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CLARA SÁNCHEZ

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CLARA SÁNCHEZ 11/09/2011

Seguramente recordarán una película de hace unos años, Ni uno menos, del director chino Zhang Yimou, el mismo que montó la inauguración y cierre de los Juegos Olímpicos de su país con gran imaginación y gusto. Pues mejor sabor de boca nos dejó Ni uno menos, por su sencillez y naturalidad y porque nos habla de algo que forma parte de la vida de todo el mundo: enseñar, aprender, profesores y alumnos, el aula. Una escuela rural, una niña de 13 años que tiene que ejercer de maestra en sustitución de la titular y la frase de "ni uno menos", que significa que ha de conseguir que ningún alumno deserte para que ella pueda cobrar el sueldo. Al principio lo que le motiva es el dinero, pero a lo largo de la historia descubrirá que le importan mucho más sus alumnos y el pundonor de no dejar que ninguno se escape de entre los lápices y las tizas. Esta chica se convierte en una heroína cuando emprende un viaje a la ciudad para buscar a Zhang, el alumno fugitivo, y como les sucede a los héroes clásicos este viaje de búsqueda acaba descubriéndole algo de sí misma, la hace madurar, le hace darse cuenta de que su trabajo es especial y de que sin ella los niños que tutela dejarían de sentir que están aprendiendo y creciendo. Cuántos profesores se reconocerán en esta maestra a la fuerza. Cuántos recordarán los primeros días de clase y la sensación de qué hago yo aquí. Cuántos habrán querido salir corriendo ante el esfuerzo que supone explicar y hacerse entender por esos niños y adolescentes que lo que desean es estar en otra parte haciendo mil cosas más interesantes sin duda. Y cuántos, como nuestra pequeña maestra china, acaban entregados, más allá de las horas lectivas y más allá de sus obligaciones, a los alumnos. Porque el maestro o profesor lo que tiene delante no son papeles ni sillas vacías, ni siquiera espectadores, lo que tiene delante es otro mundo con sus propias leyes, deseos y frustraciones, donde al mismo tiempo que él habla de física o literatura se está produciendo un complicado acoplamiento social entre los niños o adolescentes y el acoplamiento mental con quienes tratan de enseñarles cosas necesarias, que tendrían que interesarles, pero que, por alguna extraña razón, se quedan muchas veces revoloteando en el mundo de la tarima sin lograr ni siquiera rozarles. ¿Quién no ha pasado por algún periodo de distracción o de inadaptación en su etapa escolar? ¿Pueden más los pájaros en la cabeza o las explicaciones del profesor, la atención o el dulce no pensar en nada y dejar vagar la mirada por el planeta? La clase es el futuro en pequeño, donde prácticamente se concentran todos los ejemplares humanos y las emociones que nos vamos a encontrar más adelante cuando nos sueltan por el mundo, y es natural que la esfera del profesor y la esfera de los alumnos no vibren al mismo ritmo. Enseñar es uno de los trabajos más duros que existen, lo digo por experiencia, y eso que nunca he tenido que luchar contra el desinterés de los menores de 18 y solo debía hacerme comprender. Se acaba agotado y además no se puede desconectar como en un trabajo de oficina en que puede uno quedarse mirando las musarañas, Internet, hacer una llamada de teléfono. En la clase no hay más remedio que prestar atención, estar alerta, no bajar la guardia porque tienes un interlocutor que te está mirando a los ojos, con la obligación añadida de tener que interesar. ¿Qué puedo inventar hoy para que me escuchen, para que no se aburran? Y además el profesor no acaba las clases y las deja atrás, sino que se marcha a casa dándole vueltas. Lo que haces, lo que dices tiene una respuesta inmediata positiva o negativa, y no hay dos clases iguales, unas te dejan contento y otras no. Estamos hablando de un trabajo que no consiste solo en las materias que hay que dominar y que hay que preparar, no son solo los exámenes, corregir, las reuniones de profesores y la burocracia que conlleva, el trabajo principal son las personas a quienes va dirigida toda esa actividad. Sin ellas no tiene sentido. Y por mucho que un profesor intente abstraerse de sus funciones y pasar de puntillas por ellas no lo tiene fácil, porque día tras día tiene decenas de ojos mirándole y de orejas escuchándole. Hay profesores extraordinarios y otros menos, pero al contrario que en otras profesiones no se puede disimular. Lo que menos queremos para nuestros enseñantes son los recortes y la desmotivación que propone la Comunidad. La vocación también necesita alicientes.
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