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BIOPOLÍTICA; DEL “YO PSICOLÓGICO” A UN “YO NEUROQUÍMICO”

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BIOPOLÍTICA; DEL “YO PSICOLÓGICO” A UN “YO NEUROQUÍMICO”

Dr. Adolfo Vásquez Rocca Universidad Católica de Valparaíso – Univesidad Complutense de Madrid Investigación Viccerectoría de Estudios Avanzados y Doctorados PUCV – UCM

Dr. Adolfo Vásquez Rocca

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Seria necesario mostrar los efectos que tiene la nueva “política de la vida” o bio-política sobre los procesos de subjetivación. Hechos como la aparición de la neuroética nos estarían mostrando hasta qué punto se están modificando las tecnologías de subjetivación, unas tecnologías que nos están convirtiendo en “individuos somáticos”. Nuestros juicios y actuaciones están cada vez más mediatizados por el lenguaje de la biomedicina. Es posible hablar de la transición de un “yo psicológico” a un “yo neuroquímico”, de una nueva forma de comprensión de la propia identidad –que evidentemente influye, no sólo en lo que pensamos de nosotros mismos, sino también en nuestra práctica cotidiana–, en la cual se destaca que somos un cuerpo y un cerebro. Este proceso de “encarnación” de nuestra identidad provoca que cualquier reconstrucción personal que queramos llevar a cabo, se supone que debe realizarse a través de nuestro propio cuerpo. El cuerpo está deviniendo el lugar privilegiado para experimentar con uno mismo. Pensemos, por ejemplo, en los discursos sobre la dieta o el ejercicio físico, en los piercings, los tatuajes o la cirugía estética. A partir aproximadamente de 1970, la idea de un espacio psicológico interior, que había sido el centro de nuestra forma e autocomprensión, se estaría desdibujando. Hoy ya no se habla tanto de traumas y neurosis asociados a la biografía peculiar de cada cual, sino más bien de problemas relacionados con algún desequilibrio bioquímico existente en el cerebro, o de ciertas predisposiciones genéticas. Multitud de fenómenos de la vida humana – desde la ansiedad y la depresión, pasando por los cambios de humos relacionados con el ciclo menstrual, hasta los déficits de atención de ciertos niños–, son interpretados como desequilibrios bioquímicos tratables a través de
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drogas capaces de reajustarlos. Esta recodificación del yo no sólo está influyendo en la psiquiatría, sino que está teniendo incidencia también en ámbitos tan diversos como el mundo laboral, el deporte, la escuela o la prisión. Rose piensa que se puede hablar de “sociedades psicofarmacológicas” porque se está convirtiendo en rutinario el hecho de pretender transformar nuestra capacidades subjetivas a través de drogas. Resulta espectacular, por ejemplo, el incremento de drogas psiquiátricas entre los años 1990 y 2000. EEUU es el país que lleva la delantera, con un incremento de un 638%; en Sudamérica, un 201% y, en Europa, por poner sólo unos ejemplos, un 126%. En cuarto lugar, Rose nos muestra la aparición de nuevos “expertos somáticos”. El gobierno de estos nuevos yos neuroquímicos no proviene principalmente de los políticos o de tipo de profesionales que predominaron en la sociedad del bienestar (trabajadores sociales, educadores, terapeutas), sino que la biopolítica, en la actualidad, depende, en buena parte, del trabajo constante y minucioso de los laboratorios; del complejo poder informático necesario para llevar a cabo digitalizaciones de las funciones cerebrales o para establecer relaciones entre historia clínicas y genealogías familiares, con determinadas secuencias genéticas; y, evidentemente, de la búsqueda de ganancias que estas nuevas formas de conocimiento prometen. Según Rose, es en este tipo de prácticas donde debemos buscar la emergencia de nuevas formar de autoridad. Grupos importantes que destaca Rose son los clínicos, los profesionales sanitarios, los genetistas, los biólogos, los neurocientíficos, los gerontólogos moleculares, los expertos en bioética, los dietistas, los especialistas en mantener la forma física o los distintos tipos de consejeros en relación a la reproducción, la sexualidad, la vida en pareja, la salud mental, etc.
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Rose considera que es especialmente interesante y representativo el nuevo tipo de “poder pastoral” que se ha desplegado en el contexto de lo que Margaret Lock llama el “conocimiento premonitorio”. Rose piensa, en primer lugar, en los consejeros genéticos, pero también en al información basada en evidencias neuronales extraídas

La raíz nietzscheana del concepto foucaultiano de “biopolítica”

