CATALINA DE SIENA

:

ENCARNACIÓN FEMENINA DEL PROYECTO DE DOMINGO

ROMA 2003

Introducción En la carta que le Maestro de la Orden, Fr. Timothy Radcliffe O.P. dirigió a toda la Orden con motivo de la declaración de nuestra hermana, Catalina de Siena, como co-patrona de Europa, citando a Juan Pablo II, afirma que "Catalina entró con paso firme y palabras ardientes, en el corazón de los problemas eclesiales y sociales de su época". El padre Timothy precisa que Catalina "se dirigió a los gobernantes políticos y religiosos, personalmente o por cartas, y les señaló claramente sus fallos y cuál era su deber como cristianos. No tuvo reparo –dirá- en decir, incluso al Papa, que debía tener valentía y regresar a Roma. Visitó cárceles, cuidó de los pobres y de los enfermos". Y concluye el párrafo haciendo una afirmación que yo creo es la definición del carisma dominicano, o la encarnación viva del proyecto evangélico de Domingo. Dice: "La devoraba la urgencia de llevar a todos el amor y la misericordia de Dios". Nos hemos reunido hoy, como hermanos y como hijos de Domingo, y como hermanos o hijos de Catalina, para ver qué nos aporta hoy la "Mamma"-como la llamaron sus discípulos y discípulas- a la hora de vivir nuestra vocación dominicana en el seno de la Iglesia y en medio del mundo, concretamente en la Europa del siglo XXI, de la que Catalina es co-patrona. Hemos titulado este compartir fraterno "Catalina de Siena, encarnación femenina del proyecto de Domingo", intuyendo, que ella, tiene mucho que comunicarnos, puesto que comparte nuestra vocación evangélica en el seno de la Orden. Catalina, además, tiene "algo importante" que manifestarnos, en una época que tanto se parece a la que a ella le tocó vivir, ya sea por la situación eclesial con sus muchos escándalos y divisiones, como por la situación mundial, en la que vivió –y vivimos- bajo el signo de la violencia y los enfrentamientos fraticidas,

nacionalistas e incluso religiosos, todos expresión de una gran intolerancia y de una no aceptación positiva del hecho diferencial de los diversos pueblos, culturas y religiones. Catalina, mujer eclesial, hermana nuestra, que vivió y murió de pasión por una Iglesia que se desangraba por su falta de espíritu evangélico y por la ambición desmedida de sus responsables últimos, puede ayudarnos a vivir desde la fe y el amor a la Verdad la nada fácil tarea de mantener la comunión cordial con Roma, cuyo proceder, no pocas veces nos plantea serios interrogantes y nos lanza positivamente a bucear en la fuente del Evangelio lo más genuino del mensaje de Jesús en el aquí y ahora de nuestra historia. Catalina, embajadora de la paz, en un mundo convulsionado y dividido, nos alienta, también ahora, a tomar partido por la fraternidad universal ante la amenaza de los fanatismos desmedidos que en nombre de Dios o de nobles causas, encubren intereses egoístas y la autoafirmación de los poderosos a cualquier precio. Catalina se negó a resignarse ante el sufrimiento y división de la Iglesia, cuyo Papa vivía con su corte en Aviñón; y cuya actitud había dividido países, ciudades y órdenes religiosas –incluida nuestra querida Orden de Predicadores-. Movida por un amor apasionado a Jesucristo canalizó toda su capacidad de amar, luchar, predicar y vivir en pos del anuncio del mensaje de Jesús y la unidad de su esposa "la Iglesia". "La devoraba la urgencia de llevar a todos el amor y la misericordia de Dios"; y es que Catalina, como Domingo, a fuerza de auscultar el corazón de Dios, supo escuchar con nitidez los gemidos de la humanidad, e identificada con Jesús paciente, supo hacer suya la causa del Reino inmolando su vida como una ofrenda grata al Padre, para que los hombres y mujeres tuvieran vida.

