Lección sobre el cuidado de las almas

Poema del Hombre – Dios (fragmento)

Como siempre, cerca de los caminos más importantes, aislados pero, al mismo tiempo, lo suficientemente cercanos como para ser vistos y socorridos por los viandantes, hay leprosos. Una pequeña colonia de leprosos, que lanzan su grito de aviso e invocación al ver pasar a Jesús con Juan y Abel. Y Abel alza la cara hacia ellos diciendo: «Éste es aquel de que os hablé. Estoy llevándole a donde los dos que ya sabéis. ¿No tenéis nada que pedir al Hijo de David?». «Lo que pedimos todos: pan, agua, para saciarnos mientras los peregrinos pasan. Después, en invierno, el hambre…». «No tengo comida, hoy. Pero tengo conmigo la Salud…». Pero la sugestiva invitación a recurrir a la Salud no halla eco. Los leprosos se retiran del risco, volviendo las espaldas y dando la vuelta al espolón del monte para ver si otros peregrinos vienen por el otro camino. «Son marineros gentiles o completamente idólatras. Han venido hace poco, expulsados de Tolemaida. Venían de África. No sé cómo se han enfermado. Sé que salieron sanos de sus países y, después de un viaje largo por las costas africanas para hacerse con marfil y también creo que con perlas para venderlas a los mercaderes latinos, han llegado aquí enfermos. Los magistrados del puerto los han aislado y han quemado hasta la nave. Unos han ido hacia los caminos de Siro – Fenicia y otros han venido aquí. Los más enfermos son éstos, porque ya casi no andan. Pero tienen el alma más enferma todavía. He tratado de dar un poco de fe… No piden otra que no sea comida…» «En las conversiones hay que tener constancia. Lo que no sale en un año sale en dos o más. Insistir en hablar con Dios, aunque parezca como las rocas que los cobijan». «¿Hago mal, entonces, en pesar en su comida?... Me había puesto a traer antes del sábado siempre comida, porque los sábados los hebreos no viajan y ninguno piensa en ellos…». «Has hecho bien. Tú lo has dicho. Son paganos. Por tanto, más cuidadosos de la carne y de la sangre que del alma. La amorosa diligencia que tienes por su hambre despierta su afecto hacia el desconocido que piensa en ellos. Y, cuando te quieran, te escucharán, aunque hables de cosas distintas de la comida. El amor preludia siempre el seguimiento de aquel a quien se ha aprendido a amar. Ellos te seguirán un día en los caminos del espíritu. Las obras de misericordia corporal alisan el camino a las espirituales; las cuales lo hacen tan libre y llano, que la entrada de Dios en un hombre preparado en tal manera al divino encuentro se produce sin el conocimiento del propio individuo. Éste se encuentra a Dios dentro de sí y no sabe por dónde ha entrado. ¿Por dónde? Algunas veces tras una sonrisa, tras una palabra de piedad, tras un pan, ha empezado la apertura de la puerta de un corazón cerrado a la Gracia y ha empezado el camino de Dios para entrar en ese corazón. ¡Las almas! Son la cosa más variada que existe. Ninguna materia – y son muchas las materias que hay en la tierra – es tan variada en sus aspectos como lo son las almas en sus tendencias y reacciones.

