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CAPITULO I

La tarde era cálida, deliciosa; inusitadamente cálida para la


época del año. La suave fragancia del incienso, elevándose
dulcemente en la atmósfera quieta, llenaba nuestro espíritu
de calma. Envuelto en una gloriosa aureola, el sol se
ocultaba en la lejanía, tras las altas cimas del Himalaya,
dejando teñidos de púrpura, como un presagio de la sangre
que salpicaría el Tibet en los días futuros, los picachos lle-
nos de nieve.
Las sombras se acentuaban poco a poco deslizándose
hasta la ciudad de Lhasa desde las cumbres gemelas de
Potala y de nuestro Chakpori. Bajo nosotros, hacia la de-
recha, una tardía caravana de mercaderes de la India, re-
corría lentamente su camino hacia Pargo Kaling, la Puerta
de Occidente. El último de aquellos devotos peregrinos, lleno
de una premura increíble, se apresuraba con el deseo de
recorrer su camino hasta Lingkor Road, como si sintiera el
temor de verse envuelto en la oscuridad aterciopelada de la
noche, ya muy cercana.
El Kyi Chu, o Río Venturoso, discurría feliz en su in-
terminable viaje hacia el mar, lanzando nítidos destellos de
luz como un tributo al día que agonizaba. La ciudad de
Lhasa brillaba con el dorado resplandor de las lámparas de
grasa. Desde el cercano Potala se escuchó el sonido de una
trompa anunciando el ocaso y sus notas volaron y se mul-
tiplicaron con el eco por todo el Valle, chocando contra la
superficie de las rocas y regresando hasta nosotros con una
cadencia distinta.
10 LOBSANG RAMPA

Yo contemplé la escena familiar, el Potala, centena-


res de ventanas iluminadas como si los monjes de todos los
grados estuvieran atendiendo sus postreras tareas del día.
E n l a p a r t e su pe r io r d el i nme nso ed i fi cio , ju n to a l as Tum -
bas Doradas, una figura solitaria, aislada y remota, pare-
c í a e s ta r o b s e r v á n d o l o to d o . C u a n d o l o s d é b i l e s ra y o s d e l
sol se ocultaron detrás de la muralla de montañas, sonó de
nuevo una trompa y el profundo rumor de un cántico
b ro tó d e s d e e l t e mp l o . Lo s ú l t i mo s v e s t i g i os d e l u z s e d e s -
vanecieron rápidamente y, rápidamente, las estrellas del
cielo se trocaron en un resplandor de joyas brillando so-
bre un marco de púrpura. Un meteoro cruzó el cielo re-
lampagueando, convirtiéndose despu és en u n estallido pos-
trero de gloria, antes de caer sobre la tierra extinguiéndose
en un puñado de humo y de cenizas.
—¡Hermosa noche, Lobsang! — dijo una voz querida.
—Re al me n te es u na he rmo sa noc he — respo ndí pon ié n-
dome en pie rápidamente para saludar al Lama Mingyar
Dondup.
S e s e n tó j u nto a u n mu ro y m e i nv i tó a s e n t a rm e a s u
lado. Señalando hacia arriba, me dijo:
—¿Te has dado cuenta de que las personas, tú y yo,
tenemos cierta semejanza con todo eso?
Le contemplé silencioso sin comprender qu é semejanza
podía existir entre nosotros y las estrellas. El Lama era
alto, bien parecido y con una noble cabeza. ¡A pesar de
todo no encontraba ningún parecido entre él y las estrellas!
Él sonrió ante mi expresión perpleja.
—Como siempre, eres literal, Lobsang, literal. Quise
decirte que las cosas no son necesariamente lo que parecen
ser. Si escribes: "¡Om! ma-ni pad-me Hum" 1 en caracte-
res tan enormes que a las personas que pueblan el Valle de
Lhasa les resulte imposible leerlos, su propia grandiosidad
impedirá que éstos puedan captarlo.
Se interrumpió y me miró para asegurarse de que era
capaz de seguir sus explicaciones. Después continuó:
—Lo mismo sucede con las estrellas. Son "tan gran-
1. Fórmula sagrada, iniciada con la sílaba mágica "OM", que
debe repetirse intermitentemente hasta conseguir el vacío mental y la unión con la
divinidad.
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des" que no podemos comprender lo que forman entre


todas.
Le miré como a alguien que de pronto ha perdido la
r a zó n . ¿L a s e s t r e l l a s "fo rma nd o a l g o "? ¡ La s e s t re l l a s e ra n
— eso — "estrellas"! Después pensé en la posibilidad de
e sc ribi r con ca rac te res ta n g ra ndes como pa ra l le na r todo
el Valle, hasta el punto de que su propio tamaño los hiciera
ilegibles. Él siguió hablando con su voz suave.
—Piensa que tú mismo disminuyes y disminuyes de
tamaño hasta llegar a ser tan pequeño como un grano de
a re na . ¿C ó mo p o d r í a v e r te y o e n to n c e s ? I m a g i n a q u e a ú n
te haces más pequeño, tan pequeño que incluso el grano de
arena fuera para ti tan grande como un mundo. En ese
caso, ¿qué alcanzarías a ver de mi persona? — Se interrum-
pió y me observó con su mirada penetrante —. ¿Bien?
— preguntó —, ¿qué es lo que podrías llegar a ver?
M e s e n té a s o m b ra d o , c o n e l c e re b ro v a c í o d e to d o p e n-
samiento, boquiabierto como un pez al que acabaran de
pescar.
—Lo único que verías, Lobsang — dijo el Lama — es
u n g ru p o i n m e n s o d e m u n d o s d i s p e r s o s q u e r u e d a n e n l a
oscuridad. Porque como consecuencia de tu pequeñez fí-
sica, percibirías las molécu las de mi cuerpo como mu ndos
aislados, separados unos de otros por espacios enormes.
Verías mundos girando unos en torno a otros. Verías "so-
les" que serían en realidad las moléculas de ciertos centros
psíquicos. ¡Verías un "universo"!
Mi cerebro estallaba. Hubiera jurado que la "maqui-
naria" que está sobre mis cejas se estremecía convulsiva-
me n te b a j o e l e s fu e rz o q u e m e v e í a o b l i ga d o a h a c e r p a ra
alcanzar tan extraño, tan excitante conocimiento.
Mi Ma es tro , el L a ma Mi ngyar Do ndup , se inc li nó ha ci a
mí y, suavemente, me hizo alzar la cabeza.
—¡Lobsang! — murmuró riendo —. Tus ojos se están
extraviando en un esfuerzo por seguirme. — Se sentó, in-
clinándose hacia atrás, riendo, concediéndome unos instan-
te s pa ra que m e recup e ra ra u n poco de mi tu rbac ió n . De s-
pués me dijo —: Mira el tejido de tu manto. ¡Pálpalo!
12 LOBSANG RAMPA

Así lo hice y me sentí como un estúpido al tener con-


ciencia de mis viejas y andrajosas vestiduras. Dijo entonces
el Lama:
Es tela. Suave al tacto. No es posible ver a
t r a v é s d e e l l a . P e ro i ma g i n a q u e l a v e s a t ra v é s d e u n
c ri s t a l d e a u m e n t o q u e l a m u e s t ra d i e z v e c e s m a y o r d e l o
q u e tu s o j o s te d ice n . Pi en sa e n l as heb ra s d e la la na de
y ak e ima gina q u e v e s c a d a h e b r a a u m e n t a d a d i e z v e c e s .
Sin duda alguna, verías la luz entre las hebras. Pero
multiplica sus dimensiones por un millón y podrás
c a b a l g a r s o b r e e l l a s , ¡a no ser que su inmensidad te impida
abarcarlas!
Ante esas explicaciones, empezaba a comprender el
sentido de sus palabras. Asentí pensativo, mientras el Lama
proseguía:
¡Como si fueras una mujer vieja y decrépita!
—¡Señor! — respondí al fin —. En ese caso, la vida
entera no es más que una gran extensión de espacio acri-
billado de mundos.
La cosa no es tan "sencilla" — respondió —
, pero p o n te c ó m o d o y te c o m u n i c a r é a l gu no s d e l os
c o n o c i m i e nt o s q u e h e m o s p o d i d o d e s c u b r i r e n l a C a v e r n a
d e l o s A n tepasados.
—¡La Caverna de los Antepasados! — exclamé lleno
d e a v i d e z y c u r i o s i d a d — . ¡ V a s a h a b l a rm e a c e r c a d e e s a s
cosas y de la Expedición!
¡Sí! ¡Sí! — murmuró —. Pienso hacerlo;
pero, en pri me r lu ga r , e s p rec iso que h ab le mo s d e l
Homb r e y de la Vida, tal como los concebían los
A n te p a s a d o s e n l a é p o c a de la Atlántida.
Y o se n tí a de n tr o d e m i esp í ri t u e l m ayo r int e ré s po r la
Caverna de los Antepasados, descubierta por una expedi-
c i ó n d e g ra nd e s l a m a s , y q u e c o ns ti tu í a u n d e p ó s i to fa b u -
loso de ciencia y de máquinas procedentes de una época en
q u e l a Ti e r r a e r a t o d a v í a j o v e n . C o m o c o n o c í a a m i m a e s -
tro, comprendía que era inútil abrigar la esperanza de qu e
m e r e l a t a r a e s a h i s to ri a h a s t a q u e é l l o c o n s i d e ra ra o p o r -
tuno, y ese momento no parecía haber llegado todavía. Las
estrellas brillaban sobre nosotros en todo su esplendor, le-
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veme nte mitigado po r e l aire ex traño y pu ro de l Ti bet. La s


l uce s iba n apag á ndose u na otra s o tra en los Te mplo s y en
l as La mas e rí as. El ai re no cturno tra nspo rtaba , d esde la le-
janía, el gemido lastimero de un perro y los ladridos con
qu e le respo nd ía n los p e rros de la a ldea de "Sho ", si tuada
sobre nosotros. La noche estaba serena, incluso plácida, y
ninguna nube oscurecía el rostro recién aparecido de la
luna. Las cintas de oraciones pendían, lacias e inanimadas,
de sus mástiles. Hasta nosotros llegaba el débil repiqueteo de
u n Mo l i n o d e P l e g a ri a s a l q u e a l g ú n m o n j e p i a d o s o , d o m i -
n a d o p o r l a s u p e rs ti c i ó n e i n c a p a z d e t e n e r c o nc i e n c i a d e
la Realidad, hacía girar, con la esperanza inútil de con-
seguir los favores de los Dioses.
Escuchando aquel ruido, el Lama, mi Maestro, dijo
sonriendo:
— C a d a c u a l a c tú a d e a c u e rd o c o n s u s c re e nc i a s y c o n
sus necesidades. Las galas de las ceremonias religiosas sir-
ven a muchos de consuelo y nosotros no debemos conde-
nar a aquellos que todavía no han sido capaces de recorrer
un trecho suficiente del Camino o que no pueden sostenerse
en pie sin muletas. Lobsang, quiero hablarte ahora de la
naturaleza del Hombre.
Yo me sentía muy cerca de "aquel" hombre, el único
que había mostrado, en muchas ocasiones, consideración y
amor hacia mí. Le escuché atentamente con el deseo de no
d e f ra u d a r l a f e q u e e n m í t e ní a . D e b o d e c i r , s i n e mb a rg o ,
q u e a s í fu e a l p r i n c i p i o , p e ro e n s e gu i d a m e d i c u e n ta d e
qu e e l te ma e ra fas ci na nte , y e nto nce s l e e scuc hé co n un a
avidez realmente irreprimible.
—La totalidad del mundo está constituida por una
masa de vibraciones. Toda la vida y todo lo inanimado
tiene su origen en esas vibraciones. Hasta los poderosos Hi-
malayas — dijo el Lama — son solamente un conjunto de
partículas aisladas en el espacio que no pueden llegar a to-
carse unas a otras. El mu ndo, el Universo, está compuesto
por esas diminutas partículas en torno a las cuales dan
vueltas sin cesar otras partículas semejantes. Todo cuanto
existe está compuesto de torbellinos de mundos que giran
14 LOBSANG RAMPA

u nos e n to rno a o tros , de la m ism a ma ne ra qu e el sol e stá


c i rcu nd ad o de m undo s qu e , s ie m p re a l a m is ma d is ta nci a,
sin llegar a tocarse nunca, giran alrededor de él.
Se interrumpió y me miró, tal vez preguntándose si
comprendía sus explicaciones, que yo seguía fácilmente.
—Los esp í ri tus que n oso tros, l os v ide nte s, v emo s en e l
templo — prosiguió — son personas, personas vivas, que
han abandonado este mundo, pasando a un estado en el
que sus moléculas se mantienen tan ampliamente separadas
que el "espíritu" puede atravesar el muro más compacto
sin rozar una sola molécula de las que componen la ma-
teria.
Honorable maestro — pregunté yo entonces —
, ¿ p o r qué, cuando un "espíritu" pasa junto a nosotros
r o z á n d o nos, nos sentimos desasosegados?
—C ada mo lé cul a , c ada pa rtícu la de es te sis t ema "sol a r
y planetario" está cargada de electricidad, de una electrici-
d a d d i s ti nt a a l a q u e e l H o mb re e s c a p a z d e p ro d u c i r c o n
su s má qui na s , de u na el ec tric idad más su til . Es l a e lec tri-
c i d a d q u e , a l gu n a s n o c h e s , p o d e m o s o b s e r v a r e n e l c i e l o .
D e l a m i s ma m a ne ra q u e l a Ti e r ra t i e n e l a s L u c e s S e p te n-
trionales o Auroras Boreales, temblando en los Polos, la
meno r p a rtí cula d e ma te ri a ti e ne su s "Lu ces Sep t entrio na-
les". Si un espíritu se acerca demasiado a nosotros, produ-
ce un leve temblor en nuestra aura psíquica y ésa es la
causa de que sintamos ese desasosiego.
Nos envolvía la noche silenciosa, cuya calma no era
turbada por la menor ráfaga de viento. Solamente en países
como el Tibet existe esta clase de silencio.
Entonces, el aura psíquica que podemos ver
e n o c a siones, ¿es una carga eléctrica? — le pregunté.
Sí — respondió mi Maestro, el Lama
Mingyar D o n dup —. Fuera del Tibet, en otros países
d o n d e l o s c a b l e s eléctricos de alto voltaje llenan todas sus
regiones, los especialistas de la industria eléctrica han
podido observar y rec o no c e r l a e x i s te n c i a d e u n "h a lo
luminoso". Como consecuencia de este "halo luminoso",
l o s c a b l e s p a re c e n e s ta r circundados por un anillo o aura de luz
azulada. En la os-
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c u ri d a d , e n l a s no c h e s hú me d a s , s e p u e d e d i s t i n gu i r c on
mayor claridad, pero, naturalmente, aquellos que tienen la
facultad de verlo saben que está allí noche y día.
Me miró con aire reflexivo.
—Cuando vayas a Chungking para estudiar medicina,
podrás utilizar un aparato detector de las ondas eléctricas
del cerebro. Toda la Vida, todo cuando existe está com-
puesto de electricidad y vibraciones.
—¡Me siento perplejo! — le respondí —, porque ¿cómo
puede ser la Vida vibración y electricidad? Soy capaz de
co mp re nde r uno de e s tos concep to s , pe ro m e e s impo sibl e
comprender los dos.
—¡Pero mi querido Lobsang! — replicó el Lama riendo
—. ¡No puede haber electricidad sin vibración, sin mo-
vimiento! Puesto que es el "movimiento" el que genera la
electricidad, ambos están íntimamente vinculados. — Ob-
s e rvó m i g es to d e pe rp le j id ad y , g ra ci as a su p o de r t el ep á -
tico, pudo leer mis pensamientos —. ¡No — dijo —, "no
podrá generarla cualquier" vibración! Vas a permitirme que
te exponga las cosas de la siguiente forma: Imagínate un
te cl ado rea lmente g i ga n tes co que se ex tie nda has t a e l i nfi -
ni to . La vib rac ió n qu e nosotros con sid e ramo s como sól ida
estará representada por una de las notas de ese teclado. La
siguiente podría representar el sonido y la siguiente a ésta
la visión. Las demás notas indicarían los sentimientos, los
sentidos, los designios que no podremos comprender mien-
tras permanezcamos sobre la tierra. Un perro tiene la capa-
cidad de escuchar notas más altas que los seres humanos y
un ser humano puede escuchar notas más bajas que un
perro. Cabe la posibilidad de hablar a u n perro en u n tono
tan alto que él oye perfectamente, pero que los seres huma-
nos no pueden oír. De idéntica manera, los seres del lla-
mado Mundo Espiritual pueden comunicarse con los que
todavía están en esta Tierra, si los terrícolas poseen el don
especial de la "clariaudición.
El Lama hizo una breve pausa y sonrió lentamente. — Te
e s toy p riv a ndo d e tu s u e ño , L ob s a n g , p e ro pod rá s
descansar por la mañana. — Señaló las estrellas que brilla-
16 LOBSANG RAMPA

ba n in tensam ente e n med io de l a i re li mpio de la noc he — .


Desde que tuve la oportu nidad de visitar la Caverna de los
Antepasados y de probar los maravillosos instrumentos que
se han mantenido allí, intactos, desde la época de la Atlán-
t i d a , me c o mp l a zc o a v e c e s e n d e j a r v o l a r m i i m a g i na c i ón
con ciertas ironías. Imagino que existen dos criaturas inte-
ligentes, pero aún más pequeñas que el más pequeño de los
i n fu s o r i o s . N o i m p o r ta l a fo rm a q u e te n g a n. B a s ta c o n s u -
poner que poseen inteligencia e instrumentos insuperables.
Imagínalas erguidas sobre un espacio abierto de su propio
u ni ve rso i nfi n ite si ma l , ¡ lo mis mo qu e noso tros en es te mo-
mento! "¡Ah, qué hermosa noche!", exclamó Ay, contem-
p la ndo e l c ie lo a nsio same nte. " Sí ", respo ndi ó Be h, "nos in-
cita a interrogarnos sobre el sentido de la Vida, sobre lo
qu e somos y ha ci a dó nde v amo s ". A y, re fl ex ivo , se gu ía con-
templando las estrellas que atravesaban el cielo en una
r o nda i nte r minab le . " Lo s mu ndos i n f in i tos . Mi l lo n es , b il lo -
nes de mundos. Siento curiosidad por saber cuántos podrán
estar habitados." "¡Qué tontería! ¡Tus pensamientos son sa-
crílegos y ridículos!", farfulló Beh. "Sabes perfectamente
que solamente existe vida en nuestro mundo. ¿Acaso no nos
h a n d ic ho los s ace rdo t es qu e es t amos h ech os a I ma ge n d e
Dios? Entonces, ¿cómo puede existir otra vida a no ser que
s e a e x a c t a m e n t e i g u a l a l a n u e s t ra ? N o , e s i mp o s i b l e . ¡ Es -
tás perdiendo la razón!" Ay, malhumorado, mientras se ale-
jaba, murmuró como hablando consigo mismo: "¡Pueden
estar equivocados!, ¿sabes? ¡Pueden estar equivocados!"
El Lama Mingyar Dondup me sonrió y añadió:
—Tengo una segunda parte de esta historia. Escú-
chala:
—En algún laboratorio remoto, fruto de una ciencia
que nosotros no hemos podido ni soñar, dotado de unos
microscopios de un poder increíble, hay dos científicos. Uno
de ellos está sentado ante su mesa de trabajo; con los ojos
p e ga d o s a u n su p e rm ic ro s c o p io , o b se rv a a te nt a m e n te . S e
sob resa l ta de p ro nto y , con g ra n e s trép i to e mpu ja su si lla
sobre el piso encerado. "¡Mira, Chan!", grita llamando a
su Ayudante. "¡Ven y mira esto!" Chan se levanta de un
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salto y acude rápidamente al lado de su excitado Jefe, sen-


tándose ante el microscopio. "Tengo la millonésima parte
de un gramo de sulfuro de plomo en la platina", dice el
j e fe . " O b sé r va lo . " C ha n se adap t a los co n tr o les y l a nz a u n
silbido de admiración. "¡Ah!", exclama. "Es lo mismo que
contemplar el universo a través de un telescopio. ¡Un sol
resplandeciente! ¡órbitas de planetas...!" El Jefe habla
pensativo. "Me gustaría saber si podremos conseguir los
a u m e n to s n e c e s a r i o s p a ra a l c a n z a r a v e r u n m u nd o d e i n -
dividuos. ¡Me pregunto si «ahí» habrá «vida»!" "¡Tonte-
rías!", dice Chan bruscamente. "No cabe duda de que
«ahí» no hay vida consciente. No «puede haberla». Los
s a c e rd o te s n o s ha n d i c ho q u e n o s o t ro s e s ta mo s h e c h o s a
imagen de Dios. ¿Cómo, entonces, puede existir «ahí» Vida
inteligente?"
Las estrellas recorrían sus órbitas infinitas, eternas, so-
b re n o s o t ro s . E l L a m a Mi ngy a r D o nd u p , s o n r ie nd o , b u s c ó
e n t re su s ve s tidu ra s y s acó una ca ja d e c e ril l as , u n au té n-
t i c o te s o ro q ue h a b í a s i d o tr a í d o d e l a I n d i a l e j a na . P a rs i -
moniosamente, extrajo una cerilla y la sostuvo entre sus
dedos.
—¡Voy a mostrarte la Creación, Lobsang! — dijo jo-
vialmente.
Después frotó la cerilla sobre la parte de la caja des-
tinada al afecto y me la mostró, convertida en una llama-
rada, entrando en la vida llena de fulgores. Entonces sopló
sobre ella y la apagó.
—Creación y disolución — dijo —. La cerilla encendi-
da emite millares de partículas que estallan y se alejan
unas de otras. Cada una de ellas es un mundo aislado y la
to ta l idad de eso s mundo s cons ti tu ye el Uni ve rso . Y e l U ni -
verso muere cuando la llama se extingue. ¿Puedes acaso
asegurarme que en esos mundos la vida no existe? — Le
mi ré va ci la n te, s i n sabe r qu é respo nde rle —. S i esos mun-
d o s e x i s t i e ra n, L o b s a ng , y h u b i e s e v i d a e n e l l o s , p a ra e s a
Vida, l a du ración de e sos mu ndos hab ría s ido d e millo nes
de años. ¿Somos "nosotros" solamente una cerilla que prende
de pronto? ¿Estamos aquí viviendo con nuestras alegrías
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y nuestras tristezas — ¡sobre todo, tristezas! — imaginando


que este mundo no terminará nunca? Reflexiona todo cuan-
to te he dicho y mañana seguiremos hablando.
Se puso e n p ie y a le jó de mi l ado . Al a traves a r la te rra-
za, tropecé y tuve que buscar a tientas la parte alta de la
escalera que conducía abajo. Nuestras escaleras son distin-
tas a las que se utilizan en el mundo occidental, ya que es-
tán hechas con un tronco en el que se han practicado di-
ve rs a s ra nu ras . P o r fi n en co n t ré l a p ri m er a ra nu ra , la se -
gunda y la tercera. Después, mi pie resbaló porque alguien
h ab ía d e r ra mado l a g r asa de u n a l ámpa r a. C a í ju n to a un
mo n tó n d e c os a s , v i e n d o má s "e s t re l l a s " d e l a s q u e ha b í a
en el cielo, provocando con ello las protestas de los monjes
que ya dormían. Una mano, surgiendo de la oscu ridad, me
a ses tó u n pu ñe tazo que hi zo qu e m is o ídos se ll en a ra n de
repiques de campanas. Me levanté con presteza, alejándome
e n bu sc a d e refu gio e n la os cu ridad p ro tec to ra . Co n e l ma-
yo r c u i d a d o , bu s q u é u n l u ga r d o nd e p o d e r d o rm i r, m e e n -
volví en mi manto y me abandoné a la inconsciencia del
sueño. Nada me molestaba ni interrumpía mi reposo. Ni el
rumor de los pasos apresurados, ni el ruido de las trompas,
ni el sonido de las campanas de plata.
La mañana estaba ya bastante avanzada, cuando fui
despertado por alguien que, con gran entusiasmo, me ases-
taba un puntapié tras otro. Medio dormido todavía, pude
ver la cara de un tosco "chela".1 "¡Despierta! ¡Despierta!
¡Por la Daga Sagrada, eres un perro perezoso!" Me dio
o t r a p a ta d a c o n fu e r z a . Y o c o g í s u p i e c o n g r a n ra p i d e z y
se lo retorcí. Cayó al suelo y sus huesos crujieron, mientras
gritaba: "¡El Superior! ¡El Superior! ¡Desea verte, estúpi-
do!" Asestándole otro puntapié para desquitarme de los
muchos que él me había propinado a mí, me ajusté el
m an to y m e ap re su ré . "¡ S in co me r n ada ! ¡S i n d es ayu na r! ",
murmuré. "¿Por qu é me mandan llamar precisamente en el
momento de la comida?" Recorrí rápidamente los intermina-
bles corredores, torciendo veloz las esquinas y estuve casi a
punto de provocar un ataque cardíaco a algunos monjes
1. Discípulo bajo la dirección de un "guru", o maestro. (N. del T.)
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 19

co n los qu e me c ru c é , p e ro co ns egu í l le gar a l a habi tac ió n


d e l Su p e ri o r e n m u y p o c o ti e m p o . L l e no de p re c i p i ta c i ó n ,
entré, me arrodillé ante él y le hice los saludos de rigor.
El Superior estaba leyendo cuidadosamente mi expe-
diente cuando, de pronto, escuché su risa a duras penas
contenida.
¡Bien! — dijo —. Un joven salvaje que se cae de
l a s rocas, engrasa la base de los zancos y produce más
conmoc i o n e s q u e l o s d e m á s d i s c í p u l o s . — S e i n t e r r u m p i ó
y me miró severamente —. Pero has estudiado bien,
extraordinar i a m e n t e b i e n . T u s d o t e s m e t a f í s i c a s s o n t a n
e l e v a d a s y estás tan avanzado en las enseñanzas, que voy a
hacer que recibas, especial e individualmente, la instrucción
del Gran Lama Mingyar Dondup. Ello presupone la
concesión de una oportunidad sin precedentes, gracias a las
órdenes expresas del Gran Santo. Preséntate ahora a tu Maestro, el
Lama.
Me despidió con un gesto de su mano y volvió a en-
f r a s c a rs e e n s u s p a p e l e s . Me s e n tí a l i v i a d o a l p e ns a r q u e
n i n gu n o d e m i s i n nu m e ra b l e s "p e c a d o s " h a b í a s i d o d e s c u -
bierto y me apresuré de nuevo. Mi Maestro, el Lama Min-
g ya r D o nd u p , m e e s t a b a e s p e ra nd o . C u a n d o e n t ré , m e o b -
servó atentamente.
¿Has desayunado ya? — me preguntó.
No, señor — respondí —. El Superior me
o r d e n ó q u e c o m p a re c i e r a a n t e é l , c u a n d o a ú n e s t a b a
d u rm i e n d o . ¡Tengo hambre!
El sonrió y me dijo:
¡Ah!, creo que tienes un aspecto lamentable,
c o m o si estuvieras enfermo y cansado. Vete a desayunar y
vuelve luego.
No fue p rec iso que insis tie ra. Es taba hambri e n to y eso
me resultaba muy molesto. Poco podía sospechar yo enton-
ces, a pesar de que ya me lo habían advertido, qu e el ham-
bre me perseguiría implacablemente durante muchos años.
Me repuse con un abundante desayuno, sintiendo mi es-
píritu más limpio ante la perspectiva de un trabajo difícil, y
regresé nu evamente con el Lama Mingyar Dondup. Cu ando
entré, él se puso en pie.
20 LOBSANG RAMPA

—Ven — me dijo —. Vamos a pasar una semana en el


Potala.
Le s egu í has ta e l ve s tíbu lo y s al imo s a un l u ga r donde
un monje sirviente nos estaba esperando con dos caballos.
O b s e rv é , c o n a i r e l ú gu b re , l a b e s t i a q u e m e ha b í a t o c a d o
e n s u e r te . El c a b a l l o p a re c i ó o b s e rv a rm e c o n u n a i re a ú n
más lú gub re , s egú n todo s los i nd ic ios , p ens ando de mí co-
s as peo res q ue la s qu e yo hab ía p en sado d e él . Mo n té con
el presentimiento de que mi fin era inminente. Los caballos
eran unas criaturas horribles, inseguras, temperamentales y
sin control. Montar era la más difícil de las habilidades
para mí.
Trotando sin prisas, descendimos por el sendero agreste
que parte de Chakpori. Después de atravesar el camino de
Ma ni Lak ha ng , de jamo s e l Pa rgo Kal i ng a nues tra d e recha
y alcanzamos, muy pronto, el pueblo de Shó, donde mi
Ma es tro d ec idió ha ce r u na bre ve p a rada . De spués as ce ndi -
mos con dificultad por los ásperos escalones del Potala. Su-
bir esos escalones a caballo constituye una penosa experien-
c i a . ¡ M i ma y o r p re o c u p a c i ó n e ra e v i t a r u na c a í d a ! Un a i n -
cesante multitud de monjes, lamas y visitantes subía y baja-
ba por la Escalera. Algunos se detenían para poder admirar
e l pa is aj e . O t ros , que hab ían co nse gu ido s e r rec ib idos po r
el D alai Lama en persona, meditaban tan sólo sobre esa en-
t r e v i s t a . A l f i n a l d e l a Es c a l e r a , n o s d e tu v i m o s y y o , a g ra -
de cid o p e ro s in l a me no r g ra ci a , m e b aj é d e l caba l lo . ¡Y e l
caballo , pob recillo , la nzó u n re li nc ho de dis gus to y me vol-
vió la grupa!
Seguimos ascendiendo, escalón tras escalón, hasta alcan-
zar el elevado lugar del Potala donde el Lama Mingyar
Dondup tenía, permanentemente, unas habitaciones reserva-
das cerca del Salón de las Ciencias.
El Salón de las Ciencias estaba lleno de aparatos extra-
ños procedentes de todos los países del mundo, pero los
aparatos más extraños eran precisamente los que procedían
del más remoto pasado. Por fin, alcanzamos nuestro pu nto
de destino y, por algún tiempo, tomé posesión de la que
entonces iba a ser mi habitación.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 21

D e sde m i ve n ta na , s i tu ad a en la s al tu ras de l Po ta la so-


lamente un piso más abajo que el que ocupaba el Dalai
Lama, podía contemplar la ciudad de Lhasa sobre el Valle.
E n l a l e j a n í a a p a re c í a l a G ra n C a t e d ra l ( Jo Ka n g) c o n s us
techos dorados y resplandecientes. El Camino Circular o
Lingkor se estrechaba a lo lejos, circundando completa-
me n te l a c i u da d d e L ha s a . E r a re c o r ri d o p o r l o s p i a d o s o s
peregrinos que llegaban allí para postrarse ante el altar del
Co noc im ie nto Ocu l to más g ra nde de l mundo . Yo me se ntí a
so rp rend ido ante la bue na sue r te de tene r u n ma estro ta n
m a ra v i l l o s o c o m o e l L a m a Mi n g ya r D o n d u p . Si n é l , yo h u -
biera sido un chela vulgar, un simple discípulo viviendo en
un oscuro dormitorio, en lugar de hallarme casi en el techo
del mu ndo. De pronto, tan súbitamente que no pude evitar
un grito de sorpresa, me sentí cogido por unos brazos vigo-
rosos que me levantaron en el aire. Escuché una voz pro-
funda que me decía:
— ¡ N o e s t á m a l ! To d o l o q u e s e t e o c u r r e p e n s a r d e t u
Maestro es que te ha traído a lo alto del Potala y que te
permite comer esos repugnantes dulces amasados y traídos
desde la India.
Ante mis disculpas, se reía y yo estaba demasiado cie-
go, o tal vez me sentía demasiado desconcertado para com-
prender que él conocía mi pensamiento. Por fin, me dijo:
—Estamos vinculados los dos. Nos conocimos muy
b ie n en e l cu rso de u na vida a n te rio r. Tú pose es todos l os
conocimientos acumulados en esa vida y sólo necesitas que
te ayuden a recordarlos. Ahora vamos a trabajar. Ven a mi
habitación.
Me ajusté el manto y recogí y guardé nuevamente mi
plato, qu e se me había caído mientras él me levantaba por
l o s a i re s . D e s p u é s me a p re s u ré a i r a l a ha b i ta c i ó n d e m i
Ma es tro . Él me invi tó a s enta rme y, cu ando me v io aco mo-
dado, me dijo:
—¿Has reflexionado ya sobre el tema de la Vida, des-
pués de nuestra conversación de anoche?
—Señor — respondí inclinando mi cabeza lleno de de-
saliento —. Sentía necesidad de dormir. Después, el Supe-
22 LOBSANG RAMPA

rior me mandó llamar. Luego, me mandaste llamar tú.


A continuación, fui a desayunar y, finalmente, volví de
nuevo contigo. En todo el día, no he tenido tiempo para
pensar en "nada".
Más tarde hablaremos de los efectos de la
a l i m e n t a c ión — me d i jo so n rie ndo —. Pe ro , e n p rime r
l ug a r, va mos a resumir nuestras conclusiones acerca de la Vida.
Guardó silencio unos instantes y cogió un libro escrito
en algún idioma extranjero. Ahora sé que era inglés. Vol-
vió sus páginas y, por fin, encontró lo que buscaba. Me en-
tregó el libro, abierto en una página ilustrada.
—¿Sabes lo que es esto? — me preguntó.
Contemplé las imágenes y, considerándolas muy corrien-
tes, intenté leer las palabras que había escritas debajo. Ca-
r e c í a n d e to d o s i g n i f i c a d o p a ra mí . L e d e v o l v í e l l i b ro y l e
dije en tono de reproche:
¡El Honorable Lama sabe que soy incapaz de
l e e r l o ! —Pero, ¿reconoces esas imágenes? — insistió.
¡Bueno, eso sí! Es tan sólo un Espíritu de la
N a t u r a leza que no se diferencia en nada de los que hay aquí.
A cada momento me sentía más sorprendido. ¿Qué es
lo que pretendía con todo aquello? El Lama abrió el libro
de nuevo y me dijo:
—Más allá de los mares hay un país lejano donde se
ha extingu ido la capacidad general para ver a los Espíritus
de la Na tu raleza . S i a lg uie n c ree ve r u n esp í ri tu e s ob je to
d e l a s b u rl a s d e l o s d e m á s e i n c l u s o e s a c u s a d o d e " te n e r
alucinaciones". Los occidentales no creen en las cosas a no
ser que puedan desmenuzarlas, o tocarlas con sus manos o
encerrarlas en una jaula. Los occidentales llaman duendes
o ha d a s a l o s E s p í ri tu s d e l a N a tu ra l e z a y , e n O c c i d e nte ,
nadie cree en los Cuentos de Hadas y de Duendes.
S u s p a lab ra s m e caus a ron aso mb ro i nf i ni to . Yo e ra ca -
pa z e n todo momen to d e ve r a los Esp í ri tus , cosa que con-
sideraba absolutamente natural. Sacudí mi cabeza como si
quisiera disipar las tinieblas que la oscurecían.
Como te dije la pasada noche — exclamó
Mingyar Dondup —, toda la Vida no es más que un
conjunto de
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 23

ráp ida s v ib raci ones de la mate ria que genera n c a rg as eléc-


t r i c a s , p o r q u e l a e l e c t ri c i d a d e s l a V i d a d e l a M a t e r i a . D e
la misma manera que la música tiene distintas octavas, ima-
g i n a q u e e l h o m b re m e d i o d e l a c a l l e v i b ra e n u n a e s c a l a
d e te rm i n a d a . E l l o q u i e re d e c i r q u e l o s E s p í r i tu s d e l a N a -
tu ra le za y l as A lm as vib ra rá n en un a e sca la má s e le vada .
Pero como el Hombre Medio vive, y piensa, y cree en una
octava solamente, ¡los seres que vibran en las otras escalas
resultan invisibles para él!
Yo palpaba mi manto reflexionando cuanto me decía. Y
todo aquello carecía para mí de sentido. Yo tenía la fa-
cu l tad d e ve r l as A lm as y los Esp í r i tu s de l a N a tu r al ez a y
de este hecho deducía qu e "todas" las personas podían ver-
las lo mismo que yo.
Tú puedes ver el aura psíquica de los seres
h u m a nos — me respondió el Lama, leyendo mi
p e ns a m i e n to — . P e ro l a ma yo r p a r t e d e l o s s e re s hu m a n o s
no p u e d e n . Tú ves los espíritus de la naturaleza y las almas.
Pero tampoco p u e d e n v e r l o s l a m a y o r p a r t e d e l o s s e r e s
humanos. Los niños pequeños también ven esas cosas
porque su juventud les hace más receptivos. Pero cuando
los niños crecen, las preocupaciones de la vida van
disminuyendo la agudeza de sus p e rc e p c i o n e s . En
O c c i d e n te , l o s n i ño s q u e c u e nt a n a su s p ad res qu e han
e s tado ju ga ndo co n lo s E sp í ri tu s , que han tenido a los
Espíritus como Compañeros de Juego, son c as ti gado s po r
men ti roso s o s e co nv ie rte n e n e l bl anco de l a s b u r l a s d e
los demás, que les atribuyen una "imaginación demasiado
viva". Y el niño queda resentido ante el trato que le dan
l o s m a y o r e s y , c o n e l t i e m p o , ¡ t e r m i n a convenciéndose a
sí mismo de que todo fue fruto de su imaginación! Gracias a
las enseñanzas especiales que has recibido, tú puedes ver a
los espíritus de la naturaleza y a las a l m a s . Y p o d r á s
s e g u i r v i é n d o l o s s i e m p r e , l o m i s m o q u e siempre podrás ver el
aura psíquica de los humanos.
Entonces — le pregunté —, los espíritus de la
n a t u raleza que cuidan de las flores, ¿son idénticos a nosotros?
Sí — replicó —, son idénticos a nosotros, aunque
c o n la pequeña diferencia de que vibran con mayor rapidez que
24 LOBSANG RAMPA

nosotros y de que las partículas de materia que los com-


po ne n e s tá n má s se pa rad as . Ésa es la razón de que te sea
posible pasar tu mano a través de ellos de la misma ma-
nera que puedes pasarla a través de un rayo de sol.
—¿Has "tocado"... quiero decir, has "cogido" alguna
vez un espíritu? — le pregunté.
—Sí, lo he hecho — me respondió —. Es posible ha-
cerlo si podemos incrementar el ritmo de nuestras propias
vibraciones. Voy a explicártelo.
Mi Maestro hizo sonar la campanilla de plata que le
h a b í a re g a l a d o e l Su p e r i o r d e u n a d e l a s má s n o ta b l e s l a -
maserías del Tibet. El monje sirviente, que nos conocía
bien, no nos trajo "tsampa", sino té de la India y esos pa-
necillos dulces traídos expresamente para el Sagrado Dalai
Lama, atravesando las altas cadenas montañosas, y que yo,
un pobre "chela", saboreé encantado. "Una merecida re-
compensa por haberte esforzado tanto en tus estudios",
como el Dalai Lama solía decir muy a menudo. El Lama
Mi ng ya r Do ndup hab ía reco rri do e l mu ndo e nte ro ta nto e n
e l p la no fís ico c omo en e l as tral . Su p red il ec ció n po r e l té
de la India constituía una de sus pocas debilidades. ¡Y era
ésta una debilidad que yo compartía de buena gana! Nos
s e n ta mo s l o s d o s c ó m o d a m e n te y , c u a n d o t e rm i n é m i s p a -
necillos, mi Maestro me dijo:
—Hace ya muchos años, cuando yo era joven, solía
e scap a rme de l Po ta la , ¡lo m is mo que tú acos tu mb ras a ha -
c e r a ho ra ! Un a d e e s a s v e c e s , c u a nd o l l e ga b a re t ra s a d o a
los Servicios Religiosos, con verdadero horror vi que un
co rp u l e n to Su p e rio r m e c e r ra b a e l p a s o . ¡É l p a rec í a te ne r
también mucha prisa! Era imposible evitar el encuentro.
Cuando estaba pensando en las excusas que iba a darle, me
tropecé con él. Él pareció estar tan preocupado como yo.
S i n e mb a r g o , yo s e n tí a ta n to m i e d o q u e s e gu í c o rr i e nd o y
conseguí no llegar tarde, bueno, no "demasiado" tarde.
Yo reía imaginándome al digno Lama Mingyar Don-
dup intentando "escabullirse". Él sonrió y prosiguió su his-
toria:
—Poco después, aquella noche, reflexioné mucho. Me
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 25

pregunté "por qué no podía tocar un espíritu". Cuando


m á s p e ns a b a e n e l l o , má s d e c i d i d o me s e n t í a a " i n te n ta r"
tocar uno. Hice mis planes cuidadosamente y leí cu anto de-
c í a n l o s E s c ri to s a n ti gu o s a c e rc a d e e s ta c u e s ti ó n . L l e gu é
incluso a consultar a un hombre muy, muy culto que viv í a e n u na
c u e v a s i t u a d a e n l o a l t o d e l a m o n ta ña . É l f u e e l q u e m e
e x p l i c ó m u c h a s c o s a s y m e m o s t r ó e l c a m i n o adecuado. Y
voy a contártelo todo porque está directamente re la cio nado
co n tu p regunta ac e rca de la po sib i lidad de tocar un
fantasma.
Se sirvió otro sorbo de té y se lo bebió antes de con-
tinuar:
—Como ya te he dicho, la Vida está compuesta por
una masa de partículas, de pequ eños mu ndos que recorren
sus órbitas alrededor de pequeños soles. El movimiento ori-
g i na u na su s ta nc ia qu e, a f a l ta d e un t é rm i no m ás ade cu a -
do, llamaremos "electricidad". Si nos alimentamos racio-
nalmente, podremos incrementar el ritmo de nuestras vi-
braciones. Una dieta eficaz, libre del lastre de las ideas
nocivas, sirve para mejorar nuestro estado de salud, aumen-
tando nuestro ritmo básico de vibraciones. Con ello nos
acercamos al ritmo de vibración del Espíritu.
Se i n te rrump ió y ence ndió un a va ril la f resc a de i nc ie n-
so. Al comprobar que ardía normalmente, pareció satisfe-
cho y centró su atención sobre mí nuevamente.
—El único objetivo del incienso es incrementar el rit-
mo de vibración del sector en que éste arde y el ritmo de
v i b ra c i ó n d e l o s q u e s e ha l l a n e n e s te s e c t o r . M e d i a nt e l a
u t il i zac ió n de l i n ci enso ad ecuado , ya que cad a c las e de in-
cienso tiene una vibración determinada, podemos conseguir
los resultados apetecidos. Durante una semana, me sometí
a u n a r í g i d a d i e t a q u e m e a yu d ó a a u m e n t a r e l r i t m o o l a
" f r e c u e nc i a " d e m i v i b r a c i ó n . Ta m b i é n e s a m i s ma s e m a na
h i ce qu e e n m i h ab i tac ió n a rd ie ra con t i nu am en t e e l i nc ien -
so apropiado. Al finalizar ese período de tiempo, casi había
conseguido "salir" de mí mismo. Sentía que, más que ca-
minar, flotaba y, al mismo tiempo, experimentaba cierta
dificultad en mantener mi doble astral dentro de mi cuerpo
26 LOBSANG RAMPA

físico. — Me miró y añadió sonriendo —: "¡Tú nunca te


hubieras sometido a una dieta tan rígida!" ("No — pensa-
ba yo —. Yo hubiera preferido tocar una buena comida
que tocar un buen espíritu".)
—Al finalizar la semana — prosiguió el Lama, mi
Maestro —, descendí hasta el Santuario Interior y quemé
aún más incienso rogando para que un espíritu viniera
a mí y me tocara. De pronto, sentí sobre mi hombro el
calor de una mano de amigo. Al volverme para ver quién
era el que turbaba mi meditación, sentí que mi cuerpo
temblaba de asombro dentro de mi manto, porque me di
cuenta de que me había tocado el espíritu de un hombre
"muerto" hacía ya más de un año.
El Lama Mingyar Dondup dejó de hablar de pronto y
l a n z ó u n a ru i d o s a c a rc a j a da r e c o rd a n d o a q u e l l a e x p e ri e n -
cia vivida en un pasado ya remoto.
—¡Lobsang! — dijo por fin —, el viejo Lama "muerto"
se burló de mí, preguntándome cuál había sido la causa de
mis inquietudes de entonces cuando, en realidad, para con-
seguir alcanzar los mismos objetivos me hubiera bastado
co n i n troduc i rm e e n lo a s tral . R eco no zco que me se ntí p ro-
fundamente humillado pensando que no se me había ocu-
rri do una so lu c ió n ta n se nc il l a . E n la a c tua l idad , co mo tú
sabes perfectamente, nos introducimos en lo astral para
poder hablar con los espíritus y con todos los seres de la
naturaleza.
— N a tu ra l m e n te , hablaste con él por telepatía — o b s e r-
vé —, pero yo desconozco qué explicación se puede dar a
l a t e l e p a t í a . S é q u e p u e d o h a c e r l o , p e r o ¿ "c ó m o " l o h a g o ?
—¡Me planteas las cuestiones más difíciles, Lobsang!
— dijo mi Maestro riéndose —. Las cosas más sencillas son
las que se explican con mayor dificultad. Dime cómo po-
d r í a s e x p l i c a r e l s i m p l e p r o c e s o d e l a re s p i r a c i ó n . T ú r e s -
piras. Todos lo hacemos, pero ¿cómo explicar ese proceso?
Asentí de mala gana. Yo sabía que me pasaba la vida
haciendo preguntas, pero ésta era la única forma de poder
comprender las cosas que desconocía. La mayor parte de
los "chelas" estaban libres de tales preocupaciones y, mien-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 27

tras no les faltaba su alimento diario y poco trabajo que


hacer, se sentían satisfechos. Pero yo deseaba algo más,
aspiraba a "saber".
—El cerebro — dijo el Lama — es como un aparato de
radio, como el invento que utilizaba aquel hombre llamado
Marconi para enviar mensajes sobre los océanos. El com-
plejo de partículas y cargas eléctricas que componen un ser
huma no es tá do tado de un i mpu lso el éc tri co , sem ej ante a l
de la radio, mediante el cual el cerebro determina los actos
e n c a d a m o m e n to . S i u n a p e r s o n a p i e n s a e n m o v e r u n ó r -
ga no , la s co rrie n te s el éc tri cas c i rcu la n a tra vés de lo s ner-
vios correspondientes con el objeto de galvanizar los múscu-
los para que lleven a cabo la acción deseada. Lo mismo su-
cede cuando una persona piensa: el cerebro — hoy sabe-
mos que su origen está en la parte superior del espectro
m a g n é t i c o — e m i te o nd a s e l é c t r i c a s y h e r t z i a na s . E x i s t e n
instrumentos detectores de esas radiaciones que pueden in-
cluso clasificarlas en lo que los científicos occidentales lla-
man rayos alpha, beta, delta y gamma.

Asentí parsimoniosamente. Yo había oído hablar de


ello a los médicos lamas.
—Pues bien — prosiguió mi Maestro —, las personas
sensibles son capaces de captar esas radiaciones y de com-
p re nde rla s tamb ié n. Yo leo tus pe nsa mi entos y, s i tú lo i n -
te n ta s , pod rás l ee r los míos . Cu a n to m ayo r e s l a s impa tía y
la armonía existente entre dos personas, más fácil es para
cada una de ellas leer los pensamientos de la otra, porque
los pensamientos son tan sólo radiaciones cerebrales. De esa
forma, conseguimos la telepatía. Los hermanos mellizos
e s tá n a me nud o comp le t ame n te co mu n ic ad o s e n t re sí tel e-
pá tic ame n te . Los he rma nos ge melo s , e n qu e e l c e reb ro d e
cada uno de ellos constituye una réplica exacta del cerebro
del otro, están tan vinculados entre sí telepáticamente que
muy a menudo es difícil determinar cuál de los dos es el
que ha sido la causa de cada pensamiento.

—Respetado Maestro — le dije —, como tú sabes, soy


capaz de leer la mayoría de las mentes. ¿Cuál es la razón
28 LOBSANG RAMPA

de ese poder? ¿Es acaso un poder concedido a mu chas per-


sonas?
—Lobsang — respondió mi Maestro — tú estás espe-
cialmente dotado y has sido adiestrado para poder hacerlo.
Tu s p o d e re s h a n s i d o fo m e nt a d o s p o r to d os l o s m é to d o s a
nuestro alcance, porque tienes asignada una misión difícil
qu e te nd rá s qu e cu mp l i r e n e l f u tu ro . — I n c li nó su c ab ez a
s o l e mn e m e n te — . Se t ra ta d e u na ta re a r e a l m e n te a rd u a .
E n l o s t i e m p o s a n ti gu o s , Lo b s a n g , l a H u m a ni d a d te ní a e l
poder de comunicarse telepáticamente con el mundo ani-
mal. En el fu turo, cuando la Humanidad comprenda que la
guerra es una locura, ese poder será recuperado. Entonces
el Hombre y el Animal caminarán en paz, juntos de nuevo,
sin sentir el deseo de dañarse uno a otro.
Un gong resonó varias veces debajo de nosotros. Des-
pués escuchamos el toque de trompas y el Lama Mingyar
se puso en pie rápidamente y me dijo:
—Debemos apresurarnos, Lobsang. Los Servicios del
Templo están empezando y el Sagrado Dalai Lama en per-
sona estará allí.
Yo también me levanté inmediatamente, me ajusté el
man to y se gu í p resu roso a mi Maes tro , qu e se a le jaba por
e l co rredo r a toda p risa , h asta ta l pu n to que c as i ya h abía
desaparecido.
CAPÍTULO II

1 F.1 Gran Templo parecía estar vivo. Desde mi lu gar privi-


legiado, en la parte más alta del edificio, podía
m i r a r hacia abajo y contemplarlo en toda su extensión. A
primera h o r a d e l a m a ñ a n a , m i M a e s t r o , e l L a m a
M i n g y a r y y o lo habíamos visitado en una misión
e s p e c i a l . E n a q u e l l o s momentos, el Lama estaba encerrado
con un alto dignatario y y o — l i b re p a ra v a g a b u n d e a r —
h a b í a d e s c u bi e r to a q u e l lugar de observación de los
sacerdotes, entre las poderosas vigas que soportaban el peso
del techo. Deambulando por el corredor que conducía a la
terraza, descubrí la puerta y me h a b í a a t r e v i d o a e m p u j a r l a
y a a b r i r l a . C o m o n o e s c u c h é ni ngú n g ri to de p ro tes ta
de spués d e hac e rlo , d ec idí ec ha r u na mirada al interior. No
había nadie. Por eso, entré. Era una pequeña habitación de
roca, una especie de celda construida en la piedra de los
mu ros del Templo. D etrás de mí, estaba la pequeña puerta de
madera; a ambos lados, muros d e p i e d r a y , a n t e m í , u n
a n a q u e l t a m b i é n d e p i e d r a , d e unos tres pies de altura.
A vancé silenciosamente y me arrodillé de tal forma que
solamente mi cabeza sobresalía del anaquel. Al contemplar
la sombría oscu ridad del Templo allá abajo, me sentí como
un Dios contemplando desde los Cielos a los viles mortales.
Fuera del Templo, el crepúscuo de púrpura se trocaba poco a
p o c o e n o s c u r i d a d . Lo s ra y o s p o s t re ro s d e l s o l p o n i e n t e
iban disipándose detrás de las montañas nevadas, lanzando
iridiscentes ráfagas de luz sobre los perpetuos copos de nieve
que caían desde los picachos más altos.
30 LOBSANG RAMPA

L a o s c u r i d a d d e l Te m p l o s e d e s v a n e c i ó e n a l g u n o s l u -
gares, acentuándose en otros, gracias a centenares de vaci-
lantes lámparas de grasa. Las lámparas brillaban como
pu ntos de lu z do rad a , esp a rci e ndo su re spla ndo r e n to rno a
sí mismas. Me parecía que las estrellas estaban debajo de m í
e n l u ga r d e b ri l l a r s o b r e m i c a b e za . Un a s s o m b ra s f a n -
tásticas se deslizaban silenciosas entre las poderosas colum-
nas . Somb ra s qu e e ra n a v ec es fi na s y ala rgad as y , o tra s ,
pe que ñas y como a ga zapad as , pe ro si emp re gro tesc as y ex -
trañas, como consecuencia de esa iluminación irregular que
confiere apariencia sobrenatural a lo natural y convierte lo
extraño en algo indescriptible.
Al mirar hacia abajo, sentí la sensación de hallarme en
un extraño plano astral donde se confundían los testimonios
de mi vista y de mi imaginación. Sobre el suelo del Templo
flotaban las nubes azules del incienso, elevándose sucesiva-
mente y obligándome a imaginar, aú n con mayor fu erza, el
trono de un Dios que contemplara, allá abajo, la Tierra
rodeada de nubes. Las nubes de incienso ascendían en sua-
ves y concretos torbellinos desde los incensarios que agi-
taban los "chelas", jóvenes y piadosos. En silencio y con el
rostro impasible, recorrían el Templo en todas direcciones.
Siguiendo sus idas y venidas, un millón de puntos luminosos
brotaban de los incensarios dorados, lanzando brillantes
t o r r e n t e s d e l u z . D e s d e m i p ri v i l e g i a d o p u e s t o d e o b s e r v a -
c ió n , podí a mira r ha ci a aba jo y co n temp lar e l ful go r ro jiz o
del incienso, mecido por la brisa que, en algunos momen-
tos, parecía estallar en llamaradas más intensas, agonizand o
en lluvias centelleantes y purpúreas de ceniza. Corno
revitalizado, el humo ascendía después en compactas co-
l u m n a s a z u l e s a b ri e n d o s e nd e ro s d e n i e b l a e n to rn o a l o s
"chelas". Proseguía su ascensión y formaba nubes cam-
biantes y nuevas en el interior del Templo. Se arremolinaba y
g i ra b a , m e c i do p o r l a s s ú ti l e s c o rr i e n te s d e a i re q u e g e -
neraba el movimiento de los monjes. Y tenía una apariencia
de ser viviente, de criatura apenas entrevista que respiraba y
se agitaba en el sueño. Durante unos instantes, lo con-
templaba todo como hipnotizado, con la sensación de ha-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 31

llarme dentro de un ser vivo, de cuyos órganos percibía las


sacudidas y las oscilaciones, escu chando los latidos de su
cuerpo y de su propia vida.
A través de las tinieblas, a través de las nubes formadas
por el humo del incienso, veía las apretadas filas de los
lamas, de los ascetas y de los "chelas". Con las piernas cru-
z ada s , se ntados en e l su elo , s e a golp aba n e n hi le ras i nter -
m i n a b l e s h a s ta d e s a p a re c e r p o r c o m p l e to e n l a o s c u r i d a d
de los últimos rincones del Templo. Con sus mantos, corres-
p o n d i e n te s a to d o s l o s ó rd e ne s , c o n s t i tu í a n u n a tú n i c a v i -
viente y ondulante bordada con los colores acostumbrados.
Oro, azafrán, rojo, marrón y algunos puntos aislados de
gris pálido. Todos los colores parecían estar vivos, mezclán-
dose unos con otros de acuerdo con los movimientos que
hacían los que los vestían. En la parte más avanzada del
Templo, estaba sentado el Sagrado, el Profundo, la Décimo-
t e r c e ra E n c a r n a c i ó n d e l D a l a i L a m a , l a P e r s o n a m á s v e n e -
rada del mundo budista.
Durante unos instantes, lo observé todo, escuchando el
cántico de los lamas a cuyas voces servía de contrapunto la
voz aguda y joven de los "chelas". Vi que las nubes de in-
c ie nso v ib rab an al u ní so no co n o tr as v ib rac io nes m ás p ro -
fu ndas. Las luces palidecían a ratos en la oscu ridad, reani-
m á nd o s e l u e g o , y e l i n c i e ns o s e e x t i n g u í a y s u rg í a nu e v a -
mente trocándose en una lluvia de chispas rojizas. El servi-
cio religioso seguía su curso y yo, allí arrodillado, lo con-
templaba todo. Observaba la danza de las sombras qu e cre-
cían y morían proyectadas sobre los muros y miraba los
temblorosos puntos de luz hasta que casi perdía la concien-
cia del lugar donde me hallaba y de lo que allí estaba
haciendo.
Un lama anciano, encorvado por el peso de los años
que sobrepasaban en mucho los límites normales de la edad
de los hombres, se agitaba parsimoniosamente ante sus her-
manos de Orden. En torno su yo, con varillas de incienso y
l á m p a ra s p o r tá ti l e s , s e m o v í a n, a te n to s , l o s a s c e ta s . D e s -
pué s de i ncl i na rse an te el Pro fu ndo , vo lv ié ndos e co n l enti -
tud para hacer su saludo ritual a los Cuatro Rincones de la
32 LOBSANG RAMPA

Tierra, se enfrentó con la multitud de los monjes congrega-


dos en el Templo. Con una voz sorprendentemente vigorosa
en un hombre tan anciano, entonó el siguiente canto:

Escucha la Voz de nuestros Espíritus.


Éste es el mundo de la Ilusión.
L a v id a te rr en a e s sol ame n te un su eño [p arp ad eo.
que, comp ar ado con l a V id a E tern a, no es más que un
Escuchad la Voz de nuestros Espíritus, vosotros, todos los
[que os sentís abandonados.
Esta vida de Tinieblas y de Sufrimientos se terminará
y la Gloria de la V id a E terna seguirá ilumin ando a los
[justos.
—Que enciendan la primera mecha de incienso para
que su luz pueda orientar a un Espíritu solitario.
Un asceta avanzó unos pasos e hizo una reverencia ante e l
Profundo. Después, lentamente, saludó también a los
C u a t r o R i n c o n e s d e l a Ti e r r a . E n c e n d i ó u n a v a r i l l a d e i n -
cienso y, volviéndose de nuevo, la mostró a los Cuatro Rin-
co n e s . La s vo c e s p ro f u n d a s p ro r ru mp i e ro n o t ra ve z e n u n
cántico, apagándose luego, junto con las voces agudas de los
"chelas". Un gigantesco lama recitó algunos Pasajes, mar-
c ándo los so lem ne me nte med ia nte el ta ñido d e u na C a mpana
de Plata, con un vigor inusitado que, sin ningún género d e
dudas, estaba determinado por la presencia del Pro-
fundo. Al quedar todo en silencio, miró atentamente en
torno suyo para comprobar si su actuación había conse-
guido la aprobación de todos.
El lama anciano se adelantó de nuevo y se inclinó ante e l
P ro fu nd o y a nt e l a s E s ta c i o n e s . O t ro a s c e t a , d o mi na d o po r
u na e no rme an s iedad , ca usad a si n dud a po r la p re se nc i a
del Jefe del Estado y de la Religión, pidió a los allí
reunidos que prestaran la mayor atención. El lama anciano
entonó otro cántico.

Escucha la Voz de nuestros Espíritus.


Éste es el mundo de la Ilusión.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 33

La Vida de la Tierra constituye una Prueba


destinada a purificarnos de nuestras miserias y de nuestras
desmesuradas ambiciones.
Vosotros, todos los que dudáis, escuchad la Voz de vuestras
almas.
Muy pronto se desvanecerá el recuerdo de la Vida sobre la
Tierra y, entonces, alcanzaremos la Paz y terminarán
nuestros
sufrimientos.

—Que enciendan la segunda varilla de incienso para


que su luz pueda orientar a los Espíritus sumidos en la
duda.
Debajo de mí, el cántico de los monjes volvió a sonar
de nuevo, extinguiéndose después, mientras el asceta encen-
día la segunda varilla y practicaba sus reverencias rituales
ante el Profundo y en dirección a los Cuatro Rincones. Los
mu ros del Templo parecían alentar y vibrar al unísono con
l o s c á n ti c o s . E n t o r no a l l a m a a nc i a no , s e a g r u p a b a n l a s
formas fantasmagóricas de los que habían abandonado esta
vida, hacía poco tiempo, sin la debida preparación, viéndose
por ello obligados a caminar errantes, solos y sin nadie que
guiara sus pasos.
Las sombras temblorosas se agitaban y se retorcían
como almas en pena. Mi propia conciencia, lo mismo que
mis percepciones e incluso mis sentimientos, fluctu aba en-
tre dos mundos . En u no d e e l los , se guí a co n u na a te nc ió n
extática los Servicios Religiosos que estaban celebrando
a b a j o e n e l Te m p l o . En e l o tr o , c o n te m p l a b a "l o s m u nd o s
tangenciales" donde las almas de los que habían muerto re-
cientemente temblaban de temor ante el milagro de lo Des-
conocido. Espíritus aislados, dominados por la angustia,
pe rd idos e n las tinieb la s, l lorab an de te rror y de so led ad.
Separadas unas de otras, separadas de las demás como
consecuencia de su escepticismo, se habían quedado parali-
zadas como un yak atrapado en una inmensa ciénaga. Y el
cántico del lama anciano, su Invitación, llegaba hasta "los
mundos tangenciales", cuya impenetrable oscuridad que-
34 LOBSANG RAMPA

daba atenuada levemente por la azulada luz de los Espíritus


de los muertos.

Escucha la Voz de nuestro Espíritu.


Éste es el inundo de la Ilusión.
De igual manera que el Hombre muere en la Gran Realidad
[para poder nacer sobre la Tierra,
el Hombre debe también morir sobre la Tierra
para poder nacer nuevamente en la Gran Realidad.
No existe la Muerte sino tan sólo el Nacimiento.
Los dolores de la Muerte son los tormentos del
AlumbraMiento.

Que se encienda la tercera varilla de incienso con el objeto


de que pueda orientar a un alma atormentada. Una orden
telepática alcanzó mi conciencia.
¿Dónde estás, Lobsang? ¡Ven inmediatamente!
Haciendo un gran esfuerzo, conseguí regresar a "este"
mundo. Mis pies estaban entumecidos. Me levanté vacilante y
atravesé la puerta a toda prisa. Envié un mensaje mental a mi
Maestro: "Ya voy, Respetado Señor". Pasé restregándome los
ojos por el Templo lleno de calor y de humo y, después, me
sentí refrescado con el aire nocturno y seguí caminando, subiendo
hasta la habitación contigua a la puerta principal, donde mi
Maestro me esperaba. Él sonrió al verme.
¡Pero, Lobsang! — exclamó —. ¡Parece que hayas visto un
fantasma!
—He visto varios, señor — le respondí.
—Esta noche nos quedaremos aquí, Lobsang — dijo el
Lama —. Y mañana iremos a consultar el Oráculo del Estado.
La experiencia te resultará interesante. Pero ahora debemos
comer primero y, después, dormir.
Comí lleno de preocupación, pensando en lo que había
visto en el Templo, preguntándome "por qué" era éste "el
M u nd o d e l a I l u s i ó n " . Te r m i n é rá p i d a m e n te m i c e n a y me
retiré a la habitación que me habían asignado. Me envolví
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 35

en mi manto, me acosté y me dormí en seguida. Durante


toda la noche, mi sueño estuvo plagado de pesadillas e im-
presiones extrañas.
Soñé que estaba despierto, sentado y que llegaban hasta
mí, como el polvo de una tormenta, grandes esferas de
" a l go " d e s c o n o c i d o . A p a re c i e r o n a l o l e j o s c o m o p e q u e ña s
manchas y fueron creciendo poco a poco hasta convertirse
en globos de todos los colores. Cuando alcanzaron el ta-
maño de una cabeza humana, se acercaron, alejándose des-
pu é s p re cip i tada me nte . E n m i su e ño — ¡si e s qu e fue rea l-
mente un sueño! — me resultaba imposible volver la ca-
beza para ver hacia dónde habían ido. Sólo veía esas es-
feras que nunca terminaban, que surgían de algún lugar
desconocido y que cruzaban velozmente junto a mí, hacia...
¿alguna parte? Me sorprendió extraordinariamente que nin-
guna de aquellas esferas chocara con mi cuerpo. Tenían
una apariencia sólida au nqu e, a mi juicio, carecían de sus-
tancia. De pronto, de una forma tan horriblemente re-
pentina que me desperté sobresaltado, escuché una voz que
dijo a mis espaldas:
—A cabas de ver l os mu ro s fi rm es y só lido s del Te mplo
como los ven los Espíritus.
Sentí un estremecimiento de terror. ¿Acaso estaba
"mu e rto "? ¿Me hab ía muerto m ie ntras do rmía? Pero , ¿po r
qué preocuparse ante la "muerte"? Yo sabía que lo que
llamábamos muerte era tan sólo un renacimiento. Me acosté
otra vez y el sueño se apoderó de mí nuevamente.
E l m u n d o e n te r o te mb l a b a , c r u j í a y s e d e s p l o m a b a d o -
minado por la locura. Asustado, me incorporé creyendo que
el Templo se estaba derrumbando. Era una noche lóbrega,
i lu mi nad a t an só lo p o r e l bri l lo fa n tas ma l d e l as es t r el la s
que lanzaban desde lo alto débiles simulacros de lu z. Miré
f i j ame n te ant e m í y e l m iedo e r i zó m is c abe l lo s . Es tab a p a -
r a l i z a d o . Me re s u l t a b a i m p o s i b l e mo v e r u n s o l o d e d o y l o
más terrible era que el mundo crecía vertiginosamente. Las
suaves piedras de los muros adquirieron una apariencia
tosca y se convirtieron en rocas porosas como las de los
volcanes extinguidos. Se agigantaban los orificios de las pie-
36 LOBSANG RAMPA

dras y pude darme cuenta de que estaban pobladas por


criaturas de pesadilla, como las que había visto con el gran
microscopio alemán del Lama Mingyar Dondup.
El mundo seguía creciendo y aquellas horribles cria-
tu ra s adqu iriero n un tamaño in menso , alcanzando po r fin
tan vastas dimensiones que hasta podía distinguir "sus"
poros. Y mientras el mundo crecía y crecía incesantemente,
comprendía que, al mismo tiempo, yo disminuía y disminuía
de tamaño. Me di cuenta de que se había desencadenado
u na temp es tad d e a re na . D e t r ás d e m í ru gí a el v ie nto , s in
embargo ni un solo grano de arena llegó a tocarme. Rápi-
da me nte , tamb ié n la s a re nas e mpe za ro n a c re ce r. Al gu na s
a lc an za ro n e l t a ma ño d e u na c ab e z a hu m a na , o t ra s las di -
mensiones del Himalaya. Pero ninguna me rozó siquiera. Y
s i g u i e r o n c r e c i e n d o y c r e c i e n d o h a s t a q u e p e r d í e l s e n ti do
de l tam año , has ta qu e perd í el s entido de l tie mpo . En
sueños, me parecía flotar entre las estrellas, frío e inmóvil,
mientras las galaxias pasaban a mi lado vertiginosamente y
s e d e s v a n e c í a n a l o l e j o s . N u n c a s a b ré c u á n to t i e m p o pe r-
m a ne c í a s í . Me p a r e c í a t o d a u n a e t e r ni d a d . A l c a b o d e u n
largo, muy largo, período de tiempo, una galaxia inmensa,
un grupo infinito de Universos se precipitaron directamente
contra mí. "¡Todo se ha terminado!", pensé caóticamente
c o n f o r m e a q u e l l a m u l t i t u d d e m u n d o s s e m e i b a a c e r c a n do,
preñados de amenazas.
—"¡Lobsang! ¡Lobsang! ¿Te has marchado a las Pra-
deras del Cielo?" La Voz sonaba retumbando por todo el
U ni v e rs o , r e b o t a n d o d e m u n d o e n m u n d o . . . y m u l ti p l i c á n -
dos e e n eco s sob re lo s mu ros d e pi ed ra de mi c ua rto . Ab rí
los ojos con dificultad e intenté abarcarlo todo en el campo
de m i v is ión . Sob re m í hab ía u n en ja mb re de b ri l la ntes e s-
trellas a las que creí reconocer. Y aquellas estrellas fueron
desvaneciéndose poco a poco hasta ser sustituidas por com-
pleto por el rostro bondadoso del Lama Mingyar Dondup.
Suavemente, me sacudía. La clara luz del sol iluminó mi
habitación. En uno de sus rayos, el polvo flotaba tenue-
mente y se vestía con todos los colores del arco iris.
—La mañana está muy avanzada, Lobsang. Te he per-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 37

mitido que durmieras, pero ahora es preciso que comas


algo. Luego proseguiremos.
M e l e v a n t é c o n d i f i c u l t a d . A q u e l l a m a ñ a n a , m e s e n tí a
"fuera de mí". Me parecía que mi cabeza era desmesura-
d a m e n te g ra nd e e n c o m p a ra c i ó n c o n e l re s to d e l c u e rp o y
mi mente seguía aún agitada con los "sueños" de la noche.
Envolví en la parte delantera de mi manto mis exiguas pro-
piedades y abandoné mi habitación, en busca de nuestro ali-
mento básico, el "tsampa". Descendí la escalera, agarrán-
dome al mástil con todas mis fu erzas para no caerme. Abajo,
los monjes cocineros haraganeaban ociosos.
He venido para que me deis algo de comida —
d i j e con la mayor suavidad.
¿Comida? ¿A estas horas de la mañana? ¡Vete
d e aquí! — vociferó el jefe de los cocineros.
Me agarró, pero cuando iba a golpearme, otro de los
monjes le susurró al oído:
¡Es el que está con el Lama Mingyar Dondup!
El jefe de los cocineros dio un salto, lo mismo que si
hubiera recibido el picotazo de un tábano, dirigiéndose des-
pués a su ayudante.
¡Bien! ¿Qué esperas? ¡Sirve su desayuno al señor!
E n c i rc u ns ta n c i a s n o rm a l e s , hu b i e ra te n i d o u na c a n t i -
dad suficiente de cebada en mi bolsa de cu ero. "Todos" los
m o n j e s l a l l e v a n s i e m p re c o n s i go , p e r o , c o m o é ra m o s v i s i -
tantes, todas mis reservas se habían agotado. Los monjes,
independientemente de que fueran "chelas", ascetas o la-
mas, llevaban siempre la bolsa de cuero y la escudilla donde
p o d e r c o m e r l a . La c o m i d a p r i n c i p a l d e l . Ti b e t e s t a b a c o m -
p u e s ta d e " ts a m p a " , té y m a n te c a . S i e n l a s l a m a s e rí a s t i -
betanas existieran menús impresos, figuraría solamente una
palabra: "¡tsampa!".
L ev eme nte reco n fo rtado d espué s de l a com ida , vo lv í de
nuevo junto al Lama Mingyar Dondup y nos dirigimos a
caballo hacia la lamasería del Oráculo del Estado. No ha-
blamos durante todo el trayecto y mi caballo trotaba de una
forma tan especial que necesitaba concentrar toda mi aten-
ción sobre él para no caerme. A nuestro paso por Lingkor
38 LOBSANG RAMPA

Road , los pe reg ri nos , dá ndose cue nta de l al to g rado d e mi


Maestro por sus vestiduras, le pedían que los bendijera.
Cuando recibían su bendición, seguían su camino por el
C i rcu i to Sag rado , co nv encidos d e qu e s e hal l aba n y a a mi-
tad del camino de su salvación. Nuestros caballos nos lleva-
r o n p ro n t o a t r a v é s d e l B o s q u e d e l o s S a u c e s y , d e s p u é s ,
s i g u i e r o n t ro t a n d o a l o l a r g o d e l c a m i n o d e r o c a s q u e c o n -
duc ía a l a Mans ión d el O rácu lo . Ya en el pa tio , los mo nj es
s i rv ie n te s s e hi c ie ro n ca r go d e los animal es y yo , l le no d e
satisfacción, pude poner mis pies sobre la tierra nueva-
mente.
El lugar estaba abarrotado de gente. Para asistir al acto,
los lamas más importantes habían acudido desde todos los
rincones del país. El Oráculo iba a ponerse en comunica-
ción con los Poderes que rigen el mundo. Por decisión es-
pecial del Profundo, siguiendo sus órdenes expresas, yo
t a m b i é n d e b í a e s t a r p re s e n te . N o s mo s t ra r o n e l l u ga r q u e
nos habían asignado para dormir. Yo tenía que hacerlo
junto al Lama Mingyar Dondup, y no en el dormitorio
c o m ú n d e l o s " c h e l a s " . A l p a s a r c e r c a d e u n p e q u e ño t e m -
plo, situado dentro del edificio principal, escuché las si-
guientes palabras:

Escucha la Voz de nuestros Espíritus.


Éste es el Mundo de la Ilusión.

—Señor — pregunté a mi Maestro cuando quedamos


solos —. ¿Qué significa eso del "Mundo de la Ilusión"?
Verás — respondió, mirándome sonriente
—. ¿Qué " es " lo r ea l? Si t o c as es t e mur o , tus d edos no
pu ed en a t rav es a r la p ared . De e llo d edu ces que e l mu ro e s
a l go sól ido q ue n o p u e d e s e r p e n e t ra d o . E n e l e x t e r i o r , l a
m u ra l l a d e mo n t a ñ a s d e l H i m a l a y a e s t a n s ó l i d a c o m o s i
f u e r a l a c o lumna vertebral de la Tierra. Pero un Espíritu , o
tú mismo si te introduces en lo astral, puedes moverte
libremente, con l a m i s m a f a c i l i d a d c o n q u e t e m u e v e s e n e l
e s p a c i o , a t ra vés de las rocas de las montañas.
Pero ¿cómo es esa "ilusión"? — le pregunté
—. La
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 39

pasada noche tuve un sueño que "era" realmente una ilu-


sión. ¡Sólo al recordarlo, siento que me pongo lívido!
Mi Maestro, con infinita paciencia, me escuchó. Y cuando
terminé de relatarle mi sueño, me dijo:
— V o y a h a b l a r t e d e l M u n d o d e l a I l u s i ó n . P e r o t o d a vía
no, porque ahora debemos visitar el Oráculo.
El Oráculo del Estado era un hombre extraordinaria-
mente joven, delgado, de aspecto enfermizo. Fui presentado a
él y su mirada penetrante pareció introducirse dentro de m í
m ie ntra s m i co lum na ve rtebra l vib raba como reco rrida por
un temblor de miedo.
—Sí, eres tú — dijo —. Te he reconocido en seguida.
Estás dotado del poder interior y alcanzarás también la sa-
biduría. Más tarde, hablaré contigo.
Mi querido amigo, el Lama Mingyar Dondup, pareció
estar satisfecho de mí.
—Siempre sales airoso de todas las pruebas a que te
sometemos, Lobsang — me dijo —. Ven conmigo. Nos re-
tiraremos al Santuario de los Dioses. Tenemos que hablar. —
Me so nre ía mie ntra s nos al ejáb amos — . Lobs an g — a ñ adió —
, trataremos acerca del Mundo de la Ilusión.
E l Sa n tu a ri o e s t a b a d e s i e r to , c o m o y a m e h a b í a a d v e r-
tido mi Maestro. Las lámparas ardían temblorosas ante las
Imágenes Sagradas confiriendo movimiento a sus sombras
que parecían agitarse y saltar en una danza exótica. El humo
del incienso se alzaba en espirales sobre nosotros. Nos sen-
tamos, uno al lado del otro, junto al atril donde el lector
recitaría los pasajes de los libros sagrados. Adoptamos una
a c ti tud d e co nte mpl ac ión , c ru za ndo nu es tra s pi e rnas y en-
trelazando nuestros dedos.
— És te es e l Mu ndo de la I lu s ió n — d i jo mi Ma es tro —. Y
s i i nvo camo s a los "Espí ri tus " pa ra que nos es cuc he n es
porque sabemos que ellos se sienten solitarios en el Mundo
de la Realidad. Tú sabes perfectamente que decimos: Es-
cucha la Voz de nuestros Espíritus, en lugar de decir: Escu-
c ha l a V o z d e nu e s t ro s C u er p o s . A ho ra b i e n , a ti e nd e a l o
q u e v o y a d e c i r t e s i n i n te r ru m p i rm e p o rq u e e l l o e s e l fu n -
damento de nuestra Creencia Intima. Como te explicaré
40 LOBSANG RAMPA

de spués , las pe rson as qu e no h an e volu cionado su fic ie nte -


m ente deb en te ne r a n te todo u na f e que l es sos ten ga , qu e
les ayude a creer que un Padre o una Madre vela por ellos.
Ta n s ólo cua ndo se al ca nz a u n g rado adecuado de d esa rrollo
espiritual es posible aceptar lo que voy a revelarte.
Contemplé a mi Maestro pensando que él era para mí el
mundo entero y deseé fervientemente que pudiéramos
permanecer siempre juntos.
—Nosotros somos — dijo — criaturas del Espíritu. So-
mos cargas eléctricas con inteligencia. Este mundo, esta
vida es el Infierno, un lugar de prueba donde nuestro Es-
p í r i tu s e v a p u ri f i c a n d o p o c o a p o c o a t ra v é s d e l d o l o r d e
aprender a controlar la grosera carne que compone nuestro
cu e rpo . Nue s tro cue rpo ca rn a l e s d i rigido por u nos cab les
eléctricos qu e tienen su origen en la parte superior de nos-
otros mismos, en nuestro Espíritu, de la misma manera que
u n t í te re es co n t ro lad o p o r lo s c a b l e s qu e e l t i t i ri te ro m a -
neja hábilmente. Un titiritero bien adiestrado puede propor-
cionar la ilusión de que los muñecos que él mueve están do-
tados de vida y voluntad propia para determinar sus actos.
De idéntica manera, hasta que no conseguimos conocer
exactamente la esencia de las cosas, "nosotros" tenemos
cierta tendencia a creer que nuestro cuerpo carnal es lo
ú ni co qu e t ie ne r ea lme n te imp o r t an ci a . La a tmós fe ra de la
Tierra estrangula el Espíritu y, por ello, olvidamos nu estra
Alma que es la que en realidad nos controla. Pensamos,
e nto n c e s , q u e a c tu a m o s l i b r e me n t e , e n v i r tu d d e n u e s t r a
v o l u n ta d c o n s c i e n t e . Y d e e s a f o r m a , L o b s a ng , n o s v e m o s
atrapados por nuestra primera Ilusión que es la que nos in-
duce a creer que lo más importante para nosotros es el
títere de nuestro cu erpo de carne. — Se interrumpió al dars e
c u e n t a d e m i g e s t o d e p e r p l e j i d a d — . B u e n o — m e p r e guntó
—, ¿qué es lo que te sucede ahora?
—Señor — le respondí —. ¿Dónde están mis cables eléc-
tricos? ¡Yo no veo nada que me vincule a mi Ser Superior!
—¿Acaso puedes ver el aire, Lobsang? — respondió son-
riéndome —. No puedes, a no ser que salgas de tu envol-
tura carnal.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 41

Se inclinó hacia mí y cogió mi manto. Contemplaba sus


ojos penetrantes, sentí que la vida me abandonaba.
— ¡ L o b s a ng ! — m e d i j o l l e n o d e s e v e r i d a d — , ¿ a c a s o tu
cerebro se ha evaporado "por completo"? ¿Crees acaso que
estás compuesto solamente de materia? ¿Has olvidado la
ex is ten ci a de l Co rdó n de P lata , d e es a se rie d e l í nea s e lec -
tromagnéticas que — aquí en la Tierra — te mantienen u nid o
a t u E s p í r i t u ? ¡ E s t á s r e a l m e n t e e n e l M u n d o d e l a I l u sión,
Lobsang!
Me di cuenta de que me había ruborizado. "Natural-
mente", conocía la existencia del Cordón de Plata, esa línea
de lu z a zu l ada q u e v in cul a lo f ís ico a lo esp i ri tu a l . En mu -
chas ocasiones, cuando me sentía transportado a lo astral,
l o hab ía v is to v ib ra r y fu lgu ra r lle no de lu z y d e vid a . Era
semejante al cordón umbilical que mantiene unido al recién
nacido con su madre, pero con la particularidad de que ese
" n i ño " q u e s e l l a m a b a c u e rpo fí s i c o no p o d í a e x i s ti r n i u n
solo instante si el Cordón de Plata era cortado.

