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EL POPULISMO Y LA IZQUIERDA O EL POPULISMO DE IZQUIERDA.

APROXIMACIONES A UNA TEORÍA DEL POPULISMO
DIETRICH, ECKART
[publicado en Herramienta, número 15, otoño de 2001] Para la reconstrucción de un propio proyecto político de las clases subalternas en este país es indispensable el debate acerca del significado histórico y actual del populismo. Sin embargo, pocos desafíos a la reflexión encuentran tantos obstáculos y resistencias como éste, lo cual no rige de ninguna manera sólo para las bases peronistas, las que, a pesar de los 10 años de «menemismo», siguen identificadas con aquella promesa nunca cumplida de «justicia social». Tampoco en la izquierda argentina, que se declaró en todos estos años «antimenemista», preocupa la vitalidad del populismo peronista. Dicho de otro modo, parecería ser un tema tabú. No alcanza a explicar semejante omisión un supuesto respeto a los «sentimientos populares», ni se encuentra razón suficiente en las confusiones transitorias de aquellos partidos que apostaban —antes o después de la última dictadura— a la fuerza política que «representa las masas proletarias». En la actualidad argentina dos fenómenos simultáneos y a primera vista contradictorios llaman la atención: por una parte la persistencia, casi podría decirse la revitalización, del discurso populista, sólo que ahora este discurso resulta totalmente divorciado de la realidad social, reducido a un mero verso legitimador de políticas «neoliberales» y, por otra parte, un renovado y variado coqueteo desde la izquierda (exceptuando la ortodoxia trotskista) con los valores centrales de ese mismo discurso, o sea con lo popular-nacional y el patriotismo. Aunque esta orientación política tiene fuertes apariencias de oportunismo, y algunos la interpretan no sin razón como «peronización» de la izquierda, es de suponer, que las coincidencias tienen raíces más profundas y un trasfondo más complejo. Sostenemos que estas coincidencias radican en una propia tradición programática de las fuerzas revolucionarias, que, pese a sus demás divergencias, tienen en común tanto los PC como los maoístas y hasta algunas corrientes guevaristas, y no sólo en América Latina. Esta tradición consiste en la visión estratégica (no sólo táctica) de formar «alianzas nacionales» —según las circunstancias antifeudales, anticoloniales, antifascistas o antiimperialistas— con sectores «progresistas» de una «burguesía nacional». Por cierto, siempre estuvo en el centro de la disputa la cuestión no secundaria de aceptar o no una hegemonía burguesa en estas alianzas. Pero independiente de esa cuestión y de cuáles sectores burgueses (por ejemplo, Bunge y Born) o pequeño-burgueses (por ejemplo, APYME) integrarían la alianza, quedó establecido el marco nacional para la búsqueda de intereses, identidades y políticas comunes. Nuestra hipótesis es que esta estrategia preponderante de la izquierda constituye un correlato necesario de los movimientos y gobiernos «populistas» que surgieron a partir de los años 20/30 en la mayoría de los países periféricos. Pero, antes de profundizar esa hipótesis, se intentará resumir cuál ha sido la esencia y el contexto histórico del populismo, más allá de sus expresiones tan diversas como singulares en cada país. ¿Cuáles son los elementos comunes entre los diversos populismos?

