento científico, pero al mismo tiempo, también es limitante. A propósito del lenguaje científico, Medawar (1969) cita que en los siglos XVII y XVIII, los escritos filosóficos y científicos se distinguían por su claridad, pero de pronto, ello cambió y la profundidad de los conocimientos ha pasado a ser con frecuencia sinónimo de oscuridad y complicación. Supuestamente, cuanto más difícil de comprender algo, más profundo el conocimiento. Esta proposición que ha sido moda durante mucho tiempo, no solamente ha hecho que lo expresado sea ambiguo, pues los lectores se han visto en la necesidad de recurrir a la interpretación de lo que supuestamente quieren decir los autores, sino que además ha hecho poco atractivos los estudios científicos y todo lo que pudiera estar vinculado directa o indirectamente a ellos.

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Para muchos, explicar los conocimientos en un lenguaje abstruso, impersonal y distante, equivale a darle a este mayor veracidad, objetividad y precisión, lo cual me parece, y creo que usted compartirá conmigo esta opinión, no guarda ninguna relación con el propósito perseguido. La veracidad, la precisión y la objetividad no se logran escribiendo en tercera persona —el investigador— o en la primera persona del plural —nosotros— o por utilizar un lenguaje poco atractivo y desabrido, pues los pronombres, en sí mismos no contienen ni garantizan la veracidad ni la confiabilidad en ningún sentido, son meros formulismos. Más bien con un lenguaje accesible y claro es posible ver y lograr el objetivo de que todos los investigadores le den el mismo significado a lo que se comunica. Aunque el lenguaje científico contrasta con frecuencia con el lenguaje ordinario, caracterizado por la ambigüedad, inmediatez y su menor elaboración, ello no implica que existan formas de lenguaje mejores o peores que otras, así como tampoco que se deba desdeñar o rechazar cualquier clase de lenguaje por considerárselo sencillo o complejo, o por cualquier otra cualidad, a excepción, claro está, del lenguaje que da vueltas, es confuso y engorroso, como sucede con el lenguaje del neo-psicoanalista Lacan, que con frecuencia asoma al regodeo del ego. Pero sí debemos considerar que evidentemente hay formas más apropiadas, convenientes y útiles de expresarse según el contexto y la cultura donde habla y se desenvuelve la persona. El uso de metáforas para hacer más comprensible un determinado asunto durante una sesión de psicoterapia o una clase de física nuclear, puede ser tan válido como lo es su empleo durante una conversación o durante una clase de literatura si la metáfora encaja perfectamente en el contexto de lo que se expresa e ilustra lo que se quiere decir en cada una de las situaciones mencionadas. Cuando un terapeuta de familia asigna un valor y un papel a la comunicación en las relaciones familiares, trata de definirla con precisión en la medida de lo posible: “comunicación es el intercambio recíproco de información; tiene en cuenta cuáles son los indicadores empíricos o manifestaciones observables de la comunicación: “toda conducta manifiesta es comunicación y toda comunicación es conducta”, y entre otros elementos, tiene en cuenta el contexto en el cual se produce. El conocimiento científico también se caracteriza porque durante el desarrollo normal de la ciencia el nuevo conocimiento se va integrando al ya existente y se va transformando en forma lenta y progresiva a manera de espiral, para llegar a constituir los conceptos, modelos y teorías de la ciencia. Sin embargo, no se debe pensar que el ritmo de crecimiento del conocimiento es constante. Existen períodos durante los cuales el conocimiento científico avanza a grandes pasos, como ocurrió en la antigua Alejandría y Babilonia; períodos en que relativamente se estanca, como ocurrió en Europa desde las invasiones bárbaras hasta el Renacimiento; y existen períodos en que se producen grandes saltos o revoluciones científicas como las que han ocurrido desde mediados del siglo pasado hasta el presente con el desarrollo de la era industrial y el capitalismo.

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El conocimiento científico es limitado, pues suele referirse a generalizaciones y leyes que se explicitan en teorías, las cuales no contemplan casos particulares. Esto genera serias dificultades, como ocurre en el ámbito del conocimiento del Hombre, ya que sus estudiosos suelen buscar conocimientos referidos a determinados rasgos y hablan de un Hombre promedio que no existe. Por esto es difícil enseñar una tarea a una persona siguiendo estrictamente los principios del aprendizaje o diagnosticar sólo a partir de los cuadros clínicos elaborados con tal objetivo. En este último caso, el clínico siempre encuentra considerables diferencias entre lo que dicen los libros de clasificaciones psicopatológicas y la persona que tiene delante en el consultorio. A propósito de la tendencia en Psicología a hablar de un Hombre promedio, en la práctica, el contraste entre lo que expresan las teorías elaboradas de esa manera sobre el comportamiento y lo que se observa en las personas suele ser notable. Se tiene a veces la impresión de que no existe aquello que explica la teoría. De allí que sea necesario, además de conocer teorías psicológicas, aprender a “percibir” conductas claves orientadoras que puedan guiarnos a entender al ser Humano que nos consulta respecto a sus perturbaciones, problemas y dificultades. Finalmente, el conocimiento científico es falible y cambia a medida que es contrastado y se profundiza en él. Como resultado de su profundización, el conocimiento científico se consolida y se reorganiza, pero no se vuelve infalible ni definitivo. Con frecuencia, durante su evolución, la mayoría de las teorías científicas pierden total o parcialmente su validez. La teoría de la generación espontánea la perdió totalmente. Teorías como las de Freud, Watson y Piaget la han perdido parcialmente y han sido reorganizadas en otras nuevas. Por ello es importante tener claro que “la ciencia no marcha inexorablemente hacia la verdad mediatizada por la recolección de información objetiva y la destrucción de antiguas supersticiones. Los científicos [además] como seres normales y corrientes, reflejan inconscientemente en sus teorías las construcciones sociales y políticas de su época” (Gould, 1983, p. 14), así como sus propias expectativas. Esto último explica en parte por qué se han mantenido paradigmas, modelos o aproximaciones por motivos diferentes a la razón, la lógica o la misma realidad. Los conocimientos psicológicos Hay un cuerpo de conocimientos que podemos llamar conocimientos psicológicos, y bien sea que ellos deriven de los legos, los movimientos espirituales o de los científicos, de igual modo podemos apreciar que en su conjunto apuntan hacia la misma meta u objetivo, es decir, hacia el cumplimiento del mandato del Oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”.

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Los psicólogos al estudiar al Hombre, usualmente han centrado su atención en la conducta, es decir, en nuestras manifestaciones externas, apariencias o imagen; hacia el conocimiento de nuestro Ser/Siendo o hacia ambas cosas; y cuando observamos en conjunto a qué nos hemos dedicado más los psicólogos puedo decir que el gremio se ha ocupado más de lo externo por razones como: A) Se considera más objetivo y verás el estudio de la conducta aparente. B) Cumplir con lo anterior parece que hace más científica a la psicología. C) Las escuelas de psicología de la mayoría de las universidades son subvencionadas en este tipo de investigaciones. D) La comunidad de psicólogos “científicos” desdeña todo lo que no sea observable. E) Son significativos los aportes económicos de sectores como los Servicios de Inteligencia, los creadores de imágenes, la publicidad, los consorcios… a las investigaciones de este tipo, lo cual no significa que no estén interesados en aspectos subjetivos como las motivaciones. En consonancia con lo anterior, tenemos que la psicología oficial actual tiende a dirigirse básicamente hacia el control individual y social y hacia las apariencias, es decir, hacia las conductas directamente observables y medibles, de allí que la manera de elaborar sus conocimientos estén centrados en las manifestaciones medibles de la memoria, la inteligencia, el aprendizaje, la percepción... Pocas veces los temas de Psicología oficial tratan de la esencia del Hombre; y ello porque la noción de ciencia que ha adoptado la Psicología oficial es aquella que, por una parte, ha colocado a la física mecánica en un pedestal como ideal de todo cuerpo de conocimientos que aspire a obtener el calificativo de científico y, por otra, porque se trata de una noción de ciencia que aspira a conocer los cómo y no se pregunta por los qué. Quienes han seguido y siguen los principios de la ciencia que considera a la física mecánica como modelo a seguir o imitar, suponen que todo conocimiento científico válido y legítimo debe compartir sus métodos y normas sin detenerse a reflexionar sobre la naturaleza del objeto de estudio que ocupa a cada disciplina en particular. Una cosa es estudiar el movimiento de un objeto como una bala de cañón en función de su masa, aceleración, velocidad..., en un tiempo y un espacio absolutos, bajo condiciones artificiales o experimentos controlables en un alto grado y que pueden ser repetidos millares de veces; y, otra cosa muy distinta es estudiar seres Humanos, cuya característica más destacada es su complejidad, su flexibilidad y su impredicibilidad. Los seres Humanos solemos cambiar de humor, de ideas, de opiniones..., de forma continua e impredecible. Con frecuencia actuamos de modos diferentes según las personas y contextos, de manera que una cosa pueden ser nuestras actuaciones en un laboratorio y otra nuestras actuaciones en la calle o en nuestro hogar. Para más, es inevitable nuestra constante tendencia a buscar y atribuir significados y explicaciones a las cosas, lo cual puede introducir variaciones en nuestro comportamiento. A un objeto como a una piedra no le importa mucho la cara que le pongamos, ello no va a alterar per se nuestra investigación, en cambio, cuando investigamos sobre seres Humanos nuestra sola presencia parece alterarlo todo: sexo, edad, apariencia, gestos, tono de voz al dar las instrucciones, posición corporal...; es

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inevitable que reaccionemos ante las personas y que ellas lo hagan ante nosotros. Por otra parte, a menos que el investigador sea de piedra, este no puede dejar de vincularse emocionalmente a su objeto de estudio. No importa que se trate de cristales, de formaciones geológicas, de balas de cañón o de seres Humanos, en el momento en que el científico conoce se emociona, se fascina, se involucra, pues no hay manera de que los seres Humanos seamos emocionalmente neutros ante las situaciones y objetos. Es imposible ser tan objetivo como dice la ciencia oficial. Incluso, en las ciencias del Hombre, muchas veces es contraproducente aparentar ser emocionalmente plano y objetivo, pues ello suele generar en las personas emociones fuertes y poco deseables a los fines de la investigación. En las ciencias no dedicadas al estudio del Hombre, podemos hablar del objeto, “de la cosa que está allá afuera de mí”, podemos usar el pronombre él, de manera impersonal y distante, mientras que al hablar del Hombre, de los seres Humanos, no podemos hacerlo porque no nos podemos excluir de la clase Hombre. Ningún investigador de esta área puede excluirse, a menos que deje de pertenecer a la raza humana, lo cual es imposible. De allí que la supuesta neutralidad u objetividad en Psicología sea ficticia y no podamos hablar de “ellos”, sino de “nosotros”. Hay una irremediable reflexividad en el acto de conocer al Hombre. Al describirlo, no hago otra cosa que describirme a mí mismo. Al preguntarme sobre los efectos que puede generar el estrés durante la ejecución de una tarea intelectual particular, al investigar el funcionamiento del inconsciente, al estudiar los diversos tipos de relación que puede establecer una familia, cómo se desarrolla intelectualmente el ser Humano, o al tratar de ver cómo influyen sobre las personas la sugestión y las expectativas, o al buscar la manera de aprender con mayor eficacia, no puedo decir que los resultados son aplicables a ellos, pero no a mí. No hay manera de que deje tampoco de recurrir a mi pasado, porque tanto mi ego como los conocimientos actuales son producto de mi pasado, es decir, de mis experiencias, de mis vivencias, de mis estudios... y, en el caso de mis estudios de Psicología, no puedo verlos como algo que fue y sigue siendo ajeno a mí, tendría que disociarme, volverme psicótico y aún así no lograría nada. En fin, cuando hablamos de los conocimientos psicológicos, cuando hablamos de su adquisición y de su aplicación, estamos aprendiendo sobre nosotros mismos, nos estamos conociendo. Es pues muy importante tener en cuenta la autoreferencia y estar conscientes del ¿cómo estamos tratando de conocernos? Junto a la auto-referencialidad, no podemos ignorar el problema de nuestra autonomía en el momento de producir conocimientos psicológicos, tema que ha desaparecido prácticamente desde el momento en el cual la biología molecular, la genética, la técnica y la mecánica se orientaron hacia la cibernética y la teoría del control (Varela, 1993). La autonomía está vinculada a la facultad de gobernar las propias acciones sin depender de otros. En el ámbito de la Psicología podríamos decir que nuestra autonomía es relativa tanto a nuestro ambiente físico y social como a los niveles de conocimiento que posee cada individuo, de modo que la elaboración de los

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conocimientos psicológicos también ha de enfrentar la diversidad de grados en que los seres Humanos manifestamos nuestra autonomía, según nuestra edad y contexto. Finalmente, no hay absolutamente nada, tanto desde el punto de vista epistemológico como filosófico, que justifique la obligación de conocer al ser Humano siguiendo los patrones de ciencias idealizadas como la Física, la Química o la Biología. Una verdadera ciencia ha de aceptar, si se quiere considerar como tal, las cosas como son. Y esta es la primera condición de toda ciencia. De modo que no veo, como se ha hecho en el pasado, ninguna razón válida que justifique que los psicólogos debamos seguir los parámetros de dichas ciencias para producir conocimientos psicológicos válidos y científicos. Algunas reflexiones sobre los conocimientos en general Podemos decir que existen dos maneras de conocer. Podemos conocer de forma consciente y creativa o siguiendo rutinas. Conocer de manera consciente implica ser vigilante, abierto y crítico a cada paso que damos. Darnos cuenta de qué estamos haciendo y cómo lo estamos haciendo, lo cual nos permite interactuar con aquello que conocemos, ser críticos ante los resultados que vamos obteniendo y modificar nuestra manera de conocer acorde con ellos; mientras que la manera rutinaria de conocer implica confiarse ampliamente a alguna forma aprendida de pensar o razonar. Seguir rutinas sin consciencia en algunos casos puede ser efectivo como lo evidencian las investigaciones que requieren la modificación sistemática de valores numéricos, pero no cuando deseamos obtener conocimientos sobre nosotros mismos o sobre nuestras relaciones sociales, pues los limita y deforma. Los científicos profesionales suelen incurrir con mucha frecuencia en el error de seguir rutinas confiados en la bondad del método de investigación, y es esto lo que hace la diferencia entre un investigador que hace carpintería y creadores como Albert Einstein, un David Bohm, un Carlos Gustavo Jung, un Maslow o un Robert Laing. Tanto el papel de la mente como el papel de la consciencia, son cruciales en la adquisición y el manejo del conocimiento. La mente despierta, consciente, no sólo nos ayuda a concebir métodos cónsonos con la naturaleza de los objetos para obtener conocimientos, sino que además nos permite mirar el mundo de modo amplio y flexible, y nos permite juzgar sin restricciones la validez y confiabilidad de nuestras formas de conocer. La adquisición consciente del conocimiento implica involucrarse con lo que se pretende conocer y con el proceso de conocer, es decir, ir más allá de una simple manipulación sistemática que delimita la percepción y el pensamiento. Lo que vengo diciendo nos lleva a ser mucho más críticos y reflexivos sobre los conocimientos individuales y colectivos que compartimos, nos abre nuevas puertas y, al mismo tiempo, nos plantea abandonar ciertas creencias y maneras de pensar, a mirar de una forma distinta el mundo, así como a tomar decisiones y emprender acciones nada fáciles pues, como ya he dicho antes, los

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conocimientos nos dan la sensación de seguridad psicológica y el convencimiento de que el mundo y nosotros “somos así”, pero no de ninguna otra forma. A través del conocimiento hemos conformado una imagen de nosotros mismos como seres Humanos. Una manera de comprender y explicar lo que somos, de lo que es el mundo y de lo que son nuestras relaciones con nosotros mismos, con nuestros congéneres y el Universo y, por lo regular, no estamos dispuestos a cambiar esas imágenes a las cuales hemos otorgado un alto grado de certidumbre e importancia. Sin embargo, debemos hacerlo debido a la enorme cantidad de evidencias que destacan lo errado de una parte significativa de los conocimientos psicológicos elaborados sobre la base de la ciencia oficial. No hacerlo, sería engañarnos a nosotros mismos y negarnos la posibilidad de transformar nuestras vidas, de crecer y enriquecernos. Además, en todo caso, el conocimiento no es estático, y el propósito por el cual lo elaboramos no es el de mecanizarnos, sino el de lograr la felicidad, la serenidad, la paz. Flexibilizarnos para aprender a vivir y a convivir. Algunos comentarios sobre el uso de los conocimientos En el plano de las individualidades, los conocimientos, bien sean estos ordinarios o científicos, adoptan los más variados matices según las peculiaridades de cada persona, esto es, según sus experiencias individuales, la sabiduría que han alcanzado, su dominio del lenguaje, el grado del desarrollo de su individualidad, la amplitud de su consciencia, su nivel de desarrollo cultural, sus intereses, expectativas, calidad de vida y de sus relaciones... Independientemente del tipo de conocimientos, éstos no pueden ser juzgados en términos absolutos y de manera general. Es una cuestión de grados. Una cosa es la conceptualización del conocimiento y otra muy diferente la manera como lo utilizamos las personas. Somos nosotros quienes elaboramos los conocimientos, somos nosotros quienes los utilizamos de un modo un otro, sin importar que ellos pertenezcan a una clase u otra. Es en nosotros y debido a nosotros que ellos existen. Nosotros hacemos los conocimientos y ellos nos hacen a nosotros según nuestras interpretaciones y manera de usarlos, tal como afirmaban el Buda y Epicteto. Como ya he dicho antes, el conocimiento es uno con nosotros, no algo independiente de nosotros, y recalco esto pues con más frecuencia de la deseable se habla de un tipo u otro de conocimientos glorificándolos o descalificándolos. El valor, el buen uso y eficacia de los conocimientos depende directamente de las acciones de las personas. Somos nosotros quienes al elaborarlos los configuramos de un modo apropiado o no, y ellos de ningún modo sustituyen o suplantan la responsabilidad de nuestras acciones. Cuando uno utiliza los servicios de un psicólogo clínico o de un psiquiatra con el objeto de superar una crisis, la mejoría que podamos experimentar no depende per se de la teoría que emplea el psicólogo o el psiquiatra para ayudarnos, sino que depende, por una parte, de la capacidad del profesional al

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que hemos recurrido para relacionarse con nosotros y establecer el debido clima de confianza y respeto para que nosotros compartamos con él nuestras dificultades, de su sensibilidad como individuo, de su actitud ante la vida, de su capacidad para utilizar inteligentemente o con “discernimiento” la teoría que emplea para guiar sus acciones...; y, por otra parte, depende de nuestra disposición y deseo de resolver nuestros problemas, es decir, de nuestra actitud. No es como se suele comentar: “tal o cual teoría psicológica sí ayuda a las personas y tales otras no”. No olvidemos que es frecuente que las personas por sí mismas suelen resolver satisfactoriamente sus problemas cuando emplean debidamente sus recursos internos, su intuición, sus conocimientos ordinarios o de sentido común… Además, tanto en el nivel colectivo como en el individual, todos debemos asumir la responsabilidad de nuestras acciones y no esperar que los conocimientos por sí mismos actúen como dioses que están en capacidad de resolver nuestros problemas de orden individual, social, material y espiritual. De nada sirve haber adquirido enormes cantidades de conocimientos si somos insensatos, si actuamos automática y mecánicamente, pues los conocimientos, por verdaderos que sean, no sustituyen la consciencia y capacidad de discernimiento del Hombre. Es nuestra responsabilidad conocernos. Es nuestra la responsabilidad de lo que hagamos con esos conocimientos sobre nosotros mismos. Ninguna Psicología, ni la experiencia y estudios de ningún profesional o experto en este ámbito, puede tomar en sus manos la responsabilidad de que nos conozcamos. Somos nosotros quienes debemos descubrir la singularidad de nuestro ser.

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CAPÍTULO SEGUNDO LA CIENCIA “El concepto de ciencia no es ni absoluto ni eterno” Bronowski “...desde que hemos llegado a comprender que la ciencia no es una descripción de la «realidad», sino una ordenación metafórica de la experiencia, la nueva ciencia no combate en realidad a la vieja. No se trata de establecer cuál de las dos visiones es de algún modo «verdadera» en último término. Es más bien una cuestión de determinar qué imagen resulta más útil para saber cómo orientarnos en los asuntos humanos”. Willis Harman (cit. Por Dossey, 1986) A la ciencia le ocurre lo mismo que a otros conceptos: al ser una actividad humana, esta también está sujeta a la manipulación humana. Paul H. Koch La mayoría de las personas conocemos y tenemos idea de los esfuerzos que se hacen hoy día desde los primeros años de la escuela primaria, tanto para que se conozca qué es la ciencia como para que los alumnos desarrollen una actitud científica ante los problemas, lo que en mi opinión es loable, pues dentro de sus limitaciones, la ciencia nos ayuda a generar concepciones o mapas de la realidad bastante precisos, los cuales nos sirven para múltiples propósitos. A pesar de las virtudes de la ciencia, bien sea que la entendamos como un medio bastante adecuado para llegar a formarnos una concepción cercana a la realidad o como un cuerpo organizado de conocimientos, lo que se suele divulgar acerca de ella no deja de ser engañoso y hasta perjudicial para la comprensión y el desarrollo de la ciencia. Por una parte, existe la tendencia de un grupo significativo de científicos profesionales a hablar de la ciencia como un ente o cosa que es independiente de los individuos particulares que la elaboran, la desarrollan y la utilizan. Por otra parte, la ciencia se ha convertido para muchos, tanto legos como profesionales, en un tipo de conocimientos muy vinculados a la Física, la Química, las Matemáticas y la experimentación, dejando por fuera disciplinas científicas como la Informática, la Economía, la Antropología y la Psicología. Por otra parte, se piensa en la ciencia como un todo unificado de conocimientos y como una manera uniforme de obtenerlos, evidentemente, sin tener en cuenta la naturaleza de los objetos de estudio de cada disciplina en particular. Por otra parte, nunca se aclara de cuál concepción de ciencia se está partiendo; siempre se habla como si no hubiera sino una sola ciencia indistintamente de las épocas, las sociedades y sus hombres. Por otra parte, es significativo el número de investigadores que exageran las potencialidades de la ciencia. Y, por otra parte, muchos de los investigadores profesionales la promueven como un “algo” autosuficiente y autorregulable 47

que no necesita ni de la Filosofía, ni la Metafísica, ni nada que pueda estar vinculado al Humanismo. Respecto a esto último, debo aclarar que la ciencia sin Metafísica, es decir, sin ir más allá, sin ir allende, sin trascender; nos da una visión de las cosas que se limita a las meras descripciones de lo obvio, de lo aparente o de lo que percibimos a través de nuestros sentidos o con ayuda de aparatos (Subir, 1994). Sin Filosofía, la ciencia termina por ser reducida a mera metodología y técnica: ¿Cómo llegar a generar explicaciones válidas y confiables? ¿Cómo predecir los eventos con mayor precisión?...; pues al estar separada de sus verdaderas raíces y al no haber reflexión filosófica, la ciencia no crece, no puede ser perfeccionada. Y sin Humanismo, no hay libertad de pensamiento, no hay aceptación de la diversidad y la pluralidad de creencias, no hay individualidad, sino sólo una identificación, con un mundo material monótono, homogéneo y uniforme como ha venido ocurriendo en gran parte con la ciencia moderna. Particularmente con la concepción de la ciencia centrada en los cómo, en los fenómenos o apariencias, no hay manera de reconocer lo sagrado que hay en nosotros, no hay posibilidad de mirar más allá de nuestras manifestaciones conductuales observables. Sin Humanismo, la ciencia desplaza a su creador, al Hombre, y deja de ser un medio válido y efectivo para satisfacer nuestro profundo deseo de comprender el Universo y con Él, de comprendernos a nosotros mismos; para convertirse en directrices, en creencias, que definen quiénes somos, cómo debemos vivir y cuál es el sentido y significado de nuestras vidas, es decir, se convierte en ideología manipuladora al servicio del poder. La imagen corriente que se ha creado de la ciencia —la cual corresponde a la imagen de la ciencia moderna, y la cual, a su vez, generalmente es identificada con la Física como el ideal de toda ciencia, con el mecanicismo y el positivismo— suscita desconfianza, no pocas ideas erradas y no pocos prejuicios positivos o negativos. Prueba de ello es que son muchas las personas que tienden a pensarla como algo muy complicado y que, o A) es un conjunto de verdades benéficas e irrefutables y es tecnología: “es mejorar las cosechas”, “es curar enfermedades”, “es la posibilidad de informar y generar estrategias de aprendizaje y memorización más efectivas”, “es mejorar las relaciones humanas”, “es aprender a desarrollar habilidades cognoscitivas”; o B) es peligrosa, una “sarta de mentiras nocivas”, “es destrucción: es manipulación, es radioactividad, es arma de guerra”. En la imaginación del lego, la ciencia es desarrollada casi exclusivamente por ingenieros, médicos, físicos y un grupo selecto de personas muy especiales, genios o superdotados, que visten con batas blancas, usan lentes, llevan barba, son distraídos y permanecen la mayor parte del tiempo encerrados en laboratorios ultrasecretos con aparatos sofisticados. Muchas personas también imaginan que los científicos son una elite cuyo único contacto con el público es a través de imágenes de divulgación, aparatos, medicinas y algunos otros productos los cuales son el resultado de la aplicación de sus conocimientos. Rara vez el público concibe a los investigadores como seres humanos semejantes a él.

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Esta imagen tan distante y deshumanizada de la ciencia y del científico se fundamenta en que la actividad y el lenguaje científico han sido envueltos en una atmósfera ascética, impersonal, cerebral, fría, ultraespecializada y casi secreta en la que no tienen cabida ni las emociones ni los sentimientos (Merton, 1977). De allí que se haya creado una barrera entre la ciencia y la sociedad, y todo ello a pesar del uso cotidiano de algunos términos científicos como personalidad, aprendizaje, cromosomas, protones, electrones, agujeros negros y radioactividad; así como del empleo común de algunos instrumentos y utensilios como las computadoras personales, las sartenes de teflón y los hornos de microondas. La distancia entre la sociedad y la ciencia, es aún mayor si a lo anterior añadimos que para “conocerla” es necesario asistir a cursos universitarios especializados durante los cuales, por lo general, únicamente se enseñan los principios paradigmáticos de la ciencia moderna, obviando los de la posmoderna. Pocas veces, la formación universitaria es realmente una formación universal, una formación mediante la cual se estimula a los estudiantes a involucrarse con asignaturas directamente vinculadas con la producción y organización de los conocimientos científicos (métodos, Filosofía de la ciencia, Epistemología... de modo que constituyan un reto, un tipo de actividad interesante que les sirva de punto de apoyo y de criterio para “leer”, conocer y comprender la ciencia y la profesión que han escogido. Por el contrario, las disciplinas auxiliares asociadas con el cómo hacer ciencia, son presentadas como doctrinas aisladas, áridas, demasiado abstractas y vinculadas, por lo regular, a la Física y a la Astronomía. Si bien se supone que la ciencia no es dogmática ni autoritaria, la formación científica en la práctica sí suele serlo, y está dirigida a la adopción de teorías y métodos como si se tratara de verdades inmutables. Generalmente, el estudiante debe, más que aprender, contentarse con memorizar teorías, métodos..., sin que medien la reflexión ni los medios cognoscitivos para ello, es decir, debe aprender desprovisto de un marco de referencia epistemológico, filosófico e histórico-cultural apropiado que le permita un auténtico dominio de la disciplina científica seleccionada, que le enseñe a pensar sobre la manera de hacer ciencia, a pensar cómo se hacen mejor las cosas para mejorarlas en el contexto en que vive y, lo más importante, que le permita comprender qué ocurre en el mundo en que vive, cómo son las cosas; que le enseñe a vivir, a convivir, a respetarse y respetar a los demás y a su mundo. La educación científica, expresa Feyerabend (1981) simplifica la ciencia y con ella a sus participantes. Yo agregaría que además simplifica sus vidas y las de aquellos quienes pueden ser objeto de su influencia. Con frecuencia, la ciencia se enseña como si existiera una omnisciencia, la cual maneja el único orden verdadero del mundo, el único paradigma a seguir, el único método que sirve para conocer, el único lenguaje y vocabulario para expresar los conocimientos...; sin tener en cuenta generalmente la naturaleza particular del objeto del cual se ocupa cada disciplina. Esta omnisciencia, además, se suele enseñar como una actividad desvinculada de los procesos cognoscitivos del Hombre, de la historia y la cultura de quienes hacen la ciencia,

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como si en verdad nos fuese posible percibir el mundo tal cual como es; y se suele enseñar a través de una “lógica” que condiciona a percibir y a pensar de forma unilateral, razón por la cual las acciones de los investigadores tienden a ser más uniformes (Feyerabend, 1981) que creativas y a ser más bien distorsionadas que realistas. De igual modo, la educación científica actual idealiza el pensamiento analítico; la lógica aristotélica de lo verdadero y lo falso, del todo o nada. No hay grados intermedios; y tiende a inhibir en el alumno toda posibilidad de intuición, de imaginación, de creatividad, de alternativas y de englobar y relacionar conocimientos diversos, pero afines. Así, quien ha sido formado en la tradición psicoanalítica, conductista o cualquier otra, difícilmente logra imaginar la realidad de forma distinta a la que le fuera presentada. De igual modo le será difícil concebir como científicos o válidos los conocimientos de las tendencias restantes, a menos que haga un gran esfuerzo. El alumno, como consecuencia del tipo de formación científica que recibe, llega a experimentar los “hechos” y “conocimientos científicos” como desnudos, ascéticos, libres de ideología y de trasfondo cultural, y muy particularmente desvinculados de sí mismo. Esta distorsión, producto de la educación científica que se viene impartiendo en general, induce en nuestra cultura práctica y consumista a pensar que el único tipo importante de ciencia e investigación es la generada por las ciencias duras o exactas debido a su capacidad generadora de nuevas tecnologías, mientras se subestima y desconoce el valor de las llamadas ciencias blandas o ciencias del Hombre, pues normalmente no producen beneficios económicos obvios e inmediatos. Un concepto de ciencia A través del tiempo y de las diversas culturas de Occidente observamos que la ciencia ha sido considerada y definida de maneras muy diversas, lo que explica el motivo por el cual hallamos tantas definiciones de ciencia y de aproximaciones al mundo a través de ella. Sin embargo, a pesar de todas las definiciones generadas a lo largo de la historia en las diversas culturas occidentales, los estudiosos siempre han conservado como su esencia la idea de una manera de conocer y de un cuerpo de conocimientos particulares opuestos a los prejuicios y las creencias, de modo que los estudiosos siempre han preservado su significado original, es decir, el de la palabra latina scientia: conocimiento o acto de conocer opuesto a los prejuicios y creencias. Si tomamos un grupo de definiciones sobre qué es la ciencia, podremos distinguir varios aspectos relevantes o rasgos esenciales: es una actividad, una forma de pensar y percibir, una actitud, un método y un cuerpo de conocimientos. A continuación presento algunas definiciones que ilustran lo dicho. La ciencia es: “un sistema de conocimientos en desarrollo [...] una forma de actividad humana históricamente establecida” (Kédrov y Spirkin, 1968, p. 7),

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“(tiende a ser) conocimiento teórico, ontológico, verdadero, objetivo y sistemático” (García, 1977, p. 22), “un estilo de pensamiento y de acción” (Bunge, 1981, p. 19), “…ante todo, un conjunto de actitudes. [...]. Es una disposición para aceptar los hechos, aun cuando éstos se opongan a los deseos” (Skinner, 1981, p. 43). “un esfuerzo colectivo del hombre para extraer un orden autorizado y de aceptación universal a partir del caos de la percepción sensorial, orden que viene continuamente evaluado por una observación minuciosa” (Leahey, 1982, p. 28), “una vasta empresa que ha ocupado y ocupa una gran cantidad de esfuerzos humanos en procura del objetivo de adquirir conocimientos sólidos acerca de la realidad” (Sabino, 1984, p. 17), “La ciencia, en particular, podría definirse como el resultado de reconocer el máximo orden oculto en todo aparente desorden. La ciencia no es sino una de las formas posibles de representar el mundo real. Para ello hacen falta imágenes. No hay inconveniente en admitir que la ciencia es una ficción de la realidad, que hacer ciencia consiste en proponer a la naturaleza una ficción por si ésta tiene a bien ser compatible con tal ficción” (Wagensberg, 1990, p. 10). “La ciencia es más que un cuerpo de conocimientos, es una manera de pensar” (Sagan, 1997, p. 43). También podemos observar que al definirla, cada autor enfatiza en alguno de sus rasgos más notables, sin que ello signifique que nieguen sus cualidades restantes, tal como lo confirma el hecho de que los autores, una vez que han expresado su concepto particular de ciencia, casi siempre las reconocen en sus explicaciones ulteriores. Como explican Marx y Hillix (1969): “Algunos prefieren poner el acento en un modo de pensamiento [...] un tipo de tarea; se considera que el método científico es el rasgo más importante. Otros prefieren destacar el producto de ese método —el cuerpo de conocimientos sistemáticamente ordenados que han producido los científicos [...]. El procedimiento más seguro es aceptarlos todos y considerar a la ciencia como una empresa total: hombres que piensan con una cierta actitud, que utilizan métodos científicos para producir hechos y teorías que constituyen descripciones ordenadas y explicaciones del mundo [...]. Lo que la define es la combinación de sus características, más que cualquier característica tomada por sí sola” (p. 15).

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En forma aún más amplia, como expresa Bernal (1981a) la ciencia puede ser considerada “como una institución; como un método; como una tradición acumulativa del conocimiento; como un factor principal en el mantenimiento y en el desarrollo de la producción, y como una de las influencias más poderosas en la conformación de las opiniones y actitudes respecto al universo y al hombre” (p. 40). En síntesis, en forma general, podemos definir la ciencia como un modo de conocer, amplio y flexible, al desarrollar métodos de conocimiento particulares y confiables según la naturaleza de cada objeto de estudio particular, y como un cuerpo de conocimientos autónomos específicos organizados, que en la medida de lo posible se oponen a la especulación y a la opinión. Cuerpo de conocimientos que forma parte del complejo cultural a través del cual el Hombre trata de dar orden, coherencia y sentido a su relación con todo lo que le rodea; y el cual es producto de una actividad humana muy particular, que entre otras cosas implica la adopción de modelos o puntos de vista, la suposición y creación de marcos de referencia a partir de los cuales indagar con una actitud crítica y la ayuda de métodos apropiados. Proceso que en sí puede ser considerado como un diálogo con la naturaleza, un diálogo del cual surgen esencialmente preguntas y respuestas, más que soluciones prácticas a problemas específicos de cualquier índole o el tratar de dominar y controlar la naturaleza. Aunque en la actualidad, un grupo significativo de científicos suele definir la ciencia de forma integral y reconoce la mayoría de sus aspectos fundamentales, no todos tienen la misma concepción de ella. Hay quienes definitivamente están convencidos de que la actividad científica debe ser una actividad imaginativa cuya fuente principal de inspiración debe ser la intuición, mientras que en contraposición, existe un grupo más numeroso de científicos quienes identifican a la ciencia con los hechos concretos y consideran que los investigadores deben limitarse estrictamente a reflejar la realidad mediante la observación y recolección objetiva de datos. Hay quienes sostienen que la ciencia se justifica por sí misma porque proporciona conocimientos y posee un valor teórico, mientras que otros explican que se justifica sólo en la medida que tiene alguna utilidad y está al servicio del Hombre (Medawar, 1969; Wartofsky, 1973). Estas concepciones extremas de la ciencia han distorsionado la meta de lograr un cuerpo de conocimientos lo más cercano posible a la realidad, sobre la base de criterios epistemológicos válidos. Un conocimiento basado sólo en la imaginación y la intuición, fácilmente se convierte en especulación. El conocimiento empírico por sí mismo niega parte de la realidad e impide el desarrollo de la ciencia. Como expresa Medawar (1969):

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“un científico debe poseer una imaginación libre, pero escéptica, ser creador y crítico. En cierto sentido debe ser libre, pero en otro sentido, debe ser regimentado de manera precisa” (p. 158). La ciencia como institución La ciencia adquirió su carácter de institución en fecha relativamente reciente. No fue sino hasta alrededor de finales del siglo XVIII y comienzos del pasado, que la ciencia comenzó a adquirir sus rasgos como institución social y a consolidarse como tal, y ello no con toda la regularidad que insinúan los libros que presentan su evolución histórica. La ciencia nace en un momento en el cual los laicos tratan de desvincularse del poder de la Iglesia durante el siglo XVIII. Donde se impone la decisión de separar lo material de lo espiritual como si ambos fuesen una dualidad antagónica. Ello bajo la expresión de que lo observable corresponde a los científicos y lo espiritual o lo de Dios a la religión. Sin embargo, a pesar de ser un intento de alejarse de la religión, desde entonces ha venido funcionando como tal y en la actualidad podemos seguir apreciando muchos de sus rasgos en la práctica: “El científico ya no habla con Dios y obtiene de Él la Verdad revelada, pero emplea medios que le revelen la Verdad Eterna. Establece una suerte de Decálogo o Mandamientos. Está organizada jerárquicamente con sus papas, cardenales y obispos. Sus sacerdotes practican vestidos de batas blancas rituales con la misma devoción que si estuvieran celebrando una misa y hasta tienen su propia Biblia, el cuerpo incuestionable de conocimientos que llaman conocimiento científico; poseen un catecismo; recintos especiales como si fuesen templos y hasta sus propios santos que son venerados y que han revelado muchos de los dogmas de la ciencia”. Es verdaderamente difícil determinar los orígenes de la ciencia, por una parte, porque no podemos saber cuál fue ese punto crítico o hito histórico que estableció sus bases y, por otra, porque ella no surgió desde sus comienzos como algo reconocible en los términos actuales, sino como algo que se fue diferenciando paulatinamente de los aspectos generales de la vida cultural. Esto no significa que antes de que la ciencia se convirtiera en una institución independiente, los estudiosos no llegaran a adquirir y a elaborar conocimientos válidos y confiables. Sí, lo hicieron, pero la manera fundamental de obtener y elaborar los conocimientos solía derivar de la vida cotidiana, de técnicas prácticas y de observaciones cuidadosas, pero no de lo que llamamos método científico. Por otra parte, la actividad de manipular y transformar efectivamente la materia, que según Bernal (1981a) es la característica esencial de la ciencia actual, era realizada por hombres excepcionales, aislados, cuyos hallazgos y conocimientos, con frecuencia no encontraban eco en la sociedad y terminaban por quedar guardados o perdidos de una u otra forma. Hasta avanzada la Revolución Científica, la ciencia estuvo predominantemente en manos de personas muy selectas, quienes desde tiempo

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inmemorable, por lo regular, pertenecían a ciertas castas sacerdotales eruditas, de iniciados y adeptos o eran miembros de la realeza. Se trataba de sabios, sacerdotes, iniciados, adeptos, magos, astrólogos, alquimistas, filósofos naturales..., cuyo propósito al investigar era hallar la Verdad a través del estudio de la Magia, la Astrología, la Alquimia, la Filosofía y el Hermetismo. Durante el Renacimiento la situación comenzó a variar, pues, por una parte, aparecieron nuevas formas de congregación en las cuales los estudiosos hallaban más libertad para discutir abiertamente sus hallazgos; y por otra, se hizo cada vez más frecuente el mecenazgo de los investigadores por parte de nobles, clérigos y comerciantes. Con la Revolución Científica, no sólo se incrementó el número de individuos dedicados a la investigación, sino que además creció el número de agrupaciones de investigadores y se hizo más frecuente y libre el intercambio de información. Estos factores, entre otros, contribuyeron al acuñamiento y aceptación de la palabra científico para connotar en particular a aquellos estudiosos que seguían el método científico. La palabra científico fue acuñada por Whewell en 1840, quien divulgó el término a través de su obra: Philosophy of the inductive sciences. En ella podemos leer: “tenemos gran necesidad de encontrar un nombre para describir al cultivador de la ciencia en general. Por mi parte, me inclino a llamarlo científico” (cit. por Bernal, 1981a, p. 42). Al hacerse más numerosas las agrupaciones de científicos en los diversos países y al extenderse el intercambio de los conocimientos, se fue gestando la comunidad científica, la cual, sobre la base de acuerdos, fue desarrollando criterios sobre la manera válida y confiable de obtener, elaborar y comunicar conocimientos que pudieran ser llamadas científicos. Entre los ideales de los pioneros de la ciencia moderna estaba el encontrar un método seguro que permitiera: “Hallar la Verdad independientemente de todo dogma y toda autoridad, y poder investigar libremente sin restricciones”. En su camino hacia el logro del primer ideal, los pioneros de la ciencia moderna, no sólo llegaron a convencerse de que era posible obtener mediante la experimentación conocimientos veraces y definitivos sobre el Universo, sino que además, se convencieron de que era posible obtener conocimientos objetivos o libres de toda influencia personal y social. Estas creencias fueron acogidas y aceptadas por los investigadores de aquella época, esencialmente porque en el ámbito de la Física Mecánica y de la Óptica, los investigadores lograron obtener conocimientos “objetivos” y precisos, los cuales les sirvieron como razón de peso para liberarse, tanto de los dogmatismos de la Iglesia Católica como del peso del neoplatonismo, el aristotelismo y las autoridades intelectuales de su época. Sin embargo, a pesar de todos sus intentos, los pioneros del método científico no lograron sus propósitos, ni en cuanto a la libertad de investigación, ni en cuanto a liberarse de dogmatismos. Más aún, a la larga, los investigadores terminaron por crear grupos cerrados (cofradías) en los cuales sólo podían participar personas muy selectas. Desde el Renacimiento, los estudiosos, normalmente dependían económicamente del mecenazgo de las clases pudientes y, por ende,

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generalmente de sus intereses. Muy pocos contaban con medios propios suficientes como un Descartes o un Pascal para dedicar sus vidas a la investigación. Con la Revolución Científica, los investigadores de pocos recursos dependieron esencialmente de la pujante clase burguesa, la cual apoyó numerosas investigaciones y contribuyó al desarrollo de la ciencia y la tecnología debido a los beneficios económicos que les aportaba. De hecho, se aprecia un gran auge de la ciencia vinculado al desarrollo de la industria durante los siglos XVII, XVIII e inicios del XIX. Durante el siglo XIX, los aparatos e instrumentos de investigación alcanzaron tal complejidad y sofisticación que llegaron a ser muy pocos los investigadores que podían darse el lujo de costear y poseer un laboratorio propio. Esta situación, al comienzo fue solventada por las universidades y algunas instituciones mediante donaciones privadas y, luego, por los gobiernos y grandes consorcios, pero se convirtió en una manera de controlar y determinar qué debían investigar los científicos al decidir qué investigaciones recibirían apoyo económico. En cuanto a liberarse de dogmatismos y dejar de ser un grupo selecto y cerrado, no fue mucho lo logrado con el surgimiento de la moderna comunidad científica. A veces, el lenguaje empleado es tan especializado que sólo un reducido número de investigadores está en condiciones de leer y comprender la información. Más allá de lo deseable, aún hallamos entre los investigadores actuales algunos sumos sacerdotes y discípulos que asumen sus teorías como doctrinas inobjetables, que apegados a sus convicciones, se han convertido en vigilantes y censores de todo cuanto se divulga, y que se arrogan el derecho de reglamentar las investigaciones, la manera de interpretar los resultados de éstas y decidir cuál es el lenguaje a ser utilizado en la ciencia. En cuanto a la posibilidad de comunicar libremente los conocimientos, es cierto que hoy día existe mayor comunicación e intercambio de ideas entre los investigadores que hace unos dos siglos atrás. Sin embargo, no deja de haber restricciones ni en cuanto a la comunicabilidad de cierta información clasificada como inconveniente o como top secret, ni en cuanto a quienes pueden publicar en las revistas de prestigio. La ciencia como una actividad particular del Hombre “La ciencia debe entenderse como un fenómeno social, una empresa valiente, humana, y no como la obra de unos robots programados para recoger información pura” Stephen Jay Gould La ciencia de hoy, tanto en el sentido de conocer como en el de un cuerpo de conocimientos particulares, es producto de un conjunto específico de actividades y habilidades particulares comunes a la mayoría de los seres humanos. Sin embargo, y es importante decirlo, a pesar de que tanto el hombre común como aquel que ha dedicado su vida a la investigación científica, comparten las mismas habilidades cognoscitivas, formas de conocer y, hasta 55

cierto punto, la manera de elaborar los conocimientos, el científico se caracteriza por estudiar los fenómenos de la naturaleza, tanto desde la visión de estructuras de leyes, de teorías o mapas que exponen explicaciones sobre relaciones entre las partes de los fenómenos y entre fenómenos, como de un orden implícito de la naturaleza acordado por consenso. La actividad científica es una actividad social, porque además de derivar de la cultura y su grado de desarrollo, depende de sus bases, de su economía, de su ideología política y de las relaciones que establecen sus miembros, es decir, se trata de una actividad que forma parte intrínseca de la vida social. A pesar de todas las precauciones que puedan tomarse, la actividad científica no está exenta ni elimina las fuentes de error o forma de sesgo personal que pudieran invalidar los resultados de las investigaciones. Tampoco asegura la veracidad de las conclusiones que puedan derivarse de ellas (Nagel, 1981). Más aún, más que ser una actividad rígida que exige la aplicación de reglas y procedimientos que deben ser aplicados al pie de la letra, es una actividad que depende en mucho de la creatividad e intuición de los investigadores. Muchas de las transformaciones de la ciencia no corresponden precisamente a un acercamiento lento y progresivo a la verdad, sino «a la modificación de los contextos culturales que tanta influencia ejercen sobre ella» (Gould, 1986, p. 4). La cultura, a pesar del entrenamiento particular que puedan recibir los científicos, influye en ellos de modo notable sobre su manera de ver las cosas. Las teorías más creativas suelen ser proyecciones imaginativas proyectadas sobre los hechos, imaginación que deriva, en cierta medida, de fuentes culturales. Cuando pensamos en la influencia de la sociedad sobre la actividad científica, debemos tener presentes tres cosas: primero, que la cultura influye en la actividad científica y que, al mismo tiempo, ésta influye sobre aquella. Segundo, que dicha influencia varía según la importancia que social, económica y políticamente se le asigna a los fenómenos estudiados y, tercero, los niveles de abstracción que hayan alcanzado los conocimientos. Vemos así que en USA mientras a finales del siglo pasado apenas se le concedía alguna importancia a las investigaciones sobre la radioactividad, las mediciones antropométricas estaban de moda debido a que sus conclusiones tendían a apoyar los prejuicios sociales hacia la mujer, los niños y las razas no blancas. La ciencia como una concepción de la realidad y como un cuerpo de conocimientos que intenta acercarse a la verdad No debemos olvidar que la concepción de ciencia ha variado y seguirá variando a través del tiempo en las diferentes culturas. Es por ello que cuando hablamos de ciencia debemos tener el cuidado de estar conscientes de ¿cuál concepción de ciencia estamos hablando? Si yo estuviera escribiendo este libro a finales del siglo pasado, estaría convencido de que la ciencia es un cuerpo de conocimientos objetivos, verdaderos y absolutos, y que todas las disciplinas científicas deberían seguir los pasos de la Física mecánica como ideal de ciencia a ser imitado, de modo que el subtítulo de este capítulo hubiese sido algo 56

como: La ciencia como un conocimiento objetivo y veraz. Hace 10 años, para la primera edición de esta obra, el subtítulo fue: La ciencia como conocimiento que tiende a ser objetivo y veraz; pero dada la evolución de la ciencia en los últimos años y la mayor facilidad de acceso a la información, he preferido subtitular este apartado de esta manera: La ciencia como una concepción de la realidad y como un cuerpo de conocimientos próximos a la verdad; especialmente porque este subtítulo refleja mejor lo que sabemos sobre la ciencia en nuestros días. En atención al interrogante ¿de cuál concepción de ciencia estamos hablando?, de ahora en adelante voy a tener el cuidado de distinguir básicamente entre dos ciencias: la moderna, producto de la Revolución Científica y su evolución, la cual mantiene como ideal de toda disciplina científica imitar a la Física mecánica de Newton y sostiene que la ciencia conoce y consiste en un cuerpo de conocimientos objetivos de la realidad; y la ciencia posmoderna, la cual nace a principios del siglo pasado, adquiriendo verdadero vigor a partir de la década de los 60, la cual sostiene que cada una de las disciplinas científicas, no sólo debe adaptarse y desarrollar métodos propios para conocer que sean cónsonos con la naturaleza del objeto que se ocupa de estudiar, sino que además debe tener clara la relación entre sujeto y objeto. Una consideración adicional es que, aunque yo en particular estoy hablando de dos ciencias, la moderna y la posmoderna, cada una de las cuales engloba una serie de definiciones afines, ello no significa que normalmente los investigadores las vean y traten como absolutamente diferentes e independientes entre sí. Son muchos los autores que las superponen en muchos de sus aspectos. Vemos así, que aunque hay una notable diferencia entre la Física de Newton y la Física de Einstein, Niels Bohr, David Bohm..., muchos son los físicos actuales que han adoptado el nombre de mecánica cuántica para la nueva Física, conservando así la idea de mecanicidad, a pesar de que hoy día se tiende a ver el Universo como una unidad que fluye dinámicamente. De la concepción de ciencia como conocimiento de lo eterno y necesario (Aristóteles) o el más alto grado de conocimiento (Platón) que tenían los griegos, la ciencia pasó a ser considerada durante la Edad Media como el conocimiento que Dios tiene del mundo (Grawitz, 1975, p. 28). Luego, en el siglo XVIII, la ciencia fue concebida como una práctica para demostrar lo que se afirma, es decir, para deducir principios ciertos, inmutables y universales (Grawitz, 1975), manteniendo siempre en todas las concepciones de ciencia hasta avanzado este siglo, la idea de que sujeto y objeto son autónomos e independientes. Desde la Antigüedad, la mayoría de los estudiosos anhelaron llegar a desarrollar conocimientos absolutos, verdaderos e inmutables, lo cual se refleja, por ejemplo, en conceptos como los de “ley” y en afirmaciones como “comprobar las hipótesis”. Sin embargo, a pesar de ello, a partir del momento en que en el acto de conocer se propuso distinguir entre sujeto y objeto, la verdad se hizo relativa:

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“La verdad no reside en tal o cual enunciado aislado, cuya suma haría la verdad total; está en el sistema, donde cada elemento no tiene verdad ni siquiera sentido sino por su relación con el conjunto” (Blanché, cit. por Grawitz, 1975, p. 63). La relativización de la verdad contenida en los conocimientos conllevó a un cambio en las afirmaciones sobre algunos de los rasgos de la ciencia. Esto es, por ejemplo, de mirar la ciencia como un cuerpo uniforme y único de conocimientos absolutos, verdaderos e inmutables, se pasó a mirarla como un cuerpo de conocimientos específicos sobre cada objeto de estudio, que los investigadores tratan en lo posible de que sean veraces o, al menos en principio, de que sean contrastables. La objetividad y el problema sujeto-objeto Una de las tantas formas de entender la objetividad, es aquella que afirma que es posible conocer o investigar sin que el sujeto afecte al objeto y viceversa. En este sentido sujeto (investigador) y objeto (fenómeno) son considerados como dos cosas independientes entre sí. Desde este principio, y acorde con el paradigma mecanicista; es comprensible que los investigadores del siglo pasado, e incluso muchos de los de éste, pretendieran alcanzar la posibilidad de establecer conocimientos absolutos y definitivos. Desde los orígenes de la Humanidad hasta la Antigua Grecia, sujeto y objeto fueron una unidad. El Hombre no era un observador, sino que se consideraba un miembro más del Universo, cuyo destino personal estaba íntimamente ligado a su evolución. Con los filósofos griegos se comenzaron a establecer las primeras escisiones teóricas entre el Hombre y el Universo. Una de las posiciones más claras al respecto, es la división entre materia y espíritu que establecieron los atomistas. Esta imagen influenciada por la importancia social que se daba a la esencia de las cosas y a la espiritualidad, trajo como consecuencia que hasta alrededor de los siglos XVI-XVII, los filósofos centraran más su atención en el mundo espiritual que en el material y, por ende, que se dedicaran al estudio del alma y de los problemas de carácter moral. Dicha relación comenzó a invertirse alrededor del siglo XV, debido, entre otros factores, a la Revolución Científica y de la máquina, a las luchas intestinas entre los cristianos, los descubrimientos de nuevas tierras y al pujante desarrollo de la burguesía. A la división del Universo en dos partes, una espiritual y otra material, a lo largo de la historia de la ciencia, los eruditos, básicamente se plantearon el problema del conocimiento a través de dos preguntas: ¿es posible conocer el mundo tal como es? y ¿en qué debemos centrar nuestra atención en el momento de conocer la naturaleza, en el sujeto o en el objeto?; es decir, se plantearon el problema de cómo conocer en términos de la lógica binaria o aristotélica, la cual atribuye a los argumentos un sólo y único valor, ya que funciona sobre la base del principio del todo (1) o nada (0); lo que significa que

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al plantearse el problema del conocimiento lo hicieron en el plano de la lógica y no de la realidad, que en sí tiende a mostrar grados en la mayoría de sus aspectos (Kosko, 1995). Esta manera de formular el problema del conocimiento originó dos corrientes filosóficas diametralmente opuestas: el Idealismo absoluto, representado entre otros por Platón, Kant y Hegel, el cual exige centrar nuestra atención en el sujeto, ya que en la idea se encuentra el principio del ser y del conocer; y el Empirismo, representado, entre otros, por Aristóteles, Berkeley, Bacon, Hume, Newton y Locke, quienes sostenían que el conocimiento del mundo sólo es posible mediante la experiencia sensorial y el establecimiento de la verdad de dicha experiencia a través de su comprobación. Algunos epistemólogos opinan que la pregunta: “¿en qué debemos centrar nuestra atención para conocer el mundo, en el sujeto o en el objeto?”, ha dado origen a casi todas las corrientes filosóficas de Occidente. Ellos proponen que si trazamos una línea continua entre el sujeto y el objeto S---------------/---------------O, y colocamos en el centro de ese continuum el punto de equilibrio “/”, tendríamos que al desplazar nuestra atención desde ese punto central hacia la izquierda, nos hallaríamos en el campo de las diferentes corrientes idealistas de la Filosofía, en tanto que si la desplazamos hacia el lado derecho, nos encontraríamos en el campo de las distintas corrientes empiristas de la Filosofía. El extremo izquierdo, entonces, haría referencia al idealismo absoluto, y el extremo derecho, al empirismo absoluto. El idealismo puede ser resumido de la siguiente manera. Se trata de un término introducido en la jerga filosófica hacia mediados del siglo XVII para referirse a la doctrina platónica de las ideas. En esencia, ha adquirido dos significados, uno gnoseológico o epistemológico, y uno romántico. En sentido epistemológico, se suele llamar idealistas a quienes admiten que los cuerpos sólo tienen una existencia ideal en nuestras almas, negando, por ende, la existencia real de los cuerpos y del mundo. En este sentido, “el mundo no es otra cosa que nuestra propia representación”. En el extremo derecho de nuestro continuum S/O ubicamos al empirismo y podemos resumirlo sucintamente como el movimiento filosófico que apela a la experiencia sensible inmediata como criterio o norma de la verdad. Aunque los empiristas afirman que la verdad sólo se puede adquirir mediante la experiencia, reconocen las limitaciones de los sentidos y están de acuerdo en que todo conocimiento obtenido a través de la experiencia debe ser sometido a contrastación, de manera que pueda ser corregido o abandonado. Su oposición a la razón reside en que consideran que ella por sí misma es incapaz de establecer verdad alguna. Los empiristas niegan toda posibilidad de conocimiento innato y sólo aceptan todo aquel conocimiento que pueda ser confirmado de alguna manera. Apelan a la evidencia sensible y consideran que ella es el único medio para decidir qué es real o no (Abbagnano, 1993).

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Si nos detenemos un poco en la pregunta: ¿en qué debemos centrar nuestra atención para adquirir el conocimiento, en el sujeto o en el objeto?; es posible apreciar que ésta, por sí misma es perniciosa, por una parte, debido a que no admite sino dos formas únicas de conocer, lo que transforma el planteamiento en dogmático, pues niega otras alternativas de conocer como la intuición. Y, por otra, lo que es peor, porque induce a alterar la realidad para ajustarla al método científico, en lugar de ser el método el que se adapte al objeto de estudio acorde con su naturaleza, que es lo que sucede, por ejemplo, con el experimentalismo a ultranza de la Psicología social (Argyle, 1969). Mediante el surgimiento y evolución de la teoría de la relatividad, de los hallazgos de las investigaciones de la Física cuántica, en particular con el impulso dado por investigadores de la talla de Heisenberg, Schrödinger y Bohm; y de las investigaciones de Rosenthal en el ámbito de la Psicología, hoy día se piensa que “El conocimiento humano es [...] el resultado de un proceso complejo interminable en el que están incluidos el objeto y el sujeto. [...] El conocimiento humano aparece gracias a una concomitancia de estructuras objetivas (del mundo real) y estructuras subjetivas (del órgano cognoscitivo). Sin el aporte de los objetos no habría ningún tipo de conocimiento sobre el mundo, sólo ficciones, sueños, alucinaciones, idiosincrasias. Sin el aporte del sujeto no habría memoria, ni conceptos, ni sentencias, ni clasificaciones, ni deducciones, ni teorías, ni verdad, ni existiría, por tanto el conocimiento” (Lorenz y Wuketits, 1984, p. 29). En todo conocimiento hay un aporte del objeto (composición, organización, estructura, estado) y un aporte del sujeto (creencias, afectividad, prejuicios, conceptos, deducciones, teorías). Los sentidos por sí solos, sin ayuda de la razón, y otras formas de conocer, como la intuición, no nos brindan una descripción “fiel” de la naturaleza. Más aún, es inconcebible que los sentidos, la razón y la intuición logren actuar de manera autónoma e independiente. Por fortuna, estas posiciones radicales han disminuido y las organizaciones científicas han terminado por reconocer, entre otras cosas, que no se puede admitir como real sólo aquello que perciben los sentidos, y que así como el investigador altera a su objeto de estudio, éste afecta al investigador. En el caso de ciencias como la Psicología y la Sociología, en las que el Hombre es sujeto y objeto a la vez, el efecto suele ser mucho mayor. Ambos interactúan y se modifican. Más aún, el investigador no puede evitar hacer consideraciones sobre sí mismo al comunicar sus investigaciones, razones por las cuales siempre se introduce un cierto margen de error. Flavell (1978) añade que «la actividad del sujeto y la realidad sobre la que ella opera están mezcladas, y esta indiferenciación bloquea toda aprehensión genuina de un mundo independiente del yo» (p. 88). La posibilidad de objetivar la experiencia está en función de la actividad intelectual del sujeto y no de la experiencia inmediata impuesta desde afuera.

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Debo añadir que además de la imposibilidad de separar sujeto y objeto, es artificial tratar de estudiar los fenómenos aislados los unos de los otros, como si fuesen independientes entre sí. Los objetos de investigación que están en el mundo, son prácticamente infinitos y están íntimamente interrelacionados, por lo que sus elementos componentes, al ser estudiados, no deben ser separados y, menos aún, aislados del contexto en el cual se manifiestan. Si analizamos el agua y estudiamos aisladamente sus elementos, no estamos estudiando el agua, sino el oxígeno y el hidrógeno, que se comportarán de forma diferente según se hallen en presencia de determinadas sustancias y condiciones. Si una persona “habla con Dios” en la Iglesia, se dice que está rezando, pero si por la calle va “hablando en voz alta con Dios”, se dice que es esquizofrénico. Ninguna persona es neurótica per se. No hay nada intrínseco en persona alguna que la haga neurótica. Las personas se suelen comportar como neuróticos según su manera aprendida de interpretar la realidad en determinadas circunstancias y al interactuar con personas que poseen ciertos rasgos específicos de personalidad, según ciertos criterios psiquiátricos. Esta relatividad del contexto nos indica que no es posible hablar del Hombre en forma genérica, universal y atemporal como si fuese un ente aislado tanto de sus congéneres como de su entorno. Igualmente nos señala que no es legítimo explicar un comportamiento en función exclusiva del aprendizaje, la personalidad o cualquier otro elemento integrante de su conducta considerado de manera aislada. La intuición, los sentidos y la razón como medios del Hombre para conocer Acorde con nuestra naturaleza, somos capaces de conocer mediante los sentidos, la intuición y las emociones. Sin embargo, en la actividad científica, sobre todo en disciplinas como la Física, la Química y la Biología; la mayoría de los investigadores suele admitir generalmente como medios válidos de conocimiento a los sentidos y a la “razón” y, excepcionalmente, a la intuición. La palabra intuición proviene del latín intuito (in= en y tueri= ver). Significa percepción clara, íntima e instantánea de una idea o verdad con una presencia tal y de una impresión de realismo mayor que si se la tuviera frente a uno. Según el La rousse (1985) significa «conocimiento claro, recto o inmediato de verdades que penetran en nuestro espíritu sin necesidad de razonamiento» (p. 590). Para Lisa Schulz, “la intuición es el proceso de llegar a conclusiones acertadas basándonos en una información insuficiente” (Schulz, 1999, p. 41). La intuición es algo que “vemos, oímos y sentimos dentro, un lenguaje interno que facilita la percepción y la comprensión” (Schulz, p. 45) y que con frecuencia se anticipa al futuro. Es difícil captar la naturaleza de la intuición, ya que, por una parte, se trata de un proceso que ocurre sin el concurso de nuestra consciencia ordinaria y, por otra, porque sus resultados se hacen presentes en la consciencia habitual de forma repentina. Henri Poncaire, quien llegara a hacer numerosos

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descubrimientos matemáticos y astronómicos, afirmaba en relación a la intuición: “el yo subliminal no es en forma alguna inferior al yo consciente; no es meramente automático; es capaz de discernimiento; tiene tacto y delicadeza; sabe cómo elegir y adivinar (...) Conoce cómo adivinar mejor que el yo consciente; ya que tiene éxito donde éste ha fracasado. En una palabra, ¿no es el yo subliminal superior al yo consciente? (cit. por Martínez, 1989, p. 66). La intuición se suele hacer presente en la consciencia ordinaria como una actitud de expectación, visión y penetración. Es un proceso que condensa la percepción y capta lo más profundo, lo esencial de un todo, bien sea de una idea, de un objeto o una situación. Es muy probable que esté asociada con lo que los gestaltistas llaman insight o invisión, proceso a través del cual la persona llega a través de algún estado de consciencia diferente al ordinario, de forma súbita, penetrante y trascendente a una conclusión que se hace consciente (Greene, 1987). Aunque la intuición es como una suerte de relámpago, el cual se manifiesta a nuestra consciencia habitual a través de la actividad de los módulos neuronales de los hemisferios cerebrales, es de esperar ciertos errores cuando quien vive la experiencia de la intuición, intenta traducir su percepción intuitiva al lenguaje de las palabras. Ello se debe, por una parte, a que las palabras son muy limitadas en comparación a las imágenes y, por otra, porque dicha traducción depende del dominio del lenguaje de quien intenta hacer la traducción. Más aún, una parte de la verdad contenida en la intuición puede ser distorsionada debido a las experiencias y conocimientos previos. En sí, la razón no es un proceso para conocer, sino un interpretador, una suerte de software que nos sirve para organizar, ordenar y darle sentido a la información que llega a nosotros mediante los sentidos. Como proceso que puede ser realizado de manera voluntaria o automática, la razón depende de instrucciones sobre qué hacer con la información, y tiene como base tanto la consciencia ordinaria como la organización y capacidad funcional de los módulos de la corteza del hemisferio cerebral izquierdo. En los módulos neuronales de la corteza del hemisferio cerebral izquierdo, la información sensorial es procesada según normas aprendidas, de forma analítica y serial, mediante representaciones lógicas, semánticas y fonéticas. A través de dichas representaciones construimos explicaciones verbales y lógicas inmediatas de cuanto sucede en nuestro interior o en nuestro entorno. Actividad, que si es realizada de forma automática, trata toda la información como si fuera verdadera, independientemente de si la misma es completa o parcial, verdadera o falsa, real o irreal, relevante o no. Cuando el investigador utiliza básicamente la razón y la lógica como medios para conocer y elaborar información, suele incurrir en serias distorsiones, pues tiende a tener la impresión de que cuanto percibe está compuesto por un sinnúmero de objetos y fenómenos aislados, que únicamente se vinculan

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cuando están temporal y físicamente cercanos entre sí. Más aún, a partir de la forma analítica y secuencial de elaborar la información surge en nosotros la impresión de lo que llamamos causa-efecto. Percibimos que los sucesos ocurren de manera secuencial: primero a, luego, b, luego c..., encadenamos los eventos diciendo que b es consecuencia de a, que c lo es de b..., e incorporamos una causalidad que intenta explicar las relaciones entre a, b, c... Como afirmó David Hume (1992), aparte de las secuencias temporo-espaciales, no percibimos nada que en sí sea una causa. El término no es más que una deducción o razonamiento de nuestra manera de percibir y elaborar la información por parte de los módulos neuronales de la corteza del hemisferio cerebral izquierdo. Otra de las limitaciones del uso de la razón es que estamos condicionados culturalmente a pensar y a elaborar la información, tanto sobre la base de reglas de pensamiento como sobre la base del lenguaje digital, de manera que en nuestros razonamientos pueden colarse muchos errores. Debo agregar que, además, el hemisferio cerebral izquierdo tiende a procesar sólo aspectos de la realidad para los cuales existen palabras, pues no sabe manejar las imágenes. De allí que sólo razonemos en términos del vocabulario que manejamos. En cuanto a los sentidos, ellos nos proporcionan una impresión tan realista de las cosas, que han sido defendidos con mucha pasión como medios capaces de reflejar fielmente la realidad. Tan ha sido así, que para muchos estudiosos la observación directa de las cosas no requiere de reflexión alguna. Más aún, algunos de ellos han estado convencidos de que en verdad no nos hace falta conocer la esencia de las cosas para aclarar la relación existente entre la esencia y sus manifestaciones conductuales. No podemos negar que los sentidos nos proporcionan la mayor parte de los conocimientos sobre nuestro mundo interior y exterior de manera directa, así como tampoco podemos desmentir el realismo con que ellos nos presentan la información, un realismo tan fuerte, con tanta presencia, que durante siglos, millones de seres humanos estuvieron convencidos de que el Sol giraba alrededor de la Tierra y no lo contrario (teoría geocéntrica de Ptolomeo). Pero ¿por qué no habrían de pensarlo así nuestros antepasados y hasta nosotros mismos hoy día? Es indiscutible que todos los días vemos aparecer el Sol por el Este e irse por el Oeste y que observamos cómo, aparentemente, se mueve de un lado a otro alrededor de la Tierra y no al revés. La creencia de que el Sol gira alrededor de la Tierra fue mantenida hasta que Nicolás Copérnico retomó de los griegos y desarrolló la teoría de que la Tierra tiene dos movimientos diferentes, uno de rotación sobre su propio eje y otro de traslación alrededor de un “Sol fijo”. Para llegar a esas conclusiones y convencer a los estudiosos de su época de su teoría, Copérnico tuvo que ingeniárselas con los conocimientos existentes en su tiempo sobre Astronomía Descriptiva y Matemáticas además de emplear sus sentidos, valerse de la razón y la intuición. Aunque valiosos como medios para conocer, nuestros sentidos son limitados. Existen colores y sonidos que no vemos o escuchamos porque nuestros receptores sensoriales no están capacitados para captarlos. Sin embargo, sabemos de muchos de ellos gracias a aparatos especialmente diseñados para

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tal fin y que son una suerte de extensión de nuestros sentidos, disminuyendo así sus limitaciones. A pesar de esto, la construcción de tales aparatos y su uso en un momento dado, no sólo están sujetos a errores de medición, sino que incluso causan alteraciones en los objetos observados, factores que deben incluirse en la incertidumbre de lo que queremos registrar. Por otra parte, como afirma Feyerabend (1981): “la impresión sensorial, por simple que sea, siempre contiene un componente que expresa la relación fisiológica del organismo y que no tiene ningún correlato objetivo [...]. Un ejemplo de esto lo constituye la contemplación de una estrella fija por el ojo desnudo, que contiene los efectos subjetivos de radiación, difracción, limitados por la inhibición lateral de los elementos adyacentes de la retina” (p. 50). Otro factor de distorsión de la información que llega hasta nosotros mediante nuestros sentidos, es el ocasionado en cierta medida por nuestra educación formal e informal, nuestro lenguaje, nuestras ideas, expectativas, intereses, manera de pensar, e incluso prejuicios de diversa índole, como sucedía con la teoría geocéntrica de Ptolomeo, la cual se mantenía sobre la base de la creencia de que si el Hombre es el centro del Universo, es imposible que la Tierra gire alrededor del Sol. En el caso de la mayoría de los científicos, debido a su propia educación formal y su formación científica, difícilmente pueden mirar algo diferente a lo que han aprendido como verdadero. Para ellos, los datos que obtienen de sus investigaciones, no sólo “confirman” sus teorías, sino que además sus experiencias selectivas tienden a apoyar la concepción del mundo de su época. Desde luego que esto tiene la ventaja para la teoría que defiende el científico de que, por lo regular, este no aceptará proposiciones que estén en discrepancia con lo aprendido, pero tiene la desventaja de que al seguir el acuerdo de la mayoría y ser fiel a un paradigma que hasta el momento ha tenido éxito, puede contribuir a seguir manteniendo creencias erróneas que sólo sucesos fuertemente persuasivos pueden hacer caer (Ziman, 1981, p. 21). Sobre la base de lo que he dicho, es evidente que: 1. la intuición, la razón o los sentidos, por sí mismos, de forma independiente, no son capaces de proporcionarnos conocimiento alguno. 2. La intuición, la razón y los sentidos, son interdependientes, en ningún momento dejan de estar relacionados entre sí. 3. La intuición, la razón y los sentidos, son influidos por nuestra cultura, lenguaje, experiencias particulares..., y por nuestra forma de pensar. 4. La única manera de obtener conocimientos confiables es conocer nuestra manera de conocer y conocer la esencia de los medios que usamos para ello.

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Proceso de elaboración y organización del conocimiento científico La elaboración y organización de los conocimientos científicos se realiza a partir de los datos que arrojan las nuevas investigaciones. Dichos datos pueden enriquecer los conocimientos existentes o modificarlos hasta cierto punto sin que ello implique necesariamente un cambio de paradigma. Cuando los nuevos aportes no coinciden con los existentes o con los esperados, los científicos están en la obligación de reestructurar la teoría, o de modificarla. Sin embargo, cuando esto se plantea, son muchos los científicos que adoptan una actitud procustiana. Esto es, en lugar de reestructurar la teoría, manipulan los datos numéricos, crean explicaciones rebuscadas o inventan cualquier otro recurso para que la realidad concuerde con la teoría. La actitud procustiana a la que hago referencia en el párrafo anterior, alude a una leyenda de la Antigua Grecia, en la que se cuenta que un posadero llamado Procusto tenía en su albergue una sola cama. Cuando los viajeros acudían a ésta para pasar la noche, Procusto les hacía entrar y les pedía que se acostaran. Si el huésped era más corto que el largo de la cama, lo amarraba a ésta y lo estiraba hasta que alcanzara la misma longitud. Si por el contrario, el huésped era más largo que la cama, le cortaba las piernas. Al comenzar a indagar, el investigador se enfrenta con eventos o fenómenos concretos, que pueden ser conocidos hasta cierto punto, o totalmente nuevos y desconocidos. Si se interesa por ellos, es probable que trate, tanto de buscar mayor información al respecto, como de hacer nuevas observaciones para formarse una idea más completa de los mismos. Al hacer esto, es posible que, por una parte, empiece a notar que algunos aspectos o elementos, siempre o casi siempre, están presentes, al estar presente el evento o fenómeno de su interés y, por otra, que empiece a distinguir cuáles son aquellos rasgos distintivos o característicos que lo diferencian de otros eventos o fenómenos similares. Mientras el científico avanza en su investigación, es usual que éste vaya formándose y desarrollando ideas que le llevan a formular una serie de abstracciones y generalizaciones. Dichas abstracciones y generalizaciones son muy útiles y valiosas durante el proceso de elaboración y organización del conocimiento, pues no sólo permiten resumir la información alcanzada, sino que además facilitan la tarea de entender y explicar el evento o fenómeno en estudio. Entre el conjunto de abstracciones elaboradas por los científicos están los conceptos, definiciones, nociones y enunciados, que, en lo posible, tratan de describir los eventos y los fenómenos de manera bastante precisa. Esta modalidad de abstracciones, que recibe el nombre de principios unificadores, es uno de los éxitos más grandes del conocimiento científico, pues si los científicos no elaboraran dichas abstracciones, se enfrentaría a un volumen descomunal de información inconexa e inmanejable. Los científicos, más que elaborar y organizar la información que deriva de sus investigaciones, tratan de validar o rechazar progresivamente sus hipótesis. Sin 65

embargo, cuando lo hacen, realizan estas tareas sobre la base de un conjunto de abstracciones y explicaciones, las cuales deben ser coherentes entre sí y cónsonas con las observaciones. La finalidad de ello es establecer patrones, normas y leyes. El conjunto de las explicaciones, patrones, normas y leyes recibe, el nombre de teoría o cuerpo teórico. La teoría representa, tal como estamos empleando el término en este libro, un elevado nivel de abstracción –un mapa- a partir del cual se puede o pueden elaborar modelos de la realidad o representaciones aproximadas de ella.

Períodos evolutivos de la ciencia Estudios históricos recientes sobre el tema sugieren que el desarrollo de la ciencia es un proceso dinámico, cíclico, en forma de espiral, que a veces se produce a saltos, con altos y bajos, máximos y mínimos, y que, a veces, avanza rápida o lentamente acorde con el auge económico, los avances técnicos, el estado de avance de los conocimientos, y los intereses políticos, económicos, religiosos y militares. Uno de los representantes más destacados de este punto de vista evolutivo de la ciencia es Thomas Kuhn, quien basándose en un estudio profundo de la historia de la ciencia llegó a la conclusión de que su desarrollo no consiste en una simple acumulación gradual de datos y la formulación de teorías cada vez más precisas. Para Kuhn (1971), la ciencia muestra una naturaleza claramente cíclica, con períodos bien definidos y una dinámica característica. Este proceso está regido por leyes, y sus cambios pueden ser comprendidos y previstos gracias al uso de paradigmas, que es el concepto central de su teoría. Kuhn considera que los paradigmas son «realizaciones científicas universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica» (p. 13). Es decir, los paradigmas pueden ser vistos «como una constelación de creencias, valores y técnicas compartidos por los miembros de una comunidad científica determinada» (Grof, 1988, p. 21). Otra manera de definir los paradigmas, y que reafirma la anterior, es la de entenderlos como «un conjunto de creencias sobre la realidad que parece obvia e inmutable» (Redfield, 1999, p. 65). Teniendo en cuenta lo anterior, yo voy a conceptualizar los paradigmas como un conjunto de principios cognitivos rectores sobre qué es la realidad, cómo relacionarnos con ella, percibirla, pensarla, experimentarla, sentirla y expresarla; el cual subyace a todo cuerpo de conocimientos. Los paradigmas pueden ser considerados de dos maneras. Una es considerarlos como una especie de superteoría que proporciona sistemas completos de conceptos y perspectivas, es decir, de teorías, principios y doctrinas acerca de todo cuanto hay en el Universo, y la otra es considerarlos como modelos a escala reducida, como una estructura tácita de las ideas que

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incluye la tendencia subliminal a percibir, pensar y hacer las cosas de una forma determinada (Bohm y Peat, 1988). Los paradigmas son esenciales para el desarrollo de la ciencia, porque la realidad es tan amplia y compleja que es imposible estudiarla en su totalidad de forma abierta y sin un punto de comparación o de referencia. De allí que los científicos deban reducirla a una escala operativa y con este fin se rigen por el paradigma vigente. En los comienzos de una ciencia, los paradigmas se caracterizan por su naturaleza especulativa, la coexistencia de numerosos puntos de vista, un caos conceptual, gran número de discusiones y debates sobre los métodos a seguir, la clase de problemas a discutir y las normas a utilizar para considerar como aceptables las soluciones propuestas. Esto suele traer como consecuencia, tanto una división entre los investigadores como el surgimiento de numerosas escuelas. A pesar de la diversidad de las teorías que puedan existir en los comienzos de una ciencia, en sí, ninguna puede ser considerada totalmente errónea si cumple al menos con ciertos principios epistemológicos fundamentales derivados del gran paradigma adoptado (paradigma griego; cartesiano-newtoniano; relativista; cuántico/relativista; holográfico…), de modo que todas, hasta cierto punto, contienen un cierto grado de veracidad, pues es innegable que en alguna medida coinciden y reflejan aspectos de la realidad. Un ejemplo de ello lo encontramos en la Psicología. Cuando la Psicología comenzó a desarrollarse como ciencia autónoma, los investigadores generaron gran cantidad de especulaciones sobre cuál debía ser su objeto de estudio, los temas a incluir y los procedimientos válidos para su estudio. Ello produjo gran cantidad de teorías y numerosas divisiones, que en el tiempo facilitó el establecimiento de las primeras escuelas de Psicología: psicoanálisis, conductismo, gestalt y reflexología. Estas escuelas psicológicas, aunque diferían en su objeto de estudio: “El alma, el inconsciente, la conducta observable…”; y en su método de aproximación a éste, lograron desarrollar conocimientos válidos, algunos de los cuales aún siguen siéndolo. A pesar de la diversidad de teorías que puedan existir en una disciplina, en sí, mientras cumplan con los criterios científicos, ninguna puede ser considerada como incorrecta. En el caso de las teorías que siguen los parámetros de la ciencia moderna y que conciben la fragmentación del todo como un procedimiento válido para acercarse al objeto de estudio es frecuente que entre ellas hallemos una fuerte rivalidad y que cada una se arrogue ser la única y verdadera teoría. Pero ¿Cómo puede ser esto posible? La lógica de la ciencia moderna dice que: “Sólo una teoría puede ser válida y confiable. Sólo una contiene toda la verdad, una verdad que es absoluta e inmutable”. Si tenemos en cuenta que la ciencia moderna se apoya en algunos de los principios del paradigma griego y en la totalidad del paradigma cartesiano-newtoniano –que veremos en detalle en el próximo capítulo- podremos apreciar qué ocurre en verdad. Entre los principios epistemológicos del paradigma cartesiano-newtoniano tenemos que para acercarnos a cualquier “objeto” de estudio, ese algo que queremos

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estudiar, debemos aislarlo del contexto de la realidad para llevarlo al laboratorio y allí descomponerlo en sus partes, es decir, analizarlo para experimentar con él. En otras palabras, cuando hacemos esto con el objeto de estudio que nos interesa lo que estamos haciendo es eliminar el significado y cualidades que adquiere en cada contexto y estamos viendo un sólo aspecto de entre todos los aspectos que integran la totalidad del objeto de estudio. En el caso del estudio del Hombre esto es grave dada la amplitud de su naturaleza y dado el hecho de que siempre es producto de una evolución individual dentro de la evolución más amplia de la sociedad con sus aspectos culturales, económicos, políticos, militares, religiosos…, en la cual mantiene constantemente relaciones con otros individuos y su ambiente. Entre las escuelas psicológicas que han seguido los principios del paradigma cartesianonewtoniano la situación se agrava porque además se caracterizan por ser unas psicologías individualistas. Aunque es justo reconocer los aciertos de las primeras escuelas psicológicas: psicoanálisis, conductismo, reflexología y gestalt; también es necesario que reconozcamos que sus afirmaciones sólo son aceptables en la medida que se circunscriben al contexto y al aspecto de la realidad en el cual centraron sus investigaciones y no las generalizaron a otros contextos o a la totalidad del comportamiento Humano, es decir, en la medida que no intentaron deducir el todo por una de las partes, hicieron referencia a contextos específicos y en la medida en que el método que emplearon se ajustaba a la naturaleza de su objeto de estudio: v.g. en el caso de la reflexología limitarse a la validez de las observaciones en cuanto a las emociones que puede despertar una palabra al condicionarse o asociarse esa palabra con dichas emociones. Intentar explicar la totalidad del lenguaje humano o la imaginación a través de reflejos condicionados iría más allá del alcance de la teoría. Durante el período de constitución de una ciencia particular, la tendencia de sus pioneros es a elaborar alternativas posibles de aproximación o paradigmas a cierta clase de fenómenos. Una vez superado este período, y los estudiosos han logrado un acuerdo sobre cuál debe ser el objeto de la disciplina a la cual se abocan y cuál la metodología a emplear, sigue un período de aceptación de uno de los paradigmas previamente en discusión. Para que una teoría sea aceptada como paradigma en el sentido de un modelo de un aspecto de la realidad, debe lucir mejor que sus competidoras, sin que ello signifique necesariamente que explique algo. Al menos debe tener en cuenta la mayoría de las observaciones ya conocidas y debe contener una pauta prometedora sobre las posibilidades futuras de exploración. La aceptación de los paradigmas, frecuentemente no depende de una sustentación y verificación de elementos racionales y lógicos, sino de circunstancias tales como: “la argumentación persuasiva”, “el proporcionar una muestra clara de lo que será la práctica científica para quienes adopten la nueva visión de la naturaleza”, “la manera como afecta a las aproximaciones anteriores” (Kuhn, 1971), “de ciertas condiciones en el contexto históricosocial” (Russel, 1983) y de la posibilidad de solucionar los problemas prácticos planteados sobre la base de intereses religiosos, económicos, políticos o

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militares en un momento determinado (Braunstein y col. 1977). La Psicología, por ejemplo, comenzó a desarrollarse en firme como ciencia autónoma cuando fue objeto de los intereses creados por la industria, el estado, el ejército e incluso los servicios secretos. Así, la Psicología Industrial emergió de la necesidad de la ideología capitalista de lograr una mayor productividad a un menor costo. Los servicios secretos y el ejército de USA, Inglaterra y la Unión Soviética se interesaron en la hipnosis y la percepción subliminal cuando vieron la posibilidad de obtener información e inducir a las personas a actuar a pesar de su voluntad. Una vez que un paradigma ha sido aceptado por un grupo de científicos, la ciencia entra en lo que Kuhn ha denominado período normal de la ciencia. Durante el período normal de la ciencia, los científicos acumulan información y precisan, tanto la teoría como el modelo o paradigma a emplear, tratan de eliminar las ambigüedades relacionadas con los conocimientos, hacen predicciones y cotejan la teoría con la realidad mediante métodos considerados válidos. Es decir, se abocan a la tarea de corroborar la teoría. Sin embargo, esto no significa que los teóricos e investigadores estén dispuestos a descartar una teoría si esta no es corroborada, especialmente si existen grandes intereses de por medio. Un ejemplo de ello lo podemos ver en el área de la Economía. Uno de los principios básicos del capitalismo afirma que el individualismo, es decir, el juego de “yo gano, tú pierdes”; es capaz de movilizar la economía y traer consigo la prosperidad y el bienestar común. Pero esto es falso como lo han demostrado las evidencias de la acentuación de los índices de pobreza cada vez que se implementa en las economías nacionales. John Nash, matemático y premio Nobel de Economía en 1994 por sus hallazgos sobre la denominada “Teoría de los juegos”, no sólo puso en evidencia la falsedad de los principios conductuales que rigen el capitalismo, sino que, además, formuló la proposición de una economía cuyo juego consiste básicamente en: “Yo gano, tú ganas” (Graziano, 2004); la cual ha demostrado ser eficiente en diversas culturas (Schumacher, 1986; Chomsky, 2002a). Para más, el sistema económico capitalista, usurpando el campo de la Psicología, pretende explicar y resolver todos los males psicológicos sociales e individuales a través de la teoría de los incentivos como se pone en evidencia, por ejemplo, en la obra “Freakonomics”, de Levitt y Dubner (2006). Esta descripción de Kuhn da la impresión de que durante el período normal de la ciencia los científicos se limitaran a verificar e instituir el nuevo paradigma, es decir, que se dedicaran esencialmente a un trabajo rutinario. Pero como dicen Bohm y Peat (1988) esto no es así. Aún durante el período normal de la ciencia, el trabajo de los científicos es creativo y se siguen suscitando cambios significativos, de manera que el paradigma no queda estático durante un cierto tiempo, sino que es dinámico, cambiante. Es importante destacar este hecho porque de otro modo se adquiere una percepción errada de la situación y se llega a creer que como científicos, nos debemos limitar a contrastaciones y labores de rutina que contribuyan a la validez y confiabilidad del paradigma o teorías hasta que se produzca la siguiente revolución.

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En cierto momento del período normal de la ciencia, los científicos empiezan a percibir que en el paradigma usado “hay algo que no concuerda”. Hallan, por ejemplo, fenómenos que no se pueden explicar o ser investigados por medio del paradigma utilizado, o encuentran contradicciones entre los planteamientos teóricos formulados y los hallazgos empíricos. Entre estos investigadores, frecuentemente, algunos tratan de corregir los errores, otros dejan de lado la dirección que venían siguiendo en sus investigaciones y otros se resisten a las evidencias y niegan toda posibilidad de discordancia entre el paradigma que emplean y la realidad. Algo que me parece sorprendente es que las enseñanzas de los paradigmas en las aulas de clase y en los libros de texto, muestran a éstos como algo perfecto e inmaculado que marcha sobre rieles. Sus presentaciones, por ejemplo, suelen ocultar muchos aspectos de la realidad, tales como sus fracasos y contradicciones, y suelen mostrar las irregularidades del comportamiento como regularidades, tal como ocurre con la conducta individual y social del Hombre, el mundo de las finanzas o el mismo comportamiento de los sistemas mecánicos; creando así una falsa expectativa de predicción y control universal de todos los fenómenos. Los paradigmas son presentados también como la verdadera realidad y solución a todos los problemas relacionados con una cierta clase de fenómenos, olvidando que son una representación de una parte de la misma a partir de un cierto enfoque. Esta convicción llega a ser tal, que quienes comparten un paradigma lo aceptan incondicionalmente y no se llegan preocupar por poner a prueba su validez, sino que se interesan en mantener sus supuestos básicos (Kuhn, 1971; Grof, 1988). De allí que, entre otras cosas, se penalicen las divergencias en cuanto a las opiniones sobre los supuestos básicos del paradigma. En el período final de un paradigma, como consecuencia de las divergencias que encuentran algunos investigadores entre el viejo paradigma y la realidad, algunos de ellos empiezan a desarrollar procedimientos diferentes a los señalados, introducen nuevos conceptos o empiezan a relacionar los fenómenos con algo que no estaba contemplado por el paradigma en uso, propiciando así un cambio de paradigma (Kuhn, 1971). El cambio de paradigma suele ser lento, entre otras razones, por motivos religiosos, políticos, militares, económicos, y porque algunos científicos se aferran al paradigma anterior, lo cual es humanamente comprensible si pensamos, por una parte, en las dificultades psicológicas que tienen los investigadores para abandonar las viejas ideas y, por otra parte, si pensamos en que estas personas han dedicado una parte significativa de su vida a la explotación del paradigma cuestionado. Ejemplo de ello lo podemos hallar entre psicoanalistas y conductistas ortodoxos. La sustitución del paradigma ocurre cuando se ha comenzado a elaborar uno nuevo. Es decir, cuando se han reelaborado los viejos conceptos, se han elaborado otros nuevos y se ha desarrollado una nueva metodología, lo cual, según Kuhn, no ocurre de manera progresiva, sino de forma abrupta y de una vez, ya que la realidad comienza a ser interpretada de una forma nueva y se

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emplean nuevos instrumentos. Es como si una persona hubiera siempre visto el mundo a través de unos lentes de aumento y de pronto comenzara a verlo sin ellos. Tipos de paradigmas Acorde con las explicaciones de Thomas Kuhn, se pueden distinguir dos tipos de paradigmas: uno, que contiene conceptualizaciones radicalmente nuevas acerca de una clase de fenómenos, capaz de explicar aquellos que con anterioridad eran excluidos o permanecían inexplicables y, otro que se refiere a explicaciones un tanto diferentes de los fenómenos, pero que carece de una perspectiva verdaderamente distinta. En el campo de la Psicología, un ejemplo del primer tipo de paradigma lo constituye el salto del estudio de la mente al estudio de la conducta observable, y un ejemplo del segundo tipo de paradigma lo constituyen las conceptualizaciones derivadas del psicoanálisis, como el psicodrama de Moreno y el Análisis Transaccional. ¿Ciencia universal o ciencia contextual? La ciencia moderna fue construida sobre la base de una mentalidad universalista de los conocimientos. Desde la Antigüedad, los estudiosos siempre habían mantenido la idea de que debía existir un modo, un método, que permitiera al Ser Humano tener acceso a la Verdad Única y Eterna. Los griegos clásicos comenzaron esta tarea, pero por diversas razones históricosociales, esta idea perdió ímpetu por siglos, resurgiendo de nuevo poco antes del Renacimiento en la figura de destacados eruditos. Los estudiosos habían intentado numerosos procedimientos como la lógica, el arte de la memoria, la Cábala, la mathesis, la Alquimia, el Hermetismo..., con el fin de dar con la llave milagrosa que abriera las puertas al Conocimiento o scientia generalísima, pero ninguna de las llaves probadas, aunque enriquecieron a la Humanidad, sirvió para dicho fin. Luego de muchos intentos vanos, los estudiosos creyeron haber dado con la llave milagrosa, cuando entre otros muchos, Ramus, Bacon, Galileo y Descartes cambiaron profundamente, tanto el sentido y la perspectiva de los problemas como la manera de percibir, representarse y pensar el Universo. Los cambios significativos que produjeron aquellos pensadores en el ámbito del conocimiento entre fines del siglo XIV y finales del XVII conllevaron a una serie de discusiones que se caracterizaron por una continuidad de ideas (Rossi, 1989), las cuales fueron exitosamente sintetizadas por Newton al encontrar los principios cognitivos conectores que subyacían a todas ellas. Nació así la ciencia moderna con su famoso método científico, el cual mantiene, entre otros principios, el de la objetividad, la existencia de una sola realidad con un sustrato material común a todos los objetos, de un único orden universal, la existencia de un tiempo, espacio y movimiento absolutos, el análisis y la 71

regularidad de los fenómenos, y el determinismo o causalismo de los fenómenos: “nada ocurre por casualidad, todo está determinado por alguna causa. Conociendo el efecto, podemos saber cuál fue su causa y viceversa”. La efectividad del método científico despertó tal entusiasmo que en poco tiempo no hubo ámbito del conocimiento vinculado a la physis o al Hombre que no se acogiera a sus principios rectores, de modo que la Economía, la Política, el Derecho, la Educación, la Biología, la Medicina, el Arte de La Guerra..., eran pensadas en términos cartesianos-newtonianos. Efectivamente, en el campo de la Física del movimiento, la fuerza, la masa, la aceleración, roce, inercia, tiempo, espacio..., las ecuaciones newtonianas se mostraban y se muestran increíblemente precisas. De hecho, podemos saber con exactitud en qué posición se hallaba Saturno el 12 de agosto de 1516 a las 5 de la mañana en el sistema solar; saber dónde está en este momento o dónde estará el 5 de abril del año 2050 en horas del mediodía; podemos enviar desde la Tierra, con muy poco margen de error, una nave espacial a posarse sobre la superficie de Marte sobre la base de cálculos newtonianos; o podemos calcular, indistintamente de que se trate de una piedra, una bala de cañón, un misil, un tren..., cuánto tiempo le tomaría desplazarse de un lugar a otro entre dos puntos cualesquiera de la Tierra. Pero ¿podemos seguir los mismos principios de la Física clásica en Psicología y olvidarnos del momento histórico-cultural en que fueron elaborados? Así lo creyeron los primeros estudiosos de la conducta humana. Ellos pensaban y actuaban en términos de una omnisciencia universal, es decir, en términos de una ciencia atemporal y acultural, cuyos principios rectores son aplicables a cualquier fenómeno. Tenían una visión acumulativa, lineal y atomista de la ciencia. Privilegiaban ciertas causas como determinantes de la conducta. Creían en el control y precisión en la predicción de la conducta. Estaban convencidos de la existencia de una realidad única. Formularon ideales hacia los cuales debíamos dirigir nuestras energías y esfuerzos para lograr la salud y la felicidad. Y consideraban la Psicología como una ciencia de lo sencillo, la cual conduciría indefectiblemente hacia un conjunto universal de conocimientos verdaderos. Cuando un estudioso del comportamiento humano, como Freud o Piaget, se esmeraba en conocer y elaborar conocimientos científicos sobre algún aspecto de la conducta, normalmente lo hacía apoyándose en los principios de la ciencia moderna u omnisciencia universal, lo cual significaba, entre otras cosas, que concebían el conocimiento psicológico como algo atemporal y acultural y, por ende, aplicable a cualquier ser humano del planeta indistintamente de su cultura y del momento histórico que estuviera viviendo. Algo que además a mí me parece muy razonable, si tenemos en cuenta que, entre otros aspectos, los cambios sociales y el pensamiento social durante los años 30-40 del 1900, aún eran muy lentos en comparación a los de los años 50-60 y subsiguientes; si tenemos presente que no exista el fenómeno de la “globalización” y que, por ende, las culturas aún lograban conservar muy bien su soberanía, siendo muy poca la influencia de otras culturas; y si no olvidamos que para aquel entonces, en el campo de los conocimientos, apenas aún sí se comprendían y tomaban en

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serio las implicaciones de la teoría de la relatividad, la teoría cuántica, la teoría general de sistemas, la teoría del caos y los avances de la lingüística. Si tomamos, por ejemplo, las ideas freudianas, veremos que durante unas 7 décadas los estudiosos estuvieron convencidos y convencieron a la sociedad occidental de la notable influencia de los traumas infantiles sobre la vida adulta, dejando de lado experiencias traumáticas de la vida adulta como lo son entre otras el divorcio, la pérdida del empleo… Tal énfasis hicieron los psicoanalistas ortodoxos en las experiencias infantiles y el complejo de Edipo que se mostraban pesimistas respecto a la posibilidad de que “realmente” una persona adulta pudiera resolver sus conflictos, y ello aunque la persona cambiara su manera de pensar y contase con cambios contextuales favorables como para permitir una auténtica transformación. Algo parecido en cuanto a la rigidez de las ideas sucedía cuando Piaget hablaba del desarrollo de la inteligencia. Él estaba tan convencido de los principios de la omnisciencia, que al hacer sus observaciones sistemáticas llegó a la conclusión de que ésta se desarrolla de forma lineal en todos los Seres Humanos de una manera progresiva y acumulativa, es decir, percibía que en la medida que un individuo crecía, la inteligencia seguía una misma dirección de manera ordenada, durante la cual los procesos cognitivos convergían siempre hacia un punto de equilibrio (Montesano y Munari, 1985). Gracias a la actitud crítica de los investigadores en el campo de la Psicología, así como de otras disciplinas que vinieron a enriquecer sus conocimientos y crear apertura hacia otras perspectivas, un grupo significativo de psicólogos comenzó a destacar las irregularidades cada vez más numerosas y evidentes de la Psicología cartesiana-newtoniana, entre las cuales empezaba a hacerse cada vez más claro que la Psicología más que una ciencia universal, es una ciencia cultural como la denominan, entre otros, Montesano y Munari. En el devenir y transformación de la Psicología cartesiana-newtoniana, los psicólogos comenzaron a advertir que era imposible hablar del resto de los Seres Humanos sin incluirse a sí mismos, o dicho en otras palabras, que era inútil que alguien intentara hablar del comportamiento del Hombre sin proyectar sobre sus teorías o mapas psicológicos su propia subjetividad, la cual incluye entre muchos aspectos, su individualidad, sus experiencias personales, su cultura, su lenguaje, modo de ver la vida... Al aceptar todo el universo de factores que configuran el comportamiento Humano, un grupo cada vez más significativo de psicólogos viene hablando de la Psicología como una ciencia de lo complejo. Una ciencia en la cual no existen propiedades fundamentales y no se privilegia ningún aspecto o dirección a seguir, es decir, no acepta la premisa de que la conducta es producto exclusivo de lo biológico, o de lo social, o de “X”, excluyendo o relevando el resto de los factores a la categoría de secundarios. Además, ya no se habla de una evolución psicológica completamente previsible, lineal y progresiva, sino que en general, las transformaciones son consideradas como necesariamente abiertas e indeterminadas. La nueva generación de psicólogos, no sólo ha cambiado las preguntas, sino también el tipo de preguntas a través de las cuales es posible definir las

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investigaciones científicas. Perciben y piensan la actuación Humana desde distintas perspectivas, viendo la Psicología como una actividad cognitiva eminentemente re-combinatoria y creativa, la cual involucra, al menos, tres aspectos particulares: los conocimientos previamente adquiridos, los fines de la investigación y la esfera afectiva (Montesano y Munari, 1985). Igualmente, se ha dejado de pensar en que existe una realidad absoluta, la cual es percibida por cualquier persona psicológicamente sana. En la actualidad, una mayoría significativa de psicólogos está de acuerdo en que la realidad es una construcción mental cuyo dibujo o mapa depende de la subjetividad de cada persona. Más aún, el criterio de salud mental de las personas ya no radica tanto en términos de cuánto se aproxima su percepción a la realidad, sino más bien de cómo organiza, interpreta y qué hace con esa realidad. A este criterio se unen también el grado de flexibilidad que posee la persona para enfrentarse a las situaciones, el nivel de desarrollo de su individualidad, de su propia estima, su capacidad para vivir el aquí y ahora, así como de saber relacionarse consigo mismo y con los demás, teniendo siempre en cuenta sus actuaciones en contexto.