Observé a mi Maestro que parecía dispuesto a proseguir


sus explicaciones.
—Cuando nos hallamos en el mundo físico, estamos
dominados por la tendencia a pensar "tan sólo" en los as-
pectos de ese mundo. En realidad ello constituye una de
las medidas de seguridad del Ser, porque si fuéramos ca-
p a c e s d e re c o rd a r e l Mu n d o d e l E s p í r i tu c o n to d a s s u s d i -
chas, sólo mediante un poderoso esfuerzo de nuestra vo-
luntad podríamos permanecer aquí. Si pudiéramos recordar
nuestras vidas pasadas en el curso de las cuales éramos, tal
vez, más importantes que en nuestra vida presente, nos re-
su l ta ría di f íc il s e r hu mild es . V amo s a p edir u n po co de té y,
después, te contaré cómo es la vida de un chino desde su
muerte hasta su renacimiento en una nueva existencia.
E l La m a iba a h ac e r so na r la camp an i ll a d e p la t a p a ra
que viniera un sirviente, pero al ver mi expresión se de-
tuvo.
—Bien — preguntó —, ¿qué es lo que quieres pregun-
tarme?
42 LOBSANG RAMPA

—Señor — le respondí —. ¿Por qué la de un chino?


¿Por qué no la de un tibetano?
—Porque si te hubiera dicho "de un tibetano" asocia-
rí as es a pa labra co n al gu nas de la s p e rson as qu e co noce s y
el resultado de mis explicaciones no sería correcto.

Hizo sonar la campana y un monje sirviente nos trajo


té. Mi Maestro me miró con aire pensativo.
—¿Has pensado que al beber este té nos estamos tra-
gando millones de mu ndos? — me preguntó —. Au nque los
fluidos tienen un contenido molecular más diluido, si vieras
aumentados los átomos de este té creerías estar viendo una
multitud de granos de arena que se agitan en un lago turbu-
lento. Lo mismo su cede con los cuerpos gaseosos. Hasta el
aire está compuesto de moléculas, de diminutas partículas.
P e ro no s es tam o s ap a r ta nd o d e l t e m a . Í ba m o s a tr a t a r d e la
vida y de la muerte de un chino.
Bebió su té y esperó a que yo terminara de beber el mío.

—Había un viejo mandarín llamado Seng — dijo mi


Ma es tro — . Su v id a hab ía sido si emp re di chos a y a l l le ga r al
ocaso de su existencia, se sentía muy satisfecho. Su famil i a
e ra m u y n u m e r o s a y t e n í a m u c h a s c o n c u b i na s y e s c l a vo s.
Hasta el propio Emperador de la C hina le había hecho o b j e t o
d e s u s fa v o re s . S u s o j o s y a g a s ta d o s p o d í a n v e r u n p o c o d e
e s p a c i o a t r a v é s d e l a v e n t a n a d e s u h a b i t a c i ó n , aunque
apenas distinguía sus hermosos jardines donde mer o d e a b a n
l o s p a v o s r e a l e s . L o s t r i n o s d e l o s p á j a r o s , q u e poblaban
los árboles al terminar el día llegaban débilmente a s u s
f a t i g a d o s o í d o s . S e n g p e r m a n e c í a t e n d i d o , r e l a j a d o sobre
sus almohadones. Sentía dentro de sí los arañazos de l a
Mue rte co rta ndo su s v í ncu los con l a v ida . El sol , teñ ido de
sangre crepuscular, se ocultaba lentamente detrás de la
a n ti g u a p a g o d a . El a n c i a no S e n g , ta m b i é n l e n ta me n t e , s e
de splo mó sob re sus a lmo hado nes , mi en tra s su re spi raci ón
entrecortada silbaba entre sus dientes. La luz solar se desva-
n e c i ó p o r c o mp l e to y l a s l a mp a ri l l a s d e s u h a b i ta c i ó n e m -
p e z a ro n a a rd e r , p e ro e l a nc i a no Se n g ya s e ha b í a i d o , s e
había ido con los últimos rayos del sol agonizante.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 43

Mi Maestro me observó, como para comprobar que le


estaba escuchando. Después, prosiguió:
—El anciano Seng permanecía derrumbado sobre sus
almohadones y los latidos de su cuerpo se diluían levemente
en el silencio. La sangre ya no circulaba por sus arterias y
sus venas y los fluidos de su cu erpo se habían extinguido.
El cuerpo del anciano Seng había muerto, había terminado,
ya no servía para nada. Pero si allí hubiera estado presente
algún clarividente, podría haber observado un halo lumi-
noso, azulado, rodeando el cuerpo del anciano Seng, una
figura qu e se separaba del cu erpo y flotaba sobre él, unido
a su envoltura carnal solamente por el sutil Cordón de
Plata. Poco a poco, el Cordón de Plata fue estrechándose
y, al fin, se partió. El Espíritu del anciano Seng flotó en el
espacio, como una nube de incienso arrastrada por el viento,
desvaneciéndose después suavemente a travé9 de los muros.
El Lama llenó su taza nuevamente y, tras comprobar
que la mía tenía té todavía, prosiguió:
—E l Esp í ri tu atra vesó re i nos y d ime ns io nes in comp re n-
sibles para los espíritus materialistas. Al fin, llegó a un
maravilloso jardín, lleno de inmensos edificios, deteniéndose
en uno de ellos, donde lo que había sido el Alma del an-
c ia no Sen g e ntró ab rié ndose ca mi no e ntre una cas cada de
luces. En su mundo, Lobsang, un Alma es tan concreta
como tú puedas serlo en tu mundo. En el mundo del es-
píritu, los espíritus pueden quedar confinados entre cuatro
paredes y caminar sobre el suelo. El espíritu tiene allí unas
posibilidades y unos dones muy diferentes a los que nosotros
poseemos aquí, sobre la tierra. Aquel Espíritu deambuló du-
rante algú n tiempo y, después, entró en una pequeña habi-
tación. Se sentó y contempló los muros que le rodeaban.
Súbitamente los muros se desvanecieron y, en su lugar, apa-
re ci e ron mu cha s esc e nas de su v ida pa sada . C o ntemp ló lo
que nosotros llamamos al Archivo Kármico que contiene
todo lo que ha sucedido en el tiempo y que puede ser obser-
v ado co n u na rap ide z i nc re íb le po r todo s a qu e llo s qu e ha n
sido especialmente preparados para ello. También es obser-
vable por "todos" los que hacen el tránsito de la vida te-
44 LOBSANG RAMPA

rrestre a la vida del más allá, puesto que el Hombre con-


t e m p l a e l b a l a n c e d e s u s é x i t o s y d e s u s fr a c a s o s . D e e s a
forma, el Hombre puede ver su pasado ¡y "juzgarse a sí
mismo"! No hay un juez más severo para sus propios actos
que el mismo Hombre que los ha realizado. No es preciso
comparecer tembloroso ante un Dios. Nosotros mismos pre-
senciamos lo que hicimos y lo que intentamos hacer.
Yo le e scuc haba si le nc ioso . Sus pa lab ras m e apa sio na-
ban, me fascinaban. Me hubiera gustado oírle durante horas y
horas, en lugar de tener qu e someterme a la rigu rosa mo-
notonía de las lecciones cotidianas.
—El Espíritu del que en vida había sido el anciano
Se ng, e l Ma nda rí n C hino , con temp ló nu evam ente tod a esa
v i d a q u e no s o t ro s , s o b re l a Ti e r ra , h u b i é r a m o s c a l i fi c a d o
de dichosa — prosiguió mi Maestro —. Vió los muchos
errores que había cometido y se arrepintió de ellos. Después
se levantó y abandonó aquella habitación, dirigiéndose a un
g ra n sa ló n d o nd e le e s p e r a b a n l o s ho mb re s y la s mu je re s
del mundo del espíritu. Silenciosos, sonriendo comprensi-
vos y llenos de compasión, le vieron cómo se acercaba para
pedirles que le orientaran. Se sentó junto a ellos, les confesó
su s e r ro re s y le s co n tó l as cos as qu e h ab ía he cho , la s que
intentó hacer y las cosas que pensó hacer pero que no hizo.
— P e ro — d i j o yo rá p i d a m e n te — , c r e o ha b e r te o í d o d e -
cir que no lo juzgaba nadie, que era él el que se juzgaba
a sí mismo.
—Y así es, Lobsang — respondí mi Maestro —. Des-
pués de contemplar su pasado con todos sus errores, se
acercó a aquellos Consejeros C elestes para que éstos le su-
girieran lo qu e creyeran oportuno... Pero, por favor, no me
i n t e r ru m p a s . L i m í t a t e a e s c u c h a r y g u a rda tu s p re g u n ta s
para más tarde... Como te iba diciendo — prosiguió — el
Alma se sentó entre los Consejeros y les confesó sus fra-
casos y les habló de las virtudes que, a su juicio, necesitaba
para poder seguir su evolución espiritual. En primer lugar,
tenía que regresar a la Tierra para ver nu evamente su cuer-
po . Lue go , de sc ansa ría du rante va rio s a ños o va rios s ig los
y después le ayudarían a hallar las cualidades esenciales
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 45

para continuar su progreso en el futuro. Su Alma volvió a


la Tierra para contemplar por última vez su propio
cuerpo, muerto, dispuesto ya para ser enterrado. Entonces,
a q u e l E s p í ri tu , q u e h a b í a d e j a d o d e s e r e l e s p í r i tu d e l a n-
ciano Seng para empezar a ser tan sólo un espíritu desti-
nado al reposo, regresó al País del Más Allá. Durante un
período de tiempo i nde te rmin ado , de scansó y se recuperó ,
aprendiendo las lecciones de sus vidas anteriores, preparán-
dose para la vida futura. Allí, en su existencia ultraterrena,
los elementos y las su stancias tenían la misma solidez que
h ab ía n te n ido s o b re l a Ti e rr a . D es ca nsó h as t a qu e l le gó el
tiempo propicio y se cumplieron las condiciones previstas a
su llegada.
—¡Me gusta este relato! — exclamé —. Me parece real-
mente interesante.
Mi Maestro sonrió y prosiguió su historia.
—Al llegar el momento establecido previamente, el Es-
p í ri tu e n es tado de Esp e ra fue re qu e rido y e nv iado de nu ev o
a l Mu nd o H u m a n o p o r u no d e l o s e s p í ri tu s e nc a rga d o s d e
e s a m i s i ó n . I nv i s i b l e s p a r a l o s s e re s d e c a r n e y h u e s o , s e
detuvieron a contemplar a los que estaban destinados a
s e r su s pad re s. V ie ro n la que se ría su ca sa y anal i za ro n l as
pos ib il idad es qu e o frec ía "aqu el la " c asa pa ra fac il i ta rle el
aprendizaje de las lecciones futu ras. Se retiraron satisfe-
chos. Algunos meses después, la mujer que tenía que ser
su mad re si nt ió de p ron to en su i n te rio r u n ex traño la t ido y
el Espíritu se introdujo en ella y el Niño adquirió vida. A
su debido tiempo, el niño nació en el mundo de los
h o mb re s . El Esp í r i tu qu e e n o t r a v ida animó el cu e rpo d el
anciano Seng se agitaba ahora entre los complicados ner-
v i o s y e l c e re b r o d e l ni ño L e e W o n g , e n u n h o ga r hu m i l d e de
una aldea de pescadores chinos. Las elevadas vibracione s d e u n
E s p í r i t u h a b í a n s i d o a p r i s i o na d a s , u n a v e z m á s , en la
mezquina octava de vibraciones de un cuerpo de carne y hueso.
M e d i té l a s p a l a b ra s d e m i M a e s t ro . D e s p u é s , l a s s e g u í
meditando aún durante algunos instantes.
—Honorable Lama — le dije al fin —. Si las cosas son
46 LOBSANG RAMPA

como tú dices, si la muerte es tan sólo una liberación de


l a s a ng u s ti a s d e l a Ti e r ra , ¿ p o r q u é l o s s e re s h u m a n o s l a
temen tanto?
—Tu pregunta es muy inteligente — respondió mi Maestro
—. Si fuéramos capaces de recordar las dichas del otro
mu ndo , l a m ay o r p a rte d e noso tros no pod ríamo s soporta r
las miserias de éste. Por ello, nos ha sido inculcado el temor a
la muerte. A muchos de nosotros — me advirtió mirán-
dome de reojo —, no nos gusta ir a la escuela, nos molesta la
disciplina, tan necesaria para que nuestros estudios sean
p rov ec hosos . Pe ro co n fo rm e va mos hac ié ndo nos ma yo res y
convirtiéndonos en hombres, comprendemos el bien que nos
ha hecho esa disciplina escolar. Nadie debería creer que es
posible avanzar por el camino del conocimiento sin nece-
sidad de asistir a las clases, de la misma manera que nadie
debería quitarse la vida antes de que suene la hora que nos
ha sido señalada para abandonar la existencia terrena.
Sus palabras me sumieron en profundas reflexiones por-
que, pocos días antes, un monje viejo, enfermo e inculto, se
h a b í a s u i c i d a d o a r ro j á nd o se d e s d e l o a l to d e u n a e rm i ta .
Siemp re había s ido un v ie jo hu ra ño , con u na clara p red is-
posición a rechazar la ayuda que los demás le ofrecían. Sí,
era mejor que el viejo Jigme se hubiera suicidado, había
pensado yo. Mejor para él y para los demás.
—Se ño r — le pre gu nté — , ¿com e tió , ento nc es , u n e rro r el
viejo Jigme al poner fin a su vida?
—Sí, Lobsang — respondió mi Maestro —. Cometió un
grave error. Cada ser humano tiene asignado un período
determinado de tiempo que debe pasar en la Tierra. Si pone
fin a su vida antes de que se cumpla ese plazo, entonces, se
v e o bl i gado a r e g re sa r c as i inmed ia t ame nte al mu ndo . Es a
es la razón de que haya niños que nacen y viven tan sólo
unos meses. Son las almas de los suicidas que vuelven para
reencarnarse en un cuerpo y vivir el tiempo que les faltaba y
que debieron haber vivido antes. El suicidio "nunca" está
justificado. Constituye una grave injuria contra uno mismo,
contra el propio ser.
—Pero, Señor — respondí —. ¿Qué sucede entonces con
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 47

l o s nob l es jap o nes es , qu e com e te n su ic idios r i tu a le s par a


i d e n ti f i c a rs e c o n l a s d e s g ra c i a s d e s u s fa m i l i a re s ? E l q u e
procede de ese modo debe ser, sin duda alguna, un hombre
valiente.
—Te equivocas — dijo enfáticamente mi Maestro —.
Te equivocas, Lobsang. La valentía no consiste en morir
s i no e n v iv i r h ac ie nd o f r ente a l as d i f icu lt ad es d e la v ida ,
enfrentándose con el sufrimiento. Morir es sencillo, pero
v i v i r . . . ¡ "é s a " e s l a v e r d a d e ra v a l e n t í a ! N i s i q u i e r a l a s t e a -
trales ceremonias del "suicidio ritual" pueden liberar a este
acto de su inicuidad intrínseca. Venimos al mundo para
ap rend e r y sola me nte pod remo s ap rend e r v iv ie ndo aqu í l a
totalidad de nuestra vida natural. ¡El suicidio "nunca" está
justificado!
Volví a pensar en el viejo Jigme. Cuando se quitó la
vida era ya muy anciano. Por esa causa, cuando tuviera que
regresar, pensé, lo haría tan sólo para vivir un breve período
de tiempo.
—Honorable Lama — le pregunté —. ¿Cuál es el ob-
jetivo del miedo? ¿Por qué nos hace su frir tanto? He obser-
vado que las cosas qu e más temo no suceden nu nca y, sin
embargo, ¡sigo temiéndolas!
—Eso es lo que nos sucede a todos — dijo el Lama rien-
d o — . S e n ti m os e l te m o r d e l o D e s c o n o c i d o . P e ro e l te m o r
es necesario. Nos estimula. Sin él, nos dominaría la pereza.
Gracias al miedo, se incrementa nu estra fuerza y podemos
e vi t a r m al es ma yo re s . El m iedo nos o bl i ga a sup e r a r nues -
tra predisposición a la holgazanería. No estudiarías tus lec-
ciones ni harías tus tareas escolares si no "temieras" al
maes tro o s i no si ntie ra s e l "te mo r" a pa rec e r u n e s túpido
ante tus condiscípulos.
Los monjes empezaban a entrar en el Santuario. Los
"c he la s " se a fa nab an en to rno a l as lámpa ras y ence ndía n
varillas de incienso. Nos pusimos en pie y salimos. La tarde
estaba fresca. Una brisa ligera mecía las hojas de los sauces. A
lo lejos, sonaron las trompas del Potala y sus ecos se
multiplicaron suavemente en los muros de la lamasería del
Oráculo del Estado.
CAPITULO III

La lamasería del Oráculo del Estado era pequeña, estaba


aislada y condensada en un reducido espacio. Algunos
"chelas" jugaban despreocupadamente. No había grupos de
mo njes oc iosos d eambu la ndo po r el p a tio sol eado o pe rdiendo
el tiempo en conversaciones inútiles. La mayoría de los
ancianos — ¡incluso los lamas ancianos! — residían allí.
C a noso s , cu rvado s ba jo el pe so de lo s años , rea li zab an su
l a b o r l e n ta m e n t e . E ra e l H o g a r d e l o s A d i v i n o s . L o s v i e j o s
lamas y el propio Oráculo tenían a su cargo las tareas de la
Adivinación y de la Profecía. Ningún visitante podía en-
trar sin invitación. Ningún viajero perdido acudía allí en
b u s c a d e re p o s o o c o m i d a . S e tr a t a b a d e u n l u g a r a n te e l
qu e todos s entí a n m iedo y qu e a todos es taba p ro hib ido , a n o
s e r q u e f u e s e n i n v i t a d o s m u y e s p e c i a l m e n t e . M i M a e s tro , el
L ama Ming ya r Do ndup , co ns ti tuí a u na exc epc ió n de la regla,
ya que podía entrar y salir a su antojo y era siempre un
visitante bien recibido.
U n de lic ioso co nju n to de árbo les p ro tegía la lamase ría de
las miradas indiscretas. Los altos muros de piedra ocultaban
sus edificios a los eventuales curiosos, suponiendo que alguno
se atreviera, con su curiosidad, a suscitar las iras del p oderoso
L ama d el Orá cu lo . Sie mp re hab ía un as hab i tac ion e s
reservadas para el Profundo, el Sagrado Dalai Lama, que
v i s i t a b a c o n f r e c u e n c i a e s t e Te m p l o d e l a S a b i d u r í a . Su
atmósfera era sosegada y su aspecto exterior tranquilo, con
esa clara quietud qu e emanan los hombres capaces de realizar
plácidamente las más importantes tareas.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 49

Era imposible que un intruso pudiera promover albo-


roto. El lugar estaba vigilado por los fuertes hombres de
K ha m , m u c h o s d e l o s c u a l e s m e d í a n m á s d e s i e te p i e s de
estatura y tenían un peso superior a las doscientas cincuent a
lib ras . Eran utilizados en todo el Ti b e t como mo nj es po-
licías y se encargaban de la tarea de mantener el orden en
l a s c o m u n i d a de s , q u e a l g u n a s v e c e s c o n g r e g a b a n a m i l e s
de monjes. Se mantenían constantemente en estado de aler-
ta, permanentemente vigilantes. Con sus poderosas armadu-
ras de madera, constituían un espectáculo realmente aterra-
dor para todos aquellos que no tenían la conciencia tran-
qu i la . Y co mo e l háb i to no ha ce nec esa riamen te a l mon je , y
en todas las comunidades hay seres culpables y perezosos, los
hombres de Kham tenían siempre trabajo.
L os ed i fi cio s qu e ocu paba n los lam as e s taba n tamb ié n
ocultos por la misma razón. No eran altos ni tenían esca-
l e r a s v e r t i c a l e s d e m a d e ra , p a ra n o fa ti ga r a l o s a n c i a nos
q u e ha b í a n p e r d i d o l a e l a s t i c i d a d d e l a j u v e n t u d y te n í a n
e l cu e rpo ca nsado y f rá gi l . La e nt rad a a los co r r edo res no
era nada difícil y los más ancianos vivían en la planta baja.
El Oráculo del Estado tenía también sus habitaciones en la
planta baja junto al Templo de los Augu rios. En torno a él,
se alojaban los más ancianos, los más sabios y los jóvenes
monjes policías de Kham.
—Haremos una visita al Oráculo del Estado, Lobsang
— dijo mi Maestro —. Se interesó mucho por ti y parece
dispuesto a dedicarte mucho tiempo.
A q u e l l a i n v i t a c i ó n , q u e e n re a l i d a d e ra u n a o rd e n, me
l l enó de u na an gu s ti a i n fi n i ta ya qu e , en el p asado , tod as
mis visitas a los astrólogos y a los adivinos, habían consti-
tu ido una confirmación de "malos" au gu rios, de nuevos su-
frimientos, de nuevas dificultades futuras. Normalmente, me
veía obligado también a colocarme mi mejor manto, y a
sentarme, tieso como un palo, para escuchar a algún viejo
tedioso decir largas estrofas de vulgaridades que no valían
l a pe na . Le m iré d esco n fiado. E l Lam a i n ten taba si n éx i to
ocultar una sonrisa burlona. Sin duda alguna, pensaba yo,
ha leído ya mi pensamiento.
50 LOBSANG RAMPA

—No es necesario que te cambies de ropa — me dijo


al fin, lanzando una ruidosa carcajada —. Lo que pueda de-
cirte el Oráculo no estará determinado por el manto que
lleves. ¡Te conoce mejor que tú mismo!
Sus palabras aumentaron mi tristeza. ¿Qué es lo que
te nd ré que escu ch a r, e n to nc es ? , me p re gu ntaba . Des cendi -
mo s po r e l corredo r y s al imos al p a tio i n te rio r. Co ntemp lé
las cimas de los montes que asomaban sobre los edificios y
me sentí como un condenado a muerte. Un desagradable
monje policía, como una montaña viviente, se acercó a nos-
otros. Al reconocer a mi Maestro, se deshizo en sonrisas de
bienvenida y exageradas reverencias.
—Me postro ante tus Pies de Loto, Lama Sagrado
— dijo —. Concédeme el honor de conducirte ante Su Re-
verencia, el Oráculo del Estado.
E m p e z ó a c a m i na r d e l a n te d e no s o t ro s , mo s t rá nd o n o s
e l ca mi no y a mí me pa re ció qu e sus paso s hac ía n temb lar la
tierra.
Junto a la puerta del Oráculo, había no dos monjes
guardianes sino dos lamas que, al vernos, se apartaron para
cedernos el paso.
El Sagrado os espera — dijo uno de ellos a
m i M a e s tro con una sonrisa.
Está esperando tu visita, señor Mingyar —
d i j o e l otro.
Entrarnos. Era una pequeña habitación tenuemente ilu-
minada. Durante unos instantes, apenas me fue posible dis-
tinguir nada. Mis ojos estaban deslumbrados por la brillant e
l u z d e l p a t i o , i n u n d a d o d e s o l . P o c o a p o c o , c o n f o r m e mis
pupilas fueron adaptándose a la penumbra, me di cuenta de
que me hallaba en una habitación desnuda. Dos tapices
adornaban las paredes. Y en un rincón, un pequeño brasero
de incienso humeaba. En el centro, sentado sobre una pe-
qu eñ a a lm o hada , hab ía u n homb r e jo ve n , de l gado y d e f rágil
aspecto. Mi sorpresa fue enorme al darme cuenta de que
"aquél" era el Oráculo del Estado del Tibet. Sus ojos bri-
llantes me contemplaban fijamente y penetraban en mi in-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 51

terior. Sentí la sensación de que no estaba viendo mi cuerpo


sino mi alma.
Mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup, y yo nos pos-
tramos ante él y le hicimos la reverencia prescrita por nues-
tra s trad ic ion es . D espué s , nos le va ntamo s de nu evo , e spe -
rando. Y por fin, cuando el silencio empezaba ya a resultar
realmente desagradable, el Oráculo dijo:
—¡Bienvenido, señor Mingyar! ¡Bienvenido, Lobsang!
Su v o z e ra va r o n i l au nq u e no d e ma si ad o p o d e ro sa . P a -
recía llegar desde muy lejos. Durante unos instantes, el
Oráculo y mi Maestro trataron de diversas cuestiones de
interés general. Despu és, el Lama Mingyar Dondu p le hizo
una reverencia, nos volvió la espalda y salió de la habita-
ción. El O ráculo me miró fijamente du rante unos instantes
y por fin dijo:
—Trae una almohada y siéntate junto a mí, Lobsang.
Así lo hice. Durante un rato, me contempló en medio
de u n e mba ra zoso s il en cio , pe ro cu ando su mi nu cioso exa -
men empezaba a resultarme incómodo habló.
—De modo que tú eres Lobsang Rampa — dijo —. En
otra vida nos conocimos muy bien. Ahora, sigu iendo las ór-
denes del Profundo, debo hablarte de las dificu ltades y las
pruebas que te esperan en el futuro.
—¡Señor! — exclamé —. Debo haber hecho cosas terri-
bles en mis vidas pasadas para merecer tantos sufrimientos
en ésta. Mi Karma, mi Destino parece ser más doloroso que
el de las demás personas.
— N o e s a s í — r e p l i c ó — . L a s p e r s o n a s s u e l e n c o m e t e r el
error de creer que los sufrimientos que padecen en "esta"
v ida son co nsecu en ci a nece sa ria d e las f alta s que com e tie -
ron en sus vidas pasadas. Si colocas algún metal en el fuego
¿lo haces para castigarle por sus errores o, por el contrario,
para darle temple y mejorar su calidad? — Me miró fija-
mente y añadió —: En todo caso, tu Maestro, el Lama
Mingyar Dondup, ya te explicará todas estas cosas. Yo debo
limitarme a hablarte del futuro.
Agitó una campanilla de plata y un sirviente entró si-
lencioso. Sigilosamente, colocó una mesa muy baja entre
52 LOBSANG RAMPA

nosotros dos y, sobre la mesa, puso un brasero de plata,


aparentemente adornado como si estuviera hecho de porce-
lana. En su interior, había algunas brasas que aumentaban
su fu lgo r ro ji zo co nfo rme e l mo n je s i rv ie n te lo b al anceaba
en el espacio. Después lo colocó ante el Oráculo. Murmu-
rando palabras cuyo significado no llegué a comprender,
co locó ju nto al b ra se ro u na c aj a de mad e ra , p ro fusa me nte
labrada, y se marchó tan silenciosamente como había lle-
gado. Yo seguía sentado y me encontraba incómodo, pre-
guntándome por qué razón me tenían que suceder a mí
s i e m p re a q u e l l a s c o s a s . " To d o e l m u nd o " me a d v e rt í a q u e
mi vida estaría llena de grandes dificultades. Parecían com-
placerse en ello. Las dificultades eran dificultades, aún en
e l c aso d e qu e n o fu e r an e l p re cio que t ení a q u e p a ga r por
los errores de alguna de mis pasadas existencias. Lenta-
mente, el Oráculo se inclinó hacia adelante y abrió la caja.
Con una cucharilla de oro, extrajo un poco de polvo que
derramó sobre las brasas.
La habitación se llenó de un azulado brillo. Me di cuen-
ta de que mi vista se nublaba y de que fallaban mis sen-
ti dos . Me pa rec ió escu ch a r el ta ñ ido de u na g ran c ampana
q u e l l e ga b a ha s ta m í d e s d e u na i n c o n m e n s u r a b l e l e j a n í a.
E l s o n i d o s e a c e rc a b a p o c o a p o c o y s u i n t e n s i d a d fu e a u -
m en t ando ha s ta t al p u n to q ue c re í que mi c ab e za iba a es -
tallar. Se desenturbió mi mirada y pude contemplar atenta-
mente la columna de humo surgiendo interminablemente
del brasero. El humo empezó a agitarse y a agitarse, se
acercó a mí y yo yo me sentí identificado con él. Desde
algún lugar misterioso que mi razón no podía alcanzar,
llegó hasta mis oídos la voz del Oráculo del Estado y resonó
dentro de mi espíritu. Pero yo no necesitaba escucharla.
Estaba "contemplando" el pasado y el futuro, y los veía
tan reales como si fueran mi presente. Arrastrado por el
torbellino del Tiempo, iba contemplando, en calidad de
s imp le esp ec tado r, los a con te ci mi ento s de m i vid a como s i
s e t ra ta ra d e u n a s i m p l e p e l í c u l a . M i te m p ra n a n i ñe z , s u -
cesos que ya se habían desvanecido de mi memoria, la se-
veridad de mi padre. Lo volví a ver todo con la mayor ni-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 53

ti de z . Vo lv ía a e s ta r se n tado fre n te a la g ra n lam ase ría de


C hakpo ri. Volvía a s entir la du re za de las rocas de la Mon-
taña de Hierro después de que el viento se abatía sobre mí,
sobre el tejado de la lamasería, y me arrojaba contra la
ladera, con una fuerza capaz de romperme todos los huesos.
El humo se convirtió en un torbellino y las imágenes (lo que
n o s o t r o s l l a m a m o s e l A rc h i v o K á r m i c o ) s i g u i e r o n t ra n s fo r-
mándose. Volví a ver de nuevo mi iniciación, las ceremo-
nias secretas envueltas en nubes de incienso, presenciadas
antes de ser iniciado. Y me vi haciendo un largo y solitario
viaje hacia Chungking, en la China.
U na m á q u i na e x t ra ñ a s e e s tr e m e c i ó y p a re c i ó e s ta l l a r
e n el a i re p rec ip i tá ndose vel ozme nte sob re lo s e sca rp ados
acantilados de Chungking. ¡Y yo... yo... controlaba aque-
lla máquina! Después, vi volar muchas máquinas idénticas,
que llevaban en sus alas el Sol Naciente del Japón. Arro-
jaban manchas negras qu e caían sobre la tierra convirtién-
dose en estallidos, en fuego y en humo. Los cuerpos sal-
tab an hec hos trizas y, du ran te algú n tiempo , un a ex traña
lluvia de sangre y de restos humanos parecía caer desde el
c i e l o . L u e go , p re s e n c i é c ó m o l o s j a p o n e s e s m e to r tu ra b a n
y me sentí mareado y enfermo. Contemplé mi vida, vi las
dificultades que me esperaban, sentí la amargura de mi fu-
tu ro . P e ro lo qu e me p rodu jo m a yo r tri s te za fue la maldad y
l a fa l s e d a d de a l g u no s s e re s h u ma n o s p e r te ne c i e n te s a l
Mundo Occidental que, según pude comprobar, ansiaban la
destrucción de mu chas cosas buenas, impu lsados tan sólo
por la envidia. Las imágenes seguían pasando ante mis sen-
tidos y pude darme cuenta de cuál sería mi destino y la vida
que me esperaba en el futuro.
Como ya me habían dicho, las "posibilidades" pueden
predecirse con gran exactitud. Solamente los detalles secun-
darios varían en algunas ocasiones. Las previsiones astroló-
gicas determinan los límites de lo que puede ser y de lo
que puede soportar cada persona, de la misma manera que
e l c o n d u c to r c o no c e l a s v e l oc i d a d e s m á x i m a y m í n i m a d e l
v e h í c u l o q u e d i r i g e . " ¡ M e e s p e r a u n a v i d a d i f í c i l ! — p e n sé
—. ¡De acuerdo!". Luego me levanté de un salto. Sentí
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que una mano se apoyaba en mi hombro. Me volví y vi el


rostro del Oráculo del Estado, qu e estaba detrás de mí. Me
miraba lleno de compasión, como lamentando las dificu lta-
des que me esperaban.
—Tienes grandes dotes psíquicas, Lobsang — me dijo
—. Generalmente, me veo obligado a explicar esas imá-
genes a los que las contemplan. Como era de esperar, el
Profundo no se ha equivocado en sus predicciones.
—Lo único que deseo — le respondí — es permanecer
aquí, en paz. ¿Qué necesidad tengo de visitar el Mundo Oc-
cidental, donde predican las religiones tan apasionadamen-
te... y luego, si pueden, se apuñalan por la espalda?
—Tienes una misión que cumplir, amigo mío—dijo el
O rá c u l o — . " Tú " p u e d e s re a l i za rl a a p e s a r d e to d a s l a s d i -
fi cu l tade s . Ésa es l a ra zón de que h ayas s ido ob je to de u n
adiestramiento especial realmente difícil.
De nuevo, me hablaban de dificultades y de tareas que
llevar a cabo y ello me llenó de pesimismo. Yo deseaba tan
s ó l o u n p o c o d e p a z y d e c a l ma y , d e v e z e n c u a n d o , a l g u -
nas diversiones inofensivas.
—Ahora debes regresar con tu Maestro — dijo el Oráculo
—. Te está esperando. Tiene que revelarte muchas cosas.
M e p u s e e n p i e , m e i nc l i né a n te é l re s p e tu o s a m e n te y
salí de la habitación. El gigantesco monje policía me estaba
esperando en el exterior para acompañarme junto a mi
Maestro, el Lama Mingyar Dondup. Mientras caminábamos
uno junto al otro, pensé en la imagen que había visto en un
libro y que representaba un elefante y una hormiga cami-
nando juntos por uno de los senderos de la jungla.
—Bueno, Lobsang — me dijo mi Maestro al verme en-
trar en su habitación —. Espero que lo qu e has visto no te
h a y a d e p r i m i d o d e ma s i a d o . — S o n ri e nd o , m e i n v i tó a s e n -
tarme —. Pero, es necesario alimentar el cuerpo, Lobsang.
Después, el Espíritu.
Agitaba riendo la campana de plata para llamar al monje
sirviente. Iba a pedir té. Sin duda algu na, había llegado el
momento oportuno. Las Reglas de la lamasería prohibían
mirar alrededor durante las comidas e incluso mirar de sos-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 55

l a yo . E ra p re c i s o p re s ta r a te n c i ó n s o l a m e n te a l a V o z d e l
Lector. Pero en la habitación del Lama Mingyar Dondup
no había ningún Lector que nos recitara los libros Sagra-
d o s e n v o z a l ta , c o n e l o b j e t o d e m a n te n e r n u e s t ro p e n s a -
miento alejado de una cosa tan vulgar como la comida.
Ta m p o c o h a b í a ni ng ú n s e v e r o V i g i l a n te d i s p u e s to a p re c i -
pitarse sobre nosotros a la más leve infracción de las Re-
glas. A través de la ventana, contemplé ante mí el Hima-
l a ya i n fi n i to , p e n s a nd o qu e mu y p ro n to ll e ga r ía e l tiem p o
en que ya no podría volver a contemplarlo. Me había aso-
mado al futuro — a "mi" futuro — y lo que más temía
eran las cosas que no había podido ver claramente por estar
envueltas en la niebla.
—Has visto muchas cosas, Lobsang — dijo mi Maes-
tro — . Pe ro son muc ha s más l as co sas que no te han sido
mo s t ra d a s . S i c re e s q u e n o p u e d e s e n f re n t a r te c o n tu F u -
turo, aún sintiéndolo mucho, aceptaremos tu decisión y
podrás seguir en el Tibet.
Señor — le respondí —, una vez me dijiste
q u e e l hombre que se aparta de los Senderos de la Vida
y , v a c i l a n d o , v u e l v e l a e s p a l d a a s u d e s ti no , n o e s u n
auténtico hombre. Aunque sé que me esperan muchas
d i f i c u l ta d e s , deseo seguir adelante.
No esperaba menos de ti — me dijo asintiendo
s o n riente —. Y sé que alcanzarás al fin la meta que te
h a s propuesto.
Señor — le pregunté —, ¿por qué las personas
no llegan a este mundo recordando lo que fueron en sus
vidas pasadas, conscientes de lo que se espera que hagan en
esta vida? ¿Por qué e x i s te eso que tú l l a ma s el
" C o no c i m i e n to Oculto"? ¿Por qué no podemos conocer todas esas
cosas?
No cabe duda de que tu sed de saber es infinita —
d i j o el Lama Mingyar Dondup siempre sonriendo —. Pero
tamb i é n e s c i e r to q u e t e f a l la l a m e m o r i a p o rq u e , n o
hace m u c ho , te dije que n o rm a l m e n te no r e c o rd a m o s
nu e s tr a s v i d a s a n t e r i o re s p o rq u e e l l o s e rv i r í a ta n s ó l o
p a ra a u m e n t a r n u e s t r o d o l o r e n e s t e m u n d o . P o r e s o
decimos: "La Rueda de la Vida da vueltas incesantes,
proporcionando a
56 LOBSANG RAMPA

u no s r i q u e z a y a o t ro s p o b re za . El m e n d i g o d e h o y p u e d e
ser un príncipe mañana". Si no conocemos cómo fueron
nuestras vidas pasadas, podemos empezar nuevamente a vi-
v i r s in i n te ntar esp ecu la r con lo qu e fu imos e n nues tra úl -
tima existencia.
—Pero, ¿qué puedes decirme del Conocimiento Oculto?
le pregunté —. Si las personas poseyeran ese conoci-
miento, todas serían mejores y nuestro progreso sería más
acelerado.
— ¡ Las cosa s no so n ta n se nci l la s como tú c rees ! — re s-
pondió mi Maestro con una sonrisa. Guardó silencio du-
ra n te u nos i nsta nte s y , lu ego , p ros i guió —: D e nt ro d e nos -
otros hay poderes controlados por nuestro Ser, que son
muy superiores a todos los que el Hombre puede poseer
en el mundo material, en el mundo físico. Sin duda alguna,
e l Ho mb re O cci de n ta l ha ría u n uso i nad ecuado de esos po-
de res que noso tros so mos cap ace s d e co ntro la r, p orque lo
único que preocupa a los occidentales es el dinero. Los occi-
dentales viven condicionados solamente por dos preguntas:
"¿Puedes probarme esto?" y "¿Qué es lo que puedo con-
s e g u i r s i h a go ta l o c u a l c o s a ? ". E nc u e n to mu y d i v e r ti d os
— d ijo rie ndo co mo u n ni ño — toda s esa s m áqu in as y apa -
r a t o s q u e e l H o m b re u t i l i z a p a r a e n v i a r s o b re l o s o c é a n o s
su s me ns aj es d e " t el eg r a fí a s i n h i los " . Es ta d eno mi na ció n
es la última que deberían utilizar porque esos aparatos están
fabricados con miles y miles de hilos. Nuestros lamas, aquí,
en el Tibet, pueden enviar sus mensajes telepáticos sin ne-
cesidad de usar ningún aparato. Nos introducimos en lo
astral y viajamos a través del espacio y el tiempo, visitando
todos los lu gares del mu ndo e incluso otros mundos. Domi-
namos la levitación. Levantamos pesos inmensos utilizando
p o d e re s q u e c a s i na d i e c o no c e . N o to d o s l o s ho mb r e s s o n
puros, Lobsang, ni el hábito hace necesariamente al monje.
U n m a l v a d o p u e d e v i v i r e n u n a l a ma s e rí a y u n s a n to p u e de
estar recluido en una cárcel.
Le contemplé perplejo.
— P e ro s i t o d o s l o s h o m b r e s p o s e y e r a n e s e c o n o c i m i e nto
— le pregunté —, ¿acaso no serían mejores?
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 57

— Si ma n te nemo s ocu l to e l C o noc im ie n to Sec re to — me


d i j o e l L a m a l l e no d e t ri s t e z a — e s t a n s ó l o p a r a p ro te g e r a
la Humanidad. La mayoría de los hombres, especialmente l o s
q u e p u e b l a n O c c i d e n te , e s tá n d o mi na d o s p o r e l d e s e o d e l
d i ne ro y d e l p o d e r. C o m o y a t e a d v i r ti e ro n e l O rá c u l o y tus
maestros, nuestro país será invadido y conquistado fí-
s i c a m e n te p o r u n c u l to e x t ra ño , q u e no c o n c e d e l a me n o r
importancia a los hombres y cuyo objetivo no es otro que
a gi g a n ta r h a s ta e l m á x i m o e l p o d e r d e l o s d i c ta d o re s q u e
c o n s e gu i r á n s o m e t e r a l a e s c l a v i tu d l a m i t a d d e l a t i e r r a .
Algu nos lamas han sido torturados hasta la muerte por los
ruso s po r haberse negado a divulgar la cienc ia p ro hib ida .
El hombre normal qu e pudiera adquirir de pronto esa cien-
cia actuaría de la forma siguiente: En primer lugar, sen-
tiría miedo ante el poder recién adquirido. Después, em-
pezaría a pensar que tenía en sus manos un medio para
alcanzar una riqueza muy superior a la que nunca había
so ñado . Y , e nto nce s , u til i za rí a esa c ie nc ia p a ra co nse gui r
dinero. Y conforme incrementara su riqueza y su poder,
de searía mayor pode r y ma yo r ri que za. Un millo nario nu n-
ca se siente satisfecho con un millón. Quiere muchos mi-
llones. Se ha dicho que el poder absoluto corrompe a los
seres poco evolucionados. Y el Conocimiento Oculto pro-
porciona el poder absoluto.
La luz se hizo dentro de mí. ¡De pronto comprendía
cómo podía ser salvado el Tibet!
— ¡ E nt o n c e s , e l Ti b e t e s tá s a l v a d o ! — d i j e s a l ta nd o d e
excitación —. El Conocimiento Oculto es el que nos librará
de la invasión.
Mi Maestro me miró lleno de compasión y de tristeza.
—No, Lobsang — me dijo —. No queremos utilizar los
Poderes para eso. El Tibet sufrirá persecuciones y será casi
aniquilado, pero en el futuro, resurgirá de nuevo, más gran-
d e , m á s p u r o q u e a n t e s . E l p a í s s e l i m p i a r á d e s u p o d re -
dumbre a través del fuego de la guerra y lo mismo sucederá
con el mundo entero. Las guerras son "necesarias", Lob-
s a n g — d i j o e l L a m a l l e n o d e c a l m a — . S i n o h u b i e ra g u e -
rras, la población del mundo crecería desmesuradamente.
58 LOBSANG RAMPA

Y e n es e ca so , te nd rí a que hab e r epid em ias . Las gue rra s y


l as en fe r medade s so n la s g ra nde s re gul ad o ra s d e l a p o bl a-
ción mundial y proporcionan a los seres humanos — y a los
seres de los otros mundos — la oportunidad de hacer el
bien a sus semejantes. Mientras la población del mundo
no pueda ser regulada por otros medios, "siempre" habrá
guerra.
Sonaron los gongs, llamándonos al servicio nocturno.
Mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup, se puso en pie.
—Vamos, Lobsang — dijo —. Somos huéspedes y de-
bemos mostrarnos respetuosos asistiendo al servicio.
Salimos al patio. Los gongs seguían sonando insisten-
t e m e n te y s u s t o q u e s s e p rol o ng a b a n d u ra n te mu c ho m á s
tiempo que los de Chakpori. Fuimos hacia el Templo ca-
minando despacio. Nuestra lentitud me asombraba. Miré a
mi alrededor y vi muchos ancianos achacosos que atra-
vesaban el patio cojeando.
Sería muy cortés por tu parte, Lobsang — me
s u s u r r ó mi Maestro — que te sentaras entre los "chelas".
Incliné la cabeza en señal de asentimiento y, dando un
rodeo, me acerqué al lu gar qu e ocupaban los "chelas" de la
l a m a s e r í a d e l O rá c u l o d e l Es ta d o . C u a n d o m e s e n té e n tre
e l l o s , m e c o n t e m p l a ro n l l e no s d e c u r i o s i d a d . Y e n l o s m o -
me n to s e n q u e l o s v i gi l a n t e s no m i ra b a n, s e i b a n a c e rc a n -
do a mí poco a poco hasta rodearme casi por completo.
—¿De dónde eres? — me preguntó un muchacho que
parecía ser el jefe del grupo.
D e C h a k p o r i — m u s i t é .
—¿Eres el chico qu e envió el Profundo? — me preguntó
otro.
—Sí — susurré —. He visitado al Oráculo y me ha
dicho...
¡Silencio! — gritó una voz poderosa detrás
d e n o s otros —. ¡No quiero volver a oiros!
El corpulento Vigilante se alejó.
¡Bah! — dijo uno de los muchachos —. No le
h a g a s caso. Ladra, pero no muerde.
Aparecieron entonces el Oráculo del Estado y un Su-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 59

perior, saliendo por una de las pequeñas puertas laterales, y


se inició el servicio.
Poco después correteábamos libremente por el patio.
Fui con los demás a la cocina y llené de cebada mi bolsa
de cuero, consiguiendo también un poco de té. No tuvi-
mos ocasión de hablar. Los monjes de todos los grados
paseaban y mantenían las últimas discusiones del día, antes
de re ti ra rs e a de sca ns a r. Me d i rig í a la hab i tac ió n qu e me
habían asignado, me envolví en mi manto e intenté dor-
mirme. El sueño tardaba en apoderarse de mí. Me entre-
t u v e c o n te m p l a nd o l a p e nu m b ra p u rp ú re a c o ns te l a d a p o r
l a s p e q u e ñ a s c hi s p a s d o r a d a s d e l a s l á m p a ra s . E n l a l e j a -
nía, el eterno Himalaya alzaba hacia el firmamento sus
gi ga nte scos dedos de p ied ra co nv e rtido s en un a muda pl e-
garia a los Dioses del Mundo. Los rayos blanquecinos de la
l u n a d e s a p a r e c í a n y v o l v í a n a s u r g i r m i e nt r a s e l a s t r o d e
l a noc he s e e le vaba en el cie lo . No sop laba la me no r b ris a
nocturna. Las cintas de oraciones caían inmóviles desde lo
alto de sus mástiles. El insignificante jirón de una nube
fl o taba i ndol entem ente sob re la c iudad de L hasa . Me vo lví y
dormí con un sueño sin sueños.
Me desperté sobresaltado y lleno de angustia a primera
ho ra d e l a m a ñ a n a . H a b í a d o rmi d o m á s d e l a c u e n ta y l l e -
garía retrasado a los servicios matutinos. Me levanté de un
salto, ajusté mi manto precipitadamente y salí con toda ra-
p i d e z a tr a v e s a n d o l o s c o r r e d o re s d e s i e r t o s . A l s a l i r a l p a -
tio..., me tropecé con uno de los hombres de Kham.
¿Adónde vas? — me preguntó, sujetándome
c o n s u mano de hierro.
Al servicio matutino — le respondí —. Me
h e d o r mido.
¡Ah! — dijo riéndose, mientras me dejaba
l i b r e — . Eres un visitante. Aquí no tenemos servicio
matutino. Vuélvete a dormir.
¿No hay servicio matutino? — le pregunté —.
¿ P o r qué? ¡En "todas partes" hay ese servicio!
El mon je po l ic ía que , s i n duda al gu na , e s taba d e bue n
humor, me respondió amablemente:
60 LOBSANG RAMPA

—Aqu í hay muchos ancianos y algunos están enfermos.


Ésa es la razón de que hayamos prescindido de ese servicio.
Vuelve a tu cuarto y duérmete tranquilo.
Me golpeó en la cabeza de una forma que a él debió
pa rece rle c a riñ osa y que a m í me p a rec ió u n tru eno , y me
obligó a entrar en el corredor. Después prosiguió su ronda,
p isa ndo e l su el o co n paso s pode ro sos qu e en e l pa tio sona -
ban con un ruido de "¡bong!, ¡bong!" y "¡tung!, ¡tung!",
según por donde pasaba. Recorrí, también con toda rapidez,
l o s c o r re d o r e s y , a l o s p o c o s m i n u to s , v o l v í a a d o r m i r p ro -
fundamente.
Más tarde, aquel mismo día, fui presentado al Superior
y a dos de sus lamas más allegados. Me interrogaron du-
rante mucho tiempo sobre ciertos pormenores de mi vida
fa mi l ia r, sob re lo s recue rdo s que co ns e rvaba de mis v ida s
pasadas y sobre mis relaciones con mi Maestro, el Lama
Mingyar Dondup. Finalmente, se levantaron los tres y, tam-
baleándose, se dirigieron hacia la puerta.
—Ven — dijo el último de ellos, antes de salir, señalán-
dome con el dedo.
Les seguí desconcertado, silencioso y humilde. Salieron
despacio, arrastrando los pies dificultosamente, casi letárgi-
camente, a lo largo del corredor. Yo les seguí a pasos
co rto s , h ac ie ndo u n es fu e rzo pa ra ca mi nar co n la l en ti tud
necesaria para mantenerme junto a ellos. Lentamente, muy
lentamente, cruzamos ante las habitaciones abiertas, desde
donde los ascetas y los "chelas" contemplaban curiosos
n u e s t r o p a s o . S e n tí m i s m e j i l l a s e nc e n d i d a s d e r u b o r . M e
resultaba sumamente desagradable ir detrás de aquel lento
cortejo, al frente del cual marchaba el Superior apoyado
e n s u s b a s t o ne s , a r ra s t r a n d o l o s p i e s . Le s e g u í a n l o s d o s
lamas, tan decrépitos y achacosos que les resu ltaba difícil
ma n te n e rs e j u n to a é l . Y a l f i na l , c a m i n a ba y o re a l i z a ndo
grandes esfuerzos para hacerlo con la lentitud adecuada.
Después de mucho tiempo — o al menos a mí me pa-
reció "mucho tiempo" — llegamos a una pequeña puerta
ab ie r t a e n u n mu ro apa rt ado. A l lí no s de tu v imo s m ie n t ras
el Superior, murmurando en voz baja, manejaba torpe-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 61

mente la llave. Con la ayuda de uno de los lamas, consiguió


po r fin ab rir la pue rta , cuyos go znes ch irri a ro n des agrada-
blemente. Entró el Superior, seguido por ambos lamas.
Como ninguno de ellos me hizo ninguna advertencia en
contra, yo también entré. Uno de los lamas cerró la puerta
de trás d e nosotros . Ant e m í , v i una g ra n m esa l le na de ob-
jetos antiguos y cubiertos de polvo. Ropajes viejos, molinos
d e p l e g a r i a s d e t e r i o ra d o s , t a z o n e s a n t i g u o s y u n g ra n s u r -
tido de rosarios. En medio de aquel desorden, pude ver
también algunos talismanes y otros objetos cuya identifica-
ción me era imposible a primera vista.
—¡Hummmm! ¡Hummmm! Acércate, muchacho, — me
ordenó el Superior.
C o n d e s ga n a , m e a c e rq u é a é l . Y é l m e c o g i ó d e l b ra z o
izquierdo con sus manos huesudas, mientras yo tenía la sen-
sación de que me había agarrado un esqueleto.

—¡Hummmm! ¡Hummmm! ¡Observa con atención, mu-


c ha c h o ! ¿C re e s q u e e n t re e s to s o b j e to s ha y a l gu no q u e t e
pe rtenec ie ra en tu ante rio r ex is tenci a? — Me l l evó an te la
mesa y añadió —: ¡Bien! Si crees que alguno de estos ob-
jetos te perteneció... ¡hummmm!, cógelo y dámelo.
Se sentó con gran dificultad y pareció desinteresarse
p o r c o m p l e to d e m í . L o s d o s l a m a s s e s e n t a ro n j u nto a é l
sin añadir una sola palabra.
"Bueno — pensé yo —, parece que los tres ancianos
quieren jugar un poco. De acuerdo, vamos a jugar."

La psicometría es, naturalmente, una de las cosas más


sencillas del mundo. Con la palma de mi mano derecha
extendida hacia abajo, fui recorriendo los diversos objetos. A l
t o c a r a l g u no s d e e l l o s , s e nt í a e n m i ma no c o m o u n p i n-
c ha z o , u n l a t i d o y m i b r a z o e ra re c o r r i d o p o r u n l e v e te m -
b lo r. Cog í u n mo l ino d e pl ega ria s , un tazón v ie jo y resque -
brajado y un rosario. Luego volví a hacer mi recorrido a
lo largo de la gran mesa. Esta vez, solamente uno de los
o b j e to s e s t re m e c i ó m i m a no y m i b ra z o . U n ma n to v i e j o y
a n d r a j o s o q u e y a n o s e rv í a p a ra na d a . H a b í a p e rte n e c i d o a
un alto dignatario. Era de color de azafrán y estaba des-
62 LOBSANG RAMPA

v a í d o p o r e l t i e mp o . S u s t e j i d o s , s e c o s y p o d ri d o s , s e d e s -
i n te g ra b a n a l t o c a rl o s . Te m i e nd o q u e p u d i e r a d e s ha c e r se
por completo, lo levanté con el mayor cuidado. Y con el
mayor cuidado, lo deposité a los pies del Superior y volví
en busca de los otros tres objetos que había elegido. El Su-
perior y los demás lamas lo examinaron todo en silencio
y compararon sus marcas y sus signos secretos con los gra-
bados en un libro negro y antiguo. D urante mucho rato, se
consultaron, mirándose unos a otros, con las cabezas incli-
nadas y sus viejos cerebros casi crujiendo como consecuen-
c ia d e los e s fue rzos a qu e su s pe nsa mie n tos los te ní an so-
metidos.
—¡Ah! — murmuró el Superior, resoplando como un
yak fatigado —. ¡Hmmmm! ¡Es él, sin duda alguna!
¡Hmmmm! ¡Ha tenido una brillante actuación! Vete en
busca de tu Maestro, el Lama Mingyar Dondup, mucha-
cho y, ¡hmmmm! dile que tenga a bien honrarnos con su
presencia. ¡Hmmmm!
Sa lí co rri endo de l a habi taci ón, sa tis fe cho de se nti rme
l i b re d e a q u e l l a s mo mi a s v i v i e n te s c u y o a s p e c t o s e c o y re -
moto los hacían tan distintos a la tibia humanidad del Lama
Mingyar Dondup. Al doblar una esquina, me tropecé con
mi Maestro.
¡No te alarmes, hombre! — me dijo
s o n r i e n d o — . Y o también recibí el mensaje.
M e g o l p e ó l a e s p a l d a c a r i ñ o s a m e n te y a c e l e ró e l p a s o ,
dirigiéndose a la habitación donde le esperaban el Superior y
los dos lamas. Yo me dediqué a vagabundear por el patio,
ocioso, dando indolentes puntapiés a las piedras.
¿Eres tú el muchacho a quien están
haciendo un R e conocimiento de Reencarnación? —
p re g u n tó u n a v o z j u nto a mí.
Me volví y pude ver a un "chela" que me observaba
atentamente.
—Ignoro lo que están haciendo — respondí —. Todo
cuanto puedo decirte es que me han hecho que les siga por
los corredores para ver si reconocía algunas de mis anti-
guas cosas. ¡Eso lo puede hacer "cualquiera"!
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 63

—Vosotros, los hombres de Chakpori, sabéis lo que


queréis — me dijo sonriendo alegremente —. De no ser así,
no ha b rí a i s v e n i d o a e s ta l a m a s e r í a . H e o í d o d e c i r q u e tú
fu iste algu ie n "gra nde " en una de tu s pasadas ex istenci as y
"debes" haberlo sido realmente, de lo contrario, no te
hu bi e ra ded ic ado m edi a jo rnad a e l O rácu lo. — C o n u n ges -
to de miedo, añadió encogiéndose de hombros —: Debes
a nda r co n cuidado . A n tes de qu e te ha yas dado cue nta de
l o q u e te e s tá s u c e d i e nd o , t e ha b rá n " Re c o no c i o " y t e c o n -
vertirán en Superior. Y entonces, ya no podrás volver a
jugar nuevamente con tus compañeros del Chakpori.
M i Ma e s t ro a p a re c i ó e n l a p u e r ta q u e s e a b rí a a l fi na l
del patio. Avanzó hacia nosotros rápidamente. El "chela"
qu e habí a es tado ch a rl ando co nm i go , se inc li nó a nte él e n
u n a p ro fu nd a r e v e re nc i a . E l L a ma l e s o n ri ó y s e d i r i g i ó a
mí, con la amabilidad que le caracterizaba.
— Te ne mo s qu e ma rc h a rno s y a , Lo b s a n g — me d i j o — .
La noche se extenderá pronto sobre la tierra y no debemos
montar nuestros caballos en la oscuridad.
Nos di ri gi mos a lo s e s tab los , do nde u n monj e s i rv ie nte
nos estaba preparando las monturas. De mala gana, subí a
mi caballo y seguí a mi Maestro por el sendero que atra-
vesaba el bosquecillo de los sauces. Trotábamos en silencio.
Siempre me ha sido imposible conversar cuando monto a
caballo, porque me veo obligado a concentrarme con todas
m i s fu e r z a s pa ra n o c a e rm e . Me s o rp re n d i ó e no rm e m e n t e
el hecho de que no regresáramos al Chakpori sino nueva-
mente al Potala. Recorrimos con lentitud las Escaleras mien-
tras, allá abajo, el Valle se desvanecía en las sombras de la
noche. Lleno de satisfacción, abandoné mi caballo en los
establos y corrí por los patios del Potala, cuyos lugares me
resultaban ya familiares, en busca de comida.
Cuando regresé a mi habitación después de la cena, mi
Maestro me estaba esperando.
—Ven conmigo, Lobsang — dijo, y yo me senté a su
lado —. Bueno — añadió —, supongo que te habrás pre-
guntado ¿qué es lo que significan todas estas ideas y ve-
nidas?
64 LOBSANG RAMPA

—Creo que intentan Reconocer mi Reencarnación


— respo nd í a lgo i rri tado —. Es lo que es taba habl ando co n
u n o d e l o s " c h e l a s " d e l a l a m a s e r í a d e l E s t a d o , c u a nd o t ú
viniste a buscarme para regresar.
Bien — dijo el Lama Mingyar Dondup —,
todo eso es u na bue na co sa pa ra tí . Aho ra debe mos
a na l iz a rlo t od o co n cu idado d u ra n te al gún t i emp o . No e s
p re ci so que as ist a s a l o s s e rv i c i o s no c tu rn o s . S i é n t a te
c ó mo d a m e n te y e s cúchame con atención y, sobre todo, no me
interrumpas.
La mayoría de las personas vienen a este
mundo para aprender algo — dijo para empezar mi
Maestro —. Otros vienen con el objeto de prestar ayuda
a los que la n e c e sitan o para realizar alguna misión
extraordinariamente imp o r t a n t e . — Me miró fijamente
c o m o p a r a c o n v e n c e r s e d e que comprendía sus palabras, y
luego prosiguió —: Muchas rel i gion es ma n tie ne n l a c ree ncia
e n u n I nfi e rno, do nde los ho m b re s s o n c a s t i g a d o s p o r s u s
pecados. P e ro el I n fi e r no e s tá "a qu í ", en es te mundo .
Nue s tra vid a re al es tá , si n e mb a r g o , e n e l O t r o M u n d o .
Venimos aquí para aprender, para pagar las
equivocaciones de nuestras vidas anteriores o — como
a c a b o d e d e c i r t e — p a r a l l e v a r a c a b o a l g u n a mis ión
e sp ec ia l . La m is ió n qu e te ha s id o asi g nad a es tá re -
lacionada estrechamente con el poder psíquico del hombre.
Tu s "instru mentos de trabajo" serán u na capacidad de per-
cepción psíquica extraordinaria, un enorme poder para per-
c ib i r la s au ras hu ma na s y e l co noc im ie n to d e l as c ie nci as
ocu l ta s qu e noso tro s te p ropo rc io nare mos. El P ro fundo ha
o rde nado qu e s e pongan a tu d isposic ió n todos los med ios
capaces de intensificar tus dotes y tu sabiduría. Para ello,
pa ra qu e pu eda s adqu i ri r todo e l sabe r pos ib le e n el p laz o
más breve, utilizaremos la enseñanza directa, las experien-
cias más recientes, el hipnotismo.
De acuerdo. Vais a sumirme en el Infierno,
— e x c l a mé lúgubremente.
—Pero "este" Infierno — respondió mi Maestro son-
r i e n d o a n t e m i s p a l a b ra s — e s s o l a m e n te e l p u n to d e p a r -
t i d a h a c i a u n a v i d a m e j o r . A q u í no s e s p o s i b l e l i m p i a rno s
de algunas de nuestras faltas más importantes. En el curso
1 LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 65

de algunos años de vida terrena, nos libramos de faltas que


p od ría n a to rme n ta rnos e n el O tro Mun do d u ra nte mu c ho s
s i g l o s . To d a l a v i d a d e e s t e m u n d o n o e s m á s q u e u n p a r -
padeo comparada con la Otra Vida. La mayoría de los oc-
cidentales creen qu e cuando uno "muere", es transportado
a l a s nu b e s , d o nd e s e d e d i c a a to c a r e l a rp a . O t ro s e s tá n
convencidos de que cuando abandonamos este mundo, nos
su me rgi mos en u n es tado mí s tico de a nonad am ie nto y es a
perspectiva les complace. — Lanzó una carcajada y con-
ti nuó — : ¡ Si fu é ramos cap ac es d e co ns egu i r qu e s e d iera n
cu enta d e que l a vid a u l tra te rrena es má s rea l que l a vida
t e r r e n a ! To d a s l a s c o s a s d e e s t e m u n d o s o n s o l a m e n t e v i -
braciones. Y este mundo — y todo cuanto en él existe —
p u e d e s e r c o m p a ra d o a l a O tr a O r i l l a d e l a M u e rt e , d o n d e
alcanzarnos una escala más elevada.
S e i n t e r ru m p i ó , a s i ó m i m a n o y m e o b l i g ó a g o l p e a r e l
piso con mis nudillos.
— Es to es p iedra , Lobs ang — d ijo —, un a vi b rac ió n que
nosotros llamamos piedra.
Asió nuevamente mi mano e hizo que mis dedos roza-
ran mi manto.
—Ésta es la vibración que nosotros llamamos lana. Aun-
q u e re c o r ra m o s "c o m p l e ta m e n te " l a e s c a l a d e l a s v i b r a c i o -
nes, seguimos percibiendo los grados relativos de suavidad
y de dureza. Por ello, en la Vida que nos espera después
de la Muerte, en la "verdadera" Vida, las cosas están a
nues tro a lca nce i gua l que aqu í ab ajo . ¿Comp rend es lo que
quiero decirte? — me preguntó.
Evidentemente, le comprendía. H acía ya mucho tiempo
qu e comp rend ía es ta s cos as . E l La ma pe net ró de nue vo en
mi pensamiento.
—Sí, ya sé que todo esto es algo que aquí todo el mun-
do conoce, pero si "hablamos" de esos "conocimientos
i ne fa b l e s ", l o s f i j a re m o s c o n m a yo r c l a ri d a d e n tu m e n te .
Má s ad el an te te nd rá s qu e v isi ta r los pa íse s d el Mu ndo Oc-
cidental. Las religiones occidentales te plantearán serias di-
ficultades. — Sonrió burlón y añadió —: Los Cristianos nos
consideran paganos. La Biblia dice que "Cristo recorría los
66 LOBSANG RAMPA

d e s i e rto s " . P e ro " nu e s t ro s " a r c h i v o s r e v e l a n q u e C r i s to re -


co rrió la I ndi a , e s tu d ia ndo nue s tras re li g ion es , y que es tu vo
e n Lhasa y es tud ió e n Jo K a ng, b ajo la d i rec ció n de l os
sacerdotes más destacados de la época. Cristo creó una
"buena " religió n, pe ro el C ris tia nismo qu e s e p rác tic a ho y
no es la religión que Él creó. — Mi Maestro me miró se-
veramente y me dijo —: Sé que te aburres con todo esto
po rqu e c re es qu e so n só lo p a lab r as ; p e ro y o h e v is i tad o e l
Mundo Occidental y mi deber es advertirte acerca de las
cosas que te esperan. Para ello, lo primero que debo hacer
es hablarte de sus religiones, porque no ignoro que posees
una memoria capaz de deducir lo esencial de los simples
fenómenos.
¡Me sonrojé! ¡Había estado pensando excesivamente "en
palabras"!
Po r lo s co rredo re s p asa ba n l os mo nj es a rra s tra ndo los
p ies . Se d i r i gía n a l Temp lo pa r a as is t i r a l o s se r vi cio s noc -
tu rnos. Sob re las terrazas, los t ro mpe te ros, contemp lando
e l V a l l e , l a n z a b a n l o s ú l t i m o s t o q u e s d e l d í a . M i M a e s t ro ,
el Lama Mingyar Dondup, siguió hablándome.
—Dos son las religiones fundamentales de Occidente,
p e ro s u s s e c ta s s o n m u y nu m e ro s a s . La Re l i g i ó n Ju d í a e s
antigu a y tolerante. Los Judíos no te ocasionarán dificu lta-
des. Durante siglos han sido perseguidos y ello les ha hecho
comprensivos con los demás. Pero los Cristianos ya no son
tan tolerantes, excepto los domingos. No te diré nada acerca
de las creencias individuales. Ya conocerás esas cosas por
l os l ib ros . Lo qu e sí qu ie ro re la ta rte es e l o rigen de l as re -
ligiones. Cuando iniciaron la vida sobre la Tierra — dijo el
Lama — los hombres vivían en pequeños grupos, se reunían
en pequeñas tribus. No tenían leyes ni código de conducta.
No existía otra ley que la de la fu erza. Las tribus más fuer-
tes y feroces hacían la guerra a los más débiles. Con el
t i e m p o , a p a re c i ó u n ho m b re m á s e v o l u c i o n a d o y m á s i n te -
ligente que comprendió que su tribu podía ser la más fuerte
si se organizaba. Por ello, fundó una religión y un código
de conducta. "Sed fecundos y multiplicaos", les ordenó,
porque sabía que el poder de su tribu dependía de los niños
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 67

que nacieran. "Honra a tu padre y a tu madre", les ordenó,


po rqu e s e dio cu enta de qu e s i conced ía a l os p ad res auto-
ridad sobre los hijos, él tendría autoridad sobre los padres.
Ta mbi én se dio cu enta de qu e si e ra cap az de co nve n cer a
l os hi jos de que te n ía n d ebe res pa ra co n su s p ad res , s erí a
m ás fá ci l impon e rles u na d isc ip li na . "No com e te rá s adu l te -
rio", ordenó amenazador el Profeta de aquellos tiempos.
Pero lo que ordenaba realmente era que la "tribu" no se
"adulterara" con la sangre de los miembros de las otras
tri bus , ya que e n es e c aso la l ea l tad d e sus ho mb res se d i -
v e rs i fi c a r í a e n d o s d i r e c c i o n e s d i s ti n ta s . E l ti e mp o s i g u i ó
p a s a n d o y l o s s a c e r d o te s d e s c u b r i e ro n q u e h a b í a a l g u n a s
p e rs o n a s q u e no s e s o m e t í a n e n to d o m o m e n to a l o s m a n-
datos religiosos. Tras pensarlo y discutirlo mucho, los sacer-
dotes consiguieron crear un mecanismo de castigos y de re-
compensas. "Cielo", "Paraíso", "Valhalla" — o dale el
nombre que prefieras — para los que obedecieran a "los
sacerdotes" y el fuego del Infierno y las torturas intermina-
bles para los que les desobedecieran.
— ¿Qu ie re s deci rme con el lo que repudi as e nte rame nte
las religiones occidentales? — le pregunté.
—No, nada de eso — respondió mi Maestro —. Hay
muchas personas que se sienten desvalidas si no pueden
pensar o imaginar un Padre omnipresente que vela por ellos,
con un Ángel Contable, dispuesto a tomar nota de sus bu e-
nas y sus malas acciones. Nosotros somos el dios de las
c ri a tu ra s m i c ro s c ó p i c a s q u e h a b i t a n n u e s t ro c u e rp o y d e
los seres, todavía más pequeños, que habitan "sus" molécu-
las. En lo que a las plegarias se refiere, Lobsang, ¿tú habrás
escuchado muchas veces las plegarias de esas criaturas que
viven en ti?
—Sin embargo, tú me has enseñado que la oración es
eficaz — repliqué asombrado.
—Sí, Lobsang, la oración es muy eficaz "si dirigimos
nuestra plegaria a nuestro propio espíritu ", a la parte más
auténtica de nuestro ser, situada en el otro mundo, a la parte
que controla nuestros "cables de títeres". La oración es
"muy" eficaz si obedecemos las normas sencillas y natura-
68 LOBSANG RAMPA

l e s q u e l a r e g u l a n . — Me s o n r i ó y p ro s i g u i ó : — El ho mb r e
es una simple partícula de un mundo turbulento. Solamente
se encuentra a gusto cuando siente la seguridad de un
"abrazo maternal". Para los hombres de Occidente, poco
diestros en el arte de morir, el último pensamiento es siem-
p re el m ismo : ¡ Mad re ! Si se s ie n te i nse gu ro , in tenta rá apa -
rentar confianza en sí mismo, chupando un cigarro o un
cigarrillo, lo mismo que los niños se aferran a su chupete.
Los psicólogos coinciden en la creencia de que el hábito de
fumar constituye tan sólo una simple regresión a los rasgos
de la primera infancia en que los niños extraían alimento y
"s egu ridad " de s us mad re s . L a rel i gió n con sue la a los afl i -
gido s. Pero e l co nocimie nto de la ve rdad de la vid a — y de
la muerte — es un consuelo mucho mayor todavía. Sobre la
Ti e rra somo s co mo el a gua . C ua ndo re al iz a rnos el trá ns i to
de la "muerte" nos convertimos en vapor. Y volvemos a
ser como el agua cuando renacemos de nuevo en este
mundo.
—Se ño r — exc la mé — ¿c rees a caso que los h i jos no de -
berían honrar a sus padres?
Mi Maestro me contempló sorprendido.
—¡Qué cos as d ice s , Lobsa ng ! Es ev ide nte que lo s hijo s
deben honrar a sus padres, siempre que sus padres sean me-
recedores de ello. Los padres dominantes no tienen el menor
derecho a arruinar a sus hijos y los "niños" adultos son res-
p o n s a b l e s d e s u s a c to s a n te s u s c ó ny u g e s . L o s p a d re s n o
deben tratar tiránicamente a sus hijos mayores, ya que ello
constituye un grave atentado no solamente contra sus hijos,
s i no tamb ié n co n tra sí m ismo s . Y es u n e rro r que deberá n
pagar en otra vida.
Reco rd é a m i pad re , s eve ro y du ro , que en re al idad no
fu e nunca un "padre" para mí. Mi madre, que no tenía otra
preocupación que la vida social. Después pensé en el Lama
Mingyar Dondup que había sido para mí más qu e un padre y
u na ma dre y , s in dud a al gu na , l a únic a pe rso na que m e
había mostrado en todo momento amabilidad y amor.
Un monje mensajero entró precipitadamente.
—Honorable Mingyar — dijo haciendo una profunda re-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 69

verencia —. He sido encargado de transmitirte el saludo y la


consideración del Profundo, rogándote que tengas a bien
c o m p a re c e r a n te I . ¿ P u e d o c o nd u c i r te a n te s u p r e s e nc i a ,
señor?
Mi Maestro se puso en pie y salió con él.
Y o s u b í a l a t e r ra z a d e l P o t a l a . A l o l e j o s , e n m e d i o d e
la oscuridad de la noche, brillaban las luces de la Lamasería
Médica de Chakpori. Junto a mí, una Cinta de Plegarias
ondeaba levemente a lo largo de su mástil. Cerca de allí, de
pie ante la ventana, un viejo monje hacía girar afanosamente
s u Mo l i no d e O ra c i o n e s , tu rb a n d o c o n s u " c l a c - c l a c " e l s i -
lencio nocturno. Las estrellas rodaban en el cielo en un
interminable viaje. Y yo me pregunté: ¿Tendremos "noso-
tros" apariencia de estrellas para los seres de otras di-
mensiones?
CAPITULO IV

Er a l a é p o c a d e L o b s a r , e l A ñ o N u e v o t i b e t a n o . L o s
"chelas" — y también los ascetas — habíamos estado,
durante algún tiempo, muy atareados haciendo figurillas de
c e ra . El a ño an te rio r, no s de scu idamo s , produ c ie ndo m ala
i m p re s i ó n . L o s d e l a s d e m á s l a m a s e r í a s q u e d a ro n c o nv e n-
cidos — ¡y con razón! — de que los de Chakpori carecía-
mos de tiempo y de interés por aquellas obras infantiles.
Po r ello , al año sigu iente , por o rde n exp resa d el P ro fu ndo,
nos vimos obligados a hacer figurillas de cera y a tomar
parte en la competición. Nuestra obra fue, sin embargo,
muy modesta en comparación con la de las otras lamaserías.
Sob re u n ma rco d e madera de uno s veinte p ies de alto por
treinta de ancho, moldeamos varias escenas de las Sagradas
Escrituras en cera de colores. Hicimos nuestras figuras tridi-
mensionales y abrigábamos la esperanza de que, al ser vis-
tas a la luz vacilante de las lámparas de grasa, producirían
la impresión de estar en movimiento.

El Profundo en persona y los lamas de mayor categoría,


ex am inaba n todos los a ños la expo si ció n y e logiab an a los
que se habían esforzado por realizarla. Terminada la época
de Lobsar, la cera era derretida y se utilizaba para las lám-
paras durante el resto del año. Mientras realizaba mi tra-
bajo — era bastante hábil modelando —, recordé las mu-
chas cosas que había aprendido en los últimos meses.
To d a v í a m e s e n t í a d e s c o n c e rt a d o a nt e a l g u n a s c u e s t i o ne s
re ligios as y, po r el lo , había decid ido inte rro gar a mi Maes -
tro, el Lama Mingyar Dondup, sobre ellas, en la primera
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 71

ocasión que se me presentara pero, de momento, tenía que


dedicarme a "modelar". Me incliné y tomé un puñado de
c e r a d e l c o l o r d e l a c a r n e y , c o n g ra n p re c a u c i ó n , s u b í a l
a nd a mio pa ra p o de r d a r la f o rma ad ecu ada a u na o re ja d e
Buda. A mi derecha, dos jóvenes "chelas" se arrojaban uno
a o tro p elo tas de ce ra . To maba n u n pu ñado , la mo ldeab an
groseramente dándole forma esférica y lanzaban aquel sucio
proyectil al "enemigo". Se estaban divirtiendo mucho. Pero,
desgraciadamente apareció un monje vigilante detrás de una
co lu m na co n el d eseo de co noc e r la s caus as de a que l albo-
roto. Sin que una sola palabra saliera de sus labios, agarró
a los dos niños, uno con cada mano, ¡y los arrojó dentro de
una gran caldera de cera caliente!