CARACTERÍSTICAS DE LAS ALIANZAS «POPULISTAS»:
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UNA RELACIÓN ENTRE AMO Y SIRVIENTE

Las características comunes a todos los populismos son, a primera vista: 1) la alianza de una burguesía ascendente con amplios sectores del proletariado, en oposición a una oligarquía feudal ligada a la dominación colonial; 2) la integración de esa base proletaria a través de políticas reformistas y programas asistencialistas; 3) la hegemonía burguesa en el plano ideológico, sustituyendo básicamente la identidad de clase por una identidad movimientista y popular-nacional; 4) el carácter autoritario y la persecución-represión de los movimientos obreros clasistas y las organizaciones revolucionarias; 5) la adopción de conceptos y metodologías tanto del fascismo así como también de la socialdemocracia europea. Para ilustrar estas afirmaciones, puede agregarse: 1) La alianza populista antioligárquica tuvo como objetivo el desarrollo de la economía capitalista nacional y definió claramente la división de tareas entre socio mayor y socio menor: mientras el proletariado debía servir como tropa de empuje, la conducción política correspondía a los sectores «dinámicos» de la burguesía nacional. Aunque ésta tuvo intereses parcialmente contrapuestos al imperialismo, su «antiimperialismo» fue ambivalente, ya que los capitales locales no desistieron de hacer negocios con capitales extranjeros, sólo que excluían a unos privilegiando a otros. 2) Si bien el reformismo populista fue una concesión material de la burguesía en aras de la alianza, o sea de la conciliación de clases a efectos de consolidar la hegemonía burguesa, fue muy alto el precio que debieron pagar las clases subalternas: las reformas sociales alientan ilusiones respecto a un capitalismo domesticable, cuando en realidad quien resulta domesticado es el proletariado. La institucionalización del asistencialismo, en continuidad con la tradición eclesiástica, sólo perpetúa y reproduce la dependencia de las clases subalternas. 3) La ideología popular-nacionalista, anticlasista, contribuyó a esta domesticación. Tal vez fue éste el componente más pernicioso del populismo ya que apuntaba a la alienación de los explotados y oprimidos, privándolos de su propia identidad social y cultural mediante una integración ficticia: mientras el burgués nunca deja de actuar en función de sus intereses de clase, el proletario se queda con la ficción de que, en la sociedad capitalista, existirían intereses comunes entre las clases dominantes y las dominadas, en vez del antagonismo de clases. Aquí la retórica antiimperialista cumplió una función, efectiva en el sentido confusionista, dando paso a la distinción entre el capital «malo» (extranjero) y el capital «bueno» (nacional), encubriendo un cuestionamiento a la explotación por el capital nacional. 4) La persecución ideológica y represión física del clasismo político-sindical es sólo la cara excluyente de aquella estrategia integradora. En la medida en que el reformismo y nacionalismo populista apuntalan al dominio burgués con el consenso de las masas, el macarthismo anticomunista tiene como objetivo erradicar de la conciencia de las masas cualquier esperanza en la alternativa propia de la lucha revolucionaria por el socialismo. Esto no es una característica secundaria, sino todo lo contrario: la misión histórica del populismo.
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5) La frecuente comparación del populismo con el fascismo es tan polémica como errónea, pero al mismo tiempo útil para llegar a una precisión conceptual. Sin duda pueden encontrarse varias similitudes entre ambas formaciones políticas: el autoritarismo más o menos violento, el nacionalismo más o menos chauvinista, el antimarxismo más o menos macarthista y, sobre todo, la concepción ideológica de diferenciar entre un capital «malo» y otro «bueno». Pero las diferencias son notorias: el populismo encuentra su base social en los sectores proletarios recién incorporados a la industrialización capitalista; el fascismo la tiene en las capas medias empobrecidas, víctimas de la progresiva concentración del capital. Las burguesías latinoamericanas, que promueven proyectos populistas, tienen intereses parcialmente opuestos al imperialismo y se montan sobre un discurso antiimperialista; el fascismo, en cambio, es imperialista. Del mismo modo y, con más razón en cuanto a otros populismos no-argentinos, podríamos seguir enumerando similitudes con el reformismo socialdemócrata: las políticas sociales, el pacto con sindicatos, la estatización y planificación económica, etcétera. Pero siempre quedaríamos en la superficie de los fenómenos. Encontraremos explicaciones una vez que se consideran los tiempos y los diferentes niveles de desarrollo del capitalismo y de la lucha de clases, lo que se abordará más adelante. Quienes interpretan el populismo como un fenómeno latinoamericano, o bien al peronismo como un invento nacional singular, emergido de la idiosincrasia de este pueblo, omiten el hecho de que ya en los años 20 y 30 surgieron en otras latitudes movimientos y gobiernos populistas que en circunstancias comparables muestran rasgos similares a la experiencia argentina surgida 20 años después. Es pertinente mencionar particularmente las dos primeras formaciones históricas del populismo: a partir de 1920, en Turquía el kemalismo de Mustafá Kemal Pasa, a quien luego se le otorgó el nombre honorífico de «Atatürk» (padre de los turcos), y en China el Kuomintangde Sun-Yat-Sen y Chiang Kai Shek, de 1923 hasta 1927, integrado por el PC chino. Estas afirmaciones de carácter general requieren, por cierto, una precisión y diferenciación sobre la base de estudios comparativos.

