TLÁLOC ¿QUÉ?

Boletín del Seminario El Emblema de Tláloc en Mesoamérica

Año 1

N°3

Julio-Septiembre 2011

UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO
José Narro Robles Rector Estela Morales Campos Coordinadora de Humanidades Renato González Mello Director del Instituto de Investigaciones Estéticas María Elena Ruiz Gallut Titular del proyecto Editores María Elena Ruiz Gallut América Malbrán Porto Enrique Méndez Torres Certificado de reserva de derecho al uso exclusivo Diseño editorial América Malbrán Porto del título, Dirección General de Derechos de Autor, Secretaría de Educación Pública, número ( en trámite ) . Certificados de licitud de título y de contenido, Comisión Certificadora de Publicaciones y
Las opiniones expresadas en Tláloc ¿Qué? Boletín del Seminario El Emblema de Tláloc en Mesoamérica son responsabilidad exclusiva de sus autores.

Tláloc ¿Qué? Boletín del Seminario El Emblema de Tlaloc en Mesoamérica es una publicación trimestral del Proyecto El Emblema de Tláloc en Mesoamérica, del Instituto de Investigaciones Estéticas de La Universidad Nacional Autónoma de México, Circuito Mario de la Cueva s/n, Ciudad Universitaria, C.P. 04510, México D.F. Tel. 5622-7547 Fax. 5665-4740.

Consejo Editorial: Jorge Angulo Villaseñor Marie-Areti Hers Alejandro Villalobos Patrick Johansson K.

Revistas Ilustradas, Secretaría de Gobernación, números, ( en trámite ) , ISSN ( en trámite ) .

Portada: Lámina 12, Códice Laud. Página 3: Detalle, Lámina 4, Códice Laud. Cenefa: Detalle Mural de Zacuala, Greca según Felipe Dávalos. En Miller, 1973.
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CONTENIDO

Presentación p. 5 Una visión sobre conceptos astronómicos asociados a Tlaloc p. 7
J. Daniel Flores Gutiérrez

El ahuítzotl: función y simbolismo en la cosmovisión mexica p.14
Camilo Mireles

Tláloc: agua, fuego y agricultura p. 27
Ofelia Márquez Huitzil

Sesiones del Seminario p. 39

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PRESENTACIÓN
En este tercer número mostraremos algunas facetas de Tláloc como señor del tiempo, deidad que no sólo se vincula con el astro solar sino con otros elementos de la naturaleza propios de su calidad, como las aguas del lago central del México-Tenochtitlán. En la opinión del astrónomo Daniel Flores, Tláloc está también relacionado con el calendario y algunos aspectos astronómicos que debieron ser visibles en determinados momentos del día o de la noche y que tuvieron un vínculo, sobre todo, con los momentos de siembra y cosecha de plantas importantes como lo fue el maíz. Analizando la iconografía de la capsa petrea de Tizapan, Flores nota que el total de las cuentas, de los collares que llevan las cuatro figuras de los Tlálocs, equipara a los 18 meses de un

xiuhtlapohuali.
Daniel Flores también entrevé la posibilidad de que el calendario usado por los mexicas sea un legado del pueblo teotihuacano que modeló su paisaje urbano para marcar las salidas del sol en fechas específicas. Los lagos del Centro de México, además de formar un importante cuerpo de agua fueron el hábitat de una criatura mitológica empleada como regulador social. El Ahuítzotl, nos comenta Camilo Mireles, es un ser que tienen la facultad de transitar entre dos espacios el agua, lugar donde se da la vida, las riquezas, lugar donde se localiza el Tlalocan y aquel espacio donde habitan los hombres, la Tierra. Mireles hace una recopilación de las imágenes iconográficas donde aparece representado este numen y un análisis de diversos textos que mencionan las cualidades del Ahuítzotl, para entender el proceder con la gente según su comportamiento, castigándolas o premiándolas llevándolas al Tlalocan, su morada. En el tercer texto, Ofelia Márquez, nos refuerza la idea que se trató en el artículo del doctor Flores, de cómo se vincula Tláloc con el tiempo e, indudablemente, con las cosechas, pero esta vez analizando laminas de los códices Nuttall, Borgia y Baticano B. Márquez analiza los elementos iconográficos que componen al miotli, símbolo del año, y aprecia que es un tocado que en algunas ocasiones llega a usar Tláloc en estos códices y en otras representaciones. De éste modo vincula a este dios como una metáfora del ciclo solar que influye en las cosechas.

Los editores
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UNA VISIÓN SOBRE CONCEPTOS ASTRONÓMICOS ASOCIADOS A TLALOC
J. Daniel Flores Gutiérrez

C

on los estudios e interpretaciones de los elementos iconográficos de las imágenes de Tlaloc, pretéritos y recientes (Lorenzo, 1968: 70-71; Lorenzo et. al. 1968; López Austin y López Luján, 2004), se han estructurado conjuntos de ideas que han con-

ducido a conceptualizar diversas visiones como la meteórica que lo enviste de dios de la lluvia, truenos y relámpagos, o como la telúrica que lo asocian a un camino debajo de la tierra o bien a una cueva larga (Durán, 1984). Además de estas visiones me parece que existen ciertos elementos sígnicos que nos hacen pensar en su conexión con el calendario y determinados conceptos astronómicos en función de la observación de objetos celestes.

Tlaloc y los cuatro rumbos del universo Entre las numerosas advocaciones de la gran deidad surgen las imágenes de cuatro representaciones pintadas en la capsa petra o tepetlacalli de Tizapán (Caso, 1932), las cuales integran elementos sígnicos de Tlaloc además de mostrar colores distintos entre sí tanto en su vestimenta como en los tocados (Fig. 1). A ello agregaremos el atributo de temporalidad dado por los elementos iconográficos ubicados hacia las esquinas entre cada uno de los personajes, ya que pueden asociarse al maíz en diferentes fases de crecimiento entre la siembra de la semilla y su cosecha (Rivas, comunicación personal) 1, por otro lado se observa que el número de cuentas en los collares se repite en parejas de personajes (Márquez, comunicación personal) 2.

1 Rivas Castro, Francisco, comunicación personal dada en la discusión general en el Seminario de Tlaloc, agosto, 2010.

2 Márquez, Ofelia, comunicación personal dada en la discusión general en el Seminario de Tlaloc, agosto, 2010.
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Fig. 1 Vista del interior de la tapa de la capsa perta de Tizapán (caja chica). Se indican las cuentas en los collares de los cuatro personajes las cuales suman un total de dieciocho. De ser así muestran de modo indirecto el número de meses del año.

