Gabriel Cebrián

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Ignis fatuus

Quiero agradecer a Marcela Crusat por haber advertido a tiempo algunas bestialidades; y a ustedes por disculpar -si es que su paciencia se los permite- todo otro bruto subsistente a pesar de nuestro reseril empeño.

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Gabriel Cebrián

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Ignis fatuus

Gabriel Cebrián

Ignis fatuus
(La sandalia de Empédocles)

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Gabriel Cebrián

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Ignis fatuus

Al salir del infierno contempló su indiferencia indicó a sus fieles hacer tronar al mundo no fue cauto ni distinto corrió de forma extraordinaria sin por eso haber sido detenido nadie habitaba su instinto nada acababa la magia luego murió entero sin entierro sino bajo la tierra prometida se sucedió a sí mismo mas nunca obtuvo nada nuevo solo suelo
(Sin entierro, de Néstor Dickinson)

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Ignis fatuus

Primera parte (Loading data)
Un punto suelto en la trama de la existencia.

I Tal vez sea ésta una etapa de reflexión, pensó Daniel, o mejor dicho, llegó a esa conclusión en el orden secuencial de sus pensamientos, quizá algo aleatorio pero precisamente por ello más ajustado a cánones naturales, mientras encaminaba sus adoloridos pasos hacia la diagonal 76, a la vuelta del departamento que había alquilado un mes atrás, antes de irse de vacaciones pagas con todo y extras –solapadas bajo el eufemismo de “enviado especial”-; y como hemos reparado en sus pasos adoloridos, se hace menester referir la causa de tal contratiempo, que no es otra que sus zapatos negros de estreno, adquiridos para la ocasión, la que a su vez había interrumpido sus vacaciones pagas con todo y extras -solapadas bajo el eufemismo de “enviado especial”; ocasión ésta que en rigor consistió en un agasajo organizado por el Directorio con motivo de sus treinta años de fecunda labor periodística y literaria, coincidente en términos temporales con la presentación de su octavo libro de cuentos.1
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Sepan disculpar mi abigarrado estilo, profuso en secuencias informativas mal hilvanadas. Sucede que por desgracia -y tal

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Gabriel Cebrián Tal vez sea ésta una etapa de reflexión, decíamos entonces que pensaba, en tanto dirigía sus adoloridos pasos, ya sobre la diagonal 76, en dirección a un barsucho de barrio de esos vetustos que todavía se resisten a la extinción, el que había descubierto hacia fin de año, en oportunidad de llevar sus pocos muebles, enseres, libros, televisor y equipo de DVD al departamento que, como dijimos, había alquilado; pero lo que no dijimos entonces es que ello había sido a causa de la ruptura con la cuarta pareja de convivencia que había intentado. Tal vez fuera, sí, una etapa propicia para la reflexión. Probablemente, y en orden a cómo había vivido en su interioridad una tras otra las frustraciones afectivas referidas -había observado un acentuado degradé del dolor y la depresión subsiguiente a medida que los fracasos amorosos se iban sucediendo-, fuera la primera vez que parecía hallarse en condiciones de adoptar una impronta reflexiva en cuanto a su actitud de vida propiamente dicha, sin otro condicionante que él mismo y su albedrío, tributario fundamentalmente de
vez también a causa de un equilibrio de tipo taoísta-, a un cuasi iletrado como yo le tocó en suerte redactar la crónica de los días anteriores a la desaparición del Insigne poeta y narrador platense Daniel H. Barragán. Y si no he sometido estos anales a la concienzuda revisión de correctores de estilo –esos prostitutos de los formalismos gramaticales- es porque precisamente, este exabrupto entre guiones ha sido extraído literalmente de un comentario formulado en cierta oportunidad por el sujeto al cual se dirige el presente y ditirámbico reporte.

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Ignis fatuus la cultura y la educación, como también de infinidad de tropismos menores que, cual gases raros, operan sutil pero significativamente desde la periferia de lo que entendemos como personalidad. Ingresó al barsucho, saludó al del mostrador y a los dos viejos que se acodaban sobre dicho amoblamiento frente a sendos vasos de vino blanco de damajuana, y ocupó una de las diminutas y escasísimas mesas dispuestas en el interior del igualmente módico establecimiento. Desde allí encargó una picada de jamón crudo casero y queso y una cerveza de litro. Hacía demasiado calor para vino tinto, y el blanco no le agradaba mucho que digamos. Colgó el saco azul de hilo, visiblemente transpirado, del respaldo de la silla; desanudó la corbata que ya había aflojado rato antes, ni bien egresó del Salón Dorado del Jockey Club, se quitó los zapatos sin tapujos y con ostensibles visajes de dolor, movió los aliviados dedos enfundados aún en las medias de Pierre Cardin y se repantigó en la silla, refugiándose momentáneamente tras ese trivial goce de expansión pédica y las urgencias gastronómicas que su vientre manifestaba en sonidos aerofónicos casi escatológicos. Y decimos que se refugió tras estos pequeños mensajes de su intracuerpo, toda vez que concientemente los utilizó para obturar el flujo de pensamientos que, como hemos podido observar, en su fortuito aunque fatal derrotero -dada su sujeción a parámetros de desarrollo cósmico- lo habían llevado a la conclusión de que tal vez fuera ésta una etapa de reflexión. 11

Gabriel Cebrián -¿Cómo anda, dotor? Parece que bien, está bastante quemadito, se nota que anduvo de vacaciones –le comentó el del bar mientras lo servía, con algunos sonidos sibilantes que seguramente se originaban en la falta de algunos incisivos que, adunada al amarronamiento tabacal de las piezas dentales aún vigentes, afeaba el ya de por sí poco agraciado semblante. Tal vez propenda a completar el desagradable cuadro fisonómico la mención de su calvicie, que se veía atravesada por unos cuantos pelos engrasados y arrojados desde prácticamente su sien izquierda en unas líneas rectas de ancho decreciente y adheridas por la referida característica sebácea al yermo cuero cabelludo. -Oiga, maestro, ya le dije que no soy “dotor” –aclaró Daniel, algo fastidiado, al ver repetirse la secuencia de la vez anterior, cuando había descubierto el bar y el jamón crudo; y a su vez el del bar había descubierto que el nuevo cliente era el mismo que salía en la columna del diario con foto y todo. -¿Y con eso qué? Yo tampoco soy maestro, vea, y sin embargo usté me dice así. Mire, para mí usté es dotor, vio, y si no se ofende, le vuá seguir diciendo así. -Está bien, maestro, como quiera. La verdad que tiene razón –concedió, más que nada para terminar con aquella situación. -¡Pero qué digo vacaciones, si he estado leyendo...! Usté se fue a trabajar a... -A Pinamar. 12

Ignis fatuus -Eso, a Pinamar, ahí adonde van todos los finolis y los artistas, ¿no? -Ni tan finolis, ni tan artistas, según me parece. Ni tampoco tanto trabajo... la verdad es que usted tiene razón, me fui de vacaciones, y de paso... escribí unas cuantas pelotudeces, la mayoría inventadas, para el diario. -Mire usté...pero no, seguramente debe estar hablando en broma, usté no escribe pelotudeces. Con la patrona siempre lo leemos, sobre todo después que apareció por acá, y a veces no entendemos un corno, pero se nota que la tiene clara. “Pero mirá que bien que escribe, el dotor”, le dije los otros días, y ella me dijo “no entiendo mucho, pero se nota que escribe lindo, sí.”

II

Una vez que el desagraciado hubo retornado a su sitio detrás del mostrador y a su elemental y consuetudinario diálogo con los viejos parroquianos, el Poeta se quedó cavilando durante unos breves momentos acerca de las palabras que según había dicho el primero le habían sido dichas a él a su vez por su mujer, no entiendo mucho, pero se nota que escribe lindo, sí. Mejor dicho, más que quedarse cavilando en las palabras en sí, o en su sentido general y/o particular, lo había hecho en la curiosa asiduidad con la que le decían, palabras más, palabras menos, tal co13

Gabriel Cebrián sa. Y gente de las más diferentes condiciones intelectuales... en fin, eso lo llevó a recordar el último diálogo que mantuvo con Marisa, tan solo un mes o algo así atrás. Ella le había dicho que jamás lo había podido entender, que había en él algo autodestructivo y que no podía permitir que ese algo la alcanzase a ella también; y cuando él le sugirió que tal vez se estuviera refiriendo a esa especie de ósmosis desesperanzada e insustancial que se había generado entre ambos, y que él también era capaz de sentir, ella, encogiéndose de hombros, solo atinó a señalar ¿No ves? Pero bueno, allí estaban el jamón, el queso, el pan y la cerveza. Para obturar lo que fuese que hubiere que obturar con feuerbachianas deleitaciones. En eso estaba, concentrando sus sentidos en la tersura salada de aquellas lonchas gruesas casi sin grasa, en su compañero el queso fresco reconocido popularmente por el seudónimo gentilicio de “Mar del Plata”, en la fría cerveza cuya ingestión era propiciada tan magníficamente por la salobre carne porcina. Tal vez no fuera sano. Tal vez fuera una expresión sintomática más de lo que hace momentos recordaba que su última mujer le había dicho respecto de cierta tendencia autodestructiva. Pero esa clase particular de autodestrucción era, y de acuerdo a su juicio, en primera instancia, muy placentera, y en segunda, lo suficientemente difusa y eventual como para restarle consideración en lo inmediato, inmediato que caducaría seguramente con la primera crisis más o menos grave, como suele ocurrir a esta clase de per14

Ignis fatuus sonajes cuya etereidad poética los lleva a apasionarse con el disfrute sensual de los apetitos, tal vez aceptando resignados tal compulsivo placebo contra profundos esplines. El sabor del jamón lo retrotrajo mentalmente, en ese reflejo mecánico que suele ejecutar la memoria obedeciendo a una dinámica seguramente menos caótica de lo que nos gustaría suponer, al comedor de su casa paterna. En él, cuando volvía de la escuela, atacaba con fruición jamones como aquél, que llegaban a la casa como atenciones de distintos productores rurales clientes de su padre, un acaudalado profesional del Derecho, a quien, en contraposición, enorgullecía enormemente que lo llamaran “dotor”. Su padre había querido que él también fuera abogado, pero todos sabemos el desprecio que suelen desarrollar los hijos, sobre todo los hijos únicos -como era su casopor la profesión paterna (y quizá también por casi todas las demás características de quien se supone es modelo y parangón sobre el cual pivotea el desarrollo de la propia personalidad). La cosa es que siempre fue reactivo a todo cuanto había tenido que ver con sus padres: un profesional exitoso pero que había dado por tierra con toda su fortuna a causa del vicio por el hipódromo (aunque todos los domingos oía misa, por supuesto), y una dama patricia y banal cuyas únicas preocupaciones se habían dirigido a ropas, joyería, control del personal doméstico y tardes de bridge con tilingas de su calaña. Pues bien, parecía que el jamón había perdido sus virtudes obstructivas, su entidad material había dejado escurrir toda 15

Gabriel Cebrián esa humedad emocional que se había hecho presente en aquel barsucho de mala muerte, y tal vez estuviera bien, tal vez debería enfrentarse de una buena vez con su pasado, sobre todo con los rollos no resueltos. Tal vez era conditio sine qua non para abordar lo que se le aparecía como una etapa propicia para la reflexión. O tal vez esto no fuese otra cosa que un ardid de su psique para reducir el impacto anímico de lo que parecía ser una secuencia de fracasos. Que no estaban referidos solamente al campo afectivo, dado que también se referían a cuestiones de índole profesional, artística, y quizá espiritual, si es que hay algún sustento objetivo para tal concepto. Allí estaban todos esos adulones, lisonjeándolo y agasajándolo como a un gran intelectual, y al final había resultado ser que era tan mentiroso y falaz, en términos de doble moral, como su propio padre. Y cuando terminaba el panegírico protocolizado por el stablishment mediático, venía el viejo del bar a contarle que su esposa le había dicho no entiendo mucho, pero se nota que escribe lindo, sí. Al menos, este relativo reconocimiento ostentaba una frescura mucho mayor que la estereotipada puesta en escena del Jockey. Y ateniéndonos al cabal sentido común de estas gentes simples, en contraposición con el juicio cargado de prejuicios de los popes de la cultura, al ítem frescura tal vez debiera añadirse una mayor capacidad interpretativa desde la incomprensión, tópico compartido por ambas partes, indistinta e independientemente de presuntos y presuntuosos bagajes. 16

Ignis fatuus Mientras se servía el último chopp, ya tibio por imperio de la cruel temperatura ambiente, y habiendo dado buena cuenta del fiambre, encendió un cigarrillo y puntualizó en sus mientes que el quid de la reflexión que parecía imponérsele se hallaba centrado en determinar qué había ocurrido, o mejor dicho cuál había sido la causa o la concatenación de eventos y circunstancias que habían derivado en esa, su situación actual, en la que parecía que, en lugar de haber desarrollado sus potencialidades creativas a una realización adecuada, no solo no lo había conseguido, sino que a más, estaba convirtiéndose en algo así como lo que, en su juventud, había constituido la suma de todos sus desprecios. Aunque probablemente estaba siendo un poco duro consigo mismo, y no necesitaba eso. Al menos, por entonces. Después, cuando aclarara un poco el panorama, ya tendría oportunidad. En definitiva, siempre había intentado justificarse en base a una experiencia que bien podría haber resultado trágica, como otras tantas, de no haber sido por las influencias de su venal padre. Cuando a regañadientes de éste había rehusado ingresar en la Facultad de Derecho y sí lo había hecho en la de Periodismo, el golpe militar del ‘76 lo había encontrado participando activamente en una ingenua y desinformada resistencia, lo que le valió ser víctima de un secuestro del que regresó pocos días después, gracias a la intervención ya referida, luego de haberse asomado por primera vez en su vida al abismo. Pero como ésta no es una crónica de aquellos días, por otra par17

Gabriel Cebrián te tan remanida y sustentadora de ríos de tinta de diversa estofa, no diremos aquí nada más que, si bien no llegó a ser apremiado físicamente según las prácticas de rigor por entonces, sí lo había sido mentalmente. Lo suficiente como para advertir que muchas veces los berrinches y arrebatos de una personalidad consentida no eran suficientes cuando el diablo metía la cola, ciertamente. Y en esa línea, sintió subir amargamente en su boca el oprobio de recordar que, una vez reinstaurada la democracia, había hecho valer ese atisbo del infierno como si no hubiera sido tal sino una temporada rimbaudiana completa, en orden a obtener prebendas de prestigio artístico y también pecuniario. Pidió otra cerveza y tuvo la sensación de que cualquier línea de análisis que pudiera abordar, en esas condiciones, le depararía más sinsabores, lo que inmediatamente se constituyó en otro nuevo, y así.

III

Ahora sí, y ya algo impuestos de unas ciertas y mínimas características anímicas y biográficas del Inefable –lo que redundará quizás en una suerte de fluidez, tan necesaria para esta tortuosa relación de hechos-, me permito proceder a dejar sentada cierta aclaración, tal vez ociosa pero nunca se sabe. Consiste en expresar que cualquier disvalor observado en los capítulos precedentes respecto de la calidad hu18

Ignis fatuus mana y los atributos intelectuales del inspirado protagonista, obedecen al reverencial respeto que mantenemos por su subjetividad, la que –a nuestro juicio por demás injustamente- denota una autocrítica tan feroz y despiadada como las que solo son capaces de ejercitar las almas más encumbradas. Asimismo, y un poco en función de tal sujeción al derrotero de sus pensamientos, como también de pruritos analogables a los señalados en ocasión de referirnos al avatar con los militares, hemos prescindido de dar detalles de sus relaciones de pareja anteriores a la última. Ello, como hemos dicho, porque no ocupaban prácticamente lugar alguno en su plano conciente; y si alguna vez, por hache o por be, alguna reminiscencia de ellas era extroyectada a dicho plano por las azarosas asociaciones que la mente involuntariamente produce, era rechazada de modo liminar, a caballo del sinsabor emergente. Tampoco hablamos de su hijo, fruto de su primer y opaco matrimonio, ya que al momento en el cual esta crónica se inició tampoco él hallaba sitial en las preocupadas cavilaciones propedéuticas a la reflexión en ciernes. Pero quiso el destino que a partir de la secuencia que pasaré a relatarles, y tal vez extemporáneamente en lo que a sus sentimientos se refiere, lo hallara. Resultó ser que mientras el poeta degustaba su segunda botella de cerveza, sumido entre emergentes detritus mnémicos y sus fallidas obturaciones fenoménicas, se abrió la puerta del bar e ingresó Fito (Fito es un compañero del diario, encargado de la crítica de cine). Se dirigió al Juglar exhibiendo una gran 19

Gabriel Cebrián sonrisa, que denotaba el goce que le producía la genuina sorpresa manifestada en la expresión de Daniel. -Hola, Dani –saludó mientras ocupaba una silla a la diestra del Ilustre, y a continuación se excusó: -Disculpame, la película ésa de mierda que fui a ver no terminaba más, y no hice a tiempo de ir a saludarte a la presentación del libro. -Nada que disculpar, por lo menos zafaste, vos. Yo no pude. Encima me hicieron volver antes de la costa, ¿podés creer? -Y bueno, sarna con gusto... -¿Cómo me encontraste? -Muy fácil. Marisa me dio tu nuevo domicilio, al que fui, y no estabas. Pensé que por ahí te habías ido de copas con alguno de los contertulios, pero conociéndote, deduje que tu misantropía te habría llevado a huir de tal situación; así que cuando volvía a mi coche me acordé de este bar, y, la verdad, me hubiera jugado el sueldo de dos meses a que estabas acá. Decime si no parece una deducción digna de uno de tus personajes, eh... -¿Para qué mierda le preguntaste a Marisa? Se debe haber puesto contentísima de que le pidieras tan luego a ella mi paradero posterior a la separación. -Sí, muy bien no le cayó –reconoció Fito, y a continuación su semblante se ensombreció, en tanto añadía: -Pasa que cuando le trasmití los motivos por los cuales me urgía encontrarte, se aplacó. -¿Y cuál es la urgencia? -Bueno, es que el otro día me llamó Clara. 20

Ignis fatuus -No recuerdo haberte pedido que te ocupes de mis ex mujeres. -No, boludo, la verdad que no me resulta nada fácil decirte lo que me encargó que te diga. -Decilo y listo. Justo llegó el bolichero a tomar el pedido de Fito, quien se apresuró a pedir dos whiskies dobles, circunstancia que activó los sensores de alarma del suspicaz interlocutor. Advirtiéndolo, el mensajero se precipitó a adelantar: -Se trata de tu hijo Lucas. Esas palabras, adunadas al preámbulo dramático, le hicieron temer lo peor, temor corroborado instantáneamente por una palabra que completó definitivamente las trémulas insinuaciones, y que cayó de los labios de Fito como compelida por la necesidad de finiquitar cuanto antes aquel enojoso recado: -Murió. -¿Cuándo? -El seis de enero. -¿Recién ahora me avisás? -Es que recién ahora me entero, qué querés. -La puta madre que lo parió... -Lo siento mucho, de verdad. -Ya sé, ya sé, y la remil puta madre que lo reparió. Volvió el desdentado con los vasos, advertido -tanto por el copioso pedido como por las puteadas que no había podido evitar oír-, de que algo muy malo había sucedido al “dotor”; mas a tenor de la atmósfera se 21

Gabriel Cebrián llamó a un silencio tan prudente como atinado. Una vez servidos, bebieron ampulosamente buena parte de sus respectivos tragos, y ello dio impulso a Fito para continuar con el mensaje: -Pasa que no sacó obituario, y se ocupó muy bien de que se enterara la menor cantidad de gente posible. -¿De qué murió? -Sobredosis. De cocaína, parece. -Siempre fue un pelotudo. -No hables así. -¿Por qué no? ¿Porque está muerto? Eso no lo hace menos pelotudo, vos sabés. Y la otra pelotuda ésa, siempre consintiéndolo, siempre estándole atrás, al nenito. Ahí tiene. Ahora le da vergüenza decir que se murió, porque va a tener que explicar los motivos. -Estás diciendo cualquier cosa. Yo te entiendo, pero... -Qué mierda vas a entender. Dejalo así, y discupame, no es con vos la cosa. -No, pero dejame que te termine de decir lo que me dijo. No es por eso que no lo publicó, sino para evitar que te enteraras vos. -Ah, mirá vos. ¿Y eso por qué? -Bueno, en principio, para que no se llenara el velatorio de figurones de los medios y la política. Quería elaborar la pérdida a solas, con su círculo más íntimo. Y en eso, qué querés que te diga, por ahí algo de razón tiene. -Lo hubiera arreglado conmigo, eso. Tengo derecho, soy el padre, ¿no? 22

Ignis fatuus -Mirá, no te calentés, pero como anticipó que dirías algo así, me encargó también que te dijera que si no te habías preocupado en vida, ahora ya era ocioso. -Siempre fue una hija de puta. -Bueno, ahora ya está. No hay nada que hacer, así que... qué sé yo, viejo, no sé, vos viste que lo que se dice en estas circunstancias... -No digas nada, gracias. Continuaron bebiendo en silencio. También los demás, que parecían haber intuido la desgracia,2 se sumaban espontánea y respetuosamente al duelo. Ajeno, de todos modos, a aquella atmósfera solidariamente grave, el Insigne asistía algo atónito al tropel de pensamientos que ahora sí, en esa dinámica caótica sobreviniente a las grandes detonaciones, parecía arrastrar a su plano conciente como una brizna en escarpados rápidos, sus pensamientos caían en esa marea de sensaciones, recuerdos, pequeñas ternuras, culpas, palabras dichas y calladas, rencores, incluso odios, como un torbellino democriteano incapaz de aglutinarse más de un segundo en un universo, impidiéndole así redimir aunque fuese solo una de esas fugaces visiones kármicas. La incipiente torre de ba2

Como les decía que ocurre con la aprehensión directa del ente por parte de las entendederas menos formadas en moldes dialécticos que en cruda experiencia de husserliana objetividad, pero no se trata aquí de inmiscuir mis suposiciones sino de describir tan fidedignamente como me sea posible el abismal sentimiento que sobrecogió por un instante las profundidades esotéricas del Maestro.

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Gabriel Cebrián bel reflexiva cuyos cimientos había comenzado, aún en una etapa meramente proyectiva, a erigir, había recibido un impacto demoledor.

IV

Al cabo de una hora o algo así, y de dos whiskyes dobles más, Fito, algo incómodo ya por el prolongado mutismo, encendió un cigarrillo, carraspeó y finalmente dijo: -Decime, ¿te puedo ayudar en algo? Bué, ya sé que se puede hacer poco en estos casos, viste, pero ponete en mi lugar. Vengo acá como emisario del diablo, te suelto así a lo bestia una noticia nefasta y después me quedo como un boludo sin saber qué carajo decir o qué hacer... -Quedate tranquilo, Fito, está todo bien. La verdad, es bueno que hayas sido vos el que me dio la noticia, ¿sabés? -¿Por qué decís eso? -Porque estuviste bien; viniste, me lo dijiste con aplomo y después no me hinchaste las pelotas. Supongo que es mi manera de darte las gracias, así que aprovechá y anotate una. -Mirá las cosas que decís... -Me parece que me voy a ir a dormir. -¿Querés que vaya a dormir a tu casa? -¿Es una propuesta romántica? 24

Ignis fatuus -Dale, pelotudo, sabés a lo que me refiero. Ya le avisé a Fernanda adónde venía, y le anticipé que por ahí me quedaba a acompañarte. -Ah, ¿sí? ¿Y qué dijo? –Preguntó el Artista, respondiendo a una agudeza que su intuición había arrojado al tapete de esa instancia coloquial. -No, no querrías saber lo que me dijo... viste cómo son las minas... -Dale, decime, gil. -Nada, que eso no era ninguna garantía. -Que yo, no soy ninguna garantía, quiso decir. Como Fito advirtió la claridad del análisis de su sagaz amigo, y alentado por la sonrisa que la referencia le había generado, se atrevió a soltar el resto: -Dice que serías capaz de bailar sobre las cenizas de toda tu posteridad. -Che, es muy inteligente, esa piba. ¿Qué está haciendo con vos? -Eeeeh, no te zarpés. -Yo en tu lugar tendría cuidado.

V

Ahora me corresponde referir el regreso del Artista a su nueva habitación, pero en esos términos lo hubiera dicho cualquier cronista más atento a sus propias taras que a la subjetividad que sí importa, que es la de nuestro loado protagonista. Lo que es yo, me veo 25

Gabriel Cebrián en la obligación de tratar de transmitir el real sentimiento de ajenidad que experimentó al ingresar primero al vestíbulo y luego al que se suponía, era su departamento. Ni el más leve sentimiento de pertenencia se insinuó entre él y el sitio, o el sitio y él, a través de esa rara facilidad que suelen tener los poetas, cuando son realmente Poetas, para establecer pequeñas o mayúsculas complicidades con datos del entorno; o caso contrario, para advertir su animosidad, en una suerte de lectura feng-shuística innata y espontánea. La cosa era que él no pertenecía allí. Tal vez había sido un mal momento para romper con Marisa. Por primera vez en la vida se sintió perdido, ya ni los reproches para consigo mismo le marcaban un norte cierto, una direccionalidad sobre la cual disponer sus vastas capacidades. El pensamiento rateaba debido a una vacuidad total de reservas afectivas, aún de las que sus valores personales lo habilitaban para autoprodigarse. Entró al baño, bebió un poco de agua directamente de la canilla y luego se observó al espejo. Vio sus ojos demacrados y la frente perlada de pequeñas gotas de sudor. Se encontró viejo, y cansado. Para evitar tal sensación, se ocupó de desvestirse allí mismo, dejando toda la ropa desparramada a su propia inercia para luego, en calzoncillos, tomar un porrón de cerveza del refrigerador, encender la TV y arrojarse en el sillón. Entonces advirtió que si bien estaba munido del porrón y del control remoto, le faltaban sus cigarrillos y el encendedor, que habían quedado en el bolsillo del saco; y un cenicero, aunque eso no 26

Ignis fatuus era tan imprescindible. Maldijo el pequeño contratiempo de un modo estentóreo y desmesurado, advirtiendo en tal exteriorización la magnitud de su desánimo, que se había inmiscuido en el exabrupto sin convocatoria conciente. Ya rodeado de los mencionados artículos de necesidad, sintonizó Canal (á). Un escritor –según lo clasificaba el videograph- ignoto para él decía que “la ficción es ideología”. No escapó al agudo análisis inmediato de Barragán la flagrante falacia de composición que tan aventurado juicio conllevaba. Según su opinión, la ficción era eso, ficción, compuesta de elementos múltiples y en diversas graduaciones según el caso. Considerar al todo asimilándolo a solamente una de las partes era absurdo e ilógico a todas luces, pero evidentemente existen personas para las cuales la ideología es una especie de piedra filosofal que redime cualquier barrabasada argüída en su nombre. Cavilando en tal sentido, y a causa de una suerte de ola de crudo realismo sociológico, reparó en que pocas horas antes se había enterado de la muerte de su hijo y allí estaba, sin embargo, casi desprovisto de sentimiento alguno, prestando atención a teóricos de pacotilla, como si nada. El extranjero de Camus, un poroto, al lado. Tal vez por eso no podía hallarse en “su” lugar, tal vez por eso cualquier casa en la que habitara le resultaría extraña, ya que si solo estaba él, permanecería igual de deshabitada. Ninguna empatía podía ser asequible para los pobres muebles o inmuebles frente a semejante páramo emocional. Ningún objeto sería capaz de devolver reflejo alguno 27

Gabriel Cebrián de mutua afectividad o pertenencia. El apartamento era un mero hueco que contenía otro, si bien menor en sus dimensiones, tanto mayor quizá en cuanto a esa vieja idea griega del tomar al hombre, por más desprovisto que esté de virtudes sentimentales, como un pequeño cosmos. Pero al parecer ya se estaba inmiscuyendo nuevamente en disquisiciones que lo alejaban de esa tangente hipermóvil que contacta al pensamiento con el fenómeno real, y le dio por considerar que quizá ése habría sido el error de perspectiva que lo había arrojado a esa posición de estupor e incertidumbre, bastante extemporánea, por otra parte, dado que estaba ya cerca del medio siglo de vida. Tal vez la ficción fuera finalmente ideología, ya que la realidad parecía ser una mera y prosaica tumba de principios. Pero él tenía principios, o al menos, siempre había creído tenerlos. Estaba empezando a recordar sus obras, tanto poéticas como narrativas, para tratar de alcanzar un slogan que le permitiera definirse ideológicamente, cuando oyó que su teléfono celular estaba sonando. Había quedado en el bolsillo interior de su saco. Otra vez se incorporó, mas esta vez sin putear. -Hable. –Dijo, una vez activado el aparato, de frente al espejo del baño otra vez. -Hola, Dani. –Era Marisa. -Hola. -¿Cómo estás? -Bien. -¿Estuviste con Fito? 28

Ignis fatuus -Sí, estuve con él hasta hace un rato. -Entonces... ¿no te dijo...? -Sí me dijo. -Ah, claro; está. –Su voz denotó sorpresa, seguramente había esperado una respuesta diferente a su primer pregunta, la de ¿cómo estás? –Bueno, no sé que decirte. -Lo mismo me dijo Fito, y le respondí que no dijera nada. -Vos suponés que podés con todo vos solo, ya sé. -Yo no sé lo que supongo, ahora. -Creo que te entiendo. -Yo no lo creo, pero viste, dicen que más vale tarde que nunca. Igual, ahora que me entendés, tratá de desentenderte. Imaginate que si en mi estado normal ya te caía denso, ahora... -Lo que me caía y me sigue cayendo denso es esa manera que tenés de encerrarte en vos y no prestar la mínima atención a los demás, y a sus sentimientos. -Lo último que necesito ahora es esa clase de reproches. -¡Pero si no te estoy reprochando nada! -Pareciera que sí, mirá. -Estoy tratando de ayudarte, idiota. -Bueno, pero muchas gracias, imbécil –y cortó la comunicación. Volvió al sillón, llevando consigo el teléfono, suponiendo que (como efectivamente sucedió antes de dos minutos) volvería a sonar. -Hola. -¿Te querés dejar de hacer el estúpido? Parecés un pendejo. 29

Gabriel Cebrián -Eso es precisamente lo que me dijo mi hijo la última vez que hablé con él, hace como tres años. -Bueno, no sabía. Aparte, es una forma de decir. -Está bien. Aparte no fue exactamente así. Él me dijo ¿Cuándo vas a vivir como una persona de tu edad? -No lo juzgues, al chico. Todos les hemos dicho cosas a nuestros padres, sin que hayamos querido decir estrictamente lo que decíamos. -Lo que es yo, siempre les dije estrictamente lo que quería decirles. -Claro, pero vos sos Daniel Barragán, y nosotros, simples mortales. -Algunos más mortales que otros, por lo que se ve. -¿No podés dejar ese cinismo de mierda ni por un momento? Lo que me jode es que al único que le hacés mal es a vos mismo. -Entonces no entiendo por qué te jode a vos. -Porque te quiero, pelotudo. Este inesperado sinceramiento tuvo un par de efectos determinados y deteminantes, aún cuando probablemente haya existido una zona superfetada entrambos, tributaria de esa característica de enrarecimiento propia de los objetos inmateriales, que se empeñan en burlar con su fluidez toda sinóptica componenda. El primero, fue activar el mecanismo que momentos antes lo había llevado a cuestionar severamente su insensibilidad, a reconocer que quizá realmente necesitara de afecto. Y el segundo, como decíamos tal vez concomitante e incluso más que eso con el ante30

Ignis fatuus rior, se insinuaba en la incipiente erección que nada más hablar con Marisa le estaba provocando. Durante el breve lapso de silencio que siguió a la declaración de ella, y ante los fenómenos psicofísicos referidos, se preguntó –más en un nivel sensitivo que intelectual- si su única apertura a algo analogable al afecto se daba únicamente a través de la sexualidad. -Y bueno, que va’cer –fue su escueta respuesta, concientes ambos de que la voluntad que la había inspirado no era otra que salir del paso. -No se te oye muy bien, y claro que tenés motivos para ello. Por eso te vuelvo a ofrecer compañía. No tenés que quedarte solo, al menos hoy. -Dale, venite y charlamos –accedió el Ilustre, aunque ciertamente, la charla era lo que menos le interesaba, a tenor de lo que podemos deducir de los firmes masajes que estaba dando a su entrepierna.

VI

Apagó el televisor y se puso a hojear un libro que encontró por allí, en el desorden posterior a toda mudanza, ya que si bien la había efectuado hacía algo más de un mes, casi de inmediato se había ido a la costa. Casualmente, era uno de sus primeros volúmenes de cuentos, el primero en el que aparecía el personaje que lo había llevado a la celebridad: Nicanor Vilches, el detective provinciano. Era tan solo una versión vernácula del refrito de todos los investi31

Gabriel Cebrián gadores célebres que había leído alguna vez, o sea Sherlock Holmes, el Padre Brown, Philip Marlowe, entre otros. Y sobre todos ellos, el inefable Isidro Parodi, criollo también él, pero con una capacidad analítica tal vez superior a la de los más ilustres foráneos. Ahora bien, ¿qué ideología podía extraerse de aquellas -si se quiere plagiarias- crónicas de casos cuya exasperante previsibilidad a veces le parecía tan obvia como torpe? ¿Cuál, que no fuera respondiente de modo exclusivo a veleidades fatuas e infundadas, al mero ejercicio de pretensiosas vanidades? Al fin y al cabo, ¿qué había escrito? Unos cuantos cuentitos, más clásicos imposible, onda planteo, nudo y desenlace; solo eso, mas algunos ramilletes de poemas, de los que a su favor solamente podría decirse es que si zafaban, lo hacían gracias a la expresión encriptada de infecundos e inconducentes simbolismos.3 Siempre se había sentido un advenedizo en el mundo de las letras, y como todo advenedizo, arrastraba culpas y ocultamientos. Tanto de niño como de adolescente jamás había leído sino los libros que forzosamente debía estudiar para la escuela. Y ello a veces, por obligación y a regañadientes. Fue recién en la Facultad que descubrió que su crasa incapacidad para establecer diálogo, sobre todo con
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Es obvio que no estoy sino dando la lectura que corresponde al Poeta, inmerso en la situación que le toca vivir; y supongo asimismo ocioso a estas alturas señalar que, por mi parte, sostengo una opinión absolutamente opuesta.

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Ignis fatuus sus apetecibles compañeras de claustro, quizá se debiera fundamentalmente a su desconocimiento absoluto en este campo, sobre todo el de la poesía. Y así fue que, tan freudianamente motivado, se convirtió en un incansable lector, primero de Pablo Neruda, después de los españoles y de allí al mundo. Entonces se aventuró por primera vez a elaborar aquellos presuntuosos y por demás deplorables poemas, los que sin embargo mostraba a todo el mundo con un entusiasmo tan grande como ahora lo era su bochorno diferido. Por suerte, más tarde la vida y algunos buenos amigos condujeron su derrotero en este sentido, y como corresponde al buen adventicio, no tardó en intentar emular a narradores rusos, franceses y norteamericanos. Así que, en virtud de este análisis, llegó finalmente a una conclusión: la única ideología que podía reconocer en su obra no era más que una apologética del pillaje apenas velada, retazos de Frankenstein robados a corpus originales, técnicas zorreriles operando en parnasianos gallineros. Al cabo de unos minutos posteriores a la elaboración de tan injusta y caprichosa conclusión, y cuando la reserva de cervezas se iba agotando, en virtud de la sed provocada tanto por el calor del ambiente como por la ingesta de jamón crudo, sonó el portero eléctrico, y él accionó el mecanismo para abrir la puerta de planta baja sin preguntar previamente quién era, dada la seguridad que se trataba de Marisa. Al abrirle, advirtió con beneplácito que la mujer traía consigo dos botellas de su vino favorito. Mientras la hacía 33

Gabriel Cebrián pasar, se percató de que no se había vestido; y tal vez eso no estaba bien, dada la característica que por ese entonces correspondía a la relación. -Hola –dijo él mientras sostenía las botellas y le daba un beso en la mejilla. El desconcierto manifestado en los ojos de ella hizo evidente a Daniel que había esperado otro saludo, seguramente más efusivo, o incluso íntimo. –Pasá, ponete cómoda –le indicó, mientras iba a la cocina a buscar copas, hielo y un sacacorchos. Volvió al living, y permanecieron en un silencio tenso mientras servía los tragos. -¿Cómo te fue de vacaciones? –Preguntó ella. Era harto evidente que el antedicho silencio la compelía a decir algo. -Bien -respondió escuetamente él, conciente del carácter meramente formal de la pregunta. -Me imagino que habrás estado pensando. -Pensar no es mi fuerte, vos sabés. -No sé si es eso o... -¿O qué? -...o que te gusta hacerte el tonto para pasarla bien. -¿Ves? No hace dos minutos que llegaste y ya empezás a bajar línea... -Quiero decir que si no pensaste es porque no quisiste, y no porque no sea tu fuerte. -¿Y en qué se supone que tenía que pensar? -Dejá, dejá, no importa. No escapó a la aguda percepción del Maestro, tanto en el gesto como en la actitud de Marisa, ese desparpajo airado tan característico en las mujeres cuando 34

Ignis fatuus sienten que no se les da la importancia que suponen merecer. Y al propio tiempo advirtió que por esa línea jamás conseguiría su objetivo, esto es, llevarla a la cama para descomprimir un poco sus urgencias venéreas. Así que le alcanzó la copa y se tendió en el sillón, a su lado. Luego inició las acciones tendientes a un armisticio mínimo, que le diera la posibilidad de llevar a cabo el abordaje carnal con el menor costo posible en términos de involucramiento. Así es que se excusó por sus malos modales, argumentando que no estaba pasando por su mejor momento, trayendo a colación tácitamente la tragedia de la que había tomado razón rato antes. Si bien se trataba de una maniobra que conllevaba ribetes éticos que desde algún punto de vista podrían aparecer como deleznables, al menos para cualquier testigo desavisado, el Poeta bien sabía que no valía de nada desaprovechar las pequeñas gratificaciones que podían obtenerse de algo que ya, de todos modos, no tenía remedio. Y tampoco escapó a su astucia que el animal humano femenino, por detrás de todas las pátinas románticas o idealizadas con las que le gusta embadurnar al acto carnal –y más allá de todas las dramatizaciones concientes o inconcientes-, va por lo mismo. Y a veces hasta con un grado de cinismo mucho mayor, incluso. Permanecieron unos cuantos minutos en silencio, bebiendo, fumando, pensando ambos según sus códigos y capacidades cómo precipitar lo que de todas maneras sabían que iba a ocurrir. Y como todos sabemos, esta instancia previa de dubitativa aproxima35

Gabriel Cebrián ción exacerba ostensiblemente al deseo. Al cabo, una prominente erección habló por él, no hay mejor lenguaje para el sexo que el fisiológico. Ella lo asumió como corresponde a una mujer, sobre todo a una en estado de violenta excitación, y fue así que el Ilustre no consumó su plan primigenio de llevarla a la cama, ya que hicieron el amor allí mismo, con todo el frenesí producto del largo mes que llevaban ambos sin desarrollar tales prácticas.