CONDICIONES HISTÓRICAS DEL POPULISMO LATINOAMERICANO
En América Latina el populismo tuvo su auge en los años 40 y 50, y en menor grado en los años 30 y 60. Si examinamos la constelación histórica específica de estas décadas, encontramos básicamente cuatro elementos, que enmarcan y explican tanto el surgimiento como el ocaso de los gobiernos populistas. El primer condicionante es la economía mundial de guerra y posguerra: la absorción y destrucción de grandes potenciales productivos en Europa generó una demanda que permitió un crecimiento acelerado de las economías periféricas; el auge de las exportaciones (sobre todo agrarias) conllevó, en el mal llamado «Tercer Mundo», un desarrollo de los mercados internos de bienes de consumo. Así se crearon condiciones favorables a una industrialización orientada a sustituir las importaciones. Esto empujó y permitió a las burguesías incipientes de la periferia capitalista a desafiar el dominio de las oligarquías agrariassemifeudales. Para conquistar el poder, sin embargo, necesitaba el apoyo de las masas proletarias. La segunda condición es la relativa autonomía nacional en el mundo descolonizado, necesaria para sostener el desarrollo de industrias nacionales ya mencionado. En el contexto del conflicto Este-Oeste, es decir, en el contexto de la competencia entre los sistemas fue
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posible ganar cierta autonomía. Esto se expresó en especial en la federación de los Estados No-Alineados, impulsada por los presidentes Tito de Yugoslavia, Nehru de la India y Nasser de Egipto. (La Argentina participó en este espacio de autonomía relativa, hasta su retiro, hecho que adquirió notoriedad al ser una de las primeras medidas de la política exterior del gobierno de Menem.) La tercera condición consiste en la necesidad y posibilidad de la integración del proletariado —o de amplios sectores del mismo— en el proyecto nacional-burgués. El término necesidad hace referencia a la relación de fuerzas existentes en cada país; esto es, la debilidad de las burguesías ante las oligarquías poderosas planteó la urgencia de aliados «populares», es decir, la necesidad de domesticar un proletariado fuerte y rebelde. El concepto de posibilidad, en cambio, se refiere al margen económico disponible, que permitía una redistribución en forma de concesiones sociales, como también a la disposición del propio proletariado a integrarse, en virtud del nivel de su conciencia de clase. (Con respecto a esta última condición, más adelante nos referiremos a cuál fue la alternativa que se planteó desde el sindicalismo y las fuerzas de la izquierda.) La cuarta condición es el predominio del modelo fordista en las economías, sociedades y estados capitalistas desde los años 30 hasta su crisis en los ‘70, el cual se caracterizó por: economías nacionales relativamente autónomas, producción taylorista, desarrollo de los mercados internos, consumo masivo, integración de sindicatos burocratizados, estados fuertemente intervencionistas, etcétera. Por cierto que este ordenamiento tanto de las economías como de los estados capitalistas tuvo vigencia en primer término para las metrópolis (con ciertas diferencias entre los EE.UU., Europa y el Japón). Sin embargo, permitió desarrollos similares también en la periferia, sólo que aquí los estados tuvieron que asumir un rol protagónico en la creación de empresas públicas, destinadas a brindar la infraestructura que requerían las economías nacionales. Pero esto fue posible sólo durante un tiempo limitado, hasta la apertura forzada de las economías periféricas en los años 70, que condujo a la destrucción de las industrias locales y a la pérdida del control estatal sobre las economías nacionales. A partir de esa constelación histórica singular y del hecho sugestivo de que el populismo y la estrategia «revolucionaria» de alianzas nacionales surgieran más o menos simultáneamente, cabe preguntarse si se trataba de una coincidencia causal o simplemente de una contemporaneidad casual.