Catalina fue una mujer de oración. Ella dejó que el Espíritu clamara en su interior y dilatara su esperanza. Así, en el secreto de su amada celda interior, acogió el don de Dios, al tiempo que supo abrirse al mundo haciéndose receptiva de sus angustias y anhelos. De este modo, la intimidad de su "celda interior" hizo de su vida contemplativa, no una fortaleza que debía defender del ajetreo de la vida "mundana", sino un cáliz abierto dispuesto a derramarse para que los otros tuvieran vida y la tuvieran en abundancia, porque antes el cáliz generoso de la Sangre del Señor se había derramado en su corazón dándole a ella vida en abundancia, embriangándola. A Catalina, como a Domingo, la devoraba la urgencia de la salvación de todas las almas bajo el inseparable binomio de la compasión y la misericordia, y en este sentido supo vaciarse de sí misma, convirtiéndose ella misma en vaso de misericordia, gestado en el silencio en el que acogía el don de Dios y la vida de sus hermanos y hermanas. Catalina siguió a Jesús por el camino de Domingo, y el mismo Padre eterno le reveló, en el diálogo, algo que es también para nosotros el eje de nuestra vocación y misión en el seno de la Iglesia, del mundo y de la Orden. A partir de esta revelación pudo, y podremos abordar lo específico de nuestra vocación en el concierto de la Iglesia. "Considera ahora la nave de tu Padre Domingo, querido hijo mío, y verás cómo la dispuso con orden perfecto y no quiso que en ella atendieran a otra cosa más que a mi honor y a la salud de las almas con la luz de la ciencia. ¡Quiso que esta antorcha fuese el principio de su acción, sin renunciar a la pobreza verdadera y voluntaria!.... Tomó la luz de la ciencia como objeto más propio suyo para extirpar los errores que se habían levantado en

aquel tiempo. Tomó el oficio del Verbo, mi unigénito Hijo. Realmente, parecía un apóstol sembrando en el mundo la verdad y la luz de mi palabra, ahuyentando las tinieblas y trayendo la luz. Fue una luz que yo di al mundo por medio de María. Lo puse en el Cuerpo Místico de la santa Iglesia para extirpar las herejías. ¿Sobre qué mesa hace comer a sus hijos esta luz de la ciencia? La mesa de la cruz. Sobre la cruz está preparada la mesa del santo deseo en la que comen las almas para honra mía. No quiso que sus hijos se ocuparan de otra cosa más que de estar sobre esta mesa, de buscar con la luz de la ciencia sólo la gloria y alabanza de mi Nombre y la salvación de las almas. Y para que no se preocupen de otra cosa les quitó el cuidado de las cosas temporales y quiso que fueran pobres. Jamás le faltó la fe temiendo alguna vez que les faltara lo necesario: Revestido de la fe y con firme esperanza confiaba en la providencia... Domingo, pues, ha dispuesto su nave queriendo que estuviera asegurada con el triple cordaje de la obediencia, la continencia y la pobreza. Quiso asemejarse a mi Verdad, dando a entender que no quería la muerte del pecador, sino que se convirtiese y viviese. La quiso amplia, toda gozosa y perfumada, jardín agradabilísimo. En verdad, Domingo y Francisco fueron dos columnas de la santa Iglesia: Francisco en su pobreza, Domingo con la ciencia." Por lo tanto, si Domingo tomó el oficio del Verbo, y se dispuso como Él a iluminar con la luz con la luz de la

Verdad, la vocación de Catalina, y la nuestra, no es otra que la misma que el Padre encomendó a su Hijo: Estamos llamados a asumir el oficio del Verbo y a " buscar con la luz de la ciencia sólo la gloria y alabanza de mi Nombre y la salvación de las almas", -en palabras del Padre eterno-.. Esta fue la vocación-pasión de Catalina, y es sobre lo que hoy estamos reflexionando. Valga tener presente una advertencia del Beato Raimundo de Capua a la hora de acercarnos a la "Mamma". Él, después de transcribir la doctrina de la celda interior que le había manifestado Catalina, dice: "No sé si he conseguido trasladar bien su pensamiento, pues ciertas cosas ella las ha aprendido por experiencia... pero yo (y lo siento mucho) tan poco experto en la materia como soy, no tengo las cualidades necesarias para repetirlas bien. Medítalas, lector, o recíbelas según la gracia que Dios te haya dado. Pero sé que cuánto más unido estés a Dios, tanto mejor entenderás esta profunda doctrina". Se ha dicho que para entender el evangelio de Juan, se tiene que haber reclinado la cabeza en el pecho de Jesús, y haber acogido a María como Madre en la propia casa... Igualmente, para entender a Catalina, hemos de entrar en la Celda interior, y allí aposentarnos... sólo así entenderemos su vivencia y doctrina. ¿Quién fue Catalina? El Padre Royo Marín escribió en el año 1982 un libro titulado: "El Gran desconocido: El Espíritu Santo y sus dones". Lo mismo podríamos decir de nuestra hermana Catalina, porque ella sigue siendo la "gran desconocida". Hemos oído hablar de ella, sabemos cosas, pero su doctrina, su vida a fondo...¡poco y nada!, y ¡Sigue siendo ¡la gran desconocida! Y es curioso, porque ella ha ejercido a lo largo de la historia de la Orden una gran influencia, hasta el punto que ha sido considerada como "la madre

