Quienes sin reflexionar se adhieren a la creencia de un universo material que edifica sin saber lo que hace, y que ve con

indiferencia al hombre, aceptan no obstante que este mundo ha evolucionado hasta el día cumbre de dar a luz a los seres racionales. Dicho alumbramiento, alhaja de la existencia, es del todo relevante para la materia, porque el hombre -construido de las entrañas del inconsciente cosmos-es el medio para que el universo material se conozca a sí mismo. Es por este ser extraordinario que una existencia material, que desconocía su grandeza y su belleza, se da cuenta de que vive y se contempla por primera vez en su esplendor ignoto. En el hombre toda la existencia que fue anterior e inconmensurable, como el propio firmamento plagado de estrellas, toma conciencia de que es. Para aceptar que la naturaleza fuese una inteligencia inconsciente, tendríamos que destruir los fundamentos básicos del intelecto, pues la inteligencia se ha hecho consistir en la facultad de conocer y entender, es decir, comprender con conocimiento exacto y reflexivo. Además, no nos parecería admisible que una entidad inconsciente como lo es la materia, pueda crear a un ser consciente como lo es el hombre. Si adjudicamos el génesis del hombre a un proceso evolutivo de la materia, es porque no podemos atribuirlo a la nada, toda vez que la nada no produce nada. De dónde, entonces, vamos a sacar la inteligencia de los seres racionales, si detrás de la materia no hubiese una inteligencia consciente. Es decir, si antes del homínido no existía

la inteligencia consciente, ¿acaso de la nada surgió?. Nadie da lo que no tiene, porque nadie puede sacar algo de la nada. La ciencia, por su parte, se hace consistir en el conocimiento probado de las cosas a través de la experiencia sensible. Esto nos lleva a aceptar sólo lo evidente y descartar erróneamente por inservible lo que no se puede probar. Tal acción es adecuada para la ciencia, pero no para el conocimiento, el que también puede alcanzarse aplicando correctamente las reglas del razonamiento. Por ejemplo, la teoría de una Tierra móvil y tan redonda como las esferas de la cosmología aristotélica sostenida por Cópernico y después apoyada por Galileo, así como rechazada por la ciencia en un principio, no significa que nuestro planeta no haya sido siempre móvil y redonda, lo único que indica es que la ciencia tuvo que esperar a que tal teoría se probara para aceptarla. Entonces, no podemos desechar lo que no es ciencia, pues las cosas existen independientemente del conocimiento sensible. Podemos asegurar que existe la materia, las leyes que la rigen y su evolución hacia la vida, ya que tales supuestos forman parte de la ciencia. Más aún, conociendo sus normas hemos logrado fundar y hacer progresar la tecnología. Por Darwin supimos que del proceso evolutivo se derivó el hombre. Todos estos conocimientos nos constan por la experiencia sensible, ya sea porque lo hemos palpado directamente, porque se han comprobado en un laboratorio o porque su evidencia ha surgido de los restos humanos descubiertos, pero el origen de la

inteligencia llega a nuestra comprensión por el conducto de la razón. Nos parece razonable entender que la inteligencia del homo sapiens no proceda de la nada, ni de la materia inconsciente, sino de otra inteligencia. Pero ese conocimiento, que se presenta con claridad evidente, no se traslada de nuestra mente a la rígida prueba exigida por la ciencia, pues para eso se requeriría de una verificación experimental que así lo constatara. Por eso, su verdad no debe desvirtuarse, pues la misma se encuentra en la frontera de lo espiritual y lo material, ahí donde la ciencia tiene prohibido ingresar. Así, es más indubitable reconocer en la naturaleza material --manifiesta en las leyes que la rigen--, la existencia de un entendimiento consciente que ha creado las cosas de manera reflexiva y enterada que sostener la tesis de una inteligencia inconsciente y casual. Cuando un conocimiento es verdadero, existe congruencia con cualquier deducción que le extraigamos. Eso como cuando los contadores dicen que los números cuadran, que un balance se comprueba de principio a fin. El error, como decía San Agustín, es igual a lo inexistente, es lo contrario a la verdad: lo que no es verdad no existe, es un error, tal como que dos más dos no son nueve. Este resultado no es verdadero,

