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LA INMIGRACIÓN EUROPEA Y SUS IDEOLOGÍAS

I. INTRODUCCIÓN

A partir de la sanción de la Constitución de 1853, durante unos setenta años


la Argentina fue el destino de un flujo constante de inmigrantes, que sólo fue
interrumpido por acontecimientos muy puntuales, como la crisis económica
de 1890 y la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

La inmigración masiva no fue un mero agregado de población extranjera a la


sociedad criolla, sino que determinó la configuración de una estructura
u organización social totalmente transformada. Entre 1880 y 1914, se forjó
en nuestro país una sociedad radicalmente nueva. Ningún otro país del mundo
recibió un impacto relativo inmigratorio tan grande como la Argentina,
es decir, la proporción del número de extranjeros en relación con la cantidad
de habitantes del país que los recibe fue muy alta. En 1914, casi la mitad
de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires eran extranjeros.

Durante el siglo XIX, casi 70 millones de personas abandonaron Europa.


La Argentina recibió cerca del 10 por ciento del total: 6 millones y medio de
extranjeros ingresaron a nuestro territorio. De ellos, casi 4 millones adoptaron
a nuestro país como propio y se establecieron en él definitivamente.

El impacto relativo de la población inmigrante sobre la población nativa


se vio reflejado en los datos proporcionados por los censos nacionales
llevados a cabo en 1869, 1895 y 1914, y que además, las cifras que arrojaron
demostraron un crecimiento poblacional extraordinario. Dicho impacto, según
el censo de 1869 fue del 12%, en 1895 del 25% y en 1914 del 30%.
En los EE.UU., la proporción nunca superó el 15%. La población argentina
censada sumaba respectivamente 1.800.000, 4.000.000 y 7.900.000 habitantes.

II. POLÍTICA INMIGRATORIA

El proyecto liberal de país plasmado en la Constitución Nacional requería


de inmigración. Por un lado el inmigrante ocuparía puestos de trabajo
vacantes creados por una economía más dinámica, y por otro lado,
educaría con el ejemplo, transformando los hábitos y costumbres de nuestra
población y adaptándolos a la nueva sociedad moderna. Las elites esperaban
que el transplante de población europea permitiera llenar el “vacío” de
civilización y “modernizar” el interior, un “desierto” poblado de indígenas
y atrasados criollos. En contra de esta expectativa, la mayor parte de la
población inmigrante terminó instalándose en la región del Litoral (87%),
la más dinámica desde el punto de vista económico y la que podía ofrecer
mayores posibilidades de ascenso social. También en contra de lo esperado, y
a causa del patrón de propiedad concentrada de la tierra (y de sus precios en
aumento), los inmigrantes no se asentaron masivamente como granjeros en el
campo (con la notable excepción de las colonias santafesinas), sino en las
ciudades (la construcción, los frigoríficos, los medios de transporte y los
pequeños talleres proveían fuentes de trabajo alternativas a las tareas rurales).
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Simultáneamente a los profundos procesos de cambio económico y social


que afectaban con fuerza a Europa (2ª Revolución Industrial, 1850-1914),
la Argentina iniciaba un camino de modernización económica e incorporación
paulatina a la economía internacional (división internacional del trabajo).
La explotación de extensos territorios de la Pampa húmeda para satisfacer
las diferentes demandas del mercado externo y lograr el éxito del llamado
modelo económico agroexportador, requería abundante y capacitada mano
de obra, mucho más de la que podía proveer la escasa población nativa.

La política inmigratoria de puertas abiertas se sistematizó a partir


de la Ley de Inmigración y Colonización o Ley Avellaneda (1876), la cual
reglamentó las facilidades otorgadas tanto a los inmigrantes que venían por
iniciativa individual, como a aquellos que formaban parte de un proyecto
colectivo, es decir, de una empresa de colonización. El gobierno llevó adelante
campañas de apoyo a la inmigración, tanto a través de la propaganda
en Europa como del otorgamiento de facilidades de distinto tipo:
financiamiento del pasaje, provisión de alojamiento provisorio y alimentación
a la llegada al puerto receptor, traslado al lugar definitivo de residencia, etc. Se
preveía el loteo de tierras públicas en parcelas de cien hectáreas (cada una de
las primeras cien familias obtendría un lote en forma gratuita, mientras el
resto podría comprarse a bajo precio y con facilidades de pago). El gobierno
nacional fue facultado además para negociar convenios con empresas privadas
para la entrega de casas, herramientas, animales y provisiones a los colonos
con precios favorables. El proyecto era convertir al inmigrante en colono,
es decir, en pequeño o mediano propietario de tierras rurales.

Pero el acceso de los inmigrantes a la propiedad rural fue muy limitado.


La producción de cereales y de carne para el mercado externo era más rentable
si se la encaraba a través de grandes latifundios. En general, los propietarios
de grandes extensiones de tierra fértil no la subdividían para su venta;
más bien las organizaban en parcelas con el fin de ponerlas a producir. Y si la
vendían, el precio que debían pagar por una parcela era exorbitante. Entonces
les quedaban como opciones las siguientes: ser arrendatarios (inquilinos)
de una parcela cercana a 200 hectáreas para trabajarla durante dos años y rotar
de campo en campo, o emplearse en una estancia ganadera como peón más
o menos estable o en una explotación agrícola como jornalero sólo para
levantar las cosechas. El carácter itinerante de la mano de obra no favoreció
el establecimiento de población rural. Y aunque hubiera sido posible
la compra de parcelas, los pequeños productores habrían tenido que enfrentar
gravísimos obstáculos para sobrevivir, como por ejemplo dificultades en el
almacenamiento y la comercialización de los granos, procesos donde los
grandes empresarios resultaban favorecidos.

