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11 de septiembre de 2011 El juicio a los miembros de las juntas fue un momento trascendente

Nuremberg 2
Por Robert Cox
From where I stand La elusión y la negación siguen siendo respuestas familiares a la enormidad de los crímenes cometidos durante la guerra civil subterránea que se desarrolló en la Argentina durante dos décadas desde mediados de los „60 hasta mediados de los „80. Desde que volví a escribiré para el Buenos Aires Herald hace un año, he llegado a la conclusión de que muchas personas mantienen dos puntos de vista contradictorios. Quieren olvidar o minimizar los horrores del terrorismo de Estado, sin dejar de demandar reconocimiento y justicia para los crímenes de las organizaciones guerrilleras que cometieron actos de terrorismo. Del otro lado del mostrador, hay gente que quiere concentrarse en la letanía de la tortura, las violaciones y asesinatos cometidos por la dictadura militar e ignorar el terrorismo guerrillero. He sugerido a los lectores que me han acusado de “molestar” con el tema de la “guerra sucia” y que quieren que me calle la boca respecto del pasado (que, por supuesto, nunca es pasado) que deberían participar de uno de los actuales juicios ó hacer una visita a la ESMA, el obsceno centro de tortura y asesinato de la Marina que está abierto al público. Llegué a la conclusión de que mis críticos representan un gran número de personas que viven vidas confortables y, como consecuencia de ello, no sólo no saben qué sucedió durante el más violento capítulo de la historia argentina, sino que no quieren saber. Un lector, me dijo que no quería abandonar su zona de confort para presencia un juicio o visitar una de las prisiones clandestinas donde la gente era torturada y la mayor parte asesinada.

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Tengo una solución confortable para la gente que eludía o negaba reconocer lo que sucedió en el pasado. Es en la forma de un libro de un formidable periodista, Pepe Eliaschev, titulado “Los hombres del juicio”. Fue reseñado en este diario el 23 de agosto por Andrew Graham-Yooll, bajo el título “The men of the trial”. Eliaschev afrontó un temible desafío cuando se le pidió que escribiera la historia del juicio de los miembros de las juntas militares que gobernaron a la Argentina desde el golpe del 24 de marzo de 1976 al retorno de la democracia el 10 de diciembre de 1983. Los hombres del juicio son los seis jueces, Ricardo Gil Lavedra, León Carlos Arslanián, Guillermo Ledesma, Jorge Torlasco y Andrés D´Alessio (que murió en 2009) y el fiscal titular Julio César Strassera. Tomaron conciencia de que con el paso de los años, sería improbable que escribieran una historia que debía ser escrita. La profundidad de su sabiduría y la excelencia de su juicio, tan evidente durante el propio juicio, han vuelto a ser nuevamente reivindicadas al elegir a Eliaschev, que aceptó el desafío y produjo una obra maestra. Esta es una obra definitiva, que cubre los preparativos del juicio, las audiencias, conclusiones, y sentencia con impecable detalle. El fiscal y los jueces (Eliaschev escribe el capítulo de D´Alessio) hablan con sus propias voces a través de la transcripción de sus comentarios grabados. El propio trabajo periodístico y las frontales opiniones de Eliaschev proveen una perspectiva complementaria a la historia del juicio, al que el autor considera con justicia “la mayor hazaña civil de la historia argentina”. Eliaschev cuenta ambos lados de la historia. El juicio tiene especial significado para mí. Regresé a la Argentina en diciembre de 1983 para el comienzo del período constitucional del presidente Raúl Alfonsín, luego de haber sido obligado a abandonar el país rumbo al exilio cuatro años antes. El presidente electo estaba trabajando en una suite del Hotel Presidente, y esperé pacientemente hora para una prometida entrevista. Una pregunta acuciante rondaba mi cabeza. ¿Se atrevería Alfonsín a decretar el arresto de los comandantes militares, que tan inescrupulosa y cruelmente habían violado a la Argentina y a su pueblo? Alfonsín se atrevió, pero como les dijo a los jueces que trabajaban para encausar a los líderes militares, temía que el precio de la justicia pudiera ser la pérdida de la democracia.

