Carta de amor de un decimaniático

Philip Pasmanick 3.890 palabras 21 de octubre de 2011

Hace casi dos semanas regresé de un viaje de 14 días en Puerto Rico, mi primera visita a este pequeño gran país tan rico en cultura y calor humano. Fui como invitado especial de la organización cultural Decimanía Inc., para acompañar a los trovadores de nueve países en un recorrido a 11 escenarios a lo largo de la isla. Llevo ya 10 años asistiendo a encuentros de trovadores, decimistas, payadores, o como quiera designarse los poetas orales que cantan versos octosílabos. España, Cuba, Venezuela, México...todos tienen su encanto, sus ventajas, sus sorpresas. Pero este encuentro era maravillosamente diferente, y me siento motivado, casi obligado, a escribir un relato subjetivo de mis observaciones y experiencias. Hoy quiero expresar mis sentimientos, mas que elaborar un reportaje periodístico, porque cuando regresé a casa, al responder a las primeras personas que me preguntaron cómo era, me sorprendí a mis mismo con mi respuesta: era un festival de amor. Y como prolijo que soy, voy a divagar largamente sobre este sencillo pronunciamiento. 1) Amor (es decir amistad y/o fraternidad) hacía mí: Este año, cuando apareció la noticia del elenco estelar de 2011, con su amplísima programación, me entró unas ganas incontenibles de asistir como fuera. Y siendo jubilado, por mi parte no hubo obstáculo. Pero no había sido invitado. Pienso que todos que me conocen ya saben que mientras soy orgulloso de mis logros en el campo de la décima y la rumba, conozco mis limitaciones, espcialmente como improvisador. Simplemente no estoy a la altura de los campeones que venían en representación de sus países. Por lo tanto decidí gestionar mi presencia, no en calidad de artista invitado, sino de amigo o

simplemente un miembro del publico, para presenciar las actuaciones y compartir en lo posible la fraternidad que es notoria en estos encuentros. Supe por el sitio web de Decimanía que iban a alojarse todas las noches en el mismo hotel, lo cual hacía factible mi propuesta. Sería un poco caro el hospedaje, y un poco extraño (un aficionado con pretensiones de poeta metido entre los artistas) pero sería posible, decidí, siempre y cuando me permitieran viajar a los eventos con el grupo. Con el apoyo moral de mi familia y algunos amigos poetas (mi mentor Alexis Díaz Pimienta y Ernesto de Silva) por fin atreví dirigirme a Decimanía (es decir, a su presidente Omar Santiago) con mi propuesta. Después de 48 horas llegó su respuesta: “Vente como amigo invitado; es tarde para incluirte en la lista de artistas, pero te encontraremos algunos espacios. Ocúpate del pasaje, luego estarás como los demás en el hotel, en las comidas, en en transporte”. Me aconsejaron (Omar y Roberto Silva) no preocuparme con mis engorrosos tambores de plástico, ni sentirme responsable para producir un video profesional del encuentro (como les había ofrecido). Estaba básicamente sin obligaciones ni responsabilidades. Esta situación me produjo un alivio y una felicidad profunda. ¡Qué acto más generoso! Sin pedir nada a cambio, me estaban incluyendo en una aventura, un lujoso safari literario, en un paraíso hasta ahora desconocido para mí. Y todo por amistad, por cariño, por respeto, por fraternidad. Seguramente sabían de mi diagnóstico de Parkinson...no sé si esto influenció su decisión, pero sea como fuera acepté extasiado, mi esposa Marilyn me compró un boleto aereo (menos de $400.00, es sabia y práctica en estos asuntos) hice una maleta enorme con todas mis camisas de escenario, el pesado trípode, una nueva y barata cámera digital, y la computadora portátil de Marilyn, y antes del amanecer del 28 de septiembre me encontré en el avión rumbo a San Juan. Durante mi estadía encontré cada día, cada momento, esta generosa amistad. Unos ejemplos: 1) Mi compañero de cuarto era el ínclito repentista (y noble ser humano) cubano Luis Paz Esquivel, “Papillo”. Papillo insistió ocupar la incómoda cama supletoria en vez de la cama normal, y a media semana rechazó firmemente la

