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LAS 1001 METAMORFOSIS DE LAS CUATROCIENTAS VOCES DEL MISERABLE HIDALGO GENJI Y EL DESASOSIEGO DE UNA CIUDAD SIN SUEÑO

, CRIMEN Y CASTIGO; CÍRCULO VICIOSO DE CIEN AÑOS DE OLAS Y VEINTE MIL LEGUAS DE ESPEJOS EN LA CALLE MORGUE. Selección [y descomposición] de textos: Sebastián Liera.

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Presentación. «Las 1001 metamorfosis…» es un ejercicio de lectura en atril para cuatro voces, una de ellas indispensablemente femenina, que busca apoyar la labor de promoción de la lectura entre adolescentes y jóvenes. Tiene como punto de partida la regla, digamos, teatral de que «estar» frente al espectador es un «estar» con el cuerpo y la palabra y, para «tocarlo», debe ser un «estar» pensado; es decir: un «estar» que no sólo sea «un actuar», sino también «un pensar» que es en sí mismo ya un acto. Lo anterior exige, por consecuencia, que actores y actrices (o narradoras y narradores orales escénicos) comprendan a cabalidad qué es lo que están diciendo para poder hacer que, a su vez, las y los espectadores comprendan lo dicho por actrices y actores; «construir imágenes», de lo que se dice, le pediríamos a la actriz y al actor, para que las y los espectadores puedan «ver» lo que actores y actrices dicen. En cuanto a la obra de que se echa mano, es obvio que se trata de una selección de textos bastante limitada de antemano en sus propios alcances: la producción de lo que solemos llamar «Clásicos de la Literatura Universal» es tan vasta y difícil de presentar en su totalidad, que un esfuerzo de narración oral escénica o de lectura en atril como el presente seguramente siempre quedará en deuda con una amplia gama de plumas y voces que a lo largo de la historia de la humanidad nos han dotado del encuentro diverso, complejo, con la palabra.

Esta deuda es aún mayor cuando, como en nuestro caso, carecemos de la posibilidad de presentar a lectoras/espectadoras y lectores/espectadores una selección de textos que conserve el idioma original de cada obra o, por lo menos, la lengua que en su fragua histórica le corresponde, valga la expresión, por tradición genealógica. Más todavía, si partiendo de aquella premisa del «traduttore traditore», no podemos asegurar una traducción que sea enteramente fiel a su original, que no la traicione; no nada más porque ello parece simplemente imposible, sino también porque al no ser traductores hemos echado mano de aquellas versiones que teníamos más a nuestro alcance y que, según nuestro no muy riguroso entender, más confiamos. Respecto a su estructura, como puede suponerse, hemos querido trazar una suerte de viaje más rizomático que lineal a través de (una parte de) la historia de la literatura universal; en particular de aquellos textos que llamamos «clásicos». Nuestro punto de partida es el comienzo de un cuento propio de la tradición oral de la Guinea Ecuatorial; en tanto heredero de una literatura que podríamos llamar africana, el cuento de «El negrito Epaminondas» nos sirve como punta de lanza en una pequeña serie de textos de alguna manera introductorios extraídos del libro Espejos, de Eduardo Galeano. Así, de la mano de Galeano, pretendemos pasar revista a la cuna de la humanidad y sus voces, su palabra, desde la mención de una negritud que por racismo, a decir del escritor uruguayo, se ha vuelto amnesia, para caminar por los mitos de origen de nuestra diversidad lingüística en las leyendas de la Torre de Babel y creacionista prehispánica, tomadas del «Génesis» de la Biblia y de la tradición oral de pueblos indígenas que ahora llamamos mexicanos, respectivamente. Los cinco versos quizás más famosos de la literatura náhuatl, escritos por Nezahualcóyotl, nos sirven de puente para, todavía con Galeano como cicerone, lanzar la mirada desde las letras texcocanas a un Irak devastado por bombardeos, robos y demás lindezas propias de las invasiones imperialistas, cuna de la palabra escrita, y, de allí, avanzar-retroceder desde Mesopotamia-Irak al Japón del siglo X, escenario de lo que se considera el nacimiento de la novela moderna en Genji Monogatari, de la escritora Murasaki Shikibu; puente, a su vez, hacia una China imperial y machista, valga la redundancia, que le era contemporánea y donde las mujeres, condenadas al analfabetismo por disposición patriarcal, habían dado vida al nushu: lenguaje clandestino, en resistencia, prohibido a los hombres que les habían prohibido hablar el idioma masculino y les atrofiaron los pies por más de mil años a guisa de intentar atarles la dignidad. De esta suerte, no es extraño que despidamos a Galeano y, aún por su mano-voz, nos tomemos de la palabra-mano de Schehrazada, quien en otro acto de resistencia, intuición e inteligencia se ganará literalmente la vida en Las mil y una noches, recopilación de cuentos de la tradición oral árabe que algunos estudios atribuyen a Abu abd-Allah Muhammed elGahshigar. Sin embargo, lo que nos contará Schehrazada serán las «1001 metamorfosis de las cuatrocientas voces del miserable hidalgo Genji y el desasosiego de una ciudad sin sueño, crimen y castigo; círculo vicioso de cien años de olas y veinte mil leguas de espejos en la calle Morgue»; es decir, los pequeños reflejos que torpemente hemos pergeñado para invitar a que otras y otros gocen también del fruto que resulta de trabajar con la palabra. La primera de las historias de Schehrazada al rey Schahriar será, pues, el así llamado cuento número diez del Decamerón, de Giovanni Boccaccio; a manera de tránsito por la lengua italiana y nuevo puente, agora hacia la lengua española y su obra más famosa: El