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CAPÍTULO TERCERO BREVE HISTORIA DE LA PSICOLOGÍA La palabra Psicología proviene del griego Psyché o Alma, y Logos Sabiduría, Tratado; de manera que podemos decir que etimológicamente significa Tratado del Alma. Hasta alrededor del siglo XVII, nos comenta Carl Jung (1988) la historia de la Psicología, entendida como tratado del alma, consistía básicamente en un conjunto de doctrinas referentes a ella sin convertirse en objeto de investigación, pues en general, a los estudiosos les parecía algo tan conocido e inmediato que no consideraban necesaria ninguna experiencia auxiliar ni de carácter más objetivo. Ocurría algo similar a lo que hacen la mayoría de las personas hoy día, quienes por el hecho de tener una cierta experiencia de sí mismas, se inclinan a creer que saben lo que le ocurre a las demás, qué es lo correcto y lo indebido, cuál es el mejor comportamiento o no, qué sienten y deberían sentir los demás ante las diversas circunstancias de la vida... Están convencidas de que se conocen lo suficiente como para poder atreverse a juzgar, no sólo a sí mismas, sino también al resto de las personas, e incluso a la Psicología y a los psicólogos. La mayoría de las personas suele partir del principio a priori de que los demás son semejantes o iguales a ellas principio de igualdad- y que ello les confiere, tanto la facultad de conocer a los demás como de darle validez a sus afirmaciones. La supuesta validez del principio de igualdad a través de todos los tiempos con relación a la psyché, a la razón, a la mente, a la consciencia o a la conducta, según el énfasis en cada momento histórico en uno de estos aspectos del ser humano, radica en esencia en una consciencia colectiva o consensual no diferenciada o individual, y a la manera como se piensa que está ordenado el Universo. Y así, si la mayoría de los miembros de la sociedad coincide en la opinión de que las cosas son de una cierta manera, es porque debe ser verdad. Mientras más personas creen en una misma idea, más válida debe ser ésta. Hay en este principio de igualdad un fuerte vínculo con la idea predominante a través de la historia de la humanidad de la existencia de una sola verdad absoluta, universal y atemporal. De allí, por ejemplo, la validez que se le ha otorgado a las tipologías humanas a través de todos los siglos. Sin embargo, cuando hablamos del principio de igualdad debemos tener el cuidado de denotar respecto a qué nos hemos sentido iguales los seres humanos a través de la historia y de las culturas. Los griegos, por ejemplo, establecían claras diferencias sociales entre ellos, y entre ellos y los bárbaros o extranjeros, tenían también muy claro que había personas más sensibles que otras, que algunas lograban aprender con mayor rapidez...; y establecieron además la idea de Yo, pero en cuanto a ciertas tendencias como la ira, la envidia, la codicia o la gula, o bien, en cuanto al alma, el buen raciocinio, las virtudes a alcanzar... ellos pensaban que todos somos iguales o semejantes, porque todo está dentro de un mismo orden y se rige por las mismas leyes universales. Si a alguien le iba mal en la vida o caía en desgracia, la causa residía para todos en lo mismo: “El haberse atraído la ira de los dioses, su mal comportamiento, el destino, los 75

astros...”. Si a alguien le iba bien en la vida, era por su buena fortuna, la protección de los dioses, los astros... El principio de igualdad, establecido mediante la idea de que todo está ordenado y jerarquizado, de que todo se rige por las mismas leyes universales, de que todos los seres humanos poseemos la misma naturaleza, cuyas únicas diferencias son las personalidades típicas..., siempre tendió a crear una consciencia colectiva consensual que proporcionaba uniformidad de pensamiento y de acciones, las cuales, a su vez, siempre tendieron a ser preservadas en todas las sociedades “por el bien colectivo”. Consciencia individualizada siempre fue sinónimo de “peligro” y de algo inaceptable. De manera que la igualdad se convirtió en algo muy natural que compartimos todos, particularmente si pensamos en el hecho de que ello siempre ha proporcionado, al menos aparentemente, una cierta seguridad psicológica, una manera de tener certeza de las cosas y de evitar la incertidumbre. Los primeros intentos formales de una verdadera Psicología Individual, los hallamos entre los esfuerzos de los astrólogos del Renacimiento y un poco más allá. Ellos vieron en la carta natal, más que un medio de predecir o prever el futuro, una manera metafórica de bosquejar la personalidad con el objeto de reconocerla y la gente pudiera liberarse, tanto de ella como de cualquier otra cosa que impidiera su crecimiento individual. Pero en realidad, no fueron muchos quienes apoyaron la idea de un crecimiento individual, tanto espiritual como material. La mayoría de la gente, por diversas razones, siempre ha optado por seguir caminos conocidos y “seguros” como los dictados por doctrinas, dogmas, religiones... y por personas “confiables” como los sacerdotes, los filósofos, los científicos, los psicólogos... que siguen los lineamientos de la “Verdad”. Sin embargo, durante este siglo, la idea de individualidad ha cobrado una gran fuerza en la medida que hemos cuestionado nuestras ideas sobre la realidad, el orden, la verdad, la ciencia, la religión, Dios, nuestras relaciones con nosotros mismos, nuestros congéneres y el mundo y nuestra propia naturaleza. Estamos viviendo una verdadera revolución, una auténtica transformación en todos los niveles de nuestras vidas, y creo que quizá su aspecto más importante es que comenzamos a aceptar la responsabilidad de nuestras propias vidas y que en lugar de esperar que lo demás hagan por nosotros o que las cosas externas nos den felicidad, cada uno de nosotros ha comenzado a entender que debe hacer algo por sí mismo para mejorar la calidad de su vida, y que la felicidad no está en las cosas externas per se, sino que ella está en nosotros mismos mientras actuemos en función de nuestro crecimiento espiritual y material y del desarrollo de nuestra individualidad. Para ello debemos conocernos a nosotros mismos, para ello debemos cumplir con el Oráculo de Delfos “Conócete a ti mismo”, y desde allí redimensionar nuestras vidas particulares, lo que no significa que debamos descalificar todos los conocimientos psicológicos existentes, sino más bien, que debemos pensarlos y aprender a usarlos de una manera que sí nos sintamos realizados, sí nos sintamos plenos, sí aceptemos clara y conscientemente el valor y la importancia

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de nuestras diferencias individuales y nuestras posibilidades en la vida, en lugar de que ellas, las diferencias, sigan siendo objeto de comparación, temor, envidia, destrucción, sufrimiento y dolor. La Psicología no nació repentinamente en Babilonia, la antigua Grecia o dos mil años después en un desconocido y aislado laboratorio en Leipzig. Estos son puntos de referencia, hitos en la historia que son marcas orientadoras en el tiempo y el espacio que se adaptan a la manera lineal y de secuencias temporales como funciona nuestra corteza cerebral del hemisferio izquierdo. Los conocimientos psicológicos siempre han estado presentes de un modo u otro en los hombres y mujeres de todos los tiempos, igual que hoy también lo están, porque dichos conocimientos siempre hablan sobre la medida en que cada uno se conoce a sí mismo, de las imágenes que se crea y de lo que cada uno hace con esos conocimientos. Desde los tiempos más remotos, el ser humano siempre se interesó por tratar de entender y explicar por qué es como es, por qué los demás son diferentes y semejantes al mismo tiempo, en qué medida es dueño de su propia vida, cuál es su origen, hacia dónde se dirige, cuál es el sentido de su existencia, cuál su relación con este mundo... Sin embargo, lo importante es cómo nos hemos pensado y cómo nos estamos percibiendo y pensando hoy, saber cómo esos conocimientos están influyendo en nuestra vida individual y colectiva, y cómo estamos empleando dichos conocimientos. El paradigma griego A todo cuerpo de conocimientos subyace una serie de principios cognitivos rectores sobre qué es la realidad, cómo relacionarnos con ella, percibirla, pensarla, experimentarla, sentirla y expresarla. Este conjunto de principios puede ser denominado paradigma o modelo de la realidad. Hay dos formas de considerar lo que es un paradigma. Como una estructura tácita de las ideas, que incluye la tendencia subliminal a percibir, pensar y hacer las cosas de una forma determinada y como una superteoría que proporciona sistemas completos de conceptos y perspectivas (Bohm y Peat, 1988). Yo adoptaré para los propósitos de este capítulo la concepción de paradigma como superteoría. Cualquiera sea la concepción que posea cualquier cultura sobre el Universo, esta le da orden, unidad y uniformidad a la sociedad en todos sus niveles de organización al permitir incluir, como dicen Bohm y Peat (1988), la tendencia subliminal a relacionarse, percibir, pensar y hacer las cosas de una cierta manera, es decir, al convertirse, no sólo en guía y orientación del comportamiento individual y de las relaciones, sino además en un conjunto de reglas sobre el percibir, pensar y hacer las cosas. La concepción del Universo determina lo que en cada cultura ha de ser considerado como conocimiento válido y útil, a quién comunicarlo y la manera de hacerlo. Define además la naturaleza de los miembros de la sociedad y, por ende, su autopercepción y autoestima, pues generalmente implica una valoración y, en última instancia, como en nuestra cultura, implica el grado de

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confiabilidad del pensamiento y grado de salud mental de sus miembros y, por lo tanto, si sus opiniones han de tenerse en cuenta o no. Los paradigmas, sobre todo cuando sus analogías se refieren al universo, no son aceptados particularmente por su aproximación a la verdad. Con frecuencia lo son por razones muy diversas a ellas como, pueden ser razones sociales, políticas, económicas y religiosas. Aparte de esto, las analogías han sido aceptadas porque suponen una estructura admisible a partir de la cual se podrían descubrir todas las verdades del Universo. Desde luego, que una vez elaborado un paradigma, aún queda mucho por resolver, pero se espera que a través de las indagaciones posteriores se aclare todo. Desde épocas remotas, los seres humanos se han visto, o como espectadores, o como protagonistas de su propia existencia, o como una combinación de ambas cosas, es decir, como un actor o piloto de su propia vida que actúa en armonía con las circunstancias. Quienes se han considerado como espectadores, desde el momento en que el Hombre contó con un cierto grado de desarrollo cultural y un lenguaje apropiado, siempre elaboraron explicaciones causales coherentes con sus creencias vinculadas a lo sobrenatural, la Magia, la Religión, la Ciencia..., de manera, que a veces hablaron de predestinación por decisión de los dioses, de una deidad, de la naturaleza, la buena o mala suerte, los astros favorables o adversos, los instintos, los reflejos, los genes, la cultura... Estas personas, además, han buscado la manera de predecir y controlar los acontecimientos y la conducta de las demás personas para manipularlas. Quienes se han considerado como actores de sus propias vidas, han creído que con la sola voluntad y determinación es posible alcanzar todo cuanto se desea e, igualmente, intentan controlar y manipular a las personas y circunstancias; mientras que quienes juzgan que la vida del Hombre es una combinación de ambas cosas, afirman que uno es motor y piloto de su propia vida, que uno es responsable de su propia vida, una vida que debe ser vivida según la naturaleza de cada cual, una vida que debe incluir el desarrollo y amplitud de nuestra consciencia, de modo que podamos alcanzar el conocimiento y la sabiduría para actuar en armonía en el momento adecuado según las oportunidades que se nos presentan. Aunque de la Grecia Clásica nos separan más de 23 siglos de historia, si queremos entender una parte significativa de nuestra propia cultura, nuestros ideales, valores, forma de percibirnos, pensarnos y relacionarnos con el mundo, así como también, si queremos llegar a entender, entre otros, conceptos tales como Sabiduría, Conocimiento, Verdad, Yo, individualidad, orden, jerarquía, ética y democracia, debemos tener presentes al menos los principios cognitivos básicos del paradigma griego, pues su pensamiento aún sigue vigente entre nosotros de distintos modos. Las primeras bases formales de la Psicología Occidental se remontan a los antiguos griegos, quienes aportaron las primeras descripciones de la conducta humana en forma de mitos, destacando entre ellos los poemas homéricos de la Ilíada y la Odisea, obras en las cuales se describe la Psicología de sentido común de los griegos presocráticos, y en las cuales Homero planteó la existencia de la psyche o alma-aliento como imagen insustancial del cuerpo. En su concepción,

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la psyche le da la vida al cuerpo, sobreviviendo posteriormente a éste «con una existencia desgraciada y exangüe en el Hades» (Kirk, Raven y Schofield, 1987, p. 25). Con la evolución del lenguaje y del pensamiento, los griegos introdujeron la Filosofía como una forma de conocer diferente a la proporcionada por el mito, el cual se caracteriza, entre otros aspectos, por la ausencia de pruebas que soporten su veracidad. La Filosofía introdujo un método para pensar, que implica la duda, la prueba y la fundamentación (Hirschberger, 1985, I). Según Cappelletti (1980) el objetivo fundamental de los primeros filósofos griegos, jónicos y pitagóricos, fue la elaboración de una cosmovisión racional que permitiera una concepción unitaria de la realidad alcanzada por medios distintos al mito y a la tradición poética-religiosa. Su búsqueda estuvo esencialmente volcada hacia la naturaleza, más que hacia el mundo interior, lo cual les permitió desarrollar conocimientos particulares del mundo material, como la Astronomía, la Meteorología, la Biología y la Química, los cuales se basaron en la experiencia y en el razonamiento analógico-inductivo. La consciencia del Hombre primigenio era una consciencia participativa, es decir, era tal que le permitía percibir y sentir que vivía en un mundo de cosas vivas y vinculadas entre sí, un mundo que era uno con él y, por ende, un mundo en el cual no había ni disociación ni distancia entre él y la naturaleza. Pero con el surgimiento y desarrollo del pensamiento racional griego y sus sofisticaciones, el Hombre occidental comenzó a trazar fronteras entre él y su mundo, y en su consciencia comenzó a apagarse, a morir, a dividirse y a escindirse en dicotomías, lo cual, a su vez, introdujo conflictos, roces, tensiones: “Finito-infinito; Destino-Libertad; sentido-sin sentido; orden-desorden; divinosecular; vida-muerte...”; que no están en las ideas mismas, sino en la mente de quienes las crean y las emplean. Junto a las dicotomías, los griegos generaron la separación entre las cosas que integran el tejido del mundo, convirtiéndose ambas, en dos de las superpautas o principios cognitivos que durante siglos han guiado nuestras conductas. Los griegos separaron y contrapusieran muchos aspectos del mundo, tales como: “El Ser del Devenir, el cuerpo del alma, lo racional de los irracional, el Yo del no Yo, el Yo del Otro, el Nosotros del bárbaro o extranjero...”; asignando a cada extremo de las dicotomías valores absolutos del tipo todo o nada. Junto con el desarrollo de la razón, la atención se fue concentrando, además, sobre el aspecto material de las cosas, sobre la physis, y aunque el ser no murió y se ha mantenido vivo hasta nuestros días, éste se fue convirtiendo en algo menos vivo y cada vez más estático. El interés por la naturaleza y la sofisticación de la razón implicó que las cosas vivas fueran sustituidas por símbolos abstractos, símbolos que iban siendo cada vez más eficaces para el tratamiento del mundo. Estos, a su vez, se fueron transformando en una forma lógica formal y matemática de ver al mundo, lo que es comprensible entre los griegos, ya que su mística, un tanto impura, arrancó de leyendas en las cuales los dioses no eran lo Supremo, sino que lo eran principios y fuerzas superiores a su voluntad, como el Destino, leyendas a partir de las cuales se inició la dualidad entre cuerpo y alma.

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Si comparamos la mística de los griegos con la israelita, que es más o menos contemporánea a la de los milesios, podremos apreciar que ambas contrastan en el sentido de que los israelitas vaciaron la naturaleza de toda presencia divina con más prontitud que los griegos. La mística de los griegos e israelitas contrasta más fuertemente cuando comparamos el sentido particular que tenía para cada una. Mientras que para el pueblo de Israel, Yahvé había sido el creador de todas las cosas, la razón última, para los griegos, el mundo era un mundo sin creador. El origen del mundo y de las cosas que en él hay, fueron el producto de fuerzas naturales que se separaron por pares del Caos y de la Noche, como se aprecia en la cosmogonía de Hesíodo, de modo que dioses y mortales tenían para él un origen común. Esto, que es algo muy frecuente en la cosmogonía griega, implicaba que los dioses y los hombres debían inclinarse ante un principio primordial que regía y ordenaba toda actividad dentro del mundo. En Homero se puede apreciar que son numerosas las veces que Zeus se debe inclinar ante el Destino, fuerza superior a la voluntad de los dioses. Hay una Necesidad (anagke) que se impone a los dioses y a los hombres. Hay una physis que es el principio omnipresente e inmanente que preserva y hace durar las cosas. En Anaximandro, por ejemplo, el principio general era el ápeiron, que puede ser entendido como lo indefinido, lo inmortal, lo incorruptible. El caso, nos dice Pániker (1992), «es que las primitivas fuerzas del destino, superiores a la voluntad de los dioses, se fueron convirtiendo en las leyes de la naturaleza» (p. 49). De allí que sea comprensible que Platón y Aristóteles, por ejemplo, afirmaran que los dioses eran el producto de ciertas experiencias previas, y que Aristóteles desarrollara una teología natural que habría de celebrar alianza con la Iglesia Católica Apostólica y Romana. Al abandonar la poesía y adoptar la prosa, los griegos introdujeron una nueva forma de percibir y expresar el mundo, pues se abandonó el énfasis en la imagen, la amplitud de su representación y su ir más allá de lo representado por un discurso que intenta ser unívoco en cuanto al significado, es decir, que intenta dar a las palabras, que encierran en sí pluralidad de sentidos, un solo significado. Ellos abandonaron la poesía e hicieron de la prosa el medio de expresión de las grandes e influyentes escuelas de Filosofía y retórica, de los movimientos políticos y éticos, así como también el medio fundamental para divulgar los conocimientos sobre la Economía, la Guerra, la Caza, la Medicina, las Matemáticas y el Arte. La adopción de la prosa, como medio más adecuado de expresión, implicó el desarrollo de nuevos nombres, conceptos y abstracciones cada vez más distantes de los objetos reales, pero al mismo tiempo permitió la distinción y el manejo de muchos elementos que de otro modo no hubiesen sido considerados. Con la prosa, además, se vieron favorecidos el surgimiento del pensamiento lógico-racional y de los primeros criterios de validez de los conocimientos en contraposición a la opinión o especulación. Los griegos nos enseñaron que en el Universo todo posee un orden y ocupa un lugar según una jerarquía universal. También nos enseñaron que todo cuanto ocurre en el mundo sucede en un tiempo y un espacio definidos. Todo cuanto pensamos, todo cuanto imaginamos, lo pensamos e imaginamos en un tiempo y

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en un espacio, de manera ordenada. Finalmente, también nos enseñaron, entre otras cosas, a tener consciencia de las diferencias entre las personas y, al mismo tiempo, también pusieron de relieve las semejanzas entre los seres humanos, elaborando a partir de ellas las tipologías vinculadas al carácter, el temperamento y la personalidad. Tales de Mileto Tales de Mileto (624/23-546/45 a.C.) según Aristóteles, el primer filósofo y entre otras cosas astrónomo, matemático y físico, fue uno de los primeros en dar el paso decisivo hacia una nueva forma de pensar, al abandonar los mitos como explicación del mundo, sustituir los dioses por una realidad experimentable y ceñirse a las causas naturales. Junto a esta nueva forma de pensar introdujo el interés por establecer cuáles pudieran ser los criterios que garantizaran la veracidad y confiabilidad de los conocimientos. A través de su método, la crítica sistemática, se empezó a realizar una crítica a la naturaleza del conocimiento de sentido común, y a desarrollar reglas bien definidas de actuación para alcanzar un conocimiento válido, es decir, se fue pasando desde el mero confiar en la razón, o en los sentidos a priori, o en ambos a la vez como fuentes infalibles de obtención de conocimientos; a la crítica de esos modos de conocer. Él enseñaba que sus ideas no eran verdades, sino hipótesis que debían ser verificadas. Con Tales de Mileto también surgieron los primeros conceptos sustantivos esenciales de lo que sería la futura ciencia moderna: orden y regularidad; movimiento y cambio; causalidad, determinismo y ley; materia, tiempo y espacio; naturaleza de la vida, del Hombre y el Ser; relación alma-cuerpo... A partir de su Filosofía y la de los filósofos que le sucedieron, la naturaleza se fue haciendo más y más impersonal, más muerta y más material; los dioses se fueron haciendo cada vez más abstractos y espirituales, y la consciencia de los griegos, más disociada de la naturaleza. Anaximandro Anaximandro (611-547 a.C.) fue uno de los pocos filósofos griegos que usó datos empíricos para validar sus ideas. Es el sabio que mejor representó entre los milesios la revolución intelectual que se estaba gestando en el pensamiento griego. De entrada, rompió con el estilo poético de las teogonías y escribió en prosa, siendo el contenido de sus escritos un modo definitivamente nuevo de mirar al mundo. Dejando de lado la Astrología babilónica, construyó una imagen geométrica del Universo. Como dice Pániker (1992), hizo “visible” al Universo, y en consecuencia, lo convirtió «en theoría, en espectáculo, que es el significado originario de theoría- El universo es entonces un cosmos» (p. 51). La idea de cosmos que elaboró Anaximandro representó un rompimiento con las representaciones religiosas habituales, y con ello, por primera vez se reconoció algo similar a “una ley del mundo que preside todos los fenómenos” (Pániker, 1992). Su idea de cosmos, la cual significa orden: “disciplina, el buen 81

orden, el orden de las tropas, orden del universo, organización...”, se convirtió a lo largo de toda la historia de Occidente en una de las ideas de mayor repercusión sobre nuestra visión y manera de desenvolvernos en el mundo, pues ha perdurado en el tiempo hasta nuestros días conservando su concepción original. Heráclito Heráclito (550-475 a.C.) desarrolló un conjunto de ideas y principios muy similares a los que podemos hallar hoy día en los paradigmas cuántico/relativista y holístico. Estaba convencido de la unidad de la naturaleza y de todas las cosas: «no hay sino una sola sabiduría: conocer la Inteligencia (el pensamiento) que gobierna todo penetrando en todo (frag. 41)» (cit. por Mondolfo, 1952, I, p. 48). Afirmó que la unidad de la naturaleza no nos parece algo evidente porque las apariencias que nos muestran nuestros sentidos nos hacen creer en un mundo compuesto por cosas diversas, discretas y separadas. Son los sentidos los que no nos permiten percibir cómo son las cosas en realidad. Muestra de ello es que nos cuesta trabajo percibir y explicar al Hombre como una unidad y en relación con su mundo. Cada vez que hablamos de nosotros mismos, hablamos como si estuviésemos constituidos por elementos separados: mente, cuerpo, cerebro, alma... Incluso cuando hablamos de aspectos psíquicos como la memoria, la inteligencia o la motivación, lo hacemos como si se tratara de piezas separadas entre sí. Para Heráclito, la realidad última o proceso subyacente a la realidad es el cambio, en el que los elementos del mundo no son más que aspectos, momentos o fases de este cambio continuo. Es lo que ocurre con lo que llamamos personalidad y con la misma imagen de nosotros mismos o ego. Cuando recurrimos a esos conceptos para describir quiénes somos, solemos describirnos como algo estático y definitivo, como algo que difícilmente puede o podría cambiar. Heráclito aseguraba que los cambios se producen por la interacción dinámica y cíclica de los antagonismos. Veía en todo antagonismo una unidad. Para Heráclito, la verdad a ser alcanzada por la Filosofía, es aquella derivada de los cambios (María, 1966). Aunque, en apariencia, las cosas tienen una identidad propia y estabilidad, al mismo tiempo, no cesan de cambiar. El mismo flujo al ser continuo no es el mismo en dos instantes distintos. Se trata de un eterno fluir, de un proceso que está en constante movimiento. De allí su famosa máxima: “no es posible descender dos veces al mismo río, tocar dos veces una sustancia mortal en el mismo estado, sino que por el ímpetu y la velocidad de los cambios (se) dispersa y nuevamente se reúne, y viene y desaparece (frag. 91). A quien desciende a los mismos ríos, le alcanzan continuamente nuevas y nuevas aguas (12) (cit. por Mondolfo, 1952, I. , p. 47).

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El que los sentidos no nos permitan percibir la realidad subyacente, no significaba para él que todo aquello que se hace manifiesto ante estos sea erróneo, sino que precisa ser comprendido como manifestación de algo más fundamental. Para él, la percepción era una especie de lenguaje que requería de comprensión y es la razón o la mente la que «lee y comprende este lenguaje». La razón o Logos, que es la esencia del mundo, es la que «”guía todas las cosas a través de todas las cosas”, es la medida o ley por la que se rige el flujo» (Wartofsky, 1973, p. 105). Para Heráclito, el flujo es ordenado y en virtud de él es posible llegar a entenderlo: “el mundo se hace inteligible por estar de acuerdo con la ley, y la razón capaz de conocer el mundo de manera inteligible o racional, es la misma razón que constituye esta inteligibilidad. El conocer y lo conocido son, pues, semejantes y, cuando yo hablo verazmente, mis palabras no hacen sino dar cuenta de la razón interna, escondida, el Logos“ (Heráclito, cit. por Wartofsky, 1973, p. 105). “Los hombres deberían tratar de comprender la coherencia subyacente a las cosas: está expresada en Logos, la fórmula o elemento de ordenación de todas ellas. [...] Tras haber oído al Logos, y no a mí, es sabio convenir en que todas las cosas son una” (Heráclito, cit. por Kirk, Raven y Schofield, 1987, p. 273). Heráclito propuso como camino hacia la sabiduría “conocerse a sí mismo”: «A todos los hombres les es posible conocerse a sí mismos y ser sabios (frag. 116). Yo me he buscado a mí mismo (101)» (cit. por Mondolfo, 1952, I. , p. 48). La máxima “me busco a mí mismo” nos conduce al descubrimiento de que el alma ordena la propia exterioridad de cada hombre, y que el destino personal de cada uno es determinado por su propio carácter, sobre el cual posee cierto control, y no por agentes externos (Kirk, Raven y Schofield, 1987). Parménides A la visión de conjunto o unidad del Hombre con el cosmos siguió una visión fragmentada del mismo que se inició con la Escuela Eleática. Esta sostenía la existencia de un Principio Divino o unidad del Universo, que prevalece sobre todos los dioses y hombres. Posteriormente, esta unidad fue caracterizada como un dios inteligente que prevalece sobre el mundo y lo dirige. Esto sentó las bases de un pensamiento que terminó por establecer una clara separación entre espíritu y materia y que se hace aún más evidente en Parménides. Parménides, quien vivió entre finales del siglo VI y comienzos del V a.C., es quizás el mejor representante de la Filosofía del Ser. Sostuvo que el cosmos es una unidad. El ser es uno, universal y siempre el mismo, de modo que no puede ser dividido. Si en algún momento hubiese comenzado a ser no podría

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ser. Para Parménides, los cambios no son sino ilusiones provocadas por la imperfección de nuestros sentidos: todo cambio es aparente, toda evolución y decadencia ilusión de los sentidos, «porque lo que existe no puede nacer de algo que no exista o sea diferente de ello» (Koestler, 1991, p. 58). Entendía la Realidad como una esfera uniforme, sólida, increada, eterna, inmóvil e inmutable. Fue el primer filósofo en presentar sus razonamientos como deducciones lógicas sustentadas en premisas intuitivamente plausibles. Sostuvo que la Verdad es eterna e inmutable, y debe ser aprehendida mediante la razón y la lógica. Equiparó la razón con el ser: «Lo mismo es el pensar y el ser [...]. Lo mismo es el pensamiento y aquello que pensamos, porque sin el ser del que se afirma algo, no encontrarías al pensamiento» (cit. por Hirschberger, 1985, I, p. 56). Demócrito Demócrito (420 a.C.) acentuó el dualismo entre cuerpo y alma y propuso el sistema de ideas conocido como atomismo. Demócrito estuvo de acuerdo con Parménides en que el Ser es uniforme y carente de diferenciación cualitativa, pero a diferencia de él, pensó que el Ser está integrado por partículas muy pequeñas e indivisibles a las cuales llamó “átomos”, que significa indivisibles (Hirschberger, 1985, I). En términos generales, Demócrito y sus seguidores propusieron que todo está integrado por un número infinito de átomos, físicamente indivisibles debido a su pequeñez, y que se mantienen en movimiento perpetuo en el vacío infinito. Para ellos, los átomos existían desde la eternidad, eran indestructibles y diferían en tamaño, forma y tal vez peso (Kirk, Raven y Schofield, 1987). Esta idea que encontró eco siglos después en la física newtoniana, permitió pensar que la composición del ser en átomos iguales e indestructibles, hacía posible conocer objetivamente el mundo físico y al Hombre, a partir de la descomposición del todo en sus partes más pequeñas o átomos. Considerados desde nuestra óptica actual, podríamos decir que los atomistas fueron materialistas, reduccionistas y deterministas, ya que desde su punto de vista todo puede ser explicado a partir de los átomos materiales, todo consiste en la existencia de los átomos y del vacío, negando la existencia de los dioses y el alma. Conjeturaron que nada ocurre por casualidad: «por necesidad fueron predispuestas todas las cosas, que han sido, que son y que habrían de ser» (Mason, 1984, p. 38). Demócrito y sus seguidores criticaron los sentidos juzgándolos como un medio poco confiable para conocer el mundo, pues para ellos, aunque éstos nos proporcionan una información fidedigna sobre la pluralidad de los seres y la existencia del movimiento, éstos son incapaces de revelarnos la naturaleza de las pluralidades. Demócrito ofreció una explicación materialista acerca de la percepción y el pensamiento, pues en su concepción, todos los objetos emiten un tipo especial de átomos: los eidolas; que al ser copias de los objetos y llegar a

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nuestros sentidos nos permiten percibirlos de modo indirecto. Debido a ello afirmaba que nuestro pensamiento se limita a reunir o separar las imágenes eidola en nuestro cerebro. No se sabe si para él, los eidolas eran o no copias precisas o imperfectas de los objetos (Leahey, 1982), pero sí que desarrolló una crítica completa en contra de la fiabilidad de los sentidos (Kirk, Raven y Schofield, 1987). Para los atomistas, la vida procedía de un lodo primordial del cual nacieron los hombres y los animales. Concibieron al Hombre como un microcosmos, ya que contenía todas las clases de átomos. Al no existir para ellos ni Dios ni el alma, propusieron una guía de conducta para la vida, consistente en la persecución del placer y la evitación del dolor. Demócrito (cit. por Leahey, 1982) decía: «lo mejor para el Hombre es que pase su vida de forma que alcance tanto placer y tan pocas molestias como pueda» (p. 69). La mirada es dirigida hacia el Hombre Con los sofistas, el interés que se venía dirigiendo hacia el conocimiento de la realidad física, giró hacia el Hombre, abriendo así un nuevo período, tanto en la historia de la Filosofía griega como en la historia de la civilización Occidental. Con los sofistas, el Hombre pasó a ser “la medida de todas las cosas”, y con ello, el interés se centró en él y sus necesidades, quedando relegados en cierta medida el mundo físico y el de los dioses. Los sofistas iniciaron lo que Pániker (1992) llama «la pesadilla/aberración del humanismo narcisista, la epidemia y la asfixia de los egos separados, por más que se prolonguen en la polis» (p. 254). La realidad es puesta así enfrente y se la mira con desconfianza, con lo cual, lo Otro se transformó en problema. Para los sofistas no existía ninguna verdad absoluta. Al plantearse el interrogante ¿y si todo no fuera más que diversidad? y suprimir la Física y la Metafísica, llegaron a la conclusión de que sólo existían las opiniones (doxa), es decir, la retórica. Más que una corriente filosófica, la actividad y obra de los sofistas pueden ser consideradas como un movimiento cultural entre cuyas características destaca una actitud crítica radical ante las creencias, las instituciones sociales y los mitos, la cual tenía por objetivo el liberar al Hombre de todo prejuicio. Se trataba de pensadores en la ciudad que desconfiando de la indagación sobre la naturaleza se ocuparon fundamentalmente de los asuntos humanos. Los sofistas no fueron auténticos filósofos, sino más bien maestros de la retórica, que por un sueldo enseñaban a razonar a aquellos jóvenes atenienses que hablaban en la curia y en la asamblea. Platón los calificó como maestros de la cultura y la virtud, maestros de la eficacia y la excelencia. En el ámbito educativo de Grecia, introdujeron a la tradicional formación del cuerpo y del alma una especie de enseñanza superior que por su naturaleza tuvo un carácter liberal. Los sofistas fueron los primeros en analizar el lenguaje, en hablar de gramática, retórica y dialéctica, además de ser auténticos maestros en la

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enseñanza del arte de la persuasión eficaz y del hablar correctamente. Con ellos, el valor y el alcance del lenguaje se hipertrofia y éste empieza a sustituir a la realidad, sustitución que alcanzó su máxima expresión en Aristóteles al hablar de una verdad lógica y de una verdad de los enunciados. Se trata de una verdad que en lugar de oponerse a las apariencias, se opone a la falsedad. Un rasgo común a los sofistas es su relativismo y escepticismo. Para los sofistas, la verdad es relativa, no existe tal cosa como una verdad duradera, ni hay verdad procedente de las divinidades ni de la naturaleza, sino que todo conocimiento es relativo a la experiencia de cada individuo. Más aún, mediante argumentos demostraron que una misma afirmación podía ser al mismo tiempo verdadera y falsa, por lo que el conocimiento no sería otra cosa que convenciones sociales. “Protágoras, al sostener que ‘el Hombre es la medida de todas las cosas’, venía a afirmar lo mismo (es decir, negar el principio de contradicción). Quería decir que lo que le parece a cada uno, eso es. Y puesto que una misma cosa parece diferente a personas diferentes, las proposiciones verdaderas serán opuestas” (Aristóteles, 1978, XI, 6, p. 438). Lo anterior contribuyó a aumentar más aún la tensión entre el logos y el ser, entre sujeto y objeto; a una separación entre el Hombre y la naturaleza y al individualismo, incrementándose el antropocentrismo del “Hombre como medida de todas las cosas”. El individualismo y el énfasis en la consciencia individual dieron origen a las categorías filosófica, política y ética de la vida del Hombre para la convivencia, pues reconocían que para convivir en sociedad eran necesarias las normas y las leyes. Normas y leyes que eran relativas a cada cultura, y que eran independientes de cualquier verdad procedente de los dioses o del conocimiento de la naturaleza. La inexistencia de los dioses y del alma, la crítica e invalidación de las instituciones sociales y los mitos como guías del comportamiento, el individualismo, la relatividad del conocimiento y el Hombre como foco de atención y centro de todas las cosas, debieron haber generado, no sólo una serie de reacciones violentas y contrarias, sino además, una angustia existencial que dejaba al Hombre en un vacío y escepticismo tales como el que nos procuró la ciencia moderna. Como compensación al vacío que generaron, los sofistas ofrecieron las enseñanzas del areté o del Arte de Vivir, que más que significar virtud, significaba eficacia. Entre los sofistas, que no tenían en común más que su profesión como maestros pagados que enseñaban a pensar, hablar y actuar, destacaron Hipias, Prodicus, Gorgias y Protágoras. Este último, al parecer fue el primero en afirmar que sobre cada cosa podían darse dos puntos de vistas opuestos y justificados a la vez: «Acerca de cualquier asunto (pragma) hay dos discursos (logoi) que se contraponen» (cit. por Diógenes Laercio; Pániker, 1992, p. 136). También fue él quien afirmó que el “Hombre es la medida de todas las cosas”, quien divulgara la importancia de la convivencia pacífica y quien enfatizara que

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la democracia desde un punto de vista práctico era el régimen más satisfactorio para la convivencia social. Contra la teoría inmanentista del lenguaje desarrollada por los sofistas, reaccionaron Sócrates, Platón y Aristóteles. Sin embargo, Aristóteles fue el primero «en romper de un modo moderno el vínculo entre la palabra y la cosa, entre el logos y el on, para, a partir de ello, elaborar una teoría de la significación, es decir, de la separación y relación a un tiempo entre el lenguaje como significante y el ser como significado» (Pániker, 1992, p. 138). Sócrates Sócrates (469-399 a.C.) fue el primer filósofo griego en prestar mayor atención a problemas como el conocimiento humano, la moralidad y la felicidad. Aunque de manera general le interesaba conocer la verdad, en lo particular, se interesó por el Hombre, tanto desde la perspectiva de su salud física y espiritual como desde la ética. Consideraba que el Hombre es una unidad que interactúa con otros hombres y con el Estado. Tal como lo haría Descartes siglos después en su búsqueda de la verdad, Sócrates volvió su atención hacia su Ser interno, o como lo llamaríamos nosotros, su Yo interior. Como otros filósofos de su época, durante su juventud se interesó por el conocimiento de la naturaleza, en particular, por el vinculado con el origen del cosmos y de la vida, pero las respuestas que halló no le parecieron satisfactorias, de allí que decidiera buscar en su interior, lo cual le llevó al encuentro con el alma humana, que para él, además de ser principio vital, poseía el valor esencial de la razón y el carácter ético. Muchos de sus contemporáneos le vieron como una amenaza, pues no creía ni en la verdad basada en el consenso de la mayoría ni en las opiniones. Para Sócrates, la verdad sólo puede hallarse a través del conocimiento de sí mismo, y ello debe hacerse siguiendo un método, pero “¿cuál? ¿De qué manera puedo abrirme paso hasta el alma, hasta la verdadera consciencia?”; y al dar con él, vio que era necesario distinguir entre la verdad de la realidad material y concreta y la verdad interior independiente de los objetos y circunstancias del mundo externo, es decir, entre el mundo de los fenómenos y las apariencias y la verdadera esencia o naturaleza de las cosas, intuyendo que a través del conocimiento de nuestra esencia como seres humanos, podríamos alcanzar nuestra autonomía o, lo que es lo mismo, podríamos desarrollar una diferenciación individual de la consciencia. Sócrates estuvo consciente de que la verdad no es algo que se posea, sino algo que hay que buscar y que entraña numerosas dificultades. En su búsqueda de la verdad desarrolló el método dialéctico, que es el arte del análisis racional o crítica consciente y deliberada de los conceptos. Al usarlo, Sócrates trataba de hacer ver y reconocer a su interlocutor lo infundado de sus creencias y argumentos, así como las suposiciones ocultas y la estructura de su argumentación. Para ello se valía de preguntas tales como: ¿qué entiendes por

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ello? ¿De qué manera lo probarías? ¿Cuáles son las consecuencias de tus afirmaciones?... La refutación, nos dice Mondolfo (1960) representa «la etapa preliminar necesaria para encaminar el espíritu al descubrimiento de la verdad; sólo el espíritu purificado y liberado del error puede cumplir una investigación verdadera, desarrollando rectamente su capacidad intrínseca» (p. 31). Una vez que Sócrates lograba su objetivo de mostrar a su interlocutor sus errores y prejuicios, emprendía con él el camino hacia la búsqueda de la verdad mediante la mayéutica. Este método consiste en una nueva serie de preguntas cuyo objetivo era extraer la verdad oculta en aquél. Lo anterior contiene varios supuestos básicos para la sanasión o curación del alma, pues, como decía Sócrates: a) supone que todo individuo posee la capacidad espiritual intrínseca, tanto para verse interiormente y, por ende, reconocer sus problemas, como para hallar en su interior los recursos necesarios para resolverlos, b) que todo individuo posee recursos internos para realizarse y c) supone un papel activo por parte de aquel quien busca su propia transformación o autorrealización. Aunque Sócrates llamó “a su acción” con los nombres de Filosofía y filosofar, la misma no debe entenderse simplemente con el mismo sentido escolástico que estas palabras han adquirido, esto es, como nos dice Jaeger (1993): «el de un método de pensar conceptual o el de un cuerpo o doctrina formado por tesis teóricas y susceptible de ser separado de la persona que lo ha construido» (p. 413), pues Sócrates destaca su preocupación por el Hombre concreto. El pensamiento de Sócrates va más allá de ocuparse de ideas abstractas y su certidumbre. Al tratar de ir más allá de la palabra, que para él tiene una profunda importancia, no escribe, sino que dialoga, pues le interesa que se generen cambios en la vida de su interlocutor. En este sentido es más que un filósofo o un educador convencional. Es esencialmente “un sanador de almas”, idea que sería asimilada posteriormente por el cristianismo. Podría decirse en términos más cercanos a nosotros, que era un auténtico psicoterapeuta, pues no jugaba con el intelecto en la simple búsqueda del insight o de la comprensión intelectual, sino que busca la curación del cuerpo mediante la curación del alma. Para él, la salud o malestar del alma se refleja en el cuerpo, de modo que si se desea sanar el cuerpo es imperativo sanar el alma. El imperativo délfico “conócete a ti mismo” usado por Sócrates, es de una enorme repercusión para nuestras vidas en general, y para la Psicología en particular, que busca la salud de los individuos, pues constituye el primer paso hacia una vida más plena y libre al abrir nuestra consciencia a nuestras propias acciones. Sócrates, con frecuencia resaltaba la tendencia común de los hombres a creer que saben, cuando en verdad no es así. ¿Cuántas veces no creemos, por ejemplo, que sabemos qué es el amor y cuando lo definimos hallamos que nuestras afirmaciones son ambiguas, carentes de sentido y contradictorias? ¿No es acaso idealmente la primera tarea del psicólogo ayudar al otro a darse cuenta de su proceder, de su ignorancia, de sus errores y del fundamento de sus ideas, como un acto de liberación y purificación, tanto intelectual como emocional y espiritual? Y ¿no es cierto que a través de ellas, de la liberación y la purificación, del acto de reconocerse a sí mismo y darse cuenta, de la vergüenza, como decía

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Sócrates, que sólo entonces es posible el cambio, es decir, de una búsqueda interna de reconstrucción? ¿No hay en ello más verdad que la que podemos encontrar en los convencionalismos y condicionamientos sociales compartidos por la mayoría de los miembros de la sociedad y en la misma Psicología científica, la cual se vierte hacia las apariencias? La ampliación de la consciencia mediante el conocimiento de nosotros mismos implica reconocer nuestra individualidad y el dominio de nosotros mismos, un no dejarse arrastrar por la impulsividad o los deseos del cuerpo como si fueran ellos nuestros dueños. Es esta sabiduría, la del alma, la de la consciencia abierta, la que clama Sócrates como la verdadera Razón, y no una simple intelectualización, como ha pasado a ser en nuestros días. Decía Sócrates: «“sabiduría es vencerse a sí mismo”; ignorancia, en cambio, es “ser vencido por sí mismo”» (Mondolfo, 1960, p. 39). Fue de Sócrates de donde se tomó el ideal del sabio, expresado a través de la autodeterminación de la razón de la consciencia, el cual pasó a ser mal interpretado por el cristianismo como condena y rechazo del cuerpo y de todo lo material y que en la ciencia moderna se tradujo con Galileo en distanciamiento del cuerpo y de las emociones para conocer, y con Descartes en razón intelectual como piloto de la vida. Si bien en su sentido más profundo, auténticamente místico y psicológico, “conocerse a sí mismo” -que en él tuvo carácter místico como expresión de su profunda consciencia de una misión sagrada a la que se dedicó íntegramente y sacrificó su vida (Mondolfo, 1960), implicaba que los individuos adquirieran autonomía, unida a una seguridad psicológica centrada en el individuo y no en las cosas externas, que por su carácter perentorio o de apego eran para él fuente de males y de temores, un número significativo de los pensadores posteriores asignó a ese “conócete a ti mismo”, referido al mundo interior humano, el valor de un criterio de verdad gnoseológica para las cosas materiales. Aun cuando Sócrates lo había asociado exclusivamente al conocimiento del Hombre “conócete a ti mismo” es interpretado a partir de Sócrates como la búsqueda de la verdad material en el interior del Hombre. Para Sócrates, el alma, la psyché, poseía un sentido y significado distinto al judío y posteriormente cristiano de una sustancia etérea y fantasmal. Sócrates consideró el alma como algo divino, un principio vital que además posee el valor esencial de la razón y el carácter ético. Así, cuando en el Crátilus Hermógenes le pide a Sócrates distinguir entre alma y cuerpo, éste afirma:  Soc. Si voy a decirte lo que se me ocurre en este momento, puedo imaginar que los primeros que usaron este nombre querían expresar que cuando el alma está en el cuerpo es la fuente de la vida, y le da el poder de respirar y revivificación, y cuando este poder de revivificación falla, entonces el cuerpo perece y muere, y así, si no me equivoco, lo llamaron psyché [...]  Soc. ¿Qué es aquello que aporta y acarrea y da vida y movimiento a la entera naturaleza del cuerpo? ¿Qué otra cosa sino el alma?

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Sugirió que la actividad mental es inconsciente y que todo conocimiento es conservado en el alma, de allí que sea posible recuperarle a través del método mayéutico. La idea socrática de que existe una actividad mental inconsciente y el método mayéutico, constituyen hoy día el pilar básico del psicoanálisis y del método psicoterapéutico de Carl Rogers. Platón Junto a la figura de Sócrates, Platón (428-347 a.C.) y Aristóteles han sido los filósofos que mayor influencia han ejercido sobre el pensamiento Occidental. Su influencia se debió esencialmente al hecho de haber sido quienes escribieron con mayor amplitud sobre los diversos dominios del saber (sólo la obra de Platón, nos dice Koestler (1991) es equivalente a lo que hoy día sería la Enciclopedia Británica) el haberse conservado sus obras en su casi totalidad y al hecho de haber fundado respectivamente la primera academia y el primer liceo, instituciones que no sólo sobrevivieron por varios siglos como instituciones organizadas, sino que además transformaron posteriormente las visiones de Platón en teología y las hipótesis de Aristóteles en dogmas. Como dijera Schleiermacher (cit. por Jaeger, 1992) la obra de Platón se caracteriza por ser un diálogo filosófico inquisitivo. Cuando se lee su obra se tiene la impresión de que uno se halla ante una piedra preciosa con multitud de caras. De allí la imposibilidad de reconstruir su Filosofía como si se tratara de un sistema cerrado de pensamiento. Para Platón, el diálogo es el modo de expresión natural de la especulación filosófica. «Cuando el alma piensa, no hace sino dialogar preguntándose, contestándose, afirmando y negando» (Platón, cit. por Nack y Wägner, 1960, p. 351). Para Platón, el Hombre es una dualidad integrada por alma y cuerpo: «Él (el Creador) hizo el alma en el origen mayor y superior al cuerpo, para que lo gobernara y fuera dueña» (Timeo, 34). «Entonces, Simmias, nuestras almas también deben haber existido sin cuerpos antes de que lo hicieran en forma de Hombre, y debieron haber tenido inteligencia» (Fedón, 76). Platón concibió el alma como el verdadero ser. Para él, el alma es una esencia divina, invisible, inmaterial, supra-terrena y espiritual, espiritualidad que es un principio de vida y de movimiento; mientras que al cuerpo lo caracterizó como algo visible, material y terreno que en esta vida contiene al alma. Platón creyó que la idea del eterno fluir de las cosas planteada por Heráclito se refiere al mundo material y sensible, mientras que los planteamientos socráticos acerca de la esencia conceptual de predicados como lo bueno, la verdad, lo justo..., se refiere a «lo que es en sí». A partir de allí distinguió dos clases de verdades: una relativa, siempre cambiante, y otra eterna e inmutable. La fuente de la primera son los sentidos que perciben el constante cambio de las cosas sensibles, mientras que la fuente de la segunda es el alma, la cual percibe el mundo eterno e inmutable. Si todo fluye, no es posible alcanzar verdad o conocimiento alguno en el mundo sensible, pues en él, aunque nos engañen las apariencias al atribuirle estabilidad a las cosas que percibimos (Timeo, 49) no

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hay nada fijo. El concepto de verdad, según lo plantea Platón, exige una identidad constante con relación a uno mismo, de modo que lo aportado por los sentidos es poco confiable, es engañoso (Fedón, 83) y no puede ser considerado como conocimiento formal. Para Platón, conocer no es adquirir nada nuevo, sino recordar aquello que inconscientemente ya se encuentra reflejado en el alma, pues ésta, antes de unirse al cuerpo, ha contemplado junto a los dioses las ideas puras en el mundo de las ideas: «el conocimiento es simplemente recordar, y si ello es verdad, también implica necesariamente un tiempo previo en que hayamos aprendido lo que debemos recordar» (Fedón, 72). Mediante su famosa alegoría de la Caverna, Platón amplió sus conceptos sobre las distintas etapas del conocimiento. Esta alegoría, famosa durante tantos siglos, no sólo tiene el valor de ilustrar y ampliar las ideas sobre dichas etapas, sino que además tiene un enorme valor psicológico y místico al mostrar la actitud de los hombres durante cada una de ellas. En el libro séptimo de la República, Sócrates, pide a Glaucón que se represente la naturaleza humana en la siguiente coyuntura con relación a su grado de ignorancia o conocimiento.

“Imagínate una caverna subterránea, la cual posee una larga entrada para la luz en toda su extensión, e imagina que allí se encuentran unos hombres que desde su niñez han estado atados por los pies y por el cuello, de manera que siempre han de permanecer en una misma posición, mirando tan sólo hacia adelante, pues imposibilitados por las cadenas no pueden volver la vista hacia atrás. Coloca a sus espaldas una llama de fuego que arde sobre una altura a distancia de ellos, y entre ellos y el fuego, un camino flanqueado por un muro, parecido al que levantan los titiriteros entre ellos y el público para mostrar las maravillas de las que disponen. Imagina además que por el camino transitan unos hombres que llevan cosas de todas clases, las cuales sobresalen por encima del muro y proyectan su sombra sobre un muro que está delante de los cautivos al interponerse a la luz, e imagina, que algunos de los porteadores pasan hablando y otros pasan en silencio. Esos hombres cautivos que no han visto más que las sombras proyectadas por el fuego de la caverna ¿No convendrían en dar nombres a las sombras de las cosas que ven? ¿No pensarían al oír la voz de algunos de los porteadores que son las sombras las que hablan? Y ¿No estarían convencidos de que las sombras son los únicos objetos verdaderos? ¿No correspondería esto al primer grado de conocimiento que se verifica mediante los sentidos? Imagina ahora ¿qué pasaría si alguno de los cautivos se liberara de sus cadenas, se levantara de su sitio y volviéndose caminara hacia la luz? Al mirarla ¿no le dolerían los ojos y por su destello no se vería imposibilitado de ver los objetos cuyas sombras percibía antes? ¿Qué pensaría este hombre si alguien le dijera que hasta entonces no había

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visto sino fantasmas, y que ahora, estando más cerca del ser y de los objetos verdaderos, puede ver con mayor perfección? Acaso ¿no creería que aquello que veía antes era más real y verdadero que aquello que ve ahora? Más aún, si le obligasen a mirar la luz ¿no sentiría este hombre sus ojos adoloridos y volvería su mirada hacia las sombras a las que estaba habituado, creyendo que las sombras tenían algo de más claro y distinto que antes? Si alguien lo sacara de la caverna y lo obligara a salir de ella con violencia por una áspera y penosa subida, sin dejarle respirar ni ver nada hasta que pudiese ver el sol ¿no sería todo ello un tormento para este hombre? ¿No se enojaría? ¿Y cuando llegase al fuerte de la claridad, deslumbrados sus ojos por el resplandor, no vería cosa alguna de las que el común de los hombres tiene por auténticas y reales? Seguramente le llevaría tiempo acostumbrarse a mirar las cosas que están a la luz fuera de la caverna, y seguramente, lo primero que apreciaría sería la sombra de las cosas. Tras esto, sin duda, miraría las imágenes de las cosas pintadas sobre las aguas y objetos pulidos. Luego miraría las cosas mismas y de allí, finalmente, levantaría su mirada hacia el cielo, cuyo aspecto toleraría con mayor facilidad por la noche, al resplandor de la luna y las estrellas, que durante el día en presencia de la luz del sol. Habiendo hecho todo esto ¿no estaría este hombre en condiciones de mirar el reflejo del sol sobre las aguas, así como de verlo directamente y contemplarlo cuál es en sí mismo en su lugar? ¿No sería capaz entonces de darse cuenta de que este astro dispone las estaciones y el curso de los años? Es probable que en algún momento recuerde su primera morada, la idea que allí tienen de lo que es la sabiduría y a sus compañeros de esclavitud, y cuando así fuera ¿no se felicitaría a sí mismo por los cambios que en él se han producido y se compadecería de la infelicidad de sus compañeros? Habiendo andado todo este camino ¿apetecería aún este hombre la honra, alabanzas y premios que en la caverna eran dados por discernir con prontitud las sombras al pasar y recordar puntualmente cuáles iban adelante, cuáles detrás y cuáles juntas? ¿Sentiría envidia de aquellos que en la caverna eran los más poderosos y honrados o más bien preferiría ser un labriego y hasta jornalero y pasar su vida sirviendo y sufrirlo todo como Aquiles en Homero, antes que pensar como ellos y vivir a su modo? Y si debiera volver a la caverna y ocupar su antiguo puesto, al pasar de la luz a la oscuridad su vista ¿no se sumergiría en la más espesa de sus tinieblas? Y si cuando aún nada distingue, por no tener bien reparados los ojos, tuviese que disputar con los otros hombres sobre la naturaleza de las sombras proyectadas sobre la pared ¿no se mofarían estos de él? ¿No dirían que al subir a la luz lo único que logró fue perder su vista,

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agregando que sería una locura el que ellos desearan salir del lugar en que están? Más aún ¿si alguien pretendiera desatarlos y querer llevarlos arriba, no pensarían los cautivos que es menester prenderle y quitarle la vida?” (Rep., VII, 514-518). Si nos detenemos a reflexionar sobre la alegoría de la caverna, acaso ¿no veríamos reflejada en ella nuestra propia situación de prisioneros al apegarnos a las apariencias de las cosas y a lo que de ellas pensamos? ¿No es particularmente el hábito de pensar y percibir las cosas de una manera rígida la fuerza que nos ata a las apariencias aunque sean erróneas? ¿No es la raíz de esta fuerza y de nuestra seguridad nuestra habilidad para predecir el orden de aparición de las cosas y el describir cómo están ordenadas? Más aún ¿se justifica que nos alegremos y congratulemos por vivir en un mundo de apariencias? Y ¿no fue precisamente eso lo que hicieron los hombres al crear la ciencia moderna basada en los fenómenos y tener por real el conocimiento de lo aparente, de los cómo? ¿No es la actitud del común de los hombres, de los fanáticos religiosos y de los científicos, el defender las apariencias a cualquier costo? ¿No es verdad que consideramos loco o poseído de maldad a quien nos quiere sacar de nuestro error? Pero dirijamos la mirada hacia nosotros mismos. En la vida cotidiana ¿no han sido lo que llamamos arbitrariedades, enfermedad, pena, dolor, sufrimientos, problemas, crisis..., las fuerzas que han roto las cadenas que nos tenían atados a nuestras propias ilusiones? ¿No han sido estas fuerzas las que alguna vez, en contra de nuestra voluntad, nos han arrastrado a caminar fuera de la caverna hacia la luz, a subir y quitarnos nuestro propio ropaje de engaño? Y al estar en medio de la luz ¿no es cierto que entonces nos hemos sentido abrumados, confusos y hemos llegado a pensar que nuestro mundo anterior era más auténtico que el que ahora vemos? ¿No es verdad que no ha sido sino después de mucho habernos quejado que hemos caído en cuenta de haber descuidado nuestra vida interior, que en ella hasta ese momento, sólo habitaba una soledad sobrecogedora que habíamos tratado de acallar con el ruido y con el aturdimiento de los sonidos e imágenes externas? Para Platón, el alma no puede ser más poderosa que el cuerpo, pues de otro modo lo consume, así como tampoco debe ser el cuerpo más poderoso que el alma, pues de otro modo, la marchita en pasiones que al mismo tiempo arrastran al mismo cuerpo a su propio sufrimiento y destrucción. Ha de haber una armonía entre alma y cuerpo, por ello la educación, la verdadera educación, contempla un equilibrio y armonía entre alma y cuerpo, y no se contenta con la única instrucción de conocimientos academicistas, sino que involucra a ambos mediante la gimnasia, la música, el arte, el número, el cálculo... para ir más allá de las sombras terrenales. Aristóteles

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Aristóteles (384-322 a.C.) además de haber sido el fundador de diversas ramas filosóficas y no filosóficas del saber, se dio a la enorme tarea de revisar sistemáticamente todo aquello que habían escrito sus antecesores, refutándolos muchas veces en forma empírica o en forma lógica; organizó admirablemente el conocimiento del saber humano de una forma en que nadie lo ha hecho hasta el presente, y fue además el organizador y el padre de la mayoría de nuestros hábitos sintácticos: “toda proposición comporta un sujeto, un verbo y un predicado”; y lógicos: “todo razonamiento correcto parte de la aplicación sistemática de reglas lógicas”. Para el momento histórico en que vivió Aristóteles, el lenguaje había ganado mucho en amplitud, abstracción, sofisticación y precisión, y fue él quien rompió por primera vez en sentido moderno el vínculo entre la palabra y la cosa, pues con él la sustitución de la palabra por la realidad alcanzó su máxima expresión al hablar de una verdad lógica y de una verdad de los enunciados. Aristóteles hizo una clasificación tal de todos los procesos y las cosas, con tal precisión y de manera tan convincente, que durante muchos siglos los europeos no lograron liberarse del hechizo de sus palabras ni se atrevieron a ponerlas en duda. Ahora bien, es de aclarar que aunque Aristóteles rompió el vínculo entre la palabra y la cosa y con él el lenguaje adquirió autonomía, ello no es indicador de que él fuera precisamente el responsable de la fragmentación de la realidad que vendría a constituir uno de los rasgos característicos de la ciencia moderna. Es verdad que Aristóteles, en su afán por descubrir la naturaleza, sostuvo un enorme forcejeo verbal con la naturaleza, creando para ayudarse una gran cantidad de conceptos y categorías. También es verdad que fue el creador de los silogismos y el organizador y el padre de la mayoría de nuestros hábitos sintácticos y que todo ello puede ser usado, fue usado y sigue siendo usado para concebir la realidad como algo fragmentado, pero no fue él quien concibió precisamente esta forma de ver la realidad, pues para él, en la naturaleza todo está encadenado. Más aún, dicha fragmentación no le es directamente imputable por cuanto entre los principios fundamentales para él, estaba el de que “el todo es más importante que las partes”. En torno al conocimiento, Aristóteles caminó entre los senderos del logos y de la physis, pues sin renunciar al mundo conceptual dirigía al mismo tiempo su mirada hacia el mundo real. Para Aristóteles, el deseo de saber es algo intrínseco a la naturaleza de todos los hombres. Para él prueba de ello era que los hombres amasen los sentidos por sí mismos y más allá de su utilidad. En su búsqueda de la verdad, se guió por el orden, el método y la lógica silogística que él mismo inventó. Con relación a la obtención del conocimiento, puso en evidencia que este es el producto de la combinación de las sensaciones y de la razón. Aristóteles sustituyó la idea de un sujeto que capta las emanaciones materiales de los objetos por la idea de que es el sujeto quien aprehende sus “formas”. Para Aristóteles, las formas no son universales abstractos subsistentes «en un reino platónico más allá del mundo sensible, sino que son formas de cosas y pautas de actuación de las cosas, que la mente deduce por abstracción a partir de la percepción sensorial» (Wartofsky, 1973, p. 121). Esto implica que los universales

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se encuentran en la naturaleza como esencia de especies reales y naturales de los objetos concretos, y que nosotros, lo que hacemos es descubrirlos a través de la mente. Es la forma de algo la que hace que un objeto sea lo que es (clase o categoría) y la que le proporciona individualidad como cosa distinta. Aristóteles abrió una puerta hacia la ciencia moderna a través de la búsqueda de los universales y del postular que el conocimiento no debía limitarse a conocer los objetos particulares describiéndolos y clasificándolos. Desde su punto de vista, el conocimiento debía versar sobre los modos característicos de actividad de los objetos en tanto fueran típicos de una clase de cosas; sobre clases de cosas, de las cuales debían destacarse sus características de clase; y sobre las propiedades compartidas por todos los elementos pertenecientes a cada clase, para saber así que se trata de una clase de cosas, y no de otra. De esta manera desplazó el interés por la simple descripción de que las cosas ocurren de una cierta manera hacia el por qué ocurren las cosas. Le interesaban pues, los modos característicos de actividad de los objetos en tanto fueran típicos de una clase de cosas. Sobre esta base desarrolló los principios de clasificación que él consideraba como ordenación en clases reales «-ó encarnación de una forma universal en todos los individuos que pertenezcan a una clase-» (Wartofsky, 1973, p. 123). En su Metafísica (980b 25) Aristóteles decía que en la naturaleza son muchos los animales dotados de sensación, pero carecen de memoria, que son muchos los que poseen ambas cosas, pero poseen escasa capacidad de aprender y que sólo en el Hombre se conjugan la capacidad de sentir, memorizar y aprender. En este sentido, para Aristóteles, el rasgo distintivo del Hombre es su racionalidad. De hecho, en su Ética Nicomaquea afirma que «un hombre es más que nada su mente» (1178a 5). Para Aristóteles, las sensaciones constituyen la base sobre la cual se construye el conocimiento, pues proporcionan a la razón el material necesario para que ésta lo elabore. Para él, el conocimiento se va construyendo desde lo particular hacia lo universal, es decir, desde lo concreto hacia formas de conocimiento cada vez más abstractas, que para él son la technai (arte) y la epistemai (Filosofía natural). El auto-conocimiento, según Aristóteles, no sólo se logra mediante la mirada interna, sino además, indirectamente, mediante la comprensión del mundo. Al tratar de comprender el mundo, el Hombre también puede ver «la estructura de su alma trazada allí [...] y lo que uno llega a comprender, a juicio de Aristóteles, es que la comprensión de las causas y de los primeros principios es divina» (Lear, 1994, p. 23). Mediante las sensaciones conocemos la singularidad de las cosas y con ayuda de la memoria y del logos, el cual es capaz de ordenar racionalmente, argumentar y hacer abstracciones, podemos llegar a verdaderas experiencias. Esto es, a partir de numerosos recuerdos referidos a un mismo tipo de cosas es posible hacer abstracciones o juicios universalmente válidos para todos los casos semejantes. De este modo puso de manifiesto que para obtener el conocimiento de la esencia de las cosas, de aquello que es ser, es necesaria la razón, y que para ello, a ésta le es indispensable el material que le proveen los

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sentidos, ya que sin las cualidades que muestran los elementos de la realidad, la razón es incapaz de hacer inteligible el mundo. En su Metafísica (981a) Aristóteles argumenta que en el momento de actuar lo hace con mayor seguridad quien conoce tanto las particularidades como los universales esto es, quien conoce tanto la praxis como la teoría. En el momento de obrar, el médico no sana al Hombre en general, sino que sana de modo incidental a hombres determinados y específicos. El médico que posee la teoría sin la experiencia, reconoce los universales pero desconoce lo particular, de modo que frecuentemente fallará al intentar sanar a alguien. Aristóteles distinguió un conocimiento superior, trascendental al conocimiento ordinario de las cosas, el cual carece de un fin utilitario. Este conocimiento es la Sabiduría, que «es el conocimiento acerca de ciertos principios y causas» (Met. 982a). Se trata de principios y causas que no son cognoscibles simplemente mediante las sensaciones, pues aunque ellas son importantes para el conocimiento de lo particular, nada nos dice de los universales o del por qué de las cosas. Es necesario entonces trascender las experiencias particulares e ir más allá de ellas para poder conocer los principios y las causas que las rigen. Para Aristóteles, la Sabiduría es un conocimiento libre y liberador porque no se busca con el objeto de lograr ventaja alguna. Se busca solamente como epistêmê libre, porque la Sabiduría existe sólo para sus propios fines. La Sabiduría no es pues un conocimiento productivo. Quien busca la Sabiduría quiere conocer la finalidad de cada cosa, y esta finalidad es lo bueno de toda cosa, y en general, el supremo bien en toda la naturaleza, de allí que su adquisición puede ser considerada justamente, tanto como algo que va más allá del poder humano como un medio a través del cual el Hombre puede realizarse más plenamente Huir de la ignorancia es huir de los hábitos, de las costumbres, de aquello que para nosotros es la mecanicidad. Es tener consciencia de lo que se está haciendo y de por qué se está haciendo. Pero la expansión de la consciencia a través del conocimiento de lo particular y de lo práctico, no es suficiente, es necesario buscar la Sabiduría y ésta no se puede alcanzar hasta que no tenemos dominio sobre nosotros mismos; hasta que no nos liberamos de los apegos a las cosas materiales y la búsqueda de ventajas; hasta que no hayamos satisfecho hasta cierto punto las necesidades de la vida y todo lo relacionado con el bienestar y solaz. Es entonces cuando libres de toda búsqueda egoísta nos podemos dar a la tarea de filosofar, de conocer la finalidad de cada cosa, lo que en sí es lo bueno de toda cosa, y en general, el supremo bien en toda la naturaleza. Aristóteles consideraba que todos los seres vivos poseen un alma, y al hablar de ella comienza por abordar el tema de la vida en sus últimos fundamentos y en sus propiedades esenciales, ocupándose dentro de este contexto de aspectos como las sensaciones, percepciones, memoria, razón, pensamiento, fantasía y apetitos, ya que para él, el mundo de la consciencia corre parejo al de la vida (Hirschberger, 1985). Para Aristóteles, los seres vivos están constituidos, tanto por un alma como por un cuerpo, de los cuales, la una manda por naturaleza y el otro es mandado

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(Pol., 1254a). Alma y cuerpo, para Aristóteles, son sinónimos de materia y forma, y ambos no son ingredientes diversos que al unirse y mezclarse conforman un organismo vivo. De allí que juzgue que el Hombre es una unidad o sustancia unitaria integrada por alma y cuerpo, en la cual el alma se encuentra como una totalidad en todo el cuerpo. Aristóteles plantea incluso que tal separación entre alma y cuerpo es absurda, pues veía que la mayor parte de las proposiciones sobre el alma «unen e introducen el alma en un cuerpo sin preocuparse de definir ni el por qué ni la manera de ser del cuerpo» (De Ani., 407b 10-15). El alma es la entelequia primera de un cuerpo natural organizado, de allí que en sus términos sobra preguntarse si el cuerpo y el alma son una realidad única (De Ani., 412b 1-10). El alma es la entidad definitoria (forma) o esencia del tipo de cuerpo, pues depende de ella para ser el tipo de organismo que es. La materia privada de forma carece de definición y no puede existir por sí misma. El alma es lo que mantiene unido al cuerpo, ya que al alejarse del cuerpo, éste se disgrega y destruye (De Ani., 411b 5-10). Es el alma la que depara al organismo su grado de delimitación e independencia. Acorde con la complejidad de la organización biológica, Aristóteles plantea la existencia de diversos tipos de alma. Vemos así que distinguió un alma vegetativa, que relacionó con el crecimiento, nutrición y reproducción; y que sólo se halla en las plantas. Un alma sensitiva, que además de poseer las potencialidades de la vegetativa, incluye las sensaciones, la percepción, las facultades apetitivas inferiores y el movimiento local; y la cual sólo aparece en los animales en diversos grados. Y un alma racional o logos, que además de incluir las potencialidades de las dos anteriores, incluye la facultad racional, la cual caracteriza al Hombre y lo distingue de los demás animales (Realey Antiseri, 1995). Aristóteles distinguió en el alma racional o logos una facultad apetitiva, la cual dividió en inferior y superior. En la facultad apetitiva inferior ubicó los instintos naturales en cuanto a nutrición, actividad sexual, egoísmo, engreimiento, ambición, soberbia, sentimiento de venganza, lucha, coraje y deseo de libertad y dominación. En cuanto a la superior, estableció que se trataba de una facultad exclusiva del Hombre, afirmando que coincide con la voluntad iluminada por la razón. Tomando en cuenta las facultades apetitivas, que para uno siempre se presentan como agradables o desagradables, desarrolló lo que nosotros llamaríamos una teoría de la motivación cuyo eje central es la búsqueda del placer y la evitación del dolor. Consideraba que el Hombre posee la libertad de decisión, pero que ella podía verse opacada por las circunstancias, pues éstas podían influir sobre su voluntad y coartar su libertad en diversos grados. Para él, la libertad de decisión se veía atenuada por afectos tales como el odio, la ira, los celos, el miedo, la vergüenza, la alegría y la compasión; los cuales, según el contexto, en unos casos nos impelen hacia la acción y en otros nos inhiben. Y en verdad, afectos como el odio, los celos, el miedo y los resentimientos, no nos permiten ser nosotros mismos, ser libres de decidir, sino que nos gobiernan, nos conducen a acciones de las que muchas veces nos arrepentimos, enfermando

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nuestra alma, reflejo de lo cual tenemos las mal llamadas enfermedades psicosomáticas. De allí también que al hablar de la virtud humana no hablase de la virtud del cuerpo, sino de la virtud del alma, y afirmase que la felicidad es actividad de ésta. (Ética Nic., 1102a 15-20). A la muerte de Aristóteles, el último gran filósofo de la antigua Grecia, el paradigma griego, halla su continuidad y desarrollo esencialmente a través de los romanos, los cristianos y los árabes. Desde la muerte de Aristóteles hasta el Renacimiento La muerte de Aristóteles señaló nuevos derroteros para la Filosofía, pues ésta tomó un rumbo diferente al que traía, el del arte de la vida feliz, encarnado en los estoicos y los epicúreos. Epicuro de Samos (342?-270 a.C.) fundador del epicureísmo, y Zenón de Citio (340-265 a.C.) fundador del estoicismo, establecieron sus escuelas en Atenas, siendo ambos influenciados por el cínico Diógenes (412?-323 a.C.) Si bien ambas Filosofías se desarrollaron en Atenas, apreciándose en ellas alguna influencia de Platón y Aristóteles, sus rasgos esenciales no fueron atenienses, de allí que su mayor influencia no fuera precisamente sobre la mente de los griegos, sino sobre la de los romanos. En realidad, más que filósofos, Epicuro y Zenón fueron éticos, pero a diferencia de lo que había hecho Aristóteles, mantuvieron unidos la Física y la Ética. Sus filosofías se inspiraron en la naturaleza, de manera que «gobierno, razón, percepción, la totalidad de la empresa humana debían ser comprendidos en términos físicos» (Robinson, 1982, p. 90). Se diferenciaron en que mientras los estoicos postularon el ser como algo pensado como lo verdadero, los epicúreos lo postularon como algo sentido. Para Epicuro, lo esencial era «la consciencia bajo la forma de lo individual inmediato» (Hegel, 1977, II, p. 375). Epicuro, autor de una Filosofía ética del placer, la amistad y del recogimiento, fundó diversas escuelas de Filosofía que sobrevivieron alrededor de 8 siglos (IV a.C.-IV d.C.). Preconizó el hedonismo de manera muy particular, pues dio mayor importancia a la evitación del dolor que a la búsqueda activa del placer al desarrollar un sistema filosófico que perseguía fines éticos. Con frecuencia aconsejó a sus seguidores llevar una vida sosegada y alejada de las refriegas del mundo externo y recomendó, entre otras cosas, obedecer a la naturaleza, no quejarnos por las pérdidas y tener presente que la muerte es nuestro lazo común y compartido en el futuro (Robinson, 1982). Para él, la dependencia del placer significaba arriesgarse a padecer el dolor cuando éste estaba ausente. Epicuro aceptó el atomismo, para él, la realidad última incluida nuestras almas era atómica, pero no así el determinismo; e hizo largas exposiciones de corte mecanicista sobre la causalidad, en la cual los dioses permanecían al margen de los acontecimientos del mundo físico. Tuvo clara la necesidad de usar el pensamiento de una forma justa. En su opinión, era necesario «volverse de espaldas al concepto, que es lo que trastorna y embrolla lo sensible» (Hegel, 1977, II, p. 378).

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Zenón exaltaba la búsqueda de la felicidad de una manera peculiar, que era la de la aceptación tranquila y sin queja de la desgracia. Ello se debía a que creían en un universo racional y bueno, al que con frecuencia comparaban con un ser vivo y semi-divino presente en todas las cosas. Los estoicos fueron deterministas y afirmaban que aquello que ocurría a las personas debía ser así debido al orden causal del mundo. Para ellos, la felicidad estribaba en «colocar la propia razón en armonía con la del Universo, aceptando el hado propio como parte de una totalidad superior y divinamente racional» (Leahey, 1982, p. 87). El materialismo estoico no aceptaba la existencia de un alma trascendente, y muchos menos que ella pudiera afectar el cuerpo. Esto implicaba que no creyesen en una vida de recompensas o castigos en el más allá. Para ellos, la única preocupación del Hombre debía ser la vida presente, aquí y ahora, y su meta, la felicidad. Aunque los estoicos situaron la virtud en el pensamiento, no llegaron a descubrir ningún principio «concreto de autodeterminación racional con arreglo al cual se desarrollan la determinabilidad y la diferencia» (Hegel, 1977, II, p. 371). Lo que hicieron fue argumentar sobre la base de razones a las cuales trataron de reducir la virtud. Sus deducciones estuvieron basadas en circunstancias, conexiones y consecuencias para descubrir así las contradicciones. Basados en la ética, los estoicos pensaban que sus contemporáneos se habían apartado demasiado del respeto hacia el destino: Moira, Lachesis, Nomos; e insistieron en que la libertad sólo podía alcanzarse en la medida en que la voluntad se reconciliara con el destino y armonizara con el inmutable Nomos. El estoicismo no fue en realidad una doctrina unificada, compartida de igual manera por todos sus adeptos, pues ellos, no sólo se concentraron en los más diversos problemas, sino que además enfrentaron entre ellos puntos de conflicto, que, a veces, también se pueden detectar en un mismo portavoz, pero con todo, el estoicismo encontró su lugar en la mentalidad romana (Robinson, 1982). La popularidad de los estoicos en Roma puede ser explicada, primero, porque ellas presentaban las creencias tradicionales heredadas de los etruscos, aunque en forma más sofisticada (Mason, 1984) y, segundo, mediante dos de los rasgos más duraderos del imperio romano: la ley y el materialismo. La ley, porque se intentaba mantener un orden social en el que el comportamiento dependiera lo menos posible del castigo y ello, a su vez, implicaba mantener en la mentalidad de los ciudadanos una serie de principios lógicos sobre lo justo y lo erróneo, es decir, en los cuales se destacara lo valioso de mantener el orden social y la ley. Y el materialismo como algo práctico que valorara las acciones en términos de costos. De su influencia sobre el pueblo romano podemos destacar que Cicerón le dio un toque de la sensatez estoica a la legislación romana, y que Nerón convirtió las enseñanzas de Epicuro en una grotesca caricatura al usar el relativismo ético, el situacionismo y el materialismo como justificación complaciente durante períodos de prosperidad. Roma construyó en parte su imperio sobre la base de ideas estoicas, y si bien al principio recogió la tradición de la politeia de

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Aristóteles, «el gobierno mixto, la mezcla de los tres tipos conocidos: monarquía (cónsules), oligarquía (senado) y democracia (elección popular en los comicios)» (Pániker, 1992, p. 253) todo fue desembocando, primero hacia el absolutismo, y después hacia una «teoría del Estado Universal Cristiano» (Ibíd.,). Fue ese también el momento en que el pesimismo helénico cobró tonos más sombríos, pues la naturaleza humana en la que creyera Aristóteles acabó por corromperse. El mundo romano fue esencialmente un mundo de abstracciones debido a su divorcio de la realidad concreta y en él, los hombres se vieron empujados hacia su interior para buscar a través de la abstracción la unidad y la satisfacción que no lograban hallar en el mundo concreto (Hegel, 1977, II). Los romanos, al igual que los griegos, no hicieron ciencia en el sentido que nosotros le damos, pero sí contaron con la palabra scientia. Scientia deriva del verbo scire, cuyo significado es saber. Scientia significaba sabiduría, doctrina, conocimiento o acto de conocer, opuesto a los prejuicios y creencias y al acto de discernir entre el conocimiento verdadero del que no lo es. Asociadas al acto de conocer y al conocimiento, también usaban las palabras cognitio: acto de conocer, conocimiento; intellego: conocer, notar, darse cuenta; intelligentia: facultad de comprender, entendimiento, comprensión, idea, conocimiento; y mens: mente, alma, espíritu, razón, inteligencia. Mientras Roma hizo felices a sus ciudadanos y los mantuvo a salvo, el panorama estoico siguió siendo la fe nacional. Pero hacia el siglo II D.C. Roma colapsaba debido a que su gobierno se había entregado a una despreciable corrupción y a una intriga interminable, a que sus reservas de oro mermaban y a la insuficiencia de sus cosechas. «La razón no podía amedrentar a los bárbaros, ni el materialismo proporcionar la salvación. La era de la fe estaba a las puertas» (Robinson, 1982, p. 93). En el devenir de los tiempos decayó la gran sociedad romana, y con ella, Europa abrazó la Edad Media, y aunque la influencia de los griegos llegó a desvanecerse, se conservaron los conceptos de orden moral y natural preservados en la Filosofía estoica, los cuales, a su vez, también influyeron sobre la mentalidad de la Edad Media mediante el sentido de orden difundido por las leyes romanas. A pesar de que a la caída del Imperio Romano existió una verdadera anarquía en todas las regiones donde este había extendido sus manos, el sentido del orden legal siguió siendo siempre una sombra en la memoria de las poblaciones imperiales. «Incluso la Iglesia Occidental fue siempre un cuerpo viviente de las tradiciones de las reglas imperiales» (Whitehead, 1925, p. 16). La concepción del hombre y del universo desarrollada por los griegos y los romanos, sufrió notables transformaciones bajo el desarrollo e influencia de la religión católica como organización. A pesar de que Cristo no fundó ni deseó Iglesia alguna, los apóstoles, “sin saberlo ni quererlo, sentaron las bases de la Iglesia. La idea de la Iglesia nació, puede decirse del transplante de la esperanza Cristiana de Palestina a terreno griego y, si se quiere, de su universalización” (Guignebert, 1956, p. 130).

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La mayor importancia concedida por Platón y Aristóteles al perfeccionamiento del alma y a la contemplación de Dios que a las investigaciones sobre el mundo material prevaleció en el mundo cristiano hasta el Renacimiento debido al apoyo que le dio la Iglesia Católica. San Agustín (354-430) primer gran filósofo cristiano, ejerció una notable influencia sobre el pensamiento del Medioevo hasta el siglo XIV. Destacaba, por ejemplo, que lo importante era conocer a Dios y al alma y usaba como método de conocimiento la introspección. Su influencia sobre los intelectuales de la Edad Media fue tal, que para muchos de ellos no contaba ni la experiencia ni la razón como formas de conocer. De modo que se interesaron más por saber las claves de la realidad invisible de Dios que por conocer al Universo material y concreto (Reale y Antiseri, 1995). Durante el Medioevo, la actividad intelectual era fundamentalmente especulativa y tuvo por objeto de conocimiento a Dios, al alma y al mundo espiritual. Esto facilitó que la Iglesia lograra desarrollar una serie de dogmas que llegaron a ser aceptados por los cristianos como revelaciones divinas: “la única verdad es aquella revelada por el Creador”. En su intento por apuntalar su doctrina, la Iglesia se involucró en una serie de abusos, excesos y contradicciones. Quien estuviera en desacuerdo con ella se convertía en hereje y automáticamente era torturado y condenado a la hoguera. Lo anterior generó el descontento de la feligresía y la rebelión, especialmente en las ciudades de franco progreso económico, facilitando la emancipación gradual de las ideas religiosas y del modelo de vida basado en la interpretación de las Sagradas Escrituras, el Mandato Divino y la universalidad. El Hombre de esta época comienza a vivir así, más en función de la realidad presente y futura, de un mundo más objetivo y heterogéneo. Se interesa más por el mundo terrenal, material, por conocer el mundo, por la experiencia. Con ello se abandona también la introspección y se le da más valor a la razón, primero, con el objeto de dominar la naturaleza, luego, con el fin de estudiarla, explorarla y explotarla. Durante el Renacimiento, la mayoría de las personas siguen concibiendo el mundo como un lugar profundamente espiritual (Berman, 1992) con una organización jerárquica en la cual, cada objeto tenía un significado especial. En este período todavía prevalece también una notable influencia de lo mágico, de lo demoníaco y de lo divino. Pero esa visión va sufriendo transformaciones, entre otras razones porque el sistema económico se va desplazando de un modo de producción feudal a un modo de producción capitalista, y debido también al continuo desarrollo tecnológico, los viajes a tierras desconocidas y el hallazgo de nuevas civilizaciones, las cuales ponen en entredicho la rigidez de la organización social, la universalidad del estilo de vida europeo, las expectativas de vida, la concepción del Hombre y su relación con la naturaleza. Vale la pena destacar que aunque los renacentistas no hicieron una verdadera contribución a las ciencias del Hombre, dieron los primeros pasos hacia la reanudación de las investigaciones médicas, dando lugar al surgimiento del mecanicismo fisiológico, las primeras aproximaciones a la ciencia política y económica, y señalaron el camino hacia la Revolución Científica.

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En fin, el Renacimiento marca una época en que la ciencia Occidental se separa de la influencia aristotélica y de la Iglesia, mostrando un renovado interés por la naturaleza. Hacia finales del siglo XV se evidencian los primeros estudios sobre la naturaleza con un espíritu más científico y se recurre a la experimentación para comprobar las ideas existentes respecto a ella. La incorporación de las Matemáticas permitió además el desarrollo de teorías basadas en experimentos y expresadas en lenguaje matemático, siendo Galileo el primero en combinar el conocimiento empírico con el lenguaje matemático. La Revolución Científica, por otra parte, fue precedida por un pensamiento filosófico que llevó a un dualismo extremo entre espíritu y materia, cuyo puntal fue Descartes. Juan Luis Vives Juan Luis Vives (1492-1540) español, fue el primer humanista que propuso la idea de que la aproximación al objeto de estudio de la Psicología debía ser empírica y no idealista, es decir, que debían emplearse los sentidos para conocerlo. Vives sugirió una Psicología que se anticipó a la fenomenología. Para Vives, lo importante no era conocer lo que es el alma, sino su fenómeno y sus manifestaciones. Por ello, la introspección o exploración de la vida interior de las personas debía constituir el método de investigación de la Psicología (Sahakian, 1982). La Revolución Científica El término Revolución Científica se emplea generalmente para enmarcar una serie compleja de cambios significativos que ocurrieron en la consciencia humana, en la forma de conocer, concebir y actuar en el mundo, acaecida en Europa aproximadamente entre los siglos XVI, XVII y XVIII. La Revolución Científica se caracterizó por ser un largo y lento proceso de profundo estudio, críticas y síntesis de la herencia intelectual dejada por muchos de los antiguos filósofos; por el interés epistemológico y gnoseológico acerca de cómo conocemos; por poseer un carácter esencialmente empírico, pues durante este período se comienza a prestar mayor atención a la observación y a la experimentación en contraposición a la autoridad; por ser un período en el cual se van disolviendo una serie de presupuestos; por ser un período de reordenación de algunos de los conceptos existentes y de incorporación de otros nuevos; y por el surgimiento y desarrollo de una nueva forma de pensar que implicó, a su vez, el desarrollo de una percepción radicalmente diferente de la “realidad”, la cual alcanzó su máxima expresión en Newton, quien, entre otras cosas, fue capaz de advertir un orden subyacente y vinculante entre los fenómenos conocidos para su época. Su fruto más evidente fue el desarrollo de un universo mecánico, y su repercusión más inmediata sobre la Psicología fue despertar una nueva actitud indagatoria que dio, por una parte, lugar a la reinterpretación de la naturaleza 102

del Hombre y, por otra, tanto a trabajos psicológicos originales como a una tendencia por ocuparse de los aspectos observables del comportamiento humano. Durante la Revolución Científica, el objetivo del conocimiento, pasó, de ser para la honra y gloria de Dios y para vivir en armonía con la naturaleza, a ser un conocimiento utilitario cuyo objetivo esencial era dominar la naturaleza con el sólo propósito del progreso y del bienestar individual y colectivo. Por otra parte, el mundo cualitativo, continuo y divino se fue transformando, en el intelecto de las personas, en un mundo cuantitativo, atómico y secular. La medida de las cosas, que en los griegos estaba relacionada con una medida interna de lo justo, de lo equilibrado y armónico entre el alma, el cuerpo, las emociones y el mundo, pasó a ser una medida de lo externo basada en algún ideal que servía de patrón, criterio o referencia. Y la misma idea de medida, de división, de valoración junto con la idea de objetividad basada en la idea de separación entre sujeto y objeto, condujo al ideal de todo investigador de “abandonar” lo interno, lo subjetivo, las emociones, las vivencias, lo espiritual y la intuición. Durante la Edad Media y el Renacimiento, un grupo de estudiosos mantuvo en buena medida la idea de que la cumbre del pensamiento humano había sido alcanzada por los griegos y que desde ellos en adelante no había habido sino decadencia, razón por la cual se encerraron en las cortes, universidades y academias con el único fin de sostener disputas doctrinales acerca de las obras de los antiguos griegos y por la cual, en dichos lugares se insistió en el estudio del Latín, del Griego, de la Filosofía, de la Política, de la Ética, de las Matemáticas y de la Física. Como reacción a ello, destacados pensadores como Bacon y Descartes rechazaron el pensamiento griego, así como todo conocimiento proveniente de la autoridad de dichas instituciones y sus maestros, lo cual no significó una ruptura total y abandono del paradigma griego. Entre los métodos de investigación más usados desde los griegos hasta mucho después de la llamada Revolución Científica, encontramos el sentido común, la experiencia personal, la observación natural, el razonamiento, la búsqueda del apoyo en los antiguos textos y la fe. Y aunque hubo quienes usaran el método experimental, éste no se había institucionalizado, entre otros motivos, debido al apego a la razón y a la lógica, así como a la división neta entre lo que podríamos llamar actividad manual y actividad intelectual. Entre los factores más importantes que abrieron las puertas al método experimental, encontramos al Esoterismo, que jugó un papel decisivo en el surgimiento de la cosmovisión científica del Renacimiento. En particular, la Magia y la Alquimia permitieron a los pensadores renacentistas romper con la pasividad del Escolasticismo Medieval a favor de una doctrina que estimuló la manipulación activa de la naturaleza (Berman, 1992). La Magia y la Ciencia le ganaron terreno al aristotelismo y al escolasticismo porque estos últimos comenzaron a ser considerados como simples proveedores de teorías y descripciones de la naturaleza carentes de valor por su escasa utilidad en las artes y la tecnología, mientras la Magia y la Ciencia sí

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atrajeron la atención de numerosos estudiosos, dada la posibilidad de adueñarse de los poderes de la naturaleza, y de este modo llegar a manipularla. Durante los siglos XV, XVI y XVII, es difícil separar la Magia de la Ciencia, pues ambas estaban entremezcladas, ambas promovían una actitud activa hacia el mundo natural y ambas compartían un fuerte carácter manipulativo. Ello se refleja en destacados actores de la Revolución Científica como Kepler, Galileo, Bacon, Descartes y Newton, quienes poseían una notable cultura Esotérica, pues todos ellos tenían amplios conocimientos sobre Hermetismo, Alquimia, Astrología y Magia. Frances Yates (cit. por Berman, 1992) afirma que: «la verdadera función del Magus renacentista con relación al período moderno... es que él cambió la voluntad. Ahora era digno e importante que el Hombre operara [sobre la naturaleza]» (p. 216). Garin (1954) nos dice que entre los magos/científicos más destacados hallamos a Giordano Bruno, Marsilo Ficino, Benardino Telesio, Girolamo Cardano, Francesco Giorgi, Pico della Mirandola, Tommaso Campanella, Giambattista della Porta y Paracelso, y que entre ellos, Campanella inició un programa de reducción de la Magia a la Ciencia, el cual fue seguido por personajes como Cardano, Della Porta, Agrippa y Paracelso y el cual no debe ser mal interpretado, ya que no se trataba simplemente de una mera y pura absorción de cuadros de la lógica tradicional después de ser purificados de las obscuras fuerzas demoníacas, ni se trataba tampoco de un progreso lineal, “Se trató de un cambio radical en la visión del Hombre y, por ende, de sus relaciones con el ser, de modo que toda aquella rica gama de motivos que habían sido rechazados, condenados, exorcizados como impíos y diabólicos, pasaron al primer plano, despertando su fecundidad y purificándose sin perder su significado original, es por ello que asistimos en tantas partes de las investigaciones del Renacimiento a una preocupada discusión en torno a la verdadera y falsa magia, a la verdadera y falsa astrología, a la verdadera y falsa alquimia, pues se intuía que aquí estaba la vía que abriría al Hombre el poder sobre la naturaleza. Es esta misma voluntad de conectarse con aquello que toda la teología medieval había combatido, mostrando todavía una vez más, aunque fuera necesario, la profundidad de la ruptura del Renacimiento”(Garin, 1954, pp. 153,154). El Esoterismo también jugó un destacado papel en la llamada Revolución Científica, tanto en lo que se refiere a la concepción del Hombre como a lo que se refiere a la cosmovisión del Universo. Para el 1400 nos advierte Garin (1954) que la nueva imagen del Hombre fue adquiriendo un conocimiento y dimensiones características bajo el signo de Hermes Trimegisto. Sin embargo, las condiciones religiosas, económicas y políticas no fueron adecuadas para la permanencia y estabilidad de la cosmovisión Ocultista y, por otra parte, entre los magos, astrólogos y alquimistas hubo muchos charlatanes, quienes con sus promesas y especulaciones desacreditaron este movimiento. A este descrédito también contribuyeron los brujos, hechiceros y magos negros, quienes oficiaban misas negras y ritos diabólicos con fines maléficos, razón por la cual fueron perseguidos y quemados por la Inquisición.

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El paradigma cartesiano-newtoniano El paradigma cartesiano-newtoniano constituyó durante casi tres siglos el marco conceptual o conjunto de principios cognitivos subyacentes de la ciencia moderna, radicalizándose, sobre todo, durante la segunda mitad del siglo pasado y las primeras décadas de éste, en la figura del positivismo lógico, que luego veremos más adelante. El nombre de paradigma cartesiano-newtoniano se debe a que fueron, respectivamente, Descartes y Newton, quienes le proporcionaron las bases filosóficas y físicas al mismo. Martínez (1999) lo sintetiza magníficamente de la siguiente manera: “Si tuviéramos que sintetizar en pocos conceptos este modelo o paradigma newtoniano-cartesiano, señalaríamos que valora, privilegia y propugna la objetividad del conocimiento, el determinismo de los fenómenos, la experiencia sensible, la cuantificación aleatoria de las medidas, la lógica formal, y la verificación empírica” (p. 35). El paradigma cartesiano-newtoniano se fundamenta en equiparar al Universo con la máquina. De esta equiparación y de los razonamientos derivados de ella surgen en detalle como principios cognitivos fundamentales: 1. El interrogante fundamental que todo investigador se debe plantear es el cómo de las cosas, y no los por qué o la esencia. 2. Lo más importante de todo proceso de investigación es experimentar, medir y predecir. 3. Las leyes son una construcción necesaria de nuestra lógica, pues si hay un orden en la naturaleza es porque detrás de él deben existir unas leyes de las cuales depende ese orden. 4. La naturaleza está escrita en un lenguaje matemático, debemos entonces aprender a entender esta lengua y conocer los caracteres en que está escrita, y es por ello que toda ciencia que se precie de tal, deba intentar escribir en términos matemáticos los fenómenos de los cuales se ocupa. 5. En el momento de investigar, de entre todos los elementos que integran un fenómeno, sólo se deben tomar en cuenta aquellos que son significativos o relevantes: materiales, cuantificables y locales -se podría decir, aquellos que el sentido común o la lógica nos sugieren que influyen o son causa del fenómeno- a fin de reproducir las condiciones de la naturaleza en el laboratorio, y poder experimentar. 6. Se busca la objetividad y ésta está sustentada en la eliminación de las cualidades de los objetos, pues son consideradas como creaciones mentales;

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y en el principio de que el sujeto es capaz de tomar distancia del objeto, pues ambos son considerados como autónomos e independientes. 7. El método científico es vital para mantener la objetividad y poder captar la regularidad y el orden del Universo. 8. Ya que el Universo está constituido por pequeños ladrillos que constituyen su realidad básica y última, y ya que el Universo está constituido por la suma de sus elementos, el análisis constituye el método básico de investigación en el hallazgo de la verdad, independientemente de que se considere como fuente primaria del conocimiento a la razón o a los sentidos. 9. Los acontecimientos pueden ser descompuestos y considerados en sus partes, aisladas y establecer entre ellas relaciones de causa-efecto. 10. Las leyes y teorías no son consideradas como elaboraciones mentales porque según los principios del paradigma cartesiano-newtoniano, el científico lo que hace es copiar lo que está dado en la naturaleza. Lo que hacemos al describir los fenómenos es enunciar las regularidades y constantes que observamos, las cuales se reafirman en la posibilidad de predecir y controlar los fenómenos. 11. Un orden único y estable son también características de la realidad cartesiana-newtoniana, lo que quiere decir que no puede existir sino una sola realidad y un único punto de vista. 12. Aunque la mecánica newtoniana es dinámica y se basa en el movimiento, las teorías basadas en sus principios subyacentes nos representan este mundo como una fotografía. Todo aquello que se mueve lo hace de modo repetitivo, monótono, regular, de modo similar a una máquina. 13. La individualidad y la diversidad carecen de importancia en el paradigma cartesiano-newtoniano. 14. Hay un intento por explicar todo de la manera más sencilla y exacta posible en términos de generalizaciones. Los casos particulares tienden a ser vistos como excepciones poco dignas de atención. Hay que tener presente en todo momento que las anteriores son reglas inconscientes sobre cómo ver, cómo conocer y cómo explicar todo cuanto existe en el Universo y que ello implicó un viraje en cuanto a la forma de vernos y tratarnos. Hasta el momento de la revolución científica, entre los siglos XVI y XVII, el Hombre se sentía parte de la naturaleza. Consideraba que la naturaleza era tan sagrada como él y que compartía su destino.

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Con la Revolución Científica comenzó la formación de lo que Berman (1992) llama “consciencia no participativa”. Los padres de la Revolución Científica cambiaron todos los parámetros cognoscitivos de percepción y de pensamiento y visualizaron el cosmos como un agregado de átomos desvinculados entre sí. Por ello, su insistencia en la separación y antagonismo entre el observador y lo observado, lo cual se tradujo en una profunda alienación de la consciencia. A partir de este modelo privilegiado de cómo conocer, nuestra mente se habituó a ver todo lo que nos rodea como islas fragmentadas. “La visión del mundo que predominó en Occidente hasta la víspera de la Revolución Científica fue la de un mundo encantado. Las rocas, los árboles, los ríos y las nubes eran contemplados como algo maravilloso y con vida, y los seres humanos se sentían a sus anchas en este ambiente… el cosmos era su lugar de pertenencia, de correspondencia. Un miembro de este cosmos participaba directamente en su drama, no era un observador alienado… (Berman, 1992, p. 16). Lo anterior se convirtió en motivo de una angustia existencial que aún no hemos podido superar. La ciencia moderna nos arrebató nuestra espiritualidad y nuestras experiencias, pues de sus contenidos filosóficos y epistemológicos se deduce que no somos nuestras experiencias, por ende, no somos parte del mundo que nos rodea: “todo es un objeto ajeno, distinto y aparte de mí. Finalmente, yo también soy un objeto, también soy una cosa alienada en un mundo de otras cosas igualmente insignificantes y carentes de sentido” (Berman, 1992, pp. 16-17). En el ámbito de las ciencias del hombre esto fue mucho más trágico. El ¿científico? social se convirtió en un verdadero esquizofrénico. En virtud de la supuesta búsqueda de la verdad objetiva, se disoció de sus emociones y se separó del sujeto, nosotros, (olvidando que él también formaba parte del nosotros) y nos pidió que junto con nuestros rollos existenciales, también nos volviéramos esquizofrénicos y dirigiéramos nuestras vidas hacia unas metas conductuales que supuestamente nos conducirían a un mundo mejor. A través de diferentes medios, las ideas anteriores fueron penetrando en el inconsciente colectivo de la cultura occidental y creó las condiciones psicológicas favorables para una más hábil manipulación y control del ser humano por parte de las elites de poder económico, político, militar y religioso. René Descartes Descartes (1596-1650) recordado en el tiempo sobre todo por su célebre frase “cogito, ergo sum”, fue entre otras cosas filósofo, matemático y poseedor de profundos conocimientos esotéricos, anatómicos, fisiológicos, médicos y psicológicos. Con frecuencia se le considera fundador de la Filosofía moderna y de la Psicofisiología (explicaba el comportamiento de los animales sobre la base

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del sistema nervioso) e igualmente pionero de la ciencia y la Psicología moderna. Descartes, al igual que Bacon, puso en evidencia algunos aspectos psicológicos y culturales subyacentes a la manera de conocer, como la impulsividad, la prepotencia, los prejuicios, las opiniones, el uso incorrecto de la razón y la misma forma incorrecta de sostener los conocimientos en los medios académicos, como lo el uso de la autoridad o el estatus académico, los cuales son factores que, por una vía u otra, conducen a errores o falsas verdades. Reconoció y separó los aspectos subjetivos del conocimiento de los objetivos, es decir, separó la emotividad de la razón, por parecerle ésta inconveniente. Sin embargo, a pesar de haberle dado importancia a la razón, pensaba que ella, sin un método que la guíe, es imposible llegar a obtener un conocimiento correcto. Descartes se inspiró en su juventud en los escritos del prominente mago del Renacimiento, Agrippa von Nettesheim, y probablemente también en otras lecturas ocultistas, las cuales puso en práctica y parecen haberle conducido durante la noche del 10 de noviembre de 1619 a un estado de éxtasis o iluminación. A la noche siguiente tuvo un sueño extraordinario durante el cual la visión se le presentó en forma simbólica, lo que contribuyó a reforzar la convicción de su origen divino. Fue entonces cuando se persuadió de que Dios le había encomendado una misión y se propuso establecer la nueva Filosofía científica (Shea, 1993). En virtud de esta visión, Descartes quedó firmemente convencido de la certeza de los conocimientos científicos, y se decía a sí mismo que su vocación era distinguir la verdad del error en todos los campos del saber. Al parecer, esto fue el origen de la fe en la certeza absoluta de la ciencia, que aún se sigue manifestando en muchos científicos de nuestra época en el mundo occidental (Capra, 1991). A la mencionada noche de revelación que experimentó Descartes, siguió en su vida tanto un período creativo durante el cual desarrolló entre otras cosas la geometría analítica y sus famosas reglas del raciocinio, como un período de creciente odio por la experiencia sensorial. Para Berman (1992) lo que sacó Descartes de su iluminación fue un compromiso con la Mente, las Matemáticas y con un Universo mecanicista. En lo que se refiere a las Matemáticas, éstas le complacían por la certeza y la evidencia de sus razones. Como Galileo, pensaba que las matemáticas constituían el lenguaje y la clave de la naturaleza. Fue su deseo describir el mundo en términos matemáticos lo que le condujo a realizar su hallazgo más famoso, la geometría analítica o algebráica, consistente en la representación de figuras geométricas mediante ecuaciones algebráicas. Para Descartes Ciencia y Matemáticas eran sinónimos (Capra, 1991). Descartes, como decimos hoy, es mecanicista. Como tantos otros grandes hombres de su época tomó como modelo del Universo la máquina, en particular, el reloj, que era el mejor modelo material de perfección conocido hasta su momento. Consideraba al Universo como una enorme máquina, a la cual Dios había dado cuerda para que funcionase indefinidamente, de allí que juzgara el cuerpo de los seres humanos, de los animales y de las plantas como

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máquinas indistinguibles. Según Descartes, la naturaleza funcionaba según leyes mecánicas y todo cuanto existe en el mundo material podía ser explicado en términos de la disposición y del movimiento de sus partes. Su mismo método de pensamiento es mecanicista en el sentido de la importancia que concede al orden y a los pasos que debe seguir el pensamiento. Descartes distinguió entre la conducta animal y la humana. Con relación a los animales sostenía que eran simples máquinas y que sus cuerpos se regían por las leyes físicas, pues observaba que existía una regularidad previsible entre la estimulación de los sentidos y las reacciones nerviosas y musculares (reflejos). En opinión de Murphy (1964) “Esta concepción del reflejo es el fundamento que los psicólogos de orientación fisiológica utilizaron desde entonces para llegar a una explicación de las actividades más complejas de la vida. La moderna psicología mecanicista deriva, pues, de esta concepción del siglo XVII, considerablemente estimulada, por supuesto, por el progreso de la ciencia de la mecánica en manos de Newton y sus sucesores” (p. 39). En cuanto a la conducta humana, Descartes dividió los actos del Hombre en dos grupos: aquellos de naturaleza mecánica y aquellos de naturaleza racional. En su concepción, los actos racionales difieren profundamente de los mecánicos y hacen posible el juicio, la elección y la voluntad. Descartes estableció un dualismo absoluto entre la mente (res cogitans) y la materia (res extensa), dualismo que condujo a la creencia de que el mundo material podía ser descrito de manera objetiva sin ninguna necesidad de hacer referencia al observador. Descartes sostenía que el alma no tiene extensión y que es de naturaleza diversa a la materia, pero que a pesar de ello, el alma es capaz de actuar sobre el cuerpo y éste sobre aquélla a través de la glándula pineal, lugar en el cuerpo, según él, en el cual tiene su residencia el alma. La función de esta glándula era, a su juicio, la de transmitir los estímulos físicos al alma y la de transmitir los impulsos espirituales al cuerpo. El alma controla al cuerpo mediante la regulación mecánica de los nexos de unión entre los estímulos sensoriales y los motores de los nervios (Murphy, 1964). Descartes desconfiaba de los sentidos y creía firmemente que la razón es el eje del conocimiento, en el sentido de que sólo a través de ella se puede obtener todo lo cognoscible. Decía: «Así, fundándome en que los sentidos nos engañan algunas veces, quise suponer que no había cosa alguna que fuese tal y como ellos nos la hacen imaginar» (Descartes, 1983, p. 71). Pero Descartes no era ingenuo, sabía que pensamiento sin guía ni dirección también podía conducir a errores. De manera que él comenzó por dudar de su propio pensamiento, pues consideraba que como cualquier otra persona, no estaba exento de equivocaciones, por lo cual empezó por rechazar todas las razones que anteriormente había aceptado mediante demostraciones. A partir de su famosa afirmación “cogito, ergo sum” (tengo consciencia, luego existo) Descartes dedujo la existencia de mente y cuerpo como dos entidades

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distintas entre sí. Dedujo que él no era su cuerpo y que su consciencia lo separaba del mundo (sujeto-objeto). Descartes también hizo consideraciones sobre las emociones o pasiones. Las trató como si fueran hechos mecánicos, explicándolas con relación al movimiento en el cerebro, la sangre los humores y los órganos vitales, y describiéndolas como funciones intelectuales. Redujo la complejidad de la vida emocional a seis pasiones elementales, que son: el asombro, el amor, el odio, el deseo, la alegría y la tristeza, que al combinarse dan lugar a todas las clases de emociones posibles. En sus términos, el amor dependía del placer que según nuestros cálculos puede procurarnos un objeto y el odio del mal esperado (Descartes, 1989). De este modo, lo no racional comienza a ser entendido en términos racionales, y la consecuencia de ello fue que el Hombre económico del siglo XIX buscara el placer y evitara el dolor (Murphy, 1964). Sus dos sucesores inmediatos en Francia fueron Malebranche y La Mettrie, quienes compartieron sus ideas sobre la naturaleza de las emociones y la índole mecánica de la respuesta refleja. La importancia del primero radica en que hizo compatibles las ideas de mente y cuerpo cartesianas con las ideas del catolicismo ortodoxo, y la importancia del segundo radica en que como médico escribió una obra llamada “El hombre máquina” (L'homme machine) en la cual, según La Mettrie, el cuerpo humano no es más que una simple máquina, el alma, una máquina ilustrada, y las facultades psicológicas, simple fisiología cerebral. El modelo cartesiano ganó aceptación en su tiempo porque su idea de una verdad única concordaba con la tradición de que sólo hay una Verdad; porque era y sigue siendo evidente que existe un aspecto mecánico de la realidad; porque en el ámbito tecnológico, su método fue confirmado como de amplia utilidad; porque el propósito de la “claridad cartesiana” fue muy útil en campos del conocimiento como la Dinámica y la Química del siglo XVIII y la Bacteriología del siglo XIX, cuyos conocimientos, aunque genuinos, eran caóticos, y porque Descartes, junto a Bacon, en su ideal de un conocimiento que permitiera gozar sin trabajo alguno de los frutos de la tierra, así como de todas las comodidades que hay en ella, logró despertar la admiración y el interés por la ciencia experimental en los círculos cultos a niveles comparables al de la literatura. De modo que, como dice Bernal (1981a) a partir de ellos, el interés y la discusión se concentraron en la nueva Filosofía natural, dejando de lado la escolástica. A partir de sus ideas se mantienen como principios en la Psicología y en la investigación que el Yo es la razón –que “el yo es una sustancia cuya completa esencia o naturaleza consiste sólo en pensar”- y sobre la base de ello, muchos terminaron identificando el espíritu con la mente o consciencia y, luego, la mente con el pensamiento, y uno de ellos con el sí mismo; que la razón y el cuerpo son dos clases de cosas diferentes e independientes; que desde la razón es posible conocer todo lo cognoscible; que es posible tomar distancia de las cosas a conocer y con ello mantener una actitud objetiva. En fin, nos enseñó a pensar sobre nosotros mismos como egos aislados dentro de un cuerpo.