La política inmigratoria argentina tuvo dos etapas: la primera, de promoción


oficial, tenía como objetivo la colonización que intenta asentar al inmigrante
en el campo; se da especialmente en las presidencias de Mitre, Sarmiento
y Avellaneda. La segunda, ya con la gran inmigración (1880 a 1915),
es espontánea o incentivada por empresas de colonización privada.

Mitre organizó agencias de inmigración para atraer gente a nuestras tierras,


pero aquéllas procedían en muchos casos inescrupulosamente, porque como
cobraban porcentajes por persona embarcada, prometían condiciones de vida
en nuestro país que después no se cumplían.
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III. CAUSAS DE LOS FLUJOS MIGRATORIOS

Durante el siglo XIX, como consecuencia de los cambios introducidos por la


Revolución Industrial -en particular el exceso de mano de obra rural a raíz de
la tecnificación agrícola- se produjo en Europa una masiva emigración de su
población hacia países receptores del continente americano.

Fue una combinación de factores la que determinó la dirección de los flujos


migratorios. Por un lado, obraron las condiciones que se daban en los países
de origen, denominadas factores de expulsión. En el caso de Europa,
eran la tecnificación agrícola, la desocupación masiva, los bajos salarios,
las crisis políticas y las guerras. Por otro lado, los factores de atracción
del país de destino también operaron en tal sentido. La Argentina ofrecía la
promesa de abundantes fuentes de trabajo, salarios más elevados en términos
relativos, la existencia de una vigorosa educación pública y gratuita para los
hijos y la seductora imagen de una sociedad dinámica donde el
ascenso social era posible debido a la expansión económica existente.

También se dio el fenómeno conocido como “inmigración golondrina”,


que se trataba de inmigrantes temporarios que ingresaban al país en los
momentos de mayor demanda de mano de obra (durante las cosechas) para
retornar luego a sus hogares con dinero ahorrado. Estos trabajadores viajaban
en tercera clase o como pasajeros de proa, lo que les permitía pagar su pasaje
ida y vuelta con dos semanas de trabajo en el país y viviendo modestamente.
Lo ahorrado durante el resto de su estadía (cuatro o cinco meses) podía
representar de cinco a diez veces lo que podían ganar en sus lugares de origen.
Paulatinamente se produciría una sustitución del trabajador estacional
extranjero por aquel procedente de provincias pobres del interior del país.

IV. COMPOSICIÓN DE LA POBLACIÓN INMIGRATORIA

Aquellos que habían clamado por abrir el país a la inmigración y


diagramaron su instrumentación, consideraban como un requisito fundamental
el origen anglosajón de los futuros habitantes del país. Se culpaba a la
herencia española del atraso que consumía a la región, a la vez que
se identificaba el progreso de naciones como Inglaterra con el carácter,
la laboriosidad y el ingenio de sus habitantes. La inmigración que llegó
al país, contrariamente a lo deseado por sus organizadores, provino en su
mayoría de los países mediterráneos de origen latino (Italia, España, Francia).

Al principio, predominó la inmigración de italianos seguidos de los


españoles, después de 1900 se revirtió esa relación a favor de los segundos.
El resto estaba conformado por reducidos grupos de suizos, franceses,
alemanes, ingleses, rusos, polacos, austríacos, húngaros, sirios, armenios, etc.

Factores de orden práctico, como las diferencias lingüísticas y religiosas,


limitaban la inmigración anglosajona a la Argentina; esta prefirió destinos
como los EE.UU. o Australia. Pero, además, el Reino Unido, país que más
población expulsó en esta época, sostuvo una sistemática política de
desaliento de la migración hacia la Argentina. Ello se debió en parte a ciertas
experiencias fallidas de colonización en el norte de la provincia de Santa Fe.
Pero, principalmente, esta estrategia obedeció al deseo del gobierno inglés
de evitarse complicaciones políticas en una región de alto interés para su
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comercio (descartando así de antemano eventuales conflictos entre el gobierno


argentino e inmigrantes súbditos de la Corona británica).

Las transformaciones en la población argentina terminaron de sellar las


diferencias regionales que venía produciendo la conformación del país como
economía agroexportadora. Demográficamente, se produjo un quiebre en el
equilibrio entre las distintas regiones del país, y la inmigración contribuyó
al proceso de concentración pampeana. En esta zona, las diferencias de
población entre 1869 y 1895 son sorprendentes: la población de Santa Fe
experimentó un crecimiento cercano al 350%, la Capital Federal un 250%
aproximadamente, y el de la provincia de Buenos Aires cerca del 200%.
A la vez, hubo provincias con un crecimiento exiguo: Jujuy con un 23%,
Santiago del Estero con un 21% y Catamarca con un 13%.

V. LA INMIGRACIÓN NO DESEADA

Luego de varias décadas desde la llegada de corrientes inmigratorias al país,


se fue formando lentamente un movimiento de ideas provenientes de Europa,
que no agradaron del todo a aquella clase social y dirigente que casualmente
había concebido y hecho posible la presencia de esa inmigración, tal vez
porque esas ideas eran el vehículo para concientizar a los obreros, perturbando
de este modo la paz de los patrones con sus reclamos.

A modo de abreviada sistematización, a continuación describiremos las


diferentes doctrinas o ideologías que se destacaron tanto en el campo de la
política como de las luchas del movimiento obrero argentino:

a) ANARQUISMO: anarquía significa falta de gobierno o negación del


gobierno. Esta doctrina sostiene la conveniencia de prescindir del gobierno.