De esta caja Alfonso Caso hacer ver la presencia conceptual de los cuatro rumbos del universo y, por su parte, por ello considero, efectivamente, que dada esta inferencia es factible pensar en la correlación del concepto de Tlaloc con la antigua práctica mesoamericana de contar grupos de cuatro años, los cuales se identificaban plenamente aplicando un nombre mediante la asignación sucesiva de uno de los cuatro puntos cardinales o uno de los siguientes nombres Co8

jo, Caña, Pedernal o Casa, o bien la asignación de uno de un grupo de cuatro colores que fue distinto según la época y la zona cultural. Tlaloc como deidad asociada a la cuenta de los días En las fuentes coloniales se menciona el interés que hubo por conocer lo relacionado con el calendario del México Antiguo y cuando celebraban los naturales el inicio de su año. De acuerdo a Sahagún, Códice Flo-

rentino (1979), y otras fuentes, aquello ocurría en los primeros días del mes de febrero, concretamente el día 2 del calendario Juliano, y por otro lado se puntualizaba que las fiestas del segundo día del mes de febrero estaban dedicadas a Tlaloc (Borunda, 1978). León y Gama (1972:15-20) describió cómo efectuaban dicha cuenta de días lo cual se resumía en trece ciclos de cuatro años: De 18 de estos meses constaba su Año común, ó de 360 días útiles, a los cuales añadía otros cinco días, al fin del último mes, que nombraban Nemontemi, que tanto suena como vanos e inútiles, porque en ellos ni trabajaban, ni se empleaban en cosa alguna, manteniéndose siempre ociosos, y temerosos de que les viniesen en cualquiera de ellos muchas desgracias; creyendo, por un delirio de sus supersticiones, el mundo… …representaban los 18 meses de su Año en forma circular, con otras tantas divisiones ó casillas donde figuraban los símbolos respectivos con que se conocía cada uno de los dichos meses.
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los dichos meses. Llamaban a esta especie de rueda, Xiuhtlapohuali, o Cuenta del año, y en el centro de ella figuraban la imágenes del Sol. En la misma forma circular representaban su Ciclo, que era un período de 52 años, que nombraban Xiuhmolpilli, y significa, atadura de años: algunas veces pintaban dos ruedas concéntricas, la una que contenía los 18 meses, y la otra que estaba encima de ella era el período de los 52 años…

Por otro lado notemos que en los collares de los personajes de la capsa petra de Tizapán el número de dieciocho meses esta sutilmente representado en el total de cuentas (Fig. 2). Con todo ello he tratado de resaltar que ciertos atributos de Tlaloc corresponden con ciertos aspectos de la calendárica del México antiguo con lo cual podemos identificar diversos elementos en los contextos arqueológicos y astronómicos con la tradición teotihuacana. En función de los conceptos vertidos por Fray Diego Durán de una cueva o camino subterráneo parece ser que existió una relación con las prácticas calendáricas teotihucanas, que si bien aún no se tiene cer-

que

en

último

de

aquellos 5 días se había de acabar

Fig. 2. Dibujo extendido de los tlaloques, interior capsa petra de Tizapán, en la que indicamos las cuentas en los collares y cuatro fases del crecimiento del maíz.

teza del tipo de calendario que se utilizaba, es razonable pensar que hubo una práctica cotidiana de contar el transcurso de los días. De la Pirámide del Sol Batres (1906) nos narra sus trabajos de exploración en los templos adheridos al costado Oeste y nos habla de los numerosos hallazgos de diversos que: …entre los minuetos más notables que se han descubierto en el costado Oeste de la pirámide, debemos de
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Citar dos tableros de piedra que miden un metro diez centímetros de alto, un metro cuatro centímetros de ancho y diez centímetros de espesor, llevando esculpido en sus caras exteriores la figura de unas cintas dobladas formando un lazo, en el centro un calabrote retorcido, y en la parte inferior unos dibujos parecidos a flamas. Estos dibujos están pintados de rojo, verde y azul. Se encontraron también dos dados, el uno hecho pedazos y el otro aunque mutilado en mejor estado

símbolos

cronométricos,

señalando

estado de conservación, llevando en sus dibujos de alto relieve los mismos símbolos que tienen esculpidos los tableros de piedra. Estos dados miden un metro de alto y cincuenta y un centímetros de ancho por lado. Me inclino á creer que ese lazo, esa cuerda retorcida y esas llamas en conjunto simbolizan una atadura de años y la gran fiesta de renovación del fuego sagrado de cada siglo. Sobre el gran plano superior horizontal del templo central de tres cuerpos, descubrí un gran brasero que afecta

la forma de una doble copa, ceñida por el centro con una banda que parece sujetar dos cuadretes que colocados lateralmente opuestos en las paredes exteriores del vaso, llevan esculpidos los calabrotes retorcidos iguales á los de los tableros y además cuatro barras atadas por el centro. Probablemente este brasero servía para encender el fuego en la renovación de ese elemento sagrado, cada siglo de cincuenta y dos años, como los mexicanos… (Batres 1906:25)

Fig. 3. Salida del sol el 12 de febrero observada desde el montículo ubicado en el cuadrante W2 -W3 y N3-N4, que señala el antiquísimo interés teotihuacano por registrar el suceso solar que mas tarde se tomaría como el inicio del año en el altiplano mexicano.
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Con esta descripción nos encontramos en Teotihuacan ante los modos de contar el tiempo, así descubre elementos que representan ataduras de años en unos tableros de la estructura de tres cuerpos en la que se representan las ataduras de años según los mexicanos, como señala el propio Batres. A estos hallazgos podemos agregar otro elemento notable que es la observación del sol desde el montículo (Fig. 3) ubicado por Millon entre los cuadrantes W2W3 y N3-N4 (Millon, et. al. 1973), desde ahí se observa cada año el avance del sol del día 7 al 11 de febrero para culminar en el día 12 que señalaba el inicio del año, como lo describe Sahagún, el 12 de febrero el cual corresponde al 2 de febrero del calendario Juliano marcando los ciclos anuales en intervalos de trescientos sesenta días más cinco con los que se completaba el año trópico de trescientos sesenta y cinco días. Hemos revisado como ciertos atributos asociados a Tlaloc indican relaciones conceptuales con la cuenta de los días y las ataduras de los años, que se aclararán en un próximo trabajo más amplio que en breve se presentará.

Bibliografía Batres, Leopoldo. 1906 Teotihuacan. Memorias, Imprenta de Fidencio S. Soria, México.

