~ LA PROFECÍA ~ Capítulo 1: "Expedición a Egipto" Mi nombre es Elizabeth Gutiérrez y soy arqueóloga.

Soy una mujer de veinti siete años, de cabello largo y castaño recogido con una coleta alta, delga da, ojos verdes y marrones, atractiva, de 1’70 cm de altura y con una marc a de nacimiento en el hombro derecho en forma de alas. Desde que tengo uso de razón me ha encantado todo lo que esté relacionado con civilizaciones antiguas, sobre todo las civilizaciones del mediterráneo. Durante el tiemp o que llevo ejerciendo mi profesión he conseguido situarme entre los mejor es arqueólogos del mundo, por eso recientemente tuve la llamada del Dr. Da niel Vázquez, el más prestigioso arqueólogo en materia de civilización egi pcia que existe, para que le ayudase en una excavación en Egipto. Por lo v isto habían encontrado la entrada de un templo egipcio. Me extrañaba un po co que el mejor experto en civilización egipcia me pidiese que formase par te de su equipo, pero también me sentía emocionada al ver que le podía ser de ayuda a alguien como el Dr. Daniel Vázquez. Así que no seguí preguntán dome más y decidí ir a Egipto lo antes posible. Cuando llegué al aeropuerto del Cairo, Jose, uno de los ayudantes del Dr. V ázquez, vino para acompañarme con un todoterreno hasta el lugar de la excav ación. Durante el viaje por el desierto le pregunté a Jose como habían enco ntrado la entrada del templo y me dijo que la zona en que se encontraba era utilizada como campo de pruebas para el ejército del país. Supongo que por eso el gobierno tenía tanto interés en asegurarse lo antes posible que all í no había nada de valor y tener en activo de nuevo el campo de pruebas, es por eso que habían llamado tan rápidamente al Dr. Daniel Vázquez para que certificase aquello. Pero lo más probable es que hayan encontrado algo, por que el mero hecho de haber encontrado indicios de una entrada a un templo e gipcio ya supone un valor histórico. Por fin llegamos al campamento donde estaba la excavación. Así, a primera vista, pude ver que el campamento estaba formado por varias tiendas, una d e ellas era donde estaba la cocina, otra donde se comía, las otras los dor mitorios y una lona que cubría una mesa llena de objetos antiguos. Vino a recibirme el Dr. Daniel Vázquez. Era un hombre alto, yo diría que 1’80 cm. aproximadamente, pelo castaño, ojos verdes, guapo y de complexión fuerte. El Dr. Vázquez me dio la bienvenida y me acompañó a la que iba a ser mi t ienda para que me instalase. La tienda estaba bastante bien equipada, tení a una cama plegable situada en el centro con una mesilla en el lado izquie rdo de la misma sobre la que había una palangana y una jarra de agua para el aseo matutino, una mesa pequeña con una silla en el lado derecho de la tienda, un baúl al pie de la cama y en el techo de la tienda colgaba de un cable una bombilla. Me instalé todo lo deprisa que pude porque tenía gana

s de ver la entrada que habían encontrado. Cuando salí de mi tienda el Dr. Vázquez me acompañó para que conociese al resto del equipo. Eran cinco lo s ayudantes que formaban el equipo junto con el Dr. Vázquez y yo. Los ayud antes eran alumnos del Dr. Vázquez y se llamaban Jose, Juan, Javier, Laura y Clara. Después de presentarnos unos a otros nos dirigimos todos ante la entrada descubierta que se encontraba a poco más de 10 metros del campamento. La entrada que habían descubierto se encontraba bajando unos gruesos escalo nes, creo que eran unos cinco o seis, haciendo ver claramente que el resto del edificio estaba bajo tierra. El Dr. Vázquez me dijo que según lo que ha bían averiguado hasta mi llegada es que la puerta pertenecía a un templo de bido a los jeroglíficos que señalaban sobre diversas hazañas de un faraón y porque también hablaba sobre Osiris e Isis. Entonces le pregunté al Dr. Vá zquez: —¿Por qué no han entrado aún al templo? —No conseguimos abrir la puerta, probablemente la entrada esté bloqueada por el otro lado debido a la zona en que nos encontramos—me contestó él. Me quedé mirando la puerta, no parecía de las medidas normales que hacían los antiguos egipcios, ya que las puertas de los templos eran descomunales y ésta no era demasiado grande. Además, según lo que me había explicado e l Dr. Vázquez, la puerta habla de un faraón pero no dice su nombre, quizás se deba al paso del tiempo, pero tenía una sensación extraña con respecto aquella entrada que no había sentido anteriormente. Debíamos saber si la puerta estaba bloqueada por el otro lado y pregunté si tenían entre el material un robo-escáner para escanear el interior. El Dr. Vázquez me dijo que sí y le pidió a Javier que preparase el robo-escáner i nmediatamente. Muy pocos equipos de arqueología podían permitirse este robo t, pero no me extrañaba que el equipo del Dr. Vázquez tuviese uno ya que le habían concedido muchas becas de investigación por ser uno, por no decir e l mejor, de los arqueólogos del mundo. Javier colocó el robo-escáner delant e de la puerta y el resto del equipo nos pusimos detrás de Javier para que se pudiese escanear bien toda la zona. Pocos minutos después vimos en la pa ntalla del ordenador portátil que llevaba el robo-escáner la imagen que hab ía al otro lado. Por lo que se percibía en la pantalla la entrada no estaba bloqueada y parecía ser que el interior estaba en unas buenas condiciones. Javier se llevó el robo-escáner para guardarlo hasta que lo volviésemos a necesitar. Ahora estaba claro que la puerta no estaba bloqueada desde dentro y que deb íamos encontrar la manera de abrirla, probablemente no se abría debido a al gún mecanismo de seguridad contra ladrones de tumbas. Así que el Dr. Vázque

