IMAGINACIONES

Relatos

JORGE CAICEDO SANTACRUZ

Bogotá. El Espectador, Abril de 1982 Segunda edición: AUTORESEDITORES.COM, Agosto 2013

Caicedo Santacruz, Jorge Imaginaciones: Relatos / Jorge Caicedo Santacruz; Carátula: Alfonso Cano Busquets. – Bogotá: El Espectador, 1982. 100 pag. ; 21 cm. 1. Cuento colombiano I. Tit. CDD Co863.6 C14i CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Angel Arango

INDICE
250 SALA GENERAL ALEJANDRO CARMENZA COSAS NORMALES DEMONIO DESCENSO EDILBERTO EL CARACOL EL CHISME EL MAR EL MURAL EL VIAJE ESQUELAS PARA NADIE FERNANDO GISELLE GRACIAS HIPO HISTORIA DE EL Y ELLA IN MEMORIAN INFARTO INFORME X – 1 A INTROSPECCION LA AMANTE LA CARCAJADA LA DUCHA LA LLAMADA LEONOR LUZ STELLA MADRE Y MUERTE MENGANO 7 24 61 54 74 85 72 18 48 82 64 26 91 28 66 10 71 69 86 38 58 23 56 39 43 12 33 44 83 27

METAMORFOSIS NACIMIENTO POLIGONO PROFE RAUL SAPO SE HA PERDIDO UNA SOMBRA SOLO UNA MATA SU OLOR SUEÑO – REALIDAD W. C.

76 80 31 41 53 32 35 16 46 78 20

7 250 SALA GENERAL

Un radio transistor a todo volumen se pasea por los corredores del segundo piso. Entra en las habitaciones de seis camas despertando a las pacientes, las inyecta, hace preguntas, les clava en los ojos una dosis de insomnio y se marcha en medio de su propio escándalo. En la pieza vecina un grito: ¡Señorita! ¡Señorita! Pero la “Orquídea de plata Philips” resuena al final del pasillo. ¡Señorita! ¡señorita! Una guabina penetra en mi cerebro y creo que de pronto voy a salir corriendo por encima de las enfermeras con uniformes blancos y gorritos pendejos. ¡Señorita! Colaboran las señoras de al lado y el transistor se acerca lentamente. Un enfermero mal afeitado viene colgado de sus emisiones. Enciende la luz del vecindario y después la de nuestro cuarto. Levanta las cobijas de la 248 y acaricia sus senos duros y jóvenes aprovechando su inconsciencia. Yo siento un temblor iracundo mientras le toma el pulso y mide la presión. No digo nada pero cuando viene hacia mi cama lo escupo silenciosa y mentalmente. No me toca. Usa el fonendoscopio y el tensiómetro y tengo la certeza de que no entiende su lectura. Siento mucho frio. La 246 no deja de lamentarse. Las demás despiertan y ocurre un coro de suspiros y quejas. Cuando empiezo a dormir pasa una moto por la calle y me despierta. Dicen que hoy es sábado y que me trajeron el domingo pasado pero aún no he recibido tratamiento. Nadie sabe lo que me pasa. Ordenaron un arteriograma que ha venido aplazándose de un día para otro. Hoy avisaron a mis hijos que lo practicarán el lunes porque es fin de semana y el especialista se marchó a la finca. Mi hijo piensa que me están asesinando. Ha pasado una

8 semana y el doctor no puede atenderme. Quién sabe lo que irá a decir el lunes. La familia se reunió después de mucho tiempo pero sólo pueden verme durante la hora de visita. La 246 continúa quejándose con sus interminables ¡ay ay ay! No puedo conciliar el sueño. El mayor de mis hijos se encuentra sentado a mi derecha. Quiere fumar y no podrá hacerlo hasta mañana. Sus ojos me miran constantemente y la botella del suero me cae gota a gota. ¡Ay ay ay! ¡señorita! Empiezo a desesperarme, no resisto el cansancio del brazo conectado a la botella durante una semana eterna como una cascada cayendo a través de un cuentagotas, me quito la aguja, las mangueritas transparentes por donde pasa el líquido y unas manos me agarran cuando logro sentarme en la cama, me atan las muñecas a los bordes, otra vez las preguntas de siempre: Quién es usted, cómo se llama, en dónde estamos. Es una noche larga, creo que vamos a pasar muchas noches largas. Ha callado la 246 pero las enfermeras ríen en el pasillo a pesar de que me arden los ojos porque dejaron una luz encendida y el sueño comienza a salir tímidamente desde debajo de la cama. La radio se ha dormido. Mi hijo mira las manecillas del reloj marcando las dos de la mañana. La “Orquídea de plata Philips” da paso al insistente ¡Señorita!, esta vez en otra de las habitaciones. La 251 empieza a roncar y las señoritas conversan en voz alta al extremo del pasillo. Hace frío. Mi hijo me cubre con su gabardina por encima de la inútil cobija. Ahora que desataron una de mis manos puedo acostarme de lado y sus dedos me cierran los párpados. Duérmete, me dice, y yo le obedezco. Está furioso con el médico. Piensa que irse a una finca dejando a los enfermos que recibió una semana atrás, sin hacerles un examen urgente, sin proporcionar a la familia el más mínimo diagnóstico, sin ordenar un tratamiento, es algo indigno y criminal. No pueden

9 sacarme de aquí para que me atiendan en otra clínica. Un servicio “pensionado” cuesta mucho y no hay más especialistas. El que había no pudo ver a los pacientes de Sala general y el viernes salió para su finca. Hay que esperarlo hasta el lunes. Mi hijo está pensando y siento la dureza de sus pensamientos. Tiene sueño y me mira. Yo sé que no se moverá de su silla hasta que amanezca y lo remplace el padre. No sé qué día es hoy. Sólo sé que no permitieron a mis familiares el acompañarme. Esto no es el pensionado. Una brilladora eléctrica corretea por el cuarto perforando los tímpanos y pienso que esta noche volverá el enfermero mal afeitado llevando un transistor debajo de la axila para acariciar los senos de la 248. Si lo hace voy a insultarlo y mañana le avisaré a mi hijo. Ahora trataré de dormir. Quiero estar despierta por la noche cuando venga el enfermero a tocarles el cuerpo a las pacientes. Ya no puedo soportar la “Orquídea de plata Philips” atormentando a los enfermos ¡Señorita! Lo único que quiero es salir de aquí inmediatamente.

10 GRACIAS Había corrido casi veinte cuadras y estaba a punto de desfallecer cuando apareció aquel hombre. Se paró frente a mí con además de agarrarme y sentí miedo, pero había en su rostro algo inexplicable que me tranquilizó, era un gesto o tal vez un detalle en sus facciones lo que me inspiraba tanta confianza al mirarle, irradiaba una fuerza de atracción tal, que si hubiera sido un imán y yo un alfiler, habría volado en su dirección para pegarme a su cuerpo y quedarme allí como una simple viruta de metal. Me tomó de la mano y los policías que iban pisándome los talones pasaron de largo como si no me hubieran visto, persiguiendo a los estudiantes que escapaban a duras penas y los que no podían hacerlo caían bajo sus bolillos y sus misteriosas botas negras. Me quedé muy quieto, el extraño apretaba suavemente mi mano sudorosa y nadie más me tocaba, nadie me miraba, es el Angel de la guarda, pensé, pero entonces vi la cicatriz que bajaba desde una ceja hasta su boca, no, no puede ser un ángel, al menos no lo creo si lleva esa huella tan humana, y el miedo desaparecía mientras los muchachos gritaban a mi alrededor y los caballos pisoteaban sus cuerpos y los libros, mientras la tropa desahogaba contra ellos todo el poder de su grado y su uniforme, ya era tiempo de hacer ver a los comemierda éstos que aquí manda la Ley, que se vayan los libros y las aulas al carajo, ya estamos cansados de los tirapiedra y sus pupitres, este país sería perfecto si sólo hubiera policías y caballos. Un cuaderno cayó junto a mis pies y me agaché para mirarlo, me heló un escalofrío y no pude gritar, no veía mis piernas, mis pies ni mis zapatos, busqué mi cuerpo y no estaba, tampoco descubrí mis manos, pero

11 allí estaba el amigo de la cicatriz y sentía mi mano entre sus dedos cálidos y fuertes. No sabía qué pensar, se me ocurrió que era invisible, que estaba muerto, que todo era un sueño, pero los policías se fueron apaleando a los muchachos y entonces el hombre me soltó y pude nuevamente ver mis manos, mis rodillas, me toqué el estómago y los brazos y le dije: “Gracias”. El sacó un pañuelo y se limpió el sudor que yo le había dejado en la mano, volvió a meterlo en el bolsillo del pantalón y me sonrió, empezó a caminar lentamente y en silencio mientras yo iba diciendo no sé cuantas cosas estúpidas sin obtener respuesta. Me ignoraba de la misma forma como lo hicieron los uniformados y pensé que yo ya no existía para él, que tal vez él nunca existió para mí, es que tengo demasiada imaginación y las fantasías me toman el pelo a veces. Dejé de observarlo un momento para dar cabida al torbellino de ideas locas que acaparaban mi mente y el hombre desapareció. Lo busqué en vano, las calles estaban desiertas, me encontraba absolutamente solo y un angustioso temor inundó mis pensamientos, empecé a temblar y sentí mucho frio, comprendí que estaba despierto y me marché a casa.

12 LA LLAMADA No esperaba ninguna llamada pero el teléfono me atraía como un imán. Era una especie de presentimiento que desde dos días atrás me consumía de a poco. Se aproximaban los exámenes en la universidad y debía estudiar, pero esa inquietud, ese estar pendiente del teléfono, de ese timbre que nunca sonaba, me impedía todo intento de concentración. Fumé otro cigarrillo y aspiré de tal forma que sentí como si el humo me bajara hasta los pies. Abrí nuevamente el libro y me senté en la alfombra, siempre mirando al aparato dormido como un gato hipócrita, hecho un ovillo encima de la mesita de la sala. Leí cuatro o cinco hojas más y empecé a sentirme nervioso. Abandonando la lectura traté de analizar la situación y establecer un balance real y lógico de los motivos que pudieran haberme llevado a vivir semejante estado de cosas. Elaboré una lista mental de los posibles amigos y personas ajenas que hubieran prometido llamarme a determinada hora de ese día, pero no surgió ningún nombre clave. Tampoco tenía una cita ni compromiso con nadie. Probablemente era por los exámenes, pero nunca me habían asustado las pruebas académicas y en mayor o menor grado estaba preparado para afrontarlas sin angustia. Además, ¡Qué tenía que ver el maldito teléfono en este asunto! Tal vez sólo estaba cansado y necesitaba un poco de aire puro. Iba a salir a la calle cuando oí, o quizás creí oír el timbre, porque al llegar a él, luego de enviar por el suelo algunos muebles y pisotear el libro contra la alfombra, no escuché absolutamente nada más que un pito y mi propia respiración entrecortada por la carrera y la emoción. Estuve a punto de tirarlo al suelo y darle puntapiés, gritarle ¡mierda! y romperlo en mil pedazos, pero me contuve al pensar que lo necesitaba y que al destruirlo

13 quedaría incomunicado y no podría recibir la llamada. Por eso también decidí no irme a la calle, porque debía permanecer al lado del imán y soportar la espera. El tiempo se dedicó a carme vueltas taconeando en mis oídos con su pata de palo. Pensé que sería genial poder cazarlo con una toalla o la chompa como una mariposa de aquellas negras y de mal agüero que suelen entrar a las casas para prevenir sobre una próxima muerte y meterlo apretado en el reloj, tan apretado que nunca más pudiera salir. No importaba sacrificar una toalla. Al fin y al cabo serviría para que el tiempo se enredara con ella y quizás, por accidente, terminaría ensartado en las manecillas metálicas del antiguo instrumento que lo mataría por segundos al golpear su cuerpo arrugado con el enorme péndulo de cobre. Sentía la garganta seca como un pedacito de sol que me quemaba y la sed aumentó con rapidez asombrosa mientras mis ojos enrojecidos no podían apartarse del teléfono. Lo veía respirar acompasadamente runruneando como un minino azul conectado a la pared y sentí deseos de estrangularlo pero volví a pensar que lo necesitaba, que era mi única salvación, que sólo él podía transmitirme la llamada, era el único nexo disponible para… el solo puente que me permitiría saber… ¡Agua! únicamente un poquito de agua y terminaría mi sed. Pero queda tan lejos la cocina, estoy tan solo e indefenso. Si al menos hubiera alguien en casa y me trajera un vaso con agua. Yo no puedo moverme. Debo permanecer aquí, cueste lo que cueste. Una vez que haya contestado el teléfono podré salir y tomar muchas cosas. ¡Sí! Tomaré una limonada bien fría, una gaseosa o un vaso de vino, un vaso bien grande. Creo que en la nevera hay helados y podré chuparme unos cuantos. Alguien llamó a la puerta y mis nervios saltaron como resortes. Yo salté con ellos. Me levanté y volví a

14 sentarme. No podía abandonarlo en ese momento. ¡Suena de una vez, te lo suplico! Pero no obedecía y afuera seguían partiéndose los nudillos contra la puerta. Luego escuché voces confusas, murmullos enredados e indescifrables que asocié con una central telefónica en el manicomio. ¡Agua! Esta sed me enloquece. Quieren entrar a la fuerza, están probando llaves en la chapa. Ojalá lleguen a tiempo, necesito beber alguna cosa, cualquier cosa que remoje mi garganta, voy a romper las porcelanas y la radiola si no vienen aprisa. Me sudaban las manos y las froté contra el pantalón. ¿Y si estuviera desconectado o mal enchufado y la llamada no puede entrar…? ¡No! Tiene que estar bien. Nadie toca el enchufe y en casa no hay niños. Quién sabe si alguna visita trajo un chiquillo travieso. ¡Pero por qué tenían que meterse con el teléfono! La puerta no cedía. Todo era tan extraño. Afuera gritaban y discutían mientras la puerta continuaba cerrada y yo adentro muriéndome de sed. Busqué los cigarrillos y encontré el paquete vacío. No podía resistir mucho tiempo sin cigarrillos. Tenía que fumar algo, aunque fuera la pata de un asiento, de una mesa. Revolví el cenicero para ver si hallaba una colilla que sirviera para darle al menos una o dos chupadas pero fue inútil. No había más que filtros y ceniza. Ceniza seca como mi boca, reseca igual que mi lengua, árida y ardiente como un pequeño desierto. De mi frente brotaron gruesas gotas de sudor que rodaban por las mejillas o se colaban por entre los párpados calcinando mis ojos ya estropeados. ¡El florero! Las rosas deben tener agua limpia y fresca que puedo tomar. Me levanto y corro hacia él. ¡Arena! Flores artificiales que parecen vivas y desbarato con dedos furiosos. Arrojo los pétalos de plástico contra el maldito teléfono que luego acaricio con las yemas de mis dedos asesinos de rosas. Las voces continúan metiendo llaves en el cerrojo y esta perra puerta que no

15 quiere abrirse y yo que de pronto siento unos increíbles deseos de gritar y dar patadas contra los muebles y cuantas cosas me rodean. Pensé si estaría volviéndome loco. El sudor pegaba la camisa a mi cuerpo y los pantalones me fastidiaban terriblemente aunque no se me ocurrió quitármelos porque ya casi abrían la puerta y miré el teléfono tan quieto como si nada le importara mi angustia y lo odié con todas las fuerzas de mi ser y el sudor corría por mi espalda y los costados desde debajo de los brazos y los ojos me ardían cada vez más y las porcelanas eran como insultos que no podía tolerar, mucho menos el puto florero lleno de arena, carajo si no parto esta porquería, teléfono de mierda, vas a ver maldito pedazo de inutilidad, gato asqueroso durmiendo con el rabo metido en el tomacorriente y yo esperando una llamada y aguantar la sed y la falta de cigarrillos, me voy a tirar el examen de mañana y todo porque alguien se olvidó de llamar o tal vez no pudo. El tumulto de afuera logró calzar una buena llave y la puerta se abrió. No podía esperar más. Tomé al gato azul entre mis manos, le arranqué la cola con la que se sujetaba a la pared y lo tiré al suelo, le di puntapiés, ya llegaban las voces por el corredor y lo recogí para hacerlo girar conmigo vertiginosamente mientras le gritaba ¡mierda! ¡mil veces mierda! y destruía con su cuerpo las porcelanas, el florero, la radiola y la lámpara del cielo raso para que no volvieran a ultrajar a nadie, para que nadie pueda usar el teléfono y ya no quiero recibir la llamada y las voces entran en la sala pero debo destruirlo todo, absolutamente todo.