Borunda, Joseph Ignacio. 1798 Clave General de Jeroglíficos Mexicanos. Paris.

Duran, Fray Diego. 1984 Historia de las Indias de la Nueva España, Editorial Porrúa, México.

León y Gama, Antonio. 1792 Descripción histórica y cronológica de las dos piedras. Imprenta de Don Felipe de Zúñiga, México.

Lorenzo, José Luis. 1968. “Clima y agricultura en Teotihuacan”, en J.L. Lorenzo, ed., Materiales para la Arqueología de Teotihuacan, Serie Investigaciones N° 17, INAH, México. Pp. 51 -72.

Lorenzo José Luis, Piña Chan Román, Pavón Abreu Raúl, Gurría Lacroix y Reyes Cortés Manuel. 1968 Materiales para la arqueología de Teotihuacan. Serie Investigaciones, N° 17. INAH, México.

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López Austin Alfredo y Leonardo López Lujan. 2004 El templo de Tenochtitlan, el Tonacatépetl y el mito del robo del maíz, en

Acercarse y Mirar. Uriarte María Teresa y Staines Cicero Leticia Eds. Universidad Nacional Autónoma de México, pp. 423-455.

Millon, René, R. Bruce Drewitt and George L. Cowgill. 1973 Urbanization at Teotihuacan, Mexico,

Volume 1: The Teotihuacan Map, Part 2: Maps. University of Texas Press, Austin.

Sahagún, Fray Bernardino de. 1979 Códice Florentino. Manuscrito 218-20 de la Colección Palatina de la Biblioteca Laurenziana. Edición Facsimilar. Secretaría de

Hacienda y Crédito Público, Secretaría de Gobernación. México.

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EL AHUÍTZOTL: FUNCIÓN Y SIMBOLISMO EN LA COSMOVISIÓN MEXICA
Camilo Mireles

E

l paisaje ritual se presenta al espectador como un espacio coherente, organizado, que reproduce el orden social y cosmogónico. Mediante un proceso isomorfo se cristaliza una asociación entre rasgos naturales, por una parte, y culturales y estructurales, por otra; ge-

nerando una serie de reglas y formas de comportarse ante tal escenario. Parte de este fenómeno es la creación de seres antropomorfos o zoomorfos que representan los elementos naturales incontrolables, a éstos se les atribuye el desorden que puedan ocasionar, por tanto se les asignan propiedades simbólicas que implican contaminación y tabú. En el caso del ahuítzotl estos elementos son fácilmente perceptibles, mas no así explicables. El códice Matritense de la Real Academia de la Historia y Florentino, ambos parten de la documentación reunida por Sahagún, contienen esencialmente la misma mención en náhuatl sobre este animal, variando en escasos términos, aunque en el segundo se incluye una traducción no literal en español. El texto en náhuatl, traducido por López Austin (1969:107-111), expresa en el primer párrafo una breve descripción física: “Es como un perrito tehui, como un perrito tehui, muy lisillo, de pelillo corto, de orejitas puntiagudas, del tamaño de un perrito. Es negro como el hule, resbaloso, resbaladizo, escurridizo. Es de cola larga, y en el extremo de su cola tiene una mano; como una mano humana,
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así está en la punta de la cola. Y sus manos son como manos de mapache, o quizá como manos de mono” (ibíd.: 107). Al parecer los indígenas lo concebían como una especie de perro acuático, aunque ni ellos ni Sahagún lo consideraban una nutria, por eso advierten: “A la nutria la llaman aitzcuintli, la cual también anda en el agua” (2005, III: 264). El Doctor Hernández, sin embargo, afirma: “puede considerarse como una especie de nutria, pues hay en Nueva España gran cantidad de ellas” (1959, III: 353). Aún así, si aceptásemos que se trataba de dicho mamífero, al igual que supuso Garibay (1985: 153), el significado etimológico de su nombre en náhuatl nos referiría directamente al perro: Aitzcuintli, de la raíz –a; de atl, agua; e itzcuintli, perro; es decir, Perro de agua. Este par de referencias también son visibles en la iconografía. Existe una escultura en el Museo Nacional de Antropología en que se muestra de forma naturalista (Fig.1). Dicha pieza asemeja un perro, en especial por las proporciones del cuerpo en razón de sus piernas; vemos las extremidades delanteras estiradas y las traseras flexionadas a la manera en que se sientan los canidos. Por otra parte, en la imagen mostrada en el folio 71 del Códice Florentino se observa, en su posición y complexión, claramente una especie de nutria (Fig.2); incluso, aun cuando

en la descripción literaria del mismo documento se menciona la mano al final de la cola, ésta no aparece en la pintura. En base a lo anterior, se puede considerar que compartía características con ambos animales, los cuales eran parte de categorías taxonómicas semejantes, recordando que éstas no siempre corresponden a las actuales.

Fig. 1. El ahuítzotl, escultura naturalista. Museo Nacional de Antropología. Foto: Camilo Mireles.
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ese estado puro, al “paraíso terrenal”, se tenía que morir. Sólo un “ser liminar” podría vivir en un contexto inter-estructural, es decir, entre dos o más estados. En este caso, la vida y la muerte, la Tierra y el Tlalocan. Enseguida se comenta la forma en que se manifestaba:
“Y

al que llega a su entrada, o quizá donde

se encuentra en el agua. Se dice que lo hunde, lo sumerge, lo lleva a su hogar, lo mete a la profundidad. Así lo agarra con su cola, así lo irá a coger” (ibíd.). Este fragmento del texto es fundamental, en él se alude a la función de la larga cola. Se trata
Fig. 2. El ahuítzotl, engañando a un individuo mostrándole peces. Códice Florentino, libro XI, folio 71.

de un rasgo exagerado que siempre se presenta en forma de espiral, se puede observar en relieves y pinturas cuando funge como antropónimo ya sea delante de un chorro de agua

Siguiendo el curso del relato de los códices arriba mencionados, se nos informa: “En las cuevas acuáticas, en las profundidades del agua vive, tiene su casa” (López Austin, óp. cit.). Es decir, habitaba en el umbral del Tlalocan, en un espacio liminar. Su morada se encontrba entre dos conceptos plenamente definidos, e plano terrestre y la región donde iban los muertos por algún hecho relacionado al agua. Es por eso que su clasificación contenía principios de peligro y pureza. Para entrar a ese es16

que corre por su espalda o de un fondo acuático; en el caso de las esculturas, se presenta como la base. La imagen que se produce es aquella típica de los remolinos de agua que son apreciables en otras piezas mexicas ofrendadas a los lagos (Figs. 3, 4 y 5). Así, el ahuítzotl se muestra como la imagen zoomorfizada de los remolinos: “Y cuando lo agarra, para que ninguno baje a él a atemorizarlo, enseguida mueve el agua, está zangoloteando, hace borbollones, hace espuma; lejos llega el agua; viene

