El Arte y los Signos de los Tiempos

Antonio Velasco Piña

Uno de los principales obstáculos que se interponen a la comprensión de cuanto atañe a la historia, es la generalizada opinión que prevalece hoy en día de considerar que ésta transcurre siempre en forma lineal, esto es, que existe una continua evolución y que lo que le ha ido aconteciendo a la humanidad, desde sus orígenes hasta nuestros tiempos, debe calificarse como un permanente ascenso y progreso. En contraposición a esta visión lineal de la historia ha predominado en otras épocas una concepción en espiral, consistente en estimar que el desarrollo de la humanidad se da conforme a cierto tipo de ciclos y que éstos conforman a su vez una espiral. Es decir, no se niega la existencia de la evolución y del progreso, pero se considera que contemplar sólo a éstos es mirar únicamente una cara de la moneda, pues así como hay evolución hay también involución y así como hay progreso hay decadencia. Esta es la visión de la historia que podemos extraer de los libros sagrados de todos los tiempos, desde el Popol-Vuh hasta la Biblia. En igual forma, dicha cosmovisión está contenida en obras de arte sacro elaboradas en muy distintas culturas, como es el caso de los códices mexicanos y de los mándalas hindúes y tibetanos. Ahora bien, al aplicar esta concepción en espiral de los acontecimientos humanos a lo que es estrictamente la historia del arte, llegaremos a la conclusión de que cada obra de arte es siempre un producto de su tiempo y que para poderla comprender y valorar adecuadamente, resulta imprescindible conocer cuáles eran las características específicas que poseía la etapa del ciclo en que fue creada. Aun cuando en las diferentes cosmovisiones históricas se hace alusión a muy diversa variedad de ciclos, existe uno que es común a casi todas las culturas y es el que considera que éstas se encuentran sujetas a cuatro etapas o edades a las que se designa como de oro, plata, bronce y hierro. Esta clasificación no tiene ninguna relación con otra más conocida, que se establece tomando en cuenta los materiales predominantemente utilizados en la producción de artículos y según lo cual la historia se divide en edades de piedra, bronce y hierro. La clasificación primeramente mencionada obedece a un intento por catalogar las diferentes fases de una cultura atendiendo al comportamiento de los seres humanos en cada una de ellas. Atendiendo a esta división la primera fase de cualesquier cultura constituye una etapa sagrada o edad de oro, resultado de que un numeroso conglomerado humano alcanza una importante elevación espiritual. Todas las actividades que se realizan en esta etapa están sacralizadas y ritualizadas, no sólo las solemnes ceremonias religiosas sino incluso las más sencillas actividades cotidianas, como el construir una choza, sembrar, preparar e ingerir los alimentos. Siglos más tarde, a los integrantes de las subsiguientes edades de la misma cultura

les será imposible comprender lo ocurrido en su propia edad de oro y tenderán a calificarla de "oscurantista". La causa de esto no es que las etapas sagradas sean "oscuras" —antes al contrario son precisamente las más "luminosas"— sino que quienes no vivieron en ellas no pueden "ver" lo que en éstos ocurrió y por ello las califican así. En lo tocante a las edades de oro éstas poseen —al igual que todas las demás actividades— un carácter predominantemente religioso. Una poderosa alma colectiva despierta e intenta expresar en nuevas formas su concepto de lo divino. Esta será la tarea que habrán de ir realizando paulatinamente los artistas, o sea los seres más sensibles e intuitivos de la sociedad. Las recién surgidas concepciones religiosas requieren de una nueva arquitectura, escultura, pintura, música, etc., a través de las cuales plasmar la visión sagrada que unifica a todos los integrantes de la nueva cultura. En un principio estas manifestaciones artísticas resultan un tanto "primitivas" —sobre todo si se comparan con las de otras culturas que llevan ya un largo tiempo de existencia— pero regularmente en tan sólo dos o tres siglos la edad de oro llega a su momento de máximo esplendor y su arte manifiesta entonces el perfeccionismo de un estilo permanente depurado y maduro. En la historia del arte de cualquier cultura podemos encontrar ejemplos de estilos correspondientes a las etapas sagradas. En la cultura griega el dórico posee todo el espíritu de un arte que no ha sido hecho para los hombres sino para los dioses. En la cultura occidental los estilos carolingio, prerrománico y románico, van marcando el avance progresivo de un alma colectiva que a través del arte intenta comprender y expresar lo divino. En la cultura náhuatl cuanto se refiere a Teotihuacan constituye un modelo insuperable de lo que es un estilo que ha logrado expresar, en formas arquitectónicas y escultóricas, la esencia de lo hierático y lo sagrado. La segunda edad es la de plata a la que también podría caracterizarse como la etapa heroica de toda cultura. Lo que singulariza a este periodo es que el principal objetivo de la sociedad lo constituye el alcanzar "el orden", entendiendo por éste el que exista una armónica sincronización entre las acciones humanas y las leyes cósmicas o naturales. Para lograr lo anterior se requiere de un intenso y continuado esfuerzo por parte de los seres humanos, los cuales buscan primero conseguir el orden interno para luego alcanzar el externo. Los historiadores califican comúnmente al paso de la primera a la segunda edad como "la transición de las sociedades teocráticas a las militares", y la razón de ellos es que mientras en la edad de oro el personaje central es el sacerdote, en la edad de plata el guerrero constituye el eje central de la sociedad. Se trata desde luego de un tipo de guerrero del todo diferente al que conocemos hoy en día. Los guerreros representativos de las etapas heroicas están animados de un profundo misticismo. Su objetivo primordial es lograr la conquista de sí mismos, alcanzada ésta presuponen que bastará con su sola presencia para que se establezca el orden en la sociedad.

