Tema 12 El Epipaleolítico/Mesolítico: Zona Cantábrica y litoral atlántico José Manuel Quesada López 1. El Aziliense 1.1.

Historia de la investigación La cultura epipaleolítica conocida como Aziliense se extendió ampliamente por la vertiente suroccidental del continente europeo a partir del 12.000 BP. Esta nueva manifestación cultural halló acogida excelente en las llanuras del Perigord, los Pirineos franceses y la Cornisa cantábrica. Fue el prehistoriador E.Piette quien definió por primera vez esta industria, a principios del siglo XX, a partir del yacimiento pirenaico francés de Mas d´Azil. No hubo que esperar mucho tiempo para su reconocimiento en cuevas cantábricas como Valle, El Pendo, Cueva Morín o El Castillo. Desde entonces hasta prácticamente la década de los ochenta, los orígenes del Aziliense cantábrico se interpretaron en clave difusionista: según tal propuesta, las ocupaciones azilienses peninsulares eran resultado de un proceso de expansión o difusión industrial originado desde el importante foco cultural del suroeste de Francia. En torno a los años ochenta se comienzan a valorar los orígenes autóctonos del Aziliense cantábrico y sus raíces en las tradiciones del Magdaleniense superior final. Hay otros aspectos relacionados con la imagen de la cultura aziliense que han cambiado igualmente con el paso de los años. Durante mucho tiempo, la comparación con la exuberante cultura magdaleniense convirtió al Aziliense en un momento de “pobreza” o “decadencia” cultural. Pero desde la década de los ochenta la imagen del Aziliense se revalorizó de manera más positiva, coincidiendo con una reinterpretación del Epipaleolítico en la historia de la humanidad. De este modo, aun reconociendo algunos aspectos de cierto matiz regresivo, como la desaparición de manifestaciones artísticas parietales, la cultura Aziliense incorporó otros elementos representativos de un progreso notable. De hecho, hay cierto consenso en considerar que las comunidades humanas epipaleolíticas y sobre todo mesolíticas se caracterizaron ante todo por su excelente capacidad de adaptación (tecnológica y socioeconómica) a las nuevas condiciones ambientales postglaciares, asegurando la supervivencia con máxima eficacia, rentabilidad y habilidad. En buena medida, este proceso de readaptación hunde sus raíces en los últimos tiempos del Magdalenienses superior final, tal como podemos comprobar en ciertos elementos instrumentales y modos de subsistencia económica. Esa continuidad cultural en modo alguno debe interpretarse como inmovilismo: más al contrario, las poblaciones azilienses no vacilaron en incorporar las innovaciones estratégicas y tecnológicas necesarias para garantizar su

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supervivencia en el nuevo mundo postglaciar. De hecho, acontecimientos tan trascendentales como la desaparición del magnífico Arte rupestre paleolítico son indudable manifestación de una nueva realidad cultural, sociológica y territorial muy distante de las tradiciones magdalenienses. 1.2. Dispersión y cronología Las primeras muestras industriales azilienses en la Cornisa cantábrica vienen a coincidir con los primeros síntomas inequívocos del calentamiento del Alleröd (11.800 B.P.). Los niveles azilienses más antiguos se superponen a los últimos niveles magdalenienses, bien directamente, bien tras capas arcillosas estériles que son la huella indeleble de las inundaciones registradas en las cuevas a raíz del aumento de las lluvias registrado en el Alleröd. Lluvias que desmantelaron muchos de los niveles azilienses más antiguos y han dificultando la reconstrucción de tan tempranos momentos. No obstante, podemos rastrear los más remotos orígenes del Aziliense cantábrico en algunas cuevas, donde los procesos lluviosos no originaron, por fortuna, la desaparición de los primeros niveles azilienses: Cueva Oscura de Ania y La Lluera (cuenca del Nalón) y Los Azules (cuenca del Sella). Pero la mayoría de los niveles azilienses conocidos nos sitúan en torno al 11.000 BP., es decir hacia el Dryas III, debido a las mejores condiciones de conservación. Hoy en día conocemos más de una treintena de yacimientos con niveles consistentes de este cultura, desde Asturias hasta el País Vasco: Asturias.- El poblamiento aziliense más intenso se concentra en la cuenca media del Nalón y en la cuenca media del Sella. En la primer área debemos destacar La Paloma y Cueva Oscura de Ania, muy próximas a la ciudad de Oviedo. En la segunda hemos de mencionar dos cuevas muy próximas, La Riera y Cueto de la Mina, emplazadas de manera estratégica en plena llanura costera. Pero el yacimiento más relevante por ahora es Los Azules, un abrigo ubicado en la cuenca media del Sella cuya secuencia resulta trascendental para marcar la evolución del Aziliense cantábrico a lo largo del tiempo. Cantabria.- Los niveles azilienses se distribuyen a lo largo de todo el territorio: Meaza y Pila para la región occidental; Cueva Morín, Pendo y Castillo para la cuenca del río Pas; Rascaño y Piélago para el entorno montañoso del Miera; Otero, Chora y Valle para la región oriental de la provincia. País Vasco.- Los yacimientos con niveles azilienses aparecen por todo el territorio: Arenaza en el extremo más occidental; Atxeta y Santimamiñe en el entorno próximo al estuario de la ría del Guernica; Silibranka y Bolinkoba en el área montañosa de la cuenca alta del río Ibaizabal; Lumentxa, Ermittia, Urtiaga, Ekain y Erralla en las cuencas del Deva y Urola; y finalmente, en el extremo oriental los yacimientos de Aitzbirtate Berrobería y Zatoya (estos ya en Navarra). La mayor parte de los niveles documentados permiten

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reconstruir la secuencia aziliense que se desarrolla a lo largo de dos mil quinientos años, sobreviviendo a las alternativas ambientales del Alleröd, Dryas III y Preboreal. Las dataciones más antiguas se remontan hasta bien entrado el 11.000 BP. como demuestra la fecha del nivel aziliense 3.e3 de Los Azules (11.320±360 BP.); las dataciones más recientes nos sitúan hacia el 9.500 B.P. tal como demuestra la fecha del nivel 3a de aquel mismo yacimiento (9.430±120 BP.), aunque podemos encontrar dataciones muy controvertidas y dudosas hasta el 8.700 BP. <aquí Figura 12.1.tif> <Figura 12.1. Yacimientos azilienses citados en el texto.> <aquí Cuadro de texto 12.1.rtf> 1.3. La industria lítica La industria aziliense revela de manera perfecta la simbiosis entre la herencia Magdaleniense superior final y la incorporación de innovaciones tecnológicas ajustadas a las nuevas necesidades de adaptación. El legado magdaleniense se aprecia en el recurso a instrumentos tan tradicionales como los raspadores, muescas, denticulados, raederas u hojitas de dorso. Mientras que la puesta en práctica de innovaciones tiene como mejor exponente la incorporación de una serie de piezas trabajadas en laminillas, conocidas como puntas azilienses, microgravettes y hojitas de doble dorso. Otro aspecto no menos relevante de la industria aziliense es el descenso importante de algunas piezas tan tradicionales como los buriles y de buena parte de las herramientas óseas. Entre los rasgos más relevantes de la industria aziliense tenemos la microlitización: la tradición de realizar piezas de dimensiones muy pequeñas conocidas como microlitos. Las tecnologías microlíticas se utilizaron profusamente durante el Magdaleniense, pero alcanzaron mayor repercusión en el Aziliense, cuando no solo se aplicaron para elaborar las tradicionales hojitas de dorso sino para reelaborar útiles convencionales como los raspadores. Desde los primeros tiempos azilienses aparecieron los raspadores microlíticos, realizados con lascas de dimensiones muy reducidas y con frecuentes fracturas en su base, interpretadas como roturas por uso o como un dorso elaborado de manera intencionada para permitir su enmangue. Entre las piezas más comunes debemos recordar los raspadores unguiformes (así llamados por su peculiar forma de uña) y los raspadores circulares de muy pequeño tamaño (llamados disquitos raspadores). Pero la muestra principal de la microlitización aziliense son las laminillas, muy numerosas en la mayoría de los yacimientos azilienses, por ejemplo representan la mitad del utillaje en Cueva Oscura de Ania, Los Azules, La Riera o Ekain. Predominan las laminillas de borde abatido, así llamadas porque presentan el típico