VII

Cuando se despertó, cerca del mediodía, se encontró solo. El sexo dasaforado y repetido, mas la cantidad de alcohol que había bebido, habían dado a Marisa la cubierta para desaparecer de allí sin que él lo advirtiese. Mejor. Sintió la boca amarga y un fuerte dolor en la nuca, que no era solamente debido a la bebida sino también al exceso de tabaco. Se incorporó y fue a la cocina, a prepararse un café y tal vez masticar algo, para poder luego tomar aspirinas sin que le perforen el esófago. Fue entonces que vio sobre su biblioteca una foto de Lucas. Sorprendido, giró sobre sus talones y se encontró con una nota que había dejado Marisa sobre la mesa: Dani:

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Ignis fatuus Yo sé que detrás de esa fachada dura e insensible hay una persona frágil y cariñosa. Lo sé. Y lo sé porque te conozco. Y porque conozco tu historia. A mí no me podés engañar. Y sabés qué, mi instinto me dice que estás sufriendo mucho más de lo que te atrevés a reconocerte a vos mismo. Podés jugar al héroe cuando te metés con tus editoriales en temas jodidos. Podés hacerlo también cuando escribís las andanzas de ese alter ego detective que no se inmuta siquiera frente a la propia muerte. Podés incluso hacerte el héroe abandonando una mujer tras otra y mostrándote como si nada hubiera ocurrido. Pero lo que mi sentimiento por vos me obliga a decirte es que no podés hacerte el héroe frente a la muerte de un hijo. Porque nada bueno puede resultar de eso. Porque es antinatural, absurdo, y sobre todo, falso. Tal vez esté extralimitándome, tal vez sería mejor que elabores las cosas a tu modo y que Dios o el destino hagan el resto, pero tengo la convicción que lo mejor que puede pasarte ante tamaña desgracia es poder enfrentarla, asumirla y pasar por sobre ella. Porque yo sé, porque lo he sentido, que cada vez que reaccionabas contra él, te enojabas y hasta entrabas en cuadros de cólera absoluta, no era otra cosa que el amor lo que lo provocaba. Probablemente conmigo te haya pasado algo análogo, pero eso es hoy muchísimo menos importante. Espero que juzgues bien esta actitud, lo pienses y en función de ello, dejes la foto de Luquitas adonde yo la puse. Lo que en un primer momento te producirá tal vez un angustioso vacío, cuando hagas las paces 37

Gabriel Cebrián con vos mismo y con él, se convertirá en otro sentimiento mucho más positivo. Vas a ver. Y aprovecho para decirte lo que anoche no pude, por las circunstancias, por tu actitud, tal vez por lo inadecuado de la situación, tal vez por esos remilgos que quién sabe de dónde me vienen... TE AMO Marisa

“Caray”, pensó, “hay veces que una mujer es capaz de escribir, fijate”. Miró la foto y tuvo un atisbo de sentimiento tal vez acorde con lo que sugería la anticipación manuscrita que acababa de leer, y eso lo llevó a ocuparse del desayuno, luego de decidir que la foto quedaría allí, para bien o para mal. Experimentaría su consuetudinaria contemplación aunque más no fuera para confirmar o no el diagnóstico de la mujer que lo había favorecido, que decía que lo amaba y que con tal aseveración lo único que le había provocado era un escozor desagradable. No quería saber más nada con ella, ahora que el apetito sensual había sido saciado. Las tenazas del deseo lo habían llevado a volver sobre sus pasos, aunque tanto su ciencia como su experiencia le decían que ése era un grave error; pero el cerebro saturado de hormonas suele ser reacio a las más sensatas razones. Preparó el café y levantó las distintas partes del diario que estaban desparramadas junto a la puerta. Como no pasaba entero, el repartidor lo iba deslizando 38

Ignis fatuus por debajo sección por sección. Fue hasta la mesa y en vez de comer algo junto con la infusión, encendió un cigarrillo y se puso a hojear el pasquín. Por supuesto, en la sección de artes y espectáculos, vio su foto sentado a la mesa con el Director del diario a su derecha y el Intendente Municipal a la izquierda. La nota la firmaba Maneco Villén y el título rezaba “Homenaje a Daniel Barragán”. No era muy imaginativo, pero Maneco no era muy imaginativo, así que qué se podía esperar... continuó leyendo: Anoche, en el Salón Dorado del Jockey Club de nuestra ciudad, se rindió un merecido reconocimiento a Daniel Barragán, periodista y escritor platense, colaborador de este medio y amigo entrañable de quien escribe estas líneas. (¿Amigo entrañable? Ni una cosa ni la otra, mi querido Maneco. Hay gente que confunde el trato formal con real consideración afectiva, por lo que se ve.) Asistieron al evento el señor Intendente Municipal, Don Luis Estanga, nuestro Director Héctor del Río, personalidades del arte y la cultura y público en general. En la oportunidad, además, se efectuó la presentación de su último libro, “El cadáver del maizal y otros relatos”, en los que el inefable detective criollo Nicanor Vilches vuelve a deslumbrarnos con nuevos 39

Gabriel Cebrián casos que desafían la imaginación y la capacidad deductiva del lector... (¡¿Imaginación y capacidad deductiva del lector?!) ...en nueve historias que he tenido oportunidad de leer, y lo he hecho con un placer inmenso, atrapado del principio al fin por la profusa creatividad, la agudeza y el fino estilo narrativo que Barragán imprime a cada una de las pesquisas ejecutadas por el pintoresco investigador. Ahora que todo el público hispanoparlante espera ansioso cada nueva entrega de la obra de nuestro querido compañero, y que se está trabajando en la traducción de la misma en vista a diversas ediciones en Norteamérica y Europa, mucho nos place sumarnos al merecido reconocimiento a su esfuerzo y a su talento, y celebramos a este artista nuestro que demuestra con su literatura la certitud de aquel viejo adaggio que reza: “pinta tu aldea y serás universal”. Patético. Incongruente. Lo que comenzaba como una crónica objetiva de un evento social cualquiera, de pronto se había transformado en un ditirambo ramplón y desfasado de la realidad. Seguramente la noticia de la muerte de Lucas había llegado a la redacción, y se esforzaban por alentarlo; claro que escribiendo pelotudeces probablemente fueran a conseguir el efecto contrario. En fin... 40

Ignis fatuus Encendió el último cigarrillo, estrujó el atado y lo arrojó al bote de basura. Erró, de modo que el bollo rebotó primero contra el piso, luego contra la pared y rodó unos cuantos centímetros antes de detenerse cerca de la puerta. Al lado de un sobre que momentos antes, en oportunidad de levantar el diario, no había estado allí. Con toda seguridad lo habría visto, si así no hubiera sido. Parecía ser que el día se iniciaba con mucha correspondencia. Poco ortodoxa en cuanto a su modo de remisión, pero correspondencia al fin. Se incorporó y lo levantó. Era un sobre blanco común, con referencia de destinatario y sin remitente. Volvió a la mesa y lo abrió. Extrajo una hoja de papel A4 impresa. Leyó: Mi querido y célebre Daniel Barragán: ¡Al fin ha regresado a la ciudad! Como verá, no todas son flores por aquí. A su encumbramiento en el plano social y cultural, le ha seguido esta terrible desgracia que ha sufrido. Y bueno, las rosas más bellas suelen tener las espinas más aceradas. Espero que sufra con toda la crudeza que le sea posible, espero que cada día de su vida sea un auténtico calvario, y le aseguro que para ello seguiré trabajando. Obviamente, no puedo decirle quién soy, y mucho menos que lo acompaño en el sentimiento. Cuanto peor se sienta, mejor me sentiré yo. Con mucho odio pero ahora sin rencor, Servando “el Tape” Millán. 41

Gabriel Cebrián No podía salir de su asombro. Servando Millán era el archienemigo de Vilches, algo así como el Moriarty de Holmes. ¿Quién podía tener tan mal gusto para las bromas? Porque no podía tomar en serio la misteriosa misiva. Evidentemente, se trataba de un enajenado, quizá envidioso, que se regodeaba con su desgracia. Estaría atento; tal vez entraría un poco en el pellejo de Vilches, para atrapar al desgraciado que tanta tirria le demostraba. Pero no iba a dar mayor trascendencia a una canallada semejante. No le daría el gusto de odiarlo, ni de preocuparse.

VIII

Luego de guardar el anónimo paradójicamente suscripto con el nombre de uno de sus personajes, para una eventual pericia en caso que el acoso continuase, salió a comprar cigarrillos. El día era brillante; el calor, impiadoso. Caminó hasta la plaza Belgrano y se sentó a fumar un cigarrillo en la parte más fresca, la que da a la esquina de 12 y 40, en un banco debajo de los árboles. No muy lejos, sentados en el pasto, tres chicos y una chica de la edad de su hijo bebían cerveza y, por el olor, fumaban marihuana. Uno de ellos aporreaba una guitarra. Los observó, tratando de entender a esos jovenzuelos inconcientes que eran capaces de morir de puro vicio, y a poco conjeturó que era una cuestión de experiencia: si llegaban a los veinticinco, o poco más, sin haber estirado la pata, 42

Ignis fatuus ya difícilmente lo harían, al menos a causa de los tóxicos y de modo repentino. Entrarían quizá en un proceso lento de autodestrucción, tal como sostenía Marisa que él mismo estaba haciendo. Como una cosa trae la otra, y los temples poéticos son por esencia particularmente sensibles a la belleza, no tardó el poeta en reparar en la suave y delicada hermosura de los rasgos de la jovencita. Era rubia natural, y muy bonita, de acuerdo a lo que se podía apreciar desde esa distancia. Durante un momento sus miradas se cruzaron, y ante la fijeza de la de ella, él la desvió súbitamente, acusando en el movimiento el leve embarazo que tal entrecruzamiento le había provocado. De ninguna manera quería pasar por un viejo verde, quizá ante él mismo, dado que no le interesaba un comino lo que podían pensar los jóvenes al respecto. Cuando volvió a dirigirles un soslayo, se percató de que la jovencita continuaba mirándolo. Y al cabo de unos instantes, la vio venir hacia él. A medida que se acercaba, pudo comprobar primero que el cuerpo no desentonaba en nada con la hermosura de sus rasgos faciales; tal vez resultaba un poco más voluptuoso de lo que la delicadeza de su rostro sugería, pero eso no hacía más que agregar aditamentos sensuales al conjunto. Vestía una remera musculosa color verde agua, jeans gastados y ojotas. Ya frente a él, lo emocionaron estéticamente sus grandes ojos celestes, subrayados por unas tenues ojeras violáceas, quizá producto de la marihuana, del sexo, o de ambos. Unas cuantas pecas aniñaban su ya de por sí juvenil expresión. 43

Gabriel Cebrián -Usted es Daniel Barragán, ¿no es verdad? –Le preguntó sin preámbulo alguno. -Es verdad, al menos eso creo. -Hacía rato que quería tomar contacto con usted. Había pensado en escribir al diario, o darme una vuelta por allí, pero nunca me atreví a hacerlo. -¿Y a qué debo el honor? -Oh, en todo caso, el honor es mío. -No lo creo, pero bueno... -Pasa que me gusta escribir, y me gustaría que le diera una ojeada a mis poemas. -Si son tan lindos como vos, me encantaría –dijo, aventurándose de pronto en una senda que muy bien podía llevarlo a poco andar a hacer, precisamente, el papel de viejo baboso. Ansiosamente esperó el resultado de una galantería que se le aparecía como anacrónica. La joven lo miró intensamente, se diría que de modo desafiante. -Bueno, espero sinceramente que el árbol no le impida ver el bosque y justiprecie con objetividad mis poemas. -Eso descontalo. No suelo repartir lisonjas ni expectativas gratuitamente. -Bueno, y... ¿adónde podría hacérselos llegar? -¿Por qué no venís a cenar hoy a casa, y los vemos? -Dígame adónde vive. -Acá nomás, a un par de cuadras. -Ah, ¿sí? Qué bueno, somos vecinos, entonces. -Espero que seamos amigos -Eso sí que sería un honor, para mí. -No digas eso, vas a ver que no es así. 44

Ignis fatuus -Sinceramente lo creo. Dígame la dirección. -¿Tenés en qué anotar? -Usted solo digamelá. Una vez que lo hizo, la jovenzuela le dio un beso y se volvió para reunirse con sus amigos. -No me dijiste tu nombre –le gritó, al advertir que no iba a tener una referencia nominal sobre la cual proyectar su ansiedad hasta esa noche. -Rosario –le respondió casi sin volverse, y tomó un trote que demostró que sus carnes, aparte de bien distribuidas, estaban firmes.

Iba caminando por la avenida 13, en busca de algún bar en el cual sentarse a comer un sandwich y beber algo fresco, cuando sonó su celular. -Hola. -Hola, Daniel. ¿Cómo estás? –Era Fito. -Bien, Fito, ¿y vos? -Acá andamos, laburando. -Ahá. ¿Y como están las cosas por ahí? -Como siempre, un poco más aburridas, sin vos. No tenemos nadie que nos cague a pedos. -En dos o tres días estoy por ahí, ya, poniéndolos en vereda. Están escribiendo cada cosa... -¿A qué te referís? -Y, mirá, por ejemplo, lo que escribió del acto de anoche el pelotudo ése de Maneco... -Para mí está bien, qué querés que te diga... 45

Gabriel Cebrián -Bueno, igual no le digas nada, pobre. No tiene la culpa de ser tan imbécil. -Sos jodido, eh. -Bueno, ¿y qué era que querías? -Eh, loco, qué mala onda. Llamaba para ver cómo estabas. -Estoy bien, ya te dije. Y espero que no interpretes eso como que soy un bastardo insensible. -Dale, che, no seas boludo. Aparte te quería recordar que hoy es martes. -Gracias por avisarme, pero mi alzheimer todavía no es tan grave como para no permitirme recordar el día en que vivo. -Qué gracioso. Te digo porque por ahí tu alzheimer no te permite recordar que los martes nos reunimos en lo de Ezequiel, viste. -Hoy no puedo. Tengo un compromiso. -¿Qué compromiso? -¿Y a vos qué te importa? -Si no fuera porque soy ubicado, te mandaría a la mierda. Qué, ¿no me vas a contar? -No, en todo caso después charlamos. -Okay, entonces vamos a hacer una cosa... les aviso ahora a los muchachos que nos reunimos mañana; eso, si tu agenda te lo permite. -No es necesario, reúnanse ustedes. Supongo que va a haber muchos martes más. -No, mirá, la onda es que los muchachos quieren verte, viste, así que dejá que yo arreglo para mañana, ¿está bien? -Como quieras. 46

Ignis fatuus -Pero mañana podés, ¿no? -Sí, está bien. Mañana. -Listo. ¿Necesitás algo? -Necesito un tentempié. En eso estoy. -Bueno, cuidate. Y cualquier cosa, llamá. -Está bien, gracias. Saludos a los muchachos, y nos vemos mañana en lo de Ezequiel.

IX

Demasiadas cosas en qué pensar. La foto de Lucas presidiendo la sala lo incomodaba un poco, incluso llegó a considerar la posibilidad de quitarla de allí, pero no lo hizo. Recordaba la aseveración de Marisa, “lo que en un primer momento tal vez te producirá un angustioso vacío, cuando hagas las paces con vos mismo y con él, se convertirá en otro sentimiento mucho más positivo. Vas a ver”, y ello lo llevaba a darle crédito y esperar que algo así ocurriera. Sería muy bueno, probablemente elaboraría y entendería muchas cosas si era que ella tenía razón. Las mujeres conocen más que los hombres sobre este tema de los afectos; de más está ponerse a hilar fino si se debe a cuestiones genéricas, hormonales, histórico-culturales, filosóficas, biológicas, psicológicas o las que fueren. (Los hechos contundentes, los que saltan al sano juicio sin sombra de duda, hacen que toda fundamentación resulte en innecesarios bizantinismos. El pensamiento occidental debería, ampliar de modo 47

Gabriel Cebrián dramático el bagaje apodíctico, para ahorrarse esos elefantiásicos procesos que no obstante, e indefectiblemente, a ultranza desembocarán en incertidumbres propias de las nebulosas supraintelectuales). Mas estas disquisiciones no hacían otra cosa que distraer su atención de la ansiedad que le producía la espera de la visita de esa joven que había conocido a la mañana. No habían acordado horario, así que podía llegar en cualquier momento. Preparó la mesa, lo más prolijamente que pudo en base a su escasa vajilla, encargó comida china y se sentó a ver televisión. Seguían explotando bombas en Irak, seguían los piquetes de desocupados, seguían las negociaciones con los organismos internacionales de crédito, seguían encontrando cuentas suizas de ex funcionarios del gobierno nacional, seguían los secuestros extorsivos, en fin, seguía todo igual que siempre. Estaba todo igual, menos su subjetividad, asaltada de buenas a primeras por un planteo autorreflexivo surgido a instancias de su separación de Marisa (aunque sospechaba que se debía a muchas otras cosas), de su disconformidad absoluta con el derrotero de su supuesta creatividad; y después, la noticia de la muerte de Lucas, la misiva anónima y amenazadora y ahora, la cena en ciernes con una jovenzuela ignota que podría agregar elementos inestables a su ya de por sí caótica actualidad. Claro que en esta enumeración había ítems más importantes que otros, pero era la gestalt, de todos modos, lo que le parecía pavoroso. Se sirvió una copa de chardonnay con hielo, encen48

Ignis fatuus dió un cigarrillo y se dispuso a relajarse, justo cuando sonó el timbre. Rosario parecía una persona distinta a la que había conocido esa misma mañana. Una camisa blanca de encaje, pollera negra, sandalias con taco, prolijamente maquillada, peinada con esos menjunjes que realzan y endurecen los rulos, con todo ese cabello rubio cayendo sobre sus hombros y esos vivaces ojos celestes que, al saludarlo, sonreían aún más que la misma y deliciosa boca. Mientras le ofrecía asiento y le alcanzaba una copa, pensó -desde la inquietud que la hermosura de su invitada le producía- que tal vez no hubiera sido buena idea convocarla, y seguramente mucho peor idea sería involucrarse afectivamente con ella. Tal vez no fuera tan frío como la mayoría de sus conocidos suponía, ni tan duro y cerebral como el propio Nicanor Vilches. Pero bueno, una vez sentados al paño, lo único que nos queda es apostar. -Espero que sepas disimular el desorden –comenzó a excusarse en una vacua y estereotipada formalidad,pasa que acabo de mudarme y no he tenido tiempo de acomodar gran cosa. -Está bien, no se preocupe. Debería ver mi casa. -¿Vivís sola? -Vivo con una amiga. Soy del interior, estoy estudiando acá en La Plata. Espero que mi padre pueda seguir pasándome el dinero para el alquiler. Caso contrario, me veré obligada a buscar empleo. -¿Qué estudiás? -Filosofía. 49

Gabriel Cebrián -Caramba, nada menos... -No es gran cosa. Unos cuantos fulanos jugando a la ronda alrededor del árbol de Porfirio. -¡Bueno, ésa sí que es toda una definición! –Exclamó el Inefable, y a continuación rió con deleite. -¿Le parece? –Preguntó ella, sorprendida gratamente por el efecto de su ocurrencia. -Sí, me parece –le respondió, meneando la cabeza, y luego añadió: -Lo que no me parece es que me trates de usted. No soy tan viejo como parezco. -No, no es que parezca viejo, pasa que es una cuestión de respeto. Es usted una persona mayor, y no solamente en términos cronológicos. -Ah ¿sí? ¿Y qué significa eso? -Vamos, usted sabe, no se haga el humilde. -Si vamos por ahí, nos vamos a meter en un berenjenal que ni te cuento. Dejémoslo así, y por favor, tuteame. -Está bien, para mí no hace mayor diferencia. -Para mí sí, pero bueno. -Todo bien, todo bien, te tuteo y listo. Terminemos con eso. -Así está mejor. ¿Te gusta la comida china? -Me gusta cualquier comida que no sea la que prepara Magda, mi compañera. -Entonces esperá un segundito que llamo al restaurante para que la manden. -Okay, adelante. Estoy famélica. Mientras indicaba que trajeran el pedido que había formulado rato antes, y echando miradas de soslayo 50

Ignis fatuus a su deslumbrante invitada, caviló que había hecho muy bien en alarmarse. Nunca hasta entonces había perdido la cabeza por una mujer, y no era precisamente ése el momento más adecuado para hacerlo. Se andaría con cuidado, y se guardaría muy bien de involucrarse más allá de lo que lo hubiera hecho con cualquier amante ocasional. -¿Trajiste tus poemas? –Inquirió a boca de jarro ni bien cortó la comunicación con el restaurante, como intentando acotar una relación que siquiera se había establecido aún. -¿Mis poemas...? No, mirá que cabeza la mía. Ni me acordé. -¿Pero acaso no era el motivo que te había llevado a tomar contacto conmigo? -Bueno, digamos que... ése era uno de los motivos. -¿Puedo saber cuál o cuáles son los otros? -Y, conocer a una persona como vos... convengamos que no es cosa de todos los días. -En ese sentido, no va a faltar ocasión de desilusionarte, creo. -No importa lo que digas, sé que es así. Aparte deberías estar agradecido, de esta manera te ahorro el bochorno de tener que devanarte los sesos para encontrar alguna forma de valorizar mis necedades. -Ahora soy yo el que necesita formular respetuosa discrepancia. Con solo unos minutos de tratarte, estoy en condiciones de afirmar que sos una muchacha aguda e inteligente, formada académicamente, por lo que me contaste, y de particular buen gusto. 51

Gabriel Cebrián -Eso no hace a un poeta. -Puede ser, sí, pero sospecho que no es tu caso. -Dejame repetir entonces, lo que dijiste hace un momento: no va a faltar oportunidad para desilusionarte. -O sea, una demostración más de fineza intelectual. -Puede ser; si te resulta así, tanto mejor.

X

Durante la cena se divirtieron mucho. Rosario tenía una chispa y una capacidad expresiva notorias, más aún teniendo en cuenta su corta edad. Entre ocurrencias y floreos idiomáticos cada uno dio curso al otro de la información que suponía necesitaba conocer, cuidándose de trasladar, en cambio, cualquier dato o circunstancia que pudiere empecer la incipiente relación. Claro que ambos, y de acuerdo a la agudeza propia de cada uno, advirtieron esta especie de juego de naipes en el cual algunas cartas eran volteadas y otras permanecían ocultas, mas no percibían malicia alguna en ello, sino la intención de no confrontar y llevar a buen puerto el barco que habían abordado. La inercia del diálogo, adunada al acercamiento a la zona de definición –como corresponde a toda primer cena íntima entre un hombre y una mujer, o sea, el tiempo de decidir hasta dónde llegará el asunto-, hicieron que la temática recalara en sus experiencias amorosas; y sin entrar en mayores detalles, se conta52

Ignis fatuus ron sus historias en este sentido, larga y tortuosa en el caso de él, breve y rica en anécdotas risibles la de ella. Casi absolutamente opuestas, al menos en lo que dejó entrever cada uno entonces. -Por lo que puedo deducir de lo que me contás, sos un chico grande– observó la joven con un brillo de suspicacia en la mirada; mirada que a estas alturas de la noche y del vino el Poeta experimentaba ya casi como lacerante-¿Por qué decís eso? -¡No, no, pero me encanta! -¿Qué te encanta? -¡Que seas un chico grande! -Ah, ¿sí? ¿Por? -Porque así voy a tener menos prejuicios en irme a la cama con vos. -Siendo así, debería ponerme a dar vueltas alrededor de la mesa con mi monopatín. -¿Ves lo que te digo? -Sí, te escucho tan bien que no puedo dejar de ilusionarme. -No estás en edad de vivir de ilusiones, así que vení, dame un beso. La manera en que aquella jovencita había tomado la iniciativa lo descolocó un poco. Pertenecía a una generación para la cual las cosas funcionaban de un modo diametralmente opuesto, pero que al propio tiempo había establecido un férreo código de honor que anatemizaba el hecho de rehusar el convite de toda mujer agraciada. Así que la besó, sintiendo el néctar de aquellos labios casi adolescentes aún, y se 53

Gabriel Cebrián congratuló con la circunstancia que sus opúsculos dieran, en este sentido y coherentemente con las pulsiones que los habían inspirado originariamente, cada vez mejores resultados. Luego de un rato de exploración bucal y manoseos mutuos se fueron a la cama. Cuando se desvistieron, y en contraste con la deslumbrante desnudez de Rosario, se sintió viejo, flácido, desagradable. Eso retardó considerablemente sus capacidades, hasta el punto de casi ingresar en ese terreno escabroso del que muchas veces no se vuelve. Pero alerta a ello, y experimentado como lo era en tales lides amatorias, consiguó el suficiente aplomo como para dar rienda suelta a sus finas y elaboradas técnicas que conjugaban sutileza y bravura, igual que sucedía con sus poemas. Y esta analogía viene a cuento, tanto por la identidad existente entre el arte poética y la sensualidad, inescindibles ambas en sus más cabales expresiones, como por la necesidad de no entrar en detalles que seguramente ofenderían la sensibilidad del laureado Artista. Solo he de decir que ante el intenso goce que exteriorizaba su compañera, todos los pruritos que al principio habían empañado su desempeño perdieron toda pertinencia, y en esa entrega total que se produjo a continuación por parte de ambos, alcanzaron niveles de excitación y corolarios tal vez inéditos en sus experiencias anteriores.

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Ignis fatuus

Segunda parte (The roles they are changin´)
Aún en la más helada miseria El lobo acepta al cordero Que es capaz de meterse en su piel. (Del libro “Perros Poemas”, de Daniel Barragán, 1979)

I

“¡Diantres!”, exclamó para sus adentros, cuando el ahora nada aleatorio circuito de pensamientos recurrentes lo atosigaba una vez más, como una serie de escenas-recuerdo laberínticas que por distintas vías lo arrojaban a un mismo centro, con mandálica determinación. Pero ingresar en los contenidos específicos de tales meandros psicológicos redundaría inevitablemente en exponer una faceta humana, demasiado humana del Maestro; ustedes me entienden, ¿verdad?. Bueno, la cosa es que estaba tomando una cerveza en el barsucho de la vuelta, esperando a Fito para ir juntos hasta lo de Ezequiel. El feo que le decía “Dotor” y al cual él llamaba “Maestro” se había comportado correctamente, habiéndose limitado al saludo de rigor y a unos típicos comentarios acerca de “la calor” y esa clase de formalismos tan cansadores. Pero bueno, mejor eso que la cháchara. Se notaba que la 55

Gabriel Cebrián escena de dos noches atrás había calado más de lo presumible en el ánimo de quienes estuvieron presentes. Pero en el ahora que era entonces, y de acuerdo a las fugaces anticipaciones mentales de lo que sobrevendría, no podía evitar un ligero displacer, ya que iba a encontrarse con Ezequiel Torales, un joven jurista y operador político polifuncional, tan ocurrente y hábil conversador como oportunista y ambicioso; Ignacio Sosa, compañero de la redacción y conductor de radio, Fito, y él, como cada martes ahora devenido en miércoles a resultas del delay provocado por un encuentro del que probablemente fuera a arrepentirse. -¿Cómo anda, Don Barragán? –Saludó ceremoniosamente Fito (estos pibes que creen que la inmadurez del genio les otorga confianza...). -Qué hacés; mirá, ya me iba a la mierda. -Ehhh, loco, son nueve y cinco, ¿qué te pasa? -Dijimos a las nueve. -Está bien, perdoname, ¿sí? Qué lo parió, estás como las putas... -Buenoooo... -Bueno, vamos, te pago el trago y nos vamos, ¿está bien, así, Milord? -Dejá de hacerte el canchero, que vas a tener que escribir diez veces cada crítica, perejil. -Dale, que te denuncio por abuso de autoridad. -Sonó medio gay, eso.

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Ignis fatuus -Andá a la concha de tu hermana4 - concluyó, mientras metía la mano al bolsillo y sacaba unos cuantos billetes para pagarle al feo, que estaba meta desear buenas noches, muchachos, que les vaya bien, eh. Subieron al auto importado de Fito (que no sé, la verdad, qué marca es, pero es groso), y salieron por la diagonal. Fito puso un CD, luego de un preámbulo que no habría merecido ni Mozart redivivo, diciendo que era una banda nueva, que se había formado no sé de la conjunción de qué otras dos, y toda clase de elogios superlativos. Se llamaba, según dijo, Audioslave; y la verdad, cuando no te reventaban los tímpanos, sonaban bastante bien. Rodearon el Parque San Martín y continuaron por la 25 hasta circunvalación; y luego de unas cuadras por la 26 arribaron al suntuoso chalet de Ezequiel Torales. El mero hecho de estacionar fuera motivó la clamorosa reacción de un par de ovejeros belga. A poco el dueño de casa e Ignacio salieron a recibirlos, el primero frotándose las manos con un trapo húmedo, evidentemente a cargo del asado. En el saludo que le dirigieron, el Egregio advirtió cierto aire de gravedad, y a poco coligió que era debido a lo de su hijo.
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Este segmento, quizá lo suficientemente prosaico como para desatar las iras de cualquier tipo mínimamente purista y/o esteticista, obedece no solo a respetar el carácter fidedigno de los eventos aquí narrados, sino también a brindar, al propio tiempo, una muestra simple de ese deporte criollo por excelencia que es el “chicaneo”.

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Gabriel Cebrián Qué raro, todo el mundo lo tenía más presente que él, a su propio drama. Se peleaban por preguntarle cómo estaba, y él gesticulaba como fastidiado, agitaba una mano y les decía que bien, que no se hiciesen problema. Cuando advirtieron que la reiteración de su actitud, protocolar dentro de una ética dada, solo serviría para arrojarlo a un morbo mental que evidentemente no padecía, se apresuraron a hacerlo pasar y a llenar las copas. -Cenamos acá afuera, ¿no? -Claro, mirá las estrellas que hay... aparte está más fresco. Luego de esta recurrencia coloquial característica de todo asado veraniego, el Maestro observó que el pinot noire estaba muy bien, pero que prefería algo fresco, que podía ser vino blanco con hielo, o cerveza. Ignacio se apresuró a complacerlo, todavía afectado por el encuentro con quien acababa de perder un hijo y estaba ahí, como siempre. En otro momento habría sido objeto de pullas respecto de sus remilgos y lo hubiesen mandado a buscarse él mismo las bebidas. Bueno; entonces, y como supo decir algún personaje de Quino, había que saber aprovechar las pequeñas ganancias de las grandes pérdidas. En tanto, Fito, conocedor más cercano del temple del Ilustre, y en conciencia de la trabazón psicológica que sus contertulios manifestaban -indiferente uno, turbados excesivamente los otros-, intentó romper el hielo diciendo:

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Ignis fatuus -Che, no le tengan tanto la vela al vejete que todavía no murió. Se la banca, saben. Digo, si nos va a forrear peor que en el laburo... Barragán entonces rió socarronamente, lejos del agravio en la cabal interpretación del mensaje de Fito, y completamente de acuerdo con su intencionalidad. -Bueno, ya que hablás de trabajo, hablemos de trabajo. -No, vos sabés que la principal pauta de estas reuniones es precisamente... -...no hablar de trabajo, ya sé. Pero sabés qué, quiero hablar de trabajo. -¡Y si quiere hablar de trabajo, hablemos de trabajo, carajo! –Exclamó Ezequiel, arrojando estocadas al aire pero en dirección a Fito, con el tenedor largo con el que estaba dando vuelta los chorizos. Ignacio venía con una lata de Heineken de 470 ml. bien helada y un chopp, y percibió que los ánimos estaban altos; así que con una decreciente turbación en su sonrisa, al cabo de unos momentos pudo dar a su rostro una expresión algo más natural. -Quiero hablar de trabajo porque, como no estoy yendo pero los leo, me he quedado con las ganas de putearlos más de una vez. -Eeeeehhh, ¿estás agrandado, ahora que te hacen homenajes y eso? -Dale, no te ortivés, que bastante que sacamos las papas del fuego, con esas giladas que mandabas desde Pinamar... -Puede ser, pero el que elige y corrige acá soy yo, así que... 59

Gabriel Cebrián -Bueno, decí, a ver... -Vos, Fito, por ejemplo. -¿Yo qué? -Vos recomendaste el video de esa película de los Cohen... “El amor cuesta caro”, o algo así. -Sí, ¿y? -¿Cómo, “y”? ¡Es una porquería! -A mí me gustan, los Cohen. -¡A mí también! ¡Por eso mismo te lo digo! Yo he visto grandes películas de ellos, Miller´s Crossing, Barton Fink, Raising Arizona, Fargo, ¡El gran Lebowski, qué pedazo de película! Pero después, con esa Adónde estás, hermano, la empezaron a cagar. Y después, con la otra que recomendaste vos... debacle total. Hollywood devorando almas otra vez. Me pareció una porquería, que querés que te diga. Su reputación no merecía películas como ésas. -Bueno, está bien, es tu opinión –se defendió Fito. -Y sabés qué –observó Ignacio, -te juego lo que quieras que el jefe vio más películas de los Cohen que vos... -Parece que estoy de punto. Bueno, ya está, a mí me gustó y a vos no. ¿Qué otra cosa leíste que no te gustó? -¿De lo tuyo o de cualquiera? -No, a mí dejame tranquilo, ya me diste leña. Agarrátela con otro. -Bueno, me voy a referir a Maneco, que no está, y al que no le puedo decir nada, pobre. ¿Vieron la que se mandó con el acto que me hicieron el otro día? -Sí, ¿qué tiene? 60

Ignis fatuus -¿Qué qué tiene? ¿En serio me lo preguntás? -Bueno, che, la idea está, y el tipo trató de ser lo más elogioso posible, qué querés, vos, tambien... -Trató de ser lo más cursi y lacrimógeno posible, dejate de joder... pero bueno, debe ser como decís vos, lo hizo con buena intención, qué va´cer, pobre Maneco. -Ahora que me acuerdo –dijo Ignacio, mientras se levantaba y se dirigía a su portafolios,- esta tarde vino un mensajero y dejó un sobre para vos. Me llamó la atención el remitente, por eso te la traje -continuó mientras rebuscaba-. Servando “el Tape” Millán. ¿No hay un personaje tuyo que se llama así? -Es un hijo de puta que me manda anónimos, al parecer regodeándose con mi desgracia. A ver, dámelo, veamos qué dice ahora. -Che, ¿pero te amenaza, o algo? -No, es un idiota envidioso, nada más. Ignacio le alcanzó el sobre. Barragán tomó un trago de cerveza, encendió un cigarrillo y lo observó. Solamente el remitente había sido impreso, como el destinatario de la anterior, en curiosa alternancia; pero esta vez se agregaba un sello que rezaba Para ser abierto exclusivamente por el destinatario, el que de hecho no era consignado. Abrió el sobre, extrajo la hoja y comenzó la lectura, para sí mismo: Mi estimado amigo: Ante todo, me gustaría excusarme debido a que mi torpe capacidad de verbalización tal vez me 61

Gabriel Cebrián impida darle traslado de la algarabía que produjo en mí, el hecho de haberlo visto siendo abordado por esa hermosa señorita rubia. Y mucho más alegre me sentí al verla anoche acudir a una cita en su casa. ¡Es realmente una hermosa mujer! ¡Y mucho menor que usted! Espero fervorosamente que lo haga feliz, durante el tiempo que dure su vida. Porque una mujer así, a uno lo hace feliz o lo mata. Usted eso lo sabe muy bien, ¿no es así, mi estimado Nicanor Vilches? Pero sinceramente, y a mi pesar, no creo que vaya a irle muy bien, con esa chica. Hay cosas que ella no le ha dicho, y que, hasta donde puedo yo entender, lo sacudirían de pies a cabeza en caso de conocerlas. Sé que en este momento está pensando que estoy tantaleando, arrojando cebos infundados a partir de un par de escenas que he visto, pero le digo, más que nada pensando en usted, que ojalá estuviese en lo cierto. El resto, como siempre, es su reponsabilidad. Solamente quería que no fuera luego a tener oportuidad de reclamarme por qué no se lo avisé. Con afecto, Servando “el Tape” Millán

II Dicen que viajando se fortalece el corazón, porque andar nuevos caminos hace olvidar el anterior... 62

Ignis fatuus cantaba la negra Sosa en el estéreo. Los muchachos habían primero sugerido dar parte a la policía, y ante la declinación obcecada de Barragán en cuanto a tales tramitaciones, empezaron luego a tratar de lucubrar de quién podía venir esa inquietante manifestación de odio, que incluía aditamentos peligrosos y cuasi paranoides, como lo eran el seguimiento y estudio ambiental del que al parecer era objeto. Y más tarde prácticamente le exigieron detalles acerca de la jovenzuela rubia, obviamente con infructuosos resultados. En el fárrago de información y de solidaridades, a veces expresadas con obtusa medianía para las entendederas privilegiadas del Poeta, éste había tratado de razonar a la manera que lo habría hecho Vilches en tales circunstancias, como aceptando el desafío que el presunto Millán le cursaba. Y lo que saltó como primer y flagrante error de estrategia, fue el hecho de que ya había dado traslado de la cuestión a tres personas (que fueran de su confianza no constituía, bajo la objetiva lupa de Vilches, circunstancia atenuante para tan grosero yerro de principiante. Aún sin intención, o con la mejor incluso, podían llegar a embarrar la cancha de modo impredecible). -Debe ser alguna de las putas de mis ex mujeres –dijo al fin, como minimizando la especie en aquel cenáculo tal vez más misógino que machista. –Dejémonos de joder, en el peor de los casos es un freak, no le demos bola, que éso es lo que quiere. -¿Y si no es así? –Sugirió Ignacio, casi trémulo. -Es así, pibe. Perro que ladra... son cosas de minas, éstas. 63

Gabriel Cebrián -Sí, y al viejo de minas no le vas a venir a explicar vos, viste. -No, pero en serio, fijate... –leyó: -Pero sinceramente, y a mi pesar, no creo que vaya a irle muy bien, con esa chica. Hay cosas que ella no le ha dicho, y que, hasta donde puedo yo entender, lo sacudirían de pies a cabeza en caso de conocerlas... decime si ésta no es una argucia típica de una mina que te quiere meter cizaña... (En realidad, no creía en lo más mínimo el argumento femenino, pero lo usaba como distractor. A continuación les prometió que cualquier cosa los iba a tener al tanto, y que a la primera movida seria pediría ayuda por los canales correspondientes.) -Pero una cosa les voy a pedir. A nadie, pero ni a su ángel de la guarda, ¿me entienden? -Seguro, queda acá. Entre los cuatro –dijo dramáticamente Ezequiel. -Sí, loco, onda Conan Doyle. El signo de los cuatro. -Ningún Conan Doyle, pendejo. Al primero que hurguetee o meta una ficha, lo quemo. Me copiaron, ¿no? -Eh, no te hagás el Vilches, con nosotros, eh. En eso sonó el celular de Barragán. Lo quitó del estuche que llevaba en su cinto, se incorporó y se alejó unos pasos, para resguardar su privacidad. -Hola –dijo al cabo. -¿Cómo está, señor? –Reconoció la voz de Rosario. -Hola –repitió él, sin saber qué decir, dado que por una parte el llamado lo había tomado por sorpresa; y 64

Ignis fatuus por otra, más incidente aún, un alerta se había disparado en su interior a partir de la aseveración en el anónimo respecto de cosas graves que la joven no le había dicho. -¿Interrumpo algo? -No, estaba por cenar con unos amigos. -Ah. Qué lástima. -¿Por? -Porque tenía ganas de verte, tonto. -Ah, ¿sí? -¿Por qué la duda? ¿No puedo tener ganas de verte? -Qué sé yo, sí. Lo que pasa es que cuando tengo tanta suerte, es como que me cuesta creerlo -esta frase llegó a oídos de los atentos contertulios, y fue festejada ruidosamente. -Qué lástima, pensé que hablabas para mí, pero veo que estás haciendo el biógrafo para tus amigos... -No, no les des bola a estos pelotudos, que no tienen vida propia y andan como chusmas de barrio ocupándose de la vida ajena. Es claro que lo dije solo para vos. Esperá que me alejo un poco más de esta caterva. -Bueno, no, está bien, dejá. En otro momento te llamo. -Como quieras, pero te digo igual que a más tardar a la una ya voy a estar por casa. -Okay, si llego despierta a esa hora te llamo, o me doy una vuelta por allá. Y viejito, ¿sabés una cosa? -No, decime. -La pasé muy bien con vos. Tanto que te extraño. Mirá, me parece que estoy enamorada –dijo, y la úl65

Gabriel Cebrián tima frase sonó temblorosa, como si no hubiese estado segura de decir lo que estaba diciendo, como si hubiese dado ese paso a pesar de lo que la prudencia le marcaba. Pero el Poeta no tuvo oportunidad de indagar más allá en los alcances de tan impresionante declaración de sentimientos, dado que la joven, luego de darle voz, cortó la comunicación. A continuación iba a tener que enfrentarse al sarcasmo y al hostigamiento de los otros, que lo esperaban detrás de sonrisas casi diabólicas. Una vez pasado el alud de chascarrillos y de preguntas que no obtuvieron respuesta, y con las achuras ya casi a punto, el Maestro intentó enviar a alguno por más cervezas, pero como ya todos parecían haber dejado atrás los remilgos y consideraciones que habían mostrado al principio, y respecto de su desgracia, tuvo que ir él mismo a buscárselas. Cuando entró a la cocina se sorprendió al ver a Lisa, la esposa de Ezequiel, un poco más allá, en el living, despatarrada en un sillón viendo TV y con un ventilador casi encima; ella se sorprendió asimismo y adoptó una posición más recatada, estirando incluso los bordes del camisón para cubrirse. -Perdón, Ezequiel no me avisó que estabas acá, si no hubiera golpeado antes de entrar. -Está bien, no es nada. Acá está más fresco, viste. En la pieza de arriba da el sol todo el día y no se puede ni respirar. -Decile al avaro de tu marido que te compre un acondicionador de aire, che. 66

Ignis fatuus -Decíselo vos. Seguro que te va a dar más bola que a mí. Decime... ¿cómo estás? -Bien, acá andamos, viste cómo son estas cosas. -No sé pero me imagino. -Bueno, qué sé yo... es como que todavía no caí. -Claro, claro, suele ocurrir, dicen. Pero viste, no hay que aflojar, ni ahora ni después. -Así parece. Es raro, de todos modos –continuó, en tanto tiraba de la argollita de la lata de Heineken y un poco de gas espumoso salía de la abertura de ese modo generada. -¿No me alcanzás una? -Sí, tal cual, perdón. -Gracias. Que es raro, me decías... -Sí, es raro esto de que un hijo se muera antes que el padre. Es como si un libro se resolviera en el segundo capítulo y no obstante a continuación se siguieran desarrollando unos cuantos más. En vano, sin sentido... -O como un matrimonio en el que muere el amor y sin embargo la farsa permanece. -Puede ser, qué sé yo. Lo que pasa es que con las parejas no es tan definitivo, tan irreversible. Por lo menos te podés seguir puteando durante unos cuantos años –argumentó el Ilustre, mientras tomaba asiento en un sillón frente a ella. -Si, la verdad, tenés razón. No quiero comparar, y no lo vayas a tomar a mal. De verdad que te acompaño el sentimiento. -Ya sé, está muy bien, gracias. 67

Gabriel Cebrián -Pero igual te digo que el matrimonio, a veces, es como estar muerto en vida, viste. -Sí, vi. -Claro, mirá vos a quién le vengo a decir. Pero de todos modos, vos parece que te levantás temprano de la tumba, ¿no? -Eso dicen. Pero mirá, gracias a dios, o al diablo, no me gusta quedarme en los lugares en los que no me siento bien. -Y lo bien que hacés. No sabés lo que daría por ser como vos. -¿Acaso estás insinuando que las cosas con Ezequiel no van bien? -No es que no van bien, es que hace rato que no van. -¿Y él lo sabe? -A esta altura no sé si es boludo o se hace, mirá. -No sé qué decir... -Andá, hacé de cuenta que no te dije nada. Te están esperando. Falta que el imbécil después me haga una escena de celos... -Che, no debe ser para tanto. -Es peor de lo que te imaginás. Sabés muy bien que entre ustedes los hombres se disimulan ciertos rasgos deprimentes que sin embargo no tienen ningún empacho en exhibirlos delante de la propia mujer. -Sí, eso sí. -Por eso, andá. Me alegro de verte entero. -Yo también. Cuando iba saliendo, oyó que Lisa lo llamaba: -Daniel... -¿Sí? 68

Ignis fatuus -Me gustaría charlar con vos, con más tiempo, un día de estos. -Cuando quieras. Llamame y arreglamos.

