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*** w81 15/12 págs. 12-15 Los valdenses... ¿herejes, o buscadores de la verdad? ***
Los valdenses... ¿herejes, o buscadores de la verdad?

¿EL TIEMPO? El siglo doce de la era común... 200 años antes de la época de Wiclef y Hus y 300 años antes de
Lutero. ¿El lugar? El sur de Francia y los valles alpinos de aquel país y del norte de Italia. ¿El marco de circunstancias?
Una clase clerical rica y a menudo libertina mantiene en ignorancia, a propósito, a la gente común, la cual vive en la
pobreza. Por toda Europa, la Iglesia Católica Romana ejerce la supremacía, pues es poderosa, opulenta y mundana.
En vivo contraste, hallamos un grupo de personas que se destacan en este fondo histórico. Creen que la Biblia es la
Palabra de Dios y se esfuerzan por vivir en armonía con los principios justos de ella. Caminando en pares, estas personas
suben las colinas y bajan los valles predicando y enseñando cualesquier verdades que hayan podido descubrir al leer las
porciones de las Escrituras que están disponibles en el propio idioma de ellas. Debido a esto, se les persigue como a
herejes, y muchas de ellas pierden la vida. ¿Quiénes son?
En Francia se les llegó a conocer por el nombre de Vaudois. Los católicos que perseguían a estas personas las
llamaban, en latín, valdenses, nombre que se mantiene así en español.
PRECURSORES
Los historiadores católicos y protestantes no concuerdan en cuanto a los orígenes de los valdenses. Los primeros
quisieran convencernos de que lo que ellos llaman la “secta herética” de los valdenses era un fenómeno aislado que surgió
repentinamente a fines del siglo doce bajo la dirección de un francés de Lyón llamado Valdès o Valdo. En cambio, muchos
protestantes afirman que los valdenses constituyen un eslabón en la cadena continua de disidentes que surgieron entre la
época del emperador Constantino (cuarto siglo de la E.C.) y los reformadores protestantes del siglo dieciséis. Estos
protestantes opinan que el nombre valdenses se deriva de la palabra latina vallis, que significa “valle,” y se refiere al hecho
de que aquellos disidentes a quienes se perseguía con persistencia como herejes se vieron obligados a refugiarse en los
valles alpinos de Francia e Italia.
Claro, los historiadores católicos rechazan esta explicación protestante, pues no la consideran histórica. Pero al afirmar
que los valdenses aparecieron repentinamente en la escena de la historia medieval bajo la dirección de Valdès o Valdo la
Iglesia Católica está minimizando el patente hecho histórico de que hubo muchos otros disidentes antes de que Valdo
comenzara a predicar a fines de los años setenta del siglo doce. La verdad parece ser que Valdo y sus asociados llegaron
a ser un punto de reunión para grupos similares de disidentes, algunos de los cuales habían estado en existencia por largo
tiempo.
A la Iglesia Católica le gustaría que olvidáramos que había semillas de descontento entre los suyos muchos años antes
de que apareciera Valdo. Por ejemplo, el obispo Agobard de Lyón, Francia (779-840 de la E.C.), atacó vigorosamente la
adoración de imágenes, el dedicar iglesias a santos y la liturgia eclesiástica que no estaba en armonía con la Biblia.
Al otro lado de los Alpes, en Turín, Italia, un contemporáneo de Agobard, el obispo Claudio, adoptó una posición similar.
Condenó las oraciones dirigidas a los santos, la veneración de reliquias y de la cruz y, en general, rechazó la tradición
eclesiástica debido a que ésta iba en contra de las Escrituras. A Claudio de Turín se le ha llamado “el primer reformador
protestante.”
En el siglo once, el arcediano Bérenger, o Berengarius, de Tours, Francia, que, según se dice, era uno de los teólogos
más influyentes de su tiempo, se opuso al dogma de la transubstanciación y sostuvo que el pan y el vino que se utilizan
durante la conmemoración de la muerte de Cristo son emblemáticos y no se transforman milagrosamente en el cuerpo y la
sangre de Cristo. También sostuvo que la Biblia era superior a la tradición. Bérenger fue excomulgado por herejía en 1050.
Al mismo principio del siglo doce, dos hombres se destacan en Francia como disidentes notables. Fueron ellos Pedro
de Bruys y Enrique de Lausana. El primero comenzó su vida adulta como sacerdote en los Alpes al sudeste de Francia. Al
poco tiempo abandonó el sacerdocio porque no estaba de acuerdo con la Iglesia sobre doctrinas importantes como el
bautismo de infantes, la transubstanciación, las oraciones para los muertos, la adoración de la cruz y la necesidad de
tener edificios que sirvan de iglesias. Después de ser expulsado de la diócesis de los Alpes meridionales, predicó
directamente a la gente por todo el sur de Francia e hizo muchos discípulos. Al fin fue quemado en la hoguera en St. Gilles
en 1140.
Enrique de Lausana, a quien también se llama Enrique de Cluny, continuó la obra de Pedro de Bruys. Enrique era
monje y ya en el año 1101 había empezado a hablar denodadamente en contra de la liturgia eclesiástica, el clero corrupto
de aquel entonces y el sistema de una jerarquía religiosa. Sostenía que la Biblia era la única norma para la fe y la
adoración. Empezó a predicar en Le Mans, y cuando se le expulsó de allí, continuó su obra misional por todo el sur de
Francia y con el tiempo se encontró con Pedro de Bruys. En 1148 se le arrestó y se le puso en prisión, donde pasó el
resto de su vida. Pero las ideas de estos hombres se propagaron como un reguero de pólvora desde el sur de los Alpes
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hasta el Mediterráneo y de un extremo al otro del sur de Francia hasta el Golfo de Vizcaya.
VALDO Y LOS “POBRES DE LYÓN”
Dentro de este ambiente histórico apareció un laico en la escena en Lyón, Francia. No se sabe nada en cuanto al
nacimiento de este hombre, que según se dice ocurrió alrededor de 1140 de la E.C. Hasta cierto grado, aun su nombre es
un misterio, pues se deletrea Valdès, Valdo o Waldo. El nombre Pierre, o Pedro, no aparece en ningún manuscrito que
esté fechado antes de 1368. Se cree que en años posteriores sus discípulos le dieron el nombre, para indicar que él era un
imitador más digno del apóstol Pedro que los papas de Roma, que afirman ser los sucesores de Pedro.
Valdo era un comerciante adinerado de Lyón. Estaba casado y tenía dos hijas. Siendo hombre devoto y católico
practicante, pidió a un amigo teólogo que le diera consejo de las Escrituras en cuanto a lo que debía hacer para agradar a
Dios. En respuesta, su amigo citó Mateo 19:21, donde Jesús dijo al joven rico: “Si quieres ser perfecto, ve, vende tus
bienes y da a los pobres y tendrás tesoro en el cielo, y, ven, sé mi seguidor.”
Valdo tomó a pecho este consejo. Después de proveer para el sustento de su esposa y colocar a sus dos hijas en un
convento, comisionó a dos sacerdotes, Etienne d’Anse y Bernard Ydros, para que tradujeran los Evangelios y otros libros
de la Biblia al idioma vernáculo que se hablaba en las provincias de Provenza y Dauphiné en el sudeste de Francia.
Entonces distribuyó el resto de sus posesiones entre los pobres y se puso a estudiar la Palabra de Dios. Además, predicó
en las calles de Lyón, invitando a los habitantes a que despertaran espiritualmente y regresaran al cristianismo bíblico.
Puesto que Valdo había sido bien conocido como próspero hombre de negocios, muchas personas le escucharon y
pronto tuvo un grupo de seguidores. Les alegró oír el mensaje consolador de la Biblia en su propio idioma, pues hasta
entonces la iglesia había impedido que se tradujera la Biblia a otro idioma con la excepción del latín. Muchas personas
convinieron en renunciar a sus bienes y dedicarse a enseñar la Biblia en el idioma de la gente común. Se les llegó a
conocer como los “Pobres de Lyón.”
Esta predicación laica incitó la ira del clero. En 1179 el papa Alejandro III prohibió a Valdo y sus seguidores predicar sin
el permiso del obispo local. Como era de esperar, el obispo Bellesmains de Lyón rehusó dar su consentimiento. Los
registros históricos indican que, ante esta proscripción, Valdo respondió a la jerarquía usando las palabras de Hechos
5:29: “Tenemos que obedecer a Dios como gobernante más bien que a los hombres.”
Valdo y sus asociados continuaron predicando. Así, en 1184 el papa Lucio III los excomulgó, y el obispo de Lyón los
expulsó de la diócesis. Resultó algo parecido a lo que ocurrió cuando los primeros cristianos fueron echados de Jerusalén.
Acerca de ellos, la Biblia declara: “Los que habían sido esparcidos fueron por la tierra declarando las buenas nuevas de la
palabra.”—Hech. 8:1-4.
