Atrio

Fernando Denis

Escribo para que la luz de la escritura grave en el sueño la voz de la piedra, la voz del espejo quebrándose bajo el invierno de las ciudades, la voz del rayo en la sombra del animal salvaje, la voz antigua que perdura en el arte, en la mano cóncava que me devuelve su imagen sobre el papel en blanco, ya convertida en luz y en palabra. Velo junto a la palabra y quedo rendido en su regazo, en su cóncavo reflejo, y allí sueño que soy el mismo que viaja a diario entre sus verdes y amarillas metáforas como un pájaro, canto y mi voz medita bajo su llama. ¿Cómo entrar en el poema? ¿Con qué manos para esculpirlo, para levantar su torre? Abro el mapa, busco la geografía de tantos años, tanta luz escrita en las sombras, y más abajo, a orillas de un mar casi abstracto, detrás de un patio con dos palmeras que dialogaban sobre el tiempo, allí estaba yo hurgando en los cajones, con mi linterna de niño o con una vela encendida navegando en las tinieblas de mi cuarto en busca de un papel y un lápiz. La historia de mi vida es casi la historia irregular de mi poesía. Sólo escribo para preservar un carácter, para intimar con una dignidad y una conciencia que congenie con la belleza del mundo, y en ocasiones capturar ese sabor antiguo, esa magia única que sólo se percibe a través de la creación y que me devuelve el deleite de sentirme un verdadero hombre. Cada página requiere una proeza, una curiosa habilidad que represente una vivaz, una poderosa y sutil presencia del lenguaje, un temperamento agudo capaz de templar su violín y escuchar al ángel que hay detrás de todas las cosas. ¿Quién puso esa música en mis oídos desde muy temprano? ¿Quién me visitó en las noches del trópico con la música del verso que enfermaría de esplendor y belleza mis oídos para siempre? Mi historia es casi la historia irregular de esa música, el secreto de sus imágenes esparciéndose por las arenas de las playas como un rumor antiguo. F. D.

La dama de sal

La flor del pez se oscurece. En el reloj de agua duerme la cóncava luz que mueve sus agujas de hielo. La espada se disuelve, su nombre convertido en una ola ya es también hierro enfadado bajo la luna de agua. Y mientras el mar teje su museo, su colección de auroras y de noches, la dama de sal se yergue, ingrávida, y permanece inmóvil junto al abismo insondable con su leyenda: Yo soy el mar. Y el agua va y viene con mis recuerdos.

La escalera

Furiosa es la sombra junto a la ventana. Escalera, soñadora de piedra, viajera inmóvil que sabes hacia dónde me dirijo pero nunca llego. Contigo entran y se van los días en la casa. Suavemente se deslizan junto a ti la gata y la luna. Fiel amiga de la soledad y del misterio en la vigilia del espejo narras la historia de los pasos. El día corre en un viaje inverso, y el crepúsculo es una luz final donde plagio el camino y a veces me retraso. El viejo escalón de mármol me intimida. Me detengo, la escalera se detiene conmigo. La cintura del viento se estira: todos los caminos conducen a Roma, no importa si subimos o bajamos.

Hazme una máscara

¿El rostro empieza o termina en los colores? En este manojo de sueños que han ido forjando los delirios, las mentiras de los ojos, ¿qué mañana nos corrige? En un instante sin sombra me retracto. Vuelvo a mis andanzas. Si en un río de imágenes nocturnas he visto

tu cara ¿por qué de día la olvido? La ciudad va a la deriva de nuestra barca, la vigilia. Hay un lugar vacío entre las cosas, nuestro rostro. Alguien que niega su soledad pregunta por el pasado que nunca tuvo, pero recuerda una máscara y un turbante.

Sigue soñando, William Turner

¿Quién sostuvo en su mano los grandes esplendores: esa luz demencial que sueña en los espejos, el monólogo de los crepúsculos bermejos, fragatas incendiadas de mortales colores? Miro al cielo pavoroso de mis mayores: la criatura invisible hiere con sus reflejos la sombra solitaria de mis ojos perplejos y mi sueño que invaden pinceles y dolores. Un mar de ardiente fiebre calcina mis sentidos, mi pecho es una ciega tempestad invisible, siento en mí los escombros de ese sol imposible y el amor, el más hondo que se haya resistido. Muero de luz en esta tarde sola del mundo, pasaré al horizonte incesante y profundo.

