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NOTICIA EXTRAVAGANTE SOBRE UNOS CUADROS DE HOPPER QUE PINTARA

A MODO DE POEMAS EL ESCRITOR NICOLÁS MELINI

Colección Ministerio del Aire. Ediciones La Palma, 2002

Ernesto Suárez

Cuando preparaba la presentación de Cuadros de Hopper le pedí ayuda a Atilio Doreste,


amigo y él mismo, también pintor. Me pasé una tarde con Atilio mirando las reproducciones de
los cuadros del norteamericano que tenía en su casa –La casa de Atilio está a menos de treinta
metros del mar y, mientras conversábamos, no podía dejar de escuchar ese rumor tan profundo
que produce cuando las olas llegan hasta las rocas desde el mar abierto del norte de la isla-.
Atilio llamó mi atención sobre un cuadro de Hopper en particular. Se trata de “Sol matinal”,
óleo fechado en 1952. En el cuadro aparece una mujer de perfil, joven, en una habitación y
sentada en una cama, que mira hacia el exterior que aparece enmarcado por una ventana. Los
planos de color que se proyectan desde la luz que entra por el ángulo de la ventana enmarcan la
figura. La mujer parece sonreir. Del exterior de la habitación el pintor presenta sólo los tejados
de un edifico lejano. Atilio comentó, mientras hojeaba el libro de reproducciones, que la
mayoría de los personajes en los cuadros de Hopper eran personajes mudos. “Pintaba el
silencio”, dijo. Para mí, desde mi ignorancia, en su aparente simpleza “Sol matinal” escondía
algo. De nuevo Atilio me sirvió de guía. En un estudio a lápiz para el cuadro, Hopper reproducía
la figura de la mujer –en el boceto, por cierto, la sonrisa es mucho más explícita- y había
anotado alrededor del perfil femenino, señalando cada parte del cuerpo, todos los colores que
después fijarían realmente la pintura. Con una letra aguda e inclinada se puede leer: “verde
gris”, “luz reflejada”, “amarillo”, “oscuro contra la pared”, “gris azulado”... Hopper había visto
los colores y los escribía, en un ejercicio de extrañamiento de la pintura como lenguaje, como si
en los colores buscara algo más.
Mirar un cuadro de Edward Hopper es tratar de descubrir el truco de un ilusionista:
delatarlo. De Hopper dice Ivo Kranzflerder, en su monografía sobre el pintor: “hopper ha
conducido la pintura, valiéndose de medios tradicionales, a una situación fronteriza, se ha
servido de motivos y técnicas convencionales para precisamente romper esas convenciones:
unas convenciones que, al reflejar aparentemente la realidad hacen que sus cuadros sean
abiertos, variados, ricos en facetas (...) Hopper convierte en tema de casi todos sus cuadros la
mirada del observador”.
Pero yo había venido aquí para hablar de un libro de poesía, aunque supongo que, en
cierta manera ya he empezado a hacerlo. Los poemas de estos Cuadros de Hopper son un
campo minado para nuestro convencionalismo de lectores. Son poemas que suceden en una
suerte de devenir aparentemente narrativo. Diríase, no obstante, que doblemente aparente. Por
un lado y siguiendo una tradición ya prolija en la poesía española desde mediados del siglo XX
en adelante, rompen estos textos poéticos con cualquier tipo de convención lírica.
La base del poema es el cuento. Los poemas narran, si se quiere plantear en tales
términos, escenas cotidianas. Por ejemplo, un funeral observado desde la distancia sirve como
material fundamental al poema titulado “Sin título” que abre el libro. Permítanme detenerme un
instante en este poema. Tess Gallagher, en su prólogo al libro Un sendero nuevo a la cascada,
de Raymond Carver, comenta cómo el escritor anglosajón trabajó aquellos últimos poemas
haciendo un uso plenamente consciente de la naturaleza casual de la propia creación. Hace
referencia Gallagher a una condición de partida de la que es conocedor todo autor que haya
profundizado radicalmente en su reflexión y emoción sobre el hecho de escribir poesía. La
poesía está siempre ahí. Sin embargo, nuestro acceso a ella es azaroso.

“Ni siquiera sé cómo contarlo.


