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PARA SALVAR LA DEMOCRACIA Y LA UNIDAD NACIONAL

¡SOLUCIÓN POLÍTICA YA!
En un anterior pronunciamiento público de 20 de junio de 2004, con el título “El Referéndum: ¿un campo minado?, un grupo de intelectuales reunidos por la Fundación Milenio, advertimos que tanto por la forma en que se había instrumentado la consulta sobre el gas cuanto por el contenido ambiguo e impreciso de las preguntas, no resolvería ninguno de los problemas reales en materia de hidrocarburos y, por el contrario, crearía más inestabilidad e incertidumbre, bloqueando las posibilidades de exportación de gas y acentuando las divisiones entre los bolivianos. Lamentablemente para el país, ese pronóstico se ha visto corroborado por los hechos. Ahora que la situación nacional ha adquirido ribetes de mayor gravedad, el Grupo de Análisis de la Fundación Milenio, considera que es su deber emitir un nuevo pronunciamiento con la finalidad de aportar reflexiones y propuestas que contribuyan a encontrar una salida en la encrucijada en que se encuentra Bolivia.

1. Empate catastrófico Bolivia está atrapada entre el antagonismo y la confrontación de sus principales fuerzas políticas y sociales: unas, que defienden el sistema construido en el proceso democrático y que apuestan por una economía abierta e integrada al mundo; otras, que desde posturas antisistémicas y de la nostalgia de un pasado idealizado, reniegan de la modernización económica y promueven el retorno a una economía estatista. Y entre unas y otras, sectores desconcertados y presos de la confusión que observan impotentes los acontecimientos sin conseguir, empero, escapar a sus consecuencias.

Es un conflicto de poder que demuestra vacío de hegemonía y de conducción nacional. Los bolivianos carecemos de una visión común de país y de futuro; la cohesión nacional está fracturada como nunca antes por regionalismos, etnicismos, localismos, corporativismos y otras tendencias disgregadoras y centrífugas El país se parece cada vez más a un barco a la deriva en medio de la tormenta. El efecto más visible es el clima de ingobernabilidad que se refleja en la espiral de conflictos sociales, de poderes públicos asediados y maniatados por falta de autoridad y de recursos financieros, de un Estado inerme e impotente para dictar políticas, aplicar la ley, garantizar la seguridad jurídica, ejercitar el uso

legítimo de la fuerza y, por si ello fuera poco, sin poder agregar intereses sociales y regionales en la perspectiva del interés general de la nación. En la coyuntura presente la sensación es prácticamente de ausencia de Estado. Ha resurgido el populismo como forma de ejercicio del poder, determinando una dinámica de funcionamiento de la sociedad en la que el sistema institucional de decisiones es reemplazado por el juego de presiones de grupos de interés y la acción directa de masas sobre un Estado depauperado que, sin embargo, al influjo de tales presiones, intenta retomar su viejo rol intervensionista y de productor de bienes y servicios. La paradoja es que, precisamente por su extrema fragilidad, las posibilidades de consolidación de un régimen populista son simplemente nulas. No siendo el populismo una alternativa viable de gobernabilidad, esa tendencia sumerge a Bolivia en el caos y la inestabilidad. Estamos pues en presencia de un empate de fuerzas sin resolución estratégica, donde las fuerzas que chocan tienen capacidad de bloquearse y neutralizarse entre sí, pero no de imponerse una sobre la otra. El gobierno de Carlos Mesa ha nacido de ese empate no resuelto y esa es también la razón última de su impotencia. Parece condenado a sobrevivir sin gobernar hasta que tal vez una crisis mayor estalle. 2. Menos inversiones, menos empleo La estabilidad macroeconómica se mantiene precariamente. En la gestión 2004 se ha dado una cierta recuperación originada, principalmente, en las mayores exportaciones de gas al mercado brasilero. Aún cuando el déficit del sector público se ha reducido el 2004, y la corrección del precios de los hidrocarburos pretende reducirlo más el presente año, el déficit fiscal continúa siendo insostenible, y no podría ser cubierto sin la generosa ayuda externa y sin la colocación de mayor deuda pública que ya se presenta como de difícil refinanciación en el corto plazo. El problema principal es la drástica caída de la inversión, provocada por la errática política

