EL CENTRO Y LA PROVINCIA

EL CENTRO Y LA PROVINCIA Por Carlos Valdés Martín DESNIVELES… A la capital del país la inventa su provincia y viceversa. En la historia antigua, la palabra provincia tiene su origen en un término imperial romano que indica "pro vincia", localidad que por quedar vencida recibe un gobierno impuesto y designación de "provincia"1. Pero ¿quién inventa a la provincia cuando no acontece ninguna conquista militar? Sin que exista una ocupación militar de por medio, el espacio imaginario debe provenir desde un desnivel de desarrollo donde un polo urbano fuerte apropia (asimila, adquiere, adopta, acota… puras palabras con “a”) como telón de fondo a una provincia; pero ese desnivel está unificado dentro de un espacio único. Ese espacio único define al país (la región, el reino), mientras la parte campirana o atrasada (fusionando una multiplicidad de diferencias) se convierten en un solo territorio: provincia. Claro, que algunas veces esa "conversión" en un único territorio es falaz, porque las provincias contienen particularidades superiores a las capitales (industrias más grandes, centros culturales más majestuosos, escuelas avanzadas, etc.) Pero la capital, sea como sea, aparenta (de apariencia engañosa y no de ser esencial) un nivel superior, pues define la cabeza política y eso implica la manija del poder (el timón), además de integrar ese aspecto aspiracional del gran centro económico. El problema de las diferencias de niveles de desarrollo se reduce al pulso de los tiempos, que en términos muy actuales es el filo de la modernidad/posmodernidad. Entonces, el sentido diacrónico del tiempo nacional va desde el ayer provinciano al futuro capitalino. En sociedades menos centralizadas el futuro no está concentrado en la única "capital" política, sino ubicado en una pluralidad de metrópolis, pero de todas maneras encontramos el sentido de centros espaciales, estructuras urbanas que concentran facultades esenciales, las llaves del progreso intelectual y material. CIUDAD: UN MERCADO CENTRALIZADO. La existencia del centro (como ciudades "capitales") es una determinación forzosa de la economía de mercado. Los mercados de extienden en redes y se concentran en ciudades, por lo que cualquier división social del trabajo desarrollada define una unidad de ciudad (mercado en el sentido estrecho) y campo (el completo proceso productivo). Encontramos una unidad de diferencias, una contradicción perpetua de mutua dependencia, por eso la "contradicción ciudad y campo" resumirá el desarrollo económico. En principio, la ciudad se define simplemente un agolpamiento del espacio, una coagulación de población y recursos que conviven codo a codo. Por ese simple aglomerar espacial se revela una intensidad de las relaciones, se trata del modelo de sociedad intensamente interdependiente, por primera vez se genera una red de mutuas dependencias, muy sensible y frágil. Las ciudades establecen entidades rompibles (proclives al ataque), debemos hacer notar esta relativa fragilidad: las ciudades desaparecen y los campos nunca, cuanto más, los campos se abandonan, quedan despoblados. La densidad urbana ha permitido la sofisticada división del trabajo y una especialización crucial: el aparato del poder político. El Estado vive de las ciudades y en las ciudades, por eso la declaración legal y formal de una ciudad capital (nunca ha habido un "campo capital") en cada país, como un gran cabeza sobre el cuerpo amorfo (socialmente hablando de los campos). Pero una ciudad nunca se declara a sí misma capital como una mónada autosuficiente, lo hace para ser sostenida sobre su cuerpo: sus territorios conquistados, sus tierras interiores. INVENCIÓN DE LA CIUDAD
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Cfr. FOUCAULT, Michel, Microfísica del poder, "Discusión sobre la geografía".