de la Orden", o su referente femenino. Gran cantidad de congregaciones, provincias, conventos y monasterios están bajo su patrocinio, y sin embargo, seguimos sabiendo poco o muy poco de ella. Pero en los últimos años estamos asistiendo a un redescubrimiento de su doctrina y figura. Prueba de ellos es que hoy estamos reflexionando juntos sobre su vida, legado y doctrina. Hemos de decir –con orgullo de familia, y con la consabida responsabilidad-, que Catalina es la mujer que más reconocimientos "oficiales" ha recibido hasta la fecha en el seno de la Iglesia: canonizada por el Papa Pio II, compatriota suyo en el año 1461; declarada en 1970 doctora de la Iglesia por el Papa Pablo VI, y co-patrona de Europa por Juan Pablo II en 1999. Y sin embargo, los tesoros de su doctrina, permanecen aún muy ocultos para sus hermanos y hermanas, tal vez, -todo hay que decirlo- porque el exuberante lenguaje de Catalina, la elocuencia de sus múltiples imágenes, y el torrente de su amor apasionado, la hacen tan frondosa al escribir y expresarse, que nuestra pragmática mentalidad occidental se pierde si no va con mucha atención. Pero superada la primera y la segunda o tercera dificultad, una vez que nos hemos familiarizado con su forma de ser y expresarse, resulta muy difícil desengancharse: porque la sintonía cordial con Catalina, lleva irremediablemente a la fuente de su pasión, a Jesús, y éste ejerce una fuerza seductora irresistible cuando de revelar se trata.

Pero, ¿quién fue Catalina? Nace en la ciudad de Siena, en el barrio de Fontebranda, el 25 de Marzo en el año 1347, -que ese año coincidía la solemnidad de la Encarnación con el domingo de Ramos- en el seno de una familia numerosa y modesta, pero no pobre. Fue la vigesimocuarta hija de Jacobo de Benincasa, tintorero de pieles y de Mona Lapa Piagenti.. Su hermana gemela, Giovanna, murió al poco tiempo de nacer.

Nos dice su biógrafo, Raimundo de Capua, que tenía un espíritu religioso y que era amante de la piedad, no obstante que era una niña inquieta que sabía captar la atención de todos. Era una niña normal. Entre los cinco y seis años, tiene lugar acontecimiento que cambiará radicalmente su vida: De regreso de casa de su hermana Bonaventura, a donde había ido para hacer un recado, mientras atravesaba la cuesta llamada Valle Piata, tiene una visión sobrenatural de Jesucristo, el cual la bendice. Ve al Señor, por encima del tejado de la Iglesia de los dominicos, vestido con hábitos pontificales y acompañado por los apóstoles Pedro, Pablo y Juan. A partir de esta experiencia su vida toma una orientación definitiva. El biógrafo recalca que adquirió una gran madurez, no propia de su edad: "En aquel momento se había encendido en ella el fuego del divino amor que iluminaba su mente, inflamaba su voluntad, robustecía su pensamiento y hacía que sus actos exteriores se conformasen a la ley divina". Sin duda, se da en este momento lo que la teología llama la "experiencia fundante", el momento de la vida en el cual hay un antes y un después, y en el que el paso de Dios, es tan fuerte, que acaba por cautivarla. Experimentará vivamente el sentido de la trascendencia, así como una atracción inexplicable hacia la Bondad que cautivará irresistiblemente su corazón. Yo creo que tener presente este paso de Dios por su vida, nos permitirá entender muchos aspectos de su doctrina y experiencia de Dios. 1. La experiencia fundante: Experiencia contemplativa a. Ver a Dios con ojos de mujer Podemos preguntarnos, qué motivó su entrega radical a Dios en la Iglesia, al servicio de la humanidad. Sin duda, que es el amor. Para Catalina, Dios es Amor y ella misma es fuego, amor; porque toda criatura es

"un árbol de amor" . "Porque el hombre ha sido creado por amor, no puede vivir sin amor". En su vida, en su doctrina y en su lenguaje, vibra un rasgo curioso de este amor: la suya es una experiencia filial femenina, respecto al Padre, esponsal respecto a Jesús, y maternal respecto a los hijos de la amada esposa, la Iglesia. En su obra las imágenes o expresiones nupciales se perciben con gran fuerza; pero, en Catalina no encontramos rasgos de una mística individual. No encontramos sólo su alma y sólo Dios. Encontramos "no sólo Dios", no sólo la Santa, sino también, a su lado, el prójimo, la Iglesia, el mundo entero, que actúan, haciendo viva y universal esa experiencia. La intuición de lo divino aparece en Catalina animada de un amor actuado, no en la forma de una pasión cerrada en la relación de dos, sino en el ritmo claro y reposado del amor familiar, esponsal, materno y filial a la vez, severo y tierno a un tiempo". Catalina, como una auténtica "mamma", como mujer sabe intuir el dolor y el sufrimiento de los hijos, y los "intereses" desinteresados del Esposo, y por unos y otros se consume, intercede, se gasta y se desgasta. No puede permanecer indiferente, pues se siente requerida y reclamada por el amor.

