VIEJOS ENEMIGOS

Damián Neri Robert Arctor sacó las bolsas del supermercado del auto y entró a su casa. Su familia: su hija Mary de diez años, Peter de doce y su esposa Beth, estaba reunida en la mesa del comedor con la vista puesta en el televisor. Una escena normal en un pequeño poblado rural a las afueras de Salt Lake City. Dejó las bolsas en el suelo. —Bob —le dijo su esposa, que lo tomó por el brazo y lo hizo sentarse en una silla. La mujer no quitaba la vista del televisor, los rizos le caían en su bello rostro oscuro—, mira las noticias. Robert pensó que el noticiero no podría informar de algo peor que lo de ayer. La chica del noticiero daba el reporte mientras las imágenes iban pasando en la pantalla. No sólo Nueva York había sido atacada, como lo habían dicho en el noticiero de la noche anterior, ahora también había caído una bomba H en Seattle. —Todavía no dicen quién atacó —mencionó Beth. Ese mismo día cayó otra en Chicago, y después una más en San Francisco pero ésta última no explotó. Un hombre presumiblemente afectado tomó la bomba, que con su peso había destruido parte de su casa al caer, y la subió a su camioneta con la ayuda de una pequeña grúa. Condujo por la carretera interestatal con rumbo hacia Santa Mónica pero una patrulla lo detuvo al ver el enorme artefacto en la batea de la camioneta. El hombre de la patrulla supo de qué se trataba y los servicios de inteligencia hicieron presencia. Los cuatro agentes de traje y lentes oscuros observaban el artefacto en la parte trasera de la camioneta. —El policía no mentía —dijo uno, sorprendido. Sin duda era lo más bizarro que había visto en su vida. Al poco tiempo llegaron varias patrullas. Un hombre del Departamento de Estado y un ingeniero nuclear bajaron de un vehículo. —¿Hay un protocolo para esto? —preguntó uno de los agentes. —Transportar la bomba en un avión —respondió el ingeniero nuclear— que la eleve lo suficiente en el aire para que, si explota, no represente un peligro para la población. Un helicóptero apareció a lo lejos y descendió en medio de la carretera. —¡Súbanla, la llevaremos a un pequeño aeropuerto cercano! —gritó el piloto del helicóptero, en medio del estruendo de las aspas. Un robot cargó delicadamente la bomba y la depositó dentro del helicóptero. Antes de que éste despegara, los hombres presentes comenzaron a escandalizarse. El hombre de la camioneta, el que había transportado la bomba, estaba esposado en el interior de una patrulla y observaba con curiosidad. Lo que causaba el escándalo no era la previa presencia misma de la bomba, sino algo que estaba dibujado en la bomba: una bandera. —¿Vieron esa maldita bandera? —preguntó alguien—. ¿Podemos tomar esto como prueba de que ellos fueron realmente los que nos han atacado? —¡Maldita sea! —dijo exasperado otro hombre—, ¿cómo duda de esto? Ya alguien había avisado al secretario de defensa y éste se había comunicado con el presidente que estaba dentro de un refugio subterráneo en el desierto de Arizona. —¿Está usted seguro? —le dijo el presidente al secretario de defensa, hablando por teléfono. —La bandera está estampada en la bomba, señor presidente —respondió el