Estos disidentes del siglo doce se refugiaron en los Alpes y por todo el sur de Francia, y enseñaban la Biblia a medida
que iban de un lugar a otro. Sin duda se toparon con otros grupos disidentes, como los seguidores de Pedro de Bruys y
Enrique de Lausana. Al cruzar los desfiladeros de los Alpes en dirección al norte de Italia, se encontraron con grupos de
disidentes que ya existían en los valles del Piamonte y de Lombardía. Estos grupos de disidentes con orientación bíblica,
que luego llegaron a conocerse por toda Europa como valdenses, deben distinguirse de grupos “herejes” contemporáneos,
como los cátaros y los albigenses, cuyas doctrinas estaban basadas más en la filosofía persa que en la Biblia. Los
registros históricos muestran que para principios del siglo trece podían hallarse valdenses no solo en el sur de Francia y el
norte de Italia, sino también en el este y norte de Francia, en Flandes, en Alemania, en Austria y hasta en Bohemia, donde
se dice que Valdo murió en 1217.
EN BUSCA DE LA VERDAD BÍBLICA
Sea que Valdo mismo haya sido el fundador de los valdenses o no, a él se le tiene que dar el crédito por haber tomado
la iniciativa de hacer traducir la Biblia del latín a las lenguas vernáculas que en aquel entonces hablaba la gente común a
quienes él y sus asociados predicaban. Además, debe recordarse que eso ocurrió unos 200 años antes de que Wiclef
tradujera la Biblia para los disidentes que hablaban inglés.
La posición básica de los valdenses primitivos era que la Biblia es la única fuente de la verdad en lo que tiene que ver
con la religión. En un mundo que estaba comenzando a salir de lo que se ha llamado la “Edad del Oscurantismo,” ellos
buscaron a tientas la verdad cristiana. Evidentemente hicieron lo mejor que pudieron con los cuantos libros de las
Escrituras Hebreas y Griegas que poseían en un idioma que podían leer y comprender. Según ciertos registros, parece que
no llegaron a rectificar ciertas doctrinas, tales como las de la Trinidad, la inmortalidad del alma y un infierno ardiente.
No obstante, los valdenses primitivos comprendieron la Biblia lo suficientemente bien como para rechazar la adoración
de las imágenes, la transubstanciación, el bautismo de infantes, el purgatorio, el culto de María, las oraciones a los
santos, la veneración de la cruz y de las reliquias, el arrepentimiento de última hora, la confesión a los sacerdotes, las
misas para los muertos, las indulgencias papales, el celibato sacerdotal y el uso de armas carnales. También rechazaron
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el uso de imponentes y elegantes edificios religiosos y consideraban que “Babilonia la Grande, la madre de las rameras,”
era la Iglesia de Roma, e invitaban a sus oyentes a huir de ella. (Rev. 17:5; 18:4) ¡Todo esto lo hicieron a fines del siglo
doce y a principios del siglo trece!
En su obra de predicar, los valdenses primitivos enseñaban la Biblia y daban mucha importancia al Sermón del Monte y
al padrenuestro, en los cuales se muestra que el reino de Dios es lo que se debe buscar primeramente y lo que se debe
pedir en oración. (Mat. 6:10, 33) Sostenían que cualquier cristiano, fuera hombre o mujer, que poseyera suficiente
conocimiento de la Biblia estaba autorizado para predicar las “buenas nuevas.” Además, consideraban a Jesús como el
único mediador entre Dios y el hombre. Puesto que Jesús había muerto una vez para siempre, ellos sostenían que un
sacerdote no podía reanudar este sacrificio por medio de celebrar una misa. Los valdenses primitivos conmemoraban la
muerte de Cristo una vez al año, utilizando pan y vino como símbolos.
LA PREDICACIÓN RESULTA EN PERSECUCIÓN
Los valdenses primitivos sostenían que no era necesario ir a una iglesia para adorar a Dios. Celebraban reuniones
clandestinas en establos, hogares particulares y dondequiera que pudieran hacerlo. Durante estas reuniones estudiaban la
Biblia y preparaban nuevos predicadores, los cuales acompañaban a los más experimentados. Viajaban en pares de granja
en granja y, cuando estaban en los pueblos y aldeas, iban de casa en casa. El autoritativo libro de consulta intitulado
Dictionnaire de Théologie Catholique (Tomo 15, columna 2591) en un artículo que, por lo demás, no favorece a los
valdenses, declara: “Desde la más tierna edad, sus hijos empezaban a aprender los Evangelios y las Epístolas. La
predicación de sus diáconos, sacerdotes y obispos consistía principalmente en citas de la Biblia.”
Otras obras nos informan que los valdenses tenían una excelente reputación de ser muy trabajadores, sumamente
morales y honrados al pagar sus impuestos. Expulsaban a los pecadores que no se arrepentían.
Así eran estas personas temerosas de Dios a quienes perseguidores religiosos persiguieron hasta la muerte, pues a
muchas de ellas las quemaron en la hoguera. Una gran cantidad de ellas fueron víctimas de la terrible cruzada que ordenó
el papa Inocencio III en 1209 contra los cátaros y albigenses en el sur de Francia. Otros sufrieron tortura y se les dio
muerte durante la temible Inquisición que empezó en el sur de Francia en 1229. Algunos de los valdenses lograron escapar
a otros países, y muchos más se refugiaron en los elevados valles de los Alpes de Francia e Italia, donde por siglos
sobrevivieron comunidades valdenses.
Pero con el tiempo, abandonaron muchas de las doctrinas bíblicas que Valdo y otros habían descubierto al leer la
Biblia. A principios del siglo dieciséis, la Reforma Protestante absorbió a los valdenses.
Pero los valdenses primitivos, aunque se les acusó de ser “herejes,” estaban de hecho sinceramente buscando la
verdad y tomaron la delantera en traducir la Biblia, enseñarla y vivir conforme al modo sencillo que corresponde al
cristianismo. Es cierto que no se libraron de todas las doctrinas erróneas de la religión babilónica falsa. Pero
evidentemente vivieron conforme al conocimiento que habían obtenido de la Palabra de Dios. Muchos, según parece,
estuvieron dispuestos a morir más bien que a renunciar a su fe. Claro, solo “Jehová conoce a los que le pertenecen.” Por
eso, con confianza podemos dejar en manos de Él el dar cualquier galardón de vida futura.—2 Tim. 2:19.
*** g80 22/4 págs. 10-12 La Biblia... víctima de ataque salvaje ***
Los valdenses de Francia
En los hermosos valles del sur de Francia vivía un grupo religioso al que se dio el nombre de valdenses. Se informa que
poco antes de 1180 un miembro sobresaliente de ese grupo, Pedro Valdo, pagó a dos sacerdotes para que tradujeran
porciones de la Biblia a la lengua vernácula. Los que leyeron aquellas porciones hicieron cambios verdaderos en su vida.
Hasta uno de los enemigos más feroces del grupo reconoció que había un contraste sorprendente entre la conducta de
ellos y la conducta de la gente en general. Dijo:
‘A los herejes [valdenses] se les conoce por sus modales y palabras; pues son ordenados y modestos en
sus modales y comportamiento. En ellos no hay falsedad ni engaño. Son castos, ecuánimes, sobrios, y se
abstienen de la ira.’
Imbuidos de celo a causa de su lectura personal de las Escrituras, iban de un lado a otro por la campiña francesa, en
parejas, leyendo y enseñando a otras personas las Escrituras. Tan celosos eran, que se informa que uno “cruzó a nado un
río por la noche y en invierno, a fin de llegar hasta [cierta persona] e impartirle enseñanza.” ¡Lo que se hallaba en la Biblia
se había convertido en algo ‘vitalmente activo’ en ellos!
Llenos de entusiasmo, fueron a Roma, Italia, para conseguir la aprobación oficial del papa Alejandro III a fin de usar la
Biblia para enseñar a otras personas. ¡El permiso les fue negado! Uno de los dignatarios religiosos presentes en este
Tercer Concilio de Letrán, Walter Map, exclamó:
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“Pues, ¿no sería el dar la Palabra a los indoctos como perlas ante cerdos?”
¡Imagínese! ¡Se consideraba que el hacer posible que la persona común leyera la Biblia en una lengua que pudiera
entender era como ‘arrojar perlas a los puercos’!
El papa Inocencio III organizó una cruzada para “exterminar” a los herejes. Los informes de los que dirigieron aquella
cruzada indican que centenares de hombres, mujeres y niños fueron cruelmente asesinados y que ejemplares de sus
Biblias fueron quemados porque, como explicó entonces un juez religioso o inquisidor:
“Han traducido el Viejo Testamento y el Nuevo Testamento a la lengua vulgar [común], y de ese modo lo
enseñan y aprenden. He oído y visto a cierto campesino ignorante que recitaba a Job, palabra por palabra; y a
muchos que conocían perfectamente el entero Nuevo Testamento.”
Se propaga la Biblia en la lengua común
A sangre y fuego se obligó a los valdenses a huir a otros países. Al poco tiempo aparecieron traducciones de la Biblia
que el hombre común podía leer en España, Italia, Alemania y otros países. Dondequiera que éstas aparecían, por lo
general venían proscripciones y cruel persecución. En la página anterior se muestran varias prohibiciones oficiales de la
Biblia. ¡A menudo el violar esas leyes religiosas y seglares significaba muerte en la hoguera!
