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MELILLA HOY

LA VOZ

6 de marzo de 2011

Historia

POR CARLOS AITOR YUSTE ARIJA YUSTE.AITOR@GMAIL.COM

Rif, el sueño roto
fábrica de géneros de punto, había sufrido tantas heridas y magulladuras que, pese a que había podido ser trasladada a la casa de salud más cercana, nadie daba gran cosa por su vida. Doce años tenía la criatura. Así era el día a día de aquella Madrid, capital de una España desgarrada aún por el desastre de Cuba, y así había comenzado ese sábado tan parecido a otros. Un sábado en el que la historia se estaba escribiendo algo más al sur, en Algeciras, ciudad, pueblo aún entonces, que había sido elegida, merced a sus excelentes comunicaciones ferroviarias y marítimas, como sede para una conferencia internacional sobre Marruecos y "el problema marroquí". Un punto y seguido en la historia del colonialismo. Un punto y aparte en la vida y el futuro de centenares de miles de españoles y marroquíes. Objetivo Marruecos La Conferencia de Berlín de 1885 no solo había sentado las bases para el amistoso reparto de África entre las grandes potencias coloniales europeas, también había dejado muy pocas esperanzas para los escasos territorios que no habían sido ya entregados a una u otra metrópoli. Sin contar Liberia, un protectorado de los EEUU de hecho, y el Congo, "una parcela privada" del rey de Bélgica, tan solo Etiopía y Marruecos quedaban al margen de la componenda berlinesa. Sin embargo, no por ello menos sentenciadas a medio plazo. Etiopía interesaba a los italianos, y solo se salvó de su avidez durante unos años más porque los franceses les proporcionaron sibilinamente las armas necesarias para defenderse. A Marruecos, por su parte, lo que le salvaba de caer bajo el dominio de uno u otro imperio, era que le interesaba a muchas grandes naciones a la vez, principalmente al Reino Unido, Alemania y sobre todo, Francia, y ninguna estaba dispuesta a dar su brazo a torcer en beneficio de su adversario. En aquellos años los imperios coloniales eran una necesidad y un problema a la vez. Por una parte eran una fuente de prestigio internacional y materias primas baratas, además de una buena válvula de escape a la que enviar a díscolos, revoltosos, inquietos aventureros y demás gentes de mal vivir… o de espíritu elevado, que también los hubo, como médicos, profesores o misioneros. Sin embargo, para su control y el control de sus riquezas exigía, como poco, contar con unas marinas de guerra que pudiesen enlazar en el menor tiempo posible tan lejanos territorios. Y pese a que los buques de guerra de aquel entonces tenían una autonomía que hubiese hecho palidecer de envidia a cualquiera de las naves que cien años atrás se habían batido en Trafalgar, precisaban aún de una red de puertos de aprovisionamiento que les permitiesen acometer con garantías sus largas navegaciones. Marruecos era capital por esto mismo. Su situación geográfica le convertía en un interesante candidato a "base logística" para cualquier potente armada que se propusiese controlar los mares. Una de ellas era, sin

Una mañana de abril

Nada parecía indicar en la Villa y Corte que aquel sábado 7 de abril de 1906 fuera a ser muy diferente de otros pasados o aún por venir. Algunos comentaban, con no poca admiración, cómo un caballo desbocado había galopado desde la calle Sagasta hasta la Puerta del Sol, y sabe Dios a dónde no hubiese podido llegar, si en su camino no se hubiera cruzado un arrojado joven que no dudó un instante en colgarse de sus bridas para detenerle.

Otros en cambio hacían números para ver si les salía a cuenta invertir 2,50 pesetas en el agua de azahar de primera calidad de "La Giralda" u optaban por la de "segunda calidad" y se ahorraban una peseta en el negocio. Y algunos incluso pasaban el tiempo decidiendo si aquella noche acudirían al "Apolo" a las diez y media a disfrutar con "El tambor de granaderos" o, por el contrario, se dejarían caer por el Lara una hora más tarde a ver "La bella colombiana", que tampoco pintaba nada mal. No todos tenían esa suerte. Eran tiempos duros, y muchos, muchísimos, habían de deslomarse en jornadas de sol a sol para sacar adelante a sus familias. Un obrero lo hacía por un jornal diario de unas tres pesetas y media, un sombrerero por cuatro. Las mujeres aún habían de cobrar mucho menos, una sombrerera con suerte llegaba a las dos al día, y una sirvienta apenas pasaba de la media peseta. Y esto cuando el pan costaba más de esa media peseta, el bacalao estaba a poco más de una peseta y el tocino quedaba por encima de las dos. Sin contar que los accidentes laborales menudeaban por doquier, como el caso que recogía el diario ABC de ese mismo día, el de Josefa Casella, quien, al quedar enganchada a una máquina en una

