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Con abucheos había sido recibido, todo porque había jugado en el Olímpico de Primavera, pero aun así, venía

a demostrar por qué había sido escogido para ocupar el puesto al que venía. Pidió una camiseta con un número que no fuera histórico por el respeto que tenía por esos delanteros que había visto jugar mientras crecía y con ella en la espalda y el escudo en el pecho, juró defender los colores verde, blanco y negro del Primavera Futbol Club, rival de patio del Olímpico, hasta la muerte. El día de su primer partido, demostró la garra, entró en el segundo tiempo para reemplazar a Pérez, el actual goleador del equipo. La tribuna le gritaba de todo, desde mercenario hasta hijo de puta, él demostró su profesionalismo y entregó el corazón en cada jugada que tuvo, es más, luchó cada balón hasta el final, lo siguió hasta la línea y nunca lo dio por perdido, fue tal su lucha, que como en el futbol muchas veces hay premios, en una jugada donde González, el número ocho, hizo un túnel sobre el defensa para dejarlo atrás y dejar a nuestro nuevo, odiado, jugador, éste, con su camiseta de dos dígitos, poco histórica, marcó el gol que le dio la victoria al Primavera, una victoria histórica. ¿Lo gritó? ¡Claro que lo gritó! ¿Quién no grita un gol, más cuando es con ellos con los que debes ganarte a la hinchada más grande y popular de Granada? La victoria fue histórica porque el tricolor llevaba diez años sin ganar el primer partido de la temporada. Los abucheos, las puteadas, se quedaron en silencio y al final, todo el estadio se unió en un aplauso para elogiarlo por su esfuerzo.

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Siguió jugando, su número cada vez se veía más y más en las nóminas titulares del Primavera, tal vez por la lesión de Pérez, pero igual, entregaba el corazón con cada encuentro que disputaba. Acosaba a los rivales, corría hasta el cansancio, es más, se enojaba con el técnico cuando éste lo veía exhausto y decidía cambiarlo en los segundos tiempos. No marcaba goles, pero igual, ponía algunos y era tan peligroso que con sus especulaciones era capaz de arrastrar todas las marcas rivales y abrir caminos que llevaban a la victoria del Primavera. Los dos siguientes goles con la camiseta del tricolor fueron marcados en la copa de Tribus, una copa realizada en honor a las diferentes aglomeraciones tribales que había en Granada. Fueron dos conquistas que mostraron su sed de gol, ambas en un partido de ida y vuelta, la final de éste torneo y en el cual el Primavera se mostraba desordenado y solo dos búsquedas de nuestro goleador de camiseta poco heroica, que nunca se dio por vencido, le dieron el par de conquistas con el que el equipo verde empató el marcador en el global. Penales, dijo el pitido que indicó el final del partido. Como todos saben, esta lotería ha sido de las cosas más injustas que tiene el fútbol, porque unos pueden abrazar la gloria y llegar al cielo, mientras otros, con sus yerros son capaces de caer al infierno, al olvido y no volver a salir de allí.

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El campeón de la Copa Tribal, se iba a definir de esta manera y uno a uno fueron desfilando los cobradores, cinco por cada equipo, cinco conversiones para cada uno. Ahora se venía la tanda de uno y uno, el “Maestro” Méndez cobraba por el Antiguo del Altiplano y Martínez, arquero del Primavera, iba a tratar de detenerlo. Pero, por más que se estiró y se esforzó para alcanzarlo, no lo logró. Y el “Maestro” convirtió. El turno, ese sexto, un penal, la gloria o el infierno, le tocaba a nuestro goleador de camiseta de dos dígitos, elegido la figura del partido por su lucha, su garra, su búsqueda y que esta vez le tocaba definir si la serie desde los doce pasos seguía adelante o se terminaba ahí. Caminó esos treinta y cinco kilómetros que representa el trayecto entre el centro del campo y el punto penal, González, el arquero rival, se veía gigante, pero a él no le importaba, iba a ser la consagración con el equipo que ahora defendía, era demostrarle a la hinchada que estaba para grandes cosas. Acomodó la bola sobre el punto, miró a los ojos a González y empezó a tomar carrera. La tribuna se silenció, el corazón se le aceleró, el pitido anunciando el cobro sonó, el delantero se destapó en una carrera hacia el balón, extendió su pie derecho, lo abrió para golpear la esférica con el borde interno. Poco a poco la pelota fue 4