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dorso en un borde (obtenido por retoque abrupto) y filo contrario natural, tal como se realizaban en los tiempos magdalenienses. Pero aparecen por primera vez otras piezas microlaminares, muy parecidas a lo que la terminología francesa llama armaduras, por lo general laminillas apuntadas de borde abatido y filo contrario natural, que presentan distintas formas. Las hojitas de doble dorso son pequeñas laminillas alargadas con los dos filos abatidos por retoque abrupto. Las microgravettes son laminillas apuntadas, estrechas y muy alargadas, que poseen un dorso rectilíneo o ligeramente curvado abatido. Finalmente, las puntas azilienses son laminillas de distintos tamaños pero relativamente anchas, con el dorso curvado. <aquí Figura 12.2.tif> <Figura 12.2. Instrumental lítico aziliense de Los Azules (TresguerresVelasco, 1981). Descripción de piezas.- 1-10. Raspadores; 11. Denticulado; 12-13. Raederas; 14-42. Laminillas de dorso; 43. Laminilla de doble dorso; 44-46. Microgravettes; 47-53. Puntas azilienses.> La presencia de piezas microlaminares permitió contar con herramientas ligeras y versátiles a pesar de su pequeño tamaño. Los microlitos no suelen superar los 4-5 cm de longitud, tamaño que impidió a buen seguro un uso manual individual, resultando más versátiles adheridas con resina a vástagos de madera o hueso, dando lugar a lo que se conoce como herramienta compuesta. Hay más incertidumbre a la hora de reconstruir la función precisa de estas herramientas, máxime cuando muchos microlitos parecen constituir componentes estandarizados idóneos para una gama muy amplia de actividades: podrían haber servido como puntas flechas o como pequeños dientes de arpones, hojas u hoces. Hay vestigios arqueológicos que podrían avalar el uso como puntas/dientes en armas de caza: de hecho se han hallado microlitos sujetos con resina a fustes de madera; microlitos con fracturas debidas a impactos; incluso microlitos clavados en huesos de animales y de seres humanos. Los experimentos realizados con las réplicas de arcos y flechas hallados en yacimientos nórdicos han mostrado el gran poder de penetración de estas pequeñas piezas y su letalidad para provocar hemorragias, dañar músculos, romper arterias y lesionar otros órganos vitales. En este sentido, la propia variación de las formas microlíticas podría responder a una readaptación técnica para conseguir mayor capacidad de penetración, potencial para producir cortes profundos y simetría para garantiza la máxima estabilidad direccional de la flecha. La abundancia del utillaje microlaminar contrasta con la penuria de unos instrumentos tan tradicionales como los buriles: muy pocos ejemplares, realizados en su mayoría de manera tosca y sencilla. La desidia por estas piezas está posiblemente relacionada con otra indolencia relevante: la pobreza de instrumentos realizados en hueso/asta.

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1.4. La industria ósea La industria realizada en hueso/asta resulta muy pobre y poco versátil, a la par que muestra una simplicidad técnica inhabitual en tiempos pasados. Los instrumentos más comunes son punzones, que en muchas ocasiones no constituyen más que pequeñas y sencillas esquirlas aguzadas sin muchas complicaciones técnicas. El repertorio óseo contiene además unas pocas azagayas, espátulas y pequeñas esquirlas apuntadas por ambos extremos, que suelen interpretarse como anzuelos planos. Los objetos de adorno se reducen a unos pocos caninos perforados de ciervo y a conchas de moluscos también perforadas –sobre todo de la especie llamada Trivia-, utilizados como colgantes. En el pobre panorama de la industria ósea sobresalen los arpones, un auténtico fósil-guía para el período. Los arpones azilienses son muy distintos de los arpones magdalenienses: presentan una forma fusiforme, sección aplanada y dientes angulosos recortados en sus lados. Hay arpones que cuentan con una hilera de dientes y otros con dos hileras. Los hay que no presentan perforación en la base, pero otros poseen una peculiar perforación en forma de ojal (circular durante los primeros tiempos azilienses). La mayoría de los arpones carecen de decoración; los pocos ejemplares decorados presentan motivos sencillos no figurativos. La imagen general que desprenden estos arpones dista mucho del preciosismo de los arpones magdalenienses, lo que no resta en modo alguno eficacia desde un punto de vista funcional. Por lo común, la función del arpón se asocia con las actividades pesqueras pero hay ciertos especialistas que recuerdan su posible utilización como arma de caza. En cualquier caso hubo de ser un instrumento esencial para las comunidades azilienses si consideramos, por ejemplo, que en Los Azules se han recuperado unos ochenta restos de tal clase. Dentro del capítulo de los arpones debemos destacar el excepcional ejemplar recuperado en el nivel 3 de Los Azules. Se trata de arpón muy peculiar por varias razones: su notable tamaño (20 cm), los dientes ganchudos que sobresalen del fuste, su forma estilizada y superficie cuidadosamente pulida, así como su exquisita decoración geométrica. Esta se compone de un entramado de líneas oblicuas grabadas tanto en el fuste como en los dientes. La elaborada ornamentación, su tamaño y su cuidadoso tratamiento, revelan a juicio de J.A. Fernández-Tresguerres mucho más que una funcionalidad cazadora: podríamos hallarnos ante un objeto con una impronta ritual o simbólica. En realidad, la fórmula decorativa de Los Azules aparece reproducida en fragmentos de arpones procedentes de otros niveles azilienses asturianos, pero de la región central (como La Lluera y Cueva Oscura de Ania). Parecidos que nos recuerdan que la tendencia de aislamiento territorial que arrastraron las comunidades azilienses no provocó la total desaparición de las redes intergrupales a larga distancia.

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<aquí Figura 12.3.tif> <Figura 12.3. Arpones de Los Azules (Tresguerres-Velasco, 1981). Descripción de piezas.1: arpón con perforación circular de una hilera de dientes. 2-3: arpones con perforaciones ovales y una hilera de dientes. 6: arpón decorado en anverso y reverso, con detalle añadido de las dos decoraciones sucesivas superpuestas (a/b).> <aquí Figura 12.5.tif> Figura 12.4. Instrumental óseo y arte mueble aziliense (TresguerresVelasco, 1981). Descripción de piezas.- 1. Azagaya (Los Azules); 2-5. Biapuntados (Los Azules); 6. Punzón (Los Azules); 7: Azagaya (Los Azules); 8. Azagaya decorada (Ekain); 9. Colgante decorado (Rascaño); 10. Posible colgante decorado (La Chora); 11. Punzón decorado (Valle); 12. Espátula decorada (Los Azules). La escasa contribución de la industria ósea parece guardar relación con la relevancia de materias primas alternativas como la madera, recurso que representó a buen seguro una opción muy propicia en las condiciones de reforestación del período. Por desgracia, no se han hallado objetos de madera en el Aziliense cantábrico, a diferencia de otras regiones europeas. Recordemos que en los yacimientos maglemosenses de los pobladores de los bosques daneses se han recuperado numerosos instrumentos de madera: arcos, arpones, nasas, puntas dentadas, piraguas... Nada de esto se ha recuperado en nuestros yacimientos cantábricos, aunque las numerosas escotaduras y denticulados conservados en éstos podría tener una relación inmediata con las tareas de trabajo sobre madera, que tan importantes han sido a lo largo de la historia, como demuestra la etnografía. <aquí Cuadro de texto 12.2.rtf>

1.5. Los medios de subsistencia Las comunidades azilienses practicaron un modelo de subsistencia que continuaba tradiciones magdalenienses a la par que incorporaba otras innovaciones implicadas con las transformaciones medioambientales. En este sentido, hemos de tener en cuenta que los cambios registrados en la Cornisa cantábrica no resultaron tan drásticos como otras regiones europeas. Nada parecido a las vicisitudes de los cazadores azilienses que ocupaban otras zonas del continente, por ejemplo las llanuras del sureste de Francia, que tuvieron que cambiar por completo sus tradicionales modos de vida al desaparecer las manadas de renos por su migración hacia latitudes más septentrionales siguiendo