idea lógica de cambiar. 2) Marta Schwindt, la grandiosa payadora argentina, me arropó en su poncho cuando me vio tiritando de frío en un gélido teatro...sentí su poncho como un abrazo de hermana (habría dicho abrazo maternal, pero a Marta le llevo 5 años). Además me dio un masaje energético en mi mano cuando ésta se me inflamó misteriosamente. 3) Guillermo Velázquez, huapanguero mexicano, hombre que me inspira admiración y asombro en el escenario, se me acercó en una parada en el camino a nuestro primer concierto en Comerío, y con mucha discrecion, pero con toda naturalidad, me dijo que me vio aquejado en mis movimientos y me preguntó si tenía problemas de salud. Le contesté en décimas que tenía Parkinson. Dijo “ajá” en tono solidario y se apartó para dejarme hacer mis ejercicos. Sentí gratitud por su preocupación y por su buen gusto en dejarme hacer lo que tenía que hacer. 4) El talentoso y versátil canario Yeray Rodríguez me invitó a actuar con él dos veces, una de ellas ante nuestro público mayor en el anfiteatro del conservatorio de música en San Juan. Era una actuación muy teatral, cómica, en donde yo mortificaba a Yeray como un fotoógrafo irritantemente atrevido, hasta que se “enfadó” conmigo y me obligó identificarme y justificar mi presencia en la tarima,cosa que hice con décimas que escribí y consagré a la memoria con antelación. Terminé cantando a capella mi glosa (o décima 44) sobre la salud y la poesía. No he visto el video de esta parte del concierto pero sí escuché el audio y sé que hice lo que tenía que hacer, sin errores importantes ni nerviosismo, porque estaba inspirado por el lugar, el público maravilloso que se rió cuando tenía que reírse, y sobre todo la farándula estelar que me rodeaba. Yeray cumplió su papel a la perfección y además me habló en sus décimas con tanto cariño que cuando nos abrazamos fuertemente al concluir mi “intervención” (vocablo como gringo confeso no me gusta emplear) me sentía emocionado de verdad. El abrazo de Yeray no es cualquier abrazo, es un hombre gigantesco e inmensamente fuerte, y su abrazo en mi enclenque físico era impresionantemente poderoso pero siempre cuidadoso y sensible a mi relativa fragilidad.

5) En la fiesta de bienvenida, Arturito Santiago, a quien conocí durante tres días en España hace años, me presentó con mucho cariño al colectivo. Era un gesto generoso y sencillo que me conmovió mucho, sobre todo porque pensé que Arturito apenas se acordaría de mí. 6) Podría seguir nombrando individuos que me mostraron aprecio, porque al mirar las lista de personal puedo recordar un saludo, un favor, una ayudita, unas palabras de aliento, de todos y cada uno de los artistas, compañeros del equipo de apoyo de Decimanía, familiares, y amigos varios que nos proveeron su hosptalidad. Cabría mencionar la lluvia de Cds, camisetas, DVDs, proclamas, y demás parafernalia que con mano generosa nos brindaron. Pero terminaré esta parte del relato mencionando la solicitud que me mostraron por mi inestabilidad física, consecuencia de esta ridícula enfermedad, que me iba afectando más que lo nomal porque no podía seguir mi rutina de ejecicios. Debo mencionar también las personas que tuvieron la confianza en mi para contarme intimidades de su vida personal y artística. Todo eso cuenta, compañeros. Amor por el arte: He notado en todos los encuentros de poetas un amor palpable por el arte que compartimos. Primero tengo que señalar la manera que todos aprenden los unos a los otros, tanto los músicos como los poetas. Tengo que mencionar, por ejemplo, como Papillo, que claramente se encuentra más cómodo cantando punto cubano, se esforzó toda una mañana para aprender las dificilísimas tonadas españolas flamencas, fandangos de Huelva (creo) y guajiras, y luego las cantó con buen resultado en el escenario. De igual manera los músicos iban aprendiendo o experimentando con los estilos de los demás. Nunca había oído el violin de Broce con tumbadoras y bongó, por ejemplo, y los hermanos Colón Zayas (que merecen todo un capítulo aparte) tocaron exquisitamente el punto cubano y la fulía canaria. Yeray ni hablar, se defiende en todos los estilos. Conforme pasaban los días vi al cuatrista venezolano Gustavo entrar más y más en contextos nuevos. Y todos cantamos cuartetas en la plena en la fiesta de despedida. Otra manifestación de este amor era la atención con que escucharon las