Aconseja dulce y enérgicamente a la vez. Su mano es blanda de mujer, pero su nervio es fuerte, y su recta no ofrece curvas ni oscilaciones -dirá Teresa Ortega-. De la mano de Jörgensen, descubrimos en Catalina a una mujer de cuerpo entero: "Amó a Jesucristo, con toda la pasión del que una mujer es capaz, hasta el total don de sí misma. Un hombre puede amar a Jesús, como a un hermano mayor, como a un amigo muy

querido, como a un padre muy amado, al que no se desobedece por nada de este mundo, pero una mujer ama a Jesús como `a su esposo´, como Aquel a quien su vida se haya consagrada:`Heme aquí, soy tuya, haz de mí lo que te plazca´. Sabe que eres esposa -escribió a una religiosa- y que Jesús se ha desposado contigo. Catalina no ignoraba lo que es el amor terrestre. Habla de él con la mayor sencillez y con la mayor pureza:`El hombre no puede vivir sin amor -dice en una de sus cartas-, porque el hombre ha sido creado por amor. El amor del padre y de la madre da el ser al niño". El amor a Jesús, su Esposo, engendra vida en la Iglesia b. Contemplar la historia con los ojos de Dios Desde esta perspectiva, Catalina es capaz de ver las cosas, como las ve Dios. A fuerza de tener fija su mirada en el Esposo, ésta se vuelve incandescente, de modo, que no sólo ve las cosas como Él las ve, sino que siente que su pasión, y que su misericordia, le devora las entrañas, y ella misma, al igual que Domingo se hace reclamo de compasión y misericordia para la humanidad. En este sentido, cabe recordar la experiencia del cambio de corazón, a partir del cual, ella ya no quiere ni desea otra cosa más que lo que Él quiere, y por eso pide y exige: "Io Voglio". Nos dice el beato Raimundo de Capua que "nada le podía negar Aquel a cuya bondad se conformaba con solicitud. En efecto, todo lo que Catalina pedía y deseaba, estaba dirigido al Señor al que amaba con todas sus fuerzas y a cuyo servicio se había entregado enteramente".

Catalina, se nutre en el silencio de la celda donde resuena la voz de Dios, pero su eco se deja oír en cada rincón por Él creado y redimido, de esta forma, Catalina puede ver indistintamente a Dios, en el silencio de la celda interior como en medio del mundo o allá donde la caridad la reclama. Sorprende su firmeza, su radicalidad, y su altísimo nivel de exigencia. Se sabe movida por Dios, sabe que defiende sus intereses, y por eso, no vacila: Se lanza. Sabe que la única violencia válida, es la que está orientada a combatir el pecado y el error que hay en el propio corazón, y la que se forja en la oración y el deseo de Dios. Ella no se resignó ante este sufrimiento y división, sino que se lanzó a la nada fácil tarea de la reforma y pacificación de la Iglesia y la sociedad, y lo hizo porque "la devoraba la urgencia de llevar a todos el amor y la misericordia de Dios", porque estaban en juego los intereses del Reino, los intereses del Esposo. En un mundo que se debate continuamente entre la guerra y la paz, en el que triunfa, no la justicia, sino la ley del más fuerte, Catalina nos ofrece su pensamiento que es capaz de promover la auténtica paz. Ella luchó por conseguirla. Su consigna o lema en los momentos turbulentos en los que le tocó intervenir, fue expresado por el Padre eterno de la siguiente forma, según nos dice el beato Raimundo: "Toma pues tus lágrima, tu sudor, y sácalos, tú y los otros siervos míos, de la fuente de la divina Caridad, y lavad con estas lágrimas la cara de mi esposa. Yo te prometo que por este medio le será restituida su belleza; no con espada, ni con guerras, ni con crueldad reconquistará su hermosura, sino con la paz, la humilde y continua oración, sudores y lágrimas, derramadas con angustioso deseo de mis siervos. No temáis porque el mundo os persiga. Yo estoy con vosotros y en nada os faltará mi providencia".

