EL MAL CORRE

JACQUES AUDIBERTI

Pieza en tres actos

Esta obra se estrenó en París en el año 1947, obteniendo el Gran Premio de Teatro. La Compañía de Georges Vitaly la repuso el 15 de diciembre de 1955 en el Teatro La Bruyére, representando el papel de ALARICA la joven actriz Suzanne Flon.

ALARICA, Princesa de Curtelandia SEÑORA TOLOSA, Aya de Alarica SEÑOR F... TENIENTE MARISCAL PERFECTO, Rey de Occidente CARDENAL DE LA ROSETTE, Primer Ministro de Occidente CELESTINCIC, Rey de Curtelandia

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ACTO P R I M E R O Época Luis XV. Una alcoba, en una residencia situada en el territorio del elector de Sajonia, próximo a la frontera de Occidente. Dos camas. En una cama, la Princesa ALARICA, hija del rey de Curtelandia. En la otra, TOLOSA, aya de la princesa. ALARICA. — ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? AYA. — Duerme. Yo querría dormir. ALARICA. — ¿Dormir?... ¿Dormir? AYA. — Sí, querida... Dormir. Las camas se han hecho para dormir. ALARICA. — La mía, mal hecha. AYA. — Así son las camas de Alemania. ALARICA. — Me haría falta yo no sé qué. AYA. — Para dormir, te bastas tú sola. Es contigo con quien duermes. Para coser necesitas hilo. Para galopar, tu caballo. Para dormir, nada, Es contigo con quien duermes. ALARICA. — Creo que necesito un poco de azahar. AYA. — Si ahora tomas drogas, mañana te dormirás de pie. ALARICA. — ¿Mañana? Ya estamos en mañana. Mañana ha llegado. AYA. — Mañana no llega más que en los cuentos. Cierra los ojos. Cuenta corderos. Un cordero, dos corderos, tres corderos. ¿Los ves hundirse tras la barrera blanca? Cuatro corderos, cinco, seis, siete, ocho. Catorce. Quince. Cuéntalos uno a uno y no te equivoques. ¿Los ves? ALARICA. — Muy bien. Son rizados. Sus patas, color rosa vivo. Algunos tienen bigotes negros. Otros van con muletas. AYA. — ¿Bigotes? ¿Muletas? Esos no son corderos. ALARICA. — ¿Corderos? ¡Ah, no!... Veteranos, sí. Veteranos. Capitanes. Infantes. AYA. — ¿Qué? ¡Hombres! Bueno, ya sean corderos, ya sean hombres, cuéntalos bien. No dejes que se escape ni uno solo. Si no, habría que volver a empezar. ALARICA. — Cincuenta y tres, cincuenta y cuatro, cincuenta y seis, siete, ocho, nueve, sesenta. Sesenta y uno. ¡Oh! AYA. — ¿Qué?... ¿Qué pasa ahora? Ya me adormecía. ALARICA. — Entre los hombres hay un animal. AYA. — ¿Qué animal? ¿Un cordero de los de antes? ALARICA. — No. Un búfalo todo rojo, con los cuernos verdes. Tres cuernos. ¡Qué búfalo raro! Tiene grandes ojos negros. ¡Mi Dios! ¡Qué triste parece! Es un animal que se ha metido entre los hombres, pero a su vez hay hombres en él, hombres que quieren salir. Los veo a través de los ojos negros. Quieren salir. Me llaman. ¿Qué puedo hacer? Y además, mientras tanto, los otros se apresuran. Ya no sé por qué número iba. Tendría que haber puesto alguien en la barrera, un control. Estoy muy fastidiada. AYA. — Bueno. Se terminó. Listo. Ya no dormiré más. La noche murió. Encendamos. ALARICA. — Me has dado con la luz justo en los ojos. Siempre igual. Yo creo que en el fondo tú no me quieres ni tanto así. AYA. — Mi junquillo, perdóname. Esta luz, sin embargo, es bien débil. Apenas si veo la hora. Son las... Son las cinco y veinte. Las cinco y veinte del seis de diciembre de mil setecientos sesenta y dos. Afuera, la nieve, la noche. Si nadie se interpone, la rueda de esta jornada no se desviará un punto. ¿Te das cuenta? ALARICA. — ¿Y si jugáramos a las damas? AYA. — Mil gracias. No podría distinguir las blancas de las negras. Tienes diez y nueve años, mi ranita. No eres ni lo bastante joven, ni lo bastante vieja para esas aburridas diversiones. Apenas si hemos ganado un minuto. Sin embargo, la rueda de esta jornada histórica deberá... ALARICA. — He oído la rueda de una carreta. Me ha hecho rechinar hasta los dientes. AYA. — Tienes una sensibilidad realmente diabólica. Todo te hiere, y sin embargo no dejas

pasar nada. El matrimonio te hará bien. ALARICA. — ¿Esperas que el matrimonio me vuelva sorda? AYA. — El matrimonio te tranquilizará, te aflojará. No ya de un poco de azahar, sino de un naranjo entero, tu cuerpo estará colmado, satisfecho, apaciguado. El matrimonio es el estado, es el trono de la mujer. ALARICA. — Una mujer, yo no soy. AYA. — El matrimonio sabrá hacer de ti una mujer. ALARICA. — ¿Hará un hombre de mi esposo? AYA. — Aún doncel, un hombre es un hombre; aún doncel, aún completamente solo. Pero una mujer no está completa hasta que no forma una mitad. Me caigo de sueño. ALARICA. — Explícame. Cuéntame. AYA. — ¡Ah, no! Yo no quiero hacer lo que le toca a tu esposo. Él te moldeará, mi linda tontita, mi tortolita. En el fondo, si no duermes, ya es por culpa de él. Pero no hace falta que el presente sea consumido por el futuro. ALARICA. — ¿Crees tú que ha de ser muy grande mi futuro? ¡Con tal de que sea más grande que yo! ¿Y sus ojos? Sus ojos, exactamente, ¿cómo son? AYA. — Consulta la miniatura que te hizo llegar. ALARICA. — ¿Dónde la metí? AYA. — La tenías en tu cama. Todo lo pierdes. ALARICA. — Ya la tengo... acerca la lámpara, ¿quieres? Sí... No hay nada que decir. Es lindo. Pero esa sombra, allí, cerca del labio, esa sombra me inquieta. Se diría que no está contento. Que ha llorado. ¿Qué puede pasarle? AYA. — Los reyes no están exentos de disgustos. ALARICA. — No irá a gemir todo el día. AYA. — No... de vez en cuando... como todo el mundo. ALARICA. — Entonces... cuando no gime... ¿Qué hace, cuando no gime? AYA. — Estudia, supongo. Digiere. ¡Duerme, el bienaventurado! ALARICA. — Y yo, ¿cuáles serán mis ocupaciones? AYA. — Tú darás felicidad a tu esposo. ALARICA. — ¿Todo el día? AYA. — Todo el día, sí. Y toda la noche. ALARICA. — Esa felicidad que yo daré, dime, To-losa, ¿de dónde la sacaré? AYA. — La tomarás de tu esposo. ALARICA. — La felicidad que yo tomaré de mi esposo, será la que yo le habré dado. Entonces, ¿no beberé más que mi propio bien? AYA. — Me partes el cerebro. Si no quieres dormir, por lo menos cállate. Pobre perita verde, no pienses más. Reposa. Escucha. ALARICA. — No oigo nada. AYA. — Justamente. Ya ni tú oyes nada. La carreta se ha alejado. Una nueva noche comienza. Descansad, mi madreselva. Una nueva noche comienza. Todos se han ido. (Golpean violentamente la puerta.) ALARICA. — Han golpeado a la puerta. AYA. — Sí. Han golpeado a la puerta. ¿Sois vos, señor Mariscal? (Golpean de nuevo.) AYA. — Es raro. ¿Qué significa esto? Será el teniente. ¿Quién va? ALARICA. — ¿Qué puede venir a hacer el teniente a la puerta de nuestra alcoba? AYA. — Razones no faltan, que puedan ponernos por delante los tenientes, para introducirse en los cuartos de las mujeres. Es cierto que el nuestro no reverdece ya mucho. (Golpean de nuevo.) ALARICA. — Tengo miedo. AYA. — No tengas miedo. Tu miedo da coraje al que te amedrenta.

ALARICA. — ¿Y si llamáramos? ¿Por la ventana? AYA. — ¡Silencio! Hablan. Voz (detrás de la puerta). — ¡Abrid! ALARICA. — Han dicho: "¡Abrid!". AYA. — ¡Abrid! ¡Qué tupé! ¿Quién está ahí? ¿Quién es? Voz. — Es el rey. AYA. — ¿El rey? Voz. — Yo soy el rey. Soy Perfecto Decimoséptimo rey de Occidente, de Burgondía y de los Vascones. Alarica, soy vuestro futuro. Soy el prometido de Ja princesa Alarica de Curtelandia. que esta misma noche he de desposar. ALARICA. — ¡Cielos! AYA. — ¡Canastos!... Quienquiera que seáis, señor, debéis saber que nosotros llegaremos hoy a las tres de la tarde a la frontera de Occidente y que, en este momento, nos encontramos en los cantones del elector de Sajonia, a cuatro leguas de aquella augusta frontera. ¿Cómo podríamos admitir que, transgrediendo el protocolo, nuestro real prometido se llegue ante nosotras con tanta prisa como para que nos sea permitido saludarlo aun antes de haber puesto el pie sobre sus Estados? Voz. — ¡Abrid! El rey no espera, vos lo sabéis. AYA. — Señor, aun siendo vos el rey, no debemos, ¡cuernos!, recibiros, aunque más no sea porque vuestra visita nos toma de sorpresa, y no estamos vestidas. Pero ¿cómo nos probaréis... que sois quien sois, que sois vos el rey? Voz. — La prueba saltará a la vista si se abre la puerta. AYA. — ¡Qué terrible confusión! Que el rey se digne comprendernos, si es él quien está detrás de la puerta. Voz. — No estoy detrás, estoy delante. AYA. — Debo velar por la princesa. Voz. — La princesa no podría encontrar mejor guía ni más firme tutor que yo, para el trecho del camino que le queda por cubrir antes de que esté a sus pies el reino de los iris. ¿No es así, Alarica querida? AYA. — De acuerdo, señor. De acuerdo, si sois el rey, pero si no sois el rey, y yo llegara a abriros, ¿cómo podríais perdonarme jamás mi ligereza? Mejor dicho, ¿cómo podría el rey perdonármela jamás, si fuese verdaderamente el rey? Voy a llamar. Voz. — Os lo prohíbo. Yo soy el rey. Si me desobedecéis, señora aya, os haré cortar la cabeza. AYA. — Estamos a cuatro leguas de Occidente. ¿Debemos reconocer vuestra autoridad fuera de los límites de vuestro dominio? Estamos en las tierras del elector de Sajonia y esta casa es de él. Voz. — ¡Cómo! He venido a caballo, solo y ardiente, dejando allá, en Sistreburgo empavesado, al arzobispo, los orfeones, los coraceros. Llego al morir la noche, ardiente como el fuego. Burlo a la guardia. Devoro las escaleras. Toco esta puerta. Es de madera. ¿Y esta es, pues, toda mi recompensa? ¿Debo volver a partir, en seguida, extenuado, decepcionado, llevando, por toda provisión, bajo mi capa, la voz de una aguafiestas? La prudencia, mi buena señora, no es siempre prudente. Pero vos, Alarica, vos, carne de mi vida, pensamiento de mi carne, vos que yo sé, vos que yo siento que me escucháis con todas vuestras bocas, que me amarráis con todos vuestros bucles, vos, cuyo corazón palpita de amor y de dolor, ¿con qué ojos osaréis mirarme cuando, hoy mismo, esta tarde, no lejos del río, ante la catedral, volvamos a encontrarnos, en presencia de nuestros ministros y escribanos? Siempre estará, entre nosotros, esta mugre de puerta. (Golpea con violencia.) ALARICA. — Señor, voy a abriros. AYA. — ¡Estáis loca! ¡Y si fuera un bandido! Voz. — Daos prisa. Van a terminar por

