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Poesía/76

OTRA ORILLA
(Cuadernos de Guillermo Fontes) (2004/2007)

Coriolano González Montañez

Ediciones Baile del Sol

Apdo. Correos, 133. 38280 Tegueste Tenerife. ISLAS CANARIAS http://www.bailedelsol.org - E-Mail: bailesol@idecnet.com

OTRA ORILLA (Cuadernos de Guillermo Fontes)

La muerte: ¿un exilio? ¿Una repatriación? Gesualdo Bufalino

Me despierto, a veces, y durante un minuto no sé quién soy. ¿Será así la muerte? ¿Perseguir toda la noche a un yo que huye, buscándome, sin encontrarlo, un nombre olvidado? Gesualdo Bufalino

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Cesare Pavese

No me imaginaba así la tristeza ni la muerte me fui y regresé al mar. Georges Seferis

PAISAJES PARA LA INMOLACIÓN

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CUADROS I

1 Un amanecer azul cuajado de nubes rosas en un coche que cruza veloz el desierto. Y el mar.

2 Un paisaje irlandés lleno de agua, de aguas que se confunden en la mirada y en el sabor. Y los prados y las montañas que se asoman, iguales, tras las curvas de una carretera que bordea acantilados.

3 Un mar estival turquesa y tibio que libera de la memoria y del dolor. Un mar antiguo.

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4 Un atardecer rojo de tormenta y la huida, el fuego, el frío. Una cara que se aplasta contra la ventana y que espera el diluvio.

5 Una calle cualquiera de Plaka —gatos y ruinas— y un hombre que pasea, absorto y en paz, con una granizada agria y helada. Y el canto de las cigarras.

6 Una mesa para dos. Una pipa de agua y té de manzana. Música en un cementerio de Estambul.

7 Un mar gris invernal. Olas de tres metros rompen en la escollera y el viento trae el salitre y el agua que empaña y moja el rostro. La sonrisa y el aroma del musgo.

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8 Un eclipse de luna oculto por las nubes. Las cortinas corridas y unas velas en la vigilia. No hay grillos ni ranas.

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CUADROS II

1 Un hombre busca el rostro de dios en el desierto. Viento y dunas cambiantes.

2 Tríptico Derecha. Cafés bulliciosos en Plaka. Cualquier hora del día o de la noche. Izquierda. Salón de té en un cementerio de Estambul. Centro. Luz tenue. Un mismo color pastel recorre todas las plazas.

3 En el oeste las playas. Las orillas en calma reflejan la luz blanca.

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CUADROS III

1 Un lienzo como una vida. Un aroma lo cruza desde la adolescencia a la madurez.

2 Un lagarto sobre el muro de la finca abandonada. Una piedra que impacta y el lagarto muere. La muerte provoca angustia e incredulidad.

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CUADROS IV

1 Una anciana trae dulces al niño. La mirada de éste muestra el temor a que caiga. 2 Un viejo piano. El niño rompe el silencio. La anciana friega al fondo del pasillo. Humedad y polvo. 3 ¿Cómo dibujar el amor entre el niño y la anciana? 4 Una mariposa de luz atraviesa el polvo en suspensión. Un haz, el cristal y se posa sobre la loseta quebrada.

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MEDIA TARDE

Es la hora de la inmolación. De niño —aunque ese tiempo se haya transgredido definitivamente— salía de la casa, una casa de sol y de tierra, y recorría el sendero entre plataneras que conducía al cementerio. Los muros de piedra que lo bordeaban se poblaban de lagartos verdes y rojos. Parado yo —la sombra— los observaba, compartía las miradas que me escrutaban y me escamaba también en silencio. Mi letargo se acompasaba en la tarde y en el perfume de plátanos que traía la tibia brisa. Era entonces cuando, llenas las manos de piedras, —de piedras como moras maduras de aquellas zarzas que arañaban la desnudez de mis piernas— los mataba con paciencia, saboreando la tarde y la siesta y los guardaba en una bolsa transparente para que su último paseo estuviera

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lleno de luces y de saltamontes. Después regresaba a la casa y sobre la mesa de la cocina los tendía. El sol y la cal iluminaban las paredes.

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CEMENTERIOS IRLANDESES

Tendidos en la hierba, apoyados en las lápidas, abríamos la mochila y desempaquetábamos. Comíamos entre risas mientras un sol luminoso hacía brillar las aguas y los bosques.

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VIENTOS

El primer viento de invierno fue frío. En algún momento de la madrugada murió el pájaro y su cuerpo rígido anunció la primera muerte. Mientras mi hija aguardaba en el vientre de su madre, mi abuela moría. Una semana después cesó el viento y el llanto de la recién nacida ocupó su lugar. El segundo viento de invierno fue cálido. Trajo la arena roja que cegaba, que azotaba puertas y ventanas, que nos hizo ocultar, tapar los oídos, esperar el tacto de las langostas. El viento cálido esperó la llegada del verano y anunció la segunda muerte. Mi padre moría. Pero el vientre, que ya se había hinchado una segunda vez, permaneció seco. Ahora sé que debo esperar la venida del viento.

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TORMENTAS I

Las olas rompían el malecón, corrían sobre la arena e irrumpían violentas sobre la avenida. Sólo la mujer bajo la lluvia y el mar, riendo, empapada, refugiada en un chubasquero, anhelante de la imagen que perpetuara aquella marea.