Ellos
Sembramos el aroma en los pastizales, y lento el verbo nocturno atravesó los campos. Éramos muchos en el cielo, en las copas de los árboles. Sentíamos el instante, el pulso vertical del péndulo, y poco a poco nos lanzábamos desde lo alto, y gritando veíamos la nada perfecta, y el infinito era de bronce, radiante hasta los ojos de las meninas. No somos nadie, lo sé, pero todo lo sabemos. A nada le temo en este mundo alucinado mientras sólo sea mito y música el ruiseñor; su canto es del color de los ángeles, todo su arrullo retiene en el aire más espíritus que el infierno. Solo en este árbol lucho en mi cuerpo por seguir siendo bello. Pero la belleza no es más que ese asombro donde está el peligro y la acechanza que hace a los mortales. En los jardines hay un esplendor que han vedado a mi boca, y mi cabello ya pondera el gris de tres inviernos. Cuando todos duermen el misterio que habrá de cerrar la última puerta yo abro los ojos, oculto entre las hojas de plata que ordenan la trama del almendro o del pino, y miro al cielo, bello y antiguo, soñado por centauros griegos, entregado ciegamente al fulgor de las flores de fuego que siembra el cazador en las colinas. Nosotros vimos la luna un día y ella manchó nuestros cuerpos. Después en las manos rosadas cogimos las algas y las comimos en la ribera oscura antes que las venas heladas sobre el mar arrojaran el invierno.

Una parábola para el ojo

Los fosforescentes árboles rojos del otoño en la noche del alce junto a los grandes relojes de sol, el rojo mármol en el jardín del estanque del ahogado que miran atónitos los ojos del pez, la sombra de la navaja del rojo bardo ardiendo sobre el papel mientras describe la luna de los pavos reales bajo la tormenta, el cielo del tiempo –el de Turner–, de furiosos metales rojos, destrozando viejos papiros en el mar parpadeantes como ruinosas estrellas de oro, el vino rojo de las sílabas de tus labios llamándome desde todas las puertas en el canto que Dante no escribió, y el tiempo del último crepúsculo en los ojos mortales, son cosas que guían mi destino mientras duermo en este fresco del ocaso que aún no firmas con tu nombre.

Alcaraván

El reloj es un lugar en el instante donde ella se demora…

Enigma para siete colores

El sueño es el sueño de los hexámetros, donde el mar arde con más felicidad que todos los mares de Europa. Es el sueño de la casa en ruinas y sus pájaros más antiguos: las palabras. Las palabras están en mis ojos. Son este bosque que parece un espejo. Sobre mí hay un cielo parecido al cielo de la Ilíada. A través de la tormenta escucho las voces de los magos. Las voces de la arena del desierto. Las voces que encienden los ojos de la espada, y en la vieja casa quemada por crepúsculos descifran el enigma de los siete colores en un cuarto en sombras. Escucho a los magos y son azules las palabras en mis ojos. Merlín duerme junto al árbol de fuego. Su sueño mantiene vivas las llamas. Veo la luz más antigua del mundo deslizándose para ver su rostro. Lentamente la luz más antigua disuelve sobre el mar sus metáforas. La doncella de los colores atraviesa el jardín de los pavos reales y abre todas las puertas, entonces el tigre entra en su sueño. Los magos viajan. Sus fábulas son narradas por los vientos en antiguos cuadernos del color de las arenas. Después de irse vacía queda la mirada. Llega la noche y entonces un hombre enloquece o muere por el color azul.

¿Puede el arte ser invisible?
Aquello que te mostró la noche en su crepúsculo Tristán e Isolda

Ya los sagrados mitos que conspiran en el sueño del mundo te anuncian. El tiempo invulnerable legó su clepsidra a las estrellas, y ese oro brillará toda la noche para urdir otra y otra calle cuya duración es mi miedo y mi esperanza, mientras las horas cambian como el mar y crece el verso que deberá acompañarte hasta el fin. Los dos tallaremos en el instante, en los colores del instante, la forma que evocará nuestro destino bajo el álgebra de Dios, y será más virtuosa la soledad cuando diga tu nombre, y soñará el tiempo que ya te ha visto, que eres igual a este abrazo inmenso. Tú, con el mar ardiendo en los ojos, me dirás: “Vine a mostrarte los colores de las cosas que sueñas”. A punto de perderme en el incesante crepúsculo, te diré: “El color de tus ojos después de haber leído Tristán e Isolda”.

