El arte de curar en la antigua tragedia griega y en nuestros días León Febres-Cordero1 Conferencia pronunciada por León Febres

-Cordero en el Auditorio de la Escuela de Salud Pública y del Centro de la Facultad de Medicina de Enfermedades Infecciosas, Health Science Center en Houston, la Universidad de Texas, el 12 de octubre del 2011. “El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos”. J. L. Borges Al mirar La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp de Rembrandt, vemos un cadáver tendido en la mesa de quirófano, rodeado de médicos o estudiantes de medicina que asisten al acto como espectadores. Es el cadáver de un hombre, posiblemente el de un asesino. Un cadáver es un pedazo de carne conservada artificialmente o en proceso de descomposición. Ya no es un cuerpo, porque ha perdido una tensión vital, la tensión interna entre sus órganos. A su debido tiempo, cada uno de los que estamos en esta sala, nos convertiremos en ese cadáver tendido en la mesa de disección. Dada la relativa certeza de este destino, podemos hacernos una pregunta más bien vaga: Teniendo en cuenta que un cadáver es el estado final del cuerpo humano, ¿cuáles son los límites precisos de nuestro cuerpo? ¿Dónde comienza y dónde termina, mientras es un cuerpo vivo? Una respuesta rápida sería que comienza en el útero y que puede que termine en una mesa de disección, pero tal evidencia dice muy poco acerca de la realidad en movimiento del cuerpo y de los contornos difusos de esa realidad en movimiento, una singular realidad irreal que se podría denominar la realidad mórbida del cuerpo. A veces, cuando alguien muere tras una larga y dolorosa enfermedad, decimos que «por fin descansó» y ahora está en paz, o algo por el estilo. Este es un pensamiento iluso, pues somos nosotros, los familiares o amigos de la persona muerta, los que al fin podemos descansar y encontrar un poco de paz antes de volver a la lucha, al belicoso conflicto del estar vivos. También podríamos haber dicho, o escuchado decir, que «una parte de mí murió cuando ella murió», lo cual puede que se acerque más a la verdad del misterio de la muerte y la vida, pues sólo los vivos pueden morir y sólo los muertos pueden volver a la vida. Por consiguiente, ¿qué es lo que continua viviendo cuando alguien muere y qué es lo que continua muriendo cuando alguien vive? Dejemos por un momento de lado lo que entendamos por «alma», y concentrémonos en el cuerpo para tratar de entrar en contacto con esa realidad irreal que hace que los límites de un cuerpo sean tan extrañamente imprecisos. Supongamos que hemos dado un buen repaso a la Lección de Anatomía de Rembrandt y estamos a punto de dirigir nuestra atención hacia el siguiente cuadro en el Museo Mauritshuis. Las figuras de la pintura cobran vida repentinamente y el Dr. Tulp se quita el sombrero, mientras que el resto del grupo, fijado por el pintor casi para siempre en esa peculiar posición, comienza a desnudarse, y el cadáver se incorpora e intenta doblar el brazo izquierdo entumecido, mientras se dirige con
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los demás hacia la puerta después de ponerse la ropa, con el objeto de reunirse en una cervecería cercana para compartir una o dos pintas de cerveza y charlar acerca de lo que sentían cuando estaban estáticos en la pintura. Si eso llegara a suceder ante nuestros ojos, veríamos cómo cada figura, a medida que avanza, arrastra los pigmentos que pertenecen a otras figuras de la pintura, así como al transfondo de la sala, sus muros, columnas y la mesa con el libro abierto a los pies del cadáver o en las manos de uno de los médicos, posiblemente el De humani corporis fabrica de Andreas Vesalio. Si pudiéramos verlos caminar hacia la cervecería no podríamos distinguir claramente dónde termina un cuerpo y comienza el otro, ya que están inmersos en el tejido del lienzo y, al moverse, arrastran consigo partes y piezas del material junto a una variedad de pigmentos. Si hubieran sido actores que representan la pintura en un escenario, como parte de una obra de teatro, y abandonaran el escenario tras el telón final para dirigirse hacia la cervecería, y nos reuniéramos allí con ellos, nos parecería raro que hubieran sido aquellos que aparentaban y que ahora fueran lo que son, tras haber recuperado, por así decir, sus cuerpos originales. Este movimiento pendular dentro y fuera de la vida al que llamamos “arte” o “actuación” sólo es posible porque tenemos un cuerpo impreciso, un cuerpo que se mantiene unido por la tensión interna entre sus órganos en su lucha diaria por la vida, esa realidad en la que hacemos lo que sea para ser quienes somos… y en