décimas de sus compañeros. Recuerdo que en la Universidad Interamericana de Arecibo, observamos un grupo de niños y otro grupo de niñas lidiar con sus respectivos pies forzados. Depués de un “ágape” los trovadores del mundo actuaron, y Guillermo, quien salió primero, tuvo la genial idea de utilizar estos pies para sus primeras dos décimas, detalle que fue fuertemente aplaudido por todos los presentes. Cumplir con el público Durante las actuaciones es nuestra obligación como mínimo entretener al público con un espectáculo, un performance de alto nivel. Tenemos también un compromiso de honrar nuestro arte respetando sus estrictos criterios estróficos y sus ricas tradiciones musicales. Tenemos que enunciar con precisión y entusiasmo y comunicar claramente nuestras rimas, nuestras ideas, hasta nuestra personalidad. Finalmente tenemos la obligación (obligación que me esquivo cuando me sea aposible) de jugarnos los garbanzos e improvisar algo relevante al lugar, la ocasión, o el discurso del contraincante. Los trovadores-poetas del más alto nivel, como los de nuestro elenco bendito, entretienen, sin fallar. Pero ellos--a veces-- trasciendan el simple juego de ingenio y ocurrencia. Inspiran, exhaltan, transfiguran a un público conocedor y amante del verso. Las risas prolongadas, apalusos cerrados, y gritos de un público encendido evidencian su respuesta colectiva ante el prodigio. Asi, el amor entre público y artista es un intercambio de regalos: las joyas de los trovadores, la extática ovación del público. Allí hay algo muy dulce, hasta íntimo, en la desnudez del proceso creativo. Yeray al hablar del “impúdico acto de improvisar”; creo que por allí va. Hay también el amor (respeto, interés, receptividad) que demuestra los demás compañeros troveros cuando observan el espectáculo. Pienso en la actuación de Miguel Villanueva en Comerío...yo estaba malcolocado detrás del escenario con varios compañeros, no podíamos ver, pero todos, incluso los mas parlanchines, se mantuvieron callados y concentrando, y yo, por lo menos, esperando que no olvidara de nombrar una delegación en su extraordinaria (y dicen, improvisada) bienvenida. Rimó con absoluto aplomo el nombre de cada país, y luego una última estrofa donde nombró todos los países.

Extraordinario, vi que dislumbró y enalteció a sus homólogos. No creo que nadie se ponga celoso del triunfo; lo disfrutan, lo aman. Dicen que el Sr. Villanueva bajó del escenario y dijo a un compañero, “Todavía puedo”. A ningun trovero tengo que explicar las complejas relaciones entre contrarios en una payada o controversia, sea “hostil” o no. Solo mencionaría mi nueva apreciación: es también, quererlo o no, un intercambio de regalos. Con un buen contraincante de pronto tenemos nuevas ideas con que jugar, temas diferentes para explorar, rimas extravagantes, disafíos para contestar, errores para explotar (Pienso en Roerto Silva, durante una multicontroversia entre cuatro repentistas en el anfiteatro del conservatorio de música. Increpó al instante a Ernesto (creo) cuando el venezolano le atribuyó palabras que Roberto nunca había dicho. “No escuchaste lo que dije” empezó. Mostrando para mi que Roberto estaba escuchando con afinadísmo radar y preparando al momento su proxima movida en este sublie juego de ajedrez entre cuatro. Y mostrando a Ernesto que lo está tomando en serio. Aprendí hace tiempo que en una decima compartida se coopera como delanteros de futbol; pasando la pelota entre si hasta que uno marque el gol. Pero creo que siempre estamos haciendo eso, cuando improvisamos con un compañero es un acto...íntimo. Y solo quiero decir que vi y sentí esta sensación mucho durante la jornada. Dicho sea de paso escuché las conversaciones casi rituales acerca de que consiste una consonante en cada país. Los puertorriqueños son muy castizos y hasta rechazan la rima de z con s, o sea “vez” con “cortés”, grado de perfección que no todos adoptamos. Es una discusión agradable, sin aires de superioridad, porque todos se respetan. En otra discusión durante el almuerzo en el hotel admití como quien confiesa una falla moral que mi mayor temor cuando improviso es de perder el hilo y olvidar mi rima para el décimo veso. Hubo un momento de silencio, luego todos se rieron. “Eso nos pasa a todos” me dijeron. Les creo, pero no se les nota ninguna inseguridad a la horar de improvisar. El amor al arte se mostró en el alto grado de profesionalidad en cada

