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III. Aspectos literarios del Carmen Campidoctoris III.1.

Título Atendiendo al testimonio que proporciona el verso 18 del poema (Campidoctoris hoc carmen audite!), la denominación tradicionalmente aceptada para éste ha sido la de Carmen Campidoctoris, si bien Wright —tras el precedente del primer editor, E. du Méril, quien optó por transcribir Campi-Doctor— propuso en su edición la grafía que ofrece siempre el manuscrito (versos 18, 27, 70 y 79), expresando el epíteto mediante dos palabras (Carmen Campi Doctoris) y enfatizando así de manera muy notable su condición de compuesto (Wright 227 y 1982: 225, 281, 343-44). El mismo autor ha mantenido su criterio en (2005: 487), basándose en la suposición de que «in   fact   the   adonic   rhythm   that   characterizes     and  dominates this composition is a strong argument in favour of seeing Campi Doctoris in line 18  [...] as indeed being the two words that there are in the manuscript, rather than one, and thus  having two word stresses and being a phrase with adonic rhythm in itself». Por nuestra parte, no creemos que el gusto predominante por el adónico que Wright atribuye al poeta justifique necesariamente —como criterio de edición— la descomposición de un término que parece más bien la mera retroversión —más o menos equivalente desde el punto de vista semántico— al latín del "campeador" romance y que se muestra de importancia capital en el caso de nuestro poema, así como, bajo la forma Campidoctus, en la propia Historia Roderici, donde el compuesto se escribe asimismo, al menos en el códice I, en dos palabras (inscriptio y caps. 2, 3 y 5, en f. 75rv, y caps. 28, 30, 31 y 64, en ff. 79v, 80r, 80v y 92r respectivamente, con la dudosa y, en todo caso, irrelevante excepción del capítulo 33, en f. 80v), dato que los editores, sin duda con buen criterio, no han considerado vinculante al fijar el texto150.

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Cf. Falque (1990: 3, n. 1). En la Historia no aparece campidoctor, pese a lo que, seguramente por error, apunta Falque (1990: 4, n. 7). Según Manchón - Domínguez (1998: 625), el empleo de campidoctus en esta crónica «supone, sin ninguna duda, el previo conocimiento del compuesto campidoctor aplicado al Cid, seguramente fruto de la lectura del término en CC y/o en los diplomas»; esta hipótesis, sin embargo, no parece plausible, ya que el autor de la Historia Roderici no da muestras de conocer el contenido de los diplomas valencianos, mientras que es más bien el Carmen —según hemos intentado demostrar— el que parece inspirarse en la Historia Roderici. El aparato crítico de Estévez no consigna, en el caso de la Najerense, que el compuesto campidoctus —editado como una sola palabra en su edición— aparezca separado en los manuscritos. 1

Pese al criterio paleográfico seguido por Du Méril y por Wright, Gil estimó conveniente editar esta formación léxica como una sola palabra, entendiendo que «aquí campidoctor no es más que una traducción del romance "campeador"» (102, n. 10, como ya había sugerido el propio Du Méril [309, n. 1]; la misma suposición parece deducirse de Gil 2004: 178, donde se califica de vulgarismo el uso de Campidoctus, en cuanto mera traslación de "campeador"); la misma decisión adaptó implícitamente Bastardas en su contribución de 1998-1999. Resulta difícil conocer cuál fue la voluntad del autor del Carmen en lo referente a esta cuestión —si es que llegó a planteársela—, en cuanto que el testimonio del manuscrito (en ningún caso autógrafo151, sino una mera copia, y de muy deficiente calidad según reflejan sus abundantes incurias formales, señaladas en nuestro aparato crítico) carece de un valor determinante al respecto, como también ocurre por ejemplo en el caso ya mencionado de la Historia Roderici. En principio, nos parece preferible que el epíteto conste de una sola palabra, como también aconseja de manera muy clara el carácter probablemente átono de su primer término en el poema152 y a pesar de que su condición de compuesto pudiera insinuarse en alguna ocasión, de manera muy leve, en el texto (27, 79-80: tunc Campidoctor duplicat triumfum / retinens campum). A nuestro juicio, la distinción gráfica propuesta por Wright en su edición enfatiza en exceso dicha condición, de una manera que casi consideraríamos anacrónica e incluso un tanto pedante en la época, máxime por ejemplo en un contexto como el del propio verso 18, por mucho que su apóstrofe sólo fuera —como creemos— de naturaleza retórica, o en del verso 27, en el que la función del adjetivo es, sencillamente, denominativa, de modo que sirve de forma expresa para acuñar el apodo que se aplicará en lo sucesivo a Rodrigo. Creemos, en suma, que lo que el autor del Carmen pretendía (o su fuente, claro) era convertir en latín —y a la máxima altura, recurriendo a un término consagrado literariamente— la denominación con
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Y en este sentido valen los mismos argumentos, por ejemplo, aducidos por Moralejo (1975) a propósito de los Carmina Rivipullensia, así como los que sugiere la propia «mise en page» del manuscrito (apuntados por Higashi en su intervención oral correspondiente a 2007 [en prensa]): las mayúsculas que figuran en los antropónimos de la primera línea del Carmen sugiere a las claras que el antígrafo ya presentaba disposición a renglón seguido y que el nombre de Eneas (Eneae) figuraba ya en una segunda línea de la copia. Es obvio, por lo demás, que la inserción de un autógrafo como el del Carmen queda en teoría prácticamente excluida en el caso de un códice de mera recopilación y en parte abiertamente facticio como el Parisinus 5132.
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Cabe señalar, en este sentido, que las cuatro apariciones del término Campidoctor en el poema (vv. 18, 27, 70 y 79) se ajustan perfectamente a la prosodia de norma en la parte conservada del Carmen, si se considera átono el primer elemento del compuesto: acento facultativo en primera sílaba (nótese su ausencia en 18 y, con monosílabo átono inicial, en 70, mientras que hay arranque tónico, probablemente, en los vv. 27 y 79) y preceptivo en cuarta; si ese primer elemento se enfatiza, produce acento antirrítmico en segunda en el caso de los vv. 27 y 79, una circunstancia que el poeta parece evitar cuidadosamente (pese a las muy escasas excepciones, quizá sólo aparentes en casi todos los casos, a las que nos referiremos en III.2). Por lo demás, la secuencia Campidoctoris no ocupa la sede de ningún adónico final en la composición estrófica conservada. 2

