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  Textos escogidos de Pierre Bourdieu 

    La lógica de los campos.......................................................................................2  La lógica de los campos.......................................................................................8  Espacio social y campo político.......................................................................17  Los tres estados del capital cultural*..............................................................20  La opinión pública no existe*..........................................................................25     

La lógica de los campos 
Pierre Bourdieu (1995)  El  uso  de  conceptos  abiertos  es  un  modo  permanente  de  recordar  que  los  conceptos  sólo  pueden tener una definición sistemática y son creados para emplearse en una forma sistemáti‐ camente  empírica.  Nociones  como  las  de  habitus,  campo  y  capital  pueden  ser  definidas,  pero  sólo dentro del sistema teórico que ellas constituyen; jamás en forma aislada.  Pensar en términos de campo significa pensar en términos de relaciones. 

Podría afirmar que lo real es relacional: lo que existe en el mundo social son relaciones; no interacciones o vínculos intersubjetivos entre agentes, sino relaciones objetivas que existen “independientemente de la conciencia y la voluntad individuales”, como dijera Marx. (relación objetiva‐contexto que llevan a una situación determina‐
da). 

En términos analíticos, un campo puede definirse como una red o configuración de relaciones objetivas entre posiciones. Estas posiciones se definen objetivamente en su existencia y en las determinaciones que imponen a sus ocupantes, ya sean agentes o instituciones, por su situación actual y potencial en la estructura de la distribución de las diferentes especies de poder –cuya posesión implica el acceso a las ganancias específicas que están en juego dentro del campo– y, de paso, por sus relaciones objetivas con las demás posiciones (dominación, subordinación, homo‐ logación,  etc.)  (definición  de  campo).  En  las  sociedades  altamente  diferenciadas,  el  cosmos  social  está constituido por el conjunto de estos microcosmos sociales relativamente autónomos, espa‐ cios de relaciones objetivas que forman la base de una lógica y una necesidad específicas, que  son irreductibles a las que rigen los demás campos. 

Se puede comparar el campo a un juego. Tenemos apuestas que son, en lo esencial, resultado de la competición entre los jugadores; una inversión en el juego. Y sino surgen entre ellos antagonismos, es porque otorgan al juego y a las apuestas una creencia que no se pone en tela de juicio, y este complot forma la base de su competición y conflictos. 
(defender el espacio no se pone en tela de juicio; pero hay diferentes objetivos dentro del mismo campo  que originan conflictos). Existen cartas válidas y eficientes en todos los campos ‐se trata de las es‐

pecies fundamentales de capital‐ pero su valor relativo triunfos varía según los campos e, inclu‐ so, de acuerdo con los estados sucesivos de un mismo campo. El valor de una especie de capital  –por ejemplo, el dominio del griego – depende de la existencia de un juego, de un campo en el  cual dicho triunfo pueda utilizarse.  

Un capital o una especie de capital es el factor eficiente en un campo dado, como arma y como apuesta; permite a su poseedor ejercer un poder, una influencia, por tanto existir en un determinado campo, en vez de ser una simple “cantidad deleznable”  (que se rompe). (definición de capital: dentro de la fábrica hay capitales diferentes 
en juego; y el capital de los obreros “ejerce el poder e influye”). 

El estado de las relaciones de fuerza entre los jugadores es lo que define la estructura del campo: podemos imaginar que cada jugador tiene pilas de fichas de diferentes colores, correspondiente a diferentes especies de capital que posee, de manera que su fuerza relativa en el juego, su posición en el espacio de juego, sus estrategias y jugadas dependen del volumen global de sus fichas y de la estructura de las pilas de fichas, al mismo tiempo que del volumen global de la estructura de su capital (relaciones de fuerzas dentro de la fábrica y diferentes especies de capi‐ tal en juego que definirán las estrategias). Dos individuos poseedores de un capital global aproxi‐ madamente  equivalente  pueden  diferir,  tanto  en  su  posición  como  en  sus  tomas  de  posición,  por el hecho que uno tiene mucho capital económico y poco capital cultural (un propietario de  una empresa privada), y el otro, mucho capital cultural y poco capital económico (un profesor).  Las estrategias del “jugador” y todo lo que define su “juego” dependen del volumen, de la estructura de su capital en el momento considerado y de las posibilidades de juego que aquellas les aseguran; también de la evolución en el tiempo del volumen y la estructura de su capital, es decir, de su trayectoria social y de las disposiciones (habitus) que

son constituidas en la relación prolongada con cierta estructura objetiva de posibilidades.  (relacionar  con  los  operarios que terminan teniendo mayor voz a la hora de tomar decisiones).  Los jugadores pueden jugar para incrementar o conservar su capital, sus fichas, conforme a las reglas tácitas del juego y a las necesidades de reproducción tanto del juego como de las apuestas. También pueden intentar trasformar, en parte o en su totalidad, las reglas inmanentes del juego. (relacionar con los talleristas que intentan mo‐ dificar las reglas de los operarios), por ejemplo: cambiar el valor relativo de las fichas, la paridad  entre las diferentes especies de capital, mediante estrategias encaminadas a desacreditar la sub‐ especie de capital en la cual descansa la fuerza de sus adversarios y evaluar la especie de capital  que ellos poseen en abundancia. 
¿Cómo se determina la existencia de un campo y sus fronteras?

Los límites del campo siempre se plantean dentro del campo mismo y, por consiguiente, no admite nin‐ guna respuesta a priori.  Los participantes en un campo procuran en todo momento diferenciarse de sus rivales, a fin de reducir la competencia y establecer un monopolio sobre un determinado subsector del campo.  (relacionar 
con la permanente diferenciación que los operarios marcan en las entrevistas –lugar de trabajo–). 

Asimismo,  los participantes se esfuerzan por excluir del campo a una parte de los colegas actuales o potenciales, aumentando, por ejemplo, el valor del derecho de ingreso o imponiendo cierta definición de pertenencia al mismo. (relacionar cuando el operario habla de sus derechos dentro de la fábrica; y relacionar cuan‐ do habla de su espacio y forma de trabajo que condiciona el ingreso de alguien de afuera).  Sus esfuerzos por imponer o hacer reconocer tal o cual criterio de competencia y pertenencia pueden ser más o menos exitosos, según la coyuntura.  (relacionar  con  la  continua  expansión  del  Centro  Cultural,  más  allá  de  la  con‐ formidad o no de los operarios). Las fronteras del campo no pueden determinarse sino mediante  una investigación empírica. Los campos siempre conllevan “barreras de ingreso” tácitas o institucionalizadas.  Un campo puede concebirse como un espacio donde se ejerce un efecto de campo, de suer‐ te que lo que le sucede a un objeto que atraviesa este espacio no puede explicarse cabalmente  por  sus  solas  propiedades  intrínsecas.  Los  límites  del  campo  se  encuentran  en  el  punto  en  el  cual  termina  los  efectos  de  campo.  Debemos  intentar  medir  en  cada  caso,  mediante  diversos  procedimientos,  el  punto  en  que  estos  efectos  estadísticamente  detectables  disminuyen  o  se  anulan.  Solamente,  estudiando  cada  uno  de  estos  universos,  podemos  determinar  cómo  son  constituidos concretamente, en dónde terminan, quiénes forman parte y quiénes son excluidos  de ellos, y si realmente constituyen un campo.  ¿Cuáles son los motores del funcionamiento y el cambio del campo? El principio de la dinámica de un campo radica en la configuración particular de su estructura, en la distancia o en los intervalos que separan a las diferentes fuerzas específicas que se enfrentan dentro del mismo.  (fuerzas que  se enfrentan: operarios de la tarde vs. talleristas de la tarde). Las fuerzas que son activas en el campo  y que el analista selecciona como pertinentes, porque producen las diferencias más importantes,  son aquellas que definen el capital específico.  Un capital sólo existe y funciona en relación con un campo; confiere un poder sobre el campo, sobre los instrumentos materializados o incorporados de producción o reproducción, cuya distribución constituye la estructura misma del campo, así como sobre las regularidades y las reglas que definen el funcionamiento ordinario del campo y, de ahí, sobre las ganancias que se generan en el mismo. (ver los diferentes 
capitales en juego en un mismo campo; cómo funcionan; cuál domina y en qué circunstancias) 

En tanto que campo de fuerzas actuales y potenciales,  el campo es igualmente campo de luchas por la conservación o la transformación de la configuración de dichas fuerzas. (ver cómo se da la lucha entre ambos 
grupos dentro de la fábrica) 

Como  estructura  de  relaciones  objetivas  entre  posiciones  de  fuerza,  el  campo  subyace  y  orienta las  estrategias mediante las cuales los ocupantes de dichas posiciones intentan,  indivi‐ dual o colectivamente, salvaguardar o mejorar su posición e imponer el principio de jerarquiza‐

ción más favorable a sus propios productos. Dicha de otra manera,  las estrategias de los agentes dependen de su posición en el campo, es decir, en la distribución del capital específico, así como de la percepción que tienen del campo, esto es, de su punto de vista sobre el campo como vista tomada a partir de punto dentro del campo. 
(diferentes estrategias de ambos lados según su posición dentro de la fábrica, y según el capital específi‐ co de cada grupo, y según su visión del lugar –interés–). 

¿Cuál es la diferencia entre un campo y un “aparato”, como lo entiende Althusser, o entre un campo y un sistema, tal como lo concibe Luhmann? En un campo hay luchas; por lo tanto hay historias.   El sistema escolar, el Estado, la Iglesia, los partidos políticos y los sindicatos no son apara‐ tos, sino campos. En un campo, los agentes y las instituciones luchan, con apego a las regulari‐ dades y las reglas constitutivas de este espacio de juego con grados diversos de fuerza y, para  apropiarse de las ganancias específicas que están en juego en el juego.  Quienes dominan en un determinado campo están en posición de hacerlo funcionar en su beneficio, pero siempre deben tener en cuenta la resistencia, las protestas, las reivindicaciones y las pretensiones, “políticas” o no, de los dominados. (relacionar dominado‐
res – operarios‐dominados – talleristas ¡ojo! en ciertos aspectos solamente; pero es importante tener en  cuenta que los operarios siempre tienen en cuenta la resistencia de los talleristas). 

Dentro de ciertas condiciones históricas, un campo puede comenzar a funcionar como apa‐ rato. Cuando el dominante logra aplastar o anular la resistencia y las reacciones del dominado,  cuando todos los movimientos ocurren exclusivamente de arriba hacia abajo, la lucha y la dia‐ léctica  constitutivas  del  campo  tienden  a  desaparecer.  Sólo  puede  haber  historia  mientras  los  individuos  se  rebelen,  resistan  y  reaccionen.  Las  instituciones  totalitarias  –asilos,  prisiones,  campo de concentración– y las dictaduras son intento de acabar con la historia.  La teoría de sistemas contiene algunas semejanzas superficiales con la teoría de los campos.  El concepto de campo excluye el funcionalismo y el organicismo: los productos de un cam‐ po dado pueden ser sistemáticos sin ser resultado de un sistema y, en particular, de un sistema  caracterizado por funciones comunes, una cohesión interna y una autorregulación; postulados  éstos de la teoría d sistemas que deben ser rechazados. 

El campo es escenario de relaciones de fuerzas y de luchas encaminadas a transformarlas y, el sitio de un cambio permanente.  La  coherencia  que  puede  observarse  en  un  estado  dado  del  campo,  su  aparente  orientación hacia una función única es resultado del conflicto y la competencia más no de una  suerte de autodesarrollo inmanente de la estructura. 
Una segunda diferencia, es que un campo no está integrado por partes o componentes.  Cada subcampo posee su propia lógica, reglas y regularidades específicas, y cada etapa de la división de un campo conlleva un auténtico salto cualitativo  (subcampo sector operario vs. subcampo sector talleristas; todo dentro 
del mismo campo –la fábrica–) (por ejemplo, cuando pasamos del nivel del campo literario en su conjun‐ to a aquél del subcampo de la novela o del teatro). 

Todo campo constituye un espacio de juego potencialmente abierto cuyos límites son fronteras dinámicas, las cuales son objeto de luchas dentro del mismo campo. (en el IMPA hay fronteras dinámicas). 
¿Cómo debe llevarse a cabo el estudio de un campo, y cuáles son las etapas necesarias en este tipo de análisis? IMPORTANTE: FORMA DE ANÁLISIS DEL CAMPO El análisis de campo implica tres momentos.   Primero, hay que analizar la posición del campo en relación con el campo del poder. Así se  descubre que el campo literario, por ejemplo, está incluido en el campo del poder, donde ocupa  una posición dominada (los artistas y los escritores son una fracción dominada de la clase do‐

minante) (ver si los talleristas son una fracción dominada de los operarios que a la hora de to‐ mar decisiones son los dominadores)  Segundo, es necesario establecer la estructura objetiva de las relaciones entre las posiciones  ocupadas por los agentes o las instituciones que compiten dentro del campo en cuestión. (ver si  la estructura objetiva en este caso es el objetivo en común –mantener el espacio de la fábrica–).  Tercero, se deben analizar los habitus de los agentes, los diferentes sistemas de disposicio‐ nes  que  éstos  adquirieron  mediante  la  interiorización  de  un  tipo  determinado  de  condiciones  sociales y económicas y que encuentran, en una trayectoria definida dentro del campo conside‐ rado, una oportunidad más o menos favorable de actualizarse.(ver el habitus de ambos grupos)  El campo de las posiciones es inseparable del campo de las tomas de posición, entendido  como el sistema estructurado de las prácticas y expresiones de los agentes. Ambos espacios, el  de las posiciones objetivas (objetivo en común) y el de las tomas de posición (objetivos indivi‐ duales de cada grupo), deben analizarse juntos y tratarse como “dos traducciones de una misma  frase”. Dada una situación de equilibrio, el espacio de las posiciones tiende a regir el espacio de  las tomas de posición. (en definitiva, el objetivo en común –mantener en pie la fábrica– termina rigien‐
do sobre los objetivos individuales –operarios, mayor producción y fuente de trabajo‐talleristas, mayor  expansión  cultural–). Podemos observar la correspondencia entre las posiciones objetivas de los 

bancos en el campo económico y las estrategias que éstos aplican en materia de publicidad, ad‐ ministración del personal, etc.  ¿El campo constituye una mediación capital entre las condiciones socioeconómicas y las prácticas de quienes forman parte de él? Las determinaciones que pesan sobre los agentes situados en un campo determinado (inte‐ lectuales,  artistas,  políticos  o  industrias  de  la  construcción)  nunca  ejercen  directamente  sobre  ellos, sino sólo a través de la mediación específica constituida por las formas y las fuerzas del  campo, es decir, después de haber sufrido una reestructuración, la cual es tanto más importante  cuanto más autónomo sea el campo, esto es, cuanto más capaz sea de imponer su lógica especí‐ fica, que es el producto acumulado de una historia particular.  Una tercera propiedad general de los campos es el hecho de que son sistemas de relaciones  independientes de las poblaciones que definen dichas relaciones. Cuando hablo del campo inte‐ lectual, sé que en este campo encontraré partículas que obedecen a fuerzas de atracción, de re‐ pulsión, etc., como sucede en un campo magnético. El individuo como el electrón es una ema‐ nación del campo. El intelectual o el artista en particular sólo existen como tales porque hay un  campo intelectual o artístico.  La noción de campo está ahí para recordar que el verdadero objeto de una ciencia social no  es el individuo, es decir, el “autor”, aunque sólo pueda construirse un campo a partir de indivi‐ duos, puesto que la información necesaria para el análisis estadístico suele estar ligada a indivi‐ duos o instituciones singulares.  El centro de las operaciones de investigación debe ser el campo. Esto implica que la ciencia, a los individuos, los construye como agentes y no como individuos biológicos, actores o sujetos: estos agentes son socialmente constituidos como activos y actuantes en el campo, debido a que poseen las características necesarias para ser eficientes en dicho campo, para producir efectos en él. Es a través del conocimiento del campo donde ellos están inmersos que podemos captar mejor lo que define su singularidad, su originalidad, su punto de vista como posición, a partir de la cual se conforma su visión particular del mundo y del mismo campo. Lo cual se explica por el hecho de que existe, en todo momento, algo así como un derecho de entrada que todo campo impone y que define el derecho de participar; seleccionando así ciertos agentes con respecto a otros. (ver como funciona esto con los operarios).