descubrirme en este apestoso corredor. ALARICA. — Abro. (Entra un joven, alto y jovial, F..., chaqueta de cuero. Tricornio. Capa. Se precipita sobre Alarica.) F.... — ¡Querida! ¡Mi amor! Os veo. Os tengo. ¡Ruta de caravanas! ¡Reclinatorio de profetas! Luz sin igual... Mi flor... (Al Aya.) Vos habéis estado a punto de hacerme subir la mostaza. Pero no os reprocho vuestro celo, para que sepáis cómo lo aprecio. Sois una buena mujer. Tocadme. (Él le tiende la mano.) AYA. — Mi señor... F…. —Llámame Señoría, es más sencillo. AYA. — No estoy muy convencida. F.... — ¿Qué queréis ahora? ¿Sostendríais aún que yo no soy yo? AYA. — Todos somos yo. Cada cual se llama yo. Vos sois yo, naturalmente, como ella, como yo. Pero el rey, es otro asunto muy distinto. Vos no sois el rey. F.... — Os haré colgar. AYA. — El que cuelgue último, colgará mejor. F... — ¡Pero demonio! ¿Qué mejor prueba podrían dar los reyes de su realeza que la grandeza de sus victorias? Traspongo la puerta. Tengo mi conquista. Me río en vuestras narices. ¿Qué más queréis ahora? Mire el aire, los ojos de ella. ¿No proclaman que está absolutamente persuadida?... Es una princesa. Ella entiende de esto mucho más. Pequeña, ¿me esperabais? AYA. — En fin, señor, ¿qué pretendéis? F.... —Cuando penetré en esta alcoba, fue para encontrar en ella a la más fascinante, a la más noble de las criaturas; esta princesa que no deseo que reine sobre mi pueblo, sino después de haber reinado, a solas, y sin la intervención de los óleos, sobre mi corazón. Por otra parte, desde que estoy entre estas cuatro paredes, no existo más que para vos. ¿Qué exigís que os muestre? ¿Un pasaporte? ¿Mi cetro de oro? AYA. — Vuestras espaldas, mi amigo. Se acerca la hora de nuestro chocolate. ALARICA (al Aya). — No te inquietes. Yo me hago responsable. F.... — Vuestro chocolate no me asusta. Me gustan, ¡ah!, como me gustan estos equívocos instantes, en los cuales ya no soy más que un hombre, en cuanto dejo de ser rey. AYA. — Yo me planto en la ventana. Si alarmáis los pudores de la princesa, llamo, grito. Quedáis prevenido. F... (a Alarica). — Sois bella. Sois la esmeralda y el manantial del mundo. Sois la juventud, la alegría. Sois demasiado bella. Las reinas no son tan bellas. El sol virginal de vuestra boca me deslumbra, me da sed. Pero en él es necesario que me sacie. Arderé, arderé de dicha, y no habrá en mi reino bastantes tambores, bastantes campanarios, os aseguro, para celebrar suficientemente mi alegría. Ordenaré que hasta en los ríos, las truchas se pongan a cantar. AYA. — Los reyes no son tan charlatanes. Voy a llamar. F…. — Sí, comprendo bien; los reyes, según vos, deben ser todos idiotas. Lo que ocurre, es que ellos no tienen la práctica de la vida plena, como los otros seres. Son, como si dijéramos, maniquíes. Yo estoy en este momento como si acabara de nacer: inocente, confiado, pero ¡atención!, con la cabeza de un filósofo, las manos de un guerrero, el alma de un cantor. Nazco. Estoy naciendo. (A la Princesa.) ¡Querida! ¡Pequeño monigote, bichito! Venga lo que viniere, el instante en que me ha sido dado llegar, con mi pobre carne, a la gracia en persona y contemplarla tan de cerca como para perderme en ella y quizá perderla conmigo, ese inefable instante se eleva dilatándose en el espacio, bien en lo alto, mucho más allá del matemático punto donde se confunden nuestros alientos. (Besa a la Princesa. El Aya abre la ventana.) AYA. — ¡Teniente! ¡A las armas! ¡Gentes! ¡Socorro! F.... (al Aya). — Tú te gastas. Te afanas demasiado. (El Aya corre de la ventana a la puerta, que abre.) AYA. — ¡Daos prisa! ¡Rápido! En nombre del Cielo, mi pequeña rosa, sepárate de ese

hombre. Y vos, si tenéis por ella la menor pizca de... de... soltadla, os lo ruego. Dejad a la princesa. (Se esfuerza por desunir a la pareja.) F.... (a la Princesa). — Señorita, no temáis nada. Vuestra aya está tocada. Ve el mal en todo. El mal, ¿está en mí? ¿Soy yo el mal? ¿Soy yo el malo? ALARICA. — Todo mi ser va hacia vos. Pero mi aya fue siempre mi tutela y mi mejor consejo. (Lo rechaza dulcemente. Entra el Teniente. Pertenece al Ejército Curtelandés y del cual lleva el uniforme. Su presente función es la de escoltar a la Princesa entre Curtelandia y Occidente. Tiene cerca de cincuenta años.) F.... (al Teniente). — Soy el Marqués del Bastón de la Dornerí, y no preguntéis más. TENIENTE. — ¿Ignoráis la calidad de esta persona? ¿Es necesario informaros que es la hija del príncipe Celestincic, monarca soberano del gran ducado de Curtelandia, y que se dirige a Occidente con el fin de contraer matrimonio con el rey Perfecto Decimoséptimo? De ciudad en ciudad, tanto en las tierras de su padre, como en la travesía de reinos y repúblicas del Imperio, Su Alteza fue objeto de los más conmovedores e ilustres agasajos, tanto de parte del pueblo como de las autoridades. ¿Sostendríais que en ninguna parte, ni siquiera de lejos, habéis reparado en el rostro de Su Alteza, y que os habéis introducido en esta morada sin saber a quien... F.... — Amigo mío, basta. Vos sois algo así como teniente, presumo. Tenéis buena planta. Yo no soy el Marqués del Bastón. TENIENTE. — Siendo así... F.... — ¡Esperad! Yo soy Perfecto, Perfecto Decimoséptimo, Rey de Occidente, de Burgondía y de los Vascones. Vos tenéis el honor y el privilegio de sorprenderme en compañía de mi prometida. Naturalmente, os asciendo a capitán. TENIENTE. — El asunto es embrollado. (Golpean.) AYA. — Todo se va a aclarar. Nuestro Mariscal de la nobleza, general Silvestrius, que es, al mismo tiempo, ministro de Curtelandia para los asuntos extranjeros, viaja con nosotros. Él ha tenido ocasión de ver repetidas veces al rey de Occidente. (Ella abre.) Pasad, señor. (Entra el Mariscal de la nobleza. Robe de chambre. Calvo. Trae la peluca en la mano.) MARISCAL. — ¿Qué ocurre? ¿Qué feria es ésta? ¿Qué pasa? AYA (al Mariscal). — Señor Mariscal, ¿conocéis a ese hombre? MARISCAL. — ¿Ese hombre? ¿Cuál? ¿El oficial que os escolta? TENIENTE. — No... Este hombre. .. Este. .. MARISCAL. — Recuerdo que en el noventa y cuatro... ¿Noventa y cuatro o noventa y cinco? Me encontraba viajando por Flandes, durante toda una jornada, en diligencia, sentado frente a una mujer de pueblo, que me pareció flaca como una flauta en la breve mirada que le concedí. Sólo cuando estábamos a dos o tres tiros de arcabuz de Louvain... ¿Louvain o Dinant? reparé en sus uñas. Su mugre, una mugre particular, tirando a espinaca, me trajo de golpe una reminiscencia precisa. Fijé los ojos en mi vecina y de pronto la reconocí. Era una tal Brígida... ¿Brígida o Gertrudis? En todo caso una verdadera marrana, que yo había practicado diez o quince años atrás, en Magdeburgo, Magdeburgo, digo bien, cuando ella pesaba no menos de ciento sesenta libras. Y ¡cómo no! TENIENTE (mostrando a F...). — Vuestra excelencia, ¿es este hombre el rey de Occidente? MARISCAL. — ¿Decíais? TENIENTE. — Tengo el honor de preguntar a vuestra excelencia si reconocéis en este hombre al rey de Occidente. MARISCAL. — Gertrudis... La reconocí por sus uñas. ¿Gertrudis o Brígida? Hay tantos hombres sobre la tierra, tantos hombres, tantas mujeres, cada uno con diez dedos, sin contar los de los pies, y la naturaleza, en su minuciosa prodigalidad, la naturaleza, asimismo, encuentra el medio de impartir a las uñas de cada cual un aspecto, una fisonomía propias. Amigos míos, buenas noches. Voy a echarme otro cuarto de hora.

TENIENTE (a F...). — No ha dicho que seáis el rey. Yo os arresto. F.... — Tampoco ha dicho que no lo sea. Pero no me debatiré más contra una conjuración de chambelanes y nodrizas. Cuando lo arrestan es cuando el hombre que tiene piernas debe saber demostrarlo. (A la Princesa.) Amor mío, te llevo en mí. Guárdame en ti. (F... salta por la ventana.) TENIENTE (pistola en mano). — ¡Deteneos! ¡Deteneos! (Hace fuego por la ventana.) AYA. — ¡Desdichado! ¡Estáis loco! TENIENTE. — Yo soy responsable de la seguridad de la Princesa. AYA. — ¡Dios mío! ¡Qué desgracia! Vayamos a ver qué tiene. (El Teniente y el Aya salen.) MARISCAL. — Con esta ventana de par en par, uno se hiela. ALARICA. — ¿La bala lo alcanzó? MARISCAL. — Me da esa impresión. El muchacho está tirado en la nieve. Ya lo levantan. (Cierra la ven-tana.) ALARICA. — ¿Qué vamos a hacer con él? MARISCAL. — La prisión lo espera. Las prisiones se han hecho para contener las alas demasiado largas. ALARICA. — Le llevaré confituras y aguardiente. MARISCAL. — Si me escucharais, hija mía, no haríais nada de eso. El universo, consideradlo, os acecha. Los escándalos se alimentan de confites. ALARICA. — Señor Mariscal... MARISCAL. — ¿Qué? ALARICA. — Nada. MARISCAL. — Bueno. .. Bueno... (Va hacia la ventana y vuelve.) El bribón no es del todo torpe. Lo hizo con brío, ¡eh, eh!, ¡con nervio, con chrrrt! y ha sabido tocar el corazón de una reina. Aunque esto le costara un brazo, sale ganando. ALARICA. — ¿El corazón de una reina? MARISCAL. — ¡Claro!... El vuestro. ALARICA. — El corazón de una reina... Mi corazón... Las anémonas, los alelíes, las margaritas, las flores, todas las flores están mezcladas, en una cesta, como en la tierra. Por estas flores, por esta tierra, se cruzan galerías. Las galerías de los hombres cortan las de las mujeres. Para cada galería no hay más que un cruce. El hombre y la mujer no se encuentran más que una vez. MARISCAL. — Son las seis menos cinco. Partimos a las diez. Yo no estaré tranquilo, lo confieso, hasta que vea los iris azules, sobre las blancas banderas de Occidente, y las verrugas del Cardenal de la Rosette. Tranquilo es una manera de decir. El Cardenal, primer ministro de Occidente, a quien he osado presentarme como primer ministro también... Cuando comparo la grandeza de su cargo, con la pequeñez de la mía, me hace el efecto de un ratón disponiéndose a tratar de compadre al buey. (El Teniente y el Aya traen a F... inerte.) ¡Estáis loca, señora! ¡Estáis loca! ¡No tendréis la intención de meter a ese individuo en la alcoba de la princesa! AYA. — Es la mejor de toda la casa. Estamos a punto de partir. Y en el estado en que está, pobre muchacho, ¿qué se puede temer de él? MARISCAL. — ¿Está muerto? AYA. — ¡Sujetadlo fuerte, teniente! ¡Qué desgracia! TENIENTE. — La bala se ha incrustado en la coleta de la peluca. Si las balas tuvieran punta estos accidentes no ocurrirían. Las balas entrarían bien derecho. AYA. — ¡Salvaje carnicero! Sacadle las botas... Despacio... despacio. Mariscal, os lo suplico, ¿queréis extender el biombo, para que acomodemos al herido? MARISCAL. — De qué sirve haber estudiado todo, todo; saber cuatro o cinco idiomas; ser el primer ministro de un reino, donde, estoy de acuerdo, hay más abedules y pantanos que candelabros y monumentos, para encontrarme ahora empujando el biombo, y muy pronto, alcanzando el orinal a un mequetrefe... ¡Si el cardenal de la Rosette me viera! Sabréis que en

Occidente han adoptado la bayoneta triangular. ¡Qué cerebros! ALARICA. — Es joven. No ansiaba más que vivir. AYA. — ¡La palangana! ¡Pasadme la palangana! MARISCAL. — Ansiaba tal vez demasiado. Para mí, el hecho de estar aquí, llevando esta palangana como si fuese el ordenanza de este farsante, sucede sin duda, para que yo me dé cuenta, bien a fondo, de que a nosotros, los grandes personajes, nos cuesta mantenernos fuera del rubro común, y de que la mano más ilustre se adapta, tanto como la más rústica, a la solidez de los objetos. TENIENTE. — La bala ha caído por detrás, en la abertura de la chaqueta. ¡La tengo! AYA. — ¡No gritéis así! Vais a fatigarlo. TENIENTE. — Podrá utilizarse de nuevo. AYA. — Sus párpados... sus párpados se agitan... TENIENTE. — Seguro que no ha sido más que un desmayo. No tardará en volver en sí. El muy bribón tiene suerte. MARISCAL. — En suma, no se muere. Esto es un fastidio. Un hombre muerto ya no es un hombre. Pero un hombre vivo, con los párpados en movimiento, en la alcoba de la princesa, el día que ella se casa.. . F.... —Tengo sueño. Alguien me ha dado un porrazo en la nuca. He visto miles de soles y tengo sueño. Sueño, sueño. MARISCAL. — ¿Qué está contando? F.... — ¡Ah! Era hermoso. Violines volaban alrededor del sol. Los soles fluían como arena, en una gran... en una... Caminos se cruzaban por esa arena, entre esos soles... Y había, en cada camino, una dama o un caballero. Quiero dormir. AYA. — Se adormece apaciblemente, con la sonrisa en los labios. ALARICA. — Si ya está fuera de peligro, nada justifica que siga en mi alcoba. AYA. — ¡Alarica! ALARICA. — Si lo hubieran matado, tal vez me hubiera yo matado. Pero las leyes de la vida no son las leyes de la muerte. Si vive, que parta. ¡Señor Mariscal! AYA. — Alarica... ¿Qué te pasa? ALARICA. — Señor Mariscal, ¿calláis? MARISCAL. — No callo. Me consulto. ALARICA. — Soy princesa heredera de Curtelandia, con doscientos mil habitantes, y desde esta noche, seré reina de Occidente, con diez veces más... MARISCAL. — Sin contar los rojos, los negros... ALARICA. —... y no tengo poder, ni siquiera tengo el poder de hacer echar de mi alcoba, a alguien que me disgusta ver. AYA. — Chssst... Duerme... Un ángel. MARISCAL. — Se difundirá lo sucedido, nos caerán encima el burgomaestre, el tribunal, el elector. No es el momento de arriesgarse a que se corte la mayonesa. (Hacia el Teniente.) En el punto en que estamos, si ese matrimonio nos explota en las manos, seríamos criaturas, querido, criaturas. Haced preparar el carruaje. (El Teniente sale.) El corazón se me encoje y el vientre se me hiela, sólo de pensar en Monseñor de la Rosette. Los príncipes se casan entre ellos, de un sexo al otro. Yo también voy a casarme. Pero lo que me espera, franqueado el río, son las verrugas del cardenal, y me siento agitado, inquieto... (Sale.) AYA (a la princesa). — Metámonos en la cama un instante todavía antes de prepararnos. Alarica, hace unos momentos, me has sorprendido, ¿sabes? Mala nunca fuiste. ¿Hubieras hecho volver a ese pobre muchacho, entre la nieve, con el cuello casi roto, y las piernas temblorosas? ¿Es culpa mía, si las balas no son puntiagudas? ALARICA. — Mala no soy, pero la injusticia me subleva. Un hombre debe obrar y conquistar de pie. Temo una perfidia de aquél que actúa con los pies al nivel de la cabeza.