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el retroceso de los hielos. Los cazadores cantábricos no tuvieron que recurrir a cambios drásticos. De hecho, la nómina de especies registrada en los yacimientos cantábricos azilienses es idéntica a la reconocida en los tiempos magdalenienses: ciervos, cabras, corzos, rebecos, jabalíes, caballos, bóvidos... Entre todos ellos, el ciervo representó probablemente el principal recurso alimenticio, complementado con la cabra y con una relativa intensificación de los animales de impronta boscosa (corzo, rebeco, jabalí) que no parece ajena a la reforestación generalizada que se produjo en este período. Las concentraciones de restos de ciervo en los yacimientos costeros prueban la relevancia de la caza de las manadas que poblaban los distintos entornos de las tierras bajas: llanuras, marismas y valles litorales. Los informes de La Riera, Ekain o Urtiaga revelan que los ciervos agruparon dos tercios de los animales capturados: muchos ciervos eran jóvenes, lo que certifica la cacería intencionada de las manadas que poblaban las masas boscosas. Pero hay también cervatillos recién nacidos, lo que prueba que se arrebataron de las madres mientras permanecían desvalidos en las parideras apenas con un par de días de vida (por otra parte, costumbre habitual desde al menos el Solutrense). Hay un incremento de las cacerías de las especies típicas de los entornos arbolados, como los corzos y jabalíes (estos últimos probablemente relacionados con nuevas armas de caza y estrategias de captura), y un retroceso de las especies típicas de espacios abiertos, como los caballos, grandes bóvidos y bisontes. Los cazadores azilienses sostuvieron además cacerías de cabras en las áreas interiores amparadas por entornos más escarpados: lugares ideales para mantener cazaderos de cabra, como Rascaño o Piélago en el curso medio del río Miera. Los datos registrados en estos lugares registran un dominio exagerado de restos de cabra, que vendrían a representar las tres cuartas partes de las capturas. La mayoría son animales adultos, si bien se aprecia un discreto incremento de juveniles, tal como sucede con el ciervo. También aquí se observa un leve incremento de animales acostumbrados a entornos arbolados, en concreto de rebecos. La caza constituyó una fuente de alimento crucial para las poblaciones azilienses, pero no por ello hemos de olvidar otros recursos alimentarios alternativos procedentes de las áreas litorales. Desde principios del Alleröd hay pruebas de una intensificación de las prácticas de recolección de ciertos recursos acuáticos, en particular de algunos moluscos marinos como las lapas y en menor medida los bígaros o caracolillos marinos (cuyo consumo era una costumbre desde tiempos magdalenienses). Debió ser tal el consumo de tan pequeños animales que el depósito aziliense de La Riera suministró ocho mil conchas, la mayoría de una variedad grande de lapa conocida como Patella vulgata (80%) y de manera más esporádica del caracolillo llamado Littorina littorea. La presencia de estas dos especies ha sido reconocido en otros yacimientos: La Pila, La Chora, Urtiaga, Santimamiñe, e incluso en yacimientos interiores como Los

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Azules. Hemos de tener en cuenta que la recogida de lapas y caracolillos era una costumbre tradicional desde los tiempos magdalenienses y la manera más práctica de explotar los bajíos litorales accesibles, protegidos de las acciones del oleaje. La presencia de restos de pescados constituye otra prueba del consumo de recursos acuáticos, si bien la pesca tampoco fue una innovación aziliense pues conocemos numerosos restos de peces en yacimientos magdalenienses como Tito Bustillo. La contribución precisa de la pesca en la dieta aziliense está todavía por dilucidar, pues no son muchos los datos conocidos: la cueva de Los Azules proporcionó vértebras, mandíbulas y espinas de truchas y salmones (aún por cuantificar), lo que certificaría prácticas de pesca fluvial posiblemente relacionadas con la abundancia de arpones. En los últimos momentos del Aziliense tenemos registrado un cambio importante en los objetivos de estas actividades marisqueras, que hemos de interpretar como resultado de los cambios climáticos definitivos del período postglaciar. Los yacimientos cantábricos testimonian un abandono de la recolección de grandes lapas (Patella vulgata) y caracolillos de mar (Littorina littorea): las primeras sustituidas por una modalidad pequeña de lapa (Patella intermedia) y la segunda por el bígaro (Monodonta linneata). Estos cambios son el reflejo de la subida de las temperaturas de las aguas del mar, que provocó la desaparición de especies de clima frío y su sustitución por otras especies de aguas más templadas. Y además, revelan la ampliación intencionada del área de recogida desde los estuarios y otras áreas protegidas hasta zonas más comprometidas y más expuestas a la acción del oleaje. La Riera proporciona otra prueba relevante de la necesidad de aumentar la base de recursos: la aparición por primera vez de restos de peces marinos y de equinodermos o erizos de mar. La incorporación de las prácticas de pesca en mar abierto representó una nueva fuente de alimento a la par que nuevo reto, aunque lo más probable es que las primeras prácticas de pesca marítima no necesitaran de técnicas complejas: podríamos hablar mejor de una “recolección”, mediante el uso de palangres en la pleamar, sencillos anzuelos suspendidos por lajas de piedra, o simples redes colocadas en las embocaduras de pequeños estuarios. Mucho más complicado es discernir la contribución precisa de los recursos vegetales a la dieta aziliense. Los pocos restos macrobotánicos y polínicos impiden una reconstrucción fidedigna, pero parece sensato pensar en una intensificación de las prácticas recolectoras en este momento, pues la subida de las temperaturas y humedad arrastró el incremento generalizado de las masas forestales. Esta reforestación permitió a buen seguro contar con una nutrida variedad de frutas carnosas, frutos secos, raíces, tubérculos, semillas y otros muchos recursos vegetales. 1.6. La sociedad

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Desconocemos la organización social de las comunidades azilienses, que podrían haber mantenido parte de los rasgos sociales de sus antepasados magdalenienses. No obstante durante las primeras etapas del Aziliense hemos apreciado ciertos indicios indudables de cambio que inducen a pensar cuando menos en la crisis de los modelos sociales tradicionales. La desaparición del arte rupestre es la mejor expresión de la crisis social, que provocó a buen seguro la desaparición de los antiguos modos de organización sociológica y territorial. Las bandas azilienses parece que intentaron mantener el sistema territorial de tiempos magdalenienses: un establecimiento de campamentos residenciales en la costa y el traslado hacia campamentos interiores en la estación más benigna del año. Pero también hay síntomas de cambio en el comportamiento territorial respecto de sus predecesores magdalenienses. Por de pronto, algunas secuencias de yacimientos interiores como Los Azules parecen responder mejor a campamentos residenciales (acaso temporales), en los que se realizaba un amplio abanico de actividades. Por otra parte, hay rasgos que apuntan hacia una restricción de la movilidad residencial de los grupos, hacia una mayor estabilidad territorial: la utilización cada vez mayor de materias primas líticas locales es un claro reflejo de la reducción de las áreas de explotación de recursos. Las prácticas de enterramiento resultan infrecuentes en el Aziliense cantábrico. No parece que dentro del sistema de mentalidades se contemplara un desarrollo destacado del comportamiento ceremonial ligado al enterramiento. De hecho, las costumbres funerarias solo se han reconocido en el nivel 3b de la cueva de Los Azules, datado en torno al 9.500 BP. Este enterramiento consiste en una inhumación individual en una fosa de 2x1.3 metros y una profundidad de 40 cm., que contenía los restos de un varón tendido sobre la espalda, con una edad próxima a los cincuenta años. El suelo apareció cubierto con ocre y presentaba además numerosos restos en torno al cadáver: instrumentos líticos y restos de talla, herramientas en asta, un canto sobre el vientre, más cantos pintados en manganeso y dos arpones planos. Dentro de la fosa aparecieron una serie de conchas de un molusco peculiar llamado modiola, (a pesar de que la costa se situaba a unos 30 km), encajadas unas en otras de manera intencionada. Las comunidades azilienses cantábricas tuvieron que enfrentarse a nuevos retos surgidos de los cambios ambientales postglaciares como, por ejemplo, la reducción de los territorios tradicionales de explotación. La subida del nivel de las aguas marinas debida al deshielo continental originó la inundación de buena parte de la plataforma continental, lo que provocó serias contrapartidas para las comunidades humanas, como la reducción de los territorios de provisión de alimento y la limitación severa de los desplazamientos residenciales. El prehistoriador norteamericano L. G. Clark ha llamado la atención sobre las condiciones de progresivo aislamiento de las bandas azilienses, que arrastró consigo una