Lo que legitima el derecho de ingresar a un campo es la posesión de particulares características. (definir las ca‐ racterísticas del campo a estudiar –La Fábrica–). Una de las metas de la investigación es identificar estas características eficientes, estas formas de capital específico. Así nos encontramos ante una especie de círculo  hermenéutico:  para construir un campo, hay que identificar aquellas formas de capital específico que habrán de ser eficientes en él y, para construir estas formas de capital específico, se debe conocer la lógica específica del campo. 
(identificar el capital específico en la Fábrica, y a partir de ahí definir la lógica de ese campo). 

Los agentes sociales son portadores de capital y, según su trayectoria y la posición que ocupan en el campo en virtud de su dotación de capital (volumen y estructura), propenden a orientarse activamente, ya sea hacia la conservación de la distribución del capital ya sea hacia la subversión de dicha distribución. (esto se relaciona con la an‐
tigüedad de los operarios, su lucha por mantener el lugar de trabajo, etc.; todo conforma su capital do‐ minante en el campo –La Fábrica–). 

El universo social, al menos en las sociedades avanzadas, se compone de varios campos diferenciados que poseen, al mismo tiempo, propiedades invariantes (que justifica el proyecto de una teoría general de los campos) y propiedades variables, arraigadas en su lógica e historia específicas (lo cual requiere un análisis genético y comparativo de cada uno de ellos) ¿Cómo se articulan entre sí estos diferentes campos? Creo que no existe una ley transhistórica de las relaciones entre los campos. Desde luego,  es difícil no admitir que, en las sociedades industriales, el campo económico ejerce efectos parti‐ cularmente poderosos. Ejemplo: el campo artístico accede, a finales del siglo XIX, a la autono‐ mía: está por completo liberado del encargo y de la sociedad comanditaria, produce él mismo  su propio mercado que, por otra parte, es un mercado diferido.   Hans Haacke, cuestiona desde el punto de vista artístico los logros de la creación artística  en materia de autonomía. Por ejemplo, para una exposición en el Museo Guggenheim, presentó  un  cuadro ilustrativo de los orígenes  de  los  recursos financieros  de la familia Guggenheim: el  administrador del museo no tenía otra opción sino enunciar, en el caso de exhibirlo, o ponerse  en ridículo ante los demás artistas, en el caso de no hacerlo. Y así descubrimos que la autonomía  que los artistas, en un principio dependientes con respecto al contenido y la forma de sus obras,  habían ganado, implicaba una supeditación a la necesidad; los artistas habían hecho de la nece‐ sidad una virtud al adjudicarse el dominio absoluto de la forma, pero al costo de una renuncia  igualmente absoluta a la función.  Como lo demuestra este ejemplo,  las relaciones entre los campos, nunca se definen de una vez por todas, ni siquiera en las tendencias generales de su evolución. Y la mayor virtud de la noción es la de obligar a preguntarse, con respecto a cada campo, cuáles son sus límites, cómo se articula con otros campos, etc. En un número reciente de Actes de la recherche en sciences sociales, dedicada a la “economía doméstica”, es decir, al conjunto de los espacios sociales que deberá tenerse en cuenta para entender la producción y circulación de este bien económico particular que es la vivienda individual, usted analizó la génesis de las políticas estatales que, por lo menos en este caso determinan en una forma muy directa el funcionamiento del mercado. Y también esbozó una teoría del Estado como una especie de metacampo. En el Estado lo que encontramos es un conjunto de campos burocráticos o administrativos  donde los agentes y grupos de agentes gubernamentales o no gubernamentales luchan en per‐ sona o por procuración por esta forma particular de poder que es el poder de regir una esfera  particular  de  prácticas  (la  producción  de  viviendas  individuales  o  habitacionales  colectivas)  mediante  leyes,  reglamentos,  medidas  administrativas  (subsidios,  autorizaciones,  etc.),  todo  aquello que corresponda a una política. Así el Estado sería un conjunto de campos de fuerzas en  donde se llevan a cabo luchas cuyo objetivo sería el monopolio de la violencia simbólica legítima: es  decir, el poder de constituir e imponer como universal y universalmente aplicable en el marco 

de una nación, esto es, dentro de los límites fronterizos de un país, un conjunto común de nor‐ mas coercitivas.  Estos campos son escenarios del enfrentamiento entre fuerzas pertenecientes tanto al sector  privado (banqueros y bancos, empresas constructoras y constructores, etc.) como al sector pú‐ blico (ministerios, servicios dentro de dichos ministerios, etc.) es decir, subuniversos, organiza‐ dos ellos mismos en campos y, al mismo tiempo, unidos y divididos por luchas internas y posi‐ ciones de fuerza.  ¿Podría usted precisar en qué se distingue su concepción del Estado como conjunto de campos burocráticos parcialmente desglosados de la noción de Estado organizacional, desarrollada por Edward Lauman y David Knoke, y del network analysis? La estructura de un campo, como espacio de relaciones objetivas entre posiciones definidas  por su rango en la distribución de los poderes o de las especies de capital, difiere de las redes  más  o  menos  duraderas  donde  puede  manifestarse  por  un  tiempo  más  o  menos  prolongado.  Ella es la que determina la posibilidad o imposibilidad de que se instauren los intercambios que  expresan y mantienen la existencia de redes.  La tarea de la ciencia es sacar a relucir la estructura de la distribución de los recursos (o de  las especies de capital) que, a través de los intereses y disposiciones que condiciona, tiende a de‐ terminar la estructura de las tomas de posición individuales y colectivas.  En el network analysis, el análisis de estas estructuras (que requiere un modo de pensamien‐ to estructural, más difícil de expresar mediante datos cuantificados y formalizados, salvo que se  recurra al análisis de las correspondencias), ha sido sacrificado en favor del análisis de los nexos  particulares  (entre  agentes  e  instituciones)  y  de  los  flujos  (de  información,  recursos,  servicios,  etc.) en los cuales aquellos se manifiestan.  Podría  afirmar  que  la  construcción  del  Estado  dinástico  y,  luego,  del  Estado  burocrático,  adoptó la forma de un proceso de concentración de diferentes especies de poder, o de capital, y  que desembocó, en un primer momento, en la monopolización privada de un poder público, a  la vez externo y superior a todos los poderes privados. La concentración de estas diferentes es‐ pecies de capital, que corrió pareja con la construcción de los diferentes campos correspondien‐ tes originó el surgimiento de un capital específico, propiamente estatal y nacido de la acumula‐ ción, que permite al Estado ejercer un poder sobre los diferentes campos y sobre las diferentes  especies particulares de capital. Esta especie de metacapital capaz de ejercer un poder sobre las  otras especies de capital y, en particular, sobre las tasas de intercambio entre ellas define el po‐ der propiamente estatal. De ahí se desprende que la construcción del Estado sea simultánea a la  construcción del campo del poder, entendido como el espacio de juego dentro del cual los po‐ seedores de capital luchan, sobre todo, por el poder sobre el Estado, es decir, sobre el capital es‐ tatal que otorga poder sobre las diferentes especies de capital y sobre su reproducción.   

La lógica de los campos 
Entrevista a Pierre Bourdieu*   La noción de campo forma parte, junto con las de habitus y capital, de los conceptos centrales de su obra, que comprende estudios sobre los campos artístico y literario, el campo de las grandes escuelas, los campos científico y religioso, el campo del poder, el campo jurídico, el campo burocrático, etc. Usted utiliza la noción de campo en un sentido muy técnico y preciso que está, quizás, en parte ocultado por su significación corriente. ¿Podría decir de dónde viene esta noción (para los americanos evoca, en forma verosímil, la Field theory de Kurt Lewin), qué sentido le da usted, y cuáles son sus funciones teóricas? Como no me gustan mucho las definiciones profesorales, querría comenzar con un breve  excursus sobre su uso. Podría remitir aquí al Métier du sociologue. Es un libro un poco escolar, pe‐ ro  que  contiene  sin  embargo  principios  teóricos  y  metodológicos  que  permitirían  comprender  que una cantidad de abreviaciones y elipses que quizás se me reprochan son de hecho rechazos  concientes y elecciones deliberadas. Por ejemplo, el uso de conceptos abiertos es un medio para  romper  con  el  positivismo  –pero  ésta  es  una  frase  hecha.  Para  ser  más  preciso,  es  un  medio  permanente para recordar que los conceptos no tienen sino una definición sistémica y son con‐ cebidos  para  ponerse  en  práctica  empíricamente  de  manera  sistemática.  Nociones  tales  como  habitus, campo y capital pueden definirse, pero solamente en el interior del sistema teórico que  constituyen, nunca en estado aislado.  Dentro de la misma lógica se me pregunta frecuentemente, en Estados Unidos, porqué no  propongo teoría «de mediano alcance» (middle‐range theory). Pienso que sería en principio una  manera  de  satisfacer  una  expectativa  positivista,  a  la  manera  del  ya  viejo  libro  de  Berelson  y  Steiner (1964) compilación del conjunto de las leyes parciales establecidas por las ciencias socia‐ les. Como lo mostró Duhem hace mucho tiempo en el plano de la física, y luego Quine, la cien‐ cia no conoce sino sistemas de leyes. Y lo que es verdadero con respecto a los conceptos, es ver‐ dadero con respecto a las relaciones. Del mismo modo, si uso mucho más el análisis de corres‐ pondencias que el análisis de regresión múltiple, por ejemplo, es porque es una técnica relacio‐ nal de análisis de los datos cuya filosofía corresponde exactamente, a lo que es, a mi modo de  ver, la realidad del mundo social. Es una técnica que «piensa» términos de relaciones, precisa‐ mente yo intento pensar la noción de campo.  Pensar en términos de campo es pensar relacionalmente (1968b, 1982c, pp. 41‐42). El modo  de pensamiento relacional (antes que «estructuralista», más estrecho) es, como lo mostró Cassi‐ rer en Substance et Fonction, la marca distintiva de la ciencia moderna, y se podría mostrar que se  la encuentra tras las empresas científicas tan diferentes, en apariencia, como las del formalista  ruso Tynianov, la del psicólogo Kurt Lewin, la de Norbert Elías y las de los pioneros del estruc‐ turalismo  en  antropología,  en  lingüística  e  historia,  de  Sapir  y  Jakobson  a  Dumézil  y  Lévi‐ Strauss. (Lewin invoca explícitamente a Cassirer, como yo, para superar el sustancialismo aris‐ totélico  que  impregna  espontáneamente  el  pensamiento  del  mundo  social).  Yo  podría,  defor‐ mando la famosa fórmula de Hegel, decir que lo real es relacional: lo que existe en el mundo so‐ cial son relaciones ‐no interacciones o lazos intersubjetivos entre agentes sino relaciones objeti‐ vas que existen «independientemente de las conciencias y de las voluntades individuales», co‐ mo decía Marx.  En términos analíticos, un campo puede definirse como una trama o configuración de rela‐ ciones objetivas entre posiciones. Esas posiciones se definen objetivamente en su existencia y en  las determinaciones que imponen a sus ocupantes, agentes o instituciones, por su situación (si‐ tus) actual y potencial en la estructura de la distribución de las diferentes especies de poder (o 

