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SEMANA No.31 TIEMPO ORDINARIO CICLO A NOVIEMBRE/03/2011 PARROQUIA SAN JOSE, ATHENS GA Búscanos en: WWW.SCRIBD.COM/ORELLANA8582 Siguenos en: WWW.TWITTER.COM/JESUSHORASANTA

Monitor: Semana No. 31 del Tiempo Ordinario del Calendario Litúrgico, en la cual la Iglesia nos recuerda que Jesucristo, viene por los mas débiles, por los mas necesitados, por los que sienten necesidad de Dios sin olvidarse de los que no sienten necesidad de Dios, que en definitiva son los mas miserable, la Iglesia siempre nos recordara que ella estará para acercar a Dios a toda la humanidad, y es ella la que en estos ultimos tiempos nos llama y nos trae hacia Jesús, la Iglesia ahora es el camino que nos conduce a Jesús el Hijo de Dios. Es la Iglesia el instrumento que Dios utiliza para buscar a la oveja perdida. CANTO:---------------------------------------------------------------------Lector: Jesús, Señor y Pastor nuestro: te saludamos con alegría y te bendecimos, y te decimos lo felices que nos sentimos al estar aquí junto a ti. Todos: ¡Bendito y alabado seas, Señor Jesús! Gracias, Jesús, por tu amor. Gracias por querer tenernos contigo. Gracias por habernos traído a tu casa. Gracias por valorarnos tanto. Lector: La Eucaristía, “signo de unidad, lazo de la caridad”, es un compromiso serio con los hermanos. San Pablo ha sido el gran doctor de esta verdad, y es él quien nos guía hoy en nuestra reflexión. Jesús nos deja como sacrificio único de la Iglesia su propio Cuerpo y su propia Sangre, ofrecidos por Él en la cruz. “El cáliz de la bendición que consagramos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?” (1Corintios 10,16). Comulgar es hacerse “uno” con Cristo Jesús.

“ALEGRENSE CONMIGO, PORQUE ENCONTRE LA OVEJA QUE SE ME HABIA PERDIDO.”

Todos: ¡Bendito y alabado seas, Señor Jesús! Gracias, Jesús, por tu amor. Gracias por querer tenernos contigo. Gracias por habernos traído a tu casa. Gracias por valorarnos tanto. Lector: Entonces viene la consecuencia más natural. “Desde el momento que el pan es uno solo, somos también un solo cuerpo toda la muchedumbre que participamos de este único pan” (1Corintios 10,17) Los cristianos, al comulgar, dejamos de ser individualidades en la Iglesia, para convertirnos en un solo cuerpo. Por lo tanto, no cabe la división en la Iglesia. El odio, el rencor, la separación en la fe y en el amor, son incompatibles con Comunión. Todos: ¡Bendito y alabado seas, Señor Jesús! Gracias, Jesús, por tu amor. Gracias por querer tenernos contigo. Gracias por habernos traído a tu casa. Gracias por valorarnos tanto. Lector: Y San Pablo llega a otra consecuencia: a la comunicación de los bienes materiales. Es un absurdo y un crimen sentarse en la mesa del Señor uno que está harto de comida junto a otro que no tiene cómo llenar su estómago vacío. “Cuando se reúnen en asamblea, ya no es para celebrar la cena del Señor, pues cada uno se adelanta a comerse su provisión personal. Y mientras el uno se queda con hambre, el otro se emborracha a placer” (1Corintios 11,20-21) Todos: ¡Bendito y alabado seas, Señor Jesús! Gracias, Jesús, por tu amor. Gracias por querer tenernos contigo. Gracias por habernos traído a tu casa. Gracias por valorarnos tanto.

Lector: El Papa Juan Pablo II, en el Congreso Eucarístico de Sevilla, denunció severamente este hecho doloroso que se da en la sociedad actual, y que no debería existir en las iglesias que celebran el Misterio del Señor. Decía el Papa: “El sacramento de la Eucaristía no se puede separar del mandamiento de la caridad. No se puede recibir el Cuerpo de Cristo y sentirse alejado de los que tienen hambre y sed, son explotados o extranjeros, están encarcelados o se encuentran enfermos”. Todos: ¡Bendito y alabado seas, Señor Jesús! Gracias, Jesús, por tu amor. Gracias por querer tenernos contigo. Gracias por habernos traído a tu casa. Gracias por valorarnos tanto. Lector: Y añadía el Papa las palabras del Catecismo de la Iglesia Cató1ica: “La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres. Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros, debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos”. Todos: ¡Bendito y alabado seas, Señor Jesús! Gracias, Jesús, por tu amor. Gracias por querer tenernos contigo. Gracias por habernos traído a tu casa. Gracias por valorarnos tanto. Canto:-----------------------------------------------------------------------Lector: Lectura del Santo Evangelio según San Lucas: 15, 1-10. Todos: Gloria a ti, Señor.