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TORMENTAS II

1 Un hombre pesca. Las olas lo cubren pero él permanece inmóvil. Empieza a anochecer.

2 Las olas golpean con fuerza las rocas y parece que van a desgajar el suelo en el que me anclo a esta tierra.

3 Crepúsculo. En el oeste la tormenta avanza y me observa. Aguardo.

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TORMENTAS III

Aunque he sentido la caricia de la muerte, sólo puede haber una tormenta para ser inmolado.

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MUELLES I

Los muelles, aquellos muelles, no han desaparecido. Aún algunas mareas los tiñen de colores pálidos como la muerte, aún sigue siendo profundo el paseo sobre el malecón y la visión tierna de una ciudad falsamente ensoñada. Sé de aquellos muelles donde marchité tardes de aguas violentas, imágenes turbiamente ensoñadas que desterré a desiertos, a montañas; el canto de un silencio que nunca terminé de aprehender, la búsqueda de un espejismo que me liberara de una agonía que sólo se siente desde los caminos descubiertos en playas remotas como la conciencia. Pero no aquellos muelles que ya no vienen a mí buscando cobijo, aquellos muelles de luz y vida que me otorgaron palabras y nubes. ¿Dónde el rostro salpicado por esta mar de heredad?

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¿Dónde las manos que atravesaran este cuerpo y que hundí en la ternura tibia de mi alma para recoger algún día la simiente que me permitiera inmolarme y ser bruma salada en las rocas del acantilado?

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MUELLES II

1 Paseo al atardecer hasta el faro. Una pareja con los pies entrelazados se besa.

2 No imaginaba que los muelles se anclaran tan profundamente y las olas los mecieran y, susurrándoles en la pleamar, los invitaran a matarse y renacer.

3 Permanecía sentado de espaldas observando un viejo vagón La mar se reflejaba en los cristales.

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PLAYAS I

La playa era de arena negra y, en una sucesión temporal, hice castillos, me enterré, leí poemas, observé a las muchachas bronceadas, me ensoñé en las olas que rompían, recordé, me recordé y me hice memoria. Mucho de mi vida sucedió en playas volcánicas, en la contemplación de los acantilados. En cierta manera, esas playas son una manera de contar alguno de mis ciclos vitales. Otra manera de contar el tiempo. Inicio y fin en el agua; y en el acantilado las huellas perpetuadas en una orilla siempre húmeda y en un sol siempre mío.

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PLAYAS II

Las playas volcánicas de arenas negras están unidas umbilicalmente a mi niñez. Eran ellas en sí la única existencia. Dos palabras: negras y volcánicas mostraban toda la luminosidad de días infinitos e inabarcables. Las playas blancas de conchas erosionadas marcaron el inicio de la aventura, del encuentro con lo desconocido. Fueron sinónimos de partida, de viaje, del viaje consciente de la vida y del inicio de la conciencia de la muerte. Dibujaría un horizonte donde las playas y las arenas se mezclaran y yo fuera un observador desde el vacío y jamás mis pasos supieran de huellas.

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PLAYAS III

Las playas en verano eran ardientes. El mar en llamas traía las olas que jamás borraron la inmortalidad de nuestras huellas, las murallas que contenían nuestros juegos. Dejamos trazos en la arena húmeda de la bajamar, trazos que aún perduran pues éramos infinitos como la luz, aquella luz de la infancia que nos mostró de qué estábamos hechos y que hoy hemos olvidado.

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UNA FOTO

Recordé una foto robada: sobre un prado te atabas la zapatilla y alzaste la cabeza. Algo ahora me ha traído tu imagen, tus risas, aquellas amenazas. He recuperado tu voz, tu aroma. Puedo respirar nuevamente el aire de aquella tarde, aunque hace tiempo ya que dejé de creer en designios, en premoniciones. Así que supongo que es el tiempo que se acorta; y que la muerte busca acomodo allí donde encuentra descanso.

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LLUVIAS

Todas las lluvias del recuerdo: los inviernos grises de la infancia y las tardes tras las ventanas; la abuela y su puerta abierta que mostraba el mundo; las montañas que goteaban sobre la ciudad y el gallo impasible que aguardaba en el patio una muerte cierta; las hormigas y la despensa que custodiaban los ratones. Todas las lluvias del deseo: el cuerpo ansiado que nunca se ofreció a pesar de que los bailes nos empapaban; el beso imaginado que fue de otros y los árboles caían y abrían profundas fosas donde guarecernos; el silencio propio, puro, que acompañó en los paseos de piedra y en el recuerdo del sol. Todas las lluvias de la rabia: las de la muerte;

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las del tiempo que me hurta la piel suave de los niños; el lagarto que permanece y la arena que aún me cubre los pies. Todas las lluvias que me inundan y que sé que son una: mi inmolación que es una y muchas, que no me pertenece. Abramos el cuerpo y dejemos que la sangre fecunde la tierra y los charcos.

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APUNTES

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APUNTES PARA UNA REFLEXIÓN SOBRE LA DECADENCIA

1 La casa y los pájaros. La larga sombra del verano. El desmoronamiento.

2 El muro derruido sobre el sendero. Y las hojas del otoño.

3 La angustia que siempre precede al vacío. La tormenta.

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4 El perenquén sobre el muro. En la playa el viento de los plátanos.