AYA. — Sin embargo, tal es la postura que dicta la más grande alegría del amor. ALARICA. — Y si este hombre no es el rey, si él ha ocupado en mi corazón durante un instante, y tal vez para siempre, el lugar del rey, le ha robado al rey, y tú sabes que yo quiero, que yo hubiera querido ser la esposa más límpida, la más recta. AYA. — Tu casamiento no ha sido todavía consumado. No te rompas la cabeza. Entretanto, recapitulemos. En la frontera occidantesa se te hace entrega de tus damas de honor, Lucía de Boissangel, Herminia de Pompelane, Francisca de Chazaouran, Roberta de Iffimeur. En seguida, el Marqués de Brissac con sus coraceros, te escolta hasta Sistreburgo, donde te encontrarás en presencia del rey de Occidente. Queridita mía... el encuentro tendrá lugar en la residencia militar. "Señora, te dirá el rey, bendito sea el día en que me es otorgada la gloriosa dicha de ofrecer, a la más bella como a la más digna de las princesas, el tributo de mi mirada, antes de concederle el apoyo de mi brazo y que con ella comparta la grandeza de mi situación y las ternuras de la familia". A ti. Te toca a ti. Responde. ALARICA. — "Señoría, ningún favor podría serme tan precioso..." ¡Uf! ¡Uf! Me lo has hecho repetir diez mil veces. Ya comienza a salirme por los ojos. Recitar, en principio, es mentir. Mentir me irrita de veras. AYA. — Sobre todo, mi conejo azul, no arrastres las erres. Ellos te juzgarán por tu acento. ALARICA. — Yo los juzgaré por el de ellos. AYA. — Los respectivos ministros de uno y otro reino rubricarán el contrato. El casamiento tendrá lugar a medianoche, en la catedral. Y, desde el día siguiente, es decir mañana, partes para Montrouge, tu capital de Occidente. Allá, toda una semana, las fiestas se sucederán; toda una semana, toda la vida. A tu padre, que nos sigue a un día de camino, y que se reunirá allí contigo, te le aparecerás en toda la gloria de tu cumplida femineidad, de tu reciente realeza. ALARICA. — Mi padre... me preocupan, por él, todos esos andurriales, toda esa nieve. Espero que venga sin su muleta. AYA. — La necesita. ALARICA. — No estoy tan segura. Un bastón le bastaría. Entre mi padre y yo, no ha habido más cosa molesta, ni torcida, que esa muleta. Quisiera que prescindiera de ella. Podría hacerlo. AYA. — Se apoya en ella. ALARICA. — Se vale de ella. Imprescindible no es. AYA. — Tu padre en su juventud era gallardo. Si tenía una muleta, era de fuego. Ahora se ha vuelto prudente. ALARICA. — ¿Se vuelve uno prudente al hacerse viejo, o se envejece a fuerza de prudencia? ¿Se muere de no tener nada más que hacer o es que uno no tiene nada más que hacer por el hecho de estar muerto? AYA. — Me parece que se muere en el instante en que uno ya no tiene nada que hacer. El morir prueba, en efecto, que uno ya no tenía nada que hacer. ALARICA. — Puesto que no es el rey el que me besó, ¿por qué no está muerto? Yo lo amo, sin duda, para siempre. Pero no lo veré más. Seré una esposa recta, una reina límpida. ¿Por qué, ¿Por qué no está muerto el que me besó, el que horadó nuestra puerta? AYA. — Durante ocho años, ni de día ni de noche, te he dejado un instante. Puedo pretender que te conozco. Una niña, una niñita, pero cuando se escarba bajo los juguetes, bajo los caprichos, ¿qué se encontrará? El diamante. Tu corazón es duro. ALARICA. — ¿Duro? No, puro. Yo quiero que sea puro. AYA. — Reposa, cereza. Tu vestido, hoy, va a pesar como el diablo. (Silencio.) ALARICA. — Estoy reflexionando. Este hombre... primero lo echas. Luego, lo mimas. Tu hijo, si fuera tu hijo, no te agitarías tanto. AYA. — ¿Mi hijo? Lo es. ALARICA. — ¿Cómo? AYA. — Los hombres son los hijos de las mujeres.

ALARICA. — ¿Y de las jóvenes, entonces, los jóvenes son los amantes, aún a distancia y sin que se los haya presentado? AYA. — Me temo que sea así. Se es la madre de un hombre entre todos, pero mucho más la amante si nos estrecha entre sus brazos. ALARICA. — ¿Me estrechará entre sus brazos? AYA. — ¿Quién? ALARICA. — El rey, mi esposo. AYA. — Lo principal es que los tenga. Tranquilízate. Sólo nos quedan algunos minutos. (Golpean a la puerta.) AYA. — ¿Quién es? UNA VOZ (detrás de la puerta). — Es el rey.

ACTO SEGUNDO
El mismo lugar. Los mismos personajes. Este acto se encadena con el acto precedente. AYA. — ¿Cómo? ¿Qué pasa? LA VOZ. — El rey, os he dicho. Es el rey quien está a vuestra puerta. AYA. — ¿Qué rey? LA VOZ. — El rey Perfecto Decimoséptimo. El Cardenal de la Rosette, mi ministro, está conmigo. AYA. — Vaya, lo que faltaba. LA VOZ. — Soy Perfecto, rey de Occidente. AYA. — La princesa ni siquiera se ha levantado aún. LA VOZ. — Cedo la palabra al cardenal. OTRA VOZ. — Hemos forzado las cabalgaduras, precisamente, para sorprender a la princesa antes de levantarse. Por lo tanto, que la princesa tenga a bien darse prisa en permitirnos entrar. ALARICA. — La puerta no está cerrada. AYA. — Pierdes el sentido. Espera al menos a que me levante. Esta vez, sin duda, es el rey. ¿Te acuerdas del texto? (Entran el Rey Perfecto y el Cardenal de la Rosette. El rey de Occidente viste de verde, con botas, pequeña peluca. Leve tendencia a engrosar. El cardenal lleva hábito de viaje. Una capa al brazo. Los dos se inclinan.) PERFECTO. — ¡Oh! ¡Qué linda es! CARDENAL. — ¡Y tan joven! ¡Una niña! PERFECTO. — Señorita, no queráis ver en el cuidado que he puesto en abreviar vuestro viaje, más que mi celo por tornar más cercano, para mí, el instante de contemplar a mi encantadora, a mi linda prima. ALARICA. — Soy sensible a vuestra prisa, primo mío. Ello me agrada mucho, mucho. La señora Tolosa es mi aya. Es de Occidente. Ella es quien me ha perfeccionado en vuestra lengua y en vuestros modales. CARDENAL. — Vos habéis sabido, señora, salvaguardar esta maravilla, y nada, si se piensa bien, nada sería más ingrato que el obstáculo por el cual debáis interrumpir vuestros cuidados, puesto que uno puede preguntarse, si realmente no ha pasado ya la edad de recibirlos. ALARICA. — ¡Oh! pero yo no tengo la intención de separarme de Tolosa. ¡No faltaría más! AYA. — Vuestra Alteza, si el interés de vuestra ventura lo exige, estoy presta, sin amargura ni rencor, a retirarme para siempre de la presencia de Vuestra Alteza. CARDENAL. — No tan rápido, amiga mía, no tan rápido, que el fuego no ha llegado al molino.

AYA. — ¿No sería decente que Su Majestad nos concediera tiempo para vestirnos? CARDENAL. — Acostaos, Señora, acostaos. Las mañana son frías. AYA. — Allá, en Curtelandia, son aún más frías. CARDENAL (al Rey). — Una comarca áspera, Monseñor, justo lo que yo pensaba. Fuera de la lluvia, no tienen nada. ALARICA. — Tenemos bosques. CARDENAL. — Bosques. La madera, en los países civilizados, sirve para hacer muebles. ¿Pero dónde se meten los muebles cuando no se tienen casas? ¡Y vosotros no debéis de tener muchas casas en vuestra salvaje campaña! La madera, sirve también para hacer navios, pero ¿cómo andarían sin un poco de mar? ALARICA. — Tenemos ríos. CARDENAL. — Bromeáis. AYA. — Me cuesta no poco intervenir, por estar fuera de los derechos de mi condición, pero yo he servido demasiado tiempo a la familia de Su Alteza y a Su Alteza misma, y he vivido demasiado en Curtelandia, desde que la Curtelandia, dejando de ser una república palatina, tornóse en una monarquía a la sombra del rey Celestincic... CARDENAL. — ¡Basta! ¡Basta! Para que haya sombra es necesario, primeramente, que haya sol. ALARICA. — ¡Pero si tenemos sol! En verano, tengo los brazos negros. Y tenemos un teatro, con un peristilo griego, una ruta postal y una escuela primaria de caballería. CARDENAL. — ¡Es una niña! Olvidáis a quien estáis hablando. El rey de Occidente posee catorce palacios principales, que totalizan trescientas cuarenta y cuatro mil leguas de corredores y vestíbulos. Nuestra flota se compone de cincuenta y tres naves de línea... ALARICA. — No olvido a quien estoy hablando. Sé que hablo a mi prometido. CARDENAL. — ¡Prometido! ¡Prometido! Desconfiemos de las palabras que expresan de antemano, por así decirlo, lo que quieren decir, matándolo en embrión; palabras que son una música, una propaganda, un humo. ¡Ah! Quien se obstina en no buscar, aquí abajo, más que la dicha, se expone a encontrar, en su camino, primero al enemigo, y más tarde, al remordimiento. Esposa de rey, creedme, es un estado para el cual conviene tener fuertes hombros. ALARICA. — Soy hija de rey, Monseñor. No creo que os corresponda instruirme en una materia que me es más familiar que a vos. CARDENAL. — Curtelandia no es reino sino desde que las grandes potencias lo han decicido así, hace ocho años, dos por cuatro: ocho. PERFECTO. — ¡Monseñor de la Rosette! CARDENAL (imitando al Rey). — ¡Monseñor de la Rosette! ¡Monseñor de la Rosette! Es que me sulfura. PERFECTO (a la Princesa). — ¿Qué tenéis? ¿Lloráis? ALARICA. — No tengo nada. Dejadme. CARDENAL (al Rey). — Sobre todo, no os dejéis ablandar. Las lágrimas de la mujer reblandecen el corazón del hombre. PERFECTO. — Chiquilla... Chiquilla... No os aflijáis. ¿Qué puedo hacer para complaceros? Pedidme lo que queráis. CARDENAL. — ¿Oís? El rey —¡quejaos!— el rey os concede todo, todo fuera de aquello que no le pertenece, de aquello que no le pertenece hasta el punto de poder disponer como un ciudadano de su propiedad. PERFECTO. — Prima, sois más linda, sois mucho más linda de lo que yo esperaba, de lo que yo temía. Al menos, ya os dije eso. ALARICA. — Señoría... CARDENAL. — El rey aún no ha dicho todo. PERFECTO. — Monseñor, preferiría que lo hicierais vos.

CARDENAL. — No soy yo quien se casa. PERFECTO. — Tampoco yo. CARDENAL. — Vuestros aplazamientos agravan la herida que os es necesario causar. Adelante. No tengáis miedo. PERFECTO. — Señorita, si los reyes tuvieran, de verdad, un corazón, el mío sería en este instante, un racimo aplastado contra el fondo de un cesto: He aquí lo que sería mi corazón, si los reyes tuvieran un corazón. Pero parece que no lo tienen, puesto que ahora me dispongo a causaros verdadera pena. CARDENAL. — ¡Seguid! ¡Seguid! ALARICA. — No sigáis adelante. Lo comprendí en cuanto vi a este hombre. CARDENAL. — Permitidme. Soy cardenal. ALARICA. — Ya no los veré, los iris de Occidente. No recibiré la corona. No conoceré jamás el rostro de mis damas de Boissangel, de Pompelane, de Chaouran, de Iffimeur. Ligera como una diosa, conducida por mi esposo y seguida por mi manto, ya no entraré en la Catedral. Ya no enumeraré los coraceros, los navíos, los vestíbulos. De lejos, de muy lejos, se ha hecho venir a la pobre tonta, justo al paraje donde le esperaba la punta de la daga. (El Rey se arrodilla, sollozando, al pie del lecho.) PERFECTO. — Yo nada puedo contra las conveniencias administrativas. Ellas disponen de mi persona, de mi carne. CARDENAL. — Entrad en el detalle. No titubeéis. PERFECTO. — España me amenaza por las fronteras del Sud. Sus falúas cañoneras han bombardeado a mis cultivadores de maíz. Dinamarca, por su parte, fastidia por arriba. Los regimientos daneses, por burlarme, desfilan con birretes rojos, toda la semana... CARDENAL. — Incluso, el lunes. PERFECTO. —... a un tiro de mosquete de mis fortalezas del Norte. CARDENAL. — España emplea igual y constante prontitud en proponernos la guerra y ofrecernos amor. Sus islas africanas, cargadas de artillería, nos obstruyen la ruta del oro, y sin oro, mi querida, ¿cómo se lucha? ¿Cómo se vive? Ahora bien, el rey de España tiene una hermana. ALARICA. — Mercedes. CARDENAL. — ¡Ah! Lo sabéis. (Al Rey.) Está al corriente. (A la Princesa.) ¡Mis felicitaciones! Mercedes está soltera todavía. Mientras estuvimos tirantes con España, hubiera sido delicado considerar esponsales que, sin embargo, hubieran confirmado una tradición secular. En efecto, por sus antepasados, el rey de Occidente cuenta con tres buenas pintas de sangre castellana. Llegado el rey, poco a poco, a la edad de casarse, se dispuso que debía zambullirse, y por esto, bella mía, tuvimos el honor de pedir vuestra mano a vuestro señor padre. La política comporta más de un piso, y cada piso, un cierto número de departamentos. Sois bastante grande para comprenderme. A decir verdad, el matrimonio español, no había cesado de darme vueltas. Parecía, sin embargo, que había de vestir duelo, no tanto a causa de la guerra con esos deliciosos españoles, —ya cae en lo académico, en el preciosismo— como a causa de nuestras dificultades con el soberano de Dinamarca, el cual, como debéis igualmente saber, es por la rama femenina, el propio abuelo del rey de España y, por consiguiente, de Mercedes. El Danés nos guardaba mucho rencor por nuestra actitud en el asunto de la piel de bacalao, y Mercedes no hubiera hecho jamás nada que pudiese apenar a este buen hombre. ¡Están tan unidos en esta familia, es espantoso! A fin de cuentas, la piel de bacalao puede ser reemplazada, con ventaja, por tela engomada. Dejamos a Dinamarca las manos libres para el bacalao y ganamos a España. ¿Me comprendéis aún? ¿Pero qué pasa? (Alarica permanece silenciosa. Poco a poco se pone a cantar.) ALARICA. — Sti via préchouiss ta ngarok