secretario de defensa. —Lo entiendo, ¿pero está usted consciente que se tratan de nuestros aliados? —Soy consciente de ese detalle, señor presidente. —¡Entonces debe de ser una broma! El secretario guardó silencio. Luego dijo: —No sería capaz de bromear con algo tan serio. —Manténgase en su trabajo —repuso el presidente. El mandatario estaba dentro de una oficina bien amueblada, parecida a la que tenía en la Casa Blanca pero más pequeña; la bandera de los Estados Unidos de Norteamérica a sus espaldas. Le ordenó a su secretaria que le pusiera a alguien en la línea. Esperó sentado frente a su escritorio y luego de un momento el teléfono sonó. Lo descolgó. —Presidente Miller —se escuchó una voz del otro lado de la línea—, siento mucho lo que está ocurriendo. El presidente Miller pensó bien las palabras con las que se dirigiría. De pronto se sintió fatigado y enfermo y fue directamente al grano. —¿Su país está involucrado en el ataque? El presidente de Israel se sintió insultado. No respondió. El presidente Miller interpretó el silencio como una respuesta afirmativa. —Encontramos la bandera de su país en una bomba sin detonar. Responda a mi pregunta. —Escuche, Miller, no puede hacer esa clase de acusaciones. Está completamente fuera de lugar. Somos aliados. Conocemos bien a nuestros enemigos comunes. —¡Las bombas han caído, y el ejecutor se oculta como un maldito cobarde! ¿Qué quiere, que espere aquí sentado mientras nos llueven bombas y mueren millones de ciudadanos americanos? El presidente de los Estados Unidos intentó controlarse. Tomó un sorbo de agua. —Explíqueme algo, Miller —dijo la voz del otro lado del teléfono, e hizo una pausa—, ¿por qué los videos no muestran a los aviones dejando caer las bombas? Ningún avión soltó esas bombas. Aparecen de la nada. Usted cerró el espacio aéreo y las fronteras y nadie las ha traspasado, y aún así siguen cayendo. Dígame quién tiene la capacidad para lanzar y detonar una bomba a su país en repetidas ocasiones sin ser visto. El presidente Miller colgó el teléfono sin despedirse. Permaneció en silencio varios minutos. Apretó un botón y un hombre entró en la oficina. Habló con él. El presidente Miller se sentía tremendamente confundido. Aún así tomó la decisión más importante de su vida, y también la más equivocada. La familia Arctor comía. El televisor estaba encendido, así se mantenía durante casi todas las horas en las que estaban despiertos. Comían con platos y cubiertos desechables, el agua escaseaba; en la parte exterior de la casa estaban acumuladas varias bolsas grandes con basura pues nadie había llegado para recogerlas. —Beth —dijo Robert, sacando algo de su cartera—, casi lo olvidaba... Me dieron algunos vales de guerra por veinte dólares —le mostró los vales—, pero me temo que al menos aquí no servirán para nada. —Tienes razón, de nada servirán. Aquí nadie compra, sólo roba. Incluso nosotros tenemos que robar. —Respondió Beth y miró a los niños. Luego dijo en voz más baja—: Nunca me hubiera imaginado que Israel atacara a nuestro país. Uno esperaría que fueran los irakies o los norcoreanos, pero no ellos —se llevó distraídamente una cuchara con comida a la boca.

Después de que Estados Unidos habían lanzado una bomba de hidrógeno como respuesta a ese país, Israel declaró de nuevo que no estaba implicado en los ataques pero aún así contraatacó, devastando al país americano más de lo que ya estaba. A Israel se le habían unido varios países, sobre todo Rusia y China, y también Estados Unidos tenía a poderosos aliados, entre ellos a los alemanes. Esto dio origen a la Tercera Guerra Mundial, pero aún no se le comenzaba a llamar así en los noticieros, había un gran miedo de mencionar las palabras “tercera guerra mundial”. El ejército les había informado de su reubicación dentro de tres días, cuando esperaban que no fuese demasiado tarde. —¿Cuando regresaré a la escuela? —preguntó la pequeña Mary mientras comía de mala gana sus sardinas. Robert pensó por un momento que ese día jamás llegaría. Intentó sacar esos pensamientos de su mente. —Les propongo algo —dijo Robert—. ¿Quieren ver una función de títeres después de comer? Los ojos de Peter y los de Mary se encendieron. Pero luego Peter dijo, desanimado: —En las noticias dijeron que cerraron todos los teatros y todo. Robert le guiñó un ojo a Beth. —Sí —dijo Robert—, eso es cierto, pero aquí en casa tienen a dos fantásticos titiriteros —y sacó de una bolsa dos figuras: un chimpancé y un aristócrata inglés, con todo y monocular. Peter volvió a entusiasmarse. Los niños se apresuraron a comer y luego los padres dieron una improvisada función de títeres, escondidos detrás del sofá, moviendo los muñecos y hablando con voces chillonas. Eso les hizo olvidarse del mundo exterior por unas horas. Por la tarde Robert salió a un pequeño supermercado que ya casi habían saqueado totalmente. Aún quedaban unos pocos rollos de papel higiénico, muy poca comida, y otras cosas, incluyendo recipientes de shampoo y fijador. No era el supermercado más cercano a su casa, en el poblado había tres, pero los otros dos ya los habían saqueado por completo. Al auto se le había acabado la gasolina y tendría que abastecerse, así que le había pedido ayuda al viejo vecino Jeff, un hombre caucásico y bajito que vivía a unos doscientos metros de su casa, la única casa que estaba cerca de la suya, e irían a una gasolinería de la ciudad bajo la seguridad de la escopeta de Jeff. “También necesitaré un arma”, se dijo. Se abasteció de lo que pudo. Dos hombres permanecían en la puerta principal de la casa de la familia Arctor, vestidos con llamativos uniformes que les daban un aspecto autoritario. Uno de ellos pateaba repetidamente un bulto que estaba junto a la puerta semiabierta. El bulto era el pequeño Peter. A un lado de él estaba su madre, también en el suelo y rodeada de un charco rojizo. El hombre que estaba pateando el cuerpo había cumplido su cometido: introducirlo dentro de la casa, y ahora estaba agachado limpiándose las botas con un pañuelo. El vecino Jeff estaba tendido inmóvil a unos pocos metros de su casa, sobre el pasto algo crecido, y su escopeta tirada a un metro de él. Había escuchado los disparos de los extraños, pero su intervención había sido en vano. Robert salió de la tienda y llegó a un lugar abierto, lleno de malezas y arbustos raquíticos, una colina desde donde se veía la ciudad. Miró hacia todas partes, inquieto. Miró al cielo. En el cielo, ya rojizo por el crepúsculo, lejos hacia las colinas, vio de pronto un destello. Algo iba cayendo. Robert lo supo, era una bomba. Cerró los ojos y aspiró