Fig. 3. Lápida de Tepoztlan, se relaciona a otra lápida encontrada en la misma pared que muestra la fecha Diez-Conejo, año en que muere el tlatoani Ahuítzotl ; su antropónimo se presenta con un chorro de agua que corre por su espalda y se mezcla con la cola formando un espiral, un remolino. Museo Nacional de Antropología. Foto: Camilo Mireles.

a tenderse su espuma; gotea mucho; se extiende la espuma” (ibíd.). De tal manera, la mano resulta un elemento dispensable, eludible, en algunas imágenes aparece y en otras no; más aun, en la descripción física es mencionada, pero en la cita anterior ni siquiera es tomada en cuenta. Sin embargo, es de cierta importancia ya que afianza el sentido metafórico. Ayuda a describir la sensación de sumergimiento experimentada por los arrastrados al fondo del lago, por tanto no
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es necesaria; la cola remite al mismo efecto de manera más concisa, en forma de espiral. En algunas ocasiones el ahogado era encontrado en la superficie, aunque: “El sumergido ya no tiene ojos, ni dientes, ni uñas. Todo se lo rasparon hasta la piel. Pero su cuerpo no está entonces en alguna forma desollado, en ninguna parte; sólo tiene su cuerpo cardenales como producidos por el roce del agua” (ibíd.).

Fig. 4. Cara interior de la Caja de Ahuítzotl, la imagen muestra al animal con un fondo acuático y la cola enrollada, formando claramente un remolino sobre el agua. Museo Británico. Foto tomada de Britishmuseum. com, 2011.

Los cardenales eran provocados por golpes en los procesos de hundimiento y transporte a las costas. Escalante propone que las partes blandas del cuerpo serían las primeras que cualquier animal carnívoro hambriento comería de un cadáver humano, ojos, encías y yemas de los dedos; lo cual podría explicar que la gente encontrase al ahogado como se describe (1999: 60). El sentido metafórico es el que no queda muy claro; sin embargo, gracias a algunas pistas propongo lo siguiente: 1) Los ojos, al ser orificios del cuerpo, producen materia marginal que cruza del interior al exterior, pasando de un estado a otro; así, lágrimas y lagañas pueden simbolizar benefi18

cios o peligros (Douglas, 1973: 164). No es extraño ver vasijas Tláloc llorando; asimismo cuando sacrificaban niños en las cimas de las montañas, era un buen pronóstico el que llorasen ya que llamaban las lluvias (Sahagún, 2005, I: 110); es decir, las lágrimas representaban lluvia, la cual produce fertilidad, pero en exceso también inundaciones. 2) Otros restos corporales marginales pueden contener los principios ya señalados

(Douglas, ibíd.). Los dientes tienen la capacidad de crecer después de haberse caído en cierta etapa de la vida, sólo una vez sucede esto y posiblemente haya significado un tránsito entre esta-

dos; una analogía con la vida y la muerte parece verosímil ya que crecen, caen “mueren” y vuelven a surgir “nacen de nuevo”. 3) En el Códice Florentino, en el Apéndice del Libro V, se hace un comentario sobre las uñas en relación a este ser: “los que se cortaban las uñas echábanlas en el agua, y decían que por esto el animalejo que se llama ahuitzotl haría que se le naciesen bien las uñas, porque es muy

amigo de comer las uñas” (2005, II: 37; Garibay reproduce los comentarios, óp. cit.: 147). Al igual que los dientes, las uñas vuelven a crecer, pero a diferencia de los primeros, éstas resurgen innumerables veces. Es factible pensar que estaban relacionadas con la fertilidad y el resurgimiento cíclico de los mantenimientos, por tanto era menester propiciar de esa fuerza creadora al agua.

Fig. 5. Base de la escultura del MNA, la parte inferior muestra un espiral, forma mexica típica de representar remolinos, complementada con una mano que refuerza la metáfora. Foto: Camilo Mireles.
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En resumen, estos tres elementos marginales del cuerpo se encontraban relacionados con los ciclos acuáticos, fertilidad y muerte, sin descartar el sentido social que pudo estar implícito –ej.: el aspecto estético de uñas y dientes, perder uno o varios de ambos, quedar ciego, etc. La cita sobre las uñas sugiere que este ser se comía los tres, por tanto proveía a su espacio y a sí mismo de la energía renovadora que contenían, se alimentaba de símbolos de fertilidad, y a su vez podía propiciarla recíprocamente a los sujetos que le daban de comer La narración continúa: “Y ningún hombre irá a tomarlo de allá donde está el que fue sumergido. Lo consideran deber propio de los sacerdotes, de los guardianes de Dios, de los que se dice que no tienen polvo, que no tienen basura” (López Austin, óp. cit.: 109). Los muertos, en la cosmovisión mexica, tenían que ser provistos de los elementos simbólicos necesarios para llegar a su destino posmortem en rituales funerarios, los cuales se pueden interpretar como ritos de paso entre un estado a otro, de una vida a otra. Pero el sumergido había tenido contacto con un ser liminar que lo llevó a su hogar, cruzando las fronteras sin preparación alguna, su contaminación era inevitable. Por tanto, el transgresor se convertía
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en tabú. Sólo los sacerdotes de los Tlaloque, “que no tienen polvo, que no tienen basura” -

libres de pecado-, podían tocarlo, ya que ellos estaban limpios, embestían los poderes de lo ordenado, poseían la preparación simbólica para lidiar con la contaminación. Si alguien “lleno de polvo, lleno de basura” -pecador- tocaba el cadáver, sería llevado también por los Tlaloque o se enfermaría de “gota artética” (López Austin, ibíd.; Sahagún, 2005, III: 265). Representando así, peligro, justo como el fenómeno que había terminado con su vida; y contaminación, al igual que el lugar al que había sido llevado. Existían dos razones para este tipo de muerte: “Y dizque el sumergido había sido de buen corazón. Por eso lo llevaba [los dioses] allá al Tlalocan. O quizá [porque] había guardado jades, dizque por eso se disgustan los Tlaloque” (López Austin, ibíd.). Para ambas formas había un tipo de engaño, como hizo notar previamente Escalante (óp. cit.: 198). A la gente de “buen corazón” se le presenta sollozando: “y el que lo oye cree que quizá llora un niñito, un muchachito, quizá abandonado al nacer. Por eso se entristece; allá va a verlo; así cae en las garras del ahuítzotl, allá lo sumerge” (López Austin, ibíd.). Mientras a los codiciosos “viene a mostrar los