acomodándose, buscando el ángulo donde el arquero no pudiera alcanzarla. González se estiró, cerró los ojos y pidió al cielo que la bola no entrara. Y como los penaltis, son la gloria y el infierno. La gloria enviada por el cielo, hizo que algo fuera arrastrando la pelota hasta el ángulo superior izquierdo, allá donde dicen que se tejen las telarañas y cuando nuestro goleador estaba alzando las manos para celebrar, se estrelló el balón contra la parte interior del vertical y salió despedido hacia el otro palo buscando ingresar, pero no, allí golpeó en la parte exterior y no entró. Las manos alzadas del goleador se fueron a su cabeza y las lágrimas empezaron a correrle por el rostro. La hinchada volvió a sus puteadas, a decirle traidor, pese a que fue el que les dio la esperanza del título así fuera en los penales, es más algunos amenazaron con matarle, por mercenario. El delantero fue lapidado por la prensa, por la hinchada, pero sus compañeros y el técnico, conscientes de la lotería que significaban los penaltis, le dieron su apoyo. La Copa Granada, esa copa que significaba una estrella al campeón y el orgullo de demostrar que era el mejor equipo del país, siguió su camino y nuestro goleador también, pese a que cada vez que tocaba el balón el público lo abucheaba y le gritaba arengas amenazantes, sin importar los goles que estaban llevando al Primavera 5

al título lentamente. Es más, él mismo estaba punteando la tabla de artilleros y aun así, la hinchada seguía odiándolo. ¿Goles son amores? Parecía que no. Con sus goles, su lucha, su garra y su entrega cada minuto por los colores del Primavera, el delantero de los dos dígitos en la espalda, ayudado por el resto del equipo, llevaron a la hinchada a disfrutar de una nueva final, esta vez, contra el Olímpico de Primavera, el eterno rival, el equipo del frente, ese clásico que desde siempre ha significado un partido aparte, ese equipo en el que nuestro delantero había besado la gloria y se había convertido en un temible matador. Los dos partidos, el de ida y vuelta se presentaron sosos, el goleador, el de los dos dígitos a la espalda, se convirtió en el jugador más abucheado en la historia del futbol granadino en un partido de tal índole, ambas hinchadas lo odiaban, ambas hinchadas tenían algo por qué putearlo, los del Olímpico por haberse ido al eterno rival, los otros por un penal errado y haber jugado en ese equipo que hoy enfrentaban. Pese a su lucha, a su búsqueda, a su trabajo arduo, el delantero no logró embocarla en ninguno de los dos partidos, es más ambos encuentros hicieron de ésta final, el primer enfrentamiento para definir título que no tuvo goles en los ciento ochenta minutos.

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Nuevamente la lotería, esos penales temidos, esos penales que se convierten en el karma para cualquier equipo. Esta vez, volvían a pasar los cinco cobradores de cada equipo, eso sí, cada uno convirtió cuatro anotaciones y erró uno. El Olímpico había empezado cobrando, así que ahora en el uno a uno, sería quien empezara a definir esta final para elegir al campeón. Martínez se dispuso bajo los tres palos, Arteaga, el volante central del Olímpico sería su rival en este momento. Las dos hinchadas se quedaron expectantes, el jugador del Olímpico tomó impulso y apenas escuchó el pitido del árbitro, se soltó en una carrera interminable que lo llevó a impactar la pelota tan por debajo que se elevó, se elevó y se elevó, tanto que se convirtió en un bonito recuerdo para algún visitante de la tribuna popular que la tomó en sus manos. Ahora venía el delantero de los dos dígitos, que esta vez recorrió tal vez, ochenta kilómetros, los abucheos hacían ese camino mucho más largo, más cuando lo puteaban y lo odiaban las dos hinchadas y tal vez las dos buscaban que errara para tener más motivos para gritarle cosas. Dispuso el balón sobre el punto blanco, tomó su carrera y esperó a que el árbitro pitara. Esta vez no miró a 7

Castro, el arquero del Olímpico, esta vez no miró a la tribuna, esta vez no iba a alzar los brazos. El sonido del pito le entró por los oídos, al igual que los pitidos que bajaban como una oleada desde las tribunas que pedían su error y así su condena al olvido en la historia de ambos equipos. Esta vez no abrió el pie, esta vez no. Simplemente apretó un puño en su mano derecha, levantó la cabeza, empezó su carrera e impactó el balón con fuerza, Castro se arrojó hacia el lado derecho, el balón entró por el centro del arco, nadie podía hacer nada, el Primavera era campeón y el delantero de los dos dígitos era héroe y villano para quien lo odiara o lo amara. Para un color u otro. No levantó los brazos, pero si corrió llorando, con la misma lágrima que le había mojado el rostro la vez anterior, abrazó al técnico y le agradeció el apoyo. La hinchada del Olímpico lo insultó hasta el cansancio, ahora si era el traidor. La del Primavera, no lo aplaudió, no le gritó nada, pero celebró hasta el cansancio. Él, su camiseta de dos dígitos y demás hazañas, hoy descansan en el museo del Primavera, donde es recordado por propios y extraños, como el héroe y el villano de una temporada, ese hombre al que la hinchada odió mucho, pero que les dio la gloria de un título y la más grande alegría, un título venciendo al rival de patio, 8

un título marcando el último penal contra su antiguo equipo.

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