El Cristiano y el Mundo

Romanos 12:1-21
El creyente afronta un buen número de dificultades en su peregrinación de la tierra al cielo. La primera gran dificultad es el mismo pecado. Es acosado constantemente por tentaciones que le inducen a apartarse de la senda de conformidad al Señor Jesucristo. La Palabra de Dios muestra claramente que no hay lugar para el pecado en la vida del creyente. Este no tiene derecho alguno a sustentar ningún pensamiento, palabra u obra que sea contrario a la santidad del Señor Jesucristo. Tales cosas están prohibidas por la Palabra de Dios. La otra gran dificultad se presenta en el amplio ámbito de las cosas dudosas, cosas que en sí mismas no son pecaminosas, pero pueden ser puestas al uso y fines pecaminosos. La Palabra de Dios establece principios para guiar al hijo de Dios en las deciciones relacionadas con la conducta, pero no trata con detalles minuciosos. El hijo de Dios afronta constantemente deciciones sobre si está bien el hacer esto o lo otro. En estas cosas los creyentes han de ser guiados por la Palabra de Dios. La tercera dificultad es en el plano de la mundanalidad. Este es el problema al que queremos dirigir tu atención ahora. Cuando este mundo fue creado por Dios, fue creado para ser el instrumento por el cual Dios manifestaría su gloria a todos los seres que ha creado. Al rebelarse Adán contra la autoridad de Dios, este mundo, que fue diseñado y creado para servir a los fines de Dios, fue apropiado por Satanás, para usarlo para sus propios fines y propósitos, y para promover la rebelión contra Dios. Por lo tanto, nuestro problema es cómo puede usar el creyente algo que ha sido apropiado por Satanás para ser usado contra Dios. ¿Cómo podemos usar las cosas que hay en el mundo sin ayudar a promover los planos y propósitos de Satanás?

EL SISTEMA DEL MUNDO
Necesitamos recordar que cuando nacemos, nacemos en este mundo. Cuando hablamos de nacer en el mundo, no pensamos en el mundo en el sentido geográfico, sino más bien como un estado o condición. La Palabra de Dios se refiere repetidamente al mundo como un estado o condición de existencia. El mundo tiene su príncipe, Satanás, a quien Cristo se refiere como el «prícipe de este mundo». Pablo habla de él como «el príncipe del poder del aire». Este mundo está gobernado por un gobierno que funciona bajo el poder de Satanás, la cabeza. Pablo también llamó a Satanás «el dios de este mundo». El mundo tiene su

propio y falso sistema religioso que exige adoración, lealtad y sumisión a Satanás como su dios. Este mundo es el instrumento que fue apropiado por Satanás, y usado para sus fines, sus metas, propósitos y ambiciones. Satanás, para cumplir su propósito de derrotar al Reino de Dios y encumbrarse a sí mismo como dios y prícipe en este mundo, ha de tener medios con los cuales pueda de operar. Este sistema organizado es el que Satanás, como príncipe y dios, usa como el medio en que realizar sus planes. Al nacer en este mundo, nacimos como mundanos bajo la autoridad de Satanás. Es el dios que controló, guió y dirigió nuestras vidas. Sus propósitos se hicieron nuestros propósitos. Sus niveles espirituales, los nuestros; su ética, la nuestra; su moralidad y rectitud, las nuestras, porque estabamos en el mundo. El apóstol en 1 Juan 5:19, nos da muy gráficamente, la representación divina; nos dice que el mundo está en el regazo del diablo. Nuestra versión dice: «Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno». Juan representa a una niñera que acoge a un niño en su seno, y dice que todo el mundo (el kosmos) y su sistema yace en el regazo del maligno. El mundo como sistema es marcado por su ignorancia. En 1 Corintios 1:21 Pablo dice: «…el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría». El sistema mundial en el que nacimos no conoce al Dios verdadero, sólo conocía al dios de este mundo,el cual se transformó en ángel de luz para engañar a los hombres. En 2 Pedro 2:20 el apóstol nos habla de la profanación del mundo. Este sistema bajo el control de Satanás y que sirve a sus propósitos, está caracterizado por la profanación. Además en 2 Pedro 1: 4, éste se refiere a la «corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia».El mundo, como sistema, está caracterizado por la corrupción, y los que están en el mundo participan de la profanación y corrupción de su sistema. Pablo nos cuenta en 1 Corintios 11:32, que el mundo es un sistema que está pendiente de juicio. Nuestro Señor mismo anunció que el príncipe de este mundo había de ser juzgado en la cruz en Juan 12:31. El sistema del cual Satanás es el príncipe y dios estaba bajo juicio divino.Dios creó al hombre para sí mismo, y se propuso que las criaturas gozaran de la comunión con Él. Pero con la rebelión de Adán, el propósito de Dios no se podía cumplir o realizar ni en el mundo ni en sus ciudadanos. Por lo tanto, el mundo y sus ciudadanos cayeron bajo el juicio divino. LA RELACION DEL CREYENTE CON EL MUNDO. Una de las gloriosas verdades de evangelio es que la muerte de Cristo ha cambiado la relación de los creyentes con el mundo. La muerte de Cristo tiene tantas ramificaciones de significado que es imposible para nosotros comprender en un corto plazo de tiempo, o con nuestras mentes limitadas, todo lo que Dios ha realizado mediante la muerte de Cristo. La muerte de Cristo no sólo obtiene la redención del