de capital), cuya disposición comanda el acceso a los beneficios específicos que están en juego  en el campo, y, al mismo tiempo, por sus relaciones objetivas con las otras posiciones (domina‐ ción, subordinación, homología, etc.). ‘En las sociedades altamente diferenciadas el cosmos so‐ cial está constituido por el conjunto de esos microcosmos sociales relativamente autónomos, es‐ pacios de relaciones objetivas que son el lugar de una lógica y de una necesidad irreductibles a  aquellas  que  rigen  los  otros  campos.  Por  ejemplo,  el  campo  artístico,  el  campo  religioso  y  el  económico obedecen a lógicas diferentes: el campo económico emergió, históricamente, en tanto  que universo en el que, como se dice, «los negocios son los negocios», business is business, y del  que las relaciones de parentesco, de amistad y de amor están, en principio, excluidas; el campo  artístico, por el contrario, se constituyó en y por el rechazo, o la inversión, de la ley del prove‐ cho material (1971d).  Usted utiliza frecuentemente la imagen del «juego» para dar una primera intuición de lo que entiende por campo. Efectivamente, se puede comparar el campo con un juego (aunque a diferencia de un juego  no sea el producto de una creación deliberada y no obedezca a reglas, o mejor, regularidades no  explicitadas y codificadas). Tenemos de este modo apuestas que son, en lo esencial, el producto  de la competición entre los jugadores; una investidura en el juego, illusio (de ludus, juego): los  jugadores  entran  en  el  juego  se  oponen,  a  veces  ferozmente,  sólo  porque  tienen  en  común  el  atribuir al juego y a las apuestas una creencia (doxa), un reconocimiento que escapa al cuestio‐ namiento (los jugadores aceptan, por el hecho de jugar el juego, y no por un «contrato», que va‐ le la pena jugar el juego) y esta connivencia está en el principio de su competición y de sus con‐ flictos. Disponen de triunfos, es decir de cartas maestras cuya fuerza varía según el juego: del  mismo modo que cambia la fuerza relativa de las cartas según los juegos, la jerarquía de las di‐ ferentes especies de capital (económico, cultural, social, simbólico) varía en los diferentes cam‐ pos. Dicho de otro modo, hay cartas que son válidas, eficientes en todos los campos ‐son las es‐ pecies  fundamentales  de  capital‐,  pero  su  valor  relativo  en  tanto  que  triunfos  varía  según  los  campos, e incluso según los estados sucesivos de un mismo campo. Dando por supuesto que,  más  fundamentalmente,  el  valor  de  una  especie  de  capital  ‐por  ejemplo  el  conocimiento  del  griego o del cálculo integral‐ depende de la existencia de un juego, de un campo en el que ese  triunfo puede ser utilizado: un capital o una especie de capital es aquello que es eficiente en un  campo determinado, como arma y como apuesta de lucha, lo cual permite a su, portador ejercer  un  poder,  una  influencia;  por  lo  tanto,  existir  en  un  campo  determinado,  en  lugar  de  ser  una  simple  «cantidad  despreciable».  En  el  trabajo  empírico  el  determinar  qué  es  el  campo,  cuales  son los límites, y determinar qué especies de capital actúan en él, dentro de qué límites ejerce  sus  efectos,  etc.,  es  una  misma  cosa.  (Se  ve  que  las  nociones  de  capital  y  de  campo  son  estre‐ chamente interdependientes.)  Es en cada momento el estado de las relaciones de fuerza entre los jugadores lo que define  la estructura del campo: se puede imaginar que cada jugador tiene delante de sí pilas de fichas  de diferentes colores, correspondientes a las diferentes especies de capital que posee, de manera  tal que su fuerza relativa en el juego, su posición en el espacio de juego, y también sus estrate‐ gias  de juego, lo  que se llama en francés  su «  juego»  (jeu),  los golpes,  más o menos  riesgosos,  más o menos prudentes, más o menos subversivos o conservadores que emprende dependen al  mismo tiempo del volumen global de sus fichas y de la estructura de las pilas de fichas, del vo‐ lumen global de la estructura de su capital; pudiendo diferir dos individuos dotados de un ca‐ pital  global  más  o  menos  equivalente  tanto  en  su  posición  como  es  sus  tomas  de  posición,  en  tanto que uno tiene (relativamente) mucho capital económico y poco capital cultural (un patrón 

de una empresa privada, por ejemplo); y el otro tiene mucho capital cultural y poco capital eco‐ nómico (por ejemplo un profesor).  Más exactamente, las estrategias de un «jugador» en lo que define su juego dependen de  hecho no sólo del volumen y de la estructura de su capital en el momento considerado y de las  chances en el juego (Huyghens hablaba de lusiones, siempre de ludus para definir las probabili‐ dades objetivas) que ellas le aseguran, sino también de la evolución en el tiempo del volumen y  la estructura de su capital, es decir de su trayectoria social y de las disposiciones (habitus) que se  constituyeron en la relación prolongada con una cierta estructura objetiva de chances.  Y esto no es todo: los jugadores pueden jugar para aumentar o conservar su capital, sus fi‐ chas, es decir conformemente a las reglas tácitas del juego y a las necesidades de la reproduc‐ ción del juego y de las apuestas; pero pueden también trabajar para transformar, parcial o to‐ talmente, las reglas inmanentes del juego, cambiar por ejemplo el valor relativo de las fichas, la  tasa de cambio entre diferentes especies de capital, por estrategias tendientes a desacreditar la  subespecie  de  capital  sobre  la  que  reposa  la  fuerza  de  sus  adversarios  (por  ejemplo  el  capital  económico) y a valorizar la especie de capital de la que ellos están particularmente dotados (por  ejemplo el capital jurídico). Numerosas luchas en el campo del poder son de este tipo: especial‐ mente  las  que  apuntan  a  apoderarse  de  un  poder  sobre  el  Estado,  es  decir  sobre  los  recursos  económicos y políticos que permiten al Estado ejercer un poder sobre todos los juegos y sobre  las reglas que los rigen.  Esta analogía permite ver el lazo entre los conceptos que usted pone en juego en su teoría. Pero es necesario ahora retomar de manera más precisa ciertas cuestiones. En primer lugar, ¿Cómo se determinan la existencia de un campo y sus fronteras? La pregunta acerca de los límites del campo se formula siempre dentro del campo mismo  y, en consecuencia, no admite una respuesta a priori. Los participantes de un campo, por ejem‐ plo  las  empresas  económicas,  los  sastres,  los  escritores,  trabajan  constantemente  para  diferen‐ ciarse  de  sus  rivales  más  próximos,  con  el  objetivo  de  reducir  la  competencia  y  establecer  un  monopolio sobre un subsector particular de campo (habría que corregir esta frase, que sucumbe  al «sesgo» teleológico ‐aquel que me atribuyen frecuentemente cuando se comprende que hago  de la investigación de la distinción el principio de las prácticas culturales: todavía un efecto fu‐ nesto ‐hay una producción de diferencia que no es en nada el producto de la investigación de la  diferencia; hay mucha gente –pienso por ejemplo en Flaubert– para la cual existir dentro de un  campo  es,  eo  ipso,  diferir,  ser  diferente,  afirmar  la  diferencia;  esta  gente  estaba  frecuentemente  dotada de características que hacían que no debieran estar allí, que debieran haber sido elimi‐ nados de entrada; pero cierro el paréntesis); trabajan también para excluir del campo una parte  de los participantes actuales o potenciales, especialmente elevando el derecho de entrada, o im‐ poniendo una cierta definición de la pertenencia: es lo que hacemos, por ejemplo, cuando deci‐ mos que X o Y no es un sociólogo, o un verdadero sociólogo, conforme a las leyes inscriptas en  la ley fundamental del campo tal como nosotros la concebimos. Sus esfuerzos para imponer y  hacer reconocer tal o cual criterio de competencia y de pertenencia pueden resultar más o me‐ nos exitosos, según la coyuntura. De este modo, las fronteras del campo no pueden determinar‐ se  sino  por  una  investigación  empírica.  Toman  sólo  raramente  la  forma  de  fronteras  jurídicas  (con, por ejemplo, el numerus clausus), incluso si los campos conllevan «barreras a la entrada»,  tácitas o institucionalizadas.  A riesgo de parecer que sacrifico la tautología, diría que se puede concebir un campo como  un espacio en el que se ejerce un efecto de campo, de manera que lo que le ocurre a un objeto  que atraviesa ese campo no puede ser explicado completamente por sus solas propiedades in‐

trínsecas. Los límites del campo se sitúan en el punto en el que cesan los efectos de campo. En  consecuencia,  hay  que  tratar  de  medir,  en  cada  caso,  por  medios  variados,  el  punto  en  el  que  esos  efectos  estadísticamente  detectables  declinan  o  se  anulan  en  el  trabajo  de  investigación  empírica, la construcción de un campo no se efectúa por un acto de decisión. Por ejemplo, no  creo  que  el  conjunto  de  las  asociaciones  culturales  (coros,  grupos  de  teatro,  clubes  de  lectura,  etc.) de tal Estado americano o de tal departamento francés constituya un campo. Opuestamen‐ te, el trabajo de Jerome Karabel (1984) sugiere que las principales universidades americanas es‐ tán ligadas por relaciones objetivas tales que la estructura de esas relaciones (materiales o sim‐ bólicas) ejerce efectos en el interior de cada una de ellas. Lo mismo con respecto a los diarios:  Michael Schudson (1978) muestra que no es posible comprender la emergencia de la idea mo‐ derna  de  «objetividad»  en  el  periodismo,  si  no  se  ve  que  dicha  objetividad  aparece  en  diarios  cuidadosos de afirmar su respeto de las normas de respetabilidad, oponiendo las «informacio‐ nes» a las simples «noticias» de los órganos de prensa menos exigentes. Solamente estudiando  cada uno de estos universos puede establecerse cómo están concretamente constituidos, dónde  terminan, qué forma parte de ellos y qué no, y si constituyen verdaderamente un campo.  ¿Cuáles son los motores del funcionamiento y del cambio del campo? El principio de la dinámica de un campo reside en la configuración particular de su estruc‐ tura, en la distancia entre las diferentes fuerzas específicas que se enfrentan en él. Las fuerzas  que son  activas en  el campo  que el  analista  selecciona de ese hecho  como  pertinentes,  porque  producen las diferencias más importantes, son las que definen el capital específico. Como he di‐ cho a propósito del juego y de los triunfos, un capital no existe ni funciona sino en relación a un  campo: confiere un poder sobre el campo, sobre los instrumentos materializados o incorporados  de producción o de reproducción, cuya distribución constituye la estructura misma del campo;  sobre las regularidades y las reglas que definen el funcionamiento del campo; y sobre los bene‐ ficios que en él se engendran.  Campo de fuerzas actuales y potenciales, el campo es también un campo de luchas por la  conservación o la transformación de la configuración de sus fuerzas. Además, el campo, en tan‐ to que estructura de relaciones objetivas entre posiciones de fuerza, sostiene y orienta las estra‐ tegias por las cuales los ocupantes de esas posiciones buscan, individual o colectivamente, sal‐ vaguardar o mejorar su posición e imponer el principio de jerarquización más favorable a sus  propios productos. Dicho de otro modo, las estrategias de los agentes dependen de suposición  en el campo, es decir en la distribución del capital específico, y de la percepción que tienen del  campo, es decir de su punto de vista sobre el campo en tanto que vista tomada a partir de un  punto dentro del campo.  ¿Qué diferencia hay entre un campo y un «aparato» en el sentido de Althusser o un sistema tal como lo concibe Luhmann, por ejemplo? Una diferencia esencial: en un campo hay luchas, por lo tanto historia. Soy muy hostil a la  noción de aparato que es para mí el caballo de Troya del funcionalismo de lo peor: un aparato  es  una  máquina  infernal,  programada  para  alcanzar  ciertos  objetivos.  (Ese  fantasma  del  com‐ plot, la idea de que una voluntad demoníaca es responsable de todo lo que sucede en el mundo  social, frecuenta el pensamiento « crítico»). El sistema escolar, el Estado, la Iglesia, los partidos  políticos o los sindicatos no son aparatos, sino campos. En un campo, los agentes y las institu‐ ciones luchan, siguiendo las regularidades y las reglas constitutivas de ese espacio de juego (y,  en ciertas coyunturas, a propósito de esas mismas reglas), con grados diversos de fuerza y, por  lo tanto, con distintas posibilidades de éxito para apropiarse de los beneficios específicos que es‐ tán en juego en el juego. Los que dominan en un campo dado están en posición de hacerlo fun‐

cionar en su provecho, pero deben tener siempre en cuenta la resistencia, la protesta, las reivin‐ dicaciones, las pretensiones, «políticas» o no, de los dominados.  Ciertamente, en ciertas condiciones históricas, que deben ser estudiadas de manera empíri‐ ca, un campo puede comenzar a funcionar como un aparato. Cuando el dominador logra anular  y aplastar la resistencia y las reacciones del dominado, cuando todos los movimientos se dirigen  exclusivamente desde lo alto hacia lo bajo, la lucha y la dialéctica constitutivas del campo tien‐ den a desaparecer. Hay historia desde que la gente se rebela, resiste, reacciona. Las instituciones  totalitarias ‐asilos, prisiones, campos de concentración‐ o los Estados dictatoriales son tentativas  de poner fin a la historia. De este modo, los aparatos representan un caso límite, algo que puede  ser  considerado como un estado patológico  de  los  campos, pero es un límite nunca realmente  alcanzado, incluso en los regímenes dichos «totalitarios» más represivos.  En cuanto a la teoría de los sistemas, es verdadero que encontramos en ella un cierto nú‐ mero de parecidos superficiales con la teoría de los campos. Se podría fácilmente retraducir los  conceptos de «auto‐referencialidad» o de «auto‐organización» por lo que yo coloco bajo la no‐ ción de autonomía; en los dos casos, es verdad, el proceso de diferenciación y de autonomiza‐ ción juega un rol central. Pero las diferencias entre las dos teorías son sin embargo radicales. En  primer lugar, la noción de campo excluye el funcionalismo y el organicismo: los productos de  un campo dado pueden ser sistemáticos sin ser productos de un sistema, y en particular de un  sistema  caracterizado  por  funciones  comunes,  una  cohesión  interna  y  una  autorregulación  – postulados  de  la  teoría  de  los  sistemas  que  deben  ser  rechazados.  Si  bien  es verdad  que  en  el  campo literario o en el campo artístico se pueden tratar las tomas de posición constitutivas de  un espacio de posibles como un sistema, estas tomas de posición posibles forman un sistema de  diferencias,  de  propiedades  distintivas  y  antagónicas  que  no  se  desarrollan  según  su  propio  movimiento interno (como implica el concepto de autoreferencialidad), sino a través de los con‐ flictos internos al campo de producción. El campo es el lugar de relaciones de fuerza ‐y no so‐ lamente de sentido‐ y de luchas tendientes a transformarlo y, por lo tanto, el lugar de un cambio  permanente.  La  coherencia  que  puede  observarse  en  un  estado  dado  del  campo,  su  aparente  orientación hacia una función única (por ejemplo en el caso de las grandes escuelas de Francia,  la reproducción de la estructura del campo del poder) es el producto del conflicto y de la com‐ petencia, y no de una suerte de autodesarrollo inmanente de la estructura.  Una segunda diferencia mayor es que un campo no tiene, partes, componentes, cada sub‐ campo tiene su propia lógica, sus reglas y regularidades específicas, y cada etapa en la división  de un campo conlleva un verdadero salto cualitativo (como, por ejemplo, cuando se pasa de un  nivel  del  campo  literario  en  su  conjunto  al  subcampo  de  la  novela  o  del  teatro).  Todo  campo  constituye  un  espacio  de  juego  potencialmente  abierto,  cuyos  límites  son  fronteras  dinámicas,  que son un juego de luchas en el interior del campo mismo. Un campo es un juego que nadie ha  inventado y que es mucho más fluido y complejo que todos los juegos que puedan imaginarse.  Digo esto para aprehender plenamente todo lo que separa los conceptos de campo y de sistema,  hay que ponerlos en práctica y compararlos a través de los objetos empíricos que producen.  Brevemente, ¿cómo debe conducirse el estudio de un campo, y cuáles son las etapas necesarias en este tipo de análisis? Un análisis en términos de campo implica tres momentos necesarios y conectados entre sí  (1971a). En primer lugar, se debe analizar la posición del campo en relación al campo del poder  (1983c), donde ocupa una posición dominada. (O, en un lenguaje mucho menos adecuado: los  artistas y los escritores, o más generalmente los intelectuales, son una «fracción dominada de la  clase dominante»). En segundo lugar, se debe establecer la estructura objetiva de las relaciones 