que ya se conocía a su héroe, y no tanto reiterarle a sus lectores el obvio significado etimológico de la misma: Rodrigo es el Campidoctor, y no sólo —o simplemente— un doctor campi (desglose léxico que el autor, por supuesto, también habría podido insertar en su poema sin dificultad alguna). Campidoctor es además, como hemos indicado, lo que el poeta pronunciaba —según los indicios métricos apuntados— y, seguramente, lo que deseaba que se leyese o recitase. Al abordar la cuestión genérica nos referiremos al significado que puede atribuirse al término carmen en nuestra composición. El adjetivo campidoctor, por su parte, pertenece en origen al léxico militar romano ("instructor"), como ya hemos expuesto (I.1), y se halla documentado en inscripciones latinas a partir del siglo II d. C. (Manchón - Domínguez 1998: 615). Esta formación lingüística —similar, en principio, a otras del tipo iuris / legis doctor153 o armidoctor— aparece también en la literatura de época tardoantigua (siglos IV-V), en autores como Amiano Marcelino (XV 3, 10, XIX 6, 12), Elio Lampridio o Vegecio 154, pero ofrece quizá un especial interés el empleo del término que se documenta en la obra de San Agustín155 y —a mediados del siglo V— en la de Quodvultdeus de Cartago156. En ambos autores cristianos se observa cómo el vocablo ha pasado a adquirir un significado más amplio que el que ofrecen los textos romanos y ya ha invadido abiertamente la esfera religiosa, al aplicarse
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Cf. Cirot (1939a: 87), Wright (246, n. 45), Manchón - Domínguez (1998: 621, n. 18 y 622, n. 20), quienes llaman la atención asimismo sobre dos pasajes literarios de interés (624): Silio Itálico, Pun. VI 356 (doctus pelagi rectorque carinae) y Avieno, Orbis terrae, v. 383 (gens hic docta sali tumido freta gurgite currit).
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Cf., respectivamente, Alexander Severus 53, 9 (certe campidoctores uestri hanc uos docuerunt contra Sarmatas et Germanos ac Persas emittere) y Epit. rei milit. I 13 (quod armaturam uocant et campidoctoribus traditur), II 23, III 6, 8 y 26 (ad armaturae exercitationem, cuius campidoctores uel pro parte exempla intellexisse gaudent). El término aparece explicado como oJplodidakthv" en los glosarios (Goetz 1899: 171). El concepto ya se prefiguraba —aunque sin ofrecer un significado tan técnico— en varias expresiones antiguas, como en el ejpistavmenoi polemivzein de Homero (Il. II 611) o en el famoso bellipotens de Enio (Ann., frag. 198 Skutsch; cf. Virgilio, Aen. XI 8, y, de manera similar [armipotens], VI 500; el epíteto reaparece en el llamado «epitafio» catalán [cf. Nicolau d´Olwer 1915-1919: 7] del conde Sunifredo de Urgel; cf. Bofarull 1836: I 93, Amador 334). También en la Vulgata se documentan usos similares, como en Cant. 3, 8 (ad bella doctissimi) o en I Mac. 4, 7 y 6, 30 (docti ad praelium); en el rhythmus sobre la batalla de Fontenoy (841) al que alude Curtius (1955: 253) puede leerse una expresión afín (in quo fortes ceciderunt, proelio doctissimi). En la Nota Emilianense (marginalia del ms. M de Rot. 17a, ed. Gil 1985: 136) se habla de Rodlane belligerator fortis.
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Cf. Serm. 163A [CC CLCLT], p. 625, lín. 22 (tantus campi doctor captiuus ducitur), Serm. supposititii de Scripturis, 72, cap. 3 [PL XXXIX 1885-86] (bellum hoc describebat ille maximus campi doctor [...] quando dicebat: «Non est vobis colluctatio cum carne et sanguine [...]» [cf. Ephes. 6, 12]).
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Cf. De acced. ad grat. [CC SL 60], I 4, 2, p. 443 (fac, bonus miles, quod tuus te docuit campi doctor: «si scandalizat te oculus tuus [...]» [cf. Mt. 5, 29]). El pasaje lo destacó Tovar (1944: 111-12, ap. Wright: 246, n. 44, Manchón - Domínguez 1998: 622). 3

metafóricamente a Cristo. Aunque el adjetivo campidoctor no parece haber sido nunca de uso corriente, vuelve a documentarse de manera esporádica —según las fuentes que hemos podido consultar— entre la época tardoantigua y los siglos XI-XII, durante los que se advierte una cierta revitalización de su empleo157. Además de recogerse cuatro veces en el texto del Carmen, el epíteto Campidoctor se encuentra aplicado a Rodrigo Díaz de Vivar en el famoso diploma de dotación —del que ya nos hemos ocupado (I.2)— firmado en Valencia por la mano del héroe en el año 1098 158 y en el que pueden leerse las expresiones ego Rudericus Campidoctor e inuictissimum principem Rudericum Campidoctorem. Según nuestro poema, Rodrigo recibió la denominación de Campidoctor (27: hinc Campidoctor dictus est...) a raíz de su victoria sobre «un navarro» (Jimeno Garcés, de melioribus Pampilone según relata la HR 5, 14-15), tras un supuesto combate singular del joven Rodrigo que, como se ha expuesto con detalle en el capítulo precedente, plantea numerosos problemas históricos. Desde el punto de vista literario, podría destacarse cómo el Campeador reproduce ya en este primer episodio militar las virtudes guerreras de su padre, ejercidas in campo según refiere la HR (3, 3-4: pugnauit autem cum supradictis Nauarris in campo et deuicit eos), las cuales mantendrá durante toda su actividad militar, según se enfatiza por ejemplo en el Cantar castellano. La recuperación del adjetivo campidoctor en tales textos cidianos —al socaire, probablemente, del relativo auge que éste experimentaba por entonces en la literatura latina europea— podría deberse, como hemos indicado, al deseo de introducir un cultismo latino en la literatura acerca del héroe, frente al término vulgar campeator / campiator, que sería la transcripción esperada del romance «campeador» (Cirot 1939a: 86) y que el autor del poema
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Cf. Rabano Mauro († 856), Martyrol. [CC CM 44], 26 iun., p. 61, lín. 261 (per Terrentianum campi doctorem, qui deinde Christianus factus est), S. Pedro Damián († 1072), De perfecta inform. monachi, cap. 1 [PL CXLV 721: adhibito prius campidoctoris officio], Serm. [CC CM 57], 30, 2, p. 173, líns. 49, 50-51 (Sanctus uero Petrus apostolus, beati Apolenaris non dicam campidoctor sed doctor) y 62, Epist., 12 [PL CXLIV 393] (qui sub campi docctore certaminibus assuescit), Anón. (c. 1063), De Gallica profectione Petri Damiani, 9 [PL CXLV 871] (sic uir iste bellicus et sub ecclesiastico campidoctore nutritus, sub duce suo Iesu pergens ad praelium), Sigeberto de Gembloux († 1112), Passio ss. Thebaeorum, Mauritii, Exuperii et soc., II, v. 371, p. 81, Pedro el Diácono († 1140), Chronica Casinensis, IV 118 y 124 [PL CLXXIII 959 y 968], Juan de Salisbury († 1180), Metalog. [CC CM 98], III 10, 9, IV 1, 2 (Campidoctor itaque Peripateticae disciplinae [sc. Aristoteles] quae prae ceteris in ueritatis indagatione laborat), IV 23, 26. Ha de tenerse en cuenta, no obstante, que la variante campiductor aparece con frecuencia en los manuscritos.
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V, líns. 11 y 16; ed. Martín Martín et al. (1977: 79-81, doc. 1); cf. Menéndez Pidal (1918: 11), Manchón Domínguez (1998: 623). El adjetivo también se documenta en el diploma firmado por Jimena en 1101 (ed. Martín et al. 1977: 81-82, doc. 2), con la grafía Compidoctoris (Menéndez Pidal 1918: 15, Manchón Domínguez 1998: 618). 4