Me di la vuelta y proseguí mi trabajo. Mezclé la cera


con el hollín de las lámparas y dibujé unas cejas realmente
a c e p ta b l e s . L a f i gu ra d a b a ya l a i m p re s i ó n d e te n e r v i d a .
"Al fin y al cabo — pensé — este «es» el Mundo de la Ilu-
s i ó n . " D e s c e n d í d e l a n d a m i o y m e a l e j é l o s u fi c i e n t e pa ra
ob te ne r un a imp res ión de co nju nto d e mi trab ajo . E l Mae s-
tro de A rte son re ía . Pos ibl em ente e ra yo su di sc ípulo favo -
r i to y a q u e s e n t í a g ra n a f i c i ó n a l a p i n tu ra y a m o d e l a r y
trabajaba con gran interés para aprovechar sus enseñanzas.
—Estamos trabajando con eficacia, Lobsang — dijo
complacido —. Parece que los Dioses tengan vida.
Nos alejamos los dos, con el objeto de que él me indi-
cara qué correcciones era preciso introducir en otras partes
de la escena. "Parece que los Dioses están vivos", pensé.
"Pero ¿existen los Dioses? Y si no existen, ¿por qué nos
hablan de ellos? Tengo que preguntárselo a mi Maestro."
Pensativo, limpié mis manos de la cera que tenían adhe-
rida . Los dos "c he la s " qu e hab ía n sido arro jados a la cera
caliente, en un rincón, con gesto de estúpidos, intentaban
también limpiarse frotando sus cuerpos con arena fina y
o s cu ra . So nr e í b u r l ó n y m e d i sp u s e a s a l i r . U n "c he l a " re -
gordete caminaba junto a mí.

—¡Hasta los propios D ioses deben haberse reído! — me


dijo.
72 LOBSANG RAMPA

"Hasta los Dioses... Hasta los Dioses... Hasta los Dio-


ses..." Esas palabras sonaban en mi mente al compás de
m i s p a s o s . ¡ Lo s D i o s e s ! ¿ E x i s tí a n l o s D i o s e s ? M e d i r i g í a l
Templo y esperé a que comenzara el acostu mbrado servicio
nocturno.

"Escuchad la Voz de nuestros espíritus,


todos los que camináis errantes.
Este es el Mundo de la Ilusión.
La vida es un sueño solamente.
Todo lo que nació debe morir."

L a voz de l sace rdo te s egu ía re sonando , reci ta ndo a que-


llas palabras tan conocidas que, de pronto, inexplicable-
mente, despertaban mi curiosidad.
—Que se encienda la tercera varilla de incienso para
que pueda orientar a los espíritus errantes.
"No son los Dioses los que le ayudan — pensé — sino
s u s s e m e j a n te s . P e ro ¿ p o r q u é no l o s D i o s e s ? ¿ P o r q u é d i -
r i g i m o s l a s p l e ga ri a s a nu e s t ro p ro p i o Es p í r i tu y no a l os
Dioses?"
E l r e s to d e l s e r v i c i o c a r e c i ó p a r a m í d e a t r a c ti v o y d e
s i g ni fi c a c i ó n . F u i v i o l e n ta m e nt e a r ra nc a d o d e m i s m e d i t a -
ciones por un codo que se hundió con fuerza en mi costado.
—¡Lobsang! ¡Lobsang! ¿Qué es lo que te sucede? ¿Estás
"muerto"? ¡Levántate! ¡El servicio ha terminado ya!
V ac il an te , me pus e e n p ie y s al í de l Temp lo co n lo s de-
más. Algunas horas después, dije a mi Maestro, el Lama
Mingyar Dondup.
— ¡ Se ño r! ¡ Se ño r! ¿Ex is te D ios ? ¿Ex is t en los D ios es ?
Él me miró y me dijo:
—Vamos a la terraza, Lobsang. Aquí hay demasiada
gente para que podamos hablar.
C a m i n ó , d e l a nt e d e m í , p o r e l c o rr e d o r c ru z a nd o a n t e
las habitaciones de los lamas. Llegamos a la terraza tre-
pando por la escalera vertical de madera. Durante unos
instantes, contemplamos el amado paisaje. La inmensa mu-
ralla de las montañas. Las aguas luminosas de Kyi Chu y
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 73

el círculo rojizo del Kaling Chu. Bajo nuestros ojos, el


Norbu Linga, o Parque de las Joyas, surgía como una masa
viva de verdor. Mi Maestro me lo señaló todo.
—¿Crees que todo "esto" es fruto de la casualidad,
Lobsang? ¡"Naturalmente", Dios existe!
Nos dirigimos a la parte superior de la terraza y, allí, nos
sentamos.
—Tu pe nsa miento e s tá confuso , Lob sa ng — me dijo — .
Existe Dios. Existen los Dioses. Pero mientras permanezca-
mos sobre la Tierra, nunca podremos comprender la Forma y
Na tu r al ez a d e D ios . V iv imo s e n lo que p o drí amo s l la ma r e l
mu ndo tridimens ional. D ios hab i ta e n u n mu ndo ta n remo to
que el c e r e br o h u m a no , " m i e n t ra s p e rma n e z c a en la
tierra", es incapaz de elaborar un concepto necesario de
Dios y, por ello, el hombre se ve obligado a forzar su razón.
Se supone que "Dios" es algo humano o, si prefieres este
o tro té rm ino , " s o b r e hu m a no " , p e ro e l ho mb re , d e ac u e r d o
con sus categorías mentales, ¡tiene tendencia a creer que ha
sido hecho a Imagen de Dios! También cree que, en los
otros mundos, no existe la vida. Si el H ombre está hecho a
Imagen de Dios y los seres de los otros mundos de acuerdo
con otros moldes diferentes, ¿qué podemos pensar de nues-
tras concepciones, según las cuales "solamente" el Hombre
es Imagen de Dios?
El Lama me observó atentamente intentando comprobar s i
s egu ía su s razo nam ie ntos . Si n ni ngú n gé ne ro de du da s , yo
lo comprendía perfectamente. Su s palabras me parecían del
todo evidentes.
—Todos los mundos y todos los países de todos los mun-
dos, tienen su propio Dios o Ángel Tutelar. Nosotros lla-
mamos Manú al Dios que tiene el mundo a su cargo. Es un
Espíritu altamente evolucionado, un ser hu mano que, tras
numerosas reencarnaciones, quedó purificado de todas sus
e s c o r i a s . E x i s t e u n a v i nc u l a c i ó n e n tr e to d o s l o s Se re s Su -
periores y éstos, algunas veces, cuando es necesario, vuelven a
la tierra para mostrar a los mortales que, si quieren, pueden
elevarse sobre el barro de los deseos terrenos.
Asentí con la cabeza. Lo sabía. No ignoraba que Buda,
74 LOBSANG RAMPA

M o i s é s , C ri s t o y m u c ho s o t ro s ho m b re s p e r te n e c í a n a e s e
o rd e n d e S e res S u p e rio re s . Ta m p o c o ig n o ra b a q u e M a i t re -
ya, según afirman las Escrituras Budistas, vendrá al mundo
5 . 6 5 6 "m i l l o n e s " d e a ño s d e s p u é s d e B u d a o G a u ta ma , c o -
m o d e b e r í a e n r e a l i d a d s e r l l a m a d o . To d o e l l o , y m u c h a s
cosas más, formaba parte de nuestras enseñanzas religiosas
c o r ri e n te s , l o m i s m o q u e l a c e r t e z a d e q u e " to d a s " l a s p e r -
sonas buenas tenían las mismas oportunidades de evolucio-
nar, independientemente del nombre que se diera a sus
c re e n c i a s re l i gi o s a s . N o s o t ro s n u nc a h e m o s c re í d o q u e s o -
lamente puedan "alcanzar el Cielo" los que pertenecían a
una secta religiosa determinada y que todos los demás eran
precipitados en el Infierno para servir de diversión a algunos
demonios sanguinarios.
—Nosotros conocemos la existencia de Manú — prosi-
guió mi Maestro —, el Ser Altamente Evolucionado que
controla los destinos del mundo. Existen Manús menores
que son los que controlan el destino de cada país. Du rante
muchos años, el Mundo de los Manús estará en movimiento
inte rm in ablemente y, po r fin, cu ando es té adecuadamente
p re p a ra d o p a r a e l l o , r e c o r r e r á e l ú l t i m o p a s o d e s u e v o l u -
ción y dominará la Tierra.
—¡Entonces — exclamé con cierto aire triunfal — no
t o d o s l o s Ma nú s s o n b u e no s ! E l Ma n ú d e Ru s i a p e rm i te a
los rusos que atenten contra nuestra dicha. El Manú de
China permite a los chinos que atraviesen nuestras fronteras y
asesinen a nuestro pueblo.
El Lama sonrió.
—Lobsang — me respondió —. Te olvidas de que este
mundo es el Infierno y de que estamos aquí sólo para apren-
der. Si sufrimos es para que nuestro "espíritu" pueda seguir
su evolución. Las dificultades y el dolor nos sirven de ense-
ñ a n z a , p e r o l a v i d a f á c i l y l a c o n s i d e ra c i ó n d e l m u n d o n o
nos enseñan nada. Si hay guerras es para que los hombres
puedan mostrar su valentía en los campos de batalla y — lo
mismo que el hierro en la fragua — se templen y endurezcan
en el fuego de los combates. Nuestra envoltura carnal ca-
rece de importancia, Lobsang. Es solamente un muñeco
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 75

p ris ion e ro del ti empo . El A lm a , el Esp í ri tu , e l S e r (d al e el


no m b re q u e p re f i e r a s ) e s l o ú n i c o q u e i mp o rt a . C i e go s s o -
bre la Tierra, creemos que lo más importante es el cu erpo.
El miedo a los posibles sufrimientos de nuestro cuerpo
e nt u r b i a n u e s t r o r a c i o c i n i o y p a r a l i z a n u e s t ro j u i c i o . S i n
embargo, debemos actuar pensando siempre en nuestro bien
espiritual prestando, en todo momento, ayuda a los demás.
Los que obedecen ciegamente los dictados tiránicos de sus
padres se dañan a sí mismos y dañan a sus padres. Los que
siguen fanáticamente los principios de cualquier religión
dogmática también atentan contra su evolución.
—Honorable Lama — le interrumpí —, ¿puedo añadir
dos observaciones?
—Sí, puedes hacerlo — dijo mi Maestro.
—Me has dicho que nuestro aprendizaje es más acele-
rado cuando las condiciones son adversas. Yo creo que sería
preferible un poco más de suavidad. Creo que me sería
posible también aprender esas condiciones.
Me contempló pensativo.
—¿Crees que te sería posible? — me preguntó —. ¿Crees
que aprenderías las Sagradas Escrituras si no temieras a tus
maestros? ¿Harías tu trabajo en la cocina si no temieras re-
cibir el castigo que se aplica a los holgazanes? ¿Crees que lo
harías?
Incliné la cabeza. Tenía razón. Solamente trabajaba en
la cocina cuando me lo ordenaban. Estudiaba las Sagradas
Escrituras sólo porque temía las consecuencias de un even-
tual fracaso.
—¿Cuál es tu segunda pregunta? — inquirió el Lama.
—Verás, Señor, ¿cómo puede una religión dogmática
atentar contra nuestra propia evolución?
— Te p o n d r é d o s e j e m p l o s — r e s p o n d i ó m i M a e s t r o — .
Los c hi nos es tab an co nv e ncidos de que lo qu e hic ie ra n en
esta vida carecía de importancia, puesto que podían reparar
s u s f a l ta s y s u s e r ro re s c u a n d o s e re e n c a r n a ra n . El l o l es
condujo a adoptar una postura de indolencia mental. Su
re l igió n se conv i rtió p a ra el los e n una e spe ci e d e op io que
les arrastró a la pereza espiritual. Vivían solamente pensan-
76 LOBSANG RAMPA

do en su próxima existencia y ello determinó la decadencia


de su a rte y de su ci enci a . Ento nc es C hi na s e co nv i rtió e n
u n p a í s d e te rc e ra c a te g o r í a e n e l q u e l o s b a nd i d o s , tr a n s -
f o r m a d o s e n s e ño r e s d e l a g u e r ra , i mp l a nta ro n e l r e i na d o
del terror y del saqueo.
Yo me había dado cuenta de que los chinos que residían
en Lhasa eran innecesariamente brutales y estaban domina-
dos por el más absoluto fatalismo. ¡Para ellos, la muerte
no parecía tener más importancia que el mudarse de casa!
Yo no temía la muerte ni mucho menos, pero deseaba fer-
vientemente poder finalizar mi tarea en el curso de una sola
vida en lugar de diferirla, viéndome obligado a volver otras
mu chas vec es a es te mu ndo . Me "a te rraba " te n e r q u e vi vi r
nuevamente todo el proceso de nacer, ser un niño desampa-
rado y te ne r que i r de nue vo a la escu el a . D e seab a que m i
v ida a c tua l fue ra la úl tim a qu e vi vi e ra sob re la Ti e rra . Los
c hi no s h a b í a n r e a l i z a d o m a r a v i l l o s a s i n v e n c i o n e s , m a r a v i -
llosas obras de arte y habían creado una maravillosa cultura.
Pero ahora, después de haberse sometido servilmente a una
creencia religiosa, el pueblo chino estaba en plena decaden-
cia y había sido una presa fácil para el Comunismo. En
otra época, la ancianidad y la sabiduría eran en todo mo-
men to p ro funda me n te respetad as en Chi na , pe ro aho ra y a
no eran honradas como merecían. Y lo único que imperaba
era la violencia, el lucro personal y el egoísmo.
La voz del Lama Mingyar Dondup interrumpió mis
reflexiones.
¡Lobsang! Hemos analizado una religión que
p r e d i c aba la i nac ció n, cu ya s e ns eñ an za s a se gu rab an que
nad ie d e b í a i n t e n t a r i n f l u i r e n l o s d e m á s , c o n e l o b j e t o
d e n o a ñad i r nad a a su p rop io Ka rma , en virtud d el cua l la s
co nsecuencias de nuestros actos en la vida se pagan en las
vidas sucesivas.
Contempló la ciudad de Lhasa y nuestro pacífico Valle.
Después se volvió hacia mí de nuevo.
Las religiones de Occidente tienen una
a c e n t u a d a t e n dencia a ser exageradamente militantes. Los
occidentales no s e c o n f o r m a n c o n c r e e r l o q u e " d e s e a n "
creer, sino que
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 77

necesitan asesinar a los demás intentando convencerles de que


deben creer lo mismo.
No comprendo cómo "matar" a una persona
p u e d e ser considerado como una forma de religiosidad.
—No, Lobsang — me respondió —, pero en tiempos de la
I n q u i s i c i ó n e s p a ñ o l a , l o s c r i s t i a n o s d e u n g r u p o p e r s i gu ieron
a los que pertenecían a los demás grupos con la intención de
"convertirlos y salvarlos". Las personas eran tort u r a d a s e n l o s
p o t r o s y q u e m a d a s e n l a s h o g u e r a s ¡ p a r a obligarlas a cambiar
de creencias! Incluso en la actualidad, esa gente envía sus
misioneros que intentan por todos los medios conseguir que otros
pueblos se conviertan. Todo parece indicar que no tienen mucha
seguridad en su propia creencia
y necesitan que los demás den su aprobación y se muestren de
acuerdo con su religión, ¡como si la salvación dependiera de
simples cifras estadísticas!
Señor — le pregunté —, ¿crees que las personas
d e ben pertenecer necesariamente a alguna religión?
—¡C la ro ! ¡S i ell os lo d ese a n, na tu ra lm ente qu e s í ! — rep l i c ó
e l L a m a M i n g y a r D o n d u p — . S i n o h a n a l c a n z a d o toda ví a e l
g rado de p e rfec ció n nec esa rio pa ra ide n ti fic a rse con s u p rop io
s e r y co n e l Manú de l Mundo , sin duda a l guna será un gran
consuelo para ellos adherirse a algún sistema religioso formal.
Es una disciplina mental y espiritual y, gracias a ella, algu nas
personas se sienten vinculadas a un g rupo fa m il ia r, do nde un
Pad re bo ndadoso ve la po r e l los y una Madre compasiva está
siempre dispuesta a interceder en s u b e ne f i c i o a n t e e l P a d re . N o
c a b e l a m e no r d u d a d e q u e e se tipo de re l ig ió n es sa lu dab le
pa ra los qu e no se ha ll a n s u f i c i e nt e m e n te e v o l u c i o n a d o s . P e ro
s i e s a s p e rs o n a s s o n capaces de darse cuenta de que deben
dirigir sus plegarias a s u p r o p i o E s p í r i t u , p o d r á n p r o g r e s a r
c o n m u c h a m a y o r rapidez. Nos preguntan a menudo la razón de
que tengamos imágenes sagradas en nuestros Templos, e incluso
la razón de que te n ga m o s Te m p l o s . La r e s p u e s ta a esa
p re gu n ta e s bien simple. Esas imágenes sirven para recordarnos
que debemos evolucionar y que podemos convertirnos en
elevados seres espirituales. En cuanto a nuestros Templos, hay que
78 LOBSANG RAMPA

tener en cuenta que son lugares donde se pueden congregar


l as pe rsonas qu e pos ee n m en tes idé ntic as co n e l obj e to de
estimularse recíprocamente en la tarea de alcanzar cada
u na su p ropio S e r. Medi ante l a o rac ión, aú n en e l ca so de
que ésta no esté debidamente orientada, es posible alcanzar
un grado más elevado de vibración. La meditación y la
contemplación son beneficiosas lo mismo si se hacen en un
Templo, en una Sinagoga o en una Iglesia.
Sus palabras me hicieron reflexionar. Allá abajo, res-
plandecía el Kaling Chu, deslizándose cada vez más rápido
conforme su cauce se estrechaba y se convertía en remolinos
de espuma bajo el Puente de Lingkar Road. Hacia el sur, en
la lejanía, un grupo de hombres esperaban al barqu ero del
Kyi Chu. Los mercaderes habían llegado al despuntar el día y
habían traído a mi Maestro diarios y revistas de la India
y d e o t r o s r e m o t o s p a í s e s . E l L a m a M i n g y a r D o n d u p hab ía
v ia jado mu c ho y muy f r e cu e n te me n te y s e ma n te ní a en
estrecho contacto con los acontecimientos que se producían
más allá del Tibet. Diarios. Revistas. Un pensamiento d a b a
v u e l t a s e n m i c a b e z a . H a b í a s i d o d e t e r m i n a d o p o r nu estra
conversación. ¿D iarios? ¡De pronto, salté como impul sado
p o r u n re so r te ! E r a al go qu e yo hab ía v is to , no en l o s
d i a r i o s , s i no e n u n a re v i s ta , p e ro ¿ d e q u é s e t ra ta b a ? ¡ L o
recordé de repente! ¡Lo veía todo claro! Contemplé
v a ri as pá g in as s i n comp rende r lo qu e d e cía n a que llo s idi o -
mas extranjeros. Esperaba encontrar alguna fotografía. Una
p á g in a ilu s trada apa r ec ió ant e mi s ojo s . U n a fo to gra fí a de
una máquina voladora atravesando las nubes, cubriendo con
su sombra un ensangrentado campo de batalla. Mi Maestro, a
quien mostré mi descubrimiento, me tradujo el texto.
¡Honorable Lama! — exclamé excitado —.
E s t a m a ñana me hablaste de esa visión a la que tú llamaste
el Ángel d e Mo ns y qu e al gu nas pe rso na s p re te nde n habe r
v is to en el campo de batalla. ¿Es Dios acaso?
No, Lobsang — respondió mi Maestro —.
Son m u chos los hombres que, en un momento de
d e s e s p e r a c i ó n , pretenden haber visto la figura de u n Ángel o
de un Santo, como dicen ellos. Su estado de urgente necesidad y las
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 79

intensas emociones vividas en el campo de batalla, estimu-


l a n su s pe nsam ie ntos , su s de seos , y d an i n te ns idad a su s
plegarias. Con ello, como ya te dije, crean una forma mental a
la que poder aferrarse. Cuando aparece el primer trazo
espiritual de una visión, los pensamientos y las plegarias del
hombre que, inconscientemente, la determina se van inten-
s i fica ndo y, poco a poco , la v is ió n ad qu i ere du rante a l gún
t i e mp o m a y o r fu e r z a , m a y o r s o l i d e z . N o s o tro s h a c e m o s l o
mismo, en el Tibet, cuando "emitimos formas mentales"
en el Templo Interior... Pero marchémonos ya, Lobsang,
porque es bastante tarde y todavía no se han terminado las
ceremonias del Lobsar.
Recorrimos los corredores y nos dirigimos a los lu gares
donde, en la Época de la Celebración, se agrupaba la co-
munidad de la Lamasería. El Maestro de Arte vino a bus-
carme porque quería que un muchacho, pequeño y ligero
como yo, subiera al andamio para introducir algunas modi-
f i c a c i o ne s e n l a p a r te s u p e ri o r d e l a c a b e z a d e u n a d e l as
figuras. Mu y satisfecho, le seguí hacia la habitación donde
modelábamos. Me puse un viejo manto, cubierto por com-
pleto de manchas de cera de todos los colores, enrollé a mi
cintura una cuerda para poder subir luego los materiales y
trepé al andamio. Como el Maestro de Arte me había ad-
vertido, una parte de la cabeza se había despegado del marco
de mad era . Con a yuda d e la c ue rda p edí u n cu bo d e c era,
qu e n e c e s i ta b a p a ra re a l i z ar m i t rab a j o . Y d u ra n te va ri as
horas me afané por colocar la cabeza en su lugar, mediante
u nas tab li l las qu e c la vé en el m a rco que se rv ía de fo ndo a la
escena. Después, el Maestro de Arte contempló mi labor con
ojos de entendido y me dijo que estaba satisfecho. Len-
tamente, entumecido, descendí del andamio. Me cambié de
ropa y, lleno de satisfacción, me apresuré a salir.
Al día siguiente, estaba yo, con otros muchos "chelas",
e n l a ll anu ra de Lhasa , a los p ies de l Po ta la , junto a l pue -
blecito de Shó. Se suponía que estábamos contemplando las
p ro c e s i o n e s , l o s j u e g o s , l a s c a r re ra s . P e ro e n re a l i d a d , l o
que hacíamos era exhibirnos orgullosamente ante los humildes
peregrinos que recorrían los senderos montañosos, re-
80 LOBSANG RAMPA

cordándoles que debían estar en Lhasa en la época del


Lobsar. Acudían a la Meca del Budismo desde todo el mundo
budista. Ancianos decrépitos, mujeres jóvenes que llevab a n
e n b ra z o s a s u s h i j o s , to d os l l e g a b a n c o n v e n c i d o s d e que
recorriendo el Círculo Sagrado de la Ciudad y subiendo al
Potala se quedaban limpios de su s pecados pasados y se
a s e g u ra b a n u n a b u e na r e e n c a r n a c i ó n s o b re l a t i e r r a . L o s
a d i v i n o s l l e n a b a n e l c a m i no d e L i nd k o r . Lo s v i e j o s m e n d i -
gos pedían limosna gimoteando. Y los mercaderes, con sus
bultos sobre la espalda, iban en busca de clientes, abriéndose
paso entre la multitud. Muy pronto me sentí cansado de
aquel espectáculo delirante, de la muchedumbre bobalicona y
de sus interminables y estúpidas preguntas. Me separé de mis
compañeros y, lentamente, subí hasta la lamasería, que era mi
hogar, por el sendero montañoso.
En mi lugar preferido, sobre la terraza, todo era quie-
tu d. El sol proporcionaba un agradable calorcillo. Allá abaj o ,
e n l a l e j a n í a , s e e s c u c h a ba e l ru mo r c o n fu s o d e l a mu -
chedumbre que, poco a poco, me fue relajando hasta que
m e a d o rm e c i ó e n l a v a g a t i b i e za d e l m e d i o d í a . U na f i g u ra
indefinida se materializó en los últimos límites de mi campo
v isu al . Me dio do rm ido , s acud í m i cabe za , pa rp adea ndo va -
rias veces. Pero la figura no desaparecía. Seguía allí, y pare-
cía incrementar su nitidez y su densidad. Sentí que los
cabellos de mi nuca se erizaban de temor.
Tú n o e r e s u n e s p í r i t u ! — e x c l a m é — . P e r o ¿ q u i é n
eres?
La Figura sonrió levemente y me respondió.
—No, hijo mío, no soy un espíritu. En otros tiempos,
estudié también aquí en Chakpori y, como tú estás haciendo
ahora, pasé en esta terraza mis momentos de ocio. Deseaba
yo entonces, sobre todas las cosas, liberarme lo antes posible
de los deseos terrenos. Por ello, decidí encerrarme entre
los muros de aquella ermita.
Señaló hacia arriba y yo seguí con la mirada la direc-
c i ó n d e s u b ra z o e x t e n d i d o ; d e s p u é s , m e s i g u i ó h a b l a n d o
telepáticamente.
—Y ahora, al cumplir el décimo primer Lobsar, he
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 81

c o n s e gu i d o re a l i z a r m i d e s e o d e e nto nc e s . P u e d o d e j a r m i
cuerpo seguro dentro de la celda de mi ermita y vagar
errante donde mi voluntad me lleva. Y es aquí adonde he
q u e ri d o re a l i za r m i p r i m e r v i a j e , p a ra p o d e r c o n te m p l a r a
la mu ltitud de nuevo y visitar, una vez más, este lu gar que
tanto he reco rdado a lo la rgo de mi v ida. He conseguido la
libertad, muchacho. La he conseguido.
Se desvaneció ante mis ojos como una nube de incienso
que hubiera dispersado la brisa nocturna.
¡L as e rmitas! Noso tro s , lo s "c he las ", h abíamos o ído h a-
b l a r m u c ho d e e l l a s , p e ro , ¿ c ó m o e ra n po r d e n t ro ? N os l o
preguntábamos con frecuencia. ¿Por qué los hombres se en-
carcelaban voluntariamente en aquellas cámaras de roca que
asomaban peligrosamente en los bordes de la montaña?
¡También nos habíamos hecho esa pregunta! Decidí inte-
rro ga r a m i am ado M aes tro . Reco rdé de spué s que , no mu y
l e j o s d e d o nd e y o m e ha l l a b a , v i v í a u n v i e j o m o n j e c h i n o . El
anciano Wu Hsi había vivido una interesante existencia. F u e
m o n j e d e l P a l a c i o d e l o s E m p e r a d o r e s e n P e k í n , d u rante
algunos años. Pero sintiéndose cansado de aquel géner o d e
v i d a , h a b í a v i s i t a d o e l Ti b e t e n b u s c a d e l a v e r d a d . Lle gó
a l C hakpo ri po r ca sua lid ad y fu e acep tado . Despu és d e
a l g ú n t i e m p o , s e s i n t i ó t a m b i é n c a n s a d o d e s u n u e v a vida
y se refugió en una ermita donde, durante siete años, había
vivido solitario. Sin embargo, después regresó al Chakpori y
allí vivía esperando la muerte. Decidí visitarle. Corrí por el
pasillo y, acercándome a su celda, le llamé.
—¡Adelante! ¡Adelante! — le oí decir desde dentro con
voz temblona.
En tré y , po r pri me ra ve z, me e nco ntré e n p res enci a de
Wu Hsi, el monje chino. Estaba sentado con las piernas
cruzadas. A pesar de su edad, su tronco estaba tieso como
u n jove n ba mbú . Te n ía los pómu los p romi nent es y su p iel
era muy, muy amarilla y como apergaminada. Sus ojos eran
ex trao rdina riam ente ne gros y rasg ados . Su b a rba e ra mu y
escasa y de su labio superior colgaban los pelos, muy largos
p e ro t a m b i é n e s c a s o s , d e s u b i g o te . Su s m a n o s te n í a n u n
color amarillento oscuro y estaban llenas de las manchas de
82 LOBSANG RAMPA

l a a nc i a n i d a d . S u s v e na s s e ma rc a b a n a t r a v é s d e s u p i e l
c o mo l a s ra í c e s d e u n á rb o l . C o n fo rm e m e a c e rc a b a h a c ia
él, seguía a ciegas mis movimientos, sintiendo mi presencia
pero sin llegar a verme.
¡Hmmmm! — dijo —. Por tu forma de
a n d a r , c r e o que eres un muchacho. ¿Qué deseas, hijo?
Señor — le dije —. Durante mucho tiempo
v i v i s t e e n una ermita. ¿Puedes contármelo, Sagrado Señor?
— Sié n ta te , hi jo — mu rmu ró , c hu p ando l as g u ías de su
b igo te — . H ace ya mu cho tie mpo qu e no h ab lo de l p asado ,
aunque pienso en él constantemente... Cuando era niño —
p ros iguió de spués de una pausa — viajé mu cho y visité la
I nd ia . A ll í vi a l os e remi ta s e nc e rrados e n su s cu eva s y m e
pareció que algunos de ellos habían alcanzado la verdad.
— A g i t ó l a c a b e z a . — L a s p e r s o n a s c o r r i e n t e s e r a n mu y
h o l g a z a n a s y s e p a s a b a n e l d í a s i n h a c e r n a d a , b a j o los
árboles. ¡Era triste! ¡ ¡Muy triste!!
Sagrado Señor — le interrumpí —. Preferiría
q u e m e hablases de las ermitas del Tibet.
¿Cómo? ¿Qué dices? — exclamó débilmente
—. ¡Ah, sí! Las ermitas del Tibet. Cuando regresé de la
India, me di cuenta de que la vida de mi ciudad natal, de
Pekín, me abur r í a y no me p ro p o rc i o n a b a la m e no r
e ns e ña n za . P or e l l o , tomé nuevamente mi cayado y, du rante
varios meses, camin é en dirección a las fronteras del
T i b e t . — Y o s u s p i r é i m p a c i e n te . — D e s p u é s d e mu c ho
t i e mp o , t ra s h a b e r r e c o r r i d o m u c ha s l a m a s e r í a s , s i e m p r e
e n b u s c a d e l a v e rd a d , llegué al Chakpori. Como en China
era médico, el Superior me permitió que me quedara aquí. Yo
estaba especializado en acupuntura. D urante algunos años,
viví satisfecho. Después, sentí el deseo de vivir en una ermita.
Yo temblaba de impaciencia. Si el anciano se demoraba
tanto, llegaría tarde a los cultos ¡y yo no podía faltar al
servicio nocturno! Mientras me perdía en estas reflexiones,
escuché la primera llamada de los gongs.
Respetado Señor — le dije levantándome
d e m a l a gana —, es preciso que me vaya.
No, hijo — me respondió el anciano riéndose
—. Pue-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 83

des quedarte. ¿Acaso no estás aquí recibiendo las enseñan-


z as d e un H e rmano Mayo r? N o te va yas . Es tás d ispe ns ado
del servicio nocturno.
Me senté de nuevo. Sabía que era así. A pesar de que él
no era un lama sino un asceta, como consecuencia de su
edad, sus viajes y su experiencia, era considerado como un
Hermano Mayor.
—Vamos a tomar té, hijo — exclamó —. Vamos a to-
mar té porque mi cuerpo está débil y siento sobre mí el
peso de los años. Té para el joven y para el viejo.
Respondiendo a su llamada, un monje sirviente nos trajo
té y cebada. Los mezclamos con nuestro "tsampa" y nos
dispusimos, él a hablar y yo a escucharle.
—El Superior me concedió autorización para abando-
nar Chakpori y trasladarme a una ermita. Con un monje
ayudante salí de aquí y subí a las montañas. Después de una
marcha de cinco días, llegamos a un lugar que puede verse
desde la terraza, mirando hacia arriba.
Asentí con la cabeza. Conocía el lu gar. Era un pequeño
edificio solitario construido en un elevado paraje del Hima-
laya. El anciano prosiguió su relato.
—El lugar estaba vacío. Su ocupante había muerto re-
cientemente. Entre el ayudante y yo lo limpiamos todo.
Después, por última vez, contemplé Lhasa, Chakpori y el
Po ta la , y e ntré en la cáma ra in terio r. El ayudante tap ió la
puerta sólidamente y yo quedé allí solo.
—¡Pero, Señor! ¿"Cómo" es el interior?
—Es un edificio de piedra — respondió el anciano Wu
H s i p a u s a d a m e nt e , m i e n t ra s s e ra s c a b a l a c a b e z a — . Su s
muros son muy gruesos. La puerta queda cerrada por un
tabiqu e. En un rincón, hay un orificio por el que no puede
e nt ra r l a l u z y p o r e l q u e e l e re mi ta re c i b e l o s a l i m e n to s .
S e t ra ta d e u n t ú n e l o s c u ro q u e c o m u ni c a l a c á m a r a i n te -
ri o r con la hab i tac ió n que ocup a el ayud ante . S e vi ve com-
p l e ta m e n t e a i s l a d o . L a o s c u r i d a d e ra t a n e s p e s a q u e c a s i
podía palparse. No entraba ni el menor destello de luz ni el
menor ruido. Sentado en el suelo, inicié mis meditaciones.
Al principio, tuve alucinaciones y creí ver rayos y franjas
84 LOBSANG RAMPA

luminosas. Luego me pareció que la oscuridad me estran-


g ul aba como si es tu v ie ra rode ado d e b a rro . El tie mpo de jó
de existir. Pronto sonaron en mi imaginación cánticos y so-
nidos de campanas y gongs. Y después, sintiendo que me
ahogaba, me precipité contra los muros de mi celda enlo-
quecido, intentando salir. La diferencia entre el día y la no-
che había dejado de existir. La oscuridad y el silencio de las
tumbas lo dominaba todo. Poco a poco, sentí que mi espíritu
se apaciguaba y mi terror se desvanecía.
Yo intentaba visualizar la escena: El anciano Wu Hsi
— ¡e nto nce s jov en ! — e nvu el to e n la o scuri dad v iv ie nte de
su celda, abismado en el silencio absoluto.
—Cada dos días — prosiguió el anciano —, llegaba el
a yu d a n t e y c o l o c a b a a n t e e l o ri f i c i o u n p o c o d e " ts a m p a " .
Se acercaba tan silencioso que nunca le oía. La primera vez.
cuando buscaba mi comida a tientas, en la oscuridad, le di
un golpe y la coloqué fuera del alcance de mi mano. Al
darme cuenta de que me era imposible llegar hasta ella,
llamé al ayudante y grité, pero mi voz no salió de mi celda.
Por esta razón, me vi obligado a esperar otros dos días.
—Señor — le pregunté —, ¿qué sucede si un eremita
cae enfermo o muere?
—Hijo mío — dijo Wu Hsi —, si un eremita cae en-
fermo, muere. El ayudante le sigue llevando la comida cada
dos día s du rante u n pe ríodo de ca to rce dí as . Tra nscu rri do
ese tiempo, si el eremita no ha tocado los alimentos, suben
unos hombres, echan abajo el tabique que obstruye la puerta
y sacan su cuerpo.
C o m o y a h e d i c h o , W u H s i h a b í a s i d o e re mi ta d u ra n te
siete años.
—¿Y qué ocurre en los casos en que, como sucedió
contigo, el eremita resiste todo el tiempo fijado previa-
mente?
—Yo viví allí durante los dos años que me había pro-
puesto. Y después amplié ese plazo a siete años. Cuando se
fue acercando el momento de mi salida, hicieron un dimi-
nuto orificio en el techo con objeto de permitir que pa-
sara un insignificante rayo de luz. Periódicamente fueron
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 85

ampliando el o rificio para que entra ra un po co más d e c la -


ridad. Hasta que por fin, al cabo de algún tiempo, ya me
f u e p o s ible r es is t i r e l sol sob re mi s o jos . S i u n e rem i ta e s
tra sl adado a l ex te rio r súbi ta me nte e n p leno dí a , se vuel ve
ciego en el acto porque la oscuridad ha dilatado demasiado
sus pupilas y éstas han perdido el hábito de contraerse.
C u a n d o s a l í , m i p i e l e ra p á l i d a y b l a nc a y m i s c a b e l l o s s e
habían puesto tan blancos como la nieve de las montañas.
Me dieron masajes e hice ejercicio porque la inmovilidad
había anquilosado mis mú sculos. Recobré mis fu erzas poco a
poco y por fin, con el auxilio de mi ayudante, pude bajar de
la montaña y volver al Chakpori.
Y o m e d i ta b a s u s p a l a b ra s e i n te n ta b a i ma g i na rm e l o s
i n t e rmi na b l e s a ño s d e o s c u ri d a d , d e s i l e nc i o a b s o l u to , v i -
v i d o s e n l a s o l e d a d . Y m e s e n t í a m a ra v i l l a d o a n t e a q u e l la
proeza.
—¿Y cuáles fueron las enseñanzas que obtuviste con
ese sacrificio? — le pregunté por fin —. ¿"Valió la pena"
hacerlo?
—¡Sí, hijo, sí, valió la pena! — dijo el viejo monje —.
Comp rend í e l s en tido de l a v ida y la fin ali dad de l ce rebro .
Me liberé de mi cuerpo y conseguí, lo mismo que tú ahora,
introducir mi espíritu en lo astral.
— P e ro , ¿ c ó m o s a b e s q u e n o fu e u na s i mp l e i l u s i ó n de
tus sentidos? ¿Cómo sabes que no estabas loco? ¿"Por qué"
no podías, lo mismo que yo ahora, introducirte en lo astral?
W u H s i e m p e z ó a r e í r y s i g u i ó r i e n d o h a s ta q u e l a s l á -
grimas resbalaron por sus arrugadas mejillas.
— ¡ P re gu n t a s ! ¡ P r e g u n ta s ! ¡ P r e g u n t a s ! — d i j o a l f i n — .
¡Las mismas preguntas que yo me hacía...! Primero me
dominó el pánico y maldije el día en que se me ocurrió
hacerme monje y el día en que entré en mi celda de eremita.
Pero poco a poco fui capaz de seguir las normas que regulan l a
respiración y pude empezar a meditar. Como ya te he
d ic ho , a l p ri nc ip io tu ve al uc i nac io nes y cre í v e r co sas que
no e x i s t í a n . P e ro e l d í a q u e m e l i b e ré d e m i c u e rp o , l a o s -
curidad dejó de ser oscuridad para mí. Vi mi propio cuerpo
sentado en el suelo en actitud meditativa. Vi mis ojos cie-
86 LOBSANG RAMPA

gos, fijos, desorbitados. Vi la palidez de mi piel y la delgadez


de mi carne. Me elevé sobre mí mismo, atravesé el techo de
mi celda y vi a mis pies el Valle de Lhasa. Observé los
cambios que se habían producido, contemplé a los viejos
amigos y, al entrar en el Templo, conversé telepáticamente
co n u n la ma , qu e m e co n fi rmó que rea lm ente hab ía co nse -
g u i d o m i l i b e ra c i ó n . R e c o r r í e l p a í s e n t e r o y v i s i t é p a í s e s
extranjeros. Y cada dos días, regresaba de nuevo a mi cuer-
po , rea ni má ndo lo pa ra qu e pud ies e re cog e r l a comida y a li -
mentarse.
Pero ¿por qué no podías, sin necesidad de
someterte a la vid a e re mí tic a , re al iz a r eso s v ia jes
a s tra les ? — le p regunté.
La mayor parte de los humanos somos seres
c o r r i e n t e s . So n mu y p o c o s l o s q u e p o s e e n l o s p o d e re s
e s p e c i a l e s que te han sido entregados a ti con el objeto de
que puedas r e a l i z a r t u m i s i ó n . Y a s é q u e h a s l l e g a d o m u y
l e j o s e n l a dim en sió n a s tral . P e ro te n e n cu en ta qu e hay
mu chas p e rsonas qu e, como yo, deben templarse en la
soledad y en el sacrificio para poder liberar su espíritu del
yugo de la carne. T ú e r e s u n o d e l o s a f o r t u n a d o s , h i j o
" M u y " a f o r t u n a d o ! — Su spi ró y d i jo e n u n su su rro . — Vete
y a . Te ngo qu e de sc a n s a r . H e h a b l a d o d u r a n t e m u c h o
t i e m p o . V u e l v e a v i s i tarme otra vez. Siempre serás bien
recibido... a pesar de tus preguntas.
Me volvió la espalda y yo, musitando palabras de gra-
titud, me puse en pie, me incliné ante él respetuosamente y
salí de su habitación. Mis pensamientos me tenían tan abs-
traído que anduve directamente hasta el muro de enfren-
te y tropecé con él de tal forma que faltó muy poco para
que mi espíritu abandonara mi cu erpo. C aminé lentamente
por el corredor, frotándome la cabeza dolorida, y me fui
al Templo.
El servicio de medianoche estaba terminando. Los mon-
jes se apresuraban ansiosos, para tener unas horas de reposo
y d e su e ño has t a e l d ía si gui e n te . E l a nc iano lec to r colo có
la señal cuidadosamente entre las páginas del libro y descen-
dió, presuroso también, de su tribuna. Los ojos perspicaces
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 87

de los vigilantes, siempre atentos para evitar los alborotos o


para dar alguna llamada de atención a los muchachos dis-
traídos, parecieron relajarse. El servicio tocaba a su fin. Los
pequeños "chelas" eran objeto de la última inspección de la
jornada y se escuchaba el susurro apenas reprimido de una
gran reunión dispuesta a disgregarse. De pronto, un espan-
toso alarido pareció perforar nuestros oídos. Una figura
salvaje saltó sobre las cabezas de los monjes que permane-
cían en sus asientos e intentó atacar a un joven asceta que
sostenía dos varillas de incienso. Todos nos levantamos
sorprendidos. Ante nosotros, el salvaje se retorcía convulsi-
vamente, arrojando espumarajos entre sus labios contraídos
y lanzando gritos horribles desde su garganta torturada.
Durante unos instantes, todo se quedó paralizado. Los
monjes policías permanecían inmóviles, helados de asom-
b ro . Lo s s a c e rd o t e s q u e o fi c i a b a n s e ha b í a n q u e d a d o c on
l os b razo s al zado s . De spués, l os v i gi la ntes e ntra ron e n ac -
ción con violencia. Rodearon al loco y, con gran rapidez,
l o dom in a ron , a tand o su man to e n to rno a su c ab e za p ara
que no se oyeran los juramentos que surgían como un to-
rrente de su boca. Con gran eficiencia y rapidez, lo sacaron
del Templo.
El servicio terminó. Nos levantamos y salimos rápida-
m e n te p a ra p o d e r h a b l a r d e l e s p e c tá c u l o q u e a c a b á b a m o s
de presenciar, una vez estuviéramos afuera.
Es Kenji Tekeuchi — dijo cerca de mí un
j o v e n a s ceta —, un monje japonés que ha viajado por
t o d o s l o s países.
Sí, eso dicen — dijo otro —. Se ha recorrido el
m u n do entero.
—Buscando la Verdad — dijo un tercero —, pero con
la esperanza de poder alcanzarla sin necesidad de tener
que esforzarse demasiado.
Me marché lleno de preocupaciones. ¿"Por qué" la
"búsqueda de la Verdad" podía enloquecer a un hombre?
La h abi tac ión e s taba fría y yo temb lab a . Me e nvo lv í e n mi
manto y me dispuse a dormir. Cuando los gongs nos lla-
maron nuevamente al servicio, me pareció que acababa de
88 LOBSANG RAMPA

acostarme. Miré por la ventana y vi brillar los primeros


ra yos de l so l de sce nd ie ndo de sde lo a l to de l as mo n ta ña s ,
con sus columnas de luz parecidas a dedos gigantescos que
se alzaban al cielo como para alcanzar las estrellas. Suspiré
y atravesé velozmente el corredor con la esperanza de no
ser el último en llegar al Templo y librarme de las iras
de los vigilantes.
— P a re c e s e s ta r p e n s a t i v o , L o b s a ng — d i j o m i Ma e s t ro
el Lama Mingyar Dondup, cuando fui a verle después del
servicio de mediodía.
Me invitó a sentarme con un gesto.
— V i s te a l mo n j e j a p o n é s Ke n j i Te k e u c hi e n e l Te mp l o ,
¿verdad? — me dijo —. Quiero hablarte de él ya que vas a
volver a verle.
Me senté con la mayor comodidad posible. Todo pa-
recía indicar que nuestra sesión no iba a ser breve. ¡Me
había "cazado" para el resto del día! Al ver mi expresión,
el Lama se sonrió.
— ¿ Q u i e re s q u e to m e m o s u n p o c o d e té i nd i o . . . y u no s
p a s te l e s . .. p a ra e nd u l za r l a p í l d o ra , L o b s a n g ? — A n te e s a
perspectiva me animé de pronto. Él seguía sonriendo. —
E l s i rv ie n te lo v a a t rae r t od o en se gu ida — a ñad ió — . ¡Te
estaba esperando!
"Es cierto — pensé, al ver que entraba el monje sir-
viente —. ¿Dónde podría yo encontrar un Maestro como
éste?" Los dulces de la India me complacían extraordina-
riamente. ¡Y los ojos del Lama se desorbitaban, algunas
v ece s , so rp rend idos al comp roba r cuá n tos era cap az de "l i-
quidar"!
—Kenji Tekeuchi — dijo mi Maestro — es... era... un
hombre muy versátil. Fue un gran viajero. Durante toda
su vida (y ahora pasa ya de los setenta años), se ha reco-
rrido el mundo entero buscando lo que él llama "la Ver-
dad". Sin embargo, aunque él no lo sabe, la verdad está
e n su in te rio r. Pe ro e n lug a r de bus ca rla de n tro de s í mis -
mo, realizó interminables viajes. Estudió muchas religiones
y l e y ó , o b s e s i o n a d o , m u c h o s l i b ro s d e tod o s l o s p a í s e s d e
la tierra, buscando, siempre buscando. Después de mucho
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 89

t i e mp o , l l e g ó h a s t a n o s o t r o s . H a e s t u d i a d o t a n t a s t e o rí a s
co n tra ria s que su au ra ps íqu ica se ha ll a co n ta mi nad a . Ha
l e í d o t a n to y c o mp re nd i d o ta n p o c o q u e c a s i s i e m p re e s t á
enajenado. Es como una esponja humana que absorbe to-
dos los conocimientos, pero es incapaz de asimilarlos.
—Entonces, señor — le pregunté —, ¿crees que el es-
tudio de los libros es inútil?
—Nada de eso, Lobsang — replicó el Lama —. Pero,
como todos los hombres de criterio, me opongo a la lec-
tu ra de folletos, panfletos y libros de ocultismo y de cultos
extraños. Los que leen esas obras "envenenan" su espíritu,
se cierran a sí mismos la senda de todo progreso futuro
hasta que se desprenden de esos falsos conocimientos y se
convierten en niños ignorantes.
—Honorable Lama — le pregunté —. ¿"Cómo" puede
l a lec tu ra i nade cuada condu ci r, al gu na s vec es , a la co n fu-
sión y a la locura?
—Es una larga historia — me respondió el Lama Min-
gyar Dondup —. En primer lugar, es necesario que anali-
c emos a l gun as cos as es enci al es . ¡ Te n p ac ienc ia y e scúc ha -
m e! Lo s human o s somos lo m is mo qu e t í te r es sob re la Ti e -
rra. Estamos hechos de moléculas vibrátiles rodeadas de
cargas de electricidad. Nuestro espíritu tiene una escala
de vibración mucho más elevada que la de nuestro cuer-
po, una carga eléctrica mucho mayor. Entre nuestra escala
de vib rac ión y l a e sca la d e vi b rac ió n de nue s tro S e r ex is te
u n a re l a c i ó n p e r f e c ta me n te d e fi ni d a . E l p ro c e s o d e c o m u -
ni cac ió n en tre no so tros , e n l a Ti e rra , y nue s tro Se r, e n la
dimensión donde éste se halle, puede ser comparado con el
p roc eso a travé s d el cu al las ond as h e rtzianas pued en ser
transmitidas, a través de los mares y de los continentes, a
u n a p e rs o na d e a l g ú n p a í s re m o to . N u e s tro s c e re b ro s s o n
lo mismo qu e receptores de radio que reciben los mensajes
de "alta frecuencia", las órdenes y las instrucciones de
nuestro propio Ser, para transformarlas en impulsos de
baja frecuencia capaces de controlar nuestras acciones. El
cerebro es el instrumento electro-químico-mecánico que nos
mueve sobre la Tierra. Pero las reacciones químicas deter-
90 LOBSANG RAMPA

m i n a n u n fu n c i o n a m i e n to d e fe c tu o s o d e nu e s tro c e re b r o ,
interfiriendo parte del mensaje ya que es muy difícil, mien-
t r a s pe r ma ne zc amos e n l a Ti e rra , re cib i r e l m e nsa je " exacto"
que nuestro Ser nos "transmite". Y ello es debido a que l a
Mente es capaz solamente de llevar a cabo acciones li-
mitadas, a no ser que se vincule al Ser. La Mente puede
a cep ta r c ie rtas re sponsab il idad es , fo rma rs e ci e rtas op in io -
n e s e i n te n ta r c o l m a r e l a b i s mo e x i s te n te e n tr e l a s c o n d i -
ciones "ideales" del Ser y las dificultades vigentes sobre la
Tierra.
Pero, ¿aceptan los occidentales la teoría de la
e l e c t r i cidad cerebral? — le pregunté.
Sí — respondió mi Maestro —. En algunos
hospitales, se registran las ondas cerebrales de los
pacientes y han descubierto que algunos desórdenes mentales
tienen un diagrama c e re b ra l c a ra c te r í s ti c o . D e e s ta fo rm a , a
través del e s tudio de las ondas del cerebro es posible
determinar si una persona su fre alguna enfermedad o
desorden mental. Sucede con frecuencia que una dolencia
física determinada produce en el cerebro ciertas sustancias
químicas que contaminan sus ondas y producen algunos síntomas
de locura.
¿Es muy grave la locura del japonés? — le
p r e g u n t é . —Vamos a verle ahora mismo. Está en uno
d e s u s p e ríodos de lucidez.
E l La m a M i n g y a r D o n d u p s e l e v a n tó y s a l i ó p re s u ro s o
de l a hab i ta ció n. Yo l e se guí ráp ida me n te . A trave samo s v a-
rios corredores y llegamos al lugar apartado donde eran
a lo jado s lo s qu e es t ab a n som e tid o s a t r a ta mi en to méd ico .
En u n pequ eño dormitorio, desde cuya ventana se divisaba
e l K ha t i L i n g a , e l m o n j e j a p o n é s m i r a b a a l o l e j o s s u m i d o
en profundas reflexiones. Al acercarse el Lama Mingyar
Dondup, se levantó, le estrechó las manos y se inclinó ante él
con el mayor respeto.
Siéntate — dijo mi Maestro —. He traído a
este joven pa ra qu e e scu c he tu s p alab ras . Sigu iendo
ó rde ne s de l P rofundo, está recibiendo una enseñanza intensiva.
El Lama le saludó, nos volvió la espalda y salió de la
habitación. El japonés me miró fijamente durante unos ins-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 91

tantes. Después, me invitó a sentarme. Y yo me senté, aun-


que a una distancia prudencial ya que no sabía si existía el
riesgo de que sufriera otro ataque de violencia.
—No llenes tu cabeza de teorías sobre lo oculto, mu-
c ha cho — me d ijo — , po rqu e e l lo te p roduci rá u na ind i ges -
tión capaz de obstaculizar todo progreso espiritual. He estu-
d i a d o to d a s l a s re l i g i o ne s , to d o s l o s c u l to s m e ta f í s i c o s d e
que tuve noticia y ello me envenenó, enturbió mi visión de
las cosas y me convenció de que yo era un Elegido. Pero
a ho r a , m i c e re b ro e s t á e n fe rm o y , e n o c a s i o ne s , p i e rd o e l
control de mí mismo y escapo en busca de mi Espíritu.
—Pero, señor — exclamé —, ¿es acaso posible aprender
algo sin leer ningún libro?; ¿qué daño pueden causarnos las
palabras impresas?
—Sin duda alguna, puedes leer, hijo — me respon-
d ió —, p e ro debe s e le gi r cu idado sam ente tus le c tu ras , p ro-
curando comprender con segu ridad su contenido. Las pala-
bras impresas no entrañan ningún peligro intrínseco, pero
"existe" el peligro de los pensamientos que éstas puedan
determinar. No es aconsejable comer todo lo que cae en
nu es tras ma nos , me zc la ndo a l ime n tos i ncomp a tib le s . Tam -
poco se debe n l ee r l ib ros que s e con tradi gan u nos a o tro s o
q u e p ro m e ta n p o d e re s o c u l t o s , p o rq u e e l l o p u e d e e ng e n -
drar Formas Mentales imposibles de controlar, como me
sucedió a mí, que nos causan un gran daño.
—¿Has visitado todos los países del mundo? — le pre-
gunté.
El japonés me miró y sus ojos se llenaron de una luz
extraña.
—Nací en una pequeña aldea del Japón — dijo —, y
c u a n d o a l c a nc é l a e d a d re q u e ri d a p a ra e l l o , i n g r e s é e n e l
Servicio Sagrado. Du rante muchos años, estudié religiones
y practiqué el Ocultismo. Fue entonces cuando mi Supe-
rior me ordenó que viajara, que visitara otros países. Du-
rante cincuenta años, visité un país tras otro, recorrí todos
los continentes, siempre estudiando. Pero mi pensamiento
había creado poderes qu e yo no era capaz de controlar, po-
deres que residen en la dimensión astral y que, algunas ve-
LOBSANG RAMPA

c e s , a f e c t a n n o c i v a m e n t e m i C o r d ó n d e P l a ta . T a l v e z m á s
t a rd e me p e rmi t a n vo lve r a hab la r con t i go . Pe ro aho r a , me
siento aún muy débil después de mi último ataque y, por
ello, tengo necesidad de descansar. Si tu Maestro te lo per-
mite, puedes visitarme otro día.
Le hice la reverencia de rigor y le dejé solo en su dor-
mitorio. Al verme partir, un monje médico se acercó a él
solícito. Lleno de cu riosidad, miré a mi alrededor, a los an-
cianos que languidecían enfermos en aquella parte del
Chakpori. Después, recibí una urgente llamada telepática de
mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup, y me apresuré a ir
a su encuentro.
CAPITULO V

Atravesé rápidamente los corredores, doblando las esquina s


a to d a v e l o c i d a d , p o n i e nd o e n p e l i g ro l a s e g u r i d a d d e
a q u e l l o s q u e s e c ru z a b a n c o n mi g o . U n v i e j o monje me
sujetó al pasar, sacudiéndome con fuerza.
—No está bien que te dejes dominar por esa prisa, hijo
— me advirtió —. Es indecorosa e impropia de un auténtico budista.
Lu ego me miró a los ojos y reconoció en mí al discípu lo
del Lama Mingyar Dondup. Emitiendo un sonido inarticu-
lado que sonó como un "!ulp!", me soltó como si mi con-
tacto le hubiera quemado y se marchó "rápidamente". Yo
seguí mi camino, ya más reposado. Me detuve en el umbral
de la habitación de mi Maestro tan súbitamente que estuve a
punto de caer al suelo. Mi conciencia me estaba jugando
u na ma la pa sada . "¿Qué " e ra lo qu e habí a h ec ho ? O mejor
dicho, ¿cuál de mis numerosas "faltas" había sido descu-
b ie rta ? Lo s Supe rio re s no solí a n espe ra r a los mu chac hos a
no ser que fuera necesario comunicarles alguna mala no-
ticia. Mis piernas temblaban. Busqué en mi memoria in-
tentando recordar algo que pudiera determinar mi expul-
sión del Chakpori. Uno de los Superiores me contempló,
so n rie ndo con una co rdi al idad de iceb e rg . El o tro me m iró
co n un ros t ro qu e p a rec ía hab e r sido l ab rado e n u na roca
del Himalaya. Mi Maestro sonreía.

—Sin duda alguna, Lobsang, no tienes la conciencia


tranquila — dijo, y añadió riendo entre dientes —: ¡Escu-
94 LOBSANG RAMPA

c ha ! E s t o s R e v e re n d o s H e r m a no s S u p e r i o re s s o n t a m b i é n
lamas telepáticos.
L as mi r ad as d e los do s sup er i o res es tab an f i j as e n m í .
Con una voz de terremoto, uno de ellos me dijo:
—Lobsang Rampa, como consecuencia de las investi-
g ac io nes o rden ada s po r el Pro fu ndo , se ha p robado in equ í-
vocamente que eres la actual Reencarnación de...
Mi cabeza se estaba convirtiendo en un torbellino de
ideas. Me resultaba difícil seguir sus palabras y casi no
comprendí sus conclusiones.
—... y se te confiere el trato, rango y título de Superior,
que te será oficialmente concedido en el curso de una cere-
monia cuya fecha y lugar de celebración serán fijados a su
debido tiempo.
Los lamas hicieron una solemne reverencia ante el
Lama Mingyar Dondup, inclinándose después ante mí, tam-
bién solemnemente. Salieron y el ruido de sus pisadas se fue
apagando conforme se alejaban. Yo miraba fascinado hacia
e l co rredo r po r do nde e llo s se h ab ía n ido . Una ris a co rd ia l y
u n golp e c a riñoso en mi esp ald a m e hi ci e ro n re g re sa r a l
presente.
— B i e n . A ho ra y a s a b e s l o q u e h a y . L a s p ru e b a s a q u e te
sometimos confirmaron lo que todos sabíamos desde hace y a
mucho tiempo. Por ello es preciso que nosotros dos lo
celebremos muy especialmente. Por mi parte, debo comu-
nicarte algo realmente interesante para ti.
Pasamos a otra habitación donde nos habían servido
una auténtica comida india. ¡No necesitó insistir! ¡Me senté
inmediatamente!
Poco después, cuando me resultaba ya imposible seguir
comiendo, cuando hasta el espectáculo de los alimentos que
habían quedado me producía cierto malestar, mi Maestro y
yo regresamos a su habitación.
— E l P ro fu n d o me h a d a d o s u a u to ri z a c i ó n p a r a q u e te
h a b l e d e l a C a v e r n a d e l o s A n te p a s a d o s .. . O me j o r d i c ho ,
me h a su g er id o qu e l o h a g a . — M e m i r ó c o n l o s o j o s e n -
tornados y añadió susurrando —: Dentro de unos días, sal-
drá una expedición para allí.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 95

La excitación me dominaba. Sentía la impresión incom-


prensible de que tal vez iba a volver a "mi hogar", a un
l u ga r q u e h a b í a c o no c i d o a n te s . M i Ma e s t ro m e o b s e rv a b a
fijamente. La intensidad de su mirada me obligó a levantar la
cabeza.
—Lo mismo que tú, Lobsang — me dijo —, yo fui so-
m e tid o a u na p rep a rac ió n esp ec ia l . Ta mb ié n m e o fr ec ie ro n
las mismas oportunidades excepcionales. Mi propio Maes-
t ro fu e u n h o m b re q u e a b a n d o nó e s ta v i d a h a c e y a m u c h o
t i emp o y cu y as c en i zas s e co nse rva n tod av ía e n l a C áma ra
de las Imágenes de Oro. Con él recorrí el mundo entero.
Tú tendrás que viajar solo, Lobsang. Ahora escúchame.
Voy a hablarte del descubrimiento de la Caverna de los
G Antepasados.
M e hu m e d e c í l o s l a b i o s . D u r a n te m u c ho ti e mp o , ha b í a
d e s e a d o q u e me ha b l a ra d e e l l o . E n u n a l a m a s e r í a , l o m i s -
mo que en todas las comu nidades, los rumores se difunden
muy a menudo con cierto carácter confidencial. Algunos
rumores eran, sin duda alguna, solamente "rumores" que
carecían de fundamento. Pero desde el primer momento,
me pareció que los rumores relativos a la Caverna de los
Antepasados constituían algo muy distinto y los creí ciertos.
—Yo era un lama muy joven, Lobsang — dijo mi Maes-
tro iniciando su relato —. Junto con mi Maestro y otros
t r e s l a ma s j ó v e ne s , e s tá b a m o s re a l i z a nd o u n a e x p l o r a c i ó n
en unas montañas lejanas. Pocas semanas antes, habíamos
e s c u c ha d o u n t e r ri b l e e s t ru e nd o , a l q u e s i g u i ó u n e n o r me
alud de rocas. Salimos dispuestos a investigar la razón
d e a q u e l a c o nt e c i m i e n to . D u ra n t e v a ri o s d í a s , e x p l o ra m o s
la base de un enorme cúmulo rocoso. Al amanecer del
quinto día, mi Maestro despertó aunque, según todos los
indicios, no había despertado del todo. Parecía estar ab-
sorto. Le hablábamos, pero no nos respondía. Yo me sentía
l l e no d e p re o c u p a c i ó n a n te l a s o s p e c ha d e q u e p u d i e ra e s -
tar enfermo. Pensaba en la forma adecuada para descender
con él varias millas de montaña con el objeto de intentar
s a l v a rl e . L e n ta m e n te , c o m o s i s e h a l l a ra b a j o e l i n f l u j o de
algún poder extraño, se tambaleó, cayó al suelo y, final-
96 LOBSANG RAMPA

mente, se puso en pie de nuevo. Después, vacilante, em-


pe zó a sa l ta r sob re la s roca s y a c am in a r como en t ran ce . L e
s e g u i m o s t e m b l a n d o d e m i e d o . E s c a l a m o s u n a g r a n roca,
sintiendo sobre nosotros una lluvia de polvo y de pied ra s
p e q u e ña s . Ll e g a m o s al fin a la cima y o b s e rv a m o s el
terreno. Experimenté un sentimiento de profundo desencant o .
A n te n o s o t ro s , ha b í a u n p e q u e ño v a l l e l l e no d e ro c a s . S i n
d u d a a l g u n a e r a a l l í d o n d e s e p r o d u j o e l d e r r u m b a miento
cu yo es true ndo hab ía mos o ído . A l pa rece r, fu e p rov o c a d o
p o r a l g ú n t e m b l o r d e t i e r r a o p o r a l g ú n f a l l o d e l te rr e no
q u e s e h a b í a a c e n t u a d o p o c o a p o c o . L a s g ra nd e s grietas y
las piedras partidas hacía poco tiempo, reflejaban l a l u z d e l
sol. El musgo y los líquenes, privados de todo apoyo,
c o l g a b a n l l e n o s d e t ri s t e z a . M e d i l a v u e l t a d i s g u s t ad o . A ll í
n o hab ía nad a qu e ll ama r a mi a tenció n , a no se r u n e n o r m e
montón de rocas. Me disponía a descender cuando
escuché que alguien susurraba mi nombre. "¡Mingyar!". Me
d e t u v e . U n o d e m i s c o m p a ñ e r o s m e s e ñ a l a b a al go . M i
Ma es tro , someti do toda ví a a e x tra ñas i n flue nc ia s , descendía
por la ladera de la montaña.
E s c u c h a nd o e l re l a t o d e m i M a e s t ro , e l L a m a M i n g y a r
Do ndup , e s taba comp le tamente abso rto . Él s e inte rrump ió
durante unos instante y bebió unos sorbos de agua.
— Le o b s e r v á b a mo s d e s e s p e r a d o s — p ro s i gu i ó d e s p u é s
mi Ma es tro — . Le ntamen te se gu ía de sce ndi e ndo y ac e rcán-
dose al valle. No sin cierta desconfianza, le seguimos, te-
m i e n d o d e s p e ñ a rn o s . U n a v e z a b a j o , m i M a e s t ro , s i n v a c i -
laciones pero con el mayor cuidado, caminó entre las rocas
inmensas y alcanzó el otro extremo del valle. Con gran
desesperación por nuestra parte, empezó a trepar por la
o t r a l a d e r a a p o y a nd o s u s p i e s y s u s m a n os e n l o s h u e c o s y
los salientes qu e nosotros, a cierta distancia de él, no po-
díamos ver. Le seguíamos contra nuestro deseo. No te-
níamos otra alternativa. No podíamos regresar y decir a
todos que el jefe de nuestra expedición había trepado a un
lugar muy peligroso y que no nos habíamos atrevido a se-
guirle. Yo fui el primero en imitarle, procurando elegir el
camino más sencillo. El terreno era absolutamente rocoso.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 97

E l a i re es ta b a e n ra rec i d o . Mu y p ro n to , m i a lie n to e mp e zó a
a t r a v e s a r m i g a r g a n t a c o n d i f i c u l ta d y m i s p u l m o n e s s e
l l e na ro n c o mo d e u n d o l o r s e c o y a g u d o . E n u n a p e q u e ñ a
g ri e ta , si tu ada a u nos qu in ie ntos pi es de a l tu ra , me te nd í
para tomar aliento. Cuando, dispuesto a seguir ascendiendo,
m i ré h ac ia a r ri b a , p ud e ve r e l ma n to a ma ri l lo d e m i M aes -
tro, qu e desaparecía en lo alto. D e mala gana, me enfrenté
de nuevo con la montaña y seguí subiendo sobre aquel pre-
cipicio. Mis compañeros, tan disgustados como yo, también
trep aban d e trás d e noso tro s. Hab íamo s ya de jado aba jo la
protección de las otras montañas que circundaban el valle. Y
el viento, que soplaba con gran fuerza, arremolinaba
nuestros mantos en torno a nuestros cuerpos. El ascenso era
c ada v ez más d i fí ci l y un a l luv ia d e p i ed ras p eque ña s caí a
sobre nosotros.

Mi Mae stro inte rru mpió d e n uevo su rela to pa ra b ebe r


otro sorbo de agua y para comprobar si yo estaba intere-
sado en su s palabras. ¡Y en verdad, yo sentía un au téntico
interés por todo aquello!