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Si en lo anterior he expuesto el evento “ciudad” como una emanación casi natural de una economía que se hace compleja y requiere de una centralización urbana, también resulta viable mostrar la ciudad como una aspiración, como una pretensión creada en un momento dado. La leyenda de Roma y su estudio histórico muestra la aspiración a formar una ciudad como una entidad superior, como una especie de madre artificial, tan robusta y fuerte para sus hijos, que se cubre de los mejores mantos litúrgicos y se rodea de murallas protectoras. La ciudad como fenómeno de creación muestra una sutil combinación de elementos de aspiraciones humanas y eventos fantaseados, integrándose con la férrea necesidad económica (condiciones materiales adecuadas, una logística precisa para determinar la viabilidad de una urbe) de tal manera que la ciudad forma una vida propia para atraer a su población y sostenerla. Así, el éxito de Roma no se define por la simple suma de condiciones económicas adecuadas de unas colinas junto a un río fértil y navegable, sino que requiere de un sentido atractivo, convertir la ciudad de un conglomerado de aspiraciones y, a su vez, proporcionar un estilo de vida exitoso (entonces concorde a ciertas “virtudes” primero patricias, luego ciudadanas, después republicanas, al final imperiales, etc.). Claro que en la amplitud de las situaciones históricas, muchas grandes ciudades surgen y se desarrollan bajo otras pautas (por ejemplo, capitales de imperios donde la urbe aparece como accesorio del asiento del gran poder político, por ejemplo en China antigua), sin importar tanto la “personalidad” de la gran urbe. LA ASPIRACIÓN PERSONAL A LA GRAN CIUDAD Las ciudades grandes (y en mayor medida las capitales) ofrecen ese espejo magnético que presenta el poder político, pero en otro sentido, pues representando un nivel superior de vida, las grandes ciudades capitales se convierten en ejes magnéticos, que marcan el modo de vida y las aspiraciones de un gran país o región. Arrebatados por una mezcla de perspectivas ilusorias y presiones económicas, los campesinos han ido abandonando los campos y aglomerando más las ciudades. Hacinarse en el espacio urbano se convierte en una aspiración, y quienes sienten ese influjo anhelando un nivel de vida distinto se desplazan hacia las grandes ciudades. LA PERSPECTIVA PROVINCIANA La situación económica y política también es interpretada por cada persona, cada mente individual. En especial, vale la pena recordar el asunto de las perspectivas. Sobre el fondo de su circunstancia cada quien obtiene un punto de vista. Y por punto de vista debe entenderse la persona y sus condiciones sociales (materiales) que están determinando su panorámica de visión. La ubicación social concreta de capitalino o provinciano también les define una perspectiva. Recordemos una afirmación paradójica de Ortega y Gasset cuando dice que creerse el centro indica el punto de vista típicamente provinciano, dejar de creerse el centro marca el punto de partida para dejar de ser provincianos. Esto implica una ironía porque la definición de capital dice lo contrario: el punto de vista del provinciano está fuera del centro, del excéntrico por no ser "capitalino" y que por lo mismo define un deseo (salir del provincianismo). Pero por otra parte, creerse el centro marca la ingenuidad y la molicie del pensamiento, por eso los atributos secundarios que el prejuicio atribuye al provinciano son propios de quien se cree el centro. Siguiendo la paradoja de este argumento concluimos que los más provincianos (en mentalidad) son los capitalinos que se creen el centro. Porque en la teoría de la perspectiva todas las posiciones son relativas, hasta estar "centrado" solamente dependerá de la ubicación de las orillas. Otra modalidad del provincianismo es la perspectiva devaluada: permanecer en la jaula de una devaluación perpetua, sometidos a los dictados de un lejano centro, al cual se le envidia permanentemente, define el provincianismo más pobre. Luego de que el centro triunfó, la provincia quedó olvidada y reconoce su inferioridad, se somete a su olvido perpetuo y reconoce su existencia como un vagón arrastrado, un traste viejo, una moda obsoleta, el eco de una ignorancia, etc. Se convierte esa provincia en una caricatura de existencia y cualquier aspecto de su existencia queda -2-