pecado, la propiciación de Dios, la reconciliación del mundo, sino que la muerte de Cristo hace posible un cambio en la relación del hombre con el mundo, si cree y es traído a una relación con Cristo. Los creyentes pueden decir con Pablo:«Mas nuestra ciudadanía está en los cielos» (Filipenses 3:20). Pablo enfatiza uno de los beneficios de la muerte de Cristo. Nosotros, los que hemos nacido como ciudadanos de este mundo, hemos tenido nuestra ciudadanía transferida. Aunque física y geográficamente estamos en la tierra, ya no pertenecemos al mundo, porque se nos ha dado una nueva ciudadanía en una nación que es gobernada por un nuevo Príncipe, el mismo Señor Jesucristo. Esta nación no se caracteriza por la ignorancia, sino más bien por el conocimiento de Dios. Tampoco se distingue por la profanación y la corrupción, porque es purificada y justificada mediante la muerte de Cristo. Estos que pertenecen a ese estado han sido librados del juicio divino porque la misma relación que existe entre Cristo y el juicio, existe entre nosotros, aunque geográficamente estemos en la tierra, o el mundo. Queremos dirigir tu atención a algunas de las cosas que suceden en la relación del hombre con el mundo en el momento en que aceptas a Jesucristo como Salvador personal. Primeramente, nuestro Señor habló de este cambio de relación, cuando en oración con el Padre dijo:«He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra….No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo» (Juan 17:6, 16). A sus discípulos Cristo dijo:«Si fuérais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo,antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece»(Juan 15:19).Estos pasajes que consideramos son solamente unos pocos de los muchos a los cuales podríamos dirigir vuestra atención; en ellos vemos que por la fe en el Señor Jesucristo los creyentes han sido situacionalmente removidos del mundo. Han sido traídos al reino del Hijo de Dios. Su ciudadanía ha sido transferida, los que antes eran mundanos, son ahora ciudadanos de cielo. La frase favorita del apóstol para esto está en el libro de Efesios; es aquella que dice que los que antes estaban en el mundo ahora están «en lugares celestiales». Uno de los resultados de haber recibido a Jesucristo como Salvador personal es que fuimos sacados del mundo. Otro resultado de la muerte de Cristo que afecta la relación de los creyentes con el mundo se indica en Gálatas 6:14, donde Pablo dice: «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo». Cuando una persona que ha sufrido la crucifixión ya no puede responder a ninguna clase de estímulo como hacía antes de que la muerte lo arrebatará. Debido a que el apóstol Pablo estaba crucificado con Cristo, el mundo ya no podía cautivarle con sus atractivos. Estaba separado del

mundo mediante un acto judicial a causa de la cocrucificación con Cristo. Fue sacado del mundo y separado de él, tanto como un hombre que ha sido crucificado y sepultado es separado de este mundo. Por su referencia a la crucifixión, Pablo muestra gráficamente de que el mundo no tiene derecho alguno de atraer al hijo de Dios, y éste tampoco tiene derecho alguno a responder a su atracción, porque es alguien que ha muerto con Cristo. De la misma manera que alguien que yace en una tumba no puede responder a una voz del mundo de los vivientes, así también el creyente no tiene derecho alguno a responder a la voz del mundo. Nuestro Señor nos muestra muy claramente en Juan 17 que los creyentes que han sido sacados y judicialmente separados del mundo, y son enviados al mundo por el Señor para testificar a los hombres que están sometidos al sistema del mundo. Cristo dice en el versículo 11: «Y ya no estoy en el mundo; mas estos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre Santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros». Y luego, en el versículo 18 dice: «Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo». Ahora bien, ¿por qué fue Cristo enviado desde el cielo a la tierra? Juan 1:18 relata como fue enviado al mundo para revelar al Padre. Jesucristo fue enviado con el fin de traer conocimiento de Dios, a aquellos que, porque son del mundo, desconocen a Dios. Y nosotros, habiendo sido llamados, sacados y separados del mundo, somos puestos en medio de la gente del mundo con el fin de revelarlas al Padre, Pablo dice que somos embajadores de Cristo. Un embajador es un representante personal de un soberano ausente. Y como embajadores hemos sido enviados al mundo para hacer aquello por lo que Cristo vino al mundo: para revelar al Padre a los hombres. Este pensamiento fue presentado por el apóstol Pablo en Filipenses 2:14-16 cuando dijo: «Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una congregación maligna y perversa en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo; asiduos de la palabra de vida». Hemos de resplandecer como luminares en el mundo, para que la gente en el mundo sumida en tinieblas, sean atraidos a la luz que ven brillar a través de nosotros. Si estamos tan conformados al mundo que la gente mundana no puede ver diferencia alguna entre nuestra conducta y la de ella, entonces no verán la luz. La única manera en que nosotros podemos predicar la palabra de vida es estar separados del mundo para que el mundo pueda ver un contraste bien marcado. Por esto el creyente ha de« guardarse sin mancha del mundo» (Stg. 1:27).