—Por fin — prosiguió mi Maestro, el Lama Mingyar


Dondup — mis manos descubrieron un gran escalón de roca
sobre mí. Me así a él con fuerza y advertí a mis compa-
ñ e ro s q u e a l l í h a b í a u n l u g a r d o nd e p o d í a m o s d e s c a ns a r .
E r a u na p l a ta f o r m a o b l i c u a q u e s e h u n d í a e n l a m o n ta ñ a
p o r l o q u e e ra i m p o s i b l e v e rl a d e s d e l a l a d e ra d e l o t ro e x -
tre mo de l va lle . Pa re cí a tene r uno s d ie z pi es de a nc ho . No
me quise entretener observando el lugar más cuidadosa-
mente. Me arrodillé y ayudé a los demás a subir hasta allí.
Pronto nos reunimos todos. El viento nos azotaba y nos-
otros jadeábamos como consecuencia del esfuerzo. Era evi-
dente que la caída de las rocas había dejado al descubierto
aquel saliente. Lo observé todo atentamente y me di cuenta
de que había una grieta en la montaña. ¿Lo era realmente?
P o d í a s e r ta m b i é n u na m a n c ha , u n a s o m b ra o u n p o c o d e
liquen oscu ro. Desde donde estábamos no podíamos distin-
g ui rlo co n exac ti tud . Como mo vido s po r el mi smo re so rte ,
nos adelantamos todos a una. "Era" una grieta de unos dos
98 LOBSANG RAMPA

pies y seis pu lgadas de ancho y casi cinco pies de alto. De mi


Maestro no quedaba el menor rastro.
Pod ía hab e r visua l iz ado perf ec tamente la e scena. Pero
no era el momento oportu no para introspecciones. ¡No quer í a
perderme una sola palabra! El Lama Mingyar Dondup
prosiguió su relato.
—Miré hacia arriba para ver si mi Maestro había se-
guido subiendo , pero todo in di caba que no hab ía sido así.
L l eno d e mi edo , m i ré hac ia e l in te rio r de l a g ri e ta . E s taba
tan oscuro como una tumba. Avancé pulgada a pulgada,
con grandes dificultades y fui entrando poco a poco. Re-
corrí unos quince metros ya dentro de la cueva y doblé
v a ri as e squ inas , ava nza ndo e n la os cu rid ad . Pe ro d e p ron-
to... si el miedo no me hubiera mantenido paralizado, ha-
b rí a l a n z a d o u n g r i t o d e s o r p r e s a . A l l í h a b í a l u z , u na l u z
suave y plateada, más brillante que la de la luna. Yo nunca
h a b í a v i s to u n a l u z c o m o a q u é l l a . H a b í a l l e g a d o a u na c a -
verna más grande que las anteriores. Era imposible com-
probar la altura del techo que se perdía en la oscuridad.
Uno de mis compañeros me apartó para poder verlo todo
m ejo r y, d espués , fu e apartado po r un terc ero . Lo s cu atro
permanecimos silenciosos y atemorizados contemplando
a que l fantás tico e spec tácu lo que se nos ofre cí a . Un e spe c-
t á c u l o q u e a c u a l q u i e ra d e n o s o tro s , q u e hu b i e ra l l e ga do
allí solo, le hubiera obligado a pensar que había perdido la
r a zó n . La cav er n a p a rec ía un s aló n i nme nso que se ib a e s-
trechando a lo lejos, dando la sensación de que toda la
montaña estaba hueca. La luz que lo iluminaba todo pro-
cedía de numerosas esferas que parecían estar suspendidas en
la oscuridad del techo invisible. El lugar estaba lleno de
aparatos extraños y de máquinas que nunca pudimos haber
imaginado. Muchos de estos aparatos y mecanismos estaban
t a m b i é n s u s p e nd i d o s d e l te c h o . C o n g ra n a s o m b ro , m e d i
cuenta de que algunos de ellos estaban recubiertos con un
cristal extraordinariamente transparente.
Mis ojos debían estar desorbitados de sorpresa, porque e l
L a ma Mi n g ya r D o nd u p s o n ri ó d i v e rt i d o , a n te s d e p ro s e guir
su apasionante historia.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 99

—Ante aquella insólita visión, nos habíamos olvidado


p o r c o mp l e to d e n u e s tro Ma e s t ro , q u e a p a re c i ó d e p ro n to
haciéndonos dar un salto de miedo. Sonrió burlón al ver
nuestros ojos de sorpresa y nuestros rostros atemorizados.
N os d imos cuenta e nton ces de qu e ya no e s taba dom i nado
po r ningu na fue rza pode rosa y ex tra ña . Ju ntos , lo recorri -
mos todo y observamos aquellos extraños aparatos. Care-
c ía n de sign ificado para noso tros. Co ns titu ía n tan sólo un
c o nj u n to d e me ta l a l q u e s e l e h a b í a d a d o l a s fo rma s m á s
exóticas. Mi Maestro se dirigió a una puerta negra cons-
truida, al parecer, en los muros de roca de la caverna.
Cuando iba a tocarla, inesperadamente, se abrió. Todos em-
pezamos a creer que aquel lugar estaba hechizado y que
éramos la víctima propiciatoria de alguna fuerza alucinó-
gena. Asustado, mi Maestro retrocedió de un salto y la
pue rta s e c e rró d e u n golp e . U no de mis comp añ e ros , d ando
muestras de una increíble valentía, alargó su mano y la
puerta se abrió de nuevo. Una fuerza irresistible parecía
i mp u lsa r nos a co n ti nua r ade la n te . I n te n ta nd o i nú t il men t e
detener nuestros propios pasos, atravesamos el umbral. El
interior estaba tan oscuro como la celda de un eremita. Do-
minados por un impulso increíble, avanzamos algunos pies y
nos sentamos en el suelo. Durante unos instantes, perma-
necimos allí temblando de miedo. Poco a poco, al compro-
bar que no sucedía nada anormal, nos fuimos tranqu ilizan-
do. Después escuchamos una serie de extraños "clics",
como si golpearan o se rasparan dos objetos de metal.
Escuchando el relato del Lama Mingyar Dondup, yo
temblaba sin poder evitarlo. ¡Estaba seguro de que si hu-
b i e ra e s ta d o a l l í , me h a b r í a m u e rto d e m i e d o ! M i Ma e s t ro
prosiguió:
—Con una lentitud casi imperceptible, vimos cómo una
n i ebl a lu m i nos a se iba ex tendi endo a nte n oso tros de sva ne -
c ie ndo la oscu ridad . A l p rinc ipio p a rec ía só lo u n p equ e ño
g e r m e n d e l u z a z u l a d a , l o mi s mo q u e s i u n e s p í ri tu s e e s -
tuviera materializando de pronto. La niebla luminosa se fue
extendiendo e incrementó su brillo. Y entonces pudimos
ver máquinas inverosímiles llenando por completo aquel
100 LOBSANG RAMPA

salón inmenso, a excepción del centro del mismo, donde


nosotros nos habíamos sentado. La luz daba vueltas, se agi-
tab a , aum e ntaba y d is mi nu ía de intensid ad , ha sta qu e por
fin asumió una forma esférica. Yo tenía la extraña, la in-
explicable sensación de hallarme en presencia de alguna
máquina antigua que chirriaba al ponerse en marcha des-
pués de muchos milenios de inmovilidad. Nosotros cinco
estábamos pasmados. A mi cerebro pareció llegar una lla-
mada, como si fuese lanzada por algún monje telepático
qu e de repe n te s e hub ie ra vue l to lo co . Pe ro de spués , aquel l a
p ri m e ra i m p re s i ó n s e d e s v a n e c i ó y l a l l a ma d a a d q u i ri ó la
nitidez del lenguaje.
Mi Maestro carraspeó para aclararse la garganta. Iba a
beber agua de nuevo, pero cambió de parecer.
Vamos a tomarnos un té, Lobsang — dijo.
A g i tó l a c a m p a n i l l a d e p l a ta . E l m o n j e s i rv i e nt e , a d i v i -
nando nuestro deseo, llegó con el té... ¡y con dulces!
—En el interior de la esfera luminosa vimos unas for-
mas que se agitaban — dijo el Lama Mingyar Dondup —.
Al principio eran confusas, pero poco a poco fueron ad-
quiriendo nitidez y dejaron de ser simples formas. Y en-
tonces empezamos a "contemplar" antiguos aconteci-
mientos.
Pero, Honorable Lama — le pregunté lleno
de i m p a c ie nc ia s i n pod e r co nte ne rme por má s tiempo — ,
¿ "qué " es lo que viste?
E l L ama se si rv ió u n poco má s de té . Pe nsé que nu nca l e
había visto comer ningún dulce indio. Tomaba mucho té,
eso sí, pero su alimentación era realmente sobria, mo-
d e ra d a . Lo s go n gs l l a m a ro n a l s e rv i c i o d e l Te mp l o p e ro e l
Lama no se movió. Cuando el eco de los últimos pasos de
los monjes se apagó a lo lejos, suspiró profundamente.
Ahora ya podemos proseguir — dijo
v o l v i e n d o a s u relato —. Eso es lo que vimos y oímos.
L o m i s m o q u e t ú podrás ver y oír dentro de poco. Hace
varios milenios, hubo sobre la tierra una civilización
floreciente. Los hombres ten í a n máquinas voladoras
c a p a c e s d e v e n c e r l a l e y d e l a gravedad. Habían inventado
aparatos que podían proyectar
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 101

p e n s a mi e n to s e n e l c e re b ro d e s u s s e me j a n te s c o mo s i se
tra ta ra d e u na p el ícu la . Co noc ía n la fís ic a nu c le a r y co ns i-
g ui e ron p ro voc a r una g igante sca explo sión que e s trem ec ió
todo el planeta hundiendo continentes enteros en el océano,
mientras surgían nu evos continentes de las aguas. El mund o
q u e d ó d e s tr u i d o . É s e e s e l o r i ge n d e l a h i s t o r i a d e l D i l u v i o ,
q u e ha l l e g a d o a n o s o t ro s a tr a v é s d e to d a s l a s re l i giones que
existen hoy sobre la Tierra.
—Señor — exclamé impresionado por sus palabras —.
E n n u e s t ro A rc hi v o Ká rm i c o , p o d e mo s c o n te m p l a r a c o n t e -
cimientos de esta natu raleza. ¿Por qué tenemos, entonces,
qu e lu cha r con t a n peligro sa s mo ntañas tan só lo p a ra pre -
senciar algo que podemos alcanzar más fácilmente sin nece-
sidad de movernos de aquí?
— Lo b s a n g — m e r e s p o nd i ó m i M a e s t r o g ra v e m e nt e — .
Es cierto qu e en el Archivo Kármico y en lo astral podemos
v e r todo s los aco n te ci mi ento s de l a his to ria h uma na . Pe ro l o
cierto es que lo "vemos", pero no podemos "tocarlo". A
t r a v é s d e l o a s t r a l , n o s e s p o s i b l e v i s i ta r l o s m á s i nc re í b l e s
lugares, pero no podemos tocar nada. — Sonrió levem e n t e
— . N o s e s i m p o s i b l e t r a e r u n s o l o m a n t o o u n a simple
flor a nuestro regreso. En el Archivo Kármico vemos esas
cosas, pero nos resulta imposible analizarlas detalladam e nt e .
P o r e l l o , d e b e m o s e s c a l a r d e n u e v o l a s m o n ta ña s . N u e s t ro
o b j e t i v o e s e x a m i n a r c u i d a d o s a m e n te to d o s a q u e llos aparatos.
—¡Es extraño — exclamé — que solamente en nuestro
país hayan quedado aparatos de este tipo!
—¡No, Lobsang! — respondió mi Maestro —. ¡Te equi-
vocas! En cierto lugar de Egipto existe otro depósito si-
milar. Y lo mismo sucede en una región de Sudamérica.
Yo los he visto. Sé dónde están. Estas cámaras secretas
fuero n co ns tru idas po r nu es tro s antepasados con e l p ropó-
sito de que las descubrieran las generaciones futuras, cuand o
llegara el momento oportuno. Aquel temblor de tierra
descubrió casualmente la entrada del depósito del Tibet y,
gracias a que pudimos penetrar en él, nos fue posible co-
nocer la existencia de los otros depósitos. Pero la jornada
102 LOBSANG RAMPA

está terminando. Dentro de algunos días, una expedición de


siete hombres, entre los cuales estarás tú, visitará de nuevo
la Caverna de los Antepasados.
Los días que siguieron, me sentí dominado por la fiebre
de la excitación. Pero me veía obligado a mantener el se-
creto. Los demás debían creer que nuestro viaje a las mon-
tañas tenía por objeto la recolección de hierbas medicinales.
Hasta en un lu gar tan recluido como Lhasa, había siempre
individuos dispu estos a aprovechar cualquier ocasión para
enriquecerse. Los representantes de países como China, Ru-
sia e Inglaterra, los mercaderes que llegaban desde la India
e incluso algunos misioneros se mantenían constantemente
vigilantes con el propósito de descubrir dónde ocultábamos
nu e s tro o ro y nu e s tr a s j o y a s o p a ra a p ro v e c h a r c u a l q u i e r
i nfo rmac ió n que l es pud ie ra re su l ta r luc rati va . Po r es a ra -
zón, nos veíamos obligados a mantener en el mayor secreto el
verdadero objetivo de nuestra expedición.
Un pa r de sem anas despu és de m i co nv ers ac ión co n e l
Lam a Min gya r Do ndup , nos d ispus imo s a pa rtir. No s espe-
r a b a u n l a r g o v i a j e e n t re l a s m o n ta ña s , a t r a v é s d e s e n d e -
ros rocosos y de oscuros abismos. Como en la actualidad
los comunistas han invadido el Tibet, la situ ación de la Ca-
verna de los Antepasados se ha mantenido en secreto ya
que la posesión de sus misterios y de sus máquinas les per-
m i t i rí a c o n q u i s ta r e l m u nd o e nt e ro . P o r e l l o , to d o c u a nt o
relato es auténtico y lo único que me veo obligado a si-
lenciar es el lugar por donde pasa realmente el camino que
conduce a la Caverna. Los mapas y las indicaciones oportu-
nas para determinar su situación exacta fueron depositados
e n u n lu ga r se c re to co n e l ob je to de qu e , cu ando ll egu e el
momento fijado, las fuerzas de la "libertad" puedan dar
con ella.
L e n ta m e n te , d e s c e nd i mo s p o r e l s e nd e ro d e l a l a m a s e -
ría de Chakpori y recorrimos el Kashya Linga, tras de lo
cual llegamos hasta el río, donde nos esperaba el barquero,
co n su lanch a rod eada d e vejigas d e yak , hi nchadas como
globo s , de s ti nad as a a se gu ra r l a tra ves ía . É ra mos si e te e n
total. Por ello, al atravesar el río — el Kyi Chu — nos de-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 103

mo r amos un poco , pe ro al f in n o s r eunimo s lo s s ie t e e n l a


o t r a o ri l l a . N o s d i ri g i m o s ha c i a e l s u d o e s te , c a rg a d o s c o n
nu estros paquetes de ropas y alimentos, las cu erdas, algu -
n a s h e r ra m i e n t a s y u n ma n to d e r e p u e s to p a ra c a d a u n o .
Proseguimos nuestra marcha hasta que el sol se puso y las
sombras se agigantaron, impidiéndonos continuar. Después,
envueltos en la oscuridad, hicimos una modesta comida de
"tsampa" y nos tendimos a dormir entre las rocas. El sueño
me ve nc ió en segu ida . Mu chos lamas tibe ta nos , s i gu ie ndo
l a s p re s c ri p c i o n e s d e s u e s t a d o , d u e rm e n s e n ta d o s . Y o , y
otros muchos, dormíamos acostados, pero, también de
a cue rdo co n la s re gl as , so lamen te podí amos do rmi r as í , s i
nos tendíamos exclusivamente sobre el costado derecho. Lo
último que vi, antes de quedarme dormido, fue la silueta
d e l L a m a M i n g y a r D o n d u p , r e c o r tá n d o s e c o n t r a e l o s c u r o
cielo nocturno, lo mismo que si se tratara de una estatua.
N o s d e s p e r ta m o s c o n l a s p r i m e r a s l u c e s d e l a m a ne c e r
y tom amos u n l ig e ro d esa yuno . Lue go , ca rg amo s d e nuevo
nuestros bártulos y proseguimos la marcha. Caminamos así
d u ra n te d o s d í a s . D e s p u é s d e a t ra v e s a r l a s c o l i n a s , l l e g a -
mos a las verdaderas montañas. Muy pronto nos vimos obli-
g a d o s a a ta r no s u no s a o t ro s , e n f i l a , e nv i a nd o d e l a n te a l
ho m b re m á s l i g e ro — ¡ y o ! — c o n e l o b j e to d e q u e s u j e ta ra
las sogas en las piedras más seguras, facilitando con ello el
acceso de los demás. De esa forma, fuimos escalando la
mo n ta ña l e n ta p e ro p ro g r e s i v a m e n te . P o r f i n , c u a nd o no s
hallábamos ante una inmensa roca, casi desprovista de sa-
l i e n t e s d o n d e p o d e r a p o y a r l o s p i e s y l a s m a no s , m i Ma e s -
tro dijo:
—Debemos trepar a esta roca y, por el otro lado, des-
c e n d e r ha s ta e l v a l l e . E n e l o t ro e x tr e mo d e l v a l l e , e nc o n -
tra remos la l ade ra do nde es tá s i tuad a l a entrada de la C a -
verna.
I n s p e c c i o na mo s l a b a s e d e l a ro c a b u s c a nd o u n l u g a r
adecuado para iniciar el ascenso. Todo parecía indicar que
la erosión había limado, durante muchos años, los salientes
y las hendiduras. Después de haber perdido casi todo el
día en la búsqueda, encontramos un estrecho "cañón", por
104 LOBSANG RAMPA

el que pudimos trepar, apoyando las manos y los pies en


las rocas de un muro y la espalda en el otro muro. Ja-
deando y respirando aqu el aire enrarecido, trepamos hasta
la cima y miramos hacia abajo. Ante nosotros, teníamos
por fin el valle. Aunque observamos con gran atención la
ladera del otro extremo, no nos fue posible percibir ninguna
cu eva ni si qu ie ra ni n gun a gri e ta e n la sua ve supe rfic ie ro -
cosa. El valle estaba sembrado de piedras y — lo que es
peor — estaba atravesado por un veloz torrente.
Adoptando todas las precauciones necesarias, descendi-
mo s has ta e l v al le y no s a ce rcam o s a l as a gu as emb ra ve ci -
d a s h a s ta l l e g a r a u n l u g a r d o nd e l a s ro c a s p a re c í a n fa c i -
l i ta r e l pa so , s i é ramos capa ces de da r un l a rgo sa l to . Yo ,
como era todavía demasiado pequeño, no tenía las piernas
suficientemente largas para ello. Por esa razón, me vi so-
metido a la terrible humillación de tener que cruzar el
t o r re n te he l a d o a r ra s t ra d o ma te r i a l m e n te p o r u na c u e r d a
que habían atado a mi cintura y de la que tiraban los
demás. También ayudaron a cruzar de la misma forma a un
lama pequeño y regordete, otro desdichado como yo, que
no s e s i n t i ó c a p a z d e s a l ta r s o b re l a s a g u a s . En u n l u g a r
apartado, escurrimos nuestros mantos y nos los colocamos
de nuevo. La espuma que el viento levantaba nos había em-
papado a los siete.
C ru zamo s e l va l le , so rtea ndo l as p ied ras , y l l eg amos a l a
o t r a l a d e ra . M i M a e s t ro , e l L a m a M i n g y a r D o nd u p , no s
mostró una hendidura reciente en la base de una gran
roca.
—Mirad — nos dijo —. Alguna roca, caída desde arri-
ba, ha derribado el saliente que nos sirvió a nosotros para
iniciar el ascenso.
Nos retiramos unos pasos, para estudiar la forma en
que podríamos llevar a cabo la escalada. El primer saliente
e s taba a u nos do ce p ies de l s ue lo , pe ro co ns ti tuí a nuestra
ú ni ca al te r na ti va . E l lam a m ás a l to y m ás fu e r te se i rgu ió
con los brazos extendidos hacia arriba, agarrándose a la
roca, tras de lo cual, el lama más ligero subió sobre sus
hombros y se agarró también a la roca. Finalmente, entre
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 105

todos , me ayuda ro n a sub i r s ob re és te , y y o , co n u na cu e rd a


a t a d a a m i c i n t u r a , p u d e a l c a n z a r e l s a l i e n t e c o n f a cilidad.
D eb ajo d e m í , l o s m o nj es me dab a n i ns t ru cc io nes a g rito s y
yo, con lentitud, casi muerto de miedo, iba ascendiend o . P o r
fin, conseguí atar el extremo de la cuerda en uno de los
s a l i e n t e s . M e h i c e a u n l a d o y , u n o t r a s o t r o , l o s lamas
treparon, pasaron junto a mí y siguieron ascendiend o . P o r fi n , e l ú l t i m o
d e e l l o s ro d e ó s u c i n tu r a c o n l a s o g a y s i g u i ó a l o s d e m á s . E n
seguida vi el extremo de la cuerda balanceándose ante mis
o j o s y e s c u c h é c ó m o m e o r d e naban gritando que me atara por
la cintura. Mi estatura era insuficiente para poder trepar sin
ayuda. Me sentí levantado en el vacío y, entre todos, me subieron
hasta el lugar donde e l l o s e s t a b a n . L l e n o s d e a m a b i l i d a d y
c o n s i d e ra c i ó n ha c i a m i insignificante persona, me habían
e s p e r a d o c o n e l o b j e to d e qu e p ud ié ra mo s e n t ra r ju n tos e n la
Ca ve rna de los A ntepa sados. Confie so que me se n tí co nmo vido
a n te su deferencia.
— Y a h e m o s s u b i d o a l a M a s c o t a — m u r m u r ó u n o d e ellos
—. Podemos seguir adelante.
Es cierto — le respondí —, pero el más pequeño
t u v o que iniciar el ascenso o, de lo contrario, "vosotros"
n o habríais podido llegar hasta aquí.
Acogieron mi respuesta con una carcajada. Después,
todos se volvieron a contemplar la oculta entrada. Yo miraba
a s o m b r a d o . A l p r i n c i p i o , m e r e s u l t a b a i m p o s i b l e d i s ti ngu ir
nada . Ve ía sol am ent e una so mb ra os cu ra qu e , má s que una
grieta, parecía un cauce seco o una mancha producida por
pequ eños líquenes. Después, me di cu enta de que, realmente,
las rocas estaban partidas. Uno de los lamas me empujó hacia
dentro.
Pasa tú primero — dijo de buen humor —. ¡Así
p o drás ahuyentar a los malos espíritus y protegernos a todos!
Así fue como yo, el más joven y el menos importante del
grupo, entré antes que los otros en la Caverna de los
Antepasados. Me arrastré a lo largo del estrecho túnel de
piedra. Detrás de mí, podía escuchar la respiración ja-
106 LOBSANG RAMPA

deante de los demás que me seguían. Súbitamente, apareció


la luz ante mis ojos y yo sentí qu e el terror me paralizaba.
I nm ó v i l ju n to a l mu ro ro c o so , c o n t e m p l é a q u e l f a n tá s t i c o
espectáculo. La Caverna me pareció de grandes dimensio-
nes. El doble que la Gran Catedral de Lhasa. Pero a dife-
rencia de la Catedral, envuelta perpetuamente en una oscu-
ridad que las lámparas de grasa trataban en vano de disipar,
allí la claridad era muy superior a la de una noche de luna
l l en a y s i n nube s . Mu y s uperi o r. De eso no cab ía la men or
duda. Contemplé las esferas que producían aquella luz. Y
los lamas, detrás de mí, también las contemplaban asom -
brados.
—Los archivos antiguos — dijo mi Maestro — indican
qu e la i lum inac ió n fue mu c ho más i n te ns a c ua ndo fu e i ns -
t a lad a . Las l ámp a ras se v an a go tando a med ida qu e pa sa n
los milenios.
Du ra nte muc ho ra to , no s ma n tu v imo s i nmó vi le s , s il en -
ciosos, como si temiéramos despertar a los que dormían allí
d e s d e ha c í a ta n to ti e m p o . D e s p u é s , c o m o i m p u l s a d o s p o r
u na m ism a fue rza , av a nz amos sob re e l sól ido pi so d e roc a
e n d i re cc ión a l a p r ime r a má qu i na qu e s e e r gu ía a nte nos -
otros. Nos agrupamos en torno a ella, temiendo tocarla
aunque llenos de curiosidad por descubrir para qué servía.
Parecía estar empañada como consecuencia de un largo pe-
ríodo de inacción, pero daba la impresión de que estaba dis-
p ue s ta p a r a en t r a r in med ia ta me n te e n fu nc io nam ie n to , su-
poniendo que alguien hubiera sabido como se ponía en mar-
cha. También nos llamaron la atención otros aparatos, pero
co n el mi smo re sul tado . Aque l las máqu i nas resu l taba n de -
m a s i a d o a v a n z a d a s p a ra no s o tro s . Me d i ri g í ha c i a u na p e -
queña plataforma cuadrada de unos tres pies de lado, pegada
a u n mu ro y rode ada po r u na b a ra ndi l la . Un la rgo tubo d e
metal se extendía desde allí hasta el aparato más cer-
c ano . Me a ce rqué preg un tándom e qué obj e to te nd ría aquel l a
p l a ta fo rma y p o r p o c o m e m u e ro d e l s u s to p o r q u e é s t a
vibró y se elevó de pronto en el aire. Y en mi desespera-
ción, me agarré a ella con fuerza, elevándome también.
Debajo de mí, los seis lamas me contemplaban conster-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 107

nados. El tubo se había ergu ido y parecía empu jar la plata-


forma hacia una de las esferas luminosas. Asustado miré a m i
a l red edo r. Estab a y a a unos trei n ta p ies de l sue lo y seg u í a
ascendiendo. Temía que aquel manantial de luz me
incendiara de pronto, lo mismo que a una mariposa que se
acerca a una llama. Se escuchó un "clic" y la plataforma
q u e d ó i n m ó v i l e n e l a i r e . A l a rg u é m i m a n o l l e n o d e t e m o r y
m e di cue n ta de que la e s fera lum i nosa es taba fría como el
hielo. Ya me sentía más tranquilo. Observaba cuanto me
rodeaba. De pronto, me asaltó un pensamiento terrible.
"¿Cómo iba a bajarme de allí"? Me agité en todas
d i r e c ciones intentando encontrar una salida, pero todo fu e
inútil. Intenté alcanzar el tubo con el propósito de descender
por él, pero estaba demasiado lejos. Cu ando ya empezaba a de-
s e s p e r a r , l a p l a t a fo rm a v i b ró nu e v a me n te y e m p e zó a d e s -
cender. ¡Apenas tocó el suelo salté y escapé! ¡No podía
correr el riesgo de que empezara a subir nuevamente!
U na g ra n e s ta tu a a g a za p a d a e s t a b a a p o y a d a c o n t ra e l
muro. Mirándola sentí que un escalofrío me recorría la
m édu l a . Te nía e l cu e rpo de g a to y l a c abez a y lo s hombros de
mujer. Sus ojos parecían estar vivos. La expresión de su ro s t ro ,
t o r c i d o e n u n a m u e c a e n t r e b u r l o n a e i n q u i s i ti v a , me aterró.
Uno de los lamas se había arrodillado en el suelo y exa-
minaba atentamente unos signos extraños.
— M i r a d — d i j o — e s t e i d e o g r a m a m u e s t r a a l o s h o m bres
y a los gatos conversando. Sin duda alguna representa a un
espíritu que abandona el cuerpo y vaga errante por el
inframundo.
Ardía en su propio celo científico inclinándose sobre las
f i gu r as d e l su e lo — a las qu e l lam aba " je ro gl í f ico s " — , co n la
esperanza de que los demás compartieran su entusiasmo. E r a
u n ho m b re m u y c u l to q u e h a b í a a p re nd i d o , s i n l a me nor
dificultad, los idiomas antiguos. Pero los otros segu ían
afanándose en torno a aquellos extraños aparatos intentando
descubrir para qué servían. De pronto, un grito nos hizo volver
el rostro aterrados. El lama alto y delgado se hallaba en un
extremo del muro y había acercado su cara a una
108 LOBSANG RAMPA

os cu ra ca ja de m e ta l , qu e la o cul tó cas i po r comp le to . Dos


hombres se precipitaron hacia él con el deseo de librarlo
de aquella trampa. Pero cuando consiguieron arrancarlo de
a l lí , so l tó u n ju ra me nto y vol v ió o tra ve z a co loca rse e n e l
mismo sitio.
"¡Qué lugar tan extraño! — pensé —. ¡Hasta el más
tranquilo y culto de los lamas pierde aquí la razón!"
Cuando el lama alto y delgado se apartó, le imitó u n se-
g u n d o l a m a . M e p a re c i ó e n t e n d e r q u e e n a q u e l l a p a n ta l l a
veían máquinas en movimiento. Al final mi Maestro, com-
p a d e c i é nd o s e d e m í , m e a l z ó y m e a y u d ó a a p ro x i ma rm e a
a que ll a ca ja , si n dud a a lgu na , d es tin ada "a se r co nte mpla -
da ". Sigu ie ndo su s i ns tru cc io nes , mov í lo s co n tro les y , en
s u i n te r i o r , p u d e v e r h o m b r e s y m á q u i na s i d é n t i c a s a l a s
qu e ha bía al l í depos i tad as . Es tab an fu nc io na ndo . Ob se rvé
q u e l a p l a t a f o r m a q u e m e h a b í a s u b i d o h a s ta l a e s f e r a l u -
minosa podía ser controlada y movida a voluntad. Poste-
ri o rme n te , he co mp re ndido qu e la ma yo r pa rte d e aqu e llos
ap a ra to s e ra n s im i la re s a lo s q ue ho y se ex hib en e n tod os
los Museos Científicos del mundo.
Nos acercamos a la puerta negra de la que el Lama
Mingyar Dondup me había hablado ya en una ocasión.
Ante nuestra proximidad, se abrió chirriando con tanta
fu erza, en medio de aquel silencio reinante en aquel lu gar,
que todos nos sobresaltamos. En el interior dominaba la
oscuridad más absoluta. Era como si estuviéramos rodeados
por un enjambre de nubes negras. Nuestros pies seguían un
pequeño canal excavado en el suelo, al final del cual nos
sentamos. Después oímos una serie de sonidos metálicos y,
antes de que pudiéramos tener conciencia de lo que nos
s u c e d í a , l a l u z d e s v a ne c i ó l a o s c u r i d a d . E s t á b a m o s r o d e a -
d o s d e má q u i na s e x t ra ña s . Ta m b i é n ha b í a e s ta tu a s y fi gu -
r i l l a s m e tá l i c a s . S i n d a rno s t i e mp o a c o n te m p l a r n a d a , l a
l u z g i r ó s o b re s í m i s m a y s e c o n v i r t i ó e n u n a e s f e r a , c o l o -
cándose en el centro de la cámara, sobre nosotros. Una
o lead a de co lore s os ci ló c aó ti ca me nte y u na s ba nda s lumi -
n o s a s , a p a re nt e m e n te d e s p r o v i s t a s d e t o d a s i g n i fi c a c i ó n ,
constelaron la esfera. Poco a poco, fueron surgiendo for-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 109

mas, confusas al principio, que se concentraron rápidamente ,


cob rando v ida y ex te nd ié ndos e sob re la s tres di me ns iones
físicas. Y nosotros lo observábamos todo, absortos...
Era el Mundo de la Antigü edad más Remota, un mundo
mu y jove n . D on d e a ho ra ha y m a res hab ía e n to nce s mo n ta -
ñ as y las monta ña s ac tu al es e ran p la ya s e n a que l ti empo .
Su clima era cálido y estaba poblado por extrañas criaturas.
E ra u n mu ndo dom i nado po r e l p rog reso de la c ie nc ia . Má -
qu i nas i nsó l i ta s vo lab an a poc as pu l gadas d e la sup e r fi c ie
d e l a Ti e rra o a un a a l tu ra d e muc ha s m il l as . Los g ra nd e s
templos alzaban sus cúpulas hacia el firmamento como
desafiando a las nubes. Los hombres y los animales podían
mantenerse unidos telepáticamente. Pero no todo era dicha.
Los políticos se enfrentaban unos con otros. El mu ndo era
un campo dividido en el que cada bando codiciaba los terri-
torios del otro. Los hombres vivían a la sombra de los
densos nubarrones del miedo y la sospecha. Los sacerdotes
de "ambos " bandos p ro cl amaban o rgu llos amente que e l los
eran los únicos predilectos de los dioses. Vimos sacerdotes
delirantes — como ahora —, predicando frenéticos la salva-
ción de sus semejantes. ¡Y a qué precio! Los sacerdotes de
cada secta aseguraban que matar al enemigo era un "deber
s agrado ". Sin e mba rgo , con el m ismo apasion am ien to , a fir-
maban también que todos los hombres eran hermanos. Y la
au se nc ia absol u ta de ló gi ca de sus teo rías ni s iqu ie ra c ru -
zaba por sus mentes.
Presenciamos las grandes batallas de aquel mundo. Y
nos dimos cuenta de que casi la totalidad de las víctimas
pe rten ec ía n a l a pobl ac ión ci v il . Las fue rza s a rmad as , pro-
te g idas grac ias a su s d ispos i tivos de de fe ns a , sol ía n es ta r
fuera de todo peligro. Los ancianos, las mujeres, los niños,
todos los qu e no podían "luchar", eran quienes en realidad
s u f rí a n l o s e fe c to s d e l a l u c ha . V i mo s a l o s c i e n t í f i c o s e n
s u s l a b o ra to r i o s , b u s c a nd o a fa n o s a m e n te a rm a s má s d e s -
tructoras todavía, bacterias más terribles que pudieran ser
l a nzadas co n tra e l e ne mi go . D espu é s v imos a u n grupo de
hombres pensativos y preocupados, que proyectaban la
creación de lo que ellos llamaban una "Cápsula de Tiempo"
110 LOBSANG RAMPA

— l a qu e nosotros habí amos l l am ado "C ave rna de lo s A nte -


p a s a d o s " — c o n e l o b j e to d e t r a n s m i t i r a l a s ge ne ra c i o ne s
futuras unos modelos de sus aparatos y un archivo com-
pleto de películas relativas a su cultura, con todas sus vir-
tudes y todos sus errores. Las excavadoras gigantescas abrie-
ro n la ro ca vi va . U n ve rdad ero ej é rc i to de h omb re s in s tal a-
ron allí máquinas de todos los tipos. Vimos cómo colocaban
en su lugar las esferas de luz fría, emanada por sustancias
radiactivas inertes que tardarían en extinguirse millones de
años. Eran inertes porque no dañaban a los seres humanos y
activas porque su luz seguiría brillando hasta que el Tiempo
terminara.
N o s d i mo s c u e n t a d e q u e c o mp re n d í a m o s s u i d i o m a y ,
por fin, tu vimos la certeza de qu e la explicación a ese raro
f e nóm eno e ra mu y s en ci l la : ¡ Cap táb amos sus " co n ve rs ac io-
nes" telepáticamente! Había otras "Cápsulas de Tiempo"
ocu l ta s ba jo los d es ie rtos de Egip to , b ajo u na p i rám ide de
Su d a m é ri c a y e n l u g a r e s c o nd i d o d e S i b e r i a . C a d a u no d e
e so s lu ga re s es t ab a ma rc ado c on e l s ímbo lo d e a que l t iem -
po: la Esfinge. El origen de la Esfinge no era egipcio. Re-
cibimos la explicación de este animal quimérico. En aquella
é p o c a re m o ta , l o s h o m b re s y l o s a n i ma l e s t r a b a j a b a n j u n -
tos. Por su fuerza e inteligencia, el gato estaba considerado
como el animal más perfecto. El propio hombre es también
un animal. Por ello, los seres humanos de la antigüedad
idearon aquella figura compuesta por un cuerpo de gato,
s ímbo lo de la fu e rza y de l a re si s te nc ia , y u n bu s to de mu-
j e r. La cab ez a s imbo l izaba la i nt e li ge nc ia y l a ra zón hu ma -
n a s , m i e n t ra s q u e l o s s e no s s i g ni f i c a b a n q u e l o s ho mb re s
y los animales podían proporcionarse recíprocamente ali-
men to me n ta l y esp i ri tua l . En aqu el la época , es te sí mbolo
era tan corriente como el Buda, la Estrella de David o la
Cruz en nuestra época.
Contemplamos los océanos, llenos de ciudades flotantes,
que iban de un país a otro. El cielo era también cruzado
por grandes naves que volaban silenciosas, capaces de dete-
nerse en el aire y de partir de nuevo a gran velocidad, casi
instantáneamente. Sobre la tierra, los vehículos corrían ve-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 111

l o z me n t e , a l g u n a s p u l g a d a s p o r e n c i m a d e l s u e l o , s u s p e n -
d i d o s e n e l e s p a c i o p o r u n p ro c e d i m i e n to q u e no p u d i m o s
comprender. Las ciudades estaban atravesadas en todas di-
recciones por puentes y líneas interminables de cables. Un
gran resplandor llenó el firmamento y uno de los puentes
más gigantescos se derrumbó y quedó convertido en un
mo n tó n d e ru in as . D espué s s e p rodujo o t ro v iv ís imo re lám -
p a g o y l a m a yo r p a r te d e l a c i u d a d d e s a p a r e c i ó e n u na l l a -
marada de gas incandescente. Sobre las ruinas, flotaba una
nube diabólica, rojiza, que tenía la forma de un hongo gi-
gantesco.
Cuando se desvaneció aquella imagen, volvimos a ver
a los homb r es qu e h abí an p la ne ad o l as "Cápsu la s d e Ti em-
p o " . Es ta b a n c o n v e n c i d o s d e q u e " y a " h a b í a l l e g a d o e l m o -
mento de sellarlas. Contemplamos las ceremonias y cómo
colocaban los "informes filmados" en la máquina desde la
cual ahora lo estábamos presenciando todo. Escuchamos el
discurso de despedida que nos revelaba a nosotros los
Homb r e s d e l F u t u r o — ¡ s i a l g u n a v e z v o l v í a a h a b e r
hombres sobre la Tierra! — que la Humanidad estaba a
p u n t o d e destru irse a sí misma o que era muy posible que
así fu era, advirtiéndonos que en "aquellas cavernas
quedaba constancia de sus invenciones y locu ras para que
pudiera servir de e x p e ri e n c i a y d e e ns e ña n z a a l o s s e re s d e
una ra z a futura que tuvieran la inteligencia de
d e s c u b r i r l a s y comprenerlas".
Después, la voz telepática enmudeció y la pantalla se
qu edó s in lu z . E n si le nc io , es tup e fac to s a nte lo qu e ac abá -
bamos de presenciar, nos sentamos en el suelo de nuevo.
Y al momento la cámara volvió a iluminarse y nos dimos
cuenta de que, esta vez, la luz procedía de los muros.
Nos levantamos y nos dispusimos a inspeccionarlo todo.
Hab ía ta mbi én nu me roso s apa ra tos y m áqu inas , ma que ta s
de ciudades y de puentes, construidos todos ellos con un
material cuya naturaleza desconocíamos. Algunos de los ob-
jetos estaban recubiertos por una capa de materia absoluta-
m ente tra nspare nte qu e nos i ntri gó . No e ra c ris tal . I gno rá -
bamos lo que "era". Nos dimos cuenta de que estaba des-
112 LOBSANG RAMPA

tinado a evitar que pudiéramos tocar los modelos protegidos


en su interior.
De repente, dimos un salto de terror. Un ojo rojo y
malvado nos miraba parpadeando. Me disponía a huir,
cuando el Lama Mingyar Dondup se acercó a aquella nueva
m á q u i n a . S e i n c l i n ó s o b re e l l a , t o c ó l o s c o n t ro l e s y e l o j o
r o j o s e d e s v a ne c i ó y f u e s u s t i t u i d o p o r o t r a p e q u e ñ a p a n -
talla que nos mostraba otra habitación contigua al Gran
Salón. Nuestros cerebros captaron un nuevo mensaje.
—A n te s de marc ha rse , pa se n a es ta h abi tac ió n . Al l í e n-
contrarán material para sellar de nuevo el lugar por donde
hayan entrado. Si no han alcanzado el estado de evolución
necesario para hacerse cargo de nuestras invenciones, vuel-
v an a s el la r la e ntrada y d éje n lo todo intac to pa ra los que
puedan venir más adelante.
En silencio, pasamos a la tercera habitación, cuya puert a
s e a b r i ó a u t o m á t i c a m e n te a l a c e r c a r n o s . A l l í , e nc o n tr a mos
varias vasijas herméticamente cerradas y una máquina d e
c i n e t e l e p á t i c o q u e e x p l i c a b a l a f o r m a d e a b r i r l a s y d e sellar
nuevamente la entrada.
¡Maravilloso! ¡Maravilloso! — dijo un lama.
—No hay en todo esto nada maravilloso — dije yo in-
so le n te me n te —. H ub ié ramos pod ido v e r toda s es tas cos as
en el Archivo Kármico. ¿Por qué no lo hacemos? De esa
forma, podremos ver lo que sucedió después de que se-
llaron este lugar.
Los demás miraron, inquisitivos, al jefe de la expedi-
ción, el Lama Mingyar Dondup. Él asintió levemente.
Nuestro Lobsang da algunas veces muestras
d e i n t e l i g e n c i a — d i j o — . C o n c e n t r é m o n o s y v e a mo s l o
q u e s u c e dió, porque yo siento tanta curiosidad como vosotros.
Nos sentamos en estrecho círculo, uniendo nuestros de-
dos de la forma prescrita. Mi Maestro inició el ritmo de
respiración necesario y todos le imitamos. Poco a poco nos
despojamos de nuestras identidades terrenas y nos desliza-
mos al unísono en el Océano del Tiempo. Los que tienen
el poder de introducirse en lo astral pueden ver todo lo que
ha sucedido en el pasado, regresando después a su estado
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 113

normal enriquecidos con nuevos conocimientos. Todos


los acontecimientos históricos, por remotos que sean,
pueden ser contemplados como si estuvieran
produciéndose entonces.
Recordé la primera vez que había utilizado el Archivo
Kármico. Mi Maestro me había hablado de ello y yo le
había dicho:
—"De acuerdo, pero ¿qué «es»? ¿Cómo funciona?
¿Cómo es «posible» ponerse en contacto con las cosas que
han pasado ya, que ya han terminado, que ya se han ido
para siempre?" "Lobsang — me respondió él —. Admitirás
que tienes una memoria. Puedes recordar perfectamente
lo que sucedió ayer y las cosas que sucedieron hace
mucho tiempo. Si te esfuerzas y desarrollas esa cualidad,
puedes recordar todo cuanto te ha sucedido en la vida. Y
con un entrenamiento adecuado, te será posible incluso
recordar tu propio nacimiento. También puedes conseguir
lo que se llama una «evocación total» y ello haría que tu
memoria se remontara a momentos «muy anteriores» a tu
nacimiento. El Archivo Kármico no es otra cosa que la
«memoria» del mundo. Todo lo que ha sucedido sobre la
Tierra puede ser «recordado» de la misma manera que a ti
te es posible recordar los acontecimientos de tu pasado.
No hay ninguna magia en todo esto. De la magia y del
hipnotismo, tan estrechamente relacionado con ella, ya
h a b l a r e m o s o t r o d í a ."
Por ello, gracias a nuestro especial entrenamiento,
nos resultaba realmente fácil situarnos en el momento del
tiempo en que la máquina había interrumpido sus
mensajes. Vimos nuevamente la gran muchedumbre de
hombres y mujeres, sin duda alguna muy conocidos en
aquella época. Estaban saliendo de la Caverna. Las
grandes máquinas, con sus brazos gigantescos, colocaron
ante la entrada un enorme bloque de roca. Las grietas y
los orificios exteriores fueron cuidadosamente sellados y
todos aquellos seres se marcharon. Las máquinas se
alejaron también y durante algún tiempo, tal vez algunos
meses, todo se mantuvo tranquilo. Después vimos a un
sumo sacerdote, erguido sobre los escalones de una
inmensa Pirámide, exhortando a los fieles
1 14 LOBSANG RAMPA

a la guerra. Las imágenes registradas en la Película del


Tiempo siguieron desfilando ante nosotros y, por fin, vimos el
campo de batalla. Los jefes vociferaban furiosos. El tiemp o
s e g u í a s u c a r r e r a . E l f i r m a m e n t o a z u l q u e d ó c r u z a d o po r
n u me ro sas e s te la s b la nc as y r e c ti l ín eas . D espu és , lo s c i e l o s
s e e n r o j e c i e r o n . T o d o e l p l a n e t a t e m b l ó y s e e s t r e meció.
Contemplando todo aquello, sentimos que el vértigo s e
a p o d e ra b a d e n o s o t r o s . L a o s c u r i d a d d e l a n o c h e c a y ó
sobre el mundo. Las negras nubes se incendiaron y giraron
envu eltas en llamas en torno a la Tierra. Súbitamente, las
ciudades ardían y desaparecían por completo.
L os m a res e ncre spad o s i nvad ie ro n lo s conti n ent es , b a -
rriéndolo todo, y una ola gigantesca, más alta que el mayor
edificio de aquella civilización, avanzó rugiendo estruendo-
samente y arrastró consigo los últimos vestigios de una cul-
t u r a m u e r t a . T e m b l ó l a Ti e r r a e n s u a g o n í a y s e l l e n ó d e
abismos enormes que lo engulleron todo y se cerraron luego
como las fauces de un gigante. Las montañas se quebraron
como juncos en una tormenta y se hundieron después en la
sima de los océanos. Emergieron las nuevas tierras del fond o
de los mares y se convirtieron en montañas. La superficie
del planeta se estaba transformando a través de las
continuas conmociones. Algunos supervivientes aislados su-
b ie ro n g ri tando , en tre mi llones de cad ávere s , a l as mo nta -
ñas recién aparecidas. Otros se salvaron milagrosamente en
sus barcos y se escondieron en los nuevos continentes. Y
hasta el Planeta quedó inmóvil, interrumpió su movi-
miento de rotación y, después, empezó a rodar en dirección
c o n t ra r i a . E n u n i ns ta n te , l a s s e l v a s q u e d a ro n r e d u c i d a s a
cenizas. La superficie de la Tierra quedó desolada, aniqui-
l a d a , c o nv e r t i d a e n u na ne g ra ru in a . En l o m á s ho nd o d e
las cuevas y en los túneles de lava de los volcanes extingui-
dos, un escaso puñado de seres humanos, enloquecidos ante el
espectáculo de aquella catástrofe, temblaba y lloraba de
terror. Desde el negro firmamento, cayó una sustancia blanca,
dulce, sustentadora de la vida.
En el curso de los siglos, la Tierra siguió cambiando.
Donde antes hubo mar ahora había tierra, y las tierras an-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 115

ti gu as do rm ían e n e l fo ndo de los ma re s. U n va ll e i nte rio r


se abrió al empuje del océano y fue invadido por las aguas
formando el Mar Mediterráneo. Otro mar cercano se hun-
dió también en aquel valle y sus arenas quedaron secas
convirtiéndose en el Desierto de Sahara. Las tribus salvajes
recorrían errantes el mundo y, a la luz de sus hogueras, se
t r a ns m i ti e r o n d e p a d re s a h i j o s l a s a n t i g u a s l e y e n d a s d e l
Diluvio, de Lemu ria, de la Atlántida y de aquel día terrible
en que el Sol quedó inmóvil en el cielo.
L a C ave rna de l os A ntepa sados qu edó e nte rrada en u n
mundo medio sumergido. Libre de los intrusos, se conservó
i n t ac ta , o cu l ta b a jo la su pe rfi c ie d e l a t ie rr a . Co n el p aso
del tiempo, los torrentes poderosos arrastraron el lodo hasta
el mar y dejaron limpias las rocas, que brillaron al sol nue-
vamente. Por fin, heladas de repente por una lluvia fría,
e n e l m o m e n to e n q u e e l s o l l a s ha b í a s o me ti d o a u na e l e -
vada temperatura, las rocas se agrietaron y dejaron libre la
entrada de la Caverna, permitiéndonos el paso.
S acu d imo s nue s tros mú scu los entu mec idos y nos pus i-
m o s e n p i e c o n g ra n d i f i c u l ta d . L a e x p e ri e n c i a ha b í a s i do
d e m o l e d o ra . E r a p re c i s o c o m e r y d e s c a n s a r . L u e go , v o l v e -
ríamos a inspeccionarlo todo para ver si nos era posible
aprender algo nuevo. Después, cuando consideráramos que
nuestra misión había sido cumplida, sellaríamos nuevamente
l a e nt ra d a . L a C a v e r n a d e s c a ns a rí a e n p a z o t ra v e z h a s t a
q u e p u d i e r n te n e r a c c e s o a e l l a l o s ho m b re s d e b u e n a v o -
l u n ta d y d e i n t e l i g e n c i a s u pe ri o r . Me a c e rq u é ha s ta l a e n -
trada de la Caverna y contemplé, allá abajo, el paisaje
desolado y rocoso. Y me pregunté, qué pensaría uno de
aquellos hombres de la Antigüedad si pudiera levantarse de
su tumba y estar allí a mi lado.
A l regresar al interior, me sentí sorprendido por u n cu-
rioso contraste. Un lama intentaba, con un pedernal y una
mecha, hacer arder un poco de estiércol seco de yak que
llevábamos con nosotros para ese fin. Nos rodeaban las má-
quinas y los aparatos de una época remota, de una cultura
desaparec ida. Noso tro s — homb res modernos — calentába-
mos nuestra agua sobre una hoguera de estiércol, rodeados
116 LOBSANO RAMPA

de maravillosos instrumentos que escapaban a nuestra com-


prensión. Suspirando, abandoné mis pensamientos y me
concentré exclusivamente en la tarea de mezclar té con
"tsampa".
CAPITULO VI

E1 servicio de media mañana había terminado. Los niños


corríamos a nuestras clases forcejeando y
e m p u j á n d o nos unos a otros para no ser los últimos en
llegar. Y no lo hacíamos por interés en aprender sino
porque el M a e s tro de aqu ella clase tenía la horrible
costumbre de golpear con su bastón al más rezagado. Yo,
más vivo que los otros, conseguí llegar el "primero"
mereciendo por ello el honor de que el Maestro me
s o n r i e r a s a t i s f e c h o . C o n g e s t o s d e impaciencia, indicó a
los demás que debían apresurarse y, de pi e a n te l a puerta ,
d io a l gunas bo fe tadas a los ú l timos qu e e n tra ro n. P o r fi n
no s s e n ta m o s t o d o s s o b re l a s a l fo m b ras d is em in adas po r
toda la hab i tac ió n y c ruz amos nue stras piernas. Siguiendo
la costumbre, nos colocamos de esp a l d a s a l M a e s tro q u e ,
" d e tr á s " d e nos o t ro s , n o s v i g i l a b a y , co mo n o podí amos v e r
dó nde se e ncontraba e n cada momento, nos veíamos "obligados" a
trabajar sin distraernos.
—Hoy trataremos de la similitud de las religiones — dijo
con la voz campanuda —. Ya hemos visto que la leyenda
del Diluvio es común a todas ellas. Hoy nos centraremos en
el tema de la Madre Virgen. Hasta el menos inteligente
— dijo mirándome fijamente —, sabe que nuestra Madre
Virgen, la Dolma Bendita, la Madre Virgen de la Gracia,
equivale a la Madre Virgen de algunas sectas cristianas.
Escuchamos unos pasos apresurados que se detenían en la
entrada de nuestra au la. Entró un monje mensajero que hizo
una profunda reverencia ante el Maestro.
—Te saludo, Sabio — murmuró —. El Lama Superior
118 LOBSANG RAMPA

Mingyar Dondup te ofrece sus respetos y te pide que per-


mitas salir "inmediatamente" al niño Martes 1 Lobsang
Rampa. Le necesita con urgencia.
—¡Muchacho! — rugió el Maestro con el ceño fruncido
—. Eres una molestia y un estorbo en la clase. ¡ "Már-
chate"!
Me levanté con rapidez, saludé al Maestro y seguí al
veloz mensajero.
¿Qué sucede? — le pregunté jadeante.
Lo ignoro — dijo —. También a mí me
gustaría s a be rlo . El Sag rado L ama Mi n gya r Dondu p
ti e ne p rep a rados los instrumentos quirúrgicos y los caballos.
Nos apresuramos.
¡Vamos, Lobsang! ¡Ya puedes darte prisa! —
d i j o m i Maes tro ri endo a l v e rme l le ga r —. N os vamo s a l
pueb lo de Shó, donde precisan nuestros servicios médicos.
M o n tó e n s u c a b a l l o y m e i nv i tó a h a c e r l o m i s m o c o n e l
m ío . Esa op era ció n me resu l taba si emp re d i fí ci l . Lo s ca -
ballos y yo nunca estábamos de acuerdo cuando me veía
obligado a montarlos. Me acerqué al animal pero reculó,
caminando de costado. Me deslicé al otro lado y, dando
una pequeña carrera, lo monté de un salto antes de qu e se
diera cuenta de lo que sucedía. Después traté de aferrarme
a é l c o mo e l l i q u e n s e a fe r ra a l a s mo n ta ñ a s . Re s o p l a nd o
co n exasp e rada res i gnac ión, d io la vue l ta y , s i n nec es idad
de que yo l e gu ia ra , des ce ndi ó po r el se nde ro de trá s de mi
Maestro. Mi caballo tenía la horrible costumbre de dete-
nerse en los lugares más escarpados y, agitando la cabeza,
asomarse a los precipicios. Estoy convencido de que estaba
dotado de un inadecuado sentido del humor y que, sin duda
a l gun a , te n ía co nc ie nc ia d e l m a l ra to qu e m e hac ía p a sar.
S e gui mos de sce nd ie ndo po r e l s end e ro y , tra s a tra ves a r e l
Pargo Kaling, o Puerta Occidental, llegamos al pueblo de
S hó . Re co rri mos la s ca ll es de la ciud ad has ta l le ga r a l ed i-
ficio de la prisión. Rápidamente, los guardas se hicieron
cargo de nuestros caballos. Recogí las dos cajas de mi

1. El primer nombre que llevan los tibetanos corresponde, según la tradición,


al día de la semana en que nacieron.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 119

Maestro, el Lama Mingyar Dondup, y las trasladé a aquel


so mb río lug a r. S i n du da a lgu na , aqu el lo era mo le s to , rea l-
m e n te h o r r i b l e . Y o p o d í a " o l e r " e l m i e d o , " v e r " l a s f o r m a s
mentales de los malvados pensamientos de los recluidos. La
atmósfera de aquel sitio me ponía los pelos de punta.
Seguí a mi Maestro hasta una habitación relativamente
g ra n d e . L a l u z d e l s o l s e fi l tr a b a p o r l a s v e nt a na s . V a r i o s
guardas esperaban en pie y el Magistrado de Shó esperaba
t a m b i é n p a ra sa lu d a r a l Lam a Mi n g ya r D o nd u p . Mie n t ra s
h a b l a b a n , m i ré a mi a l re d e d o r. D e d u j e q u e e ra a l l í d o nd e
se juzgaba y sentenciaba a los criminales. En los muros
había archivos y libros. En el suelo, una sombra gemía cer-
c a de no so tros. M i entras la obs e rvab a , es cuc hé que e l Ma-
gistrado decía a mi Maestro:
—Es un chino. Creo que debe de ser un espía, Hono-
rable Lama. Estaba intentando subir a la Montaña Sagrada.
A l p a re c e r s e d i r i g í a a l P o ta l a . R e s b a l ó y c a y ó . Ta l v e z d e
una altura de unos cien pies. Está grave.
Mi Maestro avanzó hacia él y yo le seguí. Un hombre
le quitó el manto con que le habían cubierto. Ante nosotros,
te níamo s a u n c h ino d e medi a na ed ad . Era de p eque ña es -
tatura. Parecía ágil. "Casi un acróbata", pensé. Gemía lleno
d e d o lo r, el su d o r re sb a l a b a p o r s u ro s t ro y s u p i e l te n í a
un matiz verdoso y oscuro.
Estaba malherido. Sus dientes rechinaban. Estaba ago-
nizando. El Lama Mingyar Dondup le miró lleno de lás-
tima.
—Un espía. Un probable asesino... No importa lo que
sea — dijo —. Debemos hacer algo por él.
S e a rrod il ló a su lado . Colo có sus m ano s sob re su s si e-
nes doloridas y le miró a los ojos. Al momento, el herido
pareció relajarse, entreabrió los ojos y una vaga sonrisa
apareció en sus labios. Mi Maestro apartó el manto un poco
m ás y l e exa mi nó la s pi e rn as . A nte aque l e spec tácu lo c re í
ponerme enfermo. Los huesos de sus piernas, completa-
mente destrozadas, asomaban entre los jirones de sus panta-
lones. Mi Maestro, con ayuda de u n afilado cu chillo, cortó
sus ropas. Todos los allí presentes lanzaron un murmullo de
120 LOBSANG RAMPA

asombro. Los huesos estaban completamente astillados desde


los pies hasta los muslos. El Lama los palpó suavemente. E l
herido no se movió, ni siquiera se estremeció. Estaba
completamente hipnotizado. Mientras el Lama le curaba,
sus piernas crujían.
— Es tá n d e ma s i a d o d e s t ro z a d a s . N o e s p o s i b l e c o l o c a r -
las de nuevo en su sitio — dijo mi Maestro —. Puede de-
c i r s e q u e l a s t i e ne c o mp l e ta me n te d e s he c ha s . Te nd re m o s
que amputárselas.
—Honorable Lama — preguntó el Magistrado —. ¿Pue-
des conseguir que nos confiese lo qu e estaba haciendo? Te-
memos que sea un asesino.
—Habrá que amputárselas primero — respondió el La-
ma —. "Luego" podremos interrogarle.
Se inclinó sobre él y le miró fijamente a los ojos. El
chino siguió relajándose sumido en un profundo sueño.
Yo lo había ya preparado todo y el juego de hierbas
esterilizantes estaba ya dispuesto en su tazón. En él, hundió
su s ma nos mi Ma es tro y la s h umed ec ió . Los ins tru me n tos le
esperaban en otro tazón. Siguiendo sus indicaciones, lavé l a s
piernas y el cuerpo del hombre. Al tocar sus huesos sentí
l a s e n s a c i ó n d e q u e " t o d o " e s t a b a d e s t r o z a d o . L a s piernas
habían adquirido un color azulado. Sus venas sobres a l í a n
c o mo c u e rd a s o s c u ra s . D e a c u e rd o c o n l a s i ns t ru c ciones de
mi Maestro, que seguía limpiando sus manos, até l a p a r t e
s u p e r i o r d e l m u s l o , c e r c a d e l a i n g l e , c o n u n a c o rr e a
e s t e r i l i z a d a . C o l o q u é u n p a l o d e b a j o d e l n u d o y l e seg uí
da ndo vu el tas , co mp ri mie ndo su c a rn e has ta que l a p r e s i ó n
detuvo la circulación. El Lama Mingyar Dondup, con gran
d e s t r e z a , c o r t ó l a c a r n e e n f o r m a d e " u v e " c o n un a fi lado
cu chi llo . Lu e go as e r ró e l hue so — lo qu e qued ab a d e é l — y
o p r i m i ó l o s d o s s e c t o r e s d e l a " u v e " h a s t a dejar oculto el
extremo del hueso, que qu edó protegido por una doble capa
de carne. Le entregué el hilo de piel de yak esterilizado y él,
diestramente, cosió el muñón. Lentamente, con el mayor
cuidado, fui relajando la presión de la correa que
aprisionaba el muslo, dispuesto a apretarla de nuevo en caso de
hemorragia. Pero no salió sangre y los puntos re-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 121

sistieron perfectamente. Cerca de nosotros, uno de los guar-


das palideció y se desmayó.
Mi M ae s tro l e v endó me ticu los ame nte . D espu é s , vo lv ió a
desinfectarse las manos.
Hicimos lo mismo con la otra pierna y, muy pronto,
ambas estaban amputadas. Mi Maestro dijo a uno de los
guardas que las envolviera en un paño.
Debemos entregar sus piernas a la Legación
China — le ad vi rtió — . De lo co ntra rio d i rá n que este
homb re h a sido torturado. Pediré permiso al Profundo para
devolverle a su pueb lo . La m is ió n que tra je ra no importa .
F r aca só de la m is ma fo rm a qu e f ra ca sa rá n toda s l as
m is io nes d e este tipo.
Pero Honorable Lama — dijo el Magistrado —
. D e beríamos obligarle a que nos dijera lo que estaba
haciendo y con qué objeto.
Mi Maestro guardó silencio. Se dio la vuelta y miró fi-
jamente los ojos del hombre, ahora abiertos, saliendo de la
hipnosis.
¿Qué hacías? — le preguntó.
E l ho mb re s u s p i ró y c e r ró l o s o j o s . Mi Ma e s t ro l e i n t e -
rrogó de nuevo.
— ¿ Q u é i b a s a h a c e r? ¿ P e n s a b a s a s e s i n a r a a l g ú n A l to
Dignatario del Potala?
L a boc a de l c hi no se ll enó d e e spuma . D espué s , no si n
cierta resistencia, asintió con la cabeza.
—¡"Habla"! — le ordenó el Lama —. No basta con un
gesto de asentimiento.
L e n tam ente , do lo rosa me n te , l a hi s to ri a sa li ó de su s l a-
bios. Un asesino le entregó una cantidad para que come-
tiera crímenes y alterara el orden en un país tranquilo. Un
a s e s i n o q u e h a b í a f ra c a s a d o e n s u e m p e ñ o , c o m o f r a c a s a -
rí a n todos po rqu e no co noc ía n nue s tros d ispo si tivo s de s e-
guridad.
—Iré a ver al Profundo, Lobsang — dijo el Lama Ming-
y a r D o ndup poni éndo se e n p ie —. Quéd a te tú a quí y vi g il a a
este hombre.
122 LOBSANG RAMPA

¿Me mataréis? — preguntó el hombre


g i m i e n d o d é b i l mente.
¡No! — le respondí —. ¡Nosotros no
m a t a m o s a nadie!
Humedecí sus labios y enjugué su frente. Pronto se
tranquilizó. Se durmió extenuado, después de la difícil prueba
que se había visto obligado a resistir. El Magistrado me miró
co n e l ce ño fru nc ido pe nsando s in duda qu e los monjes
estábamos locos pretendiendo salvar a un presunto asesino.
El día transcurrió lentamente. Los relevos de la guardia
se sucedían. Sentí que mi estómago gruñía de hambre. Por
fin, escuché los conocidos pasos del Lama Mingyar Dondup y
éste entró en la habitación. Miró primero al paciente para
comprobar si estaba todo lo cómodo que las circunstancias
permitían y examinó sus muñones. No sangraban ya. Se le-
vantó dirigiéndose al oficial de guardia.
—En virtud de la autoridad que el Profundo ha dele-
gado en mí, te ordeno que pongas a disposición de este
h o m b r e d o s c a m i l l a s c o n e l o b j e t o d e c o nd u c i r l e , a é l y a
su s p ie rnas , a l a L egac ión C hi na . Tú a compa ña rás a e s tos
hombres — añadió dirigiéndose a mí — y me informarás en
caso de que cometan alguna brusquedad innecesaria al
transportar al herido.
M e s e n tí re a l me n te d e s d i c ha d o . A l l í e s t a b a e l a s e s i n o
con sus piernas amputadas... y mi estómago, vacío de co-
mida, resonando continuamente como el tambor de un
te mplo . Mie n tra s los homb re s iba n a recoge r l as ca mi l la s ,
me apresuré a correr hasta el lugar donde había visto a los
oficiales bebiendo té. En un tono seguro, pedí — y conse-
guí — que me ayudaran a saciar mi hambre. Tragué el
"tsampa" velozmente y regresé con la misma prisa.
Silenciosos, lúgubres, los hombres entraron en la habi-
tación, llevando dos camillas improvisadas con unos palos y
u n p o c o d e ro p a u s a d a . Mu rmu ra n d o d e s c o n te n t o s c o l o -
caron en una de ellas las piernas amputadas. Sobre la otra,
colocaron al chino con el mayor cuidado, bajo la mirada
vigilante de mi Maestro. Cubrieron su cuerpo con una man-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 123

ta y la ataron por debajo con el objeto de evitar los movi-


mientos bruscos.
Acompaña a estos hombres — dijo el Lama
Mingyar Dondup al oficial de guardia —, presenta mis
respetos al Embajador de China y dile que le devolvemos
a e s t e s ú b dito chino.
Se volvió hacia mí.
Tú, Lobsang, los acompañarás y me informarán
a t u regreso.
S a lió . D esp u és , a r r as t ra ndo lo s p ies , s al ie ro n tamb ié n
l os homb res co n las ca mi ll as , p ri me ro los q u e ll eva ba n l as
p i e r na s , l u e go l o s q u e l l e v a b a a l c h i no . Y o c a m i n a b a a u n
l a d o y e l o fi c i a l d e g u a rd i a a o t ro . E l a i r e e r a f r í o . Y o t e m -
blaba bajo mi ligero manto. Descendimos hasta el Mani
L h akh a r . D ob la m os a la de re cha , a t r ave samo s los d o s pa r -
ques y nos acercamos a la Legación China.
El Río Venturoso estaba lleno de reflejos y mostraba,
e n tre los á rbole s , su b ril la n te su p e rfi ci e . Ll e gamo s a la Le -
g a c i ó n. L o s h o m b re s d e j a ron l a s d o s c a mi l l a s e n e l s u e l o .
M u r m u r a b a n m o l e s to s y , m i e n t ra s c o n c e d í a n u n b r e v e r e -
poso a sus músculos doloridos, contemplaban curiosos aque-
l lo s mu ro s. Los c hi nos e ra n p e rso nas " muy " a g re si vas co n
l o s q u e t ra ta b a n d e e n t ra r e n s u s p ro p i e d a d e s . En v a ri a s
o c a s i o ne s , "p o r a c c i d e n t e ", d i s p a ra ro n c o n t ra u no s n i ñ o s
porque éstos, jugando, habían entrado allí, matándolos. Tras
escupir en sus manos, los hombres levantaron de nuevo las
camillas y reanudaron la marcha. Doblamos a la izquierda,
s i g u i e nd o e l c a m i n o d e L i n g k o r y , p o r f i n , e n t ra m o s e n e l
territorio de la Legación. Llenos de hostilidad, unos hom-
bres acudieron a la puerta.
— Te n g o e l h o n o r d e d e v o l v e r l e a u n o d e s u s h o m b r e s
q u e s e a v e n tu r ó a re c o r re r l a Ti e r ra S a g ra d a — d i j o n u e s -
tro oficial de guardia —. Se despeñó y ha sido necesario
a m p u ta rl e a m b a s p i e rn a s . La s t ra e mo s ta m b i é n c o n n o s o -
tros para que puedan comprobarlo.
Unos soldados, con el rostro tenso, introdujeron ambas
camillas dentro del edificio. Entretanto, los demás nos apun-
taron con el fusil, obligándonos a retroceder. Nos retiramos
124 LOBSANG RAMPA

hacia el camino y yo me escondí tras un árbol, mientras


los demás regresaban. Unos terribles alaridos acribillaron el
aire. Miré a mi alrededor y vi que no había ningún solda-
do. Todos habían entrado en la misión. Vencido por un
l o c o i m p u l s o , a b a nd o né e l d u d o s o re fu g i o q u e e l á rb o l m e
o fr e c í a y , p ro c u ra n d o no h a c e r ru i d o , c o r r í h a c i a l a v e nta -
na. Habían tendido al herido en el suelo. Un soldado es-
taba sentado sobre su pecho. Otros dos en sus brazos. Otro
le quemaba los muñones con la brasa de un cigarrillo. Éste,
de pronto, se irguió, desenfundó su revólver y le hizo un
disparo entre los ojos.
Escuché un crujido detrás de mí. Rápidamente, me puse
de r o d i l l a s y m e a p a r t é . U n s o l d a d o c h i n o h a b í a s u r g i d o d e
l a o s c u ri d a d y a p u nt a b a c o n s u r i f l e a l l u g a r d o nd e e s t a b a
antes mi cabeza. Como un rayo, me lancé entre sus
piernas y le hice perder el equilibrio, mientras el fusil se le
e s c a p a b a d e l a s m a no s . C o r r í d e á rb o l e n á rb o l to d o l o
ap ris a que pude. Las balas pa saba n rozando las ramas ba -
jas y, de trá s de mí, o ía u n ru ido de paso s ap resu rado s. La
situación me era favorable. Yo era muy rápido corriendo y
l os ch i nos se v eí an obl i gados a d e te ne rs e p a ra pod e r di s-
pararme. Me precipité hacia la parte trasera del jardín,
ya que la puerta principal estaba vigilada. Subí a u n árbol y
m e d e s l i c é p o r u n a d e s u s ra m a s ha s t a q u e m e fu e p o s i b l e
s a l t a r a l o t r o l a d o d e l m u r o . P o c o s s e g u n d o s d e s p u é s me
hallaba de nuevo en presencia de mis compatriotas que
habían transportado al herido. Cu ando oyeron mi historia,
aceleraron el paso. No sentían el menor deseo de experi-
mentar emociones. Lo único que querían era evitarlo. Un
soldado chino saltó al camino desde el muro y me miró
desconfiado. Yo le miré también a él con la mayor sereni-
dad. Con gesto agrio, lanzó un juramento en el que mis
p a d re s e ra n m e n c i o na d o s y s e d i o m e d i a v u e l ta . N o s o t ro s
seguimos nuestro camino con la mayor rapidez posible.
De regreso a Shó, los hombres me dejaron solo. Mirand o
hacia atrás con cierto miedo, corrí por el camino que
conducía al Chakpori. Un viejo monje, sentado al borde
del camino, me llamó.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 125

¿Qué te sucede, Lobsang? Parece que te


p e r s i g a n todos los espíritus maléficos.
Seguí corriendo sin parar y entré jadeante en la habi-
tación de mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup. Durante
unos instantes intenté recobrar el aliento.
—¡Ay! — dije al fin —, los chinos asesinaron a aquel
hombre. Lo mataron de un tiro.
Atropelladamente, le conté lo sucedido. Mi Maestro
guardó silencio durante unos instantes.
—Verás mucha violencia en tu vida, Lobsang — me
d i j o d e s p u é s — . P o r e l l o , d e b e s p ro c u r a r no d e j a rt e i mp r e -
sionar demasiado por este acontecimiento. Se trata tan sólo
de u n s is tema hab i tua lme nte u ti li zado en d iplo mac ia . As e-
s i na r a los que f r aca sa n y aba nd o na r a los esp ías que so n
capturados. Así se hace en todo el mundo, en todos los
países de la Tierra.
S e ntado a nte m i Ma es tro , mi e ntras se n tí a qu e me reco-
b ra b a p o c o a p o c o e n l a q u i e t a t r a n q u i l i d a d d e s u p re s e n-
cia, pensé en otra cosa que me preocupaba.
—Señor — le pregunté —, ¿cómo actúa el hipnotismo?
¿Cuándo comiste la última vez? — me preguntó
c o n una sonrisa en los labios.
¡Oh, hace unas doce horas! — le respondí
lleno de t r i s te za , d á nd o me c u e n ta d e m i a p e ti to c o n
m a yo r i n te ns i dad que hasta entonces.
Entonces, vamos a comer ahora. Cuando nos
s i n t a mos repuestos, trataremos del hipnotismo.
Me hizo señas para que gu ardara silencio y se sentó en
a c t i tu d m e d i ta t i v a . Y o c a p té e l m e ns a j e te l e p á t i c o q u e e n -
viaba a los sirvientes: "Comida" y té. Capté también un
mensaje telepático dirigido a alguien del Potala para que
fuera a ver inmediatamente al Profundo con el objeto de
informarle de todo. ¡Pero mi "sintonización" del mensaje
te lep á ti co fu e in terrump ida po r la e ntrada de u n sirviente
que nos traía comida y té!
Después de comer me sentí satisfecho, casi incómoda-
mente saciado. "Había" pasado una jornada difícil. Du-
rante muchas horas "había" sentido hambre, pero en mi
126 LOBSANG RAMPA

interior se formaba un pensamiento torturante: tal vez


comí demasiado, tal vez me había excedido. Desconfiado
miré a mi Maestro y me di cuenta de que me miraba di-
vertido.
—Sí, Lobsang — dijo —, "has" comido demasiado. Es-
p e ro q u e s e rá s c a p a z d e s e gu i r m i s e x p l i c a c i o n e s s o b re e l
hipnotismo. — Observó mis mejillas cubiertas de rubor y
s u r o s t r o p a r e c i ó s u a v i z a rs e — . ¡ P o b r e L o b s a ng ! H a s t e n i -
do un día difícil. Vete a descansar. Ya hablaremos ma-
ñana.
Abandonó la habitación. Yo subí a la mía cayéndome
de sueño. ¡Dormir! Era lo único que deseaba. ¿Comer?
¡Bah! Había comido demasiado. Me acosté en un rincón
y me envolví en mi manto. Mi sueño fue muy agitado,
l l e no d e p e s a d i l l a s e n l a s q u e u n o s c hi no s s i n p i e rna s me
pe rse guí an por e l bo squ e y o tros c h ino s arm ados sa l taba n
a mis espaldas tratando de matarme.
"¡Pum!" Me saltaban la cabeza. Un soldado chino me
daba furiosos puntapiés. "¡Pum!" Mi cabeza saltaba de
nuevo. Abrí los ojos con dificultad. Un "chela" me estaba
sacudiendo con fuerza y me daba patada tras patada, in-
tentando despertarme.
—¡Lobsang! — exclamó al ver que mis ojos se habían
abierto —. ¡Lobsang! Creí que estabas muerto. Has dor-
mido toda la noche sin acudir a los Servicios Nocturnos.
G raci a s a la in te rv en c i ó n d e tu Ma e s tro , e l L a m a Mi n g ya r
D o n d u p , t e s a l v a s t e d e l a s i ra s d e l o s v i g i l a n te s . ¡ D e s p i e r -
ta! — me gritó al darse cuenta de que estaba a punto de
dormirme de nuevo.
La lucidez volvió a mí. A través de la ventana, vi los
p rime ro s rayos d el so l de aqu el la jo rn ada a soma ndo sob re
l a s c u m b r e s de l H i m a l a y a y a l u m b ra nd o l o s e d i f i c i o s m á s
altos del Valle, los techos dorados del lejano Sera y la parte
su p e rio r d el Pa rgo Ka li ng . El dí a a nte rio r hab ía e s tado en
el pueblo de Shó. ¡Ah, eso sí que no había sido un sue-
ñ o! Y ho y , ho y " e spe raba " l ibra rme d e al gun as c las es pa ra
re cib i r di rec tam ente la s en se ña n zas de mi am ado Maes tro
Mingyar Dondup. Iba a hablarme acerca del hipnotismo.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 127

Te r m i né e n s e gu i d a m i d e s a y u no y me d i ri gí a c l a s e , p e r o
no pa ra quedarm e a ll í y rec ita r p asa je s de l os c ie n to ocho
Libros Sagrados, ¡sino para explicar por qué no podía ir a
clase!
¡Señor! — dije en cuanto entró el Maestro —.
S e ñ o r , hoy tengo que recibir las enseñanzas del Lama
M i n g y a r Dondup. Te ruego que me permitas marcharme.
Sí, hijo mío — dijo el Maestro en un asombroso
t o n o festivo —. Ya he hablado con el Sagrado Lama, tu
Maestro. Tuvo la amabilidad de darme las gracias por los
p r o gresos que bajo mi dirección habías realizado. Confieso
que estoy muy satisfecho, muy satisfecho.
Con gran asombro por mi parte, alargó la mano y me
dio unas palmadas cariñosas en el hombro antes de entrar
e n c las e . D iv er t i do , me d i r i gí ha ci a e l sec to r de los l amas ,
preguntándome qué podía haberle sucedido.
Caminaba libre de preocupaciones. De pronto, me de-
tuve al pasar por una puerta entreabierta.
¡Oh! — exclamé asombrado —. "¡Nueces en
dulce!"
Olían muy bien. En silencio, retrocedí y miré al inte-
rior. Un viejo monje buscaba algo por el suelo. Murmu-
raba palabras que no eran precisamente oraciones. Se la-
mentaba porque había perdido una caja de nueces en dulce
que alguien le había traído de la India.
— ¿ P u e d o a y u da rl e e n a l g o , Re v e re nd o La m a ? — l e p re -
gunté cortésmente.
Se volvió furioso hacia mí y me habló en un tono tan
grosero que me vi obligado a huir de allí con toda la ra-
pidez que pude. "¡Cuánto ruido por unas nueces!", pensé
disgustado.
¡Entra! — dijo mi Maestro cuando me acerqué
a l a puerta de su habitación —. Creí que habías vuelto a
d o r mirte.
—Señor — le dije —, he venido para recibir tus ense-
ñ a n z a s . D e s e o a rd i e n t e me n te q u e m e e x p l i q u e s l a na tu ra -
leza del hipnotismo.
Lobsang — me respondió —, es preciso que
a p r e n das muchas cosas más. Primero debes poseer una base su-
128 LOBSANG RAMPA

ficiente para comprender el hipnotismo. De no ser así,


no sabrás con exactitud lo que haces. Siéntate.
Me senté en el suelo con las piernas cruzadas y él se
sentó frente a mí. Parecía estar perdido en sus propias
reflexiones.
—De momento, ya sabes que todo cuanto existe es vi-
bración, electricidad. En la composición del cuerpo
intervienen diversas sustancias químicas que llegan al
cerebro a través del sistema circulatorio. Como ya te he
dicho, el cerebro está muy bien abastecido de sangre y
de las sustancias químicas que ésta arrastra consigo.
Estas sustancias (potasio, manganeso, carbono y otras
muchas) forman los tejidos cerebrales, interrelacionados
entre ellos, y que dan lugar a una oscilación peculiar de
las moléculas que nosotros denominamos "corriente
eléctrica". Cuando pensamos, ponemos en marcha una
cadena de reacciones que constituyen esa corriente
eléctrica y, con ello, las "ondas cerebrales".
Reflexioné en todas aquellas cosas que no podía ver.
Si mi cerebro estaba lleno de "corrientes eléctricas",
¿por qué yo no sentía el calambrazo? Recordé que un
niño que hacía volar su cometa, en medio de una
tormenta, lo sintió. Un intenso resplandor azul
descendió súbitamente por la cuerda mojada y él — lo
recuerdo con un escalofrío — cayó al suelo como un
montón de carne seca y quemada. Y yo también sentí
una vez uno de aquellos calambres cuando elevaba mi
cometa. Una débil descarga, comparada con la que
recibió mi amigo, pero lo suficientemente "fuerte" como
para hacerme dar un salto de unos doce pies.
—Honorable Lama — le respondí —. ¿Cómo puede
haber electricidad en el cerebro? Si fuera así, los
hombres se morirían de dolor.
—Lobsang — dijo mi Maestro sonriendo —. Ese ca-
lambre que sentiste una vez te ha dado una idea errónea
de la electricidad. La cantidad de electricidad con que
está cargado el cerebro es pequeña. Sólo puede ser
medida con instrumentos muy delicados que registran en
sus diagra-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 129

mas las variaciones producidas cuando se piensa o realiza


alguna acción física.
La idea de que un hombre podía medir el voltaje del
c e r e b ro d e o t r o m e r e s u l ta b a i nc re í b l e . P o r e l l o s o l té u n a
carcajada. Mi Maestro se limitó a sonreír.
—Esta tarde — me dijo — iremos caminando al Potala.
El Profundo tiene unos aparatos que nos permitirán
tratar con mayor claridad el problema de la electricidad.
Ahora ve a distraerte un poco. Después de comer, coló-
cate tu mejor manto y ven a verme.
Le hice una reverencia y me marché. Durante dos ho-
ras di vueltas al acaso. Subí a la terraza y me entretuve
a rro ja ndo p iedre ci l las a la cab ez a de lo s co nfi ados monje s
que pasaban debajo de mí. Cuando me cansé de esta dis-
tracción, me agaché e introduje mi cabeza por una estre-
cha ventana que daba a un corredor oscuro. Estaba a punto
de entrar por allí, cu ando escuché unos pasos que se acer-
caban. No pude ver quién era porque la ventana estaba en
u n ri ncó n . Saqu é l a le ngu a , pu se u na ca ra fe roz y esperé .
Se acercó un anciano y, como no podía verme, tropezó
conmigo. Mi lengua húmeda tocó su mejilla. Lanzó un
a gudo g ri to y , tra s de ja r c ae r al sue lo , con g ran es trép ito ,
l a b and ej a que l le vaba , h uy ó con u na r ap i de z in c re íbl e e n
un hombre de sus años. Yo también me llevé una sorpresa.
A l trope za r conm igo , e l an cia no me hi zo perde r e l equ il ibri o .
Ca í d e e spa ldas e n e l co rredor. L a ve nta na s e c e rró de go lpe
co n u n so no ro "c ras h " y una ab und ante cantid ad d e p o l v o
c a y ó s o b r e m í . M e p u s e e n p i e , n o s i n c i e r t a d i fi cu l tad, y
m e fu i co rri en do en d i rec ci ón co ntra ria todo lo rápido que
pude.
Do lo rido aú n co mo co nse cue nc ia d el go lpe , me c amb ié
de manto y comí un poco. ¡No estaba tan mal como para
olvidarme de eso! Cuando los objetos se quedaron sin som-
bra y llegó el mediodía, me presenté puntualmente ante
mi Maestro. Al verme, hizo un esfuerzo para mostrarse
severo conmigo.
—Lobsang, un viejo monje jura que fue atacado por
un espíritu maligno en un corredor del norte. Un grupo de
130 LOBSANG RAMPA

tre s lam as ha i do a l lí pa ra pro nunci a r los exo rci smos des -


tinados a alejarle. Sin duda alguna, representaré un impor-
ta nte p ape l e n e s ta e mp res a s i m e l levo a es e esp í ri tu ma-
ligno — tú — al Potala, como convinimos. ¡Vamos!
Salió de la habitación y yo le seguí. Me pareció estar
rodeado de miradas inquisitivas. Al fin y al cabo, nunca
s e s abí a lo que pod rí a su cede rme mi en tras l os la mas p rac -
t i cab an sus exo rc is m os . Se n tí e l t emo r d e e nco n t ra r me de
pronto volando por los aires con rumbo a un destino des-
conocido y, probablemente, bastante incómodo.
S a l i mo s a l a i re l i b r e . Lo s s i r v i e n te s no s ha b í a n p r e p a -
rado los caballos. El Lama Mingyar Dondup montó y em-
pezó a descender el sendero de la montaña lentamente. Me
ayudaron a montar y uno de los sirvientes, bromeando, dio
u n a p a l m a d a e n l a g ru p a d e m i c a b a l l o . É s te , s i n ti é nd o s e
también juguetón, inclinó su cabeza y levantó sus patas
tra se ra s , a rrojá ndome al su el o . Mie n tra s me lev antaba sa-
cudiéndome el polvo, el sirviente sujetaba al animal por las
bridas. Lu ego monté de nuevo, vigilando cautelosamente a
los sirvientes para que no me jugaran otra mala pasada.
El caballo "sabía" que le había montado un jinete in-
exp e rto . A ris co , tro taba po r lo s si tios más pe l ig ro sos y se
de ten ía e n lo s bo rd es de l a mo nta ña . I ncl ina ndo la c abez a
sob re e l v ac ío , co n te mpl aba l as ro cas debaj o de noso tro s.
Me v i obl i gado a des mon ta r y d esc end í cami na ndo , l lev án-
dole por las riendas detrás de mí. Era más rápido y más
seguro. Al pie de la Montaña de Hierro, monté nueva-
mente y seguí a mi Maestro hasta el pueblo de Shli, don-
de nos detuvimos unos instantes porque él tenía que hacer
unas cosas. Aquella pausa nos sirvió para recobrar el aliento
y recuperar mi aplomo. Luego, otra vez sobre los caballos,
subimos los amplios escalones del Potala. Lleno de alegría,
entregué mi animal a los sirvientes que nos esperaban allí.
Aún más alegre, seguí hasta su alojamiento al Lama Min-
gyar Dondup y, cuando me dijo que pasaríamos allí uno o
dos días, mi dicha fue inmensa.
L l e g ó l a h o r a d e a s i s t i r a l s e r v i c i o d e l Te m p l o . P e n s é
que allí, en el Potala, los servicios eran excesivamente for-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 131

m a l e s y l a d i s c i p l i n a d e m a s i a d o e s t ri c t a . A p e s a r d e l a e x -
citación que me había producido aquel día y de ciertas
contusiones, me porté lo mejor que pude y el servicio trans-
currió sin incidencias dignas de mención. Se había estable-
cido que cuando mi Maestro visitara el Potala, yo ocupa-
ría una habitación contigua a la suya. Me retiré a mi
c u a r to d i s p u e s to a e s p e ra r e l c u rs o no rm a l d e l o s a c o nt e -
cimientos, ya que no ignoraba que el Lama Mingyar Don-
du p estaba tratando de asuntos de Estado con un alto fun-
cionario que había llegado recientemente de la India. Me
fascinaba mirar por la ventana y ver la ciudad de Lhasa a
l o l e j o s . L a p e r s p e c t i v a e r a d e u n a e x t r a o r d i n a r i a b e l l e za.
Los sauces rodeaban los lagos, el Jo Kang estaba lleno de
dorados destellos y se escuchaba la algarabía de los pe-
r e g r ino s que , a l pi e d e l a Mo n ta ña Sa g rada , c la maba n co n
la esperanza de ver al Profundo (que hallábase en su re-
sidencia) o, por lo menos, a alguno de los altos dignata-
r i o s . U n a i n t e r m i na b l e h i l e r a d e c o m e r c i a n t e s c a m i n a b a n
co n sus be s ti as bo rde ando s in p ris as e l P arg o Ka l in g. Con -
te mpl é sus exó tica s ca rga s po r u n mom ent o , has ta que e s-
cuché a mis espaldas unos pasos suaves.
—Vamos a tomar un poco de té, Lobsang. Después,
seguiremos hablando — dijo mi Maestro al entrar.
L e s egu í a su h ab i tac ió n, donde hab ía n serv ido u na co-
mida muy diferente a la que se suele ofrecer a un pobre
monje. Té, como es lógico, pero también dulces de la In-
dia. Era demasiado. Normalmente, los monjes no hablan
cu ando come n po rqu e e llo se consid e ra como u na fal ta de
respeto hacia los alimentos. Sin embargo, en esta ocasión,
m i M a e s t ro me c o ntó q u e l o s ru s o s e s ta b a n i nt e n t a nd o a l -
terar el orden en el Tibet y trataban de infiltrar a sus
espías. Cuando terminamos de comer, nos encaminamos
hacia la habitación donde el Dalai Lama guardaba extra-
ño s i n s t ru m e n to s p ro c e d e nt e s d e l e j a n o s p a í s e s . D u ra n te
unos instantes, nos limitamos a mirar a nuestro alrededor.
El Lama Mingyar Dondup me iba señalando cada uno de
a que llo s ob je tos y me expl icab a p a ra qué se rví an. Po r fi n, se
detuvo en un rincón de la habitación.
132 LOBSANG RAMPA

¡Mira esto, Lobsang! — me dijo.