16 SOLO UNA MATA TRO TRO, implosionaba el aire chasqueando la lengua. TRO TRO durante todo el día sumergido en su gran escritorio de ejecutivo, absorto en su trabajo agotador que no le permitía salir sino hasta muy altas horas de la noche. Era la fiebre del papel, la picadura de las moscas numéricas formadas en columnas de seis y siete cifras. Sumar y revisar, siempre sentado volver a sumar, no comer, no dormir, revisar y TRO TRO TRO. Almuerzo de pan y Cocacola, multiplicar y dividir. La sensación de estar pegado al asiento empezó a fastidiarlo pero la costumbre fue más poderosa y continuó el trabajo casi hasta el amanecer. Se durmió allí mismo, con la corbata y los zapatos puestos, dejando a su lengua descansar del aburrido TRO TRO y bajo sus párpados cansados, los ojos seguían mirando números y comas, unidad, decena, centena, punto que indica mil, que indica cien mil, que marca millón, que señala el superávit, disimula la plusvalía y no sabe cómo escamotear la cesantía. Esto era cuento viejo y todos lo sabían menos él, administrador infatigable, laborador de tiempo completo, olvidado de su casa y de su cama, del placer y su mujer. La secretaria lo despertaba con cariño maternal cuando al empezar el día lo encontraba dormido como un bebé, las pequeñas manos juntas apretadas entre las rodillas, respirando acompasadamente sobre el pisacorbatas empañado y un pañuelo de seda que trasnocha con él. Por eso a nadie le extrañó. Por eso la secretaria sólo dijo “Tenía que suceder” y cerró la puerta del despacho antes de llamar a la policía. Ya lo había notado y se lo advirtió. Le contó aquello de las raíces pero el jefe no hizo el menor caso del asunto y le recomendó tener más respeto, él era el

17 jefe y no le permitía chanzas a nadie. ¡El colmo de la grosería! Venir a decirle a él, que tenía el pantalón roto porque le estaban saliendo raíces en las posaderas ¡Semejante atrevimiento! Pero las cosas sucedieron y ya no había remedio. Algunos se dejaron llevar por pensamientos piadosos y desearon que tuviera un corazón de durazno, una pepa de aguacate, cualquier cosa que no le permitiera despertar y encontrarse así… convertido en una enredadera, con la ropa destrozada a causa de las mil raíces que brotaban de su humanidad y se prendían al sillón, al piso entapetado, al escritorio. Cuando cortaron la primera raíz brotó una savia rojiza que hizo retroceder al cirujano. Siguieron con la operación, poda por aquí, poda por acá, sin tener en cuenta el líquido que inundaba la alfombra y a cada corte manaba como el agua de un grifo y era demasiado tarde cuando la precoz secretaria chilló haciendo temblar los cristales de la ventana: -“¡Sangre! ¡Se está desangrando!” y los socios -“Hay que sacarlo de aquí”, pero morirá, eso no importa ahora, es preferible, corten esas ramas, no puedo, es un asesinato, qué carajo, al fin y al cabo sólo es una mata, retírenlo con todo y silla, por lo menos vamos a descansar de su maldito “TRO TRO TRO”.

18 EL CARACOL Todo empezó con esa llamada desde el aeropuerto. ¨¡Ay, Alonso! Si no me hubieras dicho: “Voy a traerte el caracol más grande que encuentre en la playa” yo no me habría sentido tan alegre por tener un amigo como tú. ¡Pero lo dijiste! Y ahora estoy metido en la oscura caverna de su vientre y perdido en los mil túneles eternos de sus rugosas estrías. El día de tu regreso me quedé boquiabierto contemplando los colores fantásticos de la maldita concha. La coloqué sobre la mesa de noche y me dediqué a observar su extraña fosforescencia que no me dejaba dormir. Tiraba de mí como un remolque y no pude resistir la tentación de acercarme y tocarla. No sé por qué tenía tanto miedo de un inofensivo y bonito caracol marino. Quizás era por todo el misterio que encierra su forma tortuosa y antediluviana, los rugidos prehistóricos que brotan de su garganta calcárea, el interminable pasadizo que se pierde en la eternidad de su cuerpo en espiral. Pero tenía que tocarlo, investigar, adentrarme en lo profundo de tan maravilloso regalo. ¡Y lo hice! De nada vale gritar ahora. Nadie puede escucharme y el eco de mi propia voz parece estallar como la carcajada de Neptuno, la burla de los dioses dementes, el bramido de doce tormentas huracanadas destrozando mi cerebro. Tal vez sea mejor quedarme quieto, pues al menor movimiento que realizo empiezo a girar en este gran espacio y me enloquece el ruido de las olas al chocar contra las lisas paredes de mi cárcel. Es inútil tratar de agarrarse a alguna cosa. Este infierno oscuro está vacío y el olor a mar es denso como la brisa que me balancea de un lado a otro, a veces suavemente, otras en forma brutal estrellándome contra los muros del averno.

19 Para qué gastar palabras tratando de explicar lo terrible de esta situación. Ya sé que nunca te viste encerrado en un maldito caracol grande como la eternidad y pequeño como un calabozo donde puedes flotar interminablemente al tiempo que chocas contra las paredes y te sientes infinitamente solo y piensas que estás perdido para siempre y el ruido de las olas te hiere los tímpanos y el olor a mar se torna insoportable y te satura la lengua y la nariz y gritas hasta sangrar tu aparato fonatorio pero sólo consigues desesperarte más y más porque únicamente tú escuchas tu propio llamado de angustia. Sé que no puedes comprenderlo y hay algo que me atormenta más aún. Mañana, al despertar el mundo, no van a encontrarme por ningún lado y con el tiempo, algún entrometido querrá arreglar mi cuarto. Entonces verán el caracol y van a tirarlo a la basura conmigo adentro girando como un satélite en espirales marinas con rumor de olas, olor a pescado y sabor a sal de las profundidades y me habrán condenado para siempre. Pero no debes preocuparte, amigo. Gracias a los mil duendes te falla la memoria y olvidaste traer el maldito caracol.

20 W. C. Los inodoros del edificio donde trabajo están constituidos por cubículos metálicos. Las separaciones entre uno y otro quedan un poco altas, a unos treinta centímetros del suelo y cuando hay alguna persona sentada en el servicio contiguo uno puede ver el zapato correspondiente al lado vecino. Quiero decir, que si mi compañero está situado a mi derecha yo podré ver su zapato izquierdo y si se encuentra a la izquierda veré su zapato derecho. Esta mañana entré en el último baño de la izquierda. Llevaba en el bolsillo un pedazo de papel higiénico del que conservamos en la oficina, ya que en los baños no se encuentra. Apenas me había sentado en la taza de color blanco, bastante fría, por cierto, vi un zapato izquierdo que correspondía a un desconocido sentado en el cubículo a mi derecha. Era un zapato de cuero negro, sucio y supremamente viejo. Tenía un enorme roto en el empeine, inclinado hacia donde yo me encontraba. No sé que me hizo girar la mirada y contemplar mi propio calzado. Mis zapatos son de color café, están limpios y brillantes, muy bien lustrados y prácticamente nuevos. Empecé a sentirme mal. Pensé que mi vecino estaba también estudiando mis zapatos, haciendo comparaciones, quizá estaría avergonzado de los suyos, sentiría envidia al ver la gran diferencia entre sus zapatos y los míos, entre la bocamanga de su pantalón raído y sucio y la pierna de mi pantalón limpio, recién sacado de la lavandería. Mi admiración fue mucho mayor cuando por la abertura del zapato viajo comenzaron a salir diminutos niños barrigones y de piernas esqueléticas, raquíticos y despeinados, vestidos apenas con harapos que casi no lograban cubrirlos. Eran miles de seres desagradables

21 exhalando un olor a pañales sin lavar, a cuerpecitos infantiles que no conocían el uso ni la existencia del papel higiénico. Eran los hijos del hombre sentado en el inodoro de al lado, ese hombre pueblo, ese hombre masa, que no tenía papel “toilette” porque costaba demasiado; ese hombre era un país hambriento y mal vestido y yo me encontraba sentado junto a él, con mis zapatos nuevos bien embolados y un pantalón planchado al vapor. Los pequeños gnomos me rodeaban curiosos, algunos más atrevidos empezaron a subir en mis zapatos y sentí miedo. Era el temor de una sociedad que rechaza a los desposeídos, era el miedo a embarrarse de ese pueblo sucio y mal educado, yo era esa sociedad que lucha contra los de abajo para quedarse siempre arriba, sentía miedo al verlos tan mugrosos y eran tantos, eran miles y yo estaba solo, yo era la minoría sentada sobre un trono de estiércol recubierto de loza esmaltada, ellos eran todo un mundo de gente y yo no era más que un grupo reducido y espantado. Entonces moví un pie y muchos cayeron rodando por el suelo frio y mojado a causa de los que orinan fuera de la taza. Me reí. Solté la carcajada más grande que hubiera podido salir de mi boca y lancé una patada contra ellos. Volaron como burbujas de jabón y unos cuantos salieron por debajo de la puerta; no pude ver si estaban vivos, sólo sé que escaparon y sentí alegría, un gusto extraño al saber que habían logrado la libertad, que estaban a salvo de mi poder y mis zapatos pero seguí pisoteándolos despiadadamente, tomé algunos con el papel que había llevado desde la oficina e hice un paquete que aplasté entre mis manos. Brotó sangre. Mis dedos estaban untados de esa sangre viscosa y me vino un vómito intenso, el populacho estaba enfurecido y trepaba por las mangas de mi pantalón, ya eran millones y no pude más, estaba solo, los pequeños hambrientos rugían aterradoramente y me levanté, de pronto comprendí que era el culpable, yo andaba con zapatos

22 nuevos mientras su padre y ellos mismos se morían de hambre, yo pagaba una lavandería y ellos, los millones, no tenían ropa con qué vestirse. Se habían rebelado y yo, la clase privilegiada estaba perdido, no había salvación para mí, sólo me quedaba un camino. Dando manotazos pude deshacerme de los más avanzados, los líderes furibundos que incitaban a la plebe, eran cuatro o cinco y me inundó el coraje, cómo es posible que sean tan pocos los valientes, agarré a los cabecillas y los desmenucé con mis propios dedos pero las fracciones volvían a levantarse, palpitaban y crecían, cada una formando un nuevo ser siempre más decidido a destruirme. Yo tenía la culpa de todo. Los había humillado, maltratado, también ignorado y agredido. Soy una porquería, pensé, me metí en la taza del inodoro y sacando una mano jalé la llave del desagüe.

23 INTROSPECCION Cerró el escritorio, las persianas, la puerta de su lujosa y confortable oficina y entró al ascensor. Tenía toda una noche para olvidar el tormento que encerraba ese despacho: los negocios, la clientela, mil preocupaciones. Una cena liviana, un baño en agua tibia, un lecho blando y limpio para relajarse. Respiró profundo… lento… nuevamente. El ritmo de su respiración se tornó tranquilo, suave, se desvanecieron los brazos y las piernas, luego el cuerpo. Fue sumergiéndose en sí mismo, adentro, más adentro… sólo sentía su mente funcionando, controlando el pensamiento, pero todo estaba oscuro, no había aire. A cada paso tropezaba con recuerdos petrificados, nombres y parajes labrados en granito, palabras esculpidas en mármol. Entonces quiso regresar y todo estaba oscuro, sin aire. Quiso regresar y todo estaba oscuro, no había aire.

24 ALEJANDRO ¡Quién lo creyera! Jamás hubiera imaginado que los tejidos pudieran deshacerse con tanta facilidad, nada más que por el simple hecho de tirar un puntico doloroso pero insignificante en la totalidad del infinito muestrario visible e invisible, interno y externo de una obra cualquiera. ¡Pobre Alejandro! A veces siento deseos de llorar al verlo allí desmadejado en el suelo, no me explico de dónde le salió tanto hilo de colores, él era tan pálido y sin embargo las hebras que llenan el cuarto abarcan todas las tonalidades, desde el rojo vivo hasta el amarillo, gris, verde, violeta, blanco y negro, las hay marrón y semiazul, naranja y rosa. Luego me da risa y vergüenza por reírme, no me estoy burlando de Alejandro ni de la situación en que me encuentro, qué voy a hacer ahora con todo ese hilo enredado si no se me ocurre la manera de volver a tejerlo, nunca me enseñaron a tejer una servilleta, ni siquiera una bufanda. No, no sería una sino mil bufandas largas, con más colorines que un poncho o un sarape. Lo mejor sería buscar la forma de enmadejarlo, sí, hacer madejas recortando las partes de cada color y unirlas hasta formar un tiro extenso, después podría llevarlas a otra parte, no podría vivir con mi mejor amigo guardado en el closet, convertido en bolas de hilo que nadie utiliza, de noche tendría miedo y temblaría mirando eternamente la puerta de las gavetas en el closet fosa. Todo por un simple forúnculo de esos que le brotaban por docenas en la cara y lo tenían acomplejado. Me dijo que no los soportaba, se embarraba hasta los ojos con cuanta crema le recomendaran, yo le aconsejé tomar jarabe de rábano yodado y se tragó dos frascos, pero de nada le sirvieron y me pidió que le sacara el

25 barro más grande de la historia, lo tenía en la barbilla y le dolía demasiado, por fuera no era sino un granito blanco rodeado por una coronilla rojiza y lo apreté con las uñas de los pulgares hasta que saltó una substancia blanquecina que me cayó en la cara, le di un manotazo en señal de disgusto y la cosa se alargó, llegaba al suelo y nos hizo reír a los dos, entonces él comenzó a jalarla y yo muerto de risa, quise ayudarle y jalábamos al tiempo, a cuatro manos mientras se iba desbaratando por dentro sin saberlo, quedó en silencio y se tendió como un muñeco de trapo, yo seguí jalando el hilo, sólo quería salvarlo y no vi que se destejía también por fuera, empezó por los pies y fue subiendo a media que yo jalaba, el extremo daba vueltas por sus piernas y llegó después a la cabeza, la última parte que se desprendió fueron los cabellos negros y ahora está en el piso, abarca todo el cuarto y se enreda en sí mismo además de envolver las sillas y el escritorio, debí hacerlo un montón en alguna parte desde el principio, me va a costar trabajo recogerlo y envolver las madejas.

26 EL VIAJE El muchacho cerró la puerta y las ventanas de su habitación. Tomó un cubo de azúcar que saboreó con placer y encendió la luz roja en un rincón, la única iluminación del cuarto. Se sentó en una almohada en el suelo cubierto de papeles arrugados, botellas vacías de Cocacola y revistas a medio leer. La lámpara roja tomó vida y empezó a palpitar, alargándose y encogiéndose, hacia arria, hacia los lados y todo fue girando alrededor más y más aprisa adquiriendo un colorido fantástico, pasando del rojo al violeta, luego al verde, amarillo, naranja, azul, después formando una mezcla rotante que danzaba revolviendo los matices, creando formas transparentes y ágiles que se disolvían en el aire al cruzarse unas a través de as otras. Todo obedecía su voluntad. El era fuerte, poderoso, capaz de vencer inclusive la Ley de la gravead, volando invisible a la velocidad de la luz por ese espacio grande, interminable. Sintió llegado el momento de la divinización y quiso atravesar aquel muro empapelado con fiches pornográficos. Aumentó la velocidad y se lanzó en picada contra la pared.

27 MENGANO Mi nombre es Mengano y acabo de morir. Era un estudiante de una facultad cualquiera, en esa universidad agonizante, allí, a su espalda. Tenía padre y madre, hermanos y sobrinos. Una chaqueta vieja, dos blue-jeans y un par de botas duras para pisar el barro en la calle de la U. Me mataron allí, cuando salía. Todo fue tan rápido que no tuve tiempo para pensar qué sucedía. Oí el trueno y un carbón encendido chocó contra mi pecho penetrando ansioso, devorando mi ser, llenándome de muerte. Fue corta la agonía. El cielo perdió su color azul espacio, las voces se callaron y las formas se convirtieron en extraños fenómenos distorsionantes. Traté de llevar un poco de aire a mis pulmones, pero escapó de mis manos escondido entre las hojas pálidas de mis cuadernos asustados. Quise gritar, pedir ayuda y sólo abrí los ojos como platillos voladores queriendo fugarse de las cuencas para volar al cielo, alto, muy alto, o caer en el infierno, abajo, a mil años luz del Polo Sur. El frío se apoderó de mí junto con el sueño y empecé a flotar en este espacio inmenso donde hay sólo tinieblas, silencio y soledad. Me embarga una sensación de vacío y puedo ver y pensar, mas no moverme ni obrar como quisiera. Avanzo con rapidez vertiginosa y no tengo miedo de chocar ni hacerme daño pues no poseo matera. Ahora lo comprendo todo ¡He muerto!

28 FERNANDO Hace dos meses que empezaron a ocurrirte cosas extrañas y ya me tienes preocupado, Fernando, porque soy la víctima directa de tus bromas, si acaso lo son, o de tu manía de andar disparando la cámara fotográfica en todas partes y a cada rato. Tú crees que eres el único afectado por las alucinaciones, desde que tomaste la foto del caballito blanco que trotaba hacia ti, de frente, y desapareció al oprimir el disparador de la Nikon F. Eso fue un lunes, lo recuerdo muy bien. Llegaste pálido y silencioso pero yo te conozco y me di cuenta de que querías desembuchar alguna cosa. No pude menos que reírme al escuchar la historia del caballito blanco, pero de noche, en el laboratorio, me quedé mudo y tuve que tragarme la risa. No fue más que abrir la máquina y ver cómo salía un cuadrúpedo color de nieve relinchando nervioso y tirando patadas a las mesas. Yo sentí mucho miedo y no lo detuve cuando se bebió el revelador y masticó las películas colgadas a secar en el alambre. No fue que se perdieran, Fernando, pero no quise o no pude confesar la verdad. Creí que estaba loco que no era más que un sueño y que lego aparecerían los negativos. Pero no aparecieron y te enfureciste conmigo sin pensar que tú eras el culpable por traer al maldito equino en la cajita de Pandora. Unos días después quisiste captar la escena de las quinientas palomas en el parque San Luis y se te vinieron en picada, una detrás de otra penetrando a través de la lente con un sordo rumor de alas y los pechos henchidos de tanto arrullar pichones en las tres de a pequeña iglesia parroquial. Te marchaste temprano y sin advertirme nada. Por poco sufro un colapso al caer envuelto en esos pájaros de mierda que me golpeaban con las alas y

29 revoloteaban por el cuarto ensuciando encima de la mesa y la ampliadora, regando con nervioso aleteo el agua y el fijador. Me pasé toda la noche arreglando el desorden, recogiendo papeles desperdigados en el piso, lavando la porquería que las sucias mensajeras de la paz dejaron en toda la pieza. Estaba asustado y aún así continuaste tu trabajo y mi suplicio, “nuestro” suplicio, Fernando. Tuvimos que agrandar la puerta para sacar un auto de carreras, los sauces llorones que tu cámara robó a orillas del riachuelo en Tunja, el dorado trigal a punto de cosecha, a torre del monasterio que trajiste de España. Todavía siento terror al recordar la mano del pordiosero suplicando unas monedas. ¡Estaba viva! Caminaba con los dedos y se prendió a tu zapato. Fue necesario deshacerte de él para lanzarlos juntos a la calle. Tampoco puedo olvidar el asombro de la muchacha con cara de inmaculada que desvaneciste en la cancha d tenis, ni de la escasez de palabras que sufrimos para explicarle el complicado embrollo y lograr que se fuera sin hacer preguntas. Todo lo perdoné. Compartí contigo lo absurdo de esta aventura pesadillezca, e inclusive te ayudé silencioso, con el cabello erizado y el corazón golpeando en el pecho como una locomotora, cuando al abrir la cámara encontré el cadáver ensangrentado que fotografiaste en un accidente. Juntos nos libramos de la valiosa cabeza del militar que nos miraba con ojos desorbitados olvidando la compostura y la dignidad propias de su rango. Sentí que esos ojos me insultaban y pensé en insultarlo, mas, nunca habría sido capaz de hacerlo. Creo que cerré las compuertas de todos mis sentidos cuando los dos cogimos con nuestras propias manos esa cabeza medio calva. No sangraba, estaba como esperando que la devolvieran a su sitio.