Ya a fines del siglo XVIII, William Godwin, sin hablar propiamente de


anarquismo, parte de la idea de que los gobernantes tienden, inevitablemente,
a abusar del poder para su beneficio egoísta. Esto acaba por determinar la
formación de grupos y clases que, al amparo del gobierno, y por medio de él,
explotan a los demás, creando un verdadero y perfecto sistema de privilegios
excluyentes. Los gobernados, por su parte, se ven obligados a defenderse.
Y, mientras los gobernantes apelan a la fuerza y al fraude (justificado por las
leyes que ellos mismos dictan) para mantener su situación de privilegio,
los otros recurren también a cualquier medio (violencia, engaño, servilismo)
para defenderse del ataque continuo y sistemático de que son objeto. Si se
produce un cambio de posiciones, los últimos harán lo mismo que hicieron
los primeros, y así sucesivamente. Por consiguiente, es preciso eliminar
la fuente de estos males reemplazando al Estado, cuya expresión autoritaria
es el gobierno, por pequeñas comunidades en las que quede suprimida toda
forma de coacción y los intereses colectivos sean resueltos por acuerdo
voluntario. También la propiedad privada debería ser eliminada.

Pierre-Joseph Proudhon dio mayor consistencia a la teoría a principios del


siglo XIX, frente a los problemas planteados por la Revolución Industrial,
y es autor de dos frases célebres: “El gobierno es la maldición de Dios”
y “La propiedad es un robo”. Fue también uno de los primeros en proponer
la sustitución del mecanismo capitalista de producción, distribución, consumo
y crédito, por las cooperativas, y pensó asimismo en utilizar bonos de trabajo
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en lugar de dinero para impedir el enriquecimiento injustificado y el


atesoramiento.

Tanto Godwin como Proudhon eran partidarios de un anarquismo ajeno a la


violencia, considerando que la resistencia pasiva individual bastaría para
derrocar al sistema estatal capitalista.

La necesidad de un eficaz programa de acción y la creciente conciencia


de clase del proletariado conforme se desarrollaba el industrialismo, dieron
origen al anarquismo comunista o comunismo anárquico, que previamente
se llamó “comunismo libertario”. Este anarquismo traslada la teoría anarquista
desde el plano “utópico” en que la situaron sus precursores al terreno de la
acción política directa, haciendo hincapié en la inexorabilidad de sus métodos
de destrucción del sistema estatal capitalista.

Mijail Bakunin, nacido en Rusia en 1812, fue el primero en dar forma a la


nueva doctrina allá por 1865, quien luego se separa de los marxistas por
considerar que los planes revolucionarios de estos no eran lo suficientemente
radicales. Él afirmaba: “Quiero no sólo la propiedad colectiva de la tierra
sino la liquidación social universal. Pido la destrucción de todos los Estados,
lo que supone una reorganización completa. El revolucionario debe estar
dispuesto a morir y a matar. No deben detenerlo los afectos personales”.

Sentando como premisa el hecho de que la clase poseedora monopoliza el


ejercicio de la autoridad a expensas de los desposeídos, Bakunin llegaba a la
conclusión de que no sería posible restablecer el equilibrio y la justicia en las
relaciones humanas sin antes haber despojado del gobierno a los poseedores.
Y que, como éstos disponían de la fuerza para defenderse, sólo por la fuerza
se lograría desprender de sus manos los instrumentos de la opresión
económica y política, poniendo en juego para ello el único recurso decisivo:
la violencia organizada e inexorable.

Pieter Alexicov Kropotkine, príncipe ruso (1842-1921), dio su forma


orgánica más completa a la doctrina anarquista, introduciendo en ella
importantes elementos de análisis y planeamiento económico fundado en la
acción de las cooperativas. Fue también él quien hizo la fusión definitiva de la
teoría anarquista con el método revolucionario comunista.

De aquí en adelante el anarquismo se dividirá en dos ramas representativas:


el anarquismo individualista y el anarquismo comunista.

El primero fue predicado en Alemania por Max Stirner, que lo denominó


“anarquismo egoísta”, por hacer hincapié en la independencia del individuo
por encima de toda atadura y limitación autoritaria.

Henry Thoreau (1817) enseñó en EE.UU. las virtudes de “la sencilla vida
del campesino”, para eliminar la sociedad industrial y estatal atrincherada
y corrompida en los reductos de la vida urbana, incitando a una campaña de
resistencia contra el pago de impuestos y desobediencia a las leyes opresivas.

Enrico Malatesta (1853) y Pietro Gori (1898) agitaron la bandera


anarquista en Italia, y el conde León Tolstoi (1828) fue el apóstol ruso del
retorno a la naturaleza y las formas de vida simple y patriarcal.
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El segundo, también denominado revolucionario o colectivista, estuvo


representado en una modalidad típicamente terrorista por el “nihilismo” ruso,
y asumió una de sus formas políticas más vigorosas en el llamado
anarcosindicalismo o incorporación de la ideología anarquista al movimiento
obrero organizado. Esta corriente tuvo gran arraigo en España.

Experimentos anarquistas del tipo “utópico” se hicieron en diversas partes


del mundo, y especialmente en los EE.UU., organizados por comunidades
empeñadas en hacer de sus teorías una realidad (grupos hippies). Todos ellos
fracasaron -según los anarquistas materialistas- porque dichas comunidades
eran como islas perdidas en medio del océano hostil de la sociedad estatal.
Mientras tanto, el anarquismo revolucionario hoy día sólo existe en pequeñas
organizaciones clandestinas, dispersas por todo el mundo, las cuales
mantienen la esperanza de que a partir de las luchas políticas imperantes se
destruya materialmente todo vestigio de Estado. La guerra termonuclear sería
un aliado muy valioso.