III

Fito, Ezequiel e Ignacio estaban frente a la parrilla deliberando acerca de la oportunidad o no de retirar ya algunas de las achuras, en otra de esas secuencias típicas del asado criollo, que como todos sabemos, junto con el fútbol y la política, constituyen motivo de sabihondas discusiones entre todo argentino que se precie de tal. Así que siguió camino hasta el final del terreno, hasta un espacio dominado por una enorme Santa Rita que crecía al lado de la medianera. No lo habían visto volver, así que dispuso de un par de minutos para elaborar el diálogo que acababa de mantener con Lisa. Era evidente que el amor que una vez había sentido por Ezequiel, se iba convirtiendo en otra cosa. Las etapas de desgaste de una pareja parecían seguir análogo derrotero en mujeres y hombres indistintamente, cosa bastante rara por cuanto casi todos los demás mecanismos emocionales parecían transcurrir en vías totalmente diferentes. En ambos casos, y de acuerdo a lo que le había tocado experimentar personalmente o lo que había podido observar en sus conocidos, primero se notaba una instancia de duda respecto de los atributos del otro, objetivados por la convivencia y que i69

Gabriel Cebrián ban evidenciando gradualmente, ante todo, el proceso de idealización que los había sobrevaluado o incluso, inventado. Luego, todo ese tedio que va convirtiéndose en fastidio, las rencillas que van ganando espacio en el tiempo y también en intensidad, y que hacen que el tedio y el fastidio se transformen en rencor, y finalmente, llega algo que se parece mucho al odio, cuando no al odio liso y llano. El edénico e idílico principio deviene en valle de lágrimas, y si se ha erigido a la Eva primigenia como la responsable ideológica de la debacle, es porque la historia ha sido escrita por hombres macho, aquí no nos llamemos a engaño, ya que la viceversa no nos dejaría mejor parados a nosotros, y tal vez, para ser justos, deberíamos considerar la posibilidad de que nos dejaría mucho peor aún. La cosa es que Lisa había comenzado a aborrecer a Ezequiel, eso era evidente, y ahora quería hablar con él. Le hubiera gustado pensar que necesitaba consejo, una línea arrojada desde la experiencia de tantas separaciones (ella misma había dicho que le hubiera gustado tener su facilidad para las rupturas). Y tal vez fuera eso, pero sospechaba que no era eso solo. Que una mujer en esa instancia, rara vez busca como confidente a un hombre que no le interese como hombre, a menos que sea familiar directo, cura o gay. Y como las profundidades del genio de un poeta y narrador de sus quilates es mucho más inaccesible a los demás que sus conductas externas, resultaba tanto más sospechosa la intención de acercamiento de Lisa, cuando era vox pópuli que él era un mujeriego insensible e irredi70

Ignis fatuus mible. Por supuesto que, sin conocer estrictamente las razones, le era claro que las mujeres sentían una especial fascinación por esta clase de individuos, aunque aquella modalidad indolente lo fuera solo en apariencia. Al menos, esa fama le estaba dando posibilidades de escoger. Y hablando de ello, el hecho de que una mujer hermosa como lo era también Lisa, eventualmente y como parecía, se hubiese fijado en él, lo ayudaba a descomprimir la atmósfera mental obsesiva que la incipiente relación con Rosario había comenzado a generarle. Ya había creado su fama, no solamente como escritor, y bien podía dormirse sobre los laureles, fueran ellos de orden literario o erótico, que nunca le iban a faltar panegíricos ni buenos polvos. Los muchachos lo estaban observando con una cierta gravedad en sus expresiones. Se notaba que atribuían su voluntad de aislamiento al duelo que debería estar elaborando, y lamento tener que ser recurrente en esto de consignar el escozor que le causaba el hecho de observar que los demás tenían más presente que él la muerte de Lucas. Al final iban a conseguir hacerlo sentir un desalmado, y esto dicho metafóricamente, ya que a estas alturas todos sabemos que para el Ilustre, el alma era una entelequia difusa, que no ofrecía la menor posibilidad de un cabal abordaje objetivo. -Dale, Dani, apropincuate que ya está listo –le indicó Ezequiel, mientras procedía a servir en las tablas de madera. 71

Gabriel Cebrián -Bueno, pero traeme otra cerveza, por favor. -Andá a buscártela, qué querés, hago el asado, sirvo, hago todo yo... -Te digo porque recién fui y está tu señora viendo la tele, no quiero parecer entrometido abriendo la heladera a cada rato como si fuera mi casa. -Es que ésta es tu casa. Aparte, le dije a la tarada aquella que se vaya a la pieza y nos deje tranquilos. Si no da bola... -No hables así. .Ah, mirá vos, el marido ejemplar, que me viene a bajar línea... -Loco, cortala y vigilá, que si te digo algo no es por mí. Si vos has tenido más suerte que yo, en este sentido, cuidala, no seas gil. -Tiene razón, pelotudo, no te zarpés –coincidió Fito, que observó que los conflictos de pareja de Ezequiel lo estaban llevando a conducirse de manera impropia con el Maestro. -Bueno, disculpen, che, no es para tanto. -Andá a traerme la cerveza y te disculpo. Cuando algo abochornado por la situación, Ezequiel fue a buscar la bebida, Fito intentó excusarlo, argumentando que las cosas en la pareja no andaban del todo bien, pero Barragán con tono magnánimo lo interrumpió, señalando que no hacía falta, que eran cosas de ellos y que de todos modos, una pareja que no experimentara crisis estaba condenada al fracaso. También fue una forma elíptica de marcar a Fito que podía estar incurriendo en infidencias innecesarias. La cosa que Ezequiel tardó más de lo previsto, lo 72

Ignis fatuus que hizo suponer a sus amigos que una reyerta en voz baja debía estar teniendo lugar en el interior de la vivienda. Cuando regresó, con un balde con hielo, varias latas de cerveza y un par de botellas de champagne, lo recibieron con el arquetípico aplauso para el asador. Tal vez la preparación de dicho balde le hubiera insumido el tiempo que supusieron había estado dedicado al conflicto conyugal, aunque lo más probable era que hubiese estado desarrollando ambas actividades en forma simultánea. El asado estaba bueno, pero Daniel apenas si probó bocado. De esa manera pareció exteriorizar otra vez equívocos signos de melancolía. A pesar de una breve insistencia, sobre todo de Ezequiel, solo consigió ingerir algunas pocas achuras y un trozo mínimo de asado. Y bastante cerveza. Como ocurre en estas circunstancias, la actividad nutricional corría en detrimento de la comunicación oral, así que la charla, durante media hora no fue muy fluida que digamos, y versó sobre anécdotas del diario, comentarios acerca de las últimas roscas políticas del dueño de casa, misceláneas del programa radial de Ignacio y cosas como ésas. Es decir, en honor a la verdad, esta secuencia está resultando lo suficientemente aburrida como para resignar las cotas de realismo que el detalle de tales fruslerías pudiere conllevar, así que me remitiré directamente a un rato después, cuando ya, abandonado el vino por unos y la cerveza por otro, y abocados tanto al champagne como a los cigarros cubanos gentileza de Fito, recayeron en el capítulo insoslayable de cada martes, ahora devenido en 73

Gabriel Cebrián miércoles a resultas del delay provocado por un encuentro del que probablemente fuera a arrepentirse; que no era otro que precisamente, el tema mujeres. Todo comenzó cuando Fito advirtió la asiduidad con la que el Inefable consultaba su reloj pulsera, y adivinó que tal recurrencia obedecía a planes posteriores a la reunión que estaba desarrollándose, y ello produjo una vuelta al interrogatorio respecto de esa misteriosa joven rubia que al parecer había calado hondo en los sentimientos de Barragán. Éste permaneció en sus trece, sin soltar prenda, argumentando que cuando la cosa revistiera el mínimo carácter de estabilidad, si es que alguna vez lo tenía, traería consigo a la ninfa para que la conocieran directamente y le hicieran las preguntas que les viniera en gana. Ignacio comentó que tal vez había que tener en cuenta la oportunidad en el que tal encuentro se había producido, y que había que estar atento a las señales que nos daba el destino. Cuando le pidieron precisiones, sugirió timidamente que claro, a pesar de no ser equiparables, desde luego, a una gran pérdida le había seguido un encuentro que muy bien podía paliar grandes cotas de sufrimiento. Era terrible ver cómo sentía, a medida que argumentaba, que se estaba metiendo en un tembladeral, y ello generó en el Poeta una ostensible corriente de connivente simpatía. -Estás hablando como Deepak Chopra, o un mamerto new age por el estilo –señaló con sorna Ezequiel. Éste y Fito rieron, pero Barragán permaneció serio, y su mera actitud puso un freno rotundo a la jocundidad. Los burlones asumieron que Ignacio podía 74

Ignis fatuus haber tocado una cuerda apropiada, a pesar de la primera interpretación. Y al mismo tiempo los hizo caer en la cuenta de que uno de los cambios que, inevitablemente, la desgracia podía haber causado en su común amigo, bien podía estar referido a la manera de procesar sus sentimientos. A continuación, Fito y Ezequiel comenzaron a quejarse de sus respectivas mujeres, lo que motivó la lapidaria sentencia del Maestro: -Un lobo no se deja domesticar. Y un perrito faldero aullando a la luna es un espectáculo denigrante y patético. -Eh, ¿qué querés decir, con eso? -Quiero decir que una de dos: o se separan, o no se quejan. Un simple principio de tercero excluido que sirve, entre otras cosas, para no romperle las pelotas al prójimo y luego ir a vaciar las propias con el mismo destinatario de su cansadora diatriba. -No a todos nos resulta tan fácil como a vos, viste. Si uno no puede comentarle los problemas a sus amigos... –se defendió Ezequiel, algo resentido por la incontestable contundencia de los dichos de Barragán. -Entonces –dijo éste,- debo preguntarte para qué suponés que uno le comenta este tipo de problemas a los amigos, ¿a ver? -No te entiendo. ¿Cómo, para qué? Para aliviar la carga, para que lo ayude a objetivar, para recibir un consejo desde afuera... -Bueno, ya dijiste tres cosas. Entonces yo te digo, si es para aliviar la carga y ya, dicha carga se alivia 75

Gabriel Cebrián porque es compartida, y de ese modo el amigo no produce ningún aporte positivo sino que se aviene a compartir la malaria para hacerla más llevadera, lo que resulta poco práctico y absolutamente inoficioso con respecto al problema en sí. Las otras dos son susceptibles de una suerte de factoreo semántico, ya que son prácticamente lo mismo, o al menos parte de una misma operación; o sea, ayudar a objetivar y brindar consejo. -Está bien, es más o menos así, ¿y? -Que lo que sucede en estos casos es que el amigo ecuánime, frío en sus análisis y, por cierto, bienintencionadamente, da a su compadre una pauta clara y contundente, como acabo de hacer yo con ustedes. Pero esa pauta, discutida a veces, compartida plenamente otras, jamás es tenida en cuenta a posteriori. -No, pero no es así. -Sí, pero es así. Es así de simple. Si estás mal adonde estás, andate, y si te quedás, no rompas las pelotas. Es de perogrullo. -Bueno, está bien, si vos lo decís. Pero sin embargo me parece muy extremista, lo tuyo. Hay muchos matices, muchas zonas grises que no son tan fáciles de resolver, viste –continuó oponiendo Ezequiel, y Fito intentó sumarse a tales consideraciones: -Claro, viste, no es tan fácil. Aparte uno muchas veces sacrifica algunas cosas por no herir sensibilidades ajenas. Por ahí el sentimiento que lo une a otra persona no es tan grande, pero sin embargo sí lo es lo suficiente como para sacrificarse un poco para no herirla. 76

Ignis fatuus -Muy noble de tu parte. Pero hablando de zonas grises, ahí me parece que se dan las peores. Yo creo que cuando uno supone que quiere romper, tiende a engañarse a sí mismo aduciendo cosas tales como cómo le voy a hacer eso, con lo que me quiere, con las cosas que ha hecho por mí, o sino lisa y llanamente habla por doquier que continúa con tal o cual relación por lástima. Pero hurgueteando un poco, enseguida aparecen otras cosas subyacentes, como inseguridades personales, pequeñas conveniencias, el terror a reconocerse a uno mismo los celos que eventualmente le provocará saber que se acuesta con otros, etcétera etcétera. Así que, primero les correspondería analizarse un poco a sí mismos con honestidad y luego sí, buscar en un amigo la fuerza que haga falta. De otro modo, no tiene sentido. Yo me he separado tres veces desde que los considero mis amigos, y jamás les he pedido opinión o consejo alguno. -¡Bruta inversión de roles sería ésa! –Exclamó Fito, y añadió: -Acá el viejo sos vos.

IV

Volvían. Habían bebido las dos botellas de champagne y otras dos más. Barragán estaba un poco mareado, se preocupaba por vocalizar las pocas frases que soltaba para que no le patinaran las consonantes. Sin embargo advertía tales arrastradas en Fito, se ve 77

Gabriel Cebrián que se cuidaba menos o estaba más ebrio, vaya a saber. Pero manejaba bastante bien, no obstante el embotamiento etílico. Eran las dos AM, una hora después de lo que había dicho a Rosario, que dicho sea de paso, lo estaba esperando sentada en los escalones. Fito, atontado como estaba, comenzó a gritar sandeces, sin siquiera corroborar lo que le había parecido evidente, que esa cachorrita rubia no sería otra que la chica de su amigo. -¡Cerrá la boca y colá, estúpido! –Lo cortó severamente, se bajó y dio un portazo. Fito puso el cambio y se fue (sin quedar constancia para esta crónica si lo hizo enojado, alegre, envidioso o lo que fuese, cosa que de todos modos sería muy poco significativa, teniendo en cuenta la condición errática de su emocionalidad a fuerza de alcoholes). Rosario tenía una carpeta sobre sus rodillas, y lo miraba sonriente. Cuando llegó, le preguntó: -¿Le parece, Profesor, que está llevando una vida acorde con la que debería llevar una persona de su edad? -¿No le parece, alumna, que se está tomando atribuciones que no le han sido conferidas en ningún momento, que yo recuerde? –Repreguntó el Ilustre con hurañía, aunque en su interior sabía que aquella chica no era culpable de haberle dicho lo último que había oído de boca de su hijo. Estaba por introducir la llave cuando oyó que le decía: -Está fresco, acá; es una noche hermosa.

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Ignis fatuus Se sentó a su lado y pensó para sus adentros que debería hacer fácil cinco años que no se sentaba sobre mosaicos, o algo así. Era todo un burgués, sí señor. -Qué pasa, no se puede hacer un chiste... -Está todo bien. -Bueno, saludame, dame un beso. Se inclinó hacia ella y la besó. Y si bien aquella boca se sentía sensual y fresca a la vez, una delicia para el paladar más exigente, el Poeta, en esa criba de sentimientos cuyo cedazo es la implacable razón, se puso alerta. Justo como para descubrir el Volkswagen bordó de Marisa estacionado enfrente. Marisa lo estaba mirando, alelada. Él también debió haberse quedado algo duro, dado que Rosario se apartó y le preguntó: -¿Estás bien? ¿Te pasa algo? -No, nada, es que... Marisa puso en marcha el motor y salió haciendo rechinar los neumáticos. Daniel la miró fijamente hasta que se perdió de vista por la diagonal. -¿Quién era? -No querrías saber... -¿Una de tus ex mujeres? -Sí, la última. -¿No era que habías roto con ella? -Creía que sí, pero ya ves. -¿Ya veo qué? -Nada, que ella no parece haber roto conmigo. Creo que hasta ahora, hace un momento. -¿Te anda persiguiendo? ¿Te espía? -Sabés que creo que sí... 79

Gabriel Cebrián -Y decime, ¿puede resultar peligrosa? Mirá que yo no tengo ganas de joder, eh. -No, no creo que pueda resultar peligrosa. Nunca mató a nadie, que yo sepa, si a eso te referís. -Bueno, eso ya es un aliciente. -Pero me parece que la voy a tener que controlar un poco. -Cómo, no te entiendo... -Me parece que me está mandando anónimos, o algo así –dijo, pensando que el caso estaba resuelto ya, cuando sintió que Vilches le tiraba de la manga como diciendo cerrá la boca, infeliz, no andés jeteando por todos lados que así el malo se te va a cagar de risa. -Suena bastante patológico, qué querés que te diga. Mirá, por una parte yo no quiero ningún bardo, viste, y por otra lamento provocarte esta clase de contratiempos. -No, vos no me provocás ningún contratiempo. Si la fulana ésa está colifa, voy a hacer que se deje de joder, vas a ver. -Está bien, es tu historia. Te traje unos poemas. Esta vez me acordé –le estiró la carpeta. El la tomó. -Ah, los poemas. Pero sabés qué, las baldosas éstas me están dejando el culo cuadrado. ¿Vamos arriba? -No, si vamos arriba ya sé en qué termina el asunto. Y sabés, no quiero que nuestra relación se limite a eso, te das cuenta... -Ves, en eso estamos de acuerdo. Yo tampoco quiero que sea así, y es más, en mi caso resulta de lo más conveniente. 80

Ignis fatuus -¿Por qué lo decís? -Por una cuestión cronológica. Porque si no, tendría fecha de vencimiento. -Fecha de vencimiento. Mirá que ocurrencia. -Bueno, vamos a un bar, entonces. -Que tenga mesas afuera, si es posible. Caminaron hasta el bar de 13 y 42. No había mesas afuera, pero había aire acondicionado. Las estrellas bien podían verse por la ventana, igual. Él tenía sed, los primeros efectos de lo que seguramente se iría convirtiendo en una severa resaca, así que pidió un gin-tonic. Ella pidió un Cointreau con hielo. -Me parece –dijo ella- que hay cosas que no me contaste, o que al menos me contaste a medias. -Seguramente habrá un montón de cosas que no me has contado vos –replicó, conciente que ella había prácticamente parafraseado la advertencia que le había formulado el Tape Millán en su segunda misiva, y pensando que algunas corrientes verbales convergían en él; de pronto las frases comenzaban a sonar repetidas más allá de lo que sería razonable. Y él hablaba, comentaba, se abría, intimaba e incluso fornicaba con personas que aún no habían demostrado su inocencia. Pero no le iba a dar el gusto al loco/a de los anónimos y venirse paranoico de la noche a la mañana, tampoco. -Hey, ¿me oís? Te decía que en todo caso, no te he dicho cosas que no vienen al caso hoy día, como la loca ésa que salió quemando cubiertas. -Terminamos hace un mes. 81

Gabriel Cebrián -Vos, terminaste hace un mes. Ella parece que todavía no lo hizo. No quiero que pienses que es una escena de celos, pero si hay algo que sería conveniente que sepa, me gustaría que me lo digas. -Bueno, sin escenas de por medio, yo venía dispuesto a pedirte exactamente lo mismo. -¿Y eso por qué? -Porque soy un viejo degradado que está a punto de permitirse generar ilusiones con una pendeja bonita como vos. Y no me gustaría advertir luego algún cuchillo bajo el poncho, como diría el amigo Vilches. -Sos tan tonto –dijo ella, visiblemente emocionada. – Ni vos sos tan viejo ni yo tan bonita ni tan pendeja. Somos un grandote boludo y una mina en edad de dejarse de estupideces y buscarse algo serio, algo estable y que tenga que ver con su realización personal. -¡A la mierda! ¡Nada menos! ¿Y vos creés por ventura que al lado mío podrás conseguir algo como eso? -Nunca he prestado oídos a ningún consejo, no voy a dejar que un grandote boludo me venga a decir adónde poner las fichas. -Sos confianzuda, pendeja, eh... -Vos no te quedás atrás. -Si me quedo un segundo, me pasás por arriba. -¿A qué te referís? -Nada, dejalo ahí. Pidieron una nueva ronda de copas, y se dejaron de hurgar en sus pasados para permitirse algunas proyecciones, como por ejemplo, leer juntos filosofía 82

Ignis fatuus cuando tuviera ella que preparar materias, trabajar con los escritos de él, ayudarlo a conseguir y sistematizar bibliografías, ayudarlo con las columnas para el diario, para lo que incluso ofreció pagarle un sueldo, a lo que ella le contestó que no se apresure, que las cosas seguirían su curso natural; y que no aceptaría ofertas de ninguna clase de un hombre que le hablaba con una lengua tres talles más grande que la boca. Todavía reía el Inefable de la ocurrencia cuando otra vez se quedó congelado en plena actividad recreativa. Acababa de entrar Roberto, el hermano de Clara, su primera esposa, como ya hemos dicho pero repetimos para algún lector no dotado de buena memoria, o para evitar pérdidas de tiempo a cualquier eventual instructor sumariante. Entró Roberto acompañado de una señorita que no era su señora.

V

Poco más se puede agregar respecto de aquella velada; tal vez sería propio consignar, porque hace a la historia global, que Roberto lo había mirado primero con sorpresa y luego con desprecio, cosa llamativa, por cuanto según tenía entendido Daniel, nunca se había separado y menos aún divorciado, y ese bar,

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Gabriel Cebrián era un bar de trampa5 si los hay. Y él también estaba con una jovencita, así que no podía advertir los motivos de la condena que expresaba de forma tan patente en sus visajes. Aunque a pesar de la repugnancia manifestada iba a sentarse, clavó la vista en Rosario y desistió, indicándole a su acompañante que debían irse inmediatamente de allí. La mujer se desconcertó, pero al ver la absoluta determinación de abandonar el sitio que mostraba su compañero, lo siguió, sin ocultar su estupor. Rosario preguntó al Artista si los conocía, y éste, luego de recibir un oportuno codazo de Vilches, dijo que jamás los había visto, y preguntó a su vez si ella los conocía, a lo que, codazo o no de por medio por parte de algo o alguien que desconocemos pero que no podríamos aseverar a ciencia cierta que no existiese, dijo lo propio en igual sentido. Después vino la lectura de las poesías. Es claro que el Maestro tenía cierta cintura para esquivar los mandobles que el mal gusto de miríadas de veleidosos aspirantes a escritor le arrojaban por correo o personalmente, así que no tuvo gran dificultad para asimilar las presuntuosas banalidades que aquellos si se quiere poemas comportaban. Incluso consiguió hallar elementos susceptibles de forzados elogios, como para salir del trance sin herir el orgullo íncito
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Por estos pagos se llama así a los bares que, por ubicación, discreción en cuanto a inaccesibilidad visual desde el exterior, escasa concurrencia, etcétera, son apropiados para el desarrollo de actividades de seducción extramatrimoniales.

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Ignis fatuus en toda persona que garrapatea algo con intenciones de que sea leído por alguien más. Pues bien, la historia ahora prosigue cuando el Poeta -luego de un jueves anodino y somnoliento, y cuya noche la había pasado bebiendo en el bar del feo hasta tarde y pensando en Rosario-, decidió interrumpir sus vacaciones e ir al diario. Claro que ya era casi mediodía, pero no importaba, toda vez que era viernes y de ese modo estaba dando tres días, contando sábado y domingo, de ventaja, teniendo en cuenta que recién debía reintegrarse el lunes. Estaba charlando con Fito, Ignacio y algunos más cuando el cadete le dijo que el Director quería verlo. El Ilustre no se hizo esperar, y en pocos instantes estaba ya tomando un café con Héctor del Río, a quien en confianza llamaban “Tito”. -No te esperaba hasta el lunes, ¿qué estás haciendo por acá? –Había comenzado éste. -Me estaba aburriendo mucho, en casa. Extrañaba este antro. -¿Cómo estás? -Bien, acá andamos. Ése es otro de los motivos, ves, necesito trabajar, distraerme un poco. -Claro, te entiendo. Pero quiero decirte que lo que vos decidas está bien. Si venir a trabajar te ayuda, tanto mejor, para vos y para todos. Pero si necesitás unos días más, o lo que haga falta, no tenés más que avisarme. -Te lo agradezcco, en serio, pero pienso que retomar las rutinas cuanto antes es el mejor remedio contra la melancolía, viste. 85

Gabriel Cebrián -Perfecto, si vos lo decís... la verdad que me cuesta llevar las cosas adelante cuando no estás. Siento que pierdo el control. -Bueno, en eso estamos parejos, lo que pasa es que creo que lo mío, por desgracia, es de más amplio espectro. -Son momentos, no hay mal que dure cien años. -Ni culo que lo aguante, dicen. -Hablando de malaria, encima parece que nos va a caer un juicio millonario –dijo como al acaso Tito, aunque el Maestro supo al instante que era una manera elíptica de darle traslado de un asunto en el que seguramente estaría involucrado, y que si no iba directo al grano era debido a las circunstancias. Razonamiento éste que llevaba a inferir directamente que, aún sin tomar en cuenta el calificativo cuantificativo que otorgaba al pleito, se trataba de un asunto grave, por el modo y oportunidad de su transmisión. -Ah, ¿sí? ¿De qué se trata? -De quién se trata, deberías preguntar. Se trata de Raimundo Calvo. -¿Raimundo Calvo? ¿No está preso, ese delincuente? -No, ya no. Consiguió que revean su caso, dicen que aportó nuevas pruebas, y lo excarcelaron. Ahora arremete contra nosotros por calumnias e injurias, falso testimonio agravado, y no sé cuántos cargos más. -¡Qué pedazo de hijo de puta! ¡Qué país de mierda, éste, también! -Bueno, no te calentés. Si te digo es para que estés preparado. Vos viste, la ficha le saltó por una investigación tuya, que para colmo firmaste. La querella 86

Ignis fatuus te involucra a vos, personalmente, aparte del diario. Por eso te digo, en lugar de calentarte, andá a hablar con los abogados, o no sé, hablá con el tuyo, pero estate preparado. El hijo de puta ése nos puede llegar a agujerear feo. Tenemos que armar una estrategia, y rápido. -¿Pero de qué estrategia me hablás? Yo tuve un informe, lo chequeé, lo puse en conocimiento del Fiscal, se investigó y se llegó a la prueba que el degenerado ése compró un premio de la lotería para blanquear la bocha de guita que estaba robándole al Estado. ¿Cómo puede ser que encima ahora tengamos nosotros que demostrar que somos inocentes? -Vos lo dijiste todo. Este país es una mierda, y Calvo tiene una bocha de guita, que ése es el mejor argumento jurídico que puede esgrimirse ante una justicia a veces tan venal como él mismo. -Encima que no tengo líos, yo... -Bueno, no lo llevemos a la tremenda. Si te lo digo, es porque no tenemos mucho margen para operar. De todos modos, vamos a salir a pelearle en todos los frentes. Vamos a poner todos los cañones para que al juez le tiemble el pulso antes de fallar en contra nuestro. Pienso, y así me lo han dicho los abogados, que lo más probable es que salgamos todos más o menos en pie, él y nosotros. -Eso no sería justo, viste. -Conformémonos con que no nos rompan el culo. Antes de volver a la redacción, fue al baño. Mientras orinaba, sintió que Vilches le susurraba al oído que 87

Gabriel Cebrián bien podría ser Calvo quien estuviese detrás de los anónimos firmados por el Tape Millán. Sí, señor. Cuando regresó al escritorio, tenía sobre él una nota de Fito. Se veía que quería recobrar puntos en su estima, luego del affaire causado por los hermanos Cohen. A ver de qué se trataba esta vez: Hemos visto... “La mirada de los otros”, de Woody Allen, editada ahora en video. Con su paso de comedia intelectual, plagada de gags verbales y de comentarios ácidos y de profunda crítica social para con su medio, Allen echa esta vez una mirada a la industria cinematográfica norteamericana, incardinándola en esa especie de clásico conflicto Hollywood versus New York. Pero ése es solamente el marco que utiliza para desplegar sus obsesiones, entremezclando con su particular estilo conflictos de orden sentimental, artístico, humano y hasta sociocultural. Val Waxman -el protagonista encarnado por el propio Allen-, director de cine neoyorquino cuyo momento de gloria ya hace una década que ha pasado, y que se dedica a cortos publicitarios que nunca es capaz de realizar en su totalidad a causa de la fuerte tendencia hipocondríaca de su endeble personalidad, es contratado, a instancias de su ex esposa, por un importante estudio californiano a cargo del actual marido de ésta. La circunstancia de no tener resueltos los traumas de la separación, más la presión 88

Ignis fatuus de un trabajo que, en este contexto, constituye su última oportunidad de regresar a los primeros planos, hacen que se le declare una ceguera psicosomática, de la cual no da traslado al resto de la producción, y que lo disminuye de modo dramático a lo largo de prácticamente todo el rodaje del film. Uno puede imaginarse entonces la parafernalia de elementos extraordinarios que, con ese trasfondo, es capaz de desarrollar Woody Allen, tanto en su faz de director y actor como en la de escritor. Quizá nada nuevo pueda decirse ya a este respecto, luego de tan extensa y laureada trayectoria. Lo que sí nos parece oportuno poner en foco es la vuelta que ha dado sobre sus pasos, el regreso a esas comedias desopilantes y vertiginosas que signaron sus comienzos como realizador. Pero como hemos dicho, es un giro, que venía insinuando y parece reafirmarsre en su anterior film, “La maldición del escorpión de jade” y que continúa en éste, luego de un extenso buceo en proyectos densos, profundamente filosóficos y tributarios de europeizantes intelectualismos. Lo interesante, y a nuestro criterio admirable de este genial artista contemporáneo, es que ha podido recuperar esa gracia y esa frescura primigenias sin resignar casi nada de ese bagaje cultural que se nos antoja que, cual una empecinada demostración de influencias, fue su lenguaje natural en aquellas etapas de gravedad casi existencialista.” -¡Fito, vení para acá!

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Gabriel Cebrián -Eh, qué pasa, qué gritás así –dijo, mientras se sentaba en la silla frente a él, la ansiedad pintada en el rostro. -Qué es esto? –Preguntó con severidad, tanto en el tono como en la expresión. -¿Cómo, qué es esto? Una nota, es. -Ya sé, boludo, que es una nota. -¿Entonces? -Que te equivocaste, y feo, esta vez. -Eh, pará un poquito... ¿qué pasa? ¿Empezó el acoso laboral ése que me prometiste, acaso? ¿En qué me equivoqué? -No, digo que te debés haber equivocado... ¡porque está bárbaro! -¡Pero qué pedazo de hijo de puta que sos! ¡Me hiciste asustar! -Bueno, está casi perfecto. Tiene algún par de detalles de sintaxis que qué querés que te diga... -Decime cuáles son y los vemos. -No, dejala así, zafa. -No tiene nada, pasa que sos un turro. -Bueno, che, más respeto, que te lo hago escribir todo de nuevo... -Che, cambiando de tema... ¡qué bomboncito que te levantaste, eh! -Cambiando de tema, andá y seguí laburando. Y ojo a la sintaxis, que la próxima no pasa. -No, pero contame. ¿Cómo hiciste? -¿Cómo hice para qué? -Para levantarte esa pendeja, que se parte de buena que está. 90

Ignis fatuus -Ves, pendejo, que no se te puede dar confianza, a vos. No hice nada. Vino sola. -Lo que es tener chapa, eh. -¿Acaso ponés en duda mis atractivos físicos? -Dejate de joderrrr... Sonó el celular. Era Marisa.

VI

Pidió a Fito que lo dejara solo, y éste se fue con un guiño socarrón. -Hola, disculpá, estaba con gente. -¿Cómo me pudiste hacer una cosa así? -¿Qué te hice? -¿Cómo, que qué me hiciste? ¿Sos tan hijo de puta que encima me lo vas a preguntar? -Bueno, no creo haber hecho nada tan grave. Disculpame si te jodió algo, pero... -No, está bien, la pelotuda soy yo. Todo el mundo me decía que me ibas a cagar, que no tenías alma, ni sentimientos, que eras un mujeriego, y yo, encima, justificándote. -Bueno, no sé si tengo alma, no sé si soy mujeriego o es que he tenido mala suerte... -¿Te vas a poner en víctima? -No, no pretendo hacer eso. Estoy tratando de ayudarte a razonar. -Sos un cínico. 91

Gabriel Cebrián -En eso puede ser que tengas razón, pero viste, cada uno es como es, y no hay con qué darle. -¿Quién es la putita ésa? -Una amiga, pero es todo cuanto te voy a decir. No es asunto tuyo. Y planteadas así las cosas, ningún asunto mío, de ahora en más, va a ser asunto tuyo, por lo que a mí respecta. -Una amiga... uno no saluda así a las amigas. -Los códigos afectivos difieren de acuerdo a las personas, no sé si sabías. -¿Y qué mierda sabés vos, de afectos? -Tal vez aún tenga oportunidad de aprender. -Buena falta te haría. Andar tratando así a la gente que te da la mano... -Lamento mucho que las cosas hayan salido así. -No es suficiente, viste. -Tal vez, pero es todo lo que puedo hacer. -Pero esto no va a quedar así, sabés. -¿Me estás amenazando? -Tomalo como quieras. -No habrás sido vos la que me mandó esos anónimos, ¿no? –Otra vez Vilches, puños sobre el escritorio, lo miró meneando la cabeza, como expresando que no podía creer que tuviera la lengua más rápida que el cerebro. -¿Qué anónimos? -Anónimos, ya sabés. -No, querido, yo no ando enviando anónimos. Soy muy directa, y lamento que no me hayas conocido en todos estos años. Y mis acciones también son directas. 92

Ignis fatuus -Terminá con las amenazas. -Claro, has cagado a tanta gente que es hora que te den algún vuelto. Si fuera hija de puta como vos, me alegraría. -Bueno, ¿algo más? -Necesito que vengas, necesito decirte un par de cosas en la cara. -¿Qué me estás pidiendo? ¿Qué vaya para ser puteado y carajeado en persona? -No seas cobarde y enfrentate. Estuvimos cinco años juntos, y me merezco al menos eso. -Eso no nos conducirá a nada, o sea, a nada más que revolver el cuchillo. -Me lo debés. -Estoy laburando. Cuando salga, por ahí paso. -Mas vale que lo hagas –dijo, y cortó. Con todos los asuntos que tenía para ocuparse, justo en momentos en los que había decidido –de manera harto inoportuna, como hemos visto-, ejercitar un replanteo profundo, encima tenía que pasar por cosas como aquella. Evaluó la posibilidad de no ir a casa de Marisa, pero la determinación que había mostrado y las amenazas veladas o no tanto lo disuadieron. Iría, aclararía los términos de la indeclinable ruptura y se dedicaría a los asuntos que más lo urgían, que eran Rosario, la cuestión ésa de los anónimos, si continuaban, y la querella de Raimundo Calvo. A propósito, buscó en su computadora las notas que habían iniciado el camino que llevó a la cárcel a dicho sujeto. Tal vez hallaría argumentos defensivos en ca93

Gabriel Cebrián so que la cosa se llegara a complicar; y tal vez también, encontraría elementos que pudieran echar luz sobre su participación en la confección de los anónimos. (Mientras el Inefable lee el material, y trata de recontextuar temporalmente la historia para basamentar sus argumentos futuros en situaciones fácticas de la mayor concreción posible -todo esto tejido en una telaraña mental que ni soslayar podríamos nosotros-, aprovecharemos para hacer referencia de ciertos tópicos más adecuados a nuestros fines y entendederas, y cuya oportunidad de relación no podría venir más a cuento: Raimundo Calvo había sido operario de fábrica, delegado gremial, secretario adjunto del sindicato; luego secretario general, senador provincial y diputado nacional; y finalmente, convicto6. No es dable ni necesario aclarar aquí su filiación gremial o política, más que nada por no desprestigiar instituciones que flaco favor han recibido de individuos como éste, y cuya inevitable identificación la embadurnaría con esta suerte de heces de la sociedad que no responden a corporaciones de interés común ni a ideología alguna. Un tipo así, perverso, inescrupuloso y desme6

Discúlpeseme el desuso de mayúsculas, desde esta perspectiva: es evidente la asiduidad con la que una misma línea ética une a las categorías o roles sociales referidos; así que, aún a pesar de las variaciones que en este sentido parecían imponerse de acuerdo a protocolo, se optó por acotar todos a la bien merecida minúscula (salvo raras y honrosas excepciones en el rubro que fuere).

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Ignis fatuus surado en ambiciones, llega, a través de sus innumerables trapisondas impagas, a un nivel de sentido de impunidad que no le permite ver cómo paralelamente ha ido cosechando odios y enemistades. En una maniobra con funcionarios de la Dirección de Loterías y Casinos de la Provincia, tan venales como él, había, como se ha dicho, “comprado” un primer premio; o sea, salió el número convenido, así de fácil. Pasa que alguien, y por lo visto pasible de esas características de animosidad contra Calvo, no solamente se enteró sino que hasta pudo munirse de ciertas bases probatorias, endebles en sí y sujetas de manipulación en cualquier instancia de revisión en sede administrativa, pero que cobraron relevancia cuando un periodista, convencido del testimonio del informante, y munido asimismo de las pruebas, invitó a la justicia en una encendida editorial a intervenir en el presunto desfalco. Y ayudó a la conjunción que un joven Fiscal, muy deseoso de flashes y notoriedad, vio la oportunidad de conseguir ambos y decidió arriesgar un poco el pellejo, recogiendo el guante. El resto había sido fácil. Torpes y, como ya señalamos, cegados de confianza en un sistema que parecía respetar ciertos curros, como se dice, regulares y permanentes, habían dejado un tendal de pruebas tal que no fue difícil incriminarlos fehacientemente. Pero volvamos a meternos un poco en la subjetividad del Ilustre.) Todo en aquel caso parecía estar cerrado, pero la jaula se había abierto. Calvo tenía más de una razón 95

Gabriel Cebrián para alegrarse de su desgracia, Calvo tenía mucho de un resentimiento análogo al del Tape Millán. Claro que no iba a ser él el que andaría por allí escribiendo o dejando los sobres. Tendría al menos un emisario. Tenía que prender a ese emisario para poder llegar a él y mandarlo nuevamente tras las rejas. Carajo, qué ironía, tanto tiempo devanándose los sesos buscando estúpidas charadas para Vilches, y ahora prácticamente se había transfigurado en él, por imperio de las circunstancias, y se veía involucrado en una historia mucho más enigmática, y tan peligrosa quizá cmo las que habían surgido de su propia imaginación. Pero como se había ido corriendo la noticia de su vuelta al diario, de pronto su despacho se vio invadido por un desfile de cronistas que venían a saludarlo, a dejarle notas, correspondencia, etcétera, lo saludaban, le daban el pésame, le comentaban que estaban leyendo su libro recién distribuido, y más y más cansadores etcétera. A poco se sintió confuso, atosigado, y prácticamente huyó. Mañana sería otro día. Y vaya que lo fue.

VII

Pero ese mañana remarcable aún no había llegado entonces, eran apenas las 16.30 del día anterior, por lo que decidió hacer tiempo y acopiar algo de temple y paciencia antes de pasar por la casa de Marisa. Ca96

Ignis fatuus minó por el centro, quienes lo hayan visto habrán supuesto que despreocupadamente, tal era la fachada tan efectiva que había elaborado para interponer entre su subjetividad y el entorno. En la librería de la galería comercial de 7 entre 48 y 49 vio un ejemplar de El cadáver del maizal y otros relatos, en sitio central y con un cartel que decía “Novedad”. Probablemente se estuviera vendiendo bien, quién sabe, la gente era capaz de comprar, tanto en un sentido pecuniario como anímico, cualquier porquería que viniera con buenas referencias y, sobre todo, mucha prensa. Cualquier tipo que fuera capaz de hilvanar algunas frases con un mínimo de solvencia gramatical, debía preocuparse más por hacer barullo en los medios que por afinar el lápiz y la mente. Eso, a menos que fuera un real artista, pero como todos sabemos, individuos de esa clase no son lo que abunda, y menos entre los autoproclamados “escritores”. La cosa es que pasó por la Confitería París, compró una bandejita de agridulces y subió por la 49, rumbeando ya para su casa. En las cinco cuadras y media que recorrió a partir de allí, sus pensamientos derivaron en dos temas que podían o no estar imbricados, o sea, el judicial en ciernes y las amenazas. Calvo era uno de los sospechosos por propio mérito, desde luego, pero la misma Marisa había hecho lo suyo en este sentido. Mas tampoco era cuestión de centrar la mira en estos dos supuestos de modo excluyente, dado que era asimismo probable que vinieran de otro lado, incluso de parte de alguien para él desconocido. Y si dijimos cinco cuadras y media, es porque fue allí 97

Gabriel Cebrián que advirtió que estaba pasando frente al edificio en el que funcionaba el estudio jurídico de Ezequiel, y decidió que sería buena idea consultarle respecto de su nueva problemática en ese rubro. Tocó el botón correspondiente en el portero eléctrico, lo atendió una mujer, probablemente la típica estudiante de derecho explotada por el profesional contratante, que regateaba sueldo en base a un supuesto fogueo en los vericuetos del oficio. Ingresó al edificio, subió un piso por las escaleras y golpeó la puerta de la oficina. La joven que lo había atendido le abrió, y puso ante la vista del Insigne una humanidad femenina deliciosa para vista y olfato, ni pensar lo que sería para el tacto y el gusto. El oído probablemente sería menos importante, o quizá no lo fuera solamente hasta el momento del coito; pero bueno, disgresiones aparte, sopesó mentalmente hasta qué punto podía tener que ver aquella preciosura en la crisis matrimonial de su amigo, y concluyó al instante que hasta un punto determinante. La joven le indicó tomar asiento, porque “el Doctor” estaba atendiendo a un cliente, y a continuación concentró la atención en su computadora; aunque para ser más exactos, deberíamos decir que focalizó su vista en el monitor y jugueteó con los dedos sobre el teclado, ya que su atención había quedado prendada del magnetismo que la personalidad del Maestro exudaba como un aura irresistible en aquel pequeño ambiente. Pocos minutos después, para beneplácito de Barragán y para descompresión anímica de la empleada, la puerta del despacho de Ezequiel se abrió y salie98

Ignis fatuus ron, intercambiando saludos con el jurisconsulto, dos individuos de traje y maletín, dos individuos de ésos a los que uno no les confiaría jamás la custodia de cualquier valor que fuese, ustedes saben a lo que me refiero. Ezequiel, sorprendido, preguntó a Barragán qué hacía por allí, y le indicó pasar. Tomaron asiento, y le ofreció un whisky, el que fue aceptado siempre y cuando viniera con hielo. Entonces el abogado se incorporó, abrió la puerta e indicó a “Yani” que les alcance dos whiskies con hielo. -¿Qué te trae por acá? -Nada importante, espero no hacerte perder tiempo, por ahí estás ocupado, vos... -Bueno, gracias a dios, ocupado estoy siempre, pero no tanto como para no hacerme unos minutos para charlar con los amigos. -Antes que nada, contame cómo andás. -¿Yo? Bien, acá, como siempre, en la lucha. Decime cómo andás vos. -Retomando de a poco la actividad, viste. -Claro, eso es bueno. -Sí, supongo que sí. Pero viste, vas con la mejor intención y ya empiezan los quilombos... -Me imagino, el diario ése es una bolsa de gatos. Pero tenés que tomarlo lo más a la ligera que puedas. Entró Yani con los vasos, los dejó frente a cada uno y se retiró. -Che, qué cosita, la empleada ésa que tenés, eh. -Sí, no será la rubiecita que te levantaste vos, pero zafa. 99

Gabriel Cebrián -¿Cómo sabés? –Preguntó algo alarmado, sintiendo el aliento de Vilches en la nuca, que parecía decirle análogamente “¿Y éste cómo sabe que Rosario es linda? ¿No te andará espiando?”. -¿Cómo sé qué? ¿No estuvimos hablando de ella en el asado? -¿Cómo sabés que es linda? -Me dijo Fito, que la vio. -Fito no es medida estética para nada, ya viste las pelotudeces que escribe –dijo, más que nada resentido por la infidencia. -Eeeh, qué agresivo... no escribe tan mal, che, no seas así. -Bueno, no escribirá tan mal, pero no deja de ser un bocón. -Está bien, pero eso es otra cosa. Estás un poco reactivo, sabés... –comenzó a decir, pero al momento advirtió que, en todo caso, y a tenor de la desgracia que había sufrido, tenía motivos para estarlo, así que perdió impulso y quedaron unos momentos en silencio, el Maestro en cabal comprensión del mecanismo psicológico observado. -Si, puede ser –concedió. –Pero no te robo más tiempo. En realidad te venía a ver porque me parece que se me viene un lío judicial, y quería consultarte. -¿En qué te metiste? -Nada, creo que intenté hacerle un favor al estado, pero las corporaciones corruptas me la quieren devolver por atrás. -Sé más específico, a ver... 100

Ignis fatuus -Que lo soltaron al hijo de puta ése de Calvo y ahora parece que va a iniciar querella contra el diario, contra mí y quién sabe contra quiénes más. -Que lo soltaron a Calvo, ya sabía. -¿Y por qué no me lo dijiste? -Primero, que no sabía de esto de las querellas que me decís, y segundo que con la amargura que acabás de pasar, no me pareció oportuno hacerte comer otra calentura, encima. -Me lo hubieras dicho. Pero bueno, ya está, igual. -Y qué querés que te diga, a caballo de las sentencias la querella le queda servida, viste. Cualquier boludo haría lo mismo. Es una manera de llevar más agua para su molino, es su oportunidad de demostrar que fue objeto de una manipulación infame. -¡Pero es que no fue así! -¡Ah, qué vivo! Ya sé que no fue así, pero eso no importa. -Ah, ¿no? -Decime, ¿sos ingenuo o te hacés? Acá lo que importa son los fallos, por si no lo sabías. -Pero entonces las personas honestas, ¿qué reaseguro tienen, en este sistema? -¡Bienvenido al mundo real! Estamos en la Argentina, hermano. Money talks, como dicen los yanquis. -¿Qué puedo hacer, entonces? Si es poniendo guita, no tengo ni para empezar, si es que la única forma de confrontar es ésa. -Vos no, pero el diario sí. Si bien no es técnicamente muy viable que digamos, te convendría tratar de unificar las causas lo más que te sea posible. Y utilizar 101

Gabriel Cebrián el diario para generar una corriente de opinión pública que pueda llegar a acolchonar en algo el impacto, que te permita negociar desde una posición más firme... qué sé yo, es lo que se me ocurre. Eso, aparte de tocar todas las influencias que te sea posible, que las tenés. -Bueno, es lo que estoy empezando a hacer. Te vine a ver a vos, que sos bastante influyente. Es más, no tengo ningún abogado de confianza, así que me gustaría que me patrocines, en todo caso. -Eso es imposible. -¿Por? -Mirá, no lo tomés a mal, pero tengo expectativas creadas con el grupo político de Calvo. Estoy trabajando con ellos. Si querés te recomiendo a algún colega. -No, dejá, está bien. -Che, Daniel, no te vas a enojar conmigo por eso, ¿no? Vos viste cómo es esto... -Creí que había visto, pero siempre encuentro cosas que superan ampliamente mi capacidad de asombro. -No, pero esperá, yo no soy un delincuente, ¿estamos? La política es así, Daniel, está todo podrido, ya sé, pero si querés llegar, para cambiar un poco la cosa, tenés que tragarte sapos, qué le vas a hacer. Las reglas son ésas, si no te atenés no podés ganar. -Vos sos conciente de que todos los hijos de puta asumen ese mismo discurso, ¿no es cierto? -¿Me estás poniendo en la misma bolsa?