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¿Veis este corpulento terebinto? Está en medio de un entero bosque de terebintos, semejantes a él en la especie. ¿Cuántos son? Centenares, mil quizás, quizás más. Cubren esta abrupta ladera de montes, dominando con su aroma áspero y saludable de resinas todos los demás olores del valle y del monte. Pero fijaos. Mil y más, pero no hay siquiera uno que en grosor, altura, corpulencia, inclinación, disposición, sea igual a otro, si se observa bien. Uno, derecho como hoja de cuchillo. Otro, vuelto hacia septentrión o mediodía, oriente u occidente. Uno, nacido todo en tierra; otro, allá, en un risco, que no se sabe ni cómo éste puede sostenerle ni cómo el árbol puede sostenerse tan pendiente en el vacío, casi haciendo de puente con la otra ladera que se alza sobre aquel torrente, ahora seco, pero muy turbulento en las épocas de lluvia. Uno retorcido, como si un cruel lo hubiera forzado cuando era todavía tierna planta; otro, sin defectos. Uno, acopado casi hasta el pie; otro, sin frondas, apenas con un penacho en su coma. Aquél, con ramas sólo en la derecha; aquel otro, frondoso abajo y reseco arriba, en la cima quemada por un rayo. Éste, muerto, que sobrevive en una obstinada rama, única, nacido casi en la raíz recogiendo un resto de savia que en lo alto había muerto. Y éste, el primero que os he señalado, hermoso a más no poder, ¿tiene, acaso, una rama, una ramita, una hoja - ¿qué digo diciendo una hoja, respecto a los miles que tiene? – igual a otra? Parecen iguales, pero no lo son. Mirad esta rama. ¿Cuántas hojas habrá en ese extremo? Quizás doscientas agujas verdes y finas. Y, no obstante, mirad: ¿hay una igual a otra, en color, vigor, lozanía, flexibilidad, aspecto, edad? No la hay. Así las almas. Hay tantas diversidades de tendencias y reacciones como almas existen. Y no es buen Maestro y médico de almas el que no sabe conocerlas y trabajarlas según sus distintas tendencias y reacciones. No es trabajo fácil, amigos míos. Se requiere estudio continuo, costumbre de meditar, que ilumina más que cualquier larga lectura de textos fijos. El libro que debe estudiar un Maestro y médico de las almas es las almas mismas. Tantas hojas como almas, y en cada hoja muchos sentimientos y pasiones pasados, presentes y en embrión. Por tanto, estudio continuo, atento, meditativo. Paciencia constante, aguante. Fortaleza en saber curar las llagas más pútridas para curarlas sin dar muestras de asco, cosa que humillaría al llagado, y sin falsa piedad, que, por no hacer sufrir descubriendo la podredumbre y no limpiar por temor a hacer sufrir la parte corrompida, deja que el mal se haga gangrena y corrompa todo el ser. Prudencia, al mismo tiempo, para no profundizar con modos demasiado rudos las heridas de los corazones, y para no infectarse con su contacto por alarde de seguridad que no se teme la infección al tratar con los pecadores. Y todas estas virtudes, necesarias para el Maestro y médico de almas, ¿Dónde hallan su luz para ver y entender; su paciencia, a veces heroica, para perseverar recibiendo frialdad, algunas vez ofensas; su fortaleza para curar sabiamente; su prudencia para no perjudicar al enfermo ni perjudicarse a sí mismo? En el amor. Siempre en el amor. El amor da luz a todo, da sabiduría, da fortaleza y prudencia; preserva de las curiosidades, que son vía de asunción de las culpas curadas. Cuando uno es todo amor, no pueden entrar en él ningún deseo ni ninguna ciencia sino los del amor. ¿Veis? Los médicos dicen que, cuando uno estuvo agonizando por una enfermedad, difícilmente vuelve a enfermar de ella, porque ya su sangre la ha recibido y la ha vencido. El concepto no es perfecto, pero tampoco yerra en todo. Pero el amor, que es salud en vez de enfermedad, produce eso que dicen los médicos, y para todas las pasiones no buenas. El que ama fuertemente a Dios y a los hermanos; no hace nada que pueda causar dolor a Dios y a los hermanos; por eso, incluso acercándose a enfermos 2