esta mal. Por ello, el planteamiento aberrante que proponen los que hablan de una inteligencia inconsciente del cosmos cae en un yerro, el que, a su vez, produce tesis equivocadas e insostenibles. Para entender cualquiera consideración, resulta más congruente reconocer la patente manifestación de un entendimiento consciente que ha creado las cosas de manera reflexiva y enterada, que emanadas de una fuente accidental. Hay una inteligencia consciente en la esencia de las cosas, en su concepción, en su función y en su destino. Negamos su existencia porque no tiene una composición corpórea como la del hombre. Pero su vivencia la podemos percibir por los efectos que produce y en los que hay inteligencia manifiesta. De esta forma, sí podemos explicarnos incluso el origen de la inteligencia humana. El origen de la inteligencia, como procedente de otra superior, no se puede probar por la experimentación sensible, pero tampoco se puede negar en un razonamiento lógico que destruya la esencia misma de la naturaleza intelectual en cuanto no es dable tal concepto desligado del entendimiento. Si bien la ciencia está basada en la experimentación, su comprensión requiere del entendimiento humano basado en la razón. Por eso, no podemos aceptar una naturaleza cósmica inteligente sin entendimiento.

¿Cuantas inteligencias existen? El espíritu, como la belleza, es peculiar. El ser por excelencia es único por esencia, arte sin compostura, naturaleza intemporal que es porque sólo es en su eterna existencia. A primera vista, diríamos que cada hombre tiene una inteligencia, y tantas cuantos sujetos de esta especie existan, pero pudiese haber otra que --según razonamos-- originó las humanas. Más aún, cabe reflexionar si sólo hay una inteligencia, de la cual participan tanto la general (que aparenta tener naturaleza) y la de los hombres. En ese caso, la inteligencia sería singular para todas las entidades corpóreas e incorpóreas. Por idéntica razón, resulta por demás inquietante deducir si la inteligencia esta inmersa en las cosas entre las cuales están los seres racionales o si se da por separado, no solo del hombre, sino de las cosas mismas. El concepto de persona, según el diccionario, se refiere a cualquier individuo de la especie humana. El derecho positivo lo toma en este sentido al hablar de las personas físicas, considerándolas como tales desde que son concebidas hasta que mueren. Este término se refiere a toda unidad física racional que tiene independencia, de donde quedan excluidas las cosas y los animales que aún teniendo individualidad carecen de entendimiento. Tres factores determinan para la ley humana la calidad de personas: una, su existencia; dos, su independencia, y tres, la

potencialidad de entendimiento. A su vez, el factor de existencia física –requisito en el supuesto jurídico, no es exigido en la idea de persona que editó el diccionario de la Lengua Española, porque para esta última basta que se haga referencia a algo “humano para que, valga la definición, Puede hacerse extensivo a la inteligencia consciente e incorpórea, pues la idea central del concepto subsistiría. De hecho, el término de persona --tal cual lo usamos-- nos sirve para identificar a personas ideales o inexistentes en el mundo material; así hablamos de los ángeles, de las hadas, de superman, etcétera. Es decir, lo empleamos comúnmente al referirnos a la persona gramatical, la que expresa el ser de los seres que intervienen en la oración. Más concretamente, el concepto de persona lo usamos y lo entendemos para los sujetos activos que tienen unidad, aunque no tengan existencia física, como ocurre en la persona gramatical. El querer atribuirle tal virtud a la inteligencia etérea deviene de su carácter de ser consciente, libre e independiente de las inteligencias humanas. Esta liberalidad es mayormente perfecta en tanto su voluntad sea más autónoma. Entonces, es conducente preguntarnos: Si esa inteligencia etérea, aparentemente inmersa en la naturaleza del cosmos, es de una persona como nosotros, ¿la entendemos? Para eso debemos tener en cuenta su existencia independiente del cosmos y su calidad de consciente.