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ACERCA DEL ORIGEN I

1 Los recuerdos acumulados. ¿Un equipaje? ¿Un lastre? ¿Hacia dónde?

2 ¿Todo regreso implica una partida?

3 ¿Quién abre la puerta del mar? ¿Quién aguarda detrás?

4 El velo, ¿la obsesión del buscador?

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5 La muerte vacía las estancias y las voy mudando por otras plenas.

6 Tras la difusa memoria, ¿qué puerta se entreabre?

7 Ser frontera. ¿Muerte y origen en este lugar?

8 ¿De qué muerte nacemos al origen? ¿O sólo la angustia disipa las sombras?

9 ¿Qué respuesta nos aguarda? El poeta un vacío.

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ACERCA DEL ORIGEN II

1 Algunos animales regresan al lugar del nacimiento cuando sienten la llamada de la muerte. ¿Sentiré la llamada? ¿Dónde está el lugar de mi origen?

2 Aún recuerdo palabras de mi lengua materna: me asomo a la mañana y las pronuncio bajo la lluvia.

3 Unos pasos en la casa me recuerdan a mi abuela. Permanezco acostado esperando la primera llamada.

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ACERCA DEL ORIGEN III

1 Esta mariposa de luz que se posa en el espejo mientras me afeito ¿de quién porta el espíritu?

2 Renacer y afirmarse como nuevo ser en el origen. Entregar la nueva carne a otra en el deseo. Sólo en el vacío reside el camino.

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LA INMEDIATEZ Y LA DISTANCIA

1 Cuando la inmediatez del dolor ha desaparecido, permanece la memoria de que una vez hubo sufrimiento y de que ese desgarro nos unía al amor.

2 No hay horizonte sin mar ni memoria sin muerte.

3 Ahora que el tiempo se interpone entre nosotros y la distancia medra dolorosamente, mis ojos serán tus ojos así tu mirada será siempre abierta.

4 Unas puertas se cierran y otras se abren. Pero el olor conduce siempre a estancias conocidas. El aroma fresco y antiguo sostiene los pilares del desasosiego.

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5 La mirada del que permanece es lenta y cansina, se adormece en la contemplación de las arenas, en el suave movimiento de las palmeras. Eso le provoca introspección y silencio. Sin embargo, la mirada del que marcha es ágil y mutable, se fascina ante lo inevitable del tiempo, ante la permeabilidad de las piedras. Y eso le produce desasosiego y angustia.

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SOBRE LA EXISTENCIA

1 ¿Ir al encuentro de la muerte: una victoria?

2 ¿Dónde el encuentro?

3 ¿Por qué agarrarse a esta existencia si todos los trazos que pudimos cantar han ido expirando para dejar este solo camino —estrecho, nítido, recto— que ya no se pierde en el horizonte ni es infinito, sino que muestra la puerta que no se va a abrir?

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4 ¿Realmente existimos más allá de unas palabras, de un instante? ¿Qué universo sostenemos? ¿Para quién? El juego de espejos muestra la densa bruma que es nuestra sola esencia.

5 Encuentro. Existencia. Debo buscar acomodo al vacío que dejan en mi lengua.

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SOBRE LA HERENCIA

1 La rueda y el camino ¿y si en el origen sólo hubiera muerte?

2 ¿Qué semilla, qué devenir en qué tierra, qué agua en qué cuerpos? ¿Acaso sólo un espejismo?

3 El esperma moribundo regará por última vez un cuerpo que espera la decrepitud. ¿Dónde la luz?

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DEL TRÁNSITO

¿En qué momento somos conscientes de la existencia de la muerte? ¿Cuándo reconocemos la presencia de la vida? ¿Pero cómo asumir el hálito del ser y, por tanto, del no ser? ¿Es acaso la misma realidad? ¿Quizás otros caminos?

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SOBRE EL VACÍO

1 ¿De qué se nutre el vacío? Él todo lo llena y su espacio lo ocupa de sí mismo.

2 ¿Por qué consideramos que el vacío es nada? Nos inundamos y nuestra plenitud está en él.

3 Sólo la consciencia del vacío nos llevará al conocimiento, a la ausencia de toda emoción y al reposo del espíritu.

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4 Si la paz está en el vacío, ¿cómo encontrar el camino?

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SOBRE LA NADA

1 Cuando el recuerdo deja de ser compartido ¿permanece? ¿existió alguna vez?

2 La convulsión que arrastra la muerte ¿dejará de existir? ¿en la propia muerte?

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ACERCA DE LOS OBJETOS Y LA MEMORIA

1 ¿Cuánto de nuestra memoria reside en los objetos?

2 Sucede que extraviamos un objeto donde reside memoria de nuestra vida. ¿Desaparece con él nuestro recuerdo? ¿Quiere decir, por tanto, que no lo vivimos, que jamás sucedió? Porque lo que ahora nos pertenece es sólo la memoria de una memoria. Imperfección, irrealidad.

3 ¿Nuestra memoria está formada por objetos? ¿Son éstos anteriores a la memoria? ¿Y si es así, los buscaremos para formar nuestra identidad?