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alteración drástica de antiguos códigos de comportamiento: el incremento de la territorialidad local de las bandas, la atomización grupal y, como colofón, la descomposición del antiguo orden de los tiempos magdalenienses. Esto último pudo a buen seguro colapsar el sistema de valores tradicionales, modificar los criterios de territorialidad y exigir nuevas respuestas adaptativas y la adopción inevitable de nuevos sistemas de relación intergrupal. Es en estas circunstancias cómo debemos entender procesos de tal importancia como la desaparición del imponente arte parietal de tiempos pasados. 1.7. El arte La expresión más señalada de la crisis de los antiguos códigos sociales paleolíticos fue la desaparición del magnífico arte rupestre cantábrico: no tenemos en el Aziliense rastro alguno de aquellas extraordinarias representaciones rupestres de los tiempos magdalenienses. Esta ausencia es reveladora del cambio drástico experimentado en los códigos sociológicos y en la concepción del universo de las comunidades cazadoras-recolectoras que vivieron el tránsito postglaciar. Las representaciones artísticas mobiliares no desaparecieron por completo pero también experimentaron su crisis: las sofisticadas representaciones de los tiempos magdalenienses desaparecieron y dejaron paso a manifestaciones más esporádicas, con una apariencia sencilla y humilde. El arte mueble aziliense muestra una pobreza decorativa y una extremada sencillez en los motivos, en su mayoría esquemáticos, pues no hay rastro alguno de las representaciones figurativas del arte magdaleniense. Las decoraciones se limitan a grabados esquemáticos muy simples, como puntuaciones (caso de la espátula de la cueva del Valle) o incisiones longitudinales con pequeños puntos adosados, ya grabados en colgantes (por ejemplo en Rascaño), ya en huesos sin transformación alguna (La Chora, Los Azules). El repertorio de imágenes artísticas mobiliares se completa con los cantos pintados: guijarros decorados con motivos geométricos muy simples, puntos, líneas o manchas, por lo común en tonos negros y rojizos. Nos hallamos ante un tipo de manifestación artística muy alejada de las representaciones naturalistas que caracterizaban a las antiguas plaquetas magdalenienses. Los cantos pintados abundan en las cuevas francesas (encabezadas por Mas d´Azil) pero no así en los yacimientos cantábricos, donde los hallazgos son más bien esporádicos y su apariencia artística mucho más simple. Existen cantos pintados en Los Azules, Pindal, Balmori, La Riera y Cueva Morín. La simplicidad estética que desprenden estas representaciones parece situarnos ante un código mental muy distinto de los tiempos magdalenienses pero no por ello menos complejo: en este sentido, Couraud no duda en relacionar un complejo lenguaje para los cantos pintados franceses, a tenor de la compleja muestra de combinaciones, asociaciones y potenciales significados.

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<Figura 12.5.tif> < Figura 12.5. Cantos pintados azilienses de El Pindal (1) y Los Azules (2-4).> 2. El Postaziliense oriental 2.1. Las industrias Las poblaciones postazilienses de la mitad oriental de la Cornisa cantábrica son muy poco conocidas por la pobreza de yacimientos y la penuria de trabajos controlados en la mayoría de ellos. Entre los yacimientos mejor conocidos tenemos Tarrerón en Cantabria y Santimamiñe junto a la Ría del Guernica. Este último constituye por ahora un punto de referencia indiscutible para reconstruir los modos de vida de los últimos cazadores-recolectores del Cantábrico oriental. La característica principal de las industrias reconocidas en estos yacimientos es el amplio predominio de los instrumentos de sustrato (por ejemplo, en Santimamiñe IV representan la mitad del instrumental lítico): muescas, denticulados y raederas de muy distinto tipo, con elementos tan curiosos como las láminas retocadas estranguladas. Las proporciones de raspadores y buriles son mucho más discretas y la relación de instrumental microlítico de retoque abrupto incluso más modesta. Dentro de este último grupo aparecen por primera vez unos microlitos muy peculiares hasta entonces desconocidos: son los llamados geométricos, manufacturados a partir de pequeñas laminillas trabajadas recurriendo no solo a las técnicas tradicionales sino a nuevos procedimientos técnicos como el llamado microburil (consistía en marcar una pequeña muesca en la laminilla y agrandarla sucesivamente mediante retoques). De este modo se podían diseñar piezas con una marcada silueta geométrica: triángulos, rectángulos, trapecios, segmentos de círculo... Hay una cueva que no pertenece al área oriental pero que proporciona una buena imagen de cómo se produjo la incorporación de los geométricos: Marizulo, situada en el límite entre las provincias de Asturias y Cantabria. En este yacimiento, se puede evaluar perfectamente el tránsito desde un Epipaleolítico antiguo de fuerte tradición aziliense (nivel III) hasta un Epipaleolítico más evolucionado que ya presenta las típicas piezas geométricas (nivel II). La industria ósea es muy pobre y escasa. La mayoría de las pocas piezas son herramientas apuntadas, ya auténticas azagayas o puntas, ya meros huesos aguzados sin muchas complicaciones técnicas. Para completar este parco repertorio debemos añadir algunas espátulas y, de manera ocasional, las esquirlas apuntadas por sus dos extremos, posiblemente anzuelos planos. En suma, un tipo de industria que revela la tradición paleolítica, que presenta ciertas concomitancias con la industria ósea asturiense y que acusa la “competencia” de materias primas como la madera. 2.2. Los medios de subsistencia.

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Los yacimientos del período participan de una situación estratégica ideal para la explotación conjunta de recursos boscosos, montañosos y acuáticos. La nómina de animales cazados en Arenaza y Santimamiñe aparece dominada por el ciervo, pero hay también proporciones respetables de jabalí y corzo, además de una presencia más bien anecdótica de bóvidos: La caza se orienta por tanto hacia los animales típicos de los bosques y masas forestales, lo que guarda inmediata relación con la intensa reforestación registrada en el óptimo postglaciar. Los yacimientos ubicados en medios montañosos, como Las Pajucas, presentan un dominio amplio de cabra, acompañado de rebeco. La presencia de un animal peligroso como el jabalí coincide con la aparición del perro en el nivel II de Marizulo, prueba de la domesticación de su ancestro salvaje y de su posible empleo como auxiliar para la caza. Los moluscos litorales, las aves y acaso los peces constituyeron una parte importante de la dieta entre los habitantes de Santimamiñe, una circunstancia nada sorprendente por la amplia variedad de recursos que suministraría la ría de Guernica. Los niveles postazilienses de esta cueva presentan tal acumulación de caparazones que pueden considerarse auténticos concheros: la mayoría de conchas pertenecen a moluscos habituados a las áreas fangosas, particularmente ostras, pero también hay en menor medida almejas y más testimonialmente mejillones y lapas. El conchero de Santimamiñe contenía una proporción relevante de restos de aves, procedentes de entornos muy distintos: bosques (cárabo, ratonero, arrendajo y paloma zurita), zonas acuáticas (ánade y avefría), montañas (chovas) y campo abierto. La diversidad de las especies y el dominio de aves de tamaño notable parece asegurar su captura por los seres humanos, merced a trampas o la caza con flechas de corte transversal elaboradas a partir de microlitos geométricos. La presencia de especies migratorias tanto invernantes como estivales apuntan a una ocupación prolongada durante todo el año. Desgraciadamente, la pesca no la tenemos bien documentada pues no hay más restos que sepia en Santimamiñe, para cuya adquisición habría sido necesario el desarrollo de las pertinentes prácticas de navegación. En los yacimientos interiores como Berrobería, Las Pajucas o Tarrerón, hay caracoles de tierra, en ocasiones formando verdaderos concheros. <Figura 12.6> <Figura 12.6. Yacimientos postazilienses y concheros asturienses citados en el texto.> 3. Los concheros asturienses 3.1. Dispersión y cronología

