En torno a Baudrillad

Por Luis Alberto Maira
La gente que entiende por filósofo a acorazados como Kant o Heidegger sin duda verá a Baudrillard como un mero ensayista. Uno muy provocador, en todo caso, y hasta cierto punto adictivo. Baudrillard se hizo famoso por algunas especulaciones sumamente posmodernistas -con un gustillo algo añejo a década de los ochentaacerca de lo que él y tal vez alguien más denominaba "hiperrealidad". Según parece, la sociedad de consumo crea, de mil maneras que Baudrillard creyó importante tratar de explicarnos, una realidad ilusoria, más “real” que la realidad, en la que creemos ser libres. ¿Le suena conocido al lector? Obvio: Matrix. Pocos saben que el autor de "El crimen perfecto" y "la ilusión del fin" fue invitado a participar en la escritura de las secuelas de la millonaria cinta. Dijo que no. (Por lo visto, ya nadie se acuerda del profeta del cyberpunk y verdadero padre de todas estas pesadillas virtuales, el novelista canadiense William Gibson.) Baudrillard, con su elegante pesimismo postmarxista y su interés en las posibilidades más fascistas de la mediatización, se ha transformado en una figura de culto, sobre todo en Estados Unidos. No es raro: Estados Unidos fue su tema favorito y la intelectualidad de la costa este ha sido desde siempre afrancesada. El lanzamiento, en la Gran Manzana, de uno de sus últimos libros, "La conspiración del arte"(2005), fue a tablero vuelto. Y aunque no se puso un traje dorado, como cierta vez en Las Vegas en que leyó su poema "Suicidio en un motel", no faltó la fraseología que hizo célebre al autor. "La ilusión del deseo se ha perdido en la pornografía ambiental, y el arte contemporáneo ha perdido el deseo de la ilusión", leyó. Si no fuera por la advertencia de Sokal y Bricmont, que incluyeron a Baudrillard en la lista de pensadores franceses que inventan, mezclan y copian sin asco cuando escriben sobre ciencias duras (Lacan, Derrida, Deleuze, etc.), correríamos el riesgo de enloquecer con frases como esa. A un señor que le preguntó sobre su no muy conocida vida personal, le contestó: "Yo soy un simulacro de mí mismo". Esa es mi frase favorita. No es fácil saber a qué se refiere. El ensayismo francés, el mejor del mundo, gusta de esas abstracciones evanescentes. El problema con Baudrillard es que algunos imprudentes le han dado a su obra la validez de las ciencias empíricas. Lacan aspiraba falazmente a esa validez. Y es posible que a ninguno de los dos les disgustara ese homenaje. Pero el ensayismo es un juego literario. Y Baudrillard no parece jugar a nada cuando escribe, por ejemplo, que “el espacio del acontecimiento se ha convertido en hiperespacio de refracción múltiple”. Según Sokal y Bricmont, el concepto “hiperespacio de refracción múltiple” no existe ni en matemática ni en física, y es una invención baudrillardiana. Pero al final todo depende de la forma en que leemos los textos. Basta restituir a Baudrillad al ámbito de lo literario, a las costas de Montaigne, para que recupere la legitimad y el brillo.

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