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4 ¿De qué estamos hechos si sólo somos memoria?

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ACERCA DEL CUERPO

¿Por qué la humillación del velatorio? El cuerpo rendido, mancillado, abandonado. El cuerpo expuesto a las miradas que desean atestiguar que ya sólo es un despojo. Sólo en las cenizas se encarna la plenitud del ser que habitó.

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TRAZOS

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APUNTES SOBRE EL PAISAJE

1 A este lugar lo voy a llamar viento. Todo lo erosionará, lo cubrirá, lo barrerá lenta, tediosa, incompasible, irremediablemente. El paisaje volverá a su lugar y el viento a nosotros.

2 A este lugar lo voy a llamar mar. ¿Por qué el acantilado me retorna al canto de las pardelas y al aroma de unas playas y de unas hogueras que fueron? Este lugar que se llama mar ya no permanece.

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VIAJE SENTIMENTAL A TRAVÉS DEL PAISAJE

1 El territorio fragmentado de las islas me sugiere la creencia de que las emociones, los recuerdos, los sentimientos, tienen fronteras; que en cada fragmento la vida es única y siempre comienza o concluye, pero no continúa desde otra, sino desde sí misma. Así, cuando regreso a una isla, la historia continúa allí donde la dejé.

2 Fuerteventura era vida cuando descubrí su paisaje de llanuras y montañas. También era vida cuando la abandoné. La muerte aún no se había hecho presente. Por tanto, regresar a ella supone recuperar la vida, aprehender que mi padre jamás podrá morir porque en esta isla siempre será vida.

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3 En La Gomera compartimos nuestros últimos instantes, por eso esta isla siempre será la última vida, eternizada en un balcón que otea sobre el mar. Siempre vida, siempre sol.

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LA ARENA Y LA MEMORIA

Observé cómo la bajamar descubría otra playa. Allí trazaré dibujos en la arena y recordaré otras orillas, otros trazos, quizás los mismos. La memoria sabe que fue ésa la manera que encontré para justificar tu ausencia, para culpabilizarte, pero, ¿quién asume las muertes? Todos los trazos —los de ahora y los de entonces— nos condujeron aquí, nos habían ya revelado el camino en éstas y en otras arenas, pero también en rocas, en paredes y en el aire. No supimos interpretarlos pero allí estaban, nítidos, creados por nuestras propias manos. ¿Hubieras asumido, entonces, la culpa? Nuevamente, las arenas me han circundado y, aunque escondo mis dedos, mis ojos no dejan de trazar dibujos. Sin embargo, ahora estoy solo y creo que me sentaré a esperar a que suba la marea.

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EL TRAZO DE LA MUERTE I

De repente un día la muerte se nos hace cotidiana, su presencia es más frecuente y sentimos que arribamos a la frontera, que los trazos se dibujan cada vez más certeros. Nos acercamos a otros hombres y pareciera que juntos podemos abatir el temor de la oscuridad. Buscamos nuevos amaneceres, el viento cálido, el rumor de los insectos. La arena ya no borra nuestras huellas.

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EL TRAZO DE LA MUERTE II

El aislamiento: el temor a la oscuridad. La noche y las hogueras. Es el rostro quien ha de mostrarse claro y que la luz irradie palabras y tiempo. Espero a la muerte con los ojos abiertos.

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AROMAS

1 El aroma que me trae el recuerdo, ¿me retorna también al tiempo?

2 El aroma a tierra húmeda, ¿en dónde nos ancla? ¿En el lugar de la semilla? ¿En el regreso o final?

3 El aroma de los sueños tiene el sabor de la madera apolillada, de losetas desgastadas y rancias, de polvo abandonado sobre los muebles. ¿En qué lugar me encuentro cuando la puerta se entorna y el bochorno del mediodía

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me conduce al mar de la niñez? El aroma de los sueños a veces muestra el trazo de la sombra y se enquista en la soledad. Entonces abro la puerta de aquel ropero pleno de humedad y vuelvo a la casa que se me cerró, me inundo del canto de los pájaros y vago por las habitaciones mientras espero la mano que me retorne al regazo. No imaginaba así la noche ni los aromas. Debo encontrarme en la oscuridad ¿o he de permanecer en ella?

4 El agrio aroma del mosto que fermenta. ¿Quién beberá de esta copa? ¿De quién serán estos labios?

5 Mermelada de naranja amarga y luna llena. ¿Qué aroma de qué verano buscan ansiosamente mis ojos?

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EL PAISAJE MÁS ALLÁ DEL PAISAJE

1 La lluvia entre los pinos. El horizonte de la isla a través de una gota: playas iluminadas al atardecer.

2 Apenas me asomé a la verdad en la puerta del vacío: una intuición y el vértigo en el descubrimiento.

3 Acaricié lentamente la piedra y me acerqué a oír. Un tenue eco me devolvió la mirada.

CUADERNO DE FUEGO

Fuego: imagen de constancia de una forma global exterior, a pesar de la incesante agitación interna. Italo Calvino

Apuntes de una vida, indicios de otra, si alguien me lee acaso en este espejo torpe verá su propio rostro. Alfonso Costafreda

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1 (Al borde del Camino de Santiago)

Mi camino comenzó en Logroño: apenas unos cientos de metros entre las callejuelas, por el puente de piedra que cruza el Ebro. En Santiago el Real encendí una vela en memoria de mi padre. (Durante días mi pequeño altar habrá estado en penumbra). Sólo unos instantes me detuve en aquel silencio húmedo. Luego, ensoñado ya el espíritu, me subí a una guagua con rumbo a Nájera. (Absorto en el paisaje escuchaba a Janis Joplin). Allí terminé, acompañado por el rumor del Najerilla, en Santa María la Real, posando mi mano en la piedra vieja de sus columnas, sintiendo la incertidumbre del tiempo, el vértigo de lo ignoto. Y, mientras sentado sólo por un instante en el Jardín del Edén buscaba descanso a esta etapa, el sonido del agua me devolvió

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el sabor de las natillas con galleta y la ensalada de papas de mi abuela.

