Cloruro de sodio

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Atracciones turísticas. Tal fue el uso que se dio a los primeros bloques macizos y de formas perfectamente cúbicas. Tres metros con sesenta centímetros por lado, dispuestos con espacios armónicamente distribuidos, que variaban según la media de cada región geográfica o país, para permitir el acomodo en óptimas condiciones de los cadáveres, uno al lado de otro. Cuando alguien excedía la estatura media, se hacía uso de los espacios existentes entre las esquinas entre cubo y cubo. Esto, como cualquier estudiante de nivel medio lo sabe, permitió que el sistema cuadriculado de pasillos terminara siendo un complejo sistema de redes que en cada esquina contaba con una barrera formada por los cadáveres momificados, mientras los espacios interiores podían estar vacíos, o resguardar sólo un par de lo que alguna vez fueron cuerpos humanos. Dicho método tuvo desde el inicio varias ventajas. Entre ellas la más ensalzada era que, haciendo uso único y exclusivo de materiales naturales, la contaminación debida a los bloques y a la lenta degradación de los cuerpos tendía a cero. En aquel ambiente la existencia de cualquier forma orgánica se vería minimizada y aniquilada por factores naturales: las altas temperaturas por la refracción de la luz, la aséptica atmósfera que se autodepuraba de bacterias y malos olores, y el resultado final, que era el de un mar geométrico donde –los matemáticos llegarían a esta conclusión apenas cuatro años después de implementado el sistema- aparecían fragmentarios bancos coralinos que en realidad se trataba de cadáveres amontonados siguiendo un patrón que los epidemiólogos enarbolaban como la comprobación irrefutable de sus predicciones y esquemas. Esa fue la euforia inicial. Al menos antes de que algunos otros, indiferentes en el inicio, decidieran sopesar las posibilidades más extremas del procedimiento. La fórmula más simple del compuesto resultó ser también la más idónea. Los cristales cúbicos permitían compresión natural y estabilidad inherente a su composición química. Los ingenieros sopesaron entonces la posibilidad de agregar mayor presión sobre los cristales, alcanzando en ese momento el sueño anhelado de ambientalistas, gobernantes y ciudadanos en general: estructuras naturales, inertes y útiles, características que se obtenían gracias a los costos mínimos de la evaporación de cantidades industriales de agua. Sobre todo, el auge de esta técnica se debió al hecho innegable y visible de que las extensiones marinas eran ya sólo un hervidero de cristales salinos, e impedían la proliferación de cualquier forma de vida acuática. El mar había muerto hacía un par de siglos.

Francisco Arriaga. Todos los derechos reservados. 2011.

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Los primeros cubos sirvieron de bancos coralinos, de una claridad impresionante. Físicamente, la estructura de aquellos cubos salinos no difería de la del cristal, ni siquiera del agua químicamente pura. El agua destilada se resguardó, y se procesó de diferentes maneras, nunca como antes la provisión de agua potable se restableció, y efectivamente la sensación del ciudadano común era la de quien se encuentra ante una cascada artificial, sabiendo que la maquinaria empleada para mantenerla en funcionamiento cuenta con recursos ilimitados y renovables. Conforme el límite marítimo descendió, centímetro a centímetro, el espacio empleado en el acomodo de los cristales se incrementó sustancialmente, dotando de espacios anteriormente no tomados en cuenta, a la fabricación de grandes centros habitacionales. Ese fue el segundo paso, a aquellos conglomerados de construcciones verdaderamente monolíticas se les llamó ‘distritos de cristal’ -hubo quienes jugaban con el término, cambiando ‘distritos’ por ‘detritus’, lo que también realzaba paradógicamente la posibilidad de erigir construcciones sólidas y perfectas en niveles verticales además de horizontales-. Los primeros en habitar aquellas habitaciones aprovecharon las posibilidades estéticas de la estructura de aquellas habitaciones. La tensión impresa en cada uno de los módulos hizo resistente cada una de las edificaciones a inundaciones y erosión. De la mano con esta sensación de seguridad, se aprovechaba la extraordinaria visibilidad de los muros, que no disminuía el horizonte visual por más muros que se encontraran entre el observador y el punto final de sus miradas. En todo edificio es posible mirar de uno a otro extremo del inmueble sin que exista la menor distorsión visual, con una claridad que sobrepasa la de los espacios donde sólo existe aire o agua. Cada uno de los habitantes de aquel inmueble, como lo he comentado, empleó aquella posibilidad extraordinaria para hacer una vida en común, que derivó en un misticismo donde cada estructura era tenida por el templo mayor, único y exclusivo de la secta que habitaba el edificio. Se entendía por vida comunal la convivencia de cada individuo sin necesidad de ocultar nada a nadie, y los únicos lugares -por pudor más que por otra cosa- donde se permitió tener muros opacos, fueron los cuartos de aseo. Fuera de esos espacios, absolutamente todos los rincones eran visibles, desde todos los ángulos. Por la noche nadie osaba sustraerse a las miradas ajenas, y esto mismo amplificó la sensación de cofradía y hermandad al aprovechar de una forma también útil, la natural disposición del individuo al voyeurismo. Se coyuntaba en público, simultáneamente con cuanta pareja accediera al comercio carnal, en cualquier momento. Aún así, la promiscuidad se mantenía en niveles mínimos. Los sujetos que disfrutaban de una pareja, por común acuerdo un día cualquiera rompían ese vínculo uniéndose a alguien más perteneciente a la misma construcción. Finalmente, tuvo que legislarse cómo llevar a cabo uniones