En Inglaterra, para 1382, Juan Wiclef y sus asociados terminaron la primera Biblia completa en inglés. Pero muchas de
las personas comunes no sabían leer. De modo que él organizó un grupo de hombres llamados lolardos, o lollardos, para
que fueran a leer la Biblia a la gente.
Espantosa persecución
Aquellos “hombres de la Biblia,” como a veces se les llamaba, crearon una gran conmoción. Las autoridades religiosas
de Inglaterra respondieron con una persecución increíble. En 1401 el Parlamento Inglés declaró que cualquier persona que
poseyera la Biblia en la lengua común debería ser “quemada en un lugar alto ante la gente, para que tal castigo infunda
temor en la mente de otros.”
¡Y ciertamente aquel método infundió ese temor! El propietario de una Biblia en inglés, por temor de que esto lo
incriminara, declaró que “preferiría quemar sus libros a que sus libros lo quemaran a él.” Sin embargo, muchos no se
desanimaron tan fácilmente de leer la Palabra de Dios. Centenares de aquellas personas fueron quemadas vivas por la
única razón, como muestran los registros del tribunal, de “tener cierto librito de textos en inglés.” A menudo a aquellas
personas se les quemó “con los libros de su enseñanza [las Escrituras] colgando de ellas.”
Aquella persecución rabió furiosamente de un país a otro. En algunos países se mató en masa a los residentes de
aldeas enteras en las que las personas persistían en leer la Biblia en la lengua vernácula. Ningún hombre estaba a salvo de
sus vecinos, sus empleados o hasta sus propios hijos, pues todos, bajo el temor de represalias severas, se sentían
apremiados a informar acerca de cualquier persona a quien se viera leyendo la Biblia en su propia lengua. Huelga decir
que, a fin de que no se les descubriera, muchas personas leían la Biblia a medianoche.
¿Qué habría hecho usted en tales circunstancias? ¿Habría atesorado el mensaje de la Biblia hasta el grado de
arriesgar su vida para leerla?
Aun así, las Biblias en los idiomas locales eran destruidas más rápidamente de lo que se podían hacer, puesto que
había que copiarlas a mano. Aquella ardua tarea también hacía que la Biblia fuera extremadamente costosa, y que de
seguro estuviera más allá del alcance de toda persona excepto los acaudalados. Se informa que una Biblia alemana
completa costaba 70 florines de oro. En aquel tiempo, por uno o dos florines se podía comprar una res cebada. ¡De modo
que una Biblia costaba lo que una manada de reses! Según el historiador John Fox, algunas personas pobres hasta ‘daban
un cargamento de heno por unos cuantos capítulos de Santiago o Pablo en inglés.’
Parecía que la Biblia moriría lentamente como fuerza viva entre la gente en general. Pero una invención cambió el
cuadro.*** w95 1/9 págs. 27-30 Los cátaros, ¿fueron mártires cristianos? ***
Los cátaros, ¿fueron mártires cristianos?

“MATADLOS a todos, pues Dios reconocerá a los suyos.” Ese día de verano de 1209, la población de Béziers, ciudad
meridional de Francia, fue masacrada. El abad Arnoldo Amaury, legado pontificio designado para encabezar a los cruzados
católicos, no mostró la menor piedad. Se dice que cuando sus hombres le preguntaron cómo habrían de distinguir a los
católicos de los herejes, pronunció las infames palabras que se citan al principio. Los cronistas católicos han suavizado su
respuesta vertiéndola así: “No os preocupéis. Creo que muy pocos habrán de convertirse”. Prescindiendo de cuál haya sido
su respuesta exacta, lo cierto es que en aquel degüello murieron no menos de veinte mil hombres, mujeres y niños a
manos de unos trescientos mil cruzados dirigidos por prelados de la Iglesia Católica.
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¿Qué consecuencias tuvo esta matanza? Fue solo el principio de la cruzada albigense que lanzó el papa Inocencio III
contra los supuestos herejes de la provincia de Languedoc, hacia el sur de Francia. Es posible que antes de terminar esta,
unos veinte años más tarde, perdieran la vida un millón de personas, entre ellas cátaros, valdenses e incluso muchos
católicos.
La disensión religiosa en la Europa medieval
El florecimiento del comercio en el siglo XI provocó grandes cambios en la estructura social y económica de la Europa
del Medioevo. Nacieron ciudades que albergaron al creciente número de artesanos y comerciantes. Estas presentaron un
ambiente propicio para nuevas ideas. La disensión religiosa echó raíces en Languedoc, foco de la civilización más tolerante
y próspera de la Europa de aquel tiempo. Su capital, Toulouse, constituía la tercera metrópoli más rica del continente
europeo. Llegó a ser también el centro donde florecieron los trovadores, algunos de los cuales incluyeron en su lírica temas
políticos y religiosos.
La obra Revue d’histoire et de philosophie religieuses (Reseña de historia y filosofía religiosas) describe la situación
religiosa de los siglos XI y XII en estos términos: “En el siglo XII, como en el que le precedió, la conducta del clero, su
opulencia, su vanalidad y su inmoralidad siguieron siendo cuestionadas, pero lo que más se criticó fue su colusión con las
autoridades seculares y su servilismo”.
Predicadores itinerantes
Hasta el papa Inocencio III reconoció que la culpa de que cada vez hubiese más predicadores itinerantes disidentes,
sobre todo en el sur de Francia y el norte de Italia, debía atribuirse a la desenfrenada corrupción dentro de la Iglesia. La
mayoría de estos predicadores eran o cátaros o valdenses. En tono de reproche dijo a los sacerdotes que se negaban a
enseñar al pueblo: “Los pequeños buscan el pan y vosotros no queréis compartirlo con ellos”. Sin embargo, en lugar de
promover la educación bíblica del pueblo, Inocencio afirmó que “es tal la profundidad de la Divina Escritura que no ya el
simple e ignorante, sino aun el prudente e instruido no es capaz de entenderla por completo”. La lectura de la Biblia le
estaba vedada a todo el mundo, excepto al clero, que tenía permitido leerla, si bien únicamente en latín.
Con el fin de contrarrestar la predicación itinerante de los disidentes, el Papa aprobó la fundación de la Orden de los
Frailes Predicadores, o dominicos. A diferencia de la opulenta jerarquía católica, estos frailes serían predicadores viajantes
dedicados a defender la ortodoxia católica contra los “herejes” del sur de Francia. En un esfuerzo por razonar con los
cátaros y conducirlos de nuevo a la grey católica, el Papa también les envió legados pontificios. Sin embargo, ante sus
intentos fallidos y la muerte de uno de sus legados, supuestamente a manos de un hereje, Inocencio III ordenó la cruzada
contra los albigenses en el año 1209. Como Albi era una de las ciudades donde los cátaros eran particularmente
numerosos, los cronistas católicos comenzaron a llamarlos albigenses (del francés, Albigeois), y llegaron a designar con
ese término a todos los “herejes” de aquella región, incluidos los valdenses. (Véase el recuadro de abajo.)
¿Quiénes eran los cátaros?
La palabra “cátaro” proviene del griego ka·tha·rós, que significa “puro”. Durante los siglos XI a XIV, el catarismo se
difundió principalmente por Lombardía, el norte de Italia y Languedoc. Las creencias cátaras eran una mezcla del dualismo
oriental y el gnosticismo que quizá llevaron consigo los comerciantes y misioneros extranjeros. Según la Enciclopedia
Espasa, el dualismo cátaro era “la afirmación de un doble principio universal, bueno el uno, creador del mundo invisible y
espiritual, y autor el segundo del mundo de la materia [incluido el cuerpo humano]”. Los cátaros creían que Satanás había
creado el mundo material, que estaba condenado irrevocablemente a la destrucción. Su esperanza consistía en escapar
del inicuo mundo sensible.
Entre los cátaros había dos grupos: los perfectos y los creyentes. Se entraba en la categoría de los perfectos mediante
un rito de bautismo espiritual llamado consolamentum. Este se efectuaba mediante la imposición de las manos después
de un año de prueba. Se pensaba que este rito libraba al creyente del dominio de Satanás, lo purificaba de todos sus
pecados y le impartía el espíritu santo. Se acuñó el término “perfectos” para designar a los integrantes de la relativamente
pequeña elite, quienes hacían las veces de ministros para los creyentes. Los perfectos se imponían los votos de
abstinencia, castidad y pobreza. Si una persona casada se hacía perfecto, debía dejar a su cónyuge, pues los cátaros
creían que el acto sexual constituía el pecado original.
Aunque los creyentes no adoptaban una forma de vida ascética, sí aceptaban las enseñanzas cátaras. El creyente que
comparecía ante un perfecto solicitaba su perdón y bendición mediante una genuflexión; a este rito se le llamaba
melioramentum. Con el fin de llevar una vida normal, los creyentes concertaban con los perfectos una convenenza, o pacto
irremisible, según la cual se les había de administrar el bautismo espiritual, o consolamentum, en el lecho de muerte.