eludiría a fin de ofrecer una referencia de apariencia etimológica con cierta resonancia antigua y más o menos consagrada desde el punto de vista literario (Manchón - Domínguez 1998: 615)159. El epíteto «campeador», formado a partir del verbo «campear» ('estar en campaña', 'guerrear'; cf. Alonso Pedraz 1986: I 600, Manchón - Domínguez 1998: 618-19), cuyo étimo y significado ya se han explicado, aparece latinizado como Campeator en una supuesta carta del conde Berenguer (1082) transcrita por la Historia Roderici (38, 33: Rodericus, quem dicunt bellatorem et Campeatorem), mientras que se documenta como Campiator en el De rebus Hispaniae V 1; VI 15, 18, 20, 26 y 28, de Jiménez de Rada (Wright 228, Manchón Domínguez 1998: 617). Como ya hemos señalado, Campi doctus es la denominación de Rodrigo que consigna la Historia Roderici en varios lugares. Campidoctus es también el epíteto que aparece en dos pasajes de la Chronica Naierensis (III 15, 15 y 29; cf. Estévez 1995: LXXVII y XCII, Manchón - Domínguez 1998: 617), donde tal denominación de Rodrigo se pone en boca de su valedor, el jactancioso rey Sancho: si illi numerosiores, nos meliores et forciores. Quin inmo lanceam meam mille comitibus, lanceam uero Roderici Campidocti, centum militibus comparo (CN III 15, 13-15160). Pese a su muy dudosa veracidad histórica, este dato parece sugerir también, junto al ya mencionado de la Historia Roderici, que el adjetivo fue hallazgo de los clérigos y cortesanos del rey Sancho, deseosos de distinguir así los méritos militares de su joven paladín y de revestir a éste de una cierta pátina antigua (pero accesible, aun así, a los conocedores menos avezados del latín). En cualquier caso, es el epíteto que acabó por imponerse, frente a otros que también fueron aplicados al Cid según el testimonio de determinadas fuentes161, y conviene destacar que tan sólo se halla documentado en las dos
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Campidoctor ofrece, además, mayor volumen fónico que Campeator / Campiator, como observan Manchón - Domínguez (1998: 622), y también una mayor consistencia prosódica (cf. Norberg 1958: 30, a propósito de puer).
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El tono es similar al que luego adoptará el ingenioso hidalgo ante los yangüeses (I 15): "Yo valgo por ciento".
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Acerca de campidator, cf. Bonilla (188, n. a), Manchón - Domínguez (1998: 626). Campiductor (cf. Silio Itálico, Pun. V 376-82) se aplica al Cid en los Annales Compostellani (ed. Flórez 1799: 322; cf. Menéndez Pidal 1944-1946: 527, Manchón - Domínguez 1998: 616; como ya hemos indicado en II.2, Fernández Catón [1990] transcribe el término separado, a diferencia de Flórez, y señala que no está claro si se ha de leer ductor o doctor, ya que hay una rectificación sobre la letra [255, n. 98]) y en el Liber illustrium personarum de Gil de Zamora (ed. Cirot 1914: 81), más que por falsa grafía (como sostienen Manchón - Domínguez 1998: 616, 623) por la existencia de un doblete bien atestiguado, como también ocurre en el caso de armidoctor (Gloss. II 385, 26; III 308, 64; 501, 43; Not. Tir. 45, 81a) / armidoctus (Gregorio Magno [c. † 604], Lib. respons. [PL LXXVIII 767]: nam et Iudas armidoctus sceleris) / armiductor (Sinfosio Amalario [† 850], Lib. de ordine antiphonarii, 4 [PL CV 1251], Bertoldo Constantiensis [f. s. XI], Ann., a. 1077 y 1080 [PL CXLVII 401 y 4395

crónicas mencionadas. No sabemos si los autores de la Historia Roderici y de la Chronica Naierensis tenían conocimiento de los diplomas valencianos a los que hemos aludido anteriormente, ni si tal conocimiento pudo llegarles de manera indirecta (a través de una posible vía cardeñense), por los Annales Compostellani o el Chronicon Burgense (cf. II.2). Por lo demás, no parece claro que exista una diferencia semántica demasiado apreciable entre el Campidoctus de estos textos y el Campidoctor que atribuye al héroe nuestro Carmen162. Ambas denominaciones —de morfología más poética o «solemne», si acaso, la segunda (como en el caso, por ejemplo, del lat. ductor, frente a dux163)— podrían responder a la misma voluntad de estilo a la que antes hemos aludido. Por último, queda la cuestión de si Campidoctor traduce realmente el término romance «Campeador». En vista de que la denominación romance hubo de anteceder a la designación latina (como ya se ha indicado en el apartado I.1)164, parece lógico entender —frente a la duda que al respecto se planteaba Cirot (1939b: 180)— que el término latino es una adaptación culta del epíteto vernáculo, la cual no se basa en una equivalencia semántica propiamente dicha, sino que refleja más bien un proceso de recíproca influencia paronomástica entre latín y romance (acorde, por lo demás, con una situación lingüística próxima a la que, matizando las opiniones de Banniard, describía Lopetegui [1999: 21] para la Navarra medieval: «dos lenguas distintas para cumplir diferentes funciones»).

III.2. Métrica y prosodia

40], Honorio d´Autun [† 1137], Sacrament., 48 [PL CLXXII 772]); armidator no sería sino la versión latina de oJplodovth" (Gloss. III 271, 53). Por su parte, el Chronicon Burgense lo denomina Rodericus Campidoctor (ed. Flórez 1799: 310); sobre este dato y su posible procedencia, véase lo dicho en el apartado I.2. Preliator fortissimus se denomina al héroe en HR 70, 15; como miles strenuus y armis strenuus lo califica Lucas de Tuy (Menéndez Pidal 1944-1946: 529).
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Según Manchón - Domínguez (1998: 623-24), «en Campidoctus la idea del magisterio (-doctor) da paso a la de destreza o pericia (-doctus)»; la sutil diferencia de matiz, no obstante, nos parece difícil de argumentar.
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Ya que, según anota Servio a propósito de Aen. II 14, ductores sonantius est quam duces, quod heroum exigit carmen. Por lo demás, las formaciones en -tor son muy características de la literatura hímnica, como observan Manchón - Domínguez (1998: 622); sobre esta tendencia ya en Prudencio (en cuya obra se atestiguan hasta ocho hápax en -tor), cf. Mariner (1999: 293).
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Obviamente, no nos parece ajustado el análisis lingüístico ensayado por González Llubera (1912) para hacer derivar el romance "campeador " del término latino campidoctor. 6