duda, la alemana, que había de viajar sin paradas desde Alemania hasta Togo. Una travesía, para colmo, que habían de hacer costeando el enorme entramado colonial de Francia en África Occidental, su candidata número uno a ser tarde o temprano el enemigo a batir, como finalmente así sucedería en 1914. Algo parecido les pasaba a los ingleses, con el agravante de que ellos, además, no deseaban que su base de Gibraltar quedase amenazada desde el otro lado del Estrecho ni por franceses ni por alemanes. Eran tiempos agitados, como poco tan "interesantes" como los que desea la maldición china, y las alianzas se forjaban casi tan rápido como eran olvidadas. El Reino Unido hacía menos de diez años que había estado a punto de ir a la guerra contra Francia por una aldea perdida en medio de África, Fachoda, y aunque ahora temía más a la emergente Alemania, tampoco olvidaba que ésta era uno de sus socios comerciales privilegiados y que, además, sus reyes eran de la familia, nietos, nada menos, de la abuela del rey británico, la reina Victoria, mientras Francia no era más que una república, o sea, lo más parecido a un diablo con rabo, cuernos y tridente. Y precisamente era esa misma Francia la que iba ganando por la mano a todos en Marruecos. En las

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Un Káiser por Tánger, una conferencia en Algeciras Así, cuando en 1902 Francia propuso al gobierno español un primer reparto amistoso de sus "zonas de influencia", más que nada para cubrirse las espaldas y no pecar de demasiado avariciosos a ojos de la comunidad internacional, éste no supo reaccionar, más que nada por temor a molestar a los británicos. Problema que se solventaría dos años más tarde, cuando, esta vez ya sí contando con el beneplácito inglés, los franceses hicieron una nueva oferta al Gobierno que ya no rechazó. Ciertamente Francia se quedaba con la parte del león, más y mejor porción de la que se había "autoadjudicado" en 1902, pero a España se le concedía una extensión de considerable tamaño y a la que se le presumían no pocas riquezas Pero por si los franceses no accedían, más que nada porque no tenían gran cosa que ganar en una conferencia, el Káiser decidió presentarse en Tánger un buen día de marzo de 1905 para darse un paseo por sus estrechas y engalanadas calles, mirar un poco esto y un poco aquello y de paso, como quien no quiere la cosa, asegurar que si alguien quería violar la independencia marroquí habría de hacerlo tras pasar por encima de su cadáver. Y por si acaso, aún después de esa amenaza, alguno tenía ganas de probar suerte, no dudó en acompañar sus palabras con una movilización de sus reservistas: el paso previo a la guerra abierta. Así pues, aunque Francia también envió tropas a su frontera, finalmente accedió a reunirse en Algeciras con representantes de toda Europa para hablar sobre el futuro de Marruecos. No

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últimas décadas los franceses habían protagonizado un vigoroso proceso de expansión por toda la orilla sur del Mediterráneo Occidental. Primero había sido Argelia, luego Túnez, y ahora le llegaba el turno a un Marruecos que, gobernado por un débil sultán y con enormes problemas internos, habría de caer casi sin ayuda. O al menos esos eran sus cálculos, a los que, por si acaso, supieron acompañar de no pocos sobornos a los jefes locales marroquíes, a su propio sultán, y a cualquier otro que pudiese parecerles digno de su interés. España por su parte, tan cercana a Marruecos, no es que no prestase atención a estos movimientos, pero en parte por la derrota de Cuba, en parte por su ya notoriamente escaso peso internacional y en parte, sobre todo, por el muy escaso interés de los sucesivos Gobiernos, no ya por Marruecos, sino en todos los demás aspectos a depender de sus dos vecinos del norte, convertidos automáticamente en los protectores del reino y su monarca. O mejor dicho, convertida tan solo Francia, pues aunque España también vio confirmada una zona de influencia, que años después pasaría a ser el solar del Protectorado español del Rif, al no tener ningún sultán residiendo en ella, complicaba sobremanera el papel de "protectores" de nada, pues nada había que proteger. Bien es cierto, que comparado a la amenaza de una guerra, este acuerdo fue presentado como un gran triunfo de la diplomacia, en parte gracias al buen saber de los representantes italianos. Y a España, que aún se lamía sus heridas del 98, eso de que sin pegar un tiro le concediesen una porción de suelo africano le sentó como el bálsamo de fierabrás. ¿Y qué duda cabe de que una