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ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra. La
respiración renacentista y áurea de Cervantes invitará a que se cuelen en la narración dos personajes igualmente emblemáticos (y contemporáneos al Quijote) de las literaturas inglesa y española: el Hamlet shakespeareano y el Segismundo calderoneano, broches de oro de aquella jornada. Noches y años después, Schehrazada describe las motivaciones que orillaron a Jean Valjean a robar aquél pan por el que lo llevaran preso veinte años en Los miserables, de Victor Hugo, obra cumbre del romanticismo francés. Y de dicha miseria, otra más lejana en el tiempo y el espacio haría su entrada de la mano de Raskolnikof, protagonista de Crimen y castigo, obra del maestro de las letras rusas Fiódor Mijáilovich Dostoyevski. Considerada la novela del siglo XX, escrita por el irlandés James Joyce, Ulises desfilará por esta pasarela del brazo de Mr. Leopoldo Bloom como «breve» aperitivo antes de degustar la pesadilla de despertar junto a Gregorio Samsa en La metamorfosis, de nuestro representante de la literatura alemana: Franz Kafka. Para despertar así, a lo mejor valdría más no dormir; igual que Federico García Lorca en «Ciudad sin sueño», de su Poeta en Nueva York. Mientras, la saudade del portugués Fernando Pessoa se pasea junto a nosotras, nosotros, con un fragmento del Libro del desasosiego. «Madrid, 1937», Octavio Paz aparece con sus versos de uno de los poemas más hermosos en lengua española: «Piedra de Sol», que nosotros tomamos de Libertad bajo palabra, y con los cuales iremos urdiendo la hamaca en que descansarán finalmente todas las voces aquí convocadas, entretejidos con los deliciosos gligliquismos del episodio «68» de Rayuela, de Julio Cortázar, y los finales de Las olas, de Virginia Woolf; Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; Los crímenes de la calle Morgue, de Edgar Allan Poe, y Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne; aderezados por el final del Aleph, de Jorge Luis Borges y la nuez de la narrativa ciencioficcionalista de Isaac Asimov, especialmente Círculo vicioso. En nuestra propuesta, cada uno de los colores con que hemos diferenciado los textos representa una voz. Nuestra sugerencia es que los textos en «rojas» sean leídos, acaso jugados, por una mujer, y que los textos en «negras», lo mismo que los textos en «verdes», lo sean por hombres; para la lectura de los textos en «azules» el sexo y género pueden serlo, para seguir hablando heterocentristamente, por un hombre o una mujer, y los textos en «negritas», por tod@s. No obstante, el reparto queda, obviamente, al mejor criterio de quienes deseen llevar al atril este material donde la narrativa, la poesía y la dramaturgia de las letras y voces africanas, mesopotámicas, hebreas, nahuas, japonesas, árabes, italianas, francesas, rusas, alemanas, portuguesas, inglesas y españolas, desde el 4000 a. C. al siglo XX d. C., coinciden en esta suerte de mosaico que algunos querrán ver, ora más diegético, ora más mimético, ora más poiético, siempre anacrónicamente postmoderno en estos umbrales del siglo XXI.
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11 de octubre de 2011

Epaminondas es un negrito, hijo de una mujer negra tan pobre que, como no podía dar a su hijo más que el nombre, le puso el más largo que encontró en el santoral. * * * En África empezó el viaje humano en el mundo. Desde allí emprendieron nuestras abuelas y nuestros abuelos la conquista del planeta. Los diversos caminos fundaron los diversos
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destinos, y el sol se ocupó del reparto de los colores. Ahora las mujeres y los hombres, arcoiris de la tierra, tenemos más colores que el arcoiris del cielo; pero somos todos africanos emigrados. Hasta los blancos más blanquísimos vienen del África. Quizá nos negamos a recordar nuestro origen común porque el racismo produce amnesia, o porque nos resulta imposible creer que en aquellos tiempos remotos el mundo entero era nuestro reino, inmenso mapas sin fronteras, y nuestras piernas eran el único pasaporte exigido. * * * Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron de oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra. Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos estos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra. * * *

En Babilonia, la ciudad maldita, que según la Biblia fue puta y madre de putas, se estaba alzando aquella torre que era un pecado de arrogancia humana. Y el rayo de la ira no demoró: Dios condenó a los constructores a hablar lenguas diferentes, para que nunca más pudiera nadie entenderse con nadie, y la torre quedó para siempre a medio hacer.
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Según los antiguos hebreos, la diversidad de las lenguas humanas fue un castigo divino. Pero quizá, queriendo castigarnos, Dios nos hizo el favor de salvarnos del aburrimiento de la lengua única. * * * Según los antiguos mexicanos, la historia es otra. Ellos contaron que la montaña Chicomostoc, alzada donde la mar se partía en dos mitades, tenía siete cuevas en sus entrañas. En cada una de las cuevas reinaba un dios. Con tierra de las siete cuevas, y sangre de los siete dioses, fueron amasados los primeros pueblos nacidos en México. Poquito a poco, los pueblos fueron brotando de las bocas de la montaña. Cada pueblo habla, todavía, la lengua del dios que lo creó. Por eso las lenguas son sagradas, y son diversas las músicas del decir. * * * Amo el canto del zenzontle, pájaro de cuatrocientas voces. Amo el color del jade y el enervante perfume de las flores, pero amo más a mi hermano: el hombre. * * * Cuando Irak aún no era Irak, nacieron allí las primeras palabras escritas. Parecen huellas de pájaros. Manos maestras las dibujaron, con cañitas afiladas, en la arcilla. El fuego, que había cocido la arcilla, las guardó. El fuego, que aniquila y salva, mata y da vida: como los dioses, como nosotros. Gracias al fuego, las tablillas de barro nos

siguen contando, ahora, lo que había sido contado hace miles de años en esa tierra entre dos ríos. En nuestro tiempo, los presidentes de Estados Unidos, quizá convencidos de que la escritura había sido inventada en Texas, lanzan con alegre impunidad una guerra de exterminio contra Irak. Ha habido miles y miles de víctimas, y no sólo gente de carne y
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hueso. También mucha memoria ha sido asesinada. Numerosas tablillas de barro, historia viva, han sido robadas o destrozadas por los bombardeos. Una de las tablillas decía:

Somos polvo y nada. Todo cuanto hacemos no es más que viento.
* * * Tarde de verano lluviosa en el palacio imperial de Heian Kyo, la Ciudad de la Paz y de la Tranquilidad o «de la Luna». Aposento del príncipe Genji, segundón del emperador, capitán de la guardia y esposo de la hija del ministro de la izquierda. Genji lee a la luz de una lámpara de aceite. Encima de un estante se acumulan hojas de papel de colores dobladas con arte delicado, pues sólo al japonés se le ha ocurrido hacer un arte de algo tan prosaico como doblar una hoja de papel. Seguramente son cartas de amor, y algunas conservan todavía restos de perfume. Aunque aún no ha cumplido quince años, por su apostura y méritos es ya famoso en todo el país, y se le conoce como «Genji, el resplandeciente». El favor que el soberano ha derramado a manos llenas sobre él desde que nació hace que su conducta sea observada con lupa y criticada con más frecuencia de lo deseable. A pesar de ser el yerno de un ministro, la corte no lo tiene por un modelo de fidelidad conyugal, hecho que sus amigos achacan a la extrema frialdad con que siempre lo ha tratado su esposa Aoi, cuatro años mayor que él, perpetuamente encerrada en el palacio que su padre tiene en Sanjo. * * * Hace un par de siglos, Li Yu-chen inventó una China al revés. En su novela Flores en el

espejo había un país de las mujeres, donde ellas mandaban.