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con células adyacentes, para evitar altercados y la saturación en los espacios disponibles en cada construcción. Se le dio un nombre a este tipo de reglamentos: ‘Manuales de migración, transplante y adaptación’. Consistían sólo en algunas cláusulas prácticas, también reducidas a un mínimo de sentido común, y muchas veces, fruto de cuestiones prácticas que, si bien no afectaban al grueso de las células, sí podían presentarse en algún momento a mediano o largo plazo en la mayoría de ellas. Por ejemplo, la convivencia con mascotas. Aunque cada construcción tenía algunas normas propias y generalmente se admitía la convivencia con mascotas, alguien que deseara cambiar de célula no podía, bajo ningún concepto, llevar a su mascota consigo. Esto para evitar la proliferación de enfermedades, o fomentar la mutación de las afecciones ya existentes entre la comunidad. Sin embargo, aunque la mascota no podía migrar directamente de una célula o construcción a otra, sí era permitido que el hijo neonato de cualquier mascota pudiera crecer en otra célula, lejos de sus padres biológicos. Así, su crecimiento y adaptación permitirían las variaciones necesarias para su crecimiento en un ambiente diferente del que vivieron sus padres, y podría contarse con la seguridad de tener al lado el espécimen más apto e idóneo de cada raza, familia, y especie. También para los seres humanos se impusieron limitantes. Nadie era candidato a mudar de célula antes de pasar ocho meses viviendo en otra. Esta medida favorecía la heterogeneidad al disminuir drásticamente cualquier posibilidad de que un hijo viviese en el mismo edificio que sus padres. Tal conclusión se obtuvo después de tres años de estudios, al cabo de los cuales se resaltó la costumbre arraigada de mudar residencia al cabo de los ocho meses estipulados. Aunque también se dieron flagrantes transgresiones a esta medida, y colonias hubo arraigadas en edificios donde el total de habitantes eran miembros de una misma familia, sin cruce consanguíneo ajeno con nadie más. Tales hechos fueron tolerados por el sistema judiciario y de salubridad, ya que era necesaria también una razonable capacidad de transgresión para fomentar la cohesión del resto de las colonias. Y haciendo uso de esa previsión típica, el estudio de los entornos ambientales vaticinó las mutaciones que surgieron gradualmente, y la mayor parte de las veces, de manera insensible. Las más notorias se dieron en colonias cerradas, donde la interacción con el resto de colonias era inexistente. El cruce de cepas pertenecientes a la misma familia propició la aparición de características brutales que no obstante, ofrecían también mayores garantías de supervivencia. Cuando las primeras colonias asentadas en los edificios presentaron graves enfermedades cutáneas, se decidió modificar las capas superiores para evitar la filtración de gamas dañinas de radiación solar hasta los límites inferiores, que como se ha dicho ya, recibían prácticamente la misma cantidad e intensidad de rayos solares que los límites superiores. Por ello, se recubrieron paulatinamente las techumbres con compuestos también derivados del cloruro de sodio, alterados para evitar la filtración de radiación nociva. Francisco Arriaga. Todos los derechos reservados. 2011.