Como ya hemos señalado, una de las mayores peculiaridades del Carmen Campidoctoris es la singular configuración métrica que el poeta decide imponerse, la cual aparta su composición del canto épico convencional —es decir, hexamétrico— y lo aproxima al canto de encomio o «hímnico», en su sentido más amplio (Wright 221). Del poema se conservan 32 estrofas completas de cuatro versos cada una, «sáficas» en cuanto que cada una de ellas se compone de tres endecasílabos y un adónico (cf. Norberg 1958: 77-78 y, sobre la evolución de este tipo de endecasílabo, Donnini 1995: 254-55), en estructura que cabe representar, con Norberg, 3 x (5p + 6p) + 5p (donde "p" indica que la unidad métrica es paroxítona: Bastardas 1998-1999: 10)165. Conviene recordar, a este respecto, que el ritmo sáfico no fue demasiado practicado en la versificación latina de los siglos XI y XII, tampoco en el ámbito hispánico 166, si bien no parece haber sido tan excepcional en la literatura europea latinomedieval como algunos autores sugieren. Así, Gwara sostiene que «by the eleventh century the sapphic form had fallen in desuetude» (1987: 197, n. 1), y, frente a cualquier propuesta de cronología tardía para el Carmen, no duda en añadir que «by the late twelfth century the verse form of the 'CC' had long been abandoned» (211). No es eso lo que se desprende de un somero recorrido por las páginas de los clásicos manuales de Manitius y de Raby, en los que se alude a un buen número de autores que practican este metro durante todo el periodo medieval167.
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La única excepción la constituye el verso 74: illi parat mortem nisi sit cautus, al que, por su anomalía también acentual, nos referiremos más adelante.
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Su estudio podría comenzar con Prudencio (Cathem. 8 y Perist. 4, con 20 y 50 estrofas respectivamente) y proseguir con Eugenio de Toledo (med. s. VII; cf., por ejemplo, Fontán - Moure 1987: 161); acerca de los «himnos» y «ritmos» de Eulogio de Córdoba (med. IX), cf. González Muñoz (1996: 26-30); a un poema en sáficas del s. IX, de posible procedencia hispana y dedicado a Agobardo de Lyon, se refiere Manitius (19111931: I 386, n. 6). Como «el tipo de versificación más común en los himnos de la iglesia visigoda» describe este ritmo Martínez (1991: 49); algunos ejemplos concretos recoge Amador (1861: 503-5, 518-19). Un himno a Santiago en doce estrofas sáficas se incluye, por ejemplo, en el famoso Codex Calixtinus (s. XII; cf. Manitius 1911-1931: III 989, Moralejo - Torres -Feo 1951: 592-94).
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De época temprana (2ª m. VIII - 1ª m. IX), cabe recordar aquí los nombres de Alcuino, Pablo el Diácono, Paulino de Aquilea (acerca de sus estrofas pseudo-sáficas, cf. Norberg 1979: 51-58), Teodulfo de Orleans, Agobardo de Lyon, Walafrido Estrabón, Jonás de Orleans o Wandalberto de Prüm; a las sáficas de Notker Bálbulo († 912) se refiere Klopsch (1980: 36). Parece advertirse un cierto receso en el s. X, pese a testimonios como el de Flodoardo de Reims (autor de un poema sáfico en diez estrofas sobre la contribución de Antioquía a la historia de la Iglesia; cf. Manitius 1911-1931: II 157) o Wulstan de Winchester. A este receso le sucede un cierto florecimiento en el cultivo de tal forma literaria, durante los dos siglos siguientes; en el siglo XI ha de situarse a autores como Teobaldo (Manitius 1911-1931: III 732), Dudo de S. Quentin, Arnoldo de San Emmeram, S. Pedro Damián, Ademar de Chabannes, Balderico de Bourgueil, Waifario y Alfano I de Salerno, Manfredo de Magdeburgo, Fulberto de Chartres, o los del códice Sangall. 381 (Manitius 1911-1931: I 605-7); a caballo entre el XI y el XII escriben sus poemas Raginaldo de Canterbury († post 1109), Marbodo de Rennes († 1123), Guiberto de Nogent († 1124), Ruperto de Deutz († 1130), Pedro Abelardo († 1142) y Pedro el Venerable († 1156, autor, por ejemplo, de un himno dedicado a celebrar los hechos admirables de S. Benito, en nueve estrofas sáficas); entre la segunda mitad del XII y principios del XIII escriben autores como Guido de Bazoches o Alain de Lille († 1203, autor de una notable oda sáfica a la natura, recogida en su De planctu naturae). 7

Especial interés podrían ofrecer en nuestro caso, sin duda, las versificaciones de textos en prosa que se realizaron en este tipo de ritmo168, de las que se documentan algunos ejemplos169; sobre esta posibilidad llamó ya la atención el propio Curtius (1938: 170), en relación con nuestro poema: «Hat nun der Dichter seine historischen Kenntnisse aus der Historia geschöpft? Dafür spricht [...] der häufige Befund, dass historische Gedichte des lateinischen Mittelalters uns als poetische Umgüsse einer Prosavorlage erkenntlich sind — so ist z. B. das Verhältnis des Poeta Saxo zu Einhard». La sugerencia de Curtius fue desestimada por Bastardas (1998-1999: 31). En realidad, aun si damos por probada la anterioridad cronológica de la Historia Roderici y la posibilidad de que el autor de nuestro poema se inspirase en ella, no estaríamos ante un caso de «versificación» propiamente dicha, tal y como la muestran los cánones europeos del género (cf. Donnini 1995: 242-43, a propósito de los Gesta Caroli Magni metrica, de c. 888-891, y de los Gesta Apollonii), ni siquiera del estilo que se observa entre la Chronica Adefonsi Imperatoris y la Prefatio de Almaria. La selección realizada por el anónimo versificador de nuestro poema es tan intensa que cabría, ciertamente, referirse a la decisiva «influencia» ejercida por la mencionada crónica latina, pero en ningún caso presentarla como su modelo objeto de «versificación». Por otra parte, tanto la diferencia estilística existente entre ambas obras de la materia cidiana como la escasa aportación de contenidos que el Carmen representa, en realidad, respecto a la Historia parecen sugerir que no se trata de empresas literarias estrictamente coetáneas o solidarias y que bien pudieron incluso redactarse en entornos geográficos totalmente diversos. En principio, el poema podría responder incluso a un mero ejercicio de tipo escolar realizado a cierta distancia del "milieu" cronístico en que se confecciona la Historia, esfuerzo comparable a otros más o menos coetáneos y que se hallan bien documentados; no obstante, el Carmen tampoco parece responder fielmente a este esquema, dado que su contenido trasciende sin duda el puro interés didáctico o el mero «jeu d'esprit» del semierudito ante un determinado "tour de force" y confiere a la composición un
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Sobre los opera gemina —y los prosimetra, en general— cf. Berschin 1998: 72-75; ambos cauces se oponían ya claramente, por ejemplo, en la Epistula ad Modoenum de San Julián de Toledo.