2. Clave de interpretación de la vida dominicana a la luz de la doctrina de la "Celda interior": Conocimiento de sí - Conocimiento de Dios: Contemplar y dar lo contemplado. Catalina invita, de manera apremiante a "adentrarse en la celda interior", en la interioridad y profundidad de nuestro ser. Sólo allí somos conscientes de lo que somos y vivimos, y somos capaces de reconocer los sentimientos, ideas y emociones que nos habitan. Allí comprendemos: Quiénes somos, quién es Dios, y quién es el prójimo. Este es el requisito primordial para encontrarse con Dios y para vivir una auténtica vida evangélica. De esta celda no es posible salir, ni siquiera por los reclamos del exterior: Es tierra conquistada. Ella lo experimentó y descubrió en sus años de persecución familiar. De ahí la importancia de saber que nuestra libertad nos hace ser dueños de nosotros mismos, a pesar de las dificultades externas: lo que construimos desde dentro nada ni nadie nos lo puede arrebatar. Cuando el alma se aposenta allí, se habitúa al silencio y en él entiende, conoce y gusta la bondad de Dios, pues allí se da el encuentro con Él. Catalina no habla sólo de la Celda interior, sino de la Celda interior de conocimiento de sí y de Dios. - El conocimiento de sí y de Dios Al estar aposentados en la celda interior, se experimenta una atracción irresistible hacia Dios. Allí se inicia un camino de crecimiento espiritual a partir de la doble experiencia: El conocimiento de sí misma y el conocimiento de Dios. Este doble conocimiento es el fundamento de toda vida espiritual, el cimiento sólido sobre el que se edifica la ciudad interior:El conocimiento de sí desde Dios.

Esta llamada tiene su origen en una experiencia personal que su director explica así: "...al principio de sus visiones se le había aparecido Nuestro Señor, durante la oración y le había dicho: `Has de saber hija mía lo que eres tú y lo que soy Yo. Si aprendes estas dos cosas serás feliz. Tú eres lo que no es, y Yo soy el que Soy. Si tu alma se penetra de esta verdad, jamás te engañará el enemigo, triunfarás de todos sus ardiles, nada harás contra mis mandamientos y adquirirás fácilmente la gracia, la verdad y la paz´.... Y, ¿qué he de hacer? Piensa en mí, que yo pensaré en ti." No se trata aquí del conócete a ti mismo socrático que trata de llevar al ser humano de la contemplación del cosmos a la reflexión de las cosas humanas. Catalina se sitúa más bien en la órbita de San Agustín bajo cuyo influjo estaba la Orden de Predicadores y su doctrina, cuando el santo de Hipona dice en sus confesiones: "Conocedor mío, que yo te conozca como tú me conoces." Se trata pues de reconocer que somos en virtud de Otro que es el Absoluto, a quien no nos es lícito suplantar, y que nos da gratuitamente la existencia. Desde esta experiencia de conocimiento de Dios, es posible descubrir nuestro proyecto de vida, amar el bien, la bondad y la belleza, desear identificarnos con ella, y por lo mismo, surge la aversión al mal, al pecado: Nos abrimos al amor, y allí entendemos que "somos un árbol creado por amor, y no podemos sino amar, vivir abiertos en relación y comunión con un Tú". - Vivir en la Verdad En la morada interior hay dos celdas: La del conocimiento de sí y la del conocimiento de la bondad de Dios pero, de hecho, son inseparables.

Si prescindimos del conocimiento de Dios, viéndonos tal y como somos, corremos el riesgo de desesperarnos; pero si nos fijamos sólo en Dios, y prescindimos de nuestra realidad, de nuestra verdad, podemos caer en la presunción: nos salvará porque es quien es, y por eso, "a vivir que son dos días". Por lo que Catalina dirá: "Es necesario que una y otra se hagan una misma cosa, y así vendrá la perfección." En la realidad de nuestro ser se nos revela el amor de Dios y nos vemos impulsados a rechazar el mal y el pecado que están enraizados en nuestra naturaleza; nos abrimos al perdón y nuestra debilidad se convierte en camino de encuentro con Dios que acoge nuestra pobreza y la transforma en apertura incondicional a Él y al prójimo. El conocimiento de nosotros y de Dios nos lleva a reconocerle como origen, centro y meta de nuestra vida. La predicación dominicana, parte de la realidad de la gracia y de su actuación en la criatura libre. Supera toda concepción dualista, y lleva a integrar a la persona y a dar cauce al crecimiento personal no a costa del espiritual, sino simultánea y estrechamente unida a la vida del Espíritu. De esta manera, la persona se proyecta y se hace anuncio positivo de la "dulce Verdad" 3. La Iglesia: Pasión - Sangre y fuego El amor y la fidelidad a la Iglesia, junto con el celo por la salvación de las almas, son la constante de la vida de Catalina y de Domingo. De ella se ha dicho que es la "doctora del Cuerpo Místico de Cristo", y de Domingo, que es la "luz de la Iglesia". Domingo introduce toda una revolución en la Iglesia, en cuanto a estilo, forma y contenido, buscando