Me acerqué. Lo que me mostraba no me impresionó
en absoluto. Frente a mí, sobre una mesilla, había una jarra
de cristal en cuyo interior se veían dos delicados hilos,
c ad a u no de los cua les p a rec ía sos te ne r u n a pe que ña b o la
de madera.
¡Esto es importante! — dijo secamente mi
Maestro al darse cuenta de que no daba importancia a
aquel objeto —. Lobsang, tú piensas en la electricid ad
solamente como algo que te produce calambres. Hay otro
tipo, otra manifestación de la electricidad, que llamamos
e s t á t i c a . ¡Observa!
To mó d e la mes a u na va r il la o s cu ra d e u nas d oce a c a-
torce pulgadas de longitud. La frotó rápidamente contra su
manto y la acercó luego a la jarra de cristal. Con gran
sorpresa, vi cómo las dos varillas se separaban súbitamente y
"seguían" separadas cuando él retiró la varilla.
No pierdas detalle — me recomendó mi
Maestro.
Yo lo observaba todo atentamente. A los pocos minu-
tos , s i gui endo e l i n flu jo n a tu ra l de l a g rav edad , amb as bo-
l as vo lv ie ro n a des ce nde r len tamen te y los hi los qu eda ro n
de nuevo verticales, como antes del experimento.
Inténtalo tú — me ordenó el Lama
t e n d i é n d o m e l a varilla.
¡Por la Dolma Bendita! — exclamé —.
¡ N o q u i e r o tocar esa cosa!
A l v e r m i e x p r e s i ó n a t e r r a d a , m i M a e s t r o r e í a d e b u e na
gana.
Inténtalo, Lobsang — dijo —. Sabes
p e r f e c t a m e n t e que nunca te he jugado una mala pasada.
Es cierto — refunfuñé —, pero puede ser
é s t a l a p r i mera.
Me entregó la varilla. Yo cogí, desconfiado, aquel ob-
j e t o t e r ri b l e . A r e g a ñ a d i e n t e s , l l e no d e a ns i e d a d , e s p e r a n d o
q u e d a r e l e c t ro c u ta d o d e re p e n te , f ro t é l a v a r i l l a e n mi
m anto . N o se ntí n i ngu na se ns ac ión d e ca lamb re , ni s iqu ier a
h o r m i gu e o . D e s p u é s , l a a p r o x i m é a l a j a r r a y , ¡ m a ra v i lla de
las maravillas!..., "las bolas se separaron de nuevo".
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 133

—Como puedes ver, Lobsang—observó mi Maestro—,


l a e le ct r ic idad e s tá a c tu a nd o au nqu e tú no la si ent as . As í es
la electricidad del cerebro. Ven conmigo.
N o s a c e rc a m os a o t ra m e s a s o b re l a q u e h a b í a u n a p a -
rato más extraño. Parecía ser una rueda en cuya superficie
había numerosas placas de metal. Tenía dos varillas dis-
pu estas de forma que unos alambres colocados en la extre-
midad de cada u na de e l las ro zaba levemente do s de aque -
llas placas. Los alambres estaban unidos a dos bolas me-
tálicas situadas aproximadamente a un pie de distancia.
Aquel conjunto de cosas carecía de toda significación para
mí. "Un aparato diabólico", pensé. Y mi Maestro pareció
querer confirmar mi impresión con sus actos. Dio una
vuelta brusca a una manivela que salía de la rueda. Ru-
g i e n d o y r e l a m p a g u e a n d o , l a r u e d a s e p u s o e n m o v i m i e n to .
De las es fe ras de me ta l sa l ió una lu z a zul ada s is ea ndo y
c r u j i e n d o . C o m o s i a l g o s e e s t u v i e r a q u e m a n d o , e l a i r e se
llenó de un extraño olor. No pude contenerme. Sin duda
alguna, aquél "no" era lugar para mí. Me escondí debajo
de la mesa más grande y traté de huir, arrastrándome hacia la
puerta.
Cesaron los siseos y los crujidos para ser sustituidos
p o r o t ro ru i d o d i s ti n to . C o nt u v e m i r e s p i ra c i ó n y e s c u c h é
lleno de asombro. ¿Era aquél acaso el eco de una "risa"?
¡No podía ser! Desde mi escondite, muy nervioso, miré
atentamente. Era el Lama Mingyar Dondup. Estaba rién-
dose a carcajadas. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Su
cara, congestionada por la risa. Jadeaba como si le faltara la
respiración.
—¡Oh, Lobsang! — dijo por fin —. ¡Es la primera vez
que veo a alguien aterrorizado por la máquina de Wim-
shurst! Estos aparatos son de uso corriente en mu chos paí-
s es ex t r an je ros . S i rve n p a ra de mos t ra r la s p ro p iedad es d e la
electricidad.
Salí de mi escondite arrastrándome. Me sentía ridículo.
Me acerqué a la extraña máquina para observarla de cerca.
—Voy a su jetar estos dos alambres, Lobsang — me dijo
el Lama —. Y tú da vueltas a la manivela con toda tu
134 LOBSANG RAMPA

f u e r za . M e v e rá s rod e ado de c h isp as y d e r a yos que no m e


causarán el menor daño. Vamos a intentarlo. ¿Quién sabe? ¡A
lo mejor tienes la oportunidad de reírte de mí!
To m ó l o s d o s a l a m b r e s , u n o e n c a d a m a n o , y m e i n d i -
có con un gesto que podía empezar cuando quisiera. Ce-
ñudo, empu ñé la manivela y la hice girar con fu erza. Grité
l l e no d e te r ro r . G ra n d e s f ra n j a s d e l u z p u rp ú re a y v i o l e ta
brillaban en las manos y el rostro de mi Maestro. Pero él
se mantenía impertérrito. Entretanto, volvía a sentirse aquel
olor extraño.
—Es ozono — dijo mi Maestro —. Completamente ino-
fensivo.
Me convenció después para que yo sujetara los alam-
bres mientras él daba vueltas a la manivela. Los siseos y
los crujidos eran realmente pavorosos; pero en cuanto a la
sensación, ¡era tan sólo como una fresca brisa! El Lama
c o g i ó d e u n a c a j a v a r i o s re c i p i e n t e s d e c ri s t a l y l o s c o n e c -
tó, uno a uno, a la máquina mediante unos alambres.
Mientras él daba vueltas a la manivela, pude ver una llama
brillante ardiendo dentro de una de las botellas. En las
otras botellas había cruces y otras figuras de metal, incan-
descentes. Pero no sentí un solo calambre. Con la Máquina
de W ims hu rs t, mi Maestro me demo s tró qu e u na persona ,
au n no pose yen d o do te s d e cl a r iv ide nc ia , p ued e v e r el a u r a
p s í q u i c a hu m a na . P e ro má s a d e l a n t e i ns i s ti ré s o b re este
tema.
La tarde declinaba y la luz del día se desvanecía poco
a poco. Por ello, interrumpimos nuestros experimentos y
regresamos a la habitación del Lama. Asistimos al servicio
d e l a ta rd e c e r . N u e s t ra v i d a e n e l Ti b e t p a r e c í a e s ta r to ta l -
mente circunscrita a las observancias religiosas. Después del
servicio, volvimos a la habitación del Lama, donde nos sen-
tamos con las piernas cruzadas, como es habitual entre no-
so tro s , a ambos lados de una pequ eña me sa de ma de ra de
unas catorce pulgadas de alto.
—Lobsang — dijo mi Maestro —. Ahora podemos ocu-
parnos del tema del hipnotismo. Pero primeramente es pre-
ciso que analicemos cómo funciona el cerebro humano.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 135

E s p e ro h a b e rte d e mo s t ra d o q u e p u e d e p ro d u c i rs e e l p a s o
de la co rri ente e lé c tri ca po r e l cu e rpo s in exp e ri me nta r e l
m e no r d o l o r o ma l e s ta r . A ho ra q u i e ro q u e p i e ns e s q u e e s
posible que cuando alguien piensa genera una corriente
eléctrica. No es preciso que analicemos la forma en que
esa corriente estimula las fibras musculares y produce una
reacción. De momento, lo único que nos interesa estudiar es
la corriente eléctrica en sí, las ondas cerebrales que la cien-
cia médica de Occidente ha podido medir y registrar tan
inequívocamente.
Reconozco que todo aquello me interesaba en sumo
grado porque, a pesar de mi insignificancia, yo ya sabía con
c e r te z a q u e e l p e ns a m i e n to t e n í a p o d e r . Re c o rd a b a a q u e l
cilindro hueco que utilicé varias veces en la Lamasería y al
qu e yo podí a imp rim i r u n mov im ie n to de ro ta ció n só lo co n
la fuerza de mi voluntad.

—¡Estás distraído, Lobsang! — me dijo mi Maestro.


— Lo s i e n to , H o n o ra b l e S e ñ o r — l e re s p o n d í — . E n r e a -
l i d a d e s ta b a p e n s a nd o e n l a na tu ra l e z a d e l a s o n d a s m e n -
t a l e s y re c o rda b a c ó mo m e d i v e r t í c o n a q u e l c i l i n d ro q u e ,
hace algunos meses, me enseñaste a mover con el pensa-
miento.
Mi Maestro me miró y dijo:

— Tú e res u na e ntidad , u n i nd iv iduo que tie ne sus p ro-


p i o s p e n s a m i e n to s . P u e d e s p e n s a r e n r e a l i z a r u n a a c c i ó n
determinada como, por ejemplo, levantar aquel rosario. So-
lamente con pensar en esa acción, tu cerebro hace que
brote la electricidad de los elementos químicos que lo cons-
tituyen y esa onda eléctrica predispone tus músculos para
r e a l i z a r l a a c c i ó n p ro y e c ta d a . S i tu c e re b r o p u d i e ra g e n e -
ra r u na fue rza e léc tric a ma yo r co n tra ria , te ve rí as imposi -
bilitado para realizar tu deseo de levantar el rosario. Es
fácil compender que si yo puedo convencerte de que no
puedes realizar esa acción, tu cerebro escapará a tu con-
t ro l in me d i a to y ge ne ra rá u n a o nd a c o n t ra ri a a tu d e se o . Y
e l l o t e i m p e d i r á l e v a n t a r e l r o s a r i o o r e a l i z a r l a a c c i ó n que
habías pensado.
136 LOBSANG RAMPA

L e m i ré p e ns a t i v o y me d i c u e nt a d e q u e s u s p a l a b ra s
c a rec ía n de s entido pa ra m í po rqu e ¿có mo pod ía é l i nflu ir
e n l a e l e c t r i c i d a d q u e p ro d uj e r a m i c e re b ro ? S e g u í m i rá n -
d o l e p e ns a t i v o , p re g u n tá nd o me s i d e b í a e x p o n e r l e m i s d u -
d a s . P e ro , e n t o d o c a s o , n o f u e ne c e s a r i o , p o rq u e a d i v i n ó
mis pensamientos y decidió tranquilizarme.
—Lobsang — me dijo —. Puedo demostrarte que mis
a fi rm a c i o ne s c o n s t i tu y e n u n he c ho c o mp ro b a b l e . E n c u a l -
qu ier p aí s occidenta l pod ríamo s p robarlo co n u na s e ri e de
aparatos que registrarían las tres ondas básicas del cerebro.
Sin embargo, aquí no tenemos esa posibilidad y debemos
limitarnos a analizar este problema verbalmente. El cere-
bro produce electricidad, genera ondas. Cuando decides le-
vantar el brazo, tu cerebro emite las ondas necesarias para
q u e p u e d a s ha c e r l o . S i y o s o y c a p a z — y u t i l i za ré u na te r -
m i n o l o g í a t é c ni c a p a r a e x p l i c á r t e l o — d e i n t r o d u c i r e n t u
c e reb ro u na ca rga neg a ti va , e n es e c aso , tú no pod rás rea -
lizar tu proyecto. En otras palabras, ¡estarás hipnotizado!
A q u e llo e m p e za b a a te ne r s e nt id o p a ra m í . C o no c í a l a
Má qui na d e W im shu rs t. Hab ía as is tido a v ari os exp e ri me n-
tos. Y había visto cómo era posible invertir la polaridad
de una corriente, haciendo que fluyera en dirección con-
traria.
—Honorable Lama — le pregunté —, ¿cómo puedes tú
introducir una corriente en mi cerebro? No puedes levan-
t a r l a s p a r e d e s d e m i c rá ne o p a ra m e te r a l l í e l e c t ri c i d a d .
¿Cómo puedes hacerlo, entonces?
—Mi querido Lobsang — dijo mi Maestro —. No nece-
sito entrar en tu cabeza. No soy yo quien debe producir
la electricidad para meterla dentro de ti. Pero puedo in-
fluirte con las sugestiones adecuadas para que te convenzas
de la exac t i tu d de mi s a f i rma cio ne s y sea s tú m is mo — in -
voluntariamente — quien genere tu propia corriente eléctri-
ca negativa.
Me miró atentamente y añadió:
—No soy partidario de hipnotizar a nadie contra su
voluntad, a no ser en caso necesario, por razones médicas
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 137

o quirúrgicas. Pero creo que sería una buena idea demos-


trar — con tu cooperación — la realidad del hipnotismo.
— ¡ O h , s í ! — e x c l a m é r á p i d a m e n t e — . ¡ M e g u s t a r í a h a cer
algún experimento de hipnotismo!
Sonrió un poco ante mi impetuosidad y me dijo:

— B i e n , L o b s a n g , ¿ q u é e s l o q u e te d i s gu s t a h a c e r no r-
m al me n te ? Te l o p re gun to po rqu e qu ie ro hip no tiza rte pa ra
que hagas algo en contra de tu propia voluntad. De esa
forma, podrás estar personalmente seguro de que, al ha-
cerlo, estás actuando bajo la influencia de una fuerza inde-
pendiente de tu voluntad.
Reflexioné unos instantes y no supe qué responder. ¡Ha-
bía tantas cosas que me molestaba hacer! Mi Maestro me
resolvió el problema de aquella difícil opción.
—¡Ya lo sé! — dijo —. No sientes el menor deseo de
leer aquel pasaje, más bien complicado, del quinto libro del
Ka ng yu r. Te mía s , a mi ju ic io , qu e al gu nas d e la s pa labra s
a l l í u ti l i za d a s t e t ra i c i o n a r a n y p u s i e ra n d e m a n i f i e s t o e l
hecho de que no habías estudiado la materia suficiente-
mente.
Sus palabras me avergonzaron y confieso que mis me-
j i l l a s s e l l e n a r o n d e ru b o r. E r a c i e r to . U no d e l o s p a s a j e s
del Libro me resultaba particularmente difícil. Sin embargo,
m i i n te ré s p o r l a c i e nc i a m e p re d i s p o n í a a s e r p e rs u a d i d o
para leerlo, au nque, en realidad, aquel pasaje me producía
verdadera fobia. Mi Maestro sonrió y dijo:
— E l L i b ro e s tá j u nto a l a v e nt a n a . V e a tr a e rl o , b u s c a
esa página y léemela en voz alta. Y si intentas no leerla, si
tratas de equivocarte, entonces será aú n mayor el valor de la
prueba.
Tomé el Libro de bastante mala gana y busqué la página
indicada. Las páginas de los libros tibetanos son mayores y
más pesadas que las de los libros occidentales. Procuré ha-
cerlo lo peor posible y me demoré todo lo que pude. Sin
e m b a r go , a l f i n a l , e n c o n tr é a q u e l p a s a j e q u e , c o m o c o n s e -
cuencia de un incidente que había tenido anteriormente
con un tutor, me hacía sentir físicamente enfermo.
138 LOBSANG RAMPA

Tenía el Libro ante mí y, aunque lo intentaba, no con-


seguía articular sus palabras. Por muy extraño que parezca,
e l h e c h o d e h a b e r s i d o t r a ta d o c o n v i o l e n c i a p o r u n t u t o r
incomprensivo, había desarrollado en mí un auténtico odio
hacia todas aquellas frases sagradas. Mi Maestro se limitó a
m i ra r me — nad a más — y d e p ro n to me p a r e c ió q ue a l go
había estallado dentro de mi cabeza. Sorprendiéndome a
mí mismo, me di cuenta de que lo estaba leyendo y que no
solamente lo leía, sino que lo hacía sin la menor vacilación,
fácilmente, con fluidez. Al terminar el párrafo, tuve una
sensación inexplicable. Abandoné el Libro, me dirigí al cen-
tro de la habitación y, levantando mis piernas, me sostuve
sobre la cabeza. "¡Estoy volviéndome loco!", me dije.
"¿Qué pensará de mí mi Maestro si me comporto de una
f o rm a t an e s tú p ida ? " P e ro d e spués p e ns é qu e é l e ra qu i e n
d e te rm i na b a m i s a c to s , i n f l u y e nd o e n m í p a ra q u e hi c i e ra
aquellas cosas. Rápidamente, me puse en pie de nuevo y
me di cuenta de que me sonreía benévolo.
Es la cosa más fácil del mundo, Lobsang.
Es r e a l mente sencillo influir en una persona. No existe
n i n g u n a d i ficu ltad para poder hace rlo cuando se domi nan
l os co noc i m i e n t o s necesarios para ello. Me limité a
p e n s a r y t ú captaste mis pensamientos telepáticamente. Por
ello, tu cerebro reaccionó de acuerdo con lo qu e te había
anticipado. Y e l l o h i z o q u e s e p r o d u j e r a n e n é l c i e r t a s
f l u c t u a c i o n e s que dieron lugar a tan interesante resultado.
Honorable Lama — dije —. ¿Quieres decir
c o n e l l o qu e si somos capaces de introducir una corriente
eléctrica en el cerebro de una persona, podemos conseguir
que haga cuanto nosotros deseamos?
No, en absoluto — dijo mi Maestro —. Lo
que r e a l mente significa es que si eres capaz de
p e r s u a d i r a u n a persona para que lleve a cabo una acción
determinada y esta a c c i ó n no es i n c o m p a ti b l e con sus
c o n v i c c i o n e s , s i n d u d a a l gun a l a l le va rá a cabo , po rqu e su s
o ndas c e reb ra le s fu eron alteradas e, independientemente de
sus intenciones originales, actuará de acuerdo con las
sugestiones hipnóticas. La mayor parte de las veces, las sugestiones
se reciben del
1

LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 139

hipnotizador pero la única influencia que éste ejerce sobre


el sujeto agente es la de la sugestión. Con habilidad y la
utilización de ciertos recursos, el hipnotizador pu ede deter-
m i na r a s u v í c t i m a a re a l i z a r a c c i o ne s d i s t i n ta s a l a s q u e
proyectaba hacer en un principio.
Me contempló con gran seriedad durante unos instantes y
añadió:
—Naturalmente, tú y yo poseemos un poder distinto.
Tú serás capaz de hipnotizar a una persona instantánea-
mente, aun en contra de sus propios deseos, ya que ese
pode r te ha s ido co nc edido te nie ndo e n cue nta la espe cia l
n a tu ra le za d e t u v ida y las en o rme s di ficu ltad es a qu e ten -
drás qu e someterte para realizar la excepcional misión qu e
te ha sido asignada.
Me miró fijamente como para darse cuenta de si le había
comprendido. Al convencerse de que era así, continuó:
—Más adelante — todavía no es el momento —, te en-
s e ña rá n to d o c u a n to d e b a s s a b e r s o b re e l h i p no t i s m o y l a
forma más rápida de hipnotizar. Y has de saber que con
ello incrementarás también tus poderes telepáticos, porque
cuando estés viajando por remotos países, tendrás que man-
tenerte en todo momento en estrecho contacto con nosotros
y la forma más rápida y segura de conseguirlo es la tele-
patía.
To d o a q u e l l o m e e n t r i s te c i ó . To d o p a re c í a i n d i c a r q u e
necesitaría pasarme aprendiendo cosas nuevas la vida ente-
r a . P e ro c u a n ta s m á s c o s a s a p re n d í a , m e n o s t i e mp o l i b re
me quedaba. Procuraban por todos los medios aumentar
mis tareas, ¡sin librarme de ninguna!
—Pero, Honorable Lama — le pregunté —, ¿cómo ac-
t ú a l a t e l e p a t í a ? To d o p a r e c e i n d i c a r q u e n o h a s u c e d i d o
nada especial entre tú y yo y, sin embargo, tú sabes siempre
lo que pienso, ¡especialmente cuando tengo gran interés
en ocultarlo!
Mi Maestro me miraba sonriente.
— E n r e a l i d a d , l a t e l e p a t í a e s a l g o m u y s e n c i l l o . To d o
consiste en saber controlar las ondas del cerebro. Te ex-
plicaré. Tú sabes que tu cerebro genera corrientes eléctricas
140 LOBSANG RAMPA

que oscilan de acuerdo con las fluctuaciones de tu pensa-


m ie nto . No rm al me n te , és tos a c ti va n tus mús culo s y ha ce n
que tus miembros puedan moverse. También puedes pensar
en algú n objeto lejano. En ambos casos, tu energía mental
es transmitida, es decir, tu cerebro emite fuerza-energía en
t o da s d i r ecc ion es . S i co noc ie r as u n mé todo ad ecu ado p ar a
concentrar tus pensamientos en una dirección determinada,
éstos serían de una intensidad mucho mayor.
Recordé un pequeño experimento que él me había en-
s e ña d o h a c í a p o c o ti e m p o . E s tá b a m o s , c o mo e n a q u e l m o -
m e n to , e n l o a l t o d e l a C u m b r e , c o m o l o s t i b e t a n o s l l a m a -
m o s a l P o ta l a . E l L a m a , m i M a e s t ro , h a b í a e n c e n d i d o u n a
vela pequeña que difundía débilmente la luz a su alrededor.
Colocó un cristal de au mento ante la vela y, ajustando ade-
cuadamente la distancia entre ambos objetos, proyectó con-
tra la pared una imagen de la llama mucho más intensa
que la auténtica. Para sacar mayor provecho de la lección,
colocó una superficie brillante detrás de la vela de modo
que su luz se concentró más todavía y la imagen proyectada
sobre la pared aumentó de tamaño.
Le recordé aquellas experiencias y él me dijo:
— ¡ E s o m i s m o ! Ti e n e s r a z ó n . E s p o s i b l e , m e d i a n t e d i s -
tintos procedimientos, concentrar el pensamiento y enviarlo
e n una di recc ió n d e te rmi nada . Toda s l as pe rsonas pose en l o
q u e p o d r í a m o s l l a m a r u n a l o n g i t u d d e o n d a , e s d e c i r , que
el conjunto de la energía emitida por las ondas básicas d e
c a d a c e re b ro s i gu e n u n o rd e n p r e c i s o d e o s c i l a c i ó n . Si nos
f u e r a p o s ibl e p re ci sa r e l r i tmo d e o sc i lac ió n d e las o ndas
básicas cerebrales de las demás personas y sintonizarlas, n o
hallaríamos dificultad alguna para enviarles nuestros
m e ns a j e s te l e p á ti c o s , i nd e p e n d i e nt e me n te d e l a d i s ta nc i a
que nos separa de ellas.
Me miró con firmeza y agregó:
—Grábate todo eso muy bien en tu cabeza, Lobsang.
Para la telepatía, las distancias carecen de significado... por-
que la telepatía puede abarcar océanos... ¡y mundos!
C o n fi eso que s entía g rand es d eseo s d e rea l iz a r a l gun a
nueva experiencia telepática. Me imaginaba conversando
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 141

con mis amigos de otras lamaserías, como Sera, o incluso de


otros distritos lejanos. No obstante, tenía el convencimiento
íntimo de que debería orientar todos mis esfuerzos en apren-
der otras cosas que me pudieran ser útiles en el futuro, un
fu tu ro que , según toda s l as p ro fe cí as , se ría re al me n te de s-
dichado.
Mi Maestro interrumpió de nuevo mis pensamientos.
—Más adelante, volveremos a tratar del tema de la te-
lepatía. Trataremos también extensamente el tema de la
c l a ri v i d e nc i a , y a q u e t e s e r á n c o n c e d i d o s e x t r a o r d i n a ri o s
poderes de clarividente y las cosas te resultarán más fáciles si
conoces su mecanismo y su proceso. Todo ello está estre-
chamente relacionado con las ondas cerebrales y con el
Archivo Kármico. Pero ya se ha hecho de noche y, de mo-
mento, debemos interrumpir nuestra conversación para des-
c an sa r du ra n te el sue ño y p r ep a ra r nos p ar a el p rim e r se r -
vicio de mañana.

Nos pusimos en pie. Le hice una respetuosa reverencia,


d e s e a nd o p o d e r e x p re s a r l e l a p ro fu n d a c o n s i d e ra c i ó n q u e
me inspiraba.
Una fugaz sonrisa cruzó por sus labios y, adelantándose
hacia mí, oprimió su mano con ternura sobre mi hombro.
—Buenas noches, Lobsang — me dijo lleno de afecto —.
No debemos demorarnos más o, de lo contrario, mañana
tendremos la cabeza muy pesada y no habrá nadie capaz de
despertarnos cuando llegue el momento de asistir a nuestras
devociones.
Ya en mi habitación, estuve unos instantes de pie ante la
ventana sintiendo sobre mí el aire frío de la noche. Con-
t e m p l é l a s l e j a n a s l u c e s d e L ha s a y p e n s é e n t o d o c u a n t o
mi Maestro me había enseñado y sobre todo en lo que
todavía tenía que aprender. Para mí resultaba evidente que
conforme aumentaban mis conocimientos, aumentaban tam-
bién las cosas que ignoraba. Y yo me preguntaba cuándo
te rmi na ría a que l ex tra ño p roc eso . Su spi ran do , tal v ez con
un poco de desesperación, me envolví en mi manto y me
eché a dormir en el suelo.
CAPITULO VII

Un viento helado soplaba desde lo alto de las montañas. El


aire estaba saturado de polvo y de piedrecillas diminutas
que caían profusamente sobre nuestros cuerpos estremecidos.
Los animales viejos, llenos de experiencia, se manten í a n e n
pie e inclinaban la cabeza ante el viento para esq u i va r l o e
i m p e d i r q u e s u p i e l p e r d i e r a e l c a l o r d e s u s cu e rpos .
Dob lamo s e l K undu Ling y n os d i ri g imos ha ci a e l M a n i
L ha k ha n g . U na fu e r t e rá fa g a d e v i e n to , m á s fu ri o s a que l a s
a n te rio re s , l eva ntó el ma n to d e uno de m is compañ e r o s
q u e , d a n d o u n a g u d o g r i t o d e t e r r o r , a t r a v e s ó l o s aires
como una corneta. Le vimos elevarse, boquiabiertos y
asustados. Parecía volar hacia la ciudad, con los brazos
extendidos. Sus vestiduras, infladas por el viento, le daban
un aspecto de gigante. Después, volvió la calma durante
unos instantes y mi compañero cayó al Kaling Chu como
una piedra. Enloquecidos, corrimos hacia allá temiendo que
se ahogara. Al llegar a la orilla, Yu lgye — así se llamaba —
tenía el agua por las rodillas. El huracán rugió de nuevo
lleno de ímpetu, giró en torno suyo y lo trajo de nuevo hasta
nosotros. Y lo más sorprendente de todo fue que solamente se
había mojado de rodillas para abajo. Nos apresuramos a
seguir el camino, sujetando nuestros mantos con fuerza
para impedir que el viento también nos arrastrara.

Bordeamos el Mani Lhakhang. ¡Y nuestra marcha fue


re al me nte d i fíc i l! El hu racán au ll aba a nue s tro a l rededo r.
Todos nuestros esfuerzos estaban destinados a mantenernos en
posición vertical. En el pueblo de Shó, un grupo de da-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 143

ma s d e e l e v a d a c o nd i c i ó n s o c i a l i b a n e n b u s c a d e u n re f u g i o .
Siempre me complacía intentar adivinar la identidad de las
personas detrás de las máscaras de cuero. Cuando más cara
de "joven" tiene la máscara, más anciana es la mujer que la
l l e v a . E l T i b e t e s u n p a í s c r u e l y d u r o . S u s vientos llenan el
espacio de rugidos y hacen caer de lo alto de las montañas
torrentes de arena y piedras. Los hombres y l a s m u j e r e s s e
v e n o b l i g a d o s a l l e v a r , c o m o p r o t e c c i ó n contra esas tormentas,
unas máscaras de cuero que tienen
l o s o r i f i c i o s n e c e s a r i o s p a r a l o s o j o s y p a r a r e s p i ra r y c u y o s
rasgos equivalen invariablemente a la opinión qu e cada persona
tiene de sí misma.
¡Vamos a pasar por la Calle de los Comercios! —
g r i t ó Timón con la esperanza de hacerse oír a través de la
t o r menta.
Perderemos el tiempo — dijo Yulgye —. Cuando
s o pla el huracán, echan los cierres. De no hacerlo así, vola-
rían todos los géneros.
Nos ap resu ramo s , cas i dupl i ca ndo la ve loc idad de nuestra
ma rc ha . Al cru za r el Puent e de la Tu rqu esa , no s v i mos
o b l i g a d o s a s u j e ta r n o s u n o s a o t ro s p a ra p o d e r re s i s t i r l a
violencia del viento. Miré hacia atrás y vi que el Potala y la
Montaña de Hierro se hallaban cubiertos por una nube negra
d e p a r t í c u l a s d e p o l v o y d e p e q u e ñ a s p i e d r e c i l l a s , arrancadas
del eterno Himalaya por la tormenta. Aceleramos nuestros pasos
para evitar que nos cubriera también a nosotro s y de ja mos
a trás l a Mo rada d e D o ri ng, s i tu ad a en el ext e r i o r d e l C í r c u l o
Interno, cerca del inmenso Jo Kang. La tormenta cayó
ru giendo, azotando nuestras cabezas y nu estros ros tros si n
p ro te cc ión . I ns ti n ti vam ente , Ti m ó n le va ntó sus manos con el
propósito de protegerse los ojos. El viento h i n c h ó s u m a n t o y l o
l e v a n t ó s o b r e s u c a b e z a , d e j á n d o l o tan desnudo como un
plátano pelado, precisamente delante de la Catedral de Lhasa.
Por la calle, bajaban rodando piedras y guijarros que
golpeaban y hacían sangrar nuestras piernas. El cielo se
oscureció aún más, poniéndose tan negro como la noche.
Delante de nosotros, Timón avanzaba dando tumbos, lu-
144 LOBSANG RAMPA

c h a n d o c o n s u m a n to , q u e s e a r r e m o l i n a b a e n t o rn o a s u
cabeza. Por fin, entramos todos atropelladamente en el
Santuario del Lugar Sagrado. Allí había "paz", una paz
profunda y tranquilizadora. Durante trece siglos, los fieles
habían acudido a aquel lugar para hacer su s oraciones. El
edificio exhalaba santidad. El suelo de piedra estaba des-
gastado como consecuencia del paso de varias generaciones
de peregrinos. Su atmósfera estaba viva. A lo largo del tiem-
po, se había quemado allí tanto incienso que el lugar parecía
tener conciencia.
Las columnas, ennegrecidas por el paso de los años, se
alzaban en medio de una perpetua oscuridad. El deslustrado
brillo del oro reflejaba la luz de las velas y de las lámparas
de grasa sin conseguir disipar las tinieblas. Las llamas, pe-
q u e ña s y te mb l o ro s a s , p ro ye c ta b a n s o b re l a s p a r e d e s d e l
Templo las sombras de las Sagradas Imágenes en una danza
g ro tes ca . Y mie n tra s e l i nte rm i nab le co rtejo de los pe re gri -
nos cruzaba frente a las Imágenes, el Dios y la Diosa se
enlazaban en un infinito juego de luces y de sombras.
D e l o s g ra nd e s m o n t o ne s d e j o y a s s u r g í a n b ri l l o s c a m -
biantes de todos los colores. Diamantes, topacios, aguama-
rinas, rubíes y jades, reflejaban la luz sobre sus superficies
formando un calidoscopio cromático. Las grandes rejillas de
hierro, con sus pequeños espacios libres, destinados a impe-
dir el paso de posibles manos codiciosas, mantenían las joyas y
e l o ro i na cce sib les a todo s aqu el los que pud ie ra n se n ti r qu e
su ho n rad ez ced ía a n te su a va ric ia . Po r toda s pa rte s , al
otro lado de las rejillas de hierro, los ojos rojizos de los
g a to s d e l Te m p l o b r i l l a b a n e n l a o s c u ri d a d , p ro b a n d o a s í
que estaban siempre vigilantes. I ncorruptibles, indómitos,
sin temor al hombre ni a las bestias, caminaban silenciosos
co n su s pa tas a te rciop el adas . Pe ro s i se p rovo caba su i ra ,
de sus suaves dedos surgían al instante uñas afiladas como
n a v a j a s . S u i n t e l i g e n c i a e ra e x t ra o r d i n a r i a . S o l a m e n te n e -
c esitaba n mi rar a las personas pa ra p en e trar e n su pe nsa-
m ie nto . Un s imp le mov imiento sosp ec hoso ha cia l as joy as
que guardaban y se convertían en auténticos diablos. Siem-
pre de dos en dos, uno se precipitaría contra la garganta
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 145

del supuesto ladrón y el otro paralizaría su brazo. A no ser


que los monjes acudieran rápidamente en su ayuda, sola-
mente la muerte podría liberarle de sus garras. Conmigo y
con .los que, como yo, querían a los gatos, éstos se
mostrarían cariñosos permitiéndonos jugar con aquellos ines-
timables tesoros. Jugar con ellos, pero no llevárnoslos. Com-
pletamente negros, con sus ardientes ojos azules que emana-
b a n u n fu l go r r o ji z o al r e fl eja r l a Lu z , en los d em ás p aí se s
e ra n c o no c i d o s b a j o e l no mb re d e g a to s "s i a m e s e s " . E n e l
frío Tibet, "todos" los gatos eran negros mientras en los
trópicos, según me habían dicho, todos eran blancos.
Recorrimos el Templo rindiendo adoración a las Imá-
g e ne s d e O ro . E n e l e x te ri o r , l a to rme n ta s e g u í a ru gi e nd o
llena de ira, arrastraba todos los objetos que no estaban
seguros e imposibilitaba el paso a los viajeros sorprendidos a
quienes sus negocios urgentes obligaban a recorrer los
c amino s azo tados po r e l v iento . E n el i nte rio r de l Te mpl o,
s i n e m b a rgo , t o d o e s ta b a t ra nq u i l o . S ó l o s e e s c u c ha b a e l
"shus-shus" de los pies de los peregrinos que hacían sus
recorridos y el continuo "clac-clac" de los Molinos de Ple-
garias que giraban incesantemente. Pero nosotros ya no los
oíamos. De día y de noche, llenaban el espacio con su
"c la c-c la c ", "c la c-c la c ", qu e se hab ía conve rti do ya e n p a rte
de nu es tra s ex is te nc ia s . No. No lo s o íamos y a , co mo n o
oíamos los latidos de nuestro corazón o nuestra respiración.
Pero "había" además otro ruido, un ronco y áspero
"purr-purr" y unos golpes suaves contra las rejillas. Las gol-
peaba un viejo gato para recordarme que éramos viejos
a mi gos . Pa sé m is dedo s po r lo s p eque ños o ri fi cio s con cu i-
dado y le rasqué la cabeza. Él "mordisqueó" suavemente
mis dedos como saludándome y, luego, me los lamió con su
áspera lengua ¡casi arrancándome la piel! De pronto, se
produjo un movimiento sospechoso en el Templo y él, como
un rayo, escapó de mi lado para defender "su" propiedad.
—¡Me hubiera gustado ver las tiendas! — murmuró
Timón.
—¡Estúpido! — le susurró Yulgye —. "Sabes" perfec-
tamente que están cerradas durante las tormentas.
146 LOBSANG RAMPA

¡"Silencio, muchachos!" — dijo un adusto


v i g i l a n t e , surgiendo de las sombras mientras asestaba al
pobre Timón u n pu ñe ta zo que le hi zo pe rde r el e qu i l ib rio y
rodar po r el suelo.
Un mo nje ce rca no co n temp laba la esc ena co n g es to d e
desaprobación y hacía girar su Molino de Plegarias. El enor-
me vigilante, que medía casi siete pies de altura, se alzaba
como una mole humana ante nosotros.

Si volvéis a alborotar — dijo — os


d e s c u a r t i z o c o n mis manos y arrojo vuestros pedazos a
los perros callejeros. ¡Ahora, guardad "silencio"!
Nos lanzó una ú ltima mirada furibu nda y, dándonos la
espalda, se hundió nuevamente en las sombras. Timón se le-
vantó con cuidado temiendo turbar el silencio con el crujido
de sus ropas. Nos quitamos las sandalias y nos dirigimos a
la salida de puntillas. La tormenta seguía rugiendo afuera.
Una cascada de nieve resplandeciente caía desde los picos
de las montaña s . Desde las partes más bajas, del Po ta la y
del Chakpori, llegaban "negras" nubes de polvo y de pie-
drecillas que el viento arrastraba hacia la Ciudad a lo largo
de los Caminos Sagrados. El huracán bramaba y ululaba
c o m o s i h a s t a l o s d i a b l o s s e hu b i e ra n v u e l to l o c o s y e n to -
naran una cacofonía sin sentido.
Apoyándonos unos en otros, nos dirigimos hacia el su r
bordeando el Jo Kang, en busca de un refugio en la fachada
posterior del edificio del Consejo. El viento enfurecido pare-
cía qu erer arrancarnos del su elo y hacernos saltar el muro
d e l Mo nas te rio d e m uj e r e s d e Ts a ng Ku ng . A n te a que l p el i -
gro, nos estremecíamos de miedo y nos apresurábamos. Una
vez alcanzado nuestro refugio, nos tendimos en el suelo ja-
deantes, rendidos por el esfuerzo que habíamos tenido qu e
hacer...
"..." — dijo Timón —. ¡Me gustaría poder
embrujar a ese "..." de vigilante! Tu Honorable
Maestro podría hacerlo fácilmente, Lobsang. Tal vez
p u e d a s c o n v e n c e r l o p a ra q u e c o nv i e r ta a e s e ". . . " e n u n
c e r d o — , a ña d i ó l l e n o de esperanza.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 147

—Estoy seguro de que no querrá — le respondí agi-


tando negativamente la cabeza —. El Lama Mingyar Don-
du p nu nca quiere hacer daño a ningún hombre ni a ningún
animal. Sin embargo, no "estaría" mal convertir al vigilante
en algo así. ¡Era un fanfarrón!
La tormenta se estaba calmando. La furia del viento ya
no resonaba con tanta fuerza en los aleros. Tampoco el
po lvo se intro ducía ya e n nu e s t ro s ma nto s . E l Ti be t e s u n
país alto sin protección contra los elementos. Los huracanes
se van condensando detrás de las montañas y, llenos de furia,
r e c o r re n l o s d e s f i l a d e ro s , e m p u j a n d o m u y a m e nu d o a l o s
viajeros al fondo de los barrancos y causándoles la muerte.
E l v i e n to hu ra c a n a d o b a r r í a l o s p a ti o s de l a s l a m a s e r í a s ,
limpiándolos de paja y de tierra, y salía después irrefrenable a
los amplios espacios del Valle.

S e a p a g ó e l c l a mo r d e l h u r a c á n y re i n ó nu e v a m e n te el
silencio. Las últimas nubes tormentosas se fueron elevando
en el firmamento, dejando la infinita bóveda del cielo limpia,
teñida de púrpura. El intenso brillo del sol cayó sobre noso-
tros, deslumbrándonos con su luz después de desvanecer las
tinieblas. Cautelosamente, llenando el aire de chirridos, las
puertas fueron abriéndose, mientras asomaban las cabezas
d e l o s v e c i n o s p a r a c o m p r o b a r l o s d e s p e rf e c to s . L a p o b r e
señora Raks, ya anciana, cerca de cuya casa nos hallábamos,
comprobó afligida que el viento le había arrancado las ven-
tanas traseras, llevándoselas lejos, mientras que sus ventanas
delanteras, también arrancadas, habían sido violentamente
introducidas en la casa.
En el Tibet, las ventanas están hechas de un fino papel
u n tado en g ras a de tal ma nera que , con un po co de es fuer -
zo, se puede incluso ver la calle. El vidrio es verdaderamente
raro en Lhasa pero el papel, fabricado con los ju ncos y los
sauces tan abundantes allí, resulta muy barato.

Nos dirigimos hacia nuestro hogar — el Chakpori —,


d e te ni é n d o n o s e n l o s l u g a re s d o nd e a l g o l l a m a b a n u e s tra
atención.
—Lobsang — dijo Timón —. ¡ "Ahora sí estarán las tien-
148 LOBSANG RAMPA

das abiertas"! ¡Vamos allá! ¡No nos entretendremos dema-


siado tiempo!
Mi e n tras dec ía e s to , to rció a l a de re cha y e mpe zó a ca -
minar rápidamente. Yulgye y yo le seguimos sin mostrarnos
en absoluto reacios. Al llegar a la Calle de los Comercios,
l o c o n te m p l a m o s t o d o l l e n o s d e c u r i o s i d a d . ¡ H a b í a t a n ta s
cosas preciosas! El aroma del té llenaba la atmósfera. Había
d ive rsas c la ses de i nci e nso p roc ede ntes de la I ndi a y de l a
C hina. Joyas. Objetos fabricados en Alemania, un país tan
re mo to pa ra noso tro s que care cí a de s i gn i fi cado . Más a l lá ,
vendían pasteles, dulces pegajosos adosados a unos palillos,
t o r ta s c u b i e r ta s d e a z ú c a r y d e a l m í b a r d e c o l o re s . L o m i -
rábamos todo llenos de deseo. Como éramos pobres "chelas"
n o tenía mos di n e ro p a ra comp ra r aque l las co sas . Pe ro n os
conformábamos con mirarlas.
Yulgye, asiéndome del brazo, susurró:
—Lobsang, ¿no es ese grandullón aquel Tzu que te te-
nía a su cargo?
M i r é e n l a d i re cc ión que m e s eñ al ab a . ¡ S í , t e n ía ra zó n!
Era Tzu. Tzu, que tantas cosas me había enseñado, que ha-
bía sido tan riguroso conmigo. Instintivamente, me acerqué a
él.
—¡Tzu! — le dije sonriente —. ¡Yo soy...!
Él me miró con el ceño fruncido.
—Marchaos, muchachos — dijo con un gruñido —. No
mo le s té is a u n ho nrado c iudad ano qu e es tá ocup ado reso l-
viendo los asuntos de su señor. No debéis pedirme limosna a
"mí".
B rus camen te , s e dio la vue l ta y s e a le jó a gra nde s z an -
cadas.
S e n tí q u e m i s o j o s s e h u m e d e c í a n y te mí q u e i b a a d e -
sacreditarme ante mis compañeros. No, no podía permitirme
el lujo de llorar. Pero Tzu me había ignorado, fingiendo
que no me conocía. Tzu, que había sido mi acompañante
desde que nací. Él había intentado enseñarme a ser un buen
j i ne t e sob re e l p o n y Nakk i n . M e h ab í a e ns eñ ado a lu c ha r. Y
a h o r a , m e n e g a b a y m e d e s p r e c i a b a . D e s c o n s o l a d o , i n cliné
la cabeza y mi pie jugueteó con la tierra. Mis dos
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 149

c o m p a ñ e ro s , j u n to a m í , g u a r d a b a n s i l e n c i o , i d e n t i f i c a d o s con
m is pe ns am ien tos , s in tie ndo que ta mbi én el los hab ían sido
despreciados.
A l go m e l l a m ó l a a te n c i ó n . U n h i n d ú b a r b u d o , d e e d a d
a va nz ada , tocado co n un tu rba nte , se ac e rcab a l entam ente a
nosotros.
—¡Joven señor! — me dijo en tibetano, con un extraño
acento extranjero —. Lo he visto todo, pero creo que no
d e b é i s j u z g a r m a l a e s e ho mb re . M u c ha s p e rs o n a s o l v i d a n su
niñez. Yo no he olvidado la mía. Venid conmigo.
Nos condujo a la tienda que habíamos visto poco antes.
—Deja que estos muchachos elijan lo que gu sten — dijo al
propietario.
T í m i d a m e n t e , c a d a u n o d e n o s o t r o s t o m ó u n o d e a q u e llos
apetitosos dulces.
— ¡ N o ! ¡ N o ! — e x c l a m ó — . N o b a s t a c o n u n o . T o m a d otro.
Hicimos lo que nos indicaba. El abonó su importe
a l sonriente comerciante.
— ¡ S e ñ o r ! — l e d i j e e m o c i o n a d o — . ¡ Q u e B u d a t e b e n diga
y te proteja! ¡Que tus dichas sean infinitas!

Nos so n rió bondados ame nte, no s hi zo u na l eve reve re ncia y


se marchó para continuar con sus negocios.
Regresamos a nuestro hogar sin prisas. También sin pris a s ,
p a r a q u e n o s d u r a r a n m u c h o t i e m p o , n o s c o m i m o s n u e s t ro s
d u l c e s . C a s i ha b í a m o s o l v i d a d o e l s a b o r d e a q u e llas cosas. Nos
supieron mejor que las que habíamos comido e n o t r a s o c a s i o n e s
p o r l a b o n d a d c o n q u e n o s l a s h a b í a n r e ga l a d o . Mi e nt ra s
c a m i n a b a , r e c o r d é q u e , p ri m e ro , m i p a d re me hab ía i gn o rado
e n una oc as ión en l as es ca le ras de l Potala. Ahora era Tzu el que
había fingido no reconocerme.
Yulgye rompió el silencio.
—Este mundo es curioso, Lobsang — dijo —. Ahora
somos niños y, por ello, nos ignoran y nos desprecian. Pero
cuando seamos lamas, los "Cabezas Negras" acudirán a
nosotros para impetrar nuestros favores.
En el Tibet, llamamos "Cabezas Negras" a los seglares
150 LOBSANG RAMPA

porque, en lu gar de llevar la cabeza afeitada como los mon-


jes, la llevan cubierta de pelo.
Aquella noche, estuve muy atento en el servicio. Estaba
decidido a trabajar en serio para convertirme en un lama lo
a n te s p o s i b l e , c o n e l o b j e to d e p o d e r d e s p r e c i a r a l o s "C a -
bezas Negras" cuando pidieran mis servicios. Estaba tan
extraordinariamente atento que atraje la atención de uno de
los vigilantes, que me miraba receloso pensando posible-
mente que mi devoción era completamente sospechosa.
Cuando terminó el servicio, corrí a mi habitación porque
sabía que al día siguiente, el Lama Mingyar Dondup me
te nd ría mu y ocup ado . Me resu l tab a di fíc il co nc i li a r el sue -
ñ o . Me ag i taba co ns ta nte men te y c amb iaba de pos tu ra , re -
cordando el pasado y las dificultades que había superado.
Me levanté temprano, tomé mi desayuno y cuando ya
iba a aba ndo na r m i habitació n para dirigi rm e al Secto r de
los Lamas, un monje andrajoso me detuvo.
— ¡ E h, t ú ! — d i j o — . E s t a m a ñ a n a v a s a t r a b a j a r e n l a
cocina... ¡y limpiarás las piedras de moler!
¡Pero, Señor! Mi Maestro, el Lama Mingyar
D o n d u p , quiere verme — le respondí intentando seguir mi camino.
No. Tú te vas a venir conmigo. No me
importa "quién" quiera verte. Te digo que vas a
t r a b a j a r e n l a c o cina.
O p rim ió m i b ra zo con fu e rza y m e lo re to rc ió p a ra que
no pudiera escaparme. Le segu í a regañadientes porque no
tenía otra alternativa. En el Tibet, todos participamos en los
trabajos manuales y "domésticos". "¡Nos enseñan a ser
h u m i l d e s ! " , d e c í a n a l g u no s . " ¡ I m p i d e n q u e l o s mu c ha c ho s
se vuelvan orgullosos!", decían otros. Y otros afirmaban:
"¡Terminan con las diferencias de clases!". Sólo por espí-
r i t u d e d i sc ipl in a , lo s n i ños y los mon je s re al i z aba n l as ta -
reas que les eran asignadas. Naturalmente, existía el grado
d e mo n jes m en o res , e nc a rgado s d e la s t ar e as d omé s ti ca s.
Pe ro lo s ni ños y l os monje s de "todos " los g rados se ve ían
obligados periódicamente a realizar las faenas más bajas y
más desagradables, como una forma de alcanzar el cono-
cimiento. Sin embargo, a todos nos resultaba odiosa esa
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 151

m i s i ó n p o rq u e l o s "re g u l a re s " — to d o s e l l o s ho mb r e s i n f e -
riores — nos trataban como a esclavos, convencidos de que
no nos quejaríamos ya que quejamos hubiera equivalido a
admitir que aquello era difícil.
D e sce nd imos po r e l co rredor de pi ed ra y, despu és , po r
las escaleras verticales de madera, hasta llegar a las grandes
cocinas donde, en otra ocasión como aquélla, me había
producido en una pierna una gran quemadura.
— A q u í — d i j o e l m o n j e s i n s o l ta rm e — . L i m p i a d e p a j a
las piedras de moler.
To m é u n g r a n p u n z ó n d e me t a l , m e s u b í a u n a d e l a s
g ra n d e s ru e d a s y e m p e c é a l i mp i a r l a s ra nu ra s y l o s o r i f i -
cios de los restos de cebada. Se habían descuidado durante
mucho tiempo y en lugar de moler el grano, lo único que
h ac ía n e ra es trope a rlo . Yo te n ía que "a li sa r" su supe rfic ie
para que quedara de nuevo afilada y limpia. El monje,
j u nto a m í , v ig i lab a m i traba jo e sca rb ando e n sus d ie nte s
indolentemente con una paja.
¡Eh! — gritó alguien desde la puerta —. ¡Martes
L o b s a n g R a mp a ! ¿ E s tá a q u í M a r te s Lo b s a ng R a m p a ? E l
H o n o rable Lama Mingyar Dondup quiere verlo en el acto.
Instintivamente, interrumpí mi trabajo y salté al suelo.
¡Aquí estoy! — respondí.
El monje me asestó un fuerte puñetazo en la cabeza, de-
rribándome al suelo casi desvanecido.
Te he dicho que vas a quedarte aquí para
h a c e r t u trabajo — vociferó —. Si alguien quiere verte,
q u e v e n g a personalmente a buscarte.
Me levantó agarrándome por el pescuezo y me arrojó
sobre la piedra, en uno de cuyos bordes se golpeó mi ca-
beza. Antes de desvanecerme por completo y de que el
mundo desapareciera de mis sentidos, creí ver todas las es-
trellas del firmamento.
Después, tuve la sensación extraña de que me levan-
t a b a n — h o r i zo n ta l m e n t e — y m e o b l i ga b a n a p o n e r m e e n
pie. El sonido profundo de un enorme gong, cuyo eco lle-
gaba a mis oídos desde algún lugar remoto, parecía contar
los segundos de la vida. "Bong-bong-bong." Con su último
152 LOBSANG RAMPA

g olp e , mi s o jos s e l le na ro n de u na lu z a zu lada y el mun do


d e u n f u l g o r e x t r a ño q u e m e p e r m i t í a v e r c o n m a y o r c l a r i -
d ad qu e d e cos tu mb re . "¡O h! — pe nsé — . D eb o e s ta r fu era
de mi cuerpo. ¡Qué extraño es todo esto!"
Yo tenía una gran experiencia en viajes astrales. Había
llegado mucho más allá de los confines de nuestra vieja
Tierra y visitado muchas de las grandes ciudades del planeta.
S i n e m b a rg o , e s ta b a v i v i e n d o p o r p r i m e ra v e z l a a v e n tu r a
de "ser proyectado fuera de mi cuerpo". Me hallaba al
pie de la gran rueda de moler, contemplándome a mí mis-
mo, desnucado sobre el suelo, envuelto en mi viejo y su cio
manto. Observé cómo mi doble astral estaba unido a mi
e x á ni m e c u e rp o f í s i c o p o r u n c o rd ó n a z u l a d o q u e v i b r a b a y
parecía ondear en el espacio, encendiéndose y apagán-
dose segundo tras segundo. Después me acerqué a mi cuer-
po inmóvil para poder observarlo mejor y me quedé per-
plejo al descubrir una profunda herida sobre mi sien iz-
quierda, de la que manaba sangre oscu ra. Salpicaba la pie-
dra y se mezclaba con los restos de cebada que no había
tenido tiempo de limpiar.
Una conmoción súbita atrajo mi atención y, al volverme
para averiguar lo que sucedía, vi a mi Maestro, el Lama
Mingyar Dondup, que entraba en la cocina lívido de ira.
Avanzó seguro y se paró frente al monje jefe de cocina,
q u e m e h a b í a m a l tr a t a d o . D e s u s l a b i o s n o s a l i ó u n a s o l a
pa lab ra . El s ile nc io pa rec ió co nde ns a rse . L os pe ne trante s
ojos de mi Maestro se clavaron, con un terrible fulgor de
relámpago, en los del monje. Éste suspiró y, como un balón
pinchado, se desplomó en el suelo convertido en una masa
inerte. Dejó de mirarlo y se volvió hacia mi cu erpo terreno
que se retorcía en los estertores de la agonía.
Miré a mi alrededor. Me sentía fascinado ante el pensa-
m ie nto d e qu e pod í a aba ndon a r m i cue rp o y sepa r a rme d e
él unos centímetros. Realizar "largos viajes" en lo astral
e ra s e n c i l l o . S i e m p r e f u i c a p a z d e c o n s e gu i r l o . S i n e m b a r -
g o , a q u e l l a s e n s a c i ó n d e e s ta r l i b r e d e m í m i s mo , c o n t e m -
p l a n d o m i e nv o l tu ra te r re na c o n s t i tu í a p a r a m í u n a e x p e -
riencia nueva e incitante.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 153

D esentendiéndome de lo que sucedía a mi alrededor en


l a c o c i n a , m e e l e v é y a t ra v e s é e l te c h o fá c i l m e n te . " ¡ O h! " ,
dije involuntariamente al hacerlo. En la habitación supe-
ri o r, hab ía u n g rupo d e la mas co nte mpl ando un a es fe ra te -
rráquea en la que aparecían los continentes y los países, los
océanos y los mares, fija en un ángulo que correspondía
a la inclinación de la tierra en el espacio. No quise dete-
nerme a llí, po rqu e aqu ello se parec ía demas iado a un a lec-
c i ó n , y s e g u í re m o n t á nd o me . Te c h o t ra s t e c ho , r e c o rr í v a -
rias habitaciones hasta llegar ¡a la Cámara de las Tu mbas!
Me rodeaban los muros dorados que guardaban los sepul-
c ro s d e d i v e rs a s re e nc a r n a c i o ne s d e l D a l a i La ma a t ra v é s
de los siglos. Contemplándolo todo respetuosamente, me de-
tuve allí unos momentos. Después seguí ascendiendo, aseen-
diendo hasta ver debajo de mí el glorioso Potala con sus
luces doradas, purpúreas y sus maravillosos muros blancos
que parecían prolongarse en la roca viva de la montaña.
A la derecha, veía la aldea de Shó y, a lo lejos, la ciu-
d a d d e L h a s a s o b re u n fo nd o d e m o n ta ñ a s a zu l e s . S e gu í a
subiendo y contemplaba los anchos espacios de nuestro
b e l l o y a ma d o p a í s , u n p a í s q u e p o d í a s e r a v e c e s c ru e l y
duro, en virtud de los raros caprichos de su clima inaudito,
¡pero que era mi "hogar"!
Me sentí detenido por una fuerte sacudida y me di cuen-
ta de que me atraían desde abajo a través de una cuerda in-
visible, como yo había hecho tan a menudo con las cometas
qu e h ac ía vo lar p o r e l c ie lo . P o co a p o co fu i des ce nd i endo
de nue vo has ta el Po tal a , a tra ves ando o tra ve z lo s tec hos ,
hasta llegar a mi lu gar de destino, en la cocina, al lado de
mi cuerpo.
El Lama Mingyar Dondup estaba lavando cuidadosa-
mente mi sien izquierda de la que sacaba algunas esquirlas.
"¡Dios mío!" — pensé profundamente asombrado —. ¡Tan
d u ra e s m i cab e za qu e he ro to y d e s me nu z a d o la p i ed ra !"
Pe ro ento nc es me di cu enta de qu e te ní a una pe que ña b re -
cha y que lo que sacaba de mi herida eran pequeñas briznas
de paja y de tierra y residuos de cebada molida. Yo lo
observaba todo asombrado y — lo confieso — bastante di-
154 LOBSANG RAMPA

vertido puesto que, por hallarme en mi cuerpo astral, fuera


de mi envoltura física, no sentía dolores, ni molestias, sino
solamente una paz inefable.
El Lama Mingyar Dondup dio por terminada su cura,
colocó una compresa sobre la herida y envolvió mi cabeza
en una venda de seda. Después, hizo señas a los monjes
que esperaban junto a nosotros con una camilla y les rogó
que me levantaran con el mayor cuidado. Ellos, que eran
monjes de mi propia Orden, me alzaron suavemente y me
colocaron en ella, sacándome de la cocina, mientras el
Lama Mingyar Dondup caminaba a nuestro lado.
Miré en todas direcciones asombrado. La lu z estaba de-
bilitándose poco a poco. ¿Había pasado ya tanto tiempo?
¿Se estaba acabando el día? Antes de tener tiempo a res-
ponderme a esas preguntas, comprendí qu e yo también me
debilitaba. El azul y el amarillo de la luz espiritual perdían
intensidad rápidamente. Sentía una imperiosa, absoluta,
irresistible necesidad de dormir y de no preocuparme de
nada ni de nadie.
Durante algún tiempo, permanecí inconsciente. Después,
el dolor entró a ráfagas en mi cabeza y me hizo ver grandes
sup e rfi ci es ro ja s y a zul es , ve rd es y a ma rill as . Tu ve el con -
vencimiento íntimo de que aquella intensa agonía acabaría
volviéndome loco. Sentí una mano fría sobre mi piel y es-
cuché una voz cálida que me decía:
—Todo va bien, Lobsang. Todo va bien. Descansa.
Duerme.
E l mu ndo e nte ro pa rec ió conve rti rs e en una a lmo hada
de oscuridad y de quietud, suave como las plumas de un
cisne, en la qu e yo me su mergía lleno de tranquilidad y de
calma, envolviéndome en una dulce inconsciencia. Y mi
alma ascendió de nuevo por el espacio, mientras mi cuerpo
herido reposaba sobre la tierra.
Debían haber pasado muchas horas, cuando volví a
tener conciencia de mí mismo. A l despertar, encontré a mi
Ma es tro se ntado a m i lado , o p rimie nd o m i m a no e ntre la s
suyas. Mis ojos se abrieron y se llenaron de la luz de la
tarde. Sonreí débilmente y él me devolvió la sonrisa. Soltó
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 155

mis manos y acercó a mis labios un tazón lleno de una


infusión dulzona.
—Bébete esto — me dijo —. Te sentará bien.
As í lo hice y s entí que la vi da vo lv ía a mí nue vam ente .
Traté de incorporarme pero el esfuerzo era excesivo y me
pa rec ió qu e me go lpe aba n la c ab ez a o tra ve z. Mi cab ez a s e
consteló de luces y tuve que desistir.
Las sombras del crepúsculo se agigantaron y escuché un
repique de tambores anunciando el Servicio Nocturno.
—Tengo que irme, Lobsang — me dijo mi Maestro —.
Es ta ré au se n te u na med ia ho ra , po rqu e el P ro fu ndo de se a
v e r m e . P e r o t u s a m i g o s Ti m ó n y Y u l g y e c u i d a r á n d e t i e n
mi ausencia y me avisarán si es necesario.
M e e s t re c h ó l a m a n o , s e l e v a n tó y a b a nd o n ó l a h a b i t a -
ción. Aparecieron dos rostros familiares, algo asustados, lle-
nos de excitación. Mis dos amigos se sentaron junto a mí.
—¡Oh, Lobsang! — dijo Timón —. ¡Ha sido el Coci-
nero Jefe el que te ha herido!
—Sí — dijo el otro —. Y lo expulsarán de la lamasería
por su brutalidad excesiva e innecesaria. ¡En estos momen-
tos lo estarán llevando afuera!
Ambos tartamudeaban de excitación.
— C r e í q u e e s t a b a s m u e r t o , L o b s a n g — d i j o Ti m ó n — .
¡Sangrabas como un yak degollado!
Yo sonreía escuchándolos. Sus voces revelaban su extra-
ordinaria sensibilidad ante cualquier estímulo capaz de rom-
per la monotonía de la vida de la lamasería. No les re-
proché su alterado estado de ánimo porque me daba cuenta
de que yo habría reaccionado igual en el caso de que le
h u b i e ra s u c e d i d o a l g o p a re c i d o a u n o d e e l l o s . L e s s o nr e í
y m e s e n tí d o m i na d o p o r u n t e r r i b l e c a n s a n c i o . C e r ré l o s
o jos co n e l des eo de des ca ns a r u no s i ns tantes y me d esv a-
necí nuevamente.
Du ra n te a l gún ti empo , ta l ve z se is o s ie te dí as , pe rma-
necí acostado y mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup
cu idó d e m í . Si n su a yuda , no hubi e ra sob re vi vido , ya qu e
la vida en una lamasería no es precisamente fácil y agrada-
ble y en realidad sólo sobrevive el más apto. El Lama era
156 LOBSANG RAMPA

un hombre amable y lleno de ternura. Pero aunque no lo


hubiera sido, existían razones muy poderosas para intentar
por todos los medios conservar mi vida. Como ya he dicho,
yo estaba destinado a llevar a cabo una misión excepcional y
c o m p re n d í a q u e to d a s l a s d i f i c u l ta d e s q u e ha b í a te n i d o
que soportar a lo largo de toda mi infancia tenían por ob-
jeto endurecerme y prepararme para resistir el su frimiento
y las adversidades ya que todas las profecías que había escu-
chado (¡y había escuchado ya muchas!) coincidían en afir-
mar que mi vida estaría llena de dolor y dificultades.
Pe ro de mo mento no todo e ra n s u f rim ie nto s . C o nfo rme
mi salud mejoraba, tenía más ocasiones para conversar con
mi Maestro. Hablábamos de muchas cosas, de temas co-
rrientes y de otros más insólitos. Tratamos extensamente de
los conocimientos ocultos.
Honorable Lama — le dije en una ocasión
— , d e b e de s e r a l go m aravi lloso ser b ib lio te cario y te ner
a nu es tro a l c a n c e to d a l a c i e nc i a d e l mu nd o . Me gu s t a rí a
ser bibliotecario... en caso de no conocer todas esas
t e r r i b l e s p r o fecías sobre mi futuro.
Mi Maestro sonrió.
Hay un proverbio chino que dice: "Vale
más una imagen que mil palabras". Y yo te digo,
L o b s a n g , q u e e l atesorar miles de libros y de imágenes
nunca podrá ser tan útil como la experiencia práctica y el
conocimiento.
Le observé para comprobar si hablaba seriamente y lu e-
g o r e c o r d é a l m o n j e j a p o n é s K e n j i Te k e u c h i q u e , d u r a n t e
setenta años, estudió todo género de libros sin conseguir
practicar ni asimilar ninguna teoría.
Mi Maestro leyó mis pensamientos.
—Sí — dijo —, el pobre viejo no ha sido inteligente.
Él mismo se produjo una indigestión mental por empeñarse
en leer cuanto caía en sus manos sin comprenderlo. Se cree
un gran hombre, con una espiritualidad extraordinaria.
Pero es tan sólo un pobre necio que a nadie decepciona
tanto como a sí mismo. — El Lama suspiró lleno de tris-
teza y agregó —: Ha fracasado espiritualmente. Cree sa-
berlo todo, pero en realidad no sabe nada. La lectura in-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 157

sensata, desordenada y arbitraria es siempre peligrosa. Ese


hombre ha estudiado todas las religiones sin conseguir com-
prender ninguna de ellas. Y sin embargo, llegó a conside-
rarse a sí mismo como el más excepcional de los hombres.
—Honorable Lama — dije —, si es tan peligroso tener
libros, ¿por qué existen entonces?
Durante unos instantes, mi Maestro me contempló como
n o s a b i e n d o q u é r e s p o nd e r . " ¡ V a y a ! — p e n s é — . ¡ E s t a p re -
gunta sí le ha desconcertado!" Pero mi Maestro sonreía.
— ¡O h , m i que ri do Lobs ang! — repu so —. ¡La respu es ta
e s ev ide n te ! Le e , le e cu a nto qu ie ra s , p e ro no pe rmi tas qu e
"ningún" libro embote tu sensibilidad ni tu razón. Los li-
bros tienen por objeto enseñar, instruir e incluso entretener.
Pero "no" son un maestro al que se pueda seguir ciega-
m ente y sin ni ngu na re serva. N i ngu na p erso na in te li gente
se dejará esclavizar por un libro o por unas palabras.
Asentí con la cabeza. Sí, tenía razón. No obstante, en
ese caso, ¿"por qué preocuparse en leer ningún libro"?
— ¿L o s l i b r o s , L o b s a n g ? — d i j o m i M a e s t ro r e s p o nd i e n -
do a mi pe ns am ie nto —. ¡Natu ra lm ente tien e n que exi s tir!
Las bibliotecas del mundo constituyen un reservorio de
todos los conoc im ie n tos d e la Hu ma nid ad , pe ro sol ame n te a
u n estúp ido se le ocu rriría pens a r que la Humanidad e s l a
e s c l a v a d e l o s l i b ro s . É s t o s s i rv e n ú n i c a m e n te d e o ri e n -
t a c i ó n p a ra l o s ho mb re s y p u e d e n s e r u ti l i z a d o s c o m o m a -
teria de estudio. Es evidente que si no se usan adecuada-
mente, pueden convertirse en una maldición porque pueden
inducir a los hombres a creerse más importantes de lo qu e
son realmente, desviándolos de los auténticos caminos de la
vida, si éstos carecen de la preparación y de la inteligencia
necesarias para recorrerlos hasta el final.
—Pero entonces, Honorable Lama — le pregunté insis-
tente —, ¿cuál es la utilidad de los libros?
Mi Maestro me miró gravemente.
—Tú no puedes estudiar en todos los países del mu ndo
bajo la dirección de los maestros más insignes, Lobsang
— me respondió —. Pero las palabras escritas — los li-
bros — pueden proporcionarte sus enseñanzas. No debes
158 LOBSANG RAMPA

creer todo cuanto leas y hasta los grandes maestros del pen-
s a m i e n to te d i r á n q u e e s ne c e s a r i o q u e u ti l i c e s tu p ro p io
c ri te rio y que co ns ide res sus ob ras como un pu n to de par-
tida capaz de orientarte por el camino de tu propia verdad.
Puedo asegurarte que las personas que carecen de la prepa-
r a c i ó n s u f i c i en te p a ra e s tu d i a r u n a m a ter i a d e te rm i nad a ,
pueden perjudicarse considerablemente con la lectura indis-
c r i m i n a d a d e l a s o b r a s q u e tr a t a n d e d i c h a m a t e r i a , a u n -
que lo hagan con el propósito de acelerar su desarrollo kár-
mico mediante el estudio de las teorías ajenas. Puede darse
e l c a s o d e q u e e l l e c to r s e a u n h o m b re p o c o e v o l u c i o na d o
y, entonces, al intentar comprender esas cosas sin la prepa-
ración suficiente para ello, en lu gar de acelerar su desarro-
llo, lo que hace es imposibilitar su evolución espiritual. Yo
he conocido muchos casos como éste. El del japonés es uno
de ellos.
Mi Maestro pidió té, ¡una ayuda necesaria en todas
nu e s tr a s d i s c u s i o ne s ! C u a n d o e l m o n j e s i r v i e n t e l o t ra j o ,
continuamos.
—Lobsang — dijo mi Maestro — vas a vivir una exis-
tencia realmente extraordinaria. Toda tu educación está
orientada hacia esa meta. Por ello, tus poderes telepáticos
están siendo incrementados por todos los medios de que
disponemos. Debo decirte que precisamente ahora, con
a y u d a d e l a te l e p a t í a y d e l a c l a ri v i d e n c i a , e n u n o s p o c o s
meses, estudiarás algunos de los libros más grandes que se
ha n esc rito , las ob ra s ma estras d el p ensam ie nto hu ma no . Y
las podrás estudiar aún sin conocer el idioma en que han
sido creadas.
Creo que le miré completamente perplejo. ¿Cómo po-
dría yo estudiar los libros escritos en idiomas para mí des-
conocidos? Esa posibilidad me desconcertaba por completo.
Mis dudas fueron desvanecidas en seguida.
— C u a n d o s e a gu d i c e n tu s p o d e re s d e t e l e p a t í a y c l a r i -
videncia, cosa que sucederá muy pronto, te será posible
c a p ta r t o d o s l o s p e n s a m i e n to s c o n te n i d o s e n u n l i b r o a s i -
milándolos directamente del cerebro de una persona que
a c a b e d e l e e rl o o q u e l o e s t é l e y e n d o e n a q u e l l o s m o m e n -
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 159

tos . Ésa es u na de la s ap l ica cio ne s meno s c ono cid as d e l a


te lep a tí a qu e , e n esos ca sos , s e comb in a co n la cl a ri vid en -
c i a . La s p e rs o n a s d e o t ra s pa r te s d e l m u n d o n o s o n s i e m -
p re a d m i t i d a s e n l a s b i b l i o te c a s p ú b l i c a s o e n l o s c e n t ro s
de enseñanza de su país y, aunque consigan entrar en esos
lugares, si no demu estran que están matriculados como es-
t u d i a n t e s a n s i o s o s d e a p r e n d e r , n o s o n a d m i t i d o s . Tú n o
tropezarás con tales dificultades. Podrás viajar en lo astral y
e s tudiar du rante todo s lo s d ías de tu vida , gracias a ese
sistema que solamente dejarás de utilizar cuando abandones
este mundo.
Me informó acerca de la práctica del Ocultismo. El
abuso de los poderes ocultos, o el hecho de influir sobre
los demás mediante esos poderes, eran cosas terriblemente
c as tigadas . La c ie nc ia eso téri ca , las fue rza s me ta f ís ic as y
l as p e rcep cio ne s ex tra se nso ri a les , sol ame nte d ebe ría n s er
utilizadas para hacer el bien, para ayudar a los demás, para
incrementar el conjunto total de los conocimientos existen-
tes en el mundo.
— ¡Pero Honorable Lama!—le dije imperiosamente—.
¿Qué sucede entonces con las personas que, a través de la
ex ci tac ión o de la cu rios idad , co ns i gue n sa l i r de sus cue r-
pos ? ¿ Y co n los qu e se ha ll an d e p ronto fue ra d e sus cu er-
pos y, al darse cuenta de ello, están a punto de morirse de
miedo? ¿No es posible hacer nada para advertirles de los
peligros que les esperan?
Al oír mis palabras, mi Maestro sonrió lleno de tris-
teza.
Lobsang — me dijo —. Es cierto que muchas
p e r s o nas se dedican a leer esos libros y a hacer
experimentos por s u c u e n t a s i n c o n t a r c o n l a a d e c u a d a
o r i e n t a c i ó n d e u n Maes tro . S on muc hos los que co ns igue n
tra sce nde rse a s í m i s m o s , a través de la embriaguez
alcohólica o de algún otro tipo de sobreexcitación o, tal
vez, por un exceso de to l e ra nc i a hacia cosas que
p e rj u d i c a n s u s e s p í r i tu s . P e ro después de conseguirlo, el
pánico se apodera de ellos. A lo l a r g o d e t o d a t u v i d a ,
podrás ayudar a esas personas a d virtiéndoles que, en
cuestiones ocultas, lo único que hay
160 LOBSANG RAMPA

q u e te m e r e s e l s e n t i r t e m o r . E l m i e d o ge n e ra p e ns a m i e n -
tos indeseables y nos impide poder dominarnos y contro-
l a r no s a n o s o t r o s m i s m o s . Y t ú , Lo b s a n g , d e b e rá s r e p e t i rte
h a s ta l a s a c i e d a d q u e n o h a y n a d a ta n te r ri b l e c o m o e l
propio temor. Si el temor puede ser vencido, la humanidad
incrementa su firmeza y su pureza. El miedo es el verda-
dero causante de las guerras y de las disensiones del mun-
d o , l a nz a nd o a l o s h o m b re s u no s c o n t ra o t r o s . E l e s nu e s -
tro gran enemigo, hasta tal punto que si los seres humanos
fueran capaces de librarse del temor, en realidad, ya no
tendrían nada que temer.
¡El miedo! ¿Qué significaba toda aquella disertación
sobre el miedo? Miré a mi Maestro y creo que él leyó en
m is ojo s l a p re gu nta que toda ví a no l e hab ía fo rmu l ado, o
quizá captó mi pensamiento por telepatía.
— ¿ Te p r egu n ta s que p o r qu é t e h ab lo d el m iedo ? — me
dijo de pronto —. Bueno, Lobsang, tú eres joven e ino-
cente.
Yo pensé: "¡Oh, no tan inocente como tú crees!" El
Lama sonrió como si hubiera oído mi secreta ironía aún
sin necesidad de que yo la exteriorizara. Después dijo:
— E l m i e d o e s a l g o a u t é n t i c a m e n t e r e a l y t a n g i b l e . Tú
habrás oído hablar muchas veces de personas que intentan
e n t r a r e n c o n ta c t o c o n l o s e s p í r i t u s , p e r o q u e a c a b a n v o l -
viéndose locas. Todos ellos pretenden haber visto seres muy
c u r i o s o s . C u a nd o e s t á n e b r i o s , c re e n v e r e l e f a n t e s v e r d e s
co n f ra nj as ros ad as y ha s ta c r ia tu r as mu cho más fa n tá st i -
cas. Y lo más curioso del caso, Lobsang, es que todas esas
criaturas, que se consideran simple fruto de su imaginación,
existen realmente.
Las cosas estaban poco claras para mí. Naturalmente,
sabía lo que el temor significaba en su aspecto físico. Pensé
en aquellos días en que me vi obligado a permanecer
perp e t u a m e n t e inmóvil, sentado ante la lamasería de
Chakpori, con el objeto de superar la prueba de resistencia
necesaria para ser aceptado como el más humilde de los
"chelas".
—Honorable Lama — dije volviéndome hacia mi Maest r o — . ¿ C u á l " e s "
el significado del temor? He oído hablar
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 161

algu nas veces de las criaturas del inframundo astral, pero


la realidad es que yo nunca he encontrado a ninguna de
ellas a lo largo de mis viajes astrales. ¿Qué es el miedo?
Mi Maestro guardó silencio unos instantes. Después,
como si hubiera adoptado una decisión repentina, se puso
en pie.
¡ V e n ! — m e d i j o .
M e l eva nté tamb ié n y l e s egu í . Reco rrimo s u n co rredo r
de piedra torciendo unas veces a la derecha y otras a la iz-
quierda. Por fin, entramos en una habitación sin luz y avan-
zamos a través de la oscuridad. Mi Maestro, delante de mí,
encendió una lámpara de grasa, dispuesta cerca de la puer-
t a . D espu é s me i ndi có co n un g es to qu e me t end ie r a e n e l
suelo.
Ya tienes edad suficiente para entrar en
c o n t a c t o c o n l a s e n ti d a d e s d e l i nf ra mu nd o a s t ra l . V o y a
a y u d a r te p a ra q u e p u e d a s v e r a e s o s s e r e s y p a r a i m p e d i r
q u e t e h a g a n daño, ya que no sería conveniente que se
mostraran ante ti s i n o t e h a l l a r a s p r o t e g i d o y p r e p a r a d o
a d e c u a d a m e n t e . Apagaré la luz. Tú limítate a relajarte y a
elevarte fuera de tu cue rpo fí s ico . Lo ú ni co que tie nes qu e
h ac e r es s al i r de ti mi smo s i n p reocupa rte de tu de s ti no ,
s i n n in gu na i nte nc i ó n d e t e r m i n a d a . A b a n d o n a t u c u e r p o y
v a g a c o m o u n a brisa.
A p a g ó l a l á m p a ra y c e r r ó l a p u e r t a p a r a q u e l a l u z n o
penetrara. No se escuchaba ni siquiera su respiración, pero
yo podía sentir su presencia tibia y tranquilizadora muy cerca
de mí.
V ia ja r e n lo a stra l no e ra p a ra m í u na experi e nc ia nu e-
va ya que había nacido con la capacidad de hacerlo y de
recordar cuanto había visto, a mi regreso. Tendido en el
suelo, con mi cabeza apoyada en mi manto enrollado, crucé
mis manos, junté mis pies e inicié el proceso que haría
abandonar mi cuerpo. Algo realmente sencillo para los que
conocemos el sistema para conseguirlo. Sentí muy pronto la
suave sacudida que anunciaba la separación de lo astral y
lo físico. Después, se produjo en mí la habitual invasión de
la luz. Me sentí flotando en el extremo de mi Cordón de
162 LOBSANG RAMPA

Plata. Debajo de mí, la habitación que acababa de abando-


nar seguía sumida en la más absoluta oscuridad, sin el me-
nor resquicio de luz. Miré a mi alrededor y me di cuenta
de que aquel viaje astral no era distinto a los otros que
había realizado. Pensé elevarme sobre las cumbres de la
Mo nta ña de H ie rro y , só lo con p e nsa rlo , aba ndo né l a h abi -
tación y me hallé volando a unos trescientos pies de las
cumbres. De pronto, el Potala, la Montaña de Hierro, el
Valle de Lhasa y el Tibet desaparecieron de mi conciencia.
Me invadió una angustia infinita y vi cómo mi Cordón de
Plata se estremecía violentamente y que, llenándome de
a s o m b ro , a l g u no s d e s u s ha l o s " a z u l p l a te a d o s " s e t e ñ í a n
de un desagradable color amarillo verdoso.
Me sorprendió una fuerte sacudida, un terrible tirón, la
espantosa sensación de que algún espíritu enloquecido inten-
taba atraerme hacia sí. Miré hacia abajo instintivamente y
el espectáculo que se ofrecía a mis ojos era indescriptible.
Muy cerca de mí, casi rodeándome, se agitaba una mul-
titud de criaturas extrañas y detestables, como las que veían
los borrachos. Ondulando en el aire, se acercó a mí la cosa
más espantosa que he visto en mi vida, algo que parecía una
g i ga n te sca bab o s a , co n u n h o r re nd o ros t ro hu m a no d e u n
color que los rostros humanos nunca habían tenido. Las me-
j i l las ro jas , la n a r iz y l as o re ja s ve rd es . Los o jo s p a rec ía n
g i ra r a l o c a d a m e n te d e n t ro d e s u s ó rb i ta s . H a b í a ta mb i é n
otros seres a cual más espantoso y nauseabundo. Criaturas
que no puede describir la palabra. Todas tenían sin em-
bargo el rasgo humano común de la crueldad. Se acercaron a
mí como queriendo atacarme y trataron de cortar mi
C o rdó n . O tra s d esc end ie ro n e i n tenta ron a rranca rlo de mi
cuerpo, tirando de él con fuerza. "¡El miedo! ¡Esto es el
miedo! — pensaba yo estremecido —. Bien, en todo caso,
no pueden hacerme ningún daño. ¡Estoy inmunizado contra
su s m ani fe s tac io nes y p ro teg ido co ntra sus a ta ques ! " Y a l
pensar esto, aquellas inenarrables criaturas desaparecieron.
El Cordón etéreo que me unía a mi cu erpo brillaba de nuev o
c o n s u s c o l o re s n o rm a l e s . M e s e n tí a l i v i a d o , l i b re , p o rque
me daba cuenta de que después de superar esta prue-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 163

b a , y a nu nc a t e me r ía qu e pu d ie ra suc eder m e a lgo ma lo e n


lo astral. Gracias a aquella experiencia, comprendí que las
cosas que tememos solamente pueden dañarnos si no somos
capaces de dejar de temerlas.
Una súbita sacudida de mi Cordón de Plata y yo miré
hacia abajo sin vacilar, sin el menor sentimiento de miedo.
U n p e q u e ñ o d e s te l l o d e l u z i l u m i n ó l a o s c u ri d a d y v i a m i
Maestro, el Lama Mingyar Dondup, que encendía la pe-
queña lámpara de grasa, mientras mi cuerpo astral descen -
día. Suavemente, atravesé los techos del Chakpori hasta co-
locarme en forma horizontal sobre mi cuerpo físico. Des-
pué s , aú n co n m ayo r s u av idad , mi s cue rpos f ís ico y as tra l
se unieron y formaron un solo cuerpo. Mi "yo" se agitó
levemente y me incorporé.
M i M a e s t ro m e c o n te m p l a b a l l e no d e s a t i s fa c c i ó n y d e
afecto.
Muy bien, Lobsang — dijo —. Has estado en
p o s e s ió n de un se c re to mu y g ra nde . Y lo ha s h ec ho mu cho
m ej o r d e l o q u e y o l o h i c e c u a n d o m e f u e r e v e l a d o .
¡ E s t o y orgulloso de ti!
Pero yo no acababa de comprender del todo la natura-
leza del miedo. Por ello decidí interrogarle de nuevo.
Honorable Lama — le dije —. Entonces ¿qué
e s l o que en realidad debemos temer?
Mi Maestro me respondió grave, casi con un aire som-
brío:
— H a s s i d o b u e no a l o l a rg o d e tu v i d a , Lo b s a ng , y p o r
lo tanto no tienes nada que temer. Pero hay otras personas
qu e ha n come ti do c rím enes , qu e ha n he cho da ño a su s se-
mejantes y que, cuando están solos, sienten que su concien-
cia les tortura. Los seres del inframundo astral se nutren de
e se temo r q ue s i enten los que no ti en en li mp ia la concie n-
c ia . Esa s p e rso nas c rea n la s fo rma s me ntal es de l ma l . Ta l
v ez e n e l fu tur o , pu edas a lgu na ve z v is i tar a l gu na d e e sa s
a ntigu as catedrales o te mplos co ns tru idos hace siglos. En
sus muros (como en nuestro Jo Kang) podrás percibir todas
las cosas buenas que se hicieron en su interior. Pero si des-
pués visitas alguna antigua cárcel, escenario de incontables
164 LOBSANG RAMPA

su frim ie ntos y p e rse cuc ion es, s e nti rás u na s e nsa ció n com -
pletamente opuesta. Esto prueba que las personas que habi-
tan un lugar determinado emiten formas mentales que
quedan para siempre entre los muros del edificio qu e habi-
taron. Un edificio bu eno está satu rado de formas mentales
p o s i t i v a s q u e p ro d u c e n e m a n a c i o ne s p o s i ti v a s . Y l o s l u ga -
res donde se ha hecho el mal están poblados de formas
mentales negativas de las que surgen emanaciones negativas.
Y esos pensamientos y formas mentales pueden ser perci-
bidos por los clarividentes cuando se hallan en la dimensión
astral.
Mi Maestro reflexionó un momento. Luego añadió:
— Y a t e d a r ás cu ent a m ás ade la n te d e qu e h a y a l gu n as
v ece s en qu e los mo njes y o tra s p e rso nas se c ree n m ás im -
portantes de lo que son en realidad. Con ello, producen una
forma mental y ésta, con el tiempo, determina el aspecto
d e s u s p ro p i o s a u to re s . Re c u e rd o u n c a s o c o n c re to : e l d e
un viejo monje birmano. Era un hombre realmente igno-
rante y — debo decirlo — muy rastrero y nada compren-
sivo. Sin embargo, como era hermano nuestro y pertenecía a
nuestra Orden, nos veíamos obligados a soportarle. Como
muchos de nosotros, vivía una vida solitaria. Pero en lugar
de dedicarse a la meditación, a la contemplación y a fomen-
tar sus virtudes, imaginaba ser el hombre más poderoso de
Birmania. No quería admitir que era un pobre monje que
ap en as hab ía e mpe zado a reco rre r e l C a mino de la Ve rdad
sino que, en la soledad de su celda, soñaba que era un gran
P ríncip e , co n pode ro sos e s tados y rique za s i nago tabl es . Al
principio, aquello era solamente un entretenimiento inútil,
pero inofensivo. Evidentemente, nadie podía condenarlo por
su s su eño s y de seos o cio sos po rq ue , co mo ya te he d ic ho,
carecía de la voluntad y de la sabiduría necesarias para de-
dicarse provechosamente a las tareas espirituales cotidianas. A
lo largo de muchos años, siempre que estaba solo, se
t r a ns fo rm a b a e n e l g ra n p r í n c i p e . Es to d e t e rm i nó u n c a m -
bio de color en su aspecto y en sus modales y, con el tiem-
po, el humilde monje pareció desvanecerse poco a poco
convirtiéndose en un hombre arrogante. El pobre desgra-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 165

ciado creyó, al fin, que era realmente un señor de Birmania


y un día habló con un Superior como si lo estuviera hacien-
do con su vasallo. Pero el Superior no era tan paciente
como la mayoría de nosotros y — lamento tener que de-
cirlo — aquel contacto con un pobre monje que creía ser
un príncipe, le hizo perder la calma produciéndole cierto
de sequ i lib rio m ental .. . P e ro , L obsa n g, tú n o debe s p reocu -
parte por esas cosas. Eres paciente, equilibrado y no tienes
miedo. A título de advertencia, recuerda siempre que el
miedo corroe el espíritu. Las imaginaciones vanas e inútiles
n os empu ja n a l o l a rgo de cam i nos to rcido s y, c o n e l ti em-
po, los sueños se convierten en realidad y las realidades
de sapa rece n y ya no vu el ve n a su rgi r e n va ria s re en ca rna -
ciones. Sigue el Buen Camino y no permitas que ningún
d e s e o i nc o n fe s a b l e ni n i n g ún s u e ñ o d e fo rm e t u p e rs o na l i -
dad. Éste es el Mundo de la Ilusión, pero para los que al-
canzan el conocimiento íntimo de las cosas, la ilusión pue-
d e c o n v e r t i r s e e n r e a l i d a d c u a nd o t e r m i na l a v i d a e n e s t e
mundo.