z y yo empezamos a examinar los jeroglíficos de la parte derecha de la puer ta mientras que Laura, Clara y Jose lo hacían con la parte izquierda de la misma. Hacía un calor muy sofocante, menos mal que me había puesto los pant alones cortos y la camiseta de tirantes sino me hubiese asfixiado del calor . El Dr. Vázquez dijo que sería mejor descansar para recuperar fuerzas y be ber agua ya que en el desierto era fácil deshidratarse con rapidez. Así que nos dirigimos hacia la lona en donde estaba la mesa con los objetos antigu os para refugiarnos del sol y beber agua. Al llegar allí pregunté: —¿De dónde habéis sacado estos objetos? —Los hemos encontrado delante mismo de la puerta al bajar los escalones— me contestó el Dr. Vázquez. Cuando los encontraron se extrañaron porque no se habían encontrado hallaz gos de ningún templo egipcio en donde dejaban aquella clase de utensilios fuera de los mismos. No encontraba ninguna lógica, incluso Javier y Juan q ue eran los que estudiaban aquellos objetos no nos pudieron dar una explic ación de por qué se encontraban allí, por lo que pudieron averiguar hasta el momento es que eran meros utensilios decorativos que hablaban de la vid a del faraón Aahmes I el primer rey de la XVIII Dinastía, aproximadamente del 1587 a. C., probablemente el faraón que mandó construir el templo que hemos encontrado. Tras beber bastante agua y descansar un poco, nos dirigimos de nuevo hacia la puerta para continuar su estudio. Mientras estaba examinando la puerta s entí un fuerte pinchazo en el corazón y caí semiinconsciente al suelo. Inme diatamente el Dr. Vázquez y el resto del equipo vinieron corriendo a socorr erme cuando me vieron caer desplomada. El Dr. Vázquez me cogió en brazos y me llevó a mi tienda y allí le pidió a Laura que trajese unos trapos y agua muy fría. —¿Estás bien?—me preguntó el Dr. Vázquez. —¿Qué ha pasado?—pregunté medio aturdida. —Te has desmayado—dijo Jose. —Ese pinchazo... —¿Qué pinchazo?—me preguntó el Dr. Vázquez. —Antes de desmayarme he sentido un fuerte pinchazo en el corazón. Cuando expliqué lo que había sentido Juan dijo que aquello era a causa de u n sobreesfuerzo que hace el corazón y que la sangre no circula bien, según había visto en un canal de televisión por satélite. Entonces el Dr. Vázquez les dijo a todos que saliesen de la tienda y me dejasen descansar. Cuando intenté incorporarme el Dr. Vázquez me cogió de los brazos y me obligó a ac

ostarme, entonces le dije: —Ya me encuentro mejor, puedo volver al trabajo Dr. Vázquez. —Ni hablar, posiblemente te has desmayado a causa del calor y el no descans ar del viaje, así que lo mejor es que descanses. Por cierto llámame Daniel, eso de Dr. Vázquez me hace sentir más viejo—me dijo mientras se acercaba a la salida de la tienda. —De acuerdo, Daniel. Me quedé en mi tienda con un trapo mojado en la frente mientras los demás v olvían al trabajo. No sé, quizás sí era por el calor pero aquel pinchazo qu e había sentido en el corazón me dio una sensación tan extraña. Quizás lo ú nico que necesitaba era descansar un poco. Al cabo de tres horas me desperté, me encontraba mucho mejor, quizás lo qu e necesitaba era dormir un poco. Me levanté de la cama y salí de la tienda . Todo el mundo estaba trabajando, por lo visto aún no habían conseguido a brir la puerta. Me acerqué hacia ellos para ayudar. Daniel al verme me pre guntó cómo estaba y le dije que bien, a continuación le pregunté si había algún progreso, pero por desgracia sólo pudo darme una respuesta negativa. Entonces Clara dijo extrañada: —Los jeroglíficos están casi todos traducidos, pero que no encuentro ningun a conexión entre ellos. Cómo podía ser que no existiese ninguna conexión entre los jeroglíficos. Da niel me dejó la libreta en donde habían anotado la traducción de los jerogl íficos y empecé a examinarlos con la ayuda de ésta. Mientras, al hacerse ya de noche, los ayudantes fueron a preparar la cena y Daniel se quedó conmig o. Clara tenía razón, no existía conexión entre los jeroglíficos, pero eso era muy extraño, con lo ordenados y meticulosos que eran los antiguos egipc ios por qué de aquel desorden. La cena ya estaba lista y Daniel me dijo que era mejor dejarlo para mañana, al fin y al cabo Roma no se construyó en un día. Así que fuimos a cenar.