EXPERIENCIAS CON LAS «ALIANZAS NACIONALES» DE IZQUIERDA
Ya se habían producido alianzas burguesas-proletarias en el marco nacional-estatal, aunque no formalmente, en las revoluciones burguesas de Europa, particularmente en las de 1848. En realidad, fueron decisivas para el triunfo de la revolución, pero cuando en una segunda etapa el socio proletario insistió con sus reclamos sociales, la burguesía lo «traicionó», recurriendo a la fuerza militar del adversario feudal para reprimirlo. Una experiencia similar se repitió en los años 1920-1922 en Turquía y 1925-1927 en China, en medio de las primeras revoluciones populistas, que terminaron con matanzas de los aliados proletarios, pese a la participación decisiva de los obreros y campesinos en la lucha por la liberación nacional. En China, incluso los militantes del PCCh estaban, entre 1923 y 1927, afiliados a la fuerza de sus verdugos, el Kuomintang. En ambos casos la aniquilación de los campesinos, obreros e intelectuales comunistas fue posible porque no eran ellos quienes tenían la conducción sino los militares, los terratenientes y la burguesía.
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A pesar de estas experiencias aliancistas, la Tercera Internacional —también llamada COMINTERN— proclamó en 1935, la revolución en etapas, definiendo la etapa de entonces como liberal-burguesa-parlamentaria-antifascista, y aplazando así la revolución socialista para un futuro. La consiguiente insistencia en formar frentes populares con las burguesías (europeas) demandaba entonces una política conciliadora, una política de conciliación de clases. Esa nueva línea del COMINTERN significó un viraje de 180 grados con respecto a la tesis del «social-fascismo», que regía hasta aquel entonces. Esta tesis declaraba a la socialdemocracia como el enemigo principal en la disputa por la hegemonía ideológica de las masas proletarias, precisamente por considerar a la socialdemocracia como agente de la burguesía en las masas, encargado de desviar la lucha revolucionaria hacia la conciliación de clases. En la década posterior a la Primera Guerra Mundial hubo suficientes pruebas que fundamentaron esa posición, pero como línea obligatoria de acción sólo tuvo el efecto de imposibilitar la conformación de frentes obreros antifascistas en Italia y Alemania. Aquel viraje tuvo, por cierto, un trasfondo serio: la revolución rusa había quedado sola, arrinconada; las esperadas revoluciones en el oeste europeo no se realizaron. La construcción del socialismo en un país estaba amenazada de inmediato por el fascismo y requería una política de apoyo y defensa por parte del movimiento obrero de todo el mundo. Pero en la medida en que esta lógica fue dogmatizada por el estalinismo, el KOMINTERN se transformó en instrumento de la política exterior de la URSS, subordinando la estrategia y táctica de todos los partidos comunistas a sus necesidades. La misma lógica condujo a frenar y hasta sabotear los procesos revolucionarios en más de un país. Eso es lo que ocurrió primero en la Guerra Civil Española y luego, tantas veces en América Latina. Los efectos de la nueva política de alianzas no podrían haber sido peores: en España debilitó material y moralmente al frente republicano, sin obtener a cambio el apoyo de los estados liberal-burgueses, ni siquiera el de aquellos que, como Francia, eran gobernados por «frentes populares». La estrategia de alianza proletaria-burguesa no evitó la guerra mundial ni tampoco favoreció la preparación de la defensa armada, sino todo lo contrario: permitió que el «Tercer Reich» preparara y comenzara la guerra en condiciones favorables. Pese a tal experiencia traumática y los mencionados antecedentes turco y chino, reaparece un concepto similar de «alianzas nacional-populares», a partir de los años 50 hasta los 80, en el despliegue de los frentes de liberación nacional de los países periféricos. Por cierto, el contexto y la correlación de fuerzas eran distintos: no se trataba de la defensa de la democracia liberal sino de la lucha por la descolonización y soberanía nacional, incluso en muchos casos de la estructuración (o conquista) del propio Estado nacional; las burguesías locales eran débiles y dependientes, las organizaciones revolucionarias tuvieron la conducción de los FLN. Las experiencias con estas alianzas nacionales fueron de lo más variadas, comprenden desde Argelia y Vietnam hasta las insurrecciones y revoluciones latinoamericanas. No se pretende aquí analizarlas como cada experiencia particular lo merece, ni mucho menos juzgarlas. La única intención es advertir sobre los peligros y resultados negativos que conlleva una aplicación esquemática de estrategias aliancistas, que no resultan del análisis del contexto de cada proyecto liberador sino de experiencias dogmatizadas e intereses de otros países. El caso de Angola es ilustrativo al respecto: en los años 70 China comunista condicionó su apoyo a la lucha anticolonialista exigiendo una alianza con la UNITA de Jonas Sa5

vimbi, mercenario de Sudáfrica y los EE.UU., condición que no fue aceptada por la fuerza revolucionaria principal, el MPLA. Más allá de todo esto queda el interrogante de en qué medida incidió el reformismo sindical en la llegada al poder de regímenes populistas. En el caso de la Argentina faltan todavía explicaciones histórico-científicas de por qué y cómo el «sindicalismo revolucionario» se convirtió en parte de la «columna vertebral del peronismo».