siempre la aprobación y el reconocimiento de la autoridad dada por el Espíritu. Esto no es menos cierto en Catalina; tanto que la eclesialidad fue la nota característica de su personalidad y vocación. Es justo y oportuno que volvamos a ella nuestra mirada, para que nos enseñe el secreto y la fuerza de este amor y de esta fidelidad. Catalina ama a la Iglesia, la defiende, y trabaja por su unidad. Pide obediencia y sumisión, y a sus ministros les exige que vivan conforme a "la Sangre" que les ha purificado. Pero no permanece ciega ante su realidad de decadencia y corrupción. Se dan cita su sutil delicadeza de mujer, su capacidad inductiva, su convencimiento de que -como le dijo Jesús- "ella es la que no es y Él es el que Es", y su espíritu de fe, para ponerse en contacto con los Cardenales Italianos y decirles la verdad, de parte del que Es. Habla con la autoridad que le da el amor que profesa a la Iglesia, y con el celo de quien se está consumiendo por ella: "Habéis vuelto la espalda como viles y miserables caballeros; tenéis miedo hasta de vuestra propia sombra. Os habéis alejado de la verdad que os fortalecía, entregándoos a la mentira que enerva el espíritu y el cuerpo, privándoos de la gracia espiritual y temporal.¿Por qué habéis hecho esto? Por el veneno del amor propio, que emponzoña el mundo. El amor propio os ha reducido de columnas a menos que paja. No sois ya flores que expanden perfumes, sino cardos pestilentes y de esa puzza (mal olor) habéis infectado la cristiandad. No sois lucernas puestas sobre el candelero, para dilatar la fe; escondiendo la luz debajo del celemín de disimulada soberbia, os habéis hecho, no heraldos, sino contaminadores de la fe, arrojando tinieblas en vosotros y en los prójimos"

Y cuando los cardenales pretenden decir que eligieron al Papa Urbano por temor a los Italianos, les dice: "Oh insensatos, dignos de mil muertes, sois como ciegos que no ven su propio mal...Os declaráis embusteros e idólatras". Sólo un entrañable amor a la Iglesia y una valentía heroica explican que una mujer se haya atrevido, en aquellos tiempos, a escribir tan duras acusaciones a los príncipes de la Iglesia. Sólo la pasión por la Iglesia, la pasión por los hombres explican su audacia dominicana que la hicieron ser una reformadora firme y tenaz. La Iglesia, para Catalina, es Jesús. Su pasión por ella era la pasión de una enamorada de Cristo y de los hijos. Es decir, del Cuerpo Místico completo. Su amor a Jesús se dilata, se hace insaciable, infinito, al punto que se extiende por todo su Cuerpo Místico, por el que ofrece su vida: "Toma mi corazón y exprímelo sobre el rostro de tu santa Iglesia". La identificación con Cristo y con su Iglesia, estaba, en ella, muy grabada. Y este, es un rasgo que Catalina bebió y asimiló desde su infancia a la sombra de los dominicos, y lógicamente de su amado Padre Domingo. Su afán era que el Papa estuviera a la altura de lo que era y luchaba con la misma audacia (¡voglio!) con él, como con Cristo. Pero con la seducción femenina de quien tiene brío en el corazón: Dulzuras en la expresión y energía en el consejo ¡y en el mandato!. La Iglesia entonces, sangraba por mil heridas: guerra, falta de espíritu de pobreza, escándalos, ambiciones, atrocidades múltiples. Iglesia real y también Iglesia en potencia, o sea, el mundo entero. Para restañar esa sangre, Catalina apela a LA SANGRE. Tenía obsesión por el valor de la Sangre de su Cristo. La invocaba, la apresaba, la derramaba, lo empapaba todo en ella. Ese amor y esa pasión, esa radicalidad en la fidelidad a la esposa de Cristo, hicieron de Catalina no sólo la gran

reformadora sino el prototipo del amor fiel y veraz a la Iglesia. 4. Catalina, mujer dominica y nosotros hoy Sin duda, Catalina hoy nos interpela. Sus tiempos no fueron fáciles, como tampoco lo son los nuestros. Sin embargo, su figura nos grita con dulzura y con firmeza, que sólo una cosa es necesaria: Jesucristo y su obra salvadora. Ella, nos remite, en primer lugar a nuestro propio corazón, porque es allí donde se opera la más auténtica liberación que nace de un compromiso fascinante con Aquel que dio su vida por amor; a la celda interior donde conocemos y somos conocidos, y desde donde nos hacemos portavoces de los derechos de Dios sobre la humanidad. Catalina hoy nos grita, como a sus contemporáneos: Sangre y Fuego, la Sangre de Cristo y el Fuego de su Espíritu. Nos invita a recorrer el camino de retorno a nuestro centro y a dejar que el Fuego que la abrasó a ella, y que ardía en el corazón de los de Emaús, arda en nuestro corazón y nos haga hombres y mujeres incandescentes: Convencidos y enamorados; apasionados y veraces; confiados en la providencia y audaces en el riesgo. En una época en la que crece, por una parte la indiferencia y por otra la "utilización" de la iglesia y de los privilegios para recuperar espacios de poder; en un momento en el que podemos hablar de crisis profunda en el seno de la Iglesia, Catalina dirá a los gobernantes de Siena algo de una vigencia impresionante para la Iglesia y los cristianos de hoy: "Os escribo en su preciosa Sangre con el deseo de veros fieles a la santa madre Iglesia para que seáis miembros ligados y unidos a vuestra cabeza como verdaderos y fieles cristianos, junto con el celo por la verdadera justicia, queriendo que esta