30 Luego vienen esas pesadillas que te aniquilan, Fernando, tomando fotos a los soldaos que pelean con nosotros por culpa de unas islas y las balas vienen hacia ti que no puedes dejar de disparar la Nikon contra ellos y empiezas a sudar, los proyectiles se acercan en cámara lenta y temes que la máquina no pueda detenerlos, pero una fuerza superior a la voluntad y al miedo aprieta el botón que acciona sin cesar el botoncito de succionar las cosas. Ahora soy yo quien no puede dormir pensando qué sucedería si las balas se encierran en la Nikon sin traspasar tu cráneo y escapan después en el laboratorio y yo estoy solo, encerrado en la penumbra, protegido únicamente por el delantal blanco y levanto la tapa de la extraña cámara y estallan ms oídos al ruido de cañones y bazucas, no hay tiempo para huir, centenares de aguijones quemantes penetran en mi cuerpo, todo se llena de humo, huele a pólvora y los proyectiles rebotan en las paredes y me caen a mí zarandeándome de un lado para otro, recuerdo mis días en el ejército, las películas de guerra y mi primera novia, la finca del abuelo y las balas desgarran mi pecho, pienso en tus pesadillas y una granada revienta junto a mi cabeza, el maestro que me pegó con una regla y ya nunca sabré si tuviste o no la culpa.

31 POLIGONO -¿Listo a la derecha? -¿Listo a la izquierda? El oficial dio la orden y oprimí el disparador del F.A. calibre punto treinta. La aguja del percutor empezó a funcionar accionada por los componentes de la caja de mecanismos y los gases producidos por la pólvora de los cartuchos. Por la boca de fuego salían invisibles proyectiles rápidos como el rayo, que iban a clavarse en el muro de contención, detrás de los blancos de papel, perforados como un arnero. La vibración del arma contagiaba mis manos y brazos y la fuerza continuada de los disparos levantaba la trompetilla del fusil-ametralladora haciendo que mis músculos se tensaran y la mano izquierda empleara toda su energía para que las balas o fueran a herir e cielo azul y limpio. Los pies, clavados en el suelo con firmeza, sostenían mi cuerpo vibrante al ritmo veloz e los estallidos casi confundidos en un solo tra-tra-tra. El temblor de todo mi ser nubló mis ojos y creí perder el objetivo; apreté los dientes con rabia y recuperé el control. Cesó el traqueteo y el animal mecánico calló de pronto. Seguía allí, e mis manos (creo que estaba muerto), pero lo sentía aún caliente y en mí perduraba su estertor convulsivo y en mis oídos resonaba todavía su extraño rugir tartamudeante.

32 SAPO El club estaba repleto de socios, amigos y familiares de los accionistas. El humo de cigarrillos nacionales e importados llenaba el ambiente del salón dedicado a las canchas de “Sapo” y flotaba entre los jugadores como una nube de ectoplasma que subía hasta las lámparas colgantes del techo alto, propio de las casas antiguas y colmadas de leyendas. Las pequeñas y metálicas argollas arrojadas con pericia, entraban por los diversos orificios marcando al caer por oscuras cavernas de madera, cifras tales como dos mil, quinientos o cien. La mujer de un borracho lanzó la ficha de hierro; ésta saltó de su mano hacia la boca entreabierta del cúprico batracio y un coro resonó entre la música y el humo entonando jubiloso: ¡Sapo! ¡Sapo!

Aquella proeza de salón representaba cinco mil puntos, los necesarios para asegurar la victoria del equipo en un partido programado a cincuenta mil. El animal deglutió la argolla con voracidad, produciendo un agradable “crunkch, rrrr, plapt”, cuando el objeto recorría el camino entre sus vísceras. La luz se apagó y al callar la radiola todos los presentes acogieron las sombras con un sordo murmullo de disgusto. Esperaron impacientes el retorno de la energía eléctrica, mas, su inocente deseo no pudo ser satisfecho. Estos apagones eran tan comunes que ocurrían casi a diario en la desorganizada población sureña. El viernes cultural había fracasado.

33 LEONOR No sé por qué el cielo raso aún se conserva sobre nuestras cabezas. Ha llovido sin descanso durante los últimos ocho días y el edificio está saturado de agua hasta los cimientos. El piso del salón de clase, húmedo y frío, me deprime y hace pensar absurdamente en el paraguas de Leonor, tan bonito y diferente. Tampoco sé por qué tengo que pensar en Leonor si nunca la he visto. Sólo sé que tenía un paraguas de color violeta con cuadros azules y un manguito blanco para sostenerlo sobre su cabecita rubia, porque tiene que ser muy rubia y con ojos bien claros para resaltar bajo el sol o la lluvia. Me siento infeliz al recordar su imagen recortada contra el sol como una silueta de pana nueva y limpia y me entristece más el saber que usaba ese paraguas que creo ver recostado en un rincón del cuarto mientras afuera continúa lloviendo. No entiendo este infinito amor por ella. A lo mejor ni existe. Pro he pensado tanto en su dulce cariño y su hermosa figura, que se me hace imposible aceptar su irrealidad. Tiene que existir. De lo contrario ¿Cómo iba a usar el paraguas? Debo tener fe. No hay motivos para perder la confianza. El día menos pensado la he de ver caminando bajo la lluvia con sus pequeños pies humedecidos, liviana y enamorada del invierno. Vendrá por una calle fría, testigo del encuentro y mi rubor al no encontrar la palabra clave que inicie nuestra primera conversación. Leonor. En verdad tu nombre no me dice nada, es tan sólo un nombre como cualquier otro, pero me sirve para identificarte entre todos los sueños. Anoche me besaste al despedirnos y hoy no pude atender en clase por estar pensando en el sabor de tus labios. Debe ser maravilloso poder besarte, caminar abrazados y ayudarte con el manguito banco del paraguas que nos protege de

34 las gotas azules y verdes que caen desde el cielo nublado y avanzamos despacio, de vez en cuando nos miramos y en tus ojos se presagia el verano y sonríes mostrando los dientes blanquísimos sin importarles ningún aguacero. Alguna cosa estúpida me está preguntando el profesor, pero no me importa. Es mejor recordar tu próxima venida al mundo de la esperanza. En el tablero aparecen y se esfuman palabras que no entiendo y se me ocurre que el maestro es un mago: “Nada por aquí, nada por acá” y en eso queda todo. Mañana tendré que pedir los apuntes de mi compañero. El anota todo porque no tiene en quién pensar. Me da lástima mi compañero, siempre atento a los pases del malabarista. Me gustaría saber si leíste mis poemas, Leonor, pero no sé dónde vives y no puedo preguntarte. Es terrible ignorar el lugar donde se encuentra la persona con quien siempre soñamos. Sin embargo, no podría perdonarte que no leyeras mis poesías. Las hice para ti, escuchando la lluvia que golpea la ventana del salón de clases. Me ha parecido eterno este semestre sin encontrar a mi Leonor. Bueno, la verdad es que nunca la he buscado. Dónde iba a buscarla si lo único que recuerdo de ella es el paraíso interminable de sus ojos, la pureza perlada de sus dientes, la ternura musical de su voz, el sabor de sus labios y el trigo maduro en los cabellos. Tal vez pudiera orientarme su paraguas, pero quién sabe si lo lleve siempre consigo a todas partes. Dejó de llover y todos han salido. Ya no veo el paraguas en el rincón donde se secaba y vuelvo a dudar de la existencia de Leonor. Perdí toda la clase pero estoy pleno de tristeza y depresión. Es muy agradable estar deprimido y sentirse tan solo. Así puede uno soñar con lo que quiere, aunque el circo termine y el paraguas desaparezca y lo manden a uno con sus ensoñaciones a otro lado.

35 SE HA PERDIDO UNA SOMBRA No sabía qué pensar. A veces creía que estaba volviéndome loco y en otras ocasiones consideraba la posibilidad de una paranoia progresiva metiéndose en mí como en su propia casa. El asunto comenzó una tarde cuando me encontraba en la terraza y escuché una voz que me llamaba. Oí perfectamente mi nombre y miré en todas direcciones sin hallar rastro de ser viviente en los alrededores y además, yo estaba solo en la casa, nadie me acompañaba como sucedía siempre los sábados en la tarde, pues todos aprovechaban el fin de semana para hacer sus visitas a los demás familiares, o simplemente iban al cine. Procuré no prestar atención ni importancia al suceso y no habiendo visto a nadie, atribuí tal cosa a mi imaginación. Sin embargo, en los días sucesivos escuché la voz en cualquier sitio donde me encontrara: en la oficina, en la calle mientras esperaba el bus, en casa de un amigo, en todas partes y la angustia se me fue colando entre los huesos, crecía en mi todo y estaba enloqueciéndome. Un día, creo que era lunes, únicamente recuerdo que la campana de una iglesia vecina marcaba las dos de la tarde y me dirigía al trabajo, el sol alumbraba la tierra como pocas veces lo había hecho en este año lluvioso y proyectaba las sombras que se distorsionaban en el suelo y en todo cuanto les sirviera de soporte. Jamás me había preocupado por mi sombra, nunca había pensado en ella y el destino hizo que en esta ocasión mis ojos la buscaran. ¡No estaba! Fue en vano todo intento por encontrarla. Toda la gente que pasaba por mi lado tenía su propia sombra moviéndose como una serpiente negra atada a los pies, descubrí que algunos la llevaban arrastrando detrás y en cambio otros poseían una que

36 como si estuviese amaestrada, iba siempre adelante y había quienes la llevaban hacia un lado. Pero yo no tenía sombra y me froté los ojos con el dorso de las manos, parpadeé infinitas veces y me dije: “Estoy cansado, todo es producto del cansancio, quizá solamente un efecto óptico causado por los rayos solares, pronto pasará”. Me subí en el bus camino a la oficina donde tampoco encontré a mi negra sombra. Entonces sí que me angustié de verdad. No tener sombra es como si la mitad de la persona se hubiera quedado por allí a la buena de Dios y se desespera uno pensando mil cosas acerca de lo que pudo o no haberle pasado, cómo es posible que una sombra tan unida a nosotros desaparezca de un día para otro sin dejar huellas, pero claro, una sombra jamás deja huellas ni rastro y ahí está la mayor dificultad para encontrarla. Las voces que pronunciaban mi nombre se presentaban de vez en cuando y opté por salir a la carrera en su persecución con la esperanza de encontrar al que me llamaba, empezaba a sospechar que era ella, mi sombra, pero nunca podía ver a nadie, alguien me dijo que en realidad podía ser la voz de mi sombra que me necesitaba, ella tampoco podía vivir sin mí, por eso me buscaba, pero vaya uno a saber qué demonios le pasaba para no acercarse y tomar mis pies con toda la fuerza de su negrura para ya nunca jamás volver a soltarse. Muchas personas se dieron cuenta de mi desgracia y eso fue mi perdición. Me rodeaban curiosas mirando el suelo a mi alrededor, se burlaban y reían a costa de mi sufrimiento. Ni siquiera sé por qué le cuento esto a usted ahora, a lo mejor también se está riendo y no es justo, póngase en mi lugar y trate de imaginarse lo que le puede suceder si su sombra lo abandona y se convierte en un espécimen rarísimo, es posible que no falte quien lo considere un vampiro del siglo antepasado y proponga que lo lleven a la hoguera. Seguro que eso ya no le causaría ninguna gracia. Tampoco a mí me pareció

37 una maldita gracia el que ms vecinos llamaran a la autoridad eclesiástica para solicitar un exorcismo en mi casa y en mi propia persona, que ya tenía bastantes preocupaciones como para soportar a un exorcista danzando alrededor de mí, echándome agua bendita hasta por las orejas. Por eso lo mandé al carajo. Mejor dicho, le envié a exorcizar al mismo infierno y eso comprobó, según ellos, la posesión de que yo era objeto y materia. Han pasado muchos meses desde entonces. Tuve que huir de mi pueblo y establecerme en esta gran ciudad donde nadie me conoce ni se fija en nadie. Es verdad que ya encontré a mi sombra, la hallé una tarde al ponerse el sol. Estaba desfallecida y a punto de morir envuelta en la densa oscuridad que venía con la noche y no fue difícil colocarla nuevamente en su sitio, aunque de nada me ha servido la alegría del primer momento. Ahora debo alimentarla con luz, duermo con la lámpara encendida, camino debajo de los faroles en la calle y durante el día me veo obligado a soportar el sol que calcina mi cráneo y mi esclavizada humanidad, pues corro permanentemente el peligro de volver a quedar sin sombra. Ya me ha sucedido en varias ocasiones, que en un momento de distracción atravieso una calle oscura o entro en una habitación sin luz y una fracción de segundo es suficiente para que ella aproveche la oportunidad y se lance al escape. Soy un esclavo de mi propia sombra, me siento incapaz de abandonarla cuando se ha perdido y entonces comienza nuevamente mi lucha para no ser un cuerpo extraño a los ojos de los demás humanos.

38 INFARTO -Buenos días, señor. O quizás debo decir ¿Buenas tardes? Reconozco que es extraña mi pregunta, mas, la verdad es que no sé dónde me encuentro. Estoy tan desconcertado y el ver a todos los de aquí transparentes como el cristal y livianos como las mismas nubes creo que voy a enloquecer. -Esto es el espacio, amigo mío. El espacio eterno en el tiempo y la distancia. Usted llegó hace poco. ¿No recuerda? -No sé cómo vine aquí. Iba camino al trabajo y sentí un terrible dolor. Primero en el brazo, luego en el pecho. Fue como si la vida se desprendiera dentro de mí, como si una tijera cortara algo junto a mi corazón. Sólo eso. Un intenso dolor y luego las sombras, densas, impenetrables. Por un momento me pareció soñar que había alguien a mi lado, escuchaba voces y ruidos pero después callaron todos y me envolvió el silencio. Ahora me sorprende el verme suspendido en el aire, tan cerca y tan lejos de todo. ¿Estamos muertos? ¡Vaya! Es increíble. Y yo que tanto miedo tenía de la muerte. ¿Sabe usted? Soy muy feliz. ¡Sí señor! Soy muy feliz.

39 LA CARCAJADA Hoy he vuelto a sentir la carcajada. Fue cuando estaba afeitándome frente al espejo del baño. Tenía el mentón levantado y miraba casi al cielo raso. Pensé que por fin iba a salir y me dejaría descansar de una vez y para siempre, pero no fue así. Se quedó columpiándose de arriba para abajo, de abajo para arriba, metida en el conducto estrecho de mi garganta. Es una carcajada impertinente y por demás fastidiosa. Entre otras cosas, es una carcajada adulta, debe tener mi edad pues nació conmigo, si acaso no es una reencarnación de otra risa. A veces pienso que en su vida anterior fue una carcajada malévola y que ahora se encuentra condenada a vivir reprimida dentro de mi cuerpo sin que pueda jamás asomarse a mi boca. Lo malo de esto es precisamente que haya sido yo el escogido para soportarla y sentir continuamente sus correrías a través de mi interior. En algunas ocasiones no da señales de existencia y es peor la incertidumbre al imaginar que por fin ha desaparecido o que simplemente está durmiendo antes de lanzarse nuevamente a la carga en el momento menos oportuno. Hoy, precisamente, terminó uno de sus más largos lapsos de reposo, quizá de tristeza, porque debe tener sus fases depresivas que creo corresponden a las etapas de silencio y quietud, las cuales anteceden a los ataques de euforia. No es que me moleste su tristeza, pero me preocupa el siguiente arranque de emotividad, pues entonces ocurre lo de aquella vez cuando tendí mi mano al presidente de la compañía y la carcajada trató de salirse por debajo de las uñas y empecé a temblar ante el asombro de las directivas y mi mano se convulsionaba incontenible, algunos creyeron que estaba enfermo y

40 otros que me burlaba de ellos, que era una payasada sin nombre y sin ninguna gracia. Suele ocurrir también, que desesperada al no poder escapar por ninguna parte, corre de un lado a otro, se enreda en mis articulaciones, choca contra los codos al tratar de avanzar demasiado rápido por los brazos y eso me duele, muerde mi estómago, las rodillas, cuando no trata de asfixiarme cruzándose en la garganta, atascándome la lengua o cualquier cosa que pueda hacerme daño. Hace un rato estuvo aquí, no quería dejarme escribir y se empeñó en moverme las manos. Tiraba de los músculos del brazo derecho hasta hacerlos doler, se metía entre el codo, entre las coyunturas de los dedos o en la muñeca, para que no pudiera oprimir las teclas de la máquina. Del brazo derecho pasaba al izquierdo y viceversa, mil veces, muchas más, hasta el punto de enloquecerme, ya la siento de nuevo rondando por mi nuca, creo que quiere matarme, ¡sí!, esta vez logrará ahogarme, estrangularme, no sé qué demonios va a hacer pero está decidida a eliminarme, se ha cansado de estar prisionera, se cruza en la tráquea, afloja la tensión y baja al pecho, maldita carcajada no te metas con mi corazón, haré lo posible por dejarte salir al menos una vez, todas las veces que quieras, podrás salir cuando lo desees, no toques mi corazón y ven hacia la boca, te juro que he de reír como no lo hice nunca. Es increíble pero ha cedido, está quieta en algún rincón de mí mismo y no sé dónde, pero en cualquier instante volverá, la conozco muy bien, puede aparecer en un hombro o en un tobillo, será mejor dejar de escribir por ahora y dormir todo lo posible, tal vez así se tranquilice.

