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EL DELTA

Y, de pronto, un grito frío se extendió entre la noche. Como un llanto de la tierra que
sentía desgajarse sus entrañas. El zumbido retorció los tímpanos de los transeúntes y las
calles se llenaron de lamentos, lloros y exaltados gritos. En ese ambiente la paciencia no
hacia su presencia, mientras la oscuridad se encerraba en los corazones de todos los
andantes.
Una noche larga y densa. El murmullo de la tormenta crecía entre el marasmo de gritos
que serpenteaban al son del viento. Nada parecía normal. Aquél estado de la Naturaleza
era una extraña sombra de un final de la vida. El miedo se acongojó entre los brazos de
las mujeres y de los niños que agarrados a sus madres crujían sus dientes de leche. Y,
entretanto, el malestar del tiempo aumentaba sin parar. Las ondas del viento se
estrellaban contra los tejados, los cables de la luz y todo objeto que se interpusiera en su
camino. Su fuerza doblaba hasta al acero, y convertía en chatarra los avances de la
civilización industrial. Ventanas desgajadas, tejas y miles de objetos vagaban por los
aires fluyendo en desesperado vuelo.
La noche seguía oscura. La Luna se había escondido y apenas una ligera huella se
marcaba en el opaco cielo. Las estrellas se habían ocultado huyendo del ladrido
desesperado del viento que crecía como un huracán. Y todos habían huido. El público se
cobijó en los sótanos de sus casas. La ciudad quedó desierta. Solo volaban por el
espacio de las calles y sus cielos las plantas, las hojarascas y todos los objetos que el
vendaval azuzaba con vigor.
De pronto, el viento amainaba y las nubes ennegrecidas como los mantos de las viudas
corrían a la búsqueda de las aguas de los pantanos. Se emborracharon, se embebieron y
cargaron sus gaznates de agua y lodo. Y volvieron a correr con su peso, chocaban entre
sí y descargaban el estruendo de gigantes en la pelea. Rayos y truenos se erigían dueños
de los cielos. Sus latigazos rompían la noche en trazos y retumbaban sus duros golpes
movidos por el raudo viento. Descargaron sus panzas sobre las casas y bañaron el
pueblo que, pronto quedó anegado. Las aguas subieron veloces y volvieron a arrastrar
con su poderío cuanto hallaban en su paso. Río, mar, lago tempestuoso que extendía su
empantanado caudal con la fuerza de mil dragones. Caían postes, arrastraba coches,
bidones de basuras flotaban impulsados por las corrientes generadas. Así continuaba
aquella noche maldita en el recuerdo. Y de nuevo, algún rayo perdido se escurría entre
los árboles desgajados y sin hojas. Seguían las horas un lento camino contra la corriente
del agua y del huracán. Lentamente el ambiente fue apaciguando su tormento. La loca
noche se fue exorcizando y fue dejando atrás aquel arrebato colérico. Parecía que
amainaba. Un ritmo nuevo aparecía entre el llanto de la noche. Había surgido en la
lontananza el despertar cansino de un sol cobrizo. Sus rayos flotaban en aquella mañana
que no quería despertar. Y escuálidos fueron retomando el pulso de la vida unos
habitantes que lloraban ante el desolador panorama que tenían ante sus ojos y sus pies.
Habían escapado de la muerte. Pero el reto estaba en sus narices y tenían que demostrar
que solo en la lucha por la vida se puede vencer…

José Luis Sánchez Perera

3 de Septiembre de 2008