En la ficción, ellas eran ellos; y ellos, ellas. Los hombres, condenados a complacer a las mujeres, estaban obligados a las más diversas servidumbres. Entre otras humillaciones, debían aceptar que sus pies fueran atrofiados. Nadie se tomó en serio esta posibilidad imposible. Y siguieron siendo los hombres quienes estrujaron los pies de las mujeres hasta convertirlos en algo así como patas de
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cabras. Durante más de mil años, hasta bien entrado el siglo veinte, las normas de belleza prohibieron que el pie femenino creciera. En China se escribió, en el siglo nueve, la primera versión de la Cenicienta, donde cobró forma literaria la obsesión masculina por el pie femenino diminuto; y al mismo tiempo, año más, año menos, se impuso la costumbre de vendar, desde la infancia, los pies de las hijas. Los pies de Yang Huanyi habían sido atrofiados en la infancia. A los tumbos caminó su vida. Murió en el otoño del año 2004, cuando estaba por cumplir un siglo. Ella era la última conocedora del Nushu, el lenguaje secreto de las mujeres chinas. Este código femenino venía de tiempos antiguos. Expulsadas del idioma masculino, que ellas no podían escribir, habían fundado su propio idioma, clandestino, prohibido a los hombres. Nacidas para ser analfabetas, habían inventado su propio alfabeto, hecho de signos que simulaban ser adornos y eran indescifrables para los ojos de sus amos. Las mujeres dibujaban sus palabras en ropas y abanicos. Las manos que los bordaban no eran libres. Los signos, sí. * * * Por vengarse de una que lo había traicionado, el rey degollaba a todas. En el crepúsculo se casaba y al amanecer enviudaba. Una tras otras las vírgenes perdían la virginidad y la cabeza. Schehrazada fue la única que sobrevivió a la primera noche, y después siguió cambiando un cuento por cada nuevo día de vida. Esas historias, por ella escuchadas, leídas o imaginadas, la salvaban de la decapitación. Las decía en voz baja, en la penumbra del dormitorio, sin más luz que la luna. Diciéndolas sentía placer, y lo daba, pero tenía mucho cuidado. A veces, en pleno relato, sentía que el rey le estaba estudiando el pescuezo. Si el rey se aburría estaba perdida. Del miedo de morir nació la maestría de narrar.

* * * Y Schehrazada, aquella primera noche, empezó su relato con la historia que sigue: * * * En la ciudad de Cafsa, en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, oyendo a
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muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como hacían quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se habían retirado. La joven, sin nada decir a nadie, a la mañana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encaminó; y con gran trabajo suyo, después de algunos días a aquellas soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le preguntó qué es lo que andaba buscando. El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y le dijo: –Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él. Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de éste estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había hecho. El cual, no como los demás la mandó irse y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello. –Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer. Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha. Y estando así, sucedió la resurrección de la carne; y mirándole Alibech, dijo: –Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo no la tengo?

–Oh, hija mía, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarle. –Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese diablo. –Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto. –¿El qué?
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–Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices. –Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis. –Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo. Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios. –Padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro. –Hija, no sucederá siempre así. Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces lo metieron allí. –Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno. Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía: –Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno. Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que haría lo que pudiese. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había esta cuestión, hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa, Alibech, de todos sus bienes quedó heredera. Un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero preguntándole las mujeres

que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio. Las mujeres preguntaron: –¿Cómo se mete al diablo en el infierno?
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La joven, entre palabras y gestos, lo mostró; y tanto se rieron que todavía se ríen, y diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. * * * En este punto de su narración, vio Schehrazada que iba a amanecer, y se calló discretamente, sin aprovecharse más del permiso. Entonces su hermana Doniazada le dijo: ¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y cuán sabrosas son tus palabras llenas de delicia! Schehrazada contestó: Pues nada son comparadas con lo que os podría contar la noche próxima, si vivo y el rey quiere conservarme. Y el rey dijo para sí: ¡Por Alá! No la mataré hasta que haya oído la continuación de su historia. Después, el rey y Schehrazada pasaron toda la noche abrazados. Luego marchó el rey a presidir su tribunal. Y vio llegar al visir, que llevaba debajo del brazo un sudario para Schehrazada, a la cual creía muerta. Pero nada le dijo de esto el rey, y siguió administrando justicia, designando a unos para los empleos, destituyendo a otros, hasta que acabó el día. Y el visir se fue perplejo en el colmo del asombro, al saber que su hija vivía. Cuando hubo terminado el diwán el rey Schahriar volvió a su palacio. Doniazada dijo a su hermana Schehrazada: ¡Oh hermana mía! Te ruego que acabes tu historia. Y Schehrazada respondió: De todo corazón, y como debido homenaje, siempre que el rey me lo permita. Y el rey ordenó: Puedes hablar. Y ella dijo: * * * En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para

las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellori de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años, era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza.
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Este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva: porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían de perlas; y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón

enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura, y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.
Rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra, como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras, y a ejercitarse en todo aquello que él había leído, que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros, donde acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Fue luego a ver a su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría: y así después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo. Puesto nombre y tan a su gusto a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento, duró otros ocho días, y al cabo