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Estas y otras ideas semejantes en el tiempo contribuyeron a que el Hombre se distanciara de la naturaleza y sintiera que su destino y el del Universo son distintos. De ser uno con la naturaleza, el Hombre pasó a ser un espectador que mediante el conocimiento puede controlar la naturaleza conociendo las causas de los efectos. En la ciencia, el dualismo cartesiano también ha llevado a un grupo significativo de investigadores a considerar que el pensamiento lógico-racional es superior a cualquier otra forma de conocimiento; a dividir las ciencias en ciencias naturales, pertenecientes a la res extensa y ciencias humanas, pertenecientes a la res cogitans; y a convertir el método analítico o el fraccionamiento del todo en sus partes, en el único modo válido para conocer según la ciencia oficial, procedimiento que ha sido adoptado y usado extensamente por los estudiosos de la Psicología. Si bien la existencia de Dios era esencial en el marco de la Filosofía científica de Descartes, con el devenir del tiempo, los científicos abandonaron toda referencia a Dios y se concentraron en la res extensa, la cual, en la concepción de Descartes, estaba formada por dos entidades básicas, que son la materia y el movimiento. Quizá en parte ello se deba a que en su cosmología, Dios permanece en la periferia del Universo en una actitud contemplativa, pues no interviene directamente sobre él, idea similar que también veremos en Newton. Isaac Newton (1642-1727) Para Descartes, todo el Universo material era una máquina. Para él, en la materia no existía vida, espiritualidad o intención alguna. Desde su punto de vista, la naturaleza funcionaba según leyes mecánicas, por lo cual, el mundo material en su totalidad podía ser explicado según la disposición de las cosas y sus movimientos. Esta imagen se convirtió en el paradigma dominante de la ciencia en lo sucesivo: “Ella guió toda observación científica y la formulación de todas las teorías de los fenómenos naturales hasta el momento en que la física del siglo XX introdujo una transformación radical. Toda la elaboración de la ciencia mecanicista que tuvo lugar entre el siglo XVII y XIX -incluida la grandiosa síntesis newtoniana- fue sólo una evolución de la idea cartesiana. Descartes dio una estructura general al pensamiento científico con su visión de la naturaleza como una máquina perfecta regida por leyes matemáticas exactas” (Capra, 1991, p. 53). El sueño cartesiano de desarrollar una teoría completa de la naturaleza fue realizado por Newton. Los estudiosos de la Filosofía natural de su tiempo contaban con gran cantidad de datos y habían logrado unificar una gran cantidad de intuiciones y hallazgos, pero fue Newton quien intuyó la estructura subyacente a ellos y desarrolló una propuesta teórica global como un todo orgánico. El unificó las aproximaciones de Kepler y Galileo, las cuales intentaban describir geométricamente los fenómenos naturales y la

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aproximación de Descartes, quien intentaba descubrir cuáles podrían ser las causas mecánicas de dichos fenómenos. Newton, no sólo propuso, sino que practicó dos teorías del procedimiento científico: el método del análisis y síntesis y el método axiomático, los cuales comparten el objetivo común de la explicación y la predicción de los fenómenos, pero que difieren entre sí, en que el método de análisis pretende hacer generalizaciones a partir de los resultados de la observación y la experimentación, mientras que el método axiomático pone énfasis en la imaginación creadora (Loose, 1976). Según Newton, existe un nivel único de la realidad del mundo. Para él, todos los seres vivientes, la materia y el acontecer espiritual encuentran expresión inmediata en el curso del mundo material. De este modo, la materia es considerada «como el mundo propiamente “real”, que se refleja en la consciencia de los seres vivientes como un espejo -a veces distorsionado u ofuscado» (Heisenberg, 1991, p. 77). Newton sostenía que a través de la experiencia fuese posible conocer el ámbito de la realidad ordenada según leyes matemáticas formulables en forma rigurosa. En el modelo newtoniano, la percepción sensorial se convirtió en el punto de partida del conocimiento de la realidad. Con el fin de controlar sus posibles distorsiones y errores, afirmó que éstos podían ser corregidos mediante la observación de otros hombres. Ya que todas las leyes formuladas por Newton son representadas completamente mediante un formalismo matemático riguroso, y todo su sistema es cerrado en sí mismo, es posible deducir infinitas conclusiones de diversos tipos partiendo de presupuestos que son asumidos como base o puntos de partida. Su modelo, además, sostiene que la naturaleza tiene un aspecto mecánico predictible y que sobre su base es posible conocer toda la información del pasado y del futuro del Universo si se llegan a conocer al máximo todas las interrelaciones del sistema en un momento específico. En la teoría newtoniana se asume que cada cuerpo está constituido por una determinada cantidad de materia, denominada masa del cuerpo, la cual es independiente de la forma, del movimiento y del método utilizado por el investigador para observarla. Newton tomó el atomismo como el modelo de la materia y lo consideró fruto del ingenio de los filósofos más famosos de la Antigüedad. Para Newton, toda la materia, incluyendo la luz, está compuesta de pequeños objetos sólidos, duros, impenetrables, indivisibles y móviles llamados partículas, las cuales constituyen los bloques de construcción básicos y más elementales del Universo. Las partículas son en su esencia componentes pasivos e inmutables cuya masa y forma es siempre invariable. Asimismo, consideraba que todas las partículas están integradas de la misma sustancia material y que ésta es homogénea. El hecho de que todo el Universo se encontrase en perfecto orden, armonía y belleza, demostraba a sus ojos que este debía haber sido creado por un Ser omnipresente, incorpóreo y supremamente inteligente: Dios. El Universo debía haber sido creado por Dios, y en él, los cuerpos celestes, separados por abismos de espacio vacío, descansan tranquilamente según leyes sobrenaturales

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reveladas a la mente de los Hombres, de lo que se puede deducir que para él, la naturaleza no hace nada en vano y que de ella derivan el orden y la belleza del mundo. Como cualquier otra teoría, la de Newton parte de una idealización. En su caso es la de poder considerar los acontecimientos en forma aislada, analizarlos y establecer relaciones lineales causa-efecto: “En el espacio, los acontecimientos se desarrollan de forma aislada, sin tener en cuenta las interrelaciones [...]. Si este proceso de aislamiento es posible, también todas las causas pueden ser hechas visibles y la exigencia causal puede ser satisfecha en esta parte del mundo, sólo por medio de una completa determinación” (cit. por Heisenberg, 1991, p. 104). Newton estableció una concepción dinámica del Universo en lugar de la concepción estática que satisfacía a los antiguos. Su obra proporcionó una teoría matemática coherente del mundo como una máquina, la cual ha permanecido como el eje central del pensamiento científico en toda su extensión. Se puede decir que Newton hizo una combinación apropiada del método empíricoinductivo de Bacon y del método racional-deductivo, que junto a sus hallazgos y desarrollos matemáticos condujeron al mundo mecanicista que aún permanece vigente en nuestro pensamiento Occidental. Nosotros, como científicos, hemos heredado del modelo mecanicista newtoniano la expectativa de alcanzar formulaciones absolutas y definitivas de la realidad completa del Universo mediante la ciencia. Con frecuencia, muchos científicos siguen afirmando que la ciencia tiene, entre otros objetivos, el de elaborar teorías a través de las cuales sea posible explicar cómo funciona el Universo, cómo ocurren los fenómenos, cómo se relacionan ellos entre sí y cómo se podrían predecir. En este sentido se busca ordenar el ámbito de la «realidad» y comprenderla a través de la ciencia. Esta herencia se debe en buena medida a que los principios newtonianos ganaron tan amplia y rápida aceptación en todos los ámbitos del conocimiento que incluso en las ciencias del Hombre los estudiosos trataron de aplicarla para entender la naturaleza humana. Vemos así que para el siglo XVIII, mientras en Francia, La Mettrie los aplicaba directamente sobre el organismo humano, incluyendo su mente, los empiristas británicos, entre ellos Locke y Hume, los utilizaban para desarrollar complejas teorías psicológicas. La Psicología desde René Descartes a Wilhem Wundt “… lo que la ciencia clásica toca se deseca y muere, muere en la diversidad cualitativa, en la singularidad, para hacerse simple consecuencia de una ley general”. Prigogine y Stengers (1990)

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Con Descartes, el problema psyche-cuerpo se transformó en el problema mente-cuerpo. Descartes hizo una división neta entre ambos y los consideró como mundos independientes, sosteniendo que para estudiar la mente se debía usar el método de la introspección y que para estudiar el cuerpo se debían utilizar los métodos de la ciencia natural. Después de Descartes, el desarrollo de la Psicología adquirió las características que Newton dio al modelo mecanicista cartesiano. Vemos así, que filósofos como Locke y Hume y científicos como Hartley y La Mettrie, entre otros, tendieron a adoptar y a utilizar sus principios para comprender la naturaleza humana. Por la misma época de Newton, también podemos apreciar uno de los primeros intentos de convertir la Psicología en una ciencia experimental, proposición que fuera hecha por Christian August Wolf (1679-1754). Este pensador sostuvo que la Psicología debía independizarse del criterio de verdad de la Filosofía por carecer ésta de una validez general que la hiciera corresponder apropiadamente a la diversidad de los individuos, y que en su lugar debía adoptar un criterio empírico basado en experiencias que confirmaran la idea de la igualdad de todos, convirtiéndose así en una ciencia natural (Jung, 1988). Aunque Locke se opuso al innatismo cartesiano, y en su lugar propuso que el conocimiento es adquirido mediante los sentidos, desarrolló una Psicología cognoscitiva cuya perspectiva es mecanicista-atomista, en la cual juegan un papel importante la asociación sucesiva de ideas, la atención, la repetición, el placer y el dolor; cuya influencia se dejaría sentir mucho más tarde en el psicoanálisis, el conductismo y algunas teorías del desarrollo humano. Hume contribuyó también a la continuidad del paradigma cartesianonewtoniano en Psicología al tomar, tanto sus principios básicos como desarrollar y profundizar algunas ideas de Locke. Hume desarrolló una Psicología mecanicista y atomista en la cual el Yo se transformó en un haz de impresiones. De las propuestas de Hume derivó el asociacionismo, cuya influencia y desarrollo posterior es notable en teorías del aprendizaje como las de Thorndike y Guthrie. Hartley (1705-1757) cirujano, derivó una Psicología naturalista de las obras de Locke, Newton y Hume. Hartley se aventuró más allá de Hume al elaborar una Psicología de las asociaciones más compleja y combinar el concepto de asociación de ideas con los reflejos nerviosos. De esta manera, la actividad mental quedó reducida a un conjunto de procesos neurofisiológicos. La Mettrie (1709-1751) por su parte, adoptó una visión muy cercana a la de Hartley. Este sacerdote y médico tomó de Descartes su teoría mecanicista del cuerpo y, a raíz de una enfermedad que sufriera, llegó a la conclusión de que el pensamiento no es más que el resultado de la actividad del sistema nervioso. El modelo de Hartley fue además estudiado y desarrollado en detalle, entre otros, por Thomas Brown (1778-1820), John Stuart Mill (1806-1873), quien transformó la mecánica mental de su padre (James Mill 1773-1836) en una suerte de química mental; Alexander Bain (1818-1903) y Herbert Spencer (1820-

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1903) quien relacionó el asociacionismo con la teoría de la evolución de Lamarck. El resultado de esta evolución particular de la Psicología cartesiana en el siglo XIX, fue que los ingeniosos, pero ingenuos modelos mecanicistas, trazados en sus líneas generales por Descartes, Hartley y La Mettrie, fueran formulados en términos modernos, esto es, que la orientación newtoniana quedara firmemente arraigada en Psicología, que los seres humanos fueran considerados islas, que el pensamiento y la experimentación fueran planteados en términos lineales de estímulos y respuestas, que se obtuvieran los primeros datos cuantitativos en Psicología, que los principios de la experimentación de la Física y la Fisiología fueran aplicados a la experimentación en Psicología, que de la experimentación surgieran las leyes referentes a la formación de asociaciones, que las Matemáticas y la Estadística fueran aplicadas en Psicología, y que buena parte del amplio legado teórico anterior, en particular, lo que peyorativamente era considerado como metafísico, teológico y filosófico de los pensadores anteriores, fuera abandonado. Desde el ángulo del racionalismo, tenemos que la evolución de la Psicología cartesiana siguió su sendero, entre otros, a través de Leibniz (1646-1716) Espinosa (1632-1677) y Kant (1724-1804). Leibniz, profundo estudioso de la obra de Descartes, sobre la cual manifestó divergencias como su objeción de haber dividido las substancias en dos categorías irreductibles, concibió la posibilidad de una Psicología propiamente dicha al considerar que el ego es una sustancia, es decir, al juzgar la vida psíquica del Hombre como una mónada. Leibniz, además, reconoció cabalmente los procesos mentales inconscientes, los cuales en alguna medida se reflejan junto con la noción de mónada en los supuestos psicoanalíticos. Espinosa, estudioso como Leibniz de la obra de Descartes, disintió de él, entre otras cosas, en lo relativo a la dualidad del Hombre, pues pensaba que éste no era sino una simple modificación de Dios en los dos atributos de la extensión y el pensamiento. Reemplazó el dualismo cartesiano por el concepto de paralelismo psicofisiológico, afirmando que el cuerpo y la mente no son distintos, sino idénticos y, por ende, inseparables. A partir del desarrollo de ideas como ésta, aportó los fundamentos epistemológicos de nuestra era psicosomática y se convirtió además en uno de los mayores psicoanalistas prefreudianos (Alexander y Selesnick, 1968). Kant, por su parte, a pesar de haber negado la posibilidad de desarrollar una Psicología del alma, debido, según él, a que es imposible que ella se pueda estudiar a sí misma, impulsó innumerables trabajos psicológicos al favorecer el subjetivismo, reconocer la importancia de los fenómenos mentales y sostener la imposibilidad de reducirlos a procesos cerebrales o corporales. El resultado de la evolución particular del racionalismo cartesiano en Psicología hasta el siglo XIX, fue la concepción del Hombre como un ser que de forma similar a los átomos o a las mónadas, es cerrado en sí mismo, autónomo e independiente; la concepción de un Hombre constituido por elementos que pueden ser estudiados independientemente de la totalidad, reforzado por el uso acrítico del método analítico; la concepción de que la actividad esencial del

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Hombre es la de un individuo ocupado en conocer, pensar y descubrir la verdad, así como el reconocimiento de la subjetividad de la vida psíquica y de sus procesos, tanto conscientes como inconscientes. A pesar de que en el ámbito general de las ciencias el empirismo fue ganando terreno durante la Revolución Científica y de que de sus proposiciones surgieron importantes movimientos psicológicos como el asociacionismo, en Psicología predominó el racionalismo hasta principios del siglo XIX, tendencia que le dio hasta entonces un carácter racional e introspectivo. En el transcurso del siglo XIX, la Psicología fue perdiendo este carácter y adquirió uno más empirista, asociado con el ideal de la ciencia moderna. Al carácter empirista de la Psicología contribuyeron, tanto la Fisiología como la Física. Desde la perspectiva de la Fisiología favorecieron a este carácter, entre otros aspectos, los importantes hallazgos de la Anatomía y la Fisiología del sistema nervioso, algunos de los cuales no sólo permitieron hacer asociaciones entre la actividad mental y el sistema nervioso, sino destacar además el importante papel que juega el cerebro en el pensamiento, lo que obligó a los fisiólogos a indagar sobre el papel de la mente en el momento que los sujetos de experimentación informaban acerca de su experiencia. Desde la perspectiva de la Física, los físicos favorecieron este carácter al tratar de establecer cuáles aspectos de la realidad son objetivos y cuáles subjetivos; la necesidad de desarrollar métodos de observación y criterios para establecer cuáles conocimientos son válidos y cuáles no, e incluso, el haber aportado ideas a la Psicología, como las que se refieren a la manera en que estímulos como la luz pueden generar distorsiones perceptivas, todo lo cual implica que los físicos debieron haber partido de teorías psicológicas, haber elaborado proposiciones psicológicas acerca del conocimiento, y haber desarrollado ideas de carácter psicológico. Así, hacia 1820, en el ámbito de la Fisiología hallamos, entre otros, a Gall (1758-1828) anatomista que desarrolló la frenología y que además, no sólo confirió a las localizaciones cerebrales una gran popularidad, sino que, del mismo modo, estimuló la reflexión de investigadores como Flourens (17941867) quien a través del método de ablación logró establecer algunas funciones del cerebro, el cerebelo, la médula oblonga, los tubérculos cuadrigéminos y la médula espinal; y a Broca, quien al efectuar en 1861 la autopsia de un afásico, logró demostrar que el centro del lenguaje está ubicado en la tercera circunvolución del hemisferio cerebral izquierdo (Fraisse y Piaget, 1972). Helmholtz (1821-1894) médico y físico, así como uno de los más grandes científicos del siglo XIX, invalidó definitivamente la idea de que los espíritus animales de Descartes conducían la información nerviosa, al demostrar que dicha transmisión era eléctrica. Midió la velocidad de transmisión del influjo nervioso, primero en las ranas y luego en los seres humanos, elaborando una valiosa técnica de medición de los tiempos de reacción sensorial. En su deseo de conocer con exactitud cómo funcionan el oído y los ojos, Helmholtz inventó numerosos aparatos, elaboró métodos experimentales y construyó teorías. Puso además de manifiesto la complejidad de los procesos psicológicos, «demostró la posibilidad de realizar observaciones científicas

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exactas sobre la sensación y la percepción, procesos que en su época se consideraban el fundamento de la vida mental» (Heidbreder, 1979, p. 71) y estableció que sí era posible aplicar la experimentación exacta a material específicamente psicológico. Weber (1795-1878) anatomólogo y fisiólogo, aplicó con éxito los métodos de la fisiología al estudio de los problemas psicológicos, contribuyó en la búsqueda de cómo aplicar el método experimental al estudio de la mente mediante sus investigaciones experimentales bien controladas, vinculando así la Psicología con las ciencias naturales, y estableció que la capacidad discriminativa sensorial de los seres humanos depende de una razón constante entre la diferencia y el estándar de comparación, y no de cantidades absolutas, es decir, observó que un estímulo podía ser considerado como distinto a otro si éste era aproximadamente una treceava parte mayor o menor que la cantidad del estímulo de referencia usado como estándar, y que la proporción era «independiente de la magnitud absoluta para la que se estaban obteniendo los resultados» (Osgood, 1969, p. 108). Esta apreciación se convirtió en ley en manos de Fechner, y dio lugar a la ley de Weber y Fechner. Fechner (1801-1887) profesor de física, consideraba que la mente y el cuerpo eran idénticos y estrechamente relacionados, otorgando una significación decisiva al inconsciente. Para él, las diferencias entre la mente y el cuerpo eran aparentes y debidas a la manera como se las concebía. En realidad fue el primero en desarrollar el método experimental aplicado a la Psicología, en medir las sensaciones y en introducir el método matemático-estadístico para establecer relaciones entre estímulos y sensaciones. De lo anterior es posible pensar que en el sentido empirista y de las exigencias de la ciencia moderna, los primeros psicólogos fueron anatomistas, fisiólogos y físicos que contribuyeron a que en Psicología se le concediera mayor importancia a los hechos concretos que a las elaboraciones mentales, se desarrollara el método experimental y se hiciera uso de instrumentos o aparatos de medición y control. Por otra parte, la Psicología heredó de los fisiólogos la tendencia a pensar en términos de ¿qué área del cerebro es responsable de determinada conducta?, lo que trajo como consecuencia que al intentar relacionar los conocimientos de la Fisiología y la Psicología se dieran respuestas al estilo de: “las expresiones conductuales se localizan en el lóbulo frontal” o “entre las funciones del lóbulo frontal está la regulación de la conducta expresiva”, tendencia que se convirtió en obstáculo durante mucho tiempo para comprender las relaciones entre la actividad fisiológica y la actividad psíquica, así como también, para responder a preguntas tales como ¿cuáles factores son comunes a ambas actividades? y ¿cuáles no?. Por su parte, los métodos analítico y experimental condujeron por mucho tiempo a percibir y a comprender el comportamiento humano en términos de estímulos y respuestas, tal como se aprecia claramente en la Psicología de Pavlov, e igualmente influyeron en forma notable al estudio de problemas como la atención, las sensaciones, las percepciones, la memoria y la duración de

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ciertos procesos psíquicos que eran susceptibles de medición a través de aparatos como el cronoscopio y cronógrafos.

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CAPÍTULO CUARTO LA PSICOLOGÍA MECANICISTA Y POSITIVISTA EN EL SIGLO XX
Toda Psicología lleva implícita una concepción del Universo y del Hombre. A pesar de los avances logrados en el ámbito de la Psicología durante el siglo XIX, ésta no se desarrolló como ciencia independiente en países como los de Hispanoamérica, Asia, África u Oceanía y ni siquiera en toda Europa hasta avanzado este siglo, pues se limitó durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX, a países como Alemania, Inglaterra, Francia, Rusia y los Estados Unidos. Estos países se destacaban en esos momentos por hallarse en pleno auge de desarrollo económico e intelectual, motivo, en parte, por el cual, los pioneros de la Psicología vivieron las presiones particulares de las sociedades a las que pertenecían, entre ellas, mantener la uniformidad ideológica, el control, el orden y el progreso social, la productividad y el ideal individualista del éxito, del bienestar y la felicidad de los ciudadanos. En dichos países, el desarrollo de la Psicología no se debió al interés por conocer mejor al Hombre o contribuir a su felicidad. En el trasfondo, es posible apreciar un hilo conductor apenas perceptible y bien enmascarado, de la influencia de los intereses sociales, económicos, políticos, religiosos y militares. Como ejemplo de lo anterior, tenemos que la Psicología industrial nació de las exigencias socioeconómicas surgidas de la Revolución Industrial, el capitalismo y la invención de numerosas máquinas que conllevaron a la creación de numerosos y variados oficios a los que se enfrentaban por primera vez, tanto los inmigrantes de los campos hacia las ciudades como los mismos citadinos. La industria planteó, por una parte, tanto el problema de ¿quiénes se encargarían de manejar las máquinas? ¿Quiénes y cómo se encargarían de supervisar las actividades? ¿Cómo las personas seleccionarían sus ocupaciones dentro de ese gran abanico de posibilidades de actividad laboral? ¿Cómo organizar la industria con el objeto de aumentar el rendimiento del personal? y lo más importante para los patronos ¿Cómo lograr el control psicológico de los obreros (Sartelli, 2005) y empleados. El problema de la industria era, pues, un problema de efectividad y productividad, y la naciente Psicología científica contribuyó a estos fines, sustentándose sobre la base del presupuesto del Hombre mecánico y del postulado de que el Hombre debía adaptarse a la máquina. Vemos así que como solución a los problemas antes planteados, hacia 1910, Frederic Tylor, ingeniero, propuso el principio de la administración o gerencia científica para ocultar el sistema de explotación psicológica creado por él. Nos dice Merani (1976) que se trataba de un método sencillo de organización industrial, cuyo fin era incrementar el rendimiento de los obreros, y que se

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sustentaba en el cronometraje del esquema de sus movimientos en la realización del trabajo, con el objeto de hacerlos más sencillos, rápidos, automáticos y sostenidos en el tiempo. El discurso de la ciencia moderna y la Psicología Hacia mediados del siglo XIX, la mayor parte de la actividad científica se había concentrado en las universidades. En ese momento, muchas universidades ofrecían, además de la especialización en diversas disciplinas, un entrenamiento sistemático en las ciencias experimentales, que constituía tanto en una actitud como normas precisas de comportamiento esperadas a la hora de investigar y exponer los hallazgos de las investigaciones. Al mismo tiempo, las universidades, sociedades e institutos científicos cumplieron en la ciencia una labor ordenadora y reguladora, es decir, fungieron de jueces o árbitros acerca de aquello que debía considerarse como conocimiento científico y aquello que debía ser considerado como mera especulación. El arbitraje y vigilancia de la comunidad científica trajo para la Psicología diversas consecuencias. En el deseo de convertir a la Psicología en una verdadera disciplina científica, y de ser escuchados y aceptados por la comunidad científica, un grupo significativo de sus estudiosos, no sólo quiso parecerse en sus actitudes y comportamientos a los físicos, biólogos y químicos, sino que además adoptaron la perspectiva mecanicista; explicar la realidad psíquica mediante los principios de la Física, la Biología o la Química; adoptar sus métodos y su lenguaje; limitarse a investigar sobre los aspectos más superficiales del Hombre y dejar de lado sus cualidades y valores intrínsecos. De este modo, el Hombre se convirtió en una cosa o complejo de cosas, sin alma, deseos, temores, esperanzas, sueños, sentimientos o conciencia, pues en cierta forma, estos aspectos eran vistos como producto de la actividad de la máquina o como cuantos de energía (Laing, 1974).

El Hombre visto como una máquina Antes de que naciera y se desarrollara la ciencia moderna, los filósofos e investigadores seguían lo que desde nuestra perspectiva actual denominamos el paradigma griego. Siguiendo sus principios cognitivos subyacentes, sus seguidores se preguntaban por la esencia de aquello que deseaban indagar. En este sentido se preguntaban: ¿Qué es la physis? ¿Qué es la psyche o alma?... Con el surgimiento de la ciencia moderna y el desarrollo del paradigma cartesianonewtoniano, el interrogante ¿qué es...? fue sustituido por el ¿cómo es? lo que significó que los filósofos o investigadores abandonaran todo intento de definir las cosas a partir de su esencia para intentar definirlas a partir de sus manifestaciones observables (fenómenos o apariencias) en particular, de aquellas que son medibles y cuantificables. 120

Ello tenía mucho sentido en los albores de la ciencia moderna, y lo sigue teniendo, en un contexto particular, el de la Física mecánica, pues para llegar a entender y explicar el movimiento de los planetas y de los objetos en general, los padres de la nueva Física se dieron cuenta de que si se pretendían hacer cálculos y predicciones exactas sobre la trayectoria y localización de los objetos no podían seguir utilizando un lenguaje impreciso y vago como el que incluía términos como armonía y simpatía. Galileo, uno de los padres de la ciencia moderna, pensó, entre otras cosas, que el Universo podía ser descrito a través del lenguaje preciso de las Matemáticas; que en esencia el Universo es una máquina perfecta; y que para estudiar el movimiento de los objetos era posible hacerlo en condiciones artificiales de laboratorio, valiéndose únicamente de las variables más relevantes como el tiempo, el peso y la velocidad. Como modelo para estudiar el movimiento, Galileo, Descartes y Newton partieron de la idea de que, en su esencia, el Universo es una máquina -no semejante a una máquina- modelo que en realidad demostró ser muy útil gracias a la síntesis genial realizada por Newton, quien unificó las ideas revolucionarias de Copérnico y Képler con las teorías del movimiento de Galileo y Descartes (Coveney y Highfield, 1990), lo cual permitió, entre otras cosas, definir los principios cognitivos subyacentes que regirían la ciencia moderna y hacer cálculos y predicciones muy precisas como poder saber en qué lugar se va a encontrar cierto planeta o estrella determinado día y hora. El paradigma cartesiano-newtoniano tuvo tal éxito que los estudiosos llegaron a pensar que sus principios cognitivos subyacentes podían ser aplicados a cualquier disciplina científica, incluyendo las del Hombre. Tan es así, que dedujeron que siendo el Ser Humano parte del universo mecánico, éste debía ser igualmente una máquina. La visión mecanicista sostiene que la teoría formal de la Física mecánica es suficiente para proveernos de una descripción completa y adecuada de todos los organismos y de las leyes de la conducta, pues el concepto de máquina «lleva insitas las leyes de la física mecánica, sin que precise estar vinculada a la representación gráfica de una máquina como las que nos son familiares...» (Wartofsky, 1973, p. 449). Esta concepción o modelo condujo a que los investigadores llegaran a estar convencidos de que el Hombre es una máquina desprovista de alma o psyche, que era anteriormente el principio del automovimiento de todos los organismos, y que la Psicología se convirtiera en una ciencia mecanicista que se ocupa de estudiar la conducta o movimientos de las partes físicas, esto es, en una ciencia cuyo objeto es estudiar únicamente la conducta observable. Desde el ángulo del mecanicismo, “el Hombre es un ser racional”, es decir, el Hombre es un ser perfectamente acabado, al ser la máxima expresión de la evolución filogenética, cuyo rasgo más distintivo es la razón. La visión mecanicista conllevó, a su vez, a un reduccionismo, esto es, a la reducción de conceptos de las ciencias biológicas y del Ser Humano a la Física, lo que equivale a reducir los organismos a mecanismos. De este modo, la conducta del hombre-máquina, podía ser estudiada en términos de la Física, o

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de la Biología y/o de la Química, tal como se aprecia en algunos sectores de la teoría e investigación de la Medicina y la Psicología. Cuando a finales del siglo pasado, los estudiosos de la Psicología trataban de definir su objeto de estudio en términos de la ciencia moderna, concibieron que los Seres Humanos somos en esencia una máquina semejante a cualquier otra que pudiera existir en la naturaleza; adoptaron el cómo como pregunta básica alrededor de la cual debían girar las investigaciones científicas, y se abocaron al estudio de la conducta observable y medible del Hombre, partiendo de unidades básicas o elementales como la unidad estímulo-respuesta, los refuerzos, los impulsos..., sobre las cuales construyeron sus teorías, primero, esencialmente en términos biológicos, luego, en términos sociales o culturales y, mucho después, en términos de una máquina bio-psicosocial. Las teorías mecanicistas pueden incluir o no al organismo; la personalidad; el ego; la mente, entendidos como procesos psicológicos vinculados a la razón, al inconsciente, y a la conciencia, entendida, o como diálogo interno, o como razón. La noción de que la naturaleza es una máquina, una suerte de autómata sujeto a leyes matemáticas, implica que dichas leyes matemáticas son una especie de ente que de modo paciente y sereno han determinado desde siempre todo lo que ha ocurrido en el pasado, y que del mismo modo determinarán lo que acontecerá en el futuro. Son leyes que postulan la monotonía inmodificable del mundo. Ahora bien, las teorías psicológicas mecanicistas nos han aportado datos valiosos sobre nuestra conducta, nos han proporcionado pistas valiosas sobre lo que podríamos llamar artificialmente niveles del Ser Humano, como su cuerpo, su personalidad, su ego, su conciencia y sus niveles transpersonales (Wilber, 1990, 1993) y nos han permitido conocer detalles acerca de nuestros sentidos, atención, percepción, aprendizaje, memoria, la manera como manejamos las creencias, la personalidad, nuestra estima, el sentimiento de satisfacción... Partir implícita o explícitamente de la idea de que en esencia somos máquinas racionales implica aceptar que somos seres rígidos, que actuamos básicamente según los programas genéticos o cognitivos, los condicionamientos, hábitos, patrones de conducta..., es decir, que actuamos y somos como autómatas o muy parecidos a ellos. Aunque poseemos la capacidad de seguir rutinas, crear patrones de conducta, programarnos, generar condicionamientos y hábitos, ello no significa que seamos seres mecánicos o que seamos una suerte de autómatas que siguen ciertas leyes mecánicas a la hora de actuar. La ciencia moderna configuró un discurso según el cual, el Hombre es un extraño en este mundo. En la concepción de la ciencia moderna, el Hombre no era sino un átomo social, un individuo que, de modo semejante a los átomos físicos, es independiente, autónomo y aislado, una isla que podía ser entendida a partir de sí misma, sin que importaran mucho sus relaciones con otros Seres Humanos o con la naturaleza, y sin tener en cuenta el contexto en que pudiera hallarse, todo lo cual implicaba que los Seres Humanos debíamos atenernos a

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la clara evidencia de estar solos en la inmensidad de un universo indiferente a nuestra presencia. Dentro de la concepción mecanicista de la ciencia surgieron en Psicología diversos ismos y escuelas, cada una de las cuales se proclamó como poseedora y reveladora de la única verdad. Estos y escuelas, a su vez, comenzaron a estudiar, no al Hombre, sino a una representación del Hombre, pues la “auténtica ciencia” sólo estudiaba los fenómenos más sencillos y accesibles a la experiencia sensorial, de allí que la actitud ante los aspectos menos accesibles del Ser Humano, como lo son, entre otros, sus emociones, sentimientos y estados de conciencia; fuera la de considerarlos como aspectos irrelevantes, la de dejarlos de lado como algo que posteriormente sería estudiado en la medida en que la ciencia madurara y lograra mayores conocimientos, fueran vistos como algo tan complejo que nunca sería posible reconstruir su totalidad; o se pensara que en el futuro serían deducidos de las leyes universales aportadas por los fenómenos más simples que rigen la regularidad del Universo, y que son aplicables a todo lo que esté contenido en Él. La concepción del Hombre máquina, que perduró hasta alrededor de los años 60 del siglo pasado, también estuvo enmarcada dentro de un contexto de individualismo egoísta centrado en la importancia de la imagen de sí mismo y en el hacer. El Hombre orgánico, sagrado y espiritual de siglos anteriores, se transformó en el contexto de la Psicología moderna en una individualidad aislada, en la cual perdió moralmente todo valor intrínseco para pasar a tener un valor monetario. Hacia finales del siglo pasado, el objeto de estudio de la Psicología era la conciencia entendida básicamente como razón, pues los malos intérpretes de Descartes transformaron la idea del ser, en la idea de “Yo soy mi pensamiento” o “Yo soy mi mente”. Ello implicaba la idea de una individualidad restringida a la mente e independiente del cuerpo. De este modo, la Psicología que transcurrió entre el siglo XIX y mediados del XX, heredó la idea de que el Hombre es un ego aislado dentro su cuerpo, un bloque sólido cuya razón sostiene su certeza de ser. La herencia cartesiana, como recordará el lector, partía de la independencia entre sujeto y objeto, lo que supuso en la naciente Psicología científica la reafirmación de la conciencia no participativa o independiente de toda relación con Dios y la naturaleza; supuso que nuestras propias experiencias son independientes de nosotros mismos, de modo que podemos observarlas y describirlas de forma objetiva; y supuso que la experimentación en Psicología es posible, es decir, que se podían aislar artificialmente en el laboratorio las conductas a estudiar y medirlas, y que sus resultados serían válidos y confiables para la formulación de leyes científicas. Leyes que además, apenas sufrirían modificación alguna por el ambiente, el contexto o la voluntad propia, pues sus procesos eran inherentes a sí mismas y universales o aplicables a los Hombres de cualquier cultura. Aunque la Psicología moderna permitió adquirir conocimientos valiosos sobre los aspectos de la realidad psicológica que tienden a manifestarse de

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forma regular, como los condicionamientos, hábitos y reflejos, distorsionó la imagen de aquellos otros aspectos que, como las emociones, no lo son.

Reflejos del paradigma cartesiano-newtoniano en la reflexología Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, no sólo surgieron las grandes escuelas de la Psicología, como la reflexología, el conductismo y el psicoanálisis, sino además una gran cantidad de tendencias que jugaron un papel muy importante en su desarrollo. La Psicología moderna no nació como un sistema unificado de ideas verdaderas apoyadas sobre un único método válido de estudio como pregonaba el ideal de la ciencia clásica. Por el contrario, como estaba ocurriendo en la misma Física, los estudiosos de la naciente Psicología no lograban ponerse de acuerdo, ni acerca de su objeto de estudio, ni acerca de su método, ni acerca de sus fines. Sobre el objeto de estudio de la Psicología, tenemos que las proposiciones más resaltantes fueron la conducta, la conciencia, la mente, el inconsciente y el espíritu. Sobre el método, tenemos que las principales proposiciones fueron el método analítico, el experimental, la introspección analítica, la observación sistemática y la asociación libre. Y sobre sus fines, hallamos el estudio y comprensión del Hombre para predecir y controlar su comportamiento, para su propio beneficio, desarrollo, felicidad y salud mental. Sin embargo, a pesar de todas las divergencias que podamos hallar en esta etapa evolutiva de la Psicología, podemos ver con claridad que la mayoría de las corrientes psicológicas compartían los principios cognitivos subyacentes al paradigma cartesiano-newtoniano, al darwinismo, y luego, al positivismo. Tenemos así que la reflexología nació a partir de los estudios sobre el sistema nervioso. Entre sus fundadores están Setchenov (1829-1905) y Pavlov (18491936). Setchenov contribuyó a la creación de una Psicología objetiva y materialista. Proclamó que había llegado el fin de la Psicología de la conciencia y se pronunció a favor de la experimentación positivista. Decía Setchenov: “La nueva Psicología no tendrá ya más por base los filosofemas que la engañosa voz de una conciencia nos insinúa, sino realidades positivas que siempre pueden ser comprobadas por el experimento. Y es sólo la fisiología la que puede sacar a la luz estas realidades, ella es la única que tiene en sus manos la clave para el análisis de los fenómenos psíquicos” (cit. por Frolov, 1938. Tomado de Thomae y Feger, 1971, p. 51). Setchenov fue predecesor e inspirador de Pavlov. Compartió con él la idea de que los actos más complejos de la actividad física dependen de las condiciones de existencia que los exigen. Tanto Setchenov como Pavlov procuraron eludir la prisión de la dualidad mente-cuerpo y trataron de presentar las pruebas más contundentes posibles acerca de la unidad y el condicionamiento recíproco de 124

los fenómenos psíquicos y fisiológicos. Afirma Kochtoïantz (En: Pavlov, 1982) que Pavlov, mediante su teoría de los reflejos condicionados, «se planteaba la cuestión de terminar con el dualismo materia-conciencia» (p. 11). Pavlov se proclamó a sí mismo como un psicólogo empírico. Se mostró de acuerdo en la búsqueda y uso de datos positivos en el estudio de la actividad psíquica: «Un estudio real de los diversos sistemas de que se compone la naturaleza -incluido el Hombre- se limita a la comprobación de sus condiciones de existencia externas e internas, o sea, al estudio de su mecanismo» (Pavlov, 1970, p. 187 -Art. publicado en 1932) y explicó que toda la vida mental y la actividad espiritual del Hombre están basadas en una larga cadena de reflejos condicionados o aprendidos que nacen, se desarrollan y reproducen. Creyó en la legitimidad de la extrapolación de los datos fisiológicos a la conducta de los animales superiores y el Hombre, sin que por ello dejara de estar conciente de las diferencias entre los animales superiores y el Hombre, diferencias entre las cuales destacó la del lenguaje: “Estoy persuadido de que la comprensión fisiológica de una gran parte de lo que hasta ahora hemos llamado actividad psíquica, descansa sobre una base sólida, y que en el análisis de la conducta de los animales superiores, incluido al hombre, es legítimo partir de una concepción puramente fisiológica de procesos fisiológicos bien establecidos” (Pavlov, 1970, p. 183 -Art. pub. en 1932). Siguiendo la pauta de la ciencia clásica se concentró en el movimiento animal y se dio a la tarea de hallar leyes universales que explicaran la actividad psíquica. Aunque tuvo en cuenta la participación del ambiente en el movimiento animal, descuidó el análisis de los procesos del medio ambiente y se abocó esencialmente al estudio de las leyes internas que condicionan dichos movimientos. Dotado de un excepcional talento para la investigación, desarrolló su propia metodología para cuantificar las reacciones de los organismos como un todo mediante el reflejo condicionado, el cual, según él, constituía el elemento básico de la actividad psíquica. Pavlov empleó, tanto el método analítico como el experimental en sus investigaciones. Con relación al primer método lo aplicó en el mismo sentido que le había asignado Descartes, es decir, que el análisis no se limitara a la mera descomposición, sino que además se reconstruyera la totalidad de lo analizado: “El organismo está compuesto por un gran número de partes y millones de elementos celulares que producen un número igualmente enorme de fenómenos distintos, pero estrechamente relacionados entre sí, y que aseguran la solidaridad del funcionamiento del organismo como un todo. La teoría refleja divide el complejo de esta actividad orgánica en funciones separadas, las relaciona, tanto con influencias externas como con las internas, y luego las reúne de nuevo” (Pavlov, 1970, p. 163).

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Con relación al método experimental, reconoció que el «rasgo característico fundamental del experimento psíquico es su inconstancia, su experiencia caprichosa» (Pavlov, 1970, p. 59) pero que era posible reducir el aparente caos de las relaciones a sus límites precisos para hacer que los fenómenos sean constantes y descubrir sus leyes y mecanismos, lo que implicaba entre otras cosas un riguroso control experimental hasta del más mínimo detalle de las condiciones en que deben realizarse los experimentos. Como otros hombres de su época, trató de verificar la hipótesis de causalidad en las formas más complejas de la materia, lo que le dio un carácter determinista a su obra. Sin embargo, no se le puede clasificar como un determinista acérrimo o un mecanicista en el sentido clásico de ambos términos, es decir, no creía que los seres vivos fueran entidades simples que funcionaran como un reloj, que era el modelo ideal de los científicos de la Revolución Científica, pues habló de los organismos como sistemas que funcionaban según ciertos mecanismos; juzgó que su actividad no era simple sino compleja; no concibió los organismos como mónadas cerradas, sino como sistemas abiertos influidos por las variaciones del ambiente; habló de los movimientos voluntarios aprendidos mediante la asociación o encadenamientos de los reflejos condicionados y explicó cómo los animales y el Hombre aprenden a adaptarse a su medio ambiente e, incluso, aceptó la existencia de factores subjetivos asociados al comportamiento. Consideró también que la vida de los organismos desde los más simples a los más complejos, incluyendo al Hombre, constituye una larga serie de sistemas de equilibrios, cada vez más complejos según la medida de su evolución, con el mundo exterior y que no estaría lejos el día en que el análisis matemático apoyado en las ciencias naturales, encuadrara dichos equilibrios en las grandiosas fórmulas de sus ecuaciones (Pavlov, 1970). Reflejos del paradigma cartesiano-newtoniano en el conductismo El conductismo es la escuela psicológica en la que quizás se nota con mayor claridad la influencia del paradigma cartesiano-newtoniano. Su fundador, John Watson (1878-1958) apoyó los principios de su Psicología en la obra de Pavlov, y con el propósito de elevar el status de la Psicología a disciplina científica, Watson la parangonó con las ciencias naturales: «El conductismo es una ciencia natural» (Watson, 1972, p. 27) de allí que en Estados Unidos y muchos otros países, durante mucho tiempo se igualaran en significado los términos conductista y psicólogo científico (Nudler, 1975). Watson pensaba que el comportamiento del Ser Humano debía ser el objeto de estudio de la Psicología, dejando de lado o negando la existencia de la mente y de la conciencia, pues según él, por una parte, se referían a cosas inobservables y, por otra, se trataba de términos tan vagos que no tenían cabida en una Psicología científica. Afirmaba así, entre otras cosas, que

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“El conductismo sostiene, por el contrario, que es la conducta del ser humano el objeto de la Psicología. Afirma que el concepto de conciencia no es preciso, ni siquiera utilizable. Habiendo recibido una formación experimental, el conductista entiende, además, que la creencia de que existe la conciencia remontase a los antiguos días de la superstición y la magia [...] Nuestros estudios acerca de los reflejos condicionados nos permiten explicar el temor de la criatura al perro sobre la base de una ciencia completamente natural, sin apelar a la conciencia ni a ninguno de los denominados procesos mentales” (Watson, 1972, pp. 20 y 25). Su Psicología es positivista. Según Watson, ésta debía limitarse al estudio de lo observable: «Limitémonos a lo observable, y formulemos leyes sólo relativas a estas cosas» (Watson, 1972, p. 23). Rechazó la dualidad mente-cuerpo, que para él era un problema religioso, y redujo la Psicología a la Fisiología. Para él la compañera más cercana a la Psicología es la Fisiología, de la cual entendía que difería sólo en la forma de ordenar los problemas, pero no así en sus principios básicos ni en su aproximación. Aseguraba que la manera de objetivar a la Psicología era mediante la medición exacta de las respuestas, el uso del método experimental y la aplicación de las técnicas de la Psicología animal, pues no establecía distinciones entre el Hombre y los animales. Para Watson, la única diferencia entre ambos se hallaba en el tipo de conducta. Watson consideró al Hombre como una totalidad animal, que al reaccionar lo hace con todas y cada una de sus partes: «El hombre es un animal que nace con ciertos tipos definidos de estructura» (Watson, 1972, p. 100) lo cual determina su modo particular de reaccionar ante las situaciones. Sin embargo, no consideraba que el Hombre heredara cosas tales como talento, temperamento, constitución mental o rasgos de carácter, pues pensaba que ello pertenece al ámbito de la conducta aprendida. Watson entendía por comportamiento todo aquello que un organismo hace o dice, y retenía que esto era totalmente determinado por los estímulos. Usó como unidad de análisis del comportamiento el estímulo-respuesta: «Cabe plantear todos nuestros problemas psicológicos y sus respectivas soluciones en términos de estímulo y respuesta» (Watson, 1972, p. 37). Veía los organismos como máquinas complejas que funcionan según la ley de causa y efecto: “Un sólo instante de reflexión nos llevará al convencimiento de que el cuerpo humano, a la vez que organizado a la perfección para cumplir muchos trabajos, no es una casa de misterios sino un tipo muy común de máquina orgánica -y por tal entendemos un objeto infinitamente más complicado que cualquiera de los que el hombre haya logrado construir hasta el presente” (Watson, 1972, p. 61). Para Watson, la tarea del psicólogo era controlar el comportamiento mediante los estímulos, afirmación cónsona con el ideal baconiano de controlar la naturaleza:

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“El interés del conductista en las acciones humanas significa algo más que el del mero espectador: desea controlar las reacciones del hombre, del mismo modo en la física, los hombres desean examinar y manejar otros fenómenos naturales. Corresponde a la Psicología poder anticipar y fiscalizar la actividad humana” (Watson, 1972, p. 28). Tal era su fe en el principio de causa-efecto y la posibilidad de controlar el comportamiento, que llegó a afirmar que conociendo una determinada respuesta es posible determinar el estímulo. Es suya la conocida expresión que dice: “Dadnos una docena de niños sanos, bien formados y un mundo apropiado para criarlos y garantizamos convertir a cualquiera de ellos, tomado al azar, en determinado especialista, médico, abogado, artista, jefe de comercio, pordiosero o ladrón, no importan los talentos, inclinaciones, tendencias, habilidades, vocaciones y raza de sus ascendientes” (Watson, 1972, pp. 108-109). Como buen hijo de la Revolución Científica y de los preceptos cartesianosnewtonianos, Watson no sólo desterró de la Psicología a Dios, al alma y a la mente, sino que además convirtió las emociones en reacciones superfluas del cuerpo con relación a objetos y situaciones ambientales. Según él, cada estímulo es capaz de provocar reacciones fisiológicas específicas, pues «el objeto parece estar cargado, parece suscitar miles de reacciones corporales accesorias no requeridas por las leyes del hábito eficaz» (Watson, 1972, p. 143). Explicó las diferencias emocionales exhibidas por distintos individuos mediante el condicionamiento. Al conductismo se le critica su perspectiva mecanicista del Hombre, en la que no cuentan las variables internas: v. g. las actitudes y el modo como el cerebro procesa la información en la determinación de la conducta; la generalidad de sus principios; lo limitado de su validez para explicar los fenómenos que abarca, el uso abusivo del método experimental y del control experimental, lo cual le da un carácter artificial a sus hallazgos, las extrapolaciones de los hallazgos en la conducta animal al Hombre y la negación de su autonomía para generar sus propias conductas. Reflejos del paradigma cartesiano-newtoniano en el psicoanálisis Veamos ahora otra de las escuelas psicológicas más importantes de las dos terceras partes del siglo XX. Me refiero al psicoanálisis, fundada por Sigmund Freud (1856-1939). Desde sus comienzos fue siempre un “procedimiento terapéutico”, que luego se fue convirtiendo en una teoría psicológica. Freud consideraba el psicoanálisis como una «ciencia especial, una rama de la

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Psicología», que él llamaba «Psicología abisal o Psicología del inconsciente» (O.C., T. III, p. 3191). Freud mostraba un profundo apego a los principios científicos recibidos durante su formación. Para él no había más verdad que la proporcionada por la ciencia. Su teoría, al igual que las de Pavlov, Watson y Skinner, puede ser inscrita en la tradición cognitiva del paradigma cartesiano-newtoniano, pudiéndose decir además que se esmeró por cumplir con las expectativas de la comunidad científica del siglo pasado y del presente en muchos de sus aspectos. Para Freud sólo existía la verdad de la ciencia empírica. Según él, fuera de ella no existían sino ilusiones y especulaciones. Ferviente seguidor del conocimiento científico de su época, no aceptó ni la relatividad ni la subjetividad de la ciencia como él mismo testimonió en sus “Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis”, datadas de 1932: “Una de estas concepciones del Universo es como una contrapartida del anarquismo político; quizá una irradiación de él. Desde luego, ya antes ha habido tales nihilistas intelectuales, pero actualmente parece que la teoría de la relatividad de la física moderna se les ha subido a la cabeza. Parten, desde luego, de la ciencia; pero se las componen para impulsarla a su propia anulación, al suicidio, encomendándole la misión de suprimirse a sí misma, renunciando a sus aspiraciones [...]. Según la doctrina anarquista, no hay, en general, verdad alguna ni conocimiento seguro del mundo exterior. Lo que presentamos como verdad científica no es más que el producto de nuestras propias necesidades, tal como tiene que manifestarse bajo las variables circunstancias exteriores, o sea, nuevamente ilusiones. En el fondo no hallamos sino lo que necesitamos ni vemos más que lo que queremos ver. No podemos hacer otra cosa. Y como falta el criterio de la verdad, la coincidencia con el mundo exterior, es indiferente cuáles sean nuestras opiniones. Todas son igualmente verdaderas e igualmente falsas. Y nadie tiene derecho a acusar a otros de error” (O.C. T. III, pp. 3201-3202). Si continuamos leyendo, podemos apreciar que Freud se negó a analizar los enunciados de lo que él llamaba la “doctrina anarquista”. Se contentó con aseverar que para un espíritu noseológicamente orientado sería “una tentación investigar por qué caminos y mediante qué sofismas consigue el anarquista extraer de la ciencia tales resultados finales. Tropezaría seguramente con situaciones análogas a las que se derivan del conocido ejemplo: un cretense dice que todos los cretenses son unos mentirosos. Pero no quiero ni puedo adentrarme por este camino” (O.C. T. III, p. 3202),

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Freud creía tanto en la institución de la ciencia y su verdad única, absoluta y objetiva obtenible mediante el método científico, que al hablar del poder aglutinante de la razón sobre los Hombres criticaba la posibilidad de apreciar los mismos fenómenos desde distintos puntos de vista -«Representémonos cuán imposible se haría la sociedad humana si cada individuo tuviera también su tabla de multiplicar particular y su sistema especial de pesas y medidas»(O.C. T. III, p. 3199). Esperaba que nuestra salvación fuera que un día el espíritu científico lograra la dictadura sobre la vida psíquica del Hombre: “Nuestra mejor esperanza es que el intelecto -el espíritu científico, la razón- logre algún día la dictadura sobre la vida psíquica del hombre. La esencia misma de la razón garantiza que nunca dejará de otorgar su debido puesto a los impulsos afectivos del hombre y a lo que por ellos es determinado. Pero la coerción común de tal reinado de la razón resultará el más fuerte lazo de la unión entre los hombres y procurará otras armonías. Aquello que, como la prohibición religiosa de pensar, se opone a una tal evolución, es un peligro para el porvenir de la Humanidad” (O.C. T. III, p. 3199). Lo anterior pone en evidencia uno de los rasgos característicos del cartesianismo, esto es, el alto valor concedido a la razón y cómo es ella la que ha de poner en su lugar (controlar) a los impulsos. Ello se refleja, tanto en su teoría del Yo como piloto capaz de conducir de manera objetiva y válida los destinos de las personas, como en el énfasis que pone en su propio método terapéutico, el análisis de las asociaciones libres. Énfasis, por el que, en lugar de nombrarse a esta técnica como psicoanálisis, se acostumbra a llamársele “análisis”. El énfasis en el análisis, a su vez, nos recuerda de nuevo el pensamiento cartesiano y su acento en este método, sólo que este análisis no retoma el todo, sino que, normalmente, siempre redunda en la conclusión de que el comportamiento del Hombre está determinado –yo diría, según explica Freud, condenado- por las experiencias infantiles, el complejo de Edipo y el inconsciente. En ese reflejo de sobrevalorar la razón que debe controlar los afectos, vemos otros de los rasgos del paradigma cartesiano-newtoniano, esto es, en el ideal de dejar de lado las emociones y los impulsos, la de disociarnos en el momento de conocer, disociación que si la analizamos hoy día es una auténtica disociación psicótica, convirtiéndonos en sujetos (razón) para observar a los objetos (nosotros). Algo que para Freud, no sólo era un ideal científico, sino algo que debía ser parte permanente del terapeuta durante el análisis y ello, como si tal cosa fuera posible a los niveles que se le exige al psicoterapeuta, como si uno como psicoterapeuta y Ser Humano no sintiera cuán hondo calan muchas de las cosas que sienten, dicen y hacen las personas que vienen a consulta. Freud creyó en la posibilidad de estudiar objetivamente la vida psíquica del Hombre basado en el presupuesto cartesiano-newtoniano de la independencia entre sujeto y objeto. Pensaba que el científico podía mantener una distancia,

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tanto afectiva como de sus propios rasgos individuales frente al objeto estudiado: el Hombre. “El conocimiento científico [...] se esfuerza por mantener alejados los factores individuales y las influencias afectivas; examina severamente la garantía de las percepciones sensoriales en las que basa sus conclusiones; se procuran nuevas percepciones imposibles de lograr con los medios cotidianos y aísla las condiciones de estas nuevas experiencias en experimentos intencionalmente variados” (O.C. T. III, p. 3198). Frente a su propia pregunta de si es posible estudiar el Yo, respondió: “Pero, ¿acaso es posible tal cosa? Si el yo es propiamente el sujeto ¿cómo puede pasar a ser objeto? Y el caso es que, evidentemente, puede ser así. El yo puede tomarse a sí mismo como objeto, puede tratarse a sí mismo como a otros objetos, observarse, criticarse etc. En todo ello, una parte del yo se enfrenta al resto. El yo es pues, disociable; se disocia en ocasión de algunas de sus funciones, por lo menos transitoriamente, y los fragmentos pueden unirse de nuevo” (O.C. T. III, p. 3133). El hecho de que el Hombre tenga la capacidad de autobservarse y criticarse, le dio pie para afirmar la posibilidad de estudiar objetivamente a los demás e incluso a sí mismo -él mismo llevó a cabo su propio análisis- dejando supuestamente de lado, tanto el componente afectivo del Hombre como sus rasgos individuales. Freud extendió su objevista-materialista a las relaciones interpersonales, a las que llamó relaciones objetables. Las mismas comprendían un yo y sus relaciones de objeto. Entendía que para el individuo, los demás son objetos que pueden llegar a ser internalizados o no, tal como sucede con la figura materna, pudiendo llegar a adquirir en el inconsciente la característica de valores positivos o negativos. En el inconsciente, según este modelo, la imagen de las personas adquiere una expresión real u objetiva. Creía además que la objetividad del conocimiento analítico era posible de lograr, pues consideraba que la situación analítica era una forma particular de experimentación. Se trata de una situación constante de encuentro entre dos personas, una previamente analizada: el analista; y el paciente durante un largo período de tiempo -lo que garantizaría el hallazgo de ciertas regularidades de la vida psíquica: eterno retorno de lo reprimido, compulsión a la repetición. En esta situación se mantienen constantes, además de las condiciones ambientales o disposición del setting, la consigna de que el analizado debe transmitir todos sus pensamientos, ocurrencias y sensaciones sin omitir nada ni modificar su relato, mientras que el analista, para no influir en el analizado, se mantiene fuera de la vista del paciente, no hace referencia alguna a sí mismo o a las emociones que evoca su discurso y no lo interfiere. La relación del analista con

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el analizado se debía limitar, además, a la interpretación de lo dicho por éste, empleando un lenguaje lo más objetivo posible. Y finalmente, el analista podría y debería discutir sus observaciones con otro u otros analistas. Otro dos rasgos subyacentes al paradigma cartesiano-newtoniano tomados por Freud, y que se ponen de relieve en toda la teoría psicoanalítica, es su riguroso determinismo, según el cual, los eventos psicológicos emergen de un origen y una causa precisa, y el carácter de universalidad que le da, tanto a las patologías y a su origen, como a la influencia de las experiencias infantiles durante la adultez y algunos aspectos de la vida sexual y amorosa, como si ellos acontecieran en el tiempo y espacio absolutos de Newton. En su lenguaje teórico podemos apreciar una gran cantidad de términos que reflejan el lenguaje de la Física y de la Biología cartesiana-newtoniana del siglo pasado y principios de éste. Vemos así que empleó términos como fuerza, aparato mental, catexis, energía, objetos internos e impulsos, los cuales pertenecen al vocabulario de una imagen mecanicista de la “realidad”, imagen que él mismo hizo evidente al expresar que: “Los analistas no pueden renegar de su descendencia del cientificismo exacto ni de su solidaridad con quienes lo representan [...] En vez de atisbar el momento que les permita sustraerse al dominio de las leyes físicas y químicas conocidas, anhelan, esperanzados, que surjan leyes naturales más amplias y más profundas, a las cuales están prestos a someterse. En el fondo, los analistas son incorregibles mecanicistas y materialistas” (O.C. T. III, p. 2649). Su aproximación a la vida psíquica es de carácter dinámico. Estableció que en el inconsciente existen fuerzas ciegas capaces de producir enfermedades mentales: la libido y el destrudo. La primera representa la energía del Eros, y la segunda la del Tánatos. Basó su teoría psicosexual del desarrollo en la libido e intentó explicar cómo ésta y las tendencias inhibitorias son capaces de provocar diversos tipos de enfermedades. De la misma forma característica de la dinámica newtoniana, según la cual las fuerzas siempre se presentan en parejas de opuestos, Freud acuñó conceptos antagónicos como: Eros-Tánatos, fuerzas activas-fuerzas reactivas o, lo que es lo mismo, pulsiones-defensas. Así, podemos apreciar que en su descripción de la dinámica del inconsciente afirmó que las pulsiones tienen la tendencia a descargar, y que las defensas, que antagonizan con las pulsiones, tienden a inhibir. De la teoría de Freud derivaron muchas teorías y movimientos psicológicos entre los cuales podemos mencionar las teorías psicodinámicas, el culturalismo de Horney y Fromm, el psicodrama de Moreno, el grito primario de Janov y Casrriel, el análisis transaccional de Berne y el estructuralismo de Lacan, teorías en las que también encontramos numerosos rasgos del paradigma cartesianonewtoniano. En general, el psicoanálisis freudiano, al igual que el conductismo o la reflexología, en su evolución han sufrido algunas modificaciones marginales a la luz de los aportes del paradigma cuántico-relativista.

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La Psicología y el positivismo Según nos explica Abbagnano (1993) el término positivismo fue adoptado por primera vez en 1830 por Saint-Simon, «para designar el método exacto de las ciencias y su extensión a la filosofía» (p. 936). Acorde con Abbagnano (1993) la característica fundamental del positivismo es la «romantización de la ciencia, su exaltación como única guía de la vida particular y asociada al hombre, esto es, como único conocimiento, única moral y religión posibles» (p. 936). El positivismo ha influido profundamente por más de siglo y medio en la sociedad Occidental, tanto a nivel cultural como científico. Este modelo de la realidad, entre otras cosas, consiste en la afirmación incisiva y exclusiva de la singularidad, de lo particular, “en la visión del universo como si fuese un sistema mecánico que se rige por las matemáticas como regla epistémica del conocer (los modelos matemáticos dan la estructura de la totalidad y de sus síntesis) la visión del cuerpo humano como si fuese una máquina, la visión de la sociedad como si tuviese que ser forzosamente una lucha competitiva por la existencia, y la creencia del progreso material ilimitado que debe alcanzarse mediante el crecimiento económico y tecnológico” (Martínez, 1999, pp. 35-36), visión, que en las últimas décadas ha sido sometida a un examen minucioso y que ha sido severamente puesta en tela de juicio, pues entre otras cosas, se le critica que es un modelo que se contradice a sí mismo, ya que ninguna de sus proposiciones básicas es susceptible de verificación empírica, tal como afirman sus seguidores. Más aún, no existe método alguno para hacerlo. A comienzos del siglo XX surge del positivismo el positivismo lógico cuando un grupo de filósofos, hombres de ciencia y matemáticos, entre ellos Rudolph Carnap, Moritz Schlick y Otto Nerath, integraron el llamado Círculo de Viena con el objeto de revisar los instrumentos conceptuales de la ciencia. Este movimiento consideró que el conocimiento de las ciencias físicas es el más seguro que posee la Humanidad y, por ende, debía ser tomado como modelo de las demás ciencias incluyendo la Psicología. Según las ideas de los integrantes del Grupo de Viena, los científicos deben investigar las relaciones existentes entre las variables con las que trabaja y representarlas mediante alguna forma de lenguaje simbólico. Los positivistas dividieron la ciencia en dos aspectos: teoría y observación. Sostenían que la observación directa proporciona descripciones reales del mundo y que ella constituye la base más sólida sobre la cual se debe apoyar todo conocimiento. Para los positivistas: “fuera de nosotros existe una realidad totalmente hecha, acabada y plenamente externa y objetiva, y que nuestro aparato cognoscitivo es como un espejo que la refleja dentro de sí, o como una cámara fotográfica que copia pequeñas imágenes de esa realidad exterior. De 133

esta forma, ser objetivo es copiar bien la realidad sin deformarla, y la verdad consistiría en la fidelidad de nuestra imagen interior a la realidad que representa” (Matínez, 1999, pp. 34-35). Como objetivo básico, el positivismo lógico se propuso aclarar el lenguaje de las ciencias y determinar las condiciones bajo las cuales las proposiciones empíricas son significativas. Una de estas condiciones se refiere a las definiciones. Los conceptos no deben ser expresados en forma descriptiva sino en términos de definiciones operacionales o mediante la especificación del conjunto de operaciones o actividades que el investigador ha de realizar para medir o manipular una variable. Así, si por ejemplo, un investigador quiere definir la inteligencia, debe hacerlo mediante una afirmación tal como: inteligencia es aquello que mide X Test psicológico (Navarro, 1989). Los positivistas lógicos llegaron a sostener que toda proposición científica deriva de la experiencia, y que la ciencia debe trabajar con los elementos más simples de ésta. De ellos deriva el principio del fisicalismo, el cual afirma que: “los enunciados y conceptos científicos deben expresarse en términos de elementos físicos simples, discriminables. Como los elementos más simples son los manejados por la física, debe existir la posibilidad de expresar los enunciados de cualquier ciencia sobre la base de los términos utilizados por dicha disciplina física” (Navarro, 1989, p. 92). Lo anterior trajo como consecuencia un reduccionismo teórico que implica que cualquier conjunto de eventos debe ser explicado tomando como base a la ciencia Física. También trajo consigo un reduccionismo metodológico, que implica que todas las ciencias deben emplear los métodos de las ciencias naturales. Durante la primera mitad del siglo XX, mientras un grupo de científicos se abocó totalmente a la tarea de probar al máximo, defender y continuar desarrollando el paradigma cartesiano-newtoniano, otro grupo empezó simultáneamente a abrir las puertas al paradigma cuántico-relativista. En Psicología, ello se tradujo para el primer grupo de investigadores en la depuración, continuidad y búsqueda de reafirmación del psicoanálisis en algunos países europeos, en los Estados Unidos y algunos países Latinoamericanos, de una amplia difusión del conductismo y su continuidad en el neoconductismo en los Estados Unidos, Canadá y México, y de la reflexología en la Unión Soviética, así como también en el surgimiento de teorías como la epistemología genética de Piaget.

El positivismo y la penetración cultural en Venezuela Como ya dije el apartado anterior, el positivismo es una doctrina derivada del paradigma cartesiano-newtoniano, pero, además hay que añadirle que refleja con bastante precisión el patrón de percepción, pensamiento, sentimientos,

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acciones y relaciones del arquetipo del patriarca, es decir, de lo que solemos llamar el “machismo”, pues, entre otras cosas, expresa la exacerbación de una masculinidad inmadura en detrimento de la feminidad en todos los niveles de la vida. Recuérdese que el objetivo por el cual nace la ciencia moderna es el control de la madre naturaleza con el fin último de procurar ¿el bienestar de la Humanidad?; que muchos fueron los filósofos que afirmaron que el conocimiento es poder; y que la imagen que teníamos hasta hace poco del científico y del intelectual era la de un hombre calvo, con lentes, barba y bigote, el cual vestía con una bata blanca que simbolizaba asepsia, distancia, neutralidad, objetividad, racionalidad y una expresión fría, que mira al mundo desde la altura del cerebro, despreciando la intuición, los sentidos, las emociones y su propio cuerpo. Los intelectuales venezolanos desde finales del 1700 principios del 1800, en parte, debido al escaso estímulo intelectual en el país, en parte debido a la tendencia a copiar lo extranjero como un medio para adquirir una identidad nacional que nos llevase a ser aceptados como iguales ante los ojos de los europeos y, en parte, debido a la búsqueda externa de todo aquello que les permitiera ponerse a la altura de las naciones más ¿desarrolladas?, copiaron y adoptaron, entre otras doctrinas derivadas del paradigma cartesianonewtoniano, al positivismo como un medio expedito para el progreso y desarrollo de nuestra nación. Nos dicen Carmen Anaya, Carolina Díaz, Yenny Gourmets y Maria Angela Petrizzo, en su artículo “La corriente positivista en el pensamiento político venezolano”, que al romperse el orden colonial impuesto por España en América, surgen entre nuestros pueblos dos tendencias: la de aquellos que deseaban hacer de cada país repúblicas modernas según los ideales de libertad y democracia y la de quienes se conformaban con implantar un régimen parecido al fundado por los españoles, pero sin España. En este contexto, a los latinoamericanos el positivismo les pareció que era la doctrina salvadora: “En ella (en la doctrina del positivismo) se concentraron todas las ilusiones de transformación social. Ella apareció como un movimiento de liberación política, económica, cultural y científica. Aunque en honor a la verdad, la realidad se presentó de forma diferente. Se conservaron muchos de los males sociales de la época, no llegó la ansiada felicidad, se cambió la metrópoli española por el imperialismo norteamericano y europeo. Empero, la doctrina positivista sirvió a muchos sociólogos y escritores para justificar los desmanes de grandes dictaduras (casos de Rosas, J.V. Gómez, Porfirio Díaz y otros)” (Autoras citadas). El positivismo llegó a Venezuela en época tan temprana como los años de la Independencia. Sin embargo, en sentido estricto, según Arturo Sosa, este se difunde en el país en tres etapas. La primera cuando Adolfo Ernst es nombrado titular de la cátedra de Ciencias Naturales de la UCV y desde allí difunde las

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ideas darvinistas, finales del 1800. La segunda, es su expansión a todo el quehacer humano –historia, ciencias naturales, sociología, arte...- durante el período Liberal Amarillo. Y la tercera, en la que el positivismo se impuso como paradigma de pensamiento generalmente aceptado en todo el país, lo cual ocurrió aproximadamente entre finales del 1800 y 1930 (autoras citadas). Sin embargo, yo diría que el paradigma cartesiano-newtoniano y su doctrina derivada, el positivismo, aún siguen dominando en buena medida, no sólo la vida académica y científica venezolana, sino también muchos aspectos de nuestra vida cotidiana, y ello, en concordancia a nuestra tendencia a imitar al norte, a pesar de que desde inicios del 1900 comienzan a surgir nuevos paradigmas: el paradigma Relativista con Einstein; el paradigma Cuántico/Relativista en la década de los 20; la Teoría del Caos en la década de los 60 y el paradigma Holográfico hacia los 70. Para comprobar lo que digo, basta con observar que la inmensa mayoría de las tesis de grado e investigaciones científicas de este país son del corte del paradigma cartesiano-newtoniano. Implicaciones del paradigma cartesiano-newtoniano en nuestras vidas Ahora bien, ¿qué implicaciones ha podido tener para nosotros los venezolanos el haber adoptado el paradigma cartesiano-newtoniano y los métodos de la ciencia moderna, expresados a través del positivismo? El sentido en que utilizo aquí la noción de paradigma es el de un supermodelo que intenta explicar el comportamiento de todo cuanto existe en el Universo. Un paradigma, como ya dije en un capítulo anterior, puede ser definido como “un conjunto de principios cognitivos rectores sobre qué es la realidad, cómo relacionarnos con ella, percibirla, pensarla, experimentarla, sentirla y expresarla; los cuales son subyacentes a todo cuerpo de conocimientos”. Si reflexionamos un poco sobre la definición anterior, podemos deducir entonces que los paradigmas y los resultados de las investigaciones obtenidos sobre sus bases, no sólo nos proporcionan contenidos o conocimientos, sino que, además, imponen implícitamente normas generales de conducta que van más allá de las comunidades científicas y que sutilmente son extendidos a la población en general a través de diversos medios como lo son: la educación formal, los textos, los medios de información, el ejercicio de las profesiones... Así, sólo en lo concerniente a la Medicina y la Psicología, podemos hallar que en buena medida han determinado, particularmente entre la clase media y alta, nuestra manera de ver a nuestros semejantes desde una posición de superioridad, de estar sobrados; de criar y educar a nuestros hijos… Nos han hecho mantener en muchos aspectos la visión europea y estadounidense de la sexualidad, de lo que es ser mujer u hombre, de lo que es el cuerpo, la manera de vestirlo, cuidarlo..., desde luego, siempre acompañada esta influencia con muchos de nuestros propios rasgos culturales. Manifestaciones claras en nuestra sociedad de la estructura y lógica de pensamiento que nos ha proporcionado el arquetipo del patriarca a través del positivismo las podemos apreciar en conductas como las siguientes:

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1 La imposición de las ideas, conductas, normas… por la fuerza, porque lo dice el caudillo, el gobernador, el líder del partido, el profesor, el cabeza de familia… 2 En concordancia con su interpretación del positivismo, como el venezolano se basa en la creencia de que lo externo, lo superficial, lo inmediato, lo que ve u oye en el momento… es lo importante, generalmente percibe, piensa y actúa en términos de relaciones causa-efecto simples, peculiaridad que con frecuencia lo lleva a conclusiones erróneas sobre lo que sucede en su entorno inmediato y la sociedad en que vive. Lo mismo se observa entre los académicos y científicos que de manera superficial al enfrentarse a los problemas sociales dicen cosas como: “La solución a nuestros problemas está en el desarrollo de las investigaciones científicas ¿?; que los niños aprendan ciencia en la escuela; cambiar el sistema económico…, sin atender a razones psicológicas como el individualismo, el reforzamiento de la viveza criolla, la corrupción como un medio legítimo de ser ganador y el estilo de vida que impone el capitalismo, el cual, como en el juego de monopolio, tiene como sustrato la idea de arruinar a los demás y que haya un único ganador –lo que responde a la idea darviniana de “sólo sobrevive el más fuerte”. De por sí, basada en el principio cognitivo de no indagar en lo profundo, la educación y la ciencia venezolana no se plantea el por qué o la esencia de las cosas, la responsabilidad del individuo en la convivencia… En general, se plantea el cómo a un nivel elemental, es decir, de relaciones entre una causa y un afecto inmediato, sin precisar el por qué, el qué, cuándo, dónde..., algo que se aprecia en los medios de información cuando entrevistan a supuestos expertos y doctores cuando se trata de explicar la realidad social, económica y política e incluso la psicología individual: “… hizo esto o aquello porque es de tal partido, porque es pobre, porque es un loco…” Difícil le es al venezolano, debido a su educación influenciada por el cientificismo positivista, apreciar la complejidad de los fenómenos y ser capaz de prever el desencadenamiento de consecuencias futuras. Ve un pedacito del árbol, pero es incapaz de ver el resto del árbol, mucho menos es capaz de ver el bosque y, generalmente, confunde las ramas del árbol con el árbol. Así, ha sido su hábito el creer que sus males sociales se deben exclusivamente a los partidos políticos y/o a la maldad de los ricos, pero no mira cómo él mismo a través de su conducta individualista, su idea errónea de lo que es la inteligencia, la cual entiende como viveza criolla…, ha contribuido y contribuye a la anarquía colectiva. Cada quien tiene la única verdad del pedacito de mundo que mira, de ese pedacito sólo percibe un mínimo de relaciones causaefecto y llega a la conclusión de que el mundo es como él lo mira. Pocas veces se “pone en los zapatos del otro” o es capaz de percibir lo que en verdad significa la presencia de las transnacionales en nuestro país o el educar, por estar de moda, según la última doctrina psicológica o pedagógica de algún país norteño. Así, cuando a la mayoría de la gente de la clase media se le habla de las intenciones oscuras de USA y su intervencionismo en nuestras vidas, esta responde que se trata de propaganda comunista mal intencionada, pues: “!Eso es imposible, ellos siempre nos han ayudado!”. Cuando en Venezuela en el Ministerio de Educación se decidió usar las ideas de Piaget, nadie reparó en que

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su imposición respondía a intereses del capitalismo, que la intención era graduar cada vez menos individuos y que quienes lo lograran lo hicieran a una edad más tardía, pues la demanda de profesionales era muy inferior a la oferta. Más aún, aunque Piaget habla del desarrollo de la inteligencia, su proposición, en sí, no está a la medida de los niños, sino que los considera como tontos. Llama la atención el que al lado de ello, las ideas pedagógicas de Pablo Freire, un sureño brasileño como nosotros, fueran vistan como ideas “exuberantes”. 3 Generalmente, el venezolano siente un rechazo inconsciente por lo femenino. Suele: “desvincular y oponer las ciencias y humanidades”. “El varón suele privilegiar lo intelectual sobre lo intuitivo, lo afectivo, los sentimientos y lo perceptivo”. “Subestima lo cualitativo y la calidad y exalta lo cuantitativo”... Recuérdese que en las ciencias se busca la objetividad y la misma se sustenta en la eliminación de las cualidades de los objetos. Así, los investigadores venezolanos que se dedican a indagar sobre nuestra conducta suelen presentarnos una serie de datos numéricos que “nada nos dicen”, pero que a la mayoría suelen impresionar, incluyéndolos a ellos mismos. ¿De qué nos sirve saber que los obreros hacen el amor con más frecuencia que los profesores universitarios si lo que en verdad importa es la calidad de las relaciones de pareja? En el nivel de producción de cualquier cosa importa la cantidad y las apariencias, pero no su calidad. A nivel de alimentación lo importante es comer mucho, pero no el qué se consume. En el nivel educativo formal lo importante es cumplir con los programas del Ministerio de Educación, pero no la calidad del aprendizaje... 3 La ciencia es esencialmente Yan, pues hay una actividad constante, la cual consiste en experimentar, manipular, controlar, medir, predecir, obtener resultados... es decir, no hay reposo. Se considera pérdida de tiempo el dedicarse a la reflexión y esa ausencia de reflexión conlleva inevitablemente a una profunda falta de consciencia individual y social, así como también a ignorar el significado de lo que es ser venezolano. No es raro entonces que esta pauta al llegar distorsionadamente al común de la gente se transforme en el hecho de que la mayoría no se vincule al proceso de lo que está haciendo, sino que le interesen los resultados. Más aún, es tanta la importancia que se le conceden a los resultados que generalmente no se repara en las consecuencias de estos: v.g. al estudiante universitario le interesa más “graduarse rápido para obtener un título” que “aprender”; al profesor le importa más cuánto del programa ha pasado que el proceso de enseñar; a la gente le interesa más cobrar los últimos y los 15 que el hacer su trabajo, realizarse y disfrutarlo... 4 El venezolano tiende a ser absolutista y dogmático. Como el científico, tiende a creer que hay una verdad única y absoluta, que sólo existe una forma de hacer las cosas. Cuando mira la política, el venezolano tiende a creer que sólo existe la gente de derecha y la gente de izquierda y que los únicos que tienen la verdad son aquellos individuos que comparten su opinión, razón por la cual, jamás se

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interesa en averiguar qué plantean aquellos que miran el mundo desde cualquier otra posición y qué hacen concretamente. Cuando el venezolano piensa en economía, bien sea que haya hecho doctorados o no, cree que sólo existen dos modelos de economía, los cuales son antagónicos entre sí: el capitalista y el comunista; pero jamás se le ocurre ver las bondades y defectos de cada uno y hacerse su propia opinión a través de la experiencia y la reflexión; jamás piensa en conocer otros modelos económicos existentes; no piensa en la posibilidad de que pueda existir o se pueda crear un modelo económico propio o que exista una relación entre el factor humano y la economía, como no sea para controlar y manipular al otro en su propio beneficio. En el área de la Psicología aún sucede lo mismo, o se es psicoanalista o se es conductista en alguna de sus expresiones actuales, ignorando y rechazando, por ejemplo, la psicología transpersonal o la psicología cuántica. En los ámbitos académicos es común que nuestros economistas se dividan en pro-capitalistas y pro-comunistas y se hagan la guerra entre sí, mirando al otro de reojo como si se tratara de un enemigo de la sociedad. También es común, que ateniéndose a las leyes de la economía, ignoren a los seres humanos y en la práctica las apliquen mecánicamente, lo cual traduce literalmente uno de los rasgos distintivos de la ciencia moderna: “el Universo es una máquina perfecta”. Pero en esa mecanicidad se aprecia la tendencia a la dominación y el control como rasgos característicos del arquetipo del patriarca. 5 El venezolano ha terminado creyendo que sólo las ciencias duras como la Física y la Química y extrañamente la Economía en el ámbito de las ciencias del comportamiento Humano son la solución a todos nuestros problemas de relación. A pesar de los graves problemas de comunicación en todos los ámbitos, incluyendo lo que ocurre en una reunión familiar o una reunión de condominio, el venezolano no se detiene a pensar en la manera como se relaciona, sino que sigue la pauta del dominio, del imponer sobre la base de establecer simples relaciones de causa y efecto para tener la razón. Suele creer en la fantasía del progreso lento, gradual, que paso a paso nos conducirán a la Edad de Oro si seguimos pie juntillas las leyes de la naturaleza descubiertas por los científicos. Esas supuestas leyes naturales, en particular cuando se aplican a la sociedad, la psicología, la economía y la política, no son más que un modo legitimar y mantener un orden político, económico y social. Mientras nos distraen con el ardid de que si seguimos ciegamente las leyes naturales “descubiertas por los expertos”, alcanzaremos el ideal individual del éxito, el bienestar y la felicidad; dichas leyes solamente son un pretexto para preservar el individualismo, la uniformidad ideológica y defender las condiciones del orden establecido, los procesos sociales y la productividad. Uno de estos ardides científicos lo podemos apreciar en la tesis de la “explosión demográfica”, cuyo objetivo era justificar el dominio de los monopolios estadounidenses, las maniobras de los oligarcas venezolanos y los desatinos y desastres de los políticos. Durante las décadas de los 60 y 70, los venezolanos creímos ingenuamente que una de las causas de la pobreza era la superpoblación, la cual era vista, además,

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como una amenaza tan grande como las posibilidades de una guerra nuclear No faltaron médicos, psicólogos, economistas, políticos, demógrafos, historiadores... que se sumaran a esta idea. Hasta Alberto Lleras, quien fuera Presidente de Colombia y Secretario General de la OEA, se atrevió a decir que: “El motín, la forma más estúpida e irresponsable de la violencia, el recurso supremo de los demagogos, la escuela de entrenamiento de las escuelas de las juventudes extremistas o delincuentes, es el gemido de una humanidad que ya no cabe en parte alguna [...] el problema de la población no es que esté mal distribuida, sino que está creciendo más de la cuenta donde quiera [...] la explosión demográfica está creando ya problemas de miseria, desempleo y amotinamiento” (Cit. Por Brito Figueroa en: “Historia económica y social de Venezuela”, Tomo III, p. 792). Así, en Venezuela fuimos testigos de la migración rural hacia las ciudades más grandes y los espacios en los cuales se asentaron las grandes industrias y, con ello, cómo progresivamente se incrementaban los cordones de miseria, en donde vimos con nuestros propios ojos y seguimos viendo, familias numerosas en espacios muy reducidos. Esta migración no fue algo natural, “ni algo que les naciera a los campesinos, ni su gusto vivir en cinturones de miseria, quienes siendo unos ignorantes e inmorales, no hacían otra cosa que hacer el amor como locos y tener hijos como conejos...”. No, detrás de todo ello se ocultaba el hecho de que las mejores tierras de cultivo en América, Asia y África estaban yendo a parar a manos del capital monopolista; que a los campesinos de países como Venezuela y Colombia no se les daba el menor apoyo para que se mantuvieran en sus tierras: no se abrieron suficientes vías de penetración, con frecuencia los créditos agrarios iban a parar a manos de los ricos; a veces, la gente de provincia, además de despreciada, no tenía escuelas, iglesias, electricidad, agua, servicios sanitarios...; y al ser estratégicamente expulsados de sus tierras, los campesinos, para no morirse de hambre, no tuvieron más opción que “trabajar por el sueldo que fuera” y vivir en fabelas o barrios. Con su prepotencia, ignorancia, inconsciencia e incapacidad para mirar desde otro punto de vista, los ricos y la gente de la clase media, cínicamente, sólo se limitó a criticar la “cultura que se había traído la gente del campo”, mientras, se aprovechaba de la mano de obra barata de “!esos!”. El neoconductismo Como un intento de depurar el conductismo watsoniano, y siguiendo los principios cognitivos del paradigma cartesiano-newtoniano, durante los años 30 nació en neoconductismo, cuyo desarrollo estuvo muy ligado al positivismo lógico.

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Siguiendo los principios esenciales del positivismo lógico, los neoconductistas insistieron en la definición operacional de las variables y constructos, asimilaron una metodología operacional y experimental y desarrollaron un esquema teórico basado en el lenguaje asociacionista, estímulos y respuestas, lenguaje que es el referente para analizar el hecho psicológico. Los neoconductistas consideraron la Psicología como una ciencia natural cuyo objeto de estudio es la conducta y su método la experimentación. A excepción del conductismo social, la mayoría de los neoconductistas mantuvieron una concepción determinista-mecanicista del Hombre, enfatizaron en la investigación animal en laboratorios, cuyos resultados consideraron extensibles al Hombre, y destacaron la importancia de los procesos del aprendizaje. Entre los rasgos más notables del neoconductismo está el haber establecido que la validez de las teorías científicas debía ser estimada en función del éxito de sus predicciones observables; y el haber admitido términos netamente teóricos en la ciencia siempre y cuando los mismos fueran definidos en función de alguna manifestación observable. Estos términos teóricos recibieron la denominación de definiciones operacionales y fueron introducidos en la Psicología durante la década de los años 30 por el psicofísico S. Stevens, quien presentó esta modalidad como una manera de zanjar todas las disputas científicas (Leahey, 1982). B. F. Skinner Skinner fue el representante más destacado del neoconductismo llamado radical, tanto por su enfoque basado estrictamente en lo observable como por su rechazo en principio al uso de elementos internos para explicar la conducta. Fue, al igual que Watson, uno de los herederos más evidentes de los principios cognitivos del paradigma cartesiano-newtoniano y planteó de manera semejante a éste, que el ambiente controla la conducta, de manera que la tarea del psicólogo es esforzarse por predecir y controlar la conducta individual a partir de ciertas condiciones ambientales conocidas. Rechazó en parte la Filosofía tradicional acerca de la naturaleza Humana y afirmó que debía ser «reemplazada por una Psicología científica desarrollada a partir de la teoría evolucionista neodarwinista que busca fuera de los Seres Humanos la causa de su conducta» (Leahey, 1982, p. 436). Compartió plenamente la concepción mecanicista del positivismo lógico y llevó a cabo una gran cantidad de experimentos con ratas, palomas, perros, monos, niños, y hasta psicóticos, afirmando durante la primera etapa de su carrera la inexistencia de diferencias entre el comportamiento humano y los animales, idea de la cual se retractó hacia finales de su vida. Skinner mostró durante mucho tiempo desconfianza ante las teorías, los medios empleados para establecer las regularidades del comportamiento y la manera de analizar los datos. Supuso que el dato básico de la Psicología es la probabilidad de la respuesta, que los determinantes de la conducta no se hallan en el interior del organismo sino en el ambiente y la historia individual del

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reforzamiento, razón por la cual estableció que los estudios cuantitativos basados en promedios son inadecuados para predecir y controlar la conducta. Skinner partió de la premisa de que la ciencia no es un conjunto de meras descripciones de acontecimientos tal como ocurren, sino un intento de descubrir un orden, de mostrar que unos hechos tienen unas relaciones válidas con otros, siendo su finalidad la predicción y el control: “Si hemos de utilizar los métodos científicos en el campo de los asuntos humanos, hemos de suponer que la conducta está determinada y regida por leyes. Hemos de esperar descubrir que lo que el hombre hace es el resultado de unas condiciones específicas, y que una vez descubiertas éstas, podemos anticipar y, hasta cierto punto, determinar sus acciones” (Skinner, 1981, p. 38). Influido por los principios del positivismo lógico, Skinner asumió que la función de la Psicología es investigar las relaciones existentes entre variables observables, actividad que debe realizarse en el marco de las ciencias naturales, por medio de un análisis causal que describa las variables independientes o variables que influyen sobre la conducta en términos físicos, y acorde con un operacionalismo estricto. Declaró, como método para estudiar la conducta, el método experimental al estilo galineano, esto es, aislar en el laboratorio el fenómeno que deseamos estudiar, simplificando los problemas mediante la eliminación de ciertos factores que “no interesan” y manteniendo ciertas condiciones bajo control. Estos factores que “no interesan” son, desde luego, los factores subjetivos o internos de los individuos, los cuales no son observables. Skinner no le concedió importancia alguna a los eventos mentales o psíquicos, ya que según su punto de vista no eran susceptibles de ser incluidos en una Psicología objetiva. Entre estos eventos psíquicos están las emociones, las cuales, en su opinión, constituyen un ejemplo excelente «de las causas imaginarias que comúnmente atribuimos a la conducta» (Skinner, 1981, p. 189). Skinner consideraba el análisis experimental como un paso necesario en el desarrollo de cualquier ciencia, de modo que aceptó el atomismo, pues a través del análisis experimental pretendía desglosar cualquier conducta compleja en unidades más simples, cada una de las cuales podía estudiarse o enseñarse por separado (Leahey, 1982). Toda respuesta debe ser estudiada en sus elementos integrantes y, entre ellos, el énfasis debe recaer en el refuerzo, es decir, en las consecuencias inmediatas a la respuesta. El enfoque de Skinner es denominado condicionamiento operante. Distingue desde un principio dos tipos de conductas: conductas respondientes, que son aquellas que produce el organismo de forma prácticamente automática ante un estímulo concreto, y conductas operantes, que son aquellas que emite el organismo sin que aparentemente exista un estímulo identificable (Boring, 1980). Una operante es «un tipo de respuesta que surge espontáneamente en ausencia de cualquier estimulación con la que pueda ser específicamente correlacionada» (Skinner, 1981, p. 20). En el modelo pavloviano, la conducta queda limitada a las reacciones del sistema nervioso autónomo, es decir, a las contracciones de los músculos lisos y

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secreciones glandulares, mientras que en el modelo operante la conducta es relacionada con el sistema nervioso central y los músculos estriados, que son responsables del movimiento esquelético. Para Skinner, la conducta no es un proceso asociativo en el que un estímulo se conecta o asocia con una respuesta. Lo importante son las consecuencias del comportamiento sobre el medio. De allí que el principio central de su teoría sea el reforzamiento. Sobre la base de este concepto explica el aprendizaje en términos de la probabilidad de ocurrencia futura de una conducta. Para Skinner, el objeto de estudio de la Psicología es la conducta observable, por la cual entendía movimiento en el espacio, tema difícil de estudiar en su opinión, pues reconocía que se trata de un proceso y no de una cosa retenible para ser observada. En forma amplia dijo que la conducta «es cambiante, fluida, se disipa, y por esta razón exige del científico grandes dosis de inventiva y energía» (Skinner, 1981, p. 45). En su intento por resolver el problema del estudio de la conducta, propuso referirse solamente a sus aspectos mecánicos y regulares a los que llamó aspectos uniformes de la conducta, y entre los cuales figuran los hábitos y las costumbres. De los principios de la Física cuántica reconoció que el científico, al estudiar la conducta o analizarla, puede afectarla, por lo que debe tener en cuenta este hecho. «Pero la conducta puede ser también observada con un mínimo de interacción entre el sujeto y el científico y esto es, naturalmente, lo que se trata en lo posible de conseguir» (Skinner, 1981, p. 51) con lo cual creyó haber resuelto el problema, pero no es así, pues ello es falso cuando se trata de investigar el comportamiento Humano. Teoría social cognitiva: Albert Bandura Otro enfoque neoconductista es el conductismo social, entre cuyas figuras más destacadas encontramos a Albert Bandura. Bandura enfatiza la relación entre los factores ambientales controladores, los factores individuales y la capacidad de los Seres Humanos para representarse simbólicamente sus acciones, y de este modo poder anticiparse a las consecuencias (Bandura, 1987). En este sentido, se trata de una concepción de la naturaleza Humana distinta a la tradicional del marco conductista, pues según su visión el Hombre no es un ser simplemente reactivo, sino que participa en el rumbo de sus acciones. Bandura calificó su enfoque como socio-comportamental. Sus explicaciones se basan en un esfuerzo por integrar las investigaciones de campos como la Psicología infantil, la Psicología social, la Psicología experimental tradicional, los datos provenientes de ciencias como la Sociología y la Antropología, y de diversas fuentes clínicas y psiquiátricas (Bandura y Walters, 1974). Bandura criticó la posición de Skinner, quien exponía que la conducta es adquirida por aproximaciones sucesivas mediante el refuerzo positivo de «aquellos elementos de las respuestas relevantes que se parecen a la forma final de la conducta que se desea producir, mientras que se dejan de recompensar las respuestas que se parecen poco o nada a esta conducta» (Bandura y Walters,

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1974, p. 17). En su concepción, introdujo ideas como la importancia que tiene para los individuos la auto-eficacia en contraposición a la idea de saber utilizar procedimientos eficaces y la posibilidad de ejercer cierto grado de control sobre sus vidas. La idea de la auto-eficacia se convirtió dentro de su teoría a partir de 1977 en el principal mediador cognitivo y motivacional que explica la conducta del Hombre (Bandura, 1987). Para Bandura, muchas de las conductas sociales no llegan a adquirirse por un proceso de modelamiento operante, especialmente en aquellos casos en que éstas carecen de un estímulo seguro que las genere. Debido a ello, entre otras cosas, propuso al inicio de sus investigaciones que el hecho esencial del aprendizaje es la imitación. Durante los años 60 y mediados de los 70, Bandura argumentaba que la fuente primordial de adquisición de la conducta es la observación de las acciones de un modelo que es reforzado o castigado, pues de otro modo, el aprendizaje sería un proceso muy largo y tedioso: «el modo de adquirir más rápidamente las pautas sociales de conducta es mediante la influencia combinada de los modelos y del refuerzo diferenciado» (Bandura y Walters, 1974, p. 18). Bandura inició sus investigaciones de corte experimental durante los años 60, con una postura muy próxima al conductismo tradicional, distinguiendo su teoría con el nombre de Teoría del aprendizaje social, la cual rebautizó posteriormente en 1985 con el nombre de Teoría social cognitiva. La razón de este cambio se debió, por una parte, a que en su teoría se ocupó de aspectos psicológicos como la motivación y la autorregulación, por otra, a que usualmente, los investigadores entienden por aprendizaje el modo condicionado de adquirir respuestas, mientras que Bandura entiende el aprendizaje como la adquisición de conocimiento a través de los procesos cognoscitivos de la información; y por otra, porque que en su teoría reconoce el origen social de muchos pensamientos y acciones humanas. Psicología cognitiva Aunque algunos autores como Sexton y Berlyne sostienen que la Psicología cognoscitiva comenzó a desarrollarse a partir de 1960, ello no es estrictamente cierto, ya que es un renacer de la tradición racionalista. Sus primeras huellas aparecen en la Antigua Grecia, y ha estado presente tanto en autores de finales del siglo pasado como Wundt, James y Binet, como de comienzos y primera mitad de éste en investigadores como Wertheimer, Koffka, Lewin y Tolman. Además, entre las fuentes extra-psicológicas de la Psicología cognitiva están, «el modelo matemático de la comunicación de Shanon y Werner, los trabajos sobre medición y contenido de la información y el uso de computadoras digitales que dan origen a los modelos de procesamiento de la información» (Navarro, 1989, p. 116). La Psicología cognitiva es una rama de la Psicología que puede definirse como el estudio científico de la actividad psíquica y de cómo aprehendemos y conocemos la realidad. El término cognición, que significa conocer, aprehender,

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es el constructo más empleado por los psicólogos cognoscitivos. Definen la cognición «como el conjunto de procesos que transforman a las entradas sensoriales, las reducen, elaboran, almacenan y recuperan» (Navarro, 1989, p. 116). Los cognitivistas, aceptan los conceptos de estímulo y respuesta por ser eventos que pueden ser observados y medidos directamente. El modelo cognoscitivo asume que la respuesta del Hombre es producto de un patrón elaborado por el organismo, elaboración que depende de las estructuras cognitivas como categorías individuales o como jerarquías funcionales. No sólo emplean la introspección como método de adquirir conocimiento, sino que también se valen de procedimientos operacionales que les ayuden a romper la brecha entre los fenómenos internos y externos. Una de las derivaciones del cognitivismo es la inteligencia artificial. A pesar de las críticas que han surgido en torno a ella, los intentos por construir máquinas inteligentes han creado una verdadera revolución en campos como la Neurología, la Psicología, la Psicolingüística y la Educación. Según Marvin Minsky y Seymour Papert (cit. por Huyghe, 1985) uno de los grandes aportes de la inteligencia artificial es que el intento de construir máquinas pensantes ha sido útil para desarrollar nuevas ideas sobre la manera de describir con mayor precisión procesos tan complejos como el pensamiento, la memoria, el aprendizaje y el lenguaje. En el ámbito de la Psicología cognitiva existen múltiples enfoques, entre los cuales cabe destacar, la teoría de la categorización de Bruner, el aprendizaje significativo de Ausubel, la epistemología genética de Piaget, la gramática generativa de Chomsky y los modelos de procesamiento de la información. Epistemología genética: Piaget Contemporáneos a la evolución de las teorías conductista, psicoanálisis y gestalt, surgió en forma independiente la llamada epistemología genética de Piaget. La epistemología genética se planteó como problema central hallar las raíces de toda clase de conocimiento, incluyendo al conocimiento científico. Piaget, convencido de la relación existente entre el conocimiento y lo biológico, dedicó sus investigaciones al estudio del origen, evolución y funcionamiento del conocimiento. Una vez que obtuvo su doctorado en ciencias naturales (1918) buscó en la Psicología evolutiva el puente de unión entre la Epistemología y la Biología, a partir de cuyos estudios e investigaciones escribió diversas obras sobre epistemología genética (Flavell, 1978) y el desarrollo de una teoría evolutiva de la inteligencia. Las investigaciones de Piaget se centraron en «la elaboración de una concepción biológica del conocimiento basada en la investigación experimental de las diversas formas adoptadas por la inteligencia durante la evolución ontogenética» (Legrenzi, 1982, p. 214). Para Piaget, lo importante era descubrir las leyes biológicas que subyacen al desarrollo cognoscitivo del Hombre. En su concepción, el conocimiento es dinámico y exige la participación activa del

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individuo para su elaboración. Para él no existen conocimientos preexistentes en la persona ni estructuras biológicas que lo determinan, éstas sólo sirven de substrato. Si bien Piaget conoció la teoría gestáltica y psicoanalítica, desarrolló independientemente su teoría a partir de largas y numerosas observaciones, tanto en sus hijos como en diversas instituciones. Su primer trabajo práctico en Psicología fue tratar de estandarizar la prueba de inteligencia Binet-Simón, a proposición de este último. Aunque la aplicación de la prueba por sí misma y los aspectos psicométricos no despertaron su interés, en la medida que las aplicaba a los niños se entusiasmó por la manera en cómo estos llegaban a sus respuestas, particularmente a las incorrectas. Este interés le condujo a desarrollar un método clínico propio, mediante el cual procuraba conocer las razones que llevaban al niño a tener determinadas creencias y opiniones. Su método incluía conversaciones con los niños, las cuales variaban según sus respuestas a fin de poder apreciar la calidad del pensamiento, independientemente de si las respuestas eran correctas o no (Beart, 1971). Piaget planteaba que el dato primario del desarrollo es el cambio, que avanza desde un comportamiento poco complejo hacia uno más complejo a través de una serie de etapas sucesivas invariables, es decir, concibió al desarrollo como un proceso de complejidad de organización siempre creciente, durante el cual siempre se aprecian estados precedentes y subsecuentes. Consideraba que la complejidad del desarrollo ocurre en forma progresiva y que éste tiene por base ciertas propiedades funcionales generales invariantes: organización y adaptación. La organización y la adaptación eran para él propiedades subyacentes generales organizativas de la inteligencia, las cuales siempre permanecen idénticas durante el proceso adaptativo y permiten predecir con precisión que hará o dejará de hacer un organismo cognoscente al intentar adaptarse a las situaciones externas. Para Piaget, todo organismo tiende a buscar el equilibrio con el medio. En su búsqueda del equilibrio destacan dos mecanismos subyacentes: la organización de la experiencia mediante la actividad y la adaptación. Concebía la adaptación como «un equilibrio existente entre las acciones del organismo y las acciones inversas» (Piaget, 1969, p. 19). La adaptación abarca, a su vez, los procesos de asimilación y acomodación. Por asimilación entendía «la acción del organismo sobre los objetos que lo rodean» (Piaget, 1969, p. 19) proceso mediante el cual el individuo incorpora nuevos objetos o experiencias a los esquemas conductuales existentes. La acomodación es la acción inversa a la asimilación, es decir, cuando un esquema de comportamiento es ineficaz para enfrentar nuevas situaciones, el individuo modifica o acomoda el esquema aprendido, buscando adaptarse mediante la conducta más apropiada. Entendido así, Piaget explicaba la adaptación como un equilibrio entre la asimilación y la acomodación, que es como decir un equilibrio de los intercambios entre los objetos y los sujetos (Piaget, 1969, p. 20). Junto a las propiedades mencionadas postulaba la existencia de estructuras y contenidos, las cuales varían con la edad. Son, a criterio de Flavell (1978) estos cambios evolutivos, el objeto principal de estudio de Piaget.