Reflexioné su s palabras. Ya había oído hablar de aquel


mo nje qu e c reyó se r u n p rí nc ipe . Lo hab ía l e ído e n a l guno
de los libros de la biblioteca de los lamas.

—H o no rab le Ma es tro — le d i je —, ¿ cuá l es e nto nce s l a


utilidad de los poderes ocultos?
Él se cruzó de brazos y me miró fijamente a los ojos.
—¿La utilidad del conocimiento oculto? — me respon-
d ió — . V e rás , e s b as t an t e fác i l , Lob sa ng . D eb emos ayuda r a
los que son dignos de nuestra ayuda. Pero no podemos
ayudar a los qu e no la merecen o no están dispuestos a re-
c i b i rl a . N o u ti l i z a m o s n u e s tr o p o d e r o c u l to o nu e s tr a s e x -
traordinarias dotes en nuestro propio beneficio material, es-
perando recompensas terrenas. El auténtico objetivo de los
p o d e re s o c u l tos e s a c e l e ra r nu e s t ro p ro p i o d e s a rro l l o pe r-
sonal, nuestra propia evolución, y ayudar al mu ndo entero
a conseguirla, no sólo al mundo de los seres humanos sino
ta mbi én a l mu ndo d e los an im al es , a toda l a n a tu ra le za , a
todas las cosas.
166 LOBSANG RAMPA

Interrumpimos nuestra conversación cuando empezaba


el servicio nocturno en el Templo. Y como si seguir hablan-
d o , mi e n tr a s l o s D i o s e s e r a n o b j e to d e c u l to ta n c e r c a d e
nosotros, fuera una falta de respeto hacia ellos, guardamos
s i le nc io y no s s en tamos ju n to a l a l ámpa ra de grasa , cuya
llama brillaba ya muy débilmente.
CAPÍTULO VIII

Era realmente agradable tenderse sobre el césped, fresco y


jugoso, al pie del Pargo Kaling. Detrás de mí, las viejas
r o c as se e rgu ía n ha ci a e l c ie lo y , d e sde mi p u n to de o b se r -
vación sobre la tierra, contemplaba la más alta de aquellas
cu mb res pe ne tra ndo e n las nu bes . L a "Flo r de Lo to " 1 qu e
fo rm aba l a cim a p a rec ía s imbo l iza r el Esp í ri tu y sus "pé ta-
l o s " c o n s t i t u í a n u n a r e p re s e n t a c i ó n c o n c r e t a d e l A i r e . Y o
descansaba apaciblemente al pie de aquella imagen pétrea de
l a "V ida sob re l a Ti e r r a " . F ue ra d el a lc anc e d e mi v is t a —
mientras permanecía tendido — estaba la "Escalinata de l a s
Consecuencias". ¡Bien, en todo caso, en aquellos mo-
mentos, yo estaba intentado "conseguir" algo!
Era agradable estar allí tendido, contemplando el paso
c a ns i n o d e l o s me rc a d e r e s d e l a I nd i a , C hi na y B i rma n i a .
Algunos caminaban junto a las largas hileras de los anima-
les cargados de géneros exóticos procedentes de los lugares
más remotos de la tierra. Otros, los más ancianos o tal vez
los más cansados, arrastraban los pies con dificultad y mi-
raban a su alrededor. Saboreando mis instantes de ocio, in-
tentaba adivinar el contenido de sus paquetes. Pero de
p ro n to , e m p e c é a b u rl a rm e d e m i s p ro p i o s p e ns a m i e n tos .
"¡Estaba allí precisamente para eso!" Mi objetivo era ob-
1. El Loto o Padma constituye el símbolo del espíritu y sus pétalos varían en
cada uno de los siete Chakras (o plexos) fundamentales, a través de los cuales el
Kundalini asciende hasta que el yogui alcanza el estado supremo de Samadhi
(la superconciencia). Una de las posturas fundamentales del yoga es el Padmasana
(o postura del Loto) que es la postura más propia para meditar y alcanzar el
máximo desarrollo espiritual.
168 LOBSANG RAMPA

servar el au ra psíquica de las personas qu e pasaban, para


"adivinar", mediante esa observación y también por tele-
patía, lo que aquellos hombres hacían y pensaban, penetran-
do en sus intenciones.
Frente a mí, al otro lado del camino, había un pobre
mendigo ciego, cubierto de su ciedad. Harapiento y vu lgar,
estaba sentado en el suelo y dirigía sus lamentos a los via-
j e ro s . Me s o rp r e n d i ó c o m p rob a r c ó m o gr a n p a r t e d e é s to s
le arrojaban monedas y se complacían en mirarle mientras
él las buscaba a tientas, orientándose por el sonido que éstas
producían al caer en la tierra o al chocar con alguna roca.
A lgu na s vec es , au nqu e mu y r a r ame n te , e ra i nc ap a z d e ha -
l l a rl a s y , e n to n c e s e ra e l p ro p i o v i a j e ro e l q u e l a s re c o g í a
para arrojárselas de nuevo. Le miré atentamente y me in-
v adió u na p e rp le jid ad s i n lím i te s . ¡Su au ra ! H as ta es e mo -
mento, no me había preocupado en observarla. Pero al
hacerlo, al concentrar en ella mi atención, me di cuenta de
q u e n o e ra c i e go . E ra m u y r i c o . T e n í a m u c h o d i n e r o y m u -
chos bienes, guardados celosamente en un lugar oculto. Se
fingía ciego porque ésa era la forma más fácil de ganarse la
v id a . ¡No ! E ra i m pos ib l e . Te n í a que h abe r un e r ro r e n m is
ap rec iac io nes . Ta l ve z m e hab ía equ ivoc ado po r u n exce so
de confianza en mí mismo. Posiblemente, mis poderes esta-
ba n fal la ndo . P reo cupado ante se me ja nte sosp ec ha , me le -
v a n té d e m a l a g a na y , c o n e l p ro p ó s i to d e q u e é l d e s v a n e -
c ie ra m is du das , fu i e n bu s ca de mi Mae s tro , el L ama Min -
gyar Dondup, que se hallaba al otro lado del Kundu Ling.
Pocas semanas antes, había sido sometido a una opera-
ción destinada a abrir hasta el máximo mi "Tercer Ojo".
Mi extraordinario poder para ver el "aura" de los cuerpos
h uma nos , de los a ni ma les y de l as p la n ta s, e ra i nn a to . La
dolorosa intervención quirúrgica que me fue practicada
había incrementado mis poderes en un grado muy superior
al que el Lama Mingyar Dondup esperaba. Y en aquellos
días, mi desarrollo se aceleraba a u n ritmo increíble. Todo
m i tiem po l ib re es taba d es tinado a re cib i r l a s e nse ñanza s
ocu l ta s. Me sentía do minado po r fue rza s pode ro sas y e ran
varios los lamas que, por telepatía o por otros sistemas se-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 169

cretos cuyo mecanismo estudiaba entonces con gran interés,


"l a nzaba n " conoc imie ntos a m i c e reb ro . ¿Po r qu é as is tir a
clase cuando es posible aprenderlo todo por procedimientos
te lep á ti cos ? ¿Po r qu é tra ta r d e co noc e r po r o tro s m é todos
l as i n te nc ion es d e u n se r hu m ano si es pos ib le co noc e rl as
con sólo observar su aura? ¡Sin embargo, aquel ciego me
había llenado de preocupaciones!
¿Dónde estás, Honorable Lama? — grité,
a t r a v e s a n d o el camino presuroso en busca de mi Maestro.
Al entrar al pequeño parque lleno de precipitación, res-
balé y estuve a punto de caerme. Allí estaba mi Maestro,
sonriente, lleno de calma, sentado en el tronco de un árbol
caído.
Bien, bien, bien... ¡Te sientes excitado
p o r q u e h a s descubierto que aquel "ciego" ve tan bien como tú!
Me detuve ante él jadeante, indignado, sin aliento.
—¡Sí! — exclamé —. Ese hombre es un tramposo, un
ladrón porque roba a los que tienen buen corazón. ¡Debe-
ría estar en la cárcel!
El Lama prorrumpió en ruidosas carcajadas contem-
plando mi rostro rojo de indignación.
Pero Lobsang — me dijo suavemente —, ¿por
q u é tanto ruido? Este hombre está prestando un servicio,
de la m i s m a m a n e r a q u e p r e s t a u n s e r v i c i o e l v e n d e d o r
d e M o linos de Oraciones. Las personas le dan unas monedas
insignificantes para convencerse a sí mismas de su
generosidad. Gracias a eso, se creen buenos. Y durante un
breve período d e t ie m po , e se s e ntim ie n to aum en t a su r i tmo
de vib rac ión molecular y su espiritualidad... acercándolos
más a los dios es . El lo les be ne fic ia . ¿Y e n cu an to a la s
mo ned as qu e regalan? ¡Eso no es nada para ellos! ¡Una
insignificancia!
¡Pero no es ciego! — dije lleno de
e x a s p e r a c i ó n — . ¡Es un "ladrón"!
Lobsang — respondió mi Maestro —. Es
c o m p l e t a mente inofensivo. Se limita a vender sus
servicios. Más adelante, cuando estés en el mundo
occidental, te darás cuenta de que los agentes de publicidad
hacen el elogio de muchas cosas que realmente son nocivas a la
salud, deforman a los
170 LOBSANG RAMPA

n i ño s i nc l u s o a n te s d e s u na c i m i e n to y tr a n s fo rm a n a l a s
personas normales en verdaderos locos.
G o l p e ó c o n e l p i e e n e l tro nc o s o b re e l q u e s e h a l l a b a
sentado y me invitó a sentarme junto a él. Le obedecí y,
con mis talones, tamborileé sobre la corteza del árbol.
—Debes practicar simultáneamente la telepatía y el aná-
l i s i s d e l a s a u r a s — d i j o m i M a e s t ro — . S i e n l u ga r d e u t i -
lizar ambos sistemas, te limitas tan sólo a uno de ellos, tus
conclusiones pueden, como te ha sucedido en este caso, ser
i n exac tas . Es p re ci so u til i zar al mis mo t iempo toda s nues -
tras facultades, poner en marcha todos nuestros poderes, si
queremos analizar eficazmente todos los problemas o un
problema determinado... En fin, esta tarde tendré que mar-
charme. En mi ausencia, el gran Lama Médico Chinrob-
n o b o , d e l H o s p i ta l d e Me n z e k a n g , te ha b l a rá . Y tú p o d rá s
hablar con él.
—¡Oh! — dije desolado —. ¡Pero él nunca me dirige la
palabra! ¡Me ignora por completo!
—Esta tarde cambiarán las cosas — dijo mi Maestro —.
Ya lo verás. Cambiarán de una u otra forma.
"¡De una u otra forma!", pensé. Las perspectivas no pa-
recían ser demasiado propicias.
Regresamos juntos a la Montaña de Hierro, detenién-
d o no s d e v e z e n c u a nd o p a ra c o n te m p l a r d e nu e v o l a s a n -
tiguas rocas, siempre llenas de frescura y color. Ascendi-
mos después por el sendero montañoso.
—Este sendero es como la vida, Lobsang — me dijo el
L a m a — . L a v i d a e s l o m i s m o q u e u n s e n d e ro á s p e r o y p e -
d re g o s o , ro d e a d o d e p e l i g ro s e i ns o n d a b l e s a b i s m o s . P e r o
el que persevera puede alcanzar la cumbre.
A l l le ga r a la pa rte al ta de l s end e ro , escu ch amo s la l la -
mada para el servicio religioso y cada uno de nosotros si-
g uió su p ropio c am ino . Él se d i ri g ió a l se c to r de los la mas
de su rango y yo al de mis condiscípulos.
Cuando terminó el servicio, hice una comida ligera.
D e s p u é s v i q u e u n " c he l a " m e no r q u e y o s e a c e rc a b a a m í
dando muestras de excitación.
—Martes Lobsang — me dijo con gran deferencia —.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 171

El Sagrado Lama Médico Chinrobnobo desea verte inme-


diatamente en la Escuela de Medicina.
Me ajusté el manto, aspiré profundamente el aire varias
veces para que mis nervios alterados se calmaran y, con la
triste seguridad de que no lo conseguiría por mucho que lo
intentara, me dirigí a la Escuela de Medicina.
—¡Ah! — rugió cerca de mí una voz poderosa que me
recordaba el profundo sonido de las trompas del Templo.
M e de tu ve y me in cl i né a nte é l co n el respe to deb ido a
su alto ra ngo . Era u n hombre alto , co rpule nto , de anc has
espaldas, con un aspecto que atemorizaba. Sentí el conven-
cimiento de que con sólo asestarme un puñetazo, podría
arrancarme la cabeza de los hombros y lanzarla rodando
mo ntaña abajo. Pero e n lu gar de eso , me ro gó que me sen -
tara ante él ¡y lo hizo tan cordialmente que casi me des-
mayo!
—Bien, muchacho — dijo con voz poderosa y profu nda,
co mo s i u n tru e no hub ie ra re son ado e n la s mo nta ña s qu e
c e r r a b a n e l h o r i z o n t e — . H e o í d o h a b l a r m u c h o d e t i . Tu
Ilustre Maestro, el Lama Mingyar Dondup, asegura que
eres un prodigio, que tus dotes paranormales son inmen-
sas. ¡Vamos a comprobarlo! — Me estremecí al oírlo —.
¿Me ves? ¿Qué es lo que ves? — me preguntó.
Yo se guí a temb la ndo cad a vez má s . Y no se me ocu rrió
otra cosa que decirle lo primero que pasó por mi cabeza.
Sagrado Lama Médico — exclamé —. Veo un
h o m b r e t a n g i g a n t e s c o q u e c u a nd o e n t ré a q u í m e p a r e c i ó
q u e era una montaña.
Lanzó una carcajada vigorosa acompañada de un au-
téntico huracán que salía de su boca y, según me pareció,
estuvo a punto de hacer volar mi manto.
¡Mírame, muchacho! — me ordenó —. ¡ "Observa
mi aura" y dime qué ves! ¡Dime cómo la ves y qué
s i g n i f i c a ción tiene para ti!
L e obs e rvé , p ero no fi jam ente , no e n fo rma d i re c ta , ya
que ello puede oscurecer el aura de las personas a causa de
los vestidos que llevan. Miré "hacia" él, pero no exacta-
mente "a" él.
172 LOBSANG RAMPA

Señor — dije —. En primer lugar, veo el


c o n t o r n o f í sico de tu cuerpo y lo veo oscuro como si no
e s tu v i e ra c u bierto por el manto. Después, muy cerca de ti,
veo u na lu z d é b i l , a z u l a d a , p a r e c i d a a l h u m o d e u n a
m a d e r a f r e s c a . A mi ju icio, esto significa que has estado
trabajando demas iado , que has p asado noc he s s in concil i a r
e l su eño y qu e tu energía etérea está debilitada.
M e mi ró con los o jos d esm esu rado s de a somb ro y a si ntió
satisfecho.
¡ C o n t i n ú a ! — d i j o .
— ¡ S e ñ o r ! — a ñ a d í — . Tu a u r a t i e n e u n a e x t e n s i ó n d e
unos nueve pies en torno a tu cu erpo. Los colores están re-
partidos en franjas horizontales y verticales. Tienes el ama-
rillo de la elevada espiritualidad. En estos momentos, estás
asombrado de que un muchacho de mi edad te pueda decir
tantas cosas y has pensado que, en realidad, el Lama Mingyar
Dondup, sabe lo que dice. Piensas también que tendrás qu e
pedirle disculpas por haber dudado de lo que te contó acerca
de mis dotes personales.
Me interrumpió con una carcajada.
—¡Tienes razón, muchacho! ¡Tienes razón! — dijo di-
vertido —. ¡ "Continúa"!

¡Señor! — le dije. (¡Aquello era un juego


d e n i ñ o s para mí!) — Hace poco tuviste un accidente que
te produjo una afección hepática. Cuando ríes demasiado
fuerte, te resientes y piensas que tal vez deberías tomar una
infusión de "hierbas anestésicas" y, aprovechando sus efectos,
someterte a varias sesiones de masaje interno. Y piensas
también que ha sido el D es ti no el que ha hec ho qu e , e ntre
m ás de se is mil hierbas curativas, sea la "anestésica" la más
escasa y la más difícil de encontrar.
Había dejado de reír y me contemplaba sin intentar
ocultar el respeto que le inspiraba.
— A d e m á s — a ñ a d í — , e n t u a u r a e s t á c l a ra m e n t e i nd i -
c a d o q u e , e n u n p l a z o m u y b re v e , t e c o nv e r t i rá s e n e l Su -
perior Médico más importante del Tibet.
Me miró preocupado.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 173

—Tienes grandes poderes, hijo — afirmó —. Llegarás


m u y l e j o s . P e ro nu nc a , " n u nc a " , a b u s e s d e e s o s p o d e re s .
Puede ser muy peligroso. Ahora analizaremos, como cole-
gas, la cu estión del au ra. Pero primero, vamos a tomar un
poco de té.
Tomó la pequeña campanilla de plata agitándola con tal
violencia que temí que se le escapara de las manos. Al ins-
tante, un joven monje nos trajo té y — ¡oh, dicha entre las
dichas! — algunos de los lujos que nos proporcionaba la
Madre I ndia. Mientras permanecíamos allí sentados, pensé
qu e los a l tos la m as v iv ía n tod os co n l a ma yo r comod idad .
Deb ajo de noso tros , v eí a los g rand es pa rque s d e Lha sa , e l
Dodpal y el Khati, que parecían estar al alcance de mi
mano. Hacia la izquierda, el Kesar Lhakhang, la atalaya de
nuestra zona, se erguía como un centinela. Más al norte, al
otro lado del camino, aparecía mi lugar predilecto, el Pargo
Kaling, la Puerta Occidental.
—¿Qué es lo que origina el aura, Señor? — le pre-
gunté.
Como ya te ha dicho tu respetado Maestro, el
L a m a Mingyar Dondup — me respondió —, el cerebro
r e c i b e men sajes d el Espí ritu Sup e rio r y gene ra co rrientes
e lé c tric a s . L a V i d a e s e l e c t r i c i d a d . E l a u r a e s u n a d e s u s
m a n i festaciones. Como tú sabes, nuestra cabeza está
circundada p o r una au reo la . L as pi ntu ra s ant i guas
mu es tra n s iemp re a D i o s y a l o s S a n t o s c o n u n n i m b o
d o r a d o q u e r o d e a l a parte posterior de sus cabezas.
¿Por qué son tan pocas las personas que
p u e d e n v e r el aura, Señor? — le pregunté.
—Hay muchas personas que, como no son capaces de
verla, no creen en su existencia. Pero olvidan que tampoco
ven el aire y, sin embargo, ¡si el aire no existiera iban a
pasarlo bastante mal! Algunas — muy pocas — pu eden ver
el aura. Otras no pueden. Hay personas que pueden oír
frecuencias más altas o más bajas que las que oyen sus se-
mejantes. Eso no guarda ninguna relación con el grado de
e spiritua l idad de l obse rvado r, de la m isma manera que la
habilidad para caminar sobre zancos no indica necesaria-
174 LOBSANG RAMPA

m e n te q u e u n a p e rs o n a s e a e s p i r i t u a l . Ta m b i é n yo — a ñ a -
d i ó s o n r i e n d o — , c u a n d o e ra j o v e n c o m o tú , s o l í a u ti l i z a r
los zancos. Pero ahora ya no puedo.
Yo tamb ié n sonre ía pens ando qu e, e n lu gar de za nco s ,
hubiera necesitado un par de troncos de árbol.
—C u ando t e som e ti mos a la op e rac ió n de A pe rtu r a d e l
Tercer Ojo — me dijo el Lama Médico —, observamos tus
circunvoluciones cerebrales frontales y vimos que eran muy
diferentes a las que existen normalmente, lo cu al nos llevó
a la conclusión de qu e tu s poderes de clarividencia y de te-
lepatía eran innatos. Ésa es una de las razones que nos han
inducido a someterte a un entrenamiento tan intensivo y
acelerado. Tendrás qu e permanecer aquí, en la Escuela de
Medicina, durante varios días — me dijo mirándome con
i nm e ns a s a ti s fa c c i ó n — . V a mo s a o b s e rv a r t e c o nc i e n z u da -
mente para descubrir la forma de incrementar hasta el má-
ximo tus extraordinarias dotes.
E scu chamos un a to s di sc re t a a l o tro l ado de la pue rta y
mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup, entró en la habi-
tación. Me levanté de un salto y le saludé con una reve-
rencia, lo mismo que el Gran Chinrobnobo. Mi Maestro
sonreía.
—Recibí tu mensaje telepático — dijo al Gran Lama
Médico —. Y he venido rápidamente para ver si puedo te-
n e r l a s a ti s f a c c i ó n d e q u e c o n f i r m e s m i s d e s c u b ri m i e n to s
acerca de mi joven amigo.
Me sonrió y tomó asiento. Sonrió también el Gran
Lama Chinrobnobo y le dijo:
— ¡ Resp e tado C o le ga ! Me inc l ino d e bue n grado a nte tu
alta sabiduría y acepto a este joven para estudiar su caso.
Tu i n te l ig en cia , qu e rido Co le ga , e s i nm ens a . E re s u n hom -
bre realmente polifacético. Pero nunca habías encontrado a
un muchacho como éste.
A mb o s re í a n y e l L a m a C hi nr o b n o b o s e a g a c hó y s a c ó
de un mueble que había junto a él, ¡tres jarras de nueces en
almíbar! Sin duda alguna, se me puso cara de tonto porque
ellos, al mirarme, lanzaron al unísono una sonora carca-
jada.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 175

— Lo b s a n g , ¿p o r q u é no u ti l i za s t u s d o t e s t e l e p á t i c a s ?
Si lo hubieras hecho, te habrías dado cuenta de que el
L ama Méd ico y y o hemos cedi do a n ues tra deb i lid ad huma -
na para cruzar una apuesta. Llegamos al acuerdo de que si
t ú e ra s c o m o y o a fi rm a b a , é l t e d a rí a e s ta s t re s j a r ra s d e
n u e c e s e n al míb a r . En c a so d e no ha b e r te nid o razó n , me
hubiera visto obligado a realizar un largo viaje y a llevar
a cabo cierta intervención quirúrgica en nombre de mi
amigo.
Mi Maestro me sonrió y añadió:
—Naturalmente, haré ese viaje y ese trabajo de todas
f o r ma s y tú v e nd r á s c o n m i g o . P e ro n o s c o mp l a c i ó a p o s ta r
y hay que hacer bien las cosas. Ahora nuestro honor está a
salvo. — Señaló las tres jarras y añadió —: Quédatelas,
Lobsang. Y cuando te vayas, puedes llevártelas porque es el
premio del vencedor y, en este caso, el vencedor eres tú.
Yo me sentía realmente confu ndido. Evidentemente, yo
no pod ía u tilizar mis pode res te lep á ti cos co n aquellos dos
Altos Lamas. Sólo con pensarlo, un gran escalofrío recorría
m i c o l u m n a v e r te b ra l . Se n t í a g ra n a fe c to p o r m i Ma e s tro ,
el Lama Mingyar Dondup, y un profundo respeto por la
s a b i d u r í a y l a c i e n c i a d e l G r a n L a m a C hi n ro b no b o . I n te n-
tar espiarles — incluso por procedimientos telepáticos —
hubiera sido u n insulto, u na imperdonable descortesía. El
Lama Chinrobnobo interrumpió mis pensamientos.
—Muy bien, hijo. Tus sentimientos te honran. Estoy
realmente satisfecho de haberte conocido y de poder tenerte
entre nosotros. Te ayudaremos para acelerar tu desarrollo.
—Ahora, Lobsang — dijo mi Maestro —. Tendrás que
permanecer aquí tal vez durante una semana con el objeto
de qu e puedas aprender muchas cosas relacionadas con el
au ra... Sí, sí — añad ió interp re tando m i m i rad a —, sé per-
fectamente que crees qu e ya no pu edes aprender nada nu e-
vo sobre el aura. Puedes verla. Sabes interpretarla. Pero es
necesario que conozcas su génesis y su mecanismo interno.
Deb es ap re nder todo l o qu e c as i nad ie sabe de e ll a . Y a ho-
ra, tengo que dejarte. Pero mañana te veré de nuevo.
Se l ev an tó y , na tu r al me nte , yo le im i té . S e d e spid ió y
176 LOBSANG RAMPA

abandonó la habitación. El Lama Chinrobnobo se volvió


a mirarme y exclamó:
—No estés nerviosos, Lobsang. No te va a suceder
n a d a . V a m o s a i n te n ta r s o l a me n t e a c e l e ra r tu d e s a r ro l l o .
En primer lu gar, conversaremos un poco sobre el aura. Na-
turalmente, tú la ves con la mayor claridad y la compren-
des a la perfección. Pero imagínate por un momento que
carecieras de esa facultad, como el 99,90 % — o tal vez
más — de la población mundial...
De nuevo agitó la campanilla violentamente y el sir-
v ie nte acud ió p re su roso con e l té y , co mo e s lógico y ne ce -
s a r i o , l a s "o t ra s c o s a s " q u e t a n to m e gu s ta b a n p a r a a c o m -
pañar al té. Creo que puede ser interesante recordar que, en
el Tibet, algunos días, tomamos más de sesenta tazas. Como
todo el mundo sabe, el Tibet es un país muy frío y el té
caliente nos "entona". Hay que tener en cuenta que noso-
tros no podemos, como los occidentales, salir a tomar unos
tragos y nos vemos obligados a limitarnos al té y al tsam-
pa, a no ser que alguna persona de buena voluntad nos
traiga de otros países, como por ejemplo de la India, todas
aquellas cosas de que carecemos en nuestro país.
—Ya hemos hablado del origen del aura — dijo el
L a ma C h i n ro bn o b o — . E s l a f u e r z a v i ta l d e l c u e rp o hu m a -
no. Supongamos por un momento que tú no puedes verla
y que no sabes nada de ella. Es preciso que partamos de
esa hipótesis para que comprendas lo que normalmente ven
las personas y lo que no ven.
Asentí con la cabeza para indicar que había compren-
d ido . N a tu ra lm ente mis fa cu l tade s pa ra pe rcib i r e l au ra y
o tra s cos as semej an tes e ran i nna tas . Y e sa s facu l tad es s e
habían incrementado después de que me practicaron la ope-
r a c i ó n d e l Te rc e r O j o . A n te s d e c o n o c e r tod a s e s a s c o s a s ,
en muchas ocasiones me había descubierto a mí mismo, in-
conscientemente, al decir lo que veía, porque ignoraba qu e
la mayoría de las personas eran incapaces de ver esas cosas.
Recu e rdo qu e e n u na o cas ión d ije qu e una pe rso na es taba
viva todavía. Era un hombre que el viejo Tzu y yo había-
mos encontrado tendido al borde de un camino. El viejo
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 177

Tzu me aseguró que estaba equivocado y que aquel hombre


estaba muerto. Yo había dicho: "¡Pero Tzu, sus luces si-
g ue n en ce ndida s! " A fo rtu nada me nte , e l vi en to imp id ió qu e
m i s p a l a b r a s s e o y e ra n c l a r a m e n te y e l v i e j o Tz u no l l e g ó a
darse cuenta de lo que significaban. Sin embargo, siguiend o
u n r a ro i m p u l s o , e x a m i n ó a l p o b re h o m b re m á s d e te n i -
d a me n te ¡ y d es cu b rió que aú n v iv ía ! Pe ro e s toy apa rt ándo -
me de mi relato.
—Lobsang — me dijo el Lama Médico —, la mayor
parte de los hombres y mujeres son incapaces de ver el
aura humana. Algunos están realmente convencidos de que
ésta no existe. Siguiendo ese mismo razonamiento lógico po-
drían asegurar también que no existe el aire, puesto que
no pueden verlo.
El Lama Médico me miró como para comprobar si le
escuchaba en lugar de pensar en las nueces. Mi aspecto,
qu e s i n duda re fle jab a c la ram ente mi a te nc ió n , le tran qu i-
lizó. Sacudió la cabeza satisfecho y prosiguió:
—Mientras el cuerpo tiene vida, el au ra pu ede ser vista
po r a quel los que tie ne n es e pode r, e se do n, es a facu l tad o
l l áma le co mo qu ie ras . Es p re ci so que sep as , Lobsa n g, qu e
para ver el au ra co n ma yo r claridad , la perso na obs e rvada
deb e hal la rse de snud a . Más ad el ante te exp li ca ré la razón
de es te hec ho . P a ra re al i za r u na le c tu ra no rm al bas ta co n
mirar a la persona aunque vaya vestida. Pero cuando se
trata de formular algún diagnóstico es preciso que el pa-
c i e n te es té d e s nu d o to ta lm e n te . B i e n . L a e nv o l tu ra e té re a
rodea el cuerpo por completo y se extiende sobre una su-
p e r fi c i e q u e mi d e d e u n o c t a v o d e p u l g a d a a t re s o c u a tr o
pu lgadas a partir del cuerpo. Es una especie de niebla gris
a z u l a d a , a u n q u e n o e s e x a c t a m e n te u n a n i e b l a p o r q u e e s
posible ver claramente a través de ella. Esta envoltura
etérea constituye una emanación puramente animal, que
procede de la vitalidad física. Por ello, una persona que
goce de buena salud tendrá una envoltura etérea de tres o
cuatro pulgadas. Solamente las personas con grandes dotes,
Lobsang, serán capaces de ver la tercera envoltura porque
debes saber que, entre el aura propiamente dicha y la
178 LOBSANG RAMPA

e nvo l tu ra e té re a , ex is te o t r a e nvo l tu ra d e u nas t r es p u l ga -


das de ancho. Para poder percibir sus colores se requieren
dotes realmente extraordinarias. Reconozco que yo lo único
que puedo ver allí es un espacio vacío.
Lleno de tristeza, me apresuré a confesarle que yo sí
era capaz de ver los colores de ese espacio.
—Sí, sí, Lobsang. Lo sé — me dijo —. Sé que puedes
verlos porque eres una de las personas más dotadas que he
c o no c i d o . P e ro y o p a r tí a d e l a h i p ó te s i s d e q u e no p o d í a s
ver nada de eso, porque así lo convinimos al principio para
que yo pudiera explicarte la razón de este fenómeno.
El Lama Médico me miró severamente, como repro-
chándome que hubiera interrumpido el curso de sus explica-
ciones. Cuando creyó que mi humillación era ya suficiente
para imped i rme cua lqu ier nueva in te rrupción, co ntinuó la
exposición de la teoría.
—Tenemos, entonces, en primer lugar la envoltura
e té re a . D e s p u é s , e s a s e g u n d a z o n a q u e l a m a y o r p a r te d e
n o s o t ro s s o mos i n c a p a c e s d e d i s ti ng u i r a n o s e r c o m o u n
simple espacio vacío. Y a continuación, el aura, que de-
pende más de la vitalidad espiritual que de la animal. Está
compuesta de franjas y de estrías oscilantes qu e contienen
todos los colores del espectro visible. Es decir, un número
de colores muy superior al que pu eden percibir los ojos ya
q u e e l a u r a n o s e v e c o n l o s o j o s s i n o c o n o t r o s s e n ti d o s .
C ad a ó rg ano de l cu e rpo hu ma no e nv ía su s p rop ias i rrad ia -
ciones que varían y fluctúan de acuerdo con el pensamiento
de l a p e rso na . Al gu nas de es t as i rrad ia cion es s e po ne n de
relieve muy acusadamente en la zona etérea y en el si-
g ui en te espa cio . Cua ndo se obs e rva e l cuerpo des nudo , e l
aura refleja las señales de salud y de enfermedad. Por ello,
los que poseen una clarividencia suficiente pueden diagnos-
ticar con seguridad en todo momento.
Yo ya sabía todo aquello. Para mí era como un juego
de niños. Lo venía practicando desde que me abrieron el
Te r c e r O j o . S a b í a q u e l o s g ru p o s d e La m a s Mé d i c o s s e c o -
l o c a b a n e n to r no a l o s e n f e r mo s y e x a m i n a b a n s u c u e r p o
desnudo para determinar la forma en que éstos debían ser
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 179

curados. Supuse que tal vez pensaban prepararme para rea-


lizar un trabajo de este tipo.
—Ahora — dijo el Lama Médico — recibirás una ense-
ñanza especial, una enseñanza realmente excepcional. Y es-
peramos que, cuando visites ese gran mundo occidental que
existe más allá de nuestras fronteras, inventarás un aparato
destinado a que los que carecen en absoluto de poderes
ocu l tos pued an ve r e l au ra y, d e esa fo rma , cu ra r muc has
enfermedades. Más adelante, volveremos a tratar de esta
cuestión. Ya sé qu e todo esto te resulta fatigoso. Sé que ya
conocías muchas de las cosas que te he dicho. Te resulta tal
v e z m o n ó to no p o rqu e tú e re s c l a riv i d en te p o r n a tu r a lez a .
P e ro e s m u y p r o b a b l e q u e n u n c a ha ya s p e n s a d o e n e l m e -
c anis mo de e sos f enó me nos qu e pa ra ti son ta n no rma les . Y
eso es algo qu e debes conocer irremediablemente porque
quien conoce las cosas a medias está también preparado a
medias solamente y, por consiguiente, su utilidad no es
completa. ¡Y tú tienes que ser realmente útil! Pero por hoy
vamos a terminar, Lobsang. Retirémonos a descansar a
n u e s tr a s hab i t a c i o ne s . La tu y a es tá ya d i sp u e s ta p a ra t i .
Cuando descansemos, volveremos a tratar de todas estas
cuestiones qu e hoy hemos analizado tan sucintamente. Du-
rante esta semana, no necesitarás asistir a ningún servicio
religioso ya que el Profundo ha ordenado que todas tus
energías y todas tus devociones estén orientadas exclusiva-
mente a alcanzar el dominio más absoluto de las cuestiones
que yo y mis colegas te expondremos en días sucesivos.
N o s lev an t amos . A gi tó d e nu e vo la camp ani l la d e p la ta
entre sus manos poderosas y lo hizo con tanta energía, que
me pareció que iba a saltar hecha pedazos. El monje sir-
viente acudió presuroso a su llamada.
—Te encargarás de atender a Martes Lobsang Rampa
— dijo el Lama Médico Chinrobnobo —. Ya sabes que es
un huésped de honor. D ale el mismo trato que darías a un
monje de alto rango.
Se volvió hacia mí. Nos saludamos inclinando nuestras
cabezas. Después, el sirviente me invitó, con un gesto, a
seguirle.
180 LOBSANG RAMPA

¡Detente! — gritó el Lama Chinrobnobo —.


¡ T e h a s olvidado de tus nueces!
Tomé aquellas tres preciosas jarras, sonriendo un poco
desconcertado, y salí rápidamente al corredor, donde el sir-
viente me esperaba.
Mi acompañante me condujo a una hermosa habita-
c ió n. A l o tro lado de la ve n ta na se ve ía e l d ese mba rc adero
del Río Venturoso.
Mi deber es atenderte, Señor — dijo el
sirviente —. Ahí tienes la campanilla por si me
necesitas. Utilízala siempre que quieras.
Salió. Yo me acerqué a la ventana. Me sentí hechiza-
d o a n te l a p e rs p e c t i v a d e l V a l l e S a g ra d o . L a b a rc a , ro d e a -
da de ve ji ga s h i nc had as d e y ak , se al ej aba de la o ri l la y e l
b a r q u e r o h u n d í a l o s r e m o s e n l a s a gi ta d a s a gu a s d e l r í o .
En la otra orilla esperaban tres o cuatro hombres. Por su s
mantos, deduje que debían ser personajes importantes. Esta
i mp re sió n m e fue conf i rm ada po r la fo rm a obs equ iosa con
q u e e l b a rq u e ro l o s a c o g í a . D u r a n te u no s m i n u to s , l o c o n -
templé todo desde la ventana. Después, de repente, me
s e n tí l l e n o d e i ne s p e ra d o c a n s a nc i o . M e s e n té e n e l s ue l o
sin preocuparme en buscar los almohadones que tenían que
servirme de lecho y, casi sin darme cuenta de nada, caí
hacia atrás y me quedé dormido al instante.
Pasaron las horas mecidas por el monótono ruido de
los Molinos de Plegarias. De pronto, me incorporé tem-
blando de miedo. "¡El Servicio!" Se me había pasado el
tiempo y llegaría tarde. Escuché atentamente. Alguien can-
taba una salmodia a lo lejos. Era suficiente. Me puse en
p ie y co rrí h aci a la pue rta de mi hab i tac ió n. ¡ Pe ro la pu e rt a
n o es taba a l lí ! C hoqué cont ra la p a red y es cu c hé e l c ruj i d o
d e m i s hu e s o s . D e s p u é s , c a í a l s u e l o d e e s p a l d a s . M i
cabeza parecía estar llena de luces azules y blancas qu e gi-
r a b a n v e r ti gi no s a me n te . C u a nd o m e re p u s e d e l g o l p e , me
levanté de nuevo. Lleno de terror ante la inevitable pers-
pectiva de mi retraso, corrí desesperado dando vueltas por
la habitación, sin conseguir hallar ninguna puerta. ¡Y lo
que es peor, tampoco hallaba ninguna ventana!
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 181

Lobsang — dijo una voz desde la oscuridad —


. ¿ T e sientes mal?
R eco noc í la voz de l si rvi en te y vol ví a la re al idad como
si hubieran echado un cubo de agua helada sobre mi ca-
beza.
—i Oh! — dije aturdido —. Creí que llegaba tarde al
servicio. Me había olvidado de que tengo dispensa.
Una risa apenas contenida acogió mis palabras. Des-
pués, la voz dijo:
— Voy a e nce nde r la lá mpa ra po rqu e és ta es u na noc he
muy oscura.
U n p eque ño re spl ando r ll egó has ta mí d esd e l a pu e rta
— que e s tab a s i tuad a e n e l lu ga r "m ás " insosp ec had o — y vi
cómo el sirviente se acercaba.
Ha sido realmente divertido — me dijo —. Al
p r i n c i p i o c re í q u e s e t ra ta b a d e u na ma na d a d e ya k s q u e
s e ha bían escapado y estaban aquí dentro.
L a so n risa quitab a a su s pal ab ra s cua lqu ie r i nte nc ión
ofensiva. Me acosté de nuevo y el sirviente se retiró con
l a l á m p a ra . E n e l m a r c o l e v e m e n te i l u m i n a d o d e l a v e n t a -
na vi correr una estrella fugaz que ponía fin de pronto a
un largo viaje de incontables millas a través del espacio.
Me envolví en mi manto y me dormí de nuevo.
El desayuno consistió, como siempre, en "tsampa" y té.
Alimenticio, reconfortante, pero nada sabroso. Cu ando ter-
miné de tomarlo, entró el sirviente.

— Se ño r — me d ijo — . S i ya es tás p rep a rado, deb o con -


ducirte a otro lugar.
Me levanté y salí con él de la habitación. Seguimos una
dirección distinta a la del día anterior. Nos dirigimos a una
z o na d e l C h a k p o ri c u y a e x i s t e n c i a yo d e s c o no c í a p o r c o m -
pleto. Descendimos por un largo corredor que parecía in-
troducirse en las entrañas de la Montaña de Hierro. No
había allí más luz que la de nuestras lámparas. Al final, el
sirviente se detuvo y señaló un lugar frente a nosotros.
Sigue adelante, todo recto y, después, entra en
l a h a bitación que hallarás a la izquierda.
182 LOBSANG RAMPA

Me hizo una inclinación de cabeza y se marchó por


d o n d e h a b í a m o s v e ni d o . Y o a v a nc é m i e nt r a s m e p re g u n ta -
ba: "¿Y ahora qué hago?" La habitación de la izquierda
estaba frente a mí. Entré y me detuve lleno de asombro.
E n m e d i o d e l a ha b i t a c i ó n h a b í a u n Mo l i no d e O ra c i o ne s .
Sólo me dio tiempo a mirarlo muy fugazmente, pero me pa-
re ció qu e e ra mu y ex tra ño. Al gu ie n p ron unció m i nomb re.
—¡B ie n, Lobsa ng! Nos a leg ramo s de que ha yas v enido .
Allí estaba mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup,
acompañado del Gran Lama Médico Chinrobnobo y de un
Gran Lama hindú de aspecto distinguido llamado Marfata.
És te habí a e stud iado med ici n a oc cid en tal e n una u ni ve rsi-
dad alemana, que según intuí era la de Heidelberg. Des-
pués se había hecho monje budista, un lama, ya que hay
que tener en cuenta que "monje" es un término genérico.
El hindú me miró tan agudamente, con unos ojos tan
pe ne trant es , qu e me p a rec ió q ue a t rave saba mi cu e rpo d e
parte a parte. Sin embargo, en esta ocasión, yo no tenía la
menor sensación de culpabilidad en mi conciencia y resistí
fácilmente su mirada. Al fin y al cabo, ¿por qué no iba a
hacerlo? Yo era tan bueno como él, ya que estaba recibiend o
las enseñanzas de los lamas Mingyar Dondup y Chin-
robnobo.

Una sonrisa pareció abrir con dificultad sus labios rígidos


como si sólo le fuera posible reír gracias a un doloroso
esfuerzo.
Sí — dijo asintiendo con la cabeza a mi
M a e s t r o — . Estoy satisfecho de que el muchacho sea
c o m o m e d i j i s teis.

Mi Mae s tro tamb ié n so nrió . Pe ro su so nri sa no e ra fo r-


zada, sino natural, espontánea y cálida.
Lobsang — dijo el Gran Lama Médico —. Te
hemos traído a esta habitación secreta para mostrarte y
explicarte a l gunas co sas . Tu Ma es tro y yo es tamos re al mente
s a ti s fec h o s d e l o s e x á m e n e s a q u e te he m o s s o m e t i d o . Tu s
p o d e res son extraordinarios y vamos a desarrollarlos aún
más. N u e s t r o c o l e g a h i n d ú M a r f a t a n o p o d í a c r e e r q u e e n
l
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 183

Tibet existiera un prodigio semejante. Esperamos que tú


confirmes cuanto le hemos dicho sobre ti.
" E s u n homb re qu e t ie ne u n a ele vad a o pinió n sob re s í
m is mo ", pe nsé y o obs e rva ndo a Ma rfa ta. M e vol ví h aci a e l
Lama Chinrobnobo.
Respetado Señor — le dije —. El Profundo,
q u e m e ha ho nrado re cib iéndome en va ria s oca sio ne s , m e
ad vi rtió m u y e s p e c i a l m e n t e p a r a q u e p r o c u r a r a n o p r o b a r
m i s p o deres, ya que esas pruebas carecen de utilidad casi
siempre. L o s q u e d e s e a n q u e s e l e s p ru e b e a l go , s u e l e n s e r
i nc a p a ces de aceptar la verdad de una prueba por muy
au téntica que ésta sea.
L a c a r c a j a d a q u e l a n zó e l L a m a C hi nr o b n o b o e s t u v o a
pu nto de hacerm e vo la r po r l os ai res . M i Ma es tro tamb ié n
reía. Ambos contemplaban al hindú Marfata, que me mi-
raba con cierta hostilidad.
¡Hablas muy bien, muchacho! — dijo el
h i n d ú — . Pero, como tú mismo has dicho, las palabras
n o p r u e b a n nada. Ahora, mírame y dime qué es lo que ves en mí.
S e n tí c ie rta inqu ie tu d a n te la pe rspec tiv a de te ne r qu e
hacerlo, porque muchas de las cosas que veía no me gus-
taban.
¡Ilustre Señor! — le dije —. Me temo que si te
digo to d o l o q u e v e o , v a s a e n f a d a r te c o n m i g o . Ta l v e z
p i e ns e s qu e , en l u g a r d e r espo nde r a tu p r e gu n ta , i n te nto
i n sol entarme tan sólo.
Mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup, asintió con la
cabeza y sobre el rostro del Lama Chinrobnobo apareció
una sonrisa amplia, resplandeciente como una luna llena.
Di lo que quieras, muchacho — dijo el hindú
—. No estamos aquí para perder el tiempo en charlas
i n t r a s c e n dentes.
Contemplé al hindú durante u nos instantes, hasta qu e
me di cuenta de que se estremecía levemente ante la inten-
sidad de mi mirada.
¡Ilustre Señor! — le dije al fin —. Me has
o r d e n a d o que te d i ga todo c u a n to v eo y c omp re ndo que
m i Ma es tro , e l L a m a M i n g y a r D o n d u p , y e l G r a n L a m a
Médico Chin-
184 LOBSANG RAMPA

robnobo esperan que hable con sinceridad. Pues bien, te


diré lo que veo: Nunca te había visto antes, pero tu aura
y tu s pensamientos me revelan que eres un hombre que ha
viajado mucho y ha navegado por todos los océanos del
p la ne ta . Es tu vi s te en esa p equ eña i sl a cu yo nomb re no co-
nozco, donde todas las personas son de la raza blanca y
que tiene a su lado una isla aún más pequeña, como si
f u e ra n u na y e g u a y s u p o tr i l l o . E ra s e n e m i go d e e s a s p e r -
sonas, y allí todos estaban deseando poder emprender algu-
na acción contra ti, como consecuencia de algo que estaba
relacionado con...
Al llegar a este punto vacilé. Las cosas se me aparecían
especialmente embrolladas, ya que se referían a cuestiones y
conocimientos de los que yo no tenía ni la menor idea.
—Se trata de algo relacionado con una ciudad india
que, según deduzco de tus pensamientos, debe tratarse de
Calcuta — le dije —. Y también veo que todo ello está
vinculado a un negro abismo donde los habitantes de aque-
l l a is la se enco ntraba n su ma me n te mol es tos e i nqu ie tos. ..
E n c i e r to m o d o , p e ns a b a n q u e tú d e b í a s h a b e rl e s l i b r a d o
de todas esas dificultades en lugar de causarlas.
E l G ran La ma C hi n rob nobo re ía d e nu evo y su risa me
tranquilizó y me hizo suponer que había acertado. Mi
Maestro no decía ni hacía nada, pero el hindú se agitaba
desconcertado.
— Fui s te de spué s a o tro pa ís —p rose gu í— . E n tu me nte
puedo lee r con tod a cl a rid ad un a pa lab ra: He ide lbe rg . A ll í
e s tud i as te m ed ic in a de acu er do con lo s bár b a ro s s is t ema s
de rajar, cortar y coser, tan diferentes a los que utilizamos
e n e l Ti be t. De spués , te h ic ie ro n e ntre ga de u n pap el muy
grande lleno de firmas y de sellos... También veo en tu
aura que estás enfermo...
Respiré profundamente, con cierto temor. Ignoraba qué
re acc ió n pod ían c ausa rle l as p al ab ras qu e i ba a de ci r des -
pués.
—Tu enfermedad es incurable — dije —. Es una de
esas enfermedades en que las células del cuerpo proliferan
desordenadamente y, como las hierbas venenosas, se niegan
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 185

a llevar a cabo un crecimiento armónico, extendiéndose en


t o d a s d i re c c i o n e s d e u n a fo r m a a n á rq u i c a , o b s t ru ye n d o y
cegando los órganos vitales del cuerpo... Señor: Te estás
destruyendo a ti mismo. Te matan poco a poco tus propios
pensamientos porque eres incapaz de admitir que pueda
haber bondad alguna en el espíritu de tus semejantes.
D u ra n te u no s i n s ta n tes — ¡a m í me pa r ec iero n a ños! —
t o d o p e r m a n e c i ó e n s i l e n c i o . D e s p u é s e l L a m a C h i n r o b n o bo
dijo:
— ¡ T i e ne s r a z ó n , L o b s a n g ! ¡ H a s a c e r t a d o p o r c o m p l e t o !
El hindú le interrumpió.
—Tal vez advertisteis al muchacho lo que tenía que
decir cuando estuviera en mi presencia — dijo desconfiado.
—Es posible — dijo mi Maestro, el Lama Mingyar
Dondup —. Hubiéramos podido hacerlo. Pero debes tener
e n c u e n ta q u e mu c h a s d e l a s c o s a s q u e h a d i c h o s o n c o m -
pletamente nuevas hasta para nosotros, ya que no hemos
analizado tu au ra ni tu mente porque tú no nos invitaste a
h ac e rlo . Si n emb a rgo , c reo qu e aqu í lo que re al me nte i nte -
r e s a e s e l h e c ho d e q u e Ma rt e s Lo b s a n g Ra m p a t i e ne re a l -
m ente uno s extrao rd i na rios pode res y que noso tros vamos
a desarrollárselos hasta el máximo. No hay tiempo para
discutir. Es necesario que realicemos nuestra tarea concien-
zudamente. ¡Ven conmigo! — dijo dirigiéndose a mí.
Se levantó y me llevó hacia el gran "Molino de Plega-
rias" que había en el centro de la habitación.
Yo obs e rvé aqu e l obj e to ex tra ño y me d i cue nta de que
no se trataba de un Molino de Plegarias, sino de un apa-
r a to d e u n o s c u a t ro p i e s d e a l t o p o r c i n c o p i e s d e a nc ho .
En uno de sus lados tenía dos pequeñas ventanitas cubier-
tas de cristal. Al otro lado tenía dos ventanas algo mayo-
res y, en el centro, una gran manivela. Para mí, constituía
un objeto misterioso. Yo no tenía ni la menor idea de lo
que podía ser.
—Lobsang — dijo el Lama Médico —. Este es un apa-
ra to de sti nado a que l as p e rso na s no cl a riv ide n te s pu eda n
ver el aura humana. El Gran Lama hindú Marfata vino a
consultarnos, pero no nos explicó la naturaleza de su en-
186 LOBSANG RAMPA

f e rme d a d a l e g a nd o q u e s i e n re a l i d a d c o no c í a m o s l a m e d i -
cina esotérica, seríamos capaces de descubrirla sin necesi-
dad de que él nos dijera nada. Lo hicimos conducir aquí
con el objeto de examinarlo con la máquina. Ahora, si lo
p e r mi t es , v a a qu i ta rse e l ma n to . Tú le v as a exa mi na r p r i-
m e ro pa ra de ci rno s cu ál es , a tu ju i cio , su p rob le ma . De s-
pués lo haremos nosotros, con ayuda de esta máquina, y
veremos si nuestro diagnóstico coincide con el que tú ob-
tengas.
Mi Maestro señaló al hindú un rincón oscuro y él se
desnudó allí. Su oscura silueta se recortaba contra la pared.
— L o b s a n g — d i j o m i M a e s t r o — . O b s é r v a l o c o n c u i d a do
y dinos lo que ves.
No miré al hindú directamente. Miré su contorno con
una mirada oblicua, ya que ésa es la mejor forma de ver el
a u r a . N o u t i l i c é l a v i s i ó n b i n o c u l a r , q u e e s l a n o r m a l , s i no
qu e mi ré a is lando e ind epe nd iz ando l a vi si ón de cad a o j o .
Es algo realmente difícil de explicar, pero consiste
simplemente en mirar con los ojos torcidos y éste es un
juego que, sin duda alguna, puede aprender cualquiera.
Miré al hindú. Su aura brillaba y oscilaba. Me di cuenta
de que era realmente un gran hombre, un hombre alta-
mente do tado intel ectua lmente, pero , po r desgracia, su as-
pecto había sido deformado por aquella misteriosa enfer-
medad que le dominaba. Yo le observaba con gran aten-
ción y expresaba mis pensamientos en voz alta. Y no me
d a b a c u e n t a d e l a e no rm e a n s i e d a d c o n q u e mi Ma e s t ro y
Lama Médico seguían mis palabras.
—Es evidente que la enfermedad ha sido provocada
p o r l a s nu m e ro s a s te ns i o ne s fí s i c a s . El G ra n La ma hi n d ú
s e ha se n tido i n sa tis fe cho y fru s trado , lo cu al ha a fec tado
su salud, haciendo que las células de su cuerpo intentaran
s al va jem ente ev adi rse e n la di rec ció n de l Esp í ri tu . Ésa e s l a
razón de que su hígado haya enfermado. Y como es un
hombre acusadamente temperamental, su enfermedad se
agrava cada vez que tiene algún estallido de cólera. Su
au ra ind ic a c la rame nte que s i fu e ra c apa z d e ma nte n er la
calma, si se mostrara más plácido en sus reacciones, como
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 187

m i Ma e s t ro , e l L a m a Mi ng ya r D o nd u p , p o d rí a p e rm a n e c e r
m á s t i e m p o s ob re l a ti e r ra y r e a l i z a r l a ma y o r p a r te d e l a
tarea que tiene asignada sin necesidad de reencarnarse.
G ua rd amos s ile nc io nu e vam ent e y me co mp lac ió o b se r-
v a r qu e e l Lama hi ndú ag i tab a la c abe za a si ntie ndo , como
s i e s t u v i e ra to t a l m e n te d e a c u e rd o c o n mi d i a gn ó s ti c o . E l
L ama Méd ico C hi n rob nobo se ac e rcó a aque l la ex t ra ña má -
quina y miró por una de sus ventanillas. Mi Maestro dio
vu el tas a l a ma nive la , i nc rem en tando e l ritmo poco a poco
hasta que el Lama Médico le indicó que mantuviera el
r i tm o c o n s ta n t e . D u ra n te u n o s i n s t a n te s , e l La m a Mé d i c o
obs e rvó a travé s d el apa ra to. D espu és , se s epa ró y , s in de -
cir una sola palabra, el Lama Mingyar Dondup ocupó su
lugar, mientras él se encargaba de la manivela. Cuando
terminaron su examen, permanecieron en pie unos momen-
tos sin hablar, sin duda alguna conversando telepática-
mente. No hice el menor intento por captar sus pensa-
m ie ntos po rqu e e l lo hub ie ra s ido u na te rrib le fa l ta de edu-
cación y de respeto. Por fin, volviéndose hacia el Lama
hindú, le hablaron.
—Todo cuanto ha dicho Martes Lobsang Rampa es
ex ac to . H emos ob se rv ado a ten tam ent e tu au ra y h emos l le -
gado a la conclusión de que tienes un cáncer de hígado.
Es ta mos co nv enc idos de qu e és te h a sido mo tiv ado po r tu
inestabilidad temperamental. Sin embargo, creemos qu e si
llevas una vida tranquila, vivirás todavía los años suficien-
te s pa ra re alizar tu ta re a. Es tamos dispuesto s a h acer las
gestiones necesarias para que puedas quedarte aquí en
Chakpori si así lo deseas.
El Lama discutió algunas cosas y despu és abandonó la
h ab i tac ió n con e l La ma Ch i nrob nobo . Mi Ma es tro , e l La ma
Mingyar Dondup, me golpeó en la espalda cariñosamente.
—¡Lo has hecho muy bien, Lobsang! — dijo —. ¡Muy
bien! Ahora quiero mostrarte ese aparato.
N o s a c e rc a m o s , l e v a n t a mo s s u ta p a s u p e r i o r, y l o e x a -
minamos atentamente. El aparto vibraba. En su interior vi
una serie de radios que partían de un eje central. En el
extremo de cada uno de ellos había un prisma de cristal.
188 LOBSANG RAMPA

Su s c o l o re s v a r i a b a n . R o j o , a z u l , a m a ri l l o y b l a nc o . C u a n do
se hacía gira r la ma nivela, los rad ios gi raba n mediante u n
s is tema d e pole as qu e po nía e l e je en mov im ie nto . Y al girar,
los prismas pasaban alternativamente ante las lentes
ex te rio res . Mi Ma es tro me exp li có su fu nci onam ie nto . De s-
pués me dijo:
—Naturalmente, este aparato está sin perfeccionar y su
manejo es difícil. Lo utilizamos para llevar a cabo nuestros
exp e ri me ntos y espe ramos que , a l gún dí a , pod remo s fabri -
c a r u n m o d e l o m á s p e q u e ño . Tú , L o b s a n g , n u n c a t e n d r á s
necesidad de utilizarlo. Son muy pocos los que pueden ver e l
aura con tanta nitidez como tú. Cuando llegue el mo-
m e n to o p o r t u n o , t e e x p l i c a r é s u m e c a n i s m o d e t a l l a d a m e n-
te. Pero de una manera sucinta, puedo anticiparte que está
b a s a d o e n u n a l e y ó p ti c a e n v i r tu d d e l a c u a l l o s p r i s m a s
de colores, al girar rápidamente, interrumpen la línea de
v i s i ó n, d e s v a n e c i e nd o l a i m a g e n n o rm a l d e l c u e rp o hu ma n o
e intensificando la luz, mucho más débil, del aura —.
Cerró la tapa de nuevo y se dirigió a otro aparato que se
hallaba en un rincón sobre una mesa. En aquel momento, el
Lama Chinrobnobo entró en la habitación de nuevo para
reunirse con nosotros.
—¡Bien! — dijo acercándose —. ¿De modo que vas a
probar su fuerza mental? ¡Bien! ¡Me alegro de haber lle-
gado a tiempo para presenciarlo!

M i M a e s t ro m e s e ñ a l ó u n c u r i o s o c i l i n d r o q u e p a r e c í a
fabricado con un papel áspero.

— Es to , Lobs ang, es u n pap el du ro , g rose ro. Como pu e-


d e s v e r , s e h a n h e c h o e n é l n u m e r o s o s a g u j e ro s , c o n a y u da
de un punzón gru eso, para que quede lleno de salientes po r
u na de sus cara s . De spué s, s e le da l a fo rm a d e u n cil i nd ro
p rocu rando que to dos los s ali e ntes qued en e n el exterior. Lo
atravesamos con una paja, aprovechando uno de l os
o ri fi cio s , que s i rv e de ej e . Y fi na lm ente, co n u na agu ja
afilada, lo fijamos en una plataforma. De ese modo, el ci-
l i nd ro p u e d e d a r v u e l ta s c a s i s i n f ri c c i ó n. ¡ B u e no ! ¡ A h o ra
fíjate bien!
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 189

Colocó sus manos en torno al cilindro, sin tocarlo, a


una distancia de una pulgada o pulgada y media. Muy
pronto, el cilindro empezó a girar despacio, adquiriendo
poco a poco una velocidad considerable. Entonces mi Maes-
tro lo tocó y lo detuvo. Colocó las manos en dirección
contraria. Sus dedos, que antes se extendían hacia afuera,
s e e x t e n d í a n a h o ra h a c i a s u c u e rp o . Y e l c i l i n d r o e m p e z ó a
girar en sentido contrario.
—¡Estás soplando sobre él! — le dije.
—¡Eso es lo que cree todo el mundo! — dijo el Lama
Chinrobnobo —. Pero se equivocan por completo.
E l G ra n Lam a s e d i ri g i ó a u no d e lo s h u ec o s d e l m u ro y
trajo una gruesa lámina de cristal. El Lama Mingyar
Dondup detuvo nuevamente el cilindro. El Lama Chinrob-
nobo colocó aquella lámina en el espacio comprendido en-
tre el cilindro y mi Maestro.
—¡Piensa que va a empezar a girar! — le ordenó.
Mi Maestro le obedeció y el cilindro empezó su rota-
c i ó n d e n u e v o . E l c ri s ta l i m p e d í a p o r c o mp l e to q u e ni n gu -
no de nosotros pudiera impulsarlo con su aliento.
—¡Hazlo tú ahora, Lobsang! — dijo mi Maestro levan-
tándose.
Me senté y coloqué mis manos de la misma forma. El
Lama Chinrobnobo seguía sujetando el cristal ante nosotros
pa ra imp edi r qu e nue s tra re spi rac ión pud ie ra influ i r en la
ro ta ció n del c ilind ro . Yo es taba convenc ido de qu e no con-
seguiría nada. Y al parecer, el cilindro se dio cuenta de
ello porque no se movió.
—¡Piensa que vas a hacerlo girar, Lobsang! — dijo mi
Maestro.
Hice lo que me decía y el cilindro se puso en movi-
m i en to . P o r u n m o m e n to , e s tu v e a p u nto d e ti ra r l o to d o y
salir corriendo. ¡Aquello era cosa de brujería! Pero preva-
leció la razón (¡aunque ignoro qué clase de razón!) y per-
manecí sentado.
— Es te a p a ra to , L o b s a n g — d i j o m i Ma e s t ro — , s e m u e -
ve por la fuerza del aura humana. Tú piensas que va a
girar y el aura genera la fuerza necesaria para que tu pen-
190 LOBSANG RAMPA

samiento se realice. Es interesante que sepas que en todos


l o s p a í s e s d e l m u n d o s e h a n h e c ho e x p e r i m e n to s c o n a p a -
r a to s d e es te ti po . Todos los g r a nd es c ie n tí f i cos ha n t ra ta -
d o d e d a r u n a e x p l i c a c i ó n a e s t e fe nó m e no . P e ro , n a t u ra l -
mente, los occidentales no creen en la fuerza etérea y se
ven obligados a inventar explicaciones que resultan aún
más incomprensibles que la fuerza real de lo etéreo.
—Estoy hambriento, Mingyar Dondup — dijo el Gran
Lama Médico —. Creo que ya es hora de que nos retire-
mos a nuestras habitaciones para comer algo y descansar.
No debemos poner a prueba la capacidad y la resistencia
del muchacho porque ya tendrá en el futuro muchas oca-
siones para hacerlo.
R e g res amos al ed i f ic io ce ntra l de l C hakpori . P ronto es-
tuve en mi habitación con mi Maestro, el Lama Mingyar
Dondup. Y en seguida (¡qué felicidad!) pude comer algo y
me sentí realmente satisfecho.
—Come, Lobsang, come — dijo mi Maestro —. Más
tarde, volveremos a reunirnos y trataremos de otros temas.
D escansé en mi habitación du rante una hora, asomado a
la ventana. Siempre me gustaron los lugares altos. Me
encantaba ver a la gente agitándose debajo de mí y a los
comerciantes atravesando lentamente la Puerta Occidental,
reflejando en sus rostros la satisfacción de haber llegado al
final de su largo y penoso viaje a través de los estrechos
senderos montañosos. Algunos de aquellos comerciantes me
habían hablado de la maravillosa perspectiva que se divisa-
ba d esde un a de la s c ima s po r do nde p asaba el cam i no de
l a I n d i a . E n t re l a s m o n ta ña s , m i ra nd o ha c i a a b a j o , p o d í a
v e rse la Ciudad Sag rada co n sus te cho s do rado s la nza ndo
destellos y, al otro lado, la blanca mole del "Montón de
Arroz", que parecía de veras un montón de arroz derra-
mándose generosamente por las laderas. Me parecía her-
moso contemplar al barquero que cruzaba el Río Venturo-
so y nunca perdía la esperanza de que las vejigas de yak
de su barc a se desinfl a ra n de p ro nto . Me hub ie ra gus tado
mucho presenciar cómo se hundía poco a poco hasta el
cuello, asomando sólo la cabeza sobre la superficie del
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 191

agua. Pe ro nunca tuve la sue rte de pod e r se r testigo de s e-


mejante espectáculo. El barquero llegaba siempre a la otra
orilla, recogía su carga y regresaba al embarcadero.
Poco después, volví a aquella habitación subterránea
con los dos lamas.
¡Lobsang! — dijo el Lama Médico —. Cuando
vayas a ex am i na r a u n pa ci en te , hombre o mu je r, deb es
te ne r la m á s c o m p l e t a s e g u r i d a d d e q u e p o d r á s a y u d a r l e a
d e s n u darse.
¡Honorable Lama Médico! — dije desconcertado
— . N o c re o q u e s e a p re c i s o o b l i g a r a n a d i e a d e s nu d a r s e
c o n este frío tan horrible. Puedo percibir con la mayor
claridad s u a u r a s i n n e c e s i d a d d e q u e s e q u i t e u n a s o l a
p r e n d a . . . Y , ¡ o h , re s p e ta b l e L a m a Mé d i c o ! , ¿c ó m o v o y a
p e d i r a u n a mujer que se desnude?
Sólo de pensarlo, mis ojos se extraviaron de horror. Mi
rostro debió parecerles realmente cómico porque los dos
lamas empezaron a reírse de mí. Sus carcajadas eran estre-
pitosas. Yo me sentí ridículo y aturdido. Podía ver cual-
q u i e r a u ra p e r f e c t a m e n te , s i n l a m e n o r d i f i c u l ta d y n o h a -
llaba ninguna razón para adoptar un sistema distinto al que
había seguido hasta entonces.
¡Lobsang! — dijo el Lama Médico —. Tú eres
e x t r a ordinario, clarividente, pero hay muchas cosas que
todavía n o h a s v i s to . C o n e l L a m a h i n d ú , n o s h i c i s t e u n a
m a gn í fi ca demostración de tus facultades para interpretar el
aura h u m a n a , p e r o n u n c a h a b r í a s p o d i d o d i a g n o s t i c a r s u
a f e c ción hepática, si él no se hubiera quitado sus ropas.
Medité sus palabras y me vi obligado a admitir que
t e n í a ra z ó n . Y a h a b í a o b s e rv a d o a te n ta m e n te a l La m a hi n-
d ú a n te s d e q u e s e d e s nu d a ra y , a u nq u e me d i c u e n ta e n
seguida de los rasgos fundamentales de su carácter y de su
personalidad, no había sospechado siquiera que su hígado
estuviera enfermo.
Tienes razón, Honorable Lama Médico — le dije
— . C r e o q u e ne c e s i t o q u e s i g a s i n s t ru y é n d o m e .
—Cuando miras el aura de una persona — dijo mi
Maestro, el Lama Mingyar Dondup — l o ú ni c o q u e d e -
192 LOBSANG RAMPA

s e a s e s v e r s u a u ra . N o t e i n te re s a n l o s p e ns a m i e n to s d e
la oveja que produjo la lana de que está hecho tu manto.
Todas las auras están influidas por los objetos que interfie-
ren sus irradiaciones. Aquí tienes una lámina de cristal.
A fectará necesariamente cu anto veas a través de ella. Aun-
qu e s ea tran spa rente , a l te rará l a lu z , o me jo r d ic ho , el co -
lor de la luz que lo atraviese. Por ello, si miras a través
d e u n c ri s t a l d e u n c o l o r d e t e r m i n a d o , e s t e c o l o r a l t e r a r á
todas las vibraciones de los objetos que veas, no solamente
e n s u s m a t i c e s c ro má t i c o s , s i no t a m b i é n e n l a i nt e ns i d a d
de sus ritmos. Por ello, si una persona está vestida, su aura
sufrirá ciertas alteraciones aparenciales determinadas por
las ropas o por los adornos que lleve esta persona.
M ed i té sus pa lab ras y comp re nd í qu e cua nto m e dec ía
tenía que ser cierto.
—Otra cosa muy importante — añadió —. Cada órga-
no del cuerpo proyecta su propia imagen — su propio es-
tado de salud o de enfermedad — a lo etéreo. Y cuando
el aura está libre de la influencia de las ropas, magnifica e
intensifica su brillo auténtico. Con ello, te habrás conven-
c i d o d e q u e s i t i e ne s q u e e x a m i na r a u na p e rs o n a , l o m i s -
mo si está sana como si está enferma, deberás indicarle
que debe desnudarse. Y si hace frío, Lobsang — añadió
sonriendo —, deberás llevarla a un lugar más abrigado.
—Honorable Lama — le dije —. Según me contaste
hace tiempo, estás trabajando para crear un aparato que
nos permitirá curar las enfermedades a través del aura.
—Así es, Lobsang — respondió mi Maestro —. La en-
f e r m e d a d e s s ó l o u n a d i s c o rd a n c i a d e l a s v i b ra c i o n e s f í s i -
cas. Si un órgano tiene su ritmo de vibración molecular
alterado, se considera que está enfermo. Si pudiéramos me-
dir con exactitud la diferencia de vibración existente entre
u n ó r ga n o e n fe rm o y u n o s a no , no s s e r í a f á c i l p ro c e d e r a
la curación del órgano afectado restableciendo su ritmo
n o rma l de v ibra ció n. En los c asos de trasto rnos men tale s ,
el cerebro recibe los habituales mensajes del Espíritu, pero
no los interpreta correctamente. Por esa razón, las accio-
nes resultantes difieren de las que suelen considedarse como
L A C A V E R N A D E L O S A N T E P A S A D O S 193

normales en un ser humano. Si una persona no puede ra-


zonar o actuar normalmente, se dice que padece desequi-
librio mental. Si podemos medir la magnitud del infraes-
tímulo, también podremos ayudar a la persona que lo su-
fre a recuperar su equilibrio. Como consecuencia de un
infraestímulo, las vibraciones pueden ser más bajas o más
altas de lo normal y se manifiestan a través de ciertos des-
varíos. Cualquier enfermedad que haya sido medida por
este sistema, puede ser curada por él.
El Gran Lama Médico intervino en ese momento.
—A propósito — dijo —. El Lama Marfata discutió
conmigo este problema y me aseguró que en algunos luga-
res de la India, en ciertos monasterios aislados, estaban
l l e v a n d o a c a b o e x p e r i m e n t o s c o n u n a p a r a t o de alta
tensión l l a m a d o . . . — v a c i l ó u n m o m e n t o y a ñ a d i ó — : . . .
g e n e r a dor de Graaf.
No tenía mucha seguridad en cuanto a los términos que
u ti l i z a b a , p e ro , s i n d u d a a l g u n a , e s t a b a re a l i za nd o u n p o -
deroso esfuerzo para informarse con exactitud.
— Es te ge ne rado r d esa rro l la al pa re cer u n voltaje ex tra -
o rd in a ri ame n te e lev ado co n u na co rri en te mu y p eque ña ... Y
aplicándolo al cuerpo de una forma determinada incre-
menta considerablemente la intensidad del au ra, hasta tal
p u n to , q u e i n c l u s o l o s me n o s c l a r i v i d e nt e s p u e d e n v e rl a .
Ta m bi én me di jo que , ap rove ch ando es te s is tema , los fo tó-
grafos habían conseguido tomar fotografías del aura.
—Sí — dijo mi Maestro asintiendo solemnemente —.
También es posible ver el aura mediante un tinte especial,
un líquido que se coloca entre dos láminas de cristal. Pa-
rece ser que muchas personas pueden verla, utilizando una
i l u mi na c i ó n y u n fo nd o a d e c u a d o y mi ra nd o e l c u e rp o hu -
mano desnudo a través de esa pantalla.
Yo les interrumpí en sus especulaciones.
—Pero Honorables Señores! ¿Acaso es necesario uti-
lizar todos esos trucos? Yo puedo ver el aura. ¿Por qué
ellos no?
Mi s do s m aes tros ri e ron nu ev ame nte y es ta ve z no c re-
yeron que fuera preciso explicarme la diferencia que existía
194 LOBSANG RAMPA

e n t re l a s e ns e ñ a n za s q u e yo h a b í a re c i b i d o y l a s q u e r e c i -
bían la mayor parte de los hombres y mujeres del mundo.
—Caminamos a ciegas todavía — dijo el Lama Médi-
co —. Curamos a nuestros pacientes con hierbas, píldoras,
pociones e intervenciones quirúrgicas. Somos lo mismo que
c ie gos que trata n de e nco n tra r u n a l fi le r en un mo n tó n de
arena. Quisiera poseer un aparato que permitiera a cualquier
persona ver el aura humana con todos sus fallos, con el
objeto de poder eliminar esos fallos que constituyen la causa
real de las enfermedades.
E l re s to d e l a s e m a na l o d e d i c a ro n a i nc re me n t a r m is
co noc imie ntos po r med io d el hipno tis mo y de la telepatía.
A u m e n t a ro n y p e r fe c c i o na ro n m i s p o d e re s y c o n v e rs a m o s
interminablemente sobre los mejores sistemas para percibir
el aura y sobre las posibilidades de construir un aparato que
permitiera verla. Y la última noche que pasé en el Chak-
poni, asomado a la ventana de mi habitación, pensé que al
día siguiente regresaría a nuestra lamasería y me vería obli-
gado a pasar de nu evo la noche en el dormitorio colectivo,
en compañía de todos los demás monjes.
L a s l u c e s d e l V a l l e v i b ra b a n a l o l e j o s . L o s ú l t i m o s r a -
yos del sol poniente se filtraban entre las grietas de las mon-
tañas y descendían sobre los techos dorados como dedos de
luz que reflejaban todos los colores del espectro. Azules,
amarillos, rojos, verdes. Sus matices se iban oscureciendo
poco a poco conforme avanzaban las sombras. Todo el Valle
se vistió de un terciopelo azu lado, violáceo, pu rpúreo, qu e
casi se palpaba. Desde mi ventana, abierta a la noche, llega-
ba hasta mí el aroma de los sauces y el perfume de las
p la n tas de l j a rd ín de la la mas e rí a . Y la b ris a e rrante l le nó
m is se ntido s de u n d el ic ioso o lo r a po le n y a flo res que s e
abrían.
El sol se ocultó por completo y los dedos de luz desapa-
recieron detrás de las cumbres de las montañas, reflejándose
l e v e m e n te e n e l c i e l o c a d a v e z m á s o s c u ro y e n l a s nu b e s
bajas, que quedaron teñidas de una leve púrpura. La noche
incrementó su negrura mientras el astro rey se alejaba más y
más de nosotros. Las tinieblas rojizas del firmamento se
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 195

fueron llenando de remotos puntos de luz. Saturno. Venus.