se vino a llamar Don Quijote. Pero acordándose que el valeroso Amadís, no sólo se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya, y llamarse Don Quijote de la Mancha, con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.
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* * * HAMLET Ser o no ser, esa es la cuestión: si es más noble para el alma soportar las flechas y pedradas de la áspera Fortuna o armarse contra un mar de adversidades y darles fin en el encuentro. Morir: dormir, nada más. Y si durmiendo terminaran las angustias y los mil ataques naturales herencia de la carne, sería una conclusión seriamente deseable. Morir, dormir: dormir, tal vez soñar… SEGISMUNDO Es verdad; pues reprimamos esta fiera condición, esta furia, esta ambición por si alguna vez soñamos. Y sí haremos, pues estamos en mundo tan singular, que el vivir sólo es soñar; y la experiencia me enseña que el hombre que vive sueña lo que es hasta despertar. HAMLET Sí, ese es el estorbo; pues qué podríamos soñar en nuestro sueño eterno ya libres del agobio terrenal, es una consideración que frena el juicio

y da tan larga vida a la desgracia. Pues, ¿quién soportaría los azotes e injurias de este mundo, el desmán del tirano, la afrenta del soberbio, las penas del amor menospreciado, la tardanza de la ley, la arrogancia del cargo,
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los insultos que sufre la paciencia, pudiendo cerrar cuentas uno mismo con un simple puñal? ¿Quién lleva esas cargas, gimiendo y sudando bajo el peso de esta vida, si no es porque el temor al más allá, la tierra inexplorada de cuyas fronteras ningún viajero vuelve, detiene los sentidos y nos hace soportar los males que tenemos antes que huir hacia otros que ignoramos? SEGISMUNDO Sueña el rey que es rey, y vive con este engaño mandando, disponiendo y gobernando; y este aplauso que recibe prestado, en el viento escribe, y en cenizas le convierte la muerte (¡desdicha suerte!); ¡que hay quien intente reinar, viendo que ha de despertar en el sueño de la muerte! Sueña el rico en su riqueza que más cuidados le ofrece; sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza; sueña el que a medrar empieza, sueña el que afana y pretende, sueña el que agravia y ofende;

y en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende. HAMLET La conciencia nos vuelve unos cobardes,
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el color natural de nuestro ánimo se mustia con el pálido matiz del pensamiento, y empresas de gran peso y entidad por tal motivo se desvían de su curso y ya no son acción. SEGISMUNDO Yo sueño que estoy aquí destas prisiones cargado, y soñé que en otro estado más lisonjero me vi. ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son. * * * En aquel momento la aurora sorprendió a Schehrazada, que interrumpió su narración. Entonces Doniazada le dijo: ¡Ah, hermana mía! ¡Cuán dulces, cuán puras, cuán deliciosas son tus palabras! Y Schehrazada dijo: ¿Qué es eso comparado con lo que os contaré la noche próxima, si vivo todavía y el rey tiene a bien conservarme? Entonces el rey dijo para sí: ¡Por Alá! No la mataré sin haber oído la continuación de su historia, que es verdaderamente maravillosa. Luego pasaron ambos la noche enlazados hasta por la mañana. Y el rey fue al diwán y juzgó, otorgó, destituyó y despachó los asuntos pendientes hasta acabarse el día. Después se levantó el diwán y el rey entró en su palacio. Y cuando se aproximó la noche hizo su cosa acostumbrada con Schehrazada, la hija del visir.

Ella dijo: * * * Jean Valjean pertenecía a una humilde familia de Brie. No había aprendido a leer en su infancia; y cuando fue hombre, tomó el oficio de su padre, podador en Faverolles. Perdió de muy corta edad a su padre y a su madre. Se encontró sin más familia que
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una hermana mayor que él, viuda y con siete hijos. El marido murió cuando el mayor de los siete hijos tenía ocho años y el menor uno. Jean Valjean acababa de cumplir veinticinco. Reemplazó al padre, y mantuvo a su hermana y los niños. Lo hizo sencillamente, como un deber, y aun con cierta rudeza. Su juventud se desperdiciaba, pues, en un trabajo duro y mal pagado. Nunca se le conoció novia; no había tenido tiempo para enamorarse. Por la noche volvía cansado a la casa y comía su sopa sin decir una palabra. Mientras comía, su hermana a menudo le sacaba de su plato lo mejor de la comida, el pedazo de carne, la lonja de tocino, el cogollo de la col, para dárselo a alguno de sus hijos. Él, sin dejar de comer, inclinado sobre la mesa, con la cabeza casi metida en la sopa, con sus largos cabellos esparcidos alrededor del plato, parecía que nada observaba; y la dejaba hacer. Llegó un invierno muy crudo; Jean no tuvo trabajo. La familia careció de pan. Un domingo por la noche Maubert Isabeau, panadero de la plaza de la Iglesia, se disponía a acostarse cuando oyó un golpe violento en la puerta y en la vidriera de su tienda. Acudió, y llegó a tiempo de ver pasar un brazo a través del agujero hecho en la vidriera por un puñetazo. El brazo cogió un pan y se retiró. Isabeau salió apresuradamente; el ladrón huyó a todo correr pero Isabeau corrió también y lo detuvo. El ladrón había tirado el pan, pero tenía aún el brazo ensangrentado. Era Jean Valjean. Esto ocurrió en 1795. Jean Valjean fue acusado ante los tribunales de aquel tiempo como autor de un robo con fractura, de noche, y en casa habitada. Fue declarado culpable. Un antiguo carcelero de la prisión recuerda aún perfectamente a este desgraciado. Estaba sentado en el suelo como todos los demás. Parecía que no comprendía nada de su posición. Pero es probable que descubriese, a través de las vagas ideas de un hombre completamente ignorante, que había en su pena algo excesivo. Mientras que a grandes