incluso por Ceuta y Melilla, españolas desde hacía siglos, pero condenadas al papel subsidiario de meros presidios a los que enviar a todos aquellos elementos peligrosos o desestabilizantes, había adoptado de forma voluntaria el de convidado de piedra en todo este asunto. Pese a que no eran pocas las voces que alertaban de los riesgos de esta pasividad, pues si de locos era permitir que los franceses se instalasen en las fronteras norte y sur españolas sin siquiera protestar, tampoco era de cuerdos permitirles hacerse con el control del comercio con Marruecos, que desde hacía años estaba cada vez más en manos de las casas comerciales de Melilla, lo cuál -y pese a que muchas de éstas estuviesen en manos de hebreos que ni siquiera podían disfrutar de la nacionalidad española- reportaba no pocos beneficios a la Hacienda nacional.

minerales, a lo que había de sumarse que, con este reparto, se garantizaba el mercado a los comerciantes melillenses y ceutíes y una zona de seguridad para ambas ciudades españolas. Francia contenta, España contenta y el Reino Unido satisfecho. Pero ¿y Alemania?. Alemania nada. Por lo que, estando así las cosas, hubo de ser el Káiser Guillermo II el que, de una patada tan de las suyas, destrozase todo este complicado sistema de intereses y equilibrios: visto que los franceses iban ganando poco a poco la partida y que en breve, si no antes incluso, Marruecos acabaría siendo una pieza más de su imperio africano, el Gobierno alemán propuso organizar una conferencia internacional en la que se dirimiese el problema. Lo cual no dejaba de ser irónico, ya que "el problema" ya estaba resuelto, por mucho que los alemanes se hubiesen quedado fuera.

en vano había sido un francés, Talleyrand, el que había dicho que las bayonetas pueden servir para muchas cosas, menos para sentarse sobre ellas. Además, mientras que la agresividad alemana cada día preocupaba más a sus vecinos, Francia había sabido ganarse ya la complicidad de los británicos y los españoles en Marruecos. Vistas así las cosas, Alemania, como poco, lo tendría muy difícil: una cosa era sentar a media Europa a una conferencia y otra convencerles de nada. Y eso fue precisamente lo que pasó. Alemania, que solo pudo contar con el apoyo de los representantes de AustriaHungría, logró que se garantizasen sus derechos a comerciar en Marruecos, pero, a cambio, Francia y España vieron legitimadas sus aspiraciones sobre el territorio, que si bien seguiría llamándose Marruecos y continuaría estando bajo la autoridad nominal de su sultán, pasaría

componenda como esta, por ridícula que hubiera sido, habría sido infinitamente mejor que la carnicería que se desataría pocos años después, tras el asesinato en Sarajevo del Archiduque de Austria, detonante final de la Gran Guerra? Sin embargo, pese a las buenas maneras, poco habría de durar la alegría para los firmantes. Un regalo envenenado, un sultán y un pretendiente Para proteger a alguien, al menos con unas mínimas garantías de éxito, parece indispensable que el protegido desee eso precisamente: ser protegido. El sultán de Marruecos, prooccidental y consciente de su precaria posición ante las poderosas fuerzas francesas y españolas, optó por aceptar de derecho esa "protección" que le vino impuesta de hecho. Sus súbditos, en cambio, fueron otra historia.