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A veces sucede que un aroma, un sonido es tan vívido que evoca un lugar. Por ejemplo, hoy aparqué mi coche a las ocho menos cuarto de la mañana y al bajarme un poco frecuente calor para el mes de abril y una sequedad inusual en esta isla me devolvieron a una mañana o a una tarde en algún lugar de Grecia.

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Una vez inicié un cuento así: "Guillermo Fontes se sentó a esperar a la muerte". En la narración, un hombre, consciente del destino familiar que le permite reconocer el momento de morir, se prepara para el encuentro bajo una higuera. Sin embargo, tiene el lastre de que su mala memoria le impide recordar dónde ha dejado su corazón. Jamás lo finalicé, sin embargo aquel cuento me aportó dos hallazgos fundamentales: un heterónimo donde refundarme y reconocerme como escritor y como hombre cuando la muerte me golpeó con brutalidad, y la certeza de que es posible identificar el momento del fin. ¿Por qué, si no, recuerdo con exactitud la última vez que tendí con mi madre en aquella azotea? Con seguridad se trató de un acontecimiento pleno de simbolismo. La caricia de mi padre

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ante la inminencia de su muerte, ¿por qué, si no, deja un trazo de fuego, la huella ardiente de un último acto de amor? ¿Qué impele al moribundo, al conocedor de ese instante de plenitud, a transmitirnos esa herencia de asombro y devoción? Porque la muerte de los seres amados provoca que el tiempo se acelere y que la necesidad de conocimiento se agolpe en las sienes. No habrá, pues, que buscar respuestas; sólo la quietud que nos proporciona paz, aunque no consuelo. Escribí: "Guillermo Fontes se sentó a esperar a la muerte". Premonición y certeza.

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No es cierto que una ciudad tenga siglos de antigüedad. Cada tres generaciones se destruye y, aunque mantenga el mismo nombre y se erija en el mismo lugar, otra ciudad surge de sus cimientos. Ocurre lo mismo con las familias quienes a la tercera generación se destruyen para fundar otras.

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Debe haber un lugar para el retorno. Tras los viajes, tras las ausencias. Un lugar al que llamemos hogar. Un refugio que nos sosiegue y en el que nos reconozcamos más allá de la distancia, más allá del tiempo. Un lugar que no sólo exista en nuestra memoria.

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Este final de verano me recuerda otros: playas volcánicas de arena negra, risas en el oleaje, baños hasta casi el anochecer. ¿De qué manera retendrá el mar la memoria de los cuerpos, de las voces? ¿Habrá un lugar para recuperar las caricias, los olores? ¿Dónde encontraré el viento salobre, el aroma a algas que da la vida?

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La lluvia de verano es silenciosa. La observo desde la balconada del monasterio. Las maderas del suelo crujen y una palomita de luz revolotea bajo los bancos. Tiene las alas mojadas y pronto morirá.

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El hámster murió durante la tarde. (El calor había sido muy intenso en las últimas semanas. Las plantas se habían secado; las moscas y las hormigas habían abandonado sus cubiles). Premonitorio, su ojo izquierdo se había cerrado durante los últimos días. Moría y almacenaba comida. Su instinto de supervivencia mostraba lo paradójico de la existencia. El viento africano llenó aquella tarde de sombras y mi hija lloró. En silencio lo arropamos entre servilletas y subimos hasta el monte. La luna nueva y el cielo cubierto no aliviaron la sed de las gargantas ni alumbraron el paseo de la muerte. Con una linterna buscamos un pino junto a la fuente y lo enterramos. El viento rojo no ha cesado aún.

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Con el cambio de las estaciones las cicatrices duelen. Cerca del mar, al abrigo de las mareas.

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¿En qué lugar la muerte puede morir y el regreso se muestra en la atalaya donde el fuego ha de darnos la vida?

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CRISTAL

Cristal: imagen de invariabilidad y de regularidad de estructuras específicas. Italo Calvino

Están estos recuerdos, que sirven nada más para morir conmigo. Jaime Gil de Biedma

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LA CALLE PANDROSSOU

Bienamadas imágenes de Atenas. En el barrio de Plaka, junto a Monastiraki, una calle vulgar con muchas tiendas.

Si alguno que me quiere alguna vez va a Grecia y pasa por allí, sobre todo en verano, que me encomiende a ella. Era un lunes de agosto después de un año atroz, recién llegado. Me acuerdo que de pronto amé la vida, porque la calle olía a cocina y a cuero de zapatos.