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del espíritu y viniendo a saber cosas que el amor hasta entonces había velado, no se corrompe con ellas, porque permanece fiel al amor y el pecado no entra. ¿Qué fuerza puede tener la sensualidad para quien ha vencido la sensualidad con la caridad? ¿Qué fuerza, las riquezas para quien en el amor a Dios y a las almas encuentra todo tesoro? ¿Qué, la gula, qué, la avaricia; qué, la incredulidad; qué, la acidia; qué, la soberbia: para quien sólo siente apetito de Dios; para quien se da él mismo, incluso él mismo, para servir a Dios; para quien en su Fe encuentra todo su bien; para quien se siente aguijado por la llama incansable de la caridad y obra incansablemente para dar alegría a Dios; para quien conoce a Dios – amarles es conocerle – y ya no puede ensoberdecerse, porque se ve cual es respecto a Dios? Un día seréis sacerdotes de mi Iglesia. Seréis, por tanto, los médicos y maestros de los espíritus. Recordad estas palabras mías. No seréis sacerdotes, o sea, ministros de Cristo, maestros y médicos de lamas, por el nombre que llevéis, ni por el indumento, ni por las funciones que ejerzáis, sino que lo seréis por el amor que poseáis. El amor os dará todo lo que se necesita para serlo; y las almas, todas distintas entre sí, alcanzarán una única semejanza: la del Padre, si sabéis trabajarlas con el amor». «¡Qué hermosa lección, Maestro!» dice Juan. «¿Pero lo lograremos algún día nosotros ser así?» añade Abel. Jesús mira uno y al otro, y luego pasa el brazo sobre los hombros de ambos y los estrecha contra sí, el uno a la derecha, el otro a la izquierda, y los besa en el cabello; y dice: «Vosotros lo lograréis, porque habéis comprendido el amor». Siguen andando todavía un tiempo, cada vez con más dificultad por la escabrosidad del sendero tallado casi en el borde del monte. Abajo, lejos, hay un camino, y se ve a la gente en camino por él. «Detengámonos, Maestro. Allí, ¿ves?, desde aquella plataforma de roca, los dos están descolgando hasta los viandantes un cesto con una soga, y tras la plataforma está su gruta. Ahora los llamo». Y, adelantándose, lanza un grito, mientras Jesús y Juan se quedan retrasados, ocultos tras tupidos arbustos. Pocos instantes y luego una cara… - llamémosla cara porque está encima de un cuerpo, pero podría llamarse también morro, monstruo, pesadilla… - se asoma por encima de unos arbustos de zarzamora. «¿Tú? ¿Pero no te habías marchado para los tabernáculos?». «He encontrado al Maestro y he vuelto atrás. ¡Él está aquí!». Si hubiera dicho “Yeohveh aleteo sobre vuestra cabeza”, muy probablemente habría sido menos repentino y revente el grito, el acto, el impulso de los dos leprosos – porque mientras Abel hablaba se había asomado también el otro – para echarse afuera, a la plataforma, en pleno sol, y para postrarse rostro en tierra gritando: «¡Señor, hemos pecado! ¡Pero tu misericordia es más grande que nuestro 3

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pecado!». Lo gritan sin siquiera asegurarse si Jesús está verdaderamente allí, o si está todavía lejos, en camino hacia ellos. Su fe es tal, que hace ver hasta lo que los ojos, por las llagas de los párpados y la rapidez con que ellos se han arrojado al suelo, sin duda, no han visto. Jesús avanza mientras ellos repiten: «¡Señor, nuestro pecado no merece perdón, pero Tú eres la Misericordia! Señor Jesús, por tu Nombre, sálvanos. Tú eres el Amor que puede vencer sobre la Justicia!». «Yo soy el Amor. Es verdad. Pero sobre mí está el Padre. Y Él es la Justicia» dice severo Jesús, avanzando con Juan por el sendero. Los dos alzan los desfigurados rostros entre las lágrimas que corren juntamente con sustancias purulentas. ¡Son rostros horribles de ver! ¿Viejos? ¿Jóvenes? ¿Quién es el siervo? ¿Quién es Aser? Imposible decirlo. La enfermedad los ha igualado, haciendo de ellos dos formas de horror y náusea. ¿Cuál debe ser el aspecto de Jesús para ellos, erguido en medio del sendero, envuelto de rayos de sol que encienden el color rubio de sus cabellos? No lo sé. Sé que le miran y se cubren el rostro gimiendo: «¡Yeohveh! ¡La Luz!». Pero luego vuelven a gritar: «El Padre te ha mandado ha salvar. Te llama su amor predilecto. En ti se complace. No te negará que nos des el perdón». «¿El perdón o la salud?» «Aunque Yo os perdone, queda todavía la justicia de los hombres; para ti sobre todo. ¿Qué valor tiene entonces mi perdón para hacer feliz a tu madre?» prueba Jesús, para provocar las palabras que espera para obrar el milagro. «Tiene valor. Ella es una verdadera israelita. Quiere para mí el seno de Abraham. Y para mí no existe ese lugar en espera del Cielo, porque he pecado demasiado». «Demasiado. Tú lo has dicho». «¡Demasiado!... Es verdad… Pero Tú… ¡Oh, aquel día estaba tu Madre… ¿Dónde está tu Madre ahora? Ella tenía compasión de la madre de Abel. Lo vi. Y si ahora oyera tendría compasión de la mía. ¡Jesús, Hijo de Dios, piedad en nombre de tu Madre!...». «¿Y qué haríais después?». «¿Después?» Se miran consternados. El “después” es la condena de los hombres, el desprecio, o la fuga, el destierro. Ante la perspectiva de la curación, tiemblan como por una incolumidad perdida. ¡Cuánto le importa al hombre la vida! Los dos, sorprendidos en el dilema de curarse y ser condenados por la ley de los hombres, o vivir leprosos, casi prefieren vivir leprosos. Lo dice, lo confiesan con estas palabras: «¡El suplicio es horrendo!». Lo dice, sobre todo, el que comprendo que es Aser, uno de los homicidas… 4