Fuera de cualquier nominalismo inútil, nos queda claro que concebir a la inteligencia consciente manifiesta en la creación del Universo como una persona, nos da a entender que es alguien que piensa: “Que tiene voluntad, que nos conoce, que creó con plena libertad y que existe con independencia de su propia creación”. Es evidente que las cosas materiales debieron tener un origen, supuesto que evolucionan y mejoran; el Universo mismo se encuentra en un estado de expansión, lo cual supone su inicio en un solo punto de partida común, del cual se disgregan y distancian las partículas (planetas, estrellas, entre otras). Todo esto nos lleva a la Teoría de la Creación. De haber un creador, necesariamente es independiente de lo creado y ,´en consecuencia, está fuera de las cosas, únicamente están en el creador, como el agua lo está de la fuente donde brota. Se podrá decir que el cosmos siempre ha existido, pero la vida y más concretamente la inteligencia apenas anda en el millón de años de existencia, o tal vez en tres millones desde que se inicio el proceso evolutivo revelado por los fósiles encontrados (aún simiescos) hacia la aparición del homo sapiens, lo que indica que debió ser creado y que tal proceso --por lo que hace a los hombres que conocemos-- se llevó a cabo aquí en la Tierra. Es decir, si antes no existía y ahora sí, debió de haber creación. Pero si tal creación no fue obra de la materia inconsciente, ésta debió ser solo el

instrumento o el material de donde se formó, pues nos es evidente que sólo alguien con entendimiento que posee la facultad de ordenar y dar de lo que tiene, puede ser la causa de su origen. Es concluyente que existió un evento llamado “creación”, desde donde broto cuanto existe, pues jamás vemos que de repente aparezcan seres vivos nuevos, ya que los existentes provienen de otros con vida que les precedieron y respecto de los cuales evolucionaron en nuevos modelos o especies. Las cosas ni tienen facultad de aparecer de la nada, porque ya vimos que la nada, nada genera, ni el mundo material pudo crear la vida, ya que nadie da lo que no tiene. La ley que rige las cosas, tanto de los brutos como de los racionales, actúa con intelecto enterado de cómo y por qué se da cada una, muy especialmente en cuanto determina la aparición de la vida inteligente en la Tierra. En consecuencia, ese fluido creador que llena todo el espacio y que parece permanecer inmanente en las cosas creadas, las evoluciona y mejora para su conservación y orden, orquestando y disponiendo, tiene las virtudes de independencia y entendimientos propios de lo que por persona entendemos. En consecuencia, es una persona que como todo autor antecede y permanece en su obra. Un libro, por ejemplo, nos pone en contacto con su creador, aunque no lo vemos, sabemos que existe, pues no podría haber una obra sin autor. Lo mismo sucede con el creador del Universo, que se

comunica con sus lectores cuando éstos observan las cosas; no obstante, aunque pareciera permanecer de manera providente, es independiente de ellas, tal como ocurre con el autor de un libro. Por todo lo platicado, es incuestionable que esa inteligencia creadora es necesaria y superior a sus criaturas, por lo que debe tener características de las que carece el ser inteligente creado, pues mientras una tiene un origen, aquella debe ser eterna y anterior a todo lo que existe y de lo cual es su causa eficiente. La inteligencia superior no puede quedar sujeta a una temporalidad, ni menos fuera de su control, pues esta, a diferencia de la humana que no puede determinar las fechas de su nacimiento y de su muerte, es dueña y autora de todas las disposiciones. A pesar de lo dicho, hay quienes piensan que sólo hay una inteligencia y que las inteligencias de los seres creados forman parte de esa inteligencia universal. Estas doctrinas se conocen como panteístas, muchas de las cuales confunden a Dios con la naturaleza. Ya desde la más antigua de las grandes religiones, en el seno mismo del politeísmo hindú, se dio una profundísima teología del monoteísmo, la que vio en el Dios Brahma el espíritu absoluto, supremo, creador, perfecto e inmutable del cual los demás dioses no son ni su pálido reflejo. Brahma es todo el mundo que nos rodea y el

alma humana (atman) al final de una serie de reencarnaciones tendientes a su perfección se reabsorbe en tal divinidad. Sobre esta creencia, encuentro una confusión, pues no se explica si existe una salvación personal de las inteligencias creadas o si la inteligencia suprema de Dios se desdobla en los seres creados para luego recogerse en si misma. ¿Cuál sería entonces la razón para tal proceder? No podríamos tampoco criticarlas a todas, menos aún a las panteístas, como la que citamos que aceptan la existencia de una inteligencia universal consciente, pues aprecia que la inteligencia es espiritual, y como tal no puede dividirse, por lo mismo, si el alma humana es espiritual, no puede entenderse dividida o desmembrada de la de su creador, porque la división es un concepto del mundo material, el cual esta sujeto a límites, formas, cantidades, dimensiones de espacio y tiempo, sin los cuales no podríamos identificar a las cosas, ni estas tendrían existencia. Muchos autores, como el propio Santo Tomás en su Suma Contra los Gentiles, aborda brillantemente el tema de las relaciones de Dios y los hombres, como también se refiere a la coexistencia de sustancias de naturaleza diversa, como es el caso de la inteligencia espiritual del hombre, con su cuerpo material. Lo cierto, a nuestro entender, es que no podemos explicar la naturaleza espiritual, aplicando las reglas de la física o de la química que son las únicas a nuestro alcance, porque el espíritu y la materia