Jaime Gil de Biedma

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¿Dónde hallar el límite de la infancia? A veces, durante un instante, los recuerdos se detienen y emerge la imagen del barco de la luz, siempre anclado allí, en el muelle. Pero un día —no supe cuándo— partió y no me percaté. Igual sucedió con mi infancia.

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No hace mucho, mientras vagabundeaba errático por el viejo centro, tropecé con el Bar Alejo. Atardecía y en un raído letrero podía leerse "Se vende". El aspecto de la fachada —como todas estas calles— era ruinoso. Mi abuela, vendedora de lotería, me llevó alguna vez pero tengo una única imagen: la barra llena de trabajadores almorzando, pocas mesas, un patio rebosante de plantas y jaulas de pájaros y al fondo la cocina. Recuerdo vagamente a una mujer junto a grandes calderos. Mi abuela comía allí —quizás yo también lo hice—, en aquel bar que se ancló a otro tiempo en el que el mar estaba cercano y el muelle era un territorio donde navegaban mis pasos.

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El Bar Alejo se encontraba en una calle con un nombre de reminiscencias mágicas, ancestrales: la calle del Sol, que se inundaba de un intenso olor a pan de leña que hacía que me hinchara pleno de olores: brea, pan, mar. Hoy, cuando camino por otros mares, alzo la cabeza y busco el Bar Alejo y los aromas de la calle del Sol.

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Abandoné el barrio hace casi veinte años. Cuando llegué todo era nuevo y los edificios buscaban su territorio entre las huertas y las plataneras. Me fui como muchos, llevado por la inercia, por el destino, quién sabe, para que otros vinieran y lo dotaran de nuevas historias, de nuevos rostros. Y ahora, presencio su muerte; asisto a los entierros y constato cómo poco a poco se desgrana la memoria, cómo las pérdidas alimentan el reencuentro. Observo esta paradoja: la muerte que otorga vida. Estas muertes que nos retornan, que nos convocan en torno al recuerdo. Todo pertenece a los muertos. En ellos está la vida. A ellos corresponde la memoria. En ellos encuentro mi identidad.

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La fotografía muestra la imagen de un hombre joven que sostiene a un niño de unos pocos meses y junto a ellos una mujer que es madre y abuela. Están junto a una ventana que debe dar a la calle y un gran chorro de luz cruza la instantánea en diagonal descendente de derecha a izquierda. El blanco y negro de la fotografía acentúa la luminosidad. Hay un detalle que muestra la espontaneidad del momento: el hombre joven tiene el cinturón desabrochado. Tengo recuerdos cotidianos de ese hombre. Últimamente me obsesionan aquellos en los que se afeitaba. Recuerdo su rostro rasurado de hombre joven, de hombre maduro, de hombre a punto de morir, aunque esto no lo supiera nadie. Recuerdo los vellos enconados que se resistían a la hojilla. Recuerdo incluso cuando me afeitó

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por primera vez a los doce años. Pero del mismo modo que estas memorias me obsesionan, también lo hace la duda, la lacerante duda de que en realidad no queden recuerdos sino imágenes de otras fotografías que suplanten el vacío ya no sólo en la mente sino en los sentimientos. ¿Realmente amamos aquello y a aquellos que se han ido? ¿No residirán estas emociones en papeles, en fotografías, en la necesidad última de no reconocer que sólo en la inmediatez hay amor y odio? ¿Será la muerte no sólo una palabra sino un estado de ánimo que nos acompaña porque todas las muertes cotidianas nos conducen al final y a la abstinencia? La casa ya no existe. Hace muchos años que no hay ventana por la que penetre la luz y, por tanto, tampoco la posibilidad de que me asome en un intento de revivir fotografía y pasado. La casa fue derruida para construir otra que se llevara sus recuerdos, sus sombras. Nada permanece ya pero la luz cuando atraviesa los cristales...

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Los sábados por la mañana iba con Eduardo García a La Casa Portuguesa. Todos los juguetes se encontraban allí, en aquella vieja casa de aquel viejo barrio que aún lindaba con la marea y los barrios de putas. Uno de aquellos sábados nos cruzamos con una anciana que mendigaba y a quien mi madre solía dar algunas monedas. Sabía que juntaba el dinero y luego compraba en la venta de Honorio. Tenía en la cartera veinte duros y en la mente una caja de soldados que se añadiría a otras con las que representaríamos las películas bélicas de las dos de la tarde. Llevábamos toda una semana esperando este día y por un instante dudé. Pero la dejé continuar y seguí mi camino. Al regreso, en mi cartera quedaba una moneda de medio duro. Busqué a la anciana junto a Eduardo García

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pero fue en vano. Durante mucho tiempo aquella moneda esperó por ella, incluso cuando supe que a los pocos días había muerto. No sé cuándo ni en qué la malgasté.

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Un verano, cuando aún no había cumplido diez años, vi al diablo. Me crucé con él en las escaleras de los apartamentos. La luz se había ido y un quinqué iluminaba los rellanos de los pisos pares. Cuando llegaba al tercer piso, solo, tras los juegos nocturnos de la playa únicamente iluminada por la luna y las estrellas, me lo encontré. Tenía los ojos rojos y la voz profunda. Él bajaba y me advirtió de que no lo siguiera. La oscuridad, el silencio eran espesos y recuerdo la tensión de mis oídos. No hablé y a pesar de su advertencia lo seguí hasta la luz pero no había nadie. Permanecí unos instantes inmóvil y luego continué hacia el apartamento. En todos estos años jamás nadie me ha creído pero aquel verano vi al diablo y huyó de mí.