En la cultura occidental la orden de los Templarios constituiría el mejor ejemplo de las órdenes místico-militares características de las etapas heroicas. En la cultura náhuatl su edad de plata o etapa heroica corresponde a lo que los historiadores han denominado erróneamente como "cultura tolteca" (se trata en realidad de la misma cultura iniciada en Teotihuacan pero ya en una etapa diferente). Así pues, los Caballeros Águilas toltecas serían en lo que respecta al México central los mejores ejemplos de esta clase tan especial de guerreros. Ordenes militares con propósitos místicos han existido en casi todas las culturas, siendo particularmente famosos en la historia (además de las ya mencionadas) las que surgieron en Persia, Arabia y China. Por lo que respecta al arte de las edades de plata o heroicas, éste intenta siempre reflejar la existencia de ese "orden" —celestial y terrenal— que constituye el objetivo central de los habitantes de esas edades. En la cultura griega es el estilo jónico el que mejor expresa el afán de glorificación a los héroes míticos, afán que constituye el principal motivo de inspiración del arte de estos tiempos. En la cultura occidental el estilo gótico representa la culminación del esfuerzo por plasmar, a través del dominio rítmico lineal de las formas, manifestaciones perceptibles a los sentidos humanos de lo que es el orden divino y cósmico. Algo del todo semejante percibimos en los atlantes toltecas de Tula, en los relieves épicos egipcios de la cuarta dinastía o en la ciclópea arquitectura quechua de Sacsahuaman. La tercera edad por la que atraviesan las culturas es la de bronce. En esta etapa dejan de predominar como motor central de las acciones humanas los propósitos espirituales, siendo sustituidos por ideales políticos y filosóficos. Es la época en que se crean las grandes ideologías y las más destacadas corrientes de pensamiento. El modelo arquetípico no es ya el sacerdote o el guerrero místico, sino el estadista y el sabio. Todo adquiere una escala humana y no divina o cósmica ("El hombre es la medida de todas las cosas") y hasta la misma religión tiende a racionalizarse en un alto grado. Las decisiones que determinan el gobierno de las sociedades no provienen ya del monasterio o del castillo, sino de las grandes urbes. Al igual que el resto de las actividades, las artísticas se "humanizan" durante el transcurso de las edades de bronce. No sólo florece un importante arte profano en contraposición al arte religioso y heroico de las edades anteriores, sino que incluso el arte religioso se desacraliza en buena medida, al intentar dar a las deidades una dimensión humana. En la cultura occidental el denominado renacimiento europeo tiene lugar durante el inicio de la edad de bronce de esta cultura. El barroco y el rococó serían los estilos que mejor ejemplificarían los ideales artísticos que imperaban en los tiempos correspondientes a dicha edad y cultura. En lo que atañe a las antiguas culturas mexicanas, el tránsito que va de lo sagrado y lo heroico a lo estrictamente "humano" puede detectarse fácilmente en sus códices, mientras que los elaborados en las primeras edades sólo contienen información relativa a las deidades y a la forma de operar de las fuerzas cósmicas (Borgia, Dresden) en los provenientes de la tercera