Una “biopolítica de la población”, más centrada en el cuerpo-especie, donde han predominado más las tecnologías reguladoras y aseguradoras. Por primera vez, subraya Foucault, la vida, lo biológico, pasa a reflejarse en lo político. Si durante siglos se pensó, con Aristóteles, que el hombre era un animal viviente que, además, como característica propia, era capaz de llevar a cabo una existencia política, “el hombre moderno –declara Foucault– es un animal en cuya política está puesta en entredicho su vida de ser viviente”. No debería sorprendernos que Foucault, a partir de los años setenta, se mostrara especialmente interesado por el binomio “vida” y “política”, si tenemos en cuenta la gran influencia que Nietzsche ejerció sobre este pensador francés. ¿No es en parte la obra nietzscheana un intento de critica de las líneas de pensamiento que, en estrecha relación con determinadas relaciones de poder, han tenido como efecto el encorsetamiento, el dominio y la domesticación de la vida? En sus textos, Nietzsche desenmascaró la voluntad de dominio que guiaba tanto al sabio platónico como al sacerdote cristiano. El trasmundo, en

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sus distintas versiones, conduce al nihilismo pasivo, a la total devaluación de la vida, y convierte a los hombres en seres debilitados que, al ser incapaces de desarrollar su propia individualidad, buscan un rebaño que les proporcione protección y seguridad. Ciertamente, en la obra de Nietzsche, podemos hallar uno de los primeros intentos destinados a iluminar las relaciones entre la vida y el poder. Incluso su esperanza del superhombre puede interpretarse perfectamente como una voluntad de resistencia, por parte de las fuerzas expansivas de la vida, ante las fuerzas, culturales o sociales, que, como la tradición socrático-platónica y la cristiano-burguesa, intentan debilitarlas. Hace falta precisar que, según Foucault, el hecho de que, en la modernidad, la vida quede totalmente envestida y atravesada por los dispositivos de saber-poder, “esto no significa que la vida haya sido exhaustivamente integrada a técnicas que la dominen o administren; escapa de ellas sin cesar”. Tanto en el caso de Nietzsche, como en el de Foucault, la descripción de las relaciones de poder siempre tiene como objetivo fundamental descubrir los espacios por donde sería posible abrir líneas de fuga.