martillazos remachaban detrás de él la bala de su cadena, lloraba; las lágrimas lo ahogaban, le impedían hablar, y solamente de rato en rato exclamaba: Yo era podador en Faverolles. En octubre de 1815 salió en libertad: había entrado al presidio por haber roto un vidrio y haber tomado un pan. * * *
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En este momento de su narración, Schehrazada vio aproximarse la mañana, y se calló discretamente. Y cuando lució la mañana, Schahriar entró en la sala de justicia, y el diwán estuvo lleno hasta el fin del día. Después el rey volvió a palacio, y Doniazada dijo a su hermana: Te ruego que prosigas tu relato. Y ella respondió: De todo corazón, y como homenaje debido. * * * Una tarde extremadamente calurosa de principios de julio, un joven salió de la reducida habitación que tenía alquilada en la callejuela de S y, con paso lento e indeciso, se dirigió al puente K. Iba tan miserablemente vestido, que nadie en su lugar, ni siquiera un viejo vagabundo, se habría atrevido a salir a la calle en pleno día con semejantes andrajos. Bien es verdad que este espectáculo era corriente en el barrio en que nuestro joven habitaba. Con el corazón desfallecido y sacudidos los miembros por un temblor nervioso, llegó, al fin, a un inmenso edificio, una de cuyas fachadas daba al canal y otra a la calle. El caserón estaba dividido en infinidad de pequeños departamentos habitados por modestos artesanos de toda especie: sastres, cerrajeros... Había allí cocineras, alemanes, prostitutas, funcionarios de ínfima categoría. Franqueó el umbral y se introdujo en la escalera de la derecha, estrecha y oscura como era propio de una escalera de servicio. Pero estos detalles eran familiares a nuestro héroe y, por otra parte, no le disgustaban: en aquella oscuridad no había que temer a las miradas de los curiosos. Llamó a la puerta. La campanilla resonó tan débilmente, que se diría que era de hojalata y no de cobre. La debilidad de sus nervios era extrema. Transcurrido un instante, la puerta se entreabrió. Por la estrecha abertura, la inquilina observó al intruso con evidente desconfianza. –Buenas tardes, Alena Ivanovna –empezó a decir en el tono más indiferente que le fue posible adoptar. Pero sus esfuerzos fueron inútiles: hablaba con voz entrecortada, le temblaban las manos–. Le traigo..., le traigo... una cosa para empeñar...

Y entró en el piso sin esperar a que la vieja lo invitara. –¡Oiga! ¿Quién es usted? ¿Qué desea? –Ya me conoce usted, Alena Ivanovna. Soy Raskolnikof... Tenga; aquí tiene aquello de que le hablé el otro día. Le ofrecía el paquetito. Ella lo miró, como dispuesta a cogerlo, pero inmediatamente
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cambió de opinión. Levantó los ojos y los fijó en el intruso. Lo observó con mirada penetrante, con un gesto de desconfianza e indignación. Pasó un minuto. Raskolnikof incluso creyó descubrir un chispazo de burla en aquellos ojillos, como si la vieja lo hubiese adivinado todo. –¿Por qué me mira así, como si no me conociera? –exclamó Raskolnikof de pronto, indignado también–. Si le conviene este objeto, lo toma; si no, me dirigiré a otra parte. No tengo por qué perder el tiempo. –¡Es que lo has presentado de un modo! Y, mirando el paquetito, preguntó: –¿Qué me traes? –Una pitillera de plata. Ya le hablé de ella la última vez que estuve aquí. La usurera le quitó el paquetito de las manos. Se acercó a la lámpara (todas las ventanas estaban cerradas, a pesar del calor asfixiante) y empezó a luchar por deshacer los nudos, dando la espalda a Raskolnikof y olvidándose de él momentáneamente. Raskolnikof se desabrochó el gabán y sacó el hacha del nudo corredizo, pero la mantuvo debajo del abrigo, empuñándola con la mano derecha. En las dos manos sentía una tremenda debilidad y un embotamiento creciente. Temiendo estaba que el hacha se le cayese. De pronto, la cabeza empezó a darle vueltas. –Pero ¿cómo demonio has atado esto? ¡Vaya un enredo! –exclamó la vieja, volviendo un poco la cabeza hacia Raskolnikof. No había que perder ni un segundo. Sacó el hacha de debajo del abrigo, la levantó con las dos manos y, sin violencia, con un movimiento casi maquinal, la dejó caer sobre la cabeza de la vieja. La vieja, como de costumbre, no llevaba nada en la cabeza. Sus cabellos, grises, ralos, empapados en aceite, se agrupaban en una pequeña trenza que hacía pensar en la cola de una rata, y que un trozo de peine de asta mantenía fija en la nuca. Como era de escasa estatura, el hacha la alcanzó en la parte anterior de la cabeza. La víctima lanzó un

débil grito y perdió el equilibrio. Lo único que tuvo tiempo de hacer fue sujetarse la cabeza con las manos. En una de ellas tenía aún el paquetito. Raskolnikof le dio con todas sus fuerzas dos nuevos hachazos en el mismo sitio, y la sangre manó a borbotones, como de un recipiente que se hubiera volcado. El cuerpo de la víctima se desplomó definitivamente. Raskolnikof retrocedió para dejarlo caer. Luego se inclinó sobre la cara de la vieja. Ya no
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vivía. Sus ojos estaban tan abiertos, que parecían a punto de salírsele de las órbitas. Su frente y todo su rostro estaban rígidos y desfigurados por las convulsiones de la agonía. Observó que tenía el cráneo abierto. Iba a tocarlo con el dedo, pero cambió de opinión. * * * A Mr. Leopold Bloom le gustaba saborear los órganos internos de reses y aves. Le gustaba la sopa de menudillos espesa, las mollejas que saben a nuez, el corazón asado relleno, los filetes de hígado empanados, las huevas de bacalao fritas. Lo que más le gustaba eran los riñones de cordero a la plancha que le proporcionaban al paladar un delicado gustillo a orina tenuemente aromatizada. Tenía los riñones en mente mientras se movía por la cocina con suavidad, ajustando las cosas del desayuno para ella en la bandeja gibosa. Otra rebanada de pan con mantequilla: tres, cuatro: bien. A ella no le gustaba el plato lleno. Bien. Apartándose de la bandeja, levantó el hervidor de la hornilla y lo colocó de lado sobre el fuego. Allí quedó posado, deslucido y achaparrado, con el pitorro levantado. Un té pronto. Bueno. Boca seca. La gata caminó estiradamente alrededor de una pata de la mesa el rabo espigado. –¡Marrañau! –Ah, con que estás ahí, dijo Mr. Bloom, apartándose del fuego. La gata maulló como respuesta y zangoloteó de nuevo estiradamente alrededor de una pata de la mesa, maullando. Tal como ella zangolotea por mi escritorio. Prr. Ráscame la cabeza. Prr. Mr. Bloom miró amablemente con curiosidad la ágil forma negra. Se inclinó hacia ella, las manos en las rodillas. –Leche para la minina, dijo. –¡Maarrañau! mayó la gata.