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En la venta de Honorio soñaba con mundos imaginarios en la modorra de la tarde. Jugaba solo entre los expositores mientras esperaba a que Manolo, el barbero, abriera y me sentara en aquella butaca pequeña frente al espejo. En la hora de la siesta mezclaba judías con garbanzos y escondía mi anillo bajo el frigorífico. Más tarde, con el pelo ya cortado, Honorio me preparaba un bocadillo de jamón cocido y me abría una lata de jugo de melocotón. Pero, de todo aquel mundo lleno de latas que provenían de territorios de ultramar, el sabor y el olor de las aceitunas a granel son los únicos que me retornan.

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¿Qué habrá sido de todas aquellas mujeres desnudas que me observaban mientras Manolo me cortaba el pelo?

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Aquella higuera de la playa de San Marcos, al borde del viejo camino de tierra junto a la casa, llenaba de aroma todo el verano. Nos perdíamos dentro de su selva, sobre aquella ladera cubierta de sombra y de silencio. A veces, en medio de aquel bosque de ramas, nos encontrábamos tras un recoveco a otros que, como nosotros, llevaban un caldero para llenarlo de aquellos higos que esponjaban las tardes y las comidas. No he vuelto a la playa ni a la higuera. El sabor de aquellas tardes quedó junto a una casa y a un camino de tierra.

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Los sábados por la mañana Panchito venía a buscarme y juntos recorríamos las veredas entre huertas abandonadas y plataneras hasta la casa de mi bisabuela. Debía de ser un hombre de unos sesenta años; yo apenas tendría siete. Las distancias largas se acortan y nosotros manteníamos largas charlas al ritmo de pasos polvorientos, saltamontes adormecidos, atarjeas resecas. Panchito —años después se transformaría en Francisco, cuando la vejez última lo condujo por otros senderos turbios de la memoria y el cariño naufragó en lodazales— Panchito —decía— me contaba con el entusiasmo de una camaradería que jamás he vuelto a sentir las sesiones dobles del Cine La Paz. La primera película siempre era de vaqueros y los dos cabalgábamos por desiertos inhóspitos. Después, mujeres de leyenda nos seducían y nos rendíamos al humo de sus cigarros.

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¡Qué corto el camino para tanta vida! En la casa cada uno ocupaba su lugar: yo me sumergía en un mundo de soldados y Panchito escuchaba rancheras y las ofrecía a los peatones mientras me soñaba otras historias para otros sábados.

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El trompo da vueltas y su sonido hipnótico me devuelve a una infancia de suelos de madera y cicatrices que nunca dejaron huella.

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La Navidad sabía a mandarina y a turrón de almendra dura.

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La casa de Adela tenía sobre la puerta una palma reseca recogida en algún Domingo de Ramos ya olvidado en el tiempo. La voz de Adela cortaba la tarde. Su solo nombre nos atemorizaba. Cuando asomaba por la puerta, corríamos a los riscos de las fincas y nos fundíamos en aquel canto de saltamontes y lagartos. Un día Adela me rezó aunque no recuerdo si fue de empacho o de mal de ojo. Desde entonces su figura se agrandó hasta ocupar recodos en mi sonrisa. Me hablaba y su olor se me hizo familiar. La casa de Adela, que ya no es de ella ni tiene sobre la puerta una palma reseca, no volvió a conocer las sombras ni el repudio. Ahora que ya todo ha sido derruido, Adela se eleva de entre los escombros y las cenizas.

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La infancia tenía sonidos: el verano, los grillos, el mar, el silencio de las huertas abandonadas; el invierno, la lluvia que rompía contra el cristal y el viento silbando por debajo de las puertas; el otoño, el crujir de hojas y las piedras rebotando contra los muros; la primavera, el batir del tenedor contra el huevo en los platos de colores.

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El verano tenía sabores: los bizcochos de pájaro de mi bisabuela.

CÓDICE DE LA CIUDAD

no queda otro paisaje que escribir: una ciudad sitiada por la ausencia. José Blanco

Soñar una ciudad y despertarse viendo sólo su ruina. Hugo Gutiérrez Vega

La figura del huésped solitario en la ciudad hostil resume el paseo por la vida. José Emilio Pacheco

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Abandoné la ciudad Quizás fuera ella quien me abandonara. ¿En qué instante se produjo el desgarramiento?

2 La visión de las calles fue tornándose paulatinamente lejana. Una niebla mutó los espacios reconocibles, la geografía sentimental del asfalto.

3 ¿Dónde aquel banco en el que fui besado por vez primera y el tiempo se detuvo? Durante mucho tiempo, me sentaba en él a cualquier hora del día e intentaba que aquel momento de luz volviera a mí. Olores, texturas,

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sabores que se fueron volviendo rancios como el aire que me circundaba, huyéndome de la certeza de que aquella tarde siempre será tu lengua nerviosa. El amor fue un entrechocar de dientes bajo un sol de primavera que no terminó de partir. En cierta manera intuía que en las rendijas de aquel banco permanecía adormecido el calor de aquella tarde, que jamás me abandonarían la convulsión del cuerpo, la quietud del espíritu. Pero ni siquiera hubo ocasión para verificar que las volutas del aire retenían aquel beso, porque el banco fue demolido y con él aquella tarde.