Lo que me pasó. Fue que se murió
aquella mujer. Me había enseñado
a leer y a escribir y se murió. Era
lo normal, pero qué se hace
cuando eres escritor y se muere
la persona que te enseño a leer
y escribir. Me lo dijo mi madre. Mi padre
conducía y pasamos frente a la iglesia.”

Aceptando el juego de identificación del escritor como sujeto de la voz poética, estos
primeros versos del poema presentan la evidencia expresiva de ese azar. La poesía,
simplemente sucede, es casual. Y sucede, transcurre, porque caminamos, hacemos el camino
por la vida que es el lenguaje. Al caminar, ¿cómo nos damos cuenta del suelo que nos sostiene y
que pisamos?. De ahí, quizás, que el título de un poema sea precisamente ése: “Sin título”. No
hay más. El poema finaliza con estos otros versos:

“aquella mujer... Pero ahora estaba muerta y


nosotros pasamos de largo. Miré hacia atrás
(yo era escritor y de algún modo
me preguntaba qué se hace en estos
casos) y allí se quedó ella y
toda aquella gente. Es
verdad.”

Quien haya leído Cuadernos de Hopper no habrá pasado por alto su compartida
sensibilidad con los textos de Carver. Sin tratar de negar aquí lo evidente, no obstante, ya en
este poema que inicia el libro de Nicolás Melini se introduce otra vuelta de tuerca más a la
supresión de las distancias entre géneros postmodernamente carveriana. Así, en los poemas de
Cuadros de Hopper, Melini extrema el transcurrir de la narración hacia lo que es nada. Los
hechos son tan cotidianos, tan intrascendentes que sospechamos de ellos: Todo no puede ser tan
simple. De manera que eso que sucede todos los días debe guardar un secreto. Esta es la
segunda capa de apariencia narrativa de los poemas de Nicolás Melini.
Entiéndase entonces que cuando me refiero a la nada hablo de ese principal sentido de
lo oculto que la define. Como en otro de los poemas titulado “Cosas que realmente importan:”:

“Estamos todos y nada


marcha bien pero aún así seguimos
sin decirnos las cosas que realmente importan.
En la cocina. Mirándonos los unos a los otros,
mirándonos y hablándonos como si nada,
diciéndonos
esto y lo otro como si nada. Como si nada.
Se trata de una incapacidad o del miedo a nombrar
aquello que nos asusta. Todo parece irremediable”

Sonreímos nerviosos ante el dolor...como si nada. La lectura de estos poemas que fingen
ser relatos ultracortos lleva hasta los territorios de Poe, James o Melville. Ante el misterio
fingimos, igual que se fingen relatos estos poemas. Igual que el mundo normal aparenta ser
normal cuando, asustados, temerosos, intuimos su misterio, lo hondo y extraño que tiene cada
momento y lugar porque son irrepetibles, únicos.
La poesía nos enfrenta a la realidad. Por supuesto, hay poemas que no cumplen
este principio. Muchos. Pero, de nuevo, el escritor sabe, como en el poema “Mentir”:

“He intentado mentir en los poemas


precedentes. Pero no he podido.
Luego E. los leía y me preguntaba
¿Pero esto es verdad? Y yo no tenía
más remedio que volver y quitar
este o aquel verso inventado. Todo
sea porque a un poeta mentiroso
se le pilla antes que a un cojo.”

Todo ser humano se reconoce realmente una vez acepta la existencia de todas
esas que conforman su propia vida. Su propia vida y la de los otros. Repito: la vida. En
su libro de ensayos Utopía y desencanto, Claudio Magris afirma: “La literatura defiende
lo individual, lo concreto, las cosas, los colores, los sentidos y lo sensible contra lo
falsamente universal que agarrota y nivela a los hombres y contra la abstracción que
los esteriliza (...). La literatura defiende la excepción y el desecho contra la norma y las
reglas”. No hay otra realidad que la realidad y el ser en ella. Por eso entre los versos de
Melini espigan todos y cada uno de los detalles de una posible vida real. Mirar significa
simplemente eso: mirar, ver, sentir, darse cuenta.

“Me interesan los rostros –las personas.


Me quedo mirándolos al pasar. Cuando hablan
y cuando están callados. Aunque permanezcan
absortos me narran. No sé qué. De frente, cabizbajos,
en escorzo, de espaldas, mirando al cielo.
Me interesan”

Así ha mirado Nicolás estos Cuadros de Hopper. Así nos lo muestra.


Simplemente.