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El florentino Una vez un florentino que asistía todas las noches a una tertulia de amigos, en una taberna de su barrio

. Todos contaban prodigios y aventuras, todos hablaban de otros países, otras gentes y otras costumbres; todos habían visto algún rey, algún mago o algún animal fabuloso; solo él, que en su vida había salido de Florencia, nunca tenía nada que contar y se quedaba a disgusto todas las noches. Y así, haciendo proyectos hoy y desbaratándolos mañana, no paró hasta que, después de vender todo, hacer las maletas y despedirse de suscontertulios, se puso en camino, sin saber a ciencia cierta donde dirigirse. Llegó por fin a Génova, con el propósito de embarcar allí para lejanas tierras, y trabó amistad con dos hombres; uno de ellos era cocinero y el otro, jardinero. Cuando el florentino les explicó el motivo de su viaje, a los otros les entraron en seguida unas ganas locas de hacer lo mismo, y se arreglaron para embarcar con él. Partieron, pues, los tres juntos, en un barco que hacía escala en no sé cuantas islas griegas, casi desconocidas. A las dos semanas de viaje hizo el barco su primera escala en una isla no muy grande y poco habitada. Los tres amigos, que ya estaban hartos de la comida de a bordo y de no ver más que agua, decidieron quedarse allí mismo; y así, bajaron con sus equipajes y el barco se fue sin ellos. Comenzaron pues a internarse en la isla, y a media tarde dieron con un palacio enorme, edificado sobre una altura. Llamaron a la puerta y salió a abrir un hombre descomunal, un gigante. El florentino pensó: ya tengo algo de que hablar a mi vuelta. El gigante les preguntó qué querían, y los tres se ofrecieron para trabajar allí. --Estupendo –dijo el gigante-; justamente me hace falta un jardinero y un cocinero. El florentino, aunque de momento florentinos no necesito, siempre se encontrará algo para él. Y así fueron a la cama muy contentos, de acuerdo ya en que al día siguiente empezarían a trabajar. El florentino se durmió pensando cuántas cosas interesantes y fuera de lo corriente iba a poder contar a sus amigos de la taberna. Al día siguiente, alto ya el sol, el gigante despertó a los tres y, dijo al cocinero que le acompañase para enseñarle la cocina. El florentino, que no quería perderse nada, les siguió sin que se diera cuenta y, cuando entraron en la cocina, se puso a mirar por el ojo de la cerradora. Vio que, en un momento en que el cocinero se inclinaba para mirar un detalle del fogón, el gigante, con una media luna de las de picar, le cortaba la cabeza de un tajo. El florentino echó a correr antes de que el gigante saliera de la cocina, y pensaba muy contento: esta si que es buena para contar en la tertulia. Lo malo es que no me van a creer. --Al cocinero ya lo he acomodado –dijo al volver-. Venga usted ahora conmigo, que le voy a enseñar el jardín. El florentino le siguió también a escondidas, frotándose las manos al ver que la cosa se ponía al rojo vivo. Y en efecto, desde trás de un árbol, pudo ver cómo, al inclinarse el jardinero para observar unas flores, el gigante le cortaba la cabeza con una guadaña. Ya se estaba el florentino alegrando de la cantidad de cosas extraordinarias con que iba a deslumbrar en Florencia a los de la peña, cuando se dio cuenta de que después del jardinero, seguramente le tocaría el turno a él, y esa sí que no la podría contar. Lleno de terror, corrió al palacio y se metió en su habitación, cavilando qué podría hacer para escapar de la muerte, que tan cercana le parecía. Estaba en estas cuando de improviso se abre la puerta y entra el gigante.

Intenta sacárselo. advirtió al gigante. de que no fuese muy corriente. a ver cómo salía de aquella. va a ser mejor que le sujete bien a esta mesa de mármol. Era un anillo mágico. El gigante. Embarcó. ¿Y por qué no vamos y la buscamos? Y fueron al jardín. cínicamente. no muy seguro. --Le advierto que la cura es dolorosa. ¿cree usted que podrá resistir el dolor sin moverse? --Naturalmente…. ¡Florentino! ¿no me terminas la operación? ¿Cuánto quieres por acabar de curarme? ¿quieres este anillo? ¡ahí te va! –y le tira un anillo. el florentino empezó a mirarle y a murmurar: --¡Lástima…! Usted es guapo y tiene un atractivo muy particular. Vamos a comer y luego le despacharé a usted –añadió. resulta que el dedo se le vuelve de mármol. --¡Toma! –se dijo el florentino-. Ya llegaba el gigante. Y le daba vueltas a la cabeza. empezó a moverse en la silla. --¿Sabe? –dijo el florentino-. y entoces el florentino saca una navaja y se corta el dedo. ¿Tiene usted mucho aguante? --Sí. para que el gigante no sospechara. --¿Ah. Éste me lo llevo a casa y al que no me crea se lo enseño y lo colocó en el dedo. . pero no hay forma. En el jardín simuló que buscaba con atención. de manera que no podía moverse de donde estaba. ese ojo le estropea. de modo que se dejó atar sin recelar nada. tan pesado que arrastraba al suelo la mano. Y el dedo dijo que se lo había cortado afilando unas tijeras. Cuando estuvo bien amarrado. claro –respondió el otro. para acordarse luego si tenía que huir aprisa. mientras aquello hervía. siempre he sido muy sufrido. claro –respondió el gigante-. pues. A los cuatro días pasó el mismo barco que le había dejado allí. Allí puso a cocer la hierba en una olla de aceite y. me parece que la vi ayer en el jardín. el brazo y a él detrás. sí? ¿de verás? –dijo el gigante-. mientras salían. Pero apenas se lo hubo puesto. ¡pero ese ojo…. Conozco una hierba que para esto del estrabismo es mano de santo. sino también de contar nada de sus viajes. El gigante era bizco: el ojo derecho no le miraba donde debía. y se dirigió a la cocina. se fijaba bien en todas las puertas y escaleras. El florentino. y llegó por fin a Florencia. que no podía soportar el que le miraran el ojo que desviaba.--El jardinero ya está listo también -dijo-. cogió luego la hierba que le pareció. Créame. --Pero. que se le habían quitado las ganas no solo de viajar. Y a los postres. el florentino le derramó la olla de aceite hirviendo en los ojos y salió zumbando escaderas abajo: ¡menudo asunto para la tertulia! --¡Florentino! –gritaba-. cuidando solo. Se sentaron a la mesa y el pobre florentino no podía atravesar bocado. y es más. porque sise mueve la operación no resulta. el florentino ya lo estaba esperando. de esta manera consiguió y el gigante ya no le encontró. Al gigante lo único que le interesaba en aquel momento era que le arreglaran el ojo. si no fuera por eso no tendría nada que envidiar a nadie…. Mire –concluyó el florentino-.

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