Su actitud hacia la Biblia
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Aunque los cátaros citaban con frecuencia de la Biblia, la consideraban más que nada una fuente de alegorías y
fábulas. Creían que una buena parte de las Escrituras Hebreas procedía del Diablo. Utilizaban porciones de las Escrituras
Griegas, como las que contrastan la carne con el espíritu, para respaldar su filosofía dualista. Cuando oraban el
padrenuestro, en lugar de decir: “el pan nuestro de cada día”, decían: “nuestro pan supersubstancial” (es decir, “pan
espiritual”), pues el pan material era, por necesidad, malo a sus ojos.
Muchas doctrinas del catarismo contradecían abiertamente la Biblia. Por ejemplo, los cátaros creían en la inmortalidad
del alma y en la reencarnación. (Compárese con Eclesiastés 9:5, 10; Ezequiel 18:4, 20.) También basaban sus creencias
en textos apócrifos. Con todo y con eso, tradujeron porciones de las Escrituras a las lenguas vernáculas, logrando, hasta
cierto grado, que se conociera mejor la Biblia en la Edad Media.
No eran cristianos
Los perfectos, que se consideraban los verdaderos sucesores de los apóstoles, se llamaban a sí mismos “cristianos”, y
lo recalcaban con adjetivos como “verdaderos” o “buenos”. Sin embargo, lo cierto es que muchas de sus creencias nada
tenían que ver con el cristianismo. Aunque reconocían a Jesús como Hijo de Dios, rechazaban tanto la idea de que
hubiese venido en carne como su sacrificio redentor. Malinterpretaban la condenación bíblica de la carne y el mundo, y
sostenían que toda la materia dimanaba del mal. Por consiguiente, afirmaban que Jesús solo pudo haber tenido un cuerpo
espiritual y que cuando vino a la Tierra, meramente aparentó tener un cuerpo carnal. Como los apóstatas del siglo I, los
cátaros eran “personas que no [confesaban] a Jesucristo como venido en carne”. (2 Juan 7.)
En su libro La herejía medieval, M. D. Lambert escribe que el catarismo “reemplazaba la moralidad cristiana por un
ascetismo compulsivo, [...] eliminaba la redención al no admitir el poder salvífico de [la muerte de Cristo]”. En su opinión,
“las verdaderas afinidades de los perfectos se encuentran en los maestros ascéticos de Oriente, los bonzos y faquires de
China e India, los adeptos a los misterios órficos o los maestros del [gnosticismo]”. En la doctrina cátara, la salvación no
dependía del sacrificio redentor de Jesucristo, sino del consolamentum, o bautismo en el espíritu santo. Para los que
habían sido purificados así, la muerte significaba emanciparse de la materia.
Una cruzada infame
Las personas comunes, cansadas de las exigencias abusivas y la corrupción incontrolada del clero, se sintieron
atraídas por el estilo de vida de los cátaros. Los perfectos identificaban a la Iglesia Católica y su jerarquía con “la sinagoga
de Satanás” y “la madre de las rameras” de Revelación 3:9 y 17:5. El catarismo iba difundiéndose y reemplazando a la
Iglesia Católica en la Francia meridional. El papa Inocencio III reaccionó lanzando y financiando lo que se conoce como la
cruzada albigense, la primera cruzada dirigida contra personas que afirmaban ser cristianas.
Mediante cartas y legados pontificios, el Papa presionó a los reyes, condes, duques y caballeros católicos de Europa.
Ofreció indulgencias y las riquezas de Languedoc a todo aquel que luchara para erradicar la herejía “por cualquier medio”.
Sus palabras no cayeron en oídos sordos. Animado por prelados y monjes católicos, un ejército heteróclito de cruzados
del norte de Francia, Flandes y Alemania se dirigió al sur, hacia la cuenca del Ródano.
La devastación de Béziers fue el principio de una guerra de conquista que consumió el Languedoc en una orgía de
fuego y sangre. Albi, Carcasona, Castres, Foix, Narbona, Termenes y Toulouse cayeron en manos de los sanguinarios
cruzados. En las fortalezas cátaras de Casses, Minerve y Lavaur, centenares de perfectos fueron consumidos en las
llamas de la hoguera. Según el monje cronista Pierre des Vaux-de-Cernay, los cruzados ‘quemaron vivos a los perfectos
con regocijo en el corazón’. En 1229, tras veinte años de luchas y devastación, Languedoc quedó bajo el dominio de
Francia. Pero el degüello no terminó allí.
La Inquisición asesta el golpe mortal
Con el fin de reforzar la lucha armada, en 1231 el papa Gregorio IX instituyó la Inquisición papal. El procedimiento
inquisitorial consistió originalmente en denuncias y coacciones y, más tarde, en torturas sistemáticas. Su objetivo era
erradicar lo que la espada no había podido destruir. Los jueces inquisidores, en su mayoría dominicos y franciscanos, solo
eran responsables ante el Papa. La pena por la herejía era morir en la hoguera. El fanatismo y la brutalidad de los
inquisidores fueron tan grandes que provocaron asonadas de protesta en Albi, Toulouse y otros sitios. En Aviñón se mató
con violencia a todo el tribunal de la Inquisición.
La rendición en 1244 de la fortaleza de Montségur, último reducto de muchos perfectos, asestó el golpe mortal al
catarismo. Unos doscientos hombres y mujeres murieron en hogueras en una quema masiva. En los años siguientes, la
Inquisición dio cuenta de los cátaros restantes. Al parecer, el último cátaro murió en la hoguera en Languedoc en 1330. El
libro La herejía medieval señala: “La caída del catarismo fue logro principalmente de la Inquisición”.
Es cierto que los cátaros distaban mucho de ser verdaderos cristianos; pero ¿acaso sus críticas a la Iglesia Católica
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justificaron su cruel exterminio a manos de otros supuestos cristianos? Sus perseguidores y verdugos católicos
deshonraron a Dios y a Cristo, y desvirtuaron el cristianismo verdadero con la tortura y el degüello de miles y miles de
disidentes.
[Nota a pie de página]
Si desea más detalles sobre la Inquisición medieval, vea el artículo “La aterradora Inquisición”, de la revista ¡Despertad! del
22 de abril de 1986, páginas 20 a 23, editada por Watchtower Bible and Tract Society of New York, Inc.
[Fotografía en la página 29]
Siete mil personas murieron en la Iglesia de Santa María Magdalena de Béziers, ciudad en la que los cruzados
masacraron a 20.000 hombres, mujeres y niños
[Recuadro en la página 28]
LOS VALDENSES
A finales del siglo XII, Pierre Valdès, o Pedro de Valdo, un acaudalado comerciante de Lyón, costeó las primeras
traducciones de porciones de la Biblia a varias lenguas provenzales, idiomas vernáculos del sur y sureste de Francia. Fue
un católico sincero que, habiendo renunciado a su negocio, se dedicó a predicar el Evangelio. Muchos otros católicos,
hastiados del clero corrupto, se unieron a él y se convirtieron en predicadores itinerantes.
Al poco tiempo Valdo se enfrentó a la hostilidad de los clérigos locales, quienes persuadieron al Papa para que prohibiera
su predicación pública. Se afirma que su respuesta fue: “Es menester obedecer a Dios antes que a los hombres”.
(Compárese con Hechos 5:29.) Debido a su persistencia, Valdo fue excomulgado. Sus seguidores, conocidos como
valdenses, o pobres de Lyón, se esforzaron por imitar su ejemplo predicando de dos en dos en los hogares de la gente.
Como consecuencia, sus enseñanzas se difundieron por el sur, el oriente y partes del norte de Francia, así como en el
norte de Italia.
Propugnaban, sobre todo, que se volviera a las doctrinas y costumbres de los primeros cristianos. Ponían en entredicho
doctrinas como las del purgatorio, los rezos por los muertos, la veneración de María, las oraciones a los “santos”, la
veneración de crucifijos, las indulgencias, la eucaristía, el bautismo de los niños y otras más.
Las enseñanzas de los valdenses diferían diametralmente de las enseñanzas dualistas y no cristianas de los cátaros,
con quienes a menudo eran confundidos. Tal confusión se debió principalmente a los polemistas católicos, quienes
deliberadamente procuraron asociar la predicación valdense con las enseñanzas de los albigenses, o cátaros.
[Nota]
Hallará más información sobre este grupo en el artículo “Los valdenses... ¿herejes, o buscadores de la verdad?”, de La
Atalaya del 15 de diciembre de 1981, páginas 12 a 15.
*** w87 15/11 Los anabaptistas y “el modelo de palabras saludables” ***
Los anabaptistas y “el modelo de palabras saludables”

EL APÓSTOL Pablo advirtió que después de su muerte se introducirían en el rebaño de Dios cristianos apóstatas que,
como “lobos opresivos”, procurarían “arrastrar a los discípulos tras de sí”. ¿Cómo harían esto? Introduciendo tradiciones y
enseñanzas falsas para deformar la verdad de las Escrituras. (Hechos 20:29, 30; 1 Timoteo 4:1.)