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«Es horrendo. Pero al menos es justicia. Vosotros ibais a aplicárselo a éste, inocente; tú, por sucios fines; Tú, por un puñado de monedas». «¡Es verdad! ¡Oh, Dios mío! Pero él nos ha perdonado. Perdona Tú también. Significa que moriremos, pero el alma se salvará». «La mujer de Joel fue lapidada por adúltera. Sus cuatro hijos viven en continúas privaciones con la madre de ella, porque los hermanos de Joel los han echado como a espurios, apoderándose de los bienes de su hermano. ¿Lo sabéis?». «Nos lo dijo Abel…». «¿Y quién los satisface por su desventura?». La voz de Jesús es un trueno, verdaderamente es voz de Dios Juez, y da miedo. Sólo bajo el sol, erguido y rígido, es figura de espanto. Los dos le miran con miedo. A pesar de que el sol debe sulfurar sus heridas, no se mueven; como tampoco se mueve Jesús, envuelto todo por el sol. Los elementos pierden valor en esta hora de almas… Pasa un rato y Aser dice: «Que Abel vaya donde mi madre, si quiere amarme del todo, y le diga que Dios me ha perdonado y…». «Yo no te he perdonado todavía». «Pero lo harás porque ves mi corazón… y que le diga que todos mis bienes vayan a los hijos de Joel, por voluntad mía. Sea que muera, sea que viva, renuncio a la riqueza que me ha hecho vicioso». Jesús sonríe. Se transfigura en la sonrisa, pasando del rostro severo al rostro compasivo, y, mudada voz, dice: «Veo vuestro corazón. Levantaos. Y alzad vuestro espíritu a Dios bendiciéndole. Separados como estáis del mundo, podéis iros sin que el mundo sepa de vosotros. Y el mundo os espera para procuraros la manera de sufrir y expiar». «¡¿Nos salvas, Señor?! ¡¿Nos perdonas?! ¡¿Nos curas?!». «Sí. Os dejo la vida, porque la vida es sufrimiento especialmente para quien tiene recuerdos como los vuestros. Pero ahora no podéis salir de aquí. Abel debe venir conmigo, debe ir como todos los hebreos a Jerusalén. Aguardad a que regrese, lo cual coincidirá con vuestra curación. Él se ocupará de llevaros al sacerdote y de avisar a tu madre. Yo le diré a Abel lo que debe hacer y cómo lo debe hacer. ¿Podéis creer en mis palabras, aunque me marche sin curaros?». «Sí, Señor. Pero repítenos que perdonas a nuestro espíritu. Esto sí. Luego todo vendrá cuando quieras Tú».

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«Yo os perdono. Renaced con un espíritu nuevo y no queráis volver a pecar. Recordad que, además de absteneros de pecar, debéis llevar a cabo actos de justicia encaminados a anular completamente vuestra deuda ante los ojos de Dios, y que, por tanto, vuestra penitencia debe ser continua, porque grande es vuestra deuda, ¡muy grande! La tuya, en particular, toca todos los mandamientos del Señor. Piensa y verás que ni uno queda excluido. Te olvidaste de Dios, pusiste a la carne como ídolo tuyo, transformarte las fiestas en días de delirios ociosos, ofendiste e infamaste a tu madre, contribuiste a matar y a querer matar, robaste la existencia y quería robar un hijo a una madre, privaste de padre y madre a cuatro niños, fuiste lujurioso, levantaste falsos testimonios, deseabas impúdicamente a una mujer que era fiel a su difunto esposo, deseaste los bienes de Abel, tanto que quisiste eliminar a Abel para apoderarte de ellos». Aser, ante cada una de estás proposiciones, gime: «¡Es verdad, es verdad!». «Como ves, Dios habría podido reducirte a cenizas sin recurrir al castigo de los hombres. Te ha preservado para que Yo pudiera salvar a uno más. Pero el ojo de Dios te vigila y su inteligencia recuerda. Podéis marcharos» y se vuelve y regresa a la espesura, junto a Abel y Juan, que habían buscado refugio bajo los árboles de la ladera. Y los dos, todavía desfigurados, quizás sonrientes – pero ¿Quién puede decir cuándo sonríe un leproso? – con la voz típica de los leprosos, estridente, metálica, carente de continuidad, con bruscas disonancias, entonan, mientras Él baja el monte por el sendero pavoroso, el salmo 116: Amo al Señor porque escucha el grito de mi oración… «¡Se sienten felices!» dice Juan. «Yo también» dice Abel. «Pensaba que los ibas a curar inmediatamente» dice Juan. «Yo también, como haces siempre». «Han sido grandes pecadores. Esta espera es justa para quien ha pecado tanto. Ahora escucha, Ananías…» «Me llamo Abel, Señor» dice sorprendido el joven, y mira a Jesús como para preguntarse: «¿Por qué se equivoca?». Jesús sonríe: «Para mí eres Ananías, porque verdaderamente pareces nacido de la bondad del Señor. Sélo cada vez más. Y, escucha. Al regreso de los Tabernáculos iras a tu ciudad y le dirás a la madre de Aser que haga lo que el hijo desea, y que ello sea llevado a cabo de la manera más solícita, dando todo como reparación, menos un décimo. Esto es por compasión hacia la madre anciana. Que ella, junto contigo, deje Belén de Galilea y vaya a Tolemaida, a esperar a su hijo, que, contigo, irá donde ella con su compañero. Tú, una vez alojada la mujer en casa de algún discípulo de la ciudad, iras por todo lo 6