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Aunque en algunos casos, el daño sufrido por las colonias era total e irreversible. Cuando la muda de piel dañada concluyó, después de un natural espacio de veintiún días, aparecieron los primeros hombres totalmente blancos. Impedidos para vagar por pasillos y corredores en el día, se refugiaron en los cuartos sanitarios, y sólo deambulaban por las instalaciones de su colonia respectiva por las noches. Y por si esto fuera poco, la desventaja que supuso su decoloración de piel, aumentó e incrementó las potencialidades de otras funciones orgánicas, como el gusto, el oído, el olfato o la vista. Podían reconocer a un miembro de cualquier colonia vecina por el olor, y percibir variaciones mínimas en la densidad atmosférica del horizonte para advertir la inminencia de la lluvia, ventarrones o cualquier otro fenómeno atmosférico. El Departamento de Salud aprovechó al máximo este tipo de mutaciones, enviando a cada colonia un sensor -tal nombre se les dio- quen tenía como tarea primordial, informar cualquier alteración que no hubiera sido calculada por el departamento gubernamental correspondiente. Así fue como pudo evitarse la propagación de las hemorragias negras, que diezmaron considerablemente algunos distritos de cristal, y se contuvo lo que pudo haber sido una de las mayores y peores epidemias jamás vistas. Las hemorragias negras consistían en una supuración constante de sangre envenenada por vía nasal. Eran imparables; aparecidas las primeras muestras de sangrado, la persona infectada sólo contaba con el tiempo que le diera su organismo antes de desangrarse y finalmente, fallecer. En tales casos, y con la aparición del primer síntoma, la cuarentena era inminente. El edificio se sellaba herméticamente, y los dispositivos enclavados en las paredes de cristal permitían la alimentación de los inquilinos vía intravenosa, por suministro exterior que no requería contacto alguno con los habitantes del inmueble, al realizarse el traslado de alimentos y la liberación de desechos por intrincados pero eficientes sistemas de tuberías. Con ello se permitía a la colonia afectada sobrevivir sin el riesgo de contagio adyacente, y también se permitía al Departamento Sanitario la supervisión de primer orden del área afectada, y el resultado final de cualquier infección. Conforme se afinó el sistema de cuarentena, se percibieron alteraciones genéticas que hicieron posible la convivencia y neutralización por vías naturales, de algunas infecciones mortales, por ejemplo, la asfixia cerebral. Contrariamente a lo que sucedía al infectarse de la hemorragia negra, la asfixia cerebral se debía a una sobreirrigación sanguínea, que se ocasionaba por el fallo súbito de arterias y vasos sanguíneos. La presión interna del cerebro aumentaba súbitamente, ocasionando la muerte casi instantánea. Para contrarrestar tal malestar –que se supo, fue causado a propósito por una colonia cerrada que buscaba algún tipo de revancha cuyas causas aún se desconocen- se pensó en la conveniencia de contar con un sensor, y al mismo tiempo con un hemófago nativo.