la que los demás también nos hacen algo, sólo por el hecho de que somos alguien. Así que a medida que hacemos lo que hacemos por ser quienes somos, hay algo que nos hacen los demás en su diario vivir, mientras hacen lo que hace que sean quienes son. Este “algo” que hacemos a los demás y que otros nos hacen a medida que vamos viviendo, es la base de la invisible área de morbidez en la que se teje la fábrica de nuestro cuerpo humano. Por lo tanto, parece que no existe una frontera clara entre nuestro cuerpo y el que tenemos al lado, así como no existe una frontera clara entre un órgano y otro, o entre la sangre y la piel. Por consiguiente, no somos uno sino por lo menos dos, y el conflicto surge cuando nos relacionamos con el otro, quienquiera que ese otro sea: padre, madre, esposa, esposo, estudiante, maestro, médico, paciente o ese otro desconocido que nos está mirando, sin darnos cuenta, buscando sacarnos de las entrañas aquello de lo que carece y ve en nosotros, con el fin de arrebatárnoslo —a veces incluso sin que nos lleguemos a percatar de haberlo tenido y perdido. Depredadores y presas viven y mueren en silencio en lo más recóndito de nuestro cuerpo mientras realizamos nuestros quehaceres diarios, y podemos hacerlo porque nuestros órganos se relacionan entre sí, a la vez que están inmersos en su noche primigenia de acciones y reacciones químicas. Cada vez que esta actividad silenciosa y continua falla o se interrumpe, la sentimos en el cuerpo como enfermedad y buscamos su tratamiento. Si el colapso se produce en ese órgano de órganos, esquivo y caprichoso, conocido como «la mente», el cuerpo entero fácilmente puede caer presa de un delirio inminente, tras haber renunciado a su independencia y autonomía de movimiento, a medida que avanza felizmente al son de fantásticas sugerencias, como un animal rumbo al matadero. Aquello que hasta ahora se encontraba oculto se hace patente para el espectador atento, una vez que la actividad interna que tenía lugar en la cavidad oscura de los órganos sale a la luz y vemos al que somos cuando estamos fuera de nuestro sano juicio. Entonces hacemos cosas raras, o sospechamos que nos las están haciendo a nosotros. Nuestro

delirio trae a la vista la realidad incandescente de la morbidez, la realidad irreal del cuerpo, de modo que pueda ser reconocida como tal, inspirando piedad y horror. Esto es lo que los antiguos griegos descubrieron cuando inventaron la tragedia. Lo que me gustaría compartir con ustedes hoy son los peculiares y saludables efectos de este característico y original invento griego, si lo vemos desde el punto de vista de la necesidad de la enfermedad, vale decir, desde el interior del cuerpo moribundo, el anfitrión de ese invitado desconocido e inoportuno que todos llevamos dentro mientras hacemos lo que sea que hagamos para convertirnos en quienes somos. Este punto de vista podría ser de alguna importancia para ustedes como médicos o estudiantes de medicina cuyo destino es relacionarse con la enfermedad en el cuerpo. Desde este lado de la pintura, o del escenario, podemos ver a la enfermedad como la paradoja de la vida en la muerte, ya que es la enfermedad, particularmente la enfermedad potencialmente mortal, la que le confiere vida a la muerte que llevamos en el cuerpo. Esta paradoja nos está diciendo que sin la muerte no podemos vivir, y que sólo porque llevamos la muerte con nosotros es por lo que podemos enfermarnos y, al reaccionar ante el movimiento antagónico que conduce a la muerte, vivir. Por lo tanto, es la muerte la que da vida, al igual que una madre da a luz. Una mujer embarazada lleva la muerte en su seno y, a menos que sufra un aborto involuntario, esa muerte recibirá vida en un ser humano mortal. Por lo tanto, lo que nace es un compositum de opuestos que tan pronto como empiece a respirar gritará al mundo el conflicto de su tensión interior, la tensión interior vital que se activa dentro de los tiernos órganos del bebé. La primera señal de conflicto aparece a medida que los padres pierden el sueño en su lucha por relacionarse con el recién nacido. Tomemos, por ejemplo, el mito del nacimiento de Aquiles, el héroe griego por excelencia, y de las celebraciones de su nacimiento a las que Eris, diosa de la Discordia, no fue invitada por Tetis, madre de Aquiles. La divinidad, menospreciada y ofendida, hizo de todos modos su aparición inesperada en la sala del palacio para maldecir al héroe bebé augurándole una muerte prematura, una muerte que le procuraría nada menos que Apolo, su propio padrino y protector. La madre se horrorizó con la maldición que en realidad salvó a su bebé de ser por siempre el héroe sin igual