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En su teoría sobre el desarrollo de la inteligencia, Piaget concibió varias etapas a las cuales denominó: “período de la inteligencia sensorio-motor”, el cual abarca aproximadamente los primeros 18 meses de vida. A este sigue el “período de las operaciones concretas”, que se extiende hasta alrededor de los doce años, y “período de las operaciones formales”, cuyo pleno desarrollo se alcanza hacia los 15 años. La característica fundamental de los períodos es que, acorde con Piaget, siguen un orden constante, es decir, un período o subperíodo no puede surgir antes que otro (Beard, 1971). La gramática generativa: Noam Chomsky Noam Chomsky, lingüista estadounidense, educador y activista político, es padre de la gramática transformacional-generativa, un sistema que revolucionó la lingüística. Chomsky ha destacado en el medio psicológico por sus críticas a las concepciones conductistas sobre el lenguaje. Los supuestos de Chomsky sobre el lenguaje se ubican en el contexto innatista y mentalista. Considera que el Ser Humano es producto de la evolución histórico-social en sus aspectos psicológicos, y que el Hombre está dotado genéticamente de universales lingüísticos, esto es, de reglas aplicables a cualquier lengua. La gramática transformacional-generativa intenta describir y explicar, tanto los rasgos comunes a todas las lenguas como los rasgos diferenciales de cada una en particular. Según Chomsky, el lenguaje humano es un proceso creativo. Sus leyes y principios son fijos, pero la manera como son usados los principios generativos es libre e infinitamente variada. Incluso, la interpretación y uso de las palabras involucra un proceso de libre creación. Es por ello que no existe una relación exacta entre los conocimientos que puede tener una persona acerca del lenguaje y su uso en situaciones concretas (Navarro, 1989; The Columbia Dictionary of Quotations, 1993; Encarta ®98 Desk Encyclopaedia, 1996-1997). Como teoría, la gramática constituye un proceso de descubrimiento, de decisión y de evaluación, «generando las oraciones de la misma forma que una máquina, basándose en una entrada, una serie de reglas generativas y una salida representada por las oraciones producidas» (Navarro, 1989, p. 119). Mente y materia Desde tiempos remotos, las religiones más importantes consideraron que el Ser Humano es una dualidad integrada por un cuerpo y un alma. Particularmente a través de la escolástica griega, esta dualidad se institucionalizó en la cultura Occidental y cobró realmente mucha fuerza a través de la adopción que hicieron los padres de la iglesia católica de la obra de Platón, marcando además un hito entre la concepción de alma en el Antiguo Testamento y el Nuevo. Mientras en el Antiguo, la noción de alma es sinónimo de principio vital de una fuerza o energía que anima la materia, en el Nuevo, esta noción aparece de forma más refinada y el alma es identificada con el Ser. Siglos después, Descartes estableció una división neta del Universo creando dos 147

mundos separados y antagónicos: el mundo de lo material y el del alma; y con él y las interpretaciones que hicieron sus seguidores, el alma pasó a ser sinónimo de mente, perdiendo la palabra alma vigencia en el tiempo. Sin embargo, aparte de la Teología y de los textos religiosos en general, el término puede ser hallado en la obra de Jung y en textos de psicología transpersonal. La sustitución de la palabra alma por mente y su intercambiabilidad, es comprensible porque de alguna manera, en su uso hacen más o menos referencia a lo mismo, y porque ambas adolecen del problema de la ambigüedad. Sin embargo, y no obstante lo dicho, hay quienes han establecido y siguen estableciendo diferencias entre el alma y la mente, refiriéndose a la primera como algo sagrado, ubicada en el pecho y que trasciende a la materia, al espacio y al tiempo; y refiriéndose a la mente como una función derivada de la actividad funcional del cerebro vinculada a los procesos cognoscitivos o facultad de razonar. Normalmente, la mayoría de las religiones hace una separación neta entre el cuerpo y el alma, y considera que ésta se aloja en el pecho en el momento del nacimiento, siendo el cuerpo, entonces, un receptáculo del alma, la cual se suele liberar, bien sea mediante la elevación o crecimiento espiritual durante la vida o a través de la muerte. La idea de mente está más asociada a la Filosofía y a la ciencia y Psicología moderna y tiene sus raíces formales en la obra de Descartes, quien la ubica en el cerebro. Para Descartes, la mente se vincula al cerebro y al resto del cuerpo a través de la glándula pineal y, por medio de la información que llega al cerebro por vía de los sentidos, la mente adquiere y conserva información del mundo. A partir de Descartes, el cerebro es concebido como sede e instrumento de la mente. Se concibe así que ésta ejerce su voluntad sobre el cuerpo y actúa sobre el mundo valiéndose del cerebro. Esta concepción fue entendida por algunos, y así se ha divulgado, que la mente es una cosa. Desde luego, no de una cosa en el sentido material de un objeto tangible, pero sí el de una sustancia etérea, tenue, sutil, vaporosa... que reside en el cerebro ¿Pero, qué es la mente? ¿qué es ese algo que a pesar de su sutileza no ha dejado por ello de ser objeto de estudio y controversia, tanto en la Psicología como en otras disciplinas? Los científicos modernos nos enseñaron a ver el mundo de manera fragmentada, a dar respuestas únicas, absolutas y definitivas a los interrogantes y a utilizar un lenguaje preciso y objetivo que describiera los aspectos observables y medibles de este mundo, lo cual podemos cumplir perfectamente cuando nos ocupamos de ciertos fenómenos como el movimiento de los objetos en el espacio. Sin embargo, y aún así, nos encontramos con variables como la fuerza de gravedad, la cual es un constructo mental, una formulación matemática que nadie sabe qué es y ha sido convertida en una abstracción matemática. Al analizar la manera en que los científicos hablan del Hombre, podemos apreciar que además de incrementarse el número de constructos hipotéticos, es muy difícil poder cumplir con los criterios de cientificidad que impone la ciencia moderna, sobre todo cuando tratamos de abordar el problema de la mente, la cual sólo pensamos y “vemos” asociada al cerebro y de la cual

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suponemos, o que existe como algo autónomo e independiente que actúa sobre el cerebro, o que es producto emergente de la actividad funcional del cerebro. Desde la perspectiva de la mayoría de las personas, existen dos mundos, uno material, caracterizado por objetos sólidos, densos, que ocupan un espacio definido y son percibidos a través de los sentidos, y un mundo mental, que es el mundo de las ideas, imágenes, procesos psíquicos, sueños, etc., caracterizado por ser un mundo sutil, en el cual no hay un espacio y tiempo definidos ni un orden lógico, y que a veces es equiparado con fuerzas o campos de energía. Se trata en sí de un mundo privado al que no tiene acceso sino la persona que lo experimenta. Un mundo dentro del cual hay mucha actividad y en el que se supone que interactúan entre sí la memoria, la percepción, la atención, el aprendizaje, las ideas... y en el cual evolucionan e interactúan conjuntamente sus contenidos. Desde la perspectiva científica, mientras mantenemos separados ambos mundos todo parece obvio, y las discusiones no son tan intensas como cuando nos planteamos el problema de la relación entre el mundo material y el mundo mental: ¿cómo influye el mundo material sobre la mente? ¿cómo hace la mente para influir sobre el cuerpo y el mundo físico? Para todos nosotros es bastante obvio que el medio ambiente influye sobre nuestra mente a través de la información captada por los sentidos y enviada al cerebro, pues hay un “camino” perfectamente observable, el que establecen las neuronas. Sin embargo, la manera en que el pensamiento influye sobre el cuerpo, no parece tan obvia: ¿cómo se transforman los impulsos nerviosos en ideas y cómo la idea, por ejemplo, de levantar la mano de un cierto modo se transforma en el mover la mano de ese cierto modo? Más aún ¿cómo puede una persona adelantarse en el tiempo y saber lo que ocurrirá en el futuro -clarividencia-? La respuesta a esto último, para muchas personas, es que se trata de trucos, pero ¿realmente se trata de eso? ¿Por qué entonces los Estados Unidos, Israel y la Unión Soviética han invertido tantos millones de dólares en investigar sobre una serie de aparentes supersticiones que carecen de importancia? Veamos unos pocos intentos de resolver el enigma de la relación mente y materia, teniendo presente que las soluciones planteadas siempre parten de la concepción de dos mundos antagónicos: el mental y el material. Acorde con el modelo mecanicista actual, el cerebro semeja mucho a una computadora. En este sentido ven al cerebro como un mecanismo integrado por un enorme cableado o conexiones neuronales que forman complejos circuitos eléctricos, los cuales determinan nuestra conducta. A partir de esta imagen del cerebro, algunos investigadores han pensado que conociendo la manera en que funcionan las neuronas, cómo interactúan entre sí y cuáles son las conexiones establecidas, es posible determinar con bastante certeza de qué forma se va a comportar una persona ante una cierta situación. Yo creo, como la mayoría de los investigadores, que a nivel de respuestas reflejas, este modelo de comparación es aceptable y que podemos saber casi con toda seguridad cuál va a ser la respuesta de cualquier persona ante cualquier clase de estímulo que esté naturalmente asociado a ella. Sabemos que cualquier persona que toque inadvertidamente un objeto caliente va a retirar

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inmediatamente la mano de él, que las pupilas de cualquier Ser Humano se dilatan en la oscuridad y que se cierran ante la luz..., pero las cosas son muy diferentes para la conducta voluntaria, la cual implica que casi constantemente estemos tomando decisiones, que interpretemos resultados... Quienes siguen el modelo del ordenador, en su mayoría creen que estamos programados y que las respuestas a muchas de los interrogantes que plantea nuestra actuación pueden ser respondidas diciendo que se trata del resultado de alguna forma de programación o de programas en general, que eventualmente serán descubiertos. Uno podría recurrir a la solución programa para respaldar esta aproximación, asegurando que todo nuestro comportamiento está programado, pero este tipo de solución, que además involucraría, una cantidad infinita de ellos dada la variedad y flexibilidad de nuestra conducta, se parece mucho a la clase de respuestas que dan algunos médicos carentes de humildad, cuando ante ciertos cuadros particulares de los pacientes, no saben qué responder y dicen: “se trata de una virosis”, “puede ser cáncer”. Como dije antes, creo que hoy día nadie pondría peros a que los reflejos son una suerte de conducta programada, pero ¿podríamos atribuir el resultado de una obra de arte como el Moisés de Miguel Ángel o la Gioconda de Da Vinci, a un programa específico de aprendizaje, a un programa genético o una combinación de ambos? ¿Cómo explicar nuestra continua elaboración de conceptos o continua reclasificación del mundo? Si sólo se tratase de programas genéticos, dicha programación implicaría que tendríamos que cargar con nosotros varias toneladas de genes (Lumsden y Wilson, 1981). En último término ante la complejidad de los circuitos eléctricos que conforman los 14 millones de neuronas de la corteza cerebral -y sólo entre ellas una sola neurona pueda establecer entre 1.000 y 10.000 conexiones- y sus conexiones con otras partes del sistema nervioso, el sistema endocrino y el sistema inmunológico, ¿es plausible pensar que la conducta humana puede ser predecible en base a leyes probabilísticas? El modelo del ordenador puede ser un modelo útil para explicar ciertas conductas, pero se muestra muy pobre ante la versatilidad de nuestra conducta global. Hay otro tipo de aproximación a la mente, y es entenderla como una suerte de piloto que está al mando de todo nuestro comportamiento. Podríamos imaginar entonces una especie de hombrecillo que toma decisiones y que activa o desactiva partes del cuerpo “según crea conveniente”. El “conveniente” significa evaluar las situaciones, tomar decisiones, proyectarse hacia el futuro, simular las acciones con anticipación y prever consecuencias a corto, mediano y largo plazo. Esta idea de que la mente es una especie de piloto brillante, conciente, que toma decisiones y da órdenes instalado en alguna parte de nuestra cabeza, tampoco suele ser aceptada, ya que plantea muchos interrogantes que no pueden ser respondidos satisfactoriamente: ese hombrecillo etéreo ¿cómo sabe que hay que activar tales partes del cuerpo e inhibir otras a la vez? ¿No tendría que ser una especie de sabio, o al menos de genio extraterrenal? ¿No debería tener él también una conciencia? ¿Cómo procesa la enorme cantidad de

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información que maneja nuestro cerebro? ¿Posee él su propio cerebro? ¿Ese hombrecillo, posee igual que nosotros capacidades psicológicas iguales o superiores a la nuestra, o es que dentro de él hay otro hombrecillo más pequeño aún con características similares o superiores? ¿Por qué ese hombrecillo invisible necesita de nosotros como nosotros de él? ¿Ese hombrecillo nos gobierna, nosotros lo gobernamos a él, o competimos ambos por el control de las situaciones? Pienso que el sendero de la ciencia moderna, debido a sus preconcepciones sobre el Universo y la manera de abordar los problemas, no es la manera de pensar más adecuada para aproximarnos al problema de “¿Quiénes somos? ¿Cuál es nuestra naturaleza? ¿Existen un alma y una mente o son dos cosas distintas, tal vez la mente sea una derivación del alma?

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CAPÍTULO QUINTO LA NUEVA PSICOLOGÍA Como dijera antes, apenas Newton unificó las aproximaciones de Kepler, Galileo y Descartes, y estableció los principios del modelo mecanicístico del Universo, los investigadores comenzaron a dirigir sus estudios de la naturaleza apoyándose en ellos. Pero poco tiempo después, los principios newtonianos empezaron a mostrar limitaciones en diversas áreas, lo que condujo a la búsqueda de nuevos elementos unificadores de la Física, preparando así el camino hacia el paradigma relativista y, luego, hacia el paradigma cuántico... Entre los investigadores que iniciaron la búsqueda hacia un nuevo paradigma a finales del siglo antepasado están, Boltzman, quien introdujo el uso de la Estadística en Física; y Wilhem Wundt y William James en el ámbito de la Psicología. Durante el siglo XX, la búsqueda del nuevo paradigma continuó en manos de Einstein con su teoría de la relatividad, de Niels Bohr, con su principio de complementariedad, de Heisenberg y su principio de indeterminación y de Max Planck, Schrödinger, entre otros investigadores, que descubren un conjunto de relaciones que gobiernan el mundo subatómico en el ámbito de la Física; de von Bertalanffy en el ámbito de la Biología y su Teoría general de sistemas; de Rosenbleuth, Wiener y Bigelow con la creación de la Cibernética; y Wertheimer, padre de la Psicología de la Gestalt, de Carl Jung y su Psicología profunda, la cual, en la medida que fue avanzando tomó cada vez más los rasgos del paradigma cuántico/relativista; de Allport, Rogers, Goldstein, Fromm, Wheelis, Erikson, May, Lecky y Maslow, con su Psicología humanista y de la Psicología de la Liberación de corte Latinoamericano. Einstein introdujo el nombre de quanta para denominar a las partículas de luz que hoy día son llamadas fotones y es este el origen de la expresión teoría de los quanta o mecánica cuántica. La teoría cuántica es una rama de la Física «nacida de la exigencia de describir el comportamiento de los átomos y de las partículas que los constituyen: ella se ocupa, por lo tanto, en primer lugar, del micromundo» (Davies, 1986, p. 144). Confiados en la mecánica newtoniana, los investigadores habían comenzado a descender en el mundo del átomo creyendo que el microcosmos en esencia, debía funcionar como un sistema planetario en el cual ciertos elementos orbitaban alrededor de un sol, como sucede en la mecánica de los planetas. Pero este mundo mostró ser y hablar un lenguaje totalmente diferente al esperado y concebido alguna vez en la historia de la Humanidad. Los científicos de los años 30-40 encontraron que en el microcosmos, los elementos no siguen el principio lineal de causa-efecto, que una partícula puede aparecer o desaparecer sin causa alguna evidente y, como si fuera poco, que los elementos integrantes del Universo poseen una naturaleza dual: son onda y partícula al mismo tiempo. Una vez Einstein dijo que «la teoría de los quanta le recordaba «el sistema de delirios de un paranoico extremamente inteligente invadido por pensamientos incoherentes» (Zohar, 1990, p. 13).

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No pudiendo negar más la nueva “realidad” emergente de las investigaciones, la cual parecía increíble y absurda, y no pudiendo explicarla a través del modelo cartesiano-newtoniano, los científicos se vieron constreñidos a cambiar su forma de pensar y a construir un nuevo lenguaje con nuevos conceptos, encontrar nuevas formulaciones matemáticas y transformar, entre otras, las nociones de tiempo, espacio, materia, objeto... Estas discusiones representaron no sólo un problema intelectual, sino también un problema de intensa experiencia emotiva y existencial. De la enorme cantidad de investigaciones y discusiones que principalmente tuvieron lugar durante las décadas de los años 20 y 30 del siglo XX y que han continuado hasta hoy, los protagonistas de la Física cuántica/relativista han llegado, entre otras, a las siguientes conclusiones, las cuales son principios epistemológicos aplicables al conocimiento del amplio espectro de la realidad: 1. No hay una realidad única y absoluta, de modo que tampoco hay una sola verdad. La realidad está en el observador, es decir, depende de nuestra manera de pensar y observar y, por ende, de la cultura y/o de los mapas de la realidad que los científicos emplean como modelos convenientes para explorar y conocer el mundo. En este sentido, el paradigma cartesianonewtoniano es válido y útil cuando intentamos conocer los niveles más simples de las manifestaciones externas de la physis o los niveles menos complejos de organización de los organismos como la actividad neurovegetativa, la cual depende de programas bastante rígidos; pero no cuando intentamos conocer en los seres vivos niveles de organización o conductas complejas como la percepción, la memoria o el aprendizaje. 2. La materia es energía. La materia/energía se comporta al mismo tiempo como partícula y onda, existiendo entre una manifestación “extrema” y otra del Ser, diversos grados continuos de densidad o concentración de dicha manifestación. En este sentido, podemos “imaginar” que nuestro cuerpo físico es el aspecto más denso de nuestro ser, y que nuestros pensamientos y estados de consciencia se corresponden a nuestro aspecto más sutil y, por ende, que ambas manifestaciones no son diferentes o antagónicas, sino la manifestación simultánea y complementaria de una misma cosa en diversos grados. Siendo así, es posible superar la dicotomía alma-cuerpo, o si se prefiere, mente-cuerpo, pues materia y energía, partícula y onda, son dos manifestaciones de lo mismo. 3. No existe una unidad básica o elemental de la materia/energía, esto es, la materia/energía no está compuesta por elementos sólidos, autónomos e independientes llamados átomos, sino por una gran diversidad de ondas/partículas, cada una de las cuales, además de poseer propiedades particulares, se mantiene siempre en constante vinculación con el resto a través de relaciones no locales o físicamente lejanas, de modo que no hay nada aislado en el Universo. Aparte de la relación local causa-efecto, existen otros tipos de relación que podemos llamar no locales.

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4. Al estar vinculadas entre sí todas las partículas/onda del Universo, el Hombre está y se mantiene en constante relación con todo el Universo, de modo que no es una isla, sino diversidad en su Unidad. Ello significa que durante el acto de conocer, los Seres Humanos no nos mantenemos aislados e inmunes a la influencia de los objetos, del mismo modo que los objetos no dejan de ser influidos por nosotros. 5. No existe una sola clase de orden. Existe una gran diversidad de órdenes que se contienen los unos a los otros y que se afectan recíprocamente mediante su constante e inmediata comunicación, sin importar la distancia, de allí que la realidad que observamos sea tan solo un aspecto visible de las posibilidades subyacentes (Bohm, 1992). 6. El Universo es creativo y con frecuencia se lo compara con una Gran Mente o se le llama el Universo Inteligente. Dentro de Él, todo sistema organizado siempre está en una actividad que podemos llamar dialéctica, que en sí misma posee una tendencia creadora de desorden y una tendencia creadora de orden, las cuales están indisolublemente vinculadas. Orden y desorden conviven en todos los objetos que integran este Universo del cual formamos parte. La actividad del Universo conlleva a la formación de sistemas autoorganizados como los cristales, las plantas, los animales y nosotros mismos. 7. El Universo es activo y se mantiene en constante transformación, de modo que afirmaciones como “X es tal cosa”, son incorrectas. En este sentido debemos hablar, según de qué se trate, de la estabilidad relativa de las cosas. En el Universo, sólo una pequeña proporción de los cambios que se producen en Él es progresiva. La mayoría se producen por saltos cuánticos que dan lugar a nuevas configuraciones internas de las que emergen cualidades que estaban ausentes en la organización de las cuales emergieron. 8. Los sistemas se caracterizan por estar integrados por diversos niveles de organización, cada uno de los cuales posee cualidades propias. Cada nivel de organización es un subsistema que está íntimamente vinculado a los demás, funcionando como una unidad o sistema. Cada subsistema tiene dos niveles de funcionamiento, uno destinado a su propia supervivencia y otro destinado a la supervivencia del sistema. 9. La individualidad es una de las características esenciales de todas las cosas que conforman el Universo, de allí que todas las cosas sean únicas. 10. La complejidad es una característica esencial del Universo.

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11. La dinámica del Universo es tal que no hay discontinuidad entre la vida y la muerte, sino una continuum vida/muerte/vida/muerte. La dualidad seres vivos y no vivos, es inoperante, pues hay una continuidad entre todos ellos; no existen fronteras que los separe. 12. Tiempo y espacio son relativos. 13. Existen diversas clases de tiempo y espacio complejos. 14. Los principios antes enunciados son aplicables, tanto al micromundo como al macromundo, según la complejidad de cada objeto de estudio en particular. Los principios cognitivos del paradigma cuántico-relativista no se difundieron tan rápidamente en la comunidad científica y en la sociedad como ocurrió con el paradigma cartesiano-newtoniano, entre otras razones: debido a su complejidad; porque implica una manera de percibir y pensar radicalmente diferente a la que se había internalizado entre los investigadores y entre los miembros de la cultura en general; porque sólo una pequeña parte de sus implicaciones fue entendida durante mucho tiempo; y porque un paradigma, como he explicado antes, no se abandona tan fácilmente por otro. Pero además, hay otras razones por las cuales el paradigma cuántico/relativista no ha sido difundido en la sociedad. Aceptar los principios cuánticos implica un cambio radical en nuestra sociedad. Implica cambiar el pensamiento “machista” o patriarcal, transformar el orden social, las relaciones de poder y todo cuanto hemos concebido a nivel ideológico como ideal de convivencia. No fue sino a partir de los años 50, con el apoyo de los nuevos hallazgos de la física cuántico-relativista, de la Teoría General de Sistemas, la Lingüística, la Cibernética, la Informática y las investigaciones sobre el cerebro, entre otras, y de las críticas epistemológicas cruciales hechas al paradigma cartesianonewtoniano en cuanto a sus limitaciones para explicar la vida en general y en particular al ser humano, que la ciencia posmoderna comenzó a ocupar un lugar significativo en la comunidad científica y en la sociedad. Surgieron así, entre otros movimientos, la Psicología Humanista, la Psicología Transpersonal, la Psicología Cognitiva, la Escuela de Palo Alto, con su Pragmática de la Comunicación Humana, la Programación Neurolingüística y la Psicología de Autoayuda. Wilhem Wundt (1832-1920) El sistema de Wundt se apoyó básicamente en la metafísica de Kant, Herbart y Schopenhauer. Wundt planteó que el objeto de estudio de la Psicología debía ser la experiencia inmediata, es decir, la experiencia conciente o relacionada con la capacidad de los individuos de darse cuenta de lo que ocurre en un momento

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dado, sin que en ella intervenga ninguna clase de interpretación. Se interesaba, pues, por las cualidades sensoriales puras (frío, calor, luminosidad) entendiendo por ellas «los estados primitivos que el Hombre encuentra en sí mismo, aislados de todas las relaciones y conexiones que agrega la consciencia adulta» (Wundt, cit. por Merani, 1976, p. 439). De este modo estableció una distinción neta entre sensación y percepción, que es un fenómeno más complejo. Para Wundt el propósito de la Psicología es el análisis de los procesos concientes en sus elementos básicos: las sensaciones, los sentimientos y la volición; descubrir cómo se conectan o vinculan estos elementos en la conciencia y establecer cuáles son las leyes que rigen dichos vínculos. Como método cónsono con este objeto de estudio, propuso la introspección experimental, acompañada de un control preciso de las condiciones en las cuales se realiza, lo cual exigía cuatro reglas explícitas: que el observador fuera capaz de determinar el momento en que se iniciara el proceso, que el observador estuviese concentrado respecto al proceso en estudio, que la observación fuera repetible y que las condiciones experimentales fueran susceptibles de repetición en términos de la manipulación controlada de estímulos (Navarro, 1989). Según la descripción que hizo Wundt de los experimentos psicológicos, los mismos no eran sino una copia del experimento fisiológico: “un procedimiento en el cual el proceso de estudio se mantiene cercano a un estímulo controlable y a una respuesta objetiva, la introspección es un acto de observación intensiva, limitada y cuidadosamente planeada” (Heidbreder, 1979, p. 76). Wundt concebía que la Psicología debía ser tratada como una ciencia natural, y que debía convertirse además en una ciencia explicativa, ya que en pasado se había conformado con la mera descripción. Para él, la mayor parte de los trabajos empíricos realizados en Psicología pertenecían más bien a la historia natural del alma, de allí que se propusiera «agregar a la observación interior, que únicamente puede brindar descripciones, la experimentación, y a ésta, la medida, porque le es inseparable» (Wundt, cit. por Merani, 1976, p. 435). Para Wundt, los fenómenos psíquicos son como cualquier otro fenómeno de la naturaleza, esto es, siempre se presentan en forma compleja y las leyes que los rigen siempre quedan ocultas a los sentidos. Para él, los fenómenos psíquicos no son accesibles a la conciencia. Ella sólo conoce «los resultados del trabajo realizado en ese laboratorio oscuro, ubicado en el fondo de ella misma». Sería el análisis de los procesos psíquicos el que permitiría probar que el «inconciente es el teatro de los fenómenos espirituales más importantes » (Wundt, cit. por Merani, 1976, p. 436). En su concepción, el psicólogo debe partir de los hechos de la conciencia y, por medio de la experimentación, echar una mirada furtiva a su mecanismo subyacente que en las profundidades inconcientes del alma elabora las impulsiones derivadas de las impresiones exteriores.

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Cuando el psicólogo, partiendo de estos fenómenos embrollados que le entrega la observación, se remonta hasta las leyes que los rigen, no hace otra cosa que producir delante de sus ojos ese fondo inconsciente que está debajo de los hechos. Pero para llegar hasta esas leyes se requiere de la experimentación y actuar del mismo modo que el físico. “Por los sentidos y los movimientos del cuerpo, el alma está en relación continua con el mundo exterior. Podemos aplicar a voluntad agentes exteriores a los sentidos y a los movimientos, observar los efectos producidos, y de esos efectos sacar conclusiones sobre la naturaleza de los procesos psíquicos. Nunca nuestras medidas se aplican directamente a las causas productoras ni a las fuerzas productoras de movimientos; solamente podemos medirlos por sus efectos. El físico mide las fuerzas motrices por los movimientos producidos, y de la observación de éstos infieren las leyes -absolutamente inaccesibles a los sentidos- según las cuales las fuerzas actúan. De igual manera, medimos las funciones psíquicas por los efectos que producen o que las producen, por las impresiones sensoriales o por los movimientos del cuerpo. Pero lo que determinamos por las experiencias y por las medidas, no es simplemente ese grado de abstracción” (Wundt, cit. por Merani, 1976, p. 438). Es importante resaltar que Wundt, a pesar de creer en la introspección y en la experimentación, dudaba de ellos como métodos apropiados para el estudio de los procesos mentales superiores. Y es aquí donde Wundt se adelanta en el tiempo al concebir que los procesos mentales superiores debían ser estudiados mediante los productos sociales, accesibles sólo al método histórico: “Tan sólo siguiendo el desenvolvimiento del hombre a través del lenguaje, del arte, las leyes, las costumbres, las instituciones en general -tan sólo, en suma, mediante un estudio de los «productos sociales»- puede descubrirse la naturaleza de los procesos mentales, de los cuales resultaron aquellos productos” (Heidbreder, 1979, p. 76). En palabras de Murphy (1964) Wilhem Wundt probablemente fue en su tiempo el exponente más acabado de las fuerzas científicas que se hallaban en vías de reorganizar la Psicología. A Wundt se le ha atribuido la creación del primer laboratorio de Psicología Experimental en Leipzig durante el año de 1879, pero dicha afirmación no es correcta, pues cronológicamente es más probable que el primer laboratorio formal de Psicología experimental fuera construido en Harvard por William James en el año de 1875 (Heidbreder, 1979). Igualmente se le ha atribuido la paternidad de la Psicología Experimental, pero, por una parte, como nos explica Carl Jung (1988), August Wolf (1679-1754) fue el primero en hablar de una Psicología “experimental” o “empírica” que debía sustraerse de la Filosofía «porque poco a poco iba resultando claro que ninguna filosofía poseía esa validez general que la hiciera corresponder adecuadamente a la diversidad de los individuos» (p. 105); y, por otra parte, porque desde comienzos del siglo XIX se venía practicando formalmente la Psicología Experimental. Además, es incorrecto atribuirle dicha paternidad porque Wundt no representó un punto de referencia sobre el cual convergiera al menos un grupo significativo de las líneas de investigación del momento. 157

Sin embargo, sí podemos atribuirle con propiedad la paternidad de la Psicología Moderna, no sólo por haber incorporado a la práctica experimental las nuevas técnicas, métodos de investigación, aparatos e ideas más significativas del pensamiento científico de su época, sino también por haber sido capaz de organizar e integrar en una unidad coherente la amplia variedad de conocimientos dispersos que en el campo de la Psicología se habían venido produciendo desde principios del siglo XIX; por haber esbozado mejor que ningún otro en sus Elementos de Psicología Fisiológica, «la primera carta de constitución de la Psicología como ciencia independiente» (Heidbreder, 1979, p. 75); por haber dado, a través de sus propias investigaciones, el paso definitivo para el establecimiento de la Psicología Experimental -para él, la Psicología debía ser una ciencia experimental cuyo objeto de estudio es la experiencia inmediata- y por haber estimulado entre sus discípulos el entusiasmo por el estudio de los procesos mentales mediante los métodos experimentales y cuantitativos comunes a todas las ciencias del momento, lo cual, a su vez, estimuló la creación de numerosos laboratorios de Psicología Experimental. Al estar convencido de que la Psicología debía apoyarse sobre las bases de la Anatomía y la Fisiología, estimuló el hecho el que la Psicología se convirtiera en una ciencia experimental dedicada al estudio de los estímulos y las respuestas mensurables, favoreciendo además el reduccionismo fisiológico del que aún no terminamos de liberarnos, tal como se aprecia en obras como las de Roger Penrose. Wundt desplazó, además, el interés por la mente y el alma hacia la conciencia. William James (1842-1910) Fisiólogo, filósofo y psicólogo, no llegó a establecer una clara división entre la psicología y la fisiología. Sus primeras investigaciones las llevó a cabo en su pequeño laboratorio de Harvard, fundado en 1875 -en orden estrictamente cronológico puede ser considerado como el primer laboratorio de Psicología (Heidbreder, 1979)- las cuales versaron sobre la fisiología de los sentidos y los problemas psicológicos relacionados con ellos. El aporte más importante al pragmatismo de la Psicología estadounidense fue hecho por William James a través de su obra Principios de Psicología, publicada en 1890. En ella definió la Psicología como la ciencia de la vida mental del Hombre, abarcando sus fenómenos y sus condiciones (James, 1989, p. 1). Consideró que los fenómenos son facultades del alma personal. Entre estos menciona los sentimientos, los deseos, las cogniciones, los razonamientos y las decisiones. Explicó, que, por ejemplo, en un momento dado, el alma manifiesta su facultad de la memoria, un instante después razona, y luego, expresa su volición... Creyó en la existencia de fuerzas psíquicas no susceptibles de ser formuladas en términos fisiológicos. Aunque reiteradamente expresó que los psicólogos no debían considerar el alma como dato de su ciencia, pensó que

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“debía existir alguna fuerza integradora y organizadora más allá de las experiencias individuales, semejantes a la personalidad o al alma, y cuya función era la de mantener la cohesión global con la consiguiente acción integrada de las múltiples funciones individuales” (Murphy, 1964, p. 199). Para James, la Psicología es una ciencia natural cuyo método básico de investigación debía ser la introspección complementada con las nociones del experimentalismo alemán y los estudios comparativos de hombres, animales y salvajes. James definió la introspección como «un mirar dentro de nuestras propias mentes y reportar aquello que descubrimos» (Murphy, 1964, p. 121). James pensaba que si cada uno de nosotros hiciera esto, estaría de acuerdo en que existen diversos estados de conciencia y que este, precisamente es el postulado fundamental de la Psicología. Su método comparativo presupone una Psicología normal de la introspección que debía ser establecida sobre la base de sus rasgos principales. James se opuso a toda interpretación mecanicista de la personalidad, rechazó el atomismo sensacionista y expresó que el método analítico es injustificado. Las experiencias son lo que son, y no grupos de elementos cuyo descubrimiento pueda ser impuesto por introspección. Afirmaba que el hecho de que las sensaciones fueran captadas por diversos receptores y analizadas por distintas zonas del cerebro, no era índice de que los estímulos fueran elementos aislados. De allí que concluyera que no se debe dividir el contenido mental en elementos puramente sensoriales ni subdividir la conciencia en una serie de fases cronológicamente distintas. Para él, lo importante no son los contenidos de la conciencia ordinaria, sino lo que hace. Su función principal es elegir. Entre sus intereses encontramos sus incursiones en el campo de la Psicología médica, la religión y la parapsicología. Respecto al primero, su propia salud, siempre delicada, le llevó a hacer un esfuerzo por entender cómo los factores psicológicos podían incidir sobre la salud o la enfermedad. Con relación a sus intereses por la religión, escribió una obra titulada “Las variedades de la experiencia religiosa” (1902), en la cual esbozó dos tipos fundamentales de experiencia religiosa, la religión de la “mentalidad sana” y la religión de la “mentalidad enferma”, dedicando el último tercio de esta obra al estudio del misticismo, en el cual destaca que este estado de conciencia representa al mundo como un todo unificado. Finalmente, en lo concerniente a la parapsicología, él mismo contribuyó en 1884 en forma destacada a la fundación de una sociedad de investigaciones psíquicas en los Estados Unidos. Durante muchos años se dedicó al estudio de fenómenos como la telepatía y la comunicación con los muertos. James sugirió que «El cerebro puede no ser la base de la vida mental, sino tan sólo el agente que transmite las realidades psíquicas, traduciéndolas a los términos usados por los organismos en su relación con el mundo circundante» (Murphy, 1964, p. 208). Para James, la relación del Hombre con la realidad parece incluir muchas cosas que no son posibles de encontrar en la estructura biológica de la personalidad.

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Gestalt o Psicología de la Forma En oposición al análisis watsoniano de la conducta, surgió la Psicología de la forma o Gestalt, cuyo creador fue Max Wertheimer. Wertheimer sostenía que el análisis de la conducta destruye su significado y por ello propuso un enfoque holístico (global) de la experiencia. Aunque la Gestalt surgió como una alternativa al positivismo, en los seguidores de Wertheimer, como Koffka, Köhler y Lewin, pueden apreciarse muchos de sus rasgos. En Koffka y Köhler, no sólo puede apreciarse el uso del método experimental, sino además, la utilización de conceptos como campo conductual, equivalente a campo físico, y el concepto de isomorfismo derivado de la Física. Y en Kurl Lewin, quien tomó el concepto de campo psicológico de la Física e intentó emplear el modelo matemático para representar los procesos psicológicos, escogiendo la llamada geometría topológica (Navarro, 1989). Contrariamente a Watson, Wertheimer afirmó que la Psicología debe ocuparse del estudio de la conciencia, entendiendo por ella la manera en que el observador percibe la experiencia directa (Hill, 1966; Marx y Hillix, 1969; Taragano, 1974). Propuso como método de investigación la introspección espontánea, y como fuente de datos, los contenidos de la conciencia y de la conducta. Sin embargo, seguidores de esta corriente como Köhler, emplearon el método experimental (Köhler, 1925, 1940). Para los gestaltistas, el objeto de estudio de la Psicología es la conducta entendida en forma global, sin reduccionismos de la misma a elementos fisiológicos o a átomos de conciencia. Rechazaron la cuantificación y pusieron en duda el valor de los datos estadísticos (Navarro, 1989). El centro de atención de los gestaltistas es el estudio de la percepción a partir de la cual interpretan procesos cognoscitivos como la memoria, el pensamiento, el aprendizaje y la solución de problemas. Los gestaltistas explican la percepción desde un marco de referencia innatista, es decir, asumen la existencia de leyes que rigen su organización. Estas leyes, junto con las intenciones de la conducta, hacen de la percepción una unidad organizada y significativa. Los gestaltistas asumen que la percepción es una totalidad: percibimos los objetos como todos organizados, y no como un agregado de sensaciones individuales, lo cual ocurre espontáneamente sin necesidad de aprendizajes previos. Los gestaltistas emplearon principios equivalentes a los de la percepción (cierre, pregnancia, buena forma) para explicar la memoria, el aprendizaje, el pensamiento y la solución de problemas. Con relación al aprendizaje, plantearon que éste no ocurre por ensayo y error, sino que es un proceso de descubrimiento o insight, según el cual la persona reorganiza la situación, cambia la percepción inicial que tenía de ella y produce una solución apropiada.

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Carl Gustav Jung Uno de los más destacados disidentes de Freud fue Carl Jung, quien desarrolló un enfoque propio al que llamó Psicología Analítica. A este enfoque también se le conoce como Psicología Profunda. Consideraba la Psicología como una ciencia autónoma, independiente de la Biología, la Física o cualquier otra ciencia, cuyo objetivo es el estudio de la psyche, y puede decirse que si bien utilizó los principios cognitivos de la ciencia moderna, también aplicó exitosamente los de la ciencia posmoderna, abriendo el camino que inspiró a una nueva Psicología, la cual sí considera, entre otros aspectos, la individualidad de la conciencia, la subjetividad del Hombre y los fenómenos paranormales. Jung describió la psyche como sistema unitario de energía más o menos completo en sí mismo. Esta energía, la cual se origina en las experiencias de la persona, permite la acción de la personalidad. Jung la denominó libido, pero a diferencia de Freud, no la limitó a mera energía sexual (Jung, 1976; 1982). Consideraba que en su estado natural, la libido es emoción, es apetito como el hambre, la sed o el sexo. «Se manifiesta concientemente como esfuerzo, deseo y voluntad» (Hall y Nordby, 1975, p. 59). La diferencia establecida por Jung acerca de la libido es importante, pues indica la dirección predominante de la personalidad hacia valores específicos: “la libido freudiana iba encaminada a la búsqueda de objetivos sexuales, alcanzados los cuales se satisfacía y apaciguaba; en cambio, la libido jungniana iba orientada hacia objetivos espirituales, como la religión, o para expresar un término que prejuzgue menos aquellos mitos elevados mediante los cuales el hombre intenta darse cuenta de cuál es su misión en el seno del cosmos y de cómo debe realizarla” (Sarró, en: Jung, 1972a, p. 18). Mientras en el psicoanálisis freudiano reducía la fantasía a acontecimientos individuales y la constreñía casi siempre a ser infantil e instintiva, Jung la utilizó en su método de amplificación, que consiste en comparar las fantasías con producciones míticas pertenecientes a la historia de la Humanidad, las cuales se han conservado a través de mitos, leyendas, folklore y, fundamentalmente, a través de las religiones. Para Jung, la psyche está integrada por diversos sistemas y niveles en interacción. Distingue tres niveles en la psyche: la conciencia, el inconciente personal y el inconciente colectivo. La conciencia es la parte de la psyche que mejor conoce la persona y a la cual tiene acceso directo. Surge probablemente poco antes del nacimiento y después de éste se amplifica progresivamente mediante el uso de las cuatro funciones mentales: pensamiento, sentimiento, sensación e intuición. Es orientada por dos actitudes: la introversión y la intraversión. La primera orienta la conciencia hacia el mundo interior, y la segunda, hacia el mundo exterior (Jung, 1972b; 1988). Para Jung, el inconciente no es sólo un depósito de recuerdos. Concibe que «está lleno de gérmenes de futuras situaciones psíquicas e ideas [...] también

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pueden surgir por sí mismos del inconciente pensamientos nuevos e ideas creativas, pensamientos e ideas que anteriormente jamás fueron concientes» (Jung, 1974, p. 37). El inconciente circunscribe una realidad extremadamente fluctuante: “todo lo que sé, pero en lo cual momentáneamente no pienso; todo lo que alguna vez fue para mí conciente, pero que ahora he olvidado; todo lo percibido por mis sentidos, pero que mi conciencia no advierte; todo lo que, sin intención ni atención, es decir, inconcientemente, siento, pienso, recuerdo, quiero y hago; todo lo futuro que en mí se prepara y sólo más tarde llegará a mi conciencia; todo es contenido de lo inconciente. Estos contenidos son todos, por así decir, más o menos capaces de conciencialización, o fueron al menos anteriormente concientes y podrían en el momento siguiente volver a ser concientes” (Jung, 1988, p. 130). El inconciente personal está formado por contenidos de naturaleza personal, ya que se caracterizan por ser adquisiciones de la existencia individual y por ser factores que han sido concientes (Jung, 1972a; 1988). Sus contenidos han sido reprimidos porque no se adaptan a la individualización: pensamientos dolorosos, conflictos personales, problemas no resueltos. En cambio, el inconciente colectivo está integrado por contenidos que nunca han sido concientes, por lo cual conforma un conjunto de imágenes latentes. El inconciente colectivo es concebido como la síntesis de las experiencias por las que ha pasado la Humanidad a lo largo de la historia. En él hallamos los arquetipos o tendencias heredadas que predisponen a las personas a actuar de la manera en que lo hicieron sus antepasados. El inconciente colectivo es innato y de naturaleza universal, “es decir, que en contraste con la psyche individual, tiene contenidos y modos de comportamiento que son, cum grano salis, los mismos en todas partes y en todos los individuos. En otras palabras, es idéntico a sí mismo en todos los hombres y constituye así un fundamento anímico de naturaleza suprapersonal existente en todo hombre” (Jung, 1988, p. 10). Según Stevens (1994) los arquetipos «nos predisponen a enfocar la vida y a vivirla de determinadas maneras, de acuerdo con pautas previamente dispuestas en la psique. Es más, también organizan las percepciones y las experiencias para ajustarlas a la pauta» (p. 50). El centro del campo de la conciencia constituye en cierto modo, lo que se denomina YO. En la medida que abarca la personalidad empírica, es el sujeto de todos los actos de conciencia personales: «La relación entre un contenido psíquico y el yo, constituye el criterio de lo conciente, pues no es conciente de ningún contenido que no sea una representación para el sujeto» (Jung, 1989, p. 17). Teoría general de sistemas y cibernética

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Paralelamente a las teorías psicológicas mencionadas surgieron la Teoría General de Sistemas y la Cibernética, las cuales encontraron eco e influyeron notablemente sobre algunos gestaltistas, conductistas y psicoanalistas. Entre los pioneros que intentaron desarrollar y aplicar a la Psicología las primeras formulaciones de corte sistémico hallamos a Wolfgang Köhler y Andras Angyal. A ellos les siguieron, entre otros, Kurl Lewin, Gordon Allport, Peterfreund y María y Ernesto Liendo (Lilienfeld, 1984). En los inicios del siglo XX, algunos investigadores comenzaron a tener serias dudas acerca de la capacidad de explicación de los fenómenos complejos en términos de elementos aislables y deterministas, tal como se puede apreciar que ocurrió en el ámbito de la Mecánica (Sandor, 1973). Dentro de la Psiquiatría y la Psicología, esta visión fue modificada por la Psicología de la Gestalt, algunos disidentes del psicoanálisis y algunos profesionales independientes. Entretanto, la reflexología y el conductismo siguieron considerando al Hombre como una máquina, una suerte de robot cuya conducta podía ser estudiada a través de encadenamientos estímulo-respuesta. Como una creciente necesidad de dar respuesta a los fenómenos más complejos surgieron la Teoría General de Sistemas y la Cibernética. Hasta aproximadamente la década de los años treinta de este siglo, fueron pocos los intentos de los investigadores por realizar estudios interdisciplinarios. La tendencia era más bien a hacer investigaciones dentro de la propia disciplina. Sin embargo, ello comenzó a cambiar con los estudios hechos por figuras como Bertalanffy, Rosenblueth, Wiener y otros, quienes percibieron la necesidad de conducir estudios interdisciplinarios que ayudaran a romper las barreras que hasta el momento imponía la metodología de la ciencia moderna. Hacia finales de 1920 Von Bertalanffy desarrolló las primeras ideas que le llevarían a la creación y exposición de la Teoría General de Sistemas durante la década de los años treinta. En 1947 la definió como «una teoría lógicomatemática que se propone formular y derivar aquellos principios generales aplicables a todos los sistemas» (Bertalanffy y otros, 1981, pp. 34-35) y posteriormente, como «una ciencia general de la “totalidad”» (Bertalanffy, 1980, p. 37). Así mismo, definió “sistema” como: «conjuntos de elementos en interacción» (Bertalanffy, 1980, p. 38). Bertalanffy se interesó fundamentalmente por desarrollar una teoría de los sistemas abiertos, es decir, de aquellos que se refieren a los organismos vivientes y cuya característica fundamental es el intercambio de materia, energía e información con el medio ambiente. Acorde con sus estudios, postuló que las leyes de la Teoría General de Sistemas «se manifiestan como analogías u homologías lógicas de leyes formalmente idénticas, que pertenecen, sin embargo, a fenómenos completamente distintos, e incluso aparecen en disciplinas diferentes» (Bertalanffy y otros, 1981, p. 36). Wiener, creador de la Cibernética, definió esta disciplina como «la ciencia del control y la comunicación en el animal y la máquina» (Ashby, 1976, p.11) y Ashby como «el estudio de sistemas abiertos en cuanto a la energía y cerrados en cuanto a la información y control» (Ashby, 1976, p. 15).

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Lo que más se destaca con la palabra Cibernética es la idea de control y de circularidad, asociada a la palabra feedback, que en general se refiere a una señal que parte de un emisor “A” hacia un receptor “B”, el cual capta dicha señal y la devuelve a su lugar de origen a manera de rebote, lo cual permite la regulación del mecanismo emisor de la señal, modificando o manteniendo la acción según sea requerido o no, en otras palabras, es la información obtenida acerca del efecto que ha producido un emisor sobre un receptor y según la cual, el emisor mantiene o no la acción. Desde la perspectiva de la Cibernética, Rosenblueth, médico, dirigió durante los años treinta un seminario sobre metodología interdisciplinaria. Norbert Wiener, matemático, fue uno de los participantes en dicho seminario, y a pesar de los esfuerzos de ambos, fue poco lo que lograron hacer hasta la Segunda Guerra Mundial en cuanto a lograr puentes de enlace interdisciplinarios. Pero luego, todo ello cambió rápidamente, pues Wiener y J. Bigelow, ingeniero en computación, iniciaron investigaciones sobre las Matemáticas de autorregulación en el campo de la aeronáutica de misiles, lo cual daría como fruto el desarrollo de la Cibernética. En 1943, Rosenblueth, Wiener y Bigelow publicaron un artículo titulado “Conducta, propósito y teleología”. En este artículo destacaron la importancia del feedback o retroalimentación en aquellos mecanismos perseguidores de un objetivo o que se autorregulan en el presente. Según Anatol Rapaport (1956) ello modificó la concepción de propósito, es decir, el interés se centró en las causas eficientes del aquí y del ahora, y no en las causas finales. La influencia más importante de la Teoría General de Sistemas y la Cibernética en el ámbito de la Psicología, se aprecia en el desarrollo de la Teoría de la Comunicación Humana o Pragmática de la Comunicación Humana de la Escuela de Palo Alto hacia finales de los años cincuenta y en el surgimiento de la teoría llamada Programación Neurolingüística. Aparte de los valiosos aportes de la Escuela de Palo Alto y de la Programación Neurolingüística, la utilización de los principios de la Teoría General de Sistemas y de la Cibernética aún no ha dado los frutos esperados en Psicología. La mayoría de los psicólogos que han intentado usar la teoría general de sistemas, han olvidado que ésta contiene una serie de principios unificadores de las ciencias y que cada ciencia en particular debe hacer sus propios desarrollos según sus características particulares (Bertalanffy, 1980). La mayoría de los psicólogos que durante las décadas del 30 al 70 acogieron las ideas de la Teoría General de Sistemas y de la cibernética, no lograron desarrollar principios unificadores útiles a la Psicología, debido al sesgo que dieron a sus investigaciones y desarrollos teóricos. Algunos se dedicaron principalmente a sustituir el vocabulario psicológico por el sistémico y cibernético, otros perdieron la perspectiva de la realidad social y psicológica y se inclinaron en exceso por el uso de fórmulas matemáticas, esquemas y diagramas de poca aplicación práctica y otros no han hecho trabajos concretos que permitan verificar un logro sustancial en el ámbito de ideas y tratamientos clínicos (Lilienfeld, 1984).

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Psicología Humanista La Psicología Humanista emergió en buena medida como una reacción a los principios cognitivos de la ciencia moderna y en función de la comprensión de los principios cognitivos del paradigma cuántico-relativista durante la década de los años 50. En palabras de Maslow (1989) la Psicología Humanista surgió como alternativa al conductismo y al psicoanálisis ortodoxo de Freud. Maslow la denominó la Tercera Fuerza Psicológica y la consideró como un camino de allanamiento hacia una Cuarta Fuerza Psicológica o Psicología Transpersonal. Sus raíces más profundas se remontan a la Antigüedad, siendo Aristóteles (384-322 a.C.) uno de sus representantes. Hacia el siglo XIII, podemos citar a Santo Tomás de Aquino (1225-1274) más recientemente a Leibniz (1646-1716) y entre el siglo pasado y el actual, a Brentano (1838-1917) Husserl (1859-1938), Dilthey (1833-1911), Bühler (1979-1963) y los personeros de la Gestalt y del Existencialismo. Como creadores y representantes de la Psicología Humanista encontramos a Allport, Rogers, Goldstein, Fromm, Wheelis, Erikson, Murray, Murphy, May, Buber, Lecky, Kelly y Moustakas. La Psicología Humanista ha aportado nuevas formas de percibir y pensar al Hombre, nos ha permitido rescatar aquellos aspectos de su esencia que, por no ser observables ni medibles habían sido dejados de lado, y nos ha permitido desarrollar nuevas representaciones de la sociedad, la ética y los valores. Esta Tercera Psicología es, en la práctica, un aspecto de una Weltanschauung global, de una nueva filosofía de la vida, de una nueva concepción del Hombre... (Maslow, 1989, p. 11). Es además una Psicología del Hombre en el cosmos, y no una Psicología de los intereses y necesidades egoístas humanas. La Psicología Humanista tiene por objeto de estudio al Hombre como totalidad, todo aquello que constituye en sí lo estrictamente Humano (generosidad, coraje, amistad, sinceridad, paciencia,...) y en particular, todo lo relacionado con la salud, respetando completamente su naturaleza. En su enfoque global procura evitar la parcialización y el reduccionismo que conllevan a la pérdida de la esencia del Hombre y a interpretaciones mecanicistas de su comportamiento. La Psicología Humanista se interesa por la relación de las personas con sus semejantes y su ambiente, por la vida psíquica íntima del Hombre, su experiencia subjetiva y sus características existenciales, en cómo vive, en su espontaneidad, en el crecimiento y el desarrollo de sus potencialidades, en cómo hacer para que su vida sea más significativa, rica y plena. Lo importante para el psicólogo humanista es la experiencia subjetiva del Hombre como ente único, y no sus manifestaciones conductuales. Ellos consideran que cada persona es un ser único ubicado en un tiempo y espacio específicos, y que su personalidad es el resultado de una historia personal, familiar, social y cultural única e irrepetible (Martínez, 1982, p. 18). Entre sus postulados generales destacan: el Hombre es una unicidad configurada conciente constituida por un núcleo central estructurado, que es el Yo o sí mismo. En el Hombre existe una tendencia o impulso hacia la autorrealización, y tiene la capacidad de mantener relaciones profundas, de ser creativo y de elegir.

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Sus representantes se proponen desarrollar métodos de estudio más acorde con la naturaleza Humana. No hablan de un método único, sino de varios, los cuales se deben construir a medida que se conoce al Hombre para adecuarlo a su estudio y comprensión. Consideran que el único instrumento de investigación disponible es la reflexión, pues ésta es un acto interno, psíquico, captable concientemente. Por reflexión entienden «una vuelta de la potencia cognoscitiva sobre sí misma, que da por resultado una observación interior de la corriente de la conciencia [...] es una reversión del pensamiento sobre sí mismo con la cual el Hombre conoce su propio conocer» (Martínez, 1982, p. 19). Según los humanistas, la investigación de la esencia del Hombre debe hacerse en su medio natural y de la manera más fiel posible. Argumentan que, en teoría, la mayoría de los investigadores aceptan este último criterio, pero que en la práctica plantean hipótesis sobre la base de teorías hechas a priori, es decir, que interpretan los hechos anticipadamente. Se critica a los postulantes de la Psicología Humanista la poca precisión de sus conceptos relevantes: autorrealización, vida más plena, yo creativo, así como también el hecho de que sus postulados no son susceptibles de contrastación. Con relación a esto es necesario tener presente que de entrada, la mayoría de las teorías presentan postulados susceptibles de ser contrastados sólo en la medida que se avanza en las investigaciones. La existencia del inconciente, por ejemplo, manejada sobre todo por el psicoanálisis, sólo pudo ser demostrada hasta fecha reciente con ayuda de las investigaciones sobre el cerebro, y aún así, no terminamos de comprenderlo, particularmente porque se pretende explicarlo en términos de una física mecanicista-positivista. Psicología Transpersonal Como dije antes, los creadores de la Psicología Humanista, entre ellos Maslow, consideraron que ésta debía ser un modelo de transición hacia una Psicología más amplia, superior, transpersonal. Hacia finales de los años 60, Maslow, Grof, Sutich y Fadiman pensaron que había llegado el momento oportuno de lanzar un nuevo movimiento psicológico centrado en el estudio de la conciencia, que reconociera el significado de las dimensiones espirituales de la psyche (Grof, 1988). En el Journal of Transpersonal Psychology, Sutich (1969) enuncia que “La Psicología Transpersonal es el título dado a una fuerza que emerge en el campo de la Psicología por obra de un grupo de psicólogos y de profesionales de otros campos, quienes se interesan en esas capacidades y potencialidades humanas últimas que no tienen lugar sistemático en una teoría positivista o conductista (primera fuerza) en la teoría psicoanalítica clásica (segunda fuerza) ni en la Psicología Humanista (tercera fuerza). Esta Psicología Transpersonal (cuarta fuerza) se ocupa específicamente del estudio empírico y de la implementación responsable de los descubrimientos pertinentes, del devenir, las metanecesidades del individuo y de la especie, los valores últimos, la consciencia unitiva, las experiencias cumbre, los valores B, el éxtasis, la experiencia mística, el temor reverencial, el ser, la autorrealización, la esencia, la beatitud, el prodigio, el sentido último, la

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trascendencia del sí mismo, el espíritu, la unicidad, la consciencia cósmica, la sinergia del individuo y de la especie, el encuentro máximo interpersonal, la sacralización de la vida cotidiana, los fenómenos trascendentes, la autoironía y el espíritu de juegos cósmicos, la máxima toma de consciencia sensorial, la capacidad de respuesta y expresión y conceptos, experiencias y actividades relacionadas con todo ello” (cit. por Tart, 1979, p. 11). Tart (1979) piensa que la Psicología Transpersonal puede ser considerada esencialmente como la ciencia de la conciencia, y que puede ser estudiada directamente cuando es posible o de modo indirecto mediante el examen de la Fisiología y la conducta cuando sea necesario. A esto podemos agregar que Washburn (1997) considera que la Psicología Transpersonal «se centra en el estudio de la naturaleza y desarrollo humanos desde el presupuesto de que los seres humanos poseen potencialidades que trascienden los límites de un ego normalmente desarrollado» (p. 9). Almendro (1995) al explicar el significado de la Psicología Transpersonal nos recuerda que Psicología deriva de psyche o alma, espíritu, vida, aliento; y que “Trans” significa más allá de, a través de; y “persona” máscara, pues no pretende evadir lo personal, con lo que podemos interpretar que la Psicología Transpersonal es una Psicología holística que no separa lo espiritual de lo material: “...lo transpersonal busca, a través de la práctica en estados que trascienden el ego, integrar lo trascendental o espiritual en las dimensiones personales, realizando nuestra dimensión profunda, fluyendo en el devenir, pero siempre sensibles a los destellos de lo eterno” (Almendro, 1995, p. 61). La Psicología Transpersonal, afirma Washburn (1997) es más una investigación multidisciplinaria que una subdisciplina de la Psicología, «cuyo propósito es alcanzar una visión holística de la naturaleza humana» (pp. 9-10). En sí, es una síntesis que además de la Psicología, incluye las disciplinas de la Filosofía y los estudios religiosos. Entre las razones por las cuales se incluye el aspecto espiritual del Hombre en la Psicología Transpersonal, se halla en el argumento de Carl Jung, para quien la Psicología sin una clara comprensión de las posibilidades espirituales del Ser Humano, no puede más que ser una disciplina incompleta y desacertada en sus fundamentos. Para Jung, «el drama del desarrollo humano sólo puede ser totalmente comprensible cuando es contemplado a la luz de los símbolos espirituales» (Washburn, 1997, p. 17). Aunque la Psicología Transpersonal tiene en cuenta los estudios religiosos, sus seguidores consideran que aunque existen campos de interés común, ello no indica que sea una Psicología en la que existan credos o dogmas. Tampoco se exigen convicciones y se adhiere a una posición científica, filosófica y experiencial amplia para comprobar todas las pretensiones (Almendro, 1995). La Psicología Transpersonal retoma interrogantes tales como: ¿cómo funciona la mente? ¿Cuáles son los límites de la conciencia? ¿Es la conciencia individual o cósmica? ¿Puede ser ampliada la conciencia? y ¿Cómo puede hacerse?;

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preguntas que habían sido dejadas de lado por la Psicología positivista y académica. El retorno a estos temas se debe, entre otras razones, a manifestaciones sociales. Las creencias, el progreso, el estilo de vida y las metas de la cultura materialista de consumo han conducido a una progresiva crisis social, espiritual, moral y de los valores humanos, que se ha traducido en insatisfacción, violencia contenida y manifiesta, neurosis y psicosis social, en una coexistencia conflictiva, inseguridad e injusticia social, en crisis existencial, en un vacío interior, el miedo a la libertad y la soledad del Hombre. A esta clase de problemas no ha podido responder satisfactoriamente el paradigma dominante cartesiano-newtoniano de las ciencias del comportamiento ni las formas convencionales de la religión. De allí que sea cada vez mayor el número de personas que se ha lanzado a una búsqueda interna, espiritual, que favorezca la tan difundida idea de una mayor armonía entre el Hombre y la naturaleza, el desarrollo máximo de las potencialidades del Hombre y su personalidad, la búsqueda de respuestas a interrogantes como el significado de la experiencia personal, de la vida y de la muerte, todo lo cual se expresa entre otras formas en el interés por las filosofías orientales, la meditación, el sufismo, el yoga y el budismo. Por su parte, las investigaciones empíricas han venido fortaleciendo y apoyando muchas de las ideas orientales que hasta el presente eran vistas con recelo y como ideas curiosas, fantásticas, increíbles o supersticiosas. En Psicología y Psiquiatría podemos mencionar, por ejemplo, las investigaciones sobre la biorretroalimentación y su relación con el yoga, las cuales han demostrado la posibilidad del control de funciones corporales consideradas como automáticas. También podemos mencionar el uso de las técnicas hipnóticas de Milton Erickson, el Rolfin, el bio-feedback, la bioenergética de Alexander Lowen, la psicoterapia jungniana, la meditación, la introspección y la tradición mística cristiana. En medicina hallamos el uso de los biorritmos, los ciclos lunares, la acupuntura, la cromoterapia y la homeopatía, las cuales han generado todo un nuevo y amplio espectro de investigaciones agrupadas bajo el nombre de medicina alternativa o naturalista. Las investigaciones de la Física cuántica-relativista también han contribuido a una visión del cosmos más holística, indivisible, interconectada, dinámica y relativista, la cual considera que en toda investigación la conciencia del observador es inseparable del fenómeno observado. Dichas investigaciones han sido promovidas y apoyadas por reconocidas sociedades, centros e institutos de investigación como la Society for Phisychical Research, Centro de Investigaciones Psiquiátricas de Praga, Esalem Institute, Centro de Psicología Astrológica de Londres, C. G. Jung Institute... Estos y otros factores, además de haber conllevado a una revisión exhaustiva de la ciencia oficial y de los problemas epistemológicos, han despertado el interés por los estados de conciencia, la meditación, la astrología, las religiones modernas y antiguas, los mitos y los símbolos por parte de numerosos y diversos científicos (psicólogos, antropólogos, físicos, médicos, químicos...) y de los medios académicos (Universidad de Berkeley, John Hopkins, Harvard, Oxford...).

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En sus inicios, relata Grof (1988) la Psicología Transpersonal, si bien tenía cierta cohesión intrínseca y era comprensiva por sí misma, se hallaba aislada del tronco principal de la ciencia, ya que podía ser tachada de anticientífica e irracional, es decir, de incompatible con el sentido común y el criterio científico vigente. Sin embargo, ya en su primera década de existencia, la Asociación de Psicología Transpersonal pudo dejar claro que esta Psicología iba más allá de los límites de la Psiquiatría, la Psicología y la Psicoterapia convencionales, y estableció relaciones importantes con hallazgos significativos de otras ciencias como la Física cuántica-relativista, la teoría de las estructuras disipativas de Prigogine, las investigaciones sobre el cerebro, la teoría general de sistemas, la cibernética, la Parapsicología, el pensamiento holonómico y la holografía. En fecha más reciente ha establecido conexiones con las nuevas proposiciones y hallazgos de la Biología, la Embriología, la Genética y el desarrollo de la tecnología holofónica. Entre los pioneros de la Psicología Transpersonal podemos citar a Abraham Maslow, Anthony Sutich, Stanilav Grof, Ken Wilber, Daniel Goleman, Roger Walsh, Richard Tarnas, Jack Cornfield, Raplh Metzner, John Perry, Angeles Arrien y Myers Owens. También han colaborado a este movimiento personalidades como Gregory Bateson, Alyce Green, Charles Tart, Fritjof Capra, y Arthur Young. Con relación a la forma de obtener y sistematizar el conocimiento, Wilber (1989) señala que el conocimiento científico no es la única forma válida de conocimiento, ni el método científico la única manera válida de conocer. En realidad existen cuatro formas de conocimiento y de conocer: sensorial o empírica, racional o mental, emocional e intuitiva. Cada una abarca un tipo de realidad que no debe mezclarse ni confundirse con las demás, pues pertenecen a tipos lógicos distintos. Así, si las afirmaciones lógicas son verdaderas o falsas, ello depende de su coherencia interna, independientemente de la realidad, por lo que tomar sus afirmaciones como realidades concretas, nos induce a confusiones y equívocos. Wilber (1989) señala que los hallazgos de corte físico-empírico de la Psicología que usa el método científico cartesiano-newtoniano no son deleznables, y que éstos serán siempre un agregado importante de la Psicología Transpersonal, pero que no deben considerarse como el núcleo de sus contenidos, así como tampoco debe considerarse este método como su método principal, ya que es inaplicable como procedimiento para conocer los hechos que van más allá de lo sensorial. Agrega además que la Psicología Transpersonal no es una ciencia en el sentido literal y convencional del término, ya que no se limita a ciertos estados específicos. Puede emplear métodos empírico-científicos para investigar aspectos externos de la conducta y psicológicos-filosóficos para aquellos aspectos relacionados con la razón o la mente, pero para conocer la realidad transpersonal debe recurrir a otros procedimientos: «el hecho de que la Psicología Transpersonal no sea una ciencia no significa que sea inválida, emocional, no verificable, contraria a la razón, que no sea un conocimiento ni que carezca de sentido» (Wilber, 1989, p. 341). Wilber (1989) recalca que se debe

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mantener el uso del procedimiento apropiado al tipo de realidad que se intenta conocer y que es inaceptable la opinión de quien la desconoce. Así, no podemos admitir que alguien opine sobre el teorema de Pitágoras si desconoce la geometría. Esto conllevaría a una serie interminable de explicaciones para tratar de convencer al otro sobre su veracidad. De igual modo, dice que los psicólogos transpersonales no deben presentar sus intuiciones como hechos empíricos, ya que de por sí, éstas no pueden ser científicamente verificadas. Sólo son admisibles en la medida que son vivenciadas y comparadas con otras experiencias. Así, la vivencia de la transformación en algunos de sus múltiples aspectos, puede ser descrita pero no verificada y repetida en un laboratorio mediante el método empírico. El trabajo transmutacional producido mediante prácticas de meditación o el yoga, o mediante psicoterapias como las de la Psicología profunda, puede ser descrito en términos de transformaciones rápidas o lentas, en forma temporal o duradera, invisible, apreciable sólo por unos pocos o por muchos. También se pueden describir fácilmente hasta cierto punto cuando se habla del sentimiento o la sensación de libertad, paz, armonía y gozo, pero no se pueden describir más allá, ver o reproducir. En esto asemeja a los sueños o a las imágenes que podemos formar con los ojos cerrados, de cuya existencia sólo sabemos si nos lo comunican. También se asemeja a ciertas experiencias como una decepción amorosa o una depresión, que no sabemos comprender ni imaginar si no hemos vivido algo similar. Estado actual de las teorías psicológicas La Psicología de la Configuración o Gestalt, ha evolucionado hacia nuevas perspectivas, manteniendo aún su importancia en aspectos del comportamiento como la percepción y el aprendizaje. Recientemente, sus seguidores han desarrollado técnicas terapéuticas y sus postulados han sido retomados por la Psicología experimental y teorías como las de la especificidad de la codificación. Aunque, en general, el psicoanálisis ha corrido con mayor suerte que la Psicología de la configuración, entre otras razones porque ha pasado a formar parte de algunas teorías antropológicas e históricas y sigue siendo en algunos países como Francia e Italia, una de las teorías dominantes, debemos reconocer que desde un principio contó con numerosos disidentes. La psicoterapia breve de Stekel, Alexander y Rank, nació como una crítica a la psicoterapia freudiana ortodoxa, en la cual se asigna una gran importancia a la habilidad del terapeuta para generar cambios de conducta, ya que el modelo freudiano propone un modelo de psicoterapia prácticamente interminable que deja casi toda la responsabilidad al paciente y de quien se supone que difícilmente pueda sanar. Otras de las variantes del psicoanálisis son la psicoterapia infantil y el neoculturalismo. La psicoterapia infantil intenta aplicar los métodos y principios básicos del psicoanálisis al estudio de los niños. Sus promotores más destacados fueron Anna Freud y Melanie Klein. El neoculturalismo, por su parte, se halla influido por la ideología marxista, si bien aplicada de forma no

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convencional. Su centro de interés lo constituyen el papel de las influencias sociales sobre el desarrollo de la personalidad y el origen de las neurosis. Sus representantes más destacados fueron Fromm, Sullivan, y Horney. Otro tipo de enlace entre marxismo y el psicoanálisis fue logrado por autores como Wilhem Reich y Herbert Marcurse. Entre otros movimientos derivados del psicoanálisis, debo mencionar el estructuralismo de Lacan, el psicodrama de Moreno, el grito primario de Janov y Daniel Casrrier, el análisis transaccional de Eric Berne, la teoría psicoanalíticogestáltica de Frederic Perls y el psicoanálisis sistémico de los Liendo. Las críticas que se hacen al psicoanálisis abarcan todos sus aspectos. Entre éstas tenemos la naturaleza de sus conceptos, que usualmente son ambiguos y difíciles de someter a contrastación: yo débil, impulsos, catexia. Algunos le objetan también que sus hipótesis carecen de validez científica porque no se basan en la experimentación y control de los datos clínicos. La reflexología, si bien no tiene la misma fuerza y empuje originales, continúa formando parte de los programas académicos de muchos de los cursos universitarios de Psicología. En la Unión Soviética ha sido integrada a la Psiconeurología o Neuropsicología sistémica. Esto ha resultado productivo en el campo de las investigaciones, como lo demuestran los trabajos de Luria y otros investigadores soviéticos que han hecho aportes valiosos en la comprensión del lenguaje, la percepción, la memoria, el aprendizaje y otros procesos que son vistos como una unidad. El conductismo de Watson, Tolman y Hull, entre otros, ha desaparecido casi totalmente. Sin embargo, el análisis conductual de Skinner aún se mantiene vivo entre algunos de sus seguidores y a través de sus múltiples aplicaciones educativas y psicoterapeúticas. Skinner fue un psicólogo radicalista al que se le han hecho críticas muy severas, especialmente en lo relacionado al área del lenguaje. Entre sus críticos se encuentra Noam Chomsky. Chomsky acusaba a Skinner de misticismo y falta de espíritu científico, mientras Skinner le acusaba de un estructuralismo no científico. Lo cierto es que el resultado de la discusión entre Skinner y Chomsky sobre el lenguaje se tornó irrelevante desde el momento en que resurgió la Psicología cognoscitiva como opción predominante. Como reacción a las discusiones de Skinner y Chomsky, algunos psicólogos conductistas comenzaron a buscar una posición conciliadora entre sus puntos de vista, mientras otros prefirieron buscar esa conciliación en teorías humanísticas como la de Carl Rogers. Por su parte, los seguidores de Chomsky, a pesar de lo prometedor de su teoría, también le han abandonado. De allí que podamos decir que ambas teorías han entrado, desde entonces, en un período de franco declive (Leahey, 1982). Paralelamente al movimiento conductista surgió la teoría de la inteligencia de Piaget, teoría que paulatinamente evolucionó para dar paso a investigaciones que pueden denominarse como neopiagetianas, y a teorías cognoscitivas como la del “procesamiento de la información”. Los neopiagetianos intentan desarrollar aspectos más específicos de los procesos cognoscitivos que Piaget, para ello incorporan paradigmas provenientes del modelo del procesamiento

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de la información y de los modelos cibernéticos. El enfoque del procesamiento de la información incluye el campo de la inteligencia artificial y de la simulación con computadoras. Al parecer, el procesamiento de la información y los modelos de la inteligencia artificial, debido a sus desarrollos y logros, será una de las tendencias a ser seguida por los psicólogos durante los próximos años. Por su parte, la Psicología Humanista y la Psicología Transpersonal constituyen dos de las tendencias psicológicas más prometedoras en cuanto a la posibilidad de ayudar existencialmente al Hombre a comprenderse y conocerse a sí mismo y llevar así una vida más plena. También son dos fuerzas que se expanden rápidamente en todo el mundo Occidental y que cuentan con numerosos seguidores de diversas disciplinas. Estado actual de la Psicología De entre el conjunto de disciplinas que emergieron con la ciencia moderna, la Psicología surgió oficialmente como disciplina autónoma e independiente a finales del siglo XIX. Antes de ello, los estudiosos de la Psicología pertenecían a disciplinas como la Astrología, la Filosofía, la Biología o la Medicina, y estudiaban los fenómenos psicológicos como extensiones de ellas. Durante el período que va desde finales del siglo XIX hasta la década de los sesenta del siglo XX, la Psicología atravesó un período esencialmente de consolidación en sus aspectos teóricos, sustantivos, metodológicos, filosóficos e institucionales. Desde finales del siglo pasado XIX hasta aproximadamente la década de los años 20 del siglo XX, la Psicología estuvo dominada por un período de “ismos”, los cuales estuvieron representados por diversas posiciones teóricas y filosóficas, cada una de las cuales se arrogaba la autoridad de abordar el único objeto válido de estudio de la Psicología. Posteriormente, entre las décadas de los años 20 y 50, el conductismo en los Estados Unidos y la reflexología en la Unión Soviética evolucionaron como aproximaciones dominantes debido a su pragmatismo y despliegue en áreas como la educación, la industria y el ejército. Cercanas a ellas, destacaron también aproximaciones como el psicoanálisis, la Gestalt y la Psicología evolutiva de Piaget. Asimismo, entre los años 20 y 50 del siglo XX, la Psicología estuvo fuertemente influida por los criterios científicos positivistas de la Física y las ciencias naturales. Ello se tradujo en la magnificación de la cuantificación; en el hecho de que un grupo significativo de psicólogos estuviese convencido de que la única forma de obtener conocimientos válidos en Psicología era a través del método experimental, en el énfasis del análisis de la conducta, el uso de las definiciones operacionales, la búsqueda afanosa de relaciones causa-efecto simplistas y el establecimiento de leyes universales de la conducta. A lo largo de la década de los años 50, la Psicología comienza a dar un verdadero vuelco. Se inicia un período de mayor amplitud respecto a la manera de abordar la conducta. Se empieza a adoptar el paradigma cuántico-relativista. Resurge el interés por aspectos de la Psicología que habían sido abandonados.

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Se hallan y exploran otros nuevos aspectos de la realidad psicológica, y surgen numerosas ramas o especializaciones. La búsqueda de nuevas alternativas en Psicología comenzó como consecuencia de factores políticos, sociales, económicos, epistemológicos y de orden interno en los años 60. Entre los factores políticos y sociales tenemos el asesinato de los Kennedy y Luther King; los movimientos en contra de la guerra de Vietnam y la carrera armamentista entre las dos grandes potencias de aquella época; las luchas feminista, raciales y religiosas; la brecha generacional; el movimiento hippie; el retorno a la naturaleza y el mayo francés, entre otros. Estos movimientos estimularon en muchas personas una búsqueda de la democracia, la fraternidad y la libertad, así como una vuelta hacia el tomar en cuenta la individualidad en contraste al nazismo, el fascismo, el comunismo y la militarización que buscaban la masificación o, lo que es lo mismo, anular las diferencias individuales. El capitalismo también ha de ser incluido aquí, sólo que su masificación pasó desapercibida debido a la idealización y sobrevaloración del “individualismo” y el uso de estrategias publicitarias cuyo mensaje abierto era algo así como: “Sea usted mismo; distíngase de los demás; déle un toque personal a…; sienta la libertad…”; cuando en realidad el mensaje oculto de la publicidad estaba dirigido al establecimiento de una uniformidad cultural y social. Es notable, por ejemplo, cómo en Italia desapareció a ritmo vertiginoso gran parte de su diversidad y variedad musical gracias al capitalismo invasor estadounidense. Los factores epistemológicos que coadyuvaron a la transición de la Psicología Moderna a la Posmoderna, están asociados al conjunto de cuestionamientos que le fueran formulados al paradigma cartesiano-newtoniano y al conjunto de los hallazgos derivados de diversas disciplinas, como la Teoría General de Sistemas, la Informática, la Lingüística y la Teoría del caos. Es así como el método experimental dejó de ser el único método válido de investigación científica, como se deja de hablar de comprobación de hipótesis para hablar de contrastación de las hipótesis, como se inicia la búsqueda de métodos de investigación más cónsonos con la naturaleza de los aspectos de la realidad psicológica que se quiere indagar, como cobran auge los métodos cualitativos de recolección de datos, y es entonces cuando se empieza a reconocer la importancia de la intuición y la imaginación en el proceso de conocer y elaborar teorías psicológicas. En el campo de la Psicología, como consecuencia de lo anterior y debido a las fuertes críticas a las que fue sometido, el conductismo dejó de ser sinónimo de Psicología científica, y el psicoanálisis, de psiquiatría o de Psicología clínica. Más aún, el conductismo, la Psicología de la Gestalt y la teoría de Piaget, sufrieron cambios tan importantes que iniciaron direcciones distintas a las que venían siguiendo. Hacia comienzos de los 60 del siglo XX, la Psicología cognoscitiva resurge como un paradigma psicológico con diversas y variadas aproximaciones cuyo énfasis recae en los procesos internos (Nudler, 1975). Surgen, además, la Psicología Humanista y Transpersonal con un fuerte énfasis en la unidad del Hombre con el cosmos y en sus aspectos más trascendentales.

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A partir de los años 60, al menos en los Estados Unidos y algunos países hispanoamericanos y europeos, muchos psicólogos comenzaron a perder la perspectiva de la Psicología como un todo, pues la mayoría de los cursos universitarios de pregrado fueron dirigidos directamente a la especialización en áreas muy específicas. Igualmente, los psicólogos empezaron a debilitar su identidad como grupo, ya que algunos adoptaron como grupo de referencia a los sociólogos, administradores y neurólogos, y otros se dedicaron a la búsqueda de posiciones en la industria y agencias institucionales, medios en los que usualmente los psicólogos pierden el contacto con la Psicología como una disciplina global (Altman, 1987). Para los psicólogos pesimistas, la Psicología ha entrado en un período de franca desintegración que virtualmente la hará desaparecer. Ante esta actitud pesimista, debemos recordar que durante siglos las distintas ciencias han progresado sobre la base de teorías parciales que han perdurado, que han sido rechazadas o han sido integradas. Por otra parte, la llamada desintegración de la Psicología puede ser enmarcada como un camino natural para estudiar el comportamiento Humano, debido a la cantidad de aspectos que se han venido descubriendo a través de las investigaciones. Finalmente, a pesar de que entre los psicólogos persiste la falta de acuerdo sobre muchos aspectos de la realidad psicológica, aunque existan numerosas tendencias y sea notable la influencia y el contacto de los psicólogos con otras disciplinas, pienso que ello, más que un obstáculo, es enriquecedor para la Psicología, tanto para el abordaje de los problemas como en lo concerniente a la teoría, la investigación y los valores. La Psicología en Venezuela Si prestamos un poco de atención a los autores mencionados en este libro, así como a otras obras en las cuales se hacen referencias a los protagonistas de la historia y desarrollo de la Psicología, lo primero que salta a la vista es la gran ausencia tanto de pensadores latinoamericanos como de pensadores de otras latitudes como Asia, África y Oceanía. ¿Es que no existen y nunca han existido? ¿A qué se debe este predominio? ¿Por qué no hemos hecho escuela? ¿Por qué hemos aceptado esta situación? ¿Por qué creemos que los aportes a la Psicología de los investigadores de Harvard, Yale, John Hopkins… son más valiosos y verdaderos que los de un profesor de la Universidad Católica Andrés Bello, o de la Universidad Central de Venezuela, o del Pedagógico de Caracas? Un cálculo superficial sobre quiénes son considerados oficialmente los padres de la psicología, los creadores de escuelas y corrientes psicológicas y los personajes más influyentes sobre el pensamiento psicológico que estudiamos y conocemos nos dice que, por lo menos, el 90% incluye exclusivamente a estadounidenses y que el resto se concentra principalmente alrededor de pensadores alemanes, franceses, rusos e ingleses. Igualmente, es interesante que la mayoría de los profesores formadores de psicólogos y psiquiatras venezolanos, a pesar de ser brillantes pensadores y tener tanto que aportar a la creación y desarrollo de una Psicología venezolana de y para la vida, se hayan limitado a ser brillantes reproductores de la

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Psicología sajona y del psicoanálisis, dedicándose así a una psicología del individuo desligada de la realidad y del compromiso social. En esos textos, que han servido como rectores del pensamiento psicológico y psiquiátrico de los profesionales venezolanos hallamos una realidad caracterizada por el pensamiento psicológico de un “Ser Humano universal” ¿o debería decir uniformado?- desligado de su historia y de su contexto cultural y social. Es una Psicología de universales que habla de todos y de ninguno, para todos y para nadie, pues si bien son innegables ciertos principios psicológicos como los hallados por el neoconductismo de Skinner o la reflexología de Pavlov, no hablan de esa otra realidad que está intrincadamente vinculada a esa realidad cotidiana que enfrenta el venezolano de una vida política basada en el odio, la descalificación, el oportunismo…; de una vida económica que pregona como valor el individualismo egoísta y que ahora con el “socialismo” se dirige a uniformar o considerarnos masa bajo una errada idea del “nosotros” y de lo que es la “individualidad”; de esa disociación entre un moralismo pacato que dice formalmente que deberíamos comportarnos de una cierta manera, mientras en realidad seguimos reglas informales de conducta como lo es el que si no somos corruptos nos vemos degradados por calificativos como el de “pendejos”; de la cultura de la banalización del crimen, de la mentira de las instituciones y los medios de ¿información?; del miedo y la continua creación de enemigos y alarmismo de todo tipo... Es cierto que la Psicología que conocemos y aplicamos en Venezuela habla de factores importantes como las actitudes, el aprendizaje, los problemas sexuales, el estrés, la angustia… y que incluso se ha hecho mucha investigación sobre estos y otros temas, pero no es lo mismo investigar y hablar desde la supuesta neutralidad de la ciencia que contextualizarlos en una Venezuela que honestamente está dividida de muchas formas desde la invasión española. Debemos reconocer que hasta ahora la Psicología dominante ha sido una Psicología de las clases pudientes, la cual ha dejado por fuera a una mayoría sobre la que se suele generalizar indiscriminadamente. La Psicología que procede de USA, que ha sido, además, la más enseñada y estudiada en Venezuela, sutilmente habla de una cultura ideal a imitar e, igualmente, sugiere una cierta actitud y un norte para alcanzar la salud mental, la felicidad individual, en pareja, familiar y colectiva; sugiere valores como la comodidad y el ganarse la vida fácil; habla de que el valor del Ser Humano radica en el hacer y en el tener y no en el mismo hecho de Ser un Hijo del Universo... La Psicología dominante en Venezuela también se caracteriza implícitamente por mantener la idea de un “supuesto orden natural”, el cual justifica el que entre nosotros cada quien debe mantener su lugar en la estructura social piramidal que hemos desarrollado: “¡Qué se ha creído, ocupe su puesto! ¡Ubíquese!”. En nuestro inconsciente individual y colectivo está muy arraigada la idea de que por ese “orden natural” dado por Dios o por la naturaleza es obvio que necesariamente deben existir los de abajo y los de arriba y que los primeros deben satisfacer las exigencias y expectativas de los segundos, que ellos son

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naturalmente los que saben y que siendo así deben existir y se deben mantener estructuras verticales de poder, el abuso del poder, el machismo, el partidismo y la violencia política, la corrupción, la viveza criolla, los abusos de una economía capitalista y los atropellos de unos supuestos comunistas y socialistas que han salido a la calle ¡y que para “defender al Pueblo”! El psicologismo positivista, objetivista y cientificista que mantenemos y su creencia de que existen leyes naturales que lo sustentan deja de lado y olvida: nuestra historia social de haber sido invadidos; la imposición a fuego y sangre de los valores civilizatorios de los invasores españoles consistentes en la violencia, la rapiña, el oportunismo, la intolerancia, el desprecio hacia las razas autóctonas y africanas unidas a la admiración por el extranjero norteño…; se olvidan siglos de injusticia, de tiranía y más recientemente de dictaduras disfrazadas de democracia; de una estructura social y modelos económicos que consolidan el individualismo o que borran la individualidad a través de la masificación; que se hace la vista gorda ante una derecha y una izquierda que han promovido por igual, pero cada una con su propio estilo, el odio de clases. En esta Psicología no hay un lugar serio para los niños golpeados por la pobreza; para los jóvenes desorientados que no hallan un lugar en esta sociedad; para los adultos que sienten que pierden su vida y su salud en trabajos alienantes; para quienes buscan trascender el valor de ser sólo por el hecho de hacer y tener… Nuestra Psicología, además, se caracteriza por ser una Psicología para dominar y controlar al otro para reconducir al descarriado, para re-educar al “enfermo mental”, para ayudar al perturbado; lo cual, en verdad en la mayoría de los casos significa, para reconducir y re-educar a quien es capaz de pensar por sí mismo y tiene ideas propias, al que tiene problemas cuando se enfrenta al conflicto de aceptar las contradicciones de nuestra sociedad y vive descontento debido a ellas; legitimando de esa manera una realidad creada por gobiernos y oposición junto a unos medios de ¿información? que nos imponen ideales y que nos manipulan a través de la angustia, el miedo y la consecución de falsas imágenes para sentirnos personas... No hemos desarrollado una Psicología para la vida, para la convivencia y cuando se habla del venezolano es para resaltar sus defectos o sus virtudes de manera exagerada, pues si bien es cierto el que, por ejemplo, existen los “vivos”, también es cierto que no todos somos “avispados” ni compartimos la idea de que quien no es corrupto es un “pendejo”; no todos somos perezosos, ni inconstantes, ni irresponsables, ni faltos de voluntad…

Construir nuestra propia Psicología Cuando se habla de armas secretas, siempre pensamos en sofisticada tecnología, virus mortales o elementos de destrucción masiva. Sin embargo, en la actualidad la mentira, la manipulación y la desinformación han alcanzado una importancia tan elevada en los campos de batalla del siglo XXI que han logrado convertirse en un elemento más del arsenal militar.

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Santiago Camacho Crear nuestra propia Psicología significa esencialmente ser capaces de desarrollar un conocimiento consistente sobre nosotros mismos más allá de la supuesta neutralidad de la ciencia, es decir, desarrollar un sólido conocimiento sobre nosotros mismos contextualizado en una realidad que ha venido siendo creada a través del tiempo mediante nuestras propias relaciones internas y con los miembros de otras culturas. El objetivo de ello debe representar, no un mero conocimiento, un conocer por conocer; sino un compromiso social dirigido a mejorar nuestra calidad de vida y nuestras relaciones interpersonales; dirigido a superar todo aquello que representa nuestras divisiones y conflictos sociales, los cuales afectan nuestra salud física y psíquica. Hay muchas formas de abordar esta tarea. Sobre algunas de ellas he hablado en los capítulos anteriores y en las mismas páginas de este, como lo es la necesidad de cambiar la visión mecanicista cartesiana-newtoniana por la visión del paradigma cuántico/relativista más cónsono y armónico con lo que es la realidad del Universo y del Hombre. Aquí quiero ocuparme de otro aspecto que no he mencionado: el lenguaje. Como todos sabemos, sobre la base del Español, hemos construido una serie de lenguajes específicos. Algunos son particulares de determinados grupos sociales y otros son especializados como los lenguajes de cada ciencia particular. En el caso de la Psicología, si bien se supone que expresa un conocimiento sobre nosotros mismos, a veces, como ocurre con el psicoanálisis termina creando una gran brecha entre la mayoría de las personas y los especialistas, lo cual, sea dicho de paso, se puede convertir en un mecanismo de poder y de manipulación ideológica, incluso sin que de ello tenga conciencia el especialista, basta con que, por ejemplo, fije como objetivo de la salud psicológica el que las personas se comporten de un cierto modo o desarrollen ciertas actitudes y creencias. ¿Por qué tomarnos este trabajo de examinar el lenguaje en vez de ignorarlo y seguir adelante? Sencillamente, porque todo lenguaje determina no sólo el cómo vemos el mundo (Collins y Glover, 2003), sino también lo que ignoramos, lo que dejamos de ver, aquello sobre lo que no se habla, sobre aquello que se habla hasta cierto punto y se oculta la verdad crucial para poder entender el mundo… y que no por ignorarlo o dejar de hablar de ello deja de existir y de afectarnos de alguna manera en diversos grados, es decir, que termina modelándonos. El lenguaje crea realidades y según quien los use y cómo los use crea consenso. El lenguaje psicológico sobre la supuesta base de su cientificidad, objetividad y asepsia o independencia de cualquier ideología política, económica, religiosa y militar; crea la ilusión de una sociedad relativamente sana dirigida por líderes supuestamente capaces, inteligentes y mentalmente sanos. Pero no es así, para nuestra desgracia nuestro lenguaje sigue enraizado y manteniendo una sociedad patriarcal, una sociedad machista, en la que destaca como primer valor el ejercer el poder sobre los demás, el controlar la mente y la voluntad de cada individuo sin importar los medios utilizados. “Para muestra,

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un botón: Una parte significativa del lenguaje usado por nuestro gobernante es un lenguaje militar, un lenguaje que si uno se detiene a meditar, nos da la impresión de que piensa de que Venezuela es un gran cuartel militar”. Para más, hemos de comprender que el lenguaje ha venido sustituyendo a los hechos concretos, a los acontecimientos y eventos y que el venezolano, aunque conscientemente toma el lenguaje político, religioso, militar, económico y de los medios como palabras vacías, en su inconsciente suele asumirlo como realidades porque es el único asidero que tiene para explicarse la realidad. No hay un cuestionamiento ni una reflexión del lenguaje “patriarcal” en que estamos sumidos y que contrasta con el lenguaje psicológico que manejamos los profesionales tanto de la psicología como los profesionales de otras áreas como los educadores. Por otra parte, el lenguaje psicológico no necesariamente expresa la realidad psicológica de las personas, no necesariamente evidencia de manera profunda que sus conflictos psicológicos tienen su origen en las contradicciones sociales; en la injusticia; en la creación artificial de carencias; en verdades combinadas con medias verdades y mentiras; en la creación artificial de miedos para manipular y controlar a la población; en el mantener las apariencias de las bondades del orden social establecido; los enfrentamientos y odios creados a propósito los cuales generan las divisiones políticas, religiosas, sociales y económicas; el estrés generado por una sociedad individualista que ve y considera que todo es “mercancía”... El lenguaje psicológico no registra que la neurosis y la psicosis en lugar de ser “enfermedades” son en última instancia una manera de sobrevivir y sobrellevar un significado y un estilo de vida que causa sufrimiento, que está abiertamente en contradicción con nuestra propia naturaleza.

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CAPÍTULO SEXTO CONSCIENCIA, MENTE Y CONDUCTA Desde épocas muy remotas, el Hombre siempre se preocupó por comprender y explicar su comportamiento, o lo que es lo mismo, por qué hace lo que hace, por qué experimenta y vivencia lo que experimenta y vivencia. En su intento por responder a interrogantes como los anteriores, el Hombre ha atribuido la razón de su conducta a diversas fuentes como los dioses, los astros, el alma, la mente, los instintos, la programación genética, los neurotransmisores... y a través de la exploración e indagación de cada una de ellas, si bien con ciertas limitaciones, ha logrado encontrar aciertos que no podemos negar. Desde la Antigüedad, hombres con vocaciones y conocimientos muy diversos (sacerdotes, shamanes, místicos, astrólogos, alquimistas, filósofos, matemáticos, físicos, médicos, químicos, biólogos) se han interesado por resolver el enigma de la existencia, de las experiencias, de las vivencias, de la conciencia, de la conducta y de la trascendencia. Muchos de ellos han aportado conocimientos valiosos sobre los temas mencionados, y sus testimonios, visiones, conocimientos y sabiduría, han perdurado a través de los siglos de las formas más variadas mediante la tradición oral, los mitos, las canciones, la poesía, el teatro, la literatura, el arte, la astrología, la filosofía, la ciencia..., dando origen a diferentes mapas psicológicos en sus respectivos momentos históricos. A través de los tiempos y de las diversas culturas, tanto la concepción de la naturaleza del Hombre como el objeto de estudio de la Psicología ha ido variando. Se ha dicho que el Hombre es una criatura divina, que es una unidad o una dualidad cuerpo-alma, cuerpo-espíritu, cuerpo-mente, o se ha destacado su naturaleza conciente, psíquica, social y biológica, de forma aislada o combinada. Durante todo el siglo XIX, los temas predominantes de estudio de la Psicología fueron la conciencia, la mente y las sensaciones. Esta situación cambió radicalmente a comienzos del XX, momento en el cual McDougal introdujo por primera vez en el ámbito de la Psicología el concepto de conducta, término que fuera tomado por Watson como objeto de estudio de la Psicología por considerar que ella se adaptaba mejor a los criterios de cientificidad imperantes en su época. Como muchos otros investigadores, Watson redujo la Psicología a la Fisiología y, en este sentido, definió la conducta de forma restringida, es decir, como aquello que hace o dice un organismo; y a partir de allí hasta la década de los setenta del siglo pasado aproximadamente, la conducta prevaleció como el objeto de estudio de la Psicología más aceptado entre sus estudiosos e investigadores, quienes de manera general la manejaron como la reacción total nerviosa y glandular de un organismo frente a una determinada situación. Sin embargo, hacia la década de los sesenta el concepto de conducta comenzó a ampliarse y fueron introducidos aspectos más subjetivos de la realidad psicológica como la motivación intrínseca al logro y los aspectos cualitativos de las emociones. Igualmente, hacia los sesenta con la informática, la cibernética, la teoría general de sistemas, la lingüística, la epistemología y los estudios sobre el 179

cerebro, entre otras disciplinas nacientes, y los desarrollos de la nueva física, unidas al impulso que cobraban los estudios multidisciplinarios; resurgió el interés por la conciencia y la mente en diversos ámbitos de la ciencia. Cuando miramos qué tenemos hoy día respecto a la conducta, la conciencia y la mente el cuadro realmente resulta confuso y poco atractivo, sobre todo porque cuando intentamos relacionar estos tres aspectos de la realidad psicológica es usual que nos hallemos ante paradojas e innumerables preguntas sin respuestas. La confusión creada deriva de varias fuentes. La primera es que no contamos con definiciones claras y precisas de lo que son la conciencia, la mente y la conducta, lo cual es comprensible si, por una parte, tenemos en cuenta que se trata de poner en palabras vivencias y sensaciones que dependen esencialmente de nuestra experiencia íntima de ser/siendo y, por otra, si tenemos en cuenta las limitaciones de nuestro lenguaje y nuestra manera de pensar. La segunda deriva de la división neta que hace la ciencia moderna del Universo al considerar que existen dos mundos independientes y antagónicos, el mundo de lo objetivo y el mundo de lo subjetivo, los cuales parecen irreconciliables desde su perspectiva. La tercera es que a pesar de la naturaleza subjetiva e inefable de la conducta, la conciencia y la mente, son muchos quienes intentan abordarlas a partir de los métodos objetivos de la ciencia moderna y, la cuarta, es que quienes aún siguen los principios cognitivos de la ciencia moderna, quieren aplicar sus métodos objetivos a éstas como si se tratara de tres cosas distintas, independientes, separadas y autónomas, que mantienen relaciones esencialmente lineales. La resultante de toda esta mezcla es que con frecuencia se cometen errores de tipo lógico, los cuales conducen a confusiones, paradojas, dificultades y preguntas sin respuestas. Tratemos ahora de aclarar la confusión entre conducta, conciencia y mente, a partir de las proposiciones de la ciencia posmoderna.

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Acerca de las definiciones claras y precisas de la ciencia Desde la óptica de la ciencia moderna, toda disciplina que se precie de científica debe poseer un objeto propio de estudio, el cual debe ser definido de la manera más clara, precisa y objetiva posible. La definición del objeto de estudio de toda disciplina científica se hace obligatoria porque al definir su objeto de estudio se define al mismo tiempo ¿qué se ha de estudiar?, ¿cómo se debe estudiar dicho objeto de estudio?, ¿qué tipo de datos han de obtenerse?, ¿cómo se han de comunicar los resultados de las investigaciones?, ¿qué clase de aplicaciones técnicas pueden ser desarrolladas?... Sin embargo, a pesar de lo deseable que pueda ser el contar con definiciones claras y precisas del objeto de estudio al cual nos abocamos, muchas veces es imposible por la naturaleza misma del objeto seleccionado, tal como sucede en el ámbito actual de la Física, cuyos estudiosos no logran precisar el concepto de materia debido a que al nivel subatómico los objetos materiales no son, sino que tienden a ser, es decir, no son simples configuraciones de átomos sino probabilidades de relaciones. En el ámbito de la Psicología oficial, aunque la conducta ha sido aceptada como su objeto de estudio, sus partidarios no han logrado definirla de forma clara y precisa, no sólo debido a su naturaleza compleja y dinámica, sino también debido a que se la querido definir como un objeto independiente, concreto y discreto. Prueba de ello es que algunos autores prefieren esquivar su definición o la definen por algún rasgo resaltante, tal como podemos observar en las definiciones que siguen a continuación. “¿Qué es lo que podemos observar? Podemos observar la conducta -Lo que el organismo hace o dice. Y apresurémonos a señalar que hablar es hacer, esto es, comportarse” (Watson, 1972, p. 23). “Pero hablemos del término conducta, que define mucho mejor que los de mente, pensamientos o afectos el objeto material de la Psicología, porque la conducta la podemos observar y registrar, pero no la mente, que es imposible tocar o percibir. Se puede, eso sí, medir lo que una persona hace o lo que dice. Todo lo demás se conoce por inferencia. Hay que admitir, pues, que las demás personas experimentan vivencias, pero en lo que se refiere al conocimiento sistemático de lo psíquico, hemos de limitarnos a la observación de la conducta...” (Morgan, 1969, p. 4), “por conducta entendemos aquellas actividades de un organismo que pueden ser observadas personalmente o por los instrumentos de un experimentador” (Hilgard, 1981, p. 24). No obstante las dificultades que he señalado, en el ámbito de la Psicología posmoderna podemos entender la conducta del Hombre como el resultado total, momento a momento, del fluir del conjunto de las actividades desplegadas por todos los aspectos que integran su realidad psicológica en relación.