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Ignis fatuus -Mirá, no te ofendas, pero más importante que eso sería que te fijaras muy bien vos, en qué bolsa te querés poner. -Gracias por el consejo, pero permitime que te dé uno yo, a la luz de que el que está embarrado sos vos, por ahora: tratá de negociar. Es más, para eso sí me ofrezco. Esta gente no se anda con chicas. Bajá los decibeles éticos y tratá de confrontar lo menos posible. Tal vez con una retractación pública se conforme. -¡¿Una retractación?! ¡¿De qué cuernos estás hablando?! -Estoy hablando de hacer lo que más te conviene, sería bueno que entiendas razones. -Eso es algo que no puedo hacer. -Por ahí lo pensás mejor en una celda, entonces. Mirá, no quiero que te enojes conmigo, ni tampoco que me juzgues, ¿okay? Viniste a pedirme consejo, y como me considero tu amigo, y te aprecio, te digo lo que me parece mejor para vos; y antes de que me digas nada, te aclaro que es éso solamente, sin ningún tipo de consideración para con Calvo, que no me interesa y hoy por hoy, parece que tan mal no le va. Imaginate que la va a tener que levantar, ahora. No le va a ser fácil volver, porque por más que los compañeros lo reivindiquen, y lo apoyen, en el fondo temen que con este antecedente les piante votos. Por eso te digo, haceme caso, no soy un improvisado y vos lo sabés; así que me comprometo a hacer lo que sea en tu favor, sin entrar directamente en la causa. ¿Te va? 103

Gabriel Cebrián -Te agradezco, Ezequiel, pero voy a pensar bien qué hacer. -Está bien, pero tené en cuenta lo que te dije. No lo eches en saco roto por calentura, o por lo que sea. -Bueno, gracias, te dejo trabajar tranquilo. Cuando dejó primero el despacho, luego la antesala dominada por la beldad llamada Yani, y finalmente el edificio, iba pensando que debía agregar un sospechoso más a la lista. Otro con el que ya había hablado más de la cuenta.

VIII

Pasó por su casa, tomó una ducha reparadora, bebió una cerveza, chequeó por teléfono que Marisa estuviera en casa y hacia allí se dirigió, esta vez en su Ford Fiesta que no hemos mencionado antes, dado el escasísimo uso que los poetas suelen dar a sus vehículos, en el raro caso que hayan podido acceder a uno. La cosa es que poco después estacionaba frente al edificio en el barrio del hipódromo donde solía vivir hasta hacía un mes atrás. Bajó del auto, activó la alarma ya vieja que anunciaba su puesta en funcionamiento con una voz cibernética que decía, precisamente, alarma activada, y, aún cuando todavía conservaba la llave de aquel edificio en su llavero de plata con las iniciales DB, tocó el botón correspon104

Ignis fatuus diente al 3 b. Como había ocurrido noches antes en su casa, el chirrido le indicó que podía pasar, sin el previo chequeo por el intercomunicador. Ingresó al porche y observó que la portera estaba utilizando, como siempre, la excusa del lampazo para chusmear y llevar el mayor control posible de los ingresos y egresos en cada departamento. Y allí estaba él, que a estos efectos parecía constituir la cereza del helado de aquel día y vaya a saber de cuántos más. Hola, don, ¿cómo anda, tanto tiempo? Preguntó, fingiendo cortesía pero con implicancias semánticas presuntamente veladas que, por cierto, no lo eran tanto. Bien, respondió con una parquedad de la cual podría decirse exactamente lo mismo, mientras oprimía el botón del ascensor esperando que no estuviera muy lejos y lo sacara de allí a la mayor brevedad. Marisa abrió la puerta y volvió sobre sus pasos, sin siquiera saludarlo. Él la cerró; luego la siguió, y sentándose que hubieron a la mesa del living, se enfrentaron por vez primera. La impresión que le causó verla fue mayúscula. Estaba absolutamente demacrada, desgreñada y otros tantos calificativos que dejaré al buen tino e intuición del lector. Aparte, a todas luces ebria, como también podía inferirse de la botella de Johnnie Walker por la mitad que estaba a su diestra. Permanecieron unos momentos en silencio. Barragán -si bien como ya se ha dicho, tenía bastante experiencia en este tipo de situaciones, y como también ha sido consignado, era dueño de un temple sino frío, aplomado-, se sintió por demás incómodo, así que, un poco por necesidad y otro poco para rom105

Gabriel Cebrián per el molesto silencio, preguntó si podía tomar un vaso y servirse un trago también él. Por toda respuesta obtuvo el desprecio reflejado en esos ojos acuosos y rojizos; así que se levantó, se munió de dicho recipiente, se sirvió una buena dosis, encendió un cigarrillo y decidió dejar pasar unos minutos para dar la iniciativa a su ex pareja. Si luego de un prudencial lapso la decaída mujer no la tomaba, diría alguna cosa quizá excusatoria, quizá componedora hasta y solo hasta cierto punto, y se iría de allí. Pero Marisa, al tanto tal vez de los mecanismos psicológicos del Ilustre, no se la iba a hacer tan fácil. -Qué hacés, cobarde –le espetó, mostrando todo el resentimiento que ya podía adivinarse en su expresión y en su estado general. -No empieces así. No he venido para que me insultes. -Te merecés mucho más que insultos. -Probablemente merezca otra cosa, sí, pero supongo que estamos pensando en cosas distintas. -Qué, te merecés, vos... –afirmó más que preguntar. -Y, mínimamente, un poco de comprensión. -¿Vos? ¿Vos, hijo de puta, necesitás comprensión? ¿Y yo qué? ¿Yo no necesito nada? -Probablemente merezcas muchas cosas, y estoy seguro que debe ser así, pero lamentablemente, yo no puedo darte lo que vos necesitás. -A mí no me vengas a hacer alarde con frasecitas hechas, “escritor”. -Pará de insultarme y de ironizarme, nada bueno vamos a sacar de ese modo. 106

Ignis fatuus -Nada bueno puede sacarse de una basura como vos. -¿Ves? Si la cosa va a seguir por estos carriles, aprovechá a putearme mientras termino el whisky y después me voy. -Siempre salís disparado cuando las cosas no resultan como vos querés, ¿no es eso? -Nada me obliga a quedarme en donde no quiero. Y a vos tampoco. A mí no se me hubiera ocurrido basurearte, en el supuesto caso que hubieras decidido dejarme. Aparte, pensé que era una decisión consensuada. No entiendo por qué me tirás todo el fardo a mí. -Hacete el boludo que te cuadra perfecto. -Es evidente que vine al pedo. No vamos a entendernos, en estos términos, ya te lo dije. -¿Quién es, la putita? -¿A quién te referís? -A la putita que estaba con vos la otra noche, en la entrada de tu edificio. -¿Qué estabas haciendo vos, a esa hora, estacionada enfrente? ¿Acaso estabas espiándome? -No me contestaste. -No tengo por qué contestarte, y mucho menos, darte explicaciones acerca de lo que hago o dejo de hacer. Son cosas mías. -Ah, ¿sí? Claro, está bien, son cosas tuyas. Son cosas tuyas que no sepas discriminar quién está con vos porque te quiere y quién lo hace para sacar provecho. -¿De dónde creés que sacás fundamento para asegurar una cosa así? 107

Gabriel Cebrián -Bastaba con verla. Esperándote sentada ahí. Ni bien la vi supe que estaba esperándote a vos. Es justo la clase de buscona que agarra a un viejo lascivo y con guita o poder para dejarlo seco como una pasa. ¿O qué creés? ¿Qué está con vos porque sos atractivo? -Mirá, yo no te ofendo... -Ah, no, claro, vos no me ofendés... caradura. Yo sí que te conozco bien y estaba con vos para ayudarte, para apuntalarte, para que no te deprimas, para convencerte de que algún día ibas a ser capaz de escribir algo más importante que los cuentitos ésos que si son célebres lo son nada más que porque está el aparato multimedia detrás. Yo conozco tus frustraciones, tus incapacidades, como por ejemplo la de escribir esa novela que nunca lograrás, para acreditarte como real autor y dejar de ser un mero periodista con veleidades. ¿Qué le hiciste creer a esa putita? ¿Que sos Michel Houellebecq? ¿O es que no le importa, mientras pueda sacar su tajada? -Pará, pará un poco, ya me estás cansando.Yo sabía que era una muy mala idea venir acá. Y si lo hice es por respeto a los años que pasamos juntos, nada más. -¡Sos un hipócrita! ¡Sabés muy bien que estás mintiendo! ¡Sabés muy bien que viniste porque se te cae la cara de vergüenza, porque sabés que todo lo que te digo es cierto! -Tratá de que no se enteren los vecinos. -¡¿Qué mierda me importan, los vecinos?! -No sé, es tu casa. Controlate un poco, si querés que hablemos. 108

Ignis fatuus -¡Los años que pasamos juntos, decís, hijo de puta! ¡Bien que te cagás en los años que pasamos juntos! -Esto no da para más –observó el Poeta, heridos tanto su ánimo como su sensibilidad ante tamaña muestra de mal gusto, mientras apuraba el trago y se incorporaba para marcharse. Entonces fue cuando advirtió que un gran caudal de agresividad aún no había hallado su cauce, y que se proyectaba violentamente hacia él, como intentando canalizarse en su totalidad antes que se fuera. Marisa se incorporaba a su vez, gritando a voz en cuello otros cuantos epítetos que ya no vienen al caso, y garras en ristre, intentaba arañarle la cara. Y lo consiguió. Esto lo enardeció, los insultos e improperios, merecidos, o no, vaya y pase, pero la agresión física estaba muy de más, por lo que aplicó un contundente revés a la cara de su atacante, arrojándola al piso junto con la silla en la que había intentado sostenerse luego del impacto. Esta vez la espera del ascensor se le hizo más dramática aún que la anterior, entre escandalosos insultos y acusaciones, aunque no había sido él quien inició las vías de hecho. La mejilla izquierda le ardía. Se miró en el espejo del ascensor, un par de surcos de un rojo intenso la atravesaban. Cuando abandonaba el edificio la portera, parapetada detrás del lampazo, solamente lo observó.

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Gabriel Cebrián IX

Atribulado, herido tanto en el honor como en la mejilla, no del todo seguro de que las monstruosidades que acababan de enrostrarle fuesen ciertas; atosigado por hipótesis y más hipótesis acerca del remitente de los extraños anónimos; amargado por el recurrente sinsabor que le provocaban primero la liberación de Raimundo Calvo y luego las acciones judiciales que iniciaría en su contra; perplejo por la escasa consideración mental que la reciente noticia de la muerte de su hijo le requería; inestable, debido a la consideración mental que por el contrario sí le exigía su nueva relación amorosa; molesto por las frustraciones en el plano artístico que con tanta crudeza acababan de señalarle; en fin, estupefacto, se detuvo en la farmacia de diagonal 80 y 49 a comprar alcohol y vendas. Si bien era solamente un arañazo, era profundo, y las condiciones de higiene en las que había observado a Marisa aseguraban la suficiente mugre en las uñas como para provocarle una infección. Volvió a su auto, vertió un buen tanto de alcohol en el cuenco de su mano izquierda y lo aplicó sobre el pómulo, esperando el ardor; pero éste se hizo más intenso en su ojo, que recibió una buena parte a causa del error provocado por la celeridad de una maniobra que pretendía, paradójicamente, hacerlo menos cruento. Así las cosas, pestaneó unos segundos, aguardó que la zona herida se secase para no arruinar el pegamento, y colocó los apósitos, con mucho 110

Ignis fatuus cuidado y observando la maniobra en el espejo retrovisor. Luego encendió el motor y salió; iba hacia la Plaza San Martín, pero en rigor de verdad, eso es solamente la referencia obvia del itinerario inmediato. En su subjetividad, no sabía hacia dónde ir (vaya sintagma éste, susceptible de ser interpretado en más de una tipología lógica). Tomó por la avenida 7 y se fue alejando del centro. Ya el sol se ocultaba por allá por el lado de La Loma. Conducía y trataba de mantener su ecuanimidad, que se le aparecía como una minúscula boya de corcho periclitando en el ojo del remolino. Cualquier persona de ésas que andaban por ahí, el flaco aquél, o el líder de esos chicos malos que estaban por allá pasándose la botella de cerveza, cualquiera de ellos podía ser el gatillo inervado por una mente externa y a través de neurotransmisiones contantes y sonantes. Cualquiera de ellos podía pegarle un tiro en la cabeza por encargo, más en estos días. Siempre había pensado que eran tipos como Calvo los que iban por la vida generando enemistades peligrosas, pero a tenor de cómo se venían desarrollando las cosas, parecía ser que una cierta bajeza humana de la que recién ahora se estaba desayunando había pasado el rasero y los había igualado. Había por ahí gente que podía hallar mucho placer en enterarse que le habían abierto un tercer ojo con un 38, como por ejemplo sus ex mujeres, el ex cuñado que abandonaba asqueado los bares en los que lo encontraba, un peso pesado del ámbito político-sindical (nada menos) y su banda de regulares e irregulares, en fin. Había come111

Gabriel Cebrián tido uno de los peores pecados que un hombre puede cometer; más, uno que se tiene por inteligente: había sido ingenuo. Había omitido un simple mecanismo de acción y reacción, ése que metafóricamente asoció con la cámara de gases que eyecta las cápsulas vacías para cargar el próximo proyectil. Tal vez Freud haya tenido algo de razón, finalmente, tal vez la proyección idealizada del razonador telúrico Vilches lo hubiese obnubilado de modo tal que no había advertido que bien podía resultar fatal tocarle el culo a Belcebú fuera de algún que otro aquelarre. Encendió un cigarrillo y advirtió que Vilches hacía lo propio en el asiento de al lado. Qué bueno que estés por aquí, le dijo, y Vilches, sin responder, bajó la ventanilla y exhaló una columna de humo que se disparó vertiginosamente hacia fuera. “Fíjate” en la situación que nos encontramos, añadió, asumiendo la formalidad idiomática española como lo hacía en sus relatos. En la situación que te encuentras tú, zopenco, querrás decir. Pa’ mí no pintan tan mal las cosas. Si vas a la cárcel tendrás mucho tiempo para dedicarte a mi saga. No vas a comenzar a ironizarme también tú, Bruto, se defendió el Poeta, intentando al propio tiempo dejar sentada su paternidad. Vilches sonrió, y una voluta de humo se desprendió de entre sus dientes amarronados por el tabaco y fue a estrellarse contra el ala de su chambergo antes de difuminarse en las turbulencias producto de la ventanilla abierta. Solo he vení’o a darte unos detalles que mejorarán tus capacidades operativas. Por ejemplo, debes escluir de plano a Marisa como sospechosa 112

Ignis fatuus de haber mandáo esos anónimos atribuidos a mi güen amigo el Tape. ¿Tu buen amigo? Preguntó sorprendido Daniel. Claro, de no haber sido por él, jamás hubiera tenido casos tan interesantes pa’ desentrañar, qué crees. ¿Y por qué supones que debo excluir a Marisa? Inquirió el Insigne, dispuesto a aprovechar cada fracción de segundo que durase aquella suerte de asesoramiento profesional interfaz. Porque cuando recibiste el primer anónimo, aún no la habías herido, pedazo de opa. Ni siquiera habías conocido aún a la tal Rosario, y con esa sí, ojo, que siguramente algo se trae. No sé si tiene que ver o no con las cartas, pero hay algo en ella que no me cierra. ¿Puedes ser más específico? Requirió el Egregio, con los fantasmas alborotados –los propios y los recientemente instilados por Marisa-, a causa de un presunto interés espurio en el accionar de la joven. No, no aún. ¿Y ahura qué vas a hacer? ¿Vas a ponerte a dar vueltas en tu carro como un estúpido dominguero sin nada que hacer, mientraj el enemigo sigue ejecutando sin prisa y sin pausa toda clase de acciones tendientes a provocar tu ruina? ¿Y qué se supone que debo hacer? (ésta fue quizá la pregunta más torpe de cuantas había formulado, cosa que advirtió en el mismo momento que le daba voz). Cualquier cosa menos ponerte a pasear en tu coche como un tipo al que no le pasa nada. Barragán iba a requerirle, nuevamente, que le cursara pistas o pautas de acción más sólidas cuando advirtió que ya no estaba allí. Había dicho lo suyo, y había desaparecido, si es que alguna vez apareció en otro plano que no 113

Gabriel Cebrián haya sido el de su propia imaginación, que parecía ganar terreno a medida que las dificultades iban sumándose y creciendo como una bola de nieve. La parte buena del asunto era que siempre, lo sabía, Vilches iba a andar por allí, para echarle una mano cuando fuera necesario.

X

Así que como se dice, pegó la vuelta. En la casa de sombreros de 55 entre 7 y 8 se munió de un elegante funyi7 de fieltro negro, y en la óptica de la vuelta un par de anteojos, oscuros vistos desde fuera, pero que permitían a contrario una casi plena visibilidad, aún con poca luz. Andando ahora rápidamente, temiendo que pudiesen cerrar los negocios antes de que terminara de procurar los elementos necesarios para el camouflage, se llegó hasta una casa de disfraces y vestuarios teatrales, por ahí por el barrio de la estación de trenes, y alcanzó a ingresar justo cuando ya estaban bajando la cortina metálica. Allí adquirió barba y bigotes postizos de una calidad y realismo extraordinarios. La ropa era más difícil, sobre todo en verano. No cualquier prenda combinaría con el funyi, y si no observaba cuidado en los detalles, llamaría la atención de una manera terrible.
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Especie de sombrero pequeño y de ala puntiaguda hacia adelante, utilizado especialmente por tangueros y compadritos.

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Ignis fatuus Guardó el auto en el estacionamiento a la vuelta de su casa y salió, cargando los avíos recién comprados. Saludó al encargado del garage y se dirigió a su departamento. Pese a mirar atentamente cada detalle del entorno, no notó nada ni nadie fuera de lo normal. Mejor. No era bueno que lo vieran cargando bolsas o paquetes, ya que de alguna manera los acechadores podían inferir lo que iba a intentar hacer, que no era otra cosa que acecharlos a ellos. Ingresó al living, encendió la luz y lo primero que hizo fue fijarse si le habían dejado algún otro sobre. Parecía que no, tal vez la cuestión esa había pasado, aunque lo consideraba poco probable. Dejó el paquete y las bolsas sobre la mesa, tomó una cerveza del refrigerador, la destapó con el encendedor y bebió del pico. Estaba cansado, si bien no había desarrollado una gran actividad física; no en vano se ha comprobado que el órgano que consume mayores cantidades de energía es el cerebro. Un par de minutos de descanso, beber la cerveza en paz, seguramente le darían una mayor cota de lucidez después, cuando seguramente le resultaría más necesaria. Luego de esta pausa reparadora, en la que sopesó la estrategia llegando a la conclusión de que, prima facie, era buena, hurgó en su armario para determinar cuáles prendas ayudarían tanto a ocultar su verdadera personalidad como a pasar lo más desapercibido posible. Halló un viejo traje de hilo de su padre, que había conservado con la idea de aprovechar el fino tejido italiano, sastre de por medio, toda vez que su padre había sido bastante más corpulento que él. Por 115

Gabriel Cebrián suerte, nunca lo había achicado, porque la holgura jugaba ahora un rol preponderante en ese plan. Así que se lo puso como estaba, arrugado y algo sucio. Se colocó bigotes y barba con bastante pegamento, observó que las vendas en la cara probablemente también contribuirían a un mejor enmascaramiento, y luego hizo lo propio con funyi y anteojos. Ni su propia madre, si hubiese estado viva y medianamente lúcida, habría podido reconocerlo. Mas todos estos aprestos habrían resultado vanos si los fisgones lo veían salir y adivinaban su movida, así que miró por la ventana que daba a la calle 15, y no observó automóviles ni personas que pudieran estar vigilándolo. Luego hizo lo propio con la ventana que daba a la diagonal 76 y, desde la de la pieza, observó la 41, con idéntico resultado. No había tiempo que perder. Salió raudamente, celebró que no hubiera nadie en el descanso, ni el en ascensor, ni en el vestíbulo. Ya estaba en la calle; quizás alguien, desde alguna ventana o apropiadamente oculto, lo habría visto, pero no podía tener todo bajo control. Mal que le pesara, como al Zarathustra nitzscheano, no era dios. Caminó por la diagonal hasta la esquina de 40 y 14. Desde allí dominaba la Plaza, zona de influencia de Rosario y sus amigos juveniles, y también tenía una lejana pero despejada vista de la puerta de su edificio. Se sentó en el pasto, que estaba un poco húmedo pero era mejor que quedarse allí parado, con su aspecto un tanto llamativo a pesar del esfuerzo en contrario, en una esquina en la que no paraban ómnibus ni taxis, ni nada de eso, y que sin embargo era de 116

Ignis fatuus profusa circulación de tránsito. Allí permaneció, mirando lo más disimuladamente posible en todas direcciones, con la paciencia del pescador que sabe que por ahí aparecerá, indefectiblemente, el pique. Fumó un par de cigarrillos, cruzó al kiosco por una lata de cerveza y percibió en cierto aire de perplejidad mal disimulado por el pibe que se la vendió, que su apariencia podía llegar a ser un poco más extravagante de lo que le había parecido al contemplar el modelo terminado en el espejo del baño.Y bueno. Estaba terminando de beberla, junto con su tercer cigarrillo, cuando observó a una persona, al parecer joven y de sexo masculino, merodear por la puerta de su edificio. Ahí está, se dijo con una certeza que tenía mucho de corazonada y muy poco, por supuesto, de basamento objetivo. Se incorporó y caminó resueltamente pero con disimulo, sin perder de vista al joven que parecía haber tocado el portero eléctrico y a continuación descendía los escalones y volvía a la vereda. Está tanteando, pensó. Está tocando timbre arbitrariamente, esperando que alguien le abra para arrojar otro sobre por debajo de mi puerta. Apuró el paso, bien pegado contra la pared, fuera del ángulo visual del joven que, ahora frente al portero otra vez, no podía divisarlo. Cuando iba llegando, lo oyó decir: Disculpe, soy del 4° c. Se me cerró la puerta y me quedé afuera, ¿no me abriría, por favor? Entonces se plantó de frente a la puerta y le espetó: -No recuerdo haberte visto por acá. ¿De qué piso decís que sos? 117

Gabriel Cebrián No fue más que oírlo, mirarlo y salir como alma que lleva el diablo. Cuando sorteó los escalones de un solo salto, casi arroja al Poeta al medio de la calle, tal el ímpetu de la huída. Corrió por la diagonal, mientras Barragán se esforzaba por seguirle el paso, dispuesto a no perder la oportunidad magnífica que se le había presentado. El joven dobló por 42 para 18, y siguió corriendo a un ritmo que, dada la diferencia de edad existente entre perseguido y perseguidor, resultaba imposible de mantener para nuestro Ilustre amigo, quien resoplando, se apoyó en la pared y se quedó viéndolo como se alejaba definitivamente. A poco volvió sobre sus pasos, recogió el funyi que había perdido unos veinte metros atrás, y lamentó la circunstancia de que no solamente no había sacado nada en claro del affaire, sino que encima, había puesto en evidencia su táctica transformista sin rédito alguno. Antes de llegar a su edificio, un viejo Renault 12 negro con dos hombres a bordo se detuvo a su lado. El que venía del lado de la ventanilla se dirigió a él y con toda cortesía le preguntó Dígame, caballero, ¿cómo hago para llegar a Plaza Moreno? El Maestro estaba procediendo a indicarle el camino cuando quedó congelado en más de un sentido: el fulano aquél, sin decir agua va, le tomó una foto, las luces del flash quedaron flotando como fuera de él cuando en realidad lo hacían en su retina. De más está decir que aquel vetusto Renault 12 salió picando casi como lo hubiera hecho un Fórmula 1. 118

Ignis fatuus

Tercera parte (The anger & the damage done)
No está muerto quien puede yacer eternamente, y con el paso de los años la misma muerte puede morir.
Howard Phillips Lovecraft

I

Mientras se quitaba el atuendo que tan poco resultado le había dado, maldiciendo su ineptitud en este rubro en el que sin embargo parecía ser tan solvente, solo que en el plano de la ficción, trataba de dilucidar qué diablos era lo que estaba sucediendo. El chico al que con tanta ingenuidad había dejado escapar, dándole oportunidad de correr en lugar de abalanzarse sobre él de entrada nomás y detenerlo, o bien era un pilluelo o un ladrón intentando ingresar al edificio para ver qué podía robar, o bien era el emisario del autodenominado Servando Millán. Se inclinaba, obviamente, por esta segunda hipótesis. Los del Renault 12, seguramente, eran su grupo de apoyo, y esta especie parecía hallar fundamento también en que cuando se fueron, siguieron el mismo camino. Pero antes le habían tomado una foto, un rotundo primer 119

Gabriel Cebrián plano. ¿Para qué habrían hecho tal cosa? No podía imaginarlo. A no ser que quisieran tener su imagen caracterizada para ilustrar a eventuales agentes solapados. Pero ésa era una interpretación de los hechos muy rebuscada, tenía que haber una mucho más simple, pero que no atinaba a descubrir. Dejó el traje tirado sobre el piso, se arrancó los bigotes y la barba y los dejó sobre la mesa. Se quedó en calzoncillos, tomó otra cerveza del refrigerador, la abrió, otra vez usando como palanca el encendedor, se arrojó en el sillón, encendió un cigarrillo e intentó relajarse. Sus pensamientos derivaron hacia Rosario. No lo había llamado en todo el día. Tal vez la joven, luego de mostrarle sus poemas y habiendo advertido la connivencia empleada por el Insigne en la valoración de los mismos, había dado por terminado su cometido en lo que a él respectaba, y había desaparecido. No tenía teléfono en el cual ubicarla, y todo lo que sabía era que probablemente viviera más o menos cerca; o sea, dependía exclusivamente de la voluntad de ella que volvieran a encontrarse o no, y esto, que en un principio le había parecido por demás adecuado, ahora lo experimentaba como un craso error. Aunque pensándolo bien, tal como parecían venir barajados los acontecimientos, lo más aconsejable sería mantenerla apartada de todas las problemáticas que de buenas a primeras lo habían puesto fuera de control. Claro que ésa era una consideración que operaba únicamente en el plano intelectual, dado que su emocionalidad, ajena a razones de cualquier ídole, continuaba agazapada en algún lugar de su interior, a120

Ignis fatuus guardando que sonase el teléfono. Y como al destino le gusta, por lo general, echar una de cal y otra de arena, casi como a la invocación de sus sentimientos, el celular sonó: -Hola. -Hola, Daniel, ¿cómo estás? –Era una mujer, claro que esperando oír la voz de Rosario, y al no reconocerla, tardó unos breves y dubitativos segundos en reconocer la voz de Lisa, la esposa de Ezequiel. -Hola, Lisa, ¿cómo estás vos? -Acá andamos. ¿Qué estabas haciendo? -Nada en especial, tomando una cerveza. -¿Estás solo? -Sí. -¿Puedo a ir a tomar unas cervezas con vos, y charlamos un poco? -¿Te parece buena idea? -A mí, sí. ¿A vos? -No, a mí también claro, es que... -Bueno, está bien, si no querés, o te comprometo, puedo entenderlo. -Entendeme bien, lo que no me parece prudente es que nos encontemos acá, en casa. Ayer nomás apareció Marisa y me hizo un escándalo –mintió a medias. -Aparte Ezequiel, o alguno, puede ver tu auto, y viste, a quién le vamos a decir después que nos encontramos para conversar... -Está bien, pero mirá: Ezequiel está en una reunión política en Buenos Aires, y no vuelve hasta las seis o siete de la mañana. Bueno, reunión, eso es lo que él dijo, claro. En todo caso, decime vos adónde querés 121

Gabriel Cebrián que nos encontremos. Eso, si tenés voluntad de hacerlo. -Y, así, de golpe, no se me ocurre nada. Si venís con el auto, pasame a buscar por la esquina de 16 y 41 y vemos. -¿En media hora está bien? -Está bien, sí. Lisa estaba preciosa. Un delicado perfume enardeció al sensible Artista ni bien se inclinó para saludarla con un beso, si se quiere amical en la forma pero cargado al instante de apetencias de otra índole. Ya no le cupieron dudas del derrotero que el encuentro tomaría, y no sintió remordimientos ni culpas por cualquier persona que fuera a sentirse engañada. -¿Adónde querés que vayamos? –Preguntó ella, dándole la iniciativa desde esos pruritos femeninos que conducen a la contraparte masculina a asumir la decisión que ellas ya hace rato que han tomado. -Te iba a decir que tomes por el Camino Centenario, pero por ahí si vuelve Ezequiel... -Oh, vamos, dejémonos de joder. Seguramente estará con la turrita ésa que tiene de secretaria, así que en todo caso no le va a dar para joder mucho que digamos. -Claro, eso en lo que respecta a vos. A mí seguramente va a tener unas cuantas cosas para reprocharme. -Mirá, vamos tranquilos, viste. No vamos a andar escondiéndonos como si estuviésemos haciendo algo malo. 122

Ignis fatuus -¿No estamos haciendo algo malo? -No sé. Ya veremos. Eso no se sabe hasta después que se hace. -Me gusta tu lógica. -Aparte, no hay que pensar que todo lo que puede resultar desagradable tiene necesariamente que ocurrir, no hay que ser tan pesimista, ¿no te parece? -Decíselo a mi vida. -Hablando de eso, ¿qué te pasó en la cara? -Marisa. -¿Te arañó? -¡Si te parece, hija de puta! -¿Qué le hiciste? -No sé, yo creía que nos habíamos separado por decisión de ambos, pero parece que ella tenía otra idea, y cuando me negué a retomar una relación agotada, se brotó. -Hay gente que no se banca que la dejen. -¿A quién te referís? -Lo dije generalizando, pero ya que preguntás, me refiero, por ejemplo, a Ezequiel. -Ah, ¿sí? ¿Intentaste dejarlo? -Hace como seis meses que le propuse terminar, pero viste como es. Vive de la figuración. Seguro que no me puede ver ni en figuritas, pero fijate, justo él, el exitoso, triunfador, avasallador profesional y operador político, enfrentándose a la decisión de su propia esposa de abandonarlo... ¡no le cabe en la cabeza! Reacciona desde un orgullo tan banal como lo es él mismo. -No digas... 123

Gabriel Cebrián -Aparte, ¿qué va a decir la hipócrita sociedad platense? ¿Qué van a decir su papá, su mamá, sus amigos profesionales, legisladores, etcétera, etcétera, etcétera? -¿Te parece que es tan así? -No me parece, lo sé. -Si vos lo decís... -Pero no hablemos más del idiota ése. -Como quieras. Pero vos sabés que lo fui a ver, hoy temprano, a su estudio. -Ah, ¿sí? ¿Para qué? -Por un despelote judicial que se me armó. -Contame. Ya habían pasado el distribuidor. Antes de contarle, consultó mentalmente con un Vilches esta vez en off respecto de la oportunidad de seguir adelante o no con el tema. Si bien en esta modalidad los mensajes del telúrico investigador no le llegaban tan claros y distintos, creyó no obstante que de algún modo lo avalaba en la decisión de dar traslado a Lisa de lo suficiente como para extraer, a su vez, datos que pudieran encarrilar un poco su hasta ahora deplorable pesquisa. -Pasa que revieron la causa de Raimundo Calvo, ¿lo tenés? -Sí, todo el mundo ha oído de él. -Bueno, parece que ahora va a hacernos juicio, al diario y a mí. -Ahá. Lo fuiste a consultar por eso, entonces. -Claro. Pero me llevé un chasco. -Decímelo a mí, el chasco que me llevé yo con él... 124

Ignis fatuus -En mi caso, el chasco fue que nomás le conté, y le pedí que me patrocine, me vengo a desayunar que está trabajando en el movimiento político de Calvo. -¿Ves por qué me quiero abrir? El boludo ése se cree muy águila pero va a terminar desplumado. -¿No sabías vos eso? -¿Yo? ¿Estás en pedo? No sé nada ni me interesa. Hace años que no hablamos más que para dirigirnos reproches, o puteadas. -Qué mal. No sé cómo pueden aguantar una situación así. -Lo que es yo, no aguanto más. Por eso quería hablar con vos. Necesito contagiarme un poco de tu energía. -No sabés lo que decís. Si por casualidad llegara a ocurrir algo así, podrías terminar peor que Juana de Arco. -Dale, dejate de joder. Puedo entender que estés deprimido por lo de Lucas. Sinceramente, todo lo demás me parece una pelotudez, en comparación. -Seguro, seguro.

II

Se detuvieron en un bar del Camino llamado Pancho Villa. Buscaron una mesa apartada y oscura, él pidió un escocés y ella, aparentemente con una capacidad de adaptación al entorno digna del Zelig de Woody Allen, un tequila. Se lo sirvieron en una delicada co125

Gabriel Cebrián pita transparente que dejaba ver en el fondo, en lugar del tradicional gusanillo, una cereza (mucho más propio para una dama fina como aquella). Daniel estaba tan embelesado por la que hasta dos días atrás había merecido su absoluto respeto -y ninguna consideración en el plano erótico, dada la vinculación marital con su amigo-, que había arrojado al desván de su mente a la propia Rosario, y ésas le parecieron buenas noticias. De pronto se sintió ajeno, despegado del mundo entero. El mundo solo traía consigo problemas, y esta amarga certeza le hizo pensar que quizá hasta podría alcanzarse el estado alfa por la vía de la desesperación; y caviló, derivando en los cauces de esa vertiente hindú que emergía como un mero y endeble escudo defensivo, en la posibilidad de quedarse solamente mirando las ruedas rodar y rodar, como aconsejaba en teoría y práctica el pobrecito de Lennon, y fíjense cómo le fue... -¿Qué pensás hacer? –preguntó Lisa, de pronto, retirando al Ilustre del crepitar brahmánico en su mente. -¿Eh? ¿En qué sentido, me lo preguntás? -Digo, que qué pensás hacer con tu vida. -Mirar las ruedas. -¿Cómo decís? -Mirar las ruedas, como decía John Lennon, ¿te acordás? I´m just sittin´ here watching the wheels go round and round... –cantó el Juglar. -Estás un poco loco, ¿sabías? Te comportás como un chico. -Entonces erraste el diagnóstico. Eso suena más a oligofrenia que a locura. 126

Ignis fatuus -Ves, me hacés reír. -Qué bueno. Yo estaba a punto de echarme a llorar. -Eh, qué pasa... -No, digo, de éxtasis místico. -Estás diciendo cualquier cosa. Pero me resulta soberanamente divertido. Con el imbécil de tu amigo me pudro como un hongo. ¡Es tan pesado..! -Otra vez estás hablando de él, viste. -Sí, disculpá, pero vivo con él, qué querés que le haga. -Ah, no sé, querida, a buen puerto vas por leña... no sé, mirá las ruedas, vos también. Podríamos abrir un ashram, ¿te parece? -Únicamente si incluye el tantra. -Mujeres... -Hombres... -Che, este diálogo se puso tan lineal, de repente, que parecemos marido y mujer, ya. -Ves que sos loco... -Sí, puede ser. Tal vez me dedique a hacer versos místicos onda Jacobo Fijman, en la cárcel. -Che, pero ¿tan grave es? -No creo. Supongo que a lo mejor me arruinan en un sentido anímico y financiero, pero como pienso quedarme sentado mirando las ruedas correr... ¿Pedimos otra copa? -¿Por qué no la pedimos en el hotel, mejor? -Esperá un cachito, que así no son las cosas. -¿Le debés lealtad a tu amiguito? -No, es una simple cuestión de estilo que tu generación ya no respeta. Dejame la iniciativa a mí. Te re127

Gabriel Cebrián formulo la pregunta. Entonces, ¿vamos a tomar una copa al hotel? -¡Me encantaría! –Se sumó a la parodia, con un delicioso donaire histriónico. -Mejor así. Me siento menos intimidado. Pagaron, salieron y unos pocos minutos después tomaron una de las suites más suntuosas de un motel cercano. Ni bien ingresaron, Lisa comenzó a quitarse la ropa aduciendo que hacía calor allí; Barragán le sugirió que encendiese el acondicionador de aire, y ella se quedó viéndolo como tratando de traducir tal indicación a su verdadera intencionalidad, conciente o aún inconciente. Él no se hizo cargo; comenzó a desabotonarse la camisa con una mano, en tanto con la otra levantaba el tubo del intercomunicador y solicitaba champagne. Cuando cortó, recibió la diferida respuesta a su indicación: -Prefiero el jacuzzi –dijo, mientras se quitaba una lencería tan fina y sugestiva que el Esteta hubiera preferido conservase un buen rato más, quizá incluso durante el acto carnal propiamente dicho. Pero estas chicas de hoy día... Esperó que llegara la bebida y, ya desnudo también él, se metió en el agua tibia y bullente. Luego sirvió las copas. Comenzaron a beber en silencio, sus flancos en contacto. -Es extraño –dijo al cabo Lisa. -Ya lo creo que es extraño, a cualquier cosa que se te ocurra referirte. 128

Ignis fatuus -Digo que es extraño que me encuentres atrevida, o que al menos lo sugieras, como lo hiciste hace un rato en el bar. -No, pero yo no quise decir... –comenzó a excusarse, pero ella lo interrumpió: -No me estás interpretando, dejame terminar. Digo que es raro eso, cuando sos el primer hombre que va a tener sexo conmigo, fuera de Ezequiel. -¿En serio? Pero mirá vos. Bueno, cosas más extrañas he visto, sobre todo últimamente. -¿Te parece extraño que me haya casado virgen? -Qué sé yo, al menos por lo que se dice, no es muy usual. Pero tampoco debe ser tan raro, ¿no? -No sé, no llevo estadísticas. Pero me parece que fui un poco pelotuda, en creerme todo ese rollo del casamiento de blanco, con un chico de la sociedad, con futuro... ¿no te parece? -No, no me parece. En realidad, eras muy joven. Tendrías que haber visto las pelotudeces que hacía yo cuando tenía diecinueve o veinte años... -Eso lo decís para que no me deprima. -Puede ser, pero por eso no deja de ser cierto. –De pronto el Egregio, en un reflejo de cordura raro en él (por todo eso del temperamento del artista y etcétera), cayó en la cuenta de que la impulsividad de aquella mujer bien podía estar arrojándola a cometer acciones de las que muy bien podía llegar a arrepentirse luego; y aún después de haber visto la calidad de la mercadería que Lisa había exhibido tan sin tapujos, tuvo el gesto magnánimo de retirar las tropas, aún cuando ya habían empezado a movilizarse: -Mi129

Gabriel Cebrián rá, por ahí te conviene tomarte un tiempo, pensar bien lo que querés, ¿no? No hace falta que lleguemos a nada, podemos quedarnos acá tomando unas copas, conversando... Por toda respuesta, ella comenzó a besarle el hombro y a acariciarle el miembro. Él respondió a estos estímulos prontamente, y a poco, prácticamente a empujones, ella lo había llevado a sentarse en el borde de la tina para practicarle una felatio. Si aquella hermosura había tenido, como afirmaba, una sola monta, pues resultaba evidente que había aprendido el oficio bastante bien, no obstante. En aquella circunstancia, y debido al reflejo que le produjo el fugaz pensamiento acerca de Ezequiel como único amante de la ninfa que ahora lo estaba favoreciendo a él en tal sentido, intentó dilucidar cuándo había sido que su amistad con el susodicho se había resquebrajado a punto tal que ahora estaba allí, dejándose seducir por su mujer, sin ningún prurito moral a la vista. Su conciencia se hubiera sentido más tranquila si llegaba a la conclusión que fue en oportunidad de enterarse de su vinculación con Raimundo Calvo, pero sospechaba que venía de antes, desde la noche del asado de los martes esa vez devenido en miércoles a causa del delay provocado por un encuentro del que, ahora más que nunca, pensaba que iba a arrepentirse. Sí, venía desde el mismo momento en el que Lisa le había dado traslado de su pésima relación matrimonial, excitando de ese modo tanto su codicia como sus componentes narcisistas. ¿Estaba tan degradado moralmente? ¿Confundía el 130

Ignis fatuus amor con sexo al mejor postor, esto, en términos meramente estéticos y/o de técnica copulativa? ¿Era capaz, a su edad, de sentirse enamorado ante la aparición de cualquier mujer apetecible? ¿Eran ciertas todas las infamias que le había endilgado esa misma tarde Marisa? ¿Era cierto lo que decía la novia de Fito, en el sentido de que sería eventualmente capaz de bailar sobre las cenizas de su posteridad? Bebió un buen trago de champagne, volcándose un poco por las desbordadas comisuras, tomó fuertemente a Lisa por los cabellos, y quizá como una oportuna respuesta fisiológica, en ausencia total de las racionales que en tan mal momento invocaba, eyaculó de manera explosiva, y profusamente.