que estaba destinado a ser, puesto que fue dotado con el muy humano atributo que le regaló la diosa de la Discordia. En última instancia, la salvación consistía en el hecho de que ahora iba a morir y, es más, el dios de la medicina había sido asignado para matarlo. No es un secreto para nadie en la profesión médica que los médicos han tenido históricamente y en diversas épocas la fama infame de asesinos: si la enfermedad no te mata, el médico lo hará, decía el adagio. “El mejor licor medicinal tiene un buen veneno letal”, leemos en Devotions Upon Emergent Occasions, de John Donne. Pero ello no tiene nada de particular cuando se escucha y se ve desde la perspectiva de la tragedia: desde ese punto de vista tanto la enfermedad, como los médicos, se acercan al cuerpo para matarlo a la vida de manera que el aspecto terapéutico de la muerte afecte emocionalmente al paciente. Sólo entonces se llega a ser consciente de la cualidad más apreciada del cuerpo —su morbidez— y será a partir de entonces cuando uno podrá relacionarse con ella de manera tal que nos amiguemos con la vida. En este sentido, la pregunta

tan común “¿Por qué yo?” que uno se hace cuando lo golpea la desagradable irreal realidad de la enfermedad, no es otra cosa que la manifestación de la profunda ignorancia de las propiedades curativas de la enfermedad. Sin lugar a dudas, la aparición de la patología requiere de una cura y eso, y sólo eso, es lo que el profesional de la medicina puede ofrecer con honestidad, en caso de que un diagnóstico eficaz lleve a un tratamiento eficiente. Pero eso, en el caso de lo que estamos tratando de reflexionar hoy, deja las cosas poco más o menos como estaban: la muerte sigue anidada ociosamente en lo más íntimo del cuerpo, sólo que su exclusiva y salutífera capacidad transformadora ha sido menospreciada, perdiéndose por completo la valiosa oportunidad para la sanación que la enfermedad conlleva. Podemos detectar esta profundamente arraigada ignorancia acerca de la singular capacidad transformadora de la enfermedad, en la extendida retórica que ve en la enfermedad terminal —el cáncer, por ejemplo— algo contra lo que el médico y el paciente tienen que «luchar» cuando, en realidad de verdad, no hay cómo luchar contra una enfermedad, aunque sólo sea porque cualquier enfermedad es simplemente un instrumento del cuerpo para protegerse de la vida crónica y no un agente extraño que viene, Dios sabe de dónde, para perturbar al cuerpo. De hecho, la enfermedad perturba y puede ser fatal, pero esa fatídica perturbación es absolutamente necesaria para transformar la personalidad del paciente enfermo, ya que altera la actitud hacia aquellos con los que el paciente se relaciona, o con los que es incapaz de relacionarse, en su vida, incluyéndose, por supuesto, a sí mismo. El asunto principal de la vida consiste en relacionarse con los demás de una manera ética y responsable que tome en cuenta el sufrimiento de aquéllos con los que uno se relaciona, incluido el sufrimiento de uno mismo. Por lo tanto, la llegada de la enfermedad puede verse como una oportunidad de oro para educar al paciente en la realidad irreal que constituye el suelo común y compartido de la mortalidad, enalteciendo la conciencia del cuerpo como instrumento del alma, en la búsqueda de lo que nos proponemos hacer o lograr en esta breve existencia nuestra. Al hacerlo podemos darnos cuenta de que lo que nos hace seres humanos es el reconocimiento de la mortalidad del otro —tanto del que somos y en el que constantemente nos convertimos a medida que pasamos por la sucesión de transformaciones y muertes que cualquier forma de vida, sea ésta corta o larga, nos ofrece a todos por igual, así como de la mortalidad de aquellos con quienes nos ha tocado compartir nuestra vida, incluso si se trata simplemente del momentáneo intercambio con alguien desconocido que, al igual que nosotros, tiene un cuerpo cuya naturaleza mórbida se entretejió en el mismo trágico y viejo lienzo mientras entraba en la vida. Tras licenciarse en Caracas, León Febres-Cordero estudió la caracterización del mal en Londres, Zurich, Barcelona y Valladolid, donde se doctoró. A partir del estreno de “El último minotauro” en 1999, sus obras se han representado en escenarios de Venezuela, Europa y EE.UU., donde ha dictado conferencas y seminarios sobre el tema de la tragedia. Ha publicado “Penteo”, un volumen con seis obras de teatro, “En torno a la tragedia y otros ensayos” (Verbum, 2010), “Teatro” (Verbum 2010) y “Siete seminarios” (Verbum, 2011). Título original: “The Art of Healing in Ancient Greek Tragedy and Today.”

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