Dra nagocene polista Dak amor abenvïae miarok Fala roui mi stá E di ga liala mano Prodjionnié bielou sgondjiane Padmiliaguinn strudtsnano Madavlia gorapandjiane AYA. — Mi dul z ur a . . . mi p a l o ma . . . Avellana de oro, me das miedo. CARDENAL. — ¿Qué nos canta? AYA. — Una canción que en Curtelandia compusieron para sus bodas. CARDENAL. — ¿Qué dice esa canción? AYA. — La canción dice que la estación del trigo, prechouiss, viene después de la estación del frío, ngarok, y que el amor, amor, florece, en el corazón de la hija del rey. Una gran margarita brota sobre la tierra gris. Todos, los pobres, los desdichados, todos tienen el derecho a nutrirse en el corazón de la margarita. El corazón de esta flor, es el pan de la felicidad. La canción dice además... CARDENAL. — El derecho de gentes y la música no combinan mejor que la sangre y el orín. (Despreciativo.) ¡Stroutusnano! (La Princesa, con voz cada vez más baja sigue canturreando.) PERFECTO. — Continuad... continuad destrozándome de dolor. Un poco más de esa desgarradora música y me hago saltar la tapa de los sesos sobre vuestra colcha. (La Princesa se calla.) No quiero que sufráis. No sufráis más. Toda mi sangre no bastaría para ahogar vuestras lágrimas. CARDENAL. — Señorita, no somos brutos. Ya veréis. (Golpea su portafolio.) Os hemos traído la donación, sin costas ni impuestos, de dos castillos en Occidente, el uno no lejos del mar océano, y el otro en la provincia más fértil. Además, os remitiremos, para vuestro padre... (El Mariscal, en traje de gala, golpea a la puerta y entra seguidamente.) MARISCAL. — Entretanto, mis damas, el momento ha llegado. Es necesario que os aprestéis. Yo no estaré tranquilo, decididamente, hasta que haya visto los iris de Occidente y las verrugas del Cardenal. CARDENAL. — ¡Miradlas, camarada! ¡Nunca habréis visto otras tan bellas! (El Mariscal permanece atontado. Se arrodilla delante del rey.) MARISCAL. — De vuestra persona, Señoría, soy indigno servidor. Mi alegría, mi divina sorpresa al ver a Vuestra Majestad reducir las esperas del protocolo, no podía ser aventajada más que por la que me hubiera causado Vuestra Majestad desmintiendo la tradición de su raza, que es la de atemperar el poder con la bondad, y también la de saber, y manifestar, que el espíritu domina todo hasta el punto de que no hay nada que temer del corazón si el corazón, algunas veces, se antepone a él. CARDENAL. — Yo decía, Señor Mariscal de la nobleza, que íbamos a remitiros, para el Soberano de Curtelandia, primo: una carta, y, secondo: una letra de cambio, ¿qué os parece? sobre los hermanos Ziegler, de Dresde. La letra de cambio es de cuarenta y cuatro escudos de Occidente, es decir, en mercado libre, trescientos mil florines de Curtelandia, que os permitirán, ¡buenas gentes! agregar una columna a las cuatro del peristilo del teatro, en vuestra metrópolis de paja y lluvia. MARISCAL. — ¿Es un regalo? CARDENAL. — Es un despido. MARISCAL. — ¡Oh! ¡Oh! Si las naciones tuvieran rostro, yo diría que la Curtelandia acaba de recibir un sopapo. Señor Ministro, ¿queréis explicaros? CARDENAL. — Nos desposamos con España y la fecundaremos. MARISCAL. — ¿Y esta niña? CARDENAL. — Esta niña se casará con quien ella quiera. Los hombres no faltan en la

cristiandad. MARISCAL. — La decisión del gabinete de Occidente nos crea una profunda confusión y nos acarrea un gran perjuicio. CARDENAL. — Burgueses y burguesas, campesinos y campesinas, se olfatean y se eligen a su antojo. Pero es muy diferente para las testas coronadas. La oportunidad gubernamental aparea el masculino al femenino sin cuidarse de sentimientos individuales. Vuestra princesa tiene suerte. Repudiada antes del sacramento, pero animada por el olor del cirio, vuelve a estar libre, alerta, sagaz. PERFECTO. — Tiemblo de vergüenza y de pena. Ya es hora de que nos retiremos. MARISCAL. — Curtelandia no es más que una patria estrecha, de acuerdo, pero el poder es una bestia nómada. Acontece que se hastía de un lugar para establecerse en otro. ¿Estáis bien seguro, Señor Ministro, de que no tendréis que contar jamás con un pueblo al que hoy mortificáis, tanto más cuanto que lo habéis tratado con atenciones inesperadas? CARDENAL. — Lo más claro de la historia, es que mis navíos están, en su mayor parte, en carena. La paz con España... yo siento tener que pagarla con la mala suerte de una muchacha. Lo siento, pero persisto. MARISCAL. — Pero ella, ¡pobrecita! Ella existe. Tiene un alma. Tiene un cuerpo. No es sólo un nombre en un contrato frío. CARDENAL. — Habéis dicho que tiene un cuerpo. ¿Es eso lo que habéis dicho?... MARISCAL. — Naturalmente. CARDENAL. — Tanto peor para vos. Tanto peor para ella. Sobre el cuerpo de la jovencita, ya que se ha llegado hasta introducirlo, calentito, en el debate, tengo algo aquí... (Golpea sobre el portafolio.) Se trata de la deposición de una conversa del convento de Santa Flamadia, en Stettin, donde la princesa Alarica, pasó algunos años de su infancia. Según esta deposición, recibida por nuestro cónsul, la princesa tendría.. AYA. — ¡Dios mío! ¿Con qué nos va a salir ahora? MARISCAL. — Me opongo a esos procedimientos. PERFECTO (al Cardenal). — ¿Creéis, verdaderamente, que es necesario?... CARDENAL. — La princesa tendría los dedos del pie pegados. Y no es eso todo... No es eso todo... (Se inclina sobre la oreja del Mariscal.) MARISCAL. — ¡Cómo! ¿Vuestra Excelencia lo ha verificado? AYA. — Yo conozco a la princesa. Es sana como una flor. Clara como Dios. PERFECTO. — Monseñor, os invito a repetir en voz alta lo que acabáis de murmurar. CARDENAL. — Por diversas razones vos no sabríais entenderlo. ALARICA. — ¡Señor Ministro! CARDENAL. — ¿Es a mí a quien habláis? ALARICA. — Señor Ministro, considerad, os lo ruego, que un ministro representa el grado más elevado del doméstico, y que es, por consecuencia, el doméstico más doméstico, el menos discutible como tal, a despecho de sus mástiles y de sus vestíbulos y del trueno que toma en préstamo para organizar la muerte. En tanto que no estuvieron sobre el tapete más que las vicisitudes de los pueblos y mi carrera misma, me he contenido. Pero si tocan los dedos de mis pies, salto. Dedos de pie de mujer como los míos, tal vez no hayáis visto jamás. Tened, buen hombre, probad-los. Ya me daréis noticias. (Pasea sus piernas desnudas bajo la nariz del Cardenal. El Mariscal y el Aya intentan reprimir el arrebato de Alarica, quien está de pie sobre la cama y salta.) ¡Palpito! ¡Gorgino! CARDENAL. — ¿A quién llamáis así? ALARICA. — A mis pajaritos de adelante. Mis ruiseñores de nieve, mis ardillas doradas. ¡Gorgino! ¡Palpito! Puede que también se haya dicho, mis pequeños, pues estáis heridos de muerte, o que inclináis vuestro pico hacia abajo. Pobres conejitos, repollitos, pobrecitos. Tú, Palpito, blanco como la noche, tú contienes el granito negro de luna, cerca del gran sol son-

rosado. Tú, Gorgino, tú, más cerca del corazón, eres el sombrero de marfil y raso de mi corazón... (Se arranca el camisón. El Aya y el Mariscal se es fuerzan por impedírselo. Trepan a la cama que se desploma a medias. La joven se les escapa). PERFECTO (abrumado). — Estos sucesos imprevistos sobrepasan a mis reservas. ALARICA. — Y no es sólo Palpito. Y no es sólo Gorgino. Hay t a mb i é n . .. Hay también... (Al Cardenal.) Vuestros agentes secretos no os habrán informado, sin duda, que éste de quien quiero hablar se porta muy mal en su cabaña de hinojos y que a veces, olvida cerrar sus postigos. CARDENAL. — Está loca. ¡Atrapadla! ¡Pero atrapadla! ¡Sujetadla bien! (Al Rey.) El peligro que la providencia y mi vigilancia os ahorran, podéis medirlo ahora, Señoría. ¡Tenedla pues! ¡Ah! (Alarica se escurre de nuevo y huye.) ¡Torpes del demonio! (Alarica danza, provocativa, entre los otros, quienes se sofocan. Ella se acerca al Cardenal.) ALARICA. — Cardenal de la Rosette, quizá tengáis piernas vos también. Pero hacéis bien en ocultarlas. Las mías no tienen miedo del sol de las miradas. ¿Queréis atraparme? No depende más que de vos. (Ella se tira contra él.) Os quemaré hasta los huesos. CARDENAL. — Si solamente recordara la fórmula del exorcismo. Excipiens. Ex planeta... De cordibus... Chimera... Retro... Retro... AYA. — Ponte el camisón, mi ciruela, mi ciruelita silvestre. Hace frío. ALARICA. — ¿Frío? Cómo podría hacer frío. Estamos cerca, muy cerca del sublime Occidente. Yo ardo. Nosotros ardemos. AYA. — Ponte las pantuflas por lo menos. Ven, nenita, que yo te las pongo. Te estás buscando un resfrío. ALARICA. — Yo no soy de las que revientan así. (El Aya y el Mariscal tratan de echarle al vuelo el camisón sobre el cuerpo, Alarica se vuelve a escapar.) CARDENAL. — Una reina desnuda como una yegua. He aquí la calamidad de que nos librará el ángel guardián de Occidente. Por cierto, ya no soy un monaguillo. Pero tiemblo hasta el trasfondo de mis tripas. ¡Qué vergüenza!... ALARICA. — Temblaríais mucho más si supierais el espectáculo que os espera. CARDENAL. — ¡Pero desdichada! Que yo sepa no tenéis nada más que mostrar. ALARICA. — Sí. CARDENAL. — ¿Qué? ALARICA. — El interior. (Va hacia el Rey.) Señoría, entregadme vuestro cuchillo y veréis mi suave corazón. Veréis mi corazón y tendréis miedo. O más bien, clavádmelo vos mismo. Así pasaba en otros tiempos. Podréis arrojar mi corazón a los perros. CARDENAL. — ¡Y además, tiene todo el aire de leer novelas! PERFECTO. — ¿Qué puedo hacer yo? Indicadme vuestros enemigos. Soy vuestro hombre. ALARICA. — ¿Qué enemigos podría tener una niña?... Nosotros no tenemos más que un enemigo, el vinagre del mundo... ¡Tolosa! ¡Tolosa! ¿Qué estás haciendo? Me dejas así, en el frío. Dame mi vestido, rápido. (Tolosa se aproxima con el camisón y el vestido.) ¡No!... ¡No!... El vestido solamente. Señores, no me miréis. CARDENAL. — Ya era hora. ALARICA. — Estoy muy confusa. AYA. — Pasa primero la cabeza. Luego hablarás. ALARICA (bajo el vestido). — Os lo ruego, no me miréis. CARDENAL. — Si no hay nada más que ver. PERFECTO. — Ha dicho que no la miremos Monseñor de la Rosette, vos podréis ser sordo a la voz de la inocencia perseguida, pero no os está permitido dejar de oír a vuestro rey. CARDENAL. — Vuestra Majestad la toma conmigo en un tono... PERFECTO. — He advertido en este minuto que la más grande cobardía consiste en probar el poder sobre la debilidad de los otros. (Muestra a la Princesa.) Vedla toda sacudida, endeble.