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Jorge Torlasco, cuenta cuando Alfonsín fue a una reunión con los jueces en el departamento de dos dormitorios del jurista Carlos Nino, asesor legal del presidente. Había rumores de que los militares amenazaban con recuperar el poder, y la derecha del propio partido radical de Alfonsín que estaba en contra de que jueces civiles juzgara a hombres en uniforme, negociaban con los militares. Recuerda que Alfonsín les dijo: “Les digo con toda sinceridad, cuando me acuesto a la noche no sé si al día siguiente voy a seguir siendo presidente de la Argentina. Esa es mi preocupación. ” León Arslanián, que por cierto es peronista, sostiene que el papel épico de Alfonsín “en esta etapa terrible de la historia argentina, lo mostró como un verdadero estadista”. Continúa afirmando que Alfonsín hizo posible juzgar a las Juntas, pero que también se le debería agradecer por abrir el camino para otros juicios que le siguieron. “Tuvo la extraordinaria valentía de encarar lo que ninguna otra fuerza política planteaba- ni que hablar del peronismo, que prefería el olvido de la auto amnistía militar- y de absorber con la templanza que sólo pueden exhibir los grandes hombres de gobierno las sucesivas alternativas que significaban una mutación de su plan original, disciplinar a esos fines a sus tropas y ponerle el pecho como pudo a los duros embates que implicaron los alzamientos militares. Además, actuó siempre con una gran decencia, con altitud de miras y humildad. Mi más cálido reconocimiento a su memoria.” El libro incluye también reveladores aspectos laterales, como los comentarios de Arslanian sobre la generación de los „70. Dice que fue “un desastre, porque murieron desaparecieron, desaparecieron, emigraron. Sólo un puñado sobrevivió.” Valerga Aráoz advierte sobre los populares prejuicios contra el liberalismo. En la Facultad de Derecho, su profesor diferenciaba entre el liberalismo político y liberalismo económico. Valerga Aráoz subraya, “en realidad la libertad es el más grande de los valores humanos”.

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El asombroso logro de Eliaschev es que ha pintado un enorme cuadro que cubre en gran detalle las minucias legales, reconstituye la vida de siete sobresalientes seres humanos con hermosas historias para contar poniéndolas en su contexto local y global. Hay tanto en el libro que me gustaría citar pero que el espacio no lo permite pero, no puedo dejar afuera de esta nota a Julio Strassera, quien, como dicen los irlandeses, es un hombre adorable. Relata su niñez de esta manera: “mi situación familiar era bien humilde y teníamos poca plata. Teníamos apremios, pero no hambre. Lo que no teníamos era dinero”. Me deleitó leer que Strassera se manejaba con las amenazas de la misma manera que nosotros en el Herald. Un día que no había audiencias, Strassera salió del Palacio de Tribunales para tomarse un descanso, por lo que evitó una llamada telefónica con una amenaza. Su secretaria, que tenía 20 años en ese momento, le explicó a quien hizo la amenaza: “Vea señor, usted ha llamado tarde, nosotros las amenazas las recibimos entre las 9 y las 10 de la mañana. Llame mañana, que lo va a atender la persona encargada de recibir amenazas”. Un hombre adorable, ciertamente. Cuando se le pregunta por qué no aceptaría ser entrevistado por Bernardo Neustadt, un llamado periodista, respondió que era “estrictamente por razones de buen gusto”. En 1985, cuando regresé a Buenos Aires para dar mi testimonio en el juicio, percibí de inmediato lo que el libro de Eliaschev retrata tan bien. El juicio a los miembros de la Junta fue un momento trascendente. Pienso que permanecerá como un monumento, una lápida de hecho, que marcó el fin del militarismo en la Argentina, una peste que duró más de medio siglo.

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