–Tiene miedo de las gallinas, la tonta, dijo burlonamente. Tiene miedo de los piopíos. No he visto nunca una minina más estúpida que esta minina. –¡Maararrañau! dijo la gata con fuerza. Parpadeó hacia arriba con ávidos ojos ruborosoentomantes, maullando larga y quejumbrosamente, mostrándole los dientes blancoleche. El observó los oscuros surcos de
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los ojos que se angostaban de codicia hasta hacerse piedras verdes. Luego fue hacia el aparador, cogió la jarra que el lechero de Hanlon le acababa de llenar, vertió leche cálidaburbujeante en un platillo y lo puso despaciosamente en el suelo. –¡Grrrr! mayó, corriendo para lamer. Escuchó su lamer lamiscante. Huevos con jamón, no. Nada de huevos con esta sequía. Necesitan agua fresca y limpia. Jueves: tampoco es un buen día para riñones de cordero en Buckley. Fritos con mantequilla, un pellizco de pimienta. Mejor un riñón de cerdo en Dlugacz. Mientras hierve el agua. Lamía más lentamente, relamiendo luego el platillo a lametones. Con botas ligeramente chirriantes subió las escaleras hasta el recibidor, y se paró en la puerta del dormitorio. Puede que le apetezca algo sabroso. Rebanadas finas de pan con mantequilla le apetecen por la mañana. Dijo suavemente en el desnudo recibidor: –Voy ahí al lado. Vuelvo en seguida. Y cuando se hubo escuchado su voz decirlo añadió: –¿No quieres nada para desayunar? Un suave rezongo adormecido contestó: –Mn. No. No quería nada. * * * Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos. «¿Qué me ha ocurrido?», pensó. No era un

sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas. Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de paños desempaquetados –Samsa era viajante de comercio–, estaba colgado aquel cuadro, que hacía poco había recortado de una revista y había colocado en un bonito marco
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dorado. Representaba a una dama ataviada con un sombrero y una boa de piel, que estaba allí, sentada muy erguida y levantaba hacia el observador un pesado manguito de piel, en el cual había desaparecido su antebrazo. La mirada de Gregorio se dirigió después hacia la ventana, y el tiempo lluvioso, se oían caer gotas de lluvia sobre la chapa del alfeizar de la ventana, le ponía muy melancólico. «¿Qué pasaría –pensó– si durmiese un poco más y olvidase todas las chifladuras?» Pero esto era algo absolutamente imposible, porque estaba acostumbrado a dormir del lado derecho, pero en su estado actual no podía ponerse de ese lado. Aunque se lanzase con mucha fuerza hacia el lado derecho, una y otra vez se volvía a balancear sobre la espalda. Lo intentó cien veces, cerraba los ojos para no tener que ver las patas que pataleaban, y sólo cejaba en su empeño cuando comenzaba a notar en el costado un dolor leve y sordo que antes nunca había sentido. Sintió sobre el vientre un leve picor, con la espalda se deslizó lentamente más cerca de la cabecera de la cama para poder levantar mejor la cabeza; se encontró con que la parte que le picaba estaba totalmente cubierta por unos pequeños puntos blancos, que no sabía a qué se debían, y quiso palpar esa parte con una pata, pero inmediatamente la retiró, porque el roce le producía escalofríos. * * * No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas. Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros. No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Hay un muerto en el cementerio más lejano

que se queja tres años porque tiene un paisaje seco en la rodilla; y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase. No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
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Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas. Pero no hay olvido, ni sueño: carne viva. Los besos atan las bocas en una maraña de venas recientes y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros. Un día los caballos vivirán en las tabernas las hormigas furiosas atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas. Otro día veremos la resurrección de las mariposas disecadas y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero, a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato, hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan, donde espera la dentadura del oso, donde espera la mano momificada del niño y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul. No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Pero si alguien cierra los ojos, ¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!

Haya un panorama de ojos abiertos y amargas llagas encendidas. No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. Ya lo he dicho. No duerme nadie.
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Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes, abrid los escotillones para que vea bajo la luna las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros. * * * Prefiero la prosa al verso, como modo de arte, por dos razones, la primera de las cuales, que es mía, es que no puedo escoger, pues soy incapaz de escribir en verso. La lectura de los clásicos, que no distinguen los ocasos, me ha vuelto inteligibles muchos ocasos, en todos sus colores. Hay una relación entre la competencia sintáctica, por la que se distinguen los valores de los seres, de los sonidos y de las formas, y la capacidad de comprender cuándo el azul del cielo es realmente verde, y qué parte del amarillo existe en el verde azul del cielo. No conozco un placer como el de los libros, y poco leo. Los libros son presentaciones a los sueños, y no necesita presentaciones quien, con la facilidad de la vida, entre en conversación con ellos. Nunca he podido leer un libro entregándome a él; siempre, a cada paso, el comentario de la inteligencia o de la imaginación me ha interrumpido la secuencia de la propia narrativa. Después de unos minutos, quien escribía era yo, y lo que estaba escrito no estaba en ninguna parte. Hoy he llegado, de repente, a una sensación absurda y justa. Me he dado cuenta, en un relámpago íntimo, de que no soy nadie. Nadie, absolutamente nadie. Cuando brilló el relámpago, aquello donde había supuesto una ciudad era una llanura desierta; y la luz siniestra que me mostró a mí no reveló un cielo encima de ella. Me han robado el poder de ser antes de que el mundo fuese. Si tuve que reencarnar, he reencarnado sin mí, sin haber reencarnado yo. Soy los alrededores de una ciudad que no existe, el comentario prolijo a un libro que no se ha escrito. No soy nadie, nadie. No sé sentir, no sé pensar, no sé querer. Soy una figura de novela por escribir, que pasa aérea, y deshecha sin haber sido, entre los sueños de quien no supo completarme.