41 PROFE De veras lamento lo sucedido, profesor León Jaime, ya sé que todos transpiramos, unos más que otros, pero a usted se le fue la mano y echaba gotas por cada poro de su piel. Sudar no tiene nada de malo y eso lo comprendo, pero cuando uno anda empañado a toda hora y moja los pañuelos con los que seca cuello, cara y nuca al entrar y salir de clases, al tomar un simple tinto o un buen plato de sopa, entonces hay que pensar que puede evaporarse, es necesario beber agua, mucha agua, pero usted no hizo caso y continuó sudando sin reponer los líquidos que agotaba en cada pepita brillante brotando por los invisibles huequitos de la piel. “Mientras haya transpiración habrá vida”. Eso nos dijo, el profesor Pinzón fue testigo y se rió junto conmigo, ahora ya no reímos, la verdad es que lo queríamos mucho y alumnos y maestros lo llamábamos cariñosamente “Zapatica”, las cosas son así, nadie notó que usted se iba desvaneciendo poco a poco, estaba evaporándose y sólo nos dimos cuenta cuando no había remedio porque era transparente. Yo sentí algo muy raro al mirar a través de sus manos y de su cabeza, parecía que la ropa había crecido pero la realidad era otra, usted se estaba encogiendo y ahora ya no está aquí, le tengo tanta envidia, profe, poder convertirse en un ser etéreo que vuela por allí sin que la gente lo empuje y lo regañe, elevarse en el viento y viajar al sitio que le dé la gana sin pensar que no tiene dinero para los pasajes de ida y vuelta. Yo, en su caso, perdone la falta de prudencia, me largaría ya mismo al Medio Oriente, al Asia Menor, a Europa, se debe aprender mucho acerca de la historia visitando Egipto, luego Grecia, Italia, Francia, España, el Mar Muerto y tantos otros sitios, pero quién sabe si después de esfumarse uno puede hacer todas estas

42 cosas. Creo que tomaré un vaso con agua para evitar cualquier suceso inesperado, no es que tenga miedo, es solamente que aún no termino el semestre y debo repararme para los exámenes finales.

43 LA DUCHA La ducha está lista. El agua tibia alarga suaves tentáculos vaporosos, ansiosos de acariciar su cuerpo desnudo, modelo de mujer. Deja a un lado la levantadora, se quita las sandalias y se sumerge en la lluvia deliciosa y enamorada. Dirigiéndose al espejo contempla su rostro bien dibujado, acaricia su cuello, entreabre los labios tiernos y rojos, desliza los dedos a través del universo primaveral de su figura. Toma el jabón de almendras perfumadas y lentamente va cubriéndose de espuma blanca y olorosa. Piensa en un cisne de plumas frágiles y níveas y suspira sabiéndose tan bella. Regresa en busca del agua y empieza por introducir un pie diminuto cual perfecta obra de porcelana y sus divinos ojos reflejan el aturdimiento y la sorpresa que brotan agigantados en su mente. Lleva las manos a la ducha y de su albo cuello escapa un grito de terror. La espuma fragante se desliza arrastrada por el líquido, pero ella se desvanece a medida que el jabón la abandona. Ya no puede ver sus piernas columnarias, su cadera ondulante, el pecho firme ni sus manos gaviotas. Poco a poco se deshace y el agua la lleva entre sus pliegues convertida en burbujas que huyen veloces por el pequeño desagüe para perderse en la oscuridad de un tubo angosto por el que asoma un débil hilo de vapor.

44 LUZ STELLA La primera vez que vi tus ojos fue cuando asistimos al curso de mecanografía y a pesar de mi timidez natural, logré integrarme al grupo que conversaba fuera del salón de clase. Eras la chica más bonita y durante esos pocos minutos busqué la oportunidad para encontrarme frente a frente con esa mirada azul tan tuya, pero era imposible, no me miraste ni una sola vez y luego, cuando entramos a clase te sentaste atrás y no pude volver a verte. Debo confesar que sueño demasiado y desde entonces, el tema de mis ensoñaciones fueron tus ojos claros que giraban permanentemente alrededor de mi existencia. La imagen de tu cuerpo se había transformado en mi ángel guardián y vagaba conmigo en las regiones irreales de la fantasía. Sin importarnos que fuera invierno o verano correteamos juntos por las playas doradas de mi febril imaginación y nos tendimos acezantes en los verdes pastos de una colina fresca para observar extasiados los atardeceres rojizos pintando el horizonte. Eran sueños hermosos que jamás te conté y ahora no puedo hacerlo. Tanto fue mi amor que me acerqué hacia ti sin que te dieras cuenta, sin darme cuenta yo mismo, llegué a tu lado una mañana, hace algún tiempo que ocurrió y nunca lo supiste porque jamás te fijabas en mis ojos, si alguna vez te hubieras tomado la molestia de mirarme habrías descubierto tantas cosas pero no fue así, soñé que me transformaba lentamente en algo ligero, liviano como una mirada, en los sueños puede suceder todo y la metamorfosis avanzaba desde la yema de mis dedos, poco a poco hasta llegar a mis ojos y me convertí en una mirada, simplemente en eso, una mirada silenciosa que tenía libertad de movimiento, libertad para pensar y obrar, aunque lo último era relativo

45 y lo vine a descubrir en el momento cuando nos encontramos frente a frente, supe que estabas enferma y corrí a tu casa, por vez primera sonreías y no hubo control en mi ser intangible, me fui acercando a tus ojos que me halaban como el abismo de un mar azulmente profundo y llegué a tus pupilas, yo no era más que una simple mirada y me metí en tu mirada, un vértigo recorrió toda mi felicidad y me sentí penetrar suavemente en ti, con toda mi ternura, jamás te diste cuenta y nunca lo sabrás, pero yo vivo en ti desde ese día, ahora miro por tus ojos y tu mirada azul se ha fundido conmigo y somos uno solo.

46 SU OLOR Sentí deseos de levantarme y gritar: “¡Hipócritas, fuera de mi casa!... pero me contuve y continué sumido en este silencio que se prolongará por siempre. Me pareció ridículo cuanto hacían, una payasada inútil y absurda el espectáculo de todas esas plañideras gratuitas, entrometidas asistentes a mi casa sin invitación y la docena de compinches que entre rezo y rosario, pater nóster y avemaría, exaltaban mis cualidades y favores antes no descubiertos, anónimos e inexistentes para muchos de ellos. Era una parodia sucia y me dio asco. Aquellos muñecos causaban repugnancia con su fétido olor a pálidos y acongojados dolientes “íntimos” de quien “era tan bueno”, “y lo inteligente”… -Pero si yo lo vi ayer y estaba como si nada -Yo no podía creer cuando me avisaron -Siempre fuimos como uno solo -Era tan generoso -Y noble -Eso sí. Nunca tuvimos una queja en su contra. Fue un hombre sin tacha, sin una mancha que empañara su dignidad. -Y su honor. -Todavía sigo sin creer que esté allí… así… Pasó la noche. Amaneció y corrieron a mi lado mirándome con ojos incrédulos que nada podían significar a pesar de querer demostrar todo lo contrario a la vista de los presentes. Les costó buen trabajo levantarme y salir a la calle donde más curiosos contemplaron el cortejo lloroso que lentamente avanzaba detrás de mí, como si yo hubiera sido un pastor guiado su rebaño. Sonreí satisfecho al pensar que ellos, tarde o temprano, irían a parar al mismo sitio y pasarían por lo

47 mismo que en aquellos momentos les producía tanta tristeza y compasión. -¡Ay! Pobrecito. Y lloraban y gemían envueltos en sus trajes negros, señal de luto y sufrimiento. Siguió una misa que me pareció eterna, la más larga de cuantas me había tocado soportar. El cura entonaba salmos, levaba sus blancas manos y gesticulaba sin cesar. Pero tenía que terminar. Un coche nos condujo al cementerio y el panteonero hizo gala de conocimientos e cuestión de entierros. Entré empujado a un oscuro túnel de cemento y ladrillo. Deseaba que todo concluyera y me dejaran en paz, de una vez por todas y entonces me llegó su olor. Ese perfume inolvidable. Oí su voz, su llanto entrecortado por sollozos amargos, me nombró, me nombró y sentí palpitar todo mi ser, mi corazón clamó a la vida y el sepulturero continuaba imperturbable su labor. Ella estaba allí, a mi lado, sentí amarla con locura y aquel hombre colocaba más ladrillos a mis pies y los cubría con cemento. Tenía que vivir y amé la vida que era ella misma y todo calló. No vi más luz ni escuché sus palabras y ella estaba allí, a unos cuantos centímetros de mi fosa.

48 EL CHISME Bramaron los cielos estremeciendo las nubes y miríadas de rayos huyeron espantados lanzándose hacia la tierra en busca de refugio. En la cima de lo misterioso, el dios maléfico clamaba a gritos la presencia de su hija predilecta, bella como todas las hijas del mal, nacidas y hechas así para someter con su hermosura a los mortales ingenuos, crédulos, estúpidos. La diosa llegó hasta su padre y éste dijo: “Irás al mundo inferior, debajo del espacio azul, allá donde moran los hombres. Debes partir ahora mismo y no regresarás hasta haber cumplido la misión. Sembrarás el mal entre los humanos, no descansarás mientras haya un solo ser que conserve la confianza en otro, destrozarás lenta y ladinamente la fe que se profesan, los adularás a fin de envolverlos en tus redes y luego inyectarás en sus corazones la cizaña, no debe quedar nadie en pie, uno a uno habrán de sucumbir bajo tus intrigas y engaños. Usa la verdad como arma cuando pueda perjudicar a alguien, pero utiliza la mentira como escudo y ariete con el cual golpearás cerebros y conciencias. Cuando hayas destruido todo, absolutamente todo, entonces regresarás a mi seno y serás bien recibida entre los tuyos. Pero no falles, no cometas errores, pues sabes cuál es el castigo para los inútiles y ya conoces mi ira”. Así, la hija del dios Chisme descendió hasta la Tierra llevando guardados en su corazón los monstruos, regalo e su padre, aquellos que habría de utilizar contra las víctimas incautas, unas criaturas llamadas hombres. No podía haber encontrado mejores acompañantes para su cometido. Eran seres repugnantes y extraños, mezcla de antiguas Erínies, Medusas y Quimeras, Arpías, Grifos, Cancerberos, Cíclopes y Sátiros enfurecidos. Pero todos cabían perfectamente en sus entrañas.

49 Tomó la forma de mujer y al cabo de los años, cuando conoció bien a los humanos, su mente, sus pensamientos y debilidades, empezó a trabajar. El mejor ambiente para sus propósitos se encontraba en una gran empresa en la cual había hombres mujeres, frágiles todos, fáciles de controlar y dispuestos a secundarla. Su gran inteligencia la llevó a ocupar un puesto superior al de sus compañeros y desde allí fue descargando lentamente la hiel de su interior. Se granjeó la voluntad de muchos y les inculcó el resentimiento hacia los demás; mentía con placer y devoción acusando a unos y otros, cada uno a su debido tiempo y circunstancia, calumniaba gozando y gozaba en la calumnia. La hipocresía era infinitamente desarrollada a medida que penetraba en el círculo de los mortales, fascinados por su amabilidad, rendidos ante el poder de convicción que tenía su personalidad, arrodillados, postrados a los pies de su figura carismática. Ocurrió que apareció un hombre, recto en sus principios, maduro en sus conocimientos y conciencia, enemigo de las intrigas, el chisme y los engaños. Fue inmensa su sorpresa al descubrir que aquel era el nido de las maquinaciones destructoras de amistades y confianza en los hombres, ese era el centro de operaciones de una diosa extraña, enviada del aveno para decapitar el amor. Pero él no dejaba las cosas en desorden, quería arreglarlo todo y no sentía miedo ante las dificultades. Sobre todo, estaba preparado. Ya anteriormente había peleado batallas de esa naturaleza y ahora, desde el primer momento sus ojos penetrantes descubrieron a la hija del dios Chisme, la traspasó con su mirada y vio los asquerosos guardianes que alimentaba en el corazón. Y estuvo prevenido. Ella era lista, demasiado lista y notó el peligro. Acudió a su padre para solicitar ayuda y éste, amantísimo y complaciente la dotó de nuevos poderes. Así continuó

50 minando la voluntad de los hombres. Desde el Orco recibía el auxilio necesario y las manos del dios Chisme se extendían alrededor de ella protegiéndola paternalmente. Eran unas manos como de pulpo gigantesco, abarcaban el mundo entero, eran unos ojos de fuego que penetraban los corazones descubriendo los puntos débiles de cada ser. Cada criatura tenía su talón de Aquiles y ella golpeaba allí, donde más daño podía hacer. Y la gente creía en ella, escuchaba atentamente sus comentarios y miraba con recelo a sus hermanos, empezaban a odiarse mutuamente mientras ella sonreía en silencio, satisfecha de su obra, segura de agradar a su progenitor y dios, quien desde su trono ensangrentado asechaba al mundo protegiendo a su hija y agitaba las alas plenas de serpientes, apretaba a los hombres entre sus tentáculos y los oprimía dolorosamente acercándolos a su eterno cuerpo verde oscuro, deforme y sucio, fétido como la mortecina descompuesta durante los siglos de los siglos expuesta a los efectos de la eternidad. Pero era bueno para su hija, la cuidaba, la amaba, no dormía siestas ni descansos a fin de no bajar la guardia. El mismo luchador infatigable, el moderno Aquiles, el moderno París, el Ulises de la actualidad, Ayax, Prometeo, Belerofonte, está siendo envuelto en la telaraña tejida a su alrededor. Ya prestaba oído a los chismes, dudaba de las personas, propagaba un comentario, miraba de reojo a los acusados, murmuraba a espaldas de las víctimas. Pero sabía luchar. Lenta, pacientemente, fue cortando uno a uno los hilos que trataban de aprisionarlo. Poco a poco fue destejiendo la red tramada en los extremos de las oficinas y pasillos, encima y debajo de los escritorios, en las cestas para los papeles arrugados, en los inodoros, delante y detrás de las puertas, en las alfombras y las lámparas, en toda parte y rincón en donde la diosa hubiera clavado una chispa de maldad, en

51 cada centímetro de espacio, en cada corazón en el cual ella hubiera puesto el sello de su reino pestilente. La diosa no estaba sola, tenía prosélitos y admiradores, seguidores fieles dispuestos a dar la vida por ella, tenía a su padre dirigiendo la operación desde el mundo nebuloso. La guerra se hizo cruel, los combatientes caían en ambas partes, los cerebros derramaban su materia gris manchando los papeles y documentos que pasaban por las oficinas, los corazones sangraban pero la lucha continuaba abierta. Se amplió el radio de acción. La batalla incluía secciones aledañas al trono-escritorio de la princesa maligna, se pisoteaba sentimientos tendidos en los corredores, sentimientos heridos que agonizaban sin auxilio y las heridas eran incurables; ella, la representación de Helena, Cirse o la Quimera, bebía las lágrimas de sus esclavos, los prisioneros que peleaban por defenderla, los partidarios ciegos que se lanzaban a la muerte por complacerla. Nada pudieron contra ella la Cordura, el Buen Juicio, el Pensamiento ni la sabia Razón, bajados de las nubes purísimas de las alturas para tratar de derrocarla. Ya el reino estaba integrado y era fuerte, era un mundo pequeño pero rodeado por murallas indestructibles y los dioses benéficos se vieron obligados a escapar hacia el espacio abierto. No soportaron el hedor, eran demasiado puros para vivir un solo día entre la podredumbre. El chisme ha tejido una coraza insalvable sobre su pequeña colonia en la Tierra, ha dejado caer su baba espesa, verdosa y con ella rodea por todas partes el territorio adquirido por su hija, escupe, vomita, es su conquista, se siente tan feliz que ya no recuerda la presencia de la diosa, sonríe con sus dientes podridos, ennegrecidos por la eternidad, reduce el círculo fatal, su hija queda encerrada y trata de salir a la luz, adentro es todo oscuro y el aire se ha tornado venenoso, los esclavos se rebelan, el dios Chisme aprieta más y más

52 con sus brazos resbalosos plagados de llagas por las que brota un líquido amarillento, la diosa se retuerce y nadie escucha los alaridos de su garganta, los monstruos encerrados en sus entrañas tienen miedo y la muerden por dentro, le arrancan el corazón y lo devoran, le beben la sangre, sorben sus ojos, tiran de la lengua hacia dentro, s una lengua babosa, amarga, venenosa, pero ellos son inmortales, su ama está indefensa y el padre no la escucha, la ha dejado convertirse en un cadáver que mira su propia destrucción, aún tiene vida y quiere gritar pero todo está ya muerto alrededor, comprende que es el fin y dedica el último pensamiento a su maldito padre.