III

Ahora sí, y antes de entrar de lleno en ese shabbath cuyo determinismo resultó tan desencadenante de eventos específicos y cruciales que puso ansioso a tal grado a éste su humilde informante, que viene anunciándoselos incluso desde la segunda parte (cosa que tal vez rompa alguna pauta de ortodoxia narrativa, pero qué va’cer), permítaseme colocar algún que otro parche en la topografía psicológica de esta historia, que de otro modo podría hacer agua y hundirse en las profundidades de la incoherencia. Luego de continuar con distintas actividades recreativas en un nivel físico, que incluye obviamente el copioso con131

Gabriel Cebrián sumo de champagne, y de ser dejado de regreso en su ajeno hogar por la mujer de su ex amigo -o por la ex mujer de su amigo, vaya un lío tan abstruso, digno quizá de ser sometido a heideggerianas lupas-, el Maestro tuvo un sueño. Claro que dicho así, medio como que sonó a preámbulo de discurso de presidente norteamericano, cuando lo que quería expresarse más bien era que tuvo un sueño tipo Hitchcock. Aunque lo mejor será contárselos directamente y dejarme de estas pelotudeces. Estaba tomando whisky en la vieja estación de ómnibus de Magdalena. No sabía a ciencia cierta qué era lo que estaba haciendo allí, y eso lo ponía medio tenso. Algunos truenos y una fuerte tormenta coadyuvaban a esa inquietud. De pronto vio entrar a Vilches, sacudir el chambergo y la chaqueta impermeable y dirigirse hacia el mostrador, justo a su lado. -¿Cómo estás, Barragán? -Ahora bien, que llegaste. La verdad que no sabía qué era lo que estaba haciendo acá, y ahora me doy cuenta que he venido a hablar contigo. -Linda noche has elegido, pues. -¿Puedo invitarte un trago? -¡Claro que sí! Maestro, póngame una grapa –esto último dirigiéndose al cantinero. -¿Qué anda pasando, Barragán? -No sé. Parece que desde hace unos pocos días, el universo entero conspira en mi contra. Disculpa el lugar común, pero así es lo que parece. -No, no te disculpo el lugar común, y porque eres tú. Cualquier zonzo diría una memez semejante, y cier132

Ignis fatuus tamente, no la esperaba de ti. Anda, dime por qué dices eso. -¿No estuviste hace un rato dándome consejos en mi auto? ¿Es que lo olvidaste todo? -No, pero ésas son paparruchadas. Lo que verdaderamente importa es lo que tienen pa’ decirte las dos personas que venían conmigo, y se quedaron afuera, aún bajo la lluvia, pa’ dejarme hacer esta suerte de presentación. ¡Adelante, gurisas! Entonces, para su desconcierto y desazón,vio ingresar a Marisa y Rosario, empapadas, demacradas, el rimmel de Marisa corrido por el agua dándole una expresión vampiresca, las ojeras y escualidez agresiva de Rosario haciendo lo propio, ambas con las manos ensangrentadas y gritándole con tono desgarrador, casi a coro: ¡¿Cómo pudiste hacernos esto?! ¡¿Cómo pudiste hacernos esto?! A eso de las once de la mañana sonó el celular, justo para interrumpir esa demanda de explicar lo inexplicable que le formulaban en sueños las mujeres. Y en lugar de tomar el llamado se quedó evaluando la única posibilidad interpretativa que el mensaje onírico parecía dar: no podía tratarse de otra cosa que de la elaboración realizada por su inconciente con la culpa que le había generado su noche de pasión con Lisa. Se levantó, procedió a los rituales de higiene, desayuno y medicinas que no vamos a angustiar al lector con la vuelta a su referencia, y decidió que pensar y elaborar estrategias no le estaba dando muy buenos resultados que digamos, así que dejaría a las ruedas 133

Gabriel Cebrián correr. Debería, según la sana lógica y las costumbres indicaban, ir al diario a ver si conseguía retomar poco a poco sus rutinas. Pero una tenaz fatiga estaba haciendo presa de él; todos sus movimientos resultaban tentativos y casi siempre inadecuados. Y eso contribuía a la depresión mental, que invariablemente se traduce al físico. Volvió a sonar el teléfono y esta vez, instado por sí mismo a movilizarse en alguna dirección, en cualquiera que lo sacara al menos por un rato de esa desidia, tomó la comunicación y que fuera lo que dios quisiera. Era Tito del Río. Le dijo que qué suerte que lo había encontrado, que no, que no eran problemas del trabajo, que tampoco era por las cuestiones judiciales –todo esto a instancias de las paranoides anticipaciones que le iba formulando el Maestro-, que lo llamaba porque estaban allí con él unos periodistas españoles que querían hacerle una nota, previo a la edición de Los crímenes del maizal en su país. Se comprometió a reunirse con ellos en una hora. De hecho, demoró bastante más de una hora, toda vez que procurar vendas más discretas y colocárselas del modo más conveniente a iguales propósitos de desapercibimiento, le insumió sus buenos cuarenta minutos. Tito del Río hizo las presentaciones. Una mujer de unos treintaipico, con un buen gracejo típico, pelo lacio y rojizo y ojos claros; ah, y un fotógrafo. Cumplido que hubo Tito con esa función protocolar, se retiró, aún a pesar de la insistencia en contrario por parte tanto de reportera como de entrevistado. Ya en 134

Ignis fatuus situación, grabadora encendida y micrófono sobre la mesa, la periodista comenzó proponiendo: -¿Qué le gustaría decir, como pa’ rompé el hielo? -Que confío en tu capacidad para la post-producción. -¿Cómo dice? -Claro, que confío más en los copetes y comentarios que puedas hacer vos después, que en cualquier pavada que yo pueda decirte. -¿Es esa una señal de modestia o de galantería? -Tal vez sea las dos cosas. Son igual de vanas. -O quizá se deba a un reflejo de sus orígenes como periodista, digo, el confiar en la habilidad del notero pa’ armar el collage final. -Puede ser, no lo había pensado... pero de todos modos te aclaro que nunca dejé de ser periodista. -¿Ni aún en los momentos que escribe los casos de Vilches? -En esos momentos, menos que nunca. -Se diría que Vilches realmente existe, entonces. -¡Claro que existe! Anoche mismo estuvimos compartiendo unas copas en la estación de Magdalena. -O sea que lo asocia con una persona de carne y hueso... -Yo no lo asocio con nadie. Aparte, a él le gusta trabajar solo. -Está bien, creo que comprendo. Pero me gustaría que me comentara de aónde le ha venío esa vocación por las historias policiales. -De la desesperación. Toda mi obra es expresión de una agitación interior ciega y angustiante. 135

Gabriel Cebrián -Hombre, pues yo he leío sus cuentos y no he notáo ná de eso... -Vos porque no leíste mis poesías, porque de ese modo podrías haber advertido... que en ellas tampoco se nota. -Adopta cierto aire como de Groucho Marx, en sus respuestas. -En ese caso, espero no integrar tradiciones artísticas que incluyan a tipos como yo. -Se hace bastante difícil hacerle una nota a usté. Digo, porque por lo general, los escritores se explayan, recuerdan anécdotas... usté arroja frases cortas y secas, hace de esto una especie de ping-pong. -Mirá vos... todo lo contrario que cuando escribo, qué notable. Tal vez el error esté ahí, en hacerle notas a los escritores. Tal vez lo poco o mucho que tengan para decir esté totalmente volcado en sus escritos. La oralidad no parece caerles muy bien, como sucede con algunas señoras pacatas –añadió, y soltó una soberana risotada, compartida, aunque más levemente, por el fotógrafo. A ella no pareció causarle mucha gracia, por ahí no lo entendió. El fotógrafo entonces, que esperaba el final del reportaje para no romper el clima buscando ángulos y disparando luces, pareció prever que la cosa no daba ya para mucho más, y abandonando los remilgos señalados, comenzó a aprestar cámara y flash. -Sacame de este lado, pibe –indicó el Poeta. –Que no se vean las vendas. -A propósito, ¿qué es lo que le ha pasáo? 136

Ignis fatuus -Jugando fútbol. Un compañero de equipo rechazó violentamente con el pie un balón que yo, con igual intención, intentaba cabecear. Me rasguñó con los tapones de aluminio. -¡Hostia, tío, que las gastan rudo por estos lares! -No quisieras saber. -Bueno, no vamos a ponernos a hablar de fútbol, y menos amateur, coño –observó mosqueada la reportera, con ánimo de poner en caja a su fotógrafo y de reconducir un poco el difícil diálogo que el fantoche sudaca aquel venía planteándole. Así que continuó: -Me gustaría saber si ha desarrolláo, o desarrolla, actividades de taller. -¿Taller? ¿A qué te referís? -Ya sabe, talleres de escritura, de interpretación de textos, literarios, o como quiera llamarlos. -Para mí, los únicos talleres que tienen que ver con la literatura son los de imprenta y encuadernación, qué querés que te diga. Los demás, esos a los que hacías referencia, son tan banales como casi todo lo que se publica hoy día. O sea, en un taller se ajustan tuercas, o se suelda, o se hacen cosas por el estilo. Reducir la literatura a su faz artesanal, o incluso teorética, es como pretender practicar caza mayor con un rifle de aire comprimido calibre cuatro y medio. Del mejor taller de escritura del mundo a lo máximo podría salir un buen crítico, jamás un escritor. Y si por casualidad parece que un real artista de la escritura surge de un determinado taller, ello de hecho ocurre porque el escritor ya estaba en él, el taller a lo sumo fue un elemento más en la catálisis de una vir137

Gabriel Cebrián tud preexistente. Bueno, tal vez esto solo alcance para justificar su existencia, mas tampoco es para sobreestimar su función... oíme, esta respuesta se ajusta más a los códigos que me reclamabas hace un momento, ¿no te parece? -Pues sí, al menos en lo formal. Continúe, no se preocupe por el contexto, que pa’eso estoy yo, pa’ la post-producción. ¿O acaso lo ha olvidáo? -Sos aguda, gallega, eh. -Aguda, pues pué’ser. Gallega, eso sí que no lo soy, hombre, que soy catalana. -Probablemente mi sangre sea vasca, pero lamento tener que informarte que acá, en la Argentina, todos los españoles y sus descendientes, somos gallegos. -Al principio mencionó a la desesperación como motor de su expresión literaria. Me gustaría que ampliase esa idea. -Suena existencialista, ¿no? De entronque kierkegaardiano. Pero bueno, aún así me veo obligado a reconocerlo. Y no es que me aferre tercamente a una razón inventada a los efectos de asumir una pose, como hacen tantos por ahí. Es la verdad. Mirá, de muy joven aprendí la mayor sabiduría a la que puede aspirar persona alguna, y tal vez esto suene presuntuoso, pero realmente estoy convencido que es así. Aprendí a estar solo, a permanecer solo incluso rodeado de montones de personas. Y la soledad tiene de bueno eso, que jamás perdés la conciencia de que cualquier cosa que vaya a suceder en tu vida, lo hará según tu propio y exclusivo designio, para bien o para mal. Que no podés contar con nadie fuera de 138

Ignis fatuus vos, y que si te parece lo contrario, pues bien, estás abriendo una puerta que da, indefectiblemente, al laberinto de Creta, y allí te espera el monstruo, cuya hibridez no es otra cosa que una metáfora de las relaciones interpersonales, las que inevitablemente conducen a la despersonalización y a la locura. Claro que al establecer férreamente los límites que impiden esa letal intromisión del enemigo mortal que son nuestros congéneres, quedamos, y perdoname la recurrencia a las referencias clásicas, como Atlas, cargando todo el mundo sobre nuestras espaldas. Sin descanso ni posibilidad de trascendencia. Y aquí es donde llega la prueba final, la que decidirá tu suerte como hombre: ver si sos capaz de asumir y soportar la desesperación que tal situación trae aparejada. O encontrás cómo canalizar esa brutalidad que supone tu ajenidad cósmica para amortiguar su impacto, o te convertís en una caricatura de ser humano, por asimilación a la oligofrenia mecánica colectiva, por la desintegración de toda virtud en el crisol de tal mediocridad -Oye, eso es muy poético, y qué quieres que te diga, no lo he entendido del tóo. -Está grabado, masticalo más tarde. Igual es muy fácil, puede resumirse en una simple fórmula: si aceptás la soledad, y te la aguantás, la cosa puede ser muy dura, pero tenés oportunidad de conservar tu dignidad. -Se diría que lo que le provoca esa desesperación, que tal como dice se traduce en angustia, es finalmente la idea de la muerte. 139

Gabriel Cebrián -¡Claro que sí! Y si no, preguntale a tu compatriota Savater. Él ha dicho, a mi juicio con gran criterio, que hablemos de lo que hablemos, en el fondo siempre hablamos de la muerte.

IV

Y como la muerte, retirada del panteón de los dioses principales por la expansión del monoteísmo, y tal vez exacerbada en su función segadora por esta misma razón, no tolera, como el supérstite dios padre, que tomen su sagrado nombre en vano, mandó a su emisario prontamente, que en este caso no era otro que Tito del Río. Éste golpeó la puerta, pidió disculpas por la interrupción y llamó al Artista afuera. Cuando hubo salido, le soltó sin preámbulo alguno: -Está la policía abajo.Vienen a buscarte. -¿A mí? -Sí, a vos. Los retuve todo lo que pude, pero insisten en que si no bajás ya, te van a venir a buscar. No quise que lo hicieran delante de estos gallegos, así que despachalos con cualquier excusa. -¿Será por alguna tramoya que haya hecho este hijo de puta de Calvo? -No, es otra cosa. Mirá, según lo que me dijeron, Marisa fue asesinada. -¿Cómo decís? -Que Marisa fue asesinada. -¿Cuándo? 140

Ignis fatuus -Qué sé yo, no sé. Por lo cebados que están, es como que están seguros de que fuiste vos. No fuiste, vos, ¿no? -¿En serio me lo preguntás? ¿Me creés capaz de hacer algo así? -¿Qué te pasó en la cara? -Me arañó Marisa, ayer. Pero yo le dí un bife, nada más. No la maté. Jamás maté a nadie. -¿Te fijaste si sobrevivió al golpe? -No seas boludo, me siguió puteando hasta que subí al auto. Es Calvo, gil, que me anda siguiendo, y ahora me tira un muerto. -¿Cómo podés estar seguro de eso? -Lo que pasa que vos no me creés. Y si no me creés vos, qué quedará para los demás... -Andá que yo te excuso. Los canas están como locos, si no vas te van a venir a buscar acá. Probablemente tengan miedo de que te rajés por otra puerta. -Tal vez no sería mala idea. -No, si la mataste. Pero si no lo hiciste, lo mejor que podés hacer es bajar y acompañarlos. Ya está Franco con ellos, y le di instrucciones para que te acompañe. -¿Quién carajo es Franco? -El mejor abogado que tenemos acá en el diario. ¿No lo conocés? -La verdad que no me acuerdo. -Bueno, andá, andá tranquilo que yo respondo por el pibe. Los despacho a los gallegos y después me pongo a full a tratar de ayudarte en lo que sea. -Está bien, gracias. Y Tito... 141

Gabriel Cebrián -¿Qué? -Creeme, yo no fui. -Está bien, te creo. Mayor razón para preocuparse, entonces. Otra desagradable sorpresa aún lo esperaba. Cuando ya se había presentado con el abogado que iba a asesorarlo, y luego de pactar con los policías que iría tranquilamente y sin cabrestear a cambio de que no le colocara esposas, salieron del edificio y se encontraron con un mar de cámaras de fotos y video que no querían perder detalle de la detención del célebre maestro de la pluma. Alguien había corrido la voz, y ese alguien seguramente era Calvo. No daba puntada sin nudo, por lo visto. Subió al patrullero, con un policía a cada lado, y arrancaron con rumbo a la Comisaría de 38 entre Plaza Olazábal y 8. El abogado los seguía en un BMW azul. Tal vez debía haber prestado oídos a su padre y haber seguido la carrera de derecho. Quizás de ese modo habría conseguido tener autos importados, una esposa, varias amantes, tres o cuatro hijos vivos y sanos y, sobre todo, muchísimos menos problemas. Cuando llegaron, y mientras esperaban que todo estuviera dispuesto para la declaración, el abogado, aprovechando que su cliente aún no había sido sometido a incomunicación como todo parecía indicar que luego podía ocurrir, pidió hablar a solas con su defendido. 142

Ignis fatuus -Ante todo –le dijo una vez que tuvieron privacidad-, le digo que me hubiera gustado hablar con usted en otro contexto, ya que admiro mucho lo que usted escribe. -Oh, dejémonos de eso, por favor. -Claro, no tenemos mucho tiempo. Solamente estaba tratando de establecer un canal previo, porque no quisiera que por decirle de buenas a primeras lo que tengo que decirle, usted lo vaya a tomar a mal. -No te andes con rodeos. Querés saber si fui yo quien mató a Marisa, ¿es eso? -Ése sería un buen comienzo. -En ese caso, te la voy a dejar bien clara: si hubiese sido yo, te lo diría, sin ningún empacho, y trataría de ver cómo la zafo lo mejor posible. No tendría sentido mentirte a vos. Sería muy fácil así, buscaríamos coartadas y esas cosas. Pero lamentablemente, no fui yo quien lo hizo, aunque ganas no me faltaran. -¿Tiene idea de quién puede haber sido, o quién podría haber tenido motivos para hacerlo? -Sí, tengo idea. Vos debés estar al tanto de las cuestiones judiciales que estaría por plantearnos Raimundo Calvo, ¿verdad? -Sí, he hablado el tema más de una vez con el Director. -Bueno, hurgueteá por ahí, que seguro que salta la ficha. -Pero... ¿eso es una presunción, o tiene algún indicio más o menos firme que él puede estar detrás de esto? 143

Gabriel Cebrián -Han estado enviándome algunos anónimos. Hay alguien que se regodea con mi desgracia, y no se me ocurre otra persona que el mierda ése de Calvo. -¿Conoce algún motivo por el que pudiera haber matado a esa mujer? -¡Perjudicarme! ¡Inculparme! ¿Acaso no es obvio? -Sí, lo que me parece más difícil, en este contexto, es demostrar tal cosa. -Bueno, es lo que hay que tratar de hacer. -¿Sabe por qué la policía vino directamente a buscarlo a usted? -Supongo que la misma persona que alertó a los medios para que registraran mi detención, se ocupó del mismo modo de hacer saber a la policía que ayer estuve en la casa de Marisa. -¿Estuvo ayer en la casa de la víctima? -Sí, estuve. Para colmo me hizo un escándalo de órdago. Todo el edificio oyó los improperios de los que fui víctima. -Y esa herida en la cara... -Sí, fue ella. Me arañó, yo le di un cachetazo y me fui. Eso fue todo. -Todo eso no ayuda mucho que digamos, usted me entiende... -Claro. Es tan maquiavélico... es perfecto. Me la hicieron a medida, pibe. Encima hay una corporación poderosa detrás de todo este fuego que han concentrado en mí. Y para colmo este sistema juega para los poderosos, viste. No tengo reaseguro ni con la policía, ni en los tribunales. 144

Ignis fatuus -No se desespere. Aguarde a que hagan la acusación formal, si es que la hacen. Luego estudiaremos los términos e intentaremos delinear la mejor estrategia. -Espero que sepas lo que hacés. Te estoy diciendo que hay una mafia muy jodida detrás de todo esto. No podemos andar con chicas. -Ya lo creo. Ahora dígame, porque no tenemos mucho tiempo... ¿a qué hora sucedieron estos hechos que me comentaba? -Serían... las seis y media, siete de la tarde. -¿Y después? ¿Qué hizo? -Dí unas vueltas con el auto, me fui a casa –omitió concientemente referirle la grotesca secuencia del disfraz-, tomé unas cervezas y después salí con una amiga. -Eso es muy importante. Su amiga no tendrá inconvenientes en atestiguar que estuvo con usted... -Eso ni pensarlo. -¿Por qué? -Porque es la esposa de un amigo. -Bueno, según viene dado el caso, probablemente tenga que elegir entre exponerla o hacerse cargo de un crimen que no cometió. El asunto parece ser lo suficientemente grave como para no andar con esa clase de remilgos. -Puede ser, pero no la expondré hasta no estar seguro que es estrictamente necesario. -Créame que si las cosas son como usted afirma, lo será en muy poco tiempo. Y dígame, ¿guardó esos anónimos? -¡Claro! Los tengo en el cajón de mi escritorio. 145

Gabriel Cebrián -No los pierda. Pueden constituir una prueba decisiva para que, mínimamente, podamos poner en el tapete la hipótesis de que alguien asesinó a su amiga para inculparlo. -No era mi amiga. -Bueno, eso sí que no tiene caso. Lo que fuera.

V

Luego de tomadas sus impresiones digitales y de ser sometido a un interrogatorio exhaustivo -en el que se limitó a decir más o menos lo mismo que había dicho a su abogado, claro está que sin acusar directamente a Calvo ni señalar a Lisa como coartada, limitándose a sugerir que alguien estaba tratando de inculparlo y ofreciendo como prueba los anónimos que más tarde incorporaría a la causa-, fue dejado en libertad, con toda clase de recomendaciones, como suele suceder en estos casos, y fue obligado a firmar un documento en el cual se comprometía a no abandonar la ciudad hasta no ser autorizado en tal sentido. Cuando salió, se encontró con Tito y Fito (vaya una conjunción de nombres, más apropiada para un comic infantil que para este serio reporte de dramáticos sucesos). Conversaban con Franco, y el Ilustre ahora difamado presumió que habían sido las influencias motorizadas por ellos, sobre todo por Tito, las que habían conseguido sacarlo de allí, al menos por el momento. Subieron los cuatro al BMW del a146

Ignis fatuus bogado, y tomaron por la calle 8. Luego bajaron por la calle 54 hasta 5 y se detuvieron en la cervecería Modelo. Eran las 16.30. Todos estaban sin almorzar, probablemente a causa del ajetreo que la explosiva situación había causado, así que pidieron una tabla de quesos y fiambre y cerveza. Mientras comían y bebían, el Poeta les contó los términos del interrogatorio y luego se pusieron a delinear las eventuales estrategias. Todo estaba bien hasta que Franco, con la imprudencia propia de su corta edad, invocó la necesidad de llamar a declarar a la mujer que la noche anterior había estado con él. Barragán lo conminó, de modo severo, a olvidarse de aquella mujer, y tanto Fito como Tito creyeron que se trataba de Rosario (Tito había tomado razón de la rubia y joven amiga del Egregio por los carriles obvios del chusmerío oficinesco). Ambos, aún confundiendo la persona, intentaron convencerlo de la necesidad de apelar a cuanto argumento tuviera a mano para desembarazarse de una acusación falsa, basándose en las graves consecuencias que la protección que intentaba podía acarrearle. Con mucho aplomo, les prometió que lo haría cuando fuese estrictamente necesario, y no antes. Después le pidieron detalles de su encuentro con Marisa, y sus expresiones se ensombrecieron al oír la retahíla de circunstancias incriminatorias que la relación minuciosa de los hechos iba descubriendo. Por suerte, a esa altura, los tres ya estaban convencidos tanto de la inocencia del Inefable como de la mano de Calvo detrás de toda aquella trama macabra. 147

Gabriel Cebrián -¿Recibiste algún otro anónimo, después del que te alcanzó Ignacio el miércoles? –Preguntó Fito. -No, ya no me tiran más sobres. Ahora me tiran cadáveres, directamente. -Creo que esos anónimos son lo único que tenemos para agarrarnos si queremos demostrar que se trata de una trampa. –Dijo Franco, y añadió: -Lo que no podemos hacer, en lo inmediato, es tirarnos directamente contra Calvo. Pese a las ganas que tenga de hacerlo, sería suicida, si no obtenemos más pruebas. -Sí, creo que te entiendo –concedió Barragán, y se sorprendió al ver entrar a Roberto, el hermano de Clara, su primera mujer, otra vez como en el bar de 13 y 42, con la misma expresión de asco al verlo. Pero esta vez no lo iba a dejar marcharse sin más. Antes que se le hubiese ocurrido abandonar el establecimiento, airado, como había hecho la vez anterior, se incorporó y fue directamente a su encuentro. -Hola, Roberto. -Hola. -¿Te vas a sentar, o vas a salir intempestivamente, como las otras noches? -No quiero hablar con vos. No quiero ni siquiera verte. -En eso, estamos parejos. Pero sabés qué, me voy a aguantar las náuseas hasta que me digas qué mierda es lo que te pasa conmigo. Sentate, dale. -Qué es lo que me pasa con vos, eh –repitió, en tanto se sentaba a una mesa que daba a los ventanales de calle 5. –Me pasa que sos una basura que no merece andar suelta. Oí que mataste a una de tus mujeres. 148

Ignis fatuus -Oíste mal. Yo no maté a nadie. -Bueno, eso no es lo que están diciendo las agencias informativas. -No me importa lo que digan. Yo sé que no maté a nadie. -Bueno, tal vez se haga justicia y te encierren por un crimen que no cometiste, en lugar de hacerlo por otros tantos que sí cometiste. -¿A qué te referís? -Capaz que directa o indirectamente estás provocándole daño a mucha gente, seas conciente de ello o no. -Mirá, el otro día, vos estabas con una pendeja que no era tu señora, viste, y por eso yo no voy a desear que te manden al infierno. Es muy malo ver la paja en el ojo ajeno. -Qué imbécil que sos. Ni siquiera me he referido a eso. Me refiero a Lucas. -¿Qué pasa con Lucas? ¿Te parece poco que se haya muerto y que yo me entere un mes después? -Lucas murió por tu culpa. -Si seguís hablando así te voy a partir la cara. -No me amenaces. No te tengo miedo. Yo soy médico, ¿sabés? -Sí, sabía, ¿y con eso qué? -Que participé de su autopsia. Lo que sacaron del paquetito que tenía consigo, de su nariz, y de una hipodérmica, tenía una dosis letal de estricnina. -¿Cómo decís? -Digo que no fue sobredosis. Fue envenenamiento. -¿Y el boludo no se dio cuenta que no era cocaína? 149

Gabriel Cebrián -Estaban mezcladas. Vos sabés que la estricnina muchas veces es utilizada por inescrupulosos para estirar la merca y ganar más plata. Claro que en proporciones minúsculas. En este caso, dada la concentración, es evidente que se trató de un misil teledirigido. -Hijos de puta, lo envenenaron como a una rata. -Sí, pero él no tenía enemigos. Desde el principio sospechamos que se trataba de un golpe dirigido a vos. -¿Y por qué no hicieron la denuncia? -Clara está destrozada. Nada de lo que hiciese podría devolverle a su hijo. Lo único que quizá podría alegrarla un poco es saber que te estás pudriendo en la cárcel, cosa que tal vez vaya a pasar, según parece. -¡Me cago en satanás y la concha puta de su madre! -Sabía que podías ser una persona desagradable, pero nunca pensé que tanto. -Sabés que hablando así, en este momento, estás poniendo en riesgo tu vida, ¿no? -Hablás como un asesino, tal vez sea cierto entonces que mataste a la mina ésa. Aparte, ¿cómo no querés que me sienta asqueado cuando, apenas te enteraste de lo de Lucas, aparecés muy suelto de cuerpo y de joda con la pendeja esa... -Ni tan suelto ni tan de joda, pero en todo caso, ¿qué tiene de asqueroso? -Me vas a decir que no sabías que la fulana ésa era la novia de Lucas, que se drogaban juntos, y que tal vez haya sido ella la que lo indujo al vicio... 150

Ignis fatuus VI

¿Cuántos golpes como estos puede recibir un hombre sin doblegarse? ¿Cuánto tiempo puede ensañarse el destino con una persona sin socavar sus cimientos anímicos hasta el fatal derrumbe? Claro que estamos hablando de un hombre cabal, fuerte y gallardo, que no se entrega tan fácilmente ante la adversidad; pero aún así, imagínense el estado emocional del Insigne frente a tantas y tan devastadoras noticias. Como un autómata abandonó la mesa que había ocupado con Roberto, improvisó excusas de fatiga y dolor de cabeza y requirió a sus amigos que lo condujeran a su casa, a descansar. Así lo hicieron, y poco después estaba de nuevo solo en su departamento, que ahora, a falta de pertenencia, al menos le ofrecía una madriguera en la cual guarecerse del tormentoso mundo exterior. Se arrojó en el sofá, exhausto. No obstante se dijo a sí mismo que era necesario analizar aquel cúmulo de circunstancias azarosas, muchas veces trágicas, y establecer el hilo unitivo que parecía estar a la vez cercano y remoto. Había que desembrozarlo, reducirlo a secuencias de verosimilitud y coherencia, por más interferencias de índole sentimental que contribuyeran a distorsionar el cuadro. Ahora no le costaba nada, por ejemplo, hallar señales inequívocas de emocionalidad violenta respecto de la muerte de su hijo. Tal vez haya sido a causa de su propia esencia, tal vez a las muy determinantes 151

Gabriel Cebrián pautas culturales que a partir de la experiencia había acopiado, o quizá también, por qué no, a una mezcla indeterminada de ambas, que el hecho de haberse enterado de que la vida de Lucas había sido segada tan arbitrariamente lo afectaba más de lo que lo había hecho la propia noticia de su muerte. La noción de culpa lo angustiaba. Hubiera preferido la primera versión, decir “que se joda por tarado” y listo, pero he aquí que la mafia, con sus códigos tan arteros como efectivos, le había asestado el golpe en donde más le dolía, independientemente de ortodoxas congojas paternales. Entonces procedió mecánicamente a tratar de discernir si la única forma que las cuestiones lo afectaran, ello era solo si pasaban por él. ¿Era, acaso, el paradigma del egocentrismo? ¿El adalid de los “primero yo, segundo yo y último yo”? ¿Sería capaz de salir de sí mismo por un segundo para objetivar y ver de ese modo el daño que estaba infligiendo a los demás, sean su hijo, mujeres, amigos o lo que fueren? Aunque al menos ahora, tenía una respuesta anímica acorde con la magnitud de la tragedia; no podía sorprenderse más de su espontánea indiferencia. Procesado que hubo este nuevo sentimiento de rebelión interior -no tan bien que digamos, como acabamos de ver, pero así fue-, su pensamiento recaló en Rosario. Ahora sí que estaba desconcertado respecto de las intenciones de la hermosa joven para con él. ¿Habría sido, como acababa de decirle Roberto, la novia de Lucas? Seguramente, dado que Roberto era estúpido, y no tenía imaginación ni motivos para in152

Ignis fatuus ventar una patraña semejante. Aparte, la mirada que había echado a la joven, imposible que hubiese sido parte de una actuación. Y Rosario, al sentirse descubierta, y presumiendo que muy probablemente Roberto le diría de su relación con Lucas, había desaparecido. Las cosas encajaban perfectamente, al menos en esta secuencia. Ahora bien, ¿qué motivos habría tenido ella para hacer las cosas que hizo? Podría haber estado realmente interesada en mostrarle sus poemas, o quizá le hubiera resultado morbosamente atractivo tener sexo con el padre de su novio muerto, vaya uno a saber lo que pasa por la cabeza de las mujeres. Cuantas más conocés, menos las entendés, se dijo a sí mismo meneando la propia. ¿Y Vilches? ¿Adónde estaba, ahora que lo necesitaba tan imperiosamente? ¿Adónde estaba, sino Vilches, por lo menos el propio ingenio deductivo que había demostrado al hilvanar sus pesquisas? ¿Estaba volviéndose loco, al confiar en una criatura surgida de su imaginación, qué digo surgida, desbordada, ya que se le aparecía en sueños, y hasta en estados de alucinatoria vigilia? Sin duda, Calvo lo había metido en un atolladero del que le iba a costar muchísimo salir, si era que alguna vez conseguía hacerlo. Tenía a su favor el tiempo que había permanecido en prisión, tal vez elaborando estrategias tendientes a aniquilarlo en cuanto tuviera oportunidad. Eso, además de la iniciativa que había tomado con todos los estudios ambientales y demás actividades informativas que había tenido tiempo de efectuar, y que lo colocaban en esa situa153

Gabriel Cebrián ción de poder que le permitía dar jaque constantemente. Con amargura pensó que ahora también debía vérselas con procesos judiciales de mayor entidad y riesgo. Ya no podía sentarse desapegado a mirar las ruedas, estaba sentado a mitad de una autopista por la que circulaban asesinos al volante, evitando tantas y tales embestidas que ni siquiera ni el célebre Manolete habría conseguido sortear. Mas aunque tal vez les cueste creer -de hecho a mí me costaría hacerlo si no hubiera obtenido de primera fuente los datos que aquí expongo-, las sorpresas desagradables de aquel shabbath bloody shabbath aún no habían terminado, y quiero hacer notar que el plural no solamente se refiere a las pasadas, sino también a las que vendrían. La primera, llegó con la prematura llamada de Franco, el abogado, que le informaba que el crimen de Marisa había sido cometido con un cuchillo encabado en plata con las iniciales DB. Corrió hasta el cajón de la cocina en el que guardaba los cubiertos, revolvió febrilmente, con resultado negativo. Alguien tenía que habérselo llevado, ya que estaba seguro de haberlo utilizado tan sólo un par de días antes. El resto, era más previsible y menos preocupante -dado que oportunamente había reconocido que compartió el día anterior una copa y unos golpes con la occisa-. Era obvio que hubieran hallado, como le informaba Franco, huellas digitales de él en el living y en la cocina de Marisa. Como un nefasto efecto dominó, una vez cortada la comunicación, sus razonamientos lo llevaron a to154

Ignis fatuus mar razón de otra deducción incontrastable: la única persona que había ingresado allí, fuera de Marisa, había sido Rosario. Resultaba difícil pensar que Marisa hubiese podido tomar el cuchillo para suicidarse con el fin de incriminarlo, y aparte había estado allí en una situación aún grata para ella. Entonces, solo quedaba Rosario. Tuvo una aterradora presunción y de un salto estuvo frente a su escritorio. Abrió el cajón en el que había guardado los anónimos. Por supuesto, no estaban allí. La misma persona, Rosario o algún otro munido de una llave o del oficio de cerrajero, había entrado y se había llevado tres hojas, dos de papel y una de acero. No tenía ningún caso, ya. Aquella era la única prueba que mínimamente podía sugerir un complot en su contra, y la cual para colmo se había comprometido a presentar ante la instrucción policial como una panacea contra todos sus males, y había desaparecido. Su enemigo no era ningún improvisado, y lo estaba vapuleando a ojos vista. No terminaba de recobrarse de un golpe que recibía otro, y así era absolutamente previsible el nocaut. De hecho, se sentía groggy, y esto en el sentido más literal que pueda darse a este anglicismo boxístico. Y atenidos a estos términos, que dan cabal cuenta del estado calamitoso en el que nuestro crédito se encontraba entonces, podría decirse que llegó el unodós que lo derribó, si bien no definitivamente, al menos por ese round: Uno: encendió el televisor y, en el noticiero de las diecinueve de un canal de aire anunciaban que el 155

Gabriel Cebrián popular autor de cuentos policiales se ve involucrado en el asesinato de su pareja. Se vio a sí mismo saliendo del diario rodeado de policías, y oyó a los movileros gritando preguntas tales como ¿Usted la mató? O Barragán, ¿qué tiene para decir? ¿Es inocente? Apagó el televisor, sorprendido, por cuanto en el tumulto siquiera los había escuchado. Dos: Sonó el celular. Era Lisa. -Hola, Daniel, ¿cómo estás? -Para la mierda, cómo querés que esté. -Y claro. No te imaginás la angustia que me agarró hoy al mediodía, cuando me enteré. -¿Cómo te enteraste? -Ezequiel, me dijo. -¿Cuándo, te lo dijo? -¿Qué importancia tiene, eso? -Tiene importancia. -Ya te dije, me lo dijo al mediodía, cuando vino a almorzar. Serían doce menos diez, o algo así. -Qué loco. Se enteró antes que yo. Y que algunos medios, porque yo estaba en el diario y me enteré recién cuando me vino a buscar la policía. -¿Vos creés..? -No importa lo que yo creo. -A mí sí me importa. -Te agradezco, pero estoy un poco confundido. -No es para menos. Decime una cosa, si te pregunto algo, ¿no te vas a enojar? -¿Me vas a preguntar si la maté yo? -Es que... 156

Ignis fatuus -Mirá, en el momento que la mataron, por lo que dicen, yo estaba en un motel del camino distrayéndome un rato con una señora que vos conocés muy bien, y a la que, aún a pesar de poner en riesgo mi vida, encubrí durante el interrogatorio policial. -No es necesario que hagas eso. Si tengo que declarar la verdad, no me va a temblar la voz. -¿Vas a decir que estuvimos tomando unas copas en Pancho Villa? -Voy a decir todo. Hasta los detalles, si es necesario. -¿Y Ezequiel? -A la mierda con Ezequiel. Parece que a la par que dudás de él, te interesa más que a mí. Y lo peor, que te interesa más que yo. -No sé qué querés decir... -Que tuvimos una pelea, le conté que estaba saliendo con vos, y lo dejé. -¿QUÉ HICISTE QUÉ? -Lo que oíste. -Pero no, eso aparte no es cierto... -Ah, ¿no es cierto? ¡Entonces váyanse a la mierda los dos, vos y tu amiguito! -No, pero esperá... –el tono le indicaba que Lisa había interrumpido la comunicación. Estaba muy inestable, y claro, no era para menos. Por algún lugar tenía que emerger su inexperiencia en los comercios eróticos.

157

Gabriel Cebrián VII

Tal y como lo hubiese transmitido un relator de box centroamericano, luego de estos golpes el Inefable había quedado para el costalazo. Se echó en el sofá y durmió hasta el otro día, un sueño agitado y atravesado por temores y aberraciones sutiles, de esas que suelen espeluznarnos en esa franja difusa que existe entre el sueño y la vigilia sobre todo cuando estamos agobiados por los problemas, y que favorecidas por su etereidad fenoménica e incluso semántica, nos atormentan con sugerencias tanto más tenebrosas cuanto más confusas son. Recordaba haber oído sonar su teléfono, e incluso el timbre del portero eléctrico, pero estos estímulos sensoriales venían desde un mundo lejano, problemático, hostil; desde un mundo al que si pudiera, jamás volvería.8 Era domingo. El domingo incluso dios se decía que descansaba. Claro que también se decía que el demonio jamás lo hacía, pero su escasa comunión intelectual con visiones de corte maniqueísta, en cierto modo, lo tranquilizó. En todo caso, confiaba en la parte católica de sus enemigos, impostada o no, y es-

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Es inevitable remarcar aquí los inequívocos signos de una actitud mental que suele traducirse en tendencias suicidas, dependiendo su resolución, desde luego, del coraje aplicado en un sentido u otro; o sea, para enfrentar la realidad, o para ejecutar el acto de autodestrucción.