Eróstrato

Cuando aún la noche doraba su pájaro en la hondura del bosque una excesiva belleza quemó mi mente. Dije mi nombre. El más puro de todos los nombres. El que había guardado intacto para la diosa. Más allá de las arenas, como un árbol encendido, en las aguas blanquísimas brillaba el río de Heráclito y sus colores eran los mismos que llevaban en sus trajes las doncellas. Varias veces las vi hablando del fuego, y sus voces Parecían crepúsculos en la oscuridad de la noche. Yo estaba en mi cueva y sentía el olor de los arbustos. Me visitaban premoniciones y seres extraños. Algunos que vieron la media luna en mi pecho no durmieron, un destello o un horror los invadía. Porque fui desterrado del templo, apartado del oro inmenso que brillaba en la colina, dije palabras malditas para salvar mi soberbia. Pero en sueños la voz de Éfeso me dijo lo que purifica el fuego y sus colores, entonces en mí ardió Artemisa. Penetré en las cámaras sangrientas y rasgué el velo púrpura que cubría el rostro de la diosa. Cuando besé la piedra sagrada, más negra que los bosques nocturnos donde cabalgaba el nombre de la luna entre tumbas egipcias, un amor antiguo resurgió en mi sangre y se disgregó en el río; un tiempo maravilloso de sueño se disgregó en el sueño del fuego. Mis manos retenían ahora los radiantes versos del hombre oscuro. Los clavos de acero brillaron en mis ojos; brillaron las dagas, brillaron las ofrendas que a Diana hacían los mortales.

El presente detuvo su resplandor en la antorcha donde leí los versos. Después esa luz creció en el papel y se extendió en las tinieblas, y el cielo se tiñó de bermejos vientos encendidos. El fuego ardía en rojos leopardos que mordían el sueño como el mar de la tarde muerde las palabras. Mi nombre se confundió entonces con el nombre del fuego mientras cantaba con oro en la voz el griego reflejo que Heráclito dejó en el agua.

Grabado

No lejos de la luz de tu rostro, no lejos de tu nombre ardiendo en la noche del poema, está la sombra esculpiendo el estanque del ahogado que olvidaste en el jardín.

Phoebe Caulfield en el mercado de duendes
A Juana

Estoy parada entre el cielo y el mercado de duendes. Es diciembre y la gente lleva arbolitos verdes en los ojos. Brilla en la bruma de la noche el oro de las chimeneas. Los enanos de caras rosadas ataviados de sombras rosadas sobre la nieve marchan bajo una nube encendida. En su trineo de nácar, tirado por ángeles, el mago remonta la colina y en el rastro va quedando el brillo de sus ojos azules. Los tamborines y las campanas despiertan a Andersen en su cuarto; a lo lejos sus mejillas brillan como estrellas en la ventana oscura. Y mientras se pone su vestido viejo lleno de historias ve la nieve que abruma el silencio de Dios en los pinares, el viento enredado en la cabellera de los faroles y arlequines con trompetas de oro que caen de la luna. Eso dijo la niña que reñía, con los brazos cruzados, al muñeco de nieve.

Poema en blanco y negro

La noche es un ángel sin rostro un caballo negro su sombra galopa en una región de lámparas huye, se oculta en la mirada y teje vientos de alas negras y es piel donde se oculta la sombra y es noche más poderosa que la mía

Por favor, Aída, no vengas al jardín
Canto la extraña soledad de las palabras. Tengo miedo de ser todos los hombres y no ser Gurdjieff. Te regalo la historia de la espada. Es preciso que cantes los mares y seas la luna en las páginas de arena. Déjame ser el espejo que todo lo ve y los libros que has leído. Déjame ser la noche en que Virgilio viajó en un caballito de madera hacia mi pasado. Te regalo el mar de Coveñas, sin Helena de Troya, sin Sinbad y sin vikings. Te doy el sueño, ese lugar antiguo que tradujeron los persas. Soy ciego, los colores ya no me ven. En la penumbra quedó la espada. Mis ojos que cantaron sus batallas la han dejado sola. Yo me quemo en las orillas del papel. Antes de caer a la página trato de no borrar un solo gesto tuyo. Por favor, Aída, no vengas al jardín; si despiertas y no me ves, vas a pensar que ya me he ido.