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¿Por qué defino así la conducta humana? Porque cualquiera de nuestras conductas es el resultado de la acción global y conjunta de miles de relaciones que se están sucediendo momento a momento en nuestro ser/siendo. No hay conducta que no involucre un sin fin de relaciones en continuo devenir, en una continua transformación. La conducta no es simplemente lo que hace o dice un organismo con un comienzo y un final bien delimitados, con unas fronteras bien precisas. No se limita a lo que apenas llegamos a percibir, a deducir y a convertir a través de las palabras en algo estático y que de inmediato forma parte del pasado. Incluso, la conducta humana no se limita a lo que está desde la piel hacia adentro, pues hay una corriente continua de intercambio de energía, materia e información y una red de relaciones entre nosotros y el Universo. La definición que ofrezco sobre lo que es conducta no se ajusta a los parámetros de precisión de la ciencia moderna, es cierto. Pero refleja su naturaleza amplia, difusa e indefinida. Ninguna conducta acontece de manera aislada, acontece en relación con otras conductas y cada una de ellas constituye redes de acciones. Ninguna conducta se limita a sí misma como manifestación, es a la vez energía, es a la vez información, es materia, es onda, es partícula, es conciencia, es inteligencia. Además, ninguna conducta es una cristalización concreta, estática. Aunque no la percibamos siempre, hay en todo individuo una actividad que nunca cesa. Hay transformación. Objetividad e intelecto en Psicología En el devenir de la Psicología moderna podemos apreciar que una mayoría significativa de investigadores estuvo convencida de que la objetividad y el intelecto, unidos a la precisión de los conceptos y a la medición, eran las llaves que abrirían todas las puertas hacia el conocimiento del Hombre. Para dichos psicólogos, todos los fenómenos eran susceptibles de ser estudiados a través del análisis intelectual. Más, aún, como corolario de lo anterior, quienes compartían estas ideas llegaron a creer que en principio, todos las experiencias son por naturaleza codificables y comunicables verbalmente y que, por lo tanto, el mero examen intelectual, no vivencial ni práctico, de cualquiera de los elementos integrantes de la experiencia humana, era una forma adecuada de valorarlos (Walsh, Elgin y otros..., 1989, p. 57). Desde esta perspectiva queda eliminada una buena parte de nuestras vivencias, muchas de las cuales no son realmente comunicables verbalmente como ocurre con nuestras emociones, sentimientos y las experiencias vividas fuera del estado normal de conciencia. La diferencia entre el Hombre y la máquina Aunque el modelo mecanicista ha sido de cierta utilidad para explicar algunos aspectos de la realidad psicológica del Hombre, es necesario reconocer que se refiere a aspectos muy limitados de ésta.

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Las máquinas carecen de consciencia sobre sí mismas y sobre aquello que hacen (Zohar, 1996). Aunque a veces las máquinas poseen mecanismos de autorregulación, como ocurre con los termostatos, las máquinas no modifican su conducta de modo esencial o significativo, sino que lo hacen sobre la base de reglas fijas: “si ocurre un cambio X, entonces, la máquina responde con Y; si ocurre un cambio X1, entonces la máquina responde con un cambio Y1”, pero nunca cambiará a T, Z... ó dará un salto cualitativo. Las mismas máquinas inteligentes son un desastre en la práctica. Si uno utiliza uno de esos servicios telefónicos automatizados e “inteligentes” hallamos que la tal “inteligencia” se limita a unas pocas alternativas fijas, es decir, podemos usarlos perfectamente para pedir un estado de cuenta, saber una fecha de vencimiento…, pero si queremos hacer un reclamo, necesitamos hablar con alguien; lo mismo para pedir una cita o aclarar una duda. Nos hallamos en problemas cuando la indiferencia de la máquina inteligente no cubre ninguna de las alternativas necesarias para satisfacer nuestras necesidades: “!Perdón! Esa opción no se halla en el menú. Trate de nuevo. 1 para…”. En cambio, los Seres Humanos, no sólo podemos estar concientes de nosotros mismos y de nuestros actos, sino que sobre la base de ellos podemos tomar decisiones, cambiar de modo significativo nuestro proceder y dar saltos cualitativos en nuestra manera de actuar. Los Seres Humanos podemos crear nuestras propias reglas de actuación y modificarlas. Las máquinas no. Las máquinas parecen indiferentes a todo cuanto les rodea, sólo actúan según reglas y programas. Los Seres Humanos, aparte de que podemos ser indiferentes, también somos solidarios, compasivos…, nos conmueven muchas de las cosas que pasan a nuestro alrededor. Los Seres Humanos, además, sentimos gozo, deleite, amor, odio, rabia, tristeza, ira..., podemos ser vanidosos, sentirnos orgullosos y satisfechos por nuestro trabajo, mientras que las máquinas “no sienten nada” y jamás llegará el día en que una máquina, al final de su jornada, diga: “estoy orgullosa de haber hecho bien mi trabajo durante el día de hoy”. Las máquinas no son inteligentes en ningún sentido. Aunque se les ha dado ese nombre a las máquinas que son capaces de funcionar en términos de diferencias o de lógica difusa (Fuzzy logic) es decir, de discriminar grados, las máquinas no comprenden ni el sentido ni el significado de aquello que están haciendo, ni comprenden el sentido y significado de aquello que están procesando. Más aún, no tienen el sentido de pertenencia ni de relación con las piezas más cercanas, ni del sentido de lograr algo en equipo. En una máquina, las piezas mantienen relaciones locales o de contacto físico, cada una cumple una función específica y sus acciones siempre conducen a resultados semejantes. En el Ser Humano, cada célula del cuerpo está íntimamente vinculada a las demás, de modo que sus relaciones son locales y no locales, y a través de esas relaciones se autorregulan mientras simultáneamente mantienen su autonomía funcional, de manera que mientras en una máquina, las piezas pueden ser consideradas como independientes entre sí, en los seres vivos las células son interdependientes, y gracias a ello

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conforman una unidad que es inteligente en el sentido de discernir diferencias y de “sabe qué hacer”. Como dice el Dr. Deepak Chopra (1989) en su obra La curación cuántica, “...la inteligencia está presente en todas partes de nuestro cuerpo[...] Nuestra inteligencia interior es muy superior a cualquier cosa con que intentemos sustituirla desde el exterior[...] Esta inteligencia es mucho más importante que la materia del cuerpo propiamente dicha, puesto que sin ella, esta materia carecería de dirección, de forma, y sería caótica” (pp. 59-60). Es importante recalcar aquí que la inteligencia de la cual hablo no es una inteligencia formal y abstracta, la inteligencia de un genio, o la inteligencia, tal como la entiende la Psicología académica. El cuerpo tiene una inmensa capacidad de saber hacer, y esto lo podemos observar, por ejemplo, en nuestra evolución de célula única hacia nuestro estado de adulto. Si bien las células cuentan con una programación genética, la misma no significa órdenes y patrones de conducta fijos, sino más bien de pautas flexibles, amplias e inteligentes, pues el constante crecimiento y renovación de las células de nuestro organismo, implica un proceso muy complejo de creciente evolución y transformación, el cual es imposible de llevar a cabo de manera mecánica. El devenir siempre está presente, tanto en nuestro interior como en el ambiente externo. Siempre hay cambios imprevisibles, cambios que ocurren dentro de contextos y que, como es de imaginar, no están previstos en la programación genética, de modo que el cuerpo debe tomar decisiones inteligentes, debe inventar y saber qué hacer, y tomar decisiones que van más allá de reglas. Las máquinas inteligentes sólo toman en cuenta los matices, pero no los matices, el contexto y el significado de ambos. Eso que llamo aquí “inteligencia” cumple la función de regular cambios como los antes mencionados. Las neuronas del cerebro “hablan entre sí” a través de sus conexiones y ellas conforman millones y millones de sinapsis. Si su funcionamiento y toma de decisiones fueran programados en términos binarios de todo o nada, nuestra conducta sería rígida y nos ocurrirían cosas como asociar siempre una misma palabra a otra, o a una situación específica; y ello, como todos sabemos por nuestra propia experiencia, no es así. Nuestra actuación, además, va mucho más allá de la simple realización de tareas o de restaurar el equilibrio ante los cambios ambientales. De hecho si no fuera así, si no hubiese un más allá ¿podríamos tomar decisiones, prever, juzgar, desaprender y escribir poemas maravillosos? Siempre hay algo que escapa y va más allá de los automatismos y programas. Los mecanicistas han tratado de ubicar las funciones psicológicas como producto de la actividad de ciertas zonas del cerebro, y se han quedado con una visión localista de los procesos psicológicos, que no permite una visión fiel de lo que sucede en realidad a estos niveles. La metodología analítica condujo por mucho tiempo a percibir y comprender el comportamiento humano en términos de encadenamientos estímulo-respuesta, lo que impidió explicar una gran

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cantidad y variedad de fenómenos psicológicos entre los que podemos incluir al lenguaje. Hoy día, después de numerosas investigaciones entre las cuales destacan las de Luria, se ha podido establecer que no existe una localización específica de una determinada función, sino sistemas funcionales que comprenden elementos pertenecientes a diferentes niveles de los sistemas secretores, motor y nervioso (Luria, 1979a y 1979b). La idea del Universo máquina es poco afortunada, pues supone una máquina zopenca que desconoce “qué hacer”, la cual es arrastrada y gobernada por fuerzas ciegas que, por azar o algún extraordinario golpe de suerte, ha alcanzado a ordenarse y organizarse en las formas maravillosas que están a nuestro alrededor. De un Universo tan estúpido como el que plantean los mecanicistas, resulta absurdo pensar que pueda haber surgido la vida sobre la Tierra, y menos que seamos obra de Éste. De un Universo idiota no pueden surgir sino idioteces, pero los mecanicistas suponen ingenuamente que Él es una compleja máquina automática que puede crear seres inteligentes (Watts, 1989). Las máquinas no son creativas en ningún sentido. Es verdad que, incluso, existen máquinas que aprenden de sus errores, pero se trata de un deducir reglas que no conduce a la producción de algo realmente nuevo y creativo, reglas que, a veces, son válidas temporalmente, y que llegado cierto momento, debe desaprender. El Ser Humano es creativo en muchos sentidos, es creativo e innovativo en su manera de percibir, de pensar, de aprender, de memorizar, de hablar, de hacer las cosas de distintas formas... Puede aprender y desaprender. No depende sólo de la lógica y de sus sentidos en su actividad cognoscitiva, además emplea su intuición. El Hombre no es un conglomerado de células o de piezas vecinas las unas a las otras, como si fueran átomos aglutinados en el vacío de una manera específica. Esta visión atomista se contrapone, incluso, a la visión actual del Universo como una gran Mente o una gran Conciencia, de un Universo Inteligente, que se autorrenueva, que es creativo, y cuyos componentes integrantes son concebidos como unidades interdependientes que se autoorganizan, cooperan entre sí, antagonizan... La imagen del Universo que tienen hoy día los científicos no es la de infinitos átomos autónomos e independientes entre sí, y que por azar, de tanto en tanto, se aglomeran para formar, según nuestros valores estéticos, objetos feos o hermosos. No, su concepción es holística, más que analítica y reduccionista. Esta visión holística se contrapone a la visión atomista del Universo, según la cual, Éste es un conglomerado de átomos que se mueven en el vacío, en el que todos los objetos que se encuentran inmersos en Él, son vistos como configuraciones diferentes de átomos. El atomismo no es un buen modelo para describir, y menos para explicar, el orden y la armonía del mundo. Nos dice Davies (1989) que en el momento de considerar un organismo viviente es difícil resistirse a la idea de que sus átomos cooperen entre sí de modo que su comportamiento colectivo dé lugar a una unidad coherente. No podemos explicar la conducta de los organismos

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simplemente en términos de atracción o rechazo, de acción o reposo, sin hacer referencia a una organización global. Como afirma Morin (1989) la organización no es lo contrario de la desorganización, “En una primera aproximación, es la disposición de relaciones entre componentes o individuos que produce una unidad compleja o sistema, dotada de cualidades ignotas al nivel de sus componentes individuales. La organización conecta de manera interrelacional elementos, eventos, o individuos diversos que, en consecuencia, se convierten en una totalidad. Ella garantiza una solidaridad y una solidez relativa a tales vínculos y, por ende, garantiza al sistema una cierta posibilidad de durabilidad a pesar de las perturbaciones aleatorias. La organización, por lo tanto, transforma, produce, conecta, mantiene” (p. 133). Llevado al campo de la Psicología, el atomismo, en concordancia con los lineamientos del mecanicismo, intenta explicar la conducta humana global a partir de partes o aspectos considerados como relevantes, los cuales funcionan de manera autónoma e independiente, dejando sentir su fuerza o poder como guías y rectores de nuestras acciones. Aunque debemos reconocer que el atomismo puede ser perfectamente aplicado al funcionamiento de ciertas máquinas cuya actividad puede ser descrita perfectamente en términos de secuencias lineales de causa y efecto y de algún o algunos factores que juegan un papel preponderante en su actividad, no ocurre así con nosotros. No es posible explicar nuestra conducta basándonos en factores exclusivos o únicos como la programación genética, el funcionamiento del cerebro, los condicionamientos del sistema nervioso, los instintos, el inconsciente, el ego, la mente, el proceso de socialización, el lenguaje o el aprendizaje. Todos estos factores, y otros que no he mencionado, generan en sus interrelaciones nuestra conducta global, y recalco aquí global, ya que estemos en estado de éxtasis, contemplado una noche estrellada de Navidad, o estemos conversando agriamente, en ningún momento queda por fuera alguno de nuestros aspectos, es decir, que siempre nuestra conducta es global y compleja, sin limitarse a verbalizaciones y movimientos musculares. En la actualidad son numerosas las teorías que usan el enfoque holístico, como la Programación Neurolingüística (Bandler y Grinder, 1980; Bandler, 1986; O’Connor y Seymour, 1994; Dilte y Epstein, 1997; Lofland; 1997), la Hipnoterapia de Milton Erickson, 1979, 1980; la Psicología Transpersonal (Grof, 1988; Maslow, Capra, Dass, Tart y otros, 1989; Tart, 1990;) y cuántica (Zohar, 1996). Las teorías psicológicas que se sustentan en la ciencia moderna, normalmente, explican el todo a partir de una de las partes, y no sólo eso, sino que además extrapolan o generalizan los resultados a niveles de la conducta más complejos que el que estudian. Así, hay quienes investigando la bioquímica de nuestro organismo, identifican el amor con alguna sustancia química que genera en nosotros el placentero estado de enamoramiento. Si así fuera, nos bastaría con comer chocolate. En este sentido, nuestras explicaciones científicas no van más allá del tipo de explicaciones que suelen hacer los neófitos: “actuó así porque se 186

puso bravo”, “te lo regaló porque te ama”, “te amo porque eres hermosa, sincera, trabajadora, curiosa, discreta...” (Pascal, 1993) las teorías del aprendizaje que toman como objeto de estudio alguna de sus modalidades, nos proporcionan valiosa información para desarrollar técnicas que nos ayudan o facilitan a adquirir las destrezas vinculadas a ella, pero realmente debe tener uno mucha imaginación para explicar conductas más complejas, como sucedió con la teoría del refuerzo de Skinner y su intento de extender sus hallazgos al lenguaje y la personalidad. Una de las diferencias más notables entre las máquinas y el Hombre, nos dice Capra (1991) es que las máquinas son construidas, mientras los organismos crecen. Esta diferencia fundamental significa que mientras las máquinas no crecen ni sufren otra transformación que la de su desgaste durante su vida útil, los organismos aumentan de tamaño hasta cierto punto, sufren constantes transformaciones, tanto en sus partes integrantes como en su conducta, y se orientan en función de sus procesos. Las máquinas “nacen hechas”, mientras que el Hombre, no sólo sufre constantes cambios, sino que además se hace a sí mismo, pues se puede crear a través de sus pensamientos y de sus decisiones, de modo que puede actuar como sí y asumir su conducta como si él y las cosas fueran así. Al actuar como sí, puede desarrollar creencias y crear realidades y actuar según las creencias y actitudes que tenga hacia ellas; puede actuar privilegiando alguno de sus aspectos, esto es, el espiritual, el corporal, el intelectual, el emocional o el social, ó puede actuar de forma integral y global. Los Seres Humanos podemos ser protagonistas de nuestras vidas, asumirlas, vivirlas y llegar a ser autónomos, sin que ello quiera decir que no podamos seguir rutinas de manera conciente o inconsciente; podemos simplemente sobrevivir y no asumir la responsabilidad de nuestras vidas; podemos vivir a través de la ilusión de la fuerza de las cosas externas o de nuestra propia fortaleza interna. Podemos alternar períodos de aparente estancamiento con períodos de creatividad e iniciativa. Una máquina será siempre la misma y hará las cosas de la misma manera a lo largo de su vida útil, no así nosotros, Seres Humanos. De allí que se pueda decir que “somos/siendo” y que de ninguna manera simplemente “somos”. Una máquina simplemente es algo acabado que no evoluciona en ninguna otra dirección que la de su muerte, debido al desgaste (entropía negativa). Los Seres Humanos, aunque algún día debemos enfrentar el hecho de nuestra muerte, evolucionamos constantemente hacia una creciente complejidad, y como acabo de decir hace poco, nos hacemos, de modo que somos/siendo. Hablar de “ser”, de que el “Hombre es”, implicaría que somos seres cristalizados. Sería confundir los hechos, que son algo acabado y definitivo, con los procesos que suponen algo que está en evolución, en verdadero cambio o transformación. De allí que al usar las tipologías, clasificaciones de la personalidad, esquemas de salud mental como los elaborados por los psiquiatras y psicólogos clínicos..., debemos tener el cuidado de no mirarlas como descripciones estáticas de los Seres Humanos. Más aún, debemos tener claro que ellas son abstracciones orientadoras acerca de aspectos conductuales que resaltan dentro de cierta

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cultura en un cierto momento histórico. En ningún momento se trata de hechos definitivos e inmodificables, los cuales condenan a los individuos a un destino casi seguro, como si los individuos no tuvieran la posibilidad de tomar conciencia, discernir, tomar decisiones y cambiar sus estrategias para lograr sus fines. Las mismas teorías evolutivas del Hombre, que se apoyan tanto en la teoría darwiniana como en los principios de la ciencia moderna, ven la evolución del Ser Humano como algo fijo, es decir, consideran que los Seres Humanos progresamos siguiendo senderos prefijados que nos conducen a derroteros comunes. Tránsito por la vida, durante el cual, indefectiblemente no haremos más que desarrollar habilidades, acumular conocimientos, aprender a controlar nuestras emociones y cumplir con expectativas sociales como el deber de trabajar, formar una familia, tener hijos, alcanzar el éxito..., cuando en realidad, el Hombre evoluciona por diferentes vías hacia metas desconocidas, que implican un incremento de su complejidad, un aumento de la amplitud de su conciencia, el surgimiento de nuevas cualidades, así como el desarrollo de sus potencialidades y su propia individualidad. Hay aspectos de nuestro ser/siendo, como lo es el más denso o corporal, que posee formas de conducta bastante previsibles en su funcionamiento, crecimiento y desarrollo, y que sabemos que van a llegar a un cierto clímax para luego declinar. Sin embargo, y a pesar de ello, no podemos generalizar a todo el organismo esa cierta regularidad de los aspectos “automatizados” de su vida neurovegetativa, pues nuestro cuerpo no es una máquina que normalmente se encuentra en estado de equilibrio hasta que ocurre algo que la desestabiliza para posteriormente volver al equilibrio. Por el contrario, hasta donde hemos podido conocer mediante las últimas investigaciones, lo normal en nuestro organismo es la existencia constante de diversos grados de desorden, cuyos límites máximos interiores constituyen su ámbito de “estabilidad” y bienestar, más allá de los cuales puede ocurrir un proceso de transformación adaptativo o la muerte. El cuerpo no es un simple conglomerado de piezas mecánicas articuladas entre sí, sino que es el vehículo que expresa y por el que se expresa la individualidad. En el cuerpo están inscritas las huellas de nuestra vida. Guarda en sí todos los secretos de nuestra identidad o falta de ella, y expresa lo que es inconscientemente la persona. Más que sólido, el cuerpo es volátil, moldeable y sutilmente expresivo. Crece, se expande, se acorta y empequeñece sin cesar. El cuerpo envejece y rejuvenece de acuerdo con el estado de nuestra individualidad y de nuestras relaciones con nosotros mismos, los demás y el entorno. El olvido del cuerpo corresponde al olvido de sí mismo. Quien funciona con una identidad prestada se olvida de su corporalidad. Armonizando e integrando una totalidad con nuestro organismo, contamos con aspectos más sutiles que integran nuestro ser/siendo, como nuestras dotes psicológicas, las cuales –igualmente- no son estáticas, sino que normalmente se encuentran dependiendo e interactuando entre sí en diversos estados de desorden y se hallan en relación con nuestra propia conciencia y con el medio ambiente, lo cual facilita nuestra evolución. La inteligencia, por ejemplo, no es

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un don o un tipo de proceso psicológico que crece o se desarrolla simplemente en la medida que se lo estimula, añade o adquiere algo, siguiendo una cierta dirección esperada. Al estar involucrada y participar conjuntamente en la vida de relación con el conciente y el inconsciente, las emociones, el pensamiento, la razón, el lenguaje, la cultura..., la “inteligencia” está en constante movimiento, en un continuo desorden necesario que la mantiene activa, digamos en forma, y dentro de una continua evolución que por períodos nos pueden dar la impresión de estabilidad, hasta llegar un cierto momento en que el desorden usual desborda ciertos límites y puede provocar un salto cualitativo, que según lo que haga con ello el individuo, puede generar una transformación que le permita ver más allá y, por ende, ser más creativo; o bien puede retrotraerse hacia formas previas de inteligencia o hacia formas rígidas que podrían ser destructivas. Toda máquina funciona con una cierta regularidad previsible, según un cierto orden, mientras que los Seres Humanos funcionamos dentro de los límites de un cierto desequilibrio, de un cierto desorden creativo y, al mismo tiempo, entrópico. Tenemos una idea de orden bastante específica, muy vinculada a la concepción griega del orden, sobre todo en lo relacionado con lo psicológico, la cual implica una cierta serenidad, sensación de bienestar, carencia de obstáculos, problemas, crisis..., y que asociamos a la sensación subjetiva de seguridad psicológica. Suponemos que cuando podemos prever y planificar nuestras vidas y que cuando hay organización, regularidad, patrones más o menos fijos de conducta, ausencia de presiones sociales, emocionales o de cualquier otro tipo, “todo está bien”. Esta idea de orden no es realista porque tendemos constantemente al cambio, a evolucionar (Wilber, 1998), nunca estamos en “reposo”; y porque no es más que una percepción, una manera como nuestro hemisferio cerebral izquierdo interpreta los acontecimientos para poder organizarlos, analizarlos, poner los hechos en palabras, interpretarlos y valorarlos; pero como dice David Bohm (1996) con dichos patrones, «el cerebro se engaña a sí mismo con respecto al desorden. No parece capaz de verlo claramente» (p. 296), hasta que tomamos conciencia de cómo nos desenvolvemos en verdad y decidimos adoptar cambios en nuestras vidas. La Psicología ha seguido hasta fecha reciente el principio cognitivo de la ciencia moderna, que indica que todo está ordenado y sigue un cierto orden evolutivo, de allí que se haya ocupado básicamente de buscar y destacar las regularidades de nuestra conducta, y que haya descuidado todo lo que en nosotros implique caos. Ello se aprecia con claridad en el establecimiento de las explicaciones psicológicas, que no son otra cosa que el “congelamiento de la actividad humana mirada de manera retrospectiva” y el establecimiento de estrictas relaciones causa y efecto. En este sentido, la mayoría de los psicólogos aún no han asumido el verdadero sentido del desorden, y lo siguen viendo con cierto recelo desde el único ángulo del caos, esto es, como algo destructivo, dejando de lado o negando su ángulo creativo. Caos no significa azar. Quienes se han dedicado a estudiar el caos, han visto que detrás de lo que a nosotros nos parece un desorden incomprensible, existe

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un orden muy diferente al que estamos habituados (Gleick, 1988). También han hallado que el caos, en su movimiento, es al mismo tiempo degenerador y creativo, que conduce al Universo como un todo de manera imprevisible para nosotros, tanto a la destrucción como a transformaciones cualitativas de orden superior cada vez más autónomas y flexibles. Nacemos con la capacidad para percibir las cosas desde muchos ángulos, interpretarlas de diferentes maneras, darles diversos significados, evaluar las consecuencias a corto, mediano y largo plazo, tomar decisiones que podemos cambiar sobre la marcha en base a la retroalimentación..., factores que normalmente quedan al margen al interpretar que somos seres mecánicos. En estrecha relación con la flexibilidad, podemos observar en nosotros, por una parte, un constante estado de desequilibrio, el cual se mantiene dentro de ciertos límites y que nos da la sensación de estabilidad o equilibrio, y por otra, un caos entrópico vinculado a la degeneración, a la necesidad de desaprender, y que como caos creativo, implica períodos de crisis, la eliminación de conductas obsoletas y el surgimiento de formas nuevas y más complejas de comportamiento. Nuestra incomprensión del desorden nos impide desarrollar una Psicología que parta de un aspecto tan significativo de nuestra naturaleza como nuestra flexibilidad. De hecho, esa incomprensión niega nuestra capacidad de aprendizaje, de evolución, de autonomía y autotransformación. Si, por ejemplo, nuestra memoria no fuera “desordenada”, sino que siguiera de manera lineal ciertas secuencias, como ocurre normalmente con los ordenadores, nos tomaría mucho tiempo poder construir imágenes globales de las situaciones o enfrentarnos a situaciones nuevas (Campbell, 1989; 1994). Nos enfrentamos entonces a un aspecto de nuestra naturaleza, que parece contradictorio, pero que en sí es complementario. Somos flexibles, mantenemos internamente un cierto desorden entrópico y creativo y poseemos la capacidad de crear pautas temporales relativas a las circunstancias para actuar, lo cual refuerza la idea de que somos/siendo. Más aún, con relación a la manera de cómo manejar la flexibilidad, el orden y el desorden, el desorden entrópico y el desorden creativo en Psicología, debemos aprender que los “opuestos” son complementarios, pues comparten una identidad implícita: “Todos los opuestos comparten una identidad implícita. Es decir, que por más vívidamente que puedan impresionarnos las diferencias entre tales opuestos, siguen siendo, empero, del todo inseparables y recíprocamente dependientes, por la sencilla razón de que ninguno de ellos podría existir sin el otro” (Wilber, 1993, p. 39). Siguiendo en nuestra comparación entre el Hombre y la máquina, podemos observar que cuando cualquiera de las piezas de una máquina se daña, ésta deja de funcionar, se paraliza, mientras que todos los organismos contamos con medios propios de autorreparación y compensación. Más aún, en nuestro caso, ello no se limita a nuestro cuerpo, sino también a nuestra psyche y a nuestra sociedad. Un invidente compensa su falta de vista agudizando su oído, su tacto

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y su olfato. Las lesiones cerebrales suelen ser compensadas por la actividad de las neuronas de otras zonas. Las personas pueden cambiar su actitud hacia sí mismos, hacia la vida y hacia otros individuos. Las máquinas, simplemente carecen de actitudes. Más aún, son incapaces de reprogramar sus actividades como lo hacemos nosotros, de aprender por insight, ensayo y error o modelado. Para concluir, deseo destacar que en la ciencia moderna, las relaciones y el contexto no tenían relevancia, al no ser entendidas como marcos dentro de los cuales la conducta adquiere un significado. Generalmente se veía al Ser Humano como una serie de islas independientes que reaccionan automáticamente de una manera específica y fija a estímulos sin contexto, debido al funcionamiento programado del organismo, la intervención de sustancias químicas como las hormonas, la programación genética, psicológica, social, cultural o el ambiente físico. La visión era la de seres reactivos. Hoy día sabemos que no es así (Capra, 1991). Podemos actuar independientemente de las mencionadas influencias, podemos reaccionar de forma casi invariable a un mismo tipo de situación, podemos decidir de qué manera vamos a actuar frente a las situaciones orientándonos según el contexto, las relaciones y la retroalimentación o resultados de nuestras acciones. También actuamos según el significado o el sentido que le demos a las situaciones. A partir de lo anterior, hoy día podemos afirmar que nadie es neurótico o esquizofrénico porque lo trae en la sangre, sino que muestra conductas como las mencionadas en contextos específicos, como una forma aprendida de manejar ciertas situaciones, o como una manera de no asumir la responsabilidad de la propia vida. En este sentido vale la pena revisar obras como The age of Madnees de Thomas Szasz (1973) Ciudadanos y Locos de Klaus Dörner (1974) o trabajos más recientes como La Realidad Inventada, de Paul Watzlawick (1993). Paradigma holográfico Que el Universo es un todo indivisible, es algo que lo vienen señalando desde finales del siglo XIX investigadores de la talla y genialidad de Ernst Mach, Eddington, Einstein... Ernst Mach afirmaba que la resistencia que ofrecen todos los cuerpos u objetos materiales del Universo a la aceleración, es consecuencia directa de su interrelación y no de sus cualidades intrínsecas, a lo cual Einstein agregó que las propiedades de los cuerpos sólo pueden ser entendidas en términos de las interrelaciones de todos los objetos existentes. La nueva noción de Universo cuántico/relativista y holográfica, nos habla entre otras cosas de una nueva noción de orden, más compatible con la idea del Universo como una totalidad no fragmentada: «Se trata del orden implicado o plegado, ni el tiempo ni el espacio son ya los factores dominantes para determinar las relaciones de dependencia o independencia de los diferentes elementos» (Bohm, 1992, p. 17). Acorde con la concepción de David Bohm (1992) el Universo es semejante a un gigantesco holograma. «Bajo» el mundo aparente de los objetos, en apariencia separados y discretos en el espacio y el tiempo, todos ellos están unificados

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como una totalidad indivisa de manera implícita o subyacente, en la cual la globalidad de sus componentes fluye como un todo (holomovimiento) y de manera semejante a las perlas de Shiva, cada uno de ellos posee «inscrita» la totalidad, es decir, cada uno contiene la información del resto de cada uno de sus integrantes, lo que significaría que, por una parte, no sólo nuestro cuerpo, sino además nuestro cerebro, nuestra conciencia, nuestra mente y nuestra conducta, fluyen con todo el Universo como parte integral de Éste y, por otra, que en cada uno de nuestros elementos está inscrita la totalidad del Universo. Según Bohm (1992) el principio de “el todo está inscrito en la parte” se verifica de manera sorprendente en el holograma cuyo significado literal es “mensaje total”. “La holografía es un método de fotografía sin lente, en la cual el campo de honda de luz esparcido por un objeto se recoge en una placa como patrón de interferencia. Cuando el registro fotográfico -el holograma- se coloca en un haz de luz coherente como el láser, se regenera el patrón de onda original. Aparece, entonces, una imagen tridimensional (Wilber, 1991, p. 14). La holografía es una técnica fotográfica realmente impresionante, por una parte, no hay ninguna lente de enfoque, de manera que al mirar la placa, sólo percibimos un patrón absurdo de remolinos; y, por otra, cualquier pedazo derivado de una placa holográfica que sea iluminado apropiadamente, reproduce la imagen global inscrita originalmente en ella, de manera tridimensional y sin necesidad de pantalla alguna, pues el vacío hace de sus veces. Para Bohm (1992) la unidad del Universo manifiesto, del mundo que percibimos, está “inscrita” en un orden implicado en el cual “todo está plegado dentro del todo”, siendo algunas de sus formas de manifestarse, las ondas sonoras, la luz, los campos electromagnéticos y los haces de electrones. El comportamiento de todas esas formas de movimiento en su conjunto, constituye el orden implicado en la naturaleza y “acarrea” un holomovimiento que en sí conforma una totalidad indivisible, la cual, al «proyectarse» o «manifestarse», da lugar al mundo físico tal como lo conocemos, es decir, al mundo desplegado. El Universo es, entonces, una unidad, «un campo continuo de densidad variable» (Grof, 1994, p. 20). Junto a lo anterior, las investigaciones que se han venido realizando desde el siglo pasado nos señalan que la materia y la energía son intercambiables y que, de hecho, ambas son información. Que todos los elementos del Universo son al mismo tiempo onda y partícula. Que la causalidad debe ser entendida en forma sistémica y de probabilidades, y no como relaciones lineales absolutas. Que no hay unidad básica de la materia, es decir, que no existen átomos, ladrillos sólidos, autónomos, independientes de construcción, entre los cuales existe un vacío y que al agruparse conforma los objetos sólidos y objetivos que percibimos. Y que no existe una esencia, una sustancia que sirva de base o de soporte de las propiedades de las cosas del mundo. En lo íntimo de la materia,

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“las cosas no son”. La materia, como la conocemos, no existe, sino que “tiende a existir”, de manera que nuestro Universo de la vida cotidiana, percibido y entendido como algo compuesto por objetos sólidos y discretos, «es en realidad una compleja red de eventos y relaciones» (Grof, 1994, p. 20). Como subrayó A. Whitehead, el Universo no es una colección de cosas, sino un conjunto de eventos o de procesos integrantes (En: Popper y Eccles, 1982). Así mismo, el Tiempo ya ha dejado de ser considerado de forma simple, absoluta y lineal. En la actualidad se le concibe como algo complejo, relativo, y que incluso puede ir hacia atrás (Coveney y Highfield, 1990; Fraser, 1991). Con respecto al espacio, se le vincula estrechamente al tiempo, se le concibe de forma compleja y relativa, y se habla de la existencia de otros mundos paralelos y de otras realidades (Davies, 1986, 1989). “El Universo actual no se parece tanto a un conglomerado de objetos newtonianos como a un sistema extraordinariamente complejo de fenómenos vibratorios que presenta propiedades y posibilidades inimaginables para la ciencia newtoniana, destacando entre todas ellas, la holografía” (Grof, 1994, p. 21) Lo anterior nos permite llegar a algunas conclusiones temporales importantes, a manera de hipótesis.  No existe una unidad básica de la materia como los átomos o una sustancia que sirva de base o soporte a las propiedades de los objetos materiales.  El Universo es una unidad indivisible semejante a un gigantesco holograma.  Todo lo que conforma el Universo está unificado por una compleja red de relaciones, como una totalidad indivisible que fluye en un movimiento perpetuo global (holomovimiento) de evolución y transformación. Nada está en reposo.  En el mundo subyacente a los objetos materiales, éstos son en realidad una compleja red de eventos y relaciones temporales que dan a éstas una cierta estabilidad.  Podemos pensar en la existencia, tanto de tendencias de relaciones perfectamente ubicables en el tiempo y en el espacio tan densas como un trozo de hierro, como en tendencias de relaciones “no ubicables en el tiempo y en el espacio”, tan sutiles como los pensamientos y los sueños.  Desde la perspectiva holística, conciencia y conducta no son dos entes o cosas diferentes, sino una unidad inseparable. De hecho, la conciencia implica y es actividad, de modo que no puede dejar de comportarse, y la conducta, según entendemos, no ocurre sino como manifestación o actividad de algo. Nunca hablamos de la conducta como una actividad o movimiento independiente, siempre la vinculamos a algo.

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 El Universo es una Gran Conciencia unitaria y compleja que implica diversidad de formas y manifestaciones, es decir, de campos de frecuencia interdependientes.  Somos partícipes, formamos parte integral del Universo, y somos/siendo en Él y con Él, como un todo orgánico en su perpetuo devenir (holomovimiento).  Nuestro cuerpo, como parte integral de la totalidad orgánica del Universo, es conciencia y es conciente, es movimiento, es conducta, relaciones, vínculos, partículas, ondas...; de modo que no sólo sabemos del Universo y tenemos conciencia de Él sólo gracias al cerebro.  Como parte integral del Universo, nosotros también poseemos inscrita la totalidad de su información, lo cual nos proporciona pautas para explicar fenómenos como la vida después de la vida y el inconsciente colectivo.  La idea de que el cerebro es una suerte de controlador de todo el cuerpo, es absurda, pues supone que éste debe controlar todas y cada una de las células del organismo, y ello implicaría, en términos de relaciones locales, que deberíamos poseer mayor número de conexiones nerviosas de las que poseemos.  La idea de que el cerebro controla, sin que tengamos conciencia de ello, todas las células del cuerpo a través de programas y reacciones electroquímicas, implica que los programas actúan como una suerte de entes concientes.  En el mundo del orden desplegado de la inmensa cantidad de campos de frecuencia que existen, nuestros cinco sentidos sólo son capaces de captar un espectro limitado de ellos.  Lo que llamamos mente, no es sino una manifestación entre todos los posibles estados de conciencia que podemos vivenciar.  La relación de nuestro estado habitual de conciencia con la actividad funcional del cerebro, ha permitido construir el lenguaje y la cultura y, por ende, la imagen de nuestro Yo.  El cerebro es un selector y traductor a palabras e imágenes de los campos de frecuencia captados por nuestros cinco sentidos. De no funcionar el cerebro como traductor, es muy probable que nuestro mundo sin palabras fuera un mundo de campos de frecuencia.

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 El Hombre, al ser una unidad con el Universo, es también Conciencia, y puede ser partícipe de todas sus manifestaciones, es decir, tanto de aquellas en las que están involucrados el tiempo y el espacio, como de aquellas en las que no lo están.  Al ser nosotros los Seres Humanos uno con el Universo, el Tao, el Uno, Dios o como queramos llamar a esta Unidad…, somos el Universo, el Tao, el Uno, Dios… y esta Unidad es nosotros. Tienen entonces sentido las palabras de San Pablo: “Vosotros sois como dioses”. El que seamos como Dios o como queramos llamar a la Unidad no significa que seamos Dios mismo (pecado de ubris o soberbia) sino que como una célula de nuestro cuerpo, ella es el cuerpo y al mismo tiempo el cuerpo es ella. Lo antes dicho significa que si queremos entender y conocer la conciencia, la mente y la conducta, no podemos seguir viéndolas como objetos independientes cuyas naturalezas pertenecen a realidades o dimensiones distintas a la esencia global del Universo, sino que debemos entenderlas como una unidad. La conciencia “Nuestra conciencia normal de vigilia, la denominada conciencia racional, no es más que un tipo especial de conciencia separada de otras formas de conciencia completamente diferentes por la más delgada de las películas... Ninguna descripción del Universo en su totalidad, que deje a esas otras formas de conciencia en el olvido, podrá ser definitiva”. (William James, en Grof, 1994, p. 27). ¿Qué es la conciencia? Al estudiar el tema de la conciencia nos encontramos con numerosos problemas entre los cuales destacan la dificultad para definirla, la falta de acuerdo sobre cómo abordarla y las confusiones intelectuales que se han creado entre los conceptos de conducta, mente, pensamiento y conciencia. El conocimiento psicológico que poseemos actualmente sobre la conciencia aún es incipiente. La mayor parte de lo que conocemos en Occidente sobre la conciencia, se circunscribe al estado ordinario de conciencia y a los contenidos del inconsciente psicoanalítico, lo cual se debe en buena medida a las limitaciones que imponen los principios cognitivos subyacentes de la ciencia moderna en lo que respecta a cómo considerarla, qué aspectos tomar en cuenta, cómo conocerla, así como a los prejuicios que han creado sus seguidores en torno a ella. Más aún, muchos de los psicólogos modernos han exaltado y considerado que el único estado de conciencia normal y útil, es el ordinario o consensual. Los demás estados de conciencia, generalmente son vistos como carentes de valor, peligrosos o patológicos.

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En español, la palabra conciencia deriva del latín conscien; cum (con) y scire (saber, conocimiento) con conocimiento. Usualmente es entendida como “darse cuenta”, “caer en cuenta de sí mismo”, “tener conocimiento de sí mismo”, “recordarse a sí mismo”, “saber de sí mismo”, “vivenciarse”, “experimentarse”. “Contemplación activa de sí mismo y del mundo”. Charles Tart (1990), define la conciencia como «nuestra capacidad básica de tener experiencias, de saber qué es lo que somos, de comprender las cosas, que jamás ha sido satisfactoriamente explicada en otros términos» (p. 31). La clave de su significado: es hacer presente sabiendo, con conocimiento. La conciencia siempre supone un proceso activo circular de relaciones. Hay un mirar hacia y un mirarse. Se es y se está conciente al mismo tiempo. Implica siempre un notar, advertir, reparar, apreciar, observar y contemplar activos en función de lo cual aceptamos y actuamos en consecuencia. Ser/Estar conciente implica una relación, un vínculo o un lazo sin límites entre el individuo y sí mismo, o entre él y aquello de lo cual se es/se está conciente. En inglés, la palabra conciencia: consciousness; se vincula con tener conocimiento, ser mentalmente perceptivo o alerta, vigilante, capaz de pensar, sensible, despierto, estado conciente. En italiano, la palabra equivalente en español a conciencia, coscienza, es asociada a “cognición adquirida”; “quien es conciente, sabe, está informado, está al corriente” (Bacci, 1991). Yo diría que las concepciones anteriores sobre la conciencia, ligadas a los procesos cognitivos, corresponden perfectamente a lo que los investigadores entienden usualmente por mente, pues se concentran y se limitan al conocimiento derivado de los sentidos y su elaboración en estado de vigilia. En este sentido, la mente puede equiparse al pensamiento, y es una suerte de montaje o elaboración sobre un estado particular de conciencia, el consensual habitual o de vigilia, el cual sirve, como sustrato a la cultura, al lenguaje y a las diferentes formas de pensar. “La conciencia, tal como la consideramos ordinariamente en occidente, no es conciencia pura (es un simple estar despierto, un darse cuenta, sin aceptar y proceder en consecuencia) sino una conciencia encarnada en la estructura psicológica de la mente o del cerebro. La experiencia ordinaria no es conciencia pura ni es pura estructura psicológica, sino experiencia de la conciencia pura insertada y modificada por la estructura de la mente/cerebro y de la estructura de la mente cerebro insertada y modificada por la conciencia pura. Estos dos componentes, conciencia pura y estructura psicológica, constituyen una gestalt, un sistema general interactuante, que constituye la conciencia” (Tart, 1977, p. 267). Además del estado ordinario de conciencia, existen muchas otras formas y estados de conciencia, sólo que en el mundo occidental, durante los últimos dos siglos, hemos hiperdesarrollado y nos hemos “familiarizado” con éste. Destaco entre comillas el estar familiarizados, porque acostumbrados al estado ordinario de conciencia, sobre todo en su manifestación como concentración de

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la atención sobre algo o sobre nosotros mismos, creemos que en verdad sí lo conocemos, aun cuando no es así. Usualmente, las personas y los investigadores confunden el tono cortical de vigilia con el estar concientes, es decir, con el estar despiertos. Sin embargo, ello no es indicativo de que necesariamente nos demos cuenta de lo que estamos haciendo, de lo que sucede afuera de nosotros o de que caigamos en cuenta de nosotros mismos. Por otra parte, podemos estar durmiendo y, a pesar de ello, tener consciencia de que estamos durmiendo, de que estamos soñando y de que los eventos que tienen lugar durante nuestro sueño ocurren con nosotros y a nosotros, y no a un extraño, como lo que nos sucede con la vivencia que tenemos durante la proyección de una película. Por lo que sabemos, nuestro estado habitual de conciencia es un estado particular sobre el cual hemos hecho una serie de elaboraciones muy complejas e impregnadas de la cultura. Elaboraciones que son intensamente dependientes de la actividad funcional del cerebro, en particular, de la actividad funcional de la corteza del hemisferio cerebral izquierdo, la cual traduce a palabras e ideas toda la información que recibimos a través de nuestros sentidos. Frecuentemente se cree que cuando estamos traduciendo nuestras experiencias a palabras, es porque estamos y somos realmente conscientes, cuando en realidad, al hacerlo, lo que estamos haciendo es recordando la experiencia a través de las palabras e ideas y, por ende, seleccionando aspectos de la experiencia e imponiéndole matices. El resto del tiempo, es decir, cuando no centramos nuestra atención en algo, se cree que estamos ausentes, “navegando” perdidos ¡quién sabe dónde! mientras que nuestro cuerpo, cual autómata, sigue actuando bajo la influencia de la programación de condicionamientos, hábitos y patrones de conducta, o de la influencia de las fuerzas irracionales del inconsciente, lo cual abre muchos interrogantes que no pueden ser respondidas en base a los lineamientos de la ciencia moderna. Yo pienso que ver las cosas así es fragmentar la realidad, colocar al inconsciente en un papel poco afortunado y confundir las cosas. Desde ésta óptica, en realidad, lo que se está haciendo es privilegiar la razón y confundir al pensamiento con la conciencia. Freud confundía la conciencia con la razón, y decía que ella nace del inconsciente como consecuencia del choque de las fuerzas instintivas con la realidad objetiva, fuerzas que nos impelen a actuar de forma impulsiva apenas logran rebasar las barreras de la represión o del control conciente. Para Freud, el inconsciente no sólo era algo temible, sino además, un depósito de contenidos que por su naturaleza poco aceptable eran reprimidos, y que al ser hechos concientes, verbalizados, analizados y aceptados, allanaban el camino hacia la sanación o salud mental. Pero no podemos exigir a Freud que pensara de otra manera. Freud, como la mayoría de los investigadores de su época, se abocaba a seguir los principios de la ciencia newtoniana, la cual prometía la posibilidad de hallar la Verdad, siempre y cuando se asumieran sus principios cognitivos subyacentes. Para él, ver las cosas desde la perspectiva newtoniana, tenía sentido, y no podía más que pensar que el Universo no es sino una mera máquina estúpida, irracional, compuesta de materia muerta, de la cual había surgido la vida, y que en forma

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extraordinaria, debido a la selección natural, había evolucionado lenta y progresivamente hacia el Hombre. Un Hombre con un cuerpo biológico, cuyo cerebro le permitía la capacidad de darse cuenta, de tener conciencia, pensar y desarrollar un lenguaje. Contrariamente a las aseveraciones del pensamiento de la ciencia moderna, las investigaciones llevadas a cabo durante este siglo nos han revelado un Universo totalmente diferente, y sus hallazgos nos inclinan a pensar muy seriamente en el Universo como una gran Conciencia indivisible, en la cual todo forma parte de todo, y en la cual todo está relacionado con todo. Lo anterior nos estaría señalando, no sólo que no somos los únicos concientes en el Universo, sino que somos/siendo parte integral de esa gran Conciencia que se halla en perpetuo movimiento. «La consciencia humana parece ser el reflejo, la expresión de una inteligencia cósmica que integra la totalidad del Universo y la existencia entera. Somos campos de conciencia ilimitados que trascendemos el tiempo, la materia y la causalidad» (Grof, 1994, p. 35). En este sentido, la conciencia es la dimensión central de todo el Universo, la cual, en y desde su complejidad, se manifiesta de muchas maneras y en diversos estados de los cuales nosotros podemos participar. Sólo que nosotros, en Occidente hemos sobrevalorado la conciencia ordinaria, evitando en lo posible otros estados de conciencia, incluso la ensoñación y la fantasía, por considerarlas irracionales y patológicas. Lo sano es funcionar según los dictados del principio de la realidad o dentro de los parámetros de la conciencia consensual. Lo dicho anteriormente me lleva a considerar que en el momento en que nosotros dejamos de prestar atención a algo, cuando estamos “ausentes” como se suele decir en la jerga popular, no es que quedamos en blanco o nos fuimos a off, o quedamos a la deriva en alguna suerte de limbo, sino que hemos pasado de un estado de conciencia a otro que no incluye el lenguaje ni la identificación con los sentidos y el ego. Todo el tiempo participamos de alguna forma y estado de conciencia distinta a la habitual, de manera que el inconsciente no es tal como lo entendía Freud, sino que aquello que él llama inconsciente, es en realidad el Conciente universal, al cual todos podemos acceder cuando callamos y dejamos de identificarnos con nuestros sentidos y con nuestro ego o imagen de nosotros mismos; y lo que él entendía por conciente o estado ordinario de conciencia, no es más que una cualidad particular de dicha Conciencia a la cual estamos habituados, y sobre cuya base hemos construido los procesos psíquicos y el lenguaje a través de las relaciones interpersonales y el apoyo de la cultura nacida de dichas relaciones. Lo que hasta recientemente la ciencia moderna nos hacía entender por conciencia ordinaria o habitual, está ligada a nuestros procesos cognoscitivos ordinarios, y ellos, sin duda alguna, dependen estrechamente de la cultura y de la actividad funcional del cerebro. El cerebro, por lo que se viene descubriendo, funciona esencialmente como un traductor de la energía y la información que nuestros sentidos están en capacidad de captar. Parece ser que el cerebro no crea o produce la conciencia, sino que la conciencia produce la apariencia del

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cerebro. Keyth Floyd, pensando en la relación entre la holografía y la conciencia, decía que: “En contra de lo que todo el mundo sabe que es así, quizá no sea el cerebro el que produce la conciencia, sino más bien la conciencia la que crea la apariencia del cerebro, la materia, el espacio, el tiempo y todo lo que nos gusta interpretar como universo físico” (cit. por Ferguson, 1991, p. 38). La idea de que el cerebro es una suerte de traductor de la energía y la información que éste recibe de los sentidos, ha sido trabajada por científicos como Karl Pribram. Según Pribram, nuestros cerebros construyen de forma matemática la realidad concreta «al interpretar frecuencias de otra dimensión, una esfera de la realidad primaria significativa, pautada, que trasciende el espacio y el tiempo. El cerebro es un holograma que interpreta un universo holográfico» (Wilber, 1991, p. 13). Al parecer, cuando vemos, oímos, gustamos, olemos, sentimos, el cerebro ejecuta «cálculos complejos con las frecuencias de los datos que recibe, procesos que apenas tienen relación de sentido común con el mundo real, tal como lo percibimos» (Ferguson, 1991, p. 32). Estados de consciencia Aparte de la firme posibilidad de que el cerebro no sea sino un traductor de la energía y la información captada por los sentidos, tenemos el hecho de que la corteza del hemisferio cerebral izquierdo funciona como un filtro que selecciona aspectos de la realidad y los interpreta de una cierta manera, creando sus propias realidades como las del ego y la personalidad. Basta creer en algo, darle al cerebro la instrucción de que algo es así, sea cierto o falso, para que nuestra creencia se convierta en instrucciones o reglas que nos inclinen a actuar como si la realidad fuera de la forma que creemos. Pero cuando acallamos el diálogo interno, nuestro pensamiento en palabras, y hacemos silencio en nuestro interior, entonces comienza a diluirse el estado ordinario de conciencia, y con él el tiempo, el espacio, la realidad ordinaria y la personalidad; accedemos a una conciencia de ser y experimentar muy diferente a la que estamos habituados. En realidad, cuando mantenemos el silencio interior de manera prolongada, la conciencia, el conocimiento, la vivencia y nosotros, llegamos a ser una unidad. Sólo hay que dejar de intentar controlar, de perseguir alguna meta, dejar de identificarse con el pensamiento y dejar de aferrarse a las palabras: vaciarse. Al hacer esto, uno comienza a caer en cuenta de que uno puede pensar sin palabras, y que la razón y el lenguaje no son necesarios para ser y estar concientes. Más aún, uno cae en cuenta de no ser el pensamiento y que la conciencia comienza a expandirse más allá del cerebro, esto es, de que uno es todo el cuerpo, es conciencia, y que al superar las barreras de la identificación con el ego y romper las fronteras intelectuales de la piel, se es unidad y conciencia al mismo tiempo con todo lo que le rodea a uno.

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Los estados de conciencia diferentes al ordinario, al contrario de lo que han difundido los psicólogos objetivistas, no sólo son normales, sino incluso más sanos y óptimos. En Occidente, las investigaciones sobre los estados de trance hipnótico y las técnicas terapéuticas derivadas de ellas constituyen una prueba fehaciente de ello. Milton Erickson demostró no sólo la existencia de una amplia diversidad de estados de consciencia o de trance hipnótico, sino que además demostró que nosotros experimentamos constantemente a lo largo del día diferentes estados de conciencia muy diferentes al ordinario. Más aún, demostró que al acallar nuestro pensamiento ordinario somos capaces de utilizar una gran cantidad de recursos internos que permanecen inaccesibles mientras mantenemos el diálogo interno debido a las limitaciones aprendidas, nuestras creencias, manera de pensar y marcos de referencia (Erickson y Rossi, 1979). Como decía Sri Aurobindo «si el poder de pensar es un don maravilloso, mucho mayor es el poder de no pensar» (Satprem, 1984, p. 45). La Psicología oriental ha venido sosteniendo por siglos que el estado ordinario de conciencia no sólo no es óptimo, sino nebuloso e ilusorio. Esta última idea coincide con las investigaciones realizadas en el ámbito de la lingüística, la pragmática de la comunicación humana, la Psicología humanista, la Psicología transpersonal y la Antropología: somos «prisioneros de nuestra propia mente, total e inconscientemente atrapados por un continuo y fantástico diálogo interior que crea una deformación ilusoria capaz de consumir totalmente toda percepción o realidad (maya o samsara)» (Walhs, Elgin, Vaughan y Wilber, 1989, p. 51). La Psicología oriental ha desarrollado muchos y detallados métodos para lograr alcanzar estados de conciencia diferentes al ordinario, y sin bien pueden diferir los unos de los otros, todos se proponen alcanzar el mismo objetivo, esto es, el de alcanzar la iluminación, salvación o liberación. Consideran, además, que en los estados “intermedios” entre la conciencia habitual y la conciencia superior, existe una amplia variedad de vivencias que deben ser consideradas como epifenómenos a los cuales hay que aproximarse con desapego. Respecto a los estados intermedios de conciencia, los psicólogos occidentales han logrado establecer que ciertas funciones y capacidades se limitan solamente a ciertos estados de conciencia de allí que es posible aprender algo en un cierto estado de conciencia, y al volver al estado usual de vigilia, no recordar qué se ha aprendido y, a pesar de ello, ser capaz de poner en práctica lo aprendido, fenómeno muy común en hipnoterapia. En Occidente también han existido métodos para alcanzar estados de conciencia superiores al habitual. Sin ir muy lejos, las obras de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Jesús describieron en forma detallada la manera y el camino para llegar a la salvación ó iluminación, exaltando, entre otros aspectos, el valor de la oración como un medio de acceso a otros estados de conciencia diferentes al ordinario. Tanto en el judaísmo como en el cristianismo místico podemos hallar muchos métodos para alcanzar la iluminación, los cuales son concebidos como formas meditación, que no deben ser confundidas con la reflexión intelectual. Más aún, hasta hace unas pocas décadas, la Iglesia católica hacía participe a sus feligreses

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de estados de conciencia místicos mediante el rito devoto de la misa en latín y los cánticos gregorianos, lo cual contribuía a crear una atmósfera de elevación espiritual, de comunión y éxtasis inefable, que permitía a los adeptos ir más allá del Dios personal antropomorfisado. El entrenamiento para alcanzar estados de conciencia distintos al ordinario y saber cómo interpretarlos es realmente necesario, pues de otra manera podría convertirse en una aventura de supersticiones decepcionantes, y no en crecimiento personal y espiritual. Muchas de las experiencias vividas en estados diferentes al habitual, están cargadas de simbolismo, son inefables, van más allá de la razón y de la lógica y, a veces, contienen intuiciones sobre la esencia profunda de las cosas ó sobre sucesos que ocurrirán en el futuro. Estas experiencias son difíciles de poner en palabras, sobre todo, debido a las limitaciones del lenguaje, a la influencia de nuestros aprendizajes previos y de nuestras necesidades. En la Filosofía perenne encontramos que las experiencias de iluminación contienen cantidad de elementos comunes, como la sensación de éxtasis, de gozo, de liberación, de una luz indescriptible, pero cuando, por ejemplo, los cristianos de Occidente se refieren a algunos aspectos particulares de las vivencias, difieren en su manera de expresarlos. Para un cristiano del norte de Europa, el Cristo es blanco y de pelo rojo, mientras que para uno de Medio Oriente, el Cristo es moreno y de pelo negro, como puede apreciarse en las iconografías.

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CAPÍTULO SÉPTIMO LA NATURALEZA DEL HOMBRE

“Sois como dioses” San Pablo Desde la Antigüedad nos hemos venido definiendo de muchas maneras y, la verdad sea dicha, muchas de las ideas expresadas son ciertas dada nuestra complejidad. Somos al mismo tiempo seres biológicos, sociales, psicológicos; se reúnen en nosotros infinitas posibilidades de ser; nos transformamos constantemente, de modo que somos/siendo. Somos hijos de Dios. Somos como dioses… Algunas de las ideas desarrolladas sobre ¿quiénes somos? se pierden en parcialidades como la de que somos máquinas biológicas; otras se refieren a nuestra personalidad o imagen personal; otras se quedan en definirnos por nuestras virtudes y defectos, o están basadas en el moralismo como la de “somos buenos o malos por naturaleza”; y otras son muy amplias como la de somos como dioses o hijos de Dios, las cuales apenas alcanzamos a comprender o apenas las aceptamos por la reducción del mundo a una visión material mecánica generada a partir de la interpretación hecha de los principios epistemológicos desarrollados por Descartes y Newton para conocer el mundo físico. La visión que tenían Descartes y Newton del Universo y del Hombre era muy distinta a la que se nos ha hecho creer, era una visión profundamente espiritual, pero, entre otras razones, para quitar el peso despótico de la Iglesia Católica Apostólica y Romana sobre la sociedad, la visión del Ser Humano quedó reducida a una materia despojada de su carácter sagrado, una materia que en el tiempo sólo tenía el valor de su fuerza de trabajo y posteriormente el de mercancía, y que en términos de poder debía ser considerada desde el ángulo capitalista como una máquina egoísta o como una masa indiferenciada y uniforme desde el punto de vista comunista y socialista. Según todos esos “ismos” somos mera materia cuyo principal objetivo en la vida es trabajar para producir, con lo cual a partir de ilusiones como la libertad, la igualdad, la democracia, la felicidad…, se superpuso y privilegió lo económico y lo político sobre lo humano. Además, según estas ideologías esto es así porque esa es nuestra genética, una genética que dice que somos incapaces de crear, de saber autogobernarnos, de construir nuestro futuro. Si analizamos la visión del Ser Humano desde el ángulo del paradigma cartesiano-newtoniano tendríamos que este vive en un mundo objetivo que es independiente de él. Nuestro cuerpo sería una masa o máquina integrada por piezas independientes, separadas entre sí por el tiempo y el espacio. Nuestra mente y nuestro cuerpo también se hallarían separados y que ninguno influye sobre el otro. Desde la perspectiva cartesiana-newtoniana de la ciencia lo primario sería el cuerpo, mientras nuestra consciencia, emociones, sentimientos, imaginación…

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serían algo secundario. No existe tal cosa como los estados de consciencia o la intuición. Nuestro cerebro es simplemente una computadora, una máquina que contiene una red de cables muy extenso y complejo, la cual debido a sus reacciones bioquímicas nos permite pensar y estar despiertos. La visión de la ciencia moderna de los seres humanos en sociedad es algo como la de un agregado de identidades independientes y autosuficientes organizadas alrededor de grupos, cuyas relaciones son objetivas, locales y momentáneas. Somos considerados como entidades aisladas que formamos agregados o masas que tenemos la función de mantener la supervivencia de la sociedad a través del trabajo especializado. De allí que los conocimientos que debemos tener no necesitan ser mayores que el de aquel necesario para laborar y producir. Las relaciones de poder piramidal y de dominación son consideradas como algo natural, pues al igual que ocurre en la naturaleza, sólo los más fuertes e inteligentes son los únicos capaces de mantener viva la sociedad. No hace falta que indaguemos más allá de la información que nos proporcionan los sentidos, pues supuestamente nuestra percepción es automática y nos brinda una información fiel y verás. En este sentido, no hace falta pensar, reflexionar. El sacrificio y el sufrimiento son necesarios para la posibilidad de que nuestra especie sobreviva. Y en este mundo las enfermedades psicológicas y físicas son inevitables, estas son algo que le pasa a la gente porque o llegaron a este mundo como una máquina con piezas defectuosas o porque eventualmente estas se dañan. Las enfermedades y el envejecimiento son inevitables. Producto del desgaste o de la insuficiencia de alguna sustancia. Las conductas perturbadoras y los pensamientos que no van de acuerdo con las apariencias sociales son producto de errores en la programación del cerebro. La terapia o sanasión consiste en regular el metabolismo, curar algún órgano, amputar o reprogramar al individuo. En contraste a la visión mecanicista del paradigma cartesiano-newtoniano, la perspectiva del paradigma cuántico/relativista considera que el Universo es una totalidad indivisible en la que todo está íntimamente vinculado de manera inmediata y no local. En este sentido, bien sea que a esa Totalidad la llamemos Dios, Atman, Universo, el Uno, Inteligencia o cualquier otra palabra para nombrarla, somos hijos de y en Dios, de y en el Atman, de y en el Universo… No estamos, pues, separados de “Dios”. No nos hizo independientes, separados de Él. Somos su misma esencia, moramos en su esencia, evolucionamos en su esencia, por lo que, en este sentido, como decía San Pablo, “somos como dioses”. A lo anterior hay que señalar que todo elemento que integra el Universo, cualquiera sea su naturaleza, contiene como un holograma al resto del Universo, esto significa que el Ser Humano contiene en sí mismo todo el Universo y comparte su naturaleza y características. Como todo en el Universo los Seres Humanos somos al mismo tiempo onda y partícula, materia y energía, y como todo elemento del Universo vibramos y

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formamos campos magnéticos. Somos una manifestación materia/energía que posee una cierta densidad temporal, una cierta forma de organización compleja. De allí que, como mencioné en un capítulo anterior “podemos “imaginar” que nuestro cuerpo físico es el aspecto más denso de nuestro ser, y que nuestros pensamientos y estados de consciencia se corresponden a nuestro aspecto más sutil y, por ende, que ambas manifestaciones no son diferentes o antagónicas, sino la manifestación simultánea y complementaria de una misma cosa en diversos grados. Siendo así, es posible superar la dicotomía alma-cuerpo, o si se prefiere, mente-cuerpo, pues materia y energía, partícula y onda, son dos manifestaciones de lo mismo”. Nuestra consciencia y nuestro pensamiento son una energía caracterizada por vibraciones sutiles capaces de influir sobre nuestro cuerpo, sobre el micromundo y sobre el macromundo. A tal extremo es esto cierto que modelamos la forma de nuestro cuerpo con el tipo de imagen que hacemos de nosotros mismos, que creamos nuestras propias enfermedades o que generamos estrategias para mantenernos sanos. En nuestra mente y en nuestro cuerpo están todos los elementos necesarios para sanarnos en caso de enfermarnos o de mantenernos sanos. Cobran así sentido las palabras del Buda: “Sois lo que pensais”; o de Epitecto quien decía que: No son las cosas en sí las que nos afectan, sino el modo que las pensamos… y manejamos”. Parafraseando a Deepak Chopra (1994), según creamos la experiencia de nuestro mundo, según percibimos lo que es nuestro cuerpo, así creamos nuestro cuerpo y, por ende, nuestra salud o enfermedad física o psicológica. En el paradigma cuántico/relativista, mente y cuerpo no están separados son una unidad, de modo que nuestros pensamientos afectan a nuestro cuerpo. Haga usted mismo la prueba, compórtese como si estuviera deprimido, actúe como si fuera un deprimido y piense que nada en la vida vale la pena. ¿No es cierto que al rato se siente realmente deprimido? Las investigaciones científicas más recientes han podido corroborar que según sean las ideas que albergamos en nuestra mente, el hipotálamo comienza a segregar ciertas sustancias que van a todas las células del cuerpo y de este modo todo el organismo comienza a funcionar acorde con ese estado emocional. Una vez que ello ocurre, entonces, el organismo retroalimenta al cerebro y le envía información diciéndole, por ejemplo: “Estoy deprimido, no tengo ánimo, no tengo voluntad, quisiera morirme…”; con lo cual el cerebro confirma la idea de estar deprimido y, a través del hipotálamo sigue enviando información de “depresión”, integrando así un circuito depresivo, que sólo puede ser detenido modificando nuestro pensamiento, o bien, introduciendo químicos que envíen información distinta, cambiando de este modo el estado anímico. Basta y sobra actuar como sí, para que nos comportemos de esa manera y no sólo eso, sino que también adoptemos el correspondiente estado anímico. Es así como nos comportamos como víctimas, como pobrecitos, dando lástima, como una persona exitosa, capaz creativa…; como una persona atractiva o como una persona repulsiva…

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Todos hemos vivido la experiencia de decir no soy bueno para tal asignatura y con sólo esa idea, cuando leemos un libro que trata de esa asignatura, su contenido nos parece de difícil comprensión, nos cuesta trabajo concentrarnos, nos cansamos y fastidiamos rápido… El resultado es que no vemos el grado de dificultad en su justa dimensión y nos aplazan, de modo que “comprobamos” que no somos buenos para esa asignatura. No olvidemos las referencias al efecto placebo, según el cual se le da a un paciente una pastilla inocua y se le dice que con ella va a sanar y efectivamente le ocurre. Mientras más cultivamos una idea y somos firmes creyentes de ella, más nos sentimos, percibimos, pensamos y actuamos según sus dictados. Tan fuerte es esta acción que ha habido personas convencidas de que a X edad morirán de un infarto que, efectivamente, lo logran. Conocí a una señora que se negaba a que su hija se casara con cierto joven y repetía que el día que ella se casara con él moriría, y lo logró, mientras oficiaban la boda la señora murió de un infarto. Si pensamos en lo anterior, eso quiere decir que no estamos destinados, que nuestro presente y futuro no dependen de la suerte, sino de nuestra manera actual de pensar y de lo que sembramos: “Sembrad vientos y recogeréis tempestades”. Si siembra negatividad y mediocridad su mundo será oscuro y mediocre. Todo depende de usted. Acorde con los hallazgos obtenidos a partir de las investigaciones psicológicas basadas en el paradigma cuántico/relativista nuestros sentidos no nos brindan una información automática y directa de la realidad. Nuestra percepción es aprendida. Pero no sólo lo es nuestra manera de percibir, sino también lo son nuestros pensamientos, razonamientos, sentimientos, actuaciones, la personalidad que construimos, la manera de sentirnos, la sociedad en que vivimos… En el mismo sentido, en el ámbito de la psicología social la visión cartesiananewtoniana de hombres islas, independientes los unos de los otros cambia por la de que no sólo somos interdependientes, sino que estamos conectados a lo que Jung llamó inconsciente colectivo o, en otras palabras, un estado de consciencia al cual todos nos hallamos unidos y que nos otro que nuestra conexión a la Inteligencia Universal, o inteligencia de Dios, o del Atmán, o del Buda…, si así desea llamarla. Es nuestra conexión a la Sabiduría y a la Memoria del Universo. Recuerde que en cada partícula/onda o materia/energía está contenida toda la información y la memoria de cuanto ha ocurrido y ocurre en el Universo. Más aún, al estar vinculadas entre sí, no importa la distancia, todas las materia/energía del Universo, lo cual significa una interconexión entre todos nosotros. El canal que nos permite darnos cuenta de esa interconexión es el de las emociones. Si no nos hemos condicionado a no sentir y estamos atentos, podemos tomar consciencia de las emociones que despiertan en nosotros las personas que pasan a nuestro lado cuando caminamos por la calle… Así mismo, podemos sentir cierto grado de cercanía o de distancia, de confianza o desconfianza… que despiertan en nosotros los demás sólo con acercarnos a ellas o darle la mano. Es frecuente que en las parejas muy cercanas le ocurra

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algo a uno de los dos y la otra sienta lo que le ocurre a la otra a pesar de la distancia que las pueda separar. En el paradigma cuántico/relativista la subjetividad, las emociones, la intuición, la inteligencia… pasan a un primer plano. De hecho, se plantea que antes de que desarrolláramos la razón y el lenguaje estábamos “sumergidos” como uno solo en el Universo y que el medio de comunicarnos con él era a través de las emociones. ¿Y por qué no habría de ser así? Un feto, un neonato, se comunica con su madre a través de las emociones. Es frecuente el fenómeno de la madre que se encuentra distante de su bebé y sienta si este está bien, si hay algo que le molesta, si está enfermo, en peligro… Hoy en día se habla incluso de una inteligencia emocional. Resulta interesante la relación emocional de nuestros pensamientos y lo que atraemos a nuestras vidas. Es como si nuestros pensamientos y las emociones que los acompañan fueran como imanes. En el Universo no existen los no y cuando pensamos y enfocamos nuestra mente en algo que no queremos que nos pase, es eso precisamente lo que nos ocurre, pues activamos o atraemos lo que no deseamos. Es más efectivo pensar en que quiero ser sano y enfocar mi mente en ello, que repetirme que no quiero enfermarme. Desde la perspectiva cuántico/relativista cada ser humano es único, diverso, goza de una individualidad como las hojas de un mismo árbol, lo cual es muy distinto a pensar que podemos ser seres egoístas y que cada uno se las arregle como pueda o pensar que todos somos iguales y, por ende, somos masa y actuamos según un hombre promedio, falacia que es empleada para masificar la educación, la salud…; guiar nuestras conductas según una sola ideología o religión…; vivir en la ignorancia o en el secreto, la exclusión, etc, por nuestro bien. En la naturaleza el comportamiento egoísta, o bien, la redundancia de las acciones de la masificación implican involución, decadencia, entropía negativa o muerte…, lo cual es contrario a la tendencia del Universo que es la de evolucionar hacia formas cada vez más complejas. Como hijos del Universo, nuestra tendencia natural es evolucionar en todo sentido, ampliar nuestra consciencia, adquirir sabiduría… La sociedad que ve como algo negativo la individualidad y estimula y mantiene la ignorancia y la mediocridad precisamente estimula la enfermedad, el inconformismo, el vacío interior, la insatisfacción. Estimula la exclusión y los conflictos sociales, crea los fantasmas del odio, del miedo y de los enemigos. Es como si introdujéramos el cáncer en las células del cuerpo social. La posibilidad de convivir y ser felices no radica en el tipo de quehacer que nos ocupa o nuestras posesiones, radica en el conocimiento y la consciencia de lo que somos, en comprendernos y para ello el medio más eficaz parece ser el estar conscientes de nuestros sentimientos y emociones, el saber qué estamos haciendo con ellas. Como sociedad, según las investigaciones de Alvin y Heidi Toffler (2006), la riqueza de esta no radica exclusivamente ni en los tesoros acumulados ni en la fuerza laboral de sus miembros, radica en su combinación con la amplitud de la consciencia y los conocimientos de estos. La riqueza material sin educación e

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ignorancia sólo conduce al deterioro social y ello es algo que podemos observar en las personas que enfocan su mente en hacer dinero. Efectivamente, esas personas logran hacer dinero pero son infelices, mantienen malas relaciones, viven huraños, precisamente por su desconexión emocional con todo lo que les rodea y el rechazo que despiertan en los demás por todo ello. Acorde con lo que han venido interpretando los seguidores del paradigma cuántico/relativista las crisis representan oportunidad de cambio. Nuestras crisis no serían entonces un castigo de Dios, mala suerte o haber nacido con un karma terrible. En términos de que somos seres en constante evolución, las crisis representan haber superado una etapa, el superar el estancamiento o bien, que algo en nosotros no anda bien, de modo que debemos disponernos a abrirnos a la posibilidad de que algo nuevo ocurra en nosotros. Si no nos disponemos a cambiar, toda esa energía que empleamos en negar, culpar a los demás, quejarnos… y que podíamos haber utilizado para crear y hacer cambios en nuestra vida se vuelve contra nosotros, queda represada y se manifiesta como irritación, disconfort, estrés, vacío interior, insatisfacción, neurosis que ataca el cuerpo a manera de enfermedad. Cuando hablamos de las crisis sociales, por ejemplo, de la nuestra, en la que consideramos que hay una crisis de valores, de la verdad, de amor, política, económica, religiosa, de seguridad social…; hablamos de que intentamos mantener un cierto orden social enfermo, putrefacto como el agua estancada y que genera y mantiene la viveza criolla, la burocracia, la corrupción, el estado visto como beneficencia pública, la creencia de que nuestros líderes sociales son un Mesías y debemos esperar que él nos salve. Nuestras instituciones y gobernantes no hacen sino reproducir un esquema patriarcal o machista. A pesar de todas las posibilidades que tenemos de desarrollar nuestro propio sistema económico y político intentamos hacer funcionar a como dé lugar “ismos” como el capitalismo, el neoliberalismo, el comunismo o el socialismo que una y mil veces han demostrado ser un fracaso, fuente de pobreza material e intelectual, fuente de enfermedad mental, desesperanza, de sin sentido de la vida. Al enfrentar una crisis individual o social como la que venimos viviendo en Venezuela, la manera de enfrentarla no puede seguir siendo “la culpa es de” o aferrarnos a la ilusión de que todo tiempo pasado fue mejor. En su lugar debemos preguntarnos: “¿Qué está tratando de surgir, de nacer, a través de esta crisis social e individual que estamos viviendo todos?”. Las crisis en sí mismas no son causantes de sufrimiento, de dolor o enfermedad, todo ello aparece como algo secundario cuando nos alejamos de nosotros mismos, cuando no queremos darnos cuenta de nuestra participación en el problema, cuando nos aferramos al pasado, vemos el presente y lo interpretamos en función de este y vivimos como eternas víctimas o pobrecitos. El hombre es un ser biológico

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Si nos observamos, observamos a quienes nos rodean y nos comparamos con los demás seres vivos, fácilmente podemos apreciar dos cosas, la primera es que somos seres biológicos y, la segunda, es que somos capaces de percatarnos de cuanto nos rodea y de nosotros mismos. Como ser biológico, el Hombre puede ser considerado producto de la evolución filogenética y ontogenética. Desde una perspectiva evolucionista amplia, y en términos de que en el tiempo aparecieron especies cuya organización expresa una complejidad creciente con relación a sus antecesoras, es factible pensar que el Hombre es producto de la evolución filogenética. En ella, los biólogos ubican al Ser Humano como el último eslabón de una larga sucesión y variaciones en el tiempo de las formas animales. El Hombre ha sido considerado producto de la evolución ontogenética porque biológicamente, a partir de una célula huevo, al igual que cualquier otro organismo, atraviesa un conjunto de estados sucesivos de crecimiento y diferenciación que conllevan a la formación de un individuo adulto completo que está organizado y funciona como una unidad; porque psicológicamente se observa en sus procesos psíquicos una complejidad creciente en el tiempo; y porque culturalmente se observa un creciente aumento de la complejidad de su sistema de conocimientos y relaciones a lo largo de las historias de los individuos de las distintas culturas. Hasta donde nos permiten estimar nuestros sentidos, en las formas animales menos complejas se puede apreciar un cierto darse cuenta, una cierta conciencia de lo que está afuera del individuo, así como formas incipientes de actividad psíquica: irritabilidad, sensibilidad, memoria, reconocimiento, discriminación y hábitos. Luego, según se asciende en la escala filogenética y la organización de la materia viva es más compleja, se puede observar en los individuos de las nuevas especies un incremento global en el número de sus células; el surgimiento de nuevas clases de células, algunas de las cuales se especializan en ciertos tipos de funciones; el surgimiento de nuevos agrupamientos de células, que reflejan nuevas formas de organización, de las cuales emergen nuevas propiedades o cualidades conductuales; nuevas disposiciones, conexiones, relaciones e interdependencias entre todas las agrupaciones de células; y la existencia de distintas jerarquías de organización. Entre las clases de células también se aprecia que unas se dedican en esencia a la vida de mantenimiento y reparación del organismo, y que otras se dedican a la vida de relación, esto es, a lo cognoscitivo, sin que ninguno de los dos grupos se dedique exclusivamente a un sólo tipo de actividad y manteniendo una estrecha interrelación. Se piensa que con la creciente complejidad de los organismos, así como del número de células que se fueron agrupando y organizando en núcleos nerviosos cada vez más especializados en aspectos específicos de la conducta, independientes de la actividad vegetativa y de mantenimiento del organismo, la capacidad de la conciencia de dichos animales se vio incrementada; que al mismo tiempo fueron apareciendo nuevas actividades psíquicas como la orientación y el pensamiento; que todas ellas se fueron perfeccionando y refinando hasta llegar al Hombre, en el cual -hablo de un Hombre que ha

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desarrollado completamente sus potencialidades- se puede apreciar una mayor capacidad de conciencia externa y de autoconciencia, así como una capacidad para pensar y comunicarse, tanto con imágenes como con signos, símbolos y metáforas (Del Grosso, 1988). El Hombre es un sistema En concordancia con lo anterior y desde un punto de vista holístico, el Hombre, como ser vivo, no es un conglomerado de células y órganos dispuestos de cualquier manera, sino que está organizado, es decir, que posee una estructura específica, y sus elementos, estados, reacciones y eventos están integrados, conectados y relacionados de formas específicas. Estas relaciones estables en el tiempo, vinculan, unen, reúnen, producen, mantienen, transforman (Morin, 1989). En la organización global del Hombre se aprecia la existencia de lo que podríamos llamar diversos niveles de organización jerárquica de la materia, es decir, de niveles de organización que pertenecen a uno mayor, el cual, a su vez, es miembro de uno más amplio. El Hombre es pues “una jerarquía integrada de subtotalidades semiautónomas que están constituidas por otras subtotalidades, las cuales, a su vez, están formadas por otras subtotalidades de orden inferior, prosiguiéndose así el proceso de subdivisión e integración hasta los últimos límites inferiores” (Koestler, cit. por Guglieri, 1977, p. 31). El Hombre, al igual que todo ser viviente, no se mantiene hermético, aislado del medio ambiente como si fuera un sistema cerrado, es decir, que no intercambia materia, energía e información con el ambiente. Por el contrario, es un sistema abierto que intercambia materia, energía e información con el medio ambiente. Intercambio, mediante el cual, el Hombre y el ambiente se afectan recíprocamente. El Hombre es simultáneamente una unidad y un polisistema complejo que forma parte de un sistema social en el ámbito de un ecosistema, el cual, a su vez, forma parte del planeta, del sistema solar y del Universo, de la Totalidad, del Tao, de Dios... Por ende, como sistema abierto, es decir, como una de las tantas caras de un diamante, el Hombre sólo puede ser definido en función de las relaciones de las cuales es parte integral. La definición de sistema que utilizo aquí va más allá de la idea de una interrelación de elementos que constituye una entidad o unidad global. Aquí tomaré la definición de Ferdinand de Saussure (1922) la cual considera que «un sistema es una totalidad organizada, compuesta por elementos solidarios que sólo pueden ser definidos en términos de las relaciones entre ellos y en función de su disposición en esta totalidad» (En: Morin, 1989, p. 131). Como sistema global unitario, el Hombre no es sólo un ser biopsicosocial, sino que además representa un conjunto de elementos, estados, reacciones y eventos unidos mediante interrelaciones que transforman a todos estos componentes en

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un todo organizado en continua acción (se afectan, retroalimentan y regulan entre sí) con el medio ambiente físico y social. Ello asegura la solidaridad y solidez relativa de las uniones que se producen, y asegura al Ser Humano, como sistema, una cierta durabilidad, a pesar de las perturbaciones aleatorias que puedan surgir. La relación existente entre los cambios del medio ambiente y el organismo del Hombre, representan para éste significaciones —información: contenidos, conocimientos— (Wiener, 1982) que influyen y orientan su actividad psíquica y su comportamiento. Los biorreceptores captan la energía externa que actúa sobre ellos y la transforman en impulsos bioeléctricos y mensajes químicos que envían al cerebro, lugar donde la información sufre innumerables transformaciones y es ordenada según las pautas de pensamiento adquiridas. El cerebro, al recibir la información captada por los biorreceptores, genera toda una serie de actividades, que en conjunto reciben el nombre de procesos psíquicos. Actividad psíquica La psyche humana es un componente y aspecto más en relación con otros tantos componentes y elementos del Universo. Al igual que el Universo, la psyche es organizada y expresa un orden jerárquico de niveles de organización o de conjuntos dentro de conjuntos, que van desde «los más simples y rudimentarios a los más complejos e inclusivos» (Wilber, 1989, p. 14). Algunas teorías, entre ellas la de Luria, asumen que los procesos psíquicos o aspectos específicos de la actividad psicológica, surgen como sistemas funcionales basados en la diferenciación, alto grado de especialización, integración, organización y funcionalidad del cerebro (Luria, 1979). Actividad psíquica es un término descriptivo que se refiere al procesamiento de la información cognoscitiva por parte del sistema nervioso central durante el estado de vigilia. De manera general, está vinculada a nuestra forma habitual de conciencia ordinaria o consensual, a la cual se asocian los sentidos, el pensamiento, las emociones... Contribuye a nuestro habitual tener conciencia de nosotros mismos y de aquello que nos rodea, a elaborar información, almacenarla, tomar decisiones, programar, regular y verificar los resultados de nuestra actividad, lo cual implica, en términos generales, que el Hombre, ni actúa como una máquina ni es un ser que se halla a merced del ambiente. Conocemos indirectamente de la actividad psíquica por nuestra experiencia privada (nos damos cuenta que estamos despiertos, pensamos, sentimos, recordamos) por las verbalizaciones que hacen las personas sobre su experiencia interna y por las manifestaciones que se externalizan de ella a través de los músculos esqueléticos. Es importante tener claro que la actividad psíquica y las manifestaciones externas de ésta son dos cosas distintas. Ambas están relacionadas e, indiscutiblemente, pueden ser denominadas conductas, pero son esencialmente distintas.

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Podemos llamar sistema psíquico al conjunto de los procesos psíquicos individuales en relación, su organización interna, sus funciones y sus contenidos, ya que el mismo posee todas las características y propiedades de un sistema. Cada proceso individual: memoria, percepción, aprendizaje..., se vincula a los demás de una cierta manera, cumple funciones especializadas y maneja la información en interacción con los demás procesos. Dicha información está organizada y estructurada de forma dinámica, cambia constantemente, lo cual origina nuevas formas de organización y estructuración entre los contenidos y entre los procesos psíquicos de forma global e individual. A su vez, todos estos procesos pueden proveer a la persona de nuevas formas de actividad conciente y de nuevos procesos cognoscitivos, tal como ocurre, por ejemplo, con el dominio de la complejidad del lenguaje. Si bien, la actividad psíquica, en su conjunto, tiende a transformarse, también podemos hallar ciertas regularidades -y hasta rigideces- en sus procesos, pues dada su capacidad para automatizar sus acciones, las personas tienden a establecer hábitos, condicionamientos y patrones característicos en cuanto a su forma de percibir, aprender, memorizar, analizar, comparar, imaginar, tomar decisiones y resolver problemas. La actividad psíquica es un sistema abierto que forma una unidad con los sistemas biológico, social y físico. Unidad en la cual todos los subsistemas están articulados, se afectan e influencian recíprocamente. Tanto la transformación como la regularidad de los procesos psíquicos, se basan en mecanismos de regulación o retroalimentación, pero no son causa de éstos. Aun cuando los psicólogos suelen estudiar los procesos psíquicos como entidades separadas como si fuesen unidades autónomas e independientes, y suelen hacerlo fuera de contexto, ninguno de ellos: la atención, la percepción, la memoria, el aprendizaje...; puede ser desligado de los demás, ya que todos, sin excepción, están íntimamente vinculados y relacionados. Es imposible, por ejemplo, entender la percepción si la aislamos de procesos psíquicos como la memoria y el aprendizaje, y si la desligamos de su relación con los sistemas social, biológico y ecológico. El conjunto de la organización y estructura del cerebro por sí misma no asegura que los Seres Humanos desarrollemos nuestra actividad psíquica hasta los niveles que la conocemos. Un Ser Humano que crezca aislado de la sociedad, como ha sucedido con los llamados niños ferinos o criados por una loba, es incapaz de desarrollar el lenguaje o de construir herramientas e instrumentos complejos (Lane, 1984). Ha sido la relación de los individuos particulares, integrados en sociedades, culturas y medios ambientes particulares a lo largo del tiempo, la que ha creado las condiciones y estimulado el desarrollo de formas más complejas de la actividad psíquica como el pensamiento abstracto y el uso de metáforas. A su vez, las sociedades y sus culturas, sólo han surgido entre los grupos de individuos que poseen cierta organización biológica, la cual ha servido de substrato al surgimiento de propiedades y características de los procesos psíquicos, que estimulados en interacción con otros individuos y con el medio,

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facilitan el acceso, tanto a la organización social como al desarrollo de una cultura. Al observarnos a nosotros mismos podemos apreciar que además de ser seres biopsicosociales dotados de una psyche y de una compleja actividad psíquica, entre nuestras cualidades más resaltantes descuella la de nuestra conciencia, es decir, nuestra capacidad de percatarnos de nosotros mismos, de nuestra actuación y del mundo, lo que incrementa nuestra capacidad de aprender, imitar, enseñar y construir símbolos y otras representaciones abstractas del ambiente (Lumsden y Wilson, 1981).

Lenguaje Podemos suponer que el Hombre, en el decurso de sus relaciones organismo/psyche/sociedad/cultura/ecosistema, amplió su capacidad de simbolización y de comunicarse con otros individuos y, por ende, de intercambiar información. La capacidad de simbolización o de elaborar un lenguaje, no sólo le permitió intercambiar información sobre sus deseos, estados anímicos o la existencia de peligro, sino que además le permitió ampliar sus capacidades intelectuales, así como modificarlas a fin de usar su intelecto con mayor eficiencia —metacognición— y con ello, aumentar su capacidad de razonamiento, de tomar decisiones con mayor seguridad e influir sobre sus propios estados anímicos y su cuerpo. La capacidad de simbolización también ha permitido al Hombre transmitir sus experiencias en forma más precisa, enseñar a los más jóvenes, establecer reglas de interacción social, comunicar acerca de tiempos y espacios distintos al presente, acumular información y modificar su ambiente físico y social. Esto, a su vez, representó modificaciones en las conexiones interneuronales del cerebro y en la actividad psíquica, así como un aumento de la capacidad para elaborar información, que, por su parte, incide sobre el comportamiento social, la cultura y el ecosistema. Como he dicho, la simple estimulación del ambiente físico no es suficiente para que el Hombre alcance el grado de desarrollo psíquico que logra al estar inserto en una sociedad. Sin embargo, el hecho de pertenecer a una sociedad no garantiza que sus miembros desarrollen totalmente sus potencialidades y su conciencia, por el contrario, la sociedad puede ser empobrecedora, debido a sus propias contradicciones, sus tendencias disociadoras, sus creencias limitadoras, su manera de pensar, sus normas y valores, sus sistemas políticos, económicos, educativos y religiosos dogmáticos, y la misma distribución del espacio de sus enormes ciudades impersonales en las cuales el trabajo abrumador, el constante hacer, el verse sometido a ruidos constantes, el estrés, el cuidar la importancia personal…; suelen insensibilizar a las personas hacia sí mismas, hacia los demás y hacia su ambiente. El nivel de desarrollo psicológico que conocemos exige, además de la capacidad biológica que poseemos, la presencia de tres factores: el tener una

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conciencia, la presencia de relaciones interpersonales y la capacidad de comunicarnos a través del lenguaje verbal y no verbal, a partir de lo cual se forma la cultura. Cultura La cultura según Buxó (1984): “es el sistema de conocimiento a partir de cuyos significados el ser humano tamiza y selecciona su comprensión de la realidad en sentido amplio, así como interpreta y regula los hechos y los datos de comportamiento social” (p. 33). En este sentido, la cultura es un mapa o guía que si se usa mecánicamente se transforma en un programa cognoscitivo rígido y alienante. Es decir, se convierte en pautas automáticas y mecánicas de acción de y para la acción social que condicionan la conciencia ordinaria y potencialidad del Ser Humano desde sus más tempranas etapas de desarrollo hasta la vida social del adulto, pues tamiza la conciencia y el pensamiento, contribuye a cultivar ciertas potencialidades en detrimento de las restantes e, incluso, lleva al rechazo de algunas de ellas. Por otra parte, el sistema de conocimientos que integra la cultura surge de la relación entre las personas, del intercambio de información, de la elaboración que hagan de ésta, de su conservación, transmisión y uso, lo cual es imposible, al menos hasta donde sabemos, sin la mediación de procesos psíquicos complejos y un cierto nivel del lenguaje que permita intercambiar información con cierta precisión. Una cultura amplia y estimulante para sus miembros, facilita la elevación de sus niveles de conciencia, el desarrollo de sus habilidades cognoscitivas, la ampliación de su espectro de conductas, así como la adquisición y desarrollo de nuevos contenidos, los cuales, a su vez, pueden favorecer la formación de nuevas actividades concientes y de nuevas estructuras cognoscitivas. El ser humano es una unidad que tiende hacia una complejidad indeterminada La concepción del Universo, entendido como una unidad y como una Gran Consciencia en perpetua transformación nos permite vincular y articular muchos de los conocimientos psicológicos que hasta ahora aparecían como antagónicos y excluyentes entre sí, tal como ocurría con los conocimientos del psicoanálisis, la gestalt, la reflexología y el conductismo. Cuando se profundiza en cada una de dichas teorías, uno siempre halla aciertos, sólo que al pensarlas desde la óptica de la ciencia newtoniana se termina por creer que en verdad uno se halla frente a realidades irreconciliables. La nueva concepción del Universo no rechaza a priori ninguna de las teorías psicológicas, y más bien ve sus aportes como complementarios. Lo que sí

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rechaza es la fragmentación de los diferentes aspectos de la realidad psicológica, el determinismo de algún o algunos factores sobre el resultado final de la expresión total del individuo, el mecanicismo, el reduccionismo, la deducción del todo por las partes y las limitaciones que se imponen sobre todo a lo que se ha llamado el aspecto subjetivo del Hombre. Desde esta perspectiva, la Psicología deja de ser sinónimo de una teoría particular o campo específico de estudio de la misma: Psicología= conductismo - Psicología= psicoanálisis; y se convierte en un campo unificado del saber que admite y estudia todas y cada una de las características de la esencia de la naturaleza existencial Humana. La perspectiva holística no propone que nos veamos como una homogeneidad indiferenciada que niega la individualidad y, por ende, no niega el análisis como método. Sí admite que podamos hacer divisiones de la realidad y que éstas son útiles, pero está atenta al hecho de que las mismas son arbitrarias y no las impone como fronteras verdaderas. Igualmente, la Psicología holística llama nuestra atención sobre el hecho de que con frecuencia, literalmente separamos las cosas y las vemos como si fueran independientes y totalizadoras de nuestras acciones. Así, cuando se habla de la personalidad o del inconsciente, usualmente se relega su relación con el cuerpo y, si se le recuerda, se le recuerda como si fuera una máquina cuya actividad depende de programas, de estímulos y reacciones electroquímicas muy potentes. La visión holística del Universo aprecia dentro de la unidad, la complejidad, las relaciones, las diferencias entre relaciones, la diversidad, diversos tipos de causalidad, de orden y desorden, la relatividad, el devenir, el perpetuo movimiento de todo, la diversidad de regularidades, los casos únicos... La vida del Hombre, por una parte, es un continuo devenir, experimentar, vivenciar; un constante cambiar de estados de conciencia, de relaciones consigo mismo, con los demás y su ambiente físico; se modifica e influye, modifica e influye, y es modificado e influido; y, por otra, su cuerpo crece y se desenvuelve como una totalidad, crece hacia formas más complejas de organización, de las cuales emergen nuevas cualidades que se articulan con las anteriores, tal como ocurre con el sistema nervioso, mientras los procesos cognitivos evolucionan a la par hacia formas más complejas. El Ser Humano, al ser/siendo un sistema abierto que intercambia materia, energía e información con su ambiente, evoluciona de una manera bastante indeterminada y abierta dentro de ciertos parámetros. Un niño puede adquirir, primero, ciertas habilidades que otras, no querer adquirir algunas temporalmente para adquirirlas después, adquirir ciertas habilidades de diferentes maneras... Podemos afirmar que el Hombre es un polisistema. Como unidad es autónomo y se autoorganiza, pero también se relaciona y es interdependiente y pertenece a una cultura y al Universo. Igualmente, el Hombre, en unión al Universo, se transforma, cambia constantemente, lo admita, reconozca o no. Así mismo, su conciencia y su desarrollo psicológico es un reflejo microcósmico de la creciente complejidad y creatividad global del Universo. Como Éste, tiene la tendencia a desplegarse hacia la formación de unidades e

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integraciones de orden superior. Se observa, además, que su desarrollo psicológico avanza, se transforma, capa por capa, nivel por nivel, etapa por etapa, etapas que siempre tienden a trascender las anteriores (Wilber, 1989; Wilber, 1998). Individualidad del Ser Humano A partir de la física newtoniana y en virtud del cálculo matemático, nos hemos habituado a reducir la naturaleza irregular y compleja, a elementos simples, independientes, autónomos, y a explicar y percibir sus transformaciones en términos de un progreso gradual, lineal, ordenado, acumulativo y continuo según el cual, todos los miembros pertenecientes a una misma clase de objetos son semejantes: “todos los Seres Humanos actúan según las mismas leyes conductuales”, cuando en realidad, la complejidad -o juego infinito entre las unidades/sistemas, el número infinito de sus relaciones, junto a su diversidad y variedad- y la capacidad de autoorganización o autoadaptción, representan y destacan la individualidad de ser/siendo y actuar. Lo anterior nos lleva a la idea de que todo sistema es único y, por ende, que cada Ser Humano, si bien pertenece a la clase Hombre, es un sistema original, único, irrepetible, con características o cualidades que le son particulares. Cada Ser Humano, como ha sugerido Alport (1975) es «una individualidad, una organización interiormente coherente y única de procesos mentales y corporales» (p. 25). Ahora bien, aunque cada Ser Humano es una unidad, un todo, que goza de autonomía, ni es independiente respecto al Todo que integra la unidad del Universo, ni puede ser comprendido fuera del interjuego de infinitas relaciones con el resto de los elementos que componen al Universo. Esto supone que el Hombre no es un simple ser reactivo, y que puede manifestarse e involucrarse con el Universo a través de una gran variedad de relaciones, es decir, que cada Ser Humano es al mismo tiempo autónomo, ligado e interdependiente al conjunto de una sociedad, su cultura y ecosistema en el que se desenvuelve. La individualidad y autonomía de cada Ser Humano no se expresa en términos de islas, sino de relaciones; no de azar, desintegración e independencia absoluta, sino más bien de orden/desorden; lo cual confiere flexibilidad al sistema, y de organización y autoorganización, en jerarquías cada vez más complejas, lo cual se expresa socialmente en términos de patrones transindividuales, particularmente, de papeles (roles) y clases a los que pertenece cada individualidad. Todas las actividades y procesos mencionados acentúan la individualidad de cada Ser Humano, proporcionándole al sistema social variedad, diversidad, riqueza. Individuo y sociedad se regulan entre sí. Colectiva e individualmente, el Hombre, mediante sus relaciones y la definición de ellas, se proporciona socialmente una organización relativamente definida y estable a través de las clases, los roles, expectativas y reglas formales e informales. Los individuos

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regulan y hacen la sociedad y, al mismo tiempo, la sociedad regula, pero no determina totalmente el comportamiento individual. La relación individuo/sociedad es al mismo tiempo complementaria y antagónica, así como de cooperación/solidaridad: «sociedad e individualidad no son dos realidades separadas que se ajustan la una a la otra, sino que son un sistema en que ambas se conforman y parasitan mutuamente de forma contradictoria y complementaria» (Morin, 1992, p 44). El comportamiento humano es caótico En el lenguaje común y de la ciencia oficial basada en el paradigma cartesiano-newtoniano, se entiende por organizado algo que está ordenado en forma sistemática, definitiva e ideal. Pero en la naturaleza no hay un orden único, hay órdenes dentro de órdenes, que interactúan entre sí. En un cristal, que es algo extremadamente simple, el orden se caracteriza en virtud de la regularidad de sus retículos, mientras que un organismo vivo lo hace en virtud de su complejidad, es decir, en virtud de que sus diversos elementos cooperan para mantener su unidad y cumplir una función unitaria coherente. Aunque existe la tendencia de caracterizar al Hombre como un ser cuya existencia es ordenada, cuya conducta presenta regularidades estables que se alteran casi exclusivamente bajo los efectos de estados patológicos, en realidad es al contrario, pues el Hombre es un sistema que se mantiene lejos del equilibrio y, por ende, mantiene entre ciertos límites un cierto estado de desorden. Nuestro organismo no funciona de manera regular y en condiciones de equilibrio. De ser así, no sería capaz de adaptarse a las circunstancias cambiantes. Las investigaciones médicas nos ha permitido llegar a la conclusión de que la mayoría de los parámetros fisiológicos funcionan dentro de cierto desequilibrio, y que cierta clase de regularidad más bien implica estados patológicos (Casati, 1991). “Es cada vez más obvio que los sistemas dinámicos en general poseen regímenes cuyo comportamiento es caótico. De hecho, parece que un comportamiento «ordinario», es decir, no caótico, constituya más que cualquier otra cosa, una excepción: casi todos los sistemas dinámicos están sujetos al caos” (Davies, 1989, p. 73). De manera similar, la regularidad y equilibrio del comportamiento humano puede indicar tendencia a la rigidez, esto es, un empobrecimiento caracterizado por la repetición ritual de sus acciones, lo cual le genera cantidad de problemas y angustia, debido a la naturaleza cambiante de la sociedad y de su entorno y a la dificultad para estar en sintonía con ella y con su ritmo. Una parte importante de nuestro comportamiento, el vinculado a la vida de mantenimiento y reparación, es distante del equilibrio y no depende en general de nuestra volición, mientras otra parte, la de la vida de relación o volitiva y de

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conciencia ordinaria, no suele manifestarse según la creencia general de manera lógica, no al menos de la lógica racional, pues sin que podamos predecirlo, todos pasamos de un pensamiento, de un estado de conciencia, de un estado emocional y de una actividad a otra en forma constante, sin que generalmente lleguemos a darnos cuenta de ello, es decir, sin que intervenga nuestra voluntad. En las conversaciones ocurre lo mismo. Las personas suelen pasar de un tema a otro sin advertirlo, suelen hablar de manera implícita, suelen utilizar muchos sobreentendidos, frecuentemente hablan empleando generalizaciones, de manera impersonal y sin asumir la responsabilidad de lo que dicen. Esto último es muy interesante, pues en los libros de psiquiatría se suele calificar de psicosis a esta forma de comunicarse. Más interesante aún es que los políticos se caracterizan por hablar de esa manera y ocupan puestos de dirigencia a través de los cuales deciden los destinos de una sociedad. Con cierta regularidad funcionamos a la deriva en un continuo diálogo interno, es decir, sólo en el transcurso de unos minutos fantaseamos sobre lo que vamos a hacer; sobre lo que hicimos; lo disgustados que estamos con alguien; tenemos la sensación de hambre y entonces dejamos lo que estamos haciendo, pensamos cómo satisfacernos y vamos a comer o nos debatimos entre comer ahora o más tarde. Sentimos placer en un momento y de pronto centramos la atención en un dolor de cabeza o en la música que escuchamos a lo lejos. En Oriente, a esta actividad de la mente se la ha llamado con razón la Mente del Mono. Como se deduce, la característica de esta mente es que no somos nosotros quienes pensamos, sino “los pensamientos los que nos piensan”. Proporcione a su mente un grupo de palabras y sin darse cuenta pronto comenzará a pensar en torno a alguna de ellas a pesar de que no se lo haya propuesto. A este tipo de actividad mental siguen con frecuencia lo que los orientales han llamado la Mente del Perezoso y la Mente de la Vaca. Al paso irrefrenable de un pensamiento, sensación, emoción y estado de conciencia a otro, sigue con frecuencia un estado de lentitud, ansiedad y depresión, la Mente del Perezoso. Aunque a veces no reconozcamos esos estados, solemos aislarnos, dormir durante más tiempo y evitamos todo tipo de actividad. Me refiero a esos momentos en que solemos decir: “me siento tan débil o con tanta flojera, que pido permiso a un pie para mover el otro”. En otras oportunidades predomina la Mente de la Vaca. Son ocasiones en las cuales no deseamos ser molestados, sólo deseamos rumiar: “déjenme en mi mundo, no me molesten”. Damos vueltas a ciertas ideas, las masticamos una y otra vez y, entre tanto, ni damos ni recibimos, simplemente seguimos la dirección del impulso inicial por inercia. En este sentido nos levantamos porque hay que levantarse, comemos porque no tenemos más alternativa, vamos a la escuela o al trabajo porque si no nos metemos en problemas o nos echan. Frente a un interlocutor o al televisor, sencillamente dejamos que nos penetren los estímulos. Estos períodos se alternan con otros durante los cuales poseemos una mayor amplitud de conciencia, de ser, de recordar que somos nosotros quienes percibimos, sentimos, pensamos y actuamos, y entonces vivimos. Son momentos durante los cuales adquirimos nuevas experiencias y podemos

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expresar nuevas formas de comportamiento. Son momentos durante los cuales, igualmente, se manifiesta nuestra capacidad de autotransformación y autotrascendencia. Personalidad Como explica Eric Fromm (1991) la mayoría de nosotros tiene mayor conocimiento sobre el modo de tener, que de ser. Con frecuencia decimos que somos un nombre y un apellido, un hombre o una mujer, una edad, un cargo, que reflejan más un tener, que el ser. Nuestros nombres y apellidos pueden ser los que usted desee, lo mismo que nuestro sexo, edad, profesión..., y ello nunca va a cambiar nuestra verdadera esencia, no va a impedir nuestro devenir o continua transformación, lo que somos/siendo, lo que hemos venido haciendo con nosotros mismos. Aunque el nombre, el apellido, el sexo, la edad, el estatus social, etc, no son sino abstracciones, es muy frecuente que las personas se identifiquen con ellas y crean que sí son real y auténticamente Pedro, José, María, Luisa..., que sí son, antes que Seres Humanos, profesores, psicólogos, políticos, madres... El tener, como expresa Fromm, se refiere a las cosas, a la acción dirigida hacia una meta, mientras que el ser se refiere a la experiencia de vivir plenamente el presente, y ella, en principio es indescriptible. Cuando hablamos de personalidad no estamos hablando de nuestro Ser, de lo que “somos/siendo”, hablamos de una elaboración mental que de manera inconsciente hemos convertido en algo real que “poseemos” y nunca ponemos en tela de juicio. La personalidad suele ser referida al conjunto de rasgos, actitudes, motivaciones, creencias y patrones de respuesta habituales y persistentes que caracterizan a un individuo, y lo distingue del resto de los individuos. Remite ficticiamente a la idea de que la personalidad es la esencia de los Seres Humanos (Tart, 1990). Cuando decimos que poseemos una personalidad fuerte, estamos confundiendo nuestra esencia con la tendencia más o menos permanente que hemos desarrollado a ser agresivos y vivir a la defensiva. Alport (1975) nos refiere que la palabra personalidad está relacionada con personalitas, término usado en el latín medieval, en tanto, que la palabra persona se usaba en el latín clásico. Según concuerdan los estudiosos, el significado de la palabra persona era el de la máscara usada por los actores. La máscara capacitaba a los actores griegos para desempeñar un papel específico en una obra de teatro (Hall y Nordby, 1975). En un sentido amplio y actualizado, la personalidad, máscara, personaje, nos capacita para representar en la vida cotidiana una cantidad y variedad de personajes, los cuales nos ayudan a fluir en la vida social, siempre y cuando los asumamos sin perder de vista nuestra auténtica manera de ser y no inhiban nuestras capacidades; y siempre y cuando no nos identifiquemos con éstos y terminemos por creer que somos ellos mismos.