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El Asturiense es la denominación que recibe la cultura mesolítica más peculiar de la Cornisa cantábrica, que se extendió por el oriente de Asturias y por el occidente de Cantabria desde un momento aproximado al 9.500 BP. La representación típica de esta cultura es el «conchero»: niveles plagados de caparazones de moluscos, cementados en duras brechas entre un amasijo de piedras, cascajos y otros restos arqueológicos. Los niveles asturienses representan por lo general el punto final de las secuencias estratigráficas en la mayoría de las cuevas y abrigos. En muchas ocasiones los niveles de concheros fueron arrasados o desmantelados por la reactivación de los cursos de agua: los ríos que surcaban muchas cuevas se llevaron la mayor parte de sus depósitos y tan solo dejaron retazos testimoniales y pequeños de brechas, adheridas a las paredes y techos, sin duda un pobre testimonio para una época que transcurrió durante casi tres mil años. La primera descripción del Asturiense se debió al Conde de la Vega de Sella, un noble afincado en tierras del oriente asturiano aficionado a la Prehistoria. En los primeros años del siglo XX halló restos de estos peculiares concheros en varias cuevas (La Riera, Cueto de la Mina y Penicial) próximas a su casa familiar, que recordaban los yacimientos nórdicos llamados kjökkenmöddinger. En un principio, la presencia entre los restos de conchas de unos particulares instrumentos de cuarcita, sencillos y toscos, muy similares a los cantos trabajados del Paleolítico inferior creó no pocas incertidumbres sobre la cronología de los concheros, cuestión que solucionó Vega del Sella al determinar la cronología postpaleolítica mediante argumentos geológicos y paleoambientales (por ejemplo, la adscripción climática de las especies). Los sucesivos estudios realizados por prehistoriadores como M. González Morales y G. A. Clark acabaron por perfilar las características de tan peculiar cultura. Estos estudios permitieron delimitar su dispersión por el estrecho corredor costero del oriente asturiano (excepcionalmente por las primeras colinas montuosas de las sierras prelitorales) y por la franja costera occidental de Cantabria. En la zona nuclear de esta cultura, la comarca de Llanes, se ha documentado más de un centenar de concheros en un territorio de 40 km. de longitud y 4 km. de anchura: los más conocidos son Penicial, Bricia, La Riera, Cueto de la Mina, Tres Calabrés, Coberizas, Arnero, Balmori, Fonfría, Mazaculos y Colombres. La gran acumulación de concheros en tan angosto territorio revela la densidad del poblamiento y la explotación intensiva de los territorios circundantes. El número de concheros desciende de manera notable en Cantabria, aunque la presencia de sitios importantes como La Meaza o el yacimiento al aire libre de Liencres es significativo de campamentos de ocupación relevantes (aunque este último ha sido atribuido en trabajos recientes a los tiempos neolíticos e incluso calcolíticos). Tan peculiares concheros comenzaron a aparecer hacia el 9.500 BP., coincidiendo por entonces con los niveles azilienses más tardíos. Pero el Asturiense se convirtió en la cultura dominante durante el

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período 9.000-7.000 BP., pues es entonces cuando se concentran la mayoría de las dataciones C14 conocidas en los concheros. No obstante todavía contamos con ocupaciones tardías, posteriores al 7.000 BP., como Bricia (6.800±160 B.P.) y nivel B1 superior de La Riera (6.500±200 BP.). Hay que esperar hasta el 6.000-4.000 B.P. para contemplar en algunos concheros asturienses los primeros síntomas de cambio propios de la incipientes neolitización, como la aparición de restos cerámicos en La Lloseta, Les Pedroses, Los Canes y Mazaculos. 3.2. La industria lítica y ósea La industria asturiense está en las antípodas de las industrias de impronta microlítica. La mayoría de los instrumentos asturienses son piezas macrolíticas (de grandes dimensiones) y pesadas, talladas sobre los núcleos y más ocasionalmente sobre lascas amplias. Las tres cuartas partes de este tipo de instrumentos pesados son los picos asturienses, que constituyen un auténtico “fósil guía” de la cultura: piezas pesadas y grandes, talladas a partir de cantos rodados de cuarcita mediante técnicas simples de percusión directa, que procuraban crear en el extremo distal una especie de punta roma pero conservando intacta la corteza en el otro extremo, creando así una característica forma globular. La función del pico asturiense es todavía polémica. Para la mayoría de los especialistas se trata de un instrumento especializado para la recolección de moluscos, ideado para separar las lapas de las rocas. Pero para algunos pudo representar un instrumento cavador ideal para desenterrar tubérculos u otros recursos vegetales. <Figura 12.7.tif> <Figura 12.7. Instrumental asturiense (Vega del Sella, 1914). Descripción de piezas .1-3. Picos asturienses (1.Penicial. 2. Fonfría. 3. Infierno); 4. Biapuntado (La Riera); 5. Punzón (La Riera); 6. Bastón perforado (La Franca); 7. Bastón perforado (Tres Calabrés).> Los instrumentos manufacturados sobre lascas son minoritarios: la mayoría, útiles de sustrato (muescas, denticulados, raederas) junto a cantidades más discretas de otros instrumentos convencionales como los raspadores, buriles y perforadores. Las herramientas microlaminares son mínimas pues solo aparecen de manera esporádica unas pocas hojitas de dorso y puntas similares a microgravettes. El instrumental óseo resulta también muy pobre y escaso, probablemente por la utilización alternativa de una materia prima tan abundante y versátil como la madera. Las pocas piezas de industria ósea son utensilios punzantes como leznas, perforadores o punzones, muchos de ellos simples huesos con un extremo aguzado sin muchas complicaciones. Para completar el repertorio, unas pocas agujas, huesos apuntados en ambos extremos que suelen interpretarse como anzuelos planos para la pesca, y algunos bastones

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de mando. Las características de este peculiar repertorio instrumental parecen responder a un conjunto especializado de actividades de recogida de recursos vegetales, procesamiento de materias duras o trabajo de madera entre otros. En suma, un conjunto de tareas muy implicadas con las circunstancia de extensión de las masas boscosas del período. 3.3. Los medios de subsistencia La abundancia de conchas en los yacimientos de la cultura asturiense nos sitúa ante unas comunidades donde el marisqueo parece haber tenido una particular relevancia en la dieta. Pero la imagen prototípica del conchero puede resultar hasta cierto punto equívoca a la hora de interpretar los modos de subsistencia de las poblaciones asturienses. Debemos ser prudentes a la hora de caracterizar dicha cultura con poblaciones marisqueras exclusivamente, pues las masas compactas de los concheros ocultan restos de otros muchos recursos alimentarios probablemente trascendentales para la supervivencia. Basta recordar cómo en muchas de las culturas típicas de conchero del Mesolítico europeo, los recursos litorales no son la base principal de la dieta sino un complemento alimentario de los recursos de caza, máxime cuando la aportación de animales tan pequeños, como caracolillos de mar o bígaros, es muy reducida. Los numerosos huesos de animales recuperados en los concheros son la mejor prueba de la relevancia de la caza en la dieta de las comunidades asturienses. La nómina de las especies es bastante tradicional: ciervo, cabra, corzo, rebeco, jabalí, caballo, grandes bóvidos... Nuevamente el ciervo domina sobre los otros animales, pero ahora lo hace de manera más discreta. Por ejemplo en La Riera el ciervo representó la mitad de las piezas capturadas, cediendo terreno a otras muchas especies. Entre estas adquirieron particular importancia las habituadas a los entornos boscosos (corzo y jabalí), probablemente reflejo del aumento de las masas arboladas caducifolias registrado durante el óptimo templado por las plataformas costeras. Por otra parte, la presencia de sierras litorales próximas permitió cumplir con las cacerías tradicionales de animales montañosos (cabra y en menor grado rebeco). La imagen que se desprende de los concheros de La Riera, Cueto de la Mina, Pindal o Mazaculos, se caracteriza por tanto por la diversificación de los objetivos de caza, una profundización en la tendencia reconocida de manera tímida en tiempos azilienses. Las altas proporciones de conchas son una prueba inequívoca de la intensidad de las prácticas de recolección de moluscos litorales. Los concheros del oriente asturiano suministran la mejor imagen de lo que representó en la dieta este tipo de recursos: por ejemplo, el conchero de La Riera ha proporcionado cuatro millares de conchas; Balmori y Coberizas tres millares cada uno; Penicial y Bricia en torno

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al millar y medio. La recolección se centraba casi siempre en las mismas especies: por ejemplo, en La Riera y Balmori los mariscadores seleccionaron una variedad de lapa muy pequeña, propia de aguas templadas, llamada Patella intermedia (que representa el 80% de las conchas). De manera más ocasional recogían unos caracolillos de aguas también cálidas, conocidos con el nombre científico de Monodonta lineatta. Pero además, estos concheros revelan un acopio esporádico de otras especies: mejillones, ostras, berberechos y, por supuesto, moluscos sin ningún valor alimenticio pero que proporcionaron conchas atractivas para elaborar adornos como colgantes. En algunos concheros, como los de Arnero y Penicial, hay además elevadas proporciones de erizos. Los recolectores de marisco desarrollaban sus actividades en aquellas áreas del litoral más resguardadas y protegidas. Tanto la Patella intermedia como la Monodonta linneata prefieren habitar las áreas litorales más cómodas, como por ejemplo las zonas arenosas y acantilados rocosos próximos a las playas, accesibles en las temporadas de marea baja, aunque en ocasiones pueden habitar en las paredes de los acantilados más peligrosos por el impacto del oleaje. La recogida esporádica de mejillones, crustáceos, percebes y erizos de mar revela que de manera ocasional las partidas de marisqueros acudían a zonas más comprometidas y peligrosas por la presencia de rompientes marinas. Los problemas de conservación de los restos de peces dificultan la reconstrucción de las prácticas pesqueras. No obstante, el hallazgo de tal tipo de restos en los concheros de Arnero, Bricia, Coberizas, Balmori, Fonfría, Mazaculos y sobre todo La Riera y Penicial, son prueba de la práctica más o menos regular de tan peculiar actividad. Las vértebras recuperadas avalan la pesca de pescados propios de zonas del litoral y de mar abierto, probablemente mediante técnicas muy sencillas como la colocación de palangres en momentos de bajamar o de trampas de ramas y cañas en las pequeñas desembocaduras de los ríos. Hay incluso restos de lenguados en lugares como Fonfría y La Riera. Nuevamente nos hallamos con problemas para detectar restos vegetales y así poder determinar con rigor la contribución de los vegetales en la dieta. Pero por sentido común cabe pensar que la abundancia de los bosques registrada hacia el Preboreal permitió recoger un amplio surtido de alimentos: plantas, semillas, tubérculos y frutos silvestres. Los pocos restos macrobotánicos conocidos aseguran la presencia de restos de madera de roble en Mazaculos y Molino de Gasparín, y posiblemente de abedul en Mazaculos. Los ribazos y espesuras podrían haber suministrado moras, frambuesas, grosellas, fresas, arándanos o saúcos; las masas boscosas no muy densas, avellanas o cerezas silvestres; las masas pobladas de castaños, hayas y robles, hayucos, castañas y bellotas entre otros. 3.4. La sociedad