tienen esencia diferente y seguramente reglas desiguales. En otras palabras, desconocemos las propiedades de la naturaleza espiritual, de las que sólo podemos intuir algunas de sus diferencias con las leyes de la naturaleza material. En consecuencia, no se puede juzgar, conocemos bien una de las partes involucradas. A pesar de lo dicho --y de acuerdo con las reglas de la materia--, podemos encontrar diferencias entre una inteligencia creadora y otras criadas, que por consecuencia son posteriores a la primera. El hecho es que la separación de las inteligencias, como es el caso de la habida entre Dios y sus criaturas racionales tan advertida por las religiones, son una explicación apropiada para nuestra forma de entender, pero en la divinidad no existe el tiempo ni la división y lo que ahora es para nosotros, lo ha sido siempre y lo será eternamente en la actualidad indivisa de Dios. Como decía Santo Tomás, a Dios como inteligencia por excelencia y perfección, nada se le puede sumar, porque lo compuesto es posterior a sus partes y Dios no es posterior a nada, ya que él es en sí completísimo. De modo que la creación existe y tiene un objetivo, pero para la divinidad ese objetivo siempre ha estado realizado en un solo acto, y por el hecho de que Dios encuentra en sí mismo el amor y la felicidad plena y perfecta que no requiere de la creación para mejorarse, porque no tiene necesidades. El objetivo de la creación y su realización se encuentran en el mismo amor perfecto de la divinidad. Dentro de su plena

complacencia se haya el amor y la felicidad compartida con los seres creados. Pero el acontecimiento de la creación no divide, ni suma seres a la inteligencia divina, ya que en esta se da en el singular presente de su naturaleza. El fenómeno de la creación es para el hombre un pasaje sujeto al tiempo y a las dimensiones de la materia, pero en Dios tal acontecimiento está en su actualidad e indivisión. Otra cosa es que para nosotros que estamos sujetos a las dimensiones y al tiempo, al aplicar correctamente nuestras normas podemos distinguir un Dios personal y creador, diferente a sus criaturas, por lo que de acuerdo con las reglas de la materia, existen inteligencias diferentes, propias de cada persona. Hay una inteligencia única y creadora que tiene las características del ser de las personas, o sea, existencia, entendimiento e independencia, y una serie de inteligencias participadas de la primera, además de limitadas por el hecho mismo de su naturaleza creada. Lo único que es entendible es que las inteligencias creadas están en Dios desde siempre, en un solo acto sin confundirse con su divinidad. El intelecto en su naturaleza, tal como en lo particular lo podemos ver, es una existencia eterna. La inteligencia como entidad creada tiene vigencia en el mundo de la materia cuando da forma al concepto humano, pero en este estado no puede conocer la verdad completa, circunstancia esta que la deslinda de la calidad divina, pero en Dios la inteligencia creada es también eterna.

Algunos han sostenido que las almas salvas de los hombres (glorificadas) que llegan a Dios, son partícipes de su deidad, pues de otro modo se desnaturalizaría la singularidad divina, más aún si consideramos que su limitante de ser almas creadas es un concepto que nace de nuestro conocimiento material, pero en Dios todo es un solo acto. De manera sucinta diremos que es dudosa la afirmación anterior, pues tal vez, así como en la inteligencia caben las cosas pensadas sin fraccionar o romper su unidad, la inteligencia divina puede admitir las inteligencias de las almas salvas de los seres creados que no son divinas sin que ello destruya su simplicidad. Concluyendo la respuesta a nuestra pregunta sobre el número de inteligencias que hay, diremos que de acuerdo a nuestro raciocino material, existe una inteligencia creadora y diversas creadas, tantas como seres racionales existen.