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sometido a un espejo falso, que únicamente le indica aquello que no es: un centro. La última modalidad del provincianismo es la perspectiva egoísta y confiada que imagina como suficientes a sus limitadas realidades. En ese estado mental, se duerme la siesta con la conciencia tranquila, y se permanece en la despreocupación respecto a los intrincados problemas de los urbanos, de los extraños y de los apresurados. En esa perspectiva de provincianismo, las capitales y las metrópolis deberían desaparecer para no incomodar a los rincones de la tierra, debería levantarse un foso suficientemente hondo o una muralla suficientemente elevada para detener los malignos efluvios de la inquietud del centro. Ese provincialismo, se contenta con los domingos de misa y las siestas al mediodía, espera la noticia del nuevo sepelio tanto como añora al santo patrono del pueblo; así, no está dispuesto a ocuparse en lo mínimo para alcanzar la loca carrera de alguna comarca vecina. LA MODA ANTIEUROCENTRISTA, ANTIOCCIDENTAL Y OTRAS MARAVILLAS Desde Europa emana (¿o refleja el despertar del mundo bárbaro?) una moda intelectual contraria al centro del punto de vista occidental. Esa meditación no implica un cuestionamiento sistemático al centralismo de Occidente, y no siendo una reflexión sistemática más bien dibuja una sombra de culpabilidad; con una variación de interpretaciones (especialmente de autores de tesis francesas) en las que se denuncia un centro culpable, un centro europeo que carga todavía el pecado original del imperialismo colonialista2. Esta expresión anti-occidental es significativa en la antropología, que en su materia de trabajo incluye y exige el descubrimiento de lo otro, del mundo no europeo, del humano no civilizado y sus valores específicos. La crítica al centro europeo (ese vanidoso gigante egoísta) se extiende a Occidente entero, por lo cual la operación se convierte en la crítica de las sociedades civilizadas capitalistas, y en esto se evidencia un sentido de condena hacia el gran poder y la riqueza por saqueo. Esta reflexión multifacética es una operación de crítica que pareciera aliarse con los desposeídos del mundo, contraria al colonialismo y partidaria de las causas nobles. La crítica contiene sus virtudes pero debemos preguntarnos si no consiste en una operación tabla rasa, que iguala demasiado para poner en un mismo saco un carnaval de manifestaciones diversas, que son reunidas de forma exterior y sin justificar. El mismo objeto de la centralidad Europa y Occidente parecieran una casualidad, un punto arbitrario de la historia que sigue corriendo, que no es precisamente un punto sino un caleidoscopio de historia y sociedad, de culturas y políticas, de economía y pueblos. En la medida en que se critica al centro europeo por la pretensión de eje mismo, se está revirtiendo el punto de vista provinciano, se pretende indicar al habitante o pensador europeo (u occidental) que se trata de un falso ciudadano del centro, porque existe una provincia (colonia) que ignora. Esa reflexión está suponiendo que un espacio geográfico tan variado (Europa) o histórico cultural (ampliándose hasta Occidente) se mantiene fiel a un punto de vista delimitado, que es antagónico o incapaz de comprender el punto de vista no-europeo. Este tema nos transporta a la teoría del punto de vista interesado que tiene tantas repercusiones políticas. En la crítica eurocentrista se parte del supuesto de que el entorno (geográfico, social, económico) delimita un punto de vista sin posibilidad de trascendencia3. Y, ligado a lo anterior, que ese punto de vista es hostil al punto de vista ajeno. Esta estructura de posiciones rivales no es extraña a la sociedad mercantil y en cada juicio por contratos incumplidos o de otro tipo, muestra la estructura
Un ejemplo de esta perspectiva es Jean Baudrillard, quien pretende etiquetar al materialismo histórico -la teoría misma y no sólo las personas de Marx y Engels- como parte integral de una visión etnocentrista (casi paráfrasis para racista), porque universaliza el modelo de la producción, proyectando el concepto de modo de producción y trabajo a las sociedades precapitalistas, cuando solamente Braudillard con su interpretación del signo y su "intercambio simbólico" ha encontrado el secreto. Cf. BAUDRILLARD, Jean, El espejo de la producción. 3 Esa crítica al eurocentrismo también la lanza un Gunder Frank tardío, tal como lo señala Giovanni Arrighi, El mundo según André Gunder Frank.