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Ignis fatuus peraba que al menos le dieran un día, tan solo un día para reorganizar sus diezmadas defensas. Mientras tomaba el desayuno pensaba en lo que le había dicho Lisa; no específicamente en su confesión definitiva a Ezequiel, sino en lo relativo a que éste, ya al mediodía, sabía de los hechos e incluso de quién era el sospechoso. Todo parecía indicar que estaba incluido activamente en el grupo que quería perjudicarlo, que era capaz de venderlo para quedar bien con su jefe político. Era una rata traidora, pero al menos él le había cogido a la esposa. A veces el poder de una persona es capaz de manifestarse aún sin ésta proponérselo en modo alguno. Y aquella sesión de lujuria tal vez había constituido hasta entonces lo único parecido a una victoria que había obtenido en aquella desigual confrontación, qué diablos. Ahora parecía que la suerte estaba echada. El asesinato de su hijo, absurdidad de gente sin escrúpulos, en primer orden; luego la traición de Rosario, la deslealtad de Ezequiel, el desequilibrio de las fuerzas enfrentadas en la contienda, todo ello lo arrojó a la certeza que poco o nada podría conseguir por los canales institucionales. No iba a hacerse el purista y manejarse exclusivamente en los tribunales, cuando estaba recibiendo metralla desde todos los estamentos, sean estos oficiales o del hampa en cualquiera de sus variantes. Sonó, como era de esperarse, el teléfono. Era Fito. -Che, Daniel, se está armando un moco bárbaro. -No me digas... 159

Gabriel Cebrián -Dale, no te hagás el vivo, que estás en el ojo del huracán. -Pero todavía estoy vivo, algo agitado y a punto de caer en la centrípeta, pero aún vivo. Como el árbol talado que retoña. Como Miguel Hernández, viste. -¿Te querés dejar de decir pelotudeces? ¿O se te saltaron las chavetas? -No sería mala idea, refugiarme en una balsámica locura. Hasta por ahí, a todo evento, podría hacer que me declaren inimputable. -Oh, la puta que lo parió. Te llamo para tratar de ayudarte en lo que pueda y vos, inconciente de mierda, encima me bardeás. -Está bien, dejame tomar las cosas con un poco de humor, ¿querés? -¿Humor? Se nota que no viste los diarios de hoy, sobre todo el de la contra. Eso sí que le debe estar causando gracia a todos los que no te aprecian. -¿Ah, sí? ¿Y qué dicen? -Dicen todos más o menos lo mismo; o sea, usando el modo potencial, te mandan preso hasta las manos. -No se podía esperar otra cosa. -Sí, pero yo me refería a la contra no por lo que escribieron, sino por la foto que sacaron en primera plana. -No me digas que... -Salís vos disfrazado tan ridículamente que te juro, a pesar del bajón, no pude evitar cagarme de risa. ¿Estás loco, vos, o qué carajo te pasa? ¿Qué andabas haciendo, disfrazado como un boludo? Falta un mes todavía para el carnaval, idiota. 160

Ignis fatuus -Es difícil de explicar. -Ya lo creo. Pareciera que te querés engayolar solo. -Creo que necesito ayuda, sabés... -Sí, en eso estamos de acuerdo. Necesitás ayuda psiquiátrica, y urgente. -No, necesito ayuda de otra índole. Como están las cosas, en cualquier momento me van a arrancar de acá y no me sueltan más. -¿Qué estás pensando hacer? -Pasame a buscar y te digo. -Estoy en el diario. -No importa, explicale a Tito y venite para acá. Te estoy pidiendo un favor, pelotudo. -Aguantá que ahora voy. Rato después llegó Fito y antes de bajar del auto se asombró de ver al Artista dirigirse hacia él con una voluminosa mochila, abrir la puerta trasera, echarla sobre el asiento y luego subir y sentarse en la butaca a su lado. -¿Qué hacés? -¿No se nota? -No. Te estás comportando como un enajenado. -Me están empujando a que me comporte como tal, que no es lo mismo. -¿Adónde vas? -No tengo la menor idea, pero por lo pronto, salgamos de acá. -No, hasta que no me digas qué carajo estás haciendo. 161

Gabriel Cebrián -Me voy de esta casa, ¿entendés? Y probablemente pase directamente a la clandestinidad, si no me dejan salida. -Es como yo decía. Te deschavetaste. -No, Fito. Mala oportunidad sería, para hacer una cosa así. Necesito de toda mi lucidez, en este momento. -Ni que lo digas. Es la primer cosa razonable que te escucho, hoy. Ahora, esta especie de huída que estás intentando, te va a perjudicar. Es como reconocer que sos el asesino, ¿no te das cuenta? -Sí, me doy cuenta. Pero no tengo alternativa. Los hijos de puta ésos me engramparon bien engrampado. -¿Pasó algo nuevo? -Pasó de todo. -Si querés contame, porque por lo visto, hay bastantes cosas que desconozco. Y dicho sea de paso, decime adónde carajo querés que te lleve. -Está haciendo un calor bárbaro. Vamos a tomar una cerveza acá al Bar de Pedro, en 41 y 21. Ya instalados en una mesa del tradicional bar del barrio de La Loma, pidieron una picada de fiambre casero para hacer base, y una Quilmes de litro. -Te escucho –dijo Fito, ansioso por tomar razón de los hechos que aún le faltaban, y con aires de estar examinando al Ilustre para ver si se estaba atropellando en una fuga que, evidentemente, no favorecería en nada su situación judicial. -No sé por dónde empezar. 162

Ignis fatuus -Ufa, viejo, no la hagas tan difícil. Desembuchá, y listo. -Primero que nada, estoy solo. -¿Cómo que estás solo? Estoy yo, está Tito, está el abogadito ése Franco, está Ezequiel... -Parate ahí. Estoy solo, y si querés anotarte como compañía, primero me tenés que jurar por lo que más quieras que, pase lo que pase, me guardarás lealtad. -Ufa, para un segundito... es medio mesiánico, eso. ¿Quien sos, Firmenich? -Mirá, te puede sonar mesiánico, patafísico, megalomaníaco, o lo que carajo se te ocurra. En un día se me dieron vuelta dos fichas terribles, así que ya casi no confío ni en mí mismo; o sea, o me jurás lealtad o agarro mi mochila y hasta la vista. -Te das cuenta que suena melodramático, ¿no? -Haceme el favor, dejá de romper las pelotas con las resonancias y atenete a la literalidad de mi pedido, amigo. -Considero que no necesito jurar lealtad a un amigo. Si soy amigo tuyo, la lealtad viene implícita, viste. Capaz que hasta me ofendo y todo, si seguís en esa vena. -Bueno, voy a hacer correr eso como un juramento, de cualquier modo, todas son palabras. Pero te aviso, y de onda, viste, que si me traicionás sos boleta. -¿Pero qué te pasa? Está bien que tengas la madre de los quilombos, pero por eso no me vengas a amenazar, a mí. 163

Gabriel Cebrián -No es una amenaza, mequetrefe. Es que estoy en la línea de fuego, en el medio de una guerra. Si en la guerra no ajusticiás a los traidores, no podés ganar. Ahí lo tenés a Ezequiel. Ezequiel era amigo mío, tal vez no tan cercano como vos, pero lo consideraba un amigo. Ahora somos enemigos mortales. -¿Qué decís? -Lo que oís. Primero me enteré que está militando en la agrupación política de Calvo. -Bueno, pero eso no lo hace tu enemigo. Al contrario, por ahí hasta te puede servir de negociador. -No, eso no lo hace mi enemigo. Pero conspirar en mi contra para tirarme el cadáver de Marisa por la cabeza sí. -¿De dónde sacaste eso? -Lisa, me lo dijo. -Lisa está reactiva contra él. Puede decir cualquier cosa. -Está bien, lo que Lisa me dijo es que él sabía toda la movida ayer al mediodía. -Sí, ¿y? -¿Cómo pudo saberlo a esa hora, si no estaba en la organización? -Andá a saber. Por ahí se enteró por otro lado. -Sí, y entonces, ¿qué hubieras hecho vos? ¿Ir a contarle a tu chica o llamarme por teléfono para avisarme? -Y, no sé, por ahí tenés razón, qué sé yo. Pero me cuesta creer una cosa así. -A mí ya no me cuesta creer nada. Aparte, si alguna posibilidad había de encontrarlo y preguntarle por 164

Ignis fatuus qué no me avisó, ahora, de todos modos, se pudrió todo. -Explicate. -Tuve un affaire con Lisa. Ayer se pelearon, y ella le contó todo. Creo que ahora están separados. -¡Pero viejo! ¿Cómo hiciste una cosa así? -¿Cómo hice qué? -¡Acostarte con la mujer de un amigo! -Ni tan mujer, ni tan amigo. De hecho, estaban separados hace rato, por más que compartieran techo. Y el hijo de puta inescrupuloso ése de Ezequiel dejó de ser mi amigo en el mismo momento que me dijo que no podía patrociname porque andaba en la rosca con el degenerado ése de Calvo. No es tan fácil, viste. Aparte fue ella, que vino, me sedujo y me pegó una cepillada como hacía rato no me pegaban. Y vos sabés cómo es eso, no se puede rechazar a una dama en celo. Nobleza obliga. -Todo esto es insano. Apesta. -Decímelo a mí, Fitito, decímelo a mí. -Ahora, decime una cosa: ¿serías capaz de voltearte a mi novia, también? -Solamente si te vincularas con Calvo, y ella me lo pidiese. -Sos un hijo de puta, pero me caés simpático. -Qué notable. Yo tengo la misma percepción de vos. -¿Cómo hacés para tener ese ligue con las mujeres? -Las valoro según sus méritos. O sea, a toda mujer agraciada le fascina que reconozcan sus virtudes. Cuando ven que alguien no solamente las justiprecia, sino que se sensibiliza particularmente con sus 165

Gabriel Cebrián encantos, se derriten y caen blanditas y húmedas en su cama. -Suena casi cínico. -Yo lo encuentro más bien estético-narcisista. -Dejémonos de estupideces y decime, ¿cuál es, específicamente, el motivo que te impulsa a desaparecer? ¿Miedo a que te encuentre Ezequiel? -No. Específicamente, tengo miedo que me encuentre la policía. -Pero eso no es lo que hablamos ayer con el abogado. -Claro, pero pasa que desde ayer, cuando hablamos con el abogado, pasaron varias cosas, o mejor dicho, me enteré de varias cosas. Una, es esa que te conté, referida a Lisa y Ezequiel. Pero no fue la única. ¿Te acordás que habíamos basado un poco la estrategia en esos anónimos que estaba recibiendo? -Sí. ¿Recibiste otro? -No, al contrario. Desaparecieron los dos que ya había recibido. Alguien los robó del cajón de mi escritorio. -¿Como decís? -Digo que me los robaron. Y la única persona que estuvo en casa, que yo sepa, es Rosario, la pendeja rubia ésa que viste la otra vez. -¿Pensás que fue ella? ¿Que puede estar vinculada a Calvo? -Lo único que sé es que estuvo vinculada a Lucas, mi hijo. Se relacionó conmigo sin decirme que había sido su novia. Me enteré por otro lado. -Todo esto es una locura. 166

Ignis fatuus -¿Entendés por qué necesito que me jures lealtad? ¿Entendés ahora que no es mesianismo, ni nada de eso, sino simple y llana paranoia? -Creo que sí, sí. -Y eso que todavía no te enteraste de lo peor. Lucas no murió de sobredosis. Lo envenenaron. -¿Cómo? -Disculpá que te tire las cosas así, en crudo. Imaginate que yo me desayuno de todo junto, así como vos ahora. Pasa que yo estoy más involucrado. -¿Cómo que lo envenenaron? -Le vendieron merca con estricnina. Y todo hace pensar que se la dieron a él para pegarme a mí. -Mirá, Daniel, la verdad es que no sé qué decirte. ¿Estás seguro de lo que me estás contando? -Segurísimo. Roberto, el hermano de Clara, es médico, viste. Participó de la autopsia. No va a venir a inventar una cosa semejante, ¿no te parece? -Lo que me parece es que todo eso deberías ir a decírselo a la policía, o a algún juez, qué sé yo. -Claro, el desquiciado autor Daniel Barragán, cuya fotografía en la que se lo ve disfrazado y con vendas en la cara, tomada el día del crimen de su ex mujer, sale en primera plana del diario; cuyo cuchillo personal fue utilizado para dicho crimen, que ha prometido pruebas que ya no están en su poder, viene ahora a efectuar una sarta de acusaciones delirantes contra una persona a la cual inculpó en el pasado y que luego la justicia declaró inocente y está a punto de hacer lugar a su querella por injurias. No, Fito, este 167

Gabriel Cebrián partido se juega en otra cancha. ¿Ahora entendés, por qué quiero desaparecer? -Sí, más o menos. Pero no me convence mucho que digamos. Y contame, ¿qué carajo era lo que estabas haciendo disfrazado? -Estaba intentando atrapar a los que dejaban los anónimos. Pero ya ves, me atraparon ellos a mí. Pidieron una segunda botella de cerveza. Luego de la tormenta informativa que había pasado primero por los barrocos paisajes mentales del Artista, y luego se había transmitido a los no tan sofisticados pero igualmente lúcidos de su amigo, se quedaron un rato en silencio, barajando cada uno estrategias a seguir en ese determinado estado de cosas. Al cabo, Fito dijo: -Bueno, a grandes males, grandes remedios, y no hay mal que por bien no venga. -¿Qué pasa, estuviste leyendo el refranero? -No, digo que me parece bien (analizando el cuadro global, ¿no?), que tomes el toro por las astas y te la juegues del modo que estás pensando. Eso, con referencia al primer refrán. -Claro, entonces no entiendo eso de que no hay mal que por bien no venga.... ¿cuál sería el bien, en este caso? -Que si salís de esta, vas a tener el material para escribir esa novela que siempre quisiste. -Disculpame, pero no le voy a hacer el trabajo a mis biógrafos, yo. 168

Ignis fatuus -Bueno, vos te la perdés. Por ahí hasta me animo yo, viste. -Dale. Seguramente vas a ser el que mejor conozca la historia. Pero ojo con la sintaxis, eh. -¿Somos socios, entonces? -Por mí, bárbaro. Pero a vos, supongo que te vendría mejor asociarte con una yarará. Probablemente te vaya a resultar menos peligroso. -Entonces te cuento: el mes pasado se murió mi abuelo. -Lo siento mucho, pero ¿qué tiene que ver? -Yo no lo siento tanto, ya estaba achacoso, arruinado, viste; como suele decirse, está mejor ahora. Y lo que tiene que ver, es que me dejó una casaquinta, por ahí cerca de Arturo Seguí. Está apartada, no hay viviendas cerca, es un lugar perfecto para esconderse. -Qué bueno. -Aparte, necesito un casero. -Estás hablando con el mejor.

VIII

La casa no era muy grande, pero era cómoda. Se accedía desde una calleja sinuosa de tierra, por un caminito de piedra. Estaba rodeada de árboles grandes y añosos. A unos cien o ciento cincuenta metros recién se veían otras viviendas, de estilo parecido. El único problema era que para llegar al Camino Gene169

Gabriel Cebrián ral Belgrano, debía pasar por allí, y era obvio que llamaría la atención a gente tan poco habituada a ver tránsito humano por aquellos parajes. Así que salvo el lunes siguiente, que salió de madrugada precisamente para evitar ser visto, permaneció encerrado allí. Y si salió el lunes, fue por la imperiosa necesidad de retirar todos sus fondos depositados en el Banco Provincia, antes que una inhibición judicial los alcanzase, cuando no, como suele suceder en este país, fueran los propios financistas quienes se los apropiasen. Y para suscribir un acta notarial en la cual cedía todos los derechos de su obra a Fito. O sea, y hablando de depósitos, había depositado toda su confianza en el amigo. Si Fito lo traicionaba, estaría muerto, preso o cuando menos, entre pampa y la vía. Durante los días subsiguientes siguió su caso por la televisión. El canal informativo más popular de la Capital Federal lo promocionaba con avances de neto corte sensacionalista y música marcial, tal cual su estilo es. Con tremendos cartelones rojos lo anunciaban, parafraseando películas de cine tales como Letras escritas con sangre o Palabras que matan, y estupideces por el estilo. Los libros de Vilches debían estarse agotando, a resultas de la repercusión nacional e internacional del crimen de Marisa. Tal vez habría debido matarla antes él mismo, y gozar así de la celebridad ecuménica que parecía haber conseguido a partir del nefasto hecho. Ya el miércoles fue declarado prófugo de la justicia. Pero el Poeta, algo más tranquilo y con tiempo para elaborar sus acciones a futuro, se había transfigurado 170

Ignis fatuus en el casero misionero de su amigo Fito. Vestía a la usanza del campesino, y lucía una ya bastante notoria barba entrecana que había dejado crecer a su propio designio. Un sombrero de paja y anteojos de aumento completaban una ahora sí creíble caracterización. Adoptar el tono coloquial del pajuerano con total solvencia lo ayudaba a redondear perfectamente el personaje. Hasta se había presentado ante los vecinos bajo el nombre de Carmelo dos Santos, y se había sindicado, para lograr una mayor credibilidad, como descendiente de “gaúchos” de Río Grande do Sul. Fito no podía dejar de admirar la capacidad histriónica que ante la necesidad ponía de manifiesto su amigo. Tal vez la propia inercia del relato haga innecesario referir el estado de paz mental y de comunión con la naturaleza que halló nuestro a estas alturas celebérrimo amigo. Imagínense que después de la pesadilla vivida la semana anterior, con fuegos cruzados desde todas direcciones, aquel lugar en las afueras de La Plata le parecía un oasis. Baste decir que, paradójicamente, se sentía absolutamente en casa en aquella que sí era ajena. Solamente algunas cuestiones alteraban aquel idílico ostracismo, y seguramente podrán adivinar que eran las referidas a su odio visceral hacia Calvo y sus esbirros, a la espina que le había quedado atravesada respecto de Rosario, y, hablando de mujeres, la imposibilidad de dar rienda suelta a su sexualidad. Ustedes dirán que bien podía haberse valido del ahora tan común servicio de prostitutas a domicilio, pero les recuerdo que estamos 171

Gabriel Cebrián hablando de una persona cuya estatura intelectual y moral lo invalidaba, felizmente, para la práctica de tales espurias actividades. Ahora bien, salvo estos pormenores, tan desagradables en alguno de los casos, y no tanto en otros, el Insigne llegó a pensar en quedarse allí, o en un sitio parecido, viviendo la existencia de Carmelo dos Santos y escribiendo la novela que siempre había perseguido pero para la cual no había alcanzado jamás el bagaje técnico y anímico necesario. Tal vez tendría razón Fito, su vida misma le estaba aportando el material en bruto (tomando esta última palabra en su apropiadísima polisemia, aunque tal vez en este contexto no acepte ser adverbializada como “brutalmente”, que esa sí sería una formulación asaz adecuada para ese otro sentido que no quisimos dejar pasar por alto, en parcial desmedro de la que fue oportunamente consignada. Pero dejemos estas disquisiciones para los profesionales del lenguaje, como lo es por ejemplo nuestro loado protagonista, y no nos metamos en berenjenales de difícil e innecesaria resolución). -Los del diario están como locos –le comentaba Fito el jueves a la nochecita, mientras bajaba de su auto la materia prima necesaria para hacer un asado.-Y sabés qué, las circunstancias me obligan a mí también a ejercitar mis dotes de actor. Aunque te aviso que no tengo tanta solvencia como vos. Probablemente algún buen observador pueda llegar a darse cuenta que no estoy tan preocupado como finjo estar. 172

Ignis fatuus -Bueno, esforzate, porque si no te van a caer a vos. Che, decime, ¿Ezequiel que dice? -Qué va a decir... que sos un falso, un asesino y un hijo de puta. Bueno, eso es lo que me decía, hasta que le dije que no siguiera hablándome mal de vos, porque seguías siendo mi amigo, a pesar de que no te viera o de lo que la prensa y el público pudiesen opinar. -Me imagino lo bien que le habrá caído, que le digas eso. -Mas vale que le cayó para la mierda. Creo que se ofendió. Pero mejor, viste, de un tiempo a esta parte yo también le he tomado idea, y eso se nota. Que se quede con sus amigos de la política. Pero no te hagás el boludo dándome charla y ayudame con las cosas, vos también. -Yo soy el invitado, acá. -Andá a la puta que te parió. -Che, decime qué piensan los muchachos. -Tito está deseperado. Por una parte, vos sabés que te aprecia mucho, y por la otra, anda como bola sin manija por el diario. No atina a dar con la persona adecuada para sustituirte. -Bueno, tenés que decirle que vea el lado bueno. Aconsejale que me tire a mí el fardo judicial entero; total, yo ya estoy enterrado hasta las bolas. -Sos un tipo raro, vos, eh. -Soy un tipo práctico. -Otro que anda como ternero destetado es Ignacio. La verdad, me da lástima. No puede creer lo que pa173

Gabriel Cebrián só. Creo que si hubieses sido su propio padre no lo lamentaría tanto. -Che, qué garrón. Si no fuera porque mi cabeza se vería tan mal en la picota, estaría tentado de decirles adónde estoy. -Dale, ¿y por qué no organizamos una kermese? -Por eso te digo, gil. -Y la otra –comenzó a decir, como obligado por la debida sinceridad, aunque no muy convencido de estarlo haciendo- que me llamó ya tres veces para ver si sabía algo de vos... -Es Lisa –se anticipó el Inefable. -Es Lisa –concluyó, meneando la cabeza, y añadió:¿qué le hiciste, que quedó tan impresionada? -Cuando tenga tiempo te enseño, pibe. Aparte no me hagás hablar de eso que me empiezan a transpirar las manos. -Sí, pensé en no mencionarlo, porque me veo venir que la próxima movida tuya va a ser traerla para acá. -¿Te parece que podría ser un error? -¿Qué si me parece? ¡Mas vale, che! ¿En serio me lo preguntás? ¿No sabés cómo son las mujeres? -La verdad que no. -Bueno, entonces te digo, no delires. Aguantate, date baños fríos, masturbate o hacé lo que quieras, pero traer minas acá, ni se te ocurra. Ni siquiera putas. -No sabía que eras tan celoso de la moralidad en la quinta de tu abuelo. -Me refiero a otra cosa, pelotudo. -Ya sé, ya sé, te estaba chanceando. 174

Ignis fatuus -No sé, la verdad, debe ser cierto eso de la intuición femenina. Cada vez que habla es como si supiera que estamos en contacto. -Seguro que sabe. -¿Y cómo va a saber? -Vos lo dijiste. Intuición femenina. ¿O acaso vos hablaste con alguien? -¿Estás en pedo, vos? -¿Ni siquiera con tu novia? -Menos. Se hablan por teléfono entre ellas, de vez en cuando, y vos viste... si le llego a decir, a los cinco minutos lo sabe la otra. -¿Adónde le dijiste a Fernanda que ibas, hoy? -Le dije que iba a un estreno en Capital, aprovechando que ella tenía una cena con las amigas. -Debe ser la primera vez que le mentís para encontrarte con un macho. -¿Sabés que sí? Mientras el Egregio, asumiendo su extraño rol de anfitrión inverso, encendía el fuego en una parrilla exterior, comenzó a elaborar un circunloquio que tendía básicamente a preparar a su protector para las nuevas pautas que se imponían, de acuerdo al plan aún tentativo que iba cobrando forma en su mente. -Bueno, mirá... yo estuve pensando, viste... -Me imagino, si estás todo el día al pedo. -Cómo, todo el día al pedo, ¿vos viste cómo te tengo la quintita? Carmelo dos Santos es un magnífico jardinero, entre tantas otras virtudes. -Dale, dejate de fantochadas y largá el rollo. 175

Gabriel Cebrián -Digo, que estuve pensando que tenemos que decirle a Tito cómo están las cosas. -¿Te parece? -Qué, ¿pensás que podría traicionarnos? -No, eso nunca. Ni hablar. Simplemente me ajusto a la pauta que cuantos menos lo sepamos, más seguro es. -Si, pero de ese modo voy a quedarme toda la vida en peores condiciones que el hombre de la máscara de hierro. -Está bien. Aparte, sería bueno que te defiendas, escribiendo algo para el diario desde la clandestinidad. -Sería bueno para el diario, también. Imaginate qué primicia exclusiva. -Claro. Aparte, más promoción para tu obra, de la cual soy titular, viste. -Mirá que tengo una bala para cada traidor, y no tolero las felonías. -Bueno, pero tampoco la pavada, che. Este servicio de hospedaje, y la intercomunicación con el resto del mundo tampoco sería lícito que no fuese retribuida, ¿no te parece? -¿Querés que establezcamos un porcentaje? -Te estoy jodiendo, boludo. -Yo también. Pero cualquier cosa que necesites, no tenés más que agarrar. -Hay un problema. -¿Qué problema? -Que cuando se enteren que me cediste los derechos de tu obra, van a sospechar que estoy encubriéndote. 176

Ignis fatuus -No hay problema. Deciles que te los cedí antes de tirarme en el cráter de un volcán para que no hallen ni el cadáver, como dicen que hizo Empédocles. -Vos mandá fruta, que los carozos me los trago yo. -Que te haya cedido los derechos de mi obra antes de desaparecer, no quiere decir directamente que vos sepas adónde me fui. Cualquier cosa, si la mano se pone espesa, rescatate y no vengas por unos días si no es estrictamente necesario. Y si no, traeme un celular para ser usado únicamente en caso de emergencia, como por ejemplo, llamás y decís “desaparecé”, y listo.

IX

Una vez que Fito se fue, el Inefable tuvo dos visitas. Parece raro, ¿no? Pero bueno, ni bien pase a darles traslado de una tras de la otra, no lo hallarán tan extraño, y aún puede que alguno de ustedes ya esté adivinando una, la otra, o ambas. Es lo que pasa con las crónicas que pretenden reflejar fidedignamente sucesos que en efecto ocurrieron (si no llegamos a trascendentalismos difuminantes, por supuesto): pagan el tributo insoslayable a linealidades que permiten poco o nada de manipulación en aras de vueltas de tuerca, ocultamiento de pistas y demás recursos narrativos por el estilo que puedan agregar elementos dramáticos a la estructura. 177

Gabriel Cebrián -Hablemos, pues, de la muerte; en el fondo, nunca hablamos de otra cosa, dijo Vilches, y Daniel le respondió preguntándole ¿qué cosa dices? Es la frase de Savater que hoy parafraseaste, si se me permite la redundancia, para florearte delante de la galleguita, aclaró el detective criollo, y el Poeta agradeció, no sin un toquecillo de sorna, la precisión, y luego preguntó a qué venía la textualidad de la cita. A que quiero que hablemos de la muerte, qué mas. Barragán encendió un cigarillo, se sirvió del vino que había traído Fito y convidó al paisano. Se quedó tratando de barruntar para dónde iba la bocha y, al cabo de unos momentos, dijo A veces solía pensar ese lugar común que habla de la creación artística como un intento de conseguir una suerte de inmortalidad, al menos en el recuerdo. El otro día el Flaco Dolina se refirió a ello en la tele. O Capaz que fue antes y estaba grabado, qué se yo. Y digo que solía pensar, porque se me dio por leer el poema ése del puto de Borges “Inscripción en cualquier sepulcro” y me tiró el chico a la mierda, que quieres que te diga. El Ilustre se llamó a sosiego, advirtiendo que ese desdoblamiento cuasi alucinatorio se iba tornando tan volátil como el propio encuentro onírico; pero obnubilado, ebrio o simplemente todo eso más el estrés, seguía encontrando divertidos estos diálogos con su compadre literario, y tal vez hasta resultaran esclarecedores, quién te dice. Ya había visto a Marisa sangrando, y luego, o quizá en el mismo momento, fue ultimada. Pero allí también estaba Rosario. ¿Habrían asesinado a Rosario también? Observó a 178

Ignis fatuus Vilches, quien mascando un escarbadientes, hacía lo propio con él, mas con gesto socarrón. ¿Murió, Rosario? Inquirió entonces, como dando por sentada la lectura mental sugerida por la expresión, a lo que le fue respondido con lo que consideró una evasiva: No sé, te estás saliendo de la línea... yo quería hablar de la muerte en general, no la de éste, o aquél. Es más, iba al punto que inmediatamente asumiste, el de la escritura. Tú, Daniel, vives y vivirás, igual que yo, por la escritura. Hermes es nuestro común santo patrono, si se me permite el sincretismo. Al Maestro le pareció algo rebuscado, tanto el argumento hermético como la modalidad expresiva, pero aún así le seguía resultando divertido. No veo que hayas estado escribiendo mucho, continuó el investigador, y casi fastidiado ante lo que consideraba una absurda demanda, Como para escribir, estoy yo. ¿Acaso no sabes en el atolladero que me encuentro? Se excusó Daniel. Aparte, no tengo aquí mi computadora. ¡¿Computadora?! Exclamó el sorprendido Vilches. ¿Eres capaz de imaginar las obras maestras que nos habríamos perdido si fueran necesarias las computadoras? Me refiero al hábito, ya sé que no es imprescindible, alegó nuestro amigo, ahora no tan divertido que digamos, y oyó una respuesta que volvió a interesarlo y, por ende, a entretenerlo: Yo también me refiero al hábito... es tan lindo, tan lindo, sentir la textura del papel en el dorso de la mano, y a través de la punta de la pluma, birome, lápiz, o lo que sea, todas distintas, fluídas unas, ríspidas las otras... no, Barragán, tenemos la mesma edad, pero 179

Gabriel Cebrián somos de distinto palo. Aún conmovido por la sensual descripción del milenario ritual gráfico, y sintiendo de repente estimulada su libido por sublimaciones manuscritas, Daniel decidió caminar hasta el Belgrano para comprar cuaderno y birome. Ingresó al polirrubros de una estación de servicio. Dos policías, gorras sobre la mesa, bebían un café. Se quedaron viéndolo. El Inefable hizo su pedido, y lo remató agregando con tono campechano es pa’ ievar la cuenta de las ponedoras, pué. Vuá ver si conviene dejarlas o hacerlas puchero, nomás, y se rió mirando a los representantes de la ley, sin encontrar eco, mas advirtiendo que jamás reconocerían en él al célebre asesino prófugo, que ese era el propósito, a pesar de la leve frustración que le causó el hecho de que no lo hubieran encontrado gracioso. De vuelta, se inmiscuyó en un largo y exhaustivo análisis respecto de conceptos tales como persona e identidad, se imaginan ustedes que nuestras mientes se marearían a muerte si intentáramos ingresar en esas procelosas lucubraciones. De lo que me quedó a mí de todas aquellas sesudas instancias, puedo decirles tan solo que luego de un cotejo estadístico delimitado por su portentosa objetividad, llegó a la conclusión que su persona, a ese entonces, estaba compuesta por un treinta y tres punto tres por ciento de Barragán, un treinta y tres punto tres por ciento de Vilches y otro treinta y tres punto tres por ciento de dos Santos. Lamentó no poder determinar de modo cabal cuál de ellos se quedaría con el exiguo rema180

Ignis fatuus nente que la periódica pura resultante se negaba a definir de un modo concreto. Iba transitando ya por el sendero de piedra que conducía a la casa, ansioso por ejercitar las delicias de pluma sobre papel, cuando un llamado a sus espaldas lo sorprendió y le hizo saber al propio tiempo que si la cuestión del manuscrito era una sublimación, ya no le haría falta, al menos por esa noche. -Barragán –lo llamó Lisa. Luego del sobresalto, el Ilustre se relajó, y hasta se pusieron contentos, él y su pingo.9 -¿Qué hacés acá? ¿Cómo me encontraste? -Muy sencillo. Lo seguí a Fito, dejé el auto por allá por el camino y después caminé por la calle de mierda ésta hasta que los vi. No hay mucho lugar para perderse, por acá. -Y sin embargo, mirá cómo me perdí yo, que me busca hasta la Sureté y no me han podido encontrar. -Pero yo sí te encontré. -Menos mal que sos más bicha que la policía, vos. -No te confíes... ¿y? ¿No me vas a invitar a pasar? -Sí, sí, pasá, pasá, mirá el aspaviento que estamos haciendo. Decí que los vecinos duermen, que si no... -¿Que si no qué?

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Voz gauchesca que se refiere a un caballo brioso, empleada en pos de un metafórico eufemismo y en observancia de los precitados componentes telúricos, provenientes a su persona tanto de Vilches como de dos Santos.

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Gabriel Cebrián -Me sacan la ficha enseguida. ¿Qué iba a estar haciendo una mujer fina y agraciada como vos con un pajuerano todo choto? -Gracias por la parte que me toca. Con la otra, disiento respetuosamente. -Bueno, ése es el personaje. Carmelo dos Santos, pa’ servirla a usté. -Encantada, Lisa Rapoport, a sus órdenes. -¿Rapoport? -¿Qué te creíste? ¿Qué toda mi vida fui Torales? -Me gusta más Rapoport. -A mí también. Lástima que no me di cuenta antes. Te queda bien, la barba, ¿sabías? -¿Me estás cargando? Estoy arruinado. -Yo no diría tanto. -Ahora que me acuerdo, con tantas cosas... decime, ¿estás loca? ¿Por qué le dijiste a Ezequiel lo que había pasado entre nosotros? ¿No podías simplemente haberlo dejado, y ya? -Mirá, tenés razón, pero vos sabés, estaba emocionalmente vulnerable, el imbécil vino y me hizo un escándalo no sé con qué pretexto, igual no importa; yo estaba muy sensibilizada por todas las cosas que me habías movilizado la noche anterior, y me salió así, qué querés que le haga. Dame la derecha para invocar emoción violenta, al menos. -Te la doy, pero por favor no sigas con ese argot de leguleyos, ¿sí? -Está bien, disculpá. -¿Querés un vino? –Le ofreció, alcanzándole el vaso que había quedado frente a ella, y que, al haber con182

Ignis fatuus tenido antes vino tinto, su condición de usado era evidente. -¿Quién lo usó? ¿Fito? -Claro, disculpame, te doy uno limpio. –Y mientras se incorporaba y se dirigía a la alacena, añadió: -Aparte no sé quién lo usó. -¿Cómo, no sabés quién lo usó? -Claro, no sé si fue Fito, Vilches o ambos. -¿Vilches? ¿De qué demonios estás hablando? -A ciencia cierta, no sé bien si es un demonio o un ángel. Pero parece tratarse de un principio de tercero excluido, sí. -Pero ese Vilches, ¿existe? -No sé. Creo que la posta la di en el último reportaje que me hicieron, pero la verdad que no lo recuerdo. -¿Estás bien? -Claro. ¿Por qué me lo preguntás? -Te encuentro algo inconexo. -Debe ser a causa del proceso de despersonalización. -¿De qué estás hablando? ¿De tu conversión en el dos Santos ése? -Soy como un camaleón sin memoria inmediata. Me convierto y luego pierdo noción del original, así que estoy condenado a una perpetua metamorfosis. -Qué cosas más raras, que decís. Ya la otra noche me sorprendiste. -Claro, lo hago a propósito. Es mi manera de llamarte la atención. -Bueno, pero yo te conocí otras maneras, y sin desmerecer, me gustaron más que ésta. -Claro, por supuesto, me imagino. 183

Gabriel Cebrián -¿A ver? ¿Qué te imaginás? -Nada. Cualquier cosa que diga será invalidada con patrañas. Sabés que lo que me imagino guarda estrecha relación con lo que sugeriste. Y lo de estrecha relación, por supuesto que lo digo sin connotaciones picarescas. -Qué lástima... -No juegues, que este aislamiento no me ha permitido mucha actividad erótica, ultimamente. -Mirá, tampoco he venido a hacerte una visita higiénica. Si es que nos relacionamos, tiene que ser en base a un sentimiento, no solamente una cuestión sexual, viste. No es mi estilo, no sé vos cómo lo ves. -Aunque tenga el doble de tu edad, no he sacado en limpio nada, en ese sentido. La verdad es que no sé cómo funciona ese tema para mí, ya que un momento pienso una cosa, estoy convencido de ella, y al siguiente todo lo contrario. -Un camaleón sin memoria, ya lo dijiste. -Claro, ya lo dije. Aparte, éste es el momento menos indicado para sacar conclusiones en ese sentido. -Más, tratándose de conclusiones que perderán pertinencia a los pocos instantes, ¿no? -No sé. Cuando comenzó a pasarme por arriba la avalancha de desgracias, justo estaba pensando en reflexionar y tal vez sentar cabeza, como se dice, de una buena vez. Tal vez no hubiera llegado a mucho, pero la vida no me dio oportunidad de averiguarlo. Está bien que me debe haber dado muchas, antes, y las desaproveché; el hecho es que cuando me dis184

Ignis fatuus puse a hacerlo, vino el caos. Y hablando de eso, me parece que estoy siendo egoísta con vos. -¿Por qué decís eso? -Porque me encanta que estés acá, tanto que casi ni tengo en cuenta el peligro que corrés al hacer esto. Las bestias que me están acorralando, son capaces de matar a cualquier persona que se acerque a mí, para seguirme enterrando vivo. Y tené en cuenta que casi seguro, entre esas bestias se encuentra Ezequiel, que no sé, por ahí... -Por ahí sería feliz si me pasa algo, eso ibas a decir. -Sí, más o menos. -Bueno, por eso. ¿Qué mejor prueba de mis sentimientos que enfrentar esos riesgos con tal de verte aunque sea un rato? -Inmejorable. Pero te repito, me siento un egoísta de mierda, y una mujer como vos, capaz de una cosa así, encima, no se merece un bastardo como yo, y mucho menos con el cúmulo de complicaciones que traigo encima. -Mirá, al venir acá, yo asumí los riesgos, así que no me hables de eso, hablame de tus sentimientos –dijo entonces Lisa, intentando acotar la conversación a ese plano, determinada en lo externo, mas trémula en su interior, dudando de la legitimidad y oportunidad de conminar a ese hombre que tanto la fascinaba a que se exhiba de ese modo, más teniendo en cuenta que acababa de mencionarle sus incertidumbres y el carácter volátil de sus inclinaciones afectivas. Entre tanto, el Benemérito sabía que Barragán diría, como siempre, cualquier cosa que lo ayudara a abreviar to185

Gabriel Cebrián do exordio e ir directamente a una acción que realmente deseaba con frenesí, pero le restaba saber, lo que no era tan sencillo ni tan inmediato, qué opinaban al respecto Vilches y dos Santos; así comenzó a advertir las dificultades operativas que se presentaban en todo cuerpo colegiado (sobre todo cuando el adjetivo, que a pesar de su modo singular expresaba pluralidad, se manifestaba respecto de un sustantivo del cual podría decirse lo mismo pero que se refería en este caso a un solo cuerpo físico). La demora en la respuesta, que nos ha dado tiempo a husmear no del todo prolijamente en sus interioridades, llevó a Lisa a retirar las tropas que se habían apresurado a cruzar a través del Rubicón sentimental del Artista: -Disculpame, no tenés que contestar, si no querés. Lamento ser tan cursi, venirte con una cosa como ésta en semejante situación. -No digas eso, lo que pasa es que jamás estaría yo a la altura de las circunstancias, y mucho menos ahora. ¿Qué más querría yo que una mujer hermosa y noble como vos? -Me encanta eso que decís, pero no voy a perder de vista que son las palabras de un camaleón amnésico. -No tengo futuro. No puedo obligarte a compartir mi condena. -Condena para mí sería perderte –dijo, y otra vez el Rubicón quedó a sus desguarnecidas espaldas; y Barragán, imposibilitado por la marea sentimental y erótica que se le venía encima con aires de tormenta tropical, no fue capaz de tener en cuenta siquiera liminarmente la eventual opinión de sus socios psíqui186

Ignis fatuus cos. Se hundió en aquella hermosa mujer sintiéndola casi como un avatar de Kali, diosa de la muerte y la resurrección. Fueron tan fuertes las pulsiones sexuales y la pureza romántica durante los entreactos, que efectivamente algo en él murió entonces, y lo hizo de un modo total y definitivo.

X

Muerto el perro, se acabó la rabia, este viejo refrán fue la frase inaugural del cuaderno de cincuenta hojas que había adquirido Carmelo dos Santos la noche anterior. Ahora -este ahora significa la mañana siguiente-, era el propio Barragán el que en un impulso surrealista daba rienda suelta a un automatismo de esa suerte, los que si bien suelen resolverse en delirios de casi imposible hermenéutica, esta vez había cobrado forma de dicho popular. Aunque en rigor de verdad, de lo único que podemos estar seguros es de que era Barragán quién sostenía la lapicera, toda vez que, al tratarse -como se ha dicho- de una práctica de automatismo psíquico, la frase en sí pudo ser dictada por alguno de sus nuevos habitantes, y era evidente que tanto desde lo formal como en lo que hace al fondo, resultaba más apropiada para Vilches o dos Santos. Máxime teniendo en cuenta que la noche anterior el propio Vilches había salido fuera de él e iniciado el diálogo subsiguiente con la frase de Savater acerca de la muerte. Sí, probablemente fuera un con187

Gabriel Cebrián sejo práctico de Vilches, que, en una primera y lineal interpretación, parecía querer sugerir que ultimando a Calvo se acabarían todos sus problemas. Trató entonces de seguir canalizando al detective criollo, con esa especie de dependencia que lo compelía a pedirle más y más precisiones, aún cuando la experiencia indicaba que difícilmente las obtendría. Y así fue, nada más le fue dictado. Pensó entonces en recuperar el comando de su diestra e intentar, como le había sugerido Fito, la novelesca relación de los hechos que lo habían arrojado a aquellas extrañas circunstancias existenciales. La inició en varias oportunidades, y tachó otras tantas cada uno de los torpes proyectos, de modo tal que al cabo de unos minutos la hoja estaba cubierta por tachaduras. Solo una frase permaneció inmaculada, exenta de supresores rayones, Muerto el perro, se acabó la rabia. Pues bien, parece que tenía el epígrafe, y nada más. Aparte, no sentía ya los sensuales contactos de celulosas procesadas y sedosas fluideces de birome, lo que parecía abonar la hipótesis de la sublimación, tanto menos necesaria ahora, luego de semejante noche de lujuria. Mal que pudiera pesarle a Vilches, él era un escritor de computadora. La tecnología no solamente lo llevaba a visualizar mejor el producto acabado, en el remedo virtual de lo que más tarde sería papel impreso (tal detalle, baladí para algunos, resultaba capital para su capacidad de proyectar formas y contenidos), sino que le ahorraba tanto las numerosas tachaduras que su tentativa técnica constructiva requería, como el engorro de te188

Ignis fatuus ner que pasar más tarde todo en limpio. Está bien que esta última operación podría servirle para reformular y emprolijar determinados segmentos, pero de todos modos parecía ser un paso evitable en esa economía procesal que su tendencia a la holgazanería le imponía. En definitiva, el cuaderno y la birome quedarían allí. Si a Vilches le gustaban tanto, pues bien, que los usara él, entonces, cuando le viniera en gana. Sacó un banco de paja al jardín, trajo la pava y el mate recién cebado (otro dato demostrativo de la asimilación que estaba operando en él respecto de sus criollos huéspedes), se sentó al lado de los malvones y fue entonces cuando, ya firmemente convencido del significado inequívoco contenido en la única frase superviviente en el cuaderno, comenzó a delinear una estrategia que podría calificarse de homicida si se tenía la magnanimidad de considerar a Raimundo Calvo un congénere. Para eso necesitaba información, y no solamente la de la televisión o los diarios. Era menester que Carmelo dos Santos saliera de la madriguera. Bien demostradas estaban ya sus capacidades de mimetismo, el camaleón amnésico estaba en condiciones de pasar más desapercibido que el más moderno avión espía diseñado por los yanquis. Era esa viveza criolla que tantos campeonatos mundiales había conquistado aún a pesar de jugar con pelota de trapo. Unos remolinos de tierra le anunciaron que un auto se dirigía hacia allí. Esforzó su vista algo distorsionada por el aumento de las gafas, unas cuantas dioptrías mayor de las que de hecho necesitaba pero a las 189

Gabriel Cebrián cuales, aún a pesar del deterioro que probablemente estuviera causando a su vista, se estaba acostumbrando. A poco distinguió el auto de Fito, y se relajó. -Qué hacés, Barragán. -Buen día, pibe. ‘Tá linda, la mañanita, ¿no? -Se te está pegando el personaje, tené cuidado. -Al contrario, pué. Mejor ansí. Esos jué puta me van a pialar si les toca. -Está bien, capaz que tenés razón. Pero me gustaba más el escritor refinado y perverso. -Y qué le va’cer, patroncito. ¿Quiere un mate? -Bueno, pero dejémonos de pavadas. La cosa está muy grave. Estuve hablando con Tito. -Ah, ¿sí? ¿le dijiste a Tito que me veías? -Te manda esto –le tendió un Documento Nacional de Identidad a nombre de Carmelo dos Santos, nacido en El Dorado, Misiones, en 1954. Solamente faltaba la foto y la huella del dígito pulgar derecho, que quedaban a cargo del propio dos Santos. -Esto me viene fenómeno. ¿Tito quiere que me vaya del País? -Creemos que no hay alternativa. -Che, ¿y de dónde sacó Tito este documento? -Menos averigua dios y perdona. Aparte qué sé yo de dónde mierda lo sacó. El tipo tiene sus contactos, y vos lo sabés. -Sí, menos mal, ¿no? Y decime, ¿cuál es la causa del agravamiento de la situación? -Ninguna, objetivamente hablando. La tormenta mediática amainó un poco, pero no del todo ni mucho 190

Ignis fatuus menos. La gente de Calvo se ocupa de mantenerte en el candelero, y lo están apretando al Gobernador. -¿Al Gobernador? -Claro, boludo, vos viste que si esta gestión tiene un grano, es la policía. Lo estaban volviendo loco con los secuestros extorsivos, y ahora encima el célebre escritor que asesina a su mujer y desaparece en las propias narices de las fuerzas de seguridad. Dejan entrever connivencias y arreglos bajo cuerda para que desaparezcas. Claro que no pueden decirlo al firme, pero lo sugieren de todas las maneras posibles. -¡Qué hijos de puta! -Claro, es su forma de obligarlos a que extremen recursos y te atrapen de una vez. Aparte, este sitio ya no es seguro, ni para vos, ni para mí. -Te está dando miedito, ¿no, pendejo? -Puede ser. No todos somos tan inconcientes como vos, en todo caso, viste. -¿Te referís a algo en concreto, cuando decís que este lugar ya no es seguro, o es el propio ritmo de tus temores? -En principio, ya hay una persona más que sabe que estás acá. -Sí, Tito -Con Tito, son dos, entonces. -¿Quién es la otra? –Preguntó el Insigne, disimulando la certeza de que su amigo se estaba refiriendo a Lisa. Pero no. -Mi mujer. Se lo tuve que decir. Sospechaba que tenía otra mina, y apuntó a la casa ésta como el teatro de las operaciones de infidelidad. Pero quedate tran191

Gabriel Cebrián quilo, la amenacé de muerte si llegaba a abrir la boca. -Me imagino cómo te habrá puteado... -No, no creo que puedas imaginarte. -Bueno, ya que rompiste el corral, te voy a corregir. Son tres entonces, las personas que saben que estoy acá. -¡Le dijiste a Lisa, viejo degenerado! ¿No podés estar unos días sin ponerla, acaso? ¿Estás de joda? Nos estamos jugando por vos, y nos ponés en riesgo nada más que para echarte un polvo, no lo puedo creer... -Esperá un cachito, gil, no me hables así, y menos si no sabés cómo sucedieron las cosas. Yo no le dije nada. -Ah, ¿no? ¿Y cómo carajo te encontró, entonces? -Te siguió anoche a vos, pelotudo. Al rato que te fuiste apareció por acá y casi me mata del susto. Pero no te hagás problema. Si vos das fe por tu chica, yo doy fe por la mía. -Esto se está poniendo mucho peor de lo que suponía. -Dame dos días más. Dos días. -Oíme, me estás hablando como si te quisiera echar, che, cuando lo único que estoy tratando de hacer es evitar que te metan preso de por vida. Y también que me metan a mí, sino de por vida, por un largo tiempo. Esto no es un juego. -Ya lo sé. Igual, dame dos días. -Está bien, pero no hables más con nadie. Yo mismo le voy a decir a Lisa que ni se le ocurra volver a aparecer por acá. 192

Ignis fatuus -Está bien. -¿Qué pensás hacer? -Ya te vas a enterar. -No, decime, gil. No me voy hasta que me lo digas. -Vas a tener que dar más explicaciones a tu chica, en ese caso. -No te hagás el vivo y hablá. -Si te digo, te vas a poner más loco de lo que estás. -A ver, probame. -Muerto el perro, se acabó la rabia. -¿Acaso estás pensando...? -Sí, estoy pensando en matar a Calvo. Pero no fue idea mía. Fue idea de Vilches. -¡Oh, dios! ¡A mí solamente se me ocurre involucrarme con un enajenado en semejante historia! -En vez de quejarte y plañir como una vieja, pensá en el honor de participar en un suceso histórico como éste. ¿Qué querías? ¿Ser un crítico cinematográfico de cuarta toda tu vida? -Sí, pero si en este contexto me vas a dar a elegir, creo que preferiría cagarte a trompadas y lograr fama entregándote a los milicos. -Dale, probá, ¿a ver? -Dejate de sandeces. El alzheimer te está haciendo alucinar, y si te colgás en creer que sos Vilches vas a terminar preso, o muerto, directamente. -Dos días. Dos días y un arma. -¿Algo más? ¿No querés un vermouth con ingredientes? -¡Claro! Vamos a comprar. -Me sacás de quicio, ¿sabías? 193

Gabriel Cebrián -El incoherente sos vos. Jamás podría sacarte de donde nunca estuviste. -Seguime –le indicó Fito, y se dirigió al galpón en donde estaban guardadas las herramientas, todo otro tipo de porquerías y fierro viejo en desuso. Hurgueteó un rato detrás de unos asientos metálicos y un elástico de colchón, y finalmente dijo –Acá está.Extrajo una vetusta y oxidada escopeta del doce, y se la tendió. -Dije que necesitaba un arma, idiota, no una antigüedad. -Es todo lo que te puedo conseguir. No pretenderás que como están las cosas, vaya y te compre una Rugger, o un Magnum 357... ahí tenés aceite, estopa, herramientas, no sé. Si la hacés funcionar, mejor, y si no, procurate una vos. -Y postas, ¿tenés? No pretenderás que le tire al pajarraco ése con municiones, como si se tratase de una perdiz... -Fijate, por ahí deben andar. No sé si estarán buenas, pero seguro que hay. El abuelo no cazaba perdices, cazaba chanchos salvajes, jabalíes, ciervos, esas cosas. -¿A quién saliste tan maricón, vos, entonces? -Qué pelotudo que sos. -¿Vamos por el vermouth? -Oíme, viejo boludo, yo desaparezco, ¿okay? Tenés hasta el lunes a la mañana. Cualquier cosa llamame y vemos como hacemos para que puedas salir del país. Ah, y tomá –le tendió las llaves de un automóvil. –Compré (con tu guita, por supuesto), una ca194

Ignis fatuus mioneta rastrojera toda hecha mierda, que al palurdo de dos Santos le va a quedar pintada. Pensé que la podías necesitar. Está estacionada justo enfrente del bar de Pedro. No me pidas papeles, precisiones de dónde viene, ni un carajo. La compré así, de toque. No esperarías que ponga firmas o cosas por el estilo. -Está bien, Fito, los papeles son pa’los perros’e criadero, diría dos Santos. -Cuidate, viejo puto. Y tené cuidado con lo que vas a hacer. -Perdé cuidado, pibe, y sabés qué... -¿Qué? -Te debo una. -Me debés varias, no una. -Está bien, te debo varias. En serio, gracias. Mientras se abrazaban, emocionados hasta un punto tal en el que las lágrimas los arrojaron a conflictos con su huraño sentido de la virilidad, un viento fresco sacudía la copa de los árboles.