* * * Madrid, 1937, en la Plaza del Ángel las mujeres cosían y cantaban con sus hijos, después sonó la alarma y hubo gritos,
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casas arrodilladas en el polvo, torres hendidas, frentes escupidas y el huracán de los motores, fijo: los dos se desnudaron y se amaron por defender nuestra porción eterna, nuestra ración de tiempo y paraíso, tocar nuestra raíz y recobrarnos, recobrar nuestra herencia arrebatada por ladrones de vida hace mil siglos, los dos se desnudaron y besaron porque las desnudeces enlazadas saltan el tiempo y son invulnerables, nada las toca, vuelven al principio, no hay tú ni yo, mañana, ayer, ni nombres, verdad de dos en sólo un cuerpo y alma, * * * Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del

murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias. * * * En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló
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discretamente, como de costumbre. Y su hermana, la tierna Doniazada, que se había convertido en una adolescente deseable en todos sentidos, y que, de día en día y de noche en noche, se volvía más encantadora y más bella y más desarrollada y más comprensiva y más silenciosa y más atenta, se incorporó a medias en la alfombra en que estaba acurrucada, y le dijo: ¡Oh Schehrazada, hermana mía! ¡cuán dulces y sabrosas y regocijantes y deliciosas son tus palabras! Y Schehrazada le sonrió y la besó, y le dijo: Sí, querida mía; pero ¿qué es eso comparado con lo que sigue y que voy a contar la próxima noche, si es que no está cansado de oírme nuestro señor, este rey bien educado y dotado de buenos modales? Y el sultán Schahriar exclamó: ¡Oh Schehrazada! ¿qué estás diciendo? ¿cansado yo de oírte? ¡Si tú instruyes mi espíritu y calmas mi corazón! Puedes, pues, indudablemente, decirnos mañana la continuación de esa historia deliciosa, e incluso puedes, si no estás fatigada, proseguirla esta misma noche. Y Schehrazada, con su habitual discreción, no quiso abusar del permiso, y sonrió y dio las gracias, sin decir nada más aquella noche. Y el rey Schahriar la estrechó contra su corazón, y se durmió a su lado hasta el día siguiente. * * * Cuánto mejor es el silencio; esta taza de café, esta mesa. Cuánto mejor es estar sentado en esta habitación vacía, semejante al solitario pájaro de mar que extiende sus alas sobre las olas. Quisiera permanecer para siempre aquí, en medio de estas cosas simples: esta taza de café, este tenedor, cosas en sí, y ser, en fin, yo mismo. El cielo está negro como el dorso pulido de una ballena. Pero en el cielo algo se enciende: ¿es el resplandor de una lámpara o de la aurora? Y algo se agita: son gorriones que pían sobre un plátano. Por todas partes se esparce el presentimiento del nacimiento del día. Yo no llamaré a esto la aurora. A un viejo que está parado en medio de la calle y

que alza la cabeza para mirar al cielo con una ligera sensación de vértigo, ¿qué le importa la aurora que nace sobre la ciudad? La aurora no es sino una especie de aclaramiento del cielo: una especie de renovación. Un día más: otro viernes, otro veinte de marzo, de enero o septiembre. Una vez más, el mundo despierta. Las estrellas retroceden y se extinguen. Grietas cada vez más profundas separan a las olas. Sí, ésta es la eterna renovación, el
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incesante subir y caer, y caer para volver a subir. Y en mí también la marea sube. La ola se hincha: arquea el dorso. Una vez más, siento nacer en mí un nuevo deseo: algo se alza debajo de mí como el fiero caballo al que su jinete aprieta las espuelas y retiene enseguida. ¡Oh, tú, mi montura, ¿cuál es el enemigo que percibimos avanzando hacia nosotros, en este momento en que golpeas con tu herradura el pavimento de las calles? Es la Muerte. La Muerte es nuestro enemigo. Y al encuentro de la Muerte cabalgo blandiendo la espada, con mis cabellos flotando al viento como los de un joven, como flotaban al viento los cabellos de Percival cuando galopaba en la India. Hincando las espuelas contra los flancos de mi caballo, invencido, indomado, me precipito a tu encuentro, ¡oh Muerte!

Y las olas se quebraron sobre la orilla.
* * * todo se transfigura y es sagrado, es el centro del mundo cada cuarto, es la primera noche, el primer día, el mundo nace cuando dos se besan, gota de luz de entrañas transparentes el cuarto como un fruto se entreabre o estalla como un astro taciturno y las leyes comidas de ratones, las rejas de los bancos y las cárceles, las rejas de papel, las alambradas, los timbres y las púas y los pinchos, el sermón monocorde de las armas, el escorpión meloso y con bonete, el tigre con chistera, presidente del Club Vegetariano y la Cruz Roja,

el burro pedagogo, el cocodrilo metido a redentor, padre de pueblos, el Jefe, el tiburón, el arquitecto del porvenir, el cerdo uniformado, el hijo predilecto de la Iglesia
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que se lava la negra dentadura con el agua bendita y toma clases de inglés y democracia, las paredes invisibles, las máscaras podridas que dividen al hombre de los hombres, al hombre de sí mismo, se derrumban por un instante inmenso y vislumbramos nuestra unidad perdida, el desamparo que es ser hombres, la gloria que es ser hombres y compartir el pan, el sol, la muerte, el olvidado asombro de estar vivos; * * * Aureliano no había sido más lúcido en ningún acto de su vida que cuando olvidó sus muertos y el dolor de sus muertos, y volvió a clavar las puertas y las ventanas con las crucetas de Fernanda para no dejarse perturbar por ninguna tentación del mundo, porque entonces sabía que en los pergaminos de Melquíades estaba escrito su destino. Los encontró intactos, entre las plantas prehistóricas y los charcos humeantes y los insectos luminosos que habían desterrado del cuarto todo vestigio del paso de los hombres por la tierra, y no tuvo serenidad para sacarlos a la luz, sino que allí mismo, de pie, sin la menor dificultad, como si hubieran estado escritos en castellano bajo el resplandor deslumbrante del mediodía, empezó a descifrarlos en voz alta. Era la historia de la familia escrita por Melquíades hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación. La había redactado en sánscrito, que era su lengua materna, y había cifrado los versos pares con la clave privada del emperador Augusto, y los impares con claves militares lacedemonias. La protección final, que Aureliano empezaba a vislumbrar cuando se dejó confundir por el amor de Amaranta Úrsula, radicaba en que Melquíades no había ordenado los hechos en el

tiempo convencional de los hombres, sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran en un instante. * * * ¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo,
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bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz. * * * Fascinado por el hallazgo, Aureliano leyó en voz alta, sin saltos, las encíclicas cantadas que el propio Melquíades le hizo escuchar a Arcadio, y que eran en realidad las predicciones de su ejecución. En este punto, impaciente por conocer su propio origen, Aureliano dio un salto. Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces. No lo advirtió porque en aquel momento estaba descubriendo los primeros indicios de su ser, en un abuelo concupiscente que se dejaba arrastrar por la frivolidad a través de un páramo alucinado, en busca de una mujer hermosa a quien no haría feliz. Aureliano lo reconoció, persiguió los caminos ocultos de su descendencia, y encontró el instante de su propia concepción entre los alacranes y las mariposas amarillas de un baño crepuscular, donde un menestral saciaba su lujuria con una mujer que se le entregaba por rebeldía. Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra. * * *