Lector: Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a el para oírle. Los fariseos y los escribas murmuraban: este acoge a los pecadores y come con ellos. Entonces les dijo esta parábola: LA OVEJA PERDIDA ¿Quien de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en la estepa y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, se la pone muy contento sobre los hombros. Luego, al llegar a casa, convoca a los amigos y vecinos, y le dice: ¡alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido. Os digo que, de igual modo, habrá mas alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión. LA DRACMA PERDIDA o ¿que mujer, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una lampara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y les dice: alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido. Os digo que, del mismo modo, habrá alegría entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta. Palabra del Señor. Todos: Gloria a ti, Señor Jesús. Lector: MEDITACION PERSONAL EN SILENCIO DEL SANTO EVANGELIO Canto:------------------------------------------------------------------------

Lector: Te felicitamos, Señor Jesús, porque nos encontraste, a cada uno de nosotros: tu oveja descarriada, la moneda que se te había perdido. Te felicitamos y te damos gracias porque saliste a buscarnos, porque nos cargaste en los hombros y nos llevaste de vuelta a la seguridad de tu casa. ¡Qué inmenso es tu cariño! ¡Qué privilegio poder gozar de tu ternura en lugar de sufrir el castigo merecido! También hoy tu bondad no conoce límites: egoístas e ingratos, nos cargas cada vez de nuevo... Todos: ¡Bendito y alabado seas, Señor Jesús! Gracias, Jesús, por tu amor. Gracias por querer tenernos contigo. Gracias por habernos traído a tu casa. Gracias por valorarnos tanto. Lector: Te felicitamos, Señor Jesús, y te damos gracias porque no te cansas de buscar hasta encontrar en nosotros aquella moneda, pequeña quizás pero tan valiosa a tus ojos, la monedita de nuestros valores. Te haces nuestro servidor: enciendes la lámpara, - tú mismo eres la lámpara y barres los rincones de nuestra conciencia humana hasta encontrar nuestras cualidades. Nos limpias de polvo y de óxido, de tantas cosas sucias y negativas, y con alegría enseñas a todos el lado hermoso de esa pobre monedita que somos. Todos: ¡Alabado seas, Jesús, por tanta grandeza! •Glorificado seas por siempre! Gracias, Señor, por tenernos tanta confianza. Gracias por regalarnos tu alegría. Gracias por ofrecérsela a los extraviados y alejados. Lector: Te felicitamos, Jesús, por tu alegría. Te pones muy contento cada vez que permitimos que nos cargues; Te llenas

de gozo cuando puedes señalar al gran mundo de hoy el inapreciable valor de las cosas pequeñas y positivas. ¡Y qué contagiosa es tu alegría! Llega a los ángeles y llena el cielo, se enciende en nosotros y en nuestra comunidad cada vez que nos dejas solos para ir a buscar y a barrer en otra parte.
Todos: ¡Alabado seas, Jesús, por tanta grandeza! •Glorificado seas por siempre! Gracias, Señor, por tenernos tanta confianza. Gracias por regalarnos tu alegría. Gracias por ofrecérsela a los extraviados y alejados. Lector: Jesús sacramentado, aquí estamos junto a ti. Felices te contemplamos y te adoramos porque, no satisfecho con prestamos tus hombros, nos entregas todo tu ser: tu palabra y tu corazón, tu cuerpo y tu sangre, tu vida entera. Todos: ¡Alabado seas, Jesús, por tanta grandeza! •Glorificado seas por siempre! Gracias, Señor, por tenernos tanta confianza. Gracias por regalarnos tu alegría. Gracias por ofrecérsela a los extraviados y alejados. ¡Alabado seas eternamente, Jesús sacramentado! Bendícenos, hoy y siempre! Lector: Semana No. 31 del Tiempo Ordinario del Calendario Litúrgico en la cual la Iglesia celebra las festividades de Todos Los Santos y Fieles Difuntos, pero nosotros meditaremos sobre la festividad de Todos los Santos. Todos: Señor Jesús, Rey inmortal de los siglos y gozo del Cielo. Tú conquistaste la gloria luchando hasta la sangre, y quieres que yo la gane también con mi esfuerzo, aunque siempre con la ayuda fuerte de tu gracia. Dame generosidad para luchar de manera digna de ti y digna de mis hermanos que allí me esperan ansiosos. Madre María, Reina del Cielo, Reina de los Ángeles y de los Santos. En la peregrinación de la fe, Tú vas delante de mí y Tú eres mi auxilio en las pruebas de la vida. Con la Madre al lado, nada puedo temer. Al conquistar la gloria con la ayuda de tu intercesión, quiero ser una joya que Tú engastes en tu corona.

