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-… Aquí tengo que arreglármelas solito, sin Dios; de manera que mejor no haber tenido nunca

ninguno… porque si hubiese tenido que fabricarme un Dios, habría sido un Dios bueno, y seguro que
en España me habría dejado solo… El Dios del tercio y de los navarros no es un buen Dios.
-Se lo diré a mi madre –dije-, que su Dios está con el tercio.
-Te dirá que está bien que así sea; quizás en estos momentos está rezando una novena por el tercio y
por los navarros, el cura habrá predicado desde el púlpito: “Que vuestra novena a la Virgen de la
Asunción sea para invocar a Dios protección y fuerza para los ejércitos que combaten en su nombre y
por su gloria.”
-Odio a los españoles –dije.
-Porque han tirado de Dios como de una manta y te han dejado a ti al sereno, sin tu Dios y el de tu
madre. Sin embargo, en la República no hay Dios; allí están los que, como yo, lo han sabido desde
siempre, y los otros que tiemblan de frío porque la Falange ha tirado hacia sí toda la manta de Dios.

… Franco tenía una cara llana y lisa y los ojos fijos en el cielo. Llegué a la conclusión de que era uno
de esos hombres que, como muchos en mi pueblo y en Sicilia, parecían bajar de un retablo de altar, y
destruyen todo lo que un hombre puede destruir, roban y matan, y en el testamento dejan bienes a
iglesias y hospitales. […] Sereno y elegante, Franco era exactamente el hombre que acababa de
levantarse del reclinatorio de terciopelo, y no hay que esperar nada bueno de un hombre que reza en un
reclinatorio de terciopelo.

-¿Sabéis lo que fue la guerra de España? ¿lo que fue de verdad? Si no lo sabéis, nunca comprenderéis
lo que hoy sucede ante vuestros ojos, no entenderéis nada del fascismo, el comunismo, la religión ni el
hombre, no comprenderéis nada de nada, porque todos los errores y las esperanzas del mundo se
concentraron en aquella guerra; como una lupa concentra los rayos del sol y prende fuego, así ardió
España con todas las esperanzas y los errores del mundo.
Cuando llegué a España apenas sabía leer y escribir, leer el diario y la Storia dei reali di
Francia, escribir una carta a casa; y volví que me consideraba capaz de leer las cosas más arduas que
cualquier hombre pueda pensar y escribir. Sé porqué el fascismo no muere, y conozco las cosas que
deberían morir con él, y todo lo que tendría que morir en mí y en todos los otros hombres para que el
fascismo muriera para siempre.
“Hoy España, mañana el mundo”, decía Hitler en las octavillas de propaganda que nos tiraban
los republicanos; lo pintaban con un brazo extendido sobre España y escuadrillas de aviones que
parecían partir de su gesto, y la tierra de España con una corona de caras de niños llenas de lágrimas.
“Hoy España, mañana el mundo”, decía Hitler, y yo sentía que no eran palabras inventadas en función
de la propaganda; todo el mundo sería como España, hacer saltar la banca en España no significaría que
el juego hubiera terminado. Excepto Mussolini, nadie quería jugar en España todas sus bazas.

Los anarquistas me gustaban; los verdaderos, claro está. Con gente como ellos es difícil ganar
una guerra, más bien se pierden todas sin remedio; observando como han ido las cosas, he llegado a la
conclusión de que si en la República hubiera habido más comunistas y menos anarquistas, Franco no
hubiese ganado; al igual que es imposible vivir con los demás sin parar de decirles lo que uno piensa de
ellos, tampoco puede hacerse una guerra como la española tirando bombas a todas las cosas que uno
odia. Y los anarquistas odiaban demasiadas cosas: a los obispos y a los estalinistas, las estatuas de los
santos y las de los reyes, los monasterios y las casas de prostitución; morían más por lo que odiaban
que por lo que amaban, por eso tenían un coraje de locos y sed de sacrificio, cada uno de ellos se sentía
un poco como Jesucristo y creía que su sangre redimiría el mundo. Y es comprensible que cuando uno
quiere que lo crucifiquen, cuando no quiere ser sino una imagen de sacrificio, no necesita oficiales que
le indiquen cuál es el momento oportuno de actuar y cuál el de parar. Un anarquista, y puedo
equivocarme, porque mi juicio se basa en sus acciones y nada sé de su doctrina, un anarquista se
considera a sí mismo una bomba hecha para ser lanzada y explotar; y lo mismo que en una acción uno
está impaciente por lanzar la granada que tiene en la mano a la primera señal o movimiento del
enemigo, así también el anarquismo está impaciente por lanzarse a sí mismo y explotar contra las cosas
que odia. Podíais pedirle a un anarquista, desde una trinchera frente a la suya, su rancho alegando
hambre, seguro que hubiese venido a traéroslo con alegría; o quizá su fusil, si el vuestro estaba
encasquillado; pero un minuto después, incluso sin fusil, habría dado el asalto a vuestra trinchera con
todo el odio que llevaba dentro.
Hasta en una guerra como esa hacía falta ser hipócrita, los comunistas lo eran; si desde el primer
momento ellos hubieran tenido las riendas de la situación, en las iglesias de la República hubiese
habido tedeum y no tiro al blanco; de curas que sin pensárselo dos veces aceptaran cantar misa por las
victorias de la República para no acabar ante un pelotón de milicianos, habrían encontrado a patadas.
Los burgueses españoles, los buenos burgueses que van a misa, mataban a millares de campesinos por
ser campesinos, sólo por eso, y el mundo cerraba los ojos para no ver; en cambio, el primer cura que
calló bajo el plomo de los anarquistas, la primera iglesia entregada a las llamas, hicieron saltar el horror
al mundo entero y determinaron el destino de la República. En el fondo, matar a un cura por el simple
hecho de ser un cura, es más justo que matar a un campesino por el simple hecho de serlo; un cura es
un soldado de su fe, un campesino no es sino un campesino. Pero el mundo no quiere saber nada de ese
asunto.

Fragmentos de “El Antimonio”, de Leonardo Sciascia.