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básica de antagonismos (la sociedad civil dividida4). Asimismo se muestra que el punto de vista de un ciudadano privado respecto de otro puede divergir desde el centro de sus intereses, y que cada cual centrado en su individualidad egoísta no comprende al otro5. El problema para esa teoría (de la insolvencia recíproca de los puntos de vista) es demostrar que todos y cada uno de los puntos de vista contenidos en un enorme continente real o dentro de las grandes civilizaciones están condenados a mostrarse como una colección de prejuicios, como si se tratara de enceguecidos ciudadanos litigando a favor de su ceguera. Bajo esta condición la crítica del eurocentrismo o del centralismo de occidente se muestra como muy relativa, es decir, no existe una validez general para suponer que entero el pensamiento de Europa sea centrista. Si no existe la validez general para suponer que todo pensamiento salido de Europa es euro-centrista, queda entonces la trivialidad de que entonces sale de ese territorio. Ahora bien, la naturaleza de la teoría (en la medida que es búsqueda de verdad objetiva) trata de revelar la naturaleza del objeto que estudia, y su criterio de verdad es el apego al objeto mismo. Una teoría que solamente fuera válida para el ambiente que la vio nacer (por ejemplo una biología válida exclusivamente en la comarca europea) estaría en contradicción con su carácter de teoría. La aceptación en otras latitudes no se puede basar solamente en condiciones externas, sino que requiere de correspondencia con el objeto y de ese modo validez extra-local. Dejando de lado lo anterior, resulta que la crítica de centrismo (europeo y occidental) es de tomarse en cuenta como una anotación puntual, respecto de deformaciones de estudios de las ciencias sociales. Por ejemplo, una historia universal no se debe dedicar mayoritariamente a acontecimientos europeos y encontramos estudios de historia universal de tal calibre. Lo anterior no significa aceptar que los acontecimientos sucedidos en cualquier latitud tengan el mismo rango, simplemente porque se trata de otras latitudes, y entonces debemos abordar las tesis de la inexistencia radical de algún centro. INEXISTENCIA RADICAL DEL CENTRO Aunque no tengo a la mano una interpretación sistemática y radical de esta tesis es fácil suponerla en base a las interpretaciones de Foucault. Pues si la premisa es que el centro es una construcción geométrica del Poder despótico entonces se le debe de resistir6. La existencia geométrica del centro sería una emanación del poder, así que aceptar su existencia es someterse, y así la perspectiva eurocéntrica estaría maldita no por la cuna europea (y sus conquistas imperiales, su colonialismo, etc.) sino por definir un centro a partir del cual se someten (dictatorialmente) las realidades. En este caso, resultaría un pecado original el colocarse en el centro, pues esa posición ha sido edificada por el Poder. Ahora bien, por mi parte estimo que el Poder no es el creador de las realidades sociales esenciales, y el eje central también es parte de la simple operación productiva, necesidad básica para la convivencia humana7. Por el lado de la visión de la realidad semiótica de Baudrillard, el centro resultaría una invención, otro atentado de ruptura de la relación simbólica primitiva a la que se debería volver, pues en la relación del
Según Hegel por las oposiciones enajenadas del espíritu humano en proceso de superación, según Marx por el antagonismo de interesas materiales personalizados en clases sociales. 5 A manera de una enajenación recíproca universal. BEAUVOIR, Simone, El marqués de Sade. 6 Por ejemplo, el centro es la residencia natural del panóptico, sistema carcelario de control desde el centro de la prisión. Vigilar y castigar. 7 MARX, Karl, El capital, tomo I. La más simple división del trabajo requiere de una coordinación, en ese sentido de un centro. También habría que retomar el tema de juegos y observar la posición espontáneamente estratégica del centro en los procesos de flujo, lo cual también demostraría que el Poder no inventa en centro, sino que lo persigue como posición ventajosa.