margarita brille siempre en vuestros pechos, expulsando todo amor propio, atendiendo al bien común.... y no propiamente a vuestro bien particular. Porque el que se mira mucho a sí mismo, vive con poco temor de Dios y no observa la justicia. La traspasa, comete muchas injusticias, se deja manchar unas veces por los halagos y otras por el dinero; o por agradar a los que piden el servicio". Atender a la justicia, no vendernos por nada y vivir como verdaderos discípulos del Verbo. Con esto, se nos puede pasar la vida "ardiendo e iluminado", contemplando y predicando. Lo demás, no es propio ni de nuestra dignidad humana, ni de nuestra vida cristiana ni dominicana.

5. La predicación de la verdad en una sociedad en "crisis" En la carta 284, dirigida al Cardenal Pedro Luna, le dirá: "Deseo verte amante de la verdad, la cual nos hace libres, porque nadie hay que pueda obrar contra ella. Me parece que esta verdad no se puede poseer con perfección si el hombre no la conoce, y por no conocerla, no la ama y, no amándola, no la descubre en sí mismo y no la sigue. Necesitamos por tanto, la luz de la fe que es la pupila del ojo del entendimiento." La verdad, tiene su origen en la Palabra revelada, y la fe, es la que nos permite vislumbrar, el amor que nos ha tenido Dios y que se nos ha manifestado en Jesucristo. Vivir en esta "dulce verdad" es lo que nos hace realmente libres en medio de una sociedad en la que la mentira y el engaño han quitado credibilidad a la palabra y en la que los hombres viven esclavos del fraude que produce haber hipotecado la propia libertad.

Catalina no se calla la verdad, vive de ella, más aún, permanece a sus pies y le pide guíe sus pasos. Por eso había pedido al Padre eterno, con insistencia el don de la fe, con el que se desposa: "Comenzó a pedir al Señor, como los discípulos, que le aumentase la fe y le otorgase la perfección de la virtud de la fe. El Señor le cogió la palabra y le respondió: Yo te desposaré a mí en la fe.... Puesto que por amor has expulsado de ti todas las cosas vanas y has puesto sólo en mí las delicias de tu corazón, celebraré contigo la fiesta nupcial de tu alma, y tal como te prometí, te desposo a mí en la fe... Te desposo a mí en la fe; a mí, tu Creador y Salvador. Conservarás inmaculada esta fe hasta que vengas conmigo al cielo a celebrar las bodas eternas. Desde ahora en adelante, hija mía, actúa sin ninguna vacilación en todo aquello que, por disposición de mi providencia, encuentres delante. Armada como estás con la fortaleza de la fe, vencerás felizmente a todos tus enemigos" a. La fidelidad a Dios y a nuestras convicciones: Mujeres de fe Catalina se sabe desposada en la fe con el Señor, y esto es garantía para vivir con libertad. Nada ni nadie puede acallar cuanto bulle en su corazón. Esta fe es la que la hace, al igual que a Domingo, clamar y reclamar la misericordia, que sabe que Dios debe ejercer con la criatura, porque ésta es su voluntad. Nos dicen lo testigos del proceso de canonización de N.P Santo Domingo, que dedicaba las noches a la oración y el día a hablar de Dios. Catalina nutre su fe en el contacto asiduo con el Dios de las misericordias,