momento. Ciertamente, día tras día, hubo actuaciones, no diré mejores que otros, sino más exitosos que otros. Pero nunca hubo una falla que yo detectara, todos se veían bien preparados, relucientes a pesar del clima caluroso y húmedo, y capaces de improvisar cuando el programa variara de su curso (Vi a la delegación panameña en persona de Rubén responder a un imprevisto al momento con elegante desparpajo). El profesionalismo se extendió a la organización de cada detalle. Comimos bien, el hotel era cómodo, y con una playa exquisita, y el transporte eficiente; menos la guagua que empezó a echar cantidad de humo negro y que tuvimos que evacuar sin demora--vaya fin para una noche inolvidable en el lujoso Teatro Yagüez en Mayagüez. Tuvimos que esperar horas en un estacionamiento, cantando alegremente todo el rato. Durante la fiesta de despedida, me encontré sentado a lado de un trovador que considero un macho ejemplar (no machista; un hombre muy hombre, duro de mirada y orgulloso sin ostentación) y noté que lloraba fuertemente en silencio. No creo que fuera el único emocionado. Son fuertes los sentimientos que nos unan. Amor a Puerto Rico Es normal en estos encuentros internacionales cierto nacionalismo. Las delegaciones vienen en representatción de sus países, sus banderas flamean en el escenario, y hacen referencia de sus naciones en sus décimas. Los países anfitriones, en mi experiencia, no tienen que hacer mucho alarde porque están, al fin y al cabo, en casa. Pero los puertorriqueños eran diferentes. El amor por Puerto Rico se reafirmaba de mil maneras: con banderas, con aplausos ferverosos para los conjuntos borincanos, con consignas, y con reacciones ruidosas cuando un poeta, sobre todo un extranjero, hiciera una referencia rimada con un héroe local o simplemente clamaba por la libertad o la independencia de su patria. Puerto Rico es un país de belleza imponente y mil virtudes, pero hay algo más que eso; toda país tiene sus paisajes sublimes, sus mujeres hermosas, sus comidas exquisitas, sus héroes y mártires; en fin, razones por sentirse orgulloso uno de ser de donde es. La diferencia tiene que ser que Puerto Rico