La noción fundamental del anarquismo consiste, entonces, en que


el gobierno, y el Estado, por ende, son la fuente de los males que afectan a la
sociedad, al crear en los gobernantes el apetito de poder y el abuso
consiguiente, y en los gobernados el deseo de burlar y combatir, por todos los
medios, a los gobernantes. Desaparecido el Estado, los problemas de la
colectividad se resuelven de común acuerdo. Ese acuerdo será posible y fácil
cuando se hayan eliminado los intereses egoístas engendrados por el Estado
mismo. Y, para la solución de otras controversias más difíciles, que en el
Estado atañen al sistema judicial se apelará al procedimiento del arbitraje.

Tanto el anarquismo como el comunismo coinciden en adoptar el concepto


de lucha de clases, la negación del derecho de propiedad privada y el método
revolucionario como único recurso para destruir al Estado. Pero entre ambos
existen diferencias fundamentales, que son las siguientes:

a) El comunismo sostiene que, hasta el momento de realizar la transformación


total de la sociedad capitalista en una sociedad sin clases, la acción política del
proletariado debe ser ejercida por intermedio del Estado, ya sea infiltrándose
transitoriamente en los regímenes democráticos, o bien consumando
el derrocamiento del gobierno demoburgués, mediante la dictadura del
proletariado. El anarquismo, en cambio, rechaza de plano toda posibilidad
de complicarse con el Estado, ni aún como instrumento temporal para alcanzar
sus propios fines. El concepto de dictadura es diametralmente opuesto a la
doctrina anarquista, pues supone el ejercicio del poder político absoluto.
La acción directa del anarquismo debe encaminarse a aniquilar al Estado
empleando cualquier arma, sin discriminación, huelga, boicot, sabotaje pasivo
y terrorismo, si es preciso y como último recurso agotados los anteriores.

b) El comunismo tiene como enemigo principal al capitalismo y considera que


el Estado no es sino un inevitable subproducto de aquél, o sea que las clases
poseedoras crean y detentan el poder encarnado en el Estado para defender sus
privilegios económicos. El anarquismo, a la inversa, ve en el capitalismo un
producto de la acción del Estado; los que poseen y controlan el poder político
desde el gobierno, tienen, por esa razón, los medios necesarios para
apoderarse de la riqueza y concentrarla en sus manos, con desmedro de una
distribución equitativa. Es así anti-estatal, antipoliticista y revolucionario.
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El anarquismo en la Argentina -que seguía los postulados de Bakunin-


comenzó a difundirse aproximadamente a partir de 1870, entre los obreros
de las “Sociedades de Resistencia”, en las cuales las reivindicaciones
corporativas van reemplazando al mutualismo de las primeras asociaciones
obreras. El movimiento anarquista argentino se estructuraba alrededor de dos
grandes tendencias, los “organizadores” y los “anti-organizadores”.
Los primeros aceptaban las formas de organización estables del movimiento
obrero, la participación en las organizaciones sindicales y la lucha por las
reivindicaciones parciales. Fue esta corriente la que tuvo mayor desarrollo
durante la primera década del siglo XX. Los segundos, o “individualistas”,
rechazaban todo intento de organización, aunque aceptaban la actividad
gremial inspirada por grupos inorgánicos formados “por afinidad”.
Tales grupos se creaban para fines concretos, imposibles de realizar
individualmente, y luego podían disolverse tan rápidamente como surgían.
No aceptaban las conquistas parciales, pues, una vez obtenidas, el esfuerzo
obrero pasaría por mantenerlas y no por cumplir con su destino histórico
de derribar el sistema social. Preferían la huelga general e insurreccional, y no
simplemente reivindicativa. Opinaban que la organización y la regimentación
reducirían la iniciativa y espontaneidad de las masas y las aletargarían;
el individuo debe confiar sólo en sí mismo y luchar contra las órdenes de la
sociedad que, en nombre de la mayoría, quiere oprimirlo. El individuo debe
ser libre, y no un instrumento ciego de los movimientos organizados.

La Federación Obrera Argentina (F.O.A.), creada por los anarquistas en


1901, se convierte en F.O.R.A. al agregársele en 1904 la palabra “Regional”.
Exponentes del anarquismo argentino fueron Diego Abad de Santillán,
Ettore Mattei, Salvadora Medina Onrubia de Botana, John Creaghe y otros.

Los órganos de prensa anarquistas más importantes fueron los periódicos


Le Révolutionnaire, La Anarquía, La Lucha Obrera, La Protesta,
La Questione Sociale, La Revolución, Il Socialista, La Miseria, El Perseguido,
El Oprimido, La Protesta Humana, El Rebelde, La Liberté, Le Cyclone.

b) SOCIALISMO: a la explotación sufrida por los trabajadores desde


el comienzo de la Primera Revolución Industrial (1750-1870), hubo distintos
pensadores que como respuesta buscaron soluciones para mejorar o revertir
esa situación. Como rechazaban el individualismo sostenido por el liberalismo
(que apoyaba al desarrollo del capitalismo), se los denominó socialistas,
por su defensa de la propiedad social de los medios de producción en
oposición a la propiedad individual de los mismos y contra el abuso que
ejercían consecuentemente los capitalistas sobre los obreros, luchando por
mejores condiciones de trabajo y de vida.