Por esta razón, Pablo exhortó al joven Timoteo: “Sigue reteniendo el modelo de palabras saludables que oíste de mí
con la fe y el amor que hay en relación con Cristo Jesús. Este excelente depósito a tu cuidado, guárdalo mediante el
espíritu santo que mora en nosotros”. ¿Qué era este “modelo de palabras saludables”? (2 Timoteo 1:13, 14.)
Se establece “el modelo”
Todos los libros de las Escrituras Griegas Cristianas fueron escritos en el primer siglo de nuestra era común. Aunque
fueron escritos por diferentes personas, el espíritu santo o fuerza activa de Dios garantizó que armonizaran, no solo unos
con otros, sino también con las Escrituras Hebreas, que los antecedieron. De esta manera se formó un “modelo” de sana
enseñanza bíblica al que tienen que adherirse los cristianos, tal como Jesucristo había llegado a ser un “dechado” que
ellos habían de seguir. (1 Pedro 2:21; Juan 16:12, 13.)
Durante los siglos de oscuridad espiritual tras la muerte de los apóstoles, ¿qué le sucedió al “modelo de palabras
saludables”? Muchas personas sinceras trataron de descubrirlo de nuevo, aunque una restauración plena tendría que
esperar hasta “el tiempo del fin”. (Daniel 12:4.) A veces era una voz solitaria la que se oía, y en otras ocasiones un grupito
de personas buscaba “el modelo”.
Parece que los valdenses fueron uno de esos grupitos. Vivieron en Francia, Italia y otras zonas de Europa durante los
siglos XII al XIV. De aquel movimiento surgieron después los anabaptistas. ¿Quiénes eran estos, y qué creían?
Enseñanzas fundamentales
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Originalmente los anabaptistas adquirieron prominencia para el año 1525, en Zurich, Suiza. Desde aquella ciudad sus
creencias se esparcieron rápidamente a muchas partes de Europa. La Reforma de principios del siglo XVI había efectuado
algunos cambios, pero para los anabaptistas no fueron suficientes.
En su deseo de regresar a las enseñanzas cristianas del primer siglo, rechazaron más del dogma católico romano que
Martín Lutero y otros reformadores. Por ejemplo, los anabaptistas sostuvieron que solo podía haber una dedicación de
adultos a Cristo. Por su práctica del bautismo de adultos —hasta para la persona que hubiera sido bautizada como
infante— se les dio el nombre de “anabaptistas”, que significa “rebautizadores”. (Mateo 28:19; Hechos 2:41; 8:12;
10:44-48.)
“Para los anabaptistas la verdadera Iglesia era una asociación de personas que creían”, escribe el Dr. R. J. Smithson en
su libro The Anabaptists—Their Contribution to Our Protestant Heritage. Como tal, se consideraban una sociedad de
creyentes dentro de la comunidad en general, y al principio no tenían un ministerio especialmente adiestrado, ni pagado.
Como los discípulos de Jesús, eran predicadores ambulantes que visitaban los pueblos y las aldeas y hablaban a la gente
en los mercados, talleres y hogares. (Mateo 9:35; 10:5-7, 11-13; Lucas 10:1-3.)
A cada anabaptista se le consideraba responsable personalmente ante Dios, y se le veía como persona que disfrutaba
de libre albedrío y mostraba su fe por sus obras, aunque reconocía que la salvación no venía mediante obras solamente. Si
alguien cometía una transgresión contra la fe, podía ser expulsado de la congregación. Solo se le restablecía en ella al
presentar prueba del debido arrepentimiento. (1 Corintios 5:11-13; compárese con 2 Corintios 12:21.)
Cómo veían al mundo
Los anabaptistas se daban cuenta de que no podían reformar al mundo. Aunque la Iglesia se había aliado con el Estado
desde el tiempo del emperador romano Constantino en el siglo IV E.C., para ellos eso no significaba que el Estado se
hubiera hecho cristiano. Por lo que Jesús había dicho, sabían que el cristiano ‘no era parte del mundo’, aunque esto
resultara en persecución. (Juan 17:15, 16; 18:36.)
Donde no había conflicto entre la conciencia cristiana y los intereses seglares, los anabaptistas reconocían que era
apropiado respetar y obedecer al Estado. Pero el anabaptista no se envolvía en la política, ni ocupaba un puesto civil, ni se
hacía magistrado ni juraba. Rechazaba toda forma de violencia y fuerza, y por eso no participaba en la guerra ni en el
servicio militar. (Marcos 12:17; Hechos 5:29; Romanos 13:1-7; 2 Corintios 10:3, 4.)
Los anabaptistas mantenían una elevada norma moral en una vida de sobria simplicidad, fundamentalmente libre de los
bienes y deseos materialistas. Por su amor mutuo, frecuentemente establecían poblados, aunque la mayoría de ellos
rechazaba la vida comunal como estilo de vida. Sin embargo, sobre la base de que todo pertenece a Dios, siempre
estaban dispuestos a utilizar sus posesiones materiales para el bien de los pobres. (Hechos 2:42-45.)
Por el estudio cuidadoso de la Biblia, especialmente las Escrituras Griegas Cristianas, algunos anabaptistas rehusaron
aceptar la doctrina trinitaria de tres personas en un solo Dios, como de ello testifican algunos de sus escritos. Usualmente
su modo de adorar era muy sencillo, y en él se destacaba especialmente la celebración de la Cena del Señor. Los
anabaptistas, que rechazaban los puntos de vista tradicionales de los católicos romanos, luteranos y calvinistas, veían
este acto de rememoración como una conmemoración de la muerte de Jesús. “Para ellos —escribe R. J. Smithson— era
el acto más solemne en que puede participar el cristiano, y envuelve la renovación del pacto del creyente de dedicar su
vida sin reservas al servicio de Cristo.”
La persecución... y después
Como sucedió en el caso de los cristianos primitivos, los anabaptistas fueron objeto de malos entendimientos. Se les
vio, al igual que a aquellos cristianos, como personas que perturbaban el orden establecido de la sociedad, ‘que
trastornaban la tierra habitada’. (Hechos 17:6.) En Zurich, Suiza, las autoridades, vinculadas con el reformador Ulrico
Zuinglio, objetaron especialmente a que los anabaptistas rehusaran bautizar a infantes. En 1527, en despliegue de
crueldad, ahogaron a Félix Manz, uno de los líderes anabaptistas, y persiguieron tan enconadamente a los anabaptistas
suizos que casi acabaron con ellos.
En Alemania los anabaptistas fueron enconadamente perseguidos por los católicos y los protestantes. Un mandato
imperial aprobado en el año 1528 impuso la pena de muerte a cualquier persona que se hiciera anabaptista... y sin juicio
alguno. La persecución que se desató en Austria hizo que la mayoría de los anabaptistas de aquel lugar buscaran refugio
en Moravia, Bohemia y Polonia, y posteriormente en Hungría y Rusia.
Era inevitable que tras la muerte de muchos de los líderes originales surgieran extremistas. Estos trajeron consigo un
desequilibrio que produjo mucha confusión y una subsiguiente apostasía de las normas que habían caracterizado a los
primeros días. Eso se hizo trágicamente patente en el año 1534, cuando extremistas de ese tipo se apoderaron a la fuerza
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del gobierno municipal de Münster, en Westfalia. El año siguiente la ciudad fue recapturada en medio de mucho
derramamiento de sangre y tortura. Este episodio estuvo fuera de armonía con la verdadera enseñanza anabaptista y
resultó en mucho descrédito para ellos. Algunos seguidores procuraron librarse del nombre anabaptistas, y favorecieron el
título “baptistas” o “bautistas”. Pero sin importar el nombre que escogieron, todavía experimentaron oposición,
particularmente de la Inquisición católica.
Con el tiempo, grupos de anabaptistas emigraron en busca de mayor libertad y paz. Hoy los hallamos en América del
Norte y América del Sur, así como en Europa. Muchas confesiones religiosas han recibido la influencia de las primeras
enseñanzas de los anabaptistas, entre ellas los cuáqueros, los bautistas de hoy día y los hermanos de Plymouth. En los
cuáqueros se halla el odio a la guerra y la idea de ser guiados por una ‘luz interna’ que caracterizaban a los anabaptistas.
La supervivencia de los anabaptistas se ve muy claramente hoy día en dos grupos particulares. El primero es el de los
hermanos hutteritas, conocidos así por su líder del siglo XVI, Jacob Hutter. Estos se establecieron en comunidades en
Inglaterra, el Canadá occidental, Paraguay y Dakota del Sur, Estados Unidos. Los menonitas o mennonitas son el otro
grupo. Toman su nombre de Menno Simons, quien contribuyó mucho a borrar la mala fama que quedó en los Países Bajos
después de lo acontecido en Münster. Simons murió en 1561. Hoy día hay menonitas en Europa y América del Norte,
entre ellos los menonitas amish.