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intercambio simbólico el centro se puede superar, ya que sería en las relaciones sujeto-objeto occidentales y racionalistas en las que se exigiría la existencia de un centro definido, un punto de perspectiva. Esta teorización de Baudrillard, obviamente, está basada en hipótesis e intenciones, pero no en teorías rigurosas, porque el enfoque novedoso encierra engaños de radicalización, amagos aptos para modas intelectuales. EL CENTRO Y EL PUNTO DE VISTA En el fondo, las anteriores interpretaciones de la inexistencia de un centro me podrían parecer variaciones de un acierto del liberalismo: si cada quien tiene su punto de vista individual, entonces no existe un centro (único social) sino una pluralidad. Esta opinión ya expresada con claridad por Ortega y Gasset8 (teoría del punto de vista) y con antecedentes filosóficos importantes (la mónada de Leibinitz, que cada quien en el fondo es una esencia atómica aislada) tiene sus limitaciones, precisamente en que no resuelve la dialéctica entre la pluralidad (mónadas, puntos de vista) y la unida social (comunidad, estructuras, ideologías generales...). Claro que me parece, que esta falta de resolución entre lo particular y lo universal en la teoría del punto de vista se reintroduce constantemente en el pensamiento social, y por ejemplo en un movimiento social y político tan importante como el feminismo, en base a la temática de la "visión de género". La “visión de género”, que reivindica la importancia de lo particular de la mujer, por otro lado, la restringiría a falta de universalidad y a una dificultad perpetua para ser comprendida por el género opuesto, es decir, lo particular de la mujer aspira a ser reconocido como universalidad social (en plenitud de derechos y equidad) pero se mantiene como una particularidad, pues nunca desaparece un punto de vista de género. La resolución de esta tensión, entre particular y universal se imagina generosamente en el marxismo, bajo el concepto del proletariado (una clase particular con cadenas radicales e intereses de emancipación universal). Sin embargo, la contradicción inherente entre un punto de vista particular y universal no fue finalmente resuelta, como lo intentó Lukács mediante un planteamiento sencillo, por un recurso rápido a las virtudes de la conciencia de clase proletaria 9. La historia mostró lo fácil que ha sido caer en la mistificación de la conciencia de la clase proletaria, fenómeno que arrastra hasta a muchos de sus mejores representantes, incluido Lukács atrapado entre las redes del estalinismo. El estalinismo presenta una forma feroz de dominio de la capital sobre las provincias, precisamente, porque la capital del país define el asiento del poder del Estado. En ese sentido, el estalinismo es la muestra de que la centralización, y su punto de vista centralistas genera operaciones monstruosas de la política. El estalinismo promovió un proceso de urbanización forzada de la nación, y marcó una política salvaje de descampesinización; por lo que la relación ciudad y campo fue convertida en un proceso devorador del campo. En esa experiencia, nos encontramos con el centro devorador, repetición de evento Absolutista, donde el centro termina habitando en la persona del emperador (caricaturizada por el líder comunista) y donde el centro se convierte en un “agujero negro” de la física política, devorando cualquier diferencia, aniquilando la provincia. En ese extremo, la capital de un país sometido al absolutismo también se convierte en una provincia, y todavía más tétrica y vacía, pues está sometida a la proximidad aplastante del Poder, ni siquiera conserva la ventaja de una lejanía, entonces Moscú no poseía ventajas notables ante Kamchatka, ese rincón extremo de la geografía rusa. LA IMPOSIBLE DESAPARICIÓN DE UNA (VERDADERA) CAPITAL. Un vistazo rápido al Estado (desde siglos inmemoriales) indica que la capital no desaparece ni muere, simplemente se metamorfosea, viaja o agoniza, pero nunca muere. Durante las guerras civiles, los bandos contrincantes alcanzan a definir su propia capital transitoria, fuera del centro tradicional del
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ORTEGA Y GASSET, José, El tema de nuestro tiempo. LUKACS, Georg, Historia y consciencia de clase.