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necesario para la purificación de los leprosos, y no los dejarás hasta que esté todo hecho. Que el sacerdote no sea de los que saben del pasado, sino de otros lugares». «¿Y después?». «Después vuelves a tu casa o te unes a los discípulos. Y ellos, los curados, tomarán el camino de la expiación. Yo digo lo indispensable. Y dejo al hombre libre de actuar después…». Bajan, bajan, incansables, a pesar de las asperezas del camino y el calor del sol… Incansables, y silenciosos durante mucho tiempo. Luego Abel rompe el silencio diciendo: «¿Señor, te puedo pedir una gracia?». «¿Cuál?». «Que me dejes ir a mi ciudad. Me desagrada dejarte, pero aquella madre…». «Ve. Pero no te demores. Apenas vas a tener tiempo de llegar a Jerusalén». «¡Gracias, Señor! La veré sólo a ella: una pobre anciana avergonzada de todo desde que Aser pecó. Pero ahora volverá a sonreír. ¿Qué debo decirle en tu nombre?». «Que sus lágrimas y oraciones han obtenido gracia y que Dios la anima a aumentar su esperanza, y que la bendice. Pero antes de separarnos vamos a detenernos una hora. No más. No es tiempo de altos en el camino. Luego tú irás por tu parte; Yo y Juan, por la mía, y por atajos. Y tú, Juan, te adelantarás. A donde mi madre. Le llevarás esta saca con la ropa de lino y vendrás con la de lana. Irás a decirle que quiero verla y que la espero en el bosque de Matatías, el de la mujer. Ya sabes. Habla a solas con Ella y ven pronto». «Sé dónde está el bosque. ¿Y Tú? ¿Solo? ¿Te quedas solo?». «Me quedo con mi Padre. No temas» dice Jesús alzando la mano y poniéndola sobre la cabeza del discípulo predilecto, que está a su lado sentado en la hierba. Y le sonríe mientras dice: «Pero deberíamos estar allí al caer de la tarde…». «Nunca está lejos lo que se hace con alegría… Pero tú pasarás la noche en Nazaret». «¿Y Tú». «Y Yo… Estaré con el Padre mío después de haber estado con mi Madre un poco. Y luego, al alba, me pondré en camino, tomando el camino del Tabor sin entrar en Nazaret. Ya sabes que tengo que estar en Yizreel a la aurora de pasado mañana».

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«Te vas a cansar mucho, Maestro; y ya lo estás». «Tendremos tiempo de descansar en invierno. No temas. Y no esperes poder ir evangelizando siempre con paz como aquí. Haremos muchas paradas…». Jesús agacha la cabeza, pensativo, dando mordiscos a su pan más para hacer compañía a los dos – los cuales, jóvenes y contentos de estar con el Maestro, comen con gusto – que por ganas de comida. Tanto es así que deja de comer y se sume en uno de sus silencios, respetado por los dos, que callan y descansan a la sombra fresca del monte, descalzos los pies para buscar frescura en la hierba nacida a los pies de los robustos troncos. Y se adormilarían incluso, pero Jesús alza la cabeza y dice: «Vamos. En la bifurcación nos separaremos». Atadas las sandalias, se ponen en camino. La sombra del bosque y el viento que viene de septentrión los ayuda a soportar la pesantez de esta hora todavía caliente, aunque ya no tórrida como en los meses de pleno verano.

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