Los intocables de Eliot Ness (1987

)
Brian de Palma

Chicago, años 30: la gran depresión, la ley seca, la prohibición, Al Capone (creador de un inmenso imperio gracias al crimen, el soborno y la extorsión). El cine negro, cine de gángsters, en que se encuadra la película nació en EEUU, en la década de los años 30, como consecuencia del crack financiero del 1929, cuando una súbita caída de la Bolsa de Valores de Nueva York, -el famoso jueves negro del 24 de octubre, al que siguió el martes negro del día 29- convirtió a los ahorradores en arruinados y provocó el suicidio de muchos. El cine negro reflejó en la pantalla la innfausta situación que siguió al crack de la bolsa neoyorquina, un hundimiento económico y moral conocido como la gran depresión, una profunda crisis que se desató entre 1929 y 1933, con el presidente republicano Herbert Hoover en el poder, y que intentó paliar el demócrata Franklin Delano Roosvelt entre 19331945 mediante la intervención estatal en la economía –con una política social conocida como “New Deal”, “Nuevo trato”-, pero que el país no se recuperó hasta el fin de la Guerra de Corea (1950-1953). El gansterismo se había convertido en un fenómeno progresivo en EEUU, especialmente a partir de 1919, fecha de promulgación del Acta de Prohibición o Ley Seca, que vetó la elaboración, distribución, venta y consumo de alcohol. En adelante, amplios sectores sociales se convirtieron en delincuentes habituales por consumir bebidas alcohólicas en bares clandestinos cuyos propietarios, sin capacidad de defensa, eran sometidos al chantaje de las bandas de gánsters que controlaban también la venta y distribución de alcohol. La prohibición creó un enorme mercado negro que enriqueció a los principales jefes mafiosos, entre ellos al hombre de negocios Alfonso Capone (1899-1947) y sus socios durante los años veinte. Los mafiosos se constituyeron en una nueva clase social que disputó el poder a industriales y comerciantes. Con ellos, la corrupción se extendió a todos los ámbitos de la administración pública. Es la época de los felices años veinte, un ciclo económico expansivo que se desmoronó como un castillo de naipes el jueves negro de octubre de 1929. Roosvelt buscó un rearme moral y económico y persiguió el gansterismo: se iniciaron procesos judiciales contra jefes mafiosos y se derogó la ley seca, en 1933. Pero la violencia no cesó.

El gansterismo buscó otros ámbitos donde desenvolverse, sin que la policía lograra impedirlo: la prostitución, el narcotráfico o las luchas sindicales (los pistoleros contratados por la patronal reventaban huelgas y perseguían activistas sindicales: véase a este respecto el comienzo de Cosecha roja, novela de Dashiell Hammett). La película que comentamos comienza con la presentación del mafioso más conocido de la historia. Un imponente plano cenital presenta a Capone rodeado de sus matones mientras que un barbero lo afeita, una asistenta se ocupa de la manicura y un limpiabotas de sus zapatos. La escena, que muestra el poder de Capone (basta recordar la reacción de pánico del barbero tras hacerle un pequeño corte), es en realidad una entrevista: ante los periodistas, el criminal (el verdadero alcalde de Chicago sin haber sido designado) se define como un hombre de negocios que ofrece a la gente lo que desea y a quien la violencia produce más pérdidas que beneficios. Su lema: “Con una palabra amable y una pistola llegarás más lejos que con solo una palabra amable.” La interpretación de Robert de Niro subraya el aspecto histriónico del personaje: ante los medios de comunicación se muestra chistoso y sonriente sin que ello le impida ordenar crímenes. Las bromas y las risas esconden en realidad un desalmado. Unida a la presentación del personaje, se muestra al espectador su forma de actuar, y eso lo encontramos en la escena siguiente: el método Capone con quien no se somete a su chantaje. Un largo travelling frontal (veremos que en esta película los movimientos de cámara son constantes) nos acerca a una niña que entra en un bar donde se encuentran dos matones ofreciendo su producto al dueño. Ante la negativa del éste, uno de ellos se despide: “No volveremos por aquí”, expresión que adquiere un sentido siniestro a la luz de lo que sigue, y el otro activa el temporizador de una bomba oculta en un maletín que abandona en el local. Entra en juego entonces el hábil mecanismo del suspense que Brian de Palma aprendió en el maestro Alfred Hitchcock: el espectador sabe lo que hay en el maletín (ha visto un plano detalle del momento en que el mafioso acciona el temporizador) pero el resto de personajes no (el dueño del bar habla despreocupadamente a la niña: “Ten cuidado al cruzar la calle”, cruel paradoja porque el verdadero peligro no está en la calle, sino en el bar; y la niña se apresura a devolverle al mafioso lo que cree que ha olvidado). En la puerta del local, la niña llama al criminal, pero no tiene tiempo siquiera de acabar la frase. Otro largo plano da comienzo a la presentación del agente del Tesoro Eliot Ness, encargado de la difícil tarea de capturar a Capone. Lo vemos en su ambiente familiar (la contraposición entre la vida familiar de Ness y la ausencia de vínculos afectivos en Capone es constante. “¡Qué bien se vive en familia!” será una de la expresiones más reiteradas durante la película), antes de acudir a su primer día de trabajo, en compañía de su mujer. Sin embargo, desde el comienzo, el director quiere decirnos que nos hallamos ante un héroe (un personaje honrado y noble, un hombre que actúa por principios), y la forma visual, cinematográfica, de hacerlo es ocultar deliberadamente su rostro (solo lo ve su mujer, a él lo vemos de espaldas o ligeramente de perfil). Será preciso, pues, esperar a la escena

