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¿Y tú qué?

25 "Sin embargo, decís: 'No es correcto el camino del


Señor.' Oíd, oh casa de Israel: ¿No es correcto mi camino?
¿No son, más bien, vuestros caminos los incorrectos? 26 Si el
justo se aparta de su justicia y hace injusticia, por ello
morirá; por la injusticia que hizo morirá. 27 Y si el impío se
aparta de la maldad que hizo, y practica el derecho y la
justicia, hará vivir su alma. 28 Por cuanto mira y se aparta
de todas las transgresiones que cometió, ciertamente vivirá;
no morirá. (Ez. 18:25-28)

Introducción

Hemos oído muchas veces eso de que “las apariencias engañan” y las estadísticas
parecen demostrarlo. La típica figura del borracho andrajoso es solo el 5% del número
total de alcohólicos, el otro 95% funcionan con una falsa apariencia de respetabilidad.

El profeta Ezequiel, hablando de parte de Dios, echa en cara a su pueblo el mal


comportamiento externo y la doblez del corazón. No es Dios el que actúa injustamente,
atropellando los derechos de los pobres o maquinando alianzas con el mal. Es el pueblo,
su pueblo, el que ha dejado los caminos seguros que conducen a la vida, para
aventurarse por senderos de despiste que llevan a la perdición. Las apariencias son de
fidelidad: se cumple con la ley de Dios. Pero el corazón anda tras los ídolos que ofrecen
satisfacciones inmediatas y que no miran los delitos cometidos en contra de los débiles.

I. Una parábola

28 ¿Pero, qué os parece? Un hombre tenía dos hijos.


Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, vé hoy a trabajar en la
viña." 29 El contestó y dijo: "No quiero." Pero después,
cambió de parecer y fue. 30 Al acercarse al otro, le dijo lo
mismo; y Él respondió diciendo: "¡Sí, señor, yo voy!" Y no
fue. 31 ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Ellos
dijeron: --El primero. Y Jesús les dijo: --De cierto os digo
que los publicanos y las prostitutas entran delante de
vosotros en el reino de Dios. 32 Porque Juan vino a vosotros
en el camino de justicia, y no le creísteis; pero los publicanos
y las prostitutas le creyeron. Y aunque vosotros lo visteis,
después no cambiasteis de parecer para creerle. (Mt. 21:28-
32)

En el Evangelio, se vuelve al tema del enfrentamiento entre la verdad y la mentira.


La Palabra en este día es demoledora: tira por tierra conceptos religiosos que se nos han
colado en la mente y el corazón a muchos que hemos sido formados según una fe
"tradicional".

Mateo ubica estas palabras de Jesús en medio de fuertes polémicas tenidas con las
autoridades religiosas nacionales: los maestros de la Ley, los sacerdotes del culto
mosaico, los fariseos y todos aquéllos que habían hecho de la religión su propia
seguridad. Ellos no sentían la necesidad de ninguna conversión a Dios, porque se creían
los depositarios y administradores de todo lo relativo al culto de Dios. Se creían libres, y
en realidad, estaban encadenados a un cúmulo de leyes y ordenanzas tras las cuales se
sentían seguros: cumplían con ellas y estaban en paz. ¿Qué querían, entonces, Juan el
bautizador del río Jordán y este Jesús de Nazaret, que proclamaban que ya estaba
creciendo el Reino de Dios? ¿Acaso no eran ellas, las autoridades religiosas, las que
administraban todo lo relacionado con la fe y las creencias religiosas del pueblo?

II. Interpretación y aplicación

La clave para comprender en forma correcta esta parábola es que no alaba a nadie.
Nos presenta la imagen de dos grupos humanos muy imperfectos; ninguno de los cuales
es mejor que el otro: ninguno de los dos hijos sería la clase de hijo que alegra la vida de
un padre. Ninguno de los dos era una persona íntegra, es decir, que dice y hace la misma
cosa; pero sin embargo, el segundo es mejor que el primero por cuanto hace la voluntad
del padre. El hijo ideal sería aquél que acepta las órdenes de su padre con obediencia y
respeto y las obedece al pie de la letra, sin cuestionarlas. Pero en esta parábola hay
verdades que van mucho más allá de la situación en que fue pronunciada.

Nos explica que hay dos clases de personas en este mundo:

• En primer lugar están las personas cuyas palabras son mucho mejores que sus
acciones; son capaces de prometer cualquier cosa de hacer grandes
afirmaciones de piedad y fidelidad, pero que su acción se queda muy por
debajo de sus palabras.

• En segundo lugar están aquellos cuyas acciones están muy por encima de sus
palabras. Afirman ser duros, severos y materialistas, pero de alguna manera se
les ve hacer cosas amables y generosas sin buscar atesorar méritos por ello.
ONG. En algunas ocasiones tienen vidas más comprometidas que los propios
cristianos en el servicio a los demás, siendo movidos por la misericordia.