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Gabriel Cebrián

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Ignis fatuus

Cuarta parte (Triunvirat’s revenge)
El ataúd de oro está montado sobre un cuidadoso proscenio de vanidades. Contiene varios cadáveres porque la muerte del rico es múltiple no la seca y sola del pobre diablo. Bullen adentro las fuerzas animales que educó la infamia el maelstrom de la ignominia y esa inmunda jalea de náuseas que fabrica sardónicamente el poder del dinero (Fragmento de “Obituary”, de Juan Filloy)

I

A eso de las seis de la tarde ya había puesto en condiciones el arma (lo que no se limitó a limpieza y aceitado, sino que incluyó corte de caños y de culata para poder portarla con mínima discreción), y había hallado una veintena de proyectiles con posta. Probó algunos contra un pobre eucaliptus que asumió con su grandioso quietismo los tremebundos impactos. Con un poco de suerte, la escopeta ahora recortada iba a proseguir con lo que parecía haber sido su leitmotiv, o sea, matar cerdos. 197

Gabriel Cebrián La guardó en un bolso, se puso una camisa grisácea por la mugre, pantalones emparchados, un par de alpargatas desflecadas en la punta, un sombrero negro de fieltro de ala redonda, pañuelo al cuello a pesar del calor, los anteojos, y salió. Tomó un ómnibus y se apeó en 13 y 42, justo en la esquina del bar en el cual pocas noches antes había estado bebiendo y leyendo poemas con Rosario. Ciertamente, parecía ser otra persona en el ahora que fue por allá por febrero de 2004, y tal vez de hecho lo fuera, al menos en un sesenta y seis punto seis por ciento. Caminó las nueve cuadras que lo separaban de la camioneta, entró al bar de Pedro, saludó con un güenas y santas, se tomó un par de Cubanas Sello Rojo, comprobó que nadie lo había reconocido -aún a pesar de la asiduidad con que solía ir allí-, intercambió algunos comentarios sobre temas habituales en ese tipo de ámbitos, y se retiró. Subió a la rastrojera e hizo votos para que fuera sencilla de manejar. No era un conductor muy experto que digamos, ya hemos hecho mención a la escasa empatía existente entre los poetas y los automóviles. Recordó que para encender el motor de los gasoleros era necesario calentarlo primero con un botón. Por suerte su escasa ciencia en estos ítems le alcanzaba para darse cuenta, el estúpido de Fito podía haberle avisado, aunque tal vez fuera tan obvio que supuso que no hacía falta, por lo visto, pero lo que es, tratándose de él, no hubiese estado de más. Luego de buscar un rato lo halló, lo mantuvo presionado quizá más tiempo del debido y luego dio arranque. Funcio198

Ignis fatuus nó. En fin. Tomó la larga palanca de cambios rematada en una bocha de superficie transparente y con un dibujo en su parte superior que era el colmo del mal gusto, la llevó a la posición en la que usualmente está la primera marcha, aceleró, fue soltando lentamente el embrague, y la carreta aquella echó a andar por la calle 21. Llegó a la 39 y bajó hasta la 14, dobló siguiendo el contorno de la Plaza Belgrano y aparcó en 40 entre 15 y 16, a pocos metros de donde había vivido hasta hacía solo unos cuantos días. Bajó, bolso en mano, y caminó hacia el espacio verde en el que había conocido a Rosario, congratulándose que la noche ya había caído y esperando hallar, sino a ella, a sus amigos o a alguien que le pudiera dar precisiones. Observó que el banco que había ocupado aquel día estaba disponible; y supuso tal vez merecedor de cabalísticas compensaciones el hecho de sentarse allí mismo, así que lo hizo. A continuación se percató que unos cuantos metros más allá había tres jóvenes, uno de ellos tocando la guitarra como la otra vez. Podían ser los mismos, sí señor, aunque lamentaba no haber extremado su atención en fijar algún rasgo o carácter particular en ellos, reservando, como lo había hecho, la mayor parte de dicha atención para la mujer, pero bueno, qué sabía entonces... Se quedó un rato viéndolos. Bien podrían ser ellos, pero con los estereotipos de hoy día, bien podría ser también que fueran otros parecidos. Finalmente, la fisiognómica y la estadística arrojaron un saldo muy exiguo en favor de la positividad del reconocimien199

Gabriel Cebrián to, de modo tal que eventualmente actuaría, en caso de encontrarse en secuencia y proyección positiva, concatenando certezas y asumiendo solamente riesgos calculados. Entonces apareció la señal que estaba esperando, y que lo determinó a obrar rápida y sigilosamente. El guitarrista terminó un tema en tiempo de blues con varios mandobles de mano derecha, los otros chillaron y emitieron un par de chiflidos. Luego se levantaron, estrecharon la diestra de los mandobles, lo saludaron con un beso y se marcharon. El guitarrista quedó solo. El guitarrista había estado la otra vez, él era la pauta variable que, si bien común, no lo era tanto. Dio la vuelta y lo sorprendió por detrás. Se sentó al lado de él, aprovechando que estaban en plena oscuridad, ustedes saben cómo son estos chicos que andan ocultos y preferentemente en las sombras, claro. -Si respirás, te quemo –le advirtió, mientras apretaba con fuerza el caño recién cortado y sin limar sobre las costillas del pibe. -¿Qué pasa, tío? –Preguntó éste con aplomo, cosa que agradó bastante al Ilustre. -Ni me mires. Necesito que me digas qué sabés de Rosario. -No hace falta que lo mire, tío. Mire, no me vaya a matar, ¿quiere?, pero usted es Barragán. -¿Cómo sabés? -Antes que nada diga, tío, usted mata minas, nada más, ¿no? No me va a decir que me va a matar a mí. Déle, tío, no va a ser tan hijo de puta. Yo no le hice 200

Ignis fatuus nada, y si quiere le digo lo que sé, pero no me vaya a matar. -Vamos a hacer una cosa, vamos a negociar. ¿Qué tengo, yo? -Qué sé yo, un quilombo bárbaro... -No, estúpido. Tengo tu vida. Tengo tu vida en el índice de mi mano izquierda, tarado, ¿estás tan drogado que no te das cuenta? -No, por desgracia. -Dejá de hacerte el vivo, si sabés tanto debés darte cuenta que estoy jugado, y que no pierdo nada si te meto nueve plomos en el cuerpo. -Ya lo sé, tío, por eso le digo. -Decime, ¿qué sabés de Rosario? -Y, mire, yo supongo que le llama Rosario a Vilma, la rubia ésa amiga nuestra. Bah, amiga, algo así. -¿Vilma? -Sí, la mina esa que lo encaró a usted, allá mismo en aquél banco, hace unos días. -Me dijo que se llamaba Rosario. -Bueno, a nosotros nos dijo que se llamaba Vilma. Igual, ahora ya no importa. -¿Por qué decís que no importa? -Porque le haya mentido a quien le haya mentido, la pobre no le puede mentir más a nadie. -¿La mataron? -Mire, don Barragán, hágame un favor, saque el dedo del gatillo, ¿quiere? Se está poniendo nervioso y yo no constituyo una amenaza, fíjese. Y me voy a morir de un infarto si sigue así, y no le voy a poder decir nada. 201

Gabriel Cebrián -Dale, hablá. -¿No la mató usted? -Yo no maté a nadie, pelotudo. No quieras ser el primero. -Hacía unos días que no la veíamos. Recién los pibes me contaron que vieron en el noticiero, hace un rato, que encontraron el cadáver escondido en su departamento, estrangulada y con unos papeles en la boca. -Los anónimos... -Ah, no sé; mire, tío, yo le digo lo que sé, nada más. -¿Lo conociste a mi hijo? -¡Claro! Éramos amigos. -¿Es cierto que salió con esa Rosario, o Vilma, o como carajo sea que se llame? -Se llamaba, tío, que en paz descanse. -Si puede. -Eso, si puede. Pero eso es lo que un poco nos va a pasar a todos, no cree?

II

El chico lo desconcertaba con su frescura y esa especie de inteligencia natural cuya simpleza y objetividad, aún en una situación límite como debía ser aquella, lo hacían dar voz a ideas incluso de alcance filosófico. Definitivamente le simpatizaba. Tal vez el bribonzuelo estuviese acostumbrado a ser apuntado con armas, o a situaciones por el estilo, pero era éso, finalmente: una cuestión de estilo. El pibe, basto 202

Ignis fatuus en sus expresiones y seguramente ignorante, tenía estilo. De algún modo le recordó a sí mismo, antes de caer en las garras de la literatura para caer luego en las garras de las mujeres, y así, sucesivamente, cada vez en peores garras. No iba a matarlo. Aparte, había sido amigo de su hijo. -Me parece que tendríamos que hablar un rato largo. -Mire, tío, yo no tengo ningún problema, pero si me deja de apuntar. Yo era amigo de Lucas, y puedo ser amigo suyo también, pero únicamente si deja de apuntarme. -Está bien; te invito a un trago. -¿Puede ser una pizza acá en Gor-II, en la diagonal? -Está bien, pero hay mucha gente, ahí. -¿Y qué importa? ¿Piensa que lo va a reconocer alguien? Mire cómo está disfrazado... -¿Te parece que estoy bien? -Impresionante. -¿Me habías visto antes? -No, la verdad que no. De lejos, nomás, la otra vez. -¿Entonces, ¿cómo sabés? ¿Acaso se nota tanto que es un disfraz? -No, tío, para nada, pero usted no me entiende. Yo digo antes. Ahora estoy podrido de ver imágenes suyas en la tele. -Ah, sí claro. Lo que pasa es que me olvido que soy tan famoso. -Si le parece... -Vamos, entonces. Lo único, que me vas a tener que aguantar hablando en tono provinciano. 203

Gabriel Cebrián -Déle, vamos a hacer de cuenta que usted es mi tío del campo. ¿Cómo se llama? -Carmelo –dijo, y sintió que desde la oscuridad Vilches, o tal vez el propio dos Santos, le pateaba los talones. -Encantado, don Carmelo. Yo soy Diego. Entre especiales, fugazzas y cerveza, el Inefable se enteró que Rosario o Vilma no había tenido una relación muy formal que digamos con Lucas. Ella era la que les proveía la cocaína, que todos decían que venía de una línea que estaba protegida por un capo de la política. En definitiva, todos lo habían intentado, pero el único que había conseguido irse a la cama con ella, había sido Lucas. Era una cierta ternura lejana la que los unía, lo que hacía obvio que por razones, si se quiere económicas o de supervivencia, el cuerpo de la jovencita pertenecía a alguien más, a alguien muy poderoso. Por supuesto que no tenían ni noción de quién era, aunque para el Poeta fuera claro como el agua. En su interior, tanto él como Vilches y dos Santos hervían en deseos de ejecutar la necesaria y justa venganza que el degenerado ése merecía desde hacía rato y que parecía que nadie en este bendito país sino ellos tres podría ejecutarla alguna vez. Ya era mucho más que venganza, era casi una cuestión de equilibrar un poco las fuerzas cósmicas de este lado de la eternidad. No podía ser que una aberración humana como ésa siguiera pululando, maquinando y destruyendo seres inconmensurablemen204

Ignis fatuus te mejores que él en cualquier sentido que quisiera verse. Diego le contó unas cuantas anécdotas de Lucas, y el Insigne pudo de aquel modo tomar contacto, aunque fuese indirecto y extemporáneo, con una faceta de la personalidad de su hijo que probablemente no hubiese descubierto nunca, reacios como son los jóvenes rebeldes a dar traslado a los padres de su vida social. En la osadía que trasuntaba de alguna de estas historias, en el coraje y lealtad demostrado en otras, el Artista no solamente halló elementos muy valiosos e inesperados, sino que recordó su propia y contestataria bohemia juvenil. Cuando las lágrimas acudieron a sus ojos, dio la bienvenida a toda esa emocionalidad que días antes lo sorprendía con su ausencia, y todo este torrente de sentimientos confluyó indefectiblemente en un único y excluyente canal: el del odio y el deseo de venganza contra los que habían ejecutado toda esa retahíla de infames asesinatos. Esas burbujas de odio emergente en lágrimas y seguramente también en sonrojo fueron estalladas por el joven, que luego de beber un buen trago de cerveza y encender un cigarrillo, dijo: -¿Y qué piensa hacer, don Carmelo? ¿Seguir disfrazado y huyendo toda la vida? -Hablá despacio, pendejo. -Está bien, disculpe. -Te estás jugando las pelotas vos, también. Si te agarran conmigo, por ahí de la yuta zafás, pero no de la mafia que mató a tu amigo y a Rosario. -¿A qué amigo? 205

Gabriel Cebrián -A Lucas. Lo mataron los mismos hijos de puta, con merca envenenada, que seguro le hicieron llegar por Rosario. -Usted se refiere a Vilma... -Otra vez... -¿Y por qué hicieron semejante cosa? El Inefable se acercó a Diego y le dijo en un susurro: -Para pegarme a mí. Por unas notas que escribí en el diario sobre ese Raimundo Calvo, que después terminó preso. Y después, mataron a mi ex mujer, cuidándose muy bien de inculparme con miles de pistas falsas. Y ahora, por lo visto, a nuestra amiga Vilma, o como carajo se haya llamado. Diego se había quedado de una pieza. Toda la jovialidad y la frescura que tanto habían llamado la atención de Barragán se esfumaron en un instante, para dejar espacio a una expresión de odio, que se proyectaba al vacío en una mirada que si bien, impregnada como estaba de la pasión referida, traslucía asimismo una fría concentración, una maquinación ferviente. Al cabo de unos instantes, y sin apartar la mirada del vacío ni modificar un ápice de su expresión, dijo: -Le reitero entonces la pregunta, don Carmelo: ¿qué piensa hacer? -¿Qué harías vos? -Yo que usted, voy y los mato a todos. -Efectivamente, eso es justo lo que voy a hacer. -Si necesita ayuda, no tiene más que avisarme. -Estás loco. No sabés en lo que te estarías metiendo. 206

Ignis fatuus -Mire, usted tiene sus códigos, y yo los míos. Le acabo de contar las veces que Lucas saltó por mí, y créame que no voy a volver a dormir tranquilo si sé que pude hacer algo por él y no lo hice. -Yo te agradezco, pibe, pero... -No me agradezca nada, yo no haría nada por usted. Es por Lucas, ¿entiende? -Creo que sí. De todos modos, no quisiera involucrar a nadie más en este asunto. Es una máquina de picar carne. -Mire, don Carmelo, usted acá tiene un aliado, y probablemente, por carácter transitivo, un amigo; y me parece que como están las cosas, no puede andar dándose el lujo de rechazar ayuda. -Eso es cierto, pué –dijo, utilizando el tono gauchesco más en broma que otra cosa, ya que el bullicio del salón les había permitido hablar cómodamente, sin temor a ser oídos.

III

Aparcó la rastrojera al lado del caminito de piedra y detuvo el motor. Se veía luz en la ventana de la sala, aunque recordaba haber dejado todas las luces apagadas. Tal vez fuera Fito, pero no veía su auto. Lisa no tenía llave. Sacó la escopeta del bolsito y se dirigió hacia la casa, en todo caso se iba a llevar alguno antes de que lo bajen. Pero Fito se apresuró a abrir la puerta y venir a su encuentro. 207

Gabriel Cebrián -¿Adónde te metiste? -Loco, pará que no sos mi vieja, eh. -Escuchame, tarado, la cosa está cada vez más podrida y vos jugando al detective, por ahí. -No, claro, si me voy a quedar sentado esperando que me vengan a buscar... -¡Te tenés que rajar! ¡Y ya mismo! -Sabés que tengo un par de cosas que hacer, todavía, antes de rajarme. Entraron. El Egregio dejó bolsito y escopeta sobre la mesa, tomó un vaso y se sirvió whisky de la botella que había traído y estaba tomando Fito. -¡Mirá lo que le hiciste a la escopeta! Sos un fantasma, vos... ¿qué pasa, che? ¿Estás viendo muchas películas? -Quedó bárbara. -Te enteraste, ¿no?, lo de la mina esa que apareció estrangulada y con los anónimos del Tape Millán adentro de la boca... -Sí, me enteré. Pero no tengo casi detalles. Contame. -La encontraron en tu casa, adentro de un placard. Ya hacía como tres días que la habían puesto allí, según los peritos de la policía. No sé más nada, salvo que los medios dicen que te volviste loco, y viendo cómo actuás casi como que da para creerles. -Bueno, evidentemente, esto te supera, y realmente, no tenés la culpa, es un bardo muy jodido. Así que sabés que, yo me voy, gracias por todo, y nos vemos. -No, pero es que no es así... 208

Ignis fatuus -Ah, ¿no? ¿Cómo es? Mirá, yo te digo cómo es: tu novia ve el noticiero y te hace un escándalo de órdago, y, sabés qué, tiene razón. Se caga encima, con toda la razón del mundo, te contagia todos sus sensatos temores, y vos venís acá y te creés con derecho a tratarme como si fuera un tarado, e incluso te da por pensar que hasta por ahí es cierto que ando matando gente. Mirá, yo tengo algo que hacer, estoy solo y jugado, no puedo aceptar ayuda de personas que no están solas, como es tu caso, y de la cual dependen otras más; no puede la manzana podrida que soy podrir a cuantas personas se acerquen. Tengo que terminar cuanto antes con esto y desaparecer. Ahora tengo la camioneta, no preciso más la casa. Terminaba de dar voz a estas consideraciones cuando golpearon a la puerta. Fito abrió desmesuradamente los ojos, en tanto Barragán echaba mano a la escopeta. Mas enseguida se hizo audible la voz de la amante del Insigne: -Don Carmelo, soy yo, Lisa. -Ya te abro. -¿Ves lo que te digo? Ya parece el Rancho de Goma, esto. -Siempre fui un tipo muy social, viste. Lisa entró y no mostró la menor sorpresa por hallar a Fito, a quien saludó con toda naturalidad y le dijo: -Sabía que estabas. Estacioné allá en el camino, a unos cincuenta metros de tu auto. -Vos sabés que cada vez que hacemos movimientos como éste nos ponemos en riesgo todos, ¿no? –Preguntó Fito, pero no halló respuesta, y probablemente 209

Gabriel Cebrián ni siquiera haya sido registrado, ya que Lisa estaba abocada con el Artista a la ejecución de un efusivo y apasionado beso de reencuentro. Entonces se ofuscó, y dio voz a una sarta de consideraciones acerca de la liviandad e irresponsabilidad con la que estaban tomando todo aquel escabroso asunto. El Maestro hizo caso omiso de todas aquellas observaciones críticas, pero Lisa, dispuesta a meter baza en un asunto que revestía capital importancia para una mujer que se preciara de tal, como lo era seguridad de su hombre, recogió el guante: -Mirá, Fito, tanto Daniel como yo te estamos infinitamente agradecidos por todo lo que hacés, pero levantá con esos aires de líder autoconvocado que asumís, porque las decisiones finales, las toma él. El hecho de que le prestes ayuda no quiere decir que tenga que hacer lo que le decís vos. Si vine a estas horas, no es por un capricho de pendeja, sino porque tengo información que puede resultar vital. -Te escucho –indicó el Inefable, mientras servía un vaso de whisky para la dama. -Esta mañana fui con un tasador a la quinta que tiene mi ex marido en City Bell, por esos temas de la división de bienes, y eso, ¿no? -Sí, ¿y? -Que el casero -con el que dicho sea de paso siempre tuvimos mutua simpatía-, se me acercó y me dio charla, preocupado como está por la eventualidad de quedar sin casa y sin trabajo. Y entre una cosa y otra, me comentó que mañana a la noche se reunirían 210

Ignis fatuus ahí Ezequiel, Calvo y tal vez dos o tres más, a comer un asado y ver el fútbol. -Eso es muy interesante –observó Barragán. -Si lo decís por lo que estoy pensando, fijate, que es la mejor manera de agregar más locura y más sangre. -Mirá, Fito –repuso Lisa-, ni vos ni yo tenemos hijos, así que respetá un poco. Tratá de ponerte en el lugar de él y pensá qué habrías hecho en el caso de que venga un hijo de puta y te mate a tu hijo. -Está bien, puede ser. Lo que yo no quiero es que lo maten a él, o lo metan en cana, nada más. -Muchas veces, la muerte no es lo peor que te puede pasar –dijo el Magnificente, con tal gravedad y convicción que una atmósfera pesada de honorabilidad trascendente los cubrió. Permanecieron en silencio unos instantes, al cabo de los cuales Fito entendió que estaba de más allí, interrumpiendo con su presencia lo que bien podía ser la última noche del guerrero antes de la contienda final.

IV

Barragán tomó la iniciativa. Se acercó a la hermosa mujer con un ansia desesperada, que no obstante decidió canalizar poco a poco; beber sorbo a sorbo de aquel néctar que le regalaba la vida entre tantos ríspidos sinsabores, extraer gota a gota el elixir de esa joven beldad con la paciencia, el esmero y el deleite 211

Gabriel Cebrián de un maestro perfumero parisién, con la gozosa codicia del niño que se empeña en hacer durar el dulce largamente esperado. La besó extensa y dulcemente en la boca, encandilándose con algo que bien podría ser asimilado a lo que la gente llamaba “amor”. Claro que de todos modos había cierta urgencia sexual, allí estaba también esa compulsión instintiva que tantas veces lo había llevado a confundirse; pero lo más novedoso, llamativo y podría decirse que trascendental, en este contexto abrasado por los fuegos de una amarga épica en ciernes, era que por vez primera en casi medio siglo sentía que era capaz de entregar su vida por alguien, sin pestañear. Por supuesto que, con similares inquietudes y sintiendo en su fibra más íntima cada una de las vicisitudes emocionales que hemos descripto en el Ilustre, mas condenada a ese sentimiento ígneo, desbordado y desaprensivo de sí mismo propio de las mujeres de su tiempo y condición, Lisa comenzó a desnudarse y a desnudar a su compañero; ya estaba bien de romanticismo, y no tenía por qué disiparse tal idealizada proyección afectiva nada más por pasar a los dulces ajetreos de la carne. Fue entonces que el Maestro, de algún modo manteniéndose en sus trece y dispuesto, como decíamos, a examinar todas esas nuevas sensaciones que tenían que ver con el sexo pero que transcurrían por otros carriles, se retiró un poco, tomando para sí la tarea de desvestirse y observando la especie de strip-tease que, algo tímidamente pero con encantos de sobra como para suplir cualquier falencia técnica, le mos212

Ignis fatuus traba aquella mujer que estaba desbaratando, como si fuese un castillo de arena, su autosuficiencia. Terminado que hubieron de desvestirse, observándose uno al otro con expresión de desesperada codicia, él sintió que debía mantener esa iniciativa, y que necesitaba explorar mucho más esa zona intermedia antes de caer en la desesperación carnal, en el sexo de penetraciones, caderazos y eyaculaciones, fisiología desatada y a ultranza tan banal como todo otro proceso de esa índole, pensó ahora, que una nueva puerta se había abierto y el camino de su vida se resistía a seguir atajando por cualquier túnel vaginal que quedara de paso. Así que comenzó a besarle los pies, esos pies tan pequeños y perfumados, esa piel tersa, esos finos tobillos que ni el mejor escultor renacentista podría haber modelado mejor, el contacto de estas exquisiteces con sus labios, con su mucosa bucal, su lengua amante y desesperada por dar placer a la ninfa, que a su vez gemía queda y sensualmente, mientras se acariciaba el clítoris. Entonces fue Vilches quien tomó las riendas del asunto y dijo ya está bien, Barragán, esta mujer ya está a punto de caramelo, no vaya a ser cosa que se te pase, e inició una ascención con la punta de su lengua por la parte interna de las piernas, generando así una suerte de gorgoteo en la garganta de la festejada, que tosió levemente, los humores desbordándose en más de uno de sus conductos, del mismo modo que sucedía a Vilches, quien sentía ya fluir sus secreciones prostáticas. 213

Gabriel Cebrián Se detuvo largo rato lamiendo las ingles que enmarcaban, junto con el hermosísimo pubis, una vulva digna de ser exhibida en el Louvre. Al cabo pasó a besar delicadamente la fuente de ese suave olor a mujer que la beldad le regalaba, entregada a muerte, y no fue más que juguetear unos momentos con el henchido botón del placer, que ella lo tomó fuertemente de los cabellos, lo apretó contra su vientre y se descargó larga y ruidosamente en su boca. Vilches ya había tenido lo suyo, así que lo corrió y siguió con la maniobra de besuqueo hacia arriba, el escultural vientre, el delicado ombligo, la dulzura de aquellos pechos a la vez voluptuosos y esbeltos... casi no era capaz de soportar, sabía que eyacularía con solo ingresar al vientre que ahora, trémulo de deseo, se le aparecía como el templo de eso que llamaban amor. Después la besó en la boca, mientras ella le acariciaba la enorme y febril erección. Fue entonces dos Santos el que la penetró, y cómo sería su grado de excitación que a pesar de las lubricaciones naturales y el intenso juego previo, sintieron ambos un pequeño desgarramiento en el ingreso. No fue más que presionarse tres o cuatro veces que se fueron juntos a ese infinito que dicen que equipara el coito a una pequeña muerte, en un orgasmo dilatado y simultáneo que los dejó largo rato agitados, y bañados en transpiración. El Inefable, tendido y conmocionado como nunca antes había estado por una cuestión de éstas, y con ese ánimo experimental frente a lo inédito de la situación, la besó larga y tiernamente. El sentimiento seguía allí. Es más, in214

Ignis fatuus cluso después del acto, era aún mayor. Debe ser amor, entonces, se dijo, mientras Vilches y dos Santos reían y meneaban las cabezas.

V

Como podrán advertir, muchas veces los planes más descabellados hallan consecuciones que desafían todo cálculo previo. Me estoy refiriendo específicamente al plan cuya necesidad el Ilustre se planteaba ya en la primera línea del presente reporte, y que no era otro que ingresar en una etapa reflexiva, que le permitiera poner en orden sentimientos, modo de vida, proyecciones profesionales, etcétera. Y luego vimos cómo la vorágine de los acontecimientos lo dejó en las circunstancias más azarosas a las que puede verse arrojada una persona, y en su momento hicimos también mención de lo absurdo y dificultoso que podía resultar tal ejercicio introspectivo en la zaranda de avatares criminales que lo sacudió. Pero como dije, hay veces que tales utópicas propuestas, a pesar de cualquier pronóstico razonable, se realizan no solo a pesar, sino gracias, a lo que en principio pudo ser considerado escollo insalvable. Tal vez si las fuerzas de su vida no lo hubieran tironeado del modo que lo hicieron, nunca el Insigne hubiese conocido el amor, como tampoco se hubiese permitido replantear la lamentable y extemporáneamente trunca relación con su hijo Lucas. Por supuesto que 215

Gabriel Cebrián los asuntos relativos a su profesión de periodista, como así también los atinentes al oficio de escritor, habían perdido toda importancia. Podía, sí, eventualmente y a futuro, escribir la novela que siempre había pensado coronaría su condición de artista. Pero ésa ya sería una cuestión de mero ejercicio, porque no tenía persona en la cual hacer recaer laureles. Ninguno de los tres apetecía las lisonjas y panegíricos. Vilches y dos Santos, inhibidos por su parquedad y templanza criollas, y Barragán, que ya no necesitaba hacer lo que había hecho toda su vida, desde que decidió escribir para seducir mujeres, que no había sido otra cosa que sublimar. Esta última certeza le quitaba toneladas de encima; siempre se había sentido un poco culpable por el sufrimiento que involuntariamente había provocado a sus amantes, cuando no había tenido oportunidad de discriminar entre afecto y sexualidad. No era su culpa el haberse enredado accidentalmente, como asimismo lo habían hecho ellas con él, a la deriva en esa inconciencia que es insoslayable para quien no conoce opción. No era victimario, y tampoco víctima. Era simplemente un eslabón más en una ingente cadena de acontecimientos, aleatorios a la manera de democriteanos átomos girando, chocando, uniéndose y separándose en el vacío, según su mecánica de caóticos tropismos. Ahora, a contrario, había creado en él un centro estable, en el cual podía mantenerse firme y decidir más allá de los azarosos arbitrios que habían determinado su vida hasta entonces. Esa misma noche iría a matar a Calvo, a Ezequiel y probablemente 216

Ignis fatuus también a los que estuvieran con ellos, y eso no constituiría un acto reprochable en términos éticos, no solamente porque los bastardos merecían morir en su ley, la ley de los asesinos, sino porque los hechos-fuerza puestos en juego por ellos mismos y por la propia interacción con él, hallaban necesariamente esa única vía de resolución. Ejecutaría, sí, ese inevitable mandato que la realidad le imponía; se dejaría llevar por esa inercia que determinaba invariablemente los sucesos en el mundo real. Pero lo haría con una ventaja envidiable: con ese centro inconmovible que había hallado buceando en el cuerpo y los sentimientos de Lisa, los que a su vez, y de un modo inédito, lo habían puesto en contacto con los suyos propios. Detuvo la rastrojera en 12 y 40, frente a la plaza. Diego, como de costumbre, conversaba con sus amigos, guitarra en mano. Al cabo de unos momentos lo vio, dijo algo a los camaradas y fue hacia la camioneta. Saludó, dio la vuelta, ingresó y cerró la puerta. Daniel puso en marcha el motor y partieron. -¿Qué les dijiste a tus amigos? -Les dije que era mi tío del campo. -Está bien; aparte, quién te dice que no sea cierto. -¡Claro! -Dijiste que te viera si llegaba a necesitar ayuda. -Por lo visto, parece que necesita. -Sí, pero no estoy muy seguro de pedírtela. -¿Por qué dice eso? -Porque puede ser muy peligroso. 217

Gabriel Cebrián -Ay, don, mire cómo tiemblo... -No te hagás el guapo, que por menos he visto cagarse encima a tipos más duros que vos. -No pasa nada, don Barragán. -Don Carmelo decime, boludo. -Sí, está bien. -Si me preocupo, es porque no me gustaría que tus padres vayan a pasar por lo mismo que pasé yo. -Mire, por eso no se preocupe. Mi vieja murió hace años, y mi viejo está todo el día borracho, y ya me echó tres veces de la casa. En cualquier momento me da el olivo en forma definitiva. -Bueno, en todo caso, a mí no me gustaría que te pasara nada. -A mí tampoco, pero qué va’cer. Es necesario correr riesgos, a veces, para vengar afrentas y mantener la dignidad. ¿No le parece? -Yo no podría haberlo dicho mejor. -Ahora, digamé: ¿está seguro, sabe a ciencia cierta que las cosas son como usted dice? No iremos a darle el palo a gente que por ahí no tiene nada que ver... -Está todo chequeado, no tengas dudas. -Siendo así, estoy adentro. A propósito, ¿adónde vamos? -Vamos a un bar, acá en Tolosa. Vamos a integrar una pequeña reunión. Llegaron a algo que parecía el buffet de un club barrial, muy rústico y oscuro. En el interior, contrastando con las características del lugar, tres individuos de traje y una mujer elegantemente ataviada se 218

Ignis fatuus volvieron sorprendidos hacia ellos. Lo que entonces no sabía Diego, es que aquellas personas eran Fito, Tito del Río, Ignacio y Lisa. Ésta última, a indicación del Poeta, había sido la organizadora de aquél encuentro. Ignacio tomó las manos del prófugo y las apretó, visiblemente emocionado. Lisa no tuvo ningún empacho en comerle la boca. Fito y Tito mantuvieron una tensa compostura, contrariados como estaban por la aparición de aquel jovenzuelo casi imberbe. Notando dicha molestia, Barragán lo presentó: -Él es Diego, amigo de Lucas. Fito, Ignacio, Tito y Lisa. -Encantado. -¿Puedo preguntar qué hace el pibe éste acá? –Preguntó Fito. -Sí, podés preguntar pero no podés cuestionar. Ya te dije, Diego era amigo de Lucas... -Soy, amigo de Lucas –lo interrumpió para corregirlo, corrección que el Ilustre aceptó de muy buena gana. -Claro, perdón, es, amigo de Lucas. Y está acá porque le sobran inteligencia y cojones para ayudarme en la operación de esta noche –esto, dicho también para contrastar tales virtudes con la carencia de las mismas, al menos, en el caso de Fito. -Mirá, Daniel –comenzó Tito, estirándose el cuello de la camisa con los dedos en un movimiento que denotaba claramente su profundo embarazo-, yo en realidad vine a pedirte que desistas, que no te conviertas en lo que son ellos, vulgares asesinos. 219

Gabriel Cebrián -Lo de asesino, te lo acepto. No creo, de todos modos, ser vulgar. Y mucho menos me sentiré así cuando haya puesto las cosas en su sitio. Si viniste a eso, y nada más, ya te podés ir. -No oís razones –aventuró Fito, para no dejar pasar tan rápidamente la ponenda de su jefe. -Yo tengo la misma percepción que ustedes. Voy a oponer una razón de peso. Vos, Tito, tenés hijos. Podés ponerte en mi lugar. ¿Qué harías si un bastardo te mata un hijo y después te tiende trampas que indefectiblemente darán con tus huesos en la cárcel? No me contestes, no hace falta. Te conozco, harías lo mismo que yo. Y probablemente, yo me vería obligado, en ese supuesto, a decirte cosas tales como las que acabás de decirme. Así que terminemos con esta farsa y vayamos a cuestiones operativas. ¿Me consiguieron un arma? -Sí, una Browning. –Respondió Tito. -Espero que te des cuenta hasta qué punto nos estamos arriesgando por vos –señaló Fito, que no podía ocultar su ofuscación por lo que consideraba un desplante, en su interpretación de que Barragán hubo presentado los méritos de su joven socio en desmedro de los de él, fundamentalmente. -Loco, terminala, con esa cantinela –volvió a observar Lisa. –Te ponés pesado, eh. Acá el que va a ejecutar la acción, y se hace cargo de todo es Daniel, así que terminá con todas esas cuestiones. -Mirá, vos mejor no sigas contribuyendo a su desequilibrio. 220

Ignis fatuus -Fito, mirá, si no te callás, te voy a tener que cagar a trompadas –Dijo el Insigne, en un tono que no admitía réplicas. -No hace falta que se pongan así, che. –Intentó contemporizar Ignacio, y añadió: -En serio, Fito, las cosas ya peor no pueden estar. Y si el hecho de ser amigos de Daniel nos expone a determinados riesgos, en razón de una desgracia personal tremenda e inmerecida, pues asumámoslos y dejémonos de joder. -Tampoco es para tanto, che. Nunca los voy a batir, y llegado el caso asumiré, como corresponde, la responsabilidad total de los hechos. Y la asumiré no sólo sin pesar, sino con orgullo. -Vamos al punto –propuso Lisa, que era conciente de que quedarse allí más de la cuenta podía generar dificultades. –El casero de la quinta se llama Dionisio. Hoy le dije que esta noche iba a ir un tal Carmelo a hablar con él. -Sos un fenómeno –observó el Inefable, trasuntando en la voz y en la mirada ese nuevo elixir con que la vida lo había regalado a través de aquella mujer. -El tema es así: Estando solo, nomás, el cagón de Ezequiel tiene prohibido abrir la reja de noche. Mucho más si está allí un pez gordo como Calvo. -¿Entonces? -Le dije a Dionisio que Ezequiel tenía pensado vender la quinta y dejarlo en la calle, y que como yo no quería que eso pasara, había hablado con una gente amiga, quienes enviarían esa noche a Carmelo para decirle adónde se tendría que presentar, en caso de interesarle. Por supuesto, le recomendé que guar221

Gabriel Cebrián dara la mayor discreción, sobre todo con Ezequiel, que sería capaz de correrlo ni bien se enterara que hacía tratos a sus espaldas. Dionisio es muy ingenuo, por supuesto que no solamente lo creyó todo, sino que se entusiasmó como una criatura, al saber que no tendría que volver, a su edad, a trabajar en las cosechas. Así que, más o menos diez, diez y media, iba a atar los perros y esperaría a Carmelo en la puerta lateral, para conversar con él los detalles de su nuevo conchabo. Así podrás ingresar. Lo demás, ya corre por tu cuenta. -Por nuestra cuenta –repuso Diego. -Sí, para eso vino el pibe. Para darme una mano y que no se escape ninguna de las ratas. -Está bien –observó Ignacio, -él te trajo el bufo, él te presta la casa, ella te hace la mano con el tema de la quinta, el pibe se hace cargo con vos de la operación, ¿me querés decir para qué carajo estoy yo, acá? -¡Porque sos mi amigo! ¡Y porque quién sabe cuándo mierda te voy a ver otra vez, si es que hay otra vez! Se abrazaron, e Ignacio, como era previsible, se emocionó hasta las lágrimas. -Vamos, vamos –lo contuvo el Artista. –Si seguimos en esta vena, más nos valdría reunirnos en la casa del jubilado. Luego de afinadas algunas cuestiones de ídole burocrática, irrelevantes e indignas de mención en esta crónica, se despidieron lo más efusivamente que el estratégico decoro les permitía. Lisa bañó su corazón en lágrimas, al no poder darse el gusto de verterlas 222

Ignis fatuus ni de traducir su desgarramiento interior en ese grito que pugnaba por escapar de sus labios.