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La imagen de la cultura asturiense no parece revelar comunidades tan complejas como las representadas por las célebres culturas de conchero de otras zonas del arco atlántico europeo posteriores al 7.500 BP. Las lagunas del registro asturiense son numerosas pero la imagen conocida por ahora de poblaciones con un bajo nivel cultural parece asegurada. Nada hay en el Asturiense similar a los magníficos poblados y necrópolis que aparecieron en las áreas escandinavas al amparo de los ricos entornos lagunares despejados con la fundición de los hielos. Probablemente las modestas posibilidades naturales de la franja cantábrica y sus tasas más reducidas de productividad litoral no suministraron las posibilidades oportunas para el desarrollo de sociedades cazadorasrecolectoras complejas, mitigando las condiciones de progreso cultural hacia asentamientos sedentarios de grandes dimensiones y otros elementos como las necrópolis. La elevada densidad de concheros apunta hacia un poblamiento denso en las áreas más productivas del territorio si bien no hay datos para reconstruir el modelo social que sustentó el sistema territorial, ni cómo se organizaron los grupos, qué tamaño alcanzaron, cómo eran las pautas de movilidad residencial...Hasta no hace mucho tiempo, ni tan siquiera hay una interpretación consistente sobre lo que representaron los concheros. Especialistas como L.G.Straus o G.A.Clark plantearon una especialización funcional para los primeros concheros asturienses, a tenor de lo que parecía una posible contemporaneidad con los últimos ocupaciones azilienses durante el período 9.500-8.700 BP. De acuerdo con esta hipótesis, los concheros deberían interpretarse como yacimientos especializados, como campamentos efímeros utilizados por los mariscadores, que tras haber recolectado los moluscos, abandonaban estos lugares y regresaban a sus campamentos residenciales, representados por los yacimientos azilienses. Pero hoy en día esta hipótesis de complementariedad funcional ha perdido valor, sobre todo porque las nuevas dataciones cronológicas parecen refutar la contemporaneidad aziliense/asturiense. Muchos concheros asturienses poseen una ubicación estratégica ideal para permitir un acceso regular a un amplio plantel de recursos alimenticios: manadas de herbívoros de bosque y campo abierto, cápridos de las serranías próximas, peces de río, estuarios y acantilados del litoral, vegetales y frutos de las masas boscosas... Estas facilidades de acceso alimentario podría haber convertido los concheros asturienses en campamentos residenciales: por tanto, nos hallaríamos ante lugares ocupados por la unidad social básica a lo largo de buena parte del año, lo que demostraría de paso unas comunidades muy arraigadas en sus respectivos territorios y una movilidad muy limitada. En estas circunstancias, las poblaciones asturienses deberían haber dispuesto de alimento a lo largo de todo el año, bien mediante prácticas de almacenaje en la estación invernal, bien alternando los ciclos estacionales de explotación de recursos alimentarios. Pero. ¿qué dicen los datos arqueológicos a este

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respecto? La demostración de prácticas de almacenamiento resulta una cuestión harto complicada en los estudios paleolíticos. Por ello, prehistoriadores como L.G.Clark y M.González Morales han centrado los estudios en la cuestión de las temporadas de explotación de recursos, planteando una peculiar hipótesis que por ahora se mantiene como plausible: la complementariedad estacional de las fuentes de alimentación. Esta hipótesis plantea que las comunidades asturienses habrían podido contar con alimentos durante todo el año alternando tareas: la caza de las manadas de ciervas en invierno, la recolección de frutos durante el otoño y la recogida de moluscos litorales en verano. Hay ciertos datos que concuerdan con esta hipótesis: los análisis de las conchas de moluscos revelan que el marisqueo comprometió a los habitantes de La Riera y Mazaculos cuando menos en invierno; y la recolecta de frutos en los bosques caducifolios resulta, por sentido común, más propicia en la temporada cálida del año y sobre todo en el otoño. Pero el modelo podría ser más complejo. Por ejemplo, es cierto que los cazadores de La Riera abatieron ciervos jóvenes en invierno, pero también arrebataron cervatillos recién nacidos de las parideras solo unos días después de su nacimiento en primavera (costumbre ya desde tiempos azilienses e incluso del Paleolítico superior). En cuanto a los testimonios de enterramientos, durante el Asturiense siguen siendo muy escasos y se limitan a inhumaciones en fosas, donde el cadáver aparece rodeado de lo que parecen adornos personales, instrumentos líticos y huesos de animales interpretados como ofrendas de alimento. Los enterramientos mejor documentados se hallaron en el abrigo cántabro de Los Canes, donde P.Arias excavó un conjunto de fosas con al menos cuatro individuos, la mayoría con las piernas flexionadas, en posición decúbito supino. Junto a los cuerpos se habían situado restos de muy distinto signo: herramientas como punzones; objetos de carácter artístico como cantos o bastones perforados; posibles elementos de adorno personal adheridos al cuerpo como caninos perforados; restos de posible carácter votivo como conchas. Además, se hallaron huesos de ciervos, cabra (testuces) y jabalí, muchos en conexión anatómica, interpretados como restos de ofrendas alimenticias. No hemos de olvidar la presencia de restos de industria con clara vocación microlítica como geométricos y microburiles. <Figura 12.8> <Figura 12.8. Enterramientos de Los Azules (Tresguerres-Velasco, 1981) y de Los Canes (Arias, 1991).> Pero conocido es el enterramiento de Colombres o Molino de Gasparín, excavado hace más de ochenta años en el oriente asturiano. El cadáver se halló extendido a lo largo en una fosa, con brazos y piernas a lo largo rodeado por una serie de cantos. La cabeza reposaba sobre una capa de bloques y presentaba un

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pequeño círculo de rocas a su cabecera, con tres picos asturienses, otros útiles y una tibia de ciervo junto al rostro que acaso podría ser una ofrenda alimenticia. Las primeras descripciones señalaban una trepanación en el cráneo pero hoy resulta imposible reconocer esto pues no se conserva testimonio de este antiguo enterramiento. En cualquier caso, la descripción recuerda la descrita para la inhumación aziliense de Los Azules, lo que demostraría ciertos rasgos de continuidad cultural al menos en el plano simbólico. <aquí Cuadro de texto 12.3.rtf> 4. Los concheros portugueses 4.1. Dispersión y cronología Hacia el 7.500 BP. aparece en las costas atlánticas portuguesas una de las culturas de conchero con más relevancia de todo el arco atlántico europeo, cuyos orígenes podrían incluso remontarse hasta el 8.800 BP., a juzgar por algunas dataciones obtenidas recientemente. La mayoría de los prehistoriadores portugueses no dudan en usar el término Mesolítico para describir a estas comunidades que, junto a los imponentes sitios arqueológicos del Mesolítico tardío de las tierras de Dinamarca, constituyen una de las muestras más importantes de las «sociedades cazadoras recolectoras complejas». Los yacimientos más representativos de tal cultura son los concheros al aire libre, amontonamientos de restos arqueológicos que en algunos casos han formado, con el paso del tiempo, auténticos montículos destacados en el paisaje. Los primeros descubrimientos de concheros portugueses se remontan hasta 1863, cuando C.Ribeiro halló los primeros grandes túmulos en la región del Muge. Desde entonces, los hallazgos de concheros en esta zona no han cesado, hasta convertir la región en el área principal de poblamiento y lugar de asentamiento de los concheros más celebres del Mesolítico portugués: Cabeço da Arruda, Moita do Sebastião y Cabeço da Amoreira. Estos yacimientos han proporcionado la imagen diríamos prototípica de las comunidades mesolíticas portuguesas: auténticos poblados y necrópolis que por sus dimensiones y complejidad representan las manifestaciones culturales más complejas del Epipaleolítico/Mesolítico peninsular. La instalación de poblados en esta región no es circunstancial pues la llanura aluvial que ocupan, tramo final del río Tajo (antesala de la bahía que constituye su desembocadura) proporcionó inmejorables condiciones para la subsistencia. Hay otras regiones portuguesas con importantes concentraciones de concheros. Numerosos yacimientos se distribuyen a lo largo del litoral que asciende al norte de la desembocadura del Tajo, entre los que hay que recordar Magoito y S.Julião (este último disperso por unos 100m2 de dunas, con datación muy remota:

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8.800±7.500 BP.). Hay muchos otros concheros dispersos por el litoral del Alemtejo situado al sur de la bahía de Setubal (donde desemboca el río Sado), entre los que podemos recordar Palheiroes do Alegra y sobre todo Fiais (enorme conchero que distaba 10 km. de la costa y ocupaba más de 1.000 m2). Los primeros concheros aparecen en el llamado Mesolítico inicial o antiguo, durante el período 10.000-7.500 BP., y se concentran en las regiones costeras al norte del Tajo y de manera más esporádica en el litoral alemtejano. Pero el período álgido de estos concheros lo podemos situar en el llamado Mesolítico final, en torno al 7.500-6.000 BP., es decir la primera mitad del episodio climático conocido como Atlántico, período cuyas características templadas y húmedas favorecieron un desarrollo amplio de los bosques. Los pocos datos de los diagramas polínicos y las listas de fauna aseguran de hecho la importancia de las masas forestales, particularmente en los entornos fluviales. < Figura 12.9.tif> <Figura 12.9. Concheros portugueses citados en el texto. Listado.- 1. São Juliao; 2. Magoito; 3. Palheiroes do Alegra; 4. Moita do Sebastião; 5. Cabeço da Arruda; 6. Cabeço da Amoreira; 7. Cabeço do Pez; 8. Fiais.> 4.2. Los asentamientos Los concheros que aparecen en el área del Tajo ocultan en realidad asentamientos al aire libre que por su conformación podríamos considerar como auténticos poblados, asentados junto a los parajes llanos y arenosos colindantes a las orillas fluviales. En esas zonas se han exhumado lo que sin duda son plantas de unas cabañas, construidas probablemente con materiales endebles, y en tal número que hemos de interpretar el conjunto como importantes concentraciones de población. La imagen ideal de lo que fueron esos poblados se puede reconstruir a partir del yacimiento de Moita do Sebastião: las plantas de las chozas descansaban sobre el suelo natural de la terraza fluvial, presentando un basamento mixto de cantos rodados, conchas y tierra batida, junto a una serie de agujeros que podrían haber albergado los postes necesarios para delinear la planta y para soportar la cubierta. Esta parece haber sustentado una trabazón de ramaje impermeabilizado con arcilla a tenor de las numerosas masas terrosas dispersas por el terreno. El interior de las chozas poseía hoyos de diversos tamaños y formas, algunos de los cuales pudieron representar lugares para la cocción de alimentos, otros silos de almacenamiento, y otros acaso tan solo sitios para la acumulación de desperdicios. 4.3. Las industrias

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Los repertorios instrumentales recuperados en estos concheros portugueses se caracterizan por una gran diversidad, circunstancia bastante previsible para unos asentamientos residenciales implicados en tareas de habitación, manipulación de materiales, adquisición de recursos para la subsistencia y preparación de alimentos. La mejor prueba de la intensa o reiterada ocupación de estos poblados se halla en la elevada cantidad de restos líticos recuperados, que en el caso de Moita do Sebastião se aproximan hasta el millar de utensilios y hasta los cinco mil subproductos de talla. En los repertorios de estos yacimientos hallamos una notable diversidad de piezas. De una parte tenemos instrumentos macrolíticos, que en su mayoría corresponden a las llamadas piezas de sustrato: muescas, denticulados y raederas, particularmente relacionadas con actividades de manipulación y trabajo pesado. De otra parte tenemos numerosas piezas microlíticas, con una notable representación de geométricos, lo que parece guardar probablemente relación con actividades intensas de la caza. El amplio repertorio rescatado en Moita do Sebastião muestra proporciones similares de útiles de sustrato y de microlitos geométricos, que son mayoritariamente trapecios (con pocos triángulos y mínimos segmentos). El conjunto recuperado en Cabeço da Amoreira no resulta muy distinto, aunque posee una mayor proporción de utillaje microlaminar geométrico (40%), con un dominio amplio de triángulos, pocos trapecios y mínimos segmentos. Entre los triángulos destacan las piezas alargadas dotadas de un apéndice lateral saliente. Tal como viene siendo habitual, los instrumentos óseos son pocos y sencillos, posiblemente por el empleo de la madera como materia alternativa. No obstante, hay una mayor representación y diversidad que en otras culturas epipaleolíticas peninsulares. El hueso se usó para manufacturar simples punzones, a menudo meras esquirlas o diáfisis aguzadas. El asta se aplicó no solo para punzones sino para herramientas más complejas: puñales, mangos, hachas, compresores y cinceles entre otros. La limitada presencia de instrumentos en hueso/asta se ha interpretado también en este caso a resultas de la utilización alternativa de otras materias primas, en particular la madera, si bien no se han conservado restos de esta materia. Recordemos como las inmejorables condiciones de conservación en los yacimientos del norte de Europa han permitido reconocer la importancia de la madera como materia prima para elaborar puntas de flecha, taladros, venablos, paletas, espátulas, discos perforados, cuencos, arcos; así como de otras materias vegetales para desarrollar las redes de pesca, nasas, indumentaria, calzado... 4.4. Los modos de subsistencia De todas las culturas postpaleolíticas peninsulares, las poblaciones mesolíticas portuguesas proporcionan sin duda la mejor imagen de lo que fueron las «economías de amplio espectro». Los

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concheros del Muge han proveído restos de varias especies de ungulados herbívoros, pequeños mamíferos, peces, moluscos litorales, caracoles terrestres, aves... En suma un amplio espectro de especies que representó sin duda el aprovechamiento integral de las inmensas posibilidades alimenticias que proporcionaría un entorno tan rico. Pero... ¿qué ámbito de consumo predominó más? Los estudios de isótopos realizados sobre huesos y los análisis de las marcas conservadas en los dientes humanos de los enterramientos han reconocido una dieta mixta basada en la contribución equilibrada entre recursos marinos y terrestres, patrón excelente de consumo a juzgar por el buen estado de salud nutricional. La elevada disponibilidad de recursos resultó clave para la supervivencia de los poblados instalados a orillas del Tajo. La selección de esa región como lugar principal de poblamiento es consecuencia de una perfecta combinación ecológica: altas cotas de productividad ambiental, abundancia de recursos y diversidad de biotopos circundantes (llanuras, montañas, estuarios). Y la instalación de poblados en las orillas del curso principal y brazos de agua anexos tampoco es casual: son zonas caudalosas que reciben flujos de mareas y el impacto de aguas salobres marinas, circunstancia ideal para crear un ambiente de máxima productividad ecológica y lugares proclives para la concentración de recursos vegetales y animales. La presencia de poblados en estos lugares no es más que una respuesta previsible de las comunidades de cazadores recolectores, para aprovechar la riqueza, la abundancia y la diversidad de recursos marinos y terrestres. Los numerosos huesos de animales recuperados en los concheros corroboran la relevancia de la caza en la dieta. La nómina de especies reconocidas aparece dominada por el ciervo, pero resulta también importante el jabalí y el corzo: son tres especies de carácter boscoso, que revelan la notoriedad de la caza de tipo forestal, relacionado sin duda con el clima templado y húmedo del óptimo climático. Por supuesto, hay matices que diferencian los yacimientos del Muge y Sado: por ejemplo en los primeros se han registrado restos de gran bóvido (uro), un animal más habituado a los entorno de campo abierto. Los carnívoros representaron presas más esporádicas a tenor de la presencia ocasional de restos de zorro, lobo y mustélidos. Así como también animales de tamaño pequeño como lagomorfos (conejo, liebre) y aves, representativos de prácticas de caza menor. El otro gran componente de la dieta procede de los recursos acuáticos, muy abundantes y provechosos no solo en zonas litorales, sino de manera especial en las áreas de estuario, donde la beneficiosa acción conjunta de las aguas dulces y saladas dio lugar a medioambientes de alta biodiversidad. Las acumulaciones masivas de conchas corroboran la elevada intensidad de recogida de moluscos de aguas salada, dulce y salobre. La nómina de especies contiene lapas de pequeño tamaño, bígaros, berberechos, vieiras, almejas, ostras, mejillones e incluso cangrejos. Por supuesto, hay diferencias