“El modelo” hoy
Aunque puede ser que los anabaptistas hayan buscado “el modelo de palabras saludables”, no lograron descubrirlo.
Además, K. S. Latourette, en su libro A History of Christianity, declara: “Aunque originalmente se inclinaban vigorosamente
al esfuerzo misional, la persecución llevó a la mayoría de ellos a volverse hacia sí mismos y perpetuarse por nacimiento
más bien que por conversión”. Y lo mismo es cierto aun en este tiempo respecto a los grupitos cuyo origen se puede
discernir en el movimiento anabaptista. Su deseo de distinguirse del mundo y de sus caminos los ha llevado a mantener
modos de vestir distintivos, estimulados por la vida de comunidad separada que frecuentemente observan.
Entonces, ¿puede realmente hallarse hoy “el modelo de palabras saludables”? Sí, pero realmente requiere tiempo y
amor a la verdad el hallarlo. ¿Por qué no investiga para ver si lo que usted cree armoniza con el “modelo” revelado
divinamente? No es difícil determinar qué es tradición de hechura humana y qué es hecho bíblico. Los testigos de Jehová
de su localidad gustosamente le ayudarán, porque ellos mismos aprecian la ayuda que han recibido para entender “el
modelo de palabras saludables”.
*** g88 22/11 págs. 19-22 ¿Por qué rechazaron los socinianos la doctrina de la Trinidad? ***
¿Por qué rechazaron los socinianos la doctrina de la Trinidad?

“El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios, y, sin embargo, no son tres dioses, sino un
solo Dios.” Así define el credo atanasiano la doctrina de la Trinidad. Durante más de dieciséis siglos, esta
doctrina ha sido enseñada por las iglesias de la cristiandad, hasta que en nuestro día es reconocida como “la
doctrina central de la religión cristiana”. ¿Pero lo es? A través de la historia ha habido un puñado de hombres
y mujeres valientes que se han atrevido a afirmar que la Biblia contradice esta enseñanza... con frecuencia, a
expensas de su propia vida.

MIGUEL SERVET fue uno de ellos. Huía por su vida. Al amanecer de un día de primavera del año 1553, el reputado
médico escapó de la prisión en camisón y gorro de dormir, y huyó por los campos y aldeas de Francia. El proceso
emprendido contra él por las autoridades católicas de Vienne había tomado un giro desfavorable. Sabían quién era. Juan
Calvino, líder protestante afincado en Ginebra y enemigo acérrimo de aquella elite católica, había contribuido a entregar a
Servet en sus manos.
Si grande era el odio que existía entre protestantes y católicos en aquellos primeros años de la Reforma, mayor fue el
odio que les unió en su lucha contra este hombre. ¿Cuál había sido su crimen? Herejía. Miguel Servet había escrito
algunas obras en las que demostraba que la doctrina de la Trinidad, enseñada por las iglesias, no tenía apoyo bíblico.
Había dicho: “La Trinidad papista, el bautismo de infantes y los otros sacramentos defendidos por el papado son doctrinas
de demonios”.
Pero, ¿adónde podría ir? Puede que Servet supiese que en el norte de Italia contaba con un pequeño grupo de
seguidores. Ocultándose, se encaminó en esa dirección. Sin embargo, a pesar de su disfraz, a su paso por Ginebra fue
reconocido. Calvino lo denunció a las autoridades e instigó su ejecución. El 27 de octubre de 1553 fue quemado vivo en la
hoguera con uno de sus libros atado a su muslo. Murió mientras oraba a favor de sus enemigos y rehusaba retractarse.
Algunos espectadores, impresionados por aquello, llegaron a repudiar la doctrina de la Trinidad.
A Lelio Socino, uno de los italianos que ya había sido influido por los escritos de Servet, la brutal ejecución del médico
español le impulsó a examinar por sí mismo la doctrina de la Trinidad. Él también llegó a la conclusión de que no tenía
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base bíblica. Compartió sus convicciones con un joven sobrino suyo de nombre Fausto. Hasta le dejó a su sobrino todos
sus papeles y escritos. Fausto, profundamente conmovido, gradualmente llegó a tomar la decisión de abandonar su
cómoda vida cortesana y dedicarse a compartir con otros las verdades que había aprendido de la Biblia.
Acosado por la Inquisición católica, Socino viajó hacia el norte. En Polonia encontró un pequeño grupo de anabaptistas
que se autodenominaba: “Los hermanos [...] que han rechazado la Trinidad”. Para Socino, este grupo religioso era,
evidentemente, el que más cerca estaba de la verdad bíblica. De modo que se estableció en Cracovia y empezó a escribir
en defensa de su causa.
¿Cuáles eran sus creencias?
Los socinianos, como se les llamaría más tarde, querían, por encima de todo, reinstaurar el cristianismo puro enseñado
en la Biblia. Creían que la Reforma protestante solo había eliminado superficialmente algo de la corrupción y los rituales del
catolicismo, pero había conservado casi intacto su podrido núcleo: las enseñanzas no bíblicas.
Pero ellos, así como las demás religiones de su entorno, también tenían muchos errores. No obstante, de todos los
grupos surgidos de la Reforma, esta pequeña corriente de socinianismo se apegó a la Biblia más que ningún otro. A
continuación se dan algunos ejemplos. ¿Por qué no busca en su Biblia los versículos que se citan y los compara con
estos ejemplos?
Como los anabaptistas, los socinianos enseñaron que el bautismo de infantes no era bíblico, ya que en la Biblia solo se
habla del bautismo de adultos. Se apegaron con firmeza al mandamiento bíblico de amar al prójimo y abandonar las
armas. Mientras que los católicos y los protestantes ávidamente teñían de sangre Europa, los socinianos rehusaron de
plano ir a la guerra. Muchos murieron por mantener esta postura bíblica. Lo que es más, no aceptaron cargos públicos,
pues de haberlo hecho, podrían haberse visto implicados en la guerra y compartir la culpa por ella.
El espíritu nacionalista tan extendido en aquellos días no logró influir en ellos. Creían que los verdaderos cristianos eran
extranjeros en cualquier país del mundo. (Juan 17:16; 18:36.) Se les conocía por sus elevadas normas morales y
excomulgaban, o expulsaban, al que rehusara vivir de acuerdo con la explicación sociniana de la Palabra de Dios o la
rechazara. (2 Juan 10; 1 Corintios 5:11.)
Los socinianos no se retrajeron de usar el nombre personal de Dios: Jehová. Consideraban de especial importancia las
palabras de Juan 17:3, donde se dice que el adquirir conocimiento de Dios y de Su Hijo significa vida eterna. Veían la vida
eterna como la gran esperanza del verdadero cristiano. Negaron rotundamente la doctrina de la inmortalidad del alma. Más
bien, al igual que la Biblia, enseñaron que el alma muere, pero que existe la esperanza de una resurrección futura.
(Ezequiel 18:4; Juan 5:28, 29.)
También descartaron la enseñanza del infierno de fuego por no tener apoyo bíblico. Para Socino era absurdo afirmar que
Dios torturaba eternamente en el infierno a una persona por unos pecados cometidos en el transcurso de una vida de
setenta u ochenta años escasos. Algunos de los primeros maestros socinianos hasta enseñaron acerca del reinado
milenario de Cristo sobre la Tierra. (Eclesiastés 9:5; Revelación 20:4.)
¿Por qué rechazaron la Trinidad?
Sin embargo, como en el caso de Servet, los socinianos fueron más conocidos por negar el dogma de la Trinidad. ¿En
qué se basaron? Sus argumentos seguían una doble línea de razonamiento. La primera y principal era que tal enseñanza
carecía de base bíblica.
Aun hoy, los teólogos admiten sin objeción alguna que la Biblia no hace referencia a ninguna Trinidad, que esta fue el
resultado de la ‘teología creativa’, un intento por fusionar el “cristianismo” del siglo IV con la filosofía griega. ¿Qué lugar
podía tener esa enseñanza en un movimiento que pretendía reinstaurar el cristianismo puro? Ninguno.
Un historiador dijo acerca de Servet: “En lugar de una doctrina cuya terminología misma —Trinidad, hipóstasis,
persona, sustancia, esencia— no había sido tomada de la Biblia, sino inventada por filósofos para quienes el propio Cristo
era poco más que una abstracción filosófica, Servet deseaba conseguir que los hombres pusiesen su fe en un Dios vivo, en
un Cristo de naturaleza divina que había sido una realidad histórica y en un espíritu santo siempre actuante en el corazón
de los hombres”. Él creía que los tres eran uno exclusivamente en el sentido explicado en Juan 17:21, y consideraba que
el espíritu santo era la fuerza activa de Dios, no una persona.
Además, los socinianos consideraban que el supuesto apoyo bíblico para esta doctrina era sensiblemente endeble. Ya
entonces era bien sabido que la redacción del texto preferido por los trinitarios, 1 Juan 5:7, obedecía a una corrupción del
original debida a una interpolación añadida posteriormente. Respecto a Juan 1:1, solo tiene sentido si se entiende que en
él se llama a Cristo “divino” o “un dios”, en lugar de considerarlo igual al Dios todopoderoso.