y "armada con la fortaleza de la fe", "actúa sin vacilación". En la vivencia de nuestra vocación en medio de la Iglesia, es importante que nos ayuden a "hacer memoria" del paso de Dios por nuestras vidas, para ver cómo vamos de convicciones de fe. Éstas destierran el miedo y nos permiten vivir con abandono y audacia las exigencias que brotan del contacto asiduo con Aquel a quien amamos y que nos ama. Esperar contra toda desesperanza: Alegría En la carta 352, que escribe a una mujer que necesita consuelo, Catalina le recuerda que "en la esperanza se fundamenta una grandísima alegría. Tan dulce y deleitable es la esperanza que hace que las cosas amargas parezcan dulces y que las grandes cargas resulten pequeñas..." Catalina no se resigna ante el sufrimiento y la división de la Iglesia, confía en Aquel que todo lo puede y entra con paso firme, con espíritu de fe y esperanza confiada en el corazón de los problemas que afligen a la "esposa amada"; y movida por la esperanza cierta, de la que dijo el apóstol que no defrauda, se deja llevar por la urgencia del amor que devora sus entrañas, se deja arrastrar por la compasión y se lanza, en nombre de su esposo a "ejercer misericordia", porque su fruto es, sin duda la renovación de la alianza de Dios con su criatura. Catalina, nos recordará el Padre Timothy en la carta antes citada, "nunca sacrificó la verdad o la justicia por una paz fácil o a bajo precio. Sabía que ser pacificador significaba seguir los pasos de Cristo, que hizo la paz entre Dios y la humanidad", y por eso Catalina acepta con alegría y serenidad compartir el mismo destino que Cristo. Se lo propone, y lo pide y exige a los seguidores de Cristo.

"Amó tanto a la Iglesia que se atrevió a decir a Dios lo que debía hacer cuando le rogó: "te apremio, pues, puesto que tú sabes, puedes y quieres, que tengas misericordia del mundo, y envíes el calor de la caridad con paz y unión a la santa Iglesia. No quiero que tardes más". Su esperanza es activa: habla, exhorta, anima, ¡ora y ama!

c. Amar con entrañas de madre: La Misericordia.

En tiempos de Catalina, y en los nuestros, percibimos, en el mundo de las relaciones eclesiales y sociales una sensible pérdida del "calor de la caridad y la paz". Catalina respondió con coherencia, y por eso sabiendo que “su naturaleza era fuego”, se lanzó a amar y a ejercer, maternalmente, la misericordia. Su amor al Esposo, la llevó a defender sus derechos en la Iglesia. Hoy el amor por la Iglesia se entiende a veces –nos dirá el Padre Timothy- como un silencio falto de sentido crítico. ¡No se debe "agitar la barca"! Pero Catalina nunca pudo permanecer en silencio. Escribió a un importante prelado: "No os quedéis más en silencio. Gritad con cien mil lenguas. Veo que el mundo está perdido por callar. La esposa de Cristo está descolorida, ha perdido el color" . Que Santa Catalina nos enseñe su amor profundo al Cuerpo de Cristo, y su sabiduría y coraje para decir con verdad y abiertamente palabras que unen en lugar de dividir, que iluminan en vez de oscurecer, y que curan en lugar de herir.

Su corazón humano ama con el amor con el que ella es amada. Sus relaciones estuvieron impregnadas de este amor. Amó a sus amigos con un corazón tierno y cercano, y amó especialmente a sus hermanos y hermanas dominicas. En sus relaciones supo armonizar su ternura femenina y la firmeza necesaria para que aquellos a los que amaba vivieran conforme a la vocación a la que habían sido llamados. Para Catalina el amigo y el hermano, es un don de Dios, que debía amarse "muy cercanamente, con un amor particular" . Creía que la amistad mutua era una oportunidad "para engendrarse mutuamente en la presencia dulce de Dios" , y una proclamación de "la gloria y alabanza del nombre de Dios en el prójimo" . Catalina, en el diálogo pidió a Dios “castiga en mí los pecados de mis hermanos”, porque realmente les amaba, pero lo hacía con”un amor inefable”. Estaba dispuesta a todo, con tal que todos pudieran embriagarse de la Sangre de Jesús, de la hoguera de su amor. Ella había oído del Padre eterno: “No dejéis de ofrecerme el incienso de la oración por la salud de las almas, porque yo quiero usar de misericordia con el mundo, y con estas oraciones, sudores y lágrimas, lavar la cara de mi esposa, la santa Iglesia” y por eso ama y espera; insiste, y ora. Pablo VI, al declararla doctora de la Iglesia, dirá de ella: El mensaje que nos trasmite es, por tanto, de una fe purísima, de un amor ardiente, de una entrega humilde y generosa a la Iglesia Católica. Cuerpo místico y Esposa del divino Redentor. Este es el mensaje específico de la nueva doctora de la Iglesia, Catalina de Siena, para que sea luz y ejemplo de cuantos se glorían de pertenecer a ella. Acojámoslo con ánimo agradecido y generoso, para que sea luz de nuestra vida

terrena y prenda segura de la definitiva pertenencia a la Iglesia triunfante del cielo. Que ella nos enseñe el arte de amar y vivir en la Verdad. Sor Lucía Caram O.P

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