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Como el de Bertario de Montecassino (mediados del siglo IX), posible autor de una oda sáfica a S. Benito —que Traube atribuía más bien a Alfano de Salerno— que resulta ser una versificación de Gregorio Magno, Dial. [CC CLCLT 1713], 2, 1-38, donde se recoge un diálogo entre Gregorio y Pedro, en que el primero adoctrina al segundo, intercalando numerosos exempla hagiográficos (cf. Manitius 1911-1931: I 608-9); otro ejemplos son el de Otloh de San Emmeram (med. s. XI; autor de una versificación de Mt. 2, 1-12 en 17 estrofas sáficas, con rima leonina; cf. ibid. II 88-89) o el de Saxo el Gramático en sus Gesta Danorum († 1220; cf. ibid. III 505). Cf., sin embargo, Martínez (1991: 28) a propósito del llamado Fragmento de La Haya, donde parece darse el caso inverso, es decir, la prosificación escolar a partir de un poema hexamétrico. 8

carácter muy distinto del que suelen ofrecer tales exercitationes medievales, aproximándola a la "obra d'art" que vio en ella Bastardas (1998-1999: 10, 18), aunque con reservas decisivas que le llevaron a situar su composición a finales del siglo XI y no en la época que parecería corresponderle (ya que el poema en general, ciertamente "fa l'olor pròpia de la poesia rítmica del segle XII": ibid. 32). Nicolau d'Olwer excluyó decididamente el Carmen Campidoctoris de su conocida edición de poemas ripolleses, por estimar que éste no era originario de Ripoll, ya que su versificación sáfica —pese a hallarse descrita en el manual de métrica usado en el monasterio, que era probablemente el De arte metrica de Beda el Venerable (cf. I 18, con ejemplos de Paulino de Nola)170— constituía una excepción demasiado llamativa en la producción de la mencionada escuela poética catalana. Según sus propias y sentidas palabras (1915-1919: 15), «no la hi he inclosa perquè estic convençut que no fou composta a Ripoll. És dolorós separar-se de l'opinió del mestre Milà i Fontanals, però cal reconèixer que els arguments que esgrimeix per demostrar l'origen català de tal poesia no són prou contundents, i expliquen només l'interès que a Ripoll podia haver-hi per copiar-la, en la qual cosa tots estem perfectament d'acord. També té importància remarcar que en tota la producció ripollesa dels segles X a XIII no he vist un sol cas d'estrofa sàfica, metre del poemet que ens ocupa». Según señaló Wright atendiendo al contenido del Carmen (221), podría considerarse como un paralelo más o menos aproximado la oda De strage Normannorum del irlandés Sedulio Escoto (med. s. IX; cf. Raby 1966: 195, Gwara 1987: 199, Higashi 1997: 179, n. 43), una obra que probablemente era desconocida en Ripoll y cuyo parecido temático con nuestra composición sólo puede considerarse, según entendemos, sólo relativo. Por lo demás, es claro que el tema épico (como el historiográfico, en general) no parece haber sido predilecto en esta escuela poética catalana, en cuyos textos, pese al conocimiento de Virgilio, no afloran los grandes nombres del ciclo troyano, y en la que se prestó mucha mayor atención a la lírica latina (género literario ausente, sin embargo, en la tradición literaria de la España occidental del XII, frente a la «continuidad» experimentada en tierras catalanas, según observó Rico [1969: 8889]). Al margen del inconveniente métrico, cabe señalar también —según hemos señalado ya,

170

Dos manuscritos de esta obra de Beda († 735), procedentes de Ripoll y ambos del siglo X, se hallan en el Archivo de la Corona de Aragón (ms. 49 —incompleto— y ms. 106), según observó Nicolau d´Olwer (1915191919: 3; cf. Rico 1994: 133, Martínez 1991: 35). A nuestros efectos convendrá recordar, no obstante, que también se ocupó de este tipo de ritmo, en un ámbito tan distinto como el toledano, Domingo Gundisalvo en su De divisione philosophiae (s. XII), dado el frecuente uso del mismo in eclesiasticis hymnis (Rico 1969: 21). 9

al referirnos a la posible cronología de la obra— cómo el lenguaje poético empleado en Ripoll —en la medida en que hoy nos resulta conocido, tanto para el siglo XI como para la centuria siguiente— y el que exhibe nuestro Carmen son en gran medida diversos, y reflejan intereses literarios que, aparentemente al menos, tienen muy poco en común. El versificador de nuestro poema no practica el ritmo cuantitativo (reservado durante la Edad Media, en general, para los poetas más hábiles y eruditos171), sino que, pese a denominar carmen a su composición, practica en realidad el mero rhythmus (rithmus en la grafía medieval más corriente), basado en el recuento de sílabas (numero syllabarum), como en el caso de los carmina uulgarium poetarum (según observaba Beda, De arte metrica, 24 [CC SL 123A], p. 138, lín. 12-13)172. La afición hacia estos ejercicios versificatorios variaba, dentro del ámbito clerical, según las órdenes. Es conocido el gusto cluniacense por el ejercicio de la composición poética, frente a lo que ocurría en congregaciones como la del Císter, muy reluctante hacia los poetica figmenta (cf. Munk 1995b: 95-96, quien recuerda cómo Nicolás de Claraval advertía al respecto: nos nihil recipimus quod meretricis [i. e. metricis] legibus coercetur, y cómo en 1199 se prohibía a los monjes de esta última orden la confección de tales ejercicios literarios: monachi qui rythmos fecerint, ad domos alias mittantur; cf., asimismo, Paden 1980, Norberg 1968: 39-40, con referencia al temprano testimonio de Julián de Toledo, ya citado, y al de Álbaro de Córdoba [pedibus metricis rithmi contemnite monstra, en MGH, PAC, III, p. 129, 21 y p. 130, 5-6]). Según observaron Fontán - Moure (1987: 345, n. 1), el verso 17 del Carmen (eia, letando, populi caterue) es el único «que, casualmente, podría considerarse “correcto” cuantitativamente», es decir, el único que responde al esquema propio del endecasílabo sáfico grecolatino (—+—x —++— +——). Seguramente se trata, en efecto, de una mera casualidad. De buscar otra explicación, cabría —como pura hipótesis— que se tratase de un
171