¿Cómo opera la inteligencia en su función de entendimiento? La inteligencia, cual éter divino que parece descansar inerte a los ojos incrédulos, fluye como fragancia constante que perfuma cuanto se mueve, cuanto existe. Está en cada ave, en cada flor y en cada poesía. Es como una musa escondida en el alma de las cosas, en la vitalidad del mundo. No es algo palpable ni visible o ruidoso, porque no tiene cuerpo. Se sabe que existe cuando se manifiesta activa y cuando a su paso deja su exquisita obra. Pero no toda ella es reconocida si no comulga con un cuerpo, tal vez por eso permanece oculta a la mente oscura de los invidentes. La inteligencia no existe como una cosa corpórea, sino que se hace visible cuando opera, porque esa es la naturaleza de su esencia. Los seres racionales, como todos los animales, tienen un alma sensitiva que les permite enterarse del mundo en el que viven por medio del tacto, gusto, olfato, vista y oído. Pero además poseen una alma intelectiva que las bestias no comparten y a la cual Aristóteles denominaba “nous” o alma espiritual, misma que les faculta a elevarse aún a lo inmaterial. Este pensador sostenía que el intelecto es una de las funciones del alma racional. Según Sócrates, los conocimientos llegan a los racionales por medio de la reflexión y el auto descubrimiento. La reflexión es el proceso que consiste en la abstracción. De esta manera, el hombre con los sentidos de su cuerpo recoge la

información que el dato sensible le proporciona y del que abstrae los elementos que le son comunes para clasificarlos y distinguirlos de otros, lo cual permite su identificación y conocimiento. Cuando el racional experimenta por los sentidos el mundo material, comienza por distinguir una materia de otra, en función de la forma que esta tiene, ya sea redonda, cuadrada, multiforme, áspera, lisa, fría, caliente, etcétera, y aunque esta operación pueda ser compartida con todos los animales, el hombre como ser racional clasifica las cosas, tomando en cuenta los elementos que le son comunes. Por ejemplo, al detectar que unos animales se alimentan sólo de plantas, los clasifica como “herbívoros” y los que comen carne como “carnívoros”. Este proceso clasificatorio separa a los racionales de los que no lo son, ya que para etiquetarlas requiere de la abstracción, lo cual es propia del alma reflexiva derivada de una inteligencia inmaterial. Por la abstracción, el ser racional establece principios basados en las leyes físicas y químicas que rigen las cosas, lo cual consigue precisamente al observar lo que a cada una le es común. Estos principios tienen valor universal por ser aplicables de manera general a todas las cosas y los eventos que le son comunes o propios de su especie. Por ejemplo, el principio de los vasos comunicantes se obtuvo al descubrir que si se conectan dos vasos de agua por medio de un tubo

en su parte inferior, el líquido que en ellos existe se distribuye en ambos vasos y no se queda sólo llenando uno. Esta observación, por vana que parezca, tiene gran utilidad práctica, pues permite saber que colocando un tinaco de agua en el techo de una casa, el líquido caerá por la tubería hasta el punto más bajo y subirá por la misma, alimentando los baños en busca de nivelarse con el agua del tinaco de la azotea. De esta manera, el hombre ha descubierto y aplicado en su provecho las leyes naturales, lo que le ha permitido su histórico progreso. Pensadores como Platón sostienen que no todo conocimiento proviene de los sentidos, sino que hay ideas que preexisten a la experiencia sensible. Por ejemplo, la idea del bien y el mal no es algo que los racionales extraigan de la experiencia sensible ni completamente de la educación, pues aunque sus mentores les enseñen la moral válida en la sociedad en la que viven, cualquier hombre advierte la desaprobación del crimen, el robo y la traición, incluso en sociedades que entre sí no se conocen, ni en espacio ni en tiempo. La idea de Dios, a su vez, proviene de un proceso puramente intelectivo, que si bien nace al observar las maravillas del mundo real, en su concreción no interviene la experiencia sensible, toda vez que la divinidad no es identificable con ningún objeto que exista en el mundo material. Todo hombre tiene un espectro mental de cómo son las cosas, de tal manera que al encontrarse con