peces, los juiles, los amilotes, las ranas” (ibíd.). Éstos saltan fuera del agua y el pescador oportunista busca atraparlos sin ninguna mesura, el ahuítzotl “enseguida hace espumar el agua para que allí muera, para que allí sea sumergido” (óp. cit.: 111). La fuerza natural zoomorfizada a que me refiero, el remolino, parte de una experiencia instrumental muy simple, no acercarse a ellos puesto que pueden ser mortales. Sin embargo, aquí se muestra el nivel expresivo plenamente. A los pescadores se les presentan límites para su codicia, aunque en general se advierte del peligro de los remolinos a las personas que trabajan en el agua, a los llamados atlaca. Así, se presenta un modelo de humildad con miras a conservar las distinciones sociales. La gente común era la que trabajaba los lagos, los nobles se encargaban de labores administrativas, religiosas o de liderazgo; por tanto, estas advertencias eran para los primeros. Más aun, el jade “es señal de que es persona noble el que la trae; a los macehuales no les era lícito traerla” (Sahagún, óp. cit.: 334). Los labradores de oro y jade, quienes habían aprendido el oficio de los dioses, vestían a los nobles con la joyería que los númenes acuáticos portaban, formando ambos parte de un círculo social similar. Esto es claro en la Caja de Ahuítzotl, en la cual se muestra un Tlaloque
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con anteojeras, colmillos y un collar de chalchihuites del que cuelga un pectoral de oro (Fig. 6). En sus manos sostiene una olla con el símbolo de jade de la cual brota agua, mazorcas de maíz y retoños de flores, las ofrendas que los labradores de piedras preciosas y metales finos ofrecían a Xipe Tótec, Nuestro señor el desollado, en la fiesta del segundo mes, Tlacaxipehualiztli (óp. cit.: 56-67); al igual que los pipiltin a Cintéotl, deidad masculina del maíz (y uno de los cuatro creadores del oficio de dichos labradores; ibíd.), en la cuarta fiesta del año, Huey Tozoztli (óp. cit., I: 113); las cuales daban la bienvenida a la temporada de fertilidad (Velasco, 1999: 178-179). Es decir, las clases altas intentaban emparentarse con las deidades para justificar su papel de minoría poseedora del poder político e ideológico. Así, los símbolos que representaban deidades, también representaban a la clase noble; para ellos el jade no era peligroso, mientras para los otros sí, incluso podían fallecer si lo portaban. La contaminación del sumergido era transmisible a su familia, las consecuencias dependían de su actuar antes de la muerte, haber sido humilde o codicioso. En el primer caso, el contagio era benéfico y los familiares recibían bienestar “Y dizque ellos se enriquecían, dizque se hacían acreedores de maíz, bledos, chía, etcétera” (López Austin, ibíd.).

Fig. 6. Cara exterior de la Caja de Ahuítzotl, la pieza se relaciona a la Tapa de Ahuítzotl del Real Museo de Etnología de Berlín, la cual muestra una fecha, posiblemente Siete-Caña, año en que se construye el acueducto de Acuecuéxatl; se piensa que se corresponden y que conmemoran dicho hecho histórico. Foto. Britishmuseum.org.

Más si había obrado con oportunismo y sin mesura “también así les acontecía a algunos de sus parientes; quizá también ser sumergidos, o les caería un rayo. Así irían al cielo llamado Tlalocan. Por esto vivían precavidos; no se bañaban mucho” (ibíd.). La ofensa de las personas codiciosas era grave, provocando que su familia se privase de los beneficios del agua, por eso, a manera de penitencia, dejaban de bañarse regularmente para no morir. De esa forma se completa el modelo expresivo arriba mencionado, el cual configuraba la forma de comportarse –humildemente– y man22

tenía las posiciones sociales –los nobles podían resaltar ya que estaban emparentados con las deidades, mientras los macehuales debían ser mesurados–. No sólo el muerto era afectado, también su familia podía serlo, provocando que la coerción fuese mayor; es decir, más personas intentarían mantener el orden, abstenerse de romper las reglas y que otros tampoco lo hiciesen ya que podrían sufrir consecuencias por su acción o por la de terceros. Por último, el animal era un ser transicional, su poder era igual al de su morada, era peligroso y contaminante. El sólo verlo podía causar daño “Al que sólo lo ve, al que nada le hace, no

lo sumerge. Éste lo tomaba como un augurio; dizque morirá (…), al silbarle un poco [el ahuítzotl], moría” (ibíd.). Sin embargo, en una ocasión una viejita logró capturar uno, lo tapó con su huipil y rápidamente lo puso en un cántaro que llenó de agua y presentó a sus “Señores”: “Cuando lo hubieron visto, en verdad tuvieron al animalito por dios, dizque era Tláloc, dizque era un sacerdote. Enseguida ordenaron que fuese de nuevo dejado allá, allá donde lo fue a tomar la viejita. Le dijeron a la viejita que había pecado” (ibíd.). Es decir, se había ensuciado. A los ancianos se les atribuían cualidades especiales al estar cercanos a la muerte, por lo que la viejita pudo tocarlo sin sufrir consecuencias mortales, aunque no pudo evitar ensuciarse. Su penitencia fue regresarlo de donde le tomó, ya que al haber sido éste considerado como un Tlamacazque, un Tlaloque, no debía ser molestado, ni mucho menos retenido, su lugar no era entre humanos. De la cita anterior cabe mencionar que la palabra “tlamacazqui” se tradujo por “sacerdote” (López Austin, 1969: 110, 111). Este mismo autor advirtió con antelación que se trataba de uno de “los auxiliares de Tláloc”: “Son meras prolongaciones del poder de los dioses, sus servidores, sus instrumentos coesenciales de acción. Cito por ejemplo el ahuítzotl, especie de nutria con una mano humana
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en la punta de la cola” (2000: 195). Conclusiones Con lo anterior se ha tratado de caracterizar a este ser de forma más detallada de lo que se ha hecho en la literatura. Aun así, cabe resaltar ciertos puntos que son fundamentales para aclarar los resultados de dicho ejercicio. Estos son considerados a manera de conclusión ya que condensan las propuestas que fueron insinuadas entre líneas a lo largo del texto.