Si bien compartían la aspiración de una transformación de la realidad,


diferían en la manera que debía darse esa transformación, de allí que hubo
distintas corrientes de pensamiento que realizaron grandes aportes teóricos
al movimiento obrero: Socialismo Utópico (Owen, Saint Simon, Fourier),
Socialismo Científico (K. Marx y F. Engels) y Socialismo Reformista,
Evolutivo, Revisionista, Gradualismo o Democracia Social (E. Bernstein).

Sin duda, la corriente ideológica que más se expandió mundialmente


fue el Socialismo Científico, que es sinónimo de marxismo y es la que interesa
estudiar aquí como antecedente directo del socialismo argentino. Fueron sus
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fundadores Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895),


quienes redactaron en 1848 el Manifiesto Comunista y entre 1867 y 1894
publicaron El Capital. El término marxismo prácticamente se identifica con
socialismo, debido a que el tema central del primero, desde sus inicios,
fue el problema social. El marxismo nació como un socialismo.

El calificativo de “científico”, aplicado a una doctrina política, es en rigor


inexacto, ya que la política es más bien un arte que una ciencia. Pero si alguna
teoría política fue formulada dentro de un plan que se aproxima al método
científico, ella es el marxismo. Esto se debe en gran parte a que la teoría
marxista tiene sus fundamentos establecidos sobre la economía, terreno en el
que se puede, hasta cierto punto al menos, hacer la aplicación del método
científico que requiere el empleo de factores exactos, de valor objetivo. Es por
eso que la piedra angular del socialismo científico es, esencialmente, un libro
de economía: El Capital, de Marx.

El marxismo o teoría marxista tiene dos vertientes teóricas: una de carácter


filosófico, que se conoce como materialismo dialéctico, la cual contiene los
fundamentos filosóficos del sistema; la otra, de naturaleza científica, lleva
el nombre de materialismo histórico, y es la que presenta la explicación
científica de la realidad social, aprovechando los postulados y cosmovisión
que ofrece la primera. De ambas vertientes se desprenden expresiones
y postulados teóricos tales como: leyes dialécticas, burguesía y proletariado,
conciencia de clase, agente de producción, relaciones de producción, fuerzas
productivas, estructura o base y superestructura, modo de producción,
monopolios o concentración de capitales, imperialismo, plusvalía, alienación,
lucha de clases, revolución socialista, dictadura del proletariado, extinción del
Estado, comunismo, internacionalismo proletario, etc., cuya conceptualización
excede el propósito de este trabajo, debido a su complejidad y extensión.

La importancia de la aparición del marxismo como doctrina filosófica,


económica y política, es que se ha constituido en un arma teórica, ideológica,
del proletariado en su lucha contra el capitalismo. Los sistemas filosóficos
anteriores a Marx y Engels, salvo raras excepciones, expresaban los intereses
de los explotadores, y por eso no se proponían transformar el mundo a favor
de los trabajadores. A partir de Marx el socialismo se convierte en el método
de acción y el objetivo final de la clase obrera en la lucha hacia
su emancipación social. Así se unen íntimamente proletariado y socialismo.

Marx funda en Londres en 1864 la Primera Internacional, asociación de


trabajadores para difundir el ideario socialista y coordinar el accionar de las
fuerzas obreras de todo el mundo. Las diferencias ideológicas con Bakunin,
hicieron que finalmente se disolviera. La Segunda Internacional se fundó
en París en 1889, sosteniendo la participación de los socialistas como partido
político dentro de las reglas del juego democrático: así se formó luego
la socialdemocracia europea, de donde se originó el Partido Socialista Obrero
Argentino, el cual fuera fundado en 1896. La Tercera Internacional se formó
en 1919 en Moscú por V. I. Lenin y León Trotsky, fundada en los principios
del marxismo revolucionario y de la lucha de clases, y basándose en la
experiencia de la Revolución Rusa de 1917. Esta Internacional fue la que dio
origen a los partidos comunistas de todo el mundo. Los seguidores de Trotsky
(1879-1940) formaron en 1938 la Cuarta Internacional, cuando en la Unión
Soviética (U.R.S.S.) Stalin impuso un gobierno de tipo burocrático-autoritario.
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El socialismo llegó a la Argentina a través de los intelectuales que viajaban


a Europa o leían las obras de los teóricos europeos, y luego con la llegada
masiva de la inmigración. Los socialistas argentinos promovían una política
basada en el reformismo, es decir, planteaban modificaciones graduales
o parciales de la estructura de la sociedad y el Estado, mejorar y perfeccionar
el ordenamiento existente sin destruirlo, utilizando generalmente los
procedimientos y los medios legales. Por lo tanto, eran también pacifistas,
pues creían en la instauración del socialismo de un modo no revolucionario ni
violento, sino gradual, respetando los principios base de la democracia liberal.

Exponentes del socialismo argentino fueron Juan B. Justo, Alicia Moreau,


José Ingenieros, Roberto J. Payró, Alfredo L. Palacios, Mario Bravo, Nicolás
Repetto, E. del Valle Iberlucea, E. Dickmann, Jacinto Oddone, entre otros.

Los órganos de prensa socialistas más importantes fueron los periódicos


El Artesano, El Descamisado, Vorwärts, El Socialista, El Obrero,
L’Avenir Social, La Vanguardia, La Rivendicazione, El Porvenir Social,
El Diario del Pueblo.