siguiente, en que Ness es presentado a los periodistas y a su unidad de policía, para ver su rostro, conocer su nombre y su condición de agente especial para combatir el contrabando de alcohol y la violencia que lo acompaña. Pero si algo caracteriza al Cuerpo de Policía, además de la inexperiencia de algunos agentes y de su familiaridad con aquello que persiguen, el alcohol, es la corrupción. De esta manera, cuando Ness recibe el soplo que avisa de la llegada de un cargamento de whisky, Capone no tarda en conocer los planes policiales. La intervención de Ness –“Hagamos una buena obra”- a los mandos de una máquina quitanieves termina en un completo fracaso. “Patinazo de la brigada antialcohólica”, titula la prensa al día siguiente. el revés, un desencantado Ness se cruza en un puente camino de casa con Jack Malone, un veterano y experimentado policía irlandés acostumbrado a sobrevivir, que sabe cómo funcionan las cosas en Chicago. De sus labios escucha la primera norma del buen policía: regresar vivo a casa tras el servicio. La impresión que Malone deja n Ness convence a éste de que es la persona adecuada para crear un pequeño grupo de hombres leales e incorruptibles, capaces de enfrentarse al imperio de Capone, los intocables. Malone se resiste al principio (prefiere seguir vivo) pero acaba aceptando en una conversación que mantienen en una iglesia porque en la oficina de policía “las paredes oyen”. El grupo de intocables se completa con Wallace y Stone. El primero es un contable y el segundo un experto tirador. De él conocemos la puntería que demuestra en los ejercicios de tiro pero también su valentía para reaccionar cuando el astuto Malone le obliga a declarar su nombre verdadero, que oculta su origen italiano (“Un spaguethi ladrón, un embustero de mala casta”, dice Malone, lo cual provoca la reacción inmediata de Stone: “Apestoso cerdo irlandés”, dice mientras lo encañona). Todo ello convence a Malone y el italiano queda contratado. La primera redada, dirigida por Malone, sí da resultado. Los intocables entran en las dependencias de un edificio público, efectúan incautaciones y practican detenciones. Después celebran el éxito con café y tabaco, ni una gota de alcohol. La foto de la celebración se encadena con un primerísimo plano de Capone (son los dos bandos en guerra): “la vida sigue”, dice sobre la redada. Está hablando ante una amplia mesa redonda donde se sienta un grupo de gángsteres que ríe sus extravagancias. Capone continúa: el béisbol es uno de sus gustos, muestra en alto un bate y se pasea con él. El gesto despierta la inquietud en el espectador, no en los personajes. Capone sigue hablando sobre el trabajo en equipo, como en el juego del béisbol: “No puede ser que uno juegue para sí mismo”, en tanto que un primer plano nos revela que la mirada del mafioso se fija en uno de los presentes (que no se percata de las intenciones de quien tiene detrás), sobre el que descarga con violencia el bate. La cámara nos muestra cómo Capone se ensaña con la víctima, escuchamos las reacciones de espanto del resto de la mesa y, al final, un travelling de alejamiento desde una perspectiva cenital nos enseña el cadáver. El criminal permanece en pie, bate en mano. Tras