fuertemente. Sabía que esas cosas estallaban a varios cientos de metros de altura. Esperó. La bomba tocó suelo. Pero no explotó. Como un niño que se acerca a un fuego pirotécnico que ha lanzado y no ha hecho explosión, Robert caminó y se acercó al lugar donde había caído la bomba. El gran objeto metálico estaba parcialmente enterrado en la tierra, así que Robert escarbó. Cuando hubo cavado lo suficiente, la bomba se liberó e intentó cargarla, y para su sorpresa, alzó con facilidad el enorme artefacto. ¿Estaría hueco acaso? Vio que tenía una bandera, y esperando ver la azul Estrella de David, se encontró con la bandera de Alemania. ¿Alemania? Los alemanes eran aliados. ¿O no? Vio que la bomba tenía una inscripción. Estaba escrito en alemán: Fabricado en San Diego, California del Sur. El par de oficiales seguían frente a la casa. Habían cerrado la puerta para dejar los cadáveres dentro. El que había pateado el cuerpo del pequeño Peter se quejaba por haber tocado con la bota a un negro. Su compañero ni se había inmutado por cargar a la mujer. La niña había muerto dentro de la casa. Uno de ellos caminó hacia el cuerpo del viejo Jeff y tomó su escopeta. La examinó. Cerca de allí, en medio del aire y apenas por encima del suelo, se abrió un agujero que parecía llevar a ningún lugar. Del agujero salió primero un hombre que se apresuró a colocar en el suelo un aparato que apuntaba al portal. Luego salió hombre acompañado de un sujeto de apariencia pedante y autoritaria. Este último, un hombre de bigote recortado, las manos cruzadas detrás de la espalda, portaba un traje negro y largo con varias insignias; la svástica coronaba su gorra y adornaba su traje. Los oficiales vieron su llegada, se pusieron firmes y saludaron, con el brazo derecho extendido hacia adelante y hacia arriba. —¡Heil Hitler! —dijeron al unísono, chocando los talones. El hombre pedante miró su alrededor, evaluando lo que le rodeaba. —Nuestras bombas han obrado muy bien —dijo el hombre de bigote—, incluso donde no han explotado. —Y luego añadió, asqueado—: Nunca pensé que terminaría odiando tanto incluso a mi propio pueblo. ¡La Alemania de este mundo es una Alemania podrida! —Con todo respeto, Mein Fürher—dijo uno de los oficiales, con una sonrisa de nerviosismo—, la Alemania de este mundo se ha desviado totalmente de su misión esencial. Nuestra Alemania ha seguido su camino, por eso merece gobernar sobre todos, Mein Fürher. El hombre de bigote miró severamente al oficial y luego rió y aplaudió su opinión. Se volvió de nuevo hacia el portal que permanecía abierto. —Ya vi lo que tenía que ver. Vámonos de aquí. Esta sólo es la primera fase de la operación. Volveremos a mi siguiente aviso. Los cuatro caminaron hacia la abertura. —Mein Führer —dijo el hombre que acompañaba a Hermann Hitler, hijo del gran Adolf —, ¿quién hubiera pensado que Alemania además de conquistar el mundo entero, conquistase este otro? Y se marcharon de nuevo a su mundo, al mundo en donde Alemania había ganado la Segunda Guerra Mundial.

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