Obviamente que, tanto anarquistas como socialistas, fueron las dos


principales corrientes ideológicas impulsoras del movimiento obrero argentino
durante el siglo XIX. Las profundas diferencias entre ambas junto con el
sindicalismo revolucionario, retardaron la organización de dicho movimiento.
No debe desconocerse tampoco, que la imposibilidad de llegar finalmente a la
fusión de todas las organizaciones obreras, radica en la resistencia de las
diversas corrientes que aspiraban al predominio a convertirse unos en simple
contingente pasivo de los otros.

c) SINDICALISMO REVOLUCIONARIO: a principios del siglo XX


apareció en Francia y luego en Italia, un movimiento de ideas que se oponía
tanto al reformismo parlamentario imperante en los partidos socialistas como
al utopismo revolucionario propio de los grupos anarquistas. Asumían en la
práctica una postura intermedia entre estas dos tendencias. Sus promotores
fueron los intelectuales Georges Sorel y su discípulo Hubert Lagardelle,
en Francia, y Arturo Labriola y Enrico Leone, en Italia.

La corriente sindicalista revolucionaria sostenía la superioridad del


sindicato como forma de organización específicamente obrera (clasista) y la
acción directa (huelga, boicot y sabotaje) como única forma de acción
verdaderamente revolucionaria. Gracias a ella los trabajadores irían
acumulando fuerzas y experiencia hasta llegar a la huelga general que pondría
fin al régimen capitalista y estatal (revolucionaria y anti-estatal), iniciando
una nueva era en que toda la sociedad se organizaría sobre la base de los
sindicatos: la federación de éstos constituiría la administración comunal y esas
comunas se federarían en asociaciones más amplias, sin renunciar nunca a su
autonomía. Para escapar de la tendencia a la fragmentación propia de los
grupos políticos e ideológicos y poder cumplir eficazmente su tarea
revolucionaria, los sindicatos debían mantener una independencia total frente
a esos grupos y una neutralidad ideológica que permitiera la convivencia en su
interior de militantes de diversas posiciones, anteponiendo la unidad sindical
a las disputas ideológicas (antipoliticista), debiendo mantener el movimiento
sindical una absoluta autonomía frente a los partidos políticos.
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El sindicalismo revolucionario proponía una especie de corporativismo


burgués (no colectivismo) basado en la sustitución del Estado por el sindicato,
y además quedando en manos de los obreros asociados la propiedad (ahora
colectiva) de los medios de producción, así, las fábricas de propiedad de los
capitalistas, serían de propiedad de los obreros que en ellas trabajan, los que
enviarían sus productos al mercado donde la libre concurrencia regularía los
precios, distribuyéndose después la ganancia entre todos.

En Francia, el sindicalismo llegó a predominar en la CGT francesa


habiendo quedado establecida en 1906 la independencia de esa central obrera
frente a los partidos políticos, y en Italia, las ideas se difundieron sobre todo
en el seno del Partido Socialista, hasta la expulsión de sus partidarios en 1907.
Cinco años después, los sindicalistas se separaron de la Confederazione
Generale del Lavoro dominada por los socialistas para fundar la Unione
Sindicale Italiana.

Los ecos de estos enfrentamientos repercutieron de inmediato en el Partido


Socialista (PS) argentino y en los sindicatos que orientaba.

El VII Congreso nacional del PS reunido en la ciudad de Junín, durante


abril de 1906, puso fin a la convivencia entre socialistas y sindicalistas.
Se debatió ampliamente los tradicionales conceptos del socialismo marxista
y democrático, y los conceptos del sindicalismo revolucionario neomarxista;
produciéndose un hondo debate de ideas, con gran altura y ecuanimidad, y que
mereció de ambas partes el reconocimiento de que se trataba de una lucha
superior, de teoría y de práctica, y no de una riña de predominio personal o de
círculo. Se invitó gentilmente a los simpatizantes de la nueva corriente
a retirarse del Partido Socialista y constituir uno propio, prevaleciendo de este
modo la declaración presentada por Nicolás Repetto: “El VII Congreso vería
con agrado que el grupo de afiliados titulados sindicalistas se constituya
en un partido autónomo, a fin de realizar la comprobación experimental
de su doctrina y táctica”.

Así, el sindicalismo revolucionario nació como un desprendimiento del


Partido Socialista, llegando a controlar la mayor parte de las organizaciones
gremiales hacia 1915 (FORA sindicalista) y manteniendo ese predominio
hasta mediados de la década de 1930.

Exponentes del sindicalismo revolucionario argentino fueron Gabriela L.


de Coni, Julio A. Arraga, Aquiles S. Lorenzo, Luis Bernard, Bartolomé Bosio,
Emilio Troise, Sebastián Marotta, Francisco Rosanova, entre otros.

Los órganos de prensa sindicalistas más importantes fueron los periódicos


La Acción Socialista, La Internacional, El Obrero, La Unión Obrera.

d) COMUNISMO: resulta indispensable formular una aclaración previa


respecto de la frecuente confusión entre los términos marxismo y comunismo.

El marxismo es, básicamente, un método de análisis económico-político


concretamente enfocado por Marx sobre el capitalismo.

El comunismo es: a) una tendencia de muy remoto origen histórico (uno de


los precursores fue el legislador Licurgo en Esparta, Grecia, siglo IX a.C.)
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hacia la comunización de la propiedad, o sea, a la anulación más o menos total


de la propiedad privada; b) fase económico-social prevista en la teoría
marxista y llevada a la práctica por el comunismo soviético (leninista,
stalinista o trotskista) y chino (maoísta).