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éste por ganarse su favor eran muy bien recibidos, sus movimientos paralelos por ganarse a los franceses fueron considerados como una amenaza, lo que llevó al ejército español a dar un golpe de autoridad ocupando en los primeros meses de 1908 la Bocana de Mar Chica, la Restriga -que "El Roghi" había apalabrado ya a una compañía francesay el Cabo de Agua, frente a las Islas Chafarinas. Este hecho aparentemente sin mayor importancia, fue en cambio de capital trascendencia, pues tras décadas viviendo de espaldas al campo rifeño, el Gobierno y el ejército español llegaron a la conclusión de que, para garantizar la seguridad de sus intereses, habían de intervenir militarmente en el territorio, le pesase a quien le pesase. Incluidos, claro, los propios rifeños. "El Roghi" supo encajar este golpe, aunque su imagen quedó muy dañada, sobre todo a ojos de los franceses, ocasión que el monarca marroquí no quiso desaprovechar y, en cuanto se vio con las fuerzas suficientes, lanzó una ofensiva contra su base de Zeluan, que le obligó a, solo y sin el apoyo de los españoles ni de los franceses, escapar de allí para pasar a huir constantemente de un sitio a otro hasta que finalmente cayó capturado y fue conducido a la corte, dónde le esperaría una ejecución de lo más escabrosa. Y es que el campo marroquí, y más cuanto más lejos del trono estuviese, era un territorio "sin ley". Al menos sin la ley de su rey, pues cada kabila, a ojos de los españoles de la época, "estaba en república", o lo que es lo mismo, imponían su propia ley y sus propias tasas al comercio, lo que dificultaba enormemente ese mismo comercio que aspiraban a monopolizar los europeos. Y por si esta situación de descontrol no fuera ya de por sí inquietante, surgió por estos años la figura de un pretendiente al trono, un aventurero llamado Yilali Ben Dris Zerhuni el Yussefi, aunque a la historia pasaría con otros dos sobrenombres: "Bu Hamara" o "el hombre de la burra", que era como le llamaban sus seguidores, y que era como se había denominado a un mítico caudillo marroquí, y "El Roghi", que era como le llamaban los partidarios del sultán, nombre por otra parte que también había recibido otro rebelde al trono asesinado pocos años antes. Aunque en un primer momento fue derrotado por las tropas del sultán en la zona de Tazza, pudo escapar al norte, a Zeluan, donde se instaló, creando una suerte de corte paralela a la que franceses y españoles pretendían "proteger". Siempre consciente de que debía hacerse amigo de estos también si quería mantenerse en su posición, El Roghi acompañó sus esfuerzos por controlar la zona rifeña desde la que pretendía desafiar al trono con unas constantes e inmejorables relaciones tanto con los españoles como con los franceses como con sus hombres de negocios. Así, no solo comenzó a censar las kabilas que estaban bajo su control y a crear una tasa al comercio única, lo que fue muy bien recibido por los europeos, a la par que imponía un estricto orden en la región, sino que llegó a acuerdos con las compañía mineras francesas y españolas garantizándoles, a cambio de pingües beneficios para él, la explotación de las conocidas riquezas minerales del Rif. Sin embargo el Gobierno de España no podía mostrarse entusiasta en demasía con este nuevo poder, pese a que le generase tantos beneficios económicos, ya que ellos, en teoría, estaban allí para "proteger" a su rival, el sultán de Marruecos. Así, aunque los esfuerzos de El sultán recuperaba su poder nominal, aunque eran las kabilas, sin un poder fuerte que las aglutinase, las que recuperaban el poder real. Y no solo eso. Además habían ganado un nuevo enemigo: el ejército español, que había decidido tomar el control de parte de su territorio para proteger a sus empresarios y comerciantes. Desde el momento en el que cada kabila recuperó la capacidad de cobrar sus propios impuestos, la presencia de unos militares -extranjeros e infieles para más escarnio- dispuestos a imponer su ley en nombre de un lejano monarca se convirtió en una amenaza que antes, sencillamente, no existía y a la que no dudaron en plantar cara. No tardó en estallar el conflicto: el 9 de junio de 1909 la guarnición encargada de proteger las obras del ferrocarril minero que construían los españoles fue atacada por los kabileños, resultando muertos cinco españoles. La reacción, no menos brutal, no se hizo esperar. Ya no había marcha atrás: España acababa de entrar en el, según el historiador Stanley G. Payne, conflicto colonial más largo y sangriento al que ninguna metrópoli hubo de enfrentarse jamás. Un conflicto que no solo marcó a una o dos generaciones, sino la historia toda de nuestro país. Un "Vietnam" o un "Afganistán" que acabó con la vida de miles de jóvenes, con el sistema de la Restauración primero, y finalmente, con la monarquía incluso de Alfonso XIII, que nunca pudo superar el desgaste que le causó este conflicto. Nota del autor: seguramente usted, que ha tenido la gentileza de leerme, tenga alguna anécdota, algún recuerdo o incluso fotos de época. Esta serie de relatos quieren ser escritos contando con el testimonio y la complicidad de sus lectores, por lo que les quedaríamos muy agradecidos si nos hiciesen llegar sus experiencias.

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