Canto:-----------------------------------------------------------------------Lector: Al tender nuestra mirada al Cielo, vemos la multitud inmensa de los que se salvaron, los cuales son una “imponente nube de testigos” que están viendo cómo luchamos, a la vez que nos animan cuando nos aseguran que “no tenemos aquí una ciudad permanente, sino que vamos en busca de otra futura”, la llamada Jerusalén Celestial, preparada por Dios para ser nuestra morada definitiva. El Espíritu Santo nos dice entonces: “Presten atención a cómo ellos coronaron sus vidas, e imiten por lo mismo su fe” (Hebreos 12,1; 13,14; 13,7) Todos: Señor Jesús, Rey inmortal de los siglos y gozo del Cielo. Tú conquistaste la gloria luchando hasta la sangre, y quieres que yo la gane también con mi esfuerzo, aunque siempre con la ayuda fuerte de tu gracia. Dame generosidad para luchar de manera digna de ti y digna de mis hermanos que allí me esperan ansiosos. Madre María, Reina del Cielo, Reina de los Ángeles y de los Santos. En la peregrinación de la fe, Tú vas delante de mí y Tú eres mi auxilio en las pruebas de la vida. Con la Madre al lado, nada puedo temer. Al conquistar la gloria con la ayuda de tu intercesión, quiero ser una joya que Tú engastes en tu corona. Lector: Esto nos da la ilusión de pasar por el mundo como unos cristianos de cuerpo entero. Unos cristianos que seamos lo que se ha expresado felizmente con cuatro palabras griegas que resumen toda nuestra vocación bautismal: unos cristólogos, unos cristóforos, unos cristófanos, unos cristodoros. Todos: Señor Jesús, Rey inmortal de los siglos y gozo del Cielo. Tú conquistaste la gloria luchando hasta la sangre, y quieres que yo la gane también con mi esfuerzo, aunque siempre con la ayuda fuerte de tu gracia. Dame generosidad para luchar de manera digna de ti y digna de mis hermanos que allí me esperan ansiosos. Madre María, Reina del Cielo, Reina de los Ángeles y de los Santos. En la peregrinación de la fe, Tú vas delante de mí y Tú eres mi auxilio en las pruebas de la vida. Con la Madre al lado, nada puedo temer. Al conquistar la gloria con la ayuda de tu intercesión, quiero ser una joya que Tú engastes en tu corona. Lector: Unos cristólogos, es decir, unos conocedores profundos de la