Pablo dice en Romanos 12:2: «No os conforméis a este siglo». Y la palabra conformarse significa literalmente «ser prensados en el molde de». Un pedazo de metal que es puesto en la prensa mostrará la imagen del molde, y todas las piezas que salen del molde serán idénticas. Si el creyente lleva sobre sí, sobre su carácter, sobre su conducta y su conversación la marca del molde del mundo, el mundo le descontará como a otro mundano. No atraerá a nadie a Cristo a Jesucristo, no tendrá luz con que iluminar al mundo. Por esto el mandamiento del apóstol es: «No seáis prensados en el molde de este mundo, sino sed transformados por la renovación de nuestro entendimiento». La palabra transformar significa «transfigurar». En la transfiguración de Cristo la gloria que resplandecía dentro de Él, traslucía al exterior. La única luz que el creyente posee es la luz de la gloria de Jesucristo que le ha sido dada por el nuevo nacimiento. Si el hijo de Dios se conforma a normas, niveles, éticas y hábitos del mundo, entonces corre un velo dentro de él. Nunca atraerá a nadie a Cristo haciéndose mundano. No, la gente del mundo necesitan algo de lo que ya no poseen. Por eso Pablo dice al creyente: «No os conforméis a este siglo». En 1 Juan 2:15 leemos un mandamiento del apóstol del amor que prohíbe al creyente que ame al mundo: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo». Pablo hablaba de la conducta externa cuando prohibió que los creyentes se conformasen al mundo y a sus niveles de conducta. Juan requiere al corazón y la mente cuando dice: «no améis al mundo». Primeramente, uno no puede amar al mundo y al Padre al mismo tiempo. «Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él». La segunda razón es que el creyente se le prohibe amar al mundo según el versículo 16, es decir, el contenido del sistema mundial. Todo cuanto hay en el mundo apela a los deseos de la carne, la codicia de los ojos, al orgullo de la vida. El versículo 17 da la tercera razón del porqué el creyente no debe amar al mundo, porque el mundo es algo transitorio y temporal que está bajo juicio divino. «El mundo pasa y sus deseos». Sólo el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. El apóstol Santiago nos describe la norma de vida que debe caracterizar al creyente en el Señor Jesucristo, concluye diciendo que el creyente debe «guardarse sin mancha del mundo». LA MUNDANALIDAD Es tan fácil hacer una lista de cosas que son mundanas y luego llegar a la conclusión de que la persona que hace tales cosas es mundana, y la persona que no las hace no lo es. ¿Pero estamos seguros que estas cosas son en sí mundanas? Quizás podemos decir que hay cosas que