Terminó el diwán y el rey Schahriar se apresuró a volver a sus habitaciones, junto a Schehrazada. Pero cuando llegó la 1001 noche… * * * Las tres reglas fundamentales de la Robótica, las tres reglas más profundamente introducidas en el cerebro positrónico de los robots, son:
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Una, un robot no puede hacer daño a un ser humano, o, por medio de la inacción, permitir que un ser humano sea lesionado. * * * Cuando el marinero miró al interior, el terrible animal había asido a Madame L’Espanaye por los cabellos, que, en aquel instante, tenía sueltos, por estarse peinando, y movía la navaja ante su rostro imitando los ademanes de un barbero. La hija yacía inmóvil en el suelo, desvanecida. Los gritos y los esfuerzos de la anciana (durante los cuales estuvo arrancando el cabello de su cabeza) tuvieron el efecto de cambiar los probables propósitos pacíficos del orangután en pura cólera. Con un decidido movimiento de su hercúleo brazo le separó casi la cabeza del tronco. A la vista de la sangre, su ira se convirtió en frenesí. * * * Dos –continuó Powell–, un robot debe obedecer las órdenes recibidas por los seres humanos excepto si éstas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley. * * * Con los dientes apretados y despidiendo llamas por los ojos, se lanzó sobre el cuerpo de la hija y clavó sus terribles garras en su garganta, sin soltarla hasta que expiró. Sus extraviadas y feroces miradas se fijaron entonces en la cabecera del lecho, sobre la cual la cara de su amo, rígida por el horror, apenas si se distinguía en la oscuridad. La furia de la bestia, que recordaba todavía el terrible látigo, se convirtió instantáneamente en miedo. * * * Y tres, un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no sea incompatible con la Primera o la Segunda Ley. * * * Comprendiendo que lo que había hecho le hacía acreedor de un castigo, pareció deseoso de ocultar su sangrienta acción. Con la angustia de su agitación y nerviosismo, comenzó a dar saltos por la alcoba, derribando y destrozando muebles con sus movimientos y levantando los colchones del lecho. Por fin se apoderó del cuerpo de la joven y a empujones lo

introdujo por la chimenea en la posición en que fue encontrado. Inmediatamente después se lanzó sobre el de la madre y lo precipitó de cabeza por la ventana. * * * Donovan tragó saliva de forma audible. * * *
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Aquí termina este viaje bajo la superficie de los mares. Lo que ocurrió durante aquella noche, cómo se libró la canoa del formidable remolino del Maelstrom, cómo salimos Ned Land, Consejo y yo del abismo, no sabría decirlo. De modo que es aquí donde reviso el relato de mis aventuras. Es exacto, no omite hecho alguno ni exagera ningún detalle. Es la narración fiel de la inverosímil expedición bajo un elemento inaccesible aún para el hombre y cuyo progreso hará que estén libres todas las rutas un día. ¿Se me prestará crédito? No lo sé. Poco importa, después de todo. Lo que ahora puedo afirmar es el derecho que tengo de hablar de esos mares, bajo cuya superficie he recorrido veinte mil leguas en menos de diez meses; de esa vuelta al mundo submarino que me ha revelado tantas maravillas a través del Pacífico, del océano Indico, del mar Rojo, del Mediterráneo, del Atlántico, de los mares australes y boreales. ¿Qué habrá sido del Nautilus? * * * ¡Oh Schehrazada! ¡cuán espléndida es esa historia! ¡Oh! ¡qué admirable es! Me has instruido, ¡oh docta y discreta! y me has hecho ver los acontecimientos que les sucedieron a otros que yo, y considerar atentamente las palabras de los reyes y de los pueblos pasados, y las cosas extraordinarias o maravillosas o sencillamente dignas de reflexión que les ocurrieron. Y he aquí en verdad, que, después de haberte escuchado durante estas mil noches y una noche, salgo con un alma profundamente cambiada y alegre y embebida del gozo de vivir. Así, pues, ¡gloria a quien te ha concedido tantos dones selectos, ¡oh bendita hija de mi visir!, ha perfumado tu boca y ha puesto la elocuencia en tu lengua y la inteligencia detrás de tu frente! * * * amar es combatir, si dos se besan el mundo cambia, encarnan los deseos, el pensamiento encarna, brotan alas

en las espaldas del esclavo, el mundo es real y tangible, el vino es vino, el pan vuelve a saber, el agua es agua, amar es combatir, es abrir puertas, dejar de ser fantasmas con un número
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a perpetua cadena condenado por un amo sin rostro;

Obra mutilada:
Espejos, Eduardo Galeano. La Biblia, varios autores. Amo el canto del zenzontle, Nezahualcóyotl. Genji Monogatari, Murasaki Shikibu. Las mil y una noches,
Abu abd-Allah Muhammed el-Gahshigar. Fiódor Mijáilovich Dostoyevski, Crimen y castigo. James Joyce, Ulises. Franz Kafka, La metamorfosis. Federico García Lorca, Poeta en Nueva York. Fernando Pessoa, Libro del desasosiego. Octavio Paz, Piedra de Sol. Julio Cortázar, Rayuela. Virginia Woolf, Las olas. Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. Jorge Luis Borges, El Aleph. Isaac Asimov, Círculo vicioso. Edgar Allan Poe, Los crímenes de la calle Morgue. Julio Verne, Veinte mil leguas de viaje submarino.

El Decamerón, Giovanni Boccaccio. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha,
Miguel de Cervantes Saavedra.

La tragedia de Hamlet, Príncipe de Dinamarca,
William Shakespeare.

La vida es sueño, Pedro Calderón de la Barca. Los miserables, Victor Hugo.