edad predominan ya los datos relativos al quehacer humano, desde las guerras y conquistas hasta la enumeración de las genealogías reinantes en una determinada región (Nuttall, Vindebonensis). Algo muy similar ocurrió en lo que hace a la evolución estilística dentro de la cultura árabe. Las iniciales decoraciones geométricas y abstractas con que se intenta expresar lo sagrado, ceden el paso primero a las míticas escenas de batallas de los tiempos heroicos, para luego, al llegar la edad de bronce, centrarse en una "búsqueda de la realidad", o sea en un naturalismo que intenta reproducir con gran perfección las formas de flores, plantas, animales y seres humanos. La cuarta y última fase de una cultura es la edad de hierro, misma que podría denominarse también como "etapa de rebaño", significando con ello que lo característico de esta edad es la masificación y cosificación de la sociedad, así como el hecho de que los valores que predominan en ella son siempre el materialismo, la acumulación de la riqueza y la satisfacción de los instintos primarios. Las ideologías provenientes de la edad anterior caen en descrédito y el simple afán de poder rige en política. Una suicida inconciencia lleva a los rebaños humanos a la destrucción del medio ambiente, movidos por un incontrolable deseo de lucro. Lo ocurrido durante la edad de hierro de la cultura griega es quizás el ejemplo histórico más comúnmente conocido en lo que hace a una edad de hierro. Como se recordará todo el ámbito mediterráneo que para el siglo V d.C. comprendía dicha cultura —o sea los extensos límites del Imperio Romano— eran presa de una insuperable crisis que abarcaba lo religioso, político, moral y económico. La deshonestidad de las autoridades propiciaba la inflación y las continuas devaluaciones. Tras devastar los bosques y dejar yertos y abandonados los campos de cultivo, la población se concentraba en ciudades cada vez más grandes e insalubres. Todo era masificación, incluso la forma de divertirse en los sangrientos espectáculos del circo. Algo del todo semejante a lo que ocurrió en Europa en el siglo V d.C. está sucediendo actualmente en el mundo entero. La característica más sobresaliente de nuestra época es que, por vez primera en la historia, todas las culturas de la humanidad se encuentran sincronizadas en su edad de hierro. Esto es lo que explica la destrucción a nivel planetario de la ecología, así como la evidente uniformidad que ha ido englobando a la especie humana. El modelo de masificación desarrollado por la cultura occidental sirve de ejemplo a todas las culturas, de tal manera que al finalizar el siglo XX la gran "aldea planetaria" a la que aludiera McLuhan es ya una realidad. En todo el mundo se practican los mismos deportes, se toca la misma música, se utilizan idénticas prendas de ropa e imperan similares criterios económicos.

Esta masificación y cosificación que constituye el rasgo distintivo de los tiempos actuales se manifiesta igualmente en el arte. Así por ejemplo, las obras arquitectónicas que se erigen por doquier reflejan muy claramente la mentalidad de rebaño que nos rige. Todos los grandes conjuntos habitacionales que se construyen en las afueras de las grandes ciudades son monótonamente iguales, al observarlos no se puede saber si se encuentra en Madrid, Bombay o Buenos Aires. ¡Qué diferencia con las construcciones de estas mismas ciudades edificadas hace sólo un siglo, poseedoras de una belleza e individualidad que todavía podían ser calificadas como "humanas" Las obras arquitectónicas no son sino un ejemplo más entre los múltiples que al respecto pueden darse en lo que hace a la mayor parte de la producción artística de nuestros tiempos, caracterizada o bien por ser el resultado de pésimas copias del pasado o por intentos casi siempre fracasados de crear algo grandioso, que se traduce en modas pasajeras que sólo producen obras de baja calidad en todas las ramas del arte. Ahora bien, atendiendo a lo que ha ocurrido en el pasado podemos afirmar que el inicio de las etapas sagradas o edades de oro se gesta en el transcurso de las edades de hierro, justamente cuando las sociedades han llegado al máximo de la degradación. Es entonces cuando, inesperadamente, pequeños grupos empiezan a surgir impulsados no por el afán de lucro y de poder, sino por un auténtico misticismo que genera todo un movimiento de retorno a lo sagrado que muy pronto — históricamente hablando, o sea en el transcurso de dos o tres siglos— adquiere una fuerza incontrastable que le permite realizar una radical transformación de la sociedad y junto con ello dar comienzo a una nueva cultura en su edad de oro. A juzgar por todos los indicios resulta evidente que en la actualidad la historia de la humanidad se está bifurcando ya en dos historias del todo diferentes. Una es la relativa a cuanto acontece a las sociedades masificadas, la otra se refiere a las individualidades y pequeños grupos que intentan recuperar el sentido sagrado de la existencia. Por lo que hace a la historia primeramente mencionada, ésta contiene el más aterrador de todos los relatos. En los últimos decenios del segundo milenio de la Era Cristiana se ha llevado a cabo una destrucción sin precedentes en la ecología del planeta. Otra muy diferente ha sido la historia de quienes, en idéntico período, han empezado a laborar por la creación de una nueva y aún no precisada forma de espiritualidad que se manifiesta de muy diversas formas, desde el rescate de antiguas técnicas de ampliación de conciencia, hasta la creación de movimientos ecologistas que han demostrado, en la práctica, la posibilidad de subsistir y progresar sin tener que devastar el medio ambiente. Esto es, existe ya en marcha un intento de revertir el actual