Pero el golpe más devastador a la Trinidad fue que la propia descripción bíblica de Dios, Jesús y el espíritu santo hacía
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imposible que se les concibiese como integrantes de una Trinidad. ¿Por qué? Pues bien: en primer lugar, la Biblia muestra
que el espíritu santo no es una persona, sino la fuerza activa de Dios. (Lucas 1:41; Hechos 10:38.) En segundo lugar,
Cristo no podía ser “coigual y coeterno” al Padre, pues fue creado por Él. (Juan 14:28; Colosenses 1:15.) Y por último,
¿cómo podría Jehová, a quien tan frecuentemente se le describe como el único Dios, ser parte de una deidad trina?
(Deuteronomio 6:4; Isaías 44:6.)
Por consiguiente, los socinianos refutaron la Trinidad apoyándose en la Biblia. Pero también la refutaron sobre la base
de la simple razón. Según un historiador de la Reforma, “Socino sostuvo que [...] aunque [la Biblia] puede contener cosas
que sobrepasan la razón [...], no contiene nada contrario a la razón”. La Trinidad y su contradictorio concepto de un solo
dios que es a la vez tres personas caía a todas luces en esta última categoría. Un historiador explicó cómo se sentía
Servet respecto a dicha doctrina: “Confundía su mente, y ni conmovía su corazón ni inspiraba su voluntad”.
Sin embargo, los socinianos cayeron en algunos errores doctrinales notorios. Socino y sus seguidores negaron el
principio del rescate de Cristo. Pero la Biblia enseña claramente que Cristo, con su muerte, pagó el precio para redimir a la
humanidad de su condición pecaminosa. (Romanos 5:12; 1 Timoteo 2:5, 6.) Este no fue el único error. Por ejemplo: Socino
negó la existencia prehumana de Cristo, otra clara enseñanza bíblica. (Juan 8:58.)
Una historia corta y trágica
La iglesia reformada menor (como se denominó oficialmente a los socinianos) floreció en Polonia durante casi cien
años. En su momento de mayor auge llegó a tener hasta trescientas congregaciones. Establecieron una colonia en Rakov,
al nordeste de Cracovia, montaron una imprenta y fundaron una universidad que atrajo a maestros respetados y a
estudiantes de todas partes. De su imprenta salieron unos quinientos diferentes panfletos, libros y tratados en unos veinte
idiomas. Misioneros y estudiantes viajeros los diseminaron secretamente por toda Europa. Se ha dicho que las
publicaciones antisocinianas que estas obras inspiraron durante los siguientes dos siglos ¡podrían llenar una biblioteca!
Pero, odiados como eran tanto por católicos como por protestantes, los socinianos no estarían mucho tiempo en paz.
El propio Socino fue atacado, golpeado, maltratado por chusmas y casi ahogado debido a sus creencias. Incluso antes de
su muerte, acaecida en 1604, los jesuitas, resueltos a restablecer la supremacía de la iglesia católica en Polonia, habían
empezado a abrirse camino lentamente hacia puestos de influencia con el rey.
La persecución de los socinianos comenzó a aumentar. En 1611, un sociniano rico fue despojado de sus propiedades y
sentenciado a que le cortasen la lengua, lo decapitasen, le cortasen una mano y un pie y luego lo quemasen. Por
supuesto, con tan solo cambiar de religión, podría seguir viviendo en paz. No cedió. Se encaró impávidamente a su
ejecución en la plaza del mercado de Varsovia.
En 1658 los jesuitas por fin alcanzaron su meta. A instancias suyas, el rey decretó que todos los miembros de la
iglesia reformada menor salieran de Polonia en el plazo de tres años; en caso contrario, serían ejecutados. Cientos de
ellos prefirieron el exilio. Estallaron brutales persecuciones. Unas pocas congregaciones pequeñas de exiliados
sobrevivieron por un tiempo en Transilvania, Prusia y los Países Bajos, pero estos grupos aislados también fueron
desapareciendo gradualmente.
El legado sociniano
Aun así, los escritos socinianos siguieron ejerciendo influencia. El Catecismo Racoviano, basado en los escritos de
Socino y publicado poco después de su muerte, fue traducido al inglés en 1652 por John Biddle. El Parlamento se incautó
de todas las copias que pudo, las quemó e hizo que Biddle fuese a parar a la prisión. Aunque puesto en libertad por un
tiempo, fue enviado de nuevo a prisión y murió en ella.
Pero los argumentos en contra de la Trinidad no desaparecieron tan fácilmente de Inglaterra, donde muchos hombres
instruidos y razonables vieron que la Biblia los probaba verídicos. Sir Isaac Newton, uno de los más grandes científicos de
la historia, refutó la Trinidad en sus escritos, y a veces se le llama sociniano. A Joseph Priestley, el famoso químico que
descubrió el oxígeno, también se le identifica como sociniano. El ilustre poeta John Milton igualmente renunció a la
Trinidad. De hecho, el filósofo francés Voltaire consideró gracioso que Lutero, Calvino y Zwingli —cuyos escritos, según él,
eran “ilegibles”— convencieran a una gran parte de Europa, mientras que “los más grandes filósofos y los mejores
escritores de su tiempo”, como Newton y otros socinianos, solo captaran a un pequeño y menguante rebaño.
Estos hombres recalcaron la importancia de la razón en la religión, tal como había hecho Socino antes que ellos. Así
es como tenía que ser. La propia Biblia nos insta a servir a Dios ‘con nuestra facultad de raciocinio’. (Romanos 12:1.) Sin
embargo, en el movimiento unitario que surgió en Inglaterra de estas raíces socinianas, el razonamiento humano empezó a
tener prioridad sobre la Biblia. A mediados del siglo XVIII, según una historia de su movimiento, los unitarios de Inglaterra y
América “empezaron a abandonar las Escrituras como la fuente principal de la verdad religiosa”.
De todas formas, los primeros socinianos pusieron un ejemplo del que muchas religiones modernas podrían aprender.
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Por ejemplo: un ministro presbiteriano alabó su posición respecto a la guerra en comparación con la “impotencia [de las
iglesias modernas] frente a la guerra mundial”. Manifestó su esperanza de que todas las iglesias de la cristiandad
adoptaran pronto una posición contra la guerra. Pero él escribió esas palabras en 1932. La segunda guerra mundial estalló
tan solo unos años después, y las iglesias apoyaron de nuevo el derramamiento de sangre. Hoy en día la guerra causa
estragos en muchas partes del globo, y son más las que la religión provoca que las que impide.
¿Qué puede decirse de su religión? ¿Ha perdido ella, como ha ocurrido actualmente con tantas otras religiones, su
respeto por la Biblia? ¿Enseña en su lugar las ideas de hombres? ¿Qué posición adopta tocante a cuestiones doctrinales
como la inmortalidad del alma, el fuego del infierno y la Trinidad? ¿Ha comparado usted estas enseñanzas con lo que la
Biblia dice? Los socinianos lo hicieron. Lo instamos a hacer lo mismo.*** sh cap. 13 págs. 320-328 La Reforma... la
búsqueda cambió de dirección ***
Anabaptistas, menonitas y huteritas
32 Sin embargo, algunos protestantes creían que los reformadores no habían hecho una obra completa al renunciar a las
faltas de la iglesia católica papista. Creían que la iglesia cristiana debería consistir solamente en practicantes fieles de la
religión que se bautizaran, más bien que en toda la gente de una comunidad o nación. Por lo tanto, rechazaron el bautismo
de infantes e insistieron en la separación de la Iglesia y el Estado. En secreto volvieron a bautizar a sus compañeros de
creencia, y así adquirieron el nombre de anabaptistas (ana significa “de nuevo” en griego). Estas personas, que rehusaban
portar armas, prestar juramento o aceptar puestos públicos, fueron vistas como una amenaza para la sociedad y fueron
perseguidas tanto por los católicos como por los protestantes.
33 Al principio los anabaptistas vivían en grupitos esparcidos en algunas partes de Suiza, Alemania y los Países Bajos.
Puesto que por dondequiera que iban predicaban sus creencias, su número aumentó rápidamente. Un grupito de
anabaptistas, arrebatado por su fervor religioso, abandonó su pacifismo y capturó la ciudad de Münster en 1534 e intentó
convertirla en una comunidad polígama llamada Nueva Jerusalén. Aquel movimiento fue sofocado rápidamente con gran
violencia. Esto dio a los anabaptistas mala reputación, y casi fueron eliminados por completo. En realidad la mayoría de
los anabaptistas eran gente sencilla y religiosa que trataba de vivir una vida separada y tranquila. Entre los descendientes
mejor organizados de los anabaptistas estuvieron los menonitas, seguidores del reformador holandés Menno Simons, y los
huteritas, que seguían a Jacob Hutter, del Tirol. Para escapar de la persecución, algunos de ellos emigraron a la Europa
oriental —Polonia, Hungría y hasta Rusia—, y otros a la América del Norte, donde con el tiempo formaron comunidades
huteritas y amish.