verdad de Jesucristo, que ha de dominar todas nuestras ideas, todo nuestro saber. Unos cristóforos, o sea, unos portadores de Cristo, porque lo llevamos siempre muy dentro de nosotros adondequiera que vayamos. Unos cristófanos, lo cual exige de nosotros el ser verdadera Epifanía de Cristo, porque lo revelamos, lo transparentamos y lo manifestamos a todos los que nos miran y tratamos. Unos cristodoros, finalmente, porque lo damos, con un apostolado ardiente y con mil obras de justicia y de caridad, a todos los hombres que lo necesitan y nos lo piden a gritos, ya que Cristo se nos da para que sepamos darlo con generosidad sin guardárnoslo encerrado egoístamente dentro de nosotros... Todos: Señor Jesús, Rey inmortal de los siglos y gozo del Cielo. Tú conquistaste la gloria luchando hasta la sangre, y quieres que yo la gane también con mi esfuerzo, aunque siempre con la ayuda fuerte de tu gracia. Dame generosidad para luchar de manera digna de ti y digna de mis hermanos que allí me esperan ansiosos. Madre María, Reina del Cielo, Reina de los Ángeles y de los Santos. En la peregrinación de la fe, Tú vas delante de mí y Tú eres mi auxilio en las pruebas de la vida. Con la Madre al lado, nada puedo temer. Al conquistar la gloria con la ayuda de tu intercesión, quiero ser una joya que Tú engastes en tu corona. Lector: La Eucaristía será el gran medio para vivir de este modo a ese Jesucristo, que fue el iniciador y que será el consumador y premio de nuestra fe. Conforme a la palabra del Señor, todos los que comulgan dignamente se hacen acreedores de la vida eterna. Los que hacen compañía a Jesús aquí en la tierra no se verán privados de Él en la otra vida. Y los que viven y aman y dan siempre a Cristo no serán ciertamente los párvulos del Cielo, con santidad y gloria mediocres, sino que serán los más privilegiados ante Aquel que “habrá dado a cada uno según sus obras” (Romanos 2,6) Todos: Señor Jesús, Rey inmortal de los siglos y gozo del Cielo. Tú conquistaste la gloria luchando hasta la sangre, y quieres que yo la gane también con mi esfuerzo, aunque siempre con la ayuda fuerte de tu gracia. Dame generosidad para luchar de manera digna de ti y digna de mis hermanos que allí me esperan ansiosos. Madre María, Reina del Cielo, Reina de los Ángeles y de los Santos. En la peregrinación de la fe, Tú vas delante de mí y Tú eres mi auxilio en las pruebas de la vida. Con la Madre al lado, nada puedo temer. Al conquistar la gloria con la ayuda de tu

intercesión, quiero ser una joya que Tú engastes en tu corona. Canto:-----------------------------------------------------------------------Lector: Al mirarte, mi Señor y mi Dios, en tu gloria, rodeado de la multitud tan incontable de tus santos que fueron como yo, pero que ya triunfaron, me lleno de nostalgia y de dulce envidia, y siento también el aguijón de su voz, que me estimula: ¡Venga, un poco nada más, sólo un poco, y estarás con nosotros para siempre!... Ilusióname, Señor, por alcanzar esa felicidad que nadie ha sospechado jamás cómo es, pero que llenará todas las ansias de mi corazón. Todos: Señor Jesús, Rey inmortal de los siglos y gozo del Cielo. Tú conquistaste la gloria luchando hasta la sangre, y quieres que yo la gane también con mi esfuerzo, aunque siempre con la ayuda fuerte de tu gracia. Dame generosidad para luchar de manera digna de ti y digna de mis hermanos que allí me esperan ansiosos. Madre María, Reina del Cielo, Reina de los Ángeles y de los Santos. En la peregrinación de la fe, Tú vas delante de mí y Tú eres mi auxilio en las pruebas de la vida. Con la Madre al lado, nada puedo temer. Al conquistar la gloria con la ayuda de tu intercesión, quiero ser una joya que Tú engastes en tu corona. Lector: El pensamiento de nuestro fin eterno en la gloria misma de Dios ha sido siempre el anhelo supremo de los hijos de la Iglesia. Aun-que me pregunto: ¿me doy cuenta de que aquella dicha es gracia y regalo de Dios, pero que es también premio que yo debo merecer con mi esfuerzo? La gloria celestial no está hecha para perezosos... Y al buscar ahora un signo de mi predestinación a la gloria, ¿pienso en la Eucaristía? Todas mis obras realizadas en la gracia de Dios me merecen el Cielo, pero la Comunión es la prenda más segura de salvación. Jesús tiene empeñada su palabra. ¿Cómo se entiende entonces la pereza en comulgar o el comulgar fríamente?... Todos: Señor Jesús, Rey inmortal de los siglos y gozo del Cielo. Tú conquistaste la gloria luchando hasta la sangre, y quieres que yo la gane también con mi esfuerzo, aunque siempre con la ayuda fuerte de tu gracia. Dame generosidad para luchar de manera digna de ti y digna de mis hermanos que allí me esperan ansiosos. Madre María, Reina del Cielo,