impulso destructivo y transformarlo en el inicio de una edad de oro para todo el género humano, pues a resultas del creciente proceso de globalización, cuanto ocurre se inserta en una escala que ha dejado de ser local para tornarse mundial. Los verdaderos artistas, voz y conciencia de la especie, intuyen que se encuentran ante uno de los más difíciles retos a los que cíclicamente se enfrentan los integrantes de su profesión: recrear de nuevo la totalidad de formas artísticas para expresar lo sagrado. ¿Cuáles podrán ser las características que habrá de tener el arte en esa nueva edad que se avecina? Imposible poder dar una respuesta específica a semejante pregunta; no obstante, resulta lógico suponer que para cumplir con el desafío propio de su época, el arte del futuro tendrá que superar la herencia del pasado y no ser una simple repetición o mezcla de estilos de antiguas culturas, en igual forma, deberá poner de manifiesto un auténtico espíritu planetario, o sea lograr interesar y despertar emociones en la generalidad de los habitantes de la Tierra y no únicamente en los integrantes de una determinada nación, cultura o religión. ¿Existen en la actualidad artistas cuyas obras puedan catalogarse como iniciadoras del nuevo estilo que prevalecerá en el futuro? Estimamos que la respuesta es afirmativa, y que en muy distintas partes del mundo, empiezan a surgir artistas empeñados en la difícil tarea de crear un novedoso lenguaje de formas que permita a los seres humanos acercarse, con mayor profundidad, a los grandes misterios de la existencia. Al observar las esculturas de Alejandro Prieto brota espontánea la certeza de encontrarse ante la manifestación de un arte que, tanto por su originalidad y universalidad como por la espiritualidad que refleja, posee ya los rasgos que hemos señalado como imprescindibles en el arte de la nueva edad. Las esculturas en cuestión, poseedoras de formas que en ocasiones parecen desafiar la ley de gravedad, constituyen una obra monumental y vigorosamente plástica. Un impresionante repertorio de masas estilizadas que hacen gala de una animación rítmica y una exuberante inventiva. Su dinamismo rompe la ley de la frontalidad y permite la observación de su multiforme estructura desde cualquier ángulo que se les contemple. Hay en ellas un inacabable juego de luces y sombras, logrado a base de elegantes y bien moldeadas líneas en las que prevalece una tendencia geométrica abstracta. Ojalá y Alejandro Prieto continúe avanzando por este camino. Su arte es ya un anticipo del arte del futuro, el cual anuncia a su vez una nueva y mejor edad en la historia de la humanidad.
Extraído de: Esculturas, Alejandro Prieto Posada, p. 94 Museo de Arte Contemporáneo, Alvar y Carmen T. de Carrillo Gil 1ª Edición, México 1993 ISBN: 968–6873–06-6 http://retornosagrado.blogspot.com/