Esta violencia de Capone contrasta, de inmediato, con la ternura de la familia de Ness (madre e hija rezan antes de acostar a la pequeña). La integridad y la incorruptibilidad de Ness quedan de manifiesto en la escena en que recibe la visita de un concejal de distrito que viene a sobornarlo. Tal actitud, sin embargo, tiene un precio, y Ness lo advierte al regresar a su casa una noche. Una voz le habla desde un coche: “¿Vive usted ahí? Es el cumpleaños de su hija”. Sigue un aviso nítido: “Debería tener cuidado de que no le suceda nada a su familia”. El mafioso huye pero la advertencia surte efecto: Ness se lleva a su mujer y a su hija. La presión sobre el incorruptible y el acoso a su familia trae a la memoria del espectador una situación similar en “Los sobornados” (espléndida obra negra de Fritz Lang, 1953). En esta película, el sargento Bannion (que ha descubierto datos comprometedores a partir de la investigación del suicidio de un compañero) también sufre presiones y amenazas; en esta cinta, sin embargo, en otra escena nocturna, una bomba explota y mata a la mujer del sargento. Malone ha recibido otro soplo: un cargamento está listo para ser entregado en la frontera con el Canadá. El encuentra tendrá lugar en un puente vigilado tanto por los intocables como por la policía montada canadiense, pero éstos inician la carga antes de lo convenido. Dos gángsters escapan: Malone detiene con habilidad al primero y Ness al segundo, pero éste opone resistencia y al agente especial no le queda otra opción que matarlo (si no, el muerto sería él – Malone dixit-). Ness se desespera pero Malone ni se inmuta; es más, aprovecha al muerto (de nuevo el juego del suspense: el espectador sabe que el gángster que zarandea Malone está muerto, pero el resto de los personajes, excepto Ness, no) para que el prisionero cante. Y así sucede: empiezan a conocerse las claves de los libros de cuentas de Capone, anotaciones correspondientes a pagos por sobornos a policías y jueces. Ante la protesta del capitán de la policía canadiense, Ness responde: “Usted no es de Chicago”. Mientras Capone monta en cólera por la pérdida de este cargamento y ordena acabar con Ness y con su familia, éste acaba de tener su segundo hijo (de nuevo el contraste entre ambos). Por otro lado, el fiscal del distrito cita al mafioso por evasión de impuestos. Pero Capone ha pasado ya a la ofensiva. Y Wallace, el contable, será el primer intocable en caer, lo cual los convertirá en tocables. La escena tiene lugar en el ascensor del edificio de la policía. Wallace baja con el prisionero pero, al cerrar la puerta del ascensor, sabemos que quien los acompaña no es un policía, sino un sicario de Capone, el mismo que amenazó a Ness, el que ejecutará implacablemente otros crímenes y que, curiosamente, viste un traje blanco impecable. Tras el triple asesinato (Wallace, el prisionero y otro policía) un agente contempla su huida desde una ventana del edificio, el mismo que posteriormente aconsejará a Malone que se mantenga al margen, que se tome un tiempo libre y se ausente de la ciudad. Y con el aviso, subrayará, se está jugando la vida.

