Friedrich Nietzsche 

Se califican de buenas las virtudes de un hombre considerando no los efectos que ejercen en este, sino los que creemos que ejercerán previsiblemente en nosotros y en la sociedad. Para que fuese aplicable la fórmula de la terapia moral (cuyo autor fue Aristón de Chíos), según la cual “la virtud es la salud del alma”, debería al menos cambiarse en este sentido: “Tu virtud es la salud de tu alma”. Pues no existe la virtud en sí, y todos los intentos por definirla de este modo han fracasado lamentablemente. A fin de tener virtud, los santos la perseguían de forma brutal. A raíz de ello apenas soportaban la vida. Tenían la idea de que con sólo contemplar su virtud, los demás se despreciarían. Para mí, una virtud que actúa así es sencillamente un acto de brutalidad. El camino a la virtud no debe abandonarse jamás, ni cuando se observe que los motivos que hacen deseable a esta son la utilidad personal, el propio bienestar, el miedo, la salud, la reputación y la gloria. No existe espectáculo más divertido que el de los brutos entusiastas y las solteronas fascinadas por los tiernos sentimientos de la virtud. Lo que se observa en el contacto entre pueblos civilizados y bárbaros es que, por regla general, la civilización inferior empieza tomando de la civilización superior los vicios, las debilidades y los excesos de esta última. Donde el buscador ingenuo de las civilizaciones antiguas no veía sino dos cosas, la “causa” y el “efecto”, nosotros hemos descubierto una sucesión múltiple; hemos perfeccionado la imagen del devenir, pero apenas hemos ido más allá de esa imagen ni la hemos dejado atrás.

VIRTUDES 

 

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