Surge el calvinismo
34 En Suiza la obra de reforma siguió adelante bajo el liderato de un francés llamado Jean Cauvin, o Juan Calvino
(1509-1564), quien se enteró de las enseñanzas protestantes durante sus días de estudiante en Francia. En 1534 Calvino
salió de París debido a la persecución religiosa y se estableció en Basilea, Suiza. En defensa de los protestantes publicó
Institución de la religión cristiana, obra en la que dio un resumen de las ideas de los antiguos padres de la iglesia y de
teólogos medievales, así como de Lutero y Zuinglio. Esta obra llegó a verse como el fundamento doctrinal de todas las
iglesias de la Reforma establecidas después en Europa y América.
35 En Institución él presentó su teología. Para Calvino, Dios es el soberano absoluto, cuya voluntad determina y rige
sobre todo. Por contraste, el hombre caído es pecaminoso y no merece nada. Por lo tanto, la salvación no depende de las
buenas obras del hombre, sino de Dios, y de ahí vino la doctrina de predestinación de Calvino, sobre la cual escribió:
“Aseguramos que por consejo eterno e inmutable Dios ha determinado de una vez por todas tanto a quiénes
admitiría en la salvación como a quiénes condenaría a la destrucción. Afirmamos que este consejo, en lo que
se refiere a los escogidos, se funda en Su misericordia gratuita, prescindiendo totalmente del mérito humano;
pero que para los que dedica a la condenación la puerta de la vida está cerrada por un juicio justo e
irreprensible, pero incomprensible”.
La austeridad de tal enseñanza se refleja también en otros campos. Calvino insistía en que los cristianos tenían que llevar
vidas santas y virtuosas, y no solo abstenerse del pecado, sino también del placer y lo frívolo. Además, afirmaba que la
iglesia, que está compuesta de los escogidos, debe ser librada de toda restricción civil, y que solo mediante la iglesia
puede establecerse una sociedad verdaderamente piadosa.
36 Poco después de publicarse Institución, Guillermo Farel, otro reformador francés, convenció a Calvino de que debía
establecerse en Ginebra. Trabajaron juntos para poner en práctica el calvinismo. Su objetivo era hacer de Ginebra una
ciudad de Dios, una teocracia de gobernación divina que combinara las funciones de Iglesia y Estado. Instituyeron
reglamentos estrictos, con sanciones, en los cuales abarcaron todo: desde las instrucciones religiosas y los servicios en
las iglesias hasta la moral pública, e incluso asuntos como la sanidad y medidas preventivas contra incendios. Un libro de
texto de historia informa que “un ejemplo es el de cierto peluquero que, por arreglarle el cabello a una novia de modo que
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no pareció aceptable, fue echado en prisión por dos días; y la madre y dos amigas que habían ayudado a hacer aquello
recibieron la misma pena. El magistrado también castigaba el bailar y jugar a las cartas”. También se trataba con
severidad a los que no concordaban con Calvino en teología, y el caso más infame de esto fue la quema del español
Miguel Serveto. (Véase la página 322.)
37 Calvino siguió aplicando en Ginebra su tipo de reforma hasta su muerte en 1564, y la iglesia reformada quedó
firmemente establecida. Reformadores protestantes que huían de la persecución en otros países afluían a Ginebra,
tomaban las ideas de Calvino y empezaban movimientos de reforma en sus respectivos países. Pronto el calvinismo se
esparció a Francia, donde los hugonotes (como se llamó a los protestantes calvinistas franceses) fueron cruelmente
perseguidos por los católicos. En los Países Bajos los calvinistas ayudaron a establecer la Iglesia Holandesa Reformada.
En Escocia, bajo el liderato celoso de John Knox, quien había sido sacerdote católico, se estableció la Iglesia
Presbiteriana de Escocia en conformidad con las enseñanzas de Calvino. El calvinismo también desempeñó un papel en el
movimiento de la Reforma en Inglaterra, y desde allí pasó con los puritanos a la América del Norte. En este sentido,
aunque Lutero puso en moción el movimiento de la Reforma protestante, Calvino fue quien, por mucho, ejerció la mayor
influencia en su desarrollo.
La Reforma en Inglaterra
38 La Reforma de los ingleses, que se desarrolló por separado de los movimientos de reforma en Alemania y Suiza,
tiene sus raíces allá en los días de John Wiclef, cuya predicación anticlerical e hincapié en la Biblia engendró el espíritu
protestante en Inglaterra. A su esfuerzo por traducir la Biblia al inglés se añadió el de otros. William Tyndale, quien tuvo
que huir de Inglaterra, tradujo su Nuevo Testamento en 1526. Tyndale fue víctima de una traición después en Amberes, y
estrangulado, y su cuerpo fue quemado en la hoguera. Miles Coverdale completó la traducción de Tyndale, y la Biblia
entera se publicó en 1535. Sin duda, la publicación de la Biblia en el idioma de la gente común fue el factor más poderoso
por sí solo en la Reforma en Inglaterra.
39 El rompimiento formal con el catolicismo romano tuvo lugar cuando Enrique VIII (1491-1547), nombrado Defensor de
la Fe por el papa, declaró el Acta de la Supremacía en 1534 y se estableció a sí mismo como cabeza de la Iglesia
Anglicana. Enrique también clausuró los monasterios y dividió la propiedad de estos entre la alta burguesía. Además,
ordenó que en toda iglesia hubiera un ejemplar de la Biblia en inglés. Sin embargo, la acción de Enrique fue más política
que religiosa. Lo que él quería era independizarse de la autoridad papal, especialmente con relación a sus asuntos
maritales. En sentido religioso siguió siendo católico en todo menos de nombre.
40 Fue durante el largo reinado (1558-1603) de Isabel I de Inglaterra cuando la Iglesia Anglicana se hizo protestante en
la práctica aunque siguió siendo mayormente católica en estructura. Abolió la lealtad al papa, el celibato del clero, la
confesión y otras prácticas católicas, pero retuvo la forma episcopal de estructura eclesiástica en su jerarquía de
arzobispos y obispos, así como órdenes de monjes y monjas. Este conservadurismo causó considerable disgusto, y
surgieron grupos disidentes. Los puritanos exigían una reforma más completa para purificar de todas las prácticas
católicas romanas a la iglesia; los separatistas e independientes insistían en que los asuntos eclesiásticos estuvieran a
cargo de ancianos locales (presbíteros). Muchos de los disidentes huyeron a los Países Bajos o a la América del Norte,
donde desarrollaron a mayor grado sus iglesias congregacionales y bautistas. También surgieron en Inglaterra la Sociedad
de Amigos (cuáqueros) bajo George Fox (1624-1691) y los metodistas bajo John Wesley (1703-1791). (Véase la tabla de
abajo.)
¿Cuáles han sido las consecuencias?
41 Habiendo considerado ya las tres principales corrientes de la Reforma —luterana, calvinista y anglicana— debemos
detenernos para evaluar lo que la Reforma logró. No se puede negar que cambió el curso de la historia del mundo
occidental. “La Reforma despertó en la gente una sed de libertad y el deseo de una ciudadanía superior y más pura.
Dondequiera que se extendió la causa del protestantismo, las masas se hicieron más agresivas”, escribió John F. Hurst en
su libro Short History of the Reformation (Breve historia de la Reforma). Muchos eruditos creen que sin la Reforma no
habría sido posible la civilización occidental como la conocemos hoy. Sea como sea, tenemos que preguntar: ¿Qué logró
la Reforma en sentido religioso? ¿Qué hizo a favor de la búsqueda del Dios verdadero por el hombre?
42 No hay duda de que el mayor bien logrado por la Reforma fue poner en las manos de la gente común la Biblia en su
propio idioma. Por primera vez la gente tuvo ante sí toda la Palabra de Dios para leerla, y así nutrirse espiritualmente. Pero,
por supuesto, se necesita más que solo leer la Biblia. ¿Trajo la Reforma a la gente libertad no solo de la autoridad papal,
sino también de las doctrinas y dogmas erróneos a que se la había sujetado por siglos? (Juan 8:32.)
43 Casi todas las iglesias protestantes aceptan los mismos credos —el credo de Nicea, el credo de Atanasio y el credo
de los Apóstoles— en que se afirman algunas de las mismas doctrinas que el catolicismo ha estado enseñando por
siglos, como las de la Trinidad, la inmortalidad del alma y un infierno de fuego. Esas enseñanzas antibíblicas dieron a la
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gente un cuadro torcido de Dios y su propósito. En vez de ayudar a la gente a buscar al Dios verdadero, las muchas
sectas y comuniones religiosas que vinieron a la existencia como resultado del espíritu de libertad de la Reforma
protestante solo la han dirigido en muchas direcciones diferentes. De hecho, la diversidad y confusión ha llevado a muchas
personas a poner en tela de juicio la mismísima existencia de Dios. ¿Qué resultado ha tenido esto? En el siglo XIX hubo
un oleaje de ateísmo y agnosticismo. Consideraremos esto en el capítulo siguiente.
[Nota a pie de página]