Reina de los Ángeles y de los Santos. En la peregrinación de la fe, Tú vas delante de mí y Tú eres mi auxilio en las pruebas de la vida. Con la Madre al lado, nada puedo temer. Al conquistar la gloria con la ayuda de tu intercesión, quiero ser una joya que Tú engastes en tu corona. Lector: Escribía el Papa Pío Xl: “Entre todo cuanto atañe al culto del Sacratísimo Corazón descuella la piadosa y memorable consagración con que nos ofrecemos, junto con todas nuestras cosas, al Corazón divino de Jesús”. El acto que se pone a continuación está inspirado en el tradicional de la Consagración del Género Humano, modificado ligeramente por el Papa Juan XXIII, y combinado con el ofrecimiento a Cristo Rey, del Papa Pío Xl. Todos:

de que la devoción al Corazón de Jesús produzca más copiosos frutos, procuren los fieles unir a ella estrechamente la devoción al Corazón Inmaculado de la Madre de Dios..., rindiéndole los correspondientes obsequios de piedad, de amor, de agrade-cimiento y de reparación... Nos mismo, en acto solemne, dedicamos y consagramos la santa Iglesia y el mundo entero al Corazón Inmaculado de la Santísima Virgen María. Todos: CONSAGRACIÓN AL CORAZÓN DE MARÍA Oh Señora y Madre mía, con amor filial me entrego y confío a tu Corazón Inmaculado. Me consagro del todo a Ti para que formes en mí a Jesús, el Hijo del Padre, y, con la acción del Espíritu Santo, me lleves hasta la plenitud de la vida divina, que te llenó enteramente a Ti. Me pongo en tus manos, humilde Sierva del Señor, para que me acompañes en el camino de la fe y sepa yo responder siempre a Dios con la misma generosidad tuya. Tú, que fuiste la discípula perfecta del Señor y guardabas, meditándolo en tu Corazón, todo lo que en Él veías, enséñame a mirar de continuo a Jesús, hasta salir una copia perfecta suya por la asimilación de sus palabras y sus sentimientos. Enciéndeme en amor a la Iglesia, y haz que me entregue y trabaje, en la medida de mis fuerzas, por la causa del Reino. Desde el Cielo, donde reinas, protégeme, aguárdame e intercede por mi. Enciérrame en tu Corazón de Madre, hasta que goce contigo de la Redención plena de Jesucristo en los esplendores de la Gloria. Amén. todos: Señor Jesucristo, Tú lloraste ante la tumba del amigo difunto, como habías llorado antes la muerte de José‚ en tu casa de Nazaret. Así te unías a nuestro dolor por nuestros seres queridos. Y, con tu propia pasión y muerte, ofrecías al Padre tu Sangre para la remisión de nuestros pecados y la purificación de nuestras almas. Te pedimos ahora por nuestros Difuntos. Por todos los de nuestras familias. Por todos los hijos de la Iglesia, que murieron en la esperanza de la resurrección. Por todos los que, sin haberte conocido, han muerto en la paz de Dios. Todos ellos han participado ya el misterio de tu muerte y han de participar también la gloria de tu resurrección. Por tu Cuerpo y tu Sangre, ofrecidos en el Altar, y adorados ahora por nosotros, acelera la purificación de nuestros hermanos difuntos, a fin de que contemplen ya sin velos tu gloria en el seno de Dios. Así sea.

CONSAGRACIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS Dulcísimo Jesús, Redentor nuestro, mírame en actitud humilde ante tu altar. Quiero pertenecerte del todo a Ti. Y para poder hoy unirme más íntimamente contigo, me consagro espontáneamente a tu Sagrado Corazón. Entre tantos que no te conocen; entre tantos que te blasfeman y no te aman; entre tantos que reniegan de su condición cristiana, yo quiero, respondiendo a tu gracia, rendirme del todo a tu amor. Con esta mi oblación a tu Corazón, quiero cooperar contigo en la salvación de mis hermanos: de los que se apartaron de Ti, de los que viven sin tu Gracia, de los que esparcen el error y atacan al Reino de Dios. Quiero corresponder a mi vocación bautismal viviendo con-forme a tu Evangelio. De esta manera todos mis pensamientos, deseos y acciones, serán dignos de Ti, de modo que pueda repetir siempre: “Todo por Ti, Corazón Sacratísimo de Jesús”. Así reconozco tu realeza y tu dominio de amor sobre mí. Renuevo mis promesas del Bautismo; renuncio a Satanás, y me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de tu Iglesia. Divino Corazón de Jesús, te ofrezco todo mi ser con todas mis pobres obras, a fin de obtener que todos los hombres te reconozcan como su Salvador y su Señor, de modo que todos juntos podamos cantar: Alabado sea el Divino Corazón de Jesús, por quien nos vino la salvación. A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Canto:-----------------------------------------------------------------------Lector: El Papa PÍO Xll, en su encíclica “Hautietis aquas” escribía: “A fin

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