Art and Signs of the Times
Antonio Velasco Piña

One of the principal obstacles that hinders our comprehension of what we understand as history is the widespread notion prevailing nowadays that historical events always occur in linear fashion. In other words, that there exists a continuous evolution, and that what has been happening to mankind from its origins down to our days ought to be considered a matter of permanent upward movement and progress. At other times, and in contrast to this linear view of history, there has predominated a conception of history as a spiral, which consists in the belief that the development of humanity has occurred in a kind of cyclical fashion and that it resembles a spiral in shape. In this view, the existence of evolution and progress is not denied, but to consider history only in terms of evolution toward progress is to see only one side of the coin; since there is evolution, there is also involution. Just as there is progress, there is also decadence. This is the conception of History that comes down to us from the sacred writings of all times, from the Popol-Vuh to the Bible. In the same way,this world view is contained in sacred works of art made in very different cultures. Such is the case of the Mexican codices and the Hindu and Tibetan mandalas. In applying this spiral conception of human events to what is strictly the history of art, we come to the conclusion that every work of art is always a product of its time, and that in order to be able to comprehend and evaluate it adequately, it is essential to be cognizant of the specific characteristics of the stage of the particular cycle during which it was created. Even though in the different historical world visions reference is made to a very diverse variety of cycles, there is one that is common to nearly all cultures. This is where it is believed that cultures pass through four stages or epochs, which are designated as gold, silver, bronze and iron. This classification has no relation to another one that is better known, established by taking into account the predominant materials used in the production of artifacts, and according to which history is divided into stone, bronze and iron ages. The first classification system mentioned above, however, arises from an attempt to categorize the

different phases of culture with regard to the behavior of the human beings that lived in each of them. In accordance with this division the first phase of any culture constitutes a sacred stage or golden age, the result of a large portion of people having attained a lofty stage of spirituality. All activities carried out in this stage are imbued with a sacred and ritualized content. This encompasses not only solemn religious ceremonies but even the simplest daily activities like constructing a rude dwelling, tilling the soil, preparing and eating food. Centuries later, those living during subsequent ages of the same culture found it impossible to understand what had occurred during their own golden age and tended to call it "obscurantist". The reason for this is not that the sacred stages had really been "obscure" —to the contrary, they are precisely the most "luminous"— but rather that those who had not lived in those times could not "see" what had occurred then and, therefore, called them obscurantist. As for the art of the golden ages, it possesses a predominantly religious nature, as do all other activities. A powerful collective spirit is awakened and strives to express its concept of the divine in new forms. This was to constitute the task that artists would carry out gradually, since they were the most sensitive and intuitive members of society. The religious conceptions that had recently arisen had need of a new kind of architecture, sculpture, painting, music and so on, by means of which could be shaped the sacred vision that unified all the members of the new culture. At first these artistic manifestations turned out to be rather "primitive" —especially when compared with the works of other cultures that had existed for a long time— but regularly, after only two or three centuries, the golden age reaches its moment of greatest splendor, and its art then evinces the perfectionism and refinement of a fully mature style. In the art history of any culture we can find examples of styles that correspond to sacred periods. In Greek culture the Doric order possesses all the spirit of an art that has not been made for men but rather for gods. In Western culture the Carloviangian, pre-Romanesque and Romanesque styles mark the steady advance of a collective soul or spirit which, through art, strives to understand and express the divine. In the Nahuatl culture everything that refers to Teotihuacan constitutes an unsurpassable model for a style that has succeeded in expressing the essence of the hieratic and the sacred through architectural and sculptural forms.

The second or silver age is the one that could be characterized as the heroic age of all cultures. What is singular about this period is the fact that the chief objective of society is the achievement of "order". What is understood by this is that there should exist a harmonious synchronization between human actions and cosmic or natural laws. To achieve this, an intense and continual effort on the part of human beings is required, who first seek to attain internal order and only then external order. Historians often call the passage from the first to the second age "the transition from theocratic to military societies". The reason for this is that, while in the golden age the central figure is the priest, in the silver age the warrior constitutes the central figure of society. Needless to say, it refers to a type of warrior totally different from the type we are familiar with in our times. The warrior that represented the heroic ages were animated by a profound mysticism. Their paramount objective was to master themselves. Once this was achieved it was taken for granted that their mere presence would suffice in order for order to be established in society. In Occidental culture the order of Knights Templars would constitute the best example of the mystic-military orders characteristic of the heroic ages. In the Nahuatl culture its silver or heroic age corresponds to what historians have erroneously called the "Toltec culture" (in fact it was the same culture that had its beginning in Teotihuacan, only at a different stage). Thus, the Toltec Eagle Knights would be with regard to central Mexico the best examples of this very special kind of warriors. Military orders with mystical purposes have existed in