LA POLÍTICA ALIANCISTA DE LA IZQUIERDA
COMO CORRELATO DEL POPULISMO

En determinadas circunstancias, las alianzas nacionales de clases pueden haber sido necesarias; en otros contextos incluso resultaron favorables para la situación socioeconómica de los trabajadores; pero siempre han sido precarias. Las múltiples experiencias dependieron tanto de la correlación de fuerzas en cada país como de la conciencia del carácter contradictorio y transitorio de esas alianzas. De todos modos, dejaron una enseñanza general muy clara: la burguesía rompe sus alianzas «populares» de manera inmediata, cuando éstas dejan de cumplir por lo menos con una de sus funciones: garantizar la hegemonía burguesa y domesticar al socio proletario. Una determinada burguesía puede tener intereses contrapuestos al feudalismo, al fascismo o al imperialismo, pero a lo que más teme es a la revolución social. Prefiere inclusive renunciar a su poder político, entregándolo a dictaduras militares, bonapartistas o fascistas, antes de perder su dominio económico. Si las experiencias aliancistas de los movimientos revolucionarios fueron en general tan desastrosas o por lo menos desfavorables, entonces cabe la pregunta: ¿por qué se generalizó esa estrategia en la izquierda, más allá del contexto específico de cada alianza? La respuesta se encuentra —ésta es la hipótesis— en que ambos proyectos históricos, el populismo burgués y las alianzas populares de la izquierda, tenían el mismo marco referencial. Compartieron los supuestos de: 1) la relevancia de la nación en el sentido de una comunidad de valores e intereses opuestos al imperio, pero también diferentes de los países vecinos; 2) la existencia de una burguesía nacional «progresista» y «patriótica», capaz de liderar la lucha antiimperialista; 3) la capacidad del Estado nacional de representar y proteger los intereses supuestamente comunes de un país (periférico) ante el resto del mundo; 4) la importancia de la conquista del poder estatal, tanto para la conservación o reforma, como para la transformación de las relaciones sociales capitalistas. Ya no se trataba de la necesidad o conveniencia de una alianza transitoria según determinadas relaciones de fuerza, sino del lineamiento universal de una política a largo plazo. Ese lineamiento consistió, en esencia, en una adaptación de las fuerzas anticapitalistas a la forma política del propio capitalismo, que es el Estado-nación. Analizar los múltiples planos y aspectos, tanto programáticos como metodológicos, de esta adaptación exceden el marco de este escrito. Baste mencionar la autotransformación de la mayoría de los partidos de izquierda en aparatos verticalistas, que se dedican preferentemente a la búsqueda de frentes electorales y la presentación de candidatos (al estilo de los partidos burgueses), mientras salta a la vista que en las condiciones dadas la participación electoral sólo tiene la función de avalar la forma parlamentaria de la dominación burguesa, además de ser expresión de la propia fragmentación y debilidad de las fuerzas opositoras al sistema.