53 RAUL Raúl era un hombre poseedor de muchos y muy buenos amigos que a pesar de la distancia le escribían constantemente y a quienes él, nunca había contestado una sola carta. Sucedió que un día, Raúl el ingrato se encontraba sentado frente a su enorme escritorio tamaño profesional, dejándose acariciar por la suavidad del siempre agradable y delicado silencio y la paz que reinaban en su estudio, cuando, lentamente, fue abriéndose un cajón empolvado en el rincón del olvido y salieron miles de hojas de papel que revoloteaban como blancas mariposas que chocaron contra las paredes y los muebles. Luego formaron un remolino alrededor del espantado hombre y en una danza de horror y venganza le golpeaban el rostro con las alas, por más que fulminantes manotazos se cernían sobre sus atacantes lanzando todo cuanto encontró sobre la mesa: libros, plumeros, pisapapeles y un florero chino. Cartas antiquísimas volaban en todas direcciones para lanzarse luego, como ávidos halcones, sobre el aterrorizado anfitrión que trató de gritar y una hoja cayó igual a una mano sobre su boca impidiendo que saliera la angustiosa llamada cuando quiso pedir auxilio. Después, más y más papeles fueron cayendo sobre su cuerpo, apretando, asfixiándolo, formando una fosa blanca y compacta, pesada como el mármol, fría como sólo las propias tumbas pueden serlo. Entonces lloró. Las lágrimas brotaban de sus ojos aterrorizados y disolvieron las hojas que lo apresaban. Tan pronto como se sintió libre nuevamente, se prometió a sí mismo que jamás dejaría una carta sin contestación.

54 COSAS NORMALES El bus devora pasajeros a lo largo de la avenida. Su hambre de lobo sobrepasa los límites de la gula. Cuarenta personas apretujadas y recelosas cuidan sus paquetes y bolsillos. Nuevas víctimas penetran voluntariamente en la trampa mortal. No hay asientos desocupados. Cincuenta, sesenta seres amasando unos a otros, la mayoría de pie, bamboleándose a derecha e izquierda, adelante, atrás, agarrados con manos y piernas a todo lo que pueda representar un punto de apoyo. El calor es insoportable. La gente suda, empuja, se mira con desconfianza y temor. Se pisan, se sacuden, parece que van a explotar. Aumenta la temperatura, falta el aire, los rostros enrojecen y la máquina infernal continúa tragando ciudadanos. El vientre del monstro es inllenable, elástico hasta lo incomprensible. La carrocería cruje, chillan los frenos, ruge el motor y el conductor recibe más y más pasajeros. Un hombre alto, de uñas limpias y cabello corto empieza a desesperarse. Aprieta con fuerza el tubo metálico arriba de su cabeza, no puede contenerse por más tiempo y explota. Los cristales cerrados resisten el estallido y la cámara siniestra se llena de luces remolineantes a todo color. Chispas azules, verdes, rojas y anaranjadas vuelan incendiando ruanas y cerebros, calzoncillos y ojos. La reacción es inevitable. Uno a uno los infelices acompañantes se contagian y continúan reventando. Vuelan por el reducido espacio convertidos en llameantes mariposas fatuas envueltas en mil colorines obscenos con olor a gasolina y zapatos de caucho. Se paran en el techo, en las ventanillas, se asientan unas

55 sobre las cabezas de otras mientras el globo de hierro se expande hasta el tope. Todos se desintegran transformándose en una masa luminosa que pugna desesperada por salir de la jaula rodante. Un policía de tránsito mira pasar el autobús, mete las manos en los bolsillos del pantalón y sonríe con sus botones plateados y sus altas botas rodilleras.

56 LA AMANTE “Soy tan feliz, oh Dios, soy tan dichoso. Esta noche podré amarla y poseerla, me sentiré plenamente realizado acostándome con una mujer tan hermosa como sólo ella puede serlo”. Así pensaba el joven e intranquilo vecino de su amada mientras forjaba en sueños de color rojo-amor y en medio de espirales de luz verde esperanza imaginaba anticipadamente las sensaciones dulces y el agonizante desfallecer del orgasmo. Al anochecer, se desvistió completamente y una vez metido bajo las cobijas espero impaciente la llegada de su amante. El tiempo pareció haberse detenido, miraba el reloj con intervalos de dos a cinco minutos, las agujas cojeaban lentamente cansadas de soportar el peso de los minutos y las horas y ella no llegaba. Se levantó y camino desnudo por la habitación. Cuando por cuarta vez abandonó la cama dispuesto a quitar las luces y cerrar con llave la puerta de la calle, perdidas la fe y la esperanza, el ruido de unos pasos hizo que se metiera nuevamente en el aún tibio lecho. La mujer apareció en el quicio de la entrada, bella, suave, excitante y sonriente. Paso a paso fue acercándose con movimientos incitantes y significativos que tuvieron la virtud de hacer entrecerrar los ojos ávidos del victorioso conquistador y estremecer ese cuerpo deseoso de pasión. Tendió las manos hacia la muchacha invitándola suplicante y ella, coqueta, rechazó la petición con sinuosos movimientos de busto y caderas y empezó a ejecutar una danza erótica en medio del silencio y los latidos del corazón. Era un hada con velos sedosos, transparentes, que dejaban entrever las hermosas y firmes líneas de

57 aquel cuerpo pasional, hecho para enloquecer inclusive al más frio de los hombres. Los gestos, ya frenéticos y convulsivos se tornaban de pronto en un delicado vuelo de gaviota. Súbitamente, el angosto cinturón se abrió y el vestido cayó a los pies de la ninfa dejando al descubierto la plenitud de sus formas. Llegó hasta él, los labios semiabiertos, los ojos anhelantes, y se tendió a su lado. Había llegado el momento del amor y él alargó los brazos para acariciarla. Sus ojos sólo tocaron el vacío. Parpadeó repetidas veces y trató de tomar aquella figura frágil, nuevamente sintió el aire en sus manos, ella lo miró sonriente y burlona, el enamorado quiso abrazarla con furor sin comprender lo que sucedía. La nada fue lo único que quedó entre sus brazos palpitantes y necesitados de calor, la mujer continuaba a su lado con la sonrisa a flor de labios y una lucecita azul en las enormes pupilas de sus lindos ojos.

58 INFORME X-1 A Han transcurrido cuarenta y cinco días terrestres, equivalentes a tres años en el planeta Kori. La lentitud con que avanza el tiempo en el planeta Tierra es desesperante. He logrado establecer las siguientes comparaciones: un año en Kori es igual a quince días terrícolas; un día koriano equivale a veinticuatro minutos terrestres y un minuto a veinticuatro segundos, de acuerdo con las medidas de tiempo empleadas por los habitantes de este pesado e inmenso mundo. No vine en calidad de científico y eso me permite asombrarme ante las cosas que veo y que para un koriano intelectual serían simplemente motivo de interés investigativo, cuando más, consecuencias lógicas de patrones y elementos que actúan como causa de ciertos resultados naturales. Me he maravillado por la facilidad de movimiento que tienen los terrestres a pesar de la inmensa fuerza de gravedad que rige en el globo y el excesivo peso de sus cuerpos. Han logrado superar estas dificultades al grado que practican competencias en las que se declara vencedor a quien recorra determinada distancia en menos tiempo que sus adversarios; esto lo hacen tanto en el suelo firme como en un líquido transparente al que denominan “agua”. Es un elemento insípido utilizado en muy diversas actividades, incluida la alimentación, ya que es básico para la vida del planeta y sus habitantes. Yo cometí la imprudencia de probarlo y actuó en mi organismo como el desagradable pchk que me daba mi madre cuando era pequeño, con el fin de transparentar mi estómago y encontrar la causa de algún malestar. Pero a los terrícolas no los afecta en absoluto y beben el líquido diariamente, crudo o preparado en mezcla con

59 vegetales y carne de nativos no desarrollados intelectualmente, a los que denominan “animales”. Los animales son generalmente seres cubiertos de pelo, pero existen otros plumíferos y algunas especies desnudas, de las cuales la mayoría vive en el agua. Los más interesantes de todos son los que llevan el cuerpo abrigado con plumas. Estos han desarrollado la más extraordinaria habilidad para dominar el espacio inmediatamente superior a la corteza terrestre y son capaces de volar por sus propios medios, con el sólo movimiento de los miembros superiores. No encuentro la razón para que los voladores sean perseguidos en forma cruel por los caminadores, dado que no los utilizan en la alimentación sino como cadáveres que colocan dentro de las viviendas, sin objetivo aparente. Los terrícolas caminadores se autodenominan “humanos” y son sumamente agresivos. Viven para la guerra y se matan entre sí, aún en tiempo de paz. Sus armas son primitivas pero eficaces. Odian y temen a los extranjeros hasta el punto de atacarlos a primera vista. Ese es el motivo para que mi informe sea precipitado. Esta grabación será enviada tan pronto la termine. Debo confesar que siento miedo. Han rodeado el sector en donde me refugio y una pequeña bola de metal gris se incrustó en el censor mando de la nave. Esta mañana llovió y el agua corroyó la parte afectada por el proyectil, haciendo imposible una reparación en corto tiempo. Han llegado más caminadores armados. Tienen miedo y van a tratar de eliminarme, aparecen pequeñas naves que lanzan explosivos y el ruido que producen estos al chocar contra la tierra es ensordecedor, avanzan temerosos pero decididos, he captado las ondas que fluyen de sus mentes y me doy cuenta de que están espantados, el pánico es en ellos mucho más fuerte que en mí mismo, esperaré a que se acerquen un poco más para disparar la cápsula con este mensaje.

60 El equipo de radio no funciona y el mensajero espacial está completamente averiado. No sé de dónde me nace el valor para continuar hablando, ya casi están junto al refugio, sé que van a disparar cuando me vean, son demasiado cobardes, no tendré oportunidad para decir quién soy ni a qué he venido. -¡Allí está! -¡Fuego! -¡No lo dejen escapar! Ya están aquí. Voy a cortar la grabación. Si la encuentran no les servirá de nada porque no entienden mi idioma. -¡El lanzallamas! ¡Click!

61 CARMENZA No sé quién tuvo la culpa, Carmenza, si tú misma o quien te invitó al paseo, el clima de Girardot es delicioso pero empezaste a blasfemar a causa de los mosquitos que chupaban sedientos el carmín de tu sangre. Los demás soportaban silenciosos el tormento y se preocuparon por aprovechar la piscina de aguas cristalinas, yo no tengo nada contra los pequeños vampiros porque nunca me hacen nada, tal vez porque mi jugo no es de su agrado prefieren no picarme. Fue un paseo inolvidable zambullendo en busca de azulejos y pies femeninos que tomaba con mis manos y tiraba hacia arriba derribando los cuerpos. Me gusta sumergirme y pasar entre el túnel de piernas que forman los nadadores, el mundo es distinto dentro del agua y uno se olvida de todos los problemas, únicamente piensa en lo que hace al mover brazos y piernas avanzando como un tiburón feliz que disfruta de sus vacaciones, pero tú no soportas una simple picadura de mosquito y te golpeabas con las manos abiertas a manera de abanico furibundo dejando marcas rojizas en tu cuerpo, eran manos y dedos que quedaban como tatuajes recién pintados en tu piel blanca, todavía inexpuesta a los rayos del sol que a todos nos tenía morenos y a pesar de lo cual continuábamos divirtiéndonos como niños, salir del agua, tomar impulso y volver a saltar para convertirse e una parte más de las ondas azules que se agitaban entre piernas pataleantes y brazos como aspas, manos hélices impulsando los cuerpos alegres, cabellos ondeando como algas a merced de las pequeñas olas que chasquean en los oídos y uno se siente un pez en libertad. El acuario es en realidad pequeño pero uno es libre, infinitamente libre cuando está en vacaciones. “Quién tuviera una cola de vaca para espantar estos mosquitos”. Eso dijiste y todos se rieron. Yo no lo

62 hice, creo que ya me conoces, vivo en un mundo de sueños, de loca irrealidad, se me ocurren las cosas más absurdas y por eso no me rio cuando alguien dice que quiere tener una cola de vaca para quitarse de encima los mosquitos. Lo malo fue que continuaras con tu idea, mascullando la ira que aumentaba con cada picadura, se convirtió en obsesión y ya no pensabas en otra cosa que en la cola de vaca, no volviste a la piscina ni a caminar por la noche en los jardines cuando los demás salíamos a cantar bajo las palmas abrazando una guitarra, algunos ya tenían pareja y se tomaban de la mano, en vez de cantar se susurraban al oído, cualquiera sabe lo que se estaban diciendo, son las mismas cosas que se dicen las parejas desde hace miles de años, pero sería tan aburrido el mundo si nadie las dijera, una cosa es que se las digan a un amigo y otra el escucharlas en nuestro propio oído, sintiendo el aliento de una boca ansiada, así, tan cerca de nosotros. Jamás podré olvidar la última noche, te fuiste a dormir al cuarto donde estaban las muchachas, el ventilador se había descompuesto y el sistema de aire acondicionado tampoco funcionaba, no pudiste dormir sudando angustiada y arrepentida cien veces por haber salido de Bogotá, debiste quedarte en casa acompañando a tu madre, ahora éstas desconsideradas inconscientes dejaron la puerta abierta durante todo el día y se entraron los zancudos. “Quién tuviera una cola de vaca” y empezó el mareo, aquella nausea que hacía girar la alcoba cada vez que cerrabas los ojos y tratabas de aferrarte al sueño que sólo llegó cuando el sol ya calentaba el techo de la cabaña, fue una pesadilla, eso dijiste, había un cosquilleo en las posaderas, sentiste un pequeño bulto brotando poco a poco, era una cola de vaca lo que estaba saliendo en el sitio preciso y crecía con rapidez alarmante, no podías detenerla y despertaste cuando las demás se levantaron.

63 Tenías mucho miedo de tocarte allí, tú sabes dónde, te quedaste en la cama hasta el mediodía, rígida como una estatua y pálida como la tiza. Ya era hora de regresar a Bogotá y te hicimos levantar, te metiste al cuarto de baño y corrimos allá al escuchar ese alarido, te habías desmayado y tuvimos que romper la puerta para entrar a buscarte, primero lo hicieron las mujeres y salieron gritando, yo era el mayor de todos y por lo tanto responsable de la seguridad de las chicas, me dejaron entrar y te vi tendida en el suelo, no grité, no, no lo hice, pero nada pude decir, nada podía hacer, sólo mirar la cola de vaca que colgaba de tu cuerpo y lanzaba furiosos abanicazos a los mosquitos que pretendían acercarse para almorzar de tu sangre.

64 EL MURAL ¡Ese gruñido! Es la tercera vez que lo escucho y no he podido descubrir la causa de su presencia. La verdad es que estoy asustado. Abro la puerta de la oficina, entro caminando en la oscuridad los tres metros que me separan del interruptor y es entonces cuando siento ese ruido, es como un gruñido de fiera salvaje acurrucada en alguna parte del cuarto entapetado y siempre tan limpio, no me explico aún cómo puede haber un animal escondido aquí, he buscado por todas partes y en cada uno de los cuatro rincones pero jamás encuentro nada. A veces pienso que mi comportamiento es infantil, quizás sea temor a la soledad o a los sitios oscuros, creo que voy a pedir que retiren de aquí los helechos y las demás plantas que adornan esta jungla alfombrada, no es posible resistir tanta tortura cada mañana al llegar al trabajo y estar pendiente del gruñido, no es que yo crea en espíritus o cosas parecidas, pero no sé qué pensar después de las que me pasan, no me cabe la menor duda de que esto sólo me ha pasado a mí, pero por qué tienen que sucederme estas vainas si yo soy tan tranquilo y casi nada me ni siquiera asistir a los velorios y quedarme solo mientras los demás salen a tomar café, yo suelo mirar de frente el ataúd y pienso muchas cosas pero nada me produce el temor que siento al entrar en esta maldita oficina cuando voy caminando hacia la luz y espero que me caiga en la espalda un jaguar o un puma verdadero, no soy un estúpido pero me gustaría que ustedes hubiesen oído el gruñido ese, no era sugestión, no, maldita sea, creen acaso que estoy loco pero se equivocan, es verdad que trabajo demasiado pero no es motivo suficiente para escuchar gruñidos de en la propia oficina de uno, a las ocho de la mañana y en un lugar que

65 permaneció con las ventanas y la puerta cerradas durante toda la noche. Podría ser un temor grabado en mi mente desde la infancia, pero jamás estuve en la selva, no conocí un zoológico ni un circo, nunca en mi vida escuché el rugido de una fiera, y ahora estoy completamente seguro de que esto es un gruñido endemoniado, casi siento unas garras destrozándome el vestido y con él las carnes, unos dientes enormes brillan junto a mi rostro y huelo el aliento fétido de un hocico sangriento que muerde mis entrañas y arranca de cuajo mis brazos y piernas. Voy a solicitar que se traslade mi oficina a otro lugar del edificio. Si no quieren hacerlo presentaré la renuncia, no estoy dispuesto a soportar esta angustia, empezaré por tirar ventana abajo el cuadro del jaguar muerto y la mujer que llora levantando el cadáver y la gente que los mira con curiosidad, jamás entenderé cómo puede una persona llorar así por un animal. ¡Ese gruñido! La fiera revive en brazos de la anciana ¡los ojos! Los ojos relampaguean como carbones encendidos, tengo que lanzarlos por la ventana antes de que salga del marco, su rugido ensordece haciendo eco una y otra vez en el encierro de la jaula oficina. ¡Auxilio! Las enormes manazas caen sobre mis hombros y rodamos por la alfombra que se llena de sangre, huele a selva, sí, es el aroma del monte que penetra en mis huesos y unas garras me abren como cuchillos, las fauces están cerca, muy cerca de mi cuello, rasgan músculos y venas, la vida se desparrama y el tapete sediento la chupa con afán, ya no hay dolor ni espanto, el sabor escarlata que fluye por entre mis labios me adormece y no quiero gritar, es dulce el sueño y se callan los gruñidos, únicamente un suave runruneo da vueltas en torno a mis pedazos y mientras el jaguar del mural se relame con gusto, la mujer lo acaricia y me dice adiós con la mano.