entre  las  posiciones  ocupadas  por  los  agentes  o  las  instituciones  que  están  en  competencia  en  ese campo. En tercer lugar, se deben analizar los habitus de los agentes, los diferentes sistemas  de  disposiciones  que  han  adquirido  a  través  de  la  interiorización  de  un  tipo  determinado  de  condiciones  sociales  y  económicas  y  que  encuentran  en  una  trayectoria  definida  en  el  interior  del campo considerado una ocasión más o menos favorable de actualizarse.  El campo de las posiciones es metodológicamente inseparable del campo de las tomas de  posición, entendido como el sistema estructurado de las prácticas y expresiones de los agentes.  Los dos espacios, el de las posiciones objetivas y el de las tomas de posición, deben ser analiza‐ dos juntos y tratados como «dos traducciones de la misma frase», según la fórmula de Spinoza.  Dicho esto, en situación de equilibrio el espacio de las posiciones tiende a comandar el espacio  de las tomas de posición. Las revoluciones artísticas son el resultado de la transformación de las  relaciones de poder constitutivas del espacio de las posiciones artísticas, que se vuelve posible  por el encuentro de la intención subversiva de una fracción de los productores con las expecta‐ tivas de una fracción de su público, es decir, por una transformación de las relaciones entre el  campo intelectual y el campo del poder (1987g). Lo que es verdadero para el campo artístico va‐ le también para otros campos. Se puede de este modo observar la misma correspondencia entre  las posiciones en el campo universitario en la víspera de mayo del 68 y las posiciones tomadas  en  ocasión  de  esos  acontecimientos,  como  lo  muestro  en  Homo  academicus,  o  incluso  entre  las  posiciones  estratégicas de los bancos  y  empresas en el campo  económico y  las  estrategias  que  ponen en práctica en materia de publicidad o de gestión del personal, etc.  Dicho de otro modo, ¿el campo es una mediación capital entre las condiciones económicas y sociales y las prácticas de quienes forman parte de él? Las determinaciones que pesan sobre los agentes situados dentro de un campo determina‐ do (intelectuales, artistas, políticos o industriales de la construcción) no se ejercen nunca direc‐ tamente sobre ellos, sino solamente a través de la mediación específica que constituyen las for‐ mas y las fuerzas del campo, es decir luego de haber sufrido una reestructuración (o si se prefie‐ re,  una  refracción)  que  es  más  importante  cuanto  más  autónomo  es  el  campo,  es  decir  que  es  más capaz de imponer su lógica específica, producto acumulado de una historia particular. Di‐ cho esto, podemos observar toda una gama de homologías estructurales y funcionales entre el  campo de la filosofía, el campo político, el campo literario, etc., y la estructura del espacio social:  cada  uno  de  ellos  tiene  sus  dominantes  y  sus  dominados,  sus  luchas  por  la  conservación  o  la  subversión, sus mecanismos de reproducción, etc. Pero cada una de estas características reviste  en cada campo una forma específica, irreductible (pudiendo ser definida una analogía como un  parecido  en  la  diferencia).  De  este  modo,  las  luchas  en  el  interior  del  campo  filosófico,  por  ejemplo, están siempre subdeterminadas y tienden a funcionar en una lógica doble. Tienen im‐ plicaciones políticas en virtud de la homología de las posiciones que se establecen entre tal y tal  escuela filosófica, y tal y tal grupo político o social dentro del espacio social tomado en su con‐ junto.  Una tercera propiedad general de los campos es el hecho de que son sistemas de relaciones  independientes de las poblaciones que definen esas relaciones. Cuando hablo de campo intelec‐ tual, sé muy bien que, dentro de él, voy a encontrar «partículas» (simulemos por un momento  que se trata de un campo físico) que están bajo el imperio de fuerzas de atracción, de repulsión,  etc., como en un campo magnético. Hablar de campo es acordar la primacía a ese sistema de re‐ laciones objetivas sobre las partículas. Se podría, retomando la fórmula de un físico alemán, de‐ cir que el individuo es, como el electrón, un Ausgeburt des Felds, una emanación del campo. Tal o  tal intelectual particular, tal o tal artista no existe en tanto que tal sino porque tiene un campo  intelectual o artístico. (Se puede de este modo resolver la eterna pregunta, cara a los historiado‐

res del arte, de saber en qué momento se pasa del artesano al artista: pregunta que, formulada  en esos términos, está casi desprovista de sentido ya que esta transición se hace progresivamen‐ te, al mismo tiempo que se constituía un campo artístico en la cual algo así como un artista po‐ día comenzar a existir).  La noción de campo está allí para recordar que el verdadero objeto de una ciencia social no  es  el  individuo,  el  «autor»,  incluso  si  un  campo  no  puede  construirse  sino  a  partir  de  indivi‐ duos, ya que la información necesaria para el análisis estadístico está generalmente ligada a in‐ dividuos o instituciones singulares. Es el campo lo que debe estar en el centro de las operacio‐ nes de investigación, esto no implica de ninguna manera que los individuos sean puras «ilusio‐ nes», que no existan. Pero la ciencia los construye como agentes, y no como individuos biológi‐ cos,  actores  o  sujetos;  estos  agentes  se  constituyen  socialmente  como  activos  y  actuantes  en  el  campo por el hecho de que poseen las cualidades necesarias para ser eficientes en él, para pro‐ ducir  efectos  en  él.  E  incluso  a  partir  del  conocimiento  del  campo  en  el  que  están  insertos  se  puede aprehender mejor aquello que hace a su singularidad, su originalidad, su punto de vista  como  posición  (dentro  de  un  campo),  a  partir  de  la  cual  se  instituye  su  visión  particular  del  mundo, y del campo mismo...  Lo cual se explica por el hecho de que a cada momento hay algo así como un derecho de entrada que todo campo impone y que define el derecho a participar, seleccionando así ciertos agentes y no otros... La posesión de una configuración particular de propiedades es lo que legitima el derecho  de entrar en un campo. Uno de los objetivos de la investigación es identificar esas propiedades  activas,  esas  características  eficientes,  es  decir,  esas  formas  de  capital  específico.  Estamos  así  ubicados frente a una especie de círculo hermenéutico: para construir el campo, hay que identi‐ ficar las formas de capital específico que serán eficientes en él, y para construir esas formas de  capital  específico,  hay  que  conocer  la  lógica  específica del  campo.  Es  un  vaivén  incesante,  de‐ ntro del proceso de investigación, largo y difícil.  Decir que la estructura del campo ‐habrán notado que he construido progresivamente una  definición del concepto‐ está definida por la distribución de las especies particulares de capital  que son activas en él es decir que, cuando mi conocimiento de las formas de capital es adecua‐ do, puedo diferenciar todo lo que hay que diferenciar. Por ejemplo, y allí está uno de los princi‐ pios  que  ha  guiado  mi  trabajo  sobre  los  profesores  de  universidad,  no  podemos  satisfacernos  con un modelo explicativo que sea incapaz de diferenciar personas, o mejor, posiciones que la  intuición  ordinaria  del  universo  particular  opone  muy  fuertemente,  y  debemos  interrogarnos  sobre las variables olvidadas que permitirían distinguirlos, (paréntesis: la intuición ordinaria es  totalmente respetable; simplemente hay que estar seguro de no hacerla intervenir en el análisis  sino de manera conciente y razonada, y de controlar empíricamente su validez, a diferencia de  esos sociólogos que la utilizan inconscientemente, como cuando construyen esas especies de ti‐ pologías dualistas que critico en el principio de homo academicus, tales como «intelectual univer‐ sal» por oposición a «local»).  Último punto: los agentes sociales no son «particulares» mecánicamente atraídos y empu‐ jados por fuerzas exteriores. Son más bien portadores de capital y, según su trayectoria y la po‐ sición que ocupan en el campo en virtud de su dotación en capital (volumen y estructura), tie‐ nen propensión a orientarse activamente, ya sea hacia la conservación de la distribución del ca‐ pital o hacia la subversión de dicha distribución. Las cosas no son tan simples, evidentemente,  pero pienso que es una proposición muy general, que vale para el espacio social en su conjunto, 

sin embargo no implica que todos los poseedores de un gran capital sean automáticamente con‐ servadores.  ¿Podría precisar qué es lo que entiende por la «doble relación oscura» entre el habitus y el campo y cómo funciona? La relación entre el habitus y el campo es en primer lugar una relación de condicionamien‐ to: el campo estructura el habitus, que es el producto de la incorporación de la necesidad inma‐ nente de ese campo o de un conjunto de campos más o menos concordantes ‐pudiendo estar las  discordancias al principio expresadas bajo la forma de habitus divididos, hasta destrozados. Pe‐ ro es también una relación de conocimiento o de construcción cognitiva: el habitus contribuye a  constituir el campo como mundo significativo, dotado de sentido y de valor, en el cual vale la  pena invertir su energía, de esto se siguen dos cosas: en primer lugar, la relación de conocimien‐ to depende de la relación de condicionamiento que la precede y que da forma a las estructuras  del habitus; en segundo lugar, la ciencia social es necesariamente un «conocimiento de un cono‐ cimiento» y debe hacer lugar a una fenomenología sociológicamente fundada sobre la experien‐ cia primaria del campo.  La  existencia  humana,  el  habitus  como  social  hecho  cuerpo,  es  esa  cosa  del  mundo  por  la  cual hay un mundo: «el mundo me comprende, pero yo lo comprendo», más o menos esto decía  Pascal. La realidad social existe, por decirlo de algún modo, dos veces, en las cosas y en los ce‐ rebros, en los campos y en los habitus, en el exterior y en el interior de los agentes. Y, en cuando  el habitus entra en relación con un mundo social del que es producto, es como un pez en el agua  y el mundo se le aparece como obvio. Podría, para que me comprendan, prolongar las palabras  de Pascal: el mundo me comprende, pero yo lo comprendo; es porque él me ha producido, por‐ que ha producido las categorías que le aplico, que se me aparece como obvio, evidente. En la re‐ lación entre el habitus y el campo, la historia entra en relación consigo misma: es una verdadera  complicidad ontológica que, como Heidegger y Merleau‐Ponty lo sugirieron, une el agente (que  no es un sujeto o una conciencia, ni el simple ejecutante de un rol, o la actualización de una es‐ tructura o de una función) y el mundo social (que no es nunca una simple cosa, incluso si debe  ser construido como tal durante la fase objetivista de la investigación (1980d, p. 6)). Esta relación  de conocimiento práctico no se establece entre un sujeto y un objeto constituido como tal y for‐ mulado como un problema. Siendo el habitus lo social incorporado, está «como en su casa» de‐ ntro  del  campo  que  habita,  que  percibe  inmediatamente  como  dotado  de  sentido  a  interés.  El  conocimiento práctico que procura puede describirse por analogía con la phronesis aristotélica o,  mejor, con la orthe doxa de la que habla Platón en el Ménon: del mismo modo que la «opinión  recta»  «cae  sobre  lo  verdadero»,  de  alguna  manera,  sin  saber  cómo  ni  porqué,  la  coincidencia  entre las disposiciones y la posición, entre el sentido del juego y el juego, conduce al agente a  hacer lo que tiene que hacer sin proponerlo explícitamente como un objetivo, de este lado del  cálculo e incluso de la conciencia, de este lado del discurso y de la representación.  Sustituyendo la relación construida entre el habitus y el campo por la relación aparente entre el «actor» y la «estructura», lleva el tiempo al corazón del análisis sociológico y, a contrario, revela las insuficiencias de la concepción destemporalizada de la acción de las visiones estructuralistas o racionalistas de la acción. La relación entre el habitus y el campo, concebidos como dos modos de existencia de la his‐ toria, permite fundar una teoría de la temporalidad que rompe simultáneamente con dos filoso‐ fías opuestas: por un lado, la visión metafísica que trata el tiempo como una realidad en sí, in‐ dependiente del agente (con la metáfora del río) y, por el otro, una filosofía de la conciencia. Le‐ jos de ser una condición a priori y trascendental de la historicidad, el tiempo es aquello que la  actividad práctica produce en el acto mismo por el cual se produce a sí misma. Porque la prácti‐

ca es producto de un habitus que es a su vez producto de la incorporación de las regularidades  inmanentes y de las tendencias inmanentes del mundo; contiene en ella misma una anticipación  de  esas  tendencias  y de  esas  regularidades,  es  decir  una  referencia  no  thética  a  un  futuro  ins‐ cripto en la inmediatez del presente. El tiempo se engendra en la efectuación misma del acto (o  del pensamiento) como actualización de una potencialidad que es, por definición, presentifica‐ ción de un no actual y despresentificación de un actual, lo mismo que el sentido común describe  como el «paso» del tiempo. La práctica no constituye (salvo excepciones) el futuro como tal, de‐ ntro de un proyecto o un plan armados por un acto de voluntad conciente y deliberada. La acti‐ vidad práctica, en la medida en que tiene sentido, en que es razonable, es decir engendrada por  habitus que están ajustados a las tendencias inmanentes del campo, trasciende el presente inme‐ diato por la movilización práctica del pasado y la anticipación práctica del futuro inscripto en el  presente en estado de potencialidad objetiva. El habitus se temporaliza en el acto mismo a través  del cual se realiza porque implica una referencia práctica al futuro implicado en el pasado del  que es producto. Habría que precisar, afinar y diversificar este análisis, pero quería solamente  hacer entrever cómo la teoría de la práctica condensada en las nociones de campo y de habitus  permite desembarazarse de la representación metafísica del tiempo y de la historia como reali‐ dades  en  sí  mismas,  exteriores  y  anteriores  a  la  práctica,  sin  abrazar  por  ello  la  filosofía  de  la  conciencia,  que  sostiene  las  visiones  de  la  temporalidad  que  se  encuentran  en  Husserl  o  en  la  teoría de la acción racional.    