Todos conocemos estas dos clases de personas: aquellos cuya acción está muy
lejos de la piedad santurrona que expresan sus palabras, y aquellos cuya acción está
muy por encima de sus palabras a veces cínicas e irreligiosas. Recordemos que el
hombre bueno, en todo el sentido de la palabra, es aquel cuyas palabras y su acción
están de acuerdo.

Esta parábola también nos enseña que las promesas jamás pueden ocupar el lugar
de la acción y que las palabras malsonantes nunca sirven como sustituto de las acciones
correctas; el hijo que dijo que iría pero no fue tenía toda la apariencia externa de la
cortesía, pero era eso: externa. Hipócrita. Pero la cortesía que no va más allá de las
palabras no deja de ser una ilusión. La verdadera cortesía es la obediencia expresada
con gentileza y buena voluntad. Ambas han de ir juntas.

La parábola también nos enseña que cualquiera puede arruinar con mucha
facilidad algo bueno por la forma en que lo hace; puede hacer una cosa correcta con una
falta de bondad y amabilidad que arruina toda la acción.

En resumen, aquí aprendemos que el camino que debe seguir el cristiano es la


acción y no la promesa y que lo que destaca al cristiano es la obediencia que se entrega
con amabilidad y cortesía.

III. Una mirada hacia dentro

Los profetas, que anunciaban tiempos nuevos en los que la salvación correría
como el agua que baja de la montaña, incomodaban a la "clase religiosa". Los únicos
que acogían con emoción y convicción el mensaje, primeramente de Juan y después de
Jesús, eran los que tenían conciencia de necesitar la misericordia de Dios, los que eran
considerados "pecadores" y por lo tanto fuera de la Ley santa de Israel: ¡ladrones y
prostitutas se adelantaban en el camino de la redención a todas las autoridades
religiosas!

Es tremendamente cuestionador el comprobar esto. Al interior de la comunidad de


discípulos, en la Iglesia que todos formamos, desde luego hay santos y pecadores. Hay
quienes tienen una fe recibida desde el seno materno, y quienes la han descubierto
mediante un proceso de conversión.

En la comunidad-Iglesia hay quienes viven una fe y todas sus consecuencias, y


quienes aparentan vivir una fe que les llama solamente al cumplimiento de algunas
normas. Hay también quienes han recibido formación y doctrina, y quienes son
cristianos casi por aproximación, por inercia, por modorra espiritual.

Pero, especialmente, hay quienes se creen justos y buenos, y otros que se


reconocen necesitados de la misericordia porque comprueban en su propia vida el poder
del egoísmo y el pecado. Pero solamente estos últimos, que se ubican en todos los
estamentos señalados, pueden recibir con gozo el mensaje salvador. Los otros no
pueden, porque creen no necesitarlo: ellos no tienen nada de qué arrepentirse.

A Jesús lo seguía una muchedumbre: unos por ver milagros, otros por curiosidad,
otros por agradecimiento, por necesidad de creer y seguir a alguien, por tranquilizar su
conciencia, por amistad y simpatía, porque sí..., y otros porque la persona y el mensaje
del Señor les habían cambiado la vida: éstos solamente eran capaces de admiración,
gozo y compromiso.

Cuando alguien comprueba que realmente el buen Dios es un padre o una madre
que acaricia al hijo golpeado por la vida y lo consuela y lo llama a superar sus
deficiencias, entonces es capaz de levantarse y caminar hacia otro horizonte. Es lo que
les sucedió a los apóstoles y discípulos:
• Pedro, el pescador del lago, que pasa de la cobardía a la entereza;
• Mateo, el cobrador de impuestos para el emperador de Roma, que pasa de la
traición a la fidelidad;
• Tomás el Mellizo, que pasa de la incredulidad a la fe;
• María Magdalena, que pasa de sus caricaturas de amor al amor verdadero...

En fin todos aquéllos que por ser pecadores se acercan a Jesús y sienten sobre
ellos su mano que acoge y perdona.

Mientras tanto, fariseos y autoridades religiosas miran desde lejos esperando ser
ellos los primeros porque han cumplido todas las normas de la Ley y Dios tiene que
condecorarlos por su buena conducta.

Para la revisión de vida

Jesús encontró más acogida entre pecadores, publicanos, prostitutas, pobres y


similares que entre sacerdotes, ancianos, letrados y ricos. Entonces, el Evangelio ¿es
para dejar contentas y tranquilas conciencias aburguesadas y acomodadas o una buena
noticia para pobres y marginados? Y ¿cómo lo vivo yo?

Ante Dios no importan las apariencias ni los gestos externos. ¿Soy de los que
dicen "no", pero luego obedecen a Dios, o de los que le dicen "sí", pero luego nos
olvidamos de lo que El realmente quiere de nosotros?