gubernamental y el ambiente de inestabilidad e incertidumbre. El 2004, la inversión externa representó apenas el 1,3% del PIB, el nivel más bajo en más de una década. La inversión privada nacional también siente los efectos de la falta de seguridad a las inversiones, como lo demuestra la persistente disminución de la cartera bancaria. El sector productivo, que pudo haber crecido apreciablemente en un entorno externo tan favorable, sólo ha incrementando sus inversiones marginalmente. Debemos ser conscientes que los efectos de la contracción de la inversión en el presente se sentirán con fuerza en los próximos años, en la forma de menores oportunidades de empleo, crecimiento y generación de riqueza. A ello se añade el peligro que se cierne sobre las exportaciones manufactureras al mercado norteamericano, a raíz de la finalización de las facilidades del ATPDEA y la indefinición respecto de un TLC con la mayor economía del mundo, sin duda la mejor oportunidad que tiene Bolivia para incrementar sus exportaciones industriales. El país sigue atorada en el círculo vicioso de la crisis económica que genera inestabilidad y la falta de gobernabilidad que no deja hallar soluciones económicas. 3. Constituyente vs. Autonomías Los poderes ejecutivo y legislativo se han comprometido a convocar a la Asamblea Constituyente bajo la premisa de que éste debe ser el escenario para un nuevo contrato social que restablezca la convivencia democrática y proyecte el futuro del país a partir de una refundación institucional de la República. Sin embargo, debemos preguntarnos: ¿Existen las condiciones para lograr esos objetivos? ¿Es realmente necesaria una reforma total de la CPE? Si unos centran su objetivo en las autonomías departamentales, otros quieren rediscutir la nación boliviana, incluso para redefinir las fronteras nacionales, como pretenden los indigenistas radicales. Para muchos, lo esencial es liquidar el modelo de libre mercado y volver a un sistema económico con control estatal sobre los recursos naturales y los servicios

públicos. También se pretende una nueva reforma agraria bajo la consigna de “tierra y territorio” para revertir propiedades agrarias y concesiones forestales en el oriente, lo que implicaría atacar la base misma de la economía cruceña y oriental, y tratar de establecer alguna forma de control de las comunidades indígenas y campesinas sobre las riquezas del suelo y subsuelo; cuestiones sumamente explosivas y contrarias al principio constitucional de dominio originario del Estado sobre dichos recursos. Dadas estas visiones, no hay duda que la idea de la Asamblea Constituyente promueve líneas políticas antagónicas. Para el MAS y otros grupos afines, la constituyente es un caballo de batalla en la lucha por el poder político, pues es allí, más que en ningún otro terreno, donde pretenden articular un bloque de fuerzas y de poder, y quizás incluso el germen de un poder revolucionario, como lo fue en 1970 la Asamblea del Pueblo. La reacción a esta estrategia proviene de las fuerzas y sectores políticos y económicos que sienten amenazados sus intereses y posiciones de poder, y también de quienes reconocen la necesidad de continuar el camino de la apertura política y económica como condición de un desarrollo equitativo, advirtiendo graves riesgos para la unidad nacional y el régimen democrático y constitucional. En ese contexto, la fuerza que ha ganado la demanda autonomista se explica porque en su núcleo se encuentra el movimiento regional cruceño, profundas raíces históricas, que ha logrado una renovada legitimidad, en un momento de quiebre del Estado. Su reclamo de mayor descentralización política y administrativa busca superar la camisa de fuerza del centralismo y tender hacia una reorganización del sistema de gobierno que permita un nuevo equilibrio político entre las regiones a tono con el desplazamiento del eje económico desde occidente al oriente del país. Pero, por otro lado, la reivindicación autonomista está impregnada de fuerte sentido defensivo. Es la respuesta del oriente y del sur ante las tendencias populistas que se enseñorean en el occidente y, sobre todo, frente a lo que se percibe como una amenaza a sus estructuras económicas y políticas y a los recursos naturales localizados en sus territorios.

No es pues casual que “constituyente” y “autonomías” emerjan como procesos antagónicos y excluyentes. En los términos del debate actual y dadas las estrategias políticas en juego, la demanda autonomista cierra el paso a la constituyente y ésta, a su vez, mediatiza el tratamiento de las autonomías al cambio del modelo económico y el control de la tierra y los recursos naturales. La determinación del movimiento cruceño para avanzar en la conformación de un gobierno departamental autónomo implica, por lo mismo, desafíos excepcionales para todos los bolivianos. La movilización de Santa Cruz aporta un gran impulso para que la reforma llegue desde la sociedad civil, en un proceso que tendrá que ser consensuado para que el resultado ayude a terminar de construir la nación boliviana como un proyecto histórico común para todas sus colectividades. Pero una descentralización que sea compatible tanto con la equidad interregional como con las posibilidades fiscales, requiere del liderazgo de un gobierno fuerte y coherente, de la autoridad de un Parlamento respetado y del contrapeso de los partidos nacionales a las presiones regionales, localistas e indigenistas. Actualmente estas condiciones no existen, aunque podrían crearse si el escenario político nacional fuera otro. 4. Sin ley ni política de hidrocarburos Desde que el Presidente Mesa anunciara su intención de cambiar la Ley de Hidrocarburos, una tempestad destructiva azota a este sector que ha condensado todas las expectativas de una sociedad sedienta de desarrollo. Según datos oficiales, el 2004 las inversiones petroleras fueron de 176.3 millones de dólares, una cifra apenas cercana al nivel de inversiones de antes de la capitalización. Si se compara con los 604.8 millones de dólares de inversiones en 1998, significa una abrupta caída de 428.5 millones de dólares, es decir 70.9% menos. La falta de mercados, la inseguridad jurídica y la incertidumbre generada alrededor de la ley y de la política hidrocarburífera son los causantes del desplome de las inversiones en el sector. Bolivia ha perdido el proyecto LNG que debía

