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Estaba sola, pero lo peor no era eso, no.

Sino que ella se ‘’ sentía ‘’ muy sola, y este pensamiento la llevaba por los caminos de la tristeza. Notó que de su cuerpo empezaba a emanar un frio glaciar. ¿A quién le importa que yo no sonría? ¿Alguien me acompaña hoy? ¿Alguien piensa en mí en algún momento? ¡NO! Pero ya da igual, no sirvo para nada…El cielo se cubrió de nubes blancas y empezó nevar fuertemente. Los animales se escondían en las madrigueras, la hierba se vistió de blanco y las flores se congelaban a su paso. Trajo al invierno. Los adoradores del frio la acompañaban y la rendían homenaje. El maravilloso fénix violeta sobrevolaba tal extraño séquito, disfrutando de la nieve y vigilando a los adoradores del frío. Cuatro Estaciones seguía lamentándose en silencio y sus lágrimas se congelaban simulando a dos zafiros que se rompían con un golpe sordo al caer. Caminaba lentamente y la cola de su capa barría el blanco suelo. Así empezó a cantar. La Jinete del Dragón fuego Hirador vio que cambiaba el tiempo y preguntó a una de las aves que emigraba a lugares más cálidos si sabía dónde se encontraba Cuatro Estaciones. Cuando el ave se lo dijo se puso inmediatamente en camino. El viento la azotaba en la cara, gélido y le dio una idea. Se oyó un alegre rugido en todo el bosque contradiciendo al invierno. La Jinete se colocó de un salto ante Cuatro Estaciones, sobresaltándola. Con una sonrisa comenzó a cantar alertando a todas las criaturas, que se asomaron curiosas. El ángel, su compañero, soltó un aullido de júbilo y los animales, confiados, empezaron a marcar sus pisadas en la nieve virgen. De un árbol cercano surgió un ser diminuto tocando la flauta dulce con maestría, acompañado por dos faunos. Era el duende risitas vestido con la hoja de un manzano. Los delicados elfos oyeron con su fina agudeza una música que surgía del interior del bosque y no se demoraron en seguirla. Al ver tal espectáculo no pudieron evitar reír a carcajada suelta, y con agilidad saltaban entre las copas de los arboles acariciándolos y jugando con ellos. Pisando fuerte aparecieron los feroces enanos, con las hachas envainadas y sin decir palabra se rindieron a la música moviendo rudamente sus cuerpos en un baile por parejas. No paraban de dar vueltas y vueltas, las melenas de las enanas viraban en el viento sin cesar. Acompañando a la música se oían los potentes cascos de los corceles blancos al galope, haciendo fintas y lanzando relinchos de placer. Toda clase de animales se perseguían inquietos en un interminable juego. Del lago cristalino emergían olas, acabando por dar vida a las ninfas del río que salpicaban a todos los seres

que allí se encontraban. Los ángeles se posaron en las ramas de los árboles con sus preciosas alas extendidas y se balanceaban a la par que la música. Los árboles movían sus hojas, llenos de vida. Veloz, salió de entre la maleza un gigantesco lobo color caramelo y tintado con rayas blancas. Rozó con su lomo a la Jinete, la cual aún cantando se dio la vuelta y lo acarició amorosamente. Más tarde el lobo saltó hacia adelante y el que cayó en el suelo era un ser casi humano. El licántropo alzó en el aire a su amada, la ninfa Ría, e inmediatamente después recorrieron todo el claro danzando. Avanzando lentamente, respaldada por el elfo Dra-win y el ángel Oroden que la llevaba en volandas con sus poderosos brazos apareció Aina, el único ser humano. Esta no paraba de reír, y se sentó al pie de un árbol a dibujar todo el espectáculo. Más alto que los árboles se erguía el Gigante Bondadoso, dando sonoras palmadas y siguiendo el ritmo con el pie. El cielo era un abanico de color, todo tipo de aves volaban y planeaban por el inmenso azul, desapareciendo entre las nubes. Los dragones, volando un poco más alto lanzaban llamaradas de fuegos rojos y azules. Recreando alargadas sombras con su cuerpo volaba en la cumbre del cielo el Gran Dragón desbordando la alegría en todos los corazones de los seres mágicos, protegiéndolos. Las nubes se echaron a un lado dejando entrever el Mar de Cristal del Reino de las Nubes donde los inteligentes delfines, maestros del agua, nos ofrecían una danza deslumbrante y salada. Junto a ellos se hallaban los demás maestros de los cuatro elementos, manejándolos a su antojo y juntándolos entre sí, creando un cuadro de infinita belleza. Era un día en el que el sol y la luna se encontraban en el cielo a una cierta distancia, pero eran felices al poder contemplarse con ternura y lanzaban al viento susurros que llevaban palabras de amor. Se sonreían con una mezcla de alegría y dolor por ese amor clandestino, pues cuando el sol nace tiende a morir la luna y viceversa. De la linde del bosque surgieron los centauros tocando los tambores y cantando unos versos con su voz grave. Lentamente rodearon a Cuatro Estaciones y a la Jinete, que se encontraban en el centro del claro. Cuatro Estaciones no dejaba de mirar a su alrededor emocionada y sorprendida. La Jinete la miró a los ojos y alzando los brazos señaló primero al sol y luego a la luna: -No, no hay bien sin mal. Luz sin la oscuridad… La música redobló su fuerza y luego se paró, dejando el silencio. La Jinete abrazó fuertemente a Cuatro Estaciones y la beso en la mejilla. Poco a poco, precavida y miedosa se abría paso forzosamente una sonrisa en el

rostro de Cuatro Estaciones. Cogió la mano de la Jinete, y cuando volvió la música, impulsada por el sol que volvía a brillar potentemente derritiendo toda la nieve y acabando con el frio, saltaron elevando sus risas por encima de la música. Las nubes ya también animadas y saciadas de humedad soltaron una fina lluvia. Cuando alzaron la vista Cuatro Estaciones y la Jinete para ver el magnífico arco iris que no tardaría en formarse vieron a la luna en cuarto menguante, hermosa, y de pie sobre ella una silueta negra con el brazo extendido sosteniendo una amapola. La misteriosa figura inclino la cabeza, saludándolas y dejo caer la flor. Esta aterrizó en las manos de Cuatro Estaciones que se la colocó en la túnica a la altura del corazón y lanzo un beso hacia aquel joven único e inigualable. Terminaron la fiesta encontrando al arco iris y atravesándolo, clamando la llegada del verano y de la alegría.

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