Sois un bribón. CARDENAL.--El lugar y el instante, mi querido muchacho, ¿se prestan para esta salida? Dios sabe bajo qué forma llegará esto a las manos de los periodistas filósofos. Habríais estado mejor inspirado esperando a que... PERFECTO. — Vos habéis cocinado todo este asunto. Ahora, es preciso tragarlo. ¡Y ojalá os atragantéis! ALARICA. — De rosa y de azur la iglesia está engalanada. Delante del río relucen los coraceros. PERFECTO. — ¡Alarica! ¡Alarica! (Muestra al Cardenal.) Nuestro casamiento, ¡perdón! ¡perdón! nuestro casamiento no fue urdido por el cardenal, más que con el fin de espolear, de acelerar la conclusión de nuestro tratado con España. Desde el comienzo no fue más que una comedia. ¡He aquí la verdad! ALARICA. — La verdad.... Qué cosa graciosa es pues, la verdad... PERFECTO. — Yo quisiera ser ese coracero, allá. CARDENAL. — ¿Qué coracero? PERFECTO. — No sé. Cualquiera de los coraceros del río. Reciben tres sueldos diarios. Al anochecer, fuman en pipa. En su olla huele bien el carnero. Si el servicio los fastidia, no tienen más que largarse del reino. Yo mismo, aquí, escapo al rey. Me escapo. CARDENAL. — No son las fronteras, hijo mío, lo que delimita un reino sino el temor de ofender a Dios, es decir al orden, es decir, hasta nueva orden y en cualquiera de los estados de la cristiandad, al rey. Quien falta a este temor pierde la vida. Esto está claro. Entretanto, comería con gusto un bocado. MARISCAL. — Nosotros tampoco hemos tomado nada todavía. Abajo nos espera nuestro desayuno. Café. Jamón. Salchichón. PERFECTO (a la Princesa). — ¡Querida! ¡Querida! A diez leguas, Stuttgart. A veinte leguas, Hannover. Después el campo... La llanura... La noche... Nosotros estamos en paz con el elector de Sajonia. Mi caballería no tendría ninguna razón para cruzar la frontera germánica. Una frontera es respetable. Además, mucho antes de que el cardenal haya podido reunirse con mi hermano y prevenirlo, yo ya estaré lejos, picando hacia el Este, ¡y me río del rey! (A la Princesa.) ¿Vos montáis a caballo, naturalmente? Tomaréis el trotador del cardenal. Venid. Partamos. ALARICA (se arrodilla ante el Cardenal). — Padre, yo os suplico que me perdonéis. Os he faltado gravemente. Yo creía que eran los otros. CARDENAL. — ¿Los otros? ALARICA. — Sí, yo creía que la torpeza, el sufrimiento, concernían a los otros. Yo, yo estaba hecha para la salud, para la victoria. ¡Idiotchka! PERFECTO. — ¡Querida! ¡Querida! Partamos. ALARICA (al Cardenal). — Monseñor, es frecuente, está reconocido que la adversidad madura el temperamento. El matrimonio que se había proyectado se me aparece ahora, como un sueño. Cuando la Emperatriz Elizabeth hace venir a la joven y miserable Catalina de Zerbst para darle por esposo a su hijo y asegurar por este medio la eternidad del trono de Rusia, ella actúa como madre prudente, como soberana previsora. Pero sería injusto sacar en conclusión del éxito de Catalina, la inevitable y matemática eficacia de esa clase de matrimonios. Cuando para el rey de Occidente llega el instante de unirse, debe hacerlo a la altura de su destino y sin que padezca la claridad de sus antepasados. Su vida le pertenece mientras la dedique a la conservación de una gloria y de una grandeza que no se alimentan más que con los de su propia especie. Él no deberá desposar más que a España, a Austria, a Inglaterra, naciones importantes, naciones fructuosas. Los leones se desposan en su cueva de leones. Dios es testigo de que me expreso sin rencor y sin ironía. (Al Rey.) Vos distáis mucho de encontrarme fea y vuestras naves terminarán por salir de... AYA. —... carena... ALARICA. — Nuestro matrimonio, no hubiera atentado a vuestro gusto personal si no hubiera

contrariado la oportunidad política. No, la falta, la única falta, habría estado en que Vuestra Majestad aventurase el lustre de tantos combates y tantos grandes hombres, todo el Occidente romano, los iris y la cruz, en una alianza con una princesa, yo, cuyo padre no hace mucho daba lecciones de ensalada. Sí, cuando estábamos en la miseria, cuando deambulábamos de capital en capital, antes de que el Congreso de Dantzig hubiese nombrado a papá rey de Curtelandia con un sueldo —no os digo nada nuevo— recolectado aquí y allá del dinero negro de los principales gobiernos, papá, ¡pobre papá! ganaba algunos florines enseñando a los aficionados treinta y seis clases de ensalada. A la turca, a la genovesa, a la escocesa, al aceite de avellana, a las hojas de cerezo, ¡qué se yo! Poseía un equipo portátil. A veces no teníamos para comer nada más que la ensalada de la lección. (Al Rey.) Amigo mío estoy segura de que habéis comprendido. Vuestra generosidad, vuestra caballerosidad os han empujado a defenderme con el ardor que impulsó antiguamente a vuestros antepasados hacia el Oriente, hacia el Santo Sepulcro. Pero esas incomparables cualidades perderían su substancia si el exceso de pasión las tornara contra el prestigio del reino del cual son precisamente guardianes mientras que él, el reino, es únicamente su asilo. Yo soy de un Oriente pantanoso, negro. Comprendidos los perros y los patos, mi capital cuenta con dos mil habitantes. Es necesario decirnos adiós. Sencillamente. Sin lamentos. CARDENAL. — Vuestras palabras, Señora, han estremecido mi naturaleza, la cual se inclina a la petulancia, a la glotonería. Me pregunto si no haría mejor yendo a enterrarme, encapuchado, en un monasterio. ¿Vuestro padre daba lecciones de ensalada? ¡Y el mío! ¿Imagináis lo que hacía el mío? El mío tocaba la gaita para que le viniera la leche a las terneras. (Se enjuga los ojos.) Dinamarca nos pone el cuchillo en la garganta. Y España, comprendéis, España... pero no vamos a comenzar de nuevo. Nos hemos maltratado demasiado ya. PERFECTO. — ¡Alarica! No tardéis más. Juntos cabalgaremos, hacia vuestra planicie oriental, no en busca de un sepulcro, sino de una cuna. ¿Estáis pronta? ALARICA. — No estoy pronta más para que la alegría de dejaros. PERFECTO. — ¿La alegría? ALARICA. — La alegría. Digo bien. La alegría. Es necesario que vaya familiarizándome con la idea de que debemos apartarnos el uno del otro, y que esta feroz idea me vuelva alegre y me colme de alegría, puesto que ella ilumina el camino de nuestra mejor vida. CARDENAL (Al mariscal). — ¿Si los dejáramos algunos instantes juntos? La pobrecita, ahora lo advierto, ha recorrido más de cuatrocientas leguas para ir al encuentro de un abominable fiasco. MARISCAL. — Pasamos tanto frío en el carruaje, que fue necesario hacernos máscaras, con medias en las que abrimos agujeros. CARDENAL. — En estas condiciones, me parece de elemental justicia que Antílopa... MARISCAL. — Alarica, Señor Ministro... Alarica... CARDENAL. — Que esta princesa extranjera disponga de algunos momentos para despedirse. No quiero correr el riesgo de que le quede de mí un recuerdo hediondo. Y además, querría ver vuestro salchichón. (El Cardenal, el Aya y el Mariscal salen. La Princesa, detrás de ellos, cierra la puerta. Después corre hacia el Rey. Se apoya contra él. Pone su cabeza sobre el hombro del Rey y le acaricia los brazos lánguidamente.) ALARICA. — ¡Amor! PERFECTO. — Señorita... Señorita Alarica. ALARICA. — Sois hermoso. Sois bueno. PERFECTO. — ¡Me guardáis mucho rencor? La historia es difícil de fabricar. Los historiadores, somos nosotros. Pero no trabajamos con la pluma en la mano. Escribimos con nuestras vivientes, con nuestras dolorosas corpulencias. ALARICA. — Dejadme miraros. Dejadme tocaros. Perfecto Decimoséptimo, rey de Occidente. Nena, no has perdido el día, tragaste bastante nieve, pero ahora estáis bien recompensada. En las monedas vuestra mejilla es fría, pero aquí está ardiendo. Antes yo estaba loca. En mi mezquina Curtelandia...

PERFECTO. — ¡Señorita! ALARICA. —... Los campesinos dicen: "Cuando la tempestad habla, la muralla escucha". Vuestra muralla escuchaba. ¿Qué pensaba de mí? PERFECTO. — Si vos estabais loca, yo estaba loco. Yo estaba loco. Yo estaba loco por vos. Lo estoy aún. ALARICA. — Un rey no debe estar loco. ¡No penséis más en esta joven! PERFECTO. — Toda mi vida pensaré. Toda mi vida, sí, toda mi vida, Alarica, os veré. Nunca os extinguiréis. Os miro y me veo. Me veo mirándoos, y no solamente aquí y ahora, sino mañana y más adelante, en mis palacios, en mis concejos, en la tumba. El mal que os hice comiénzase a cerrar. Este que vos me hacéis comienza a abrir. Yo os he herido. Vos me habéis matado, si es que es matar quitar el albedrío. Os veré en las verrugas del Cardenal y entre los ojos de la hermana del español. ALARICA. — ¿Una joven de mi clase vale tanto como para que un hombre de bien padezca por ella? Vengo de un país bárbaro. Somos cristianos sólo desde el siglo doce. Nuestra lengua se habla en pueblos de la India. Vos sois jardín, yo soy maleza. PERFECTO. — Vos ¡Maleza! El alma más delicada, más fina... Os empeñáis en denigraros ante mí, pero esa estratagema tan ingenua, salta a la vista, y yo no puedo ser vuestra víctima, sin ser al mismo tiempo vuestro cómplice. ALARICA. — M a l e z a soy. PERFECTO. — ¡Tonterías! ¡Tonterías que me asesinan! ALARICA. — Me he desnudado. PERFECTO. — Os habéis desnudado como una niña. Sois mi niña. Sois la inocencia. Sois la verdad. Si pudiera beberos, yo bebería la verdad. ALARICA. — Venid aquí. Vamos, venid. En este momento el cardenal y el mariscal se atracan frente a frente teniendo mucho cuidado de no morder con sus dientes flojos. Es el momento de aprovechar. Poned vuestros labios sobre mis labios. PERFECTO. — Alarica, hagáis lo que hagáis, dijereis lo que dijereis, no lograréis persuadirme de vuestra maldad. Yo advierto en vuestro juego el único anhelo de vuestro corazón, que es el de adormecer mi herida. ALARICA. — Bésame. PERFECTO. — Vuestra verdad, son vuestras lágrimas. ¡Eh! que corran, esas lágrimas adorables. No las disfracéis bajo una máscara de vicios. ALARICA. — ¡Carena! PERFECTO. — ¿Decís? ALARICA. — ¡Carena! ¡Idiota! ¿Pero de dónde sales? ¿No te gustan las mujeres? Muy bien, mi amigo. No me voy a enfermar por eso. Estamos aquí, esperando, vos con vuestra carne, yo con la mía, que no están pidiendo más que entretenerse. PERFECTO. — Continuad. Me divertís. Me atormentáis y me divertís. Usáis palabras cuyo sentido se os escapa. ALARICA. — Decididamente, no entendéis para nada a nuestras princesas. Nosotras crecemos entre soldados, entre caballos. Nacemos sabiendo ya servirnos de un caballo y de un hombre. Y no me fastidiéis con vuestros sermones y vuestros aires. No contento aún con haberme hecho atravesar la Germania entera para al punto devolverme a mis cuarteles, os obstináis, además, en despojarme de mi realidad. En imponerme un rostro que no es el mío. En fin, ¿qué os he hecho yo? ¿Me tomas, sí o no? PERFECTO. — Hermana mía... ALARICA. — En toda la planicie donde los ojos son oblicuos, y aún sobre las montañas de allá abajo que nos separan de la China y de la Turquía, no hay una princesa, me comprendéis, ni una zarina, ni una soberana, casada o no, cristiana o pagana, que no posea un amante familiar, un protegido bien elegido y siempre dispuesto a responder.