La presión de la red mafiosa y los asesinatos hacen que los testigos den un paso atrás y que el fiscal se plantee el sobreseimiento del caso. El desánimo afecta al propio Ness, pero Malone no se deja vencer y toma el mando de las operaciones. Ness deberá pedir tiempo al fiscal y él se dedicará a buscar al testigo clave, el contable de Capone, que ya ha recibido el aviso de que pasará un tiempo fuera de la ciudad. Malone busca la información donde sabe que se encuentra, en el cuerpo de policía. Se la pide a un veterano agente, el mismo que le ha aconsejado “mantenerse al margen”, y que ahora piensa que el irlandés es ya un cadáver. Ambos discuten, se golpean y, al final, Malone obtiene lo que buscaba y cita a Ness en su casa. Y Capone, otra vez ante los periodistas, ahora para presentarse como un hombre pacífico acosado por la justicia. La escena siguiente es un prodigio narrativo memorable (junto con la escena de la escalera de la estación, que comentaremos después). En el exterior de la casa un travelling descendente nos revela la presencia del sicario de Capone, el que ejecuta los asesinatos ordenados por su jefe. Un plano detalle nos enseña una dirección (la de Malone) escrita en un paquete de cerillas. En el plano siguiente la cámara, puesta en una esquina, nos muestra simultáneamente a Malone en su casa pero pendiente de la calle y al sicario que deja su lugar a otro. Sigue un largo plano subjetivo (el espectador ve lo que el personaje, como si el espectador fuera el personaje, como si de un relato en primera persona se tratase) que recorre la casa desde fuera en paralelo a los pasos de Malone en el interior hasta que encuentra una ventana abierta. El asesino ha tenido al irlandés a tiro en la cocina y podemos pensar que lo va a matar, pero extrañamente no lo hace, de igual manera que podemos pensar que entrará por la ventana que encuentra abierta, pero tampoco lo hace. Retrocedemos con el personaje (recordemos que seguimos en un plano subjetivo, sus ojos son los nuestros) y entonces entramos (por la ventana cerrada del cuarto de baño), llegamos al pasillo y avanzamos hasta la cocina, sin hallar a Malone. Vemos la puerta de entrada abierta: tampoco está en la escalera. Volvemos atrás; ahora sí, lo vemos al fondo del pasillo. Malone ha estado jugando al gato y al ratón con nosotros, y ahora se acerca encañonándonos, apuntando al sicario que lo espera ¡navaja en mano! Otro detalle extraño y sorprendente: que el asesino vaya a matar a Malone con una navaja, en lugar de utilizar un revólver. El asesino retrocede y Malone lo sigue, y cae en la trampa: fuera, junto a las escaleras, lo espera el primer sicario y lo acribilla a tiros. Todo ha sido una trampa preparada por ambos sicarios y dispuesta para atraer al irlandés al lugar escogido para asesinarlo. De paso, la trampa despistó también al espectador. Pero Malone no ha muerto aún, a pesar de la lluvia de balas. Ness lo encuentra agonizante pero antes de morir le facilita la información sobre el tren en el que viajará el contable de Capone. Simultáneamente, vemos a éste en la representación de la ópera Pagliacci (Payasos) de Ruggero Leoncavallo, y en un brindis posterior con el tenor, por el éxito de la obra y por el suyo (acaba de recibir la confirmación del asesinato de Malone). Escena clave de la película es, como ha quedado dicho, la de la estación de tren. Es preciso decir, en primer lugar, que es un brillante homenaje a la mítica escena de las escaleras de Odessa en “El Acorazado Potemkin”, película muda de 1925 (también realizó otro homenaje Coppola en “El padrino”). El elemento clave que une ambas secuencias es el carrito del niño: en la cinta muda el coche del bebé rueda escaleras abajo tras morir la madre alcanzada por un disparo de los cosacos. Aquí es un elemento central del engranaje del suspense que crea el director para llevar tensar al máximo los nervios del espectador. La tensión, la creación del suspense se apoya en varios elementos: el reloj, que señala la inminencia de la hora fijada para la salida del tren (y por tanto la próxima llegada del