Se creó una clasificación de los objetos en que se plasmó al ahuítzotl diferenciando dos temáticas, Naturalista e Histórico, posibilitando así un análisis iconográfico del cual se pudo determinar que este animal es la representación zoomorfizada de los remolinos de agua; conclusión apoyada por las narraciones de las fuentes (Fig. 7).

En consecuencia, se propone que la estatua del Museo Nacional de Antropología no representa el antropónimo del tlatoani Ahuítzotl como se ha supuesto (ej.: Umberger, 1993: 92), sino la del animal simbólico posado sobre un remolino. Esa es la implicación de clasificarla como Naturalista (Debemos hacer énfasis en que no se sabe de dónde proviene exactamente esta pieza; por lo tanto, se desconoce el contexto espacial que ocupaba en

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Fig. 7. Seis representaciones en roca y tres pictóricas fueron objeto de estudio. Las primeras constituyen la totalidad de piezas en museos;

mientras las segundas son sólo una muestra, habiendo varios documentos donde aparece la forma antroponímica. Éstas se agruparon en tres

tipos generales, divididos en dos temáticas diferenciadas en base a un par de aspectos iconográficos, el símbolo de agua en la espalda y su

figura asociada a una fecha calendárica o la imagen del tlatoani; si ambos o alguno de estos aparece se cataloga como Histórico (forma antro-

ponímica/signo), sino como Naturalista (forma natural/símbolo).

Elaboración: Camilo Mireles.

asociación ya sea con elementos naturales, culturales o ambos. Lo que dificulta en sobremanera su lectura, manteniendo la incógnita de su verdadero tema, pero no impide lanzar propuestas en base a una aproximación teórica.).

mal reconocible en la naturaleza, una representación zoomorfizada y un ayudante de Tláloc. Por tanto, se trataba de un símbolo complejo que actuaba dentro de los campos de la pureza y peligro ritual.

Al ser la explicación de un fenómeno del paisaje natural, formando parte del paisaje ritual, su función es claramente pedagógica.

Bibliografía Clavijero, Francisco Javier. 1958. Historia antigua de México. México: Editorial Porrúa. Tomo I.

En un nivel instrumental, enseña que los remolinos pueden causar la muerte. Mientras, en el nivel expresivo se presentan dos temas: 1) el cosmogónico, que recuerda la separación entre Tierra y Tlalocan, y el axioma que sentencia el destino posmortem en razón del tipo de muerte; y 2) el social, que procura la distinción de clases, describe la forma de comportarse ante tal asimetría, humildemente, e incluso explica la naturaleza de ella, recordando que los nobles estaban emparentados con las deidades. Escalante Betancourt, Yuri. 1991. El mito del ahuítzotl. En: (Coord.) Ma. Del Refugio Cabrera y Nélida Bonaccorsi V. Primeras Jornadas de Etnohistoria. Memorias 1988. México: INAH, Cuadernos de Trabajo 10. Pp. 197-207. Douglas, Mary. 1973. Pureza y peligro. Un análisis de los conceptos de contaminación y tabú. Madrid. Siglo XXI. Códice Florentino. s/f. México: Gobierno de la Republica Mexicana, Facsímil.

Convirtiéndose así en un dispositivo simbólico para controlar la conducta. Debido a su carácter inter-estructural, la fuerza coercitiva que hacía operable el modelo expresivo radicaba en el poder de contaminación.

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No entraba completamente dentro de las categorías de lo ordenado, era un ani25

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TLÁLOC: AGUA, FUEGO Y AGRICULTURA
Ofelia Márquez Huitzil
o cabe duda, la xiuhcóatl es la serpiente de fuego que vemos en numerosos códices, como en el Códice Nuttall en el que Manuel Hermann la identifica como el yahui mixteco, siendo rojo y con un cuerpo formado de trapecios y lo define como “un ser fantástico y

N

dotado con características de otros animales que simboliza en realidad un cuerpo luminoso” (Hermann Lejarazu, 2007: 24). El yahui se presenta como nagual del sacerdote chamán yaha yahui en la lámina 44 del mencionado códice, como lo identifica el mismo autor. El yahui vuelve a aparecer dentro de un río, en la lámina 64, como el Yuta Yahui, el “Río del Yahui”, al que Hermann ubica en Ayuta, nombre mixteco del actual Atoyaquillo al sur de Tilantongo, y que vemos también en la lámina 12 del mismo códice. Por otra parte, podemos pensar que en la lámina 46 del Códice Nuttall, el yahui forma parte de la representación de un cerro que ha sido conquistado por 8 Venado, como si se tratara de un rayo o como si, simultáneamente, le diera nombre a éste. El yahui, del que asoma por las fauces un rostro humano rojo, desciende del cielo y toma el corazón del perro que ha sido sacrificado en la lámina 71 del Códice Nuttall (Fig. 1).

Fig. 1. Detalle lámina 69 del Códice Nuttall, 1974.
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En el Códice Borgia, tenemos la presencia de numerosas serpientes de fuego, xiuhcóatl. En la lámina 46 del mismo, vemos que cuatro serpientes forman un recinto rectangular en donde hierve el contenido de una olla: el sacerdote Quetzalcóatl. Las serpientes de fuego en esta lámina, tienen varios colores: una es roja, cuyo cuerpo está formado de trapecios en medio de los cuales vemos un rectángulo azul turquesa bordeado de una línea ancha amarilla. Sin duda, es la serpiente de fuego, pues flamas amarillas con rojo emergen de su cuerpo. Otra serpiente es blanca con líneas rojas, con rectángulos azules al centro de sus trapecios. También hay una serpiente azul con rectángulos al centro de sus trapecios amarillos.

Finalmente, otra serpiente es amarilla cuyos rectángulos al interior de los trapecios son ocre verdoso (Fig. 2). En la lámina 28 del Códice Borgia, en la coronilla de los dioses que portan mascarillas de Tláloc, vemos el signo del año miotli, trapecio y rayo. Observamos que esos trapecios y rayos no son muy distintos de los trapecios que conforman las serpientes de la lámina 46 (Fig. 3). En el rectángulo del extremo superior izquierdo, el miotli aparece en la coronilla de Xiuhtecuhtli, el dios del fuego, identificado por la pintura de su rostro que se alcanza a ver, amarilla con una raya transversal negra a la altura del ojo y otra raya transversal también negra a la altura de la boca, cubierto por la mascarilla de

Fig. 2. Detalle de la lámina 46 del Códice Borgia, 1993.

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Fig. 3. Lámina 28 del Códice Borgia, 1993.