Sin duda fue Nietzsche quien mostró a Foucault las complejas relaciones entre la vida y el poder, influyendo, por tanto, de forma muy relevante, en sus estudios sobre biopolítica y, de hecho, en el conjunto de su obra. Evidentemente, después de Nietzsche, como han captado perfectamente autores como Foucault o Deleuze, la vida ya no puede ser entendida como un simple resultado del azar evolutivo –o de la creación de Dios–, sino como el efecto de diversas intervenciones políticas. Todos los regímenes políticos
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contemporáneos, tato los de carácter democrático, como los totalitarios, tendrían, según Foucault, un claro signo biopolítico. Todo parece indicar, por tanto, que cuando Foucault recoge el término de “biopolítica”, lo hace desde una concepción de la vida y del poder de raíz nietzscheana. Aunque Foucault no explicitó su concepción de la vida, probablemente tenía en mente afirmaciones de Nietzsche como la siguiente, que permiten comprender que las relaciones de fuerza no son en absoluto ajenas a la vida: “Podría definirse la vida como una forma duradera de un proceso de determinaciones de fuerza, en que las distintas fuerzas en lucha crecer de manera desigual”. Para Nietzsche la lucha constituye la forma misma de la vida, una forma siempre en equilibrio precario, puesto que las fuerzas que la integran siempre están en potencial conflicto entre sí. En contra de las tesis darwinistas, el instinto fundamental de la vida no sería el de autoconservación, sino el de la voluntad de poder, es decir, un impulso de desarrollo y expansión e la propia fuerza vital. Este impulso de expansión de la vida comportaría la constante transgresión de todo tipo de límites y barreras que se le pretendieran imponer. La vida desbordaría todo intento de cercar, definitivamente, sus confines y, por tanto, toda forma de definición última. Por otro lado, según Nietzsche, la expansión de la vida provocaría que ésta, constantemente, se nutriera de su afuera, de lo que, anteriormente, antes de ser absorbido por ella, conformaba su exterioridad. Así, desde esta perspectiva, la “bio-política” no designaría dos realidades
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totalmente diferentes y escindidas, la vida por un lado y la política por otro, sino que la propia vida sería contemplada como un proceso de determinaciones de fuerza, de relaciones de poder, así como también de relaciones de resistencia. La vida, atravesada por la corriente del devenir, albergaría en su seno un complejo y móvil conglomerado de fuerzas que la conformarían. Pero además, este flujo calidoscópico –mudable internamente, pero también poroso y permeable en relación al exterior–, permanecería siempre abierto al afuera, a la posible penetración de las relaciones de poder externas, las cuales se mezclarían con las propias fuerzas internas del bios. Podría hablarse, por tanto, de la perpetua interconexión entre unas políticas de la vida internas (propias del mismo flujo interior del bios) y unas políticas de la vida externas. Podríamos decir que, en cierta forma, es como si cada bios concreto edificara sus propias políticas de la vida –a partir de la lucha constante entre sus fuerzas internas–, pero que, paralelamente, siempre estaría abierto a un intercambio incesante con las políticas de la vida externas, que le rodearían y le penetrarían desde afuera, hasta lograr influir, desde bien adentro, en la misma forma del bios. Entre las políticas de la vida internas y las externas se producirían intercambios, influencias y trasvases permanentes. Por ello puede hablar Foucault de un dispositivo de saber-poder se signo biopolítico que atraviesa completamente a la vida, e intenta dominarla y administrarla, y, a la vez, afirmar que al vida tiene los mecanismos necesarios para desbordar estos intentos constantes de asediarla. [...] − Las técnicas de sujeción de los cuerpos y el control de la vida de la
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población son instrumentados desde las densidades de diversos poderes: el Estado, la escuela, la Iglesia, el ejército, la empresa tecnocientífica y, por extensión, la familia. - La vida entró en la historia mediante técnicas políticas y ambas, vida e historia, entraron en la ciencia. La enunciación de la teoría evolucionista es uno de los frutos cognoscitivos más excelsos surgidos de la preocupación por la vida y el devenir temporal. - Para fines del siglo diecinueve, el racismo representaba la exaltación onírica de una sangre superior que culminó, unas décadas más tarde, en genocidios sistemáticos y en el riesgo constante de exponerse al sacrificio. La base simbólica para sustentar las prácticas biopolíticas que desembocaron en las exclusiones modernas y contemporáneas se constituyeron junto con un esfuerzo teórico por reinscribir la temática de la sexualidad en el orden de la ley. Es así que se desarrollaron fundamentos jurídicos para castigar a quienes no se avenían a las prácticas sexuales consideradas normales. Actualmente se intentan nuevos fundamentos para prevenir la peligrosidad latente en ciertos sectores sociales y ciertas franjas etarias. En ese mismo orden de ideas, la medicina moderna desplegó una batería de conceptos para explicar las conductas anómalas relacionadas con lo genital. Por su parte los estamentos religiosos se preocuparon por estandarizar un modelo doctrinal restrictivo en el ámbito de los placeres. Tanto en la clínica como en la religión la regulación del sexo podría llevar a la salvación o la muerte (del cuerpo o del alma según corresponda). Por su parte el psicoanálisis, desde sus albores, se preocupó por concentrar el