Marte. Y después apareció la luna menguante, con sus cica-
t r i c e s d e p i e dr a . Y u n a n u b e p e re z o s a c ru z ó f re n te a e l l a .
Y me pareció que era una mujer que se estaba vistiendo,
después de haberse quedado completamente desnuda para
mostrar su aura. Volví la espalda a la ventana y me prometí a
mí mismo no regatear ningún esfuerzo para seguir aumen-
tando mis conocimientos a toda costa y para ayudar a todos
los millones de seres humanos que sufrían en el mundo. Me
acosté sobre el suelo de piedra, apoyé mi cabeza en mi manto
enrollado y me quedé dormido en el acto.
CAPITULO IX

El silencio era profundo. La atmósfera, concentrada, in-


tensa. De vez en cuando se escuchaba un susurro casi
inaudible que turbaba sólo un instante la quietud absoluta de la
Biblioteca. Contemplé, a mi alrededor, la larga hilera de fi-
g u ras in móv ile s , envu e l tas e n su s m a nto s , s en t adas en el
su elo en ac ti tu d ríg ida . Eran ho mb res sum idos en ho ndas
meditaciones, concentrados en los acontecimientos del mundo
ex te rio r, ¡má s i nte resado s en es e mundo "ex te rio r" qu e en
nuestro mundo! Mis ojos lo observaban todo atentamente,
recorriendo, una tras otra, aquellas figuras augustas. Aquí,
un Superior procedente de un distrito remoto. Allá, un lama
v es tido pob rem ente , hum ilde me nte , que hab ía de sce nd ido de
las montañas. Inconscientemente, aparté una de las mesas bajas
con el objeto de tener más espacio. El silencio pesaba como si
estuviera vivo. Parecía imposible que un grupo tan numeroso
de hombres pudiera mantenerse tan silencioso.
"¡Crash!". El silencio fue turbado de pronto. Intenté
l ev an ta rme y , e n a que l mome nto , a l gui en c ayó ju n to a mí .
Era uno de los sirvientes de la Biblioteca. Había rodado por e l
su elo . Lo s grue sos l ib ros , co n sus cubie rtas d e m ade ra ,
cayeron con él produciendo u n ruido estrepitoso. Entró en l a
habitación con su precioso cargamento y tropezó en la
mesa que yo había cambiado de lugar y cuya altura era tan
sólo de unas diez y ocho pulgadas.
Los monjes, solícitos, se apresuraron a recoger los libros,
s acud ie ndo el po lvo que habí a qued ado adhe rido a sus cu-
biertas. En el Tibet, los libros son un objeto de veneración
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 197

porque constituyen un depósito de conocimientos. Nunca


s o n m a l t ra ta d o s ni ma ne j a d o s i rr e v e re n te m e n te . P o r e l l o ,
l o s mo n j e s s e o c u p a b a n c u i d a d o s a m e n t e d e e l l o s y n o d e l
h o m b r e q u e s e h a b í a c a í d o . A p a r té l a m e s a . ¡ F u e u n m i l a -
g ro! ¡Nad ie pensó qu e yo e ra e l cu lpab le de todo! El bib lio-
tecario, aturdido, se rascaba la cabeza tratando de descubrir
la razón de su caída. Como yo no estaba cerca de él, era
i m p o s i b l e q u e h u b i e ra t ro p e z a d o e n m í . S a l i ó nu e v a m e n t e
de la habitación sacudiendo la cabeza asombrado. La calma
quedó restablecida y los lamas prosiguieron su lectura.
Durante los días que trabajé en la cocina, me desacredité
absolu tamente para ese tipo de actividades. Por ello me ha-
b í a n e x c l u i d o p o r c o m p l e to d e e l l a s . Y é s a e r a l a ra z ó n d e
que cuando tenía que dedicarme a tareas "serviles", me
enviaran a la B iblioteca con el encargo de qu itar el polvo a
las cubiertas de madera y mantenerlo todo limpio. Los li-
b ros tibe ta nos so n g rand es y pes ados . Sus es tu c he s es tá n
llenos de complicadas tallas con el título y algunas figuras.
El trabajo era du ro. Era preciso levantarlos y llevarlos, sin
hacer ruido, a mi mesa para devolverlos de nuevo a sus
estanterías, una vez limpios. El bibliotecario era muy meti-
cu loso . Lo exam i naba t odo es c rupulo sam ent e p a ra compro-
b a r s i lo s hab ía l imp iad o b ien . A lgu nos d e l o s es tuc he s d e
madera contenían revistas y diarios de otros países. A pesar
de que no comp re nd ía u na so la pa lab ra , me resu l taba rea l-
mente agradable contemplarlos. Algu nos de aquellos viejos
periódicos extranjeros tenían fotografías y, siempre que po-
día, les echaba una mirada. Mi curiosidad por ellas aumen-
taba cada vez que el bibliotecario me prohibía mirarlos y yo
aprovechaba su ausencia para hacerlo.
L a s f o t o g ra fí a s d e v e h í c u l o s d e r u e d a s m e f a s c i na b a n .
N a t u r a l m e n t e , e n e l Ti b e t n o e x i s t í a a q u e l t i p o d e v e h í c u -
los. Nuestras Profecías aseguraban que "el principio del
fin" llegaría cuando las ru edas se apoderaran del Tibet por-
q u e e nto n c e s nu e s tro p a í s s e rí a i nv a d i d o y d o m i na d o po r
u n a fu e rz a m a l é f i c a q u e s e e x te nd e r í a p o r to d o e l p l a ne t a
como un cáncer. A pesar de las Profecías, teníamos la espe-
ranza de que las grandes naciones — ¡tan poderosas! — no
198 LOBSANG RAMPA

se sintieran interesadas por nuestro pequeño país, libre de


ambiciones territoriales y de intenciones bélicas.

L o co n te mpl aba todo fa sc inado . E n u na de a que l las re-


v is tas (na tu ra lm ent e , no recue rdo su no mb re ) v i u na s erie
d e fo to g ra fía s qu e mos t r ab a n có mo se imp ri m ía n lo s p e rió -
dicos. Grandes máquinas rotativas. Engranajes. Los hombres
trabajaban como si se hubieran vuelto locos. En el Tibet
era completamente distinto. Trabajábamos por amor a nues-
tro oficio, por el simple placer de realizar bien nuestro tra-
bajo. Ningún pensamiento comercial movía las manos de
nuestros artesanos. Nosotros hacíamos las cosas de otra
forma.
I mp ri mí amos los l ib ro s en la a ld e a d e S KI . L o s mon je s
g ra b a d o re s , c o n g ra n ha b i l i d a d , c o n l a l e n t i tu d ne c e s a ri a
pa ra co ns egu ir l a máx im a exa c ti tu d y pe rf e cc ión, ta ll aba n
los caracteres tibetanos en madera fina. Una vez realizado
ese delicado trabajo, las tallas eran pulidas hasta quedar
co mpl e tam ente l imp ia s d e aspe rez as . Despué s , se comp ro-
b ab a l a f ide l id ad d el tex to pa r a ev i ta r pos ib les e r ro r es . E l
tiempo no importaba. Sólo importaba la seguridad y la
precisión.

Luego, las planchas de madera, talladas, limpias y com-


probadas, eran entregadas a los monjes impresores que im-
pregnaban de tinta los huecos de las letras y de las figuras.
N atu ralmente, el texto había sido grabado al revés, con las
palabras invertidas para que al ser impresas resultaran inte-
ligibles. Tras comprobar que todos los relieves habían que-
d a d o re c u b i e rto s d e ti n ta , s e c o l o c a b a s o b re l a s p l a n c ha s
una hoja de papel grueso parecido a los papiros de Egipto.

Se pasaba un rodillo sobre la parte posterior de la hoja,


presionando suavemente, y después, rápidamente, se sepa-
rab a e l p ape l de l a p la nc ha de mad e ra . Los mo nj es i nspe c-
tores examinaban y comprobaban la página cuidadosamente
co n e l ob je to de desc u b ri r los po sib le s e rro re s o de fec tos .
En c aso de ser as í , el pap el e ra e mpaqu e tado y gua rd ado ,
pero nu nca raspado para enmendar sus posibles faltas, ni
tampoco quemado.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 199

L as pa lab ras imp resa s tie nen u n ca rác te r c as i sa g rado


e n e l Ti b e t y s e c o ns i d e ra un i ns u l to a l a c i e n c i a d e s t ru i r
por cualquier medio los papeles donde se han escrito textos
científicos o religiosos. Por esta razón, a lo largo de muchos
a ñ o s , s e h a n a c u m u l a d o e n e l Ti b e t g r a n d e s p a q u e t e s d e
h oj as de p ape l qu e co n ti en en a vec es impe rfe cc ion es insi g-
nificantes.
Cu ando se considera que la impresión es satisfactoria,
los impresores reciben la orden de "seguir adelante". En-
to nce s s e s igu e n imp rim ie ndo nu e vas ho jas y cada u na de
ellas es sometida al mismo proceso minucioso de comproba-
ción. Yo les observaba trabajar a menudo. Y en el curso de
mis estudios, tuve que hacer algunas veces aquellas tareas. Y
había aprendido a tallar, pulir, humedecer los huecos con
tinta, imprimir y revisar todas esas operaciones.
Los libros tibetanos, a diferencia de los occidentales, no
s e e nc u a d e r n a b a n . S o n m u y l a r g o s . O t a l v e z s e r í a m e j o r
decir que son muy anchos y muy bajos ya que cada línea
tibetana puede tener varios pies de longitud, mientras que la
altura de cada página tiene un pie escasamente. Después de
ser impresas y comprobadas, las páginas se extienden con
cuidado y se dejan secar durante mucho tiempo porque
n un ca te ne mos p r is a . U na ve z s eca s , se un e n pa ra fo r ma r
l os l ib ros . Sobre un a m ade ra fi na se va n co loca ndo la s pá -
g i na s o rde nada me n te . D espué s , s e co loc a e nci ma o tra m a-
d e ra q u e s i rv e d e c u b i e r ta . E s ta s e gu n d a c u b i e r ta e s má s
gruesa y suele tener complicados relieves, con el título y la
r ep r ese n ta ció n g r á f ica d e al gu nos d e lo s p a sa jes . E n c ad a
cubierta se colocan dos cintas que se atan sólidamente para
que el libro quede cerrado y las hojas sujetas con seguridad
en su interior. Los libros que se consideran más valiosos se
e nvu el ve n ta mb ié n e n seda y s e le s co loc a e l se llo ade cuado
destinado a mantener cerrada obra tan cuidadosamente
impresa, que solamente podrá ser abierta y consultada por
los que tengan la suficiente autoridad para ello.
O b s e rv é q u e mu c h a s d e l a s fo to gr a f í a s d e l a s re v i s ta s
oc cid ent al es pe rten ec ía n a mu je res c as i de snud as y pensé
que debía tratarse de países muy cálidos ya que de no ser
200 LOBSANG RAMPA

así no hubiera tenido objeto mantenerse en semejante estado


de desnudez. Otras fotografías mostraban a algunas personas
t e n d i d a s e n e l s u e l o , t a l v e z m u e r ta s . J u nt o a e l l a s , s o l í a
erguirse orgullosamente, con el rostro lleno de maldad y de
o d io , al gú n homb r e qu e so s te nía e n su s ma nos u n ex t raño
tubo de metal qu e humeaba. Siempre me resultó imposible
comprender aquellas cosas que parecían estar destinadas a
de mos tra r — se gú n tod as la s a pa rie nc ias — q ue l a d is tra c-
ción favorita de los occidentales consistía precisamente en
matarse unos a otros. Después, llegaban unos hombres real-
m e n te c o r p u l e n t o s , v e s t i d o s d e u n a f o r m a m u y e x t r a ñ a , y
colocaban unos objetos de metal en las muñecas de los que
sujetaban aquel tubo que vomitaba fuego.
Las mujeres desnudas no me turbaron en modo alguno,
ni despertaron en mí ningún interés especial. Los budistas,
l os hindú es y e n ge ne ral todos lo s o rie n ta le s , e s tamo s con -
vencidos de que el sexo es algo absolutamente necesario en
la vida humana. Sabemos que las experiencias sexuales cons-
t i t u y e n p o s i b l e m e n te l a fo rm a má s e l e v a d a d e é x t a s i s q u e
los seres humanos pueden alcanzar en este mundo. Esa es
l a ra zón de que mu ch as de nue s tras p in tu ra s rel i gio sas re -
presenten a un hombre y a una mu jer — que generalmente
s imbo l iz an a un d ios y a u na dio sa — u n idos e n el m ás es -
tre cho de los ab razo s . Las re al idad es d e la v ida y de l na ci -
m ie nto so n tan co noc idas po r todos noso tros que no ex is te
ninguna necesidad de ocultarlas o disimularlas, sino que
procuramos mostrarlas con el mayor realismo. Todo ello no
pued e co ns idera rse po rnog ráf i co ni i ndec ente . Sin dud a al -
g un a , es la fo rma má s ade cu ad a p a ra i ndi ca r qu e la u nión
d e l a mu j e r y e l ho mb re p rod u c e c i e r ta s s e ns a c i o n e s e s p e -
cíficas, simbolizando al mismo tiempo el hecho de que, a
t r a v é s d e l a u n i ó n d e s u s a l m a s , p u e d e n e x p e ri m e n ta r u n
placer aú n mayor, au nque, natu ralmente, eso no puede ser
conseguido por completo en este mundo.
Como consecuencia de algunas conversaciones que tuve
o c a s i ó n d e s o s te ne r c o n v a ri o s c o me rc i a nte s e n l a c i u d a d
de Lhasa y en la aldea de Shó, así como con los que se
sentaban a descansar cerca de la Puerta Occidental, me en-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 201

t e ré , c o n g ra n a s o m b ro p o r m i p a r te , d e q u e e n e l m u nd o
occidental se consideraba indecente mostrarse desnudos ante
l o s d e m á s . Me r e s u l t a b a i m p o s i b l e c o mp re nd e r e s e h e c ho
ya que la más elemental realidad de la vida es precisamente
la existencia de ambos sexos. Recuerdo lo que hablé con un
viejo comerciante que hacía frecuentemente el recorrido en-
tre Lhasa y la localidad india de Kalimpong. Fui a verle
varias veces a la Puerta Occidental para saludarle y desearle
u na fe li z es tan c ia e n nues tro pa ís . C o nv e rs ábamo s y yo l e
explicaba cosas de Lhasa y él me informaba sobre los acon-
tecimientos del extranjero. Y en varias ocasiones, trajo libros
y periódicos para mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup,
que me entregaba a mí para que yo se los llevara.
Uno de los días en que fui a verle, me dijo:
— Te h e h a b l a d o y a m u c h a s v e c e s d e l o s o c c i d e n t a l e s ,
pero la realidad es que yo todavía no he conseguido com-
p renderlos. Un o de su s p rov e rbio s , sob re todo , me re su l ta
desconcertante. Dicen que "el hombre está hecho a imagen y
semejanza de Dios" y, sin embargo, sienten vergüenza de
mostrarse desnudos. ¿Significa esto que se avergüenzan
de Dios?
Me contempló como interrogándome pero yo, comple-
ta me nte desconce rtado , no pude respo nder a su p re gun ta .
D ios es la máx ima pe rfe cc ión y , s i el homb re es t á hec ho a
su imagen y semejanza, resulta realmente absurdo sentirse
avergonzado ante una imagen de D ios. Nosotros, a quienes
e l l o s l l a m a n p a g a n o s , n o s e n t i m o s v e r g ü e n z a d e n u e s t ro s
cuerpos porque sabemos que sin el sexo la raza humana no
podría perpetuarse. Por otra parte, estamos absolu tamente
convencidos de que el sexo, en ciertas circunstancias, cons-
tituye una forma muy eficaz para aumentar la espiritualidad
de los seres humanos.
Mi perplejidad llegó a su punto culminante, cuando supe
que muchos matrimonios, que a veces llevaban casados mu-
chos años, no se habían visto nunca desnudos. Cuando supe
que "hacían el amor" con las ventanas cerradas y a oscu-
ras, creí qu e se estaba burlando de mí, que me tomaba por
un tonto, ignorante de las cosas de la vida. Por ello, decidí
202 LOBSANG RAMPA

interrogar a mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup, en la


primera ocasión que se presentara, sobre las concepciones
sexuales de Occidente.
Abandoné la Puerta Occidental y corrí hacia el Chak-
pori, por un atajo estrecho y peligroso que nosotros, los
niños de la lamasería, utilizábamos en lugar del sendero ha-
bitual. Aquel atajo hubiera causado terror incluso a un
montañero y, algunas veces, también nos lo causaba a noso-
tros. Sin embargo, ir por aquel atajo siempre que no nos
a compa ña ran nues tro s sup eri o res , se h abí a con ve rtido en
u na cues tió n de ho no r p a ra todo s noso tros . E ra nec esa ri o
trepar por las rocas escarpadas, atravesar estrechos caminos
q u e b o rd e a b a n p e l i g ro s a m e n te b a r ra n c o s y d e s f i l a d e ro s y
llevar a cabo auténticas proezas de alpinismo qu e ninguna
persona en su sano juicio se hubiera decidido a realizar por
mucho dinero que le ofrecieran a cambio de ello.
Por fin, llegué a la cima y me introduje en el Chakpori,
también por una entrada que sólo nosotros conocíamos y
que nos podía costar una bu ena paliza de los vigilantes en
caso de ser descubiertos. Llegué al patio interior de la lama-
sería mucho más fatigado que si hubiese utilizado el sen-
dero "ortodoxo", pero — ¡eso sí! — mi honor estaba a
s al vo . H abí a co nse gu ido subi r en me nos tie mpo d el que a l-
gunos de mis compañeros utilizaban para descender.
Limpié mi manto del polvo y de las piedrecillas, vacié
mi plato en el que habían caído numerosas briznas de hierba
y cuando me pareció que mi aspecto era más normal, fui en
busca de mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup. Al volver
u n a d e l a s e s q u i na s , l o v i q u e s e a l e j a b a y m e a p re s u r é a
llamarle.
—¡Eh! ¡Honorable Lama!
S e d e tuvo , volv ió la cab ez a y s e a ce rcó a m í , cosa que ,
sin du da alguna, nadie hubiera hecho en el Chakpori. Pero
él trataba a todo el mundo de igual modo, lo mismo a los
hombres que a los niños, y acostumbraba a decir que no es
la forma externa, ni el cuerpo, lo que tiene importancia,
s i n o l o q u e h a y d e n t ro d e é s t e , l o q u e c o n tr o l a re a l m e nt e el
cuerpo. Debo añadir que mi Maestro había sido en una
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 203

v i d a a n t e r i o r u n G r a n H o m b r e , c u y a r e e nc a r n a c i ó n f u e f á -
cilmente reconocida cu ando volvió a la tierra de nu evo. Su
humildad y el hecho de que respetara en todo momento los
s entimie n tos de los que "no e ran tan g ra nde s " como él , e s
decir, de sus inferiores, constituyó siempre para mí un ejem-
plo inolvidable.
—¿Qué sucede, Lobsang? — me preguntó —. Ya te he
visto subir por el sendero prohibido. Si yo fuera un vigilante
te habría dado unos buenos palos en cierto sitio para que te
vieras obligado a estar sin poder sentarte durante muchas
horas — dijo sonriente —. Sin embargo, debo reconocer que,
cu ando t e ní a tu edad , yo hice lo m is mo que tú muc has ve -
c es . E inclu so a ho ra , que ya n o puedo ha ce rlo , s ie nto u na
especie de nostalgia prohibida al ver cómo vosotros reco-
rréis el atajo. En fin, veamos a qué viene tanta prisa.
—Honorable Lama — le dije —. Me han contado cosas
horribles sobre las personas del mundo occidental, y mi
mente está un poco embrollada porque sospecho que han in-
tentado burlarse de mí. En realidad, ignoro si me han
tomado por un tonto o, por el contrario, es cierto todo cuan-
to me han dicho.
—Ven conmigo, Lobsang — dijo mi Maestro —. Voy
a mi h a b i ta c i ó n . M i in te nc ió n e ra d e d i ca r u no s m i n u to s a
la meditación. Pero, si quieres, podemos analizar todas esas
cosas. Ya meditaré más tarde.
Nos dirigimos a su habitación, cuya ventana se abría
sob re e l Pa rque d e l as Joy as. E ntramos , pe ro , en lu ga r de
sentarse, lo primero que hizo fue pedir té. Después, nos
acercamos a la ventana y contemplamos la maravillosa pers-
pe c ti va d e a que l la reg ió n. S in duda a lgu na, e ra aqu e l u no
de los lugares más hermosos del mundo. Debajo de nosotros,
a la iz qui e rda , es taba e l frondoso bos que co noc ido ba jo el
nombre de Norbu Linga o Parque de las Joyas. El agua
l í m p i d a l a n z a b a d e s t e l l o s e n t re l o s á rb o l e s y , e n u na i s l a
d e l i c i o s a , e l p e q u e ño Te m p l o d e l P ro fu n d o re f l e j a b a e l s o l
s o b re s u te c ho . A l g u i e n e s ta b a a t ra v e s a nd o e l c a p ri c ho so
sendero trazado en el agua por una serie de piedras planas,
separadas unas de otras cuidadosamente, con el objeto de
204 LOBSANG RAMPA

q u e l a c o r r i e n t e y l o s p e c e s q u e é s t a a r ra s t r a b a p u d i e ra n
pasar libremente entre ellas. Miré atentamente y me pareció
que se trataba de uno de los altos dignatarios del gobierno.
Durante un buen rato, estuvimos los dos juntos ante la
v e n ta n a , c o n te m p l a n d o e l p a no r a m a q u e s e e x te nd í a b a j o
nuestros ojos. El Río Venturoso se agitaba en una danza de
espumas como si sintiera la alegría de vivir un día tan her-
moso. Veíamos también el embarcadero, uno de mis lugares
predilectos. Contemplar al barquero atravesando las aguas
sobre su barca rodeada de vejigas hinchadas hasta alcanzar
la otra orilla, siempre constituía para mí un espectáculo
maravilloso que me llenaba de una satisfacción inenarrable.
Debajo de nosotros, entre la lamasería y e] Norbu Linga,
los pe regrinos cam in aban pe rezo sam ente po r el cam ino de
Lingkor. No miraban hacia nuestro Chakpori. Sin embargo,
o b s e rv a b a n c on l a m a y o r a te n c i ó n El P a rq u e d e l a s J o y a s
co n la e spe ra nz a de pod e r ver a l go i nte resante po rqu e p ro-
bablemente sabían que el Profundo estaba allí. También
veíamos el Kashya Linga, un parque pequeño pero lleno de
u n frondoso arbolado, cercano al camino del Embarcadero.
U n p e q u e ño s e nd e ro c o nd u c í a d e s d e e l c a m i no d e Li n g ko r
h as ta e l K y i C h u . Lo r eco r r ía n los v ia je ro s qu e te ní an que
utilizar los servicios del barquero y también aquellos que se
dirigían al Jardín de los Lamas qu e estaba en el otro extre-
mo del Embarcadero.
El sirviente nos trajo té y comida abundante.
—Ven, Lobsang — dijo mi Maestro, el Lama Mingyar
Do ndup — . Vamo s a come r po rqu e lo s homb re s qu e ti en en
que discutir algún problema no deben tener el estómago
vacío, pues ello equivaldría a correr el riesgo de que sus
cerebros parecieran también estar vacíos.
Se sentó en uno de los toscos almohadones que en el
Ti b e t u tilizamos en lu ga r de s i llas, pu esto q ue noso tros te -
nemos la costumbre de sentarnos en el suelo con las piernas
c ru zad as . Una v e z se n tado , me i nd icó con u n ges to que yo
h i ci e ra lo m ismo , o rd e n que e je cu té con la ma yo r p re mu ra
y a qu e e l esp ec tácu lo d e la co mid a si emp re m e es timu laba
muy favorablemente. Comimos silenciosos. En el Tibet se
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 205

considera incorrecto, especialmente entre los monjes, hablar o


hacer ruido cuando nos hallamos ante la comida. Los
monjes comen en silencio cuando están solos, pero cuando
s e t ra ta d e u n a c o n g r e ga c i ó n d e v a r i o s m o n j e s , u n Le c to r
r e ci t a e n vo z a l ta al gu nos pa sa jes d e lo s L ib ro s S ag r ado s .
El Lector suele colocarse en un lugar elevado desde donde,
además de leer, puede observar a los monjes y descubrir
a aquellos que, demasiado abstraídos en la comida, no
a ti e n d e n a d e c u a d a m e n te s u l e c t u ra . G e n e r a l m e n t e , s u e l e
haber un monje vigilante con el objeto de impedir que na-
d ie hab le a exc epc ión d el Lec to r. Pe ro noso tros es táb amos
s o l o s . I n t e rc a m b i a m o s a l g u n a s p a l a b r a s p o rq u e s a b í a m o s
que las antiguas costumbres, y entre ellas la de guardar
silencio durante las comidas, constituían una disciplina muy
necesaria cuando se reunía un grupo de numerosas personas
pero resultaban u n poco superfluas cu ando, como en nu es-
tro c aso , s e tra taba so la me nte d e un pa r de p e rso nas . Por
esta razón me sentí muy satisfecho de poder considerarme
co m o e l co m pa ñe ro d e u no d e los ho mb res au té n ti cam ente
grandes de mi país.
—¡Bien, Lobsang! — dijo mi Maestro cuando termina-
mos de comer —. Dime. ¿Qué es lo que tanto te preocupa?
—¡Honorable Lama! — le dije excitado —. He estado
hablando unos momentos con un mercader en la Puerta
Occidental y me ha contado algunas cosas realmente sor-
prendentes acerca de los hombres de Occidente. Asegura
que ellos consideran obscenas algunas de nuestras pinturas
religiosas. Y me ha dicho cosas increíbles sobre sus costum-
bres sexuales. No sé si se estuvo mofando de mí.
Durante unos instantes, mi Maestro me contempló pen-
sativo.
—Lobsang — me dijo —. Tratar esta cuestión nos lle-
v a rá m ás d e un a ses ió n. Y es ca si la ho ra de l s e rv ic io re li -
g i o s o . S i te p a r e c e , d e m o m e n t o , d i s c u ti re mo s s ó l o u n a s -
pecto del problema. ¿Estás de acuerdo?
Asentí lleno de ansiedad ya que me sentía bastante des-
c o nc e rt a d o c o m o c o n s e c u e n c i a d e a q u e l l a s r e c i e n te s re v e -
laciones.
206 LOBSANG RAMPA

—La razón de todo — dijo mi Maestro — es de tipo


religioso. La religión de Occidente es distinta a la de Oriente.
Vamos a analizar de qué forma influye en todas esas cosas.
Se ajustó el manto para sentirse más cómodo y agitó la
campanilla para que el sirviente limpiara la mesa. Después,
volviéndose hacia mí, inició una disertación que me pareció
de un interés fascinante.
—Lobsang — dijo —. Vamos a establecer el paralelismo
existente entre una de las religiones occidentales y nuestra
re l ig ió n bu d is ta . Tú y a sabes , po rque lo ha s ap rend ido e n
el curso de tus estudios, que las Enseñanzas de nuestro Se-
ñ o r G au ta na ha n s ido al te rada s al gu nas ve ces co n e l p aso
d e l t i e mp o . A lo l a r g o d e l o s s i g l o s q u e ha n tr a ns c u r ri d o
de sde qu e G auta na pasó po r e s ta tie rra y al ca nzó la I lumi -
nación Última, las doctrinas que Él predicó personalmente
han sufrido ciertos cambios. Algunos opinamos que esos
cambios han sido negativos. Otros, sin embargo, creen que,
con ello, sus enseñanzas se han adaptado a las necesidades
reales de nuestro tiempo.
M e mi ró p a ra co mp roba r si l e comp rend ía y e scuc h aba
sus palabras con atención. Al darse cuenta de que así era,
continuó:
—N o so tros tuvi mos nue s tro G ra n Se r, a l qu e l lam amos
G a u ta n a y a l q u e a l g u n o s l l a m a n El B u d a . L o s c r i s ti a n os
tuvieron también su Gran Ser que les expuso sus Doctrinas.
L a l e y e n d a y , e n r e a l i d a d , t o d a s l a s i nv e s t i g a c i o n e s h i s tó -
r i c a s re a l i za d a s h a s ta l a fe c h a p ru e b a n q u e e s e G r a n Se r
que, según sus Libros Sagrados, se retiró al desierto, lo que
hizo en realidad fue visitar la India y el Tibet, en busca
de la Ve rdad , e n bus ca de unas en se ña nz as rel i gio sas ade -
cu adas a l a me nta l idad y a l a esp i ri tu al idad oc cide n tales .
Llegó a Lhasa y visitó nuestro Gran Templo, el Jo Kang.
D e s p u é s , re gre s ó a O c c i d e n t e y p re d i c ó u n a a d m i r a b l e r e -
ligión que cuadraba perfectamente a los occidentales. Pero
cuando ese Gran Ser — como nuestro Gautana — aban-
donó la Tierra, se produjeron ciertas disensiones en la Iglesia
Cristiana. Unos sesenta años después de su muerte, se cele-
bró un Concilio en Constantinopla que introdujo ciertas
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 207

m o d i f i c a c i o ne s e n e l d o gm a y e n l a s c re e nc i a s c r i s ti a na s . Y ,
a l pa re ce r, a lg u no s d e lo s mo njes de aque l la époc a co n-
s ide ra ron qu e e ra ne ces a rio re cu rri r a l a to rtu ra co n e l ob-
jeto de mantener el orden en las comunidades más rebeldes.
Me miró de nuevo para ver si le escuchaba. Yo le ase-
guré que no sólo le escuchaba, sino que lo hacía con el
mayor interés.
Los hombres que celebraron ese Concilio de
C o n s tantinopla no sentían la menor simpatía por las
mujeres, lo mismo que sucede con algunos de nuestros
monjes, quienes t a n s ó l o c o n p e n s a r e n u n a m u j e r s e p o n e n
e n f e r m o s . L a mayor parte de aquellos hombres consideraban
al sexo como algo impuro, como algo necesario solamente
para perpetuar la especie. Sin duda alguna, no tenían
grandes necesidades sexu al es , s i no o tro tipo de nece sid ades
e s t ri c tam en t e e spir i t ua le s . N o lo sé co n exa c ti tu d , pe ro l a
re al idad e s que e l sexo era para ellos algo sucio, algo que
había sido producido por el espíritu del mal. Y aseguraban que
los niños llegaban sucios al mundo y no podían aspirar a la
salvación a no ser que antes quedaran limpios.
Guardó silencio unos instantes, pensativo.
− Ignoro cuáles eran sus ideas en lo que se refiere a los
millones de niños que nacieron antes del Concilio de Cons-
tantinopla! — añadió sonriendo —. Quiero que comprendas,
Lobsang, qu e te estoy dando una interpretación pu ramente
p e rs o n a l d e l C ri s t i a n i s m o . E s m u y p o s i b l e q u e c u a nd o tú
tengas que vivir entre los cristianos, obtengas una impresión
muy distinta que te obligue a rectificar mis enseñanzas.
S o na ro n l a s tro mp a s y l o s c u e rno s d e l Te m p l o . En to r -
no a n o s o t ro s , s e e s c u c h a b a n l o s p a s o s y l a s v o c e s d e l os
monjes que, obedientes, acudían al servicio. Nos pusimos en
pie, sacudimos nuestros mantos y también salimos de nuestra
habitación.
Ven a verme después del Servicio, Lobsang —
me dijo mi Maestro a la entrada del Templo —.
S e g u i r e m o s h a blando.
Me senté entre mis compañeros. Recité mis plegarias y di
las gracias a mi Dios propio y particular por haberme
208 LOBSANG RAMPA

hecho tibetano, lo mismo que a mi Maestro, el Lama


Mingyar Dondup.
Era hermoso ver el viejo Templo trascendiendo de aque-
lla atmósfera de devoción, con las leves columnas de incienso
que se elevaban y nos ponían en contacto con los seres exis-
t e n te s en o tras d ime ns io nes . E l o lo r d e l i nc ie nso no e s so-
lamente agradable y "desinfectante". Es una fuerza viviente,
una fuerza que, según el tipo de incienso utilizado, nos per-
mite controlar el ritmo de las vibraciones de todo cuanto
existe. Y aquella noche, en el Templo, el incienso se difundía
e n e l a i re y lo l l enaba de u n a ro ma su ave y a n tigu o . Yo mi -
raba a los muchachos de mi grupo en las tinieblas que
i nu ndab an el re ci n to s agrado . Se e scuc haba n los c ánticos
profundos de los lamas acompañados, algunas veces, por el
so n id o d e l as c ampa na s de p la ta . Un monj e j ap o nés s e h a-
llaba entre nosotros. Había llegado a nuestro país después
d e h a b e r p a s a d o a l g ú n ti e mp o e n l a I nd i a . E n s u p a í s e ra
una persona muy importante y había traído consigo algunos
de esos tambores de madera que en la religión japonesa
representan un papel tan esencial. Quedé maravillado al
comprobar su habilidad para arrancar a sus tambores una
rica gama de sonidos. Me parecía asombroso que, golpeando
sus instrumentos de madera, le fuera posible producir aque-
llas armonías increíbles. Se acompañaba también con unas
campanas de plata cuyos ecos se mezclaban a los de las
c ampa na s de l os l ama s y a la s no tas p ro fun das de l a g ran
caracola del Templo que sonaba de vez en cuando. Todo
el Templo vibraba. Los muros se estremecían y las tinieblas
de los lugares más apartados parecían transfigurarse en ros-
tros y siluetas de lamas que habían muerto hacía ya mucho
tiempo.

C u a n d o e l s e rv i c i o t e r m i n ó , c o m o h a b í a mo s a c o r d a d o
al separarnos, acudí nuevamente a la habitación de mi Maes-
tro, el Lama Mingyar Dondup.

—¡N o te has retrasado, Lobsang! — me dijo mi Maestro


sonriendo —. ¡Creí qu e tal vez ibas a entretenerte un poco
para hacer una de tus innumerables comidas!
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 209

—No, Honorable Lama — le dije —. Siento grandes


deseos de recibir tu s enseñanzas. Confieso que las concep-
ciones sexuales de Occidente me han asombrado e interesado
desde el primer momento.
—¡El sexo es algo que suscita el mayor interés en todas
partes! — me respondió riendo —. No hay qu e olvidar qu e, en
resumidas cuentas, es él el que mantiene poblada la tierra.
Iremos ampliando el tema paulatinamente.
—H o no ra b l e La m a — l e d i j e — . Una v e z me d i j i s te q u e e l
s e x o e ra l a s e g u n d a fu e rza d e l m u nd o . ¿ Q u é s i g ni f i c a n esas
palabras? Si el sexo es tan necesario para mantener el mu ndo
poblado, ¿cómo no consideras qu e es la fuerza más importante?
No, Lobsang — dijo mi Maestro —. La fuerza
m á s poderosa del mundo no es el sexo, sino la imaginación,
porque sin ella no existiría el impulso sexual. Si no fuera por la
i m a g i n a c i ó n , e l h o m b r e n o s e n t i r í a e l m e n o r i n t e r é s p o r la
mujer, ni habría escritores, ni artistas, ¡ni nada que fuera
positivo y bueno!
—Pero Honorable Lama — respondí —. Tú has dicho
qu e la i ma gi na ció n es neces a ri a p a ra el s exo . Si e s cie rto ,
¿qué sucede entonces con los animales?
Los animales poseen también imaginación,
L o b s a n g — repuso mi Maestro sin vacilar —. Lo mismo que
los seres humanos. Hay mucha gente que está convencida de
que los animales son seres irracionales que carecen de
inteligencia p o r c o m p l e t o . P e r o y o , q u e p o r m i e d a d t e n g o
gran experiencia, te aseguro que no es así. — Me miró e
h i z o c h a s quear sus dedos. — Tú sientes gran afecto por los
gatos del Te m p l o . ¿ Se rí a s c a p a z d e a f i r m a r q u e c a r e c e n d e
i m a g i na c i ó n ? H a b l a s c o n e l l o s y l o s a c a r i c i a s . Y c u a n d o t e
h a s mos tra do c a ri ñoso co n el lo s , te e spe ran y te reco noce n.
Si se tratara de simples reflejos condicionales, si se tratara so-
l a me n te d e há b i to s me n ta l e s , n o b a s t a rí a c o n h a b l a rl e s y
acariciarles una sola vez para que te reconocieran, sino que
s e rí a ne ces a rio h ace rlo mu chas v ece s co n obj e to de que e l
reflejo condicionado se creara en sus cerebros. Sí, Lobsang, sí.
Los animales tienen imaginación. Imaginan el placer
210 LOBSANG RAMPA

que recibirán de su pareja ¡y entonces ocurre lo inevitable!


R e flex ioné sobre a que ll a cues tió n, med i té l as pa lab ras
de mi Maestro y me di cuenta de que tenía razón. Yo había
visto que las aves agitaban sus alas de una forma parecida a
como las mujeres mueven sus ojos. Se mostraban llenas de
ansiedad mientras esperaban que sus compañeros regresaran
a l n i d o t ra y é nd o l e s a l g u n o s a l i m e n to s . Y re c o rd a b a l a a l e -
gría con que recibían a éstos cuando regresaban. Era evi-
dente que los animales tenían imaginación. Comprendía
que las afirmaciones de mi Maestro eran acertadas. Real-
mente, la imaginación era la fuerza más poderosa que exis-
tía sobre la tierra.
— Uno d e l o s m e rc a d e re s m e a s e gu ró q u e l a s p e rs o n a s
interesadas en los conocimientos ocultos son las que se opo-
nen al sexo más violentamente — le dije —. ¿Es eso cierto,
Honorable Lama, o se burlaron de mí? Me dijeron tantas
co sas ex tra ña s q u e , en rea l idad , no sé qu é pe nsa r de todo
esto.
El Lama Mingyar Dondup agitó la cabeza.
—Es cierto, Lobsang — me respondió lleno de triste-
za —. Hay muchas personas que se ocupan con gran interés
d e l c o no c i m i e n to o c u l to y q u e s e m u e s t ra n v i o l e n ta m e nte
opue s tas al sexo . Pe ro exis te u na ra zó n espe ci al que lo ex-
p li ca todo . Y a te d i je e n u na oc as ión qu e los g ra nde s ocu l-
tistas no son personas normales. Hay algo que falla dentro
de ellos. Una persona puede padecer una gran enfermedad,
como la tuberculosis o el cáncer o algo parecido. Puede ser
v íc tim a d e u n des equ ilib rio nervioso ... Cualqu ie ra d e esas
e n f e r m e d a d e s i nc re m e n ta s u c a p a c i d a d d e p e rc e p c i ó n m e -
tafísica. — Arrugó el entrecejo y añadió: — Hay personas
que consideran que el impulso sexual constituye un extraor-
dinario manantial de energía. Y utilizan todos los medios a
su alcance para sublimar esa energía sexual, para incremen-
tar su fuerza espiritual. Cuando los seres humanos renuncian
a a l g u n a c o s a , s e c o n v i e r te n e n l o s e n e m i g o s i rr e c o n c i l i a -
bles de aquello a lo que han renunciado. Los alcohólicos
regenerados suelen ser los mayores detractores de la bebida.
Por ese mismo mecanismo psicológico, los seres humanos
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 211

que han renunciado al sexo (¡posiblemente porque se sentían


insatisfechos o imposibilitados para satisfacer a los demás!),
buscan el refugio de las ciencias ocultas y dedican a las ex-
periencias ocultas todas las energías que antes habían consa-
grado (con éxito o sin él) a las experiencias sexu ales. Pero
desgraciadamente, tarde o temprano, sufren serios desequi-
l ib rios y l le gan a l ex tremo de a fi rma r que e l p ro g reso e spi -
ritual solamente es alcanzable a través de la renuncia al
s e x o . Si n e mb a rg o , e s a s a f i rm a c i o ne s s o n a b s u rd a s y d e s -
cabelladas. Las personas realmente grandes en lo espiritual
pu eden al mismo tiempo vivir una vida normal y conseguir
increíbles progresos metafísicos.
E l G ran Lama Méd ico C hi n rob nobo e ntró p re ci sam ente
en aquel momento. Después de los saludos de rigor, se sentó
con nosotros.
—Estaba explicando a Lobsang las relaciones existentes
entre el sexo y el ocultismo — dijo mi Maestro.
— ¡ A h , m u y b i e n! — d i j o e l L a m a C h i n r o b n o b o — . C re o
que ya tiene edad para conocer esas cosas. Hace algún
tiempo que lo vengo pensando.
Mi Maestro continuó.
—Es evidente que los que usan moderadamente del sexo,
como debe hacerse, incrementan su fuerza espiritual. El
sexo no puede ser objeto de abusos, pero tampoco puede
ser repudiado. Al aumentar las vibraciones de una persona,
puede acelerar su proceso evolutivo. Sin embargo — dijo mi-
rándome severamente —, creo necesario advertirte que el
acto sexual es solamente positivo para aquellos que se aman
realmente y se sienten vinculados por una afinidad de carác-
ter espiritual. Pero la simple prostitución del cuerpo es siem-
pre ilícita y pecaminosa y puede dañar muy seriamente a las
personas. Por ello, cada hombre y cada mujer deberán tener
solamente un compañero y evitar todas las tentaciones que
puedan apartarles del camino de la verdad y de la honradez.
—P e ro ha y o tro asp ec to qu e d eb e se r a na liz ado , R espe -
tado Colega — dijo el Lama Médico Chinrobnobo —. El
problema del control de la natalidad. Os dejaré para que
podáis discutirlo libremente.
212 LOB SANG RAMPA

S e lev an tó , nos h izo u na sole mn e rev e re nci a y sa l ió de la


habitación. Mi Maestro quedó silencioso unos instantes.
—¿Estás fatigado, Lobsang? — me preguntó al fin.
¡No, Señor! — le respondí —. Deseo
aprender cuanto me sea posible, porque esta materia es
completamente nueva para mí.
Bien, en ese caso, es preciso que sepas que
cuando empezó la vida sobre la tierra, la población se
dividió en pequeñas familias de seres humanos que
después fueron creciendo poco a poco. Pero, como era
i n e v i t a b l e , s e p r o du je ro n luc ha s y di se ns io nes entre el lo s.
Y los ve ncedore s mataban a los hombres de las familias
vencidas y se apoderaban de su s mujeres. Las familias
crecieron y se transform a r o n e n t r i b u s . Y l o s h o m b r e s s e
d i e r o n c u e n t a d e q u e cu anto ma yo r fue ra l a tribu m ás
pode ro sa se ría e s ta ndo a su vez en mejores condiciones para
enfrentarse a los posibles a c t o s agresivos de las demás
t r i b u s . — M e m i r ó l l e n o d e tristeza y prosiguió: — A través
de los años y los siglos, las t r i b u s f u e r o n h a c i é n d o s e c a d a
vez más poderosas. Y aparecieron los sacerdotes, que eran
hombres investidos de poder político, capaces de
proyectarse hacia el futuro. Decidi e ron a tribu i rse a sí
m is mos u n ca rá c te r sa grado — y l l amarse enviados de Dios —
con el objeto de ayudar a la tribu. Y ordenaron a sus fieles
que se multiplicaran con la mayor frecuencia posible.
Entonces era realmente necesario ya que l as tri bus qu e no s e
"mu l tiplic aba n" se deb ilitaba n irrem ediablemente y se
extinguían. Por ello, los sacerdotes, al ordenar que todos los
miembros de la comu nidad se multiplica ran, lo que en
re al idad es taba n hac ie ndo e ra p ro te ger a su tribu,
garantizando su continuidad en el fu turo. Sin embargo, en la
actualidad, el mundo está ya superpoblado y la población de
la tierra sigue creciendo a un ritmo tan acelerado que los
recursos alimenticios resu ltan realmente insuficientes. Habrá
que hacer algo para resolver este problema.

Lo comprendía todo perfectamente. Las cosas empeza-


b a n a te ne r s e nt i d o p a ra m í . P o r o t ra p a rt e , m e s e n t í a s a -
tisfecho al pensar que mis amigos del Pargo Kaling — aque-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 213

llos mercaderes que tanto habían viajado — me habían


dicho la verdad.

—Pero también en la actualidad — prosiguió mi Maes-


tro — hay ciertas religiones que no aceptan el control de la
natalidad. Sin embargo, si analizamos la historia humana,
l l eg amos a la co nc lus ió n de qu e la m a yo r pa r t e d e l as gue -
rras han sido determinadas por la falta de espacio vital de
l o s a g re s o r e s . S i u n p a í s e s tá s o m e ti d o a u n rá p i d o i n c re -
mento de su población y sabe que en caso de seguir ese
ritmo de crecimiento demográfico no tendrá recursos ni
oportu nidades suficientes para mantener a sus propios ha-
bitantes, se verá arrastrado irremediablemente a la lucha y
hará la guerra con el pretexto de que necesita más espacio
vital.

—Entonces, Honorable Lama — le pregunté —. ¿Cómo


resolver ese problema?
—Mira, Lobsang — me respondió —. Resolverlo no es
difícil, si los hombres y mujeres de buena voluntad se unen
para conseguirlo. Las viejas normas religiosas, las viejas en-
s eñ an z a s , e r an mu y ac e r tada s cu a ndo e l mu ndo e ra jo ve n
todavía, cuando su población era muy reducida. Pero ahora
es necesario — ¡más necesario que nunca! — que analice-
mos de nuevo las cosas. ¿Me preguntas qué se puede hacer?.
Bien. A mi juicio, es necesario establecer un control legal de
la natalidad. Se debería preparar a la población del mundo
para practicarlo racionalmente a la luz de los nuevos cono-
cimientos científicos. Es preciso que las parejas que desean
tener hijos, tengan solamente uno o dos como máximo y los
que desean no tenerlos conozcan la forma más segura para
r e a l i z a r s u s p r o p ó s i to s . D e a c u e rd o c o n nu e s t ra re l i g i ó n ,
Lobsang, con ello no ofendemos a Dios. Y he llegado a esta
conclusión después de estudiar meticulosamente los libros
a ntiguo s e sc ritos muc ho an te s de que l a vida l le ga ra a Oc -
cidente porque, como tú sabes, la vida apareció al principio
e n Chi na y e n l as zo nas li mí t ro fes a l Ti bet, ex te nd ié ndose
luego a la India y, de allí, hacia el oeste... Pero nos estamos
apartando del tema.
214 LOBSANG RAMPA

Pensé qu e más adelante, cuando hallara la ocasión pro-


picia para ello, pediría a mi Maestro que me explicara todo
lo relativo al origen de la vida sobre la tierra. De momento,
tenía que limitarme a conocer con la mayor profundidad
posible las cuestiones sexuales.
Mi Maestro me observaba atentamente.
—Como te decía — exclamó al darse cuenta de que le
prestaba atención nuevamente —, la mayor parte de las gue-
rras han tenido su origen en un exceso de población. Y las
guerras seguirán produciéndose mientras la población de la
ti e rra si ga aum entando . E n e se a spec to son n ece sa rias , y a
que de no ser así, el mundo sería un hervidero de seres
h u m a n o s d e l a m i s m a m a n e r a q u e u na ra t a m u e r ta e s u n
hervidero de hormigas. Cuando abandones el Tibet, donde
afortunadamente la población es reducida, y visites las
g r a nd es ciud ade s de la t ie rra , t e a somb ra rá s a n te esa s in-
mensas multitudes que pueblan el planeta. Y entonces com-
prenderás que es cierto todo cuanto te he dicho. Las guerras
son, sin duda alguna, necesarias para que la población del
mundo disminuya. Las personas vienen a la tierra con el
objeto de aprender y si no existiera la enfermedad y la gu e-
rra, sería imposible impedir que los hombres se multiplicaran
desorbitadamente y, en ese caso, sería imposible conseguir
los alimentos necesarios para todos ellos. Y los hombres se
convertirían en una plaga de langostas que devorarían cuanto
hallaran a su paso, lo contaminarían todo y, al final, se
aniquilarían unos a otros.
—Honorable Lama — le dije —. Algunos comerciantes
que me hablaron de estos problemas, me aseguraron que
hay muchas personas que están convencidas de qu e el con-
trol de la natalidad es un crimen ¿Por qué lo creen así?
Mi Maestro reflexionó unos instantes, posiblemente pre-
g un tándo se qu é co sas pod ía expo ne rme s in pe li g ro a lgu no
para mí, teniendo en cu enta que yo era todavía demasiado
joven.
—Algunos — me dijo por fin — consideran el control
de la natalidad como el asesinato de un ser que todavía no
ha nacido. Pero según nuestras creencias, Lobsang, el espí-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 215

ri tu no en tra e n los ni ños ha s ta que n acen. Po r el lo no s e


puede considerar como un crimen. Y en todo caso, es evi-
dentemente absurdo creer que tomar las precauciones nece-
sarias para evitar la concepción sea un asesinato. Es lo
mismo que asegu rar que cuando impedimos qu e u nas semi-
llas germinen, lo que hacemos en realidad es matar a unas
plantas. Los seres humanos tienen cierta tendencia a pensar
qu e so n lo m ás m a rav i llo so qu e se ha p rodu c ido e n e l Uni -
verso. En realidad, son solamente una forma de vida, pero
no la más elevada de todas las formas de vida. Sin embargo,
de mom ento , es me jo r que de je mos es ta cu e s tió n ma rgina l
para otro día.
Recordé otra de las cosas que había oído. Me parecía
a l go ta n ho rrib le , ta n so rp re nde nte , que no pude d eja r de
interrogar de nuevo a mi Maestro.
—Honorable Lama — le dije —. Me contaron también
que a algunos animales, por ejemplo a las vacas, se les hace
concebir por sistemas antinaturales. ¿Es cierto?
Mi Maestro se mostró hondamente preocupado durante
unos instantes.
—Sí, Lobsang. Es absolutamente cierto. En el mundo
oc cid ent al , hay mu c ha s p e rso nas que se ded ic an a la c rí a
de ganado mediante lo que ellos llaman la "inseminación
artificial". La preñez es producida por sistemas mecánicos,
en lugar de utilizar al macho para esa tarea. No quieren
darse cuenta de que en la producción de un niño, de un ca-
chorro o de la cría de cualquier animal interviene algo más
qu e un si mpl e a copl amie n to m ecá n ico . Para que ha ya una
buena descendencia, el proceso de unión de los seres que la
p rep aran debe es ta r re gido po r el a mo r o po r algu na clas e
de afecto. Si los seres humanos fueran producidos por inse-
minación artificial, podría suceder que, al no ser fruto del
a mo r , se c rea ra u na ra za i n fra hu m an a . No l o o lv id e s , Lob -
sang. Para conseguir los tipos humanos o animales adecua-
dos, es preciso que los padres se sientan unidos por alguna
clase de afecto ya que ello eleva el ritmo de sus vibraciones
fí s ica s y esp i ri tua les . L a i nse mi na ció n a rtifi c ia l , rea l iz ada
fríamente, sin que el amor exista, produce resultados muy
216 LOBSANG RAMPA

pobres y constituye uno de los mayores crímenes que puede


cometer el hombre.
Las sombras del crepúsculo invadían poco a poco la ha-
b i ta c i ó n y s u m í a n e n l a p e nu mb ra a m i M a e s t ro , e l L a m a
M i n g y a r D o n d u p . Y c o n f o rm e a u m e n ta b a l a o s c u r i d a d , s e
intensificaba el resplandor, dorado por la espiritualidad, de
su au ra . C o n m is do tes de cl a riv ide nc ia , pod ía obs e rva r l a
interpretación de la luz y las sombras. Y el aura de mi Maes-
t ro m e i n d i c a b a — c o s a q u e y o no i g no ra b a e n m o d o a l gu -
n o — q u e m e h a l l a b a e n p re s e nc i a d e u no d e l o s h o m b re s
más grandes del Tibet. Me sentí emocionado y sentí que todo
mi ser estaba trascendido de amor hacia él.
Las trompas del Templo sonaron nuevamente, pero esta
vez no nos convocaban a nosotros sino a otros monjes. N os
acercamos a la ventana y contemplamos el panorama gran-
dioso del Valle sumido en las tinieblas rojizas del crepúscu-
lo. Mi Maestro colocó, lleno de afecto, su mano sobre mi
hombro.

—Deja que te guíe tu conciencia — dijo Siempre


distinguirás con claridad lo bueno de lo malo. Llegarás muy
lejos, mucho más lejos de lo que puedes imaginar ahora, y
t e nd rá s qu e ve nc e r mu c ha s t e n ta cio ne s . D e ja si emp re que
te guíe tu conciencia. N osotros, los tibetanos, somos gente
pacífica. Nuestra población es pequeña y vivimos en paz.
Creemos en las cosas sagradas y en la santidad del Espíritu.
Dondequiera que vayas, sean cuales fueran las adversidades a
q u e t e n g a s q u e e n f re nt a r te , q u e t e gu í e s i e mp re tu c o n -
ciencia. Aumentaremos hasta el máximo tus poderes de cla-
rividencia y de telepatía con el objeto de que, desde cual-
quier lugar donde te halles en el futuro, puedas mantenerte
en contacto con los grandes lamas del Himalaya que estarán
consagrados exclusivamente a esperar y captar tus mensajes.
¿Esperar mis mensajes? ¡Fue una casualidad que no me
desmayara de asombro! ¡"Mis" mensajes! ¿Qué es lo qu e es-
peraban de mí en el futuro? ¿Por qué tenía que haber lamas
c o ns a g ra d o s d í a y no c h e a c a p ta r l o q u e y o l e s d i j e ra p o r
telepatía?
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 217

Mi Maestro sonreía. Me golpeó cariñosamente la es-


palda.
—Tienes una misión muy especial que llevar a cabo,
Lobsang. Y esa es la auténtica razón de tu existencia. Pero
puedo asegurarte que a pesar de todas las adversidades y de
todos los sufrimientos que tendrás que superar, saldrás ven-
cedor en esta empresa. Aparentemente, es injusto que te
dejemos solo en medio de un mundo extraño y hostil que se
b u rl a rá d e t i y t e l l a ma rá fa rs a n te , e mb u s te ro y l o c o . S i n
embargo, tú deberás mantenerte siempre firme y seguro, sin
de sesp e ra r nunca , po rque la ra zó n triu n fará al fi n. ¡ Y co n
la razón, Lobsang, triunfarás tú!
Las sombras del crepúsculo se habían transformado ya
en la oscuridad más absoluta y las luces de la ciudad palpi-
taban debajo de nosotros. En lo alto, la luna asomaba sobre
l a s c u m b r e s de l a s m o n ta ñ a s . L o s p l a ne ta s — m u c ho s m i -
llones de planetas — brillaban en el firmamento. Yo los
contemplaba y recordaba todos los vaticinios que se habían
hecho sobre mi futuro, todas las profecías que habían anun-
ciado mi destino. También pensaba en la confianza que mi
Maestro, el Lama Mingyar Dondup tenía pu esta en mí y en
la amistad que me profesaba. Y me sentía dichoso.
CAPITULO X

El maestro estaba de mal humor. Tal vez le sirvieron el té


____ demasiado frío o el "tsampa" no fu e tostado y mezclado
a su gusto. Pero lo cierto es que su mal humor era notorio.
Los niños, sentados en la clase, temblábamos de miedo.
Varias veces, inesperadamente, se había precipitado sobre
alguno de mis compañeros. Yo tenía una memoria exce-
l e nte . S abí a pe rfec ta me nte la s le cc ion es . Pod ía repe ti r los
versículos de todos los capítulos de los ciento ocho libros del
Kan-gyur.
"¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!". La sorpresa me hizo dar un
salto, lo mismo que a los compañeros que me rodeaban. Por
un momento, no pudimos darnos cuenta con exactitud a
cuál de nosotros iba dirigida la paliza. Después, cuando los
golpes aumentaron en violencia, tuve la clara conciencia de
que el desdichado era yo.
—¡El predilecto del Lama! — rugía sin dejar de gol-
pearme —. ¡Mimado! ¡Idiota! ¡Ya te enseñaré yo lo que
debes aprender!
Con los golpes, una nube sofocante de polvo se des-
p re n d i ó d e m i ma n to , o b l i g á n d o m e a e s t o rnu d a r . E l ma e s -
tro se enfureció más todavía y siguió sacudiéndome el polvo
con el mayor esmero. Afortunadamente — aunque él lo
ignoraba — yo me había anticipado a su malhumor, colo-
cándome más ropas que de costumbre. Por ello — y la
verdad es que esto le hubiera molestado extraordinaria-
m e n te d e ha b e r l o d e s c u b i e r to — s u s g o l p e s a p e na s m e d o -
lieron. Además, mi piel estaba ya muy curtida.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 219

El maestro tenía un carácter tiránico. Aunque él dis-


taba mucho de ser perfecto, exigía que los demás lo fueran.
N o so lamen te nos ob li gab a a ap rend e r la le cc ión d e memo-
ria, palabra por palabra, sino que si la inflexión de voz o la
pronunciación no le gustaban, descargaba su vara sobre
nuestras espaldas. En aquellos momentos estaba aplicando
a que ll a p rá c tic a co nm i go y y o m e hal lab a e n vue l to e n una
n u b e d e p o l v o . E n e l Ti b e t , c o m o e n to d o s l o s l u ga re s d e l
mundo, cuando pelean o juegan, los niños se revuelcan por
el suelo con mu cha frecuencia. Y si además están privados
de los cuidados de sus madres, es muy posible que sus ropas
contengan un buen cargamento de polvo. Y eso es lo que
su ced ía co n l as m ía s . Po r ell o , aque l la pa li za equ iva l ía en
realidad a una buena limpieza.
—¡Ya te enseñaré yo a que pronuncies las palabras
co mo es deb ido ! — decía s i n de ja r de golpe a rme —. ¡Cómo
te atreves a mostrarte tan irreverente con los Conocimientos
Sagrados! ¡Mimado! ¡Idiota! ¡Siempre faltando a clase y, a
pesar de todo, sabes más que los otros! ¡Chiquillo inútil! ¡Te
enseñaré yo, quieras o no quieras!
En el Tibet, nos sentamos en el suelo con las piernas
cruzadas, muchas veces sobre almohadones de unas cuatro
pu lgadas de espesor y las mesas en que trabajamos suelen
t e n e r d e d o c e a d i e c i o c ho pu l ga d a s , s e g ú n l a e s ta tu ra d e l
que las utiliza. De pronto, el maestro sacudió mi cabeza con
fuerza y me obligó a inclinarme sobre la mesa donde yo
h ab ía co loc ad o m i p iz a r ra y a l gu no s l ib ro s. D e spu és d e co-
locarme en esa postura, que él consideraba la adecuada,
r e s p i ró p ro fu n d a m e n te y p a s ó a o c u p a r s e d e o t r a s c o s a s .
Yo me había agitado bajo sus golpes de una forma mecá-
nica, pero en realidad, sus palizas no nos dolían en absoluto a
pesar del rigor con que nos las propinaba. Aquellas cosas
sucedían todos los días y los muchachos tibetanos éramos
fue rtes y te ní amo s l a pi el curti da co mo e l cu e ro . C e rc a de
mí, uno de mis condiscípulos murmuró algunas palabras
ininteligibles. El maestro se apartó de mí como si de repente
yo me hubiera puesto al rojo vivo y se lanzó contra mi
compañero como un tigre. ¡Tuve que controlarme para no
220 LOBSANG RAMPA

exteriorizar mi regocijo al ver que la nube de polvo se había


desplazado a o tro lu ga r de la c lase! A mi derec ha sonaro n
algu nas exclamaciones de dolor, de miedo, de sorpresa. El
m a e s t ro p a re c í a e s ta r c e g a d o p o r l a i ra y p e ga b a a v a ri o s
mu ch ac hos a la v ez , i nc apa z de d escub ri r a l au té n ti co cu l-
p a b l e . A l f i n a l , s i n a l i e nto y t r a s ha b e rs e d e s a ho ga d o , p a -
reció tranquilizarse.
— ¡ A y! — d i j o j a d e a n te — . ¡ P e q u e ño s m o n s t ru o s ! ¡ E s to
os enseñará a prestar atención a mis palabras! Ahora, Lob-
sang Rampa, empieza nuevamente la lectura y procura estar
seguro de que tu pronunciación es perfecta.
Así lo hice. Cuando me concentraba en algo, me salía
realmente bien. Por ello, presté la mayor atención y el
m aes tro no tuvo opo rtu nidad d e golpe a rme de nu e vo n i y o
me vi obligado a recibir sus golpes.
Durante toda la clase, que duró cinco horas, el maestro
no dejó de pasearse de un lado para otro detrás de nosotros,
controlándonos atentamente y, en varias ocasiones, propinó
n uev as pa l iz as a al gu nos mu c ha cho s , ca ye ndo sob re e llos
cuando éstos menos lo esperaban.
E n e l Ti b e t e m p e z a m o s l a j o r n a d a a m e d i a n o c h e , c o n
el primer Servicio y, naturalmente, los servicios se repiten a
lo largo de todo el día y a intervalos regulares. Con el
objeto de qu e sepamos conservarnos hu mildes y no despre-
c ie mo s a los que lle va n a cab o l as t a rea s dom és t ica s , e st a -
mos obligados a realizar trabajos serviles. Después, tenemos
un rato de descanso, tras el cual asistimos a nuestras clases
de la t a rde q u e du ran ci nco ho ras se guida s . Lo s ma es tros
nos hacen trabajar de firme. También tenemos clases matu-
tinas, pero éstas no son ya tan largas.
Pasaba el tiempo. Nos parecía que llevábamos varios
días sin salir de clase. Oscurecía con una lentitud desespe-
rante y daba la sensación de que el sol se había inmovili-
zado en el cielo. Todos suspirábamos exasperados y aburri-
dos pensando que hubiera sido hermoso que algún dios ba-
jara a la tierra y se llevara al maestro para siempre. Sin
d u d a a l g u n a e r a e l p e o r d e t o d o s n u e s t ro s p r o fe s o re s . S e
había olvidado por completo de que él también había sido
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 221

niño. Al final, sonaron las caracolas del Templo y, desde la


terraza, se escuchó la llamada de una trompa cuyos ecos
parecieron rebotar en el Valle regresando después nueva-
mente al Chakpori.
—Bueno — dijo el maestro suspirando —. Siento mu-
cho tener que dejaros ir. Pero podéis estar seguros de qu e
la próxima vez que nos veamos, ¡comprobaré si habéis
aprendido algo!
N o s i n d i c ó c o n u n a s e ñ a q u e n o s f u é r a m o s . To d o s l o s
mu ch ac hos se pu si e ron e n p ie rápid ame nte y se d iri gi ero n
h a c i a l a p u e r ta . Y o i b a a s a l i r ta m b i é n , c u a n d o o í q u e me
llamaba.
Martes Lobsang Rampa — dijo —. Tú
a p r e n d e s m u chas cosas con tu Maestro. D e acuerdo. Pero
no te permito que luego vengas diciendo a los demás
muchachos que a ti te enseñan mediante métodos hipnóticos
y telepáticos. Y si l o h a c e s , t e s a c a r é a p u n t a p i é s d e l a
c l a s e . — M e d i o u n m a no ta zo e n l a c a b e z a y c o n t i nu ó — :
¡ A ho ra , fu e ra d e m i v i s t a ! ¡ M e m o l e s t a t u p r e s e n c i a ! S o n
m u c h o s l o s q u e s e quejan de que tú sabes más qu e los
niños que reciben mis enseñanzas.
No esperé más. Salí todo lo rápido que pude sin preocu-
p a r me s iqu ie ra d e ce r r a r la pu e r t a . E scuc hé su s g ru ñidos
d e t rá s d e m í , p e ro n i p o r u n m o m e n to s e m e o c u r ri ó d e te -
nerme en mi veloz carrera.
Afuera, me estaban esperando los demás muchachos.
Tenemos que hacer algo contra este tipo — dijo
u n o , tras asegurarse de que el maestro no podía oírle.
Sí — dijo otro —. Algún día nos va a hacer daño
d e veras si no le enseñan a controlar sus nervios.
Lobsang — dijo un tercero —. Tú que tienes la
o p o r tu nid ad de hab la r co n tu Mae s tro , ¿po r qué no le
cu en tas cómo nos maltrata?
M e p a r e c i ó u na b u e n a i d e a . E r a n e c e s a r i o q u e no s e n-
s eña ra n lo que i g no rába mos, p e ro no hab ía n i ngu na ra zó n
que justificara la brutalidad con que nos trataban. La idea
de hablar con mi Maestro me complacía cada vez más.
Se lo contaría todo y, sin duda alguna, él iría a ver al ti-
222 LOBSANG RAMPA

rano y lo hechizaría, convirtiéndolo en sapo o en algo pa-


recido.
—Sí — exclamé —. Voy a verle ahora mismo.
M e a le jé co rrie ndo . A trave sé v e loz me nte los co rredo res
y sub í h as ta l le ga r ca si a l a te rraz a . Entré e n e l sec to r de
l os l ama s y v i que m i Mae s tro es taba y a en su hab i ta ción.
H a b í a d e j a d o a b i e r ta l a p u e r t a . Me i n v i tó a e n tr a r c o n u n
gesto.
—¿Qué te pasa, Lobsang? — me preguntó Estás
muy excitado. ¿Te han otorgado el grado de Superior o algo
parecido?
—Honorable Lama — respondí desolado —. ¿Por qué
en clase nos maltratan de esa manera?
¡Pero cómo! — dijo mi Maestro mirándome
con gran s e ried ad —. ¿Te han maltra tado ? Sién ta te y
cu én tame qu é es lo que te tiene tan agitado.
Me senté e inicié mi triste relato. Mi Maestro me es-
c u c hó e n s i l e n c i o , s i n i n t e rr u m p i rme , s i n ha c e r e l m e no r
comentario. Dejó que me desahogara. Cuando terminé de
exponerle mis desdichas, me había quedado casi sin aliento.
Lobsang — dijo mi Maestro —. ¿No has
p e n s a d o nunca que la vida es en realidad una escuela?
¿ U n a e s c u e l a ?
Le contemplé perplejo, convencido de que se había
vuelto loco. Si me hubiera asegurado que la luna había
ocupado el lugar del sol no me habría causado tanto
asombro.
Honorable Lama — le pregunté sin salir de
m i a s o m bro —. ¿Has dicho que la vida es una escuela?
— Eso he d ic ho, L obsa ng — rep u so — . S e ré na te . Va mos
a tomar un poco de té y luego hablaremos.
El sirviente nos trajo té y algunos manjares. Mi Maestro
co mió co n su a cos tumb rada s ob ri edad . Como ya me h abí a
d ic ho en u na oc as ión ¡yo com ía ta nto como pa ra man tene r
a c u a t ro c o m o é l ! P e ro m e l o d i j o s o n r i e n d o c o n t a n ta te r -
nura que era imposible tomarlo como una ofensa. Se bur-
laba de mí muchas veces. Sin embargo, yo estaba seguro de
que era incapaz de decir una sola palabra que pudiera
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 223

herir la sensibilidad de alguno de sus semejantes. Sus pala-


b ra s no m e o fe n d í a n e n n i ng ú n mo me n t o p o rq u e c o m p re n -
día que sus intenciones eran siempre buenas. Nos sentamos
y tomamos nuestro té. Luego mi Maestro escribió una pe-
queña nota y se la entregó al sirviente con el encargo de
que se la llevara a otro lama.
— Lobs ang , l es h e ad ve rtido qu e tú y yo no as is ti remo s
al Servicio Religioso de esta tarde. Tenemos mucho que
h ab la r. Y au nqu e as is t i r al Te m plo e s s iemp re ne ces a rio y
beneficioso, las circunstancias especiales del momento, nos
obligan a prolongar hasta el máximo nuestras lecciones.
S e l eva ntó y se a ce rcó a la v entana . Yo hic e lo mismo .
Y a he d ic ho que u no de m is pl ace res fa vo ri tos e ra con tem-
plar todo cuanto ocurría afuera. Y la habitación de mi
M a es t ro e ra u n a d e las má s a l t as d el Chak p o r i . Te n ía ade -
m ás u na d e las cos as m ás ma rav il los as q u e ex is te n: u n te -
l es copio . ¡C uán t as ho r as pas é co n m is o jo s p e gad o s a es t e
aparato, contemplando la llanura y la ciudad de Lhasa,
llena de hombres y de mujeres que recorrían sus calles,
haciendo compras o visitas, yendo y viniendo de sus ocupa-
c i o ne s o s i m p l e m e n te ( c o mo h a c í a y o s i e m p re q u e m e e ra
posible) paseando ociosos!
Durante un cuarto de hora, nos dedicamos a observarlo
todo a tra vés de l te les copio . Lu ego , d e p ron to , mi Ma es tro
dijo:
—Vamos a sentarnos de nuevo, Lobsang. Si te parece
bien, trataremos del terna de la escuela. Qu iero que me es-
cu ch es con l a m a yo r a tenció n, Lobsa n g. E s ne ces a rio qu e
veas las cosas claramente desde el principio. Cuando no
comprendas mis palabras, dímelo. Es esencial que tus ideas
queden absolutamente definidas. ¿Comprendes?
—De acuerdo, Honorable Lama — le respondí con el
m a y o r re s p e to y c o r te s í a — . S i e m p re te e s c u c h o y te c o m-
prendo. Pero si hay algo que no vea con toda claridad, te lo
diré en seguida.
Él asintió satisfecho.
—La vida es como una escuela — dijo —. Cuando es-
tamos en la otra vida, en el mundo astral, antes de empezar
224 LOBSANG RAMPA

a habitar en las entrañas de una mujer, discutimos con


otros seres acerca de lo que tenemos que aprender en la
tierra. Hace algún tiempo, te conté la historia del chino
Seng. Te dije entonces qu e utilizaría ese nombre chino por-
q u e e n c a s o d e u ti l i za r u n n o mb re t i b e ta no , i nc o ns c i e nt e -
m ente tú lo asoc ia ría s a a lgú n t ibe ta no conoc ido . C omo y a
t e e x p l i q u é , e l a n c i a no S e n g , d e s p u é s d e m o r i r , p r e s e n c i ó
toda su vida pasada y se dio cuenta de que necesitaba
aprender muchas cosas. Entonces, los seres astrales que te-
n í an qu e a yuda r le , le b u sca ro n u no s p ad res y u na fa mi l ia
que reunieran las condiciones necesarias para que el alma
del que fue el anciano Seng pudiera aprender todo lo ne-
cesario... Esta historia es muy parecida a la de un niño
que tiene qu e convertirse en monje. Si qu iere ser un monje
médico viene al Chakpori. Si lo que desea es realizar algún
trabajo doméstico irá al Potala ¡pues allí hay siempre es-
casez de monjes sirvientes! Siempre elegimos nuestra escuela
de acuerdo con lo que deseamos aprender.
Asentí. Aquello resultaba algo muy evidente. Mis pro-
pios padres habían decidido que yo ingresara en el Chakpori
por considerar que era suficientemente fuerte y estaba pre-
parado para salir airoso de la primera prueba de resis-
tencia.
—Cuando una persona va a nacer — dijo mi Maestro,
el Lama Mingyar Dondup —, todo está preparado para re-
cibirla. Bajará a la tierra. Sus padres y el lugar donde vaya
a vivir es tán dete rm inados de an te mano . Estas circu ns tan -
cias darán al niño que tiene que nacer la oportunidad de
a d q u i r i r l a e x p e ri e nc i a y l o s c o no c i m i e n to s q u e , s e gú n s e
planeó en lo astral, le son necesarios. A su debido tiempo,
nace el niño y aprende a alimentarse, a controlar su cuerpo
fí s ico , a hab lar y a e scuc ha r. Co mo tú sabe s , a l p ri nc ipio ,
l o s ni ño s no s a b e n u t i l i za r s u s o j o s . Ti e n e n q u e a p re nd e r
a v e r. La v ida e s u na e scue la — me d ijo sonri en te —. A na -
die le gusta esa escuela. Unos tienen que acudir a ella.
Otros no. Nosotros hemos venido — no como castigo por
las faltas cometidas en otras existencias — sino para apren-
der muchas cosas que no sabíamos. Los niños crecen y se
L A C A V E R N A D E L O S A N T E P A S A D O S 225

t r a ns fo rm a n e n m u c ha c ho s q u e ti e ne n q u e a s i s ti r a l a e s -
cuela donde, algunas veces, son tratados duramente por su
maestro. Pero eso no es malo, Lobsang. La disciplina nunca
ha perjudicado a nadie. La disciplina es lo que diferencia a
un ejército de una horda. No hallarás un solo hombre culto
que no se haya sometido a una disciplina. Tal vez ahora
creas en muchas ocasiones qu e te maltratan, que tu maes-
t ro e s d u ro y c ru e l , p e ro d e b e s te n e r e n c u e n t a q u e , i n d e -
pendientemente de lo que puedas pensar, la realidad es que
tú aceptaste venir a la tierra en esas condiciones.
De acuerdo, Honorable Lama — exclamé
e x c i t a d o — . Pero si fui yo quien aceptó venir aqu í a esta
tierra, en ese c a s o , creo que sería necesario que me
e x a m i n a r a n e l c e rebro. Y si realmente fue así, ¿cómo es
que no lo recuerdo en absoluto?
Mi Maestro reía estrepitosamente ante mis palabras.
Sé perfectamente lo que te sucede, Lobsang,
p e r o t e a s e g u ro q u e no ti e n e s p o r q u é p re o c u p a rt e . H a s
v e ni d o a este mundo para aprender ciertas cosas. Eso es lo
más importante. Más adelante, cu ando tus conocimientos
sean ya muy extensos, abandonarás nuestro país y recorrerás
tierras extrañas para seguir aprendiendo nuevas cosas. Tu
Camino no s e rá fác i l de recorre r, pe ro al fin a l a lc anza rás e l
éx i to . No quiero que te desmoralices. Todas las personas del
mundo, independientemente de las condiciones en que su
vida se desenvuelve, han llegado aquí desde los planos
astrales para aprender y evolucionar. Estarás de acu erdo
conmigo, Lobsang, en que si quieres progresar en la
lamasería, tienes qu e es tud ia r y ap rob ar tus exámene s .
S upon go qu e e nco nt r a r í a s muy mal que, por simple
favoritismo, un niño pudiera convertirse de la noche a la
m a ñ a n a e n l a m a o e n s u p e ri o r , a u n q u e s u s mé ri to s f u e ra n
m u y i n fe ri o re s a l o s tuyos. Mientras existan los exámenes,
podrás tener la más a b s o l u t a s e g u r i d a d d e q u e n o p o d r á
s u c e d e r n a d a s e m e jante.
Guardó silencio unos instantes y luego prosiguió:
Venimos a la tierra para aprender y no importa
q u e las lecciones sean amargas o difíciles porque, en todo caso,
226 LOB SANG RAMPA

l a s he m o s ac ep ta d o d e a n te m a n o , an te s d e v e ni r . C u and o
abandonamos esta vida, pasamos un período de vacaciones
más o menos largo en el otro mu ndo. Y luego, si deseamos
seguir evolucionando, seguimos nuestra marcha sobre el
tiempo. Podemos elegir entre regresar a la tierra en ciertas
co nd ic iones y d i ri g i rno s a o tros pl ano s de ex is ten ci a to tal -
mente distintos. Algunas veces, cuando estamos en la es-
cuela, el día se nos hace interminable y nos parece qu e no
p o d r e m o s s o po rt a r l a d u re z a d e l m a e s t ro . La v i d a t e r re n a
es algo parecido. Si todo fuera sencillo para nosotros, si tu-
viéramos siempre a nuestro alcance la realización de todos
nuestros deseos, nunca aprenderíamos nada y nos limitaría-
mos a dejarnos arrastrar por la corriente de la vida. Es tris-
te, pero los seres humanos solamente podemos alcanzar la
verdad a través del dolor y de las adversidades.
—Pero entonces, Honorable Lama — le pregunté —.
¿Por qué algunos niños, e incluso algunos lamas, consiguen
v i v i r u n a e x i s te n c i a ta n d i c h o s a ? Y , s i n e m b a rgo , to d o p a -
rece indicar que yo, a pesar de que procuro portarme lo
mejor posible, me veré obligado a su frir las mayores adver-
sidades, según aseguran las profecías y, de momento, tengo
que soportar las palabras de mi maestro.
—Pero mi querido Lobsang. ¿Estás seguro de que todas
esas personas aparentemente tan felices, lo son realmente?
¿Estás seguro de que las cosas les resultan tan fáciles como
indican las apariencias? Mientras no sepas lo que proyecta-
ron hacer en la tierra cuando estaban todavía en lo astral,
n o p o d rá s j u zg a r l e s o b j e t i v a me n te . To d o s l o s s e r e s hu m a -
nos han llegado a la tierra con un plan, preparado de an-
temano, de lo que tienen que aprender, de lo que tienen
que hacer y de lo que desean conseguir cuando abandonen
la tierra, después de haber pasado por la escuela de la vida.
Tú d ice s qu e h oy te h an tratado ru d ame nte en la e scue la .
¿ Es tás "s egu ro"? ¿No te sa tisfa ce má s pe nsa r qu e en rea li -
dad has aprendido una de las lecciones que tenías que
aprender? ¿Acaso no fuiste un poco culpable, con tus pe-
q u e ño s a i re s d e s u p e ri o ri d a d , d e q u e e l ma e s t ro s e p o rt a ra
mal?
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 227