Tláloc. El miotli en este caso, está formado por un trapecio y un rayo rojos, como la xiuhcóatl roja. Lo mismo sucede con el trapecio y rayo que se ven representados en la coronilla del Xochipilli identificado por su pintura facial amarilla, con dos líneas rojas curvas en la frente, cubierta con la mascarilla de Tláloc, en el rectángulo central de la lámina. La figura de Tlahuizcalpantecuhtli en el rectángulo superior derecho y que porta la mascarilla de Tláloc, lleva la pintura corporal blanca con rayas rojas, propia del huahuantli, el sacrificado y el rostro blanco, el rayo de su miotli es blanco con rayas rojas y el trapecio es amarillo. El miotli en la coronilla del Tezcatlipoca cubierto parcialmente con la mascarilla de Tláloc,
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que se encuentra en el rectángulo inferior derecho tiene un color oscuro difícil de definir, así como el miotli en la coronilla del Quetzalcóatl en el rectángulo inferior izquierdo. Pero ambos parecen tener en el centro de sus trapecios un rectángulo azul oscuro, como la serpiente de fuego azul que está representada en la lámina 46. Es incontestable el vínculo tan estrecho que existe entre Tláloc y Xiuhtecuhtli, el fuego, cuando aquél es patrón del signo Mázatl en la lámina 12 del Códice Borgia, siendo el signo Mázatl, Venado, un ser del fuego y del Sol, a quien porta en la lámina 33. Mientras que otro ser de fuego: Tonatiuh, el Sol, es regente del signo Quiáhuitl, Lluvia, en la lámina 9. Sin olvi-

dar que en la Leyenda de los soles, el tercer Sol se llamó Nahui Quiáhuitl, 4 Lluvia, en donde todo terminó arrasado por el fuego, tratándose entonces de un Sol que terminaría en lluvia de fuego: “Este fue el sol de Nahui Quiáhuitl. Estos terceros vivieron durante el sol de Nahui Quiáhuitl; cuando perecieron fueron abrasados por el fuego, y se volvieron guajolotes. Ardió también el sol, y ardieron todas sus casas; y vivieron 312 años. Cuando perecieron, durante un solo día llovió fuego…” (Leyenda de los soles, traducción de Tena, 2002: 175). Por todo esto, no es extraño que Tláloc porte el signo del año miotli, trapecio y rayo en la coronilla, pues rayos del Sol, lluvia de fuego con rayos y agua son paralelos, además de que el miotli, signo del año, es metáfora del ciclo solar que rige la agricultura, con su trapecio, como extensión del espacio terrestre que cubre el recorrido que de solsticio a solsticio tanto en el Este como en el Poniente, que sigue el Sol, siendo el rayo solar, su emblema. En el miotli, Sol y fuego son sinónimos. Este signo se inserta en espacio temporal real en las láminas 27 y 28 del Códice Borgia, que junto con un numeral y otro signo de los días con otro numero, señalan fechas precisas. El Sol, es el astro que rige los ciclos agrícolas, y Tláloc también se encuentra en dichas láminas, como el gran regidor de dichos ciclos, ac30

tuando bajo las características de ciertos cielos en la lámina 27 y a través de ciertos dioses en la lámina 28. Los cielos correspondientes a los recuadros inferior izquierdo y superior derecho en la lámina 27, muestran el halo solar amarillo extendido como un rectángulo con los rayos solares rojos. Esos rayos solares son también parte del miotli. Reiteramos que con el trapecio como referencia a los rumbos terrestres, Tláloc con el miotli también, se extiende sobre la superficie cultivable. Los cultivos resultado de la falta de nubes en esos cielos, dan como resultado la presencia de roedores que devoran las mazorcas sobre un pasto amarillo, seco, las mazorcas se revientan dejando salir de ellas masa blanca con puntos, por un lado, y por otro, vemos la aparición de langostas de diferentes colores que devoran igualmente la masa de mazorcas partidas. En la sección de láminas 43 a 48 del Códice Vaticano B, encontramos la presencia de Tláloc “…avanzando con sus rayos: el hacha en una mano y la serpiente en la otra, mientras el carácter de la lluvia se indica de acuerdo con el tiempo en que se presenta.” (Anders, et al., 1992a: 257). Las seis láminas forman parte de un Tonalpohualli completo de 260 días. En la lámina 43 (Fig. 4) vemos la columna inicial del Tonalpohualli con los signos Cipactli, Ácatl, Cóatl, Ollin y Atl, signos todos del Este,

Fig. 4. Lámina 69, Códice Vaticano B, 1992. además de 7 numerales que representan una columna de cinco días cada uno, lo que da un total de 40 días. En la imagen central Tláloc porta un yelmo de colibrí, tiene el rostro negro, el ojo de oscuridad y plumas de quetzal en la coronilla, así como bigotera y un hocico de lagarto que emerge de su boca, además del hacha de castigo que aparece en las láminas 27, 50, 52 y 57 del Códice Borgia pues en la lámina 27 (Fig. 5) se ve exactamente en uno de los brazos de Tláloc cuando las mazorcas han estallado, y el pasto se ha secado, bajo un cielo con halo solar y rayos solares más sobresalientes que las otras franjas celestes; o bien
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en las láminas 50 y 52 (Figs. 6 y 7) en donde parece formar parte del difrasismo tétl-cuáhuitl: piedra-madera, que significa castigo, y que aportan los Macuilxóchitl-Tonallehqueh-Ahuiateteo, dioses de la voluptuosidad que descienden del espacio celeste. También esa hacha, en las láminas 57 y 59 (Figs. 8 y 9) forma parte de pronósticos negativos del matrimonio en contextos de castigo, siendo en el detalle de la lámina 57, el instrumento que porta el dios Patécatl del pulque, frente a la diosa Tlazoltéotl, la comedora de inmundicias, quien porta la piedra, mientras que en el detalle de la lámina 59, la figura masculina parece amenazar

Figs. 5, 6, 7, 8 y 9. Detalles de la láminas 27, 50, 52, 57 y 59 del Códice Borgia.