contable y de los gángsters que lo protegen), la entrada de viajeros y la necesidad de descubrir entre ellos a los mafiosos (uno de ellos lo parece durante algunos momentos, pero la duda se disipa en cuanto vemos que esperaba a una chica), y el carro del niño. A su vez, este motivo presenta varios aspectos: el llanto del niño, las dificultades de la madre para subirlo y sus constantes cambios de idea (deja las maletas a un lado, después coge al niño en brazos, lo vuelve a poner en el coche) que acaban desquiciando a Ness e impulsándolo a ayudarla. Entonces es ella quien no cesa de hablar (también oímos el golpeteo del carro en cada escalón que sube: el carro sube pero no acaba nunca de llegar). Con la llegada del contable empieza el tiroteo y Ness suelta el carro, que se precipita escaleras abajo sin que la madre pueda detenerlo. El carro cruza la línea de fuego y Ness se decide a detenerlo. Será Stone, que ha venido en su ayuda, quien lo frene en el último momento y quien resuelva el tiroteo con un disparo certero. Aún queda vencer la poderosa influencia de Capone (ha sobornado al jurado) y ajustar cuentas con el sicario asesino (vestido de nuevo de un blanco angelical, aunque se trate de un ángel exterminador). La caja de cerillas con la dirección de Malone es la pista que descubre al asesino del irlandés. Ness, que se resiste primero a matar a sangre fría al ángel exterminador, no duda después en arrojarle desde lo alto del edificio cuando el sicario le recuerda cómo murió su amigo. Muy a su pesar, Ness actúa como uno de ellos, como un gángster. La película concluye con una paradoja: después de tanto sacrificios y tanta sangre, se anuncia el fin de la prohibición. Al margen de ello, la recreación del Chicago de los años 30 es espléndida: escenarios, vehículos, armas…, así como el excelente vestuario, que corrió a cargo de Armani.

LA MÚSICA EN LA PELÍCULA “LOS INTOCABLES”
Ennio Morricone es el compositor de la banda sonora de esta película. Si observamos sus películas anteriores podemos encontrar numerosas conexiones musicales entre todas ellas: bellas melodías, muy sencillas pero con gran carga expresiva. Algunas de sus películas más conocidas son: “La muerte tenía un precio” “El bueno, el feo y el malo” “La misión” “Cinema Paradiso” “Novecento” “Átame” (¡con Pedro Almodóvar!)

En “Los intocables” confluyen varios lenguajes o estilos musicales: 1. El estilo más puramente western (del que ya era un gran especialista narrando historias).

2. Jazz ochentero: en los títulos de crédito que encabezan el film. 3. Jazz estilo años 20-30 (Louis Armstrong, Dizzieland) en la escena del barrio de Chicago donde ocurre el asesinato de la niña. 4. Lenguaje romántico: Al más puro estilo de Ennio Morricone. Es la melodía que conduce la historia de principio a fin y que aparece en momentos cruciales emotivamente. 5. La ópera italiana: el aria de “Vesti la giubba” de “Il Pagliacci” (Leoncavallo). Música diegética, es decir, los personajes escuchan una fuente de sonido dentro de la película.

MOMENTOS CRUCIALES MUSICALMENTE HABLANDO…
Destacaríamos varios puntos de inflexión dentro de esta película, donde diríamos que la música no sólo está presente, sino que constituye en sí misma una herramienta cinematográfica de gran valor, ya que no hay diálogos. Desempeñaría una función narrativa propia del cine mudo. En la escena operística, el tenor protagonista, el payaso, se muestra como el alter ego de Al Capone. Este personaje ambivalente en sus emociones (simpático ante la prensa, pero sanguinario en privado) ríe y llora a la vez, igual que el tenor. Pero además, el espectador puede llegar a identificarse plenamente con el dolor de este payaso, porque un poco antes se nos mostraba la dura escena del asesinato de Malone. El mundo de los niños parece especialmente recurrente. Es como una llamada a la inocencia, a la pureza frente al mal. Primero aparece la niña del bar, lo cual al espectador le indigna doblemente. Después, la hija de Elliot Ness…y por último la escena del bebé en la estación, con gran presencia de la música. Sobre la base musical de una inocente caja de música, se suceden escenas cruzadas de violencia a cámara lenta, sin palabras. De nuevo, una sensación contradictoria hace aumentar la inquietud del espectador, que presagia lo peor.

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