pueden ser puestas a usos mundanos. Por ejemplo, una aguja hipodérmica, puede ser algo muy beneficioso en las manos de un médico para administrar un antibiótico pero en las manos de un drogadicto puede ser un instrumento nocivo. No se puede decir que la aguja hipodérmica sea de por sí pecaminosa, mala o mundana. Sin embargo, sí se puede decir que es posible usarla para fines mundanos. No podemos decir que un coche que es usado por un médico para hacer visitas de compasión a sus enfermos se pueda considerar mundano. En este caso es un medio de bendición. Pero si es usado para robar un banco y darse a la fuga, entonces algo que es bueno es puesto en mal uso. Así, pues, es el uso que hacemos de una cosa que determina el que sea mundana o no. Una radio o televisión en sí mismas no son instrumentos mundanos, pero pueden ser usados para fines mundanos o servir para promover los planes y propósitos de Satanás. La radio y televisión por otra parte, se pueden usar para proclamar el evangelio de Jesucristo y promover aquello para lo cual Jesucristo vino, es decir, para traer el conocimiento de Dios a aquellos que están en tinieblas. Es imposible para nosotros el sentarnos a escribir una lista de las cosas que son mundanas de por sí. El hijo de Dios debe juzgar su actitud en cuanto al uso de las cosas que hay en el mundo, porque la mundanalidad no está relacionada principalmente con acciones sino con actitudes que controlan las acciones. Es perfectamente posible que tú te prives de hacer algo por tu deseo de ser aceptables en cierta comunidad cristiana, y aún así desear de todo corazón que pudieras hacer esto. El deseo de querer hacerlo te constituye en una persona mundana. En tus pensamientos te estás corformando al mundo. Esto es mundanalidad. Al considerar cualquier forma de conducta, al preguntarte lo que es bueno para ti como hijo de Dios, tiene que estar por encima de esta cosa y poder determinar tu actitud hacia ella. Tu actitud determina si eres mundano o no. Sería tan fácil si la junta de una iglesia pudiera compilar una lista que se pudiera dar a la congregación determinando lo que es mundano. Pero ello es imposible, porque la mundanalidad es una actitud, no un hecho. Por lo tanto, cada persona debe examinar sus pensamientos, sus miras, sus planes y sus ambiciones a la luz de la Palabra de Dios (por eso es tan importante leer diaramente la Palabra de Dios 2Timoteo 3:16-17). El apóstol Pablo lo clarifica escribiendo a los Corintios, ya que la solución a este problema no es el prohibir ciertas cosas. En 1 Corintios 7:31 las palabras «y los que disfrutan de este mundo, como si no lo disfrutasen», presenta el principio de Pablo: usar el mundo, pero no abusarlo. Si se me invita a una conferencia en Filadelfia, en Chicago, o los Angeles, no quiero ir cabalgando. Quiero ir en un avión, y llegar en dos horas en lugar de dos meses. Quiero usar lo que hay en el mundo, pero quiero usarlo como para el Señor. Pablo no nos ruega que salgamos del mundo. Sería la

forma más fácil, pero no la solución. Sino que debemos usar lo que el mundo ha construido para su comodidad, conveniencia y progreso. Pero tenemos que estar seguros que cuando usamos el mundo, no lo hacemos sirviendo a los planes y fines del diablo. El propósito de Dios de conformarnos a Cristo no se realiza mediante la reclusión en un monasterio. Cuando Dios nos hace semejantes a Cristo, nos permite que usemos lo que el mundo ha inventado, pero hemos de usarlo para el servicio del Señor Jesucristo. Por ejemplo, los creyentes podemos usar legítimamente los medios de comunicación del mundo – radio, televisión, películas– para propagar el evangelio de Jesucristo. Al hacerlo, estamos usando pero no abusando. Si hemos de usar los medios de transporte para acelerar la marcha del evangelio, estamos usando, pero no abusando. Estamos aquí en el mundo como siervos de Jesucristo. Estamos aquí para manifestar la gloria de Jesucristo, para revelar el conocimiento de Dios. ¿Cómo podemos hacerlo? No al conformarnos al mundo, no al amar las cosas que hay en el mundo, sino siendo conformados a Jesucristo con integridad de corazón y propósito. El mundo tiene sus metas y recompensas. Por lo tanto, muchos de nosotros codiciamos lo que el mundo puede darnos hasta el punto de estar dispuestos a comprometer esta posición de separación que hemos sido llamados a asumir por la causa del evangelio. Queremos ser como Cristo, pero también queremos acoger lo que el mundo nos ofrece. Con una mano nos sujetamos de Él, y con la otra queremos recibir lo que el mundo ofrece. Somos como el hombre de doble pensamiento al cual Santiago describe como inseguro en todos sus caminos. Cristo nos ha sacado del mundo y separado de él con el fin de que seamos testigos delante de él. Que el Señor nos dé la gracia para que podamos examinar nuestra conducta, ambiciones y motivos. Que Él haga que deseemos que todo pensamiento, palabra y actividad sea conforme a Cristo en lugar de ser conforme a los niveles mundanos. Podemos obtener una posición muy cómoda en nuestra existencia si renunciamos a nuestra posición de separación del mundo, pero nunca tendremos la aprobación de Aquel que nos ha llamado, y separado para sí mismo. Considera el mandato de Pablo cuidadosamente: «No os conforméis a este mundo». «Marchando hacia la madurez espiritual»Edit. Portavoz J. Dwight Pentecost. pag.263.

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