PERFECTO. — No vos, Alarica, no vos. ALARICA. — El mío me sigue en todos mis desplazamientos. Sin él, reventaría de frío. No hay frío que resista a la calentura de una pareja a punto. ¿Queréis verlo? PERFECTO. — ¡Cuánto mal os hacéis! Pero es en vano. El mal no está en vos. ALARICA (hacia el biombo). — ¡Eh, tú ahí! ¡Eh, ahí! ¡Tú, el de atrás! ¡Levántate! ¡Qué perezoso! F.... (Aparece desabrochado, sin botas). — He dormido como un tronco. Me duele el cuello. (Vuelve la cabeza de derecha a izquierda.) Ha sido ese golpe. ALARICA. — Sin duda has dormido demasiado bien. Ponte aquí mi querido. Déjame tu cuello. Conozco la manera de volverlo flexible. (Lo masajea). F.... (señalando al rey). — ¿El señor es uno de vuestros amigos? ALARICA. — ¿El señor? ¡Ah! Me olvidaba. ¡Es el rey! F.... — ¿El rey? ALARICA. — Sí, el rey. El rey de Occidente. Coraceros. Vestíbulos. F.... — Pero... (Se quiere levantar.) ALARICA. — Vamos. Tranquilo. Dos minutos. Sólo dos minutos. Cuando uno se agita demasiado por la noche (risita) es necesario saber quedarse quieto después. Las mismas manos, alternativamente, pueden dispensar la turbación y la calma. PERFECTO. — Alarica, jugáis, ¿no es cierto? Los niños cuando juegan lo rompen todo. Señor, puede que seáis un gentilhombre. De cualquier manera, yo os conjuro a responderme sin rodeos. Para la princesa, exactamente, ¿qué sois? (Alarica se inclina sobre F... a quien besa en los labios. El rey con el guante se golpea el muslo.) ALARICA. — Por mi boca, Señor, él os ha respondido. PERFECTO. — Señor, os haré colgar. F.... — Soy demasiado liviano. (Dibuja una cuerda en el aire.) Se romperá. Además, no comprendo nada de lo que pasa. Fusilado, colgado, besado, recorro los más diversos estados. ALARICA. — Quiere decir que, desde nuestra rugosa patria hasta esta provincia, desde la cual la vista descubre ya la flecha de vuestras renombradas catedrales, hemos recorrido un buen trecho. Estamos lejos, mi pequeño... Fernando, pero paciencia. Ya vamos a regresar. Os lo había dicho, Majestad. Nos, las damas salvajes, tenemos en cualquier momento, así, al alcance de la mano, un apuesto muchacho para darnos gozo. (A F...) Voy a atarte de nuevo el terciopelo de tu coleta. (Al rey.) Vos, Señor ya es hora de que os reunáis con vuestro ministro. (Muestra a F...). Nosotros dos vamos a abrocharnos antes de retornar a nuestra grosera landa. PERFECTO. — Alarica, vos no partiréis. Estoy aquí para impedíroslo. ALARICA. — ¿Impedírmelo? Vos... ¿Pero a título de qué? PERFECTO. — Yo soy el rey. Lo olvidáis demasiado. ALARICA. — ¿El rey? ¿El rey de qué? No el de mis brazos, en todo caso. Estamos en casa del elector de Sajonia. PERFECTO. — Mis ejércitos han conquistado Sajonia, no sé cuantas veces. Las fronteras están hechas para que uno las salte. ¡Aupa! ALARICA. — Mucho antes de que hayáis tenido el tiempo de alertar a vuestros coraceros, esos buenos coraceros que debían, ¿recordáis? saludarme con el sable en la mañana de mis bodas, él yo, estaremos lejos. Vuestros coraceros, ¡vamos!, no me perseguirán hasta mi capital de paja y de lluvia. Y mi vecina, la Emperatriz Catalina, ¿cómo pensáis que soportará el pisoteo occidental y católico en los alrededores de su domicilio? También ella, muchacho, tiene coraceros, también ella y con muy buenos muslos. PERFECTO. — Os lo ruego. Os lo suplico. No somos enemigos. Lo que fue dicho olvidémoslo. Borrémoslo. En Sistreburgo, a cuatro leguas de aquí la catedral mide cuarenta toesas de alto. Las catedrales están construidas de buena piedra. Las catedrales dominan, las catedrales están por encima de la trampa de humos, de los recodos dé viento. No menos fiel y sólido es el metal de

mis coraceros. Los tacos que calzan mis damas son los pilares de mi estilo y de mi reinado. Los tacos de las damas, que en un principio destinamos a vuestra casa, están siempre valientemente plantados sobre el empedrado, en la otra costa del río. El mundo no se ha movido. Para que él persista hasta el punto de no moverse, para que él nos aguarde, una palabra de mi mano bastará. La ceremonia tendrá lugar, vos seréis reina de Occidente. ¿Tenéis pluma y tinta? ALARICA (a F...). — Fernandito—te va bien, Fernando, te va como un guante— no te olvidarás de recordarme cuando pasemos por Dresde, que compre varios metros de seda. (Al rey.) En Curtelandia no fabricamos nada, salvo rastrillos. ¡Ah! Hay también campesinos que pintarrajean huevos. Eso es todo. PERFECTO. — En mi reino la seda y el raso corren como en otra parte el Vístula y más allá el Danubio. En mi reino los artistas decoran techos tan espléndidos como el firmamento. En mi reino... ALARICA. — Voy a vestirme de amazona. Salid. PERFECTO. — ¡Alarica! Os desposo. ¡Me oís! ¿Me entendéis? Os desposo. Desposar... Así... (Hace un gesto con los dedos.) Veinte millones de súbditos. Cincuenta y tres navios de línea. Sesenta fortalezas. Castillos más numerosos que abedules en vuestro país. Catedrales sobre las cuales no se puede decir nada. Es menester verlas. Y bosquecillos y teatros. Me pertenecen. Os pertenecen. Olvidamos, ¿no es cierto? Borramos. ALARICA. — Os he dicho que salgáis. PERFECTO. — Alarica, nada ha pasado. Nunca pasa nada más que aquello que se tolera que haya pasado. Ni siquiera habrá necesidad de sustraer un día al calendario. Ningún retraso perjudica aún así el programa. Nuestra querella ha tenido lugar a espaldas de las crónicas. Alarica de Curtelandia, yo, Perfecto Decimoséptimo, rey de Occidente, de Burgondía y de los Vascones, os pido de rodillas que me hagáis la gracia de ser mi esposa, de ser la reina. ALARICA. — Una pulga, he aquí lo que os encarnizáis en hacer de mí. PERFECTO. — ¿Qué cosa? ALARICA. — ¡Sea! Pero si yo acepto saltar como una pulga, pasando por encima de mi decisión más reciente, para volver a encontrarme en mi disposición anterior, no es para complaceros, puesto que el gusto de complaceros ya se me ha pasado, sino a fin de evitarle a mi padre la afrenta de mi retorno. Entraré en vuestra casa. PERFECTO. — Me llenáis de gozo. ALARICA. — Iremos a compartir vuestras catedrales, vuestros vestíbulos, vuestros coraceros. Yo enseñaré a vuestro pueblo a hacerse zapatos de corteza, a comer carne de perro, a tomar baños de sudor, con piedras en un horno. PERFECTO. — No sé cómo deciros... (Entran el cardenal y el mariscal.) CARDENAL. — Sí, mi querido, el pasado tiene menos importancia que el porvenir. De parte de un monárquico fundamental, esta afirmación, os lo acepto, tiene que sorprender. No obstante, la mantengo. Si el porvenir lleva en sí el pasado. Si deseamos, (yo no encaro, por supuesto más que la perspectiva terrestre) si nosotros deseamos apoderarnos del porvenir, engancharlo, nos es necesario, sin cesar, consolidar nuestras instituciones a fin de que valgan para el mañana como han valido para la víspera, y que su dureza garantice su duración. ¡Ja! ¡Ja! Desde Carlomagno nosotros hacemos, alternadamente, con España, la guerra y el amor, y con Italia también; pero España e Italia vienen a ser lo mismo. ¿Por qué no continuar? MARISCAL. — Llegará un momento, señor Ministro, en que la inmensidad magnética de nuestros espacios desheredados, os atraerá, os aspirará. CARDENAL. — Siempre llega un momento. Basta con esperar. (Al rey). Hijo mío, ¿habéis roto bien? La ruptura, es la esgrima sentimental es la estocada, la cornada de cuernos de caracol, la defensa del hombre. Los brazos de la mujer avanzan. Los cuernos del hombre retroceden. PERFECTO. — Monseñor, tengo el honor de anunciaros mi casamiento. CARDENAL. — ¿Vuestro casamiento?

PERFECTO. — Me caso con la princesa Alarica. Y además no me rompáis los oídos con reproches y sentencias. No hay cocinero tan malo que no sepa disfrazar bajo un gran estrépito de vajilla la indigencia de sus menús. Desde que vivo no os oigo más que a vos. Yo no soy vuestro caballo. CARDENAL. — Señoría. .. PERFECTO. — Os he oído demasiado, os he dicho. Por ser tan fastidioso persistir en vuestro proyecto maníaco y emperraros en atestarme los sesos con vuestra española, yo os declaro hipócrita, libertino, prevaricador, deslenguado, sí, mi amigo, yo, a vos, y os devuelvo a vuestra mugre. ¿Habéis comprendido? CARDENAL. — Está perfectamente claro. (A la princesa). Dentro de tres horas, señora, estaremos en Occidente. Estaremos en vuestro reino. Mi abnegación está a vuestros pies. ALARICA. — Con mi amiguito, ¿qué haréis? F.... — Es verdad. Yo existo, pese a todo; nunca se habla de mí. CARDENAL. — ¿Querría, Vuestra Majestad, instruirme sobre lo que piensa en cuanto al amiguito de Su Alteza? PERFECTO. — Que vaya a hacerse ahorcar. ALARICA. — ¿Él? Cualquier día. Yo lo quiero cerca de mí. Es bastante buen mozo como para hacerle coronel. (Al rey) ¿Qué? ¿Os molesta? Me criticáis. No veo qué es lo que os inquieta. CARDENAL. — Un coronel más no nos arruinará. ALARICA. — El compartirá nuestro lecho. Así ningún enemigo podrá alcanzarnos sin antes haber pasado sobre el cuerpo de Fermín. F.... — ¿Cómo? ALARICA. — ¡...Pe rdón! De Fernando. Y pasar sobre su cuerpo, es pasar sobre el mío. PERFECTO. — Basta. Venid, Monseñor. Nos vamos. (Antes de salir) Alarica, ¿qué va a ser de mí? ALARICA. — ¿Qué va a ser de vos? ¿Queréis saber qué va a ser de vos? PERFECTO. — Sí... ALARICA. — Mi querido, es muy sencillo. Vos seréis (de pronto furiosa y exaltada) lo que yo quiera que seáis. (Le presenta su espejo a Perfecto.) Mirad. PERFECTO. — ¿Vuestro espejo? ¿Os disponéis a hacerme un sortilegio? ALARICA. — ¿Un sortilegio? Este espejo es igual a todos los de la tierra pero soy yo quien lo tiene y yo soy la fatalidad de la vida. Te hablo con la voz de la fatalidad de la vida. Mira. Poco a poco te desintegras. Te deshaces. Tus queridas te comen como a carne. Tus huesos vivientes se pudren bajo tu piel. (El rey, babeante, crispado, se desploma, se hunde.) Y, ahora, salid todos... todos... todos... todos. (El cardenal arrastra fuera al rey inanimado. Alarica se sienta en un sillón.) Tengo miedo de no haber sa bi do... Estoy destrozada. MARISCAL. — Tranquilizaos... Siempre habrá vinagre en la ensalada.

ACTO T E R C E R O
El mismo decorado. Alarica y Fernando están sobre el lecho de Alarica. Se terminan de vestir. ALARICA. — Todavía no estás listo. Van a ser las ocho ya. ¿Me oyes? ¡Las ocho, ya! F.... — ¿Qué?

ALARICA. — ¿Es necesario que te sacuda? F.... — Generalmente no me levanto mucho antes del mediodía. ¡Beber vino! ¡Jugar a las cartas! ALARICA. — ¡Libertino! ¡Haragán! Yo soy diferente. A la mañana, galopo, tiro con la carabina. F.... — ¿Regresáis hoy? ALARICA. — Naturalmente... Va a ser necesario volver a pasar, una a una, todas esas aldeas, todos esos ríos, y los puentes y los tejados. De antemano se me revuelve el corazón. Y él, el rey... lo he trastornado. Le he hecho mirar el espejo... Yo hablaba, ¡qué se yo! como una necia... Era una necia... Yo sé que él está triste. Comprendedme. He hecho todo lo que he podido para que él me crea una mujerzuela, e incluso, para ser mala de verdad, pero me temo que no he sabido lograrlo. F.... — No os atormentéis por el rey. ¡Ya las tendrá! Las mujercitas, la viruela. No es difícil adivinar. La suerte del hombre es bien conocida. Las mujercitas, la viruela... Ahora, conviene que yo vaya pensando en volver. ALARICA. — Tú has estado a mi lado en un mal momento. Me he servido de ti. Te he hecho interpretar un papel. Pero yo quería que la realidad llegara lo antes posible a alimentar la comedia, a alimentarla, a desmentirla. No lamento nada. He perdido contigo mi honor de doncella. Digamos, que tú me has dado mi honor de mujer, si es que es un honor estar de acuerdo con la propia naturaleza física. No, mi amigo, no lamento nada. Yo hubiera preferido, lo sabéis, tener el destino de una esposa límpida. Hubiera sido leal al rey, fiel a Dios. Pero ya que el rey no ha podido, y sus razones no son ni ambiguas ni mezquinas, ya que él no ha podido subir conmigo todos los peldaños del altar, juzgo equitativo haberle dado la alegría de mi cuerpo, a ti, el primero que no sin valor, vino hasta mí para besarme en los labios. Sólo pienso bien de vos. No penséis vos mal de mí. Me besasteis. Siempre he estado por la rectitud, por la verdad. Me besasteis. Me abrazasteis. Yo era ya vuestra querida. El crimen hubiera sido que el rey de Occidente, pese a todo, me hubiera desposado. Es necesario que el mundo sea claro. Si los corazones fuesen claros, el mundo sería claro. Pero ¿qué hace mi aya? Le dije que estuviera aquí, como siempre a las siete. ¡Pobre Tolosa! Puede ser que no se atreva a venir ante mí, y mirarme. Que yo tenga un amante... No ha debido pegar los ojos. Ha encontrado un cuarto, me ha dicho, en los altillos, no se dónde. Debe haberse muerto de frío. F.... —Me hacéis reír. ¿Dónde queréis que haya dormido, sino con el Mariscal? ALARICA. — ¿Cómo? F.... — Vos no sois ni una mujer, ni una niña. Sois una criatura de pecho. Vuestros ojos, son espejos, no ojos. Reflejar, de acuerdo. Pero ver, calar, nada de eso. ALARICA. — ¿Qué es lo que me contáis? ¿La aya y el mariscal? ¿Tolosa y Silvestrius? ¡Pero si él tiene setenta años! Vos sabéis hacer el amor, de acuerdo, ¡pero no sabéis nada de la vida!... ¡Mi buena Tolosa, con su botella de agua caliente! Y ese pobre mariscal que no mastica más que puré. F.... —Me fastidiáis, me estáis calentando la mano que sirve para dar los bollos. ¡Yo no entiendo nada de la vida! ¡Qué desgracia! Yo que... mereceríais que os dejara chapotear en vuestras ideas como un peine en la sopa, pero, en cierta forma, estáis comprometida conmigo, me has dado tu flor, aunque mujeres no es lo que falta. Son como el berro, donde hay humedad brotan. En Madrid, recuerdo cómo me divertí cuando el asunto de las exequias del gran almirante... ALARICA. — Bien. Puede ser que yo no sea todavía muy instruida. Me repugna, sin embargo, pensar que el aya y el mariscal... F.... — Lo de ellos, no es nada. Es el abecé. ALARICA. — El mundo es claro, más claro de lo que vos creéis. Cuidémosnos de enturbiarlo con sospechas y chismes. No seamos indiscretos. Pensaré siempre en vos.