66 GISELLE Son las ocho de la noche y no ha llegado. Seguramente no llegará nunca. Este maldito invierno hará que la pierda para siempre. Es demasiado tarde y ya no vino. Camino lentamente hacia la salida del parque cuajado de árboles que se bañan desnudos dejando que la lluvia recorra sus cuerpos verdes y cafés y nada les importa que yo esté solo y empapado caminando entre esta orgía de ramas y de agua que brota a carcajadas de las nubes que odio desde que empezó el invierno. Me habría gustado, Giselle, que hiciéramos el amor bajo la lluvia, en el pasto mojado que debe estar tan fresco, porque en este pueblo el calor no conoce la noche, no hay derecho a vivir en un horno sudando veinticuatro horas cada día mientras el cielo se bebe el agua de los ríos y de los mares y nosotros aquí con olor a ropa sucia por las calles resecas igual que nuestras bocas sedientas de una gota y de unos besos. He pisado esta yerba con venganza y es que me produce envidia cuando se revuelca en sí misma divirtiéndose con la lluvia que rueda por su espalda angosta y frágil. Voy a regresar ahora, no sabes cuánto te aborrezco sucio parque traidor que te bañas obsceno ante mis ojos sedientos de una amada y mis labios que están a punto de gritar ¡maldito invierno! con mi garganta dolorida de tanto cigarrillo y el escozor que produce la espera infructuosa y no soporto que me dejen plantado en medio de la noche y de la lluvia sabiendo que me gusta mojarme, pero no cuando uno espera el cuerpo y alma de la chica que ama, porque ella no saldrá bajo tu mando, desgraciado invierno, y si sabes cuánto te detesto enfréntate a mi orgullo herido, estoy decidido a destrozarte con mis manos mojadas.

67 La lluvia arrecia y mis zapatos se hunden en el barro negro de la vereda por a cual avanzo taciturno y con las medias mojadas, recordando a Giselle y su falda de cuadros y pienso que si no hubiera llovido ella estaría aquí conmigo y en invierno me importaría un carajo, pero lo cierto es que no vino y no es la primera vez que me deja parado en la sombra del parque, nada más que por un simple invierno. ¡Deja ya de caer, agua del diablo! Acaso te has propuesto terminar con mi vida que empezó hace tan poco y en este momento desea terminarte con la fuerza del odio que tú misma has creado para tu destrucción, para perderme a mí también definitivamente. Ha cesado el aguacero y no comprendo, es imposible que me hubiera obedecido así, de pronto, como si yo fuera su amo y su dios. Aún falta mucho para salir del laberinto formado por troncos repletos de ramas que se mueven inquietas, me parece que están amenazándome, es absurdo lo que pienso, los árboles extienden sus manos hacia mi cuerpo como si fueran garras asesinas y creo que ahora siento espanto de mis propios sueños, sí, tienen que ser sueños, es una pesadilla causada por el agua colgada en mi ropa, debo tener fiebre y las nubes se amontonan al final del bosque, se reúnen con gran estrépito lanzando dentelladas y se destrozan en juegos fantásticamente brutales que erizan mis nervios. Chocan entre ellas y sus carcajadas descienden informes ofendiendo las copas de los árboles más altos. Es una risa luminosa que aterra y las ramas siguen tratando de aferrarse a mí, pero ahora no sé si es que tienen miedo o quieren atraparme, o si yo tengo más miedo que ellas, o si el miedo que me empuja a correr es por los árboles demonios o por las nubes que se agrupan como inmensas ovejas, me parece ver que tienen ojos y me miran y continúo corriendo, retumban los truenos con

68 sarcasmo y nubarrones oscuros se abalanzan en formación chamuscando las cumbres de los eucaliptos. Hay que salir de aquí, el chaparrón se desgrana en mi persecución y lo veo venir varios metros atrás, encuentro demasiados árboles en el camino y mi carrera es angustia, he perdido jirones de la chaqueta nueva en las uñas de abetos y de sauces llorones que se divierten desgarrándome y no puedo respirar, Giselle, jamás podré contarte lo que pasó esta noche y ya casi me alcanzan nubes, agua y árboles, una cortina de agua se acerca velozmente y mis piernas no resisten, la inmensa regadera truena ferozmente y la distancia disminuye cuando mis pies flaquean, unas raíces abrazan mis zapatos, se trepan por mis piernas, caigo rendido y la lluvia me alcanza, levanto la cara y me golpean miríadas de gruesas gotas heladas y serpientes vegetales se envuelven en mi cuerpo y ya no podré volver a verte, Giselle, todo por culpa del invierno.

69 HISTORIA DE EL Y ELLA Esta es una historia triste y al mismo tiempo infinitamente hermosa. Es una historia sencilla pero a la vez demasiado complicada. Es una historia corta y sin embargo eterna, porque desde que sucedió continuó viviendo, jamás dejó de palpitar en un corazón y en un recuerdo. Los protagonistas se llamaban El y Ella. Los nombres nada importan, aunque a ella le agradaba el suyo y él estaba de acuerdo en que era un nombre hermoso. Les gustaba mirar la lluvia a través de la ventana, los árboles adornados con mil gotas brillantes colgando de las ramas y las hojas, los poemas leídos en voz baja a la luz tenue del sol que descendía tras la montaña. Soñaban con el mar y el cielo azul confundidos en el horizonte lejano, añoraban vivir en una casa de campo rodeada de árboles y potreros verdes, un riachuelo de voz clara y cantarina para sentarse en sus orillas a pensar, a veces callados, otras dialogando, uno cerca del otro, envueltos en esa paz que sólo la naturaleza puede ofrecer a los espíritus verdaderamente puros. Pero El estaba muerto y Ella no podía aceptarlo, era, en cierta forma, humana como todos los humanos, aunque era distinta, podía comprenderlo, había sufrido las mismas amarguras del poeta y eso le daba una inmensa capacidad de asimilación, de comprensión, un caudal de amor inigualable, infinito y extraño, semejante únicamente al de él. Pero él estaba muerto y ella no podía creerlo, tal vez no quiso creerlo y se hizo tarde, los muertos se fermentan porque son amargos, los muertos se pudren a pesar de los poemas. El se sabía perdido lo aceptó. Se internó entre los versos para no salir más, se embriagó de tristeza cada noche y cada amanecer para vivir borracho de recuerdos,

70 fabricó su propia bebida de añoranzas y sembró melancolía en el corazón para alimentarse de ella. Los poetas enmudecen a fuerza de escribir y él había perdido el habla, ya era tarde para recuperarla, su lengua se había disecado y sólo las manos expresaban palabras en papeles fríos y silentes que jamás llegarían a manos de ella por cerca que estuviera, es que los poetas son extraños, están muertos y los muertos no se atreven a nada, apenas a escribir bajo la luna, le habría gustado hablarle de la luna pero ella no estaba, lo dejó abandonado bajo el cielo tan grande y ya no tenía más a quién contarle. “Me gusta lo que escribes” le había dicho. “Me gusta todo lo que escribes”, pero ya no tenía a quién mostrarle, estaba solo en medio de la noche, en medio de la turba que asesina los sueños y los rayos de luna, perdido entre aquellos que matan a los lobos cuando aúllan poemas a la luna. Le habría gustado decírselo pero ya estaba muerto. Tal vez ella así lo comprendió y por eso lo dejó abandonado. Debió ser por eso y tenía razón. No hay para qué sentarse a cuidar un cadáver y existen muchas formas de serlo. Por eso se marchó, porque entendió que nada esperaba de él, hay tantas maneras de estar muerto y los muertos deben estar solos. Esta historia no lleva firmas ni nombres porque los nombres nada importan. Tampoco es una historia cierta pues la escribió un cadáver, y los muertos nada saben, nada recuerdan, nada escriben.

71 HIPO No es que me guste especular con lo que les ha sucedido a otros. Tampoco tengo la costumbre de culpar a los demás o a las cosas por lo que a mí me pase, eso es cosa mía, pero siempre recuerdo que mi madre dio: “Cuando un niño tiene hipo es porque está creciendo”. Y no puedo dejar de pensar en Alberto y Lucho, un día se lo dije al primero y él a su vez pensó en el segundo, reímos un poco pero la idea quedó girando en mi cabeza, es como para escribir un cuento, pensé, Alberto debió pasarse hipando desde los cuatro hasta los veintidós años, mide casi dos metros de estatura y tengo que levantar la cara para mirarlo a los ojos, es peor cuando me encuentro sentado en mi escritorio y él se para al frente, casi toca l cielo raso con la cima de su humanidad y me duele la nuca a pesar de que inclino la silla hacia atrás para verlo mejor. En cambio, Lucho, a veces pienso que sólo tuvo hipo cuando era un niño de brazos, no importa que se coloque frente a mí si estoy sentado, nos miramos cara a cara sin ningún esfuerzo, no es un enano, por supuesto, es únicamente que jamás le dio hipo, son cosas de la naturaleza, a unos les falta lo que a otros les sobra, creo que mi hipaje estuvo más o menos balanceado pero o entiendo por qué Lucho no tuvo hipo y en cambio Alberto creció tanto, sería que tomaba la leche demasiado rápido y quizá Lucho era más calmado a la hora del tetero, yo había pensado escribir un cuento acerca de estas cosas pero ahora no puedo hacerlo, podrían pensar que me burlo de ellos y luego, cuando les diera hipo, se sentirían incómodos recordando que hice una historia y Lucho no crecería más, Alberto quizá se encogería y no es mi deseo causarles ningún mal, nadie tiene la culpa si le ha dado mucho hipo o si por el contrario nunca lo tuvo, será mejor que deje las cosas como están.

72 EDILBERTO Estás cansado, Edilberto, el sueño que produce el exceso de trabajo te tiene sin ganas de hacer nada, es tan duro el puesto de maestro, lidiar con esos cabeciduros durante todo el día, cinco días a la semana rugiendo de dientes para adentro, preparar clases durante la noche para que esos brutos no entiendan ni una palabra y volver a explicar una y otra vez hasta que les entren las cosas, necesitas una buena siesta, es raro tomar una siesta a las ocho de la noche pero tienes que preparar la clase de mañana, sí, hay que dormir al menos una hora, quizá sueñes con alguna mujer bonita que te alegre esos minutos, una chica como a ti te gustan, probablemente Morfeo te complazca y ella tenga los ojos verdes y profundos como un sueño inmenso, la piel blanca y la sonrisa fácil, debes dormir ahora y dejar a un lado a os cabeza de árbol. Así comenzó todo. Efectivamente soñaste con ella, tal y como la deseabas, estaba en un parque leyendo un libro de literatura y te acercaste tímidamente, ella sonrió y le hablaste como nunca lo habías hecho despierto, prometió volver al día siguiente y te marchaste feliz. Cumplió con la cita siempre a la misma hora, jamás se retrasaba y tú corrías a casa para acostarte en el momento justo, estabas enamorado y sentiste que ya no podrías pasar un día sin verla, los sueños se sucedían en serie continuada de lunes a domingo, hablaban de tantas cosas comunes a los dos y durante el día no pensabas en otra cosa que en dormir tu siesta de las ocho, era tanta la ansiedad que procurabas dormirte antes para alargar la visita y ella siempre estaba allí, ya no importaba la hora, no había problemas de tiempo para los enamorados, porque también te quería, empezase a dormir los sábados y los domingos durante toda la

73 mañana y luego también por la tarde, eran tan felices los fines de semana, después buscaste la manera de recostarte un rato al mediodía y ella jamás faltó a una cita, esa mujer adorable no te abandonaría nunca, siempre pendiente de tu visita, cumplida a cualquier momento, no había barreras de tiempo ni de espacio para los corazones amantes. Dormías demasiado y todos nos extrañamos, casi no probabas alimento y estabas tan callado, no eras el mismo Edilberto de los días amargos cuando te sentías tan solo y nos buscabas para conversar. Ahora te pasas los días encerrado en esa habitación y duermes plácidamente, en tu cara se ve que duermes feliz, no hay pesadillas, sueñas con la mujer que siempre quisiste soñar pero duermes más de lo normal, ya no puedes vivir sin ella, sólo quieres dormir y el sábado pasado no te levantaste. Hace tres días de esto y aún sigues dormido, ya no sabemos qué hacer contigo, Edilberto, estabas tan enamorado, tal vez ella corresponde plenamente a tu cariño inmenso porque jamás regresaste, tienes una expresión dichosa y debe ser que te quedaste con tu muchacha para siempre porque ya nunca despertaste.

74 DEMONIO Sentado en la terraza se dejaba acariciar por la suave mano de las sombras nocturnas mientras tejía en la mene muchos hilos dorados con los cuales levantaba cada día sus castillos de dicha y fortuna que siempre, inevitablemente, se derrumbaban al pasar la primera racha de viento. Sintió un ruido desconocido para sus oídos acostumbrados a desconfiar de todo cuanto sonara en el inmenso edificio. Su cuerpo se tensó al máximo y escuchó nuevamente aquel crujido extraño, abajo, en el primer piso. Un pequeño pulpo se posó en su cabeza apretándole el cerebro y la mata de pelo que lo cobijaba y unos tentáculos fríos y electrizantes empezaron a jalar sus cabellos. Sus manos asieron la vieja escopeta de dotación como tratando de aferrarse a algo que les brindara apoyo y protección. Caminaba como un siamés silencioso y con el arma terciada al frente, junto al pecho, el índice de la mano derecha tocando con firme suavidad el disparador del armatoste llegó a las escaleras de servicio que conducían a un largo y oscuro pasillo al final del que se encontraba el anfiteatro, oloroso a formol y a misteriosos huéspedes. Se detuvo, frotó la palma de la diestra sudorosa contra la manga del pantalón, avanzó unos pasos más y su corazón empezó a saltar dentro del pecho, contagiado por el endemoniado roer que hacía temblar la noche. Los perros del vecindario rompieron la negrura del silencio exterior con impresionantes lamentos y sus aullidos partieron por la mitad los nervios del celador que sin saber por qué, recordó en un instante las películas y revistas de ultratumba contempladas en sus largos años de existencia.

75 Tragó la saliva acumulada en la boca y respiró con profundidad y fuerza. Un inmenso acopio de valor le dio el impulso necesario para continuar la marcha, lentamente, la espalda pegada contra la pared. Volvió a pensar en el cine, en los terribles perros negros que representan la reencarnación del diablo, y lo vio. El enorme perrazo de pelo oscuro y colmillos blancos apareció en la puerta del depósito macabro. Sus jos eran dos chispas llameantes que interrumpían la armonía del pasadizo renegrido. El hombre quedó frio como un bloque de hielo. El animal gruño con fiereza y avanzó hacia él. “¡Jesús, María y José! Almas benditas del purgatorio!” Dijo espantado, los ojos empujando el marco que formaba la pequeña órbita y en un movimiento carente de conciencia, ausente de toda la gran fe antes depositada en su antigua escopeta, disparó convencido de que de nada serviría tirar perdigones inofensivos contra el demonio invulnerable e inmortal. Por eso ni siquiera apuntó, abriendo un boquete en el pañete blanco del cielo raso. Satanás lanzó un agudo chillido, dobló hacia atrás sus estropeadas orejas, metió la hermosa y poblada cola entre los cuartos traseros y echó a correr aullando mientras buscaba la entrada que lo había conducido hasta el maldito lugar.

76 METAMORFOSIS Estaba borracho. Había bebido demasiado y su cerebro palpitaba con violencia. Se encontraba en un alto grado de inconsciencia, por decirlo así, en la animalización. Un borracho es un animal. O mejor, varios animales, cada uno a su debido tiempo. Minutos, horas antes, había empezado su metamorfosis con el papel del pavo, por cierto, el pavo real. Adoptó una postura orgullosa, como un monarca en el trono refiriendo anécdotas acerca de su inteligencia superior, su valentía, buen parecido e innumerables conquistas. Siguió la etapa del mono; se creía el ser más gracioso del universo, imitador de cómicos, bufón inigualable. Luego fue un león desafiando a pelear a cualquiera que tuviera la osadía de aparecer ante su vista. -Yo soy muy macho. Puedo romperme la jeta con quien sea. ¿Es que aquí no hay hombres? -Tranquilo, compañero. Nadie está buscando problemas. Deje la pelea para otro día. -Qué problemas ni qué nada. Quién quiere pelear conmigo. -¡Yo! Y le voy a romper la mula para que no joda. Acto seguido se trabaron en feroz batalla, ridícula, absurda, dando traspiés y golpes al aire. Po supuesto que algunos dieron en el blanco de unas narices fatigadas que dejaron asomar la sangre en señal de protesta, manchando manos, caras y camisas. Terminado el combate no tuvo más remedio que irse a su casa, donde tardó una eternidad en abrir la puerta y una vez adentro, llamó a gritos a su mujer, que acudió presurosa al advertir el estado en que llegaba su marido y no bien estuvo a su lado sintió un terrible bofetón que se estrellaba contra su débil rostro y la lluvia

77 de golpes continuó entre los alaridos de sus hijos, acurrucados llorando angustiados en un rincón el cuarto. La mujer sangraba por boca y nariz, callada y temerosa, sólo las lágrimas dejaban entrever lo que sentía, mas no lo que pensaba. Entonces él, satisfecho de su hombría, asegurada su posición como macho de la casa, convencido de que seguiría llevando los pantalones y la dirección de la familia, se tendió sobre la cama, abrió la boca y empezó a roncar. Por la comisura de sus labios escapaba un vaho sucio y fétido que llenaba la estancia y empujaba fuera de la boca un hilo de saliva que mojaba la almohada. Si alguien lo hubiera despertado frente a un espejo, se habría sin duda alguna horrorizado al verse convertido en un cerdo.

