You are on page 1of 2

El descuido en la corrección ortográfica no afecta solo a los escolares en sus privados y

nerviosos ejercicios de examen, sino que se manifiesta de modo arrogante en los medios
de difusión. Hace algunos meses, la televisión lanzó a las pantallas un aprobechamiento
sin el menor rubor. Y los periódicos nos afligen constantemente con errores graves,
hasta en los titulares. Un alumno me preguntó hace unos días: "¿Por qué escribe usted
objección con dos ces?". Lo había visto en un trabajo mío publicado en un semanario, y
la pregunta era casi una venganza contra mi exigencia en ese punto. Le expliqué que era
cosa del linotipista, pero ¿se creyó mi justificación?

Hay que buscar el motivo real de la vigente desidia en el difundido convencimiento de


que la corrección ortográfica no sirve para nada.(...)

¿No sirve para nada, efectivamente, la ortografía actual, y habría que almoldarla con
exactitud a la prosodia? Antes, tendríamos que ponernos de acuerdo sobre qué prosodia
adoptar, la de soldado, soldao o sordao, la de llover o yover, la de rezar o resar, la de
huele o güele, y me temo que ese acuerdo tardaría mucho en llegar, porque, claro es, en
la discusión tendría que llevar una voz muy cantante la mayoría de los
hispanohablantes, que no está precisamente en España, y que haría prevalecer sus
peculiaridades prosódicas.(...)

Pero hay, además un obstáculo que se alza como insalvable a la hora de pensar en una
norma ortográfica paralela a una presunta norma fonética, y es el hecho de que
contaríamos con toda nuestra cultura escrita, aún la más próxima a nosotros, la cual
adquiriría repentinamente un aire remoto y ajeno.(...)
Pasar de la grafía fonética a la lectura de obras impresas con la tradicional implicaría
dar un salto casi tan largo como el que se precisa para enfrentarse con la edición
diplomática de un texto medieval. Un salto que las nuevas generaciones "mono-
gráficas" no darían, produciéndose así la ruptura a que aludía antes. Para las actuales
solo representaría un susto leer a Machado, por ejemplo, así:
La embidia de la birtúd
izo a Kaín kriminal.
¡Glória a Kaín! Oy el bizio
es lo ke se embidia más.
(...) No pasaríamos del sobresalto, no podríamos proseguir la lectura, pero ¿ocurriría lo
mismo con quienes, conocedores de este solo sistema, pasaran a envidia, virtud, vicio,
etc.? Tendrían la impresión de penetrar en un período arcano, y lo probable es que la
continuidad cultural, ya amenazada por otros motivos, recibiera por este la última
puntilla. Además, insisto, ¿no seguirían en este proyecto todos los pueblos que son tan
dueños como nosotros del idioma castellano?
Vista desde otra perspectiva, la convención ortográfica es un gran bien, pues constituye
uno de los principales factores de unidad de la inmensa masa humana hispanohablante.
Mientras fonética, léxico y hasta gramática separan a unos países de otros, a unas clases
sociales de otras, la norma escrita es el gran aglutinador del idioma, el que le
proporciona su cohesión más firme.
FERNANDO LÁZARO CARRETER, El dardo en la palabra.