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principio de la ley en torno al deseo. Al apuntar al sexo cumplió asimismo con el “aire de los tiempos” aportando más teoría a la inquietud por las condiciones de posibilidad de un modelo sexual que garantizara una vida plena. Y es justamente estudiando las características del placer que se chocará con la finitud. Para Freud el principio de placer se halla al servicio de la pulsión de muerte. - Los saberes actuales se reestructuran produciendo nuevos objetos de estudio acordes con los nuevos temores. Se establece estatus universitario de excelencia para formar especialistas y posgraduados en todo aquello relacionado con la vida humana y no humana, tales como distribución de recursos, seguridad ciudadana, educación física, kinesiología, turismo, ecología, enfermería, planificación de políticas públicas, desarrollo productivo, epidemiología, minería, conservación de los alimentos, entre otros. Nuestra episteme se rige por un calidoscopio biopolítico y las reinas de las ciencias son, cada vez más, las que se ocupan de la vida, su reproducción y su seguridad. Biopolítica y tecnologías de poder-saber - La filosofía de Nietzsche se configura así a partir de la reflexión en torno al problema de la humanidad y la animalidad, es decir, se articula como un intento de ir más allá del humanismo entendido como un esfuerzo de domesticación del hombre en el que se pretende desinhibir su condición animal (fracasando en el proceso). De allí la importancia de la discusión en torno al estatuto biopolítico del hombre, debate en el que se insertan autores como Peter Sloterdijk y Giorgio Agamben.
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Como lo señala Agamben1 es Foucault quién desarrolla inicialmente las implicaciones del concepto de biopolítica, las estaba desarrollando en sus últimos cursos en el Collège de France cuando le sobrevino la muerte. Foucault se refiere al concepto de biopolítica, al final de la Voluntad de saber2, sintetiza el proceso a través del cual, en los umbrales de la vida moderna, la vida natural empieza a ser incluida, por el contrario de los cálculos del poder estatal y la política se transforma en bio-política; “Durante milenios el hombre siguió siendo lo que era para Aristóteles: un animal viviente y además capaz de una existencia política; el hombre moderno es un animal viviente y además capaz de una existencia política; el hombre moderno es un animal en cuya política está puesta en entredicho su vida de ser viviente”.3 Michel Foucault, a través del concepto de biopolítica, nos anuncia desde los años setenta lo que hoy día va haciéndose evidente: la "vida" y lo "viviente" son los retos de las nuevas luchas políticas y de las nuevas estrategias económicas. “El hombre occidental aprende poco a poco lo que significa ser una especie viviente en un mundo viviente, tener un cuerpo, condiciones de existencia, probabilidades de vida, una salud individual y colectiva, fuerzas que se pueden modificar...”4 Foucault, a través del concepto de biopolítica, nos anuncia que la "vida" y lo "viviente" son los retos de las nuevas luchas políticas y de las nuevas estrategias económicas. También nos muestra que la "entrada de la vida en la historia" corresponde al surgimiento del capitalismo. En efecto, desde el siglo XVIII, los dispositivos de poder y de saber tienen en cuenta los "procesos de la vida" y la posibilidad de controlarlos y modificarlos. "El hombre occidental aprende poco a poco lo que significa ser una especie viviente en un mundo
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viviente, tener un cuerpo, condiciones de existencia, probabilidades de vida, una salud individual y colectiva, fuerzas que se pueden modificar..."5 Que la vida y lo viviente, que la especie y sus condiciones de producción se hayan convertido en los retos de las luchas políticas constituye una novedad radical en la historia de la humanidad. El dominio sobre el genoma y el desarrollo de las máquinas inteligentes; las biotecnologías y la puesta en operación de las fuerzas de la vida, trazan una nueva cartografía de los biopoderes. Estas estrategias ponen en discusión las formas mismas de la vida dando lugar, a su vez, a una nueva ética del cuerpo, que pone un énfasis especial en administrar los impulsos, sobre todo cuando estaban relacionados con la fecundación y la descendencia. He aquí el nacimiento del biopoder moderno como condición de posibilidad de los racismos tardomodernos. Sloterdijk, por su parte, entiende al hombre como una deriva biotecnológica asubjetiva que vive hoy –con el desarrollo de la inteligencia artificial y el descubrimiento del genoma humano- un momento decisivo en términos de política de la especie. En este sentido, se hace necesario desarrollar un pensamiento ecológico que supere el dualismo entre lo natural y lo artificial propio de la concepción humanista del mundo, ciega ante la unidad casi indistinta de un único entorno natural y tecnológico. Así, pues, una ecología filosófica vendría a constituir, en grandes escalas, una nueva cosmología, que consistiría en estudiar las relaciones de las diversas entidades en el escenario del cosmos a partir de criterios polivalentes. De este modo, si se remontara la creciente complejidad del mundo actual, el cosmos pasaría a ser el ámbito para la conformación de una multiplicidad de nuevos espacios habitables, que fundarían ante todo una nueva política de la cohabitabilidad entre entidades
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separadas antes por la supuesta pureza o impureza de su naturaleza: entre hombres y maquinas.

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BIOPOLITICA El cuerpo _ lo biológico como fundamento de lo legal. El poder –tanto el productivo como el destructivo- se piensa cada vez más desde categorías biológicas. Los inmigrantes ilegales “contaminan”, los terroristas son “agentes patógenos”, las computadoras son atacadas por “virus”. La política global toma lo biológico como fundamento de lo legal. La justicia penal acrecienta sus garantías si cuenta con pruebas genéticas. Se incrementa la preocupación por las moléculas corporales. Las pruebas de ADN tienen fuerza de ley. Existen planificaciones familiares, exámenes médicos prelaborales, prematrimoniales, preescolares, intervención en los regímenes de nacimientos, promoción de campañas de vacunación, emisión de leyes anticontaminantes, reparto gratuito de preservativos o negación de esos repartos, y una incontenible compulsión a lograr poblaciones longevas en sociedades que, paradójicamente, discriminan a sus mayores. [En Desarrollo ]

Dr. Adolfo Vásquez Rocca Universidad Católica de Valparaíso – Univesidad Complutense de Madrid E-mail: adolfovrocca@gmail.com

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