VI

Habían ido campo afuera otra vez, a probar sobre el sufrido eucaliptus el arma recién procurada, la que si bien resultaba más versátil, por suerte para el pobre árbol, era a la vez menos virulenta. Luego consumieron un guiso que había preparado Diego, de lo más sabroso, al igual que el tinto Cuesta del Madero con el que lo habían empujado. Oyéndolos hablar tan tranquilamente, contar anécdotas y ponerse al tanto de pequeñas o grandes características de la personalidad de cada uno, nadie hubiera podido suponer que aquellos dos entusiastas nuevos amigos iban a enfrentarse esa misma noche con la situación límite más crucial de sus vidas. Luego de la ingesta vino la modorra, así que el joven pidió permiso y se arrojó sobre el sillón. Al cabo de un par de minutos roncaba ruidosamente. Bueno, nadie es perfecto. El Inefable, por su parte, excitado como estaba de cara a la inminente resolución de todos sus problemas, halló propicia la oportunidad para bucear en el hasta ahora fallido menester de cuaderno y birome. Tal vez Vilches quisiera prevenirlo de algo, o quizá el propio dos Santos, aunque los sentía ya tan incorporados a él que encontraba esa 223

Gabriel Cebrián suerte de convocatoria mediumnímica como un vacuo ritual fetichista. Así que dejó correr sus ideas, que iban asiéndose a estas filigranas azules que tengo acá, hoy día, frente a mi vista, y de las cuales no tengo más remedio que dar traslado a ustedes en esta fría letra de molde, debido a obvias limitaciones de producción:

Hölderlin ha llamado la atención acerca de la diversidad tan ardua que corresponde a las líneas de nuestras vidas, llegando a suponer que únicamente podrán resolverse, acaso, en instancias metafísicas. Tal vez deba agradecerle a algún tipo de providencia, a la vez tributaria de algo tan difuso para mí como la idea de un dios personal, o de varios, la posibilidad que me está siendo dada de desanudar muchas de las engalletadas líneas de mi experiencia. Así que elevo mi sentimiento de gratitud así, a indiscriminados destinatarios, con total humildad y simpleza, sabiendo que todo sacrificio elevado con sinceridad es bien visto por las eventuales e inaccesibles al intelecto fuerzas superiores. Me sobran hoy día sentimientos como para tratar de ponerme al día en esa propia especie, tan esquiva hasta ayer para mi confundido dasein. Me he visto obligado, por primera vez en la vida, a planificar, y quizás a ello se deba que he sido capaz de percibir otro plan que subsume al primero, y así sucesivamente. Temo, si es que sigo desentrañando de tal modo el tejido final de la teleología cósmica, 224

Ignis fatuus alcanzar cotas de lucidez que me hagan perder, paradójicamente, toda cordura. Tuve un hijo, y antes de que pudiera haberlo reclamado en un mínimo sentido paternalista, me fue arrebatado del modo más abyecto. Ahora, el jovenzuelo que ronca en ese sillón prestado que sin embargo siento como propio en éste, mi último enclave en el mundo real, viene y me obliga a proyectar toda la afectividad que por egoísmos y necedades no pude darle oportunamente a mi hijo, su amigo. Tuve también varias mujeres, y he vivido cada una de esas relaciones casi como una guerra. Me doctoré en cinismo e indolencia, más que nada para protegerme de los embates de ese género que me resultaba a la vez tentador y urticante, necesario y amenazador. No puedo dejar de celebrar mi suerte, en el sentido de que la fortaleza de mis sentimientos no cayó hasta conocer a la amazona no solo capaz de sortear sus murallas, sino de poner en juego su propia vida por mi bienestar, cosa que ninguna de las otras incapaces hubiera siquiera podido imaginar, tan ocupadas estaban en arrojarme basura con el fin que la cargue y así nivelarme hacia abajo, hacia su pérfido mundo del tanto tienes, tanto vales, incluso en términos afectivos. Conflictos en un terreno al que recién ahora puedo ver en perspectiva, y cuya protervia esencial me pone enfermo. Aquí estoy, entonces, solo aún en medio de multitudes que siguen mis supuestas andanzas por diarios y televisión, con un muchacho sin expectativas de vida, un detective célebre que no puede sino manifes225

Gabriel Cebrián tarse a mi través, y un casero de Misiones güeno pa’lo que guste mandar, pué. Escueto y heterodoxo ejército para enfrentarse a tamaño aparato mafioso. Entonces viene Vilches y me dice que la sorpresa es el factor determinante, y que toda esa al parecer indescontable ventaja que habían tomado los bastardos se debía meramente a dicho factor, así que no había más que invertir, tal lo planificado, los roles de estupefactivo y estupefacto. Si él lo dice... Mate de por medio, y en comunión de cultura gauchesca, lo oigo conversar con Carmelo, como si yo no estuviera aquí, y acaso no lo esté: -Bueno, parece ser que’l Barragán está a punto de arrancar la cizaña, pué. -¿Usté cree, don Carmelo? -Sí, pué. Al menos está decidido, vio don Nicanor, y tiene un plan, esta güelta. -Sí, tiene un plan, el plan que le armó la gurisa, porque si fuera por él... -Ni que lo diga. Pero tá güeno, los recursos de la gurisa bien que se los ha granjeáo, y eso sí que vale, mi amigo. -Vamos, don Carmelo, no se pase de humilde, usté, tampoco. Buena mano le dimos anoche pa’que se granjee eso que usted dice. -‘Ta güena la gurisa. -Sí, ‘ta güena, y ‘tá rica, rica, además. -Lástima que quién sabe cuándo la vamo’a poder degustar de nuevo.

226

Ignis fatuus -Tal cual, don Carmelo, es una lástima. Pero éste no es como nosotros, éste es un párvulo enamoráo. A la vejez, viruela, fíjese. -Quién hubiera dicho, nomás hace unos días... -Vio lo que hacen un par de piernas lindas y unas güenas ancas... -Nada nuevo, pué. Pero éste parecía más chúcaro. -Pasa que no había tenido oportunidad de demostrar lo contrario. -Ansí parece, pué. Ya decía el poeta que “hasta la hacienda baguala cae al jagüel con la seca”. -Y que “es zonzo el crestiano macho cuando el amor lo domina”. -Sí, pero que no se vaya a abombar ahora, que nos van a boletear a los tres de un saque, carajo. -Pierda cuidáo, don Carmelo, pierda cuidáo. La galopiada que le pegó anoche la gurisa lo va a mantener más despierto que un tábano. -¿Está siguro? -Más que siguro. El opa se ha puesto tan romántico que ni un cruzáo a punto de encontrar el Santo Grial, estaría más alerta. -Sí, dendeveras. -Vio. -A ver si se callan, pajueranos de mierda, que los estoy oyendo –terció el Insigne. -¿Qué pasa, tío? ¿Estás hablando solo? –Preguntó Diego con sorna, ya que había despertado sin que Barragán lo notase, y lo tuteaba por primera vez, aprovechando el aparente lapsus mental en que había incurrido. 227

Gabriel Cebrián VII

A estas alturas del relato, percibo que tenemos más confianza y, por mi parte, ya no siento tantos pruritos formales ni necesito efectuar salvedades en este sentido, así que voy a mostrarles una nueva forma de aparecer engorroso a sus ojos, largando el rollo directamente, sin el menor remilgo ni deslinde. El propio tono de los hechos que serán reseñados a continuación, no solo me exime, sino que excluye, toda bifurcación estilística o analítica en cualquier sentido que pudiera uno proponerse. No constituye esto una circunstancia muy grata que digamos para quien ha adquirido, con el correr de estas páginas, el vicio de adornar un poco aquí, de buscar un toque eufónico por allá, pero qué va uno a hacerle... para eso están las personas como Barragán, y la economía divina no permite tantos avatares del genio en un mismo terruño y contemporáneamente. El Egregio preparó su mochila para un último viaje, alistó su escopeta recortada, la introdujo en el bolso y entregó la pistola 9 mm. a su joven cómplice, si es que puede utilizarse tal calificación en una empresa de características quizá criminales pero preñada de justos fundamentos. Al momento de hacerlo, lo semblanteó, esperando hallar algún indicio de duda, o de miedo, que eventualmente e in situ pudieran dar por tierra con la tan planeada y esperada operación final. No pudo advertir nada de eso; por el contrario, el aplomo con el que Diego tiró de la corredera y com228

Ignis fatuus probó el funcionamiento del arma le dejaron traslucir tanto una cierta frialdad como una familiaridad con aquella situación, lo que lo arrojó a pensar en qué tramoyas por el estilo se habría visto envuelto en el pasado. En todo caso, bienvenida fuera la experiencia. En un arrebato de rol formativo -inédito también en su experiencia-, comenzó a hablar al joven como lo hubiera hecho su propio padre, en oportunidad de estar sobrio y de pretender cimentar algo parecido a una moral en él. La expresión de risueño fastidio que le fue devuelta le hizo advertir la absurdidad de tales reconvenciones. Entonces se inmiscuyó en un discurso digno del geronte de la familia en la noche de Año Nuevo, a saber: -Yo pensé que tenía, si bien no todo, casi. Era celebrado, lisonjeado, los poderosos palmeaban mi espalda y se sentían dignificados invitándome a cenar y haciéndose ver conmigo. ¡Qué imbécil! Tuve que perderlo todo para darme cuenta que no tenía nada. -Y bueno, tío, las cosas suelen darse así. -Claro, eso lo decís vos que no tenés ni veinte años. Yo no puedo dejar de sentirme un pelotudo ilustre, sabés. -No te hagás más cargo, tío. Lo pasado, pisado. Mirá para adelante. -Vine a esta casa hace menos de un mes, y ¿sabés qué? Es el único lugar en el que recuerdo haber sido feliz. A pesar de la persecución, del descrédito, de la infamia... tal vez sea eso, tal vez esté pagando tantos años de inmerecida celebridad. 229

Gabriel Cebrián -Y qué sé yo, puede ser, pero me da como que es al pedo andar preocupándose por eso ahora. -No me preocupo. Estoy apurando un balance que me estoy debiendo desde hace rato. -Vigilá, tío, que cuando cierres el balance del todo, será porque ya estás muerto. Dejá un cabo suelto, una salida para que salte la liebre. Si no, no tiene gracia. -Me sonó a Vilches, eso. -¿Quién es, ese Vilches? -El personaje central de mis cuentos. Supongo que es una parte mía, en cierta forma. -Y bueno, entonces serán las juntas que me contagian, viste. La noche era oscura. Probablemente fuera luna nueva, pero el cielo encapotado no permitía corroborar tal supuesto. Los dioses estaban de su parte. Subieron a la camioneta y emprendieron la marcha. Al llegar al Belgrano, el Insigne le preguntó si estaba asustado, a lo que Diego le respondió que en realidad, temía meter la pata por la propia ansiedad que experimentaba frente a la posibilidad de dar su merecido a quienes tan arteramente habían segado la vida de su amigo. Por supuesto, Barragán quedó más que satisfecho con tal respuesta. Poco después entraron en City Bell por la calle que años atrás respondía al número de 15 y que ahora vaya a saber qué número le han puesto. Hicieron unas cuantas cuadras y después estacionaron cerca de 230

Ignis fatuus la quinta de Ezequiel, en un lugar discreto y oscuro. Eran las 22.20. Tal como les había indicado Lisa, Dionisio los esperaba en la puerta lateral. Había hecho el asado, lo había servido, había atado los dos doberman y los estaba esperando con ansiedad. -Güenas... usté debe de ser Dionisio. -Así es, y usté debe de ser Carmelo. -Pa’lo que guste mandar, amigo. -Me ha dicho la patrona que tiene un conchabo pa’ mí. -Pues sí, d’éso se trata la visita, pué. ¿Es que no me va a hacer pasar? -Mire, no lo vaya a tomar a mal, ¿vio?, pero si el patrón se entera que abro el portón a esta hora, me mata. -¡El patrón, el patrón! Asigún me ha dicho la señora, el patrón ése que usté cuida tanto está a punto de ponerlo de patitas en la caie. Y ió no soy de andar conversando con hombres en los zaguanes, vea. Así que olvídelo. Encantáo de haberlo conocido. -Está bien, espere, espere un segundo, amigo. Vuá buscar la llave y vengo. -La verdad, estoy impresionado –dijo Diego, cuando el casero fue hacia adentro. -¡Qué actor! -Callate, gil. No pierdas la concentración que empieza la fase dos. Ahí viene. Se oyó ladrar a los perros, advertidos por su fino oído del diálogo que tenía lugar en esa puerta lateral que estaba a punto de abrirse y dejar pasar al Intrépido y a su joven socio. Dionisio dio dos vueltas a la 231

Gabriel Cebrián llave, corrió el cerrojo con cuidado de no hacer mucho ruido y les indicó: -Pasen, amigos. Vamos diretamente pa’ mi casita. Si el patrón nos ve... -El patrón, el patrón... venimos a darte la libertad, pedazo de esclavo –dijo Barragán, abandonando repentinamente el personaje y extrayendo la escopeta recortada del bolso. –Vamos para tu casa. Te vas a quedar quietito y no vas a hacer el menor ruido o movimiento, si querés salir vivo de ésta. -¿Qué es esto? ¿Acaso la patrona me ha mandáu ladrones? -Los ladrones, asesinos y delincuentes están adentro de la casa principal. Digamos que nosotros somos los que venimos a hacer justicia. Mientras ataban al atónito casero a una silla, y lo amordazaban, le explicaron que lo estaban haciendo por su bien, y que se diera por más que satisfecho, ya que probablemente el único que saldría con vida de ese lugar, sería él. -Cuando te pregunten, decí que fueron tres o cuatro encapuchados. Después la patrona te va a hablar, y quedate tranquilo, porque nos dijo que te iba a arreglar para que no quedes en la calle. Una vez terminada dicha acción, se sirvieron sendos vasos de la botella de ginebra Bols que estaba sobre la mesa, y brindaron por la inminencia de la venganza. -¿Qué hacemos ahora? –Preguntó Diego. 232

Ignis fatuus -Tomarlos por sorpresa. Ir agazapados hasta el comedor, asegurarnos de que estén ahí, irrumpir y someterlos. -Dicho así, parece fácil. -Es pan comido, pibe. ¿Ahora te vienen las dudas? -No, qué dudas. Solamente que las cosas tan fáciles suelen complicarse. -Eso depende más de nosotros que de cualquier otra cosa. Si nos movemos bien, no hay complicación posible. -Listo. Pongamos manos a la obra, entonces –dijo, mientras colocaba una bala en la recámara de su Browning. Antes de irse, reconvinieron al alarmadísimo casero con las represalias que eventualmente tomarían si era que llegaba a decir la menor palabra a la policía. Dionisio asintió con tal fuerza que temieron por la integridad de sus vértebras cervicales.

VIII

Salieron al patio en una figura plástica digna de los mejores comandos. En todos esos movimientos -que incluían observación del terreno, direccionamiento de las armas a un lado y al otro, veloz movimiento de piernas con el torso agazapado, etcétera-, el Artista halló un gran placer, motivado especialmente por el hecho de haber conseguido llevar a la realidad empírica modalidades de acción que tantas veces había escrito para Vilches; quien por su parte y debido 233

Gabriel Cebrián precisamente a ello, estaba concentrado en la operación, sin hallar las novedades ni los motivos de regocijo de Barragán, inmerso en profesional objetividad. No encontramos aquí resabios psicológicos de dos Santos, quien había cumplido eficazmente con lo suyo al momento de hablar con Dionisio; y probablemente, dada la empatía con su colega, debía haberse quedado con él para contenerlo en la zozobra que seguramente estaría experimentando. Se había levantado un viento de ésos que presagian lluvia, y los refucilos y las primeras gotas anunciaban una recia tormenta. Rodearon la casa, aplastándose contra las paredes y agazapándose en las ventanas, abiertas para que el aire fresco del chubasco refrescase el interior. Finalmente llegaron junto a la ventana de la sala y permanecieron ocultos; no podían mirar hacia adentro sin correr serio riesgo de ser vistos. Barragán, o seguramente Vilches, hizo señas a Diego de permanecer oyéndolos, con la intención de tener una idea aproximada de con cuántos hombres se las tendrían que ver. -A Boca se le terminó, viejo –dijo alguien que no parecía ser Calvo, y seguro que no era Ezequiel. –No gana más. Ni a Gimnasia, le gana, mirá lo que te digo. -Y bueno –le respondió una voz grave y aguardentosa que bien podía ser la de Calvo, -el año pasado ganamos todo. Ahora aflojamos un poco, pero vas a ver que volvemos. El Apertura pasado empezamos para la mierda, también, y después salimos campeones. 234

Ignis fatuus -Che, cómo jugó el Pipi Romagnoli... encima mirá el gol que hizo –observó Ezequiel. -¡Cómo le pegó! -Es un jugadorazo –comentó alguien más. –Hace casi un año que no juega por la rodilla y mirá cómo vuelve. Eran, al menos, cuatro. Claro, Calvo no se movería sin un par de laderos, seguramente armados. Pero el Ilustre devenido en cazador de ratas ya no podía esperar más. Por señas, le indicó a Diego que los encañonara a través de la ventana mientras él ingresaba por la puerta principal, la que esperaba estuviera abierta. Había llegado el momento. Dio una violenta patada a la puerta, que se abrió de par en par, mientras Diego se incorporaba, apuntando a los bastardos -que, como habían calculado, eran cuatro-, en tanto gritaba: -¡Si pestañean, los quemo, hijos de puta! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Denme el gusto! –decía, agitando la mano izquierda con la palma vuelta hacia sí mientras ingresaba por la ventana, apuntando directamente a la cabeza de un Calvo que, demudado, no podía salir de su asombro, al igual que los demás, por supuesto. -Buenas noches, queridos amigos –saludó sarcásticamente el Poeta, mientras apuntaba a Ezequiel, quien solo a partir de la voz consiguió reconocerlo. -¿Barragán? ¿Qué mierda estás haciendo acá? -No me esperabas, ¿eh? Qué bueno, sorprender de este modo a los viejos amigos. -Estás muerto, hijo de puta. Estás muerto –dijo, en una bravata que parecía inadecuada para el contexto. Con aplomo, el Insigne retrucó: 235

Gabriel Cebrián -Sí, claro, Barragán está muerto. Pero viste como somos los artistas, nuestro cuerpo puede morir, pero somos inmortales. Más, ahora, que estoy por escribir la página más gloriosa de cuantas me han sido dadas. -No vas a salir vivo de aquí. -Si hay alguien que no va a salir vivo, son vos y el mierda éste, eso tenelo por seguro. Con respecto a estos gorilas, depende de ellos, de cómo se porten y de lo que hayan hecho en el pasado –hurgó en el bolso, sin apartar la vista de los sorprendidos maleantes, y extrajo un manojo de cuerdas de nylon. –A ver, vos, por ejemplo –se dirigió a un morocho de esos que tienen tanto de músculo como poco de seso-, empezá por atarlos bien de pies y manos a los tres. Asegurate que queden bien sujetos, que en ello puede estar la diferencia entre la vida y la muerte, para vos. El grandote se apresuró a cumplir la orden. Como es lógico, y por esa condición jerárquica que puede observarse ya en la animalidad infrahumana, comenzó por su compañero de tareas. Seguramente después seguiría por Ezequiel, y finalmente, como sobreponiéndose a un terrible tabú, lo haría con su temido y respetado jefe. Diego se puso detrás de él, tanto para verificar la efectividad de la tarea como para evitar sorpresas desagradables, como por ejemplo, la que bien podría haber causado la pistola automática que tomó de la parte posterior del cinto del grandote que estaba atando a su compañero y que le tendió al Insigne. 236

Ignis fatuus -Tomá, Vilches, mirá el fierro que tenía el grandote. -Sí, che, estamos haciendo las cosas mal –observó, mientras se munía del susodicho artefacto. –Cachealos, primero, después que los siga atando. -No hace falta todo esto –sugirió Calvo, fingiendo un aplomo que estaba muy lejos de tener. –Podemos hablar civilizadamente, llegar a un acuerdo... No terminó la frase, dado que un violento golpe en la boca, asestado con el caño de la Browning que empuñaba Diego, lo llevaron a escupir, en lugar de palabras inconducentes, un poco de sangre y fragmentos de piezas dentales. -Cerrá el culo, basura. No acordamos con ratas asesinas como vos. -Ya ves, yo no podría haberlo dicho mejor –volvió a celebrar el Maestro la concisa verbalización de su muchacho. Cuando el grandote hubo acabado de atar a los otros tres, Diego hizo lo propio con él. Estaban los cuatro de frente a ellos, de espaldas a la pared. Se sentaron, se sirvieron del Valmont que momentos antes degustaban los ahora prisioneros, y brindaron. -Decime si no parece que están frente al pelotón de fusilamiento. -Tal cual, tío. -Quién diría, ¿no? Tan poderosos y cayendo como chorlitos en la trampa de dos lúmpenes como nosotros. -Bueno, como yo, puede ser. Vos sos célebre. -Para lo que sirve... pero vamos a terminar de una buena vez con esto. Siempre soñé con practicar una 237

Gabriel Cebrián justicia sumarísima al estilo de Pancho Villa. Hay dos que ya están condenados, no es necesario indagar en lo más mínimo para probar su culpabilidad. El tema, es qué hacemos con los otros dos. -Barragán, hijo de mil putas, yo te consideraba un amigo. Primero me cagaste con mi mujer y ahora me hacés esto... -¿Yo te cagué con tu mujer? Te cagaste solo, boludito. Únicamente un imbécil como vos podría someter a una mujer como ésa a agravios y malos tratos en forma permanente. Pero no se trata de eso, ahora. Por ejemplo, el grandote éste, me parece que es el que me tomó la foto que salió en primera plana del diario al día siguiente que mataron a Marisa. El otro, por ahí era el chofer. -No, señor, yo no le saqué ninguna foto. -Para ser tan grandote, sos bastante cagón, vos. Y sabés qué, me da por pensar que si no hubieras sido vos, no habrías puesto la cara de pánico que pusiste ni bien lo dije. Eso amerita, al menos, un tiro en la rodilla –dijo, cargó la pistola que recién le habían quitado, apuntó y disparó. El grandote abrió desmesuradamente la boca y luego soltó un par de gemidos. -Che, tío, ¿no estaremos haciendo mucho escándalo? -No, quedate tranquilo. La quinta es grande, y con esta tormenta... Ahora, siguiendo con el tema –continuó, volviéndose al otro esbirro, más enjuto pero con una cara de hijo de puta terrible-, ¿cómo haría uno para saber hasta qué punto estos alcahuetes de segunda están involucrados en los crímenes, sobre to238

Ignis fatuus do en el de Lucas? Yo creo que preguntando, no vamos a conseguir mucho. -Sí, no creo. -¿Entonces? -Yo voto por liquidarlos a los cuatro y chau. -Y, sí, hay que cortar por lo sano. Ezequiel gimió. -Sos una puta, Ezequiel. Te quisiste hacer el poronga, y terminás lloriqueando como una puta. No puedo imaginar cómo hiciste para errar tan feo en el cálculo. ¿Qué te creías? ¿Que te ibas a hacer el Capone y que las balas se las iba a comer otro? Sos tan, pero tan poca cosa, que la verdad, me va a dar lástima matarte. Por ahí le pido al pibe que me haga el favor. -Dale, tío, yo lo bajo. -Esperá, mirá como llora. Dejalo sufrir un rato. Como me escribió una vez el degenerado éste, haciéndose pasar por el Tape Millán, cuanto peor se sientan, mejor nos sentiremos nosotros. ¿Te acordás, basura? Ahora me permito observar algo, ¿sabés la diferencia que hay entre el Tape y vos? El Tape tiene estilo, inteligencia, astucia. Vos sos una rata que lo único que persiguió en su vida fue dinero y poder. Fijate qué es lo que pueden hacer por vos, ahora, que estás babeándote asquerosamente con tu propia sangre y con un pie en la tumba -un estrepitoso trueno agregó dramatismo a semejante alocución. -Ya te dije, Barragán, podemos llegar a un arreglo – intentó nuevamente Calvo, dificultada su dicción por el golpe que le había asestado Diego. 239

Gabriel Cebrián -Si volvés a proponer algo así, le digo al pibe que te baje los dientes que te quedan. -Será un placer, tío, no tengas dudas.

IX

-Ahora voy a proceder a la lectura de los cargos –dijo el Inefable, adoptando la actitud solemne que suponía debía observarse en un juzgado. –A los dos mierditas estos, NN, o simplemente alcahuetes del bastardo mayor, se los acusa de infinidad de tropelías de gravedad incierta, recordando que, ante la duda, y dada la estrecha vinculación de ambos con la escoria humana de su jefe, este tribunal optará siempre por la peor hipótesis, en atención a una verosimilitud a todas luces incontestable. O sea que... ¿cómo los encontramos, mi querido Secretario? -Culpables, doctor, culpables. -Hijo de mil putas, vas a pagar por esto –dijo Ezequiel, con voz entrecortada por el llanto. Barragán se incorporó y le propinó un feroz golpe en la boca con el caño de la escopeta, poniéndolo así en igualdad de condiciones con Calvo. -Buena técnica, esa, Secretario, eh. Supongo que así los reos aprenderán a responder nada más que cuando se les pregunta. Y además, a dirigirse con respeto a este Alto Tribunal. -Terminemos con esta farsa. Si vas a matarnos, acabá con esto de una vez. 240

Ignis fatuus -Hace más de un mes que mi vida es un infierno, gracias a ustedes. No sería justo que los liquide tan rápido, sin sufrimiento previo. -Oiga, me estoy desangrando, yo –dijo el grandote. -No te hagás problema, mamotreto. Tenés sangre para rato, vos. Déjenme seguir con los cargos. Ezequiel Torales: se le acusa de alta traición... -Vos, me traicionaste. -No, señor. Y no me interrumpa si no quiere otra dosis de caño en la jeta. De alta traición, felonía, mal desempeño en las cuestiones atinentes a la vida conyugal, codicia, prácticas políticas espurias y eventual complicidad ideológica e incluso material en los asesinatos de Marisa Sepúlveda y de una joven llamada Rosario, o Vilma, y de la cual desconozco el apellido. -Estás loco. -Sí, puede ser. Pero antes me habías dicho que estaba muerto. ¿En qué quedamos? Lo tuyo, Calvo, es más complejo. No tengo tiempo ni ganas de dar voz a la infinidad de cargos por los cuales comparecés hoy aquí. Así que, en principio, y de antemano, ya estás condenado a muerte. Y como un faraón de tus quilates debe ser sepultado con su séquito, pues lo lamento, sobre todo por ustedes dos, que vinieron a dar en el lugar equivocado en el peor momento. -No, señor, nosotros no hicimos nada –dijo el grandote, debajo del cual se había formado un grotesco charco de sangre.

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Gabriel Cebrián -Si nos deja ir –dijo el otro- atestiguaremos a su favor, diremos a la justicia todo lo que sabemos sobre los crímenes que usted dice. -¿A ver, cómo es eso? –Inquirió el Insigne, echando una mirada de reojo a Diego. –Empiecen a decirme a mí todo lo que saben, y tal vez salgan de acá no sé si caminando, pero sí con vida. Los esbirros de Calvo se tapaban uno al otro, en el frenesí de dar voz a lo que suponían podía salvarles la vida. -¡Estúpidos! ¿No se dan cuenta de que va a matarlos igual? –Les decía Calvo, cuya autoridad sobre ellos había mermado frente a la más inmediata y ominosa de los cañones. -Dejalos hacer su juego, basura, quién te dice... -¡Pero sí, señor! –Argumentaba desesperadamente el enjuto con cara de hijo de puta, que vislumbraba una luz al fondo del túnel. –Si nos deja atestiguar, no va a tener que vivir huyendo por el resto de su vida. -Sabés qué, si los dejo salir vivos a ustedes, y los mato a estos dos, voy en cana igual. Y si no los mato, me juego el poncho que el que va a ver crecer los rabanitos desde abajo voy a ser yo. Ya ven, no tenemos alternativa, y sí la conciencia tranquila, después de semejante confesión. ¿No es así, Secretario? -Así es, Su Señoría. -Bueno, la condena... –debió interrumpirse ante el griterío de los reos que comportaba súplicas, puteadas, promesas, etcétera. -¡Silencio! ¡Cállense la boca o van a sufrir mil veces más! 242

Ignis fatuus -Encima de hijo de puta, sádico –dijo Ezequiel, bañado en lágrimas. -Puede ser, pero nunca tanto como ustedes. Ya me cansaron. Secretario, tengo una idea para deshacernos de esta basura. -Ah, ¿si? ¿Cuál es? -Quemarla. La mejor forma de acabar con las pestes, es ésa. Fijate que debe haber combustible, en la parrilla, o por ahí. -Está bien, pero no les quités la vista de encima; estos son ladinos y encima están desesperados. -¿Ladinos? Estás hablando como Vilches, vos, también. -Y, tío, son las juntas, ya le dije. Una vez que Diego salió, Barragán tuvo que soportar que los cuatro le hablaran a la vez. La inminencia de la muerte los llevaba a ensayar todo tipo de argumentaciones y en los más diversos tonos y modalidades de expresión. Cuando perdieron el impulso, y con total aplomo, el Ilustre, dejando de lado ya toda esa puesta en escena que había dispuesto por el mero hecho de complacerse sobrando a quienes tan a mal traer lo habían tenido, les dijo: -Envenenaron a mi hijo como a una rata. Mataron al menos dos mujeres inocentes, trataron de enviarme a la cárcel por crímenes que yo jamás hubiese cometido, todo por vengarse de un acto que tendía, precisamente, a proteger a la sociedad de alimañas como ustedes. Nada es gratis, el que siembra vientos cosecha tempestades. Existe una providencia, saben, una fuerza que equilibra tarde o temprano las cosas, y 243

Gabriel Cebrián que no permite que escoria como ustedes se salga siempre con la suya. Puede darles ventaja, changüí, hándicap o como quieran llamarle. Pero un día, pasa la factura. Y ese día, para ustedes, acaba de llegar. En serio que lo lamento por ustedes dos, unos pobres diablos a quienes los traicionó el mal instinto, la mala sangre, la mala experiencia, o lo que sea que haya sido. Quizá su karma venga de haberle vendido el alma a este demonio. Bebió un trago de vino y se sirvió otro tanto. Disfrutaba del vino, del momento, del éxito de la estrategia delineada básicamente por Lisa y desarrollada tan eficazmente por Vilches y su juvenil compañero. No era sádico, pero hallaba placer en la mirada de Calvo, que trasuntaba una mezcla de odio y terror. También en el lloriqueo de Ezequiel, tan arrogante que había sido toda su vida y mírenlo ahora, gimoteando, no dando crédito a lo que estaba ocurriendo con su exitosa vida. Y tuvo otra impresión, también nueva: un lejano rumor de celos retrospectivos por el hasta hace poco marido de la mujer que, tan solo unas noches antes, había comenzado a mostrarle el significado de la palabra amor. Los otros dos no contaban, simplemente habían estado allí; y si habían sido capaces de matar por su jefe, resultaba justo que también fuesen capaces de morir por él. Volvió Diego con un bidón. Estaba empapado. La tormenta de verano no amainaba, y tanto mejor; entre ruido de lluvia, viento y truenos, no se oiría el chillido de las ratas al incinerarse. 244

Ignis fatuus -Pensá un momento lo que estás haciendo. Te estás enterrando solo –intentó hacerlo reflexionar Calvo, sin mayor convicción. -Puede ser, pero lástima que no vas a estar para ver mi entierro. -Por favor, Daniel, éramos amigos, vos no me podés hacer esto... –dijo Ezequiel, con la voz cada vez más entrecortada por los sollozos. -Dijiste mal; yo, era tu amigo, hasta que descubrí que vos no sos amigo de nadie. Ahora podés llorar como la marica que sos, que no te va a servir de nada. Es más, me encanta verte llorar. -Bueno, tío, ¿vamos? No vaya a ser cosa que nos atrapen antes que terminemos con la desratización. -Dale. ¿Qué preferís, rociarlos con el combustible o encender el fuego? -Rociarlos. El fuego es suyo, maestro. -Perfecto. Metele, nomás. Un coro de aullidos, súplicas e improperios atronó mientras Diego desparramaba el kerosene sobre los desesperados malandras. Luego de empaparlos bien, vertió el resto en el piso a su alrededor, cavilando en que si ardían demasiado rápido tal vez la soga plástica con la que habían sido maniatados se derretiría y les daría de ese modo oportunidad de salir a apagarse bajo la lluvia. Se acercó a Barragán y casi a voz en cuello, debido a la cháchara de los vocingleros patibularios, le dio traslado de tal posibilidad.

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Gabriel Cebrián -No importa. Nos quedamos viéndolos quemarse bien quemados acá en la ventana, y si hace falta, los rematamos10. Tal lo indicado, salieron y se pararon frente a la ventana. -Adiós, amigos míos. Saludos a Maese Belcebú, y nos vemos en el infierno –dijo con solemnidad el Inefable, mientras raspaba un fósforo y las bestias a punto de ser incineradas se debatían tratando de soltarse. La cerilla encendida describió una parábola que en la subjetividad de los condenados debe haber durado una cuasi eternidad, y a continuación las llamas se propagaron de manera tan rápida e inexorable que no hizo falta gastar pólvora en chimangos, como observara entonces Vilches. Al cabo de unos cuantos segundos dejaron de oírse los chillidos. Cuando llegaron a la rastrojera, pudieron ver que a pesar de la lluvia torrencial, la casa ardía como una gigantesca pira de sacrificios. Emprendieron la marcha hacia ningún lado, con la enorme satisfacción
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Me es necesario efectuar aquí una observación. Ante la certeza de que más de un lector hallará moralmente reprochables algunas de las actitudes del Egregio en este capítulo -y sin remitirme a justificaciones harto sustentables en cuanto a los daños sufridos previamente por él, y que ameritan a todas luces la más cruenta de las venganzas-, me limito a remarcar las virtudes didácticas y pedagógicas que las mismas ostentan, las que si bien no tendrán oportunidad de ser capitalizadas por los reos en esta vida, probablemente les servirán sobremanera en las eventuales subsiguientes.

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Ignis fatuus del deber cumplido. Lucas podía ahora descansar en paz, y ellos también. Pararon en un bar del camino. Brindaron, conversaron un rato acerca de la fuerte experiencia que acababan de atravesar, y finalmente se despidieron, con un abrazo sentido pero sin lágrimas, como corresponde a los hombres de carácter.

X

Carmelo dos Santos era un hombre sin pasado. Y eso era algo muy bueno para él, ya que cualquier cosa que pudiese recordar de sus vidas anteriores le provocaba angustia, o dolor. Aquella noche en la que la tormenta había operado como escenografía metafórica de la propia descarga anímica, había conducido sin parar, como hipnotizado. Al amanecer, no muy seguro de estar aún en Entre Ríos o ya en Corrientes, paró en una arboleda; y aprovechando la suavidad del terreno producto de la copiosa lluvia, cavó un pozo profundo y enterró las armas con las que había dominado a sus enemigos. Dejó finalmente la rastrojera en las afueras de Paso de los Libres, la pobre había cumplido más que favorablemente con su función. Limpió el volante, el botón de encendido, la palanca y las manijas de las puertas, para eliminar huellas digitales. Luego caminó hasta el centro y halló refugio en una pensión de mala muerte, pero que 247

Gabriel Cebrián daba el tipo más apropiado para él. Sería prudente permanecer allí unos días, después cruzar la frontera, y que fuera lo que el destino quisiese. Pensó que Barragán sería finalmente, y con un poco de suerte, una especie de Ambrose Bierce sudaca. Si todo iba bien, jamás darían con él, o en el peor de los casos, con sus huesos. Al día siguiente se levantó temprano, observó los movimientos de la oficina de migraciones, compró el diario de la Capital Federal y se fue a una cafetería. Pidio un café con leche con medialunas y se dispuso a leer lo que ya se anunciaba en primera plana como “Siguen las muertes en el caso Barragán”. Fue directamente a esa página y leyó: El raid homicida que parece nunca terminar y cuyo principal sospechoso, prófugo aún de la justicia, es el afamado autor platense Daniel Barragán, no deja de sorprender casi a diario con más atrocidades. A las dos mujeres asesinadas brutalmente días atrás en La Plata, se suma ahora un cuádruple homicidio en el barrio de City Bell, de características escalofriantes y en el que fueron quemados vivos Raimundo Calvo, ex Diputado Nacional, dos de sus colaboradores, Nicolás Rentera y Juan Carlos Gomez, y el joven y prestigioso abogado Ezequiel Torales, dueño de la finca en la que fue perpetrado el aberrante hecho. Las pesquisas se orientaron directamente al escritor por cuanto su enemistad con el ex Diputado es de público conocimiento, habiendo comenzado la mis248

Ignis fatuus ma a partir de unas notas periodísticas de Barragán que incriminaron a Calvo respecto de una estafa al fisco provincial, que luego la justicia se encargó de desestimar. Asimismo, en los últimos días, Calvo se había pronunciado en el sentido de que debían extremarse los recaudos por parte de las fuerzas de seguridad para terminar con los crímenes que el prófugo continuaba cometiendo. En sentido concurrente, pudo saberse en ámbitos tribunalicios que le había presentado querella por las infundiosas investigaciones a través de las cuales el presunto asesino había propiciado su injusta detención. A pesar de los continuos y exhaustivos rastrillajes y allanamientos que sin éxito hasta ahora se vienen efectuando, el paradero del singular escritor sigue siendo un total misterio. En la ciudad de La Plata la gente se pregunta cuál será el próximo crimen de este extravagante psicópata, que parece haber decidido dejar de lado la ficción para generar en la propia realidad casos policiales como los que lo llevaron a la celebridad. Dejó el diario sobre la mesita y procedió a tomar el desayuno. Más tarde pagó y salió. El calor era por demás intenso, la barba le picaba, sentía correr gotas de sudor por todo el cuerpo. Pasó por un locutorio y decidió entrar. Discó la característica de La Plata, y luego el número del diario. Ni bien el conmutador arrancó con su mecánica cantinela, discó el número interno de Fito. -Hola –dijo éste. 249

Gabriel Cebrián -Hola, patroncito, disculpe que me’ tenido qu’ir sin avisarle, pué. -¡Carmelo! ¿Por donde andás? -He venío a ver a mi familia acá a Corrientes, pué. La vieja andaba medio clueca, andaba; ahura iá está mejor. -Bueno, Carmelo, mirá, necesitaría que me hagas un favor. -Lo que guste mandar, patroncito, como siempre. -Pasado mañana, a la noche, llegate hasta Uruguaiana, ya que estás por ahí. -Si, pué. -Andá al restaurante Kosteláo, que queda en la calle Dr. Maia al 3000, y esperá, que un amigo mío te va a dar la plata que te debo. -¿Y cómo vuá saber ió quién es su amigo? -Vos no te hagás problema, que él te conoce. -Ta güeno, pué. Si usté lo dice... -Claro. Y cuidate, eh. -Usté también cuidesé, patroncito. Nos vemos, si dios quiere. No tuvo el menor inconveniente para atravesar la frontera. Advirtió que a nadie le importan mucho los de su clase, y eso era muy bueno. Llegó con su mochila al restaurante que le había indicado Fito, y notó que lo que había resultado bueno en migraciones, ya no lo era tanto, allí. Los del restaurante lo miraban mal, se notaba que no les resultaba grata una presencia como la suya en el salón. Así que pidió uno de los platos más caros según del cardápio, como se 250

Ignis fatuus le llama por allá al menú, y eso hizo que los ceños fruncidos se volvieran repentinamente sonrisas. Parecía que los brasileros eran más lineales aún que los argentinos, y eso no era decir poco. Comió con deleite aquella comida que contenía mariscos, vegetales, arroz, frijoles y vaya a saber qué otras cosas más, mientras pensaba que tal vez sería el propio Fito quien aparecería, a traerle el dinero de las regalías que pronto quizá comenzaría a hacerle falta. Pero enseguida desechó la idea por más de una razón; entre otras, la certeza de que Fito no se arriesgaría a una empresa semejante. Cavilaba en ello cuando oyó a sus espaldas: -¡Don Carmelo, qué bueno encontrarlo por acá! Su corazón dio un vuelco cuando, no dando crédito a sus oídos, se volvió para enfrentar a Lisa. -¡Gurisa! ¡Dichosos los ojos que la ven! -Espero que no sean los únicos órganos que se ponen dichosos. -Pero venga, sientesé. -Hablá tranquilo, los brasucas estos no van a ser tan sutiles. -Vaia uno a saber, gurisa. Vaia uno a saber. Pero bueno, disculpá si no te doy el beso que tengo ganas de darte, cuanto menos nos hagamos notar, mejor. ¿Qué hacés por acá? -Adiviná. -No sé, decime. -Y, viste, con la muerte de Ezequiel, ocurrida antes de finiquitar el divorcio, me quedó todo para mí. Al fin, entre tanta malaria, un poco de justicia. 251

Gabriel Cebrián -Si no te conociera, tal vez evaluaría un cierto contenido cínico en lo que decís. -Dejate de joder, querido. Cínicos eran ellos. -Tenés razón, disculpá. -Como te decía, vine a ver en qué invertir para radicarme acá. Necesito, primero que nada, un casero. Y Fito me recomendó al mejor. Un tal Carmelo dos Santos. -Pa lo que guste mandar, pué. -Esta mañana conseguí una casita así, tipo quinta, en las afueras de Tramandaí. Seguro que te va a gustar. -Si estás vos, me gustaría aunque estuviera en el infierno. Pero aún a pesar de lo que me entusiasma la idea, temo traerte complicaciones. -¿De qué tipo? -Y, por ahí me encuentran, la cana, o la mafia de Calvo, y te hacen pagar a vos también. -Vos estás sugiriendo que pueden encontrarte siguiéndome a mí, ¿es eso? -Sí, también puede ser. -Lisa Rapoport liquida sus activos, viste, pero la que invierte acá es otra persona. ¿O te creés que vos solo conseguís documentos truchos? -¡Qué grande! -Bueno, la cuenta está paga, y tengo el chofer afuera. ¿Vamos? -Como usté mande, patroncita. Salieron y subieron al asiento trasero de un coche que los estaba esperando. Faiz o favor, dirige-nos de volta para Tramandaí, indicó al chofer, y luego con252

Ignis fatuus sultó al Ilustre si era así que se decía, a lo que éste respondió: -Ah, no sé, lo importante es que te entienda el chango éste. -Más vale que entiendo, tío. Viví seis meses en Río, pasa que no tuve tiempo para contarte –terció Diego; y mientras Barragán lo abrazaba desde atrás, puso en el estéreo Watching the wheels, de John Lennon.

Epílogo

Es triste dar por terminada una historia justo en el preciso momento en el que empieza a ponerse interesante, y más cuando el responsable, y supongo también que el amigo lector, ha tomado un cierto afecto por los personajes. Pero las cosas son así, y cuando las cosas son así, es en vano pretender que sean de otra manera. Barragán corretea ahora por las playas brasileras, en compañía de una hermosa mujer y de un hijo sustituto, que tiene a su favor en este rol la experiencia fallida que hubo de sufrir el anterior, su amigo. Y como los hechos, que fueron y son, en su mayoría, de dominio público, no me han permitido adobar a esta crónica con ese condimento tan especial que supone la incertidumbre respecto de las posibles resoluciones finales, y que hace a la esencia de los relatos de este tipo, me permito formularles una última y capciosa propuesta, que no es otra que 253

Gabriel Cebrián invitarlos a develar cuál de todos los personajes que aparecieron en ella es el que está terminando de escribirla para ustedes. Tal vez los más suspicaces se apresuren a aventurar a su candidato, y quizá su hipótesis intempestiva resulte finalmente en un fiasco. Es asimismo probable que, por el contrario, los menos suspicaces me estén puteando, en virtud de que con toda seguridad se estarán viendo compelidos a efectuar una relectura, con otra lente, de tan engorrosos anales. Por mi parte, solo me resta sugerirles -y eso es todo cuanto puedo hacer por ustedes en tal sentido-, que tengan en cuenta que para dar con la respuesta correcta, sería apropiado que consideren, a la manera de los metafísicos modernos, la insuperable huella de los clásicos, y también sus anecdotarios. Y con esto, estimo que ya los he ayudado en demasía.

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Ignis fatuus Índice
Primera parte (Loading data) I ...................................................................................... 9 II ................................................................................... 13 III .................................................................................. 18 IV .................................................................................. 24 V ................................................................................... 25 VI .................................................................................. 31 VII ................................................................................ 36 VIII ............................................................................... 42 IX ................................................................................. 47 X .................................................................................. 52 Segunda parte (The roles they are changin’) I ................................................................................... 55 II .................................................................................. 62 III ................................................................................ 69 IV ................................................................................ 77 V ................................................................................. 83 VI ................................................................................ 90 VII .............................................................................. 96 VIII ........................................................................... 104 IX .............................................................................. 110 X ............................................................................... 114 Tercera parte (The anger & the damage done) I ................................................................................. 119 II ................................................................................ 125 III ............................................................................... 131 IV ............................................................................... 140 V ................................................................................ 146 VI ............................................................................... 151

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Gabriel Cebrián
VII .............................................................................. 158 VIII ..............................................................................169 IX ............................................................................... 177 X ................................................................................ 187 Cuarta parte (Triunvirat’s revenge) I .................................................................................... 197 II ................................................................................... 202 III ................................................................................. 207 IV ................................................................................. 211 V .................................................................................. 215 VI ................................................................................. 223 VII ................................................................................ 228 VIII ............................................................................... 233 IX ................................................................................. 240 X .................................................................................. 247 Epílogo ........................................................................ 253

Índice ........................................................................... 255

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