tiene un estatus hoy en día poco común: sin rodeos, es una colonia del moderno Imperio. Esto tiene que provocar emociones intensos. En el último plebiscito (1998) el pueblo se mostró inconforme con las cosas como son. Pero solo un 2.54% votaron por la independencia. A pesar de estas cifras, el sentimiento independentista provoca mucha simpatía. Un acto en el Colegio de Abogados en MIramar a favor de tres prisioneros políticos generó fervor. Dicho sea de paso, tengo una conexión con el caso del patriota Oscar Lopez Rivera. Donna WIllmott, una activista acusada de participar en un complot de facilitar la huida de Oscar Lopez de la prision, era la madre de una estudiante en mi escuela. Después de nueve años en la clandestinidad, Donna se entregó a las autoridades y sirvió varios anõs en la penitenciaria. En todo caso, como digo, el público respondió ferverosamente a cualquier referencia nacionalista o incluso localista. Y los trovadores del mundo siempre estaban preparados. Omar Santiago nos preparaba en la guagua, haciendo oralmente una lista de próceres, gentes ilustres, el sobrenombre o lema del pueblo en cuestión, su equipo de pelota, sus accidentes geográficos, etc. Los poetas se aprovecharon de esta lista; Guillermo y Marta y Curbelo en particular me parecieron muy adeptos en jugar estas cartas estrategicamente, ganando al público en el acto. No me pareció correcto preguntarles hasta qué punto se preparaban de antemano, pero me quedé con la duda. Aparte de estas particularidades, una referencia a la bandera con su solitaria estrella surtía efecto, y como último recurso, el emblemático coquí siempre provocó una respuesta positiva. Cabe mencionar que tanto Puerto Rico (como Cuba, diría yo) tiene sus nuevas generaciones ya bien preparadas. En la Universidad Interamericana de Arecibo observamos varios trovadores jóvenes cantar de memoria y hasta lidiar con pies forzados. Valientemente salieron uno por uno a afrentar este requisito, y cuando un niño chico no pudo, serenemente regresó a su lugar y otro siguió con la prueba. Vi también una chica algo mayor replegarse del micrófono, cediéndolo a otra compañera, y al final aquella regresó y cantó exitosamente su estrofa. Alentador y enternecedor.

Tengo que agregar, como dije en la fiesta de despedida, que aunque era mi primera visita a la isla, ya conocía Puerto Rico gracias al trabajo del Grupo Mapeyé. Son brillantes embajadores de su patria e hicieron que mi llegada a Puerto RIco era como llegar a mi casa, no solo por la acogedora recepción sino por lo familiar que me hacía no solo la música y la manera de trovar, sino la alegría y bondad de su gente. Era emocionante conocer a sus hijos y sus esposas y sentir las hospitalidad de sus casas. Roberto, Omar, Tony: gracias. Os amo. Amor a la música Me fascina el seis puertorriqueño. Tiene un swing irrestistible, producto de una fusión cultural. Güiro, bongó, y guitarra representan indoamérica, Africa, y España, y el cuatro es la mera puertorriqueñidad en si. Ya aprendí a maravillarme de la música del grupo Mapayé y sus varios “guest stars” pero esta jornada me presentó una nueva agrupación de música campesina todos los días, y eso sin mencionar actuaciones de bomba y plena. Pienso que vimos Grupo Típico Boricua, Ecos de Borinquen, Emma Colón y su Son del Pueblo. Se destacó entre todos Cristian Nieves y Herencia Musical, con su padre Modesto Nieves en la guitarra, por el virtuosismo y originalidad del joven cuatrista. (Y eso sin mencionar el fabuloso bull pen de trovadores melodiosos). Una y otra vez la música quedó en manos de Edwin Cólón Zayas y su Taller Campesino. Edwin es un talento singular y era un enorme placer verlo (y escucharlo) actuar. Acompañaba a los niños de los talleres y las estrellas de la décima mundial con el mismo esmero y buen gusto, con esta sonrisa bonachona y imperturbable, con una nitidez de fraseo, unos acordes sofisticados, y un demolador guajeo que me llamó fuertemente la atención. Una vez subí al escenario llamado por Yeray antes del tiempo, y me quedé tocando las claves. Para el punto cubano no era problema, sé que hacer, la clave hacía falta; pero luego nos encontramos en territorio desconocido para mi e hice lo que bien pude. Los percusionistas Caminante (el autor del solo de güiro tan impresionante en el disco de Edwin “Reafirmación) y Victor me confirmaron con la mirada que mi clave 3-2 era la correcta, pero me sentí inseguro. Edwin, tranquilísimo, nos dirigía como el mejor de los líderes, con