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Mientras crecemos, vamos creando una máscara, es decir, una cara artificial que nos colocamos sobre el rostro y que es un medio para presentar de forma socialmente favorable y aceptable nuestro Ser/Siendo o Self. Mediante ella esperamos obtener aprobación y aceptación, ya que de alguna manera nos presenta como individualidades “normales”. Sin embargo, durante este proceso de creación del personaje y su papel, terminamos muchas veces identificándonos con él, ya que a éste le damos más importancia que a aquello que en verdad somos/siendo. Nos preocupa y nos involucramos demasiado con él. Olvidamos que representamos un papel y nos convencemos de que somos ante todo o un psicólogo, o un científico, o un profesor, o un padre de familia... y al actuar y recrear continuamente el papel, el personaje creado y su guión, generalmente de forma rígida, nos alienamos. La máscara, además, puede representar una manera de ocultar nuestras emociones y sentimientos hacia los demás y hacia nosotros mismos. Aquello que inicialmente nos era de utilidad, la personalidad, pues nos ayudaba a relacionarnos y a sobrevivir en el mundo social, terminó por apoderarse de nosotros y causarnos mucho dolor y sufrimiento. Ya no somos más un individuo que asume un papel, crea libremente un personaje y su guión, sino la marioneta de un personaje que se apoderó de nosotros. Se trata de un algo que nos genera tensión y conflicto entre un personaje superdesarrollado y nuestra verdadera esencia que se ve así debilitada, pues debemos dedicar tiempo y energía para mantener y defender la imagen creada. En este sentido se puede decir, por una parte, que la personalidad, la máscara, el personaje, su papel y su guión, pueden ser tan perjudiciales como benéficos y, por otra, podemos afirmar que se trata de algo objetivo que realmente existe como construcción intelectual que es manejada como algo concreto, que es influida por el medio externo, y la cual, a su vez, influye sobre él. ¿Cómo suelen formar su identidad la mayoría de las personas? A pesar de lo que pueda decir la ciencia moderna, su influencia social y sus pretensiones de igualarnos, homogenizarnos y uniformarnos a todos en cuanto a nuestra conducta y en cuanto a lo que somos, no existe realmente entre nosotros Seres Humanos tal igualdad, homogeneidad o uniformidad, ni en cuanto a nuestro comportamiento ni en cuanto a lo que cada uno de nosotros es, ya que cada uno de nosotros es único. Podemos aceptar ciertas semejanzas generales entre todos, como el que somos seres vivos concientes, sociales, que sentimos, pensamos, aprendemos...; y podemos aceptar una cierta semejanza social en nuestra manera de percibir, pensar y actuar debido al lenguaje, a la cultura y a la educación, pero ello no significa que seamos máquinas creadas en serie. Incluso, en la naturaleza no es posible hallar dos plantas o dos animales iguales. Ni en un bosque de una misma clase de árboles es posible encontrar dos hojas idénticas (Davies, 1989). Cuando abordamos el nivel del cómo se define y considera que es cada uno, las diferencias entre todos se acentúan aún más, pues cada uno de nosotros

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elabora imágenes de sí mismo a partir de sus propias experiencias, el lenguaje, la manera como nos tratan los demás, las comparaciones que hacemos con otras personas, las creencias, manera de razonar..., de modo cada uno se crea no sólo a sí mismo, sino también a su mundo (Bandler y Grinder, 1980; Watzlawick, 1993; O’Cconor y Seymour, 1994). Hay quien considera que él o ella es su alma y que su cuerpo es sólo un vehículo; hay quien se considera un ser material, que es un ser orgánico carente de alma; hay quien piensa que es su mente, y combina ideas como las anteriores con muchas otras, lo cual genera formas muy particulares de comportarse en cada uno de nosotros en todos los niveles. Nuestras creencias sobre quiénes somos conforma la auténtica realidad para cada uno de nosotros, sin importar qué tan próximos o alejados estemos de lo que somos en sí, pues nuestro cerebro siempre procesa como verdadero todo lo que nosotros creamos acerca de las cosas y, por ende, sobre nosotros mismos; y ello incluso a pesar de que somos seres que cambiamos constantemente, y a pesar de cuanto nos pueda reflejar el espejo del mundo. Cuando alguien nos pregunta ¿quién eres? o nosotros mismos nos interrogamos serenamente ¿quién soy? normalmente expresamos cosas como: soy un hombre o una mujer; soy alto, moreno, rubio, inteligente, quisquilloso, detallista, generoso, a través de todo lo cual tratamos de establecer límites y diferencias entre lo que “somos ” y lo que “no somos”, es decir, entre el “yo” y el “no yo”, lo cual, a su vez, solemos poner en imágenes y palabras ayudados por nuestra conciencia y sistema nervioso. El resultado es siempre un conocimiento, un mapa o representación que refleja con cierta fidelidad, tanto algunos aspectos de nuestra interioridad como de nuestros límites entre lo que denominamos Yo y no Yo, límites que solemos ubicar en las fronteras de nuestra piel. Dicho de otra manera, yo soy todo lo que está desde la superficie de mi piel hacia adentro, un hacia adentro que implica nuestro organismo como el adentro de nuestra psyche. Mientras pasamos todo el día ocupados y estamos convencidos de tener control sobre nuestras vidas y las cosas, generalmente no nos detenemos a pensar quiénes somos y, a veces, ni siquiera nos acordamos de existir, sino que actuamos siguiendo rutinas, patrones de conducta, hábitos, esquemas, condicionamientos, programas de pensamiento... Sólo de tanto en tanto, debido a la influencia de las circunstancias, nuestro estado de ánimo, recuerdos, condiciones del organismo, pensamientos..., nos detenemos a reflexionar y a definirnos en algún sentido. Si en conjunto nos sentimos bien, puede que nos definamos como seres felices, alegres, generosos, amigables, creativos, eficientes, pero si, por ejemplo, un día, nuestra pareja nos anuncia que ha decidido marcharse, entonces, lo más probable es que nos echemos la culpa, pensemos que en nuestro interior algo anda mal y que debemos cambiar. En este sentido, podemos decir que la configuración o imagen que hacemos de nosotros mismos, de lo que llamamos Yo, suele ser temporal y relativa. Una cosa interesante de esto, es que a pesar de lo transitorio, relativo, positivo o negativo de nuestra percepción, ella nos da cierta sensación de seguridad psicológica, una aparente estabilidad de aquello que creemos ser, a menos ¡claro! que surjan circunstancias que “rompan” nuestra imagen, y de pronto se

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desdibuje el mapa con sus fronteras de lo que creíamos que éramos, y de pronto, desconcertados, no sepamos ni cómo ni dónde volver a trazar los límites, ni cómo ni dónde dibujar nuestros atributos, situación que en sí genera una crisis de identidad. La sensación que tenemos en esos momentos, es la de habernos quedado sin piso, sin asidero, la de ser algo mucho más pequeños de lo que nos imaginábamos, y la de experimentar cuán equivocados estábamos en cuanto a lo que creíamos ser, hasta que una vez “dominada” la angustia, reconstruimos una nueva imagen de nosotros mismos y volvemos a la “normalidad”. De manera general, en nuestro tránsito hacia el estado de adultos podemos decir que al inicio de nuestras vidas carecemos de una conciencia de nosotros mismos en términos de la razón. Entre nosotros y el Universo no existe mentalmente una separación, y nuestra relación con Él es una relación íntima. Notamos, caemos en cuenta de sensaciones, acciones, reacciones, recordamos, aprendemos sin que medien las palabras. Se trata de un conocimiento íntimo, profundo, carente de símbolos. Eddington lo llama así, «porque el sujeto y el objeto están íntimamente unidos» (cit. por Wilber, 1990, p. 51). Luego, gracias a la maduración biológica y el consiguiente dominio de nuestro cuerpo y sentidos, y a nuestras relaciones con el mundo, aprendemos a concentrar nuestra atención en las características de las personas y objetos, y a través de la mediación de las palabras y su uso, empezamos a destacar o a resaltar cada vez más esos rasgos que comienzan a ser interpretados como partes separadas del todo. De esa manera, por ejemplo, la flor que es inicialmente percibida como una unidad con la planta, posteriormente es percibida como una parte de ella, y luego, la imagen visual interna de la flor es sustituida por la palabra, y con mucha frecuencia la palabra comienza a sustituir a la realidad. Mientras crecemos, aumenta nuestra capacidad de concentración y desarrollamos aún más el lenguaje, nuestras habilidades cognoscitivas, el uso de la razón y de nuestra conciencia ordinaria o consensual, cuyo diálogo interno se hace casi permanente. Como es usual en nuestra cultura, al privilegiar los sentidos y el intelecto, el pensamiento termina por sustituir la experiencia directa por ideas e imágenes, lo cual, a su vez, nos hace creer que somos la imagen que nos formamos de nosotros mismos y/o que somos el pensamiento mismo al identificarnos con el pensamiento y la palabra. En este punto de nuestra evolución, ya hemos dejado de ser una unidad para convertirnos en una persona (máscara) que puede considerar su cuerpo como algo extraño, al igual que las demás personas y el resto del mundo. De hecho, los adultos no suelen identificarse con su cuerpo, sino que hacen referencia a él como “mi” cuerpo, es decir, como una posesión, un vehículo cuyo ropaje, la piel, nos mantiene separados del ambiente, y que es controlado por un ente interior o Yo. De adultos, lo normal en nuestra cultura es que la imagen mental que tenemos de nosotros mismos quede reducida a la persona o máscara, o más técnicamente, a la personalidad, imagen que no sólo excluye algunos aspectos de nosotros mismos los cuales ignoramos o rechazamos (Sombra) sino que

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además contiene aspectos modificados de aquello que aceptamos. Muy pocos individuos trazan líneas limítrofes más allá de la máscara, es decir, de lo personal, y reconocen, aceptan y experimentan lo transpersonal, que es el ámbito más allá de nuestra piel que podemos vivenciar a través de estados de conciencia diferentes al ordinario y que incluye entre otras experiencias la percepción extrasensorial y extracorporal. ¿Qué sucede con la separación entre Yo y no Yo, y el uso de la piel como frontera divisora? La piel ha sido y sigue siendo la frontera más aceptada como límite entre el “Yo” y el “no Yo”. Se trata de la dualidad más difundida a través de todos los tiempos y culturas, en el sentido de interponer una suerte de barrera entre lo que existe “dentro” y “fuera” de cada uno de nosotros. Sin embargo, a pesar de este acuerdo, es decir, de que todo lo que está dentro de mí “soy Yo”, y así lo creen y lo sienten muchas personas, y lo que está afuera es “no Yo”, los religiosos y estudiosos no se ponen de acuerdo sobre cuál es nuestra naturaleza y han terminado por generar innumerables dualidades: Alma-cuerpo, conciente-inconsciente...; Y ello, a pesar de que no existe desde ningún punto de vista razón o fundamento válido alguno que las sustente. La Psicología nació con los griegos a partir de la dualidad Alma-cuerpo. Psicología significa: “tratado del Alma”. Descartes, padre de la Psicología moderna, reforzó dicha dualidad, y a partir de él, y no obstante haber afirmado: tengo consciencia, luego existo (la palabra latina cogito era usada en ese momento como consciencia) los estudiosos identificaron pensamiento con conciencia; la Psicología moderna identifica al Ser Humano con su pensamiento o su mente como producto de la actividad funcional del cerebro. En realidad, la piel, como expresa Alan Watts (1989) no divide ni separa el cuerpo del resto del mundo. Percibimos y llegamos a sentirnos y a sentir el mundo como integrado por numerosas partes debido a nuestra tendencia a privilegiar el uso de la corteza del hemisferio cerebral izquierdo, lo cual significa que nos concentramos sobre ciertos aspectos del todo que percibimos, y al hacerlo y asignarle un nombre, analizamos o descomponemos esa parte y la separamos del resto del todo al definirla. Además, al emplear palabras nos concentramos en la noción, concepto o definición de cada palabra que es centro momentáneo de atención. En la naturaleza no existen tales divisiones, y en ella, nuestra piel es al mismo tiempo un unidor y un divisor, es un puente mediante el cual nuestros órganos internos se ponen en contacto e intercambian información, masa y energía con el medio ambiente y éste, a su vez, con nosotros. Además de que la piel no es una frontera real y separadora entre nosotros y el resto del mundo, debemos tener claro que las dualidades son una fuente de conflictos, pues todo lo que excluimos a través de lo que llamamos identidad, suele contrastar o antagonizar con nuestra identidad, bien sea debido a nuestros prejuicios y rechazo abierto, o por ignorancia o descuido. Al privilegiar, por ejemplo, el intelecto y los sentidos, las emociones se pueden convertir en fuente de conflictos, bien sea porque las rechazamos ó porque las ignoramos, de modo que al no haberles prestado atención, al no haber tomado consciencia de ellas,

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conocerlas y asumirlas como parte integral de lo que somos, ellas permanecen disociadas y “actúan por su cuenta” (Wilber, 1993). Flexibilidad y versatilidad de la conducta Ciertamente que entre muchas de las características de nuestra conducta está nuestra capacidad de percibir en conjunto y analizar las situaciones para evaluarlas, especular y prever los distintos acontecimientos que pueden devenir de ellas, simular en nuestra mente cómo podríamos actuar y anticiparnos a las consecuencias, tomar decisiones y actuar con un propósito definido. Cuando actuamos con un propósito definido, además, podemos ir variando las estrategias utilizadas, dar rodeos, volver sobre nuestros pasos, ver las cosas desde distintas perspectivas... y todo ello, además lo podemos hacer en el estado habitual de conciencia o en algún otro estado de conciencia. Incluso, podemos llegar a comportarnos sin saber cuál es el verdadero motivo, y una vez que hemos actuado en un estado de conciencia distinto al ordinario, inventar de inmediato explicaciones plausibles (Shibutani, 1971; Gazzaniga, 1985). Esto nos habla de la flexibilidad y versatilidad de nuestra conducta y nos conduce a ver desde una perspectiva distinta los factores que influyen sobre ella. Yo diría que en lugar de ver dichos factores como determinantes absolutos de nuestra manera de actuar, podríamos verlos como señales de ruta. Percibirlo como señales que nos avisan de lo posible y lo imposible biológicamente, de lo permitido o no, o de lo conveniente o inconveniente en las relaciones sociales..., de modo que dichos factores señalan al mismo tiempo un abanico de límites y de alternativas para abordar y enfrentar las situaciones; lo cual, en general, a la hora de actuar nos confiere grandes márgenes de flexibilidad y versatilidad en numerosas situaciones. Así, mientras es cierto que no puedo nadar bajo el agua sin respirar más que el tiempo limitado por mi propia capacidad, en el ámbito social puedo sentir que la vivencia de una crisis no es destino, sino que puedo darle un viraje completo y sentirla como una ocasión para reflexionar sobre mi vida, una oportunidad para aprender y crecer. Si perdemos el empleo, la única forma de mirar la situación no es la de “ahora no voy a poder mantenerme y pagar mis deudas”, también puedo ver dicha situación como un “empujón” para montar mi propio negocio aprovechando mi experiencia... De forma amplia, nuestra flexibilidad y versatilidad se manifiestan de múltiples maneras, entre ellas, nuestra participación activa en nuestra adaptación a nuevas maneras de pensar, al ambiente, a la sociedad...; nuestra capacidad de lograr resultados similares partiendo de distintas condiciones iniciales y siguiendo caminos distintos; la coexistencia de ideas antagónicas en nuestro sistema de creencias; la posibilidad de pensar de una manera genérica, y ante las circunstancias, actuar flexible y coherentemente acorde con las condiciones del contexto particular que afrontamos, e incluso actuar contradiciendo nuestras ideas y modificar y cambiar totalmente nuestra manera genérica de ver las cosas y de pensar.

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Sin embargo, a pesar de la flexibilidad y versatilidad de la conducta, no debemos olvidar que a veces observamos regularidades o redundancia en el despliegue de algunas de nuestras conductas, así como también una cierta uniformidad en nuestro comportamiento social. Ello no es índice de salud o de enfermedad. Ciertas situaciones y actividades requieren del desarrollo de patrones de conducta, rutinas, hábitos, estrategias... que nos ayudan a hacer las cosas de forma segura y más rápida, siempre y cuando se mantengan ciertas condiciones. Cierta uniformidad en el comportamiento social nos ahorra el tener que adivinar qué hacer en un contexto como un bautismo, un cóctel, un funeral... La reiteración o repetitividad de una conducta, se vuelve problemática cuando actuamos sin tomar conciencia de lo que hacemos, cuando no tomamos en cuenta los resultados ni prevemos las consecuencias de nuestras acciones a mediano y largo plazo, tal como ocurre con muchos de nuestros condicionamientos, forma de percibir, pensar y vivir en el mundo. Muchos se preguntan ¿para qué cambiar si esos patrones de conducta me han sido útiles en el pasado? Y la respuesta es, porque sencillamente, tanto el mundo como nosotros estamos cambiando constantemente, generándose entonces, momento a momento, nuevas situaciones que llegado el momento debilitan o invalidan nuestras estrategias de aproximación al mundo y sus circunstancias. Causalidad: ¿libertad o destino? En el marco de la ciencia moderna, la causalidad es considerada como una relación absoluta, simple, directa y lineal. En sentido estricto para la ciencia newtoniana, la causalidad significa que un determinado fenómeno “X” se produce siempre que está en presencia de una condición específica “Y” que de no estar presente, nunca ocurre “X” (Selltiz y col., 1980; Sabino, 1984). Esta noción, tal como suele ser interpretada, implica que la influencia de la causa “Y” siempre tiene efecto en una sola dirección: si se atribuye a un sólo efecto una cierta causa, se espera que dicha causa afecte sólo a “X” de una manera específica, pero no a otras variables que pueden estar presentes; y si se atribuye a cierto efecto específico varias causas, entonces, las mismas suelen ser jerarquizadas según la importancia relativa que se le atribuya a cada una, y se supone que la sumatoria de sus influencias es lo que determina la aparición de “X”: “su rendimiento académico ha bajado debido al divorcio de los padres”, “si Pedro es un delincuente, se debe, entre otras cosas, al maltrato que recibió durante la infancia, su bajo nivel cultural, los escasos recursos económicos familiares y su poca preparación para conseguir un trabajo bien remunerado”. Al hablar de relaciones causales debemos tener en cuenta la advertencia que hacía David Hume, y más recientemente Gregory Bateson: lo que percibimos son secuencias de eventos, no la causa o la relación en sí; advertencia que deberíamos tomar más en serio en las ciencias del Hombre, pues al pensar y utilizar la relación causa-efecto, solemos hacerlo implicando que dicha relación ocurre, o sobre la base de la proximidad temporal y/o espacial entre dos

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variables: “palideció de inmediato cuando la esposa le gritó frente a los amigos”; o sobre una base de carácter lógico: “luego de tantas atenciones, se enamoró de él”. Después de haber observado un gran número de personas que al cortarse con un cuchillo les brota sangre, parece evidente, muy obvio, que hay una relación causal entre cortarse con un cuchillo y el brotar de la sangre. Nadie se pondría a discutir esto. Pero ¿podemos decir con la misma tranquilidad que toda neurosis es debida a un trauma infantil? Particularmente, yo no metería la mano en el fuego por defender una afirmación como esa; por una parte, como psicólogo clínico, he hallado un alto porcentaje de personas que utilizan sus experiencias pasadas negativas para justificar su conducta actual y, por otra parte, fuera del consultorio en mis diferentes roles, he encontrado muchas personas que habiendo recibido maltratos en la infancia, no sólo son personas normales o sanas, sino que además agregaría que algunas son hasta sabias y han sabido criar a sus hijos de modo muy diferente al que ellas fueran criadas. La base de la relación entre maltrato infantil y las neurosis parece muy lógica y real, entre otras razones, debido a la ascendencia que ha ganado entre el público, y porque es más fácil culpar a otra persona de la situación negativa actual, que aceptar el maltrato infantil y asumir la responsabilidad de la vida actual. Una explicación como la anterior, olvida la amplia gama de experiencias posibles que puede vivir una persona entre la infancia y la adultez, implica que las personas evolucionan de la misma forma en el tiempo y no toma en cuenta los contextos. Más aún, no repara en el hecho de que cada cual puede asumir de muchas maneras diferentes sus experiencias, utilizar la interpretación de las mismas con diferentes fines, en distintos contextos, por un tiempo impredecible, modificar sus creencias y “olvidar” o aceptar sus traumas. Si creemos que las experiencias infantiles traumáticas son causantes de neurosis, al retroceder en el pasado buscando las causas de nuestra propia neurosis, lo más probable es que hallemos pruebas o experiencias infantiles que confirmen nuestra hipótesis, es decir, que hallemos experiencias negativas que así lo evidencien. Sin embargo, junto a las experiencias negativas, seguramente, también hallaremos experiencias positivas, sólo que por defender nuestra creencia, lo más probable es que desvaloricemos o no tomemos en cuenta las positivas y exageremos las negativas. Si pensamos un poco al respecto, todo el mundo debería ser neurótico por esta razón. Nadie ha crecido en un mundo ideal en el cual no ha vivido ni una sola experiencia desagradable o una sola frustración, así como tampoco nadie ha vivido una experiencia infantil totalmente castrante. Con lo anterior no niego la influencia de las experiencias infantiles sobre nuestra vida actual, digamos el condicionamiento emocional ante ciertas situaciones y las reacciones emocionales en el presente ante situaciones parecidas a las que produjeron el condicionamiento. Lo que sí niego es el simplismo de la relación lineal causa y efecto, según el cual un sólo “trauma” o conjunto similar de ellos marca a una persona para toda la vida. La vida es mucho más compleja. Las experiencias infantiles en su complejidad y variedad de aspectos e interrelaciones nos proporcionan los principales supuestos

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básicos sobre el mundo que nos rodea y sobre qué es y cómo se ha de vivir la vida. Dichos supuestos no son estáticos, sino que se transforman en el tiempo debido a que hay partes que olvidamos, hay partes que sencillamente inventamos, hay aspectos que exageramos y les dimos mucho valor mientras a otros apenas si les dimos importancia, hay aspectos que eliminamos, hay aspectos que interpretamos a la luz de la actualidad, etc (Goleman, 1997; Palmarini, 1995; Hillman, 1998). Muchas de las relaciones causales que se establecen entre variables en la vida ordinaria y en el ámbito de la Psicología, se basan más en una relación de tipo lógico que en secuencias temporales o espaciales. Generalmente damos por sentado que la lógica se apoya en hechos reales, y concebimos y confundimos la lógica con la realidad. Un profesor que conciba que determinado alumno es flojo, no verá con buenos ojos que éste haya obtenido una buena puntuación: “lo lógico es que se haya copiado”; “si una persona tiene un elevado coeficiente intelectual, es de esperar que sea un triunfador en la vida”; “los hiperkinéticos tienen pocas posibilidades de alcanzar un buen rendimiento académico”. Frecuentemente, en la ciencia nos enfrentamos con conceptos ambiguos y situaciones sobre las que tenemos poca información, de modo que rellenamos los vacíos con ideas lógicas y de sentido común, e interpretamos la ambigüedad de cierta manera para dar explicaciones coherentes y tomar decisiones. Si la mayoría estadística de los adolescentes con problemas de drogadicción nos dicen que no tienen buenas relaciones con sus padres, podríamos esperar que mejorando las relaciones entre ellos y sus padres disminuya el problema de la drogadicción. Como puede observar el lector, al reflexionar sobre la relación lógica anterior, ella implica una generalización, que se combina con la ambigüedad de lo que significan “problemas de drogadicción” y “no tener buenas relaciones”; el no tener en cuenta el contexto, el cómo ha venido evolucionando el problema, ni la clase de soluciones adoptadas para resolver el problema, la cual, a su vez, puede ser un problema de igual o mayor gravedad que el de la drogadicción. Por otra parte, no podemos negar que existen muchos adolescentes que tienen serias dificultades con sus padres, los cuales canalizan apropiadamente sus problemas y no son drogadictos. Respecto a la manera de entender y emplear la causalidad lineal, es conveniente destacar, primero, que cuando los físicos recurren a ella para explicar la relación entre dos variables, usualmente lo hacen teniendo en cuenta que la ley que han enunciado sólo se cumple bajo condiciones ideales de laboratorio, recuérdese que en sentido estricto, el fenómeno “X” se produce siempre que está en presencia de una condición específica “Y” que de no estar presente, nunca ocurre “X”. Para un físico, cualquier ley que implique una relación lineal lleva adherida una etiqueta de advertencia que dice: “siempre y cuando ocurra bajo estas condiciones y no haya cambios”. Segundo, en general, en las ciencias del Hombre, los profesionales olvidan la etiqueta de advertencia implícita en las relaciones causales lineales y se dejan guiar por la lógica y la razón. Tercero, en las ciencias del Hombre se suelen cometer errores como explicar el todo a partir de una de las partes o de explicar niveles de

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complejidad superior a partir de uno inferior, de modo que, por ejemplo, las emociones son explicadas a partir de reacciones electroquímicas ó a partir de los reflejos condicionadas se deduce cómo surge el pensamiento en el Ser Humano. Y, cuarto, al no tener en cuenta la “etiqueta de advertencia” de las relaciones lineales, al sustentarlas sobre bases lógicas y racionales, y al deducir el todo por una de las partes o explicar niveles de complejidad superior a partir de uno de menor complejidad, se ha creado la imagen errónea de que todos los Seres Humanos actuamos de manera uniforme. Las nuevas teorías psicológicas, como la escuela de la Pragmática de la comunicación de Palo Alto, la Programación neurolingüística y la Psicología transpersonal, que han adoptado y asimilado los nuevos paradigmas, han dado un vuelco a la noción de causalidad como algo absoluto, simple y lineal, y han adoptado una noción relativa, compleja y sistémica. Han dejado de lado creencias tales como: irremediablemente, tales o cuales experiencias infantiles conducirán al individuo a adquirir determinada personalidad, somos el resultado de una larga cadena de estímulos y respuestas o la suma de nuestra carga genética, nuestras experiencias infantiles y la cultura. La nueva Psicología destaca, entre otros aspectos, que los Seres Humanos somos sistemas abiertos lejanos del equilibrio, esto es, que somos seres/siendo en permanente desequilibrio y transformación, que intercambiamos materia, energía e información con el medio ambiente; y que mantenemos relaciones estrechas con nosotros mismos y con nuestro ambiente social y físico en contexto como un todo unificado, por ende, admite que somos mucho más que una unidad biopsicosocial con conciencia. Para las nuevas teorías somos conciencia, somos/siendo, somos conducta, somos comunicación, somos relaciones, somos individualidades inseparables del Universo, de modo que han dejado de plantear ciertas cualidades de la conducta del Hombre, como su flexibilidad y capacidad de decisión para concluir que somos totalmente libres o, en el otro extremo, han dejado de plantear los condicionamientos, hábitos, rutinas y patrones de conducta, como prueba de que la conducta de los Seres Humanos está determinada. La visión holística del Hombre y de la Naturaleza, no niega ni el valor y utilidad del análisis, ni la posibilidad de aproximarnos a nuestro ser/siendo desde la perspectiva de niveles de conducta, ni la existencia de regularidades en nuestra actuación, ni la existencia de patrones comunes de comportamiento, así como tampoco obliga a que en el momento de conocernos debamos tener en cuenta todos y cada uno de los factores intervinientes en las relaciones. Desde la perspectiva de la visión de la Psicología holística, todos y cada uno de los factores intervinientes en nuestra conducta aporta algo a la conducta final de cada instante y posee una importancia relativa variable según el contexto y el devenir del tiempo. Pero más importante que lo anterior es que nos señala la importancia de la unidad de la conciencia y de la actuación del Hombre como un todo integral. Por otra parte, la visión de la Psicología holística nos dice que cuando una persona está contenta, no lo está permanentemente de la misma manera: ahora ríe, ahora habla rápido, ahora se sienta y canta, ahora se para, baila y sonríe al

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mismo tiempo y simultáneamente, momento a momento, cambian las condiciones y estados de su organismo, así como también lo hacen sus procesos cognitivos, su estado de conciencia y su relación consigo mismo y con las demás personas y su ambiente físico. No todas las personas se contentan de la misma manera y no lo hacen simplemente por la presencia de una causa específica que las impele a ello como podría ser haberse ganado la lotería. Algunas manifestarán su contento con una amplia sonrisa, otras, a carcajadas; otras, comiendo... Llegar al estado de contento, implica además un proceso previo al estado de contento, un evolucionar dentro de ese estado y un momento indefinible a partir del cual cambia de humor. El dinero a recibir debe ser algo significativo para la persona, y su significado puede derivar de muchos factores y la evaluación que haga de ellos, como podría ser imaginar que finalmente podrá comprar el vehículo que deseaba o cancelar una deuda que le agobiaba desde hacía tiempo... La alegría “repentina” por el dinero recibido, podría cambiar de igual manera por una mala noticia para esa persona... La complejidad de las relaciones causales y su fluir es tal, que a pesar de que se podrían hacer predicciones con cierta precisión sobre la conducta de una persona en los próximos minutos, es imposible hacerlo para las próximas horas, días y semanas, pues además de que debemos tomar en cuenta el momento evolutivo que vive, en la medida que avanza el tiempo, se hace necesario prever cómo podrían variar los factores biológicos, psicológicos, sociales y contextuales, lo cual involucraría un enorme volumen de información. Otro aspecto importante de la nueva noción de causalidad, es que no se establece una relación absoluta y lineal entre la intensidad de una causa y la intensidad del efecto. La intensidad de las acciones depende en buena medida del individuo mismo, de cómo interpreta el contexto en que éste se encuentra. Una persona puede reaccionar violentamente sólo por el hecho de que le hayan cambiado de sitio sus objetos personales, mientras que es capaz de mostrarse muy serena ante situaciones de violencia. Una pequeña mentira “piadosa” o “blanca”, puede desencadenar grandes efectos que van in crescendo como una bola de nieve que rueda por una colina. Pensemos las veces que nos hemos visto envueltos en un gran lío, sólo por no querer causar daño, o en las veces que se ha corrido el rumor de que un banco está a punto de quebrar y realmente va a la quiebra debido al pánico producido por una pequeña mentira. La visión sistémica de la causalidad nos dice que podemos lograr un mismo resultado de distintas maneras, y que la forma como comienza algo no determina necesariamente que las cosas conduzcan a un determinado resultado. Con frecuencia, una relación de pareja que pareciera conducir a un matrimonio eterno y armonioso, de esos que la gente imagina: “Y vivieron felices para siempre”; termina antes de lo que cabría esperar, mientras que una pareja que pareciera que no va a durar mucho, logra consolidarse ¿A qué se debe esto? por una parte, la estabilidad de una pareja no depende sólo de factores aislados como amarse y tratarse bien, por otra, la vida en pareja es un

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proceso de crecimiento interior, por lo que el mismo depende de factores como los objetivos comunes e individuales, la manera de ver el mundo, de abordar las cosas, de interpretar las experiencias propias y de la pareja... y por otra, porque al tratarse de un proceso evolutivo, la consecuencia de cada una de nuestras acciones representa una pequeña señal que nos indica si debemos seguir actuando de una misma forma o cambiar de estrategia. Me estoy refiriendo a la retroalimentación o información que recibimos sobre las consecuencias de nuestros actos. En este sentido, según la clase de situación de la cual se trate y si no hemos pasado un cierto punto crítico, podemos transformar una situación negativa en positiva, o al revés. Desde este punto de vista, no hay un culpable o un grupo de culpables respecto a los problemas, sino que todos contribuimos de una cierta manera a que los problemas se mantengan o dejen de serlo. Al quedarnos callados ante un hecho de corrupción por no meternos en un problema, aunque no hayamos robado nada, estamos contribuyendo a que se mantenga la corrupción. Desde la perspectiva sistémica se entiende que hay contextos que no permiten sino una sola clase de acción, pero en términos generales, el contexto se abre como un abanico de posibilidades de lo que podemos hacer o no. De igual forma, todo lo que somos/siendo nos abre una serie de posibilidades de acción y cierra otras. La interrelación individuo/medio crea organización y consiste en una suerte de interregulación entre el individuo y su medio y entre el medio y el individuo, proceso durante el cual cada subsistema mantiene su autonomía y abre ciertas posibilidades de acción mientras descarta o cierra otras. Cada acción del individuo y del medio, se convierte en una especie de señal que proporciona información sobre lo posible o no, lo conveniente o no..., de modo que la relación y todos los elementos participantes sólo, pueden ser entendidos como una totalidad que fluye y se desenvuelve en un movimiento en espiral de desarrollo.

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CAPÍTULO OCTAVO LA PSICOLOGÍA COMO CIENCIA
Hoy día nos hallamos ante una nueva revolución científica, la cual implica, entre otras cosas, que enfrentamos un período de transición en cuanto a qué es la ciencia, cuáles deben ser sus principios cognitivos rectores, cuáles sus métodos..., siendo el viraje más importante en todo esto, el hecho de que los investigadores han dejado de ver a la ciencia como un ente objetivo, para verla en realidad como una actividad cultural en la cual participan Seres Humanos de carne y hueso. La ciencia posmoderna ha incluido al Hombre, o mejor dicho, nosotros, los Seres Humanos; finalmente nos hemos incluido en la obra que representa todo lo que implica el hacer científico como actividad individual, social, cultural e histórica. La nueva revolución científica se ha dejado sentir de forma positiva en el ámbito de la Psicología, pues los psicólogos han dejado la preocupación excesiva por demostrar que Ella sí es una ciencia entendida en los términos rígidos y estrechos de la ciencia moderna, para adoptar los criterios flexibles de cientificidad de la ciencia posmoderna, lo cual, como Seres Humanos que somos, nos ha permitido vernos con mayor amplitud desde una perspectiva que va más allá de las apariencias externas y el interés por los automatismos. La nueva Psicología ve al Hombre como a un ser sagrado, como un todo orgánico e indivisible con el Universo, y se interesa más por sus relaciones, por su conciencia, su mente y su conducta, e intenta, mediante sus hallazgos, proporcionarnos medios de autoconocimiento y autoayuda que contribuyan a nuestro crecimiento material y espiritual, es decir, que faciliten, con el mayor respeto hacia nosotros mismos y hacia el Universo, el desarrollo de nuestra individualidad y autonomía. La Psicología y los criterios de cientificidad Si la Psicología es o no una ciencia, es algo que aún se debate y debatirá si continuamos utilizando criterios rígidos, estrechos, racionales, lógicoaristotélicos y unilaterales para establecer su cientificidad. La cientificidad de una disciplina no deriva de criterios objetivos que se apoyan sobre bases sólidas. La cientificidad de una disciplina se establece sobre la base de criterios que, si bien son el resultado de una larga reflexión, someter a prueba y discusión, no por ello dejan de ser subjetivos, arbitrarios y producto del consenso de los profesionales que integran las diversas comunidades científicas. De ello resulta que mientras desde cierta perspectiva, la Psicología sí es una ciencia, desde otra no lo es. Si, por ejemplo, siguiéramos apegados a los criterios de cientificidad impuestos por el positivismo durante la década de los 30 y 40 del siglo XX, indudablemente, ni la Psicología ni ninguna otra disciplina vinculada a la conducta del Hombre podría ser considerada como una ciencia. Incluso la 230

misma Física posmoderna sería considerada peyorativamente como una suerte de Metafísica elaborada con mucha imaginación, entre otras razones, porque no hay manera de manipular y comprobar directamente la existencia de muchos de los fenómenos que se están estudiando, y porque, a la luz de los principios cognitivos del paradigma cartesiano-newtoniano, dichos fenómenos son ilógicos e irracionales: quantas, mundos paralelos, agujeros negros, el tiempo en reversa. En sí, criterios de cientificidad como los del positivismo suponen la negación de un amplio espectro de la realidad y un dogmatismo que es contrario a la concepción de la ciencia. De hecho, el gran salto epistemológico de las últimas décadas ha sido aceptar, entre otras cosas, la subjetividad involucrada en todo proceso de investigación y elaboración de conocimientos, superar la acumulación de datos obtenidos directamente a través del método experimental y tratar de comprender los fenómenos, tanto de manera cuantitativa como cualitativa, a través de la proposición de teorías e hipótesis contrastables. Una parte significativa de los mecanismos responsables de las apariencias están ocultos, de allí que en lugar de tratar de verlos, hay que imaginarlos. La ciencia se construye: “planteando preguntas claras, imaginando modelos conceptuales de las cosas, a veces teorías generales, e intentando siempre justificar lo que se piensa y lo que se hace, ya sea por lógica, ya por otras teorías, ya por experiencias iluminadas por teorías (Bunge, 1985, p. 11). En contraste al positivismo, podemos hallar criterios de cientificidad más recientes y flexibles como los desarrollados por Thomas Kuhn en 1962. Ellos nos permiten considerar a la Psicología como una ciencia que aún no ha logrado alcanzar su “período normal”, es decir, que no ha logrado desarrollar una «investigación basada firmemente en una o más realizaciones científicas pasadas, realizaciones que alguna comunidad científica reconoce, durante cierto tiempo, como fundamento para su práctica posterior» (Kuhn, 1971, p. 33). Desde el punto de vista de Kuhn, la Psicología sería una ciencia que aún está en sus primeras etapas de desarrollo, ya que como lo revela su historia, todavía no existe un acuerdo dominante sobre la naturaleza de su objeto de estudio, los métodos a emplear, la forma de elaborar la teoría y sus fines. Sin embargo, este punto de vista es criticable, ya que crea la falsa impresión de que mientras en el ámbito de la Psicología sus estudiosos siguen en desacuerdo sobre la naturaleza de su objeto de estudio, métodos, forma de elaborar sus teorías y sus fines, en las llamadas ciencias naturales no está ocurriendo lo mismo. Más aún, se ha creado el mito de que mientras en general, en las ciencias del Hombre los profesionales no sabemos hacia dónde vamos, los físicos, químicos sí tienen muy claro todo ello, e inexorablemente siguen dirigiéndose hacia el encuentro con la verdad. Si bien es cierto que en las ciencias fácticas se observa una mayor estabilidad en el comportamiento de los fenómenos tradicionalmente estudiados por ellas,

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como la gravedad, la masa, la aceleración, las reacciones químicas que en la observable en el comportamiento humano, también es cierto que ellas comparten con la Psicología y las ciencias del Hombre en general, grandes divergencias en cuanto a enfoques, métodos de investigación, formas de elaborar las teorías, áreas sin explorar y carencia de métodos apropiados para investigar determinados aspectos de la realidad. Ello sin contar las controversias, prejuicios, dogmatismos, observaciones erróneas, formulaciones equivocadas, ambigüedad y otros obstáculos que forman parte intrínseca de toda la actividad científica. Un conjunto de criterios que nos permiten aseverar que la Psicología sí es una ciencia, es el proporcionado por John Bernal (1981b) quien afirma que las disciplinas dedicadas al estudio del Hombre pueden ser consideradas como tales, ya que se apoyan en una base material, sus conocimientos pueden ser contrastados, usan métodos que se adaptan a la naturaleza del objeto de estudio y logran hacer predicciones bastante precisas. Aparte de otros posibles criterios de cientificidad que puedan existir, yo pienso que la misma concepción actual de la ciencia nos confirma dentro de sus límites que la Psicología sí puede ser considerada una ciencia, pues se caracteriza por ser un cuerpo de conocimientos y un modo de conocer al Ser Humano, producto de la actividad de Seres Humanos debidamente entrenados en el método científico, los cuales realizan actividades específicas que, en la medida de lo posible, realizan con una actitud crítica, con el fin de conocer y entender quiénes somos, cómo evolucionamos, cómo nos afectan y afectamos las relaciones, qué hacemos con nosotros mismos y con los demás en este mundo cambiante, cuyo mayor reto es la indeterminación y las apariencias de la realidad. En favor de la Psicología como ciencia, también se puede decir que sus profesionales comparten los rasgos esenciales que caracterizan a todo científico: los psicólogos tratan de establecer un objeto de estudio y definir su naturaleza, se esfuerzan por desarrollar métodos de investigación cónsonos con la naturaleza de su objeto de estudio, buscan la manera de desarrollar un cuerpo sistematizado de conocimientos e intentan redefinir nuestra esencia y relación con nosotros mismos y con el Universo, y ¿por qué no? nuestra relación con Dios y la realidad espiritual. Como cualquier otra ciencia, la Psicología cambia, crece y atraviesa períodos de inestabilidad, confusión y ambigüedad, en el sentido de que sus conocimientos son verdades relativas. Asimismo, comparte con las demás ciencias el poseer gran cantidad de problemas teóricos y prácticos que se debaten y aún no tienen solución y poseer áreas que han sido extensamente estudiadas y áreas que pueden considerarse en etapa de exploración. Como afirman Lindgren y Byrman (1977) el hecho de que las llamadas ciencias naturales posean como tales una historia más larga y posean un objeto de estudio relativamente más estable en comparación al comportamiento, no es óbice para que la Psicología sea considerada menos científica.

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¿Qué es la Psicología? La Psicología es más que una ciencia. Es la disciplina, la ciencia y el arte del conocimiento de nosotros mismos, y se corresponde con el deseo más puro y profundo de querer saber quiénes somos, de querer saber sobre por qué somos como somos, del querer saber cuál es nuestro lugar en el Universo y cuál es nuestra relación con Él. El querer saber cómo convivir en armonía y de manera serena con nosotros mismos, con nuestros congéneres y con el mundo físico, lo que implica el cómo conciliar la vida material con la espiritual. La Psicología lleva implícito el mandato del Oráculo de Delfos “Conócete a ti mismo”, para que desde este conocimiento redimensionemos nuestras vidas. Somos/siendo, somos conciencia, somos conducta, somos información, somos onda y partícula al mismo tiempo, somos uno con y en el Universo... y ello nos revela que somos mucho más que todas las verbalizaciones que podamos hacer. Más aún, que somos mucho más que las simples manifestaciones conductuales y todas las creaciones imaginarias que sobre nosotros mismos hemos elaborado sobre la base de las condiciones limitadas de la conciencia ordinaria sobre la cual se apoya nuestro pensamiento. La Psicología es una disciplina porque supone para quien en verdad desea conocerla, una educación entendida como el proceso de exteriorización de lo que hay en su alma y en su conciencia, con el objeto de lograr la expresión original de su ser/siendo, de lo que en él existe latente como potencialidad. Supone, pues, un entrenamiento para conocerse a sí mismo y para servir de apoyo, de puente, de medio a otros, para que se conozcan a sí mismos. Parafraseando a Sri Aurobindo, se trata de una educación material y espiritual muy especial, cuyo objetivo es vivir aquí y ahora la Aventura de la Conciencia, sin que todos tengamos que llegar a ser santones o debamos vivir una vida aislada de monjes que así lo han decido. Como disciplina, el amante de la Psicología adopta la decisión voluntaria y clara de lo conveniente para sí mismo de sujetarse a ciertas reglas conductuales para saber mirarse y saber mirar, tanto la expresión del Ser interno, como al mismo Ser Interno. La Psicología es una Ciencia porque su ideal es producir conocimientos sobre nosotros mismos que vayan más allá de las presunciones y prejuicios, de la mera opinión, de las apariencias que captan nuestros sentidos y de las ilusiones que crea la mente o conciencia ordinaria a través del lenguaje y los razonamientos. Es una ciencia y una Ciencia. Una ciencia en el sentido de ser una ordenación metafórica y sistemática de nuestra experiencia como Seres Humanos, con y en el mundo, y una Ciencia porque busca verdades trascendentales y profundas, verdades que vayan más allá de las apariencias y nos guíen hacia nuestro encuentro a vivir y experimentar una vida plena, participativa, de amor incondicional, sin juicios ni manipulaciones (Covey, 1997). Y la Psicología es un Arte porque va más allá de la simple ocupación vinculada a las teorías y a las técnicas. Supone una labor sagrada, una vocación hacia la vida y de servicio hacia los demás encaminada al propio hacerse en términos del ser/siendo, de pulir y convertir en diamante esa piedra en bruto

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que son nuestras fuerzas y potencialidades, porque supone un hacerse en comunión con los demás para crecer material y espiritualmente. El psicólogo Aun cuando la Psicología es una profesión que se ha hecho muy conocida a través de los medios de comunicación y por su estudio en la escuela secundaria y programas universitarios, mucha gente sigue sin saber qué es un psicólogo y preguntándose para qué sirve. Un psicólogo es ante todo un Ser Humano, un individuo como cualquier otro que, como los demás: siente alegría, pena, rabia, depresión; sufre por sus temores, obsesiones, vicios y problemas; debe satisfacer necesidades como el hambre, el sueño, el sexo; quiere ser amado y aceptado; duda, se equivoca, siempre ha de aprender algo nuevo y ha de adaptarse a las circunstancias y cambios de su época. Pero ante todo, el psicólogo es idealmente un Ser Humano que anda en busca de sí mismo, que trata de conocerse, de crecer en el plano material y espiritual. El psicólogo que ha asimilado la disciplina de conocerse a sí mismo, vive en un estado de meditación activa en el aquí y ahora, de unidad conciente consigo mismo, sin divisiones entre su cuerpo, su conciencia, su mente, sus emociones, su intuición, sus sentidos, que tiene claro y presente que la mente no es un instrumento de conocimiento, sino un organizador de éste, y es Testigo y Voluntad al mismo tiempo. Sin embargo, el psicólogo, mientras peregrina en la búsqueda de sí mismo (Kopp, 1975) quizá se halle un poco peor que el resto de las personas, tratando de clasificarse o de clasificar a los demás; comparándose con los ideales de salud que le han sido propuestos e impuestos; pensando en qué está mal en él y en los demás; justificando sus conductas; y buscando el modo de cambiarse y cambiar a los demás en función de algún ideal aprendido, pues aún se halla bajo la influencia de sus propias debilidades, de sus problemas, de sus prejuicios, de sus creencias, de la cultura, del tecnicismo y de información aún no meditada. En la cultura occidental, muchas personas, incluyendo a profesionales de distintas disciplinas, tienen la imagen distorsionada de que el psicólogo es capaz de saber lo que los demás piensan, de describir la personalidad de los individuos con sólo conversar un rato con ellos, de predecir sus acciones e, incluso, inducirlas a actuar de cierto modo. Nada más lejos de la verdad. Un psicólogo no es un brujo, un adivino, un medium o un ser extraordinario con poderes extraterrenos y con capacidad para leer el pensamiento, describir su personalidad más íntima, predecir sus comportamientos e inducirlas a actuar en contra de sus propios deseos. En cuanto al conocimiento de los demás, es innegable que la profesionalización y práctica de la Psicología le capacita para saber mirar y escuchar, para saber fijarse en detalles relevantes y para verbalizar la conducta de una manera más aguda, profunda y precisa que el común de las personas. Desde luego que puede intuir o deducir lo que le ocurre a una persona por la manera como ésta habla, sus gestos..., pero para conocer lo que en realidad puede estar pensando alguien, debe preguntárselo o esperar a que se lo digan. 234

Un profesional serio no describe la personalidad de alguien simplemente con mirarlo, sino que observa a las personas sistemáticamente, escucha las palabras que emplean y cómo las emplean, está atento a sus aspiraciones, deseos, necesidades... y complementa sus observaciones con determinadas técnicas e instrumentos que sirven para describir la personalidad. En cuanto a la predicción de la conducta, vale la pena aclarar que la imagen que tiene el público al respecto, es contradictoria. Unos afirman que se trata de pretensiones exageradas y otros afirman que sí pueden hacerlo. A diario, todos hacemos predicciones sobre el comportamiento de los demás y las usamos para sobrevivir o tener éxito en las relaciones interpersonales. Algunas de ellas son acertadas, otras lo son a medias, y otras, ni remotamente se aproximan a lo que esperábamos. Ahora bien, las predicciones de los psicólogos pueden ser clasificadas de la siguiente forma. Aquellas que hace en su vida cotidiana como ser social, y que son un poco más precisas que las del común de las personas porque se basan en su experiencia y entrenamiento para observar de manera sistemática; aquellas que se refieren a casos particulares derivadas de su ejercicio y del uso de métodos o instrumentos, y aquellas que derivan de las teorías, las cuales hay que estar claro, no se refieren a acontecimientos específicos de la vida de personas determinadas. Como afirman Lindgren y Byrne (1977): “Las predicciones que realizan los psicólogos no suelen tratar de acontecimientos específicos en la vida de individuos determinados. El psicólogo, como científico, está interesado primariamente en medir los factores que pueden usarse para predecir la conducta de la gente en general, o más bien, la conducta de la gente bajo ciertas condiciones específicas, caracterizada por ciertas cualidades específicas” (p. 16). Finalmente, también es errónea la idea de que cualquier psicólogo puede inducir o persuadir a las personas a actuar de cierto modo. Desde la óptica de la ética profesional, el psicólogo está en el deber de mostrar, a quienes así lo desean y están dispuestas a resolver sus problemas, cómo actúan, cómo ello las afecta a sí mismas y a los demás, así como también orientarlas a buscar soluciones partiendo desde sus propios recursos internos y teniendo en cuenta las circunstancias. Desde el ángulo de Lo Humano, sin embargo, debo admitir que los psicólogos tenemos un cierto ascendente sobre quienes nos consultan y que en verdad sí podemos influir sobre ellas, pero en cada uno de nosotros siempre debe estar claro, que debemos actuar con el mayor respecto hacia quienes solicitan nuestra orientación. Por otra parte, es cierto que el público puede toparse con psicólogos extraños que tienen dificultades en todas las áreas de sus relaciones interpersonales, que son difíciles de tratar, que todo lo interpretan, que analizan constantemente la vida interior de los demás y que su vida se reduce a vivir a través de actos pseudoclínicos. Pero estos psicólogos, probablemente no son tan numerosos como se insinúa, puesto que son muchas las escuelas de Psicología que para su ingreso exigen como requisito indispensable gozar de cierto grado de salud

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mental. Así mismo, son muchas las escuelas de Psicología que cuidan mucho la Educación y Formación de los aspirantes a psicólogo, y algunas de ellas incluyen el sometimiento a un proceso psicoterapéutico para poder recibir el grado. Recordemos de nuevo que los psicólogos somos ante todo Seres Humanos, que como el resto de la población también tenemos nuestros problemas y defectos, los cuales, al hacerse cuantitativa y cualitativamente notables, son resaltados y recriminados por el público, ante la expectativa de que deberíamos ser perfectos e intachables. Lamentablemente, así como existen médicos que al tener problemas tratan de resolverlos manteniendo relaciones distantes y pensando que los demás están enfermos pero ellos no, economistas con ideas marxistas que piensan que no hay problemas sino que se trata de situaciones dialécticas que pueden ser resueltas por métodos apropiados como eliminar a los burgueses, también existen psicólogos que por sus deformaciones profesionales manejan inadecuadamente sus problemas personales. Así como encontramos psicólogos que no abordan adecuadamente sus problemas y su estilo de vida deja mucho que desear, también hallamos psicólogos que no obstante las vicisitudes de sus vidas y los problemas que enfrentan, son individuos sanos, serenos, optimistas, llenos de confianza en sí mismos, que saben dar, recibir y amar; que saben manejar mejor ciertos problemas que otros y que se muestran más flexibles en ciertas áreas que en otras. Generalmente, se trata de profesionales que han hecho un trabajo personal de desarrollo y evolución material y espiritual y, por ende, han podido hallar formas satisfactorias y enriquecedoras de vivir. Además, suelen tener claro y están conscientes de que su rol, como psicólogos, termina al salir de sus trabajos, pues saben que de extenderlo fuera de ellos no trae consigo más que serias dificultades. Es posible que aparte de lo que he dicho, el público esté entendiendo por extraño, tanto el hecho de que con frecuencia los psicólogos son personas que expresan sus sentimientos y emociones con espontaneidad; como el hecho de que suelen percibir, pensar y verbalizar las situaciones de manera peculiar, lo cual puede colocar a más de uno en una posición defensiva. Otras opiniones acerca de los psicólogos oscilan entre “estos no son necesarios”, “sólo sirven para pasar tests” hasta “los psicólogos pueden ayudar a resolver los grandes problemas que aquejan actualmente a la Humanidad”. Aquí es importante tener claro que el psicólogo no es un Mesías o un mago como Merlín, que con su sola palabra va a transformarlo todo. Es necesario recordar que el psicólogo trata de buscar medios que sirvan de espejo a las personas para que ellas asuman la responsabilidad de sus vidas y que son ellas las que a través de su propia visión deben tomar decisiones sobre sus propias vidas. El psicólogo es un guía, no un intruso que cambia y decide por los demás. Muchas de las creencias que mantiene el público acerca de los psicólogos, son debidas en parte a la imagen que él mismo ha proyectado, la relación que ha mantenido con el público, su eficiencia o negligencia para servirle y el

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desacuerdo entre los psicólogos para determinar, entre otros aspectos, qué funciones debe cumplir como profesional. A pesar de las mencionadas distorsiones, muchas personas tienen una visión bastante clara de lo que es y puede hacer un psicólogo. Estas personas piensan que el psicólogo es un hombre de ciencia, experto en muchos aspectos de la conducta humana, que en muchos casos está capacitado para ayudarlas a resolver aquellos problemas personales que se les hace incontrolables por la angustia, confusión o falta de experiencia. En este sentido, el psicólogo ha desempeñado un papel parecido al hombre de “experiencia”, al brujo, al mago, al sacerdote, al médico. Se le busca como a alguien de confianza, capaz de escuchar, comprender y ayudar. Estas personas esperan que el psicólogo adquiera un mayor compromiso social, tome partido en las luchas del momento, desenmascare los intereses ocultos y se aliste en la lucha por la libertad y la dignidad del Ser Humano (Yela, 1980) y que no se venda al mejor postor, emplee sus técnicas para manipular a los demás, se sirva de ellos o contribuya a mantener el estatus quo de quienes dirigen y controlan los destinos de la sociedad. Estas personas también aspiran a que el psicólogo fomente en la sociedad el sano desarrollo de la vida material y espiritual, prevenga las deficiencias y dificultades sociales e individuales y ayude a atenuarlas o a corregirlas. Como profesional, el psicólogo ha recibido una preparación teórica y técnica que idealmente le permite comprenderse y comprender a sus congéneres, educar, hacer prevención, diagnosticar, generar cambios profundos de conducta y hacer investigaciones en campos tan variados como el de la industria, la educación, la clínica, la orientación, la vida familiar, laboral y social. Sin embargo, reconozco que la preparación teórica y técnica que recibimos suele ser incompleta, pues se nos prepara para ver un cierto aspecto de la realidad psicológica, generalmente de corte individualista, para ver los problemas de las personas como resultado de situaciones privadas y particulares, dejando de lado las relaciones sociales de poder económico, político, militar y religioso, la manera de organizar la sociedad, las ideologías, la influencia de los medios de supuesta información creadores de imágenes y realidades que no concuerdan con nuestras vivencias, pero que nos vemos impelidos a aceptar como verdades… Las personas que acuden al psicólogo, si están claras, por lo regular, lo hacen porque tienen problemas o necesitan orientación. Quieren resolver problemas vinculados a su manera de actuar, problemas existenciales y hasta problemas espirituales, y esperan que el psicólogo les ayude a encontrar una manera sana de superarlos y las oriente: ¿cómo superar el miedo a los exámenes? ¿Cómo resolver sus problemas de pareja?... Estas personas esperan encontrarse a un Ser Humano cálido, receptivo, respetuoso de su personalidad, que hable su mismo lenguaje, y no a un técnico, a alguien frío que sabe aplicar técnicas y dar muchas explicaciones, que manipula, que niega reiteradamente las distorsiones, contradicciones e injusticia social, y que lo dirige hacia metas que no son las que desea, para que momentáneamente se reconcilie con la cultura en la que vive.

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No obstante las expectativas del público, existen psicólogos con una marcada deformación profesional; que están poco claros sobre cuál es su papel o se identifican demasiado con él; se apegan a una teoría particular; manifiestan un notable afán de lucro o emplean la profesión como una forma de satisfacer sus necesidades y deforman la realidad de la persona que busca ayuda: no la escuchan, no se atienen a los problemas concretos por los que son consultados y adoptan una posición distante y prepotente; motivo por el cual hay personas que han terminado por desconfiar de los psicólogos y han preferido acudir al amigo, a un familiar o ir al “brujo”. Campos de la Psicología En general, el público piensa que la Psicología es un campo unificado de conocimientos, integrado por personas que comparten intereses similares, hacen el mismo trabajo y piensan de modo muy parecido. Aunque estas creencias tienen cierta validez, lo cierto es que la tendencia predominante entre los psicólogos es más a trabajar en áreas especializadas, que en función de una Psicología comprometida profundamente con la comprensión del Ser Humano. Por ello es que, en parte, entre los psicólogos existen grandes divergencias en cuanto a valores, intereses y funciones, y de allí que también encontremos entre ellos rasgos de personalidad particulares según el campo a que se dediquen: «los psicólogos identificados con diversos aspectos de la disciplina [...] poseen grandes diferencias en cuanto a valores profesionales y científicos, presupuestos metodológicos y puntos de vista» (Kimble, cit. por Spence, 1987, p. 1052). Actualmente, acorde con la American Psychological Association (APA) la Psicología está integrada por más de 70 ramas, cada una de las cuales está debidamente representada en una División de la APA (Odegaard, 1987). Entre sus divisiones menos conocidas figuran la Psicología del ambiente y la población, la Psicología comunitaria, la Psicología de la mujer, la Psicoastrología, la Psicología del derecho, la Psicología de las lesbianas y los homosexuales, la Psicología del consumidor, la Psicología organizacional y la Psicología forense. A continuación esbozo las especialidades psicológicas más nombradas en Venezuela. Psicología animal A lo largo de la historia de la Humanidad, el Hombre se ha interesado por el comportamiento de los animales. En la Antigua Grecia, Aristóteles escribió extensos tratados acerca de las características y la Psicología de muchos animales. Durante el siglo pasado, el interés por las características de los animales y su comportamiento se incrementó por el intento de demostrar la evolución de las especies. Parte de los contenidos de las obras relacionadas con la conducta animal editados durante el siglo XIX, versaban sobre la existencia o 238

no de la moral, el alma y la conciencia animal. Con los trabajos de Darwin, el estudio de la conducta animal se asentó sobre una base evolutiva y verdaderamente comparativa (Klopfer, 1976). Algunos autores han considerado a Darwin como uno de los padres de la Psicología comparada. Darwin contribuyó con excelentes trabajos sobre la Psicología animal escribiendo obras como “La expresión de las emociones en los animales y el hombre” (1872) y “La evolución mental de los animales” (1884). Entre los representantes más distinguidos de la Psicología comparada encontramos a Lloyd Morgan, quien con su influencia dio el paso definitivo que iba a acabar durante más de medio siglo con la unificación que Darwin había intentado entre la Psicología y la Biología (Fernández, 1984). Spalding y William James fueron los primeros que observaron el comportamiento de los animales con la finalidad de extrapolar sus conclusiones al Hombre. Prestaron, además, mucha atención al problema de la herencia, el aprendizaje y la percepción (Murphy, 1964). En 1896, Morgan plantea en su obra “Hábitos e instintos”, el problema de si los hábitos se transmiten genéticamente o no para convertirse en instintos y termina por establecer un corte entre factores innatos y factores aprendidos. Con ello, Morgan logra depurar los principios asociacionistas que pueden considerarse como el inicio estricto de la teoría psicológica del aprendizaje. La obra de Morgan, “Hábitos e instintos”, recoge los contenidos de sus exposiciones a lo largo de una serie de conferencias y cursos que dio en diversas universidades estadounidenses durante 1896. Uno de los asistentes a estas conferencias fue Thorndike, quien tomó el esquema de Morgan y lo puso en práctica. Thorndike publica en 1898 un libro titulado “Inteligencia animal”, que puede considerarse como punto de partida de la teoría del aprendizaje en los Estados Unidos (Fernández, 1984). Con la adopción por Thorndike de los esquemas de Morgan, se inicia una vasta gama de investigaciones en el área del aprendizaje y la percepción y se abandona en el ámbito de la Psicología animal el interés por comparar la conducta entre las especies. Desde principios del siglo XX el uso de animales como sujetos de investigación se ha generalizado entre los seguidores de casi todas las teorías psicológicas. El sentido fundamental dado a la investigación del comportamiento animal no ha sido sólo el de explicarlo, sino también el de explicar y entender la conducta del Hombre a través de la comparación. El uso de animales como sujetos de investigación, ha sido justificado de muchas maneras, entre ellas:  ciertas experiencias no pueden ser realizadas con Seres Humanos por razones éticas. No es ético tratar de averiguar si un sentimiento como el amor es aprendido a través de la satisfacción del hambre, separando a un grupo de bebés de sus madres, o bien, si existe un período crítico para la adquisición del lenguaje, aislando niños de todo contacto humano hasta que cumplan 15 años,

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 el trabajar con animales permite que el experimentador pueda disponer de los sujetos en cualquier momento que lo desee, y que pueda someterlos a las condiciones de control más estrictas,  el uso de animales permite en un tiempo más corto averiguar cómo se adquieren y evolucionan ciertos procesos psíquicos,  el estudio del comportamiento animal puede ayudar a entender la función adaptativa de la conducta y comprender los factores evolutivos que subyacen a ésta (Klopfer, 1976),  la similitud entre la estructura corporal y el sistema nervioso de algunos animales como el chimpancé, el orangután y el gorila, permite hallar indicios claves sobre la forma como se han desarrollado en el Hombre ciertas habilidades como el pensamiento y el lenguaje. Si bien es cierto que la Psicología animal ha brindado valiosos aportes en la comprensión de procesos como el aprendizaje y la percepción, también es cierto que algunos psicólogos han exagerado al afirmar que no existen diferencias entre la conducta animal y Humana, entre ellos B. F. Skinner. Aunque Skinner reconoció antes de morir que realmente sí existen diferencias entre las ratas y los Seres Humanos, durante mucho tiempo negó dichas diferencias. La Psicología animal ha sido criticada por los etólogos, pues algunos psicólogos han suplantado el medio ambiente natural por condiciones de laboratorio excesivamente artificiales. Por otra parte, la investigación con animales tiende a desaparecer en algunos países, especialmente en Europa, debido a las protestas y críticas de los ecologistas y otros grupos proteccionistas, pues se ha sometido a los animales a pruebas cruentas en nombre del conocimiento y de la ciencia. Psicología escolar La historia de la Psicología escolar está asociada con los aportes a la educación de investigadores como Dewey y Thorndike; a las pruebas psicológicas destinadas a medir la inteligencia y las diferencias individuales, y a la Psicología infantil. La Psicología entra oficialmente en el campo escolar en 1904, cuando el ministro de Instrucción Pública de Francia nombra a Binet miembro de la comisión de clases especiales en las escuelas. Dicha comisión estaba encargada de distinguir si el fracaso escolar se debía a una dotación insuficiente de la inteligencia o si se trataba de niños indiferentes y haraganes. «Los psicólogos escolares aplican los principios y técnicas de la Psicología a los problemas educativos relativos al ámbito escolar» (Eiserer, 1971, p. 11). Entre sus tareas están el diagnóstico y tratamiento de problemas de adaptación, motivación, aprendizaje y relación entre alumnos y profesores, poner de

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manifiesto y destacar las habilidades de los alumnos y revisar las actitudes y papeles de los docentes a fin de ayudarles en la búsqueda de soluciones a problemas de aprendizaje y de orden pedagógico. El psicólogo escolar puede ayudar a detectar y a prevenir muchas de las dificultades y retrasos del aprendizaje debidos a los métodos de enseñanza, limitaciones ambientales, tensiones emocionales y otros factores que pueden convertirse en fuente de frustraciones para docentes, alumnos y sus familiares. Emplea métodos de investigación y diagnóstico como la observación sistemática, la anamnesis, la entrevista, el juego y las pruebas psicológicas. De esta manera puede conocer si el alumno tiene limitaciones de tipo orgánico o emocional en el ámbito escolar y/o familiar (Coon, 1986). Si el alumno tiene problemas de tipo orgánico, como epilepsia o hiperkinesia (niños que son más activos que el promedio) el psicólogo escolar le refiere al neurólogo y trabaja en equipo con éste, el docente y los padres. Por lo regular, el psicólogo escolar trabaja en equipo con el maestro y la familia, pues muchos de los problemas de los niños en edad escolar están asociados a una actitud y manejo inadecuados de los adultos a las reacciones emocionales de los niños, lo que puede ocasionarles perturbaciones emocionales y retraso en el aprendizaje. Esto implica un amplio espectro de actividades que a veces nuestro medio escolar no ha sabido ni apreciar ni aprovechar, pues frecuentemente, la tarea del psicólogo escolar ha sido limitada a la aplicación de pruebas de inteligencia con fines selectivos o eliminatorios. Un campo afín a la Psicología escolar, es la Psicología educativa, que se ocupa de aspectos educativos como la dinámica del salón de clases, formación de los profesores, problemas de administración escolar, estilos de enseñanza, y las variables que facilitan o dificultan el aprendizaje. Según Ausubel, Novak y Hanesian (1986) la Psicología educativa tiene como objeto de estudio los problemas de aprendizaje, entre los que destacan aquellos relacionados con la adquisición y retención de los conocimientos, el mejoramiento de las habilidades cognoscitivas, establecer cuáles son las variables cognoscitivas y de personalidad del alumno, así como las variables interpersonales y del ambiente de aprendizaje que afectan el rendimiento. Asimismo, los psicólogos educativos están en capacidad de intervenir en la elaboración de pruebas educativas y evaluación de programas educativos. La Psicología educativa se diferencia de la Psicología escolar en que ésta última tiende a ocuparse de problemas relacionados con el fracaso escolar, mientras que la Psicología educativa se ocupa más de aspectos administrativos y de investigación en el ámbito académico (Lindgren y Byrne, 1977; Coon, 1986). A pesar de las virtudes de la Psicología escolar y educativa que he señalado no es posible olvidar que: “no todo lo que brilla es oro”. Los especialistas de estas áreas, no obstante sus conocimientos, generalmente, no son empleados en la mayoría de las actividades mencionadas sino que se ocupan más bien de actividades de control, disciplina y evaluación: “¿Quién se mantiene o no dentro de las normas?”. Es muy común ver cómo se ocupan dentro del renglón

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control en iniciar a niños y adolescentes en la “carrera de pacientes psiquiátricos profesionales”, que ocupándose en todo lo vinculado al “arte de vivir”. Más aún, ni siquiera asumen una posición seria y firme frente a la ignorancia que se impone en todos los niveles educativos en cuanto a lo que es la vida, lo que realmente ocurre en torno a nosotros…, es decir, no luchan contra la inculcación de una cierta estupidez e ignorancia cultural. Por ello, en buena medida, es difícil encontrar a un egresado universitario que entienda qué es la libertad o la democracia, que conozca el juego de poder…, incluso que sepa dónde está Italia, Turquía o más grave aún lugares en Venezuela como la Gran Sabana, San Juan de los Morros o Maracaibo. No hay pues una posición firme ante lo que podríamos llamar el fracaso de la inteligencia en el acto de saber vivir y convivir, un desarrollo de la sensibilidad frente a los crímenes de guerra por naciones como USA e Israel, un desarrollo de un pensamiento que permita a los futuros adultos analizar y cuestionar la mal llamada vida democrática. Lamentablemente, hacen el juego y defienden la educación que inculca un status quo que resguarde el “orden social” y las ideologías económicas, políticas, militares y religiosas. Asesoramiento psicológico Algunas de las ideas que comparten actualmente los asesores psicológicos las podemos encontrar en Sócrates (conócete a tí mismo) y Platón. En el siglo IX hallamos algunas nociones de la orientación vocacional. El emperador Carlomagno, luego de un análisis acerca del uso óptimo del talento, buscó la manera de encontrar la ocupación más adecuada para cada persona según sus habilidades. Con este objetivo, los sacerdotes de la época se dieron a la tarea de la selección, a fin de entrenar individuos aptos para la lectura, la escritura y otras destrezas que pudieran servir al emperador (Curcho, 1969). Posteriormente, a finales del siglo XIX y comienzos de éste, las mismas necesidades creadas por la sociedad industrial conducen a la formación de profesionales que orienten y ayuden a los individuos a seleccionar aquellas actividades en que según sus capacidades se puedan desenvolver hábilmente y se sientan satisfechos. El primer servicio de orientación dirigido a la orientación vocacional con énfasis en la colocación, fue impulsado por Frank Pearson. En 1921, Bovet acuña el término Orientación Profesional, y en 1922, Claparede define los principios fundamentales de la orientación. El trabajo de los pioneros en orientación o asesoramiento consistió fundamentalmente en la difusión de información sobre los distintos trabajos (Curcho, 1969; Anastasi, 1970). En el desarrollo de este campo de la Psicología han contribuido enormemente el estudio de las diferencias individuales, la psicometría, la Psicología evolutiva, la Psicología de la personalidad, la Psicología industrial, la Psicología social y muchas de las técnicas y principios de la Psicología clínica. El asesoramiento puede ser definido como el conjunto de principios y técnicas destinados a asistir y enseñar individualmente a las personas a tomar

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decisiones, adaptarse con facilidad a los cambios ambientales y a desarrollar al máximo sus capacidades. El asesoramiento tiene como propósito «secundar al individuo para que elija, interprete inteligentemente y se adapte a las situaciones críticas de la vida» (Jones, 1964, p. 26). El contexto de trabajo de los asesores es diverso. La mayoría de los asesores en nuestro país se agrupan en las escuelas y universidades, el resto trabaja en instituciones gubernamentales, el ejército, hospitales, centros de rehabilitación y clínicas matrimoniales. El asesoramiento puede ser subdividido en asesoramiento vocacional, matrimonial, pastoral, comunitario, empleo, rehabilitación y personas en edad avanzada. El asesor vocacional tiene como función ayudar a los individuos a seleccionar carreras o empleo, labor muy importante, ya que las personas, al tomar decisiones de tipo educativo y laboral, deben tener en cuenta que van a dedicar una buena parte de sus vidas a éstas. Un campo muy ligado a éste es el asesoramiento educativo, cuyo objetivo es ayudar a los alumnos a seleccionar programas de estudios y superar aquellas dificultades relacionadas con los mismos. El asesor matrimonial se ocupa típicamente de problemas de compatibilidad en la selección de la pareja, solución de conflictos matrimoniales y crianza de los niños. El asesoramiento a empleados comprende actividades muy variadas que van desde ayudar a éstos a la consecución de viviendas apropiadas hasta la solución de problemas emocionales, aunque no estén relacionados con el trabajo. El asesor para la rehabilitación trabaja con impedidos y enfermos: ciegos, paralíticos, cancerosos, tuberculosos; en colaboración con los médicos, fisioterapeutas y trabajadores sociales. Su objetivo es ayudar a estas personas a superar las perturbaciones emocionales generadas por impedimentos o enfermedades y a desarrollar una actitud realista ante lo que les sucede. El asesor de personas de edad avanzada se encarga de orientarlas vocacionalmente en torno a problemas de jubilación. Asimismo, se ocupa de ayudarlas a resolver problemas de tipo emocional e intelectual asociados a la vejez (Anastasi, 1970). En países como Italia y España, la asesoría se hace en equipo con médicos, trabajadores sociales, laborterapistas y otros profesionales, según las necesidades de las personas con el fin de que sigan siendo individuos útiles a la sociedad y a sí mismos, redimensionen sus aptitudes y su tiempo, pero en nuestro país y muchos de los países latinoamericanos, la orientación se suele limitar a la orientación vocacional.

Psicología clínica y salud La Psicología clínica puede ser definida como aquella rama de la Psicología que aplica esencialmente sus principios a la comprensión, diagnóstico, tratamiento, prevención e investigación de aquellas conductas que en la actualidad han sido designadas con mayor propiedad como problemas, trastornos emocionales o desadaptación. Actualmente no se utiliza el término enfermedad mental para designar las perturbaciones o problemas de orden 243

psíquico. La expresión enfermedad mental se refiere a un esquema clásico usado en medicina, que no tiene las mismas aplicaciones en psiquiatría ni en Psicología clínica. La enfermedad es definida frecuentemente como una alteración o estado del organismo que, por lo regular, causa pena o dolor a las personas y las incapacita total o parcialmente. Acorde con la definición clásica de enfermedad, entonces, la enfermedad es algo que sólo puede afectar al cuerpo, pero no a la psyche. Según el esquema médico clásico, para que una alteración o estado del organismo pueda ser considerado como una enfermedad, el diagnóstico debe basarse en tres criterios: similitud de los síntomas observados, identidad o similitud de las lesiones y mecanismos fisiopatológicos subyacentes e igualdad de los factores que causan u originan la enfermedad. Las llamadas enfermedades mentales, rara vez cumplen con estos criterios (Cloutier, 1967). Lo que los psiquiatras llaman enfermedades mentales son enfermedades metafóricas... «Las cosas o fenómenos que las personas, incluyendo a los psiquiatras, llaman enfermedades mentales, son algo que la gente trata como si fuesen enfermedades» (Szasz, 1978, 93). La aplicación del término enfermedad mental es erróneo, pues las personas y psiquiatras lo emplean para rotular a “ciertos” individuos de ciertas clases sociales, raza y sexo que transgreden o violan las normas sociales implícitas en ciertos contextos (Scheff, 1970): «si una persona explica que habló con Dios en la iglesia se dice que estaba rezando, pero si lo hace en la calle, se le aplica el rótulo de esquizofrénica» (Szasz, 1978). Aunque hay muchas evidencias de insanía mental o de locura en el presidente George Bush, como el admitir que habla con Dios y que este lo eligió para llevar adelante una “cruzada contra el Mal” En concreto, la Psicología clínica se ocupa de una amplia variedad de problemas entre los que figuran el retardo mental, la drogadicción, la delincuencia, los trastornos psicóticos y psicopáticos, las neurosis, problemas de pareja y familiares, problemas sexuales, medicina psicosomática (v.g. problemas cardiovasculares, digestivos, obesidad, asma, artritis reumatoidea y su vinculación con la manera en que manejan la situación, tanto somática como psicológicamente) dislexia, enuresis y otros problemas que pueden tener una base preponderantemente psicológica, orgánica o social. Una idea errónea que se ha generalizado entre el público es la de creer que los psicólogos clínicos son para los locos o casos graves y sin remedio. Esta es una idea bastante distorsionada, ya que el psicólogo clínico, además de realizar tareas de diagnóstico y terapéuticas, lleva a cabo actividades educativas para la comunidad, como educación sexual, parto psicoprofiláctico, orientación prematrimonial y matrimonial, orientación en escuelas de padres, y participa y ayuda en la elaboración de programas de prevención social para la comunidad. La Psicología clínica se mezcla parcialmente con la Psiquiatría, el Trabajo social, la Biología, la Sociología y la Antropología. El inicio de la Psicología clínica como tal, tuvo lugar en 1896, fecha en que Lightner Witmer estableció la primera clínica psicológica en la Universidad de Pensylvania (Murphy, 1964; Shakow, 1982). Sin embargo, poco antes, ya los

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psicólogos se habían establecido con sus laboratorios de Psicología en los hospitales para enfermos mentales. En estos lugares trabajaron estrechamente con los psiquiatras en muchas actividades y ampliaron la gama de pruebas psicológicas para el diagnóstico. El objetivo de Witmer era estudiar individualmente a los niños a fin de determinar sus dificultades, especialmente las de tipo educativo, y ayudarles a superarlas. Witmer trabajó en equipo con psicólogos, neurólogos y asistentes sociales. El trabajo de los psicólogos clínicos consistía en la administración de pruebas psicológicas de inteligencia, estudios de casos, diagnóstico, consejos y guía. En 1909, William Healy abrió una clínica de la conducta para el estudio de los delincuentes en colaboración con el tribunal de menores del condado de Cook, Chicago (U.S.A.). El enfoque de Healy tuvo un efecto más duradero y penetrante en el campo de la Psicología clínica que el de Witmer, pues Healy insistió más en el estudio de los aspectos afectivos de la personalidad que en la inteligencia. Hasta la Segunda Guerra Mundial, la actividad de los psicólogos clínicos con adultos se limitó prácticamente a la aplicación de pruebas de inteligencia y personalidad y la elaboración de diagnósticos, psicólogos clínicos que en su mayoría eran seguidores de la corriente psicoanalítica. Sin embargo, paralelamente en el campo infantil, los psicólogos jugaron un papel más amplio, ya que, además de aplicar pruebas y elaborar diagnósticos, se dedicaban a la psicoterapia y dirigían muchas de las clínicas de orientación infantil. La limitación del papel de los psicólogos clínicos en los hospitales psiquiátricos para adultos es comprensible si tenemos en cuenta que los psiquiatras habían adoptado el esquema médico para el tratamiento de los problemas y perturbaciones de origen psíquico. Esta situación empezó a cambiar tras la Segunda Guerra Mundial en los Estados Unidos y parte de Europa, pues debido al gran número de perturbados mentales que comenzaron a aparecer entre los soldados como producto de la guerra y la poca disponibilidad de personal especializado en psicoterapia para atenderlos, se le asignó esta tarea a los psicólogos y otras personas con cierta preparación en Psicología. Desde entonces, y con la aparición del modelo psicológico y social en el campo de las perturbaciones psíquicas, el movimiento de antipsiquiatría y el desarrollo y aplicación de nuevas técnicas psicoterapéuticas el papel del psicólogo clínico se ha ido afianzando en el área de la psicoterapia. Por desgracia ha sido muy escaso su papel en cuanto a prevención social como lo evidencia su silencio ante las manipulaciones de los medios y su creación de confusión, angustia y miedo. Las diferencias existentes entre las actividades de los psicólogos clínicos y los psiquiatras que han logrado superar el modelo médico clásico, son pocas, pues se dedican prácticamente a las mismas actividades: investigación, diagnóstico, psicoterapia y ¿prevención?. Sin embargo, en muchos países, las diferencias entre psicólogos clínicos y psiquiatras suelen ser notables. En la formación de los psiquiatras se sigue insistiendo en el uso del modelo médico y aplicación de

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tratamientos farmacológicos, y en la formación de los psicólogos clínicos se suele hacer énfasis en la aplicación de pruebas psicológicas, por lo que comúnmente, sus actividades se limitan respectivamente a la administración de fármacos y la aplicación de pruebas psicológicas. No obstante esto, es cada vez más frecuente que ambos profesionales trabajen en equipo y se interesen por la educación y la psicoterapia. Psicología industrial El siglo XIX trajo consigo un mundo de contradicciones. Por una parte, la revolución industrial acuña la palabra progreso y promete un mundo mejor pleno de felicidad, que nunca se ha concretado y, por otra, introdujo un mundo de miseria, necesidades superfluas y consumismo. Con la revolución industrial, la formación del capitalismo y la invención de numerosas máquinas, pequeños productores como los campesinos y artesanos comienzan a desaparecer. Se produce entonces el exilio del campo a la ciudad, donde supuestamente conseguirían trabajo en las fábricas y mejorarían sus condiciones de vida. Pero el mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanos nunca ha sido una expectativa real de los empresarios. En el devenir de la sociedad industrial fueron surgiendo nuevas exigencias y necesidades laborales cónsonas con la complejización de las organizaciones, que no solamente debían hacer énfasis en una mayor productividad a menor costo, sino también atender a la administración de la empresa, distribución y adquisición de productos, relaciones de trabajo, publicidad. Estas actividades de las empresas requerían de hombres especializados con aptitudes específicas. A principios de siglo, los empresarios se dieron cuenta de la importancia de la actitud del Hombre frente a la máquina, por lo que se plantearon cómo hacer para que este produjera y consumiera y más. Ante estas necesidades de los industriales se comenzó a gestar la Psicología industrial, el mercadeo (marketing), la publicidad y los creadores de imágenes, es decir, de maquillar usualmente a los políticos y grandes empresarios para que aparezcan como personas buenas, honradas e interesadas por los problemas y necesidades sociales aunque no lo sean y no lo estén. En 1910, un ingeniero estadounidense, Frederic Taylor, propone el principio de la administración o gerencia científica que reza así: “Se trata de un método muy simple de organización industrial destinado a aumentar el rendimiento de los obreros, que se asienta sobre el cronometraje de los gestos de trabajo, de manera de convertirlos en menos complicados, más rápidos, más automáticos, sostenidos por mayor tiempo, con el fin de imponer como norma para la producción los mejores tiempos, sin preocuparse por la usura física y psíquica que se produce en el trabajador. Responde al axioma el hombre adecuado en el lugar adecuado” (Merani, 1976, 527).

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Pero son pocos los hombres que responden a las exigencias de la industria. De allí que se empiecen a analizar las tareas en relación con las metas de producción, las aptitudes y motivaciones de los trabajadores y empleados. El análisis de las tareas, a su vez, impulsó al desarrollo de métodos de selección y orientación laboral, basados en las pruebas y entrevistas psicológicas. Alrededor de 1925, Elton Mayo plantea la hipótesis de que el rendimiento en la producción puede incrementarse si se mejoran las condiciones físicas y psicológicas del ambiente de trabajo. Mayo logró verificar su hipótesis sometiéndola a prueba en la industria, y como resultado de ella, desde entonces se comenzó a modificar el clima psicológico de la industria y a considerar el papel que juegan las relaciones interpersonales en el trabajo. El psicólogo industrial de hoy debe pensar, además de buscar la adaptación recíproca de las características del Hombre y las condiciones laborales, en los medios para perfeccionar la formación del personal, analizar las comunicaciones y organización de las empresas, mejorar las relaciones laborales y combinar el rendimiento con la satisfacción (Richard, 1971; Halloran, 1982; Hersey y Blanchard, 1988). De la Psicología industrial derivó la Ingeniería humana, la cual es una rama de la Psicología aplicada muy cercana a aquélla. La Ingeniería humana se dedica a la investigación aplicada de cuyos resultados se diseñan maquinarias, paneles de control, automóviles, aviones y otros aparatos para empresas, industrias y el ejército, a fin de lograr el máximo de eficacia, seguridad y bienestar (Lindgren y Byrne, 1977; Coon, 1986). Psicología social Desde Aristóteles hasta finales del siglo XIX, la Psicología se ocupó del estudio de las mentes individuales. «El problema de la interacción en el grupo o de las relaciones interpersonales fue liberado al historiador, al moralista, al jurista, y especialmente durante los siglos XVIII y XIX, al economista político» (Murphy, 1964, 384). Si bien no es posible hablar desde la Antigüedad hasta una época relativamente reciente, de una Psicología social o de las relaciones entre Seres Humanos, sí podemos hallar muchas ideas vinculadas a ella, que provienen de épocas bastante remotas, las cuales están muy vinculadas a la Filosofía, la Religión, la Política y el Ejército. Sus primeras explicaciones se basaron en postulados filosóficos sobre la naturaleza del Hombre, postulados que podemos encontrar, por ejemplo, en la antigua filosofía china en autores como Chuang-Tsu, en el código de Hamurabi, 2.000 años a.C., y en los tratados de Aristóteles y Platón. Aristóteles planteaba que la conducta social del Hombre es el resultado de su naturaleza biológica. Platón mantuvo que se debía a la influencia de la sociedad organizada. Un hito en la historia de la Psicología social lo representan pensadores como Hobbes, Rousseau, Diderot y Condorcet, en el siglo XVII. Con sus postulados sobre las motivaciones individuales condujeron a distintas concepciones sobre

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la naturaleza de la sociedad (Murphy, 1964) y del Hombre. En el siglo XIX, la historia de la Psicología social entra en lo que podría llamarse el empirismo social. Durante este período la obra de Darwin, “El origen de las Especies” (1859), juega un papel muy importante, ya que ejerció una influencia notable sobre las ciencias sociales y el pensamiento de autores como Galton, pionero del estudio de las diferencias individuales, y sobre Herbert Spencer, notable filósofo británico quien, entre otras cosas, insistía en la síntesis de un conocimiento que derivara de las investigaciones científicas de la Biología y los fenómenos sociales (Klineberg, 1975). “Spencer se valió de las ideas darwinianas para sostener la superioridad de algunos grupos y la inferioridad de otros, justificando así la guerra, el colonialismo y otras prácticas sociales que implicaban la competencia o el conflicto” (Hollander, 1982, pp. 38, 41, 42). Hacia finales del siglo pasado, Tarde y Le Bon, entre otros, hicieron aportes más directos a la Psicología social. Tarde, con sus “leyes de la imitación”, y Le Bon, con su obra Psicología de las masas. El primer libro de Psicología social que aparece con este título es el del profesor E. Ross, publicado en 1908. En este libro, Ross explica las implicaciones prácticas de las leyes de la imitación de Tarde y la sugestión. En este mismo año, McDougall publica su obra Introducción a la Psicología Social, libro que ejerció gran influencia en ésta durante varias décadas. McDougall sostiene que los instintos son los principales responsables del comportamiento de los animales y del Hombre y que, asimismo, son la base de la conducta social. El uso de los instintos como eje central de las ciencias sociales, provocó violentas reacciones entre los científicos de las ciencias sociales y llevó a McDougall a hacer una revisión de su teoría. Entre las ciencias que han hecho aportes a la Psicología social están la Sociología y la Antropología, ya que «han dado a los psicólogos sociales la comprensión íntima de las variaciones en la conducta humana y en la manera según la cual la cultura puede determinar actividades consideradas anteriormente como instintivas» (Klineberg, 1975, p. 25). En las últimas décadas, la Psicología social ha adoptado la tendencia a ser más comparativa, pues se ha comprendido que no es posible entender la conducta psicológica estudiando un sólo contexto cultural. Esto ha llevado a que los psicólogos sociales empleen cada vez más materiales etnológicos y sociológicos. Por otra parte, la Psicología social ha adoptado con mayor énfasis el método experimental y ha adquirido el carácter de ciencia aplicada en el campo de las relaciones interpersonales (Klineberg, 1975). La Psicología social puede ser definida como el estudio sistemático de las actividades de las personas influidas por otras personas en el marco del contexto social y físico. El psicólogo social se interesa por el individuo como participante de las relaciones sociales y por la comprensión de los procesos sociales subyacentes a tales relaciones (Hollander, 1982). Percibe al Ser Humano como a un sujeto social inmerso en un contexto, en el que actúa y

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depende de otros Seres Humanos para su subsistencia. Entre otros temas, la Psicología social estudia la conducta de las personas en grupos o individualmente, estructura y procesos de grupos, las relaciones entre personas, el liderazgo, la comunicación, la percepción social, efectos de los cambios sociales sobre sistemas como la familia y la escuela, el proceso de socialización, políticas de servicios sociales para la comunidad, actitudes, valores, expectativas, costumbres y normas sociales.

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CAPÍTULO NOVENO ACERCA DE LA TEORÍA EN PSICOLOGÍA
La teoría es tan sólo un punto de vista, que en el caso de la Psicología nos dice cómo sería la conducta del Hombre si ésta (la teoría) fuera totalmente verdadera. Leahey

Entre los objetivos generales de la ciencia está el proporcionar conocimientos válidos sobre el mundo: cómo funciona el Universo, cómo son las relaciones entre los objetos, entre los eventos y entre ellos y los objetos..., a fin de poder llegar a comprender el mundo en que vivimos, prever situaciones y, de ser posible, poder modificarlas. Ahora bien, para llegar a desarrollar un conocimiento que podamos catalogar como científico no son suficientes la observación y la descripción de los objetos y eventos per se. La observación por sí misma tiene sus límites, pues más allá de los sentidos y de su extensión por medio de aparatos e instrumentos no es posible conocer los objetos y los eventos; y la sola acumulación de sus descripciones puede llegar a adquirir dimensiones tan descomunales que, además de ser inmanejables, pierdan su utilidad. Por otra parte, la observación y la descripción de los objetos por sí mismos, sin una guía orientadora, conducen fácilmente a una acumulación ciega de datos que no crea las condiciones necesarias para predecir el curso de los acontecimientos, el cual es otro de los principales fines de la ciencia. Rebasadas las posibilidades de la observación, los científicos encuentran que los objetos y sus propiedades se ocultan a los sentidos. Para romper esta barrera y profundizar en el conocimiento de los fenómenos, los científicos recurren a la imaginación y esquematizan sus ideas empleando teorías. La observación, la razón y la intuición, consideradas aisladamente o en conjunto, distorsionan el conocimiento de la realidad. De allí que los científicos traten de elaborar teorías ayudados por estos medios para conocer y las sometan a contrastación, procedimiento que es considerado eficaz y útil en la producción del conocimiento científico. La palabra teoría procede del griego theoria, que tiene la misma raíz que teatro, la cual, a su vez, significa ver o hacer un espectáculo. Originalmente se llamaba así al “grupo de embajadores que una ciudad delegaba oficialmente para asistir a las fiestas religiosas de otra ciudad. Debido al hecho de que en ellas, aparte de consultar a los oráculos u ofrecer un sacrificio para la salud del Estado, solían tener lugar deportes y juegos, la palabra «teorós» de acuerdo con Lobcowicz, vino a significar «espectador de

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juegos» y «teoría» lo que hacía dicho espectador, es decir, observar, mirar con atención...” (Bayés, 1978, p. 67). «Una teoría es, en primer lugar, una manera de formarse una idea, es decir, una manera de mirar el mundo, y no una forma de conocimiento de lo que es el mundo» (Bohm, 1992, p. 22). Una teoría es, pues, una imagen del mundo, una imagen ordenada de nuestra propia percepción y elaboración intelectual de lo que hemos observado y pensado de una manera particular; es un punto de vista que es mostrado a los demás, para que vean ciertos aspectos de ellas, pero que en sí no es conocimiento ya que no implica experiencia alguna. En general, las teorías son consideradas:  como un conjunto amplio de conocimientos organizados de manera sistemática aplicable a una variedad relativamente amplia de circunstancias, en especial a un sistema de presunciones, principios aceptados y reglas de procedimiento, que sirven para analizar, explicar o predecir la conducta de los objetos y eventos;  como una manera de representar un objeto o un evento en forma simplificada y un tanto diferente a lo que es, con la finalidad de hacerlo menos complejo y, por ende, más predictible;  como un conjunto de proposiciones explicativas provisionales sistematizadas, que en forma simplificada, pero de amplio alcance, resumen una clase de fenómeno o algunos de sus aspectos, sus relaciones explícitas o implícitas y los mecanismos y estructuras subyacentes, proposiciones que, al menos en principio, tienen la posibilidad de ser contrastadas;  como enunciados universales;  y como redes que lanzamos para apresar aquello que llamamos «el mundo»: para racionalizarlo, explicarlo y dominarlo (Popper, 1985, p. 57). En términos epistemológicos, una teoría científica puede ser conceptualizada como un conjunto estructurado y sistemático de ideas de amplio alcance concebido por la imaginación del Hombre; como un conjunto de explicaciones, patrones, normas y leyes (Yurén, 1982) o como sistemas hipotéticos-deductivos a partir de los cuales se pueden elaborar representaciones de la realidad (Bunge, 1985). Características de las teorías Una teoría es una metáfora o descripción de ciertos aspectos de la realidad con preferencia a otros, creada por la razón, la lógica y la imaginación del Hombre, con el fin de explicar mecanismos como los de la memoria, la personalidad, las

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emociones y los estados de conciencia o describir, por ejemplo, el desarrollo y evolución de procesos como la afectividad. De esta afirmación se deduce: a) que toda teoría es incompleta, ya que sólo representa una parte de la realidad cambiante en un momento determinado, lo que las hace limitadas y sujetas a errores; y b) que las teorías son elaboraciones mentales que no deben confundirse con la realidad, es decir, no debemos confundir el mapa con el territorio. Puesto que una teoría representa una parte o partes de la realidad desde un cierto ángulo, es como si miráramos una puerta desde una determinada posición. Cada vez que nos movemos, centramos nuestra atención en una parte de la puerta, la observamos con un objetivo e interés diferente y la puerta varía de posición, a nuestros ojos, ella adquiere una forma y significado distintos, aunque en esencia corregimos mentalmente su forma y sabemos que sigue siendo la misma puerta. Algo muy similar sucede cuando nos estudiamos. Si al investigar nos concentramos en los procesos perceptivos, nuestra manera de describirnos será muy distinta a si nos concentramos en nuestras motivaciones o en nuestros estados de conciencia. Otro tanto ocurrirá si nos vemos de manera fragmentada o si nos vemos de forma holística. Si las teorías fueran un conjunto detallado de descripciones de la totalidad de la realidad, estas serían inmanejables y, por ende, perderían su utilidad. De allí que en su elaboración sólo se seleccionen y resalten aspectos de la realidad con un fin determinado. Desarrollar una teoría definitiva que abarque la totalidad de la realidad es imposible, por una parte, debido al universo de detalles que existen y, por otra, porque la realidad cambia constantemente. Toda teoría es siempre provisional. Esto se debe a que la realidad es cambiante y al hecho de que es imposible comprobar que las cosas son definitivamente de una cierta manera. Como explica Hawking (1989) «a pesar de que los resultados de los experimentos concuerden muchas veces, nunca podremos estar seguros de que la próxima vez el resultado no vaya a contradecirla» (p. 28). Tampoco tiene mucho sentido repetir innumerables veces una misma investigación experimental frente a un infinito número de sucesos de la vida real y cambiante. La clave de la comprensión de una teoría reside en tener presente que ésta es una creación de la imaginación del Hombre, que sirve para avanzar en el conocimiento de los fenómenos, que no es la verdad misma y, por ende, que posee un valor temporal. Uno puede imaginar como forma de orientarse ante un hecho como el divorcio que éste se debe a un cambio de valores en la sociedad, pero no debe concluir que todo divorcio es producto exclusivo de ello, así como tampoco se debe concluir que toda pelea conyugal tiene como transfondo la influencia de los suegros o decir que ello se debe a traumas infantiles. Si elaboramos una teoría de la realidad psicológica del Hombre, cualquiera que sea ésta, hemos de tener en cuenta que es sólo una forma de aproximarnos al conocimiento de su conducta, por lo tanto, no debemos suponer que la gente

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se comporta de cierto modo porque lo dice la teoría, y de existir divergencias entre ésta y la realidad, ignorarlas o justificarlas como ocurre tantas veces (Kohn, 1991). Las teorías psicodinámicas nos explican sólo el aspecto psicosexual de la conducta. Los gestaltistas lo hacen desde la óptica de la percepción. La Psicología cognoscitiva desde la perspectiva de los procesos cognoscitivos. Cada una hace aportes valiosos a la comprensión de la realidad psicológica del Ser Humano, pero cada una sólo considera una parte de ella como si no existieran los aspectos restantes de la realidad psicológica y la condición humana de ser/siendo, razón por la cual, no hay que olvidar dichos aspectos y hacer referencia a la totalidad. Ya que las teorías son construcciones elaboradas sobre la base de la imaginación y del razonamiento, y no son la verdad misma, siempre es necesario contrastarlas e irlas ajustando según los resultados de las investigaciones. Toda teoría difiere en cierta manera de los objetos y eventos reales que representa. Un mapa es tan solo el dibujo de un territorio, no el territorio mismo. Una teoría psicológica intenta explicar cómo se comportaría el Hombre si la teoría fuera completamente cierta (Leahey, 1982, p. 36). Una teoría psicológica no es una realidad o la realidad misma, por ende, debe ser contrastada. Si entre ella y la realidad psicológica de las personas hay discrepancias, lo que hay que hacer es ajustarla, y de no servir, descartarla. Cuando una teoría es transformada en una verdad a ultranza, una cuestión de honor, deja de ser científica y pasa a ser un dogma de fe. En ese momento se confunde la imaginación con la realidad, y su adopción, en la práctica puede representar un verdadero peligro: “a los niños hay que dejarles explorar todo lo que ellos quieran, ya que si no se traumatizan y no logran adquirir las experiencias necesarias para su desarrollo intelectual”. Las teorías suelen orientar y dirigir nuestra atención más hacia ciertos aspectos de la realidad que hacia otros, pues nunca se refieren a la totalidad de la misma. Esto implica cierto peligro, pues al dedicarnos con interés sólo a algunos de la realidad psicológica con frecuencia olvidamos aquellos otros aspectos que hemos obviado. Las teorías al dirigir nuestra atención hacia aspectos específicos de la realidad, imponen de modo inconsciente, una manera de ver el mundo, que frecuentemente genera una cierta actitud hacia éste, una forma de percibirlo, de pensarlo, sentirlo, vivirlo y de actuar y, por tanto, de cómo se van a formular las preguntas de investigación y cuáles son los procedimientos legítimos para responderlas (Claxton, 1987). No existe una teoría óptima. Que una teoría sea considerada mejor que otra depende del grado de precisión con que ésta describa un amplio espectro de las observaciones hechas acerca del objeto de estudio. Ello sobre la base de contener un mínimo de parámetros arbitrarios, dependiendo del fin para el cual se elaboró, de alcanzarlo con un mínimo de esfuerzo y un máximo de rapidez y eficacia, así como de la capacidad para predecir la conducta futura del objeto de estudio. Así, la teoría de Piaget ha sido considerada entre las mejores teorías que han intentado explicar el desarrollo evolutivo de la inteligencia en cuanto a su relación con el papel que juega la estimulación ambiental y la manera de

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asimilar y acomodar la información recibida, pero no entre las mejores para explicar el desarrollo de la personalidad o de la conciencia. Toda teoría es creada en un determinado marco histórico-social. Aunque en parte las teorías son elaboradas sobre la base de una determinada concepción de la ciencia, los conocimientos existentes y con un fin específico, su creador no está exento de la influencia cultural, de la influencia del lenguaje materno, el dominio que tenga sobre éste y su manera de utilizarlo; sus propias experiencias personales en general; la formación profesional recibida; las experiencias particulares con el aspecto psicológico que estudia; su personalidad; su concepción particular de la vida; sus actitudes y sistema particular de creencias. Las teorías psicológicas en particular, no son sino representaciones o mapas de la realidad psicológica elaborados por psicólogos que hemos recibido una formación profesional a través de la cual entramos en posesión del paradigma específico de nuestro papel (Goleman, 1989). Dicha socialización implica la adquisición de reglas implícitas o de los principios cognitivos subyacentes a todo paradigma: cómo se ha de percibir y recolectar la información, cómo se ha de mirar, cómo se ha de pensar, cómo se ha de sentir, cómo se ha de investigar, qué hacer, cómo interpretar los resultados de las investigaciones, cómo se han de organizar y elaborar los conocimientos para transformarlos en teorías; y al actuar así, los profesionales siempre reflejamos una visión particular del Universo, de la vida, del Hombre, de nosotros mismos, de la relación de nosotros mismos y del Hombre con el Universo e, incluso, reflejamos alguna visión espiritual de manera indirecta, aunque no sea éste nuestro propósito. Las teorías psicológicas reflejan, además de la biografía particular de quienes las elaboramos, la proyección de nuestras experiencias elaboradas, esto es, de nuestra manera de percibirlas, valorarlas y darles un significado. Toda teoría «psicológica queda configurada por la autobiografía, por la historia personal de los teóricos, que influye directamente sobre la forma que éstos expresan y matizan la teoría» (Goleman, 1989, p. 40). Así mismo, toda teoría psicológica también queda configurada por el lenguaje y la cultura maternos de quienes dibujan los mapas psicológicos. No debemos entonces perder de vista este y otros aspectos subjetivos de las teorías psicológicas y quedar hipnotizados por su supuesta objetividad. Con frecuencia, el trance hipnótico que inducen las viejas ideas de la ciencia moderna nos lleva a olvidar lo anterior y adoptamos individual y colectivamente teorías científicas que aplicamos de manera indiscriminada, las cuales, sobre todo en el ámbito de la Psicología, conllevan a consecuencias lamentables. En Hispanoamérica, es típico que sus dirigentes y planificadores adopten indiscriminadamente teorías educativas, del aprendizaje o evolutivas, con el objeto de mejorar la educación y el nivel de vida. El resultado es un desmejoramiento, un fracaso y un volver sobre sus propios pasos. Por añadidura, lamentablemente, las evaluaciones de estos fracasos terminan en explicaciones como: “se trata de gente floja”, “los pobres siempre serán así”, “es inevitable”.