exportar gas boliviano a Norteamérica. Pero también pierde día a día la posibilidad de ampliar sus exportaciones a los países vecinos, por decisiones que escapan a la racionalidad económica e incluso geopolítica. Sin más mercados donde vender y con cada vez menos inversiones en exploración y explotación, el país deja de percibir ingresos en cantidades significativas. A pesar de que la producción de gas y líquidos está alcanzando cifras récord por el paulatino incremento de las exportaciones al Brasil-, asoma el fantasma de un futuro déficit de líquidos en el mercado interno porque para satisfacer esta demanda es preciso producir más gas, lo que no ha de ocurrir si no crecen las ventas al mercado externo. El proceso de reforma de la ley de hidrocarburos ya ha sido muy perjudicial para el país. Ahora no se trata de tener cualquier ley y a cualquier precio. Una ley mala puede ser tan nociva como la más radical de las leyes. Las consecuencias están a la vista: la ley puede ser tan incoherente y contradictoria que simplemente resulte inaplicable; que se pongan tales penalizaciones, trabas, vetos indígenas y otros desincentivos a las inversiones, que el abandono masivo de las empresas resulte inevitable; que la recreación de un poderoso YPFB sea sólo en el papel, pero a un alto costo para el TGN que tendrá que sostener una entidad burocrática e ineficiente; y, por último, que el carácter estatizante y nacionalizador de la norma, por más disfraces que se le intente colocar, termine inviabilizando a la industria de hidrocarburos de manera que Bolivia sepulte sus esperanzas de hacer del gas natural la palanca principal para su desarrollo. 5. Que el pueblo decida en las urnas La crisis boliviana tiene las dimensiones de una crisis de Estado que se refleja en la pérdida de capacidad de gobierno de la sociedad y la dilución de un orden político sin el cual ninguna nación puede funcionar, menos democráticamente. La historia es pródiga en ejemplos de cómo crisis de esta naturaleza tienden a desembocar en intervenciones militares, insurrecciones violentas o guerras internas. La obligación nuestra y de todos, es evitar que eso ocurra. La solución por el desastre puede venir si no hacemos algo.

Cuando el país está a merced de fuerzas polarizadas, el Presidente no puede gobernar y el Parlamento está sometido a presiones incontenibles, la única opción es buscar una solución política a esta crisis dentro de un cause institucional y democrático. Es necesario acudir al titular de la soberanía para que en elecciones generales los ciudadanos decidan qué proyecto de país quieren: si lo quieren con economía de mercado o de Estado, con inversiones extranjeras o sin ellas, con autonomías departamentales o descentralización administrativa, con democracia de partidos o sin ellos, inserto en la economía mundial o al margen de ella. Que por una vez siquiera tengamos una elección sobre programas, donde los candidatos y partidos presenten propuestas sobre esos temas medulares, de modo que los electores den un mandato claro a quienes elijan como sus gobernantes. En la situación de emergencia que vivimos es imperativo crear un escenario democrático para resolver el empate de fuerzas y el vacío de conducción nacional, encaminando un proceso eleccionario donde las corrientes políticas se organicen, se articulen y combatan con las armas de las ideas por la aceptación popular, para luego, con el respaldo de una mayoría electoral, los ganadores constituyan un gobierno fuerte y legítimo que encare la solución de los problemas nacionales, incluyendo la política de hidrocarburos, la reforma constitucional y la demanda de autonomías. Un acuerdo nacional debería viabilizar esta salida y librar al país del peligro del caos y la violencia. Un acuerdo que amén de fortalecer al gobierno con un gabinete de transición que pueda alcanzar la paz social y garantizar elecciones libres, podría establecer la segunda vuelta para la elección del Presidente y Vicepresidente de la República, mediante una reforma constitucional inmediata, con lo cual se facilitaría el respaldo popular mayoritario al próximo gobierno nacional y se despejaría el riesgo de una nueva fragmentación del voto ciudadano. La Paz, 8 de marzo de 2005