Raby recuerda cómo San Bernardo de Claraval († 1153) usó los versos sáficos en un himno a San Víctor, pero metri negligens, ut sensui non deessem (cf. 1966 : 32 y 1967 : I 302, n. 1, así como Stotz 1998: 711 y 714715). En general, cf. Norberg (1958: 92-94 ) y, en relación con nuestro Carmen, Higashi (1997: 180-82); éste no muestra aparente preocupación alguna por el ritmo cuantitativo, frente a lo que se observa en otros ámbitos, más o menos coetáneos, en los que se procuraba a veces, por ejemplo, mantener al menos un adónico de naturaleza cuantitativa (Mariotti 1994).
172

Inspirándose, en este caso, en el Ars Palaemonis de metrica institutione (s. IV), donde se habla propiamente de cantica poetarum uulgarium (cf. Gramm. Lat. VI 206, 9-10 Keil). Sobre el concepto medieval de rithmus (modulatio en latín, según Beda, De orthogr. [CC SL 123A], p. 47, lín. 996, donde se alude igualmente al calco griego rhythmizo), en general, cf. Klopsch (1972: 27-38), Castro (1997: 93, 97, 99). Como primer ejemplo de poesía rítmica suele considerarse el salmo abecedario Contra partem Donati de S. Agustín (cf. Norberg 1958: 29 y 92). 10

primer ensayo de nuestro poeta (es decir, del primer verso que compuso), deseoso de iniciar su poema con un apóstrofe dirigido al imaginario auditorio y con el típico eia exclamativo inicial, y que luego desistiera de su empeño ante la dificultad que la escansión cuantitativa representaba para él. Se trata, en cualquier caso, de un supuesto algo inverosímil y, por supuesto, incomprobable. Pese al ascendiente clásico de la versificación sáfica (representada en el caso romano por Horacio, fundamentalmente173), los versos del Carmen se inspiran con toda probabilidad en los poetas cristianos, tanto tardíos como medievales174. Por lo demás, el poeta se muestra plenamente consciente de su oficio, como bien reflejan —pese a su carácter tópico y convencional— los versos 15-16 del poema (rithmice tamen dabo uentis uela / pauidus nauta), en los que se declara «medroso» practicante de la rhythmica (sc. ars). Este término ya era de honda raigambre en la tradición métrica, como una de las partes de la «música» (junto a la harmonica y la metrica)175, y también aflora a veces en las letras hispánicas176. A menudo se contraponía al concepto de metrica, tanto en época tardoantigua177 como en la medieval178. En
173

Según señalaba Luque (1978: 13-14, 154, 167), el verso acentual reproduce en última instancia la estructura silábica, verbal y acentual del modelo cuantitativo, que ofrecía ya una serie de tendencias que se mantuvieron y afianzaron en época medieval: cuarta sílaba larga, cesura en quinta, tendencia clara a que el acento adquiera relevancia rítmica, etc. Sobre los sáficos en general y su recreación medieval, cf. Norberg (1958: 94-98), Klopsch (1972: 93-99), Avalle (1992: 391-476), Marcos Casquero - Oroz Reta (1995: I 3-28).
174

Daintree (2000), además de aludir al adónico como "reminiscent of heroic poetry" (891-92), ofrece una pequeña historia de estas formas métricas en los siglo IX y X.
175

Cf., por ejemplo, Casiodoro († 580), Expos. psalm. [CC SL 98], ps. 80, p. 750, líns. 101-102, De artibus et discipl. liberal. litterar., cap. 5 [PL LXX 1209], Odón de Cluny († 942), Opusc. de mus. [PL CXXXIII 793].
176

San Isidoro de Sevilla († 636), Etym. III 18, 1, III 19, 1 (At omnem sonum, qui materies cantilenarum est, triformem constat esse natura. Prima est harmonica, quae ex vocum cantibus constat. Secunda organica, quae ex flatu consistit. Tertia rhythmica, quae pulsu digitorum numeros recipit) y III 22, 1, San Julián de Toledo († 690), Epist. ad Modoen. [CC SL 115], p. 259, 1 (aut metricis dictis proprias pandat iure camenas et rithmis uti, quod plebegis est solitum, ex toto refugiat) y 2, estrofas 2-3 (al respecto cf. Wright 1989: 154, 396-97), Álbaro de Córdoba († 860), Indic. lumin., 35 [ed. Gil 1973b: I 315] (ita ut metrice eruditiori ab ipsis gentibus carmine et sublimiori pulchritudine finales clausulas unius littere coartatione decorent, et iuxta quod lingue ipsius requirit idioma, que omnes uocales apices commata claudit et cola, rithmice, immo ut ipsis conpetit, metrice uniuersi alfabeti littere per uarias dictiones plurimas uariantes uno fine constringuntur uel simili apice; cf. Klopsch 1972: 42, n. 45, González Muñoz 1996: 30, n. 66). Sobre la tradición rítmica hispana, en general, cf. Wright (1989: 108-18, 264-81, 370-73).
177

Cf., por ejemplo, S. Agustín, De mus., 6 [PL XXXII 1182] (si ergo quaeramus artem istam rhythmicam uel metricam, qua utuntur qui uersus faciunt, putasne habere aliquos numeros, secundum quos fabricant uersus?), Beda, De arte metrica [CC SL 123A], 25, pp. 140-141, líns. 22-25 (et apud nos historia beati Iob, quamuis haec in sua lingua non tota poetico, sed partim rethorico, partim sit metrico uel rithmico scripta sermone).
178

Cf. Odón de Cluny († 942), Serm., 4 [PL CXXXIII 730] (omnis qui de illo et prosaice et metrice, siue etiam rhythmice scripserunt, et sancti et periti fuisse), Remigio de Auxerre († 908), De mus. [PL CXXXI 936] (hoc 11

nuestro Carmen simplemente parece designar el ejercicio de una versificación de carácter silábico. Como ya hemos sugerido, es verosímil que, para nuestro autor, fuera la rhythmica — entendida en el sentido más amplio, como procedimiento ajeno a cualquier consideración de carácter cuantitativo— el único procedimiento versificatorio familiar. Desde el punto de vista acentual, el ritmo se marca con carácter fijo —en el caso de los endecasílabos— sobre las sílabas cuarta y décima (Wright 1982: 340), y tiende a ser así también sobre la primera (Cirot 1931b: 249, Higashi 1995: 33), aunque el acento no recae de manera sistemática sobre ésta, como demuestran por ejemplo, claramente, los versos 18, 21, 62, 63, 67, 75 y 97, de inicio pentasilábico. Se observa, asimismo, cierta tendencia a regularizar la disposición de los acentos secundarios, sobre sexta o sobre octava, y a veces sobre séptima. De manera bastante excepcional se observan acentos en segunda o tercera sílaba. Aun si se excluyen los que cabría explicar por presencia de "mot métrique" ( cf. Norberg
1958: 20-28, 1985: 38-53),

en los vv. 33, 39, 66 (cf. Norberg 1958: 25-26), 90 (cf. Norberg 1958:

26, a propósito de Ést-Deùs), 98, 99 ó 111, la excepción resulta difícilmente reductible en un ejemplo sin monosílabo implicado como el del v. 49 (dicentes regi [...]), que sólo parece pueda atribuirse a la impericia, la inadvertencia o la precipitación del poeta; en cualquier caso son contados pasajes y que destacan dentro de la gran regularidad acentual que ofrecen los endecasílabos del Carmen. En el caso de los adónicos —con acentos normales sobre primera y cuarta— cabe considerar anómalos los versos 36 (cohortis dare) y 124 (plus ceruo sallit), con aparente acento antirrítmico en segunda, si bien en el primer caso no debe descartarse una posible influencia de la prosodia hispana («corte», «cort»; cf. Wright 2005: 486) y en el segundo es probable que plús-ceruo constituyese grupo fónico, como habría podido aprenderse a través de los manuales versificatorios al uso y, por supuesto, de la propia práctica observada en este tipo de composiciones179. En general, el comportamiento del autor es muy sostenido desde el punto de vista acentual (aunque se observen pequeñas vacilaciones

interest inter rhythmum et metrum, quod rhythmus est sola uerborum consonantia, sine ullo certo numero et fine, et in infinitum funditur nulla lege constrictus, nullis certis pedibus compositus: metrum autem pedibus propriis certisque finibus ordinatur: minimum autem metrum est, quod constat pede et semipede, et res est per ordinem usque ad octo pedes: octonarium autem numerum non transgreditur), Epist. Guiberti [CC CM 66], 54, lín. 477 (sed quoniam illud rithmice digestum est, et ideo minus libenter a quibusdam legitur, opere pretium duco istud plana et aperta prosa, id est nullo metro uel rithmo ligata, conscribere, ne alicuius difficultatis legentem scrupulus offendat, sed magis breuitas et planities ipsa uos uel quoslibet ad legendum inuitet et delectet).
179

El acento en primera debía de relajarse, en cualquier caso, en versos con aparente inicio en monosílabo átono (como ocurre en 4 y 56). 12

de escasa entidad gramatical y semántica, del tipo contra te 50 / contrá-te 55 o namque 81 / námque 93). Los versos del poema ofrecen siempre un final paroxítono, incluido probablemente el verso 9, cuyo retexére final (frente al retéxe±re clásico), con ritmo marcado en décima, podría haber sufrido un desplazamiento acentual, explicable desde la prosodia general de la época pero que también podría considerarse como un pequeño e interesante indicio de la procedencia hispana del poeta. Según observó Norberg (1985: 9) «en Espagne, les infinitifs en -e—re ont remplacé tous les infinitifs en -e±re» (cf., asimismo, 1958: 15-16, Stotz 1996: 128-30). El verbo en cuestión no pertenece al vocabulario más usual, y es muchísimo menos frecuente, en cualquier caso, que cápere, correctamente acentuado en el verso 11 (frente a lo que ocurre a menudo en versos de procedencia hispana, en los que —por asociación con el esp. «caber»— el ritmo exige capére); también la acentuación de mítere, en el v. 100, es la esperada (al respecto cf., no obstante, Wright 2005: 486, quien lo considera posible indicio de una autoría catalana, como comentamos, en otro contexto, más abajo). En el caso del v. 120 (giro circinni), el poeta parece considerar como larga —según refleja además la grafía consonántica geminada— la segunda sílaba de circinus, frente a la prosodia clásica. Los versos del Carmen presentan cesura tras la quinta sílaba, con la excepción del verso 74 (illi parat mortem nisi sit cautus), como observó Du Méril (311, n. 3: «la seule ligne qui manque de césure après la cinquième syllabe») y asimismo Wright (243, n. 7), quien apunta — mediante una explicación un tanto sofisticada, en nuestra opinión— cómo «perhaps it is intended to be read aloud in such a way as to stress Alfonso's heavy-handed wrath». Este verso ofrece, además, otra excepción, al carecer de acento sobre la cuarta sílaba. Una posible explicación para esta circunstancia —aunque quizá no muy verosímil— pasaría por considerar parat como una forma contracta del perfecto (similar a las atestiguadas, por ejemplo, en Lucrecio I 70: irritat, o VI 587: disturbat), una particularidad que, según recuerda Leumann, era bien conocida en los ámbitos escolares (1928: 601: «Dazu schreibt Prisc. II 130, 1 Endakzent vor für perf. [...] fu—ma—t (Verg. Aen. 3, 3); diese Akzentuation perf. audít cupít fumát [...] ist sicher von Grammatikern differentiae causa für Dichterinterpretation in der Schule festgelegt»). En cualquier caso, no puede excluirse la posibilidad de un fallo métrico por parte del poeta (que da muestra a veces de cierta prisa y de laxitud en su versificación) o incluso la existencia de una corrupción textual en el verso.

13

Los versos del Carmen presentan además asonancia u homeoteleuto final en el seno de cada estrofa, lo cual constituye una verdadera rareza en este tipo de versificación180. Conviene subrayar, según ha observado Wright (220-21), que de los 19 himnos en estrofas sáficas que se contienen en el repertorio mozárabe conservado, ninguno ofrece tal peculiaridad181, singularidad que también ha sido bien subrayada por Bastardas 1998-1999: 10, n. 1: "No conec exemples, tret del Carmen, d'aquesta estrofa amb rima monosil.làbica"182. No obstante, la asonancia es un recurso habitual en otros tipos de versificación practicados en la época183. De acuerdo con la convención propuesta por D’Angelo (1992: 68), cabría hablar de «asonancia» cuando dos sílabas finales de palabra presentan la misma vocal (auis / uenit) y de «rima» cuando también hay coincidencia en la consonante que sigue a la vocal (deos / uiros). En el caso del Carmen, se observaría «rima» en las estrofas 6-8, 10-11, 13-16, 18-20, 22-23, 25-26, 28 y 31. En la estrofa octava se observa el único caso de rima que afecta plenamente a dos sílabas (-turus), quizá con cierta intencionalidad estilística por parte del autor, también perceptible quizá en el homeoarcto de los versos 61-63 (o-); un cierto énfasis podría señalarse asimismo en 101-104 (-ent) y la serie participial de 109-112 (-tam). En las demás estrofas se observa una mera coincidencia en la vocal final (1-5, 9, 12, 17, 21, 24, 27, 29-30 y 32 184), lo cual apenas tenía, a buen seguro, una repercusión sonora perceptible, como bien señalaba Menéndez Pelayo a propósito de este recurso en general (1890-1908: I 106 y 109). No se
180

Cf. Conti (1995: 339). Hacia un posible reflejo de la rima árabe apuntaba Marcos Marín (1985: 10), lo cual parece poco o nada sostenible (sobre la influencia semítica sobre la rima, en general, cf. Klopsch 1972: 39, 42, n. 45, con atención al testimonio de Álbaro de Córdoba antes mencionado). Por otra parte, la búsqueda de similicadencias rítmicas es característica de los textos litúrgicos mozárabes (Díaz y Díaz 1965: 83), e influye incluso en la prosa, como, para el caso de la HR (cf., por ejemplo, HR 15, 18-19: noluerunt... desinierunt), observaron Amador (318, n. 1) y Bonilla (178, n. 1), entre otros (últimamente Manchón 2007 [en prensa], quien llama la atención sobre HR 5 [-it] y 40 [-runt]); para el de la Najerense cf. Estévez, 1995, p. LXXXVIII, a propósito de III 15, 13-15, 24-25, 34-36 y III 16, 45.
181