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La mutación llamada ‘hemofagia nativa’, se verificó por primera vez hace unos veinte o veinticinco años. Fue resultado de las cruzas internas de un clan, que ocasionó a los hijos neonatos la imposibilidad de consumir cualquier alimento que no fuera sangre, en primera instancia provista por la madre, y posteriormente adaptándose para tolerar cualquier tipo de sangre ingerida. Cuando la primera víctima de asfixia cerebral era detectada, inmediatamente se enviaba a la colonia correspondiente al sensor y al hemófago. Por la noche, el sensor verificaba los signos vitales de los miembros de la colonia, e indicaba al hemófago quién era el más propenso a sufrir el mal, y por tanto, requería extracción urgente y necesaria de fluido sanguíneo. Los hemófagos desarrollaron en las palmas de las manos un sistema de ventosas en cuyo centro se erigía un pequeño aguijón, lo que permitía una adhesión completa y la succión más eficaz e inmediata de sangre. El sensor levantaba un poco el cuello del paciente adormecido, mientras el hemófago colocaba su palma en la nuca y comenzaba la extracción. Dicho proceso concluía pasados un par de minutos, y no dejaba ningún tipo de marca visible en el cuerpo. Tales convenios –la existencia simultánea de diferentes cepas pertenecientes a diferentes colonias- propiciaron la aparición de multicolonias, donde la interacción con el resto de colonias o multicolonias se agudizó hasta el punto de dictar la pena de muerte a cualquier miembro que se atreviese a dejar su colonia sin un consentimiento explícito de todas y cada una de las colonias pertenecientes a esa entidad. La forma idónea de aplicar dichas penas de muerte se encontró en los edificios sellados, que sirvieron como celdas de castigo y ejecución de los renuentes a acatar las disposiciones de las multicolonias -y finalmente del sistema judicial-. Existían distritos donde cada multicolonia contaba con un par –por lo menos- de edificios en cuarentena, que se utilizaban para la ejecución de los transgresores. Podía tratarse de cuarentena por hemorragia negra, de asfixia cerebral, de resequedad salina o petrificación muscular, el resultado finalmente, era la muerte. A quienes se les otorgaba clemencia –adolescentes, por ejemplo- se les permitía morir desangrados a manos de los hemófagos, o desactivar manualmente y a discreción la protección anti-radiación de los techos, con lo que prácticamente se condenaban a morir quemados, mas con una muerte casi instantánea. Una vez desactivada la protección solar, la temperatura se incrementaba hasta alcanzar trescientos o cuatrocientos grados centígrados en un par de segundos. El resultado era una muerte rápida, y paradógicamente, limpia. Impedido para salir, todo colono sabía que los sistemas de interrupción de la protección solar sólo podían activarse o desactivarse desde el interior de cada colonia. La unidad habitacional tenía el absoluto control sobre este dispositivo, utilizado en ocasiones para la inmolación ritual que devino en el crecimiento de cultos debidos a mártires hoy olvidados.

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Hubo quien, en el último momento, decidía darse muerte desactivando la protección solar, sólo para permitir que en el futuro próximo la misma construcción pudiera ser habitada nuevamente, y asegurar con aquella tabula rasa la supervivencia de cualquier miembro que viviera fuera de su colonia nativa. Las tasas porcentuales, analizadas por los expertos en demografía, mostraron que, como años antes, la disposición de unidades en cuarentena y las unidades rehabilitadas por mártires autoinmolados tendían a un equilibrio geométrico indudable. Entonces se llegó a la conclusión más sorprendente que jamás pudo haberse previsto: la existencia de la población se encontraba en los límites más peligrosos para la supervivencia humana, por lo que el equilibrio tendría que mantenerse incluso a expensas de los ciudadanos mismos. Para ello, se realizó un censo casi astronómico, donde cada uno de los habitantes de cada colonia del mundo fue registrado, y gracias al cual se tomó la medida óptima para que el sistema judicial, penal, alimenticio y habitacional continuara en funcionamiento sin llegar al colapso: 8,589’934,592 seres humanos. Para mantener un récord cercano a esa cifra, se optó por adiestrar a los sensores neonatos, para que estuvieran dispuestos a inmolarse con toda una colonia, cuando fuera inminentemente necesario. Al mediodía desactivaban manualmente la protección solar, y en cuestión de segundos las cifras eran reducidas hasta alcanzar nuevamente el número deseado, purificando edificios, y permitiendo la existencia del resto de colonias y distritos. Se supone que tales inmolaciones sean un secreto. De hecho, puedo afirmar con certeza que, cada vez que alguien opta por auto-inmolarse, las oficinas gubernamentales emiten un boletín denunciando las pequeñas anomalías que permitieron la aparición de un acontecimiento como ese. Jamás se ha sugerido un plan detallado –científico y matemático- detrás de esas autoinmolaciones espontáneas. Pero lo sé porque me ha llegado la orden, y deberé ejecutarla el día de hoy. Aún faltan algunos minutos antes de que el sol se muestre como aquello que verdaderamente es: un astro que debió exterminarnos y borrarnos de la faz de la tierra hace siglos. Miro los demás edificios y son hermosos, hermoso es el ser humano, algunos dicen que mi rostro también es hermoso. Ojalá y no esté lejano el día en que algún sensor, con los demás sensores, opte por auto-inmolarse simultáneamente, distrito por distrito. Nuestro número es tal que poco falta para que ese día llegue. Aunque se que, estadísticamente, esto ha sido también previsto, como el hecho de que yo esté aquí en este momento y en este lugar.

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Francisco Arriaga.
México, Frontera Norte. 23 de Septiembre de 2011. Francisco Arriaga. Todos los derechos reservados. 2011.