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zar con el hacha a la figura femenina. El hacha de piedra es llamada por Seler itztopolli “…símbolo del poder judicial y que al mismo tiempo es el arma de Tláloc, el fuego que se precipita del Cielo a la Tierra.” (Seler, 1980, I: 26). Esta misma herramienta, engarzada en una banda de papel blanco con tiras blancas de puntas ocre a lados, recuerda la forma en que termina la serpiente de fuego, como la vemos colocada sobre una casa en llamas en la lámina 12 y que Seler mismo identifica como el relámpago, tlahuitequiliztli (Figs. 10, 11). Volviendo a nuestra imagen del Códice Vaticano B, vemos que así como en una mano porta

el hacha del castigo, en la otra porta una serpiente color ocre-verdoso con manchas negras, que en el Códice Borgia correspondería al color jade verdoso, propio de la serpiente de Chalchiuhtlicue la diosa de la falda de jade, regidora del agua terrestre. Hacha y serpiente en las manos del dios pueden ser interpretados de dos maneras: como rayos y agua de lluvia, o bien, como el hacha con la que la lluvia se abre camino, sin que por ello deje de haber alusión al peligro de la lluvia que puede ser castigo, ya sea por los rayos, ya sea por el exceso de agua. Frente al dios vemos una ofrenda con una planta de maíz, ma-

Figs. 10 y 11. Detalles de la lámina 12 del Códice Borgia.

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zorcas, la bola de hule para quemar, oltelolotli, y el palo de sonajas, chicahuaztli. El cielo presenta nubes blancas con puntos y terminaciones rojizas, entre las cuales corre una franja azul con protuberancias que forman el núcleo de las nubes, sobre un fondo gris. En la lámina 44 (Fig. 12) tenemos la novena columna de días del Tonalpohualli con los signos Atl, Cipactli, Ácatl, Cóatl, y Ollin, signos todos del Este, además de 3 numerales que representan cada uno cinco días, lo que da un total de 20 días. Tláloc es representado con yelmo de serpiente, rostro color ocre e indumentaria del mismo color pero con manchas de

chapopote. Un cuchillo de pedernal que sobresale de sus colmillos transversalmente. Como particularidad, este Tláloc porta medio disco solar con un centro de placas de turquesa, xíhuitl, como collar. De su boca emergen corrientes o lenguas de fuego. El dios porta el hacha y la serpiente que portaba en la lámina anterior. La planta de maíz colocada en un recipiente frente a él, presenta hojas tiesas y mazorcas. La rodean un insecto semejante a una langosta, un gusano gris, y un roedor, la bola de hule reaparece como ofrenda. El cielo está dividido en dos, del lado izquierdo vemos que hay nubes gris-

Fig. 12. Lámina 44, Códice Vaticano B, 1992.

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oscuro cuyo núcleo no está formado por una franja azul con protuberancias, sino por una franja blanca con puntos rojos, mientras que el fondo está constituido por una gran corriente de agua que se derrama en el extremo izquierdo. Del lado derecho vemos nubes blancas con líneas horizontales rojas que recuerdan la pintura corporal del huahuantli, el sacrificado, la línea que forma el núcleo de aquéllas es gris, mientras que en el extremo superior derecho vemos un disco solar que derrama una corriente de sangre en medio de la cual vemos una flecha, un escudo, un corazón, dos huesos cruzados y un cráneo, signos de guerra y muerte. Anders, Jansen y Reyes García, señalan que en esta lámina no sólo se ven amenazados los cultivos, sino también la casa, cuya representación se localiza sobre la corriente de fuego en el extremo superior izquierdo (Anders, et al., 1992a: 260). Las mismas corrientes de fuego, pero provenientes del cielo, las volvemos a ver en las láminas siguientes, de la 45 a la 48, a excepción de la 47 (Figs. 13, 14, 15 y 16). En la lámina 48 (Fig. 14) vemos emerger corrientes de fuego, de un torrente de agua que desciende del cielo y que llega a la boca de Tláloc; otra corriente emerge de la boca misma del dios, mientras que una corriente más, emerge del hocico del cocodrilo de la tierra,
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Cipactli, que se encuentra detrás del dios y que parece devorar a un hombre. El cielo por encima de las imágenes presenta nubes grises con una línea intermitente azul y blanca, además del fondo completamente rojo, en el cielo. Todo este contexto parece determinado por la columna de días del Tonalpohualli que vemos en la parte inferior, con los signos Cuetzpalin, Ozomatli, Tochtli, Xóchitl, y Malinalli, signos todos del Sur, lugar vinculado con la muerte, pero con la muerte por calor, la muerte roja, y no con la muerte por frío, vinculada con el Norte, como se encuentran ambas ilustradas y diferenciadas en las láminas 50 y 52 del Códice Borgia, con el árbol de espinas con el águila de pedernales y la presencia de dios Itztlacoliuhqui, el cuchillo curvo de obsidiana, dios del frío, en la región y cuarto del Tonalpohualli del Norte, y el árbol rojo, con la guacamaya roja, el cuarto del Tonalpohualli del Sur y la muerte roja en el extremo superior izquierdo. Regresando a la lámina 48 del Códice Vaticano B, es obvio que en esta lámina, también del torrente de agua que desciende del cielo, la lluvia, descienden rayos o corrientes de fuego, de los que se alimenta Tláloc, y que de la misma manera, emergen de él. Es evidente también, de que hacia esa misma corriente de agua, fluye el fuego del cocodrilo Cipactli, de la tierra ardiente, del Sur, tierra que devora a los

Figs. 13, 14, 15 y 16. Láminas 45, 46, 47 y 48 del Códice Vaticano B, 1992.

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hombres, bajo un cielo en el que hay nubes, pero en donde impera el calor, representado por el color rojo del fondo, la bóveda celeste, en esta lámina. Por todo esto, Tláloc vincula los elementos del agua y el fuego con el espacio-tiempo de la agricultura.

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SESIONES DEL SEMINARIO

Etnóloga Carmen Macuil García y Dra. María Elena Ruiz Gallut

Mtra. Isabel Mercado Archila

Arqlga. Violeta Vargas y Mtra. Beatriz de la Torre

Dr. Alfonso Garduño Arzave
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Invitación a publicar Se invita a todos los investigadores interesados en temas relacionados con Tlaloc y demás deidades de la lluvia y la fertilidad a enviar sus artículos de no más de 8 cuartillas. Las imágenes se enviaran por separado en resolución de 300dpi. Se aceptará un máximo de 8 imágenes. Para entrega de originales se siguen las normas de la revista Anales IIEs Toda correspondencia deberá dirigirse a la Dra. María Elena Ruiz Gallut al Instituto de Investigaciones Estéticas, Circuito Mario de la Cueva, s/n. Ciudad Universitaria, C.P. 04510, México D.F. Tel. 5622-7547 Fax. 5665-4740. De igual manera los artículos podrán mandarse a las siguientes direcciones electrónicas: gallut@servidor.unam.mx; seminario.tlaloc@gmail.com.

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