nearly all cultures. The ones that were particularly renowned in history (besides those mentioned above) arose in Persia, Arabia and China. With respect to the art of the silver or heroic ages, it always reflects the existence of that "order" —be it celestial or terrestrial— that constitutes the paramount objective of the people living in those times. In Greek culture it is the Ionic order that best expresses the urge to glorify mythic heroes —an urge that constitutes the principal inspirational motif of the art of those times. In Western culture the Gothic style represents the culmination of the effort to give shape to such manifestations. This was achieved through the rhythmic linear mastery of forms manifestations perceptible to the human senses of what makes up the divine cosmic order of the universe. We can perceive something quite

similar in the Toltec "Atlantes" of Tula, in the epic Egyptian bas-reliefs of the fourth dynasty or in the Cyclopean Quechua architecture of Sacsahuaman. The third age through which cultures pass is the bronze age. At this stage spiritual ends cease to predominate as the driving force of human activities, having been replaced by political and philosophical ideals. This was the epoch during which the major ideologies and the most noteworthy currents of thought were created. The archetypal model is no longer the priest or the mystic warrior, but the statesman and the savant. Everything acquires a human rather than divine or cosmic scale. ("Man is the measure of all things") and even religion itself tends to become rationalized to a great extent. The decisions that determine how societies are to be governed no longer come from the monastery or the castle, but from great cities. Like the rest of human activities, the works of artists are "humanized" during the times of the bronze ages. Not only did a major profane art flourish as a contrast to the sacred and heroic art of previous ages, but even religious art became secularized to a considerable extent, as seen in the tendency to give deities a human dimension. In Western culture what is known as the European Renaissance took place during the early stages of the bronze age of this culture. The baroque and the rococo were the styles that best exemplified the artistic ideals that held sway in the times of that age and culture. With regard to ancient Mexican cultures, the transition from the sacred and heroic to the strictly "human" can easily be detected in their codices, while those made in the previous ages only contain information relating to deities and the ways in which cosmic forces operate (Borgia, Dresden). In the codices from the third age, data concerned with human activities, from wars and conquests to the enumeration of reigning genealogies in a particular region (Nuttall, Vindobonensis) now predominate. Something quite similar occurred with regard to the stylistic evolution of Arabic culture. The initial geometric and abstract decorations with which sacred themes were expressed gave way first to mythic battle scenes from heroic times and then, with the arrival of the bronze age, focused on a "search for reality", in a naturalism that sought to reproduce with great perfection the forms of flowers, plants, animals and human beings. The fourth and last phase of a culture is the iron

age, which could also be termed the "herd stage". What is meant by this term is that society in those days was characterized by the "massification" of mankind, the virtual worship of things, and the fact that the predominant values were always materialism, the accumulation of wealth and the gratification of man's primary instincts. The ideologies that had prevailed in the previous epoch were discredited, and the naked desire for power governed public affairs. A suicidal lack of consciousness led the human herds to the destruction of their environment, impelled as they were by an uncontrollable desire for material gain. What happened during the iron age of Greek culture is perhaps the most widely known historic example from that time. As will be recalled, by the fifth century A.D. the entire Mediterranean region was encompassed by that culture —conterminous with the extensive boundaries of the Roman Empire— which was beset by an overwhelming crisis in the spheres of religion, politics, morals and economics. The dishonesty of authorities brought about inflation and continual devaluations. After the inhabitants had devastated the forests and left cultivated fields bare and abandoned, they clustered together in ever more crowded, large and insalubrious cities. Everything was done on a massive scale—even the most popular kinds of entertainment, like the bloody spectacles held in the Roman circus. Something very similar to that which occurred in Europe in the fifth century A.D. is now taking place throughout the entire world. The most notable characteristic of our times is that for the first time in history all cultures of humankind are synchronized in their iron age. This is the explanation for the ecological degradation on a planetary scale, as well as the evident uniformity that has been enveloping all mankind. The model of massification developed by Occidental culture serves as an example for all cultures, in such a way that by the end of the twentieth century the great "global village" alluded to by McLuhan is already a reality. Throughout the world the same sports are played, the same music is heard, the same kind of clothes are worn and similar economic criteria carry the day. This massification and rampant materialism that form the distinctive features of the present are equally manifest in art. Hence, for example, the architectural edifices that are built all around us clearly reflect the sheep or herd-like mentality that rules us. All the large housing complexes that are built in the outskirts of big cities are monotonously the same. As we observe them, one cannot tell whether one is in Madrid, Bombay or Buenos Aires. What a difference with the constructions in these same cities built only a century