Espacio social y campo político  
Pierre Bourdieu   La  reflexión  sobre  las  clases  sociales  se  encierra  muy  frecuentemente  en  la  cuestión  de  la  existencia  o  de  la  no‐existencia  de  clases  y  las  teorías  de  la  percepción  del  mundo  social  que  construyen las representaciones concernientes a las clases sociales se organizan según oposicio‐ nes  análogas  a  aquellas  que  encontramos  a  propósito  de  la  percepción  del  mundo  natural.  La  oposición entre teoría empirista según la percepción desprende de la realidad sus estructuras y  teoría constructivista para la cual no hay objetos percibidos sino es por un acto de construcción  es la misma que tiene efecto entre el mundo natural o el mundo social, entre ciencias de la natu‐ raleza o ciencias sociales. A la teoría realista que funda la existencia de las clases sociales en su  medida  empírica  por  índices  objetivos,  la  teoría  constructivista  objeta  la  imposibilidad  de  en‐ contrar discontinuidad dentro de la realidad: los ingresos como la mayoría de las propiedades  sociales que podemos atribuir a los individuos se distribuyen de manera continua y la división  en categorías discontinuas realizada sobre este continuum es enteramente producido por la esta‐ dística.  Esta suspensión de la reflexión alrededor de esta interrogación en términos sustanciales re‐ envía a la historia y al estado presente del campo de las ciencias sociales, que está atravesado  por divisiones institucionales e intelectuales entre los teóricos puros y los empiristas, pero tam‐ bién por la naturaleza misma de los juegos que se disimulan bajo la cuestión de las clases socia‐ les: el juego de debates alrededor de la noción de clase social es en efecto de orden político, te‐ niendo la heteronimia del campo de las ciencias sociales por consecuencia que la investigación  en  ciencias  sociales  permanezca  encerrada  en  una  retraducción  pseudo‐sabia  de  problemas  y  divisiones políticas. Estos son de hecho los defensores de posiciones políticas de derecha y de  izquierda que se enfrentan en este terreno, los primeros defendiendo una teoría de la estratifica‐ ción social que tiende a evacuar la noción de lucha social ligada a la afirmación de la existencia  de  clases  sociales,  los  segundos  exponiendo  una  teoría  de  clases  sociales  que,  utilizando  fre‐ cuentemente para describir las luchas sociales conceptos viejos estereotipados, están totalmente  desarmados para comprender en su originalidad histórica las nuevas formas de conflictos socia‐ les observables en la realidad presente.  Para escapar a esta problemática política, debemos en principio plantear la existencia de un  espacio  social,  comparable  al  espacio  físico,  que  el  sociólogo  reconstruye  a  la  manera  de  una  carta  geográfica.  Construido  sobre  la  base  de  principios  de  diferenciación  o  de  distribución  constituidos por un conjunto de propiedades operantes al interior del universo social conside‐ rado, este espacio está orientado, con un polo positivo y un polo negativo, en el cual los indivi‐ duos  están  situados  no  importa  dónde,  no  importa  cómo,  pero  ocupan  un  lugar  determinado  por su posición dentro de la distribución de recursos sociales. Los individuos pertenecientes a  diferentes regiones de este espacio están separados por distancias más o menos mayores pero  pueden también operar al interior de este espacio desplazamientos que no se efectúan de cual‐ quier modo y exigen esfuerzos y, de forma general, tiempo.  Sobre la base del conocimiento del espacio de posiciones, se pueden dividir clases lógicas o  teóricas  compuestas  del  conjunto  de  agentes  que  ocupan  posiciones  semejantes  que,  ubicados  en condiciones semejantes y sometidos a condicionamientos semejantes, tienen todas las posibi‐ lidades  de  tener  disposiciones  e  intereses  semejantes,  pues  de  producir  prácticas,  comporta‐ mientos y también opiniones semejantes. Estas clases no son clases reales, es decir grupos cons‐ tituidos de individuos unidos por la conciencia de su identidad común y de su pertenencia a la 

misma  unidad  social;  se  trata  más  bien  de  clases  probables  cuyos  elementos  constitutivos  son  movilizables (y no necesariamente movilizados prácticamente) sobre la base de sus similitudes,  es decir de su pertenencia a una misma clases de posiciones, a una misma región del espacio so‐ cial.  El  espacio  social  constituye  pues  una  estructura  de  probabilidades  de  acercamiento  o  de  distanciamiento, de proximidad o de distancia sociales entre los individuos (que se actualizan  por ejemplo de manera particularmente manifiesta en las regularidades de los comportamientos  matrimoniales) y el paso de la probabilidad a la realidad no cae por su propio peso, contraria‐ mente  a  lo  que  supone  la  teoría  marxista  cuyo  error  reside  precisamente  en  que  concluye  de  manera automática este paso de lo probable a lo real. En otros términos la teoría marxista, iden‐ tificando la clase construida y la clase real, identifica, como Marx mismo le reprochaba a Hegel,  las  cosas  de  la  lógica  y  la  lógica  de  las  cosas  donde,  para  hablar  más  simplemente,  comete  el  error de creer que las cosas que existen en el lenguaje existen en la realidad: en esta perspectiva,  el «salto ontológico» es concebido, sea, en una lógica mecánica y totalmente determinista, como  debiendo inevitablemente operarse con el tiempo, sea, en una lógica plenamente voluntarista y  espontaneista, como el efecto de la «toma de conciencia», identificada con una «toma de cono‐ cimiento» de la teoría, operada bajo la dirección ilustrada del partido. En ambos casos, la teoría  marxista omite interrogarse sobre los procesos sociales, sobre la alquimia misteriosa por la cual  un  «grupo  en  lucha»,  una  clase  activa  surge  de  condiciones  económicas  objetivas,  omitiendo  hacer la teoría del efecto mismo que la teoría produce al nivel de la realidad social por su inter‐ vención, en tanto teoría, dentro del universo de representaciones simbólicas y sociales o incluso  dentro del espacio político.  En efecto, toda teoría del universo social, por resueltamente objetivista que sea, debe inte‐ grar  en  su  sistema  explicativo  la  representación  que  los  agentes  se  hacen  del  mundo  social  y,  más precisamente, la contribución que aportan a la construcción de la visión de este mundo y,  por ello, a la construcción misma de este mundo. Dicho de otro modo, debe tomar en cuenta el  trabajo simbólico de fabricación de grupos, trabajo de representación (en todos los sentidos del  término) que los agentes sociales no dejan de realizar para imponer su visión del mundo o la vi‐ sión de su propia posición en este mundo, de su identidad social. El espacio social, en efecto, no  es solamente un objeto de percepción dentro del cual los individuos o las instituciones estén ca‐ racterizadas  de  manera  fija  por  la  combinación  de  un  cierto  número  de  propiedades  y  por  la  ocupación  de  una  posición  determinada  dentro  de  un  sistema  de  clasificación;  es  también  un  juego de luchas entre los agentes por imponer su construcción y su representación del mundo  social, sus categorías de percepción y de clasificación, y por ello por actuar sobre el mundo so‐ cial. La visión dominante del mundo social o incluso la producción de taxonomías legisladoras,  es el juego de una lucha entre agentes que, según su posición dentro de las distribuciones de di‐ ferentes recursos sociales (los espacios de capital, económico, cultural, social) y dentro del espa‐ cio de clasificaciones en que se encuentran potencialmente inscritos, están muy desigualmente  armados  para  imponer  su  visión  del  mundo  y  particularmente  para  actuar  al  nivel  de  las  de‐ nominaciones y de las instituciones que, como los esquemas de percepción y de apreciación de‐ positados en el lenguaje, o los títulos (de nobleza, escolares) son ellos mismos el producto de lu‐ chas simbólicas y de luchas de clasificación anteriores y expresan, bajo una forma más o menos  transformada, el estado de relaciones de fuerza simbólicas.  Pero la lucha simbólica que libran permanentemente los grupos de agentes sociales pasa, y  de  manera  cada  vez  más  marcada  y  cada  vez  más  visible,  por  la  mediación  de  un  cuerpo  de  profesionales de la representación (en todos los sentidos del término), productores culturales e  ideológicos, hombres políticos, representantes sindicales, que, actuando como portavoces de los  grupos al servicio de los cuales ponen su competencia específica, su poder simbólico, se enfren‐

tan entre profesionales al interior del campo de producción simbólica. Estos profesionales ocu‐ pan al interior de este campo una posición homóloga a aquella que ocupan en el espacio social  los grupos cuyas tomas de posición ponen en forma, y cuyos intereses expresan: la homología  de posición entre mandados y mandantes hace que los primeros lleguen a servir a los intereses  de  los  segundos  sirviendo  a  sus  propios  intereses,  ligados  a  juegos  específicos  del  campo  de  producción simbólica. El trabajo propiamente político que realizan estos profesionales, destina‐ dos a hacer ver y a hacer creer, a producir y a imponer la clasificación legítima o legal (oficial),  ambición indisociablemente gnoseológica y política, a su lógica propia, que está vinculada a la  autonomía  del  campo  propiamente  político  con  sus  diferentes  categorías  de  productores,  sus  divisiones y sus juegos específicos.  Zurich, octubre 1985   

Los tres estados del capital cultural* 
Pierre Bourdieu  La condición de capital cultural se impone en primer lugar como una hipótesis indispensa‐ ble para dar cuenta de las diferencias en los resultados escolares que presentan niños de dife‐ rentes clases sociales respecto del éxito “escolar”, es decir, los beneficios específicos que los ni‐ ños de distintas clases y fracciones de clase pueden obtener del mercado escolar, en relación a la  distribución del capital cultural entre clases y fracciones de clase. Este punto de partida significa  una ruptura con los supuestos inherentes tanto a la visión común que considera el éxito o el fra‐ caso escolar como el resultado de las aptitudes naturales, como a las teorías de “capital huma‐ no” 1 .  Los economistas tienen el aparente mérito de plantear explícitamente la cuestión de la rela‐ ción entre las tasas de rendimiento aseguradas por la inversión educativa y la inversión econó‐ mica  (y  de  su  evolución).  A  pesar  de  que  su  medición  del  rendimiento  escolar  sólo  toma  en  cuenta las inversiones y las ganancias monetarias (o directamente convertibles en dinero), como  los gastos que conllevan los estudios y el equivalente en dinero del tiempo destinado al estudio,  no pueden dar cuenta de las partes relativas que los diferentes agentes o clases otorgan a la in‐ versión  económica  y  cultural,  porque  no  toman  en  cuenta,  sistemáticamente,  la  estructura  de  oportunidades diferenciales del beneficio que les es prometido por los diferentes mercados, en  función del volumen y de la estructura de su patrimonio.  Además, al dejar de reubicar las estrategias de inversión escolar en el conjunto de las estra‐ tegias educativas y en el sistema de las estrategias de la reproducción, se condenan a dejar esca‐ par, por una paradoja necesaria, las más oculta y la más determinada socialmente de las inver‐ siones educativas, a saber, la transmisión del capital cultural.  Sus interrogantes sobre la relación entre la “aptitud” (ability) por los estudios y la inversión  de estudios, demuestran que ignoran que la “aptitud” o el “don” es también el producto de una  inversión en tiempo y capital cultural (id., p. 63‐66). Y se entiende entonces, que al evaluar los  beneficios de la inversión escolar, sólo se pueden interrogar sobre la rentabilidad de los gastos  educativos para la “sociedad” en su conjunto (social rate of return) (id., p. 121), o sobre la contri‐ bución de la educación a la “productividad nacional” (The social gain of education as measured by  its effects on national productivity) (id., p.155).  Esta  definición,  típicamente  funcionalista  de  las  funciones  de  la  educación,  que  ignora  la  contribución  que  el  sistema  de  enseñanza  aporta  a  la  reproducción  de  la  estructura  social,  al  sancionar la transmisión hereditaria del capital cultural se encuentra de hecho comprometida,  desde su origen, con una definición del “capital humano”, la cual a pesar de sus connotaciones  “humanistas”,  no  escapa  a  un  economicismo  e  ignora  que  el  rendimiento  de  la  acción  escolar  depende  del  capital  cultural  previamente  invertido  por  la  familia.  Desconoce  también  que  el  rendimiento económico y social del título escolar, depende del capital social, también heredado,  y que puede ponerse a su servicio.  El  capital  cultural  puede  existir  bajo  tres  formas:  en  el  estado  incorporado,  es  decir,  bajo  la  forma de disposiciones duraderas del organismo; en el estado objetivado, bajo la forma de bienes                                                   
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 Hablar de los conceptos a través de ellos mismos en vez de hacerlos funcionar, siempre lo expone a uno a ser es‐ quemático y formal, es decir, “teórico” en el sentido más corriente de este término, y el más comúnmente apro‐ bado. 

culturales, cuadros, libros, diccionarios, instrumentos, maquinaria, los cuales son la huella o la  realización de teorías o de críticas a dichas teorías, y de problemáticas, etc., y finalmente en el  estado institucionalizado, como forma de objetivación muy particular, porque tal como se puede  ver con el titulo escolar, confiere al capital cultural —que supuestamente debe de garantizar—  las propiedades totalmente originales.  
El estado incorporado

La mayor parte de las propiedades del capital cultural puede deducirse del hecho de que  en su estado fundamental se encuentra ligado al cuerpo y supone la incorporación. La acumulación  del capital cultural exige una incorporación que, en la medida en que supone un trabajo de incul‐ cación y de asimilación, consume tiempo, tiempo que tiene que ser invertido personalmente por el  “inversionista” (al igual que el bronceado, no puede realizarse por poder 2 ): El trabajo personal,  el  trabajo  de  adquisición,  es  un  trabajo  del  “sujeto”  sobre  sí  mismo  (se  habla  de  cultivarse).  El  capital cultural es un tener transformador en ser, una propiedad hecha cuerpo que se convierte  en una parte integrante de la “persona”, un hábito. 3  Quien lo posee ha pagado con su “perso‐ na”, con lo que tiene de más personal: su tiempo. Este capital “personal” no puede ser transmi‐ tido instantáneamente (a diferencia del dinero, del título de propiedad y aún de nobleza) por el  don o por la transmisión hereditaria, la compra o el intercambio. Puede adquirirse, en lo esen‐ cial, de manera totalmente encubierta e inconsciente y queda marcado por sus condiciones pri‐ mitivas de adquisición; no puede acumularse más allá de las capacidades de apropiación de un  agente  en  particular;  se  debilita  y  muere  con  su  portador  (con  sus  capacidades  biológicas,  su  memoria, etc.). Por estar ligado de múltiples maneras a la persona, a su singularidad biológica,  y por ser objeto de una transmisión hereditaria siempre altamente encubierta y hasta invisible,  constituye  un  desafío  para  todos  aquellos  que  apliquen  la  vieja  y  persistente  distinción  que  hacían los juristas griegos entre las propiedades heredadas (tapatroa) y las adquiridas (epikte ‘ra)  —es decir, agregadas por el propio individuo a su patrimonio hereditario de manera que alcan‐ ce a acumular los prestigios de la propiedad innata y los méritos de la adquisición. De allí que  este capital cultural presenta un más alto grado de encubrimiento que el capital económico, por  lo que está predispuesto a funcionar como capital simbólico, es decir desconocido y reconocido,  ejerciendo un efecto de (des)conocimiento, por ejemplo sobre el mercado matrimonial o el mer‐ cado de bienes culturales en los que el capital económico no está plenamente reconocido. 