78 SUEÑO-REALIDAD Las luces apagadas, el lecho tibio y con la dureza que a él le gustaba, se había entregado al sórdido poder del sueño y eso era precisamente lo que hacía. Soñar. Se removió intranquilo y angustiado. Al desarrollarse la trama de su sueño, él era un famoso abogado, doctor en leyes y ciencias sociales, reconocido y respetado por todos quienes acerca de su habilidad e inteligencia habían escuchado los rumores. Se encontraba en la profunda sala de audiencias colmada de curiosos, amigos y relacionados del acusado y futuro culpable. Un silencio total llenaba el recinto destinado al trono de la hermana justicia y el populacho esperaba ansioso la intervención de los encargados de juzgar al implicado en un escándalo moral. El sujeto entró callado y cabizbajo, temeroso ante las miradas de odio y reproche que le dirigía la turba sedienta de novedades. Tomó asiento entre sus abogados defensores y un secretario procedió a leer en voz alta y carrasposa los cargos en contra del acusado. El público se estremeció ante el relato breve y conciso de la vida y milagros del maleante, escandalizador de beatas y viejas solteronas. Un murmullo sordo se elevó de muchas bocas que movían los labios con disimulo para no ser descubiertas por los amigos del malvado. El susurro subió hasta las altas lámparas y se prendió de éstas y del techo con las uñas y los dientes para observar mejor desde la altura. El turno correspondió a la fiscalía. El hombre que dormía se estiró hasta tocar con los pies el extremo de la cama. Avanzó imponente hacia el jurado, decidido a destruir la tesis y ridículos puntos de protesta del colega defensor, pero apenas sus labios se despegaron con intención de hablar, rotó de su garganta una azucena.

79 Los espectadores aullaron de emoción. Quiso pronunciar una palabra y reventó un nardo blanco y fragante entre sus dientes. Se retorcía en la cama y sudaba apretando las mandíbulas. A cada intento de expresar sus ideas una rosa adornaba la sílaba convertida en aborto florecido. Magnolias, tulipanes, jazmines, claveles y azucenas cayeron a los pies del ilustre soñador que giraba hacia el rincón y hacia el canto de su lecho, encogiendo y estirando las piernas, moviendo la cabeza y respirando con dificultad. Los asistentes aplaudían entusiasmados y él, a punto de desfallecer, continuaba escupiendo su pánico florido. La naciente mañana entró a su alcoba para despertarlo. Casi saltó hacia el espejo. Nunca había experimentado tanta felicidad al ver que todo fue una pesadilla, que estaba en su casa y la corte había desaparecido. Se frotó los ojos con el dorso de la mano, se contempló un instante, un tanto incrédulo todavía y abrió la boca para convencerse de que estaba despierto. Un ronquido escapó de su garganta al ver reflejado en el cristal un pequeño ramillete de violetas que asomaba por los labios entreabiertos. Lanzó al aire un grito salvaje y el espejo se manchó al chocar contra su blanca y brillante superficie varias docenas de amapolas.

80 NACIMIENTO Estaban de pie alrededor. La pequeña sala se encontraba casi completamente a oscuras y la tenue luz les permitía ver a medias l que sucedía. Sus rostros reflejaban el ansia, el nerviosismo era como una nube que los envolvía de pies a cabeza, silencio, algunos fuman desesperados y ninguno habla, el jefe toma un objeto blanco y lo introduce en una bandeja llena de un líquido transparente, la tensión aumenta al máximo, diez ojos se clavan sobre aquellas manos que rebullen, se mueven, agitan el extraño elemento y todos han perdido el don de producir palabras, una mujer allí presente no puede resistirlo y abandona el cuarto, nadie la mira y al salir levanta la cabeza y respira llenando de aire nuevo sus pulmones, hay un viento fresco que le devuelve la vida. Adentro continúa el misterio. Alguien exclama de pronto: ¡Ya viene! Y se pelean metiendo la cara sobre la cubeta, todos quieren ver lo que ha pasado, lo que está por venir. Una sombra difusa, informe, empieza a aparecer en el fondo. Sus cabellos, sí, son cabellos, detrás viene la cabeza, unos punticos negros comienzan a formar los ojos, la frente, una boca. ¡Ya viene! Está naciendo, todo va saliendo a las mil maravillas, quieren tocarla, cada vez es más clara su figura, ya se reconoce en ella un ser humano, nace el tronco, brotan las piernas y los pies. ¡Ya está aquí! Sonríen satisfechos con el triunfo, hay que lavarla y en el lado izquierdo tienen preparada el agua, la frotan, la levantan con cuidado infinito, a miran zambullirse lentamente y regresar a la superficie, la toman nuevamente para meterla en otra cubeta más a la izquierda, en un líquido verdoso que en ocasiones hace estornudar. ¡Se ha salvado! Encienden las luces, se miran y se abrazan, luego se acercan a la recién nacida y

81 la contemplan con ternura, es una hermosa fotografía la que yace en el fondo del fijador y todos aplauden satisfechos.

82 EL MAR Amaba el mar ¡Cuánto lo amaba! Y nunca lo había visto. Por eso, al sentir bajo sus pies la suave arena de la playa y contemplar extasiado aquella majestuosa inmensidad se sintió pequeño, insignificante y al mismo tiempo poderoso, invencible. Tan grande que podía pisotear el mundo y abarcar con los ojos y las manos ese inmensurable espacio extendido en su presencia, hasta el límite del mar, donde éste se junta con el cielo. Infló los pulmones, retuvo dentro la pequeña porción de brisa marina y sopló con fuerza hacia las aguas. Quedó estático y sorprendido al ver como las diminutas olas que segundos antes luchaban arrastrándose sobre la arena, retrocedían echando espuma por las húmedas agallas. Aspiró, sopló de nuevo y el mar retrocedió. Loco de felicidad lanzó un alarido y se tiró a correr por la franja acolchonada de la orilla, con toda la potencia de sus piernas, gritando hasta sentir ardor en la laringe no acostumbrada al aire de la costa. Los globos de sus ojos adquirieron un tono semiazul, las rodillas flaquearon, y cayó tendido en el blanco colchón medio amarillo, entre el agua y las palmeras. Se volvió boca arriba y miró cara a cara al sol indiferente. Sintió sueño, un extraño sueño que se apoderaba de su cuerpo y llamó al mar. Este, sumiso y obediente como un perro fue acercándose a su lado, centímetro a centímetro, metro a metro hasta que lo envolvió completamente, lo tomó entre sus manos azules y lo llevó hacia sí, lo sumergió en su seno para luego retar al cielo con un profundo bramido que hizo temblar las palmeras escépticas a lo que sus largos y numerados troncos habían presenciado.

83 MADRE Y MUERTE Sus enormes ojos verdes brillaban en forma extraña, lubricados por las mil gotitas de llanto que escapaban incontenibles del interior de aquella cabeza de cabello negro y encrespado que de un tiempo acá se había convertido en un infierno de pensamientos incomprensibles. Las lágrimas desertaban por sus bellas ventanas esmeralda y corrían a lo largo de su rostro tratando de alejarse lo más posible del epicentro de aquella catástrofe emocional. Colocó sus blancas manos sobre el vientre, lo acarició suavemente y sus dedos se crisparon, cerró los puños y empezó a golpearse sin compasión, haciéndose daño, tratando de matar algo que no podía verse pero que estaba segura se encontraba allí, silencioso y culpable, inoportuno e injusto. Corrió al gabinete y contempló extasiada todos esos frascos y cajitas llenas de pastillas y jarabes que a pesar del tiempo nadie llegó a consumir y un escalofrío se filtró en su columna vertebral, haciendo que los suaves vellos de su cuerpo se erizaran. Sintió miedo, decisión, otra vez miedo, volvió a llorar pero en esta ocasión el llanto fue menos convincente aún para ella misma. Sudaba profusamente, se frotó el estómago con ambas manos, golpeó nuevamente su joven vientre, habría querido gritar pero no fue capaz de hacerlo y los sonidos se congelaron en la laringe, las cuerdas vocales le negaron su vibración y sólo algunos sollozos intermitentes irrumpieron desesperados. Levantó el brazo, tomó un frasco y leyó la etiqueta, luego otro, muchos más y en seguida toda la existencia del gabinete de primeros auxilios. No quería aceptar la posibilidad de un fracaso. Sería terrible si no

84 conseguía poner fin a todo aquello. Se dirigió al baño y regresó con un vaso de agua. Cinco minutos después sus ojos verdes se nublaron, el pasado se dio a la fuga por debajo de la puerta previamente trancada, sus piernas desaparecieron el cuerpo cayó convulsionándose. Entonces sí quiso gritar de verdad, gritar que iba a morir, que vinieran a salvarla y no pudo emitir sonido alguno. La lengua se pegaba al paladar, las manos impotentes de nada le servían y la luz y el aire tomados de la mano la miraron con ojos de color castaño y salieron por debajo de la puerta

85 DESCENSO Pedaleaba su bicicleta con desesperación a pesar de la inclinación que marcaba el terreno montañoso en su pendiente bien pavimentada y de amplias curvas que permitían ser tomadas a muchos kilómetros por hora. Era exactamente lo que él hacía, acelerando al máximo el movimiento de sus piernas y dejando que la fuerza de gravedad ayudara en el impulso a la máquina que transportaba sus sesenta kilos de peso. El paisaje corría hacia atrás huyendo espantado ante aquella locura. Arboles, praderas, sembrados, animales, montes y colinas se convirtieron en una mancha multicolor trazada en borrosas franjas horizontales por entre las cuales se deslizaba su figura como un cometa fugitivo tratando de escapar de su órbita carcelaria. Sus manos se cerraban furiosas alrededor del manubrio y los pies pedaleaban incrementando en cada segundo la fuerza que lo arrastraba hacia el punto de convergencia del tiempo y el espacio. Su silueta era como un trozo de neblina, sus ojos lagrimaban debido a la presión del aire y la respiración fue haciéndose difícil. Entonces llegó a la frontera de la velocidad, tiempo y espacio… y desapareció.

86 IN MEMORIAN Mamá se ha sentido enferma y tú no lo sabes. No puedes ni te das cuenta de nada. Eres una cosita pequeña a la cual no conocemos aún. Hace sólo dos meses que tuvimos noticias de tu presencia en el vientre de mamá. Ella se puso nerviosa y muy alegre al igual que muchas personas de la familia. Yo, no sé qué decirte. Fue una sensación extraña, bella y terrible. Mi nerviosismo fue diez veces más grande que el de tu madre y pensé miles de cosas que tal vez no comprenderías. Lo que pasa es que no me sentía capaz de ser padre, de educar un hijo o una hija. Estaba preocupado por educarme a mí mismo y no era un trabajo fácil. Hay tantas teorías al respecto, muchos libros que dicen y otros que los contradicen. La psicología moderna es tan complicada y los bebés lo son más, aunque son los adolescentes y los adultos quienes complican las cosas. Yo hablaba mucho acerca de la necesidad de no traer hijos al mundo. Es una infamia, decía, es un crimen imperdonable hacer que nazcan sin saber si más tarde van a lamentarlo, el hombre como especie no puede ni ha podido nunca ser bueno, destruye la naturaleza en todo sentido, se destruye a sí mismo como ningún animal lo ha hecho jamás. Recuerdo que en mi infancia toda la familia salía de paseo los domingos. Mis abuelos, mis padres, tíos y primos. Ibamos al campo, cerca de la ciudad. No existían tantas alambradas como ahora y podíamos correr en los potreros verdes a orillas de los riachuelos azules rodeados por sauces llorones. Había vacas, ovejas, ranas, caballos y cerdos, nos gustaba observar a sus crías, eran lindas las ovejitas pequeñas y los terneros y los potros. Ahora no hay potreros verdes ni ríos azules.

87 Los niños no conocen a los animales, el campo está lleno de alambradas. Yo sentía terror al pensar que un niño nacido de mi propio ser no tuviera oportunidad de ver una ranita ni de corretear por el pasto. Me sentiría culpable de que ese niño o niña no conociera, cuando fuera grande, los sembrados de trigo ni de papa, que ya no hubiera tigres ni focas, ni caimanes, porque el hombre los habría matado con rifles y que ya no pudiera comer pescado porque los mares y los ríos estarían envenenados. Así pensaba, así hablaba, así continúo pensando, sólo que ahora estoy esperando un hijo a pesar de lo que consideraba profundas convicciones. Tú rompiste mis convicciones. Cuando mamá tuvo sospechas de tu existencia y éstas fueron confirmadas por un médico, estoy esperando, me dijo, estoy embarazada, no puedo describir lo que sentí, no puedo recordar lo que le dije pero creo que me temblaron las manos y las piernas, me tembló el corazón y me tembló la mente. Pensé todas las cosas que acabo de contarte y sentí todas las sensaciones que jamás había sentido. Había temor, había felicidad, había mucho amor pero no demostré casi nada. A los hombres nos crían con la mentalidad de los hombres. No debemos llorar aunque lloremos, no debemos mostrar lo que sentimos. Pero estabas allí. Te imaginé pequeñito como un renacuajo, aún informe e incapaz de pensar. Te imaginé llorando por la noche y parecido a mí, no me agradó la idea puesto que no soy muy agraciado y la gente asegura que tengo mal genio. Empezamos a mirar la ropita expuesta en almacenes infantiles. Como ignorábamos si eres nene o nena, consideramos ambas posibilidades. Pijamas, saquitos, pantalones, gorros, chaquetas, guantes y escarpines. Vimos las cunas, los coches, los triciclos, adquirí un libro relacionado con estos temas y una larga

88 lista de nombres masculinos y femeninos. No hubo problema en la elección de uno para cada caso. Abuelos, padres y tíos no tendrían derecho a intervenir en el asunto. Pero mamita se ha sentido mal. Tiene una pequeña hemorragia que le preocupa y en estos días le ha dolido el estómago. También yo estoy preocupado aunque parezca que lo tomo con calma. No vayas a pensar que no te quiero. Te amo así como eres, pequeñito, con tu pinta de sapito antes de serlo. He procurado leer todo lo posible acerca de la gestación de bebés como tú. En verdad es algo fabuloso. Se van formando aso de la nada, lentamente desde un puntico invisible hasta ser una reunión de puntos que ya pueden verse y toman forma de algo, es como el proceso de revelado de una fotografía sobre el papel. Al principio no hay más que un fondo blanco, luego empiezan a aparecer punticos, en tu caso eras uno solamente y poco a poco aparece una mancha más y más grande hasta que brota una imagen completa con todos los detalles que tenía el modelo original. Tú eres así, una copia de tus padres que se procesa en un complicado y oscuro laboratorio dentro de mamá. Cuando estés completamente acabada, se abrirá la puerta para que salgas y entonces podrás recibir la luz del exterior. Continúa la hemorragia y mamá está llorando. Dice que va a perderte y yo no digo nada. Que no se preocupe, que a veces pasan estas cosas, deberá seguir las indicaciones del médico y tomar sus vitaminas. Escribí a tus abuelos informándoles que ya tienes tres eses de edad. Cómo pasa el tiempo. Faltan únicamente seis para que se abra la puerta del laboratorio y te llegue la luz, respires el aire y grites con toda la fuerza de tus pulmones. Me gustaría ver tu nacimiento pero es difícil que los médicos de la clínica me permitan entrar a la sala de maternidad. Sin embargo,

89 hablaré con el doctor de mamá. Así podré conocerte desde el momento de tu arribo. Ojalá que no te guste el fútbol. Me causarás un dolor de cabeza si andas por allí disparando balonazos contra las ventanas de los vecinos y los domingos te pones a lloriquear para que te lleve a ver el partido. No soportaría la tortura de hacer cola en un estadio y sentarme dos horas bajo el sol mientras la multitud se para, se sienta, grita, insulta. No es que prefiera que seas una linda niñita. Mi conciencia me dice que los niños y las niñas son igualmente maravillosos. También son igualmente difíciles de educar. Sólo espero tener la suficiente madurez para hacer de ti un hombre honesto y útil o una mujercita buena y capaz de valerse por sí misma. A veces tengo miedo cuando pienso en lo que será de ti, en las cosas que harás cuando seas mayor. Temo pensar en lo que será de mí, las cosas que debo empezar a hacer para cuando seas mayor. Debo preparar tu terreno y el mío. No es nada sencillo y además no tengo experiencia. Cómo me gustaría que sintieras orgullo de que yo sea tu padre. A mí me gustaría sentirme orgulloso de serlo, pero quién sabe. Tú serás lo que quieras y harás lo que desees. Creo que es tonto lo que digo. No hay una lista de elementos que hagan a una persona sentir orgullo o desilusión. Todos somos diferentes a los demás y tú también serás tú mismo. No serás yo ni mamá ni cualquier otro sino tú. Pronto seremos tres en la casa. Ya no habrá una pareja sino una familia. Qué cambio tan grande el que harás en nuestras vidas. Tú empezaste ya a transformar mi vida. Seré o soy papá, tu madre es o será mamá, mis padres y sus padres son o serán abuelos, otros serán tíos y otros primos. Verás cuánta gente hay en esta familia. Verás cómo vamos a quererte y si tú quieres, a dejarnos querer.