F.... — ¡Oh! No hay por qué. ALARICA. — Pero, en fin. .. Sois extraño. No parecéis el mismo. ¿Os he disgustado? ¿Os he perturbado? F....— Me fastidiáis. Me fastidias cada vez más. María mejor cerrando el pico, pero hay momentos en que hasta los santos no pueden contenerse, y yo no soy un santo, lo sabéis mejor que nadie, y cuando os veo empeñada en timonear vos misma el barco, cuando os veo, con vuestra mirada, ¿cómo decís vos? límpida, con vuestro corazón relleno de justicia, cuando os veo hundiros en la mentira, en la maraña, —no es que vos mintáis, ¡alto ahí! no he dicho eso, pero ya que no paráis de tomar lo falso por lo verdadero, de elegir lo falso, de preferir lo falso, tengo ganas de agarrar vuestra cabeza, vuestra campanita de lirio, vuestro melón de crema de leche y ponerlo, crac, delante de la verdad, la verdadera verdad. Sin embargo, puede que también, a pesar de vuestra simpleza, yo tenga por vos un poco de... ¡Uff! (Gesto con la mano.) ALARICA. — La verdad... La verdadera verdad... Pero me parece que esta noche... F.... — ¿Esta noche? ¿Qué ha pasado esta noche? Vos habéis recibido al hombre. ¿Y qué? Todas las muchachas, un día u otro, reciben al hombre. La inteligencia no entra forzosamente con la flauta. Miradme. Me habéis dicho: "Pensaré siempre en vos". ALARICA. — ¿Y vos no me habéis dicho: "El sol virginal de vuestra boca me deslumbra. Ese sol virginal me da sed, sed que me da aún más sed. Cuando yo en él me haya saciado, arderé de dicha, y no habrá, en mi reino, bastantes clarines, bastantes campanarios, para celebrar suficientemente mi alegría. Ordenaré que en los ríos hasta los salmones se pongan a cantar..." Así me habéis hablado en los primeros instantes. F.... — ¡Ni clarines, ni salmones! ALARICA. — ¿Cómo? F.... — Ni clarines. Ni salmones. Tambores. Truchas. Truchas, Sí tambores en lugar de clarines. Y truchas, acordaos, truchas no salmones. Por otra parte, el texto está aquí. (Saca de su bolsillo un manuscrito que hojea.) ¡Está anotado truchas! ¡Ridículo, de acuerdo! Pero yo no tengo nada que ver. ALARICA. — ¿Qué sentido tiene todo eso? F.... — Pero miradme. Miradme bien. No con los ojos de afuera, sino con los ojos de adentro. ¿No veis nada? ¿No sentís nada? ALARICA. — ¿Queréis decir que me recitasteis un texto que se os preparó? F.... — Un escritor es el autor, un filósofo. Uno llamado... ya ni me acuerdo... ALARICA. — Estabais a sueldo. ¿Por cuenta de quién? F.... — Podéis alabaros de que es necesario poneros los puntos, no solamente sobre la íes, sino debajo y alrededor. Yo me llamo Rogelio La Vaque. A propósito... Fernando... ¿De dónde sacasteis encajarme Fernando? Soy de la policía. ¡Ah! ¡Y nada de desprecios! Occidente es un gran pueblo. Necesita una policía refinada. ALARICA. — La policía... ¿Pero que tiene la policía que...? F.... — Querían estar seguros, en Occidente, de que eso fuera en firme, que la ruptura fuera en firme. El Cardenal... (Se levanta el sombrero) quería que un escándalo mayúsculo desbaratara, de cualquier forma, vuestro casamiento, en el caso de que os hubierais obstinado. Yo fui enviado aquí, en misión, a fin de comprometeros. Reparad en que si mi número hubiese fallado, vos de todos modos habríais sonado. Las ruedas de vuestra carroza, en efecto, habían sido preparadas. Jamás hubierais cruzado el río. Jamás. O, en el mejor de los casos, a la deriva. Pero esto no podía fallar. No podía. Estaba planeado como las maniobras de una fragata. Está bien organizada la policía. A los que os digan que el azar entra en juego, pedidles que vayan a ver qué es lo que ocurre cuando, por ejemplo, se sigue la pista a los impresores de panfletos y en cada imprenta hay un policía que nos trae a la oficina las pruebas en cuanto salen. ALARICA. — ¡Esperad!... ¡Esperad!... ¿Vos fuisteis enviado para seducirme? F.... — Vos lo habéis dicho. Por fin habéis dicho las palabras justas...

ALARICA. — ¿Vos no me amabais? ¿No me habíais visto jamás? F.... — ¿Cómo queréis que os viera?... De antemano sentía aversión contra vos. Toda esa serenata libertina y filosófica que me tuve que tragar. ¡Esas frases que comienzan por el fin! ALARICA. — Así que en todas partes se hacen trampas. En todas partes se hace como si... es insoportable. Es horrible. F.... — Vos misma, ¿no trampeabais, cuando os hacíais la loca levantando los brazos al aire con vuestros dedos del pie, llamando a Gorgino? ALARICA. — Mi trampa era para el bien, para el amor. F.... — Todos los que trampean, lo hacen por el bien, por el amor. Por el amor de su monedero, por ejemplo. ALARICA. — ¿Así que, así que nada era sincero? El rey mentía. F.... — ¡Ah, perdón! El rey de Occidente, ¡pobre bobito! es un círculo cerrado. Un círculo cerrado no puede mentir, aún cuando adentro tenga todo lo que querréis, verrugas, botones. ALARICA. — Vos mentíais. F.... — Yo trabajaba. Trabajaba en mi oficio. ALARICA. — Vuestro corazón era falso. F.... — Mis miembros, queridita, no eran falsos. ALARICA. — El mundo es innoble. F.... — No lo arreglaréis con lágrimas, ni lamentos. (Entra el Aya.) ALARICA. — ¡Tolosa! ¡Tolosa! ¡Mi amiga! ¡Mi mejor amiga! AYA. — ¿Sientes escalofríos, mi pimpinela? ¿Te han hecho mal? Pero ya estoy aquí. Mi pimpinela... Mi salchichita... Escucha. Vamos a volver enseguida a tu país, que me adoptó. Nos volveremos a encontrar con la comitiva de tu padre. Todos juntos volveremos. ¡Qué picnic! ALARICA. — ¡Mi padre... Estaba tan contento, estaba tan orgulloso de que en Occidente me convirtiera en reina, Majestad... Su propio reino, de golpe, cobraba un esplendor... Hay en su triste reino, tantos abedules y pantanos! Tú te acuerdas, el año pasado, cuando las lluvias fueron tan largas, cómo iba mi padre empujando fuera de la caballeriza inundada los sementales de la granja. Hasta olvidó su muleta, ¡por fin! y cuando lo vimos enseñar él mismo a sus súbditos a servirse de un arado de hierro... Él es digno del reinado, de honores. AYA. — Tú vas a volver a encontrar a ese padre tan bueno. ¡Mi arrulladora! ¡Mi codorniz! ALARICA. — Yo soy la reina de Saba. Estoy sobre la alta montaña. Me escolta mi ejército en bloque Hacia Dios, para que él me corone Yo soy la reina de Saba. Desde mi oreja hasta mi tobillo La joya titila sobre la doncella Pero se derrumba la montaña. Yo soy la reina de Saba. Estoy en la fosa, en el fango. La serpiente me come. Me come. Yo soy la serpiente... AYA. — ¡Oh! que fea canción. ALARICA. — Es la canción que ellas me han enseñado. AYA. — ¿Quién, mi polla? ALARICA. — Las horas... las horas que han transcurrido desde los corderos, ayer, en nuestro despertar. Y además, ¡no! ¡Jamás! ¡Jamás me acostumbraré a eso! ¡Jamás! ¡Reventaré antes de acostumbrarme! AYA. — ¿Qué mosca te pica? ¿Es digno de ti, amiguita, demostrar tal despecho por ese viejo trono que te pasa bajo la nariz? Otros príncipes existen, el válaco, el búlgaro...

ALARICA. — No se trata del trono, ni del búlgaro, ni del válaco. Es de la mentira, es del mal al que jamás me acostumbraré. Nada importa, nada vale. Cada boca es una trampa. Todos los brazos se quiebran en dos apenas se los toca. (Al Aya.) ¡Hasta las ruedas de mi carruaje habían preparado! AYA. — ¿Habéis hablado? ¡Cerdo! F.... — ¡Carroña! AYA. — Os denunciaré. F.... — Te escupiré las nalgas. AYA. — ¡Desgraciado! F.... — ¡Alcahueta! AYA. — ¡La coima, sabéis eso lo que cuesta! ¿No tenías más que desaparecer. Para qué os habéis quedado? ¿Para torturarla? ¿Para destruir todo? F.... — Es ella quien me ha retenido. Y vos no habéis hecho nada para que yo parta. AYA. — ¿Qué podía hacer yo? Ella entraba en el juego hasta el cuello, y más aún. No tiene más que diez y nueve años. Es una niña. Sus pechos son duros como el mármol, pero su cerebro, ¡de pichón, de lavanda! Yo habría intentado impedirle que se... en fin, con vos, allí... pero ella habría sospechado... F.... — Y durante ese tiempo no teníais empacho, vos, en ir a haceros arreglar por ese polichinela. AYA. — Yo tengo la culpa por hablaros. Sois una porquería. F.... — Y vos, mi comadre, ¿qué es lo que sois? Yo, a esa nena, no la había visto jamás. (El Aya alza los hombros, hace ademán de retirarse. Él la detiene, la sujeta.) ¡No! ¡No! tú me escucharás. Es inútil darse aires. De ella, yo me reía. Pero tú, pedazo de gusano, tú, durante años... AYA. — No lo escuchéis... Es un bandido... F.... — Años y años tú la has cuidado, tú la has acunado, y mientras no se trataba más que de enviar a Occidente informes sobre la política, sobre la caballería, sobre la agricultura, estoy de acuerdo, que no había nada que decir, era asunto tuyo, cada uno en lo suyo, pero cuando te has venido a acompañarla hasta aquí sabiendo lo que la esperaba, a la paloma, y cuando yo pienso que la bala que no entra, es tuya, es una idea tuya, la bala, el biombo... ¡qué v i c i o ! . . . me ruborizo, ¡claro que sí, señorita! ¡me ruborizo en nombre de la corporación policial. ¡Agg! AYA. — Me habéis quemado. Seréis fusilado. F.... — Ya sé... estoy frito. ALARICA (a F...). — ¿El teniente estaba en el complot? AYA (a F...). — Responded. No tengáis reparo... Tomo nota. F... —Estaba y no estaba. Él creía, naturalmente, que se trataba de amor y que yo era sincero. Le dieron cuarenta francos. (Al Aya.) A propósito, ese gastito, ¿lo cargaremos a vuestra cuenta o a la mía? Aunque en realidad ya... AYA (a Alarica). — Yo estoy al servicio del rey de Occidente. Sin embargo, os he amado tiernamente. (El Aya, a punto de salir, se vuelve.) Sí, he bendecido a mi rey. Sí, os he querido. Está el amor. Están los amores. Los amores, ¡ah! ¡Los sucios pájaros! Los amores van guerreando el uno contra el otro dentro del amor, dentro de mi corazón. A fuerza de batirse juntos ellos destruyen este miserable corazón. Pero otros corazones florecen por todos lados. El amor va bien. (Sale.) F.... — Estoy frito. Esta chinche me va a reventar. He aquí a lo que conduce el sentimiento. (Alarica y F... permanecen largamente inmóviles. De pronto golpean a la puerta. Siguen callados.) UNA voz (detrás de la puerta). — ¡Es el rey! ALARICA. — ¡Es mi padre! LA voz. — Alarica, soy yo. El rey. (Entra Celestincic de Curtelandia: muleta, manguito,