ago, endowed as they were with a beauty and individuality that could still be called "human"! Works of architecture are simply one more example among many others that could be cited with respect to the greater part of the artistic production of our times. It is characterized by being either the result of bad copies from the past, or by attempts that are almost always failures to create something grandiose, which achieve a modish popularity and only produce works of poor quality in all branches of art. Now, in the light of what has occurred in the past, we can assert that the sacred or golden ages had their genesis during the iron ages, precisely at a time when societies had plumbed the depths of degradation. It was then when, unexpectedly, small groups began to appear, motivated not by the desire for riches or power, but by an authentic mysticism that generated a full-blown movement toward a return to the sacred. Quite soon —historically speaking, or within a period of two or three centuries— this movement acquired an undeniable strength that enabled it to effect a radical transformation of society, together with the dawn of a new cultural golden age. Judging by all indications, it is clear that at the present time the history of mankind is splitting into two very different histories. One of them is concerned with what occurs in mass societies, and the other is concerned with individuals and small groups who seek to recover the sacred dimension of existence. Regarding the aforementioned history, it contains the most frightful of all narratives. In the last decades of the second millennium of the Christian Era,an unprecedented destruction of the Planet Earth has taken place. Quite different has been the history of those who, during the same period, have begun to work toward the creation of a new and as yet undefined form of spirituality that is manifested in very diverse forms. These range from the revival of ancient techniques of consciousness raising to the creation of ecological movements that have demonstrated in practice the feasibility of subsisting and progressing without needing to destroy the natural environment. Thus, there has already been set in motion a serious attempt to reverse the current destructive impulse and transform it into a golden age for all humankind. As a result of the growing process of globalization, anything that happens in one place has an impact on a scale that is no longer local but worldwide. True artists, the voice and conscience of our species, realize intuitively that they are facing one of the most difficult challenges that they and their fellow professional colleagues have ever had to face in previous cycles. That is to

create anew the totality of artistic forms for expressing the sacred. What will be the characteristics of the art of that new age that lies just ahead? It is impossible to give a specific answer to such a question. Nevertheless, it is logical to suppose that in order to meet the challenge of its epoch, the art of the future will have to rise above the heritage of the past and reject simple repetition or mixture of styles from old cultures. Similarly, it will have to bring forth a true global spirit, succeed in arousing interest and awaken emotions in the general population of the earth —not just in the members of a particular nation, culture or religion. Do artists exits at the present time whose works can be classified as innovators of the new style that will prevail in the future? We believe that the answer is affirmative, and that in very different parts of the world there are artists starting to come forward who are engaged in the difficult task of creating a novel language of forms that will allow human beings to approach the great mysteries of life in a more profound way. In observing the sculptures of Alejandro Prieto, one spontaneously feels the certainty of being in the presence of an art that, both because of its originality and universality, as well as the spirituality that it reflects, already possesses the features that we have pointed out as essential for the art of the new age. These sculptures are shaped into forms that at times seem to defy the law of gravity. They constitute a monumental and vigorously plastic body of art; an impressive repertory of stylized masses that displays a rhythmical and exuberant inventiveness that is full of animation. Its dynamic quality casts aside the law of frontality and permits the viewer to observe its multiform structure from any angle. There is in these sculptures an endless play of light and shadow, achieved through elegant and well-molded lines in which an abstract geometric tendency prevails. Let us hope that Alejandro Prieto will continue to move forward along this path. His art is already a preview of the art of the future,which in turn foretells a new and better age in the history of mankind.
Extracted from: Esculturas, Alejandro Prieto Posada, p. 94 Museo de Arte Contemporáneo, Alvar y Carmen T. de Carrillo Gil 1ª Edición, México 1993 ISBN: 968–6873–06-6 http://retornosagrado.blogspot.com/