4 Se nace a la ciudad: los lentos pasos de los árboles mecidos por el cálido siroco, la brisa marina que apenas asciende impregnada de brea, la suave colina plena de laureles. Fijé esas imágenes como el único muelle al que retornar cuando el naufragio fuera inevitable.

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5 Recorríamos las calles para reconocer huellas que nos devolvieran siempre al interior de nosotros mismos. La ciudad se nos abrió y se nos hizo amiga, amante, cómplice.

6 Las playas de callaos aún rumoreaban y nos hipnotizaban en la contemplación de horizontes plenos de barcas.

7 El paseo por los muelles nos mostró una ciudad extraña y lejana que nos susurraba el deseo.

8 ¿Dónde están aquellas plataneras que desbordaban de luz y olor la travesía por el barranco que como una cicatriz sesgaba el rostro de esta ciudad y dio sentido a nuestros espíritus indómitos? ¿Dónde las mareas de aquellas playas que un día se ahogaron

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en torbellinos de muelles y de calles? ¿Dónde los senderos de tierra entre palmeras que me llevaban a la casa de mi niñez?

9 Los jardines se llenaban de adolescentes vestidas de blanco que paseaban su pureza por largas avenidas. Nunca las tardes fueron tan largas ni el silencio tan ameno.

10 Las hogueras crepitaron en noches mágicas, alimentadas por nuestros saltos y nuestra orina, los trompos giraron por vez primera. Los días, entonces, se volvieron dulces; las muchachas cruzaron las márgenes del barranco y nuestras bocas paladearon el almíbar fresco de sus cabellos.

11 Las calles —cuerpos ardientes— se nos abrían ávidas y aprendimos a nombrar. Nos reconocimos, nos amamos, nos desbordamos. Nacimos y crecimos mestizos.

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12 Mujeres sin tiempo, hermosas en la penumbra, nos iniciaron en las redes de la embriaguez y el desbocamiento; abrazamos sus cuerpos lujuriosos e irredentos; nos revolcamos en el sudor ácido, en los sabores húmedos.

13 Fuimos inmortales. Creamos una literatura de urgencias, de servilletas, de bancos de una rambla que fue hogar. Dejamos huella en senderos anodinos pero abandonamos la inmortalidad: la ciudad no sabe ni de números ni de partidas.

14 La ciudad pertenece a los muertos. Ellos son la ciudad pues sólo a ellos les está permitido detener el tiempo y vivir un instante eternamente repetido, un instante de plenitud.

15 No abandoné la ciudad; no hay noche en que no siga paseando por ella, arrastrándome por sus calles mestizas

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a kilómetros de distancia, aunque haya muerto hace décadas, aunque me sienta extraño y ya nada me pertenezca, aunque ya jamás vuelva a escuchar los ruidos nocturnos en los que identificaba mi nombre, a sentir el pálpito de un nuevo amanecer. Y seguiré porque asumo mi deuda con los muertos, con los fantasmas de todos estos años ya calcinados, con la sombra en que me he convertido y que debió derramar sangre.

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ACERCA DE LA LITERATURA

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ACERCA DE LA LITERATURA

1 ¿Cómo aprehender cuánta memoria hay tras una palabra, tras un verso? ¿Cómo entender cuánto dolor hay en la palabra que lo nombra? La literatura no es el lugar de la memoria, no es la vía de comunión con el otro, ni siquiera con nosotros mismos. La literatura no es la salvación. El verso es soledad y abandono.

2 Escribir es un ejercicio de soledad y de dolor. Pues cada palabra es nuestra y sólo a nosotros nos corresponde la condena de sostenerla. Nadie puede acompañarnos. Escribir es un ejercicio de delirio.

3 Se escribe desde la pérdida. Quien carece de este atributo no puede escribir, pues el hecho en sí de la creación supone la pérdida de uno mismo, de la esencia que se transfiere a la obra. Pero también las pérdidas alimentan el ansia de creación, pues la vacuidad, el desgarro, nos impelen a perpetuar lo que ha sido arrebatado. Es por ello que la poesía es

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despojamiento; despojamiento del ser íntimo y de su historia: el poeta desnudo en un paisaje de soledad.

4 La literatura es lo inevitable. Se escribe sobre lo que no se puede callar.

5 El despojamiento sólo produce más dolor; sin embargo, la escritura salva, por momentos, de la muerte.

6 El ejercicio de la escritura es un acto de recuperación de la memoria. Escribir es, en última instancia, un intento de mantener y revivir lo pasado.

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Otra orilla (Cuadernos de Guillermo Fontes) Paisajes para la inmolación Apuntes Trazos Cuaderno de fuego Cristal Códice de la ciudad Acerca de la literatura

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coeditado por:

© Coriolano González Montañez © Baile del Sol (para esta edición) Ilustraciones cubierta e interior: Ángel Padrón Impreso por D.L.: I.S.B.N: 978-84-96687-73-8

Ediciones de Baile del Sol, 2008.