mostachos, cincuenta años. Patillas.) CELESTINCIC. — ¡Alarica! ¡Mi nena! ¡Mi nenita! ¡Ah! Estoy contento de verte. ALARICA. — El rey de Occidente no me ha querido. CELESTINCIC. — Ya sé. Ya sé. He visto al mariscal, abajo, en el portal. Comenzó a contarme, pero yo estaba demasiado contento por verte, demasiado impaciente. Ante todo, no te atormentes. Ese matrimonio, en el fondo, era demasiado bello. Y demasiada belleza, ¿tú sabes qué quiere decir? Quiere decir un poco de fealdad. No te atormentes. Tenemos una capa de nieve de tres metros. El mes de abril, por consiguiente, será magnífico. Magnífico. Un baile de flores y de mariposas. ALARICA. — La nieve es profunda como una tumba y el mes de abril todavía no llegó. CELESTINCIC. — Estás nerviosa, Alarica. ¡Oh! Comprendo. Comprendo. Pero, una vez más, yo te conjuro, no insistas sobre un pasado malsano. En todo caso, lo preferible, lo mejor, es lo que llega, lo que pasa. Créeme, te hubieran decepcionado los occidentistas. ¡Oh! Gentiles, eso sí, lo son, gentiles, corteses, todo lo que tú quieras, pero bajo sus puntillas, bajo sus operetas, algo hormiguea. Y, además, nosotros no perdemos todo. Los dos castillos. Los trescientos mil florines... ALARICA. — ¿Estáis al corriente? ¿Ya? CELESTINCIC. — Ese buen mariscal me informó. Con esos trescientos mil florines, quinientos mil si vendemos los dos castillos, yo compro polainas para todo el ejército, y contrato una orquesta para que nos toque a Mozart. La la li li la la. Yo había soñado mucho en dedicar esta fortuna para lograr el desecamiento de los pantanos, pero, con sus espumaderas, sus cantimploras, sus carretas, sus barriles, nuestros pobres diablos de siervos y peones tendrían hasta el fin del mundo. ¡La orquesta, mejor! Nuestro teatro necesita de una orquesta. ¡Eso, pequeñita, alegría! Vamos a viajar los dos juntos, los dos. F.... — Bueno, yo me voy. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Viena... Bruselas… Pero ellos me alcanzarán como quieran. ALARICA. — Esperad... ¿Y si vinierais con nosotros? CELESTINCIC. — ¿Quién es este hombre? ¿Qué hace en tu alcoba? ALARICA. — Venid con nosotros. CELESTINCIC. — Te he preguntado quién es este hombre y, en tu alcoba, qué hace. ALARICA (a F...). — Aquello no es tan malo como parece, ya veréis. Allá, para un muchacho como vos, joven, fuerte y en el fondo distinguido, hay en qué pasar el tiempo, os lo aseguro. Tenemos los más bellos corceles del continente. (A su padre.) Es una especie de diputado del monarca del Occidente. Él está en la poli, en la política. (A F...). El espacio... El horizonte... F.... — Todo es chato... ALARICA. — Las ciudades a edificar... Las carreteras a concebir... La primavera es un baile de flores y de mariposas. F.... —Y sigue. Siempre el sentimiento, las fábulas... CELESTINCIC. — Alarica, yo preferiría que nos explayáramos sin testigos. ALARICA. — Él me ayudó en el infortunio. Yo, a mi vez, lo sostendré. F... —Pero, una vez más, ¿en calidad de qué me llevaríais? ALARICA. — Nuestro reino necesita oficiales, físicos. (A su padre.) Nosotros hemos ganado un montón de florines. Se le puede abrir una pequeña cuenta. F.... — Yo no soy noble. Mi padre murió en las galeras. Mi madre era planchadora. Planchadora fina, es cierto. ALARICA. — La nobleza tiene su fuente en la ambición y la energía. F.... — Sé leer, eso sí, pero despacio. Ahora, ideas, si eso es lo que os entusiasma, yo las tengo. Los gendarmes, por ejemplo. El público, a veces, nos confunde con ellos. ¡Los gendarmes son rústicos! Antes de llevar galones blancos ellos nunca habían visto en casa de su padre el pan blanco. Esos bolsudos hacen los interrogatorios sin quitarse el casco y el plumero

carmesí. ALARICA. — Vos les enseñaréis la astucia. CELESTINCIC. — Me es difícil, Alarica, darte una reprimenda, tanto más cuando pocas veces me has dado pretexto para ser severo. Pero no toleraré que te lisonjees con una prerrogativa de la cual dispongo sólo yo. No vendrán a mi casa más que mis propios invitados, Sdourndo zak provoudnié negativa de obediencia pachimlaro stom! ALARICA. — Abousisma zdanavor mayoría legal abrassounié za fardomi! F.... — Ya lo decía yo. Estoy frito. ALARICA. — Te llevo. F.... —Pero, ¿en calidad de qué, finalmente? ALARICA. — Serás mi querida. F... — ¿Qué? CELESTINCIC. — ¿Cómo se entiende? ALARICA. — Mi querida. Mi favorito. Mi proveedor musculoso. Lo que necesito de carne viril para ser un hombre completo. CELESTINCIC. — Alarica, esto ya es demasiado. En Stettin volverás al convento de tu infancia. Allí rezarás el rosario hasta que te duela la muñeca. ALARICA (a F...) — Eres alto. Acaricias bien. F.... — No tengo ningún deseo de convertirme en vuestro esclavo. En Montrouge, las mujeres las tengo, ¿cómo deciros? Las tengo por furgones enteros. Vos, cuando me tengáis, ya me lo veo, no me largaréis más. Ni siquiera alguna vez me permitiréis acercarme a una mujer, a otra, para distraerme un rato, ¡oh!, sin mala intención... ALARICA. — Mi pueblo cuenta, por lo menos, con cien mil mujeres. F.... —Tienen la nariz chata. ALARICA. — Tú se la estirarás. F.... —Sus ojos parecen ranuras de alcancía. ALARICA. — Cuando ellas te vean, los abrirán como cañones llenos de avidez. CELESTINCIC (se pone de pie). — Señor, os ordeno alejaros de mi hija. Si no me obedecéis, os haré arrestar. A ti, tu aya te conducirá hasta el convento. ¡Pero, demonios! ¿Dónde está, en definitiva, ese aya del diablo? Por lo común, es imposible sacársela de encima. ALARICA. — Mi aya prepara las ruedas. Mi aya teje las balas. Ante todo, lo que hace falta es que corra el mal. El mal corre. ¿Vos lo veis? ¡Qué bien corre! ¡Fuit! Es un placer. El crimen... CELESTINCIC. — ¿Qué crimen? ¿Qué más aún? ALARICA. — El crimen sería quererlo detener. CELESTINCIC. — ¿Detener a quién? ALARICA. — Al mal. Detener al mal, cuando corre. Yo no cometería ese crimen, ¡seguro que no! CELESTINCIC. — Tú deliras. F.... —Yo, comprendo bien lo que dice. CELESTINCIC. — Ese rey de Occidente es un canalla. Cuando veo lo que ha hecho de ti, su felonía... ALARICA. — El rey de Occidente es un gran rey. Vos no sois más que un pequeño rey de gansos. Reináis sobre gansos, amigo mío. Pero paciencia... Paciencia... CELESTINCIC. — Esta comadreja de aya, el mariscal, mis postillones, los oficiales, las autoridades de Sajonia deben comprobar la locura de la princesa de Curtelandia. (Va hacia la puerta.) ALARICA. — El mal corre. ¡Fuit! ¡Fuit! ¡Ante todo, que corra! Si se detiene aunque sea un instante, es para espesarse como la lluvia. Si debe, algún día, detenerse, que sea en el máximo definitivo de su velocidad, de su fuerza! CELESTINCIC (llamando en el corredor). — Señores. (Entran el Mariscal y el Teniente.)

Señores, me encontráis sumido en una gran pena. MARISCAL. — Lo sucedido es duro. Han preferido a España. La grandeza les obsesiona. CELESTINCIC. — No... No es eso... No es sólo eso. .. Mi hija... Mi pobre hija... Vosotros conocéis a la princesa. Desde su más tierna infancia, ella manifestó, por una exuberancia de la mejor ley, la generosidad de su temperamento. Más tarde, su alegría, su ternura, la franqueza de su corazón, la presteza de sus movimientos, hicieron mi delicia. Jamás una bajeza, una perfidia, jamás de la sombra de una mentira se la pudo acusar. Hoy, esta criatura admirable, la cabeza trastornada por el infortunio, me insulta. Me insulta en presencia de este hombre que os pido arrestar, teniente... Señores, tengo el pesar de anunciaros que, por algún tiempo, la princesa permanecerá encerrada. (¡Sería necesario, por lo menos, que esa aya estuviera aquí!) ALARICA. — Os engañáis... CELESTINCIC. — No quiero escucharos, mariscal, haced traer, por los postillones, un médico, dos o tres doncellas. Tenemos dinero. Haced venir gente. La mayor cantidad de gente posible. ALARICA (a F...). — Tu puesto te espera en un marco importante. F…. —Preparado, mi voraz. (Va a ponerse delante de la puerta con la mano en la espada.) CELESTINCIC. — Vos estáis detenido. F.... —De acuerdo. Estoy detenido. No me muevo. Vos tampoco. ALARICA (a Celestincic). — Os engañáis. Ponéis aceite de cáñamo en lugar de aceite de oliva, hasta en la ensalada que vos mismo os servís. Os engañáis, poíno ver que yo os engaño. No he hecho más que mentir desde mi primer buen día. CELESTINCIC. — Está loca. ¡Terminemos! MARISCAL. — Lo que dice parece interesante. ALARICA. — No habiendo jamás mentido, sin" tregua he mentido. He respirado la mentira, sudado la mentira, caminado, comido, cantado la mentira. Toda mi vida no fue más que una farsa. Señor de la Muleta, os lo voy a probar. CELESTINCIC. — Alarica, mi pequeña, mi criatura, me das miedo. Teniente, es necesario atar a la princesa. TENIENTE. — Yo me pregunto a donde quiere ir. MARISCAL. — Los signos van precisándose. Cuando la emperatriz Catalina escamoteó a su marido para deponerlo, había alrededor de los actores de ese drama histórico como un olor de fósforo y de violeta. Mi amigo Mogroutoff — ¿Mogroutoff o Susanoff?— me lo ha repetido frecuentemente. Me parece percibir un átomo de fósforo. TENIENTE. — ¿Qué me aconsejáis vos? MARISCAL. — La tortuga. TENIENTE. — ¿La tortura? MARISCAL. — No... No... La tortuga... Mucha lentitud. TENIENTE. — ¿Ra? MARISCAL. — Ga. ALARICA. — Hasta aquí, a fin de cuentas, no habrá servido mi vida, mi tan pura, mi tan recta vida, más que para enmascarar el presente huracán de mi ferocidad. Mi ferocidad se desenmascara. Todo el mal que yo no he hecho lo hago de un solo golpe. El llano se abre. ¡Que brote la montaña de aguas negras! ¡Fernando! F.... —Yo estaba idiota, entre mis gendarmes. Mis amigos, hay algo mejor que hacer, mil veces mejor. Mirad. Estáis llenos de pantanos, ¿no es así? CELESTINCIC. — Yo os prohíbo... ALARICA (hacia Celestincic). — ¡Silencio! MARISCAL. — Dejadlo explicarse. Es un occidentista. Ellos han inventado la bayoneta triangular. F.... — ¡Vuestros pantanos, y bien, quién nos impide plantar en su interior enormes tubos de hojalata, digo bien, hojalata, como la hojalata de las canaletas, a fin de reunir toda el agua en un

valle para que desde allí se vuelque en ríos! MARISCAL. — Es, punto por punto, lo que yo me he deslomado preconizando desde que tenemos este reino... CELESTINCIC. — ¿Tenéis la audacia de aprobar a ese embrollón? MARISCAL. — Yo apruebo el buen sentido. Y pruebo el viento. F.... —Sobre los pantanos, el trigo brotará. Inglaterra no produce gran cosa. Yo he estado allí. Nos tomará quince barcos por año. Nos haría falta un puerto. (Hacia Alarica.) ¿Está bien dicho? ALARICA. — Yo te levanto, yo te inspiro. Haz resonar tu fuerte voz. ¡Mi hombre, anda! F.... —Los barcos ingleses vendrán a cargar el trigo en el puerto moscovita más cercano a nosotros. La emperatriz Catalina nos arrendará uno. MARISCAL. — ¡Prodigioso! ¡Totalmente prodigioso! F.... — Nos arrendará uno. De cajón. Primero embolsa la plata. Pero luego, a medida que nos inflamos de dinero y de crédito, la buena Catalina empieza a vendernos cueros, pieles, té. A nuestro turno, con el dinero de nuestro trigo, compramos en Inglaterra máquinas... CELESTINCIC. — Señores, el rey de Curtelandia os ordena a ayudarle a poner fin a estas extravagancias. MARISCAL. — Atención. La violeta se reúne con el fósforo... ALARICA. — Señores, la reina de Curtelandia os desliga del juramento prestado a ese muletero pastilloso. La reina de Curtelandia os aconseja jurar fidelidad a mí misma y, de paso, a este buen mozo, que, de ahora en adelante, yo proclamo mi caballo, mi bailarín, mi tutor, mi ahijado y mi caballero. Los trigos serán altos, de ahora en adelante, allá en nuestra comarca mal vista. Tendremos hospitales, cuarteles, Institutos. Yo me río de todo eso. Yo no busco el poder por el poder, pero justamente se trata de que soy la hija de un soberano y de que el trastorno de mi alma a causa del mal que es el bien, del mal que es el rey, no podría cumplirse de manera más memorable, más ejemplar, que reivindicando el poder por el asesinato si es necesario. TENIENTE. — ¿Qué es lo que hay que hacer? MARISCAL. — No hay nada que hacer. La muleta ha sido herida en el ala. Habrá que cambiar la gran inicial en el frente del teatro. Apesta el fósforo y la violeta, la agonía y el comienzo. ALARICA. — Engendrar significa que uno duda de sí para cumplir su vida. El hijo destruye al padre. CELESTINCIC. — Yo no consiento que se me destruya. Yo no me dejaré despojar. Yo sé batirme. Ya me he batido. MARISCAL. — Él ya está batido. (Al Teniente.) Un consejo. No os mováis. CELESTINCIC. — ¡Mariscal! ¡Teniente! ¡Mis postillones! ¡Mis soldados! ALARICA. — Las granjas reventarán de trigo. Tendremos cañones, aduaneros, sacerdotes. MARISCAL. — ¡Viva su Majestad la Reina! (Al Teniente.) Vamos. TENIENTE. — Viva su Majestad la Reina. Y a él, ¿bajo qué título hay que aclamarlo? MARISCAL. — ¡Bravo, Monseñor! ¡Bravo, el gran maestro del secado! TENIENTE. — ¡Bravo! ¡Monseñor! ¡Hurra, por el gran secador! CELESTINCIC. — Os haré colgar por mis soldados. Protestaré ante las grandes potencias. (A F...). Canalla, te voy a romper la cabeza. MARISCAL (a Celestincic). — Quedaos tranquilo. Él os empalará como a un pollo. CELESTINCIC. — ¿Qué va a ser de mí? MARISCAL. — Tenéis siempre vuestro equipo para la ensalada, ¿no es cierto? CELESTINCIC. — Mi pequeña hija. Mi hijita. Cuando ella caminó por primera vez, yo temblaba, detrás de ella... Ella iba del sillón a la mesa. Mis ojos, creo, la sostenían como si fueran brazos. Más tarde... cuando terminaba de tomar la sopa, volvía el plato y le daba un beso. Mi pequeña hija... Mi hijita. Tenía una muñeca azul. Cómo, cómo ha podido... Mi hijita... ALARICA. — El mal corre.

FIN

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