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La estabilidad del régimen burgués-parlamentario se apoya, no por último, en el consenso «popular» de que toda la política, aún el cambio deseado por las mayorías, pasaría exclusivamente por estos carriles de la oferta institucional del Estado nacional. En medio de una crisis profunda de la representación política y social, la izquierda electoralista sigue apuntalando ese consenso. Aceptar las reglas del juego implica su legitimación. Y esto rige, más allá del electoralismo, para todas las formas políticas partidarias, que se inscriben en el mismo marco referencial del Estado nacional. Quitar la aparente legitimidad a la fachada populista del proyecto neoliberal sólo será posible abandonando y rompiendo ese marco nacional-estatal, lo que permitirá desarrollar una alternativa real en la teoría y la práctica. La falta de una alternativa convincente parece ser la mayor ventaja de los que detentan el poder. Pero la capacidad de convicción no es una cuestión de elocuencia o de tácticas inteligentes. Para recuperar la credibilidad de una alternativa al capitalismo, la cuestión básica radica en la superación del profundo divorcio ideológico-práctico que aqueja a la izquierda tradicional desde hace décadas: la de la desconexión por lo menos triple entre:  un discurso revolucionario y una práctica reformista;  un futuro de consignas vacías, sin utopía, y un presente sin anticipación de la misma; y  lo político (de las construcciones partidarias) y lo social (de las luchas reivindicativas).

TRASFONDOS DEL NUEVO AUGE DE LA RETÓRICA POPULISTA-NACIONALISTA
Ya se mencionó la llamativa simultaneidad del reciente resurgimiento de lo nacionalpopular en los discursos desde el poder y en algunos sectores de la izquierda. Si bien ambos polos de la sociedad seguramente tienen motivos contrapuestos para esa revalorización de los valores «nacionales», también es cierto que el objetivo y el trasfondo son los mismos: recuperar desde ángulos opuestos aquel «consenso nacional» que se está perdiendo a consecuencia de la «globalización» capitalista imperialista y la autotransformación del Estado nacional-burgués. La estrategia del capital transnacionalizado requiere, en la presente etapa «posfordista», de la movilización de todos los recursos, incluso los humanos, para su mayor revalorización. El medio para tal fin es el desencadenamiento de una competencia feroz a escala regional y mundial que, a su vez, es impulsado por la desregulación total de las relaciones económicas y sociales. Por lo tanto, importa que la fuerza de trabajo esté dispuesta y, mejor aún, motivada para participar en esa competencia, volcándose contra los trabajadores del resto del mundo. Así, resulta lógica la preocupación de los promotores de la «globalización» por la pérdida de cohesión nacional, y así debe interpretarse la no tan nueva pero creciente demagogia contra los inmigrantes como responsables de la desocupación e inseguridad en la Argentina (por ejemplo, Duhalde, en la última campaña electoral). Como si esta función de la renovada retórica nacionalista a favor de la competencia entre pueblos y pueblos, trabajadores y trabajadores no saltara a la vista, la izquierda tradicional se remite a las mismas categorías, los mismos valores y hasta al mismo Estado nacional (interventor-protector) con la doble expectativa de que: a) lo «nacional» sea el campo del encuentro de todas las resistencias contra el capital globalizado y b) el marco de las instituciones y políticas nacionales sirva de algún modo como escudo en esta lucha antiimperialista.
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Desde una perspectiva liberadora y emancipadora este planteo, supuestamente revolucionario, parece tan erróneo como contraproductivo y peligroso. Una política nacionalpopulista:  carece de una base real tanto en la sociedad fragmentada y desintegrada como en el Estado, que definitivamente ya no es el Estado interventor-protector;  sigue atando las luchas anticapitalistas —y con esto la conciencia de las masas— a las formas políticas de la dominación burguesa; y  avala la división de los trabajadores a nivel internacional, haciendo —aún sin proponérselo— el juego al capital, que se beneficia con esa división de los dominados. En la medida en que la estrategia imperialista se basa hoy más que nunca precisamente en la competencia de todos contra todos y en un «Estado nacional competitivo» (J. Hirsch) que promueve y agudiza esa competencia, una política antiimperialista necesariamente debe ser internacionalista e independiente del Estado. Estos criterios resultan decisivos para el desarrollo de nuevos conceptos y contenidos de una contra-estrategia y práctica revolucionarias. En esencia se trata de crear, en el ámbito regional e internacional, estructuras, redes y sobre todo prácticas autónomas y autoorganizadas, que rompan con las alienantes formas nacional-estatales, electorales, etcétera, de la dominación capitalista.

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