Por lo tanto, podemos deducir y afirmar de lo expuesto que, mientras todo


comunista es un marxista, no todo marxista necesariamente debe ser un
comunista, pues es posible aceptar uno o varios postulados teóricos del
marxismo y rechazar o prescindir del referido al comunismo.

La proclama fundamental del comunismo en el mundo está sintetizada en el


Manifiesto Comunista escrito por Marx y Engels y publicado en 1848,
documento que contiene los principios de la ideología marxista y que
establece las normas mediante las cuales dichos principios deberían llevarse
al campo de la acción política.

El Manifiesto hace una dura crítica del orden capitalista, de la propiedad


privada, de la concentración de riquezas en manos de unos pocos
(la burguesía) y de la miseria de los más (el proletariado), etc. Luego descarta
a la clase media como posible instrumento de lucha, porque dicha clase no se
identifica con el proletariado sino que tiende a sumarse a la burguesía. Afirma
que el proletariado (clasista) y sólo el proletariado puede y debe realizar la
gran transformación mediante la acción revolucionaria (revolucionario), para
conquistar el poder político, ya que la burguesía no se avendrá a desprenderse
voluntariamente del gobierno que no es sino un instrumento suyo. Consumada
la toma del poder político, deberá establecerse la dictadura del proletariado,
para realizar la transición del sistema capitalista a la sociedad sin clases del
futuro. Esa dictadura hará entre otras cosas, lo siguiente: abolir la propiedad
privada de la tierra y de los demás instrumentos de producción, y aplicar
la renta de la tierra a los gastos de orden público; crear un fuerte impuesto
progresivo a la renta; abolir el derecho de herencia; confiscar los bienes de los
reaccionarios; centralizar el crédito en manos del Estado; centralizar
y controlar los medios de comunicación y transporte, multiplicar las fábricas
del Estado y otros instrumentos colectivos de producción, y mejorar
la productividad de la tierra de acuerdo con un plan colectivista; proclamar la
obligatoriedad del trabajo y crear ejércitos industriales y agrícolas; combinar
las explotaciones agrícola e industrial con tendencia a abolir las diferencias
entre el campo y la ciudad; instituir la educación pública obligatoria y gratuita
para todos los niños; prohibir el trabajo de los niños; armonizar los planes
de educación y de trabajo, etc. Concluye diciendo: “Los comunistas declaran
abiertamente que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la
violencia todo el orden social existente... los proletarios sólo tienen sus
cadenas que perder y un mundo que ganar. ¡Proletarios del mundo, uníos!”.

El comunismo como fase económico-social es posterior al socialismo.


Ambos son etapas de una misma formación económico-social, que se
distinguen por el grado de desarrollo económico y por la madurez de las
relaciones sociales. En el tránsito del socialismo al comunismo, por ejemplo
se pasará del principio de la distribución socialista (“de cada cual, según su
capacidad; a cada cual, según su trabajo”) al nuevo principio comunista (“de
cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades”).
Desaparecerán gradualmente las diferencias esenciales entre la ciudad y el
campo, entre las personas dedicadas al trabajo intelectual y al trabajo manual.
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En el comunismo se extinguirá el Estado (anti-estatal); sus funciones


administrativas pasarán a ser una autogestión social comunista. El tránsito del
socialismo al comunismo es, pues, un proceso ininterrumpido de
perfeccionamiento y desarrollo de las relaciones socialistas de producción, un
proceso de extinción gradual de las formas viejas de vida y surgimiento
continuo de otras nuevas, de entrelazamiento e interdependencia de las
mismas. Las nuevas formas de actividad económica, organización social
y vida de la gente se consolidan de manera consecuente, paso a paso, a medida
que maduran las condiciones materiales (distribución y bienestar paulatino) y
espirituales imprescindibles (transformación de la conciencia de los hombres).
El trabajo en bien de la sociedad será para todos la primera exigencia vital,
tendiendo con ello a alcanzar una plena igualdad social de todos los miembros
de esa sociedad. En su accionar, el comunismo entiende que la acción sindical
y la acción política deben ir juntas, sin que ello signifique que los sindicatos se
embanderen políticamente con un partido (orientación, sí; subordinación, no),
por lo tanto, no acepta ser neutral políticamente (politicista).

El comunismo en la Argentina nace de una escisión que se produce en el


socialismo (PS) en 1917, que hace surgir al Partido Socialista Internacional,
más tarde (1920) adoptando el nombre de Partido Comunista (PC), Sección
Argentina de la Internacional Comunista.

En el III Congreso Extraordinario del PS, realizado en el Salón “Verdi”


de la Boca (tradicional escenario de históricas asambleas obreras), en abril de
1917 (“Congreso de la Verdi”), se debatió acerca de la posición que asumiría
el PS con respecto a la Guerra Mundial y ante la Revolución Rusa.
Un sector de tendencia marxista revolucionaria e internacionalista
en discrepancia con el ala reformista o socialdemócrata del partido, se opuso
al conflicto armado por entender que se trataba de una mera contienda
interimperialista por razones económicas, en la cual siempre salían
beneficiadas las oligarquías y condenada la clase trabajadora a la muerte en
los campos de batalla en defensa de intereses económicos que le eran ajenos,
afirmando así el criterio antibelicista del internacionalismo proletario. Antes
el PS había sostenido una posición pacifista y neutralista ante la guerra,
pero bastó el hundimiento del barco argentino “Monte Protegido” por un
submarino alemán para que el pacifismo se tornara instantáneamente en feroz
belicismo. Hasta llegaron a decir: “¡Basta de neutralidad porque es sinónimo
de cobardía!”. Los afiliados al PS que adherían al sector internacionalista
-conformado en su inmensa mayoría por jóvenes de 20 a 30 años de edad-
finalmente fueron expulsados. En realidad todos los partidos socialistas del
mundo sufrían el mismo cisma. Desde Rusia venía un fuerte vendaval
revolucionario que lo conmovía todo, aunque la Revolución de Octubre sólo
ahondó la fractura, sin haber sido la causa determinante de la disidencia.