                                                 
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 De allí, de que todas las medidas del capital cultural, las más exactas sean las medidas de referencia a tiempo de  adquisición, a condición, por supuesto, de no reducirlo al tiempo de escolarización y de tomar en cuenta la prima de  educación familiar dándole un valor positivo (correspondiente al valor del tiempo ganado, de avance) o negativo  (correspondiente al tiempo perdido, y duplicado, puesto que habrá que gastar tiempo para corregir los efectos) se‐ gún su distancia respecto a las exigencias del mercado escolar. (¿Es necesario preguntar, a fin de evitar todo ma‐ lentendido,  que  esta  propuesta  no  implica  ningún  reconocimiento  del  valor  de  los  veredictos  escolares  y  sólo  consiste en registrar la relación que establece en los hechos, entre un cierto capital cultural y las leyes del mercado  escolar?) Quizá no sea inútil recordar que algunas disposiciones afectadas por un valor negativo en el mercado  escolar, pueden tener un valor altamente positivo sobre otros mercados y primero, por supuesto, en las relaciones  internas a la clase.   De allí que la utilización o la explotación del capital cultural meta en problemas peculiares a los detentadores del  capital  económico  o  político,  trátese  de  mecenas  privados,  o  bien,  en  el  otro  extremo,  de  patrones  empresarios  que emplean “cuadros” dotados de una específica competencia cultural (sin referirnos ya a los nuevos mecenas de  Estado): ¿Cómo comprar este capital estrechamente unido a la persona, sin comprarla a ella, si eso ocasiona pri‐ varse del efecto de disimulación de la dependencia? ¿Cómo concentrar el capital —cuestión necesaria para ciertas  empresas— sin concentrar a sus portadores, si de ello resultan consecuencias rechazadas de antemano? 

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La economía de las grandes colecciones de pintura, de las grandes fundaciones culturales,  así como la economía de la beneficencia, de la generosidad y del legado, descansa sobre propie‐ dades del capital cultural que los economistas no pueden explicar. Por su naturaleza, al econo‐ micismo  se  le  escapa  la  alquimia  propiamente  social  por  la  que  el  capital  económico  se  trans‐ forma en capital simbólico, capital denegado o más bien desconocido. Paradójicamente también  ignora  la  lógica  propiamente  simbólica  de  la  distinción  que  asegura  provechos  materiales  y  simbólicos a los poseedores de un fuerte capital cultural, quienes reciben un valor de escasez se‐ gún su posición en la estructura de la distribución del capital cultural (en ultimo análisis, este  valor de escasez se basa en el principio de que no todos los agentes tienen los medios económicos  y culturales para permitir a sus hijos proseguir sus estudios, más allá de un mínimo necesario  para la reproducción de la fuerza de trabajo menos valorada en un momento dado).  Sin duda, en la lógica de la transmisión del capital cultural es donde reside el principio más  poderoso de la eficacia ideológica de este tipo de capital.  Por una parte se sabe que la apropiación del capital cultural objetivado —y por lo tanto, el  tiempo  necesario para  realizarla—  depende principalmente del  capital cultural incorporado al  conjunto de la familia, incorporación que se da mediante el efecto Arrow generalizado 4  y todas  las formas de transmisión implícita, entre otras cosas. Por otra parte, se sabe que la acumulación  inicial de capital cultural, condición de acumulación rápida y fácil de cualquier tipo de capital  cultural útil, comienza desde su origen, sin retraso ni pérdida de tiempo, sólo para las familias  dotadas con un fuerte capital cultural. En este caso, el tiempo de acumulación comprende la to‐ talidad del tiempo de socialización. De allí que la transmisión del capital cultural sea sin duda la  forma mejor disimulada de transmisión hereditaria de capital y, por lo mismo, su importancia  relativa  en  el  sistema de  las  estrategias  de  la  reproducción  es  mayor,  en  la  medida  en  que  las  formas directas y posibles de transmisión tienden a ser más fuertemente censuradas y controla‐ das.  Inmediatamente se ve que es a través del tiempo necesario para la adquisición como se es‐ tablece el vínculo entre el capital económico y el capital cultural. Efectivamente, las diferencias  entre el capital cultural de una familia, implican diferencias, primero, en la precocidad del inicio  de  la  transmisión  y  acumulación,  teniendo  por  límite  la  plena  utilización  de  la  totalidad  del  tiempo biológico disponible, siendo el tiempo libre máximo puesto al servicio del capital cultu‐ ral máximo. En segundo término, implica diferencias en la capacidad de satisfacer las exigencias  propiamente culturales de una empresa de adquisición prolongada. Además y correlativamen‐ te, el tiempo durante el que un individuo puede prolongar su esfuerzo de adquisición, depende  del tiempo libre que su familia le puede asegurar, de decir, liberar de la necesidad económica,  como condición de la acumulación inicial. 
El estado objetivado

El capital cultural en su estado objetivado posee un cierto número de propiedades que se  definen solamente en su relación con el capital cultural en su forma incorporada. El capital cul‐                                                  
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 Lo que yo llamo el efecto Arrow generalizado, es el hecho de que el conjunto de los bienes culturales, cuadros,  monumentos,  máquinas,  objetos  labrados,  y  en  particular,  todos aquellos que  forman  parte del ambiente  natal,  ejercen por su sola existencia, un efecto educativo; es sin duda uno de los factores estructurales de la explosión  escolar, en el sentido en que el crecimiento de la cantidad de capital cultural acumulado en el estado objetivo in‐ crementa a su vez, la acción educativa que ejerce automáticamente en el medio ambiente. Si además de esto, el  capital cultural incorporado crece constantemente, se puede ver cómo, en cada generación, lo que el sistema pue‐ de considerar como ya adquirido, se ha ido incrementando. 

tural  objetivado  en  apoyos  materiales  —tales  como  escritos,  pinturas,  monumentos,  etc.—,  es  transmisible en su materialidad.  Una colección de cuadros, por ejemplo, se transmite también como el capital económico, si  no  es  que  mejor,  ya  que  posee  un  nivel  de  eufemización  superior  que  aquél.  Pero  lo  que  es  transmisible es la propiedad jurídica y no (o necesariamente) lo que constituye la condición de  la apropiación específica, es decir, la posesión de instrumentos que permiten consumir un cua‐ dro o bien utilizar una máquina, y que por ser una forma de capital incorporado, se someten a  las mismas leyes de transmisión.  Así los bienes culturales pueden ser objeto de una apropiación material que supone el capi‐ tal económico, además de una apropiación simbólica, que supone el capital cultural. De allí que  el propietario de los instrumentos de producción debe de encontrar la manera de apropiarse, o  bien del capital incorporado, que es la condición de apropiación específica, o bien de los servi‐ cios de los poseedores de este capital: es suficiente tener el capital económico para tener máqui‐ nas; para apropiárselas y utilizarlas de acuerdo con su destino específico (definido por el capital  científico y técnico que se encuentra en ellas incorporado) hay que disponer, personalmente o  por poder, del capital incorporado. Tal es sin duda el fundamento del estatuto ambiguo de los  “cuadros”:  si  se  enfatiza  el  hecho  de  que  no  son  los  propietarios  (en  el  sentido  estrictamente  económico)  de  los  medios  de  producción  que  utilizan,  y  que  solamente  sacan  provecho  de  su  capital cultural vendiendo los servicios y los productos que les es posible, se les ubica del lado  de los dominados; si se insiste en el hecho de que se benefician con la utilización de una forma  particular de capital, son colocados del lado de los dominadores. Todo parece indicar que en la  medida en que se incrementa el capital cultural incorporado a los instrumentos de producción  (al igual que el tiempo incorporado necesario para adquirir los medios de apropiárselo, o sea,  para atender a su intención objetiva, su destino y su función) la fuerza colectiva de los propieta‐ rios del capital cultural tendería a incrementarse, a menos de que los dueños de la especie do‐ minante del capital no estuvieran en condición de poner a competir a los poseedores del capital  cultural (éstos, además, tienen una inclinación a la competencia, dadas las condiciones mismas  de su selección y formación, particularmente en la lógica de la competencia escolar y el concur‐ so).  El capital cultural en su estado objetivado se presenta con todas las apariencias de un uni‐ verso autónomo y coherente, que, a pesar de ser el producto del actuar histórico, tiene sus pro‐ pias  leyes  trascendentes  a  las  voluntades  individuales,  y  que,  como  lo  muestra  claramente  el  ejemplo de la lengua, permanece irreductible ante lo que cada agente o aún el conjunto de agen‐ tes puede apropiarse (es decir, de capital cultural incorporado).  Sin embargo, hay que tener cuidado de no olvidar que este capital cultural solamente sub‐ siste  como  capital  material  y  simbólicamente  activo,  en  la  medida  en  que  es  apropiado  por  agentes y comprometido, como arma y como apuesta que se arriesga en las luchas cuyos cam‐ pos de producción cultural (campo artístico, campo científico, etc.) —y más allá, el campo de las  clases sociales— sean el lugar en donde los agentes obtengan los beneficios ganados por el do‐ minio sobre este capital objetivado, y por lo tanto, en la medida de su capital incorporado. 5 

                                                 
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 La mayoría de las veces la relación dialéctica entre el capital cultural objetivado, cuya forma por excelencia es la  escritura, y el capital incorporado, se ha reducido a una descripción exaltada de la degradación del espíritu por la  letra, de lo vivo por lo inerte, de la creación por la rutina, de la gracia por la pesadez 

El estado institucionalizado

La objetivación del capital cultural bajo la forma de títulos constituye una de las maneras  de neutralizar algunas de las propiedades que, por incorporado, tiene los mismos límites bioló‐ gicos que su contenedor. Con el título escolar —esa patente de competencia cultural que confie‐ re a su portador un valor convencional, constante y jurídicamente garantizado desde el punto  de vista de la cultura— la alquimia social produce una forma de capital cultural que tiene una  autonomía relativa respecto a su portador y del capital cultural que él posee efectivamente en  un momento dado; instituye el capital cultural por la magia colectiva, a la manera (según Mer‐ leau Ponty) como los vivos instituyen sus muertos mediante los ritos de luto. Basta con pensar  en el concurso, el cual a partir del continuum de las diferencias infinitesimales entre sus resulta‐ dos, produce discontinuidades durables y brutales del todo y la nada, como aquello que separa el úl‐ timo aprobado del primer reprobado, e instituye una diferencia esencial entre la competencia es‐ tatutariamente reconocida y garantizada, y el simple capital cultural, al que se le exige constan‐ temente validarse. Se ve claramente en este caso, la magia del poder de instituir, el poder de hacer  ver y de hacer creer, o, en una palabra, reconocer.  No existe sino una frontera mágica, es decir impuesta y sostenida (a veces arriesgando la  vida), por la creencia colectiva (“verdad del lado de los Pirineos, error más allá de ellos”). Es la  misma  diacrisis  originaria la que  instituye el  grupo como realidad  a la vez constante (es  decir,  trascendente a los individuos), homogénea y diferente, mediante la institución (arbitraria y des‐ conocida en tanto tal) de una frontera jurídica que instituye los últimos valores del grupo, aque‐ llos que tienen como principio la creencia del grupo en su propio valor y que se definen en opo‐ sición a los otros grupos.  Al conferirle un reconocimiento institucional al capital cultural poseído por un determina‐ do agente, el título escolar permite a sus titulares compararse y aun intercambiarse (sustituyén‐ dose los unos por los otros en la sucesión). Y permite también establecer tasas de convertibilidad  entre capital cultural y capital económico, garantizando el valor monetario de un determinado  capital escolar. El título, producto de la conversión del capital económico en capital cultural, es‐ tablece el valor relativo del capital cultural del portador de un determinado título, en relación a  los  otros  poseedores  de  títulos  y  también,  de  manera  inseparable,  establece  el  valor  en  dinero  con el cual puede ser cambiado en el mercado de trabajo. La inversión escolar sólo tiene sentido  si un mínimo de reversibilidad en la conversión está objetivamente garantizado. Dado que los  beneficios materiales y simbólicos garantizados por el título escolar dependen también de su es‐ casez, puede suceder que las inversiones (en tiempo y esfuerzos) sean menos rentables de lo es‐ perable en el momento de su definición (o sea que la tasa de convertibilidad del capital escolar y  del capital económico sufrieron una modificación de facto). Las estrategias de reconversión del  capital económico en capital cultural, como factores coyunturales de la explosión escolar y de la  inflación de los títulos escolares, son determinadas por las transformaciones de las estructuras  de oportunidades del beneficio, aseguradas por los diferentes tipos de capital.   