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Con el tiempo, las teorías pierden su utilidad por diversas razones. Porque se refieren sólo a una parte de la realidad. Porque mediante ellas es imposible seguir profundizando en el conocimiento de la realidad que tratan. Porque no pueden dar respuestas a los nuevos interrogantes que surgen de ella misma o de la investigación en general, y porque al cambiar la realidad surgen imprevistos no esperados. Lo anterior indica que toda teoría es falible y limitada y que, por ende, es necesario, empleando los resultados de la contrastación, revisarlas periódicamente y ajustarlas hasta que se agoten y pierdan su capacidad explicativa, predictiva y de generar nuevas investigaciones, lo cual no es signo de oprobio y descalificación para con el autor y sus seguidores. Un fenómeno interesante vinculado a lo anterior, es que mientras los creadores de las teorías suelen ser relativamente flexibles y las revisan y modifican en la medida que es necesario, sus seguidores e intérpretes suelen ser ortodoxos y distorsionadores de la creación del “maestro”. Freud es un ejemplo notable de ello. Así, mientras Freud llevaba a cabo sus consultas en un despacho amplio, en el cual había cantidad de libros, cuadros, estatuillas, máscaras y otros objetos, y le acompañaba su fiel perro, hoy día encontramos que muchos de sus seguidores ortodoxos imponen como regla que el lugar de consulta sea un lugar aséptico, sin ningún tipo de adornos (distractores) para no evocar asociación alguna. Utilidad de las teorías Idealmente, y acorde con el paradigma cartesiano-newtoniano, el objetivo ideal último de la ciencia es el de proporcionar una teoría universal, única y definitiva que describa correcta y apropiadamente el comportamiento del Universo, es decir, de ayudarnos a conocer todo cuanto nos rodea, cómo es el mundo y qué sucede en él. Sin embargo, esto es imposible, tanto por nuestra manera fragmentaria y lineal de pensar, como por los métodos actuales de conocer, pero sobre todo porque en nuestra pequeñez, el Universo no deja de sorprendernos con sus innumerables misterios e incógnitas. Mientras más estudiamos en profundidad un aspecto de la realidad, por lo regular surgen nuevos aspectos desconocidos del mismo, los cuales de por sí, para nuestras posibilidades de estudio, se transforman en un universo de conocimientos que hacen difícil, por su volumen, nuestro lenguaje y nuestra manera de pensar, integrarla a una teoría única. Pensemos por un momento, refiriéndonos al comportamiento humano, el universo de conocimientos que representan nada más la sexualidad, los sueños y los sentimientos. Por otra parte, lo que todo científico hace en verdad en el momento de investigar un fenómeno, es dividirlo en partes, inventando teorías parciales, cada una de las cuales “describe y predice una cierta clase restringida de observaciones, despreciando los efectos de otras cantidades o representando éstas por simples conjuntos de números. Puede ocurrir que esta aproximación sea completamente errónea. Si todo en el universo depende de absolutamente todo el resto de él de una manera fundamental, 255

podría resultar imposible acercarse a una solución completa investigando partes aisladas del problema. Sin embargo, es ciertamente el modo en que hemos progresado en el pasado” (Hawking, 1989, p. 30). La comprensión del mundo en el que vivimos es imposible de alcanzar a partir de la mera descripción de todo lo que ocurre en la naturaleza, debido a la cantidad de fenómenos que existen. Más aún, la sola descripción de los fenómenos observables no nos permite dar explicaciones de los hechos (Bunge, 1981). De allí que sean necesarias las teorías. Las explicaciones que proporcionan las teorías son útiles, por ser explicaciones generales que abarcan y relacionan varios fenómenos a la vez y dan cuenta de las posibles regularidades de su comportamiento. Así, la teoría de Skinner intenta dar cuenta de la relación existente entre las probabilidades de que una cierta conducta vuelva a aparecer en determinado contexto y el refuerzo, lo que permite entender hasta cierto punto cómo ocurre este proceso. Otro de los objetivos de la ciencia, expresado en las teorías, es el de tratar de ordenar las irregularidades perceptivas que tenemos acerca de nuestro mundo y establecer la regularidad del comportamiento de los fenómenos en aquellas condiciones en las cuales las pequeñas divergencias no sean tan significativas y puedan ser descartadas y, por ende, hacer caso omiso de ellas. Esta regularidad abre, a su vez, la posibilidad, junto con las explicaciones teóricas, de predecir cómo y cuándo tendrán lugar las conductas que poseen esta característica con márgenes reducidos de error. Así, acorde con las teorías del desarrollo de la atención, se puede predecir con bastante seguridad que un niño a la edad de 5 o 6 años, aunque haya adquirido suficiente dominio de la atención voluntaria, no sabrá distribuirla, por lo que es altamente probable que al sentarse a escribir no tenga en cuenta cómo agarra el lápiz o cómo está sentado, o que al escuchar un cuento se fije más en los detalles irrelevantes que en los aspectos principales de éste. Otro de los objetivos de la ciencia es tratar de prever y modificar el curso de los fenómenos, lo cual sólo es posible dentro del marco de aquellos aspectos de la realidad psicológica que exhiban una cierta regularidad. En este sentido, las teorías, además de explicar total o parcialmente la realidad psicológica de los Seres Humanos, también enuncian regularidades en contexto, que permiten hacer predicciones con ciertos márgenes de error y, por ende, de poder controlar ciertos fenómenos dentro de ciertos límites o tomar previsiones. Si deseamos hacer probable que un niño repita una determinada conducta, hemos de reproducir las condiciones que la provocan; si deseamos que la modifique, hemos de variar dichas condiciones. Trasladando los objetivos generales de la ciencia y de las teorías científicas al ámbito de la Psicología, tenemos que, en principio, las teorías psicológicas no sólo permiten la prevención, el diagnóstico y la elaboración de estrategias para producir modificaciones o cambios de comportamiento, sino que además facilitan la formulación de nuevos problemas y, con ello, poner en marcha nuevos proyectos de investigación.

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Sobre la base de lo anterior, es obvio que no podemos seguir manteniendo la fantasía de que contamos con el poder de predecir y controlar la conducta humana en general. Si bien, por ejemplo, es posible predecir por la rigidez de la conducta de algunas personas, que ellas harán esto o aquello en determinadas situaciones, no podemos olvidar que probablemente también ellas mostrarán cierta flexibilidad ante otras, incluso no debemos descartar que por determinada circunstancia de la vida cambien significativamente su estilo de vida. En Hispanoamérica, por ejemplo, los políticos confiados en un cierto determinismo social han creído durante largo tiempo que las solas promesas electoreras sin su cumplimiento les van a seguir proporcionando votos eternamente. Sin embargo, la realidad actual les señala su error, pues cada vez menos personas creen en ellos, cada vez son menos quienes creen en la democracia liderada por los políticos, y cada vez son menos las personas que participan en las elecciones como un modo de protestar, tal como lo ilustran las encuestas, el porcentaje de abstención en los comicios electorales y las mismas verbalizaciones de los políticos de diversos países hispanoamericanos. La teoría en Psicología La Psicología tiene entre sus objetivos generales la comprensión y explicación de la realidad psicológica del Ser Humano en todos sus aspectos y niveles. La sola acumulación de datos basada en observaciones, mediciones y descripciones minuciosas, rigurosas y objetivas sobre la realidad psicológica del ser humano, es insuficiente para comprenderla y explicarla. Tampoco sirve para hacer de la Psicología una ciencia. La acumulación de datos per se, carece de sentido, no aclara ni explica nada, y es inmanejable. Es un poco como las historias clínicas de un hospital psiquiátrico guardadas durante años, que sólo dicen particularidades aisladas sobre los consultantes, pero que no contribuyen a entender ciertos cuadros clínicos, su etiología o la forma de terapia a aplicar y el por qué. O también como ocurre con muchas revistas científicas especializadas que describen centenares de experiencias sobre aspectos microscópicos de la conducta y tampoco ayudan a entender la conducta global. Por ende, es necesario resumir y organizar los datos obtenidos del estudio de la realidad psicológica de una manera significativa y útil, esto es, mediante teorías, sin que ello signifique necesariamente desarrollar una teoría universal. Sobre lo que es una teoría, su papel y valor en la ciencia, hay mucha controversia. En sus formas extremas, para algunos, como los positivistas, no es necesario elaborar teorías, sino que basta con experimentar, es decir, lo que cuenta es manejar los fenómenos, medirlos, establecer leyes y relaciones causaefecto y hacer predicciones. Para los que se hallan en el otro extremo de la controversia, los racionalistas, la experimentación es innecesaria, basta con elaborar sistemas de proposiciones de los cuales se pueden deducir consecuencias (Paulus, 1970; Bayés, 1978).

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Sin embargo, a pesar de los argumentos que esgriman los positivistas y los racionalistas a favor de su posición, la experiencia derivada de la historia de la ciencia señala que todo empirista, sin importar el área del conocimiento en la que trabaje (Física, Química, Psicología) ha recurrido, aunque sea implícitamente, a la teoría o a la elaboración teorética para orientarse en sus investigaciones, ó se ha visto en la necesidad de agrupar, organizar y hasta explicar los fenómenos observados, como ha sido el caso particular de Skinner. Por su parte, los racionalistas, en muchos casos han partido de observaciones y/o se han visto en la necesidad de recurrir a la investigación de campo para apoyar sus afirmaciones. De lo que se concluye que tanto la obtención de datos como su sistematización a través de teorías o elaboraciones teoréticas, son necesarias para el desarrollo del conocimiento científico. Los primeros intentos por desarrollar explicaciones sistemáticas del comportamiento humano fueron hechos por los filósofos griegos, quienes, a excepción de Aristóteles, que sustentaba sus argumentos en métodos empíricos, utilizaron esencialmente métodos racionales e interpretativos. Esta tendencia perduró hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando la Psicología nació como ciencia autónoma. En sus inicios como disciplina independiente, los investigadores emplearon básicamente métodos empíricos provenientes de la fisiología sensorial y se apoyaron en el paradigma de la ciencia cartesiananewtoniana, tomando como ideal de toda ciencia a la Física clásica. Estos investigadores, entre ellos Fechner, Wundt y Titchener, si bien plantearon viejos problemas como el mente-cuerpo y la conciencia, también intentaron hacer observaciones empíricas más que elaborar interpretaciones sobre la base de esquemas racionales para elaborar teorías psicofisiológicas. A pesar de que entre finales del siglo XIX y comienzos del XX nacieron varias escuelas psicológicas, las cuales seguían el esquema de la Física clásica, hasta la década de los años 30 fueron pocos los intentos por desarrollar una teoría altamente formalizada. En 1932, Tolman introdujo en Psicología el concepto de variable interviniente como una técnica teorética distintiva, pero fue Hull en los 40 quien desarrolló un tipo de teoría altamente formalizada, convirtiéndose en el tipo de teorías más ampliamente utilizado durante unos 10 años. Este modelo fue reforzado por Spence en los años 50. Sin embargo, a pesar de su popularidad, este modelo deductivo de Hull y Spence no cubrió las expectativas de los estudiosos de la Psicología y, como consecuencia de ello, comenzó a desarrollarse un modelo inductivo de elaboración teórica. Hace más de tres décadas, los investigadores han dejado de limitarse al modelo deductivo o inductivo para elaborar sus propias teorías, y bien, ó las han desarrollado en estrecha relación con problemas muy específicos basados en la investigación experimental, convirtiéndose en la forma principal de trabajo de la Psicología que sigue el modelo empírico-mecanicista o de la ciencia oficial; o bien, suelen emplear múltiples focos teoréticos utilizando gran variedad de interrelaciones; o bien, han desarrollado nuevas teorías sustentadas sobre la base de los nuevos paradigmas. Entre las características más resaltantes de la elaboración teórica de las últimas cuatro décadas podemos mencionar los grandes esfuerzos que hacen los

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expertos por sustentar sus propias teorías, en lugar de dedicarse a aportar evidencias en contra de las otras, para hacerlas ver como teorías falsas y equivocadas; y particularmente durante la década de los años 60 y 70, y luego, en menor grado, hasta hoy, ha existido la tendencia hacia el eclecticismo. Ejemplos de ello son los esfuerzos de Miller (1959) quien liberado de la posición Estímulo-Respuesta y la creciente tendencia a los condicionantes operantes, introdujo conceptos olvidados como el de la motivación; y Honing (1966) Schoenfeld (1969) y Goodson (1973) quienes han hecho grandes esfuerzos por integrar a la Psicología conceptos como el de motivación y elaborar una teoría unificada basada en principios evolutivos. El papel de las teorías En Psicología encontramos diversas clases de teorías, desde las más formales, como las de Hull y Spencer, pasando por teorías integradoras de gran cantidad de aspectos del comportamiento humano, como la de Bandura —inusuales—, hasta las informales o teoréticas que se concentran sobre todo en aspectos específicos de la conducta, y que en la actualidad son las más empleadas por los investigadores. Al igual que en otras ciencias, los estudiosos de la Psicología esperan que las teorías sirvan como instrumentos o herramientas que guíen u orienten sus observaciones sobre los diversos aspectos de la realidad psicológica del Ser Humano, y les sean útiles, bien sea para reafirmar los conocimientos existentes o para producir otros nuevos, los cuales, a su vez, les sirvan para conocer y comprender la realidad psicológica, que es el objetivo último de la Psicología. ¿Pero qué significa comprender en el ámbito de la ciencia? En las ciencias es difícil establecer lo que se quiere significar con el término comprensión. Como expresan Goodson y Morgan (1976) la comprensión es algo subjetivo; es el sentimiento de satisfacción con el nivel de adecuación de una explicación. Podríamos decir que es la satisfacción y el sentimiento de concordancia que tenemos de que nuestra imagen del fenómeno se corresponde en buen grado con el aspecto de la realidad estudiada. Es como una fuerte impresión que viene desde muy adentro, desde la conciencia silenciosa, de que las cosas son así en cierto grado. También podemos ponerlo en términos de insight. Lo interesante de esto es que la impresión de comprensión y certidumbre no se basa en la razón derivada del estado ordinario de conciencia, sino de una experiencia vivida en un estado de conciencia diferente que con frecuencia es muy difícil de poner en palabras. Quien vive la comprensión, la experiencia de ir más allá de las apariencias y sentirse uno con el fenómeno, se halla atado al lenguaje, a la influencia cultural y a otras variables que he mencionado varias veces cuando intenta describir en una teoría la realidad vivida. Le sucede algo parecido a lo que nos ocurre cuando al estar leyendo un libro o viendo una película exclamamos: “¡Eureka! ahora entiendo lo que me está ocurriendo”, y luego, tenemos dificultades para expresar la profundidad de la verdad con que nos hemos topado.

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Según el grado de claridad con que una teoría exponga los fenómenos a los cuales se refiere y permita la visualización de los elementos que los integran, sus relaciones, sus consecuencias y mecanismos subyacentes, se dice que tiene mayor o menor poder explicativo. Sin embargo, a pesar del poder explicativo que tenga una teoría, esto no es suficiente para categorizarla como científica. Para ello es necesario que, al menos en principio, sus postulados puedan ser contrastados. Así, la teoría de Descartes, que dice que la relación existente entre los procesos nerviosos, y mentales es producto de la corriente de espíritus en las sustancias nerviosas puede hacer claro y comprensible el comportamiento humano para un grupo de estudiosos, e incluso sugerirles nuevas investigaciones, y hasta lograr predicciones con cierta exactitud, pero hoy es imposible considerarla científica, ya que hasta donde nos argumenta la lógica, no hay forma de contrastar su hipótesis. Lo anterior nos lleva a pensar en dos problemas frecuentes con relación a lo que es una teoría científica. El primero es la confusión entre la predictibilidad de una teoría y su cientificidad, pues se tiende a considerar a ambas como sinónimos, y el segundo problema se refiere al significado de contrastabilidad. Respecto a la predictibilidad, en la historia de las ciencias encontramos teorías con una gran capacidad predictiva, que en su debido momento se ha demostrado que son falsas. A pesar de la falsedad de sus enunciados, las predicciones derivadas de éstas coincidían con la manifestación de los fenómenos. Por otra parte, la capacidad predictiva de una teoría no es suficiente para considerarla científica, ya que puede estar elaborada de tal modo que no explica nada sobre los fenómenos que trata o sobre sus relaciones, lo cual es vital para el desarrollo de la ciencia. Además, como afirman Goodson y Morgan (1976) “las predicciones son establecidas típicamente en términos de símbolos lógicos o matemáticos, pero carecen de significado o valor a menos que permitan la comprensión. Así, en la representación de los datos científicos hay siempre dos componentes: la proposición formal, en términos de una declaración verbal o ecuación matemática, y un aspecto subjetivo de la persona, que es el grado de comprensión que tiene sobre el significado de proposiciones verbales o matemáticas”(p. 297, 298). Con relación a la contrastabilidad de las proposiciones tomemos como ejemplo la de Descartes, enunciada 4 párrafos atrás, y creemos una situación hipotética. Aunque hoy en día, para algunos resulta absurdo hablar de espíritus con el objeto de explicar el comportamiento humano, quien aún esté de acuerdo con dicha proposición podría argumentar a su favor que es imposible decir que ella es falsa hasta que se demuestre la inexistencia de los espíritus. Más aún, podría añadir que en el futuro se puede llegar a contrastar su teoría cuando se disponga de los instrumentos adecuados para detectar los espíritus, lo que es razonable y justo por cuanto así se ha procedido con numerosas teorías en las ciencias. Siguiendo este debate imaginario, quien siga apoyando la teoría de Descartes puede basarse en la idea de la existencia de los espíritus recurriendo a los adelantos de la parapsicología y, además, podría afirmar que tanto la idea 260

de que los espíritus producen el movimiento muscular a través de los nervios, como la idea de que los mismos se producen como resultado de reacciones electroquímicas a nivel nervioso, son similares, pues de igual modo, lo que percibimos no es más que una secuencia temporo-espacial entre un efecto y una causa, pero no la causa en sí misma ni la relación entre ellas: “la causa es algo que imaginamos”. A su vez, los detractores de esta proposición pueden argumentar que se trata de un constructo teorético, es decir, de una elaboración o representación de algo que existe detrás del fenómeno y que se deduce de sus manifestaciones, pero que no necesariamente deben ser los espíritus, sino algo más concreto como las reacciones electroquímicas que se generan y observan durante los movimientos musculares. Unos y otros podrían seguir discutiendo ad infinitum, pero esto es estéril y no conduce a ninguna parte. Es una discusión de quién tiene la razón, por lo que los científicos han llegado a un acuerdo más o menos explícito sobre el “que es contrastable, al menos en principio”. Redefiniendo “qué es contrastable, al menos en principio”, tenemos que se consideran como tales aquellas proposiciones de las teorías que tengan la mayor probabilidad lógica de que en el trasfondo de los fenómenos se encuentren aspectos como los propuestos y que, además, actúen de esa manera, tal como se hace, por ejemplo, en las investigaciones sobre el cerebro. De allí que la Psicología científica posmoderna acepte como parte de los aspectos integrantes del ser/siendo del Ser Humano, los diversos estados de conciencia y los llamados fenómenos parapsicológicos, por lo cual, en concordancia, se admite la utilidad de inducir estados de conciencia diferentes al ordinario a través de métodos como la meditación, técnicas hipnóticas y ciertas drogas psicodélicas para ayudar a las personas en crisis. Igualmente, la clarividencia y la telepatía son aceptadas por muchos psicólogos en la actualidad, dados los hallazgos de la Física cuántica y de la Neurofisiología, siendo objeto de estudio serio por científicos de países como Inglaterra, Francia, Italia, Estados Unidos y la vieja Unión Soviética. Si los científicos sólo aceptaran las proposiciones susceptibles de ser contrastadas empíricamente en su momento histórico, las investigaciones y el conocimiento se estancarían y tendrían que enfrentar las desventajas que genera el empirismo puro. Así, la Psicología se hallaría sumamente atrasada si los psicólogos se hubiesen limitado a esperar los hallazgos contemporáneos sobre la cibernética, la teoría general de sistemas, el cerebro, la lingüística y otras disciplinas, en lugar de prestar atención a las múltiples inferencias hechas por los investigadores de la Psicología entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, período en que, por ejemplo, Mesmer y Charcot fueron acusados de charlatanes. Por otra parte, los científicos no descartan las teorías que usan en ese momento hasta haber obtenido el máximo provecho de ellas, y hasta haber encontrado una teoría más plausible, que evidencie mayores ventajas que la usada en el momento. Volviendo a la comprensibilidad que pueda generar una teoría, tenemos que ésta ayuda al científico en el sentido de que sus proposiciones son sencillas, ya que destaca o representa los rasgos más significativos o relevantes que existen

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en común entre una diversidad aparente de eventos (Goodson y Marx, 1976). Así, la teoría de Skinner resume diversidad de aspectos de las manifestaciones conductuales a través del refuerzo al describir con parsimonia la relación existente entre las situaciones, las respuestas observables del organismo y las contingencias presentes en el momento de emitir la respuesta. La Psicología, como conjunto de conocimientos, es un mapa “La proyección es la base de la percepción. El mundo que ves es lo que has puesto en él y nada más [...] Es el testimonio de tu estado mental, la imagen exterior de un estado interior. Tal como un Hombre piensa, así percibe. Por lo tanto, no intentes cambiar el mundo, opta por cambiar tu manera de pensar en el mundo.

En: Maslow, Capra, Dass..., 1989, p. 31
En términos generales, la Psicología es un mapa que abarca la representación de aspectos específicos de la realidad del Hombre, en cuya elaboración, sus artífices, además de proyectar su propia biografía y los objetivos, funciones e intereses de la ciencia, también proyectan las necesidades espirituales, psicológicas, biológicas y sociales que vive cada grupo social en su devenir histórico-cultural. A lo largo de la historia de la Humanidad podemos apreciar una gran cantidad de variaciones en las representaciones psicológicas de la realidad del Ser Humano. Estas variaciones se deben a una amplia variedad de factores. Cada uno de esos factores, al ser incluido o excluido, inmerso en cierto contexto, modificado en su concepción e importancia, y combinado de una cierta manera, ha creado y continúa creando imágenes significativamente diferentes sobre la manera de ver al Hombre y, por ende, de concebir la Psicología. Así, a comienzos de este siglo, cuando los estudiosos de la Psicología cambiaron la conciencia como objeto de estudio de la Psicología por la conducta, en un intento por convertirla en una disciplina científica al estilo moderno, también produjeron una visión distinta de la naturaleza del Hombre, la cual, a su vez, originó cambios significativos en la manera de conocer y representar la realidad psicológica de los Seres Humanos. Pero ¿qué significan todos esos cambios histórico-culturales en la elaboración de los mapas psicológicos? Ello significa que:  Todo mapa psicológico parte de ciertos supuestos acerca del Universo y de la Humanidad, los cuales funcionan como hipótesis a ser contrastadas.  La diversidad de los mapas psicológicos nos habla de los diferentes puntos de vista a partir de los cuales el Hombre puede ser conocido.

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 No existe tal cosa como una sola Psicología verdadera y definitiva que en su conjunto contiene conocimientos eternos e inmutables sobre el Hombre.  Ni Usted ni yo estamos obligados por algún convencionalismo o autoridad científica a abrazar una cierta teoría psicológica como la única verdad sobre el Ser Humano.  Existen muchos mapas que abarcan diferentes aspectos del Hombre, que en sí, desde sus limitaciones, contienen conocimientos válidos y útiles.  Debemos asumir la responsabilidad de tener claro que al adoptar una cierta posición psicológica sobre nosotros mismos y, por ende, de los demás, la misma no es más que una representación, una idea, una imagen. No es la realidad misma.  Quienes creamos mapas psicológicos tenemos una clara responsabilidad con la gente y no con el objetivo de querer convertir a la Psicología en una “ciencia”, sin importar las consecuencias que ello pueda generar individual y socialmente.  Que la Psicología ha de cambiar en función de los nuevos hallazgos científicos y epistemológicos que se van produciendo,  y, que así como la Psicología cambió en el pasado numerosas veces la manera de representar la realidad psicológica del Hombre, hoy día debemos hacer lo mismo ante los hallazgos de las investigaciones científicas que en su conjunto ha logrado la ciencia posmoderna y ante los avances de la Epistemología. Construcción de las teorías Con frecuencia, los estudiosos venden la idea errónea de que una teoría es una imagen especular de la realidad. Algo así como si afuera de la corporalidad del Hombre existe una realidad objetiva, acabada, definitiva, inmodificable y eterna, que se refleja con exactitud sobre sus sentidos, que su cerebro elabora fielmente mediante símbolos y/o imágenes y, luego, expresa sin distorsión alguna a través de verbalizaciones o proposiciones. Ello no es así. Como he dicho en el capítulo 3, la realidad sensorial nos habla sólo de una parte del mundo, y es insuficiente para explicarlo. Una teoría científica debe ir más allá de la realidad sensible y explicitar aquello que subyace a ella a través de un principio organizador que explique la relación de las generalizaciones particulares derivadas de los datos; es decir, una teoría debe trascender el resumen y organización de las generalizaciones de los datos, pues de otra manera se limita a descripciones de un nivel de abstracción ligeramente superior al concreto y en muchos casos, a descripciones, secuencias y algunas

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relaciones de los aspectos de los fenómenos, por lo cual, este tipo de enunciados permanece en el nivel de elaboraciones teoréticas. Aunque la elaboración teorética tiene su valor, ya que siempre ayuda al investigador a plantearse problemas, pensar sobre las relaciones de los eventos, y la puede usar como guía u orientación en sus investigaciones, es como una mina de oro que se agota muy rápido. Es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con las elaboraciones teoréticas en Psicología, que han intentado explicar la realidad psicológica del Ser Humano mediante una variable o grupo reducido de variables: “refuerzo”, “motivación al logro”, “locus de control”, “complejo de inferioridad”, “condicionamiento”, “trauma del nacimiento”. Cuando investigamos a un nivel empírico, sólo obtenemos manifestaciones indirectas e incompletas de los fenómenos. El psicólogo que estudia el aprendizaje basado en la estimulación sistemática de los sujetos de un experimento, y luego recoge de modo cuantitativo sus respuestas, está dando cuenta de una manifestación indirecta de los procesos internos que subyacen a los cambios de conducta observados, pero no de éstos en sí. En un nivel secundario, la investigación empírica puede sugerir abstracciones como el refuerzo, que sirve como proposición para explicar cómo se produce y mantiene un cierto cambio conductual y que sintetiza una serie de observaciones, pero no puede ir más allá de este punto. Una sistematización como ésta, indudablemente es útil, porque como en el caso de las proposiciones de Skinner, generó abundantes investigaciones, sirvió para proponer métodos prácticos de enseñanza, como el de modelamiento conductual por aproximaciones sucesivas y, además generó mucha polémica. Sin embargo, a pesar de las virtudes de la teoría skineriana, sus proposiciones quedaban cortas a la hora de explicar por qué aparecían variaciones en los cambios conductuales, como ocurre con el aprendizaje del lenguaje, por qué había saltos cualitativos y cuantitativos durante este proceso... Tampoco explicaba el papel de las emociones, la atención, la memoria o la imaginación durante el aprendizaje. Si, por ejemplo, el refuerzo y otros conceptos elaborados por Skinner son insuficientes para explicar el aprendizaje y el papel de la atención, los mecanismos fisiológicos..., y éstos a su vez, son por sí mismos insuficientes para lograrlo, cabe suponer que debe haber un proceso o mecanismo subyacente que los relacione a todos. Es decir, podemos suponer que forman parte de un proceso global que los abarca y rige, y que al ser referido verbalmente puede servir de principio unificador que nos obligue a pensar de modo distinto, a completar, integrar y sistematizar el cuerpo de conocimientos considerados como inconexos, incompletos e imprecisos. Ello nos sugiere la inexistencia de un método que al ser seguido mecánicamente nos provea de teorías científicas, y que es necesario valerse de la intuición, la imaginación y otros estados de conciencia, esto es, apoyarse en el modo de funcionamiento de ambos hemisferios cerebrales y en estados de conciencia diferentes al habitual, como hicieron destacados científicos, entre ellos Leonardo Da Vinci y Einstein, ya que, por su parte, el hemisferio cerebral izquierdo ayuda a ordenar y a poner en palabras, el derecho ayuda a percibir, imaginar, sintetizar y abstraer de

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diferentes maneras lo que tienen en común los datos recolectados y las proposiciones existentes; y los estados de conciencia diferentes al ordinario, por su parte, nos permiten el acceso a dimensiones diferentes a la realidad convencional, pero no por ello son fantasiosas o imaginarias. No existe una determinada manera de elaborar una teoría o esquema teorético (Hall y Lindzey, 1970). Ante observaciones y experiencias similares, el psicólogo percibe, imagina, reflexiona, sueña, sintetiza, abstrae y crea diferentes formas de organizar y representar los datos, seleccionando aquella que considera más adecuada para representar el comportamiento humano en su amplitud o en uno o varios de sus aspectos. Así, mientras los psicoanalistas suelen representar la esquizofrenia, que es una forma de comportamiento caracterizada, entre otras manifestaciones, por alucinaciones, alteración de la afectividad, incoherencia del pensamiento y desorientación en el tiempo y el espacio (Lehmann, 1982); como una regresión a etapas evolutivas superadas por la similitud de las conductas actuales con aquellas (Fenichel, 1966); los representantes de la Escuela de Palo Alto (Mental Research Institute) a través de su teoría del doble vínculo, la representan como una paradoja en la comunicación, en la cual la persona, haga lo que haga, nunca gana, y de allí su forma peculiar de comportarse como si (Bateson, Jackson, Haley y Weakland, 1974). Es por esta razón que se dice que una teoría es una construcción o una elaboración, una metáfora. Como cita Martínez (1989): “Lo que yace debajo del mundo sensible es siempre algo imaginario (los electrones no son observables, sino inferidos) y todas las formas de imaginar lo no sensible son siempre metáforas, es decir, semejanzas que extraemos del mundo del ojo, del oído o del tacto” (p. 228). «Ya que una teoría es una selección convencional» (Hall y Lindzey, 1970, p. 10), una manera de representar los datos, se deduce que es inadecuado aceptarla o rechazarla en términos de veracidad o falsedad. Es mejor evaluar las teorías, en primera instancia, en términos de su utilidad según ciertos criterios. Curiosamente, una teoría científica cuenta con un axioma o principio organizador indemostrable, es sólo una inferencia que es útil mientras haga comprensible la relación entre los fenómenos y las consecuencias de éstos. A medida que el nivel de abstracción sea mayor, es más difícil demostrar su existencia. Es lo que sucede con el concepto de energía psíquica. Por otra parte, aunque parezca contradictorio, los datos utilizados para contrastar una teoría son producidos sobre la base de proposiciones teoréticas, es decir, no son neutrales, sino que parten de una posición, ya que es imposible conceptualizar sin la ayuda de una proposición previa. Toda teoría es parcial y temporal. Es parcial porque sólo logra aproximarse a algunos aspectos de la realidad. Temporal porque el fenómeno estudiado sufre continuamente transformaciones junto con el Universo y, además, conteniendo siempre en sí misma un nivel de error, por lo cual ha de someterse a revisiones periódicas para su transformación.

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Vale la pena destacar que las teorías parecieran o dan la impresión de ser siempre ciertas. Ello se debe al fenómeno de autovalidación de los modelos, fenómeno que se acentúa más en el caso de la Psicología debido a la complejidad de la realidad psicológica del ser humano. Ya que cualquier comportamiento está superdeterminado o es el producto final de innumerables factores y cualquier factor motivador tiende a participar en cualquier comportamiento, se puede llegar a la falsa conclusión de que cierta conducta puede ser explicada partiendo del factor seleccionado por una teoría particular, razón por la cual siempre se hallará el factor escogido. Así, siempre es posible encontrar presente en la explicación de la conducta el factor procesamiento de la información, el inconsciente o el refuerzo. Esto no es grave, siempre y cuando los teóricos se atengan a no generalizar sus hallazgos a otras áreas o niveles del comportamiento. Es decir, que no comiencen a negar los aportes de las otras teorías o se intente explicar el todo a partir de las partes, perdiendo de este modo la riqueza de los otros puntos de vista. De allí que no se puede hablar de una teoría perfecta ni completa, pues sería inmanejable: toda teoría es imperfecta (Osipow, 1968, p. 4) por lo cual debe asumirse que eventualmente será insuficiente y deberá ser sustituida por otras que abarquen los nuevos datos en forma más amplia y útil que su antecesora. Tampoco existe ni podrá existir una teoría única y aceptada por toda la comunidad científica que sirva a todos los propósitos y en todos los contextos posibles de aplicación, pues entre los humanos parece que siempre habrá diferentes modos de pensar y opositores, lo cual es una ventaja, pues estimula el desarrollo del conocimiento científico. La aceptación de una teoría es, en definitiva, una cuestión de grado. Formas de elaboración teorética Entre los principales procedimientos científicos utilizados para hacer elaboraciones teoréticas se encuentran los modelos, el método deductivo y el método inductivo. Modelo: Un modelo puede ser entendido como una analogía con el mundo, bien sea conceptual, como un marco de referencia teorético (Marx, 1976) o como la reducción de un objeto, un sistema o una teoría a una escala manejable (Freeland, 1984) para poder observar su comportamiento, mejorar el modelo y hacer luego predicciones. “Un modelo es meramente un conjunto de creencias usadas para otorgar sentido a una determinada observación del mundo. Y así, aunque puedan ejercer un influjo sobre lo que observamos, los modelos están, en un sentido muy literal, determinados por lo que vemos” (Dossey, 1986, p. 34). Un modelo interesante para explicar algunos aspectos de la realidad psíquica es el que nos ofrece Freud en 1900. Freud se refería a la realidad psíquica como

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aparato psíquico, y lo describía como un telescopio o microscopio compuesto por muchos dispositivos psíquicos dispuestos en forma consecutiva. Otro modelo analógico es el modelo matemático de Estes, el cual ha sido empleado muchas veces en Psicología como marco de referencia inicial para desarrollar una teoría del comportamiento. Los modelos resultan útiles al estudioso, porque al partir de la suposición “como si así fuesen las cosas” se pueden hacer algunas deducciones. Si las premisas son verdaderas, entonces también se pueden deducir algunas predicciones que deben ser ciertas. Con frecuencia, los modelos son adoptados de disciplinas distintas a la estudiada. Freud, en su modelo telescópico tomó como referencia la óptica. Estes, las matemáticas. Aunque todo modelo sirve para orientar los pensamientos, investigaciones y forma de elaborar y desarrollar las teorías de los investigadores, existen diferencias en cuanto al objetivo y la manera de usarlo según la concepción de modelo empleado. Cuando los modelos son entendidos como una reducción de un objeto, sistema o teoría a una escala manejable, los fenómenos son manipulados fácticamente y no se intenta modificar el modelo de referencia. Es lo que vienen haciendo los investigadores en el campo de la inteligencia artificial, donde ingenieros, psicólogos y otros profesionales intentan replicar, explicar y comprender el funcionamiento del cerebro y su actividad cognoscitiva simulándolo en los ordenadores. En cambio, cuando los modelos son entendidos como analogías del mundo (como sí) la intención sí es modificar el modelo a partir de los resultados de las investigaciones, pues el objetivo es mejorarlo y perfeccionarlo cada vez, como sucede, por ejemplo, con las “máquinas que piensan”. Todo modelo tiene un cierto elemento de juego (Freeland, 1984) es decir, de pensar “cómo serán las cosas si”, lo que tiene la ventaja de permitir captar el “cómo son las cosas” o “cómo serían si...”. Sin embargo, el uso de los modelos tiene el peligro de dar una falsa seguridad, que al final puede hacer que el estudioso confunda el modelo con la realidad. Por ello, en su uso siempre hay que recordar que un modelo es una forma de tratar los fenómenos, como si y que el modelo sólo llega a contener los elementos que se consideran más significativos, pero no su totalidad. Cada vez con mayor frecuencia se viene sustituyendo el modelo por la teoría. De hecho, se están usando como sinónimos. Quizá, como advierte Marx (1976) porque libera al estudioso de la responsabilidad de contrastar la adecuación de sus proposiciones teoréticas con la realidad. Deducción: La deducción es el proceso de inferir conclusiones que se pueden derivar de una combinación de premisas presumiblemente verdaderas. En este caso, la teoría es una herramienta para la investigación. Aunque ninguna deducción puede generar por sí misma conocimiento empírico, éste proceso es útil, pues a partir de sus proposiciones se pueden inferir nuevos conocimientos que, eventualmente, pueden ser contrastados mediante la observación y pueden servir para hacer predicciones.

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Así, si deducimos que el comportamiento de los miembros de un grupo social se rige más por reglas implícitas que explícitas, y que éstas son más poderosas que las segundas, es posible inferir que es difícil introducir cambios conductuales en la actuación de los miembros de cualquier grupo social con la simple imposición de reglas. Muestra de lo anterior podemos observar en muchas instituciones sociales. En las universidades, en el sistema educativo en general y todo lo relacionado con el sector de la administración pública, frecuentemente se introducen cambios que van desde cambios de administradores y personal hasta cambios en los reglamentos explícitos, pero para sorpresa de todos, sus miembros siguen comportándose de igual manera, pues implícitamente siempre encuentran alguna manera de sabotear las reglas. Esto nos permite hacer otra inferencia: no se están atacando problemas relevantes, sino que se vienen haciendo cambios periféricos alrededor del problema central. Es necesario tener presente que es imposible determinar si las proposiciones a partir de las cuales se hacen las inferencias, son falsas o verdaderas, ya que cuando se tratan de verificar mediante la observación, lo que hacemos es contrastar su grado de falsedad o veracidad (véase principio de verificabilidad o contrastación). Inducción: es el proceso de hacer abstracciones a partir de datos empíricos, de resumir a partir del estudio de casos particulares los resultados de dichas investigaciones a través de verbalizaciones o proposiciones que sirven para describir los fenómenos y dar explicaciones teoréticas, sin la finalidad u objetivo posterior de llegar a hacer deducciones o comprobaciones. Sin embargo, a pesar de no ser este el objetivo, sus proposiciones terminan por derivar deducciones o llevar a conclusiones, ya que el estudioso emplea sus abstracciones como marco de referencia para nuevas investigaciones e, implícita o explícitamente, sus resultados se convierten en información coherente o incoherente que puede modificar o no las proposiciones iniciales. Este procedimiento es considerado, como dice Martínez (1989), refiriéndose a Lakatos (1968) la gloria de la ciencia “Para algunos autores, el problema no resuelto de la justificación de inducción, constituye un escándalo de la filosofía porque el método inductivo es la gloria de la ciencia, es decir, piensan que los científicos proceden con éxito a partir de unas verdades a otras más ricas (o al menos, más probables) pero los filósofos no logran justificar ese procedimiento” (p. 30). Para Popper, como explica Martínez (1989) «no hay medio alguno que garantice como verdadera una generalización que sea inferida a partir de observaciones verdaderas, por repetidas que éstas sean» (p. 31). El método inductivo no proporciona certeza alguna, sólo expresa el grado de certidumbre o probabilidad de que un fenómeno sea así.

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Criterios de evaluación de las teorías Los siguientes criterios forman una lista bastante completa de las normas utilizadas más frecuentemente para evaluar las teorías. Ahora bien, debemos tener siempre presente que no existe una teoría que reúna idealmente todas las condiciones expresadas como criterios, razón por la cual las teorías son evaluadas según las necesidades y puntos de vista personales de los investigadores. Contrastabilidad: para muchos investigadores, la contrastabilidad es el criterio más importante de todos. Se expresa en el supuesto de que las proposiciones de una teoría deben ser contrastables, al menos en principio. Tomemos como ilustración la teoría de Freud en su forma original. Sus principios no son contrastables o, al menos, es bastante difícil hacerlo, por lo que no son susceptibles de ser aceptados o rechazados, pero es innegable su trascendencia a nivel del círculo científico de la Psicología, Psiquiatría, Etnología, Antropología, Historia, Economía, Política, Literatura y el Arte, y del público en general. Sobre esto no profundizaré. Baste decir que aunque una teoría no pueda ser contrastada en algunos de sus aspectos relevantes, esto no es razón suficiente para desecharla de plano. Por otra parte, no es necesario que una teoría sea contrastable de inmediato, pues es frecuente que en lo inmediato no se cuente con los medios para hacerlo, como ocurrió con algunas de las teorías astronómicas, entre ellas la deducción matemática de la existencia de Plutón, que no pudo ser verificada hasta 1938, momento en el cual se pudo contar con telescopios de gran alcance. Consistencia interna: una teoría adecuada debe tener consistencia interna; esto es, sus postulados, teoremas y consecuencias deben ser coherentes entre sí. No deben presentar contradicciones, pues de otro modo se autoanula. Inclusividad: se refiere a la capacidad de modificación de una teoría ante la evidencia de nuevos datos y/o la inclusión de nuevos aspectos de un fenómeno. Cuanto mayor sea su capacidad de inclusión, más útil suele ser una teoría, debido a que puede hacer mayores referencias acerca de un fenómeno en forma sintética. Sin embargo, esto tiene una desventaja, ya que cuanto mayor sea la síntesis de los aspectos de un fenómeno, mayores son los niveles de abstracción, por lo cual el estudioso se va alejando de los hechos concretos y, al mismo tiempo, la hacen perder gradualmente o abruptamente su flexibilidad inicial. Así mismo, como señalan Goodson y Morgan (1976) una teoría de este tipo gana fácilmente muchos adeptos y se puede diseminar con bastante amplitud, lo que hace más probable que no se produzcan cambios ante la nueva evidencia, como ha sido el caso con la teoría psicoanalítica y algunas de sus derivaciones. Poder integrador: se refiere a la capacidad que tiene una teoría de abarcar el mayor número de aspectos posibles de un fenómeno o, al menos, de los datos

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empíricos existentes y/o integrar los conocimientos que aún permanecen aislados. Aunque esto es imposible de lograr, una buena teoría debe abarcar los aspectos más significativos o relevantes de un tipo de fenómeno, tarea que parece cada vez más utópica en cualquier ciencia, debido a la gran acumulación de información que se va adquiriendo diariamente. Valor heurístico: se refiere a la capacidad que tiene una teoría para guiar u orientar al estudioso en sus investigaciones, sugerirle nuevas ideas, problemas, métodos y diseños de investigación, en otras palabras: ¿en qué medida sirve como marco de referencia general en la investigación? y ¿en qué medida genera controversia? Así, el psicoanálisis de Freud y el condicionamiento operante de Skinner, partiendo el primero de la teoría y el segundo del análisis de los datos, han demostrado tener un gran valor heurístico, pues además de toda la controversia que generaron sus teorías, han servido además como marco de referencia para la elaboración de nuevas investigaciones y para generar nuevas teorías. Parsimonia: este criterio denominado también como la navaja de Ocam o el canón de Llyd Morgan, dice: “al seleccionar una proposición como explicación de un conjunto de eventos, lo más seguro es escoger la alternativa más sencilla en términos de aquellos presupuestos que sean necesarios y entre aquellos que satisfacen todos los datos” (Marx, 1976, p. 250). Es un criterio que tiene mayor relevancia en la ciencia aplicada que en la pura, debido a sus consecuencias prácticas, tal es el caso de escoger, por ejemplo, la mejor prueba psicológica para tratar de establecer cuáles son las variables intervinientes más relevantes en un cierto tipo de perturbación psicológica. Según explica Marx (1976) cuanto más integradora y compleja sea una teoría, mayores son las probabilidades de error, lo cual es de suponer que es fatal una vez que se ha logrado desarrollar una superteoría. Yo añadiría además que el caso contrario también conduce fácilmente a errores. Cuanto menos integradora y sencilla sea una teoría, también es más probable el error, puesto que es más reducida la realidad considerada y más fácil crear la ilusión de que, por ejemplo, se puede explicar la realidad psicológica del Hombre, sólo a partir de los instintos, los reflejos o el inconsciente, debido al efecto de autovalidación de los modelos teóricos. En el uso de este criterio no sólo se debe tener en cuenta su utilidad. Aunque su función no tiene nada que ver con su contrastabilidad, es razonable e importante que la teoría escogida no sea seleccionada sólo por su sencillez, sino además por su consistencia con los datos disponibles. Predictibilidad: se refiere a la capacidad de una teoría de anticipar la probabilidad de que un evento acontezca en determinadas circunstancias

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especificadas por ésta. Este criterio se considera particularmente importante para contrastar una teoría y en el campo de aplicación de la ciencia. En el campo de la Psicología educativa, por ejemplo, no sólo es importante que la teoría sea comprehensiva, coherente o que cumpla cualquier otro criterio; también es necesario que el usuario pueda percibir en la realidad lo que se afirma en las proposiciones y pueda predecir el comportamiento, ya que esto puede reportar beneficios a las personas. En este momento hay en el campo de la Psicología mayor número de proposiciones teoréticas con otros criterios, y son escasas las que llenan el de predictibilidad. De allí la crítica desfavorable a la que se ha visto sometida la Psicología de haber hecho poco por los problemas personales y las relaciones interpersonales. Comunicabilidad: se refiere a la capacidad de una teoría de ser transmitida a un grupo de individuos sin distorsión y con un mínimo de pérdida de información. Esto se hace más evidente aún si tomamos en cuenta que la ciencia es una actividad social que implica, entre otras cosas la acumulación y sistesmatización de conocimientos y, por ende, que no puede limitarse a las impresiones, ideas o insights de una sola persona (Goodson y Morgan, 1976). En la comunicabilidad se ha de tener en cuenta la precisión y claridad de los términos usados. Así, si el investigador no sabe qué quiere significar con angustia y quiere medirla en ciertas condiciones, una vez que lo haya hecho no podrá estar seguro de si lo logró o no medir la angustia. Lo mismo si desea comparar sus resultados con los de otros investigadores, ello le resultará imposible, y al exponer sus ideas ante la comunidad científica puede dar por seguro que cada cual lo entenderá de forma diferente. En términos de desarrollo de la ciencia y de sus aplicaciones prácticas, es sumamente importante el criterio de comunicabilidad debido a sus consecuencias, pues muy bien se puede terminar por hacer desarrollos teoréticos periféricos y porque en su ambigüedad, sus aplicaciones pueden llegar a tener repercusiones graves sobre las personas, tal como ocurre frecuentemente con el uso de la palabra madurez en la psicoterapia y la orientación. Maduración y madurez son dos palabras usadas con frecuencia por clínicos y orientadores, acerca de la cual no tienen un concepto claro, sino una referencia subjetiva acerca del modelo ideal de comportamiento de una persona, de modo que un profesional, al decírselas a los pacientes: “usted no ha madurado” ó “usted no ha madurado porque...”, los pacientes se encuentran ante la situación de ser rotulados negativamente y no saber qué hacer con dicha información, lo cual es una buena estrategia para generar angustia en los pacientes, pero muy mala para ayudarlos a superar sus problemas personales. Problemas relativos a los criterios de evaluación de una teoría Goodson y Morgan (1976) señalan que existen dos problemas relativos a los criterios de evaluación de una teoría. En primer lugar, existe un cierto grado de

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superposición o de mezcla entre los criterios. Así, existe una clara relación entre la comunicabilidad, la comprensión y la consistencia interna, entre la capacidad integradora, la verificabilidad y la predictibilidad. Aunque sería preferible el uso de criterios autónomos e independientes, las características de las teorías y sus diversas funciones hacen imposible lograrlo. En segundo lugar, estos criterios tienen sus propias limitaciones, tanto individualmente como en conjunto, de modo que su selección requiere de nuevos criterios: ¿cuáles serían los más importantes para toda teoría? ¿qué grado de validez tendría? ¿cuáles son más relevantes acorde con el objetivo para la cual fue elaborada?. Cualquiera que sea la respuesta a las preguntas anteriores, es deseable que toda teoría o elaboración teorética ayude al científico a comprender el fenómeno y a operacionalizar los aspectos del fenómeno que estudia. Aplicabilidad de las teorías psicológicas En ciencia se suele hablar de ciencia pura y aplicada, cada una de las cuales produce respectivamente conocimiento básico y conocimiento aplicado. La ciencia pura tiene por objetivo aumentar nuestros conocimientos, es decir, tiene un fin puramente cognoscitivo, mientras que la aplicada tiene por objetivo comprender el funcionamiento de la naturaleza, y con él, el incremento de nuestro bienestar, es decir, se concentra en la posibilidad de traducir en aplicaciones concretas las teorías generales con el fin ideal de resolver los problemas y necesidades sociales e individuales (Sabino, 1984). La ciencia aplicada usa el método general de la ciencia pura y varios métodos especiales de ella, pero los aplica con fines que son en última instancia prácticos (Bunge, 1981, p. 43). Ahora bien, no puede existir ciencia aplicada sin ciencia pura que la respalde, debe existir conocimiento antes de poder aplicarlo. De otra manera, la actuación es ciega y se desconoce el fin al cual conduce. Por eso es necesaria la reflexión consciente sobre los conocimientos puros o básicos. Entre ambos tipos de ciencia no existe una delimitación exacta, ambas se nutren de sus respectivas actividades y resultados. La ciencia pura permite el desarrollo de aplicaciones, mientras que la aplicada es una forma de contrastar y revisar los logros de aquélla, planteándole a su vez nuevos problemas. En la historia de la ciencia se puede apreciar que siempre ha habido disputas por el tipo de ciencia que debe hacerse. En Psicología, la discusión se ha planteado más o menos en estos términos. Los defensores de la Psicología aplicada critican a los que hacen Psicología pura diciendo que elaboran teorías útiles sólo para resolver problemas hipotéticos, pero inútiles para solucionar los de las personas concretas y, por lo tanto, es mejor trabajar sin éstas, mientras que los defensores de la Psicología básica les critican que trabajar sin el apoyo de una teoría lleva fácilmente al error y a la pérdida de tiempo. Los primeros afirman que dedicarse al ejercicio de la Psicología pura demuestra insensibilidad e indiferencia por los problemas humanos, y los segundos, que la

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práctica de la Psicología sin conocimiento básico es una forma irreflexiva e irresponsable de actuar. En realidad no se trata de que unos sean insensibles y los otros impulsivos. Ambos muestran preocupación, actúan con sinceridad, son responsables, tratan de trabajar lo mejor posible con los instrumentos disponibles y las dificultades inmediatas de las personas, pero hay que reconocer que en Psicología, estos esfuerzos son imperfectos, al igual que los de cualquier otra ciencia (Osipow, 1968). Necesidad de las teorías Tanto para la elaboración de conocimientos puros como aplicados, es necesario contar con una teoría o con un esquema teorético que sirva de orientación para elaborar el mejor plan posible de acción. Recordemos que las teorías son perfectibles y que en Psicología básica representan abstracciones que no se refieren a un hombre particular y sólo sugieren un mínimo de aplicabilidad, mientras que los psicólogos que lidian con los Seres Humanos en la práctica, trabajan con el aquí y el ahora, con diversos aspectos y niveles de la realidad psicológica del Hombre, así como con diversos contextos, lo que los obliga a ver más allá de las abstracciones. Cuando se intentan derivar aplicaciones prácticas de la teoría básica, por lo regular, el usuario se desconcierta porque ni halla directamente en la persona concreta lo que explica la teoría, ni dice qué hacer con ella en casos concretos. Una teoría puede expresar, por ejemplo, lo que es el estrés, sus mecanismos, cómo afecta a las personas, e incluso explicar cómo se manifiesta en la vida cotidiana. Su función como teoría es en última instancia explicativa, no tiene la obligación de explicitar cómo predecir el estrés y cómo controlarlo. Aun en el caso de aspectos del comportamiento como el estrés, de cuyas teorías es fácil deducir aplicaciones prácticas en comparación a otras, como las de la motivación y la personalidad, las teorizaciones no son ni pueden ser recetas aplicables en todas las ocasiones. Las personas no reaccionan de la misma manera a situaciones similares, ni se conducen de igual manera ante circunstancias parecidas. En la aplicación de la teoría básica podemos decir que el estrés se produce y mantiene debido a la evaluación que hacen las personas de los eventos, pero no que se puede aplicar un determinado método psicoterapéutico exactamente de la misma forma en todos los casos de un mismo tipo, ya que algunas personas dirán que no pueden controlar sus pensamientos, otras, que es difícil manejar el ambiente, y otras, que lo han intentado todo pero no han podido por la angustia, de modo que el terapeuta se puede guiar por las orientaciones teoréticas y por sus técnicas, pero en cada caso debe lidiar con factores diversos. La dificultad de traducir en aplicaciones prácticas la teoría básica de la Psicología, ha conducido a muchos usuarios a su denigración, al empleo de fragmentos de una o varias teorías, o a no utilizarlas, al menos explícitamente. Esto ha traído como consecuencia un trabajar a ciegas o por ensayo y error, el

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no saber concientemente cuál es el mejor procedimiento a seguir y, por ende, a una pérdida de tiempo y esfuerzo con diversas consecuencias para quienes emplean los servicios de estos profesionales. En ocasiones, los profesionales que trabajan con el objetivo general de producir cambios de conducta, se sienten desilusionados por las teorías, dicen no emplear ninguna, suelen trabajar empíricamente y sobre la base del estereotipo de uno o más conceptos como el de empatía o maduración. Se trata sencillamente de una negación, pues siempre estará orientando por alguna idea o conjunto de ellas, por lo que es mejor estar conciente de ello y contar con un conjunto organizado de proposiciones que lo guíen en su labor. Las teorías psicológicas de tipo práctico han sufrido muchas y diversas dificultades. Algunas de ellas se refieren a que quienes las elaboran, lo hacen con estrechez de propósitos, de manera ambigua y sobregeneralizaciones. Otras dificultades se refieren a quienes las aplican, pues tienen expectativas muy altas, carecen de las habilidades necesarias para emplearlas, las emplean mecánica y rígidamente, las aplican sin discriminación a diversos tipos o niveles de la realidad psicológica o son indisciplinados en su uso. Otras hacen referencia a la dificultad conceptual del aspecto de la conducta estudiado: es más fácil trabajar con modificaciones conductuales relacionadas con el estrés que han sido definidas con bastante precisión, que con aquellas relacionadas con la motivación. Otras teorías presentan el problema de imponer metas ideales que, por lo tanto, son inalcanzables, ó de no proponer ninguna, y otras están elaboradas de tal forma que el usuario no sabe cómo ubicarse, en qué momento del cambio conductual se encuentra, es decir, están hechas como si en el proceso hubiese una continuidad entre el problema y la solución sin puntos intermedios, como es el problema de la práctica psicoterapéutica en psicoanálisis. En todo caso, aquel que trabaja con el objetivo general de producir cambios conductuales debe basarse en un marco teórico amplio que comprenda en principio una concepción sobre la naturaleza del Hombre y su comportamiento. Así, debe estar claro, entre otros aspectos “si el Hombre es capaz dirigir su propia conducta o si ésta es causa de factores teleológicos como la herencia”. Debe tener clara “la importancia de las formas y los estados de conciencia”, “el papel del hedonismo”, “del cerebro y su modo de funcionar”, “del conocimiento y la experiencia”, “si la experiencia se adquiere por encadenamientos de estímulos y respuestas o por insight”, “la continuidad o discontinuidad de la conducta durante la evolución ontogenética”, “el papel del contexto”, “la importancia de la autovaloración, de las relaciones afectivas y de las motivaciones”. Evidentemente, el usuario no tiene presente toda esta conceptualización sobre la naturaleza del Hombre y su comportamiento en el momento de actuar, pero la usa implícita o explícitamente, por lo que es mejor hacerla conciente, organizada y coherente sin contradicciones que conduzcan a paradojas y confusiones. Además, de lo anterior, el usuario debe estar conciente de la naturaleza del aspecto conductual con que trabaja y su relación con otros aspectos y fenómenos, pues de ello también depende su eficiencia.

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El usuario puede y debe deducir teorizaciones prácticas siguiendo el esquema básico de la ciencia y apoyándose, tanto en un esquema holístico del Hombre que contemple los diversos niveles de la realidad psicológica, como en una teoría o teorías particulares de la conducta, a fin de que le sirvan de orientación en su labor y pueda corregir el sistema que emplea sobre la base de los resultados obtenidos. Teniendo en cuenta lo anterior, cuando el usuario va a la práctica puede buscar patrones de comportamiento y combinar la técnica con el método general de la ciencia. La conducta del Hombre es muy flexible, pero siempre existen ritmos en su vida y tiende a establecer patrones de conducta, lo que permite predecir con bastante precisión, en muchos casos, el modo aproximado de actuación en determinadas circunstancias y sugiere la manera de prever y modificar la conducta hasta donde es posible. La técnica orienta, pero existen muchas variaciones sobre el mismo tema. Así, el insomnio es una conducta común a muchas personas, pero se presenta con muy diversas modalidades, pues éstas poseen diferentes formas de producírselo, vivenciarlo y manejarlo. Esto significa que el modo de recolectar la información será distinto para cada persona. Es muy distinto tratar de obtener información de una persona angustiada que de una serena, de un individuo que responsabiliza a los demás por lo que le ocurre, que de aquel que está conciente de lo que hace. De igual modo, esto indica que las estrategias para lograr la meta deberán ser distintas según la persona. Aunque se sigan ciertos pasos para la solución de un problema, el terapeuta deberá comportarse de modo diferente con cada persona y debe aprender a descubrir cuál es esa forma en cada caso particular, pues ninguna teoría se lo puede decir. Cuando más, le puede sugerir un comportamiento general, pero no uno específico. Así, si el del insomnio es una persona que tiende a justificarse ante las explicaciones del terapeuta, es mejor que éste no las dé, porque la práctica indica que estas personas tienden a racionalizar su actuación y a verle peros a todo lo que éste diga, razón por lo cual es mejor darle indicaciones que deberán variar según el sistema de creencias del consultante. Así mismo, aunque la teoría sugiera los pasos generales a seguir en la práctica, ésta no puede indicar, por ejemplo, el momento preciso en que se debe decir esto o aquello, o aplicar una determinada estrategia o técnica, lo que puede sugerir son indicios o claves, que el usuario debe aprender a reconocer. Es imposible que la teoría lo indique, pues cada persona tiene un tiempo y ritmo interno, que se combinan con las circunstancias externas para modificar su conducta. El método general de la ciencia ofrece una forma conciente y planificada para enfrentar las situaciones. Así, es mucho más eficiente comenzar por definir la situación o el problema, establecer una determinada estrategia para su recolección, plantearse una hipótesis, someterla a prueba, establecer metas, plantear posibles soluciones, elaborar una forma de evaluar los cambios logrados, establecer criterios para estar seguro de que los cambios se deben a las estrategias utilizadas y no a circunstancias diferentes, siguiendo una orientación teórica adaptada a las circunstancias, que hacerlo sin orientación alguna.

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De lo dicho se deduce que la aplicabilidad y eficiencia práctica de una teoría depende del grado de claridad con que se expliciten cada una de los aspectos mencionados y del modo como la emplee el usuario. Si una teoría aplicada parte, por ejemplo, de una teoría básica bastante precisa y completa sobre la naturaleza del Hombre y su comportamiento, pero en la práctica sugiere que el usuario muestre empatía y sepa aceptar, respetar, escuchar y retroalimentar al otro y no lo explícita claramente, cada usuario interpretará y hará un uso diverso de cada uno de ellos. Si éstos conceptos son claros, pero no se sugiere una forma sistemática de recoger la información y qué hacer con ella, lo más probable es que el usuario recolecte información irrelevante, luego tenga que inventar qué hacer con ella y no sabrá cómo evaluar los progresos ni a qué se deben. De igual modo, aunque la teoría aplicada tenga un alto potencial de eficiencia, si el usuario no tiene en cuenta factores como el modo de pensar de aquellos a quienes se aplica, la cultura en la que viven y sus experiencias, aprendizajes y habilidades, es más probable el fracaso que el éxito. Así, una teoría aplicada que sea eficiente en el campo de la Psicología clínica puede ser ineficiente en el campo del desarrollo organizacional si no se consideran el contexto y las necesidades particulares. Lo mismo puede ser muy eficiente y dar estupendos resultados en Francia, pero ser un fracaso en Colombia si no se tienen en cuenta la filosofía, idiosincracia y estilo de vida del colombiano. Finalmente, si el usuario no adapta la teoría aplicada, las técnicas y estrategias a las circunstancias, sus esfuerzos serán inútiles. Un error común, como solución a la divergencia que encuentra el usuario entre la teoría y las situaciones concretas, es que éste trata de adaptar a las personas a la teoría a como dé lugar, en vez de hacer lo contrario y ver qué puede haber de errado en la teoría o “en su manera de proceder”. Algunas ideas sobre una teoría integradora de la Psicología Aunque he dicho que no es posible crear una Psicología Universal que contenga todos los conocimientos relativos a la realidad psicológica de los Seres Humanos, creo que es necesario desarrollar una Psicología unificadora de lo que es ella en sí, sobre la base de la ciencia posmoderna, en el sentido de que la misma se convierta en un marco de referencia obligado o matriz de la actividad científica en Psicología, tal como vengo haciendo hasta ahora. Es decir, debe tratarse de una Psicología que reflexione sobre la Psicología y su actividad, que nos ayude a perfeccionar nuestra manera de conocernos a nosotros mismos y le dé coherencia a las particularidades a través de sus principios cognoscitivos. Esta no sería, ni podría ser de ningún modo, una Psicología definitiva, pues siempre están en constante transformación la noción de ciencia y sus principios cognitivos, nuestra manera de vernos, nuestra manera de conocernos, nuestro ser/siendo..., por ende, no podría ser sino una Psicología integradora en continua evolución.

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En detalle, sería una Psicología que está en constante evolución, que es redefinida en función de la naturaleza integral del Hombre, de la noción de ciencia, de los hallazgos de las investigaciones, de la evolución histórica y cultural y de nuestras necesidades espirituales y materiales, y cuyo objetivo sería:  Sugerir y delimitar los posibles temas a estudiar.  Definir las reglas más eficientes para investigar en Psicología, según el aspecto y nivel de la realidad psicológica del Hombre por la cual se haya interesado el investigador.  Caracterizar las reglas más eficientes para el desarrollo de métodos e instrumentos útiles en la recolección de datos y su interpretación.  Establecer las normas para elaborar teorías en Psicología, previa definición de las funciones que pueden cumplir.  Establecer las reglas para desarrollar un lenguaje y un metalenguaje apropiado para la teoría. Comenzar a hacer una Psicología de esta naturaleza es posible gracias a los conocimientos actuales en Epistemología, las ciencias afines a la Psicología y la experiencia que deriva de la historia de la Psicología, pues en ella podemos encontrar, no solamente lo que no se debe continuar haciendo, sino también lo que se puede seguir haciendo.

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CAPITULO DÉCIMO MÉTODO CIENTÍFICO E INVESTIGACIÓN EN PSICOLOGÍA
El científico no se dedica sólo a enumerar y a describir cada uno de los fenómenos u objetos que observa, sino que elabora teorías. Ahora bien ¿qué es lo que justifica que las afirmaciones teóricas hechas en una ciencia como la Psicología, sean consideradas científicas y tengan un carácter relativamente válido y confiable? Esta consideración y carácter se lo dan la verificabilidad o contrastación de las proposiciones y el método científico. Principio de verificabilidad o de contrastación Ninguna hipótesis o teoría ha de ser considerada como científica, a menos que sus proposiciones y enunciados puedan ser sometidos en principio a contrastación empírica (Hempel, 1984). Es decir, a menos, que sea factible someter a prueba sus postulados. Pues de no ser contrastables, es imposible aceptarlos o rechazarlos, y su aceptación o no se convierte entonces en un problema de fe. Toda teoría debe ser conceptualizada rigurosamente de modo que oriente al investigador en el abordaje de los problemas de investigación derivados de ella y le permita validar o rechazar las afirmaciones que contiene. Así, como una forma general de toda investigación, todos los conceptos empleados en ella y la formulación del problema han de ser definidos de la forma más clara y precisa posible, de modo que sean validables o no en el plano operativo (Sabino, 1984; Villoro, 1985). Supongamos que un investigador se plantea como problema: “El juego en la infancia”. Si no define adecuadamente los conceptos de juego e infancia, lo más probable es que al observar un grupo de niños se halle desorientado, no pueda distinguir las conductas lúdicas de las que no lo son y que tampoco esté seguro de si debe incluir o no sujetos de 8, 9 y 10 años. Por otra parte, un problema de investigación planteado en estos términos: “el juego en la infancia”, es tan ambiguo, que no orienta al investigador en la delimitación del conjunto de hechos que ha de estudiar, cómo ha de planificar la investigación, recoger los datos, analizarlos y llegar a conclusiones. Un planteamiento de esa naturaleza es tan amplio que prácticamente es imposible darle una respuesta definida. Ahora bien, aun cuando se puedan contrastar directamente las afirmaciones contenidas en una hipótesis o en una teoría mediante datos empíricos, esto no indica que las conclusiones que derivan de dicha contrastación puedan llegar a ser en algún momento definitivas e indiscutibles “...las hipótesis y las teorías científicas no pueden ser probadas de un modo concluyente por ningún conjunto de datos disponibles, por muy precisos y amplios que sean. Esto es particularmente obvio en el caso de hipótesis o teorías que afirman o implican leyes generales, bien para 278

algún proceso que no es directamente observable «como el caso de las teorías de la inteligencia y la personalidad» [...] bien para algún fenómeno más fácilmente accesible a la observación y a la medición. [...]. El resultado favorable de una contrastación, por muy amplio y extenso que sea, no puede proporcionar una prueba concluyente de una hipótesis, sino sólo un apoyo empírico más o menos fuerte, una mayor o menor confirmación” (Hempel, 1984, p. 50 y 57). Una de las razones por la que es imposible confirmar en modo concluyente una hipótesis o teoría, es que ésta puede serlo sólo parcialmente o no ser cierta del todo, a pesar de todos los resultados favorables de sus contrastaciones. Un investigador podría hipotetizar que la esquizofrenia es producto de la relación de una persona cualquiera con una “madre esquizofrenizante”, someter rigurosa y extensamente a contrastación su proposición y llegar a resultados favorables. Esta hipótesis, considerada durante varias décadas como totalmente cierta y válida por la comunidad científica, sin embargo, sólo lo es parcialmente, como lo demostró la escuela de Palo Alto. Estudios recientes han revelado que además de ciertas características de personalidad de la “madre esquizofrenizante”, su forma de actuar y el tipo de relación que mantenga con su hijo, seguramente debe haber otros factores que contribuyan a la aparición de los signos y síntomas esquizofrénicos. Aún así, lo interesante es por qué, entonces, estando presentes dichos factores, ninguno de los otros hijos de la madre calificada como esquizofrenizante no presentan dichos signos y síntomas. Acorde con la Escuela de Palo Alto, la respuesta parece estar en la manera particular como se comunican madre e hijo. Por otra parte, se ha encontrado también que los síntomas y signos de esquizofrenia pueden tener su origen en factores y contextos muy diversos, tales como la esquizofrenia debida a la ingestión prolongada de drogas, o la generada por un tumor cerebral. Otra razón que dificulta validar definitivamente una hipótesis o teoría, es que es imposible confirmar las conclusiones derivadas de las premisas de una ley o principio general para cada caso en particular: “...ningún experimento, ni ninguna serie de experimentos podrá demostrar nunca que una hipótesis es cierta, porque nunca podemos escapar a la posibilidad de que algún nuevo experimento produzca resultados que de una vez por todas demuestren que es falsa” (Ritchie, 1980, p. 23). Esto no significa que no valga la pena investigar e invertir en ello tiempo, esfuerzo y dinero, pues a pesar de ser imposible lograr resultados concluyentes, siempre obtenemos una confirmación parcial o un mayor o menor apoyo de las premisas y proposiciones que indagamos; siempre obtenemos un fragmento de cierto conocimiento (Ritchie, 1980; Hempel, 1984). A menudo es imposible contrastar directamente los enunciados de las hipótesis y teorías con los hechos: lo normal es que la contrastación sea menos

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simple y directa (Hempel, 1984, p. 21). Esto sucede con frecuencia en temas de la Psicología como la personalidad, las emociones, los sentimientos y los sueños, que dada su naturaleza y su relación con otros aspectos de la realidad psicológica del Ser Humano, dificultan la contrastación de hipótesis y teorías que puedan hacerse. En la actualidad, luego de un largo período durante el cual los psicólogos se apoyaron en los criterios del positivismo para investigar la conducta humana, en particular en los criterios de objetividad, y de que sólo es real aquello que puede ser observado mediante los sentidos, los científicos de todas las ciencias han pasado a ocuparse principalmente de fenómenos inferidos. Ejemplos de ello lo constituyen los campos electromagnéticos, las partículas elementales de los quarz, los estudios sobre las características de los estados de consciencia y las teorías de la motivación (Braunstein y col, 1977; Llinás, 1985; Villoro, 1985; Morin, 1989; Davies, 1989; Heisenberg, 1991). Cuando una proposición teórica no es susceptible de contrastación directa, esto puede hacerse indirectamente mediante fórmulas matemáticas y/o con ayuda de teorías que lo son. Así, según Villoro (1985): “...la aceleración de la gravedad en un lugar, puede calcularse con ayuda de la teoría de la gravitación y de datos acerca de la distribución de la materia en el cuerpo celeste que se trate. Y semejante resultado teórico puede contrastarse en forma indirecta, midiendo la longitud y el período de oscilación de un péndulo gracias a una fórmula de la teoría del péndulo. Esta segunda teoría sirve, entonces, de puente entre la teoría de la gravitación y los datos empíricos” (p. 32), la inteligencia puede medirse a través de manifestaciones indirectas como la solución de problemas; la personalidad, mediante pruebas proyectivas que contienen imágenes ambiguas o manchas de tinta, y las expectativas de los maestros hacia sus alumnos, a través del tipo de preguntas que les hace en clase, el tono de voz que usa para ello, el tiempo que les concede para responderlas, el tipo de retroalimentación que les da y la manera de corregir los exámenes que les administra. Metodología Acorde con el Webster's Dictionary (1978) la palabra método proviene del griego methodos, ir más allá: meta, después, y hodos, camino. Una forma de hacer las cosas; modo, procedimiento; proceso (p. 1134). Indica, por consiguiente, una manera encaminada de proceder; no extraviada (Barahona, 1979, p. 3). En términos generales, un método es un procedimiento regular, explícito y repetible para lograr algo, sea material, sea conceptual (Villoro, 1985, p. 28). El método científico o método general de la ciencia puede ser concebido «como un modelo general de acercamiento a la realidad, una especie de pauta o matriz

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que es muy abstracta y amplia, en la que caben los procedimientos y técnicas más específicas que se emplean en las investigaciones» (Sabino, 1984, p. 33); y como «un procedimiento que se aplica al ciclo entero de la investigación en el marco de cada problema de conocimiento» (Padilla, 1986, p. 137) el cual permite validar el conocimiento científico. En la práctica, el método científico “...consiste en la persistente crítica de argumentaciones, a la luz de cánones probados para juzgar la confiabilidad de los procedimientos por los cuales se obtienen los datos que sirven como elementos de juicio, y para evaluar la fuerza probatoria de esos elementos de juicio sobre los que se basan las conclusiones” (Nagel, 1981, p. 25). El método científico es un modo de conocer. Es un conjunto de procedimientos que orienta y ayuda, en términos generales, al investigador, a ordenar, precisar y enriquecer los conocimientos. Igualmente da al investigador indicaciones y proporciona medios para que se aproxime a la verdad y disminuya, hasta cierto punto, los errores. El método científico no suple las ideas del investigador, los conocimientos que debe tener sobre el tema a indagar, los planes y decisiones, ni suministra los instrumentos para la recolección de datos. En fin, no sustituye la creatividad del investigador ni es en sí mismo un conjunto de reglas o recetas exhaustivas que permitan resolver mecánicamente cualquier problema de investigación. Cada clase de problema requiere de un conjunto de procedimientos y técnicas especiales (Bunge, 1981; Padilla, 1986). Más aún, frecuentemente se requiere de procedimientos y estrategias diferentes para abordar los diversos aspectos de un mismo problema. Cada ciencia en particular posee un conjunto de estrategias y métodos especiales que le son característicos. Al respecto, Villoro (1985) y Feyerabend (1981) sostienen respectivamente: “Ninguna de estas tácticas es exhaustiva e infalible [...] ni dan resultado todas las veces. El que resulten depende no sólo de la táctica o método, sino también de la elección del problema, de los medios (conceptuales o empíricos) disponibles y, en medida no menor, del talento del investigador” (p. 44). “Al tratar de resolver un problema, los científicos utilizan indistintamente un procedimiento u otro: adoptan sus métodos y modelos al problema en cuestión, en vez de considerarlos como condiciones rígidamente establecidas para cada solución. No hay una «racionalidad científica» que pueda considerarse como guía para cada investigación, pero hay normas obtenidas de experiencias anteriores, sugerencias heurísticas, concepciones del mundo, disparates metafísicos, restos y fragmentos de teorías abandonadas, y de todas ellas hará uso el científico en su investigación” (p. XV).

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De lo anterior se deduce que es necesario distinguir entre metodología, método y estrategia particular que se sigue en cada ciencia. La metodología es el tratado o especulación de todos los métodos particulares. Parte de una ciencia que estudia los métodos a los cuales recurre, entre ellos, el científico. El método se refiere al conjunto de procedimientos, estrategias, técnicas e instrumentos empleados en el desarrollo del conocimiento por los investigadores de cada área cognoscitiva en particular, mientras que el método científico se refiere al conjunto de orientaciones generales (procedimientos) que permiten a los investigadores aproximarse a la verdad y validar el conocimiento. Algunas características del método científico Ya he mencionado algunas de las características del método científico. En esencia, lo más importante es que se trata de un modo de conocer, un conjunto de orientaciones generales que ayudan al científico a acercarse a la verdad y validar el conocimiento científico. Otras de las características relevantes del método científico son su dinamismo, perfectibilidad y flexibilidad. Es dinámico porque se va transformando a medida que avanza el conocimiento científico y se van ideando nuevas formas de aproximarse a los fenómenos. No es perfecto, sino perfectible. Se parte de la suposición de que para el momento de una determinada investigación, el método se ajusta a las necesidades de la investigación, es útil y eficaz. Sin embargo, a medida que se investiga se van encontrando sus fallas, y una vez puestas al descubierto se hacen los respectivos ajustes y mejoras. Por el hecho de denominar a este método científico, no se consideran sus orientaciones como directrices absolutas que conducen a verdades innegables y definitivas. Por el contrario, se va modificando y sus orientaciones son adaptadas a las necesidades particulares de cada problema de investigación. Dentro de esta flexibilidad hay otro rasgo. No es indispensable seguir un orden o secuencia estricta durante la investigación, a diferencia de otras actividades del Hombre, como el montaje de un motor «en la cual es imperativo seguir un cierto orden», la investigación científica no lo exige en forma estricta, como veremos en este mismo capítulo. Carácter científico del método ¿Qué le otorga el carácter científico a un método? ¿Es suficiente seguir estrictamente cada uno de los pasos de un método considerado como científico para juzgar los resultados de una investigación como datos científicos? Seguir de manera rigurosa un conjunto de procedimientos, no convierte los resultados de una investigación en datos válidos y confiables. Es imperativo que entre la metodología utilizada y el método científico exista una estrecha relación y concordancia. La metodología científica propone los lineamientos generales que debe seguir el método científico en el plano operativo. Estos lineamientos exigen que el método cumpla como mínimo con dos condiciones 282

esenciales para que los resultados obtenidos a través de él adquieran el carácter de científicos: 1. El método y los procedimientos deben apoyarse y ser cónsonos con la estructura y conceptualización de alguna teoría científica o esquema teorético. La metodología científica y la teoría están íntimamente relacionadas. La conceptualización teórica guía la metodología y ésta, a su vez, permite la elaboración de nuevas proposiciones. Si una teoría sostiene que la conducta del Hombre está determinada por la herencia, sus seguidores deberán desarrollar la metodología adecuada que permita verificar esta suposición y explicar los mecanismos hereditarios subyacentes. Al hablar de procedimientos como caminos tácticos hacia el conocimiento, estamos hablando implícitamente de reglas. Reglas que deben ser lo suficientemente flexibles como para permitir la creatividad, del investigador y que no requieren sino estar fundamentadas y justificadas por un cuerpo teórico. 2. El método a emplear ha de ajustarse, tanto a la naturaleza del objeto de estudio como a la naturaleza del problema planteado. Es muy importante tener en cuenta lo anterior, pues con frecuencia, sobre todo los investigadores noveles, se conforman con seleccionar algún método que se tiene efectivamente como científico. Así, el método experimental es válido y adecuado cuando se desea establecer el grado de asociación entre variables o características de la realidad susceptibles de asumir diferentes valores: efecto de una droga sobre el rendimiento en la ejecución de una tarea; pero no es adecuado cuando se desea describir un proceso o conocer opiniones. Si deseamos obtener datos válidos sobre algún aspecto particular vinculado a los procesos del pensamiento, v.g. sobre el proceso de abstracción, la metodología debe apoyarse en un marco teórico coherente que nos ayude a hacer explícita la naturaleza del pensamiento y nos permita tener una noción bastante clara y precisa de lo que es una abstracción. Ello, a su vez, nos va a permitir seleccionar o crear un método de investigación que se adecúe a la naturaleza del proceso de abstracción. Ahora bien, en un caso como el anterior, también debemos tener en cuenta la posible influencia de la cultura y del lenguaje, pues es probable que entre una cultura y otra existan diferencias significativas en la manera de orientar el proceso de abstracción, lo cual pudiera afectar los resultados de nuestra investigación. Es importante advertir que un método no es científico en sí mismo y que, por ende, éste sólo podrá ser reconocido como tal si cumple, al menos, con las dos condiciones mencionadas.

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Resumen del método general de la ciencia Un resumen del método científico supone que el investigador: 1. Se interesa por algún fenómeno o evento. 2. Se formulan preguntas. Ante los sucesos observados y acorde con los conocimientos existentes en el momento, se formulan una serie de preguntas. 3. Elabora hipótesis. Una vez planteadas sus preguntas, deduce cuáles podrían ser las posibles respuestas. Esto sobre todo en el caso de estudios cuantitativos. Las investigaciones de tipo exploratorio, por definición, no requieren de hipótesis. 4. Deduce consecuencias lógicas a partir de las posibles respuestas y de acuerdo con la teoría o esquema teorético en que se apoya, conjetura cuáles son las posibles consecuencias lógicas que se derivan de la investigación, v.g. modificaciones de la teoría o esquema teorético, aplicaciones. 5. Selecciona o elabora técnicas según la naturaleza del objeto de estudio y los fines de la investigación. 6. Lleva a cabo evaluaciones. Una vez seleccionado o desarrollado el instrumento o técnica de evaluación, el investigador lleva a cabo todos los procedimientos necesarios para observar, lo más imparcialmente que le sea posible, el fenómeno o hecho que es de su interés, para luego realizar las respectivas mediciones, comparaciones o descripciones. 7. Evalúa los resultados. Una vez que el investigador ha obtenido los resultados de su investigación, éste los organiza, interpreta y evalúa, es decir, establece si los resultados son significativos o no, de acuerdo a ciertos parámetros previa y convenientemente establecidos. 8. Establece la imparcialidad de los resultados. El investigador hace una evaluación de las dificultades que tuvo para la obtención de los datos, es decir, hace una crítica del procedimiento y las técnicas o procedimientos de evaluación. 9. Obtiene conclusiones. En este último paso de la investigación, el científico explica el significado de los resultados que obtuvo haciendo referencia a la confirmación o rechazo de la hipótesis planteada, en el caso de que haya sido necesario plantearlas, y explica hasta qué punto los resultados pueden ser generalizables a la población. 10. Puede construir una teoría.

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Tres reglas a considerar durante el proceso de investigación Antes de iniciar cualquier investigación debemos plantear el problema en forma clara, sencilla y precisa. Si la formulación del problema cumple esta condición, será fácil formular las hipótesis —de ser necesarias— escoger o desarrollar el método o técnica de evaluación y, por tanto, evaluar imparcialmente. Si, por ejemplo, nos preguntásemos ¿alteran las drogas la personalidad? nos enfrentaríamos a un problema muy extenso y ambiguo. Por tanto, serían muchas las hipótesis a formular y difícil de evaluar los resultados. En cambio, sería más fácil si nos preguntásemos: ¿De qué manera el LSD puede influir sobre la manera como los adolescentes entre 14 años y 16 años realizan una tarea como armar un rompecabezas? La clave aquí es que el investigador tenga un objetivo bien definido y preciso. 1. Una vez formulado el problema de investigación, debemos recolectar, revisar, analizar, interpretar y organizar el conocimiento científico existente hasta el momento, relacionado con nuestro tema de estudio y con áreas afines. Lo mismo ha de hacerse con las investigaciones correlacionadas, porque por lo general, al final de éstas se suelen mencionar las dificultades encontradas, se sugieren ideas de cómo superarlas y se proponen nuevos temas para seguir profundizando el problema en estudio. Con frecuencia es conveniente que discutamos nuestro proyecto con personas especializadas en el tema. Ello nos ayudará a precisar la pregunta y a evitar errores; establecer las contradicciones e incongruencias existentes entre las diversas investigaciones realizadas, determinar las lagunas que hay sobre el tema y seleccionar, mejorar o desarrollar técnicas y procesos de evaluación más precisos. Muchas veces, también nos puede ayudar el hablar con personas que no conocen bien el tema, pues ello nos obliga a poner en un lenguaje sencillo y preciso lo que queremos hacer y nos lleva a aclararnos en aspectos que aún son ambiguos. También porque una persona que no es experta en el problema puede hacer preguntas que nos revelen dificultades que no habíamos previsto. 2. Cuando queramos contrastar una hipótesis, lo mejor es someterla a la evaluación lo más rigurosa posible, a fin de que nuestros resultados no sean dudosos. Falsificaciones Es preferible que nos hallemos con resultados no esperados al final de nuestra investigación y los aceptemos que falsificarlos y engañarnos a nosotros mismos por la simple satisfacción de que nuestra propuesta coincida con la realidad, pues tarde o temprano alguien terminará por desconfirmar nuestras afirmaciones. Más aún, con frecuencia es más interesante y fructífero que los

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resultados no sean los esperados, ya que pueden abrir puertas hacia dimensiones no exploradas del problema. Algunos investigadores falsifican o alteran los resultados usando procedimientos estadísticos con los cuales pretenden validar sus hipótesis. Una de estas trampas estadísticas es el uso indiscriminado de la media aritmética. En ocasiones, se hacen investigaciones que conducen a afirmaciones tales como: el ingreso promedio de los empleados de las industrias de esta zona es de 3000 dólares, lo cual da la impresión o sugiere que los empleados del lugar están muy bien pagados. Sin embargo, una investigación más a fondo puede revelar que se trata de un juego entre sueldos extremos, es decir, del resultado de haber promediado los salarios exageradamente elevados de unos pocos con los sueldos medianos y bajos de la mayoría. Otro de estos fraudes es la típica comprobación de que entre los pobres hay un índice delictivo más alto que entre las personas de mayores ingresos. Desde luego, si contamos el número de personas con altos ingresos en cualquier país con un bajo ingreso per capita, éstas suelen llegar escasamente al 5 % de la población total, mientras que las de bajos ingresos suelen conformar aproximadamente el 70 %. Sumando separadamente los delitos cometidos por cada grupo es indiscutible que han de ser más los delitos cometidos por quienes poseen menores recursos que por los de mayores. En cambio, si hacemos la estimación proporcional de cada grupo, es probable que las cifras sean similares en ambos grupos. En un caso como éste también debemos tener presente que los delitos entre las personas de menores recursos no suelen ser tan refinados como los de mayor estatus social, y que mientras las personas de mayores recursos suelen gozar de mayor simpatía y poseer mayores recursos para esquivar la justicia, los de menores recursos no, de manera que es más fácil enjuiciar y encarcelar a una persona de pocos recursos económicos que a una de ingresos superiores. No sólo es posible falsificar los resultados a través de la manipulación de las estadísticas. También pueden hacerse mediante la elección incorrecta del modelo probabilístico a usar, puede aplicarse un procedimiento experimental inadecuado, puede hacerse un control incorrecto de las variables intervinientes, pueden evaluarse incorrectamente los resultados producto de variables concomitantes, etc. La investigación en Psicología Toda teoría ha de ser contrastada, no importa cuan obvias puedan parecernos las afirmaciones contenidas en ella o qué tan convencidos podamos estar de su veracidad. Era del sentido común sostener que la Tierra es plana. Se puede tener razón basándonos en argumentos erróneos. La metodología constituye el medio apropiado para conocer el objeto de estudio de una ciencia y contrastar los postulados teóricos o afirmaciones que se hacen de éste. A fin de describir, explicar y predecir aspectos de la realidad psicológica del Hombre y verificar las proposiciones teóricas que se hacen de

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éstas, el psicólogo se vale de una metodología apropiada basada en el método general de la ciencia. El psicólogo, en primera instancia, requiere contar con un marco teórico subyacente que debe hacer explícito, por ello definir con la mayor precisión posible la naturaleza del Hombre, la naturaleza de su actividad psíquica y su comportamiento, así como los conceptos utilizados en la teoría, de modo que sus proposiciones sean contrastables a través de métodos válidos, bien sean éstos directos o indirectos. No existe un método único efectivo, válido, exhaustivo e infalible en Psicología para verificar las proposiciones teóricas y obtener datos científicos (Selltiz y col, 1980; Bunge, 1981; Sabino, 1984; Villoro, 1985). El psicólogo debe equiparse con un conjunto de estrategias, procedimientos y técnicas especiales para cada problema de investigación que aborde. Ningún método es científico por sí mismo. El método experimental, los procedimientos estadísticos o el método clínico, para citar sólo algunos de los tantos métodos y procedimientos que existen y son utilizados en Psicología, no son científicos por sí mismos. Para que un método particular adquiera el carácter de científico, ha de cumplir, al menos, con dos condiciones esenciales: debe apoyarse en un marco teórico y debe ajustarse, tanto a la naturaleza del objeto de estudio como a la naturaleza del problema planteado. Métodos cuantitativo y cualitativo de investigación: algunas reflexiones Al revisar la literatura sobre los métodos cuantitativos y cualitativos, se observa que entre quienes apoyan dichos métodos existe una controversia sobre cuál de los dos métodos es el más indicado para la investigación en general. La pretensión es determinar ¿cuál es el único que debería utilizarse? Esta discusión fue muy álgida en las décadas de los años 60 y los 70 y se destacó entre los sociólogos, etnólogos, psicólogos e investigadores de la educación. En la década de los años 80, la discusión fue cambiando de tono y en el presente son escasas las referencias a ella. En su lugar, en las ciencias del Hombre se aprecia una tendencia a emplear con mayor frecuencia métodos cualitativos y a utilizar los análisis y elaboraciones estadísticas menos complejas como las tablas de distribución de frecuencias y los porcentajes. Al analizar la literatura referente a las investigaciones que han empleado los métodos cualitativos, se puede apreciar el uso inconsistente del término cualitativo, ya que lo utilizan como sinónimo de método etnográfico, humanístico, fenomenológico, investigación naturalista, hermenéutica y observación participante. El cuadro es aún más complejo porque, como explica Smith (1987) la investigación cualitativa ha sido dividida en tantas ramas como puntos de vista existen sobre la realidad, según aquello que se juzga como objeto de estudio, las creencias sobre los méritos de los diversos métodos de investigación, la manera de representar los datos y los criterios para juzgar los estudios.

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Lo anterior ha generado una serie de feudos entre las ciencias del Hombre, severas discusiones y diversas escuelas de pensamiento, llegando al extremo de establecer como único criterio válido para determinar si un método es cualitativo o no, el criterio de exclusión: “todo método fuera del etnográfico es sencilla y llanamente positivista”, “cualquier método distinto al fenomenológico, no es cualitativo”. Desde una perspectiva más amplia, si revisamos las proposiciones de quienes tienen preferencia por uno de los dos tipos de investigación, la impresión que obtendríamos en muchos casos es que se trata de cosas distintas y muy opuestas, cuando en realidad se trata de los extremos de una misma cosa, es decir, de formas complementarias de conocer la realidad (Parker, 1996; Martínez, 1999). En un extremo se encuentran aquellos quienes argumentan que toda investigación debe ser totalmente planificada y controlada en el más mínimo detalle. Expresan, además, que el único método que se debería usar es el experimental, y que los únicos datos aceptables son los numéricos. En el otro extremo están quienes comparten que no debe existir planificación ni control alguno. Lo importante es describir el fenómeno en detalle. Los números no tienen importancia. Si examinamos estos extremos, podremos apreciar que son absurdas sus posiciones. Los adeptos extremistas del método cualitativo proponen tal falta de control o anarquía, que es fácil imaginar perdido a quien siga esta sugerencia: ¿En qué momento de la investigación estoy? ¿Hacia dónde he avanzado? ¿Debo apuntar esto o no?, y ¿por qué? ¿Qué valor tendrá este resultado? No contaba con esto ¿Qué hago ahora? ¿Cómo lo soluciono? ¿Debo participar activamente en todo cuanto suceda o debo mantenerme al margen? Si me mantengo al margen, de igual modo ¿no estaré influyendo en la conducta de los sujetos observados? ¿Cómo ordeno los datos? Por otra parte, quienes adoptan el otro extremo y quieren determinar relaciones causa-efecto, establecen tales controles durante la situación de investigación que, en definitiva, la misma se torna en algo tan artificial que es imposible hallar en la realidad una situación y sujetos similares a los usados en la investigación. Además, como es frecuente en el campo del comportamiento humano ¿qué hará el investigador si las cosas no funcionan como él esperaba? ¿Culpará a los sujetos? Esto último debe hacernos pensar si de verdad se puede esperar en las ciencias Humanas ese grado ideal de control y si de verdad vale la pena. En otro orden de cosas, veamos ahora lo que ocurre con algunas investigaciones de uno y otro tipo. Hay investigaciones que nos presentan reportes como el siguiente:

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“Promedio de la frecuencia semanal de relaciones sexuales de parejas donde el hombre es de "X" localidad o país, distribuidos por ocupación”. OCUPACIÓN Obreros Artesanos Empleados Ejecutivos Intelectuales PROMEDIO SEMANAL 8 7.5 5.3 2.5 1.2

Al observar una tabla con datos como los anteriores, uno no puede menos que preguntarse: ¿Es que los obreros son más libidinosos que los intelectuales? ¿A los obreros no les afecta la fatiga y a los intelectuales sí? Si un intelectual mantiene una vida sexual más activa que un obrero, o un obrero mantiene la misma frecuencia que un intelectual o si durante varias semanas varía alguno su ritmo ¿qué quiere decir eso? ¿Cómo podemos interpretar dichos casos?... En fin, para qué sirven esos datos, si ellos hablan de todos y de ninguno, es decir, de un hombre promedio inexistente. Pero veamos su contraparte, es decir, un informe de quien comparte el método cualitativo y muestra una similitud con el anterior, pero expresado en palabras: “Observación conductual de Juan Z, de 8 años de edad, de la ciudad tal, miembro de la Escuela L”. “Hoy 12/05/92 su madre lo trajo a la escuela a las 7.35 A.M., es decir, 10 minutos antes de comenzar las clases. Una vez que llegó, corrió hacia uno de sus amiguitos, conversaron 32 segundos y corrieron hacia la cantina. Allí compraron una pelota y salieron corriendo hacia un tercer compañero. Hablaron 40 segundos, se movían mucho, gesticulaban con frecuencia, especialmente con las manos. Juan se las llevaba mucho a la cabeza y señalaba con ellas hacia el Norte de la escuela. Luego corrieron hacia la pared Norte de la escuela y se colocaron frente a la misma. Mientras uno tiraba la pelota contra la pared, los otros dos corrían a atraparla una vez que ésta rebotaba. Al rato sonó el timbre para llamar a fila. Juan y sus amiguitos salieron corriendo a formar fila. En ésta, le llamaron la atención dos veces por hablar con el compañero de adelante [...] Cuando tocaron a recreo, Juan salió corriendo hacia la cantina, allí compró refrescos y volvió a salir corriendo hacia el lado Sur de la Escuela...” El anterior es un ejemplo típico de algunos informes de observación de niños. La pregunta es: ¿qué se puede hacer con estos datos? ¿Qué muestran o demuestran?, ¿Será Juan un niño normal o hiperkinético? ¿Son así todos los niños? ¿Se trata de un rasgo de su personalidad?. Tratemos de ver las cosas de otra manera. Cuando un botánico presenta sus observaciones de campo, nos dirá algo como esto: “tal tipo de planta suele tener un tallo cuyo diámetro mide por promedio 2,7 cts. Sus ramificaciones son

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abundantes, aproximadamente X dimensión, sus hojas miden... y nos dará un dibujo”. Creo que todos coincidiremos en que es muy útil esta descripción, pues permite reconocer ejemplares y diferenciarlos de otros similares, por ejemplo, entre plantas de cambur y plátano. Pero si quisiéramos plantar plátanos, esta descripción de la planta ideal o promedio del plátano no tiene mayor utilidad. No nos dice nada sobre cómo germina su semilla, cómo distribuirla en el campo, durante qué época se debe sembrar, cómo cuidarla, qué tipo de nutrientes necesita, etc. Es obvio que para éste propósito se requiere de un estudio de tipo cualitativo. ¡Pero alerta! También son importantes los números, es decir, para cultivar el plátano, no sólo son necesarios los datos de tipo cualitativo, también, entre otros detalles, hace falta conocer, por ejemplo, qué grado de salinidad o alcalinidad debe contener la tierra... Vayamos ahora al campo de la conducta humana. En psiquiatría, por ejemplo, son frecuentes los estudios de tipo epidemiológico, es decir, de distribución y frecuencia de ciertos cuadros considerados “patológicos”. Si bien es obvio que estas estadísticas no sirven para “curar” a nadie, son importantes para prever cuántos psicoterapeutas hacen falta, cuántos se deben preparar por año, cuántos centros de salud mental deben existir, qué número de camas debería ser previsto en los hospitales... Ahora, si el propósito específico es diagnosticar, entonces es importante combinar la descripción de ciertos signos y síntomas en contexto con la frecuencia e intensidad de los mismos para poder llegar a alguna conclusión. Las conclusiones, de por sí en la clínica son muy difíciles, pues todos los Seres Humanos presentamos alguno o algunos de los rasgos descritos en los cuadros clínicos de los libros de psiquiatría. Hablar solos en nuestra mente, es sano, pero hablar solos en voz alta, es signo de locura. Si hablamos con Dios en la Iglesia, somos sanos, pero si hablamos de Dios en la calle, hemos perdido el juicio, mientras tanto, sólo los sacerdotes pueden hablar con Dios donde así lo tengan a bien ¿Qué es lo que permite saber si alguien está bien o no de la cabeza? La misma intensidad y frecuencia de una emoción, si bien es un dato cuantitativo, ha de tenerse con mucho cuidado. Para algunos psicoanalistas, el que las personas sean felices es signo de enfermedad, es signo de que hay algo raro en ellas y que lo más probable es que estén reprimiendo algo. Para algunos psiquiatras el que una persona se resista a ingresar voluntaria y dócilmente al manicomio, es signo de psicosis... Todos los Seres Humanos pasamos por estados de euforia durante los cuales los pensamientos se agolpan y hablamos con rapidez, pero eso no indica que estemos cruzando por un cuadro de psicosis maníaca. La posibilidad de que así sea hay que determinarla en combinación con otras variables. Por ejemplo, la calidad de lo que decimos: cómo construimos las oraciones, si ellas son coherentes entre sí, si siguen un hilo conductor discernible hasta agotar el tema. Y, no obstante esto ¿los contenidos expresados se mantienen dentro de los márgenes de las posibilidades de la realidad consensual? ¿se trata de fantasías?

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¿la persona diferencia entre la fantasía y la realidad consensual? ¿Podemos rotular una conducta como anormal teniendo como base lo anterior? Con frecuencia, las personas de carne y hueso que tenemos delante de nosotros para ser diagnosticadas no se parecen en nada a lo que dicen los libros. Esto es delicado porque implica tomar decisiones. Decisiones que van desde el uso o no de fármacos ¿cuáles de ellos se van a emplear? ¿en qué cantidades? ¿cómo se van a combinar? ¿se va a emplear la psicoterapia? ¿qué clase de psicoterapia? ¿cuándo? ¿qué personas deberían estar involucradas en el tratamiento? ¿es necesario privar a la persona de su libertad? Como se aprecia, ni en el diagnóstico ni en la psicoterapia nos podemos dar el lujo de hablar de hombres ideales o promedios. Incluso cuando sólo nos especialicemos en un sólo tipo de cuadro clínico, nada es igual, ya que cada individualidad es un mundo que ha experimentado vivencias particulares... En el ambiente escolar es lo mismo, pero amplificado, porque en el contexto particular de cada escuela, el docente se enfrenta normalmente y al mismo tiempo tanto a 30 individualidades y no al promedio de 30 sujetos, como al conjunto o sistema/clase que estos integran junto con el profesor. Con lo expuesto hasta aquí, he tratado de poner en relieve que 1. Tanto la investigación de tipo cuantitativo como cualitativo son formas de conocer el mundo, 2. Ambas formas de investigación son necesarias y complementarias, 3. El acento sobre una u otra forma de investigación depende de la naturaleza del objeto a estudiar, de los fines que se persigan y de la perspectiva de referencia que se emplee como marco de referencia. Respecto a esto último, recordemos que la realidad es relativa. La realidad depende de los ojos que la miren. Siempre cabe la duda. Sólo que «Vivimos bajo la ingenua suposición de que la realidad es naturalmente como nosotros la vemos y que todo el que la ve de otra manera tiene que ser un malicioso o un demente» (Watzlawick, 1979, p. 150).