Me contempló con gesto acusador y yo me di cuenta


d e q u e m i s m e j i l l a s e n ro j e c í a n . ¡ S í e ra c i e r to ! Mi M a e s t r o
te nía la ra ra hab i lid ad de coloc a r e l dedo en l a ll ag a cu an -
do lo co ns ide rab a nece sa rio . En rea lid ad , yo me hab ía se n-
tido muy satisfecho de mí mismo. Estaba convencido de
que el maestro no podía encontrarme un solo fallo. Mi ac-
titud de superioridad contribuyó en gran parte a que se irri-
tara de aquella forma.
Sí, Honorable Lama — respondí asintiendo
t a m b i é n con un gesto —. Soy tan culpable como él.
Mi Maestro aprobó mis palabras con una sonrisa.
Como ya sabes, Lobsang — me dijo —, más
a d e l a n t e irás a Chungking, a la China.
A s e n tí s i l e n c i o s o p o rq u e m e d i s gu s ta b a p e n s a r q u e a l -
gún día tendría que irme del Tibet. Mi Maestro continuó:
—Antes de tu partida, pediremos a varias universida-
des y colegios que nos informen sobre sus programas de
e s tudio . Una ve z co no zca mos todos esos d et a l les , d ec idi re -
mo s en tre todos a qué co le gi o o u n ive rsidad e s p rec iso e n-
v ia rte co n e l ob je to de qu e re cib as las e nse ña n zas n ece sa -
rias para realizar tu misión. De igual forma, cuando un
alma proyecta bajar a la tierra desde lo astral, estudia cui-
dadosamente lo que se propone hacer y aprender y, final-
m e n te , l o q u e d e s e a c o n s e g u i r . D e s p u é s , s e l e b u s c a n l o s
pad res qu e nec es i ta . Es lo mis mo qu e bus ca r u na es cue la
adecuada, como en tu caso.
La idea de tener que ir a estudiar a un colegio extran-
jero me resultaba cada vez más desagradable.
Honorable Lama — le dije —, ¿por qué algunas
p e r sonas están siempre enfermas, o son tan desgraciadas?
¿Qué es lo que aprenden con eso?
No olvides nunca — me respondió — que todas
l a s personas que bajan a este mundo tienen muchas cosas
que aprender. No se trata tan sólo de llegar a conocer un
oficio o u n i d i o m a o d e s a b e r r e c i t a r d e m e m o r i a l o s
L i b r o s S a grados. Las cosas que tenemos que aprender son las
que nos serán útiles en lo astral, cuando abandonemos esta
tierra de nuevo. Como ya te he dicho muchas veces, Lobsang, éste es
228 LOBSANG RAMPA

e l Mu n d o d e l a I l u s i ó n y e s e l m u nd o a d e c u a d o p a ra e x p e -
r i m e n ta r m u c h a s a d v e r s i d a d e s y , a t r a v é s d e e l l a s , p o d e r
comprender los problemas y adversidades de nuestros se-
mejantes.
Reflexioné sus palabras. Estábamos entrando en un tema
de la mayor importancia, que nos llevaría mucho tiempo.
Mi Maestro captó mi pensamiento.
— Ti e ne s ra zón, Lob sa ng — d i jo — . E s tá a noc he ci end o .
E s m ejo r qu e d e je mos nu es tra con ve rs ac ió n po r hoy . Tod a -
vía tenemos que hacer algunas cosas. Tengo que ir a la
Cumbre (así llamábamos al Potala) y quiero que vengas
co nm i go . P asar e m os a ll í l a n o c he y p a r t e d e la jo r nad a d e
mañana. Más adelante, trataremos de nuevo este interesante
tema. Ve a tu habitación, ponte un manto limpio y trae otro
de repuesto.
S e pu so en pie y sa l ió . De sco nce rtado , v aci l é u nos i ns-
tantes. Después, corrí presuroso a mi habitación para cam-
biarme de ropa y prepararlo todo.
Descendimos a trote corto por el sendero de la mon-
taña hacia el Mani Lhakhang, pero al pasar por el Pargo
Ka li ng o Pue rta O ccide ntal, o í detrás de mí un agudo grito
que por poco me hace caer del caballo.
—¡Oh, Sagrado Lama Médico! — decía una voz de mu-
jer al borde del camino.
Mi Maestro desmontó rápidamente de su caballo y,
como sabía mi falta de habilidad como jinete, me hizo señas
para qu e yo no desmo n ta ra . Su defe rencia me l le nó de gra -
titud.
—¿Qué te sucede, mujer? — le preguntó mi Maestro
con la mayor amabilidad.
La mujer se arrojó a sus pies. Sus ropas produjeron un
leve ruido.
—¡Oh, Sagrado Lama! — dijo jadeante —. Mi marido,
¡ e l m a l d i to h i j o d e c h i v a ! , n o h a s i d o c a p a z d e e n g e n d ra r
un hijo normal.
Silenciosa, como sorprendida ante su propia audacia, le
mostró un pequeño bulto. Mi Maestro se inclinó sobre él y
lo contempló atentamente.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 229

—¡Pero mujer! — exclamó —. ¿Por qué crees que tu


marido es el culpable de qu e hayas dado a lu z este hijo en-
fermizo?
—Porque es un hombre repugnante que anduvo siempre
entre mujeres malas, porque no piensa más que en el sexo.
Por eso no ha sido capaz de hacerme un hijo fuerte y sano.
Empezó a llorar y sus lágrimas salpicaron la tierra como
pequeñas gotas de lluvia o como granizo fino que cayera
desde las montañas. Yo estaba consternado.
Mi Maestro miró a su alrededor como buscando algo en la
oscuridad cada vez más densa. De entre las sombras del
Pargo Kaling surgió un hombre andrajoso, que avanzó
h a c i a n o s o t ro s c o n c a r a d e p e r ro a p a l e a d o . M i M a e s t ro le
hizo señas y él se acercó, arrodillándose a sus pies. El Lama
Mingyar Dondup los miró a ambos y les dijo:
—N o d ebé is cu lpa ros mu tua me n te de esa de sgrac ia . La
culpa no es de ninguno de vosotros. Es el destino — el
karma — quien ha determinado el nacimiento de este niño.
Apartó cuidadosamente las ropas y observó a la criatura
atentamente. Yo comprendía que estaba examinando su
aura.
— M u j e r — d i j o d e s p u é s d e u n o s i n s t a n t e s — . Tu h i j o
puede ser curado. Contamos con los conocimientos sufi-
cientes para hacerlo. ¿Por qué no me lo trajisteis antes?
L a p o b re m u j e r c a yó d e nu e v o d e ro d i l l a s y e n t re gó e l
niño a su esposo, quien lo tomó como si se tratara de algo
que podía estallar en cualquier momento.
—Sagrado Lama Médico — dijo la mujer estrujándose
las manos desesperada —. ¿Cómo íbamos a suponer que
nos prestarían atención? Somos de Ragyab y no tenemos re-
c o me nd a c i ó n d e na d i e . N o n o s a t re v í a m o s a i r a v e r te , S a -
grado Lama, aunque nuestra necesidad era muy urgente.
Pensé que todo aquello era ridículo. Los Ragyab eran
los que se hacían cargo de los cadáveres. Vivían en el ex-
tremo sudeste de Lhasa y sus servicios eran tan imprescin-
d i b l e s c o m o l o s d e l o s d e má s mi e mb ro s d e l a c o mu n i da d .
M i M aes t ro dec ía s ie mp re qu e tod a s la s p e rso na s e ra n ú t iles
a la sociedad, independientemente del trabajo que tu-
230 LOBSANG RAMPA

vieran asignado. Recuerdo que una vez lancé una carcajada


cu ando le o í de ci r que lo s l ad ro nes e ra n ta mbi én ú til es ya
que sin ellos la policía no sería necesaria, por lo cual podía
afirmarse que, gracias a ellos, los agentes podían mantener
su empleo. Pero mucha gente miraba con desprecio a los
Ragyab, considerándolos impuros porque trabajaban con los
mu e rtos , co rt an do los c adáv ere s a p eda zos y d ise mi ná ndol os
p o r d is t i n tos lu g a re s p a r a que lo s b u i t res s e los com ier a n .
Yo estaba de acuerdo con mi Maestro en que el trabajo
que realizaban era muy útil porque Lhasa tenía un
terreno tan rocoso que era imposible abrir fosas en él y, aun en
el caso de que ello hubiera sido posible, el Tibet era tan f r í o
q u e l o s c a d á v e r e s s e h a b r í a n c o n g e l a d o , i m p i d i e n d o con
ello su descomposición y absorción por la tierra.
Mujer — le dijo mi Maestro —. Tráeme
p e r s o n a l m e n te a tu h i j o d e n t ro d e t re s d í a s e
i n te n ta re m o s c u ra rl o ya que, según deduzco del breve
examen a que le he sometido, su enfermedad no es incurable.
S a c ó d e s u b o l s a u n p e d a z o d e p e r g a m i n o y e s c r i b i ó en
él una nota que entregó a la mujer.
Entrega esto en el Chakpori y te dejarán
e n t r a r . A v i sa ré a l p o r te ro d e que v as a i r y no t e p o nd rá n
ni n gún impedimento. Descansa tranquila. Para los dioses,
todos somos s e r e s humanos. No debes temer nada de
nosotros. — Se volvió hacia el marido —. Se fiel a tu
mujer. — Miró a la mujer y añadió —: No seas tan arisca
con él. Si te muestras más amable con tu esposo, es
posible que él no c re a ne c e s a ri o ir a buscar a otras
m u j e r e s . A ho ra , m a r c ha o s a v u e s t r o h o g a r y , d e n t r o d e
t r e s d í a s , v e n i d a l C h a k p o r i . Os ayudaré. Os lo prometo.
Mo n tó de nu evo en su cabal lo y no s fu imos . Co nfo rme
nos alejábamos, las palabras de gratitud y de alabanza del
ho m b re d e R a g y a b y d e s u m u j e r s e e s c u c h a b a n c a d a v e z
más débilmente.
— S u p o n go , L o b s a n g , q u e a l m e no s e s ta n o c h e e s t a rá n
de acuerdo y se mostrarán amables mutuamente.
Lanzó una breve carcajada y subimos por el camino de la
izquierda hasta llegar a la aldea de Sho.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 231

Era la primera vez que había visto a un hombre y a


una mujer casados. Y me hallaba realmente sorprendido.
—¡Sagrado Lama! — exclamé —. No comprendo por
q u é e s a s p e rs o n a s s i gu e n v i v i e nd o j u n ta s s i n o s e a ma n .
¿Por qué no se separan?
—¿Por qué me llamas ahora "Sagrado Lama"? — me
p re g u n tó s o n ri e nd o — . ¿ Te h a s c re í d o q u e e re s u n c a m p e -
sino? En cu anto a tu pregu nta... Bueno, trataremos de ese
tema mañana. Esta noche vamos a estar muy ocupados.
Mañana te explicaré muchas cosas e intentaré poner orden
en tu cabeza tan llena de confusión.
S ubimos ju ntos a la co l ina . Si emp re me gus tab a m i ra r
desde lo alto la aldea de Shii. Y a veces me preguntaba qué
su cede ría s i arro ja ra u na pied ra sob re e l te jado de a l guna
casa. ¿Lo derrumbaría? ¿O tal vez el estruendo obligaría a
salir corriendo a sus moradores pensando que los espíritus
maléficos se precipitaban contra ellos? Nunca me había
a trevido a hace rlo po r temo r a he rir a alguie n, p e ro la ten -
tación nunca me abandonaba.
Ya en el Potala, ascendimos por los interminables postes
co n sus to scos e sc alo ne s — y a que al lí no ha y e sca le ras —
gastados por el continuo uso. Por último, llegamos a nues-
tras habitaciones, situadas sobre la de los monjes y sobre los
almacenes. Ya en mi dormitorio, contiguo al del Lama
Mingyar Dondup, me acerqué a la ventana. Abajo, un pá-
j a ro noc tu rno go rj eaba l la man do a su p a rej a en e l Bosque
de los Sauces. A la luz de la luna, lo veía con sus patas y su
pico hundidos en el agua temblorosa, escarbando en el
barro del fondo. Y el gorjeo de la hembra respondía viva-
mente a su llamada. "¡Parece ser que esta vez «el marido y
la mujer» sí están de acuerdo!", pensé. Me acosté pronto
porque tenía que asistir al Servicio de Medianoche y me
hallaba tan cansado que tenía que despertarme a tiempo.
Al día sigu iente, por la tarde, el Lama Mingyar Dondup
e n t ró e n m i ha b i ta c i ó n , d o nd e y o m e ha b í a q u e d a d o e s tu -
diando un libro antiguo.
—Vente conmigo, Lobsang — me dijo —. Acabo de
mantener una conversación con el Profundo. Y creo que ha
232 LOBSANG RAMPA

llegado e l momento de tra ta r de todo s eso s p rob lemas qu e


te tienen desconcertado.
P a s a mo s a s u h a b i ta c i ó n . Se n t a d o f re n te a é l , p a s é re -
vista a todas las ideas que hervían en mi cabeza.
— Se ño r — l e p re gu n té — , ¿p o r q u é s e c a s a n l a s p e rs o -
nas si se odian? Anoche observé las auras de aquellos dos
R a g ya b y l l e gu é a l a c o n c l u s i ó n d e q u e s e d e t e s ta b a n p r o -
fundamente. ¿Por qué se casaron, entonces?
El Lama pareció entristecerse.
—Las personas, Lobsang — me respondió —, se olvidan
con frecuencia de que están en el mundo para aprender.
Antes de que nazcan, cuando están en lo astral, se deter-
mina ya quién será el cónyuge de cada uno. Debes com-
prender qu e muchos hombres y mujeres contraen matrimo-
nio en un momento que podríamos considerar como la
cumbre de la pasión amorosa. Pero cuando la pasión se ter-
mina, entonces, la novedad recién descubierta se convierte
en algo familiar y cotidiano y aparece el cansancio y el
desprecio.
"La familiaridad engendraba el desprecio." Yo medi-
t a b a y m e d i ta b a to d o a q u e l l o . P e ro e n to n c e s , ¿ p o r q u é s e
casaban los seres humanos? Sin duda alguna, lo hacían so-
lamente para poder perpetuar la raza. Pero ¿por qué las
personas no podían unirse lo mismo que los animales? Miré a
mi Maestro y le hice esa pregunta.
— ¿ P o r q u é , L o b s a n g ? — m e p r e g u n t ó a s u v e z — . Tu s
dedu cc ion es me so rp re nde n. Deb e rí as saber, c omo todo e l
m u nd o , q u e l o s l l a m a d o s a ni m a l e s s e u n e n a l gu n a s v e c e s
p a r a tod a l a vi d a . As í lo hace n mu c ho s d e e llo s , e i nc luso
ciertas especies de aves, natu ralmente las más evoluciona-
das. Si las personas, como tú dices, se unieron sólo con el
o b je to de p e rpe tu a r l a r az a , l o s ni ños qu e f u e r an f ru to d e
esas uniones serían lo mismo que seres sin alma, como esas
pob re s c ri a tu ra s que n ace n medi ante la ins em inac ión a rti -
ficial. Es preciso que en las relaciones sexuales haya amor si
l os pad re s dese an re al me nte e ng e nd ra r un hi jo co n au tén-
t i c a c a l i d a d hu m a na . Lo c o n t ra r i o e q u i v a l e a p ro d u c i r u n
simple artículo manufacturado.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 233

El problema de las relaciones entre marido y mujer me


p re o c u p a b a re a l m e n te . P e ns a b a e n m i s p a d re s . Mi ma d r e
fue siempre una mu jer dominante y mi padre trató a todos
sus hijos con la mayor rudeza. Cuando los recordaba me
era imposible hacerlo con auténtico afecto filial.
Pero ¿por qué los seres humanos se casan en la
c u m bre de la pasión amorosa? — pregunté a mi Maestro
—. ¿Por qué no lo hacen con la misma frialdad con que
s e trata de un negocio?
—Lobsang — me respondió —. Ése es el sistema que
utilizan a menudo los chinos y los japoneses. Sus matrimo-
n io s so n concertado s fríam ente y hay que adm i ti r qu e su e-
len ser mucho más afortunados que los del mundo occi-
dental. Los propios chinos comparan al matrimonio con
una tetera. No se casan cuando les domina la pasión por-
q u e d i c e n q u e e s e a mo r e s c o m o u n a t e t e r a hi rv i e n te q u e
luego se enfría. Se casan fríamente para conseguir que esa
tetera simbólica alcance paulatinamente el punto de ebu-
llición y mantenga el calor durante mucho tiempo.
Me observó para comprobar si comprendía la significa-
ción de aquellas palabras.
Pero, Señor, me resulta imposible
c o m p r e n d e r p o r qué las personas son tan desgraciadas cuando
viven juntas.
Ya te he dicho, Lobsang, que las personas
v i e n e n a es ta tie rra como a u na esc uel a , pa ra ap re nder.
S i s iemp re fu era n fel ic es , a l ca sa rs e no ap re nde ría n nada
n uevo . V ienen al mu ndo para vivir unidos y para
mantenerse unidos. E s o f o r m a p a r t e d e l a l e c c i ó n . D e b e n
d a r y r e c i b i r . A l g u nas veces, como consecuencia de su carácter
rudo o por sus inestabilidades temperamentales, no consiguen
estar en perfecta armonía con los compañeros que les han
asignado. Es preciso que cada uno de ellos aprenda a
reprimirse y a elim i na r sus ra s g o s negativos. Deben
m o s t ra rs e e n to d o m omento tolerantes y pacientes. Si fueran
capaces de asimilar esa gran lección que consiste en dar y en
recibir, casi todos los matrimonios serían felices y se mantendrían
unidos.
Señor — le pregunté de nuevo —. ¿Qué debe
h a c e r entonces una pareja para alcanzar la dicha?
234 LOBSANG RAMPA

—Lo mismo el marido que la mujer deben saber espe-


rar el momento oportuno de poder hablar con calma y ex-
ponerse, con la mayor delicadeza, sus defectos recíprocos.
De esa forma terminarán con sus imperfecciones y conse-
guirán ser felices.
¡ Y o m e p re g un t a b a q u é ha b rí a s u c e d i d o e n e l c a s o d e
que mis padres hubieran intentado adoptar aquel sistema! A
m i j u i c i o , e l l o s e ra n , c o m o e l a g u a y e l fu e g o , a b s o l u ta -
m e n te i n c o mp a ti b l e s . M i Ma e s t ro c a p tó , s i n d u d a a l gu n a ,
mis reflexiones.
—Es preciso que ambos estén dispuestos a dar y a re-
c i b i r . S i r e a l m e n t e q u i e r e n a p r e n d e r l a g ra n l e c c i ó n d e l a
vida en común, deberán ser suficientemente sinceros como
para reconocer sus propios errores.
De acuerdo, Señor — respondí —. Pero ¿qué
e x p l i c a c ió n ti e ne el he cho de que dos pe rsonas se
e na mo re n o se sientan atraídos recíprocamente? Y si se han
sentido vinculados sentimentalmente en un momento
determinado, ¿por qué luego se van distanciando poco a poco?
Sin duda alguna, Lobsang, tú sabes que por
e l a u r a de las personas puedes saber cómo son éstas.
L o s h o m bres y mujeres comunes no pueden ver el aura,
pero, algun a s ve ces , tie ne n como u na e spe ci e d e se n tido
ocu l to que le s h a ce se n ti r si mpa tía s o anti pa tías , a p esa r
de qu e so n incapaces de comprender ellos mismos la
auténtica razón de esos sentimientos.
—Lo sé, Señor — exclamé —. Pero ¿cómo pueden sen-
ti r d e p ro n to antip a tí a po r un a pe rso na que a nte s le resu l-
taba simpática y agradable?
—Hay momentos en que los seres hu manos sienten que
el amor se agita en sus espíritus. Este hecho determina un
i nc re m e n to c o n s i d e ra b l e d e s u s v i b ra c i o n e s . C u a n d o u n a
m u j e r y u n ho m b re s e u ne n y s u b l i m a n e s a s v i b ra c i o ne s ,
consiguen la compenetración necesaria. Desgraciadamente,
e so no suc ede co n frecue nc ia . Manten e r la s u bl ima ció n e s
u n a e m p r e s a d i f í c i l . La e s p o s a s e d e j a v e n c e r p o r l a i n d o -
lencia y, algunas veces, rechaza a su marido y le impide
que éste use de lo que le corresponde por legítimo derecho.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 235

Y e n to nce s , é l busc a e n o tras mu je res lo qu e su espo sa le


niega y se va distanciando de ella. Y poco a poco se alte-
rará el ritmo de sus vibraciones etéreas y dejarán de ser
c o m p a ti b l e s , a l c a n z a nd o p o r f i n u n g ra d o d e a b s o l u t o a n -
tagonismo.
Sí, lo comprendía perfectamente. Las palabras de mi
M a e s t ro m e h a b í a n a c l a ra d o m u c ha s c o s a s . P e ro , a p e s a r
de todo, decidí seguir preguntando.
Señor — le dije —. Algunos niños mueren al
p o c o t i e m p o d e n a c e r . E s a i d e a m e to r tu r a . P o rq u e ¿ q u é
p o s i b i lidades de aprender y de realizar su destino tienen esos
desd i c h a d o s ? A m i j u i c i o , h a n s i d o c o n d e n a d o s a v i v i r
u n a existencia breve e inútil.
No, Lobsang — dijo mi Maestro, el Lama
Mingyar Dondup, sonriendo ante mi apasionamiento
— . N o h a y nada qu e se a i núti l . Es tá s equ ivo cado . Y pa rte s
de u n po stulado completamente falso, puesto que hablas
como si creyeras que cada persona vive una sola vida.
Me observó durante unos instantes. Después miró hacia
l a v e n t a n a . Y y o m e d i c u e nt a d e q u e p e ns a b a e n e l h o m -
bre y la mujer Rabyabs y en su pobre hijo.
Imagina por un momento que vas
a c o m p a ñ a n d o a un a p e rso na qu e a t ra vi es a u na se r ie de
ex is t en ci as suc es iv a s — d i j o m i M a e s t r o — . L a s c o s a s n o l e
h a n i d o b i e n e n una de sus vidas y, al llegar a cierta edad,
se da cuenta de qu e v iv i r l e r e su l t a i nsopor t ab le . Y d ec ide
po ne r fi n a su s d í a s , s u i c i d á n d o s e . . . C o n e l l o , l o ú n i c o
que consigue es morir antes del plazo que se le había
fijado , po rqu e lo s años, días y horas que debe vivir cada
ser hu m a n o e s tá n determinados siempre con la mayor
exactitud y todo había sido establecido minuciosamente
antes de que naciera. En e s e c a s o , s i a l g u i e n p o n e f i n a s u
existencia doce meses antes de la fecha en que debía
m o r i r d e a c u e r d o c o n l a s previsiones astrales, se verá
obligado a regresar a la tierra para vivir los doce meses de vida
que le faltan.
Yo reflexioné sobre las infinitas posibilidades de aquella
teoría, que me proporcionaba una explicación a tantas cosas
que hasta entonces me habían resultado incomprensibles.
236 LOBSANG RAMPA

—Y esa persona que ha puesto fin a su vida prematura-


mente, después de permanecer en lo astral el tiempo nece-
sario, volverá de nuevo a la tierra para terminar de vivir la
v ida que i n te rrump ió co n su mu e rte volu nta ria . N ace rá de
n uevo y se rá ta l ve z un ni ño e nfe rmi zo que v iv i rá ta n sól o
los doce meses en que acortó su existencia terrestre, y mo-
rirá en ese plazo. Y con ello, los padres perderán a su hijo,
p e ro g a na r án e l te so ro d e u n a nuev a exper i e nc ia y h ab rá n
realizado una parte importante de su inevitable destino. Sa-
b e m o s q u e m i e nt ra s e s t a m o s s o b re l a t i e rr a , n u e s t ra a p a -
riencia, nuestras percepciones, nuestros valores sufren una
a l te rac ión m iste rios a . Te lo re co rda ré de nue vo : És te es e l
Mundo de la Ilusión, el mundo de los valores ficticios. Pero
cuando regresamos al Gran Mundo del Ser, nos damos
cuenta de que las duras lecciones y las experiencias apa-
r e n te me nte c ar e n te s d e se n ti do qu e nos v imo s o bl ig ad o s a
v iv i r e n e l cu rso d e nu es tra e s ta nc ia e n la ti e rra , en real i -
dad no eran tan absurdas como suponíamos.
Yo pensaba en las adversidades, en las torturas, en los
viajes a los remotos países que me habían anunciado las
profecías.
—En ese caso, cuando alguien profetiza un aconteci-
miento lo que hace realmente es entrar en contacto con las
fuentes del conocimiento. Si todo está predeterminado antes
de nuestro nacimiento, ¿es posible, bajo ciertas condiciones,
alcanzar ese conocimiento de las cosas futuras?
—Sí, Lobsang, es posible — dijo mi Maestro —. Pero
n o p i e ns e s q u e e l fu tu ro e s t á p re d e te rm i n a d o to t a l m e n t e .
Los acontecimientos básicos son inevitables. Pero nosotros
poseemos la facultad de actuar con entera libertad para re-
solver esas situaciones necesarias, de acuerdo con nuestros
co noc im ie ntos . Uno s puede n s al i r a i roso s de esa p ru eba y
o tro s p u e d e n f r a c a s a r . Te po n d ré u n e j e m p l o g rá f i c o p a r a
que lo comprendas mejor. Supongamos que se ordena a dos
hombres que vayan a Kalimpong, en la India. Deben in-
tentar por todos los medios llegar a su punto de destino,
pero eso no quiere decir que tengan que elegir los dos el
mismo sendero para conseguirlo. Cada uno de ellos elegirá
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 237

su propio camino. Y según el camino que elijan, vivirán


aventuras distintas y distintas experiencias. Con la vida su-
cede lo mismo. Se ha fijado nuestro punto de destino, pero
de nosotros depende la elección de la forma para conse-
guirlo.
Entró un mensajero y mi Maestro le siguió, después de
pedirme que le disculpara. Me acerqué a la ventana, me
apoyé en el alféizar y oculté el rostro entre mis manos.
Pensativo, analicé las palabras de mi Maestro, recordé cuán-
t o m e h a b í a e n s e ñ a d o . Y m e d i c u e n ta d e q u e t o d o m i s e r
e s taba l le no de amo r po r a qu e l homb re ú ni co que me mos -
traba en todo momento mucho más afecto y comprensión
qu e m is p ro p ios pad re s . I ndep end ie n te me nt e d e lo qu e me
deparara el futuro, estaba decidido a comportarme siempre
como si él estuviera a mi lado, supervisando mis actos.
D e b a j o d e m í , e n e l c a mp o , l o s m o nj e s m ú s i c o s to c a b a n y
a fi naba n sus ins tru m ento s , de lo s que b rotab an no tas , so-
nidos y ritmos diversos. Los contemplé indolentemente. La
música carecía de significado para mí. Nunca tuve las dotes
necesarias para comprenderla. Pero me daba cuenta de que
e ran ho mb res de bue na volu ntad qu e i ntentaba n c rea r be -
l l as a rmo ní as . V o l ví l a espa lda a l a v en t ana pe ns ando que
me sería más útil leer un buen libro.
A s í lo hi ce , pero p ro nto me fa ti gó l a lec tu ra . Me s entía
l l e no d e u n a r a ra i nq u i e tu d, p l e tó ri c o d e p e ns a m i e n to s y
sensaciones qu e me impedían concentrarme. Volvía las pá-
ginas perezosamente. De pronto, decidido, guardé todas las
h oj as imp re sas d entro d e la cu b ie rta de m ade ra lab rada y
até las cintas. Era uno de aquellos libros preciosos que de-
bían ser envueltos en seda. Así lo hice con el mayor cui-
dado y lo coloqué a mi lado.
M e l e v a n té y m e d i ri g í a l a v e n t a n a d e n u e v o , c o n te m-
p l a n d o e l p a n o ra m a . La n o c h e e ra c a l u ro s a , t ra n q u i l a . E l
aire parecía no existir. Abandoné la habitación. Todo estaba
qu ie to y si le nc ioso . La gran l am ase ría pare cí a te ne r vida .
Un a vid a se ren a y ll ena d e c al ma . Lo s homb res de l Po ta la
h ab ía n re al i zado du ran te sig lo s su s ta reas sa grad as y los
muros latían como seres conscientes. Trepé por una de las
238 LOBSANG RAMPA

escaleras verticales y subí a la terraza más alta, junto a las


Tumbas Sagradas.
Procurando no hacer ruido, me dirigí hacia mi lugar
fa vo ri to , donde me re sgu a rdab a cua ndo e l v i en to frí o baj a-
b a h a s ta l a l a m a s e r í a d e s d e l o a l t o d e l a s m o n ta ñ a s . A p o -
yado en una Imagen Sagrada, crucé las manos sobre mi
n uca y contemp lé el Va ll e . De spués , me te nd í de e spa ldas
mirando las estrellas. Sentí la extraordinaria impresión de
que todos aquellos mundos giraban alrededor del Potala.
Este pensamiento me aturdió y me llenó de una extraña
s e ns a c i ó n d e v é r ti go . Un a e s te l a d e l u z c ru z ó e l c i e l o , b r i -
llando fugazmente y se extinguió en las sombras. "Un co-
r n e ta q u e ha m u e r t o " , p e n s é c o n te mp l a nd o s u re s p l a n d o r
postrero.
C e rca de mí , es cuc hé u n ruido c as i i mpe rcep tib le . Le n-
tamente, me incorporé. Bajo la débil luz de las estrellas,
v i u n a fi gu ra e nc a p u c h a d a q u e p a s e a b a m a j e s tu o s a me n te
frente a las Tumbas Sagradas. Le observé. Se acercó al
borde de la terraza, contemplando la ciudad de Lhasa.
P u d e v e r s u p e r fi l . E ra e l Ho m b re m á s s o l i ta r i o d e l Ti b e t .
El Hombre que había asumido las mayores responsabili-
dad es de l pa ís. L e o í susp i ra r p ro fu nda men te y pe nsé que
tal vez las profecías qu e habían anunciado su destino eran
tan nefastas como las que habían anunciado el mío. Con el
m ayo r cu idado p a ra no l lam ar s u a tenció n, m e a rras tré si -
lencioso y me alejé de allí. No sentía el menor deseo de
turbar sus pensamientos. Llegué a la entrada y me deslicé
lentamente, descendiendo al santuario de mi habitación.
Tr e s d í a s d e s p u é s , y o m e ha l l a b a p re s e n te c u a nd o mi
Maestro, el Lama Mingyar Dondup, reconoció al niño de
los Ragyab. Lo desnudó y observó su aura con la mayor
a tenció n. Du ra nte uno s in sta n te s , ex aminó su ce reb ro . El
n i ño no g ri taba ni l lo raba . C omp rend í qu e , a p esa r de s er
tan pequeño, se daba cuenta de que mi Maestro quería
sanarlo.
—Bien, Lobsang — me dijo después de su examen —,
l o cu ra remos . Es e vid en te que p adec e u na a fecc ió n p rodu-
cida por las dificultades del parto.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 239

Sus padres esperaban en la habitación contigua. Yo,


p e g a d o a m i M a e s t r o , c o m o s i f u e r a s u s o m b r a , f u i a v e r les.
Se postraron, llenos de humildad, a sus pies.
Vuestro hijo puede ser curado y será curado —
les d i jo co n la ma yo r amabi l idad — . Es e vid en te qu e a l
n ac e r re cib ió al gú n go lpe o tal v ez fui v íc tima de un a c aíd a.
E so puede ser remediado. No temáis nada.
Sagrado Lama — dijo la madre temblorosa —.
T i e n e s ra zón. S u cedió l o que h as di cho . Ll e gó al mu ndo
i n espe rad a m e n te . N a c i ó d e r e p e nte y c a y ó a l s u e l o . Y o me
h a l l a b a sola en aquellos momentos.
Mi Maestro sonrió lleno de comprensión y de afecto.
—Volved mañana a esta misma hora. Estoy seguro de
que os lo podréis llevar con vosotros completamente cu-
rado.
Se arrodillaron y le hicieron grandes reverencias hasta
que abandonaron la habitación.
Mi Maes tro me d ijo que yo exami na ra tamb ién a l niño ,
con la mayor atención. Señaló su cabeza.
—Observa aquí, Lobsang — me dijo —. Algo presiona
su cerebro. Es un hueso que tiene oprimido el cordón.
¿ C o m p re nd e s ? S u a u ra ti e ne u na fo rma d e a b a ni c o e n l u -
gar de ser redonda.
Tomó mis manos y las guió hábilmente en torno a la
zona afectada para que yo pudiera darme cuenta mejor.
— A h o ra v o y a r e d u c i rla . H a y q u e " p re s i o n a r " e l h u e s o
que le produce la enfermedad "hacia afuera". ¡Observa
atentamente!
Con una habilidad increíble, presionó con sus pulgares
suavemente haciendo que el hueso se encajara en su sitio.
El niño no lanzó un solo grito. La operación había sido
re al i zada con u na rap ide z aso mb rosa . S in duda al gu na n o
sintió ningún dolor. Su cabeza ya no se inclinaba sin fuerza
h a c i a u n l a d o c o m o a n t e s . E s t a b a e re c t a . E ra u n a c a b e z a
completamente normal. Durante unos instantes mi Maestro l e
dio unos masajes en la nuca, con su avidad. Sus hábiles
d e d o s d e s c e nd í a n d e l a c a b e z a a l c o ra z ó n , " nu nc a " d e l c o -
razón a la cabeza.
240 LOBSANG RAMPA

A l d í a s i g u i e n t e , c u a nd o l l e g ó l a h o r a q u e m i M a e s t ro
l e s h a b í a i n d i c a d o , l l e g a r o n l o s p a d re s . E s t a b a n l o c o s d e
alegría ante aquel milagro.
—Ahora — dijo sonriendo el Lama Mingyar Don-
d u p — , e s p re c i s o p a g a r e l b i e n q u e h a b é i s re c i b i d o . Y p o -
déis "pagarlo" cambiando de conducta. No discutáis más
n i v o l v á i s a p e l e a ro s , p o r q u e l o s h i j o s a s i m i l a n l a s a c t i t u -
des de los padres. Si ellos se mu estran hostiles, el niño se
v u e l v e n h o s t i l . Si e l l o s s o n d e s g ra c i a d o s y no s e a m a n , e l
n i ño se rá d es gra ci ado e in capa z de am a r. "Pa gad " e l favo r
que os hemos hecho con afecto y ternura... Dentro de unas
s ema na s , nos l o tra e ré is d e nuevo pa ra que podamo s com-
probar sus progresos.
Acarició, sonriente, las mejillas del niño. Después aban-
donó la habitación y yo le seguí.
—Las personas muy pobres, Lobsang, suelen ser muy
o rgullos as. Les i nqu ieta no t e ne r d i ne ro para paga r los fa-
vores que les hacen. Es necesario hacer las cosas de tal
forma que se queden convencidos de que han "pagado"
e s o s fa v o re s . P o r e l l o l e s d i j e q u e d e b í a n p a g a r — d i j o m i
Maestro sonriendo —. Eso les ha complacido. Se habían
co loc ado su s m ejo res ves tidos pa ra di si mu la r su pob rez a .
Pero solamente pu eden pagar siendo bu enos. Es necesario
dejar que los seres humanos mantengan su orgullo, su auto-
estimación, Lobsang. Y si lo consigues, ¡podrás obtener
lo que quieras de ellos!
A l re gres ar a m i habi tac ión, re cog í e l tel es copio con e l
q u e a n tes h a b í a e s tad o ju gand o . Ex t e nd í y a j u s té s u s b ri -
l l a nt e s t u b o s d e m e ta l y m i r é e n d i re c c i ó n a l a c i u d a d d e
Lhasa. Vi dos sombras lejanas. Ella llevaba al niño en su s
b ra zos . El homb re pu so su b ra zo sob re los homb ros d e su
esposa y la besó.
En silencio, pensativo, abandoné el telescopio y me dis-
puse a estudiar mis lecciones del día siguiente.
CAPITULO XI

Estábamos en el recreo. Caminábamos por el patio sobre


______ nuestros zancos, tratando de derribarnos unos a otros.
El último que quedaba en pie, tras haber resistido todos los
a ta q u e s d e l o s o t ro s , e ra d e c l a ra d o v e n c e d o r. U n o d e m i s
compañeros tropezó en uno de los agujeros del suelo y cayó
sobre mí y sobre el muchacho que estaba a mi lado, hacién-
d o no s p e rd e r e l e q u i l i b ri o . C a í m o s l o s t re s s o b re l a ti e rr a
lanzando estrepitosas carcajadas.
¡El viejo maestro Raks estaba hoy de un humor
g r i s ! — dijo uno de los muchachos jovialmente.
¡Es cierto! — dijo otro —. Los demás
maestros se pondrían verdes de envidia si supieran
q u e e s c a p a z d e descargar su cólera sobre nosotros sin
quedarse sin aliento, como les sucede a ellos.
Seguíamos riendo con todas nuestras fuerzas. ¿Verde de
envidia? Llamamos a los demás muchachos para que se ba-
j a ra n de sus za nco s y se senta ra n a ju ga r co n noso tros a l
juego del significado de los colores.
—¡La cara gris! — exclamó uno.
—No — le respondí —. Ya hemos citado ese color. An-
tes dijimos "un humor gris".

Continuamos nuestro juego y, del "humor gris" del


maestro, pasamos a las "negras reflexiones" de un superior y
a la "envidia verde" de algunos hombres. ¡Uno nos habló de
una "mujer escarlata" qu e había visto en el mercado de
Lhasa! Pero de momento, ninguno de nosotros sabía si
aquella imagen podía ser utilizada en nuestro juego porque
242 LOBSANG RAMPA

ignorábamos qué significado podía tener una "mujer escar-


lata".
—¡Ya sé! — dijo el muchacho que se había sentado a
mi derecha —. Un "hombre amarillo", amarillo de miedo.
A l fi n y a l c a b o , e l c o l o r a m a ri l l o s e u ti l i z a m u c ha s v e c e s
para calificar el miedo.
Me quedé pensativo. Me daba cuenta de que si aque-
l l as exp res io ne s s e us aba n n o rma lm en te en todos los id io-
mas sería por alguna razón determinada. Este pensamiento
me impulsó a levantarme para acudir en busca de mi Maes-
tro, el Lama Mingyar Dondup.
E n t ré c o r r i e nd o e n s u h a b i ta c i ó n re a l m e n te e x c i ta d o . Él
me miró imperturbable, a pesar de mi descortesía.
Honorable Lama — exclamé —. ¿Por qué
r e c u r r i m o s a los colores para describir estados de ánimo?
C erró el libro que estaba leyendo y me invitó a que me
sentara a su lado.
Supongo que te refieres a esas expresiones
t a l e s c o m o "humor gris" y "verde de envidia" — dijo.
Sí — le respondí, más excitado que nunca,
c o m o p a r a reforzar mi afirmación —. Me gustará saber
por qué los colores tienen esas significaciones concretas.
¡ Ti e n e q u e existir alguna explicación a ese hecho!
—Bien, bien, bien, Lobsang — me respondió sonrien-
do —. Creo que tú mismo has preparado las cosas para que
pueda darte otra de mis charlas pedagógicas. Pero ahora me
doy cuenta de que te has estado dedicando a algún ejercicio
agotador. No te vendrá mal un poco de té. Yo iba a to-
marlo ahora... Luego entraremos en materia.
E l s i rv ie nte no ta rdó e n l le gar. Era l a ho ra d el té y d el
"ts ampa" p a ra todos los poblado re s — lama s, mo nj es o n i -
ños — de la lamasería. Comimos silenciosos. Yo pensaba en
l os colo res m ien tras esp e rab a a q ue mi Ma es tro emp ez a ra a
e x p o n e rm e s u s te o rí a s . C u a n d o te rm i na m o s nu e s t ro p e -
queño refrigerio, contemplé al Lama con impaciencia.
—Ya sabes muchas cosas acerca de los instrumentos
mu si ca les — emp ezó d ic ie ndo —. Y no ig no ra s que u no de
esos instrumentos, muy utilizado en el mundo occidental, se
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 243

l l ama p ia no . Re co rda rá s que u n dí a te mos tré u na fo to g ra-


fía de un piano. Está formado por un rectángulo lleno de
teclas blancas y negras. B ien, olvidemos las negras por un
m o m e n to e i m a g i n a re m o s u n t e c l a d o d e d o s m i l l a s d e l on -
g i tu d , o s i qu ie res más l a rgo tod av ía , qu e co n tie ne la t o ta -
l id ad de l as v ib ra cio ne s ex iste nte s e n tod as y c ada u na de
las dimensiones del universo.
Me miró para comprobar si le comprendía porque evi-
dentemente, para mí, un piano era un instrumento casi des-
conocido que, como acababa de decir mi Maestro, había
visto solamente en fotografías. Al darse cuenta de que cap-
taba perfectamente la imagen que pensaba utilizar como
punto de partida, continuó:
—Bien — dijo —, si tienes ese instrumento capaz de
contener la totalidad de las vibraciones existentes, es muy
posible que la escala completa de las vibraciones hu manas
esté contenida en tres de las teclas centrales. Ya sabes — ¡al
menos eso espero! — que todo cuanto existe está compuesto
de vibraciones. Consideremos la vibración más baja que el
hombre percibe: la de los cuerpos sólidos. Si los tocas, im-
p i d e n e l p a s o d e tu s m a no s a t ra v é s d e e l l o s . ¡ P e ro l a r e a -
l id ad es que toda s su s mo lécu la s es t án v ib ra ndo ! Si gamos
con el teclado imaginario. Escuchas las vibraciones llamadas
sonidos. Y si sigues subiendo, tus ojos reciben las vibra-
ciones que percibimos con la vista.
Me incorporé sorprendido ante sus palabras. ¿Cómo
podía la vista percibir las vibraciones? ¿"Cómo" nos era po-
sible ver las cosas cuando las mirábamos?
—Lobsang — dijo mi Maestro —. Si somos capaces de
v e r l a s c o s a s e s p o rq u e é s ta s v i b r a n y p ro d u c e n u n a c o n -
moción molecular que tus ojos captan claramente. En otras
pa lab ras , lo s ob je tos i rrad ian ci e rtas o ndas v ib rá ti les que
son recibidas por los órganos de la visión. Y éstos se en-
cargan de transmitir los impu lsos recibidos a un lugar del
cerebro que transforma esos impulsos en una imagen de las
co sas qu e m i ra mos . Todo e sto es rea lm ente co mpl icad o y ,
de momento, no creo que sea necesario profundizar en ello.
De lo único que se trata es de que comprendas que todo
244 LOBSANG RAMPA

cuanto existe vibra necesariamente. Si seguimos ascendien-


do en la escala de vibraciones, hallaremos las ondas de ra-
dio, las ondas telepáticas y las ondas de los seres que habi-
t a n e n o t ra s d i m e n s i o n e s . P e ro , na tu ra l m e n te , no s v a mo s
a limitar a las tres teclas que producen las notas conocidas
bajo los nombres de objetos sólidos, sonidos y cosas vi-
sibles.
Yo re f lex ionaba sus pa lab ras y me daba cue nta de qu e
m i c a b e z a d a b a v u e l t a s . S i n e m b a rg o , l o c i e r to e s q u e l o s
métodos pedagógicos de mi Maestro no producían en mí
ningún cansancio. Solamente sentía odio a la enseñanza
cu ando a lgú n m aes tro ti rán ico , dom inado po r la i ra , s acu-
día mi pobre y viejo manto con su vara.
Me preguntaste acerca de los colores,
L o b s a n g . B i e n . Como tú sabes, cada vibración imprime
sobre nuestra aura u n colo r de te rm in ado . As í , po r ej empl o ,
s i u na p e rso na s e siente desdichada, realmente desdichada,
sus órganos emitirán vibraciones en una frecuencia de onda
que asu me un c o l o r a p ro x i m a d o a l q u e no s o t ro s l l a ma m o s
azul. Y h a s ta las p e rs o na s que no son c l a r i v i d e n te s
p a re ce n p e rcib i r e l azul de la tristeza y, por ello, en muchos
idiomas, ese color p a r e c e v i n c u l a d o a l a d e s d i c h a , a l a
f r u s t r a c i ó n y a l p e s i mismo.
E mpe zab a a comp rend e r. Sin emb a rgo , no c ap taba con
claridad la relación existente entre "verde" y "envidia".
Por ello, interrogué a mi Maestro sobre este particular.
Tú sabes perfectamente, Lobsang — me
r e s p o n d i ó — , qu e cua ndo una p e rso na s e ve dom inad a
po r el v ic io de la envidia, sus vibraciones sufren una
alteración específica que e n e l a u r a s e t r a d u c e p o r u n c o l o r
p a r e c i d o a l v e r d e . Y , aunque su aspecto exterior no se tiña
de ese color, no cabe l a me no r duda de que muc has ve ces
p rodu c e l a s en sa ció n de estar verde. También debes saber
que, según las influencias planetarias bajo las que ha
nacido, cada persona siente la atracción de un color o colores
determinados.
Sí — exclamé —, ¡ya sé que a los que
h a n n a c i d o bajo el signo de Aries les gusta el rojo!
—Es cierto — dijo mi Maestro, sonriendo ante mi entu-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 245

siasmo —. Es la ley de las concordancias armónicas. Las


p e rs o n a s r e a c c i o na n m á s fa v o ra b l e m e n t e a n te l o s c o l o re s
c u y a s v i b ra c i o n e s c o i n c i d e n c o n s u r i tm o b á s i c o d e v i b ra -
ción. Ésa es la razón de que los que pertenecen al signo de
A ries , po r e jemp lo , p re fie ran el ro jo . En su es tru c tu ra mo -
lecular predomina ese color. Por ello lo prefieren a los
otros.
Ardía en deseos de hacerle otra pregunta. Ya conocía
la significación del verde y del azul y sabía que el negro
de la meditación estaba determinado por el hecho de que el
e s tudio hac ía su rgi r franja s os cu ras e n e l au ra d e l as per-
sonas que se sometían a un esfuerzo de concentración.
¡Pero era incapaz de comprender el significado del color
rojo de una mujer!
—Honorable Lama — exclamé por fin, incapaz de con-
tener mi curiosidad por más tiempo —. ¿Por qué decimos
que una mujer es escarlata?
Mi Maestro me contempló sorprendido. Y me pareció
qu e ap enas pod ía contene r la ri sa . D espués , l le no d e a ma -
bilidad, me puso al corriente de algunas cosas con el ob-
jeto de que en el futuro mi cerebro se librara de ciertas
confusiones.
—Tú ya sabes, Lobsang, que cada persona tiene una
frecuencia básica de vibración. Sus moléculas vibran a un
ritmo determinado. Y su cerebro emite esas vibraciones por
u na l on gi tud de o nda ad ecuad a . N o ha y dos pe rso nas que
tengan u na longitud de onda absolu tamente idéntica. Pero
cuando sus longitudes de onda son similares o entre éstas
s e p roduc en ci e rta s co nco rda nc ia s a rmón ic as , se d ic e que
son compatibles. Ése es el origen de las simpatías recí-
procas.
Al oír sus palabras, pensé en ciertos artistas, extraordi-
n a ri a me n te d o t a d o s p a ra l a c re a c i ó n y d o m i na d o s p o r u n
fuerte temperamento.
—H o no rab le La ma — l e p regu nté —, ¿ es ci e rto que los
a rtis tas ti enen un ri tmo de v ib ra ció n má s i nte nso qu e la s
demás personas?
—Sin duda alguna, Lobsang — respondió mi Maes-
246 LOBSANG RAMPA

tro —. Cuando un hombre posee eso que llamamos inspi-


ración, cuando es un auténtico artista, el ritmo de sus vi-
b ra cio ne s y su l on gi tu d d e onda e s muy supe rio r a l de las
de más p e rso na s . El lo hace qu e a lgu na s ve ces tenga u n c a-
rácter inestable y difícil para la convivencia normal. Como
co ns ecue nc ia de su e le vado ri tmo vib ra tori o , tie ne n c ierta
tendencia a tratar como a inferiores a sus semejantes. Sin
embargo, las obras de creación que llevan a cabo tienen
tanto valor para la humanidad que vale la pena soportar
sus manías y sus anormalidades.
Yo imaginaba aquel gigantesco teclado de varias millas
de longitud y me parecía imposible que la extensa gama de
las experiencias humanas estuviera circunscrita exclusiva-
mente a tres notas. Le expuse mi nueva confusión.
—El ser humano, Lobsang — me respondió —, tiene
u na i r re f re nabl e te nde nc ia a p e ns a r qu e es l o ú n ico au tén -
ticamente importante de la creación, ¿comprendes? Pero en
realidad hay numerosas formas de existencia completamente
distintas a la humana. Los demás planetas están poblados
de seres muy diferentes a los seres humanos y que nosotros
no podemos imaginar ni comprender. Y esos seres ocupan,
en nuestro teclado imaginario, un lugar muy distinto al que
ocupamos nosotros. Y los seres de las dimensiones astrales
de existencia están en un plano mu cho más elevado qu e el
nuestro porque un espíritu que puede atravesar las paredes
posee una naturaleza tan sutil que su ritmo de vibración es
necesariamente muy superior al nuestro aunque su compo-
sición molecular sea muy inferior a la de los seres del mundo
físico.
Mi Maestro, el Lama Mingyar Dondup sonreía al ver
mi gesto de perplejidad.
—Verás, Lobsang — me dijo —. Un espíritu puede pa-
s a r a tra vés de u n mu ro de p ied ra po rqu e u n mu ro de p ie -
d ra es en rea lidad sol ame n te u n co njun to de mol écu las v i-
brátiles, separadas unas de otras por espacios vacíos a través
de los cuales pueden pasar con facilidad los seres que tienen
una composición de moléculas más tenues. Naturalmente, el
ritmo de vibración de los seres astrales es muy elevado,
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 247

pero su naturaleza es sutil. Su ausencia de solidez hace que


e l núm e ro d e la s mo lé cul as qu e los compon e n s ea mu y re -
d u c i d o . L a g e n te s u e l e c re e r q u e d e s p u é s d e l a s c a p a s a t-
mo s fé rica s de l a tie rra , so lamen te ex is te el e spac io va cío .
Pe ro se e qui voc an. El esp acio tie ne e n todo mo me nto y e n
todas partes una estructura molecular. En general, sus mo-
l é c u l a s s o n d e h i d ró g e n o y e s tá n mu y s e p a ra d a s u n a s d e
otras. Pero esas moléculas existen realmente y pueden ser
d e t e c ta d a s d e l a m i s m a f o rm a q u e s e p u e de c a p ta r l a p re -
sencia de un espíritu.
Sonaron las caracolas del Templo, convocando el ser-
vicio.
— Mañan a se gui remo s tra ta ndo de es te tema, L obsa ng .
Creo que es necesario que llegues a dominarlo totalmente.
Al terminar el servicio religioso, se inició la carrera que
tenía por meta la comida. El hambre nos dominaba a todos.
Nuestras reservas de alimentos estaban agotadas y aquel era
e l d í a s e ñ a l a d o p a ra a b a s te c e r no s nu e v a m e n te d e c e b a d a
tostada. En el Tibet, los monjes llevan siempre consigo una
pequeña bolsa de cuero donde guardan la harina de cebada
que se mezcla con el té y la manteca para preparar el
"tsampa". Por esa razón, todos participamos en aquella
carrera y nos congregamos en el lugar destinado al reparto,
para llenar de provisiones nuestra bolsa, pasando luego al
comedor donde nos proporcionarían el té necesario para
nuestra cena.
L a c o m i d a e ra h o r r i b l e . M a s t i q u é m i " t s a m p a " p re g u n -
t á n d o m e s i l e i b a a s e n t a r b i e n a m i e s t ó m a g o . Te n í a u n
espantoso sabor a grasa quemada y pasé verdaderos apuros
para tragarlo.
—¡Ah! — dijo un muchacho —. ¡Esto está demasiado
tostado! ¡No hay quien se lo coma!
—¡Han echado a perder la comida! — le respondí.
L o i nt e n té d e n u e v o , c o n t ra y e nd o a ns i o s a m e n te e l ro s -
tro pa ra v e r si con se guí a por fi n t ra gá rm el o . D espe rd ic ia r
la comida es, en el Tibet, una falta grave. Miré a mi alre-
d e d o r y v i q u e t o d o s e s ta b a n d o m i na d o s p o r l a m i s m a a n-
gustia. Sin duda alguna, el "tsampa" estaba en malas con-
248 LOBSANG RAMPA

diciones. Todos tiraban la comida y aqu el hecho constituía


u na ex tra ña co in cid en ci a e n u na comu nidad s iemp re ham-
b ri e n ta c o m o l a n u e s t ra . H a c i e n d o u n g r a n e s f u e rz o , c on -
seguí tragar el "tsampa" que llenaba mi boca y éste cayó
en mi estómago con una violencia inesperada, producién-
dome náuseas. Rápidamente, lleno de asco, me tapé la boca
con la mano y avancé hacia la puerta...
C u a nd o m e d i s p o n í a a e n t ra r d e nu e v o e n e l c o m e d o r,
d e s p u é s d e v om i t a r v i o l e n t a me n te c u a n to t e n í a e n e l e s tó -
mago, oí que alguien me llamaba.
¡Hola, jovencito! — me dijo una voz que
p r o n u n c i a ba el idioma tibetano de una manera extraña.
Me volví. Era Kenji Tekeuchi, el monje japonés que
había estado en todas partes, que había visto y hecho tantas
cosas y que, después de vivir las más variadas experiencias,
s e ve ía dom i nado po r u n extra ño y p el i g roso de sequ i librio
mental.
Te ha parecido mala la comida, ¿no es
c i e r t o ? — m e di jo co n afe c to —. Yo he te n ido l a mi sm a
d i fi cu l tad qu e tú p a r a t r a g a r l a y t a m b i é n t u v e q u e s a l i r
c o r r i e n d o p o r l a s mismas razones que tú lo has hecho.
Vamos a esperar para v e r q u é s u c e d e . Y o m e q u e d a r é a q u í
afuera un rato. E s pe ro qu e el ai re f re sco me l ibre
to ta lm ente de l a s náus eas terribles que me ha provocado la
comida.
Señor — le dije con la mayor deferencia —
. Tú has viajado por todo el mu ndo. Tal vez puedas
decirme por qué en el Tibet la alimentación es tan
terriblemente monótona. E s t o y c o m p l e t a m e n t e c a n s a d o d e
co mer té y "tsamp a" y "tsampa" y té. Algunas veces me
r e s u l t a i m p o s i b l e t ra ga r un solo bocado.
El japonés me miró con gran comprensión, como com-
padeciéndose de mí.
¡Ah! — exclamó —. Me lo preguntas porque
supones que he tenido que probar los platos más
variados. Y tienes r a z ó n . M e h e p a s a d o l a v i d a v i a j a n d o .
C o n o z c o l a c o c i n a inglesa, alemana, rusa y, posiblemente,
la de casi todos los p a í s e s q u e p u e d a s m e nc i o na rm e . A
p e s a r d e m i s v o t o s r e ligiosos, me he dado buena vida o, al menos,
así lo creí
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 249

durante mucho tiempo. Pero ahora me entristece pensar


q u e n o c u m p l í c o n m i s o b l i g a c i o ne s . — S e a ni m ó d e p ro n t o
—. ¡Ah, claro! Me has preguntado por qué nuestras co-
midas son tan monótonas. Voy a decírtelo. Los occidentales
comen demasiado. Su alimentación es muy variada. Sus sis-
temas digestivos actúan siempre inconscientemente. Quiero
decirte con ello qu e no están controlados por la parte cons-
ciente del cerebro. Según nuestras enseñanzas, si nuestro
c e reb ro pu ede a nal i za r, a tra vés de los ojos , e l tipo de nu-
t r i c i ó n q u e v a m o s a i n t r o d uc i r e n n u e s t r o e s t ó m a g o , é s t e
segrega los jugos gástricos necesarios, en cantidad y en ca-
l id ad , p a ra apr o v ec ha r lo s al i me n tos h as ta e l máx imo . S i ,
p o r e l co n t ra r io , los a l ime n tos se in g ie re n i nd is c ri mi nada -
m ente y l a p e rso na qu e los come es tá pe rdi e ndo el tiempo
en conversaciones inútiles, los jugos no son segregados de
la forma adecuada, la digestión se hace penosa, se padecen
indigestiones y, finalmente, se producen las úlceras intesti-
nales. ¿Querías saber por qué nuestras comidas son tan
pobres? ¡B ien! C uanto más pobre y, dentro de unos límites
r a z o na b l e s , m á s m o n ó to na e s l a c o m i d a q u e c o n s u m i mo s ,
m ás p rop ic ia e s pa ra e l de sa rro l lo de la s pa rtes fís ica s de
n u e s tro c u e rp o . Y o e s tu d i é l o O c u l to c o n e l ma y o r a p a s i o -
namiento. Tenía grandes poderes de clarividencia. Pero
s ie mp re co mí y beb í e n pro po rc io nes rea lme n te i nc re íb les y
perdí todos mis poderes metafísicos. Por ello, me vine
aquí a Chakpori, para que cuidaran de mí y para que mi
cu e rpo ca nsado pu di e ra repos a r u n poco an tes de ab ando-
nar este mundo. Y cuando, dentro de pocos meses, me vaya
de l a tie rra , los Tri t u rado res de C adá ve res des tro za rán mi
cuerpo y terminarán la tarea que yo inicié, hace ya mucho
ti empo , y ll evé a cabo a lo larg o de toda mi v ida comie ndo y
bebiendo desmesuradamente.
M e mi ró y s e ag i tó u n in s ta n te en u no de su s ex t ra ño s y
súbitos estremecimientos.
—No olvides mis palabras, hijo — añadió —. Sigue mi
co ns ejo . A l iménta te si emp re co n sob ried ad y nu nc a pe rde -
rás tus poderes. Si no crees lo que te digo, si, comes como
un animal hambriento, te destruirás a t i m i s m o . Y ¿ q u é
250 LOBSANG RAMPA

g a n a r á s c o n e l l o ? I n d i g e s ti o n e s , s o l a m e n t e i n d i g e s ti o n e s .
Y úlceras gástricas que terminarán irremediablemente con
tu buen humor. ¡Ay! ¡Ay! Tengo que irme. Creo que voy a
tener otro ataque.
El monje japonés Kenji Tekeuchi se alejó precipitada-
m e n te ha c i a e l s e c to r d e l o s l a m a s . Y o m e s e n t í a l l e no d e
compasión y tristeza. Me hubiera gustado poder hablar con
él durante mucho tiempo. ¿Qué tipo de alimentos le habían
arruinado de aquella forma? ¿Serían sabrosos? De pronto,
tuve conciencia de mis propios pensamientos, de mis dudas. Y
me burlé de mí mismo. ¿Para qué atormentarme de
aquella forma si todo lo que tenía a mi alcance era el té
rancio y grasiento y el "tsampa" quemado, negruzco, re-
pugnante? Sacudí mi cabeza resignado y entré en el Co-
medor nuevamente.
H ab lé con mi Ma es tro , e l Lam a Mi n gya r D o ndup , un as
horas después.
Honorable Lama — le pregunté —, ¿por qué
l a g e n t e compra horóscopos a los charlatanes de "El
C a m i n o " ? Mi Maestro lanzó un hondo suspiro.
Como tú ya sabes, Lobsang — me respondió
—, n i n gún horóscopo es válido si no se prepara
especialmente para cada persona. Los horóscopos no pueden
ser preparados por un p rocedi m ie nto de p roduc ció n m as iva .
L os qu e los c ha rl a t a n e s v e nd e n e n "E l C a m i n o " s i rv e n ta n
sólo p a ra sacar el dinero a las personas demasiado
crédulas. — Me miró significativamente y continuó —:
N atu ralmente, los peregrin o s que los compran, cuando
r e g r e s a n a s u h o g a r , m u e s tra n e sos ho rós copos co mo u n
re cue rdo de l Po ta la . De esa forma se quedan satisfechos y
los charlatanes también. Por ello, si todos se sienten tan
felices, ¿para qué preocuparse con esas cosas?
—¿Crees necesario que las personas conozcan sus ho-
róscopos auténticos? — le pregunté.
—No, Lobsang, no. Creo que, en general, no es con-
veniente. Sólo en algunos casos, como el tuyo, es aconse-
jable. Los horóscopos sirven muy a menudo para que las
personas intenten eludir las responsabilidades de sus pro-
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 251

pias acciones. Por ello, no soy partidario de que se recurra a


l a as tro log ía , a no s e r que ex is tan pa ra el lo ra zones con-
c re tas y su fi cie n te s . Co mo tú sab es , l a may o rí a d e la s p er -
sonas son como peregrinos que recorren la ciudad de Lhasa.
Los árboles, las casas y el laberinto de las calles les impiden
ver el camino que tienen ante ellos. Deben estar preparados
para enfrentarse a cualquier contingencia. Desde aquí, des-
de nuestro elevado puesto de observación, podemos ver con
la mayor claridad los obstáculos que les esperan. Los pere-
grinos son como las personas que no conocen su horóscopo.
Nosotros, por haber alcanzado un grado de desarrollo su-
perior al de los peregrinos, somos como personas que sí
co noc en e l su y o . Y el lo nos pe rmi t e ve r e l c amino que ten -
dremos que recorrer, con sus dificultades y sus obstáculos, y
p o d e m o s p re p a ra r no s p a ra s u p e ra rl o s c u a nd o s e a n e c e -
sario.
—Hay otra cuestión que me preocupa enormemente,
Honorable Lama. ¿Por qué conservamos en esta vida los
conocimientos que adquirimos en nuestras pasadas exis-
tencias?
L e mi r é l le no d e a ns iedad . S i emp re se n tía c ie r to te mo r
cuando le hacía preguntas de este tipo porque sabía per-
f e c ta m e n t e q u e n o t e n í a n i n g ú n d e r e c ho a p ro fu nd i z a r e n
c ie rt as m a te ria s má s a l lá d e l o a co n se jab le . P e ro m i Mae s-
tro, en lugar de molestarse ante mi cu riosidad, me respon-
dió con su amabilidad acostumbrada.
—A nte s d e v en i r a l a tie rra, Lob sa ng , no s tra zamo s un
plan de lo que intentaremos hacer. Nuestro su bconsciente
acumuló una serie de conocimientos. Y si nos es posible
introducirnos en él — ¡como hacemos algunos de noso-
tros! — podemos llegar a conocer con la mayor exactitud
cuáles fueron nuestros planes. Naturalmente, si lo recor-
dáramos todo detalladamente, nuestros esfuerzos para per-
feccionarnos no tendrían ningú n mérito porque todo lo ten-
dríamos previsto de antemano. Algu nas veces, por razones
ocultas, du rante el sueño o a través de un desdoblamiento
consciente, las personas salen de su cuerpo y se ponen en
contacto con su Ser Superior. Y ello permite en ocasiones
252 LOBSANG RAMPA

e n t ra r e n c o n ta c to c o n l o s c o n o c i m i e n to s a l m a c e na d o s e n
e l s u b c o n s c i e n te , c o n s i g u i e n d o q u e é s to s s e v i e r ta n e n e l
cuerpo físico. Y cuando el cuerpo astral regresa a su en-
voltura terrestre, la mente conserva el recuerdo de las cosas
qu e l e suc edi ero n e n sus pas adas exi s te nci as . Es to pu ede
s e rno s mu y ú ti l pa ra no vol ve r a come ter los m ismo s e rro-
res en que incurrimos a lo largo de nuestras vidas sucesivas.
Te pondré un ejemplo. Una persona siente tal vez la ten-
tación de suicidarse. Pero si esa persona fue castigada por
haber cometido esa falta en otras ocasiones, tendrá una
conciencia intuitiva del carácter negativo de la autodestruc-
c ió n y e l lo l e se rvi ría ta l v ez pa ra no c ede r a l de seo de au-
todestruirse de nuevo.
Yo reflexionaba sus palabras. Pensativo me acerqué a la
ventana y miré al exterior. Debajo de nosotros, se extendía
e l húmed o v e rdo r d e l p a n ta n o y la v e rde h e rmo su ra de l o s
sauces.
Las palabras de mi Maestro desvanecieron mis en-
sueños.
— Siemp re te gu sta mi ra r por la ventana , Lobsang. ¿N o
has pensado nunca que lo haces porque, inconscientemente,
sientes que tus ojos descansan al contemplar el color verde
que predomina en el paisaje?
M e d i c u e n ta d e q u e , e n re a l i d a d , s i e m p re q u e m e s e n-
tía cansado de estudiar mis libros, se asomaba en busca de
aquel color.
—El verde, Lobsang — dijo mi Maestro —, es un co-
lor que tiene la propiedad de aliviar nuestros ojos fatiga-
dos. Cuando visites el mundo occidental, verás que en al-
g uno s tea tros ex is te u n "sa ló n ve rde ", donde los ac to re s y
las actrices descansan y alivian sus ojos, sometidos durante
algún tiempo a la intensa luz de los focos.
Mis ojos se abrieron asombrados. Pensé qu e cuando se
me presentara la ocasión, suscitaría nuevamente el tema de
los colores que me parecía tan apasionante.
—Ahora debo irme, Lobsang — dijo mi Maestro —.
Pero mañana ven a verme otra vez y proseguiremos nues-
tras clases.
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 253

S e l e v a n t ó y s e fu e , d e s p u é s d e d a rm e u na s c a ri ñ o s a s
palmadas en el hombro. Durante unos instantes, seguí con-
templando el húmedo verdor de las hierbas de los panta-
nos y de los árboles, tan beneficioso para mis ojos fati-
gados.
CAPÍTULO XII

Me detuve unos instante a mitad del sendero y contemplé


la ladera de la montaña. Mi corazón estaba lleno de
t r i s te z a y l a s l á g ri m a s a rd í a n d e n t ro d e m í p u g n a n d o p o r
brotar de mis ojos. Se llevaban al anciano Kenji Tekeuchi. El
mo n je japo nés h ab ía " re g resado con sus An tepa sados ". Los
Trituradores de Cadáveres se llevaban su pobre cuerpo s in
v ida le jos d e noso tros . ¿Es ta rí a ac aso su Esp í ri tu re co-
rriendo un sendero bordeado de cerezos en flor? ¿O tal vez
co n te mpl a rí a u na ve z más los e rro re s de su v ida y empe za -
ría a preparar su regreso a la tierra? Miré hacia abajo y,
a n te s d e qu e los homb re s dob la ra n un recodo de l c am ino , v i
el patético conjunto de carne que antes había sido un
homb re . El sol se e nsomb rec ió d e p ronto y m e pa re ció que
veía su rostro entre las nubes.

¿Sería cierto, me preguntaba, que los Guardianes del


mundo existían? Los Grandes Espíritus Guardianes estaban
destinados a dar testimonio de los sufrimientos del Hom-
b re a lo la rgo de su v ida sobre la Ti erra . Pe ns é que se rían l o
m i s m o q u e ma e s t ro s . Ta l v e z c u a n d o Ke n j i Te k e u c h i s e
ha ll a ra e n su p re se nc ia , é s tos le di ría n qu e hab ía ap re nd id o
b i e n l a g ra n l e c c i ó n d e l a e x i s t e n c i a . E s p e r a b a q u e a s í
sucediera porque fue un débil anciano que había vivido
mucho y sufrido mucho. ¿O tal vez necesitaría volver a
encarnarse y asumir una nueva envoltura carnal para se-
guir aprendiendo? ¿Cuándo volvería? ¿Dentro de seiscientos
años? ¿Ahora mismo?
LA CAVERNA DE LOS ANTEPASADOS 255

Pensaba todo aquello y pensaba, al mismo tiempo, en


el servicio religioso al que no había acudido para asistir al
Servicio de Acompañar a un Muerto. Las vacilantes llamas
de las lámparas de grasa eran como una imagen de nuestra
pobre vida. Recordé las nubes de incienso, con su dulce
aroma, qu e al ascender parecían transformarse en seres vi-
vientes. Por un momento, había imaginado que Kenji Te-
k e u c h i a c a b a b a d e r e g re s a r d e n u e v o c o n n o s o t r o s y e s t a -
ba vivo. Pero su cuerpo se alejaba por el sendero lenta-
m e n t e . Ta l v e z e n a q u e l l o s m o m e n t o s , s u e s p í r i t u e s t a b a
contemplando en el Archivo Kármico las escenas de todo
cuanto había sucedido. Y, posiblemente, podría conocer
claramente cuáles fueron sus errores para recordarlos cuando
regresara de nuevo a la tierra.
E l an ci ano me h ab ía e ns eñ ado mu chas co sa s . A su m a-
n e ra , me demos t ró su ap rec io y me tra tó como a u n i gu al .
P e ro y a h a b í a a b a n d o na d o e s te m u nd o . Y o a r ra s t ra b a s i n
prisas mis sandalias gastadas sobre la tierra y sobre las ro-
c as . ¿C ó mo hab ría s ido su m ad re ? Me re su l taba impos ib le
imaginármelo joven, en su hogar, entre su familia. La sole-
d a d d e b i ó d e s e r d u ra p a r a é l , p o rq u e s i e m p re v i v i ó e n tr e
extraños, muy lejos de su patria, muy lejos de la cálida
brisa de su Montaña Sagrada. Me había hablado del Japón
muchas veces. Y cuando lo hacía, su voz enronquecía y sus
ojos brillaban con una luz extraña.
Un día me sorprendió profundamente asegurándome
que las personas solían aventurarse en el peligroso mundo
de los conocimientos ocultos cuando en realidad, en lugar
de asediar a un Maestro con sus preguntas, lo que deberían
h ac e r es esp e ra r a a lc an za r l a p repa r ac ión n ece sa r ia pa ra
ello. "El Maestro llega «siempre» cuando el alumno está
p re p a ra d o p a ra r e c i b i r l o , hi j o " , m e h a b í a d i c ho . "C u a nd o
tengas u n Maestro, obedécele en todo porque ésa es la única
forma de alcanzar la verdad deseada."
Oscurecía. Las nubes pasaban veloces sobre nosotros y
el viento arrastraba su cotidiano cargamento de polvo. De-
b a j o d e m í , e n l a L l a nu ra , u n p e q u e ño gr u p o d e h o m b r e s
pareció salir de la montaña. Suavemente colocaron su pa-
256 LOBSANG RAMPA

tética carga sobre un caballo y se alejaron todos lentamen-


te. Yo estuve contemplando el pequeño cortejo fúnebre
h a s ta q u e s e p e rd i ó e n e l ho ri zo n te . D e s p u é s , s i n p ri s a s ,
vo lv í l a e spa lda a la L la nu ra y a sce nd í p ens a ti vo a la mon -
taña.

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