La opinión pública no existe* 1 
Pierre Bourdieu  Quisiera señalar, en primer lugar, que mi propósito no es denunciar de manera mecánica y  fácil las encuestas de opinión, sino proceder a un análisis riguroso de su funcionamiento y sus  funciones.  Lo  que  implica  que  se  cuestionen  los  tres  postulados  que  implícitamente  suponen.  Toda encuesta de opinión supone que todo el mundo puede tener una opinión; o, en otras pala‐ bras, que la producción de una opinión está al alcance de todos. Aun a riesgo de contrariar un  sentimiento ingenuamente democrático, pondré en duda este primer postulado. Segundo pos‐ tulado: se supone que todas las opiniones tienen el mismo peso. Pienso que se puede demostrar  que  no  hay  nada  de  esto  y  que  el  hecho  de  acumular  opiniones  que  no  tienen  en  absoluto  la  misma fuerza real lleva a producir artefactos desprovistos de sentido. Tercer postulado implíci‐ to: en el simple hecho de plantearle la misma pregunta a todo el mundo se halla implicada la  hipótesis de que hay un consenso sobre los problemas, entre otras palabras, que hay un acuerdo  sobre las preguntas que vale la pena plantear. Estos tres postulados implican, me parece, toda  una serie de distorsiones que se observan incluso cuando se cumplen todas las condiciones del  rigor metodológico en la recogida y análisis de los datos.   A menudo se le hacen reproches técnicos a las encuestas de opinión. Por ejemplo, se cues‐ tiona la representatividad de las muestras. Pienso que, en el estado actual de los medios utiliza‐ dos por las empresas que realizan encuestas, la objeción apenas tiene fundamento. También se  les reprocha el hacer preguntas sesgadas o, más bien, el sesgar las preguntas en su formulación:  esto ya es más cierto y muchas veces se condiciona la respuesta mediante la forma de hacer la  pregunta. Así, por ejemplo, transgrediendo el precepto elemental de la construcción de un cues‐ tionario que exige que se les ʺdé sus oportunidadesʺ a todas las respuestas posibles, frecuente‐ mente se omite en las preguntas o en las respuestas propuestas una de las opciones posibles, o  incluso se propone varias veces la misma opción bajo formulaciones diferentes. Hay toda clase  de sesgos de este tipo y sería interesante preguntarse por las condiciones sociales de aparición  de  estos  sesgos.  En  muchos  casos  se  deben  a  las  condiciones  en  las  que  trabajan  las  personas  que  producen  los  cuestionarios.  Pero,  sobre  todo,  se  deben  al  hecho  de  que  las  problemáticas  que  fabrican  los  institutos  de  opinión  están  subordinadas  a  una  demanda  de  tipo  particular.  Así,  cuando  emprendimos  el  análisis  de  una  gran  encuesta  nacional  sobre  la  opinión  de  los  franceses respecto al sistema de enseñanza, extrajimos de los archivos de una serie de gabinetes  de estudios las preguntas referentes a la enseñanza. Esto nos permitió constatar que desde ma‐ yo  de  1968  se  habían  planteado  más  de  doscientas  preguntas  sobre  el  sistema  de  enseñanza,  frente a menos de veinte entre 1960 y 1968. Eso significa que las problemáticas que se le impo‐ nen a este tipo de organismos están profundamente ligadas a la coyuntura y dominadas por un  tipo determinado de demanda social. La cuestión de la enseñanza, por ejemplo, sólo puede ser  planteada por un instituto de opinión pública cuando se convierte en problema político. Se ve  enseguida la diferencia que separa a estas instituciones de los centros de investigación que ge‐ neran sus problemáticas, si no en un universo puro, en todo caso con una distancia mucho ma‐ yor respecto a la demanda social en su forma directa en inmediata.                                                    
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 * Conferencia impartida en Noroit (Arras) en enero de 1972 y publicada en Les temps modernes, no. 318, enero de  1973, pp. 1292‐1309. Ver, también: P. Bourdieu, Questions de sociologie, París, Minuit, 1984, pp. 222‐250. Hay ver‐ sión en castellano de Enrique Martín Criado en: Cuestiones de Sociología, Istmo, España, 2000, pp. 220‐232, Col.  Fundamentos, no. 166. 

Un análisis estadístico sumario de las preguntas planteadas nos puso de manifiesto que la  inmensa  mayoría  estaba  directamente  vinculadas  a  las  preocupaciones  políticas  del  ʺpersonal  políticoʺ. Si nos entretuviéramos esta tarde jugando a los papelitos y si yo les dijera que escri‐ bieran las cinco cuestiones que les parecen más importantes en el tema de la enseñanza, segu‐ ramente obtendríamos una lista muy diferente de la que obtenemos al sacar las preguntas que  fueron efectivamente planteadas por las encuestas de opinión. La pregunta: ʺ¿Hay que introdu‐ cir la política en los institutosʺ? (o variantes de la misma) se hizo muy a menudo, mientras que  la pregunta: ʺ¿Hay que modificar los programas?ʺ o ʺ¿Hay que modificar el modo de transmi‐ sión  de  los  contenidos?ʺ  apenas  se  planteó.  Lo  mismo  con  ʺ¿Hay  que  reciclar  a  los  docentes?ʺ  Preguntas que son muy importantes, al menos desde otra perspectiva.   Las  problemáticas  que  proponen  las  encuestas  de  opinión  están  subordinadas  a  intereses  políticos, y esto pesa enormemente tanto sobre la significación de las respuestas como sobre la  significación que se le confiere a la publicación de los resultados. La encuesta de opinión es, en  el estado actual, un instrumento de acción política; su función más importante consiste, quizá,  en imponer la ilusión de que existe una opinión pública como sumatoria puramente aditiva de  opiniones  individuales;  en  imponer  la  idea  de  que  existe  algo  que  sería  como  la  media  de  las  opiniones o la opinión media. La ʺopinión públicaʺ que aparece en las primeras páginas de los  periódicos en forma de porcentajes (el 60% de los franceses están a favor de...), esta opinión pú‐ blica es un simple y puro artefacto cuya función es disimular que el estado de la opinión en un  momento dado es un sistema de fuerzas, de tensiones, y que no hay nada más inadecuado para  representar el estado de la opinión que un porcentaje.   Sabemos que todo ejercicio de la fuerza va acompañado por un discurso cuyo fin es legiti‐ mar la fuerza del que la ejerce; se puede decir incluso que lo propio de toda relación de fuerza  es el hecho de que sólo ejerce toda su fuerza en la medida en que se disimula como tal. En su‐ ma, expresándolo de forma sencilla, el hombre político es el que dice: ʺDios está de nuestra par‐ teʺ. El equivalente de ʺDios está de nuestra parteʺ es hoy en día ʺla opinión pública está de nues‐ tra  parteʺ.  He  aquí  el  efecto  fundamental  de  la  encuesta  de  opinión:  constituir  la  idea  de  que  existe  una  opinión  pública  unánime  y,  así,  legitimar  una  política  y  reforzar  las  relaciones  de  fuerza que la sostienen o la hacen posible.   Tras haber dicho al principio lo que quería decir al final, voy a tratar de señalar muy rápi‐ damente  cuáles  son  las  operaciones  mediante  las  que  se  produce  este  efecto  de  consenso.  La  primera operación, que tiene como punto de partida el postulado de que todo el mundo debe  tener  una  opinión,  consiste  en  ignorar  los  no‐contestan 2 .  Por  ejemplo,  le  preguntas  a  la  gente:  ʺ¿Está usted a favor del gobierno Pompidou?ʺ Registras un 30% de no‐contestan, un 20% de sí,  un 50% de no. Puedes decir: la parte de personas en contra es superior a la parte de personas a  favor y después queda este residuo del 30%. También puedes volver a calcular los porcentajes a  favor y en contra excluyendo los no‐contestan. Esta simple elección es una operación teórica de  una importancia fantástica sobre la que quisiera reflexionar con ustedes.   Eliminar los no‐contestan es hacer lo que se hace en una consulta electoral donde hay pa‐ peletas en blanco o nulas; es imponerle a la encuesta de opinión la filosofía implícita de la con‐ sulta electoral. Si se mira con mayor atención, se observa que la tasa de no‐contestan es más ele‐ vada de forma general entre las mujeres que entre los hombres, que la distancia entre mujeres y                                                   
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  Les non‐réponses: bajo esta denominación están comprendidos, en francés, los ʺno sabeʺ y los ʺno contestaʺ de las  encuestas. Para no sobrecargar el texto con siglas hemos preferido traducirla por ʺno‐contestanʺ, dando por en‐ tendido que se corresponde con estos dos apartados (NS/NC) (Nota de Enrique Martín Criado.). 

hombres  se  eleva  a  medida  que  los  problemas  planteados  son  más  específicamente  políticos.  Otra observación: cuanto más trata una pregunta sobre problemas del saber, de conocimiento,  mayor es la distancia entre las tasas de no‐contestan  de los más instruidos y las de los menos  instruidos. A la inversa, cuando las preguntas tratan de problemas éticos las variaciones de los  no‐contestan  por  nivel  de  instrucción  son  pequeñas  (ejemplo:  ʺ¿Hay  que  ser  severo  con  los  hijos?ʺ). Otra observación: cuanto más se trata una pregunta sobre problemas conflictivos, sobre  un  nudo  de  contradicciones  (por  ejemplo,  una  pregunta  sobre  la  situación  en  Checoslovaquia  para personas que votan comunista), cuantas más tensiones le genera una pregunta a una cate‐ goría  determinada,  más  frecuentes  son  los  no‐contestan  en  esta  categoría.  Por  consiguiente,  el  simple análisis estadístico de los no‐contestan proporciona una información sobre lo que signi‐ fica la pregunta, así como sobre la categoría considerada, hallándose ésta definida tanto por la  probabilidad que tiene de tener una opinión, como por la probabilidad condicional de tener una  opinión a favor o en contra.   El análisis científico de las encuestas de opinión muestra que no existe prácticamente pro‐ blema ómnibus ni pregunta que no sea reinterpretada en función de los intereses a quienes se  plantea, por lo que el primer imperativo es preguntarse a qué pregunta creyeron responder las  distintas categorías de encuestados. Uno de los efectos más perniciosos de la encuesta de opi‐ nión consiste precisamente en conminar a las personas a responder a preguntas que no se han  planteado. Así, por ejemplo, las preguntas que giran en torno a problemas de moral, ya se trate  de preguntas sobre la severidad de los padres, las relaciones entre profesores y alumnos, la pe‐ dagogía  directiva  o  no  directiva,  etc.,  problemas  cuya  percepción  como  problemas  éticos  au‐ menta a medida que se desciende en la jerarquía social, al tiempo que pueden ser problemas po‐ líticos para las clases superiores: uno de los efectos de la encuesta consiste en transformar res‐ puestas éticas en respuestas políticas por el simple efecto de imposición de problemática.   En  realidad,  hay  varios  principios  a  partir  de  los  cuales  se  puede  generar  una  respuesta.  Tenemos, en primer lugar,  lo  que  se puede  llamar la  competencia  política en referencia  a  una  definición a la vez arbitraria y legítima, es decir, dominante y disimulada como tal, de la políti‐ ca. Esta competencia política no se halla universalmente distribuida. Varía grosso modo como el  nivel  de  instrucción.  En  otras  palabras,  la  probabilidad  de  tener  una  opinión  sobre  todas  las  cuestiones que suponen un saber político es comparable con la probabilidad de ir al museo. Se  observan  diferencias  fantásticas:  donde  un  estudiante  comprometido  en  un  movimiento  iz‐ quierdista percibe quince divisiones a la izquierda del PSU, para un mando intermedio no hay  nada.  En  la  escala  política  (extrema‐izquierda,  izquierda,  centro‐izquierda,  centro,  centro‐ derecha,  derecha,  extrema  derecha,  etc.)  que  las  encuestas  de  ʺciencia  políticaʺ  emplean  como  algo sin vuelta de hoja, algunas categorías sociales utilizan intensamente un pequeño rincón de  la extrema izquierda; otras utilizan únicamente el centro; otras utilizan toda la escala. Al final,  una elección es la agregación de espacios completamente distintos; se suma a personas que mi‐ den en centímetros con personas que miden en kilómetros o, más bien, a personas que puntúan  de 0 a 20 con personas que puntúan entre 9 y 11. La competencia se aprecia, entre otras cosas,  por  el  grado  de  finura  de  percepción  (ocurre  lo  mismo  en  estética,  algunos  pueden  distinguir  los cinco o seis estilos sucesivos de un solo pintor).   Podemos  llevar  la  comparación  un  poco  más  lejos.  En  materia  de  percepción  estética,  te‐ nemos  en  primer  lugar  una  condición  de  posibilidad:  es  preciso  que  las  personas  piensen  la  obra de arte como una obra de arte; a continuación, habiéndola percibido como una obra de ar‐ te,  es  preciso  que  posean  las  categorías  de  percepción  para  construirla,  estructurarla,  etc.  Su‐ pongamos una pregunta formulada así: ʺ¿Está usted a favor de una educación directiva o por  una  educación  no  directiva?ʺ  Para  algunos,  esta  pregunta  puede  constituirse  como  política,  al 