Características de los métodos cuantitativos de investigación La investigación cuantitativa se puede definir como la serie de procedimientos mediante los cuales se trata de establecer el grado de relación o asociación existente entre dos variables o un conjunto reducido de ellas en forma controlada, y cuyos datos son esencialmente de orden numérico. Enfatiza, pues, en encontrar en términos numéricos relaciones múltiples entre variables.

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La investigación cuantitativa tiende a establecer relaciones de tipo causaefecto dentro de un campo reducido o focalizado del campo de los fenómenos: ¿Cuáles son los efectos de la cocaína sobre la memoria de evocación? ¿Puede afectar la actitud del psicoterapeuta el resultado de la terapia? Quienes se califican de investigadores empíricos emplean generalmente métodos cuantitativos, suelen usar el lenguaje del positivismo lógico y definen operacionalmente sus variables con la esperanza de que sus datos sean más precisos y de que los instrumentos de medición también lo lleguen a ser. Califican de objetivas sus investigaciones o libres de subjetividad por el hecho de aislar las variables y tratar esencialmente los aspectos externos de sus objetos de estudio, es decir, por estudiar aquello que es apreciable, bien sea mediante los sentidos o mediante extensiones de los mismos (aparatos e instrumentos) ó, como sucede muchas veces en las ciencias del Hombre, a través de encuestas, pruebas psicométricas, audiencia,... y de medir la forma, frecuencia, intensidad y duración del comportamiento humano. Suponen, además, que la objetividad de sus investigaciones es incrementada por otros factores como generar teorías o proposiciones teoréticas a priori (antes de observar la realidad) planificar previamente toda la investigación de modo que “nada se deja al azar”, contrastar sus hipótesis, emplear métodos rigurosos de control de variables, por lo cual establecen como lugar de investigación un laboratorio, y usan los resultados del análisis de los datos para verificar el grado de veracidad de sus proposiciones. La investigación tiene para estos investigadores el propósito principal de verificar relaciones causa-efecto o correlaciones expresadas mediante hipótesis, es decir, se proponen hallar estructuras empíricas como leyes y principios. Su posición es mecanicista, o sea, deriva del paradigma cartesiano-newtoniano de la ciencia. Los datos de los cuantitativistas son fundamentalmente numéricos y analizados sobre la base de procedimientos estadísticos o modelos lógicos. Su principal método de análisis es causal y correlacional. A continuación ilustro la forma típica de discutir los resultados de sus investigaciones: La investigación trató sobre los “Factores diferenciales en el aprendizaje de la lectura”. Esta investigación comienza con un resumen. En él se dice que son múltiples y variados los factores que influyen sobre el aprendizaje, en general, y la lectura en particular, pero que a pesar de éstos (hipotetizan) es posible que una nueva metodología en la que se hallen implícitos los procesos, las teorías y los modelos necesarios para adquirir la comprensión lectora, hará que los niños obtengan mejores resultados que aquellos con los cuales se usen estrategias de aprendizaje arbitrariamente construidas. De aquí pasan a una breve introducción, luego, al método, en el cual describen los sujetos, el diseño experimental y el análisis de los datos, exponen los resultados numéricos, la forma de tratarlos y finalmente pasan a la discusión y conclusiones, que son las siguientes: “Vistos los resultados anteriormente expuestos, la hipótesis que planteábamos en nuestro trabajo se nos ha confirmado parcialmente, ya que no hay muchas diferencias significativas, en razón de los factores

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que influyen en la lectura, pero las pocas existentes se encuentran en el grupo experimental. Hemos de hacer la salvedad de que las niñas obtienen más diferencias significativas que los niños. Mientras que entre las niñas existe alguna diferencia en las pruebas TALE y EDIL, en los niños, las diferencias se observan en las pruebas BDAL y letras (tiempo) del TALE. Son las niñas y los niños del grupo experimental los que obtienen mejores resultados en todas las pruebas estudiadas si observásemos las gráficas de rangos efectuadas en este estudio. Resumiendo, podemos decir que las niñas obtienen mejores resultados en comprensión y exactitud lectora, en letras, palabra y nivel de lectura, también tardan menos tiempo en leer, y las niñas del grupo experimental, mejores resultados que las del grupo control. Por su parte, los niños y en concreto, los niños del grupo experimental, son mejores en discriminación visual y auditiva, correspondencia acústicográfica y vocabulario” (Del Campo y García, 1990, p. 504-505). Características de los métodos cualitativos de investigación Como contraparte, tenemos a los investigadores que se califican de naturalistas, quienes emplean predominantemente métodos cualitativos de investigación. La investigación cualitativa puede ser definida como la serie de procedimientos mediante los cuales se trata de describir lo más detalladamente posible las relaciones y características de los fenómenos tal como ellos acontecen en forma natural. Ian Parker (1996) la define en su forma simple como: «el estudio interpretativo de un asunto particular o problema en el cual, el investigador ocupa un lugar central en todo lo que hace» (p. 2). Con mayor precisión, Martínez (1999) nos dice que el término cualitativo tiene dos acepciones. Una como cualidad simple: Pedro es una persona sencilla. Y la otra, más integral y comprehensiva, es decir, referida a la naturaleza o esencia de las cosas. La palabra cualidad proviene del latín qualitas, y ella deriva de qualis (cuál, qué) que son las preguntas que nos hacemos con el objeto de conocer la esencia o naturaleza de las cosas. La pregunta ¿qué es? está dirigida a conocer la esencia íntima de algo, mientras el interrogante ¿cómo es? intenta describir los rasgos externos y distintivos de algo en forma numérica o como cualidades simples. La metodología cualitativa se usa en el sentido que describe la Enciclopedia Británica, es decir “como aquello que hace a un ser o cosa tal cual es”. En este sentido, no se intenta estudiar las cualidades separadas de las cosas, sino del “estudio de un todo integrado que forma o constituye una unidad de análisis y que hace que algo sea lo que es: una persona, una entidad étnica... De esta manera, la investigación cualitativa trata de identificar la naturaleza profunda de las realidades, su estructura dinámica, aquella que da razón plena de su comportamiento y manifestaciones. [... ]De aquí, que lo cualitativo (que es el todo integrado) no se opone a 293

lo cuantitativo (que es un solo aspecto) sino que lo implica e integra, especialmente donde sea importante” (Martínez, 1999, p. 173). Las preguntas de investigación de corte cualitativo, también tienden a establecer las relaciones existentes entre los fenómenos, pero además, los investigadores se preguntan el por qué y el cómo acontecen los fenómenos, así como sobre qué bases existen (Montero, 1984): ¿Cómo establecen los Seres Humanos la definición de sus relaciones? ¿Por qué algunos sueños son premonitorios? ¿Por qué los niños marginales tienen un rendimiento menor en la escuela en comparación a los de clases más privilegiadas? Estos investigadores prefieren utilizar, entre otros, como medios de recolección de información observaciones, entrevistas y documentos, porque son instrumentos más flexibles y adaptables al contexto de las situaciones naturales, que es donde los investigadores recogen usualmente la información. Quienes prefieren las investigaciones de corte cualitativo, usualmente consideran que es preferible crear o inventar métodos que se adapten a las situaciones, y no inventar un método y adaptar las situaciones a los métodos. Por lo regular, como no perciben que cierto o ciertos métodos son los únicos garantes de la verdad, utilizan uno o varios métodos de recolección de datos, seleccionados o elaborados sobre la base de los criterios mínimos de cientificidad y luego, comparan y complementan los resultados que han obtenido. Cada método elaborado es siempre acompañado de una justificación y descripción detallada de su uso, sus limitaciones y supuestos subyacentes a éste (Smith, 1987). En cuanto a la selección de los sujetos que van a servir como fuentes de información, hallamos una diferencia notable entre la manera como lo hacen los seguidores de los métodos cuantitativos y los cualitativos. Mientras los primeros usan procedimientos estadísticos para la selección de sus muestras, los segundos consideran que cualquier persona que llene ciertos criterios puede ser admitida como parte de sus muestras. Diferencias en la práctica entre los métodos cuantitativos y los cualitativos En ambas clases de investigación, lo normal es que los investigadores comiencen por definir con la mayor precisión posible el objeto de estudio. Así, si, por ejemplo, van a investigar algún aspecto de la esquizofrenia, los partidarios de ambos métodos tratarán de definir con precisión qué es, sólo que cada grupo lo hará de forma distinta debido a que ambos grupos comparten perspectivas diferentes. Un cuantitativista seleccionaría para su muestra de investigación procedimientos estadísticos, mientras que un cualitativista consideraría como requisito suficiente para su muestra a aquellos individuos que posean ciertas cualidades. La cantidad de sujetos participantes en las investigaciones de tipo cuantitativo suele ser elevado en comparación a las de tipo cualitativo.

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Como criterio de calidad de la investigación, para los seguidores del método cualitativo lo importante no es tanto la rigurosidad del control de variables como lo relevante o significativo de la información recolectada en función del contexto, así como también la comprensión de la esencia del fenómeno indagado. Para el grupo cualitativista, la teoría debe construirse a partir de los datos que van surgiendo de la realidad, y no a priori, de modo que la teoría o proposiciones teoréticas se caracterizan por su fundamentación a posteriori en la realidad. Tratan de unificar la práctica y la teoría. Para los cualitativistas, lo importante es tratar de develar nuevas relaciones entre fenómenos o entre los elementos de dichos fenómenos, en lugar de verificar, o mejor, contrastar, lo que supone el investigador como ya existente. Esta posición implica que no hay necesidad de elaborar y contrastar hipótesis. Los cualitativistas se ocupan de la realidad emergente. Por ello, en muchas de las investigaciones cualitativas sólo se bosqueja un plan previo de investigación con el fin de apreciar cómo fluyen los sucesos en el medio natural. Tanto los que comparten los métodos cualitativos como los cuantitativos, elaboran planes de investigación. La diferencia reside en que los partidarios de los métodos cuantitativos detallan qué va a suceder o esperan que ocurra, pero quienes comparten los métodos cualitativos se ocupan más por el cómo recolectar información significativa mientras los fenómenos ocurren por sí mismos. Quienes comparten la investigación cualitativa creen que lo más valioso es la posibilidad de establecer los patrones de relación existentes entre los diversos elementos que conforman un fenómeno determinado en un contexto específico. Les interesan los procesos, la evolución de los fenómenos, y no el momento estático de dos o más variables. Buscan, pues, los principios subyacentes que parecen explicar los fenómenos. En este sentido, se le asigna mayor importancia a la explicación que a la predicción. En las investigaciones cualitativas se busca definir nuevas variables, los datos son analizados en función de un marco teórico, y su principal método de análisis es descriptivo e interpretativo. Los datos son expresados en palabras: citas directas, observaciones, análisis de registros y documentos, estudios de casos..., más que en números. Los números suelen ser empleados para describir en forma llana y sintetizar información, más que como una forma de representar la realidad. De manera que utilizan, por lo regular, procedimientos estadísticos sencillos, como las frecuencias absolutas y relativas, porcentajes, promedios... Un ejemplo de cómo presentan los cualitativistas las conclusiones de sus resultados, lo podemos ver en la siguiente investigación: “Estudio exploratorio sobre el proceso de solución de problemas en un servicio de hospitalización psiquiátrico”. El trabajo comienza con una introducción en la que el autor explica brevemente en qué consiste la investigación. Expone el objetivo, su importancia y los enfoques usados, que fueron el Sistémico y la Pragmática de la Comunicación Humana. Luego expone el marco teórico y la metodología, en la

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cual describe en detalle la selección de la muestra, los procedimientos relacionados con la recolección y análisis de los datos. El análisis e interpretación de los datos fueron hechos sobre la base de los marcos teóricos ya mencionados, y son acompañados de transcripciones de las verbalizaciones de las personas participantes en el estudio. Un fragmento de las conclusiones es el siguiente: “Hasta el momento en que se terminó la presente investigación, la tendencia dentro del Servicio de Hospitalización Psiquiátrico (SHP) era la de enfocar los problemas, cualquiera fuera su naturaleza, de manera parcial, es decir, sólo se veían o revisaban ciertos aspectos. En ocasiones se hablaba de los orígenes de los problemas y se establecían relaciones de causa-efecto, de tal manera que, por ejemplo, la existencia de ciertos problemas en el servicio, era atribuida a la conducta de algunas de las personas que formaban parte de él: los pacientes y enfermeras en general o de personas fuera de él, diciendo cosas como: "la culpa es de la psicosis institucional", "... del Estado", "... del Ministerio de Sanidad"..., creando así ciertos mitos que a veces los llevaba a declararse impotentes y expresar que no se podía hacer nada o que la situación era frustrante. Así mismo, los problemas tendían a escapárseles de las manos cuando el número de variables o de problemas planteados consecutivamente era grande...” (Del Grosso, 1982, p. 112). Como crítica a las investigaciones cualitativas, los que se inclinan por los métodos cuantitativos argumentan que quienes utilizan métodos cualitativos emplean métodos subjetivos, los cuales permiten que el investigador influya sobre los sujetos al recolectar la información, y que ellos, además juzgan y valoran los resultados. Esto no es un argumento válido y suficiente para decidir cuál método emplear. Como veremos al explicar el efecto Rosenthal, los investigadores siempre influyen con sus expectativas sobre los resultados y, además, bien sea que los resultados sean expresados en números o a través de palabras (mediante descripciones inmaculadas del fenómeno) el investigador no puede evitar el hecho de tener que interpretar, atribuir un significado y dar un valor a los resultados. Según su definición de ciencia y desde la perspectiva de la investigación del comportamiento humano, la posición del investigador que emplea métodos cuantitativos frente a una persona puede sintetizarse en: una o varias personas (objetos) que hacen de sujetos de experimentación o expuestos a manipulación, los cuales en sí no saben nada de psicología ni de sí mismos en términos de su conducta; y un investigador o experimentador que sí es un experto en el otro y que a través de su manipulación va a encontrar o descubrir las verdades psicológicas. Por ello es que el investigador debe someter a la persona a una serie de experiencias previamente preparadas y controladas a tal fin (Schwartz y Jacobs, 1984). Desde su perspectiva, las personas no aportan más allá de reacciones frente a estímulos preestablecidos, por ello les somete a presionar

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palancas, permanecer tranquilos frente a una pantalla mientras se hacen mediciones. V.g. medir la dilatación de las pupilas frente a estímulos variados o medir el tiempo que emplea una persona para responder preguntas. Schwartz y Jacobs (1984) añaden que en el campo de la Sociología, las características o propiedades del comportamiento que van más allá de las esperadas, son consideradas molestias. A estas molestias se les da nombres tales como sesgo de la respuesta, variables intervinientes y error que no es de respuesta. Para aquellos quienes desde la perspectiva de la investigación de los aspectos de la realidad psicológica, usan métodos cualitativos de investigación, las personas son los individuos más apropiados para hacer referencia a su conducta. Lo importante no es la apariencia externa ni las relaciones causaefecto, sino la estructura interna del comportamiento. Consideran que es relevante conocer cuál es su vivencia, cómo describen el fenómeno, cómo sienten. Explicado de otro modo, interesa conocer al individuo desde dentro. Se considera que hay algo vital en el interior de cada Ser Humano, que sólo puede ser construido desde su propio punto de vista. De allí, que sea importante reconstruir su realidad tal como la vive y percibe cada persona. Si comparamos ambos métodos frente a las investigaciones concretas, tendríamos que a los cuantitativistas les interesa medir, por ejemplo, el grado de tensión muscular que se produce en mujeres frígidas en el momento del coito. En cambio, a los cualitativistas les interesa conocer cómo vive cada mujer la experiencia previa, durante y después del coito, con qué lo asocian, qué significa para ellas esta experiencia, cuáles son sus creencias sobre el sexo o sobre el convivir con un hombre. Creo que no debemos tomar partido a priori por alguna de las dos clases de investigación. Ambas son importantes según el propósito perseguido a través de la investigación, y ambas deben ser utilizadas en función de la naturaleza del objeto de estudio, del tipo de información que se desea y del objetivo perseguido. Pienso, además, que tanto la investigación cuantitativa como la cualitativa son complementarias.

Dificultades de la investigación en Psicología Son muchas y variadas las dificultades que encuentra el psicólogo cuando intenta investigar y obtener datos de carácter científico sobre los diversos aspectos de la realidad psicológica. Estas dificultades parten de la naturaleza misma del Hombre y de los aspectos particulares de la realidad psicológica que intenta abordar. Cada persona es un ser único, diferente a los demás. Los Seres Humanos difieren entre sí, debido a la influencia de la relación herencia-medio ambiente (Anastasi, 1966; Eysenck, 1977; Medione y Vaisee, 1984). Cada persona es un ser singular y se comporta de una manera particular: distintas personas se comportan de manera diferente ante una misma situación. Una misma persona se suele comportar de modos diversos en contextos distintos, y ante situaciones 297

similares puede desplegar un mismo patrón de conducta de manera rígida o flexible, pero también puede no ser así. El Hombre es un ser vivo en constante devenir, es conciencia, es parte integral del Universo y es el Universo mismo, es un sistema biopsicosocial abierto lejos del equilibrio, ya que está conformado por un conjunto de elementos integrados y organizados como un todo en continua acción con el medio ambiente, con el cual configura contextos y situaciones irrepetibles y con el cual intercambia energía, materia e información. De lo anterior se deduce que la realidad psicológica tiene lugar en un marco muy complejo de variables o características susceptibles de asumir diferentes valores, que están íntimamente relacionadas, y que al estudiar una conducta particular no estamos observando una o pocas variables, sino una multiplicidad de ellas, que se modifican e influyen entre sí momento a momento. El tratar de aislar y controlar por separado cada uno de los múltiples factores que intervienen en la determinación de la conducta es prácticamente imposible, ya que el comportamiento es un sistema de actividades (Rulbinstein, 1967) es el resultado de la relación entre los sistemas biológico, psíquico, social y físico. Al estudiar una conducta como un hecho aislado o de manera fragmentaria, ésta pierde su sentido. No quiero dar a entender con ello que no sea necesario ni sea importante enfocar la atención en aspectos individuales manifiestos de la conducta, es decir, “mirar de cerca cada uno de los árboles del bosque”: las manifestaciones de las emociones, la inteligencia…; pero siempre se ha de tener en cuenta su relación con otros elementos y la conducta global, esto es, si nos acercamos a los aspectos manifiestos de la memoria no podemos olvidar otros aspectos de la actividad psíquica como la percepción, las emociones…, el organismo, el contexto social... Una vez estudiados los elementos componentes de la conducta, se han de integrar y sintetizar en el todo, de otro modo es como querer conocer y explicar qué es un bosque a partir de uno de los árboles. Cuando un psicólogo trata de estudiar algún aspecto de un proceso psicológico, como puede ser la constancia de la forma, le es imposible aislar este factor de los otros factores y procesos que conforman la percepción. Tampoco puede aislarlo de otros procesos como la memoria y el aprendizaje, de las condiciones y procesos orgánicos, la relación del sujeto con el experimentador, la cultura donde se realiza el estudio y el contexto físico, entre otras variables, debido a que, por una parte, no existe por sí mismo un factor como la constancia de la forma y, por otra, al aislarlo adquiere un significado diferente al que tiene en el conjunto de lo que es la percepción. Las dificultades del psicólogo al tratar de investigar el comportamiento humano, además se incrementan debido a la naturaleza diversa y compleja de los aspectos que lo integran. Estableciendo un gradiente de dificultad, podemos medir y describir con facilidad la conducta de una persona que evoca una lista de sílabas sin sentido; es bastante fácil describir y medir ciertos aspectos vinculados a los procesos cognoscitivos como establecer la probabilidad de que una persona utilice una cierta estrategia para resolver un cierto tipo de problema matemático o describir cómo un individuo actúa durante un proceso

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como el análisis de un texto. Pero es imposible hacer mediciones de los sueños y nos debemos limitar a hacer descripciones sobre los mismos, y en el extremo de la subjetividad nos encontramos con los aspectos transpersonales del Ser Humano, los cuales, por su inefabilidad, en términos generales, son aún menos descriptibles que los anteriores. Su base es de tipo experiencial o vivencial y se les considera como experiencias no verbalizables. “Transformar esta maravilla en razonamiento, no sirve absolutamente para nada. Aquí, a nuestro alrededor, se encuentra la eternidad misma. Intentar reducirla a una absurdidad manipulable, no sólo es mezquino, sino francamente desastroso” (Dubant y Marguerie, 1987). Aspectos de la realidad psicológica como los transpersonales, los sueños, la imaginación, los estados de conciencia, las emociones, los estados fisiológicos del individuo..., indican que la vida psíquica del Ser Humano es muy compleja y rica, y obligan al psicólogo a hacer inferencias y emplear métodos de investigación muy variados, tanto de carácter cuantitativo como cualitativo. A los psicólogos nos ocurre algo similar a lo que le sucede a los físicos. Un poco más allá de las manifestaciones observables de la materia: forma, peso, tamaño...; los físicos se ven en la obligación de hacer inferencias matemáticas, imaginar e intuir, y así poder comprender y explicar determinado aspecto de la realidad psicológica, sin que por ello dejen de hacer ciencia. De manera similar al físico, el psicólogo también debe hacer inferencias, imaginar, intuir los procesos subyacentes a la conducta observable y valerse de métodos indirectos para indagar sobre ellos, pues si no fuera así, la Psicología no podría ir más allá de la simple observación de la actividad corporal y siendo así, los investigadores no estarían haciendo Psicología sino Biología, Fisiología o Medicina. No debemos dejarnos obnubilar por las dificultades a la hora de investigar las experiencias íntimas del Ser Humano, y por ello, no darle importancia o negarlas. Sabemos indirectamente de la realidad psicológica y de su actividad por nuestra experiencia privada, por las verbalizaciones que hacen las personas acerca de su experiencia interna y por sus manifestaciones externas a través de los músculos esqueléticos: movimientos corporales, gestos, tono de voz al hablar. No podemos observar directamente el pensamiento de una persona ni conocer con exactitud cómo es su tristeza, pues su experiencia es privada, única y difícil de comunicar (Huxley, 1982). Es posible predecir con bastante probabilidad si una persona está pensando o está triste a través de la manera típica como exterioriza estas conductas internas, pero es imposible saber con exactitud qué está pensando, de qué manera experimenta su tristeza o cómo lleva a cabo estas actividades. La actividad psíquica y sus manifestaciones externas de ésta son dos cosas distintas. Ambas están interrelacionadas e, indiscutiblemente, pueden ser denominadas conductas, pero son esencialmente diferentes. Una cosa es pensar y sentir que se tiene hambre, y otra, satisfacer esa necesidad. Todo ello me lleva a pensar que es una torpeza admitir como datos válidos y científicos solamente a aquellos que nos aportan los sentidos, es

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decir, las manifestaciones observables y concretas de los individuos. Admitir esto es negar, entre otras cosas, que el Hombre sueña, imagina, piensa, siente, vive y experimenta diversos estados de conciencia. Es negar que el Ser Humano es un ser sensible, un eterno niño que juega y crea, que es un ser de luz, para convertirlo en una imagen mensurable, enjuiciable y controlable. La conducta observable, por más precisa que pueda ser, es sólo un indicador (Fernández, 1985) una manifestación del conjunto global de relaciones que existen entre los subsistemas biológico, psíquico, social y el contexto. Para que los resultados de una investigación psicológica puedan ir más allá del sentido común, es necesario utilizar procedimientos cualitativos y/o cuantitativos según el aspecto y nivel de la realidad psicológica que se esté estudiando. En el caso del uso de métodos cuantitativos nos encontramos con las dificultades que derivan de la medición. Veamos en qué consisten dichas dificultades: Dificultades derivadas de la medición Toda medición es en cierta forma indirecta. «Aun en la física, la más exacta de las ciencias con las que pueden compararse las ciencias sociales (Blalock, 1970, p. 100)» las mediciones son siempre indirectas, pues, por una parte, es inevitable que nos apoyemos en algún instrumento o medio para indagar, y por otra, inevitablemente, si queremos que posea algún valor científico, debe sustentarse en alguna teoría y en hechos concretos. Es necesario que destaque aquí que las leyes y premisas que le dan forma, y sobre las cuales se sustentan las teorías, no son leyes o proposiciones lógicas formales como las que podemos encontrar en Matemáticas, donde 2 más 2 es igual a 4. Las leyes y proposiciones científicas expresan tendencias, de modo que sólo podemos elaborar teorías cuyas proposiciones afirman cosas como: “quizá”, “tal vez”, “podría”, “es frecuente bajo estas circunstancias”... Como dice Kosko (1995) el problema filosófico más grave de la ciencia moderna es el haber hecho un apareamiento desigual entre las Matemáticas y la lógica formal, por una parte, y con la realidad tal como es, por otra. La tarea de medir en el ámbito de la Psicología es indudablemente difícil. Entre los factores que la dificultan están:  El que no siempre se cuenta con teorías suficientemente elaboradas ni con definiciones precisas sobre las cuales podamos apoyar nuestro instrumento de medición, como ocurre con los conceptos y las teorías sobre la inteligencia, motivación y personalidad.  A través de los instrumentos de medición se intenta establecer la aceptación o rechazo, veracidad o falsedad de las hipótesis, sobre todo en el ámbito de las investigaciones experimentales, siendo en Psicología la dificultad, el que las proposiciones no son completamente verdaderas o absolutamente falsas. En general, toda proposición sobre la realidad psicológica debe admitir que ésta no se manifiesta en términos de todo o nada, 1 ó 0, blanco o negro, sino que

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se manifiesta en términos de grados. Siempre hay en la realidad psicológica, una cierta vaguedad o inexactitud, la cual se ha intentado paliar mediante el uso de las probabilidades. Pero, como dice Kosko (1995) ello no altera de modo significativo nuestra tendencia a ver el mundo en términos lógicos, de dicotomías antagónicas o de contrarios, al ser las probabilidades incapaces de reflejar los matices bajo los cuales se presenta la realidad del mundo.  La dificultad de definir las variables operacionalmente, esto es, de establecer los correlatos empíricos o indicadores que permitan medir el aspecto de la realidad psicológica en la práctica, después de haberlas definido con suficiente precisión en el nivel formal de la teoría.  El establecimiento de indicadores no es fácil. En ocasiones pueden existir muchos indicadores posibles de una misma variable, lo que dificulta la tarea de establecer cuál es el más apropiado para describir la variable en estudio.  En algunos casos, los indicadores no son fáciles de medir y deben ser suplantados por otros menos confiables, pero asequibles a los medios disponibles por el observador (Sabino, 1984, p. 137) y en otros, los indicadores hallados no miden con exactitud la variable, sino algún aspecto colateral de menor relevancia.  En Psicología, por lo regular, las variables son medidas con escalas o continuos de valores ordenados de forma correlativa que pueden admitir un punto inicial y otro final, rara vez con escalas de razones, pues no existe un cero absoluto real para la mayoría de las variables. No se puede decir que una persona carece de personalidad o que no tiene inteligencia.  En Psicología, la mayoría de las variables no pueden ser definidas con la exactitud y precisión necesarias. Esto impide hacer equivalencias aritméticas: un valor de 120 puntos en una misma escala de inteligencia, no equivale al doble de 60. La diferencia de una puntuación en una prueba de personalidad entre 69 y 70, no es semejante a la existente entre 70 y 71.  No contamos con instrumentos capaces de medir sólo y aisladamente la característica que nos interesa. Por lo regular, cualquier medición que hagamos de la conducta involucra la influencia simultánea de muchas variables. No existe lo que podría llamarse un instrumento completamente válido, en el sentido de reflejar solamente diferencias en la característica que intentamos medir (Selltiz y col., 1980, p. 238).  La influencia de los factores que afectan la característica que intentamos medir, nunca puede ser eliminada completamente.  Los instrumentos de medición empleados en Psicología, por lo regular, no poseen propiedades constantes (confiabilidad o fiabilidad). Esto significa que si al repetir varias veces la medición de una determinada característica obtenemos resultados diferentes, no podemos saber si éstos son cambios reales o son el resultado del proceso de medición (Blalock, 1970). Al medir varias veces la inteligencia a una misma persona, es difícil saber si la variación entre las puntuaciones se debe a cambios de la inteligencia, a factores como la distracción o el desinterés, al aumento del vocabulario del sujeto, a las expectativas del administrador de la prueba, o a cualquier otro factor.

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 Contamos con pocos instrumentos capaces de hacer mediciones suficientemente finas de la mayoría de los aspectos de la realidad psicológica a medir. Muchos de los instrumentos utilizados en Psicología permiten determinar ausencia o presencia de la característica a estudiar o establecer algunos valores burdos de ésta, pero no permiten establecer grados.  Las expectativas de los usuarios del instrumento de medición pueden afectar positiva o negativamente el resultado de las mediciones (Rosenthal, 1970, 1974).  Es imposible elaborar instrumentos de medición que no afecten la actitud y disposición del sujeto objeto de la medición. La presentación del instrumento de medición y la tarea a realizar pueden impresionar a la persona sometida a la experiencia, de manera favorable o no.  La repetición de las mediciones es importante a fin de estar seguros de la validez de las mismas. Pero la repetición genera, a su vez, aprendizaje. Pocos son los instrumentos que permiten hacer repeticiones con el fin de asegurar la validez del instrumento. A veces esta tarea es laboriosa y poco útil. Factores como el aprendizaje pueden afectar los resultados. De allí que la medición sólo se puede hacer una sola vez (Blalock, 1970; Selltiz y col., 1980). Dificultades que derivan del investigador Con frecuencia se piensa que los investigadores de las llamadas ciencias duras son individuos cerebrales, lógicos, insensibles, objetivos, fríos, asépticos y libres de toda influencia emocional y prejuicio, mientras que respecto a los investigadores de las llamadas ciencias blandas, es decir, vinculados al estudio del Ser Humano, se piensa que en general se trata de individuos más propensos a las influencias de carácter subjetivo, porque, por una parte, quien indaga no puede dejar de referirse a sí mismo, es decir, ningún Ser Humano puede excluirse a sí mismo al hablar del Hombre y, por otra, debido al mismo carácter subjetivo de los aspectos de la realidad psicológica que indaga. Pero esto es simple ignorancia, no han sido precisamente los individuos más cerebrales e insensibles en el mundo de la Física quienes han hecho historia y los aportes más importantes. Einstein era un individuo muy sensible, un soñador, un músico y un místico. Por otra parte, cualquiera que sea la ciencia de la que hablemos y/o el método adoptado, los investigadores siempre tienen alguna inclinación hacia alguna perspectiva teórica, que no es otra cosa que su forma de ver el mundo y una orientación hacia los resultados de su investigación. Como afirman Rosenthal (1964) y Kohn (1991) rara vez la investigación es una actividad verdaderamente desapasionada y sin intereses. Con frecuencia, los investigadores no seleccionan las variables usando tablas aleatorias, que es lo que indica la lógica de una investigación objetiva, sino que las escogen sobre la base de sus propias expectativas, es decir, sobre la base de sus creencias respecto a las posibilidades de relación entre grupos de variables.

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En apariencia, la excepción a este hecho la constituyen los llamados “cazadores heurísticos de relaciones”, que son más comunes en el campo de las ciencias de la conducta. Pero inclusive ellos no seleccionan las variables de manera aleatoria, sino que, regularmente, lo hacen en favor de sus propias creencias sobre si ciertas relaciones ocurren con mayor frecuencia que otras. Todo investigador siempre tiene algún tipo de expectativa conciente o inconsciente sobre los resultados a obtener. Espera que un resultado aparezca con mayor probabilidad que otros (Rosenthal, 1964). Ejemplo de ello son las investigaciones de Mendel. Mendel partía del supuesto de que, al autofertilizarse las plantas de guisante híbrido, el 75% mostraría el fenotipo dominante y el 25% el fenotipo recesivo (Eysenck, 1982, p. 10). Y ocurrió así. Posteriormente se descubrió que sus datos no eran correctos ni precisos. Los primeros estudios acerca de los efectos de las expectativas sobre los resultados de las investigaciones los hizo el físico Wilson en 1952. Wilson partió del presupuesto de que las expectativas de los investigadores podrían ser un factor significativo en el resultado de los valores de cualquier investigación. Este presupuesto se asocia al concepto de “profecía autocumplidora” de Merton (1948) el cual explica que tanto las profecías de un evento como las expectativas de que suceda, aumentan la probabilidad de que dicho evento ocurra. Una investigación realizada por Rosenthal y Fode (1974) es particularmente reveladora. Ellos pidieron a un grupo de 10 estudiantes hacer el papel de experimentadores. A cada uno de los estudiantes se les asignaron 20 sujetos. Ellos debían mostrar a sus sujetos 20 fotos, y pedirles que evaluaran a los individuos fotografiados entre + 10 y - 10, según el éxito o el fracaso que ellos creían que estos alcanzarían en la vida. Las fotos para la experiencia fueron seleccionadas de un grupo que previamente había sido considerado como absolutamente neutro. Los experimentadores recibieron instrucciones idénticas sobre cómo aplicar las pruebas, sólo que a la mitad se les previno que sus sujetos evaluarían positivamente las fotos, y a la otra mitad, que lo harían negativamente. Y efectivamente, a pesar de que quienes hicieron de experimentadores se limitaron a leer a sus sujetos experimentales las mismas instrucciones, los experimentadores con expectativas positivas obtuvieron valoraciones positivas y los experimentadores con expectativas negativas obtuvieron valoraciones negativas. Larry Larrabee y L. Dennis Kleinsasser (cit. por Rosenthal, 1974) encontraron que los experimentadores podían elevar el cociente intelectual de los niños, especialmente en las subpruebas verbales y de información, con sólo tener la expectativa de obtener buenos resultados. Samuel Marwit (cit. por Rosenthal, 1974) encontró que los pacientes interpretaban las manchas de Rorschach como animales o como Seres Humanos según aquello que los experimentadores habían inducido a esperar. Podría objetarse que este tipo de cosas sólo ocurre con los Seres Humanos. Pero no es así. En una ocasión, Bertrand Russell afirmó que las ratas poseen las mismas características idiosincrásicas que sus observadores.

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“Los animales estudiados por los estadounidenses corren frenéticamente, con furia y velocidad extraordinaria y llegan en cada caso al resultado justo. Los animales estudiados por los alemanes permanecen tranquilos "pensando" y, al final, llegan a la solución partiendo de su propia consciencia interna” (Rosenthal, 1974, p. 25) Rosenthal y Fode (cit. por Rosenthal, 1974) dijeron a un grupo de 12 estudiantes que mediante el entrecruzamiento se podría producir una generación de ratas inteligentes, e incrementar así su capacidad de recorrer velozmente un laberinto. Para demostrarlo, asignaron a cada estudiante 5 ratas. A la mitad de ellos se les dijo que contaban con ratas hábiles en recorrer laberintos, y a la otra mitad, que sus ratas eran torpes. En realidad no existía tal diferencia, y a pesar de ello, las ratas consideradas hábiles obtuvieron mejores resultados en el recorrido del laberinto que las consideradas torpes. Estas últimas eran más lentas y cometían más errores. Inclusive se negaron a moverse del punto de partida en el 29% de las ocasiones, mientras que las tenidas por hábiles sólo lo hicieron el 11% de las veces. Esta investigación fue más allá. Rosenthal y Fode pidieron a los estudiantes evaluar y describir sus expectativas hacia las ratas. Aquellos quienes consideraron a sus animales como inteligentes, los percibieron como más agradables, los trataban de forma más gentil, las manipulaban con mayor frecuencia y se sentían más satisfechos que quienes tenían a sus animales como torpes. El comportamiento verbal del investigador puede ser impecable, pero no así su comportamiento no verbal. Para cerrar este punto, es de esperar que la influencia del investigador sea siempre una fuente inevitable de dificultades o sesgo en Psicología, especialmente porque, por una parte, como afirma Rosenthal, las investigaciones en este ámbito constituyen situaciones sociales, y por otra, como afirma von Foerster (1987) se trata inevitablemente de investigaciones autorreferenciales. Etapas de la investigación científica La investigación psicológica está dirigida al estudio de los diversos aspectos que constituyen la realidad psicológica del Ser Humano, con el objeto de elaborar y contrastar teorías psicológicas con fines teóricos y prácticos. Con tales fines, todo proyecto de investigación puede ser dividido, de forma general, en seis etapas: 1. 2. 3. 4. 5. Selección del tema de investigación Delimitación del problema Diseño de investigación Recolección de datos Análisis de los datos

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6. Informe de los resultados Las etapas anteriores están basadas en el método general de la ciencia. La división que he hecho es arbitraria y de carácter pedagógico. De hecho, cada autor suele establecer su propia división, por lo cual, la que expongo aquí no debe ser considerada la mejor ni la única, sino como una descripción que sirve de guía para la investigación en Psicología. Además, dicha división ha de ser tomada en un sentido amplio, teniendo presente el carácter dinámico de la investigación, es decir, el investigador debe tener el cuidado de no obligarse a seguir compulsiva y linealmente los pasos mencionados, ya que con frecuencia no le queda otra alternativa que la de realizar algunas actividades en forma paralela, y volver sobre pasos anteriores. Cada una de las etapas mencionadas es igualmente importante y, por ende, se debe conceder a cada una la misma atención. Por ejemplo, una planificación inadecuada, igual que la adopción de un método que no toma en cuenta la naturaleza del objeto de estudio, puede invalidar totalmente la investigación propuesta, lo cual representa una pérdida de esfuerzo, tiempo y dinero. 1. Selección del tema de investigación Antes de iniciar cualquier investigación es imprescindible planificarla. Para ello se ha de comenzar por definir qué es lo que se quiere saber concretamente respecto a un determinado aspecto de la realidad psicológica. La inquietud por conocer sobre algún aspecto específico de la realidad psicológica, puede surgir de la observación casual, la lectura, algo que escuchamos, una investigación en marcha o su combinación. Por lo regular, al querer conocer algún aspecto de la realidad psicológica existe la tendencia a hacerse preguntas demasiado amplias o demasiado ambiguas: ¿Cuál es la influencia de la afectividad en el desarrollo de la inteligencia? ¿Cuál es la importancia de la sexualidad en el preescolar? Es imperativo, entonces, tratar de delimitar con precisión y claridad qué aspecto y nivel de la realidad psicológica se desea conocer, saber en cuáles situaciones se presenta, saber cuál enfoque teórico se va a utilizar, y cuáles aspectos se han de incluir y cuáles podrían ser descartardos por el momento. La elección de un tema de investigación, en Psicología o cualquier otra ciencia, siempre ha de tener en cuenta los criterios de utilidad, originalidad y factibilidad. Se espera que toda investigación psicológica tenga alguna utilidad, bien sea en el sentido de aportar conocimientos que contribuyan a entender y explicar algún aspecto o algunos aspectos de la realidad psíquica, en el de apoyar los conocimientos existentes o modificarlos, o bien sea en el de aportar conocimientos que sirvan de guía para la práctica eficaz. También se espera que toda investigación psicológica tenga cierto grado de originalidad, en el sentido de abordar aspectos no estudiados o poco estudiados de la realidad psíquica, o en el sentido de abordar aspectos investigados desde

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una nueva perspectiva, con una nueva metodología, o considerando variables no tomadas en cuenta anteriormente. Lo dicho anteriormente no invalida la replicación de investigaciones previas, ya que éstas tienen por propósito verificar un determinado hallazgo. V.g. verificar si las leyes de la percepción enunciadas por la Psicología de la forma se cumplen entre las personas de diferentes culturas. Antes de iniciar una investigación psicológica también se debe considerar su factibilidad. Para ello se debe tener en cuenta, la disponibilidad de información, recursos económicos, tiempo y metodología apropiada, acceso a los sujetos que pudieran servir para la investigación, y la experiencia suficiente como investigador o, en su defecto, contar con la guía de un experto. La poca disponibilidad de información, tiempo, dinero, accesibilidad a los sujetos y experiencia en investigación, desvían con frecuencia la atención de los investigadores de la Psicología hacia proyectos triviales o estudios superficiales. Frecuentemente, por esas mismas razones, la mayoría de las investigaciones psicológicas carecen de continuidad. El ejemplo más común de esta situación lo constituyen las tesis de pregrado. 2. Delimitación del problema de investigación Delimitar el problema de investigación quiere decir establecer en forma concreta y precisa los límites de la investigación y especificar sus alcances. Implica seleccionar un campo de trabajo de un área teórica y empírica en la cual nos ubicaremos, y reducir a dimensiones manejables el tema de investigación que nos interesa, de tal manera que ésta sea plausible. Un error común entre los tesistas y principiantes en el campo de la investigación, es la ambigüedad del planteamiento de aquello que desean investigar. Así, éstos se plantean temas de investigación como “la sexualidad del preescolar”, “la educación sexual en los adolescentes”, “el maltrato infantil y la delincuencia”... El llevar adelante una investigación con una amplitud tal, por lo regular trae como consecuencia el estar investigando varias cosas al mismo tiempo, un enorme gasto de energía y esfuerzos y, posiblemente, encontrarse con dificultades insalvables. En la delimitación del problema nos pueden ayudar, entre otras estrategias, hacernos preguntas como: “¿Cuál es el objetivo de la investigación?” “¿Qué es lo que más nos interesa del tema que queremos investigar?” y “¿Cuál es la importancia de indagar sobre el aspecto de la realidad psicológica que queremos?” También es conveniente hacer una revisión bibliográfica exhaustiva, o lo más completa posible, del tema que nos interesa, a fin de establecer el estado actual de ese conocimiento. De ese modo podremos saber cuáles son las lagunas o vacíos existentes, así como también cuáles son sus diversos aspectos y relaciones con otros aspectos de la realidad psicológica. La revisión de resúmenes y conclusiones de las investigaciones hechas (tesis, journals, abstracts y otras publicaciones) nos pueden sugerir nuevas ideas.

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Generalmente, en las conclusiones de esos trabajos se mencionan las dificultades halladas, así como posibles nuevos temas a investigar para profundizar en el problema, lo cual puede ser útil para la delimitación de nuestro tema de investigación y para determinar los posibles procedimientos, técnicas e instrumentos a emplear. Consultar con expertos también es útil, ya que durante la discusión de lo que deseamos hacer, ellos nos pueden sugerir nuevas ideas y lecturas, o plantearnos preguntas orientadoras que lleven a precisar el problema. El análisis y organización de los conocimientos a través de las actividades anteriores, es uno de los mejores procedimientos para contar con juicios sólidos que faciliten el establecimiento de límites concretos, específicos, claros y precisos del tema a investigar. La selección de un problema de investigación es generalmente arbitraria, por lo que ésta puede deberse a razones diversas como el interés personal. Las investigaciones tratan sobre algún aspecto del conocimiento y pueden ser definidas como un esfuerzo por resolver un problema, es decir, para conocer sobre algo que aún se desconoce. Por ello delimitamos un área de conocimiento y formulamos preguntas concretas, que no deben ser confundidas con los problemas de la vida práctica, como determinar la manera de reducir el costo de la gasolina. La formulación de un problema asume generalmente la forma de una pregunta, de algún interrogante básico cuya respuesta sólo se podrá lograr una vez realizada la investigación. Generalmente, la formulación de un problema de investigación psicológico ha de basarse en una teoría existente o en una que puede desarrollar el mismo investigador. Ahora bien, el empleo de una teoría existente o la elaboración de una teoría como guía de investigación, depende del grado de conocimientos existentes sobre el fenómeno a estudiar y del fin que se persiga, pues el uso de procedimientos cuantitativos o cualitativos está en función de ellos. Si se trata del estudio de un fenómeno escasamente conocido, no es recomendable partir de suposiciones previas, sino conocer y describir el fenómeno tal como se presenta, ya que ello es útil para conocer su problemática y orientar futuras investigaciones sin sesgo alguno. Así, es poco lo que se conoce acerca del estrés femenino. Si para conocerlo partimos de los conocimientos existentes sobre el estrés del hombre, lo más probable es que distorsionemos el fenómeno, ya que psicológicamente, la naturaleza femenina y masculina son distintas y se manifiestan de modos muy diversos. Lo mismo vale cuando nos interesa cómo ocurre un fenómeno de manera natural: ¿cómo es la comunicación entre los miembros de un tipo específico de familia? La teoría psicológica a escoger, ha de servir como marco de referencia conceptual o guía, y como base de sustentación del método o los métodos de investigación a emplear. En el caso de emplear métodos cuantitativos de investigación, ya que el investigador ha de ofrecer explicaciones y conceptos claros sobre el objeto de investigación, también ha de dar explicaciones claras acerca de su relación con otras variables, y ha de facilitar la labor de hallar indicadores comportamentales concretos asociados con el objeto de estudio.

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Estos indicadores también se emplean en las investigaciones cualitativas, ya que precisan aquello que se desea observar. Si, por ejemplo, nos plantearemos: “¿Es efectivo el castigo como medio de control del comportamiento de los alumnos en el aula de clase?” entre otras teorías psicológicas, podríamos utilizar como marco de referencia la teoría psicoanalítica o las formulaciones de Skinner. Pero ¿cuál de las dos teorías deberíamos seleccionar como marco de referencia para responder a nuestro interrogante de investigación? En este caso, como en cualquier otro, la selección debe ser hecha sobre la base de ¿cuál de las dos teorías es más ventajosa para responder a nuestra pregunta, es decir, cuál de las dos teorías nos proporciona una mayor y profunda información sobre nuestro problema? ¿Cuál de las dos teorías cuenta con un mayor número de conceptos concretos, precisos y contrastables? ¿Cuál de las dos teorías nos puede señalar indicadores comportamentales que faciliten la investigación? En el momento de elegir una teoría como marco de referencia para la investigación, también se han de tener en cuenta sus alcances y límites, y cuestiones tales como su concepción sobre la naturaleza del Hombre y su enfoque metodológico. Si, por ejemplo, se desea conocer algún aspecto sobre los procesos de comunicación humana, se ha de descartar toda teoría de tipo relación causa-efecto, que considere al Hombre como una máquina y cuyos desarrollos teóricos sean pobres en el área. Una vez delimitado el tema de estudio se ha de formular el interrogante que va a guiar la investigación. El interrogante debe ser escrito en términos sencillos y debe dar lugar a respuestas concretas y definidas. Un aspecto importante asociado al interrogante a formular, es que en él deben aparecer las relaciones entre los aspectos de la realidad a ser investigada. Precisado el objeto de estudio, es necesario construir un referente teórico. Si bien, previamente el investigador ha revisado la bibliografía pertinente para afinar su problema de investigación, ha seleccionado la teoría más conveniente a sus propósitos y ha definido el problema de investigación, ha de reelaborar la teoría escogida para los fines particulares de su investigación, es decir, debe proveer su investigación con un marco teórico particular, y sobre todo, obtener conceptos concretos a partir de la teoría mediante un proceso deductivo. Esto implica reorganizar los conocimientos previos existentes sobre el tema y explicitar las formulaciones teóricas que el investigador acepta o desarrolla por su cuenta. Igualmente implica la operacionalización de los conceptos empleados, es decir, la búsqueda de indicadores concretos que permitan hallar en la realidad los conceptos teóricos y variables definidas en el marco teórico particular de la investigación. Diseño de investigación Por diseño de investigación podemos entender «el plan, estructura y estrategia de una investigación cuyo objetivo es dar respuesta a ciertas preguntas y controlar la varianza» (Kerlinger, 1975, p. 214). Otra manera de entender el diseño de investigación es definirlo como el conjunto de actividades o

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procedimientos sucesivos y organizados a seguir durante una investigación, bien sea con el objeto de contrastar la visión teórica del problema de investigación con la realidad, es decir: ¿cómo vamos a hacer para aceptar o rechazar empíricamente las afirmaciones propuestas en el marco teórico de la investigación? (Caplow, 1974; Sabino, 1984; Salinas y Gabaldón, 1985) o bien con el fin de conocer cómo ocurren naturalmente los fenómenos para luego elaborar la teoría. Acorde con Kerlinger (1975) el diseño de investigación tiene por finalidad dar respuestas a interrogantes de investigación y controlar la varianza, es decir, «su objeto es proporcionar un modelo de verificación que permita contrastar los hechos con una teoría, y su forma es la de una estrategia o plan general que determine las operaciones necesarias para hacerlo» (Sabino, 1984, p. 91). Un diseño de investigación bien planificado y ejecutado, es útil, y proporciona al investigador un marco de referencia para describir los fenómenos, contrastar hipótesis o teorías, o establecer grados de asociación entre variables. Es algo así, como un mapa o indicador de ruta que ubica y orienta, que permite hacer previsiones, definir qué hacer y establecer la mejor ruta. En este sentido, el diseño de investigación indica las observaciones a realizar, el modo de hacerlas y la forma de analizar sus representaciones cuantitativas (Kerlinger, 1975) o descriptivas. Todo diseño de investigación es particular y debe ser adaptado a las particularidades de cada investigación. El plan de investigación es más bien un esquema, programa o bosquejo de lo que hará el investigador, el cual abarca desde la redacción del interrogante de investigación hasta el análisis de los datos. Si afirmamos que el estado de estrés puede ser elicitado y mantenido por factores cognoscitivos, entonces es necesario elaborar un procedimiento que nos permita verificar o rechazar dicha afirmación. Para ello es necesario definir: ¿qué observaciones vamos a realizar? ¿Qué datos son más pertinentes? ¿Qué pruebas de laboratorio podemos emplear para la recolección de datos? ¿Qué validez y confiabilidad poseen dichas pruebas? ¿Cómo vamos a inducir el estado de estrés? ¿Qué sujetos vamos a seleccionar? Recolección de datos Una vez definido el problema y el diseño de investigación, es necesario generar un plan de acción e instrumentar las técnicas de recolección de datos. Con el objeto de dar respuesta al interrogante de investigación, el plan debe incluir criterios generales de verificación, formas de aproximación a los aspectos específicos de la realidad psíquica o comportamientos específicos, instrumentos de recolección de datos, así como posibles formas de procesarlos y de analizarlos. En Psicología se emplea una amplia variedad de métodos para la recolección de datos relacionados con los diversos aspectos y niveles de la realidad psicológica, y como en cualquier otra ciencia, recordemos, no existe un único método de investigación válido para todos los problemas. Esto significa que el investigador debe ser cuidadoso en la selección de la técnica apropiada y que ha

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de tener presente, por una parte, que el método se ajuste al objeto de estudio y sea cónsono con el marco teórico particular y, por otra, que el método llene los requisitos de validez y confiabilidad. En Psicología existen numerosos métodos para la recolección de datos, entre ellos, la observación sistemática, estudios descriptivos, estudios longitudinales, método experimental y método clínico, los cuales, a su vez, pueden utilizar diversos instrumentos de recolección de datos: entrevistas, pruebas psicológicas, cuestionarios, pautas de observación, aparatos para hacer mediciones fisiológicas. Se denomina instrumento de recolección de datos a cualquier material u objeto que sirva para realizar observaciones y experiencias o para recolectar datos (Salinas y Gabaldón, 1985, p. 32). En Psicología se suelen utilizar instrumentos de tipo descriptivo y experimental. Los primeros son, entre otros, las pruebas psicológicas, las entrevistas y las encuestas. Los segundos se refieren a aparatos y artefactos como el polígrafo. Una vez seleccionado el instrumento de recolección de datos, se aplican las estrategias de investigación a fin de obtener los datos que sean necesarios para contrastar la hipótesis planteada o para describir el aspecto de la realidad psicológica seleccionado en el caso de las investigaciones cualitativas. Análisis de los datos Una vez realizada la investigación y recolectados los datos, el investigador debe llegar a conclusiones que le permitan esclarecer el problema de investigación que se planteó. Los datos recolectados no dicen nada por sí mismos, por lo que es necesario procesarlos. En numerosos trabajos de investigación psicológica es frecuente que los datos sean, además de numéricos, cualitativos tales como los estados afectivos. De hecho, los datos cualitativos con frecuencia aportan referencias más significativas a la comprensión de la conducta humana que los numéricos. Así, en la comprensión de las relaciones de pareja no importa tanto saber la frecuencia de aparición de una conducta particular o el valor numérico de su correlación con alguna variable, como conocer cuál es el patrón de comportamiento de la pareja en esas situaciones particulares. En Psicología clínica, uno de los parámetros importantes para valorar la depresión como normal o patológica es el tiempo, cuando en realidad es más importante fijarse en las cualidades de la misma, y saber, por ejemplo ¿Cuándo se deprime la persona? ¿En qué situaciones? ¿De qué manera se deprime? ¿A través de qué conductas y actitudes mantiene la depresión? ¿En qué momentos no se deprime? ¿Cuándo es más intensa la depresión? que son interrogantes que aportan información orientadora hacia la solución individual del problema. A veces es necesario separar los datos cualitativos de los cuantitativos. Los datos cualitativos pueden conservar su forma, seleccionándose aquellos que sean más significativos o pueden ser transformados en datos numéricos, por ejemplo, podrían ser clasificados e indicarse su frecuencia (Sabino, 1984).

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Los datos numéricos son elaborados mediante procedimientos estadísticos (tablas de frecuencia, correlación, desviación típica). Si los datos numéricos han sido obtenidos a partir de encuestas o pruebas psicológicas, por lo regular se someten a prueba cada uno de los ítems utilizados, con el fin de verificar si no existe incoherencia entre ellos. También se suelen contrastar los datos cuantitativos con los cualitativos, y una vez que se ha hecho esto, los datos deben agruparse en unidades coherentes y establecer cuál es su significado. Informe de los resultados Una vez analizados los datos y establecido su significado (interpretación) es necesario sintetizarlos o integrarlos. La síntesis de los datos consiste en explorar y establecer las relaciones existentes entre los elementos estudiados, para luego reconstruirlas en un todo coherente. La síntesis, es la conclusión final que engloba todo el conjunto de apreciaciones que el investigador ha venido haciendo a lo largo del trabajo. Esta debe hacerse tomando en cuenta el análisis de los datos y sobre la base de los lineamientos del marco teórico, al interrogante de investigación y los objetivos de la investigación. Un error frecuente de los investigadores noveles, particularmente de aquellos que hacen tesis de grado, es introducir en las conclusiones síntesis o comentarios del marco teórico, agradecimientos, expresar conclusiones no contempladas en el problema de investigación y hacer generalizaciones más allá de la muestra cuando no pueden hacerse. Nada de ello debe ser incluido. Las conclusiones deben limitarse estrictamente a responder el interrogante de investigación.

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CAPÍTULO UNDÉCIMO ALGUNOS DE LOS METODOS MÁS USADOS EN PSICOLOGÍA
Como ya he dicho varias veces, no existe un método único para la investigación en Psicología. Son muchos y diversos los métodos utilizados de acuedo con el propósito de la investigación y otros criterios. Seguidamente describiré en detalle algunos de los procedimientos más empleados. Observación La observación es el acto de prestar atención y percibir, intencionalmente o no, un objeto o situación. Es el proceso y el método a través del cual obtenemos, casi constantemente, información sobre el mundo que nos circunda. Son pocas las veces que hacemos un descubrimiento a través de un medio diferente a la observación, como en el caso del planeta Plutón, cuyo hallazgo fue hecho, en primera instancia, sobre la base de cálculos matemáticos. Al contemplar objetos y sucesos, sólo tenemos eso, objetos y sucesos. Para que éstos se conviertan en hechos, es necesario que sean descritos en forma de enunciados verbales sobre los cuales existe acuerdo o consenso entre los miembros de un cierto grupo de investigación. De allí que los hechos son relativos al grupo al cual se presenta el enunciado (Marx y Hillix, 1969, p. 24). La observación puede ser clasificada, de forma amplia, en observación natural y observación sistemática. La observación natural es definida como aquel tipo de observación que es espontánea, carece de reglas (Anguera, 1978) y de un propósito bien definido. Forma parte de nuestra experiencia vital como seres vivos y sirve como punto de partida o referencia de la ciencia. Nos permite explorar y familiarizarnos con los fenómenos que están presentes en el entorno en que vivimos y nos ayuda a tomar decisiones casi constantemente: cuando conversamos con una persona observamos de vez en cuando sus gestos a fin de decidir si continuamos con el tema de conversación o lo cambiamos, si seguimos empleando el mismo tono de voz o no, si modificamos el vocabulario que empleamos. Además, nos permite notar, entre otros aspectos de la realidad circundante, la regularidad de los fenómenos, lo cual, a su vez, nos ayuda a tener una aproximación orientadora hacia ellos. La observación natural se caracteriza por carecer de reglas, no tener un propósito definido, no ser planificada, no tratar de manipular deliberadamente los eventos, y carecer de precisión cuantitativa. La observación natural carece de controles o mecanismos que nos pongan a cubierto de errores de subjetividad, confusiones... (Sabino, 1984, p. 157). Aunque la observación natural nos da la posibilidad de tener una idea general de los hechos, no nos permite hacer afirmaciones sólidas sobre ellos. El paso de la observación casual a la observación sistemática, es gradual. Por lo regular, comenzamos a investigar algo cuando prestamos mayor atención de 312

la ordinaria a algún evento o fenómeno. Esta observación que sigue poseyendo todas las características de la observación casual, sirve de base para las investigaciones futuras (Sambin y Venuti, 1983). Un profesor puede notar en un momento determinado, luego de haber dado muchas horas de clase, que ciertas formas de relacionarse con los alumnos pueden afectar el interés por la asignatura que imparte y el rendimiento académico de sus alumnos. Una observación de esta naturaleza puede ayudar a elaborar hipótesis posibles acerca de qué factores pueden influir, favorable o desfavorablemente, sobre el interés y el rendimiento académico en una asignatura. De la misma forma puede orientar a otros investigadores a llevar a cabo investigaciones más profundas, pero en ningún caso autoriza a hacer generalizaciones. Es necesario contrastar las hipótesis que hayan sido planteadas. La observación sistemática es definida como aquel tipo de observación que tiene un objetivo preciso, es planificada y sigue las reglas del método general de investigación. La observación sistemática permite obtener información objetiva, válida y confiable. La observación sistemática se caracteriza por:  Tener un fin definido: la observación sistemática tiene como propósito el tratar de responder a una pregunta hecha previamente, v.g. ¿Afecta la relación profesor-alumno el rendimiento académico?  Ser planificada cuidadosamente: la observación sistemática es planificada, paso a paso por el investigador, quien deberá seguir las reglas del método general de la ciencia, v.g. ¿cómo va a hacerse la observación? ¿Cómo se van registrar los hechos? Esta planificación hace posible en cierta medida obtener datos precisos tanto cuantitativa como cualitativamente.  Tener un campo de observación reducido: se observa solamente un grupo de variables seleccionadas con anterioridad. Estas variables son escogidas en función del problema planteado. Al seleccionar un problema de investigación, el campo de observación debe ser reducido considerablemente, pues el planteamiento del interrogante de investigación exige que este sea hecho con la mayor precisión posible, de modo que las respuestas sean concretas.  El investigador puede controlar deliberadamente las variables: este es, sobre todo, el caso de la experimentación, pues, por una parte, se desea que haya variables extrañas que afecten la conducta estudiada, y por la otra, se desea poder manipular las variables en juego sin tener que esperar que ellas se produzcan de manera natural.  Hacer registros cuidadosos: el observador se vale de instrumentos adecuados para el registro de los hechos, como puede ser el tomar notas o grabar en cintas magnetofónicas o videos.

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 Utilizar un lenguaje preciso y objetivo: se definen con precisión los conceptos a emplear en la investigación y se evita el uso de palabras ambiguas en las descripciones.  Someter previamente a comprobaciones y controles la validez y confiabilidad de la observación sistemática a utilizar. Aparte de la clasificación general de la observación que he hecho, existen muchas otras. Las mismas son hechas sobre la base de la participación o no del observador, según la naturaleza del fenómeno que se va observar (observación participante, observación no participante) la manipulación o no del fenómeno (artificial y natural) y acorde con la forma con que es empleada por una perspectiva teórica particular (observación etológica, observación cuasiexperimental piagetiana). Sambin y Venuti (1983) destacan que es imposible tratar de establecer una diferenciación clara de cada una de las diferentes clases de observaciones que se han hecho, ya que, si bien cada una de ellas tiene en sí misma características particulares, en numerosas ocasiones éstas se superponen. No debemos olvidar que toda observación, aunque sea sistemática, no constituye por sí misma la posibilidad de adquirir un reflejo exacto y perfecto de la realidad. De cierta manera, siempre construimos aquello que observamos. Nuestra percepción es selectiva. Nuestra observación (externa y externa) de las cosas y los hechos, está guiada por una intención y un propósito determinados. Lo que se impone desde un principio a nuestra percepción, es un conjunto estructurado, una estructura total que posee un significado personal (Martínez, 1989, p. 45),

sólo que como ya dije, en la observación sistemática, la intención y propósitos son concientes. El significado de nuestras observaciones siempre está supeditado a nuestras experiencias previas (biografía) formación profesional, expectativas derivadas tanto de las teorías o elaboraciones teoréticas que compartimos como de nuestras necesidades, intereses, temores... «Toda realidad que aprendemos es una realidad ya interpretada, y todo esfuerzo de conocimiento es siempre una interpretación de una interpretación» (Martínez, 1989, p. 46). Estudios descriptivos En muchas ocasiones, el grado de conocimiento que se tiene hasta el momento sobre un determinado problema, es muy escaso o inexistente. En otras no se ha desarrollado una metodología apropiada para investigar el fenómeno, y en 314

otras, el investigador no está interesado en establecer relaciones causa-efecto entre ciertas variables. En tales circunstancias, lo procedente es tratar de describir o detallar el fenómeno, de tal forma que ésta: a) nos permita tener una idea más precisa de lo que es éste en sí, b) nos sugiera nuevas investigaciones, y c) nos ayude a desarrollar una metodología más adecuada para estudiar el fenómeno. Un ejemplo típico de estudio descriptivo es el siguiente: ¿Cuál es el número de niños que habitan la ciudad de Mérida? y ¿cómo se distribuyen por edad y sexo? Los resultados que pueda arrojar una investigación como ésta, no nos proporcionan información como para decir que puedan existir relaciones causaefecto, o como para llegar a desarrollar una teoría, pero nos provee de información valiosa para planificar el número de parques infantiles de la ciudad y el tipo de facilidades que deberían tener. Otro ejemplo de estudio descriptivo puede ser describir el proceso de solución de problemas durante las reuniones formales de una determinada organización. La descripción de las interrelaciones de sus miembros, la forma de plantear los problemas, la manera de precisarlos, quiénes intervienen, quiénes lo hacen para precisar la información y quiénes para desviar la atención, etc., no sólo nos dice qué están haciendo y cómo, sino que además nos señala dentro del grupo cuáles son aquellas manifestaciones conductuales que dificultan la solución de problemas y cuáles favorecen su solución. Nos brinda, además, referencias acerca del tipo de liderazgo y autoridad ejercidos, sobre la manera de comunicarse, las reglas implícitas y explícitas usadas durante la comunicación, sus posibles contradicciones... Si un estudio como este es repetido en distintos grupos, los resultados obtenidos, eventualmente, pueden ayudar a desarrollar una teoría acerca de la manera en que las organizaciones solucionan sus problemas y, así mismo, contribuir al desarrollo de instrumentos cada vez más finos de obtención de información. Los estudios descriptivos también pueden ser empleados en algunas ocasiones para hacer predicciones. El índice de crecimiento de una población por sectores económicos y geográficos, nos puede ayudar a predecir de manera aproximada el número de escuelas que deben preverse, y dónde, en los siguientes años. Conocer cómo, dónde, cuándo, con quién... repite una persona un cierto patrón de conducta, nos ayuda a predecir su comportamiento más probable en cierta situación o situaciones... Los estudios descriptivos no requieren que el investigador elabore hipótesis previas para responder a la pregunta que éste se formula, pero sí requiere de una planificación o sistematización de las actividades a realizar. Para responder a una pregunta como ¿cuál es el promedio de notas de los estudiantes que se graduaron en la mención Educación Básica de la Escuela de Educación, en el semestre A de un año determinado? sólo se requiere que busquemos las notas

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archivadas en control de estudios, las copiemos, las sumemos y las dividamos por el número total de alumnos. Pero si queremos conocer cuál es el comportamiento típico de los alumnos de Educación Básica durante su permanencia en el salón de lectura de la biblioteca de Humanidades, debemos planificar cuidadosamente las observaciones que vamos a realizar sobre la base de un objetivo concreto: v.g. ¿qué medios vamos a emplear para recoger la información? ¿Cómo vamos a clasificar las conductas?... Los estudios descriptivos pueden emplear gran diversidad de instrumentos de medición, tales como las encuestas y las pruebas psicológicas. También es posible hacer estudios combinados, algo que se hace con mucha frecuencia en las investigaciones de tipo evolutivo. Un ejemplo típico de estas combinaciones lo hallamos en las investigaciones de Piaget, quien realizaba estudios descriptivos sobre la evolución de la inteligencia, combinando estudios longitudinales y de corte transversal.

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Estudios longitudinales y transversales Hay momentos en que un investigador se hace preguntas acerca de la manera en que evoluciona un cierto aspecto de la realidad psicológica de los Seres Humanos. Por ejemplo, sobre la evolución de una persona después de un cierto tratamiento psicológico, la influencia en el tiempo de un cierto método de aprendizaje, el desarrollo de estrategias de memorización entre ciertas edades... Esta clase de preguntas es muy común en Psicología y, normalmente, los investigadores tratan de responder a preguntas como las anteriores, valiéndose de estudios transversales y longitudinales. Los estudios transversales tratan de determinar qué ocurre con la conducta en un momento específico en la vida de una persona o grupo de personas. Por ejemplo: ¿qué estrategias de memorización utilizan los niños a los 2 años, a los 2 años y medio y a los 3? La ventaja de este tipo de estudios es que el investigador no se ve en la obligación de observar continuamente la conducta objeto de estudio durante un período prolongado de tiempo. En el ejemplo apenas mencionado, el investigador no se ve obligado a observar la conducta que le interesa diariamente durante un año, sino que puede observar las estrategias de memorización que emplean los niños a los 2, 2 y medio y 3 años en tres grupos distintos. Además, tiene la ventaja de que no se corre el riesgo de lo que se llama mortandad de la muestra, la cual se refiere a la pérdida de sujetos de la muestra, por razones como el abandono de la ciudad, retiro de la escuela, enfermedades, que los niños se nieguen a seguir participando... Los estudios longitudinales consisten en hacer un seguimiento continuo de algún o algunos aspectos de la realidad psicológica durante un período específico de tiempo, el cual es considerado como suficiente para los fines de la investigación. Por ejemplo, conocer la manera en que aprenden los niños a caminar, la evolución de la personalidad durante la adolescencia de sujetos cuyos padres se han divorciado cuando ellos tenían 10 años... Normalmente, los estudios longitudinales presentan varias desventajas, entre ellas, la mortalidad de la muestra y el que, con mucha frecuencia, intervienen demasiadas variables en el tiempo como para poder determinar el verdadero grado de influencia de la variable objeto de estudio después de un corto tiempo. En el ejemplo anterior, en el cual el objetivo de la investigación era conocer la manera como evoluciona la personalidad durante la adolescencia de niños cuyos padres se han divorciado cuando ellos tenían 10 años, es lógico pensar que, al menos durante los primeros meses, se puedan observar en ellos algunas perturbaciones atribuibles al divorcio de sus progenitores, pero un poco más allá, es imposible separar la influencia del divorcio de otras variables como el desarrollo biológico, el pasar de una etapa educativa a otra, los nuevos intereses de los niños, la manera como han conducido el divorcio los padres...

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Método experimental La tendencia a emplear en Psicología el método experimental, a hacer mediciones y a establecer relaciones causa-efecto, se debió a la influencia que ejercieron sobre ella ciencias como la Física, la Química y la Biología. Los ámbitos de la Psicología en los cuales el método experimental ha sido usado con mayor frecuencia, son los de la memoria, la inteligencia, el aprendizaje, la percepción y las destrezas motoras. El método experimental consiste en una serie de procedimientos sistematizados según los cuales, el investigador o experimentador arregla ciertas condiciones con la finalidad de establecer las posibles relaciones existentes entre fenómenos o variables, sin necesidad de esperar a que ellos se produzcan espontáneamente. Esto tiene la ventaja obvia de que el experimentador puede ahorrar mucho tiempo, al poder repetir una cierta experiencia cuando lo desee y cuantas veces así lo crea conveniente, lo cual es, además, uno de los ideales que aspira a alcanzar todo experimentador (Fraisse, 1972). Así, mediante el método experimental, es posible establecer de manera rápida y eficiente el grado de influencia de variables como los ruidos, la temperatura ambiente, el uso de videos..., sobre la calidad y velocidad de aprendizaje de un idioma como el inglés. Respecto al investigador, el método experimental se puede caracterizar y resumir de la siguiente manera: el investigador  trata de establecer la relación o relaciones que existen entre dos o más variables,  arregla las condiciones necesarias para producir el fenómeno que estudia, con el fin de observar los cambios que puedan ocurrir, es decir, aplica el tratamiento experimental,  controla las posibles variables intervinientes  y determina si los cambios producidos son significativos o no, es decir, si se debe a la influencia de aquello que se considera como la causa del fenómeno. A pesar de las ventajas del método experimental, su aplicación en el campo de la investigación psicológica presenta una serie de dificultades particulares que van más allá del arreglo de las condiciones del experimento y la multiplicidad de variables que pueden afectar la conducta, ya que el experimentador siempre se enfrenta a dos grupos distintos de condiciones: las condiciones ambientales y las condiciones internas del individuo que sirve como sujeto de experimentación. Por lo regular, las condiciones ambientales pueden mantenerse en forma constante, particularmente cuando las condiciones son de laboratorio: lugar, ventilación, iluminación...; no así las condiciones internas de los sujetos de experimentación, como sus actitudes, estados de ánimo..., las cuales son muy variables y difíciles de manejar. Además, resulta curioso que, a

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veces, como señala Bartlett (1975) el comportamiento del sujeto puede ser más variado cuando las condiciones ambientales son similares que cuando son diferentes. De allí que a pesar de mantenerse la uniformidad de las condiciones físicas, sea imposible asegurar que la respuesta se deba exclusivamente a la variable independiente o causa. Lo anterior también nos lleva a otra conclusión. La medición y correlación de los resultados de un experimento realizado con seres humanos, carece de valor si no se ha hecho un trabajo previo mediante el cual se haya tratado de prever las respuestas más probables que pudieran surgir al relacionar las condiciones del sujeto con las ambientales. Como afirma Bartlett (1975) en Psicología, el único tipo de dificultades que el experimentador puede superar bastante bien, es el arreglo de las condiciones físicas. En cuanto a las del sujeto, tendrá que aceptar sus respuestas verbales como material que deberá formar parte de la construcción de hipótesis.

El sesgo del experimentador
A pesar de todas las precauciones que se puedan tomar para evitar que los resultados de un experimento se deban a variables extrañas, siempre se corre el riesgo de sesgo debido a las posibles influencias inconscientes que el experimentador puede ejercer sobre los sujetos. Robert Rosenthal, quien ha conducido un gran número de investigaciones al respecto, nos dice que definitivamente el experimentador sí puede influir involuntariamente de muchas maneras sobre los resultados de un experimento. Rosenthal destaca, entre otras cosas, que los experimentos en Psicología son fundamentalmente eventos de orden social. Es inevitable que el experimentador o sus ayudantes establezcan un trato mínimo con los sujetos de experimentación. Ser amables, ser distantes, tratar de ser objetivos..., siempre genera algún tipo de reacción en los sujetos que van a participar en la investigación. Así, por ejemplo, se ha observado que al ser hombres los experimentadores y mujeres los sujetos, el comportamiento de éstos hacia ellas suele ser más cortés, amistoso y alentador, que cuando los sujetos son hombres. Para explicar lo anterior, Rosenthal parte de la hipótesis de que ningún experimentador realmente se muestra desapasionadamente desinteresado por los resultados de sus investigaciones. En realidad, en cualquier campo de investigación, los investigadores siempre muestran ciertas expectativas acerca de la relación o falta de relación entre el grupo de variables seleccionadas. “El experimentador tiene frecuentemente, si no siempre, alguna suerte de expectativas acerca de cómo va a resultar el experimento. También, frecuentemente, si no es que sucede todo el tiempo, le preocupan los resultados, de modo, que un grupo de resultados son más esperados que otros y algunos son más deseados que otros” (Rosenthal, 1970, p. 73),

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de allí que se hayan desarrollado técnicas que en lo posible reduzcan el sesgo debido al experimentador, como el empleo de grabaciones con las instrucciones, el uso de auxiliares experimentales para el manejo de los sujetos y la contrastación de la tabulación de los datos, lo cual, a pesar de todo, no deja de ejercer alguna influencia sobre la conducta de los sujetos.

Plan experimental
Anteriormente he hablado de las etapas de la investigación. Las mismas son aplicables al plan experimental. De manera que, para no ser repetitivo, en este apartado me limitaré a explicitar los aspectos de aquellas etapas de la investigación que en el método experimental adquieren características particulares. Según McGuigan (1971) el plan experimental comprende doce pasos fundamentales que, en términos generales, son aplicables a cualquier investigación. Estos pasos aparecen siguiendo un determinado orden; sin embargo, en algunos aspectos, este orden presenta una cierta flexibilidad.

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Planteamiento del problema
Como he dicho, antes de iniciar cualquier investigación es necesario definir qué queremos saber concretamente respecto a un determinado comportamiento. Al igual que en cualquier otra clase de investigación, el problema debe ser expresado a través de una oración sencilla, breve y precisa, preferiblemente a manera de interrogante, pero en el caso de la investigación experimental, éste debe dar lugar a respuestas concretas de forma afirmativa o negativa ¿Está asociada la duración del distrés con forma de manejarlo cognitivamente? ¿Son afectados los resultados de una investigación por las expectativas del investigador?

Revisión de la bibliografía
Antes de iniciar cualquier proyecto de investigación y ponerlo en marcha, es necesario revisar la bibliografía actualizada relacionada con el problema a investigar, pues ello: 1. Permite saber si el experimento ha sido realizado con anterioridad. Si lo ha sido, carece de sentido repetirlo, a menos que el objetivo sea expresamente el de confirmar los hallazgos previos, replicar el experimento con un enfoque nuevo, con una metodología diferente o profundizar en ciertos aspectos. Ayuda, en caso de ser necesario, a reformular o replantear el problema de investigación. Y orienta al investigador con relación a qué variables deben ser controladas durante el experimento, con relación a los pasos que debe seguir durante la investigación, y con relación a la selección de instrumentos de medición y técnicas de análisis de datos.

2.

3.

Título de la investigación
Una vez definido el problema de investigación, debe dársele un título que exprese sucintamente acerca de qué trata ésta. V.g. “Condicionamiento vicario y sociopatía”, “belleza de los anuncios de TV y el papel de las expectativas de las adolescentes”, “Autocontrol conductual”. La A.P.A. sugiere que la variable independiente vaya siempre de primero en el título de la investigación. (A.P.A., 1983).

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Planteamiento de las hipótesis
Una hipótesis es una respuesta provisional al interrogante de investigación. También puede ser considerada como «cualquier enunciado que esté sometido a contrastación, con independencia de si se propone describir algún hecho o evento concreto o expresar una ley general o alguna otra proposición más compleja» (Hempel, 1984, p. 38). Una hipótesis siempre implica una suposición a ser verificada, nunca una afirmación categórica, de tal modo que una hipótesis representa, una premisa a través de la cual el investigador trata de dar una respuesta tentativa al fenómeno que estudia, y con la que intenta establecer la relación existente entre las variables o factores que lo integran. Una variable es cualquier elemento, factor o condición integrante de un contexto y que, como su nombre lo indica, puede adquirir valores diferentes. Una variable puede ser discreta como el sexo (varón o hembra) o continua, como el grado de inteligencia (C.I.= 102). Desde el punto de vista de la relación de causalidad, las variables son de dos tipos: independientes y dependientes. La variable independiente es aquella característica que actúa como causa en la producción de otro fenómeno, y que «al modificarse, es decir, al variar, produce a su vez variaciones o cambios en alguna otra característica del fenómeno o la condición experimental en estudio» (Salinas y Gabaldón, 1985, p. 30). La variable independiente es el factor o condición a ser manipulada por el investigador. También se dice que es el tratamiento a ser aplicado. En todo caso, la variable independiente es aquel factor que suponemos en capacidad de alterar o influir sobre otra variable. Debe ser enunciada al principio de la hipótesis. La variable dependiente «es la característica en estudio que se modifica al cambiar o variar en magnitud la variable independiente» (Salinas y Gabaldón, 1985, p. 30). Es el efecto o consecuencia a estudiar, el objeto de nuestra investigación y medición. Las hipótesis tienen implicaciones contrastadoras que generalmente son de carácter condicional. Acorde con Hempel (1984), las hipótesis expresan “bajo qué condiciones de contrastación especificadas se producirá un resultado de un determinado tipo. Los enunciados de este tipo se pueden poner en forma explícitamente condicional del siguiente modo: Si se dan las condiciones de tipo C, entonces se producirá un acontecimiento de tipo E” (p. 38-39). Así, podríamos hipotetizar que si la vulnerabilidad de una persona está en función de la magnitud de la importancia que le atribuye a algo, entonces, cuanto mayor sea la importancia que le atribuya a ese algo, mayor será su vulnerabilidad a las amenazas potenciales. Nótese que en la hipótesis anterior se está tratando de establecer algún tipo de relación. Con frecuencia, las relaciones establecidas en las hipótesis indican que mientras la variable independiente (causa) aumenta o disminuye, la variable dependiente (efecto) cambia en algún sentido.

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Existen diversas clases de hipótesis, la enunciada en el ejemplo anterior es una hipótesis general, operacional o de trabajo, correspondiente a una investigación experimental. Otro tipo de hipótesis son las estadísticas, también llamadas específicas que, como su nombre lo indica, son más concretas en cuanto al hecho específico. Las hipótesis estadísticas o específicas se dividen en hipótesis nula (H0) e hipótesis alterna (H1 ). La hipótesis alternativa afirma la relación de causalidad entre la variable dependiente y la variable independiente: “cuanto mayor sea la importancia que una persona atribuya a algo, mayor será su vulnerabilidad a las amenazas potenciales”. La hipótesis nula niega la relación de causalidad entre la variable dependiente y la variable independiente: “no existe relación alguna entre el grado de importancia que una persona atribuya a algo y su vulnerabilidad a las amenazas potenciales”. El experimentador siempre va a intentar validar una de las dos hipótesis (la específica o la alternativa). Compruebe una u otra, los aportes de sus hallazgos siempre son valiosos para el conocimiento científico. No debemos, entonces, desanimarnos si los resultados y conclusiones son contrarios a nuestra formulación original. En ocasiones, los científicos se comportan como Procusto y tratan de alterar los datos para que ellos validen su idea inicial. Esto es posible por medio de “trucos estadísticos”, pero no tiene ningún sentido. A veces es mucho más interesante comprobar la hipótesis nula que la alternativa, pues genera toda una nueva corriente de investigaciones.

Control experimental
La palabra control se usa en dos sentidos. El primero implica que el experimentador está en capacidad de manipular la variable independiente de una manera conocida y específica. El segundo se refiere a la posibilidad de manipular las variables extrañas, es decir, de manipular aquellas variables que actúan adicionalmente a la variable independiente. Si deseamos estar seguros de la influencia de la variable independiente seleccionada sobre nuestra variable dependiente, es necesario tratar de controlar todas aquellas otras variables extrañas que pudieran alterar los resultados, es decir, todas aquellas otras variables, además de la variable independiente, que también pudieran influir y producir modificaciones sobre la variable dependiente. Existen varias maneras de controlar las variables extrañas. La más fácil, si es posible hacerlo, es eliminar la variable como tal. Así, si el sexo puede ser un factor que influya sobre el aprendizaje de una tarea, podría ser eliminada seleccionando sólo hombres o sólo mujeres. Se trata, pues, de eliminar la variable extraña homogeneizándola. Otra manera de controlar las variables extrañas es la aleatorización. «En teoría, es el único método por el que se pueden controlar todas las posibles variables extrañas» (Kerlinger, 1984, p. 220). Si la aleatorización es hecha a

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conciencia, se puede esperar que los grupos experimentales sean iguales en todos los aspectos. Cuanto más adecuada sea la aleatorización, mayor es la probabilidad de que todos los grupos sean iguales. Una alternativa para controlar las variables extrañas, es incluirlas en la investigación en forma de variable independiente. Al hacerlo así, es posible controlarlas, ya que se puede extraer la varianza debida a las variables extrañas de la varianza total de la variable dependiente (Kerlinger, 1984). Así, si el sexo es una de las variables extrañas que se desean controlar y se considera inconveniente eliminarla, se la puede incluir en el diseño experimental. Sin embargo, esta forma de control es poco probable que se use si se desea conocer la diferencia entre sexos. Otro procedimiento para controlar las variables extrañas es el apareamiento de sujetos, que consiste en dividir en dos o más partes una variable, y luego asignar los sujetos al azar a cada nivel. Así, si deseamos controlar la inteligencia podemos dividir la variable en alto y bajo nivel de inteligencia, y acorde con ello, asignar al azar igual número de sujetos a cada grupo de acuerdo con los dos niveles de inteligencia. Ahora bien, cuanto más estricto sea el control de las variables, más artificial se torna el experimento y menor es la posibilidad de generalizar los resultados a la población, es decir, que tiene poca validez ecológica. Ello se debe a que sería muy difícil hallar fuera del laboratorio una situación igual o parecida. Los resultados de una investigación que haya sido realizada con un control riguroso, sólo tienen validez para los sujetos con quienes se experimentó. Esta situación de artificialidad, debido al excesivo control de las variables, la encontramos, por lo regular, en experimentos relacionados con el aprendizaje y la situación educativa. Frecuentemente, por una parte, los hallazgos de laboratorio no tienen relación alguna con la realidad educativa, y por otra, a pesar del más estricto control experimental, no siempre se puede estar seguro de la relación existente entre la variable independiente y la dependiente. Respecto a ello, Campbell y Stanley (1970) hacen una serie de señalamientos importantes de destacar: 1. La mayoría de los experimentos que se realizan en el campo educativo no son repetibles o replicables. En muchos casos no se tiene la certeza de que los cambios de valores ocurridos en la variable dependiente sean producto, única y exclusivamente, de la variable independiente, especialmente en aquellos en que un tratamiento experimental deba ser aplicado durante un período más o menos largo de tiempo. Es lo que sucede con las investigaciones sobre la eficacia de los métodos de enseñanza de la lectura, ya que los cambios pueden ser atribuidos a circunstancias históricas, v.g. modificaciones de las estrategias educativas por el Ministerio de Educación, nuevos cursos de formación para los educadores, situaciones sociales como la presencia o ausencia del período de elecciones presidenciales o municipales, períodos de exámenes, etc.

2.

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Los efectos acumulativos de la experiencia individual y del aprendizaje, así como también de las presiones ambientales. Una situación de recesión económica podría inducir a que los padres, en el caso de la educación preuniversitaria, influyeran sobre sus hijos para que abandonaran los estudios y trabajaran, o bien lo contrario, a que se esfuercen más, lo cual se uniría a las circunstancias históricas.

Instrumentos
A fin de controlar las variables, de administrar la variable independiente o tratamiento, y de registrar y medir los efectos de ésta sobre la variable dependiente, es importante seleccionar los instrumentos más apropiados a cada uno de los fines mencionados. Si, por ejemplo, deseamos controlar la variable inteligencia, entonces podríamos emplear pruebas psicológicas para determinar el coeficiente de inteligencia de los sujetos que van a participar en nuestro experimento. Si la variable independiente fuera la aplicación de un ruido molesto a intervalos regulares, es preferible hacerlo con un aparato hecho para tal fin, pues sería difícil producirlo y aplicarlo uniformemente siguiendo procedimientos manuales. Igualmente resultan útiles el uso de instrumentos de medición cuando se trata de medidas como la dilatación o contracción de las pupilas, el tiempo de reacción, la determinación de conductas agresivas, etc.

Selección del diseño experimental
El diseño experimental se refiere al arreglo de las condiciones experimentales a que debe ser sometido el grupo o los grupos de sujetos, según la naturaleza del problema a investigar, con la finalidad de validar o contrastar la hipótesis específica planteada. El diseño experimental, sin embargo, no posee reglas: La pura verdad es que el diseño experimental no tiene reglas. Todo experimento es único, y se lleva a cabo para averiguar algo que todavía desconocemos [...] y cada nuevo problema de investigación requiere técnicas propias” (Murray, 1975, p. 212). Con lo anterior deseo destacar que, si bien existen modelos de diseños experimentales o maneras de arreglar las condiciones experimentales, éstos no son rígidos ni deben ser aplicados compulsiva e indiscriminadamente a cualquier problema de investigación. Generalmente, los diseños experimentales se representan simbólica y tabularmente. En forma simbólica, utilizando las letras:

A= aleatorio B= no aleatorio X= tratamiento experimental

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X0= ausencia de tratamiento experimental G= grupo O= medición S= sujeto La forma tabular de representación de un diseño experimental, incluye los siguientes aspectos: N= número de sujetos X= variable independiente Y= variable dependiente Es conveniente que en una investigación de tipo experimental aparezcan el diseño tabular y el simbólico, puesto que uno enfatiza aspectos diferentes de la investigación, los cuales son complementarios. Un ejemplo de representación simbólica es: AGu X O Un ejemplo de representación tabular es: S 1 2 3 X Y1 Y2 Y3

Existen muchos modelos de diseño experimental, entre los cuales tenemos el preexperimental y el experimental. Entre los preexperimentales está el estudio de casos con una sola medición. El estudio de caso con una sola medición consiste en estudiar un solo grupo cada vez, después de someterlo a la acción de algún agente o tratamiento que se presuma capaz de provocar un cambio (Campbell y Stanley, 1973). Por ejemplo, someter a un grupo de personas a un determinado método de aprendizaje. X O Este tipo de estudio tiene un valor científico casi nulo, debido a su falta de control. El típico diseño experimental es aquel en el cual, habiéndose controlado las variables intervinientes y, por ende, asegurado la similitud de los sujetos, se asigna al azar o no una parte de ellos a un grupo llamado control, y el resto a un grupo llamado experimental. Se denomina grupo experimental a aquél que es sometido a la influencia de la variable independiente y grupo control al que que no recibe tratamiento

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experimental. La manera de representar experimental antes/después, es la siguiente: AGEx OEx1 AGCon OCon1 X X OEx2 OCon2

simbólicamente

un

diseño

Una vez obtenidos los diferentes valores de la variable dependiente, éstos son organizados a fin de realizar lo que se conoce como contrastación de la hipótesis, proceso en el cual los datos son comparados siguiendo un modelo estadístico inferencial apropiado (paramétrico o no) con el objeto de establecer si podemos aceptar o rechazar la hipótesis nula o la alternativa. Mediante el análisis estadístico apropiado se intenta establecer si las diferencias de valores son significativas o no, es decir, si el valor obtenido en OEx2 es debido al azar o a la influencia de la variable independiente (tratamiento experimental). Las comparaciones de los valores de los datos obtenidos se suelen hacer entre OEx1 y OEx2, y entre los valores de la variable dependiente del grupo experimental y el grupo control, aunque hay varios tipos de contrastación que se utilizan dependiendo de las condiciones del problema, del diseño, de los casos y de la variable dependiente.

Selección de la muestra de sujetos y su asignación a los grupos
Con el objeto de llegar a una conclusión sobre una determinada conducta, un cierto número de sujetos debe ser sometido a determinadas pruebas o tratamiento experimental. Con tal fin, se comenzará por definir, sobre la base de la naturaleza del aspecto de la realidad psíquica a estudiar, las características que deben poseer los sujetos que participarán en el experimento. La selección de los sujetos objeto de estudio se hace a partir de una población o universo. Se denomina población o universo al conjunto más grande de elementos que posee todas las cualidades que han sido definidas previamente. Si alguien nos preguntara, por ejemplo ¿cuál es la población de Venezuela? la respuesta es la totalidad de personas, hombres, mujeres, niños, jóvenes adultos y ancianos que habitan el territorio nacional. Pero si alguien nos preguntara, por ejemplo ¿cuál es la población de niños venezolanos cuyas edades oscilan entre los 5 y los 7 años? la respuesta debe incluir sólo al número de niños que tengan esas edades y excluir a todo aquel individuo que no llene este requisito. Las poblaciones no se refieren solamente a personas, y entre ellas no sólo se hace referencia a edad y sexo, sino también a otras características como el coeficiente intelectual, grado de instrucción, nivel socioeconómico, creencias religiosas y políticas, etnias, enfermedades. Una población podría ser también el número total de plantas que viven en un bosque, la totalidad de vehículos existentes en el país, el número de tuercas defectuosas producidas en una

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fábrica, el número total de tigres que habitan en el Amazonas, la totalidad de casas que hay en una urbanización. En general, el número total de elementos que conforman una población es tan grande, que normalmente es imposible hacer un estudio empleando todos sus miembros. Si quisiéramos hacer un estudio para determinar las características de personalidad más resaltantes entre los alumnos del preescolar que tienen edades entre los 3 y los 5 años en el territorio nacional, probablemente hallaríamos que la población total de estos sujetos es tan grande que sería muy difícil llevar a cabo dicho estudio. También sería difícil hacerlo, debido a factores económicos, tiempo y razones geográficas. En casos como el anterior, en el que la población es grande, se escoge un número representativo de integrantes de la población, que recibe el nombre de muestra. Una forma de escoger una muestra, es a través de cualquier procedimiento aleatorio, como puede ser sacar bolitas numeradas de un bombo. El empleo de procedimientos aleatorios permite que cada de uno de los miembros de una población tengan la misma probabilidad de ser seleccionado para la muestra. Una vez seleccionada la muestra de sujetos que van a participar en nuestra investigación, debemos asignarlos a los grupos experimental y control. El mejor procedimiento para asignar los sujetos a los grupos es el azar, porque éste es un procedimiento que ayuda a evitar toda posible contaminación del experimento. Si lo hiciéramos, por ejemplo, diciéndole a cada uno de los sujetos, "tú vas a este grupo" y "tú a este otro grupo," podríamos sesgar la experiencia, ya que es probable que de manera inconsciente los escojamos por alguna característica que pudiera afectarla. Una manera de asignarlos al azar sería escribir en un papel los nombres de todos los sujetos, ponerlos en una caja, extraerlos sin mirar uno a uno, e irlos asignando alternativamente a cada grupo. A pesar de lo conveniente que puede resultar la aleatorización, ello no garantiza que la muestra escogida sea representativa de la población ni la igualdad de los sujetos para ambos grupos. La representatividad se logra aplicando los procedimientos estadísticos previstos para hacer un muestreo. La aleatorización se suele emplear como el mejor procedimiento para evitar el sesgo, y su uso se continúa justificando.

Recolección de los datos
Antes de registrar los datos se debe planificar cuidadosamente cada uno de los pasos a dar durante el procedimiento experimental, de esta manera podemos orientarnos durante el proceso y estar seguros hasta cierto punto de cuál es el mejor procedimiento para aplicar el tratamiento experimental, cuáles son las conductas que hemos de observar, cuál la mejor manera de observarlas y cuál la mejor forma de recolectar los datos. Algunos de los instrumentos de recolección de datos son el polígrafo, las grabaciones y las pruebas psicológicas.

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Análisis de los datos
Por lo regular, los datos son analizados a través de procedimientos estadísticos, y se trata de averiguar si existen diferencias significativas entre los valores obtenidos de los diversos grupos. Una diferencia significativa entre los distintos valores registrados de la variable dependiente, significa que dichas diferencias no son debidas al azar, sino a la influencia de la variable independiente.

Conclusiones
Las conclusiones derivan del análisis e interpretación de los datos. La posibilidad de generalizar los datos más allá de los grupos seleccionados, depende del tamaño de la muestra, de su representatividad con respecto a la población, del rigor con que se hayan escogido los sujetos, del número de variables que hayan sido controladas, de la rigurosidad con que ha sido aplicado el tratamiento experimental, de la fidelidad de los instrumentos de medición y registro, y del tipo de análisis estadístico utilizado. Una vez finalizadas las conclusiones es importante señalar aquellas posibles deficiencias y errores que se hayan cometido durante la aplicación del tratamiento, la recolección de datos, o cualquier otra parte del procedimiento. Es importante explicitar aquellas variables que probablemente hayan incidido sobre la variable dependiente y que el experimentador no había previsto. También se podrían agregar aquellos aspectos que no han sido considerados y serían importantes de incluir en futuras investigaciones, así como el sugerir nuevos procedimientos e hipótesis.

Bibliografía
Otro aspecto relevante de anotar es la bibliografía empleada para la investigación, ya que ella revela el marco teórico sobre el cual nos hemos apoyado, nos sirve para justificar los procedimientos y orienta la búsqueda de información bibliográfica para futuras investigaciones.

Método clínico Con cierta frecuencia podemos encontrar que se confunde método clínico con método psicoanalítico. Aunque el segundo se apoye en el primero, ello no significa que sean lo mismo. Por el contrario, el método clínico abarca un conjunto de procedimientos que se incluyen en él: modelo médico, modelo dinámico, modelo estadístico, métodos genéticos y epidemiológicos, la entrevista, las pruebas psicológicas (Maher, 1974).

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El método clínico en Psicología deriva de la práctica médica, donde se supone la existencia de una persona enferma que yace en su lecho, y otra persona que sabe cómo curar la enfermedad del paciente, llamada médico (Braunstein y col., 1977). Expresado de esta manera, pareciera que el objetivo del método clínico fuera exclusivamente el de su aplicación práctica en el campo de la Psicopatología y la Psicología clínica. Específicamente, que se aplicara al estudio de las mal llamadas enfermedades mentales y su curación. Hacia finales del siglo pasado y principios de éste, era razonable aceptar esta posición por cuanto se creía que las alteraciones del comportamiento eran debidas sólo a alteraciones fisiológicas o enfermedades corporales. Actualmente, el término enfermedad mental es duramente criticado, pues se ha reconocido que no es el más apropiado para referirse a alteraciones o desviaciones de la conducta. Como explican Cloutier (1967) Scheff (1970) Thomas Szasz (1978) las desviaciones o alteraciones conductuales rara vez o nunca cumplen con los criterios médicos de aquello que puede ser considerado como una enfermedad. Por otra parte, en la actualidad, la palabra enfermedad mental está en desuso, pues se ha reconocido que las alteraciones de la conducta, en general, ocurren como consecuencia de la multiplicidad de factores biopsicosociales y contextuales que los afecta. En su lugar se prefiere, entonces, utilizar términos como desajuste, desadaptación, perturbación, crisis, problema.... Sin embargo, para muchos profesionales, dichos términos tampoco son satisfactorios. De igual manera, el método clínico no se reserva hoy en día sólo para el estudio de las “alteraciones significativas de la realidad psicológica de las personas”, sino que también se utiliza para el estudio de la personalidad normal. Una de las características del método clínico es estudiar el máximo de variables en un solo sujeto, incluyendo sus relaciones con las demás personas y su ambiente. Ello se hace con la mayor extensión y profundidad posible. Desde la perspectiva dinámica, por ejemplo, el máximo de profundidad y extensión significa que se estudia la vida afectiva, intelectual, social, sexual, intereses, motivaciones y otros innumerables aspectos de la conducta de la persona con el máximo posible de detalles. Así, si se investiga sobre la inteligencia se va más allá de obtener un coeficiente intelectual, es decir, se intentan recolectar datos como los siguientes: capacidad de abstracción verbal y numérica, habilidad para manejar relaciones espaciales, memoria mediata e inmediata, atención, manejo de vocabulario a nivel abstracto, concreto y funcional, inteligencia global o analítica, comprensión de situaciones sociales, coordinación visomotriz, capacidad para la planificación y anticipación, etc., lo cual da una idea en profundidad de este aspecto de la conducta de un individuo particular. Otra de las características del método clínico es el uso del relato de la historia del problema de la persona, vida actual o de sus planes futuros, y junto a éste, la observación de su comportamiento durante el curso de la entrevista: ¿cómo reacciona ante ciertas preguntas o situaciones estandarizadas, como las pruebas

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psicológicas? Cuando se considera necesario, también se llevan a cabo exámenes médicos y de laboratorio. El objetivo del método clínico es producir conocimientos suficientes para comprender y explicar la conducta de una persona tanto “normal” como “anormal” y, al mismo tiempo, responder a necesidades prácticas como la psicoterapia y la prevención. El proceso general de este método es el de reunir datos individuales, compararlos, desarrollar teorías, hacer generalizaciones, predecir la conducta y buscar procedimientos para generar cambios en ésta. Este método es doblemente interesante ya que, por una parte, trata de conocer al sujeto dinámico, cambiante y, al mismo tiempo, trata de establecer cuáles son aquellos patrones más o menos estables de comportamiento y formas de ser que permiten reconocer al individuo como la misma persona y, por otra parte, a partir de estudios individuales hacer generalizaciones a grupos de sujetos, por ejemplo, elaborar tipologías, cuadros diagnósticos, etc. Una de las críticas más severas que se suele hacer al método clínico es la falta de control de las variables. El método clínico, al igual que otros métodos científicos, se caracteriza por su sistematización y búsqueda de objetividad y rigor. Si analizamos un poco las técnicas empleadas para el estudio profundo y extenso de un individuo, encontraremos las características mencionadas. Al observar varias veces la conducción de una entrevista por parte de un clínico, podríamos notar detalles como los siguientes: “Antes de iniciar cada sesión, el entrevistador elabora una serie de objetivos e hipótesis, si cuenta con suficiente información. Sigue un orden específico, acorde con ciertas reglas. Trata de mantener ciertas condiciones estandarizadas. Cuando la persona responde de forma ambigua, aquel tratará de aclarar lo que ésta quiere significar... Si se va a aplicar una prueba psicológica, el psicólogo arregla ciertas condiciones ambientales, repite ciertas instrucciones, que son iguales para todas las personas, observa sus reacciones ante la prueba, las anota y corrige la prueba en consonancia con normas estandarizadas”. El factor subjetividad, al igual que en el método experimental o cualquier otro, no deja de estar presente por cuanto el investigador podría considerar más importante o interesante seguir por un camino y no por otro, dejando de lado datos relevantes, hacer interpretaciones, dar por supuesto lo que la persona quiere decir, etc. El grado de subjetividad puede disminuirse en cierta medida a través de la práctica o entrenamiento y la corrección de fallas por medio de supervisiones. Para concluir con el método clínico diremos que su interés en la producción de conocimientos no se limita al saber acerca de la conducta llamada patológica. También se interesa por la normal, como lo corroboran los numerosos estudios sobre la personalidad y los desarrollos teóricos alcanzados en esa área. De allí que su aplicación también llegue al campo de lo normal: para mejorar el rendimiento de un atleta o un pitcher, por ejemplo ¿hacen falta datos como sus condiciones físicas y sus reacciones emocionales ante diversas situaciones?

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Si bien, el uso de este método requiere de cierto entrenamiento y práctica, puede ser empleado en términos generales por un maestro o un profesor en el nivel más sencillo, es decir, guiado por una sistematización que involucraría, entre otros aspectos, el tener un objetivo definido, qué posibles variables podrían interesarle, cómo va a indagar sobre ellas, etc., y recurriendo a métodos y técnicas como la entrevista, la observación sistemática y los estudios descriptivos, de tal manera que en un momento dado pueda tener mejor comprensión del comportamiento de sus alumnos, manejar mejor la situación y, en caso necesario, saber a quién remitir el problema. Hay una gran diferencia entre considerar que tenemos un alumno molesto en el salón de clase, y sobre la base de ello amonestar, castigar y amenazar; y el observar detenidamente su conducta, entrevistarlo a él, a sus padres, compañeros y otros profesores, para, en función de ello, tomar decisiones sobre cómo ayudarlo.

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