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poder. Y bajo tales transes bélicos, no por ello el provincianismo desaparece, quizá agoniza la creencia en la superioridad de un centro. Mientras pervive el país y su Estado, sobrevivirá la capital. El colapso de una capital depende de la disolución del país, la recaída perpetua del entorno. Eso sucede con Roma, y el Imperio Romano completo se derrumba, y tras la hecatombe completa del Cuerpo también la magnífica Capital decae durante siglos. Paradójicamente, si Roma deja de servir como capital material, revive casi de inmediato como el eje de un nuevo continente espiritual, al servir de eje aglutinador del cristianismo católico. Esa continuidad repite la sucesión de culturas, países y civilizaciones que siguen asentándose sobre la misma capital, tal como Tenochtitlán ha sido reconvertida en México. Si asumir una fatalidad, la resistencia a la muerte de las capitales asume diversas y extrañas, figuras como su renacimiento distante, su conservación en la memoria, su disfraz perpetuo… Ahora bien, la situación de capital implica una función sencilla, relación de uno a uno, donde solamente existe una cabeza y la temporalidad de un poder dividido, resulta la extrañeza de una crisis. Cuando los reinos y su poder quedan divididos se inventan capitales duales, espejos de la unidad desgarrada, de tal modo que una flama doble se agita, bajo la disyuntiva de una separación perpetua de poderes o una resolución mediante el conflicto armado. En el México del año 1865 (a la mitad aritmética entre el inicio de la intervención francesa y del final con un fusilamiento del Emperador), cuando parecía resuelta la victoria del invasor francés, las mínimas esperanzas de la sobrevivencia de una república se embarcan entre una pequeña carreta y un gobierno peregrino, escapando de la adversidad militar. La ciudad de México (antigua sede azteca y centro virreinal) parecía sometida a la metamorfosis de una ciudad imperial, dominada desde un castillo aristocrático mirando al Valle de México. La capital republicana parece un fantasma viajero, pero su naturaleza eludía la fuerza bruta, y sobrevivía como viento imposible de atrapar. Bajo el manto de una capital imperial se descubre que la ilusión consiste en ponerle cabeza del imperio y no a la República. “Fantasma viajero”, me gusta esa leyenda para el Benito Juárez de la huida de epopeya, de las derrotas militares arrastrándolo hasta el desierto mismo de la frontera Norte. Las derrotas militares de Chihuahua conduciendo al Presidente Juárez hasta el punto cero de la nación, la frontera convertida en arenas del desierto y escapado del ejército invasor francés. El sentido de asentar una Capital de una Nación se reduce progresivamente hasta cristalizar en una persona solitaria, en un Presidente derrotado, convertido en el eje de una retirada y empujado hasta el crisol de la nada: la frontera disolviendo en el espacio a una Nación. Me gusta, la narración casi de ficción, pues el poder nacional fugitivo se convierte en el “fantasma viajero”, que en su transparencia arropa el último vestigio de una Nación a punto de quedar derrotada y desaparecer, como la arena dentro del reloj desaparece para nunca dejar huella. Las arenas del desierto se convierten en el signo inequívoco de una frontera, y el lado mexicano en ese terreno confluente parece desaparecer, para quedar convertido en arena de olvido. Porque, debemos aclarar, en ese trance la parte nacional de México amenaza con desaparecer, bajo el sello de un imperio, tan amorfo como afrancesado… pero la nación renace de sus cenizas como el Ave Fénix y, a la vuelta de unos años, regresa Juárez a la antigua capital, a la Ciudad de México

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