integrarse la representación de las relaciones padres‐hijos en una visión sistemática de la socie‐ dad; para otros, es una pura cuestión de moral. Así, el cuestionario que hemos elaborado y en el  que le preguntamos a la gente si, para ellos, es o no política hacer huelga, llevar el pelo largo,  participar en un festival pop, etc., pone de manifiesto variaciones muy amplias por clases socia‐ les. La primera condición para responder de forma adecuada a una cuestión política es, por tan‐ to, ser capaz de construirla como política; la segunda, tras haberla construido como política, es  ser  capaz  de  aplicarle  categorías  específicamente  políticas,  que  pueden  ser  más  o  menos  ade‐ cuadas, más o menos refinadas, etc. Estas son las condiciones específicas de producción de opi‐ niones, las que la encuesta de opinión supone que se cumplen de forma universal y uniforme  con el primer postulado según el cual todo mundo puede producir una opinión.   Segundo principio a partir del cual las personas pueden producir una opinión: lo que lla‐ mo el  ʺethos de claseʺ (por no  decir ʺética  de claseʺ), es decir,  un  sistema de valores implícitos  que  las  personas  han  interiorizado  desde  la  infancia  y  a  partir  del  cual  generan  respuestas  a  problemas extremadamente distintos. Las opiniones que las personas pueden intercambiar a la  salida de un partido de fútbol entre Roubaix y Valenciennes le deben una buena parte de su co‐ herencia, de su lógica, al ethos de clase. Una multitud de respuestas a las que se considera res‐ puestas políticas se producen en realidad a partir del ethos de clase y pueden asumir, a la vez,  una significación completamente distinta cuando se las interpreta en el terreno político. Aquí he  de referirme a una tradición sociológica, muy extendida sobre todo entre determinados sociólo‐ gos de la política en Estados Unidos, que hablan habitualmente de un conservadurismo y auto‐ ritarismo  de  las  clases  populares.  Estas  tesis  se  basan  en  la  comparación  internacional  de  en‐ cuestas o de elecciones que muestran, que cada vez que se interroga a las clases populares, sea  en el país que sea, sobre problemas referentes a las relaciones de autoridad, la libertad indivi‐ dual, la libertad de prensa, etc., dan respuestas más ʺautoritariasʺ que las otras clases; y se con‐ cluye  de  manera  global  que  existe  un  conflicto  entre  los  valores  democráticos  (en  el  autor  en  que pienso, Lipset, se trata de los valores democráticos americanos) y los valores que han inte‐ riorizado las clases populares, valores de tipo autoritario y represivo. De ahí sacan una especie  de  visión  escatológica:  elevemos  el  nivel  de  vida,  elevemos  el  nivel  de  instrucción  y,  como  la  propensión a la represión, al autoritarismo, etc., va unida a bajos ingresos, a bajo nivel de ins‐ trucción, etc., produciremos así buenos ciudadanos de la democracia americana. En mi opinión,  lo que está en cuestión es la significación de las respuestas a determinadas preguntas. Supon‐ gamos un conjunto de preguntas de este tipo: ¿Está usted a favor de la igualdad entre los sexos?  ¿Está usted a favor de la libertad sexual de los cónyuges? ¿Está usted a favor de una educación  no represiva? ¿Está usted a favor de la nueva sociedad?, etc. Supongamos otro conjunto de pre‐ guntas del tipo: ¿Deben hacer huelga los profesores cuando ven amenazada su situación? ¿De‐ ben ser solidarios los docentes con el resto de funcionarios en los períodos de conflicto social?,  etc. Estos dos conjuntos de preguntas arrojan respuestas de estructura estrictamente inversa en  relación con la clase social: el primer conjunto de preguntas, que se refiere a un determinado ti‐ po de innovación en las relaciones sociales, en la forma simbólica de las relaciones sociales, sus‐ cita tantas más respuestas a favor cuanto más nos elevamos en la jerarquía social y en la jerar‐ quía según el nivel de instrucción; a la inversa, las preguntas que tratan sobre las transforma‐ ciones reales de las relaciones de fuerza entre las clases suscitan cada vez más respuestas en co‐ ntra a medida que nos elevamos en la jerarquía social.   En suma, la proposición ʺlas clases populares son represivasʺ no es ni verdadera ni falsa. Es  verdadera en la medida en que, ante todo un conjunto de problemas como los que atañen a la  moral  doméstica,  a  las  relaciones  entre  generaciones  o  entre  sexos,  las  clases  populares  tienen  tendencia a mostrarse mucho más rigoristas que las otras clases sociales. Por el contrario, en las 

cuestiones  de  estructura  política,  que  ponen  en  juego  la  conservación  o  la  transformación  del  orden social, y no sólo la conservación o transformación de los modos de relación entre los in‐ dividuos,  las  clases  populares  son  mucho  más  partidarias  de  la  innovación,  es  decir,  de  una  transformación de las estructuras sociales. Podemos ver cómo algunos de los problemas plan‐ teados –y a menudo mal planteados– en mayo de 1968, en el conflicto entre el partido comunis‐ ta y los izquierdistas, están relacionados de forma muy directa con el problema central que he  tratado de plantear esta tarde, el de la naturaleza de las respuestas, es decir, del principio a par‐ tir del cual se producen. La oposición que he establecido entre estos dos grupos de preguntas  nos remite, en efecto, a la oposición entre dos principios de producción de opiniones: un princi‐ pio específicamente político y un principio ético, siendo el problema del conservadurismo de las  clases populares producto de la ignorancia de esta distinción.   El efecto de imposición de problemática, efecto ejercido por toda encuesta de opinión y por  toda interrogación política (comenzando por la electoral), deriva del hecho de que las preguntas  planteadas en una encuesta de opinión no son preguntas que se les planteen realmente a todas  las  personas  interrogadas,  así  como  del  hecho  de  que  las  respuestas  no  son  interpretadas  en  función de la problemática por referencia a la cual han respondido las diferentes categorías de  encuestados. Así, la problemática dominante –de la que proporciona una imagen la lista de pre‐ guntas planteadas en los dos últimos años por los institutos de opinión–, es decir, la problemá‐ tica que les interesa esencialmente a las personas que detentan el poder y que quieren estar in‐ formadas sobre los medios de organizar su acción política, la dominan de manera muy desigual  las  diferentes  clases  sociales.  Y,  cuestión  importante,  éstas  se  hallan  más  o  menos  capacitadas  para  producir  una  contra‐problemática.  Con  motivo  del  debate  televisado  entre  Servan‐ Schreiber  y  Giscard  dʹEstaing,  un  instituto  de  sondeos  de  opinión  hizo  preguntas  del  tipo:  ʺ¿Depende el éxito escolar de los dones, de la inteligencia, del mérito?ʺ Las respuestas recogidas  ofrecen  de hecho  una información  (ignorada  por los que  la producían)  sobre el grado de  con‐ ciencia que las diferentes clases sociales tienen de las leyes de la transmisión hereditaria del ca‐ pital cultural: la adhesión al mito del don y del ascenso social por la escuela, de la justicia esco‐ lar, de la equidad de la distribución de los puestos en función de las titulaciones, etc., es muy di‐ ferente en las clases populares. La contra‐problemática puede existir para algunos intelectuales,  pero  no  tiene  fuerza  social  a  pesar  de  haber  sido  recogida  por  algunos  partidos  y  grupos.  La  verdad científica está sometida a las mismas leyes de difusión que la ideología. Una proposición  científica es como una bula papal sobre el control de la natalidad, sólo predica a convertidos.   Se suele asociar la idea de objetividad en una encuesta de opinión al hecho de hacer la pre‐ gunta en los términos más neutros posibles con el fin de darles todas sus oportunidades a todas  las  respuestas.  En  realidad,  la  encuesta  de  opinión  se  hallaría  sin  duda  más  próxima  a  lo  que  ocurre en la realidad si, transgrediendo completamente las reglas de la ʺobjetividadʺ, se les ofre‐ ciera a las personas los medios para situarse como se sitúan realmente en la práctica real, es de‐ cir, en referencia a opiniones ya formuladas; si en lugar de decir, por ejemplo, ʺalgunas perso‐ nas están a favor del control de la natalidad, otras están en contra, ¿y usted?...ʺ, se enunciaran  una serie de posicionamientos explícitos de los grupos autorizados para constituir y difundir las  opiniones, de manera que la gente pudiera situarse en referencia a respuestas ya constituidas.  Se suele hablar de ʺtomas de posiciónʺ; hay posiciones que ya están previstas y que se toman.  Pero no se las toma al azar. Se toman las posiciones que se está predispuesto a tomar en función  de la posición que se ocupa en un campo determinado. Un análisis riguroso tiene como objetivo  explicar las relaciones entre la estructura de las posiciones a tomar y la estructura del campo de  las posiciones objetivamente ocupadas.  

Si las encuestas de opinión captan muy mal los estados virtuales de la opinión y, más exac‐ tamente, los movimientos de opinión, ello se debe, entre otras razones, a que la situación en la  que aprenden las opiniones es completamente artificial. En las situaciones en que se constituye  la opinión,  en particular  las  situaciones  de crisis,  las personas se hallan ante opiniones  consti‐ tuidas,  ante  opiniones  sostenidas  por  grupos,  de  manera  que  elegir  entre  opiniones  es,  clara‐ mente, elegir entre grupos. Este es el principio del efecto de politización que produce la crisis:  hay que elegir entre grupos que se definen políticamente y definir cada vez más tomas de posi‐ ción en función de principios explícitamente políticos. De hecho, lo que me parece importante  es que la encuesta de opinión trata a la opinión pública como una simple suma de opiniones in‐ dividuales, recogidas en una situación que, en el fondo, es la de la cabina electoral, donde el in‐ dividuo va furtivamente a expresar en el aislamiento una opinión aislada. En las situaciones re‐ ales, las opiniones son fuerzas y las relaciones entre opiniones son conflictos de fuerza entre los  grupos.   Otra ley se desprende de estos análisis: se tienen más opiniones sobre un problema cuanto  más interesado se está por este problema. Por ejemplo, en relación al sistema de enseñanza la  tasa de respuestas está íntimamente unida al grado de proximidad respecto al sistema de ense‐ ñanza, y la probabilidad de tener una opinión varía en función de la probabilidad de tener po‐ der sobre aquello de lo que se opina. La opinión que se afirma como tal, espontáneamente, es la  opinión de personas cuya opinión tiene peso, como se suele decir. Si un ministro de educación  actuase en función de una encuesta de opinión (o, al menos, a partir de una lectura superficial  de la encuesta), no haría lo que hace cuando actúa realmente como político, es decir, a partir de  las llamadas de teléfono que recibe, de la visita de tal responsable sindical, de tal decano, etc. En  realidad, actúa en función de estas fuerzas de opinión realmente constituidas que sólo se mani‐ fiestan a su percepción en la medida en que tienen fuerza y en que tienen fuerza porque están  movilizadas.   Tratándose de prever lo que va a ser de la universidad en los próximos diez años, pienso  que  la  opinión  movilizada  constituye  la  mejor  base.  De  todas  formas,  el  hecho,  del  que  dejan  constancia los no‐contestan, de que las disposiciones de determinadas categorías no accedan al  estatuto de opinión –es decir, el discurso constituido que pretende una coherencia, que preten‐ de ser escuchado, imponerse, etc.–, no debe llevarnos a concluir que en situaciones de crisis las  personas que no tenían ninguna opinión elegirían al azar: si el problema se halla constituido po‐ líticamente para ellos (problemas de salario, de cadencias de trabajo para los obreros), elegirán  en términos de competencia política; si se trata de un problema que para ellos no está constitui‐ do políticamente (relaciones represivas en el interior de la empresa) o si está en vías de consti‐ tución, se guiarán por el sistema de disposiciones profundamente inconsciente que orienta sus  elecciones  en  los  ámbitos  más  diferentes,  desde  la  estética  o  el  deporte  hasta  las  preferencias  económicas. La encuesta de opinión tradicional ignora al mismo tiempo los grupos de presión y  las disposiciones virtuales que pueden no expresarse en forma de discurso explícito. Por ello es  incapaz de generar la menor previsión razonable sobre lo que pasaría en situación de crisis.   Supongamos  un  problema  como  el  del  sistema  de  enseñanza.  Se  puede  preguntar:  ʺ¿qué  piensa usted de la política de Edgar Faure?ʺ Es una pregunta muy parecida a una consulta elec‐ toral, en el sentido de que es la noche en que todos los gatos son pardos: todo el mundo está en  general de acuerdo sin saber sobre qué; sabemos lo que significó el voto por unanimidad de la  ley Faure en la Asamblea Nacional. A continuación se pregunta: ʺ¿está usted a favor de la in‐ troducción de la política en los institutos?ʺ Aquí se observa un corte muy claro. Ocurre lo mis‐ mo cuando se pregunta: ʺ¿pueden hacer huelga los profesores?ʺ En este caso, los miembros de  las clases populares, por una transferencia de su competencia política específica, saben qué res‐

ponder. Se puede preguntar además: ʺ¿hay que transformar los programas? ¿Está usted a favor  de la evaluación continua? ¿Está usted a favor de la introducción de los padres de los alumnos  en los consejos de profesores? ¿Está usted a favor de la supresión del examen de agregación?,  etc.ʺ. Bajo la pregunta ʺ¿está usted a favor de Edgar Faure?ʺ subyacían todas estas preguntas y  las personas han tomado posición de golpe sobre un conjunto de problemas que un buen cues‐ tionario sólo podría plantear mediante al menos sesenta preguntas en las que se observarían va‐ riaciones en todos los sentidos. En un caso, las opiniones estarían asociadas positivamente a la  posición en la jerarquía social; en otro, negativamente; en algunos casos, la asociación sería muy  fuerte; en otros, muy débil, o incluso no se daría en absoluto. Basta con pensar que una consulta  electoral representa el límite de una pregunta como ʺ¿está usted a favor de Edgar Faure?ʺ para  comprender  que  los  especialistas  de  sociología  política  puedan  afirmar  que  la  relación  que  se  observa habitualmente, en casi todos los ámbitos de la práctica social, entre la clase social y las  prácticas  o  las  opiniones,  es  muy  pequeña  cuando  se  trata  de  fenómenos  electorales,  hasta  el  punto de que algunos no dudan en concluir que no hay ninguna relación entre la clase social y  el hecho de votar derechas o izquierdas. Si tienen en cuenta que una consulta electoral plantea  en una única pregunta sincrética lo que sólo se podría aprehender razonablemente en doscien‐ tas preguntas, que unos miden en centímetros, otros en kilómetros, que la estrategia de los can‐ didatos consiste en plantear mal las cuestiones y en jugar al máximo con el disimulo de las di‐ vergencias para ganarse los votos indecisos, y tantos otros efectos, llegarán a la conclusión de  que quizás haya que plantear al revés la cuestión tradicional de la relación entre el voto y la cla‐ se social y preguntarse cómo es posible que a pesar de todo se constate una relación, aunque sea  pequeña; e interrogarse sobre la función del sistema electoral, instrumento que, por su propia  lógica,  tiende  atenuar los  conflictos y las  divergencias.  Lo que  es verdad  es que estudiando  el  funcionamiento de la encuesta de opinión uno puede hacerse una idea de la manera en que fun‐ ciona este tipo particular de encuesta de opinión que es la consulta electoral, así como del efecto  que produce.   En suma, he querido decir que la opinión pública no existe, al menos bajo la forma que le  atribuyen los que tienen interés en afirmar su existencia. He dicho que existen, por una parte,  opiniones constituidas, movilizadas, de grupos de presión movilizados en torno a un sistema de  intereses explícitamente formulados; y, por otra, disposiciones que, por definición, no son opi‐ nión si se entiende por tal, como he hecho a lo largo de todo este análisis, algo que puede for‐ mularse discursivamente con una cierta pretensión de coherencia. Esta definición de opinión no  es mi opinión sobre la opinión. Es simplemente la explicitación de la definición que ponen en  juego las encuestas de opinión cuando le piden a la gente que tome posición respecto a opinio‐ nes formuladas y cuando producen, por simple agregación estadística de las opiniones así pro‐ ducidas, este artefacto que es la opinión pública. Simplemente digo que la opinión pública en la  acepción implícitamente admitida por los que hacen encuestas de opinión o por los que utilizan  sus resultados, simplemente digo que esta opinión no existe.