ellas las puede identificar. Así sabrá que si una masa enorme con vida, cuatro patas, colmillos y trompa se le presenta, se trata de un elefante. Si en vez de comer hierba come carne y tiene melena, es un león. Pero se afirma que el león no es como lo pintan, por lo que no siempre el espectro mental es exacto. Desde la antigüedad, los filósofos se han preguntado: ¿Hasta qué punto, la imagen que tenemos de las cosas se parece a las cosas mismas? La mente contiene moldes mentales, donde acomoda los objetos observados para su identificación, pero tales estructuras suelen ser imprecisos y no permiten dibujar bien el objeto concebido, a menos que se le tenga enfrente. Immanuel Kant dice que el sujeto impone esos moldes mentales a la materia del conocimiento. Para este como para muchos autores, el sujeto se impone al objeto y no visceversa. El pensador alemán se hace esta pregunta: ¿Cuál es el fundamento de los conocimientos científicos? O sea, ¿cómo podemos tener la seguridad de que lo que aceptamos como válido es verdadero? Para Kant incluso hay conceptos que no son recogidos de la experiencia, sino intuidos subjetivamente (a priori), como el espacio y el tiempo. Gracias a la intuición del espacio se puede construir el conocimiento de la geometría y la intuición del tiempo permite construir la sucesión

numérica. El espacio y el tiempo son la condición de posibilidad de la geometría y de la aritmética, respectivamente. Por los procesos apuntados se llega al conocimiento, ya sea partiendo de la experiencia sensible o bien de las ideas innatas. En ambos casos interviene el alma intelectiva y, de alguna manera, el cuerpo, pues fuera de esta unión, el hombre no se podría concebir. Para Aristóteles, todos los animales tienen alma, pero el alma racional o “nous” sólo es privilegio humano. Este “nous” es inmortal, es para el genio helénico algo así como la inteligencia espiritual; es ahí donde se encuentra el potencial científico y deliberatorio. Distinguir entre el bien y el mal requiere de una operación intelectiva que no está al alcance de las bestias, pues estas sólo siguen el dictado de sus instintos, siempre de acuerdo al plan de la naturaleza. Los racionales, por el contrario, tienen libertad para hacer el bien o el mal, incluso para alterar el equilibrio ecológico natural, haciendo tanto mal como destruir la tierra que habitan. El ser humano tiene funciones que son propias del cuerpo, del alma sensitiva que comparte con los animales, pero hay otras que son privativas, como es la inteligencia. El amor y todas las pasiones se sienten con el cuerpo y no con el alma intelectiva, la que únicamente los identifica hasta que los advierte. Cuando esto sucede, las clasifica como buenas o malas, en función del beneficio o perjuicio que le puedan causar.

La inteligencia no siempre identifica de inmediato la existencia de una pasión en la que se encuentra involucrada, a pesar de que ya esté en su cuerpo. Cuántas veces una persona que se enamora de otra no lo sabe hasta que resiente su ausencia o la posibilidad de su pérdida. El bebedor ignora un vicio que ya esta en él, hasta que se percata que no puede dejar de tomar. Las pasiones y todo sentimiento son producto de una actividad del cuerpo. Tienen un componente orgánico como segregación de sustancias, actividad eléctrica o nerviosa que en alguna manera altera su estado anímico normal. De tal suerte que podemos decir que la inteligencia conoce las emociones cuando las advierte e identifica, pero se sienten con el cuerpo. Entonces las emociones son propias del cuerpo y no de la inteligencia, que sólo las identifica y califica. En alguna forma. las poéticas afirmaciones que relacionan al amor con el corazón parecen no carecer de sustento. Podemos concluir que la inteligencia humana alcanza el entendimiento mediante el proceso clasificatorio de abstracción del dato proporcionado por los sentidos o bien por las ideas innatas. A su vez, la cumbre del entendimiento se produce cuando éste es capaz de arribar a existencias inmateriales. La idea de Dios estará siempre en la cumbre de todo descubrimiento humano inmaterial, tal vez más

cerca de la fe que de la ciencia, pero su concepción será siempre necesaria para conocer las causas últimas de las cosas. Los racionales han intuido la idea de la divinidad desde los principios de su existencia y seguirán en su busca, como ahora lo hacen al tratar de encontrar el origen del Universo. La concepción de lo moral es otra de las ideas inmateriales que no tienen un fundamento en las cosas, sino que los racionales la encuentran dentro de sí mismos. En menor escala, los procedimientos creativos y artísticos en los que la experiencia sensible se encuentra involucrada se separan de ésta al concretar nuevos modelos que no se hallaban físicamente en el mundo real y que muchas veces se originan en la fantasía de su autor. La industria humana ha progresado mucho, gracias a la observación fenoménica, a su conocimiento y aplicación mediante procesos intelectivos que en su construcción final son inmateriales.