Es interesante mencionar la posición crítica que el comunismo adoptaba


hacia el deporte como enemigo oculto del movimiento obrero argentino,
expresada a través de uno de sus principales militantes, el dirigente gremial
Ruggiero Rúgilo, quien escribía: “El deporte existe, pero la primera pregunta
que surge es si constituye una actividad útil. Desde el punto de vista
revolucionario lo negamos en absoluto; comprendemos muy bien y apoyamos
al que teniendo tiempo para ello practica diariamente diez o quince minutos
de gimnasia para restablecer la armoniosa normalidad de sus formas
y fuerzas físicas, que la deformación profesional daña y perjudica siempre.
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Pero el deporte se ocupa de todo, menos de eso. Los antiguos griegos


perseguían la salud y la belleza con sus entretenimientos olímpicos,
en cambio, en la actualidad, se buscan records, la derrota del ocasional
adversario, la vanidad del triunfo. Las prácticas deportivas sirven para
ahondar las divisiones entre los pueblos, cada nación pretende estar a la
cabeza de las demás, el espíritu patriótico mueve los brazos y las piernas,
y tras los hombres en pugna, las multitudes enardecidas profieren insultos,
vomitan el desprecio y blanden los puños; particularmente el fútbol,
ha provocado un resurgir de enconos. Nosotros creemos que esa dedicación
es perniciosa para el sindicalismo, porque sustrae y desvía energías
e inteligencias. Los revolucionarios deben enseñar otra cosa a la juventud
que dar patadas a una pelota. Ahí están los libros, los folletos, la necesidad
de cultura y educación, de capacitación intelectual y moral. Esto es lo que
urge en nuestro movimiento. El deporte servirá para alargar los pies
o robustecer los puños, pero jamás hará más grande la inteligencia, ni más
buenos los corazones”.

Exponentes del comunismo argentino fueron José F. Penelón, Juan Ferlini,


Alberto Palcos, Rodolfo y Orestes Ghioldi, Aldo Cantoni, Victorio Codovilla,
Ruggiero Rúgilo, Ida Bondareff de Kantor, Amadeo Zeme, Juan Greco, Pedro
Zibecchi, Carlos Pascali , José F. Grosso, Luis Emilio Recabarren, entre otros.

Los órganos de prensa comunistas más importantes fueron las publicaciones


La Internacional, Revista Socialista, La Correspondencia Sudamericana,
Adelante, Juventud Comunista, Compañerito, Compañera, Bandera Roja,
Soviet, Orientación, La Hora, Nuestra Palabra, Nueva Era.

₪ El presente trabajo ha sido elaborado sobre la base de la siguiente selección


y adaptación de textos:

* Introducción a las doctrinas político-económicas, Walter Montenegro, Fondo de Cultura


Económica.
* Historia de las doctrinas filosóficas, Pedro Chávez Calderón, Pearson.
* Manual de filosofía, Víctor Afanasiev, Editorial Cartago.
* Historia general del socialismo y de las luchas sociales, Max Beer, Ediciones Ercilla.
* Historia de los partidos políticos, Rubén José Mercado, Ediciones Theoría.
* Crítica de las ideas políticas argentinas, Juan José Sebreli, Editorial Sudamericana.
* La formación de la conciencia nacional, Juan J. Hernández Arregui, Editorial Plus Ultra.
* Historia del socialismo argentino/1, Jacinto Oddone, nº 4, Centro Editor de América
Latina (CEAL).
* El Partido Comunista, Oscar Arévalo, nº 6, CEAL.
* Historia del socialismo argentino/2, Jacinto Oddone, nº 13, CEAL.
* Fundadores del gremialismo obrero/1, Oscar Troncoso, nº 27, CEAL.
* Fundadores del gremialismo obrero/2, Oscar Troncoso, nº 28, CEAL.
* Los orígenes del movimiento obrero (1857-1899), Ricardo Falcón, nº 53, CEAL.
* Orígenes del comunismo argentino (El Partido Socialista Internacional), Emilio J.
Corbière, nº 58, CEAL.
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* La Vanguardia: selección de textos (1894-1955), Roberto Reinoso (compilador), nº 90,


CEAL.
* Derecho burgués y derecho obrero, Joaquín Coca, nº 94, CEAL.
* La F.O.R.A. y el movimiento obrero/1 (1900-1910), Edgardo J. Bilsky, nº 97, CEAL.
* La F.O.R.A. y el movimiento obrero/2 (1900-1910), Edgardo J. Bilsky, nº 98, CEAL.
* El “sindicalismo revolucionario” (1905-1945), Hugo del Campo, nº 160, CEAL.
* Historia argentina contemporánea 1810-2002, Teresa Eggers-Brass, Maipue.
* Historia argentina contemporánea, E. Miranda y E. Colombo, Kapelusz.
* Historia de la Argentina contemporánea, L. de Privitellio y otros, Ed. Santillana.
* Historia mundial contemporánea, Marisa Alonso y otros, Puerto de Palos.
* Historia argentina contemporánea, Germán Friedmann y otros, Puerto de Palos.

Prof. Luis Horacio Isabel


E-mail: luishora5@hotmail.com
La Plata
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