Tampoco el de San Cucufate (s. VII), según apunta Wright (244, n. 10, frente a lo que sostenía Cirot 1931a: 146). Sobre la historia de la rima en la literatura grecolatina y la estrecha vinculación de este procedimiento con la poesía hímnica, en general, cf. Norden (1958 : II 810-908, esp. 841-67); para una síntesis acerca del fenómeno —que comienza a apreciarse como procedimiento deliberado con Sedulio (s. V)— en la versificación medieval, cf. Klopsch (1972: 38-49) y, para el caso hispánico, Amador (303-60).
182

La consecuencia extraída por Bastardas (ibid.) no nos parece ya de carácter necesario: "Aquesta rima, en versos paroxítons, solament pot ser percebuda si es posa un èmfasi especial en la recitació".
183

Así, por ejemplo, el Carmen canorum, de c. 1099 (ed. Nicolau d´Olwer, nº 50), presenta estrofas de tres versos asonantados, al igual que los versos laudatorios en honor de Ramón Berenguer IV (1139; cf. Amador 347).
184

Es decir, «a» y «e» (e/ae); el timbre «o» —menos frecuente en general, dadas las características morfológicas de la flexión latina— sólo aparece en dos de las estrofas conservadas: 29 y 32. 14

documenta ningún caso de «asonancia» en el sentido antes apuntado185. En los versos 25 (hoc fuit primum singulare bellum), 57 (quibus auditis susurronum dictis), 73 (nimis iratus iungit equitatus), 81 (hec namque pugna fuerat secunda), 89 (tercium quoque prelium comisit) y 109 (accipit hastam mirifice factam) se observan rimas internas, si bien los artificios de nuestro poeta nunca llegan a alcanzar la variedad practicada, por ejemplo, por el autor del Poema de Almería, analizada en su día con detalle por Martínez Pastor (1988). Por lo demás, la prosodia que ofrece el poema es la que cabía esperar en la época que suponemos para su composición. En consonancia con el abandono sistemático del criterio cuantitativo, se desatiende el comportamiento propio de la métrica clásica frente al encuentro de vocales y no parece repugnarse en absoluto el hiato (19, 21, 47, 50, 62, 95, 97, 103, 105) y, a diferencia de lo que ocurre en los hexámetros del Poema de Almería, el poeta no evita el grupo de vocal seguida de -m ante vocal, pese a no proceder a la elisión (vv. 13, 14, 53, 59, 61, 65, 83, 106, 121). Este repudio de la sinalefa o mantenimiento de la dialefa —común a la «cuaderna vía» del mester vernáculo (Rico 1985: 21, Uría 2000) y con base teórica, por ejemplo, en el Doctrinale de Alejandro de Villadei186— es quizá esencial para una posible datación del poema, mejor incardinado a nuestro juicio, también por ello, hacia finales del siglo XII (Montaner - Escobar 2002: 392-393). El comportamiento del texto conservado respecto a los diptongos ae y oe, representados generalmente mediante las monoptongaciones resultantes de su pronunciación fonética187 (aunque con excepciones propias de un codex diphthongatus: vv. 2: Eneae, 3: poaete, 93: Barchinonae, y 97: Cesaraugustae; en los dos últimos casos mediante el empleo de e caudata, acerca de la cual cf. Norberg 1980 [1968]: 51, Bischoff 1990: 122) y la total ausencia de

185

El único poema de época carolingia escrito en estrofas sáficas y con rima (ante la cesura y a final de verso) es, según señala Wright (221), la Oratio Metrica III de Godescalco (Gottschalk, † 869; cf. Manitius 1911-1931: I 568-74, esp. 571-72, Norberg 1958: 41-42, Klopsch 1972: 42). En cualquier caso, sólo es a partir del siglo XII cuando también comienza a ser atendida en los manuales de métrica (Bourgain 1992-1993: 148, 172), siendo con anterioridad incluso despreciada a veces (ibid. 174); es elemento constitutivo de la poesía rítmica desde finales del XII, según lo ha sintetizado Bourgain, 2005: 223; un ejemplo serían los tetrástrofos monorrimos del Rhitmus editado por Falk 2006 o, en el caso vernáculo, nuestro mester.
186

Como bien señaló Rico 1985: 22 (cf. Doctrinale 2432-34: ecthlipis necat m, sed vocalem synalympha. / tu populum, alme pater, salvasti a morte redemptor. / viles sunt istae prae cunctis et renuendae). Tal doctrina tiene abundantes precedentes entre los gramáticos antiguos (p. ej. Carisio 279, 9, 12). Sobre el testimonio en el mismo sentido de Pablo de Camáldula (siglo XII), véanse Klopsch 1972: 80-82, Rico 1985: 22, n. 60, Favreau 1997: 102.
187

De hecho, en los versos 2, 17, 33, 35, 48 y 93-95 riman el sonido vocálico e y el del diptongo ae. 15

sinicesis son rasgos que reflejan el uso del sistema gráfico carolingio, implantado en Cataluña en el siglo IX (Wright 220, Conti 1984: 416, Figueras 30) y que se fue extendiendo paulatinamente por la península (en Castilla a finales del siglo XI). Basándose en ello, Wright (1982: 225, Wright 2005: 486, 492) insiste en el hecho de que el autor practica el latín europeo reformado (lo cual sugiere una cronología tardía, como la que proponemos, y, caso de postularse para el poema una datación temprana, parece alejar la posibilidad de que su autor fuese un mozárabe). El poema se reproduce en el manuscrito a renglón seguido, pero el copista —o su predecesor en la copia— sabía de su carácter versal, como denota el hecho de que cada estrofa comience —sin excepción— con una capital inicial, así como el punto que aparece inserto al final de la mayoría de los versos (Wright 218, Marcos Marín 1985: 10)188. No obstante, cabe imaginar que el original del Carmen ofreciese disposición en verso, quizá incluso con el característico sangrado de los adónicos (dispuestos ejn eijsqevsei), como todavía podía observarse por entonces en los manuscritos de los grandes clásicos latinos (por ejemplo en los horacianos; cf. Questa 1996: 332, 341; el tercer sáfico de cada estrofa habría ido en el antígrafo de nuestro códice inmediatamente seguido, a línea, del adónico, según Bastardas 1998-1999: 11, n. 3, si bien el motivo de su hipótesis —fundada en un supuesto more uirorum en el v. 28— nos parece en este caso una prueba insuficiente).

188

El mismo signo también parece emplearse a veces en la copia del poema para señalar la distinctio entre palabras. 16