absoluta claridad y precisión. Realmente era una experiencia impactante compartir el escenario con un personaje tan talentoso. Quedé dudando la perfección de mi clave (y solo hay dos maneras de tocar la clave: perfectamente, y mal). Quizás la inflamación de mi mano inmediatemente después fue un castigo del espíritu del ritmo. Sea como sea, el nivel de musicalidad de Puerto Rico, con su gran variedad de melodías dentro del género del seis, su virtuosismo, y las voces sonoras, fue una parte importante de la jornada. Era digno de admiración ver a muchos de los músicos y cantores de otros países adaptarse a las cadencias del seis. Y por supuesto cada delegación hizo proezas miscales en sus propios estilos. Mucha, mucha categoría en las cuerdas, vioines, cuatros, guitarras, laúd, eso sí. Amor a Dios Había un nivel de religiosidad pública muy sorprendente para mí. Vivo en un ambiente marcadamente secular, y la invocación de Dios (y sobre todo, de Cristo) es inconcebible en un acto público del ayuntamiento, por lo menos en San Francisco. Somos muy celosos en la separación del estado y la iglesia. Además, los cristianos no tienen ningun monopolio entre los religiosos, sin tomar en cuenta los ateos, que pueden ser muy quisquillosos cuando piensan que se está dando respaldo oficial a la religión o el teísmo en si. Mis creencias espirituales no vienen al caso, pero no soy cristiano. Así que me puse un poco incómodo con las repetidas menciones de Dios, Papá Dios, y Jesús. Pero con los días me iba primero acostumbrándome, y luego hasta disfrutando de una espiritualidad caracterizada por el agradecimiento por la benevolencia divina. Y esta actitud es sana, es una actitud que quiero cultivar en mi, y llegué a apreciar el recordatorio de dar gracias por nuestras bendiciones, que llovían sobre mi durante mi estadía. Y siempre. Mi aprecio por mis compañeros: Amor de lejos… Primero tengo que confesar mi aprecio y estima por dos compañeros ausentes. Noté la falta del polifacético e inclasificable Alexis Díaz Pimienta, a quien debo

tanto por ser mi mentor, por presentarme a mi amada espinela, y por alentarme en cada momento. Este cubano, invitado por supuesto, por segundo año consecutivo no pudo conseguir visado porque se dirigía a una territorio arbitrariamente bajo la jurisdición de Estados Unidos. Y allí estaba yo, para más inri, durmiendo en SU cama, comiendo SU lechón. El otro hombre que faltaba era mi bróder Miguel Almodóvar, natural de Bayamón, de orígen humilde y vida dura, y que como vecino mio en San Francisco en los 80 me reveló los misterios de la rumba, la conga, y el bembé. Aquejado de sus propios problemas importantes de salud, hace poco regresó a Bayamón después de 30 años en los Yunai, para encargarse de su anciana madre. Durante la semana del trovador estaba en comunicación telefónica con él, pero Miguel nunca pudo acercarse a nosotros por la condición de su mamá y luego de su hermana, que también de pronto sufrió serios reveses de su salud. En la lluvia de bendiciones que cayeron diario sobre mí, había gotas de tristeza y empatía por mi querido amigo. Y tuve que estar consciente que aún en la isla del encanto no todo es encantador. En lo que refiere al colectivo, como ya dije, recibí de Uds. su afecto y cariño de mil maneras. Espero haber puesto de mi parte: conté chistes, canté coros, fui amable y buena compañía, espero, e intenté ser discreto y modesto. Hice nuevos amigos y fui fiel a mi labor autoimpuesto de fotografiar y filmar los momentos especiales de la jornada. Me esforcé para preparar un CD para cada delegación, aunque el DVD que hice no funcionó, y desde mi regreso he colocado 25 videos y 60 fotos, que son mi pequeño regalo, un recuerdo para Uds. y para que el mundo pueda ver la maravilla que son, mis amigos y amigas, mis hermanos y hermanas de Puerto Rico en general, del equipo de Decimanía, y de los Trovadores del Mundo. Para Uds. es esta carta de amor. Philip Pasmanick “rumberomenor” San Francisco de California

FIN (por fin)