El archivo zombie

Jazael Olguín Zapata
“Pero, para Derrida, la fiebre de archivo es más profunda, es como una pulsión de muerte y quizá a pesar de todo su afán de construcción, el arte de archivo también tenga un lado destructivo” Hal Foster

La palabra archivo se encuentra hoy en día más que presente en las discusiones que suceden desde el arte contemporáneo, su pertinencia aflora debido a que no sólo curadores y críticos trabajan con o desde un archivo, sino porque cada vez más artífices lo hacen a conciencia como material y eje discursivo de sus prácticas artísticas. Un archivo se manifiesta desde terrenos de ambigüedad que significan su naturaleza tanto real como ficticia y que supone una capacidad de visibilizar todo aquello que se escapa de la memoria o que tiene una carga de información marginalizada digna de ser rescatada, resguardada y expuesta. Un archivo se autoproclama como un recorrido errante, como un laberinto ambivalente sin instrucciones, cuyas únicas pistas son las coincidencias que el mismo irá somatizando durante su constante proceso de construcción. Pretender generar un archivo necesita siempre del entendimiento de que su conclusión es algo imposible, es decir, que un archivo se manifestará en todo momento como algo incompleto- y en el caso del archivo de Olivier Debroisecomo algo truncado por la muerte de quien lo conforma. Hablar de un archivo terminado supone pecar de ingenuidad: son proyectos inconclusos, ruinas apunto de acontecer, aventuras llenas de fisuras hondas. La pulsión por trabajar desde los archivos supone evidenciarlos por medio de discusiones, trabajar su construcción como materia, partir de ellos como generadores de discursos visuales, intentar rescatarlos del deshonroso olvido

(sea privado o público),reconfigurarlos e intervenirlos, visibilizarlos por medio de montajes, todas ellas son presentadas como posibles estrategias para construir una práctica artística archivística. En el caso del archivo Olivier Debroise es importante destacar la manera en la cual la curaduría fue trabajada y exhibida a manera de instalación, por medio de los dispositivos arquitectónicos y audiovisuales que constituyen Arkehia. La existencia de dicho espacio en el MUAC, (erguido como museo de arte contemporáneo por excelencia) no es para nada banal: se entiende que la manipulación de un archivo por medio de su montaje es una práctica que tiene una pertinencia fundamental dentro de las artes plásticas y visuales actuales. Aquí es importante entender que existe una problemática fundamental que nace de la traducción de un archivo guardado en cajas a un archivo expuesto como instalación dentro del espacio de exhibición museístico. Sin embargo, un archivo expuesto – aún con la ayuda de dispositivos arquitectónicos y audiovisuales- no logra superar la contradicción natural que le significa la ilegibilidad de sus contenidos por parte de un espectador acostumbrado a la fácil y rápida digestión de una exhibición dentro de un museo de arte contemporáneo, que no podemos dejar a un lado, se constituye como parte de una industria cultural cuya crisis principal supone la participación pasiva e infantil de los espectadores hacia con lo que es mostrado dentro de sus paredes. Un archivo no puede activarse sin una participación activa por parte de quien se sumerge en sus contenidos. En ese sentido, la exhibición de un archivo materializa por completo la gran problemática que significa la figura del espectador dentro del arte contemporáneo. Más allá de la discusión que gira en torno a un arte “relacional”, participativo o implicado, un arte archivístico merece por completo la existencia de un espectador que esté dispuesto a romper con la pasividad y la distancia simple y sencillamente porque sin su inmersión en los documentos expuestos el diálogo

resultaría imposible, más allá de un asombro “estético” por parte del espectador en cuanto al diseño de los dispositivos que disponen los contenidos. Un archivo se desenvuelve entre el desorden y la clasificación ¿qué papel jugarían los artífices y los espectadores dentro de este paradigma? ¿O es que la simple exhibición de un archivo es suficiente para superar la fractura entre quien lo constituye y quien lo activa, observa o investiga? Existe un estado “zombie" que envuelve cualquier archivo, es decir un estado entre la vida y la muerte (un estado de resurección en potencia) el cual debe de asumirse como característica fundamental y no debe de ser eludida clamando fórmulas (ya sea clasificatorias, ya sean de montaje) con las cuales supuestamente un archivo está "despierto" en todo momento y en todo lugar. Es más, considero que es esta imposibilidad la cual encierra todo el

interesante misterio que envuelve trabajar archivos. En ese sentido, podría decirse que cualquier archivo tiene esta contradicción vital como punto desde el cual debe de ser abordado. Esta contradicción, enmarcada dentro de los no-límites del arte contemporáneo, pienso, debe de ser trabajada desde una creatividad desbordada, desde un postura lúdica hacia con la información que se dispone. Esto no quiere decir que se busque promover una banalización de la misma

en pro de un simulacro de interactividad ( problema y crítica principal hacia mucho del llamado “arte relacional”). Me refiero más bien a dinámicas que detonen la reflexión y el trabajo con los archivos desde una postura de involucramiento del espectador hacia con los materiales, rompiendo con el estado estático y distante de los mismos. En ese sentido, el trabajo realizado por parte de los curadores hacia con el archivo Olivier Debroise más allá de la exposición (el blog, la implicación del twitter, la misma convocatoria a realizar un ensayo, etc) se manifiestan como posibilidades interesantes parar investigar nuevas maneras de abordar un archivo, de resucitarlo desde distintos niveles y

lugares. En realidad, la problemática del archivo se desborda hacia quienes no lo tienen presente como eje fundamental de sus prácticas. Me refiero a todos aquellos que trabajan con un banco de imágenes, generado o apropiado, el cual termina por definir las rutas discursivas que su trabajo recorre o detona. En ese sentido estos archivos (in)conscientes existen y muchas veces son compartidos, generando una red de archivos que circulan y se reproducen de manera libre. Es importante en este caso instigar a preguntarnos sobre las fuentes y rutas que los alimentan, los orígenes de donde rescatamos información, tal vez comprender que el “de dónde” no es en absoluto fútil. En el caso de quienes trabajan desde el archivo de archivos, Internet, considero fundamental por lo menos el cuestionarnos los por qué' s de recurrir a él cómo si fuera un demiurgo-que-todo-lo-abarca, afirmación que cada vez considero demasiado problemática y llena de visibles grietas.