90 Mamá se sintió muy mal esta mañana. El dolor de estómago fue más agudo y la hemorragia se vino de pronto con mayor intensidad. Corrió al baño y un momento después me llamaba a gritos. Había mucha sangre y un coagulo espeso, oscuro, sentí deseos de llorar y no lloraba, mamá se angustió y sólo repetía perdí a mi muchachito. Yo no podía reconocerte en medio de la sangre. Tomé el coagulo que mamá decía que eras tú y mis manos grandes se sentían más torpes e inútiles que nunca. Traté de recordar tantas fotografías de fetos aprendidas en libros estúpidos y revistas idiotas y películas imbéciles que de nada me servían si no podía descubrir a mi propio hijo sólo porque estaba en mis manos y no en una lámina de colores. Te miré por todas partes, los ojos me ardían y mi garganta apenas si pudo decirle a mamá que sí, que eras tú, que ya no había remedio y que se calmara, que iba a llamar por teléfono al doctor para preguntarle qué debíamos hacer. Un vacío llenó mi corazón, mi pecho entero. Mamá también quedó vacía de ti. Le dije voy a botarlo. Ella me miró llorando y no dijo nada, solamente me miraba y sus manos eran como arañas blancas recorriendo sus brazos y su rostro, enredándose en su cabello y trepando por las toallas, por mis brazos, por su vientre. Estaba muy pálida y su carita de niña me anulaba toda la capacidad para decidirme. Lo recuerdo clara y perfectamente. Fue un momento espantoso que nunca se borrará de mi memoria. En el baño había mucha sangre y te tiré allí. Moví la llave del agua y un remolino te arrastró haciéndote dar vueltas mientras mis lágrimas giraban en un vértice interior cayendo hasta lo más profundo de mi ser que se quedaba oscuro, frío, solo.

91 ESQUELAS PARA NADIE Es tan extraño que hoy no pueda escribir cosas extrañas cuando todo es en verdad tan extraño. Mi cabeza está llena de ideas absurdas y a veces me río solo, imaginando que si la gente tuviera un botoncito en la frente podría oprimirlo cuando llueve y aparecería un paraguas negro con el mango incrustado en el cráneo; tendría que brotar en la parte superior de la cabeza porque si estuviera hacia un lado no serviría de nada y las personas se mojarían. También quisiera escribir un cuento acerca del perro verde que se comió una casita de chocolate construida por Bienestar Social en el parque de un barrio marginado y luego se bebió la avena Quaker que brotaba en la fuente donde nadaban los gamines, pero todo queda en esto y no se me ocurre nada en absoluto, es como si mi mente estuviera vacía, creo que ya no funciona como debe y me aterra pensar que esta noche vuelva a soñar con los policías que me persiguen armados con enormes garrotes rellenos de fresas y crema de maní, cuando me alcanzan se enloquecen embarrando mi cara y descubren que odio las fresas, no puedo evitarlo pero es anticonstitucional y me declaran enemigo del país, atan mis manos con largas espinacas y me llevan al Capitolio donde van a fusilarme a punta de tomates verdes con lunares amarillos. Entonces aparece el presidente y empuja hacia arriba sus gafas de carey que parecen cabalgar sobre una nariz de mentiroso y me dice que estoy libre, que nadie va a sufrir la muerte atroz de los tomates y se toca la frente, se oye un zumbido y le brota un tubito en la cabeza, me doy cuenta de que no le había visto un lunar en la frente y en el extremo superior del tubito se abre un paraguas negro que más parece una sombrilla costosa, debe ser un parasol y la sombra cubre al señor mandatario, yo despierto y esta eterna sed hace

92 que me levante y vaya a buscar agua al baño, hay que tomarla del grifo porque la nevera la tengo en el garaje y está seca. La idea del perro verde ha madurado durante muchos días, pero reconozco que lamentablemente jamás llegará a convertirse en un buen cuento y es por eso que la he rechazado definitivamente, nadie iba a creerla y sería una historia demasiado absurda, esa extraño que se me vengan esas imágenes inverosímiles cuando realmente no tengo nada que escribir, sólo pienso en la increíble imaginación de algunas personas y no comprendo cómo puede uno concebir en la mente que un miserable y hambriento perro de color verde, la intensidad del mismo no sería importante, qué trascendencia iba a tener que sea un verde claro u oscuro si el animal ya se comió la casita de chocolate y la pasó con avena, en todo caso somos un mundo muy raro, un mundo interior muy raro es lo que quería decir. De todas maneras los sueños nunca me abandonan y aunque sean pesadillas que vivo despierto, generalmente despierto, son datos muy útiles para compilar ideas absurdas que luego trato de desarrollar, siempre que la inspiración me colabore y el jefe salga de la oficina. Esa es otra cosa que me tiene fastidiado, mi jefe es una gran persona, mide casi dos metros de estatura y sonríe como su primo de Londres, el Big-Ben. No sé por qué jamás me ha dado motivos de queja si a veces lo provoco debido a mis ocurrencias verdes de perros y paraguas. Bueno; en verdad la idea del paraguas la inició él, allá en las alturas de su humanidad. Decía que me fastidia porque nunca tiene un minuto para leer mis historias, como si no tuvieran importancia para el desarrollo de la mente, un empleado con imaginación puede rendir diez veces más que aquellos pasivos a quienes no les nacería en cien años una historia como la del hombre que estalló en el bus haciendo reventar con él a todos los pasajeros, eso se habría evitado si la gente

93 abriera las ventanillas pero no fue así, al pueblo le gusta oler a sus semejantes y sudar camino a casa o al trabajo y allí tienen la consecuencias. Es extraño, lo repito, que en un mundo tan raro como éste, las cosas que a uno se le ocurren puedan ser calificadas como extrañas. Será porque no nos resignamos a aceptar que vivimos en un manicomio. Si lo hiciéramos ya no habría cosas extrañas para nadie pues lo irreal sería realidad y lo absurdo sería lógico, lo raro sería normal y entonces veríamos perros verdes caminando por las aceras de melocotón y las calles estarían empedradas con calabazas y sandías, las personas que tropiezan o resbalan y se van de narices contra el suelo podrían aprovechar para morder un pedacito de avenida y los borrachos se tenderían en las esquinas a chupar su tajada de sandía para calmar el guayabo. Quizá los árboles de guayaba crecerían en las huertas y en vez de guayabas se cargarían de bocadillos y los niños tendrían un motivo para ser felices en casa de los padres, al menos durante el tiempo de cosecha. No sé si en alguna ocasión tuviste sed. Te aseguro que es desagradable. Sientes la boca reseca y la garganta llena de arena que no has comido, la lengua parece una hoja de cactus y entonces viene la fiebre, ya hace dos semanas que me quema la fiebre y es por eso que no escribo, cómo voy a escribir si no tengo qué y por otra parte la persiana forma una esfera con sus tablillas unidas en los extremos y gira lentamente suspendida frente a la ventana, es un planeta verde y me doy cuenta de que hay demasiadas cosas verdes aquí, la puerta también es verde y mi cama está sepultada bajo un enorme cubrelecho verde, luego, es perfectamente posible que existiera el perro y se tomara la avena, me refiero al perro verde, yo habría hecho lo mismo con tal de calmar la sed, e igual derecho tiene cualquier perro por más verde que sea.

94 Tal vez te habrá pasado que cuando menos esperanzas tienes, de pronto se e acaba la fiebre y dejas de sudar, te despegas un poco la pijama y escuchas claramente el maldito aguacero que está cayendo afuera mientras adentro te cuentan que estuviste delirando y que lloraste toda la tarde porque el diablo está metido en una puerta de color negro, en una calle más oscura todavía, yo pienso que todo es posible, inclusive el que hubiera soltado unos buenos lagrimones a causa del demonio, la verdad es que somos demasiado incrédulos, ya no nos impresionan las cosas sobrenaturales, qué demonios vamos a creer en la existencia del diablo si ni siquiera somos capaces de creer en un probable, factible, posible y por qué no, enorme perro verde. Estaba preocupado porque ya no se me ocurría nada para escribir y ahora será peor, voy a perder mucho tiempo pensando en las pesadillas con el diablo, en este momento me miro en el espejo que hay frente a mi cama y no veo el lado izquierdo de mi rostro, se ha desvanecido completamente, no hay ojo ni pómulo, falta media nariz y la mitad izquierda de mi boca. Pienso en una imagen de aquellas que aparecen en las películas de moda acerca de encarnaciones demoníacas y siento miedo de mí mismo, concentro la mirada en el espejo tratando de encontrar mis facciones perdidas, pero se han ido o se han borrado, simplemente no existen o no están allí, y hago lo posible por andar al diablo la idea del demonio. Hay días supremamente improductivos, como éste, un viernes incoloro y eternamente largo como un mes de mayo sin ver las flores ni tus ojos, sin haber visto las rosas ni tus labios. Los viernes son así por costumbre, es que cuando llega el viernes ya la semana está cansada y es más larga la espera de tus pasos cuando contestas el teléfono, las personas se demoran demasiado para contestar el teléfono, yo te he visto parpadear cuando

95 escuchas la campanilla, te levantas calmadamente y caminas sin ninguna prisa, colocas tu mano blanca y de largos dedos bien cuidados encima del aparto, conversas aún tres o cuatro frases mientras él timbra tembloroso bajo tu caricia y es entonces, es sólo entonces cuando lo levantas para decir ¡aló! Muy dulcemente, tanto, que se olvida la espera y el mundo se adormece con tu voz. Pero decía que los viernes son largos, interminables como una tarde de otoño sin hojas ni viento ni parque, desearía no aborrecer así los días pero es inevitable si no estás aquí, si yo no estoy allí, si todo no se encuentra aquí porque ha pasado la semana llevándose las cosas en medio de las horas, no lo vas a creer, he descubierto que las cosas se van con el tiempo a medida que corren los minutos, nosotros no nos damos cuenta porque estamos sometidos bajo el peso gravitacional y todo eso, pero si pudiéramos acelerar el ritmo de nuestras rotaciones personales, si aumentáramos la velocidad de vibración en nuestros diapasones energéticos, podríamos ver y oír tantas cosas increíbles, escucharíamos por ejemplo cómo cruje la ceniza del tabaco rubio en un cigarrillo americano y cómo lo hace en un puro de La Habana. Debería decir “un habano”, pero correría el riesgo de ser mal interpretado, nuestro pobre idioma ya no sirve para nada y muchos pensarían que habano es un banano. Veríamos envejecer paso a paso la corteza del aire, podríamos tocar las ondas sonoras con la yema de los dedos y moldear palabras y notas musicales como quien fabrica objetos de cerámica. Pero, lo más impresionante, veríamos marcharse cada cosa que nos rodea, una silla con las patas incrustadas en alocados minutos que arrastran todo cuanto hallan a su paso, un libro que lucha por despegar sus hojas prendidas con segundos metálicos y fríos, personas pataleando que apenas si logran asomar la cabeza entre las ondas del tiempo y evitan el ahogarse, pero unas horas más.

96 Rostros que se mueven de izquierda a derecha y de derecha a izquierda tratando de ahuyentar a los nanosegundos que caen como mosquitos chupasangre para arrugarles la frente, destemplarles los párpados y opacar el brillo de los ojos. No quiero que te asustes. Es solamente que no tengo tema para escribir y entonces vuela mi mente imaginando palabras que son recogidas con mis dedos y luego las pego con tinta en el papel. Es lo que yo decía. Siempre suceden cosas extrañas, como ahora, por ejemplo. Hoy es precisamente viernes, nuevamente, de aquellos viernes que antes mencionaba, largo, supremamente largo y te demoras tanto en contestar el teléfono, escucho un timbre que se mete por mi oído como por entre un túnel y pienso que no estás, entonces suena un clic y enseguida el dulce aló que me devuelve la vida, pero me entero de que tienes fiebre, esta noche no saldrás conmigo y el viernes se estira perezosamente, crece como un lagarto verde, recuerdo al perro y la casita de chocolate, ya no volveré a tomar avena pues siempre pensaré en ese animal bebiéndose la fuente y tú estás enferma, debes tener sed y escalofrío pero me encuentro tan lejos para poder ayudarte, creo que estoy verde de la ira que me causa tu malestar, no hay derecho para que las enfermedades ataquen a una mujer como tú, especialmente un viernes, los viernes luces tan bonita y empieza el fin de semana, pero ahora vas a tener que meterte a la cama y escribir una cosa bien linda como sabes hacerlo, me gusta tanto lo que escribes y siempre tienes tema, en cambio a mi no se me ocurre nada, tal vez me faltan dedos, si tuviera quince o veinte quizás lo haría mejor, aunque viéndolo bien, de nada serviría si no me fluye un buen tema. Para escribir se necesita que el cerebro funcione y produzca ideas, por ejemplo, si yo me concentro en tu fiebre y poco a poco la separo de tu cuerpo, haz de cuenta que es como ectoplasma que empieza a despegarse de tu

97 interior y va saliendo por los poros, forma una nubecilla blanca que se eleva sobre ti, sientes que te alivias cada vez más, lentamente, la sed termina y la temperatura se normaliza, sientes un poquito de sueño, un sueño agradable que te cierra los párpados y un delicioso calorcillo te acaricia el rostro, ya estás más tranquila y te olvidas de la universidad y los trabajos, no piensas en nada más que en descansar y comienzas a soñar en lo que más te gusta, la nubecilla blanca va saliendo de tu alcoba y atraviesa la puerta cerrada como si no existiera, se aleja de tu casa y viene hacia mí, yo la atraigo mentalmente y me siento feliz mientras te duermes, cuando llegue la dejaré entrar por las rendijas de mis uñas y será destruida por las no sé cuantas inyecciones de penicilina que me han puesto para matar nubes de ese mismo color. No vayas a creer que odio los colores. Hubo un tiempo en el cual me dediqué a pintar cuadros absurdos, abstractos digo a veces, eran infinitamente llenos de colores y en este momento se me viene a la cabeza que debería pintar la fiebre, llevaría mucho rojo amarillo, en el centro un grueso brochazo de pintura blanca, quizás el fondo semejaría nubarrones de delirio y ensoñación, suprimiría el uso de colores oscuros para evitar las pesadillas y tendría que ser un cuadro acerca de una fiebre plena de recuerdos ilusiones azules, imágenes tiernas y repletas de dulzura para que le hagan a uno más agradable la estadía y que no importa entonces la soledad en la alcoba, soledad en el lecho, porque allí estarían los deseos realizados a voluntad del interesado o la interesada en disfrutar de una gripa inoportuna y por demás inesperada. Hoy es miércoles y ya estás mejor. Es un miércoles lluvioso y no he visto pasar la bicicleta. Te contaré lo de la bicicleta. Es de color azul claro con unas franjitas rojas y el asiento negro. Nadie va sentado sobre él y la bicicleta marcha sola. Esto te lo cuento únicamente

98 a ti pues nadie más me lo creería. Tú si me conoces y sabes que tengo suerte para encontrar cosas fantásticas en la calle o en cualquier otra parte. Esta solitaria bicicleta pasa por la calle frente a la oficina casi todos los miércoles por la mañana, una sola vez, me parece que la velocidad es siempre la misma y el equilibrio perfecto. Me ha llamado la atención el que nadie la mire, será porque en este inmenso hormiguero humano cada cual anda metido en su propio cerebro, sumido bajo el peso de sus no pocos problemas y también de los ajenos. Especialmente de los ajenos. No es que la gente se preocupe buscando soluciones a los problemas de los demás. Lo que sucede es que se divierte con ellos, además de tener un motivo para pasar el tiempo. De todas maneras, esta bicicleta me ha dado mucho qué pensar; no sé si en ella misma o en la cosa que la conduce, porque algo tiene que manejarla, es, si no imposible, muy extraño que una bicicleta vaya y venga sola por estas calles de dios o del diablo, expuesta a sufrir un accidente de tránsito, que algún carro la atropelle y le dañe los radios, o que sea ella quien se lleve por delante a un peatón desprevenido. Otro punto para tener en cuenta es que a una cuadra del edifico donde trabajo quedan las dependencias de Circulación y Tránsito. Lo raro es que jamás los agentes se hayan dado cuenta, nunca han mencionado la bicicleta solitaria ni han hecho nada por detenerla e investigar lo que sucede. Bueno. Dejemos esto a un lado, no sea que terminemos soñando bicicletas que corren tras los policías que huyen desesperados en enormes motosverdes-de pedal. Han transcurrido varios días sin que escriba nada. Lo explicaré mejor. No es que no hubiera escrito. Eso es muy difícil teniéndote incrustada en mi mente y por tanto sí escribí muchas cosas, demasiadas, tal vez allí estuvo el error, a lo mejor no te agrada que un tipo como yo se

99 dedique a pensarte y escribir esquelas que seguramente ni siquiera vas a leer, tuve miedo de hacer el ridículo contigo y adiviné que te burlarías de mí; fue por eso que puse las hojas de papel sobre la mesa y coloqué mis manos extendidas encima de ellas, con las palmas hacia abajo, era tanta la concentración de mi mente que las manos me temblaban pero dio resultado y los papeles comenzaron a moverse poco a poco, se fueron encogiendo tan lentamente que casi no se notaba lo que ocurría, yo iba leyendo mientras tanto lo que ocurría allí escritas por mi puño y letra y me alegre tristemente de haberlas destruido, por eso te digo que no escribí nada, porque no quedó nada, las hojas se encogieron hasta desaparecer de mi vista, se esfumaron, sólo me quedó un ligero cansancio en los músculos de los brazos y un poco de sueño tirando de mis párpados hacia abajo. No importa. De todas formas ya sé que jamás las habría leído, las esquelas digo. Será mejor no volver a escribirte y salir en busca de mi sombra. Se ha perdido desde hace algún tiempo y me parece que es mi obligación encontrarla. No sé dónde ni cómo, pero voy a salir ahora y espero que no se haya caído en un hueco muy profundo. Tengo la esperanza de hallarla cerca de tu casa, no sé, sólo es una pequeña sospecha basada en el conocimiento personal y tan antiguo de mi propia sombra.

Este libro se terminó de imprimir el diez y ocho de abril de 1982 en los talleres gráficos de El Espectador, Bogotá D.E., Colombia.

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