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regionales: por ejemplo, en las regiones del Muge y Sado, la recogida se centró en los berberechos; en la región litoral del Alemtejo la recolección se especializó en mejillones. No hemos de terminar sin apuntar como el aprovechamiento de recursos acuáticos implicó otra esfera no menos relevante: la pesca de buen número de especies, no solo de río y estuario, sino incluso de aguas marinas a tenor de la presencia de restos de especies de tamaño tan considerable como tiburones, rayas y atunes. No hemos de desestimar la probable importancia de las actividades de recolección de vegetales: frutos carnosos, frutos secos, raíces, tubérculos y semillas. No hay datos concluyentes al respecto, pero resulta sensato pensar en un aprovechamiento intenso de este tipo de recursos, motivado por la expansión de los bosques a consecuencia de la subida de las temperaturas y de la humedad en los tiempos del óptimo climático. <aquí Cuadro de texto 12.4.rtf> 4.5. La organización social La organización de la vida en poblados y la incorporación de ceremoniales de inhumación en necrópolis representa algunas de las dimensiones básicas de las llamadas “sociedades de cazadoresrecolectores complejos”. Este término se acuñó en la literatura antropológica y de paso en las aplicaciones arqueológicas con las conclusiones del célebre congreso Man the Hunter, que reunió en Chicago en 1966 a los principales revolucionarios de los estudios al respecto. No hay consenso entre los especialistas sobre lo que representaron este tipo de comunidades, pero hay unos rasgos más o menos comunes: notoria complejidad tecnológica; incorporación de complicadas redes cooperativas en la explotación de los recursos; patrones de asentamiento con tendencia a la sedentarización; elevada densidad de población; territorialidad, competencia por los recursos y posiblemente conflictos intergrupales. Buena parte de la caracterización de esas comunidades complejas depende de su organización territorial, aspecto que ha despertado mucho interés en los estudiosos de los concheros portugueses. La mayoría de prehistoriadores del país vecino han interpretado los grandes poblados de la región del Tajo (Cabeço da Arruda, Moita do Sebastião y Cabeço da Amoreira) como auténticos campamentos base con impronta residencial permanente, que servirían de lugar de habitación para buena parte de la comunidad a lo largo de todo el año. Por lo menos así se desprende de los rastros de organización interna en los yacimientos y de la presencia estructuras consolidadas para su uso durante un período de tiempo prolongado. Dependiendo de estos campamentos, habría una red de asentamientos logísticos con un carácter más especializado, utilizados de manera estacional por ciertos miembros del grupo para cortas temporadas, semanas, días o simplemente horas.

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Pero no todos los yacimientos portugueses podrían haber sido campamentos residenciales permanentes anuales. Los yacimientos más modestos de las regiones del Sado, Miara y Alentejo, presentan signos de haber servido como campamentos residenciales pero su menor complejidad parece contradecir la ocupación prolongada durante todo el año: el mejor ejemplo se halla en Fiais, que pudo ser un lugar residencial para la temporada otoño/invierno, abandonado durante el período primavera/verano por el traslado de la comunidad hasta la costa ante la necesidad de aprovechar los altos suministros alimentarios del litoral. Una buena representación de lo fueron aquellas sociedades nos la ofrece sus prácticas funerarias. En las proximidades de los concheros nos hallamos con numerosos enterramientos humanos de tal magnitud y entidad que muchos prehistoriadores no dudan en calificarlos como necrópolis. El conjunto más representativo procede de Moita de Sebastião, que posee un mínimo de 34 inhumaciones, seguido por Cabeço do Pez con 27, Cabeço de Amoreira con 17 y Cabeço de Arruda con 13. La relevancia de tal fenómeno queda de manifiesto en la cuantía de inhumaciones recuperadas de la totalidad de los yacimientos, que podemos situar en más de 250 individuos para la región del Muge y un centenar para el Sado. Concentraciones tan elevadas no se conocen más que en las zonas septentrionales de la costa atlántica europea para el Epipaleolítico tardío, como Bretaña y Escandinavia. <aquí Figura 12.10> <Figura 12.14. Plano y contexto estratigráfico de una sección del conchero de Cabeço da Amoreiras, con detalle de inhumación individual.> Las tumbas se practicaron en los mismos lugares de hábitat y en ocasiones presentan una distribución espacial precisa. El ritual contempló inhumaciones individuales sobre depresiones naturales en el suelo o sobre fosas excavadas, que albergan cadáveres en posición decúbito supino o lateral con flexiones muy forzadas, tal vez como reflejo de ligaduras. Los ajuares poseen adornos simples (conchas perforadas), útiles, ocre y diversos huesos de animales y moluscos, interpretados como ofrendas alimenticias, como provisiones en la boca para el caso de ciertas conchas no perforadas. Las necrópolis se hallan en las costas y orillas de grandes lagos o ríos, justamente las áreas muy productivas y por tanto idóneas para la instalación de poblaciones mayores. Teniendo en cuenta esta ubicación, algunos especialistas sospechan que estas necrópolis podrían haber servido como medios idóneos para la reivindicación territorial: en este sentido, la presencia de antepasados difuntos enterrados podría interpretarse como un medio para legitimar tal reivindicación y de paso fortalecer la identificación de un grupo con su territorio. Pero las tumbas también proporcionan posibles ideas para la reconstrucción de los elementos de sociabilidad de estos grupos. Hay

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caracteres que encajan dentro de lo que cabría hallar en una sociedad de cazadores-recolectores complejos, como el sedentarismo, la existencia de cementerios, la intensificación productiva, la posible aplicación de técnicas de conservación y almacenamiento e incluso la presencia de algunos esqueletos con indicios de violencia. Pero debemos hacer notar que no hay diferencias significativas entre los ajuares de las tumbas ni la presencia en ellas de objetos representativos de lujo o prestigio (a diferencia de lo registrado en los altos estadios culturales del Mesolítico nórdico), por lo que podríamos hallarnos ante unas sociedades igualitarias para sus miembros. En este sentido merece la pena valorar la posibilidad de que en el Mesolítico final representado por estos concheros la unidad social básica fuera la familia extensa, de acuerdo con la amplitud de las cabañas pero sobre todo por la presencia de las fosas en el interior de las mismas, como confirmación de la importancia social de los antepasados y del interés de los vivos por su vinculación con un territorio en concreto. 5. Bibliografía Bibliografía general ARIAS, Pablo (1991) De Cazadores a Campesinos. La transición al neolítico en la región cantábrica. Salamanca. Universidad de Cantabria; Asamblea Regional de Cantabria. CLARK, Geoffrey A (1976) El Asturiense cantábrico. Madrid. Bibliotheca Prehistorica Hispana, XIII. FERNÁNDEZ-TRESGUERRES, Juan Antonio (1981): El Aziliense en las provincias de Asturias y Santander. Santander. Centro de Investigación y Museo de Altamira, 2. Ministerio de Cultura. FERNÁNDEZ-TRESGUERRES, Juan Antonio (1995) «El Aziliense de la región cantábrica». En A. Moure y C. González Sainz (eds.): El Final del Paleolítico Cantábrico. Transformaciones ambientales y culturales durante el Tardiglacial y comienzos del Holoceno en la Región Cantábrica. Universidad de Cantabria. Santander, pp. 199-224. GONZÁLEZ MORALES, Manuel (1982) El Asturiense y otras culturas locales. La explotación de las áreas litorales de la región cantábrica en los tiempos epipaleolíticos. Santander.Centro de Investigación y Museo de Altamira, 7. Ministerio de Cultura. Bibliografía específica ARAÚJO, Ana Cristina (2003) «Long term change in Portuguese early Holocene settlement and subsistence?». En L. Larsson (ed.): Mesolithic on the Move. Oxford, Oxbow Books, 569-580. ARNAUD, José (1989) «The Mesolithic communities of the Sado valley (Portugal) in their ecological setting». En C. Bonsall (ed.): The Mesolithic in Europe – Papers Presented at the III International

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