Parténope

Si el mar tiene tu forma en mis oídos, si el sueño de la ola cóncava en el agua tiene la forma del fuego, si el nombre de la roja espuma en la cintura del tiempo es un secreto de tus labios, si la biografía del aire que narra el pájaro sólo existe en tu pupila, es que quema tus orillas el crepúsculo de mis manos y en el aire sueñan los delfines.

Lo que dice un ornitólogo prerrafaelita

Pienso en mi dorado siglo diecinueve. Aquí cada verso reclama entre bosques lujosos y delicadas cumbres de seda los imperiosos colores que visten a la reina Victoria. Bajo el sueño de rostros de doncella el relámpago enciende mármoles y espejos. Pienso en el mar del siglo diecinueve. En ese enorme lienzo semejante al mar que está en el lenguaje. Todo ocurre infinitamente en el esplendoroso plumaje de un pájaro. Pienso en el pájaro que está en la punta del pincel. Y escribo esto porque escribir no es más que una reflexión sobre la muerte. Ante esta luz que reinventa mi psicología debo en seguida crear mi propio mito o me veré perdido en el mito de alguien que no conozco. Si el cielo muriera conmigo en mis ojos abiertos borraría el crepúsculo. Podría ofrecerle a la reina este puñal ensangrentado después de mi suicidio. Pienso en la muerte del siglo diecinueve. Muero, quiero entrar en la metamorfosis. Arriba los pájaros trazan la muerte de mi pupila.

Paisaje interior

Envejecido en los cuarteles de la memoria, en los infiernos de Piranesi, medito sobre los colores que encienden las claraboyas y las ventanas. Después de visitar ese inmenso palacio oscuro, el sueño, despierto en este idioma que ha olvidado mi nombre, siento el olor de las cenizas del alba, pienso en mis nietos jugando en la llanura cuando el tren pasa con herrumbrosa música en los rieles. A esta hora los colores sueñan que ya son colores, a esta hora al dios de los colores le duele el alma. Miro al cielo que petrifica un malvado azul y un gris de portentosas crines, de ojos luminosos en las nubes oscuras. Sé que moriré pronto y a mis pupilas vendrán esos óleos, esos frescos puros donde está el amor que conocí en América, y a mis espaldas un paisaje que ya no conozco. El frío relámpago en estas paredes húmedas dibuja sombras inauditas. Levanto el peso de este manchado cuerpo para subir y bajar los peldaños hasta que cansado intento quedarme dormido. Vuelvo a abrir los ojos mortales, y de nuevo el incrédulo firmamento de oro se magnifica bajo mis párpados. Mis pasos huellan colores en la escalera oblicua, colores invisibles golpean el vacío del tiempo y enloquecen al hombre atado con cadenas. Siente mis pasos en el hierro de la escalera y le duelen. Tiene vértigos. Arde en furias y lágrimas.

Bajo la sucia luz de las claraboyas sus cadenas despiden esplendores. Luego permanece rígido. Parece una estatua de piedra. Y su recio cuerpo de piedra transpira el sudor pesado de las cadenas. A veces silba una antigua melodía del Caribe, un agudo silbido que al ocaso repetía el demonio cuando azotaba el mar con cadenas. Con cólera, con prisa, subo y bajo la escalera… Entonces debo correr por pasillos oscuros que no van a ninguna parte, atravieso puertas de colores, me desespero por puentes de cuerdas que se rompen, puentes que van a galerías donde antiguas voces leen libros antiguos, puentes desde donde veo los ciegos leones de mármol. A veces me arrojo al pozo de los espejos donde encuentro el dolor de una imagen. ¡Oh dios de los laberintos de la mente! Ven y borra los espejos, las lágrimas crueles. ¿Cuándo serán borradas de mi alma las mazmorras, los atajos, los pasadizos de niebla? ¿Cuándo podré definir el paisaje que vi por primera vez? ¿Cuándo seré libre de este infierno de colores? A esta hora ya me arden los pies, las entrañas me duelen, me espanta el horror que mis pinceles han creado.

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